CAPITULO VI
El sheriff Ashmore y su ayudante habían abandonado ya el taller de Harry Tefkin, llevándose los cadáveres de Ronnie El Largo y Tim El Muesca, cargados en sus propios caballos.
Antes, sin embargo, echaron una mirada a las alforjas de los forajidos, encontrando en ellas casi diez mil dólares, producto del último atraco llevado a cabo por los tipos.
Al Banco de Amarillo, según rezaban los sacos del dinero.
El atraco había sido reciente. De ahí las prisas de los malhechores en poner tierra de por medio, pues sin duda había alguna patrulla siguiéndoles el rastro.
Los Skelton permanecieron casi media hora más en la herrería, charlando con Harry Tefkin. Después, se despidieron del herrero, informándole que se dirigían al rancho de Thomas Waterston, a quien Roy tenía mucho interés en saludar, entre otras cosas para agradecerle el que hubiera empleado a Teddy.
Jenny montó a la grupa del caballo de Roy, llevando Teddy el suyo.
Cuando salieron del pueblo, Roy dijo:
—Nos detendremos un momento en el cementerio. Quiero ver la tumba de nuestro padre.
—Yo la visito siempre que puedo —dijo Jenny—. Y Teddy también.
—Lo suponía —respondió Roy, con una leve sonrisa.
Alcanzaron el cementerio y desmontaron.
Ya ante la tumba de Alfred Skelton, Roy y Teddy se despojaron de sus respectivos sombreros y Jenny se arrodilló, orando los tres en silencio.
Las lágrimas acudieron pronto a los preciosos ojos de Jenny.
Roy, dominado también por la emoción, murmuró:
—No pude llegar a tiempo de impedir que Arthur Durrell te arrebatara el rancho, padre, pero lamentará haberlo hecho, te lo prometo.
Teddy y Jenny se miraron, aunque no hicieron ningún comentario.
Poco después, los Skelton abandonaban el cementerio y tomaban el camino que conducía el rancho de Thomas Waterston.
* * *
Thomas Waterston contaba cuarenta y ocho años de edad, era de mediana estatura, y tenía las espaldas anchas, los hombros robustos, y los brazos fuertes todavía, lo que le permitía trabajar en su rancho como un vaquero más.
Ethel, su mujer, tenía cuarenta y cuatro años, y le había dado una hija que acababa de cumplir los dieciocho. La muchacha se llamaba Kitty y era realmente bonita.
El rancho de los Waterston no tenía la categoría del que perteneciera a los Skelton, pero tampoco estaba mal. Era un buen rancho y, si ahora atravesaba dificultades económicas, como todos, era a causa de la guerra. Pero Thomas Waterston confiaba en superar aquellos malos momentos y salir adelante con su esfuerzo y el de los hombres que tenía empleados en su rancho, que se conformaban con un sueldo bajo para ayudarle a superar la crisis.
Tenían que conformarse, porque, de lo contrario, Waterston se vería obligado a prescindir de algunos de ellos, aproximadamente la mitad, al no poder pagarles.
Y quedarse sin trabajo, en aquellos tiempos, era mucho peor que percibir un sueldo bajo. En el rancho, además, tenían asegurada la comida y el jergón para dormir.
La llegada de los Skelton al rancho de los Waterston, produjo un gran alborozo. Se celebró la puesta en libertad de Teddy, pero mucho más, lógicamente, el regreso de Roy, a quien nadie esperaba ya volver a ver con vida.
Roy abrazó emotivamente a Thomas Waterston, quien se alegró tanto como si fuera su propio hijo el que regresara a casa, lo que hizo que se le empañaran los ojos.
Ethel y Kitty salieron de la casa y abrazaron también a Roy, emocionadas, casi sin poder creer que hubiera vuelto sano y salvo, cuando todos lo daban por muerto.
Roy casi no reconoció a Kitty, porque era apenas una cría que empezaba a adquirir formas de mujer cuando él se marchó a luchar por la Confederación. Ahora, sus relieves corporales eran ya importantes y consistentes, demostrando que se había convertido en una mujer.
Y Roy no tuvo inconveniente en confesar su sorpresa:
—¡Cómo has cambiado; Kitty!
—¡Es que ha pasado mucho tiempo, Roy!
—¡Eres toda una mujer!
La joven, rió, visiblemente halagada.
—No todos se dan cuenta, Roy —dijo, mirando con picardía a Teddy.
El menor de los Skelton tosió nerviosamente, porque había captado la indirecta, pero no acertó a decir nada.
Cambiaron algunas palabras más y luego entraron todos en la casa, para conversar en ella. Roy tuvo que explicar por qué no había regresado antes a Fallon City y por qué no se habían tenido noticias suyas desde que cayera herido y fuera hecho prisionero por los yanquis.
Luego, explicó cómo había conseguido la libertad de Teddy, añadiendo:
—Le devuelvo a su vaquero, señor Waterston.
—¡Me hacía mucha falta, no creas! —respondió el ranchero, dejando oír su risa—. Prueba de ello es que fui a hablar con el sheriff Ashmore, para que lo dejara en libertad, pero no logré convencerle.
—Quiero darle las gracias por haber empleado a Teddy, Thomas. Fue un gesto digno de usted.
—No tienes que agradecerme nada, Roy. Había trabajo en mi rancho y Teddy, aunque joven, no era un novato. Lo que no podía, era pagarle mucho, pero él se conformó y...
—Yo le pedí a Jenny que se instalara también en nuestro rancho —intervino Ethel—, Pero ella se negó, alegando que no quería ser una carga para nosotros, y buscó trabajo.
—Tenía que hacerlo, señora Waterston —dijo la joven—, Bastante hicieron ustedes empleando a Teddy.
Los tiempos no están como para permitirse gastos extra.
—Nos hubiéramos arreglado, Jenny, y tú no habrías tenido necesidad de trabajar como camarera —terció Kitty—. Yo deseaba que te instalaras en nuestra casa, tú lo sabes. Eres mi mejor amiga y hubiera compartido con gusto mi cama contigo.
Jenny sonrió.
—Lo sé, Kitty. Y te estoy muy agradecida, créeme. Pero, pudiendo ganar un sueldo, no hubiera estado bien que me aprovechara de vuestra generosidad.
—Tu hermana es una gran chica, Roy —dijo Thomas Waterston—. Y Teddy, un gran muchacho. Puedes sentirte orgulloso de los dos.
—Lo estoy, se lo aseguro.
—Bien, en mi rancho sigue habiendo trabajo, Roy. Lo que no hay, es mucho dinero para pagar, pero si te conformas con un sueldo bajo, te emplearé con mucho gusto. Y no creas que te hago este ofrecimiento por hacerte un favor, ¿eh? —puntualizó el ranchero—. Es verdad que hay trabajo en nuestro rancho y Teddy te lo puede confirmar. Además, tú dominas como nadie el oficio de vaquero. Eres insuperable con el lazo y tampoco tienes rival marcando reses. Si aceptas el empleo, habré hecho una extraordinaria adquisición.
—Agradezco sus elogios, señor Waterston —sonrió Roy—. Y también su ofrecimiento, que está lleno de generosidad, aunque usted trate de disimularlo.
El ranchero carraspeó.
—Roy, yo te aseguro que...
—Acepto el empleo. Lo que no acepto, es cobrar por mi trabajo.
—¿Qué?
—Me conformaré con la comida y con un jergón en el barracón de los vaqueros. Le pido, eso sí, que deje instalarse en su casa a Jenny, porque ha dejado su empleo de camarera. Yo le ordené que lo hiciera.
—Respecto a lo de Jenny, de acuerdo, porque nos encantará tenerla con nosotros. Con lo que no estoy de acuerdo, es que tú no cobres por tu trabajo. Necesitas dinero y...
—Tenemos seis mil dólares.
Thomas Waterston dio un cómico respingo, mientras su mujer y su hija abrían la boca, absolutamente perplejas.
—¿Que tenéis qué...? —exclamó el ranchero, con una expresión que invitaba a reírse.
—Seis mil dólares —repitió Roy, aunque seguidamente aclaró—: Bueno, aún no los tenemos, pero los vamos a cobrar muy pronto. En cuanto el sheriff Ashmore reciba la notificación de que puede hacer efectivas las recompensas ofrecidas por la captura, vivos o muertos, de Ronnie El Largo y Tim El Muesca, abatidos a tiros por Teddy y por mí hace apenas un par de horas.
Thomas intercambió sendas miradas con Ethel y Kitty, que no salían de su perplejidad. Luego, el ranchero rogó:
—¿Te importaría contarme lo ocurrido, Roy...?
—En absoluto.
Roy le relató lo sucedido en el taller de Harry Tefkin.
Los Waterston, repuestos ya de la sorpresa, dieron tienda suelta a su alegría, porque seis mil dólares eran una fortuna.
¡Y más en aquellos tiempos!
—¡Es fantástico, Roy! —exclamó Thomas—. ¡En cuanto recibáis ese dinero se habrán acabado vuestros problemas!
—Y empezarán los de Arthur Durrell —aseguró el mayor de los Skelton.
El ranchero dejó de mostrarse risueño.
—¿Qué quieres decir...?
—¿Sabía usted que el total de las deudas de mi padre ascendía a poco más de cinco mil quinientos dólares, señor Waterston?
—Sí, él me lo dijo.
—Pues bien, si Arthur Durrell se quedó con el rancho porque mi padre no podía pagarle esa suma, tendrá que devolvérnoslo cuando le entreguemos esos cinco mil quinientos dólares largos, porque la deuda habrá quedado saldada y él ya no tendrá ningún derecho sobre el rancho.
—Me temo que no accederá.
—Bueno, si no se adviene a razones, peor para él, porque no dejaré de hostigarle hasta que nos devuelva lo que nunca nos debió arrebatar —prometió Roy.