Sor Mariposa
I
La luz es la brisa de los astros, la bienaventuranza, la infinita alegría sideral; la sonrisa es la luz de las almas, es más reveladora que la palabra, porque es un pensamiento sin lenguaje, pero que se acentúa dilatándose en radiantes presiones. La sonrisa pura es una intensa claridad, es el alba en el alma, es la inocencia luminosa, fulgor matinal de la juventud.
Margarita tenía esa sonrisa angelical.
Cuando a un cuerpo delicado, un talle sucinto, unas manos que tienen fina forma y elegante destreza, un cuerpo bellamente delineado, un rostro lindo, se une la hermosura de la sonrisa, no halla uno contradicción entre la belleza corporal y la belleza del alma.
¿Por qué para tan instantáneo lucimiento como el de las flores y el de las doncellas, tan vivo y tan mágico esplendor?
Margarita brindaba y prodigaba con su rostro, con sus ademanes de infantil vivacidad, con su voz, y sobre todo con su inefable sonrisa, una incomparable complacencia. Había que agradecerle que existiese, que se dignase pisar la tierra misma que los demás pisaban y que aspirase el mismo aire y que comparticipase de todo lo accidentado del destino humano, sin embargo de que ella, no cabe duda, tenía alas invisibles, entendía el mundo del lenguaje de las flores, y cuando absorta o dormida le aparecía en los labios la inefable sonrisa, era porque en las insondables inmensidades del pensamiento del sueño le hablaban los ángeles.
Para creer en Andalucía no basta verla temporalmente; el viajero, el curioso observador no vive en penetrando en la vida de aquella región. Aun el andaluz de las ciudades es muchas veces espectador de un convencionalismo teatral, pintoresco, pero falso. Tanto se ha festejado la alegría andaluza, que ha llegado a hacerse artificiosa y en ocasiones mercenaria.
La gracia ática era picante, la gracia gala alocada; la alegría andaluza no es efecto de un cultivo del ingenio ni de un epicúreo abandono del espíritu; es nativa, es gracia congénita, está en el mantillo de la sierra, está en la savia de las tallos, está en el jugo de las entrañas. Lleva en sí el regocijo de las auroras, el rayo cálido y luminoso del sol la apacibilidad patriarcal de la tarde, y algo de la tristeza honda y serena de las negras noches en que brilla la innumerabilidad de los astros.
Cuando Javier Vambía oyó cantar a Margarita, a la cual jamás había visto ni en aquel instante de oírla podía ver, sintió un profundo estremecimiento del corazón.
No me querrán en el mundo lo que me quiere mi madre, y de ella jamás podrá ningún traidor apartarme.
Por entre un calado de hojas y de rosas miró el muchacho, y vio la blanca casita cortijera jalbegada con pulcritud escrupulosa, resaltando como cubo de plata entre la pintoresca frondosidad y bajo la inmensidad azul. Vio en la casita la ventana empavesada de enredaderas, y en la ventana a Margarita.
—¡Alabado sea Dios!
—Por ziempre. ¿Quién ez?
—Ustedes perdonen, pero quisiera saber si voy bien, siguiendo ese sendero, hacia el cortijo del Aguilucho, y además pedir que me hagan la caridad de darme una poquita de agua fresca.
Sed sentía, no tan necesaria de satisfacer como la sed de las entrañas; su sed tenía un nombre más terrible; llamábase curiosidad, afán de dar un pasajero deleite a los ojos, una efímera complacencia a la imaginación; voluntad tan poco razonada como impulsiva, exigencia imperiosa del capricho, nada y mucho, antojo de hombre corrido que impertinentemente en la pureza de aquel apartado rincón de la sierra separaba el cendal de flores para ver, para tocar en lo más virginal e íntimo de la vida patriarcal andaluza, el corazón del terruño, en el cortijo serrano.
Fue recibido con una franca benevolencia; un hombre de brazos robustos, negros por el sol, un hombre cubierto por un ancho sombrero de paja, un afanado trabajador, una mujer de cabellos grises, rostro animoso, una jovencita ideal, se presentaron a brindarle hospitalidad.
Tomar asiento, charlar un rato, regalarse con frutas sazonadas y exquisitas, beber a todo gusto y esplendidez un vino fresco, que allí vale menos que el agua, y en Inglaterra y en Rusia pagan a peso de oro los lores y los príncipes, es cosa fácil y constante. Ofrécesele al primero que pasa; el primero que llega es regalado y festejado con discreto respeto y con familiar franqueza.
¿Por qué si aquel hombre no era libre; por qué si no podía servir de apoyo ni ofrecer un porvenir a la muchacha; por qué si no la amaba; por qué viendo aquel candor, aquella maravillada sorpresa, aquel suavísimo estremecimiento de sensitiva, aquella alegría que nadie debía profanar, por qué hizo de los ojos ganzúas, por qué con ellos se atrevió a mirar la claridad celestial de los hermosos ojos de Margarita, por qué artero y sutil, vertiendo la lisonja venenosa, dañó aquel sereno espíritu con las inquietudes de la duda, los recelos de la inseguridad del bien, los temores de la posibilidad del mal?
Por reír, por divertirse. Andalucía es frívola; allí los corazones, a juicio del mozo, jugaban a discreteo; la mujer ama y luego olvida; la alegría de las jóvenes es coquetismo… ¿Qué importa coger y soltar una mariposa?
Cuando Javier se fue, condújolo al camino el padre de Margarita, y esta, esforzándose por dominar un secreto temor, llegó a abandonarse a una ruidosa alegría.
¿Qué pasó después?
Visitas inesperadas del caballero que temporalmente vivía en el cortijo vecino. Diálogos entablados entre él y Margarita, por los cuales Javier, insensiblemente, iba bordeando los peligros de la seducción, y luego, por no cometer su crimen o porque otros deleites seguros le aguardaran, desapareció.
La mariposa tal vez quedara aturdida, inmóvil por un instante; pero luego, por la acción del sol, el soplo de la brisa y la invitación de las flores, temblaríanle las alas, las abriría al fin para continuar incesantemente sus regocijados revuelos.
II
A la puerta de una de las más hermosas casas antiguas de la carrera del Darro, seis años después, un anciano de distinguido porte esperaba la llegada de dos religiosas, que desde el zacatín veía acercarse con regulado apresuramiento.
—Ya están aquí —se decía.
Y cuando llegaron fue mucho su gozo, y las saludó con profundo respeto y muy expresiva gratitud.
—Creí que no llegaban. Ya ven la falta que hacen en esta casa; ya ven la Condesa, ¡qué infame! ¡Ah! ¡Y no han quedado aquí más que los criados, que son unos galopines! ¡Mi hijo, ciego, ciego! Y, además, ahora enfermo, y sin que nadie le pueda asistir. ¡No, no pudo soportar el golpe de la traición! ¡Ah! ¡Por supuesto, que yo lo hubiera vengado! No se juega con las almas, no.
El buen viejo, según iba guiando por la casa adentro, por la escalera arriba y por las suntuosas habitaciones del palacio a las religiosas, no cesaba de hablar; estaba a merced de una involuntaria y morbosa verbosidad, que es el más pernicioso efecto de las grandes penas.
—Y yo —¡Dios mo perdone!— le hubiera pegado un tiro.
—¡Oh, señor; por Dios, no piense eso! —dijo la más anciana de las religiosas.
La otra no desplegó los labios ni levantó los ojos del suelo.
Pasaron horas en silencio: el anciano se había retirado a descansar. Allá, en el fondo de la ancha alcoba, separada por ricos tapices de la estancia en que habían quedado las religiosas, se oían el resuello y la quejumbre acompasados de un enfermo fatigoso.
Ellas, las religiosas, no lo conocían; habían acercado a unos labios lívidos los brebajes medicinales; habían visto un rostro pálido y demudado; habían dirigido consoladoras palabras a aquel sufrimiento. Sin curiosidad, sin mundano interés, aunque con caritativo celo, habían oído referir una trágica historia: la mujer de aquel enfermo, huyendo con un amante, abandonó a su esposo al poco tiempo de este haberse quedado ciego.
Las religiosas oraban, preparadas a acudir a la cabecera del enfermo cuando este las necesitara. La enfermedad, según la opinión facultativa, era gravísima; si el letargo en que se hallaba era interrumpido por algún movimiento de exaltación, el peligro era inminente, y la exaltación llegó.
—¡Ah, negra suerte! —exclamó en esto con voz estentórea el enfermo—. ¿Qué hice yo para merecer este castigo?
La joven religiosa hizo intento de acercarse a la alcoba; su compañera la detuvo con un suave ademán.
—Ya lo sabe, hermana; hay que llamar al confesor.
—¡Chist, chist, cállese! —replicó sobresaltada la joven religiosa.
—Ya, ya sé que me muero; pero déjenme en paz.
La joven religiosa, entonces, no pudo contenerse, y, dando un paso, acercose a la alcoba, y entonces el enfermo, el ciego, oyó una voz dulcísima, que sonaba como el canto piadoso.
—No, señor; no, hermano; no esquive su alma a Dios. Aquí, en este mundo, no hay sino traición: no siendo la madre que nos dio el ser, ¿quién nos ama verdaderamente en la tierra? Haga lo que hacemos muchos: dar las almas a quien las ama.
—Yo a nadie hice mal —replicó el enfermo.
—Así será —añadió la hermana—; pero ¿quién puede estar seguro de que con una mirada, con una sonrisa, con un ademán no ha matado a un alma?
Prodújose un extraño estremecimiento en el enfermo, el cual volvió a dejar caer pesadamente la cabeza en el almohadón, murmurando:
—Sí…, sí…; lo sé… El médico me lo ha dicho… No… hay remedio… para… mí… Que llamen… al confesor de parte de Javier Vambía…
—¡Dios mío, es él! —exclamó la religiosa.
—¿Quién me habla? —volvió a preguntar el enfermo.
—Una hija de San Vicente.
—¿Como se llama usted, hermana?
—Yo… yo… Sor Mariposa.