Capítulo 3

Hacia el Oeste y Segundo Encuentro

De todos los momentos vividos hay uno que sobresale por su importancia y es aquel que nos enfrenta con casi la totalidad de nuestro ser, ante quien hay que tomar una decisión, o dejar que la decisión se haga presente por medio de insistentes impulsos intuitivos. Tanto Albanoa como su amigo se hallaban ante una situación parecida. Albanoa sabía lo que estaba sucediendo y obedecía el mandato que le llegaba con claridad, pero Jotanoa se debatía entre sensaciones de abandono y temores de soledad. Sin embargo, detrás de estas sensaciones de abandono y temores de soledad le hablaba la intuición con su humildad de siempre, haciéndole creer que la soledad y el abandono son ilusiones de quienes se dejan influir por lo efímero, de quienes sólo tienen noción de su propio cuerpo.

Quizás fue debido a esto que la mente de Jotanoa comenzó a poblarse de imágenes de su valle de Tulum. Lo acompañaban, sin que él lo deseara, como ayudándolo a soportar estas sensaciones desagradables. Aunque lo hacían en pantallazos intermitentes, los paisajes de su valle aparecían para cambiarle el rumbo de los pensamientos y desaparecían cuando de su ánimo se borraban los temores de soledad y abandono.

Jotanoa, obedeciendo a un impulso de su naturaleza, dejó para otra ocasión la lectura relacionada con la historia de amor de su amigo. Después de tomar la decisión apareció Albanoa. Llegaba para invitarlo a visitar un sitio diferente.

No sería junto al mar sino donde comienza la inmensidad pampeana, ondulada en lomas y hondonadas y salpicada de lagunas.

Habían ido allí a pasar las últimas horas del día. Estaban sentados en los umbrales de la tarde, con el sol acercándose al horizonte del oeste, bajo un árbol de enorme ramaje. Era el lugar elegido donde la lejanía se alfombraba de verde hacia el poniente. Estaban allí como si dijéramos que venían a esperar algo importante, invitados por el día que se iba. Jotanoa se había inducido la actitud de quien está dispuesto a recibir lo que su amigo quisiera darle, pedirle o sugerirle.

Del ocaso llegaba el aroma de la verde inmensidad, acompañado del silencio que iba y venía en ráfagas de zumbido y calma. Sentados en el pasto, conversaban entretenidos en comentar los dos últimos relatos, advirtiéndole Jotanoa que había dejado para después la historia de amor. El gesto de Albanoa fue de alivio cuando le dijo que había postergado la lectura, pues le hubiera sido difícil explicar algunos pasajes que parecían estar más allá de la presente comprensión humana. Hablando y hablando, comentando y comentando, se fue creando el ambiente previsto por el próximo acontecimiento.

- ¿Recuerdas -le dijo Albanoa- el día que nos encontramos allí junto al mar cuando, tú sentado y yo de pie, nos miramos pareciendo que nos conocíamos? ¿Recuerdas la impresión que te produjo la aparición repentina de mi persona? ¿Fue negativa o positiva esa impresión?… Me refiero a si fue de temor o de esperanza, o si fue de disgusto o de aceptación… ¿Te acuerdas de los días anteriores, de aquellos días durante los cuales nació la decisión de venir hasta aquí? ¿De qué huías si es que de algo huías? ¿Qué buscabas si es que algo buscabas?… No te estoy pidiendo me contestes, sólo deseo que los interrogantes vayan ordenando los recuerdos, escalonándolos hasta llegar al momento que ahora estamos viviendo. Cuando repasamos los recuerdos que contienen algunos interrogantes, aparecen respuestas que antes no tuvimos.

- A lo largo de todo lo que conversamos -continuó después de una corta pausa- es posible que hayas encontrado el motivo por el que huías o la razón de lo que buscabas. Tal vez hayas vislumbrado o presentido dos grandes etapas, una como comienzo y la otra como conquista suprema, como culminación de la mayor aspiración humana, la referida al conocimiento alimentado por la sabiduría y fortalecido por el sueño de tu alma viviente. Toda alma viviente, dejándola que use su sabiduría, puede alcanzar la máxima expresión en quienes se dejan poseer por el bien y se convierten en personas poseídas por el bien, en oposición a las poseídas por el mal, de las que se dice que están poseídas por el demonio y para quienes existe un tratamiento o ritual llamado exorcismo, también la tradición mística reconoce a los poseídos por el bien, para quienes existe un ritual de iniciación que los conduce a la inspiración casi permanente y les facilita el estado místico de la unidad con Dios. Se los suele llamar iluminados.

- Me imagino -siguió diciendo- que la intuición habrá hecho ya su parte para que percibas que tienes ante ti el despertar y luego el desarrollo interminable de tu alguien del Alma, quien se hará discípulo de un maestro instalado en el centro de tu alma viviente.

Después de gozar mirando los colores atenuados de la tarde, Albanoa fue acercándose al momento clave de los días vividos en amistad con Jotanoa.

- La amistad -le dijo- que hemos creado se verá inmortalizada en el futuro cuando tu alguien del alma y tu adoptivo Albanoa se encuentren en el hogar común de la conciencia cósmica. Por ahora se hace necesario seguir las instrucciones que emanan de mi pasado y de tu presente período de vida… Dispongámonos a vivir una especie de iniciación, durante la cual tu ser interno se identificará con un nombre, o sea, así como me has conocido con el nombre de Albanoa, también conocerás a tu ser interno con un nombre que él te dirá. En lo sucesivo, él será quien me reemplace.

Al sol le quedaba poco espacio para llegar al horizonte, de modo tal que la luz dorada le daba de lleno en el rostro de Jotanoa.

- Cuando allá en el futuro -continuó Albanoa- recuerdes lo que hemos vivido y decidas escribirlo, tal vez te resulte fácil aceptar la idea que voy a sugerirte, la de intentar con los lectores de tus libros ingresar al imperio invisible del alma, del que ahora formarás parte. Diles con el argumento de nuestras experiencias que podrán tener reuniones en el plano cósmico, que usando la visualización podrán influir en la conducta de los hombres que manejan los poderes de la humanidad. Desde la intimidad de sus hogares y sin que nadie lo sepa, tú y ellos tendrán la ocasión de orientar hacia el bien común todas las actividades de los hombres.

Albanoa se puso de pie. Con disimulo fue ubicándose de espaldas al sol, permitiendo que la sombra de su cuerpo diera en Jotanoa, mientras él se quedaba delante de la redondez anaranjada de la luz solar. Visto desde la posición en que se hallaba Jotanoa, parecía que Albanoa se esfumaba en la luz. Al ver que su amigo lo miraba como si en realidad estuviera dejándose llevar por el sol, la voz de su alma viviente dejó en los oídos de Jotanoa el último mensaje, dicho con voces de liviana y simple poesía:

Que no se duerma,

que no se aleje

la voz de tu alma,

que no se quede donde parece

morir de pena si no la escuchas.

Pídele siempre

la luz de un sueño

cuando el camino te desoriente.

Pídele vida de aurora y verbo

cuando en penumbras te apague el cuerpo,

cuando la frágil queja del tiempo

busque recuerdos donde quedarse…

Que no se aleje la voz de tu alma

cuando enjaulado por la nostalgia

poco te importe

si habrá esperanza después de ahora.

Que no se encierre

cuando el espejo de la indolencia

te ofrece ideas de no hacer nada.

Que no se quede

cuando tus pasos van de regreso

al refugio amado de la tristeza

Que no te deje sin su mirada

cuando tus ojos

sufren vencidos por la distancia.

Que no se duerma,

que no se aleje

la voz de tu alma,

que ahora, mañana y siempre

guíe tus pasos

hacia el imperio de su belleza.

A todo esto, Jotanoa, sin saber dónde estaba, sintiendo que avanzaba hacia algo, que se movía hacia el resplandor lejano y que de ese resplandor lejano emergía una silueta, creyó en un primer momento que era Albanoa el que regresaba, pero cuando estuvo cerca y vio que tenía algunos rasgos suyos, comprendió que se hallaba frente a una iniciación en el escenario de su propia conciencia cósmica… Entre brumas de luz, aquella silueta psíquica, haciéndose visible por un instante y luego desapareciendo, como si parpadeara su luminosidad, le dijo a Jotanoa, o a Jotanoa le pareció que le decía:

- ¡Vengo de tu alma y la mía!… ¡Vengo de donde nacen nuestras dos entidades vivientes! Vengo y me parece venir de mí mismo… vengo de donde no hay “dondes”, vengo de un sitio donde no hay “sitios”… ¡Vengo de ti, vengo de mí mismo, vengo al mismo tiempo de todas partes y de ninguna parte”… Vengo de la luz y de todo aquello que ilumina la luz… ¡Vengo de dios, del dios de tu existencia y de la mía… del dios que cada ser humano lleva dentro de sí!… Vengo de una sensación divina que emite expresiones de sabiduría, que emite la energía organizada por nuestras ideas, por nuestros pensamientos… que emite lo inefable y lo inexplicable. Es allí donde he sentido que soy el hijo del alma, que soy según dos palabras que en el oriente tienen varios significados… ¡Soy Eben Alb!… decir Eben Alb y decir hijo de la esencia es lo mismo… Decir Eben Alb es casi lo mismo que decir hijo del corazón o hijo del espíritu…

El silencio que sobrevino por un largo rato le hizo ver a Jotanoa el suave y lento desmoronamiento de tantas tradiciones, sostenidas a fuerza de ignorancia y de supersticiones. El deslizamiento hacia las cenizas de lo que artificialmente se mantenía, dio paso a otro panorama con un horizonte infinito, de donde asomaba el rostro de un hombre, de un hombre nuevo que asumía la responsabilidad de todas las culpas porque las había comprendido, y también porque había comprendido que los delitos y las injusticias fueron provocados por la voluntad exterior, sin que interviniera la voluntad interior de la bondad.

El suave estremecimiento de una onda cósmica acarició el ánimo de Jotanoa cuando surgió en su mente la ley o principio fundamental de la historia del hombre. A partir de semejante ley no quedaba nada que tuviera la justificación de un dios universal. Con esta idea, todo lo sucedido a la humanidad aparecía bajo la exclusiva responsabilidad del hombre y no de un dios celestial ni de un demonio terrenal. El dios celestial y el demonio terrenal, según esta revelación, quedaban instalados en el cielo interior y en el infierno interior del hombre. Sin mucho esfuerzo, todo, absolutamente todo, se reducía a fomentar la evolución del cielo interior para que haya cielo en la tierra o seguir alimentando al infierno interior para que siga habiendo infierno en la tierra… Así fue como nació en Jotanoa la razón de adherirse al hombre nuevo, decidiendo sustentar la educación del cielo interior del hombre para que haya cielo en la tierra.

Cuando Jotanoa abrió los ojos vio allá lejos, empequeñecido por la distancia a Albanoa que se esfumaba en la luz del sol poniente, tal vez, para vivir un nuevo amanecer en otro lugar del mundo. La inminente despedida y luego el alejamiento de aquella criatura extraña, le provocaba la emoción de una ternura desvalida, abandonada. Jotanoa, sintiéndose separado definitivamente de aquel amigo que llegara como llegó para señalarle la misión de conocerse a sí mismo y la de conocer a su semejante, en fin, teniendo acumulada tanta alegría vivida y ahora esta suave soledad, hicieron que las lágrimas desahogaran su corazón de joven agradecido.

Adormecido por la tristeza de aquel que terminaba de irse y somnoliento por el hogar que le prometía su nuevo amigo, Eben Alb, inclinó lentamente la cabeza, sumiéndose en el semisueño del relajamiento, pareciéndole que se colocaba en la frontera de dos mundos, de dos hemisferios.

Hacia un lado, el mundo de la materia indómita, con la que estaba obligado a convivir y a dominarla con la sabiduría del conocimiento, haciéndola sustancia de sus ideales. Hacia el otro lado, el imperio invisible de Eben Alb…

Y se durmió sin saber cuándo…

Al despertar, era de noche. Acariciado por la sombra azul de la noche, se alejó de aquel lugar, rumbo al futuro, donde lo esperaba su querido Valle de Tulum.

21-abril-1992

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18/02/2011