ACABAR ES DE OBRERO

—Aportas sólo tu eyaculación y no alcanza para sostener un vínculo amoroso —continuó La Pied Noire, firme en su reproche. En su postura transitoriamente inamovible.

Por el tono indignado de la comunicación, trascendía que a Nathalie ya le resultaba insuficiente con el polvo esporádico.

Pretendía oficializarlo a Rodolfo, aunque fuera un extranjero para desconfiar con naturalidad. Ante sus amigos combinados que debían convencerse de que mantenía un enamorado para escriturar. Actitud lícita. Entendible.

Pero lo que de ningún modo Rodolfo podía aceptar era la descalificación banal de sus aportes al “vínculo”.

Entonces el que se lanzó también a reprochar en adelante fue Rodolfo. Desde la proximidad irreverente de la indiferencia.

—Eyaculaciones que, como sabrás, querida mía, son falsas. Fingidas, interpretadas —le dije. Mantenía el escudo improvisado del cinismo irritante.

Nathalie ya estaba lo suficientemente grandecita para haberse dado cuenta de que, en general, raramente solía acabarle.

Acabar —sostenía— es de obrero.

EXTRAVAGANCIA FILOSÓFICA DEL TANTRISMO

Por defensa propia, en la antesala de los 45 años, Rodolfo se había iniciado en la extravagancia filosófica del tantrismo.

Para sacarlo de la honda esfera de Osho, y llevarlo al plano práctico más rudimentario, se esforzaba —y lo decía— en no acabar.

Hasta conseguirlo, y erigirse, en adelante, en un auténtico profesional de la contención.

Mecanismo que, cabe consignar, podía fallar la primera vez, con un nuevo cuerpo que necesitaba millaje, nivelación y acostumbramiento.

Por cuestiones específicamente energéticas —que Rodolfo se las atribuía sin rigor al pobre Osho— solía acabar apenas de vez en cuando. En general los domingos, en el epílogo escasamente místico con Josciane.

Aprendió, con el tiempo, el mecanismo de contención que le permitía estar semanas enteras sin acabar. Por suerte, podía mantener la fibra, el deseo y la actitud para cumplir y ponérsela, en días intensos, a dos otoñales por día.

Acabar, Nathalie, es de obrero. No lo olvides.

Un placer aliviador reservado exclusivamente para los proletarios con relación de dependencia que necesiten el descanso.

Para los asalariados que no pueden entregar tres o cuatro horas a la reivindicativa ceremonia de ponerla.

Impulsaba Rodolfo aquella máxima clasista que podía haber revolucionado la teoría política. Desde la certeza categórica que proporcionaba la provocativa soberbia.

Los que necesitan acabar, Nathalie, son los obreros argelinos de la construcción, los choferes de bus, los musculosos metalúrgicos.

Para el tántrico, el impulso permanente del deseo debía ser infinitamente más placentero que la consolidación del deseo en sí.

Rodolfo se colmaba de la magia positiva con el cuento bien armado de la veneración erótica de la mujer. Tratada, indefectiblemente, como una prenda de culto, de persistente celebración. En la entrega prodigiosa por prodigarles un placer infinito, por experimentar el placer profesional de dar, con generosidad, placer, pero teatralizado en orgasmos estremecedores, mientras se dilataba interminablemente la propia eyaculación que nunca debía ocurrir. Para no desperdiciar la energía acumulada.

La eyaculación que La Pied Noire, de manera imperdonable, ahora minimizaba. Hasta banalizarla. Como si fuera un aporte peyorativo. Para descalificar.

Rodolfo se sintió moralmente agredido por la agresiva ingratitud de Nathalie. Y exhibió las llagas de la propia indignación de hombre herido. Con la sensación desagradable de saberse víctima de la injusticia que de ningún modo merecía.

Desconocía la pobre Nathalie que desde que había ingresado en la cultura del tantrismo, las eyaculaciones representaban el homenaje más expresivo. Que se le tributaba, en general, a Josciane. En la cama alta que daba a una pared de la rue de la Convention.

—Es un homenaje la eyaculación que vos, por otra parte, mi diosa, nunca te mereciste. Mi amor, no puedes referirte tan ofensivamente a las eyaculaciones que casi nunca transcurrieron. Menos aún, de forma tan devaluatoria, pedante y despreciativa.

Después de insultarlo, Nathalie, La Ingrata, cortó la comunicación.

HOMBRES FALLADOS

Odile inquietaba a Rodolfo hasta fastidiarlo.

En sus agobiantes declaraciones de principios solía describirse en exceso. Enumeraba los atributos que cimentaban el prestigio de mujer autónoma que había sabido ganarse, con holgura, el lugar que ocupaba en la sociedad que la reconocía. Y en su especialidad de semióloga, últimamente focalizada en los negocios pragmáticos del marketing.

Había que hurgar entre la retórica de las manifestaciones principistas que lo abrumaban. Entre el armazón de las máscaras que utilizaba para imponer la condición de mujer independiente que, en efecto, era.

Sabía ganarse bien su dinero. Había educado a sus hijas y no dependía del pene de ningún hombre para comprarse su ropa.

Producía los recursos económicos para mantener nunca menos de cinco subordinadas. Con sus respectivos maridos. Y algún empleado de rango menor.

Pero la magnitud de la fortaleza espiritual generaba sospechas inmediatas. Anticipaban la persistencia clandestina de una mujer sensiblemente frágil. Demasiado vulnerable. La certeza de ser, en el fondo, la dilatada otoñal con ambiciones y rigurosamente dulce, necesitaba de la ternura cotidiana y de algún marido frecuente, sobre todo para debilitarlo.

Ya Odile había pulverizado tres maridos con cama adentro. Y le había despojado el orgullo a varios “mecs”. Amantes sin convivencia a los que envió, sin escalas, al psicoanalista.

De ningún modo Rodolfo estaba dispuesto a erigirse en otra víctima de la prepotente emancipación de Odile.

Ella sostenía que los hombres, todos, últimamente venían fallados.

Los hombres se le partían al medio. Se le derretían. Se agrandaba.

Para Rodolfo, ella destrozaba a los infelices con el impresionismo febril de la independencia, inspirada en la fortaleza económica.

Los masacraba a los frágiles con la pedantería de sus tarjetas de crédito que consolidaban la imagen irritante de la autonomía. Y con la degradante necesidad de mantenerlos, a los pobres aniquilados, a sus pies. Dependientes como peones y espiritualmente doblegados. Obsesionados por la faena estricta de servirla. Para hacerle los mandados o cumplir, sin la menor reticencia, con sus instrucciones. Acontecía que varios de los galanes que había pacientemente destruido arrancaron la relación cuando estaban como meros contratados por ella.

O prefería, acaso, tener a los capturados en la casa de Le Marais. Con cama adentro. Al cuidado de las hijas que crecían abruptamente. Apenas predispuestos para admirar sus éxitos financieros, como marquetinera. Y los méritos saludablemente profesionales, que le daban solidez al prestigio de semióloga.

Aparte, Odile Lerner era respetada como empresaria. Valorada como especialista en el misterio religioso de la semiología. Con una aureola incuestionable entre los sutiles artesanos del marketing. Entre los fosforescentes vendedores de aceptación social y los astutos constructores de las imágenes de otros. Los débiles que le pagaban para presentarse como más fuertes.

La diseñadora de personalidades y perfiles empresarios portaba una agresiva solvencia intelectual. La complementaba con el tenue pasado de revolucionaria romántica que mantuvo, como correspondía, su período solidario. Rebeldías antiguas que legitimaban la pasión coyuntural por ganar dinero, y que admitían la decepción lícita que le sustentaba la posterior entrega al pragmatismo. Y la consolidación apaciguadora de una fortuna apreciable, que le garantizaba el “buen pasar”, al que tenía derecho, sobre todo después de tantos sueños generacionalmente perdidos. El derecho de disfrutar la existencia plácida de burguesa inteligente que le permitía el ejercicio vocacional de destruir a los varones que venían fallados de fábrica, y que le resultaban potencialmente vulnerables.

SOIRÉE DE TÊTE

“Los caminos suelen ser siempre mucho más importantes que Roma.”

¿Para qué, Nathalie, entonces, obstinarse en llegar a Roma? Representa el final del camino. O la acotación.

Sólo cuando se capte el sentido real de semejante pregunta un iniciado puede lanzarse en el camino del tantra.

La interpretación del placer como un emblema del camino eterno. Sin llegar a ninguna parte. ¿Para qué llegar?

De todos modos, para no atormentar la realización sexual de las hipersensibles otoñales, Rodolfo solía fingir, a menudo, que les acababa.

La facilidad para la simulación era de las escasas ventajas que podía proporcionar la utilización del preservativo. Instrumento deplorable que se transformó en el vehículo prioritario por la desgracia generacional del sida. La peste que se llevó, sin ir más lejos, al extraño amigo Christian Lahachier. El Muñeco, el francesito al que Rodolfo acompañó para depositarlo en la sepultura del Père-Lachaise. El cementerio célebre que nunca más quiso pisar.

Lahachier era aquel desaforado putarraco que me había acercado a Josciane. A la que no le di ninguna importancia en aquella fiesta de blanco y negro, que El Muñeco había organizado. Una fiesta tan tontamente creativa como la “Soirée de Tête”.

Fue donde Rodolfo se llevó a la actriz Michelle Foguel, que inmediatamente lo expulsó de su vida después del post polvo. Al tercer día.

POLIGAMIA ACTIVA

Cuando Rodolfo cogía con las otoñales sobreactuaba la correspondiente desesperación. Con los estremecimientos incluidos. Como debía desatarse cualquier desgraciado del suburbio en el momento cumbre de la plenitud popular.

Sin embargo, a su edad, Rodolfo ya cuidaba energéticamente el derrame irresponsable de los polvos.

Para ser explícito, en adelante prefería acabar apenas como si fuera una especial excepción. Y siempre que, después del derroche energético, pudiera dormitarse un par de horas. De ser posible hasta la mañana.

Antes que Josciane debiera partir, vigorizada y feliz, a dar sus clases en el Liceo de Alessia. O en Neully.

En lo personal, Rodolfo atravesaba con encantamiento aquel período saludable de la poligamia activa. Solía armonizarla a través del filosófico desinterés en el ser humano, que de un tiempo a esa parte le rompía sustancialmente la paciencia. Lapso libertino de inofensiva promiscuidad, ejercitada entre cuerpos de otoñales preferiblemente temperamentales.

Me permitían —las dulces otoñales— pasar el tiempo, en París, de la manera más entretenida, mientras me dedicaba a componer la novela sobre las mismas otoñales que después, con seguridad, iba a arrojar a la basura. O dejarla en cualquier cajón. Por mala, estructuralmente inviable. Pero la iba a arrojar a la basura o incendiarla a lo Sabato. Sólo después de guardarme una copia.

Para cargarla, como lo hago ahora, dos décadas después, en el pendrive. Y publicarla, cuando todo ya importa un pepino.

Con el deseo planificado de preparar, si el mercado lo reclama, la segunda parte. Con el desfile de las dulces otoñales avejentadas. Y alguna, acaso, muerta.

RIESGOS DE SER OTOÑAL

A La Pied Noire de Auteuil le costaba asumir los riesgos de ser otoñal.

El paso —denostable— del tiempo.

Por más que se encontrara en forma, y se abnegara en correr los diez kilómetros por día, entre los boulevares y parques, a los 44 años Nathalie no podía equipararse con la ascendente Sophie Marceau.

Ni creerse, como le decía, la Catherine Deneuve que le fascinaba. La de Belle de jour.

Cabe consignar, por otra parte, que Rodolfo distaba de asemejarse a Michel Piccoli. Aunque estuviera “en forma” y con un poco más de pelo.

Y menos se parecía a Alain Delon. Aunque a veces —como Odile le decía— Rodolfo fuera igualmente un “reaccionario”.

Entre los arrebatos de entusiasmo, Nathalie se atrevía reiteradamente a enfrentarme. Y a decirme, en simultáneo, que me amaba. Era grato escucharlo, en la emblemática tonalidad francesa que siempre evocaba el orgasmo elaborado de Jane Birkin. Cuando la penetraba Serge Gainsbourg, para la clásica grabación.

Aunque la exclamación amatoria de Nathalie fuera, a criterio de Rodolfo, apenas un exceso de la emoción. Motivado por la ambición lícita de no quedarse, de nuevo, sola. Sin parar de correr, hasta agotarse.

La Pied Noire pretendía imponerse como si fuera la única. Irreemplazable y exclusiva. Y no abundara la multitud de damas otoñales tan solitarias y afectivas como ellas. Con similares deseos de revolcarse y vibrar. Y expresar, como La Birkin, en éxtasis, el “¡viens, viens!”.

ESTACIONES

En París, en Rosario, Strasbourg o Verona.

En cualquier ciudad menos idiota del planeta suelen amontonarse las damas cuarentonas, encantadoramente nostálgicas. Atraviesan el período del otoño y se encuentran lejos de aquellos efluvios iniciales de la primavera. Y de los recientes festejos del verano.

Con chequeras y tarjetas propias, extraordinariamente altivas. Divorciadas con suerte. Abandonadoras y abandonadas. Con graves colecciones de frustraciones encima. Predispuestas —con énfasis— a enredarse en nuevas historias.

Como si no quisieran desperdiciar, en adelante, con todo su derecho, un solo día.

Antes que les llegue, un poco más allá de los sesenta, la pasiva serenidad del invierno. Con sus cuotas tibias de maduro placer.

Dulces otoñales que se lanzan a pasear —incluso— los recursivos perros.

Los perros suelen facilitarles el pretexto para salir a dar vueltas solas por la calle. Para que pasen las horas. O para ir hacia las plazas con una larga correa y un libro. O para retirarse a leer Le Monde, o un libro grueso, en el bar, o al “tabac” de la esquina. Con el perro tan aburrido como ella, al lado, que se les duerme o las mira.

Cuarentonas intensamente ansiosas. Deprimidas, inclinadas a la festividad privada, a los ritos íntimos. Ligeramente insatisfechas y —sobre todo— solitarias.

Damas en banda. Servidas, a merced de un poco de atención.

Con la problemática de los hijos desparramados que también comenzaban a divorciarse y a repetir la experiencia tan poco original.

Y que se aproximaban, aún con fervientes esperanzas, hacia la frontera oscilante de los cincuenta. Regularmente precipitadas, a veces desesperadas.

Otoñales de mi especialidad. Material humanamente literario. Con las que podía compartir una botella entera de Bordeaux, un fin de semana en Honfleur (o en Zurich, como con Odile), y fumar sin inconvenientes y hasta compartir los postres, en especial la tarte tatin.

Maravillosas señoras que conservaban, en la intimidad, en el horizonte inmediato, las certezas de recibir, con frecuencia, las invalorables eyaculaciones que se merecían. Aunque fueran —como la de Rodolfo— eyaculaciones definitivamente falsas.

SÁBADO EN VANVES

Por la pasión enojosa de su inconsciencia atribulada, Nathalie devaluaba aquellas eyaculaciones virtuales del tántrico sudamericano. Por la noción del orgullo sobreactuado y malherido. Por aquel detalle miserablemente menor de haberse quedado plantada durante un dilatado fin de semana, cuando aún no se había impuesto la telefonía celular. Y cuando las mujeres aún podían quedarse prisioneras del llamado que nunca ocurría. Con el odio en el pecho, y después de haberle dejado nunca menos de seis mensajes que, por supuesto, Rodolfo escuchaba y que no le respondía. Ni siquiera por perversidad. Sólo por desgano.

Justo cuando Natalie aspiraba a utilizarme de escudero en la comida de Melanie de Montreuil. Cuando no tenía ningún interés de encontrarme con Rose y su corazón ya cerrado, después de haber estado abierto cuatro horas, en una sala de operaciones.

Permaneció furiosamente sola, mi Nathalie, en banda, en aquel departamento blanco de la rue d’Auteuil. Al costado del teléfono casi pegado en el sexo. A la espera del providencial llamado auxiliador que la rescatara del rencor acumulado.

Sin embargo Rodolfo estaba enclaustrado aquel sábado en el departamento impersonal de Porte de Vanves. Pero con el plan alternativo de refugiarse el domingo entre los brazos protectores de Josciane. La mujer puerto que lo esperaba.

La que siempre se sabía ganar el polvo y que llegó a mi vida durante la fiesta, la Soirée de Tête, donde ni la registré.

Pero sí Rodolfo la registró durante el último acto social que se organizó alrededor del extraño amigo Christian Lahachier. Su funeral, en el Père-Lachaise.

De pronto sentí que una dama lagrimeaba a mi lado. Le ofrecí un pañuelo, y luego mi mano, como consuelo. No la soltaría. Josciane.

Pero aún era aquel histórico sábado y Rodolfo aún no podía escapar de las encerronas retóricas de la licenciada Lerner. La otoñal de intelecto superior que pretendía anexarlo a su colección de hombres fallados, metodológicamente anulados. Una destructora altanera de brillante capacidad analítica, aunque tan absorbente como aquellas muchachas reclamatorias de Quilmes. Cargosas, demandantes hasta la obsesión. Tan quejosas como Odile durante la noche de Vanves, que se imponía con la pesadez inagotable que comparativamente enriquecía la personalidad de Josciane.

ZAPATOS VERDES

Como final de historia con Nathalie, debía aceptar que era bastante estúpido. Inexplotablemente ridículo, hasta para constatar en la intrascendencia de la mala literatura. Epílogo vulgar, escasamente memorable. Similar, en cierto modo, a la caída aplastante de la pasión módica que compartimos con Elyane Fanyou, La Cazadora de Cabezas. Era la mujer temperamental y autoritaria que también lo había seducido a Rodolfo en el final del verano reciente. A través del erotismo estremecedoramente frívolo que irradiaban sus zapatos verdes. Lucían atractivos debajo de sus excitantes piernas torneadas. Minuciosamente bronceadas, en el chateau familiar de Toulon.

El contenido de aquellos zapatos verdes de tacos altos de la Cazadora de Cabezas lo fascinó de inmediato cuando Rodolfo la conoció en el vernissage de su amiga Felisa, la viuda del gran pintor Forcinitti, en el Hotel presentablemente pobretón de la rue de Capuchines.

Elyane, aparente amiga de Felisa —la viuda del artista excelente que producía cuadros de más— adornaba la piel oscurecida en el chateau de Toulón con un vestido blanco estampado, con predominancia del verde, en dibujos que armonizaban con sus zapatos. La belleza de Elyane motivaba que Rodolfo intentara ponerse brillante. Ingenioso. Y que se le fuera, como acostumbraba, a la carga.

Sobre todo porque debía aprovechar los elogios previos que le había dispensado Felisa Forcinitti. Aunque sabía que su obra, para Rodolfo, era prescindible. Que estaba legitimada sólo por el oportunismo conyugal que le permitía utilizar el apellido del muerto.

Al morir Forcinitti, aquel talento que se había desperdiciado por producir cuadros como si fueran chacinados, Felisa creyó que llegaba su turno para aproximarse a la gloria.

Sin embargo Felisa, que solía jactarse de sus conexiones sociales, lo había promovido a Rodolfo sobre todo para que entablara un diálogo inteligente con la novelista Michelle Flandryn. Ella estaba a punto de editar su segunda novela, y podía descontarse un casi asegurado éxito de indiferencia.

Como lo obtuvo con la primera, que Felisa me envió dedicada. Aunque no pude soportar más allá de la página 5.

Por avanzar sobre los zapatos verdes de Elyane, en aquel vernissage de Felisa, Rodolfo casi ni pudo hablar de literatura con la joven colega Michelle. Pudo saludarla apenas formalmente. Y menos pudo atender a Patricia, otra escritora con aspecto angelicalmente perverso que se encontraba a su lado. Era Patricia un poco más veterana, y se notaba también que era mucho más inteligente. Aunque continuaba inédita.

SIMPLE REPOSO PARA OLVIDAR

De todos modos, el final abruptamente telefónico con Nathalie podía aún ser más olvidable que el final de la historia con la célebre Michelle Foguel, la actriz decadente que también me presentó Christian Lahachier, en una de sus habituales Soirées de Tête. Había que asistir con algo original en la cabeza, y sin que fuera la vulgaridad de un sombrero. Rodolfo fue con una vincha que tenía la imagen grotescamente central del santito Ceferino Namuncurá.

La Foguel se dio cuenta de inmediato de que Rodolfo no era el hombre que ella aguardaba para que le hiciera la vida más soportable.

Después del primer polvo, aceptablemente sublime, y sobreactuado en su casa, La Foguel no toleró el proceso dilatorio y vacilante al que el amante intentó someterla de entrada. Pero tampoco se anotó en la usual costumbre de perseguirlo. Antes que comenzar a sentir eventualmente la ausencia, decidió desairarlo. Como si se postulara para erigirse en el antecedente de Nathalie y su desprecio por la eyaculación (falsa).

“Carezco de interés, a esta altura de mi vida, señor Rodolfo, de sufrir por cretinos básicos como usted”, dijo Michelle. Desde la frialdad que le permitía la comunicación telefónica.

“Le pediré un favor, mi estimado cretino. Si volvemos a coincidir en alguna otra fiesta, o reunión social, si aún conserva algún atisbo de caballerosidad, haga de cuenta que somos dos desconocidos. Y es, después de todo, la verdad. Lo único que hubo entre nosotros fue un simple reposo para olvidar.”

Cuarentona larga, cincuentona engañosa pero aún entera, como cualquier otoñal entrañable La Foguel aspiraba a consolidar, de mínima, una relación de cómplices, apasionadamente amable y diáfana. Ningún nuevo matrimonio, porque desdichadamente ya había tenido tres. Como Odile, prefería anotarse en la reivindicación moderna de la “cama afuera”. Innovadora modalidad que le había enseñado su hija Lucie, que tenía 23 años y ya venía sobrecargada de alejamientos y separaciones. Y aún no había intentado —le dijo Lucie— la antigualla precolombina de la convivencia.

De máxima, si se producía el estremecimiento misteriosamente recíproco del amor, La Foguel se encontraba en la situación equiparable a la de Odile. Con sustancial coraje anímico como para intentar otra convivencia de la “cama adentro”. Para aniquilar, de ser posible, a otro imbécil. Porque asumía que era, en el fondo, una romántica anticuada. Como Odile, prefería tener siempre cerca el sexo que le pertenecía. El sexo que quería tenerlo a mano para besarlo cuando se le antojara, de manera tan natural como el acto de respirar.