–Salid de Roma hasta que se calmen los ánimos -fue el consejo de Servilia-. La mejor manera de que la gente olvide vuestras caras es que no las vea. – Soltó algo a medio camino entre una risa y un bufido-. En dos años podréis presentaros a cónsules, y ya no se acordará nadie de que asesinasteis a César.
–¡Fue un acto de justicia, no un asesinato! – exclamó Porcia.
–Tú calla -dijo Servilia sin alterarse. Ahora que la guerra se inclinaba claramente a su favor, podía permitirse ser generosa. Porcia, a fuerza de exasperarse cada vez más, le había servido la victoria en bandeja.
–Marcharnos de Roma es como reconocernos culpables -dijo Casio-. Yo propongo que aguantemos.
Bruto estaba escindido. Su parte pública estaba de acuerdo con Casio, pero la privada soñaba con verse lejos de su madre, que desde que había despachado a Poncio Aquila seguía de un humor de perros.
–Me lo pensaré -contestó.
Su manera de pensárselo fue concertar un encuentro con Marco Antonio, que parecía capaz de frenar cualquier oposición. Esto último se lo explicaba Bruto como que el Senado, lleno de acólitos de César, había buscado en Marco Antonio a su nueva estrella. ¡Qué alivio, en consecuencia, que Antonio fuera tan complaciente con los Libertadores! Estaba de su lado.
–¿Qué te parece, Antonio? – le preguntó, con la tristeza de siempre en sus grandes ojos marrones-. Nosotros no tenemos ninguna intención de cuestionarte, ni a ti ni a un gobierno como tiene que ser, republicano y ético. Si consideras que nuestra ausencia redundaría a favor de un gobierno de esas características, convenceré a Casio de que nos marchemos.
–Casio no tiene más remedio -dijo Antonio, frunciendo el entrecejo-. Ya ha pasado un tercio de su periodo como pretor en el extranjero, y de momento los únicos pleitos que ha juzgado han sido en Roma.
–Sí, me doy cuenta -dijo Bruto-, pero en mi caso es distinto. Como pretor urbano, no puedo estar más de diez días seguidos fuera de Roma.
–Bueno, eso… no es una dificultad insuperable -dijo Antonio, flemático-. Desde los idus de marzo, el que ejerce de pretor urbano es mi hermano Cayo, y la verdad es que con tus edicta le cuesta muy poco. A propósito, dice que son excelentes. En fin, que no hay ninguna razón para que no siga como hasta ahora.
–¿Cuánto tiempo? – preguntó Bruto, con la sensación de estar siendo arrastrado por una marea irresistible.
–¿Entre tú y yo?
–Sí.
–Como mínimo otros cuatro meses.
Bruto, indignado, protestó.
–¡Pero entonces no podría estar en Roma en quinctilis, para celebrar los ludi Apollinares!
–Se dice julius, no quinctilis-le corrigió Antonio con afabilidad.
–¡Cómo! ¿Va a seguir llamándose julius?
Los dientecitos blancos de Antonio brillaron.
–No lo dudes.
–¿Estaría dispuesto Cayo Antonio a celebrar los juegos de Apolo en mi nombre? Pagando yo, naturalmente.
–¡Cómo no!
–¿Y montaría las obras que le especificase? Lo tengo muy pensado.
–Tú tranquilo.
Bruto tomó una decisión.
–Entonces, si no es mucho pedir, solicita al Senado de mi parte una exención indefinida de mis funciones.
–Lo haré mañana a primera hora -dijo Antonio-. En el fondo es lo mejor -añadió mientras le acompañaba a la puerta-. Así no habrá recordatorios mientras el pueblo está de luto por César.
–Tenía curiosidad por saber cuánto aguantaría Bruto -le dijo Antonio a Dolabela, unas horas más tarde-. Cada día quedan menos Libertadores dentro de Roma.
–Los únicos que valen algo son Décimo Bruto y Cayo Trebonio -dijo Dolabela con desprecio.
–Te doy la razón en ambos casos, aunque, ahora que Trebonio se ha refugiado en su provincia de Asia, ya no supone ningún problema. A mí el que me preocupa es Décimo; descuella sobre todos por su talento y su cuna, y nos conviene no olvidar que dentro de dos años, por dictado de César, será cónsul con Planco. – El entrecejo de Antonio se contrajo-. Podría resultar muy peligroso. El hecho de ser uno de los herederos de César le da poder para quedarse como mínimo con algunos de los partidarios de César, y allá, en la Galia Cisalpina, no son partidarios lo que falta.
–Cacat! – exclamó Dolabela-. ¡Es verdad!
–César consiguió la ciudadanía para todos los que viven al otro lado del Padus, y, desde que Pompeyo el Grande ya no cuenta en lo de tener partidarios, César también ha heredado a los de este lado del Padus. ¿Tú apostarías a que Décimo no se los ganará con halagos?
–No -dijo Dolabela con gran seriedad-, ni un sestercio. ¡Por Júpiter! ¡Pensar que no me había dado cuenta de que la Galia Cisalpina hierve de veteranos de César, porque sólo me fijaba en la ausencia de legiones! Y no son unos veteranos cualesquiera, no. ¡Los mejores! Los que ya han recibido tierras, y los que tienen patrimonio familiar. La Galia Cisalpina era la mejor fuente de reclutas para César.
–Exacto. Además, me he enterado de que los que se habían alistado en las Águilas de César para la guerra parta ya están volviendo a sus casas. Mis mejores legiones todavía aguantan, pero está claro que en las otras nueve hay un goteo de desertores de la Galia Cisalpina; y no vuelven por Brindisi, sino por Illyricum, en grupos pequeños.
–¿Quieres decir que Décimo ya ha empezado a reclutar?
–Sinceramente, no lo sé. Lo único que me atrevo a decir es que me conviene vigilar de muy cerca la Galia Cisalpina.
Bruto salió de Roma el noveno día de abril, pero no iba solo. Porcia y Servilia habían insistido en acompañarle. Después de una noche de pesadilla en la principal hostería de Bovilas (a sólo veintidós kilómetros de las Murallas Servias de Roma por la Via Apia), Bruto estaba harto.
–Me niego a viajar un minuto más contigo -le dijo a Servilia-. Mañana tienes dos opciones: o subes al carruaje que he alquilado para que te conduzca a Antium, con Tertula, o le ordenas al cochero que te lleve a Roma. El resto del viaje lo haremos solos Porcia y yo.
La respuesta de Servilia fue una sonrisa torcida.
–Iré a Antium, y esperaré a que reconozcas que sin mí no eres capaz de tomar decisiones acertadas -dijo-. Tú sin mí eres tonto perdido, Bruto. Sólo hay que ver lo mal que te ha salido todo desde que le haces más caso a la hija de Catón que a tu madre.
Así pues, Servilia se reunió con Tertula en Antium, mientras Bruto y Porcia, merced a un corto viaje desde Bovilas, llegaban a la villa del primero en las afueras de la pequeña población de Lanuvium, en el Lacio. Si hubieran querido contemplar las montañas, habrían tenido ocasión de admirar la atrevida villa de César, con sus grandes pilares.
–La elección de un joven de dieciocho años como heredero me parece muy inteligente por parte de César -le dijo Bruto a Porcia, mientras cenaban los dos solos.
–¿Qué? ¿Inteligente? Pues a mí me parece una soberana tontería -dijo Porcia-. Antonio hará picadillo a Cayo Octavio.
–Claro, es que de eso se trata, de que ni siquiera tendrá que molestarse -dijo Bruto con paciencia-. Aunque yo, personalmente, aborreciera a César, reconozco que su único error fue despachar a sus lictores. ¿No te das cuenta, Porcia? Se decidió por alguien tan joven y con tan poca experiencia que nadie le verá como rival, ni siquiera los que más se engañan con persecuciones imaginarias. Por otro lado, el heredero se queda con todo el dinero y las propiedades de César. Pueden pasar hasta veinte años sin que Cayo Octavio sea visto como un peligro para nadie. Tendrá tiempo de crecer y madurar. En vez de elegir el árbol más grande del bosque, César plantó una semilla pensando en el futuro. Su dinero y sus propiedades la irán regando y, al nutrirla, permitirán que crezca sin sobresaltos, libre de cualquier tentativa de tala. En el fondo, el mensaje que les deja tanto a Roma como a su heredero es que con el tiempo habrá otro César. – Se estremeció-Supongo que Octavio tiene muchos rasgos en común con César, y muchas cualidades de las que él se dio cuenta, y que admiraba. En definitiva, que dentro de veinte años surgirá otro César de la oscuridad del bosque. Muy inteligente, sí.
–Dicen que Cayo Octavio es un pelele, un afeminado -dijo Porcia, mientras besaba la fruncida frente de su marido.
–Lo dudo mucho, querida. Conozco a César más a fondo que a Homero.
–¿Piensas acatar este destierro sin ninguna protesta? – quiso saber ella, volviendo a su tema preferido.
–No -dijo Bruto con calma-. He enviado un mensaje a Casio exponiéndole mis planes de redactar una declaración en nombre de los dos, dirigida a todas las ciudades y pueblos de Italia. En ella se dirá que actuamos pensando en sus intereses, y se implorará su apoyo. No quiero que Antonio piense que no tenemos seguidores sólo porque hayamos cedido y ya no estemos en Roma.
–¡Muy bien! – dijo Porcia, contenta.
No todas las poblaciones y distritos rurales de Italia habían compartido la adoración a César. En determinadas zonas, los sentimientos republicanos habían hecho perder muchas tierras públicas, mientras que en otras eran los romanos en general los que no merecían aprecio ni confianza. En suma, que hubo lugares donde el manifiesto de los Libertadores fue bien acogido. Hubo, incluso, jóvenes que se ofrecieron como soldados, en caso de que Bruto y Casio decidiesen alzarse en armas contra Roma y todo lo que representaba.
La situación tenía preocupado a Antonio, sobre todo desde su viaje a la Campania para el reparto de tierras a los veteranos. Las partes samnitas de aquella fértil región eran un hervidero de rumores sobre otra guerra de Italia, encabezada esta vez por Bruto y Casio. Para solucionarlo, envió a Bruto una carta muy seca en la que le comunicaba que él y Casio, consciente o inconscientemente, estaban instigando una rebelión, y se exponían a un juicio por traición. Bruto y Casio respondieron mediante otra declaración pública en la que suplicaban a las partes descontentas de Italia que no siguieran brindándoles tropas, sino que dejaran la situación tal como estaba.
Aparte del odio samnita contra Roma, todavía quedaban nidos de republicanos fervientes que en Bruto y Casio saludaban a sus salvadores; algo completamente opuesto a los intereses de la pareja, ya que ellos dos estaban muy lejos de querer fomentar una rebelión. En uno de esos nidos estaba el amigo de Pompeyo el Grande, praefectus fabrum y banquero Cayo Flavio Hemicilo, que abordó a Ático y le pidió que se pusiera al frente de un consorcio de magos de las finanzas dispuesto a prestar dinero a los Libertadores para fines no especificados. El sagaz plutócrata se negó educadamente.
–Una cosa es lo que esté dispuesto a hacer a título privado por Servilia y Bruto -dijo a Hemicilo-, y otra muy distinta suscitar el odio público.
Acto seguido, informó a los cónsules de las propuestas que le había hecho Hemicilo.
–Decidido -dijo Antonio a Dolabela y Aulo Hirtio-. El año que viene no gobernaré Macedonia. Me quedaré en Italia con mis seis legiones.
Hirtio arqueó las cejas.
–¿Tomando la Galia Cisalpina como provincia a tu cargo?
–Ni más ni menos. En las calendas de junio pediré a la Cámara las Galias Cisalpina y Trasalpina, aparte de la provincia narbonense. Seis legiones de elite acampadas alrededor de Capua disuadirán a Bruto y Casio… y harán que Décimo Bruto se lo piense mejor. Además, he escrito a Polión, Lepido y Planco preguntando si estarían dispuestos a poner sus legiones a mi disposición en caso de que Décimo tratara de levantar a la Galia Cisalpina. Está claro que ninguno de los tres respaldará a Décimo.
Hirtio sonrió, pero se calló lo que pensaba: que se mantendrían a la expectativa hasta ver llegado el momento de apoyar al más fuerte.
–¿Y Vatinio, en Illyricum? – fue lo único que preguntó.
–Vatinio me respaldará -dijo Antonio, confiado.
–¿Y el gobierno provisional de Hortensio en Macedonia? Entre él y los Libertadores existen lazos muy antiguos -dijo Dolabela.
–¿Qué puede hacer Hortensio? Todavía es más insignificante que nuestro amigo y Pontifex maximus Lepido. – Antonio hizo una mueca de satisfacción-. No, no habrá ningún levantamiento. ¿Vosotros os imagináis a Bruto y Casio marchando sobre Roma? ¿O a Décimo? En todo el mundo no hay nadie con agallas como para marchar sobre Roma; menos yo, claro, y ya me diréis qué falta me hace…
Desde la muerte de César, el mundo, para Cicerón, había entrado en una espiral de locura, y no se explicaba por qué. A lo máximo que llegaba era a pensar que si los Libertadores no habían sabido tomar el poder era porque no le habían pedido consejo. ¡Cómo! ¡No consultar nadie a un personaje de la sabiduría, la experiencia y el conocimiento de las leyes de Marco Tulio Cicerón!
Nadie le había consultado, ni siquiera su hermano. Libre de Pomponia, pero sin recursos para devolverle la dote, Quinto había rechazado los consejos fraternos y se había casado con Aquilia, una heredera joven y núbil. Ello le permitía zanjar las deudas con su primera esposa y mantener un buen pasar, pero a costa de indignar a su hijo y hacerle perder los estribos. Al principio Quinto el joven se había refugiado en su tío Marco, pero sin callarse (a tanto llegaba su estupidez) que seguía admirando a César, que jamás dejaría de admirarle, y que estaba dispuesto a matar a cualquiera de sus asesinos si tenían la insensatez de aproximarse a él; de ahí que Cicerón, no menos indignado, le hubiera echado con cajas destempladas, y que el joven, por falta de otros puertos, hubiera agravado el insulto convirtiéndose en secuaz de Marco Antonio.
Después de algo así, lo único que podía hacer Cicerón era escribir cartas, muchas cartas: a Ático (en Roma), a Casio (de viaje), y por último a Bruto (todavía en Lanuvium), preguntando cómo era posible que la gente no se diera cuenta de que Antonio era un tirano todavía mayor que César, y que sus leyes se reducían a abominables farsas.
«En ningún caso, Bruto -escribía en una de sus cartas-, dejes de regresar a Roma para ocupar tu puesto en la Cámara durante las calendas de junio. Tu ausencia marcaría el final de tu carrera pública, y el principio de desastres todavía peores.»
Pero no todo eran malas noticias. Corrían rumores de un desastre que le llenaba de satisfacción: por lo visto Cleopatra, su hermano Ptolomeo y Cesarión habían naufragado en su viaje de regreso, y habían estado a punto de ahogarse.
–Ah -preguntó en su villa de Pompeya (inveterado nómada como era) a Balbo, que había venido a visitarle-, ¿sabes lo último que cuentan de Servilia? – Hizo ver que el horror le cortaba la respiración.
–No. ¿Qué? – preguntó Balbo con labios temblorosos.
–¡Que está en la villa de Poncio Aquila, sin nadie más en toda la casa, y que duermen en la misma cama!
–¡Madre mía! Me habían dicho que había roto con él al enterarse de que era un Libertador-dijo Balbo, comedido.
–Sí, pero luego Bruto la echó, y ella lo hace para avergonzarles a él y Porcia. ¡Imagínate! ¡Una mujer de más de sesenta años con un hombre que es más joven que su hijo!
–De todos modos, lo peor, con diferencia, es lo mal que pinta la paz en Italia -dijo Balbo-. Empiezo a darla por perdida, Cicerón.
–¡No! ¿Tú también? Ten en cuenta que ni Bruto ni Casio pretenden empezar otra guerra civil.
–Pues Antonio no estaría de acuerdo.
Cicerón suspiró, y se le encorvaron los hombros. De repente parecía un octogenario.
–Sí, es verdad que todo juega a favor de la guerra -reconoció con tristeza-. La principal amenaza, naturalmente, es Décimo Bruto. ¡Ah! ¿Porqué no me pedirían consejo?
–¿Quiénes?
–¡Los Libertadores! Lo que hicieron, lo hicieron con un valor de hombres, pero con la misma previsión que un niño de cuatro años. Como críos matando a puñaladas a una muñeca de trapo.
–El único que podría ayudarles es Hirtio.
Cicerón se animó.
–Pues vamos tú y yo a verle.
–¡Es el heredero de César! – susurraba uno de sus dos criados a los que le veían pasar.
–¡Ha llegado a Roma el heredero de César! – murmuraba el otro.
Hacía un buen día, de cielo despejado, pero con una humedad asfixiante. El aire estaba tan saturado de vapor que la bóveda celeste se veía más blanca que azul. El sol aparecía rodeado a cierta distancia por un brillante halo que hacía que la gente lo señalara y se preguntara en voz alta por el significado del augurio. En la luna llena eran bastante normales los anillos, pero ¿en el sol? ¡Jamás! Un augurio completamente anómalo.
El sitio donde habían quemado a César se dejaba reconocer con gran facilidad a causa de las flores, muñecas y pelotas de que seguía cubierto. Al llegar al Clivus Sacer, Octaviano se desvió para acercarse a aquel lugar. Ahí, mientras seguía acudiendo gente, se tapó la cabeza con un pliegue de la toga y rezó en silencio.
Cerca, bajo el templo de Cástor y Pólux, había una serie de oficinas ocupadas por el Colegio de tribunos de la Asamblea de la Plebe. Uno de estos últimos, Lucio Antonio, salió por la puerta del sótano del templo justo a tiempo de ver que Octaviano se descubría los cabellos que se había tapado con la toga.
El menor de los Antonios solía ser considerado el más inteligente de los tres, pero sus posibilidades de llegar tan alto como el mayor en el favor del público se veían lastradas por una serie de inconvenientes, entre ellos su tendencia a engordar, su calvicie y su falta de sentido del ridículo, que le había metido en más de un lío con Marco.
Se detuvo, y al observar al joven orante tuvo que aguantarse las carcajadas. ¡Menudo espectáculo! ¡Conque ése era el famoso heredero de César! Al igual que sus hermanos, nunca había frecuentado el círculo del tío Lucio, ni recordaba haber visto jamás a Cayo Octavio, pero tenía que ser él. ¿Quién si no? Lucio Antonio tenía constancia de que su hermano Cayo, pretor urbano en funciones, había recibido una carta de Cayo Octavio solicitando permiso para hablar en público desde la tribuna del Foro cuando llegara a Roma en las nonas de mayo.
Sí, era el heredero del César. ¡Menudo hazmerreír! ¡Qué botas! ¿A quién creía engañar? Además, ¿no tenía barbero? Llevaba el pelo todavía más largo que Bruto. Tan jovencito, y hecho un dandi. ¡Qué manera de volver a arreglarse la toga! ¿No se te ocurrió nadie mejor, César? ¿Este perfecto mariquita te pareció preferible a mi hermano? Pues eso, primo Cayo, es que al hacer testamento estabas mal de la cabeza.
–Ave -dijo, acercándose tranquilamente a Octaviano con la mano tendida.
–¿Eres Lucio Antonio? – preguntó Octaviano con la sonrisa de César (inquietante parecido), mientras soportaba sin la menor alteración un apretón de manos como para desmenuzarle los huesos.
–Sí, Octavio, el mismo -respondió Lucio alegremente-. Somos primos. ¿Ya te ha visto el tío Lucio?
–Sí, le visité en Neapolis hace algunas nundinae. Está mal de salud, pero se alegró de verme. – Después de una pausa, Octaviano preguntó-: ¿Tu hermano Cayo está en su tribunal?
–No, hoy no; se ha concedido un día de fiesta.
–¡Vaya! Lástima -dijo el joven, sin dejar de sonreír en atención a un público embelesado-. Le escribí pidiendo permiso para hablar desde la tribuna del Foro, pero no me ha contestado.
–Ya te lo doy yo -lo tranquilizó Lucio, con un brillo en sus ojos pardos. Como Antonio que era, no podía evitar que le gustara el descaro de aquel fatuo, en cuyos grandes ojos, por otra parte, no se leía nada. El heredero de César se guardaba sus pensamientos.
–¿Podrás caminar a mi ritmo, con esas botas de burdel? – preguntó, señalando el calzado de su primo.
–Claro que sí-dijo Octaviano al empezar a seguirle-. Llevo alzas porque tengo la pierna derecha más corta que la izquierda.
Lucio se rió a carcajadas.
–¡Lo importante es que dé la talla la tercera pierna!
–Pues eso ya no lo sé, porque soy virgen -dijo Octaviano, tan tranquilo.
Lucio parpadeó de sorpresa.
–No es un secreto como para ir soltándolo así, a lo tonto.
–No lo suelto, lo digo. Además, ¿qué tiene de secreto?
–¡Ah, conque insinuando que te gustaría sacarla a pasear! Pues cuenta conmigo para llevarte a donde haga falta.
–No, gracias. Lo que insinuaba es que soy muy exigente, y que tengo mis manías.
–Pues entonces no eres ningún César. Él se tiraba lo que fuera.
–No, en ese aspecto no soy César.
–Oye, Octavio, ¿qué quieres, que se rían de ti con esa ropa?
–No, querer no, pero me da igual. Tarde o temprano, más que ganas de reír las tendrán de llorar.
–¡Muy bien, muy bien! – exclamó Lucio, riéndose de sí mismo-. ¡Buen contraataque! Se han vuelto las tornas.
–Eso, Lucio Antonio, el tiempo lo dirá.
–Venga, lisiadito, ve saltando por los escalones y plántate entre las dos columnas.
Octaviano obedeció, y al volverse hacia el primer público que tenía en el Foro vio que era considerable. Pensó que era una lástima que la orientación de la tribuna impidiese al orador tener el sol detrás, porque le habría encantado aparecer con el halo en torno a la cabeza.
–¡Soy Cayo Julio César Filius! – anunció a la multitud, con una voz que sorprendía por su fuerza y su alcance-. ¡En efecto, así me llamo! Soy el heredero de César, que me adoptó oficialmente en su testamento. – Levantó la mano para señalar el sol, que estaba casi encima de él-. ¡Y hoy César ha enviado un augurio para mí, su hijo!
Sin embargo, sus siguientes palabras no estuvieron dedicadas al trascendental significado del augurio, sino a analizar los términos del legado de César ante el pueblo de Roma. Dedicó al tema todo el tiempo necesario, y lo remató con la promesa de que, en cuanto se hubiera autenticado el testamento, procedería a distribuir los dones de César en su nombre, puesto que él era César.
Lucio Antonio observó con inquietud que el público lo escuchaba embelesado. Ninguno de los que pisaban las losas del Foro prestaba atención al alza de la bota derecha (la izquierda quedaba oculta por el corte de la toga, que casi caía hasta el suelo), ni se burlaba de Octaviano. Estaban demasiado ocupados en admirar su belleza, su porte varonil, su lozana cabellera y su asombroso parecido con César, desde la sonrisa hasta las expresiones de la cara. La noticia debía de haber corrido como la pólvora, porque ya se habían congregado muchos de los leales al difunto: judíos, extranjeros, censo por cabezas…
No era el aspecto la única baza de Octaviano. Hablaba francamente bien, dejando adivinar que con el tiempo se convertiría en uno de los grandes oradores de Roma. El final de su discurso fue acogido con una larga ovación. Entonces Octaviano bajó de la escalinata y se mezcló sin temor con el gentío, tendiendo la mano derecha y sin perder ni un segundo la sonrisa. Las mujeres le tocaban la toga. Algunas estaban al borde del desmayo. Si es verdad que es virgen (porque empiezo a pensar que me ha tomado el pelo), podría remediarlo con cualquiera de las de aquí, pensó Lucio Antonio. ¡No es listo ni nada, el pequeño mentula! ¡Cómo me ha engañado!
–¿Qué, te vas a casa de Filipo? – preguntó a Octaviano, que se dirigía hacia la Escalera Vestal por donde se subía al Palatino.
–No, a la mía.
–¿La de tu padre?
Las cejas rubias se arquearon en perfecta imitación de las de César.
–Mi padre vivía en la Domus Publica, que era su única casa. Yo me he comprado una.
–¿Casa o palacio?
–Me conformo con poco, Lucio Antonio. Las obras de arte que me gustan las donaría a los templos públicos de Roma. Soy frugal, no bebo vino y tampoco tengo vicios. Vale -dijo Octaviano, y empezó a subir ágilmente por la Escalera Vestal. Empezaba a notar una presión en el pecho. Ya había superado el suplicio, y con éxito. Ahora el asma se lo haría pagar.
Lucio Antonio, ceñudo, se quedó donde estaba.
–¡No es listo ni nada! ¡Cómo me ha engañado! – le dijo Lucio a Fulvia, algo más tarde.
Fulvia volvía a estar encinta, y de mal humor por lo muchísimo que echaba de menos a Antonio.
–No deberías haberle dejado hablar -dijo, bastante seria como para que se le vieran unas cuantas arrugas muy poco favorecedoras-. Francamente, Lucio, a veces eres tonto. Si me has repetido bien su discurso, de lo que ha dicho al señalar el anillo del sol se deducía que César es un dios, y él hijo de un dios.
–¿Tú crees? Sólo me he fijado en el recurso oratorio -dijo Lucio, entre risitas-. Tú no le has visto, Fulvia; yo sí, y la única conclusión que hay que sacar es que es un actor nato.
–Como Sila. Además, ¿a qué venía informarte de que es virgen? En general, los jóvenes preferirían morirse antes que reconocerlo.
–Sospecho que lo que quería decirme es que no es homosexual. Viéndole tan guapo lo pensaría cualquiera, pero me ha negado que tenga vicios, y dice que se conforma con poco. Eso sí, buen orador lo es. La verdad es que me ha impresionado.
–Pues mira, Lucio, le veo peligroso.
–¿Peligroso? ¡Fulvia, que tiene dieciocho años!
–Pero como si tuviera ochenta. Lo que busca no son colegas nobles. Lo que busca son los partidarios y acólitos de César. – Fulvia se levantó-. Escribiré a Marco. Considero que tiene que saberlo.
Cuando la carta de Fulvia sobre el heredero de César se vio seguida, dos nundinae después, por otra del edil plebeyo Critonio en la que informaba de que el joven había intentado exhibir la silla curul y la corona de oro con incrustaciones de piedras preciosas de César durante los juegos dedicados a Ceres, Marco Antonio decidió que ya era hora de volver a Roma. Por suerte la exhibición había sido prohibida por Critonio, como responsable de los ludi cerialis. ¡Pero entonces a Octaviano no se le había ocurrido nada mejor que pedir que el desfile paseara la diadema rechazada por César! Y ni siquiera la segunda negativa del edil le había hecho arrepentirse. ¡Según Critonio, insistía en que le llamasen César! ¡Se paseaba por Roma hablando con el vulgo y presentándose como «César»! ¡Y se negaba a que le llamasen, no ya «Octavio», sino «Octaviano»!
El vigesimoprimer día de mayo, acompañado por una guardia personal compuesta por varios centenares de veteranos, Antonio protagonizó una ruidosa entrada en Roma, a lomos de un caballo reventado. Más aún que las posaderas, le dolía el alma; de un lado a causa de lo duro del viaje, y del otro por haber tenido que interrumpir una labor importantísima: si no se aseguraba el apoyo de los veteranos, ¿de qué podían ser capaces los Libertadores?
Aún había otra preocupación que alimentaba (y mucho) su ira. Había mandado enviar desde Brindisi los tributos provinciales y los fondos para la guerra de César. Los tributos habían llegado correctamente a Teanium, su base de operaciones, y habían supuesto un gran alivio: gracias a ellos podría seguir comprando tierras, y zanjando una parte de sus deudas. (Antonio no tenía reparos en gastarse el dinero de Roma en asuntos personales. Como cónsul, se limitó a enviar a Marco Cuspio, del Erario, un documento donde se declaraba deudor de veinte millones de sestercios a dicha institución.) En cambio los fondos para la guerra no habían llegado a Teanium, por la sencilla razón de que no estaban en Brindisi. Los había requisado, en nombre de César, el heredero de César, o eso dijo el sorprendidísimo administrador del banco al legado de Antonio, Cafón. Éste, consciente de que no podía volver a la Campania con las manos vacías, investigó a fondo Brindisi, sus suburbios e incluso la campiña, pero sin resultado. Como el día de la desaparición del dinero había llovido a cántaros, todo el mundo había estado en casa. Dos cohortes de veteranos de un campamento dijeron que con un tiempo así había que estar loco para salir, y que no tenían constancia del paso de ninguna comitiva de sesenta carromatos. Consultado Aulo Plautio, expresó la mayor ignorancia, y no tuvo reparo en jurar por las cabezas de sus familiares que Cayo Octavio no tenía nada que ver con ningún robo en el banco de al lado. Sólo hacía un día que éste había vuelto de Macedonia, y estaba fatal de salud, con la cara amoratada. Cafón, por lo tanto, no tuvo más remedio que regresar a Teanium, dejando a varios de sus hombres el encargo de preguntar por una comitiva de carromatos que hubiera ido al norte, hacia Barium, al oeste, hacia Tarentum, o al sur, hacia Hydruntum, mientras otros se informaban de si al finalizar la tormenta se había hecho a la mar algún barco cargado.
Cuando Antonio emprendió el camino de Roma, seguía sin haber averiguado nada nuevo. Nadie había visto nada, ni carromatos ni barco. Parecía que los fondos de guerra hubieran desaparecido de la faz de la tierra.
Como ya era demasiado tarde para convocar a su presencia a Cayo Octavio, Antonio alivió el dolor de posaderas con un baño de sales. Tras un segundo baño (pero de cuerpo entero, con Fulvia y toda suerte de caricias), vio a Antilo dormido, comió y bebió en sobreabundancia y se acostó.
Al amanecer, le informaron de que Dolabela se había ausentado unos días de la ciudad. Durante el desayuno llegó Aulo Hirtio, que tampoco parecía de muy buen humor.
–Oye, Antonio, ¿cómo se te ocurre entrar en Roma con soldados armados hasta los dientes? – exigió saber-. Ni hay disturbios civiles, ni tienes privilegios de Maestro del Caballo. De lo único que se habla en toda la ciudad es de que piensas arrestar a los Libertadores que aún no se hayan marchado. ¡Ya han venido siete a verme, y piensan escribir a Bruto y Casio! ¡Estás provocando una guerra!
–Sin guardia me siento desprotegido -rugió Antonio.
–¿Por qué? ¿A quién temes? – preguntó Hirtio, sorprendido.
–¡A esa serpiente de Cayo Octavio!
Hirtio se dejó caer en una silla.
–¿Cayo Octavio? – Se le escapó la risa-. ¡Pero bueno, Antonio!
–El muy Cunnus ha robado de Brindisi los fondos para la guerra de César.
–Gerrae!-dijo Hirtio, riéndose aún más.
Apareció un criado.
–Amo, está aquí Cayo Octavio.
–Pues dile que pase -dijo Antonio con mala cara. Si algo había logrado la franca incredulidad de Hirtio era empeorar su mal humor. La pega era que no osaba enemistarse con él, porque era el más leal e influyente de los seguidores romanos de César, gozaba de un peso enorme en el Senado y también tenía prometido el consulado a un año vista.
Las botas con alzas fueron una sorpresa para ambos, Hirtio y Antonio. No se prestaban mucho a comparaciones con serpientes. ¿Peligroso aquel joven con toga, tan recatado y con unas pretensiones tan extrañas? ¿Tanto como para protegerse de él con centenares de soldados? Tras una mirada de lo más elocuente a Antonio, Hirtio se apoyó en el respaldo de su silla y se dispuso a presenciar el duelo de titanes.
Antonio no se molestó ni en levantarse ni en tender la mano.
–Octavio.
–César -le corrigió Octaviano amablemente.
–¡Tú no eres César! – bramó Antonio.
–Sí que lo soy.
–¡Te prohíbo usar este nombre!
–Es mío por adopción legal, Marco Antonio.
–Falta que se apruebe la lex curiata de adopción, cosa que no veo muy cercana. Yo, sin ir más lejos, que soy el cónsul superior, no tengo ninguna prisa por acudir a la asamblea curiada para ratificarla. ¡De hecho, Cayo Octavio, en lo que de mí dependa, nunca conseguirás que se apruebe ninguna lex curiata!
–Tranquilízate, Antonio -dijo Hirtio en voz baja.
–¡Y un cuerno! ¿Por quién te tomas para desafiarme, mariquita de ocho cuartos? – rugió Antonio.
Octaviano no delataba ninguna emoción, ni en la cara ni en los ojos muy abiertos. Nada en su postura daba a entender que estuviera asustado o tenso. Tenía los brazos caídos, y con las manos acariciaba distraídamente los pliegues de la toga. Tampoco le sudaba la piel.
–Soy César -dijo-, y como tal reclamo la parte de la fortuna de César destinada en calidad de herencia al Pueblo de Roma.
–No puedes, porque el testamento aún no está autentificado. Al pueblo, Octavio, págale con los fondos para la guerra de César -dijo Antonio con desprecio.
–¿Cómo dices? – preguntó Octaviano, adoptando una expresión de sorpresa.
–Se lo robaste a Opio en Brindisi.
Hirtio se irguió con los ojos brillantes.
–¿Cómo dices? – repitió Octaviano.
–¡Que has robado los fondos para la guerra de César!
–Te aseguro que no.
–Hay testigos: el administrador de Opio.
–No puede testificar lo que no he hecho.
–¿Niegas que compareciste ante el administrador de Opio, te presentaste como heredero de César y solicitaste los treinta mil talentos de los fondos para la guerra de César?
Octaviano empezó a sonreír con deleite.
–Edepol! ¡Pero qué ladrón más listo! – Rió entre dientes-. Seguro que no presentó ninguna prueba, porque en Brindisi no las tengo ni siquiera yo. Puede que lo robara el propio administrador de Opio. Madre mía, pero qué vergüenza para el Estado… Espero que lo encuentres, Marco Antonio.
–Puedo mandar torturar a tus esclavos, Octavio.
–Te será fácil, porque en Brindisi sólo me acompañaba uno. Eso si me acusas, claro. ¿Cuándo fue cometido el vil delito? – preguntó Octaviano con toda la calma del mundo.
–Un día en que diluviaba.
–¡Ah, pues tengo coartada! A mi esclavo todavía le duraba el mareo del barco, y a mí el asma, las náuseas y el dolor de cabeza. En definitiva, que estábamos los dos en cama. Ah -dijo Octaviano-, y te agradecería mucho que reconocieras mis derechos y me llamases César.
–¡Yo a ti nunca te llamaré César!
–Como eres el cónsul superior, Marco Antonio, me veo obligado a comunicarte mi intención de celebrar los juegos triunfales de César después de los ludi Apolinares, pero antes de que acabe julio. A eso venía.
–Lo prohibo -dijo Antonio con saña.
–¡No puedes! – se indignó Hirtio-. ¡Yo estoy entre los amigos de César dispuestos a poner dinero! ¡Es más, Antonio, confío en tu contribución! Tiene razón este joven: es el heredero de César, y le corresponde celebrarlos.
–¡Vete, Octavio, que no quiero ni verte! – exclamó Antonio.
–Me llamo César -dijo Octaviano al marcharse.
–Has estado más maleducado de la cuenta -dijo Hirtio-. ¿A qué venía despotricar de esa manera? Ni tan siquiera le has ofrecido asiento.
–¡El único asiento que le ofrecería sería una pica!
–Por otro lado, no puedes negarle la lex curiata.
–Se la concederé cuando devuelva los fondos para la guerra.
A Hirtio volvió a escapársele la risa.
–Gerrae, Gerrae, Gerrae! Si es verdad que robaron los fondos, Antonio (y no te digo nada que no sepas), es una empresa que exige nundinae de preparativos, y ya has oído a Octaviano: acababa de volver de Macedonia, y estaba enfermo.
–¿Octaviano? – preguntó Antonio, todavía ceñudo.
–Sí, Octaviano. Te guste o no, se llama Cayo Julio César Octaviano. Le llamaré Octaviano. Tranquilo, que no llegaré al extremo de llamarle César. De todos modos, llamándole Octaviano ya se le reconoce la condición de heredero de César-dijo Hirtio-. ¿A que parece mentira lo tranquilo y listo que es?
Cuando salió al peristilo del palacio de las Carenas, Hirtio encontró reunida a la veterana escolta de Antonio. Parecían esperar las órdenes del cónsul superior. ¿Y quién estaba entre ellos sino el mismísimo Octaviano, con idéntica sonrisa e idénticos movimientos de manos que César? También debía de tener su ingenio, ya que muchas risas acogían los comentarios que profería con aquella voz grave que a Hirtio le sonaba cada vez más parecida a la de César.
Antes de que Hirtio alcanzara al grupo, Octaviano se había despedido con un gesto cesáreo.
–¡Qué encantador! – suspiró un veterano, secándose los ojos.
–¿Le has visto, Aulo Hirtio? – preguntó otro, también con los ojos empañados-. ¡Es la viva imagen de César! ¡César de joven!
Hirtio, con el alma en los pies, se preguntó a qué jugaba Octaviano. Cuando llegue su hora, porque llegará, ya no estarán en activo ninguno de estos hombres. Deben de interesarle sus hijos. ¿Hasta ese punto es capaz de hacer planes?
La desaparición de los fondos para la guerra de César influyó profundamente en los planes de Antonio, que no estaba dispuesto a revelárselos del todo a personas como Aulo Hirtio. El problema de las tierras para los veteranos tenía solución. Siempre cabía la posibilidad de enajenarlas por la ley de la propiedad privada y transferirlas al Ager publicus. Ni siquiera los caballeros más poderosos de la Dieciocho, que (junto con muchos senadores) serían las víctimas de esas leyes, se hacían notar ni se quejaban mucho desde la muerte de César. La principal preocupación de Antonio tampoco eran sus deudas personales.
Desde el paso del Rubicón por César, un nuevo factor había ido cobrando más y más relieve, llegando al extremo de que en esos momentos todos los soldados de todas las legiones esperasen una prima generosa a cambio de luchar. Vendicio estaba reclutando dos legiones nuevas en Campania, y cada alistado pedía mil sestercios en efectivo por el mero hecho de engrosar las filas. La formación de esas legiones, aparte de costarle al Estado las inevitables sumas en equipamiento, exigiría el pago inmediato de diez millones de sestercios. Las seis legiones de elite que seguían en Macedonia no habían perdido cohesión, pero ahora sus representantes estaban en Teanum, lanzando indirectas. Perdido el botín parto, ¿valdría la pena ser soldado? ¿Estaría el botín dacio a la altura del parto? ¿Cómo decirles que tampoco habría tal botín, porque estaban a punto de regresar a Italia para respaldar el poder del cónsul? Antes de dar la noticia, era necesario conseguir seis mil sestercios en efectivo para cada legionario, que se les pagarían cuando desembarcasen en Brindisi. El total, sin contar el coste suplementario de los centuriones, serían trescientos millones de sestercios.
Por desgracia Antonio no tenía tanto dinero, ni podía conseguirlo. Los tributos provinciales servían para cubrir muchos más gastos ordinarios del gobierno, no sólo para sufragar las legiones. Muerto César, no quedaba nadie capaz de conservar la lealtad de los legionarios sin primas en efectivo. Si algo había aprendido Antonio de sus esfuerzos en la Campania, era eso.
–¿Y la reserva de emergencia del templo de Ops? – preguntó Fulvia, a quien se lo confiaba todo.
–No existe -dijo él, cariacontecido-. La ha saqueado todo el mundo, desde Cina y Carbón hasta Sila.
–Sí, pero Clodio dijo que la habían restituido. Si no hubiera conseguido que aprobaran su ley de anexionar Chipre para pagar el subsidio de grano, sus planes eran sacar el dinero de Ops. Después de todo, era el resultado de la abundancia de Roma, de los frutos de la tierra, de modo que la consideraba una fuente legítima de grano gratuito. El caso es que al final le aprobaron la ley, y que no le hizo falta saquear el templo.
Antonio se echó sobre Fulvia y le dio un fogoso beso.
–¿Qué haría sin ti? ¡Tú sí que eres mi personificación de Ops!
El templo de Opsiconsiva en el Capitolio no era muy antiguo. Pese a tratarse de un numen, y por lo tanto de una divinidad sin rostro, incorpórea, que se remontaba a los primeros tiempos de la ciudad, su primer templo había sido destruido por el fuego; de ahí que el que sobrevivía lo hubiese erigido Cecilio Metelo tan sólo un siglo y medio atrás. Si bien no era muy grande, los Cecilio Metelo lo habían mantenido limpio y bien pintado. Sólo constaba de una cella, que ni albergaba una imagen ni servía para sacrificios, debido a que Ops tenía un altar en la Regia, de mayor importancia para la religión del Estado. Como todo los templos romanos, el de Ops en el Capitolio estaba erigido sobre una plataforma de gran altura. Por su carácter sacrosanto, protegido por la deidad de la parte superior, sus sótanos solían usarse para guardar objetos de alto valor, categoría en la que también podían entrar el dinero o los lingotes.
Marco Antonio esperó a que anocheciera para forzar la puerta del sótano del templo de Ops sin otra ayuda que la de sus esbirros, y al iluminar con su linterna el amontonamiento de bloques de plata ennegrecida se le cortó la respiración. ¡Ops había recuperado con creces lo suyo! Ya tenía el dinero.
Decidió trasladarlo en pleno día, pero de forma gradual, y no muy lejos; concretamente al otro lado del Capitolio, por el Asylum. Ahí, en el sótano de Juno Moneta, donde estaba la ceca, se trabajó noche y día para convertir los lingotes en denarios de plata. Antonio ya estaba en situación de pagar durante mucho tiempo a sus legiones, y aun de zanjar sus deudas personales. El valor de la reserva de Ops ascendía a veintiocho mil talentos de plata, equivalentes a setecientos millones de sestercios.
Empezaba a estar todo preparado para las calendas de junio, la fecha en la que pediría el trueque de provincias al Senado. Después de eso haría que su hermano Lucio utilizara la Asamblea de la Plebe para, de una vez por todas, librar a la Galia Cisalpina de Décimo Bruto.
Una carta de Bruto y Casio le arrancó rugidos de cólera:
Nos complacería muchísimo hallarnos presentes en el Senado para las calendas de junio, Marco Antonio, pero no tenemos más remedio que solicitarte ciertas garantías de seguridad. Nos entristece que, siendo como somos ambos pretores superiores, ni tú ni ningún otro magistrado nos mantenga informados sobre la situación en Roma. Nos alegra que te preocupes por nuestro bienestar, y te damos nuevamente las gracias por haber sido tan comprensivo desde los idus de marzo. No obstante, ha llegado a nuestro conocimiento que la ciudad está llena de antiguos soldados de César, y que pretenden volver a erigir el altar y la columna a César, que con tanta justicia desmanteló el cónsul Dolabela.
Nuestra pregunta es la siguiente: ¿es seguro para nosotros ir a Roma? Humildemente te rogamos garantías de que nuestras amnistías no sean revocadas, y de que seamos bienvenidos en Roma.
Como la solución a sus problemas financieros le había dejado de mucho mejor humor, Antonio dio respuesta a aquel ruego (que rozaba lo obsequioso) con escasa consideración hacia los sentimientos de los Libertadores:
A Marco Bruto y Cayo Casio: no puedo garantizar vuestra seguridad. En efecto, la ciudad está llena de antiguos soldados de César. Se hallan aquí de vacaciones, mientras esperan recibir sus tierras o se plantean volver a alistarse en las legiones que estoy reclutando en la Campania. En cuanto a sus intenciones sobre lo que llamo yo la "cesarolatría", tenéis mi palabra de que es un culto que no será fomentado.
Venid a Roma para la asamblea de las calendas de junio, o no vengáis. La decisión es enteramente vuestra.
¡Muy bien! ¡Que aprendieran qué lugar les correspondía en los planes de Antonio! Así, además, estarían avisados de que si decidían aprovechar el descontento samnita habría legiones en la zona capaces de sofocar cualquier rebelión. ¡Excelente, sí, por Ops!
Las calendas de junio le deparaban otro cambio de humor, pero a peor: el que sintió cuando, al entrar en la Curia Hostilia, vio que había tan poca gente que le faltaba quórum. Con Bruto, Casio y Cicerón lo habría superado por pelos, pero no estaban.
–Bueno -dijo entre dientes a Dolabela-, pues iré directamente a la Asamblea de la Plebe. – Llamó a su hermano, que se iba del brazo con Cayo Antonio-. ¡Lucio! ¡Convoca a la Asamblea de la Plebe para dentro de dos días!
La Asamblea de la Plebe, donde la asistencia tampoco era muy lucida, carecía de regulaciones de quórum. Sólo con que compareciese un miembro por tribu se podía llevar adelante la reunión; y se habían presentado algo más de doscientos, repartidos entre treinta y cinco tribus. Como todo se hacía muy deprisa, y Antonio estaba que trinaba, nadie de la plebe se atrevió a discutir con Lucio Antonio. Entre los colegas de Lucio, los demás tribunos de la plebe, tampoco hubo ninguno con arrestos para ejercer el veto. Al cabo de poco rato, pues, la plebe había acordado a Marco Antonio las Galias Cisalpina y Trasalpina, con excepción de la provincia narbonense: para un periodo de cinco años, y sin límites de imperium. El siguiente trámite fue acordar Siria a Dolabela, para cinco años y sin límites de imperium. La vigencia de aquella lex Antonia de permutatione provinciarum era inmediata. En suma, que Décimo Bruto quedaba despojado de su provincia.
Pero la labor de la Asamblea de la Plebe aún no había terminado. Los primeros frutos del pacto de Antonio con las legiones quedaron de manifiesto cuando Lucio Antonio presentó otra ley, destinada a instituir una figura de jurado que se sumaba a las dos preexistentes en los tribunales: ex centuriones de alto rango, que no necesitaban ingresos de caballero para aspirar al cargo. A continuación, el hermano menor de Antonio presentó otra ley de tierras por la que se distribuía Ager publicus a los veteranos a través de una comisión de siete miembros compuesta por Marco Antonio, el propio Lucio, Dolabela y cuatro adláteres, entre ellos el Libertador Cesenio Lento, que daba coba sin descanso a Marco Antonio.
Hirtio vio confirmados los rumores de que el rey Deyotaro de Galacia estaba sobornando a Antonio cuando la Armenia Parva fue separada de la Capadocia e incorporada a la Galacia.
Ya no había quien parase a los dos cónsules, cuyo estilo de gobierno no podía estar más claro: corrupción e interés personal. Las calendas de junio habían sido el pistoletazo de salida para un intenso comercio de exenciones y de privilegios. Las personas que habían sido despojadas a perpetuidad de su ciudadanía por César (al descubrir que Faberio la vendía) ya podían volver a comprarla. Mientras tanto, la ceca seguía acuñando lingotes de plata de Ops.
–¿De qué sirve el poder -le preguntó Antonio a Dolabela sino para sacarle provecho?
El quinto día de junio volvió a reunirse el Senado, esta vez con quórum. ¡Cuál no fue la sorpresa de Lucio Pisón, Filipo y los pocos ocupantes de los bancos delanteros al ver entre ellos a Publio Servilio Vatia Isaurico! El mejor amigo de Sila, su gran aliado político, llevaba tanto tiempo retirado de la política que la mayoría de ellos le habían olvidado. Ahora era su hijo, amigo de César, quien vivía en su casa de Roma, recién llegado de gobernar la provincia de Asia. Mientras tanto, Vatia el Viejo se dedicaba a contemplar las bellezas de la naturaleza, el arte y la literatura en su villa de Cumas.
Tras las oraciones y la lectura de los auspicios, Vatia el Viejo se puso en pie, señal de que deseaba tomar la palabra. Como mayor y más augusto de los cónsules, estaba en su derecho.
–Más tarde -le cortó Antonio, suscitando un coro de exclamaciones ahogadas.
Dolabela se volvió para mirarle con ferocidad.
–¡En junio las fasces las ostento yo, Marco Antonio! ¡La reunión, por lo tanto, soy yo quien la presido! Publio Vatia el Viejo, es un honor volver a darte la bienvenida a la Cámara. Habla, por favor.
–Gracias, Publio Dolabela -dijo Vatia el Viejo con una voz un poco débil pero que se oía perfectamente-. ¿Cuándo está previsto plantear el tema de las provincias para los pretores?
–Hoy no -contestó Antonio, anticipándose a Dolabela.
–Convendría debatirlo, Marco Antonio -dijo Dolabela, tenso y decidido a no dejarse atropellar.
–¡He dicho que hoy no! Queda pospuesto -bramó Antonio.
–En ese caso -dijo Vatia el Viejo-, solicito especial consideración para dos de los pretores, Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino. Si bien no puedo aprobar que se tomaran la justicia por su mano para matar al dictador César, me preocupa su integridad física. Mientras permanezcan en Italia, sus vidas correrán peligro. Por eso propongo conceder provincias lo antes posible a Marco Bruto y Cayo Casio, al margen de lo que deban esperar los otros pretores. Es más, propongo que Marco Bruto reciba la provincia de Macedonia, ya que Marco Antonio ha renunciado a ella, y Cayo Casio la de Cilicia, además de Chipre, Creta y la Cirenaica.
Vatia el Viejo calló, pero no volvió a sentarse. Reinaba un silencio hecho de desasosiego y, en las filas superiores (donde los senadores nombrados por César no sentían el menor aprecio por sus asesinos) se oían murmullos que no presagiaban nada bueno.
Cayo, el Antonio pretor, se puso en pie con cara de enfado.
¡Honorables cónsules, etcétera, etcétera -exclamó con desfachatez-, estoy de acuerdo con el cónsul Vatia el Viejo en que ya va siendo hora de que se marchen Bruto y Casio! Mientras sigan en Italia, serán una amenaza para el gobierno. ¡Puesto que esta Cámara aprobó por votación una amnistía, no se les puede juzgar por traición, pero me niego a concederles provincias mientras a otras personas, inocentes como yo, sin ir más lejos, se nos exige esperar! ¡Propongo atribuirles funciones de cuestores! Que se les encomiende comprar grano para Roma e Italia. Bruto podría ir a Asia Menor, y Casio a Sicilia. ¡Ser cuestores es lo máximo que se merecen!
Siguió un debate que demostró a Vatia el Viejo lo impopular que era su causa. Si necesitaba alguna prueba más, se la dio la Cámara al votar que Bruto y Casio recibieran el encargo de comprar grano en Asia Menor y Sicilia. Para colmo, Antonio y sus secuaces se dedicaron a burlarse de él, de su edad y de lo anticuado de sus ideas. Nada más concluir la reunión, volvió a su villa de la Campania.
Al llegar a casa pidió a sus criados que le llenaran la bañera. A continuación, Publio Servilio Vatia Isaurico el Viejo se metió en el agua con un suspiro de gozo, se cortó las dos muñecas con una lanceta y se deslizó en los brazos cálidos e infinitamente acogedores de la muerte.
–¡Ay! ¿Cómo sobreviviré a un recibimiento así? – preguntaba Vatia el joven a Aulo Hirtio-. César asesinado, mi padre suicidado… -Se quedó sin voz y derramó amargas lágrimas.
–Y Roma en las garras de Marco Antonio -dijo Hirtio, abatido-. Ojalá se me ocurriera una salida, Vatia, pero no. A Antonio no hay quien se le resista. Es capaz de todo, desde la más flagrante ilegalidad a una ejecución sumaria sin juicio. Además tiene a las legiones de su lado.
–Sí, porque las compra-dijo Junia, contentísima de volver a tener a su marido en casa-. Me dan ganas de matar a mi hermano Bruto por haber empezado todo esto, pero es un simple títere de Porcia.
Vatia se secó los ojos y se sonó la nariz.
–Hirtio, ¿el año que viene Antonio y su Senado amaestrado te dejarán ser cónsul?
–Eso dice. Yo procuro que me vea lo mínimo. La postura más prudente es la invisibilidad. En esto Pansa está de acuerdo conmigo; por eso no asistimos a muchas reuniones.
–¿O sea, que no hay nadie con agallas para plantarle cara?
–Nadie en absoluto. Antonio está desatado.
Bruto y Casio iban de un lugar a otro por la costa de Campania; Porcia no se separaba de Bruto. La única vez que se encontraron en la misma villa que Servilia y Tertula, los cinco no pararon de discutir. Habían llegado noticias de las comisiones del grano que los ofendieron gravemente: ¿Cómo se atrevía Antonio a imponerles funciones propias de simples cuestores?
Cicerón, al pasar a visitarlos, encontró a Servilia convencida de que todavía tenía suficiente poder en el Senado para revocar la decisión, a Casio dispuesto a entrar en guerra, a Bruto totalmente abatido, a Porcia criticando y protestando como siempre, y a Tertula sumida en la desesperación porque había perdido a su niño.
Se fue destrozado. Esto es un barco que se hunde. No saben qué hacer, no ven una salida, sólo viven al día a la espera de que ocurra algo. Italia entera se está hundiendo porque está en manos de unos hijos malignos, y nosotros, hijos menos malignos, no tenemos ninguna defensa frente a semejante caos. Nos hemos convertido en herramientas de soldados profesionales y de la implacable bestia que los controla. ¿Era esto lo que preveían los Libertadores cuando conspiraron para acabar con César? No, claro que no. No pudieron ver más allá de la muerte de César; realmente creyeron que una vez muerto, todo volvería a la normalidad. No entendieron que ellos mismos tendrían que tomar el timón de la nave del Estado. Y al no tomarlo, la dejaron zozobrar y chocar contra las rocas. Un barco que se hunde. Roma está acabada.
Las dos series de juegos organizados en el nuevo mes de julio, primero los de Apolo y después los dedicados a las victorias de César, distrajeron y entretuvieron a la gente, que llegó en tropel a Roma desde lugares tan lejanos como Brutium en una punta de Italia y Galia Cisalpina en la otra. Era pleno verano, muy seco y caluroso, tiempo para irse de vacaciones. La población de Roma prácticamente se duplicó.
Bruto, el oficiante ausente de los ludi Apollinares, lo había apostado todo por una representación de Tereo, una obra del autor latino Accio. Aunque la gente corriente prefería las carreras de cuadrigas que inauguraban y clausuraban los siete días de juegos, y entre medias acudía en tropel a los grandes teatros donde se representaban las pantomimas atelanas y las farsas con elementos musicales de Plauto y Terencio, Bruto estaba convencido de que Tereo le serviría como indicador de lo que la gente pensaba del asesinato de César. La obra trataba del tiranicidio y de las razones para cometerlo: una tragedia de proporciones épicas. De modo que no atrajo en absoluto a la gente corriente, que no fue a verlo, un hecho que Bruto no comprendió porque desconocía a la gente corriente. El público estaba formado por una elite, con intelectuales como Varro y Lucio Piso, y acogió la obra con una aprobación casi histérica. Cuando Bruto se enteró, estuvo varios días convencido de que tenía razón, de que la gente corriente aprobaba el asesinato de César, de que pronto los Libertadores se verían plenamente rehabilitados. Cuando lo cierto era que la puesta en escena de Tereo había sido brillante, la actuación magnífica, y la propia obra se había representado tan pocas veces que los paladares elitistas, hartos de ver siempre lo mismo, acogieron el cambio con agrado.
Octaviano, el oficiante de los ludi Victoriae Caesaris, no disponía de ningún indicio para valorar la respuesta popular a sus juegos, pero la propia Fortuna le dio uno. Sus juegos duraron once días, y tenían una estructura un tanto distinta de los demás juegos que veía Roma con cierta regularidad en los meses más calurosos. Los primeros siete días se dedicaron a las obras cortas y episodios, y la obra corta del día de la inauguración fue una recreación de Alesia, en el Circo Máximo, con un reparto de miles de personas, numerosas batallas fingidas, un espectáculo emocionante y novedoso organizado y dirigido por Mecenas, que demostró un raro talento para este tipo de actividad.
El honor de dar la señal para que empezaran los juegos correspondía a su principal patrocinador, y Octaviano, de pie en el palco, parecía a la enorme multitud una reencarnación de César; la gente le ovacionó durante al menos un cuarto de hora, lo que irritó a Antonio. Aunque Octaviano se sintió muy complacido, sabía muy bien que eso no significaba que Roma le perteneciera; significaba que Roma había pertenecido a César. Fue eso lo que molestó a Antonio.
Después, alrededor de una hora antes de que se pusiera el sol el día de la inauguración, justo cuando se representaba el episodio en que Vercingetorix estaba sentado con las piernas cruzadas a los pies de César, apareció un enorme cometa en el cielo septentrional por encima del Capitolio. Al principio nadie lo vio, luego unos cuantos dedos señalaron la stella critina, y de pronto las veinte mil personas que abarrotaban el Circo se pusieron en pie y gritaron a voz en cuello:
–¡César! ¡Esa estrella es César! ¡César es un dios!
Los episodios y las obras nuevas del día siguiente, al igual que las de los siguientes cinco días, quedaron relegados a los espacios más pequeños de la ciudad, pero todos los días el cometa aparecía alrededor de una hora antes de la puesta de sol y resplandecía casi toda la noche con un brillo inquietante. Tenía la cabeza del tamaño de la luna y arrastraba tras de sí dos colas relucientes por el cielo septentrional. Y durante las cacerías de bestias salvajes, las carreras de caballos, las carreras de cuadrigas y otros magníficos espectáculos que se celebraron en el Circo Máximo los últimos cuatro días de los juegos, la estrella de larga cabellera que personificaba a César siguió brillando. En cuanto terminaron los juegos, desapareció.
Octaviano reaccionó rápidamente. El segundo día de los juegos, todas las estatuas de César de la ciudad lucían estrellas doradas en la frente.
Gracias a la estrella de César, Octaviano ganó más que perdió, pues el propio Antonio había prohibido exhibir la silla y la corona doradas de César en el desfile, y no llevaron la estatua de marfil de César a la procesión de los dioses. El segundo día de los juegos, Antonio pronunció un emocionante discurso ante el público del teatro de Pompeyo, defendiendo con ardor a los Libertadores y minimizando la importancia de César. Pero con ese extraño cometa brillando, todo lo que hizo Antonio no sirvió de nada.
A los que le comentaron algo o hicieron preguntas, Octaviano contestó que seguro que la estrella señalaba la divinidad de César; si no, ¿por qué apareció el primer día de sus juegos de la victoria y desapareció en cuanto concluyeron? No había otra respuesta posible. Era indiscutible. Ni siquiera Antonio podía contradecir una prueba tan evidente, mientras Dolabela se mordía.las uñas hasta dejárselas en carne viva y daba las gracias a su intuición por no haber destruido el altar y la columna de César. Aunque tampoco los reconstruyó.
En su fuero interno, Octaviano pensaba otra cosa de la estrella de César. Por supuesto, dotaba al heredero de César de parte del misterio divino de César; si César era un dios, entonces él era hijo de un dios. Vio esa idea reflejada en muchos ojos mientras paseaba deliberadamente por los barrios menos recomendables de Roma. Ese hijo de la elite palatina no tardó en darse cuenta de que para inspirar amor en la gente corriente no podía seguir siendo elitista. Como tampoco se le habría ocurrido que la representación de una obra con un argumento terrorífico y un diálogo altisonante le diría algo sobre la gente que vivía en los barrios menos recomendables de Roma. No, él paseaba y conversaba, y decía a los que se cruzaban por su camino que quería saber cosas de su padre, César: ¡Por favor, cuéntame tu historia! Y muchas de esas personas que encontró en Roma durante las dos series de juegos eran veteranos de César. Octaviano les cayó muy bien; lo consideraron humilde, agradecido y muy dispuesto a escuchar todo lo que tuvieran que decir. Lo más importante fue que Octaviano se enteró de que la gente se había dado cuenta de que Antonio había sido grosero con él en público y lo condenaba severamente por ello.
Octaviano empezó a sentirse seguro e invulnerable, pues sabía muy bien lo que en realidad significaba la estrella de César. Era un mensaje de César para él mediante el que le anunciaba que su destino era dominar el mundo. Siempre había deseado dominar el mundo, pero había sido un deseo tan tenue, tan manifiestamente imposible que lo había considerado un sueño, una fantasía. Pero a partir del momento en que apareció la estrella de larga cabellera, supo que no era así. La sensación de destino de pronto se convirtió en certeza. César quería que él dominara el mundo. César le había asignado la tarea de curar a Roma, de reforzar su imperio, de dotarla de un poder inimaginable. Bajo sus cuidados, bajo su égida. Yo soy el hombre. Dominaré el mundo. Tengo tiempo para ser paciente, tiempo para aprender, tiempo para rectificar los errores que seguro que cometeré, tiempo para reducir la oposición, tiempo para tratar con todos, desde los Libertadores hasta Marco Antonio. César me nombró heredero no sólo de su dinero y sus propiedades, sino de sus vasallos y partidarios, de su poder, su destino, su divinidad. Y por Sol Indiges, por Tellus y por Liber Pater, no lo defraudaré. Seré un hijo digno. Seré César.
Al final del octavo día de los juegos, que fue el primero en que se volvió a utilizar el Circo Máximo, una delegación de centuriones arrinconó a Antonio cuando salía del Circo tras haber hecho todo lo posible para dejar claro a la multitud que despreciaba al heredero de César.
–Esto se tiene que acabar, Marco Antonio -dijo el portavoz, que resultó ser Marco Coponio, centurión jefe de las dos cohortes que estaban en Brindisi cuando Octaviano había necesitado ayuda para retirar los fondos para la guerra. Las dos cohortes ahora habían sido destinadas a unirse a la Cuarta.
–¿Qué tiene que acabar? – gruñó Antonio.
–La manera en que tratas al joven César. No está bien.
–¿Acaso estás buscando un consejo de guerra, centurión?
–No, claro que no. Sólo digo que hay una gran estrella en el cielo que se llama César, que se ha ido a vivir con los dioses. Alumbra a su hijo, el joven César, y creemos que es como una señal de agradecimiento por la celebración de estos juegos tan increíbles. No soy yo quien se queja, Marco Antonio. Somos todos nosotros. Aquí tengo a cincuenta hombres, todos centuriones o antiguos centuriones de las legiones de los veteranos. Algunos se han vuelto a alistar, como yo. Algunos poseen tierras que les regaló César. Yo mismo tengo tierras que me regaló César la última vez que me di de baja. Y vemos cómo tratas al pobre chico. Como si fuera basura. Pero no es basura. Es el joven César. Y creemos que esto se tiene que acabar. Tienes que tratar bien al joven César.
Al darse cuenta de que vestía una toga y no la armadura, e impresionaba menos a los legionarios, el rostro feo pero atractivo de Antonio reflejó una tormenta de sentimientos, unos sentimientos que la delegación fingió no ver. Su frustración había podido más que él, su impaciencia le había llevado a comportarse de una manera que no había pensado que sería ofensiva para hombres a los que necesitaba desesperadamente. El problema era que se había considerado el heredero natural de César, y había creído que los veteranos de César habrían creído lo mismo. Un error. En el fondo eran como niños. Valientes y fuertes, excelentes soldados. Pero niños. Que querían que su adorado Marco Antonio adulara y abrazara a un invertido con suelas altas porque ese invertido era el hijo adoptivo de César. Ellos no veían lo que él veía. Veían a alguien que creían que era igual a como debió de ser César a los dieciocho años.
Yo no conocía a César cuando tenía dieciocho años, pero a lo mejor sí que parecía un invertido. A lo mejor era un invertido, si hay algo de cierto en la historia sobre el rey Nicomedes. ¡Pero me niego a creer que Cayo Octavio sea un César en estado embrionario! Nadie puede cambiar tanto. Octavio no tiene la arrogancia, el estilo ni el genio de César. No, consigue lo que quiere mediante engaños, palabras melosas, simpatía y sonrisas. Él mismo dice que no puede estar al mando de las tropas. Es un peso ligero. Pero estos idiotas quieren que sea amable con él por culpa de un dichoso cometa.
–¿Y qué significa para ti tratar bien a Cayo Octavio? – preguntó, mostrándose más interesado que enfadado.
–Bueno, para empezar, creemos que deberías proclamar en público que sois amigos -contestó Coponio.
–En ese caso todos los interesados deben presentarse en el Capitolio, al pie de la escalinata de Júpiter óptimo Máximo, en la segunda hora, al día siguiente de acabar los juegos -manifestó Antonio con toda la cortesía que le fue posible-. Vamos, Fulvia -dijo a su mujer, que aguardaba temerosa detrás de él.
–Más vale que te andes con cuidado con ese pequeño gusano -dijo Fulvia mientras subía con esfuerzo la Escalera de Caco, pues la criatura en su vientre había crecido lo suficiente como para ser un obstáculo-. Es peligroso.
Antonio le puso la mano en la espalda y la empujó para ayudarla a subir. Eso era lo bueno que tenía; cualquier otro marido habría ordenado a un criado que la ayudara, pero para Antonio no era una pérdida de dignidad hacerlo él mismo.
–Mi error fue pensar que no necesitaba a mi escolta para los juegos. Los lictores son unos inútiles -dijo en voz alta, pero prosiguió en voz baja-: Creía que las legiones estarían de mi lado en esto. Son mías.
–Antes eran de César -dijo Fulvia, resoplando.
Así que un día después de acabar los juegos, más de mil veteranos acudieron al Capitolio y se colocaron en lugares que les permitieran ver la escalinata de Júpiter óptimo Máximo. Desafiante con su armadura, Marco Antonio fue el primero en llegar; acudió temprano porque quería pasear entre los hombres, conversar y bromear con ellos. Octaviano llegó con una toga y un calzado normal. Imitando la sonrisa de César, atravesó rápidamente las filas de soldados hasta detenerse delante de Antonio.
¡Vaya, qué astuto!, pensó Antonio, reprimiendo el impulso de partirle la cara. Hoy quiere que todo el mundo vea lo pequeño que es, lo inofensivo e inocente. Y quiere hacerme quedar como un matón, como un patán.
–Cayo Julio César Octaviano -empezó a decir Antonio, odiando con toda su alma pronunciar ese nombre-, estos buenos hombres me han llamado la atención porque… esto… no siempre te he mostrado el debido respeto. Por lo tanto, te pido sinceras disculpas. Lo hice sin querer; es que tengo demasiadas cosas en la cabeza. ¿Me perdonas?
–¡Por supuesto, Marco Antonio! – exclamó Octaviano con una gran sonrisa, y le tendió la mano.
Antonio se la estrechó como si fuera de vidrio, dirigiendo los ojos enrojecidos hacia los rostros de Coponio y sus cincuenta hombres para ver cómo reaccionaban ante esa asquerosa actuación. Bien, pero no es suficiente, decían sus caras. De modo que, conteniendo las náuseas, Antonio apoyó las manos en los hombros de Octaviano, lo estrechó entre sus brazos y le dio un sonoro beso en las dos mejillas. Eso fue definitivo. Se oyeron suspiros de satisfacción y luego toda la multitud aplaudió.
–Esto sólo lo hago para tenerlos contentos -susurró Antonio al oído derecho de Octaviano.
–También yo -susurró Octaviano.
Los dos abandonaron el Capitolio pasando entre los hombres, Antonio iba con el brazo alrededor de los hombros de Octaviano, que quedaban tan por debajo de los suyos que el gusano parecía un niño inocente y adorable.
–¡Qué hermoso! – dijo Coponio, llorando sin pudor.
Los grandes ojos grises se encontraron con los suyos, con el asomo de una sonrisa distinta en sus límpidas profundidades.
Sextilis llegó con una nueva y desagradable sorpresa para Antonio. Bruto y Casio promulgaron en todas las ciudades y comunidades de Italia un edicto pretoriano cuyo contenido difería mucho de los dos que habían promulgado en abril. Expresado en una prosa que hizo la boca agua a Cicerón, anunciaba que, si bien deseaban ausentarse de Roma para gobernar las provincias, no estaban dispuestos a ejercer tareas propias de cuestores como la compra de grano. Hacerles comprar grano, decían, era un grave insulto a dos hombres que ya habían gobernado provincias, y las habían gobernado bien. Con sólo treinta años, Casio no había gobernado únicamente Siria, sino que también había derrotado y expulsado a un gran ejército parto. Bruto había sido elegido personalmente por César para gobernar la Galia Cisalpina con un imperium proconsular, a pesar de que en ese momento todavía no había sido nombrado pretor. Además, proseguía el edicto, había llegado a sus oídos que Marco Antonio los acusaba de impulsar a la sedición a las legiones macedonias que regresaban a Italia. Era una acusación falsa de la que, insistían, Antonio debía retractarse. Ellos siempre habían actuado en aras de la paz y la libertad, en ningún momento habían intentado provocar una guerra civil.
La respuesta de Antonio fue una carta devastadora.
¿Quién os creéis que sois, para exponer vuestros anuncios en todas las ciudades, desde Brutium y Calabria hasta Umbría y Etruria? He promulgado un edicto cónsul que se pondrá allí donde se arranque el vuestro, desde Brutium y Calabria hasta Umbría y Etruria. Dirá al pueblo de Italia que los dos actuáis en función de vuestros propios intereses personales y que vuestro edicto no tiene autoridad pretoriana. Advertirá a quien lo lea que si ve más avisos no oficiales que lleven vuestro nombre, deberán considerar dichos avisos como traiciones potenciales, y que sus autores podrían muy bien ser designados enemigos públicos.
Eso es lo que diré en público. Pero en esta carta iré más lejos. Es verdad que os estáis comportando como traidores, y no tenéis derecho a exigir nada al Senado ni al Pueblo de Roma. En lugar de gimotear y quejaros por vuestras comisiones de grano, deberíais estar a los pies del Senado dando mil gracias abyectas por haberos asignado cualquier tipo de responsabilidad oficial. Al fin y al cabo, asesinasteis al hombre que era el legítimo gobernante del Estado romano. ¿De verdad creísteis que os regalarían sillas curules y coronas de oro con incrustaciones de piedras preciosas por cometer una traición? ¡Creced, adolescentes estúpidos y mimados!
¿Y cómo os atrevéis a acusarme en público de haber dicho que intentasteis agitar a mis legiones macedonias? ¿Por qué demonios iba a hacer correr esos rumores, decidme? Callad y sentad la cabeza, o tendréis aún más problemas de los que ya tenéis.
El cuarto día de sextilis, Antonio recibió una respuesta de Bruto y Casio, dirigida a él en privado. Había esperado que se deshicieran en disculpas, pero no fue así. En cambio, Bruto y Casio sostenían tenazmente que eran pretores legales, que podían promulgar todos los edictos que quisieran y que no se les podía acusar de nada salvo de trabajar sistemáticamente por la paz, la armonía y la libertad. Las amenazas de Antonio, decían, no los asustaban. ¿Acaso su propia conducta no había demostrado que su libertad era más preciosa para ellos que cualquier clase de amistad con Marco Antonio?
Y para acabar, añadían: «Te recordamos que el problema no es lo que duró la vida de César, sino la brevedad de su reinado.»
¿Qué había sido de su suerte?, se preguntó Antonio, sintiendo cada vez más que los acontecimientos conspiraban en contra de él. Octaviano lo había arrinconado en público de tal manera que se dio cuenta de que su control de las legiones no era tan firme como creía; y ahora dos pretores le decían que estaba en sus manos acabar con su carrera de la misma manera que habían acabado con la de César. Al menos así interpretó la desafiante carta, que leyó mordiéndose los labios y echando chispas. Conque la brevedad de un reinado, ¿eh? Bueno, ya se las vería con Décimo en la Galia Cisalpina, pero no podía librar una guerra en dos frentes, uno en el norte con Décimo y el otro en la Italia Samnita con Bruto y Casio, siempre dispuestos a volver a intentarlo en Roma.
Octaviano habría podido decirle por qué se le había acabado la suerte, pero por supuesto a Antonio ni se le ocurrió preguntárselo a su enemigo más acérrimo. La suerte se le había acabado en esa primera ocasión en que había sido grosero con Octaviano. Al dios César no le había gustado.
Había llegado, pues, el momento, decidió Antonio, de hacer suficientes concesiones a Bruto y Casio para quitárselos de encima y concentrarse en Décimo Bruto. De modo que convocó el Senado al día siguiente de recibir la carta y consiguió que el Senado les concediera una provincia a cada uno. Bruto debía gobernar Creta, y Casio Cirenaica. Ninguna de las dos tenía una legión. ¿Querían provincias? Pues ya las tenían. Adiós, Bruto y Casio.
El dinero había vuelto a ser un problema terrible para Cicerón, debido en gran medida al joven Marco, que seguía con su gran viaje y no paraba de escribirle pidiendo más fondos. Ninguno de los Quintos se dignaba hablarle, su breve matrimonio con Publilia no le había reportado tantos ingresos como había pensado por culpa de los miserables de su hermano y su madre, y el agente de Cleopatra en Roma, el egipcio Amonio, se negaba a abonar el pagaré de la reina. ¡Y eso después de que él se hubiera tomado la molestia de hacer copiar todos sus discursos y disertaciones en el mejor papel, incluyendo ilustraciones en los márgenes y una escritura exquisita! Le había costado una fortuna que el pagaré de Cleopatra dijera claramente que ella estaba dispuesta a pagar. La excusa de Amonio para negarse a hacerlo era que la muerte de César había obligado a la reina a marcharse antes de que le entregaran las obras ciceronianas. Pues aquí están, ¡envíaselas!, contestó Cicerón. Amonio se limitó a enarcar las cejas y replicó que estaba seguro de que la reina, que volvía a estar a salvo en Egipto (el rumor del naufragio era falso), tenía mejores cosas que hacer que leer miles de páginas de parloteos en latín. De modo que ahí estaba, con la mejor edición de sus obras completas, ¡y nadie quería comprarla!
Decidió que lo que quería era marcharse de Italia, ir a Grecia, enfrentarse al joven Marco y luego deleitarse con la cultura ateniense. Su querido liberto Tiro trabajaba incansablemente a ese fin, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Terencia, tan amargada como siempre, se dedicaba a apilar los sestercios, pero cuando Cicerón le pidió dinero, ella le contestó que a fin de cuentas él tenía diez villas fabulosas desde Etruria hasta Campania, todas repletas de obras de arte envidiables, así que si andaba mal de dinero, podía vender unas cuantas villas y estatuas, y que no le escribiera para pedirle que le financiara sus ridículas locuras.
En sus encuentros con Bruto dio vueltas y más vueltas sin llegar a ningún lado; Bruto también estaba pensando en ir a Grecia. Pero se negó en redondo a aceptar una comisión para la compra de grano. Después el muy tonto se fue con Porcia a la pequeña isla de Nesis, no muy lejos de la costa de Campania. Casio, por su parte, había decidido aceptar la comisión para la compra del grano en Sicilia y estaba reuniendo una flota; se acercaba la cosecha.
Luego Dolabela, encantado por la prontitud con que Ático había pagado el soborno, aceptó dar permiso a Cicerón para abandonar Italia. ¡Qué vergüenza, que un cónsul de su categoría tuviera que pedir permiso para ir al extranjero! Así lo había ordenado César, y los cónsules no habían revocado la orden. Tragándose la ira, Cicerón vendió una villa en Etruria que nunca había visitado; ahora ya tenía el dinero y también el permiso.
En realidad lo que lo impulsó a irse fue el cambio de nombre del mes de quinctilis al mes de julio. Cuando ya no pudo soportar recibir cartas fechadas en julio, Cicerón contrató un barco y zarpó desde Puteoli, donde se reunía la flota para el transporte del grano de Casio. Pero el viaje no iba a transcurrir sin percances. Cuando el barco de Cicerón llegó a Vibo, delante de la costa de Brittium, no pudo seguir avanzando a causa de los fuertes vientos en contra. Interpretándolo como una señal de que no estaba destinado a abandonar Italia en ese momento, Cicerón desembarcó en el pueblo de pescadores de Leucoptera, un lugar horrible, apestoso. Siempre le pasaba lo mismo; de algún modo, cuando llegaba el momento de irse de Italia, no soportaba marcharse. Su vida estaba demasiado arraigada en suelo italiano.
Cansado y necesitado de verdadera hospitalidad, Cicerón se presentó ante las puertas de las antiguas propiedades de Catón en Lucania, pensando que no encontraría a nadie. Las tierras habían pasado a manos de uno de los tres senadores y antiguos centuriones condecorados de César, que no había querido una propiedad tan alejada de su hogar en Umbría y la había vendido a un desconocido. De modo que el decimosexto día de sextilis la litera de Cicerón atravesó las puertas de la finca; por fin ese terrible verano empezaba a declinar. Una vez dentro, vio las lámparas de los jardines encendidas. ¡Había alguien en casa! ¡Compañía! ¡Una buena comida!
Y allí, en la puerta, estaba Marco Bruto para recibirlo. Con los ojos empañados en lágrimas, Cicerón se abalanzó sobre Bruto y lo abrazó con fervor. Bruto había estado leyendo, pues todavía sostenía un rollo en la mano, y le sorprendió la efusión de Cicerón al saludarlo hasta que éste le explicó su odisea y su dolor. Porcia estaba con Bruto, pero no cenó con ellos, lo que fue un alivio para Cicerón. Una pequeña dosis de Porcia era más que suficiente.
–No debes de saber que el Senado nos concedió provincias a Casio y a mí -dijo Bruto-. Yo tengo Creta y Casio Cirenaica. La noticia llegó justo cuando Casio estaba a punto de zarpar, de modo que decidió no ser comisario del grano y entregó su flota a un prefecto. Ahora está en Neapolis con Servilia y Tertula.
–¿Estás contento? – preguntó Cicerón, cariñoso y satisfecho.
–No mucho, no, pero al menos tenemos una provincia cada uno. – Bruto suspiró-. Últimamente Casio y yo no nos hemos llevado muy bien. Ridiculizó mi interpretación de la recepción de Tereo; no podía hablar de nada salvo del joven Octaviano, que puso realmente a prueba el temple de Antonio en los juegos de la victoria en honor a César. Y, por supuesto, desde que la stella critina apareció por encima del Capitolio, las ingentes hordas de Roma dicen que César es un dios, azuzadas por Octaviano.
–La última vez que vi al joven Octaviano me sorprendió el cambio que se había operado en él -intervino Cicerón, instalándose cómodamente en el triclinio. ¡Qué maravilla disfrutar de una buena comida con uno de los pocos hombres civilizados de Roma!-. Estaba muy vivaz, muy agudo, muy seguro de sí mismo. Filipo no parecía nada contento; me confió que el muy necio se estaba insolentando.
–Casio cree que es peligroso -comentó Bruto-. Intentó exhibir la silla y la corona de oro de César en los juegos, y cuando Antonio no le dejó, ¡se enfrentó al cónsul superior como si fuera un igual! Es un joven muy temerario, sin pelos en la lengua.
–Octaviano no durará porque no puede durar -dijo Cicerón. Se aclaró la garganta y añadió-: ¿Y qué hay de los Libertadores?
–Aunque nos concedieron las provincias, creo que las perspectivas no son buenas -contestó Bruto-. Vatia Isaurico ha vuelto de Asia y está mal, entre la muerte de César y el suicidio de su padre… Octaviano insiste en que hay que castigar a los Libertadores, y Dolabela es el enemigo de todo el mundo, y también su propio enemigo.
–En ese caso, partiré hacia Roma al amanecer -dijo Cicerón.
Fiel a su palabra, Cicerón estaba listo para marcharse al rayar el alba, sin alegrarse demasiado de que Porcia también estuviera allí para despedirse de él. Sabía perfectamente que lo despreciaba, que ella lo consideraba un fanfarrón, un afectado, un hombre de paja. Bueno, él la consideraba un marimacho que, como casi todas las mujeres, no tenía ninguna opinión que no procediera de un hombre; en su caso, su padre.
La villa de Catón no era pretenciosa, pero tenía unos murales magníficos. Cuando estaban en el atrio, la creciente luz iluminó una pared cubierta de una tremenda pintura de Héctor despidiéndose de Andrómaca antes de partir a luchar con Aquiles. El artista había atrapado a Héctor en el momento en que entregaba a su hijo, Astianax, a su madre, pero ella, en lugar de mirar al niño, miraba a Héctor con cara de pena.
–¡Qué maravilla! – exclamó Cicerón, contemplando la pintura con avidez.
–¿Tú crees? – preguntó Bruto, mirándola como si no la hubiera visto antes.
Cicerón recitó:
Espíritu inquieto, ¡no te alteres
pensando en mí! Ningún hombre me envía
al infierno antes de tiempo;
pero tampoco puede ningún hombre escapar de su destino,
ya sea cobarde o héroe.
Vete a casa y ocúpate de tu oficio,
teje e hila. Vigila a tus criados
para que también ellos tejan e hilen. La guerra
es trabajo de hombres, y los troyanos
deben ser fieles a Troya, sobre todo yo.
Brutus se echó a reír.
–Ah, vamos, Cicerón, no pretenderás que le diga eso a la hija de Catón, ¿verdad? Porcia está a la altura de cualquier hombre en lo que se refiere a valor y determinación.
Porcia, a quien se le iluminó el rostro, se volvió hacia Bruto para cogerle la mano y llevársela a la mejilla. Él se sintió avergonzado delante de Cicerón, aunque no hizo el menor gesto para retirar la mano.
Con un brillo de locura en los ojos, Porcia dijo:
–Ya no tengo padre ni madre… De modo que tú, Bruto, eres para mí tanto mi padre como mi madre, así como mi querido esposo.
Bruto retiró la mano y, apartándose de Porcia, hizo en dirección a Cicerón una mueca que era lo más parecido a una sonrisa.
–¿Ves lo erudita que es? No se conforma con parafrasear; es capaz de arrancar los ojos a Homero, que no tenía ojos. Eso tiene mérito.
En medio de una carcajada, Cicerón le lanzó un beso a Andrómaca en la pintura.
–Si puede arrancarle los ojos al ciego Homero, querido Bruto, entonces ella y tú formáis una buena pareja. Adiós, mis dos "epitomadores", y espero que volvamos a vernos en tiempos más propicios.
Ninguno de los dos esperó en la puerta para verlo subir a su litera.
Hacia finales de sextilis, Bruto embarcó en Tarentum para ir a Patrás en Grecia y dejó a Porcia con Servilia.
Cuando Cicerón llegó a Roma, Marco Antonio le mandó un mensaje diciéndole que debía presentarse en el senado para la reunión obligatoria del primer día del mes. Al ver que Cicerón no aparecía, Antonio, furioso, se fue a Tibur a atender un asunto urgente.
Con la tranquilidad de saber que Antonio estaba fuera de la ciudad, Cicerón se dirigió al Senado al día siguiente; la Cámara había prorrogado la reunión para poder tratar todos los asuntos de principios de septiembre. Y en el interior de la Cámara, el vacilante y jactancioso cónsul Marco Tulio Cicerón por fin se armó de valor para embarcarse en lo que sería la obra de su vida: una serie de discursos contra Marco Antonio.
Nadie esperaba ese primer discurso; todo el mundo se quedó de piedra, y muchos se sobresaltaron. Fue el más suave y sutil de toda la serie, pero también el más contundente, en parte porque los cogió a todos desprevenidos.
Al principio estuvo bastante comedido. Las acciones de Antonio después de los idus de marzo habían sido moderadas y conciliadoras, dijo Cicerón; no se había aprovechado de la posesión de los papeles de César, no había perdonado a ningún exiliado, había abolido la dictadura para siempre y reprimido los disturbios entre la gente corriente. Pero a partir de mayo, Antonio empezó a cambiar, y en las calendas de junio demostró ser un hombre muy distinto. Ya no se hacía nada a través del Senado, todo se hacía a través de las tribus del Pueblo, y a veces incluso se hacía caso omiso de la voluntad del Pueblo. Los cónsules electos, Hirtio y Pansa, ya no se atrevían a entrar en el Senado; los Libertadores estaban prácticamente exiliados de Roma y a los soldados veteranos se les animaba activamente a buscar nuevas bonificaciones y más privilegios. Cicerón protestó por los honores conferidos al recuerdo de César y dio las gracias a Lucio Piso por su discurso en las calendas de sextilis, deplorando el hecho de que Piso no hubiera encontrado apoyo a su moción de convertir la Galia Cisalpina en parte de Italia. Aprobó la ratificación de las acciones de César, pero condenó la ratificación de las simples promesas o los comunicados informales. Pasó luego a enumerar las leyes de César que Antonio había transgredido, e hizo hincapié en el hecho de que Antonio tendía a infringir las leyes buenas de César y a defender las malas. En su perorata, exhortó a Antonio y a Dolabela a buscar la auténtica gloria en lugar de intentar dominar a sus conciudadanos a través de un reinado de terror.
Vatia Isaurico habló después de Cicerón y se expresó en términos parecidos, aunque no lo hizo ni la mitad de bien. El viejo maestro había vuelto, y no había nadie a su altura. Significativamente, la Cámara se atrevió a aplaudir.
Así, cuando Antonio volvió a Roma desde Tibur, se encontró con el Senado de un humor distinto y toda clase de rumores en el Foro, donde los asiduos comentaban incansablemente el brillante y valiente discurso, oportuno y muy bien recibido.
Antonio reaccionó con virulencia y exigió la presencia de Cicerón en la Cámara para oír su respuesta el decimonoveno día de septiembre; pero la rabia de Antonio contenía un miedo palpable, poseía cierta bravuconería que nadie le había visto ni oído antes. Pues Antonio sabía que si dos cónsules del prestigio de Cicerón y Vatia Isaurico se atrevían a hablar abiertamente contra él en la Cámara, significaba que su influencia declinaba. Una conclusión que se vio confirmada a mediados de ese mismo mes cuando erigió en el Foro una nueva estatua de César, con la estrella en la frente y con una inscripción negando que César fuera un dios. El tribuno de la plebe Tiberio Canutio criticó la inscripción en un discurso ante la multitud, y de pronto Antonio se dio cuenta de que hasta los ratones sacaban los dientes.
Si alguien tenía la culpa por el cambio de actitud, pensó Antonio, era Octaviano, no Cicerón. Ese chico tan dulce, recatado y guapo estaba tramando contra él en todos los frentes. A partir del día en que los centuriones lo obligaron a disculparse en público ante Octaviano, Antonio se había dado cuenta de que no se las estaba viendo con un invertido; se las estaba viendo con una cobra.
Así pues, cuando la Cámara se reunió el decimonoveno día de septiembre, lanzó una diatriba contra Cicerón, Vatia, Tiberio Canutio y todos los que de pronto se habían atrevido a criticarlo abiertamente. No mencionó a Octaviano -habría hecho el ridículo-, pero sí abordó el tema de los Libertadores. Por primera vez los condenó por haber segado la vida de un gran romano, por haber actuado de manera inconstitucional, por haber cometido un flagrante asesinato. Este cambio de actitud no pasó desapercibido; la balanza empezaba a inclinarse en contra de los Libertadores si hasta Marco Antonio veía la necesidad de hablar mal de ellos.
Y Marco Antonio atribuía la culpa de todo única y exclusivamente a Octaviano. El heredero de César proclamaba en términos inequívocos, para cuantos estuvieran dispuestos a escucharle, que mientras los Libertadores siguieran impunes, el espíritu de César no descansaría en paz. ¿Acaso la stella critina no anunció con la fuerza de un trueno que César era un dios? ¡Un dios romano! ¡De un poder y una trascendencia enormes para Roma, pero que no descansaba en paz! Y Octaviano tampoco se limitaba a pronunciar sus afirmaciones categóricas ante el pueblo llano. También se manifestaba ante las clases altas. ¿Qué pensaban hacer Antonio y Dolabela con los Libertadores? ¿Acaso iban a aprobar una traición evidente, incluso a ensalzarla? En los meses transcurridos desde los idus de marzo, dijo Octaviano a todos, sólo hubo pasividad y permisividad; los Libertadores se paseaban como hombres libres a pesar de haber matado a un dios romano. A un dios que no recibía sacrificios oficiales y que no descansaba en paz.
Hacia finales del primer nundinum de octubre, el creciente complejo de persecución de Antonio lo llevó a expulsar de su escolta a los soldados veteranos. Arrestó a unos cuantos acusándolos de intento de asesinato, e incluso llegó a decir que Octaviano había pagado para que lo mataran. Octaviano, indignado, se subió a la tribuna del Foro ante un público sospechosamente numeroso y negó la acusación con vehemencia. Fue un excelente discurso. Cuantos lo escucharon le creyeron a pies juntillas. Antonio captó el mensaje y tuvo que conformarse con destituir a los hombres a los que había acusado, sin atreverse a ejecutarlos. De haberlos castigado, él mismo se habría hecho un daño irreparable a los ojos de soldados y civiles por igual. Al día siguiente del discurso de Octaviano, nuevas comisiones de las legiones y los veteranos acudieron a verlo para informarle de que no consentirían que Antonio tocara un solo pelo de la hermosa cabeza dorada de Octaviano. De algún modo -Antonio no entendía cómo- el heredero de César se había convertido en un talismán de la buena suerte para el ejército; formaba ya parte del culto legionario junto con las Águilas.
–¡No me lo puedo creer! – gritó Antonio a Fulvia, dando vueltas como una bestia enjaulada-. ¡Si es un niño! ¿Cómo lo hace? ¡Porque te aseguro que no tiene a ningún Ulises susurrándole consejos al oído sobre cómo tiene que hacerlo!
–¿Y Filipo? – sugirió ella.
Antonio resopló despectivamente.
–¡Imposible! Le preocupa demasiado salvar su propio pellejo, como lo ha hecho toda su familia desde hace muchas generaciones. ¡No hay nadie, Fulvia, nadie! ¡Esa astucia, esa malicia…! ¡Sale todo de él! ¡Ni siquiera entiendo cómo César pudo adivinar su verdadera naturaleza!
–Te estás cavando tu propia fosa, querido -dijo Fulvia, muy convencida-. Si te quedas en Roma, acabarás matando a todos, desde Cicerón hasta Octaviano, y eso sería tu perdición. Lo mejor que puedes hacer es irte a luchar contra Décimo Bruto en la Galia Cisaipina. Con una victoria o dos contra el principal instigador de los Libertadores recuperarás tu posición. Es imprescindible que te hagas con el control del ejército, así que concéntrate en eso. Asume que no tienes madera de político. El político es Octaviano. Haz que saque los colmillos ausentándote de Roma y el Senado.
Seis días antes de los idus de octubre, Marco Antonio y Fulvia, con el vientre muy abultado, partieron juntos de Roma para ir a Brindisi, donde debían desembarcar cuatro de las seis legiones macedonias de veteranos.
Antonio tenía como mínimo un casus belli parcial, ya que Décimo Bruto, desoyendo las directrices del Senado y de la Asamblea de la Plebe, insistía en que él era el legítimo gobernador de la Galia Cisalpina, y seguía reclutando soldados. Antes de abandonar Roma, Antonio mandó una enérgica orden a Décimo Bruto para que dejara su provincia, porque él iría a sustituirlo como nuevo gobernador. Si Décimo se negaba a obedecer, Antonio tendría un casus belli completo. Y Antonio estaba seguro de que Décimo no obedecería. Si no lo hacía, su carrera pública habría acabado y debería afrontar inevitablemente la perspectiva de un juicio por traición.
Para que no le ganaran la partida, al día siguiente de marcharse Antonio y Fulvia, Octaviano dejó Roma con destino a los campamentos legionarios de Campania. Varias legiones embarcadas en Macedonia acampaban allí, junto con miles de veteranos y hombres jóvenes que se habían alistado cuando Ventidio empezó a reclutar.
Octaviano se llevó a Mecenas, Salvidieno y Marco Agripa, que acababa de regresar con dos carromatos cargados de tablas. También los acompañaba el banquero Cayo Rabidio Póstumo, junto con el ciudadano más eminente de las Velitras Latinas, un tal Marco Mindio Marcelo, un acaudalado pariente de Octaviano.
Empezaron la leva en Casilinum y Calatia, dos pueblos pequeños del norte de Campania situados en la Via Latina. Los hombres de la zona que se habían alistado, fueran veteranos o jóvenes, recibieron dos mil sestercios en el acto, y se les prometieron otros veinte mil si juraban adherirse al heredero de César. En el espacio de cuatro días, Octaviano contaba con cinco mil soldados dispuestos a marchar a cualquier parte con él. Era maravilloso disponer de fondos para la guerra.
–No creo que sea necesario reclutar a todo un ejército -dijo Octaviano a Agripa- No tengo la experiencia ni el talento para enfrentarme a Marco Antonio en una guerra. Lo que hago es dar la impresión al resto de las legiones de que necesito una sola legión para protegerme de Antonio. Y eso harán Mecenas y sus agentes: correr la voz de que el heredero de César no quiere entrar en combate, sino simplemente sobrevivir.
En Brindisi a Antonio le iban peor las cosas. Cuando ofreció a los hombres de las cuatro legiones veteranas recién desembarcadas cuatrocientos sestercios por cabeza a modo de bonificación, se rieron de él y dijeron que podían obtener más del joven César. Para Antonio, aquello fue una extraordinaria conmoción; no tenía la menor idea de que aquellas dos cohortes bajo el mando del centurión Marco Coponio aún acampadas en las afueras de Brindisi confraternizaban con los recién llegados… y les hablaban del dinero del heredero de César.
–¡Ese miserable! – dijo Antonio a Fulvia, indignado-. En cuanto me vuelvo de espaldas, se dedica a comprar a mis soldados. Pagándoles con dinero contante y sonante, ¿no es increíble? ¿De dónde lo ha sacado? Yo te lo diré: robó los fondos para la guerra de César.
–No necesariamente -contestó Fulvia con sensatez-. Tu mensajero dice que Rabidio Póstumo va con él, lo cual significa que tiene acceso al dinero de César, aunque el testamento no haya sido autentificado.
–Bueno, yo sé cómo atajar un motín -gruñó Antonio-, y no me andaré con tantas delicadezas como César.
–Marco, no te precipites.
Antonio no le hizo caso. Hizo formar a la Legio Martia, degradó a la décima parte de los hombres, y ejecutó a la quinta parte de éstos por insubordinación. No los diezmó, pero murieron veinticinco legionarios, tan al azar que todos eran inocentes por completo. La Legio Martia y las otras tres legiones de veteranos quedaron acalladas, pero Marco Antonio pasó a ser un hombre odiado.
Cuando llegó de Macedonia otra legión de veteranos, Antonio mandó a la Legio Martia y otras dos hacia la Galia Cisalpina por la costa adriática de la península. A las dos restantes, una de las cuales era la Legio Alauda, la antigua quinta legión de César, las envió por la Via Apia en dirección a Campania, esperando sorprender a Octaviano en flagrante delito de sobornar a los soldados del cónsul.
Pero en las dos legiones corrían historias sobre el joven César y su audacia, y también su extraordinaria generosidad. Y conocían mejor que Marco Antonio las actividades del joven César, ya que sabían que no estaba sobornando a las legiones del cónsul, sino que se había conformado con una sola legión de soldados novatos a fin de protegerse. Desde la acción de Antonio con la Legio Martia, estas dos legiones simpatizaban con el joven César. Así que volvieron a surgir problemas poco después de iniciarse la marcha por la Via Apia. Una vez más Antonio resolvió la situación ejecutando víctimas indefensas a ciegas, no a los cabecillas. No obstante, las sombrías miradas que le dirigían mientras cabalgaba al frente de sus tropas lo llevaron a decidir que no era sensato entrar en Campania. En lugar de eso, se dio media vuelta y avanzó por la costa adriática.
Ha sido una pesadilla, pensó Cicerón. Habían ocurrido tantas cosas entre octubre y noviembre que la cabeza le daba vueltas. Octaviano era increíble. A su edad y sin ninguna experiencia soñaba con presentar batalla a Marco Antonio. En Roma corrían rumores de la inminente guerra, de que Antonio marchaba sobre Roma con dos legiones, mientras Octaviano y sus tropas desorganizadas, una sola legión, deambulaban por el norte de Campania sin un objetivo claro. ¿Realmente se proponía Octaviano enfrentarse a Antonio en Campania, o tenía intención de marchar hacia Roma? En sus adentros, Cicerón albergaba la esperanza de que marchara hacia Roma; era lo más inteligente. ¿Cómo estaba tan bien informado Cicerón? Porque Octaviano le escribía continuamente.
–Oh, Bruto, ¿dónde estás? – se lamentó Cicerón-. Estás perdiendo una oportunidad de oro.
También llegó a Roma noticia de inquietantes acontecimientos en Siria, por mediación de un esclavo del rebelde Cecilio Baso, todavía inmovilizado en Apameia. El esclavo había viajado con el director de las empresas de Bruto, Escaptio, y se lo dijo a Servilia, que fue a ver a Dolabela. En Siria había ahora seis legiones, dijo Servilia al cónsul de Roma, todas concentradas en torno a Apameia. En primer lugar, explicó a Dolabela, eran tropas desafectas, como lo eran las cuatro legiones acuarteladas en la Alejandría egipcia. Y un segundo hecho, más asombroso: todas aquellas legiones esperaban que Casio fuera el nuevo gobernador. Si podía darse crédito al esclavo de Baso, continuó Servilia, las diez legiones deseaban a toda costa que Casio gobernara Siria.
El pánico se adueñó de Dolabela. En el transcurso de un día, había empacado y partido hacia Siria, dejando Roma a cargo del pretor urbano, Cayo Antonio, y sin molestarse siquiera en escribir una nota a Antonio o comunicar al Senado su partida. Dolabela sospechaba que Casio había estado haciendo proposiciones en secreto a las legiones sirias y alejandrinas, así que era de vital importancia llegar a su provincia antes que Casio. Servilia insistió en que estaba equivocado, que Casio no había expresado el menor deseo de usurpar ilegalmente el gobierno de Siria, pero Dolabela se negó a escucharla. Mandó zarpar hacia Alejandría a su legado Aulo Alieno con la orden de llevarle esas cuatro legiones a Siria, y él se embarcó en Ancona en dirección a la Macedonia occidental. No era buena época para navegar, por lo tanto desde allí viajó por tierra.
Cicerón sabía tan bien como Servilia que Casio no se dirigía a Siria, pero cuando llegó noviembre, estaba mucho más preocupado por la situación en Campana. Las cartas de Octaviano daban a entender que efectivamente se proponía marchar sobre Roma, ya que una y otra vez suplicaba a Cicerón que permaneciera en la ciudad. Necesitaba a Cicerón en el Senado; quería actuar constitucionalmente a través del Senado para librarse de Antonio, y le pedía que en cuanto él llegara ante las Murallas Servias, el Senado se reuniera para poder exponer ante él su caso contra Antonio.
–Su corta edad me inspira desconfianza, y francamente no sé cuál es su estado de ánimo -dijo Cicerón a Servilia, tan preocupado que no había encontrado una confidente mejor que aquella mujer-. Bruto no podría haber elegido momento más inoportuno para marcharse a Grecia. Debería estar aquí para defenderse él mismo y al resto de los Libertadores. De hecho, si estuviera aquí, es posible que él y yo juntos pudiéramos predisponer al Senado y al pueblo contra Antonio y Octaviano, y restaurar la República.
Servilia lo observó con cierto cinismo. No estaba de buen humor porque la inmunda Porcia había vuelto a casa, más loca que nunca.
–Mi querido amigo -dijo con hastío-, Bruto no está a favor de Roma ni de sí mismo. Está a favor de Catón, pese a que Catón lleva muerto más de dos años. Acepta el hecho de que Antonio se ha pasado de la raya, y Roma está harta de él. No posee la inteligencia ni el carisma de César; es un toro que embiste a ciegas. En cuanto a Octaviano, no es nadie. Astuto como una rata, lo admito, pero no le llega a César ni a la suela de la sandalia. Me recuerda al joven Pompeyo Magno, con la cabeza llena de sueños.
–El joven Pompeyo Magno engañó a Sila para que lo admitiera en el mando conjunto y se convirtió finalmente en el indiscutible primer hombre de Roma -dijo Cicerón con aspereza-. César, si nos detenemos a pensar, tardó más en madurar. No hizo nada digno de mención hasta que fue a la Galia Trasalpina.
–César era fiel a la Constitución -replicó Servilia, irritada-. Todo in suo anno, todo según la ley. Cuando actuó fuera del marco de la Constitución, fue sólo porque, de lo contrario, habría sido su final, y su patriotismo no llegaba a ese límite.
–Bueno, bueno, no discutamos por un muerto, Servilia. Su heredero está muy vivo, y para mí es un misterio. Sospecho que para mí y para todo el mundo, incluso para Filipo.
–Ese misterioso muchacho está muy ocupado en Campania organizando a sus soldados en cohortes, según me han dicho -comentó Servilia.
–Con la ayuda de otros muchachos. A ver, dime, ¿quién ha oído hablar de Cayo Mecenas o Marco Agripa? – Cicerón se rió-. En muchos sentidos, los tres me parecen unos absolutos palurdos. Octaviano cree que el Senado se reunirá cuando él lo ordene si marcha sobre Roma, pese a que le digo una y otra vez en mis cartas que el Senado no puede reunirse si ninguno de los dos cónsules está en Roma.
–Confieso que me muero de ganas por conocer al heredero de César.
–Cambiando de tema, te habrás enterado sin duda, como madre de la esposa del nuevo pontífice máximo, que la pobre Calpurnia ha comprado una casita en la periferia del Quirinal y vive allí nada menos que con la viuda de Catón.
–Naturalmente -dijo Servilia, cuyo cabello era ahora una fascinante mezcla de mechones negros y blancos; se lo atusó con una de sus preciosas manos-. César la dejó bien provista, y Piso no puede convencerla para que vuelva a casarse, así que él se ha desentendido de ella, él o más bien su esposa. En cuanto a Marcia, es otra fiel viuda, como Cornelia, la madre de los Gracos.
–Y tú has heredado a Porcia.
–No por mucho tiempo -contestó Servilia enigmáticamente.
Cuando Octaviano descubrió que Antonio había cambiado de idea, y no se dirigiría a Roma a través de Campana sino que seguiría a sus primeras tres legiones por la costa hacia la Galia Cisalpina gobernada por Décimo Bruto, decidió marchar sobre Roma. Aunque todos, desde su padrastro, Filipo, hasta su consejero epistolar, Cicerón, lo consideraban un joven irresponsable sin la menor comprensión de la realidad, Octaviano sabía bien lo peligrosa que era esa determinación. No se hizo ilusiones al asumirla, ni estaba seguro de cuál sería el resultado. Pero tras largas horas de reflexión se había convencido de que un error fatal era quedarse sin hacer nada. Si permanecía en Campania mientras Marco Antonio avanzaba hacia el norte por el otro lado de los Apeninos, tanto las legiones como Roma llegarían a la conclusión de que el heredero de César era más un charlatán que un hombre de acción.
Siempre tomaba como modelo a César, y César no le temía a nada. El último de sus deseos era entrar en combate, porque sabía que carecía de los efectivos y la destreza para derrotar a un avezado militar como Marco Antonio. Sin embargo, si se dirigía a Roma, demostraba con ello a Antonio que seguía activo en el juego, que era una fuerza que debía tomarse en consideración.
Sin ejército alguno que le opusiera resistencia, marchó por la Via Latina, tomó por el diverticulum que rodeaba las Murallas Servias hacia el Campo de Marte, acampó allí, dejó a sus cinco mil hombres y luego, al frente de dos cohortes, entró en Roma y ocupó pacíficamente el Foro.
Allí lo recibió el tribuno de la plebe Tiberio Canutio, que dio la bienvenida a este nuevo patricio en nombre de la Asamblea de la Plebe y lo invitó a subir a la tribuna y hablar a los escasos circunstantes. – ¿No se ha reunido el Senado? – preguntó Octaviano a Canutio.
Canutio lo miró con expresión de desdén.
–Han huido, César, hasta el último de ellos, incluidos todos los cónsules y los magistrados superiores.
–Así pues, no puedo solicitar la destitución legal de Antonio.
–Le tienen demasiado miedo para actuar contra él.
Tras indicar a Mecenas que enviara a sus agentes e intentara congregar a una multitud aceptable, Octaviano fue a su casa y se puso la toga y las sandalias de suela alta. Luego regresó al Foro, donde encontró a un millar de asiduos asistentes al Foro. Subió a la tribuna y pronunció un discurso que sorprendió gratamente al público: lírico, preciso, bien estructurado, acompañado de toda clase de gestos y recursos retóricos. Fue un placer escucharlo. Comenzó con un elogio á César, cuyas hazañas encomió por lo que eran: realizadas para mayor gloria de Roma, siempre para la mayor gloria de Roma.
–Pues ¿qué es el hombre más grande de Roma sino la gloria de la propia Roma? Hasta el día de su asesinato fue el más fiel servidor de Roma, le trajo riquezas, amplió el imperio, fue la viva personificación de Roma.
Cuando se acallaron los histéricos vítores, pasó a hablar de los Libertadores y exigió justicia para César, atacado por un grupo de hombres mezquinos que, obsesionados por conservar las prebendas de sus cargos y los privilegios de su clase, no actuaban en pro de la mayor gloria de Roma. Revelándose tan buen actor como Cicerón, los enumeró uno por uno, empezando por Bruto e imitando su cobarde conducta en Farsalia; habló de la ingratitud de Décimo Bruto y Cayo Trebonio, quienes se lo debían todo a César; remedó a Minucio Basilo torturando a un esclavo; contó que él mismo había visto la cabeza seccionada de Cneo Pompeyo después de que Cesenio Lento cometiera su fechoría. Ninguno de los veintitrés asesinos escapó a su implacable burla, su afilado ingenio.
Después preguntó a la multitud por qué Marco Antonio, que era primo de César, había sido tan compasivo, tan tolerante, con los Libertadores. ¿Acaso no había visto él, César Filius, a Marco Antonio en compañía de Cayo Trebonio y Décimo Bruto en Narbo, donde se urdió la conspiración? ¿No era cierto que Marco Antonio se había reunido una vez más con Cayo Trebonio fuera de la Curia Pompeya mientras los demás entraban y apuñalaban a César? ¿No había asesinado Antonio a centenares de ciudadanos romanos desarmados en el Foro? ¿No lo había acusado Antonio a él, César Filius, de atentar contra su vida sin ninguna prueba? ¿No había arrojado Antonio desde la Roca Tarpeya a muchos ciudadanos romanos? ¿No había abusado Antonio de su autoridad vendiendo desde la ciudadanía romana hasta exenciones tributarias?
–Pero ya os he aburrido más de la cuenta -concluyó-. Sólo me queda decir que soy César, que me propongo obtener la posición pública y los cargos legales que consiguió mi amado padre. Mi amado padre, que ahora es un dios. Si no me creéis, contemplad el lugar donde fue incinerado César y veréis que Publio Dolabela admitió la divinidad de César volviendo a erigir allí su altar y su columna. La estrella de César en el firmamento lo dijo todo. César es Divus Julius, y yo soy su hijo, soy Divi Filius y estaré a la altura de todo lo que representa el nombre de César.
Respirando hondo se volvió en medio de la ovación y se encaminó hacia el altar y la columna de César, donde se cubrió la cabeza con un pliegue de la toga y oró a su padre.
Fue una interpretación memorable, que las tropas que lo habían acompañado al interior de la ciudad nunca olvidarían y que contaron a todos los soldados con quienes hablaron posteriormente.
Era el décimo día de noviembre. Dos días después llegó la noticia de que Marco Antonio se acercaba rápidamente a Roma por la Via Valeria con la Legio Alauda, que acampó en Tibur, no lejos de la ciudad. Al enterarse de que Antonio sólo tenía una legión, los hombres de Octaviano empezaron a albergar esperanzas de entrar en combate.
No fue así. Octaviano fue al Campo de Marte, explicó que se negaba a luchar contra compatriotas romanos, levantó el campamento y se encaminó con sus tropas hacia el norte por la Via Casia. En Arretium, lugar de origen de Cayo Mecenas, que pertenecía a su familia, fue a esconderse entre amigos y esperar a ver cómo actuaba Marco Antonio.
La primera maniobra de Antonio fue convocar al Senado con la intención de que se declarara hostis a Octaviano (un enemigo público que quedaba despojado de la ciudadanía, no tenía derecho a un juicio y podía ser condenado a muerte de manera sumaria). Pero el Senado no se reunió. Antonio recibió una catastrófica noticia que lo obligó a abandonar la ciudad de inmediato. La Legio Martia se había sumado al bando de Octaviano, se había desviado de la carretera adriática y se dirigía a Roma por la Via Valeria, pensando que Octaviano estaba aún en la capital.
Habiendo actuado con tal precipitación que ni siquiera llevó consigo soldados, Antonio no estaba en situación de castigar a la Legio Martia como había hecho en Brindisi cuando la encontró en Alba Fuquentia. Buen orador, se vio obligado a intentar hacer entrar en razón a los legionarios, disuadirlos de su actitud. Fue en vano. Los hombres lo calificaron de cruel y mezquino y declararon categóricamente que sólo lucharían al servicio de Octaviano. Cuando Antonio les ofreció dos mil sestercios por cabeza, se negaron a aceptar el dinero. Así que Antonio se conformó con decirles que no valían ni la pizca de sal que llevaba encima un legionario y regresó a Roma desacreditado, mientras la Legio Martia iba a reunirse con Octaviano en Arretium. Lo único que Antonio averiguó de la Legio Martia fue que ninguno de los soldados de su bando o del bando de Octaviano lucharían entre sí si él intentaba librar batalla. La pequeña serpiente que ahora se hacía llamar sin pudor Divi Filius podía quedarse a salvo en Arretium. De regreso en Roma, Antonio violó una vez más la Constitución: convocó al Senado a una sesión nocturna en el templo de Júpiter óptimo Máximo. El Senado tenía prohibido celebrar asambleas tras ponerse el sol, pero la sesión tuvo lugar de todos modos. Antonio prohibió asistir a los tribunos de la plebe, Tiberio Canutio, Lucio Casio y Décimo Carfuleno, y de nuevo propuso que se declarara hostis a Octaviano. Antes de que pudiera solicitar una votación, llegó otra noticia catastrófica. La Cuarta legión también se había unido al bando de Octaviano, y con ella el cuestor de Antonio, Lucio Egnatuleyo. Por segunda vez Antonio fue incapaz de proscribir al heredero de César, y para colmo Tiberio Canutio le hizo llegar el mensaje de que en caso de presentar una petición de privación de derechos contra Octaviano, él tendría el placer de vetarla cuando se pasara a la Asamblea de la Plebe para su ratificación.
Así pues, mientras la Cuarta legión iba a reunirse con Octaviano en Arretio, la sesión del Senado convocada por Antonio acabó tratando de asuntos insignificantes. Antonio elogió encarecidamente a Lepido por llegar a un acuerdo con Sexto Pompeyo en la Hispania Citerior y arrebatar luego la provincia de Creta a Bruto y la provincia de Cirenaica a Casio. Su antigua provincia de Macedonia (ahora sin la mayor parte de sus quince legiones) la cedió a su hermano pretor, Cayo Antonio.
Y lo peor era que Antonio no tenía a Fulvia para aconsejarle. Había roto aguas mientras él hablaba en la Cámara, y por primera vez en una larga sucesión de partos, sufrió mucho. El segundo hijo que tuvo con Antonio nació por fin, dejando a Fulvia gravemente enferma. Decidió llamar al niño lulo, que era un insulto directo a Octaviano, ya que ponía de relieve la sangre juliana de los Antonios. Julo era hijo de Eneas, el fundador de Alba Longa, el pueblo romano, y de los Julianos.
Todos los interesados compinches de Antonio habían ido a esconderse, abandonándolo a los consejos de sus hermanos, que no eran gran ayuda ni consuelo. Los acontecimientos habían tomado un curso tan complejo e inquietante que Antonio era incapaz de controlarlos, sobre todo en esos momentos en que el miserable Dolabela había abandonado su puesto para marcharse a Siria. Al final, Antonio decidió que la única actuación posible era marchar hacia la Galia Cisalpina para expulsar a Décimo Bruto, que había contestado con una contundente negativa a su orden de dejar la provincia. Ésa había sido desde el principio la sugerencia de Fulvia, y normalmente tenía razón.
Octaviano tendría que esperar hasta que él derrotara a Décimo; Antonio había pensado que en cuanto aplastara a Décimo, heredaría sus legiones, que no sentirían la menor lealtad hacia el heredero de César. Entonces actuaría.
No había tenido la sensatez y la paciencia de comportarse como debía cuando Octaviano entró en escena, pues no le había dado la bienvenida ni aprendió a conocerlo. En lugar de eso había rechazado al muchacho, que cumplió diecinueve años el vigesimotercer día de septiembre. Ahora se encontraba con un adversario cuya valía no se había demostrado ni era fácil de prever. Lo mejor que podía hacer antes de partir hacia la Galia Cisalpina era promulgar una serie de edictos denunciando al ejército de Octaviano como ejército privado, y por tanto traicionero, y calificándolo de espartaquista más que de catilinario, presentando así a los hombres totalmente romanos de Octaviano como una chusma de esclavos. Los edictos también contenían jugosas pullas sobre la homosexualidad de Octaviano, la gula de su padrastro, la falta de castidad de su madre, la fama de ramera de su hermana y la pueril inutilidad de su verdadero padre. Roma leyó esos edictos y rió con incredulidad, pero Antonio ya no estaba presente para ver cómo eran acogidos. Iba camino del norte.
En cuanto Antonio se hubo ausentado Cicerón inició su segundo ataque contra él. No podía llamarse discurso, porque no llegó a pronunciarlo; en lugar de eso lo publicó. Pero contestaba a todas las acusaciones contra Octaviano, y proporcionaba a sus ávidos lectores una larga retahíla de torpezas del cónsul superior: sus amigos íntimos eran famosos gladiadores como Mustela y Tiro, libertos como Formio y Cnato, actrices de mala vida como Citeris, actores como Hirpias, mimos como Sergio, y jugadores como Licinio Dentículo. Insinuaba asimismo que Antonio había tomado parte en la conspiración para asesinar a César, y de ahí su posterior reticencia a procesar a los culpables. Acusaba a Antonio de robar los fondos para la guerra de César así como setecientos millones del templo de Ops, y afirmaba que lo había destinado todo a pagar sus deudas. Después de eso enumeraba con todo detalle los testamentos de hombres que se lo habían dejado todo a Antonio, y respondía al infundio de la homosexualidad de Octaviano describiendo pormenorizadamente la larga relación de Antonio con Cayo Curio, más tarde uno de los maridos de su ex esposa. Señalaba después sus actos de libertinaje y sus excesos, desde la multitud de queridas hasta el carro tirado por leones, pasando por sus vomitonas en la tribuna del Foro y en otros lugares públicos. Roma disfrutó leyendo el panfleto. Con Antonio ausente -estaba atacando la ciudad de Mutina, donde Décimo Bruto se había hecho fuerte- y Octaviano aún en Arretium, Roma estaba por fin en manos de Cicerón, que seguía lanzando sus diatribas contra Antonio con creciente audacia y vehemencia. En ellas empezó a traslucirse cierta admiración por Octaviano: si Octaviano no hubiera marchado sobre Roma, Antonio habría asesinado a todos los cónsules que quedaban y asumido el poder absoluto, así que Roma estaba en deuda con Octaviano. Como ocurría con la retórica de Cicerón, por escrito o de viva voz, la información era imprecisa en la medida de su conveniencia, y la verdad elástica.
La influencia de los seguidores de Catón y los Libertadores casi había desaparecido por completo del Senado, que ahora se dividía en dos nuevas facciones: los partidarios de Antonio y los de Octaviano. Y esto pese a que uno era cónsul superior y el otro ni siquiera había llegado al Senado. Mantener la neutralidad era cada vez más difícil, como estaban comprobando Lucio Piso y Filipo. Naturalmente, gran parte de la atención de Roma se centraba en la Galia Cisalpina, a la que se le echaba encima un crudo invierno; por tanto la acción militar sería lenta y poco decisiva hasta la primavera.
A finales de diciembre, acampadas sus tres legiones cómodamente en los aledaños de Arretium, Octaviano regresó a Roma, donde su familia lo recibió con intranquila alegría. Filipo, que se negaba rotundamente a comprometerse en público con Octaviano, no era tan reacio en privado, y pasaba horas y horas con su hijastro descarriado aconsejándole cautela, diciéndole que no debía embarcarse en una guerra civil contra Antonio, que no debía insistir en que lo llamaran César o, peor aún, Divi Filius. El marido de Octavia, Marcelo el joven, había llegado a la conclusión de que Octaviano poseía una gran fuerza política y no tenía que esperar a la madurez para reclamar un alto cargo, y empezó a cultivar su relación con él. Los dos sobrinos de César, Quinto Pedio y Lucio Pinario, expresaron su firme apoyo a Octaviano. Había otros tres hombres en la periferia de la familia, ya que el padre de Octaviano había estado casado antes de su matrimonio con Atia, y había tenido una hija, llamada también Octavia. Esta Octavia había contraído nupcias con Sexto Apuleyo, y tenía dos hijos adolescentes, Sexto y Marco. También los Apuleyos comenzaron a rondar al muchacho de diecinueve años que había asumido el liderazgo de la familia.
Lucio Cornelio Balbo padre y Cayo Rabirio Póstumo habían sido los primeros banqueros de César que respaldaron la causa de Octaviano, pero a finales de año los demás estaban también de su lado: Balbo hijo, Cayo Opio (que estaba convencido de que Octaviano había robado los fondos para la guerra) y el plutócrata Cayo Mario, el más viejo amigo de César. También contaba Octaviano con las simpatías de Marco Mindio Marcelo, pariente de su verdadero padre. Incluso Tito Ático, individuo sumamente cauto, tomaba muy en serio a Octaviano y recomendó a sus colegas que trataran bien al heredero de César.
–Lo primero que tengo que hacer es salir elegido para el Senado -dijo Octaviano a Agripa, Mecenas y Salvidieno-. Hasta entonces debo actuar como un privatus.
–¿Es posible? – preguntó Agripa. Estaba disfrutando de aquello enormemente, ya que sobre él y Salvidieno recaían las responsabilidades militares, y empezaba a descubrir en sí una aptitud comparable a la de Salvidieno, de mayor edad. Los soldados de la Cuarta y de la Legio Martia sentían ya gran aprecio por él.
–Sí, muy posible -contestó Mecenas-. Recurriremos a Tiberio Canutio, pese a que ya ha concluido su periodo como tribuno de la plebe. Compraremos también a un par de los nuevos senadores. Por otra parte, César, tienes que entrar en contacto con los nuevos cónsules en cuanto ocupen sus cargos el día de Año Nuevo. Hirtio y Pansa están del lado de César, no de Antonio. En cuanto Antonio cese en el consulado, reunirán más valor. El Senado ha reforzado el nombramiento de Hirtio y Pansa y ha despojado a Cayo Antonio de Macedonia. La situación es prometedora para ti, César.
–En tal caso sólo tenemos que esperar y ver qué nos trae el nuevo año. Tengo la suerte de César, así que no voy a hundirme. La única dirección posible es hacia arriba.
Bruto había llevado consigo a sus tres filósofos, Estratón de Épiro, Estatilo y el académico latino Publio Volumnio, que escribía poco y bebía mucho. Los cuatro entraron en la vida intelectual de Atenas con entusiasmo y satisfacción, se dedicaron a ir de charla en charla, y se sentaron a los pies de los ídolos filosóficos contemporáneos, Teomnesto y Crático.
Aquello sorprendió mucho en Atenas. Allí estaba el tiranicida comportándose como cualquier otro romano con inquietudes intelectuales, yendo de los teatros a las bibliotecas y conferencias. Atenas había supuesto que Bruto se encontraba allí para organizar el alzamiento de Oriente y expulsar a los romanos. Y sin embargo no hacía nada.
Un mes más tarde también llegó a Atenas Casio, y se mudaron los dos a una cómoda casa; de la enorme fortuna de Bruto apenas quedaba nada en Roma o Italia. Se la había llevado a Oriente con él, y Escaptio era tan buen administrador como Matinio. De hecho, Escaptio intentaba ser mejor que Matinio. Así pues, no les faltaba dinero, y los tres filósofos vivían de maravilla. Para Estatilo, acostumbrado a Catón, fue un cambio bien acogido.
–Lo primero que tienes que hacer es venir a ver nuestras estatuas en el ágora -propuso Bruto con impaciencia, casi obligando a Casio a salir por la puerta-. Estoy impresionado. Son un magnífico trabajo. Parezco un dios. No, no padezco de la dolencia de César, pero te aseguro que una buena estatua griega de uno mismo es muy superior a todo lo que producen los talleres de Velabrum.
Cuando Casio posó los ojos en ellas, le dio tal ataque de risa que tuvo que apartarse hasta un sitio donde no las viera para recuperar la ecuanimidad. Las estatuas los representaban a ambos de cuerpo entero, y totalmente desnudos. Bruto, que era flaco, de hombros redondeados y poco atlético, parecía un púgil de Praxíteles, lleno de músculos y adecuadamente dotado de un pene imponente y un largo escroto. No era extraño que su efigie le pareciera maravillosa. En cuanto a él…, en fin, quizás él estuviera tan bien dotado como su estatua, y tuviera un cuerpo igual de espléndido, pero le resultaba muy gracioso verse así -mismo allí, para que toda la homofílica Atenas babeara. Bruto, ofendido, guardó silencio y volvieron a casa sin cruzar una sola palabra.
Después de un día en compañía de Bruto, Casio vio que su cuñado era feliz llevando la vida de un romano rico en la capital cultural del mundo, en tanto que él ardía en deseos de hacer algo, de ocuparse de algún asunto importante. La misiva en la que Servilia le decía que Siria lo esperaba a él como gobernador le había dado la idea: iría a gobernar Siria.
–Si conservas tu innata sensatez -dijo Casio a Bruto-, irás a Macedonia y gobernarás allí antes de que Antonio se lleve todas las legiones. Aprópiate de las legiones mientras están aún allí, y serás imbatible. Escribe a Quinto Hortensio a Tesalónica y pregúntale qué está ocurriendo.
Pero antes de que Bruto tuviera ocasión de escribir, le llegó una carta de Hortensio en la que le comunicaba que por lo que a él se refería, Marco Bruto sería bien recibido si iba a gobernar Macedonia. Antonio y Dolabela no eran auténticos cónsules; unos tipos voraces. Instigado por Casio, Bruto contestó a Hortensio diciéndole que sí, que iría a Tesalónica acompañado por un par de jóvenes que actuarían como legados suyos: el hijo de Cicerón, Marco, y el hijo menor de Bibulo, Lucio. Y por otros más.
Al cabo de un nundinum Casio había zarpado ya para navegar de isla en isla por el Egeo hasta la provincia de Asia, dejando a Bruto en la duda entre lo que consideraba su deber -ir a Macedonia- y su verdadera inclinación: quedarse en Atenas. Así que no se apresuró a partir hacia el norte, como debería haber hecho, sobre todo después de enterarse de que Dolabela atravesaba apresuradamente la provincia camino de Siria.
Y por supuesto tenía que escribir cartas desde Atenas antes de irse; el hecho de que Servilia y Porcia estuvieran juntas le preocupaba. Por consiguiente, escribió a Servilia y le advirtió de que en adelante sería difícil ponerse en contacto con él, pero que siempre que le fuera posible mandaría a Escaptio a visitarla. Escribir a Porcia fue más difícil. Lo único que pudo hacer fue rogarle que intentara llevarse bien con su suegra, y decirle que la amaba y la echaba de menos. Su pilar de fuego.
Así pues, Bruto no llegó a Tesalónica, la capital de Macedonia, hasta finales de noviembre. Hortensio lo recibió con entusiasmo y le prometió el apoyo de la provincia. Pero Bruto vaciló. ¿Era correcto ocupar el lugar de Hortensio antes de Año Nuevo? Hortensio debía abandonar el cargo en esa fecha, pero si actuaba prematuramente, el Senado podría decidir mandar un ejército para enfrentarse con el falso gobernador. Se habían marchado ya cuatro de las legiones de veteranos de Antonio, pero las otras dos, explicó Hortensio, permanecerían probablemente en Dirraquio durante un tiempo. Aun así, Bruto tardó en decidirse, y se marchó una quinta legión de veteranos.
La única noticia fascinante llegada de Roma era la marcha de Octaviano sobre la ciudad, que sorprendió mucho a Bruto. ¿Quién era aquel joven? ¿Cómo se le ocurría pensar que podía desafiar a una bestia como Marco Antonio y quedar impune? ¿Estaban todos los césares cortados por el mismo patrón? Al final decidió que Octaviano era una nulidad, que sería eliminado antes de Año Nuevo.
Muy al margen de todo aquello, Publio Vatinio, gobernador de Ilírico, permanecía en Salona con sus dos legiones y esperaba instrucciones de Marco Antonio para entrar en las tierras del Danubio. Finalmente, en las postrimerías de noviembre, recibió una carta de Antonio en la que le ordenaba que marchara con sus hombres hacia el sur para ayudar a Cayo Antonio a administrar la Macedonia Occidental. Sin conocer la escasa popularidad de Antonio, Vatinio obedeció, alarmado por lo que éste le contaba: que Bruto pretendía apoderarse de Macedonia y que Casio iba camino de Siria para arrebatarle la provincia a Dolabela.
De modo que Vatinio se dirigió hacia el sur para ocupar Dirraquio a finales de diciembre, entorpecido por la nieve y el hielo. El invierno se había adelantado y era anormalmente crudo. Vatinio descubrió que se habían marchado todas las legiones menos dos, una veterana y la otra no tanto, pero al menos Dirraquio era una base cómoda. Se dispuso a esperar a Cayo Antonio, el legítimo gobernador de Macedonia, por lo que él sabía.
Bruto aún esperaba noticias de Roma, que Escaptio le llevó a mediados de diciembre. Octaviano se había refugiado en Arretium, y se estaba creando una extraña situación. Dos legiones de Antonio se habían amotinado y pasado al bando de Octaviano; sin embargo los soldados de uno y otro lado no estaban dispuestos a luchar. Casi todo el mundo, dijo Escaptio, llamaba ya César al heredero de César, y éste presentaba un claro parecido con aquél. Los dos intentos de Antonio para conseguir que Octaviano fuera declarado hostis habían fracasado, así que Antonio había partido hacia la Galia Cisalpina para asaltar Mutina, donde se escondía Décimo Bruto. Una situación extraordinaria.
Más directamente le afectaba el hecho de que el Senado lo había despojado de Creta, y a Casio le había quitado Cirenaica. Aún no habían sido declarados enemigos públicos, pero el gobierno de Macedonia había pasado a manos de Cayo Antonio, y Vatinio tenía órdenes de ayudarlo.
Según Servilia y Vatia ILaurico, las ambiciones de Antonio eran desmedidas. Provisto de un imperium maius de cinco años, aplastaría a Décimo Bruto y se establecería después al norte de la frontera itálica con las mejores legiones romanas durante esos cinco años, habiéndose asegurado una frontera continua al oeste con la ayuda de Planco y Lepido y Polio, y al este con Vatinio y Cayo Antonio. Ambicionaba gobernar Roma, sí, pero comprendía que la presencia de Octaviano excluía esa posibilidad durante quizás otros cinco años.
Finalmente Bruto actuó. Dejó a Hortensio en Tesalónica y marchó hacia el oeste por la Via Egnatia con la única legión de Hortensio y unas cuantas cohortes de veteranos de Pompeyo Magno que se habían establecido en los aledaños de la capital. Lo acompañaron el joven Marco Cicerón y Lucio Bibulo, así como sus filósofos.
Pero hacía un tiempo pésimo y el avance de Bruto era muy lento. Yendo a paso de caracol, seguía en las tierras altas de Candavia a finales del año en que murió César.
Casio llegó a Esmirna, en la provincia de Asia a principios de noviembre, encontrando allí a Cayo Trebonio bien establecido como gobernador. Estaba con él otro de los asesinos, Casio Parmensis, que actuaba como legado de Trebonio.
–No es ningún secreto -les anunció Casio-. Me propongo llegar antes que Dolabela a Siria y arrebatarle la provincia.
–Así se habla -dijo Trebonio con una sonrisa de aprobación-. ¿Tienes dinero?
–Ni un sestercio -admitió Casio.
–Entonces puedo proporcionarte un poco como punto de partida para tus fondos de guerra -dijo Trebonio-. Aún es más, puedo proporcionarte una pequeña flota de galeras y los servicios de dos competentes legados, Sextilio Rufo y Patisco. Los dos son buenos almirantes.
–También yo soy buen almirante -dijo Casio Parmensis-. Si tienes trabajo para mí, te acompañaré.
–¿Realmente puedes prescindir de tres buenos profesionales? – preguntó Casio a Trebonio.
–Sí, claro. La provincia de Asia está en paz. Les vendrá bien un poco de actividad.
–Tengo información menos agradable, Trebonio. Dolabela se dirige a Siria por tierra, así que forzosamente tendrás que verlo.
Trebonio se encogió de hombros.
–Que venga. No tiene autoridad en mi provincia.
–Puesto que voy a seguir camino lo antes posible, te agradecería que me prepararas esas galeras -añadió Casio.
Las embarcaciones aparecieron a finales de noviembre. Casio zarpó con sus tres almirantes, resuelto a adquirir más naves durante el viaje. Lo acompañaban un primo, uno de los muchos Lucios Casios, y un centurión llamado Fabio. Cayo Casio no necesitaba filósofos.
En Rodas, sin embargo, no le sonrió la suerte. La ciudad le negó barcos y dinero, aduciendo que no querían tomar parte en los conflictos internos romanos.
–Algún día pagaréis por esto -advirtió al etnarca y al capitán del puerto de Rodas-. Cayo Cásio es un mal enemigo, y Cayo Casio no olvida un insultd.
En Tarso encontró la misma respuesta, y reaccionó de la misma manera. Después navegó hacia el norte de Siria, pero era demasiado astuto para dejar su flota amarrada en un lugar donde pudiera encontrarla la flota de Dolabela a su llegada.
Cecilio Baso ocupó Apameia, pero el asesino Lucio Estayo Murco ocupó Antioquía y se adueñó de aquellas seis legiones inquietas y desafectas. Cuando Casio apareció, Murco le entregó gustosamente las riendas e hizo formar a sus tropas para mostrarles que tenían ya al gobernador que deseaban, Cayo Casio.
"Tengo la sensación de haber llegado a casa -dijo éste en una carta a Servilia, siempre su corresponsal favorita-. En Siria es donde tengo el corazón."
Todo ello fue un sutil inicio de la guerra civil, si realmente podía surgir una guerra civil en aquella confusa mezcolanza de provincias y aspirantes a gobernador. Todo dependía de cómo manejasen la situación desde Roma. En esos momentos, ni Bruto ni Casio ni siquiera Décimo Bruto representaban una verdadera amenaza para el Senado y el pueblo de Roma. Dos buenos cónsules y un Senado fuerte podían sofocar todas aquellas ansias de poder, y de hecho nadie había desafiado al gobierno central en su propio terreno.
Pero ¿tenían Cayo Vibio Pansa y Aulo Hirtio la influencia necesaria para controlar al Senado, o a Marco Antonio, o a sus aliados militares al este y al oeste, o a Bruto, o a Casio, o al heredero de César?
Cuando murió el viejo año, aquel horrible año de los idus de marzo, nadie sabía qué iba a ocurrir.
EJÉRCITOS POR TODAS PARTES
Desde enero hasta sextilis (agosto)
del 43 a.C.
1
Quien marchó hacia dónde
A pesar de haber odiado a César y trabajado con tesón para socavar su autoridad, una parte de Cicerón siempre había sabido que éste era el ave fénix, capaz de resurgir de sus cenizas. Irónicamente, César había sido aclamado tras su incineración, cuando aquella estrella se había alzado para decirle a todo el mundo romano que César nunca, nunca se iría. Sin embargo, era más sencillo obrar en contra de Antonio porque éste le facilitaba argumentos: era ordinario, intemperante, cruel, impulsivo, irreflexivo. Arrastrado por la fuerza de su propia retórica, Cicerón se dispuso a destruir a Antonio con el convencimiento de que era un objetivo que carecía de la capacidad para volver a levantarse.
En su mente se agolpaban imágenes de la República restituida a su forma tradicional, a cargo de hombres que reverenciaran sus instituciones, que se alzaran como campeones del mos maiorum. Lo único que tenía que hacer era convencer al Senado y al pueblo de que los Libertadores eran los verdaderos héroes, que Marco Bruto, Décimo Bruto y Cayo Casio -los tres que Antonio había señalado como los peores enemigos de Roma- habían hecho lo correcto. Es decir, que Antonio estaba equivocado. Y si en esta ecuación tan simple Cicerón se descuidó de incluir a Octaviano fue porque tenía una buena razón: Octaviano era un joven de diecinueve años, una pieza menor que usar como señuelo en el tablero, y que llevaba dentro el germen de su propia destrucción.
Cuando Cayo Vibio Pansa y Aulo Hirtio fueron investidos como nuevos cónsules el día de Año Nuevo, el estatus de Marco Antonio varió. Ya no era cónsul, sino ex cónsul, y podía verse privado de todo el poder que hubiera acumulado. Como otros que le precedieron, no se había preocupado de obtener su cargo de gobernador y su imperium a través del cuerpo constitucionalmente habilitado para concedérselo, el Senado. Se había dirigido a la Asamblea de la Plebe. Por consiguiente, cabía argumentar que no todo el pueblo había consentido, pues los patricios estaban excluidos de la Asamblea de la Plebe. A diferencia de los otros comitia y del Senado, la Asamblea de la Plebe no estaba constreñida por tradiciones religiosas; no se rezaban las plegarias, los auspicios no se llevaban a cabo. A pesar de ser un razonamiento endeble, después de que hombres como Pompeyo Magno, Marco Craso y César hubieran obtenido provincias e imperium gracias a la Asamblea de la Plebe, Cicerón lo utilizó de todas formas.
Entre el segundo día de septiembre y el de Año Nuevo, había hablado en contra de Marco Antonio en cuatro ocasiones con un efecto contundente. El Senado, abarrotado de los títeres de Antonio, comenzaba a vacilar puesto que la conducta de éste los colocaba en una difícil situación. Aunque Cicerón no lo acompañó de una prueba tangible, el alegato de que Antonio había conspirado con los Libertadores para asesinar a César contenía suficiente lógica como para perjudicarle, y la descortesía de Antonio para con el heredero puso a sus seguidores en un apuro ya que en su mayoría se trataba de personas nombradas por César. Antonio había llegado al poder como sucesor de César, aun cuando éste no hacía mención de él en su testamento. Era un hombre maduro, heredero natural del formidable ejército de súbditos de César y se había retirado con un número suficiente de éstos como para consolidar su posición. Sin embargo, en aquellos momentos el verdadero heredero de César estaba atrayéndolos a su servicio, del primero al último. Octaviano todavía no podía decir que la mayoría de senadores se arrepentía de su relación con Antonio, no obstante Cicerón estaba concentrado en ayudarle en aquella tarea… por el momento. Una vez que los senadores se hubieran distanciado de Antonio, él, Cicerón, poco a poco los empujaría hacia los Libertadores, no hacia Octaviano. Lo que significaba que debía conseguir que pareciera que Octaviano prefería a los Libertadores antes que a Marco Antonio, dada la inaceptabilidad de éste. En esa tarea, a Cicerón le resultaba una valiosa ayuda el hecho de que Octaviano no fuera senador y, por consiguiente, no pudiera contrarrestar la actitud que Cicerón adoptaba respecto a él en su propio beneficio.
El gran abogado había emprendido aquella empresa durante una reunión del Senado celebrada hacia finales de diciembre, en la que se había creado una corriente enfrentada a Antonio contra la que éste no pudo luchar porque no se encontraba en Roma. De modo que tanto Octaviano como Antonio se vieron en el mismo aprieto, a merced de un estratega senatorial de primera categoría.
Cicerón contaba con un aliado poderoso en Vatia Isaurico, quien acusó a Antonio del suicidio de su padre y quien creía sin reservas que Antonio era uno de los conspiradores del asesinato. La influencia de Vatia era enorme, incluso entre los escaños del fondo, puesto que había sido, junto con Cneo Domitio Calvino, el más incondicional de los partidarios aristocráticos de César.
Al inicio del segundo día de enero, Cicerón se dispuso a desacreditar a Antonio de tal forma que el Senado refrendara a Décimo Bruto como el verdadero gobernador de la Galia Cisalpina, votara para echar a Antonio y lo declarara hostil, enemigo público. Tras los discursos de Cicerón y Vatia, los senadores quedaron sumidos en la mayor indecisión. Lo que todos y cada uno de ellos quería en realidad era continuar conservando el poco poder que poseían, y éste peligraría si se adherían a una causa perdida.
¿Estaban ya maduros? ¿Estaban preparados? ¿Era aquél el momento para pedir que se sometiera a voto la moción para declarar a Marco Antonio hostis, enemigo oficial del Senado y del pueblo de Roma? El debate parecía haber llegado a su fin y tras observar los rostros de cientos de pedarii de las gradas superiores era fácil adivinar hacia dónde se iba a decantar el voto: contra Antonio.
Lo que Cicerón y Vatia no tuvieron en cuenta fue el derecho de los cónsules a pedir a otros que se pronunciaran antes de una votación. El cónsul superior era Cayo Vibio Pansa, quien por tanto ostentaba las fasces para el mes de enero, y presidía la reunión. Estaba casado con la hija de Quinto Fufio Caleno, hombre de Antonio hasta la muerte, y la lealtad dictaba que debía hacer lo posible para proteger al amigo de su suegro, Marco Antonio.
–¡Quisiera que Quinto Fufio Galeno nos diera su opinión! – voceó Pansa desde su escaño.
Ahí estaba. Él había hecho lo que había podido, a partir de entonces todo dependía de Caleno.
–Sugiero -dijo Galeno, con astucia- que, antes de que la Cámara lleve a cabo la votación sobre la moción de Marco Cicerón, se envíe una delegación a Marco Antonio. Deberíamos dar poder a sus integrantes para que ordenaran a Antonio levantar el sitio de Mutina y someterse a la autoridad del Senado y el pueblo de Roma.
–¡Bien dicho! – exclamó Lucio Piso, un neutral.
Los pedarii se agitaron, comenzaron a sonreír. ¡Una salida!
–¡Enviar una delegación a un hombre al que hace doce días esta Cámara declaró fuera de la ley es una locura! – bramó Cicerón.
–Eso es distorsionar un poco las cosas, Marco Cicerón -le advirtió Caleno-. La Cámara consideró la posibilidad de declararlo fuera de la ley, sin embargo no fue formalmente acordado. Si así fuera, ¿qué sentido tendría la votación de hoy?
–¡Sutilezas semánticas! – espetó Cicerón-. ¿Acaso ese día la Cámara no elogió a los generales y a los soldados que se oponían a Marco Antonio? Es decir, los hombres de Décimo Bruto. O sea, el propio Décimo Bruto. ¡Sí, lo hizo!
A partir de aquello Cicerón se enzarzó en su usual diatriba contra Marco Antonio: éste había redactado leyes sin validez legal; había invadido el Foro con tropas armadas; había falsificado decretos, dilapidado grandes sumas de dinero público, vendido reinos, ciudadanías y exenciones tributarias; había mancillado los tribunales, introducido bandas de forajidos en el templo de la Concordia; había masacrado centuriones y tropas tanto en los alrededores de Brindisi como dentro de la ciudad, y había amenazado con matar a todo aquel que osara oponerse a él.
–¡Enviar una delegación a ver a un hombre así es posponer una guerra inevitable y debilitar la indignación latente de Roma! ¡Propongo que se declare un estado de tumultus! ¡Que se suspendan los tribunales y otros asuntos gubernamentales! ¡Que los civiles vistan su atuendo militar! ¡Que se instituya una leva para formar soldados por toda Italia! ¡Que la suerte del Estado se confíe a los cónsules mediante un decreto supremo!
Cicerón hizo una pausa durante el alboroto que produjo aquella perorata altisonante. Se estremeció exultante, totalmente ajeno al hecho de que su oratoria estaba lanzando a Roma hacia una nueva guerra civil. ¡Sí, aquello era vida! ¡Volvía a producirse lo ocurrido durante su consulado, cuando había dicho más o menos lo mismo acerca de Catilina!
–También propongo -continuó cuando pudo hacerse oír- que se le conceda un voto de agradecimiento a Décimo Bruto por su paciencia y un segundo voto de agradecimiento a Marco Lepido por hacer las paces con Sexto Pompeyo. De hecho -añadió-, creo que debería erigirse una estatua de oro de Marco Lepido en la tribuna del Foro, pues lo último que necesitamos es una guerra civil doble.
Debido a que nadie sabía si lo estaba diciendo en serio o no, Pansa pasó por alto lo de la estatua de oro de Marco Lepido y con gran astucia desechó las mociones de Cicerón.
–¿Existe algún otro asunto que la Cámara debiera considerar?
Vatia se alzó de inmediato y dio comienzo a un largo discurso en loor de Octaviano que tuvo que ser pospuesto a la caída del sol. Pansa dijo que la Cámara volvería a reunirse al día siguiente y todos los días que hicieran falta para dejar zanjado aquel asunto.
Vatia retomó su panegírico de Octaviano a la mañana siguiente.
–Admito que Cayo Julio César Octaviano es muy joven -dijo-, sin embargo no podemos soslayar ciertos hechos. Primero, que es el heredero de César. Segundo, que ha demostrado mayor madurez que la que corresponde a su edad. Y tercero, que cuenta con la lealtad de gran parte de las tropas veteranas de César. Propongo que sea admitido en el Senado de inmediato y que se le permita ostentar el consulado diez años antes de la edad usual. Puesto que es un patricio, la edad usual es de treinta y nueve años. Eso significa que estará cualificado como candidato de aquí a diez años, cuando cumpla los veintinueve. ¿Por qué recomiendo estas medidas extraordinarias? Porque, padres conscriptos, vamos a necesitar el servicio de todos los soldados veteranos de César que no sean partidarios de Marco Antonio. César Octaviano posee dos legiones de tropas veteranas y una tercera legión de tropas mixtas. Por consiguiente, también solicito que se le conceda a César Octaviano, en posesión de un ejército, el imperium de propretor, así como un tercio del mando contra Marco Antonio.
Aquello levantó un gran revuelo entre los presentes. Sin embargo demostró a muchos de los ocupantes de los escaños del fondo que no podían seguir apoyando a Marco Antonio de una manera tan incondicional como habían esperado, lo máximo que podían hacer era negarse a declararlo hostis. De modo que el debate siguió hasta el cuarto día de enero, fecha en que se aprobaron varias resoluciones. A Octaviano se le permitió la entrada en el Senado y tras concedérsele un tercio del mando de los ejércitos de Roma, también se votó otorgarle el dinero que Octaviano había prometido a sus tropas en concepto de bonificaciones. El gobierno de todas las provincias de Roma iba a seguir como en el mandato de César, lo que significaba que Décimo Bruto era oficialmente el gobernador de la Galia Cisalpina, y su ejército el oficial.
Aquel cuarto día el ambiente se animó con la aparición de dos mujeres en el pórtico, junto a las puertas de la Curia Hostilia: Fulvia y Julia Antonia. La madre y la mujer de Antonio iban vestidas de negro de pies a cabeza, igual que los dos hijos pequeños de Antonio, Antilo agarrado de la mano de su abuela y el recién nacido Iulo en los brazos de su madre. Los cuatro lloraban y berreaban, pero cuando Cicerón pidió que se cerraran las puertas, Pansa no lo permitió. Se percató de que la actuación de la madre, la mujer y los hijos de Antonio estaba haciendo mella entre los escaños del fondo y no quería que Antonio fuera declarado hostis, sino que se enviara una delegación.
Los delegados escogidos fueron Lucio Piso, Lucio Filipo y Servio Sulpicio Rufo, tres eminentes ex cónsules. Sin embargo, Cicerón luchó en contra de aquella delegación con uñas y dientes e insistió en que se sometiera a votación. Ante lo cual el tribuno de la plebe, Salvio, vetó una votación, y por consiguiente la Cámara tuvo que aprobar la delegación. Marco Antonio seguía siendo ciudadano romano, pero un ciudadano que actuaba desafiando al Senado y al pueblo de Roma.
Hartos de permanecer sentados en sus escaños, los senadores organizaron la delegación con prontitud. Piso, Filipo y Servio Sulpicio recibieron instrucciones de visitar a Antonio en Mutina e informarle de que el Senado deseaba que se retirara de la Galia Cisalpina, que no se acercara con su ejército a menos de trescientos kilómetros de Roma y que se sometiera a la autoridad del Senado y el Pueblo. Tras transmitir su mensaje a Antonio, la delegación debía solicitar una audiencia ante Décimo Bruto para garantizarle que era el gobernador legítimo y contaba con el beneplácito del Senado.
–Pensándolo bien -dijo Lucio Piso con pesimismo a Lucio César, quien volvía a estar presente en la Cámara-, sinceramente no sé cómo ha sucedido todo esto. Antonio actuó con estupidez y arrogancia, sí; sin embargo, dime una sola cosa que haya hecho él que otro no haya hecho antes.
–Culpa a Cicerón -contestó Lucio César-. Las emociones obnubilan el sentido común de los hombres y nadie sabe agitar las emociones como Cicerón. Aunque dudo que aquel que lea lo que dice pueda hacerse la menor idea de lo que es escucharle. Es un portento.
–Tú te habrías abstenido, claro.
–¿Qué otra cosa podría haber hecho? Aquí estoy, Piso, entre el chacal de mi sobrino y un primo para quien no encuentro comparación en todo el reino animal. Octaviano es una creación completamente nueva.
Consciente de lo que se le venía encima, Octaviano marchó al norte desde Arretium hasta la Via Flaminia y había alcanzado Spoletium cuando la comisión del Senado dio con él. El imperium propretoriano del senador de diecinueve años estaba allí a la vista de sus tres legiones: seis lictores con túnicas rojas con las hachas en sus fasces. Los dos lictores que iban en cabeza eran Fabio y Cornelio y todos habían servido a César desde sus días de pretor.
–No está mal, ¿eh? – les comentó Octaviano a Agripa, Salvidieno y Mecenas con aire complaciente.
Agripa sonrió con orgullo, Salvidieno comenzó a planear la acción militar y Mecenas preguntó:
–¿Cómo te las has arreglado, César?
–¿Te refieres a Vatia Isaurico?
–Bueno, sí, supongo que es eso lo que quiero decir.
–Propuse unirme en matrimonio con la hija mayor de Vatia tan pronto como ésta alcance la mayoría de edad -contestó Octaviano, sin darle importancia-. Por fortuna, eso no ocurrirá hasta dentro de unos años y pueden suceder muchas cosas durante ese tiempo.
–Es decir, que no deseas casarte con Servilia Vatia.
–No deseo casarme con nadie, Mecenas, hasta que esté locamente enamorado, aunque puede que resulte de otra forma.
–¿Acabaremos luchando contra Antonio? – preguntó Salvidieno.
–¡De todo corazón, espero que no! – contestó Octaviano sonriendo-. Y aún menos mientras yo sea magistrado superior de la zona. Me contento con delegar en un cónsul: Hirtio, imagino.
Aulo Hirtio había comenzado su consulado en mal estado de salud, había aguantado toda la ceremonia de inauguración y luego se había retirado a su cama para recuperarse de una infección pulmonar.
De modo que cuando el Senado le notificó que debía comandar tres legiones más tras los pasos de Octaviano, atrapar al nuevo y joven senador y asumir el mando compartido de sus fuerzas combinadas, Hirtio no se encontraba en la mejor de las condiciones para salir a campo abierto. Lo cual no detuvo a aquel hombre leal y desinteresado. Se arrebujó en pieles y mantas, escogió una litera como medio de transporte y comenzó el largo viaje hacia el norte por la Via Flaminia hacia las fauces de un crudo invierno. Igual que Octaviano, no deseaba una batalla contra Antonio, estaba dispuesto a tomar cualquier otro camino que se le presentara.
Octaviano y él unieron sus fuerzas en la Via Emilia dentro de la provincia de la Galia Cisalpina, al sudeste de la gran ciudad de Bononia, y acamparon entre Claterna y Forum Cornelii para regocijo de aquellas dos ciudades, que así se aseguraban jugosos beneficios procedentes del ejército.
–Y aquí nos quedaremos hasta que el tiempo mejore -dijo Hirtio a Octaviano, mientras le castañeteaban los dientes.
Octaviano le miró, preocupado. No entraba en sus planes dejar que el cónsul muriera; lo último que deseaba era un papel demasiado preponderante. De modo que accedió a aquel programa con entusiasmo y procedió a vigilar la recuperación de Hirtio armado con el conocimiento de las dolencias pulmonares sobre las que tanto había aprendido de Hapd'efan'e.
La movilización en Italia iba viento en popa; en Roma casi nadie había reparado en la enemistad que Antonio había generado en amplios grupos de las comunidades itálicas que habían sufrido más en sus manos que la propia Roma. Firmum Piceno prometió dinero, los marrucinos del Samnio adriático septentrional amenazaron con desposeer de sus propiedades a los objetores marrucinos, y cientos de ricos caballeros itálicos subvencionaron el equipamiento de las tropas. La agitación era mayor fuera de Roma que dentro.
Cicerón, extasiado, aprovechó la oportunidad de volver a hablar en público contra Antonio a finales de enero, cuando la Cámara se reunió para discutir banalidades. Para entonces, el compromiso de Octaviano y la hija mayor de Vatia era conocido por todo el mundo y las cabezas asentían mientras los labios sonreían. La vieja costumbre de pactar alianzas políticas mediante el matrimonio todavía era corriente, una idea reconfortante cuando tantas cosas habían cambiado.
Las noticias habían volado: la delegación que estaba de vuelta no había llegado a ningún acuerdo con Antonio, aunque lo dicho por Antonio era un misterio. Lo cual no impidió a Cicerón pronunciar su séptima alocución contra éste. En esa ocasión atacó con saña a Fufio Galeno y a otros partidarios de Antonio por inventar razones por las que Antonio no podría estar de acuerdo con las condiciones del Senado.
–¡Se le ha de declarar hostis! – bramó Cicerón.
–Ésa es una palabra que no debemos considerar a la ligera -objetó Lucio César-. Declarar a un hombre hostis es privarle de su ciudadanía y ponerle en peligro de ser atravesado por la espada del primer patriota que se encuentre con él. Estoy de acuerdo en que Marco Antonio ha sido un mal cónsul, que ha hecho muchas cosas que perjudicaron y desacreditaron a Roma, pero ¿hostis? Seguro que inimicus es castigo suficiente.
–¡Por supuesto que piensas así! Eres tío de Antonio -replicó Cicerón-. ¡No voy a permitir que el ingrato conserve su ciudadanía!
La discusión continuó hasta el día siguiente, Cicerón se negó a echarse atrás. Tenía que ser hostis.
Regresaron entonces dos de los tres delegados. Servio Sulpicio Rufo había sucumbido al crudo invierno.
–Marco Antonio se niega a acatar las condiciones del Senado -anunció Lucio Piso, con mala cara y extenuado-, y ha presentado las suyas. Dice que entregará la Galia Cisalpina a Décimo Bruto… si se le permite conservar la Galia Trasalpina hasta cuatro años después de que Marco Bruto y Cayo Casio hayan terminado su consulado.
Cicerón se sentó, estupefacto. ¡Marco Antonio le estaba robando su primicia! ¡Proclamaba ante el Senado que cambiaba de bando, que reconocía los derechos de los Libertadores, quienes debían obtener todo lo que César les hubiera concedido antes de que lo asesinaran! ¡Pero si aquélla era su estratagema, la de Cicerón! Oponerse a Antonio era oponerse a los Libertadores.
La interpretación de Cicerón no fue la única. El Senado prefirió considerar la estratagema de Antonio como una repetición de la de César antes de que diera aquel paso fatídico y cruzara el Rubicón. Por consiguiente, se opuso a Antonio y pasó por alto las referencias a Bruto y a Casio, porque la opción era la misma que con César: acceder a las exigencias de Antonio era admitir que el Senado era incapaz de controlar a sus magistrados. De modo que la Cámara declaró un estado de tumultus, lo que significaba guerra civil, y autorizó a los cónsules Pansa e Hirtio a enfrentarse a Antonio en el campo de batalla mediante la aprobación del decreto supremo. Sin embargo, el Senado se negó a declarar hostis a Antonio. Fue inimicus. Una victoria para Lucio César, si bien una victoria pírrica. Todas las leyes de Antonio como cónsul fueron derogadas, lo que conllevó que su hermano pretor, Cayo, dejara de ser gobernador de Macedonia, que su apropiación de la plata de Ops fuera considerada ilegal, que su distribución de la tierra entre los veteranos se quedara a mitad de camino… Las repercusiones continuaron.
Justo antes de los idus de febrero llegó una carta de Marco Bruto en la que informaba al Senado de que Quinto Hortensio lo había ratificado como gobernador de Macedonia y que Cayo Antonio estaba arrestado en Apolonia como prisionero de Bruto. Todas las legiones de Macedonia, según Bruto, lo habían aclamado como gobernador y comandante.
¡Noticias nefastas! ¡Terroríficas! Aunque, bien mirado… Ante aquello, el Senado se encontró totalmente desconcertado, no sabía qué hacer. Cicerón abogó por que la Cámara ratificara oficialmente a Marco Bruto como gobernador de Macedonia y les preguntó a los partidarios de Antonio por qué estaban en contra de los dos Brutos, Décimo y Marco.
–¡Porque son asesinos! – vociferó Fufio Caleno.
–Son patriotas -repuso Cicerón-. Patriotas.
En los idus de febrero el Senado proclamó a Bruto gobernador de Macedonia, le concedió un imperium proconsular y luego añadió Creta, Grecia e Ilírico a sus provincias. Cicerón estaba extasiado. En aquellos momentos sólo le quedaban dos cosas por hacer. La primera, ver a Antonio derrotado en un campo de batalla en la Galia Cisalpina. La segunda, ver a Dolabela desposeído de Siria, y ésta entregada a Casio en calidad de gobernador.
El primer aniversario del asesinato de César trajo consigo un nuevo horror, pues en esos idus de marzo Roma supo de las atrocidades cometidas por Publio Cornelio Dolabela. De camino a Siria, Dolabela había saqueado las ciudades de la provincia de Asia. Cuando alcanzó Esmirna, donde residía el gobernador Trebonio, entró en la ciudad furtivamente por la noche, hizo prisionero a Trebonio y exigió saber dónde se almacenaba el dinero de la provincia. Trebonio se negó a de círselo aun después de que Dolabela recurriera a la tortura. Ni el dolor más intenso que Dolabela pudiera infligirle consiguió soltar la lengua de Trebonio; Dolabela perdió los estribos, asesinó a Trebonio, le cortó la cabeza y la clavó en el pedestal de la estatua de César en el ágora. De este modo Trebonio fue el primer asesino en morir.
Las noticias desolaron a los partidarios de Antonio. ¿Cómo iban a defenderlo cuando su acólito se había comportado como un bárbaro? Cuando Pansa convocó una reunión inmediata de la Cámara, Fufio Galeno y sus compinches no tuvieron más remedio que votar, como todos los demás, que Dolabela fuera desposeído de su imperium y declarado hostis. Se confiscaron todas sus propiedades, aunque no eran gran cosa; Dolabela nunca había conseguido saldar sus cuentas.
Entonces estalló una nueva disputa por el hecho de que Siria contaba en aquellos momentos con una vacante en el puesto de gobernador. Lucio César propuso que le fuera concedida una comisión especial a Vatia Isaurico para llevar un ejército al este y negociar con Dolabela. Aquello irritó en grado sumo al cónsul superior Pansa.
–A Aulo Hirtio y a mí ya se nos habían concedido las provincias del este para el año que viene -le dijo a la Cámara-. Hirtio gobernará la provincia de Asia y Cilicia y yo, Siria. Este año nuestros ejércitos están embarcados en la lucha contra Marco Antonio en la Galia Cisalpina, no podemos luchar contra Dolabela en Siria al mismo tiempo. Por consiguiente, recomiendo que este año nos dediquemos a la guerra en la Galia y el año que viene, a la guerra en Siria contra Dolabela.
Los partidarios de Antonio consideraron aquella propuesta como su mejor baza. Antonio aún tenía que ser derrotado y estaban convencidos de que aquello no ocurriría. La proposición de Pansa haría que las legiones que se encontraban en Italia permanecieran allí durante lo que quedaba de año, y para entonces Antonio habría destrozado a Hirtio, Pansa y Octaviano, y todas las legiones le pertenecerían. Entonces él podría ir a Siria.
Cicerón contaba con una solución diferente: conceder el gobierno de Siria a Cayo Casio de inmediato. Puesto que nadie conocía el paradero de Casio, aquella propuesta fue una sorpresa para todos. ¿Acaso Cicerón sabía algo que el resto del Senado desconocía?
–¡No le encomendéis esta tarea a un gusano como Vatia Isaurico, ni tampoco esperéis al año que viene para encomendársela a Pansa! – dijo Cicerón, olvidando el protocolo y la educación-. ¡Siria necesita nuestra ayuda ahora, no más tarde, la de un hombre joven y vigoroso, en todo su esplendor! Un hombre joven y vigoroso que conozca Siria en profundidad y que haya tratado con los partos. ¡Cayo Casio Longino! Es el mejor y el único para ese cargo de gobernador. Y más aún: concededle el poder de llevar a cabo requisas militares en Bitinia, Ponto, la provincia de Asia y Cilicia. Concededle un imperium ilimitado durante cinco años. ¡Nuestros cónsules Pansa e Hirtio tienen un trabajo hecho a medida en la Galia Cisalpina!
Por descontado, después se refirió a Antonio.
–¡No olvidéis que Marco Antonio es un traidor! – bramó Cicerón-. Cuando el día de la Lupercalia tendió a César una corona, demostró al mundo entero que él era su verdadero asesino.
Un vistazo a los rostros de los asistentes le demostró que no había insistido lo suficiente en lo de Casio.
–¡Considero a Dolabela igual de bárbaro que Antonio! ¡Conceded Siria a Cayo Casio de inmediato!
Sin embargo, Pansa no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. Forzó una votación de la Cámara que les concedía a Hirtio y a él el mando de la guerra contra Dolabela para cuando la guerra en la Galia Cisalpina hubiera concluido. En aquellos momentos él estaba totalmente entregado a la guerra de la Galia Cisalpina y tenía que ponerle fin cuanto antes, de modo que por lo menos pudiera emprender la marcha hacia Siria aquel mismo año, no al siguiente. Con esta maniobra Pansa hizo recaer el cuidado de Roma en los pretores y se llevó más legiones a la Galia Cisalpina.
Al día siguiente de la partida de Pansa, el gobernador de la Galia Trasalpina, Lucio Munatio Planco, y el de la Hispania Citerior y de la Galia Narbonense, Marco Emilio Lepido, enviaron cartas al Senado en las que decían que agradecerían profundamente que el Senado llegara a un acuerdo con Marco Antonio, un romano tan leal como cualquiera de ellos. El mensaje estaba implícito: el Senado no debía olvidar que había dos ejércitos colosales acampados en la vertiente más alejada de los Alpes y que estaban bajo el mando de los gobernadores favorables a Marco Antonio.
¡Chantaje!, se dijo Cicerón, y asumió la responsabilidad de sentarse a escribir a Planco y a Lepido, aun sin contar con la autoridad para hacerlo. Con once discursos pronunciados en contra de Marco Antonio, había entrado en un estado de exaltación que le impedía ceder de ninguna de las maneras, de modo que lo que dijo a Planco y a Lepido fue imprudentemente arrogante: "¡Manteneos al margen de cosas acerca de las cuales apenas sabéis nada, preocupaos de vuestros propios problemas en vuestras provincias y no metáis las narices en los asuntos de Roma!" Como no pertenecía a la alta aristocracia, Planco se tomó la reprimenda de Cicerón con su sangre fría habitual, mientras que Lepido reaccionó como si lo hubieran pinchado con un aguijón. ¡Cómo osaba aquel mero hombre nuevo reprender a un Emilio Lepido!
Cuando recibieron la noticia de que Pansa había salido de Roma con tres legiones de reclutas, Hirtio y Octaviano prefirieron esperarlo antes de lanzarse a la batalla contra Antonio. Sin embargo, Antonio también sabía que Pansa se aproximaba y cayó sobre él antes de que pudiera unir sus fuerzas con las de los otros dos comandantes. El combate tuvo lugar en Forum Gallorum, a poco más de diez kilómetros de Mutina, y se decidió a favor de Antonio. El propio Pansa resultó herido de muerte, aunque consiguió hacer llegar a Hirtio y a Octaviano el aviso de que estaba siendo atacado. Los posteriores despachos oficiales a Roma dijeron que Hirtio había ordenado a Octaviano permanecer en la retaguardia y defender el campamento mientras él acudía en ayuda de Pansa. Sin embargo, la verdad era que Octaviano había tenido un ataque de asma.
Antonio demostró con total claridad qué tipo de general era en el Forum Gallorum. Tras haber derrotado a Pansa de forma aplastante, no hizo intento alguno por reagrupar sus tropas y marchar en busca de refugio, sino que dejó que sus hombres se comportaran como unos salvajes, que saquearan los carromatos de aprovisionamiento de Pansa y que se desperdigaran en todas direcciones. Al llegar Hirtio por sorpresa, Antonio no estaba en condiciones de presentar batalla y sufrió una derrota tan estrepitosa que perdió la mejor parte de su ejército y él se salvó a duras penas. De modo que los honores absolutos del día fueron para Aulo Hirtio, el apreciado y cultivado mariscal de César.
Días después, el vigesimoprimero de abril, Hirtio y Octaviano empujaron a Antonio a una segunda batalla y la derrota fue tan aplastante que no le quedó más remedio que levantar el sitio de sus campamentos en Mutina y huir hacia el oeste por la Vía Emilia. Aunque Hirtio había estado al mando y suyo había sido el plan de ataque seguido por Octaviano, éste dividió sus legiones en dos y puso a Salvidieno al mando de una mitad y a Agripa al frente de la otra. No se le había escapado el hecho de que no era general, pero tampoco tenía intención de poner al frente de sus legiones legados que por nacimiento y antigüedad pudieran reclamar la mitad de la victoria para sí.
Pese a que habían ganado -y que el asesino Lucio Pontio Aquíla, que luchaba en el bando de Antonio, había muerto- la Fortuna no estuvo completamente de parte de Octaviano. Mientras supervisaba la batalla desde un montículo a lomos de su caballo, Aulo Hirtio fue derribado por una lanza y falleció allí mismo. Al día siguiente, Pansa pereció a causa de sus heridas, lo que dejó a César Octavia no como único comandante que les quedaba al Senado y al Pueblo. A excepción de Décimo Bruto, liberado del sitio de Mutina y muy preocupado por no haber tenido la oportunidad de luchar contra Antonio.
–La única legión que Antonio consiguió salvar ilesa es la Quinta Alauda -le informó Octaviano a Décimo Bruto cuando se reunieron en Mutina-, pero cuenta con algunas cohortes del resto de sus fuerzas y avanza hacia el oeste con mucha rapidez.
Para Octaviano aquél era un encuentro desagradable; como comandante legítimo del Senado, estaba obligado a mostrarse cordial y cooperativo en su trato con aquel asesino. Por eso se mostró estirado, reservado y frío.
–¿Tienes intención de seguir a Antonio? – preguntó.
–Sólo después de ver qué ocurre -contestó Décimo, al que le gustaba tanto Octaviano como él a éste-. Has llegado muy lejos desde que eras el contubernalis personal de César, ¿no? Heredero de César, senador, imperium propretor… ¡Caramba, caramba!
–¿Por qué le mataste? – preguntó Octaviano.
–¿A César?
–¿Qué otra muerte podía interesarme más?
Décimo cerró sus ojos claros, inclinó hacia atrás su cabeza rubia y habló con distraída indiferencia.
–Lo maté porque todo lo que yo o cualquier otro noble romano tenía era por obra y gracia de su voluntad. Se imbuyó de la autoridad de un rey, por no decir del título, y se consideró el único hombre capaz de gobernar Roma.
–Tenía razón, Décimo.
–No la tenía.
–Roma -dijo Octaviano- es un imperio mundial. Eso significa una nueva forma de gobierno. La elección anual de un grupo de magistrados ya no funciona, ni siquiera los imperia quinquenales para gobernar en las provincias, solución de Pompeyo Magno, y de César también, al principio. Sin embargo, César vio lo que tenía que hacerse mucho antes de ser asesinado.
–¿Acaso aspiras a ser el nuevo César? – preguntó Décimo, con malicia.
–Soy el próximo César.
–De nombre, nada más. No te desharás tan fácilmente de Antonio.
–Pero lo conseguiré tarde o temprano -aseguró Octaviano.
–Siempre habrá un Antonio.
–No estoy de acuerdo. A diferencia de César, no tendré clemencia con aquellos que se opongan a mí, Décimo. Eso te incluye a ti y a los otros asesinos.
–Eres un mocoso engreído que necesita una buena azotaina, Octaviano.
–No lo soy. Soy César. Y el hijo de un dios.
–Ah, sí, la stella critina. Bien, César es menos peligroso ahora que es un dios que cuando era un hombre de carne y hueso.
–Cierto. Sin embargo, como dios, sigue ahí para sacarle provecho. Y yo se lo sacaré… como dios.
Décimo estalló en carcajadas.
–¡Espero vivir lo suficiente para ver cómo Antonio te propina esa azotaina!
Aunque Décimo Bruto le ofreció su casa de Mutina con aparente sinceridad, Octaviano rehusó alojarse en ella; permaneció en el campamento para celebrar los funerales de Pansa y de Hirtio y devolver sus cenizas a Roma.
Dos días después, Décimo fue a verlo, muy agitado.
–He oído que Publio Ventidio se ha puesto en marcha para reunirse con Antonio con tres legiones que ha reclutado en Piceno -dijo.
–Interesante -observó Octaviano, con indiferencia-. ¿Qué crees que debería hacer al respecto?
–Detener a Ventidio, por supuesto -contestó Décimo, desconcertado.
–No depende de mí, depende de ti. Tú eres quien posee el imperium proconsular, tú eres el gobernador designado por el Senado.
–¿Has olvidado, Octaviano, que mi imperium no me permite entrar en Italia? Aquel que detenga a Ventidio tendrá que entrar en Italia, porque está atravesando Etruria y avanza hacia la costa toscana. Además -añadió Décimo con franqueza-, mis legiones están formadas por reclutas inexpertos incapaces de hacer frente a los picentinos de Ventidio. Las suyas están formadas por veteranos de Pompeyo Magno que éste estableció en sus propias tierras, en Piceno. Tus hombres son veteranos y los reclutas que trajeron Hirtio y Pansa o bien son veteranos o bien se han curtido aquí. De modo que has de ser tú el que vaya tras Ventidio.
La mente de Octaviano trabajó a toda velocidad. Sabe que no puedo actuar como general, desea que me propinen esa azotaina. Bien, creo que Salvidieno podría hacerlo, pero no es mi problema. No me atrevo a moverme de aquí. Si lo hago, el Senado me considerará otro joven Pompeyo Magno, engreído y desmesuradamente ambicioso. A menos que me ande con cuidado, me lo quitarán todo, y no me refiero sólo al mando. La vida misma. ¿Cómo lo hago? ¿Cómo le digo que no a Décimo?
–Me niego a lanzar a mi ejército contra Publio Ventidio -resolvió con frialdad.
–¿Por qué? – preguntó estupefacto Décimo con un grito ahogado.
–Porque me lo pide uno de los asesinos de mi padre.
–¡Bromeas! ¡En esto estamos en el mismo bando!
–Nunca estoy en el mismo bando que los asesinos de mi padre.
–¡Pero se ha de detener a Ventidio en Etruria! ¡Si se reúne con Antonio, volveremos a estar en las mismas!
–Si es así, que así sea -sentenció Octaviano.
Suspirando con alivio, miró a Décimo marcharse lleno de indignación. Ahora tenía una excusa perfecta para no moverse. Un asesino le había dicho lo que tenía que hacer y sus tropas le apoyarían en su negativa a seguir la recomendación de Décimo.
No confiaba en absoluto en el Senado. Los hombres que conformaban aquel cuerpo deseaban con fervor un pretexto para declarar hostis al heredero de César, y si el heredero de César entraba en Italia, aquello sería un pretexto. Cuando entre en Italia con un ejército, se dijo Octaviano, será para marchar sobre Roma por segunda vez.
Un nundinum después recibió la confirmación de que su intuición había sido correcta. Llegó una misiva del Senado en la que se aclamaba Mutina como una gran victoria. Sin embargo, el triunfo recayó sobre Décimo Bruto, que no había tomado parte en la batalla. Además el Senado dio instrucciones a Décimo para que tomara el mando en la guerra contra Antonio y le concedió todas las legiones, incluyendo aquellas que pertenecían a Octaviano, cuya recompensa fue algo mucho menor e ignominiosa: la ovación. Las fasces de los cónsules muertos, dijo el Senado, permanecerían de nuevo en el templo de Venus Libitina hasta que se eligieran nuevos cónsules… Aunque no mencionaba ninguna fecha para la elección y Octaviano tenía la impresión de que dicha elección nunca se llevaría a cabo. Para mayor contrariedad de Octaviano, el Senado faltó a su promesa de pagar las bonificaciones de sus tropas. Finalmente se nombró un comité para negociar con los representantes de la legión cara a cara, pasando por encima de sus comandantes, y ni Octaviano ni Décimo iban a formar parte de aquel comité.
–¡Bien, bien, bien! – dijo el heredero de César a Agripa-. Ya sabemos a qué atenernos, ¿no?
–¿Qué piensas hacer, César?
–Nihil. Nada. Cruzarme de brazos. Esperar. Y dicho sea de paso -añadió-, no veo por qué tú y otros cuantos no podéis informar con discreción a los representantes de la legión de que el Senado se ha reservado arbitrariamente el derecho de decidir por sí mismo la cantidad que mis soldados percibirán. Y poned de relieve que los comités senatoriales son escandalosamente mezquinos.
Las legiones de Hirtio habían acampado por su cuenta, mientras que las tres legiones de Pansa estaban acampadas con las tres de Octaviano. Décimo tomó el mando de las legiones de Hirtio a finales de abril y pidió que Octaviano le entregara las suyas y las de Pansa. Octaviano, con educación, pero inflexible, se negó, manteniendo con firmeza que el Senado le había concedido su cargo y que su misiva no era lo bastante específica como para convencerle de que Décimo estuviera autorizado a tomar el mando de sus legiones.
Muy enojado, Décimo envió una orden directa a las seis legiones cuyos representantes le dijeron sin tapujos que pertenecían al joven César y que preferían quedarse con el joven César. Éste pagaba bonificaciones decentes. Además, ¿por qué deberían prestar sus servicios a un hombre que había asesinado al viejo general? Se mantendrían fieles a un César, no querían verse involucrados con un asesino.
De este modo, Décimo se vio obligado a marchar hacia el oeste tras los pasos de Antonio con algunas de sus propias tropas de Mutina y las tres legiones de reclutas itálicos de Hirtio que, curtidos en Mutina, eran por consiguiente los mejores hombres de los que disponía. Aunque ¡qué no daría por tener las seis legiones de Octaviano!
Octaviano se retiró a Bononia y allí acampó con la esperanza de que Décimo encontrara su ruina. Puede que Octaviano no fuera un general, pero sin duda era un estudiante de la política y las luchas por el poder. Sus propias perspectivas eran pocas y desfavorables si Décimo no fracasaba. Octaviano sabía que si Antonio se unía a Ventidio y conseguían atraer a Planco y a Lepido a su bando, lo único que Décimo tenía que hacer era llegar a un acuerdo con Antonio. Una vez conseguido aquello, todos juntos se volverían contra él, Octaviano, para destrozarlo. Su única esperanza era que Décimo fuera demasiado orgulloso y demasiado corto de vista para ver que negarse a unirse a Antonio anunciaba su ruina.
Nada más recibir la presuntuosa carta de Cicerón en la que le decía que se preocupara de sus propios asuntos en sus provincias, Marco Emilio Lepido reunió sus legiones y las trasladó a las inmediaciones de la orilla occidental del río Ródano, la frontera de la provincia narbonense. Fuera lo que fuese lo que ocurriera en Roma y en la Galia Cisalpina, su intención era estar en posición de demostrar a los advenedizos como Cicerón que los gobernadores de provincia formaban una parte igual de grande del tumultus que cualquier otro. Era el Senado de Cicerón el que había declarado inimicus a Marco Antonio, no el Senado de Lepido.
Lucio Munatio Planco en la Galia Trasalpina no estaba muy seguro de a qué Senado servía, pero un estado de tumultus en Italia era lo bastante grave como para reunir sus diez legiones al completo y dirigirse hacia el sur a lo largo del Ródano. Cuando alcanzó Arausio, se detuvo en seco; sus exploradores le informaron de que Lepido y su ejército de seis legiones estaban acampados a tan sólo cuarenta millas de allí.
Lepido envió a Planco un mensaje cordial que rezaba: «¡Ven a visitarme!»
Aunque conocía que Antonio había sido derrotado en Mutina, el precavido Planco no sabía nada de Ventidio y de las tres legiones de picentinos que marchaban en auxilio de Antonio, o de la negación de Octaviano a cooperar con Décimo Bruto. De este modo, Planco decidió hacer caso omiso de la cordial tentativa de acercamiento de Lepido. Dio media vuelta y avanzó un poco hacia el norte para ver qué ocurría a continuación.
Entretanto, Antonio se había apresurado a llegar a Dertona y allí tomó la Vía Emilia Escauri hacia la costa del mar toscano de Genua, donde se encontró con Ventidio y las tres legiones picentinas. Entonces dejaron una pista falsa para el perseguidor Décimo Bruto con la intención de hacerle creer que avanzaban por la Via Domitia en dirección a la Galia Trasalpina en vez de dirigirse hacia la costa. La treta surtió efecto. Décimo pasó Placentia y tomó la Via Domitia a través de los Alpes, mucho más al norte de Antonio y Ventidius, quienes siguieron el camino de la costa y se asentaron en el Foro Julio, una de las recientes colonias de veteranos de César. Lepido, marchando hacia el este desde el río Ródano, llegó a la orilla opuesta del riachuelo del Foro Julio y asentó su ejército con toda tranquilidad. Al verse y encontrarse, las tropas de ambos ejércitos confraternizaron… con ayuda de dos de los legados de Antonio. La Décima legión, que servía con Lepido, era por tradición partidaria de Antonio desde los días en que éste había promovido un motín en Campania. Así que Antonio lo tuvo fácil en el Foro Julio, Lepido aceptó lo inevitable y unió fuerzas con él y con Ventidio.
Por entonces, mayo estaba tocando a su fin e incluso hasta el Foro Julio llegaron los rumores de que Cayo Casio estaba invadiendo Siria. Interesante, pero de poca importancia. Los movimientos de Planco y su ingente ejército en el Ródano eran más preocupantes que Casio en Siria.
Planco había estado acercando poco a poco sus legiones a Antonio, pero cuando sus exploradores le informaron de que Lepido también se encontraba en el Foro julio, a Planco le invadió el pánico y se retiró hasta Cularo, bien al norte de la Via Domitia, y envió un aviso a Décimo Bruto, que todavía estaba allí. Cuando Décimo recibió aquella misiva, se dirigió de inmediato hacia Cularo y se reunió con Planco a principios de junio.
Allí ambos decidieron que juntarían sus ejércitos y que serían fieles al Senado del momento, el de Cicerón. Al fin y al cabo, Décimo tenía el mando completo y Planco era un gobernador legítimo. Cuando luego se enteró de que Lepido también había sido declarado inimicus por el Senado de Cicerón, Planco se felicitó por haber escogido con acierto.
El problema era que Décimo había cambiado sobremanera, había perdido su antiguo brío, aquella asombrosa capacidad militar que había demostrado con tanta contundencia durante la guerra de César contra los galos. Se negó a abandonar las inmediaciones de Cularo, alegando estar preocupado por la inexperiencia de la mayoría de sus tropas, e insistió en que no debían hacer nada para provocar una confrontación con Antonio. Sus catorce legiones no eran suficientes…, ¡distaban mucho de ser suficientes!
De modo que todo el mundo se limitó a esperar, los dos bandos estaban poco seguros del éxito si acababa por estallar una batalla campal. No era una contienda ideológica bien definida entre dos facciones cuyos soldados creyeran fervorosamente en la causa por la que luchaban, y no había héroes en ninguna parte.
A principios de sextilis, la balanza se inclinó a favor de Antonio. Polio y sus dos legiones llegaron de la Hispania Ulterior para unirse a él y a Lepido. ¿Por qué no?, se preguntó Polio, sonriendo. Nada interesante ocurría en su provincia desde que el Senado de Cicerón concedió el mando del Mare Nostrum a Sexto Pompeyo… ¡Qué estupidez!
–Francamente -dijo Polio, sacudiendo la cabeza con desesperanza-, van de mal en peor. Cualquiera con un mínimo de sentido común se daría cuenta de que lo único que Sexto Pompeyo está haciendo es reunir fuerzas para chantajear a Roma con el abastecimiento de grano. Además, ha hecho que la vida sea sumamente aburrida para un historiador como yo. Tendré más tema sobre el que escribir si estoy contigo, Antonio. – Miró alrededor, extasiado-. ¡Escoges buenos campamentos! El pescado y la temperatura del agua son magníficos, los Alpes marítimos son un estupendo telón de fondo… ¡Mucho más bonito que Corduba!
Si la vida sonreía a Polio, no hacía otro tanto con Planco. Para empezar, él tenía que soportar las eternas quejas de Décimo Bruto. Y además, cuando al indiferente Décimo no le apetecía, recaía sobre él la tarea de escribir al Senado tratando de explicar por qué Décimo y él no se habían lanzado contra Antonio y su colega inimicus Lepido. Tenía que dirigir todos los tiros contra Octaviano, culparlo por no haber detenido a Ventidius y condenarlo por negarse a entregar sus tropas.
Nada más llegar Polio, los dos inimici propusieron a Planco que se uniera a ellos. Abandonando a Décimo Bruto a su suerte, Planco aceptó con alivio. Marchó hacia el Foro Julio y su ambiente festivo, sin reparar, a medida que descendía las laderas orientales del valle del Ródano, en que todo estaba anormalmente seco, que los cultivos de aquella región fértil no producían espigas.
El pánico sobrecogedor y la depresión que había experimentado tras la muerte de César volvían a atormentar de nuevo a Décimo Bruto; después de que Planco lo abandonara, alzó las manos al cielo y renunció a sus deberes militares y a su imperium. Tras dejar a sus desconcertadas legiones en Cularo, él y un pequeño grupo de amigos emprendieron la marcha por tierra para unirse a Marco Bruto en Macedonia. No era un empeño imposible, pues Décimo hablaba varias lenguas galas con fluidez y no preveía problemas durante el camino. Estaban en pleno verano, todos los pasos alpinos estaban abiertos y cuanto más al este viajaban, más bajas eran las montañas y más transitables.
Las cosas le fueron bien hasta que entró en las tierras de los brenni, quienes poblaban las alturas más allá del paso hacia la Galia Cisalpina que llevaba su nombre, Brenni. Allí la partida fue hecha prisionera por los brenni y fueron conducidos ante su jefe, Camilo. Convencido de que todos los galos detestarían a César, su conquistador, y con la intención de impresionar a Camilo, uno de los amigos de Décimo le dijo al jefe que aquél era Décimo Bruto, el que había asesinado al gran César. El problema era que César había pasado a formar parte junto con Vercingetorix, del folclore de los galos, y era idolatrado como un supremo héroe marcial.
Camilo estaba al tanto de todo lo que ocurría, de modo que envió una misiva a Antonio al Foro julio en la que le informaba de que tenía a Décimo Junio Bruto cautivo. ¿Qué era lo que el gran Marco Antonio deseaba que hiciera con él?
«Mátalo» fue la seca respuesta de Antonio, acompañada de una abultada bolsa llena de monedas de oro.
Los brenni mataron a Décimo Bruto y enviaron su cabeza a Antonio como prueba de que se habían ganado el dinero.
Los Libertadores que quedaban en Roma iban siendo cada vez menos numerosos. Lucio Minucio Basilo, tan aficionado a torturar a sus esclavos, acabó torturado y asesinado cuando sus esclavos se alzaron en masa contra él. Su muerte no se consideró una pérdida, especialmente entre los Libertadores que quedaban, desde los hermanos Cecilio hasta los hermanos Casca. Seguían asistiendo al Senado, aunque en privado se preguntaban durante cuánto tiempo podrían hacerlo. César Octaviano los acechaba mediante sus agentes. Roma parecía plagada de ellos y lo único que hacían era preguntar a la gente por qué los Libertadores seguían sin castigo.
De hecho, Antonio, Lepido, Ventidio, Planco, Polio y sus veintitrés legiones preocupaban a los de Roma mucho menos de lo que les preocupaba Octaviano. El Foro Julio parecía encontrarse lejísimos comparado con Bononia, que se hallaba justo en el cruce de la Via Emilia y la Va Annia, dos caminos que conducían a Roma. Incluso Bruto, en Macedonia, consideraba a Octaviano una amenaza aún mayor para la paz que Marco Antonio.
El objeto de toda aquella preocupación descansaba plácidamente en Bononia y no hacía ni decía nada. El resultado fue que acabó envuelto en misterio: nadie podía decir con certeza qué se traía entre manos César Octaviano. Los rumores decían que deseaba el consulado -que seguía vacante-, pero cuando se les preguntaba a Filipo, su padrastro, y a Marcelo el joven, su cuñado, éstos no soltaban prenda.
Por entonces la gente sabía que Dolabela estaba muerto y que Casio gobernaba Siria, pero, como el Foro Julio, Siria estaba a una distancia enorme comparada con Octaviano en Bononia.
Entonces, para horror de Cicerón (aunque en secreto acariciaba la idea), se levantó un nuevo rumor: que Octaviano quería ser el cónsul subalterno con Cicerón como cónsul superior. El hombre joven sentado a los pies del hombre sabio, venerable y mayor, para aprender sus artimañas. Romántico. Delicioso. Sin embargo, todavía exhausto por la larga serie de discursos contra Marco Antonio, Cicerón conservaba suficiente sentido común como para intuir que la imagen que sus palabras evocaban era totalmente falsa. No se podía confiar en Octaviano en lo más mínimo.
Hacia finales de julio, cuatrocientos centuriones y veteranos llegaron a Roma y solicitaron audiencia con el Senado al completo; traían consigo un mandato del ejército y propuestas de Cayo Julio César Filius. Para ellos, las bonificaciones prometidas. Para César Filius, el consulado. El Senado se negó en rotundo a una cosa y la otra.
El último día del mes rebautizado en honor a su padre adoptivo, Octaviano cruzó el Rubicón en dirección a Italia con ocho legiones y luego continuó su camino con dos legiones de tropas cuidadosamente seleccionadas. El pánico cundió en el Senado, el cual envió una delegación para rogar a Octaviano que detuviera su marcha. Se le permitiría optar al consulado sin necesidad de presentarse en la ciudad, así que no había ninguna razón para que continuase.
Mientras tanto, dos legiones de veteranos de la provincia de África llegaron a Ostia. El Senado se hizo con ellas de inmediato y las colocó en la fortaleza del Janículo desde donde podían contemplar los jardines de César y el palacio desocupado de Cleopatra. Los caballeros de la Primera Clase y los miembros del escalafón más alto de la Segunda Clase se revistieron de sus corazas y una milicia de jóvenes caballeros fue reclutada para que se encargara de las Murallas Servias.
Todo aquello no fue más que aferrarse a un clavo ardiendo; quienes supuestamente estaban al mando no sabían qué hacer y aquellos con un estatus inferior al de la Segunda Clase se dedicaron con tranquilidad a sus propios asuntos. Cuando los poderosos cayeran, sería la sangre de éstos la que se derramaría. La única ocasión en la que el pueblo llano sufría era cuando se sublevaba y ni siquiera los más humildes tenían intención de hacerlo. Se seguían emitiendo los subsidios de cereales, el comercio continuaba con su actividad habitual, por lo tanto los puestos de trabajo estaban asegurados, al mes siguiente vendrían los ludi Romani y nadie en su sano juicio se atrevería a entrar en el Foro Romano, que era donde por lo general se derramaba la sangre de los poderosos.
Los poderosos siguieron aferrándose a un clavo ardiendo. Cuando se extendió el rumor de que dos de las legiones originales de Octaviano, la Martia y la Cuarta, estaban a punto de abandonarlo y ayudar a la ciudad, se produjo un enorme suspiro de alivio… que se convirtió en un grito de desesperación cuando se descubrió que el rumor era infundado.
El decimoséptimo día de sextilis, el heredero de César entró en Roma sin encontrar oposición. Las tropas apostadas en la fortaleza del Janículo retiraron sus espadas y pilla y se pasaron a las filas del invasor entre vítores y flores. La única sangre que se derramó fue la del pretor urbano, Marco Cecilio Cornuto, quien se dio muerte con su propia espada cuando Octaviano entró en el Foro. El pueblo llano lo aclamó con júbilo exultante, pero del Senado no hubo señal alguna. Con mucha corrección, Octaviano se retiró junto con sus hombres al Campo de Marte, donde recibiría a todo aquel que solicitara verle.
Al día siguiente, el Senado capituló, preguntó con humildad si César Octaviano se presentaría como candidato a las elecciones cónsules que iban a tener lugar de inmediato. Como segundo candidato, los senadores propusieron con timidez al sobrino de César, Quinto Pedio. Octaviano se dignó aceptar y fue elegido cónsul superior con Quinto Pedio como su inferior.
El decimonoveno día de sextilis, cuando aún le faltaba más de un mes para cumplir veinte años, Octaviano ofrendó su propiciatorio toro blanco en el Capitolio y fue investido. Doce buitres volaron en círculo por encima de su cabeza, un augurio tan profético e impresionante como no se había visto en Roma desde los tiempos de Rómulo. Aunque su madre y su hermana estaban excluidas de aquella reunión de hombres, Octaviano contó encantado los rostros presentes, desde su escéptico padrastro hasta los consternados, senadores. Lo que el perplejo Quinto Pedio pensara, su joven primo lo ignoraba… O no le importaba.
Aquel César había llegado al escenario del mundo y no lo iba a dejar a destiempo.
EL SINDICATO
Desde sextilis (agosto) hasta
diciembre del 43 a.C.
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