IICÉSAR EN LUCHA CONTRA LA DESGRACIA

Ocho días después de esta fiesta, último resplandor de una prosperidad de dieciocho años próxima a extinguirse, César contemplaba a los transeúntes a través de los cristales de su tienda pensando en la importancia de sus negocios, que juzgaba ya consolidados. Hasta entonces, todo había sido sencillo en su vida, fabricaba y vendía, o compraba para volver a vender. Hoy, el negocio de los terrenos, su interés en la casa A. Popinot y Compañía, el pago de los ciento sesenta mil francos de efectos que tenía en plaza y que iban a exigir tráfico de efectos que desagradarían a su mujer, o inauditos éxitos en casa Popinot, asustaban a aquel pobre hombre, el cual comprendía que tenía en la mano mayor número de riendas de las que podía regir.

¿Cómo se arreglaría Anselme para dirigir el negocio? Birotteau trataba a Popinot como trata un profesor de retórica a su alumno, desconfiaba de sus medios y sentía no estar a su lado. La seña que le había hecho para hacerle callar en casa de Vauquelin, explica los temores que el joven negociante inspiraba al perfumista. Birotteau se guardaba bien de dejarse adivinar por su hija, por su mujer o por sus dependientes; pero entonces obraba como un simple cañonero del Sena al que un ministro hubiera confiado, por casualidad, el mando de una fragata. Estos pensamientos formaban una especie de niebla en su inteligencia, poco apta para la meditación, hasta tal punto, que Birotteau permanecía a veces de pie como alelado, tratando de ver claro en sus negocios. En uno de estos momentos apareció en la calle un individuo que le inspiraba enorme antipatía; nos referimos a su segundo propietario, el pequeño Molineux. Todo el mundo ha sido presa de esta clase de meditaciones que representa toda una vida y en medio de las cuales aparece un ser fantástico que viene a ser el traidor de la pieza y que es portador de malas noticias. A Birotteau le parecía que Molineux había de representar, por azar, un papel análogo en su vida. Este personaje le había sugerido diabólicas y tristes ideas en medio de la fiesta, contemplando sus suntuosidades con odiosa mirada. Al volver a verle, César se acordó tanto más de las impresiones que le había causado aquel pequeño avaro, cuanto que Molineux le hizo sentir nueva repulsión al presentársele en medio de sus meditaciones.

—Señor —le dijo el hombrecito con su voz atrozmente insignificante—, hemos terminado las cosas tan aprisa, que se ha olvidado usted de registrar la escritura de nuestro contrato privado.

Birotteau tomó el contrato de arriendo para reparar el olvido.

En este momento entró el arquitecto, saludó al perfumista, y después de haber dado algunas vueltas en tomo de él, con aire diplomático, le dijo al oído:

—Señor, ya sabe usted cuán difíciles son los comienzos de toda profesión. Usted está contento de mí, al parecer, y yo le agradecería mucho que me entregase mis honorarios.

Birotteau, que se había desarmado entregando todo el dinero contante que tenía, dijo a Célestin que extendiese una letra de dos mil francos a tres meses vista.

—Me he alegrado mucho de que usted tomase por su cuenta el alquiler del vecino —dijo Molineux con aire chocarrero—, porque un portero ha venido a decirme esta mañana que el juez de paz ha sellado la tienda a causa de la desaparición de monsieur Cayron.

—¿A ver si me ha estafado a mí los cinco mil francos? —dijo Birotteau.

—Tenía fama de saber manejar perfectamente los negocios —dijo Lourdois, que acababa de entrar para entregar su factura al perfumista.

—Un comerciante no se ve libre de reveses hasta que está retirado —dijo el pequeño Molineux doblando el contrato con minuciosa regularidad.

El arquitecto examinó a este hombrecito con el placer que siente todo artista al ver una caricatura que confirma sus opiniones acerca de los burgueses.

—Generalmente, cuando se tiene la cabeza debajo de un paraguas, tiene uno motivos para creer que está a cubierto si llueve —dijo el arquitecto.

Molineaux estudió mucho más los bigotes y la perilla que la cara del arquitecto, y le despreció como monsieur Grindot le despreciaba a él. Después se quedó para darle un arañazo antes de salir. A fuerza de vivir con sus gatos, Molineux tenía en sus movimientos y en sus ojos algo de la raza felina.

En este momento entraron Ragón y Pillerault.

—Hemos hablado al juez de nuestro negocio —dijo Ragon a César al oído—, y, según él en una especulación de este género se necesitaría un recibo de los vendedores a fin de ser todos realmente propietarios indivisos.

—¡Ah! ¿Hace usted el negocio de la Madeleine? —dijo Lourdois—. He oído hablar de él y creo que se van a construir muchas casas.

El pintor, que iba con la pretensión de cobrar en seguida, juzgó conveniente no darle prisa al perfumista a fin de estar a bien con él.

—Le he traído a usted la factura porque es fin de año —le dijo a César—; pero, en realidad, no necesito ahora el dinero.

—¿Qué tienes, César? —dijo Pillerault al notar la sorpresa de su sobrino, el cual, estupefacto al ver la factura, no respondió ni a RagOn ni a Lourdois.

—¡Ah!, una bagatela; que le había tomado cinco mil francos de efectos al paragüero vecino mío, que ha quebrado, y si las letras fueran falsas, me habría cogido como un tonto.

—No se queje, porque bastante tiempo hace que se lo he dicho —le dijo Ragon—. El que se ahoga se coge a las piernas de su padre para salvarse y lo ahoga consigo. ¡He visto tantas quiebras! Al principio del desastre nadie es bribón; pero al final suelen serlo todos por necesidad.

—Es verdad —dijo Pillerault.

—¡Ah!, si algún día voy al Congreso o si tengo alguna influencia en el gobierno… —dijo Birotteau levantándose sobre la punta de los pies y volviendo a caer sobre los talones.

—¿Qué haría usted? Porque usted es un sabio —dijo Lourdois.

Molineux, que sentía interés por toda discusión de derecho, se quedó en la tienda; y como la atención de los demás le hace a uno atento, Pillerault y Ragon, que conocían las opiniones de César, le escucharon con tanta gravedad como los tres extraños.

—Yo establecería un tribunal de jueces inamovibles con un ministerio público que juzgase al criminal —dijo el perfumista—. Después de una instrucción, durante la cual el juez llenaría inmediatamente las funciones de los actuales agentes, de los síndicos y del juez comisario, el negociante sería declarado quebrado rehabilitable o en bancarrota. El quebrado rehabilitable quedaría obligado a pagarlo todo, sería el guardián de sus bienes y de los de su mujer, ya que sus derechos y sus herencias pertenecerían a sus acreedores, administraría por su cuenta bajo la vigilancia de alguien, y por fin, continuaría sus negocios firmando Fulano de tal, quebrado, hasta que hubiera pagado todas sus deudas. El quebrado en bancarrota sería condenado, como antes, a la picota en la sala de la Bolsa durante dos horas, cubierto con el gorro verde. Sus bienes, los de su mujer, y sus derechos pasarían a poder de sus acreedores y quedaría desterrado del reino.

—Así el comercio sería más seguro y se miraría uno antes de hacer un negocio —arguyó Lourdois.

—La ley natural no se cumple —dijo César exasperado. De cien negociantes, hay más de cincuenta que tienen un setenta y cinco por ciento menos de los fondos que debieran tener, venden sus mercancías un veinticinco por ciento por debajo del precio de inventario y arruinan así al comercio.

—Señor, está en lo cierto —dijo Molineux—; la ley actual permite demasiadas libertades.

—¡Qué diantre! —dijo César— al paso que llevan las cosas, un negociante se va a convertir en ladrón con patente, y con su firma podrá disponer de la caja de todo el mundo.

—No es usted indulgente, monsieur Birotteau —dijo Lourdois.

—Tiene razón —dijo el anciano Ragon.

—Todos los quebrados son sospechosos —dijo César desesperado por aquella pérdida que sonaba en sus oídos como suena en los del ciervo el cuerno de monte que le anuncia la muerte.

En aquel momento, un mozo de fonda llevó la factura de Chevet, y a poco, un aprendiz de Félix, un mozo del café de Foy y el clarinete de Collinet se presentaron con sus respectivos recibos.

—El cuarto de hora de Rabelais —dijo Ragón sonriendo.

—A fe que dio usted una hermosa fiesta —dijo Lourdois.

—Estoy ocupado —dijo César a todos los mozos, los cuales dejaron sus facturas.

—Monsieur Grindot —dijo Lourdois al ver que el arquitecto se guardaba una letra que firmó Birotteau—, examine usted bien mi factura, para lo cual no tiene más que medir, pues ya sabe que los precios están aprobados por usted en nombre de monsieur Birotteau.

Pillerault miró a Grandot y a Lourdois.

—¿Precios convenidos entre arquitecto y empresario? —dijo el tío a su sobrino—. Te han robado.

Grindot salió y Molineux le siguió y empezó a hablarle con aire misterioso, diciéndole:

—Señor, usted me ha escuchado, pero no me ha comprendido. Le deseo a usted un paraguas.

El miedo se apoderó de Grindot. Cuanto más ilegal es una ganancia, más afán siente el hombre de ella. El corazón humano está hecho de este modo. El artista había estudiado, efectivamente, la habitación con amor, había empleado en ella toda su ciencia y su tiempo, se había tomado trabajos por diez mil francos y resultaba víctima de su amor propio; a los contratistas no les costó gran trabajo seducirle. El argumento irresistible y la amenaza de calumniarle fueron menos poderosos aún que la observación hecha por Lourdois acerca del negocio de los terrenos de la Madeleine; Birotteau no pensaba construir allí ninguna casa y especulaba únicamente con el precio de los terrenos. Los arquitectos y los contratistas son entre sí lo que un autor con los actores, dependen unos de otros. Grindot, que recibió de Birotteau el encargo de estipular los precios, favoreció a la clase, y los tres contratistas, Lourdois, Chaffaroux y Thorien, el carpintero, le proclamaron uno de esos buenos muchachos con los cuales da gusto trabajar. Grindot adivinó que aquellas facturas en las cuales tenía él parte serían pagadas en efectos como sus honorarios, y el viejecito acababa de inspirarle dudas acerca de su pago. Así es que el arquitecto iba a ser implacable.

A fines de diciembre, César tenía que pagar facturas por valor de sesenta mil francos. Félix, el café de Foy, Tanrade y esos pequeños acreedores a quienes hay que pagar al contado, habían ido ya tres veces a casa del perfumista. En el comercio, estas pequeñeces dañan más que una desgracia, porque la anuncian. Las pérdidas conocidas son definidas, pero el pánico no tiene límites. Birotteau vio su caja vacía, y entonces el miedo se apoderó de él, que jamás se había visto en situación análoga durante su vida comercial. Como todas las gentes que no han tenido que luchar nunca durante mucho tiempo contra la miseria y que son débiles, César se sintió anonadado por esta circunstancia, vulgar en la vida de los comerciantes de París. El perfumista dio orden a Célestin de que enviase las facturas a casa de sus parroquianos; pero antes de que ejecutase este inaudito mandato, el primer dependiente se lo hizo repetir. Los clientes, noble término que aplicaban entonces los tenderos a sus parroquianos y que empleaba César a pesar de su mujer, la cual había acabado por decirle que les llamase como quisiera con tal de que pagasen, los clientes, repito, eran personas que pagaban bien y que no inspiraban ningún temor a César, el cual tenía a veces cuentas con ellos de cincuenta a sesenta mil francos. El segundo dependiente tomó, pues, el libro de facturas y se puso a copiar las más importantes. César temía a su mujer, y para no dejarle ver el abatimiento que le causaba el simún de la desgracia, quiso salir; pero se encontró con Grindot, que entraba, con ese aire desenvuelto que toman los artistas para hablar de intereses a los que pretenden ser extraños, el cual le dijo:

—Buenos días, caballero. No puedo valerme de sus letras para realizar mis pequeñas compras, y me veo obligado a rogarle que me las haga efectivas. Deploro el dar este paso, pero no he tratado nunca con usureros y sentiría tener que llevar su firma de puerta en puerta, pues conozco bastante el comercio para saber que esto sería envilecerla. Entra, pues, en su interés el…

—Amigo mío, le ruego que hable más bajo —dijo Birotteau—. Me sorprende usted extraordinariamente.

Lourdois entró.

—Lourdois… —dijo Birotteau.

Y se detuvo. El pobre hombre iba a rogarle a Lourdois que tomase la letra de Grindot, burlándose del arquitecto, con la buena fe del comerciante seguro de sí mismo; pero vio una nube en la frente de Lourdois y tembló ante la imprudencia que iba a cometer. Esta inocente burla era la muerte de un crédito dudoso. En caso análogo, un comerciante rico acepta su letra y no la ofrece. Birotteau sintió que su cabeza se desvanecía como si hubiese contemplado el fondo de un abismo.

—Mi querido monsieur Birotteau —dijo Lourdois conduciéndole al fondo del almacén—, mi factura está examinada y conforme y le ruego que tenga el dinero dispuesto para mañana. Caso a mi hija con el pequeño Crottat, necesito dinero, los notarios no pueden negociármelo y, por otra parte, no han visto nunca mi firma…

—Envíemela pasado mañana —dijo orgullosamente Birotteau, que contó con el pago de sus facturas—. Y usted también, señor, dijo al arquitecto.

—¿Y por qué no ahora mismo? —dijo el arquitecto.

—Tengo que pagar a mis obreros del Faubourg —dijo César, que no había mentido nunca.

Y tomó el sombrero para salir con ellos. Pero el contratista, Thorein y Chaffaroux le detuvieron en el momento en que cerraba la puerta.

—Señor —le dijo Chaffaroux—, necesitamos dinero.

—¡Eh! Yo no tengo las minas del Perú —dijo César impaciente, yéndose a cien pasos de ellos—. Hay gato encerrado ahí dentro. ¡Maldito baile! Todo el mundo le cree a uno millonario. Sin embargo, la actitud de Lourdois no era natural —pensó—, y ahí hay algo oculto.

Caminaba por la rue de Saint-Honoré sin dirección, embebido en sus meditaciones, cuando tropezó con Alexandre al dar la vuelta a una esquina, como hubiese tropezado un astrónomo o un matemático absorbidos en la solución de un problema.

—¡Ah!, señor —dijo el futuro notario—, ¡una pregunta! ¿Ha dado Roguin los cuatrocientos mil francos de usted a monsieur Claparon?

—El negocio se hizo delante de usted; monsieur Claparon no me ha dado ningún recibo…, mis valores estaban por negociar… Roguin ha debido remitirle mis doscientos cuarenta mil francos… Quedamos en que se realizarían definitivamente las actas de venta… El juez monsieur Popinot pretende… El recibo… Pero…, ¿a qué viene eso ahora?

—¿Para qué cree usted que puedo hacerle semejante pregunta? Para saber si sus doscientos cuarenta mil francos están en casa de Roguin. Roguin hacía tiempo que estaba relacionado con usted y hubiese podido, por delicadeza, remitírselos a Claparon; ¡y si así fuese, se escaparía usted de una buena! ¡Pero qué estúpido soy!… Se los lleva junto con el dinero de monsieur Claparon, que felizmente no ha enviado más que cien mil francos a mi cargo. Los vendedores no han recibido ni un céntimo, acaban de salir de mi casa. El dinero de su préstamo sobre los terrenos ni existía para usted ni para su prestamista, pues Roguin se lo había comido junto con los cien mil francos de usted, los cuales no obraban en su poder desde hacía ya mucho tiempo… Así es que sus últimos cien mil francos volaron; yo me acuerdo de haberlos ido a cobrar al Banco.

Las pupilas de César se dilataron tan desmesuradamente que no vio más que una llama roja.

—Los cien mil francos de usted contra el Banco, mis cien mil francos de la notaría, cien mil francos de monsieur Claparon, he aquí trescientos mil francos que han volado, sin contar los robos que van a descubrirse —repuso el notario. Du Tillet se ha escapado de una buena, pues Roguin le ha atormentado más de un mes para meterle en el negocio de los terrenos, y afortunadamente tenía invertidos todos sus fondos en una especulación con la casa Nucingen. Roguin le ha escrito a su mujer una carta espantosa, yo acabo de leerla. Hace cinco años que echaba mano de continuo de los fondos de sus clientes, y todo ¿por qué? Por una querida, por la hermosa holandesa. Esta disipadora estaba sin un céntimo, había firmado letras de cambio y tuvo que vender sus muebles. A fin de escapar a las persecuciones se había refugiado en una casa del Palacio Real, donde fue asesinada ayer por la noche por un capitán. No ha tardado Dios en castigarla por haber devorado la fortuna de Roguin. Hay mujeres que no respetan nada. ¡Mire usted que arruinar a un notario! Madame Roguin no tendrá más fortuna que la que le proporcione su hipoteca legal, pues todos los bienes están gravados en más de lo que valen. La notaría ha sido vendida en trescientos mil francos. ¡Yo que creía hacer un buen negocio y que comienzo por pagar cien mil francos de más por la notaría! Aún no tengo recibo, los acreedores creerán que soy su cómplice si hablo de mis cien mil francos, y cuando se empieza una carrera hay que tener mucho cuidado con la reputación. Usted apenas obtendrá el treinta por ciento. ¡Sufrir a mi edad tal decepción! ¡Arruinarse por una mujer un hombre de cincuenta y nueve años! ¡Viejo imbécil! El monstruo hace veinte días que me dijo que no me casase con Césarine porque él sabía que usted se vería arruinado antes de poco.

Alexandre hubiera podido hablar tanto tiempo como hubiera querido porque Birotteau permanecía de pie como petrificado. Cada frase era un golpe de maza, y no oía más que un ruido de campanas mortuorias. Alexandre Crottat, que creía fuerte y capaz al digno perfumista, se asustó al ver su palidez y su inmovilidad. El sucesor de Roguin no sabía que el notario se llevaba algo más que la fortuna de César. La idea del suicidio inmediato pasó por la cabeza de aquel comerciante tan profundamente religioso. En estos casos, el suicidio es un medio de huir de mil muertes y parece lógico optar por una sola. Alexandre Crottat dio el brazo a César y quiso hacerle andar, pero le fue imposible: cual si estuviese borracho, las piernas del perfumista se encorvaban bajo el peso de su cuerpo.

—Pero ¿qué tiene usted? —dijo Crottat—. ¡Valor, M. César! Esto no es la muerte de un hombre. Por otra parte, usted percibirá cuarenta mil francos y tendrá motivos para entablar la anulación del contrato.

—Mi baile, mi cruz, doscientos mil francos de efectos en plaza, nada en caja, los Ragon, Pillerault… ¡Y mi mujer que lo había adivinado!

Una lluvia de palabras confusas, imagen de las anonadadoras masas de ideas que acudían a la mente de César, brotaron de su boca, destruyendo, cual terrible granizada, todas las flores del jardín de «La Reina de las Rosas».

—Quisiera que me cortaran la cabeza, porque me pesa demasiado y no me sirve para nada —dijo al fin Birotteau.

—¡Pobre monsieur Birotteau! —dijo Alexandre—, Pero ¿está usted en peligro?

—¡Peligro!

—Pues bien, valor, ¡luche usted!

—¡Luche usted! —repitió el perfumista.

—Du Tillet ha sido dependiente suyo, tiene buena cabeza y le ayudará.

—¡Du Tillet!

—Vamos, venga usted.

—¡Dios mío!, no quisiera entrar en casa en este estado —dijo Birotteau—. ¡Usted que es amigo mío, sí es que hay amigos, usted, que me inspiraba afecto y que comía en mi casa, en nombre de mi mujer, lléveme usted en coche, Alexandre, acompáñeme!

El novel notario metió con gran trabajo en un coche la máquina inerte que llevaba el nombre de César.

—¡Alexandre! —dijo el perfumista con voz turbada por las lágrimas, pues en aquel momento las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos y a aflojar el anillo de hierro que le ceñía el cráneo—. Vayamos a casa y háblele por mí a Célestin. Amigo mío, dígale que va en ello mi vida y la de mi mujer y que, por ningún concepto se hable de la desaparición de Roguin. Haga bajar a Césarine y dígale que procure que su madre no se entere de nada. Hay que desconfiar de nuestros mejores amigos, de Pillerault, de Ragon, de todo el mundo.

El cambio de voz de Birotteau sorprendió vivamente a Crottat, el cual comprendió la importancia de esta recomendación. La rue de Saint-Honoré caía de camino para ir a casa del magistrado; así es que Alexandre cumplió los encargos del perfumista, el cual fue visto con espanto, sin voz, pálido y alelado, en el interior del coche por Célestin y por su hija.

—Guardadme el secreto de este asunto —dijo el perfumista.

—¡Ah! —se dijo Alexandre—, ya vuelve en sí, yo le creía perdido.

La conferencia de Alexandre Crottat y del magistrado duró bastante; se mandó a buscar al decano de los notarios, y César fue llevado por todas partes, cual si fuese un bulto, sin moverse ni decir palabra. A eso de las siete de la noche, Alexandre Crottat llevó al perfumista a su casa, y la idea de comparecer ante Constance repuso a César un tanto. El joven notario tuvo la caridad de precederle para advertir a madame Birotteau que su marido acababa de tener una especie de síncope.

—Tiene la cabeza un poco trastornada y tal vez sea preciso sangrarle a ponerle sanguijuelas —dijo Crottat.

—¡Oh!, eso no tenía más remedio que ocurrir —dijo Constance sin sospechar siquiera el desastre—. No ha tomado su medicina de precaución al entrar el invierno y hace dos meses que trabaja cual un forzado, como si no tuviese pan que llevarse a la boca.

A instancias de su mujer y de su hija, César se metió en la cama y se envió a buscar al anciano monsieur Audry, médico de Birotteau. El anciano Haudry era un médico de la escuela de Molière, gran patricio amigo de las antiguas fórmulas farmacéuticas. El galeno se presentó al poco rato, examinó a César y ordenó la aplicación inmediata de sinapismos en la planta de los pies, pues veía en él los síntomas de una congestión cerebral.

—¿A qué será debido esto? —preguntó Constance.

—A la humedad del tiempo —respondió el doctor, advertido por Césarine.

A veces los médicos tienen la obligación de decir tonterías fundadas en su ciencia a fin de salvar el honor o la vida a las personas que rodean al enfermo. El anciano doctor había visto tantas cosas que comprendió con media palabra. Césarine le acompañó hasta la escalera y le preguntó la marcha que debía seguirse.

—Calma y silencio, y luego, cuando la cabeza esté libre, le daremos algún fortificante.

Constance pasó dos días a la cabecera de la cama de su marido, el cual deliró la mayor parte del tiempo. Acostado en el hermoso cuarto azul de su mujer, decía cosas incomprensibles para ésta al ver sus cortinajes, sus muebles y sus costosas magnificencias.

—¡Está loco! —le decía la madre a la hija en un momento en que César se había erguido en su cama y citaba con voz solemne los artículos del Código de comercio.

—Si se juzgan excesivos los gastos…, ¡quitad los cortinajes!

Después de tres días terribles, durante los cuales corrió peligro la razón de César, la fuerte naturaleza del aldeano turenés triunfó, y una vez salvada la cabeza, monsieur Haudry le recetó cordiales, una alimentación enérgica y una taza de café, que no tardó en sacar del lecho al negociante. Constance, muerta de cansancio, ocupó el lugar que había dejado su marido.

—¡Pobre mujer mía! —dijo César cuando la vio dormida.

—Vamos, papá, ¡valor! Es usted un hombre de tanto talento que acabará por triunfar. Esto no será nada. Además, Anselme le ayudará.

Césarine dijo estas palabras con voz tan cariñosa, que hubiera reanimado al más abatido, como los cantos de una madre aplacan los dolores del niño atormentado por la dentición.

—Sí, hija mía, voy a luchar; pero no digas ni una palabra de esto a nadie, ni a Popinot, que nos quiere, ni a tu tío Pillerault. En primer lugar, voy a escribir a mi hermano, que es, según creo, canónigo vicario de una catedral y que, como no gasta nada, debe tener dinero. Mil escudos al año de economías, en veinte años hacen cien mil francos. En provincias los curas suelen tener crédito.

Césarine, ansiosa de llevar a su padre una mesita y todo lo necesario para escribir, le entregó sin fijarse, el resto de las invitaciones para el baile, impresas en papel color de rosa.

—Quema todo esto —gritó el negociante—. Sólo el diablo ha podido inspirarme la idea de dar este baile. Si sucumbo me tomarán por un bribón. Vamos, nada de frases.

CARTA DE CÉSAR A FRANÇOIS BIROTTEAU

«Mi querido hermano: Me encuentro en una crisis comercial tan difícil, que te suplico me envíes todo el dinero que puedas disponer, aunque sea pidiéndolo prestado.

»Todo tuyo,

CÉSAR.

»Tu sobrina Césarine, que me ve escribir esta carta mientras mi mujer duerme, te saluda y te envía un abrazo.»

Esta postdata fue añadida a instancias de Césarine, la cual le llevó la carta a Raguet.

—Papá —le dijo al subir—, aquí está monsieur Lebas, que quiere hablarle.

—¡Monsieur Lebas! ¡Un juez! —exclamó Birotteau asustado como si el desastre le hubiese convertido en un criminal.

—Mi querido monsieur Birotteau —dijo el comerciante al entrar—, me tomo demasiado interés por usted, nos conocemos hace mucho tiempo y fuimos elegidos jueces juntos la primera vez, para no venir a decirle que un tal Bidault, usurero, llamado Gigonnet, tiene letras de usted endosadas a su orden por la casa Claparon, sin garantía. Estas dos palabras son, no solamente una afrenta, sino la muerte de su crédito.

—Monsieur Claparon desea hablarle, ¿le digo que suba? —dijo Célestin presentándose.

—Ahora sabremos la causa de ese insulto —dijo Lebas.

—Caballero —dijo el perfumista a Claparon al verle entrar—, tengo el gusto de presentarle a monsieur Lebas, juez del tribunal de comercio y amigo mío.

—¡Ah!, ¿es éste monsieur Lebas? —dijo Claparon interrumpiéndole—. Tengo mucho gusto en conocer al comerciante monsieur Lebas, porque hay tantos Lebas… sin contar los altos y los bajos…[1].

—Monsieur ha visto las letras que yo le he remitido y que usted decía que no circularían, y no sólo las ha visto, sino que ha observado, además, que puso usted en ellas las palabras sin garantía.

—Sí, es verdad —dijo Claparon—, y no circularán porque están en manos de un hombre con quien hago muchos negocios: monsieur Bidault, padre. He aquí porque puse sin garantía. Si los efectos tuviesen que circular, los hubiera usted hecho a su orden directamente. El señor juez va a comprender mi situación. ¿Qué representan esos efectos? El precio de un inmueble. ¿Pagado por quién? Por Birotteau. ¿Por qué quiere usted que yo garantice a Birotteau con mi firma? Ambos tenemos que pagar nuestra parte en dicho precio. Ahora bien, ¿no basta que sea uno solidario frente a vendedores? Para mí, la regla comercial es inflexible y no doy a nadie inútilmente una garantía, como no doy a nadie el recibo de una suma que no he cobrado. Yo lo supongo todo: el que firma paga, y no quiero exponerme a pagar tres veces.

—¡Tres veces! —dijo César.

—Sí, señor —repuso Claparon—. Yo he garantizado ya a Birotteau ante los vendedores, ¿por qué le he de garantizar de nuevo ante el banquero? Las circunstancias en que estamos son muy tristes. Roguin se me lleva cien mil francos, y, por lo tanto, la mitad de los terrenos míos me cuesta quinientos mil en lugar de cuatrocientos mil. Roguin se lleva doscientos cuarenta mil francos de Birotteau. ¿Qué haría usted en mi lugar, monsieur Lebas? Colóquese en mi situación. Yo no tengo el honor de conocer a monsieur Birotteau más de lo que le conozco a usted. Fíjese bien. Nosotros hacemos un negocio a medias, usted aporta todo el dinero que le corresponde y yo entrego el mío en valores, se los ofrezco a usted, y llevado de su excesiva complacencia, se encarga de convertirlos en dinero. Pero de pronto sabe usted que Claparon, banquero, rico, considerado, que el virtuoso Claparon está a punto de quebrar por tener que devolver seis millones, ¿garantizaría usted mi firma con la suya en semejante momento? Estaría usted loco. Pues bien, monsieur Lebas, Birotteau está en el caso en que yo supongo a Claparon. ¿No ve usted que yo podría tener entonces que pagar a los acreedores como solidario y tendría, además, que satisfacer los efectos de Birotteau si los garantizase…

—¿A quién? —preguntó el perfumista interrumpiéndole.

—…Sin tener la mitad de los terrenos —dijo Claparon haciendo caso omiso de la interrupción del perfumista—. Tendría, pues, que comprarlos de nuevo y habría de pagarlos tres veces.

—Pero ¿a quién tendría usted que reembolsar? —seguía preguntando Birotteau.

—Al tercer portador, si yo aceptase las letras y a usted le ocurriera una desgracia.

—Caballero, yo no faltaré de ningún modo —dijo Birotteau.

—Bueno —dijo Claparon—, usted ha sido juez, es hábil comerciante y debe saber que está uno obligado a preverlo todo. De modo que no le asombre que proceda como procedo.

—Monsieur Claparon tiene razón —dijo Joseph Lebas.

—Tengo razón comercialmente —repuso Claparon—, pero este asunto es territorial. Ahora bien, ¿qué debo recibir yo?… Dinero, pues será preciso dar dinero a los vendedores. Hagamos caso omiso de los doscientos cuarenta mil francos que estoy seguro que encontrará monsieur Birotteau —dijo Claparon mirando a Lebas—. Yo ahora venía a pedirle la bagatela de veinticinco mil francos —añadió mirando a Birotteau.

—¡Veinticinco mil francos! —exclamó César helado de espanto—. Pero ¿para qué, señor?

—Ya verá usted: nosotros estamos obligados a realizar las ventas ante notario. Ahora bien, por lo que atañe al precio, podemos arreglarnos entre nosotros; pero ¿y con el Fisco? El Fisco no se conforma con palabras, no concede crédito, y esta misma semana tenemos que escupirle cuarenta mil francos de derechos. Yo estaba muy lejos de esperar que había de oír reproches viniendo aquí, porque, pensando que acaso le vendría mal pagar esos veinticinco mil francos, venía a anunciarle que por una gran casualidad le he salvado…

—¿Qué? —dijo Birotteau lanzando ese grito de angustia que no deja lugar a dudas.

—Una miseria, los veinticinco mil francos de efectos que Roguin me había entregado para que los negociase. Se los he acreditado a usted, y deduciendo de ellos los gastos de la negociación, sólo tendrá que entregarme seis o siete mil francos; ya le enviaré la cuenta.

—Todo eso me parece perfectamente justo —dijo Lebas—. En el lugar del señor, que me parece muy entendido en negocios, yo obraría lo mismo con un desconocido.

—Monsieur Birotteau no morirá por esto —dijo Claparon—. Un gato viejo no muere al primer golpe.

—¿Quién podía prever una infamia semejante en Roguin? —dijo Lebas, tan asustado del silencio de César como de aquella especulación tan enorme, ajena a la perfumería.

—Ha faltado poco para que yo le hubiese dado recibo al señor de cuatrocientos mil francos, y entonces me habría fastidiado —dijo Claparon—. La víspera le había entregado cien mil francos a Roguin. Nuestra confianza mutua me ha salvado. A decir verdad, lo mismo me daba que los fondos estuviesen en la notaría que en mi casa, hasta el día de hacer los contratos definitivos.

—Hubiera sido preferible que cada uno hubiese tenido su dinero en el Banco hasta el momento de pagar —dijo Lebas.

—Para mí, Roguin era el Banco —dijo César—. Pero él también entró en el negocio —añadió mirando a Claparon.

—Sí, de palabra, en la cuarta parte —respondió Claparon—. Después de cometer la tontería de dejarle que se llevase mi dinero, tendría que ser muy tonto para darle más. Si me envía mis cien mil francos y doscientos mil más de su parte, entonces nos veremos. Pero se guardará bien de hacerlo por un negocio que tardará lo menos cinco años en reportar beneficios. Si sólo se ha llevado trescientos mil francos, como dicen, bien necesita quince mil de renta para vivir convenientemente en el extranjero.

—¡Bandido!

—¡Bah!, una pasión ha llevado a Roguin a ese extremo —dijo Claparon—. ¿Qué anciano puede responder de no dejarse dominar por su último capricho? Ninguno de nosotros, que somos juiciosos, podemos decir cómo acabaremos. El último amor es el más violento. Vean ustedes sino a los Cardot, a los Camusot, a los Matifat, todos tienen queridas. Y si nos vemos estafados, ¿no es nuestra la culpa? ¿Cómo no hemos desconfiado de un notario que se metía en un negocio? Todo notario, todo agente de cambio, todo corredor que se mete en negocios debe ser sospechoso. La quiebra es para ellos una bancarrota fraudulenta, y prefieren marcharse al extranjero que ir a la cárcel. Sí, si somos bastante débiles para no hacer condenar en rebeldía a gentes a cuya casa hemos ido a comer y que han dado hermosos bailes, no nos quejemos, todos tenemos la culpa.

—¡Gran culpa! —dijo Birotteau—. Falta rehacer la ley acerca de las quiebras.

—Si necesita usted de mí, soy todo suyo —dijo Lebas a Birotteau.

—El señor no necesita de nadie —dijo el infatigable charlatán, que había sido aleccionado, por du Tillet—. Su situación es clara: según me ha dicho Crottat, la quiebra de Roguin dará el cincuenta por ciento de dividendo. Además de este dividendo, monsieur Birotteau se encuentra con cuarenta mil francos, que su prestamista no tenía, y luego puede pedir prestado, dando como garantía sus propiedades. Ahora bien, hasta dentro de cuatro meses no tenemos que dar a los vendedores los doscientos mil francos. De aquí a entonces, monsieur Birotteau pagará sus efectos, pues supongo que no debía contar con lo que se llevó Roguin para satisfacerlos. Pero aunque monsieur Birotteau se encontrase un poco apurado, podrá salir del paso empleando su crédito.

El perfumista se había reanimado oyendo a Claparon, analizar el negocio y resumirlo, trazándole, por decirlo así, su norma de conducta. Así es que su actitud pasó a ser firme y decidida, formando un gran concepto del talento del antiguo viajante. Du Tillet había juzgado conveniente que Claparon se creyese víctima de Roguin; y a tal efecto, le entregó a éste cien mil francos para que se los diese al notario, el cual se los había devuelto. Claparon, inquieto, desempeñaba su papel a las mil maravillas, y decía a todo el que quería oírle que Roguin le costaba cien mil francos. Du Tillet no había juzgado a Claparon bastante fuerte, y le creía aún poseído de demasiados principios de honor y de delicadeza para confiarle por completo sus planes, y por otra parte, sabía que era incapaz de adivinar.

—Si nuestro primer amigo no fuese nuestra primera víctima, no encontraríamos la segunda —le dijo du Tillet a Claparon el día que, reprochándole éste su conducta, acabó por romper con él.

Monsieur Lebas y Claparon se fueron juntos.

«Aún puedo salir del paso —se dijo Birotteau—. Mi pasivo en efectos a pagar asciende a doscientos treinta y cinco mil francos, a saber: setenta y cinco mil por mi casa y ciento setenta y cinco mil por los terrenos. Ahora bien: para efectuar estos pagos tengo el dividendo Roguin, que será tal vez de cien mil francos, y puedo hacer anular el préstamo de mis terrenos, que sumarán en total ciento cuarenta mil. Se trata, pues, de ganar cien mil francos con el Aceite Cefálico, y de esperar el momento en que los terrenos adquieran su mayor valor.

Cuando un hombre en la desgracia puede formarse ilusiones mediante razonamientos más o menos justos que le permiten conciliar el sueño, generalmente se salva. Muchas gentes confunden la confianza que da la ilusión con la energía. La esperanza constituye tal vez la mitad del valor, y por eso la Religión Católica la ha convertido en virtud. ¿No ha sostenido la esperanza a muchos seres débiles, dándoles tiempo para soportar los azares de la vida? Resuelto a ir a casa del tío de su mujer a exponerle su situación antes de buscar auxilio en otra parte, Birotteau se fue de la rue Saint-Honoré a la de los Bourdonnais, en medio de ignoradas angustias que le agitaron de manera tan violenta, que llegó a creer en peligro su salud. Sentía fuego en sus entrañas. En efecto, las gentes que sienten con el diafragma sufren de este órgano, lo mismo que las personas que perciben con la cabeza experimentan dolores cerebrales. En las grandes crisis, la parte física se ve atacada en el punto en que tiene asiento la vida del individuo: los débiles tienen cólicos y Napoleón se dormía. Antes de llegar a una confidencia pasando por encima de todas las barreras del orgullo, las gentes de honor sienten más de una vez el aguijón de la necesidad, ese duro acicate. Así, Birotteau se había dejado aguijonear durante dos días antes de ir a casa de su tío, y no se decidió a hacerlo más que por razones de familia; en cualquier caso, debía explicar su situación al severo quincallero. No obstante, al llegar a la puerta, experimentó ese íntimo desfallecimiento que todo niño ha sentido al entrar en casa de un dentista; pero este defecto de corazón era en él natural y no producto de un dolor pasajero. Birotteau subió lentamente la escalera y encontró al anciano leyendo Le Constitutionnel al amor de la lumbre, ante una mesita redonda donde estaba su frugal almuerzo, que consistía en un panecillo, manteca, queso de Brie y una taza de café.

—He aquí al verdadero sabio —dijo Birotteau envidiando la vida de su tío.

—Supe ayer en el café David lo del asunto de Roguin y el asesinato de la hermosa holandesa —le dijo Pillerault quitándose las gafas—. Espero, que, prevenido por nosotros, que queríamos ser propietarios reales, habrás ido a pedirle recibo a Claparon, ¿verdad?

—¡Ay de mí!, tío mío, en eso consiste todo, ha puesto usted el dedo en la llaga. No.

—¡Ah!, ¡mil rayos!, ¡estás arruinado! —dijo Pillerault dejando caer el periódico, que Birotteau recogió, aunque era Le Constitutionnél.

Pillerault fue herido tan violentamente por sus reflexiones, que su rostro de medalla y de estilo severo se bronceó como se broncea el metal bajo el golpe del volante; y permaneció fijo y miró sin verla, a través de los cristales, la pared de enfrente, al mismo tiempo que escuchaba el largo discurso de Birotteau. Evidentemente oía y juzgaba, y pesaba el pro y el contra con la inflexibilidad de un Minos que había pasado el Styx del comercio abandonando el barrio de los Morfondus por su pisito tercero.

—¿Y bien, tío? —dijo Birotteau que esperaba una respuesta después de haber acabado rogándole que le prestase sesenta mil francos.

—No puedo, pobre sobrino mío, estás demasiado comprometido. Los Ragon y yo vamos a perder cincuenta mil francos cada uno. Estas buenas gentes han vendido, por consejo mío, sus acciones de las minas de Vortschin, y yo me creo obligado, en caso de pérdida, no a devolverles su capital, pero sí a socorrerlos, así como a mi sobrina y a Césarine. Acaso necesitéis todos pan; lo encontraréis en mi casa…

—¿Pan, tío mío?

—Sí, pan. Mira las cosas tal como son: no saldrás del aprieto. De cinco mil seiscientos francos de renta puedo distraer cuatro mil francos y repartirlos entre vosotros y los Ragon. Una vez en la desgracia, conozco a Constance; trabajará como una negra y lo rehusará todo, y ¡tú también, César!

—Aún no se ha perdido todo, tío mío.

—No lo veo como tú.

—Yo le probaré a usted lo contrario.

—No podrías darme mejor gusto.

Birotteau dejó a Pillerault sin responderle nada. Había ido a buscar consuelos y valor, y recibía un segundo golpe, aunque mucho menos fuerte que el primero; pero aquél, en lugar de darle en la cabeza, le había herido en el corazón, y el corazón era toda la vida de este pobre hombre.

Volvió a subir después de haber bajado algunos escalones.

—Señor —le dijo fríamente—, Constance no sabe nada, guárdeme usted el secreto al menos, y ruegue a los Ragon que no vengan a mi casa a quitarme la tranquilidad que tanto necesito para luchar con la desgracia.

Pillerault hizo un signo de asentimiento.

—Valor, César —añadió—. Te veo enfadado conmigo, pero más tarde me harás justicia al pensar en tu mujer y en tu hija.

Desalentado por la opinión de su tío, en el cual reconocía un talento particular, César cayó de la altura de sus esperanzas a los pantanos fangosos de la incertidumbre. En esas horribles crisis comerciales, cuando un hombre no tiene un alma templada como la de Pillerault, pasa a ser juguete de los acontecimientos, y sigue las ideas ajenas o las suyas, como un viajero corre detrás de los fuegos fatuos. Se deja llevar por el huracán, en lugar de acostarse sin mirar qué pasa, o de elevarse para seguir su dirección y escaparse así. En medio de su dolor, Birotteau se acordó del proceso relativo a su préstamo, y se fue a la rue Vivienne, a casa de Derville, su procurador, para comenzar cuanto antes el pleito, en él caso de que el abogado viese alguna probabilidad de hacer anular el contrato. El perfumista encontró a Derville envuelto en su bata casera de muletón blanco, junto al hueco de la lumbre, y tranquilo y reposado como todos los procuradores acostumbrados a oír las más terribles confidencias. Birotteau notó por primera vez esa frialdad necesaria que hiela al hombre apasionado, herido, embargado por la fiebre del interés en peligro y dolorosamente lastimado en su vida, su honor, su mujer y sus hijos, como lo estaba Birotteau al contar sus desdichas.

—Si se puede probar —le dijo Derville después de haberle escuchado— que el prestamista no tenía ya en casa de Roguin la suma que Roguin hacía que usted le prestase, como no ha habido entrega de dinero hay lugar a la anulación; el prestatario tendrá la garantía de la fianza, como la tiene usted para recobrar sus cien mil francos. De este modo respondo del proceso en lo que es dable responder, pues sabido es que no hay ninguno que esté ganado de antemano.

La opinión de tan sabio jurisconsulto reanimó un poco al perfumista, el cual rogó a Derville que presentase la demanda lo antes posible. El procurador le respondió que tal vez se obtendría la sentencia antes de tres meses, anulando el contrato.

—¡Tres meses! —exclamó el perfumista, que creía haber encontrado recursos.

—Pero aunque se obtenga rapidez en el pleito, no podremos obligar a su adversario a hacer lo propio, porque tratará de aprovecharse de todas las dilaciones que le concede la ley. ¿Quién sabe si su adversario no se dejará condenar sin comparecer? Nunca se sabe lo que puede ocurrir, amigo mío —dijo Derville sonriendo.

—Pero ¿y en el Tribunal de Comercio? —dijo Birotteau.

—¡Oh! —dijo el procurador—, los jueces consulares y los de primera instancia son dos clases distintas de jueces. ¡Ustedes acuchillan los negocios! En la Audiencia tenemos que guardar las formas. La forma es la protectora del derecho. ¿Desearía usted un juicio a quemarropa que le hiciese perder sus cuarenta mil francos? Pues bien, su adversario, que verá esta suma comprometida, se defenderá. Las dilaciones son caballos de friso judiciales.

—Dice usted bien —contestó Birotteau, que saludó a Derville y salió con la muerte en el alma—. Todos tienen razón. ¡Dinero, dinero! —gritaba el perfumista por las calles hablando consigo mismo, como hacen todas las gentes atareadas en ese turbulento e hirviente París, que un poeta ha llamado cuba.

Al verle entrar, aquel de sus dependientes que había ido a cobrar todas las facturas, le dijo que, como se aproximaba el día primero de año, cada uno devolvía el recibo y guardaba la factura.

—¿No hay, pues, dinero en ninguna parte? —dijo César en voz alta en la tienda.

Y se mordió los labios, pues los dependientes habían levantado todos la cabeza hacia él.

Cinco días pasaron de este modo, cinco días durante los cuales Braschon, Lourdois, Thorein, Grindot, Chaffaroux, todos los acreedores no pagados pasaron por las fases camaleónicas que sufre el acreedor antes de llegar al estado apacible en que le coloca la confianza que tiene en los colores sanguinolentos de la Bellona comercial. En París, el período represivo de la desconfianza viene tan rápidamente, como tarda en llegar el movimiento expansivo de la confianza: una vez sumido en el sistema restrictivo de los temores y de las precauciones comerciales, el acreedor se entrega a bajezas siniestras que le colocan por debajo del deudor. De una dulce cortesía, los acreedores pasan al rojo de la impaciencia, a los chisporroteos sombríos de las importunidades o los estallidos de la contrariedad y a la negra insolencia de la citación preparada. Braschon, aquel rico tapicero del Faubourg Saint-Antoine, que no había sido invitado al baile, dio la señal de alarma; como acreedor herido en su amor propio, quería ser pagado antes de las veinticuatro horas y exigía garantías, no basadas en un depósito de muebles, sino en una hipoteca sobre los terrenos del Faubourg. A pesar de la violencia de sus recriminaciones, los acreedores dejaron aún algunos intervalos de descanso a Birotteau, durante los cuales respiraba éste. En lugar de vencer, mediante una resolución enérgica, esos primeros resquemores que producen las situaciones difíciles, César procuró que su situación no fuese conocida de su mujer, no obstante ser ésta la única que podía aconsejarle. El pobre perfumista hacía centinela en el, umbral de su puerta y alrededor de su tienda, y había puesto en el secreto de sus asuntos a Célestin, el cual examinaba a su amo con mirada tan curiosa como asombrada: César menguaba a sus ojos, como menguan en los desastres los hombres acostumbrados al éxito constante, originado más bien por la suerte que por la inteligencia. Sin tener la enérgica capacidad para defenderse de todos los ataques que recibía a la vez, César tuvo, sin embargo, el valor de hacer frente a las circunstancias. Para últimos de diciembre y para el 15 de enero, necesitaba una suma de sesenta mil francos, de los cuales la mitad habían de estar prontos para fin de año. Ahora bien, contando con todos sus recursos, sólo podía reunir veinte mil, de modo que le faltarían diez mil francos. A él nada le parecía desesperado, pues no veía ya más que el momento presente, como los aventureros, que viven al día. Antes de que se hiciese público el rumor de su situación apurada, resolvió, pues, intentar lo que le parecía un gran golpe dirigiéndose al famoso François Keller, banquero, orador y filántropo, célebre por sus sentimientos caritativos y por su deseo de ser útil al comercio parisiense, a fin de salir siempre diputado por París. El banquero era liberal, y Birotteau realista; pero éste, juzgando a todos por sí mismo, encontró en la diferencia de opiniones un motivo más para obtener un favor. En el caso de que se necesitasen valores, no dudaba de la adhesión de Popinot, al cual contaba pedir treinta mil francos de efectos que le servirían para aguantarse hasta el momento en que se fallase el pleito, ofreciéndoselos como garantía a los acreedores más sedientos. El perfumista expansivo, que le contaba a su querida Constance las menores emociones de su existencia, que le alentaba con sus palabras y que procuraba discutir con ella sus negocios, no podía hablar de su situación con su mujer, ni con sus dependientes, ni con su tío; así es que le pesaban doblemente las ideas. Pero este valeroso mártir prefería sufrir, antes que comunicar sus temores a su mujer, y ansiaba contarle el peligro una vez que éste hubiese pasado. El miedo que le inspiraba su mujer le daba valor e iba todas las mañanas a oír misa a Saint-Roch tomando a Dios por confidente.

«Si al volver de Saint-Roch a mi casa no encuentro ningún soldado, será señal de que mis megos han sido escuchados. Esto será la respuesta de Dios», se decía después de haber orado para que le socorriese.

Y, en efecto, si no encontraba ningún soldado, considerábase feliz. Sin embargo, sentíase el corazón demasiado oprimido, y necesitaba otro corazón con quien desahogarse. Césarine, que conocía la fatal noticia desde el primer momento, fue la dueña absoluta de sus secretos, y había entre ellos miradas dirigidas a hurtadillas, miradas llenas de desesperación y de esperanzas, invocaciones lanzadas con mutuo ardor, preguntas y respuestas simpáticas y efluvios de alma a alma. Birotteau fingía estar alegre y jovial con su mujer. Si Constance hacía alguna pregunta, le contestaban que todo iba bien, que Popinot medraba, que el Aceite tenía éxito, que los efectos Claparon serían pagados y que no había nada que temer. Cuando su mujer dormía en aquel lecho suntuoso, Birotteau se sentaba en la cama y se sumía en la contemplación de su desgracia llorando, y entonces Césarine se levantaba a veces en camisa, descalza y con un chal sobre sus blancos hombros, y le decía llorando también:

—Papá, te oigo, estás llorando.

Birotteau se sintió tan agobiado después de haber escrito la carta en que pedía una cita al gran François Keller, que su hija creyó necesario sacarle a dar un paseo por París. Sólo entonces fue cuando vio en las esquinas unos enormes anuncios rojos que decían: ACEITE CEFALICO.

Durante las catástrofes occidentales de «La Reina de las Rosas», la casa A. Popinot se elevaba radiante en medio de las llamas orientales del éxito. Aconsejado por Gaudissart y por Finot, Anselme había lanzado con audacia a la calle su Aceite. Hacía tres días que habían sido fijados más de dos mil anuncios en los lugares más concurridos de París, y nadie podía evitar el encuentro del anuncio del Aceite Cefálico y la lectura de una frase concisa inventada por Finot acerca de la imposibilidad de hacer brotar los cabellos y del peligro en teñirlos, frase que iba acompañada de un párrafo de la memoria leída en la Academia de Ciencias por Vauquelin, lo cual era un verdadero certificado de vida para los cabellos muertos, prometido únicamente a los que usasen el Aceite Cefálico. Todos los peluqueros, peinadoras y perfumistas de París habían decorado sus puertas con un marco dorado que contenía un hermoso grabado de Hero y Leandro, con este epígrafe por aserto: Los pueblos de la antigüedad conservaban sus cabelleras mediante el empleo del ACEITE CEFÁLICO.

—Ha inventado los marcos permanentes, el anuncio eterno —se dijo Birotteau con estupefacción ante el escaparate de la «Campana de Plata».

—Pero ¿no has visto un marco que le entregó Anselme a Célestin, al mismo tiempo que trescientas botellas de su Aceite? —le dijo su hija.

—No.

—¡Oh!, Célestin ha vendido ya cincuenta a transeúntes y sesenta a parroquianos.

El perfumista, aturdido por las mil ideas que le sugería el temor a la miseria, vivía sumido en sí mismo. La víspera, Popinot le había esperado más de una hora y se había ido después de haber hablado con Constance y Césarine, las cuales le dijeron que César estaba absorbido por su gran negocio.

—¡Ah, sí!, el negocio de los terrenos.

Afortunadamente Popinot, que hacía un mes que no había salido a la rue des Cinq-Diamants, pasaba las noches y los domingos trabajando en la fábrica, y no había visto a los Ragon, ni a Pillerault, ni a su tío el juez. El pobre muchacho sólo dormía dos horas, y no tenía más que dos dependientes, siendo así que, al paso que llevaban las cosas, no tardaría en necesitar cuatro. En el comercio la ocasión es el todo, y el que no se aprovecha del éxito agarrándose a él con todas sus fuerzas está perdido. Popinot se decía que sus tíos le recibirían muy bien cuando, seis meses después, fuese a decirles que tenía su fortuna hecha, y que sería también afectuosamente recibido por los Birotteau cuando les llevase los treinta o cuarenta mil francos de su parte. Ignoraba, pues, la huida de Roguin y los desastres y apuros de César, y no pudo decirle ninguna palabra indiscreta a madame Birotteau. Popinot prometió a Finot quinientos francos si hablaba tres veces al mes del Aceite Cefálico en los periódicos de primera, ¡que eran diez!, y trescientos francos en los periódicos de segunda, ¡que eran otros diez! Finot vio tres mil francos para él de aquellos ocho mil, y juzgó que aquélla podría ser la base para entregarse a la especulación. Se lanzó, pues, como un león sobre sus amigos y sobre sus conocidos, frecuentó por las mañanas todas las redacciones y por la noche todos los teatros.

—Querido amigo, piensa en mi Aceite. Yo no gano nada en él, pero es cuestión de compañerismo. Ya sabes, se trata de Gaudissart.

Tal era la primera y última frase de todos sus discursos. Finot se apoderó de todas las columnas finales de los periódicos para hacer artículos de propaganda. Astuto como un figurante que quiere pasar por actor, escribió cartas a todo el mundo, halagó todos los amores propios e hizo inmundos favores a los redactores jefes a fin de lograr que le escribiesen algún artículo. Dinero, favores, bajezas, de todo se sirvió. Corrompía con entradas para el teatro a los obreros que, hacia media noche, acababan las columnas de los periódicos y tienen facultades para tomar o dejar parte del original, a fin de completar la edición del día. Finot se personaba en la imprenta como si hubiese tenido que ir adrede para corregir algún artículo suyo, y no se marchaba hasta que no veía sus deseos satisfechos. Amigo de todo el mundo, Andoche hizo triunfar el Aceite Cefálico sobre la Pasta Regnaud, la Mixtura Brasileña y todas las demás invenciones que tuvieron la suerte de comprender primero que nadie la influencia del periodismo y el efecto de pistón que produce en el público un artículo reiterado. En aquellos tiempos de inocencia, muchos periodistas eran como bueyes; ignoraban sus fuerzas y se ocupaban de actrices, de Florine, de Tullia, de Mariette, etc. Lo regentaban todo y no se aprovechaban de nada. Las pretensiones de Finot no concernían nunca al hecho de aplaudir a una actriz, o alabar una obra, sino que, por el contrario, ofrecía dinero por cosas útiles y daba espléndidos almuerzos a sus compañeros cuando lograba sus deseos. Así es que no hubo un periódico que no hablase de Vauquelin, el cual se burlaba de los que creen que se puede lograr que broten los cabellos y de los que no proclaman el peligro de teñirlos.

Estos artículos regocijaban el alma a Gaudissart, el cual se armaba de periódicos para destruir ciertas preocupaciones y hacía en provincias una campaña feroz. En aquella época, los periódicos de París dominaban en los departamentos, que carecían aún de órganos, ¡los desgraciados! Los periódicos eran, pues, seriamente estudiados desde el título hasta el pie de imprenta, y Gaudissart, apoyado en la prensa, tuvo brillantes éxitos desde el día que empezó a dar pasto a su lengua. Todos los tenderos de provincias querían marcos con el grabado de Hero y Leandro. Finot empleó contra el Aceite Macassar aquella graciosa broma que tanto hizo reír en los Funámbulos, cuando Pierrot toma una escoba de crin casi pelada, e introduciéndola en el Aceite Macassar, la saca hermosa y tupida. Esta escena irónica originaba universales risas. Más tarde, Finot contaba alegremente que a no ser por aquellos mil escudos hubiera muerto de miseria y de dolor. Para él, mil escudos eran una fortuna. En aquella campaña fue el primero en comprender el poder del anuncio, del que tan gran partido supo sacar más tarde. Tres meses después, fue nombrado redactor en jefe de un periodiquillo que acabó por comprar y que fue la base de su fortuna. Del mismo modo que la terrible campaña que hizo en los Departamentos el ilustre Gaudissart proporcionó un triunfo comercial a la casa A. Popinot, así también ganó esta popularidad y fama, gracias a aquella propaganda de los periódicos, propaganda que lograron obtener también la Mixtura Brasileña y la Pasta Regnaud. En sus comienzos, aquel gran asalto a la opinión pública engendró tres éxitos, tres fortunas y dio origen a la invasión de las mil ambiciones que acudieron, formando un nutrido batallón, a la arena del periodismo, creando la inmensa revolución de los anuncios pagados. En este momento, la casa A. Popinot y Compañía figuraba en todas las esquinas y escaparates. Incapaz de adivinar el alcance de semejante publicidad, Birotteau se contentó con decirle a Césarine:

—Ese Popinot sigue mis huellas.

El pobre perfumista no comprendía la diferencia de los tiempos ni apreciaba el poder de los nuevos medios de difusión, cuya rapidez y extensión abrazaba mucho más pronto que antes al mundo comercial. Birotteau no había puesto los pies en su fábrica desde el día del baile; así es que ignoraba el movimiento y la actividad que Popinot había desplegado en ella. Cuando Anselme clavaba una caja en mangas de camisa y afanoso, se creía aún en casa de Birotteau, veía a Césarine en todos sus actos y se decía:

«Será mi mujer.»

Al día siguiente, después de haber meditado por la noche lo que debía decir y no decir a uno de los más grandes banqueros, César llegó a la rue du Houssaye, presa de horribles palpitaciones, y penetró en el palacio del banquero liberal que pertenecía a aquel partido acusado injustamente de querer derribar a los Borbones. Como todas las gentes del pequeño comercio parisiense, el perfumista ignoraba las costumbres y el modo de ser de los hombres de la alta banca. En París, entre la alta banca y el comercio existen casas secundarias; intermediarios útiles para la banca, que encuentra en ellas una garantía más. Constance y Birotteau, que no habían salido nunca de su tienda y que, por no necesitar dinero, habían conservado siempre en cartera los efectos, no habían tenido nunca tratos con esas casas de segundo orden, y, por lo tanto, con mayor motivo eran completamentes desconocidos en la alta banca. Tal vez es una grave falta no crearse un crédito, aunque sea inútil. Pero, en fin, en este punto las opiniones son muy diversas. Sea como fuere, lo cierto es que Birotteau lamentaba mucho no haber emitido su firma; pero creyéndose conocido como teniente de alcalde y como político, se imaginó que no tendría más que dar su nombre y entrar. El infeliz ignoraba la afluencia que había en la audiencia casi regia de aquel banquero. Introducido en el salón que precedía al despacho del hombre célebre por mil motivos, Birotteau se vio allí en medio de una numerosa sociedad compuesta de diputados, escritores, periodistas, agentes de cambio, grandes comerciantes, agentes de negocios ingenieros y, sobre todo, personas de confianza que atravesaban los grupos y llamaban familiarmente a la puerta del despacho, donde entraban por privilegio.

—¿Qué soy yo en medio de tal máquina? —se dijo Birotteau aturdido al ver el movimiento de aquella fragua intelectual donde se distribuía el pan cotidiano de la oposición.

El perfumista oía discutir a su derecha la cuestión del préstamo para la terminación de las principales líneas de canales propuestos por la Dirección de Puentes y Calzadas, ¡y veía que se trataba de millones! A su izquierda, algunos periodistas, que iban a halagar el amor propio del banquero, hablaban de la sesión del día anterior y del discurso de Keller. Durante dos horas de espera, Birotteau vio tres veces al banquero político acompañando a personas distinguida hasta la puerta del umbral de su despacho. Para el último, que era el general Foy, François Keller llegó hasta la puerta de la antesala.

—¡Estoy perdido! —se dijo Birotteau, cuyo corazón se oprimía violentamente.

Cuando el banquero volvía a su despacho, la tropa de los cortesanos, de los amigos y de los interesados le asaltaba como perros que persiguen a una perra bonita. Algunos osados chisgarabís se deslizaban a toda costa en el santuario. Las conferencias duraban cinco minutos, diez minutos, un cuarto de hora. Los unos salían contritos y los otros denotaban satisfacción o importancia. El tiempo transcurría y Birotteau miraba con ansiedad el reloj. Nadie hacía el menor caso de aquel dolor oculto que gemía en un sofá del rincón de la chimenea, a la puerta de aquel gabinete donde residía la panacea universal, el crédito. César pensaba dolorosamente en que había habido un tiempo en que había sido el rey en su casa, como aquel hombre en la suya, y medía la profundidad del abismo en que había caído. ¡Amargo pensamiento! ¡Cuántas lágrimas devoradas durante la hora que pasó allí! ¡Cuántas veces no suplicó Birotteau a Dios que hiciese que aquel hombre le fuese favorable, pues bajo una gruesa capa de popular franqueza, notaba en él una insolencia, una tiranía y un brutal deseo de dominar, que causaban espanto a su alma tímida. Por fin, cuando no quedaban más que diez o doce personas, Birotteau se resolvió a levantarse así que la puerta del despacho se abriese y a presentarse al gran orador diciéndole: «Yo soy Birotteau».

El granadero que llegó primero al reducto del Moscova, no desplegó más valor que el que tuvo que desplegar el perfumista para entregarse a esta maniobra.

«Después de todo, soy su teniente de alcalde», se dijo levantándose para dar su nombre.

La fisonomía de François Keller cambió de aspecto, quiso evidentemente mostrarse amable, miró la cinta roja que llevaba Birotteau en el ojal, abrió la puerta de su despacho, reculó, le enseñó el camino y permaneció algún rato hablando con dos personajes que se lanzaron sobre él con la violencia de una tromba.

—Decazes desea hablarte —dijo uno de ellos.

—Se trata de matar el pabellón Marsan. El rey comienza a ver claro y viene hacia nosotros —exclamó el otro.

—Iremos juntos a la Cámara —dijo el banquero, adoptando la actitud de la rana que quiere imitar al buey.

—¿Cómo puede pensar en sus negocios? —se preguntó Birotteau admirado.

El sol de la superioridad deslumbraba al perfumista, como ciega la luz a los insectos que necesitan una media luz o la semioscuridad de una hermosa noche. Sobre una inmesa mesa veía el presupuesto, los mil impresos de la Cámara y los tomos del Monitor, abiertos, consultados y anotados para echar en cara a un ministro sus precedente palabras olvidadas y hacerle cantar la palinodia ante los aplausos de una multitud necia, incapaz de comprender que los acontecimientos lo modifican todo. Sobre otra mesa, protocolos amontonados, memorias, proyectos y mil informes confiados a un hombre de cuya caja procuran disponer todos los industriales nacientes. El lujo regio de aquel despacho lleno de cuadros, de estatuas y de obras de arte, el montón de los intereses nacionales o extranjeros de que daban fe los fajos de papeles, todo sorprendía a Birotteau, le empequeñecía, aumentaba su terror y le helaba la sangre. Sobre la mesa de François Keller había montones de efectos, de letras de cambio y circulares comerciales. Keller se sentó y se puso a firmar rápidamente las letras que no exigían examen.

—Caballero, ¿a qué debo el honor de su visita? —le preguntó.

Al oír estas palabras pronunciadas con entereza, mientras la mano ávida del banquero corría sobre el papel, el pobre perfumista se sintió azorado y procuró tomar ese aire agradable que el banquero veía tomar hacía diez años a todos los que iban a hablarle de algún asunto importante o interesante para ellos. François Keller dirigió, pues, a César una mirada que lo dejó petrificado, una mirada napoleónica. La imitación de la mirada de Napoleón era una ligera ridiculez que se permitían entonces algunos advenedizos que ni siquiera han sido la sombra de su emperador. Aquella mirada cayó sobre Birotteau, hombre de la derecha, gubernamental, elemento de elección monárquica, como el plomo de un aduanero cuando marchama una mercancía.

—Señor, no quiero abusar de sus momentos; seré conciso. Vengo para un asunto puramente comercial, y a preguntarle si me concedería usted un crédito en su casa. Antiguo juez del Tribunal del Comercio y conocido en la Banca, comprenderá usted que si tuviese la cartera llena no tendría más que dirigirme allí donde usted es regente. He tenido el honor de sentarme en el Tribunal al lado de monsieur el baron de Thibon, juez del Comité de Descuentos, y tengo la seguridad de que no me negaría nada. Pero yo no he hecho uso de mi crédito ni de mi firma; mi firma es virgen y ya sabe usted cuántas dificultades ofrece entonces una negociación. —(Keller meneó la cabeza y Birotteau tomó este movimiento como señal de impaciencia.)— Señor, he aquí el caso —repuso—. Me he metido en un asunto territorial extraño a mi negocio…

François Keller, que continuaba firmando y leyendo con aire de no escuchar a César, volvió la cabeza y le hizo un signo de adhesión que le animó. Birotteau creyó su asunto en buen camino y respiró.

—Continúe usted, le escucho —le dijo Keller con amabilidad.

—Soy dueño de la mitad de los terrenos situados alrededor de la Madeleine.

—Sí, ya he oído hablar de ese inmenso negocio en casa de Nucingen, negocio emprendido por la casa Claparon.

—Pues bien —repuso el perfumista—, un crédito de cien mil francos, garantizados con mis terrenos de la Madeleine, o con mis propiedades comerciales, me bastaría para esperar el momento en que obtendré los beneficios que debe darme en breve una operación en mi negocio de perfumería. En caso de necesidad, se lo garantizaría con los efectos de una nueva casa, la casa Popinot, hace poco establecida, que…

Keller pareció preocuparse bien poco de la casa Popinot, y Birotteau comprendió que seguía mal camino. Se detuvo, y después, asustado del silencio, repuso:

—Respecto a los intereses, nos…

—Sí, sí —dijo el banquero—, la cosa puede arreglarse, no dude usted de mi deseo de servirle. Ocupado como estoy en los asuntos financieros de Europa, la Cámara absorbe todos mis momentos y no se extrañará usted de saber que dejo de estudiar por esto una porción de negocios propios. Vaya usted abajo a ver a mi hermano Adolphe y explíquele la naturaleza de sus garantías; si aprueba la operación, vuelva usted con él mañana o pasado mañana a la hora en que examino a fondo los asuntos, a las cinco de la madrugada. Nos consideraremos felices y orgullosos de haber obtenido su confianza, pues es usted uno de esos realistas conscientes, de quienes se puede ser enemigo político, pero cuya estimación halaga…

—Señor —le dijo el perfumista exaltado por aquella frase de tribuno—, soy tan digno del honor que usted me hace, como del insigne y real favor… Lo he merecido formando parte del Tribunal Consular y combatiendo…

—Sí —repuso el banquero—, la reputación de que usted goza es un salvaconducto, monsieur Birotteau. Usted no puede proponer más que negocios factibles y puede contar con nuestro concurso.

Una mujer, madame Keller, una de las dos hijas del conde de Grondeville, par de Francia, abrió una puerta que Birotteau no había visto.

—Querido, deseo verte antes de que vayas a la Cámara —le dijo ella.

—¡Son las dos! —exclamó el banquero—. La batalla está empezada. Dispénseme usted, señor, se trata de derribar un Ministerio. Vea usted a mi hermano.

Y condujo al perfumista hasta la puerta del salón, diciendo a uno de sus dependientes:

—Acompañe usted al caballero al despacho de monsieur Adolphe.

A través del laberinto de escaleras por donde le guiaba un hombre con librea hacia un despacho menos suntuoso que el del jefe de la casa, aunque más útil, el perfumista, acariciando la idea de obtener un , el dulce corcel de la esperanza, se acariciaba la barbilla, encontrando de muy buen augurio las adulaciones de un hombre célebre. Sentía que un enemigo de los Borbones fuese tan amable, tan capaz y tan gran orador.

Lleno de estas ilusiones entró en un despacho desnudo, frío, amueblado con dos sencillas mesitas, con mezquinos sillones, adornado con cortinas muy abandonadas y con una raída alfombra. Este despacho era, al otro, lo que una cocina al comedor, la fábrica a la tienda. Allí se destripaban los negocios bancarios y comerciales, se analizaban las empresas y se arreglaban los descuentos de la Banca sobre todos los beneficios de las industrias juzgadas aprovechables. Allí se combinaban esos golpes audaces por medio de los cuales se creaba durante algunos días un monopolio rápidamente explotado. Allí se estudiaban los defectos de la legislación y se estipulaban sin vergüenza lo que la Bolsa llama las partes tragonas y las comisiones exigidas por los menores servicios, tales como apoyar una empresa con su nombre o acreditarla. Allí se urdían esos engaños floreados de legalidad, que consisten en comanditar, sin comprometerse a nada, empresas dudosas, a fin de esperar el éxito y de matarlas para apoderarse de ellas pidiendo los capitales en un momento crítico: ¡horrible maniobra por medio de la cual fueron arrollados tantos accionistas!

Los dos hermanos se habían distribuido sus papeles. En los más elevados, François, hombre brillante y político, se conducía como un rey, distribuía los favores y las promesas y se hacía agradable a todos. Con él todo era fácil, emprendía noblemente los negocios y emborrachaba a los recién desembarcados y a los especuladores de nueva entrada con el vino de su favor y su embriagadora palabra, exponiéndoles sus propias ideas. Abajo, Adolphe excusaba a su hermano alegando sus muchas ocupaciones políticas y estudiaba detenidamente los asuntos, convirtiéndose en el hermano comprometido, en el hombre difícil. Era preciso, pues, contar con dos palabras para cerrar un trato con aquella pérfida casa. A veces el amable del suntuoso despacho se convertía en un seco no en el despacho de Adolphe. Esta maniobra suspensiva daba lugar, a veces, a la reflexión para distraer a inhábiles competidores.

Al presentarse el perfumista, el hermano del banquero hablaba con el famoso Palma, consejero íntimo de la casa Keller, el cual se retiró al verle.

Cuando Birotteau se hubo explicado, Adolphe, que era el más astuto de los dos hermanos, un verdadero cancerbero de mirada penetrante, labios delgados y tez ordinaria, dirigió a Birotteau, por encima de sus antiparras, bajando la cabeza, una mirada que hay que llamar de banquero y que tiene algo de la de los buitres y de los procuradores, ya que es ávida e indiferente, clara y oscura, brillante y sombría.

—Dígnese usted enviarme las actas en que está basado el asunto de la Madeleine. En esto estriba toda la garantía del crédito, y antes de abrirle éste y discutir los intereses, es preciso examinarlas. Si el asunto es bueno, para no gravarle demasiado nos contentaremos con una parte en los beneficios en lugar de intereses.

Vamos —se dijo Birotteau mientras volvía a su casa—, ya veo de que se trata. Al igual que el castor perseguido, tengo que permitir que me arranquen una parte de la piel. Pero, en fin, vale más dejarse desollar que morir.»

Aquel día entró en su casa muy risueño, siendo su alegría franca y sincera.

—Estoy salvado —le dijo a Césarine—; la casa Keller me abrirá un crédito.

Hasta el 29 de diciembre, Birotteau no pudo volver a entrar en el despacho de Adolphe Keller. La primera vez que el perfumista se volvió a presentar, Adolphe había ido a seis leguas de París a visitar una tierra que se proponía comprar. La segunda vez, los dos Keller tenían negocios importantes por la mañana: se trataba de presentar pliego de condiciones para un préstamo propuesto a las Cámaras, y rogaba a monsieur Birotteau que volviese el viernes siguiente. Estas dilaciones mataban al perfumista. Al fin llegó aquel viernes, y Birotteau se encontró en el despacho, sentado en el rincón de la chimenea y a la luz de la ventana, enfrente de Adolphe Keller, que ocupaba el otro rincón.

—Está bien, caballero —le dijo el banquero devolviéndole las actas—; pero ¿qué ha pagado usted del precio de los terrenos?

—Ciento cuarenta mil francos.

—¿En dinero?

—En efectos.

—¿Y están pagados?

—No, están próximos a vencer.

—Pero hombre, y si usted ha pagado por los terrenos más precio que su valor actual, ¿adonde está la garantía? Ésta sólo se basaría en la buena opinión que usted inspira y en la consideración de que usted goza, y los negocios no pueden basarse en sentimientos. Si usted hubiese pagado doscientos mil francos, suponiendo que hubiese dado cien mil de más para apoderarse de los terrenos, entonces tendríamos una garantía de cien mil francos que respondería del crédito. El resultado para nosotros sería el de pasar a ser dueños de su parte pagándola, y en éste caso sólo faltaría examinar si el negocio es bueno. Esperar cinco años para doblar el capital no conviene, porque es preferible emplearlo en negocios bancarios. ¡Ocurren tantas cosas! Usted quiere obtener un crédito para pagar letras próximas a vencer, y la maniobra es peligrosa; a nosotros no nos conviene.

Birotteau perdió la cabeza, pues esta frase le hizo el mismo efecto que si el verdugo le hubiese puesto el hierro en el hombro para marcarle.

—Vamos a ver —dijo Adolphe—; mi hermano me ha hablado de usted con mucho interés. Examinemos el estado de sus negocios —añadió dirigiendo al perfumista una mirada de impaciencia.

Birotteau se convirtió en Molineux, a pesar de haberse burlado de él. Engañado por el banquero, que se complacía en adivinar el montón de pensamientos que acudían a la mente de aquel pobre hombre, y que sabía interrogar a un negociante como el juez Popinot a un criminal. César contó sus empresas, sacó a relucir la Doble Pasta de las Sultanas, el Agua Carminativa, el asunto de Roguin y su pleito con motivo de una hipoteca cuyo importe no había recibido. Al ver el aire risueño y reflexivo de Keller y sus movimientos de cabeza, Birotteau se decía:

«Me escucha, le intereso, me abrirá crédito.»

Adolphe Keller se reía de Birotteau como el perfumista se había reído de Molineux. Llevado de la verbosidad propia de las gentes que se embriagan con la desgracia, César se mostró tal cual era, y desveló su situación proponiendo como garantía el Aceite Cefálico de la casa Popinot, su último recurso. El buen hombre, alentado por una falsa esperanza, se dejó sondear y examinar por Adolphe Keller, el cual adivinó que el perfumista era un zoquete realista próximo a quebrar. Encantado de que tal sucediera a un teniente de alcalde de su distrito, persona condecorada la víspera y hombre del poder, Adolphe dijo clara y terminantemente a Birotteau que él no podía abrirle cuenta, ni decir nada en su favor a su hermano François, el gran orador. Si François se dejaba llevar de su estúpida generosidad socorriendo a gentes de opinión contraria a la suya y a sus enemigos políticos, él, Adolphe, se opondría a ello con todo su poder y le impediría tender la mano a un antiguo adversario de Napoleón, a un realista acérrimo, a un herido en Saint-Roch. Birotteau, desesperado, quiso decir algo acerca de la avidez de la alta Banca, de su dureza y de su falsa filantropía; pero sintió tan violento dolor, que apenas pudo pronunciar algunas frases sobre la institución del Banco de Francia, del cual sacaban partido los Keller.

—Pero, hombre, el Banco no puede conceder nunca crédito a una persona a quien se lo niega un sencillo banquero —dijo Adolphe.

—El Banco —argüyó Birotteau— siempre me ha parecido que no cumplía su destino cuando, al presentar su cuenta de beneficios, se ha alabado de no haber perdido más que cien o doscientos mil francos con el comercio parisiense.

Adolphe empezó a reírse, y se levantó haciendo un gesto de hombre aburrido.

—Si el Banco comenzase a hacer comandita con las gentes apuradas de la plaza más bribona y más peligrosa del mundo financiero, tendría que retirarse al cabo del año. Bastante trabajo le cuesta defenderse contra la circulación de valores falsos. ¿Qué sería si tuviera que estudiar los negocios de los que piden su auxilio?

«¿Dónde encontrar diez mil francos que me faltan para mañana sábado, treinta?», se decía Birotteau al atravesar el patio.

Según costumbre, se paga el 30 cuando el 31 es día de fiesta.

Al llegar a la puerta cochera con los ojos bañados en lágrimas, el perfumista vio apenas un hermoso caballo inglés que se paraba en seco a la puerta, arrastrando uno de los cabriolés más bonitos que rodaban entonces por las calles de París. Bien hubiera querido ser aplastado por aquel cabriolé, porque así debería su muerte a un accidente casual y se hubiera achacado a él el desorden de sus asuntos. El pobre César no reconoció a du Tillet, el cual, esbelto y elegante, entregó las riendas a su criado y echó una manta sobre el lomo de su sudoroso caballo.

—¿Cómo, usted por aquí? —dijo du Tillet a su antiguo amo.

Du Tillet lo sabía todo, pues los Keller habían pedido informes a Claparon, el cual había logrado destruir la antigua reputación del perfumista. Aunque contenidas de pronto, las lágrimas del antiguo comerciante hablaban elocuentemente.

—¿Habrá usted ido, por casualidad, a pedir algún favor a esos caribes, a esos estranguladores del comercio, que han hecho infames negocios, como el de elevar el precio del añil después de haberlo acaparado todo, bajar el del arroz para obligar a los tenedores a venderlo barato para adquirirlo ellos y acaparar el mercado, a esos atroces piratas que no tienen fe, ley ni alma? Usted no sabe lo que son capaces de hacer. Le abren un crédito a uno cuando tiene un buen negocio, y se lo cierran en el momento en que está más comprometido, para obligarle entonces a cederlo a bajo precio. En El Havre, en Burdeos y en Marsella le contarán bonitas cosas de ellos. La política les sirve para cubrir muchas suciedades, y por eso yo los exploto sin escrúpulo. Demos un paseo, mi querido Birotteau. Joseph —dijo al criado— pasee usted el caballo porque tiene mucho calor. ¡Qué diablo!, los mil escudos que me cuesta no son grano de anís.

Y se dirigió hacia el bulevar.

—Vamos a ver, mi querido amo, porque usted ha sido mi amo, necesita usted dinero, ¿verdad? Y es claro, esos miserables le habrán exigido garantía. Pero yo le conozco a usted y le ofrezco dinero sin más garantía que su firma. He hecho honradamente mi fortuna con inaudito trabajo. Yo la fortuna la fui a buscar a Alemania. Hoy puedo decírselo. Compré los créditos del rey al sesenta por ciento, y le estoy muy agradecido, porque su fianza de usted me fue muy útil. Si necesita usted diez mil francos, están a su disposición.

—¡Cómo, du Tillet! —exclamó César—. ¿Es verdad? ¿No se burla usted de mí? Sí, estoy un poco apurado, pero no es más que por el momento.

—Lo sé, el asunto Roguin —respondió du Tillet—. ¡Oh!, ese pillastre también me ha cogido a mí diez mil francos, pero madame Roguin me los devolverá. He aconsejado a esa pobre mujer que no hiciese la tontería de dar su fortuna para pagar deudas contraídas por una mujerzuela. Eso sería bueno si lo pagase todo; pero ¿cómo favorecer a tinos acreedores en detrimento de otros? Usted no es un Roguin, yo le conozco —dijo du Tillet—, y sé que se levantaría la tapa de los sesos antes que consentir en que yo perdiera un céntimo. Mire, ya estamos en la Chaussée-d’Antin; suba usted a mi casa.

El advenedizo se dio el gusto de hacer pasar a su antiguo amo por las habitaciones en lugar de hacerlo por las oficinas, y le condujo lentamente a fin de dejarle tiempo para ver un hermoso y suntuoso comedor, adornado de preciosos cuadros comprados en Alemania, y dos salones de una elegancia y de un lujo que Birotteau no había admirado más que en casa del duque de Lenoncourt. Los ojos del burgués fueron deslumbrados por dorados, obras de arte, bagatelas locas, vasos preciosos, en una palabra, por mil detalles que eclipsaban el lujo de la habitación de Constance; y como sabía lo que le costaba su locura, se decía:

«¿De dónde ha sacado tantos millones?

Entró en un dormitorio, al lado del cual le pareció la habitación de madame Birotteau lo que es el tercer piso de un comparsa al palacio de un primer tenor de la Ópera. El techo, cubierto de satén de color violeta, estaba realzado por elegantes pliegues de satén blanco. Una alfombrita de armiño se destacaba sobre los colores violáceos de otra de Levante. Los muebles y los accesorios ofrecían formas nuevas y de un refinamiento extravagante. El perfumista se detuvo ante un deslumbrante reloj que representaba al Amor y a Psyque, reloj que acababa de ser hecho para un célebre banquero y del cual du Tillet había podido obtener el único segundo ejemplar que existía. Por fin el antiguo amo y el antiguo dependiente llegaron a un gabinete elegante y coquetón y que olía más a amor que a negocio. Madame Roguin había ofrecido sin duda, como prueba de agradecimiento por los cuidados tenidos con su fortuna, un raspador esculpido en oro, prensa-papeles de malaquita cincelados y todas las costosas baratijas de un lujo desenfrenado. La alfombra, uno de los productos más ricos de Bélgica, asombraba tanto a la mirada como sorprendía a los pies por la blanda espesura de su mucha lana. Du Tillet hizo sentar en el rincón de la chimenea al pobre perfumista, que estaba deslumbrado, sorprendido, confuso.

—¿Quiere usted almorzar conmigo?

Llamó y a poco apareció un ayuda de cámara mejor vestido que Birotteau.

—Diga usted a monsieur Legras que suba, después vaya a decir a Joseph que venga; le encontrará usted a la puerta de la casa Keller, y entre usted a decir a Adolphe Keller que, en lugar de ir a verle, le espero aquí hasta la hora de la Bolsa. Haga usted que me sirvan, y pronto.

Estas frases dejaron estupefacto al perfumista.

«¡Hace venir a ese temible Adolphe Keller y le manda como a un perro! ¡Él, du Tillet!»

Un criado pequeñito vino a desplegar una mesa que Birotteau no había visto, tan pequeña era, y trajo un pastel de foie gras, una botella de vino de Burdeos y todas esas cosas refinadas que no aparecían en casa de Birotteau más que dos veces por trimestre, en los grandes días. Du Tillet gozaba. Su odio contra el único hombre que tenía el derecho de despreciarle se ensanchaba tan dulcemente, que Birotteau le hizo experimentar la sensación profunda que causa el espectáculo de un cordero defendiéndose de un tigre, y pasó por su corazón una idea generosa: se preguntaba si su venganza no estaba satisfecha, flotando entre los consejos de la clemencia despertada y del odio adormecido.

«Puedo anonadar comercialmente a este hombre —pensaba— y tengo el derecho de vida y de muerte sobre él, sobre su mujer, que se ha burlado de mí, y sobre su hija, cuya mano me ha parecido en otro tiempo toda una fortuna. Tengo su dinero; contentémonos, pues, con dejar nadar a ese pobre necio cogiéndose al extremo de la cuerda que le tenderé.

Las gentes honradas carecen de tacto y no tienen tino para hacer el bien, porque para ellos no existen los rodeos ni la segunda intención. Birotteau consumó su desgracia, irritó al tigre, le hirió en el corazón sin saberlo y lo hizo implacable con una palabra, con un elogio, con una expresión virtuosa, con la bondad misma de la probidad. Cuando el cajero vino, du Tillet le mostró a César diciéndole:

—Monsieur Legras, tráigame usted diez mil francos y una letra de esta misma suma hecha a mi favor y a ochenta días vista, por monsieur Birotteau.

Du Tillet sirvió el pastel, vertía un vaso de vino de Burdeos al perfumista, el cual, al verse salvado, se entregaba a risas convulsivas; acariciaba la cadena de su reloj y no se llevaba un bocado a la boca más que cuando su antiguo dependiente le decía:

—¿No come usted?

Birotteau salía así de la profundidad del abismo donde le había sumido la mano de du Tillet, de donde ella podía sacarle y adonde ella podía volver a sumirle. Cuando el cajero volvió, después de haber firmado la letra, y cuando César sintió los diez billetes de banco en su bolsillo, no se contuvo más. Un instante antes su barrio y la Banca iban a saber que había suspendido los pagos y le era preciso confesar su ruina a su mujer; ahora, todo estaba reparado. La dicha de la salvación igualaba en intensidad a las torturas de la pérdida. Los ojos del pobre hombre se humedecieron a pasar suyo.

—¿Qué tiene usted, mi querido amo? —le dijo du Tillet—. No haría usted por mí lo que yo hago hoy por usted?

—Du Tillet —le dijo con énfasis y gravedad el buen hombre, levantándose y cogiendo la mano de su antiguo dependiente— te devuelvo toda mi estimación.

—¡Cómo! ¿La había perdido? —dijo du Tillet sintiéndose tan vigorosamente herido en el seno de su prosperidad que enrojeció.

—Perdido… no precisamente —dijo el perfumista anonadado por su estupidez—. Me han dicho tales cosas de su amistad con madame Roguin… ¡Demonio!, tomar la mujer de otro…

«Te hundes tú mismo, viejo imbécil», pensó du Tillet.

Al mismo tiempo que decía esta frase volvía a su proyecto de abatir aquella virtud, de pisotearla, de hacer despreciable en la plaza de París al hombre virtuoso y honrado, por el cual había sido cogido en flagrante delito. Todos los odios políticos o privados, de mujer a mujer, de hombre a hombre, no tienen otra causa que una sorpresa semejante. No se odia a nadie por intereses comprometidos, por una herida, ni siquiera por un bofetón: todo es reparable. ¡Pero haber sido cogido en flagrante delito de bajeza! El duelo que sigue a esto entre el criminal y el testigo del crimen no termina más que con la muerte de uno de los dos.

—¡Oh!, madame Roguin —dijo burlonamente du Tillet—, ¿no es una pluma en el sombrero de un joven? Le comprendo a usted, mi querido amo; le habrán dicho a usted que me prestaba dinero. Pues bien, por el contrario restablecí su fortuna, que estaba sumamente comprometida en los negocios de su marido. Como acabo de decirle, el origen de mi fortuna es puro. Yo no tenía nada ¡ya lo sabe usted bien! Los jóvenes se encuentran a veces en horribles necesidades. Puede uno dejarse llevar al seno de la miseria; pero si se hacen, como la República, préstamos forzosos, pues bien, se devuelven, y queda uno entonces más probo que Francia.

—Eso es —dijo Birotteau—. Hijo mío…, Dios… No es Voltaire quien ha dicho:

«Hizo del arrepentimiento la virtud de los mortales.»

—Con tal —repuso du Tillet herido otra vez por esta cita— de que uno no se lleve la fortuna de su vecino cobardemente, bajamente, como por ejemplo, si usted hiciese quiebra antes de tres meses y mis diez mil francos se evaporasen…

—¡Yo hacer quiebra! —dijo Birotteau que había bebido tres vasos de vino y a quien el placer emborrachaba—. ¡Conocidas son mis opiniones respecto a la quiebra! ¡La quiebra es la muerte de un comerciante, y yo moriría!

—A su salud —dijo du Tillet.

—Por su prosperidad —repuso el perfumista—. ¿Por qué no se provee usted en mi casa?

—Porque —dijo du Tillet—, lo confieso, tengo miedo a su señora, ¡me causa siempre una impresión!, y si usted no fuese mi antiguo amo, ¡a fe que!…

—¡Oh!, no eres tú el primero que la encuentra hermosa, y muchos la han deseado; ¡pero ella me ama! Vamos, du Tillet —añadió Birotteau—, no hagas las cosas a medias, amigo mío.

—¿Cómo?

Birotteau explicó el asunto de los terrenos a du Tillet, el cual abrió los ojos y cumplimentó al perfumista por su penetración y previsión al mismo tiempo que alababa el negocio.

—Pues bien, estoy contento de tu aprobación, porque pasas por una de las cabezas privilegiadas de la Banca, du Tillet. Querido hijo mío, tú puedes procurarme un crédito en el Banco de Francia, a fin de que tenga tiempo de esperar los beneficios del Aceite Cefálico.

—Puedo dirigirle a usted a la casa Nucingen —respondió du Tillet, prometiéndose hacer bailar a su víctima todas las contradanzas de los quebrados.

Ferdinand se sentó ante su mesa de despacho para escribir la siguiente carta:

A MONSIEUR EL BARON DE NUCINGEN

París

«Mi querido barón:

»El dador de esta carta es monsieur César Birotteau, teniente de alcalde del distrito segundo y uno de los industriales más renombrados de la perfumería parisiense, el cual desea entrar en relaciones con usted. Concédale con confianza todo lo que le pida, y, sirviéndole, servirá usted a su amigo,

F. DU TILLET

Du Tillet no puso punto sobre la i de su apellido, y para aquellos con quienes tenía negocios, este error voluntario era una señal convenida. Las recomendaciones más vivas y las instancias más calurosas y favorables de su carta no significaban entonces nada. Semejante carta había sido arrancada por poderosas consideraciones, él no había podido negarse y debía ser considerada como nula. Al ver la i sin punto, su amigo despedía con cajas destempladas al recomendado. Muchas personas distinguidas son engañadas de este modo como niños por gentes de negocios, banqueros y abogados, los cuales tienen todos una doble firma, una muerta y otra viva. Los más astutos caen en el lazo. Para reconocer esta artimaña, es preciso haber notado el doble efecto de una carta calurosa y de una carta fría.

—¡Me salva usted, du Tillet! —dijo César leyendo aquella carta.

—¡Dios mío! —dijo du Tillet—, vaya usted a pedir dinero a Nucingen sin temor, porque en leyendo esta carta le dará cuanto quiera. Desgraciadamente, tengo invertidos mis fondos en un negocio por algunos días, que si no, no le enviaría a usted a tratar con los príncipes de la Banca, pues los Keller no son más que pigmeos al lado del barón de Nucingen. Es Law, que resucita en Nucingen. Con mi carta saldrá usted del 15 de enero, y después ya veremos. Nucingen y yo somos muy amigos, y no creo que quiera disgustarme por un millón.

«Esto es como un aval —se dijo para sus adentros Birotteau, el cual salió de aquella casa lleno de agradecimiento hacia du Tillet—. Vaya, nunca resulta inútil hacer el bien.»

De esta suerte filosofaba hasta lo increíble. Sin embargo, un pensamiento agriaba su dicha. Durante algunos días había impedido que su mujer viese los libros y había encargado de la caja a Célestin, pretextando su deseo de que su mujer y su hija gozasen de sus hermosas habitaciones; pero una vez agotados estos pequeños goces, madame Birotteau se moriría antes que renunciar a ver por sí misma los detalles de su casa y a tener la sartén por el mango, según decía ella misma. Birotteau carecía, pues, de nuevos recursos, toda vez que había agotado todos los artificios para ocultar a su mujer los síntomas de su apurada situación. Constance había desaprobado enérgicamente el envío de las facturas, había reñido a los dependientes y acusado a Célestin de querer arruinar su casa, creyendo que era éste el iniciador de aquella idea. Célestin se había dejado reñir por orden de Birotteau. Para los dependientes, Constance dominaba al perfumista, pues si es posible engañar al público, resulta en cambio imposible que las gentes de una casa sepan quién goza de superioridad real en un hogar. Birotteau tenía que confesar su situación a su mujer, ya que la cuenta de du Tillet iba a exigir una justificación. Al llegar a su casa, Birotteau vio con espanto a Constance en el mostrador, examinando el libro de vencimientos y haciendo sin duda el arqueo de caja.

—¿Con qué pagarás mañana? —le dijo al oído cuando el perfumista se hubo sentado a su lado.

—Con dinero —respondió César sacando los billetes de banco y haciendo seña a Célestin de que los guardase.

—Pero ¿de dónde proviene este dinero?

—Por la noche te lo diré. Célestin, extienda usted una letra de diez mil francos para fines de marzo a la orden de du Tillet.

—¡De du Tillet! —repitió Constance aterrada.

—Me voy a ver a Popinot —dijo César—. He hecho mal en no haber ido a visitarle a su casa. ¿Se vende su aceite?

—Las trescientas botellas que nos trajo ya están despachadas.

—Birotteau, no salgas, tengo que hablarte —dijo Constance cogiendo a César por el brazo y llevándole hacia su cuarto, con una precipitación que en cualquier otra circunstancia hubiera causado risa—. ¿Tratas con du Tillet, que nos robó mil escudos? —dijo la esposa cuando estuvo sola con su marido, después de haberse asegurado de que no podía oírle nadie—. ¿Du Tillet, que es un monstruo que quería seducirme? —le dijo al oído.

—Locuras de la juventud —dijo Birotteau queriendo hacerse el despreocupado.

—Escucha, Birotteau, tú te extravías, ya no vas a la fábrica. Veo que hay aquí algo oculto, y vas a decírmelo, porque yo quiero saberlo todo.

—Pues bien —dijo Birotteau—, sabe que hemos estado a punto de quedar arruinados; esta misma mañana lo estábamos aún, pero todo está reparado.

Y acto continuo le contó la horrible historia de aquella quincena.

—¿De modo que fue ésa la causa de tu enfermedad? —exclamó Constance.

—Sí, mamá —dijo Césarine—, ¡y si vieras qué animoso se mostró papá! Sólo pensaba en tu dolor. Yo no quisiera más que ser querida como él te quiere.

—Mi sueño se ha cumplido —dijo la pobre mujer dejándose caer, pálida, lívida, espantada, sobre una poltrona situada al lado del fuego—. Yo lo había previsto todo, y te lo advertí aquella noche fatal en nuestro antiguo cuarto que tú has demolido. No nos quedará pan que llevamos a la boca. Pobre Césarine mía, yo…

—Vamos, ya comienzas —exclamó Birotteau—. ¿Vas a quitarme ahora el valor que tanto necesito?

—Perdón, amigo mío —dijo Constance tomando la mano de su esposo y estrechándola con entrañable ternura—. Ha llegado el día de la desgracia, y no temas, yo la soportaré resignada, muda y animosa. No, jamás oirás una queja mía. Valor, amigo mío, valor —añadió sollozando y arrojándose en los brazos de César—. Si es preciso, yo lo tendré por los dos.

—Mujer, mi aceite nos salvará.

—¡Que Dios nos proteja! —dijo Constance.

—¿No socorrerá Anselme a mi padre? —preguntó Césarine.

—Ahora voy a verle —exclamó César conmovido por el acento desgarrador de su mujer, a la que no conocía aún del todo después de diecinueve años de unión—. Constance, no temas nada. Mira, lee la carta que du Tillet dirige a monsieur de Nucingen. Con ella tengo la seguridad de obtener un crédito, y de aquí a entonces habré ganado el pleito. Por otra parte —añadió diciendo una mentira necesaria—, contamos con nuestro tío Pillerault. Se trata, pues, únicamente de tener valor.

—Si no se tratase más que de eso —dijo Constance sonriendo.

Birotteau, aliviado de un gran peso, se fue como hombre puesto en libertad, aunque sentía el indefinible agotamiento que sigue a las excesivas luchas morales, en las que se gasta más fluido nervioso y más voluntad de la que se debe emitir diariamente. Birotteau había envejecido.

La casa A. Popinot y Compañía, situada en la rue des Cinq-Diamants, había cambiado mucho en dos meses. La tienda había sido repintada, los escaparates, llenos de botellas, regocijaban la mirada de todo comerciante que conoce los síntomas de la prosperidad. El suelo de la tienda estaba lleno de papeles de embalar. El almacén contenía pequeños toneles de diferentes aceites adquiridos a crédito por Popinot, gracias a la intervención del adicto Gaudissart. Los libros de contabilidad y la caja estaban encima de la tienda y de la trastienda. Una anciana cocinera era la encargada de cuidar a los tres dependientes y a Popinot. Éste, confinado en un rincón de su tienda ante el mostrador, llevaba un delantal de jerga con dobles mangas de tela verde y una pluma en la oreja, cuando no estaba sumido entre un montón de papeles, como en el momento en que llegó Birotteau, momento en que abría el correo lleno de cartas de pedidos.

Al oír las palabras «¿cómo va eso, hijo mío?», dichas por su antiguo amo, Popinot levantó la cabeza y se encaminó hacia él con aire gozoso, aunque dando muestras de gran frío, pues no había fuego en la tienda y la puerta permanecía abierta.

—Temía que no viniese usted nunca —respondió Popinot con aire misterioso.

Los dependientes acudieron a ver al gran hombre de la perfumería, al teniente de alcalde condecorado, al socio de su amo. Aquellos mudos homenajes halagaron al perfumista. Birotteau, que tan pequeño era un poco antes en casa de los Keller, sintió la necesidad de imitarles, se acarició la barbilla, se irguió vanidosamente sobre los talones y por fin preguntó:

—Y qué, amigo mío, ¿se levanta la gente muy temprano? —dijo Popinot—. Es preciso aprovechar el éxito.

—¿Eh?, ¿qué decía yo? Mi aceite es una fortuna.

—Sí, señor; pero también los medios de ejecución influyen algo. Usted ha dado el diamante, y yo he sabido montarlo.

—Al grano —dijo el perfumista—. ¿Cómo estamos? ¿Hay beneficio?

—¿Qué dice usted? ¿Al cabo de un mes? —exclamó Popinot—. El amigo Gaudissart sólo hace veinticinco días que viaja. ¡Oh!, éste nos es muy adicto. Le debemos mucho a mi tío. Los periódicos nos costarán doce mil francos —le dijo a Birotteau al oído.

—¡Los periódicos! —exclamó el teniente de alcalde.

—¡Cómo! ¿No los ha leído usted?

—No.

—Entonces no sabe usted nada —dijo Popinot—. Veinte mil francos de anuncios, marcos e impresos… Cien mil botellas compradas. ¡Ah!, en este momento todo es sacrificio. La fabricación se hace en gran escala. Si hubiese usted puesto los pies en el arrabal, donde he pasado a veces las noches, hubiera usted visto mi negocio. Por mi parte, durante estos cinco últimos días he ganado diez mil francos, nada más que con comisiones de aceites de droguería.

—¡Qué buena cabeza! Yo lo he adivinado —dijo Birotteau colocando la mano sobre los cabellos de Popinot y removiéndolos como si éste fuese un chiquillo—. Hasta el domingo, que comeremos en casa de tu tío Ragon —dijo Birotteau dejando a Popinot entregado a sus negocios, al ver que éstos iban muy bien—. ¡Es extraordinario! Un dependiente se convierte en negociante en veinticuatro horas —pensaba Birotteau, tan asombrado de la suerte y del aplomo de Popinot como del lujo de du Tillet—. Cuando le he puesto la mano en la cabeza, Anselme, he cobrado cierto aire, como si fuese un François Keller.

Birotteau no había pensado en que los dependientes le miraban y en que el dueño de una casa debe conservar siempre su dignidad delante de sus inferiores. Por bondad de corazón, el buen hombre había hecho allí una tontería como en casa de du Tillet, y por no saber comprimir un sentimiento verdadero toscamente expresado, César hubiera ofendido a cualquier otro que no hubiera sido Anselme.

Aquella comida del domingo en casa de los Ragon iba a ser el último goce de los diecinueve años del matrimonio Birotteau. Ragon vivía en la rue du Petit-Bourbon-Saint-Sulpice, en un segundo piso de una casa antigua de digna apariencia, ocupada por poltronas donde descansaban los restos de aquel siglo XVIII, cuya clase media, grave y seria, de cómicas costumbres, de respetuosas ideas para con la nobleza, con la soberanía y con la Iglesia, estaba admirablemente representada por los Ragón. Los muebles, los relojes, la ropa, la vajilla, todo parecía patriarcal y de formas nuevas, a causa de su propia vejez. El salón, tapizado de damasco antiguo y adornado con cortinas de brocado, ofrecía a la vista canapés antiguos, escritorios, un retrato de Popinot, regidor de Sancerre, padre de madame Ragon, que sonreía como un advenedizo en medio de su prosperidad y que había sido pintado por Latour. En aquel hogar, madame Ragon acababa de adquirir su verdadero carácter mediante la intervención de un perrito inglés de la raza de los de Carlos II, el cual hacía un efecto maravilloso acostado sobre un sofá de estilo rococó. Los Ragon se vanagloriaban de tener la virtud de conservar vinos añejos, llegados a su mayor perfección, y de poseer algunos licores de madame Anfoux, que les habían mandado de las islas personas lo bastante constantes como para amar (sin esperanza, según decían) a madame Ragon. Sus comidas eran, pues, muy alabadas. Jeannette, una vieja cocinera, servía a los ancianos con ciega fidelidad y habría sido capaz de robar frutas para confitárselas. Lejos de llevar su salario a la caja de ahorros, Jeannette se lo jugaba a la lotería, esperando poder llevarles algún día el gordo a sus amos. Los domingos que había gente a comer, ella, a pesar de sus sesenta años, estaba en la cocina para vigilar los platos y en la mesa para servir con tan indescriptible agilidad que le hubiera procurado un triunfo a mademoiselle Nars en el papel de Susana en Las bodas de Fígaro. Los invitados eran el juez Popinot, el tío Pillerault, Anselme, los tres Birotteau, los tres Matifat y el abate Loraux. Estas diez personas se reunieron a las cinco de la tarde. El anciano Ragon suplicaba siempre a sus invitados que fuesen puntuales. Cuando invitaban a aquel digno matrimonio, siempre se señalaba aquella hora para la comida, pues aquellos estómagos de setenta años no podían avenirse a las nuevas horas establecidas por el buen tono.

Césarine sabía que madame Ragon la colocaría al lado de Anselme, ya que todas las mujeres, aún las más devotas o estúpidas, entienden en materia de amor. La hija del perfumista se había vestido, pues, de tal modo que enloqueciese a Popinot. Constance, que no había renunciado sin dolor al joven Crottat, el cual desempeñaba para ella el papel de un príncipe hereditario, contribuyó, aunque no sin hacer amargas reflexiones, a vestir a su hija. Su previsión maternal bajó la púdica manteleta de gasa para descubrir un poco los hombros de Césarine y dejar ver la generosidad de sus pechos, que eran de notable hermosura. El corpiño a la griega, cruzado de izquierda a derecha por cinco pliegues, podía entreabrirse mostrando deliciosas redondeces. El traje de merino gris dibujaba un talle que no pareció nunca tan fino ni tan flexible. En las orejas llevaba grandes aros de oro labrado. Los cabellos, peinados a la japonesa, permitían admirar las suaves frescuras de una frente surcada de venas y que denotaba vida pura. En una palabra, Césarine estaba tan sumamente guapa, que madame Matifat no pudo por menos de confesarlo, sin notar que la madre y la hija habían comprendido la necesidad de conquistar a Popinot.

Ni Birotteau, ni su mujer, ni madame Matifat, ni nadie turbó la dulce conversación que los dos muchachos, llenos de amor, mantuvieron en el alféizar de una ventana. Por otra parte, la conversación de las personas mayores se animó cuando el juez Popinot sacó a relucir la huida de Roguin, haciendo notar que era el segundo notario que faltaba y que semejante crimen no era conocido antaño. Al oír la palabra Roguin, madame Ragon dio un pisotón a su hermano, y Pillerault procuró apagar la voz del juez, al mismo tiempo que le señalaba a madame Birotteau.

—Lo sé todo —dijo Constance a sus amigos con voz cariñosa al par que apenada.

—Vamos a ver, ¿y cuánto se les ha llevado a ustedes? —dijo madame Matifat a Birotteau, que bajaba humildemente la cabeza—. Si fuera uno a hacer caso de las charlas, estarían ustedes arruinados.

—Tenía doscientos mil francos míos. Respecto a los cuarenta mil que simuló prestarme por medio de uno de sus clientes, cuyo dinero había dilapidado, estamos en pleito.

—Esta semana se celebra el juicio —dijo el juez Popinot—. He supuesto que a usted no le disgustaría que yo explicase su situación al señor presidente, y éste ha ordenado el examen de los papeles de Roguin, a fin de saber desde qué época dispuso de los fondos del prestamista y de buscar las pruebas del hecho alegado por Derville.

—¿Ganaremos? —preguntó madame Birotteau.

—No lo sé —respondió el juez—. Aunque pertenezco a la sala en que se ventila este asunto, yo me abstendré de deliberar, aunque me llamen.

—Pero ¿puede haber duda en cosa tan sencilla? —dijo Pillerault—. ¿No tiene que hacerse mención del acta de la entrega del dinero, y no están obligados los notarios a declarar que han presenciado la entrega? Si Roguin cayese en manos de la justicia, iría a presidio.

—A mi juicio, el prestamista debe dirigirse contra Roguin —respondió el juez—; pero en la Audiencia se ven, en ocasiones, asuntos todavía más claros, y, sin embargo, los votos empatan a veces seis contra seis.

—¡Cómo, señorita!, ¿ha huido monsieur Roguin? —exclamó Anselme al oír lo que decían—. ¿Y no me ha dicho nada monsieur César a mí, que daría mi sangre por él?

Césarine vio que en este por, él iba comprendida toda la familia, pues si la inocente joven no hubiese advertido el acento, no podía dejar de entender la mirada que le dirigió su amante.

—Yo ya lo sabía y se lo dije; pero él se lo ocultó todo a mi madre y sólo me lo confió a mí.

—¿Usted le habló de mí en esa circunstancia? —dijo Popinot—. Entonces usted lee en mi corazón. Pero ¿lee usted todo lo que hay en él?

—Puede.

—¡Qué feliz soy! —dijo Popinot—. Si quiere usted quitarme todo temor, deme el sí, pues dentro de un año seré tan rico, que su padre no me recibirá mal cuando yo vaya a hablarle de nuestro matrimonio. Pienso dormir únicamente cinco horas diarias.

—Tenga usted cuidado de no enfermar —dijo Césarine con inimitable acento y dirigiendo a Popinot una mirada en la que se leían todos sus pensamientos.

—Constance —dijo César al levantarse de la mesa—, me parece que esos jóvenes se aman.

—Tanto mejor —dijo Constance con voz grave—. Así, mi hija será mujer de un hombre de talento y de energía, y yo entiendo que el talento es el mayor dote de un pretendiente.

Y dicho esto se apresuró a abandonar el salón para irse al cuarto de madame Ragon. Durante la comida, César había dicho algunas frases que denotaban tanta ignorancia, que hicieron sonreír a Pillerault y al juez, y recordaron a la infortunada Constance lo débil que era su marido para luchar con la desgracia. La esposa de César se sentía intranquila y desconfiada instintivamente de du Tillet, pues todas las madres saben el Timeo Danaos et dona ferentes, sin saber latín, y lloró en brazos de su hija y de madame Ragon sin querer confesar la causa de su pena.

—Esto es nervioso —dijo.

El resto de la velada fue dedicado a las cartas por los viejos, y por los jóvenes a esos deliciosos juegos llamados inocentes, porque encubren las inocentes malicias de los amores.

—César —dijo Constance mientras se dirigían a su casa—, el día 8 vete a casa de monsieur Nucingen a fin de tener la seguridad de que el día 15 podrás cumplir tus compromisos. Si ocurriese algún inconveniente, ¿encontrarías recursos de la noche a la mañana?

—Iré, mujer, iré —dijo César estrechando las manos de su mujer y su hija—. ¡Pobrecillas! ¡Qué tristes aguinaldos os he dado!

En la oscuridad del coche, aquellas dos mujeres, que no podían ver la cara del pobre perfumista, sintieron caer sobre sus manos ardientes lágrimas.

—Ten confianza, amigo mío —dijo Constance.

—Todo irá bien, papá. Anselme Popinot me ha dicho que derramaría su sangre por ti.

—Por mí y por la familia, ¿verdad? —repuso César procurando adoptar un aire alegre.

Césarine estrechó la mano a su padre, dándole a entender que Anselme era su desposado.

Durante los tres primeros días del año, Birotteau recibió doscientas tarjetas. Esta afluencia de falsas amistades y estos testimonios de favor son horribles para las gentes que se ven arrastradas por el torbellino de la desgracia. Birotteau se presentó en vano tres veces en el palacio del famoso banquero, barón de Nucingen. El principio del año y sus fiestas justificaron la ausencia del banquero. La última vez el perfumista llegó hasta el despacho del barón, donde su primer dependiente, un alemán, le dijo que su amo había regresado a las cinco de la mañana de un baile dado en casa de los Keller, y que, por tanto, no estaría visible hasta las nueve y media. Birotteau supo interesar al primer dependiente, con el cual estuvo hablando cerca de media hora, y este ministro de la casa Nucingen le escribió una carta aquel mismo día diciéndole que el barón le recibirla al día siguiente, 3, a las doce. Aunque cada hora fue preciosa para César, el día pasó con espantosa rapidez, y el perfumisma fue en fiacre al palacio del banquero, cuyo patio estaba plagado de coches. El pobre hombre sintió su corazón oprimido al ver los esplendores de aquella casa célebre.

«Y sin embargo, ha liquidado dos veces», se dijo al subir la soberbia escalera adornada de flores y al atravesar las suntuosas habitaciones donde la baronesa Delphine de Nucingen se había hecho célebre.

La baronesa tenía la pretensión de rivalizar con las casas más ricas del faubourg Saint-Germain, donde no había sido aún admitida. El barón almorzaba con su mujer, y no obstante el sinnúmero de gente que le esperaba en sus oficinas, dijo que los amigos de du Tillet podían entrar en seguida. Birotteau se estremeció de esperanza al ver el cambio que había operado esta orden del barón en la insolente cara del ayuda de cámara.

Pegdóname, queguida mía —dijo Nucingen levantándose y haciendo a Birotteau una ligera inclinación de cabeza—. Este caballego es un buen guealista, amigo íntimo de du Tillet. Pog oíga pagte, el señog es teniente de alcalde del segundo distgito, da bailes de una magnificencia asiática y sin duda tendgás gusto en conocegle.

—Tendré una satisfacción en tomar lecciones en casa de madame Birotteau, pues Ferdinand… —(«Vamos —pensó el perfumista— le llama Ferdinand lisamente»)— nos ha hablado de ese baile con una admiración tanto más preciosa, cuanto que él no se admira de nada. ¿Tardará usted en dar otro? —le preguntó Delphine con amabilidad—. Ferdinand es un crítico severo y todo debió ser allí perfecto.

—Madame, los pobres como nosotros se divierten rara vez —respondió el perfumista, ignorando si era aquella una burla o un cumplido vano.

—Monsieur Gindot fue el decogadog de sus habitaciones —dijo el barón.

—¡Ah! ¿Grindot? Sí, es un arquitecto que acaba de llegar de Roma y que me encanta con los deliciosos dibujos que pinta en mi álbum —dijo Delphine.

Nosotgos también damos sencillos bailes —dijo el barón dirigiendo una escudriñadora mirada al perfumista.

—Monsieur Birotteau, sin cumplidos, ¿quiere usted almorzar con nosotros? —dijo Delphine mostrando una mesa suntuosamente servida.

—Señora baronesa, he venido para un negocio y estoy…

—Sí, es vegdad —dijo el barón—. Madame, ¿me pegmite usted hablag de negocios?

Delphine hizo un pequeño movimiento de asentimiento, diciéndole al barón:

—¿Va usted a comprar perfumería?

El barón se encogió de hombros y volviéndose hacia César le dijo:

—Du Tillet siente un vivo integés pog usted.

«Vaya —pensó el perfumista—, al fin vamos al grano.»

—Con su cagta tiene usted en mi casa un cgédito que sólo segá limitado pog los pgopios límites de mi fogtuna.

El bálsamo que contenía el agua que presentó el ángel a Agar en el desierto debió parecerse al saludable fresco que comunicaron estas palabras a las venas del perfumista. Para tener motivos para volverse atrás de sus palabras mal pronunciadas y mal entendías, el astuto barón había empleado la horrible pronunciación de los judíos alemanes que se precian de hablar francés.

—Y tendgá usted una cuenta coguiente. He aquí cómo nos aguegaglemos —dijo con amabilidad alsaciana el bueno, venerable y gran financiero.

Birotteau no dudó ya de nada; era comerciante y sabía que los que no están dispuestos a hacer un favor no pierden el tiempo en preguntar los detalles de la especulación.

—No he de enseñagle ya que tanto a los grandes como a los pequeños el Banco exige tres figmas. Haga usted, pues, tres efecto a la ogden de nuestro amigo du Tillet, y yo las enviagué el mismo día con mi figma al Banco, y así tendrá usted a las cuatro el impogte de los efectos que haya usted suscrito pog la mañana. Yo no quiego comisión, descuento, ni nada, pogque tendré un placeg en segvigle. Pego exijo una condición.

—Monsieur barón, está concedida de antemano —dijo Birotteau, creyendo que se trataría de algún descuento sobre los beneficios.

—Una condición que es paga mí muy impogtante, pogque quiego que madame Nucingen tome, como ha dicho, lecciones de madame Bigotteau.

—Señor barón, le suplico que no se burle de mí.

—Monsieur Bigotteau —dijo el banquero con seriedad—, queda convenido que nos invitagá usted a su próximo baile. Mi mujeg siente envidia y quiegue veg su casa, de la que le han hecho ggandes elogios.

—¡Señor barón!

—¡Oh! Si se niega usted, nada de cuenta. Goza usted de gran favog. ¡Uf! Ya sé que tuvo usted al prefecto del Sena.

—¡Señor barón!

—Tenía usted a La Billagdiegue, un hidalgo ogdinagio de la Cámaga, buen guealista, como usted que fue heguido en Saint-Goch.

—El 13 de Vendimiario, señor barón.

—Tenía usted a monsieur de Lacépède y a monsieur Vauquelin, de la Academia.

—¡Señor barón!

—¡Eh! No sea usted tan modesto, señog alcalde. Yo he sabido que el gey ha dicho de su baile…

—¡El rey! —dijo Birotteau, que no había sabido tanto.

En este momento entró familiarmente en la habitación un joven cuyos pasos, reconocidos desde lejos por madame Nucingen, le hicieron enrojecer.

—Buenos días, mi queguido de Magsay —dijo el barón de Nucingen—. Sustitúyame usted, pogque me han dicho que hay mucha gente en mis oficinas. Ya sé pog qué. Las minas de Wogchin dan capitales enogmes. Sí, he guecibido las cuentas. Señoga de Nucingen, tiene usted cien mil francos más de genio.

—¡Gran Dios! ¡Y los Ragon que han vendido sus acciones! —exclamó Birotteau.

—¿Quién es este señor? —preguntó sonriendo el joven elegante.

Migue usted —respondió monsieur de Nucingen sonriéndose cuando llegaba a la puerta— De Magsay, esa pegsona es monsieur Bigotteau, su pegfumista, que da bailes de una magnificiencia asiática y que ha sido condecogado pog el gey.

De Marsay tomó su monóculo y dijo:

—¡Ah!, es verdad, ya decía yo que esa cara no me era desconocida. ¿Va usted acaso a perfumar sus negocios con algún virtuoso cosmético?

—Pues bien, esos Gagón —repuso el barón haciendo una mueca de descontento—, tenían cuenta en mi casa, yo los favogecí con mi fogtuna y ellos no han quegido espegag un día más.

—¡Señor barón! —exclamó Birotteau.

El buen hombre encontraba su negocio demasiado oscuro y sin despedirse de la baronesa ni de De Marsay, corrió tras el banquero. Monsieur de Nucingen estaba en el primer peldaño de la escalera y el perfumista le alcanzó abajo, cuando iba a entrar en sus oficinas. Al abrir la puerta, monsieur de Nucingen vio el gesto de desesperación que hizo aquella criatura que se sentía sumida en un abismo, y le dijo:

—Bueno, queda entendido. Vea usted a du Tillet y agéguelo todo con él.

Birotteau creyó que De Marsay podría ejercer algún imperio sobre el barón, subió la escalera con la rapidez de un rayo y se metió en el comedor donde la baronesa y De Marsay debían hallarse aún, pues al salir él, Delphine esperaba que le sirviesen el café. Vio, en efecto, el café servido, pero la baronesa y el elegante joven habían desaparecido. El ayuda de cámara sonrió al ver el asombro del perfumista, el cual bajó lentamente las escaleras. César corrió a casa de du Tillet, que estaba, según le dijeron, en el campo con madame Roguin. El perfumista tomó un coche y lo pagó para que le llevase inmediatamente a Nogent-sur-Mame. En Nogent-sur-Marne el conserje le dijo que los señores se habían vuelto a París. Birotteau llegó a su casa reventado, y cuando contó su expedición a su mujer y a su hija, quedó estupefacto al ver que su Constance, en lugar de ver dificultades en todo, como de costumbre, le prodigaba los más cariñosos consuelos, afirmándole que todo iría bien.

Al día siguiente, a las siete de la mañana, ya estaba Birotteau de guardia en la calle donde vivía du Tillet, rogándole al portero de la casa que le pusiera en contacto con el criado de Ferdinand mediante la entrega de diez francos. César obtuvo el favor de hablar con el ayuda de cámara de du-Tillet, y le rogó que le procurase una audiencia con su amo tan pronto como éste estuviera visible, para lograr lo cual el perfumista puso dos monedas de oro en la mano del criado. Estos pequeños sacrificios y estas grandes humillaciones le permitieron alcanzar su objeto. A las ocho y media, en el momento en que su antiguo dependiente se ponía una bata, bostezaba y pedía perdón a su antiguo amo por la tardanza, Birotteau se encontró enfrente del tigre sediento de venganza, al que se empeñaba en considerar como su único amigo.

—Nada de eso, nada de eso —dijo Birotteau.

—Conque, ¿qué desea usted, mi buen César? —le dijo du Tillet.

Aunque no sin espantosas palpitaciones, César le comunicó la respuesta y las exigencias del barón de Nucingen, confidencia que du Tillet escuchó sin atención, buscando el fuelle y riñendo a un criado por lo mal encendido que estaba el fuego.

El criado se presentó y César dejó de hablar para que no le oyera lo que decía. Pero prosiguió a instancia del banquero, que le dijo con aire distraído:

—Siga usted, siga usted, ya le escuchó.

El buen hombre tenía la camisa pegada al cuerpo y su sudor quedó helado cuando du Tillet fijó en él una mirada, con sus pupilas de tigre, que llegó hasta el corazón.

—Mi querido amo, el Banco rechazó efectos suyos que Claparon entregó a Gigonnet sin garantía. ¿Qué culpa tengo yo de esto? ¿Cómo hace usted semejantes torpezas habiendo sido juez consular? Yo soy, ante todo, banquero. Le daré dinero, pero no quiero, no quiero exponerme a que mi firma sea rechazada por el Banco. Sin crédito yo no puedo vivir. A todos los banqueros nos pasa lo mismo. ¿Quiere usted dinero?

—¡Si usted pudiera darme todo lo que necesito!

—Eso depende de la suma que tenga usted que pagar. ¿Cuánto le falta?

—Treinta mil francos.

—La suma es aplastante —dijo du Tillet soltando una carcajada.

Al oír esta risa, el perfumista, engañado por el lujo de du Tillet, quiso ver en ella la risa del hombre que considera la cifra poco importante y respiró. Du Tillet llamó.

—Dígale usted al cajero que suba.

—Aún no ha llegado, señor —respondió el criado.

—¡Esos pillos se burlan de mí! Son las ocho y media y a esta hora debía haber hecho ya un millón de negocios.

Cinco minutos después subía monsieur Legras.

—¿Cuánto tenemos en caja?

—Veinte mil francos solamente. El señor me dio orden de que comprase treinta mil francos de renta al contado, pagaderos el 15.

—¡Es verdad! ¡Aún estoy dormido!

El cajero miró con extrañeza a Birotteau y salió.

—Si la verdad huyese de la tierra volvería a traerla algún cajero —dijo du Tillet—. ¿No tiene usted parte en la casa del pequeño Popinot, que acaba de establecerse? —preguntó du Tillet después de una horrible pausa durante la cual bañó el sudor la frente del perfumista.

—Sí —dijo Birotteau con sencillez—. ¿Cree usted que aceptarían su firma para una suma importante?

—Tráigame usted cincuenta mil francos aceptados por él, y yo haré que descuente esas letras a un interés razonable un tal Gobseck, que es muy considerado cuando tiene mucho dinero en caja, y ahora lo tiene.

Birotteau se volvió a su casa traspasado de dolor, sin notar que los banqueros lo enviaban de una a otra parte como se envían la pelota los jugadores; pero Constance había adivinado ya que era imposible lograr ningún crédito. Cuando tres banqueros lo habían rechazado, todos debían estar enterados ya, tratándose de un hombre de la importancia de un teniente de alcalde, y por consiguiente el Banco de Francia dejaba de ser su recurso.

—Intenta renovar —dijo Constance—. Vete a casa de monsieur Claparon, tu consocio, y a casa de todos los que tienen efectos tuyos para el 15 y proponles renovar las letras.

—¡Y mañana estamos a 13! —dijo Birotteau completamente abatido.

Según anunciaba su aspecto, el perfumista poseía de un temperamento sanguíneo que se consumía lentamente con las emociones o con el pensamiento y que exige sueño a toda costa para reparar sus pérdidas. Césarine llevó a su padre al salón y tocó, para distraerle, el Sueño de Rousseau, bonita composición de Herold, mientras Constance trabajaba a su lado. El pobre hombre dejó caer su cabeza sobre una otomana, y como siempre que fijaba los ojos en su mujer veía errar en sus labios una dulce sonrisa, se durmió de este modo.

—¡Pobre hombre! —dijo Constance—. ¡Qué torturas le esperan! Si las resiste…

—¡Eh! ¿Qué dices, mamá? —dijo Césarine al ver llorar a su madre.

—¡Querida hija! Veo venir una quiebra. Si tu padre se ve obligado a hacer balance, será preciso no implorar la piedad de nadie. ¡Hija mía! Prepárate para ser una sencilla dependienta. Si te veo aceptar con valor tu triste posición, yo también tendré fuerza para reanudar la vida. Conozco a tu padre, sé que no sustraerá un céntimo, yo cederé mis derechos y habrá que vender todo lo que poseemos. Tú, hija mía, lleva mañana tus joyas y tus ropas a casa de tu tío Pillerault, porque tú no estás obligada a nada.

Césarine fue presa de un espanto sin límites al oír estas palabras, dichas con una sencillez religiosa, y tuvo el proyecto de ir a ver a Anselme; pero su delicadeza se lo impidió.

Al día siguiente, a las nueve, Birotteau se encontraba en la rue de Provence, presa de ansiedades diferentes de las que había pasado. Pedir un crédito es un acto sencillo en el comercio. Todos los días, al emprender un negocio, es necesario encontrar capitales; pero pedir renovaciones es, en la jurisprudencia comercial, lo que la policía correccional es a la Audiencia, un primer paso hacia la quiebra, como el delito conduce al crimen. El secreto de vuestra impaciencia y de vuestro apuro está en manos diferentes que las vuestras. Un negociante se entrega atado de pies y manos a otro negociante, y la caridad es una virtud que no se practica en la Bolsa.

El perfumista que en otro tiempo tenía una mirada llena de confianza al ir por París, ahora, debilitado por los recelos, dudaba en entrar en casa del banquero Claparon; empezaba a comprender que en los banqueros el corazón no es más que una viscera. Claparon le parecía tan brutal con su grosera alegría y reconoció en él tan mal tono, que temblaba al pensar en abordarle.

—Está más próximo al pueblo; tal vez tenga alma.

César sacó su ultima dosis de valor del fondo de su alma y subió la escalera de un mal y pequeño entresuelo, en las ventanas del cual había sendas cortinas verdes que el sol había vuelto amarillas. Leyó encima de la puerta la palabra Despacho, grabada en negro sobre un óvalo de cobre; llamó, y como nadie respondiese, entró. El lugar, más que modesto, olía a miseria, a avaricia o a negligencia. Ningún empleado se presentó detrás del enrejado de latón colocado a la altura de un hombre sobre unas maderas blancas que servían de recinto a multitud de mesas y pupitres de ennegrecida madera. Estas oficinas desiertas estaban llenas de escritorios donde la tinta se enmohecía, de plumas desgreñadas como chiquillos, retorcidas en forma de sol; en una palabra, cubiertas de cartones, de papeles y de impresos, sin duda inútiles. El entarimado del pasillo se parecía al de un locutorio de pensión, tan rayado, sucio y húmedo estaba. La segunda pieza, cuya puerta estaba adornada con la palabra CAJA, armonizaba con los siniestros aspectos del primer despacho. En un rincón se encontraba una jaula de madera de roble, enrejada con hilos de cuero, con gatera móvil y adornada de un enorme cofre de hierro, abandonado sin duda a los juegos de los ratones. Esta jaula, cuya puerta estaba abierta, contenía aún un despacho fantástico y su sillón innoble, roído, verde y con el fondo agujereado por donde se escapaba el crin, como la peluca del amo, en mil tirabuzones desgreñados. Esta pieza, que fue evidentemente en otra época el salón del piso antes de convertirse en oficina de banca, ofrecía como principal adorno una mesa redonda cubierta de un tapete verde, alrededor de la cual había viejas sillas de marroquí negro con clavos dorados. La chimenea, bastante elegante, no ofrecía a las miradas ninguna de las mordeduras negras que deja el fuego, su placa estaba limpia, y el espejo, injuriado por las moscas, tenía un aspecto mezquino, de acuerdo con un reloj de madera de ébano que provenía de la venta de alguna vieja notaría y que molestaba a la mirada, entristecida ya por dos candelabros sin bujía cubiertos de un polvo pegajoso. El empapelado de las paredes, de un color gris ratón con bordes de color rosa, anunciaba por sus tintes negruzcos la permanencia malsana de fumadores. Nada se parecía tanto al salón vulgar que los periódicos llaman Gabinete de redacción. Birotteau, temiendo ser indiscreto, dio tres golpes secos en la puerta opuesta a aquella por la cual había entrado.

—¡Pasad! —exclamó Claparon, cuyo tono reveló la distancia que tenía que recorrer su voz y el vacío de aquella habitación donde el perfumista oía chisporrotear un buen fuego, pero donde el banquero no estaba.

Esta habitación le servía, en efecto, de gabinete particular. Entre la fastuosa audiencia de Keller y la singular dejadez de aquel pretendido gran industrial, había toda la diferencia que existe entre Versalles y el wigham de un jefe de los Hurones. El perfumista había visto las grandezas de la banca, y ahora iba a ver sus bajezas. Acostado en una especie de chiribitil oblongo situado detrás del despacho, Claparon, al ver a Birotteau, se envolvió en su grasienta bata, dejó su pipa y descorrió las cortinas del lecho con una rapidez que hizo sospechar sobre sus costumbres al inocente perfumista.

—Siéntese usted, caballero —le dijo aquel simulacro de banquero.

Claparon, sin peluca y con la cabeza envuelta en un pañuelo, le pareció a Birotteau tanto más horrible, cuanto que la bata, al entreabrirse, le permitió ver una camisa ennegrecida por el excesivo uso.

—¿Quiere usted almorzar conmigo? —dijo Claparon, acordándose del baile del perfumista y deseando pagarle aquella invitación.

Una mesa redonda, desembarazada a toda prisa de sus papeles, ostentaba un pastel, ostras, vino blanco y los vulgares riñones salteados con vino de champagne. El fuego de un hogar doraba una tortilla de trufas. Finalmente, dos cubiertos y sus servilletas manchadas con la cena de la víspera hubiesen instruido a la inocencia más pura advirtiéndole de la existencia de una mujer en aquel hogar.

—Esperaba a comer a una persona; pero, al parecer, no viene —exclamó el maligno viajante de manera que fuese oído por una criatura que se había metido debajo de los cobertores.

—Señor —dijo Birotteau—, vengo únicamente para asuntos comerciales y no le entretendré mucho tiempo.

—Estoy reventado, y generalmente no puedo disponer de un momento —respondió Claparon señalando las mesas plagadas de papeles—. Sólo recibo los sábados; pero, para usted estoy siempre en casa. No me queda tiempo para amar ni para callejear. Ahora ya no se me ve tanto por los paseos sin hacer nada. En fin, los negocios me aburren, tengo bastante dinero, nunca seré feliz y no quiero oír hablar más de negocios. Quiero viajar, ver Italia, ¡oh, mi querida Italia! ¡Hermosa aun en medio de sus reveses, adorable tierra donde encontraré tal vez una linda italiana amable y majestuosa! Siempre me han gustado las italianas. ¿No ha tenido usted nunca ninguna? ¿No? Pues bien, véngase usted conmigo a Italia. Veremos Venecia, residencia de los dogos. ¡Bah!, dejemos tranquilos los negocios, los canales, préstamos y los gobiernos. ¡Por vida de!… Viajemos.

—Una sola palabra, señor, y le dejo —dijo Birotteau—. Usted endosó mis efectos a monsieur Bidault.

—¿Quiere usted decir a Gigonnet, a ese buen Gigonnet, que es insinuante como…?

—Sí —repuso César—. Yo quisiera, y en esto cuento con su honor y con su delicadeza… (Claparon se inclinó), quisiera poder renovar…

—Imposible —respondió terminantemente el banquero—. Yo no soy el único partícipe en el negocio. Estamos reunidos en consejo y nos entendemos a las mil maravillas. ¡Ah, diablo!, nosotros deliberamos. Los terrenos de la Madeleine no son nada, nosotros operamos en otra parte. ¡Ay, amigo mío!, si nosotros no tuviésemos otros asuntos más importantes en los Campos Elíseos, alrededor de la nueva Bolsa, cuya construcción se está terminando, y en los barrios de Saint-Lazare y del Tívoli, no seríamos hombres de negocios. ¿Qué vale la Madeleine? Nada. ¡Uf!, señor mío, nosotros no nos dormimos —dijo dándole un golpecito en el vientre a Birotteau—. Vamos, almuerce usted y hablaremos —repuso Claparon a fin de suavizar la dureza de su negativa.

—Con mucho gusto —dijo Birotteau.

El perfumista pensó de pronto en emborrachar a Claparon a fin de saber cuáles eran sus socios en aquel asunto que empezaba a parecerle tenebroso.

—¡A ver, Victoria! —gritó el banquero.

Al oír este grito, compareció una criada.

—Diga a mis dependientes que no estoy para nadie, ni para Nucingen, ni para los Keller, ni para Gigonnet, en fin, para nadie.

—Aún no ha venido más que monsieur Lempereur.

Emborrachar a un antiguo viajante es cosa imposible. Cuando intentó confesar a su consocio, César lo hizo confundiendo la verbosidad del mal tono con los síntomas de la embriaguez.

—Ese infame Roguin sigue en buenas relaciones con usted —dijo Birotteau—. ¿Por qué no le escribe diciéndole que ayude a un amigo a quien ha comprometido, a un hombre con quien comía todos los domingos y a quien conoce desde hace más de veinte años?

—¡Roguin! Si es un tonto. Su parte es nuestra. No esté usted triste, amigo mío, que todo irá bien. Pague el 15 y luego ya veremos. Cuando yo digo «veremos»… (bebió un vaso de vino). Los fondos no me conciernen. Yo sólo tengo en el negocio una comisión por las compras y un derecho sobre las ganancias, ¿comprende usted? Usted tiene asociados de dinero; así es que no tema, mi querido señor. Hoy los negocios se dividen. ¡Exige un negocio el concurso de tantas capacidades! Asóciese usted con nosotros y deje usted sus pomadas y sus peines, que eso es malo, muy malo. Procure explotar al público y dediqúese a la especulación.

—¡La especulación! —dijo el perfumista—. ¿Qué clase de comercio es ese?

—Es el comercio abstracto —repuso Claparon—. Un comercio que, según dice Nucingen, que es el Napoleón de la Banca, aún permanecerá secreto durante diez años. Un comercio mediante el cual un hombre abraza la totalidad de las cifras y calcula las rentas antes de que existan, una concepción gigantesca, una nueva cábala. Hoy sólo somos diez o doce las inteligencias iniciadas en los secretos cabalísticos de estas magníficas combinaciones.

César abría los ojos y los oídos procurando comprender esta fraseología abigarrada.

—Escuche usted —dijo Claparon después de una pausa—, para estas cosas se necesitan hombres. Hay el hombre de ideas que no tiene un céntimo, como todas las gentes de ideas. Éstos piensan y gastan sin hacer caso de nada. Figúrese usted un cerdo que anda errante por un bosque de trufas y que va seguido por un mozo, que es el hombre de dinero, él cual oye un gruñido originado por un buen encuentro. Cuando el hombre de ideas ha encontrado un buen negocio, el hombre de dinero le da un golpecito en el hombro y le dice: «¿Qué es eso? Se va usted a meter en la boca del lobo, amigo mío, usted no tiene fuerzas suficientes para manejar este asunto; aquí tiene usted mil francos y déjelo usted de mi cuenta». Bueno, entonces el banquero convoca a los industriales. Amigos míos, manos a la obra. Prospectos, charlatanerías sin fin. Se coge el cuerno de la fama y se grita: «¡Cien mil francos por un real, o un real por cien mil francos; minas de oro, minas de carbón!» En fin, se echa mano de toda la comparsería comercial. Se compran hombres de ciencia o artistas, se hace la propaganda y el público cae en la ratonera. El cerdo queda encerrado en su pocilga comiendo patatas, mientras que los demás manejan los billetes de banco. Aquí tiene usted la cuestión, amigo mío. Dediqúese a los negocios. ¿Qué quiere usted ser, cerdo, pavo o millonario? Reflexione usted sobre esto. Ya le he informado sobre la teoría de los préstamos modernos. Venga usted a visitarme y siempre me verá usted buen muchacho, alegre y jovial. La jovialidad francesa, grave y ligera a la vez, no daña a los negocios, sino que, por el contrario, los favorece. Los hombres que chocan sus vasos tienen mucho adelantado para comprenderse. Vamos, una copa más de champagne. Este vino me lo ha enviado un hombre a quien yo le hice vender mucho cuando trataba en vinos. Es agradecido y se acuerda de mí en la prosperidad, lo cual no deja de ser raro.

Birotteau, sorprendido de la ligereza de aquel hombre a quien todo el mundo concedía una profundidad asombrosa y gran capacidad, no se atrevía a interrogarle. Sin embargo, en medio de la gran excitación que le había producido el vino de champagne, se acordó de un nombre que había pronunciado du Tillet y preguntó quién era y dónde vivía un tan monsieur Gobseck, banquero.

—¡Cómo! ¿Ya está usted de ese modo, mi querido señor? —dijo Claparon—. Lo mismo es Gobseck banquero que el verdugo de París médico. Es de la escuela de Harpagon y su primera palabra es el cincuenta por ciento. Y ¿qué valores le entregaría usted como garantía? Para tomar su papel, tendría usted que entregarle su mujer, su hija, el paraguas, todo, el sombrero, los zapatos y hasta la leña que pueda usted tener en la leñera. ¡Gobseck, Gobseck! ¿Quién le ha indicado esa guillotina financiera?

—Monsieur du Tillet.

—¡Ah, pillastre!, le reconozco. Antes hemos sido amigos, pero ahora ni nos saludamos, y crea usted que mi repulsión es fundada, porque acabé por leer en el fondo de su cenagosa alma. No puedo verle por su estupidez y el tono que se da con su notaría. Yo también tendré marquesas cuando quiera, mientras que él no tendrá nunca mi estimación. ¡Ah!, sí, mi estimación es una princesa que no le molestará nunca en su cama. Pero, diga usted, amigo mío. ¡Usted es un picarón! ¡Darnos un baile y dos meses después pedimos renovaciones de letras! Usted irá lejos, amigo mío. ¿Quiere usted que nos asociemos? Usted tiene reputación y yo sabré servirme de ella. ¡Oh!, du Tillet ha nacido para comprender a Gobseck y acabará mal. Si se entiende con Gobseck, mala señal, porque ese usurero acabará por reventarle. Me alegro. Después de todo, du Tillet me ha hecho una, ¡oh!, una imperdonable.

Después de hora y media empleada en charla que no tenía sentido, Birotteau quiso marcharse al ver que el antiguo viajante se disponía a contarle la aventura de un representante del pueblo de Marsella, enamorado de una actriz que representaba el papel de la hermosa Arsène y que era silbada por el público realista.

Le levantó —dijo Claparon— se enderezó bien en su palco y exclamó en dialecto provenzal: ¡Ay de quien la haya silbado! Si es una mujer, me la cargo; si es un hombre, nos veremos las caras; si no es ni una cosa ni otra, que el diablo se lo lleve… ¿Sabéis cómo acabó la aventura…?

—Adiós, señor —dijo Birotteau.

—Tendrá usted que volver a verme —dijo Claparon—. El primer efecto de Cayron lo han devuelto protestado, y yo tengo que reembolsarme de eso. Voy a enviarlo a su casa de usted, porque ante todo son los negocios.

Birotteau se sintió tan humillado ante aquella fría y grosera cortesía, como ante la dureza de Keller y la burla alemana de Nucingen. La familiaridad de aquel hombre y sus grotescas confidencias, iluminadas por el vino de Champagne, habían marchitado el alma del honrado perfumista, el cual creyó salir de un verdadero antro del vicio.

César bajó la escalera, se encontró en la calle sin saber adonde iba, llegó, vagando, a la rue Saint-Sulpice, se acordó de Molineux, se dirigió hacia el patio Batave, subió la escalera sucia y tortuosa que había subido antes glorioso y altivo, recordó la mezquina aspereza de Molineux y se estremeció ante la idea de tener que implorarle. Como cuando la primera visita del perfumista, el propietario ocupaba el rincón del fuego, digeriendo su almuerzo. Birotteau le formuló su petición.

—¡Renovar un efecto de mil doscientos francos! —le dijo Molineux denotando burlona incredulidad—. Usted no puede hallarse en ese apuro, señor. Porque si no tuviera usted mil doscientos francos para pagar la letra el día 15, tampoco podría pagar el alquiler, y yo me enfadaría, porque en cuestiones de dinero no gasto cumplidos. Mis alquileres son mis únicas rentas, y sin ellos, ¿con qué pagaría yo mis compromisos? Un comerciante no puede desaprobar este saludable principio. El dinero no conoce amigos ni tiene corazón. El invierno es crudo y la leña ha subido de precio. Si el 15 no me paga usted, el 16 le citaré. No tema usted; su alguacil Mitral, que es también el mío, le entregará la citación bajo sobre, con todas las consideraciones debidas a su elevada posición.

—Caballero, nunca he recibido aún citaciones del Juzgado para pagar.

—No importa, alguna vez se ha de empezar —dijo Molineux.

Consternado ante la ferocidad de aquel viejecito, el perfumista quedó anonadado, y sentía ya en sus oídos los rumores de la quiebra. Cada zumbido le recordaba los dichos que su implacable jurisprudencia le había sugerido acerca de los quebrados. Sus opiniones se imprimían con letras de fuego en la substancia blanda de su cerebro.

—A propósito —dijo Molineux—, olvidó usted poner en las letras: valor recibido en alquileres, lo cual podría servirme de privilegio.

—Mi posición me prohíbe hacer nada en detrimento de mis acreedores —dijo el perfumista al ver ya entreabierto a sus pies el precipicio.

—Bueno, señor, muy bien, creía saberlo todo en materia de inquilinato, pero usted me enseña ahora a no recibir nunca letras en pago de alquileres. ¡Ah!, pleitearé, porque su respuesta me hace ver que no responderá usted de su firma. El asunto interesa a todos los propietarios de París.

Birotteau salió aburrido de la vida, pues es muy propio de las almas sencillas y cándidas el desalentarse ante la primera negativa y el animarse ante el primer éxito. César sólo confió ya en la negociación del pequeño Popinot, en el cual pensó, como es natural, al llegar al mercado Des Innocents.

—¡Pobre muchacho! ¿Quién hubiese dicho esto hace seis semanas, cuando yo le hablaba en las Tullerías?

Eran aproximadamente las cuatro, momento en que los magistrados salen de la audiencia, y casualmente el juez de instrucción había ido a ver a su sobrino. Este juez, que era uno de los espíritus más perspicaces en materia moral, tenía una penetración que le permitía ver las intenciones secretas, reconocer el sentido de las acciones humanas más indiferentes, los gérmenes de un crimen, las raíces de un delito, y observó a Birotteau sin que éste lo sospechase. Contrariado el perfumista de encontrar al tío al lado del sobrino, se mostró tranquilo, preocupado y pensativo. El pequeño Popinot, engolfado en el trabajo y con la pluma en la oreja, estuvo, como siempre, respetuosísimo y atento con el padre de Césarine. Las frases insignificantes que dijo César a su socio le pareció al juez que sólo servían de escudo para petición más importante, y en lugar de marcharse, el astuto magistrado permaneció al lado de su sobrino a pesar de éste, pues calculó que el perfumista acabaría por marcharse si no le dejaba solo. Cuando Birotteau se fue, el juez se marchó a su vez; pero vio a Birotteau paseándose por uno de los extremos de la rue des Cinq-Diamants, y como esta circunstancia hiciese sospechar al anciano Popinot acerca de las intenciones de César, se retiró hacia la rue des Lombards, y al ver que el perfumista volvía a casa de Anselme, encaminóse él también a ella.

—Mi querido Popinot, vengo a pedirte un favor —había dicho César a su socio.

—¿Qué hay que hacer? —dijo Popinot con generoso ardor.

—¡Ah!, me salvas la vida —exclamó el buen hombre al ver aquel calor de sentimiento que aparecía en medio de los témpanos de hielo que le rodeaban hacía veinticinco días—. Sería preciso que me dieses cincuenta mil francos de la parte de mis beneficios.

Popinot miró fijamente a César, y éste bajó los ojos. En este momento volvió a aparecer el juez.

—Hijo mío… ¡Ah!, dispense usted monsieur Birotteau. Hijo mío, me he olvidado de decirte…

Con su imperioso gesto de magistrado, el juez llevó a su sobrino a la calle, y aunque iba con blusa y sin nada en la cabeza, le obligó a escucharle, encaminándose hacia la rue des Lombards.

—Sobrino mío, tu antiguo amo podría encontrarse en tales apuros que se viese obligado a hacer balance y a presentar cuentas. Antes de llegar a esto, los hombres que cuentan cuarenta años de probidad, los hombres más virtuosos, en su afán de conservar su honor, imitan a los jugadores, son capaces de todo, venden a sus mujeres, trafican con sus hijas, comprometen a sus amigos, empeñan lo que no les pertenece, van al juego, se vuelven comediantes y embusteros y saben hacerlo todo, hasta llorar. Tú mismo has sido testigo de la honradez de Roguin, de quien nadie se hubiera atrevido a desconfiar. No apliques estas conclusiones rigurosas a monsieur Birotteau, a quien creo honrado. Pero mira, si te pide cualquier cosa que fuese contraria a las leyes comerciales, como suscribir efectos para lanzarlos a la plaza, lo cual es un principio de bribonada, porque esta clase de efectos son el falso papel moneda, prométeme no firmar nada sin consultarme. Ño olvides que, si amas a su hija, va en interés de tu pasión el no destruir tu porvenir. Si monsieur Birotteau ha de caer, ¿por qué habéis de caer los dos? ¿No es esto privaros uno y otro de todos los recursos de tu casa de comercio, que ha de ser su refugio?

—Gracias, tío, a buen entendedor pocas palabras bastan —dijo Popinot que se explicó entonces la lastimera exclamación de su amo.

El comerciante en aceites finos volvió a su sombría tienda con las cejas fruncidas, cambio éste que fue notado por Birotteau.

—Hágame usted el honor de subir a mi cuarto. Allí estaremos mejor que aquí, pues, aunque están muy ocupados, los dependientes podrían oírnos.

Birotteau siguió a Popinot en medio de horribles ansiedades.

—Mi querido bienhechor —le dijo Anselme—, supongo que no dudará usted de mi ciega abnegación. Permítame únicamente que le pregunte si esa suma le salva por completo o o si le servirá solamente para evitar de momento una catástrofe. En este último caso, ¿para qué arrastrarme a mí consigo? Necesita usted letras a ochenta días y a mí me será imposible pagarlas dentro de tres meses.

Birotteau, pálido y solemne, se levantó y miró a Popinot.

—Si usted quiere, las extenderé —exclamó Popinot asustado.

—¡Ingrato! —dijo el perfumista empleando todas sus fuerzas para lanzar esta palabra a la cara de Anselme como una marca de infamia.

Birotteau se fue hacia la puerta y salió.

Al volver de la sensación que le produjo aquella terrible palabra, Popinot bajó la escalera y corrió hacia la calle, pero ya no encontró al perfumista. El amante de Césarine siguió oyendo aún aquella formidable sentencia y tuvo constantemente ante sus ojos la descompuesta cara del pobre César.

Birotteau comenzó a dar vueltas por las calles de aquel barrio como un hombre ebrio, acabó por hallarse en el muelle, lo siguió y llegó hasta Sèvres, pasando la noche en una posada, mientras que su mujer, asustada, no se atrevió a buscarle por ninguna parte. En semejante circunstancia, una alarma dada infundadamente es fatal. La juiciosa Constance inmoló sus inquietudes a la reputación comercial y le esperó toda la noche en medio de oraciones y de alarmas. ¿Había muerto César? ¿Había salido de París en pos de una última esperanza? Al día siguiente por la mañana, la perfumista obró como si conociese la causa de la ausencia de su marido; pero al ver que a las cinco de la tarde no había vuelto aún, mandó a buscar a su tío para rogarle que fuese a la Morgue. Entre tanto, la valerosa criatura permanecía en el mostrador, teniendo a su lado a su hija, que bordaba. Ambas, con compuesta cara, ni triste ni sonriente, atendían al público. Cuando Pillerault volvió, lo hizo acompañado de César. Al volver de la Bolsa, lo había encontrado en el Palais-Royal, dudando si subir o no a la sala de juego. Aquel día era el 14. A la hora de comer, César no pudo probar bocado. El estómago estaba demasiado contraído y rechazaba los alimentos. La hora de la sobremesa fue aún más horrible. Por centésima vez, el perfumista sufrió una de esas espantosas alternativas de esperanza y de desesperación que, comunicando al alma alegres sensaciones y precipitándola después en el último de los dolores, acaban por agotar a ciertas naturalezas débiles. Derville, el procurador de Birotteau llegó, y penetrando en el espléndido comedor en que Constance procuraba retener a César, dijo:

—El pleito está ganado.

Al oír estas palabras, el crispado rostro de César se dilató tanto, que su alegría asustó a su tío Pillerault, a Derville y a las mujeres, las cuales se fueron asustadas a llorar al cuarto de Césarine.

—Entonces, ¿puedo pedir prestado? —exclamó el perfumista.

—Eso sería imprudente —dijo Derville—, porque hay apelación, y el Tribunal Supremo podría anular la sentencia. Hay que esperar un mes.

—¡Un mes!

César fue presa de un amodorramiento del que nadie pudo sacarle. Aquella especie de catalepsia durante la cual vivía y sufría el cuerpo, mientras que las funciones de la inteligencia estaban suspendidas, fue considerado como un beneficio de Dios por Constance, Césarine, Pillerault y Derville, los cuales juzgaron bien. De aquel modo, Birotteau pudo soportar las desgarradoras emociones de la noche. Permaneció sentado en una poltrona en un rincón del fuego, mientras el otro, estaba ocupado por su mujer, que le observaba atentamente con dulce sonrisa en los labios, una de esas sonrisas que prueban que las mujeres se aproximan más que los hombres a la naturaleza angelical, ya que saben mezclar una ternura infinita con la más completa compasión, secreto éste que sólo pertenece a los ángeles vistos en algunos sueños providencialmente sembrados a largos intervalos en la vida humana. Césarine, sentada en un taburete, estaba a los pies de su madre y frotaba, de tiempo en tiempo, con su cabellera las manos de su padre, haciéndole alguna de esas caricias que dicen más que lo que pueden decir las palabras.

Sentado en un sofá, como el canciller del hospital en el suyo, Pillerault, aquel filósofo dispuesto a todo, denotaba con su cara esa inteligencia grabada en la frente de las esfinges egipcias y hablaba con Derville en voz baja. Constance había sido de opinión que se consultase al procurador, cuya discreción no dejaba lugar a dudas. Como conocía de memoria el balance de su casa, había expuesto su situación a Derville. Después de una conferencia de una hora aproximadamente, celebrada en presencia del alelado perfumista, el procurador meneó la cabeza mirando a Pillerault y dijo con la horrible sangre fría del curial:

—Señora, es preciso hacer balance, llamando a los acreedores. Suponiendo que, por cualquier casualidad, llegasen a pagar mañana, tendrían que satisfacer, lo menos, trescientos mil francos antes de hipotecar los terrenos. Ante un pasivo de quinientos mil francos, presentan ustedes un activo muy bonito, muy productivo, pero irrealizable y, por lo tanto, sucumbirán tarde o temprano. Mi opinión es que vale más saltar por la ventana que dejarse arrastrar por la escalera.

—Ésa también es mi opinión, hija mía —dijo Pillerault a Constance.

Derville fue acompañado hasta la puerta por Constance y por Pillerault.

—¡Pobre padre mío! —dijo Césarine levantándose muy despacio para ir a depositar un beso en la frente de César. ¿De modo que no ha podido hacer nada Anselme? —preguntó la joven cuando su tío y su madre volvieron.

—¡Ingrato! —exclamó César al oír este nombre, que le recordaba el más reciente de sus desengaños.

Desde el momento en que este anatema le fue lanzado el pequeño Popinot no pudo pegar los ojos, ni tuvo un momento de tranquilidad. El desgraciado muchacho maldecía a su tío y había ido a encontrarle. Para hacer capitular a aquella vieja experiencia judicial había desplegado la elocuencia del amor, esperando seducir al hombre por quien las palabras humanas se deslizaban como el agua sobre un toldo, ¡a un juez!

—Comercialmente hablando —le dijo—, la costumbre permite al asociado gerente adelantar cierta suma al asociado comanditario, como anticipación de los beneficios, y nuestra sociedad ha de tener algunos beneficios. He examinado mis asuntos y me veo con fuerzas suficientes para pagar cuarenta mil francos en tres meses. La probidad de monsieur César me permite creer que esos cuarenta mil francos serán empleados en saldar sus letras. De este modo los acreedores, en caso de quiebra, no tendrán nada que reprocharnos. Por otra parte, tío mío, prefiero perder cuarenta mil francos que a Césarine. En este momento acaso esté enterada de mi negativa y va a retirarme su estimación. He prometido dar mi sangre por mi bienhechor. Estoy en el caso de un joven marino que debe zozobrar, teniendo de la mano a su capitán, y del soldado que debe perecer con su general.

—Tienes buen corazón y eres mal negociante, no perderás mi estimación —dijo el juez estrechando la mano a su sobrino—. He pensado mucho en eso —añadió—. Sé que estás locamente enamorado de Césarine y creo que puedes satisfacer las leyes del corazón y las del comercio.

—¡Ah!, tío mío, si ha encontrado usted el medio, salva usted un honor.

—Adelanta cincuenta mil francos a Birotteau haciendo una retroventa respecto a sus intereses en vuestro aceite, que convertirás en propiedad; yo te redactaré el acta.

Anselme abrazó a su tío, volvió a su casa, firmó por cincuenta mil francos de efectos, y corrió de la rue des Cinq-Diamant a la plaza Vendóme, de suerte que en el momento en que Césarine, su madre y su tío Pillerault miraban al perfumista sorprendidos del tono sepulcral con que éste había pronunciado la palabra «¡ingrato!» en contestación a la pregunta de su hija, la puerta del salón se abrió y apareció Popinot.

—Mi querido amo —dijo enjugándose la frente bañada en sudor—, aquí tiene usted lo que me ha pedido (tendió las letras). Sí, he estudiado mi posición, no tenga usted miedo, pagaré, salve, salve usted su honor.

—Estaba segura de él —exclamó Césarine cogiendo una mano a Popinot y estrechándosela convulsivamente.

La esposa de César abrazó a Popinot, y el perfumista se irguió como un justo al oír la trompeta del juicio final: ¡salía como de una tumba! Después extendió la mano con movimiento frenético para coger los cincuenta papeles timbrados.

—¡Un momento! —dijo el terrible tío Pillerault arrancándole las letras a Popinot—. ¡Un momento!

Los cuatro personajes que componían esta familia, César y su mujer, Césarine y Popinot, aturdidos por la acción de su tío y por su acento, le miraron con terror al ver cómo rompía las letras y las arrojaba al fuego, que las consumió, sin que ninguno de ellos le detuviese.

—¡Tío mío!

—¡Tío mío!

—¡Señor!

Estas exclamaciones fueron cuatro veces, cuatro corazones en uno solo, una horrible unanimidad. El tío Pillerault tomó al pequeño Popinot por el cuello, le estrechó contra su corazón y le besó en la frente.

—Eres digno de la adoración de todos los que tienen corazón —le dijo—. Si amases a mi hija, aunque ella tuviese un millón y tú no poseyeses nada, ni eso (le mostró las cenizas negras de los efectos), si ella te amase, os casaría dentro de quince días. Tu amo —dijo designándole a César— está loco. Sobrino mío —dijo el grave Pillerault, dirigiéndose al perfumista—. ¡Sobrino mío, fuera ilusiones! Los negocios se hacen con escudos y no con sentimientos. Esto es sublime, pero inútil. He estado dos horas en la Bolsa y no tienes ni pizca de crédito; todo el mundo hablaba de tu desastre, de renovaciones rehusadas, de tentativas cerca de varios banqueros, de sus negativas, de tus locuras, de tu subida a un sexto piso para ir a buscar a un propietario charlatán como una cotorra, a fin de renovar mil doscientos francos, y de tu baile, dado para ocultar tus apuros. Hasta dicen que tú no tenías nada en casa de Roguin. Según tus enemigos, Roguin es un protexto. Un amigo mío, encargado de enterarse de todo, ha venido a confirmar mis sospechas. Todo el mundo presiente la emisión de las letras Popinot. Según ellos, lo has establecido exprofeso para que te sirva de pantalla. En fin, todas las calumnias y maledicencias que se atrae sobre sí el hombre que quiere subir un peldaño más en la escala social corren a esta hora por todo el comercio. En vano intentarías negociar durante ocho días las cincuenta letras de Popinot entre el comercio, porque sufrirías humillantes negativas, nadie las querría, pues nada prueba el nombre al cual los pones, y esperan verte sacrificar a ese pobre muchacho en provecho tuyo. Habrías destruido por nada el crédito de la casa Popinot. ¿Sabes cuanto te daría el más atrevido de los prestamistas por esos cincuenta mil francos? Veinte mil, veinte mil, ¿oyes? En el comercio hay instantes en que es preciso estar tres días sin comer ante el mundo, y al cuarto es uno admitido en la despensa del crédito. Tú no puedes vivir estos tres días, y todo está ahí. Pobre sobrino mío, valor, es preciso presentar tu balance. Popinot y yo estamos a tu disposición, y vamos a trabajar juntos tan pronto como tus dependientes estén acostados, a fin de evitarte esas angustias.

—¡Tío mío! —dijo César juntando las manos.

—César, ¿quieres llegar a un balance deshonroso en el que no haya activo? Tu interés en la casa Popinot te salva el honor.

César iluminado por este último y fatal resplandor de luz, vio al fin la horrible verdad en toda su desnudez, cayó en en su mecedora y ésta sobre sus rodillas; su razón se extravió y se tomó niño; su mujer le creyó moribundo y se arrodilló para levantarle, pero se unió a él cuando le vio juntar las manos, levantar los ojos y recitar, con resignada compunción en presencia de su tío, de su hija y de Popinot, la sublime oración de los católicos:

Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA DÁNOSLO HOY y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. Amén.

Las lágrimas acudieron a los ojos del estoico Pillerault; Césarine, anegada en llanto, tenía la cabeza apoyada en el hombro de Popinot, que estaba pálido y rígido como una estatua.

—Bajemos —dijo el antiguo negociante al joven cogiéndole por el brazo.

A las once y media dejaron a César entregado a los cuidados de su mujer y de su hija. En este momento, Célestin, el primer dependiente, que durante esta secreta tormenta había dirigido la casa, subió a las habitaciones y entró en el salón. Al oír sus pasos, Césarine corrió a abrirle para que no viese el abatimiento del amo.

—Entre las cartas recibidas esta tarde —dijo—, hay una llegada de Tours y cuya dirección estaba mal puesta, lo cual ha sido la causa del retraso. He supuesto que es del hermano del señor, y no la he abierto.

—Padre mío —gritó Césarine—, ¡una carta de mi tío de Tours!

—¡Ah, estoy salvado! —exclamó César—. ¡Hermano mío! ¡Hermano mío! —dijo besando la carta.

RESPUESTA DE FRANÇOIS A CÉSAR BIROTTEAU

«Tours, 17 del corriente

»Mi muy amado hermano:

»Tu carta me ha causado la aflicción más viva, así que, después de haberla leído, he ido a ofrecer a Dios, por ti, el santo sacrificio de la misa, rogándole, por la sangre que su Hijo, nuestro divino Redentor, ha derramado por nosotros, que fije en ti una misericordiosa mirada. En el momento en que pronuncié mi oración Pro meo frate Cesare, lloré pensando en ti, de quien estoy, por desgracia, separado durante los días en que debe necesitar los socorros de la amistad fraternal; pero he pensando que sin duda me reemplazará el digno y venerable monsieur Pillerault. Mi querido César, en medio de tus penas, no olvides que ésta es una vida transitoria y de pruebas y que algún día seremos recompensados si sabemos sufrir por el santo nombre de Dios y por su santa Iglesia, y si observamos las máximas del Evangelio y practicamos la virtud; de otro modo, las cosas de este mundo no tendrían sentido. Te repito estas máximas porque sé cuán piadoso y bueno eres, y no ignoro que ocurre a veces que las personas que como tú, recorren el peligroso camino de los intereses humanos, se permiten blasfemar en medio de sus adversidades, cegados por su dolor. No maldigas a los hombres que te hieran ni al Dios que llena de amargura tu vida. No mires a la tierra, al contrario, levanta siempre los ojos al cielo, que allí está el consuelo de los débiles, allí está la riqueza de los pobres, allí están los terrores del rico…»

—Pero, hombre, mira ante todo si te envía algo —le dijo su mujer.

—¡Oh!, la repasaremos con frecuencia —repuso el comerciante enjugándose las lágrimas y entreabriendo la carta, de donde cayó una letra contra el Tesoro real—. Pobre hermano mío, estaba seguro de él —añadió Birotteau cogiendo la letra.

Y después continuó leyendo con voz entrecortada por las lágrimas:

«…He ido a casa de madame de Listomère, y sin exponerle el motivo de mi petición, le he rogado que me prestase todo lo más que pudiera a fin de aumentar el fruto de mis economías. Su generosidad me ha permitido completar una suma de mil francos, que te envío en una letra contra el Tesoro…»

—¡Vaya un anticipo! —dijo Constance mirando a Césarine.

«…Privándome de algunas superfluidades de mi vida, en tres años podré devolver a madame de Listomére los cuatrocientos francos que me ha prestado. Así es que no te inquietes, mi querido César. Te envío todo lo que poseo en el mundo, deseando que esa suma pueda ayudarte a salir de tus apuros comerciales, que sin duda han de ser momentáneos. Conozco tu delicadeza, y voy a anticiparme a tus objeciones. No pienses en darme ningún interés por esa suma ni en devolvérmela el día de la prosperidad, que no tardará en llegar para ti, si Dios se digna escuchar las súplicas que le dirigiré cotidianamente.

»A juzgar por la última tuya que recibí hace dos años, te creía rico y pensé que podía disponer de mis economías en favor de los pobres; pero ahora todo lo que tengo te pertenece. Cuando hayas vencido ese ligero escollo de tu vida, guarda esa suma para Césarine, a fin de que, al casarse, pueda emplearla en alguna bagatela que le recuerde a un anciano tío cuyas manos se levantarán siempre al Cielo para pedir a Dios que derrame todas sus bendiciones sobre ella y sobre todos los seres que le sean queridos. En fin, mi amado César, no olvides que soy un pobre sacerdote que se conforma con la gracia de Dios, como las langostas del desierto, y que necesita poca cosa, porque sigue el sendero de su vida sin ruido, procurando obedecer los mandatos de Nuestro Señor. Piensa siempre en mí, considerándome como persona que te quiere. Nuestro excelente amigo el abate Chapeloud, al que no he manifestado tu situación, pero que sabe que te escribo, me encarga que te transmita su deseo de que continúes en la prosperidad y sus afectuosos recuerdos para ti y toda tu familia. Adiós, mi muy amado hermano, y sabe que hago votos a Dios porque, en la circunstancia en que os halláis, os conceda la gracia de conservaros la salud a ti, a tu mujer y a tu hija, deseándoos a todos paciencia y valor en las adversidades.

FRANÇOIS BIROTTEAU.

»Vicario de la iglesia catedral y parroquial de Saint-Gatien, de Tours.»

—¡Mil francos! —dijo madame Birotteau furiosa.

—Bésalos —dijo gravemente César—, porque no tiene otra cosa. Además, no olvides que son de nuestra hija, y que nos servirán para poder vivir sin tener que pedir nada a nuestros acreedores.

—Creerán que les has sustraído importantes sumas.

—Les enseñaré la carta.

—Dirán que es una farsa.

—¡Dios mío!, ¡Dios mío! —gritó Birotteau aterrado—. ¡Cuántas veces he pensado yo eso de pobres gentes que sin duda estaban en la situación en que yo me hallo!

Demasiado inquietas por el estado en que se encontraba César, la madre y la hija permanecieron a su lado trabajando en profundo silencio. A las dos de la madrugada, Popinot abrió muy despacio la puerta del salón e hizo seña a Constance de que bajase. Al ver a su sobrina, Pillerault se quitó las antiparras y le dijo:

—Hija mía, aún hay una esperanza, no está perdido todo; pero tu marido no resistiría las alternativas de las negociaciones que hay que hacer y que Anselme y yo vamos a intentar. No salgas del almacén mañana y toma la dirección de todas las letras, porque tendremos tiempo hasta las cuatro. He aquí mi opinión. Ni monsieur Ragon ni yo somos de temer. Suponed ahora que los cien mil francos depositados en casa de Roguin hubieran sido entregados a los adquirentes y en este caso no obrarían en vuestro poder como no obran hoy. Os encontráis, pues, con una obligación de ciento cuarenta mil francos suscritos a la orden de Claparon, los cuales habría que pagar de todos modos. No es, por tanto, la bancarrota de Roguin lo que os arruina. Para hacer frente a vuestras obligaciones, yo veo cuarenta mil francos que habéis de tomar, tarde o temprano, a préstamo sobre vuestras fábricas, y sesenta mil francos de efectos Popinot. Se puede, pues, luchar, porque después podéis pedir prestado sobre los terrenos de la Madeleine. Si vuestro principal acreedor consiente en ayudaros, yo sacrificaré mi fortuna, venderé lo que tengo y me quedaré sin pan. Popinot estará entre la vida y la muerte, y vosotros estaréis a merced del menor accidente comercial. Popinot y yo acabamos de consultamos y os sostendremos en esta lucha. ¡Ah, con cuánto gusto comeré pan seco si veo despuntar el éxito en el horizonte! Pero todo depende de Gigonnet y de los asociados de Claparon. Popinot y yo iremos a casa de Gigonnet, de siete a ocho, y sabremos a qué atenemos respecto a sus intenciones.

Constance se arrojó en brazos de su tío llorando amargamente y sollozando. Ni Popinot ni Pillerault podían saber que el Bidault, llamado Gigonnet, y Claparon servían de pantalla a du Tillet, el cual deseaba leer en el Boletín este terrible artículo:

«La sentencia del Tribunal de Comercio que declara en quiebra a monsieur César Birotteau, perfumista, habitante en la me de Saint-Honoré, número 397, fija provisionalmente la apertura para el 16 de enero de 1819. — Juez comisario, monsieur Gobenheim Keller. — Agente, monsieur Molineux.»

Anselme y Pillerault estudiaron los negocios de César. A las ocho de la mañana estos dos heroicos amigos, que no debían conocer nunca, más que por procuración, las terribles angustias de los que habían subido las escaleras de la casa de Bidault, llamado Gigonnet, se encaminaron sin decirse palabra hacia la me Grenétat. Ambos sufrían y Pillerault tuvo que pasarse varias veces la mano por la frente.

La me de Grenétat es una calle en la que todas las casas, plagadas de comercios, ofrecen un aspecto repugnante. Sus construcciones tienen un carácter horrible y domina en ella la innoble suciedad de las fábricas. El anciano Gigonnet habitaba el tercer piso de una casa con ventanas provistas de sucios cristales. La escalera llegaba hasta la calle, y la portera se albergaba en el entresuelo, en una especie de jaula que no recibía más luz que la de la escalera. Excepto Gigonnet, todos los inquilinos ejercían oficio. Entraban, pues, y salían obreros en aquella casa, cuyos peldaños estaban revestidos de una capa de barro blanda o dura, según el tiempo, producto de mil inmundicias. En aquella fétida escalera, en cada descansillo se veían los nombres de cada fabricante escritos con letras doradas sobre una tela pintada de rojo. La mayor parte del tiempo, las puertas abiertas dejaban ver la extraña unión del hogar y de la fábrica, saliendo de ellas gritos y gruñidos inauditos, y cantos y silbidos que recordaban la hora de las cuatro de la tarde entre los animales del Jardín de Plantas. En el primer piso —que es un tugurio infecto— se hacían los tirantes más hermosos del Artículo de París. En el segundo, en medio de los más sucios escombros, se confeccionaban los cartones más elegantes que adornan el día de año nuevo los puestos de los bulevares y del Palais Royal. Dueño de un millón ochocientos mil francos, Gigonnet murió en el tercer piso de aquella casa, sin que ninguna consideración le moviese a salir de ella, no obstante la oferta de madame Saillard, su sobrina, que le daba una habitación en un palacio de la Place Royale.

—Valor —dijo Pillerault tirando del cordón de la campanilla que pendía de la limpia puerta, color gris, de la habitación de Gigonnet.

Gigonnet salió a abrir la puerta en persona. Los dos padrinos del perfumista atravesaron un primer cuarto correcto y frío, sin cortinas en las ventanas. Los tres se sentaron en el segundo, donde se hallaba el usurero ante un hogar lleno de cenizas, en medio de las cuales la leña se defendía de la voracidad del fuego. Popinot sintió el alma helada al ver la rigidez monástica de aquel despacho aireado como una bodega y miró con aire alelado el papel azul salpicado de flores tricolores que estaban pegado a las paredes hacía veinticinco años, fijando después sus tristes miradas en la chimenea, provista de un reloj en forma de lira y de hermosos vasos de Sèvres, ricamente montados sobre cobre dorado. Este resto, recogido por Gigonnet en el naufragio de Versalles, donde el irritado populacho lo deshizo e inutilizó todo, provenía del gabinete de la reina. Pero aquellos vasos preciosos iban acompañados de dos candelabros de miserable hierro batido que recordaban, por el contraste, la circunstancia a que eran debidos.

—Ya sé que viene por usted, a hablarme del gran Birotteau —dijo Gigonnet—. Bueno, ¿qué hay, amigos míos?

—Como no hemos de comunicarle nada nuevo, seremos breves —dijo Pillerault—. ¿Tiene usted efectos a la orden de Claparon?

—Sí.

—¿Quiere usted cambiar los cincuenta mil francos primeros por efectos de monsieur Popinot, que está aquí presente? Pagando un descuento, ya se sabe.

Gigonnet se quitó aquel terrible gorro verde que parecía haber nacido con él, mostró su amarillento cráneo desprovisto de cabellos, hizo una mueca volteriana y dijo:

—¿Quieren ustedes pagarme en aceite para los cabellos? ¿De qué me servirá?

—Cuando usted bromea, no hay más remedio que huir —dijo Pillerault.

—Habla usted como un sabio que es —le dijo Gigonnet con halagüeña sonrisa.

—¿Y si yo garantizase los efectos de monsieur Popinot? —dijo Pillerault haciendo un último esfuerzo.

—Usted es oro en barras, monsieur Pillerault —dijo Gigonnet—; pero yo no necesito oro, y sí únicamente mi dinero.

Pillerault y Popinot saludaron y salieron, y al llegar a la calle, Popinot, cuyas piernas temblaban, dijo:

—¿Eso es un hombre?

—Como tal le consideran al menos —dijo el anciano—. Acuérdate siempre de esta corta escena, Anselme. Acabas de ver la banca sin la máscara de sus formas agradables. Los acontecimientos imprevistos son la tuerca de la prensa; nosotros somos los racimos, y los banqueros son los toneles. El negocio de los terrenos es indudablemente bueno. Gigonnet, o algún otro, desean estrangular a César para apoderarse de su parte. Todo está previsto, no hay remedio posible. He aquí lo que es la Banca; no recurras nunca a ella.

Después de aquella espantosa mañana en que madame Birotteau tomó por primera vez las direcciones de los que iban a buscar su dinero y despidió al cobrador del Banco sin pagarle, aquella valerosa mujer, satisfecha de haberle ahorrado estos dolores a su marido, vio llegar a las once a Anselme y a Pillerault, a quienes esperaba con la mayor ansiedad, y leyó en sus caras la sentencia. La presentación del balance era inevitable.

—Se va a morir de dolor —dijo la pobre mujer.

—Yo se lo deseo —dijo gravemente Pillerault—. En las actuales circunstancias, el único que puede salvarle a él, que es tan religioso, es el abate Loraux.

Pillerault, Popinot y Constance esperaron a que el dependiente hubiese ido a buscar al abate Loraux para presentar a César el balance que Célestin preparaba para la firma. A las cuatro llegó el buen sacerdote, púsole Constance al corriente de la desgracia que les hería, y el cura subió como el soldado que se encamina a la brecha.

—Ya sé por qué viene usted —exclamó Birotteau.

—Hijo mío —dijo el sacerdote—, hace tiempo que conozco sus sentimientos de resignación ante la voluntad divina; pero se trata de aplicarlos. Tenga fijos sus ojos en la cruz; y no cese de mirarla pensando en las humillaciones que sufrió en ella el Salvador de los hombres. Medite acerca de las angustias de su pasión, y así podrá soportar mejor las mortificaciones que Dios le envía.

—Mi hermano el cura me había preparado ya —dijo César tendiendo a su confesor la carta que él había vuelto a leer varias veces.

—Tiene usted un buen hermano, una esposa amable y virtuosa, una hija buena y obediente, amigos verdaderos como su tío y Anselme y acreedores indulgentes como los Ragon —dijo el abate Loraux—. Todos estos buenos corazones derramarán incesantemente bálsamo sobre sus heridas y le ayudarán a soportar la cruz. Prométame usted tener la firmeza del mártir para afrontar la desgracia sin desfallecer.

El cura tosió para prevenir a Pillerault, que estaba en el salón.

—Mi resignación no tiene límites —dijo César con calma—. La hora de la deshonra ha llegado y sólo debo pensar en la reparación.

La voz y la actitud del perfumista sorprendieron a Césarine y al sacerdote. Sin embargo, nada era más natural. Todos los hombres soportan mejor una desgracia conocida y definida que las crueles alternativas de una suerte que de un instante a otro lleva a un ser de la excesiva alegría al excesivo dolor.

—He soñado durante veintidós años, y ahora despierto con mi hatillo al hombro —dijo César recordando sus tiempos de aldeano turenés.

Al oír estas palabras, Pillerault estrechó a su sobrino entre sus brazos. César vio a su mujer, a Anselme y a Célestin. Los papeles que llevaba el primer dependiente eran muy significativos y el perfumista contempló tranquilamente aquel grupo cuyas miradas eran tristes, pero amigas.

—Un momento —dijo quitándose la condecoración y entregándosela al abate Loraux—. Ya me la devolverá usted cuando pueda llevarla sin rubor. Célestin —dijo a su dependiente—, redacte usted mi dimisión de teniente de alcalde. El señor cura le dictará la carta, y usted le pondrá fecha del 14 y me hará el favor de enviársela, por Roguet, a monsieur de la Billardière.

Célestin y el cura bajaron. Durante un cuarto de hora reinó un profundo silencio en la habitación de César, cuya firmeza sorprendió a su familia. Célestin y el cura volvieron a poco y César firmó su dimisión. Cuando el tío Pillerault le presentó el balance, el pobre hombre no pudo reprimir un ligero movimiento nervioso.

—¡Dios mío, tener piedad de mí! —dijo firmando el terrible documento y tendiéndoselo a Célestin.

—Señora, señora —dijo entonces Anselme Popinot—, hágame el honor de concederme la mano de la señorita Césarine.

Al oír estas palabras, todos los asistentes derramaron lágrimas, excepto César, el cual se levantó, tomó la mano de Anselme y le dijo con voz conmovida:

—Hijo mío, nunca consentiré que te cases con la hija de un insolvente.

Entonces, Anselme miró a Birotteau y le dijo:

—Señor, ¿se compromete usted, en presencia de toda su familia, a consentir nuestro matrimonio, si la señorita no opone obstáculos, el día en que quede usted rehabilitado?

Hubo un momento de silencio, durante el cual todo el mundo se mostró admirado de las sensaciones que denotó el agobiado rostro del perfumista.

—Sí —dijo al fin.

Anselme hizo un indescriptible gesto para tomar la mano de Césarine y besársela con entusiasmo.

—¿Consiente usted también? —le preguntó a Césarine.

—Sí —dijo ella.

—Entonces ya soy de la familia y tengo derecho a ocuparme de sus asuntos —exclamó Popinot con entusiasmo.

Anselme salió precipitadamente para no dejar ver una alegría que contrastaba demasiado con el dolor de su amo. No es que celebrase precisamente la quiebra, pero ¡es el amor tan absoluto, tan egoísta! La misma Césarine sentía una emoción que contrastaba con su amarga tristeza.

—Ya que hemos empezado, acabemos —dijo Pillerault al oído de Constance.

Madame Birotteau hizo un signo de dolor, más bien que de asentimiento.

—Sobrino mío —dijo Pillerault dirigiéndose a César—, ¿qué piensas hacer?

—Continuar en el comercio.

—No soy de la misma opinión —dijo Pillerault—. Liquida, distribuye el activo entre tus acreedores y no vuelvas a aparecer más en París, Yo me he supuesto muchas veces una posición análoga a la tuya… (¡Ah!, hay que preverlo todo en el comercio.) El negociante que no piensa en la quiebra es como el general que contase no ser derrotado nunca; sólo es negociante a medias. Yo nunca hubiera continuado. ¡Cómo! ¿Tener que inclinar la cerviz ante los hombres a quienes perjudiqué y recibir sus desconfiadas miradas y sus tácitos reproches? Concibo la guillotina…, porque en un instante se acaba. Pero tener una cabeza que renace y sentir que la cortan a uno todos los días, ha de ser insoportable. Muchas gentes continúan los negocios como si nada les hubiese ocurrido. Mejor para ellos, veo que son más fuertes que Claude-Joseph Pillerault. Si trabaja uno al contado, lo cual es casi forzoso, dicen que ha sabido arbitrarse recursos, y si no tiene uno un céntimo, nunca levanta cabeza. Buenas tardes. Abandona el activo, permite que vendan tus existencias y haz otra cosa.

—¿Qué? —dijo César.

—Busca una colocación —dijo Pillerault—. ¿No tienes protectores? Los duques de Lenoncourt, madame de Mortsauf, monsieur de Vandenesse. Escríbeles, visítales, y acaso te coloquen en palacio con mil escudos de sueldo; tu mujer hará otro tanto y tal vez tu hija haga lo propio. La situación no es desesperada. Entre los tres podréis reunir cerca de diez mil francos anuales, y en diez años puedes pagar cien mil francos, pues no necesitas echar mano de nada de lo que ganes. Tu mujer y tu hija tendrán mil quinientos francos en mi casa para sus gastos, y respecto a ti, ya veremos.

Aunque no lo hizo César, Constance reflexionó acerca de estas juiciosas palabras. Pillerault se encaminó a la Bolsa, que estaba situada en una sala redonda hecha provisionalmente con maderos, en la que se entraba por la rue Feydeau. La quiebra del perfumista conocida ya, originaba un rumor general entre las gentes del alto comercio, entonces constitucional. Los comerciantes liberales veían en el baile de Birotteau una audaz empresa encaminada a salir airoso valiéndose de sus sentimientos. Los de la oposición creían que estaba permitido a los realistas amar al rey, pero entendían que el amor a la patria era privilegio de la izquierda y que el pueblo le pertenecía. El poder había hecho mal en celebrar por medio de sus funcionarios un acontecimiento cuya explotación exclusiva deseaban tener los liberales. La caída de un protegido del palacio, de un ministerial, de un realista incorregible que insultaba a la libertad batiéndose el 13 de Vendimiario contra la gloriosa revolución francesa, excitaba la risa y los aplausos de la Bolsa. Pillerault quería estudiar y conocer la opinión, y encontró en uno de los grupos más animados, a du Tillet, a Gobenheim-Keller, a Nucingen, al alsaciano Guillaume y a su yerno Joseph Lebas, Claparon, Gigonnet, Mongenod, Camusot, Gobseck, Adolphe Keller, Palma, Chiffreville, Matifat, Grindot y Lourdois.

—¡Qué prudencia se necesita! —dijo Gobenheim a du Tillet—. Ha estado en un tris que mis cuñados no concediesen un crédito a Birotteau.

—A mí me pidió diez mil francos hace quince días y yo se los di con su sola firma —dijo du Tillet—; pero hubo un tiempo en que me hizo algún favor, y se los perdono de buena gana.

—Su sobrino ha hecho como los demás: ha dado fiestas —dijo Lourdois a Pillerault—. Que un bribón quiera deslumbrar a la gente para ganarse su confianza, lo concibo; ¡pero que un hombre que pasaba por la crema de la honradez haya recurrido a estas tretas en que sabemos cae generalmente la gente!

—Como sanguijuelas —dijo Gobseck.

—No confíe usted más que en los que viven en cuchitriles, como Claparon —dijo Gigonnet.

—Hombre —dijo Nucingen a du Tillet—, usted ha queguido jugagme una buena enviándome a Bigotteau. No se pog qué dejó de enviag a buscag a mi casa cincuenta mil francos, pues yo se lo hubiega entregado —añadió volviéndose a Gobenheim, el manufacturero.

—¡Oh, no, señor barón —dijo Joseph Lebas—, usted debía saber que el Banco había rechazado su papel, usted mismo lo hizo rechazar en el comité de descuentos! El asunto de ese pobre hombre, a quien tengo en gran estima, no me parece aún muy claro.

En este momento, Pillerault estrechó la mano a Joseph Lebas.

—En efecto —dijo Mongenod—, es imposible explicar lo que ocurre, a menos de suponer que detrás de Gigonnet se oculten banqueros que deseen arruinar el negocio de la Madeleine.

—Les ocurre lo que les ocurrirá a cuantos se salgan de su especialidad —dijo Claparon interrumpiendo a Mongenod—. Si hubiese trabajado su Aceite Cefálico en lugar de venir a encarecemos los terrenos, habría perdido los cien mil francos de Roguin, pero no hubiera quebrado. Ahora creo que va a trabajar con el nombre de Popinot.

—Señores, cuidado con Popinot —dijo Gigonnet.

Según aquella masa de negociantes, Roguin era el infortunado Roguin, mientras que Birotteau era el pobre Birotteau. El uno tenía excusa en su gran pasión, mientras que el otro parecía más culpable a causa de sus pretensiones. Al dejar la Bolsa, Gigonnet pasó por la rue de Perrin-Gasselin antes de ir a la de Grenétat, y entrando en casa de madame Madou, tratante en frutas secas, le dijo:

—¡Hola, mamá Madou! ¿Cómo va nuestro comercio?

—Vamos tirando —dijo respetuosamente madame Madou, ofreciendo al usurero su único sofá con un afectuoso servilismo que sólo había empleado con su querido difunto.

Madame Madou, que tumbaba de un empujón a un carretero, que no hubiese temido tomar por asalto las Tullerías el 10 de octubre, que regañaba a sus mejores parroquianos y que era, en fin, capaz de dirigir la palabra al rey, sin temblar, en nombre de las verduleras, Angélique Madou recibía a Gigonnet con profundo respeto. Sin fuerzas en su presencia, temblaba bajo su áspera mirada. La gente del pueblo temblará aún por espacio de mucho tiempo al verse ante el verdugo, y Gigonnet era el verdugo de las mujeres del mercado. En este lugar ningún poder es más respetado que el del hombre que procura dinero, y las demás instituciones no son nada al lado de él. La justicia misma está representada, a los ojos de las vendedoras, por el comisario, personaje con el cual se familiarizan; pero la usura parapetada en su pasividad, la usura implorada infunde miedo en el corazón, seca la garganta, abate el orgullo de la mirada y hace al pueblo respetuoso.

—¿Tiene usted acaso algo que pedirme?

—Nada, una miseria: dispóngase a pagar los efectos de Birotteau, porque el buen hombre ha hecho quiebra —dijo Gigonnet.

Los ojos de madame Madou se concentraron primero como los de una gata y después vomitaron llamas.

—¡Ah!, el bandido, el malvado; ¡y vino él mismo a decirme que era teniente de alcalde! ¡Todo está igual en el comercio! No puede una dar fe ni a los alcaldes. El gobierno nos engaña. Espere usted, que ahora voy yo misma a cobrar…

—Amiga mía, en estos negocios cada uno sale del paso como puede —dijo Gigonnet disponiéndose a marcharse.

—Bueno, bueno; ya me las compondré yo. ¡Marie Jeanne! Dame en seguida mis zuecos y mi cachemira de piel de conejo, si no quieres que te largue una guantada…

—La escena se va a desarrollar en plena calle —dijo Gigonnet frotándose las manos—. Du Tillet estará contento, pues veo que habrá escándalo en el barrio. No sé lo que le ha hecho a él ese pobre perfumista que, en medio de todo, me da mucha lástima porque es débil; casi no es hombre.

A eso de las siete de la tarde, madame Madou cayó como una bomba a la puerta del pobre Birotteau, abriéndola con excesiva violencia, pues la caminata que había hecho la enfureció aún más.

—Pillastres, sinvergüenzas, necesito mi dinero, quiero mi dinero. Si no se me paga inmediatamente me llevaré mercancías por valor de dos mil francos. ¡Habráse visto nunca alcaldes que roban a sus administrados! Si no me paga usted le envío a galeras, me voy a casa del procurador del rey y hago que la justicia siga su curso. En fin, que no salgo de aquí sin mi dinero.

Y diciendo esto, forcejeaba por romper los cristales de un armario en donde estaban colocadas las mercancías de más valor.

—¡La Madou está que arde! —dijo Célestin en voz baja a su vecino.

La tendera oyó esta frase (pues en los paroxismos de la rabia los oídos tienen una finura especial), y aplicó en el carrillo de Célestin la bofetada más vigorosa que jamás fue dada en un almacén de perfumería, diciéndole al mismo tiempo:

—Ángel mío, aprende a respetar a las mujeres, y no vuelvas a reírte de aquellos a quienes estafan o roban.

—Señora —dijo Constance saliendo de la trastienda donde por casualidad se hallaba su marido, al que Pillerault quería llevarse consigo, pero que, su afán de obedecer las leyes, quería dejarse prender—, señora, en nombre del cielo no llame usted la atención de los transeúntes.

—¡Eh!, que entren si quieren —dijo aquella mujer—; yo les explicaré lo ocurrido, que es cosa de reír. Sí, mis mercancías y mi dinero, amontonados con el sudor de mi frente, les sirven a ustedes para dar bailes. Va usted vestida como una reina de Francia con la lana que les quita a pobres corderos como yo. ¡Jesús!, a mí me quemaría las manos nada que fuese robado. Yo no voy vestida más que con piel de conejo, pero esta piel es mía. ¡Bandidos, ladrones!, mi dinero o…

E interrumpiendo sus insultantes dicterios, la Madou se precipitó sobre un escaparate lleno de preciosos objetos de tocador.

—Señora, deje usted eso —dijo César presentándose—; nada de lo que hay aquí es mío; todo pertenece a mis acreedores. Sólo poseo mi persona, y, si usted quiere apoderarse de ella y meterme en la cárcel, yo le doy mi palabra de honor de que esperaré aquí a los alguaciles —dijo César llorando.

El tono y el gesto en armonía con la acción, apaciguaron la cólera de madame Madou.

—Un notario se ha escapado con mi fortuna, y yo soy inocente de los desastres que causo —repuso César—; pero usted cobrará lo que le debo, aunque para ello tenga que trabajar como un negro.

—Vamos, veo que es usted un hombre honrado —dijo la Madou—. Señora, perdone usted mis palabras; pero yo voy a tenerme que tirar al río, porque Gigonnet me perseguirá y sólo tengo valores a diez meses para satisfacer sus condenadas letras.

—Venga usted a verme mañana y yo haré que se los descuente al cinco por ciento un amigo mío —dijo Pillerault presentándose.

—¡Cómo! ¡Es el honrado Pillerault! ¡Oh!, si este señor es tío suyo, ya veo que son ustedes honrados y que no perderé yo nada —dijo a Constance—. Hasta mañana, anciano Bruto —añadió dirigiéndose al quincallero.

César quiso permanecer a toda costa en medio de sus ruinas, diciendo que de aquel modo se explicaría con todos sus acreedores. A pesar de las súplicas de su sobrina, Pillerault aprobó la conducta de César, y le hizo subir a sus habitaciones. El astuto anciano corrió a casa de monsieur Haudry, le explicó la situación de Birotteau, le pidió una receta para una poción somnífera, fue él mismo a buscarla, y volvió a pasar la velada a casa de su sobrino. De acuerdo con Césarine, obligó a César a beber como ellos, y el narcótico durmió al perfumista, el cual despertó, catorce horas después en el cuarto de su tío Pillerault, quien se había preparado un catre en el salón de su casa. Cuando Constance oyó rodar el coche en que su tío Pillerault se llevaba a César, el valor la abandonó. Muchas veces nuestras fuerzas son estimuladas por la necesidad de sostener a un ser más débil que nosotros. La pobre mujer, al verse sola con su hija, lloró como hubiera llorado si César hubiese muerto.

—Mamá —dijo Césarine sentándose en las rodillas de su madre y haciéndole esas caricias de gata que saben prodigarse las mujeres entre sí—. Tú me has dicho que si yo tenía valor para aceptar nuestra situación tendrías fuerzas contra la adversidad. No llores, pues, mamá querida. Yo estoy dispuesta a entrar en un almacén y a no pensar más en lo que éramos. Como tú cuando eras joven, seré primera dependienta, y no oirás nunca una queja de mis labios. Tengo una esperanza. ¿No has oído a monsieur Popinot?

—¡Pobre muchacho! No será yerno mío…

—¡Oh, mamá!…

—Será verdaderamente mi hijo.

—Lo único que tiene de bueno la desgracia es que nos enseña a conocer los buenos amigos —dijo Césarine abrazando a su madre.

Césarine acabó por suavizar la pena de la pobre mujer desempeñando con ella el papel de madre.

Al día siguiente por la mañana, Constance se fue a casa del duque de Lenoncourt, que era uno de los primeros hidalgos de la Cámara del rey, y dejó allí una carta en la cual le pedía audiencia para una hora fijada. Entre tanto se fue a casa de monsieur de la Billardière, le expuso la situación en que colocaba a César la huida del notario, y le rogó que la recomendase al duque a fin de obtener una plaza para Birotteau, el cual sería el cajero más probo.

—El rey acaba de nombrar al conde de Fontaine para una dirección general en el ministerio de la Casa Real y no hay tiempo que perder.

A las dos de la tarde, La Billardière y Constance subían la gran escalera del palacio de Lenoncourt, y eran introducidos en el despacho de uno de los hidalgos a quien más hubiese preferido el rey, si el rey Luis XVIII hubiese tenido preferencias.

La amable acogida de este gran señor, que pertenecía al pequeño número de los verdaderos hidalgos que el siglo pasado legó a éste, dio ciertas esperanzas a madame César. La mujer del perfumista se mostró grande y sencilla en medio de su dolor. El dolor ennoblece a las personas más vulgares, pues tiene su grandeza, y para ostentarla basta ser sincero. Constance era una mujer esencialmente sincera. Se trataba de hablar inmediatamente al rey.

En medio de la conferencia se anunció a monsieur de Vandenesse y el duque exclamó:

—¡He aquí a su salvador!

Madame Birotteau no era desconocida para este joven, el cual había ido a su casa una o dos veces a buscar esas bagatelas que suelen ser tan importantes como las grandes cosas. El duque explicó los deseos, de La Billardière. Al saber la desgracia que hería al ahijado de la marquesa de Uxelles, Vandenesse se fue en el acto, con La Billardière, a casa de monsieur el conde de Fontaine, rogando a madame Birotteau que le esperase.

Al igual que La Billardière, monsieur el conde de Fontaine era uno de esos valientes hidalgos de provincias, héroes casi desconocidos que hicieron la guerra de la Vendée, y conocía a Birotteau por haberle visto antaño en «La Reina de las Rosas». La gente que había derramado su sangre por la causa real gozaba en aquella época de privilegios que el rey mantenía secretos para no asustar a los liberales, y monsieur de Fontaine, que era uno de sus favoritos, pasaba por hombre de toda su confianza. El conde no sólo prometió una plaza, sino que se fue a casa del duque de Lenoncourt, a quien rogó que pidiese aquella misma noche, para monsieur de La Billardière, una audiencia al rey, el cual quería entrañablemente a este antiguo diplomático vendeano.

Aquella misma noche también, monsieur el conde de Fontaine se fue de las Tullerías a casa de madame Birotteau para decirle que, como no hubiese vacante en la Casa Real, su marido sería empleado oficialmente con dos mil quinientos francos, en la Caja de Amortización.

Este éxito no era más que una parte de la labor de madame Birotteau. La pobre mujer había ido también a la rue de Saint-Denis, al «Gato que juega a la pelota», a ver a Joseph Lebas. Por el camino encontró en un magnífico coche a madame Roguin, la cual iba sin duda de compras. Sus miradas y las de la hermosa notaría se cruzaron, y la vergüenza que la mujer feliz no pudo reprimir al ver a la mujer arruinada dio valor a Constance.

«Nunca arrastraré coche con el bien ajeno», se dijo la perfumista.

Recibida por Joseph Lebas, Constance le rogó que le procurase una colocación a su hija en alguna respetable casa de comercio. Lebas no prometió nada, pero ocho días después Césarine tenía comida, albergue y mil escudos anuales en la casa más rica de novedades de París, la cual fundaba un nuevo establecimiento en el barrio de los Italianos. La caja y el almacén fueron confiados a la hija del perfumista, la cual reemplazaba a los amos de la casa.

Respecto a Constance, se fue aquel mismo día a casa de Popinot a rogarle que la admitiese en su tienda para llevar la Caja y los libros y ser su ama de llaves. Popinot comprendió que su casa era la única donde la mujer del perfumista podría hallar los respetos y la consideración que merecía, y el noble muchacho se comprometió a mantenerla, darle albergue y tres mil francos al año. Popinot se trasladó a la buhardilla, cediéndole su cuarto a su antigua ama, y, de esta suerte, la hermosa perfumista, después de haber gozado durante un mes de las suntuosidades de su habitación, se vio obligada a habitar el espantoso cuarto donde Gaudissart, Anselme y Finot habían inaugurado el Aceite Cefálico.

Cuando Molineux, que había sido nombrado agente por el Tribunal de Comercio, fue a tomar posesión del activo de César Birotteau, Constance, ayudada por Célestin, hizo el inventario con él, y realizado éste, madre e hija salieron a pie y pobremente vestidas y se fueron a casa de su tío Pillerault sin volver la cabeza, y después de haber permanecido en aquella casa la tercera parte de su vida. Silenciosas ambas, se encaminaron a la rue des Bourdonnais, donde comieron con César por primera vez después de su separación. Triste fue aquella comida. Todos habían tenido tiempo de reflexionar, de medir la extensión de sus obligaciones y de sondear su valor, y los tres estaban en la actitud de marineros dispuestos a luchar contra el mal tiempo sin ocultarse el peligro. Birotteau recobró algún valor al saber la solicitud con que algunos personajes le habían procurado un porvenir; pero lloró al saber lo que iba a ser de su hija, y no pudo menos de tender la mano a su mujer al ver el valor con que ésta se disponía a reanudar el trabajo.

El tío Pillerault lloró por primera vez en su vida al ver el cuadro conmovedor que formaban aquellos tres seres queridos y confundidos en medio de un abrazo, después del cual Birotteau, el más abatido y el más débil de los tres, levantó la mano diciendo:

—¡Esperemos!

—Para economizar, vivirás en mi casa y participarás de mi pan —le dijo el tío—. Hace tiempo que me aburro solo y que ansio reemplazar a aquel pobre muchacho que perdí. De aquí a tu oficina no hay más que un paso.

—Dios de bondad, en medio de la tormenta me consuela el ver que aún hay estrellas que me guían —exclamó Birotteau.

Cuando el desgraciado se resigna, agota su desgracia. La caída de Birotteau quedó desde entonces decidida, y al dar él su consentimiento aviniéndose a ella, recobraba en parte sus fuerzas.

Después de haber quebrado, un comerciante sólo debería ocuparse ya de encontrar un oasis en Francia o en el extranjero para vivir en él sin mezclarse en nada como un niño que es, pues la ley lo declara menor e incapaz de todo acto legal, civil y cívico. Pero no ocurre nada de esto. Antes de reaparecer, espera obtener un salvaconducto que jamás niega ningún juez comisario ni acreedor; pues si lo encontrasen sin este exeat, sería encarcelado, mientras que provisto de esta salvaguardia se pasea como parlamentario por el campo enemigo, no por curiosidad, sino para burlar las malas intenciones de la ley relativas a los quebrados. El efecto de toda ley que atañe a la vida privada consiste en desarrollar prodigiosamente las travesuras del espíritu. El pensamiento de los quebrados, como el de todos aquellos cuyos intereses están contrarrestados por una ley cualquiera, estriba en anularla, por lo que atañe a ellos. La situación del muerto civil o del quebrado es una especie de crisálida, dura unos tres meses, que es el tiempo exigido por las formalidades antes de llegar al congreso donde se firma entre los acreedores y el deudor un tratado de paz, transacción llamada concordato. Esta palabra indica claramente que la concordia reina después de la tempestad originada entre intereses violentamente encontrados.

En vista del balance, el Tribunal de Comercio nombra inmediatamente un juez comisario que vela por los intereses de la masa de acreedores desconocidos y debe también proteger al quebrado contra los ataques vejatorios de sus acreedores irritados; doble papel que sería magnífico de desempeñar si los jueces comisarios tuvieran tiempo para ello. Este juez comisario da a un agente el derecho de intervenir en los fondos, los valores y las mercancías, fiscalizando el activo que arroja el balance, y por fin el escribano convoca una junta de acreedores al son de trompeta de los anuncios en todos los periódicos. Los acreedores falsos o verdaderos tienen derecho a concurrir y a reunirse a fin de nombrar síndicos que reemplazan al agente, se convierten por una ficción de la ley en el quebrado mismo y pueden liquidarlo todo, venderlo todo y transigir con todo si el quebrado no se opone a ello. La mayor parte de las quiebras parisienses cesan al ser nombrados los síndicos provisionales y he aquí porqué.

El nombramiento de uno o varios síndicos definitivos es uno de los actos más apasionados a que pueden entregarse los acreedores sedientos de venganza, burlados, chasqueados, afrentados, careados, robados y engañados. Aunque en general los acreedores sean engañados, robados, mareados, afrentados, chasqueados y burlados, no existe en París ninguna pasión comercial que viva ochenta días. A los ochenta días todos los acreedores, extenuados de cansancio por las marchas y contramarchas que exige una quiebra, duermen al lado de sus excelentes mujercitas. Esto puede servir a los extranjeros para comprender cómo en Francia lo provisional suele ser definitivo: de mil síndicos provisionales, no hay cinco que lleguen a ser definitivos. La razón de esta abjuración de los odios engendrados por una quiebra va a ser comprendida en seguida. Pero es necesario antes explicar el drama de una quiebra a las gentes que no tienen la dicha de ser negociantes, a fin de hacerles comprender al mismo tiempo cómo constituye en París una de las bromas legales más monstruosas y cómo la quiebra de César iba a ser una enorme excepción.

Este hermoso drama comercial tiene tres actos distintos: el acto del agente, el acto de los síndicos y el acto del concordato. Como todas las piezas teatrales, ofrece un doble espectáculo: hay un ensayo general para el público y sus medios ocultos; hay la representación vista desde la butaca y la representación vista entre bastidores. En los bastidores están el quebrado y su representante, el procurador de los comerciantes, los síndicos y el agente, y por fin el juez comisario. Nadie fuera de París sabe y nadie en París ignora que un juez del tribunal es el magistrado más extraño que una sociedad se haya permitido crear. Este juez puede temer a cada paso su propia justicia para sí mismo. París ha visto quebrar al presidente de su Tribunal de Comercio. En lugar de ser un comerciante retirado de los negocios que obtuviera tal magistratura como recompensa de una vida sin tacha, este juez suele ser un comerciante cargado de negocios al frente de una inmensa casa. La condición sine qua non para la elección de este juez, encargado de juzgar las avalanchas de procesos comerciales que se forman incesantemente en la capital, es la de tener sobrado trabajo para dirigir sus propios negocios. Este Tribunal de Comercio, en lugar de haber sido instituido como una útil transición de la que el negociante pudiera elevarse sin ridículo a las regiones de la nobleza, se compone de negociantes en ejercicio que pueden ser enemigos del quebrado, como lo era du Tillet de Birotteau.

El juez comisario es, pues, necesariamente un personaje ante el cual se dicen muchas palabras, que escucha pensando en sus negocios y se atiene a la decisión de los síndicos y del procurador, salvo extraños casos en que los robos se presentan en circunstancias tan curiosas, que le obligan a decir que los acreedores o el deudor son gentes hábiles. Este personaje, colocado en el drama como un busto real en una sala de audiencia, se encuentra por la mañana entre cinco y siete en su almacén si es tratante en maderas, en su tienda si es perfumista como Birotteau, o por la noche en su casa, pero siempre sumamente atareado; así es que este personaje es generalmente mudo. Pero hagamos justicia a la ley: la legislación por que se rige la materia ha atado de manos al juez comisario, que en algunos circunstancias consagra fraudes sin poderlos impedir, como vais a ver.

El agente, en lugar de ser el representante de los acreedores, puede convertirse en el representante del deudor. Cada uno espera poder aumentar su parte pidiendo ventajas al quebrado, al cual siempre se le suponen tesoros ocultos. El agente puede sacar partido de ambas partes, ora no atacando los intereses del quebrado, o bien obteniendo algo para algún acreedor: come, pues, a dos carrillos. Muchas veces un agente hábil ha anulado el juicio rescatando los créditos y salvando al negociante, el cual salta entonces como una bala elástica. Generalmente, el agente se inclina hacia la despensa mejor provista, ya defendiendo a los acreedores fuertes y descubriendo al deudor, ya inclinando a los acreedores en beneficio del negociante. El acto del agente es el acto decisivo. Este hombre, lo mismo que el procurador, sólo acepta su papel cuando está seguro de sus honorarios. De mil quiebras, en novecientas cincuenta el agente se pone de parte del quebrado. En la época en que tiene lugar esta historia, casi todos los procuradores iban a ver al juez comisario para proponerle el nombramiento de un agente que solía ser el suyo, como hombre que conocía los asuntos del negociante y que sabría conciliar los intereses de la masa y los del hombre honrado caído en desgracia. De algunos años a esta parte, los jueces hábiles suelen preguntar cuál es el agente que desea el procurador a fin de no tomarlo y de nombrar a otro que sea casi virtuoso.

Durante este acto se presentan los acreedores falsos o verdaderos para designar los síndicos provisionales, que son, como se ha dicho ya, definitivos. En esta asamblea electoral, lo mismo tienen derecho a votar los acreedores a quienes se deben cinco francos, que aquellos a quienes se debe cincuenta mil: se cuentan los votos, pero no se pesan. Esta asamblea, de la que forman parte los falsos electores, introducidos por el quebrado, propone como candidatos a los acreedores, de los cuales puede elegir síndicos el juez comisario, quien toma casi siempre de mano del quebrado los síndicos que a éste le conviene tener: otro abuso que hace que esta catástrofe sea uno de los dramas más burlescos que la justicia pueda proteger: el hombre honrado caído en desgracia, dueño del terreno, legaliza entonces el robo que ha meditado. Generalmente el pequeño comercio de París está puro de toda mancha. Cuando un tendero llega a declararse en quiebra, ha vendido ya el chal de su mujer, ha empeñado los cubiertos de plata y ha sucumbido con las manos vacías, arruinado y sin dinero siquiera para pagar al agente, el cual se preocupa muy poco de él.

La ley quiere que el concordato que libra al negociante de una parte de su deuda y le da derecho a continuar sus negocios sea votado por una mayoría de sumas y de personas. Esta gran obra exige hábil diplomacia, ejercitada en medio de los intereses contrarios del quebrado, de los síndicos y del procurador, que se cruzan y chocan irnos con otros. La anomalía habitual, la vulgar, consiste en ofrecer a la parte de acreedores que constituyen la mayoría exigida por la ley, primas a pagar por el deudor, además de los dividendos establecidos en el concordato. Para este inmenso fraude no hay remedio alguno. Los treinta tribunales de comercio que se han sucedido lo conocen por haberlo practicado. Instruidos por una larga experiencia, los tribunales acabaron últimamente por decidirse a anular los efectos tildados de fraude; y como los quebrados tenían interés en quejarse de esta extorsión, los jueces esperaron moralizar así la quiebra, y lo que hicieron fue desmoralizarla; los acreedores inventaron entonces vergonzosas tretas, que los jueces censuraron como jueces, pero de las cuales se aprovecharon como negociantes.

Otra maniobra muy usada, a la cual se debe la expresión de acreedor serio y legítimo, consiste en crear acreedores, como du Tillet había creado una casa de Banca, y en introducir una cierta cantidad de Claparones, tras los cuales se oculta el quebrado, quien, desde entonces, disminuye en otro tanto el dividendo de los verdaderos acreedores, creando así recursos para el porvenir y procurando la cantidad de votos y de sumas necesarias para obtener el concordato. Los acreedores falsos e ilegítimos son como falsos electores introducidos en el colegio electoral. ¿Qué puede hacer el acreedor serio y legítimo contra los acreedores falsos e ilegítimos? ¡Desembarazarse de ellos atacándoles por modos distintos! Pero para arrojar al intruso, el acreedor verdadero y legítimo tiene que abandonar sus negocios y encargar de su causa a un procurador, el cual, como no gana casi nada en esto, prefiere defender quiebras y trata el asunto sin interés. Para desenmascarar al acreedor falso se necesita entrar en el dédalo de las operaciones, remontarse a épocas distantes, hojear los libros, obtener, por autoridad de justicia, los del falso acreedor, descubrir la inverosimilitud de la ficción, demostrársela a los jueces del tribunal, pleitear, ir, venir y hacer el oficio de don Quijote frente a cada acreedor falso e ilegítimo, el cual, si llega a ser tildado de falsedad, se retira saludando a los jueces y diciendo:

—Dispensen, se engañan ustedes, yo soy muy verdadero.

Entre tanto, los negocios de don Quijote van mal, hasta el punto de correr riesgo de quiebra.

Moral: el deudor nombra sus síndicos, fiscaliza sus créditos y se arregla él mismo el concordato.

Después de estos datos, ¿quién no adivina las mil intrigas a que dan lugar estos dos sistemas? No existe quiebra que no engendre intrigas bastantes para dar materia a catorce volúmenes de Clarisa Harlowe al autor que quisiera escribirlos. Un solo ejemplo bastará. El ilustre Gobseck, el maestro de los Palma, de los Gigonnet, de los Werbrust, de los Keller y de los Nucingen, habiéndose encontrado en una quiebra en que se proponía reventar a un negociante que había sabido engañarle, recibió en efectos próximos a vencer después del concordato la suma que, unida a la de los dividendos, formaba el importe íntegro de su crédito. Gobseck determinó la aceptación de un concordato que consagraba el setenta y cinco por ciento de rebaja al quebrado, y he aquí a los acreedores engañados en provecho de Gobseck; pero el negociante había firmado los efectos ilícitos de su razón social en quiebra y pudo aplicar a estos efectos la deducción del setenta y cinco por ciento. Gobseck, el gran Gobseck, apenas recibió el cincuenta por ciento, así es que siempre saludaba a su deudor con un respeto irónico.

Como todas las operaciones entabladas por un quebrado diez días antes de la quiebra pueden ser recriminadas, algunos hombres prudentes procuran entablar varios negocios con cierto número de acreedores, cuyo interés estriba en llegar a un pronto concordato. Algunos acreedores muy astutos van a ver a otros muy necios o muy ocupados, les describen la quiebra con colores muy negros, les compran sus créditos por la mitad de lo que valdrán en la liquidación y entonces recobran su dinero mediante el dividendo de sus créditos y la mitad, la tercera o la cuarta parte ganada con los créditos comprados.

La quiebra es el cierre más o menos hermético de una casa donde el pillaje ha dejado algunos sacos de dinero. ¡Feliz el negociante que se desliza por la ventana, por el tejado, por las bodegas o por algún agujero, y que toma un saco de dinero y aumenta su parte! En esta derrota, en la que se lanza el ¡sálvese el que pueda! del Beresina, todo es ilegal y legal, falso y verdadero, honroso y deshonroso. El hombre que se cubre es admirado. Cubrirse es apoderarse de algunos valores en detrimento de los demás acreedores. Francia ha presenciado los debates de una inmensa quiebra ocurrida en una ciudad donde había Audiencia, cuyos magistrados, que tenían cuenta corriente con los quebrados, se habían provisto de capas de caucho tan pesadas, que el manto de la justicia quedó mal parado. A causa de sospecha legítima, fue preciso trasladar el juicio de la quiebra a otra Audiencia, pues en el lugar en que había estallado la bancarrota no había juez comisario, ni agente, ni Audiencia soberana posibles.

Este espantoso lío comercial es tan conocido en París, que a menos de estar interesado en la quiebra por una suma capital, todo negociante un poco atareado acepta la quiebra como un siniestro sin seguro, carga la suma perdida a la cuenta de pérdidas y ganancias y no comete la tontería de perder el tiempo. Respecto al comerciante al por menor, atareado por sus fines de mes, se asusta ante la duración y los gastos de un proceso, e imitando al gran negociante baja la cabeza y acepta la pérdida.

Los grandes negociantes no se declaran en quiebra y liquidan amistosamente. Los acreedores ceden sus créditos tomando lo que les ofrecen. De este modo se evita la deshonra, las dilaciones judiciales, los honorarios de los procuradores y las depreciaciones de las mercancías, y, como todo el mundo cree que la quiebra daría menos que la liquidación, hay en París más liquidaciones que quiebras.

El acta de los síndicos está destinada a probar que todo síndico es incorruptible y que no hay nunca entre ellos y el quebrado la menor inteligencia. El interesado que ha sido alguna vez síndico, sabe que todo síndico es un acreedor encubierto. Escucha, cree lo que quiere y llega el día del concordato después de tres meses empleados en fiscalizar los créditos pasivos. Los síndicos provisionales presentan entonces ante la asamblea una pequeña información, cuya fórmula general es como sigue:

«Señores: Se nos debía a todos juntos un millón. Hemos despedazado a nuestro hombre como si fuese una fragata naufragada. Los clavos, los hierros, las maderas y los cobres han dado trescientos mil francos. Tenemos, pues, un treinta por ciento de nuestros créditos. Felices de haber encontrado esta suma cuando nuestro deudor podía no dejarnos más que cien mil francos, le declaramos un Arístides, le damos un voto de gracias y proponemos que se le deje su activo, concediéndole diez o doce años para que nos pague el cincuenta por ciento que se digna prometernos. He aquí el concordato, pasad por las oficinas y firmadlo.»

Al oír este discurso, los negociantes, satisfechos, se felicitan y se abrazan. Después de la aprobación de este concordato, el quebrado vuelve a ser negociante como antes, se le devuelve su activo, y reanuda sus negocios, sin verse privado del derecho de hacer quiebra en cuanto a los dividendos prometidos, retroquiebra que se ve frecuentemente, como hijo dado a luz por una madre nueve meses después del matrimonio de su hija.

Si el concordato no se logra, entonces los acreedores nombran síndicos definitivos, y toman exorbitantes medidas asociándose para explotar los bienes y el comercio de su deudor, embargándole todo lo que tenga, la herencia de su padre, de su madre, de su tía, etc. Esta rigurosa medida se ejecuta por medio de un contrato de unión.

Hay, pues, dos quiebras: la quiebra del negociante que quiere reanudar los negocios y la quiebra del negociante que, una vez caído al agua, se contenta con irse al fondo del río. Pillerault conocía perfectamente esta diferencia, y lo mismo en su concepto que en el de Ragon era tan difícil salir puro de la primera como rico de la segunda. Después de haber aconsejado el abandono general, se dirigió al procurador más honrado de la plaza para que liquidase la quiebra y pusiese los valores a disposición de los acreedores. Mientras dura este drama, la ley exige que los acreedores procuren alimentos al quebrado y a su familia; pero Pillerault hizo saber al juez comisario que él cubriría las necesidades de sus sobrinos.

Du Tillet lo había combinado todo para que la quiebra fuese una agonía constante para su antiguo amo. He aquí cómo: el tiempo es tan precioso en París, que generalmente en las quiebras, de los dos síndicos, sólo uno se ocupa de ellas. El otro figura por pura fórmula y lo aprueba todo como el segundo notario en las actas notariales. El síndico que se ocupa de la quiebra descansa frecuentemente en el procurador y, por este medio, las quiebras del primer género se tramitan tan rápidamente, que, salvo los plazos exigidos por la ley, todo se acuerda, se combina y se arregla a placer, tanto que a los cien días el juez comisario puede pronunciar la frase atroz de aquel ministro: «El orden reina en Varsovia».

Du Tillet deseaba la muerte comercial del perfumista. El nombre de los síndicos, nombrados por influencia de du Tillet, fue significativo para Pillerault. Monsieur Bidault, apodado Gigonnet, principal acreedor, no debía ocuparse de nada; Molineux, el ancianito chinchorrero que no perdía nada, tenía que ocuparse de todo. Du Tillet había arrojado este chacal sobre el noble cadáver comercial de su amo para atormentarlo al devorarle. Después de la junta en que los acreedores nombraron los síndicos, el pequeño Molineux se fue a su casa honrado con los sufragios de sus conciudadanos, y satisfecho de tener que regentar a Birotteau, como un niño cuando puede martirizar a un insecto. El propietario, apoyado siempre en la ley, rogó a du Tillet que le ayudase con sus luces y compró el Código de Comercio. Afortunadamente, Joseph Lebas, prevenido por Pillerault, había logrado que el presidente de la Audiencia nombrase un juez comisario sagaz y benévolo. Así es que Gobenheim Keller, que era el juez esperado por du Tillet, fue reemplazado por monsieur Camusot, juez suplente, rico tratante en sedas, liberal, propietario de la casa donde vivía Pillerault y hombre que tenía gran fama de honrado.

Una de las escenas más horribles de la vida de César fue su obligada conferencia con el pequeño Molineux, aquel ser a quien consideraba él tan nulo y que por una ficción de la ley se había convertido en César Birotteau. El perfumista, acompañado de su tío, tuvo que ir al patio Batave, subir los seis pisos y entrar en la horrible habitación de aquel anciano, su tutor, casi un juez, el representante de la masa de sus acreedores.

—¿Qué tienes? —dijo Pillerault a César al oír que éste lanzaba una exclamación.

—¡Ah, tío, qué poco sabe usted quién es este Molineux!

—Hace quince años que lo veo de cuando en cuando en el café David, donde juego por las tardes al dominó, y por eso te he acompañado.

Monsieur Molineux se mostró excesivamente cortés con Pillerault y empleó desdeñosa condescendencia con el quebrado. El ancianito había meditado su conducta, había estudiado su situación y había preparado su discurso.

—¿Qué informes desea usted? —le dijo Pillerault—. No existe ninguna protesta contra los créditos presentados.

—¡Oh! —dijo el pequeño Molineux—, los créditos están en regla, todo está fiscalizado. Los acreedores son verdaderos y legítimos, pero la ley, señor mío, la ley… Los gastos del quebrado no guardan proporción con su fortuna… y conste que el baile…

—Al que usted mismo asistió… —dijo Pillerault interrumpiéndole.

—…Costó cerca de sesenta mil francos, y esta suma fue gastada en ocasión en que el activo del quebrado sólo ascendía a ciento y tantos miles de francos. Hay, pues, motivo para que el quebrado comparezca ante un juez extraordinario, por tratarse de quiebra fraudulenta.

—¿Es ésa su opinión? —dijo Pillerault al ver el abatimiento que estas frases causaban a César.

—Señor, distingo: monsieur era miembro del Municipio.

—Supongo que no nos habrá llamado usted para damos cuenta de que vamos a ser perseguidos criminalmente —dijo Pillerault—. Todo el café David se reiría esta noche de su conducta.

La opinión del café David pareció asustar mucho al ancianito, el cual miró a Pillerault con aire azorado. El síndico contaba con ver sólo a Birotteau, y se había prometido obrar como árbitro soberano, como Júpiter. Contaba con asustar a Birotteau y gozar de sus alarmas y de sus terrores para suavizar luego su opinión y hacer que su víctima le quedase eternamente agradecida; pero quedó chasqueado al ver que, en vez de su insecto, tenía que habérselas con la vieja esfinge comercial.

—Señor —le dijo—, esto no es cosa de risa.

—Dispense —respondió Pillerault—. Usted tiene bastante trato con monsieur Claparon y piensa abandonar los intereses de la masa a fin de salir favorecido; pero yo, como acreedor, puedo intervenir y recurrir al juez comisario.

—Caballero —dijo Molineux—, yo soy incorruptible.

—Ya lo sé —dijo Pillerault— y es usted además muy astuto, y por esa razón hace lo que hace con su inquilino.

—¡Oh! —dijo el síndico—, la cuestión de la rue Montorgueil no está aún juzgada. Ha surgido lo que se llama un incidente. El inquilino es inquilino principal, y este intrigante pretende hoy que teniendo pagado un año anticipado y no habiendo transcurrido más que un año…

Al llegar aquí, Pillerault dirigió a César una mirada para recomendarle la más viva atención.

—Puede abandonar la casa. Nuevo proceso, y digo nuevo proceso porque yo tengo derecho a garantías hasta el pago total, eso sin contar con que puede deberme reparaciones.

—Pero la ley sólo le da como garantía de los alquileres los muebles.

—Y accesorios —dijo Molineux, atacado en su centro—. El artículo del Código ha sido interpretado ya en este sentido por sentencias anteriores, y lo único que necesita es una ratificación legislativa. Precisamente en este momento estoy redactando una memoria para su excelencia el ministro, acerca de esta laguna de la legislación. Sería conveniente que el gobierno se ocupase de los intereses de la propiedad. Todo es para el Estado, y nosotros somos las fuentes del impuesto.

—Usted podrá instruir al gobierno acerca de lo que quiera —dijo Pillerault—; pero ¿en qué podemos nosotros instruirle y para qué hemos sido llamados?

—Deseo saber —dijo Molineux con enfática autoridad— si monsieur ha recibido sumas de monsieur Popinot.

—No, señor —dijo Birotteau.

Se originó aquí una discusión acerca de los intereses de Birotteau en la casa Popinot, de donde resultó que Popinot tenía derecho a percibir íntegramente sus anticipos. El síndico Molineux, manejado por Pillerault, volvió insensiblemente a recobrar sus ademanes amables, lo cual probaba el gran interés que le inspiraba la buena opinión de los concurrentes al café David, y acabó por prodigar consuelos a Birotteau y por ofrecerle que participase de su modesta comida. Si el experfumista hubiese ido solo, tal vez hubiera irritado a Molineux y la cuestión se hubiera agriado; de modo que lo mismo en esta circunstancia que en otras, el anciano Pillerault fue para su sobrino un ángel tutelar.

Existe un horrible suplicio que la ley comercial impone a los quebrados: éstos tienen que comparecer en persona ante los síndicos provisionales y su juez comisario en la asamblea en que sus acreedores deciden de su suerte. Para un hombre que se sobrepone a todo, como para el negociante que busca una revancha, esta triste ceremonia es poco temible; pero para un hombre como César Birotteau, esta escena es un suplicio que sólo tiene comparación con el último día de un condenado a muerte. Pillerault hizo lo que pudo para que su sobrino pudiese soportar aquel horrible día.

He aquí cuáles fueron las operaciones de Molineux, consentidas por el quebrado. El proceso relativo a los terrenos situados en la calle del arrabal del Temple fue ganado en la Audiencia. Los síndicos decidieron vender las propiedades y César se opuso a ello. Du Tillet, conocedor de las intenciones del gobierno, relativas a un canal que debía unir Saint-Denis con el alto Sena, pasando por el arrabal del Temple, compró los terrenos de Birotteau por la suma de setenta mil francos. Los derechos de César a los terrenos de la Madeleine fueron cedidos a Claparon con la condición de que éste abandonaría por su parte toda reclamación referente al dividendo a que tenían derecho los acreedores. Los intereses del perfumista en la casa Popinot y Compañía fueron vendidos al mismo Popinot por la suma de cuarenta y ocho mil francos. Las existencias de «La Reina de las Rosas» fueron compradas por Célestin Crevel, por cincuenta y siete mil francos, con derecho a la continuación del arriendo, a las mercancías, a los muebles, a la propiedad de la Pasta de las Sultanas y a la del Agua Carminativa y a ocupar doce años la fábrica, cuyos utensilios le fueron asimismo vendidos. El activo líquido fue de ciento noventa y cinco mil francos, a los cuales añadieron los síndicos los setenta mil francos producidos por los derechos de Birotteau en la liquidación del infortunado Roguin. Así es que el total ascendía a doscientos cincuenta mil francos. Había, pues, más de un cincuenta por ciento. La quiebra es como una operación química, de la que el comerciante procura salir engordado. Birotteau, destilado por completo, daba un resultado que no satisfacía a du Tillet. Éste esperaba una quiebra deshonrosa y vio que resultaba virtuosa. Poco sensible a su ganancia, hubiera deseado ver al pobre perfumista deshonrado, perdido, vilipendiado. Los acreedores sin duda iban a sacar en triunfo al perfumista después de la junta general. A medida de que Birotteau iba recobrando el valor, su tío, como hábil médico, le iba iniciando en los pormenores de la quiebra. No hay ningún negociante que vea sin dolor la depreciación de las cosas que representan para él tanto dinero y tantos cuidados. Las noticias que le daba su tío petrificaban al perfumista.

—¡Cincuenta y siete mil francos por «La Reina de las Rosas»! ¡Pero si el almacén ha costado diez mil! ¡Si las habitaciones cuestan cuarenta mil; si la fábrica, los utensilios, las calderas han costado treinta mil; si hay diez mil francos de existencias dándolas a mitad de precio; si la Pasta y el Agua valen tanto como una casa de campo!

Estas jeremiadas del pobre César, arruinado, no asustaban gran cosa a Pillerault. El antiguo negociante las escuchaba como el caballo que aguanta un aguacero en despoblado, pero le asustaba el sombrío silencio que guardaba el perfumista cuando se trataba de la junta. Para el que comprende las debilidades y las vanidades que tiene el hombre en cada esfera social, adivinará que tenía que ser un horrible suplicio para aquel hombre el volver, como quebrado, al palacio de justicia comercial, donde había entrado como juez. ¡Ir a recibir insultos allí donde tantas veces se le habían dado votos de gracias por los servicios prestados, él, Birotteau, cuyas opiniones inflexibles respecto a los quebrados eran conocidas por todo el comercio parisiense, él que había dicho: «Se puede ser hombre honrado presentando el balance, pero se sale como un bribón de una junta de acreedores»! Su tío estudió las horas favorables para familiarizarle con la idea de comparecer ante sus acreedores reunidos, como lo exigía la ley. Esta obligación mataba a Birotteau. Su muda resignación causaba una viva impresión a Pillerault, el cual, a veces, por las noches, le oía a través del tabique cuando exclamaba:

—¡Nunca, nunca, antes la muerte!

Pillerault, aquel hombre tan fuerte por la sencillez de su vida, comprendía la debilidad y resolvió ahorrar a Birotteau las angustias de la escena terrible de su comparecencia ante los acreedores, escena inevitable. La ley en este punto es precisa, formal, exigente. El negociante que se niega a comparecer, puede por este solo hecho ser perseguido criminalmente. Pero si la ley obliga al quebrado a presentarse, no tiene poder para hacer comparecer al acreedor. Una junta de acreedores no es una ceremonia importante más que en determinados casos: por ejemplo, cuando hay disidencias entre acreedores favorecidos o acreedores perjudicados, o cuando el concordato es vejatorio y el quebrado necesita una mayoría. Pero en el caso de una quiebra en que todo está realizado, la junta de acreedores es una pura formalidad. Pillerault fue a rogar uno por uno a todos los acreedores que diesen poder al procurador, y todos, excepto du Tillet, compadecían sinceramente a César después de haberle abatido, pues todos sabían cuál era la conducta del perfumista, cuán claros estaban sus libros y cuán limpios eran sus negocios. Por otra parte, todos los acreedores estaban contentos al no ver entre ellos ningún acreedor falso. Molineux, agente, primero, y síndico después, había encontrado en casa de César todo lo que el pobre hombre poseía, incluso el grabado de Hero y Leandro, que le había regalado Popinot, sus joyas personales, su alfiler de corbata, sus hebillas de oro y sus dos relojes, que un hombre honrado se hubiera llevado sin creer faltar a la probidad. Constance también había dejado sus modestas alhajas. Esta conmovedora obediencia a la ley sorprendió vivamente al comercio. Los enemigos de Birotteau relataron estas circunstancias como pruebas de estupidez; pero la gente sensata las apreció en su justo valor considerándolas como un exceso de probidad. Dos meses después, la opinión de la Bolsa había cambiado. Las gentes más indiferentes confesaban que aquella quiebra era una de las curiosidades más raras que se habían visto en la plaza. Todos los acreedores, al ver que iban a cobrar un sesenta por ciento, hicieron lo que deseaba Pillerault. Como el número de procuradores era pequeño, Pillerault acabó por reducir aquella formidable junta a tres procuradores; él, Ragon, dos síndicos y el juez comisario.

La mañana de aquel día solemne, Pillerault dijo a su sobrino:

—César, puedes ir sin temor a la asamblea porque no encontrarás a nadie.

Ragon quiso acompañar a su deudor. Cuando el antiguo dueño de «La Reina de las Rosas» dejó oír su vocecita seca, su ex sucesor palideció; pero el buen anciano le abrió los brazos, Birotteau se precipitó en ellos, como un niño en los de su padre y los dos perfumistas derramaron abundantes lágrimas. El quebrado cobró valor al ver tanta indulgencia y subió al coche con su tío, y a las diez y media en punto los tres llegaban al claustro de Saint-Merri, lugar que ocupaba entonces el Tribunal de Comercio. A aquella hora no había nadie en la sala de las quiebras. La hora y el día habían sido escogidos de acuerdo con los síndicos y el juez comisario. Los procuradores estaban allí por cuenta de sus clientes; así es que nada podía intimidar a César Birotteau. Sin embargo, el pobre hombre no pudo menos de sentirse emocionado al penetrar en el despacho de monsieur Camusot, que por casualidad había sido el suyo, y de temblar al pasar por la sala de quiebras.

—Como hace frío, estos señores no tomarán a mal que permanezcamos aquí, en lugar de ir a helamos a la sala (no pronunció las palabras: de quiebras.) Siéntense ustedes, señores.

Todo el mundo tomó asiento y el juez cedió su sofá a Birotteau, que estaba confuso. Los procuradores y los síndicos firmaron.

—Mediante la entrega de sus bienes —dijo Camusot a Birotteau— sus acreedores le perdonan por unanimidad el resto de sus créditos, quedando así el concordato concebido en términos que pueden suavizar su pena. Querido monsieur Birotteau —dijo Camusot tomándole las manos—, todos los jueces del tribunal están conmovidos ante el valor de usted, y no hay nadie que haya dejado de hacer justicia a su probidad. En la desgracia ha sido usted digno de lo que era aquí. Hace ya veinte años que figuro en el comercio y ésta es la segunda vez que veo que un comerciante quebrado se sepa ganar la estimación del público.

Birotteau tomó las manos del juez y se las estrechó con lágrimas en los ojos, Camusot le preguntó lo que contaba hacer, y Birotteau le respondió que iba a trabajar para pagar íntegramente a sus acreedores.

—Si para realizar tan noble labor necesita usted algunos miles de francos, siempre los encontrará usted en mi casa —dijo Camusot—. Los daría con mucho gusto para ser testigo de un hecho bastante raro en París.

Pillerault, Ragon y Birotteau se retiraron.

—Vaya, ¿ves cómo la cosa no era para tanto? —le dijo Pillerault cuando estuvieron en la calle.

—Tío mío, no dejo de ver su mano en todo esto.

—Ya que está usted restablecido y que estamos a dos pasos de la rue des Cinq-Diamant, vamos a ver a mi sobrino —le dijo Ragon.

Cruel sensación era la que tenía que pasar Birotteau al ver a Constance sentada ante un pequeño pupitre en el entresuelo bajo y sombrío situado sobre la tienda, en cuyo frontis se leía: A. POPINOT.

—He aquí a uno de los lugartenientes de Alejandro —dijo Birotteau señalando el letrero con la alegría del desgraciado.

Esta alegría forzada que demostraba sencillamente el inextingible sentimiento de la superioridad de que estaba poseído Birotteau, causó una especie de estremecimiento a Ragon, a pesar de sus setenta años. César entró en la tienda en el momento en que su mujer le presentaba a Popinot unas letras a firmar, y no pudo menos de llorar y de palidecer.

—Buenos días, amigo mío —le dijo ella con aire risueño.

—No quiero preguntarte si estás bien aquí —dijo César mirando a Popinot.

—Como en casa de mi hijo —respondió Constance con una emoción que sorprendió a su esposo.

Birotteau cogió a Popinot y le abrazó diciéndole:

—Acabo de perder para siempre el derecho a llamarte hijo.

—Esperemos —dijo Popinot—. Su. aceite marcha gracias a mis esfuerzos en los periódicos y a los de Gaudissart, que recorre Francia entera, que la ha inundado de anuncios y de prospectos y que ahora hace imprimir en Estrasburgo irnos anuncios alemanes para caer sobre Alemania como una invasión. Hemos logrado vender tres mil gruesas.

—¡Tres mil gruesas! —dijo Birotteau.

—Sí, y he comprado en el arrabal de Saint-Marceau un terreno barato donde están construyendo una fábrica, sin perjuicio de conservar la del arrabal du Temple.

—Mujercita mía —dijo Birotteau a Constance al oído—, con un poco de ayuda hubiéramos salido del paso.

Desde aquel día fatal, César, su mujer y su hija se comprendieron. El pobre empleado quiso alcanzar un resultado, sino imposible, por lo menos gigantesco: ¡el pago íntegro de su deuda! Aquellos tres seres unidos por los lazos de una probidad feroz se volvieron avaros y se privaron de todo. Un céntimo les parecía sagrado. Por cálculo, Césarine mostró la mayor abnegación en el desempeño de su cargo, pasaba las noches en claro, se ingeniaba para acrecentar la prosperidad de la casa y desplegaba un ingenio comercial innato. Sus amos se veían obligados a moderar su ardor para el trabajo, y la recompensaban con gratificaciones; pero ella rechazaba las joyas y las alhajas que le ofrecían sus amos. ¡Dinero! era su grito. Todos los meses llevaba sus ahorros y su sueldo a su tío Pillerault, y otro tanto hacían César y madame Birotteau. Los tres se reconocían inhábiles, ninguno de ellos quería asumir la responsabilidad de tener el dinero y habían conferido a Pillerault la dirección suprema de la colocación de sus economías. Volviendo a ser negociante, el tío sacaba partido del dinero en pequeñas jugadas de Bolsa. Más tarde se supo que había sido secundado en esta obra por Jules Desmarets y por Joseph Lebas, los cuales se habían tomado el trabajo de indicarle los negocios sin riesgo.

El antiguo perfumista, que vivía con su tío, no se atrevía a interrogarle acerca del empleo de las simias adquiridas con los trabajos suyos, de su hija y de su mujer. César no se creía con derecho a ir vestido e iba por las calles con la cabeza baja, ocultando a todas las miradas su rostro abatido, descompuesto y estúpido.

—Al menos, no como el pan de mis acreedores —le decía a su tío—. Aunque lo debo a la piedad que le inspiro, se pan me parece dulce al pensar que gracias a esta santa caridad no distraigo nada de mi sueldo.

Los negociantes que encontraban al quebrado, no veían en él ningún vestigio del perfumista. Los indiferentes concebían una inmensa idea de las caídas humanas al ver a aquel hombre en cuya cara habían impreso las penas sus más negras huellas y que aparecía anonadado por lo que no había ocupado nunca su mente, el pensamiento. No todo el que quiere es destruido. Las gentes ligeras y sin conciencia, que son indiferentes a todo, no pueden nunca ofrecer el espectáculo de un desastre. La religión es la única que imprime un sello particular a los seres caídos: creen en un porvenir, en una Providencia, se ve en ellos un cierto resplandor que los señala, un aire de resignación santa mezclado de esperanza que causa una especie de ternura, y saben todo lo que han perdido, como el ángel desterrado llorando a las puertas del cielo. Los quebrados no pueden presentarse en la Bolsa. César, arrojado del dominio de la probidad, era una imagen del ángel suspirando por el perdón.

Durante catorce meses, Birotteau, ocupado por los religiosos pensamientos que le inspiró su caída, se negó a todo placer. Aunque estaba seguro de la amistad de los Ragon, no fue posible determinarle a ir a comer a su casa, ni a la de los Lebas, ni a la de los Matifat, ni a la de los Protez, ni aun a la de monsieur Vauquelin, personas todas que ansiaban honrar a César considerándole como una virtud. César prefería estar solo en su cuarto a tener que afrontar la mirada de un acreedor. Constance y Césarine no iban tampoco a ninguna parte. El domingo y las fiestas, únicos días que tenían libres aquellas dos mujeres iban a la hora de la misa a buscar a César, y después de haber cumplido sus deberes religiosos, le hacían compañía en casa de Pillerault. Éste invitaba al abate Loraux, cuya palabra animaba a César, y entonces permanecían juntos en familia. El antiguo quincallero tenía demasiado sensible la fibra de la probidad para desaprobar las delicadezas de César. Así es que había pensado en aumentar el número de las personas en medio de las cuales pudiese el quebrado erguir su frente.

En el mes de mayo de 1821, aquella familia presa de la desgracia fue recompensada en sus esfuerzos con una primera fiesta que le procuró el árbitro de su destino. El último domingo de aquel mes era el aniversario del consentimiento dado por Constance a su unión con César. De acuerdo con los Ragon, Pillerault había alquilado una casita de campo en Sceaux, y el antiguo quincallero se había propuesto llevar allí a su sobrino.

—César —dijo Pillerault al ex perfumista el sábado por la noche—, mañana vamos al campo y tienes que venir con nosotros.

César, que tenía una letra magnífica, hacía por las noches copias para Derville y para algunos procuradores, y los domingos sobre todo trabajaba como un negro; de suerte que respondió:

—No, porque monsieur Derville espera una cuenta de tutela que tengo que copiar.

—Bien merecen una recompensa tu mujer y tu hija. No encontrarás allí más que amigos, el abate Loraux, los Ragon, Popinot y su tío. Además, yo lo quiero.

César y su mujer, arrastrados por el torbellino de los negocios, no habían vuelto nunca a Sceaux, aunque de cuando en cuando hubiesen deseado ambos volver para ver de nuevo el árbol bajo el cual casi se había desmayado el primer dependiente de «La Reina de las Rosas». Por el camino, que hicieron en fiacre, guiados por Popinot, Constance dirigió a su marido miradas de inteligencia sin poder lograr que la sonrisa apareciese en sus labios. Le dijo también algunas palabras al oído; pero él meneó la cabeza por toda respuesta. Las gratas expresiones de aquella ternura inalterable, pero forzada, en lugar de alegrar la cara de César, la pusieron más sombría y atrajeron a sus ojos algunas lágrimas reprimidas. Veinte años antes, el pobre hombre había recorrido aquel camino rico, joven, lleno de esperanzas y enamorado de una muchacha tan hermosa como lo era ahora Césarine. Entonces soñaba con la chica, y en aquel momento veía en el interior del coche a su noble hija ajada por las vigilias, y a su valerosa mujer sin más belleza que la que poseen las ciudades devoradas por la lava de un volcán. ¡El amor era lo único que quedaba! La actitud de César ahogaba la alegría en el corazón de su hija y de Anselme, los cuales le representaban la encantadora escena de antaño.

—¡Sed felices, hijos míos! Vosotros tenéis derecho a ello —les dijo aquel pobre padre con tono desgarrador—. Vosotros podéis amaros sin recelo —añadió.

Al decir estas últimas palabras, Birotteau había cogido las manos de su mujer y las besaba con un cariño santo que conmovió más a Constance que la más viva alegría.

Cuando llegaron a la casa en que les esperaba Pillerault, los Ragón, el abate Loraux y el juez Popinot, estas cinco personas guardaron una actitud y les dirigieron palabras y miradas, que complacieron en sumo grado a César. Todos denotaban la admiración que les causaba aquel hombre que se creía siempre en el día siguiente al de su desgracia.

—Id a pasearos por el bosque de Aulnay —dijo Pillerault uniendo a Constance y a César por las manos—. Id con Anselme y con Césarine y venid a las cuatro.

—¡Pobres! Nosotros les estorbaríamos —dijo madame Ragon enternecida ante el dolor verdadero de su deudor—. No tardarán en estar muy alegres.

—Es el arrepentimiento sin la falta —dijo el abate Loraux.

—Sólo podía hacerse grande con la desgracia —dijo el juez.

Olvidar es el gran secreto de las almas fuertes y creadoras; olvidar a la manera de la naturaleza, que no se acuerda del pasado y que reanuda a cada paso los misterios de sus infatigables engendros. Las existencias débiles como la de Birotteau viven en los dolores, en lugar de cambiarlos en apotegmas de experiencia. Cuando las dos parejas hubieron llegado al sendero que conduce al bosque de Aulnay, y cuando el valle de los Lobos se mostró en toda su coquetería, la belleza del día, la gracia del paisaje, los primeros verdores y los deliciosos recuerdos del día más hermoso de su juventud, aflojaron las cuerdas tristes en el alma de César, estrechó a su mujer contra su corazón palpitante, sus ojos dejaron de ser vidriosos y la luz del placer brilló en ellos.

—¡Al fin te vuelvo a ver, pobre César mío! —dijo Constance a su marido—. Me parece que nos portamos bastante bien para permitimos de cuando en cuando algún pequeño placer.

—¿Es que acaso puedo? —dijo el pobre hombre—. ¡Ah!, Constance, tu afecto es el único bien que me queda. Sí, he perdido hasta la confianza que tenía en mí mismo, ya no tengo fuerzas, y mi único deseo es vivir bastante para morir en paz con la tierra. Tú, querida mujer, tú que eres mi sabiduría y mi prudencia, tú que ves claro, tú que eres irreprochable, puedes tener alegría. De los tres, yo sólo soy el culpable. En medio de aquella fatal fiesta, hace dieciocho meses, yo veía a mi Constance, la única mujer a quien he amado, más hermosa tal vez que la joven con quien corrí por este sendero hace veinte años, como corren hoy nuestros hijos… En veinte meses he marchitado esa belleza, mi único orgullo, un orgullo permitido y legítimo. Cuanto más te conozco, más te amo. ¡Oh!, querida mía, preferiría oír que me riñes, en lugar de verte acariciar mi dolor.

—Nunca hubiese creído que después de veinte años de matrimonio pudiese aumentar el amor de una mujer por su marido.

Esta frase hizo olvidar por un momento a César todas sus desgracias. Avanzó, pues, gozoso hacia su árbol, que por casualidad no había sido derribado, y los dos esposos se sentaron a su pie mirando a Anselme y a Césarine, que, distraídos, daban vueltas en torno de él, creyendo, tal vez, que seguían siempre hacia delante.

—Señorita —decía Anselme—, ¿me cree usted lo bastante cobarde y ambicioso para aprovecharme de la parte que su padre tiene en el Aceite Cefálico? Le conservo con amor su mitad y se la administro. Con su parte, descuento valores, y, si alguna letra es dudosa, la tomo por mi cuenta. Nosotros no podemos ser uno del otro hasta el día siguiente a la rehabilitación de su padre, y yo procuro anticipar ese día con toda la fuerza que da el amor.

El amante se había guardado de confiar este secreto a su suegra. Hasta en los amantes más inocentes existe siempre el deseo de aparecer grandes a los ojos de sus amadas.

—Y ¿está próximo ese día? —le preguntó ella.

—Muy próximo.

Esta respuesta fue hecha con tono tan penetrante, que la casta y pura Césarine no pudo menos de ofrecer su frente a Anselme, el cual depositó en ella un respetuoso beso.

—Papá, todo va bien —dijo Césarine al autor de sus días—. Ponte alegre, habla, deja tu aire triste.

, Cuando aquella familia tan unida entró en la casa de Pillerault, César, aunque poco observador, notó en los Ragon un cambio de maneras que ocultaban algún acontecimiento. Madame Ragon, sobre todo, le hizo una simpática acogida, y su mirada y su acento parecían decir a César:

—Ya hemos cobrado.

A los postres se presentó el notario de Sceaux, y Pillerault le hizo sentarse y miró a Birotteau, el cual comenzó a sospechar alguna sorpresa, sin poder imaginarse su extensión.

—Sobrino mío, en dieciocho meses, las economías de tu mujer, de tu hija y las tuyas han producido veinte mil francos. Yo he recibido treinta mil por el dividendo de mi crédito. Tenemos, pues, cincuenta mil francos para entregar a tus acreedores. Monsieur Ragon ha recibido treinta mil francos por su dividendo, y el señor notario de Sceaux te trae un finiquito del pago íntegro hecho a tus amigos con intereses y todo. El resto de la suma está en casa de Crottat para pagar a Lourdois, a la madre Madou, al albañil, al carpintero y a tus acreedores más necesitados. El año que viene veremos. Con tiempo y paciencia se va lejos.

Imposible es describir la alegría de Birotteau, el cual se arrojó llorando en los brazos de su tío.

—¡Que se ponga hoy la condecoración! —dijo Ragon al abate Loraux.

El confesor colocó la cinta roja en el ojal del empleado, el cual se miró más de veinte veces en los espejos del salón, manifestando un placer que hubiera causado risa a otras gentes, pero que aquellos amigos encontraron natural.

Al día siguiente, Birotteau se fue a casa de la señora Madou.

—¡Ah!, ¿ya está usted aquí, buen sujeto? Ha encanecido usted tanto, que casi no le conocía. Sin embargo, ustedes no padecen, ustedes tienen colocaciones. Yo soy la que tengo que trabajar como una perra para poder vivir.

—Pero, señora…

—¡Eh!, no es un reproche, conmigo ya está usted en paz.

—Venía a anunciarle que hoy le pagaré a usted en casa del notario Crottat el resto de su crédito y los intereses.

—¿De veras?

—Esté usted allí a las once y media.

—¡Eso sí que es honor! —dijo la Madou admirando a Birotteau—. Mire usted, mi querido señor, yo hago buenos negocios con su dependiente, que es un buen muchacho que me deja que me gane la vida para indemnizarme. Conque así, guarde usted su dinero, ya estamos en paz. La Madou se enciende fácilmente y es chillona, pero tiene de esto —añadió la buena mujer golpeándose sobre el corazón la almohada de carne más voluminosa que haya podido verse en el mercado.

—¡Nunca! —dijo Birotteau—. La ley es terminante, y yo deseo pagarle a usted íntegramente.

—Bueno, no quiero hacerme rogar más; pero mañana en el mercado yo proclamaré su honor, que es raro, muy raro a decir verdad.

El buen hombre presenció la misma escena en casa del pintor, aunque con ligeras variantes. Llovía. César dejó su paraguas en un rincón de la puerta, y el pintor enriquecido, al ver que el agua penetraba en la hermosa sala donde almorzaba con su mujer, no estuvo muy cortés.

—Vamos, ¿qué desea usted, mi pobre padre Birotteau? —le dijo con el tono duro que emplean muchas gentes para hablar a los mendigos importunos.

—Señor, ¿no le ha advertido nada su yerno?

—¿Qué? —interrumpió Lourdois con impaciencia, creyendo que se trataba de alguna demanda.

—Que vaya usted hoy a su casa a las once y media para darme recibo del importe íntegro de su crédito.

—¡Ah! eso es diferente. Siéntese usted, monsieur Birotteau, coma usted un bocado con nosotros.

—Háganos usted el favor de participar de nuestro almuerzo —dijo madame Lourdois.

—¿De modo que marcha bien la cosa? —le preguntó el pintor.

—No, señor; me he visto precisado a almorzar todos los días un panecillo, en mi oficina, para ahorrar algún dinero; pero con el tiempo espero reparar los daños que hice a mi prójimo.

—A fe que es usted un hombre honrado —dijo el pintor al mismo tiempo que tragaba un bocado de foie gras.

—Y ¿qué hace madame Birotteau? —le preguntó madame Lourdois.

—Lleva los libros y la caja de Anselme Popinot.

—¡Pobres gentes! —dijo madame Lourdois en voz baja a su marido.

—Mi querido señor Birotteau, si necesita usted de mí, venga a verme —dijo Lourdois.

—Señor, sólo le necesito a usted a las once —dijo Birotteau retirándose.

Este primer resultado animó al quebrado, aunque no le devolvió el reposo, pues el deseo de reconquistar su honor agitó desmesuradamente su vida, hasta tal punto que sus ojos perdieron el brillo y sus mejillas se hundieron. Cuando antiguos conocidos encontraban a César a las ocho de la mañana o a las cuatro de la tarde yendo a la rue de L’Oratoire o volviendo, vestido con la misma levita que llevaba el día de la catástrofe, canoso, pálido y tímido, le detenían a pesar suyo, y decimos a pesar suyo porque él, siempre alerta, se deslizaba pegado a las paredes a la manera de los ladrones.

—Su conducta es conocida, amigo mío —le decían—; todo el mundo siente el rigor conque usted se trata a sí mismo, al igual que a su mujer y a su hija.

—No se precipite usted —le decían otros—; llaga de dinero no es mortal.

—No, pero lo es la llaga del alma —le respondió un día a Matifat el pobre César.

A principios del año 1822, el canal de Saint-Martin quedó decidido. Los terrenos situados en el arrabal du Temple alcanzaron precios fabulosos. El proyecto dividió precisamente en dos la propiedad de du Tillet, que era antaño la de César Birotteau. La compañía a quien se concedió el canal se avino a un precio exorbitante, si el banquero podía entregar el terreno en un tiempo dado. El arriendo que César había hecho a Popinot impedía el negocio. Si Popinot sentía indiferencia por du Tillet, el prometido de Césarine le tenía un odio instintivo, y aunque ignoraba el robo y las infames combinaciones cometidas por el feliz du Tillet, una voz interior le gritaba:

—Ese hombre es un ladrón impune.

Popinot no hubiera tenido el menor trato con él, cuya presencia le era odiosa. En aquel momento, sobre todo, veía a du Tillet enriqueciéndose con los despojos de su antiguo amo, toda vez que los terrenos de la Madaleine empezaban a alcanzar precios que presagiaban los valores exorbitantes a que se elevaron en 1827. De suerte que cuando el banquero le hubo explicado el motivo de su visita, Popinot le miró con indignación concentrada y le dijo:

—No me negaré yo precisamente a renunciar a mis derechos; pero exijo sesenta mil francos y no rebajaré un céntimo.

—¡Sesenta mil francos! —exclamó du Tillet, dando un paso atrás.

—Aún me quedan quince años de arriendo, y gastaré tres mil francos más al año para reemplazar mi fábrica; de modo que sesenta mil francos o no hablemos más —dijo Popinot entrando en la tienda seguido de du Tillet.

La discusión se acaloró, se pronunció el nombre de Birotteau, y Constance bajó y vio a du Tillet por primera vez después del famoso baile. El banquero no pudo retener un movimiento de sorpresa al ver el cambio que se había operado en su antigua ama y bajó los ojos asustado de su obra.

—Este señor saca trescientos mil francos de los terrenos de ustedes, y nos niega sesenta mil francos de indemnización por el arriendo —dijo Popinot a la esposa de César.

—¡Tres mil francos de renta! —dijo du Tillet con énfasis.

—Tres mil francos —repitió Constance con tono sencillo y penetrante.

Du Tillet palideció, Popinot miró a madame Birotteau y hubo un momento de profundo silencio que contribuyó a que aquella escena fuese aún más inexplicable para Anselme.

—Firme usted la renuncia que yo le hice redactar a Crottat y le daré un bono de sesenta mil francos contra el Banco —dijo du Tillet sacando un papel timbrado del bolsillo.

Popinot miró a Constante sin disimular su profundo asombro: creía soñar. Mientras du Tillet firmaba el bono sobre una mesa, Constance se fue al entresuelo. El droguero y el banquero cambiaron sus papeles, y du Tillet salió saludando fríamente a Popinot.

—En fin, gracias a este singular negocio, dentro de algunos meses poseeré a mi Césarine —dijo Popinot al mismo tiempo que veía a du Tillet encaminándose hacia la rue des Lombards, donde le esperaba su coche—. Mi querida mujercita no se maleará más la sangre trabajando. ¡Qué cosa más rara! Una mirada de madame Birotteau ha bastado. ¿Qué habrá entre ella y ese bandido? Lo que acaba de pasar es extraordinario.

Popinot mandó a cobrar el bono al Banco y subió para hablar con madame Birotteau, pero no la encontró en la caja. Sin duda debía estar en su cuarto. Anselme y Constance vivían como viven un yerno y una suegra, cuando un yerno y una suegra se avienen. Se fue, pues, a la habitación de la esposa de César con el apresuramiento propio de un enamorado que acaba de lograr su dicha. El joven negociante quedó prodigiosamente sorprendido al encontrar a su futura suegra leyendo una carta de du Tillet, pues Anselme reconoció la letra del antiguo primer dependiente de Birotteau. Una vela encendida, y las cenizas negras y agitadas de cartas quemadas sobre el pavimento, hicieron temblar a Popinot, el cual, dotado de una vista penetrante, había visto sin querer esta frase al principio de la carta que leía su suegra: «La adoro a usted, ya lo sabe, ángel de mi vida, y…»

—Pero ¿qué ascendiente tiene usted sobre du Tillet para obligarle a cerrar semejante trato? —dijo Popinot riéndose con esa risa convulsiva que causa una mala sospecha reprimida.

—No hablemos de eso —dijo Constance dando muestras de una horrible turbación.

—Sí —respondió Popinot aturdido—, hablemos del fin de sus penas.

Y diciendo esto, Anselme se fue a la ventana y al mismo tiempo que contemplaba el patio, tocaba el tambor con sus dedos sobre los cristales.

—Aunque haya amado a du Tillet, ¿por qué no me he de conducir yo como hombre honrado?

—¿Qué tiene usted, hijo mío? —dijo la pobre mujer.

—La cuenta de los beneficios líquidos del Aceite Cefálico asciende a doscientos cuarenta y dos mil francos, cuya mitad son ciento veintiuno —dijo bruscamente Popinot—. Si deduzco de esta suma los cuarenta y ocho mil francos que yo di a monsieur Birotteau, quedan setenta y tres mil, los cuales, unidos a los sesenta mil de la cesión del arriendo, les procurarán a ustedes la suma de ciento tres mil francos.

Constance escuchaba con una ansiedad tal estas palabras, que Popinot oía los latidos de su corazón.

—Yo siempre he considerado a monsieur Birotteau como asociado mío, y por lo tanto podemos disponer de esa suma para pagar a sus acreedores. Añadiéndola a la de veintiocho mil francos de sus economías que obran en poder de su tío Pillerault, tenemos ciento sesenta y un mil francos. Nuestro tío no nos negará el recibo de sus veinticinco mil francos. Ahora bien, como no hay ningún poder de la tierra que pueda impedir que yo preste a mi suegro a cuenta de los beneficios del año próximo la suma necesaria para pagar a sus acreedores, será… rehabilitado.

—¿Rehabilitado? —exclamó Constance cayendo arrodillada sobre una silla.

Y acto continuo, juntó las manos para recitar una oración después de haber soltado la carta.

—Querido. Anselme, hijo querido —dijo después de haberse santiguado, besándole en la frente, estrechándole contra su corazón y haciendo mil locuras—, Césarine es bien tuya. Mi hija será al fin feliz y saldrá de esa casa donde se está matando.

—Por amor —dijo Popinot.

—Escuche un pequeño secreto —dijo Popinot mirando la carta fatal con el rabillo del ojo—. Yo presté una suma a Celestin para facilitarle la adquisición de las existencias de ustedes; pero lo hice con una condición. La habitación está como ustedes la han dejado. Yo tenía un proyecto, pero no creía que la casualidad nos favoreciese tanto. Célestin está obligado a realquilar a ustedes su antigua habitación, donde no ha puesto los pies y cuyos muebles serán de ustedes. Yo me he reservado el segundo piso, para vivir en él con Césarine, que no se separará nunca más de ustedes. Después de mi matrimonio, vendré a pasar aquí los días desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Para procurarles a ustedes una fortuna, yo les daré el interés de cien mil francos, y esto, unido al sueldo de don César, les proporcionará diez mil francos de renta, ¿no será usted feliz?

—Anselme no me diga usted más o me vuelvo loca.

La angelical actitud de Constance, la pureza de sus ojos y la inocencia de su hermosa frente, desmentían tan rotundamente las mil ideas que ocupaban el cerebro del enamorado, que éste quiso alejar las monstruosidades de su pensamiento, pues le parecía que no podía conciliarse una falta con la vida y los sentimientos de la sobrina de Pillerault.

—Mi querida y adorada madre —dijo Anselme—, acaba de penetrar a pesar mío en mi alma una horrible sospecha, y si quiere usted verme feliz, destrúyala al instante.

Popinot había tendido la mano hacia la carta y se había apoderado de ella.

—Sin querer, he leído las primeras palabras de esa carta escrita por du Tillet —repuso Popinot, asustado al ver el terror que denotaba la cara de Constance—, y estas palabras coinciden tan singularmente con el efecto que acaba usted de producir determinando la pronta adhesión de ese hombre a mis locas exigencias, que cualquiera se lo explicaría como el demonio me lo explica a mí a pesar mío. Su mirada y tres palabras bastaron…

—No acabe usted —dijo Constance tomando la carta y quemándola en presencia de Anselme—. Hijo mío, me veo bien cruelmente castigada por una falta insignificante. Sépalo usted todo, Anselme, pues no quiero que la sospecha que inspira la madre dañe a la hija, y, por otra parte, puedo hablar sin tener que ruborizarme; le diré a mi marido lo que voy a confesarle a usted ahora. Du Tillet quiso seducirme, mi marido fue advertido inmediatamente y du Tillet tuvo que ser despedido. El día mismo en que mi marido iba a despacharle, du Tillet nos robó tres mil francos.

—¡Lo sospechaba! —dijo Popinot expresando con su acento todo su odio.

—Anselme, su porvenir y su dicha exigen esta confidencia; pero debe morir en su corazón, como había muerto en el mío y en el de César. Usted debe recordar la riña de mi marido con motivo de un error de caja. Monsieur Birotteau, para evitar un proceso y no perder a aquel hombre, colocó sin duda en la caja tres mil francos, importe de aquel chal de cachemira que no pude yo comprar hasta tres años después. He aquí la explicación de mi exclamación. ¡Ay de mí!, hijo mío, le confesaré a usted mi puerilidad. Du Tillet me había escrito tres cartas amorosas que le pintaban tan bien, que yo las guardé… como curiosidad —dijo Constance suspirando y bajando los ojos—. No las he vuelto a leer más que una vez, pero comprendí al fin que era imprudente conservarlas, y al ver hoy a du Tillet, me acordé de ellas, subí a mi habitación para quemarlas y miraba la última cuando usted entró. Esto es todo, amigo mío.

Anselme hincó una rodilla en tierra y besó la mano a la esposa de César con una ternura que les hizo llorar a ambos. La suegra levantó al yerno, le tendió los brazos y lo estrechó contra su corazón.

Aquel día debía ser de alegría para César. Monsieur de Vandenesse, secretario particular del rey, fue a hablarle a la oficina para decirle, después de llamarle aparte:

—Monsieur Birotteau, por una casualidad ha sabido el rey los esfuerzos que usted hace para pagar a sus acreedores. Su Majestad, admirado de conducta tan rara y sabiendo que por humildad no lleva usted la cinta de la Legión de Honor, me envía para ordenarle que vuelva usted a ostentarla en el ojal. Además, queriendo ayudarle a cumplir sus obligaciones, me ha encargado que le entregue esta suma tomada de su caja particular, y que le advierta que siente no poder hacer más. Que esto permanezca en el más profundo secreto. Su Majestad encuentra poco regio la divulgación oficial de sus buenas obras —dijo el secretario particular entregando seis mil francos a César, el cual sintió durante este discurso inexplicables sensaciones.

Birotteau no supo más que balbucear palabras sin ilación, y Vandenesse se retiró sonriéndole y saludándole con la mano. El sentimiento que animaba al pobre César es tan raro en París, que su vida había excitado insensiblemente la admiración. Joseph Lebas, el juez Popinot, Camusot, el cura Loraux, Ragon, el jefe de la importante casa en que estaba Césarine, Lourdois y monsieur de La Billardière habían hablado de él, y la opinión que había cambiado respecto al mismo, le ponía por las nubes.

—He ahí un hombre honrado.

Esta frase había resonado varias veces en los oídos de César cuando pasaba por la calle, y le causaba la emoción que siente un autor cuando oye decir:

—Ese es.

Esta célebre reputación asesinaba a du Tillet. Cuando César tuvo los billetes de Banco que le envió el soberano, su primer pensamiento fue emplearlos en pagar a su antiguo dependiente, y a este efecto el buen hombre se fue a la Chaussée-d’Antin; de suerte que cuando el banquero entraba en su casa, se encontró en la escalera a su antiguo amo.

—¿Qué hay, mi pobre Birotteau? —le dijo con acento insinuante.

—¿Pobre? —exclamó el deudor con altivez—. No lo crea usted, soy muy rico, porque esta noche posaré la cabeza sobre la almohada con la satisfacción de saber que le he pagado.

Estas palabras llenas de probidad, fueron una tortura para du Tillet. A pesar de la estimación general, el banquero no se estimaba a sí mismo, y una voz inextingible le gritaba: «¡Ese hombre es sublime!»

—¡Pagarme! Pues, ¿qué negocios hace usted?

Seguro de que du Tillet no iría a repetir su confidencia, el antiguo perfumista le dijo:

—Jamás volveré a meterme en negocios. Ningún poder humano podía prever lo que me ocurrió. ¿Quién sabe si no sería víctima de otro Roguin? Mi conducta ha llegado a oídos del rey, y su Majestad se ha dignado ayudarme enviándome al instante una suma bastante importante que…

—¿Necesita usted un recibo? —dijo du Tillet interrumpiéndole—. ¿Paga usted?

—Integramente y hasta los intereses. Así es que le ruego que venga a dos pasos de aquí, a casa de monsieur Crottat.

—¿Paga ante notario?

—Caballero —dijo César—, nadie puede prohibirme que piense en la rehabilitación, y ya sabe usted que las actas ante, notario son irrecusables.

—Ya que no hay más que un paso, vamos —dijo du Tillet saliendo con Birotteau—. Pero, ¿de dónde saca usted tanto dinero?

—No lo saco —dijo César—, lo gano con el sudor de mi frente.

—Debe usted una suma enorme a la casa Claparon.

—¡Ay de mí!, sí, esa es mi mayor deuda y temo morir de pena si no la pago.

—Nunca podrá usted pagarla —dijo du Tillet duramente.

«Tiene razón», pensó Birotteau.

Al volver a su casa, el pobre hombre pasó por descuido por la rue de Saint-Honoré, pues daba siempre un rodeo para no ver su tienda ni las ventanas de su habitación. Por primera vez después de su quiebra, volvió a ver aquella casa donde había pasado dieciocho años de dicha, eclipsada entonces por tres meses de angustias.

—Siempre creía que acabaría ahí mis días —se dijo.

Y apresuró el paso porque vio el nuevo letrero que decía:

CELESTINO CREVEL

Sucesor de César Birotteau

—Yo estoy chocho. ¿No es aquella Césarine? —exclamó al recordar que había visto una cabeza rubia en la ventana.

Había visto efectivamente a su hija, a su mujer y a Popinot. Los enamorados sabían que Birotteau no pasaba nunca por delante de su antigua casa, e incapaces de imaginarse lo que le ocurría, habían ido a tomar algunas medidas para la fiesta que imaginaban dar a César. Aquella extraña aparición asombró tan vivamente a Birotteau, que permaneció como si lo hubieran clavado en tierra.

—Ahí está monsieur Birotteau que mira su antigua casa —dijo Molineux al comerciante establecido en frente de La Reina de las Rosas.

—Pobre hombre —dijo el antiguo vecino del perfumista— ha dado ahí uno de los bailes más hermosos… Había doscientos coches.

—Asistí a él, quebró tres meses después y yo fui síndico —dijo Molineux.

Birotteau se fue temblándole las piernas y corrió a casa de su tío Pillerault.

Pillerault conocedor de lo que había pasado en la rue des Cinq-Diamants, pensaba que su sobrino resistiría difícilmente el choque de una alegría tan grande como la de su rehabilitación, pues era el testigo diario de las vicisitudes morales de aquel pobre hombre, siempre en presencia de sus inflexibles doctrinas sobre los quebrados, y cuyas fuerzas eran puestas a prueba a cada instante. El honor era para César un muerto que podía tener su día de Pascua. Esta esperanza hacía su dolor incesantemente activo. Pillerault tomó a su cargo la preparación de su sobrino para recibir la buena noticia. Cuando Birotteau entró en casa de su tío, le encontró pensando en los medios de lograr su objeto. De modo que la alegría con que el empleado contó el testimonio de interés que el rey le había dado pareció de buen agüero a Pillerault, y el asombro de haber visto a Césarine en La Reina de las Rosas fue una excelente entrada en materia.

—Pues bien, César —dijo Pillerault—, ¿sabes de dónde te viene todo eso? De la impaciencia que tiene Popinot por casarse con Césarine. Ya no puede aguantar más, y por tus exageraciones de probidad no debe dejar pasar su juventud comiendo pan seco. Popinot quiere darte los fondos necesarios para que pagues íntegramente a tus acreedores.

—Compra su mujer —dijo Birotteau.

—¿No es honroso hacer rehabilitar a su suegro?

—Pero así tendrán qué decir, y, por otra parte…

—Por otra parte —dijo el tío haciéndose el enfadado—, tú tienes derecho a inmolarte, pero no lo tienes a inmolar a tu hija.

Se siguió de aquí una viva discusión, que Pillerault acaloraba intencionadamente.

—¿Eh, y si Popinot no te prestase nada? —exclamó Pillerault—. ¿Si te hubiese considerado como asociado suyo y mirase el dinero dado a tus acreedores como un anticipo de los beneficios del Aceite?

—Parecería que yo había engañado a mis acreedores de acuerdo con él.

Pillerault fingió que se dejaba convencer con este razonamiento. Conocía bastante el corazón humano para saber que durante la noche aquel digno hombre reflexionaría acerca de este punto, y de la discusión anterior nacería la idea de acostumbrarse a la rehabilitación.

—Pero, ¿por qué estaba mi mujer y mi hija en nuestra antigua casa?

—Anselme quiere alquilarla para vivir en ella con Césarine. Tu mujer es de su opinión y sin decirte nada han ido a hacer publicar las proclamas a fin de obligarte a consentir. Popinot dice que tendría menos mérito casarse con Césarine después de tu rehabilitación. Tú tomas los seis mil francos del rey y no quieres aceptar nada de tus parientes. Si yo quisiera darte recibo de lo que me debes, ¿te negarías a aceptarlo?

—No —dijo César—; pero el recibo no sería obstáculo para que yo economizase y le pagase.

—Todo eso son quijotismos —dijo Pillerault—, yo creo que merezco algún crédito en materia de probidad. ¡Qué tonterías acabas de decir! ¿Habrás engañado a tus acreedores después de haberles pagado a todos?

En este momento, César examinó a Pillerault y éste se sorprendió al ver, después de tres años, que una franca sonrisa animaba las entristecidas facciones de su pobre sobrino.

—Es verdad —dijo—, serían pagados… ¡Pero eso es vender a mi hija!

—Y yo quiero ser comprada —dijo Césarine apareciendo con Popinot.

Los dos amantes habían oído estas últimas palabras entrando de puntillas en la antesala de la pequeña habitación de su tío, y madame Birotteau les seguía. Los tres habían ido en coche a casa de todos los acreedores que faltaban por pagar para convocarles por la tarde en casa de Alexandre Crottat, donde se preparaban los recibos. La potente lógica del enamorado Popinot triunfó de los escrúpulos de César, que persistía en decirse deudor, pretendiendo que faltaba a la ley, y tuvo que ceder ante esta exclamación de Popinot:

—¿Quiere usted matar a su hija?

—¡Matar a mi hija! —dijo César alelado.

—Sí —dijo Popinot—; tengo el derecho de hacerle a usted una donación entre vivos de la suma que en conciencia creo que le pertenece. ¿Se negará usted a ello?

—No —dijo César.

—Pues bien, vamos a casa de Alexandre Crottat esta tarde, a fin de no hablar más de este asunto, allí arreglaremos al mismo tiempo nuestro contrato de matrimonio.

Una demanda de rehabilitación y todas las piezas que la apoyaban fueron presentadas por Derville en el despacho del procurador general de la Audiencia real de París.

Durante el mes que duraron las formalidades y la publicación de las proclamas para el matrimonio de Césarine y Anselme, Birotteau se vio agitado por movimientos febriles. Estaba inquieto, tenía miedo de morir antes de que llegase el gran día en que debía ser rehabilitado. Según decía él, su corazón palpitaba sin razón. Se quejaba de dolores sordos en aquel órgano tan gastado por las emociones del dolor, como por la fatiga que sentía por aquella dicha suprema. Las sentencias de rehabilitación son tan raras en el ámbito de la Audiencia real de París, que apenas si se pronuncia una en diez años. Para las gentes que toman por lo serio las cosas de la sociedad, el aparato de la Justicia tiene un no sé qué de grande y grave. Las instituciones dependen enteramente de los sentimientos que los hombres ponen en ellas y de las grandezas de que está revestidas por el pensamiento. Así, cuando en un pueblo no hay, no ya religión, sino creencias, cuando la educación primera ha desatado en él todos los lazos conservadores, acostumbrando al niño a un despiadado análisis, una nación se disuelve, pues no tiene ya cuerpo más que por las innobles ligazones del interés material, por los mandatos del culto que crea el egoísmo bien entendido. Lleno de ideas religiosas, Birotteau aceptaba la justicia por lo que debería ser a los ojos de los hombres, una representación de la sociedad misma, una augusta expresión de la ley consentida, independiente de la forma bajo la cual se produce; cuanto más viejo, gastado y canoso es el magistrado, más solemne es entonces el ejercicio de su sacerdocio, el cual requiere un estudio tan profundo de los hombres y de las cosas, que sacrifica al corazón y lo endurece para ejercer tutela sobre intereses palpitantes. Son raros los hombres que no suben sin vivas emociones la escalera de la Audiencia real del antiguo Palacio de Justicia de París, y el antiguo negociante era uno de ellos. Pocas personas han notado la majestuosa solemnidad de aquella escalera tan bien colocada para producir efecto, escalera que se halla en lo alto del peristilo interior que adorna la cúpula del palacio. Su puerta está en medio de una galería que conduce, por un lado, a la inmensa sala de los Pasos Perdidos, y por el otro a la Capilla Santa, dos monumentos que contribuyen a que parezca todo mezquino en comparación con ellos la iglesia de Saint-Louis, es uno de los edificios más imponentes de París, y su entrada tiene un no sé qué de sombrío y de romántico en el fondo de aquella galería. La gran sala de los Pasos Perdidos ofrece, por el contrario, un claro lleno de luces y es difícil olvidar que la historia de Francia está unida a la tal sala. Sin embargo, vuelvo a repetir que aquella escalera debe tener algo bastante grandioso para no ser eclipsada por estas dos magnificencias. Tal vez ocurre que se conmueve allí el espíritu al ver el lugar en que se dictan las sentencias.

La escalera desemboca en una inmensa pieza, que es la antesala de aquella en que se celebran los juicios de la sala primera, y que forma la sala de los pasos perdidos de la Audiencia. Juzgad las emociones que debió sentir el quebrado, que quedó, como es natural, impresionado por estos accesorios al subir a la Audiencia real rodeado de sus amigos: Lebas, presidente a la sazón del tribunal de comercio, Camusot, su antiguo juez comisario, Ragon, su antiguo amo, y monsieur Loraux, su director espiritual. El santo sacerdote hizo resaltar aquellos esplendores mediante una reflexión que lo volvió aún más imponente a los ojos de César, Pillerault, aquel filósofo práctico, había imaginado exagerar de antemano el goce de su sobrino para librarle de los peligros de los acontecimientos imprevistos de aquella fiesta. En el momento en que el antiguo negociante acababa de vestirse, vio llegar a sus verdaderos amigos, que se consideraban honrados acompañándole a la barra de la Audiencia. Este cortejo le produjo al buen hombre un contento que le dio la exaltación necesaria para sostener el imponente espectáculo de la Audiencia. Birotteau encontró a otros amigos reunidos en la sala de los juicios solemnes, ocupada a la sazón por una docena de consejeros.

Después de los preliminares de oficio, el procurador de Birotteau hizo la demanda en pocas palabras. Obedeciendo a un gesto del primer presidente, el fiscal, invitado a emitir sus conclusiones, se levantó. En nombre de la Audiencia, el fiscal, verdadero representante de la vindicta pública, iba a pedir que se devolviese el honor al negociante que no había hecho más que empeñarlo, ceremonia única, pues el condenado sólo puede ser indultado. Las gentes de corazón pueden imaginarse la emoción de Birotteau al oír que monsieur de Grandville pronunciaba un discurso, cuyo resumen es el siguiente:

«Señores —dijo el célebre magistrado—: Él 16 de enero de 1820, Birotteau fue declarado en estado de quiebra por un fallo del Tribunal de Comercio del Sena. La rendición del balance no era ocasionada por la imprudencia de este comerciante, ni por falsas especulaciones, ni por ninguna razón que pudiese manchar su honor. Sentimos la necesidad de decirlo muy alto: esta desgracia fue causada por uno de esos desastres que se repiten, desgraciadamente, con gran dolor para la justicia y para la villa de París. Estaba reservado para nuestro siglo, en el que fermentará durante mucho tiempo aún la mala levadura de las costumbres y de las ideas revolucionarias, el ver al notariado de París, apartarse de las gloriosas tradiciones de los siglos precedentes y producir, en pocos años, tantas quiebras como hubo, en dos siglos, bajo la antigua monarquía. La sed del oro, adquirido rápidamente, se ha apoderado de los oficiales ministeriales, de esos tutores de la fortuna pública, de esos magistrados intermediarios.»

A continuación, obedeciendo a las necesidades de su cargo, el conde de Grandville peroró largo rato, recriminando a los liberales, a los bonapartistas y a otros enemigos del trono. Los sucesos han probado que este magistrado tenía razón en sus aprensiones.

«La huida de un notario de París, que se llevó los fondos depositados por Birotteau en su casa, decidió la ruina del demandante. La Audiencia dictó en este asunto una sentencia que prueba hasta qué punto fue indignamente burlada la confianza de los clientes de Roguin. Intervino un concordato. Para honra del demandante haremos observar que todas sus operaciones comerciales llevaban el sello de una pureza que no se encuentra en ninguna de las escandalosas quiebras que afligen a diario al comercio de París. Los acreedores de Birotteau pudieron apoderarse de todas sus cosas, llegando a encontrar en su casa, señores, no sólo sus ropas, sus alhajas y las cosas de uso puramente personal, sino también las de su mujer, la cual cedió todos sus derechos para aumentar el activo. En aquella circunstancia, Birotteau fue digno de la estimación que le había llevado a desempeñar las funciones municipales, pues era entonces teniente de alcalde del segundo distrito y acababa de recibir la condecoración de la cruz de la Legión de Honor, como premio a la fidelidad del realista que luchaba en Vendimiario en los peldaños de Saint-Roch, teñidos con su sangre, al magistrado consular estimado por su celo y por su espíritu conciliador, y al modesto miembro municipal que acababa de rechazar los honores de la alcaldía indicando para este cargo al digno y honrado monsieur barón de La Billardière, noble vendeano, a quien aprendió a estimar durante los malos tiempos…»

—Esta frase es mejor que la mía —dijo César al oído de su tío.

—«…Los acreedores, que cobraron el sesenta por ciento de sus créditos, gracias a la entrega que les hicieron de todo lo que poseían este leal negociante, su mujer y su hija, consignaron su estimación en el concordato habido entre ellos y el deudor, al cual hicieron renuncia del resto de sus créditos; y este testimonio ha de llamar necesariamente la atención de la Audiencia por la manera cómo está concebido.»

Aquí el procurador general leyó las consideraciones del concordato.

«Señores, en circunstancias análogas, muchos negociantes se hubieran creído libres y habrían marchado orgullosos por las calles públicas. Lejos de esto, Birotteau, sin dejarse abatir, formó en su conciencia el proyecto de llegar al glorioso día que se levanta hoy para él. Nada le ha desalentado. Nuestro muy amado soberano, para dar pan al herido en Saint-Roch, le concedió una colocación, y el quebrado reservó su sueldo para sus acreedores, sin emplear nada en la satisfacción de sus necesidades, pues la abnegación de su familia no le ha faltado nunca.»

Birotteau-estrechó, llorando, la mano de su tío.

«Su mujer y su hija, coadyuvando al noble pensamiento de Birotteau, iban ahorrando también el fruto de su trabajo. Ambas abandonaron la posición que ocupaban para abrazar otra más inferior. Estos sacrificios, señores, deben ser altamente honrados, porque son los más difíciles de hacer. He aquí cuál era la labor que Birotteau se había impuesto.»

Aquí el procurador general leyó el resumen del balance, enumerando las sumas que había quedado a deber y los nombres de los acreedores.

«Cada una de estas sumas, incluso los intereses, ha sido pagada, señores, y la prueba del pago no son recibos privados, sino actas auténticas, según previene la ley. Señores magistrados, debéis devolver a Birotteau, no ya el honor, sino los derechos de que se halla privado, y así haréis justicia. Semejantes espectáculos son tan raros en vuestra Audiencia, que no podemos menos de felicitar y aplaudir al impetrante por su conducta.»

Después leyó las conclusiones formales en estilo judicial. La Audiencia deliberó, sin retirarse, y el presidente se levantó para pronunciar sentencia:

«La Audiencia —dijo para terminar— me encarga que exprese a Birotteau la satisfacción que siente al pronunciar semejante fallo. Escribano, pasemos a la causa siguiente.»

Birotteau, dueño ya de su honor, que le era devuelto por las frases del ilustre procurador general, confundido de placer al oír la solemne frase pronunciada por el primer presidente de la primera Audiencia de Francia, frase que denotaba estremecimientos en el corazón de la impasible justicia humana. El pobre no podía dejar su puesto en la barra, y parecía clavado en él, mirando con aire alelado a los magistrados, cual si fuesen ángeles que se presentaban para abrirle las puertas de la vida social. Su tío le tomó por el brazo y le sacó de allí. César, que no había obedecido a Luis XVIII, se puso entonces maquinalmente la cinta de la Legión de Honor en el ojal y se vio rodeado inmediatamente por sus amigos y llevado en triunfo hasta el coche.

—¿Adónde me llevan ustedes, amigos míos? —dijo a Joseph Lebas, a Pillerault y a Ragon.

—A su casa.

—No, son las tres, y quiero usar de mi derecho entrando en la Bolsa.

—¡A la Bolsa! —dijo Pillerault al cochero haciendo una expresiva seña a Lebas, pues observaban en el rehabilitado síntomas tan inquietantes, que temían que se volviese loco.

El antiguo perfumista entró en la Bolsa dando el brazo a su tío y a Lebas, aquellos dos negociantes venerados. Se sabía ya su rehabilitación. La primera persona que vio a los tres negociantes, seguidos del anciano Ragon, fue du Tillet.

—¡Ah!, mi querido amo, celebro infinito el saber que ha salido usted airoso. Yo tal vez he contribuido a ese feliz desenlace por la facilidad con que me dejé arrancar una pluma del ala por ese pequeño Popinot. Celebro su dicha cual si fuese mía.

—Y se comprende —dijo Pillerault—. A usted no le ocurrirá nunca eso.

—¿Cómo se entiende, señor? —dijo du Tillet.

—¡Pardiez!, en el buen sentido de la palabra —dijo Lebas sonriéndose de la maliciosa frase de Pillerault, el cual sin saber nada consideraba a aquel hombre como un infame.

Matifat reconoció a César, e inmediatamente los negociantes más afamados rodearon al antiguo perfumista haciéndole una ruidosa ovación. Birotteau recibió las felicitaciones más halagüeñas y apretones de manos que despertaban muchas envidias y excitaban algunos remordimientos, pues de las cien personas que había allí, más de cincuenta habían liquidado. Gigonnet y Gobseck, que hablaban en un rincón, miraron al virtuoso perfumista como debieron mirar los físicos al primer gimnoto eléctrico que vieron. Este pez, armado del poder de una botella de Leyde, es la mayor curiosidad del reino animal. Después de haber respirado el incienso de su triunfo, César subió a su coche y se puso en marcha para volver a su casa, donde tenía que firmarse el contrato de matrimonio de su querida Césarine y su fiel Popinot. El perfumista tenía una risa nerviosa que sorprendió a sus tres íntimos amigos.

Presenta la juventud el defecto de creer que todo el mundo es fuerte como ella, si bien es verdad que este defecto depende de sus propias cualidades. En lugar de ver los hombres y las cosas a través de sus lentes, los colorea con los reflejos de su llama y comunica su exceso de vida hasta a las gentes más ancianas. Al igual que César y Constance, Popinot conservaba en su memoria una fastuosa imagen del baile dado por Birotteau. Durante aquellos tres años de pruebas, Constance y César, sin decírselo, creyeron varias veces oír la orquesta de Collinet, soñaron con la escogida reunión y gustaron de aquel goce tan cruelmente castigado, como Adán y Eva debieron pensar a veces en aquel fruto prohibido que dio la muerte y la vida a toda su posteridad, pues parece que la reproducción de los ángeles es uno de los misterios del cielo. Pero Popinot podía pensar en aquella fiesta sin remordimientos, con delicia; Césarine, en toda su gloria, le había prometido ser suya cuando él era pobre. Durante aquel baile, Anselme llegó a tener la seguridad de ser amado por sí mismo; así es que cuando compró la habitación restaurada por Grindot a Célestin, estipulando que todo había de permanecer en ella intacto, cuando había conservado religiosamente las menores cosas pertenecientes a César y a Constance, soñaba con dar su baile, un baile de boda, y había preparado aquella fiesta con amor, imitando únicamente a su amo en los gastos necesarios, pero no en todas sus locuras. Así la comida sería servida por Chevet, ya que el número de convidados iba a ser casi el mismo. El abate Loraux reemplazaba al gran canciller de la Legión de Honor, y el presidente del tribunal de comercio, monsieur Lebas, no faltaría. Popinot invitó a monsieur Camusot para pagarle las consideraciones que había tenido con Birotteau. Los señores de Vandenesse y de Fontaine ocuparían la plaza de Roguin y de su mujer. Césarine y Popinot habían distribuido con discernimiento las invitaciones para el baile. Ambos temían igualmente la publicidad de una boda y habían imaginado dar el baile el día del compromiso. Constance volvió a ponerse aquel traje de color cereza con el que había brillado un solo día con resplandor tan fugitivo. Césarine se había complacido en dar a Popinot la sorpresa de presentarse con aquel mismo traje de baile de que tantas veces habían hablado. De esta suerte, el salón iba a ofrecer a Birotteau el encantador espectáculo que había saboreado durante una sola noche. Ni Constance, ni Césarine, ni Anselme habían notado el peligro de esta enorme sorpresa para César, y le esperaban a las cuatro con una alegría que les llevaba a hacer puerilidades.

Después de las indefinibles emociones que acababa de causarle su entrada en la Bolsa, aquel héroe de la probidad comercial iba a sufrir el pasmo que le esperaba en la rue de Saint-Honoré. Cuando, al entrar en su antigua casa, vio en el descansillo de la escalera a su mujer con traje de terciopelo color cereza, a Césarine, al conde de Fontaine, al vizconde de Vandenesse, al barón de La Billardière y al ilustre Vauquelin, notó que una ligera nube cubría sus ojos, y su tío Pillerault, que le daba el brazo, advirtió en él un estremecimiento interior.

—¡Esto es demasiado! —dijo el filósofo al enamorado Anselme—. Nunca podrá soportar todo el goce que quieres proporcionarle.

La alegría era tan viva en todos los corazones que todo el mundo atribuyó la emoción y la inseguridad de César a una embriaguez muy natural, pero mortal a veces, al encontrarse de nuevo en su casa. Al volver a ver su salón y sus convidados, entre los cuales había mujeres vestidas para el baile, el movimiento heroico o final de la gran sinfonía de Beethoven estalló de pronto en su cabeza y en su corazón. Aquella música ideal irradió, chispeó e hizo sonar sus clarines en las meninges de aquel cerebro fatigado, para el cual debía ser aquello el gran final.

Agobiado por aquella armonía interior, César se fue a coger del brazo de su mujer y le dijo al oído, con voz ahogada por un contenido vómito de sangre:

—¡Me encuentro mal!

Constance, asustada, llevó a su marido, con trabajo, a su cuarto. Llegado allí, el perfumista se dejó caer en un sofá diciendo:

—¡Monsieur Haydry! ¡Monsieur Haydry!

El abate Loraux acudió seguido de los convidados y de las mujeres en traje de baile, quienes se detuvieron estupefactos formando un curioso grupo. En presencia de aquella fiesta estropeada, César estrechó la mano de su confesor e inclinó la cabeza sobre el seno de su mujer, que permanecía arrodillada. Se le había roto un vaso del pecho, y para colmo de desdichas, el aneurisma le privaba de su última respiración.

—¡He aquí la muerte del justo! —dijo el abate Loraux con voz grave, señalando a César con uno de esos divinos gestos que supo adivinar Rembrandt para su cuadro de Cristo resucitando a Lázaro.

Jesús ordena a la tierra que devuelva su presa, y el santo sacerdote le mostraba al cielo un mártir de la probidad comercial que merecía ser premiado con la palma eterna.

París, noviembre 1837.