Segunda Parte:
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El Sistema Solar

7. La Luna Y Nosotros

A veces puedo prever una pregunta y prepararme para responder.

Por ejemplo, hace unos días me encontré participando en un debate a gran distancia con otros tres autores de ciencia-ficción. Dos de ellos estaban en Sydney, Australia, preparándose para asistir a la Convención Mundial de ciencia-ficción, que se iba a celebrar allí. Un tercero estaba en Auckland, Nueva Zelanda, de camino a la misma convención. Y yo estaba en Nueva York, porque yo no viajo.

El tema del debate era la «guerra de las galaxias» de Reagan. Dos de los autores estaban a favor de ella y dos en contra. Yo era uno de los que estaba en contra.

Fui a un estudio en Nueva York y a las siete de la tarde empezaron a establecer la conexión trilateral entre Nueva York, Sydney y Auckland, con la ayuda de personal de Londres. Tardaron un rato.

En general me pongo nervioso pronto y empiezo a quejarme por estos retrasos, porque con cada minuto que pasa pienso cada vez más en que me están reteniendo lejos de mi máquina de escribir. Sin embargo, en esta ocasión conseguí mantener la calma —incluso me sentía divertido— porque ya preveía cuál iba a ser la primera pregunta.

Al final establecieron la conexión y, para mi satisfacción, me hicieron la primera pregunta a mí.

—Señor Asimov —dijo el presentador—, ¿cree usted que la guerra de las galaxias funcionará?

Contesté más o menos de la siguiente manera:

—La guerra de las galaxias necesitará ordenadores mucho más complejos que los actuales, unos cuantos aparatos más que todavía no hemos construido y algunos procesos que todavía no hemos elaborado. Cuando montemos finalmente el sistema, si llegamos a hacerlo, será el más complicado con que hayamos trabajado nunca y no habrá posibilidad de ponerlo a prueba en condiciones reales hasta que la Unión Soviética decida lanzar un ataque nuclear en masa. En aquel momento tendrá que funcionar por primera vez a partir de cero con una precisión y una eficiencia totales, de lo contrario la civilización quedará destruida.

»Por otro lado, tenemos la radio desde hace ochenta años, y satélites de comunicación desde hace veinticinco años, y cuando hemos necesitado establecer una conexión con estos sistemas, viejos y bien probados, hemos tardado treinta y cinco minutos de esfuerzos. ¿Cree usted sinceramente que la guerra de las galaxias va a funcionar, y está usted dispuesto a poner en peligro el mundo con ella?

Aunque no me gusta participar en debates, debo admitir que la situación me divirtió.

Sin embargo, hay momentos en los que no puedo prever las preguntas; el tema del presente ensayo tuvo su origen en una pregunta que me tomó totalmente por sorpresa. Sucedió así…

Escribo un editorial para cada número de Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine, donde trato algún tema de interés para la ciencia-ficción.

En el número de mayo de 1985 escribí un editorial titulado «Claro de luna», inspirado en las películas que había visto sobre hombres que se vuelven lobos o que se comportan de modo violento o aberrante al ver la luna llena. La idea es que la luz de la luna llena tiene algo que ejerce una influencia rara sobre el cuerpo humano. (Está claro que la Luna está «llena» sólo una vez al mes, pero en estas películas la luna llena aparece varios días, de acuerdo con el mismo principio según el cual un pistolero en una película del Oeste dispara treinta y siete balas sin recargar su revólver). Sin embargo, se habla continuamente desde un punto de vista más «científico» de que los índices de asesinatos, suicidios y crímenes violentos en general aumentan con la luna llena, lo cual sugiere de nuevo que su luz tiene en esta época algo inquietante.

Así pues, en mi editorial especulé sobre la posibilidad de que hubiera realmente alguna explicación sobre cambios periódicos en el comportamiento humano relacionados con los cambios de las fases lunares.

Desde luego ninguna persona seria puede creer que la luz lunar en sí pueda afectar gravemente a los seres humanos. Al fin y al cabo se trata de simple luz solar reflejada y algo polarizada. Y aunque la luz de la Luna tuviera algún efecto, ¿por qué tendría este efecto la luna llena y no la del cuarto creciente o la del cuarto menguante, o incluso la luz de la Luna un día después de estar llena o un día antes? Supongo que nadie dirá seriamente que la luz lunar en la noche de luna llena es tan distinta de otras noches que puede convertir a una persona en lobo. Por mi parte, no veo de qué manera pueda esta luz influir de modo pronunciado en la conducta humana.

Alguien podría afirmar, claro está, que el efecto de la luz lunar es indirecto. En la noche de luna llena, la noche está mucho más iluminada que en otros momentos y esto estimula la actividad nocturna y por lo tanto la delincuencia nocturna. Pero consideremos lo siguiente:

1) La noche está bastante bien iluminada durante toda la semana de luna llena. No es mucho más brillante en la noche exacta de luna llena que en la noche anterior o posterior. ¿A qué viene, pues, tanta preocupación por la noche concreta de luna llena?

2) El cielo está a menudo nublado, y la noche puede ser muy oscura aunque sea la de luna llena. ¿Tienen lugar todos los hechos singulares que parecen relacionarse con la luna llena únicamente cuando las noches están despejadas? No he leído nunca nada parecido.

Pero alguien podría aducir que no he estudiado a fondo este «efecto lunar». Ese alguien asegurará que el nivel de delincuencia y de otros comportamientos peculiares sube y baja lentamente siguiendo los niveles de iluminación nocturna y que es más pronunciado cuando el cielo está despejado que cuando está nublado. Lo dudo, pero aceptémoslo para pasar al punto siguiente.

3) Las personas que se preocupan mucho por las fases de la Luna y que piensan que el nivel de iluminación nocturna es importante viven en el mundo de hace por lo menos un siglo. Ahora vivimos en la era de la iluminación artificial. Noche tras noche las ciudades estadounidenses son tan brillantes que los astrónomos ya no saben qué hacer para practicar su vocación en una oscuridad suficiente. ¿Qué persona corriente sabe cuáles son las fases de la Luna hoy en día o se preocupa por ello? La luz de la Luna, tanto si está llena, medio llena o si no se percibe, no cambia el nivel total de luz en cualquier lugar razonablemente habitado de nuestro mundo.

Alguien podría decir, sin embargo, que la influencia de la Luna es más sutil que la simple influencia de su luz. El efecto lunar podría depender de algo que no teme la competencia del alumbrado artificial, algo que atraviesa directamente cualquier nube y que alcanza su grado máximo con la luna llena.

Esto es pedir mucho, pero resulta que la Luna ejerce un efecto sobre la Tierra que es muy independiente de su luz, que no debe competir con nada terrestre y que desde luego atraviesa directamente las nubes o cualquier otra barrera imaginable. Sin embargo, no es una fuerza especialmente misteriosa, es la atracción gravitatoria de la Luna.

La Luna, gracias a su campo gravitatorio, ejerce un efecto de marea sobre la Tierra. La marea está en su mínimo cuando la Luna sale o se pone. Está en su máximo cuando la Luna está a mitad del camino entre su salida y su puesta, tanto si está cruzando el meridiano en lo alto del cielo como si está en su punto más bajo debajo de la Tierra, en el antimeridiano, al otro lado de la esfera celeste.

No sólo esto, sino que la marea es más alta de lo normal o más baja de lo normal según la cambiante posición relativa de la Luna y del Sol, puesto que la atracción gravitatoria del Sol también provoca mareas (aunque de menor intensidad que las de la Luna). Esto significa que las mareas altas son más altas o más bajas según las fases cambiantes de la Luna, puesto que los efectos de marea dependen también de las posiciones relativas de la Luna y del Sol.

Durante la luna llena y la luna nueva, la Luna y el Sol tiran a lo largo de la misma línea y las mareas altas alcanzan entonces su mayor nivel, y las mareas bajas su nivel menor. Cuando la Luna está en el primer cuarto o en el tercer cuarto, la Luna y el Sol tiran formando ángulo recto entre sí y las mareas altas son entonces lo menos altas y las mareas bajas lo menos bajas.

Dicho con otras palabras, hay dos ciclos de marea. Uno es un ciclo simple de subida y bajada que se repite cada medio día. Otro es una subida y bajada más lenta de las mismas mareas altas y bajas, y este ciclo completa su período en un mes, aproximadamente.

La cuestión consiste, pues, en saber si alguno de estos ritmos de marea puede tener algún efecto sobre el comportamiento humano. En caso afirmativo, es evidente que el efecto no se impone de modo consciente. ¿Podemos anunciar cuándo estamos en marea alta o baja por el efecto que sentimos en nosotros?

Desde luego, podría ser que los ritmos de marea nos afectaran de un modo que no captamos ordinariamente.

Podría afectar el equilibrio hormonal de nuestra sangre y hacernos más propensos a tener pesadillas, o rabietas irracionales o depresiones profundas, coincidiendo con ciertas fases de la Luna.

Pero ¿cómo consigue este efecto el ritmo de las mareas?

Quizá sintamos la tentación de referirnos a fuerzas o influencias desconocidas, pero entonces nos moveremos en el mundo de la mística.

Alguien podría contestar a esto:

—¡Tonterías! Hubo una época, antes de 1801, en que no se conocía la existencia de la luz ultravioleta; sin embargo, uno podía coger una insolación incluso en el año veinticinco mil antes de Cristo.

Supongamos que un hombre de Cro-Magnon, en el año 25000 a. J.C., hubiese dicho:

—He sufrido una quemadura por culpa de un componente indetectable de la luz solar.

¿Sería esto misticismo o un ejemplo de extraordinaria intuición?

Bueno, antes de que votemos por la intuición, recordemos que el mismo hombre de Cro-Magnon hubiese podido decir igualmente:

—Deberían hacerme jefe de la tribu porque un componente indetectable de la luz solar me está llenando de un carisma especial y de un poder divino que vosotros no tenéis.

En otras palabras, cuando uno recurre a una fuerza desconocida y no detectada, puede atribuirle cualquier cosa, y será imposible comprobar si es cierta o falsa cualquier afirmación concreta sobre ella. Puesto que hay muchas más afirmaciones potencialmente falsas que ciertas (como por ejemplo 2 + 2, que tiene una respuesta correcta y un número infinito de respuestas equivocadas, aunque nos limitemos a los números enteros), es casi cierto que cualquier cosa que digamos sobre algo que desconocemos absolutamente estará equivocado.

Así pues, esconderse detrás de lo desconocido es casi seguro que nos llevará por mal camino, y no podemos actuar así y creer que continuamos jugando el juego de la ciencia:

Aunque alguien podría decir:

—No estamos hablando de una fuerza desconocida. Estamos hablando sobre efectos de marea. Las mareas hacen sentir sus efectos en el mar, que es una gran solución de agua salada. Los tejidos humanos están compuestos en su mayor parte de agua. Es natural que las mareas nos afecten del mismo modo que al mar, por lo que al hablar de la luna llena estamos hablando de una marea alta en el cuerpo humano.

Las mareas son igualmente altas con luna nueva, pero al parecer la gente prefiere referirse siempre a la luna llena.

De todos modos, dejemos esto de lado por un momento y señalemos otro extremo.

El efecto de la marea es experimentado por toda la Tierra. Hay mareas en la atmósfera y en las capas sólidas exteriores de la Tierra, además del océano. Lo que sucede es que las mareas oceánicas son más accesibles a una observación casual. Por lo tanto no podemos culpar de nada a la naturaleza acuosa de los tejidos humanos.

Ante eso, alguien podría agregar:

—Esto no importa. Si las mareas afectan a todo el cuerpo humano, mucho mejor.

Señalemos, pues, otro punto más importante.

El efecto de marea se debe a las variaciones de la atracción gravitatoria entre un lugar y otro. La intensidad de esta atracción varía según el cuadrado de la distancia del cuerpo que la ejerce. La cara de la Tierra que está más cerca de la Luna siente la atracción de modo más intenso que la cara de la Tierra alejada de la Luna. Al fin y al cabo la cara más alejada está 12756 kilómetros más lejos de la Luna que la cara próxima. La Tierra se estira a consecuencia de esta diferencia de atracción; esto causa pequeñas hinchazones a ambos lados, hacia la Luna y en dirección contraria a ella, y estas hinchazones son las mareas.

Si nos referimos a un cuerpo más pequeño que la Tierra, la diferencia de distancias a la Luna de la cara próxima y de la cara alejada será más pequeña y también el efecto de marea será más pequeño y proporcional al cuadrado de la diferencia de tamaños.

Un ser humano de pie debajo de la Luna cuando ésta está en lo alto del cielo, tendrá sus pies 1,80 metros más lejos de la Luna que su cabeza. Esto significa que la Tierra es unos siete millones de veces más gruesa que esta persona. Saquemos la raíz cuadrada y veremos que el efecto de marea de la Luna sobre una persona es equivalente a 1/50.000.000.000.000 (una cincuenta billonésima parte) del efecto sobre la Tierra.

¿Puede este efecto infradiminuto de marea producir diferencias perceptibles en el comportamiento de un ser humano?

Bueno, si estamos buscando algo, puedo reproducir lo que escribí en mi editorial:

… es cierto que los ciclos de la marea influyen sobre los seres que viven en la orilla del mar o cerca de ella. El flujo y reflujo de la marea debe estar íntimamente relacionada con el ritmo de sus vidas. Así, la época de la marea más alta puede ser el momento adecuado para poner los huevos, por ejemplo. Por lo tanto, el comportamiento de estos seres parece estar relacionado con las fases de la Luna. El hecho no es misterioso si consideramos la relación entre la Luna, la marea y el comportamiento. Sin embargo, si dejamos de lado el paso intermedio y consideramos solamente la relación entre la Luna y el comportamiento, convertimos una visión racional en una visión semi-mítica.

Pero ¿qué relación puede haber entre los gusanos y los peces que viven a la orilla del mar y los seres humanos?

Es seguro que hay una relación evolutiva. Podemos considerarnos ahora muy alejados de los seres afectados por las mareas, pero descendemos de organismos que hace cuatrocientos millones de años vivían probablemente en la superficie de contacto entre el mar y la tierra, y que estaban íntimamente afectados por los ritmos de las mareas.

Sí, pero esto sucedía hace cuatrocientos millones de años. ¿Podemos afirmar que los ritmos de las mareas de aquellas épocas continúan afectándonos hoy? No parece probable, pero es una posibilidad imaginable.

Al fin y al cabo… todavía tenemos unos cuantos huesos en el extremo inferior de nuestro espinazo que representan todo lo que conservamos de una cola que nuestros antepasados no poseen desde hace casi veinte millones de años. Tenemos un apéndice que es el resto de un órgano que no hemos utilizado desde hace más tiempo todavía…

¿No puede haber también restos vestigiales de propiedades bioquímicas o psicológicas ancestrales? En especial, ¿no podríamos conservar también algunos aspectos de los ritmos de las antiguas mareas…?

Elaboré de este modo un argumento sobre la posibilidad de que los ritmos de las mareas nos afectaran como restos vestigiales de comportamientos que se remontarían a antepasados nuestros, para los cuales las mareas eran cuestión de vida o muerte. Sin embargo, esto sólo proporciona un esqueleto racional sobre el cual colgar el tema del «efecto lunar». Tenemos que llevar a cabo observaciones precisas y rápidas, por ejemplo sobre el aumento y descenso de la concentración de hormonas coincidiendo con las mareas, y demostrar de qué modo estos cambios pueden afectar el comportamiento. Sin esto, lo único de que disponemos es evidencia de carácter anecdótico, que probablemente no merece nuestra confianza.

En mi editorial pensé que había tratado el tema con minuciosidad cuidadosa y objetiva (como lo he hecho aquí, de modo todavía más cuidadoso y objetivo), pero luego recibí cartas de un cariz que no había esperado nunca, formulando una pregunta que me cogió totalmente por sorpresa.

¿Por qué motivo, preguntaban estas cartas, no había hecho mención de la relación evidente entre la Luna y la menstruación?

Debo decir, además, que el tono de estas cartas (escritas todas por mujeres) era personalmente horrorizante.

Todas parecían convencidas de que yo tuve motivos machistas para no tocar el tema; que había pensado que la menstruación era un fenómeno exclusivamente propio de las hembras y por lo tanto no lo había considerado digno de atención. Más de una carta me acusó de haber «olvidado» al cincuenta y uno por ciento de la raza humana.

¿Por qué no cité, pues, la menstruación? Simplemente porque no se me había ocurrido nunca que quien pensara sobre ella la relacionaría con la Luna.

Es cierto que el ciclo menstrual en las hembras humanas parece tener la misma longitud que el ciclo de las fases de la Luna. La correspondencia es tan clara que la misma palabra menstruación procede del latín «mensis», o «mes».

Pero ¿qué valor tiene esto? Llamamos indios a los nativos de América porque Colón pensó que había llegado a las Indias, pero el hecho de que los llamemos así no demuestra que los Estados Unidos formen parte de la India.

En relación con esto, recordemos que de todos los animales, sólo los primates menstrúan. El período menstrual varía considerablemente entre las distintas especies de primates, de modo que los seres humanos son una de las muy pocas especies que tienen un período menstrual con una longitud próxima al mes. Si queremos culpar de este período a la Luna, debemos explicar por qué la influencia lunar está tan finamente enfocada. ¿Por qué escoge la Luna a los seres humanos y excluye casi totalmente a las demás especies?

Además, cuando una especie concreta se ve afectada por algún ciclo, todos sus individuos reaccionan aproximadamente del mismo modo. Cuando un árbol de una especie determinada en una región concreta empieza a echar hojas en primavera, todos los demás hacen lo mismo aproximadamente al mismo tiempo. Cuando una golondrina regresa a Capistrano, lo mismo hacen todas las demás.

Deberíamos esperar, pues, que todas las mujeres al ser afectadas por las fases de la Luna, o bien a través de los ritmos de las mareas, o de algún otro modo, experimentaran el inicio de la menstruación en alguna fase lunar determinada. Sin embargo, esto no sucede. No hay ningún día del año en que un poco menos de un cuatro por ciento de las mujeres de edad y situación adecuadas no experimenten el inicio de la menstruación. La fase de la Luna no cuenta para nada.

He oído, desde luego, que si un grupo de mujeres se mantiene en estrecha proximidad, sus períodos tienden a coordinarse y a marchar al paso. Es de suponer que se afectan mutuamente. Quizá existe algún sutil olor de la menstruación que tiende a estimular su inicio. Pero incluso en este caso, si el hecho es cierto, nadie ha dicho que el inicio de la menstruación se produzca siempre en alguna fase determinada de la Luna. Al parecer, los inicios pueden alinearse con cualquier fase.

En tal caso podríamos decir que no son los detalles del período lo que tiene que ver con la Luna, sino que es simplemente la longitud del período lo que está relacionado con ella.

Es cierto que yo soy un hombre y que no dispongo de experiencia personal sobre el período menstrual, pero observo las cosas con un razonable interés y sé perfectamente que las mujeres siempre se sienten sorprendidas cuando un período empieza un día o dos o tres antes de tiempo; y se alegran (o se asustan, según las circunstancias) porque se ha retrasado un día o dos o tres.

En definitiva, me temo que la longitud del período menstrual sea un fenómeno muy irregular en un universo donde el ciclo de las fases de la Luna es muy regular.

Me imagino a alguien diciendo: «No importan las irregularidades. La longitud media del período menstrual es de veintiocho días, y ésa es la longitud del ciclo de las fases de la Luna, y por lo tanto de los ritmos de las mareas». En fin, lo siento, pero ésa no es la longitud del ciclo de las fases de la Luna, y explicaré por qué.

La Luna gira alrededor de la Tierra (en relación a las estrellas) en 27,3216614 días o 27 días, 7 horas, 43 minutos y 11,5 segundos. Podemos hablar de 27 días y 1/3 sin equivocarnos demasiado. Esto se denomina el «mes sideral», de la palabra latina que significa «constelación» o «estrella».

El mes sideral, sin embargo, sólo interesa a los astrónomos, porque no tiene nada que ver con las fases de la Luna, y los pueblos antiguos definían el mes mediante el ciclo de las fases lunares.

Las fases dependen de las posiciones relativas de la Luna y del Sol. Es el período de luna nueva a luna nueva cuando el Sol y la Luna están lo más cerca posible en el cielo, de modo que tanto la Luna como el Sol cruzan el meridiano al mediodía; o es el período de luna llena a luna llena cuando el Sol y la Luna ocupan posiciones directamente opuestas en el cielo, de modo que el Sol cruza el meridiano al mediodía mientras que la Luna lo hace a medianoche.

Para hallar este período tenemos que imaginar que la Luna comienza coincidiendo con el Sol y se mueve alrededor del firmamento hasta que vuelve a estar de nuevo con el Sol (de luna nueva a luna nueva). Pero, puesto que la Luna gira alrededor de la Tierra en 27 días y 1/3, ¿no volverá a estar junto al Sol una vez transcurrido este período? No, porque el Sol no estuvo parado. La Tierra gira alrededor del Sol en 365,2422 días, y a consecuencia de esto parece que el Sol se mueva por el cielo de Oeste a Este (en relación con las estrellas). Si la Luna comienza coincidiendo con el Sol, se mueve de Oeste a Este y regresa al mismo punto (en relación con las estrellas) al cabo de 27 días y 1/3, el Sol se habrá desplazado durante este intervalo un poco hacia el Este y la Luna necesitará algo más de tiempo para alcanzar al Sol y estar de nuevo en la luna nueva. Este tiempo de más resulta ser unos 2 días y 1/5, de modo que el período medio de luna nueva a luna nueva es de 29,5305882, o de 29 días, 12 horas, 44 minutos y 2,8 segundos. Podemos hablar de 29 días y 1/2 y no nos equivocaremos mucho.

El período de 29 días y 1/2 se llama «mes sinódico», de una palabra griega referente a una reunión religiosa, porque los sacerdotes solían decidir cuándo iba a tener lugar la luna nueva, para poder empezar así el nuevo mes en el momento apropiado y con el ritual propio.

Sin embargo, el período menstrual es de 28 días, mientras que el período de las fases de la Luna es de 29 días y 1/2. ¿No son bastante parecidos? Son casi iguales.

No, no son bastante parecidos. Si las fases de la Luna y los ritmos de las mareas tuvieran alguna relación con el ciclo menstrual, ambos ciclos deberían coincidir; pero no coinciden.

Supongamos que alguien con un período menstrual perfectamente regular, y con una constante longitud media de este período, experimenta el inicio de su período un día determinado en que la luna llena resplandece sobre la Tierra. Si el mito de la relación entre la Luna y el período menstrual tuviera algún significado, su siguiente período comenzaría con la siguiente luna llena, y el otro con la luna llena posterior, y así sucesivamente para siempre.

¡Pero no ocurre tal cosa! Una mujer con un período perfectamente regular de longitud media constante experimentará el comienzo de su siguiente período un día y medio antes de la luna llena, el siguiente tres días antes de la luna llena, y el siguiente cuatro días y medio antes de la luna llena.

Una mujer verá gradualmente que el inicio de sus períodos coincide con fases de la Luna ligeramente distintas y que recorre todo el ciclo de las fases lunares en algo menos de veinte ciclos menstruales; y ni siquiera entonces su vigésimo primer ciclo comenzará exactamente el día de la luna llena.

Cincuenta y nueve períodos menstruales sucesivos y perfectamente regulares ocuparán 1652 días (o un poco más de cuatro años y medio). Cincuenta y seis meses sinódicos se prolongarán también a lo largo de 1652 días.

Éstos son los números mínimos de ambos ciclos que coinciden entre sí. Lo cual significa que si contamos a partir del comienzo de una primera menstruación coincidente con la noche de la luna llena, no volverán a coincidir la luna llena y el comienzo menstrual hasta pasados cuatro años y medio, al comenzar la menstruación número 59.

En definitiva, y por mucho que nos esforcemos, la Luna y la menstruación no tienen ninguna relación real.

¿Cómo se explica entonces que el período menstrual tenga una longitud tan parecida al mes sinódico, si la Luna no interviene en ello?

Bien, hay una explicación pero es muy poco espectacular, y mucha gente tal vez no se resigne a aceptarla. Se llama «coincidencia».

Me pregunto, ahora, si este enfoque ofenderá a alguna de las mujeres que lean este ensayo. ¿Hay algún motivo para que deseen que exista una relación entre los procesos corporales y la Luna?

Quizá sí. Quizá las haga sentirse importantes imaginar una relación con la Luna que los hombres no tienen.

Sin embargo es una relación inexistente, y en mi opinión las mujeres ya son de por sí tan maravillosas que no necesitan la ayuda de una ilusión supersticiosa.

8. El Planeta Inmencionable

En el decenio de 1950 escribí una serie de seis libros de aventuras para lectores jóvenes cuyo protagonista era un hombre joven llamado Lucky Starr. La acción de cada libro transcurría en un lugar distinto del sistema solar. Los escenarios eran, por este orden: Marte, los asteroides, Venus, Mercurio, Júpiter y Saturno. Un séptimo libro (que no escribí nunca) estaba situado en Plutón. Sin embargo, no creo que me planteara nunca la posibilidad de utilizar Urano como escenario.

Urano parece ser el planeta menos considerado de todos. Cualquier otro planeta tiene algo notable relacionado con él que lo convierte en un marco lógico para historias de ciencia-ficción. Mercurio es el más cercano al Sol, Venus el más cercano a la Tierra, Marte el más conocido, Júpiter es el mayor, Saturno tiene los anillos, Neptuno es el gigante más alejado, Plutón es el objeto planetario de cualquier tamaño más alejado que puede observarse a lo largo de toda su órbita.

Pero ¿y Urano? ¿Qué podemos decir de Urano? ¿Se lo deja de lado solamente porque no tiene nada de interés?

¡Desde luego que no! Creo que el hecho se debe en parte a los inconvenientes de un nombre poco afortunado; un nombre que por lo menos en inglés es casi inmencionable.

Me enteré de ello por la vía dura. En mis días jóvenes y alegres, yo sabía que Urano (más concretamente Uranos) era el dios griego del cielo. Sabía que la musa de la astronomía era por lo tanto Urania. Sabía también que existía un elemento que, cuando se descubrió, recibió el nombre de «uranio», como el planeta Urano recientemente descubierto.

Me parecía evidente, por lo tanto, que el nombre del planeta se pronunciara normalmente en inglés «Yu-ré-nus», y así era como yo lo pronunciaba. Estaba tan seguro de ello que nunca me preocupé de consultar el diccionario.

Además, en ningún momento tuve la iniciativa suficiente para ver que el nombre del planeta pronunciado de este modo sonaba igual que «tu ano» (your anus).

Sin embargo llegó el momento en que alguien pronunció el nombre con el acento en la primera sílaba. Yo, con mi habitual e insufrible aire de autoridad, le corregí inmediatamente, y en la discusión que siguió consultamos el diccionario y, para horror mío, perdí. El vencedor, insatisfecho con la simple victoria, me aplastó completamente informándome sobre el desagradable carácter de mi pronunciación.

Resulta, además, que si Urano se pronuncia en inglés «Yú-ri-nus» la cosa no mejora, porque entonces es palabra homónima de «urinoso», que significa que «tiene el aspecto, las propiedades o el olor de la orina».

El resultado es que las dos posibles pronunciaciones distintas del nombre del planeta son indigeribles en inglés y la gente acaba evitando mencionar el planeta. Conozco la solución, claro está. O bien puede adoptarse la versión griega del nombre Urano (pronunciada «U-ri-nus») o bien la palabra puede pronunciarse con una «a» corta («Yu-ránus»). Puesto que ambas propuestas son razonables, no es probable que se acepten nunca.

Sin embargo, a principios de 1986 Urano ocupaba un lugar destacado en las noticias y la gente tenía que pronunciar su nombre. Me aprovecho de ello, y ahora voy a ocuparme del planeta. Había hablado ya de él en ensayos anteriores de esta serie, pero todo lo anterior a enero de 1986 está superado en lo que a Urano se refiere.

En 1977 se lanzaron al espacio dos sondas, el Voyager 1 y Voyager 2, y se enviaron hacia Júpiter y Saturno a fin de estudiar estos planetas gigantes. Pasaron delante de Júpiter en 1979 y delante de Saturno en 1980, y funcionaron bien. Después de esto, el Voyager 1 se separó del plano planetario y se puso a vagar indefinidamente a través del abismo del espacio.

No obstante, la trayectoria del Voyager 2 se redireccionó para que la sonda pasara cerca de dos planetas todavía más alejados: Urano y Neptuno. No sólo esto, sino que los aparatos de la nave se prepararon con una serie de inteligentes maniobras de modo que al llegar finalmente a Urano estuviera mejor equipado para estudiar el planeta de lo que hubiera estado después de su lanzamiento inicial en 1977.

Urano es bastante más pequeño que Júpiter o Saturno.

El diámetro de Urano es de 51.000 kilómetros, sólo unas tres séptimas partes del diámetro de Saturno y un tercio aproximadamente del de Júpiter. De todos modos es seis veces y media más grande que la Tierra, y por lo tanto continúa siendo un «gigante gaseoso». Para decirlo de otro modo, la masa de Urano es 1/13 de la masa de Saturno y 1/22 de la masa de Júpiter, pero es catorce veces y media superior a la de la Tierra.

La mayoría de planetas tienen ejes de rotación que forman ángulos más o menos rectos con sus planos orbitales de traslación alrededor del Sol. Dicho con otras palabras, si miramos hacia el planeta en el cielo, su eje de rotación está en posición más o menos vertical. Generalmente hay una pequeña inclinación. Venus y Júpiter tienen ejes que se desvían en tres grados de la vertical; la Tierra tiene una inclinación de 23,5 grados; Marte, una inclinación de 24 grados; Saturno, de casi 27 grados; Neptuno, de casi 29 grados. La inclinación axial de Mercurio es incierta, pero es algo inferior a 28 grados.

Es de suponer que si el sistema planetario se formó a partir de una gran nube de polvo y de gas que giraba formando remolinos y subremolinos, todos los ejes planetarios deberían ser exactamente perpendiculares al plano de la órbita alrededor del Sol.

Sin embargo los planetas se formaron por la agregación de objetos subplanetarios. Si estos objetos llegaron desde todas las direcciones indistintamente, sus ejes continuarían siendo perpendiculares. Es probable, no obstante, que la dirección de los últimos choques, los mayores, no se equilibraran uniformemente, de modo que los ejes quedaron algo desviados de la perpendicular en proporciones aleatorias.

En tal caso Urano debió de recibir uno o más golpes terribles cuando estaba formándose, y procedentes casualmente de la misma dirección, más o menos, porque su eje está inclinado formando un ángulo colosal de 98 grados, algo más de un ángulo recto.

Esto significa que Urano gira inclinado y de lado alrededor de su eje y que cuando observamos el planeta en el cielo vemos su eje extendiéndose de izquierda a derecha y no de arriba abajo.

Urano da una vuelta al Sol en 84 años, y debido a la inclinación de su eje, desde el hemisferio norte se ve el Sol que sube en espiral hacia el cenit para descender luego hasta el horizonte durante media revolución, mientras que en el hemisferio sur se ve lo mismo durante la otra mitad de su revolución.

Si estuviéramos situados en el polo norte de Urano (o en el polo sur), veríamos el Sol salir por algún punto del horizonte y subir luego lentamente por la bóveda celeste hasta que al cabo de unos veintiún años (!) lo tendríamos casi encima de nuestras cabezas. Luego descendería durante veintiún años más, poniéndose finalmente en el punto opuesto del horizonte, después de haber permanecido en el cielo durante cuarenta y dos años. Pasarían luego cuarenta y dos años más hasta que volviera a salir.

Una persona nacida en los polos de Urano sería un adulto de mediana edad cuando el Sol se pusiera y un anciano cuando se produjera la segunda salida del Sol.

En el momento actual, en los cielos de Urano el Sol está casi en el cenit sobre el polo sur del planeta. Dicho de otro modo, el polo sur está apuntando casi directamente hacia la Tierra y el Sol. (Tiene que apuntar hacia ambos astros, porque desde Urano la Tierra nunca se separa del Sol más de tres grados).

Cuando finalizaba el año de 1985, el Voyager 2 se estaba aproximando a Urano y se estaba preparando para tomar sus fotografías y llevar a cabo sus mediciones. Había recorrido unos 10.500 millones de kilómetros para llegar hasta allí. (Urano está a sólo 2.750 millones de kilómetros de nosotros en línea recta, sin embargo, el Voyager 2 no volaba en línea recta sino que recorría arcos abiertos en respuesta a la atracción gravitatoria del Sol, de Júpiter y de Saturno, y al movimiento original de la Tierra en el momento del lanzamiento).

El Voyager 2, después de haber recorrido todo este camino, se encontró con un panorama bastante oscuro. La intensidad de la luz del Sol, tan distante en Urano, es 1/4 de la intensidad en Saturno, 1/13 de la intensidad en Júpiter y 1/368 de la intensidad en la Tierra. Delante de Saturno bastaba con exposiciones de quince segundos, pero en Urano se necesitaban exposiciones de casi cien segundos. Esto significa que había menos tiempo para hacer fotografías y más posibilidades de que quedaran borrosas.

El aspecto de Urano era azulado y casi sin rasgos. Esto no era totalmente nuevo. Cuanto más lejos del Sol está un planeta, menos calor recibe y menor es la diferencia de temperatura entre las distintas partes de la superficie planetaria. Es la diferencia de temperaturas lo que alimenta la circulación atmosférica y produce nubes visibles y tempestades.

A consecuencia de esta circulación, la atmósfera de Júpiter está llena de bandas y torturada, pero la de Saturno lo es menos y Urano está casi quieto.

Además, los distintos gases se van helando y separando de la atmósfera a medida que uno se aleja del Sol. La atmósfera de Júpiter es relativamente rica en amoníaco, más otros gases de puntos de ebullición relativamente elevados; estos gases contribuyen a formar las nubes y las formaciones de colores. En Saturno, el amoníaco ocupa un lugar más bajo en la atmósfera (donde la temperatura sube hasta un nivel que lo mantiene gaseoso) y en Urano está más bajo todavía.

Esto significa que en Urano, por ejemplo, el metano, que tiene un punto de ebullición especialmente bajo, es la impureza dominante en la atmósfera superior. El metano absorbe la luz roja y da a la atmósfera un tono azulado.

Además, el metano tiende a sufrir reacciones químicas en presencia de la luz solar, aunque ésta sea la débil luz que baña el distante planeta. Esto produce una neblina de hidrocarburos que nos impide penetrar con la mirada en la atmósfera planetaria. (Es el mismo tipo de niebla que existe en la atmósfera de la luna de Saturno, Titán, rica en metano).

Las reacciones químicas experimentadas por el metano pueden evidenciar la presencia de este gas mediante un cambio en el color de la atmósfera. En tal caso, el cambio sería más visible ahora en el polo sur, donde el débil Sol situado en el cenit entrega algo más de calor que en el resto del planeta; de hecho se ha comprobado un mínimo incremento del enrojecimiento en el polo sur.

Está claro que el metano es sólo un componente menor de la atmósfera uraniana. Los componentes principales (como en Júpiter, Saturno, y desde luego el Sol) son el hidrógeno y el helio, con el hidrógeno desempeñando una función dominante.

Estudios recientes en infrarrojo desde la superficie de la Tierra parecían indicar que la atmósfera de Urano podía estar formada hasta por un 40% de helio. Esto provocó un estremecimiento de desánimo entre la fraternidad astronómica, puesto que la cifra es excesivamente elevada.

El contenido en helio del universo en general es del 25%, mientras que el hidrógeno forma el restante 74% (y todo el resto ocupa menos del 1%).

El Sol, Júpiter y Saturno tienen proporciones de helio de un 25% o menos, y sería desde luego complicado explicar la acumulación de helio en Urano.

Podría argumentarse que al estar Urano lejos del Sol tuvo menos materia para formarse. Es decir, que se desarrolló más lentamente y fue más pequeño que Saturno (que a su vez es más pequeño que Júpiter). Puesto que Urano fue más pequeño que los dos gigantes gaseosos interiores en todas las etapas de su formación, tuvo un campo gravitatorio menos intenso y recogió menos hidrógeno que Júpiter y Saturno. En cambio, pudo recoger de modo eficiente los átomos más pesados de helio, y de este modo, si no acabó acumulando más helio, sí por lo menos un porcentaje superior de él.

Lo malo de esta idea es que Urano es más frío que Júpiter o Saturno, y con esta temperatura inferior debería poder retener el hidrógeno fácilmente, a pesar de su menor tamaño.

El Voyager 2 eliminó el problema, con el consiguiente e infinito alivio de los astrónomos. Sus observaciones demostraron que la cantidad de helio contenida en la atmósfera de Urano era del 12 al 15%, exactamente la que debía ser.

Se observó un total de cuatro nubes a una profundidad bastante grande dentro de la atmósfera, y se estudiaron cuidadosamente para determinar el período de rotación del planeta.

Los astrónomos tenían la sensación general que cuanto más pequeño es el planeta, más largo debe ser el período de rotación. Así, por ejemplo, Júpiter, el planeta más grande, gira en 9,84 horas; Saturno, el siguiente en tamaño, en 10,23 horas, y la Tierra en 24 horas. Urano, situado entre Saturno y la Tierra por su tamaño, debería poseer también un período de rotación intermedio.

El período de rotación de Urano aceptado normalmente hasta hace poco era de 10,8 horas. Sin embargo, en 1977 una nueva medición dio un período de rotación que llegaba quizá hasta las 25 horas.

El problema era, evidentemente, que no existían en Urano accidentes claros que pudieran distinguirse desde la Tierra y cuyos desplazamientos pudieran seguirse. Sin embargo, el Voyager 2 presentó resultados que demostraban que Urano gira en su eje en 17,24 horas, lo cual es ciertamente una cifra aceptable.

Desde luego la atmósfera plantea algunos enigmas. La temperatura en la superficie visible de la atmósfera de Urano es casi la misma en todas partes. La débil radiación solar no parece que la afecte mucho. Sin embargo, hay una región situada entre unos treinta grados de latitud norte y latitud sur donde la temperatura parece descender algo. No se ha presentado todavía una explicación aceptable del hecho.

Además, se han captado vientos en la atmósfera que soplan a unos ciento sesenta kilómetros por hora en dirección de la rotación planetaria. Esto es intrigante, porque nuestros conocimientos sobre los movimientos atmosféricos nos hacen suponer que el viento debería soplar en dirección opuesta a la de la rotación planetaria. Sin embargo, Urano (al igual que Júpiter y Saturno) parece que emite más energía de la que recibe del Sol, por lo tanto debe de haber alguna fuente interna de calor, algún cambio físico o químico que pueda explicar el movimiento anómalo del viento.

Cuando el Voyager 2 se estaba acercando a Urano, pareció al principio que el planeta careciera de campo magnético. Esto fue una gran sorpresa porque se esperaba la existencia de un campo si un planeta tenía una rotación rápida y un interior eléctricamente conductor. Puesto que Júpiter y Saturno tienen campos magnéticos, parecía seguro que Urano también tendría uno. Si Urano carecía de él, se necesitaría alguna razón de peso que lo explicara.

Los astrónomos, por suerte, se ahorraron el problema.

El Voyager 2 se estaba acercando desde el lado del Sol y la observación del campo magnético estaba bloqueada por los electrones de la ionosfera de Urano. Cuando el Voyager 2 alcanzó un punto situado a 470.000 kilómetros del centro de Urano, entró en la magnetosfera planetaria. El campo magnético existía; era cincuenta veces más intenso que el de la Tierra y se extendía a gran distancia en la cara nocturna. Todo era como debía ser.

Bueno, casi todo. El eje magnético está generalmente inclinado en relación con el eje de rotación y el eje magnético no pasa necesariamente por el centro gravitatorio del planeta. (No se ha descubierto todavía una explicación satisfactoria de este hecho). Sin embargo, la situación en el caso de Urano es exagerada. El eje magnético está inclinado no menos de 60 grados con respecto del eje de rotación, y el centro del eje magnético está a 8.000 kilómetros del centro del planeta.

Ignoramos a qué se debe este extraordinario desplazamiento, pero quizá tiene alguna relación con la inclinación, igualmente extraordinaria, del eje de rotación.

El Voyager 2 pasó entre los anillos del planeta y su satélite más interior (según se observa desde la Tierra): Miranda. A las cinco de la tarde del 24 de enero de 1986 pasó por el punto de máxima aproximación a Miranda, alcanzando una distancia de 28.000 kilómetros de la superficie del satélite. Transcurrida menos de una hora, pasó por el punto más cercano a Urano, alcanzando una distancia de 81.500 kilómetros de la capa de nubes de Urano. Pasó por estos puntos próximos a pocos segundos del horario previsto y a sólo dieciséis kilómetros de la trayectoria fijada. La precisión fue extraordinaria.

Estudios realizados desde la superficie terrestre permitieron descubrir en 1977 nueve delgados anillos alrededor de Urano. Este resultado se consiguió estudiando Urano cuando pasaba muy cerca de una estrella y observando el parpadeo de la estrella cuando los anillos pasaban delante de ésta.

El Voyager 2 demostró que los nueve anillos existían realmente y descubrió un décimo anillo entre el octavo y el noveno, contando desde Urano. El nuevo anillo es muy delgado y débil y no hubiese sido posible observarlo desde la Tierra.

Los anillos de Urano, tal como se había comprobado incluso en observaciones desde la Tierra, están compuestos de partículas oscuras. Esto quizá no sea de extrañar.

Los cuerpos menores del sistema solar exterior tienden a ser helados, y el hielo (normalmente es hielo de agua, pero tiene quizá componentes menores de amoníaco y metano) está mezclado con materiales rocosos de distintos tamaños.

Estos objetos helados pueden sufrir dos procesos que los oscurezcan. En primer lugar, pueden perder lentamente el hielo por evaporación sin perder al mismo tiempo sus materiales rocosos. A lo largo de las eras, después de miles de millones de años, los objetos pequeños tienden a tener menos hielo y a quedar recubiertos por una corteza de material rocoso que es más oscuro que el hielo y que impide que éste continúe evaporándose. En segundo lugar, el metano en el hielo puede polimerizarse lentamente y convertirse en sustancias negras y alquitranadas que contribuirán a oscurecer más la superficie.

En el capítulo 10, que escribí mucho antes de que una sonda espacial llamada Giotto pasara cerca del cometa Halley, mencionaré la posible formación de una corteza así en los cometas. Cuando Giotto efectuó su pase demostró que el cometa Halley tenía un color muy negro. (Sin embargo el cometa continuaba proyectando chorros de hielo evaporado, porque en esta región del sistema solar interior recibía un calor más intenso que el de las cercanías de Urano). Por lo tanto el problema no es que los anillos de Urano sean oscuros, sino que los anillos de Saturno sean blancos. Al parecer los cuerpos pequeños situados cerca de Saturno (si se exceptúa el satélite Japeto, que parece tener un hemisferio oscurecido) tienen más hielo que los situados cerca de Júpiter o de Urano, y algún día habrá que explicar la diferencia.

Resulta también que mientras los anillos de Saturno están compuestos de partículas de todos los tamaños, desde polvo fino hasta casi montañas, los anillos de Urano están compuestos por objetos cuyo tamaño es comparable de modo relativamente uniforme al de una roca. Los anillos de Urano carecen prácticamente de polvo. Ésta es una nueva e inexplicada diferencia entre Saturno y Urano, y me temo que el planeta raro a este respecto será Saturno.

Urano tiene un sistema de satélites que presenta varias peculiaridades. Desde la Tierra se descubrieron cinco satélites, y ninguno de ellos es un satélite gigante de tres mil kilómetros de diámetro o más. Urano es el único gigante gaseoso sin un satélite gigante. Neptuno tiene Tritón, Saturno tiene Titán, y Júpiter tiene Io, Europa, Ganímedes y Calisto. Incluso la Tierra tiene la Luna. Ignoramos por qué le falta a Urano un satélite gigante. ¿Tiene esto algo que ver con la extraordinaria inclinación del eje de Urano?

Por cierto que los cinco satélites están tan inclinados como Urano y giran en el plano ecuatorial del planeta. Eso significa que si bien los demás satélites planetarios se van moviendo aproximadamente a la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la derecha, cuando los miramos en el cielo, los satélites de Urano se van moviendo arriba, abajo, arriba, abajo.

Esto puede significar que los satélites se formaron después de haberse inclinado el eje de Urano. Si Urano hubiese tenido un eje poco inclinado con sus satélites instalados en el plano ecuatorial original, la inclinación de Urano hubiese dejado a los satélites moviéndose en órbitas muy inclinadas. La inclinación del eje debió de haber tenido lugar en un momento muy temprano en la historia del sistema solar y los satélites se formaron después.

Los satélites son más oscuros de lo que podía esperarse. Desde la Tierra sólo pueden verse como puntos de luz, y los astrónomos dedujeron su tamaño por su distancia, suponiendo que podían reflejar la luz con bastante eficacia, ya que se los suponía formados de hielo. Luego resultaron más oscuros, por lo que deben reflejar menos luz y deben ser de mayor tamaño para explicar el brillo observado. Reproduzco una lista de los diámetros de los cinco satélites como se suponían antes del Voyager 2 y como sabemos ahora que son:

Observemos que el diámetro de Miranda ha aumentando 2 veces; el de Ariel, 1,7 veces; el de Umbriel, 2,4 veces; el de Titania, 1,6 veces, y el de Oberón, 1,7 veces. Como es natural, los satélites se descubrieron en orden decreciente de tamaño. Miranda, el más pequeño de los cinco (y el más interior), no se descubrió hasta 1948.

Sin embargo, el día 31 de diciembre de 1985, el Voyager 2, que se aproximaba al planeta, descubrió un sexto satélite más próximo a Urano que Miranda. Miranda está a 130.000 kilómetros del centro del planeta, mientras que el nuevo satélite está a sólo 85.000 kilómetros de él. El nuevo satélite tiene sólo 160 kilómetros de diámetro. Su nombre provisional es 1985U1.

En enero de 1986 se descubrieron no menos de nueve satélites más, todos más próximos a Urano que 1985U1.

Los tres primeros descubiertos, 1986U1, 1986U2 y 1986U3, tienen unos ochenta kilómetros de diámetro, el resto entre veinte y cincuenta kilómetros. El satélite más interior conocido es ahora 1986U7, que está a sólo 50.000 kilómetros de Urano, dentro ya del sistema de anillos.

Estos pequeños satélites plantean un par de problemas.

El estudio de Júpiter y de Saturno con sondas introdujo la noción de «satélites pastores», pequeños satélites que giran en la parte exterior e interior de un anillo determinado y que mediante su influencia gravitatoria impiden que los anillos se esparzan y se disipen. Al parecer, la mayoría de los anillos de Urano no tienen satélites de este tipo. ¿Cómo pueden entonces conservar su existencia?

Además, vemos que tanto Júpiter como Saturno y Urano tienen pequeños satélites que giran cerca del sistema de anillos, dentro o fuera de él. Es probable que Neptuno también los tenga. Mercurio y Venus no tienen ningún satélite, y la Tierra tiene una Luna grande y distante, pero ningún satélite pequeño y cercano. ¿Es la ausencia de estos satélites pequeños y cercanos lo que impide que estos mundos conserven anillos? Marte tiene dos pequeños satélites próximos, pero no tiene anillo. ¿Fueron capturados los satélites marcianos después de haberse disipado los anillos? Tendremos que aprender muchas más cosas sobre la formación de los anillos, si podemos.

El Voyager 2 examinó los cinco satélites relativamente grandes de Urano. Oberón tiene una superficie con cráteres, con rayos brillantes que parten de ellos. Esto es bastante corriente. Sin embargo, los fondos de los cráteres son oscuros, y esto ya es menos normal.

Titania tiene no sólo cráteres, sino también valles de dislocación. Dejemos de lado de momento a Umbriel y pasemos a Ariel, que tiene valles de dislocación todavía mayores y cañones. Este satélite, el más próximo a Urano, es, al parecer, el de superficie más torturada.

Miranda, visto de cerca, nos deparó una gran sorpresa. Su superficie supertorturada tiene un poco de todo.

Tiene cañones como Marte, surcos como Ganímedes, terrenos hundidos como Mercurio. Tiene además una serie de líneas oscuras, como un montón de tortas vistas de canto, un juego de surcos bien marcados como los de una pista de carreras, y un galón en forma de uve.

Parece muy confuso que un cuerpo tan pequeño tenga una variedad tal de rasgos superficiales. Es demasiado pequeño para que sea geológicamente activo. Las ideas actuales apuntan en el sentido de que estuvo a punto de morir. Quizá algún cuerpo grande chocó con Miranda y lo redujo a pedazos. (El satélite de tamaño regular más interior de Saturno tiene un cráter tan grande que el impacto estuvo a punto de fragmentarlo). Una vez despedazado, Miranda debió reconstituirse de nuevo por la acción de su propia gravedad, pero no de modo ordenado. Los fragmentos se reunieron desde todas las direcciones y ahora el satélite presenta en su superficie el caos observable.

Sin embargo, en mi opinión el misterio real es Umbriel.

Es el más oscuro de los satélites. También parece que carezca de rasgos, con la excepción de un anillo brillante, como un «donut» que brilla cerca del borde del hemisferio iluminado.

¿Por qué es Umbriel más oscuro que el resto? ¿Por qué carece de rasgos? ¿Qué da origen al «donut» blanco? Por desgracia pasarán probablemente muchos años antes de que podamos echar otro vistazo (quizá de más precisión) a Umbriel, y hasta entonces sólo podemos estudiar las fotografías que tenemos… y especular.

Pero yo creo que lo más interesante de Umbriel es una coincidencia peculiar y sin duda absurda.

En 1787, el astrónomo germano-inglés William Herschel (1738-1822), que había descubierto Urano seis años antes, descubrió sus dos satélites más brillantes. En vez de nombrarlos según personajes mitológicos grecorromanos, los llamó «Oberón» y «Titania», el rey y la reina de las hadas de la obra de William Shakespeare El sueño de una noche de verano.

Cuando el astrónomo inglés William Lassell (1799-1880) descubrió los satélites tercero y cuarto de Urano, en orden de brillo, en 1851, llamó al más brillante de los dos «Ariel», el nombre del espíritu feliz y despreocupado de La tempestad de Shakespeare. (Se supuso de modo natural que Ariel, el más brillante, era también mayor que el otro, pero ahora sabemos que el otro es en realidad de mayor tamaño, pero más oscuro, por lo que refleja menos luz). Lassell llamó al otro satélite, más oscuro, «Umbriel», un personaje de El rapto del rizo, un poema épico burlesco escrito por el poeta inglés Alexander Pope (1688-1744).

Umbriel era un espíritu taciturno, lleno de suspiros y de melancolía. El nombre «Umbriel» viene de la palabra latina que significa «sombra».

Cuando el astrónomo holandés-estadounidense Gerard Peter Kuiper (1905-1973) descubrió el quinto satélite de Urano, abrió de nuevo La tempestad y llamó al objeto acabado de descubrir «Miranda», la encantadora heroína de la obra.

Pero ¿no es extraño que el satélite oscuro y sombrío, Umbriel, recibiera el nombre de un espíritu triste que permanece sentado melancólicamente entre las sombras?

¿Tiene esto algún significado más profundo?

¡No! En absoluto. Es una simple coincidencia.

9. El Planeta Increíblemente Encogido

Hace unas semanas recibí una llamada telefónica de una joven comunicándome que estaba componiendo algo así como un artículo para alguna revista. (Supongo que no era una escritora, puesto que su tarea consistía en llamar a varias celebridades y hacerles una pregunta. Luego tenía que reunir todas las respuestas y llevar a imprimir el resultado. No se necesita mucha capacidad literaria para hacer esto). Yo repliqué, cautelosamente:

—¿Cuál es la pregunta?

—Bueno —dijo ella con vivacidad—. ¿Cuál es su bar favorito y por qué lo es? ¿Por la calidad de las bebidas, por su ambiente, por su inaccesibilidad, por la gente que encuentra allí, o por qué motivo?

—¿Mi bar preferido? —dije, atónito—. ¿Se refiere a un bar donde la gente va a beber?

—Sí, de todos los bares que usted ha frecuentado…

—Pero si yo no voy a ninguno, señorita. No bebo. No he bebido nunca. Supongo que no he entrado nunca en ningún bar, excepto de paso para ir a la sala del restaurante.

Hubo una pausa, y luego mi interlocutora dijo:

—¿No es usted Isaac Asimov, el escritor?

—Sí, lo soy.

—¿Y no es usted la persona que ha escrito casi trescientos cincuenta libros?

—Sí, lo soy; pero todos ellos los he escrito perfectamente sobrio.

—¿De veras? Pues yo pensaba que todos los escritores bebían.

Creo que dijo eso con un exceso de cortesía. En mi opinión intentaba decir que en realidad para ella todos los escritores eran unos alcohólicos.

Yo le aclaré, supongo que con cierta brusquedad:

—No puedo hablar por nadie más, pero yo desde luego no bebo.

—Vaya, qué raro… —murmuró ella, y colgó el teléfono.

Creo, francamente, que le fue bastante bien a mi interlocutora experimentar algo raro. Todos nosotros deberíamos someternos a emociones así en bien de nuestra salud mental, y debo decir que los científicos tienen la suerte de estar experimentando continuamente esta sensación. Pongamos, por ejemplo, el caso del planeta Plutón…

Durante el primer tercio de este siglo se había montado una búsqueda del «planeta X», un planeta con una órbita situada más allá de Neptuno. Los astrónomos que lo buscaban esperaban encontrar un gigante gaseoso, es decir, un planeta mayor que la Tierra, pero con una densidad baja por estar formado principalmente de hidrógeno, helio, neón y los «hielos» que contienen hidrógeno, a saber: agua, amoníaco y metano. Al fin y al cabo los cuatro planetas más exteriores, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, eran todos gigantes gaseosos. ¿No podía serlo también el planeta situado más allá de Neptuno?

Como es natural, los astrónomos esperaban que el planeta X sería más pequeño que los gigantes gaseosos, porque estaría situado más lejos del Sol. Cuanto más lejos, más enrarecida y tenue habría sido la nebulosa preplanetaria, y más pequeño el planeta formado a partir de ella.

Incluso así, se esperaba que el planeta X sería bastante mayor que la Tierra.

Al fin y al cabo, la masa de Júpiter, el gigante gaseoso de mayor tamaño y el más cercano al Sol, es 318 veces la de la Tierra. Saturno, el siguiente en alejamiento, tiene una masa 95 veces superior a la de la Tierra. Más allá de estos dos gigantes están Urano y Neptuno, que tienen masas 15 y 17 veces superiores a la de la Tierra, respectivamente.

El astrónomo estadounidense Percival Lowell (1855-1916), el más entregado de los buscadores, dedujo que el planeta X continuaría la tendencia descendente y tendría una masa sólo 6,6 veces superior a la de la Tierra. De todos modos, nadie se habría sorprendido si su masa resultara diez veces superior a la terrestre.

Además, no era preciso razonar la masa totalmente por analogía. Había un argumento más fuerte. El motivo de que se sospechara la existencia de un planeta X eran las ligeras anomalías de la órbita de Urano. Esto significaba que los astrónomos estaban buscando un planeta de suficiente masa para influir de modo medible sobre la órbita de Urano, aunque el candidato tuviera que estar situado dos o tres mil millones de kilómetros más allá de Urano.

Que la masa del planeta X resultara diez veces superior a la terrestre no hubiese sido una cifra excesiva para tal cometido.

El planeta X fue descubierto finalmente en 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde Tombaugh, quien lo llamó Plutón, en parte porque las dos primeras letras eran las iniciales de Percival Lowell. Se descubrió bastante cerca del lugar donde debía estar si realmente ejercía una influencia sobre la órbita de Urano, y ésta fue una razón más para considerar que era un gigante gaseoso.

Sin embargo, en el mismo momento del descubrimiento se produjo una sorpresa desagradable, la primera de toda una serie de sorpresas que Plutón nos depararía durante el medio siglo siguiente.

Recordemos que Neptuno es un objeto de octava magnitud. Por lo tanto su brillo es tan bajo que no puede verse a simple vista, cosa lógica puesto que Neptuno está a 4.500 millones de kilómetros del Sol y la reflexión de la escasa luz solar que recibe debe recorrer de nuevo toda esta distancia para llegar hasta nosotros.

Si se tiene en cuenta la mayor distancia y el tamaño probablemente menor de Plutón, el nuevo planeta debería ser bastante menos brillante que Neptuno. Los astrónomos esperaban que Plutón tuviera una magnitud quizá de diez.

Pero no fue así. Plutón tenía la magnitud catorce. Era casi cuarenta veces menos brillante de lo que se esperaba.

Había tres razones posibles para ello: 1) Plutón estaba considerablemente más lejos de lo esperado; 2) Plutón estaba constituido por materiales bastante más oscuros de lo esperado, y 3) Plutón era bastante más pequeño de lo esperado. También podía darse una combinación cualquiera de estas tres posibilidades.

La distancia pudo determinarse con bastante facilidad.

A partir del cambio diario de la posición aparente de Plutón, pudo obtenerse con bastante rapidez una estimación aproximada del tiempo que necesitaría para dar una vuelta al Sol. Y a partir de este período orbital pudo calcularse inmediatamente la distancia media al Sol.

Resultó que Plutón necesita 247,7 años para recorrer su órbita, y que su distancia media al Sol es de 5.900 millones de kilómetros, aproximadamente. En promedio está una vez y un tercio más lejos del Sol que Neptuno.

Es evidente que esto convierte a Plutón en el más distante de los planetas conocidos, pero no lo sitúa a una distancia tal que su poco brillo pueda explicarse únicamente por la distancia. Se deduce que Plutón debe estar formado por materiales más oscuros que los cuatro gigantes gaseosos, o que es bastante más pequeño, o ambas cosas.

En cualquier caso, Plutón no es un gigante gaseoso. En primer lugar un gigante gaseoso (o cualquier planeta con una atmósfera lo bastante densa para producir nubes pesadas) refleja casi una mitad de la luz solar que recibe.

Su «albedo», en otras palabras, es aproximadamente 0,5.

Lo mismo puede decirse de un planeta, aunque carezca de atmósfera, si tiene una superficie de hielo (una superficie formada por agua, amoníaco o metano helados o por una combinación de ellos). Un planeta sin atmósfera y formado por roca desnuda tendría un albedo aproximado de 0,07.

Una idea muy extendida para explicar el poco brillo de Plutón fue suponer que podía estar compuesto por material rocoso y que podía carecer de atmósfera. Incluso en este caso su masa no podía ser mucho mayor que la de la Tierra, si su brillo era tan bajo.

De este modo los astrónomos empezaron muy pronto a dividir los nueve planetas mayores del sistema solar en cuatro gigantes gaseosos, o «planetas jovianos», y cinco mundos rocosos, o «planetas terrestres». Los planetas terrestres eran Mercurio, Venus, la Tierra, Marte y Plutón.

Era imposible explicar lo que estaba haciendo en el borde exterior del sistema planetario un planeta terrestre, mientras todos los demás estaban a tocar del Sol, pero era preciso clasificar a Plutón en este grupo para explicar su poco brillo.

De todos modos, aunque Plutón se hubiese encogido espectacularmente en el momento de su descubrimiento, podía ser todavía el quinto objeto más grande del sistema solar, después de los cuatro gigantes gaseosos, si era algo mayor que la Tierra.

Pero ¿es el tamaño de Plutón parecido al de la Tierra?

En cierto modo Plutón soporta el estigma de ser un planeta relativamente muy pequeño. De todos modos, el estudio de la órbita de un planeta permite hacerse una cierta idea de su tamaño.

Las órbitas de los planetas no son, en general, muy elípticas. Las excentricidades de la mayoría de los planetas valen 0,05 o menos. Por ejemplo, la excentricidad de la órbita de la Tierra es 0,017. Esto significa que sin ayuda especial las órbitas planetarias parecen simplemente circulares.

Las excepciones son los dos planetas más pequeños.

Marte, cuya masa es sólo una décima parte de la de la Tierra, tiene una excentricidad de casi 0,1. Mercurio, cuya masa es sólo una vigésima parte de la masa de la Tierra (la mitad de la de Marte), tiene una excentricidad de 0,2.

Si vamos a relacionar una masa baja con una excentricidad elevada, ¿qué podemos deducir de Plutón? Su movimiento por el cielo se estudió durante períodos cada vez más largos, y de este modo pudieron calcularse las características de su órbita, con lo que se descubrió que su excentricidad era de 0,25, superior a la de Mercurio y, de hecho, la más alta de cualquiera de los nueve planetas.

¿Significa esto que Plutón tiene todavía menos masa que Mercurio? No necesariamente. No hay motivos inescapables que relacionen una masa baja con una excentricidad elevada. Así, por ejemplo, Neptuno tiene algo más de una vigésima parte de la masa de Júpiter, y sin embargo la excentricidad de Neptuno no es mayor que la de Júpiter, sino considerablemente inferior: de hecho es sólo una quinta parte de la de Júpiter. Por lo tanto, la elevada excentricidad de Plutón podría no constituir por sí misma un argumento suficiente para considerarlo un planeta pequeño, aunque el hecho dé bastante que pensar.

Por otra parte, la elevada excentricidad de la órbita de Plutón significa que su distancia del Sol varía enormemente en el transcurso de su trayectoria alrededor de este cuerpo. En su posición más próxima (perihelio), Plutón está a 4.425 millones de kilómetros del Sol. En el otro extremo de su órbita, donde llega al cabo de un siglo y cuarto después del perihelio y donde está lo más lejos posible (afelio), Plutón está a 7.375 millones de kilómetros del Sol. La diferencia entre estos dos extremos es de 2.950 millones de kilómetros.

Un equipo de exploración instalado en Plutón no notaría gran cosa. El Sol no sería más que una estrella muy brillante en el cielo de Plutón, y si fuera algo más oscuro en el afelio que en el perihelio es probable que nadie se fijara o que le importara, aparte del astrónomo de la expedición.

La excentricidad orbital sitúa a Plutón en ocasiones algo más cerca del Sol de lo que puede llegar Neptuno. En su perihelio, Neptuno está a 4.458 millones de kilómetros del Sol, mientras que Plutón en su perihelio llega 33 millones de kilómetros más cerca del Sol.

Resulta que, en 1979, Plutón, que se acercaba a su perihelio, se aproximó más al Sol que Neptuno en su perihelio y dejó de ser durante un tiempo el planeta más lejano.

Plutón, en cada una de sus vueltas alrededor del Sol, se mantiene más cercano a él que Neptuno durante un intervalo de veinte años. En la ocasión actual, Plutón alcanzará su perihelio en 1989 y volverá a alejarse más que Neptuno en 1999. Este curioso fenómeno no se repetirá hasta los años 2227 a 2247.

Otro aspecto de una órbita planetaria es su «inclinación» en relación con el plano de la órbita terrestre. En general, la inclinación de los planetas es pequeña. Dan la vuelta al Sol en trayectorias tan cercanas al mismo plano que si construimos una representación tridimensional del sistema planetario tan pequeña que incluya Neptuno todos los planetas cabrían cómodamente en estas cajas donde se guardan las pizzas.

También en esto el planeta más pequeño se sale de lo corriente. Mientras que las inclinaciones suelen ser de tres grados o menos, la de Mercurio es de siete grados. Si una inclinación orbital elevada supone una masa pequeña, ¿qué pensaremos de la órbita de Plutón, que tiene una inclinación de unos diecisiete grados? De todos modos, Urano, que tiene bastante menos masa que Saturno, también tiene una inclinación menor que la de Saturno. Vemos, pues, que no existe una relación necesaria entre inclinación y masa.

Por lo tanto, la elevada inclinación de Plutón puede no ser significativa, pero de nuevo nos da que pensar.

La elevada inclinación de Plutón significa que si bien cruza la órbita de Neptuno en un diagrama bidimensional del sistema planetario, no hay posibilidad de que se produzca una colisión entre los dos planetas en un futuro previsible. Desde el punto de vista tridimensional, la elevada inclinación de Plutón lo lleva por debajo de la órbita de Neptuno, de modo que los dos planetas no están nunca separados por menos de 1.300 millones de kilómetros en el momento en que sus órbitas parece que se crucen. De hecho, en algunos momentos, Plutón puede estar incluso más cerca de Urano de lo que puede estar nunca de Neptuno.

El poco brillo de Plutón, que nos lo muestra más pequeño de lo que se esperaba originalmente, nos dice también algo más, porque su luz reflejada no es constante.

Si Plutón fuera un planeta rocoso, podría ser que porciones diferentes de su superficie reflejaran la luz con eficacia distinta. Podría haber rocas más claras en un lugar que en otro, o bien algunas rocas podrían estar cubiertas de escarcha y otras no. En conjunto habría una variación general con un período igual al de rotación.

En 1954, el astrónomo canadiense Robert H. Hardie y su colaborador Merle Walker midieron el brillo con mucha precisión y Hardie decidió que Plutón gira una vez cada 6,4 días. (La mejor cifra actual es de 6 días, 9 horas y 18 minutos, o sea, 6,39 días). También esto plantea dudas sobre el tamaño de Plutón. Parece ser, en general, que cuanto mayor es un planeta, más rápido gira sobre su eje. Júpiter, el planeta de mayor masa, gira en 9 horas y 50 minutos, mientras que Saturno, el segundo por su masa, gira en 10 horas y 14 minutos, y Urano, el gigante gaseoso de menor masa, gira en 17 horas y 15 minutos.

Los planetas terrestres, más pequeños que los gaseosos gigantes, tienen períodos de rotación más largos. El de la Tierra es de 24 horas, y la esfera más pequeña de Marte gira en 24 horas y 37 minutos. Mercurio y Venus giran realmente con mucha lentitud, pero esto se debe en parte al efecto de marea del Sol.

Sin embargo, Plutón, que no puede experimentar ninguna influencia perceptible de marea de un Sol muy distante, tiene un período de rotación de más de seis días, lo que parece propio de un planeta muy pequeño. También esto puede ser una coincidencia, pero tenemos ya tres características —la excentricidad orbital, la inclinación orbital y el período de rotación—, todas las cuales parecen caracterizar a Plutón como un planeta muy pequeño. ¿Hasta dónde puede llegar la coincidencia?

Lo que necesitamos es una medición directa del diámetro de Plutón, pero ¿cómo llevarla a cabo? Plutón está a tan enorme distancia, y su diámetro es tan pequeño, que aparece como un simple punto de luz incluso con un buen telescopio, aunque en el momento de su descubrimiento se encontrara bastante cerca del perihelio. (Si hubiese estado cerca del afelio, y su diámetro aparente hubiese sido sólo tres quintas partes del perihelio, el descubrimiento habría sido bastante más difícil). Sin embargo, en el año 1950 el astrónomo holandés-estadounidense Gerard Peter Kuiper (1905-1973) se enfrentó con la tarea, utilizando el telescopio de cinco metros de Monte Palomar, recién construido. Apuntó el telescopio hacia Plutón e intentó estimar la anchura del punto de luz.

No era fácil porque el globo diminuto de Plutón parpadea un poco, y cuando el telescopio amplía su tamaño también amplía el parpadeo. Lo mejor que pudo hacer Kuiper fue estimar que su tamaño era 0,23 segundos de arco. (En comparación, el globo de Neptuno no baja nunca de 2,2 segundos de arco. Por lo tanto, el diámetro aparente de Plutón es una décima parte aproximadamente del de Neptuno). Un diámetro aparente de 0,23 segundos de arco significaría, teniendo en cuenta la distancia de Plutón, que su diámetro valdría aproximadamente 6.100 kilómetros. Sería pues un planeta increíblemente encogido, bastante más pequeño que la Tierra. De hecho, Plutón sería incluso algo más pequeño que Marte, que tiene un diámetro de 6.790 kilómetros. Plutón, en vez de ser el quinto cuerpo planetario por su tamaño, sería el octavo, y sólo tendría detrás a Mercurio, el más pequeño de todos.

No todo el mundo aceptó las cifras de Kuiper. El método para determinar el diámetro de Plutón consistente en mirarlo a través de un telescopio era demasiado incierto.

Sin embargo, hay otro sistema.

De vez en cuando, a medida que Plutón se desplaza lentamente por el cielo, pasa cerca de un estrella poco brillante. Si el planeta pasa directamente por encima de ella (una «ocultación»), la estrella parpadeará un momento. El tiempo varia según que la estrella pase detrás de Plutón cerca de un extremo de su esfera o por el centro de ella. Si podemos conseguir la posición exacta de la estrella y del centro de la esfera de Plutón, y si pude determinarse la distancia mínima entre los dos y medirse el tiempo de desaparición de la estrella, puede obtenerse con bastante precisión el diámetro de Plutón.

Puede suceder, desde luego, que Plutón roce apenas la estrella. En tal caso si se mide la distancia entre el centro de Plutón y la estrella, puede estimarse el diámetro máximo de Plutón, el diámetro que permitiría que la estrella pasara rozando.

El 28 de abril de 1965 Plutón se estaba desplazando hacia una estrella poco brillante de la constelación de Leo. Si Plutón hubiera sido tan grande como la Tierra, o incluso tan grande como Marte, habría ocultado la estrella pero falló. A partir de este hecho pudo calcularse que el diámetro de Plutón no podría ser mayor de 5.790 kilómetros y que podía ser bastante menor.

Parecía, pues, que nuestro planeta increíblemente encogido no podía estar más que a medio camino, en cuanto a tamaño, de Marte y Mercurio. Su masa no podía ser superior a una dieciseisava parte de la masa de la Tierra, y podía ser menor a esto.

El problema se resolvió finalmente, y de modo totalmente inesperado, en junio de 1978. El astrónomo James Christie, que trabajaba en Washington D.C., estaba estudiando unas fotografías excelentes de Plutón tomadas con un telescopio de 1,55 metro de Arizona, a una gran altitud, donde la interferencia de la atmósfera es muy reducida.

Christie estudió las fotografías con gran aumento y le pareció observar una protuberancia en Plutón. ¿Era posible que el telescopio se hubiese movido ligeramente mientras se tomaba la fotografía? No, porque en tal caso todas las estrellas del campo de visión habrían aparecido como cortas líneas y, por el contrario, todas eran puntos perfectos.

Christie miró las demás fotografías con gran aumento y todas tenían la misma protuberancia. Christie vio, además, que esta protuberancia no estaba en el mismo lugar al pasar de una fotografía a otra. Christie, muy emocionado, busco las fotografías más antiguas de Plutón, algunas de ocho años antes y comprobó que la protuberancia giraba alrededor de Plutón en un periodo de 6,4 días, el periodo rotacional del planeta.

O bien había una enorme montaña en Plutón, o bien Plutón tenía un satélite próximo. Christie estaba seguro de que se trataba de un satélite, lo que demostró definitivamente en 1980 cuando un astrónomo francés, Antoine Labeyrie, que trabajaba en la cima del Mauna Kea, en Hawai, utilizó la técnica de la interferometría de puntos. Esta técnica mostró Plutón como una trama grande de puntos, pero dos de estas tramas, una grande y una pequeña, no tenían ninguna conexión. Era evidente que Plutón tenía un satélite.

Christie llamó al satélite Caronte, el nombre del barquero que en lo mitos griegos conducía las sombras de los muertos a la otra orilla de la laguna Estigia, al reino subterráneo de Plutón. (Yo habría escogido para el satélite el nombre de Perséfone, la esposa del Plutón, pero Christie estaba, al parecer, influido por el hecho de que su esposa se llamaba Charlene).

En 1980, Plutón pasó cerca de otra estrella, Plutón no la ocultó (por lo menos visto desde la Tierra), pero Caronte pasó enfrente de ella y esta ocultación fue observada desde un observatorio de Sudáfrica por un astrónomo llamado A. R. Walter. La estrella se apagó durante cincuenta segundos, lo cual dio para Caronte un diámetro mínimo de 1.170 kilómetros.

Sin embargo, había ahora un sistema mejor para determinar tamaños. Cuando se tiene un satélite, se sabe su distancia al planeta alrededor del cual gira, y el tiempo que necesita para dar una revolución, y puede calcularse la masa del planeta más la del satélite. A partir de las masas relativas del planeta y del satélite, y suponiendo que ambos tengan la misma composición química, puede deducirse la masa de cada uno.

Resultó que Caronte estaba a 19.400 kilómetros de Plutón. Esto es sólo una vigésima parte de la distancia de la Luna a La Tierra, y no es de extrañar que estando Plutón a tanta distancia de nosotros, su satélite, tan próximo a él, pasara inadvertido durante casi medio siglo.

Se calculó que la masa de Plutón era 0,0021 veces (1/500) de la Tierra, con lo que el planeta increíblemente encogido resultó tener menos masa que Mercurio. De hecho, su masa es solamente algo superior a una sexta parte de la masa de nuestra Luna. En definitiva, todos los criterios que parecían indicar que Plutón era un planeta muy pequeño eran acertados.

En cuanto a Caronte, su masa era una décima parte de la de Plutón.

Puesto que ya sabemos lo pequeño que es Plutón, ya no podemos imaginarlo formado de roca. Dado su tamaño, no reflejaría suficiente luz con su roca desnuda para ser tan brillante como es. Tiene que ser un cuerpo helado, con lo cual su densidad será menor y su tamaño mayor, y podrá reflejar una proporción mayor de la luz solar que cae sobre él.

Se calcula actualmente que Plutón tiene unos 3.000 kilómetros de diámetro, lo que es 7/8 del diámetro de nuestra Luna, mientras que Caronte tiene aproximadamente 1200 kilómetros de diámetro, más o menos la estimación obtenida con la ocultación de 1980.

Esto significa que, además de los ocho planetas, hay también siete satélites (la Luna, Io, Europa, Ganímedes, Calisto, Titán y Tritón) que tienen más masa que Plutón.

Plutón no es ni el quinto objeto planetario de más masa del sistema solar, ni el octavo, sino que ha quedado relegado al lugar dieciséis.

Algunos astrónomos habían intentado antes negar el aparente pequeño tamaño de Plutón con la intención de que continuara siendo un cuerpo de gran masa y gravitatoriamente importante. Propusieron para ello que Plutón tenía una superficie lisa y helada y que el punto de luz que veíamos no era Plutón en sí sino la pequeña reflexión del Sol sobre una superficie pulida. Otros admitían el pequeño tamaño pero querían conservar una masa elevada suponiéndole una densidad enorme.

Sin embargo, ahora ya no son posibles más trucos. Se sabe que Plutón es diminuto y su densidad se ha podido calcular a partir de su volumen y de su masa. La densidad ha resultado baja, inferior a lo que todos habían esperado (una sorpresa más). Plutón es sólo unas 0,55 veces más denso que el agua, menos denso incluso que Saturno, que con 0,7 veces la densidad del agua había sido hasta ahora el objeto planetario conocido de menor densidad.

Plutón es tan pequeño que no puede estar compuesto por los gases hidrógeno, helio y neón, y por lo tanto debe estar compuesto por hielos. El más ligero de los hielos corrientes es el metano congelado (una combinación de átomos de carbono y de hidrógeno), cuya densidad es casi la mitad de la del agua. Podría ser, pues, que Plutón estuviera compuesto principalmente por metano congelado, y en tal caso podría tener una atmósfera enrarecida y superfría de vapor de metano. A pesar de la distancia de Plutón al Sol, parte del metano se evaporaría; el vapor sería tan frío que no podría escapar, a pesar de la pequeña gravedad superficial de Plutón.

Consideremos ahora que la masa de Ganímedes, el mayor satélite de Júpiter, es 0,1 milésimas de la masa de su planeta. La masa de Titán, el mayor satélite de Saturno, es 0,15 milésimas de la masa de su planeta. La masa de Tritón, el mayor satélite de Neptuno, es 1,3 milésimas de la masa de su planeta. Sin embargo, la masa de nuestra Luna, el satélite de la Tierra, es 12,3 milésimas de la masa de nuestro planeta.

Para decirlo de otro modo, la Luna tiene 1,23 % de la masa de la Tierra, y ningún otro satélite tenía hasta 1978 una proporción de masa que se le pareciera. La Tierra y la Luna eran lo más parecido que conocíamos a un planeta doble.

Luego apareció Caronte, que es cien milésimas (una décima parte) de la masa de Plutón. Comparado con Plutón, Caronte tiene ocho veces el tamaño de la Luna comparada con la Tierra. La combinación Plutón-Caronte ha ganado, pues, nuestro título anterior de «planeta doble».

Una última cosa: Plutón y Caronte pueden despreciarse desde el punto de vista gravitatorio. No pueden ejercer ningún efecto medible sobre la órbita de Urano. Sin embargo, las anomalías de la órbita de Urano, y probablemente también las de Neptuno, continúan vigentes.

¿Qué las causa? El planeta X. Este planeta puede estar todavía más lejos, en algún lugar, y debiera de ser un gigante gaseoso, como se supuso de entrada. El descubrimiento accidental del minúsculo Plutón no ha hecho más que desviar nuestra atención de esta búsqueda, y deberíamos continuarla.

Adición

Ésta es mi colección número veinticuatro de ensayos publicados en The Magazine of Fantasy and Science Fiction y no saben ustedes lo contento que estoy por: a) haber sobrevivido para componer tantos números, b) que la revista haya tolerado tanto tiempo mi columna, y c) que el amable personal de Doubleday haya hecho lo mismo.

Sin embargo, también hay dificultades. Cuando escribo un ensayo sobre un tema determinado, tengo un especial interés por los nuevos descubrimientos realizados sobre el mismo tema. Me molesta que mis artículos queden anticuados o que se haga algo con el tema que no me guste, o… bueno, me molesta casi todo. Y a medida que escribo más ensayos, cada vez tengo más motivos para molestarme y la vida resulta algo incómoda.

Así, en esta colección incluyo un ensayo, el capítulo 9, que llamo «El planeta increíblemente encogido». Explica el descubrimiento de Plutón y los resultados cada vez más pequeños de la medición de su diámetro. Al principio se creía confiadamente que Plutón sería un planeta más grande que la Tierra, pero esto resultó falso, cada vez más falso. Después de muchas investigaciones se sabe ahora que Plutón es más pequeño que la Luna.

En mi ensayo doy finalmente para el diámetro de Plutón la cifra de 2.960 kilómetros. Escribí este ensayo en el otoño de 1986 y un estudio que leí en la primavera de 1987 redujo esta cifra todavía más, hasta 2.560 kilómetros. Si la última cifra es correcta, Plutón tiene un diámetro equivalente a sólo dos tercios del de la Luna. Además, puesto que Plutón está compuesto por materiales ligeros, de hielo, en lugar de material pesado y rocoso como la Luna, la masa de Plutón puede ser sólo una sexta parte de la masa de la Luna.

Ahora, un grupo de astrónomos, molestos quizá porque Plutón no consigue ofrecer un tamaño respetable, quieren rebajarlo de categoría. Dicen que Plutón ya no debería llamarse planeta, sino que debería ponerse en la lista de los asteroides.

Puesto que yo he tratado el tema, creo que tengo derecho a expresar también mi opinión, y opino que la propuesta es ridícula.

Hay tres tipos de cuerpos en el sistema solar que pueden clasificarse con absoluta precisión:

1) El Sol, que es el único objeto en el sistema solar de tamaño suficiente para experimentar la ignición nuclear en su centro, y que por lo tanto emite una intensa radiación visible y es una estrella.

2) Los planetas, que no emiten radiación intensa y que se desplazan en órbitas alrededor del Sol.

3) Los satélites, que no emiten radiación intensa y que se desplazan en órbitas alrededor de un planeta.

No es posible confundirlos entre sí. Nada nos impulsa a considerar al Sol un planeta, por grande que sea, y no tenemos dificultad en distinguir entre un planeta y un satélite.

Sin embargo, el grupo de los planetas es muy variado, como pudieron comprobar los astrónomos en el primer decenio del siglo XIX, cuando se descubrieron cuatro planetas, bastante más pequeños que todos los demás girando alrededor del Sol en órbitas situadas entre la de Marte y la de Júpiter. El mayor de estos cuerpos (y lo continúa siendo a pesar del descubrimiento de miles de objetos parecidos) es Ceres, y su diámetro es de sólo 1024 kilómetros, que puede compararse con los 4.821 kilómetros de Mercurio, el planeta más pequeño conocido en aquel entonces. Ceres probablemente no tiene más que 1/200 de la masa de Mercurio.

El astrónomo William Herschel propuso llamar a estos pequeños planetas «asteroides» (de la palabra griega que significa «parecido a una estrella») porque a través del telescopio parecían simples puntos de luz, como estrellas, en lugar de ensancharse y formar círculos visibles de luz, como en el caso de los planetas mayores.

Así pues, la mejor manera de definir un asteroide es considerarlo un pequeño planeta que gira alrededor del Sol en una órbita situada entre la de Marte y la de Júpiter. Pienso de nuevo que la denominación «asteroide» no sirve de nada.

Si queremos diferenciar los planetas por su tamaño deberíamos hablar de «planetas mayores» y «planetas menores».

Además, los objetos muy pequeños, como los «meteoritos» y las partículas de polvo, cuyos diámetros varían desde varios metros hasta pequeñas fracciones de centímetro, deberían llamarse «microplanetas». Creo incluso que los cometas deberían llamarse «planetas cometarios».

Bien, en tal caso, si los científicos aceptaran esta propuesta eminentemente inteligente y clasificaran todos los objetos que giran alrededor del Sol según una subdivisión u otra de «planeta», ¿cómo deberíamos denominar a Plutón: un planeta mayor o un planeta menor?

Para empezar, Mercurio, de acuerdo con una vieja costumbre que se remonta a miles de años, ha sido considerado un planeta, y nadie propone ni siquiera hoy que sea otra cosa distinta de un planeta mayor, a pesar de que podría considerarse el menor de todos. Digamos, pues, que cualquier objeto que tiene por lo menos las dimensiones y la masa de Mercurio es un planeta mayor.

Hay tres satélites que son aproximadamente tan grandes como Mercurio, o incluso algo mayores que él. Son Ganímedes, Calisto y Titán. Sin embargo, este hecho no induce a confusión. Ganímedes y Calisto giran alrededor de Júpiter, mientras que Titán lo hace alrededor de Saturno, de modo que a pesar de su tamaño se consideran universalmente como satélites y no como planetas. Además, estos satélites grandes están compuestos de materiales relativamente ligeros, helados, e incluso el mayor de todos, Ganímedes, tiene sólo la mitad de la masa de Mercurio. Hasta aquí todo va bien.

Si omitimos Plutón, el mayor cuerpo asteroidal continúa siendo Ceres. Ceres es considerablemente mayor que cualquier otro asteroide, tanto dentro como fuera del cinturón de asteroides. También es considerablemente mayor que cualquier cometa conocido. Sería bastante justo decir que un planeta menor (o asteroide) es un objeto que se mueve en una órbita alrededor del Sol y cuyo tamaño y masa son iguales o inferiores a los de Ceres.

Esto deja un hueco considerable entre Ceres y Mercurio. Mercurio tiene casi cinco veces el diámetro de Ceres y quizá doscientas veces su masa. Plutón cabe holgadamente en este hueco. Si aceptamos que el diámetro de Plutón es de mil kilómetros, será 2,5 veces el diámetro de Ceres, mientras que el diámetro de Mercurio es casi el doble del de Plutón. Por lo tanto Plutón está aproximadamente a mitad de camino entre los dos. En cuanto a la masa, Plutón puede tener dieciséis veces más masa que Ceres, pero Mercurio tiene quizá dieciséis veces la masa de Plutón. De nuevo Plutón está en medio de los dos.

Pero, en tal caso, ¿calificaremos a Plutón de planeta mayor o de planeta menor? Quizá si Plutón fuera consciente preferiría ser el mayor con mucho de los planetas menores, que el menor con mucho de los planetas mayores. (Al parecer Julio César afirmó: «Preferiría ser el primero en un pueblecito español que el segundo en Roma»). Sin embargo, mi propuesta es que todo planeta, desde Mercurio hacia arriba, se llame planeta mayor; que todo planeta desde Ceres hacia abajo se llame planeta menor; y que todo planeta situado entre Mercurio y Ceres se llame «mesoplaneta» (de una palabra griega que significa «intermedio»). De momento, Plutón es el único mesoplaneta conocido.

¿No les parece acertado?

10. Los Objetos Menores

Estaba yo almorzando con un director literario en una fiesta de mi barrio el mes pasado, cuando el gerente se nos acercó diciendo que sentía interrumpirnos pero que un caballero deseaba ser presentado. Suspiré, miré con cierto nerviosismo a mi compañero (tengo siempre el temor de que puedan sospechar que organizo las coincidencias para darme importancia), y dije:

—Bueno, tráigalo aquí.

Se presentó un hombre de estatura mediana, más bien delgado, con ojos oscuros, una prominente nuez en la garganta, una camisa con el cuello abierto, y con barba de un día. No me levanté, porque uno de los pocos privilegios del paso de los años es poder quedarse sentado en una situación en que una persona más joven se sentiría obligada a levantarse. Al fin y al cabo, a medida que las articulaciones de las rodillas maduran, todo el mundo puede entender la prudencia que supone no cargarlas con trabajos innecesarios.

Apliqué una sonrisa agradable a mi rostro y dije «Hola» al recién llegado, quien replicó con seriedad:

—Doctor Asimov, mi nombre es Murray Abraham y quiero decirle que su libro sobre Shakespeare…

Sólo pudo decir esto, porque entonces yo me puse en pie, y además lo hice con una energía explosiva.

Le dije con absoluto convencimiento:

—Usted no es Murray Abraham. ¡Usted es Antonio Salieri!

Después de esto la conversación degeneró en un simple caos. Yo no quería que él me hablara de mis libros.

Quería hablar de su actuación en la película Amadeus, y puesto que yo era el de más edad, supongo que al final él pensó que estaba obligado por cortesía a ceder a mis deseos. Nunca supe qué quería contarme de mi libro sobre Shakespeare.

Como ven, así fue. Yo voy al cine en pocas ocasiones, principalmente porque estoy demasiado ocupado con mi máquina de escribir o con mi procesador de textos. (Los sorprendería saber el poco tiempo que a uno le queda cuando se es un escritor prolífico). Sin embargo aproveché la ocasión para ver Amadeus.

Presencié con admiración cómo F. Murray Abraham (a quien no había visto antes) interpretaba el difícil papel de un Salieri villano y patético a la vez. A media película me volví hacia mi querida esposa, Janet, y le dije:

—Este chico, Abraham, ganará un premio de la Academia por este papel.

No había visto otras interpretaciones de la competencia, pero estaba seguro de que ningún papel cinematográfico de aquel año podía llegar a la altura del de Abraham.

Puedo descubrir la perfección cuando la veo.

Por esto me emocioné tanto cuando le tuve delante y por esto le cambié el nombre. Ahora y siempre puede continuar siendo F. Murray Abraham para él, pero para mí será Antonio Salieri.

Y mientras meditaba sobre la dificultad de distinguir entre un actor y su papel, una cadena de pensamientos me condujo al tema de distinguir entre un cometa y un asteroide. Y ahí está.

Si queremos distinguir entre las dos grandes clases de cuerpos menores del sistema solar, es mejor que empecemos definiendo cada una de ellas.

Los asteroides son un enjambre de cuerpos pequeños que giran alrededor del Sol entre la órbita de Marte y la de Júpiter. Algunos son bastante grandes, y uno de ellos, Ceres, tiene unos mil kilómetros de diámetro. Hay varias docenas de asteroides con diámetros de más de 100 kilómetros, pero la gran mayoría de los cien mil asteroides que quizá pueden existir son objetos pequeños, de sólo unos kilómetros de diámetro.

Se supone que hay un segundo enjambre de objetos menores que giran alrededor del Sol a una distancia mucho mayor. Mientras los asteroides orbitan alrededor del Sol a distancias de unos cuatrocientos millones de kilómetros, el segundo enjambre puede estar situado hasta a uno o dos años luz, y por lo tanto está a una distancia del Sol treinta y cinco mil veces superior a la de los asteroides. Llamemos a los cuerpos de este lejano enjambre «cometoides».

(Este término es un invento mío y los astrónomos no lo utilizan, según creo). Como es natural, ningún astrónomo ha estudiado nunca, ni siquiera ha visto, ninguno de los cometoides que gira alrededor del Sol en esta lejana región. Los cometoides son tan distantes y tan pequeños que no pueden detectarse de ningún modo. Su existencia puede deducirse únicamente por la existencia de los cometas, y a partir de un estudio profundo de la órbita, la estructura y el comportamiento de los cometas. Por esto llamo a los cuerpos del hipotético y lejano enjambre cometoides, derivándolo de «cometa».

Los cometoides y los asteroides son cuerpos relativamente pequeños y sólidos que están en órbita alrededor del Sol, pero los primeros no sólo están mucho más lejos del centro del sistema solar, sino que se supone también que son mucho más numerosos. Algunas estimaciones que he visto calculan que puede haber hasta cien mil millones de cometoides, es decir, un millón de cometoides por cada asteroide.

Sin embargo, las diferencias de distancia y número son triviales. Si éstas fueran las únicas diferencias existentes, un cometoide y un asteroide puestos uno al lado del otro no podrían distinguirse.

Sin embargo, hay una diferencia importante en la estructura química que depende directamente de las diferentes distancias.

Tanto los cometoides como los asteroides se formaron probablemente cuando el sistema solar estaba naciendo.

Además, se formaron a partir de la misma gran nube de polvo y de gas a partir de la cual se formaron el Sol y los planetas. Los astrónomos están bastante seguros de que esta nube estaba constituida principalmente por hidrógeno y helio, con mezcla de otros átomos como carbono, nitrógeno, oxígeno, neón, argón, silicio y hierro.

El hidrógeno, el helio, el nitrógeno, el oxígeno, el neón y el argón son gases que no se solidifican fácilmente, ni siquiera a grandes distancias del Sol. Sin embargo, el hidrógeno se combina con el oxígeno formando agua, con el nitrógeno formando amoníaco y con el carbono formando metano. Todas estas sustancias se congelan dando sólidos que por su aspecto se parecen al hielo corriente (es decir, al agua congelada), de modo que se agrupan en la categoría de «hielos».

Los restantes elementos, que todos juntos constituyen menos de una mitad del uno por ciento del total, se unen formando sustancias metálicas y rocosas.

El astrónomo estadounidense Fred Lawrence Whipple (1906), partiendo de éstas y de otras consideraciones, propuso en 1950 la idea de que los cometoides eran «bolas de nieve sucias»; grandes masas de hielo (principalmente hielo de agua) con partículas rocosas y metálicas distribuidas en forma de polvo y algún trozo ocasional de mayor tamaño. Es incluso imaginable que algunos cometoides tengan un núcleo de roca y metal sólidos.

Algunos cálculos permiten suponer que las dos terceras partes de la masa de un cometoide son hielo y una tercera parte roca y metal.

Sin embargo, los cometoides son bolas de nieve sucias únicamente porque se formaron lejos de un Sol que estaba naciendo al mismo tiempo que los cometoides se estaban formando. El joven Sol enviaba calor en todas direcciones y además tenía un intenso viento solar. El calor evaporó las sustancias más fácilmente vaporizables y el viento solar se llevó estos vapores hacia fuera y lejos de allí. Objetos grandes, como Júpiter y Saturno, pudieron conservar los vapores producidos gracias a su enorme campo gravitatorio, pero todos los cuerpos menores, como los cometoides, fueron incapaces de ello. No pudieron conservar el hidrógeno, el helio y el neón que se mantenían en estado gaseoso gracias al calor, por débil que fuera, del distante Sol. Sin embargo, pudieron conservar las sustancias que se solidificaron formando hielos a las bajas temperaturas de las fronteras lejanas del espacio.

No obstante, cuando los cuerpos menores se formaron, por ejemplo, en el cinturón de asteroides, los resultados fueron diferentes.

Los asteroides, que se formaban relativamente cerca del Sol, recibieron suficiente calor del Sol para convertir finalmente en vapor los hielos formados. De hecho, el calor fue tal que no hubiese podido formarse de entrada el hielo.

Todo este vapor fue arrastrado por el viento solar y empujado hacia los límites lejanos del sistema solar, donde pudo contribuir a la formación de los cometoides.

Por lo tanto, los asteroides están formados casi totalmente por restos rocosos y metálicos. Esta escasez de materiales constructivos explica el menor número de asteroides respecto al de los cometoides, y en general su pequeño tamaño.

Así pues, para establecer una distinción que no sea trivial, los asteroides están formados por roca o metal, o por una mezcla de ambos materiales. Los cometoides están constituidos principalmente por hielos, siendo las rocas y los metales impurezas menores.

Un astrónomo que observe un cuerpo pequeño a distancia telescópica podría clasificarlo como cometoide o asteroide según la manera de reflejar la luz. Un cometoide helado reflejará un porcentaje mucho mayor de la luz que recibe que un asteroide rocoso o metálico.

Además, y debido a esta diferencia de composición química, los cometoides experimentan algo que nunca sucede a los asteroides.

Los cometoides distantes sufren de vez en cuando una perturbación en su majestuosa órbita de un millón de años alrededor del Sol. Puede producirse en ocasiones una colisión entre dos cometoides que transmita energía de uno a otro, frenando el primero y acelerando el segundo. O bien las atracciones gravitatorias de estrellas próximas podrían disminuir o aumentar la velocidad de un cometoide, según fuera la posición de estas estrellas.

Un cometoide que gana energía y velocidad se aleja más del Sol y puede acabar dejando el Sol para siempre y seguir una trayectoria prácticamente infinita a través del espacio interestelar. Un cometoide que pierde energía y velocidad se desplazará a lugares más próximos al Sol y quizá pueda penetrar en las regiones habitadas por los grandes planetas.

El efecto gravitatorio de los planetas exteriores sobre un cometoide que se pasee por sus cercanías puede obligar al cometoide a seguir una órbita radicalmente nueva, una órbita que le lleve a las cercanías del Sol en uno de sus extremos. Las influencias planetarias pueden incluso atraparlo (o «domarlo») hasta el punto de que se quede dentro de la región planetaria del sistema solar durante toda su órbita. Se convertirá entonces en un cometa de «corto plazo». En lugar de dar una vuelta al Sol en millones de años lo hará en no más de un siglo, aproximadamente, o incluso en menos tiempo.

Los cometoides no sobreviven mucho tiempo a las sucesivas aproximaciones al Sol, o por lo menos sobreviven poco tiempo en términos astronómicos. Tanto si los cometoides experimentan un aumento de energía y se alejan para siempre del Sol, como si pierden energía y van hacia su posible destrucción en las cercanías del Sol, habrán dejado para siempre el cinturón de cometoides. Sin embargo, se estima que en los 4.500 millones de años de existencia del sistema solar sólo se ha perdido una quinta parte de la horda de cometoides. Se ha conservado, pues, la mayor parte de ellos.

Sigamos ahora a los cometoides que se acercan al Sol.

Cuando lo hacen por primera vez, quedan expuestos al calor solar, algo que no les había sucedido nunca cuando vivían en el lejano enjambre. A medida que el cometoide se calienta, los hielos se evaporan y se liberan las partículas de polvo formadas por roca y hielo. La atracción gravitatoria del cometoide es demasiado débil para mantener estas partículas de polvo firmemente sujetas a la superficie y el movimiento ascendente del vapor arrastra consigo las partículas. El vapor y el polvo forman una especie de atmósfera que rodea al cometoide y las partículas de polvo brillan al Sol. El cometoide, a medida que se acerca al Sol, desarrolla de este modo una «coma» neblinosa y luminosa. El viento solar empuja hacia atrás la coma formando una «cola».

La coma y la cola aumentan de tamaño y de brillo a medida que el cometoide se acerca al Sol, y si el cometoide tiene un tamaño suficiente y se acerca lo bastante a la Tierra en su trayectoria, se convierte en un espectáculo magnífico, con la cola arqueada a lo largo de un gran trayecto por el cielo. Solamente en esta forma podemos ver y estudiar un cometoide. El objeto nebuloso y con cola en que se ha convertido un cometoide se llama «cometa». Esto viene de la palabra que en griego significa «cabellera», porque los imaginativos griegos pensaron que la cola se parecía a la cabellera suelta y larga de una persona, esparcida hacia atrás a medida que el cometa se desplaza por el cielo.

La distinción entre un cometa (y no un cometoide) y un asteroide es cosa de niños.

Un asteroide es un simple punto luminoso en el cielo, aunque lo observemos con el mejor telescopio. No parece más que una estrella (de ahí el nombre de «asteroide», que significa «parecido a una estrella»), pero se distingue de las estrellas porque se desplaza sobre el fondo de las estrellas auténticas.

Un cometa, en cambio, es un objeto mucho más brillante, de apariencia neblinosa y forma irregular. Los cometas grandes tienen una cola larga y su brillo es tal que pueden verse a simple vista. Incluso los cometas pequeños y distantes que sólo pueden verse telescópicamente presentan una neblina, a no ser que estén muy lejos del Sol.

Aún hay otra diferencia entre los dos.

Mientras que un asteroide es un objeto permanente, un cometa envejece con rapidez, y la distinción entre un cometa viejo y un asteroide puede ser confusa.

Cada vez que un cometa pasa cerca del Sol se vaporiza y se pierde una considerable cantidad de su sustancia, para no volver nunca más. Por lo tanto, cada vez que el cometa pasa al lado del Sol es más pequeño que en la ocasión anterior, y al final puede desvanecerse totalmente.

Los astrónomos han presenciado este hecho. El caso más famoso es el del cometa Biela, llamado así porque el primero en calcular su órbita fue un astrónomo austríaco aficionado, Wilhelm von Biela (1782-1856). El cometa tenía una órbita pequeña y alcanzaba su perihelio cada 6,6 años.

Fue observado en 1846 y se vio que había perdido material suficiente para causar una escisión. En lugar de un cometa aparecieron dos. En 1852 apareció de nuevo el cometa doble, con los dos fragmentos muy separados y el fragmento más pequeño muy débil.

Después de ello ya no volvió a verse más el cometa Biela. Al parecer se había evaporado por completo, o para decirlo con mayor dramatismo, se había muerto. Desde entonces se han observado otras fragmentaciones y desapariciones.

Pero los fallecimientos cometarios pueden ocurrir de distintos modos. El del cometa Biela, la muerte por evaporación total, es el más espectacular, pero un cometa puede fallecer también de una muerte más tranquila y mucho más prolongada.

Es muy posible que algunos cometas contengan más polvo sólido mezclado con su hielo que otros cometas, y el polvo puede estar distribuido de modo irregular. Las porciones de la superficie del cometa que son especialmente polvorientas se evaporarán más lentamente que las porciones en donde el hielo es más puro. Por este motivo la superficie cometaria puede fundirse formando mesetas en las zonas de más polvo separadas por valles debidos a la evaporación de las zonas de poco polvo. En ocasiones, las mesetas ricas en polvo pueden perder su base y hundirse, poniendo al descubierto superficies frescas para la evaporación y provocando un aumento repentino y temporal de la luminosidad del cometa. (Estos aumentos de luminosidad se observan con frecuencia). Estos hundimientos ayudan a esparcir el polvo por toda la superficie. Además, parte del polvo liberado por la evaporación del hielo y que se levanta de la superficie puede volver a caer sobre ella cuando el cometa se aleja del Sol.

Es mucho más probable que caiga el polvo que los vapores de hielo.

Por lo tanto, a medida que un cometa envejece, su superficie se hace más polvorienta. El polvo acaba formando una gruesa capa que oculta y aísla el hielo del calentamiento solar, de modo que un cometa viejo crea poca neblina y carece de cola.

El mejor ejemplo de un cometa viejo es el cometa Encke, llamado así porque su órbita fue calculada por primera vez en 1819 por el astrónomo alemán Johann Franz Encke (1791-1865). El cometa Encke tiene la órbita más pequeña de cualquier planeta conocido y el período más corto. Alcanza su perihelio cada 3,3 años. Se ha observado con detenimiento docenas de veces y en cada paso muestra una débil neblina, neblina que permite identificar el objeto como un cometa.

En tales circunstancias, un cometa puede durar mucho tiempo, a medida que pierde gota a gota el hielo enterrado bajo la capa protectora de polvo compacto. Como es lógico, en las primeras etapas una porción especialmente delgada de la cubierta de polvo puede romperse por la presión del hielo calentado debajo, y una gota de vapor y de polvo puede emerger del hielo recién expuesto. Esto provocará también un aumento del brillo cometario. Sin embargo, el cometa Encke superó hace mucho tiempo esta etapa.

Incluso un cometa viejo ha de acabar perdiendo todo su hielo, o por lo menos reduciendo el goteo de vapor a una cantidad tan pequeña que ya no pueda observarse. Podría suceder incluso que algunos cometas tuvieran un pequeño núcleo de roca y metal que persistiera después de la desaparición total del hielo.

¿Cómo podemos distinguir entonces un cometa muerto (tanto si tiene hielo bien escondido como si no lo tiene) de un asteroide?

Una diferencia que persiste es la naturaleza de la órbita. Casi todos los asteroides tienen órbitas situadas enteramente entre la de Marte y la de Júpiter. Por otra parte, estas órbitas no son muy excéntricas ni están muy inclinadas en relación con la «eclíptica» (el plano de la órbita de la Tierra).

En cambio, las órbitas cometarias se caracterizan por ser muy excéntricas y por tener habitualmente una elevada inclinación con la eclíptica.

Por lo tanto, si descubriéramos asteroides con órbitas que muestran elevadas excentricidades e inclinaciones, podríamos preguntar si realmente son asteroides o son cometas muertos.

Hay asteroides sospechosos de este tipo con órbitas que los acercan periódicamente al Sol, de modo que sus perihelios son más próximos al Sol que el planeta Venus. Se trata de los «objetos Apolo», y de ellos el más espectacular hasta hace poco era Ícaro, un asteroide descubierto en 1948 por el astrónomo alemán-estadounidense Walter Baade (1893-1960). Fue el asteroide número 1566 con una órbita determinada, por lo que recibió el nombre oficial de «1566 Ícaro».

En su perihelio, Ícaro se acerca a sólo 28,5 millones de kilómetros del Sol. El planeta Mercurio en su perihelio está a 45,9 millones de kilómetros del Sol, por lo que Ícaro alcanza una distancia del Sol que es sólo las tres quintas partes de la mejor marca de Mercurio. El asteroide ha recibido, pues, muy adecuadamente el nombre del personaje de la mitología griega que voló con su padre con unas alas de fabricación casera. Ícaro, en su arrogancia, voló demasiado cerca del Sol, y la cera que sujetaba las plumas de sus alas al marco de madera se fundió. Las plumas cayeron e Ícaro se precipitó a su muerte.

Ícaro, en su afelio, está a una distancia de trescientos millones de kilómetros, bastante dentro del cinturón de asteroides. Su excentricidad (la medida del alargamiento de la órbita) es de 0,827, la mayor conocida en un asteroide.

Su inclinación es también muy grande, de 23 grados. No es muy descabellado suponer que Ícaro es un cometa muerto.

Más tarde, el 11 de octubre de 1983, el Satélite Astronómico Infrarrojo (IRAS) captó un asteroide con un movimiento aparente sobre las estrellas insólitamente rápido. (Este movimiento rápido demostró inmediatamente que estaba cerca de la Tierra y que era muy probablemente un objeto Apolo). El asteroide recibió primero el nombre de 1983 TB, según el sistema utilizado para identificar los asteroides observados. La observación del IRAS no dio mucha información sobre el asteroide, pero sí la suficiente para que lo pudieran seguir los telescopios ordinarios. Entonces se calculó su órbita. Puesto que fue el asteroide número tres mil doscientos con órbita determinada, podría llamarse «asteroide 3200». (Observemos que se han calculado tantas órbitas desde 1948 como en todos los años anteriores a ese año, lo cual debe atribuirse a la llegada de los ordenadores).

Lo notable en relación con el asteroide 3200 es que en el perihelio se acerca más al Sol que Ícaro. La distancia del perihelio del asteroide 3200 es de veintiún millones de kilómetros, sólo tres cuartas partes de la de Ícaro, menos de la mitad de la de Mercurio y una séptima parte de la de la Tierra. El asteroide recibió rápidamente el nombre de Faetón, un personaje de la mitología griega, hijo del dios Sol, que persuadió a su padre, Helios, para que le dejara tomar las riendas del carro solar durante un día. Los caballos del Sol, con las inexpertas manos de Faetón manejando las riendas, se desbocaron locamente por el cielo.

Para que no destruyeran la Tierra, Zeus fulminó con su rayo a Faetón. Está claro que Faetón se acercó al Sol más que Ícaro, tanto en el mito como en la astronomía.

En su afelio, «3200 Faetón», como debería llamarse ahora, está a 385 millones de kilómetros del Sol, bastante más lejos de lo que alcanza Ícaro. Puesto que el perihelio de Faetón es más próximo y su afelio más lejano que los correspondientes valores de Ícaro, es evidente que su órbita es todavía más alargada que la de Ícaro y su excentricidad superior. La excentricidad de Faetón es de 0,890, un nuevo récord para un asteroide. La inclinación de Faetón es de 22 grados, que puede compararse con los 23 grados de Ícaro. Faetón vuelve a pasar por el perihelio cada 1,43 años (522 días); en cambio, Ícaro lo hace cada 1,12 años (409 días).

Veamos pues: ¿es Faetón un cometa muerto?

Cuando se observó por primera vez a Faetón con un telescopio normal, estaba bastante lejos y alejándose. Los astrónomos esperaron su siguiente aproximación para comprobar si en estas condiciones más favorables podía observarse alguna fuga de vapor y de polvo. En diciembre de 1984 pasó cerca de la Tierra, sin que pudiera verse rastro de coma. De hecho, su aspecto era el de un asteroide rocoso, por lo que si se trataba de un cometa muerto debía de estar muy muerto.

¿Queda algún medio para establecer una distinción entre un cometa completamente muerto y un asteroide que no fue nunca un cometa? Por rara que parezca esta posibilidad, en cierto modo existe.

A medida que los cometas envejecen, el polvo que se libera dentro de la coma y de la cola continúa moviéndose alrededor del Sol en la órbita cometaria. Poco a poco, y debido a varios motivos, las partículas de polvo se distribuyen a lo largo de la órbita, aunque por lo menos durante un cierto tiempo se mantiene una concentración más densa de ellas en las proximidades del cometa, o en el lugar donde solía estar, si murió por evaporación total.

En algunas ocasiones, la Tierra intercepta en su órbita este enjambre de polvo y las partículas se calientan y se vaporizan en la atmósfera, formando rastros meteóricos con una frecuencia superior a la acostumbrada en una noche normal. De hecho, muy de vez en cuando la Tierra intercepta una concentración grande de estas partículas y el resultado parece la caída de una nevada luminosa (aunque ningún copo llega a alcanzar el suelo). Se produjo una lluvia importante de meteoros de este tipo en la parte oriental de Estados Unidos en la noche del 12 de noviembre de 1833, y este incidente inició el estudio serio de la meteorítica.

Hay un gran número de estas «corrientes de meteoros», como se llaman ahora. Se han calculado sus órbitas y se ha descubierto que tienen una naturaleza cometaria. A veces el cometa concreto relacionado con ellas está vivo y puede identificarse. Se ha encontrado una corriente de meteoros que sigue la órbita del desaparecido cometa Biela, y cuando sus partículas entran en la atmósfera de la Tierra, reciben el nombre apropiado de «biélidos».

Si un objeto Apolo es un cometa muerto, ¿podría suceder que una corriente de meteoros ocupara su órbita? Así parece, a no ser que el cometa esté muerto desde hace mucho, porque con el transcurso del tiempo las partículas de polvo acaban siendo recogidas por los planetas y satélites con que se encuentran o se dispersan por el espacio de algún modo u otro.

Resulta ser que la mayoría de objetos Apolo encontrados no van acompañados por corrientes de meteoros, aunque dos de ellos, 2101 Adonis y 2201 Olijato, tienen órbitas que por lo menos están próximas a las órbitas conocidas de estas corrientes.

Fred Whipple señaló, sin embargo, que la órbita de Faetón está muy próxima a la de una corriente de meteoros muy conocida, llamada «gemínidos». Las órbitas son casi tan idénticas que es difícil imaginar que se trate de una simple coincidencia. Por lo tanto, si algún objeto Apolo es de veras un cometa muerto, este objeto será Faetón.

Como con todos los objetos Apolo, se plantea también con Faetón la cuestión de saber si puede chocar algún día con la Tierra. Si esto sucediera, la catástrofe sería terrible, porque se calcula que Faetón tiene casi cinco kilómetros de diámetro. Por fortuna, Faetón corta la eclíptica en un punto situado muy al interior de la órbita de la Tierra, por lo que se mantiene a varios millones de kilómetros de distancia, incluso en su punto de máxima aproximación a la Tierra.

Sin embargo, las atracciones gravitatorias sobre Faetón de los distintos planetas se combinan para desplazar el punto de cruce con la eclíptica hacia distancias crecientes del Sol. Si esto continúa así, según algunos cálculos, dentro de doscientos cincuenta años las órbitas se cortarán realmente y habrá una pequeña posibilidad de que tanto la Tierra como Faetón lleguen simultáneamente al punto de intersección orbital antes de que este punto se desplace más hacia el exterior y las colisiones resulten de nuevo imposibles.

Por otra parte, a medida que Faetón efectúe aproximaciones mayores hacia la Tierra, la gravedad de ésta lo enviará hacia una nueva órbita menos peligrosa para nosotros. Una colisión real es muy improbable.

(Nota. La sonda Giotto estudió el cometa Halley varios meses después de haber escrito yo este ensayo. Los resultados apoyaron la idea de una envoltura de polvo. De hecho el cometa Halley ha resultado ser negro como el carbón, porque tiene una gruesa capa superficial de polvo).