—No, no, no tengo nada contra ellos. Al contrario; tuve buenos amigos cristianos.

—¿Entonces?

—Son muy absorbentes. Sus creencias son muy fuertes y llegaron casi a convencerme. Menos mal que supe darme cuenta a tiempo.

—¡Anda, no me digas! —se sorprendió Aspasio—. ¡Con lo seguro que pareces!

—Bueno. Eso sucedió en un momento difícil de mi vida. Es una larga historia. Era yo muy inexperto y había sufrido ya algunos golpes del destino.

—Vaya, vaya —dijo paternalmente—. Eres aún joven para decir eso. En todo caso, aquí tienes un amigo. Siempre que quieras desahogarte cuenta conmigo. Creo que Vitunia y yo debemos cuidarte. ¡No vayas a sentirte solo!

No decliné aquel amable ofrecimiento, y creo que empecé a apoyarme en ellos más de lo que en un principio había deseado. Eran acogedores como nadie y el calor de su amistad me libró de muchos momentos de triste nostalgia. Perdí con eso mi independencia y la libertad con la que me había propuesto vivir en Cartago. Mi vida se unió a la de ellos. Frecuentemente acudía a su casa, iba a todas sus fiestas y sus amigos fueron pronto los míos. Incluso, cuando remitieron los calores del verano, acepté su invitación de descender de nuevo hacia el sur, a Thugga, donde daba comienzo la temporada de caza. Por mucho que hayas visto luchar con fieras en el anfiteatro, no puedes hacerte una idea de lo que es asistir a una verdadera cacería de leones en África, en el territorio que ellos dominan en manadas como reyes de todo el reino animal. Ni siquiera la caza del tigre, en que yo participé en Persia, puede compararse con la experiencia que supone, puesto que el tigre es solitario, tímido y huidizo. Los leones en cambio viven en grupos de treinta o cuarenta, con jóvenes machos y leonas agresivas que atacan enfurecidas cuando ven a alguien acercarse adonde ellas reúnen a sus cachorros. Las manadas viven tranquilamente en las llanuras, junto a alguna laguna o próximas a los oasis, dormitando en las arenas bajo las pobres sombras de los arbustos, sin otra molestia que los moscones que espantan parsimoniosamente con sus rabos rematados en una especie de brocha. La cacería era un entretenimiento y al mismo tiempo un negocio que aportaba suculentos beneficios. Aspasio lo organizaba todo desde Thugga e invitaba a funcionarios y ricos comerciantes a los que premiaba con ello sus favores; otros potentados acudían pagando una suma importante. Y, por otra parte, las fieras cazadas eran vendidas a buen precio a los tratantes que abastecían a los espectáculos de las principales ciudades de Occidente. El procónsul, según me dijo, no tenía intención de guardarse todas esas ganancias, sino que proyectaba invertirlas en unos grandes juegos ofrecidos a la ciudadanía de Cartago para festejar la proclamación del nuevo emperador. Me pareció que esa idea, además de honrarle, serviría para acercar al pueblo a sus nuevos gobernantes y beneficiaría a todos.

Acudí lleno de entusiasmo a la cacería, aunque en tales menesteres era inexperto. Por el camino, incorporado a la gran caravana que transportaba la impedimenta, Aspasio me explicó amablemente en qué iba a consistir el acontecimiento. Como comprenderéis, todo difería mucho de la caza del jabalí que yo recordaba de mi juventud en Lusitania. Pero siempre he tenido alma de cazador y participar en algo tan emocionante me encendía por dentro.

—Estoy deseando estar delante de uno de esos leones —comenté.

—¡Eh, un momento! —replicó el procónsul—. No te animes demasiado. Esto no es un juego. He visto a muchos hombres atrevidos deshechos a zarpazos. Es mejor que de momento te conformes con observar.

Levantaron el campamento en una inmensa llanura donde la vista se perdía en un lejanísimo horizonte de cielo amarillo. La vegetación era escasa y un viento suave hacía rodar las secas matas espinosas. Manadas de antílopes y gacelas nos miraban curiosas repartidas por un espacio infinito que te hacía meditar sobre el origen del mundo. En algún lugar del este, oscuras nubes de tormenta descargaban su aguacero; se veía el resplandor cárdeno de los rayos y llegaban aromas frescos de tierra húmeda. Un arco iris lejano se extendió en el firmamento y me pareció no haber visto nunca algo más hermoso. Montaron una gran tienda con doseles y finas gasas como protección contra los insectos. Dentro alfombraron la arena con pieles de cebra y dispusieron triclinios, mesas bajas, jarrones, candelabros y todo el menaje que podría haber pertenecido a un palacio. Las varas que sostenían las lonas eran de brillante bronce pulido y la plata relucía en cualquier rincón, creando un ambiente suntuoso en contraste con la abundancia de tejidos, doradas melenas de pieles de león y plumeros de cola de avestruz. ¡Qué extraña sensación al contemplar desde tal lujo el árido desierto que se extendía más allá de los cortinajes entreabiertos!

Durante toda la tarde estuvieron llegando los participantes en la cacería. Mientras sus criados les montaban la tienda y lo disponían todo para el día siguiente, los señores se acercaban hacia las instalaciones principales, donde el procónsul les recibía y se hacían las presentaciones. A última hora se sirvió una cena, pero todo el mundo se retiró pronto a sus aposentos para descansar suficientemente. Después se apagaron la mayor parte de las lámparas y reinó el silencio. Entonces llegaron unos broncos y lastimeros rugidos lejanos. Eran los leones que parecían presentir lo que les aguardaba. Me despertó el ajetreo de los batidores que se disponían a iniciar su tarea y me pareció

que aún era noche cerrada, pero vi algo de claridad por las rendijas de las lonas y sentí el inconfundible fresco del amanecer en el rostro. Al momento estaban mis ayudantes preparando algo de comer y enseguida me trajeron el cántaro con agua y las toallas.

—¡Félix! —oí gritar a Aspasio desde el exterior—. ¡Vamos, Félix!

—¡Voy! —respondí.

Cuando salí, le vi sentado y malhumorado, mientras un esclavo le liaba las tiras de cuero a lo largo de las rollizas pantorrillas y otro le acercaba el caballo y los venablos.

—¡Qué mala suerte! —refunfuñó—. Tengo vómitos y diarrea. No he pegado ojo. Debió

de sentarme mal algo de lo que cenamos anoche.

—¡Vaya! —dije—. Pero... ¿vas a ir?

—¡Naturalmente! Llevo todo el año esperando este día. Aunque me estuviera muriendo, no me perdería esa cacería.

Estaba amarillo y ojeroso, y le dieron unas cuantas arcadas cuando fue a montar.

—¡Vamos! —me gritó—. ¿A qué esperas?

Subí a mi caballo y ambos cabalgamos hacia donde se habían concentrado el resto de los cazadores. Los guerreros númidas danzaban frenéticamente al ritmo trepidante de los tambores y la emoción del momento se palpaba. Había una veintena de caballeros y más de cincuenta hombres a pie, con venablos y escudos de cuero. El experto que dirigía la cacería ordenó silencio y explicó detenidamente el plan de caza: avanzar sin demasiada prisa en la dirección que él señalaba, esperando a que los batidores rodearan por el otro lado a las fieras y las condujeran hacia nosotros. Aparentemente era todo muy sencillo, dejando aparte el peligro que conllevaba acercarse a los leones. Pero la dificultad estaba en el hecho de que había que descabalgar, puesto que los caballos resultaban inútiles para enfrentarse a tales fieras.

Avanzábamos en silencio, oteando el horizonte, con el sol a las espaldas que nacía con brillos anaranjados en la lejanía. Yo trataba de imaginar cómo sería el desenlace, pero a mi mente no venían otras imágenes que las que había contemplado en los juegos de fieras en el anfiteatro. De repente, uno de los ojeadores que iban a pie gritó:

—¡Allí! ¡Allí vienen!

Efectivamente, a lo lejos se veía venir hacia nosotros una especie de bultos de aspecto terroso, casi confundidos con el seco paisaje.

—¿Son leones? —le pregunté a Aspasio que iba a mi lado.

—Sí, un buen número de ellos —respondió sin demasiada energía.

Cuando estuvieron más cerca, distinguí las melenas de los machos poderosos, brillando como fuego con los reflejos del sol matinal. También venían hembras y un buen número de cachorros. En ese momento, se intensificó el griterío y el estrépito de los batidores que los empujaban hacia nosotros, y los animales, más pendientes de ellos que de los cazadores que íbamos a su encuentro, aceleraron su huida.

—¡Ahora, ahora! —ordenó el experto que dirigía la maniobra—. ¡Los rederos a los flancos! ¡Y todo el mundo a pie!

Obedientemente, los que portaban las redes se fueron a los extremos de la partida y los demás descabalgamos. Entonces los guerreros númidas se adelantaron a la carrera, lanzas en ristre, para hacer frente a las fieras.

—¿Qué hacemos nosotros? —le pregunté a Aspasio.

—No te apartes de mí —respondió él con una voz que no le salía del cuerpo. Estaba muy pálido y parecía que le flaqueaban las piernas.

—¿Te encuentras mal? —le pregunté, al verle en tal estado.

—Tengo grandes retortijones en el vientre —contestó doblándose sobre sí mismo—. Acompáñame hacia aquellas matas. ¡Por Cibeles, qué inoportunidad! ¡Esta maldita diarrea precisamente ahora!

Cuando íbamos hacia unos matorrales para que el procónsul pudiera descargarse, vi cómo se iniciaba la cacería. Los lanceros, en grupos de diez o doce, se enfrentaban a los grandes machos y a las leonas, mientras los rederos arrojaban sus redes a los cachorros y los envolvían con gran habilidad. Entonces lamenté tener que asistir a Aspasio y no poder contemplar de cerca el espectáculo. Y me subí a un promontorio de arena para no perderme nada de lo que sucedía. Los cazadores lanceaban a las fieras y las remataban; pero sin arriesgarse demasiado, puesto que sólo se acercaban a ellas cuando los númidas y los batidores las habían herido ya suficientemente después de rodearlas. Resultaba como una emocionante batalla, con grandes polvaredas que se alzaban por las carreras de hombres y animales en el fragor de la lucha.

Y el estruendo de las voces, rugidos y ruidos de la batida era tal que apenas oí a Aspasio gritando a mis espaldas, mientras yo contemplaba absorto todo aquello.

—¡Félix! ¡Socorro! ¡Félix!

Me volví y vi cómo una gran leona venía furiosa en dirección a él. Entonces reparé en que estábamos solos, ya que los criados se encontraban más allá, en plena cacería. No me lo pensé. Descendí por el terraplén y fui a hacerle frente a la fiera, antes de que se avalanzara sobre Aspasio, que escapaba como podía, casi a gatas, con las pocas fuerzas que le quedaban. Pero no pude evitar que la leona se echara sobre él violentamente. Entonces reparé en que estaba herida y comprendí lo difícil que iba a ser la cosa. Aun así, pude acertarle en un costado y hendir profundamente mi lanza. Se revolvió como una centella y me propinó un zarpazo en el muslo. Una vez más le clavé el venablo, esta vez en el cuello. Giró sobre sí misma y se desplomó con fuertes convulsiones; momento que aproveché para rematarla sin darle tiempo a rehacerse.

Me pareció mentira verla allí, muerta, tan grande como era. Me temblaban las piernas y una especie de furia salvaje y misteriosa me brotaba de dentro; como una rabia, que me había superado y dominado para poder vencerla. Aspasio, unos pasos más allá, ensangrentado, se ponía en pie y exclamaba:

—¡Por Júpiter! ¡Si no lo veo no lo creo!

Los criados acudieron al momento, advertidos por uno de ellos que se había dado cuenta. Más allá, la cacería estaba ya concluyendo. A nosotros nos subieron al caballo y nos condujeron hasta el campamento, mientras los demás se quedaban allí, recogiendo las piezas muertas y enjaulando a las vivas.

Resultó que, una vez en la tienda, cuando nos quitamos la ropa y nos lavamos las heridas, Aspasio apenas tenía unos rasguños, salvo unos profundos arañazos en la cabeza. Pero mi pierna estaba desgarrada y parecía más grave de lo que supuse en un principio. Así que tuve que dar por terminada la cacería y regresar a Thugga para ponerme en manos de los físicos.

35

El físico que me atendió en Thugga no puso muy buena cara cuando vio mi herida. «Las leonas llevan en las uñas una ponzoña invisible que pudre la carne abierta», me dijo, mientras me lavaba con vino. Aspasio curó enseguida; pero la dichosa ponzoña debió de pasar toda a mi cuerpo, porque la herida de mi pierna se infectó y se llenó de pus. Después me entró una especie de fuego y las fiebres llegaron hasta la cabeza. Fueron unos días horribles en los que tuve que guardar cama entre abundantes sudores y temblores constantes. Hasta que otro físico, más experimentado, decidió aplicarme una cura muy dolorosa que estoy seguro de que me salvó la vida. Con unas finas varillas incandescentes, él y un ayudante me fueron abrasando las zonas corrompidas. Con los ojos vendados, la confusión de la fiebre y el terrible dolor, creí que había descendido a los suplicios del averno. Cuando terminaron me dieron una pócima y, deshecho, caí en un profundo sueño, como si hubiera muerto.

Toda mi vida pasó por mi mente. Podría decir que lo había soñado; pero aquello era distinto. La niñez y la adolescencia estaban otra vez ahí, como vividas en un instante, con sus temores y angustias. Y la muerte, con toda su realidad; como una distancia infinita que te separa de la existencia, como un vacío imposible de rellenar. Después me vi en un mar de aguas oscuras y tenebrosas, inabarcable. Pero al final percibí una orilla y sentí que llegaba a tierra. Era como regresar repentinamente de un viaje. Una voz que sonaba lejana me llamaba; después se hacía más intensa, más cercana.

—¡Félix! ¡Félix! ¡Félix!...

Abrí los ojos y encontré junto a mí el rostro de Vitunia y a su lado el de Aspasio. Recorrí la habitación con la mirada. No reconocía nada, excepto a ellos. Todo me parecía espeso y me costaba mantenerme despierto. Creo que me hundí de nuevo en el sueño durante un tiempo indeterminado. Al fin desperté del todo. Vitunia seguía ahí, pero su esposo ya no estaba. Sin embargo, un poco alejada, había una mujer joven. Fijé mis ojos en ella. Sonreía. Me era desconocida, aunque familiar. Tenía los cabellos castaños, la tez clara, y los dientes blancos y perfectos. Junto a las comisuras de los labios, distendidos por la sonrisa, unos hoyitos le daban un aire cándido, algo infantil, a pesar de que tendría mi edad.

—Es Fidelia —dijo Vitunia al ver que me mantuve mirándola—. Me ha ayudado a cuidar de ti mientras estabas inconsciente.

—Gracias... Fidelia —balbucí.

Con un gesto de su mano, ella me dio a entender que no era necesario mi agradecimiento. Luego se ruborizó sin dejar de sonreír.

—Bueno —dijo—, que te mejores —y se retiró hacia la puerta. Después se despidió.

—¿Quién es? —le pregunté a Vitunia cuando se hubo marchado.

—Una viuda de Cartago —respondió ella—, amiga mía. La invité a la cacería. Pero al saber que yo tenía que cuidarte, enseguida se prestó a ayudarme. Es encantadora. Ya tendrás ocasión de conocerla mejor.

—¡Ah, la cacería! —recordé en ese momento—. ¿Y los demás? ¿Siguen allí?

—¡Oh, no! La cacería terminó y cada uno regresó a su casa. Has estado enfermo una semana.

—¿Tanto?

—¡Claro! Lo que pasa es que con las fiebres se pierde la noción del tiempo. Has dormido mucho, con pesadillas y temores. ¡Tendrías que haberte escuchado! Hablabas en sueños de guerras con los godos y de una tal Dionisia. ¡Hay, quién será esa Dionisia!

—¡Qué vergüenza! —exclamé, cobijándome bajo las sábanas.

—Anda, no te avergüences —dijo Vitunia con tono maternal—. ¿Es malo recordar a una mujer? ¡Ja, ja, ja...!

Cuando pude levantarme, tuve que sostenerme con un bastón durante algún tiempo. Así que decidí permanecer todavía en la residencia de Aspasio, en Thugga, esperando a reponerme del todo para regresar a Cartago. Vitunia me mimó como a un hijo. Pero más placentero que sus deliciosas comidas fue el reposo en su maravilloso jardín, dedicado a la lectura, y a meditar sobre cosas que antes, con tanto ajetreo, no había tenido tiempo de plantearme.

El sufrimiento purifica, dicen. Al detenerme a causa de mi enfermedad, tuve tiempo para reflexionar. Después de haber estado durante meses en la tensión de los oscuros bosques del Danubio, no se me había ocurrido pensar que podía morir en cualquier momento, a manos de los godos. Pero un absurdo incidente, en un día de diversión, puede acabar con todo sin esperarlo. Ésa es la realidad; así de simple. El dolor que había sufrido, la confusión mental de las fiebres y las pesadillas me dejaron en un estado extraño. Al lado de la sensación de haber estado al borde del abismo, empezó a dominarme una cierta indiferencia. ¿Y qué?, pensaba. Al fin y al cabo, ¿qué hay aquí que merezca tanto la pena? Era una abulia nada triste y mucho menos angustiosa; pero teñida de cierta sensación de vaciedad y desgana. Y lo peor de todo era que no tenía a quién contárselo. Aspasio había regresado a Cartago para hacerse cargo del gobierno y, en todo caso, ¿me habría comprendido? No lo creo, puesto que era un hombre vitalista que no se planteaba nada que fuera más allá de sus comilonas, cacería y negocios. Empecé, pues, a sentirme solo, no físicamente, sino en el alma. Es algo muy difícil de explicar. No sé si Vitunia lo hizo a propósito, pero me causó un gran beneficio al traer a menudo a su amiga viuda a casa. Aunque Fidelia no era nada habladora, su presencia me producía un raro bienestar. Las dos se ponían cada tarde un poco más allá de donde yo leía en el jardín y se dedicaban a tejer o bordar, mientras hablaban divertidas de sus cosas. Me encantaba oírlas reír. De vez en cuando me preguntaban algo y yo contestaba poco elocuente. Me bastaba con saber que estaban ahí y comprobar que eran felices. Empecé a fijarme en Fidelia. No era nada llamativa; su belleza era serena y casi inapreciable a primera vista. Pero había algo dentro de ella que salía al exterior y que suponía su verdadera hermosura. Me pareció que era luminosa en su alma. Cuando nuestros ojos se encontraban, sostenía la mirada, sin delatar turbación alguna, pero tampoco con desafío. Era sencilla; creo que eso fue lo que empezó a atraerme. Algunas veces nos juntábamos los tres para tomar un refresco o alguna golosina. Entonces hablábamos de cosas intrascendentes; del calor que hacía o de la mejoría de mi herida. Después cada uno regresaba a lo suyo; ellas a su telar y yo a mis libros. Fidelia intentó en alguna ocasión que yo contara algo de mi vida, pero me hice el desentendido; no quería centrar en mí la atención.

Una tarde Vitunia tuvo que ausentarse (nunca sabré si fue a propio intento). Fidelia llegó a la hora de siempre y, como se manejaba en la casa como si fuera la suya, pasó

hasta el jardín y la criada trajo el telar para que comenzara su tarea. Después de saludarme, me preguntó por su amiga.

—No sé adónde habrá tenido que ir —respondí—, pero no creo que tarde. Ella se encogió de hombros y se dispuso a colocar su bastidor en el lugar de siempre, bajo una higuera, a unos diez pasos de mí. Pronto inició la labor canturreando, como si yo no estuviera ahí. Con gusto, la vi manejar los hilos con sus finos y hábiles dedos, pero no distinguía desde allí la composición del bordado. Lleno de curiosidad, me levanté y me acerqué sigiloso para no interrumpirla. Como estaba de espaldas, no se dio cuenta de mi llegada y continuó absorta. Era un bello cuadro, con pájaros y plantas que rodeaban a una cierva que se acercaba a una especie de torrente de agua azul.

—¡Qué bonito! —se me escapó.

—¡Ah! —exclamó sobresaltada—. ¡Qué susto!

—Oh, perdona, no quería asustarte.

—No... no es nada —balbució—. Sólo que no me lo esperaba.

—Quería decirte que es muy bonito ese bordado —observé señalándolo—. ¿Qué

representa?

—Humm... Me resultaría difícil explicártelo.

—Vamos, inténtalo. No soy tan tonto.

—Oh, no. No quería decir eso. No pienso que seas tonto. Pero el bordado representa algo que me explicaron y que quizá tú no comprendas.

—Aun así, ¿no me lo dirás? Me parece que esa cierva y el torrente significan algo más que una escena campestre.

—Bueno, veo que eres agudo —dijo con una sonrisa entre dulce y maliciosa—. Efectivamente, el bordado guarda un sentido.

—¿Y bien?

—En fin, ya que te empeñas, trataré de explicártelo. Esa cierva representa el alma de una persona. Ese alma está sedienta, ¿comprendes? Y busca por el bosque con qué saciar su sed. Esos pájaros, con sus cantos hermosos, las flores con sus aromas o las frutas con sus múltiples sabores no pueden calmar toda esa ansia... Y, como ves, sólo el agua que está detrás de esos matorrales sería capaz de saciarla, pero está oculta a sus ojos... En el fondo representa a todo hombre; la insatisfacción que mora en nosotros, sin saber por qué

deseamos, sin vernos calmados, sin conocer la causa de tal deseo ni con qué se ha de calmar...

Me quedé perplejo. Aquellas palabras de Fidelia no podían expresar mejor cómo me sentía yo en ese momento. Vi reflejado con claridad el extraño estado que me había embargado desde que desperté de la fiebre. Ahora lo comprendía: esa sensación de desencanto y desgana brotaba de lo que había sucedido en mi búsqueda. Había ido detrás de algo, sin que yo mismo supiera qué; y mi deseo me había conducido por la guerra y por el amor, en pos del prestigio, de hacerme valer... Pero ¿qué había encontrado? Sólo una pregunta: ¿para qué? Y la falta de una respuesta lo dejaba todo inservible, vacío, vano. Mi sed seguía ahí. ¿De dónde nacía esa ansia? ¿Qué podría saciarla?

—Es muy sabio eso que has explicado —le dije a Fidelia—. ¿Dónde has aprendido esa sabiduría? ¿O lo has pensado tú misma?

—Oh, no. Estoy bordando esto porque representa lo que se dice en un cántico muy antiguo que compuso un rey sabio.

—¿Quién era ese rey?

—Un hebreo. Se llamaba David, pero es conocido como el Profeta; porque nadie como él supo expresar lo que es hablar con Dios.

—¿Hablar con Dios? —observé con desdén—. ¡Anda, eso son cosas de judíos! ¡Qué

tontería!

Ella me miró durante un momento, con un semblante sereno, y no dijo nada más. Recogió de nuevo el hilo y retomó su tarea. Yo me había quedado ahí, esperando, y con tono dulce repuse:

—¡Eh! ¿Te has enfadado? ¿He dicho algo inoportuno?

—¿Enfadarme? —preguntó—. ¿Por qué? Tú me preguntaste por el bordado y yo respondí. Si lo que te expliqué te parece absurdo, lo dejamos y... en paz.

—No, no, Fidelia; no me pareció absurdo. Al contrario. Pienso que lo que dijiste es muy sabio. Creo... creo que el cántico de ese David expresa muy bien lo que hay dentro del hombre. Al menos yo lo siento así. Me parece haberlo comprendido: el alma del hombre siempre está insatisfecha; aunque sobreabunde en placeres y dichas, siempre hay algo lejano que añora. ¿No se trata de eso?

—Ciertamente. Eso es precisamente lo que expresa este bordado.

—¿Quieres pasear un rato? —le pedí como llevado por un impulso.

—¿Pasear? —se extrañó ella—. ¿Tienes ganas de pasear? Eso significa que ya te sientes repuesto.

—Bueno, me vendrá bien ir hasta el final del jardín.

Dejó la caja de las bobinas y las agujas y se levantó del taburete. Ambos emprendimos un lento paseo, sin decir nada, hasta donde crecía la última fila de árboles. El agua corría alegre por las acequias y las flores brotaban aquí y allá, entre las hortalizas y los arbustos que exhibían sus frutos maduros. Pero al final, la valla de piedras marcaba el límite de lo verde. Más allá el abrasador verano y los rebaños de cabras había terminado con la última brizna de hierba. En el árido suelo sólo crecían secas y amarillas plantas, entre las cuadras terrosas y los estercoleros donde escarbaban las aves de corral.

—Me dijo Vitunia que vives en Cartago —comenté por decir algo.

—Sí, soy de allí —respondió distraída, mirando hacia los campos—. Pero vengo a Thugga con frecuencia. Vitunia me invita constantemente a su casa. Es una buena amiga.

—¿Pensabas ir a la cacería? Quiero decir que si dejaste de ir sólo por cuidar de mí.

—¿Por qué lo preguntas? —respondió mirándome a los ojos.

—Vitunia me dijo también que te ofreciste para ayudarla a cuidarme cuando supiste que aquella fiera me había herido.

—Humm... Vitunia es demasiado habladora —contestó con un mohín malicioso.

—Bueno, si de verdad te ofreciste, te estoy muy agradecido; pero si fue ella quien te lo pidió, también he de agradecértelo.

Me miró sonriente y estuvo a punto de ruborizarse. Bajando los ojos, respondió:

—Me ofrecí yo.

—¿Puedo saber por qué? No me conocías.

—Sí te conocía.

—¿Eh?

—Claro, tonto. ¿No lo recuerdas? Aquella noche en la fiesta, cuando el procónsul y tú

regresasteis de vuestro viaje de inspección.

—¡Ah, naturalmente! ¡Eras la que estaba junto a la columna! ¡Ahora te recuerdo!

Era ella, en efecto, aunque no la había reconocido, pues en la fiesta tenía un tocado diferente. Por eso me había resultado tan familiar al verla la segunda vez, cuando desperté de la fiebre.

—Entonces —dijo tímidamente—, ¿comprendes por qué me ofrecí a cuidarte?

Su gesto tierno y sus ojos dulces me encantaron. De repente cobró mucho más interés para mí; no sabría decir por qué. Me fijé en el dorado reflejo que el sol de la tarde dejaba en sus mejillas y en su frente. Un cálido vientecillo agitaba su cabello castaño. Algo se agitó

también en mi interior.

36

Aquel tiempo lo recordaré siempre como el de los paseos. El sabio físico de Thugga me aseguró que los humores febriles saldrían de mi cuerpo con largas caminatas y bebiendo abundante agua de una fuente que brotaba en un bosquecillo sagrado, a un par de leguas de la residencia de Aspasio. Me apliqué a aquella medicina sin remolonear. Era un placer seguir esa disciplina al lado de Fidelia, que se prestó voluntaria a acompañarme diariamente. Fueron momentos felices que no olvidaré jamás. Al principio me costaba un poco; pero pronto se afianzaron mis piernas y me sentí ligero como una pluma. Se trataba de hacer que brotara el sudor, siguiendo las instrucciones precisas del físico, para expulsar del cuerpo la ponzoña venenosa de las garras de la fiera, y regenerarse más tarde con el agua fresca y transparente que manaba a borbotones en la umbría de una gruta, entre las rocas de un monte próximo donde se veneraba a un viejo dios de los cartagineses. Era pleno verano y el camino discurría entre amarillos rastrojos, donde todo estaba ya segado y recogido, y no quedaban sino los duros tallos que sólo las cabras podían arrancar del suelo seco, aterronado. A medida que avanzaba la mañana, el horizonte ocre se difuminaba en el ondulante aire que levantaba el calor. Pero las hileras de palmeras sobresalían siempre contra el cielo luminoso y azul. También se veían las lejanas y azuladas montañas hacia las que se dirigían interminables caravanas de camellos, en un fluir lento, parsimonioso, que nacía de las propias entrañas pacientes del África que desconoce la prisa. Y llegas a sumirte en ese ambiente. Sientes que todo permanece, a pesar de las sequías y los vientos ardientes; de las guerras del pasado o los miedos del ahora.

Las gentes saludaban a nuestro paso apresurado, con desdentadas sonrisas, sinceras, de los viejos sentados a la vera del camino; o con largos y simpáticos silbidos de los niños que cuidaban desnudos sus cabras, soleados y tostados por el sol implacable que lo castigaba todo. Y un ir y venir por las veredas llenaba de vida los áridos campos, donde aquí

o allí alguna noria sacaba el agua justa para regar insignificantes huertecillos donde crecían orondas y doradas calabazas.

Me encantaba caminar al lado de Fidelia. Ella iba decidida, empeñada, como si su salud dependiera también del cumplimiento de aquella recomendación del físico. Vitunia se había escusado alegando que estaba demasiado gorda para tal menester. Y yo me alegré de que nos dejara solos a ambos; puesto que, como he dicho, nada me gustaba más que salir cada mañana a emprender el camino de la fuente con mi nueva amiga. Supongo que a ella tampoco le desagradaba demasiado —el calor era a veces sofocante—, pero a mí me pareció que lo hacía únicamente por ayudarme. De vez en cuando hablábamos. Me contaba cosas de Cartago, de su amistad con la familia del procónsul y de su infancia feliz junto a sus padres y hermanos. A mi vez le conté lo que quise de mi vida; lo que no, lo guardé para mí.

Al cuarto o quinto día se mostró más sincera. Entonces me habló de su esposo. Me dijo que había muerto de una extraña enfermedad hacía ahora cinco años.

—Pero... no habías dicho nada —murmuré.

—Bueno. Las cosas van surgiendo poco a poco...

Me quedé en silencio, pensativo. No es que aquello me importara demasiado, pero desde luego venía a poner una variante en el asunto.

Esa misma noche le pregunté acerca de ello a Vitunia.

—Fidelia ha sufrido mucho —me respondió—. Y no se lo merece. Es una criatura encantadora. Primero fue lo de su padre y después lo de su marido.

—¿Lo de su padre?

—Sí. ¿No te lo ha contado? Bien, a ella no le gusta hablar de cosas tristes. Yo te contaré lo que sucedió. El padre de Fidelia era el renombrado Capeliano, legado de Numidia, que había tomado partido por Maximino, cuando la Tercera Legión Augusta fue disuelta. El gobernador de Mauritania le dio muerte y ordenó que todos sus bienes fueran expropiados y su familia vendida. Menos mal que un senador ya maduro se compadeció

de Fidelia. La compró y enseguida la manumitió para casarse con ella. Luego él murió de un mal extraño.

—Pobre Fidelia —comenté—. Ciertamente, ha sufrido.

—Pero no por ello se ha hecho triste o desencantada —añadió—. Por el contrario, es una persona optimista y llena de fe.

—Sí, ya lo he comprobado. Siempre está dispuesta a ayudar.

—¡Claro! Donde ve que alguien padece de alguna manera se ofrece enseguida. ¡Ah, yo misma le debo tanto! Ya ves, a mí no me falta de nada y, sin embargo, es ella la que me consuela y alienta. Conocerás a pocas mujeres como Fidelia. —Dicho esto, me lanzó una mirada cargada de visibles segundas intenciones y añadió—: ¡Ah, si alguien se diera cuenta de la joya de esposa que puede resultar una mujer así!

Me hice el desentendido y procuré cambiar la conversación. Pero lo que Vitunia no imaginaba era que esa idea se había pegado a mi mente sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Pero todavía tenía yo una especie de pereza para el amor que me impedía plantearme nada serio.

Al día siguiente hizo más calor que de costumbre. Además nos entretuvimos y salimos tarde a nuestro paseo. Sería por eso que el recorrido se hizo más largo y fatigoso. Luego, en el bosquecillo sagrado, agradecimos el agua fresca más que ningún día. Me encantó ver a Fidelia refrescarse los brazos y la nuca en el pequeño estanque que se formaba delante de la gruta. La luz entraba en finos rayos desde el techo que formaban las copas entrelazadas de los árboles y jugaba con su piel arrancando brillantes destellos de las gotas de agua. Ella, ajena al principio, se dio después cuenta de que la miraba y me pareció verla ruborizarse.

—¡Uf! Ha hecho calor hoy —murmuró, mientras iba a sentarse en una de las piedras. Me fijé bien en ella. Había conocido a muchas mujeres más hermosas, pero Fidelia tenía un algo especial que me llenaba. No era esa mera atracción que proviene de un cuerpo bello y, sin embargo, me gustaba mucho mirarla y estar a su lado. Pensé entonces que empezaba a hacerme viejo, porque había oído decir por ahí que el primer síntoma es que el deseo pasa a ser menos importante.

—¿En qué piensas? —me dijo ella—. Hoy estás muy raro. ¿Te pasa algo?

—¿Amabas a tu marido? —le pregunté yo, dejando escapar el primer pensamiento alocado.

Me miró y la vi hundirse en un pozo de recuerdos. Pero sus ojos no perdían esa transparencia que la hacían ser tan especial.

—Sí, claro —respondió—. Fue muy bueno conmigo...

—Ya lo sé —observé—. Vitunia me lo contó todo.

—Bueno, entonces me comprenderás. ¡Cómo no iba a amarle!

—Vamos, Fidelia, era mucho mayor que tú. Sería más bien un padre para ti.

—¿Qué quieres decir? —me preguntó con un gesto extraño.

—Bueno, si no quieres hablar de ello...

—¡Oh, sí! ¿Qué quieres saber de mí?

—Te lo preguntaré más directamente: ¿estabas enamorada de tu esposo?

Arrancó una ramita de un arbusto y comenzó a juguetear con ella entre los dedos, sin levantar la cabeza. Después de un momento, alzó la mirada y con rotunda sinceridad respondió:

—No.

Me acerqué hasta ella y le puse la mano en un hombro, que estaba húmedo y frío. Acercó la mejilla al dorso de mi mano y después los labios. Sentí ahora el suave y cálido contacto de su piel y detecté un asomo de estremecimiento.

—¿Y tú? —me preguntó—. ¿Has estado enamorado alguna vez?

—Eso ahora no importa —murmuré atrayéndola hacia mí.

La abracé. Me pareció frágil y, aprecié el aroma de su cabello. Sentí que se refugiaba en mí, como si cesara en ese momento su desvalimiento al encontrar mi alma a la vez que mi cuerpo. Pero cuando intenté besarla se apartó súbitamente y esbozó una sonrisa maliciosa.

—¡Eh! ¿Qué te pasa? —protesté.

—Vamos, se hace tarde —fue su contestación.

Algunos días después pusimos fin a nuestros paseos. Yo me encontraba completamente repuesto y tenía que regresar a Cartago. Agradecí a Vitunia y a Fidelia sus cuidados y partí una mañana de Thugga con una extraña sensación. Me había curado de la fiebre del cuerpo; pero el amor, la fiebre del alma, me ardía por dentro. Cuando llegué a Cartago, me acerqué inmediatamente al palacio proconsular para saludar a Aspasio. Lo encontré eufórico.

—¡Por fin repuesto! —exclamó al verme, extendiendo los brazos.

—¿Y tu herida? —le pregunté yo.

—Ah, curó enseguida. Lo mío no tiene ninguna importancia. Pero tú me has tenido preocupado. ¡Oh, qué maravilla aquella cacería! ¡Qué valentía la tuya! Jamás olvidaré

aquel momento. ¡Con qué arrojo te lanzaste a la fiera!

—Bueno, bueno. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—¡No seas tan modesto! ¡No le restes importancia! —me pidió él, sujetándome por el brazo y conduciéndome hacia su despacho—. Ven, te mostraré algo.

A un lado, en el suelo, se encontraba la piel de la leona, curtida ya y extendida. Me pareció inmensa.

—¡La has mandado preparar! —exclamé—. ¡Sensacional!

—Sí. Es tuya, como recuerdo de aquella hazaña memorable. Y todavía hay más —

comentó yendo hacia un gran envoltorio de telas que comenzó a retirar—. Mira, lo encargué para ti.

Cuando Aspasio retiró las telas, apareció una amplia tabla pintada, en la que se representaba a un cazador lanceando a una leona. Era uno de esos cuadros llenos de colorido que estaban tan de moda por entonces y que solían decorar los salones de las mejores casas. Advirtió mi gesto de admiración y dijo:

—Te gusta, ¿eh? Yo mismo le expliqué al artista lo que debía pintar. Creo que es una buena obra.

Le agradecí efusivamente el regalo a Aspasio y le vi contento como un niño. Enseguida comenzó a contarme las novedades y las últimas noticias llegadas de Roma. Entonces comprendí la causa completa de su alegría.

—Parece que por fin marchan las cosas en Roma —me explicó mientras llenaba un par de copas de vino—. Decio ha conseguido contener la disolución interior del Estado, restableciendo la disciplina y las antiguas costumbres.

—¡Oh, dioses, menos mal! —exclamé—. ¡Vamos, cuéntame!

—Lo primero que hizo fue restablecer la censura, que como sabes fue olvidada desde los tiempos de Claudio y Domiciano. Decio ha propuesto al Senado que se nombre de nuevo al censor, para hacer que retorne aquella vieja institución que tantos beneficios proporcionó a Roma.

—¡Qué genial idea! —me entusiasmé. Yo sabía bien lo que Decio pretendía con ello: retornar a los añorados tiempos del orden imperial, en los que el censor era el magistrado investido de autoridad para salvaguardar la moral pública y el cumplimiento de las leyes—.

¿En quién ha recaído la elección? —le pregunté.

—Valeriano es el censor.

—¡Ah, el viejo Valeriano! Nadie mejor que él para ese cargo. Decio ha sido muy inteligente.

—Sí. Creo que esta vez los dioses han querido que una mente preclara ocupe la cabeza del Imperio. ¡Brindemos por ello!

Con exaltación, alzamos nuestras copas y bebimos llevados por la felicidad que nos causaban aquellas noticias. Después, Aspasio me guiñó un ojo pícaramente y me insinuó:

—Bueno, y con tales expectativas de estabilidad, ¿no vas a sentar la cabeza?

—¿Eh? ¿Qué quieres decir?

—Vamos, Félix, no te hagas el tonto. ¿Qué pasa con Fidelia?

—Pero...

—Anda, pillín, que lo sé todo.

—Pero si yo no...

—Vitunia me lo ha contado: los dos juntitos, a todas horas, paseando desde por la mañana... ¡Ella está encandilada! No encontrarás a otra como Fidelia.

—¿Fidelia...? ¡Pero si no se deja poner una mano encima! —se me escapó.

—¡Ah, ja, ja, ja...! —rió él con ganas—. Esto no es Roma. ¡Ya irás aprendiendo, hombre!

37

Hay veces que te dejas llevar por la vida y cedes en tus determinaciones, de manera que el torbellino de los acontecimientos te arrastra y son los demás quienes parecen decidir sobre lo que te concierne, por importante que sea. Algo así me sucedió cuando, de repente, me vi conducido a mi propia boda, en casa de Aspasio. Él mismo había elegido cuidadosamente la fecha, evitando los meses y los días de malos augurios. Pero, al ser viuda, Fidelia no tuvo que consagrar a la divinidad los juguetes de su infancia; sino que portó el día de la celebración el huso y la rueca, símbolos de la actividad doméstica. Cuando me vi de repente en la puerta, esperando a que apareciera la novia, sentí una especie de vértigo extraño y un amago de tristeza se asomó a mi alma. Pero pronto apareció Fidelia, acompañada por su cortejo, en el que iba Vitunia como tutora y tres muchachas jóvenes que tenían vivos a su padre y a su madre, según determinaba la tradición. Iba vestida con el traje nupcial ceñido con el típico cinturón y cubierta la cabeza con el velo rojizo que solía usarse en Cartago. Y me tranquilicé al verla sonreír, saludable y bella, aunque con cierto halo de candidez, como si fuera apenas una quinceañera conducida por sus familiares a los esponsales.

A continuación la pronuba, una matrona que dirigía la ceremonia, unió nuestras manos, poniendo una sobre otra. Y después procedimos a firmar los tabulae nuptiales. Tras el banquete, hacia el anochecer, fuimos acompañados hasta mi casa. Se fingieron lágrimas y lamentos y ella se despidió de todos los suyos, mientras se emitían los cantos propios del momento. De repente nos vimos solos los dos, en las habitaciones que los criados habían adornado con flores, guirnaldas y tapices, y sentí con plena claridad que una nueva etapa daba comienzo en mi vida.

Si había algo en mí que rechazaba la estabilidad y la vida familiar, se disipó por completo. Fue como si me brotara desde dentro otro ser, que hasta entonces había estado oculto, tal vez sepultado por tal maraña de cambios, viajes y aventuras que no le habían dejado manifestarse. Era el Félix que en el fondo amaba la calma y que, desde hacía tiempo, había dejado de hacerse preguntas. Fidelia lo despertó, lo sacó a la luz exterior y lo cubrió de cuidados y mimos. Qué delicioso fue para mi alma remansarse en ella y descansar en el cálido regazo de su amor incondicional y sincero. Vinieron días felices. Mi villa estuvo pronto terminada y ella la llenó de color y alegría. Fue maravilloso por otra parte tener a alguien que se ocupaba de todo. Creo que en eso quiso parecerse a su benefactora, Vitunia, y buscó ser para mí la mujer de su casa que en el fondo le gusta tener a todo hombre. Me organizaba fiestas y así fui siendo conocido en Cartago. Me procuró pronto una servidumbre de lo más adecuada, con la que se llevaba admirablemente, y logró en poco tiempo hacerme preguntar a mí mismo cómo era posible que hubiera podido antes vivir sin ella. Pero nada de eso fue mejor que experimentar esa dulce sensación de no estar solo, en la rutinaria sucesión de los días, cuando la vida avanza sin que uno tenga que ir a parte alguna o regresar a ningún sitio. Me encantaba oírla canturrear por las mañanas o verla en su paz habitual encargarse de las plantas, alimentar a las palomas o bordar plácidamente bajo la gran acacia de nuestro jardín. Hablábamos mucho los dos. Nos fuimos conociendo sin prisas; descubriéndonos en nuestros paseos, que retomamos, pues nos pareció que les debíamos el habernos encontrado; en la escucha conjunta de una flauta lejana; en las poesías que se sabía y que recitaba para mí cuando se lo pedía; en la contemplación del mar o en el silencio, pues también había silencios. Cada uno contó de su vida lo que quiso. Eso fue como un pacto tácito. Lo demás fue surgiendo solo, poco a poco; sin que la curiosidad exprimiera el pasado, pues el presente tenía fuerza suficiente para mantenerlo todo luminoso, vivo y amable.

Una tarde fuimos junto a la orilla del mar. Fidelia solía ser natural, pero de suyo era pudorosa. No conseguí que se quitara la túnica y que jugara conmigo en el agua. De manera que tuve que conformarme viéndola con la blanca espuma hasta las rodillas, aguardándome muy quieta mientras yo me adentraba nadando hacia donde no se hacía pie.

—¡Félix, por favor, no te alejes más! —la oí gritar preocupada, con las manos juntas a la altura del pecho, como en una piadosa súplica—. ¡Sal ya del agua! ¡Félix!

—¡Anda, tonta! ¿No te dije que me crié junto a un río? —le contesté indolente, antes de lanzarme en veloces brazadas hacia la profundidad.

—¡Félix, no! ¡Por favor, no lo hagas!

Sentí un absurdo e infantil placer mortificándola de aquella manera, e incluso me sumergí aguantando la respiración cuanto pude, para desaparecer de su vista durante un rato e intensificar su temor. No sé por qué me dio por divertirme haciéndola sufrir como un niño travieso. Pero, cuando regresé a la orilla, la encontré impávida, con el terror grabado en los ojos y un temblor en los labios, amoratados. Entonces me arrepentí de haberle hecho aquella pesada broma. Fui hacia ella y la abracé.

—Pero, Fidelia, querida, ¿qué te sucede? Era un juego. No habrás pensado de verdad que... ¡Vamos, reacciona!

Se aferró a mí con un llanto convulsivo, como si verdaderamente me hubiera recuperado de las profundidades. Luego, entre beso y beso, sin ira, me suplicó:

—Félix, cariño, no vuelvas a hacerlo... ¡Por favor! Ha sido horrible. Júrame que no volverás a asustarme de esa manera.

—Claro, querida, claro... Perdóname. Nunca pensé que te lo tomarías así. Fuimos a sentarnos más allá, en la arena fina caldeada por el sol. Hubo un rato de silencio, mientras ella se calmaba y yo me maldecía por haber hecho aquella estupidez.

—Fidelia —insistí—, por favor, perdóname. No volverá a suceder, lo juro.

—No te culpes demasiado —respondió—. Ya sé que no lo hiciste con mala intención. Pero hay algo que debes saber para comprender por qué reaccioné así.

—Bien, querida, tú dirás.

—A mi padre lo ahogaron en este mar —prosiguió dejando la mirada perdida en el horizonte.

—¡Oh, dioses! —exclamé—. ¿Cómo fue? ¿Quieres hablar de ello?

—Fue horrible, Félix —respondió llevándose las manos a los ojos—. Él era un militar íntegro, alguien demasiado obcecado. ¡Maldita política! Se empeñó en apoyar a Maximino... Pero sus propios hombres le traicionaron. Se dio cuenta cuando era ya tarde, pero aun así pretendió que nos salváramos y... Entonces yo era muy pequeña. Una noche nos despertó a mi madre y a todos los hermanos. Corrimos hacia la playa donde nos aguardaba una nave para huir hacia alguna parte. Sería aquí en este lugar, o más allá, no lo recuerdo muy bien, pero no debió de ser muy lejos de aquí. El caso es que, nada más zarpar, nos dieron alcance los soldados del gobernador de Mauritania que nos habían seguido hasta aquí, hasta Cartago, avisados por algún espía. Cuando mi padre vio que todo estaba perdido, se arrojó al agua y la pesada armadura le condujo enseguida hacia las profundidades. Nunca olvidaré su mirada... Yo le vi lanzarse al mar. ¿Comprendes?...

¡Oh, Dios!

—Ya, ya está, querida —la abracé. Temblaba como una pequeña niña asustada. Creo que revivía aquel momento como si aún estuviera ahí—. Ahora estoy yo contigo y no debes temer nada. Pero desahógate, te vendrá bien para tranquilizarte. Sollozó un poco más y después se calmó. Estuvimos así, abrazados bajo el suave sol de la tarde durante un rato, escuchando el murmullo de las olas y los gritos espaciados de una gaviota. La sentí mía, desvalida y adorable; saboreé la sal de sus lágrimas y la estreché

fuertemente para darle seguridad. Luego fui yo el que deseó que ella supiera algo más de mi vida.

—¿Sabes? —le dije casi al oído—, ya hay una cosa más que nos une. Yo perdí a mi madre siendo todavía un muchacho. También a ella se la tragaron las aguas. Creo que desde que aquello sucedió no lo había vuelto a comentar con nadie. Fue como si el recuerdo brotara de repente, con toda su realidad. Le conté el suceso, sin ahorrarme detalles: lo que sentí entonces, cuando mi madre fue a celebrar un rito a Isis en una isla del río Anas, en un día de tormenta; su barca fue arrastrada por el ímpetu de la corriente y ella pereció ahogada, sin que su cuerpo fuera encontrado hasta pasadas muchas horas de búsqueda. Fidelia me escuchó atenta, sin interrumpirme, con los ojos cargados de compasión. Cuando terminé mi relato, fue ella la que tuvo que consolarme a mí, pues debió de darse cuenta de que se me había hecho un nudo en la garganta y casi me habían brotado las lágrimas.

—Mi Félix —comentó con ternura—. Mi adorable y dulce Félix. ¿Sabes una cosa? Hay algo en ti de niño y, ¿cómo decirlo...? Desvalido. ¡Eso! En el fondo, a pesar de tus historias de guerras y tus viajes llenos de peligros, eres como un niño...

—¡Eh! ¡Será posible! —repliqué con falso enojo—. ¿Te crees tú muy madura? ¿Quién lloraba hace un rato como una niña asustada? ¿Me voy otra vez al agua? —amenacé con un ademán de ponerme en pie.

Entonces se arrojó sobre mí y ambos rodamos por la arena, en una fingida pelea que culminó en otro abrazo, más fuerte que el anterior. Juntamos las mejillas y sentí su piel suave, al mismo tiempo que su corazón palpitando contra mi pecho, cuando ella estuvo sobre mí. Una brisa fresca llegó después de que el sol se apagara en la lejanía del mar. Deseé que aquél fuera el último momento de la vida y que todo permaneciera así, quieto, pero encendido de amor.

—¡Qué dicha tan grande haberte encontrado! —le dije al oído—. Eros ha sido muy generoso conmigo.

—Félix, ¿dices eso de corazón?

—¿Lo dudas? Hace poco que estamos juntos, pero empiezo a estar seguro de que eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Ella se separó entonces y me miró con unos ojos transparentes que mostraban un gozo infinito.

—Me alimentaré durante años de esas palabras —comentó—. ¡Gracias por haberlas dicho!

Nos hubiéramos quedado allí toda la vida, pero la brisa empezó a ser más fría y nuestras ropas eran de veraniego lino ligero, de manera que vimos llegado el momento de regresar. Nos sacudimos la arena y emprendimos el camino que subía hasta Cartago. Los pescadores también regresaban con la última luz de la tarde. Arriba, el destello anaranjado del sol permanecía aún prendido de los edificios más elevados que se destacaban contra el cielo azul que se iba oscureciendo. Había una calma deliciosa invadiendo la ciudad baja, con el mar al fondo, surcado como siempre por las naves que llegaban o se alejaban del puerto, y los cientos de farolillos que se encendían en los pequeños establecimientos que humeaban ya ofreciendo pescado asado, frituras y cerveza, cuyos aromas comenzaban a extenderse por la zona portuaria. Fidelia me pidió divertida:

—Félix, cenemos hoy en uno de los puestos, al aire libre, como un matrimonio más de pescadores.

Me pareció una buena idea, pues así podíamos prolongar aquel momento tan especial y, además, era difícil que alguien pudiera reconocernos.

—¿No tendrás frío? —le pregunté.

—Me aguantaré. ¡Me hace tanta ilusión!

Nos detuvimos en el puesto que nos pareció más adecuado, al abrigo de las piedras de la muralla caldeadas por el sol de la tarde, después de ser requeridos por los dependientes de todos los demás establecimientos por los que fuimos pasando.

—Habéis hecho una buena elección, amigos —nos dijo amablemente el dueño, mientras extendía una bandeja de pescados frescos—. Puedo freíros o asaros lo que deseéis y sabed que tengo el mejor garum de Cartago.

Nos decidimos por una especie de anguila que se cogía en aquellas aguas y que estuvo deliciosa aderezada con una salsa que nada tenía que envidiar a las de los mejores cocineros de Roma. Pero la cerveza de África siempre me pareció agua lodosa, así que le pedí vino, que el amable dependiente fue a buscar presuroso a una taberna cercana y que no me resultó demasiado malo. Hablamos mucho esa noche; creo que más que en todo el tiempo anterior desde que nos conocimos. Cada uno contó sucesos de su vida, lo triste y también lo alegre. Me di cuenta de que éramos más parecidos de lo que supuse en un principio. También reímos. No recordaba haberme divertido tanto desde hacía años. Ella me hacía joven, y experimentaba a su lado esa deliciosa sensación de no tener que fingir, ni aparentar nada, ni reservarme nada. Creo que una mirada de sus ojos era suficiente para sentir mi alma al descubierto. Al principio nuestras palabras estaban llenas de prisas y urgencias, pero después se fueron apaciguando, hasta que por fin se abrió esa puerta misteriosa y aparecieron los fantasmas de la felicidad. Entonces hubo un momento de silencio y hablaron sólo los ojos. No sé si a ella le sucedió lo mismo, pero yo experimenté

ese misterioso vértigo de llegar a creer que nos conocíamos de una vida anterior, o antes aún, de toda la eternidad.

—Fidelia —le pregunté, rompiendo el mágico encanto—, ¿temes a la muerte?

—¡Eh! —se sobresaltó—. ¿A qué viene eso ahora?

—No lo sé. Me vino de repente la pregunta.

Extendió las manos y las situó delicadamente a ambos lados de mi cara, como sosteniéndola.

—¿Y tú, Félix, temes tú a la muerte? —dijo.

—Antes no la temía... Pero creo que ahora sí.

—¿Por qué?

—Porque temería a todo aquello que pudiera separarme de ti, supongo. Cuando me besaron, sus labios no hablaron de otra cosa que de la vida. Fueron ardientes y palpitantes, y dulces, por un leve resto de aquel vino delicioso.

—Anda, tonto —dijo después—, regresemos a casa; ahora parece que empieza a hacer más frío.

Pasé mi brazo por su talle y solté una moneda sobre el mostrador. Todavía quise apurar mi copa, pero ella ya se había puesto de pie.

—Tienes razón —observé—, soy un tonto. No debería haber estropeado un momento tan hermoso con una pregunta así.

Emprendimos la cuesta de subida a la ciudad alta bañados por una azulada luz de la luna. El fuego del faro ardía allá lejos, enviando reflejos anaranjados al mar. La noche no podía ser más bella.

—¡Nada nos separará! —dijo ella de repente, ansiosa—. ¡Nada, nada, nada...!

38

El verano avanzó hacia su fin y el roce del otoño suscitó en mi madurez esa tristeza cósmica que produce la felicidad cuando ya no se es joven del todo. Aunque el sol de África nunca palidece, tanta belleza y tanto amor decaían en mi interior al mezclarse con el amargo omnipresente del destino y la muerte. Con frecuencia me preguntaba por qué

tenía yo que ser de esa manera y empezaba ya a estar definitivamente harto de cargar con mis viejos interrogantes. Pero ¿podía acaso librarme de ellos? No sabía en aquel momento cuáles de los recuerdos, que durante los últimos años habían permanecido dormidos en la memoria, retornaban ahora para empañar el presente con el vaho de la añoranza.

Trataba de explicárselo a Fidelia y al principio no me entendía.

—Pero ¿no somos acaso felices? —me decía—. ¿No eres feliz conmigo?

—Sí, claro. Gracias a ti todo es más fácil —le respondía yo, y así lo pensaba de verdad. Pues si no hubiera sido por ella habría languidecido.

—¿Qué es lo que te angustia, cariño? —insistía preocupada—. ¿Echas en falta algo?

—No lo sé... Es muy difícil de explicar.

—Quizás es tu tierra lo que añoras. ¿Te gustaría regresar a Hispania?

—Humm... No creas que no lo he pensado últimamente. Pero ahora eso no puede ser. Decio me confió este puesto y no puedo defraudarle dejándolo. De todas formas, creo que eso tampoco sería la solución. Mi problema es algo profundo... ¿Recuerdas lo que me explicaste aquella vez en el jardín de la casa de Aspasio en Thugga? Sí, mujer, cuando estabas bordando la cierva y el manantial en una tela. ¿Lo recuerdas?

—¡Ah, sí! Te refieres a lo que hablamos acerca del alma que está sedienta y que busca ansiosamente, cuando apenas nos conocíamos.

—Pues eso. No sé de dónde sacaste aquellas explicaciones, pero nada mejor podría expresar cómo me siento.

Ella se quedó en silencio, pensativa. Me resultaba agradable que me escuchara, con tanto interés, con sus tostados brazos desnudos apoyados en la mesa y una expresión honrada y preocupada en la bonita cara, con el liso cabello oscuro recogido a los lados. Pasado un rato, empezó a hablar de cosas que se había reservado hasta entonces.

—Voy a decirte algo que no he contado a nadie. Cuando murió mi anterior marido me hundí totalmente. Todavía no había superado del todo lo de mi padre y otra vez me encontraba sola. Era demasiado. Me negué a comer y la vida perdió interés para mí. Lo único que me hacía mantenerme un poco viva eran mis amigos. Entonces Vitunia me ayudó, ya lo sabes. Durante algún tiempo fui a alojarme a su casa y se portó muy bien conmigo. Pero el mayor beneficio que pudo hacerme fue llevarme a ver a un conocido suyo que sanó mi alma.

—¿Que sanó tu alma? ¿Qué quieres decir?

—Verás. Vitunia, como te he dicho, me llevó a casa de ese hombre, un tal Tascio, con el cual hablé sólo en un par de ocasiones, pero que me infundió una gran fuerza y consiguió

que se restableciera en mí el deseo de seguir adelante.

—¿Es un filósofo ese tal Tascio? —le pregunté lleno de interés.

—No exactamente. Es un hombre sabio, eso sí, pero no al estilo de los filósofos. Fue rétor y un abogado eminente, pero un día lo dejó todo, según me contaron, y se dedicó a otras cosas.

—¿A otras cosas? ¿Qué cosas?

—Sí, a cosas religiosas.

—¿Religiosas? ¿Se inició en algún misterio?

—Se hizo cristiano.

—¡Ah, haber empezado por ahí! Ese tal Tascio es un cristiano, ¿no?

—Sí. Tengo entendido que actualmente es como el jefe o el sumo sacerdote de los cristianos de Cartago. Pero no me hagas mucho caso porque no estoy muy enterada. Aunque... Vitunia seguramente podrá darnos más información.

—Pero, dime, ¿qué es exactamente lo que te dijo ese cristiano?

—Humm... Ahora no podría poner muy en claro todo lo que me dijo, pero recuerdo que eran palabras muy convincentes y consoladoras. También impuso sus manos sobre mi cabeza y oró a su manera. Y... una luz nueva entró dentro de mí.

—¡Bah! ¡Cosas de cristianos! —repliqué con desdén—. Yo también conocí a algunos sabios cristianos y me parecieron muy convincentes. Pero luego empiezan con todo eso de la cruz y la muerte cruel de su dios, ese Jesús, y todo se vuelve confuso y absurdo. Sinceramente, hoy por hoy no creo que esa religión pueda resultarme útil.

—Sí —asintió ella—, tal vez tengas razón. Pero yo sólo puedo asegurarte que ese Tascio a mí me ayudó mucho.

—¿Y no has vuelto a verle?

—No.

—¿Y Vitunia? ¿Le ve con frecuencia?

—Sí, de vez en cuando. A Vitunia le gusta mucho enredar en esas cosas. Si no fuera la mujer del gobernador se habría hecho cristiana ya.

No hablamos más del tema. Pero Fidelia debió de comenzar a darle vueltas al asunto en su cabeza, de manera que poco después empezó a frecuentar unas reuniones en la casa de ese tal Tascio. Venía encantada y me contaba lo que él les decía y lo que hablaban en esas tertulias. El caso es que a mí no me parecía mal en absoluto. Siempre que ella se divirtiera y fuera feliz, yo estaba conforme. Pero cosa diferente era que quisiera involucrarme a mí en esos asuntos.

—Deberías venir, Félix —insistió—. ¡Es sensacional! Aclararías muchas de tus dudas y serías más feliz.

—Oh, no, querida, ya te lo he dicho muchas veces. No me interesan los misterios orientales. Ya tuve bastante con ellos en mi juventud. Ahora, con la religión romana tradicional tengo suficiente.

—¡Pero eso no puede llenarte! Es siempre lo mismo.

—Anda, dejémoslo —repliqué—. Disfruta tú con esas cosas, pero a mí no me líes. Por un tiempo tuve que dejar de lado mis preocupaciones espirituales y dedicarme de lleno a mi cargo de legado. En el sur, más allá de Capsa, algunas tribus nómadas se habían sublevado y habían pasado a cuchillo a todos los efectivos de una guarnición limítrofe. La cosa había empezado a causa de una simple pelea entre familias por la posesión de un pozo en uno de los oasis, para ir aumentando hasta convertirse en una fiera revuelta que, como siempre, terminó viendo en Roma y en el Imperio la causa de todos los males. De manera que tenía que ser implacable, para evitar que el fuego rebelde se extendiera y llegase a convertirse en verdadera amenaza para alguna de las ciudades principales.

Me trasladé a Capsa con la legión y mandé a la flota hasta la isla de Girba, para organizar desde allí un desembarco masivo en Tapa-cae y cortarle a los rebeldes una posible escapada hacia los desiertos que tan bien conocían. Fue como aplastar hormigas a pisotones. No sé cómo habían llegado a suponer que podían enfrentarse al ejército y salir bien parados. En poco menos de una semana deshicimos la resistencia, arrasamos sus campamentos y exterminamos a todos los sublevados. Las mujeres y los niños fueron conducidos a Adrumetum, como un rebaño lloroso, para ser embarcados con destino a diversos puertos donde serían vendidos. Y también fueron capturados medio centenar de cabecillas que llevé a Cartago para exhibirlos en los festejos que el gobernador venía preparando hacía tiempo para exaltar al nuevo emperador.

Cuando llegué a la capital al mando de las tropas, con un amargo regusto por la crueldad de aquella misión, fui recibido como un jefe victorioso por la multitud deseosa de jolgorios que salió a las plazas sabedora de que pronto podrían disfrutar de unos buenos espectáculos públicos.

Por la noche, en la cena que se dio en la residencia del gobernador, Aspasio me felicitó

eufórico delante de todos los magnates de la ciudad. Pero después del brindis, cuando fui a sentarme a su derecha, no pude evitar manifestarle mi malestar.

—Ha sido demasiado fácil —le comenté—. No es lo mismo enfrentarse a un ejército de poderosos godos bien armados que despedazar a unos cuantos cientos de nómadas extenuados por las sequías de su ardiente desierto. No, no me gustan este tipo de campañas. Prefiero la guerra abierta a las operaciones de castigo. Y, por lo que empiezo a ver, mi tarea aquí no va a ir más allá de perseguir nómadas harapientos.

—¡Hombre, no te quejes! —protestó Aspasio—. Esto no deja de ser una victoria y te dará prestigio, tanto aquí, en Cartago, como en Roma.

—Lo siento, Aspasio, no puedo evitarlo. Me acostumbré en el Danubio a otro tipo de guerra.

—Bueno, bueno, no seas tan negativo. ¿Qué más quieres? Dentro de unos días inauguraré los juegos. He traído fieras abundantes para que durante dos semanas el anfiteatro no pare de ofrecer los mejores espectáculos; gladiadores, compañías de teatro y, como comprenderás, esos cincuenta jefes rebeldes nos vienen de maravilla para darle carnaza al pueblo. ¿Qué más podemos pedir? Nos está saliendo todo de maravilla. Cuando se sepa en Roma, Decio estará contento.

—No sé...

—¡Vamos, Félix, no pongas esa cara! Eres un héroe. Compórtate como tal. Bebe y disfruta. Tienes una mujer muy hermosa. ¿Te vas a amargar por haber cumplido tu deber?

Me pareció que Aspasio tenía razón. Bebí y traté de divertirme. No era muy difícil dejarse seducir por los halagos de tanta gente importante.

Dieron comienzo los juegos. Aquello no era Roma, pero en Cartago sabían organizar las cosas a su manera. La procesión que abrió los ludi circenses fue precedida por una banda singular de músicos a los que seguía el carro adornado donde iba montado el gobernador, rodeado de personas vestidas de blanco y seguidos por las imágenes de los dioses con las asociaciones y colegios sacerdotales que les correspondían. En lugar preferente iba la estatua de Decio que fue aplaudida y ovacionada a rabiar por la multitud durante todo el recorrido. A mí me correspondió presidir el desfile triunfal, al frente de mis oficiales, a caballo y seguidos por una representación de la legión que arrastraba a los cautivos rebeldes, cargados de cadenas, abucheados y escarnecidos por la gente que veían realizado su mayor placer humillando aún más a aquellos desdichados.

Cartago contaba con una buena escuela de gladiadores, pero, para darle mayor interés a los juegos, se trajo a luchadores de Preneste, Rávena y Alejandría, que eran entonces los más afamados. Me imagino que los gastos de los contratos con los lanistae y los traslados de los hombres y la impedimenta debieron de suponer una verdadera fortuna. Sin embargo, las representaciones teatrales fueron pobres y poco lucidas. Las compañías concedieron demasiado al gusto de la época y abundaron las obscenidades en el mimo. Ni siquiera la única tragedia que se representó puede decirse que estuviera a la altura de la ciudad tan importante que era Cartago.

En cambio, en el anfiteatro, en los juegos de fieras no se escatimó. Y no era para menos, pues estábamos en África, donde tenían su sede los principales negocios de este tipo de espectáculos, y de donde partían los animales para los juegos de Roma y de otros lugares relevantes.

Había oído decir que Pompeyo preparó en Roma una lucha de quinientos o seiscientos leones, dieciocho elefantes y otros cuatrocientos diez animales salvajes traídos desde África. Y también que en una cacería preparada por Augusto se mataron treinta y seis cocodrilos en el circo Flaminio, inundado para el propósito. Se cuentan todo tipo de historias al respecto; como que Caligula preparó una lucha entre cuatrocientos osos e igual número de bestias salvajes africanas. No puedo imaginar cómo sería un espectáculo de ese tipo. En cierta ocasión, durante los juegos del milenio de la fundación, vi el venatio de animales salvajes en el anfiteatro Flavio: grandes felinos, toros y osos enfrentados a hábiles cazadores, entrenados a los efectos; que terminaban con la emoción de ver sometidas a las bestias, aunque también había heridas y muertes entre los hombres. Pero lo que habían organizado en Cartago era una exhibición sanguinaria capaz de poner los pelos de punta a cualquiera.

Por mucha emoción que tuvieran tales escenas, siempre preferí el teatro. Creo que en ello influyó el gusto personal de mi abuelo Quirino, educado como estaba en el alma del estoicismo, que siempre condenó severamente estas frivolidades. Por eso no sentí sino repugnancia cuando un centenar de cautivos, entre los que estaban los nómadas capturados por mi ejército, fueron obligados a enfrentarse, de forma imperfecta o casi indefensa, sin entrenar y con pobres armas, a la furia de leones, panteras y elefantes azuzados por el hombre o aguijoneados con hierros candentes. Me pareció algo horrible y una náusea se pegó a mi garganta para terminar de amargarme los festejos. Fidelia se negó a ir al anfiteatro. Vitunia y ella estaban cada vez más iniciadas en el misterio cristiano y ese Tascio era absolutamente contrario a los juegos de gladiadores y fieras. Me alegré de que mi mujer se ahorrara la sanguinaria escena. Pero Aspasio no estaba del todo conforme. Él era el gobernador, y la ausencia de su esposa en el palco que reunía a las autoridades no dejaba de ponerle en cierto compromiso.

—Me da igual que se haga cristiana —me comentó con disgusto—. No tengo nada contra los cristianos, ya lo sabes. Pero me fastidia que esa religión altere nuestras costumbres.

—Bueno, bueno —traté de calmarle—. A mí tampoco me gustan demasiado algunos de estos espectáculos. Cada día hay más gente que empieza a mirar mal toda esa sangre absurdamente derramada.

—¡Qué estupidez! —replicó—. Y también hay mucha gente que disfruta con ello. Así

ha sido siempre y así será siempre. ¡Qué estúpida manera de amargarse la vida! ¡Qué

tendrá que ver la religión de uno con los juegos!

Esa misma noche, el día que terminaron los ludi, quise hablar de ello con Fidelia. Le conté la conversación que Aspasio y yo habíamos mantenido y me interesé por conocer su opinión.

—Félix —observó—, esos juegos son inhumanos y crueles. Ya te dije que no soporto esa manera de divertirse.

—Sí, querida, yo te entiendo. A mí tampoco me gustaron nunca demasiado. Me parece muy bien que no acudas si no es de tu agrado. Pero me preocupa que alguien pueda meterte pájaros en la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Ese Tascio —dije al fin—; no le conozco...

—¡Ah, es eso! Querido, ¿qué te preocupa? Ya te he contado todo lo que hablamos en esas reuniones. Tascio, como otros cristianos y mucha gente de bien de Cartago, piensan que es un sinsentido y una barbarie atroz organizar juegos para que la sangre apaciente la crueldad de los ojos. En el fondo, es lo mismo que tú piensas, ¿no?

—Sí, pero hay algo más —repliqué—. Tampoco has ido al teatro. Ahí no había ni crueldad ni sangre.

—¿Para ver las mayores obscenidades? ¿Para tener que soportar el lamentable espectáculo de enanos y mujeres rebajados a lo más depravado? ¿Para ver a la gente reírse viendo representar las torpezas, vicios e incestos y toda clase de ignominias contra las leyes de la naturaleza?

—¡Querida, son representaciones! ¿Qué mal pueden causarte?

Me miró con unos ojos alterados, entre suplicantes y angustiados. Se acercó más a mí y me cogió las manos entre las suyas.

—Félix —dijo—, sólo quiero sentirme bien. Quiero sentir la gran dignidad de mi alma y de la tuya... De la de todo hombre. Este mundo nuestro está contaminado. ¿No lo ves?

—¡Ah! ¿Es eso lo que te ha dicho ese Tascio? —me enojé—. ¿No ves que ése es el sistema de todos esos predicadores? ¡Claro, así es muy fácil! El mundo contaminado, ponzoñoso, pernicioso... Y ellos los únicos puros y perfectos... ¡Vamos, esa historia ya me la sé!

—No, querido, te lo ruego, no te enfades —suplicó—. Quisiera que tú le escucharas. No puedes juzgar lo que no conoces. Por favor, acompáñame a una de las reuniones. Conoce a Tascio y después podremos hablar.

—Pero, Fidelia —le dije más calmado—, no estoy enfadado. Lo que pasa es que yo ya he tenido contacto con hombres de ese tipo y...

—¿Te hicieron acaso algún mal?

—No, ningún mal.

—¿Entonces?

—Es difícil de explicar... No sé. Hay algo dentro de mí que me impide aceptar las doctrinas de esa gente.

—¡Pero, por Dios; qué tienen de malo! —replicó ella—. ¿Es malo acaso descubrir la dignidad que tiene el alma?

—Bien, bien, querida, dejémoslo —le pedí—. No tengo nada en contra de esas reuniones tuyas con cristianos. Por mí, puedes seguir asistiendo. Lo importante es que tú

y yo seamos felices.

—¡Oh, Félix, gracias! —exclamó rodeando mi cuello con sus brazos—. ¡Eres tan bueno!

La abracé. No quería hacerla sufrir ni un momento. Pero no estaba dispuesto a que nadie sembrara en su alma dudas o temores.

39

—Bueno, ¿qué quieres saber acerca de ese tal Tascio? —me preguntó con disposición Aspasio cuando fui a verle al palacio del gobernador.

—Todo lo que puedas decirme —respondí. Había estado preocupado desde mi discusión con Fidelia y decidí que no pasara ni un día más sin abordar el asunto.

—¿Te interesa tanto ese rétor cristiano?

—A mí, no demasiado, pero sus enseñanzas están afectando a Fidelia y eso...

—¡Ja, ja, ja...! —rió, encogiéndose de hombros—. ¡No te preocupes, hombre! Ya ves, mi mujer también acude hace tiempo a sus reuniones y yo, aunque soy el gobernador, no le doy la más mínima importancia.

—Pues el otro día, en el anfiteatro, estabas enfadado porque no había acudido a los juegos de fieras.

—Sí. ¿Y qué? —observó indiferente—. Porque me parecía una cabezonería absurda de mujeres. Tampoco a Vitunia le gusta que yo vaya de caza y, aunque se enfada, las cosas cambian poco.

—No, no, Aspasio, creo que no me has entendido. A mí no me preocupa en absoluto si nuestras mujeres son o no contrarias a los juegos de fieras y gladiadores. Ya sabes que yo no soy muy partidario. Lo que me inquieta es que Fidelia puede entrar en una determinada concepción de la vida. Ese predicador, al parecer, tiene una personalidad muy fuerte y puede llegar a convencerla de verdad.

—Bueno, ¿y qué? —dijo con gesto despreocupado—. Es una diversión más. Ellas no tienen guerras, ni cacerías. ¡Déjalas que se diviertan a su manera! Aquí en Cartago estamos acostumbrados a que la gente crea en lo que más le guste. Esto no es Roma, amigo mío.

—Pero, Aspasio, ¡cómo puedes decir eso! ¿Y si se hacen cristianas?

—Pues se hacen.

—¿Eh? ¿No te importa?

—Hombre, sí, pero no demasiado. Mira, querido amigo, ya te dije que aquí en Cartago la gente, llamémosle, «importante» es de Isis o de Tanis, de Cibeles o de... ¿Qué más da? En su vida privada pueden seguir la religión que quieran. Lo importante es que en público veneren a la dea Roma y al divino emperador y que los viejos dioses, los de siempre, sigan en sus pedestales. ¿No es eso lo que quiere Decio? ¿No es lo ideal para nuestro Estado?

—Bueno, visto de esa manera...

—Pues, entonces, no te preocupes, hombre.

—Pero ese Tascio... —insistí.

—Bien, bien, te hablaré acerca de él, si es lo que quieres. Ese tal Cecilio Cipriano, apodado Tascio, es cartaginés de nacimiento. Tendrá unos cuarenta años y su familia es rica, creyente en los dioses de Roma y culta, perteneciente al mejor círculo de potentados del Africa proconsular. Yo conocí bien a su padre y tanto él como sus hermanos son buenos amigos míos.

—¿Es posible? —le interrumpí.

—Sí, pero déjame terminar, yo te iré explicando. Tascio se educó de la mejor manera que un joven puede pretender: pasó por los estudios menores, superiores y después cursó

la retórica y las leyes, como camino para prepararse hacia las dignidades sociales y políticas a la moda de nuestros tiempos. Ejerció como abogado; muy brillante, por cierto; y ganó gran fama como enseñante en la mejor escuela local. Hoy día, incluso, sus escritos son altamente valorados y se distribuyen en numerosas copias por la ciudad. Ganó

mucho dinero y no rehusó las ventajas de su fortuna: el lujo, las comodidades, los placeres y los honores. Yo mismo lo encontré en numerosas fiestas cuando ambos éramos más jóvenes; y, créeme, era uno más.

—¿Quieres decir que se convirtió de repente al cristianismo? —le pregunté, sin salir de mi asombro.

—Exacto.

—¡Cómo es posible, siendo tan culto!

—¡Ah, amigo! ¿Ves cómo son las cosas en Cartago?

—Me dejas asombrado. Prosigue, por favor.

—Sucedió como suele pasar: conoció a un maestro cristiano, un presbítero, un tal Ceciliano o Cecilio, no sé... El caso es que éste le dirigió hacia ciertas lecturas y fue su pedagogo en las materias de esa religión. De él tomó su otro nombre, ¡tanto aprecio le tenía!, y por su parte el tal Ceciliano le encomendó a su muerte el cuidado de su mujer e hijos, según se dice por ahí.

—¿Y Tascio se pasó definitivamente a la religión cristiana?

—Totalmente. ¡Qué cosas! ¡Habiendo sido gran cumplidor del culto romano y defensor de los dioses como profesor!

—Vaya, vaya —comenté—. Ahora comprendo que tenga tales dotes de convicción como dicen.

—Es buena persona, créeme. Es un ciudadano inteligente que comprobó con disgusto los vicios de nuestro tiempo: la inmoralidad pública y privada, la corrupción en el gobierno y la administración, el declive del Imperio...

—Pero bien pudo dedicarse a la política —repliqué—, con las dotes de que gozaba, en vez de sumergirse en los oscuros misterios de la secta hebrea.

—Bueno, dicen que no deja de hacer el bien.

—¿Qué bien?

—Ayudar a necesitados, socorrer a viudas, procurar sanación a enfermos, consolar a los tristes... En fin, todas esas cosas que hacen ellos.

—Ya comprendo. Su dichosa manía de solucionarle la vida a los demás.

—Sí —declaró Aspasio con voz tranquila—. Predican el amor al prójimo, ¿no?

—Pero, dime una cosa —quise saber—, ¿qué pasó con su familia y sus amigos?

¿Cómo se tomaron ese cambio?

—Como te dije, su vida precristiana estaba ligada a la amistad de hombres de alta posición. El mismo Cipriano quedó aturdido por la reacción que se produjo entre sus más allegados. Pero él siguió adelante y se sintió tan profundamente cristiano que se propuso dejar todo lo que pertenecía a su vida anterior. Vendió sus bienes y distribuyó el dinero que obtuvo entre los pobres.

—¿Todo?

—Algo se reservó para seguir haciendo sus buenas obras. Pero lo más extravagante es que hizo voto de continencia.

—¿Eh? ¿Qué es eso?

—Nada, nada, nada de mujeres ni placeres carnales de ningún tipo.

—¡Qué estupidez!

—Cosas de cristianos —sentenció él —. Pero no creas que se aisló de Cartago; por el contrario, sigue conservando buenos lazos con sus conocidos e incluso goza aún de cierto prestigio logrado por su talento de gran rétor y buen maestro. No es un cualquiera Tascio Cecilio Cipriano. No es por eso extraño que poco después de su conversión fuera elegido por los propios cristianos como presbítero primero y después obispo de su comunidad.

—Claro, no creo que abunden entre ellos los hombres con tal carrera y preparación —

observé.

—Así que, querido Félix —añadió él—, ya sabes con qué clase de hombre se reúne Fidelia. Como ves, no se trata de un tontaina charlatán.

—¡Quiero conocer a ese Tascio! —dije de repente—. ¿Podrás presentármelo?

—Naturalmente. Pero... no pretenderás ir a su casa, a una de sus reuniones. No estaría bien que tú y yo nos presentásemos allí.

—¿Entonces...?

—Le citaré aquí. Le conozco y siempre ha habido cordialidad entre él y yo. No se negará a acudir a una cita con el gobernador. Le invitaremos a una cena y podrás hablar con él cuanto desees.

—¡Magnífico!

—Invitaremos también a las mujeres —añadió él—. Se alegrarán.

Cuando se lo conté a Fidelia, se entusiasmó. Agradecida, se tiró a mi cuello y me cubrió de besos. Enseguida, comenzó a ponderarme lo buena idea que había sido tal decisión y cogió la carrerilla de relatarme una vez más las virtudes del tal Tascio.

—Bueno, bueno —la retuve—. Que quiera conocerle no significa nada. Ya sabes lo que pienso de los cristianos y nadie me va a convencer al respecto.

—¡Pero, Félix, te alegrarás! —exclamó entusiasmada—. Te conozco bien y sé que ese encuentro sólo puede beneficiarte. ¡A ver si se aclaran de una vez por todas esas angustias tuyas!

—Anda, cariño —le dije—, no seas tan ingenua. ¿No querrás decirme que tus dudas se han disipado en las reuniones tenidas con ese hombre durante poco más de dos meses?

—¿Cuándo será el encuentro? —me preguntó ella.

—El próximo jueves.

—Pues después del jueves hablaremos.

40

La primera impresión que recibí al encontrarme frente a Tascio Cecilio Cipriano fue de sorpresa y, por qué no decirlo, desconcierto. Generalmente asimilamos talento, sabiduría y cultura con canas, calvicie o poca gracia en el rostro. Tascio era completamente diferente a la pobre imagen que me había hecho de él. Por el contrario, a pesar de sus cuarenta años pasados, sus ojos grandes y brillantes no habían perdido aún la chispa de la juventud; había, eso sí, algunos surcos en su amplia frente y en su delgada cara; y conservaba todo el cabello oscuro, liso, con sólo algo de ceniza en las sienes que realzaban su aire interesante. No era corpulento, siendo de buena estatura, pero su cuerpo tenía la firmeza y las formas propias de haberse ejercitado en la palestra. Y mi primer desbocado pensamiento ante tal presencia física fue como una infantil ráfaga de celos. Algo así como percibir de repente que nuestras mujeres estuvieran más encandiladas con el maestro que con su doctrina. Entonces se me escapó una mirada hacia Fidelia; pero me volví

rápidamente, furioso conmigo mismo por dejarme sorprender.

Yo fui el último en llegar a casa de Aspasio, a causa de un inesperado asunto en el pretorio, y los cuatro estaban ya alrededor de la mesa, echados en los triclinios, de manera que tuvieron que incorporarse cuando entré en el salón íntimo donde se iba a servir la cena. Tascio permaneció de pie esperando a que se hicieran las presentaciones, sonriente y sereno, pero era imposible distinguir nada en él de forma inmediata, como no fuera su patente buena presencia y la confianza que solía acompañarle; era como tratar de leer algo impreso en una superficie que deslumhrara.

—Turno Quintilio Félix —me presenté yo mismo—, praefectus legionis de Cartago.

—Cipriano —respondió él.

La situación no era de las que se prestaban a palabras; todo dependía del tipo de persona que fuera Cipriano. Decidí esperar a que él rompiera el hielo. Pero fue Aspasio el que deshizo la leve tirantez, diciendo:

—Bueno, bueno, sentémonos.

—¡Vamos, a la mesa! —añadió Vitunia—. Quiero que probéis los mariscos que escogí

yo misma esta mañana en el mercado del puerto.

No dejaban de llamarme la atención los caracoles (murex) que jamás faltaban en una buena mesa de Cartago, así como las ostras, exquisitas, que se servían siempre al principio, en el promulsis, con su peculiar mezcla de vino oscuro y miel, para preparar el estómago para los demás platos y los vinos más ricos. También destacaré las pintadas, que abundaban en los corrales o libres en los campos, deliciosas en especiadas salsas de almendras y ciruelas o enteras, asadas y rellenas de castañas, uvas y aceitunas. No recuerdo bien cómo se inició la conversación, pero sí que pronto salió el tema del emperador, Roma y el nuevo orden de cosas que parecía por fin despuntar en el horizonte. Aspasio discurseó a sus anchas sobre lo bien que iba todo ahora y ponderó la buena idea de nombrar un censor, como en los viejos tiempos del Imperio, para asegurar el orden y el cumplimiento de las leyes. Pero no tardó mucho en ser evidente el motivo de la invitación a la cena: queríamos sostener una conversación con Tascio y conocer sus opiniones sobre diversos asuntos entre los que también entraba el Estado, el emperador y, por consiguiente, la visión de los cristianos acerca de la unidad del Imperio y los peligros conocidos que la amenazaban en las últimas décadas. Por eso, con resolución, intervine:

—Opino que es a partir de finales del reinado de Severo Alejandro cuando empezaron los problemas serios. Comenzó entonces un proceso de guerra en dos frentes que no podía ser sino desastroso en los últimos años. Por un lado, la nueva dinastía persa, los sasánidas, donde antes amagaban los partos, y por otra parte, en el Danubio, se ha ido formando un cinturón continuo de tribus enemigas: sajones, francos, alamanes, marcomanos, cuados, sármatas, yácigas... En fin, lo que últimamente se está

denominando «el peligro godo».

—Bueno, nuestro prefecto Félix sabe bien de todo eso —explicó Aspasio mirando a Tascio Cipriano—. Fue embajador de Filipo en la corte de Sapor y, recientemente, su vida militar ha transcurrido en Panonia, en el frente del Danubio. Allí cosechó los méritos que le han valido su actual puesto en nuestra provincia.

—Te felicito de corazón —me dijo Tascio, con una sincera sonrisa y una reverente inclinación de cabeza—. Eres joven para tantas vivencias.

—Gracias —asentí—. Los dioses han sido generosos conmigo. —Y proseguí—: Como decía, esa presión en dos frentes trajo consigo los problemas que ha sufrido el Imperio. Un emperador no podía estar en más de un teatro de operaciones al mismo tiempo, y que algún subordinado defendiera exitosamente una frontera distante podía conllevar su elevación al trono por parte de los militares como emperador rival. Y a la inversa, el fracaso militar de un emperador era probable que le acarreara la muerte a manos de sus propias tropas.

—¡Efectivamente! —corroboró Aspasio—. Menos mal que un hombre inteligente e íntegro ha sido capaz de ver eso. Decio sabrá poner fin a la nefasta sucesión de efímeros emperadores.

—Pidamos a Dios que así sea —dijo Tascio—. Pero..., y perdonad mi desconocimiento en esta materia, ¿podemos estar seguros de que los pretorianos se conformarán definitivamente? ¿Se estará ahora quieto el ejército?

Aspasio y yo nos miramos. Él debió de notar nuestro estupor, así que se explicó con más palabras:

—Quiero decir, nobles amigos, que, al fin y al cabo, Decio es un militar, ¿no?, salido también del mismo ejército que Maximino o Filipo el Árabe...

—¿Eh? —balbució Aspasio— ¿Cómo...?

—Bueno, seré más directo —prosiguió Tascio—. ¿Tan seguros estáis de que con Decio se resolverán definitivamente los problemas? ¿No tendremos que asistir pronto a otra revuelta, otro magnicidio y otro nuevo emperador?

—¡De ninguna manera! —le contesté con vehemencia—. Decio es diferente. Él nada tiene que ver con sus predecesores.

—¿Por qué? —preguntó él, con gesto sereno.

—Porque está hecho de otra pasta —respondí con rotundidad—. Yo le conozco bien, muy bien. Decio fue senador, de la vieja clase. Él lleva Roma en su sangre. Es un hombre noble, seguro, honesto y, sobre todo, frío. No es un pelele capaz de doblegarse a los caprichos de Oriente, ni a las alucinaciones de las sectas que proliferan, ni al lujo, ni a los nuevos dioses que adormecen el espíritu con sus absurdas consolaciones y sus misterios de muertos y resucitados —dije aquello a conciencia, para quedarme encima de él, pues me había molestado su duda hacia Decio. Y, sintiendo placer al escucharme a mí mismo, añadí—: Aunque, naturalmente, un emperador así resulta molesto para los sectores que tratan de vivir a su aire, desdeñando las antiguas y buenas costumbres de nuestra civilización.

—Perdona —preguntó él—, ¿dices eso por nosotros, los cristianos?

—Ya que lo preguntas, sí —respondí rotundamente.

—¿Y por qué piensas eso? —quiso saber él.

—Porque es evidente —contesté—. Ha habido emperadores en las últimas décadas que han hecho mucho daño al Imperio a causa de sus errores en materia religiosa: los Severos se vieron influidos por mujeres orientales que quisieron llenar Roma de devociones exóticas; por no hablar de Heliogábalo, ¡ese descentrado! Últimamente, Filipo el Árabe, nadie sabe qué creencias profesaba, porque quiso contentar a todo el mundo. ¡Qué grave error! Pero creo que ningún grupo ha causado tanto desconcierto como la actitud ante la vida de los cristianos.

—¡Félix, por favor! —saltó Fidelia—. No hemos venido a discutir.

—¡Oh, no! —pidió Tascio—. No me importa escuchar lo que piensa Félix. Te lo ruego, amigo, continúa; me interesa mucho lo que dices.

—¡Naturalmente! —proseguí—. Nos hemos juntado para exponer nuestras ideas. Pues bien, como decía, opino que nadie como los cristianos han contribuido a la decadencia y a la corrosión interna de nuestra cultura. Esa secta, como ninguna otra, se empeña en crear un mundo aparte; con su propia jerarquía, sus normas, sus prohibiciones y su manera de juzgar nuestro mundo.

—¿Y eso es un mal? —preguntó él.

—¡Claro! —respondí—. Eso es el mayor mal. A los cristianos les oí decir: «Una sola fe, un solo bautismo, un solo Señor.» ¿No es eso como replicar contra nuestra única Roma, nuestro único Imperio, nuestro único emperador?

—Oh, no, de ninguna manera —replicó finalmente Tascio—. Nosotros oramos continuamente por el emperador. Quienes piensan que no nos preocupamos en absoluto de la salud de los césares se equivocan. Nuestras Escrituras, que nosotros mismos no ocultamos y por muchas circunstancias caen en manos de extraños, son para nosotros la palabra de Dios. En ellas se nos manda, para plenitud del bien, orar a Dios por ellos.

—¿Ah, sí? —preguntó Aspasio con interés— ¿Qué dicen esas escrituras?

Tascio Cipriano irguió la cabeza y recitó de memoria:

—«Orad por los reyes, por los príncipes y por las autoridades a fin de que todo sea tranquilo para vosotros.» Y así lo pensamos, porque cuando el Imperio está alborotado, se alborotan todos sus miembros y, ciertamente, también nosotros, aunque ajenos a los tumultos, nos encontramos implicados. Nosotros respetamos en los emperadores el juicio de Dios, que los puso al frente de los pueblos.

Pensé que era demasiado listo, y que quería condescender, para no quedar mal con nadie y así ganarse a todos. Así que decidí ser más directo y ponerle en un apuro.

—¡Vamos, Tascio! —le dije—. Nadie ha visto jamás a un cristiano llamar «Señor» al emperador.

—Porque creemos que su nombre es «César» —contestó—. Y es mejor llamarlo así, puesto que ha sido constituido como tal por nuestro Dios.

—¡Pero bueno! —repliqué—. De manera que él está donde está porque vuestro Dios así lo quiere. ¡Vamos, hombre!

—Así es —dijo él—, porque, aunque tú no lo creas, le consideramos nuestro emperador. Así pues, en cuanto que es mi emperador coopero más a su salud: porque le suplico a aquel que puede concederla; y también porque, atemperando la majestad del César colocándola bajo la de Dios, lo encomiendo más a Dios, al único que lo someto, sin embargo, sin hacerlo par.

—Entonces —concluí—, el César no es Dios para vosotros.

—No llamaré Dios al emperador, porque no sé mentir —observó, llevándose la mano al pecho—. Porque no me atrevo a reírme de él, porque ni él mismo creo que se considere Dios. Si es hombre, le interesa someterse a Dios. ¡Bastante tiene con llamarse emperador!

También es grande ese nombre. Lo niega como emperador quien lo llama dios: si no es hombre, no es emperador. Incluso cuando va triunfante en su magnífica carroza, se le advierte que es hombre. En efecto, detrás lleva un esclavo que le sostiene la corona y le susurra por la espalda: «¡Mira detrás de ti! ¡Acuérdate que eres hombre!» Porque ciertamente se alegra tanto de resplandecer con una gloria tan grande, que se le hace necesario que le recuerden su condición.

—Eso que dices es muy razonable —comenté—. Desde luego, yo también considero que él es un hombre. Pero llamarle Señor es una forma de hablar. Él representa la soberanía y la grandeza de Roma; la divinidad de nuestra civilización que por voluntad de los dioses brilla más que ninguna. ¿O son acaso esos judíos a los que seguís los elegidos, como ellos mismos se creen? Desde luego, la historia no dice eso. Hoy son un pueblo sometido, dispersado y humillado. ¿Dónde está su Dios? Ya no tiene reyes, ni profetas, ni templos... Su Dios, según creo, es el mismo de vuestras Sagradas Escrituras. Y no vendrás a decirme que ahora os creéis vosotros, los cristianos, los elegidos... Cipriano tomó algún sorbo de vino. Le vi conforme con entrar en la discusión. Relajado, y con tranquilidad, dijo:

—En efecto, en un principio los judíos fueron favorecidos por Dios; fueron justos en el pasado, y por eso sus antepasados habían guardado su religión. De ahí provino el estado floreciente de su nación y la propagación maravillosa de su linaje. Pero después se hicieron desobedientes y engreídos por las glorias de sus padres, al despreciar los preceptos divinos, perdieron los favores que antes habían recibido. Sus costumbres profanas y las ofensas que infligieron a la religión las atestiguan ellos mismos, que, si las callan con la lengua, las confiesan con sus vicisitudes y su paradero. Andan dispersos y desparramados de acá para allá; prófugos de su tierra y de su clima, tienen que acogerse a la hospitalidad de tierras extrañas.

—O sea que fue la justicia de vuestro Dios lo que los sometió a tal destino. Antes arriba y después abajo. ¿Cómo se puede confiar en un Dios así? —observé.

—No, no —contestó él—. Ellos se buscaron la ruina. Fueron libres para elegir su destino. Los reinos están sujetos a la volubilidad de la suerte. Y así, primero reinaron asirios, medos y persas. Y sabemos que reinaron griegos y egipcios. Así pues, también tocó a los romanos su turno del poder, como a los demás.

—¿Insinúas que nuestro Imperio es sólo fruto del azar? —protestó Aspasio— ¿Y

Rómulo y Remo?

—Bueno —sonrió Cipriano—, eso es leyenda. Por otra parte, qué vergüenza si te remontas al origen de nuestra Roma. Su población se fue formando de gavillas de malvados y salteadores, y, sirviendo de asilo, hace crecer su número la impunidad de los crímenes; y para que el mismo rey lleve la preeminencia en el crimen, Rómulo comete parricidio. Además, para contraer matrimonio, dan principio a una concordia contra la discordia. Roban, saquean, engañan para aumentar la población; celebran bodas, rompen las leyes de la hospitalidad y entablan crueles guerras con sus propios suegros...

—¡Eh! —le interrumpí—. ¡Cómo te atreves a hablar así de nuestros orígenes! ¿Y las instituciones, la vieja monarquía, nuestras leyes...?

—Asuntos humanos, nada más —contestó—. Pero de ninguna manera acción y voluntad de ídolos.

—¡Nuestro Imperio se fundó siguiendo los auspicios de los dioses! —exclamó Aspasio exaltado.

—Nada de eso —negó Cipriano—. Entre los romanos, el consulado es el mayor grado de las dignidades, ¿no es así?; y el consulado tuvo sus principios como la monarquía: Bruto mata a sus hijos para recomendar con un crimen el prestigio de la dignidad. Así

pues, no progresó la nación romana gracias a los auspicios, ritos religiosos y agüeros, sino que sigue el turno que le toca a plazo fijo, como un reinado humano más. Por el contrario, Régulo observó los auspicios y fue aprisionado. Mancino también guardó los ritos y pasó bajo el yugo. Paulo, que tuvo igualmente el augurio de los pollos que comían normalmente, fue, sin embargo, derrotado en Cannas. Cayo César, a pesar de la oposición de los augurios y auspicios para que no pasase a África sus naves antes del invierno, los despreció y pasó con toda facilidad y obtuvo la victoria.

—No sé adónde quieres ir a parar con todo eso —repliqué.

—Pues a que nuestros emperadores no son dioses —sentenció—. En un principio fueron reyes que, en memoria de su realeza, empezaron a ser venerados entre su pueblo después de su muerte. Más tarde se irguieron templos para su culto; luego estatuas para que sobreviviera en su efigie la imagen de su fisonomía; les inmolaban víctimas y celebraban fiestas en su honor. De este modo aquello que los primeros consideraron como solaz, los posteriores lo convirtieron en cosa sagrada.

Ante tales argumentos, tan bien expuestos y tan contundentes, uno se quedaba desconcertado. Desde luego Tascio Cipriano no era un cualquiera. En su vasta cultura entraba toda la historia de Roma, con un examen juicioso y una visión moderna y serena. Él no era un hombre vehemente y fanático como pensé en un principio. Me di cuenta de que era inútil luchar contra su oratoria fluida y precisa. Aun así, con pasión, le dije:

—Mira, Cipriano, todo eso que has expresado suena muy bien y es coherente y sincero. Pero también tu religión está plagada de cosas absurdas e incomprensibles que de ninguna manera podrán calar en nuestra civilización. ¿Qué es eso de que vuestro Dios tenga que morir en una cruz para alcanzar la salvación de los hombres? ¡Qué necedad!

De manera que el Dios de los cristianos quiere el bien de la humanidad, pero calla y soporta impasible el sufrimiento y el dolor.

—Eso, querido Félix —respondió mirándome fijamente—, es algo que yo no puedo explicarte ahora, con pocas palabras; es una sabiduría profunda que viene directamente del corazón de nuestro Dios y que, efectivamente, es una necedad y una locura a los ojos de los hombres. Porque Dios no mira el mundo como nosotros, que nos aferramos a lo que vemos como si fuera lo único existente. La mirada de Dios es más amplia y va más lejos. Y

él, como Dios que es, se reserva su misterio.

—¡Pero, Cipriano! —repliqué—. ¿Cómo se puede creer en un Dios tan oculto y tan distante? Yo estuve en Roma, presente en la exaltación de la divinidad del nuevo emperador, en el Panteón. Aquello sí que era grande y majestuoso. Los dioses estaban ahí con todo su poder para dar fuerza y dignidad al nuevo soberano.

—Y ¿cuánto durará eso? —dijo—. ¿Acaso crees que estarán seguros y estables, aun entre las magnificencias de dignidades y poderíos, aquellos que, brillando con el esplendor del palacio regio, están rodeados de una escolta de guardias armados y vigilantes? Ésos precisamente tienen más miedo que los demás. Se ven en la necesidad de temer tanto cuanto ellos mismos son temidos.

La discusión no llegaba a ningún acuerdo y se hizo muy tarde. Cipriano se puso en pie y paseó su mirada en derredor. Con un suspiro dijo:

—Bueno, amigos, siento que hayamos disentido. Pero, gracias a Dios, tenemos lengua e inteligencia para poder expresar lo que sentimos. Por mi parte, pensad que os comprendo, y que de ninguna manera siento que esta discusión aleja mi corazón de vosotros. Cada uno tiene su camino y la luz... sólo llega cuando Dios quiere.

—¡Bah! —le dije—. Que cada uno se ilumine a su manera.

—Eso mismo —asintió él—. Pero debemos comunicar, expresar lo que sentimos. ¿No sirve para eso la palabra? También Dios quiere expresar su sentir y lo hace como Él quiere.

—¿Cómo? —preguntó Aspasio.

—Pues viniendo Él mismo a manifestar su palabra. Pero... dejémoslo ya. Fidelia se acercó a mí suavemente y situó su brazo cálido alrededor de mi cintura, al tiempo que apoyaba su mejilla en mi hombro. Salimos todos al exterior. La luna brillaba a lo lejos, dejando su estela de reflejos plateados alargarse en el mar. Llegaban aromas de sal y algas, mezclados con los nocturnos perfumes de las últimas flores otoñales. 41

—No me has dado tu opinión acerca de Tascio Cipriano —dijo Aspasio un día que despachábamos juntos sobre asuntos militares—. Me parece que no te cayó muy bien,

¿eh?

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Me dio la impresión de que no congeniasteis.

—Te equivocas —respondí convencido—. Me pareció un tipo muy interesante; demasiado interesante...

—Ah —dijo él sonriendo—. Por la discusión que mantuvisteis, cualquiera diría que estabais muy lejos de llegar a algún acuerdo.

—Claro. Una cosa es la amistad y otra las ideas. Ya sabes cómo pienso yo acerca de eso. Cipriano habla muy bien. ¡Cómo no iba a hacerlo!, siendo rétor, abogado y profesor. Pero hablar bien no significa tener razón. Creo que es sincero y que está convencido de lo que dice. Una persona que ha dejado tanto para embarcarse en una empresa tan arriesgada debe de estar muy segura de sus creencias. Pero, hoy por hoy, ser cristiano es jugar a perdedor. Por muy convencido que esté de su fe, veremos lo que sucede más adelante...

—¿Más adelante? —preguntó Aspasio—. ¿Qué quieres decir?

—Vamos, Aspasio —respondí con urgencia—, ¿crees que esta proliferación de sectas y cultos orientales va a durar mucho?

—¿Y qué se puede hacer? Los tiempos vienen así—observó con resignación.

—En Roma el emperador prepara una campaña Unificadora. Conozco bien a Decio y sé que intentará de cualquier manera hacer que las aguas retornen a sus cauces.

—¡Ah, Roma! —exclamó con desdén—. Pero esto no es Roma. La Urbe, en todo caso, es manejable. Pero ¿quién puede con estos territorios donde prolifera el cristianismo con tanta fuerza? Ya ves, ese Tascio Cipriano es el ejemplo más significativo: un hombre hermoso, rico, inteligente... Y no hay quien le aparte de su camino. Se metió en eso y ahora anda por ahí haciendo prosélitos por decenas. A esclavos, torpes y desheredados nadie los sigue. Pero a hombres como Cipriano... Ya has visto cómo están nuestras mujeres con él.

—Mira, Aspasio —le dije algo exaltado—, volvemos a lo de siempre. No se trata de prohibir esta o aquella religión. Creo que Decio tampoco quiere eso. ¡Hay tantas!; sería imposible acabar con ellas. Que la gente crea en lo que quiera. A Roma eso le da igual. Pero que haya unidad a la hora del culto oficial y que todo el mundo venere al emperador y a la Tríada Capitolina. Y eso los cristianos son los primeros que no piensan admitirlo. Ya lo viste la otra noche en la discusión con Cipriano en tu casa. ¡Allá ellos! Pero me preocupan nuestras mujeres...

—A mí también. Aunque no veo nada malo en que frecuenten esas reuniones. Parece ser que hacer el bien las tiene contentas. Y si ellas son felices...

—¡Oh, claro! —asentí—. Desde luego no voy a prohibirle a Fidelia que siga asistiendo a las charlas de Cipriano. Sería una estupidez. Siempre he detestado a los que se inmiscuyen en la conciencia de los demás. Si yo he querido ser libre, ¿por qué voy a impedírselo a ella?

El tiempo pasaba sin novedades y los días en Cartago se parecían mucho los unos a los otros, pero no por ello aquella rutina empañaba la felicidad; por el contrario, una calma gozosa vino a mi vida, como si el tiempo se hubiera detenido en un lapso de eternidad que nada podía quebrar.

El breve otoño africano es maravilloso. La lluvia se estrella en gruesas gotas contra el suelo polvoriento y levanta deliciosos aromas de tierra mojada. Los vientos se agitan al amanecer y traen oscuros nubarrones, mientras bandadas de grandes aves procedentes de los países del norte surcan altísimas los cielos lanzando lastimeros graznidos, cansinas después de haber cruzado el ancho mar.

Pero nunca hacía demasiado frío como para que no pudiéramos disfrutar de nuestro jardín, que se hacía frondoso con las primeras aguas caídas y mostraba ya el contraste de hojas verdes, amarillas y rojas en la apretada maraña de árboles que se extendía hasta los límites de la ciudad para cobijar nuestra intimidad. Dispuse algunas columnas aquí o allí, para que el blanco mármol destacase contra el oscuro verdor de los setos, y me hice con algunos patos para el estanque, así como con unas cuantas tórtolas blancas que pronto se acomodaron en un pequeño palomar colocado en alto, entre los delgados cipreses. El conjunto resultaba tan bello que parecía querer sugerir que los mortales ocupábamos el lugar de los dioses. Por eso me decidí a instalar el lar de mi casa, con el genio particular y los dioses de las devociones que consideré más oportunas. Situé en el centro de la hornacina a Júpiter, con la intención de dedicarle cada día una libación, pues esa costumbre había heredado de mis mayores. También encargué una estatua de Decio, porque consideré que el emperador merecía el homenaje de mi casa. Y finalmente me agencié una pequeña imagen de bronce a la que nombré mi propia divinidad tutelar, pues representaba a un joven sonriente y de rostro inteligente que personificaba admirablemente la abstracción de la felicidad, o al menos a mí me lo pareció cuando lo vi en el taller del imaginero. Desde que lo deposité en el lar, lo llamé mi genio feliz y me regocijé pensando que alguna presencia invisible y benéfica vendría a poseerlo para serme propicia. Después llamé al auspex y consagró todo aquello e hicimos los sacrificios oportunos.

Durante tales preparativos Fidelia había estado ausente, visitando a una pariente enferma en Útica. Estuve deseando que regresara para mostrarle nuestro lar recién inaugurado, pues ello suponía que nuestra residencia en Cartago era definitiva y que poníamos los cimientos para fundar una familia romana como nuestras tradiciones lo mandaban.

Pocos días después, una tarde que volví a casa, después de una ajetreada jornada en la que tuve que redactar y enviar a Roma unos informes que me habían sido solicitados, vi las mulas y la litera en la puerta y supe que ella había regresado. La esclava me dijo que estaba en los jardines y recorrí apresurado e impaciente la casa. Encontré a Fidelia frente al lar, como absorta. Al verme, se arrojó a mi cuello y ambos nos fundimos en un abrazo.

—Querida —le dije entusiasmado—, deseaba que regresaras para mostrarte nuestro lar. Pero ya veo que lo has descubierto tú sola. ¿Qué te parece?

Su cara me dio la respuesta: hizo un mohín extraño, que adiviné como un gesto de disgusto.

—¡Eh! —pregunté— ¿Qué pasa? ¿No te gusta?

—Félix, cariño —dijo—, creía que no eras demasiado aficionado a este tipo de cosas.

—¿Cómo? —balbucí algo contrariado—. ¿Qué quieres decir?

—Me pareció que no confiabas en la providencia de los dioses. Tú mismo me dijiste que acudías a los templos y ofrecías libaciones sólo de manera rutinaria, por cumplir con la tradición y con las normas del Imperio. Pero nunca pensé que traerías los ídolos aquí, a nuestra casa.

—¡Claro, querida! ¿Crees que he traído esas imágenes para encomendar mi vida a ellas? Eso son sólo símbolos. Desde luego, no creo en su poder o su eficacia. He pretendido únicamente expresar mi piedad. No quiero aparecer como un impío y que nuestra casa sea un lugar frío, sin lar. Pronto tendremos hijos y deben crecer en las tradiciones. ¿Es tan malo eso?

—Te comprendo, Félix. Pero no creo que ésta sea la mejor manera de expresar la piedad. ¿Qué significan esos ídolos? ¿Crees en esos rostros horribles ahí representados?

—¡Oh, no, querida! —repliqué—. Es la manera de adorar a los dioses y a las diosas, en general, y hacerles sacrificios a todos juntos. Esa imagen de Júpiter representa para mí

al dios conocido o desconocido, se lo llame como se lo llame: Júpiter Anmon, Zeus en griego, Taranis en galo o Yahvé en hebreo. ¿Qué más da? Los nombres de los dioses se traducen de una lengua a otra igual que los nombres comunes y los nombres de animales o plantas.

—Entonces, según eso, no crees en ningún dios —observó ella.

—Ni creo ni dejo de creer. Sólo quiero rendir homenaje a la piedad romana. Derramar sobre el altar doméstico las primeras gotas de la copa que voy a beber o tener algo superior a lo que saludar cada mañana y cada noche. Por lo demás, no espero más de los dioses.

—Y ¿para qué sirve eso? ¿De qué pueden salvarte esos dioses y esos genios?

—¿Salvarme? Querida, por favor, no me hables con términos cristianos. Ése es el consuelo y la tranquilidad de los cristianos, la salvación. Pero... ¿qué significa eso?

¿Salvación de qué? ¿De la muerte? ¿Ya te ha contado Tascio Cipriano su linda historia de la resurrección? ¡Qué estupidez!

Fidelia se aproximó más a mí. Sus manos se posaron en mis antebrazos y me miró muy fijamente. Sus ojos, animados por su gran fuerza interior y su amor, tenían siempre ese brillo de los de una niña; pero su rostro empezaba ya a ser maduro, a sus veintiocho años. Me sentí ridículo en ese momento, por haber discutido con ella. Era tan agradable. Nada merecía la pena hasta el punto de hacerla sufrir, aunque sólo fuera un momento.

—No, Félix —dijo—, no bajes la mirada. Mírame, mírame fijamente.

Puse mis ojos frente a los suyos y la atraje hacia mí.

—Nada hará que discuta contigo —le dije—. Cualquier dios es para mí basura a tu lado. Si quieres, ahora mismo arrojaré esos ídolos fuera de nuestra casa.

—No, Félix —dijo con dulzura—. No se trata de eso. He sido una tonta contradiciéndote. No te lo mereces. Lo que me sucede es que desde hace algún tiempo siento algo aquí

dentro.

—¿Qué? —le pregunté apretándola contra mi pecho.

—Es muy difícil de explicar. Sobre todo, desde que te conozco... Quiero que... quiero que siempre estemos juntos.

—Claro, cariño —le dije al oído—. Nada nos separará. ¿Qué temes?

—Temo a la muerte, Félix. Ayer, en Útica, desperté en mitad de la noche envuelta en sudor y aterrada. Había soñado que morías y que un infinito vacío, oscuro y frío, te separaba de mí. Por eso decidí regresar aquí inmediatamente. Porque no deseo estar separada de ti ni un momento mientras ambos vivamos.

Eso era amor, pensé. En ese momento me sentí absoluto, lleno; hubiera podido morir satisfecho. Pero enseguida apareció esa tristeza cósmica y la misma sombra de temor a la muerte que la envolvía a ella me cubrió a mí. Pero no quise que ambos nos afligiéramos y decidí que nos apartáramos del lar, pues había sido el causante de nuestra discusión. Le pasé el brazo por encima de los hombros y emprendimos un paseo por el camino central a cuyos lados se erguían las blancas columnas de mármol. Un poco más allá se iniciaba un viejo sendero de ladrillos bordeado de lavanda, que ya estaba ahí cuando adquirí la villa. Detrás del ciprés más viejo, demasiado nudoso y retorcido sobre sí mismo, la vegetación se volvía frondosa. Un vientecillo que soplaba por debajo de las copas levantaba un susurro de primeras hojas caídas de otoño. Todavía brillaría el sol durante un rato. Parecía que la punzada de la anterior discusión se había suavizado. Pero creo que ella, como yo, era incapaz de saborear la belleza de esa hora de la tarde, a causa de la enorme presencia del tiempo, el amor y la muerte.

—Cuéntame eso —le dije de repente.

—¿Eso? —respondió con ingenuidad—. ¿El qué?

—Lo que en el fondo deseas decirme. Lo que has escuchado de boca de Cipriano y que tanto te ha llenado.

—¿De veras quieres oírlo? —preguntó sonriente.

—Sí, querida. Claro que sí. Todo lo tuyo me interesa.

—Pero no quiero discusiones, ¿eh?

—No. Te lo prometo —dije llevándome la mano al pecho—. Puedes hablar con toda tranquilidad.

—Bien —respondió ella—. Ahora no sé por dónde empezar.

—Cuéntame qué hacéis en las reuniones.

—¡Oh, Félix! —exclamó entusiasmada—. ¡Es maravilloso! Si supieras...

—Vamos, cariño, habla sin miedo. ¿Crees que me voy a escandalizar? Ya sabes que tengo experiencia en esas cosas. ¡Anda, dime lo que hacéis allí! —insistí.

—Oramos, Félix, sobre todo oramos.

—¿Oráis? ¿Cómo?

—Hay algo, Félix —dijo con viva emoción—. O, mejor, alguien... ¡Oh, cómo explicártelo!

Orar es hablar con él, como a alguien que escucha. No es una fría estatua, no... Es espíritu, puro, vivo... Alguien único y ¡tan grande! Que por la fuerza de su poder hizo brotar de la nada esta mole inmensa, ¡todo!

—Sí, querida —repuse—, ya escuché eso a los cristianos que conocí en Oriente. Pero cuando veo que aparentemente nada ocurre y que Dios parece callar, surge en mí un reflejo inmediato que me hace sentir: ¿Es que te estás engañando? ¿No son todo eso más que historias?

—Yo también sentía así al principio. Pero después, en lugar de abandonar, me entregué a creer con más fuerza e intensidad, según me indicó el propio Cipriano. Y

entonces empecé a comprender... Acudí a Dios como a un Padre y se disiparon mis miedos y mis dudas. ¡Ah, qué paz experimenté al llamarle con esa palabra, Padre! Era como si todo se sostuviera; sentí que ya nunca estaría sola y que no había amarguras definitivas. ¿Comprendes?

—Humm, quiero entenderte, de veras, Fidelia. Pero me resulta tan difícil...

—¡Félix, amor mío! —dijo situándose frente a mí—. ¿No lo ves? Un padre siempre querrá el bien de sus hijos. Ahora puedo dirigirme a él segura y en calma. Cuando digo Padre todo se pacifica. Ahora sé que viviremos siempre; lo siento, lo percibo como que tú

y yo ahora estamos aquí, juntos. ¡Él es inagotable, porque su amor es inagotable!

Empezaba a oscurecer. El huerto olía a octubre y a humedad temprana; pero la hierba verde aún no había asomado. Los campos, todavía secos y de color ocre llenaban la tarde de una quietud dorada y apacible. Un mirlo, el último que estaba despierto, parecía meditar en voz alta con un dulce silbido. Recordé entonces el lar, con sus pobres estatuillas y creo que se me dibujó una leve sonrisa de hilaridad. Me sentí inundado por una sensación de trascendencia, de misterios desconocidos. Pero no quise decirle nada a Fidelia; me conformé con guardar sus palabras dentro de mí.

42

Lo que me había temido sucedió: Fidelia se introdujo de lleno en los misterios cristianos. Todavía intenté disuadirla con todo tipo de razonamientos durante algunas semanas, pero finalmente desistí, viendo que mi oposición no hacía sino entristecerla. Concluí que, al fin y al cabo, su felicidad era la mía y que no se ganaba nada de discusión en discusión, máxime cuando fui comprobando que su nueva religión no afectaba a nuestra vida en común; sino que, por el contrario, parecía que ella cobraba vida día a día y en su alma se disipaban sus antiguos temores. ¡Cómo iba a imponerle yo nada!, si ella era toda ternura y dulzura para conmigo. Siempre estaba en movimiento, alegre siempre. Sus voces y sus risas llenaban la casa, que ella adornaba cada día para mí con una dedicación que ya desearían para sí los dioses de los mejores templos con respecto a sus vírgenes consagradas. Desarrollaba una actividad que podía agotar a cualquiera. Inventando ir a este sitio o al otro, preparando viajes y salidas campestres; llenaba mi vida, que sin ella habría dejado llevar por la rutina, pues mi temperamento fue siempre algo lánguido y aburrido.

Desde niño había escuchado de los viejos principios estoicos de mi abuelo Quirino que la felicidad no puede hacerse depender de las cosas materiales, ni tampoco de las personas. Pero puedo asegurar que toda esa filosofía cedió cuando tuve que aceptar el hecho de que mi dicha en Cartago descansaba únicamente en la presencia de Fidelia. Y

ello me hizo celoso y tal vez posesivo, como creo que no lo había sido antes. Cuando llegó el invierno, apenas tuve trabajo en la prefectura. Las guarniciones estaban ya inspeccionadas y en orden, y el mal tiempo impedía que llegasen despachos desde Roma. A mediados de noviembre casi se interrumpió la actividad militar. El puesto permanecía cerrado y no llegaron otras comunicaciones que los rutinarios correos terrestres desde los limes del interior. Mi actividad se redujo a unas horas de reunión un par de veces a la semana y a poco más. Entonces pude saborear un placer que en mi vida anterior no había tenido sitio: permanecer largo tiempo en mi propia casa. No negaré que me costó al principio, y que las jornadas se me hacían muy largas, especialmente por la tarde, pues la oscuridad caía pronto. Pero enseguida descubrí que podía dedicarme a algo que me había gustado siempre, y que las circunstancias me habían permitido poco: los libros. Y precisamente Cartago era un lugar ideal para encontrar buenas obras y a precios muy asequibles.

Por entonces estaban muy de moda en todo el África proconsular las obras de Apuleyo y no me fue nada difícil hacerme con algunos ejemplares, lo cual da una idea de la popularidad de este autor. Las obras filosóficas que compré, De deo Socratis y De mundo, me resultaron incomprensibles y aburridas; pero me divertí muchísimo con una especie de cuento, titulado Las metamorfosis, como la obra de Ovidio, cuya genialidad estriba en narrar las peripecias de su protagonista, convertido en asno, pero que sigue pensando y sintiendo como hombre. También cayeron en mis manos, entre otras, algunas epopeyas, que eran muy celebradas, de Heraclides y Diomedes, pero desde luego me parecieron un descarado plagio de las inigualables obras virgilianas.

Por otra parte, me sorprendió mucho lo aficionados que eran los cartagineses a los auditorium, donde la lectura pública de obras poéticas y la interpretación de canciones les hacían prestar una paciente atención de horas, manteniendo una compostura y un silencio como no había visto yo en ningún otro lugar. Pero sucedía que eran muy dados a guardar las apariencias, y sospecho que muchos de los que frecuentaban estos actos eran «oyentes a sueldo»; porque las recitaciones, de obras de autores ricos y demasiado deseosos de ser aplaudidos como geniales poetas, eran verdaderamente malísimas. Por eso acudí sólo cuando el compromiso me impedía excusarme.

Pasé mucho tiempo en las bibliotecas públicas y comprobé que en Cartago las letras griegas brillaban con luz propia. Me entretuve consultando la Geografía de Estrabón; ojeando la Arqueología romana de Dionisio de Halicarnaso y sumergiéndome de lleno en la gran Biblioteca histórica de Diodor Sículo. Pero nada me gustó tanto como la Anábasis de Arriano de Nicomedia, pues en su precioso relato de la expedición de Alejandro encontré

muchos detalles de la Persia que yo había conocido.

Mientras tanto, Fidelia progresó alegremente en su iniciación cristiana. Y yo empecé a aceptarlo como algo natural; sorprendido como estaba de que no existiera ruptura alguna entre los cristianos de Cartago y la sociedad de su tiempo. Tal vez a este respecto me había hecho al principio una torpe idea, considerando que esa fe había alcanzado sobre todo a gente de origen humilde, a libertos, bataneros, zapateros o cardadores de lana. Al menos eso era lo que yo recordaba de otros lugares donde había vivido. Aunque ya en Bostra y Aelia Capitolina encontré a cristianos pulidos como Berilo o el maestro Orígenes. En Cartago los fieles pertenecían a cualquier sector de la sociedad y ejercían toda clase de oficios, excepto los que les estaban expresamente prohibidos por la inmoralidad o la idolatría que admitían; como los de proxeneta, escultor o pintor de ídolos, autor y actor dramático, gladiador, sacerdote o guardián de templos, juez y gobernador, en la medida en que estas funciones daban derecho a condenar a muerte; mago, adivino, astrólogo, encantador de serpientes e intérprete de sueños...

Fidelia me contaba todo. Y yo la escuchaba atento, con una mezcla de curiosidad y cautela. Para ella aquel proceso había sido algo sencillo: un entretenimiento primero, una afición después y más tarde una especie de pasión. Ahora era casi consustancial a ella y parecía que ya nada podía hacerla volverse atrás.

Fue nuestra amiga Vitunia la que le presentó a Tascio Cipriano, hacía unos dos años, y ambas comenzaron a asistir como audientes a las reuniones de preparación de los neófitos, convencidas casi desde el principio de haber encontrado su sitio en la Iglesia de los cristianos. A estas alturas, ninguna de las dos estaba en absoluto dispuesta a dejar lo que tanto las llenaba.

Un día regresó encantada de su reunión. Como un torbellino, atravesó la casa y se llegó hasta el salón donde yo solía entretenerme leyendo.

—¡Félix, mira lo que traigo! —me dijo con la cara radiante de felicidad, mientras me mostraba un libro que traía entre las manos.

—¿Qué es? —le pregunté.

—Un regalo de Cipriano. Es la Didaché o Doctrina de los apóstoles. Contiene las obligaciones que debe aceptar el candidato al cristianismo. ¡Es precioso!

—Humm... ¡Qué será eso! —murmuré escéptico.

—¡Oh, Félix, es un libro encantador! Verás, te leeré un poco. —Fijando la vista en su libro, entusiasmada, comenzó a leer—: «Hay dos caminos: uno, el de la vida; otro, el de la muerte. Entre ambos existe gran diferencia. He aquí el camino de la vida. Primer mandamiento: Amarás a Dios, que te creó; luego, amarás a tu prójimo como a ti mismo, y lo que no quieras que te hicieren, tampoco lo harás tú a los demás...»

—Con que me ames a mí... —la interrumpí irónicamente.

—¡Félix, tonto, déjame! —protestó. Y prosiguió su lectura—: «El segundo mandamiento de la doctrina es éste: no serás adúltero; no corromperás a los jóvenes; no cometerás fornicación, ni robo, ni maleficio; no matarás niños por aborto o después del nacimiento; no desearás el mal de tu prójimo. No perjurarás y no levantarás falsos testimonios; no murmurarás y no guardarás rencores. No tendrás dos maneras de pensar, pues la duplicidad es una trampa de muerte; tu palabra no será mendaz, ni vana, sino cierta. No serás avaro, ni rapaz, ni hipócrita, ni cruel, ni orgulloso, y no formarás malos designios contra tu prójimo. No debes odiar a nadie, sino que a unos debes edificarlos y rogar por ellos; y a los demás, amarlos más que a tu vida.»

Me quedé en silencio, meditando un momento sobre aquellas palabras sencillas, extrañas y exigentes. Fidelia me miraba como impaciente, esperando a que dijera algo.

—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó al fin.

—¿Y tus cristianos cumplen todo eso? —respondí por decir algo.

—¡Anda, Félix, no empecemos! —se quejó—. ¿A qué viene eso ahora? ¿Qué te ha parecido? ¿No puedes decírmelo?

—No sé..., querida. Desde luego, todo eso suena muy bien. Pero... ¿quién puede llevar una vida así?

—Sé sincero —insistió—. ¡Es impresionante! ¿Verdad?

—Sí, por supuesto. Pero una moral así exige un gran sacrificio. No creo que a nuestro mundo, malvado y egoísta, le interese.

Ella atizó el brasero en el centro del salón y después se recostó en el diván que había a un lado, donde ambos solíamos sestear cada día, después del almuerzo, abrazados y cubiertos con una suave manta de lana. Esa estancia era nuestra preferida, pues la habíamos decorado juntos, según el gusto de Fidelia, aunque me había permitido a mí

escoger algún detalle. El techo no era muy alto, por lo que resultaba cálida y acogedora. Había platos de cerámica en tonos amarillos y verdes colgados en las paredes, grandes jarrones de bronce con flores secas recogidas por ella y muchas lámparas con espejos de plata, pues queríamos que estuviera bien iluminada. Todo el suelo lo recubrimos con pieles, entre las que estaba la de la leona que abatí en la cacería y que estuvo a punto de matarme.

Fidelia me pareció radiante, con una sonrisa de felicidad y los ojos brillantes y sospeché

que toda esa alegría no podía venir causada por ese libro.

—¡Pero bueno! —le dije—. ¿Qué te han dado hoy en esa reunión?

—Hoy me he enterado de una cosa —respondió divertida.

—¿Qué cosa?

—¡Adivínalo!

—¡Bah! —repliqué—. Será otra de esas doctrinas.

—No, no, no...

—Bueno, si no me lo quieres decir, allá tú. No me interesa.

—Sí, sí que te interesa —dijo con una sonrisita maliciosa—. Vas a tener un hijo.

—¿Eh?

—Lo que oyes.

—Pero... —balbucí—. ¿Estás segura?

—Claro, hombre, las mujeres siempre sabemos eso. Hace días que lo sospechaba, pero hoy una matrona experta me lo ha confirmado.

43

Aquéllos eran tiempos en que las almas de los hombres estaban inquietas. Por mucho que los gobernantes se empeñaran en hacer retornar las cosas al viejo orden, algo en el ser profundo del Imperio había cambiado. Decio había sido saludado en su advenimiento como emperador con la fórmula ritual: «Que sea más dichoso que Augusto y mejor que Trajano.» Pero, aunque él estaba a la altura de las bellas figuras de aquella época gloriosa, sus súbditos éramos ya otros y el Estado había perdido su aureola divina desde hacía varias décadas. Efectivamente, el nuevo emperador reinaba con el nombre de Trajano Decio, como homenaje al insigne antecesor que tanto admiraba. Pretendió

emularlo en casi todo, y no le faltaban cualidades que le asimilaran a él: la armonía de sus rasgos, la nobleza de su actitud, su inteligencia matizada, su amor al trabajo, la sencillez de sus costumbres... En fin, tenía Decio, como su adorado Trajano, una personalidad que podía admirarse en todo tiempo. Y eso fue lo que le favoreció a la hora de poner en su sitio a la Urbe, que tan agitada venía desde hacía tiempo. Pero el resto del Imperio, mal acostumbrado por los desórdenes precedentes y hecho a que los gobiernos de Roma durasen poco, campaba a su aire y no le importaba ya que su emperador fuese uno u otro.

Eso lo pude apreciar en Cartago. Desde mi entusiasmo por haber conocido en persona al soberano, me parecía que todo el mundo tenía que estar impregnado de nueva ansia de hacer bien las cosas. Pero enseguida choqué como con un muro al darme cuenta de que la gente iba a lo suyo, y que les daba igual quién estuviera en el trono, con tal de mantener sus negocios y que nadie se inmiscuyera en sus costumbres. Nada en el África proconsular funcionaba mejor que en cualquier otro lugar del Imperio. Supongo que me había hecho demasiadas ilusiones.

Creo que fue justo entonces cuando desaparecieron para siempre los grandes ideales. No había ya nadie relevante por su honradez o por su espíritu elevado; sino que todo pertenecía a una clase de hombres de negocios, de fabricantes, de especuladores, de usureros, de asentistas en general que, ávidos de ganancias, se reían de cualquier otra cosa que no fuera dar un buen golpe para arramplar con una buena cantidad de dinero. Así

que todo se compraba: la condición de liberto, los puestos municipales y también el ser caballero o senador. Era muy difícil sustraerse a esa manía febril de tener siempre el dinero en movimiento. Todo se gravaba con intereses: se prestaba a interés entre amigos y entre familiares, y la usura formaba parte de la vida cotidiana de todo el mundo. Parecía que el dinero era el único motor que movía la existencia de las ciudades. Y los usureros de la época no eran banqueros, sino notables y senadores.

Incluso las relaciones personales estaban determinadas por el interés. Cualquier esfuerzo reclamaba un salario, aunque fuese a la vez un placer. Se hacía la corte a un viejo opulento a la espera de su testamento; la esposa que engañaba a su marido recibía de su amante una gruesa suma y, en caso de ruptura, había quienes recuperaban la donación incluso haciendo intervenir a los juristas. El caso era que toda la sociedad ridiculizaba estas conductas y todo el mundo las practicaba. No es de extrañar que en tal ambiente los matrimonios eludieran tener hijos, pues salían ganando: se ahorraban preocupaciones y se veían más rodeados de agasajos.

En mi trabajo como militar no me vi exento de preocupaciones y problemas a causa de una sociedad tan corrompida y disoluta. Siempre había alguien que quería llevarte a su propio terreno y tuve proposiciones deshonestas de todo tipo. Aunque la misión de los soldados del emperador era únicamente reprimir las revueltas y perseguir a los bandidos, y para nada teníamos encomendada la seguridad ciudadana. Pero casi siempre te veías salpicado por los problemas que eran frecuentes: secuestros, usurpaciones y prisiones privadas para los deudores, que creaban verdaderos enfrentamientos civiles entre los sectores de la población. Y eso por no hablar de las continuas denuncias que llegaban desde territorios apartados donde los poderosos no vacilaban en apoderarse de las tierras de los vecinos más pobres. El gobernador era el que debía imponer la autoridad soberana y no daba abasto intentando solucionar tanto desmán. Lo cual le acarreaba constantes disgustos, a pesar de su buena voluntad, pues se veía obligado a tratar con miramiento a los poderosos por razón de Estado y no contrariarles demasiado, ya que eran aliados suyos mediante una complicada red de amistades e intereses.

Aspasio me llamó un día muy preocupado. Había recibido una denuncia en contra de Tascio Cipriano y no sabía cómo resolver el asunto. El denunciante era un tal Larcius Surio, un rico oligarca originario de Bulla Regia que además era un alto magistrado y amigo suyo.

—Este Cipriano al final acabará creándonos complicaciones —me dijo con gesto grave—. Aunque sea él una buena persona.

—¿De qué se trata? —le pregunté.

—¡Bah! En sí es poca cosa. Pero Larcius es un pamplinoso y no dejará de molestarme mientras no le haga caso. Se trata de un asunto que viene de largo; ya la familia de Cipriano y la suya estaban enfrentadas y ahora parece ser que vuelven a la carga. Larcius ha presentado una denuncia formal contra Cipriano y veo que no tendré más remedio que resolver al respecto.

—¿De qué le acusa?

—Parece ser que Cipriano defendió como abogado a un contendiente de Larcius y, aunque este último ganó el pleito, no quedó nada conforme, porque, según él, el obispo vertió graves injurias y acusaciones durante el juicio contra el magistrado y su familia. Pero eso no es lo peor. Larcius se empeña en asegurar que circula por ahí un libro escrito por Cipriano donde se denigra al Estado, a las leyes romanas y a los jueces. Y eso, como comprenderás, es mucho más serio.

—Pero ¿existe tal libro?

—¡Qué sé yo! Como te he dicho, Larcius asegura que sí, y anda por ahí empeñado en dar con él. Conociéndole, tenemos asunto para rato. Me ha pedido que abra una investigación y que inicie un proceso inmediatamente.

—Y ¿qué piensas hacer?

—En principio, llamar a Cipriano y conocer su versión del asunto. Pero me temo que la cosa se promete complicada. Ambos litigantes son amigos míos y figuras muy relevantes en la ciudad. No sé cómo terminará todo esto.

—Y ¿por qué me has llamado a mí? —le pregunté—. Parece tratarse de un juicio meramente civil.

—¡Pues eso es lo más grave! —suspiró—. Larcius pretende que la cuestión rebase la esfera puramente civil, puesto que, según él, en ese libro hay una especie de llamada a la rebelión contra el Estado y... contra el mismísimo emperador.

—¡Bah! —repliqué—. ¡Qué cosa tan absurda! ¡Cómo se le iba a ocurrir a un hombre tan inteligente como Cipriano una cosa así!

—Eso mismo pienso yo. Pero no conoces a Larcius. Cuando la emprende contra alguien...

—Bueno —dije para tranquilizarle—. Mientras no aparezca ese libro no tenemos por qué preocuparnos.

—¿Y si aparece? ¿Y si Larcius da con él?

—Entonces ya veremos. Si lo que hay escrito es tan subversivo contra el orden público como él dice, habrá que hacer algo.

Al día siguiente estuve presente cuando Aspasio citó a Cipriano en el palacio proconsular para interrogarle. No se trataba de una comparecencia formal; si así hubiera sido, tendría que haber estado presente el tribunal del procónsul y el interrogatorio habría tenido lugar en el atrio. Pero el gobernador quiso obtener primero una información fuera del proceso, por si se podían solucionar las cosas mediante un acuerdo privado. Así que recibió al denunciado en su despacho, estando presente yo como único testigo de lo que hablaron ambos.

Cipriano llegó muy sonriente —sospeché desde el principio que ni siquiera imaginaba la que se le venía encima—; correctamente vestido, pero discreto, como solía ir, casi con la severidad de un filósofo. La toga era sencilla, con una orla de apenas dos dedos de anchura, de lana excelentemente cardada. Las sandalias, con hebillas de bronce, de manufactura cartaginesa. Como las otras veces que le había visto, pensé que un hombre con tanta clase merecía ser un senador o un alto magistrado, aunque daba la impresión de querer dar poca relevancia a su presencia.

Saludó primero al procónsul, cordialmente, y después se dirigió a mí con la familiaridad de alguien a quien ves frecuentemente, a pesar de que hacía meses que no nos encontrábamos. No pude evitar pensar en que Fidelia le hablaría frecuentemente de mí y que por eso me consideraba tan cercano.

—Me alegro de verte, Félix. —Su sonrisa fue franca cuando me tocó el brazo y se llevó

la otra mano al pecho, como solían saludar los cartagineses a sus amigos—. No esperaba encontrarte aquí y, sinceramente, es una agradable sorpresa.

—Bueno —salió al paso Aspasio—, he creído necesario que Félix, como praefectus legionis, esté también presente en esta conversación.

Cipriano no abandonó su sonrisa, pero, echándose un poco hacia atrás y enarcando una ceja, dijo con tono de perplejidad:

—¿Como prefecto? ¿Tan grave es la cosa?

—Bien, bien, sentémonos —rogó el procónsul—. Es un tema delicado y necesitamos tiempo y tranquilidad.

—Tú dirás, Aspasio —pidió Cipriano cuando los tres nos hubimos sentado.

—Mira, Cipriano —comenzó a decir el procónsul—, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, mucho tiempo; tu padre ya era amigo mío y he tenido siempre buenas relaciones con tus hermanos y con toda tu familia. Por eso no quiero que pienses que puedo tener algo en contra tuya...

—¿He hecho algo malo? —le interrumpió Cipriano con una mezcla de sorna y curiosidad. Comprendí que conocía bien a Aspasio y que quería ir al grano, para ahorrarse toda la retahila de cumplidos con que el procónsul solía iniciar cualquier conversación.

Se hizo entonces un silencio algo tenso. Cipriano me miró; los tres cruzamos las miradas.

—Te han denunciado —dijo al fin Aspasio con rotundidad.

—¿Eh? —preguntó Cipriano, con un marcado gesto de extrañeza. Su sonrisa desapareció y se puso en pie frente al procónsul— ¿Denunciado? ¿A mí? ¿Quién?

—Larcius Surio, el magistrado, ya sabes —respondió Aspasio.

—¿Larcius? ¿Larcius Surio? —repitió Cipriano llevándose una mano a la cabeza con visible sorpresa en el rostro—. ¿Por qué? ¿Qué motivo alega?

—Bueno —contestó el procónsul—. Estuvo aquí anteayer y me contó que interviniste como abogado en un juicio entablado contra su familia en Bulla Regia el año pasado.

—¡Ah, se trata de aquello! —exclamó Cipriano—. ¿Qué te ha contado?

—No —negó Aspasio—. Prefiero que me des tu versión del tema. ¿Qué sucedió en aquel juicio?

—Está bien —asintió él—. Te contaré toda la verdad de lo que pasó en Bulla Regia. Larcius y sus hermanos son propietarios de la mayor parte de los bosques que rodean la ciudad, además de compartir los principales cargos de la colonia. En fin, eso ya lo sabes, para qué dar detalles. Baste con decirte que son la familia más poderosa de aquella demarcación, además de ser muy influyentes aquí, en Cartago. Pero tú, como yo y como todo el mundo, Aspasio, sabes que no usan de muy buenas maneras para aumentar y mantener tan enorme patrimonio...

—Bueno, bueno —protestó el procónsul—, dejemos eso ahora, Cipriano. Los Surio son gente respetable.

—¿Respetable? —replicó Cipriano—. ¿Es que acaso respetan ellos a los demás? Yo te contaré. Resulta que llevan años añadiendo bosques y ensanchando sin límites sus fincas, arrojando a los pobres y pequeños propietarios de las heredades en su derredor. Eso todo el mundo lo sabe en Bulla Regia. ¡Así es como los Surio han engrosado su inmensa fortuna!

—¿Y a ti, qué? —le reprendió Aspasio—. ¿Quién eres tú para irte nada menos que a Bulla Regia a meter las narices?

—¿Cómo que a mí qué? —contestó Cipriano—. Mira, Aspasio, ya sabes que soy el obispo de los cristianos de esta parte del África proconsular. Esa comunidad de Bulla Regia, harta de soportar los atropellos y las injusticias de Larcius y sus hermanos, acudió

a mí en la esperanza de que yo, por mi condición de jurista, podría defenderlos en los tribunales. De manera que acudí allí y entablé un procedimiento judicial para reclamar los derechos de algunas familias que habían sido desposeídas de sus propiedades. Pero, claro, los tribunales de Bulla Regia dieron la razón a los Surio y, más tarde, también éstos ganaron la apelación. Así que no comprendo cómo encima viene ese Larcius a quejarse y a denunciarme. ¿Es que no quedó contento saliéndose con la suya?

—Ésa es tu versión —repuso Aspasio—. Pero, según Larcius, tú vertiste insidiosas y malintencionadas palabras en tus alegaciones del juicio que dañaron la imagen respetable de los Surio. ¿Es eso cierto?

Cipriano se quedó pensativo, con los ojos muy abiertos. Al fin, respondió, mientras se dejaba caer sobre el asiento:

—¿Insidiosas y malintencionadas? ¡Dije la verdad! Que ellos habían abusado de su poder y relevancia social para apabullar y atemorizar a los pobres campesinos y pastores a quienes habían desposeído de sus propiedades. ¡Y ésa era la verdad! ¿Qué pretendían?

En un proceso el abogado tiene derecho a hacer uso de todas las armas de la retórica a su alcance. En ningún momento injurié ni calumnié; expuse la realidad. Aunque, claro, esa verdad a ellos no les interesa y no quedaron contentos. Y ahora vienen a vengarse como pueden. ¡Qué sibilinos! De manera que me la tenían guardada.

—Bien —dijo suavemente el procónsul—. Hay una cosa más, mucho más grave a mi juicio. Tiene que ver con tu posición de obispo de los cristianos.

—¡Ah, ya me imaginaba yo que también saldría eso! —observó.

—Oh, no, Cipriano —se apresuró a calmarle Aspasio—. Pretendo ser imparcial. Mi mujer y la de Félix son seguidoras de tu comunidad y ya sabes que no me he inmiscuido nunca en ese tema.

—Sí, es cierto —asintió Cipriano—. Y yo te lo agradezco de todo corazón. Pero ¿qué

tiene que ver mi condición de jefe de los cristianos con lo otro?

—Yo te lo diré —respondió el procónsul—. Larcius asegura que circula por ahí un libro escrito por ti donde hablas en contra de las leyes, de los tribunales y autoridades, y que, en cierto modo, es una llamada a que tus seguidores se rebelen y desobedezcan al orden de Roma. ¿Qué tienes que decir a eso?

—¡Es falso! —gritó el obispo—. ¡Es una calumnia! Nunca me he enfrentado al orden de Roma y tú lo sabes. En mi comunidad se ora por el emperador y por las autoridades. Nunca he ocultado que no sea un dios para nosotros, pero lo aceptamos, obedecemos sus leyes y respetamos su autoridad.

—Entonces, ¿ese libro...? —insistió Aspasio.

—¡No hay tal libro! —negó rotundamente él—. Si Larcius ha levantado esa acusación deberá probarla, como lo exigen nuestras leyes. Si eso es verdad, yo responderé con mi persona; pero si es falso, como yo demostraré, responderá él por calumniador.

—Bien, bien —asintió el procónsul—. Que así sea. Pero creo que será mejor que él como acusador y tú como acusado, ya que niegas lo que se te imputa, comparezcáis formalmente ante el tribunal.

—Compareceré —afirmó el obispo, seguro de sí—. Que él traiga a sus testigos y ese libro que asegura que he escrito. Yo, por mi parte, traeré a los míos. En fin, me marcho, no quiero quitaros vuestro precioso tiempo —dijo poniéndose en pie. Y, dirigiéndose a mí, añadió—: Félix, siento que hayamos tenido que reencontrarnos en estas difíciles circunstancias. Ya sabes dónde vivo. Si deseas hablar conmigo de otras cosas, llámame; acudiré gustoso a tu casa. Y si deseas visitarme, te recibiré encantado. Adiós, señores, y... gracias por todo, Aspasio. Procuraré no crearte complicaciones, lo prometo. Dicho esto, salió del despacho. Aspasio y yo quedamos pensativos, dándole vueltas a todo en la cabeza.

—¿Qué opinas? —me preguntó el procónsul.

—Creo que dice la verdad. Un hombre que ha dejado todo en pos de un ideal tan raro como el cristiano, no tiene por qué andarse con zarandajas y enredos de este tipo. Él, hoy por hoy, no tiene nada que perder; mientras que el tal Larcius parece ser que busca sus intereses... Pero, claro, no conozco aún la otra versión. Aunque... si ese magistrado ha levantado una acusación tan grave como decir que el obispo ha escrito un libro en contra de Roma y el emperador, deberá probarlo, como bien ha dicho Cipriano...

—Eso es lo que me preocupa —observó Aspasio—. Cipriano conoce bien las leyes, pero Larcius no se queda manco. No, el magistrado no es tonto, ni mucho menos. Si ha dicho lo del libro, seguro que es con algún fundamento. Le conozco muy bien. Es un hombre implacable que no dudará en llegar hasta el final.

—Pero... Cipriano lo ha negado rotundamente.

—Y Larcius también lo afirma rotundamente. Veremos. Me temo que esto traerá cola. 44

—¡Oh, Félix! —exclamó Fidelia cuando se lo dije—, ¿de verdad vas a visitar a Cipriano? De manera que te lo había pedido un montón de veces y no quisiste complacerme. Y ahora, después de ese encuentro en el despacho de Aspasio, te decides.

¿Qué sucedió allí?

—Bueno, es simple curiosidad —respondí—. Me pareció mucho más interesante que la otra vez, cuando nos reunimos en aquella cena. Considero que es un hombre de temperamento.

—Ya te lo decía yo. ¿Es que la opinión de una mujer no cuenta para ti?

—No, Fidelia, no se trata de eso. Es simplemente que cada cosa tiene su momento. Pero, si te sirve de algo, te diré que tu opinión acerca de él también me ha influido. Hace tiempo que maduraba la idea de acudir a verle.

—Quedarás encantado. Cada día hay más gente que opina que no hay nadie mejor que él en Cartago.

—Bueno, bueno. No exageremos —repliqué—. Es un hombre inteligente y preparado a lo que se une la siempre interesante ventaja de ser un líder religioso. Pero no debemos sacar las cosas de su sitio. También hay mucha gente que lo detesta. Tiene un buen montón de enemigos, ¿sabes?

—¡Envidiosos! Cuando alguien brilla, no por su dinero o sus propiedades, sino por su valía personal, genera envidias. ¿Vas a negar eso?

—Tienes razón, querida. Pero creo que no deberías ser tan apasionada con respecto a ese obispo. No me parece..., digamos, razonable.

—¡Ah, ja, ja, ja...! —rió con una de sus peculiares carcajadas de niña traviesa—. Amor mío, ¿no estarás celoso...?

—¿Celoso? ¿Yo? ¿De quién? ¿De Cipriano?

—Sí, claro, ¿de quién si no? —asintió jocosamente—. No irás a sumarte a los que se enfurecen porque él brille tanto.

—¡Qué dices, mujer! —exclamé algo enojado.

—¡Eh! No te enfades. Era una broma.

—No me enfado, querida —dije, algo serio—. Es sólo que creo que no deberías ser tan ferviente seguidora de Cipriano. Puede crearnos complicaciones.

—¿Complicaciones? —preguntó ingenuamente—. ¿Qué clase de complicaciones?

—No sé. Es un presentimiento. Tengo cierta experiencia y algo me dice que alguien como Cipriano puede mover en pos de sí todo un cúmulo de energías buenas y también malas. Se habla demasiado de él aquí en Cartago... La gente en estos lugares meridionales es muy apasionada.

Fidelia pareció preocuparse. Se puso frente a mí y, cogiéndome las manos como buscando seguridad, me preguntó:

—No te comprendo, amor mío. ¿Qué quieres decir exactamente?

—No es nada, déjalo —repuse al ver que se preocupaba.

—Habla, por favor.

—Mira, Fidelia —expliqué ante su insistencia—, no quiero disgustarte. Somos ahora muy felices. Todo en nuestra vida es maravilloso. Tenemos esta casa, esclavos que nos sirven, inmejorables amigos... Pero nada es para mí más importante ahora que tú y yo; nuestro amor. En mi vida no he conocido a nadie como tú. ¡Me haces tan feliz! Y

últimamente, desde que supe que tendremos un hijo... ¡Es todo tan delicioso! No quiero que nada lo estropee, ¿comprendes?

—Pero, amor mío, ¿qué puede estropear todo eso?

—El mundo es muy complicado. Todo parece estable, imperecedero, inmutable... Pero, de repente, las cosas cambian. Lo que ahora está arriba puede perder el equilibrio y... ¡caer! Por eso es mejor ser prudente, cauteloso... Eso me ha enseñado la vida. Hace unos años yo era más impetuoso; buscaba, indagaba, me hacía partidario de esto o aquello. Pero ahora voy viendo la vida de manera diferente. Me preocupa más el futuro. Fidelia me escuchaba con los ojos muy abiertos y brillantes. Noté que mis palabras habían entrado con fuerza dentro de su alma. Me apretó las manos y se mordió el labio inferior mientras asentía con un ligero movimiento de cabeza. Luego, con gravedad, dijo:

—Tenías razón, Félix. Creo que ahora te comprendo. Quieres decir que te preocupa que me haga cristiana por si eso, en un futuro, puede perjudicar a tu posición y, en definitiva, a la familia que formaremos. ¿No es eso?

—Sí, cariño —asentí rotundamente—. Temo por ti. ¿No te das cuenta de que Cipriano tiene enemigos que serán también los nuestros si te proclamas incondicional seguidora suya?

—Claro. ¡He sido una tonta!

—No, no —dije para tranquilizarla—. Tampoco es para tanto. No quiero yo que dejes esas reuniones que tan feliz te hacen. Sólo te pido que seas algo más cautelosa en tus manifestaciones acerca del obispo.

—Lo haré, puedes estar seguro —prometió más calmada.

¿Qué misterio quería desvelar yo yendo a visitar a Tascio Cipriano? No era sólo la curiosidad lo que me puso en camino aquella misma tarde en dirección a las afueras de la ciudad. Aunque no quería darme cuenta de ello, mis viejas preguntas se habían despertado dentro de mí. Quise contentarme diciéndome que mi espíritu, de natural intrépido y desasosegado, se había detenido por fin en su búsqueda; pero el Félix que no se conformaba con lo visible estaba ahí, palpitante a pesar de haber cumplido algunos años más y de haberse estabilizado, comprando una casa en una bella ciudad africana para asentarse junto a una mujer maravillosa que pronto le daría un hijo. Y era esa misma mujer, a la que tanta seguridad debía, la que sin saberlo había ahondado en mi alma haciendo brotar de nuevo mi insaciable deseo de mirar hacia el Más Allá. Un esclavo cristiano me condujo a la casa de Cipriano, situada al otro lado de la ciudad, en un lugar agradable, no muy elegante, pero apartado de las vías transitadas por los ociosos que no sabían en qué pasar el tiempo. El sol declinaba ya en la dirección del puerto y los contrafuertes rocosos brillaban bañados por una luz dorada, en un día de invierno en el que no se había dejado ver ninguna nube. No hacía viento, pero una brisa fría ascendía desde el mar trayendo un húmedo aroma de profundidad y algas. La luna en cuarto creciente resplandecía en un cielo nítido, azul aún, aunque en el horizonte se difuminaba en una tenue neblina.

La casa blanca y hermosa asomaba por encima de una oscura arboleda, en la que algunos sauces estaban desnudos junto a esplendorosos pinos y alcornoques orgullosos con sus perennes hojas. Vi macetas con ramas colgantes, arbustos cuyo aroma dulzón había levantado el sol del mediodía y enredaderas secas pegadas a los muros. Cipriano, que no me esperaba, debió de verme llegar desde alguna ventana o fue avisado por alguien, pues surgió de entre unos setos para acudir a mi encuentro.

—Bienvenido, Félix. —Allí, en su elemento y a la luz del día, me pareció más joven—. Me alegro de que hayas decidido venir a visitarme. Aunque... ¿no habrá sucedido algo malo?

—¿Te refieres a la denuncia de Larcius Surio? —le pregunté adivinando la causa de su preocupación.

—En efecto. Espero que no se haya agravado el asunto.

—Oh, no, no te preocupes. Las cosas siguen su curso y, según me dijo Aspasio, sólo falta esperar a que Larcius comparezca y se ratifique en su acusación.

—Bueno, siendo así, dejemos ese tema —dijo prudentemente—. Ya que por fin has resuelto que ambos nos encontremos, no aprovecharé la circunstancia para hablar en mi favor. Porque... supongo que habrás venido a hablar conmigo de otras cosas, ¿no?

—Sí, sí, de eso se trata.

—Entonces, pasemos al atrio —propuso—. ¿O prefieres charlar aquí fuera para ver las últimas luces del día?

—Por mí, podemos pasear si te apetece.

Hacía una tarde muy agradable y los setos impedían que la brisa fría penetrase en los jardines. El sol calentaba aún algo y era delicioso escuchar el tímido canto de algunas aves alentadas por aquel radiante día a pesar de que era invierno todavía. Cipriano se excusó un momento y supuse que había ido a dar instrucciones a alguien para que nos preparase la cena. Mientras, yo me entretuve contemplando el campo que se extendía más allá, donde la ciudad se desparramaba en montones de casitas que se alzaban, cada vez más separadas, entre huertos y pequeños viñedos. El camino era poco concurrido, pero algunos atrevidos paseantes se aventuraban hasta un lejano cementerio, cuyos túmulos marmóreos resplandecían entre parduscas encinas y secos cardizales. En alguna parte, un muchacho cantaba acompañado de una cítara. Me fijé en la letra de su canción. Era una especie de invocación, una alabanza que exaltaba la misericordia y la bondad de Dios, a la vez que suplicaba.

—Es un salmo —explicó mi anfitrión surgiendo de nuevo de entre los setos y rozando la enredadera con la cabeza.

—Ah, sí —confirmé—. Ya había oído alguno en otra ocasión.

—¿En otra ocasión?

—Bueno —expliqué—, no sé si sabrás que en otro momento de mi vida tuve algún contacto con cristianos.

—Lo sé. Fidelia me lo contó. Y es ése uno de los temas que deseaba tratar contigo. Naturalmente, si es de tu agrado hablar de ello.

—¿Por qué no? Aunque discutimos en aquella cena en casa de Aspasio, no pienses que tengo algo especial en contra de tu religión. Por el contrario, hay muchas cosas en ella que me llaman la atención y, por qué no decirlo, que me agradan.

—Ah, bien —manifestó su conformidad con una sonrisa—. Siendo así, puedes empezar contándome tu experiencia, si lo deseas. Pero, por favor, amigo, no dudes en ser sincero y expresar también todo lo que te disgusta de nosotros.

—Puedes estar seguro de que así lo haré. He venido a hablar contigo con todas las consecuencias.

—Perfecto. Hablemos pues. Cuéntame cómo fue esa experiencia.

Sin muchos detalles, empecé a narrar mi peripecia en las guerras de Mesopotamia, cómo conocí a Filipo el Árabe, la misión que ejercí de embajador en Ctesifonte y mi huida apresurada de Persia; mi posterior encuentro con los cristianos de Bostra, mi amistad con el obispo Berilo, y la peregrinación que emprendí por tierras palestinas, bajo las enseñanzas amables del maestro Orígenes. Llegado a este punto, Cipriano se entusiasmó y me interrumpió exclamando:

—¡Dios sea bendito, conociste al maestro Orígenes! ¡Eso es maravilloso!

—Como lo oyes —confirmé—. Fue poco el tiempo que pasé con él, pero pude saborear su profunda sabiduría. Desde luego, es un hombre singular.

—Sí, sin duda. Yo también tuve la suerte de conocerle recientemente y quedé

vivamente impresionado por su personalidad.

—¿Dónde te encontraste con él? —le pregunté por simple curiosidad.

—En Cesarea. Acudí allí para asistir a un sínodo, que es la reunión de los obispos de la Iglesia. Pude conversar largamente con él y traerme algunos de sus tratados para enriquecer los conocimientos de la comunidad de Cartago. Pero —me pidió—, por favor, prosigue. ¿Qué fue lo que te llamó la atención de aquellos cristianos que conociste?

—Toda la figura de Jesús, en sí, es muy atractiva —continué—. Recorrí Palestina, su tierra, y pude comprobar que no se trataba de un mito, ni de una idea temporal, ni de una invención caprichosa de la primitiva comunidad de cristianos. Jesús fue un personaje real. Eso allí se palpa. Sus gestos, sus palabras, sus actitudes, su doctrina, su muerte... Son tan singulares. Y todos aquellos milagros que dicen que hizo. ¡Me fascinó!, no voy a negarlo. Sinceramente, quedé sobrecogido por la experiencia. Fue como una luz para mí

en un momento de duda y oscuridad.

El rostro de Cipriano se iluminó. Adiviné que mis palabras le complacían mucho, porque tal vez había supuesto que yo sería más duro. Sin poder contenerse, intervino:

—Sí, efectivamente, Félix. El contenido esencial de nuestra profesión de fe está ligado al anuncio de la historia de Jesús, Hijo de Dios, que nació, vivió en este mundo, murió y resucitó por nuestra salvación.

—¡Ese es el problema! —repliqué—. Jesús fue un hombre real, aunque parece ser que disponía de poderes divinos que le hacían realizar obras grandiosas. ¿Por qué entonces se dejó humillar y matar de aquella manera? ¿Cómo el hijo de un dios iba a soportar aquello sin rechistar? ¿No es eso un gran absurdo? ¿Para qué entonces su poder?

—Ah, Félix, comprendo tu duda. ¡Es tan lógica! —suspiró él—. Verás, querido amigo, déjame explicarte. Existen dos concepciones del poder: una es la de Dios y la otra es humana. Efectivamente, como bien has dicho, Jesús dispone de poderes divinos que le hacen realizar obras grandiosas; sin embargo, esos poderes no hacen de él un déspota, sino un servidor. Su decisión es tajante: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir», dijo rotundamente cuando algunos de sus discípulos quisieron servirse de él para obtener poder a la manera humana. Incluso llegó a decirles a ellos: «El que quiera ser el primero entre vosotros que sea el último y el servidor de todos.»

—¡Pero eso no tiene sentido! —repliqué—. ¿Por qué esa humildad?

—Porque en Jesucristo la majestad divina se presenta llena de humildad y de debilidad paradójica. Así es nuestro Dios, ya te lo he dicho, su concepto del poder no es igual al de los hombres, sino extraño u opuesto a la común opinión y al sentir del mundo, que está

muy cerca de los de Satanás. Ya sé que eso es muy difícil de comprender para ti, como también lo fue para mí en otro tiempo; pues ambos hemos sido educados en una cultura y un ambiente que exaltan el poder como grandeza, gloria y triunfo. ¿Quién puede irse en pos de un servidor? Pero en el título de Hijo del hombre de Jesús se recuerda una vieja profecía de un profeta llamado Daniel, en donde la llegada del reino de Dios se compara con un hijo de hombre, un humano, que viene sobre las nubes en un despliegue inmenso de poder: «Se le concedió el imperio, la gloria, y la realeza, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán», se dice. La profecía se ha realizado, pero a la manera de Dios y no a la de los hombres: el Hijo del hombre, al que han de servir todas las naciones, viene para servir. Ése es el contraste impresionante que cuesta tanto entender.

—No sé, sinceramente —le dije—, cómo se puede asimilar todo eso. ¡Es tan extraño!

¿Cómo pudiste dejar tu posición y tu fortuna por ir en pos de un ideal tan extravagante?

—Es largo de explicar, y difícil, muy difícil. Pero, si te sirve de algo, te diré que cuando más alto estaba, cuando todo me sonreía, sentí una extraña sensación de repugnancia y vacío... Era como comprender de repente que mi felicidad no podía reducirse a un pomposo aparato de dignidades y cargos, a estar rodeado de una escolta de clientes, cortejado por la numerosa comitiva de aduladores y a frecuentar sin descanso espléndidas cenas y opíparos convites. Esto me decía una y mil veces a mí mismo. Pues notaba que me hallaba como retenido y enredado en errores y pasiones de las que no podía desprenderme.

—Y ahora—le pregunté—, ¿te sientes liberado?

—¡Claro! Fue como pasar a ser un hombre nuevo. Aunque, naturalmente, mi naturaleza humana sigue ahí, tirando de mí hacia abajo. Pero se infundió una gran luz en mi espíritu, transformado y purificado, y empecé a sentir una gran libertad al saber que estaba sólo en manos de Dios y no en las tinieblas de la noche o zozobrando en las aguas de este mundo.

Nos sentamos en un banco junto a un olivo. Las aceitunas brillaban jugosas, negras, pidiendo ser recogidas un día u otro. Cuando me hube acostumbrado a estar con Cipriano, sentí que volaban todos los prejuicios que sobre él me había hecho. No era un rétor de esos que hablan para escucharse a sí mismos, ni un abogado pendiente sólo de defender con aplastantes razonamientos su propia causa, ni tampoco un predicador ensimismado en su verdad. Era Cipriano fundamentalmente un hombre convencido, seguro, pero no de sí

mismo, sino de su Dios. En muchas cosas podía yo identificarme con él: ambos habíamos estudiado leyes y ambos habíamos estado en búsqueda. Esa vaciedad a que se había referido la conocía yo muy bien. Pero una cosa parecía separarnos y nos hacía mirar el mundo de diferente manera: él era un hombre decidido, había hecho su opción y eso le permitía mirar el mundo erguido; no parecía tambalearse ni un ápice a un lado u otro; yo en cambio podía irme allá o acá, guiado por mi eterna incertidumbre y mi poca confianza en el futuro. Me di cuenta de que la luz decrecía con la rapidez con que cae la noche invernal y vi a un criado encender un candelabro de pared en la terraza. El crepúsculo dejaba una línea purpúrea en el horizonte y un gran silencio lo envolvió todo. Refrescó de repente.

—Bueno, entremos —sugirió Cipriano—. Comienza a hacer frío. Seguiremos charlando junto al fuego.

—Oh, no —me excusé—, te lo agradezco, pero no quisiera regresar hoy muy tarde a casa. Mañana tengo trabajo.

—Había encargado algo para cenar —insistió él.

—Gracias, pero no quiero molestar demasiado. No te avisé antes de venir y no me parece justo entretenerte más. Pero te prometo que volveré para cenar contigo en otra ocasión.

—Bien, como quieras —asintió él—. Sólo dime una cosa antes de marcharte.

—Por supuesto. ¿De qué se trata?

—¿Qué te hizo rechazar definitivamente la fe cristiana? Puesto que, como tú me has dicho, hay cosas en ella que te llaman la atención.

Quedé pensativo, analizando lo que iba a contestarle. Pero decidí no darle una respuesta meramente complaciente.

—Te diré la verdad, Cipriano —dije—. Fue un libro que me entregó un compañero y que me afectó mucho. Después de su lectura concluí que el cristianismo, tal y como lo planteáis al mundo, es una gran necedad.

Advertí que mi respuesta le había desagradado. Cipriano, en cambio, sonrió.

—¿Qué libro es ése? —preguntó.

—El Discurso de la verdad de Celso.

Muy rara vez se le veía reír abiertamente, pero ahora mostraba una cierta sonrisa, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, que equivalía en él a una carcajada.

—¡Por Dios! —exclamó—. ¿Por qué no te lo habré preguntado antes? Espera aquí. Dicho esto, desapareció veloz por la puerta principal de la casa. Me quedé algo extrañado, meditando sobre si había sido oportuno decirle aquello. Pero enseguida regresó con gesto divertido y trayendo algo entre las manos. Cuando se acercó, vi que se trataba de un libro.

—Toma —me dijo—. Lee ahora esto, si tienes tiempo.

Lo cogí y leí el título en la portada de dura piel, escrito con grandes y elegantes letras griegas: Contra Celso, escrito por Orígenes.

—¡Oh! ¿Es posible? —exclamé.

—Sí que lo es —afirmó él—. Por eso me reía antes. Orígenes me entregó este libro en Cesarea y me explicó que lo había escrito motivado por el efecto que habían causado los escritos de Celso en un joven que conoció. ¿No es fantástico? ¡Las cosas de la Providencia son increíbles!

45

El libro que me entregó Tascio Cipriano era en realidad el compendio de ocho libros, que contenía la respuesta de Orígenes a los ataques filosóficos de Celso en su Discurso de la verdad contra el cristianismo. Deduje que el maestro había escrito aquello tal vez motivado por el efecto que las tesis de Celso habían causado en muchos hombres de aquel tiempo, paganos como yo o próximos, aunque todavía indecisos, hacia la fe cristiana. No comprendí todo lo que se decía en el tratado, por ser demasiado elevado o porque yo no estaba preparado para adentrarme en una apología tan elaborada. Pero recuerdo que, aunque no me resultaba irreductiblemente lógico, sentí que Orígenes estaba ahí, tal y como yo le había conocido, como un hombre fundamentalmente espiritual, como alguien que conocía muy bien la filosofía y la ciencia de nuestro tiempo. El caso es que la huella que había dejado en mi alma el filósofo Celso, con el libro que mi compañero Elintos me prestó en Aelia Capitolina, se borró definitivamente. Lo cual en absoluto supuso que yo me inclinara otra vez hacia los cristianos, puesto que muchas de sus cosas seguían pareciéndome grandes necedades y absurdos que no cabían en mi cabeza.

En cambio, Fidelia se decidió finalmente a pedir el bautismo. Pero antes me lo comunicó

buscando mi aprobación.

—Oh, no, Fidelia —le dije—. No des ese paso, por favor.

Suspiró profundamente, me miró a los ojos y afirmó:

—Lo tengo decidido, Félix. Sabía que no te iba a gustar, por eso he querido hablar contigo antes.

—¡Claro que no me gusta! No tengo nada en contra de que acudas a sus reuniones, al contrario, si ello te hace feliz, yo encantado.

Cipriano es un hombre cabal, inteligente y de firmes criterios; no es un funesto sacerdote oriental ni un charlatán de esos que andan por ahí ganándose adeptos para que engrosen su fortuna personal con donativos.

—Entonces, ¿dónde está el problema? —preguntó ella.

—En la libertad, en tu libertad. Si te bautizas te significarás definitivamente como cristiana. Adquirirás un compromiso. Lo que compromete es excluyente de por sí, porque impide elegir otra opción. ¿No comprendes? Si te haces, cristiana, todo lo demás lo dejarás fuera.

—¿Y qué es lo demás? —replicó encogiéndose de hombros.

—¡Tantas cosas! Ya sabes cómo pienso. El hombre está siempre en búsqueda. La vida a cada paso te presentará algo nuevo; si ya has escogido, si ya te has decidido por algo, las novedades ¿qué? ¿No ves que todo es cambiante y mutable? Todo eso que para ti dice tanto ahora, mañana puede perder su sentido...

—Oh, no, amor mío —replicó con cariño—. Tú eres el que no entiendes. ¡Oh, Dios, cómo explicártelo! Es algo que tengo aquí dentro —dijo llevándose la mano al pecho—. La fe que he encontrado no excluye nada; por el contrario, da sentido a todo lo que tú llamas

«lo demás». Eso no podré explicártelo con palabras. Es... es como si se me hubieran abierto otros ojos que ven más allá:

—Pero ¿no eres feliz con lo que tenemos? ¿No está todo bien así?

—Sí, claro que soy feliz. Eso lo sabes de sobra. Soy más feliz que nunca —aseguró con una voz que le nacía de dentro—. Precisamente por eso ha arraigado en mí el deseo de una vida perdurable. No me satisface ya agarrarme al momento presente como lo único que voy a encontrar en esta vida.

—¿Y crees que los cristianos te van a dar una vida perdurable?

—No ellos, pero sí el único Dios que pueden darme.

—¡Qué tontería! —repliqué.

No se enojó, pero se retiró hacia atrás ladeando un poco la cabeza y penetrándome con unos ojos tristes.

—Félix, ¿tú me amas? —me preguntó.

—Claro, Fidelia —respondí extrañado por esa pregunta—. ¿A qué viene eso ahora?

Me cogió las manos como solía hacer y contestó:

—Porque he visto que la vida no tiene otro sentido ni finalidad que el amor. El amor es el misterio más grande del mundo. Todos los hombres quieren ser amados y saber que su vida tiene significado. Todos creen saber lo que es el amor, porque, de algún modo, han sido amados por sus padres, por sus amantes, por sus amigos o por otros. Y todos los hombres en el fondo buscan amor. Pero la muerte amenaza todo lo que somos, lo que tenemos y lo que amamos.

—¿Y qué? —dije, pues no la entendía.

—Pues que el amor es el misterio central del cristianismo. Su Dios es amor. ¿No se lo has oído decir una y mil veces? Y nada se sustrae a la fuerza del amor de un Dios así; nada, Félix, nada, ni la muerte misma. Por eso siento aquí dentro que Él nos resucitará

cuando muramos y nos restituirá cuanto aquí hemos amado, pero en perfección y de manera perdurable.

—Bien —murmuré—. Veo que ya nada puede convencerte.

—No, nada. Y no voy a pedírtelo, pero me harías la persona más feliz de este mundo si quisieras bautizarte conmigo. Esperaría hasta que estuvieras preparado y...

—¡Oh, no! —le dije—. Por favor, dejémoslo estar. Bautízate tú y déjame a mí con mis dudas. Tú creerás por los dos, ¿vale?

—¡De acuerdo! —exclamó arrojándose en mis brazos.

Sentí su pelo suave en mi mejilla y su corazón palpitando contra mi pecho. Fui consciente de que no la abrazaba sólo a ella, sino también al hijo que tenía dentro. Yo la amaba mucho, pero Fidelia estaba toda hecha de amor. En ese momento vi que tenía que ser así, que no debía oponerme al fuego que había prendido en ella, y que de alguna manera todo eso que había recibido con los cristianos, fueran o no fantasías, tenía el encanto de un maravilloso sueño, pues convertían aquella vida feliz en la intuición y el presagio de la supervivencia más allá de la oscura muerte. «Que haga lo que ella quiera», pensé. Me decidí definitivamente a no contradecirla y a dejar que su vida espiritual siguiera su curso.

—¿Cuándo será ese bautismo? —le pregunté fingiéndome vencido sobre el respaldo del diván.

Se separó sonriendo con un delicioso gesto de complacencia y volvió a abrazarse a mí.

—¡Te amo tanto! —exclamó en mi oído. —¿Cuándo será? —insistí.

—En lo que ellos llaman la Pascua —respondió—. Eso es en primavera, en torno al mes de abril.

Ella siguió con su preparación, encantada, y yo continué perdido en mi búsqueda particular. Como el invierno avanzaba, pude seguir leyendo, que era lo que más me llenaba por entonces.

Volví a visitar a Cipriano y le expuse mis opiniones acerca del Contra Celso de Orígenes. Discutimos una vez más. Él tenía mucha paciencia. Fue después de expresarle mis incertidumbres acerca del destino después de la muerte cuando me entregó la Apología de Justino. Ese libro sí fue verdaderamente revelador para mí. Me encontré en él con una extensa explicación que ponía en evidencia todo lo que el hombre intuye desde antiguo sobre su supervivencia más allá de la muerte. Lo leía de corrido, vibrando de emoción al reencontrarme pasajes clásicos extraídos por el autor de otros textos literarios, en los que se mostraba patente la convicción generalizada acerca de la existencia ultraterrena. Por ejemplo, las doctrinas de Empédocles y Pitágoras, Platón y Sócrates. Qué sugestiva me resultó en ese momento la evocación del hoyo aquel de Homero, donde el protagonista llamó a algunas personas muertas, y la bajada de Ulises para averiguar estas cosas.

Había leído la Eneida de Virgilio antes, como es natural, pero ahora descubría en el texto de Justino un nuevo sentido a la llegada del piadoso Eneas a los campos Elíseos, guiado por la Sibila de Cumas, paraje de premio para los buenos: como conseguir arribar a «los lugares apacibles, a los amenos vergeles de bosques gloriosos, a las moradas de los bienaventurados». Releí una y otra vez el párrafo donde dice que «un éter más difuminado cubre aquí los campos y los viste de luz purpúrea y conocen su sol y sus estrellas». Me resultaba estremecedor cómo el poeta mantuano expresaba la existencia de los moradores de tales paraísos, como una naturaleza intermedia entre lo espiritual y lo material. Y cerré los ojos perdido en mi imaginación cuando leí que Eneas encontró allí

a su madre e «intentó tres veces rodearla con sus brazos y tres veces la imagen en vano asida se le escapó de las manos, igual que los vientos livianos y muy semejante al volátil sueño».

Justino, hábilmente, me descubría en su libro lleno de intuitiva sabiduría el sentido de las composiciones virgilianas, que para él eran como un maravilloso espejo que reflejaba más realidades misteriosas; el anuncio gozoso de una época dichosa y de gran plenitud:

«La serpiente morirá y fenecerán las falaces plantas venenosas. [...] Amarillearán poco a poco los campos con blandas espigas, y rojiza uva penderá de cepas silvestres, y, a modo de rocío, destilarán miel las duras encinas. [...] Mira cómo todas las cosas se renuevan con el siglo que va a venir.»

Leyendo estas cosas y meditándolas, caí en la cuenta de que uno de los aspectos más lúgubres e inquietantes del mundo en que vivíamos, sobre todo el más occidental, el romano por excelencia, era su falta de esperanza. La humanidad parecía inmersa en la angustia y en el miedo por su supervivencia, a causa de las guerras constantes, de las amenazas de persas y bárbaros de las divisiones intestinas del Imperio, del fracaso de las viejas instituciones y de la corrupción. En cambio, para los cristianos el principio

«esperanza» era la persona de Jesucristo y su mensaje. Jesucristo era quien daba significado último a la esperanza humana en las dos situaciones límite: la muerte y la historia de los hombres. Frente a la muerte, los cristianos estaban convencidos de que no caminaban hacia la nada, sino hacia una existencia plena de felicidad en Dios. Frente al incierto devenir de la historia, ellos estaban educados para leer en el caos y veían la trama de la vida como algo que lleva a la salvación.

Creo que era a causa de esta originalidad suya por lo que se llamaban a sí mismos tertium genus (tercer género) y así eran también apodados con sentido hostil por los paganos. Y en el fondo es eso lo que querían ser en medio de aquel mundo difícil y oscuro: otra cosa, algo diferente a lo que ya era conocido.

Releí entonces un antiguo texto que Cipriano me entregó y que yo había leído años antes, en una biblioteca de Bostra: la Carta a Diogneto, escrita en tiempos del emperador Adriano por un tal Quadrato y que expresaba mejor que nada la novedad de la existencia que anhelaban representar los cristianos en el mundo:

«Los cristianos no se distinguen de los otros hombres ni por el territorio, ni por la lengua ni por los vestidos. No habitan en ciudades propias, no usan un lenguaje particular, ni llevan una vida especial. Su doctrina no es conquista del genio agitado de los hombres indagadores; ni profesan, como algunos hacen, un sistema filosófico humano. Habitan en ciudades griegas o bárbaras, según lo que a cada uno le toca en suerte, y, adaptándose a los usos del país en el vestido, en la comida y en todo el resto del vivir, dan ejemplo de una forma de propia vida social maravillosa que, según confesión de todos, resulta sorprendente. Habitan en su respectiva patria como gente extranjera; participan en todos los deberes como ciudadanos y soportan todas las cargas como extranjeros. Toda tierra extranjera es patria para ellos, y toda patria es tierra extranjera [...]. Por decirlo en una palabra, los cristianos están en el mundo como el alma en el cuerpo.»

46

Cuando entré en el despacho de Aspasio, lo primero que encontré fue la mirada de Larcius Surio, orgullosa y satisfecha, y ya no fue necesario que el procónsul me explicara por qué me había mandado llamar.

—Bien, Félix —dijo Aspasio—, toma asiento y escucha lo que el magistrado Surio tiene que decirnos.

Surio carraspeó y comenzó a desliar la cuerda de un envoltorio que tenía entre sus manos. El procónsul y yo nos miramos.

—Queríais una prueba de las actividades subversivas de Tascio Cipriano, ¿verdad? —

dijo en voz baja el magistrado mientras terminaba de desenvolver el libro que había traído—. Pues aquí tenéis esa prueba —añadió con tono grave, dejándolo caer sobre la mesa del despacho.

El procónsul lo cogió, lo ojeó y leyó en la primera página:

Ad Donatum, Tascio Cecilio Cipriano. —Miró al magistrado y preguntó—: ¿Y bien?

—¡Ése es el libro del que te hablé! —respondió rotundo Surio. Arrebató el volumen a Aspasio y comenzó a pasar las páginas con nerviosismo mientras aguzaba la vista—. Aquí, aquí está: «Aunque se hayan grabado las leyes de las doce tablas y se hayan expuesto al público en láminas de bronce; se peca dentro de las mismas leyes; no se salva la honradez ni allí donde se defiende. Un furor recíproco se ensaña entre los litigantes, y en el tribunal resuena el estrépito molesto de los pleitos sin lograr la paz.» Ahí tienes lo que ha escrito Cipriano.

—¿Eso dice de nuestras leyes? —exclamó el procónsul lleno de espanto—. ¿Es posible? ¿Se refiere a las leyes de Roma?

—¡Y eso no es nada! —contestó Surio con los ojos encendidos—.

Escuchad lo que opina ese loco cristiano sobre abogados, jueces y tribunales: «¿El abogado? Si él es el primero que prevarica y engaña. ¿El juez? Si se deja sobornar a cuenta de la sentencia. El magistrado que se sienta en el tribunal para castigar los delitos, él mismo los comete, y, a cambio de hacer perecer a un reo inocente, se hace delincuente el juez.»

—Pero... qué... —balbució Aspasio poniéndose en pie—. A ver, déjame eso. —Cogió

el libro de las manos del magistrado y releyó en voz baja—. ¡Esto es una barbaridad! —

exclamó espantado—. ¡Este hombre se ha vuelto loco!

—¡Y hay cosas peores! —repuso el magistrado animándose al ver la reacción del procónsul—. Veréis, veréis lo que dice más abajo acerca de nuestro orden social y de la justicia romana. —Retomó el libro y continuó leyendo—: «Por todas partes cunden los delitos, y en todas las formas de delincuencias se impone por medio de los malvados la iniquidad. Éste finge un testamento; aquél falsifica una escritura bajo fraude del título; aquí

se les quita a los hijos la herencia; allí se dan a extraños los bienes; el enemigo acusa, se levanta una calumnia, el testigo depone falsamente.»

Aspasio cogió la campanilla que había sobre su mesa y la hizo sonar violentamente. Al momento, el ordenanza abrió la puerta y se hizo presente para cumplir lo que se le solicitara.

—Que venga a mi presencia inmediatamente Tascio Cipriano —le ordenó el procónsul con gran seriedad.

—Eso, que se explique —asintió el magistrado hinchado de satisfacción. Y, mirándome, como buscando aprobación, añadió—: Cuando alguien suelta barbaridades como ésas, debe dar explicaciones. Veremos, veremos lo que dice ahora ése. No, si ya os decía yo... Mientras aguardábamos en el despacho del procónsul, Surio siguió vertiendo acusación tras acusación; releyó una y otra vez los párrafos del libro y añadió otros, igualmente críticos, contra los espectáculos públicos, las diversiones, los juegos, el teatro y los derroches y dispendios de las clases dirigentes y los poderosos. Alzaba la vista del libro y explicaba:

—Toda, toda nuestra sociedad está aquí insultada, infamada... ¡Qué horror! ¡Qué

infundios! Ya os lo decía, ya os lo decía yo...

Aspasio paseaba nervioso de un lado a otro de la estancia. Y yo no daba crédito a lo que escuchaba.

—Pero... ¿estás seguro de que ese libro lo escribió Cipriano? —le pregunté, confundido, pues no terminaba de creérmelo.

—¡Cómo! —exclamó él como ofendido por mi duda—. ¡Naturalmente que lo escribió él!

¿No has visto aquí su nombre, en la primera página? Además, es su estilo; él es así. Ya os lo dije.

Cogí el libro. Lo ojeé. Efectivamente, esas frases estaban ahí. No era la letra de Cipriano, sino una caligrafía de copista, lo cual daba la razón al magistrado, que ya nos había dicho que el tratado se difundía por Cartago, de mano en mano, en varias copias que habían salido de la biblioteca del obispo.

—¿Cómo te hiciste tú con este volumen? —le pregunté a Surio.

—¡Y eso qué importa! —replicó airado—. ¡Oye, prefecto, me está dando la sensación de que crees que todo esto es cosa mía...!

—Oh, no, no —me apresuré a negar—. Pero me parece tan extraño... ¿No podía haber añadido algún copista esos párrafos?

—¡Pero qué dices! —contestó furioso—. ¡Esto lo ha escrito Cipriano! ¡Os lo aseguro! Le conozco muy bien.

—No sé... —murmuró Aspasio—. Parece tan respetuoso con las leyes y las autoridades...

—¡Ah, ja, ja, ja...! —rió irónico el magistrado—. ¡Cómo se ve que no le conocéis! Yo estudié con él, ¿sabéis? Siempre le ha gustado..., ¿cómo decirlo? ¡Figurar! Eso es, figurar. Le gusta que se hable de él. Va de divino por el mundo. ¿Por qué creéis que se hizo cristiano y todo eso? Ya veis. Lo que le gusta es dominar a esa gente, que le sigan y le consideren su salvador. ¡Sí, eso es lo que le encanta: que ellos le vean como su defensor y su guía! No, él no quiere conformarse como todo el mundo con una vida normal. Él tenía que dar el golpe. ¡Pues esta vez lo ha dado! Vaya que sí. Pero ahora se va a enterar...

—Bueno, bueno, vayamos con tiento —le contuvo Aspasio—. Primero hay que averiguar si ese escrito es suyo.

—¡Ah, veo que seguís dudando! —replicó Surio fuera de sí—. ¡Claro, os cae simpático!

¿Cómo no? Ése es su truco, caer simpático. ¡Cuidado! Es un zorro; no hace nada sin premeditación. Creo que... creo que os tiene engañados como a tanta gente. Le resulta tan fácil...

Defensor de causas nobles y grandes. ¡Algo sacará de todo eso! ¿Quién se cree esas patrañas de que dejó todo a los pobres? ¡Algo sacará a cambio!

Estando en tal discusión, llegó el ordenanza y pidió permiso para entrar.

—Vamos, pasa —le urgió el procónsul—. ¿Qué hay de Tascio Cipriano?

—El obispo está ausente —respondió el subalterno—. Pregunté a un criado y me dijo que se encontraba fuera de la ciudad y que no regresaría hasta el domingo.

—Bien, bien —asintió Aspasio—. Hoy es jueves. Ordena de mi parte al heraldo de la guardia proconsular que el lunes a primera hora conduzca a mi presencia a Tascio Cipriano. —Y, dirigiéndose a nosotros, añadió—: Señores, no se hable más. Ya habéis oído. Tú, Larcius Surio, no hace falta que comparezcas el lunes. Deja aquí el libro como prueba y aguarda a que te cite para el juicio. Por mi parte, interrogaré al obispo y convocaré a la magistratura para que determine el tipo de proceso que hemos de emplear.

Me fui a casa muy preocupado y al llegar me encontré a Fidelia, feliz, entregada a sorprenderme con una deliciosa cena que había organizado con el pretexto de festejar cualquier cosa. Pero debió de adivinar algo en mi rostro, porque, cuando me contaba animada algo, se detuvo y me preguntó muy seria:

—¿Qué sucede, Félix?

—Oh, nada, querida —respondí, pues había decidido no preocuparla a ella—. Ha sido un día de mucho trabajo; sólo se trata de eso.

Procuré charlar sin que se me notara, pero ya no podía quitarme la idea de la cabeza, y finalmente terminé contándoselo todo. Ella se quedó atónita. Directamente, le pregunté:

—¿Conocías tú ese libro?

—Sí, claro —respondió—. El opúsculo llamado Ad Donatum es muy célebre en la comunidad. Es el primer libro que escribió Cipriano, justo después de convertirse. Sobre todo se utiliza para exponer su pensamiento acerca de la inmoralidad de los juegos, especialmente la crueldad de la lucha de gladiadores y la impudicia del teatro, pero... En absoluto se considera algo ofensivo a Roma.

—No sé —comenté—, todo esto es extraño. Larcius Surio leyó algunos párrafos del libro que parecían atacar directamente a nuestra civilización.

—¡No me hables de ese Larcius Surio! —exclamó ella de repente.

—¿Eh? —murmuré—. ¿Conoces a Larcius?

—Ese magistrado es un ser detestable —respondió ella—. Nunca he querido decírtelo, para no influir en tu vida profesional. Pero los Surio son la gente más malvada e interesada de Cartago. Su poder viene de muy atrás y no consienten que nadie se les oponga. Mi padre cayó en desgracia frente a ellos a causa de algunos asuntos y siempre he sospechado que tuvieron mucho que ver en su ruina.

—¿Quieres decir que sospechas que Larcius Surio fue uno de los que conspiraron en contra de tu padre?

—Sí. Pero, eso ya es algo pasado. No quiero desenterrar rencores ahora que soy tan feliz. Aunque he querido decírtelo por si te sirve de algo a la hora de juzgar a Cipriano.

—Eso no cambia nada; el libro de Cipriano está ahí.

—¿Tan seguro estás de que Cipriano quiso decir esas cosas para dañar al Imperio?

¿No será todo una maniobra de los Surio? Ya te he dicho que son una gente muy intrigante.

—Sí, sí, querida —asentí—. Eso mismo pensaba yo esta mañana.

—Mira, Félix —me propuso ella con calma—, creo que lo mejor es que vayas tú mismo a hablar con Cipriano en persona. Ya sabes que es muy razonable; seguro que él podrá

explicarte todo con claridad. ¿No te parece?

—Tienes razón, querida —asentí—. Lo malo es que él está fuera de Cartago y no regresará hasta el domingo, y Aspasio ha dado ya órdenes para que sea conducido al palacio proconsular el lunes a primera hora.

—Yo sé dónde está el obispo —dijo ella—. Se encuentra retirado en una pequeña propiedad que se reservó de la herencia de sus padres. Se trata de una viña que no está

muy alejada de la ciudad. Si quieres, mañana podemos acercarnos hasta allí.

—Me parece muy bien. Iremos y le pondremos al corriente de todo lo sucedido. Creo que será mejor que esté sobre aviso.

47

Al día siguiente salimos muy temprano. Era ya finales de diciembre y hacía frío de madrugada, pero abrigados y juntos dentro de una radea viajamos deliciosamente, viendo el bello paisaje invernal africano, que se cubría de verde hierba bajo un cielo de color plomo. Remontamos un par de lomas y en menos de una jornada arribamos a un pequeño valle donde las vides se extendían con sus sarmientos desnudos, aún sin podar, alargados sobre una tierra roja. Una casita de color ocre se alzaba a lo lejos, flanqueada por almendros y palmeras.

—Aquélla es la propiedad de Cipriano —explicó Fidelia.

En el camino salieron a recibirnos algunos perrillos con alegres ladridos y un bando de perdices alzó el vuelo por encima de las vides:

—¡Tascio Cipriano! —gritó Fidelia desde la litera—. ¡Eh, Cipriano! ¿No hay nadie en casa?

Alguien apartó una espesa y oscura cortina de basto cáñamo y asomó desde la puerta principal de la casita. Era un grueso hombre, un subdiácono de nombre Celerino a quien Fidelia conocía bien.

—¡Ah, señora Fidelia! —exclamó el subdiácono al vernos llegar—. ¿Qué la trae por aquí?

—Venimos a visitar al obispo —respondió mi mujer—. ¿Está en casa?

—Ha ido a dar un paseo —respondió Celerino—, pero enseguida estará de vuelta.

—Bien, le esperaremos —dijo ella.

No pasó mucho tiempo antes de que se viera a Cipriano venir a lo lejos, montado en un asno que trotaba alegremente por una vereda que atravesaba el viñedo.

—¡Anda, qué sorpresa! —exclamó al encontrarnos frente a su casa—. ¿A qué se debe esta visita?

—Tenemos que hablar contigo —le explicó Fidelia.

—Pasemos adentro —pidió el obispo—. Comeremos algo, porque tendréis apetito después del viaje, ¿no?

Celerino atizó las brasas del fuego bajo una gran chimenea de adobe y extendió algunas tortas de masa de harina que tenía fermentando en un barreño a un lado. El pan creció en contacto con las piedras ardientes y un agradable y apetitoso aroma se extendió por la pequeña estancia, en cuyo techo de troncos y cañas colgaban racimos de uvas pasas y pedazos de carne de cabra secos. Cuando nos hubimos sentado en una alfombra de esparto junto a la lumbre, instantáneamente aparecieron dos gatos bien cebados que empezaron a frotarse contra nuestras piernas.

—¡Bueno, me alegro de veros! —exclamó Cipriano mientras escanciaba vino en cuatro vasos de barro cocido—. Esta casita y la pequeña viña de alrededor es mi retiro particular. Heredé las tierras que nos rodean de mis padres, pero sólo me reservé este pedacito. Es mi capricho. Me costaba mucho prescindir de los recuerdos que me traían estos parajes. Mis abuelos plantaron las vides y veníamos aquí, cada otoño, para disfrutar viendo la vendimia. Hoy me alegro de haber conservado al menos esto. Cartago a veces llega a ser cargante y esta soledad beneficia mucho a mi alma.

—Tienes razón —comentó Fidelia—. Es un lugar delicioso.

En aquel sitio Cipriano parecía diferente. Estaba descuidado, suelto y a su aire. La melena corta le caía hasta el cuello y en ella aparecían ya hilos plateados. Aunque no era ningún atleta, de su arrugada túnica de lino con desgastados remiendos en los codos, de sus pies fuertes cuyas cómodas sandalias se acababa de quitar y de su postura relajada con la espalda recostada en la pared, emanaba salud y esa tranquilidad que irradian las personalidades de gran fortaleza interior.

Repentinamente, empezó a oírse el tableteo de la lluvia sobre el tejado y se mezcló

con el reconfortante crepitar de la lumbre.

—Vaya —observó Celerino—, fuera empieza a llover.

Sentí que Fidelia se estremecía a mi lado, suspiró y adiviné que, como yo, saboreaba el momento: el suave calor de las ascuas, el aroma del pan recién hecho y el dulce vino en sus labios. Le tendí los brazos y ella dejó que su cabeza descansara sobre mi hombro, mientras yo le rodeé el talle, sintiendo su vientre ya algo abultado en contacto con mis muñecas. Cipriano sonrió y comenzó a partir las tortas, cuyos pedazos fue distribuyendo alrededor de un plato de salsa hecha con especias y carne seca.

—Esto es lo que hay para comer —explicó—. Si hubierais avisado... Aquella sencilla cena nos pareció exquisita. Enseguida se hizo de noche y caímos en la cuenta de que aún no habíamos sacado el tema que nos había llevado allí. Supongo que el ambiente distendido y entrañable borró de momento el ímpetu de nuestra preocupación. Hablamos de cosas triviales, reímos y también estuvimos algunos ratos en silencio, contemplando los cuatro absortos el espectáculo del pequeño fuego.

—¿Por qué no os quedáis aquí esta noche? —sugirió Cipriano—. Hay dos horas de camino hasta Cartago; tendréis que hacerlas a oscuras y con lluvia. Lo pensé un momento.

—¿Por qué no? —dije—. En la carreta hay mantas suficientes y aquí se está muy a gusto.

Fidelia me dio un beso y dijo:

—¡Estupendo! Las cosas que surgen así son las mejores.

—Entonces —sonrió Cipriano—, no se hable más. Salgamos a por las mantas y dispongámonos a conversar antes de dormir.

Fuera la lluvia arreciaba.

Una vez dentro, instalados de nuevo confortablemente, el silencio se precipitó por el espacio que cada uno dedicó a regocijarse con el placer de estar abrigados, contemplando el resplandor de las llamas y saboreando de nuevo el vino dulce. Me pareció que no tenía derecho a estropear el momento sacando a relucir el asunto sucio de la demanda del magistrado. Preferí guardar silencio al respecto y supongo que Fidelia pensó lo mismo, porque tampoco abrió la boca para hablar de ese tema. Al día siguiente habría tiempo suficiente. En cambio, la conversación derivó esa noche hacia cosas más agradables.

—¿Por qué buscaremos la felicidad en lugares tan complicados? —comentó Fidelia—. Creo que casi todo el mundo está de acuerdo en que ser feliz es algo muy sencillo. Se puede ser feliz con tan poco...

—Ah, amiga —observó Cipriano—, así es el hombre. Éste puede tocar las estrellas pero no puede vivir en paz en su misma familia. Todos los hombres desean la felicidad pero no llegan a ponerse de acuerdo sobre lo que es y, sobre todo, parecen incapaces de alcanzarla.

—Bueno —opiné—, creo que si no se han conocido el dolor y las dificultades es muy difícil apreciar lo bueno.

—¿Quién no ha conocido en su vida el dolor? —repuso Fidelia—. Quiero decir que tras una dificultad o un momento de angustia, cuando llega la calma, es cuando verdaderamente se es feliz. ¿No?

—Sí —asintió Cipriano—, de eso se trata. El hombre está compuesto de gloria y de miseria, de vida y de muerte. Así se debate en su existencia: es depositario de la verdad, pero no puede liberarse de incertidumbres y errores.

—Me vienen a la memoria unos versos de Homero —recordé—. En la Ilíada el poeta griego observaba que «Los hombres somos como las hojas. El viento las esparce por la tierra, y el bosque hace germinar otras, y las primaveras se suceden. Así nace y se extingue cada generación de hombres».

—¡Qué triste es eso, Félix! —protestó Fidelia.

—Sí, recuerdo esos versos —observó Cipriano—. Como dice Fidelia, son tristes; guardan en sí todo el rigor y la nostalgia de Homero. En realidad, es una comparación aguda que demuestra que la vida humana, como la de las hojas, es insignificante y trágica. Hagamos lo que hagamos, seamos infelices o dichosos, el viento todo se lo ha de llevar.

—Sí, es triste —comenté—. Toda la realidad humana cae como las hojas esparcidas por el viento...

—Así es Homero —dijo el obispo—. Para él las iniciativas humanas terminan con frecuencia en fracaso. Como en toda la tragedia griega, lo que subyace es el sentimiento de que al hombre no le es posible controlar la divinidad. El universo parecía un campo de batalla en el que se tropezaban numerosas fuerzas hostiles, y el hombre se encontraba, en su mismo ser, lacerado por conflictos y deseos. Unas veces le impulsa la pasión, inmediatamente después la ira, otras veces una tierna piedad y, después, el remordimiento...

—Pero, ¿no es así la vida misma? —se preguntó Celerino—. A unos les atrae el tener, a otros el poder y a otros el saber. Por eso hay tantos conflictos y luchas.

—¡Claro! —afirmó Cipriano con ímpetu—. Por eso no es sorprendente que, para explicar esta mezcla alborotada de deseos y fuerzas, se inventasen desde antiguo una multitud de divinidades. Los grandes poetas épicos, como Homero y Virgilio, cantaron el destino de Troya y sus consecuencias, para explicar de alguna forma el hecho de que muchos seres humanos sufrían y eran destruidos, porque según ellos estaban envueltos en la rivalidad de los dioses.

—Entonces —le pregunté—, ¿lo divino no existe? ¿Es sólo invención de los hombres?

—Depende de lo que consideremos divino —respondió él.

—Pues lo inmortal y lo permanente —contesté—, al contrario de la mutabilidad y la mortalidad del hombre. ¿No es eso lo que considera divino todo el mundo? Basta mirar la realidad humana, pasajera e inestable, para considerar que divino es lo que no es de esa manera.

—Tienes razón —asintió él—. En eso es en lo que todos están de acuerdo, en que lo divino es lo inmortal y permanente. Ésa es la idea, pero eso no dice nada en relación a la forma en que se manifiesta lo divino. Para unos, es el mismo universo divino, pues existe antes del hombre y da la impresión de continuar existiendo después de que toda esta generación retorne al polvo. Para otros, sería la misma naturaleza con su retorno rítmico de las estaciones. Otros miran a las estrellas y encuentran en los astros, con sus ciclos recurrentes, la guía del actuar humano. Pero ¿es lo divino personal? ¿Es alguien? Tú

mismo, Félix, opinas que el emperador y toda Roma son divinos, ¿no es así?

—Claro —dije—. Existen fuerzas divinas que gobiernan el mundo, y el hombre debe contar con ellas. Mi emperador, revestido de todo su triunfo, y Roma, con toda su grandeza y su poder en nuestro mundo, son en cierto modo divinos. Yo no creo que a esas fuerzas deba llamárselas de una manera u otra; están ahí y con saberlo me basta. Yo he podido percibir toda esa grandeza y esa gloria y vibrar de emoción ante la presencia misteriosa de lo divino.

—¿Cuándo? —preguntó él.

—En el Panteón de todos los dioses de Roma, en la ceremonia sacrificial que sirvió

para entronizar a Decio y a su hijo Herenio.

—¿Percibiste que ellos eran dioses? —preguntó Celerino, que escuchaba muy atento.

—No exactamente, pero sentí que algo de la divinidad descendía para posarse en ellos. Es la divinidad que descansa en nuestro Imperio y que se manifiesta en su ciudad y en el emperador cuando rinde honores a los dioses en nombre de todos los ciudadanos.

—Eso no son sino manifestaciones humanas —repuso Cipriano—. Y las iniciativas humanas terminan con frecuencia en fracaso. ¿Dónde irá a parar toda esa divinidad si Decio fracasa como otros emperadores antecesores suyos?

—No fracasará —dije convencido—. Decio no fracasará. De eso estoy completamente seguro. He combatido a su lado. Le conozco bien. Es un hombre hecho de otra pasta; es un elegido para conducir a Roma a la manera de Augusto o Trajano, en quienes también, de alguna manera, descansaba toda esa divinidad.

—En fin —suspiró Cipriano—, no discutamos. Ésa es tu forma de entender la divinidad. Y te comprendo, cómo no hacerlo, pues yo también pensaba y sentía como tú.

—Entonces —le pregunté—, ¿cuál es ahora tu concepto de divinidad?

—Uno solo es el Señor Dios de todos los hombres —respondió con rotundidad—. Y no puede ser visto, porque su resplandor es más brillante que la luz de los ojos, ni puede ser palpado, porque su pureza es superior al tacto, ni ser comprendido, porque está por encima de la comprensión.

—Ah, muy bien —aventuré sosegadamente—. Y ¿cómo se manifiesta entonces?

Porque, como me dijiste antes, cuando te expuse mi concepción de la divinidad, ésa es la idea. Pero no dice nada en relación a la forma en que se manifiesta ese dios.

—Tienes razón —contestó—. Para nosotros, está presente en las cosas que nos lo enseñaron: el mundo, el tiempo y los acontecimientos. Pero es en las Escrituras donde descubrimos su majestad desde antiguo. Y es al final del Nuevo Testamento donde san Juan proclama con extrema claridad la realidad misteriosa de Dios: «Dios es amor.» Esta nueva designación no es una abstracción que un filósofo aplica a la esencia divina, sino que es la verdad última de Dios, su manera de ser. Él no puede ser de otra forma.

—Y eso ¿quién se lo ha dicho a ese san Juan? —le pregunté.

—Jesús —declaró, con una sonrisa enigmática—. Jesús les dijo a sus discípulos con total claridad que Dios es un padre que ama y desea reconciliar a todos los hombres consigo. Dios es «Padre». ¿Entiendes lo que eso significa? «Padre» revela con profundidad extrema quién es Dios y revela a los hombres lo que Él quiere ser.

—¡Y cómo no va a querer un padre la felicidad de sus hijos! —exclamó Fidelia con emoción—. Él nos dará esa felicidad, para siempre, por eso creo en Él. Celerino se acercó a la puerta, apartó la cortina y miró afuera.

—Ha dejado de llover —dijo.

Salimos los cuatro a ver. Contemplamos el campo nocturno que la lluvia caída hacía brillar bajo la luna. El aire estaba muy limpio y fresco, e imperaba un gran silencio que ninguno quiso romper. Las últimas palabras de Fidelia parecían resonar aún. «Padre» me resultaba un nombre demasiado íntimo para llamar a Dios. Era como si quedara suprimida la distancia que separa el cielo y la tierra. Un verdadero padre quiere a su hijo; desde el nacimiento lo acoge con amor. Y el amor desea que el otro viva y no muera jamás. Si en ese Dios el amor es todo poderoso y es un amor infinito, posee el poder para comunicar una vida infinita...

48

Cipriano me explicó el sentido de su opúsculo Ad Donatum. Trató de hacerme comprender que de ninguna manera había pretendido con su tratado enfrentarse directamente a la sociedad romana, y mucho menos al Estado. Quiso manifestar únicamente la liberación y la transformación en sus sentimientos más íntimos que había supuesto para él la conversión al cristianismo. En definitiva, en el libro buscaba sólo comunicar a su amigo Donato, cristiano como él, la renovación admirable que había experimentado en el fondo de su alma con la nueva fe.

—Pero en la obra se ponen de manifiesto aspectos de nuestra cultura que tú

consideras graves corrupciones, vicios y depravaciones —repuse.

—Y lo son —asintió—. ¿Funciona acaso todo bien en nuestra civilización?

—No, desde luego que no.

—También Séneca y Marco Aurelio dijeron lo que no funcionaba en su época y nadie se escandaliza hoy por ello —observó—. En mi obra he pretendido ofrecer la perspectiva de la vida vista como desde una alta montaña: ahí están las diversiones, los teatros, juegos y ajetreos, con toda su corrupción encubierta, especialmente en los tribunales y en los cargos públicos. Pero eso no significa un ataque al modo de vida romano, sino la denuncia de lo que no marcha bien. La gente se queja de que todo va a la deriva en las últimas décadas; es un tema de conversación frecuente. ¿Es acaso peor reflejarlo en mi libro? En mi tratado Ad Donatum, como en un monólogo, expreso con soltura lo que todo el mundo honrado piensa. Y termino concluyendo que sólo con la regeneración de las almas se podrá

alcanzar la paz en nuestro mundo.