Jianne Carlo
Serie Guerreros Vikingos
1- El Oso y la Novia
Argumento
Torsten de Ostberg, jarl de Stjórardalr, también conocido como el Oso del Norte, ha estado soñando con Ainslin de Durham, una viuda reciente con dos hijos, durante dos estaciones, desde la primera vez que la vio en la corte del Rey Cnut. Después de derrotar a su rival, recibe la bendición del Rey para casarse con ella.
Ainslin teme la reacción de Torsten cuando se entere de que aun es virgen. ¿Como explicarle su virginidad y sus hijos gemelos? Pero aun así, abandona Mercia para casarse con Torsten y vivir en Noruega, y poder mantener a sus hijos seguros. Sus peores pesadillas se hacen realidad cuando su antiguo vecino, Sigrid, llega a Noruega para la coronación del Rey Cnut.
¿Qué es lo que Sigrid sospecha? ¿Torsten abandonará a Ainslin y a los niños cuando descubra la verdad?
Capítulo Uno
Stjórardalr, Noruega 1028 dC
– Ya ha estado casada antes – Dijo Martha, maldiciendo cuando un nudo de los largos rizos dorados de Ainslin se negó a desenredarse. – No es algo nuevo para usted.
Ainslin quitó suavemente el peine de los dedos artríticos de su doncella y ni se molestó en señalar las obvias diferencias entre su matrimonio actual y el anterior.
– Aviva el fuego, Martha. Yo me encargo de mi pelo. Hacía bastante frío en el salón durante la cena.
Sí, y helado era lo que describía el tono empleado por la hermana del jarl cuando ella había hablado con Ainslin, durante la interminable noche de la cena, que los vikingos llamaban nattveror.
– Es mejor que las doncellas de la casa no se ocupen de usted – Murmuró Martha – La hermana del nuevo señor no me cae muy bien. Tiene una mirada maligna, es perversa.
Ainslin reprimió un suspiro ante la verdad de sus palabras.
Helga, la medio hermana de Torsten de Ostberg, jarl de Stjórardalr, el líder de Stjórardalr, no se había dirigido a Ainslin más de tres veces desde su llegada, dos noches antes. Las respuestas cortantes a las pocas preguntas que ella se había aventurado a hacer, acabó con sus últimas esperanzas de hacer de esa una relación feliz. Ainslin miró las danzantes llamas de la chimenea y se pasó por el cabello el peine de marfil tallado, un regalo de Aelfgifu, la esposa del Rey Cnut.
Ainslin se había casado dos veces por poderes, y las dos veces no había conocido a su marido hasta la noche de bodas. Obligada a casarse por el Rey Cnut con un guerrero conocido por el Oso del Norte o el jarl Torsten de Stjórardalr, Ainslin y Martha habían viajado por tierra y mar durante tres semanas antes de poner un pie en la posada que se llamaba La escala del Oso.
– Él no esperará una sábana ensangrentada – Martha recogió la costura en la que Ainslin estaba trabajando antes, dos nuevas túnicas para sus gemelos, Brom y Rob.
Y ese es el problema, porque habrá una sábana con sangre a menos que encuentre una manera de...
¿Cómo? No lo sabía. La última parte del viaje, se lo pasó preocupada y lamentandose, al no saber cómo iba a reaccionar su nuevo marido a su intacta virginidad. Pensó en tener un amante, ¿pero quién?. ¿Uno de los guardias? Todos eran hombres del jarl. ¿Uno de los dueños de las posadas? Ella se estremeció recordando los dientes de uno, el hedor a pescado podrido de otro, o el estiércol en el antebrazo peludo del propietario de la última posada.
Su actual situación era culpa de su primer marido, Hadrain, debido a su bondad y edad. Nadie sabía o sospechaba que su anterior matrimonio no había sido consumado, no cuando ella era la orgullosa madre de dos hijos gemelos.
– Mi señora – Se oyó una voz suave, y un leve toque sonó en la puerta de la habitación.
– Adelante – Ainslin bajó el peine y cruzó las manos, enderezando su espalda para escuchar el inevitable anuncio. La criada, Thora, el único rostro amable que había encontrado en dos días, se asomó por la puerta de madera maciza. – El señor ha vuelto, mi señora. Está listo para recibirla.
El corazón de Ainslin tembló sintiendo el estómago revuelto.
El hermano del jarl, Ruard, había sido el testigo unas horas antes, cuando el sacerdote llevó a cabo la ceremonia por poderes. Ainslin no le había hecho todas las preguntas que zumbaban como abejas en su cabeza, aun así, Ruard le había informado discretamente de que el jarl había tenido un contratiempo inesperado.
Ainslin rezó para que su marido tuviera la sonrisa fácil de Ruard. ¿El señor se parecería a su hermano? ¿Tendría los ojos del color del mar?¿Y el color de su cabello sería como el trigo maduro?
El tratamiento suave de Ruard daba esperanzas a Ainslin. Desde su nacimiento, había escuchado las historias acerca de los feroces guerreros nórdicos que habían saqueado Northumbria y Mercia durante siglos, y ella se esperaba un áspero tratamiento por parte de su esposo nórdico y de sus hermanos.
Apoyando la mano sobre la mesa de la cabaña, ella se levantó, con las rodillas de repente demasiado débiles para mantenerse erguida.
Martha saltó del banco, cogió un manto del colchón de paja cerca de la chimenea, y cojeó hasta Ainslin.
Odiaba hacer que su vieja criada se levantase y caminara hacia ella, pero necesitaba unos minutos para calmarse y prepararse para encontrarse con su marido, el nuevo padrastro de sus hijos.
Ainslin aceptó el manto y se puso la caliente piel alrededor de sus hombros.
– Estoy lista, Thora. – Dijo Ainslin enderezandose, murmuró un adiós a Martha y salió de la acogedora habitación.
La primavera aún no había llegado, y las manchas de nieve salpicaban las montañas de detrás de la posada. Los bosques cubrían las escarpadas laderas. La nebulosa luz jugaba con las sombras. Lo que parecían ser pequeños animales descansando sobre la nueva hierba del prado, en realidad eran montículos de tierra, que Ainslin observaba mientras se acercaba.
Una ligera brisa enfriaba sus manos sin guantes, y una ráfaga de aire helado, agitó el manto de piel y la falda del vestido verde esmeralda que llevaba. Martha había insistido en que se pusiera el vestido que se ataba en el frente y una camisa de seda que le cubriera hasta el cuello, ya que la protegería un poco más del frío.
Ainslin se subió el manto para proteger su cuello.
Inhaló profundamente, de alguna manera la penetrante fragancia de pino la reconfortaba, conteniendo la respiración y dejandola escapar lentamente. Una sonrisa curvó sus labios cuando vio el vaho de su expiración congelarse por el frío. Los gemelos creían que soplar al aire helado era tan divertido como ver las caídas del bufón de la corte.
Thora caminaba tres pasos por delante de Ainslin, alrededor de las cabañas de la fortaleza. Le llevaría algo de tiempo acostumbrarse a esta fortaleza junto al mar, tan diferente del Castillo de Naess. La gran posada de piedra, los establos, los corrales del ganado y las decenas de casas dentro de la fortaleza amurallada, contrastaban fuertemente con la montaña y las murallas del castillo de Hadrain en Cumbria.
Ainslin miró hacia adelante y tropezó, golpeandose un dedo del pie en una piedra. Caminaron hasta una cabaña construida en la ladera de la montaña. Los árboles del bosque bloqueaban una parte de la residencia.
¿Por qué está tan lejos de la posada?¿ Para que nadie pueda oír mis gritos? No debo dudar. Tengo que complacerlo. Debo convencerlo para traer a Brom y Rob.
– Por aquí, mi señora – Señaló Thora, parandose entre los troncos de los frondosos árboles que dividian el bosque, hacia un estrecho sendero.
El calor del sol desapareció, y un viento repentino levantó sus rizos sueltos, sintiendo escalofríos en el cuello. La noche caía rápidamente y una completa oscuridad las envolvió durante el tiempo que tardaron en caminar veinte pasos. La luna se aventuró a salir de las nubes que protegían las estrellas, y un ligero haz de luz plateado iluminó la cabaña de la montaña.
Thora se detuvo delante de la estructura de troncos.
Tallada en troncos de pino macizo, la cabaña era mucho más grande de lo que Ainslin esperaba. No había guardias a la vista, pero incluso así, era un lugar imponente para un jarl tan poderoso y rico como el Oso del Norte.
– Mi señor – Dijo Thora, golpeando la puerta. – Su señora está aquí.
La puerta se abrió, y una forma enorme bloqueó el marco. Un fuego crepitaba y brillaba detrás del jarl, su rostro estaba envuelto entre su luz y las sombras de fuera. Ainslin se lamió los labios en un movimiento nervioso, y cruzó las manos en su cintura.
– Eso es todo, Thora.
Su voz era profunda como la imitación del rugido de un oso, lo que le causó a Ainslin un temblor en su estómago. Él tenía el tamaño de un oso grande y negro. Ainslin tuvo que luchar para mantener las piernas juntas y permanecer quieta, y no darse la vuelta y correr aterrada de regreso con Martha.
Thora le hizo una reverencia al jarl y se fue, dejando a Ainslin sola. Ella tragó saliva al oír el ruido de ramas aplastadas bajo sus pies mientras la sirvienta se alejaba.
– Entra, mi señora. – Él dio un paso a un lado y señaló hacia la chimenea. – El fuego calentará tu piel helada.
Ainslin se concentró en poner un pie delante del otro, y sólo se detuvo cuando una chispa perdida del fuego, chamuscó el dorso de su mano. Lentamente Ainslin se volvió hacia el hombre al que llamaría desde hoy en adelante, su esposo.
Torsten llevaba botas de cuero de piel de corzo, en un tono de color entre beige y marrón, con manchas blancas. Ella miró sus pies que parecían ser tres veces más grandes que los de ella. Pantalones oscuros, del profundo color azul de un fiordo, desaparecían dentro de las botas de piel. El borde trenzado de su túnica le recordo a los mercados que había cerca de la corte del Rey Cnut, donde ella había tocado por primera vez las sedas de Oriente.
Un intrincado dibujo de un oso, bordado en hilos de oro, adornaba el frente de su túnica. No llevaba cinturón, ni capa, y ella vaciló sintiendo que su corazón parecía que iba a salirse por su garganta, antes de alzar la mirada hacia su cara.
El Oso del Norte. Un guerrero. Su esposo.
– Siéntate – Le ordenó Torsten.
Dos sillas de un tamaño adecuado para albergar su enorme cuerpo, separadas por una mesa cuadrada, estaban situadas a la derecha de la chimenea de piedra. Sin más preámbulos, el jarl se volvió y cerró la puerta.
Ainslin contuvo el aliento, deslizó su silla y se sentó. Sus pies no llegaban al suelo de tablas y el respaldo se elevaba por encima de su cabeza. Ainslin bajo los ojos para mirarlo a escondidas, esperando que el hombre no se diera cuenta de lo que hacía. El corazón le latía con tanta fuerza que no podía pensar, mientras que sus dedos jugueteaban nerviosamente con el broche que sujetaba su manto.
Cuando Torsten avivó el fuego de la chimenea, ella aprovechó para mirarle por detrás.
Su largo cabello, espeso y negro con reflejos azules, le caía hasta los hombros. Ainslin sintió que su corazón daba un salto, y retiró su mirada sintiendo calor en su interior. El frío del cuarto pareció evaporarse, y los dedos de sus pies se curvaron dentro de las cortas botas que ella llevaba. Una ola de calor arrasó su cuerpo, como una llama de fuego que nacía desde el interior de su vestido y se extendía desde los tobillos hasta el cuello. El roce de su ropa y el sonido de sus botas rechinando sobre la madera mientras él se levantaba, aumentó su agitación. Evitando mirarlo, Ainslin fingió arreglarse el cinturón de su vestido, deslizando su pulgar sobre la familiar talla de oro.
La esencia de él, a cuero, humo y pino, se hizo más intensa cuando se dirigió a la mesa. Su aroma parecía envolverla, hasta que Ainslin ya no pudo distinguir, si algun resto del baño de lavanda que Martha le había preparado permanecía todavía en su piel. El aire de la habitación pareció espesarse. Ainslin miró hacia la mesa de pino consciente de que él podía oír su respiración agitada, y el calor floreció en su rostro.
– Ya he visto dieciocho veranos. No soy una joven doncella.
Ainslin rezó para que él no se diera cuenta de su rostro enrojecido, los dedos temblorosos, o las rápidas sacudidas de sus pestañas.
– Y yo no quiero una virgen nerviosa. – Con la punta de una bota, Tarston movió la otra silla. – Estamos casados por la elección del Rey. Esta alianza es beneficiosa para ambos.
Su arrogancia hizo rechinar los dientes de Ainslin. Sentía la furia crecer en ella, pero permaneció en silencio.
– ¿Querías decir algo?
– Por favor, continua. – Dijo ella con sarcasmo, pero manteniendo un tono de voz dulce y suave. – Estoy ansiosa por conocer las ventajas de ser una mujer casada, sin control sobre mis tierras y mi riqueza. Como viuda, yo disfrutaba del control de las dos.
– Tus hijos necesitan un tutor – Respondió él, estirando el brazo para llegar al banco, que estaba a lo largo de la pared, donde había una jarra de arcilla y dos vasos de cristal.
– Mis hijos están en Cumbria – Dijo Ainslin. – Sin ningún tipo de protección, excepto el decreto del Rey.
Él colocó un vaso delante de ella, le sirvió vino, luego llenó el suyo, apoyó la jarra sobre la mesa y se inclinó hacia atrás en su silla. Las comisuras de sus labios se levantaron, y las líneas finas en las esquinas de sus ojos se hicieron más profundas.
Por primera vez, Ainslin se encontró con su mirada de frente, y su corazón pareció detenerse al ver la tempestad en sus ojos grises.
– No, mi señora – Torsten contestó, estirando las piernas bajo la mesa, rompiendo el silencio momentáneo por el suave ruido que hicieron sus botas. – Tus hijos viajan aquí, a Stjórardalr, mientras hablamos.
Ella suspiró y abrió la boca, pero no dijo ni una sola palabra. En cambio, un rubor coloreó su piel, y le miro fijamente.
Los ojos de Torsten se ensombrecieron, observando el ascenso y la caída de esos pechos que soñaba con saborear. Se le hacía la boca agua sólo de pensarlo. La piel de porcelana de Ainslin, alabada y elogiada por los bardos de la corte, se arrugó levemente al tocar con su lengua la comisura de su boca. Torsten quería rugir su victoria ante todos. Él, el Oso del Norte, había logrado una reacción de Ainslin, la belleza cuyo helado temperamento, segun decían muchos, podía congelar las montañas que vomitaban fuego en Islandia.
– ¿Ningún agradecimiento, mi señora?
– ¿El Rey dio su permiso? – Dijo Ainslin mirando su regazo.
– No necesito su permiso – Respondió Torsten. – Él me concedió a ti y la custodia de tus hijos.
Ainslin levantó la mirada con sus ojos verdes salpicados de oro como los de un gato y las pestañas humedas por las lágrimas. Torsten apretó los dientes, dispuesto a no rendirse al observar el amor de ella por los hijos gemelos que había tenido con otro hombre.
– ¿Cuándo? – Le preguntó ella, agarrando con los dedos el borde de la mesa.
– Una semana después de haber iniciado tu viaje hacia aquí, entonces envié a mi hermano a recoger a tus hijos y traerlos a tu lado.
Torsten tomó un sorbo de vino y la observó cuidadosamente, ya que Ainslin, La Fría, volvía a tener de nuevo su férreo control.
– ¿Por qué? – Ella levantó la barbilla, y Torsten se percató de que ahora en sus ojos ya no había lágrimas, sino tal orgullo que hubiera causado envidia entre las damas de la corte.
– Por que quiero algo de ti. – Torsten maldijo la aspereza de su voz producida por la reacción de su verga, que estaba gruesa, rígida y dolorida, deseando enterrarse en ese coño apretado durante mucho tiempo.
Ella no vaciló.
– Por favor, sigue mi señor.
–-Me gustaría tenerte caliente y dispuesta en mi cama.
Él forzó un tono serio, aunque hablaba suavemente.
Torsten empujó su silla hacia atrás cuando ella se levantó con el color desaparecido de sus mejillas. La mirada de Ainslin se desvió, yendo de la chimenea a una pila de troncos y al atizador, y todo ello mientras el pecho le subía y bajaba agitadamente. De repente, ella rodeó la mesa, abrazó su cuerpo, y le dio la espalda a Torsten.
Los dioses habían creado a la mujer simplemente para confundir al hombre. Torsten apretó los dientes, reprimiendo las ganas de levantar los brazos, resistiendo el instinto de sostener y consolar a la mujer que él había planeado poseer, desde hace dos estaciones.
Su profunda respiración de repente llenó el silencio de la habitación.
Ainslin se volvió hacia él.
¿Ese terror? ¿Por qué? ¿Su marido la había tratado con crueldad? ¿La habría golpeado?
– Tienes mi juramento, que siempre acudiré a ti cuando tú lo desees, siempre que tú quieras. – Repitió Torsten intentando tranquilizarla.
Cada palabra hacía que su polla se hinchara y creciera, mojando sus pantalones. ¡Por Odín! No deseaba derramar su semilla como un joven inexperto. Visiones de ella desnuda, con el largo cabello extendido sobre las finas sábanas que había comprado en su último viaje, y con sus pezones reclamando su atención, nublaban su cerebro.
– Acepto tu juramento, mi señor, si tú no me dejas a un lado a mi o a mis hijos, si no encuentras más placer conmigo – Dijo ella, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que la piel de los dedos perdieron el color.
Su polla se estremeció y se sacudió, su deseo era tan grande que tuvo que contenerse para no extenderla sobre la mesa y enterrarse en su coño.
– ¡Eso está hecho! – Torsten casi gruñó. Conociendose bien, sabía que eso nunca iba a suceder. Le agradaba, ¡por los dioses! Ella le gustaba, simplemente por respirar.
– Y despues de aclarar esto... me gustaría tenerte ahora, Ainslin.
Capítulo Dos
Ainslin no sabía lo que pasaría a continuación, pero nunca se hubiera esperado que Torsten se inclinase sobre ella, le pasara un musculoso brazo por debajo de las rodillas, y la levantara acercandola a su pecho. La rápida acción la sorprendió, lo que no contribuyó en nada para aliviar su inquietud.
Torsten salió de la habitación, caminando por un pasillo, hasta que llegó a otro cuarto. Ainslin pudo divisar una enorme cama junto a una pared, una chimenea de pizarra con troncos apilados, un banco, una mesa y dos resistentes sillas, antes de que Torsten girara en círculo y dejara de ver el resto de la habitación. Dando dos pasos más, se detuvo y la bajó hasta el colchón. El lino fino de las sábanas acariciaron sus palmas, cuando Ainslin trató de secar el sudor de las manos sobre la tela.
Torsten se sentó, con los ojos fijos en su rostro, se aflojó los cordones de sus botas y tiró de ellas, colocándolas a un lado, a los pies de la cama. En un movimiento fluido, él se sacó la túnica por la cabeza, y la dejó en una de las sillas. Un escalofrío la recorrió entera.
Ainslin se estremeció de pies a cabeza con la visión de su esculpido pecho.
– Estás helada – Murmuró él y levantandose, se acercó a la chimenea.
Ainslin se dio cuenta de que él la había visto temblar y que creía que tenía frío. Aunque la habitación no tenía ninguna otra fuente de calor, salvo las lámparas de piedra que colgaban de las vigas del techo, su cuerpo ardía, y sentía un hormigueo en toda su piel. Ainslin fascinada se levantó sobre los codos, mirando fijamente la forma en que los músculos de su espalda se flexionaban, la cicatriz que iba desde el hombro hasta la mitad del brazo, el contraste de su cabello oscuro y la piel bronceada, absorviendo cada detalle, cada matiz, con ojos ávidos.
El fuego crepitaba y una llama saltó lanzando chispas azules y amarillas, al crujir un pedazo de leña. Torsten la miró por encima del hombro, encontrando sus ojos fijos en él.
Ainslin dejó de respirar y su estómago se retorció, sintiendo que sus partes íntimas se contraían.
Torsten dejó el atizador que había utilizado para avivar el fuego, se levantó y en dos zancadas alcanzó el lecho. La expresión de su rostro hizo que a Ainslin se le secara la boca, dilatando sus fosas nasales y provocando que un temblor de miedo le apretara el estómago. Él se cernía sobre ella como un gigante, y Ainslin se mordió el labio con tanta fuerza que notó el sabor de la sangre.
– No – Dijo él, y se sentó en el colchón, hundiendose bajo su peso. Su pulgar acarició el labio herido, bajó la cabeza hacia ella y lamió la pequeña gota que estaba allí.
Ainslin sintió abrasarse el lugar donde su lengua la acariciaba, su cálido aliento le hacía cosquillas en la nariz, y el aroma del vino que él había bebido le intoxicaba la mente. Ainslin sintió sus párpados pesados y cuando él puso sus labios sobre los de ella, cerró los ojos. Ella se entregó a él, dejándole hacer lo que quisiera, sin ser capaz de pensar, sólo sentir. Sus labios eran suaves y carnosos, él lamió la línea de su boca y la caricia la golpeó como un rayo, dejando su cuerpo en llamas. Su sexo estaba mojado y la humedad que se formó le hizo apretar los muslos.
Torsten envolvió la cara de ella con su mano y se acostó a su lado en la cama. Él abrió la boca para chupar su labio inferior. Ainslin deseó tocarlo, sentir su pecho duro bajo sus manos, pero sin saber lo que él esperaba, ella apretó los puños.
Cuando Torsten mordisqueó el lugar que había chupado, ella suspiró, y la lengua de él se deslizó entre sus labios. Maravilla de las maravillas, nunca se hubiera imaginado que una lengua pudiera dar tanto placer. Ainslin estaba de espaldas sobre el colchón, y Torsten deslizó su pierna por encima de su cuerpo, sujetando sus caderas contra las sábanas. Ella le pasó la lengua por las comisuras de sus labios, tocando la punta de su lengua con la suya, para finalmente empujarla hacia el interior de su boca, chupando ligeramente.
Torsten alejó su boca de la de ella. Los párpados de Ainslin temblaron y se abrieron. Con una respiración entrecortada, ella miró la arrogante línea de su barbilla y las espesas pestañas que ocultaban sus ojos grises y ensombrecían sus pómulos. Torsten iba dejando un rastro de besos en su rostro que la hacía temblar. Cuando él trazó el contorno de su oreja, sintió que su feminidad se contraía.
Ainslin nunca imaginó una caricia tan deliciosa. Ella agarró las sábanas cuando Torsten mordió el lóbulo de su oreja. El mordisco hizo que los músculos de su vientre se agitasen. Sus pechos palpitaban, su coño se contraía, el botón en su interior se quemaba. La sala se convirtió en un infierno de calor y un sudor fino se extendió por sus brazos y sus manos.
Un gemido escapó de sus labios cuando su boca volvió a la de ella.
– ¡Ábrela! – Le ordenó él, lamiéndo sus labios, y cuando ella obedeció, invadió su boca. Su lengua se arremolinaba y se envolvía con la de ella en un entrar y salir rítmico, engatusandola en un baile que era más enérgico a cada instante. Sin darse cuenta, Ainslin subió las manos hasta la nuca de Torsten y sus dedos se enredaron en su sedoso pelo, masajeándolo y acariciando la suave piel de su cuello.
Ainslin se rindió, siguiendo sus órdenes, moldeando sus labios en los de él. Su toque, su olor, el tacto de su boca era demasiado vertiginoso para mantener cualquier pensamiento en su cabeza. Cuando él se apartó, a Ainslin le costó varios segundos antes de encontrar fuerzas para abrir los ojos. Ella quiso protestar por la pérdida de sus mágicos labios, pero no consiguió formar las palabras, y su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada. Su cabello, al igual que un velo, cubrió su rostro, y sintió los dedos de Torsten en el escote de su vestido.
Torsten murmuró una maldición, se estiró hasta la mesa junto a la cama, cogió un cuchillo pequeño y cortó los cordones de su vestido arrojando el cuchillo de nuevo a su sitio. Volviendose otra vez hacia Ainslin, él gimió.
– ¡Mía!
Sus pezones se tensaron bajo su feroz mirada, la camisa transparente no era un obstáculo para la lujuria de sus ojos. Torsten rasgó la parte delantera de su vestido hasta la cintura. Una mano cayó sobre su pecho, y los callosos pulgares rozaron el dolorido pezón.
La cabeza de Ainslin daba vueltas, clavándose las uñas en las palmas de las manos, ansiando más, deseando una liberación a las dolorosas pulsaciones entre sus muslos, procedentes de las contrataciones convulsivas de su sexo.
Cuando su boca bajó hasta su pecho y la lengua lamió el pezón, ella gritó y enterró los dedos en su cabello. Torsten le mordió el pezón erecto, mientras las caderas de Ainslin empujaban contra las suyas y sus manos le apretaban más contra su pecho, protestando cuando él levantó la cabeza.
– ¡No! ¡No!
Torsten se rió y siguió su camino hacia el otro pecho.
– Sí, Ainslin, sí.
Las piernas de Ainslin temblaron cuando su lengua se movió alrededor de su otro palpitante pezón rosado, dibujando círculos cada vez más pequeños, pero sin tocar la erguida punta.
Torsten agarró el bajo de su vestido y lo levantó, tirando de la falda hasta su cintura. El aire frío se filtró por sus piernas, sus muslos y su monte.
Ella parpadeó y miró hacia abajo mientras él chupaba la dura punta de su pecho con la boca, produciendole espasmos de placer. Ainslin sollozó cuando él succionó el duro pico y luego lo soltó. Apretando los dientes, ella gimió de frustración, deslizando su pie hacia arriba y hacia abajo en las sábanas de lino.
Entonces Torsten se lo pellizcó suavemente, haciendo que Ainslin se arqueara sobrepasada por algo fuera de su alcance, el dolor y el placer atravesando su sexo, una sensación insoportable, y gritó cuando Torsten introdujo un dedo en su coño. Su pulgar le acariciaba el carnoso botón provocando que sus piernas se cerraron alrededor de su mano.
Torsten masajeó con su palma su ardiente capullo, y ella se apretó aún más, levantando su culo del colchón. Cuando Torsten retiró su mano, Ainslin quiso hundir las uñas en sus hombros e intentar llevarlo de vuelta a lo que estaba haciendo. Se sentía privada de algo, y fue sólo la vergüenza lo que hizo que mantuviera las manos en las sábanas, tratando de detener el impulso de arrojar sus brazos alrededor de su cuello y rogarle que continuara.
En un instante, Torsten aflojó la cuerda que ataba sus pantalones y se lo quitó a patadas.
El miedo se deslizó a través del deseo, galopando en su mente, con la visión de su pene erecto, con la cabeza lisa y goteante. Ainslin tragó saliva al ver el tamaño de su miembro, su boca se quedó seca y sus nalgas se hundieron en el colchón cuando él rodó sobre su cuerpo.
El peso de Torsten sobre su pecho y la rigidez de su polla contra su montículo, hizo que su respiración fallara y consiguiera que su coño se humedeciera salvajemente.
Torsten la besó con fuerza, como si su boca quisiera devorar sus labios. La respuesta apasionada de Ainslin disparó en él una ola de lujuria más poderosa de lo que provocaría el martillo de Thor, o Mjöllnir. Su saco se contrajo y el poderoso guerrero en él enloqueció. Agarró con sus manos el trasero de Ainslin e inclinándo sus caderas hacia delante se introdujo en ella, empalándola con un solo golpe, rompiendo su virginidad.
La conmoción congeló sus miembros. Torsten miró hacia abajo para encontrarla con los ojos apretados y cerrados, el ceño fruncido y la boca contraída.
¿Una virgen?
Su vara palpitaba, su saco estaba hinchado, a punto de explotar y exigiendo liberación. La lujuria martilleaba su cabeza, el furioso deseo rasgaba sus venas, el deseo de saquear y conseguir el botín, producía temblores a través de sus tensos músculos. Sin embargo, se quedo quieto, sin atreverse siquiera a una pequeña fricción, estaba muy cerca del límite para precipitar su éxtasis, su rígida vara estaba a un paso de estallar por el fuego que sentía al estar envuelto en ese estrecho coño.
La furia había calmado ligeramente su hambre, y Torsten levantó la cabeza mirando hacia el techo, luchando contra el impulso de derramar su semilla, de reclamarla, de poseerla, queriendo golpear en su apretado coño, para encontrar una liberación sin límites.
Ainslin colocó las manos sobre el pecho de Torsten, con los dedos temblorosos, y él sintió el latir acelerado de su pulso cuando las muñecas de ella tocaron su piel.
Torsten la miró y apretó los dientes cuando se fijo en sus ojos, tan abiertos como los de una asustada cierva, y su brillo verde y dorado reflejando la luz de la lámpara de encima de la cama.
– No te ha gustado – Susurró ella, bajando la barbilla.
– No es eso – Contestó él, intentando no mover la parte inferior de su cuerpo y besándole los párpados, la frente y los ojos.– Ainslin, hablaremos de eso más tarde. Nada me gusta más que estar dentro de ti. Pero me temo que el dolor de perder tu virginidad ha disipado todo tu placer.
Ainslin levantó la cabeza de repente golpeándose contra su barbilla, el sonido seco retumbó como un trueno en el silencio de la habitación.
– Perdona, mi señor. No quería hacerte daño.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Torsten.
– Voy a hacer un trato contigo, Ainslin. Después de esto, tú besarás mi barbilla, y yo haré lo mismo con tu coño.
Dos círculos rosa florecieron en sus mejillas, y sus ojos se abrieron como platos cuando el significado de sus palabras penetraron en su mente. Torsten estudió su rostro buscando alguna señal de dolor, no encontrando ninguna. Su boca ahora estaba relajada y él notó, que sin darse cuenta, Ainslin movía sus dedos alrededor de sus pezones.
Torsten bombeó dentro de ella suavemente y levantando las cejas repitió el movimiento, por Odin, su dulce coño apretaba su polla con avidez. Gotas de sudor se formaron en su frente. Apretando los dientes con fuerza, se retiró lentamente, deslizando su palpitante eje por su vagina hasta que la cabeza estuvo en la entrada.
Ainslin clavó las uñas en sus hombros con los ojos vidriosos mientras gemía.
La agonía de llenarla lentamente, deslizando de nuevo su pene en su contraido sexo, casi le hizo penetrarla duramente. Torsten apretó los dientes, luchando contra ese impulso.
Ella deslizó sus manos hasta su culo y apretó sus nalgas, sus ágiles dedos enviaron oleadas de lujuria hasta su ingle.
Él gruñó y se concentró en otra lenta retirada. Las uñas de Ainslin se clavaron en sus nalgas, y movió su trasero rítmicamente.
El control de Torsten desapareció, y empujó fuertemente.
Ainslin levantó la pierna y la envolvió alrededor de sus caderas.
Con una última pizca de su control de guerrero, él gruñó.
– ¿Ainslin, te duele?
– Es una agonía – Gimió ella. – ¿No te puedes mover más rápido?
Animado por las palabras más dulces que él había escuchado en su vida, Torsten se hundió profundamente en ella. Las paredes de su sexo se estiraban abrazándolo, succionando su vara. Sosteniendo firmemente sus caderas, Torsten levantó su trasero y la penetró una y otra vez, inclinándose para golpear el punto que le habían enseñado las mujeres del harén.
Distraído, cuando uno de los pechos de ella rozó su cara, se metió el pezón en la boca, succionando con fuerza. Un estremecimiento pasó a través de su hinchado pezón, mientras los dientes de él lo mordisqueaban y su polla golpeaba su coño. En ese momento, Ainslin sintió que su cuerpo se tensaba y arqueando la espalda, se dejo llevar por la sacudida de placer que la inundó por entero.
Torsten sintió que su saco se tensaba antes de que su polla estallara, esparciendo su semilla dentro del vientre de Ainslin. La liberación lo dejo agotado, con la mente borrosa y los músculos relajados. Torsten apoyó su frente en la de ella, aspirando el olor a lavanda que desprendía su cabello. Él envolvió en su dedo un mechón de su pelo, del color del sol, y apoyó su peso sobre el codo, para observar mejor su rostro.
Con los ojos cerrados, los labios rojos y la boca ligeramente curvada, ella dejó escapar un largo suspiro y levantó los párpados.
Cuando sus ojos se encontraron, el color desapareció de su piel, y Ainslin volvió rápidamente la cabeza hacia un lado. Sus mejillas se cubrieron de un tono rosado.
Torsten quiso alargar ese momento de intimidad y decidió no interrogar a su nueva esposa en este momento.
Ainslin seguía sintiendo que los temblores continuaban recorriendo su canal, jadeando con cada contracción.
Su eje se negaba a ceder, y aunque él odiaba la idea de salir del calor de su vagina, Torsten sabía que tenía que hacerlo debido a que había sido algo brusco con ella.
– Tengo sed.
Sus párpados se movieron, pero Ainslin continuó con la cabeza vuelta sobre la almohada.
– Y me muero de hambre.
Ella no lo miró a la cara, fijando la mirada en su pecho, en su garganta y en cualquier otro lugar que no fueran sus ojos.
– Helga hizo que la cocinera preparara una comida fría para nosotros. Hay una bandeja en la habitación principal. – Comentó Torsten.
– ¿Tengo que ir a buscarte la comida?
Torsten estaba molesto por que ella ya no lo tocaba, mientras que él no podía evitar la compulsión que le llevaba a acariciar su delicada piel, a oler su pelo, y a jugetear con la punta de su pecho.
– No. Yo la iré a buscar. – Con eso, él la dejó y rodó en la cama para ponerse de pie.
Ella agarró sus ropas rasgadas uniéndolas en el frente, y Torsten decidió que prefería a las mujeres que usaban vestidos sajones con cordones delanteros, una definitiva ventaja para una mente aturdida por la lujuria como la suya. Cuando le miró las piernas vio la sangre en sus muslos, y ahogó una maldición. Y todas las preguntas que necesitaba hacerle, volvieron a agolparse en su cerebro.
Capítulo Tres
Ainslin se encogió ante la mirada penetrante de Torsten. Miró hacia la dirección donde los ojos de su esposo se fijaban, e hizo una mueca al ver las manchas de sangre en sus muslos. Él le apretó el hombro.
– Quédate acostada. Tengo que cuidar de tí primero.
– ¡No! – Exclamó ella parpadeando. El calor la recorrió de la cabeza a los pies.
– Sí, Ainslin – Replicó él. – Yo te he hecho daño y voy a ocuparme de ti.
Ainslin retuvo el aliento, observándolo caminar a grandes zancadas hacia la jarra y el cuenco de estaban encima de la mesa que apoyada contra la pared. Ainslin había visto entrenar a muchos guerreros, había cuidado de su marido enfermo durante la larga primavera anterior a su muerte, sabía como se seducían los hombres y las mujeres. Pero nunca había visto uno con el poder y la belleza de este líder vikingo.
Ella había memorizado la forma de su espalda anteriormente. Ahora, mirando sus piernas, sus ojos se fijaron en los poderosos muslos que se tensaban cuando caminaba. Ainslin se lamió los labios cuando divisó las marcas rojas de sus uñas en su espalda.
Un escalofrío se deslizó por su pecho. Tocando los cordones de su vestido, logró encontrar tres enteros y los ató juntos. Aunque la seda tenía una raja en el medio, sus pechos estaban cubiertos y levantando la vista, lo encontró agachado junto al fuego con un paño en la mano. Su saco colgaba debajo de sus nalgas.
Cuando Torsten se puso de pie y se volvió, ella abrió la boca y comprendió la causa de su incomodidad inicial, cuando su marido llenó su vagina. Su pene sobresalía orgulloso y erecto desde un nido de rizos oscuros, con una corona lisa y roja y una pequeña abertura brillante y húmeda. Fascinada por su miembro, que se balanceaba al caminar, Ainslin obedeció sin dudar su orden de extender las piernas. Cuando Torsten se sentó en el colchón, ella notó su sangre en él y le dijo.
– ¿Y quién cuidará de ti?
Él se rió y su risa expandió, rasgando el silencio de la habitación. Levantándole la barbilla con un dedo, Torsten la obligó a apartar la mirada de su sexo.
– Será un placer para mí si tú deseas hacerlo, esposa.
Ainslin sabía que había enrojecido y sus ojos se abrieron cuando él presionó un paño húmedo sobre su montículo.
– Está caliente.
– No. Eres tú que estás ardiendo. – Ella frunció el ceño y apretó los labios. – Es una broma obscena, Ainslin.
La tela estaba demasiado caliente, y Ainslin suspiró por el placer de tener a alguien cuidando de ella para variar. Sus músculos se relajaron y se hundió todavía más en el colchón de paja. Una broma obscena... Ella estudió su rostro. ¿Las arrugas en las esquinas de sus ojos significaban que reía a menudo? Según su experiencia, las sonrisas no eran muy comunes en los labios de los guerreros. Torsten había sido paciente, no la había golpeado cuando descubrió que aun era virgen y ahora limpiaba su cuerpo. La esperanza volvió a crecer en ella haciendo que su corazón se acelerara.
Él le traería a sus hijos, y era maravillosamente fácil estar caliente y dispuesta en su cama.
Tengo que encontrar otras maneras de agradarlo. Si no fuera por Helga, podría ser feliz aquí.
Cuando Torsten le bajó la falda y se puso de pie, Ainslin se levantó detrás de él.
– No – Dijo él girandose. – Ainslin, te duele...
– Fue sólo un momento. Estoy dolorida, pero no me has herido.
Ainslin tomó el paño de sus mano.
– Es mi turno de cuidarte, mi señor.
Él le cogió la cara y la miró a los ojos.
– ¿Estás segura?
– Sí – Respondió ella, sin poder contener una sonrisa. – Estoy bien, mi señor.
– Torsten. Mi nombre es Torsten.
– Estoy segura, Torsten.
Ainslin mojó en el cuenco el paño y lo retorció copiando los movimientos de Torsten, mientras sus labios se curvaban hacia arriba, cuando él se dejó caer en el colchón y una ola de partículas de polvo se extendió a la luz de las velas. Con la cabeza apoyada en sus manos, él estiró sus largas piernas, y sonrió cuando la pilló mirándolo. Ainslin fue hasta el fuego, se inclinó, y acercó el paño, manteniéndolo lejos de las chispas.
La excitación mezclada con una pizca de miedo volvía sus dedos temblorosos, y estuvo a punto de dejar caer el paño húmedo en las llamas.
¿Cuando me lo preguntará?¿Debería decirle todo? ¿Me abandonará despues?
Tragando saliva, se levantó y se acercó a la cama, el suave sonido de sus botas, fue silenciado por las pieles que se extendían por el suelo de madera. Su valor flaqueó cuando se sentó en el colchón, y mantuvo los ojos fijos en sus musculosos brazos.
– Adelante, Ainslin, puedes empezar. – Dijo con voz suave.
Él le rodeó la muñeca y llevó su mano hasta su sexo, enrollando sus dedos alrededor de su rígida erección. Ainslin miró sus manos unidas. Su pene saltó con su toque y poco a poco, suavemente, le limpió la sangre. Su sexo pulsó una, dos veces, contra la mano de Ainslin y ella exclamó.
– ¡Se mueve solo!
– Si, lo hace a menudo – Él afirmó tomando el paño de su mano. – Suficiente esposa. No puedo soportar que me limpies más. Eres muy suave, pero mi estómago está rugiendo. Vamos a comer.
Torsten se puso los pantalones, sin molestarse en ponerse las botas o una túnica, y después de que Ainslin terminó de enderezar su arrugado vestido, insistió en llevarla en brazos a la habitación principal. Ainslin descubrió que le gustaba estar en sus brazos. Su nariz tocó el pecho de Torsten, haciendo que el suave vello le hiciera cosquillas en la punta. Él olía al humo del fuego, y ella no pudo resistirse a inhalar profundamente, bajando los párpados mientras saboreaba la fuerza de su abrazo, la seguridad y el calor que Torsten irradiaba.
Torsten la sentó en la silla que había ocupado antes. El fuego de la sala se había apagado y las brasas brillaban en tonos rubí. Ella se estremeció y se abrazó a sí misma.
– Otra vez tienes frío. – Dijo Torsten mientras se acercaba al fuego. – El clima es más suave en Cumbria que aquí en Stjórardalr.
– Ya me acostumbraré. – Contestó Ainslin irguiendose en la silla de respaldo alto. – No me estoy quejando.
Ainslin no entendía cómo él no sentía el frío de la habitación, desnudo como estaba excepto por los pantalones de lana. Ella lo observó arrojar troncos en las brasas de la chimenea y revolver hasta que las llamas surgieron. Los troncos de pino al quemarse desprendían un delicioso aroma en el aire.
Ella miró al banco donde estaba la jarra de vino y divisó una bandeja en un extremo. Inmediatamente, se levantó.
– ¿Es la comida de la que hablabas, mi señor? – preguntó Ainslin, levantando la bandeja.
– Sí – respondió él, poniendo el atizador con el que había movido la leña en la repisa de la chimenea de piedra y se acercandose a ella. Tomando la bandeja de sus manos, Torsten la colocó en una esquina de la mesa. Luego levantó a Ainslin del suelo, se sentó en una silla, y la puso en su regazo.
– ¿Te gustan las aves, Ainslin?
– Sí – Respondió ella, tratando de no moverse o contornearse, ya que nunca antes se había sentado en el regazo de un hombre y era muy consciente de su abultada polla empujando contra sus nalgas. Torsten le puso en los labios una copa de vino.
– Bebe – Le ordenó.
Obedeciendole, Ainslin bebió un trago de vino dulce. Su corazón latía como los tambores de guerra. Tensa bajo su intenso escrutinio, algunas gotas de vino se derramaron por su barbilla.
Torsten aprovechó esa oportunidad, su lengua lamió el vino de su piel y la caricia le envió un escalofrío por toda su columna.
Después Torsten le acercó un pedazo de ave a la boca.
– ¡Ábrela!
Ainslin miró nerviosamente hacia la silla del otro lado con anhelo, pero al final abrió sus labios y tomó la comida que le ofrecía.
– Te casaste con el Conde de Northman hace cuatro inviernos. – Comentó él partiendo una zanahoria y una naranja por la mitad. – ¿Cómo es que has llegado virgen a mí?
Sorprendida, ella se apartó un poco con la mente dandole vueltas y notando el calor que le subía al rostro. La verdad salió finalmente de sus labios.
– Hadrain no podía... Le sucedió algo hace 10 veranos y su hombría ya no se pudo levantar más.
– El matrimonio nunca se consumó – Afirmó Torsten, entrecerrando los ojos. – ¿Por qué te casaste, entonces?
Ainslin fijó su su mirada en sus manos.
– Mi padre y Hadrain se criaron juntos y eran grandes amigos. Mi padre murió cuando el Rey Malcolm reclamó Northumbria. Hadrain descubrió que el Conde de Northman pretendía enviar una petición al Rey para pedir mi mano en matrimonio. Nos casamos antes de que el mensajero partiera a la corte del Rey.
Torsten frunció el ceño, sus negras cejas se juntaron.
– Conozco al Conde Sigrid de Northman. Sus tierras están cerca de las tuyas y de las de Hadrain.
Ella asintió con la cabeza.
– Hadrain no le tenía mucha simpatía a Sigrid, pero no podía negarle una habitación o una comida cuando el visitaba Cumbria. – Ainslin estudió sus uñas cortas. – Sigrid es un hombre lascivo. Él tomó a mi doncella, Greta, y la llevó a su cama. No estuvo con él voluntariamente.
Alzándole la barbilla, Torsten la obligó a encontrar su mirada. – ¿Los niños son de ella?
– Sí – susurró Ainslin. – Greta murió en el parto.
– ¿Por qué Hadrain reconoció a los niños como si fueran suyos?
– Los hijos del primer matrimonio de Hadrain murieron en la batalla, junto con mi padre, dejándolo sin herederos vivos. Él temía que Sigrid se hiciese con el control de sus tierras y de mí después de su muerte. Greta estaba embarazada de Sigrid y Hadrain pensó que eso sería una buena manera de mantenerme a salvo.
Las lágrimas llenaron sus ojos al recordar la lucha de Greta durante el nacimiento de los gemelos y la larga enfermedad de Hadrain.
– Anunció que yo estaba embarazada y que necesitaba cuidados especiales. Y envió a Greta, a mi y a algunos sirvientes de confianza a sus tierras de Gales.
– ¿Quién conoce este secreto? – El severo arco de la boca de Torsten, hizo que su corazón saltase como un bufón de la corte entreteniendo a una multitud.
– Sólo viven dos personas que lo saben. El siervo que nos acompañó a Gales, Robyn Lancaster, y su esposa, Eileen. Son leales a mí. – Respondió Ainslin en un tono apagado.
Torsten observó a la mujer que había deseado desde hace dos estaciones. Un jarl tenía que ser capaz de discernir la verdad de la mentira, y él había liderado a su pueblo durante muchos años para no notar sus manos temblorosas o el rápido pulso de su garganta. Ainslin le estaba contando sólo una parte de la historia.
Ainslin no sabía que Sigrid había sido su rival en la petición de su mano. Torsten había pasado una temporada completa en la corte del Rey Cnut para influir en la decisión del Rey a su favor. Si Sigrid descubriese la verdad, reclamaría no sólo a sus hijos, sino también a Ainslin.
Incluso las sábanas ensangrentadas de esta noche no convencerian a nadie de que él había tomado su virginidad, ya que Ainslin había reclamado a los niños como suyos, tres inviernos atrás.
– Voy a traer aquí a ese sirviente y a su esposa. – Afirmó Torsten – Mi administrador es viejo y necesito encontrar un sustituto pronto. – Él alisó las arrugas de la frente de Ainslin. – No te preocupes Ainslin, todo va a salir bien. – En realidad, sus mentiras le suministraban una buena razón para que ella se quedara allí, ese secreto la ligaba a él. – Sigrid y yo no somos aliados, y él no tiene ninguna razón para desviarse tan hacia el norte. – Partiendo un pedazo de perdiz, añadió. – Y si nuestra unión funciona, no es necesario que me acompañes a la corte de Cnut.
El miedo llenó los ojos de ella, ampliando sus pupilas oscuras y profundizado los círculos verdes, recordándole a un prado.
– ¿Qué te preocupa?
– ¿Vas a enviar a mis hijos de vuelta? – La voz de Ainslin vaciló, desviando la mirada hacia otro lado.
– No – Respondió él poniendole un trozo de comida en sus labios. Su erección se hinchó cuando ella lamió una gota de vino que amenazaba con caer por su barbilla. – Los criaremos como si fueran nuestros hijos.
Dándole una mirada de reojo, ella terminó de masticar y tragar.
– Te lo agradezco, mi señor.
– Torsten, Ainslin – Le recordó él, más centrado en la palidez de la joven que en la mención de que serían padres. Cortando una rodaja gruesa de queso la partió en dos y la alimentó con un pedazo pequeño, mientras reflexionaba sobre la reacción de Ainslin. Sus párpados se entrecerraron mientras ella masticaba.
– Es delicioso – Dijo ella después de tragar. – Nunca he probado un queso de este tipo antes.
– Es de Verona. Lo compré en los mercados de allí – Explicó Torsten incapaz de apartar los ojos de su boca, de color rojo brillante, cuando Ainslin se lamió los labios.
Su saco se hinchó, tenso, y el hambre de su estómago desapareció cuando una idea le rondó por la mente.
– ¿Sabes nadar?
Ella parpadeó.
– Como una trucha – Respondió, con los ojos brillantes y sus labios curvándose. – Mis hijos también. Es mi secreto para pasar el tiempo cuando el sol calienta demasiado.
Torsten sonrió, empujó su silla hacia atrás y se puso de pie, sosteniéndola en sus brazos.
– Mis hermanos llegaran pronto, y celebraremos nuestra boda con una fiesta. – Dijo Torsten caminando a traves del cuarto.
– ¿Tienes más, además de Ruard y el que está trayendo a los niños?
– Sí. Cuatro en total. Ruard, Magnus, Njal y Jarvik, que es el que trae a los gemelos. – Torsten extendió una mano para abrir la puerta trasera de su cabaña.
– ¿Helga es tu única hermana?
Al oír la ansiedad en su voz, él la miró mientras salía fuera de la cabaña.
– Ella es mi media hermana. ¡Gracias a Odin, que sólo tengo una!. Helga partirá pronto para casarse con su prometido.
Se anotó mentamente que tendría que averiguar cuál era el tratamiento que Helga le había dado a Ainslin. Continuo caminando hacia su sala de baño privado, situada en la ladera de la montaña. Su aliento calentó su pecho cuando ella suspiró, y sus rígidos miembros se relajaron en sus brazos.
Sonriendo cuando Ainslin jadeó al entrar en la cabaña de madera, Torsten encendió dos lámparas colgantes de piedra, dejándole ver la pila de leña al lado del pozo de piedra y la bandeja de hierro llena de piedras lisas. El vapor que se elevaba calentaba la estancia y Torsten deslizó a Ainslin a lo largo de su cuerpo. Torsten se arrodilló, y le desató sus botas, quitándole las medias de color marfil y las ligas verdes, deleitandose con la vista de sus finos tobillos y recorriendo con los dedos la suave piel de sus piernas.
Ella suspiró y apoyó las manos en los hombros de Torsten, apretando más cuando repitió la caricia. Él reprimió una sonrisa mientras se levantaba y cogiéndole una mano se la llevó a sus labios, besándole cada uno de sus dedos, antes de preguntarle.
– ¿Te gusta?
– Es maravilloso – Murmuró ella, moviendo los dedos de los pies. – El suelo no tiene el frío del invierno.
– Ni el de la primavera. La poza es poco profunda en las orillas, pero más honda en el centro. – Torsten le explicó desatando los cordones de su vestido mientras hablaba, suspirando cuando sus pechos quedaron libres, con las puntas de sus pezones pidiendo por su boca.
– ¡Mía! – Cubriendo sus pechos con las manos, él los sopesó probando uno detras de otro. – Durante dos estaciones he soñado con esto.
– ¿Mi señor?
Torsten maldijo su lengua suelta.
– Te vi por casualidad cuando fui a la corte de Cnut para negociar un rescate. – Ayudandola a desnudarse, continuó. – Fue entonces cuando supe que eras viuda y le pedí tu mano al Rey.
Sus ojos se volvieron tan grandes como los de una cierva. Ella negó con la cabeza.
– No nos conocimos, yo nunca me hubiera olvidado de ti.
– Estabas cuidando a Aelfgifu, la esposa del Rey. Pero es bueno saber que piensas que soy inolvidable.
Un tono rosa se apoderó de su cuello y sus mejillas cuando Torsten se bajó los pantalones y su polla saltó rígida.
– Es hora de cumplir con nuestro acuerdo, Ainslin. Yo besaré tu herida y tú besarás la mía. Me temo que serán necesarios muchos besos antes de que cualquiera de nosotros esté curado.
Y levantándole la barbilla, posó su boca sobre la de ella y la besó profundamente.
Capítulo Cuatro
Ainslin se tambaleó bajo el ataque de los labios de Torsten, tan mareada por la exploracion lenta de la lengua en su boca, que la preocupación que llenaba su mente desapareció. Ella se puso de puntillas para acercarse más a él con sus senos rozando el vello de su musculoso pecho. Ainslin lo abrazó más cuando Torsten lamió sus labios y le ayudó a sacarse el vestido por la cabeza, tirandolo al suelo a continuación.
Su piel desprendía calor, y ella gimió cuando él cubrió su culo con las manos y se frotó contra ella, su pene humedeciendo su estomago. Olas de caliente vapor envolvían sus sentidos, y la lengua de Torsten le provocaba un profundo incendio en su interior. Ainslin se aferró a él, poniendo sus brazos alrededor de su cuello.
– Ainslin – Murmuró, dejando besos calientes y húmedos a lo largo de su cuello.
– Torsten – Gimió ella cuando un torbellino de sensaciones recorrió su espina dorsal y sus húmedos pliegues.
La mano de Torsten resbaló hacia sus muslos, deslizando un dedo hacia arriba y hacia abajo por sus pliegues.
Su coño se apretó cuando uno de sus dedos sondeó la entrada.
El mundo se movió cuando él la levantó, y al siguiente instante estaban en el agua. Suaves olas, formadas por el peso de los dos, le golpearon el trasero a Ainslin, hinchando todavía más sus pechos. Torsten la llevó a una gran roca que sobresalía de la superficie de la piscina y la sentó arriba, colocándola de modo que sus piernas cayesen a ambos lados de la piedra.
– ¿Es este el lugar que te duele? – Le preguntó él, besándole la rodilla – No... ¿Tal vez aquí? – Besandole esta vez el muslo.
Ainslin descansaba sobre sus codos, sintiendo agolparse la sangre en su sexo, por la visión de su oscuro cabello contrastando con sus blancos muslos y sus labios recorriendo su cuerpo. Él la miró y sonrió al ver su reacción.
– No, no lo es. – Cuando él habló, el sonido retumbó en su sexo. Ainslin sintió su aliento caliente sobre sus pliegues empapados, y cerró los ojos cuando su boca se concretó alrededor de su clítoris.
Su lengua se movía más y más cerca, y Ainslin levantó las caderas, sintiendo contraerse las paredes de su vagina. El dulce dolor era insoportable. Con las piernas cruzadas en torno a su espalda, Torsten lamía intensamente su botón, hasta que ella se corrió. Arqueando las caderas sobre la piedra y enroscando los dedos en su pelo, tiró de él para acercarlo a ella.
Torsten se movió para poner su rostro en su vientre, abrazandola fuertemente. Sus manos acariciaban su espalda, calmandola con dulzura. Poco a poco, su respiración jadeante disminuyó y Ainslin abrió los ojos aflojando su agarre sobre él. Entonces Torsten la levantó de la piedra, entró en aguas menos profundas y la sentó en su regazo.
– Tu miel es más dulce que el mejor néctar – Dijo él rozando sus labios y deslizando su lengua por ellos. Ainslin no podía asimilar nada, demasiado mareada por su liberación como para pensar en algo.
Torsten interrumpió el suave beso, y se encontró con su mirada. Ainslin pudo ver el reflejo de la lámpara que colgaba en sus brillantes ojos grises.
– Me temo que no he encontrado la herida para poder curarla, Ainslin, así que tengo que intentarlo de nuevo.
Ella gimió
***
El amanecer se acercaba cuando Torsten la llevó de vuelta a la cama de la cabaña. Los pensamientos dispersos de Ainslin le recordaban el tiempo que habían pasado en la sala de baño. Nunca hubiera imaginado las cosas que habían hecho. Esa parte del cuerpo de Torsten, que la había asustado unas pocas horas antes, se había convertido en una obsesión.
Él se acomodó junto a ella en el colchón, recostándola sobre su pecho mientras sus dedos jugaban con su pelo.
– Pregúntame lo que quieras, Ainslin. Ahora somos marido y mujer, y no habrá secretos entre nosotros, ni tampoco preguntas no respondidas. Está claro que no conoces los misterios de los juegos sexuales.
Ainslin estrechó los ojos y miró hacia arriba.
– ¿Lees la mente también?
– ¿Por qué lo dices? – Contestó él con una gran sonrisa de satisfacción, que a Ainslin no le agradó. – Ah, ya veo por el rubor de tus mejillas en lo que piensas. Me conocerás mejor cuando yo descubra cómo besar mejor tu sexo. Es un placer practicado por muchos.
El rostro de Ainslin se puso más caliente.
– Yo no teníauna madre o una hermana para... – Tragó saliva y levantando la barbilla continuó. – Para contarme cosas acerca de los juegos sexuales.
– Elska, tu rostro me dice cada uno de tus pensamientos. – Metió la mano entre sus piernas y puso su mano sobre su montículo. – Cuando los hablan guerreros, a esto a menudo lo llaman coño. – Agarrando su mano, envolvió sus dedos alrededor de su pene. – Esta es una polla, un eje, una verga, un pene o una vara.
– Ya sabía algunos de esos nombres. – Protestó ella.
Su pene volvió a erguirse.
– ¿Y nunca se cansa? – Preguntó Ainslin mirándole esa parte.
– No – Respondió él ensanchando su sonrisa. – Pero tú si. – Le tocó la punta de la nariz. – Así que ahora vamos a dormir.
***
Ainslin se despertó para descubrir que Torsten se había ido, y que sus pertenencias habían sido trasladadas a la cabaña mientras ella dormía. Un vistazo por la ventana mostraba el sol alto en el cielo. Vistiendose con una camisa de cuello alto de color crema, un vestido verde atado en la parte frontal con cintas de color crema, medias a juego, ligueros y botas cortas, salió de la cabaña.
Los sirvientes estaban formando un gran revuelo en el salón principal de la cabaña de reuniones, llevando bandejas, cubos y tejidos de lana en diferentes direcciones. El fuego ardía en un extremo de la habitación y el olor a carne asada perfumaba el ambiente. La fresca brisa, agitaba el humo del fuego a través de las tres puertas abiertas de la cabaña.
Ainslin caminó a través del salón. Unos cuantos hombres que llevaban bancos deambulaban por el salón. Detrás de ellos venían una docena de guerreros llevando mesas.
Ainslin vio a Thora y se acercó a ella.
– ¿Los hermanos del jarl han llegado?
– Uno de ellos, mi señora – Respondió la muchacha de mejillas sonrosadas. – Sus hijos también, al igual que otros visitantes. Vamos a tener muchos invitados esta noche.
Gracias, señor, por traer a mis hijos a salvo para mí.
– ¿Dónde está el jarl?
– En los establos.
Antes de que pudiera preguntar por la dirección, Ainslin vio a Torsten en la puerta observando la actividad. Ella apretó el paso, enfocandose en Torsten. Cuando se acercó a él, un caballero con un casco en la mano apareció a su lado. El hombre tenía un rostro familiar, pero todavía llevaba su cota de malla, y ella no conseguía reconocerlo.
– Ainslin – Torsten elevó la voz por encima del estruendo de la sala. – Sigrid, el Conde de Northman, ha acompañado a tus hijos en su viaje hasta Stjórardalr.
La bilis le recorrió la garganta y el estómago se le encogió. Las uñas de Ainslin se clavaron en sus palmas mientras trataba de contener su pánico. Deseando correr para ir a buscar a sus hijos, se obligó a ralentizar sus pasos y respiró tres veces profundamente.
– Señores – Dijo Ainslin, haciendo una reverencia primero a Torsten y luego a Sigrid. – ¡Bienvenido, Conde Northman!
Esas palabras le dejaron un gusto amargo.
– Ainslin – Saludó Sigrid.
– Por favor, mi señor. ¿Dónde están mis hijos? – Ainslin dirigió la pregunta a Torsten.
– Tu siervo y su esposa los llevaron a las cocinas – Respondió él, sosteniendo su mirada, con una serie de advertencias tácitas brillando en sus ojos. – Helga está haciendo los arreglos necesarios para el Conde de Northman.
Ainslin casi se desmayó de alivio.
– El emisario del Rey Cnut viajó con el Conde y trajo una carta para mí.
¿Por qué el Rey enviaba a un emisario? ¿Qué es lo que Sigrid sabía?
Ella luchó para mantener su confusión alejada de su cara.
– Ven, esposa. – Torsten extendió un brazo. – Preséntame a mis nuevos hijos.
– ¿Tus hijos?
Él se ganó su corazón con esa declaración. Lágrimas de alegría brillaban en los ojos de Ainslin y devolviendole la mirada le sonrió, posando la mano sobre la suya. Mientras caminaban fuera del salón, Torsten murmuró – Todo va a salir bien, Ainslin.
Mientras salían de la cabaña y caminaban hacia las cocinas ella preguntó.
– ¿Por qué está aquí ahora? Greta murió hace tres inviernos – susurró Ainslin.
– No temas, Ainslin. Tú y los niños sois míos ahora. Yo me encargaré de que ningún daño os suceda a alguno de vosotros. – Le aseguró Torsten poniendo la otra mano sobre la de ella y volviendose para mirarla cuando llegaron a las cocinas.
– ¡Mamá!
Al oír el grito de Rob, Ainslin se volvió y se agachó cuando el niño corrió hacia sus brazos abiertos.
– Rob. Estoy tan contenta de que estés aquí. – Ella le acarició la espalda y olió su cabello. – ¿Dónde está Brom?
– Aquí, mamá.
Ainslin levantó la mirada para encontrar a Brom sentado junto a Eileen en una mesa cerca de la puerta, agitando un trozo de pan en el aire.
Ainslin levantó a Rob poniendolo sobre sus caderas.
– He montado un caballo, mamá. Vi el mar. Y he navegado en un barco.
– ¡Yo también! – Gritó Brom mientras caminaba hacia ella, masticando un pedazo de pan. Cuando llegó a su lado, Brom estiró el cuello para mirar a Torsten.
– ¿Eres nuestro nuevo papá?
– Sí – Respondió Torsten.
– Brom, Rob, quiero que conozcais a vuestro nuevo papá, el jarl Torsten –anunció Ainslin.
– ¿Qué es un jarl? – Rob gritó y saltó al suelo.
Ainslin no esperaba la reacción de Torsten. Él se rió, cogió a un niño en cada brazo, y les dijo.
– Un jarl es un líder.
Rob tocó el rostro recién afeitado de Torsten.
– ¿Puedes llevar a los hombres en una batalla?
– ¿Eres un guerrero? – Preguntó Brom antes de llenar su boca con un gran bocado del pan restante.
– Sí – respondió Torsten. Mirando por encima de su hombro, y dedicandole a Ainslin una sonrisa y un guiño.
– Es hora de llevar a nuestros hijos a su nueva casa, esposa.
Sus ojos se llenaron de lágrimas no derramadas y ella deseó jurarle fidelidad allí mismo, para que supiese que tendría su eterna lealtad a partir de este día.
Tanto Brom como Rob comenzaron a bombardear con preguntas a Torsten, sus voces eran cada vez más altas, ya que cada hermano trataba de atraer toda la atención del jarl. Torsten tenía una expresión confusa que Ainslin conocía muy bien. Sus hijos eran ruidosos y muy habladores, y ella a menudo deseaba un minuto de bendito silencio.
– No – Torsten casi gritó. – Una pregunta cada vez. ¿Quién es el mayor?
Rob hizo un mohín y enseguida protestó.
– Mamá, no es justo. ¿Por qué no me tuviste el primero? ¿Por qué Brom tiene que ser el mayor?
– Un guerrero no lamenta el orden de las cosas. – Declaró Torsten. – No busques la ayuda de tu madre. ¿No quieres tener su propia espada Rob? – Preguntó saliendo por la puerta.
La mirada de Eileen encontró la de Ainslin.
– Su jarl pronto tendrá a los niños disciplinados.
Ainslin, Eileen y Robyn siguieron a Torsten y a los niños fuera de las cocinas.
Ainslin estaba maravillada por el repentino silencio de los niños. Los largos pasos de Torsten los llevaron enseguida a su destino.
– Eileen, ¿cómo ha llegado el Conde Northman a tierras nórdicas? – susurró Ainslin, cogiendole el brazo a la esposa de su siervo. Robyn que caminaba al lado de Ainslin, respondió.
– Somos nosotros, los que estamos con él, mi señora. Es un viaje del Conde en apoyo al Rey Cnut, que será el Rey de Inglaterra, Dinamarca y Noruega. El hermano del jarl Torsten consiguió nuestro pasaje en su barco.
– Yo insistí en acompañar a los niños. – Eileen susurró al oído de Ainslin. – El Conde Sigrid no sospecha nada.
– ¿Estás segura?
Ainslin miró fijamente a la otra mujer.
– Tanto Robyn como yo estamos seguros, mi señora. No se preocupe.
– Eileen, ¿qué quiere decir elska?
Ainslin inmediatamente se arrepintió de la pregunta.
– En nórdico significa amor o dulzura, mi señora.
Un rubor calentó a Ainslin desde la cabeza a los pies.
Cuando llegaron a la cabaña, Torsten dejó a los niños en el último escalón y miró a Ainslin.
– No te preocupes, esposa. El destino de Sigrid no es Stjórardalr.
Ainslin dejó escapar el aliento que no se dio cuenta que había estado reteniendo.
– Gracias, mi señor.
La mano de Torsten tocó su cuello, acariciandole la barbilla con su pulgar, la tormenta en sus ojos hablaba de su deseo por Ainslin.
– Tengo que ir a encontrarme con el mensajero del Rey, elska. Quédate aquí con nuestros hijos. Que el sirviente y su esposa vayan a la cocina a preparar una bandeja de comida para ti y nuestros hijos.
Nuestros hijos. Por tres veces ya había reclamado a los gemelos. Ainslin se esforzó para no pasar sus brazos alrededor de él y besar cada centímetro de su cuerpo. Pero esta noche se aseguraría de demostrarle su agradecimiento a Torsten.
***
Torsten se llevó la carta entregada por el representante del Rey a la cabaña que utilizaba para la planificación de las batallas. Sus hermanos, Ruard y Jarvik, se reunieron con él antes de que terminase de leer las instrucciones del Rey.
– ¿Qué es lo que Cnut, el Grande, dice? – Preguntó Jarvik, con la silla inclinada y la cabeza apoyada en la pared mientras Torsten se sentaba a la mesa.
– Nos ordena ir a Trondhjem para su coronación. El Rey nos ofrece a mi esposa y a mí el honor de un matrimonio cristiano después de la coronación. – Torsten se encogió de hombros. – No tengo ningún interés en ese Dios cristiano, pero mi esposa le reza fervientemente.
– Ya me imaginaba que ella sería devota de ese Dios, mi hermano. – Jarvik enarcó las cejas y Torsten miró hacia su hermano. – Dicen que el Rey Olaf huyó hacia su aliado, el Rey Anund de Suecia
– Fue debido a su fracasado golpe de estado – Murmuró Ruard. – Olaf, el Gordo, vio la flota Dragon del Rey Cnut y huyó, el muy cobarde.
– Conté sesenta barcos dragones. Tal vez, yo hubiera huido para salvar mi culo también. – Los labios de Jarvik se comprimieron en una mueca. – El Rey Olaf sólo tiene una docena de barcos relevantes. Cuando todos los jarls se negaron a proporcionarle los hombres necesarios para triplicar esa cifra, su derrota estaba asegurada.
– Sí, y cuando muchos de nosotros ofrecimos hombres a Cnut, el Grande, Olaf, el Gordo no tuvo más remedio que huir.
Torsten dobló la nota y la puso en una bolsa que metió en una caja que había encima de una mesa pequeña.
– La presencia de Sigrid me molesta y me intriga. – Ruard apoyó un hombro en la pared de la cabaña y cruzó un tobillo sobre el otro.
– Sigrid no es de confianza. – Gruñó Jarvik – Las malas lenguas dicen que mató a Hadrain de Cumbria.
– ¡No! – Torsten se levantó de un salto – ¿Con veneno?
– Yo sospecho que si. Hadrain tenía muchos años, pero era fuerte. Su repentina enfermedad después de una visita de Sigrid, sembró los rumores. Los cotilleos de la corte hablan de la lujuria de Sigrid por su nueva esposa. Dicen que se acostaba con cualquier criada con el cabello dorado y los ojos verdes.
Jarvik se irguió, tirando la silla en la que estaba sentado al decir eso.
– Y no me gusta la forma en que mira a los hijos de tu esposa.
Torsten los observaba.
– En cuanto a mis hijos recién adquiridos, hay algo que necesito contaros. – Y escogiendo sus palabras con cuidado, Torsten les habló de la virginidad de Ainslin.
– Una mujer casada durante cuatro años y una novia virgen. – Ruard parpadeó hacia Torsten. – ¡Que los dioses me bendigan con esa suerte!
– ¿Y los niños que acompañé hasta aquí? – Jarvik se frotó la nuca. – No me gustan estas noticias.
– Que ningún hombre salvo yo la haya tocado, es una buena noticia. – Torsten vaciló, y luego añadió. – Sigrid violó a la doncella de Ainslin, Greta.
Jarvik maldijo.
Torsten les contó el resto de la historia, y mientras lo hacía sus hermanos permanecieron en silencio.
– ¿Quemaste las sábanas? – Preguntó Ruard, que siempre se ocupaba de no dejar cabos sueltos.
– Nadie se atrevería a entrar en mi cabaña – Declaró Torsten. – Pero me inclino ante tu sabiduría. Vosotros dos seguir a Sigrid. Vigilar sus pasos. Yo me encargo de las sábanas ensangrentadas.
Los tres hermanos abandonaron la cabaña al mismo tiempo.
– No lo veo – Murmuró Ruard cuando entraron en el salón de la posada.
El vello de la nuca de Torsten se erizó.
– Ainslin – Murmuró y salió corriendo de la posada.
– Mi caballo está atado en frente – Gritó Jarvik.
Unos segundos preciosos transcurrieron antes de que Torsten clavase los talones en los flancos del caballo. Galopó hasta su cabaña saltando de la silla, y con cinco zancadas llegó y abrió la puerta.
Ainslin se levantó de la silla, y cuando sus miradas se encontraron, Torsten reconoció el pánico en sus ojos.
– Mi señor, el Conde Sigrid ha venido a visitarnos para ver a nuestros hijos, pero los niños están dormidos.
¡Por Odín! Su esposa tenía el coraje y la disciplina de un verdadero guerrero. Cómo había convencido a los habladores gemelos para que se estuviesen quietos y callados, no lo sabía, pero estaba claro que lo había hecho. Su valentía eclipsaba su belleza. Ainslin no dejaba translucir el miedo en su rostro. Torsten apretó los dientes cuando vio a Sigrid ocupando la silla en la que había alimentado a Ainslin la pasada noche.
Robyn estaba al lado de Ainslin, sus cejas oscuras estaban fruncidas y tenía una mano apoyada en el respaldo de la silla de Ainslin.
La mirada de Torsten se detuvo en el sirviente, y le dirigió un leve asentimiento de aprobación.
– Es la hora para que comience la fiesta. – Dijo Torsten – Usted no conoce nuestras costumbres, Sigrid, por eso voy a perdonar esta infracción, pero una visita a la casa del jarl sólo se puede hacer con una invitación del mismo jarl.
Sigrid estiró lentamente las piernas para levantarse de la silla, con la boca comprimida y los dedos flexionados.
A espaldas de Torsten, Jarvik dijo. – He venido a conocer a mi nueva hermana. – Y para evitar la fragmentación de los miembros de Sigrid.
La lujuria de Sigrid brillaba como joyas centelleantes bajo el sol del desierto, las fosas nasales estaban dilatadas y no hacía ningún intento para ocultar el volumen de su erección bajo su túnica.
La furia se apoderó de Torsten que apretó la mano en torno a la empuñadura de su espada.
– Hermano – Gruñó Ruard advirtiendole, consiguiendo disipar la niebla roja que oscurecía la visión de Torsten. Ruard puso la mano en el hombro de Torsten.
Jarvik caminó hacia Ainslin, cogió su mano y se la llevó a los labios.
– Mi hermano realmente ha sido bendecido por los dioses. ¡Bienvenida, hermana!
Sigrid miró fijamente a Torsten, con la boca torcida en una sonrisa siniestra, pero consiguiendo que su tono de voz goteara miel cuando habló. – Lady Ainslin y yo éramos vecinos. Le estaba dando noticias de la familia y los amigos. Con su permiso, le esperaré en el salón de reuniones.– Sigrid se despidió y se fue.
Despues de que Sigrid se marchara, Jarvik escoltó a Ainslin al salón, con Torsten y Ruard siguiendo sus pasos.
– Voy a cortarte el pene en trocitos. – dijo Torsten mientras tocaba las piedras ovaladas que adornaban la empuñadura de su espada.
– Ella sólo tiene ojos para ti. Su rostro se iluminó al verte – Reflexionó Ruard. – ¿No te dije que entrenándola ganarías sus favores?
Poniendo los ojos en blanco, Torsten respondió. – Es verdad. Parece que el entrenamiento de un halcón también funciona con una mujer.
– Acostúmbrala a tu toque, dále de comer, bañala... La confianza llegará de esa manera.
El buen humor de Torsten volvió a aparecer.
– ¿Crees que ella podría cazar para mí? ¿Atraparía a una presa también?
– Eres tú quien está atrapado. – Respondió Ruard. – Tendrías que ser como yo... El martillo de Thor no siente lujuria por una mujer solo. Recuerdo muy bien los días en que eso me impresionaba de ti. Díme,
¿puedes aceptar la idea de que tu espada enfunde en otra vaina que no sea la de Ainslin?
Aturdido, Torsten miró a los ojos azules de su hermano. Sus palabras le hicieron darse cuenta de que no había montado a una mujer, desde el día en que puso los ojos en Ainslin de Durham.
Capítulo Cinco
Ainslin enhebraba un hilo en una aguja, cuando de repente el calor le subió por el cuello y la cara, al recordar la manera en que el pene húmedo de Torsten se había enhebrado en su sexo. Él no le había permitido saborear la miel de su verga, por la mañana temprano mientras estaban en la sala de baño, cuando le había vuelto a dar placer.
¿ Disfrutará con mi lengua, como yo lo he hecho con la de él? Juro por lo más sagrado que le daré a Torsten todo el placer que desee. No tendrá ninguna razón para abandonarnos.
El fuego que Robyn había encendido antes, crepitaba. Ainslin se quitó el manto de piel cuando los troncos se quemaron. Estaba cosiendo una túnica corta para Torsten, con un pedazo de seda escarlata, que le había dado Aelfgifu como parte de su dote. El color brillante y el patrón que había elegido aumentarian su apariencia y resaltaría los reflejos azules de su cabello negro. Inspeccionando los puntos de la línea de color oro para no dejar ninguna irregularidad, sonrió, imaginando a Ruard y Torsten juntos.
Ángel y demonio, cada uno con su apariencia. Uno tan claro y el otro tan oscuro. Los planos y los ángulos de las esculpidas facciones de Torsten, decían hermosas palabras sobre su sexo... Ella se sonrojó ... Su coño se humedeció al recordar su sonrisa maliciosa, cuando ella lo miraba entre sus muslos. No le importaba si ese acto era un pecado, y ya había decidido no mencionar ninguna intimidad entre ellos en su confesión.
Ainslin oyó crujir la puerta al abrirse y escondió apresuradamente la túnica en su baúl. Mirando alrededor de la habitación, inspiro profundamente, con la esperanza de que sus esfuerzos agradasen a Torsten. Los baules con su dote habían llegado con los gemelos, y ella y Robyn se pusieron a trabajar. Ahora había tapices colgados en las paredes, cojines bordados recubriendo el banco y las sillas y dos alfombras más en el suelo. Los vasos de plata, los de cristal, los platos de arcilla y los cuencos de piedra estaban encima de las mesas.
Un arcón de roble de tres cajones, un regalo de bodas que le había hecho Hadrain, estaba a la izquierda de la cama. Una corriente de aire frío se deslizó a través de la habitación, y el fuego de la chimenea se inclinó en sentido contrario, cuando la puerta se abrió del todo. Ainslin se volvió hacia su marido.
La excitación corría por sus venas cuando ella lo vio. Torsten encogía la habitación con su desbordante calor y energía. Su olor invadió su sentido del olfato... Torsten olía a cuero, a humo, y a su propia esencia masculina, lo que provocó que se le hiciera la boca agua.
– Ven a mí, Ainslin. – Su voz profunda le produjo un extraño dolor entre las piernas.
Ainslin se acercó a él, incapaz de apartar la vista de la tormentosa mirada que había en los ojos de su marido. Torsten estaba quieto en el sitio, con la mano en la cintura, vestido con una túnica marrón, unos pantalones apretados del mismo color y unas botas negras atadas en el frente.
– Nuestros hijos, Robyn y Eileen, están alojados esta noche en una cabaña cerca de la posada. Nos vamos mañana para Trondhjem, a la coronación del Rey Cnut. Él nos honrará despues con una boda, para que todos puedan dar testimonio de nuestra unión.
Ella frunció el ceño, sin saber cómo tomar esa noticia.
– Eso es bueno, Ainslin. – La tranquilizó Torsten enmarcando su rostro e inclinandose para rozar sus labios con los de ella.
Suspirando por la caricia, Ainslin puso las manos sobre su pecho.
– Incluso aunque Sigrid sospeche la verdad, no voy a negarle a Cnut, el Grande, la bendición pública de nuestra unión.
– Te lo agradezco, mi señor – Susurró ella con lágrimas en los ojos. – No sólo por este gran honor, sino por reclamar a Brom y Rob como tus hijos, y por permitirme mi fe cristiana.
Torsten la abrazó, acariciando con una mano su pecho y con la otra sus nalgas.
– Eres mía, Ainslin, al igual que Brom y Rob. Os protejeré a todos hasta la muerte. – Declaró Tosten limpiandole una lágrima con el pulgar. – ¿Qué te pasa, elska?
Ainslin tuvo que tragar tres veces antes de contestar.
– No muchos guerreros aceptarían al hijo de otro. Es más de lo que me esperaba, pero... – Ella buscó sus ojos, rezando para que él entendiese su vacilación. – Yo no dí a luz a Brom y Rob.
– Pero los quieres como lo haría una madre, ¿no es así?
Torsten enroscó los dedos en su pelo cuando Ainslin asintió.
– Entonces, eso es todo lo que ellos necesitan – Dijo. – Me gustas, Ainslin.
Ainslin sintió que los nudos de su estómago se aflojaban, y la llama del deseo en sus ojos los oscureció. Ella se puso de puntillas y rozó sus labios con los de Torsten, acariciando su suave y lisa piel, saboreando el vino que él había bebido. Moviendose para profundizar el beso, ella le inclinó la cabeza y su leve barba le hizo cosquillas en la boca.
Torsten se detuvo con la respiración agitada y la miró a los ojos, acariciandola suavemente.
Con el olor de su deseo, él bajó la mirada, respirando profundamente y dijo con voz ronca. – Eres un festín para mis ojos, Ainslin.
Aslin llevaba sólamente una camisa, con las mangas y el cuello bordados, esperando que él entendiera sus intenciones.
Torsten apretó la mandíbula y un tic pulsó sobre su ojo.
– Podemos.... – Ella susurró, mirando con atención la garganta de Torsten, observando su rápido pulso. – Yo...
Al instante, Torsten la levantó, y su boca cubrió la de ella. Se acercó a la cama y se sentó pesadamente sobre el colchón. Su lengua se batía en duelo con la de ella, acariciandola, mientras sus manos desataban los cordones de la camisa. Cada toque de Torsten, cada caricia, hacía que el estomago de Ainslin palpitase, y cerrando sus manos temblorosas en su túnica, lo atrajo más hacia ella.
Torsten rompió el beso con la respiración acelerada y con los ojos grises oscurecidos, al mirar fijamente los pezones de sus pechos al descubierto. Torsten ayudó a Ainslin a ponerse en pie, le deslizó la camisa por la cintura y las caderas y la dejó caer a las alfombras que protegían sus pies descalzos del frío suelo. Los hombros de Ainslin se curvaron, luchando contra el impulso de cubrir su montículo y sus pechos.
– No, Ainslin, nunca ocultes tu hermoso cuerpo de mí. Está hecho para amarlo, disfrutarlo y saborearlo. – Murmuró él, moviendo las manos sobre su cuerpo y frotando con los pulgares sus pezones.
– Torsten – Gimió Ainslin cuando sus rodillas se doblaron y tuvo que apoyar las manos sobre sus hombros.
Torsten la atrajo hacia sí, y pasó su boca por el valle de sus senos, lamiendo y besandolos. La habitación estaba en silencio, sólo el crepitar del fuego de la chimenea, rompía el silencio. De repente, Torsten se detuvo.
Ainslin parpadeó malinterpretando esa acción, pero al mirar su espeso cabello negro, sintió una confianza total en ella, como si pudiera ser capaz de ir sóla hasta los confines de las tierras nórdicas.
– Puedo aprender a agradarte, mi señor. Dime lo que estoy haciendo mal.
Cuando Torsten sonrió, Ainslin sintió que se le encogía el corazón y quiso desaparecer en un agujero. Cerró fuertemente los ojos.
Torsten debió sentir su rigidez porque lamió su ombligo, y luego la miró, con una gran sonrisa dominando su cara. Cambiando su expresión
inmediatamente, le susurró algo en nórdico que ella no entendió, y en silencio le enmarcó la cara con las dos manos.
Ainslin no quería ver su insatisfacción y mantuvo la mirada en la barbilla de Torsten.
– No es algo que tú has hecho, Ainslin – Murmuró Torsten. – Soy yo, casi derramo mi semilla en mis pantalones. Esa es la razón por la que me he detenido, elska.
Ella lo miró por fin a los ojos.
Torsten rozó con su pulgar la línea de la boca de ella.
– El nattveror de esta noche ha sido demasiado largo. – Dijo él poniendole un dedo en los labios. – Comí algo, pero la comida no me supo a nada, sólo pensaba en tu boca, en tus pechos y en tu monte. Casi corrí de vuelta a la cabaña para poder estar contigo.
Cada palabra que él decía derretía su rigidez. Timidamente, ella le tocó la punta de su dedo con la lengua, y lo chupó.
Torsten gimió, aprisionándola en sus brazos, y acostandola sobre las pieles de la cama. Ainslin sintió las pieles perversamente calientes contra su trasero, y se retorció de placer. Ella devoró con los ojos el musculoso pecho de Torsten, mientras él se arrancaba la túnica y el cinturón y lo enviaba volando a través del cuarto, para ir a parar encima de la mesa. Luego se desató las botas y las pateó fuera de sus pies.
Ainslin recordó la noche anterior, cuando Torsten se había quitado la túnica y las botas, lentamente, ordenandolas a continuación. Una sonrisa curvó sus labios y sus partes femeninas se humedecieron, haciendola arquear la espalda y endurecer sus pezones, cuando se imagino a Torsten lamiendo su coño, provocando que su clítoris hormigueara de deseo por sentir su lengua y sus dientes.
Torsten descendió sobre ella, separando sus piernas con la rodilla y bajando su boca para besarle un pecho. Ainslin gritó cuando él lamió el pezón y lo succionó, sintiendo fuego en ese lugar. Su cuerpo sabía lo que iba a pasar, y la humedad empapaba sus pliegues.
– ¡Mía! – Gruñó Torsten, rodeando el pezon con la lengua y enviando más fuego a su vagina.
Ainslin acercó su monte a su pene, rozándolo, un gesto sin palabras para que él la poseyera.
– No – Murmuró Torsten, dándole a su pecho una persistente y última lamida, antes de rodar con ella y colocarla encima de él.
– ¿Nos vamos a parar ahora? – Gimió Ainslin, tratando de recuperar el aliento, empujandose hacia abajo y acariciando su duro pecho.
– No voy a hacerte daño de nuevo, Ainslin – Contestó Torsten sin aliento, con la voz gruesa y ronca. Y colocandola encima de su dura polla, él la movió de un lado a otro, haciendo que sus pliegues se hincharan todavía más.
– Te lo ruego, Torsten. – Suplicó Ainslin, acortando la distancia entre sus cuerpos y dejando escapar un largo gemido al sentir su verga dentro de ella, entrando poco a poco en su palpitante coño.
– Esto es para ti, Ainslin. Me rindo a ti. Ajusta el ritmo como tú quieras. – Insistió él, dejándole a ella el control de los movimientos.
Ella cerró los ojos en éxtasis, enfundada en su polla y traspasada de felicidad, cuando su sexo se estiró a punto de explotar, una sensación de agonía y placer al mismo tiempo.
La necesidad de moverse la hizo deslizarse arriba y abajo sobre su polla, reteniendo su respiración cuando Torsten pellizcó sus pezones.
Sus pechos estaban ardiendo, y ella lo montó más rápido, sus paredes internas apretando contra su pene, dictando el ritmo para entrar y salir. Ainslin quería, o mejor, necesitaba la liberación que parecía casi fuera de su alcance. Entonces el pulgar de Torsten encontró su hinchado clítoris, y lo acarició. Ainslin gritó su nombre cuando llegó al orgasmo, estremeciéndose alrededor de su pene. Él agarró sus caderas y continuó moviendola, hasta que por fin obtuvo tambien su liberación, derramando su semilla dentro de ella.
***
Torsten miró en la distancia hacia la cabaña del jarl y resistió el impulso de volver a la seguridad y privacidad de Stjórardalr. Sigrid les llevaba una ventaja de medio día, pero él no quería apresurar la marcha, sabiendo que el sexo de Ainslin estaría hinchado y delicado despues de la noche anterior.
Mirando hacia atrás la vio reir cabalgando junto a Ruard. Sin darse cuenta, apretó con fuerza las riendas de su caballo, y Prúor, resopló en señal de desaprobación.
Jarvik, galopando a su izquierda, le provocó.
– Es de cobardes verte caer tan bajo como para tener celos de tu propio hermano.
– Quiero que me repitas eso mañana en el campo de entrenamiento. – replicó Torsten. – Y ese comentario me lo podrás recordar, el día que conozcas a tu novia.
– Pasarán muchas lunas antes de que eso suceda, todavía tienes que casar a Ruard...
– Es hora de que aprendas a pensar antes de decir tantas tonterías – le reprendió Torsten. – Ruard recibió una carta ayer por la noche del Rey. Su alianza ya ha sido arreglada.
Sorprendido por la noticia Jarvik exclamó. – ¡No!
– Sí – Dijo Torsten e instigó a su caballo para que fuera al galope – Y Cnut, el Grande, también ha arreglado la tuya. – Gritó, mirando sobre su hombro y riendose.
Cuando llegaron, se encontraron con el jarl, Eiríkr Hákonarson, el lider de los nobles escandinavos que se negaron a apoyar al Rey Olaf contra el Rey Cnut, dirigiendo a un contingente de sus guerreros en una esquina apartada del campo de entrenamiento.
En el momento en que Eirkr vio a Torsten y a Jarvik, despidió a sus guerreros y se acercó a saludarlos.
Los dos jóvenes Eirkr y Torsten, los primeros hijos de los linajes Hákonarson y Ostberg, habían crecido juntos en la propiedad de Thorkell, el Alto, antes de ser llamados a batalla por el Rey Cnut.
Conocido por su destreza sexual, por encima de todo, y por gobernar Trondelag y liderar a su ejército de guerreros en la batalla, Eirkr sonrió a Torsten, con una sonrisa un tanto lasciva y burlona.
– ¿Es cierto que Ainslin, La Fría ha llegado?
– Vuelve a llamarla así otra vez, y te veré en los entrenamientos de mañana – Explotó Torsten.
Antes de que pudiera decir nada más, Jarvik respondió.
– Por los gemidos y los gritos que escuché anoche, parece que sólo la envidia fue la causa de que le pusieran ese apodo a Ainslin. Aunque mi conocimiento es sólo de segunda mano.
– ¡Basta! – Rugió Torsten, saltando de su caballo y agarrando las riendas del caballo de su hermano, asustandolo con una palmada en la grupa y tirando a Jarvik al suelo. La lucha que siguió involucró a todos los guerreros cercanos y fue especialmente gratificante.
***
La oscuridad había caído hace mucho tiempo cuando Torsten se dirigió a la habitación que le habían asignado a Ainslin y a él. Ainslin no estaba en la habitación y supo por Martha que el arzobispo del Rey Cnut la había llamado para que fuese a confesarse. Torsten maldijo furiosamente mientras se bañaba y se vestía, y siguió maldiciendo cuando irrumpió en el gran salón para encontrar las mesas separadas. Los jarls y los nobles a ambos lados de Cnut y las mujeres sentadas con la esposa del Rey, en la mesa que estaba a la derecha de ellos.
La mirada de Torsten se mantuvo en Ainslin. Ella hablaba poco, comía trozos pequeños, y bebía aun menos, lanzandole furtivas miradas durante la comida. Cuando el legislador comenzó a recitar el Øre Ting, las leyes de la corte, la esposa del Rey, Aelfgifu, rápidamente se llevó a las mujeres del salón. El legislador comenzó el Øre Ting declarando a Cnut, Rey de Noruega y cuando todos los jarls juraron su lealtad, el nuevo Rey pronunció sus decisiones sobre una serie de disputas menores.
Horas más tarde, cuando Torsten regresó a su habitación, encontró a su mujer en cuclillas sobre un cuenco, su piel parecía verdosa y tenía el pelo pegado a la cara. Su corazón dejó de latir, y devoró la distancia entre ellos, inclinándose le pasó un brazo alrededor de sus hombros.
– ¿Qué tienes, Ainslin? – Ella gruñó y movió la cabeza poniendo una mano sobre su boca.
Levantandose, Torsten sirvió un vaso de cerveza y volvió a su lado.
– Te ruego que me disculpes, mi señor – Murmuró Ainslin, después de algún tiempo, cuando el último contenido de su estomago llenó el cuenco de piedra. El color volvió a su cara, pero no como el saludable color rosa de antes, ahora era una mancha de color escarlata. – Es mi período. Siempre me enfermo durante este tiempo. Le pedí a Martha que encontrara otra habitación o colchón para nosotras dos esta noche.
– No – Murmuró él, abrazándola. – Te quedarás conmigo y yo seré tu criado.
Capítulo Seis
El Rey Cnut y su esposa Aelfgifu quedaron muy satisfechos con el matrimonio cristiano de Ainslin y Torsten.
Sigrid no representaría ya ningún peligro, después de que el Rey lo nombrara jarl de las Islas Orcadas.
Ainslin había florecido como una margarita en primavera, después de su regreso a Stjórardalr. De hecho, esos meses en los que la tierra se despertaba al sol, habían sido una bendición que Torsten nunca hubiera esperado. Su deseo por su esposa crecía con cada unión, nunca se saciaba. Con cada nuevo amanecer se sentia más feliz. Al igual que florecian los cultivos de trigo en la tierra, su confianza en él, y la intimidad entre ellos maduraba cada día.
Brom y Rob crecían, sus piernas regordetas se transformaban en músculos cuando Torsten y sus hermanos comenzaron el entrenamiento para su formación.
Ya casi estaban en pleno verano, y Torsten no podía ver a su mujer sufrir más. Durante mucho tiempo, él asistía impotente cuando ella se desanimaba al llegar sus períodos. No sólo la risa desaparecia de su rostro, sino que la enfermedad que acompañaba a sus períodos duraba más y se hacía más intensa. Al final decidió que se la llevaría de Stjórardalr por una temporada.
***
– ¿Estás seguro, hermano? – Le preguntó Jarvik.
– Sí, será bueno para ella estar en las montañas. Cuida de Stjórardalr y de mis hijos también. – Respondió Torsten mirando para Ainslin que estaba montada en una yegua castaña.
Jarvik siguió su mirada y asintió.
– No dejaré que les suceda nada malo a Brom y a Rob.
El viaje de cinco días a su cabaña del interior pareció mejorar el estado de ánimo de Ainslin.
Los ojos de Ainslin brillaban cuando llegaron a Sumar Söngur, y se distrajo ordenando la cabaña, cocinando, limpiando y planeando otra habitación para que pudieran llevar a los niños al verano siguiente.
Sus ojos verdes recuperaron su brillo y sus mejillas adquirieron de nuevo un sano color rosado después de una semana nadando y buceando en el lago, paseando por la orilla y descansando al lado del fuego que ardía en la cabaña.
Un día Torsten quiso hacerle el amor a pleno sol, en la cima de la montaña, mientras estaban tumbados en la suave hierba.
– No – Protestó Ainslin, con el rostro radiante. – Es mediodía, Torsten, y estamos en medio del campo.
– Sí – Susurró él, depositando besos en su nuca y en su garganta. Ainslin trató de empujarlo, pero cuando él lamió ese punto entre el cuello y el hombro que siempre la hacía rendirse, ella suspiró y rozó su barbilla con la boca, lamiendo suavemente su piel.
Fue un largo acto de amor y con cada caricia, la ternura inundaba su alma. Cuando Ainslin llegó al orgasmo bajo el sol, con los ojos desenfocados y sus labios gritando su nombre, él ya no pudo aguantar más y derramó su semilla en su vagina.
La alta hierba les protegía la piel de los rayos del mediodía. Estaban tumbados, Ainslin encima de su marido quien todavía permanecía dentro de ella, y Torsten no podía recordar un momento en el que hubiera sido más feliz. Estaba enamorado de su mujer, y no le importaba que todos lo supiesen.
Ella se apartó ligeramente y apoyandole un brazo sobre el pecho, le besó el lugar en el que su corazón latía con más fuerza. Su peso era demasiado ligero para causarle a Torsten ninguna molestia.
– ¿Elska? – Murmuró él, con los párpados pesados por el sopor.
– Tengo una confesión que hacerte, mi señor – Ainslin susurró al mismo tiempo, mirando su barbilla.
Inmediatamente el guerrero en él rugió listo para la batalla, relegando al amante y al marido hacia atrás. Torsten relajó la tensión en sus músculos y continuó acariciando su espalda lentamente.
– Sí, ya sé que pecado me vas a confesar. Me has dado más placer que la gran mano de Dorna.
Era un hecho conocido que la lechera Dorna, podía dar placer a un guerrero en cuestión de segundos. El secreto consistía en una caricia rítmica y unas manos mágicas, que se consideraban un regalo de la diosa Freya.
Ainslin no sonrió como él esperaba, sino que se mordió el labio inferior, y luego murmuró.
– Deberías abandonarme, Torsten. Me temo que no puedo darte un heredero.
Torsten sintió que su corazón se encogía, y le costó toda su fuerza de voluntad no rugir, por que no sabía como luchar contra ese enemigo, ni sabía cómo apartar el tono de derrota en la voz de su esposa. Los rayos del sol iluminaban los brotes de hierba, los pájaros cantaban una música alegre, ni una nube empañaba el cielo azul, pero la oscuridad de la noche y la desesperación lo envolvían completamente.
Torsten se sentó, le pasó los dedos por el cabello, y ladeandole la cara la obligó a encontrar su mirada.
– No importa Ainslin. Te amo y nunca te dejaré marchar. Tú eres el sol y las estrellas en mi vida, y yo preferiría ver el Valhalla mañana, que pasar un momento sin ti y nuestros hijos.
Las lágrimas corrían por su rostro.
– Es por mi culpa – Afirmó Ainslin. – Vi a Greta morir después de tener a Brom y a Rob y tengo miedo de dar a luz a un niño. Mi temor impide que tu simiente de frutos. Debes buscarte a otra mujer.
Él le sostuvo la cara entre las manos.
– Contéstame, Ainslin de Durham, ¿me amas?
Una triste sonrisa curvó su boca.
– Sí, Torsten. Te amo demasiado como para ser tu esposa estéril.
– Tal vez la culpa es mía – Le comentó Torsten. Había pensado utilizar ese argumento después de escucharla hablando con Martha sobre ese tema. – Me he acostado con muchas mujeres, y no ha nacido ningún niño.
Eso era una verdad a medias. La sierva que lo había iniciado en el sexo había muerto en el parto, así como también la viuda que había tomado en su lugar. Luego cuando viajó a Oriente, aprendió muchas maneras de prevenir que un niño se alojase dentro del vientre de una mujer, como las esponjas empapadas en vinagre y la piel de cerdo para capturar su semilla.
Sorprendida, ella parpadeó rápidamente negando con la cabeza.
– No, sólo lo dices para ocultar mi culpa y que me sienta mejor.
– Ainslin, mirame. – Le ordenó Torsten cuando ella evitó sus ojos. – Este es un momento que recordaré toda mi vida. Bajo el sol, aquí en la pradera, tú me has confesado tu amor por mí, y yo te he dicho que también te amo. Abandona esas ideas, esposa. Ninguna otra mujer podrá ocupar tu lugar. – Él cogió su mano y la puso sobre su pecho. – Mi corazón late por ti Ainslin. Sólo por ti, por nadie más.
– Torsten...
– No, Ainslin. – Torsten la interrumpió – Desde el momento en que puse mis ojos en ti, esto... – Dijo, llevandole la mano a donde ellos aun seguían unidos, haciendo que le tocara la base del pene. – no ha querido a ninguna más que a ti. Mis hermanos se burlaban de mí sin descanso porque no he follado a nadie más desde ese momento.
Ainslin comenzó a llorar, y él la consoló haciendole el amor hasta que su estado de ánimo mejoró. Cuando el atardecer llegó, volvieron a la cabaña, donde continuó amandola en el colchón de paja, en las pieles frente de la chimenea y en la sala de baño al lado de la cabaña. Mientras el cazaba, ella cocinaba, y cuando estaban juntos nadaban en el lago poco profundo al pie de la montaña. Los días pasaban, y fue sólo cuando Torsten calculó las noches que habían estado fuera, que entonces se dio cuenta de que el tiempo de su periodo ya había pasado. Los días continuaron pasando hasta convertirse en otra semana, y Torsten contenía la respiración cada mañana, a la espera de la enfermedad que aparecería con su periodo. Cuando eso no ocurrió, empezó a sospechar que algo raro ocurría.
Jarvik envió un mensajero con una carta llena de preocupaciones. Sin confiar en poner sus sospechas sobre un papel, Torsten le respondió vagamente, ordenando a su hermano que los esperara en una semana o dos.
El tiempo pasaba, y Ainslin seguía sin enfermar, mientras Torsten notaba una serie de cambios sutiles en su esposa. Las emociones de Ainslin estaban a flor de piel. Como el día que ella encontró un pájaro con un ala rota y lo cuidó y alimentó con pan remojado en leche, llorando desconsoladamente cuando el ave murió. En un momento ella estaba de buen humor y al siguiente, derramaba lágrimas por la belleza del lago bajo el sol.
Cuando Torsten se dio cuenta de su vientre redondeado bajo sus caricias, la pequeña inflamación hizo latir su corazón. No pudo decidirse entre quedarse en Sumar Söngur o volver a casa.
La primera mañana que Ainslin se despertó e inmediatamente vació su estómago, él la observó atentamente, esperando que reconociera lo obvio. Pero el día pasó, y a la mañana siguiente se repitió el mismo patrón. En la mañana del tercer día después de que su malestar desapareciera y pusiera una olla de agua a hervir, Ainslin se sentó junto al fuego y se abrazó las rodillas.
– Torsten... – Empezó a decir casi susurrando y con la boca seca. – No he tenido mi periodo...y estoy enferma como cuando me viene.
– ¡Por fin! – Torsten ahogó un suspiro y corrió hacia ella, acunandola en sus brazos. – Mírame, Ainslin. – Cuando su mirada se encontró con la suya, él le dijo. – Tendrías que haberlo tenido en la misma semana en llegamos aquí.
Los ojos verdes de Ainslin se ampliaron, con la esperanza reflejada en los destellos de oro que las llamas hacian brillar más intensamente. Torsten sintió que su corazón se conmovía.
– Estoy embarazada. – Ella miró su estómago poniendo las manos protectoramente sobre su vientre. – ¿Crees que es cierto?
Torsten podía ver que estaba conteniendo el aliento a la espera de su respuesta.
– Sí, Ainslin, mi esposa y el amor de mi vida, estás esperando un hijo.
Mucho más tarde, después de un lento y mágico acto de amor, mientras estaba desnuda en los brazos de Torsten, murmuró soñolienta.
– Tenemos que volver a Stjórardalr. Ahora voy a necesitar el tónico especial de Martha.
Los cabellos de su nuca se erizarón como el pelaje de un oso negro, cuando se acordó de Martha insistiendo a Ainslin para que se bebiese el tónico que ella preparaba. Cuando le preguntó a Martha sobre ese té, la mujer respondió que el tónico ayudaba a aliviar las molestias mensuales de Ainslin.
Torsten jugó con el cabello de Ainslin, hasta que sintió que sus músculos se relajaban y supo que estaba casi dormida.
– ¿Martha os acompañó a ti, Greta, Robyn y Eileen a Gales?
– Por supuesto – Murmuró Ainslin, , acurrucándose más cerca de él.
– Martha es una partera. Ella supervisó el nacimiento de Brom y Rob.
***
Torsten envió cartas a Jarvik y a Ruard con estrictas instrucciones. Cuando regresaron a Stjórardalr, Jarvik les contó que a Martha la habían llamado para que regresara a Durham para cuidar a su hermana enferma.
Ainslin estuvo enojada y preocupada durante los primeros días.
Helga partió una semana más tarde hacia la corte danesa para casarse con su prometido, y le entregó las llaves de Stjórardalr a Ainslin.
Su esposa floreció después de asumir sus nuevas responsabilidades y consiguió que la calidad y el sabor de la comida del salón, se pareciese a la del castillo del Rey. Ni una brizna de hierba a lo largo de todo Stjórardalr se salvó de su atención.
El verano se marchó, y las hojas de los árboles adquirieron espléndidos tonos de naranja, óxido y marrón. El aire ya era frío, y Rob Brom seguían creciendo fuertes, mientras el vientre de Ainslin se redondeaba más cada día.
Ruard regresó antes de la primera nevada, después de llevar a Martha a Gales.
Torsten cabalgó hasta el puerto para darle la bienvenida, sintiendo la brisa fresca, mientras se dirigía a la posada. Sentados al lado de una chimenea y sosteniendo dos jarras de cerveza, hablaron de la corte de Cnut y de los últimos compromisos y cambios en Stjórardalr.
– ¿Qué dijo Martha? – Preguntó Torsten al final.
Ruard torció la boca.
– Ella confesó que le daba una bebida a Ainslin para evitar que tuviera un hijo. Dijo que lo hizo por el miedo que sentía Ainslin al parto.
Torsten maldijo.
– Martha no puede volver a Stjórardalr, hermano.
– Ella no volverá a pisar nunca estas tierras. – Prometió Torsten. – Ainslin no sabe nada, y no se lo contaré hasta después del parto.
– Aelfgifu te envía una partera para atender a Ainslin. El barco que la trae está a dos días detrás de nosotros. Relájate hermano, esta partera es una reconocida sanadora. Dicen que trabaja con magia en los partos difíciles.
– No quiero magia – Gruñó Torsten – Quiero a mi esposa con vida. Y si Odin quiere hacer un trato conmigo para que mi hijo viva también, yo le ofreceré el sacrificio adecuado.
Epílogo
Stjórardalr, 1029 dC, Primavera.
Los campos habían sido arados, las lluvias transformaban los granos de trigo en tiernos brotes, los gorriones y las golondrinas construían sus nidos en las ramas, el aire silbaba con una canción de primavera, las ranas croaban y los lechones recien nacidos gritaban.
Torsten inspeccionaba sus tierras sintiendose feliz, la suave temperatura de la primavera era un presagio para una cosecha abundante. La paz que se asentó sobre esas tierras después de la coronación del Rey Cnut, aun continuaba.
Ainslin tuvo a una niña, Inga, un bebé de cabellos negros y ojos de color esmeralda, con unos hoyuelos, y una burbujeante risa que le tenía hechizado. Jarvik y Ruard se burlaban sin piedad de él por su fascinación con el bebé, y ayer por la noche le habían jurado, que si mencionaba a su hija más de tres veces en una comida, lo llevarían al campo de entrenamiento para hacerlo callar.
Una fuerte brisa se llevó las nubes despejando el cielo. Torsten se inquietó en la silla y decidió cancelar la inspección de las fincas de sus arrendatarios. Clavó los talones en los flancos de Prúor y poniendolo al galope, el jarl volvió a su cabaña.
Torsten desmontó, cubriendo con cinco pasos la distancia hasta llegar a la puerta y abrirla. Sonrió cuando encontró una habitación tras otra vacía, sabiendo dónde iba a encontrar a su familia. Ainslin había descubierto que las aguas termales que alimentaban la sala de baño, también alimentaban el estanque situado en un rincón de ese lado de la montaña. Durante el embarazo, habían pasado muchos memorables días y noches en esa piscina natural.
Cuando la vio, se conmovió al ver a su esposa, sus hijos y su hija saltando en las calientes aguas.
– Papá – Gritó Rob, mientras Inga eructaba como un guerrero.
Torsten miró asombrado hacia Ainslin, quien hizo una mueca y dijo. – Si, lo ha hecho ella, pero tal vez su nuevo hermano eructe más fuerte.
– ¿Su nuevo hermano? – Preguntó él esperanzado.
– O hermana, lo sabremos cuando lleguen las nieves. – Respondió Ainslin con esa misma sonrisa beatífica de virgen que había estado en su cama, hace muchas lunas ya.
FIN
Comentario de la serie Guerreros Vikingos
El Oso y la Novia, es el primer libro de la serie Guerreros Vikingos, que introduce la historia de cinco hermanos guerreros de Noruega en el siglo XI.