Dos

14 de agosto de 2005 - Isla de Kauai (Hawái)

¿Cómo se convierte alguien en un novelista que corre?

Domingo, 14 de agosto. Por la mañana, corro una hora y cuarto mientras escucho en el minidisc música de Carla Thomas y Otis Redding. Por la tarde nado mil trescientos metros en la piscina del gimnasio y, al anochecer, me voy a bañar a la playa. Después, en el restaurante Dolphin, que está a la entrada de la ciudad de Hanalei, me tomo una cerveza y como pescado. Un pescado blanco que se llama walu. Me lo preparan a la brasa y le pongo salsa de soja. La guarnición es kebab vegetal. Me traen también una ensalada grande.

Desde comienzos de agosto hasta hoy, he corrido ciento cincuenta kilómetros justos.

Hace ya mucho tiempo que empecé a correr cada día. Para ser exactos, fue en otoño de 1982. Yo tenía entonces treinta y tres años.

Hasta un poco antes, regentaba algo parecido a un club de jazz cerca de la estación de Sendagaya, en Tokio. Nada más graduarme en la universidad (o, mejor dicho, cuando aún estaba en ella, porque entonces andaba muy liado con mis trabajillos temporales y todavía me faltaban algunos créditos para graduarme), abrí un local al lado de la puerta sur de la estación de Kokubunji y, tras llevarlo durante unos tres años, tuve que trasladarme al centro porque iban a reformar el edificio en el que se hallaba. No era en absoluto un local grande, pero tampoco era tan pequeño. Lo justo para que cupieran un piano de cola y un quinteto. Durante el día servíamos cafés y por las noches se transformaba en bar. También servíamos alguna cosilla de comer y, los fines de semana, programábamos alguna actuación en vivo. Como en aquella época este tipo de establecimientos todavía eran inusuales, acudían clientes y el negocio iba tirando.

Mucha gente de mi entorno, que consideraba imposible que un ignorante como yo tuviera talento para los negocios, pronosticaba que un negocio tipo hobby como ése nunca funcionaría, pero sus predicciones fallaron estrepitosamente. Para ser honestos, tampoco me considero especialmente dotado para los negocios. Fue sólo que, si fracasaba, ya no habría un después, de modo que tuve que dejarme la piel. Mis únicos puntos fuertes, antes como ahora, han sido siempre la diligencia, el aguante y la fuerza física. Si habláramos de caballos, estaría más cerca de un percherón que de uno de carreras. Soy hijo de oficinista, así que no sabía mucho de negocios, pero mi mujer sí que nació en una familia de comerciantes, y esa especie de intuición natural que ella tiene me ayudó bastante. Y es que, por muy buen percherón que sea, seguro que no habría podido hacerlo yo solo.

El trabajo en sí era bastante duro. Trabajaba hasta quedar reventado desde por la mañana hasta bien entrada la noche. Hubo ocasiones en que las pasé verdaderamente canutas, otras en las que tuve que devanarme los sesos en busca de soluciones y, también, muchas otras en las que salí muy decepcionado. Pero, volcado en cuerpo y alma en el trabajo, poco a poco fui contratando a gente y me fueron saliendo las cuentas. Y, a punto de cumplir los treinta años, por fin pude respirar aliviado. Como había pedido prestado todo el dinero posible y en todos los sitios posibles, cuando vi que las deudas ya no podían ahogarme sentí por fin que había culminado una etapa. Hasta entonces todo se resumía en intentar subsistir y sacar la cabeza a la superficie, sin poder pensar en prácticamente nada más. Al superar por fin una de esas escarpadas pendientes que hay en la vida y conseguir salir un poco a campo abierto, surgió cierta confianza en mí mismo que me decía que, si había logrado llegar hasta allí, aunque en adelante me topara con alguna que otra dificultad, sería capaz de capearla. Respiré profundamente, miré lentamente a mi alrededor, volví la vista hacia el camino que había recorrido y pensé en la siguiente etapa que debía acometer. La treintena estaba ya ante mis ojos. Me aproximaba a una edad en la que ya no se puede decir que uno sea joven. Fue entonces cuando decidí (y lo cierto es que no lo tenía previsto) escribir una novela.

Puedo especificar el día y la hora en que tomé esa decisión. Fue aproximadamente a la una y media de la tarde del 1 de abril de 1978. Ese día estaba solo en la grada exterior del estadio Jingu viendo un partido de béisbol mientras tomaba una cerveza. El estadio Jingu quedaba muy cerca del apartamento en que yo vivía, tanto que podía ir a pie, y en aquella época yo era un ferviente seguidor de los Yakult Swallows. Hacía un espléndido día de primavera al que no se le podía poner ni un pero. No había ni una nube y soplaba un viento cálido. En aquella época, en la grada exterior del estadio Jingu no había asientos, sólo la hierba que se extendía a lo largo de toda la pendiente. Miraba tranquilamente el partido tumbado en la hierba, dando sorbos a mi cerveza fría y alzando de vez en cuando la mirada para contemplar el cielo. Como de costumbre, no había demasiados espectadores. Era el partido de apertura de la temporada, y los Yakult recibían en su estadio a los Hiroshima Carp. Recuerdo que el pitcher de los Yakult era Yasuda, un lanzador regordete y de baja estatura que lanzaba con un efecto endiablado. Superó con facilidad la primera entrada dejando a cero el ataque del Hiroshima. En el turno de bateo de los Yakult, el primer bateador, Dave Hilton, un joven outfielder recién llegado de Estados Unidos, golpeó la bola hacia la línea exterior izquierda. El agudo sonido del bate impactando de lleno en aquella bola rápida resonó en todo el estadio. Hilton superó ágilmente la primera base y alcanzó con facilidad la segunda. En ese preciso instante me dije: «Ya está, voy a probar a escribir una novela». Todavía recuerdo con nitidez el cielo completamente despejado, el tacto de la hierba fresca que acababa de reverdecer y el agradable sonido del bate. En ese momento, algo cayó suave y silenciosamente desde el cielo y yo, sin duda, lo recibí.

No ambicionaba convertirme en novelista, ni nada parecido. Simplemente, quería escribir una novela, sin mayores pretensiones. No tenía ninguna idea concreta sobre qué podría escribir, pero sentí que, en ese momento, sería capaz de escribir algo con cierta enjundia. Al volver a casa, me senté frente a la mesa y me dispuse a intentar escribir algo, pero —hasta ese momento no había caído en la cuenta— resultó que no tenía ni una sola estilográfica decente. Así que fui a la librería Kinokuniya de Shinjuku y me compré un paquete de folios con cuadrícula y una pluma Sailor de unos mil yenes. Fue una inversión de capital muy modesta.

Eso fue en primavera, y para otoño ya había terminado de escribir una obra de unas doscientas páginas, de unos cuatrocientos caracteres por página. Cuando puse el punto final, me sentí muy bien. Como no sabía a ciencia cierta qué hacer con mi obra recién terminada, una especie de ímpetu me llevó a enviarla a un concurso para escritores noveles que convocaba una revista literaria. Ni siquiera me guardé una copia, por lo que deduzco que no me importaba mucho que, en caso de no pasar la selección, el original acabara perdido en alguna parte. Era la obra que actualmente está publicada con el título Oíd cantar al viento. Y es que a mí, más que si mi obra llegaba o no a ver la luz, lo que me interesaba era el hecho de concluirla.

Aquel otoño, los Yakult Swallows, que perdían año tras año, obtuvieron la victoria en la liga de la zona central, pasaron a las series nacionales y consiguieron el título absoluto tras derrotar a los Hankyu Braves. En varias ocasiones acudí lleno de ilusión al estadio Kôrakuen[*], donde se celebraban los partidos de las series nacionales (como ni la propia sociedad deportiva Yakult confiaba en su victoria, había cedido los derechos de uso de su estadio, el Jingu, a la liga universitaria). Por eso los recuerdos de ese otoño permanecen tan frescos en mi memoria. Fue un otoño particularmente hermoso y en el que hizo un tiempo espléndido. El cielo, de tan alto y tan claro, parecía que iba a salirse de la bóveda, y las hileras de ginkgos de la Pinacoteca de Meiji lanzaban destellos dorados más nítidos que nunca. Era mi último otoño antes de entrar en la treintena.

Cuando, a principios de la primavera del siguiente año, recibí una llamada telefónica de la redacción de la revista Gunzo en la que me informaban de que mi obra había resultado seleccionada para la fase final, me había olvidado por completo de que la había enviado a un concurso. Y es que mi vida cotidiana era demasiado ajetreada. Por eso, cuando recibí la sorpresiva noticia, al principio no entendía bien de qué me estaban hablando. La sensación fue algo así como un «¿Eeeh?». El caso es que esa obra acabó alzándose con el premio y, en verano, se publicó como volumen independiente. El libro no tuvo una mala acogida. De modo que yo, a mis treinta años, sin saber muy bien qué ocurría y sin haberlo buscado, había efectuado ya mi debut como escritor novel. Estaba sorprendido, pero supongo que la gente a mi alrededor lo estaba aún más.

Tras ello escribí, sin dejar de llevar el bar, mi segunda obra, Pinball 1973, una novela larga que no lo era tanto y, en las pausas, además, escribí varias novelas cortas, e incluso traduje algún relato de Scott Fitzgerald. Oíd cantar al viento y Pinball 1973 fueron candidatas al Premio Akutagawa y de ambas se decía que eran serias aspirantes al triunfo, pero, al final, no lo lograron. Sin embargo a mí, para ser honesto, eso me resultaba indiferente. Y es que, si hubiera ganado el premio, seguramente se habrían sucedido las entrevistas y los encargos para que escribiera más cosas, lo que sin duda habría interferido en el negocio del bar, que era lo que me preocupaba.

Durante cerca de tres años, mi vida consistió en dirigir el negocio (llevar las cuentas, comprobar las existencias, ajustar los horarios de los empleados, etc.), pasar yo mismo a la barra a preparar cócteles y comidas, cerrar el establecimiento bien entrada la noche y, de regreso a casa, sentarme frente a la mesa y escribir hasta quedarme dormido. Tenía la impresión de estar viviendo el doble de vida que una persona normal. Por supuesto, era físicamente muy duro y, por el hecho de simultanear la escritura con un negocio abierto al público, tuve que hacer frente a muy diversas preocupaciones. En el negocio de la hostelería uno no puede elegir a su antojo a los clientes. Venga quien venga (a no ser que sea verdaderamente impresentable), hay que acogerlo con una sonrisa, una inclinación de cabeza y unas palabras de bienvenida. Por fortuna, tuve ocasión de conocer a mucha gente curiosa y viví experiencias inimaginables. En aquella época fui aprendiendo y absorbiendo, con humildad y con ganas, un montón de cosas. En líneas generales, creo que disfrutaba esa nueva vida y de los nuevos estímulos que me proporcionaba.

Pero el deseo de escribir una novela de mayor calado me perseguía. Escribí mis dos primeras novelas, Oíd cantar al viento y Pinball 1973, para disfrutar del hecho de escribir, pero había ciertos aspectos que no terminaban de convencerme. En cuanto encontraba un hueco en el trabajo, fuera una hora o treinta minutos, me enfrentaba al papel y, cansado como estaba, hacía correr por él la pluma como si compitiera contra el tiempo, así que me costaba mucho concentrarme. Trabajando de aquella forma tan desordenada, aunque consiguiera escribir algo en cierta medida interesante o novedoso, no era capaz de escribir una novela profunda, algo con auténtica enjundia. Pensaba: «Ya que se me ha dado la oportunidad de poder ser novelista (y no hace falta decir que no todo el mundo tiene esa suerte), me gustaría echar el resto y escribir una novela, aunque sólo fuera una, que me dejara de veras satisfecho». Era natural que surgiera en mí ese deseo. También pensaba que era capaz de escribir una obra de mayor calado. Así que, tras meditarlo bien, decidí cerrar temporalmente el negocio y dedicarme durante una temporada a escribir. En aquel entonces mis ingresos del bar eran mayores que los que obtenía como novelista, pero no me quedó más remedio que renunciar por completo a ellos.

Las personas de mi entorno se opusieron, en su mayoría, a mi decisión. O albergaban serias dudas acerca de ella. Me aconsejaban que, ahora que el negocio iba bien, cediera su administración a otro mientras yo me dedicaba a escribir, si eso era lo que me apetecía. Creo que, a los ojos de la sociedad, aquello hubiera sido lo correcto. Al parecer, no creían que lograra sobrevivir como novelista. Pero no pude seguir su consejo. Debido a mi carácter, cuando proyecto hacer algo, sea lo que sea, no me quedo satisfecho si no me involucro al cien por cien. Yo habría sido absolutamente incapaz de hacer una jugada tan buena como la de confiarle mi negocio al primero que pasara mientras yo me iba a escribir a otra parte. Si me ponía a ello con toda mi alma y, aun así, no funcionaba, acabaría por resignarme. Pero, si fracasaba por haberlo intentado sólo a medias, iba a lamentarlo el resto de mis días.

Así que hice caso omiso de las opiniones en contra, traspasé el negocio íntegramente y, aunque no sin ciertas dudas, decidí vivir colgándome el cartel de «novelista». Le dije a mi mujer: «Me gustaría que me dieras un par de años de libertad. Si sale mal, siempre podríamos abrir otro pequeño bar en alguna parte, ¿no? Total, aún somos jóvenes, así que podríamos empezar de nuevo…». «De acuerdo», dijo ella. En ese momento todavía teníamos bastantes deudas, pero bueno, ya nos las apañaríamos. Corría el año 1981. Y yo iba a intentar darlo todo.

Así, con tranquilidad, empecé a escribir una novela larga y, en otoño de aquel año, viajé por Hokkaido durante más o menos una semana para recopilar información. Para abril del año siguiente, había terminado La caza del carnero salvaje. Definitivamente, ya no había vuelta atrás, así que volqué en ella todas mis fuerzas. Tengo incluso la impresión de que movilicé hasta las que no tenía. Era una obra mucho más extensa, de un perfil más amplio y más contundente desde el punto de vista narrativo que Oíd cantar al viento o Pinball 1973.

Cuando la escribí, sentí que había encontrado mi propio estilo como novelista. Además, experimenté plenamente, con todo mi ser, lo maravilloso (y lo duro) que era poder sentarme ante la mesa todas las horas que quería, sin preocuparme del tiempo, y escribir cada día con concentración. Tuve la sensación de que en mi interior yacía algo parecido a un filón sin explotar y nació en mí la esperanza de que, de esa forma, podría seguir adelante como novelista. Con ello, lo de «abrir otro pequeño bar en alguna parte» fue una posibilidad que finalmente no llegó a realizarse. Aunque, a veces, también ahora, brote en mí el deseo de volver a abrir un pequeño y agradable bar en algún sitio.

Recuerdo que, en la redacción de la revista Gunzo, que entonces buscaba la denominada «literatura mainstream», La caza del carnero salvaje no gustó nada, por lo que la acogieron con bastante frialdad. Parece ser que lo que yo entendía entonces (no sé ahora) por una novela, era algo bastante heterodoxo. Pero los lectores sí le dispensaron una acogida calurosa, y eso era lo que de veras me hacía feliz a mí. En mi opinión, esta obra supuso mi punto sustancial de partida como novelista. Creo que si hubiera seguido escribiendo obras de tipo más intuitivo, como Oíd cantar al viento o Pinball 1973, seguramente, antes o después, me habría atascado y no habría podido continuar.

El primer problema serio al que tuve que enfrentarme nada más convertirme en novelista fue el del mantenimiento de mi condición física. Soy de los que, en cuanto se dejan un poco, empiezan a engordar. Como hasta entonces había estado desempeñando a diario un trabajo físico bastante duro, había conseguido estabilizar mi peso y mantenerlo en valores bajos, pero, en cuanto cambié de hábitos y me pasaba el día sentado ante la mesa, empecé a perder la forma física y a ganar peso. Y, para concentrarme, sin querer acababa también fumando demasiado. En esa época me fumaba sesenta pitillos al día. Los dedos me amarilleaban y todo el cuerpo me apestaba a tabaco. Y eso, se mirara como se mirase, no podía ser bueno para la salud. Si en adelante quería llevar una larga vida como novelista, tenía que encontrar un medio adecuado de mantener mi peso y mi fuerza física.

Creo que fue poco después de terminar La caza del carnero salvaje cuando empecé a correr en serio todos los días. Puede que fuera más o menos la época en la que decidí seguir como escritor profesional.

Correr tenía algunas grandes ventajas. Para empezar, no hacen falta compañeros ni contrincantes. Tampoco se necesita equipamiento o enseres especiales. Ni hay que ir a ningún sitio especial. Con un calzado adecuado y un camino que cumpla unas mínimas condiciones, uno puede correr cuando y cuanto le apetezca. Eso con el tenis no es posible. Hay que desplazarse cada vez hasta una pista y se precisa un compañero. La natación se puede practicar solo, pero hay que encontrar una piscina adecuada. Tras cerrar el local me trasladé, en parte también porque pretendía cambiar de vida, a la localidad de Narashino, en la prefectura de Chiba. Por entonces aquello era el campo profundo y en mi vecindario no había nada parecido a unas instalaciones deportivas. Pero sí disponía de una carretera como Dios manda. Como había cerca una base de las Fuerzas de Autodefensa, la carretera estaba bien preparada para el tránsito de vehículos. Además, por fortuna, las pistas de la Universidad Nihon Daigaku también caían cerca de mi casa, así que, si era a primera hora de la mañana, podía usar libremente (o, mejor dicho, sin autorización) la pista de cuatrocientos metros. De ahí que yo eligiera como especialidad deportiva, sin apenas titubear —aunque tal vez debería decir «sin el menor titubeo»— el footing.

Al poco dejé el tabaco. Si te pones a correr a diario, dejar el tabaco es una consecuencia natural. Por supuesto, me costó mucho abandonar ese hábito, pero correr a diario y fumar eran incompatibles. Creo que el deseo, tan natural, de querer correr cada vez más me motivó a la hora de aguantar sin fumar y me fue de gran ayuda a la hora de superar el síndrome de abstinencia. Dejar de fumar fue una especie de símbolo de la ruptura con mi vida anterior.

A mí, en principio, lo de correr distancias largas no me disgustaba. De pequeño, no me gustaba la clase de gimnasia, y de las competiciones deportivas y demás quedé también bastante harto. Pero ello se debía a que ese tipo de ejercicio físico era del que te venía impuesto desde arriba con un «¡venga, hazlo!». Nunca he podido soportar que me obliguen a hacer lo que no quiero y cuando no quiero. En cambio, si me permiten hacer lo que quiero, cuando quiero y del modo que quiero, lo hago con un empeño superior a la media. Como ni mi motricidad ni mis reflejos son especialmente buenos, los deportes de desarrollo explosivo no se me daban bien, pero correr o nadar largas distancias sí casaban con mi naturaleza. Hasta cierto punto, yo también era consciente de ello. Y precisamente por eso creo que pude incorporar a mi vida, con relativa facilidad y sin demasiadas molestias, el hecho de correr.

No tiene que ver con correr, pero si se me permite que me desvíe un poco del tema, diré que, en mi caso, lo mismo podría decirse respecto al estudio. En general, desde primaria hasta la universidad y salvo muy contadas excepciones, nunca llegué a sentir interés por esos estudios que te obligaban a efectuar allí. Convenciéndome a mí mismo de que aquello eran cosas que había que hacer, fui tirando más o menos y conseguí llegar hasta la universidad, pero no hubo prácticamente ni una sola vez en que el estudio me resultara atractivo. Así pues, no sacaba unas notas tan nefastas que diera miedo verlas, pero tampoco recuerdo nada digno de loa, como haber quedado el primero en algo o que me elogiaran por mis buenas notas. Empecé a experimentar interés por el estudio cuando, tras superar como pude el sistema educativo establecido, me convertí en lo que llaman un «miembro hecho y derecho de la sociedad». Comprendí que, si investigaba en los ámbitos que me interesaban a mi ritmo y a mi gusto, asimilaba técnicas y conocimientos de un modo extremadamente eficaz. Es lo que me ocurrió, por ejemplo, con las técnicas de traducción, que fui aprendiendo una por una, a mi estilo y por mi cuenta y riesgo. Así, acumulando ensayos y errores, tardaba mucho tiempo hasta que tomaban forma, pero lo que aprendía lo hacía mío para siempre.

Lo que más feliz me hizo al convertirme en novelista fue poder levantarme y acostarme temprano. Cuando llevaba el negocio del bar, con frecuencia me iba a la cama poco antes del amanecer. Cerraba a las doce, lo recogía todo, sumaba las notas de los pedidos que habían hecho los clientes y, para aliviar la tensión, charlaba de cosas intrascendentes y bebía algo de alcohol. Haciendo este tipo de cosas, enseguida te dan las tres de la madrugada. Y eso es como decir que ya no falta mucho para que se haga de día. Muchas veces, sentado yo solo frente a la mesa de la cocina mientras escribía, pude contemplar como el cielo clareaba poco a poco por levante. Y, naturalmente, cuando me despertaba, el sol estaba ya en lo alto.

Cuando dejé el negocio y comencé mi vida como novelista, lo primero que hicimos (me refiero a mi esposa y a mí) fue modificar nuestro modo de vida. Decidimos despertarnos con la salida del sol y acostarnos lo antes posible cuando oscureciera. Eso era lo que considerábamos una vida natural. Una vida de gente decente. Como ya habíamos dejado la hostelería, podíamos vernos sólo con las personas a las que quisiéramos ver y hacer todo lo posible por no vernos con las que no. Sentíamos que, al menos durante un tiempo, podíamos permitirnos ese pequeño lujo. Sonará repetitivo, pero a mí, por naturaleza, no se me dan bien las relaciones sociales. Tenía la necesidad de retornar a mi forma de ser originaria.

Dimos un fuerte golpe de timón para virar en redondo desde nuestros siete años de vida de «apertura» hacia una vida de «cierre». Creo que esa etapa de «apertura» constituyó una buena experiencia. Si lo pienso, comprendo que aprendí muchas cosas importantes. Esa época fue para mí algo así como la educación general básica de la vida, mi verdadera escuela. Pero no podía continuar eternamente con ese tipo de vida. Y es que la escuela es un lugar en el que se entra, se aprende algo y se sale.

De este modo iniciamos una vida sencilla y regular en la que nos levantábamos antes de las cinco de la mañana y nos acostábamos antes de las diez de la noche. La franja horaria del día en la que uno rinde más depende, por supuesto, de cada persona, pero, en mi caso, es la de las primeras horas de la mañana. En ellas concentro mi energía y consigo terminar las tareas más importantes. En las demás horas hago deporte, despacho las tareas cotidianas y ventilo los asuntos que no precisan de demasiada concentración. Al ponerse el sol, ya no trabajo. Leo libros, escucho música, me relajo y me acuesto lo antes posible. Hasta hoy, mis días han seguido más o menos ese patrón. Y creo que, afortunadamente, en estos veinte años he desarrollado mi trabajo con bastante eficiencia. Ahora bien, si se lleva esta clase de vida, cosas como las salidas nocturnas desaparecen casi por completo y las relaciones sociales sin duda también se van resintiendo. Alguno incluso se ofende. Porque si te invitan a ir a algún sitio o te proponen hacer algo, entonces hay que declinar la invitación.

Es sólo mi opinión, pero, en la vida, a excepción de esa época en la que se es realmente joven, deben establecerse prioridades. Hay que repartir ordenadamente el tiempo y las energías. Si, antes de llegar a cierta edad, no dejas bien instalado en tu interior un sistema como ése, la vida acaba volviéndose monótona y carente de eje. Yo quería dar prioridad al establecimiento de una vida tranquila, en la que pudiera dedicarme a escribir novelas, antes que a las relaciones sociales concretas con la gente de mi entorno. La relación más importante en mi vida debía entablarla, más que con alguien determinado, con una pluralidad indeterminada de lectores. Si estabilizaba mi vida, preparaba un entorno en el que pudiera concentrarme en la escritura e iba produciendo obras de cierta calidad, sin duda muchos lectores lo agradecerían. ¿Acaso no era ésa mi obligación como novelista y mi principal prioridad? Aún hoy en día sigo pensando así. Yo no veo directamente el rostro de los lectores, y entre ellos y yo se entabla, en cierto sentido, una relación humana conceptual. Pero yo siempre he considerado crucial establecer esa relación «ideal», conceptual, no perceptible a través de la vista.

No puedo poner buena cara a todo el mundo. Dicho lisa y llanamente, eso es lo que pasa.

Cuando llevaba mi negocio, seguía más o menos la misma política. A mi local acudían muchos clientes. Si conseguía que uno de cada diez pensara: «Este sitio está bastante bien, me ha gustado, volveré», ya me daba por satisfecho. Con que uno de cada diez quisiera volver, el negocio no peligraba. O, dicho a la inversa, no me importaba especialmente que a nueve de cada diez personas no les gustara el bar. Si lo consideraba así, me tranquilizaba. Ahora bien, era imprescindible que a ese «uno de cada diez» le encantara el local. Y, para eso, el dueño tenía que enarbolar como estandartes una postura clara y una filosofía, perseverar en ellas y mantenerlas contra viento y marea. Eso aprendí llevando aquel local.

Tras La caza del carnero salvaje, seguí escribiendo novelas. Con cada obra aumentaba el número de lectores. Lo que más feliz me hacía era saber que había muchos entusiastas de mis obras. Es decir, que esos «uno de cada diez» que habían repetido, se habían convertido en lectores fieles. Unos lectores (en su mayoría jóvenes) que esperaban pacientemente mi siguiente obra y, cuando por fin aparecía, la compraban y la leían. Eso se fue consolidando poco a poco. Para mí era una situación ideal, o al menos muy confortable. No hacía falta ser un corredor de elite. Si, escribiendo lo que yo quería y como yo quería, podía llevar una vida normal, no necesitaba nada más. Sin embargo, Tokio blues. Norwegian Wood se vendió más de lo previsto, y esa situación «confortable» se vio alterada por algunos cambios, pero de ello hablaré más adelante.

Al poco de empezar a correr, no podía enfrentarme a distancias muy largas. Aguantaba unos veinte o, a lo sumo, treinta minutos. Sólo con eso ya acababa jadeando. El corazón me palpitaba y me temblaban las piernas. Era normal, llevaba mucho tiempo sin hacer nada que pudiera llamarse ejercicio. Y también me daba algo de vergüenza que la gente del vecindario me viera correr. La misma vergüenza que sentía cuando, a continuación de mi nombre, me ponían entre paréntesis la ocupación: «novelista». Sin embargo, seguí corriendo de manera continuada y sentí que mi cuerpo se iba adaptando y, poco a poco, empecé a recorrer distancias cada vez más largas. Adquirí lo que puede calificarse ya como de «forma física», estabilicé mi ritmo de respiración y mis pulsaciones fueron bajando. Eso sí, procuraba correr todos los días, saltándome los menos posibles, sin importarme las distancias ni las velocidades.

De este modo, el acto de correr fue integrándose en mi ciclo vital hasta formar parte de él, igual que las tres comidas diarias, el sueño, las tareas domésticas o el trabajo. Correr pasó a ser un hábito y las vergüenzas de las que hablaba también se fueron desvaneciendo. Fui a una tienda de deportes especializada y me compré unas buenas deportivas y ropa cómoda adecuadas para correr. Me hice con un cronómetro y leí un libro para corredores principiantes. Así se va uno convirtiendo en corredor.

Si lo miro desde la distancia, creo que mi mayor fortuna fue haber nacido con una constitución fuerte. He corrido cada día a lo largo de casi un cuarto de siglo y he participado en numerosas carreras, pero nunca he pasado una temporada sin poder correr porque me dolieran las piernas. Aunque apenas hago estiramientos, nunca me he lesionado ni he enfermado. No soy un corredor de los buenos, pero al menos tengo una gran capacidad de resistencia. Es uno de los pocos dones de los que puedo presumir.

Al comenzar el año 1983 participé por primera vez en mi vida en una carrera de fondo en carretera. Eran sólo cinco kilómetros, pero cuando, con mi dorsal puesto y mezclado entre todos aquellos corredores, escuché el «¿Listos? ¡Ya!» y arranqué a correr, me dije: «Vaya, pero si puedo correr bastante bien, ¿no?». En mayo participé en una carrera de quince kilómetros en el lago Yamanaka y, en junio, para comprobar hasta dónde era capaz de llegar, me lancé a correr solo alrededor del Palacio Imperial de Tokio. Di siete vueltas, o sea, treinta y cinco kilómetros, a un ritmo pasable, y no me resultó tan duro. Las piernas tampoco me dolían. Entonces pensé que tal vez podía correr un maratón. Más tarde tuve la oportunidad de descubrir que la parte más dura del maratón llega una vez superados los treinta y cinco kilómetros.

Cuando miro mis fotos de aquella época, me doy cuenta de que mi complexión de entonces todavía no era la de un corredor. Me faltaba entrenamiento y más musculatura, así que tenía los brazos y las piernas ostensiblemente flacos, y mis muslos también eran delgados. Me asombra que fuera capaz de correr un maratón entero. Si se comparara mi constitución de entonces con la actual, cualquiera diría que soy otra persona (si uno se dedica a correr durante un tiempo prolongado, la distribución de su musculatura acaba cambiando por completo). Pero ya por entonces notaba que mi constitución iba cambiando, y eso me animaba. Descubrí que, a pesar de haber superado ya los treinta, había un gran potencial en mi interior. Y esos aspectos desconocidos se estaban revelando poco a poco gracias al hecho de correr.

Entretanto, mi tendencia a ganar kilos se había ido frenando progresivamente hasta detenerse en el límite adecuado. Si haces ejercicio todos los días, tu peso ideal se acaba estableciendo de forma natural. Poco a poco se va vislumbrando el punto en el que el cuerpo se mueve con agilidad. A la par, modifiqué de manera paulatina mi alimentación. Hice de los vegetales la base de mi dieta y obtenía las proteínas principalmente del pescado. Nunca me había hecho mucha gracia la carne, pero esta tendencia se reafirmó. Reduje el consumo de arroz y de alcohol, y empecé a emplear condimentos naturales. Los dulces nunca me gustaron.

Ya he dicho que tiendo a engordar poco a poco en cuanto me abandono. En contraste, mi mujer, coma lo que coma (tampoco es que coma mucho, pero le pirran los dulces), aunque no haga deporte, no engorda ni un solo gramo. Tampoco tiene grasa. Yo, al ver esto, solía pensar lo injusta que era la vida. Lo que algunos sólo consiguen esforzándose, otros lo logran sin el menor esfuerzo.

Bien pensado, quizás esa tendencia a engordar con facilidad sea, por el contrario, beneficiosa. Me refiero a que, en mi caso, para no aumentar de peso he tenido que hacer intenso ejercicio a diario, cuidar mi alimentación y moderarme. Es una vida dura. Pero, si realizas ese esfuerzo de manera continuada, entonces consigues mantener tu metabolismo en niveles altos y, como resultado, tu cuerpo gana en salud y resistencia. Y supongo que el envejecimiento también se ralentiza un poco. Sin embargo, los que, hagan lo que hagan, no engordan, no necesitan prestar especial atención ni al ejercicio ni a las comidas. Por lo demás, tampoco creo que haya muchas personas que, salvo en caso de necesidad, se animen a preocuparse por estas cosas, que, la verdad, dan bastante pereza. Por eso, con frecuencia, a medida que envejecen, su fuerza física va disminuyendo. Si uno no presta atención, va perdiendo músculo de modo natural y sus huesos también se van debilitando. Así pues, sólo a largo plazo se puede saber si tal o cual tendencia es justa o injusta. Tal vez, entre quienes estén leyendo esto, haya también personas que sufren porque, en cuanto se descuidan, aumentan de peso. No obstante, por las razones que ya he expuesto, quizá deberían mirar el aspecto positivo y entender que eso podría ser más bien un regalo del cielo: cuanto más fácil le resulte a uno ver su piloto rojo encendido avisando de avería, mejor. Aunque, seguramente, esos lectores no se lo tomarán así.

Si uno lo piensa, quizás este punto de vista también sea aplicable al trabajo del novelista. Los novelistas dotados de talento natural son capaces, sin hacer nada especial (o haciendo cualquier cosa), de escribir novelas con suma facilidad. Las frases les brotan como el agua mana a borbotones de un manantial, y así va surgiendo su obra. No necesitan esforzarse. Hay personas así. Pero, por desgracia, yo no soy como ellas. No es para sentirse orgulloso de ello, pero, por más que miro a mi alrededor, no encuentro el manantial por ninguna parte. Tengo que tomar el cincel y el martillo e ir picando poco a poco el suelo rocoso hasta abrir un profundo boquete; si no, no consigo llegar al manantial de la creatividad. Escribir una novela me exige malgastar mucha fuerza física. Me cuesta tiempo y esfuerzo. Cada vez que me propongo escribir una novela, tengo que empezar a cavar un nuevo agujero desde el principio. Con los años, no obstante, uno va fortaleciéndose y dominando las técnicas para poder cavar agujeros en ese duro suelo rocoso y descubrir nuevas vetas de agua de forma bastante eficaz. Y cuando noto que un manantial está a punto de agotarse, puedo pasar a abrir el siguiente con celeridad y determinación. Sin embargo, los que dependen únicamente de los manantiales naturales, aunque de repente se propusieran hacer lo mismo, seguramente no lo conseguirían con tanta facilidad.

La vida es esencialmente injusta. De eso no cabe la menor duda. Pero creo que incluso de las situaciones injustas es posible extraer lo que de «justicia» haya en ellas. Puede que ello cueste tiempo y esfuerzo. Y puede que ese tiempo y ese esfuerzo sean en vano. Decidir si merece o no la pena intentar extraer esa «justicia» es algo que, por supuesto, queda al criterio de cada uno.

Cuando digo que corro todos los días, hay gente que se admira de ello. A veces me dicen: «Menuda fuerza de voluntad tienes, ¿eh?». Por supuesto me alegra que me elogien. Es mucho mejor a que te denuesten. Pero, a mi parecer, tener fuerza de voluntad no significa que uno consiga todo lo que quiere. El mundo no es tan sencillo. O, para ser franco, tengo incluso la impresión de que entre el hecho de correr a diario y tener mucha fuerza de voluntad no existe tanta correlación. Que yo lleve corriendo de este modo más de veinte años supongo que se debe, en definitiva, a que esa actividad va con mi carácter. O, al menos, a que no me causa tanto sufrimiento. Al ser humano no le cuesta proseguir con algo que le gusta, pero sí con algo que no le gusta. Supongo que la voluntad, o algo parecido a la voluntad, tiene que ver un poco con ello. Aun así, por mucha fuerza de voluntad que uno posea, por mucho que sea de los que no se dan por vencidos, si algo no le va, no podrá hacerlo durante largo tiempo. Y, aunque pudiera, seguro que su salud se resentiría.

Por eso nunca he recomendado a nadie de mi entorno que corra. En mi opinión, hay que evitar en la medida de lo posible decir cosas como: «Correr es algo estupendo. ¡Corramos juntos!». Si una persona tiene interés en correr largas distancias, en algún momento se pondrá a correr por su propia cuenta aunque no se le diga nada; y, si no tiene interés, de nada servirá que se lo recomendemos fervientemente. El maratón no es un deporte para todo el mundo. Ocurre lo mismo con el oficio de escritor, que tampoco es para todo el mundo. Yo no me hice novelista porque alguien me lo pidiera o me lo recomendara (en todo caso, intentaron disuadirme). Me hice novelista por iniciativa propia. Del mismo modo, uno no se hace corredor porque alguien se lo recomiende. En esencia, uno se hace corredor sin más.

Pese a todo, es posible que, al leer este texto, alguien sienta interés por correr y se diga: «Venga, yo también voy a intentar correr un poco». Y tal vez, tras probarlo, piense: «Ah, pues es bastante divertido». Sin duda sería un hermoso descubrimiento. Y, si ocurriera eso, como autor de este libro me sentiría muy feliz. Pero unas personas valen para unas cosas y otras para otras. Hay quien vale para el maratón, quien vale para el golf y quien vale para las apuestas. Cada vez que veo en una escuela esa escena en la que todos los chicos son obligados a correr en la hora de gimnasia, no puedo evitar compadecerlos. Obligar a correr largas distancias a personas que no desean correr, o que, por su constitución, no están hechas para ello, sin ni siquiera darles opción, es una tortura sin sentido. Me gustaría advertir a los institutos de secundaria y bachillerato, antes de que se produzcan víctimas innecesarias, de que es mejor que dejen de obligar a correr largas distancias de manera tan estricta a todos sus estudiantes, pero, aunque lo hiciera, estoy seguro de que no me harían caso. Así es la escuela. Lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí.

De todos modos, por muy adecuado a la naturaleza de uno que resulte lo de correr largas distancias, siempre hay algún día en que te dices: «Qué pesado me siento hoy. No me apetece correr». De hecho, me ocurre con frecuencia. Entonces justifico con convincentes argumentos de todo tipo mis ganas de saltarme el entrenamiento. Una vez le hice una entrevista al corredor olímpico Toshihiko Seko. Fue poco después de que se retirara de la competición y lo nombraran director del equipo S&B. En aquella ocasión le pregunté: «¿También los corredores de alto nivel como usted tienen días de esos en que a uno no le apetece correr, en que preferiría seguir tumbado en la cama, o hacer cualquier otra cosa?». A Seko se le salieron, literalmente, los ojos de las órbitas. «¡Pues claro que sí, constantemente!», me respondió con un tono que parecía decir: «Pero ¿qué estupidez de pregunta es ésta?».

Ahora, también yo creo que, ciertamente, fue una pregunta estúpida. Es más, en el instante en que la formulé sabía que lo era. Pese a todo, quería oír la respuesta de labios de Seko. Aunque entre ambos mediara una diferencia abismal en lo que respecta a fuerza muscular, nivel de entrenamiento y motivación, yo quería saber si, al levantarse por la mañana temprano y atarse los cordones de sus deportivas, había sentido alguna vez lo mismo que yo. Su respuesta me alivió profundamente. «Lo sabía. A todos nos pasa lo mismo», pensé.

Si me permiten que les cuente algo personal, les diré que, cuando pienso: «Uf, hoy no me apetece nada correr», me digo a mí mismo: «Llevas una vida de novelista, así que puedes trabajar en tu casa y cuando te apetece, y, día tras día, no tienes que ir al trabajo zarandeado en medio de un tren abarrotado de gente, y tampoco has de asistir a aburridas reuniones. ¿No te parece que tienes mucha suerte? ¿No crees que, comparado con eso, correr una horita por el vecindario no es nada?». Cuando acuden a mi mente las imágenes de los trenes abarrotados y las reuniones de empresa, se aviva de nuevo la llama de mi entusiasmo, me ato otra vez los cordones de las deportivas y puedo volver a correr con relativa facilidad. Pienso: «Es verdad. Si ni siquiera hago esto, me caerá un castigo del cielo». Por supuesto, les cuento esto aunque soy plenamente consciente de que muchas personas preferirán subir a un tren abarrotado de gente y asistir a una reunión de empresa, antes que correr una hora de media al día.

En cualquier caso, fue así como comencé a correr. Treinta y tres años. Esa edad tenía entonces. Todavía era bastante joven, pero ya no podía decirse que fuera «un joven». Es la edad a la que murió Jesucristo. Más o menos a esa edad había comenzado el declive de Scott Fitzgerald. Tal vez sea una de las encrucijadas de la vida. A esa edad comencé mi vida como corredor y, poco después, me situé en el verdadero punto de partida como novelista.