Madrid, 13 de junio de 1994

Sr. Juez (auf wiedersehen, Herr Richter):

El nueve de mayo de 1966, en Los Ángeles, California, poco antes o poco después de la medianoche. Edward Kennedy Duke Ellington tocaba al piano Black and Tan Fantasy. William Cat Anderson y Charles Cootie Williams le acompañaban con sus trompetas. Lawrence Brown empuñaba uno de los trombones. Johnny Hodges el saxo alto. Jimmy Hamilton el saxo tenor y Harry Carney el saxo barítono (los dos últimos, alternando con el clarinete). Había otros, cuyos nombres me da pereza copiar aquí. Hasta donde me atrevo a asegurar, porque disto de ser un experto y he de guiarme por lo que leo en la carátula de un disco compacto. Brown, Williams, Hodges y Carney ya estaban con Ellington en 1940. Las primeras apariciones de Anderson y Hamilton datan de 1945.

En más de dos décadas, todos ellos habían debido tocar aquella pieza cientos, acaso miles de veces. Pero si se compara esta grabación con las de los años 40, se observa una mayor profundidad en los bajos y más audacia en los solistas. En general, el sonido de todos los instrumentos es más vigoroso y decidido. No es sólo que la superior calidad técnica del registro de lo que sonó aquella noche de 1966 permita apreciar mejor algunos matices; se me antoja que aquellos hombres envejecidos ya no tenían ni la complacencia ni las ganas de complacer de veinte años antes. Las notas, desde el brusco inicio, con Duke aporreando la zona grave de su piano como quien le arreara a un tam-tam, inquietan el oído más que lo agasajan. Como excepción, únicamente pueden reseñarse algunas intervenciones de Hamilton y Hodges, si es que distingo bien. Los solos de trompeta, por el contrario, son salvajes y ensañados. Especialmente desgarrador resulta el del final, el que concluye tejiendo las notas de la marcha fúnebre que cierran la composición, con toda la orquesta unida a su quejido.

El piano de Ellington aglutina a todos los demás con hondura y medida, lejano del despreocupado virtuosismo de los viejos tiempos. Sirve de contrapunto, sitúa y dirige a los otros, manteniendo en todo instante la compostura desde su atalaya solitaria. Esto es lo que más me llama la atención. Ese piano, apenas protagonista durante unos segundos, que asume sin concesiones la responsabilidad sobre el resto de los músicos, me parece la voz cansada de un hombre que ha alcanzado la conciencia terrible de ser impar, es decir, de estar solo sin remedio y de hallarse cada vez más próximo a pagarlo en la única moneda que sirve para saldar esa cuenta. Edward Kennedy Ellington tiene sesenta y siete años y le faltan sólo ocho para morir.

Según las biografías oficiales, fue tres décadas (uno o seis meses arriba o abajo) antes de esa noche cuando Eleanor Billie Holiday, la más fascinante cantante de jazz de todos los tiempos, tropezó con la heroína. En aquella fecha imprecisa, apenas contaba veintiún años. Billie moriría a los cuarenta y cuatro, minada por ésa y otras drogas y rodeada de agentes del orden; la última de la larga cadena de humillaciones que fue su vida y que la gardenia que permanentemente llevaba prendida en el pelo no le pudo evitar. Acaso lo que ella creía un amuleto era, en realidad, un emisario del infierno. La madre de un amigo mío murió de una hemorragia interna que se habría podido controlar, o eso pretextaron los médicos, de no haberse hallado bajo un tratamiento contra las varices a base de anticoagulantes, cuyos resultados celebraba entre las vecinas una semana antes de abandonarnos.

Según los cálculos o la intuición de mi madre, el 9 de mayo de 1966 hacía ya tres días que yo habría debido salir al mundo. Esto es cuestionable, como su convencimiento, congruente con tales cálculos, de que había superado ya los diez meses de gestación cuando al fin me sacaron de sus entrañas, cuatro semanas y algunas horas después. Ante mi pasividad, fue un ginecólogo quien determinó que mi día natal fuera el séptimo del mes y el año que componen la cifra abominable de la Bestia. Ignoro, por cierto, si la astrología asigna a esa combinación una significación nefasta, providencial o ninguna en absoluto. De lo que no me cabe duda es de que aquella noche de mayo, mientras Ellington y sus camaradas tocaban en Los Ángeles, California, yo ya era, como poco lo bastante para que, de haberse acostumbrado entonces a hacer ecografías a las embarazadas, mi pilila hubiera persuadido a mi madre de que no podría llamarme Patricia. Algo más, posiblemente.

Escucho Black and Tan Fantasy, en la grabación que acabo de mencionar, incluida en el disco compacto que compré en Bonn el viernes pasado, y no puedo evitar hacer las asociaciones anteriores, aunque no debo descartar que sean ociosas. Sin ir mas lejos, los árabes miden el tiempo de una forma que habría cambiado todas las fechas que quedan indicadas. Es bastante improbable que el modo en que un individuo o una serie de ellos decidieron que apuntáramos cuándo suceden las cosas ejerza en las cosas mismas una influencia digna de ser tenida en cuenta. También es dudoso que entre Holiday, Ellington y yo exista una relación a la que haya que conceder, siendo cartesianos o simplemente objetivos, la menor relevancia. Sin embargo, doy en suponer por un segundo que puede prescindirse de estas objeciones razonables, y me acuerdo de Duke y de Billie y de mi madre y siento, como un estúpido, que esa música revuelve en el fondo de mi alma impresiones importantes y perdidas.

También siento que todo esto tiene mucho que ver con esta carta que le escribo, Sr. Juez, y que tal vez nunca (o tal vez mañana mismo) le llegue. Sin palabras, Black and Tan Fantasy habla del fin, y Duke, y los suyos pudieron notarlo singularmente (es una mera sospecha) aquella noche de mayo de 1966. Con palabras, cantadas cada vez con mayor esfuerzo (en 1958, en Milán, la abuchearon), Billie trató durante años de rehuir el fin. Con palabras y sin ellas, desde el primer balbuceo de mi cerebro hasta este justo renglón, yo he mezclado el escondite con la tentación del fin. En esta carta he estado mirando de frente exactamente eso que todos esquivamos, mientras nos asisten las fuerzas o la inconsciencia o la fortuna suficientes. Vuelvo a oír el desaforado graznido de la trompeta que entra para terminar. Estoy escribiendo en el ordenador de casa, en una noche de lunes que deliberadamente arrojo al insomnio. He programado el aparato para que reproduzca Black and Tan Fantasy hasta el infinito. Pero Edward Kennedy Ellington era un hombre grande y sus muchachos eran profesionales veteranos. No quiero corromper su legado intentando que tenga una utilidad espuria. Voy a levantarme para desconectar el aparato y seguir escribiendo en silencio, con el eco de sus notas desvaneciéndose poco a poco, como se desvanece en la memoria el recuerdo de los viejos golpes de suerte.