Si los hombres supieran meditar en el misterio de la vida, si supieran sentir las mil complejidades que espían el alma en cada pormenor de cada acción, no actuarían nunca, ni siquiera vivirían. Se matarían de tan asustados, como los que se suicidan para no ser guillotinados al día siguiente.
Libro del desasosiego
(Fragmento 188)
El Barón de Teive se asustó. O más bien: Pessoa, asustado, creó al barón para salvarse de sí mismo. Trasladó toda su implacable lucidez al pobre hidalgo, que no la pudo soportar, porque la lucidez era excesiva y porque soportarla no estaba previsto en el papel que debía desempeñar. El Barón de Teive nació para morir.
Claro que todos los heterónimos eran instrumentos de exorcismo y redención. Todos nacieron para salvar a Pessoa de la vida que no soportaba, que no le gustaba, o que le parecía superior a su capacidad, pero Teive adoptó el aspecto más peligroso de su creador: la razón sin freno. «Siempre he sido racional en cuanto a mis sentimientos», nos confiesa el hidalgo, y cuando llega a la conclusión de que «la conducta racional en la vida es imposible», su razón le impone el suicidio. O se lo impone Pessoa, siempre fiel a su literatura.
Si Bernardo Soares fuera clasificado como un semiheterónimo por ser una «simple mutilación» de la personalidad de Pessoa, cabe la misma distinción al Barón de Teive, que fue hasta mutilado físicamente, puesto que le cortaron la pierna izquierda. Esta dolorosa experiencia valió, fundamentalmente, para la educación de este personaje noble y estoico, que soportó la intervención quirúrgica sin anestesia general, pero a la vez es imposible que el miembro amputado no tuviera un valor simbólico. «Todo es símbolo» (de un poema de Campos) no tiene por qué ser un principio aplicable al mundo de todos nosotros, pero caracteriza bien el universo según Pessoa.
Pessoa comparó sus «mutilaciones» en un texto destinado al prólogo de Ficciones del interludio:
El ayudante de tenedor de libros Bernardo Soares y el Barón de Teive —son ambos figuras miamente ajenas— escriben con la misma sustancia de estilo, la misma gramática, y el mismo tipo y forma de propiedad: y es que escriben con un estilo que sea bueno o malo, es el mío. Los comparo porque son casos de un mismo fenómeno, la inadaptación a la realidad de la vida y, lo que es más, la inadaptación por los mismos motivos y razones. Pero así como el portugués es el mismo en el Barón de Teive en Bernardo Soares, el estilo difiere en que el del hidalgo es intelectual, está despojado de imágenes, es un poco, ¿cómo diría?, áspero y limitado; y el del burgués es fluido, participa de la música y la pintura, es poco arquitectónico. El hidalgo piensa claro, escribe claro, y domina sus emociones, aunque no sus sentimientos; el tenedor de libros no domina ni emociones ni sentimientos, y cuando piensa lo hace en segundo término.
De hecho, fue la imposibilidad de dominar sus sentimientos e incluso, al final, sus emociones, lo que llevó al Barón de Teive a poner fin a su vida. «El pensamiento», observó en el único fragmento datado, «poderoso como es, nada puede contra la rebeldía de la emoción». Podía soportar el dolor, al que incluso despreciaba, pero no pudo soportar la indignidad de estar sujeto a los caprichos ajenos y, para él, como en el resto de Pessoa, su propio ser, con todo lo que siente y sueña, fue un ente ajeno. La razón que mató al barón no fue sólo la razón entendida como capacidad intelectual, sino la razón de quien no admite que no la tenga, o sea, el orgullo. De todos los actores-escritores que representaron el teatro pessoano, Teive era el que mejor expresaba la racionalidad y el orgullo, cualidades que en el propio director estaban fatalmente ligadas.
Bernardo Soares, no menos que Teive, era un inadaptado al lado práctico de la existencia, pero no se exasperó con ello. Como buen burgués, sacó el provecho que pudo de la vida humilde que le había sido dada. «Todo, excepto la vida», empieza uno de los fragmentos (444) del Libro del desasosiego, «se me ha hecho insoportable», que en su conjunto de acontecimientos vulgares —como el rayo de sol que entra en el despacho, o un pregón que sube hasta la ventana de su cuarto alquilado— incluso «alivia» al ayudante de tenedor de libros. Obtiene un intenso placer de observar y narrar, ya con cariño melancólico, ya con discreto entusiasmo, las pequeñas cosas que llenan y rodean su día a día. Anota los cambios de estación y de tiempo, describe los tranvías, las plazas y las fachadas de Lisboa, habla del barbero, de los recaderos, del aprendiz de dependiente echado sobre un saco de patatas, de la vendedora de plátanos en la Rua da Prata. El barón, más seco, «áspero», como decía Pessoa, casi desconoce el placer de las cosas simples. Una vez habla de las «pequeñas emociones» del campo que sintió cuando ya había renunciado a su proyecto de escribir en serio, pero éstas no alivian su dolor.
El barón soporta el dolor estoicamente, pero no hay ninguna trascendencia en ello, sólo la vanagloria de un macho fracasado, que parece haber sufrido de impotencia. Bernardo Soares, más epicúreo que estoico (cultiva un «epicureísmo sutilizado», dice el primer fragmento de su Libro), no sólo soporta el dolor, sino que también lo explora. En realidad conjuga, y supera, las dos filosofías griegas: «Como todo el estoicismo no pasa de un severo epicureísmo, deseo en lo posible hacer que mi desgracia me divierta» (fragmento 398). Teive comenta con simple amargura que toda su vida «ha sido una batalla perdida sobre el mapa»; Soares hace una observación idéntica, pero, sabiendo que perderá, disfruta del esquema de las retiradas que traza sobre el papel (fragmento 193).
La «Educación sentimental» de Soares (escrita en la década de 1910, aunque no se le atribuyó hasta más tarde) marca un claro contraste con La educación del estoico. La obra de Soares enseña que el buen soñador debe evitar el sufrimiento, pero no «como los primeros estoicos o epicúreos». Al contrario, debe «buscar el dolor o el placer», objetivo que puede alcanzarse mediante tres métodos: 1) un análisis agudo del sufrimiento, hasta que éste «lo absorba todo y del dolor sólo quede una materia indefinida para analizar», 2) la creación de «otro Yo que se encargue de sufrir en nosotros, de sufrir lo que sufrimos» y 3) una «aplicación irritada de la atención» a nuestros sufrimientos que, intensificados de este modo, proporcionan «el placer del exceso».
La educación del estoico, lejos de adoptar el carácter de un manual o de ofrecer consejos prácticos, es una crónica personal, una suerte de «Lo que aprendí en la vida», compuesto de lecciones negativas que recuerdan a Soares, a Ricardo Reis o a un Álvaro de Campos postfuturista, y al propio Pessoa. Aunque cada uno de estos afloramientos de Pessoa esté bien individualizado en el tono, el estilo y el carácter, existe cierta promiscuidad entre el hidalgo y el tenedor de libros (como existe entre este último y el Campos prosista). Cuando Teive escribe: «Pertenezco a una generación (…) que ha perdido por igual la fe en los dioses de las religiones antiguas y la fe en los dioses de las irreligiones modernas», recupera una fórmula que Bernardo Soares empleó en varias ocasiones (al principio del fragmento 306, por ejemplo). ¿O será que Soares la robó a su compañero noble? En realidad es una fórmula que se remonta a la década de 1910, pero tanto el Soares tardío como Teive utilizarán ésta y otras expresiones a partir de 1928, cuando nació Teive y cuando Soares se mudó a la Rua dos Douradores y asumió la autoría del Libro del desasosiego.
Todo indica que los primeros escritos del barón son los que ocupan veintinueve páginas de un pequeño cuaderno negro, donde figuran también, en las dos páginas anteriores, un poema completo (inédito) y el fragmento de un poema, ambos con la fecha 6/8/1928. Parece que las páginas que se atribuyen a Teive fueron escritas en el espacio de unas semanas o unos meses y, aunque no presenten ninguna fecha de composición, la supuesta noticia del suicidio que aparece en la séptima página, inicialmente estaba fechada el 12 de julio de 1928, aunque luego Pessoa cambiaría el 8 por el 0. En el verso de la última página de Teive aparece un proyecto esquemático de la obra que vendría a llamarse Mensaje, seguido de un esbozo de la segunda estrofa de «Bandarra», poema de la Tercera Parte, que Pessoa dio por escrito —en su ejemplar de la primera edición del libro— el 28/3/1990.
El título del poema «António Vieira», que en el ejemplar referido tiene fecha de 31/7/1929, aparece en el proyecto del cuaderno entre paréntesis, sugiriendo con ello que estaba inacabado, así como «Bandarra», que también aparece entre paréntesis. Si esta vez Pessoa no inventó las fechas (costumbre que no se limitó a El guardador de rebaños), podemos concluir que el proyecto habría sido redactado antes del 31 de julio de 1929. Hay páginas al principio del cuaderno y una página intercalada en las de Teive, que se remontan a una época anterior, como denota la propia caligrafía, pero todo lo que corresponde al barón debe datar de la segunda mitad de 1928 y tal vez de la primera de 1929.
Es en este cuaderno donde Pessoa esboza, en cierto modo, la biografía del barón: una infancia marcada por la soledad, sugiriendo que era hijo único; los estudios superiores llevados a buen término; una estrecha relación con la madre, que murió cuando el barón ya era un hombre; una vida al parecer acaudalada, que paso en una quinta de los alrededores de Lisboa; viajes al extranjero, por lo menos a París, donde frecuentó a la nobleza francesa; dificultades para tratar sexualmente con las mujeres; y la amputación de la pierna izquierda poco tiempo antes del suicidio, que sucedió el 11 de julio de 1920 (y al día siguiente apareció la breve noticia de éste en el «Diário de Notícias»). También en el cuaderno esboza, o intenta esbozar, El único manuscrito del Barón de Teive, cuando Pessoa todavía dudaba (conforme indica un signo gráfico) si iba a darle este nombre o no. Entre los dieciocho textos aislados de Teive, hay uno que presenta una fecha, el 27 de marzo de 1930, mientras que otro, mecanografiado, incluye el nombre entero del hidalgo: Álvaro Coelho de Athayde, decimocuarto Barón de Teive. El mismo nombre aparece en el cuaderno con la indicación «20º» en vez de decimocuarto, pero escrito con otro color, sobre el nombre original, Carlos Fer[reira?] M[ilegible], que tachó.
Sabemos casi con certeza, por tanto, que Teive tomó la palabra (ya que «tomar cuerpo», incluso como metáfora, parece exagerado en el cosmos pessoano) en el cuaderno de tapa negra, a mediados de 1928. Con todo, la escenificación que rodea a este personaje parece venir de más atrás, ya que en la esquina de un sobre enviado desde Madeira y con sello de los servicios de correo de Lisboa de agosto de 1921, leemos «Ms. encontrado en el cajón de un cuarto de hotel». Fueron precisamente éstas las circunstancias en que Pessoa descubrió el manuscrito de Teive, según la hoja suelta transcrita al principio de este volumen, y ya en el cuaderno hay una anotación aislada que reza «Manuscrito encontrado [variante: hallado] en un cajón», seguido por la intrigante frase entre paréntesis «La seducción de Maria Adelaide». ¿Será que el barón había acabado de describir (o más bien, de dejar inacabada) su Educación del estoico en un cuarto de hotel, donde al fin habría conseguido seducir a una muchacha, antes de regresar a su Quinta de Maceira para suicidarse? ¿Tendría, por lo menos, esa pequeña satisfacción antes de su trágico final?
No es de extrañar la obsesión del barón por su problema sexual, al que se refiere luego, en la primera página del cuaderno citado más arriba: «Razones por las que el barón no sedujo a más muchachas». Este problema salpicó las notas personales de Pessoa en los años anteriores, sobre todo a través de un «frater de la rosacruz» llamado Henry More, cuya caligrafía particularísima, pseudoinfantil (se trata de escritura automática), aparece en decenas de hojas para comunicar a Pessoa que al fin iba a encontrarse con una mujer, una muchacha de buen ver que cambiaría su vida, una que hasta era «fond of monastic men».
También es significativo a este respecto un cuento cuyo protagonista, Marcos Alves, está tan acomplejado sexualmente, que huye de un hotel cuando una criada intenta seducirlo. Aparte de sus dificultades con las mujeres, este Marcos comparte con Teive una voluntad suicida, que sólo llega a concretar en el tercer intento, a los 24 años. Sin embargo, los motivos no fueron los mismos.
El joven enloqueció, no por un exceso de racionalidad, sino por ser hipersensible y estar «mancillado de ideas religiosas», hasta el punto de que su caso clínico queda registrado en un Tratado de enfermedades mentales atribuido al doctor Florêncio Gomes (acaso hermano del escritor de cuentos António Gomes, incluido en la famosa lista de heterónimos en Pessoa por Conhecer, bol. I, p. 168). «Ha demostrado claramente la evolución del delirio persecutorio», relata el doctor, y no nos sorprende descubrir que su abuela paterna había sido víctima de «enajenación mental», exactamente como le sucedió a la abuela Dionísia de Pessoa, lo cual lo llevó a temer eventuales repercusiones hereditarias.
Exorcismo literario de la locura que amenazaba a Pessoa, Marcos Alves fue el protagonista de un cuento, no otro «yo» ni, por tanto, un medio de auto-revelación psicológica o, cuando menos, no fue asumido como tal. Si dirigimos nuestra atención a esos «otros», los heterónimos, comprobamos de inmediato que todos ellos fueron solteros, que se relacionaron poco con las mujeres y por lo general de forma abstracta, indirecta. Lidia y las demás amigas de Ricardo Reis no parecen tener cuerpo, ni siquiera sabemos el nombre del único amor de Alberto Caeiro, y el ingeniero futurista, que lo siente «todo de todas las maneras», siente sus amores —mujeres y hombres— sobre todo cuando no está con ellos. Es más: ninguno de ellos, tampoco Bernardo Soares, lamenta la escasez de sus conquistas amorosas. Si están solos, es porque es mejor así.
El amor como concepto o teoría fue abordado desde siempre en la obra literaria de Pessoa, pero no es hasta en 1928, con el nacimiento de Teive, cuando el autor se enfrenta al problema sexual en cuanto problema. ¿Y por qué sólo entonces? La respuesta a esta pregunta nos ayuda a entender el porqué de este heterónimo tan poco fingido.
A finales de la década de 1920, Pessoa entró en otra fase. No sólo había abandonado el Sensacionismo, el Futurismo y otros «ismos» de la década de 1910, sino también sus proyectos de editoriales y revistas concebidas y dirigidas por él mismo. Al parecer, cuando intuyó que no le quedaban muchos años de vida, empezó a escribir con más claridad (recuérdese que el barón, en la víspera de su muerte, gana «la claridad del alma para sentir, y la del entendimiento para comprender, que me dan la fuerza de las palabras»), transformó su ironía en un instrumento para revelar su interior, en vez de ocultarlo, procedió a la consolidación de su obra y, al mismo tiempo, se liberó, se «dejó ir» literariamente para llegar a quien creyó que tal vez era. Aunque Pessoa escribiera en 1932 a Gaspar Simões, a propósito de sus heterónimos, que «ya es tarde, y por tanto absurdo, para el fingimiento absoluto», este fingimiento ya se había relativizado hacía tiempo, no sólo en cuanto a la publicación de las obras de sus otros yoes, sino en la propia escritura de ellos. El fingidor, en su fingir, se había vuelto más sincero, y su alma, más desnuda, más suelta, más ella. Aparecen entonces el Álvaro de Campos de la «Tabaquería» (poema publicado en 1933, pero escrito en enero de 1928), el desasosegado Bernardo Soares y el Barón de Teive prácticamente a la vez, y con ellos emerge la faceta más pungente y autoanalítica de la obra pessoana. Es el momento de la semiheteronimia, ya que Campos también dejó de ser un verdadero otro. Las máscaras, por lo menos estas tres, ya casi no se distinguían del hombre que las creó.
Pessoa, que reavivó su única relación amorosa en 1929, para dejar que se apagara definitivamente unos meses después, se sirvió con mucha naturalidad de se sus tres casi-yo-otros para expresar, e intentar descubrir, lo que sentía en este aspecto de la vida tan poco profundizado. Mientras Campos evoca con nostalgia a varias mujeres, y sobre todo a una rubia inglesa con quien casi se quedó o podría haberse quedado («¿Y si me hubiera casado con ella?», se pregunta preocupado), el ayudante de tenedor de libros, que fue amado solamente una vez y esa experiencia (en la que no correspondió al amor que se le daba) le pareció una «fatiga que transmite el tedio» (Libro del desasosiego, fragmento 235), justifica su casta decisión con varios argumentos. O bien sustenta que «la represión del amor ilumina sus propios fenómenos con mucha más claridad que la experiencia misma» (fragmento 271), o bien dice que el amor es una mera ilusión, dado que, cuando amamos a alguien, «es un concepto nuestro —es en suma, a nosotros mismos— lo que amamos» (fragmento 112). Pero hay otro fragmento (113) donde reconoce que su teoría sobre la no conveniencia del amor es «un complejo ruido que hago llegar a los oídos de mi inteligencia, casi como para que no perciba que, en el fondo, no hay otra cosa que mi timidez y mi incompetencia para la vida».
Pese a que en un pasaje el barón atribuya a su posición social la culpa de haberle impedido casarse «con una muchacha muy sencilla» y «acaso de ser feliz» (al igual que el narrador de «Tabaquería», ¿se habría casado con la hija de su lavandera?), es evidente que en el plano general de las relaciones con el sexo opuesto el problema del barón era más directo y carnal. Las criadas de su quinta, todas ellas disponibles y hasta posiblemente deseosas de ser seducidas, eran o demasiado grandes o demasiado pequeñas para su patrón, o recluso exuberantes, feas, o cualquier otra cosa. En la figura del barón, como en su eufemística «timidez anticipada» ante las mujeres, Pessoa hizo su más clara confesión de incapacidad en esta materia (lo que no significa necesariamente impotencia, ya que es posible que Pessoa no hubiera llegado siquiera a ponerse a prueba en este campo).
No menos trágica para el barón es su incapacidad para producir una obra trágica con habilidad, o —en las pa!abras más grandiosas que forman un subtítulo de su educación— «la imposibilidad de hacer arte superior». En realidad, esta tragedia no es muy diferente de la sexual, como demuestra el fragmento mas largo de Teive («Pensar que consideré…»). Después de varios párrafos en los que el autor manqué lamenta su falta de voluntad para producir una obra «acabada y visible» a la altura de su inteligencia, pasa a criticar los «tres grandes poetas pesimistas» —Leopardi, Vigny y Antero— por «erigir en tragedias del universo tristes comedias de sus propias tragedias», que son las frustraciones sexuales. Más adelante, en los últimos párrafos del fragmento, vuelve a hablar de su propia tragedia, que es el hecho de no poder «escribir los libros que quisiera», y preferir, con mayor nobleza que Leopardi y compañía, sufrir en privado, «sin metafísica ni sociología». No nos hacen falta teorías freudianas para damos cuenta de que Pessoa sublimó el instinto sexual en su obra literaria, ya que él mismo lo afirmó. Cuando ésta no salía como él quería, sentía una frustración similar a la de los hombres (o mujeres, aunque Pessoa, en relación a éstas, no estuviera más informado que los de su generación) que fracasan en sus intentos de conquista amorosa.
A pesar de que la crisis derivada del desfase entre la obra que ambicionaba y la que de hecho quedó sobre el papel siempre estuvo presente en Pessoa, ésta también se acentuó con la edad. Por una parte, el autor sintió que había perdido la fuerza y el aliento de su juventud, como se desprende de un poema tardío de Campos que empieza: «¡Hace tanto tiempo que no soy capaz / De escribir un poema extenso!» Por otra parte, veinte años de promiscuidad literaria dejaron a Pessoa rodeado de páginas y páginas, de un Fausto en caos, de un Libro del desasosiego cuyo título definía perfectamente el estado de su redacción, de cientos de poemas inacabados (aparte de los muchos que había publicado o que estaban terminados), de fragmentos de cuentos y de obras de teatro, fragmentos de ensayos variadísimos, e incluso decenas de proyectos —también incompletos, vacilantes y contradictorios— para editar todo esto.
Al observar la labor literaria de otros, «hecha de cosas extensas y completas», Bernardo Soares confiesa: «sí, hacer una cosa completa me produce, quizás, más envidia que cualquier otro sentimiento» (fragmento 85). Se queja mucho (fragmentos 152, 169 y 231) del estado incompleto e imperfecto de sus escritos, al igual que el barón, y también afirma que no tendría tanta pena si al día siguiente todos ellos se perdieran (fragmento 118), pero Soares no consigue renunciar a esta «droga» —la escritura—, que sigue tomando aunque le repugne (fragmento 152). El soñador de la Rua dos Douradores, siempre astuto y pragmático a su manera, señala en otro fragmento (64): «Lloro sobre mis páginas imperfectas, pero quienes vengan mañana, si las leen, sentirán más con mi llanto de lo que sentirían con la perfección, si yo pudiera conseguirla, porque me privaría de llorar y por ello incluso de escribir. El que es perfecto no se manifiesta». El barón, muy al contrario, no se permite llorar, no admite la imperfección, y no tiene autoironía. Es orgulloso hasta la médula, y su gran límite es su condición de aristócrata. Soares, que nada es en este mundo, «puede soñarse emperador romano; el rey de Inglaterra no lo puede hacer, porque al rey de Inglaterra le está vedado ser, en sueños, un rey distinto al rey que es» (fragmento 171). Teive, condenado por la sangre a ser «hijo de algo», desconfía instintivamente del sueño, porque «cuando es demasiado vívido y familiar, se vuelve una nueva realidad; tiraniza como ella; deja de ser un refugio». Y en un fragmento del cuaderno dice sin ambigüedad: «Repudié el sueño como un vicio de colegial o como algo propio de un loco».
Aunque escriba sobre la misma temática (el Libro del desasosiego también habla de los pesimistas Leopardi, Vigny y Antero en el fragmento 278, o del problema teológico de la existencia del mal, en los fragmentos 208 y 254), Bernardo Soares tiene un carácter radicalmente opuesto al del Barón de Teive. Es como la imagen en el espejo, invertida. Sin ser aristócrata por fuera, el tenedor de libros cultiva una aristocracia interior:
El aristócrata es aquél que nunca olvida que no está solo nunca; por eso las normas y los protocolos son un privilegio de las aristocracias. Interioricemos al aristócrata. Arranquémoslo de los salones y de los jardines pasándolo al interior de nuestra alma y de nuestra conciencia de existir. Estemos siempre ante nosotros mismos siguiendo normas y protocolos, con gestos estudiados y dirigidos a los otros. (Fragmento 428)
Pessoa, como recordó Teresa Rita Lopes en las páginas que escribió sobre Teive en Pessoa por Conhecer, tenía veleidades aristocráticas. Se sabe (por la biografía que escribió de él João Gaspar Simões) que pintó una reproducción del blasón de su tatarabuelo, capitán del regimiento de artillería del Algarve, y la mandó a esculpir en piedra. El poeta fingidor (pero, ¿fingía en este caso?) también dejó un texto en el que cuenta la ascendencia noble de su apellido, de origen germánico, y describe con detalle sus armas. La fascinación por la nobleza se manifiesta en muchos aspectos de la obra pessoana, uno de los cuales reúne con genialidad el deseo de ser «refinado» con el deseo de ser muchos. Me refiero al inédito The Multiple Nobleman, una comedia de enredos concebida para el teatro o incluso para el cine, con una «Half plan of play or film» escrito en inglés y con tres o cuatro fragmentos de diálogo en portugués. En los ensayos políticos y sobre Portugal, editados o no, las simpatías monárquicas de Pessoa son más que evidentes.
Pessoa era elitista, clasista, muy politically incorrect, incluso para los criterios de la época. Con todo, su vida cotidiana no era muy diferente de la que llevaba, o soportaba, el bastante modesto Bernardo Soares. Es decir, modesto en sus circunstancias externas. En realidad fue una suerte para él, ya que de este modo se limitó a crear «a la sombra aquella hidalguía de la individualidad, que consiste en no insistir en nada en la vida» (fragmento 45). Y vale la pena subrayar: a la sombra. En cambio, el Barón de Teive tuvo que llevar al calvario la cruz de su aristocracia pública. Le pesaba la vida social mundana que, por su posición, no podía evitar completamente, pero lo más insoportable fue la notoriedad que esta posición le concedió. Todos sabían —y tal vez se rieran de ello— que el barón era tímido, que el barón no conseguía seducir a las mujeres, que la muerte de su madre lo había destrozado, que no le gustaban los duelos ni los juegos de competición. Al no saber achacar, como los «tres pesimistas», sus problemas personales a causas superiores, optó por suicidarse.
Si muchos heterónimos se inventaron para que Pessoa pudiera huir de una existencia poco colorida e incluso, en algunos casos, para que pudiera vivir cosas que deseaba «realmente», otros surgieron para justificar esa misma existencia, o sirvieron para desempeñar las dos funciones. El carácter bucólico que caracteriza los mundos de Alberto Caeiro y Ricardo Reis no correspondería a un fuerte deseo pessoano de vivir en el campo (tal vez en Brasil, hacia donde partió Ricardo Reis en 1919), constituyendo de este modo una especie de liberación, un sosiego a través de un intermediario. El caso de Campos fue muy diferente, ya que en algún entresijo de su alma Pessoa soñaba con viajar por el mundo, tener contacto directo con la cultura anglosajona, vivir con osadía, ser un dandy decadente. Pero sólo en algún entresijo del alma, porque la naturaleza impone una fidelidad a la persona que somos, y Pessoa, por carácter, nunca podría haber sido Álvaro de Campos en la vida real, salvo en algunos encuentros con Ofélia Queiroz y tal vez el día de 1930 en que conoció a João Gaspar Simões y a José Régio en un café de la Baixa. Sin embargo, para entonces el Campos dandy ya se había retirado. Había llegado años antes a la conclusión de que las sensaciones que había experimentado en sus grandes viajes habían sido inútiles, porque «por más que sintiera, siempre me faltó algo que sentir / Y la vida siempre me dolió, siempre fue poco, y yo infeliz». Perdió la ilusión, se cansó y regresó a Lisboa desalentado y resignado, a semejanza de su inventor. Con la diferencia de que Pessoa se ahorró todo aquel esfuerzo. Campos le sirvió para disfrutar, de segunda mano, algunas aventuras y también para demostrar que Pessoa había hecho bien en no gastar energía, dado que habría llegado al mismo puerto al que Campos llegó: Lisboa y una incurable melancolía.
El Barón de Teive fue una experiencia parecida. Mientras Bernardo Soares se jactaba de su aristocracia interior, sutilizada, secreta y espiritual, el barón encarnó la nobleza ostensiva, de alcurnia, que Pessoa tanto deseó para sí mismo, al menos en algún entresijo de su alma. Creó un barón hecho a su imagen: soltero, que pensaba como él y escribía como él. Y fue un fracaso absoluto, como era inevitable, ya que con o sin máscara y los aderezos qu’il faut, Pessoa jama conseguiría cumplir las reglas de una vida noble. El Barón de Teive, en su trágico fracaso como aristócrata titular, fue la demostración de que la otra aristocracia, la que Soares promulgaba, era la más adecuada para Pessoa.
Teive también cumplió otra función: la de aviso, o recordatorio, de que la razón no lo puede todo. El barón compartió con Pessoa una lucidez espantosa, pero le faltó la ironía y la espontaneidad emocional que habían funcionado como contrapesos salvadores en Soares y Campos.
Teive «piensa claro», piensa siempre, piensa implacablemente, y llega a la claridad del vacío absoluto, pero sin aquella ligereza existencial que permite al ingeniero bromear: «Empiezo a conocerme. No existo». Y el mordaz tenedor de libros, recurriendo al lenguaje metafórico, no le va la zaga: «Soy los alrededores de una ciudad inexistente, (…) una figura de novela aún no escrita» (fragmento 262). Al pobre barón no sólo le faltaron una obra acabada, conquistas sexuales, su madre y la pierna izquierda; le faltó el sentido del humor.
Teive fue, al final, algo más que un anuncio, un suplente necesario. Recuérdese que el hidalgo se dio muerte, no por un exceso de lucidez, sino debido al orgullo que esa lucidez le provocaba. Pessoa necesitaba que este heterónimo muriera, que Teive o alguien parecido a él muriera por sus pecados. Y el mayor pecado de Fernando Pessoa, a pesar de todo —a pesar de su infalible hábito de relativizarlo todo hasta el último denominador común de la nada— era ser humano, con las actitudes y reacciones vulgares que caracterizan a la especie. No podía escapar del todo a los sentimientos de vanidad y orgullo suscitados por su admirable capacidad intelectual, pero sabía muy bien que ésta tampoco era nada, que no era razón para tomarse demasiado en serio, ya que la certeza es el dominio de los locos (sólo ellos no tienen dudas) y la vida, que es breve y absurda, nunca debe ser un asunto muy serio. Por eso inventó al barón, depositó en él su orgullosa razón, y lo mató con una sonrisa que nada tenía de inocente.
Nota
Las referencias al Libro del desasosiego se basan en la edición publicada en 2002 por Acantilado, en traducción de Perfecto E. Cuadrado. El personaje que escribe a través de la mano intermediaria de Pessoa no es pura ficción, sino el «espíritu de Henry More» (1614-87), filósofo y poeta místico inglés. La anotación sobre el caso clínico de Marcos Alves (279E2/6) y otros fragmentos de este cuento fueron publicados en Pessoa por Conhecer, vol. II. El mismo volumen transcribe el texto (113P1/58) que cuenta el origen noble del apellido «Pessoa». Aunque a finales de la década de 1920 Pessoa hubiera desistido de planear y/o dirigir publicaciones de carácter militante, existe un curioso proyecto de revista (acotación 87/97-8) con fecha de 1935: Norma, una «Revista quincenal de literatura y sociología», que Pessoa definió como «yo en casa, acompañado de amigos», ya que el contenido de la revista sería en su mayoría redactado por él, y el resto completado con «trabajos ajenos» que él escogería personalmente. La carta mencionada que Pessoa escribió a João Gaspar Simões tiene fecha de 28 de julio de 1932. En una carta anterior a Gaspar Simões, con fecha de 18 de noviembre de 1930, Pessoa explicó que había sublimado el instinto sexual en dos poemas «obscenos», Epithalamium y Antinous. En su declaración, su sobrinanieta, María de Graça-Queiroz, Ofélia Queiroz contó que Pessoa se presentaba a veces como Álvaro de Campos, (publicado en Cartas de Amor a Fernando Pessoa, Atica, Lisboa, 1978). João Gaspar Simões, en sus Retratos de Poetas que Conheci (Brasília Editora, Oporto, 1974), dice que tuvo la impresión de haber estado con Álvaro de Campos en el primer encuentro que él y Régio tuvieron con Pessoa, aunque no parece que éste se hubiera presentado como tal. La cita de Campos que empieza diciendo «por más que sintiera…» procede de un fragmento de «Passagem das Horas» con fecha de 22/5/1916 y cuyo primer verso es «Traigo dentro de mi corazón». A continuación se añaden las acotaciones de los varios inéditos citados:
Sobre con sello de agosto de 1912—133G/51
Anotación del cuaderno que empieza «Manuscrito encontrado…»—144Q/35
Anotación de Henry More—902/64
The Multiple Nobleman—1111MU/1-6