14
No descubrimos qué había sido de Sumire. Tomando prestadas las palabras de Myû: se había desvanecido como el humo.
Dos días después, Myû volvió a la isla en el ferry de antes del mediodía. La acompañaba un miembro del cuerpo consular japonés y un oficial de la policía griega encargado de asuntos turísticos. Colaboraron con la policía local, se llevó a cabo una investigación a gran escala. En la prensa griega aparecieron grandes fotografías de Sumire, sacadas de su pasaporte, y se recabó información. Como resultado de ello, no pocas personas se pusieron en contacto con la policía o con los periódicos, pero, desgraciadamente, ninguna aportó pistas válidas. Casi toda la información hacía referencia a terceros.
También los padres de Sumire fueron a la isla. Aunque, cuando ellos llegaron, yo ya me había ido. El curso estaba a punto de empezar y, ante todo, a mí no me apetecía encontrarme allí con ellos. Los medios de comunicación japoneses, por otro lado, recogieron el suceso de la prensa griega y se pusieron en contacto con el consulado japonés y con la policía local. Le anuncié a Myû que debía regresar a Tokio. Permanecer más tiempo en la isla ya no ayudaría en nada a encontrar a Sumire.
Myû asintió.
—Que hayas estado aquí —dijo— ha representado para mí una gran ayuda. Te lo digo de corazón. Si no hubieras venido, me habría hundido hace tiempo. Pero ahora ya está. A los padres de Sumire se lo explicaré lo mejor que pueda. De los medios de comunicación también puedo encargarme yo. Así que ahora ya no tienes por qué preocuparte. Tampoco tenías, de buen principio, ninguna responsabilidad en el asunto. Cuando hace falta, puedo ser muy fuerte. Además, estoy acostumbrada a despachar trámites y asuntos prácticos.
Me acompañó hasta el puerto. Volví a Rodas en el ferry de la tarde. Hacía diez días que Sumire había desaparecido. Al final, Myû me abrazó. Fue un abrazo espontáneo. Durante largo tiempo, en silencio, mantuvo los brazos alrededor de mi espalda. Bajo el cálido sol de la tarde, sentí su piel extrañamente fría. A través de las palmas de las manos, Myû intentaba comunicarme algo. Pude sentirlo. Cerré los ojos y agucé el oído. Pero no era algo que pudiera traducirse en palabras. Tal vez fuese algo que no debía formularse con palabras. Myû y yo, sumidos en el silencio, intercambiamos varias cosas.
—Cuídate —dijo Myû.
—Y tú también —dije yo.
Luego, Myû y yo permanecimos en silencio ante el embarcadero del ferry.
—Quiero que me respondas con sinceridad —me abordó Myû con tono grave cuando me disponía a embarcar—. ¿Crees que Sumire ya no está viva?
Negué con un movimiento de cabeza.
—No tengo ninguna prueba concreta, pero me da la impresión de que Sumire está en alguna parte, viva. Ni siquiera ahora, tanto tiempo después, siento realmente que haya muerto.
Myû cruzó sus bronceados brazos y me miró.
—A decir verdad, yo tampoco. Siento lo mismo que tú. Que Sumire no está muerta. Pero, al mismo tiempo, tengo el presentimiento de que no volveré a verla jamás. Claro que yo tampoco dispongo de pruebas concretas.
No dije nada. El silencio que nos unía llenaba diversos resquicios vacíos. Las diferentes aves marinas cruzaban chillando el cielo sin nubes, y en el café el camarero de siempre servía bebidas con cara somnolienta.
Myû reflexionó unos instantes con los labios firmemente apretados. Luego dijo:
—¿No me odias?
—¿Porque Sumire haya desaparecido?
—Sí.
—¿Y por qué habría de odiarte?
—No lo sé. —En su voz se traslucía una especie de cansancio contenido durante largo tiempo—. Tengo la impresión de que no es sólo a Sumire a quien no volveré a ver. Que tampoco te veré a ti jamás. Por eso te lo pregunto.
—Claro que no te odio —respondí.
—Pero, en el futuro, vete a saber, ¿no es así?
—Yo no odio de ese modo a la gente.
Myû se quitó el sombrero, se arregló el flequillo, se lo volvió a poner. Me miró con ojos deslumbrados.
—Eso seguro que es porque no esperas nada de nadie —dijo. Sus ojos eran profundos y límpidos como las tinieblas del anochecer en que nos habíamos conocido—. No es mi caso. Pero tú a mí me gustas. Mucho.
Y nos separamos. Myû permaneció de pie en el extremo del malecón, despidiéndome, mientras el barco retrocedía, enfilaba con la popa la salida del puerto y, luego, lentamente, levantando espuma con las hélices, iba virando en redondo, como si se retorciera. La figura de Myû, de pie en el pequeño puerto de aquella isla griega, con su vestido blanco ceñido y sujetándose de vez en cuando el sombrero para que no se lo llevara el viento, era tan efímera y adecuada que no parecía real. Apoyado en cubierta, no pude apartar los ojos de ella. Por un instante, el tiempo se detuvo y esa imagen quedó impresa, con toda nitidez y para siempre, en las paredes de mi memoria.
Sin embargo, cuando el tiempo reanudó su marcha, la imagen de Myû se fue empequeñeciendo poco a poco, se convirtió en un punto borroso y, al fin, se fundió en la calina. La ciudad se fue alejando, las siluetas de las montañas se desdibujaron y, al fin, la isla entera desapareció como si se fundiera en el halo de luz. Aparecieron otras islas y, también ellas, de igual forma, desaparecieron. Poco después, tuve la sensación de que nada de lo que dejaba atrás había existido nunca.
Quizá debería haberme quedado con Myû. Lo pensé. ¡Qué importaba el nuevo curso! Debería haber permanecido en la isla, alentar a Myû, hacer todo lo posible para encontrar a Sumire y, de suceder algo malo, estrecharla fuertemente entre mis brazos. Creo que Myû me necesitaba y yo, en algún sentido, también la necesitaba a ella.
Myû había cautivado mi corazón con una fuerza extraña.
Lo descubrí mientras, desde cubierta, miraba cómo su silueta desaparecía en la distancia. Quizás a aquello no pudiera llamársele amor, pero sí era algo parecido. Sentía cómo innumerables hilos se me enrollaban, apretando, alrededor del cuerpo. Incapaz de sosegarme, me senté en un banco de cubierta, apoyé la bolsa de plástico del gimnasio sobre las rodillas y me quedé contemplando indefinidamente la blanca y recta estela que el barco dejaba tras de sí. Unas gaviotas seguían el ferry como si se aferraran a él. El tacto de la pequeña palma de la mano de Myû permanecería en mi espalda para siempre como la sombra de un espíritu.
Pensaba volver directamente a Tokio, pero la reserva del avión que había hecho el día anterior quedó cancelada y tuve que pasar una noche en Atenas. Subí al pequeño autobús que la compañía aérea puso a nuestra disposición para llevarnos a un hotel de la ciudad. Se trataba de un hotelito muy simpático, cerca de Plaka, aunque, atestado como estaba de turistas alemanes en un viaje organizado, era terriblemente ruidoso. No tenía nada especial que hacer, así que paseé por la ciudad, compré algunos souvenirs no destinados a nadie en particular y, al atardecer, subí solo a la Acrópolis. Me tumbé sobre una roca plana y, mientras el viento soplaba sobre mí, contemplé los blancos templos que se dibujaban de forma vaga en la azulada penumbra. Una escena bellísima, de ensueño.
Pero yo sólo sentía una soledad profunda, indescriptible. Sin darme cuenta, el mundo que me rodeaba había perdido definitivamente sus colores. Desde aquella cima mísera de ruinas vacías de sentimientos pude vislumbrar mi propia vida extendiéndose hasta un futuro remoto. Se asemejaba a las desoladas escenas de planetas deshabitados que aparecían en las ilustraciones de las novelas de ciencia ficción que leía de pequeño. No había ninguna señal de vida. Los días eran todos terriblemente largos, la temperatura de la atmósfera era o tórrida o gélida. El vehículo que me había llevado hasta allí había desaparecido sin que yo me diera cuenta. No podía ir a ninguna otra parte. Lo único que podía hacer era ir sobreviviendo en aquel lugar valiéndome de mis propias fuerzas.
Comprendí de nuevo lo importante, lo irreemplazable que era Sumire para mí. De una manera que sólo ella conocía lograba mantenerme ligado a este mundo. Cuando la veía y hablaba con ella, cuando leía sus textos, mi mente se expandía en silencio y era capaz de vislumbrar escenas que jamás había visto. Ella y yo podíamos unir nuestros corazones. Sumire y yo habíamos abierto nuestros corazones y nos los habíamos mostrado, el uno al otro, igual que una pareja joven se desnuda y se muestra sus cuerpos. Eso era algo que no había experimentado jamás en ningún otro lugar ni con ninguna otra persona y, para no malograr este sentimiento —aunque jamás lo habíamos formulado con palabras—, lo tratábamos con un cuidado exquisito.
No compartir el placer físico con ella fue para mí, no hace falta decirlo, algo muy amargo. De haber sido posible, ambos habríamos sido, sin duda, más felices. Pero eso sobrepasaba mis fuerzas, era algo como el flujo y reflujo de las mareas o el cambio de las estaciones, algo que yo no podía alterar. En este sentido, tal vez estuviésemos destinados a no ir a ninguna parte. Por más sensata, serena y reflexiva que fuese la manera en que Sumire y yo salvaguardáramos nuestra sutil relación de amistad, ésta no podía continuar para siempre. No teníamos más que un callejón sin salida que alargábamos tanto como podíamos. Y eso era evidente.
Pero yo amaba a Sumire más que a nadie en este mundo, la necesitaba. Por más que este sentimiento no me condujera a ninguna parte, no podía dejarlo así como así. Era algo que escapaba a la comprensión.
Además, soñaba con que se produjera un «gran cambio repentino». Por remota que fuera esa posibilidad, yo tenía todo el derecho del mundo a soñar. Claro que, por supuesto, ese cambio no se produjo jamás.
Al perder a Sumire, muchas cosas murieron en mi interior. De la misma forma que desaparecen muchas cosas de la playa cuando se retira la marea. Lo único que me ha quedado es un mundo deforme y vacío. Un mundo frío y tenebroso. Las cosas que surgieron entre Sumire y yo jamás podrán renacer en ese nuevo mundo. Soy consciente de ello.
En la vida de las personas hay una cosa especial que sólo puede tenerse en una época especial. Es como una pequeña llama. Las personas precavidas y con suerte la preservan con todo cuidado, la hacen crecer, la llevan como una antorcha que ilumine sus vidas. Pero, una vez se pierde, esa llama no puede volver a recuperarse jamás. Yo no sólo he perdido a Sumire. Junto con ella también he perdido esa preciada llama.
Pensé en el «otro lado». Quizá Sumire esté allí y quizá también la parte perdida de Myû. Su otra mitad, de pelo negro y vivo deseo sexual. Quizás ellas se encuentren allí, y se amen. «Hacemos cosas que no se pueden traducir en palabras», me diría tal vez Sumire. (Aunque, al fin y al cabo, ella me lo diría a mí con palabras).
¿Habrá allí algún lugar para mí? ¿Podría estar allí con ellas? Mientras se amaran apasionadamente, quizás yo, en un rincón de alguna habitación, mataría el tiempo leyendo las obras completas de Balzac. Luego daría un largo paseo con una Sumire recién duchada y ambos hablaríamos de mil cosas (claro que la voz cantante la llevaría ella, como de costumbre). ¿Era posible mantener eternamente una relación como ésa? ¿Era natural? «Claro», diría Sumire. «Eso ni siquiera tienes que preguntarlo. ¡Pero si tú eres mi único amigo de verdad!».
Pero yo no sabía cómo llegar a aquel mundo. Acaricié la lisa y dura superficie de una roca de la Acrópolis y pensé en lo que encerraba, pensé en la larga historia que se había infiltrado en ella. Yo, como ser humano, estaba confinado, lo quisiera o no, en el interior de aquel flujo intermitente del tiempo. No podía salir de él. No, no es cierto. En realidad, yo realmente no quería escapar.
Mañana tomaré un avión y volveré a Tokio. Pronto acabarán las vacaciones de verano y pisaré de nuevo la interminable senda de la costumbre. Allí sí hay un sitio para mí. Está mi apartamento, está mi mesa, está mi aula, están mis alumnos. Una sucesión de días tranquilos, de novelas por leer, algún amorío de tarde en tarde.
Con todo, jamás volveré a ser el mismo. A partir de mañana seré una persona distinta. Pero nadie de los que me rodean se dará cuenta de que he vuelto a Japón transformado en otro. Porque exteriormente nada habrá cambiado. No obstante, algo dentro de mí ha quedado reducido a cenizas, ha desaparecido. Ha corrido la sangre. Dentro de mí, alguien, algo, se irá. Con la mirada baja, sin una palabra. La puerta se abrirá, la puerta se cerrará. La luz se apagará. Para mí, tal como soy ahora, hoy es mi último día. Éste es mi último atardecer. Cuando amanezca, yo, tal como soy ahora, ya no estaré aquí. Una persona distinta habrá ocupado mi cuerpo.
¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.