parte1

 

CAPÍTULO 01

 

Era un desapacible día de noviembre cuando Lilith llegó a Leigh House. Amanda, que estaba junto a la ventana del cuarto de estudio, de rodillas sobre un banco adosado a la pared y contemplando los húmedos prados, vio cómo se aproximaba; figurilla menuda y enfurruñada, a la que el viento echaba hacia atrás los cortos y rizados cabellos, como si tomara partido a favor de ella y en contra de su madre, que la hacía avanzar estirándola de la mano. La ventana del cuarto de estudio, situado en la parte trasera de la casa, daba sobre los prados y las cuadras; y, como el cuarto de estudio estaba en el piso alto, y Leigh House se erguía en la ladera de una colina, Amanda podía ver desde ella toda la extensión de los terrenos de su padre y, más allá, los campos que formaban parte de la granja Polgard.

Amanda apretó la cara contra el cristal, pues, de todas las personas que conocía, Lilith no sólo era la más extraña, sino también la que percibía como más diferente de ella misma. Siempre que veía a Lilith, o a la abuela de Lilith, o siempre que pasaba por su alquería, se sentía nerviosa, como si esperase que sucediera algo extraordinario. Una vez que caminaba en compañía de la señorita Robinson, su institutriz, la vieja —la abuela de Lilith— estaba en la puerta fumando su pipa, y Amanda, fascinada y temblorosa, se había vuelto a mirar; la vieja se había quitado entonces la pipa de la boca y había movido la cabeza con aire invitador, socarronamente, con malicia quizá, de un modo que Amanda estaba segura de que no se habría atrevido a utilizar si la señorita Robinson hubiera estado mirando en su dirección.

En aquella alquería vivía la numerosa familia de los Tremorney, pero la abuela y Lilith parecían hallarse separadas de los demás; Amanda había visto a muchos niños —así como el padre y la madre de Lilith— trabajar en los campos, buscar anguilas de arena en las playas cuando escaseaba la comida y coger lapas y caracoles cuando los temporales eran tan fuertes que las lanchas pesqueras no podían salir del puerto. En esas ocasiones, Amanda se entristecía al pensar en sus afiladas caritas, y se sentía incapaz de almorzar en la mesa del comedor o de cenar en el cuarto de estudio. La señorita Robinson la había encontrado más de una vez llorando en silencio, y le había sido imposible explicar lo que sentía. En cualquier caso, se le había dicho con harta frecuencia que las damas controlaban siempre sus sentimientos. «Recuerda —decía la señorita Robinson veinte veces al día— que eres una dama.» «Querida —decía la pobre mamá, que se pasaba la mayor parte del día echada en un sofá de la sala de estar, con el frasco de sales al alcance de la mano—, no hagas tanto ruido. Me taladra la cabeza, y es muy poco propio de una dama.» En cuanto a su padre, Amanda sabía que estaba melancólicamente convencido de que ni aun la rígida educación que había dispuesto para ella podría salvarla del infierno; porque, como es natural, las verdaderas damas no iban al infierno.

Amanda tenía doce años y era alta para su edad; sus cabellos eran largos, finos y sedosos y del color del trigo en agosto; tenía ojos azules, nariz corta y recta, boca sensual y rostro pálido de expresión grave. Se peinaba la melena dorada hacia atrás y la recogía con una estrecha cinta negra con el fin de ocultarla lo mejor posible. La señorita Robinson había tapado el espejo del dormitorio de Amanda porque la había sorprendido extendiéndose los cabellos sobre los hombros. La vanidad, decía la señorita Robinson, era una de las mayores tentaciones que el diablo ponía en el camino de las imprudentes. Amanda sabía que el color mismo de sus cabellos ofendía a su padre, pues era igual que el de los de su abuelo en el retrato que colgaba en la galería. Ese retrato no era más grande que los demás retratos familiares, pero siempre parecía que dominara la casa.

Amanda, que era al mismo tiempo observadora e imaginativa, reparaba en todo lo que ocurría a su alrededor y adivinaba mucho más. La consideraban una niña reposada cuyo reposo no indicaba bondad, ya que era muy proclive a estallidos de perversidad tales como echar a correr cuando creía que nadie la veía, coger comida de la cocina para dársela a los niños de los caminos o romper a llorar delante de la gente porque no podía soportar ver un venado acosado por los sabuesos. «¡Qué niña tan difícil! —suspiraba la madre de Amanda—. No puedo concebir de dónde le viene su rareza. Ojalá fuese más normal.»

«Sosegadamente voluntariosa», decía la señorita Robinson, que, como solía afirmar con frecuencia, había tenido una larga experiencia con niños... y niños de las mejores familias. A menudo, Amanda tenía la impresión de que la señorita Robinson habría estado de su parte si no hubiera sido por el miedo que tenía a sus padres y de que estaba dispuesta a admitir de buen grado que era una niña difícil con el fin de ocultar con ello sus propias deficiencias. En cuanto al padre de Amanda, él pensaba que su hija había nacido con una cuota de pecado original superior a lo habitual.

Todo esto le hacía sentirse a veces desconcertada, le hacía sentir que estaba situada aparte de todos ellos, le hacía sentirse muy consciente de sus propios defectos; y, como anhelaba complacerles a todos, su deseo más ardiente era poder ser la clase de niña que a ellos les gustaría que fuese. Era discutidora, lo sabía, pues nunca se resistía a decir: «Pero yo no lo entiendo», cuando sabía de sobra que sería mucho más prudente asentir. No podía por menos de compadecer a las criaturas pequeñas, animales enfermos y hambrientos, gatos y perros perdidos, a los perseguidos y a las personas sin hogar, a los niños descalzos que correteaban por los caminos y apenas sí tenían qué comer cuando los tiempos eran malos.

«Dios quiso que fuesen pobres, cariño —le había explicado su madre en los tiempos en que ella era lo bastante joven como para pedir una explicación—. Tiene que haber pobres. Y, si El no quisiera que lo fuesen, ¿por qué iba a haberles hecho pobres? Por consiguiente, es absurdo pensar en ellos; y hablar de ellos es muy poco elegante.»

Amanda no había tardado en comprender que por mucho que tratase de complacerles nunca podría conseguirlo; era algo que había quedado decidido antes de su nacimiento, y suponía que era el propio Dios quien lo había decidido. No podía complacer a la señorita Robinson porque tenía que hacerse adulta, y cuando fuese plenamente adulta ya no necesitaría a la señorita Robinson. ¡Pobre Robbie! Amanda la llamaba Robbie de vez en cuando, y no era que pensase en ella como Robbie. ¿Cómo se le podía llamar Robbie a la señorita Robinson, que con su afilada nariz y aquella boca tan fina nunca parecía estar complacida o enfadada por propia voluntad sino sólo porque resultaba conveniente estarlo; con aquellas manos rojas que siempre parecían estar frías? Pero Amanda sabía que a la señorita Robinson le gustaba que le llamaran Robbie; y siempre que veía especialmente preocupada a su institutriz utilizaba el diminutivo como un bálsamo suavizador. La señorita Robinson contaba historias de niños que le habían llamado Robbie. «Robbie —le habían dicho—, cuando seamos mayores y tengamos hijos, tú serás su institutriz. Nadie más que tú, Robbie.» Así pues, cuando Amanda consideraba que hacía falta una dosis doble de bálsamo, le decía a la señorita Robinson que cuando fuese mayor nadie más que Robbie cuidaría de sus hijos.

En cuanto a sus padres, Amanda también sabía que nunca podría complacerles. Habían deseado muchos hijos, y sólo tenían uno. Habían deseado un varón, y tenían una hembra. Aún no había descubierto ningún sedante que ofrecerles.

Quizás era por esa vida suya, regida y organizada por los adultos que la rodeaban, y porque se consideraba recluida en una casa de la que estaba excluida la maldad, por lo que se hallaba tan interesada en Lilith, que era todo lo que ella no era. El pecado original de Lilith nunca podría haber sido doblegado; habría resultado ya magnificado y multiplicado. Lilith era turbulenta y libre, a diferencia de su hermana Jane, que trabajaba en la cocina a las órdenes de la señora Derry, la cocinera. Amanda se daba cuenta de que Jane no se diferenciaba mucho de Bess, la otra doncella; las había visto reírse juntas cuando la señora Derry no las miraba.

Sólo Lilith y la abuela eran extrañas. Había también un chico, aproximadamente de la misma edad que Lilith, algo raro, pero no de la misma forma que Lilith y la abuela.

Y mientras Amanda permanecía arrodillada junto a la ventana del cuarto de estudio, Lilith levantó de pronto los ojos y, al verla, sacó la lengua y, con la mano libre, se estiró las mejillas hasta dejar al descubierto el rojizo contornó interior de los párpados; era una mueca horrible.

Durante unos segundos, ambas se miraron fijamente. Amanda, con gravedad; Lilith, con insolencia. Luego, Lilith continuó la marcha, arrastrada por su madre.

Amanda bajó del banco, y, mientras lo hacía, entró en el cuarto de estudio la señorita Robinson.

—¿Qué haces, Amanda? Deberías estar haciendo los ejercicios del libro. Que sucias tienes las manos. ¡Oh, querida, esperaba estar convirtiéndote en una damita! Después de todo lo que he hecho. Aquellas punzadas de compasión —la mayor debilidad de Amanda— le asaltaron. «Después de todo lo que he hecho...» Eso significaba que Amanda parecía más adulta de lo habitual, o que había habido una velada queja por parte de sus padres. Pobre señorita Robinson, perpetuamente temerosa de que sus buenos servicios estuvieran pasando inadvertidos y acabaran hundiéndose en el olvido. Amanda había oído hablar de personas obsesionadas por el pasado, pero ¡era mucho más terrible hallarse obsesionado por el futuro! Se puso las manos a la espalda y trató de parecer la damita que la señorita Robinson esperaba que fuese.

—Robbie, están llevando a Lilith Tremorney a la cocina. ¿Por qué?

—Las damas no se ocupan de la gente baja —respondió la señorita Robinson—. Y no debes ser tan curiosa. ¿Has aprendido esos tres primeros verbos irregulares? ¿Dónde está tu gramática francesa? Venga. Eso te enseñará a no ser tan curiosa.

—No, señorita Robinson —respondió Amanda, con tono solemne—. Sólo me enseñará tres verbos irregulares; no me enseñará a no ser curiosa, porque yo... —Se sentó, silenciosa y resignadamente.

Hubiera podido enfurruñarse. Frith lo habría hecho... por lo menos habría discutido, pues no era fosco por naturaleza. Los chicos de la rectoría eran más normales que ella. Ni siquiera Mary y Janet Holford, las hijas del médico, que eran unas niñas reposadas, se habrían comportado tan sumisamente como Amanda. Pero ¿cómo podía ella no mostrarse sumisa con la señorita Robinson, cuando comprendía tan bien por qué la señorita Robinson se comportaba como lo hacía?

Así pues, Amanda comenzó a aprender en silencio aquellos verbos, deseando poder disfrutar haciéndole a la señorita Robinson las muecas que habría hecho Lilith. Deseaba no tener que estar continuamente poniéndose en el lugar de los demás y sufriendo como propios sus problemas. Suspiró y trató de reemplazar la curiosidad que sentía hacia Lilith por un estudió de las formas en que los franceses podían ir, enviar y adquirir.

Cuando miraba Leigh House, Lilith la veía como una prisión, una prisión en la que reinaba la abundancia. Nunca había estado dentro de la casa, pero Jane, cuando volvió a la alquería con queso, mantequilla y pan como el que comía la alta burguesía, y que era totalmente diferente del pan de cebada que constituía el alimento principal de los pobres, había contado a la familia las maravillas de Leigh House.

Lilith y sus hermanos y hermanas, que apenas habían conocido los años anteriores a los denominados años del hambre, pensaban continuamente en comida; y Leigh House siempre les parecía la casita que Hansel y Gretel habían encontrado en el bosque; sus paredes no serían de pan de jengibre sino de queso y tarta, y la mejor habitación estaría hecha de la más exquisita de las golosinas, de pastel de cerdo.

Presentaba un aspecto sombrío, pero Lilith sabía que cuando brillaba el sol la casa entera brillaba con él; todos los vidrios romboidales de las ventanas con gablete centelleaban como diamantes. Incluso ahora centelleaban los diamantes en los matorrales que el viejo Faithful Steert había recortado en imaginativas formas: gallos y gallinas, perros y leones. La casa era vieja; había sido construida en tiempos de la reina Isabel, cosa que Lilith no sabía, ni tenía interés en saber. Para ella era sólo Leigh House, el lugar en que vivía Amanda Leigh, y Lilith sentía hacia Amanda una particular animadversión que le enfurecía y sin embargo le complacía al mismo tiempo.

La vieja abuela Lil había fomentado esa animadversión. Era una mujer extraña la vieja abuela. Pero a pesar de su avanzada edad, conservaba todas sus facultades. Ella gobernaba la alquería, aunque no aportaba nada... o al menos eso parecía; sin embargo Lilith era lo bastante sagaz como para saber que, indirectamente, aportaba mucho. Cuando, en Navidad, los Leigh enviaban cestas a todas las alquerías, la de los Tremorney era más grande que las otras. La señora Leigh mandaba por Navidad una manta a todas las familias pobres, pero los Tremorney recibían dos. Ahora que los tiempos eran tan difíciles, los Leigh y los Danesborough, de la rectoría, mandaban comida en todas las épocas del año; a veces, se trataba de una porción de cerdo salado o de un gran pastel de carne suficiente para dar de comer a toda una familia. Pero los Tremorney recibían de los Leigh más de lo que les llegaba a ninguna de las otras familias: y la familia miraba entonces a la abuela Lil, que permanecía sentada, sonriendo y moviendo la cabeza como si fuese una vieja hada que hubiera hecho aparecer la comida con sólo mover una varita.

De todos los niños, a quien más quería la abuela Lil era a Lilith. Lilith, decía, era la viva imagen dé lo que ella misma había sido a su edad. Eso complacía a Lilith, pero la niña sabía —aunque era demasiado prudente como para decirlo— que ella sería más lista que su abuela. No tenía ninguna intención de terminar sus días en una vieja alquería, fumando una pipa y hablando del pasado, por muy reina que pudiera ser de esa alquería y aunque el pasado fuese algo de lo que alardear.

La abuela contaba historias del pasado que fascinaban a Lilith. Recordaba cómo los hombres del condado habían formado bandas cuando llegaban los franceses, cómo su madre había intentado asustarla amenazándola con la presencia de Boney: «Boney vendrá y te cogerá. Boney te comerá viva.» Pero ella nunca le había tenido miedo a Boney. «Nunca he temido ni a Dios ni a los hombres —decía—. Ni los temerás tú, nietecita, pues tú vas a ser igual que tu vieja abuela.»

Recordaba los tiempos en que habían pasado un hambre de muerte porque el impuesto sobre la sal era tan elevado que no podían conservar el pescado y tenían que destinarlo a abono. Y no era que ella hubiese padecido escasez; guiñaba un ojo con aire malicioso, como solía hacer cuando contaba estas historias, y Lilith sabía que habían alcanzado su punto culminante, pues todos los relatos se referían a la astucia e inteligencia de la abuela Lil, a su capacidad para sortear las penalidades que asediaban a otros.

«Yo tenía mis amigos, princesita —decía, acariciando los rizos de Lilith, tan parecidos a los que ella había tenido—. Ah, nenita mía, tu abuela era lista, como lo serás tú, Lilith.»

El nombre de la abuela Lil era Lilith; y ella decía que había reconocido la calidad de Lilith en el momento mismo en que ésta nació y había insistido en que se le pusiera el nombre de su abuela. El niño, que era gemelo de Lilith, no le había interesado. Lilith era su niña, su princesita, su nenita.

Así pues, Lilith había sabido desde el principio que había en ella algo que sus hermanos y hermanas no poseían. Eso le daba seguridad en sí misma, le daba audacia. No se preocupaba de nadie más que de ella misma, de su abuela y de William, su hermano gemelo.

«Tu hermano —decía la abuela Lil, lanzando una bocanada de humo, pues nunca le faltaba tabaco, regalo de un viejo contrabandista que, según aseguraba ella, había sido su amante hacía muchos años—, tu hermanó, princesita, es un blando. No necesitas preocuparte por sus aficiones.»

Pero Lilith sabía acerca de William varias cosas que nadie más conocía y, aunque no era astuto ni inteligente como ella, le amaba; y le amaba por esas mismas cualidades que su abuela despreciaba.

Cuando Amanda Leigh pasaba por las alquerías con su institutriz, primorosa y pulcra con sus bellos vestidos, la abuela Lil se echaba a reír con tanta fuerza que casi se atragantaba. Luego, se enfurecía, señalaba a la acicalada niña y a su institutriz y decía: «Ahí es donde deberías estar tú, princesita. Tú deberías estar paseando junto a una institutriz como ésa.»

Dos días antes, Lilith se había enterado de que iba a ir a trabajar a Leigh House. Su madre se lo había dicho mientras ambas colgaban la ropa lavada en la cuerda extendida entre las filas de alquerías.

—Vas a trabajar en la Casa, con Jane.

—Yo no trabajaré en la Casa —replicó Lilith, que detestaba que le dijeran lo que debía hacer y siempre manifestaba su desafiante negativa aun antes de considerar la sugerencia.

—No seas estúpida —le reprochó su madre—. Es lo mejor para ti. Yo creo que tienes suerte.

—No iré —exclamó Lilith, con una fulgurante mirada en sus rasgados ojos, prietos los labios y un leve rubor en su afilado rostro de tez olivácea y altos pómulos.

—Estarás con Jane —dijo su madre—. Tendrás comida en abundancia.

Lilith reflexionó en eso, estirando sus largos y delgados brazos, semejantes a palos de color oscuro. Comida en abundancia. Durante años había escaseado la comida. Eran aquéllos los tiempos del hambre, y las palabras más mágicas del idioma eran: «Comida en abundancia.»

Lilith se puso las manos sobre el estómago, que era como una cueva. Aquella mañana, el desayuno había consistido, simplemente, en un poco de agua de cebada mezclada con leche caliente y unos cuantos trozos de pan de cebada. La noche anterior sólo habían tenido una sardina cada uno como cena; y, mientras la comían, la abuela Lil había hablado de los festines que recordaba: mesas cubiertas de cerdo salado y tarta de pichón, nata batida y pasteles de azafrán, regado todo ello con hidromiel o vino de chirivía; y, Lilith se daba cuenta de ello ahora, había hablado con una finalidad. Estaba claro para Lilith que era la abuela Lil quien deseaba que ella fuese a Leigh House, la prisión en que reinaba la abundancia.

Lilith había contado a William los planes que tenían para ella, ya que siempre exponía a William sus problemas. Él era sosegado, y no tenía su energía, su audacia y su valor; pero era sensible a su manera y sabría lo que había que hacer.

Él había comprendido antes que ella que no se les permitiría estar mucho tiempo más en la alquería, pues eran los mayores, ahora que se había ido Jane. La alquería constaba de una sola habitación dividida por un tabique que no llegaba del todo hasta el techo. Las paredes eran de piedra de Cornualles, gris como las frecuentes nieblas; el tejado, de pizarra de Cornualles, del color de la lluvia; y, según se decía, había sido construida por su bisabuelo, el padre del hombre que se había casado con la abuela Lil; y la había construido con ayuda de sus amigos, durante una noche de verano, porque en aquel tiempo la ley de la comarca era que todo el que pudiera construirse una casa en el transcurso de una noche podía reivindicarla, junto con el terreno en que se asentaba, como propiedad suya. Dentro de la alquería había una chimenea descubierta y, a un lado del fuego, un horno de arcilla. No tenía escalera, puesto que no había habitaciones superiores, pero se habían fijado en las paredes unas tablas, que formaban una especie de estantes, a las que se llegaba mediante una escalera de mano y en las que dormían los niños. Lilith y William ya se habían dado cuenta hacía tiempo de que se estaban haciendo demasiado mayores para los estantes; dormían incómodos en ellos, las piernas les colgaban por fuera.

El día anterior habían subido a los Downs y habían permanecido allí tendidos, mientras miraban el río que serpenteaba abajo, entre las colinas, dividiendo la ciudad en dos. Desde ese lugar veían su alquería en el grupo de las que se acurrucaban junto al muelle oeste y, cerca, el antiguo edificio que en otro tiempo fuera la iglesia de San Nicolás, pero que ahora servía de ayuntamiento. Lilith dejó vagar la mirada hacia el lado este del río, por encima de las colinas, en dirección a Plaidy y Millendreath. Las colinas ocultaban Leigh House a la vista.

Mientras permanecían allí, comunicó a William sus temores. El habló poco. ¿Cuándo hablaba mucho? No era como ella salvo en su aspecto exterior. Era menudo, con ese aire extranjero que muchos creían heredado de los españoles que habían asolado aquella costa en otro siglo.

—¡Ir allá! —decía Lilith—. ¡A Leigh House..., a servir a la gente!

William reflexionó unos instantes; luego dijo lo que decían todos, lo que debía de ser la consideración principal de quienes habían conocido el hambre.

—Allí habrá comida en abundancia, Lilith. Nada de agua de cebada, ni sardinas solas, sino pasteles de carne y tartas, y quizás un pastel de cerdo de vez en cuando.

Entonces ella le miró y vio temor en los ojos de su hermano. Tenían la misma edad; él había nacido sólo una hora antes que ella y él también era demasiado grande para el lugar en que dormía.

—¿Y tú qué harás, William? —preguntó.

—Supongo que trabajaré en los campos —respondió él.

Recordaban la última recolección, durante la cual habían trabajado en el campo desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche. Recordaban el cansancio, los miembros doloridos, los ojos vigilantes del granjero y su mujer asegurándose de que se ganaban los pocos peniques que les pagaban, asegurándose de que se merecían la escasa comida que les daban. Recordaban la recogida de patatas, la limpieza de pesebres y establos. ¡Pobre William! Eso era lo que tendría que hacer de nuevo.

—Sería mejor que te hicieras pescador —dijo ella—, aunque haya que enfrentarse al mar haga el tiempo que haga.

—Y si tienes tu propia lancha —añadió William—, eres tu propio patrón.

Lilith pensó que William nunca tendría su propia lancha; nunca sería su propio patrón.

—Están las minas de estaño de Cheesewring y Caradon —señaló—. Quizás haya allí algo para ti.

Se le ocurrió que el contrabando era quizá la mejor vida para un chico que no cabía ya en su catre; si Lilith hubiera sido chico, ésa era la vida que habría elegido. Pero William no era Lilith.

—Vendré a verte a menudo, William. Y tú irás a la Casa.

—Eso no les gustará.

—Pues tendrá que gustarles.

Estaban los dos pensando en Amanda Leigh; Lilith con resentimiento, William con admiración. Él no se atrevía a decirle a Lilith lo mucho que admiraba a la elegante damita de pelo amarillo y boca delicada. Y, mientras miraba a su hermano, Lilith comprendió que, aunque ella rabiara, se enfureciera y declarase que odiaría a Leigh House y a todo cuanto contenía, la de William era una tragedia mayor.

Así, pues, al día siguiente se dejó llevar de mala gana a Leigh House; y cuando su madre llamó a la puerta trasera abrió Jane, que parecía importante y madura porque llevaba ya dos años en el servicio de la casa.

—Pasad —dijo Jane—. La señora Derry os está esperando.

La señora Derry, corpulenta y de mejillas sonrosadas, se hallaba sentada a una mesa de refectorio. Su cofia parecía de fino encaje. Tenía un aspecto majestuoso, y Lilith estaba segura de que habría producido un efecto inquietante a cualquiera menos a ella, que estaba resuelta a proscribir todo temor a la autoridad. Fingió no ver a la señora Derry; en lugar de ello, paseó la vista por la cocina, enorme y cálida, con suelo de baldosas rojas y un gran fuego con un horno de arcilla al lado; brillaban los cacharros de cocina en torno al hogar y había platos y jarras de estaño sobre la alta repisa de la chimenea; un gran reloj de pared hacía sonar allí también su tictac. La estancia le pareció inmensa a Lilith, pues en ella habrían cabido fácilmente dos alquerías. De las vigas colgaban jamones y tocinos, bolsas de especias y hierbas, y ristras de cebollas; del horno llegaba el olor a asado. ¡La casa de la abundancia! A Lilith empezó a hacérsele la boca agua.

 

Dos doncellas que estaban guardando cacharros en el aparador fueron bruscamente despedidas por la señora Derry, que, sin levantarse de la mesa, hizo a la madre de Lilith una seña para que se acercara con su hija.

La señora Derry observó a Lilith con una mirada que no resultaba en absoluto halagadora. Le gustaba elegir a sus propios ayudantes y no que se los impusieran. Había conseguido sacar partido de Jane, pero ésta parecía de un material menos maleable. Si alguna vez había visto la señora Derry una expresión de desafío era entonces en aquel rostro y, considerando que había en el pueblo numerosas muchachas excelentes que habrían estado encantadas de ir allí, se sintió enojada en extremo. ¡Órdenes de la señora! Y todo el mundo sabía que las órdenes de la señora procedían del señor.

—Ven aquí, hija —exclamó la señora Derry.

Lilith se acercó, y los grises ojos de la señora Derry escrutaron los negros de Lilith.

—Espero que seas una buena trabajadora. Porque si no, no te admitiré en mi cocina.

—Le dará satisfacción en todo, señora —aseguró la madre de Lilith.

—Más le vale. La verdad es que es pequeña para su edad.

—Engordará —respondió la madre de Lilith—. Crecerá.

—Es fuerte, ¿verdad?

—Como un potro de la marisma.

—¿Es limpia? No quiero gente sucia en mi cocina.

Los ojos de Lilith centellearon. De no haber sido por el olor que emanaba del horno, habría echado a correr; pero el olor la fascinaba.

—Dormirá con Jane y Bess. La adiestraremos. Ahora puede sentarse aquí y comer algo. Usted también. Son órdenes del ama.

—Gracias, señora —dijo la señora Tremorney.

—¿No tiene lengua la chica?

El impulso de Lilith fue sacarla, pero el olor del horno le hizo desistir.

—Gracias, señora —dijo.

—Bien, Jane, saca lo que queda de ese pastel de carne —ordenó la señora Derry.

Lilith se sentó a la amplia mesa y comió vorazmente. Estaba segura de no haber tomado jamás nada igual. Tenían razón todos; lo más importante era que hubiera comida en abundancia; con eso, podía uno pensar en otras cosas.

Después de comer, la señora Tremorney se marchó de nuevo a la alquería con un paquete de cosas.

—Órdenes del ama —afirmó a regañadientes la señora Derry y, volviéndose hacia Jane, añadió—: tú acompaña arriba a tu hermana y enséñale dónde dormirá. Puedes dejar que se ponga esas cosas que he apartado para ella. Y luego baja enseguida. Hay que encender el fuego en la habitación de la señorita Amanda; ella te puede ayudar a hacerlo. Y después habrá que preparar el baño de la señora.

—Sí, señora —respondió Jane. Y condujo afuera a su hermana.

Lilith tenía los ojos desorbitados de admiración, y ya no había una cueva en su estómago. La Casa de la Abundancia era más maravillosa aún de como Jane la había descrito; era más hermosa de lo que jamás había imaginado Lilith.

Cuando manifestó su entusiasmo, Jane adoptó un aire de superioridad.

—Esto es sólo la escalera trasera. Espera a ver la parte de delante. Pero no debes dejar que te vean. No les gusta vernos. Tienes que recordarlo.

—¿Por qué no les gusta? —preguntó Lilith.

—El señor es muy severo. Y la señora no puede soportar el ruido.

Lilith hundió los pies en la gruesa alfombra; jamás había imaginado que existiera una alfombra semejante. En el pasillo, las paredes estaban recubiertas de un papel maravilloso. Lilith lo tocó y quedó admirada.

—¡Espera a ver! —insistió Jane.

Sobre las paredes colgaban retratos provistos de bellos marcos dorados.

—La familia. Están por toda la casa. Ya verás la galería. Te la enseñaré... mañana por la mañana, antes de que se levanten. No debes ir allá durante el día.

Habían llegado al último piso de la casa, y Jane abrió una puerta. Entraron en una habitación que era más grande aún que la cocina, aunque el techo descendía oblicuamente hasta el suelo y la ventana se abría en el mismo tejado. Las tablas enceradas estaban brillantes y había cuatro camas, muy limpias y muy estrechas.

—La de Bessie, la de Ada, la mía —dijo Jane, señalando cada una sucesivamente—. Y ésa será la tuya.

¡Una cama! ¿Qué se sentiría al dormir en una cama? Nunca lo había hecho antes. Sus padres tenían un colchón; y también la abuela Lil.

Saltó a ella y se tendió, estirando los brazos y las piernas.

—¡Tienes los pies sucios! —exclamó Jane. Pero Lilith continuó tumbada, mientras sonreía desafiantemente a su hermana.

—Levántate. Levántate. Si la señora Derry se entera...

—Te preocupas demasiado de la señora Derry —replicó Lilith—. No es más que una criada. Jane pareció turbada. —Ella es cocinera.

—He dicho que sólo es una criada; y lo es.

—Bueno, ¿y quién eres tú, entonces?

Lilith permaneció en silencio. Algo más que eso. Recordó la expresión de inteligencia de la abuela Lil.

—Venga —dijo Jane—. Ponte esto. Tenemos que encender el fuego en la habitación de la señorita Amanda.

Lilith se levantó. La habitación de la señorita Amanda. Quería ver eso más que ninguna otra cosa. Cogió la bata y se calzó los zapatos que la señora Derry había sacado para ella. Le estaban demasiado grandes, pero eran más delicados que nada de cuanto hubiera llevado jamás y le hacían sentirse como una reina, la reina de Leigh House.

Fue hasta la ventana y se puso de puntillas para poder ver el exterior. Sus ojos contemplaron un paisaje inhóspito y abrupto, y permaneció unos instantes mirándolo. Conocía aquel trecho de la costa, pero nunca lo había visto desde una ventana alta de Leigh House. Veía el mar que rompía en torno a las dentadas rocas que entonces parecían negras, pero que bajo la luz del sol adquirirían tonalidades sonrosadas y púrpuras. El acantilado resplandecía con una luz verdosa sobre las aguas grises. La lengua de tierra que era Rame Head apenas se percibía, difuminada en la niebla.

—Vamos —exclamó Jane, con impaciencia—. No tenemos todo el día.

Bajaron las escaleras en silencio y, al poco rato, ella volvió a subirlas con un cubo de carbón.

La habitación de Amanda era hermosa, y Lilith se sintió fascinada por las cortinas de seda que rodeaban la endoselada cama.

—Es muy vieja —comentó Jane, mientras Lilith acariciaba con los dedos las cortinas—. Todo aquí es viejo. Ya lo era en los tiempos del abuelo del señor Leigh.

Lilith no escuchaba. Iba de la cama al tocador, las borlas y los volantes que lo flanqueaban; su audacia llegó hasta el punto de abrir la puerta de un armario y atisbar en su interior. Jane se consumía de zozobra.

—No debes. No debes. Como la señora Derry...

Pero Lilith reía y tocaba las sedas y los terciopelos; sólo podía apartarse del armario para ir a contemplar los adornos de la repisa de la chimenea.

El fuego estaba prendiendo cuando entró Amanda. Lilith, recordando la mueca que le había hecho, adoptó una actitud desafiante, pero se sentía terriblemente excitada al estar tan cerca de Amanda. Sus espléndidas ropas nuevas ya no eran espléndidas; y volvió a experimentar la rencorosa envidia fomentada por su abuela.

Amanda no dijo nada de la mueca que Lilith le había hecho. ¿Podría ser que no se hubiera dado cuenta? Lilith no podía imaginar que alguien no se vengara si podía hacerlo.

—¿Es ésta tu hermana, Jane? —preguntó Amanda.

—Sí, señorita.

—O sea que tú eres Lilith.

Lilith asintió. Jane miró a su hermana con el ceño fruncido. Pasara lo que pasase, Lilith no iba a hacer una reverencia.

—Espero que te guste estar aquí—dijo Amanda.

—Gracias, señorita —respondió Jane—. Debe perdonar a mi hermana, señorita. Es tímida. Eso es lo que es, señorita.

—No lo soy —replicó Lilith.

Amanda sonrió, y en su frente se dibujó por unos instantes una arruga de preocupación mientras la dulce sonrisa continuaba en sus labios. En aquel momento ella era Lilith, la pobre criadita en su primer día de trabajo en una casa desconocida.

—Debe de ser extraño llegar a una casa nueva... La primera vez, quiero decir.

—No estoy asustada —respondió Lilith.

Jane le clavó a Lilith los dedos en el brazo mientras la llevaba hacia la puerta. Jane estaba preparando un sermón sobre la forma de dirigirse a la burguesía. Al llegar a la puerta, Lilith se volvió. Amanda la estaba mirando. Lilith quiso repetir la mueca que había hecho antes, pero ni siquiera ella se atrevió a hacerlo.

 

 

Laura Leigh estaba sentada junto a la lámpara, delante de su bastidor de costura. La aguja atravesaba el tejido de un lado a otro, pero aunque parecía centrada en su labor, en realidad sólo estaba atenta a su marido. Cuando él se encontraba en una habitación, ella se hallaba siempre pendiente de él, con exclusión de cualquier otra cosa. En ese momento estaba sentado con postura relajada en su silla, moviendo ligeramente los labios mientras leía en silencio la Biblia. Ella sabía que era un hombre muy bueno y que podía considerarse sumamente afortunada por estar casada con él. Lamentaba ser demasiado delicada para darle la familia de hijos que hubiera debido tener. Había tenido cuatro abortos y sólo un hijo, y había sido niña.

Pero, de no ser por eso, se habría sentido más bien orgullosa de su delicado estado de salud. Después de todo, ser delicada era muy propio de una dama; ella seguía la moda de su época; comía muy poco en las horas de las comidas y, a menudo, se hacía subir bandejas a la habitación, ya que comer era un hábito en extremo desagradable y, consideraba ella, sólo debía realizarse cuando fuese necesario; y, entonces, en privado.

Su hija constituía un problema. La niña tenía un apetito excelente; además, era demasiado franca para lo que convenía a la clase alta. Laura se preguntaba si sería adecuada para ella la compañía de los hijos de los Holford y los Danesborough. Alice Danesborough y las dos hijas del médico eran modosas y sosegadas, pero Frith Danesborough era ruidoso y turbulento; un chico alborotado; cabalgaba alocadamente por la comarca. Nadie pensaría que era hijo de un clérigo; aunque debe reconocerse que el reverendo Charles Danesborough no era un clérigo típico. Él también era un jinete entusiasta, le gustaba el buen vino y era ciertamente dado a los placeres de la mesa. Se le consideraba un hombre encantador, y Frith seguía por completo sus pasos en ese aspecto.

Todas las criadas jóvenes se sentían excitadas cuando Frith y su hermana llegaban para tomar el té con Amanda en el cuarto de estudio. La cocinera preparaba un pastel especial de coco, porque al señorito Frith le gustaba el pastel de coco; incluso la señorita Robinson soltaba una risita nerviosa y decía que era un chico revoltoso, pero por alguna extraña razón no era posible estar enfadada con él mucho tiempo. Si no hubiera sido un Danesborough —Charles Danesborough era el hijo menor dé un par y no dependía en absoluto del estipendio que recibía de la Iglesia—, Laura habría tenido sus dudas con respecto a la conveniencia de la amistad de Amanda con Frith. Al mismo tiempo, se preguntaba si no habría adquirido de él aquella ridícula franqueza. Estaba luego aquella desdichada costumbre de preocuparse por los perros vagabundos y los niños descalzos. Desde luego, su abuelo se había preocupado por los pobres —sobre todo por las mujeres pobres, preciso era, lamentablemente, confesarlo—, pero su obsesión podría haber comenzado así.

Amanda constituía una fuente de inquietud no sólo para su madre sino también para ese buen hombre que leía en ese momento la Biblia, pues ambos temían que Amanda acabara saliendo a su abuelo. Tenía el pelo del mismo color, y se decía que, con frecuencia, el color del pelo indicaba el carácter. Los pelirrojos, por ejemplo, eran notoriamente de genio vivo.

La señora Leigh y su marido nunca hablaban del padre del señor Leigh. Se trataba de uno de esos temas de los que no está bien hablar, pues el padre del señor Leigh había llevado una vida inmoral y se le acusaba no sólo de embriaguez sino también de adulterio.

Ella sabía que su marido daba gracias a Dios todas las noches por haberse llevado tan providencialmente a su padre; y, como era un hombre misericordioso, el señor Leigh añadía a sus oraciones de acción de gracias una plegaria por la salvación del alma de su padre.

Laura no podía pasar ante el retrato de la galería sin estremecerse; sus ojos se parecían mucho a los de

Amanda; el pelo crecía de la misma manera desde la despejada frente. La boca de Amanda era suave, cierto, mientras que la de su abuelo era, simplemente, sensual; pero Amanda era todavía una niña y había un cierto aire similar de obstinación en ambos rostros. El del hombre decía con toda claridad que no le importaba lo que se pensara de él en la comarca, que actuaría a su antojo; y esa misma expresión estaba en el rostro de Amanda cuando se encontraba en lo que su madre llamaba «su talante discutidor», cuando hacía preguntas y se aferraba obstinadamente al nudo de la cuestión, negándose a aceptar explicaciones que todos los niños bien educados debían aceptar y aceptaban.

Aquella misma tarde, Laura había estado contemplando entre suspiros el dechado, un tanto desaliñado, de Amanda, con la mancha roja en el punto en que la niña se había pinchado el dedo. Amanda nunca sería una buena costurera.

—Éste es el dechado de mi madre —había dicho Laura—. Lo terminó cuando tenía seis años, la mitad que tú. ¿No te da vergüenza?

Amanda había mirado con expresión crítica la pulcra labor de punto de cruz que proclamaba que el Señor era el Pastor de Mathilda Bartlett y que ella había terminado el dechado el día 6 de enero de 1806.

—Quizás —observó Amanda— el mío sea más importante en el futuro porque he dejado mi sangre en él.

—Eso es muy desagradable —había exclamado Laura, estremeciéndose—. Si tu padre te oyese decir eso, te mandaría dar de azotes.

Amanda había adoptado un aire contrito; no tenía intención de irritar; era, simplemente, su forma natural de comportarse.

El dechado de Amanda estaba en el costurero de Laura, y se preguntó si debía enseñárselo al señor Leigh. Éste era muy severo y probablemente ordenaría que Amanda permaneciese en su habitación hasta que el dechado quedara terminado. Él sólo pensaría en lo que era bueno para Amanda. Pero no se decidía a informarle de las faltas de Amanda; temía que, si lo hacía, le recordase que el único hijo que habían tenido era una niña, y, además, muy poco satisfactoria. Él rezaba todas las noches por que pudieran tener un hijo. Por desgracia, ésta era una de esas cosas que necesita algo más que oraciones. Laura suspiró inaudiblemente para no turbarle. No sabía qué debía hacer con respecto a Amanda. Su vida estaba llena de problemas tan difíciles como éstos; ponían arrugas en su frente; la atormentaban constantemente.

El señor Leigh interrumpió sus pensamientos.

—Toca, por favor, la campanilla, cariño. Necesitamos más carbón.

Ella se levantó obedientemente y estiró del recamado cordón de la campanilla.

—Lo siento..., no me había dado cuenta.

Él guardó silencio; se movieron sus labios mientras continuaba la lectura.

Sonó un golpecito en la puerta, y entró Jane.

—Más carbón, Jane, por favor.

—Sí, señora.

Llevó el carbón la hermana de Jane, Lilith, la nueva criada, y Laura experimentó de inmediato una sensación de desasosiego. Cuando Jane llegó a la casa, había sentido la misma turbación; había observado a su marido, preguntándose qué pensaría cada vez que aparecía la nueva criada. Aunque él no había dicho nada, Jane había entrado a servir allí por orden suya; y también en ese momento era él quien había ordenado la presencia de Lilith. «Necesitamos una nueva doncella, señora Leigh —había dicho—. Debéis traer a una de las chicas Tremorney.» Resultaba muy incómodo tener a las criaturas en la casa; pero el señor Leigh era un hombre bueno que nunca eludiría sus responsabilidades. Y Lilith estaba ahí y, temía Laura, nunca sería como las otras chicas.

—Ponlo en el fuego —ordenó Laura con tono distante.

Lilith era torpe. Tenía mucho que aprender. Al ponerlo en el fuego, parte del carbón chocó ruidosamente contra el hogar.

Cuando se hubo marchado, Laura dijo nerviosamente:

—Es nueva. Aún no ha aprendido. Ojalá no hubiera sido necesario tenerla; hay muchas chicas agradables en el pueblo.

El señor Leigh pareció asombrado.

—Creía que conocías mis sentimientos al respecto.

—Oh..., estoy segura de que tienes razón..., pero...

—Sé que tengo razón. Debemos aprender a llevar nuestras cargas.

—Pero... después de todos estos años... —se sentía asustada de su propia temeridad y estaba tratando infructuosamente de remediarla. Se había atrevido a criticar sus actos. ¿Qué le había pasado?

—Querida —replicó él en tono severo—, debes confiar en que conozco mi deber.

 

 

La familia estaba reunida en el comedor para rezar. Arrodillado a la cabecera de la mesa, se encontraba el amo; junto a él estaba el ama, y al otro lado,

Amanda. Junto a Amanda estaba la señorita Robinson; y más allá, a respetable distancia a lo largo de la mesa, estaban arrodillados Steert, que era a la vez cochero y mayordomo, la señora Derry, el lacayo y el mozo de cuadra, los dos jardineros y las tres doncellas, con Lilith.

El señor Leigh recitaba las oraciones, con las palmas de las manos juntas y los ojos cerrados; pero nunca se podía confiar en que sus ojos permanecieran cerrados; podían abrirse de pronto y advertir cualquier falta de buen comportamiento por parte de su pequeña congregación.

A Amanda le dolían las rodillas; le resultaba difícil mantenerse quieta y, como estaba tan cerca de su padre, no se atrevía a moverse, pues sabía que la más mínima infracción que cometiese sería castigada más severamente que una falta similar cometida por cualquiera de los sirvientes. «No olvides —le decían continuamente— que debes dar ejemplo.»

Su padre se levantó y comenzó el sermón de diez minutos que pronunciaba todas las mañanas. Habló de la mezquindad y perversidad de la naturaleza humana..., y se refería a la de quienes le escuchaban, naturalmente; hacía continuas referencias al ángel encargado de registrar las acciones buenas y malas, que a Amanda siempre le parecía como una omnisciente y malévola señorita Robinson. Después de eso, Amanda perdió la noción de lo que iba diciendo, hasta que recordó, con súbito pánico, que probablemente sería interrogada sobre ello durante la comida del mediodía. La conversación de su padre en la mesa, si le implicaba a ella, versaba generalmente sobre lecciones y oraciones; estaba llena de añagazas, y ella nunca sabía qué temía más, su conversación o sus melancólicos silencios. Tendría que averiguar por la señorita Robinson cuál había sido el tema del discurso de aquella mañana.

Después del sermón hubo una oración más. Amanda, cubriéndose el rostro con las manos, atisbo por entre los dedos y vio que Lilith estaba haciendo lo mismo; sus ojos se encontraron, y ninguna de las dos pudo apartar la vista.

Terminada la oración, su padre les despidió. Los sirvientes se dirigieron a sus obligaciones; el señor Leigh, a despachar los asuntos de sus fincas; la señora Leigh, a dar instrucciones a la cocinera o a trabajar en la despensa o en la labor de bordado; Amanda y la señorita Robinson, a preparar sus lecciones.

Amanda sacó los libros de Historia y preguntó:

—Señorita Robinson, ¿qué opina del sermón de hoy de papá?

—Muy bueno y muy necesario.

—¿Le ha parecido muy buena la primera parte?

La señorita Robinson miró a su alumna con una exasperación no exenta de afecto. Amanda no había estado escuchando, la señorita Robinson se dio cuenta. Ella misma había tenido que forzarse a escuchar; había muchas cosas que la señorita Robinson estaba obligada a hacer.

Empezó a exponer los puntos esenciales del sermón, lenta y claramente para que la niña pudiera retenerlos en la memoria. La señorita Robinson le tenía cariño a su pupila, pero sus sentimientos se veían frenados por la apremiante necesidad de satisfacer a sus patronos. Debía ponerse siempre de parte de ellos y en contra de sus pupilos, pues eran aquéllos quienes decidían si había de permanecer o no en su puesto.

Anhelaba que Amanda pudiera dar las respuestas adecuadas en el almuerzo, si era interrogada sobre el sermón de la mañana, ya que cualquier deficiencia de la alumna se reflejaba necesariamente en la maestra.

Amanda estudió su libro de historia y lloró un poco por los príncipes encerrados en la Torre, que habían encontrado la muerte cuando tenían más o menos su misma edad. Le recordaban esa mañana a la pobre señorita Robinson, lo cual ponía de manifiesto lo rara que era y la razón que tenían todos al considerarla ridículamente imaginativa. Sin embargo, sentía más compasión por la señorita Robinson que por los príncipes. Era mejor, sin duda, ser príncipe y morir asfixiado en la Torre que, como decía Antonio:

Dejar que el desdichado sobreviva a sus riquezas y contemple con ojos hundidos y arrugada frente una ancianidad de pobreza...

Estos versos siempre le hacían llorar porque parecían cuadrarle a la señorita Robinson. No era de extrañar que Amanda no pudiera aprender historia; siempre la mezclaba con la vida contemporánea.

—¿Otra vez has estado llorando? —preguntó con desasosiego la señorita Robinson.

Nadie preguntaba nunca la razón de las lágrimas de Amanda; todos parecían comprender que eran demasiado complicadas para que llegasen a entenderlas. La señorita Robinson no quería que bajase a comer con la cara empañada en lágrimas. Podría parecer que las lecciones habían sido difíciles, y la señorita Robinson temía que unas lecciones difíciles sugiriesen la idea de una institutriz incompetente.

Por fortuna, Jane subió en ese momento para decir que el señorito Frith y la señorita Alice Danesborough habían llegado a caballo y preguntaban si la señorita Amanda podría acompañarles en su paseo matutino.

—Sí —afirmó la señorita Robinson—. Has trabajado bien esta mañana. El viento te borrará las huellas de esas lágrimas. Y, Amanda, procura no dar rienda suelta con tanta facilidad a tus sentimientos. No es propio de una dama.

—Lo... intento, señorita Robinson.

—Ve, entonces.

Amanda bajó a las caballerizas y pidió al mozo que ensillara a Gobbo. Los caballos de los Danesborough piafaban con impaciencia en los adoquines, mientras Frith y Alice correteaban por el jardín.

—¡Hola! —exclamó Frith—. Ahí está Amanda.

Amanda fue a su encuentro. Frith era alto y muy guapo. Tenía ya casi diecisiete años y estaba hecho todo un hombre; Alice lo consideraba maravilloso, pues ella era una dócil niña de la edad de Amanda.

—¡Salve, Niobe! —exclamó Frith. Era realmente amable, pero irreflexivo; decía lo primero que se le ocurría y pensaba en ello después.

—¿Niobe? —preguntó Alice, que, al decir de Frith, era tonta de remate, salvo para las habilidades femeninas de la aguja y la despensa—. Querrás decir Amanda.

Amanda se tocó las mejillas.

—¿Se nota?

—No te preocupes —respondió Frith—. Eso ya no sorprende. Y lo de Niobe no te va. Tú eres la persona menos orgullosa que conozco y no creo que hayas mirado jamás a nadie con desprecio. ¿Les has pedido que te preparen a Gobbo?

—Sí.

—Pues vámonos.

—Frith ha dicho que viniéramos a rescatarte de ese viejo dragón, la Robinson.

—No es realmente un dragón. En realidad, es muy buena...

—Oh, Amanda —le interrumpió Frith—, tú excusarías al mismísimo demonio.

Salieron de las cuadras a caballo y enfilaron el camino que descendía hacia el mar.

Era una mañana cálida y soplaba un suave viento del suroeste; Amanda aspiraba con deleite los entremezclados aromas del mar: algas, alquitrán, salitre y el perfume que, decían algunos, llegaba desde España por encima de las aguas.

Frith cabalgaba por delante, abría la marcha y elegía los lugares más peligrosos sobre los acantilados, volviendo de vez en cuando la vista para asegurarse de que se encontraban bien.

Les condujo hasta la playa.

—¡Una carrera! —gritó Frith; y galoparon por la playa, cubierta de arena esa mañana, aunque el día anterior habían estado al aire las crueles rocas—. Ha debido de hacer un viento muy fuerte esta noche —observó Frith— para producir toda esta arena.

Ganó él la carrera; Amanda tenía la impresión de que siempre ganaría cuanto se propusiera.

—Lo malo de vosotras —exclamó Frith— es que no dejáis sueltos vuestros caballos. Tenéis miedo. No podéis permitiros tener miedo.

Cuando Frith se cansó de competir, se apartaron de la playa, y él abrió la marcha a lo largo del sendero que subía por el acantilado.

—Un paso en falso —exclamó con regocijo— y caeríais rodando, con caballo y todo, y ése sería el fin de la señorita Amanda Leigh o de la señorita Alice Danesborough.

No era del todo insensible, pensó Amanda; en realidad, era muy bondadoso. Se trataba, simplemente, de que siempre quería llamar la atención sobre su propio valor, sobre sus dotes de mando.

—No hace falta que lo digas —comentó en voz alta—. Ya lo sabemos.

—Sabéis ¿qué? —preguntó Frith.

Pero ella no supo responder a eso; era demasiado complicado, y les estaba llevando ahora por el Sendero de los Contrabandistas, aquel camino abierto a través de los acantilados que resultaba invisible desde abajo al quedar oculto por el follaje. Se abrían paso entre las ramas, que les arañaban si no andaban con cuidado, y Alice estuvo a punto de ser derribada del caballo por una de ellas, que osciló inesperadamente cogiéndola desprevenida.

Amanda dijo:

—Tenemos una chica nueva. Es de las alquerías del muelle oeste

—¿No será otra Tremorney? —preguntó Alice. —Sí... Lilith.

—Hay una morenita —señaló Frith. —Esa es.

—Son todas tan sucias... —exclamó Alice con gesto de repugnancia.

—Es un poco extraña... —empezó Amanda.

—¿Extraña? ¿Cómo? —preguntó Frith.

Pero ésa era otra cosa que Amanda no sabía explicar.

—Oh, no sé. Sólo extraña.

Habían llegado a las alquerías de Kellow, y algunos de los niños salieron a inclinarse y llevarse la mano a la cabeza de la misma forma en que habían visto a sus padres saludar a los miembros de la clase alta.

Frith les arrojó varias monedas. Era así. Le gustaba que le admiraran, pero quería ser apreciado al mismo tiempo. También era orgulloso y disimuló su complacencia cuando los niños gritaron de júbilo, sin dignarse volver la mirada hacia ellos.

—Frith, ¿qué hora es? —preguntó Amanda—. No debo llegar tarde al almuerzo.

Frith sacó el reloj y lo miró.

—No queda mucho tiempo —dijo; y les hizo galopar casi todo el camino de regreso a Leigh House.

Aunque señorial y con absoluta libertad, creía ella, en casa de su padre —pues todo el mundo sabía que el reverendo honorable Charles Danesborough era un hombre bonachón que disfrutaba con la paz y la comodidad de su casa—, Frith tenía la imaginación suficiente para comprender el apuro de Amanda y la benevolencia precisa para compadecerse de ella.

Aun así, cuando llegaron a Leigh House, Amanda vio que disponía sólo de diez minutos para ir hasta las cuadras y regresar a su habitación para cambiarse de ropa.

Entró por el prado y, mientras Gobbo corría a toda velocidad por entre las altas hierbas, vio una pequeña figura acurrucada contra el seto.

Se detuvo. Sabía que era alguien del pueblo y se sintió inmediatamente asustada, porque quienquiera que fuese estaba violando la propiedad ajena, y los intrusos lo pasaban mal si eran descubiertos por su padre. Además, los sirvientes le tenían tanto miedo que, como todas las personas que vivían atemorizadas, parecían estar buscando perpetuamente cabezas de turco para apartar la atención de sus propios defectos.

—¿Quién eres? —preguntó. Pero ya lo sabía, pues al instante reconoció en él al hermano de Lilith—. Estás... estás violando la propiedad —dijo, mientras retrocedía.

—Sí, señorita. Yo quería...

Amanda se inclinó hacia delante y le dirigió una de aquellas cálidas sonrisas que le atraían el afecto de tantas personas.

—He venido a ver a Lilith —anunció.

—Lilith es tu hermana. Lo sé. Vino ayer a nuestra casa.

—Sí, señorita.

—Debes tener cuidado. Si te encontrasen aquí, te entregarían a los jueces.

—Lo sé, señorita. Es que... somos gemelos. Siempre hemos estado juntos hasta ahora.

—¡Gemelos! —exclamó Amanda—. ¿Y has venido a ver cómo le va aquí?

El asintió con la cabeza.

—Quizá le parezca que ella no es de las que se adaptan, señorita. Pero se adaptará. —Oh, sí. Desde luego.

El chico sonrió, y Amanda comprendió que estaba muy preocupado por su hermana. Temía que su comportamiento fuese tan turbulento que acabaran expulsándola.

—¿Sabe ella que venías a verla?

—No, señorita. Esperaba que saliese. Esperaba tener una oportunidad de verla...

—Yo se lo diré. Pero no debes quedarte aquí. Podrían cogerte. Escóndete debajo del seto. Le diré a tu hermana que estás aquí.

Percibió la adoración que brillaba en sus ojos y eso le agradó. Quizás era un poco como Frith, que necesitaba la admiración y la simpatía de los niños del pueblo.

Cabalgó hasta la caballeriza y dejó a Gobbo a cargo del mozo de cuadra. Al entrar en la casa, vio que sólo tenía cinco minutos para cambiarse de ropa y bajar a comer.

Subió corriendo a su habitación y se puso un vestido. El chico tendría que esperar. Pero ¿cómo podría esperar durante toda la comida? Tal vez lo acabaran sorprendiendo si alguno de los sirvientes se acercaba por allí.

Agarró el cordón de la campanilla y estiró con fuerza tres veces. Acudió Bess.

—Quiero ver a Lilith enseguida. Dile que se dé prisa. Es muy urgente.

Pero Lilith tardaba en llegar y el reloj avanzaba.

En el comedor habría empezado ya la acción de gracias.

Por fin entró Lilith, con movimientos lentos y aire insolente.

—Tu hermano gemelo ha venido a verte —dijo Amanda—. Está en el prado esperándote. Tened cuidado. Manteneos pegados al seto, y no os verán. No hay apenas peligro a esta hora del día.

Lilith se la quedó mirando, estupefacta.

—Date prisa —insistió Amanda—. Y ten cuidado.

Amanda echó a correr por delante de Lilith y bajó la escalera en dirección al comedor.

Abrió la puerta; la voz de su padre se elevó al aproximarse al final de la oración de acción de gracias. Percibieron su entrada —los tres—, pero fingieron no saber que ella estaba allí, pues tenían los ojos cerrados y se suponía que estaban unidos en la acción de dar gracias a Dios por lo que iban a recibir.

Steert, junto al aparador, tenía también los ojos cerrados. Bess había entreabierto los suyos para dirigir una mirada de simpatía a Amanda.

Cuando la oración hubo terminado, el señor Leigh abrió los ojos y miró con frialdad a su hija.

—Papá —empezó Amanda—, siento...

—Yo lo siento más —le interrumpió él—. Estoy profundamente afligido. ¿Qué explicación puede existir para semejante conducta?

—Yo... Me temo que se me ha hecho tarde.

—¡Se te ha hecho tarde! Deduzco que estabas montando a caballo, y tan egoístamente absorta en tu propio placer que no podías pararte a pensar en la angustia que estabas causando a tu madre y a mí. Nos haces temer que no podemos esperar que nos honres. Quizás es menos importante al compararlo con tu pecado contra Dios. Yo estaba hablando con Él. Tu madre, la institutriz y los sirvientes estaban hablando con Él. Pero tú has irrumpido entre nosotros. Has llegado tarde. Has decidido prescindir de dar las gracias a nuestro Señor por los alimentos que están sobre mi mesa.

—Papá... —empezó ella, con aire desvalido.

Pero él levantó la mano.

—Estás acalorada; estás desgreñada; tu condición no es la adecuada para sentarte a la mesa. No creas que, aunque pase por alto tus insultos a la familia, vaya a pasar por alto tus insultos a Dios. Vete inmediatamente a tu habitación. No participarás de una comida a la que no llegas con puntualidad por no considerarla digna. Permanecerás en tu habitación hasta que se te ordene salir de ella.

Bajo la reprochadora mirada de su madre, la asustada de la señorita Robinson y la compasiva de Steert y Bess, Amanda abandonó la estancia.

La señorita Robinson subió a la habitación de Amanda inmediatamente después de terminada la comida.

—Tu padre está muy enfadado —dijo—. Tu madre está muy triste. No se ha pronunciado ni una sola palabra durante la comida. La verdad es que no sé qué decir. Después de todo lo que he hecho...

Amanda pasó un brazo sobre los hombros de la institutriz.

—Lo siento, Robbie. No ha sido culpa tuya. Les diré que no ha sido culpa tuya.

—Tu padre dice que vayas ahora mismo a su estudio. Yo no perdería tiempo. Pero primero péinate. Tu pelo parece un nido de pájaros. ¿Tienes limpias las manos? Pero date prisa, niña. Sería una imprudencia hacerle esperar.

Amanda se alisó con solemnidad el pelo; no se detuvo a lavarse las manos. Al pasar por la galería, miró brevemente el retrato de su abuelo, que muchas veces imaginaba que se burlaba de ella y le instaba a ser audaz y a no preocuparse por el hecho de que la considerasen mala. Bajó la escalera hasta el vestíbulo y llamó a la puerta de la habitación conocida como el estudio de su padre.

Aborrecía aquella habitación. Era más sombría que cualquier otra parte de la casa; las ventanas se hallaban casi completamente ocultas por las espesas cortinas de aquella tonalidad que no era del todo gris ni del todo marrón. No había colores brillantes en aquella habitación; no había ningún recuerdo de otros tiempos, ninguna reliquia de un espléndido pasado; aquél era el sanctasanctórum de su padre, amueblado por él mismo.

Amanda recibió orden de entrar.

Su padre no levantó la vista enseguida, pero cuando lo hizo su mirada estaba llena de desprecio.

—De modo que aquí estás. ¿Es posible que seas mi hija? —Se trataba de una de sus muchas preguntas a las que no esperaba respuesta, así que Amanda permaneció en silencio, con la manos entrelazadas a la espalda, la mirada baja y un aire recatado con su largo vestido azul de paño—. ¿Por qué has llegado tarde a la comida? —preguntó.

—Lo siento mucho, papá. Se me pasó la hora.

—¡Se te pasó la hora! «El tiempo es el material de que está hecha la vida.» A veces me pregunto qué será de ti. No te importa el dolor que nos causas a mí y a tu madre. Eres perversa y hay veces en que creo que te complaces en tu perversidad. Día tras día, te veo recorrer el camino hacia el infierno casi con alegría. Me pregunto á mí mismo qué monstruo es este que yo he ayudado a traer al mundo. ¿Es que no tienes responsabilidad? Y, si me afliges a mí, tu padre terreno, ¿cuánto más afligirás a tu Padre que está en el cielo? No dices nada. ¿Estás enfurruñada?

—No, papá. Siento mucho afligirte a ti y a Dios. No era ésa mi intención.

—Dudo que lo sientas. Dudo que hayas considerado siquiera la magnitud de tu perversidad.

Se puso de pie y se inclinó hacia ella, con las manos apoyadas en la mesa. Empezó a hablar sobre el camino hacia el infierno y de cómo la gente se deslizaba en él, de manera inconsciente al principio, de cómo el diablo estaba acechando en las proximidades.

—Te arrodillarás conmigo —dijo al fin—. Pediremos a Dios que te ayude. No escatimaremos esfuerzos; desafiaremos al diablo.

Amanda se arrodilló. Hasta las alfombras de aquella habitación eran ásperas; le gustaba vivir como un monje en una celda. Era tan bueno que todos los demás le parecían malos. Ella oía el sonido constante de su voz y, cuando por fin le hizo una señal para que se levantara, no podía recordar qué había estado diciendo, salvo que se había referido exclusivamente a su perversidad.

Y entonces pronunció su sentencia.

—Irás a tu habitación y no tomarás más que pan y agua durante el resto del día de hoy y todo el día de mañana. Darás las clases en tu propia habitación y aprenderás de memoria el salmo veinticinco, que me recitarás mañana por la noche. Continuarás a pan y agua hasta que puedas recitarlo de memoria. Vete ahora y procura enmendarte. No sólo por mí, no sólo por amor a Dios, sino también en beneficio de tu alma inmortal.

Cuando salió su hija, el señor Leigh se sentó a la mesa y sepultó la cara entre las manos. No podía borrar de su mente la imagen que su hija le había ofrecido; su cabello amarillo le recordaba los cabellos de su padre; aquellos ojos, que ella había hecho que parecieran sumisos, si bien no eran audaces, estaban llenos de secretos. Recordaba el comportamiento de su padre después de alguna bellaquería, cuando la comarca entera comentaba el escándalo de su última hazaña. Recordaba que se mostraba agradable, afectuoso y contrito; cómo lisonjeaba a su esposa y le decía que era la criatura más bella de Cornualles. Le parecía haber visto la misma expresión en el rostro de Amanda. La perversidad había nacido en la niña; se había saltado una generación.

Podía cerrar los ojos y ver el rostro de su padre; no hermoso, sino congestionado por el vino y abotargado por la lujuria, tal como había estado al final, con los médicos sangrándole y él rugiendo de ira porque le habían prohibido el whisky; recordó cómo su padre se había levantado de su lecho enfermo para buscar por sí mismo la botella que, por orden del médico, se le había retirado. Había rodado escaleras abajo hasta quedar exánime en el vestíbulo, con el cuello roto y todos sus pecados sobre él.

El señor Leigh se arrodilló y oró por el alma de su padre, que creía sometida a los tormentos eternos; oró en petición de que le fuera concedido el apartar de su hija las insidias de Satanás.

Había hablado de Amanda a Charles Danesborough, pero Danesborough —había acabado por creer— era demasiado aficionado a la comodidad y la molicie como para ser un verdadero hombre de Dios. El señor Leigh recelaba de aquella risa alegre y campechana, de aquella indulgencia que mostraba hacia sus propios hijos. «¿Amanda? —había dicho Danesborough—. Una chiquilla encantadora. Mis dos hijos la quieren mucho.» Como si porque la niña gozara de la amistad de sus dos hijos tuviera que ser un modelo de virtudes. Había mucha ligereza en Danesborough; era un necio. No podía servir de ninguna ayuda.

La señora Leigh llamó con timidez a la puerta; él la invitó a pasar, pero continuó arrodillado. Le hizo seña de que se uniera a él y oró de nuevo en voz alta por la salvación de su perversa hija.

—Amén —dijo finalmente.

—Amén —repitió Laura.

—Nuestra hija presenta un grave problema —afirmó mientras se levantaba.

Laura se sintió agradecida por el hecho de que se refiriese a Amanda como hija de ambos. Había veces en que decía «tu» hija. Pensó que eso constituía una buena señal.

—Tiemblo por su futuro —continuó él.

—Es tan fácil, cuando se es joven e irreflexiva, olvidarse de la hora... A mí también me pasa, me temo.

—Se le ha enseñado que honre a su padre y a su madre, y nos ha herido profundamente. Ojalá pudiera decir que ésta es la primera vez que sucede. Ha quebrantado uno de los mandamientos de Dios. «Honrarás a tu padre y a tu madre...» No busques excusas para tu hija, señora Leigh. Si se le permite quebrantar un mandamiento, puede llegar a quebrantar otros. Su perversidad tal vez se vea agravada por el hecho de que es hija única.

Laura bajó los ojos. Ésa era otra sombra que flotaba sobre la casa. Dos abortos y, luego, Amanda. Dos más, y seguía sin haber un hijo varón. El embarazo la aterrorizaba. Y tampoco acogía con agrado el ritual que debe preceder a esos fastidiosos meses. Todas las noches, cuando se hallaban sentados en la sala de estar, temía oír aquellas palabras: «Acudiré a vuestro cuarto esta noche, señora Leigh.»

El día anterior se había asomado a la ventana y había visto a la joven Jane Tremorney hablando con el hijo del granjero Polgard, que hacía su ronda a caballo para llevar los huevos y la manteca; había observado al hijo del granjero, desgarbado y tímido, mientras Jane le provocaba con la jocosa mordacidad que las muchachas de las clases bajas emplean a menudo en su comportamiento con los jóvenes. ¿Cómo podían hacerlo? ¡Si supieran...! Parecían disfrutar con ello; pero, naturalmente, no eran damas delicadas.

—Estoy segura —dijo a toda prisa— de que has tratado este asunto como había que tratarlo. Estoy segura de que la veremos caminar firmemente por la senda de la rectitud.

Él inclinó la cabeza, mientras ella permanecía ante él, anhelando escapar, pero sin atreverse a hacerlo, temiendo sus próximas palabras, con las que podría indicarle que debía esperar su compañía esa noche.

 

 

Caía el crepúsculo y Amanda estaba sola en su habitación.

«A Ti, oh Señor, alzo mi alma; en Ti, Dios mío, he puesto mi confianza. No dejes que sea confundido ni triunfen sobre mí mis enemigos.»

Sus enemigos, sabía, eran el diablo y aquellos agentes suyos, las malvadas gentes que trabajaban para él en la Tierra.

Percibió un sonido en la habitación. Miró hacia la puerta y vio que se estaba abriendo con lentitud.

—¿Quién es? —preguntó.

La puerta se abrió y apareció Lilith. Sonrió despacio y entró; llevaba la mano derecha a la espalda.

—¿Sola? —susurró Lilith.

—Sí.

De detrás de su espalda Lilith sacó algo envuelto en una servilleta. Lo dejó sobre la mesa y, al abrirlo, puso al descubierto un pastel rodeado de carne, patatas y cebollas. Lilith retrocedió un paso, mirándolo con satisfacción.

—Es para ti —susurró.

—¿Lo has robado de la cocina?

Lilith asintió, sonriente.

—Oh... pero no debiste hacerlo.

—No es robar en realidad —replicó Lilith con impaciencia—. Era para ti, así que cómo va a ser eso robar. Pensé que estarías hambrienta. —Lo estoy, pero...

—Pues entonces no seas tonta —dijo despectivamente Lilith.

Amanda cogió el pastel y sus escrúpulos desaparecieron, pues tenía mucha hambre. Dio un mordisco.

—No te preocupes —dijo Lilith—. Por mucho tiempo que te tengan aquí, yo te traeré cosas de comer, pobrecilla.

—¿Hablaste con tu hermano?

—Sí. Y luego me enteré de lo tuyo en la cocina. Una vergüenza, dicen. Y yo digo: «Lo ha hecho por mí y por William.»

Lilith estaba feliz. Se daba cuenta de que la chica a quien había envidiado toda su vida no era más afortunada que ella; de hecho, era tan escasa su importancia que podía ser humillada delante de los criados, enviada a su habitación y castigada a pan y agua. ¡Pensar en ellos, allá abajo, comiendo pato asado y queso, pasteles de carne con nata montada, mientras ella estaba en aquella habitación con sólo pan y agua! Lilith nunca lo habría resistido. O sea que no era ninguna maravilla ser una hija de la alta burguesía. Por lo que a ella se refería, se había esfumado toda sombra de enemistad.

—Si alguien te hubiera visto robar esto —advirtió Amanda—, podrían llevarte ante los jueces.

Lilith asintió alegremente.

—Mi padre es un hombre muy bueno —dijo Amanda—. Es tan bueno que casi todo el mundo le parece a él muy malo.

Lilith asintió de nuevo. Se tendió sobre la cama de Amanda y miró los zapatos nuevos que le había proporcionado la señora Derry.

—Haz el favor de levantarte de mi cama —ordenó Amanda, con un tono tan autoritario como le fue posible.

Pero Lilith continuó tendida, riendo. Amanda empezó lentamente a sonreír. Comprendió que Lilith era una aliada; le estaba ofreciendo su amistad. La única condición era que cuando estuviesen solas debía ser tratada como una igual.