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(El presente)



Estaba sentada sobre las baldosas del descansillo, delante de la habitación de su hermano Karl, el hoy barón Rudolf von Sebottendorf. Carolin miraba en dirección al salón-comedor, intentando alejar de su mente la marea de los recuerdos. Allí era dónde había sucedido todo, donde sus padres habían muerto. Ella no pudo hacer nada para salvarlos pero, aún a día de hoy, se sentía culpable.

—No quiero perder también a Ulrike —susurró Carolin, hacia ninguna parte, dejando que sus pensamientos cobraran vida en forma de palabras.

Recordó el trozo de papel que se le había caído a su hermana antes de que Carles se la llevase. Era una página de un libro, escrita en latín. No estaba arrancada pero sí numerada. Era como si formase parte de un volumen pero no se hubieran cosido los pliegos. O como si no formase parte de los pliegos de la obra sino de alguna otra cosa.

Aquella hoja de papel formaba parte de un libro pero a la vez no formaba parte. Otro misterio. Pero no creía que aquel misterio tuviera relación con el Ars Magna Lucis, el volumen que habían robado, porque estaba intacto y no le faltaba ni una sola página cuando lo mandaron a Alemania. Pero podía estar equivocada. A aquellas alturas, estaba dispuesta a reconocer que estaba equivocada en todo.

Miró en dirección a la puerta de entrada, a aquel lugar que se parecía a su casa pero que no podía serlo. Todo era mentira, una rara y complicada mixtificación, un truco del barón Lacroix, una forma de castigo por haber robado aquel libro que podía conjurar zombis. Pero ella encontraría una explicación a cuanto estaba sucediendo y escaparía de aquella cárcel.

Se incorporó de pronto. Había oído un sonido extraño, como el de un mueble que se arrastra o...

—¿Quién anda ahí? ¿Hay alguien?

No hubo respuesta. Pero estaba segura que lo que había oído eran unas pisadas. Dos juegos de pisadas, uno más vigoroso, otro más dubitativo, como si apenas tuviese fuerza para mover los pies. Tal vez las pisadas de una mujer.

Entonces los vio. Su madre caminaba mientras emitía unos gruñidos guturales. Tenía un enorme boquete en la cabeza y la sangre le corría desde éste por las mejillas y el cuello, deslizándose por su vestido.

—¡No! —chilló Carolin.

Detrás iba su padre, vestido con un traje oscuro y una camisa blanca, que en parte aparecía roja a causa de las vísceras untuosas y escarlatas que le ensuciaban el pecho, colgando y enseñando sus intestinos y pulmones.

Carolin echó a correr por el pasillo. Intentó entrar en su habitación pero no fue capaz. La puerta estaba atrancada. Cuando intentó dar la vuelta, oyó un aullido lastimero, un ladrido gutural que no tardó en reconocer.

—¡Oh, no, Darío!

Un pastor alemán con la cabeza prácticamente desprendida del cuello, se arrastraba por el suelo a su encuentro. Quiso gritar, pero no pudo. Su madre estaba ya a pocos pasos, dispuesta a asesinarla.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Por favor! —suplicó.

Pero la mujer se abalanzó sobre ella, buscando su cuello. Carolin no podía convertirse en zombi a causa de los poderes que recibían todos los seguidores de la Logia Thule, pero unos zombis recién infectados como aquellos podían despedazar a cualquiera en cuestión de segundos.

Carolin, mientras forcejeaba, intentando que no la mordiese, retrocedió hasta golpearse con el marco de la puerta. Por un momento estuvo a punto de perder el conocimiento. Se recobró cuando sintió los dientes de Emmy, su querida madre, hincarse en su omoplato izquierdo. La empujó sin pensárselo dos veces y la arrojó al suelo.

Al incorporarse vio a Heinrich von Sebottendorf, avanzando por el pasillo mientras gruñía como una bestia en un matadero. Fue entonces cuando Carolin recordó que los zombis recién infectados, aparte de haber perdido el don del habla, eran lentos, torpes y previsibles. Debía superar el hecho de aquellos seres se parecieran a sus padres. Sin duda era otro truco del Lacroix, que quería volverla loca.

Emmy estaba intentando morderle un pie desde el suelo, pero su hija le dio una patada en la boca y le rompió los dientes. La mujer se limitó a escupirlos e intentó de nuevo morderla, pero Carolin corría ya hacia su padre.

No le costó esquivarlo. Avanzó por la derecha y, en el último momento, viró hacia la izquierda. Heinrich se encontró intentando asir el aire vacío de la habitación y se detuvo, como si no pudiera entender a dónde había ido su presa.

—Perdóname, papá —dijo Carolin.

Llevaba en la mano un candelabro del pasillo. Heinrich la miró. Buscó con todas sus fuerzas en su interior y al fin consiguió decir, en voz muy baja y nasal:

—No es culpa tuya, cariño.

Carolin le arrojó el candelabro, que estalló al instante, convirtiendo a su padre en una antorcha. Aullando, echó a correr en dirección contraria y embistió a Emmy. Unos instantes después estaban los dos en llamas, consumiéndose como teas humeantes. Darío avanzó arrastrándose hacia el infierno en llamas, dispuesto a consumirse junto a sus amos.

Ni convertido en zombi aquel pobre animal había sido capaz de atacarla. Eso demostraba algo que siempre había sabido en su fuero interno: que los animales son mejores que nosotros, los seres humanos.

Carolin echó un último vistazo a las llamas. Suspiró. Aquel no era el recuerdo que quería tener de sus progenitores. Ella todavía guardaba como un tesoro aquellos primeros años de su vida, antes de la Logia Thule; antes de que ella fuese una espía al servicio de su hermano; antes, mucho antes de que todo su mundo se viniera abajo.

Cuando era una cría a la que le gustaba mirar hacia las nubes.

Con tanta fuerza regresó aquel momento a su mente que no advirtió que la cicatriz de su cuello había vuelto a transformarse. Del X I I I había pasado al X I I; entonces, súbitamente, apareció un número X I. A los pocos segundos, el segundo símbolo desapareció y quedó solo el X.

Porque aún había diez almas esperando su momento. Aquello no había hecho más que comenzar.