Lo que no sabía era que aquel chico pertenecía a una banda de delincuentes que fueron tras él esa misma tarde. Esta vez volvió a casa con un ojo morado, una costilla rota y la nariz sangrando, pero los otros no se fueron ilesos.
Después se corrió la voz: no meterse con Nico Moretti. Era la lección que el señor Holmes estaba a punto de aprender.
—Asegúrate de que no nos interrumpen —le dijo a Donna—. De hecho, podéis marcharos pronto a casa. Disfrutad de la tarde libre, por una vez.
—Nico, ya no estás en las calles de Verona —le advirtió.
—Desde luego que no, Donna. He aprendido unas cuantas cosas desde entonces. No te preocupes, el señor Holmes saldrá de aquí intacto, pero seguro que muy sudoroso.
El aire olía a tormenta de verano, pensó Chloe mientras observaba el jardincito cerrado detrás de la casa. El arquitecto había propuesto varias ideas para crear la ilusión de espacio, con bonitas plantas alrededor del patio y una cascada en miniatura desde la pared a un estanque elevado.
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Pobre hombre. Empezaba a sentirse irritado por la falta de entusiasmo de Chloe en el proyecto. Tenía que haberle explicado que nada le interesaba demasiado aquellos días, excepto el asunto prohibido de Nico Moretti.
Las primeras gotas de lluvia que anunciaban el diluvio que se avecinaba no tardaron en caer. Chloe entró en la casa y volvió a mirar su reloj. Casi las cinco y media. Su madre llegaba con una hora de retraso; probablemente estuviera en un atasco, aunque no le parecía propio de ella que no llamase.
Chloe recorrió todas las habitaciones ordenando cosas, colocando cuadros, pero siempre pasando de largo ante la habitación de matrimonio. Baron llevaba dos días fuera de la ciudad y no lo había echado de menos en absoluto. No quería ni pensar en compartir cama con él. No tenía tiempo, había demasiadas cosas que hacer antes del sábado.
Las seis menos cuarto y ni rastro de su madre. ¿Qué la estaría reteniendo?
Empezaba a preocuparse, así que decidió buscar su móvil y llamar a su madre. A Jacqueline no le gustaba recibir llamadas mientras conducía, pero con aquella lluvia y los truenos. Chloe decidió que no podía esperar más para saber qué le había ocurrido.
En ese momento sonó el timbre.
—Gracias a Dios —murmuró mientras se dirigía a la puerta principal.
En lugar de su madre, encontró a Nico, con una expresión tan negra como el tiempo. Tenía el pelo chorreando de agua y el traje gris claro también mojado.
—¡ Merda! —gruñó, entrando en la casa sin ceremonias—. ¿Cómo podéis vivir con este clima?
—Yo también estoy encantada de verte —respondió ella, furiosa ante el modo en que su cuerpo reaccionaba ante su presencia—. Por si acaso, nadie te ha pedido que vengas, así que no te molestes en quitarte la chaqueta.
Ignorándola, él la colgó en un perchero de bronce y miró sus zapatos enfadado.
—Ahórrate las bienvenidas, Chloe. No he venido a verte, sino porque Jacqueline me envió.
—¿Por qué no ha venido ella? ¿Qué le ha ocurrido?
—No ha sido nada, y no puedo decir lo mismo de mis zapatos. Recuérdame que traiga botas de goma hasta la cintura la próxima vez que venga a Vancouver.
—No vengas a Vancouver y no tendrás que molestarte —dijo mirándolo mientras él subía las escaleras—. ¿Y qué quieres decir con que no ha sido nada?
—Ha tenido problemas con el coche que la han retrasado. Yo también esperaba haber llegado antes, pero había otros asuntos que requerían mi atención. Siento que te asustaras.
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—Tenía que haberme llamado y habría llamado a un taxi.
—Ojalá hubiera sido posible. Tengo muchas cosas que hacer aparte de hacer de chófer de un pasajero ingrato, pero Jacqueline no te ha podido llamar porque te dejaste el teléfono en su coche. Cuando acabes de reprocharme cosas, podrías ejercer de anfitriona amable y ofrecerme algo para secarme el pelo. Tu madre se escandalizaría si supiera que tratas así a tus huéspedes.
—Iré a buscarte una toalla —dijo, siendo de todo menos amable, el único modo que tenía de luchar contra él—. Espera aquí.
Una vez más la ignoró, y cuando ella salió del baño del segundo piso con una toalla en la mano, se lo encontró bloqueando el paso.
—Muy elegante —sentenció él mirando los sanitarios negros, grifería dorada y las paredes rojo burdeos. El tono de burla de su voz decía que el efecto general le parecía más divertido que chic.
—A nosotros nos gusta.
—¿Sí?
—¡Sí! —dijo, arrojándole la toalla.
— Bene —echó otra mirada—. Al menos alguien lo aprecia.
Ella lo miró mientras se secaba el pelo y se peinaba con tranquilidad. Chloe pensaba que cuanto antes se pusieran en camino, mejor, pero él pronto acabó con sus esperanzas.
— Grazie —dijo, devolviéndole la toalla y mirándola con expectación.
—¿Y no me vas a enseñar esta casa que te gusta tanto?
—Desde luego que no —dijo, esperando que saliese de allí. El baño no era muy grande y no estaba pensado para dos personas; él le estaba robando tanto aire que ella apenas podía respirar—. Llévame a casa ahora.
—No saldremos hasta que no deje de llover. He tenido que dejar el coche a dos manzanas de aquí y acabarás empapada.
—¿Y qué? No me derretiré.
—Pero tal vez yo sí, sobre todo si sigues lanzando tantas chispas por esos preciosos ojos azules.
—Para, Nico —dijo ella, con voz temblorosa—. No vamos a hacer esto de nuevo.
—¿Hacer qué, tesoro? Te he sugerido que me enseñes tu casa hasta que deje de llover. ¿Qué estabas pensando?
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—Absolutamente nada —dijo ella, exhausta por resistirse a sus tentaciones.
Accedió a enseñarle la casa, entre otras cosas, para salir del cuarto más diminuto que había en ella—. Si es importante para ti, te la enseñaré. Sígueme.
Eso hizo él, más de cerca de lo estrictamente necesario, así que su aroma, un toque de aftershave, de champú y de lluvia fresca de verano, la envolvía invitándola a la seducción. Consciente de que el único modo de resistir sería mantenerse tres pasos por delante de él, le enseñó las habitaciones a la carrera.
—Y eso es todo —le dijo, cuando acabaron en la cocina cinco minutos más tarde
—. ¿Satisfecho?
—No tengo que estarlo —replicó él, atrapándola en su mirada—. No soy yo el que va a vivir aquí, pero si me lo ofrecieran, creo que preferiría vivir en una tienda de campaña que en este hogar estéril, con tantas escaleras y las habitaciones tan pequeñas.
—Teniendo en cuenta dónde creciste, me sorprende que seas tan crítico —le devolvió ella—. Si no recuerdo mal, tus hermanas y tú vivíais en una casa de cuatro habitaciones diminutas, y tú dormías en un sofá en la cocina.
—Porque mis padres eran pobres y tras la muerte de mi padre, mi madre no pudo darnos nada mejor. Pero las ventanas daban a una calle muy vital y al río Adige. Había tanto amor y tantas risas en casa que nunca echamos de menos los lujos que eran importantes para aquellos que habían nacido con una cuchara de plata en la boca. ¿Pero qué tienes aquí, Chloe, aparte de una casa cara?
El la había avergonzado, la había hecho sentir vacía y pretenciosa. Al mirar la casa a través de sus ojos, vio también que «estéril» era un adjetivo que le iba muy bien. Todo era demasiado perfecto y el efecto completo era que le faltaba alma.
—Baron y yo trabajamos todo el día. Sólo estaremos aquí por las noches y los fines de semana, y no todos. No queremos un lugar que requiera mucho mantenimiento, sino poder cerrar la puerta sin preocuparnos de plantas que regar o perros a los que alimentar.
—Mejor —dijo Nico—. Ni un perro pequeño podría vivir aquí.
—Es una casa para adultos, no para perros ni para familias jóvenes.
—¿Para adultos? —él la estudió de pies a cabeza—. ¿Te estás lanzando de cabeza a la mediana edad?
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó ella, enfurecida.
El se encogió de hombros con insolencia.
—¿Cómo te describirías a ti misma, entonces? Tan bien disfrazada de abogada, con tu traje negro, el pelo recogido en un moño bajo, y los ojos tan vacíos que parece que estés muerta.
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Cayó un rayo y se fueron las luces. La lluvia seguía golpeando sin piedad contra los cristales.
—No sé lo que te ha puesto de tan mal humor, Nico —le dijo, levantado la voz para hacerse oír por encima de los truenos—. Si ha sido el tener que venir desde tan lejos a buscarme, lo siento, pero si no tienes nada positivo que decir de mi casa y de mi persona, sería mejor que no dijeras nada.
El se pasó la mano por la cara y suspiró.
—Tienes razón, cara. No estoy siendo nada amable. La verdad es que no he tenido un buen día, pero no tienes que pagarlo tú.
Al oír su tono más suave, ella se ablandó.
—¿Tiene que ver con los negocios?
—Todo tiene que ver con los negocios —dijo, sacudiendo la cabeza—. A veces pienso que era más feliz cuando era pobre y no tenía nada —se encogió de hombros
—. Pero ahora es demasiado tarde para pensar eso; me he dado cuenta de que tenía más que nadie en el mundo y soy consciente de la gran pérdida que sufrí, pero ésa es otra historia que te resultará familiar.
—¿Qué ha ocurrido esta tarde? —dijo ella, volviendo al tema profesional, más fácil de tratar.
—Una venta se ha echado a perder.
—¿Muy importante?
—Un barco, Chloe. Tú una vez pobre ex marido ahora posee seis, y había pensado en comprar un séptimo.
—¿Barcos? —imposible ocultar la sorpresa—. ¡Por Dios, Nico! ¡Debes tener toneladas de dinero!
—Algo así… —dijo él, casi sonriendo—. Pero no son cruceros por el Mediterráneo con piscina y casino, sino barcos de carga transoceánicos que recorren el mundo entero.
—¿Y por eso vienes aquí?
—Sí. Vancouver es el mayor puerto comercial de la costa oeste de América. Mis barcos vienen aquí con regularidad a descargar mercancías de Asia, Europa y Sudamérica.
Ella tragó saliva.
—Debes estar muy orgulloso por haber conseguido todo eso en tan poco tiempo.
—¿Eso crees, verdad? Pues la verdad es que no estoy tan orgulloso y sí un poco avergonzado. Me creo un caballero, pero esta tarde me he comportado como un Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 54—100
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auténtico bruto; he perdido los nervios y he amenazado a un hombre que no es más que un intermediario.
—¿Por qué, Nico? —dijo ella, dejándose caer en un banco al lado de la ventana, molesta por lo que le acababa de decir—. Siempre estuviste obsesionado por el éxito.
Ahora lo has encontrado, pero no te basta. ¿Qué importa que no pudieras comprar otro barco?
—Es importante —le informó con objetividad—, porque ahora se desencadenará un efecto dominó. Mi agente en Vancouver ha vendido el espacio en los contenedores de ese barco que iba a tener. Ahora no podré cumplir con los compromisos que adquirí y mi reputación y la de mi compañía están en duda.
Tendré que subcontratar el trabajo a otra compañía con un coste extra sustancial.
—Y el dinero es importante para ti.
Era una declaración de principios, no una pregunta, y él se dio cuenta.
—Yo lo he hecho importante —dijo, sentándose a su lado—. Me ha conducido hasta donde estoy ahora. Por eso arriesgué todo lo que tenía en esos barcos, que no son lo más apropiado para un crucero de luna de miel, pero esto son negocios, no un romance.
—¿Y lo prefieres así?
—El matrimonio, el amor pueden exprimir a un hombre hasta sacarle la última gota de sangre, pero se puede volver contra él y dejarlo sin nada. Eso no pasa con los negocios. Ahí puedes mantener el control de tu vida sin que te robe el alma.
—¡Oh, Nico! Lo siento —susurró con voz rota tomándole la mano. ¿Cómo, tras la muerte de Luciano, se encerró en su propio dolor sin entender el de Nico? ¿Por qué no se unieron en lugar de separarse?
—No lo lamentes —dijo él, sin haberla entendido—. Lo superaré porque sólo se trata de dinero.
—¿Eso te hace feliz?
—¿Eres feliz tú con lo que tienes? —le dijo apretándole el dedo con el anillo de compromiso—. ¿Con esta cara casa, con tu trabajo? —la miró mientras intentaba atraer su mano—. ¿Con este diamante y con el hombre que te lo ha dado?
—¿Y qué ocurriría si dijera que no? —preguntó, volviendo a la tarde anterior—.
¿Qué me dirías?
Como había hecho el día anterior, él le devolvió la pregunta.
—¿Por qué me lo preguntas si eres la única que sabe eso?
—Porque tengo miedo de la respuesta —tembló ella al sentir que sus defensas se desmoronaban—. Porque, a pesar de todo, tengo miedo de estar enamorada de…
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Algo chocó contra la ventana y se quedó allí pegado, interrumpiendo su confesión.
—¡Los dibujos del arquitecto! —exclamó ella, echando a correr hacia la ventana para rescatarlos.
Estaban completamente mojados y estropeados, las líneas borrosas y desfiguradas por el agua.
—Se suponía que tenía que enseñárselos a Baron cuando volviera —dijo, mientras unas lágrimas tontas empezaban a correr por sus mejillas—. Se han echado a perder, al igual que el resto de esta boda.
—Tal vez el destino quiera decirte algo —dijo Nico, mirándola—. ¿Qué estabas a punto de decirme antes de interrumpirte?
—No me acuerdo —mintió ella.
—Yo sí. Tenía que ver con que aún estás enamorada de algo —se acercó a ella y le quitó los papeles empapados de las manos—, o de alguien…
A pesar de sus deseos, ella respondió:
—Ya sabes de qué era, y sabes de quién.
—Quiero volver a oírlo y que me mires a los ojos cuando lo digas.
Ella no pudo seguir con la farsa. Al diablo con la decencia y lo que estaba bien o mal: no podía ocultar la verdad por más tiempo.
—Sigo enamorada de ti. Tengo miedo de seguir enamorada de ti para siempre.
Ya está. ¿Era eso lo que querías?
Las palabras emergieron de su boca en un aullido de pánico y ella se preparó para su posible reacción: burla o desagrado.
Pero él no hizo ni dijo nada, y dejó que el silencio se adueñara de la situación hasta que ella se sintió avergonzada por su revelación.
—Di algo —murmuró ella—. Dime que estoy histérica o loca, no me dejes ahogarme en este vacío.
—No tengo palabras, tesoro. Lo único que puedo ofrecerte es esto.
La tomó entre sus brazos como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo, y ella se dejó porque sentía que aquello estaba bien. Por primera vez desde que reapareció en su vida, no ofreció resistencia y levantó la cara para que la besara.
Sus labios eran tiernos, cálidos, dulces, la devolvían a la vida. Sirvieron para detener el tiempo y acallar la conciencia, le dieron valor.
Fuera, la lluvia seguía cayendo a mares, pero en su interior, en su corazón, palpitaba un antiguo tatuaje. La sangre corría por sus venas y una necesidad dolorosa la consumía.
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Ayer desapareció, mañana no existía. Nada importaba más que aquel momento.
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Capítulo 7
Miércoles, 26 de agosto
Si Chloe hubiera sabido que su dama de honor, Monica, había preparado un desayuno sorpresa para la novia, no se hubiera levantado de la cama. Como no tenía ni idea, se llevó un buen susto cuando entró en la sala y su madre, su mejor amiga y su madrina, gritaron a la vez: ¡Sorpresa!
No necesitaba más sorpresas. Después de lo de la noche anterior, había tenido suficientes sorpresas durante una buena temporada y lo único que quería era encerrarse en una habitación, sin espejos, para no poder verse la culpa en la cara.
Inconscientemente, dejó que Monica la condujera hasta el sitio de honor, decorado con un montón de globos.
—No estoy vestida para una fiesta —murmuró, dándose cuenta de que era la única mal vestida de todas.
Estaba descalza y llevaba unos viejos vaqueros y una blusa blanca.
—Estás perfecta —dijo Charlotte con cariño—. ¿Verdad, Phyllis?
La madrina de Chloe sonrió:
—¡Por supuesto!
Pero Jacqueline, que acababa de llegar de la cocina de traer champán y zumo de naranja en sus mejores copas de cristal, parecía tener la sonrisa pegada a la cara, y las miradas que le dirigía a Chloe la incomodaban.
—Parece agotada. ¿A qué hora llegaste anoche, Chloe?
Debían ser las diez o las diez y media. No estaba segura.
—Esperaste a que pasara la tormenta, supongo.
—Sí, pero como era la hora de cenar, paramos a comer algo de camino a caso.
—Necesito un trago —había dicho Nico cuando por fin salieron de la casa—. Y creo que a ti también te vendrá bien.
La mirada inquisitiva de su madre no desapareció:
—¿Fue todo bien ayer por la tarde?
Chloe bajó los ojos, temerosa de que pudieran traicionarla.
—No como yo esperaba.
—¿Pero te gusta cómo está yendo?
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¿Qué si le gustaba? En absoluto. A pesar de la culpa, el recuerdo de lo que ella y Nico habían hecho la noche anterior había dejado su cuerpo palpitante por los placeres prohibidos.
—Esto no es una buena idea —había murmurado él contra su boca cuando aquel primer beso de consuelo había superado las barreras de la decencia para adentrarse en un territorio mucho más comprometido.
—Lo sé.
—Tenemos que parar ahora mientras podemos.
—Sí.
Pero él había seguido besándola y ella se aseguraba de que no dejase de hacerlo. Ella recorrió con sus dedos la abotonadura de su camisa y recordó la adorable forma de su pecho.
Podía sentir cómo su corazón latía al mismo ritmo que el de ella.
Olvidando toda cautela, le desabrochó los botones y deslizó las manos por dentro de su camisa. Volvía a descubrir el tacto de su piel, su pelo negro y la piel morena.
—Amiga —dijo Monica, levantando su copa—, que tengas un feliz matrimonio y una feliz vida.
Chloe hizo lo posible por sonreír como una novia radiante, como todo el mundo menos su madre esperaba que hiciera. Levantó su copa y se quedó mirando a través del delicado cristal.
El había levantado la cabeza:
—La mia inamorata —había susurrado con voz grave, devorándola con los ojos—.
¿Sabes lo que estás haciendo? ¿Sabes cómo acabará esto?
—No me importa —le había dicho ella.
—Pero te importará cuando te pares a reflexionar. No eres una aventurera, ya lo has dicho muchas veces estos días.
Ella le había puesto los dedos sobre los labios y había sacudido la cabeza a modo de reproche, acallando su bien intencionada advertencia. La intensidad de su mirada la había conmovido, se sentía débil, pero tan deseosa…
Sin querer había dejado caer la cabeza hacia atrás, dejando el cuello expuesto y vulnerable. Con los ojos llenos de deseo, había mirado las gotas de lluvia deslizarse por los cristales. Nico estaba haciendo lo mismo con su lengua, trazando un camino desde sus labios por su mandíbula y hasta su garganta, haciendo que se estremeciera.
Él había bajado la cabeza aún más, apartando el cuello de su blusa, intentando desabrocharle los botones con los dientes. Ella, impaciente, no le había dejado, y se la abrió ella sola, soltando también el cierre frontal de su sujetador.
Su boca bailó sobre su piel desnuda, evocando una sensación pérdida, pero nueva y aún más ansiada. Ella gimió suavemente y él respondió con otra caricia de su lengua. Aquello Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 59—100
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encendió un fuego en su interior que llegó hasta aquella recóndita zona de su cerebro que le decía que no le importaba en absoluto si aquello estaba bien o mal, porque lo único que deseaba era a él.
—¿No tienes apetito, cariño? —preguntó su madrina señalando la cantidad de comida que se amontonaba en el plato de Chloe—. Tienes que reponer fuerzas, casarse hace gastar mucha energía.
—Yo… estoy impresionada. No sabía que planeabais esto —dijo Chloe mirando la fruta fresca, los gofres belgas, el bacon, la taza de chocolate… Tomó un sorbo y dijo—. No teníais que haberos tomado tantas molestias, especialmente con todo lo que hay que hacer esta semana.
—No nos dejaste muchas opciones —dijo Monica—. No dejaste que te preparara una fiesta de despedida de soltera, pero como mejor amiga tuya y dama de honor, quería darte algo especial que recordar.
—He intentado olvidarte, Nico —había susurrado, sujetándole la cabeza contra su pecho.
—Hay cosas que merecen ser recordadas, tesoro. Tú y yo, juntos, es una de ellas —dijo antes de cerrar los labios sobre su pezón.
Giró la lengua alrededor de su punta erizada, jugó con sus dientes y lo lamió con fruición. Aquello fulminó su último ápice de autocontrol, dejó escapar un gemido y arqueó la espalda como si la hubiera sacudido un espasmo.
Con un gruñido gutural, él le acarició los pechos, la suave curva de su abdomen y las caderas.
Le quitó la blusa de los hombros y la dejó caer sobre su cintura. Después, con las manos sobre su trasero, la atrajo hacia sí, contra su poderosa erección aún confinada bajo su ropa.
Desde atrás, su mano empezó a explorar entre las piernas de ella, que se separaron ligeramente para darle libertad de movimientos. Sus dedos acariciaron la suave piel desnuda por encima de las medias y se colaron debajo de sus bragas. Allí encontró el húmedo centro de su feminidad y lo acarició lentamente, una, dos veces.
La segunda caricia envió una descarga por todo su cuerpo y hundió los dedos en los firmes músculos de sus hombros para agarrarse a él como tabla de salvación. El incrementó la presión sobre el centro y traspasó los pliegues de su carne, hundiéndose más profundamente dentro de ella.
Y no dejó de moverse contra ella, acompasando el ritmo a la desesperación de su necesidad. Ella deseaba tocarlo, tenerlo entre sus manos y devolverle el mismo exquisito tormento que él la estaba provocando.
Deseaba prolongar aquel momento, hacerlo durar toda la noche y toda su vida, pero él la estaba haciendo llegar al orgasmo y nada de lo que ella hiciera podía evitar que su excitación incrementase. Cada vez se acercaba más, amenazando con destruirla, pero ella quería que él Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 60—100
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llegara con ella, quería escuchar su gemido final de derrota y sentir el surgir cálido y urgente de su semilla. Saborear la vida en su forma más elemental.
Pillándolo por sorpresa, le bajó la cremallera del pantalón y encontró la abertura de sus boxers. Ya estaba tembloroso por la eyaculación que se avecinaba.
Con su enorme fuerza en las manos de nuevo, sintiendo su sedosa forma, lo enterró entre sus muslos y montó las sensuales olas del orgasmo, que le llegaban cada una con más fuerza que la anterior. Cuando sintió un flujo cálido en sus muslos, se dio cuenta de que no había hecho el viaje sola: Nico había sucumbido al placer al igual que ella.
—¿Más chocolate, cariño? —dijo Charlotte, con la preciosa chocolatera de porcelana entre las manos—. Tal vez prefieras algo fresco, se te ve acalorada.
—Sí, mejor un vaso de agua. Con mucho hielo —dijo Chloe, usando su servilleta para abanicarse.
—Si has acabado de comer, podemos pasar a la parte divertida —dijo Monica, acercando un carrito repleto de regalos.
—Realmente esto es demasiado —protestó ella—. El desayuno era más que suficiente.
—El desayuno sólo ha sido la introducción. Esto es el plato fuerte.
«Esto» resultó ser un montón de elementos de lencería colocados entre capas de papel de seda: un salto de cama color melocotón acabado con suaves plumas, un camisón muy sexy, medias a juego con sus zapatos de novia, braguitas de satén y encaje con lacitos azules. Lo más extravagante y ridículo de todo era un corsé sin tirantes tejido con cintas y cubierto con encaje finísimo.
—Necesitarás unos dedos finos para ponértelo —dijo Phyllis, mirando la larga fila de corchetes que le recorría la espalda.
—Esa es mi parte —dijo Monica—. Vamos a hacer una prueba de vestuario para no ir con prisas el gran día. Pero tendremos que esperar, porque tenemos algo de lo que ocuparnos primero.
Incapaz de contener la angustia, Chloe dijo:
—¡Oh, no! Más sorpresas, no, por favor.
—Intenta comportarte como la novia encandilada y sonrojada que se supone que eres, en lugar de como un preso a punto de recibir una inyección letal —la regañó Monica—. Aunque la verdad es que has estado muy sonrojada toda la mañana. Si no te conociera bien, diría que te sientes culpable por algo.
—Y me siento culpable —dijo Chloe, buscando una excusa—. Tienes un marido y dos niños de los que cuidar. No deberías estar aquí, mimándome.
—Tu madre y tu abuela lo han hecho casi todo. Yo sólo les dije lo que hacer —
dijo Monica, abrazándola con cariño—. No hace falta que pongas esa cara de Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 61—100
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preocupación. No va a ocurrir nada terrible. Simplemente decidimos que buscaríamos las cosas viejas, las cosas nuevas y las prestadas hoy, en lugar del sábado —sacó una bolsita de regalo con flores—. Esta es mi cosa nueva para ti.
El corazón de Chloe palpitó como un pajarillo herido en su pecho cuando vio el pasador para el pelo de oro con sus nuevas iniciales grabadas. Incluso cuando estuvo casada con Nico, sus iniciales no cambiaron: C.A.M. Había algo raro en aquellas C.A.P. Suponía una ruptura definitiva con el pasado.
—Supongo que ya sabrás qué es lo prestado —dijo su madre colocándole un joyero en el regazo—. El collar y los pendientes de perlas y diamantes de la abuela Matheson. Quedarán muy bien con tu vestido.
—Y aquí tienes la liga azul —dijo Phyllis, haciéndola girar sobre su dedo—.
Póntela debajo de la rodilla, cariño, por si a Baron se le ocurre quitártela con los dientes.
«¡No, por Dios!», pensó Chloe, recordando la cantidad de cosas que podía hacer Nico con los dientes. Pensar en otro hombre tomándose esas libertades le hacía echarse a temblar.
—No he envuelto el mío porque lo hemos usado —dijo Charlotte, sentándose al lado de su nieta—. Yo soy la «parte vieja». Quiero regalarte mi juego de café de porcelana. Sé que siempre te ha gustado mucho y había pensado regalártelo cuando tú y Nico… —se detuvo apretó los labios como si estuviera esforzándose para contener el llanto—. Bueno, ésa es otra historia y he aprendido que no sirve de nada aplazar las cosas puesto que la oportunidad de dar placer a una persona que quieres puede que no se presente nunca. Así que espero que disfrutes mi regalo con buena salud y felicidad, cariño. Piensa en mí cuando lo uses.
Chloe abrió la boca para felicitar a su abuela, pero en su lugar se echó a llorar.
—¡Oh, genial! —dijo Monica—. Desde luego, sabes cómo hacer que una fiesta sea todo un éxito.
—Lo siento —dijo ella entre sollozos—. Perdonadme, pero todo esto es…
demasiado.
Porque la persona a la que debería pedir perdón era a Baron.
—Son los nervios previos a la boda —diagnosticó Phyllis—. Lo he visto muchas veces. El día de la boda todo irá bien, cariño. Cuando mires a Baron te olvidarás del significado de las palabras «novia nerviosa».
—Exacto —dijo Jacqueline, con un descorazonador buen humor, como si las dudas que tenía el día anterior se hubieran disipado por completo—. Sécate las lágrimas y abriré otra botella de champán. Creo que nos vendrá bien a todas.
Limpiándose la cara con la servilleta, Chloe se levantó.
—Déjame a mí. Así haré algo y no me sentiré como una idiota.
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Pero su madre ya estaba en la cocina cuando Chloe la alcanzó.
—Vuelve a la fiesta, Chloe —dijo ella, sacando otra botella de la nevera—.
Puedo apañármelas sola.
—No me voy a marchar —dijo Chloe, a secas—, hasta que me aclares algo que me tiene totalmente confundida.
—Dispara —dijo Jacqueline, concentrada en quitar el papel dorado del tapón de la botella.
—¿Por qué sigues adelante con todo esto cuando tú más que nadie has intentado disuadirme de que me case con Baron?
—Tú has insistido en casarte, así que te estoy tomando la palabra. Sabes lo que estás haciendo, ¿verdad?
—¿Qué he hecho? —había dicho cuando todo hubo acabado y se hubieron arreglado la ropa.
Nico, al lado de la ventana, con las manos en los bolsillos, la miró fijamente.
—¿Quieres que te lo deletree, cara? Acabamos de hacer el amor. Sé que hace mucho que no lo hacías, pero seguro que no se te ha olvidado lo que es.
—No, no hemos ido tan lejos —protestó ella, intentando justificarse.
—¿Por que no estaba dentro de ti cuando eyaculé? —dijo, con desprecio—. Eso es un tecnicismo, y me niego a dejar que te escondas tras él.
—Pero no le he sido infiel del todo a Baron.
Pero Nico no pensaba dejarla salirse con la suya.
—Claro que sí; en tus pensamientos —dijo, implacable—. Y en tu corazón también, si decías la verdad cuando admitiste que estabas enamorada de mí. Una mujer que le dice eso a otro hombre que no sea su prometido, es culpable de infidelidad, da igual cómo se justifique.
Incapaz de tenerse en pie, se agarró a la encimera de la cocina.
—¿Y qué hago ahora?
—Esa decisión no la tengo que tomar yo, Chloe.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —gritó ella, desesperada—. No he visto que hayas reculado con tanta rapidez hace unos minutos, así que no entiendo estas reticencias.
¿Dices que te lavas las manos después de haber tenido tu momento de placer diario?
La expresión de su cara se transformó reflejando un profundo disgusto. Su boca, la misma que la había seducido unos minutos antes, se contraía de rabia y sus ojos habían perdido la pasión y brillaban furiosos.
—Si lo único que buscase fuera placer, otras mujeres podrían proporcionármelo a un precio mucho más bajo del que tú me vas a pedir, sospecho.
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Nunca antes le había hablado con tanta crueldad, pero la verdad era que había cambiado mucho desde que se divorciaron. El era más duro, más brutal y menos compasivo.
Gracias a eso había tenido éxito en sus negociaciones, incapaz de comprometerse, despreocupado cuando dejaba sus oponentes aplastados.
—Si lo que sugieres es que te voy a acusar de ser culpable de lo que acabamos de hacer, quédate tranquilo, Nico —dijo ella, recomponiendo las briznas de orgullo que le quedaban—.
Nuestro secreto estará seguro conmigo ya que estaría avergonzada de contárselo hasta a un cura.
—¿Crees que mantenerlo en silencio hará que se te perdone? —se rió—. Entonces pobre del hombre que se casará contigo el sábado. Y también me das lástima tú, Chloe. Creía que eras más seria y más decente de lo que me estás demostrando.
Su desprecio la hirió.
—Es fácil decir eso de algo que no se entiende, Nico, y tú nunca me has entendido.
Nunca has entendido que no tengo tu fuerza ni tu coraje.
—¿Y crees que admitir tu debilidad te justifica por ser desleal a un hombre como Baron?
Ella apartó la mirada, incapaz de mirar la absoluta falta de respeto que veía en sus ojos.
—Tú tampoco pareces muy dispuesto a contarle todo lo que ha ocurrido en cuanto se ha dado la vuelta.
—Yo no me voy a casar con él. Ni tengo una prometida esperándome en casa. Soy libre de hacer lo que me apetezca con quien quiera. Y tú te has entregado a mí libremente, cara mia.
El le dirigió el apelativo cariñoso como un insulto. Avergonzada, ella respondió.
—Ya lo sé.
—¿Y sabes también lo que te espera la noche de bodas? ¿Has pensado cómo te sentirás cuando tu marido se acueste a tu lado y ejerza su derecho conyugal? ¿Cuándo te apartes de él porque no es el hombre que realmente deseas?
—¡Baron no me obligará nunca a hacer algo que no quiero hacer!
—Tal vez no, pero será más que humano si no espera que cooperes cuando finalmente te tenga bajo las sábanas.
—Eres un cerdo, Nico Moretti. Siempre lo reduces todo al nivel de… de…
—¿De qué? —estalló él—. ¿De un trabajador italiano que creció en un apartamento pequeño encima de una panadería y que tenía que habérselo pensado antes de poner sus sucias manazas sobre la rica princesita canadiense?
Ella se mordió el labio inferior tan fuerte que lo hizo sangrar, pero eso no detuvo el temblor que se apoderó de su barbilla.
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—¡No te atrevas a llamarme snob! ¡Te quería por lo que eras, no por lo que tenías!
Hubiera vivido contigo en una cueva y me hubiera considerado afortunada por ser tu mujer.
—Hasta que cometiera el error terrible de no ser Dios y no poder evitarte la tragedia —
gritó él—. No tardaste mucho en darme la patada. Muchas gracias, Chloe.
—No te dejé por eso —lanzó ella.
—No me digas que fue por otro hombre, por Baron… No sé si seré capaz de soportar la ironía, dado lo ocurrido esta tarde.
—¿Cómo te atreves a decir eso? Te di todo lo que tenía, a nuestro matrimonio, a nuestro hijo. ¡Todo! Cuando lo perdí se abrió una herida en mi interior que nunca se cerraría y ya no me quedaba nada que ofrecerte. No podía ayudarte a ti ni ayudarme a mí misma. No servía para nada —la furia que alimentaba sus palabras se transformó en desesperación—. El divorcio no tenía nada que ver con mi amor por ti. Era por el vacío en mi interior, no tenía nada que darte, Nico.
—Tampoco tienes nada que darle a Baron —dijo él, sin piedad—. Me da mucha pena, siempre intentando complacerte en todo. Acabará dominado por su mujer, igual que su padre.
—¿Dominado? —exclamó ella—. ¿Estás acusándome de ser como la señora Prescott?
El se encogió de hombros.
—Dicen que los hombres se casan con mujeres que les recuerdan a sus madres.
Sospecho que en el caso de Baron, algo tiene que ver.
—¡Bastardo!—dijo, lanzándose sobre él.
El la detuvo con facilidad plantándole una mano en medio del pecho. Esta vez no hubo nada de seductor en el movimiento, nada de placer. Los dos eran el centro de una imagen de desilusión y recriminaciones.
Por fin, cuando ella se calmó, él bajó la mano y dijo:
—Ya está bien. Esto no sirve de nada.
—No —dijo ella, dándole la espalda avergonzada—. En absoluto.
Hasta entonces no se había dado cuenta de que la lluvia había cesado y había dejado paso a las nubes que dejaban ver un asomo de luz de luna.
—Dio —dijo Nico en voz baja—. ¿Cómo hemos llegado al punto de lanzarnos estos reproches? ¿Cómo dos personas que un día estuvieron tan cercanas se pueden encontrar tan alejadas que no pueden salvar la distancia entre ellas?
—No lo sé —dijo ella, sollozando por lo que se daba cuenta de que había perdido—.
Ojalá las cosas hubieran acabado de otro modo. Ahora no estaríamos aquí, no me odiarías tanto y yo no cargaría con esta culpa que me está matando.
—No siempre fue tan malo. Hubo momentos buenos, antes de que se acabara todo.
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—Sí —dijo ella, recordando con una mezcla de placer y dolor aquellos años encantadores.
Se dijo a sí misma que tenía que recordarlo, lo bueno y lo malo, para poder avanzar.
Pero la memoria era selectiva y eligió quedarse sólo son las palabras de amor susurradas al oído, con los cuerpos entrelazados, el profundo silencio de comprensión, de amor, y la fe ciega en el futuro.
Ella dejó escapar un suspiro.
—Ojalá pudiéramos volver atrás en el tiempo y recuperar lo que tuvimos entonces.
—Pero no podemos. Sólo podemos ir hacia delante —le soltó él, levantándose el puño de la camisa para mirar la hora—. Y hablando de tiempo, son casi las ocho. Deberíamos volver a casa de tu madre. ¿Paramos a cenar en algún sitio primero?
—Si quieres, sí —dijo ella, agarrándose a la oportunidad de estar con él un rato más, puesto que era lo máximo que él podía ofrecerle.
Pronto tendría que enfrentarse al hecho de que, cuando le confesó que aún lo amaba, comprometió todo el futuro que había planeado. Cualquier esperanza de tener una vida en común con Baron quedó reducida a cenizas.
¿Y la respuesta de Nico ante su confesión de amor? «No tengo palabras».
Aunque lo había oído, no había querido entender lo que había dicho; lo que significaba aquello era que no podía corresponder a sus sentimientos. Tal vez aún la encontrase deseable como para perder el control sexual, pero no para decirle que él seguía queriéndola también.
El había acabado con la paz que ella había creído conseguir en los años posteriores a su divorcio, y la había dejado sin nada. La había convencido de que casarse con Baron sería un terrible error, pero una vez hecho el trabajo, estaba dispuesto a marcharse y dejarla apañárselas con las consecuencias.
—Te está costando encontrar la respuesta —dijo su madre, envolviendo la botella de champán en un trapo de cocina blanco—. ¿Estás segura de lo que estás haciendo?
Chloe se encogió de hombros, derrotada, dispuesta a confesar la oscura verdad y suplicarle a su madre que la ayudase, cuando la puerta de la cocina se abrió y apareció Baron.
—Charlotte me dijo que estabas aquí —dijo, abrazándola—. ¿Cómo estás, Chloe?
—Sorprendida —dijo ella, horrorizada de lo que podía haber oído si hubiera llegado un momento después—. No te esperaba hasta esta tarde.
—Volvimos antes porque el tiempo no acompañaba —la besó detrás de la oreja
—. Anoche, de hecho.
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—Tenías que habérmelo dicho.
—Lo hubiera hecho, se hizo tarde. Llevé a mis padres a ver la casa en la que viviremos y después fuimos a cenar.
Ella se quedó helada.
—¿Fuisteis a la casa?
—Sí.
Sin saber las posibles consecuencias de aquella declaración, Jacqueline dijo:
—Y has llegado a tiempo para unirte a la fiesta, Baron. ¿Te apetece una copa de champán?
—Claro —dijo, después de dudar un momento—. Un hombre no se casa todos los días. Vamos a celebrarlo.
Pero Chloe, aún sin rehacerse de la alarmante noticia, siguió:
—¿A qué hora? ¿A qué hora pasasteis por la casa?
—No lo sé exactamente. Debían ser las ocho o las ocho y media —se encogió de hombros—. No lo tengo claro, la verdad.
—Parece que ayer nadie sabía qué hora era. Raro, ¿verdad?
Chloe le lanzó una mirada asesina. Baron no se dio cuenta.
—Lo raro es que la mitad de las luces estaban encendidas, Chloe.
—Olvidé que no las había apagado —dijo ella, sintiéndose culpable al pensar en lo que le había distraído—. La tormenta hizo que nos quedáramos sin electricidad.
—Eso nos dijeron en el hotel —entonces levantó las cejas, sorprendido—. Pero eso pasó sobre las siete. ¿Qué hacías allí todavía?
La boca se le secó y se quedó sin aire en los pulmones.
—Nosotros… yo, bueno… —tosió ligeramente para ocultar la vergüenza que sentía.
—Yo la llevé allí —dijo su madre, acudiendo al rescate—, pero después tuve un problema con el coche y no pude ir a recogerla hasta mucho más tarde.
Una respuesta completamente cierta y llena de mentiras a la vez, pensó Chloe.
¿Cómo acabaría aquello?
—Oh —dijo Baron, comprensivo—. Siento no haber estado para echar una mano.
«No lo sientes tanto como yo —le dijo ella en silencio—. Si hubieras estado, tal vez aún pudiera mirarte a los ojos sin apartar la vista».
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Capítulo 8
Jueves, 27 de agosto
Jacqueline llamó a su puerta a las 7 de la mañana.
—¿Sabes qué día es hoy, Nico? —preguntó cuando él salió a abrir.
—Sí. Lo sé perfectamente —dijo, yendo hacia la cocina, dejando que ella lo siguiera si así lo deseaba.
Ella lo siguió.
—¿Entonces eres consciente de que nos estamos quedando sin tiempo? ¿Qué si no ocurre algo en las próximas cuarenta y ocho horas, será demasiado tarde para evitar el desastre?
El no replicó y siguió preparándose el desayuno hasta que ella se plantó delante de él.
—¡Escúchame! Lo he intentado todo con Chloe: razonar, ser sarcástica, persuadirla… Por último decidí probar la psicología inversa y hacer como si esa boda fuera la mejor idea desde que se inventó la rueda. Pero nada ha funcionado, y me he quedado sin ideas. Nico, ahora te toca a ti.
El suspiró y volvió la cabeza para evitar su mirada acusadora.
—He hecho suficiente, Jacqueline —le dijo, sirviéndose el café—. Lo que no puedo es seguir convirtiendo la vida de Chloe en un infierno. He intentado que abriera los ojos y viera la verdad de lo que está haciendo, y creo que está convencida de que casarse con Baron Prescott ya no es posible y su única opción es cancelar la boda. Pero no puedo tomar esa decisión por ella.
—Podrías, si le ofrecieras una alternativa.
—Perdona que me corrija: no tomaré la decisión por ella. No seré la razón por la que ella no se case. Eso es algo que sólo ella puede decidir.
—¡Pero lo está pasando mal! Es evidente.
—No lo está pasando lo suficientemente mal. Si así fuera, haría algo para evitarlo.
—¿Y si no tiene la fuerza necesaria para hacerlo?
—Entonces tendrá que vivir con las consecuencias.
—Tal vez tú puedas asumir eso sin problemas, pero yo soy su madre y no puedo —dijo Jacqueline, aceptando la taza de café que él le pasó—. Es mi única hija y ya ha sufrido bastantes estos años. No puedo soportar verla dirigirse de cabeza a más infelicidad porque cree que es lo único que se merece.
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Al ver la angustia en su rostro, Nico le apretó un brazo para consolarla.
—Sí, eres su madre. Pero sabes muy bien que no puedes protegerla eternamente del dolor. Chloe es una mujer adulta, inteligente y educada. Sabe muy bien el dolor que puede producir un matrimonio desgraciado, y no sólo por experiencia propia, sino porque lo ve en su trabajo. Si a pesar de todo eso desea seguir adelante, no hay nada que tú o yo podamos hacer. Ya hemos interferido bastante, más de lo que debíamos, de hecho.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Cuando el martes dieron las nueve y vi que no habíais llegado, pensé que se quedaría contigo toda la noche. Eso hubiera sido suficiente, Nico: si hubierais hecho el amor esa noche, ella hubiera cancelado la boda. Pero, desde luego, no hubieras dejado que las cosas fueran tan lejos sin declararte primero.
El no pudo mirarla a la cara. Aquella mujer lo recibía en su casa como a un hijo.
No merecía su afecto ni su confianza.
De hecho, no podía mirarse a sí mismo. Había estado con Chloe porque no quería dejarla marchar. Porque seguía queriéndola, o eso se había dicho a sí mismo.
¿Pero por qué su amor le producía dolor y llanto? ¿Qué derecho tenía a volver a su vida y ponerla patas arriba de nuevo?
¿Era amor de verdad o sólo quería castigarla? ¿Era porque no podía soportar la idea de verla en brazos de otro hombre? ¿Era por eso por lo que no había querido decirle lo que ella ansiaba oír, el «te quiero» que la hubiera liberado para estar con él de nuevo?
¿O tenía más que ver con sus propios miedos? No le gustaba pensar en sí mismo como en un cobarde, pero tal vez temiera que ella sólo se volvía hacia él para utilizarlo como excusa para escapar de su compromiso.
Eso no le ofrecía ninguna garantía de que ella quisiera estar con él una vez pasara todo. Ella le había dicho que lo quería, pero ¿qué significaba eso? Lo había querido antes y eso no le había impedido abandonarlo.
Jacqueline tomó un sorbo de café con expresión sombría.
—De verdad no sé cómo voy a soportar esta boda, Nico —le confesó.
—Aún hay una oportunidad de que ella vuelva a la sensatez antes de entonces
—dijo, deseando creer lo que decía. Su suegra no era la única que estaba angustiada, él también se estaba enfrentando a un infierno, la diferencia era que sabía ocultarlo mejor.
—¿Eso crees? —dijo, un rayo de esperanza iluminó su cara.
—Sé que es una mujer sensata, y moralmente entera como para comprometerse a algo tan serio sin desearlo realmente. Ella no pasará por el altar sin estar verdaderamente convencida con todo su corazón.
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—Rezaré por que así sea.
¡Y no era la única! Nico ya había pasado una buena parte de las últimas veinticuatro horas negociando con Dios.
—Aún hay tiempo, Jacqueline. La esperanza es lo último que se pierde.
—Supongo que tienes razón —dijo, abrazándolo—. Pero me sentiría mucho mejor si no te hubieras retirado de la lucha.
—Déjame decirlo de otro modo —explicó él—. Si Chloe decide que es a mí a quien quiere, sabe dónde encontrarme. Mi puerta estará abierta, pero no puedo obligarla a cruzar el umbral.
La oleada de parientes de fuera de la ciudad que empezó a llegar el miércoles por la mañana continuó hasta bien entrado el día siguiente y convirtió la casa en una fiesta.
Chloe, cada vez más atrapada por el remolino, se veía incapaz de luchar contra la corriente.
Ella era la novia, el centro de atención y la razón de todo aquel alboroto. Pero afectada por una parálisis emocional, cedió el papel de invitada de honor por el de mero espectador silencioso y desangelado como un retrato al óleo.
Cuando todo el mundo subió a vestirse para la cena el jueves, ella no había resuelto aún uno solo de sus dilemas. Baron seguía pensando que se iba a casar con ella dos días más tarde y su madre, que no dejaba pasar una oportunidad para mostrar su justificada desaprobación de la novia, creía que iba a ser la anfitriona de la cena la noche siguiente.
Jacqueline continuaba comportándose como si nunca hubiera puesto en duda la decisión de su hija, saludando a cada nuevo invitado que llegaba a la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.
Sólo Charlotte parecía darse cuenta de que su nieta no estaba bien, pero era demasiado discreta como para decirlo abiertamente. Desde luego, ella se hubiera visto más fuerte para dar el paso si Nico hubiera estado cerca de ella, pero no lo había visto desde el martes por la noche. Una vez destruidas las esperanzas de Chloe de arreglar las cosas con Baron, había desaparecido y sólo las luces en la casita del jardín denotaban su presencia allí.
—Mañana seremos muchos para cenar, así que he reservado un comedor privado en el hotel —anunció Jacqueline a los huéspedes que tomaban el cóctel en el patio—. Sólo está a diez minutos andando de aquí.
—¿El novio y su familia vendrán también? —preguntó un primo lejano.
—Por supuesto —dijo ella, lanzándole a Chloe una de sus interminables sonrisas—. Baron y Chloe no soportan estar separados. Están deseando que llegue el día de la boda, ¿verdad, cariño?
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Chloe temió que su sonrisa de respuesta se pareciera más al rictus de una mujer torturada.
Aquel hotel, famoso por su cocina y su hospitalidad a la europea, estaba situado en un precioso paraje natural. La sala tenía unas vistas espectaculares a un lago artificial en el que nadaban unos cisnes negros entre los nenúfares. Incluso la inconformista madre del novio estaba impresionada.
—No sé por qué no quisiste celebrar aquí la boda —dijo detrás de su pato a la naranja—. Es encantador, y mucho mejor equipado para una celebración tan multitudinaria.
—Mi novia quería casarse en su casa —dijo Baron, acercando su silla aún más a la de Chloe.
—¿Y tus deseos, Baron? ¿Cuentan para algo?
—Lo que Chloe desee, está bien para mí, madre —dijo él—. Lo único que quiero es que nos casemos.
Chloe, con un nudo en el estómago, pensó que Baron se merecía mucho más de lo que creía que iba a conseguir.
Su cara debió haber reflejado algo de la guerra que se estaba librando en su interior, porque él la miró con ojos comprensivos y amorosos.
—Cariño, ¿va todo bien?
Era la oportunidad para contárselo todo, para decirle la verdad, pero aquél no era el momento.
—Necesito hablar a solas contigo un segundo —dijo ella, consciente de que su madre se sentaba lo suficientemente cerca como para oírlo todo—. No hemos pasado un instante a solas desde hace siglos, y hay algo que tengo que contarte.
—La semana que viene —dijo él, apretándole la mano—. Entonces tendremos todo el tiempo del mundo; estaremos sólo nosotros, la luz de la luna y la brisa del trópico.
—No —dijo ella con urgencia—. No puedo esperar tanto, Baron.
La señora Prescott hizo un ruido de descontento, como si estuviera por encima de todo.
—Típico de los jóvenes de hoy en día —proclamó moviendo un dedo en el aire
—. No saben lo que significa el autocontrol. Lo quieren todo aquí y ahora.
Chloe apenas pudo contenerse de no morder aquel dedo gordo hasta el hueso.
—¡No presuma de decirme lo que quiero, señora Prescott! —le dijo, a cada segundo más acalorada—. No me conoce lo suficiente como para tener ni idea de eso.
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Aunque la mayoría de la gente sentada a la mesa no se dio cuenta de que la novia y la madre del novio se habían lanzado al ring, por el silencio que se hizo entre los que estaban sentados más cerca de ellos, se hizo evidente que Baron no fue el único impresionado por la escena.
Charlotte miraba fijamente su plato, Phyllis estuvo a punto de atragantarse con el vino y Jacqueline se quedó con la boca abierta por el shock. La única persona a la que no afectó la exclamación de Chloe fue al señor Prescott, que siguió comiendo tranquilamente el filete que tenía delante.
—Tal vez no —dijo su mujer—, pero conozco a mi hijo y él no suele entregarse a los extraños impulsos por los que sueles conducirte, Chloe. No sólo me refiero a lo que ha pasado aquí y ahora, sino a la tarde que la encontramos retozando en la piscina con su ex marido. Aunque Baron encuentre ese comportamiento extrañamente encantador por ahora, pronto se cansará de ello, me atrevo a decir.
—Basta ya —Baron, normalmente tan sereno, habló con la autoridad de un teniente coronel—. Pídele disculpas a Chloe por ese comentario, madre.
—No —más avergonzada de lo que había estado en toda su vida, Chloe le colocó una mano sobre el brazo y se volvió a su madre—. Yo soy la que debe disculparse, señora Prescott —por su voz se notaba que estaba haciendo un esfuerzo monumental para controlarse—. Temo que no soy yo misma esta noche. No lo he sido desde hace un tiempo. Por favor, discúlpeme.
La señora Prescott dudó un segundo antes de inclinar la cabeza en respuesta.
—Claro. Yo también lo siento. Creo que las novias no son las únicas afectadas por las bodas, sino también las madres cuyos hijos van a dar un paso tan grande en sus vidas.
—No tiene por qué ser así Myrna —dijo el padre de Baron—. Es cuestión de cómo se mire.
Ignorándolo, se volvió hacia Chloe, con un inesperado brillo de compasión en los ojos.
—Los hombres no entienden nada —dijo ella en voz baja, como si fueran las dos únicas personas en la sala—. Lo ven todo de modo superficial, sin pensar lo que hay debajo. Tal vez podamos engañarnos al principio, pero tenemos que enfrentarnos a la verdad tarde o temprano, independientemente del dolor que pueda causarnos.
Chloe la miró a los ojos.
—Sí, así es.
—Vuelvo a pedirte disculpas por mi comportamiento. Si tú y Baron tenéis cosas de las que hablar cuando acabe la cena, su padre y yo pediremos un taxi para que nos lleve a nuestro hotel.
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—Gracias —después miró a Baron—. ¿Podemos hacer eso?
—No —dijo él sencillamente, a pesar de su sonrisa tranquila.
Sorprendida por su negativa, ella insistió.
—Pero es importante, Baron.
—Estoy seguro de que lo que tienes que contarme puede esperar unas pocas horas.
—No puede esperar. No lo entiendes…
—Sí lo entiendo, Chloe. Todos estos preparativos te han dejado agotada.
Necesitas descansar, cariño, y después de dormir toda la noche, lo que sea que te preocupa tanto, no parecerá tan importante.
El hablaba con tanta dulzura, la miraba con tanta pena como si supiera que sus esperanzas de tener un final feliz se reducían a cada minuto que pasaba. A ella se le rompía el corazón al pensar en cómo podría superar el abandonarlo entonces. Tal vez, si ponía mucho empeño, podía aprender a que fuera él su tentación de cada noche y el objeto de su deseo.
El no dejaba de mirarla, como si quisiera retener su imagen en la memoria para siempre.
—Por favor, no me mires con tanta angustia —murmuró él—. Te prometo que todo irá bien y que, sea lo que sea, lo que te tiene así, lo solucionaremos.
Ella deseaba creerlo. Nunca había deseado algo tanto en toda su vida…, excepto a Nico. ¡Dios! ¿Cómo podía portarse tan mal con él?
Cuando salieron del hotel, los invitados de la casa, que lo habían pasado bien en la cena, no tenían ganas de irse a la cama pronto. Corrió el vino y las salas del piso de abajo se llenaron de música y baile. Chloe era la única que estaba fuera de la diversión.
—¡Vamos, Chloe! —gritó alguien—. Diviértete mientras puedas.
Todos querían que fuera feliz, y a ella le dolía mirarlos. Era incapaz de responder a sus sonrisas.
Tal vez Baron había hecho bien en negarse a hablar con ella aquella noche.
Aunque podía dar aspecto de ser una persona tranquila, ella se sentía como un animal salvaje, acorralado, corriendo a ciegas sin dirección concreta, buscando una vía de escape, sin éxito. En su caso, ella se había metido solita en la jaula, pero no por ello tenía derecho a herir a los demás. De un modo u otro, tenía que resolver el problema y acabar con la tensión que amenazaba con parirla en dos.
Como no deseaba estropear la fiesta mostrando sus sentimientos abiertamente, eligió el momento en que todo el mundo estaba viendo los regalos de boda para Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 73—100
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musitar la excusa de que necesitaba un poco de aire fresco y salir al jardín por la puerta corredera.
Una vez fuera, dejó sus pensamientos correr libremente por su mente uno tras otro, como una secuencia lógica, las cuentas de un collar enfiladas en el mismo hilo conductor: el amor.
Sabía que éste no era algo fácil ni voluntario, no desaparecía a voluntad, y a pesar de todos sus esfuerzos, seguía amando a Nico. Siempre lo había amado. ¿Cómo podía evitarlo, siendo el padre de su hijo?
Pero eso no evitaba que quisiera a Baron también. No del mismo modo que a Nico, quizá, pues nada podía igualar aquella intensidad ciega y juvenil, pero sí de forma sincera. La idea de hacerle daño la ponía enferma. Era un buen hombre que al principio había sido compañero de trabajo, después un buen amigo al que poco a poco empezó a considerar románticamente.
Ella admiraba en él su sinceridad e integridad, su buen temperamento, y aunque no sentía el ardor de la pasión a su lado, llevar su anillo la había enorgullecido. Era, después de todo, un hombre de pasiones contenidas, por eso era tan buen abogado.
Pero podían tener una buena vida sexual. No tan arrolladora como la que había compartido con Nico, pero Baron sería un amante tierno y considerado. No habría momentos de gozo infinito como los que había disfrutado, pero tampoco los abismos de dolor a los que había descendido.
Ella había pensado que le bastaba con saber que no se volvería a ver sumida en tal océano de dolor sólo con mirar a la cara a su marido, por el parecido de éste con el del hijo que había perdido.
Todas aquellas razones que la habían acercado a Baron al principio, seguían siendo válidas, pero desde la llegada de Nico, habían perdido valor.
Intentó imaginarse sin él a su lado y no pudo, sabía que su ausencia dejaría un vacío muy grande en su corazón, pero el tormento que le producía el deseo por otro hombre era difícil de resistir.
¡Si Nico pudiera desaparecer para siempre! ¡Si pudiera volver atrás en el tiempo y evitar la escena en su casa! ¡Si pudiera borrar el sentimiento de culpa!
Si pudiera dejar de amarlo…
Las lágrimas empezaron a aflorar en sus ojos. Tapándose los oídos, como para amordazar las voces que resonaban en su cabeza, echó a correr por el camino de ladrillos, hacia la verja de la rosaleda. Un enorme lib a un lado del jardín tapaba la vista del interior de éste desde la casa.
Abrió la verja y caminó hasta el final del jardín, cerca de la casita, hasta el punto desde el que se divisaba mejor el océano.
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No supo cuánto tiempo pasó allí, con el pecho dolorido por la angustia y las mejillas húmedas por las lágrimas. En un momento dado, oyó pasos que se dirigían hacia ella.
Inmediatamente supo que era Nico, porque cada poro de su piel respondía a su presencia. El aire crujía por la electricidad entre los dos cuerpos.
Se obligó a sí misma a no darse la vuelta.
Unas manos fuertes y masculinas se cerraron sobre sus hombros. Una voz pronunció su nombre: las manos y la voz de Nico, que le traían recuerdos de la suave y cálida brisa de Verona sobre su cuerpo desnudo, de la luz de la luna reflejada en la piel de Nico, de las palabras de amor que salían de sus labios.
Chloe cerró los ojos con tanta fuerza que le dolió. Entonces sintió el tacto de aquellos labios detrás de su oreja, que fueron deslizándose por su cuello y por sus hombros. Sus pestañas le hacían cosquillas sobre la piel.
« ¡No lo dejes…!»
Aunque su piel ardía cuando él la tocaba, aunque cada nervio de su cuerpo reaccionaba de deseo y placer, no podía demostrarlo.
Baron era la mejor opción, el hombre que le ofrecía la constancia que ella necesitaba. Era él quien tenía que estarla seduciendo en ese momento.
Pero eran las palmas de las manos de Nico las que bajaban por sus brazos hasta entrelazar los dedos con los suyos, era Nico el que le susurraba suaves palabras en italiano al oído.
«¡No lo escuches! ¡No te des la vuelta!»
Pero su cuerpo era incapaz de escuchar la vocecilla de su cerebro y respondió sin importarle nada más a la tentación de sus caricias girándose para ponerse frente a él: cara a cara, pecho contra pecho, cadera contra cadera. El era el único hombre del mundo al que nunca se había podido negar.
—¡Qué estás haciendo aquí sola tan tarde? —preguntó con voz susurrante como una leve brisa.
—No tengo ningún sitio más al que ir —replicó ella, desgarrada.
Sin decir nada más, él la levantó en brazos y la llevó hasta la casita. Un enorme magnolio y el lib impedían que los vieran desde la casa. Ella sólo podía oír el ruido de las olas y el batir de su corazón.
Era incapaz de razonar, de saber si aquello estaba bien o mal, lo único que sabía era que le pertenecía.
Una vez dentro, él no se molestó en ofrecerle una copa o en intentar charlar: cerró la puerta con el pie y subió las escaleras que llevaban hasta la habitación.
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A través de las ventanas abiertas se veía un cielo cubierto de estrellas y la luna arrojando su luz sobre aquella perfumada noche de verano. Con eso le bastaba para ver la curva apasionada de los labios de Nico, el subir y bajar agitado de su pecho y cómo la miraba.
Nico le rodeó la cintura con las manos y se inclinó sobre ella, tentándola y atormentándola. Ella levantó la cara, en muda súplica para ser besada, pero él continuó jugando con ella, rozándola pero sin tocarla del todo.
Después de lo que le pareció una eternidad, él la besó suavemente, como una mariposa que no ha decidido en qué flor posarse, como una promesa ardiente de lo que estaba por venir más tarde: la boca abierta sobre la suya, cálida y húmeda sobre sus labios cerrados, que continuó su tortura al retirarse rápidamente. Ella miró.
—Espero que sepas lo que estás haciendo, Chloe —le dijo por fin con voz grave
—. Espero que esta vez estés segura de que me deseas a mí y que después no habrá reproches.
Ella suspiró, le tomó la cara entre las manos haciendo que la mirara a los ojos y le dijo:
—Estoy segura.
Era como si hubiera estado esperando el permiso que pareció oír en sus palabras, tal vez lo sintiera en la urgencia con que ella se apretaba contra él. Se acabaron las exploraciones.
Con un gruñido de satisfacción, él bajó la cremallera del vestido y la hizo andar hacia atrás hasta que cayó sobre la cama, con él encima de ella.
Ella, llevada por su propia necesidad, le desabrochó los botones de la camisa y llevó su boca, ansiosa, hasta sus hombros, deslizó la mano por debajo de su pantalón hasta que encontró su firme trasero.
—Te quiero desnuda —murmuró él, febril—. Quiero sentir tu piel bajo la mía.
Y así fue. La ropa cayó inerte a un lado de la cama.
Durante un breve lapso de tiempo, se saborearon uno al otro con la mirada, recordando los rasgos físicos que tan bien habían conocido hacía un tiempo.
¿Cómo iba ella a olvidar el pequeño saliente de su clavícula, producto de un golpe en un partido de fútbol cuando tenía nueve años, o la diminuta cicatriz que cruzaba sus costillas transversalmente? O la anchura de sus hombros, la fina cintura, el modo en que su crujiente pelo negro se arremolinaba en el centro de su pecho…
¿Cómo podía haber pensado alguna vez que otro hombre podría llevarla a aquel estado de deseo y expectación con tan sólo ver su poderosa y vibrante erección?
Nico era fuerte, en cuerpo y alma, pero ella llevaba el control de su respuesta sexual.
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Pero el objeto de su deseo entró en acción impidiendo que su cerebro siguiera funcionando: con la punta del dedo recorrió la línea recta entre su garganta y su ombligo, haciéndola gemir. Una oleada de calor recorrió su cuerpo e hizo temblar la cara interna de sus muslos y sus suaves pliegues.
Deseando inflingirle la misma tortura, ella lo acarició con un dedo desde el pecho hasta que encontró la delicada punta de su pene.
El emitió un sonido silbante entre dientes que marcó el fin de los preliminares.
Se había acabado el momento para las reflexiones; estaban sólo él y ella, piel contra piel, como debía ser. Dos bocas que se buscaban, dos lenguas que jugaban.
El sabor de su cuerpo, masculinidad en estado puro, sexo en estado puro, la volvió loca. El no pudo contener un estertor de placer cuando ella lo tomó en su boca y su determinación de acero se vio sometida ante ella, que se sintió victoriosa, invencible al ejercer ese poder sobre él.
Casi sin hacer esfuerzo, él la tumbó sobre la espalda ante él, con las piernas abiertas. Se arrodilló frente a ella y probó con su miembro duro y caliente el espacio que ella le ofrecía entre sus piernas. Se deslizó suavemente entre sus acogedores pliegues internos, retirándose un instante para volver a penetrarla más profundamente la segunda vez. Así jugueteó con ella varias veces, haciéndola subir hasta un punto cercano al cielo.
Ella gemía, suplicante, mientras sentía las olas del orgasmo arremolinarse en torno a su cuerpo. No podía contenerlas, pero no le bastaban: lo quería entero dentro de ella.
Ella echó el brazo a un lado, como si buscara un asidero para contener su ansiedad. Lo encontró, pero de qué modo.
Su mano chocó contra un cristal. Sorprendida, se dio cuenta de que había golpeado un marco doble con dos fotografías: una de ella, embarazada, y otra de Luciano, poco antes de su muerte.
Cuando Nico había intentado desesperadamente evitar el divorcio diciéndole que tendrían otros hijos que le aliviarían el dolor, ella había dicho: «Nunca más».
Y allí estaba, dejándose llevar por el instinto y no por la razón, al borde del desastre, otra vez.
¿Es que nunca aprendería?
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Catherine Spencer – Valentía para amar
Capítulo 9
Viernes, 28 de agosto
El apuntó los datos de su vuelo y colgó el teléfono. Se había acabado. Para siempre.
Una vez la rabia, más contra sí mismo que contra ella, apagada, supo qué debía hacer a continuación. Ahora que lo había hecho, se sentía mejor, aunque no libre de culpa por completo. Aquél era el precio que había pagado por poner su integridad en juego y por actuar contra toda lógica por la mujer a la que una vez había amado hasta la extenuación.
Pero se había acabado. Ella no era la única que había cambiado. Esta vez no suplicaría ni sacrificaría sus deseos por someterse a los de ella: si quería arrojar su vida por la borda, lo único que podía hacer era dejarla actuar según su voluntad.
—Lo siento, Chloe —le había dicho la noche anterior, sin molestarse en bajar a la puerta para despedirse—. Eres tú la que ha venido a mi puerta, esta vez, segura de lo que querías. He hecho todo lo posible por darte lo que querías hasta que, otra vez, te has echado atrás.
—¡Ya sabes por qué lo he hecho! —gritó ella—. Y no tiene nada que ver con saber o no lo que quiero.
—Tal vez no. Tal vez en esta ocasión soy yo el que sabe lo que no quiere. Lo nuestro se ha acabado, Chloe. Estoy harto de todo este asunto.
—¿Y ya? ¿Me das un ultimátum sin intentar negociar siquiera?
—Efectivamente —dijo él, incapaz mirarla a la cara inundada de lágrimas—. No tengo nada más que decir.
Ella se había marchado sin decir nada más y él la había mirado marcharse, sabiendo que aquella vez era para siempre y que no haría nada para intentar retenerla. Sería mejor así.
A la mañana siguiente, Baron se sentaba a la mesa frente a Chloe en un restaurante.
—Ha sido una buena idea quedar para desayunar. ¿Has pedido por mí?
—Sí. Zumo de uva, dos huevos duros, una tostada y café solo.
—Qué bien me conoces —sonrió él—. Haremos buena pareja.
—Baron…
—¿Estás preparada para la cena de esta noche?
—No, ése es el problema…
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—No tienes que preocuparte —dijo él—. Mi madre ha prometido comportarse
—abrió la carta del restaurante y pareció estudiarla profundamente—. Tal vez pida los huevos revueltos.
—El problema no es la cena, sino la boda —sus palabras sonaron como pedradas al romper una fina esfera de cristal—. Tengo que anular la boda, Baron.
Estoy avergonzada y lo siento muchísimo.
El dejó escapar un suspiro y dejó la carta a un lado.
—Temía que pasara esto.
Ella hizo un gesto desesperación, extendiendo los brazos con las palmas de las manos hacia arriba y repitió:
—De verdad que lo siento mucho. Ojalá no tuviera que hacerte esto.
—¿Estás segura de que es necesario?
—Sí. Es lo más honesto que puedo hacer. Si no hubiera sido tan cobarde, lo hubiera dicho antes, pero seguía teniendo la esperanza… —intentó tragarse el sentimiento de humillación que la ahogaba. Desearía poder ofrecer una razón que la librara de su culpa, pero sabía que no existía—. Tenía la esperanza de que lo nuestro funcionara y que, si no era así, algo o alguien imposibilitarían que la boda se llevase a cabo, de modo que yo no fuera la responsable. No me siento orgullosa de ello, Baron.
—¿Cuándo tomaste la decisión?
—Hasta anoche no estuve segura de ello —ella lo miró, analizando su reacción
—. No pareces demasiado sorprendido.
—Tal vez no sea una lumbrera, Chloe, pero tampoco estoy ciego. En el momento en que Nico apareció en escena, supe que era sólo cuestión de tiempo que te dieras cuenta de que no podías casarte conmigo —él la miró con tanta comprensión que ella parpadeó—. Si alguien debe disculparse, ése debo ser yo. Por no haberte dejado marchar antes.
—¡Oh, por favor, Baron! —dijo ella, luchando por mantener la compostura—.
No me hagas sentir más avergonzada de lo que ya estoy. Esto ha sido responsabilidad mía, no tuya. Para ser justos, tampoco Nico tiene toda la culpa; ya tenía dudas antes de que él llegara, sólo que él me ha hecho enfrentarme a ellas.
Baron le agarró el brazo.
—Escucha, lo has pasado muy mal este último mes, tan agobiada por los preparativos de la boda que has sido incapaz de ver el asunto con frialdad, pero yo ni siquiera tengo esa excusa. He notado, es evidente para cualquiera, la química que hay entre Nico y tú, y en lugar de hacer algo, enterré la cabeza en un agujero y lo achaqué a los nervios de la boda. Por eso te digo que yo soy aún más cobarde que tú.
—Me parece que me estés diciendo todo esto para hacerme sentir mejor.
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—No. Te estoy diciendo la verdad. Esta boda parece haber cobrado vida propia y casi amenazaba con arrollar cualquier cosa a su paso. Tú no sabías cómo pararla y yo ni siquiera lo intenté —él le acarició el brazo una vez más y después retiró la mano—. No diré que no me siento un poco herido en mi orgullo, pero te prometo que no me suicidaré ni nada parecido. Tú y Nico podéis empezar de nuevo con mi bendición.
—No, no podemos —dijo ella, bajando la cabeza por la vergüenza, pero consciente de que Baron tenía derecho a conocer la verdad—. El no me desea.
—¡No, Chloe! —dijo Nico iracundo, cuando interrumpieron el acto sexual porque ella había sufrido otro ataque de escrúpulos en el último minuto—.
¡Maldición! ¡Quiero que vengas a mí porque no puedes mantenerte alejada, no porque necesites una excusa para dejar a Baron!
—¿Por qué contigo tiene que ser todo o nada? —gritó ella.
—¡Porque soy así! No tengo ningún interés en ser tu salvador ocasional, alguien a quien necesites sólo durante un tiempo. Me ha costado mucho asumir que te marchaste de mi lado en una ocasión como para volver a pasarlo mal por el mismo motivo.
—¿Y si esta vez podemos construir algo serio de verdad?
La sorna de su risa la caló hasta los huesos.
—¿Con esa visión enfermiza del sexo? ¡Ni hablar!
—¿Por qué no? ¿Sólo por no querer hacerlo esta noche a no ser que uses un condón?
El volvió a reír, esta vez con más amargura aún.
—Si saliera sólo algo de esta noche, no tendría ningún problema. Pero ya veremos lo que pasa mañana y la semana que viene. Por eso estás tan contenta con Baron, porque él quiere una vida a medias con una mujer suya a medias, pero yo no soy así, cariño. Quiero una mujer con suficiente coraje para enfrentarse al futuro sabiendo que no será perfecto y que puede traer consigo dolor, una mujer que mire al destino a la cara y lo rete a golpearla por segunda vez.
—¿Estás diciendo que quieres tener más hijos? —le había preguntado, con la voz entrecortada.
—¡Desde luego que sí! No dejaré que el destino me acobarde. ¿Por qué trabajo entonces, si no es por construir un hogar, con una esposa y con hijos? ¿Para qué sirve la vida entonces? —él había visto la expresión de duda de su rostro, y el suyo se había contraído en un gesto de desprecio—. Tu problema, Chloe, es que siempre has sido una niña mimada, y me incluyo en la lista de los culpables por eso. Pero, ¿sabes qué? No eres la única madre que ha perdido a un hijo. La diferencia entre ellas y tú es que no dejan que eso las anule como persona. Lloran y sufren, pero al final se Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 80—100
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levantan y siguen con su vida. Pero tú… tú podías haber muerto con nuestro hijo, porque tienes razón, no tienes nada que ofrecer a nadie.
Ella sabía que podía enfurecerse, lo había presenciado tras la muerte de Luciano, pero nunca había pensado que podía dirigir toda su ira hacia ella como lo estaba haciendo entonces.
—Si es así como te sientes realmente, no sé por qué te has molestado en abrirme tu puerta esta noche.
—Porque me das lástima —dijo, pasándose una mano por la cara, cansado—.
Casi tanta lástima como por el hombre que está a punto de casarse contigo. Me alegro de que sea Baron y no yo.
—¡No me casaría contigo aunque fueras el último hombre de la tierra!
—Estupendo, porque no te lo pienso pedir. Tú quieres una vida sin dolor, y yo sé que no puedo dártela porque sé que no existe. Y.. ¿cómo se pueden apreciar los buenos momentos si no se ha pasado por los malos?
Ella empezó a llorar en ese momento inconsolablemente, incesantemente. Tal vez no lo hubiera dicho en voz alta, pero la despreciaba y no podía culparlo por ello: hasta ella se despreciaba a sí misma, por su debilidad y su falta de honestidad. El tenía razón, tenía miedo de todo: de él, de ella, de vivir la vida al máximo, y por eso deseaba esconderse tras alguien que no le hiciera enfrentarse a sus miedos.
El la miró con frialdad durante unos minutos antes de alcanzarle una caja de pañuelos de papel y decirle:
—Vete a casa, Chloe, y hazte un favor. A no ser que desees acabar con un segundo divorcio a tus espaldas, plantéate con cuidado lo que le vas a pedir a Baron antes de casarte con él.
—¿Qué te importa a ti —sollozó ella— que no tienes que sufrir las consecuencias?
—No me importa —dijo él—. Pero sólo porque no dejo que lo haga.
—¿Y si Nico te quisiera, volverías con él?
—No —las lágrimas de la noche anterior habían acabado con todas las barreras y ahora le era posible penetrar en el fondo de su alma—. Llevo mucho tiempo huyendo de mí misma, y tengo que dejar de hacerlo. No me gusta cómo soy ahora, Baron: utilizo a la gente y me he aprovechado conscientemente de ti. La diferencia es que él no me dejaría salirme con la mía, mientras que tú siempre haces concesiones sin pedirme nada a cambio.
—No me he quejado de ello, Chloe. Para ser sinceros, no éramos la pareja del siglo. Los dos somos conscientes de que el amor verdadero no ocurre muy a menudo en la vida real.
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—Pero a mí me ocurrió y ése es el problema. Yo sé lo que es amar locamente a un hombre, soñar con él día y noche, y no pensar en nada más que en él.
—Tal vez eso sea lo que nos diferencie, Chloe, porque yo no me creo capaz de ese tipo de pasión, ni estoy seguro de quererla —dijo—. Por eso hacíamos tan buena pareja, o eso pensaba yo, pero esta semana he visto otra cara de ti que no conocía, y me he dado cuenta de que estaba equivocado. Has estado ocultando tu verdadera naturaleza hasta ahora y Nico sólo se encargó de sacarla a la luz.
—Baron, no es que no te quiera —dijo, odiando el tono de condescendencia de su voz.
—Yo también te quiero. Siempre te querré, pero la verdad es que llevo más de trece años divorciado y tengo que confesar que a veces me cuesta pensar en abandonar la vida solitaria de la que he disfrutado hasta ahora.
—Dices eso ahora porque no quieres que me sienta mal por cancelar la boda en el último minuto, pero si no hubiera sido así, tú no te habrías echado atrás.
—Efectivamente, pues, como te he dicho, tú no eres la única cobarde. Hubiera seguido adelante y lo hubiera hecho lo mejor posible. Somos buenos amigos, después de todo —sonrió—. Tal vez eso es lo que tengamos que ser.
—Eres uno de los mejores hombres que conozco, y tú amistad significa mucho para mí —sacudió la cabeza, aliviada por haber hecho lo que debía y a la vez consciente del dolor que causaba—. ¿Y ahora qué?
—Ahora tenemos que cancelar todos los preparativos que podamos. ¿Se lo has dicho a alguien ya?
—No. Lo mínimo que podía hacer era decírtelo a ti primero.
—Entonces te sugiero que se lo digas a tu madre y a tu abuela. Ellas te ayudarán y te entenderán.
—Baron, hay asuntos más importantes. ¿Qué pasa con la casa y con lo de trabajar juntos?
—Bueno, el mercado inmobiliario está que arde en estos momentos, así que no nos costará vender la casa. Por lo de trabajar juntos, tampoco nos vemos tanto en la oficina como para no poder continuar como hasta ahora —él la miró por encima del borde de su taza de café—. En cualquier caso, creo que dentro de poco te marcharás del país. Se tarda mucho en llegar a trabajar al centro de Vancouver desde Italia…
Ella empezó a llorar de nuevo, abrumada por tanta generosidad que no creía merecer.
—Si eso pasa algún día —dijo ella secándose los ojos—, te echaré mucho de menos.
A mediodía la boda ya estaba oficialmente cancelada. Había algunos detalles de los que aún tenía que ocuparse, como de devolver los regalos con una tarjeta de Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 82—100
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agradecimiento, y sólo le quedaba la tarea más onerosa después de hablar con Baron: enfrentarse a Nico de nuevo.
Ella no esperaba que se echara atrás en lo que había dicho sólo porque al final había tenido el coraje de hacer lo que debía, pero esperaba recuperar un poco de su respeto.
Pero la casa estaba envuelta en un ambiente de soledad. Cuando abrió la puerta sólo encontró habitaciones vacías, armarios vacíos y su foto partida por la mitad. Se había marchado para siempre, para no volver nunca.
El había acabado definitivamente con su relación.
Si había de producirse una secuela, sería ella la que tendría que buscarla, pero, por el bien de los dos, no podría ser pronto. Ella era consciente del riesgo que implicaba el retraso, seguro que había una legión de mujeres deseando cazar a Nico, pero tenía que arriesgarse. Nico quería una compañera que pudiera compartir su carga, y hasta que ella no pudiera comprometerse a esa tarea, no tenía derecho a importunar su corazón.
No tenía mucho a lo que agarrarse para pensar que su historia acabaría bien, pero tenía que enfrentarse a su propia recuperación con lo poco que le quedaba de ella.
La boda no se celebró después de todo, escribió Jacqueline a principios de octubre. Como esperábamos, Chloe recuperó la cordura en el último instante y nadie pareció sorprenderse demasiado, ni siquiera Baron. Ellos dos siguen siendo amigos y compañeros de trabajo, y las cosas no van mal entre ellos. Chloe se ha mudado a un apartamento y planea pasar las vacaciones de Navidad en México. Nunca habla de ti, y no quiero preguntarle, pero Charlotte y yo esperábamos que os besarais e hicierais las paces. Tal vez la próxima vez que vengas…
Pero no volvería. Había dado a Donna plenos poderes en las operaciones de América del Norte para poder centrarse en otros negocios y en su inexistente vida privada. Había sufrido mucho con Chloe y no pensaba repetir la experiencia. Era hora de dejar atrás el bagaje emocional con el que había cargado durante tanto tiempo y empezar desde cero con otra persona cuyos ojos no le recordaran constantemente lo que había perdido.
El problema era que le costaba encontrar una mujer que le interesara durante más de una semana: o eran demasiado distintas o demasiado parecidas a Chloe. En la siguiente Nochevieja con sus hermanas, él fue el único sin una pareja a la que besar después de las doce.
—Tu problema —le había dicho su cuñado Héctor—, es que le quieres volver la espalda a tu pasado. Quieres a Chloe como era antes, pero perder a un niño cambia a una persona para siempre. Tú tampoco eres el mismo hombre con el que ella se casó.
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—No hay que ser un genio para darse cuenta de eso —había replicado él—. No tienes más que mirarme para darte cuenta de eso.
—No me refiero a que ahora tengas la apariencia de un hombre de éxito, lo que cuenta es lo que llevas por dentro. Con todo lo que has conseguido, ¿te olvidas alguna vez de que tuviste un hijo? ¿Pueden tus posesiones hacerte olvidar el dolor?
Si te casas con otra mujer ¿serás capaz de no volver a pensar en Luciano y de olvidar que Chloe es la única mujer a la que has amado?
Una pregunta con una respuesta muy deprimente: nunca podría olvidar a su hijo y a su mujer. La llevaba en la sangre.
Así que dejó de buscar y de salir con otras mujeres, y se concentró en la única cosa que nunca había dejado de darle satisfacciones: hacer dinero.
Se compró un nuevo Ferrari y un Bugatti clásico.
—¿Qué tenía de malo el Lamborghini? —preguntó su hermana Delia—. ¿Por qué tienes tres coches si sólo puedes conducir uno cada vez?
Irritado, respondió:
—Porque puedo permitírmelos.
Compró una casa en la orilla del Lago de Garda, una mansión a las afueras de Sirmione que había pertenecido a una estrella de Hollywood en la que cabía toda su familia junta.
—Ya nos has dado el chalet de los Alpes —le recordó Abree—. ¿Por qué compras esta casa cuando pasas la mayor parte de tu tiempo en Verona?
El respondió que le gustaba gastar dinero en su familia. Bonita teoría, pero la realidad era que no le llenaba del todo. Había cumplido su sueño de tener más dinero del que podía gastar, pero ¿de qué le valía si no tenía lo más importante en la vida?
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Capítulo 10
14 de abril, el año siguiente
La primera vez que estuvo en Verona se enamoró de su historia y de un hombre. Allí pasó después las horas más amargas de su vida, y cuando se marchó, juró no volver, pero cuando puso un pie en la ciudad de Romeo y Julieta, se sintió como si acabara de llegar a casa, por fin.
Nico no tenía ni idea de cuáles eran sus planes. De hecho, ella tampoco lo tenía muy claro. No se habían puesto en contacto desde el pasado mes de agosto, cuando él se marchó de la casita del jardín y de su vida. Ella no sabía si había otra persona en su vida, pero sí que, en caso afirmativo, le costaría admitirlo. Chloe estaba dispuesta a correr el riesgo para probarle a él y a sí misma que estaba al mando de su vida y lista para enfrentarse a todo.
Sabía por su madre que él estaba en la ciudad. Jacqueline también le había dado su dirección, pero Chloe no esperaba que llegara a casa hasta después de haber acabado con su trabajo. Tenía todo el día para ella, lo cual le venía bien: había otro sitio al que tenía que ir, un lugar que había abandonado demasiado tiempo.
La luz del sol inundaba el cementerio, y cuando llegó a la tumba de su hijo, se arrodilló en la hierba con un ramo de flores silvestres entre las manos. La suya no era la primera visita que había recibido Luciano aquel día: en la base de la placa de mármol con su nombre descansaba otro ramo tan fresco como el suyo.
Ella recorrió con el dedo las letras grabadas que componían el nombre de su hijo, se lo llevó después a los labios y rompió a llorar. No era el llanto convulsivo que había esperado, como si le arrancaran el corazón del pecho, sino un llanto sereno de lágrimas purificadoras que le dejó una sensación de paz que no había conocido en años.
Se quedó allí casi una hora y después volvió al taxi que la esperaba pacientemente para llevarla al centro de la ciudad. Una vez allí, paseó por las calles que le resultaban tan familiares como si no se hubiera marchado nunca y volvió a visitar algunos de los lugares en los que había estado con Nico el primer verano lleno de pasión que pasaron juntos.
La trattoria en la que habían comido juntos por primera vez seguía allí, en la placita soleada, al igual que la panadería sobre la que habían vivido él y sus hermanas de niños. Los geranios rojos florecían en los tiestos como cuando era su madre quien los cuidaba.
El mercado de la Pia delle Erbe hervía de actividad. El había robado dos mandarinas de un puesto de fruta, recordó, y se había echado a reír ante la expresión horrorizada de ella por el acto ilícito que acababa de cometer.
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Después de eso, paseó hasta la sencilla casa del número 23 de la Vía Capello, la famosa casa de los Capuletos, con el delicado balcón de la ventana de Julieta.
—Tú eres mi Giulietta —le había dicho Nico la noche que se amaron por primera vez—, pero nuestra historia no será como la suya y tendrá un final feliz. Nos querremos hasta que seamos viejos.
Ella lo había creído entonces, y ¿por qué no iba a hacerlo? ¿Cómo iba a saber que sería su hijo y no ellos el que encontraría una muerte temprana y que eso los separaría?
Pero, Dios mediante, tal vez aún fuera posible que se cumpliera aquella promesa.
Cuando ella llegó a la calle donde vivía Nico, el sol se estaba poniendo. Vivía en un barrio caro, en una casa con la puerta negra. Las persianas venecianas interiores eran blancas y estaban colocadas de tal modo que podía observar sin ser visto.
Por un instante, Chloe sintió que las fuerzas que la habían llevado tan lejos empezaban a fallarle. ¿Qué ocurriría si la estaba mirando en aquel momento? ¿Se enfadaría? ¿Se alegraría? ¿Lo divertiría?
Sólo había un modo de comprobarlo. Tomando aire, echó a andar en dirección a la puerta y apretó el timbre de bronce de la puerta.
El se tomó su tiempo antes de abrir la puerta y cuando lo hizo no pareció muy contento de ser molestado. Cuando reconoció a su visitante, borró de su cara cualquier rastro de expresión y la única respuesta a su presencia fue un rápido parpadeo. Se quedó allí, de pie, esperando a que ella hablara primero.
A Chloe le costó más ocultar su propia reacción. A pesar de que se había preparado para verlo, todo su interior se estremeció al verlo en la puerta. Se le heló la sangre en las venas y se le congeló el aire en los pulmones. Su pobre y agitado corazón latía con tal fuerza que su blusa se movía al compás.
Ella no podría decir lo que duró aquel silencio entre ellos. Lo único que sabía era que no podía apartar los ojos de él. Con una sombra de barba y el pelo revuelto estaba tan atractivo… tan deseable… tan remoto… y tan impasible ante su presencia.
Estaba claro que tendría que ser ella la que rompiera el hielo, una metáfora que venía al pelo, puesto que no podía haberle dispensado un recibimiento más frío.
—¡ Ciao! —dijo ella, probando con una sonrisa sencilla y relajada que no pudo ocultar su agitación—. Supongo que soy la última persona a la que esperabas ver esta tarde.
—Pues sí —y continuó mirándola del mismo modo inexpresivo.
Aún más incómoda tras su respuesta, se apoyó primero en un pie y después en el otro.
—Yo… hum… he llegado esta mañana.
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No hubo reacción, ni curiosidad, ni interés.
Consciente de la desesperación que comenzaba a hacerse evidente en el tono de su voz, dijo:
—He ido a ver a Luciano hoy. Le he llevado unas flores a la tumba, pero ya había otro ramo.
Por fin se produjo una señal de que la había oído y que la estaba escuchando.
—Yo he ido a visitarlo esta mañana.
—¿Sí?
—Voy todas las semanas menos cuando estoy de viaje, igual que sus tías. No lo hemos olvidado.
Aunque su tono seguía siendo neutral, aquella frase tenía algo de golpe bajo.
—¿Acaso crees que yo sí?
—Intento pensar en ti lo menos posible —replicó él, cortante.
Estaba claro que no se lo iba a poner fácil en absoluto. Pero, la verdad es que tampoco tenía motivos para ello, después de haber intentado acercarse a ella en tantas ocasiones recibiendo sólo rechazos.
—Yo pienso en ti frecuentemente, Nico.
El se encogió de hombros como si no le importara.
—¿Qué te trae a mi puerta, Chloe?
—Esperaba que pudiéramos hablar. Tengo muchas cosas que decirte —ella miró a su alrededor; dos puertas más allá, una pareja se besaba—. Pero me gustaría estar en un sitio más privado. ¿Puedo entrar?
El volvió a encogerse de hombros y dio un paso atrás para permitirle la entrada.
—Gracias.
Pasar a su lado, tan cerca de su aroma, tan querido y familiar para ella, tuvo un efecto demoledor sobre sus sentidos y estuvo a punto de hacerla caer de rodillas.
Agarrando el bolso con ambas manos, se quedó esperando en el recibidor a que él la llevara donde deseara.
—Estaba preparándome algo para cenar. Hablaremos en la cocina —anunció, y la guió por delante de un elegante comedor y una sala de dibujo, hasta el fondo de la casa.
Dándose prisa para seguirlo, ella sólo se quedó con una mínima impresión del decorado, pero los suelos de madera, las gruesas alfombras y las paredes cubiertas de madera le sugirieron un gasto a discreción combinado con una buena dosis de gusto.
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La cocina parecía recién sacada de las páginas de una revista. Electrodomésticos empotrados, armarios lacados y encimeras de granito en tres de las cuatro esquinas de la sala, y en la cuarta, una barra con dos banquetas que separaba la cocina de una sala de estar con chimenea y cómodos sofás.
Abriendo una botella de Bardolino en la barra, él dijo con fría amabilidad:
—Me iba a servir una copa de vino, ¿Quieres acompañarme?
—¡Oh, sí!, por favor —aunque normalmente no recurría al alcohol para calmar sus nervios, en aquel momento hubiera vaciado la botella entera. No había esperado que él cantara y bailara de contento al verla, pero tampoco había estado preparada para tan pétrea recepción.
Inconsciente, o más bien indiferente, ante la ansiedad que la invadía, él sacó dos copas del estante que había sobre la barra.
—¿Qué era lo que habías venido a decirme, Chloe? —preguntó con educación sirviendo el vino.
—La verdad es que no sé por dónde empezar —dijo ella, trepando a una de las banquetas para agarrar la copa con las dos manos—. Cristal fino para uso diario, —
apuntó ella sin darse cuenta—. Después de la última charla que tuvimos, no sé muy bien qué decir.
—Intenta hablar con sencillez. Supongo que si has dado la vuelta al mundo, habrá sido para algo más importante que visitar la tumba de nuestro hijo.
—No me estás poniendo las cosas fáciles, Nico.
—No estoy obligado a ello. Tú eres la que ha venido a visitarme y no al revés.
La pelota está en tu campo.
Ella tomó aliento y un trago de vino antes de lanzarse.
—Quería decirte a la cara que tenías razón. Si me hubiera casado con Baron, hubiera cometido un error irremediable. Cancelé la boda el día antes de que se celebrara, el mismo que elegiste tú para salir del país sin decir nada. Si hubieras esperado unas horas más…
—No tenía ningún sentido —interrumpió él—. Habíamos llegado a un punto muerto.
—Sí. En ese momento, así era. Pero he reflexionado mucho desde entonces, Nico, y he pensado que… que tal vez pudiéramos encontrar una salida a ese punto muerto y empezar de nuevo.
—¿Has tardado ocho meses en tomar esa decisión? —bufó él—. ¿Qué ha ocurrido, Chloe? ¿Se te acabaron las opciones y decidiste que volver conmigo sería preferible a estar sola?
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—¡No! —exclamó ella—. Dejaste claro que no había lugar en tu vida para una inválida emocional, así que no tenía sentido aparecer por aquí antes de superar eso.
—Desde luego —repuso él con frialdad—. Lo que dije, lo dije en serio.
—Igual que yo hace un momento —devolvió ella, con un rayo de ira—. Pero empiezo a preguntarme por qué me molesto. Si lo he dejado para demasiado tarde y tú has continuado con tu vida, dilo. No voy a cortarme las muñecas en tu cuarto de baño. Me sentiré herida y desilusionada, pero eso será todo. He sobrevivido a cosas peores.
El se apoyó con los antebrazos sobre la barra. El nudo de su corbata de seda estaba flojo y el último botón de la camisa, desabotonado, pero su posición no resultaba despreocupada.
El ambiente estaba que echaba chispas y por último, él dijo algo con voz casi avergonzada:
—¿De verdad te llamé inválida emocional?
—No con esas palabras, pero cuando me dijiste que no tenía nada que ofrecer, ése fue el mensaje que recibí yo.
El meditó su respuesta durante un par de minutos y después repuso:
—Si estar conmigo era tan importante para ti, ¿por qué has tardado tanto en decirlo? Casi ha pasado un año, Chloe. ¿Cómo sabes que no estoy con otra persona?
—No lo sé —admitió ella—, aunque la idea me ha atormentado durante meses.
Pero si hubiera actuado por impulso, viniendo justo después de dejarlo con Baron…
¿Hubieras creído que lo hacía sinceramente?
—Probablemente no. Hubiera pensado que estabas huyendo de la situación en vez de correr hacia mí.
—Exacto. Por eso me tomé todo el tiempo que necesité para curarme yo primero, aunque eso significara aumentar el riesgo de que hubiera una tercera parte que reclamara tus atenciones —ella observó el vino en su copa, incapaz de ver sus ojos y consciente de que sonaba más a abogado en un tribunal que a amante hablando al corazón amado—. ¿Es eso lo que ocurre, Nico? ¿Hay otra mujer en tu vida?
—Ha habido otras mujeres desde el mes de agosto —dijo él.
Una punzada de dolor le atravesó el corazón, sintió las palmas sudorosas y una súbita necesidad de ir al baño. Su vejiga siempre había sido un indicador del nivel de estrés, y en aquel momento la sentía estallar.
—¿Y ahora?
El se volvió a mirar una cazuela puesta al fuego.
—Ahora estoy haciendo sopa de pescado. Hay suficiente para dos, si te apetece.
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No era la respuesta que había estado esperando, pero tampoco era un rechazo frontal. En ese punto, estaba dispuesta a tomar lo que él tuviera que ofrecerle.
—¿Es la receta de tu madre?
—Sí.
—Entonces me encantaría.
El le lanzó una mirada no tan heladora como las anteriores y dijo, casi divertido:
—Veo que no te encuentras muy cómoda en esa banqueta, Chloe, no paras de retorcerte en ella. Tal vez te venga bien saber que el baño está a la izquierda de la puerta principal…
Ella se deslizó de la banqueta con más rapidez que gracia.
—Qué bien me conoces —dijo ella, dirigiéndose al pasillo.
Ella no era la única que necesitaba estar un momento a solas; él tampoco se encontraba en su mejor momento. Verla en su puerta había supuesto todo un shock y había tenido que luchar muy duro para contener al diablillo que le susurraba posibilidades esperanzadoras al oído. Tenía que mantenerse cauto e impasible, pues sabía que ella podía volver a romperle el corazón.
La experiencia del verano pasado le había enseñado que ella podía volverse hacia él cuando se sintiera insegura, pero de otro modo, se mantendría alejada. Eso le había bastado para mantenerse en guardia hasta pensar que las cosas serían de otro modo.
En cualquier caso, fueran cuales fueran sus razones, ella no se merecía que la trataran tan mal como la había tratado él antes, pero la verdad era que lo tenía aterrorizado.
Podía soportar todo el dolor físico, podía pelear con sus puños, pero sus grandes y ansiosos ojos, sus labios temblorosos, lo afectaban de un modo que le resultaba casi vergonzoso.
Si ella lo tocaba, si olía su perfume, eso le bastaba para olvidar a todas las mujeres del mundo.
Vació su vaso pensando en si volver a llenarlo de algo más fuerte que el vino.
Deseaba creer lo que ella le había dicho hacía unos minutos. ¡Dio! Nunca había deseado algo tanto en su vida, pero primero tenía que estar seguro de lo que ella decía, llevarla hasta el límite para asegurarse de que no volviera a ser como las otras veces.
—Deja que te ayude —dijo ella al verlo ocupado con la ensalada.
—No —dijo, no queriendo que se acercara a él—. Eres la invitada.
—Deja entonces que ponga la mesa.
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—Comeremos en la barra.
El suspiro que dejó escapar le llegó a Nico directo al corazón.
—Creía que estábamos avanzando algo.
—Tal vez —reconoció, pero sin quitar las barreras entre ellos del todo—. Pero iremos paso a paso. ¿Dónde te hospedas?
—El hotel Due Torri Baglioni.
—Cuando era pequeño, en verano, esperaba a los turistas en ese hotel para ofrecerme de guía turístico. Fue una de las empresas para hacer dinero rápido de mi juventud.
—¿Tuviste éxito?
—No. La gente que podía permitirse alojarse en ese hotel, no estaba interesada en contratar a un mocoso de catorce años para que les pasease por la ciudad en un carricoche atado a su bicicleta —rió amargamente—. Ahora podría comprar todo el hotel sin que mi cuenta corriente se resintiera, pero en algunos aspectos sigo siendo aquel chiquillo.
—Supongo que los dos hemos aprendido que la felicidad no se puede comprar.
—¿Tú también lo has comprendido? —dijo, mirándola fijamente.
—Sí —dijo ella, y volvió a suspirar—. Nuestra felicidad reside en nosotros dos y nada ni nadie más puede dárnosla.
El dejó la ensalada sobre la barra y se volvió para remover la sopa.
Ella estaba diciendo lo que él quería oír, pero ¿era lo que sentía de verdad?
—¿Eres feliz?
Ella lo pensó un instante.
—Estoy contenta —dijo por fin—. Estoy en paz conmigo misma y con mi pasado, y eso es mucho para mí. Si eso es todo lo que tendré, ya será mucho, pero sería más feliz si… —ella se quedó callada con la mirada fija en la ventana.
—¿Si qué?
—He intentado corregir todos los errores que he cometido, excepto uno, y hasta que no me ocupe de él no seré realmente feliz —se detuvo y se mordió el labio—. Ya sabes por qué estoy aquí, Nico, pero si necesitas que lo diga en voz alta para que me creas, lo haré. Quiero que nos demos otra oportunidad, quiero que seamos felices juntos.
—¿Cuáles son las condiciones?
—No hay condiciones —dijo ella—.Te ofrezco mi rendición incondicional.
—¿Y si te digo que no seré generoso y no haré concesiones?
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—Nico, quiero tener más hijos —dijo bajando la cabeza—. Estoy segura.
—Yo quiero tener la posibilidad de tenerlos. Una segunda oportunidad implica empezar desde cero, y si eso implica más hijos…
—Lo sé y estoy de acuerdo.
—¿Y ya? —dijo él, inclinado la cabeza, incrédulo—. Debes perdonar mi cinismo, Chloe, pero este cambio de actitud me tiene muy sorprendido. ¿Tantas ganas tienes de que volvamos a estar juntos que estás dispuesta a todo?
—No, no es eso —replicó ella, mirándolo a los ojos—, pero no espero que me creas sin más. No te estoy pidiendo que me dejes venir a vivir contigo ni que nos casemos. Lo único que espero es que en algún momento vuelvas a confiar en mí y como para que eso sea una posibilidad.
—Sabes que no me gustan las relaciones a distancia, Chloe. ¿Acaso has olvidado la última vez que intentamos llevar así nuestra relación?
—Imposible de olvidar —dijo ella, esbozando una sonrisa—. Las facturas telefónicas eran astronómicas. Lo que había pensado era vivir en Verona.
—¿Aquí?
—Sí. He vuelto para quedarme, tanto si me quieres como si no.
—Sabes que te quiero, mia strega piccola. Eso es lo único que no ha cambiado, pero ahora tú tienes una carrera.
—Tenía una carrera —dijo ella—. Me di cuenta de que lo realmente importante era solucionar mis problemas personales en lugar de los de otras personas. Me he despedido del bufete, he vendido mi casa y he empaquetado las cosas más importantes para mí: unas cuantas fotos, algunas cosas heredadas, mi ropa…
llegarán a finales de la semana que viene. Me quedaré en el hotel hasta que encuentre un apartamento. Ya tengo el permiso de residencia temporal y si, al final de los tres meses que dura, aún no te has decidido acerca de lo nuestro, pediré un certificado de residencia permanente y un permiso de trabajo.
—No puedes ejercer la abogacía en Italia.
—Sí puedo si paso un examen, pero espero que no sea necesario.
Ella parecía segura de sí misma, llena de confianza, pero él atisbó una sombra de inseguridad en sus ojos y no pudo dejarla sufrir por más tiempo.
—Mi mujer no trabajará nunca para mantenerse —le informó con seguridad—.
Se dedicará en cuerpo y alma a su marido y a sus hijos.
Se puso roja y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Qué significa eso exactamente, Nico?
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—Que si eso es lo que quieres, has llegado a casa. Chloe. Dentro de poco nos convertiremos de nuevo en una pareja.
—¿Estás diciendo que nos casaremos?
—Sí, nos casaremos, y lo antes posible. ¿Cómo tengo que decírtelo para que lo entiendas?
—En vez de gritarme, podrías demostrármelo.
—¿Cómo?
Ella se encogió de hombros.
—Por lo menos, besándome.
El se acercó a ella.
—¿Quieres un beso de verdad?
—Eso es cosa tuya —dijo, batiendo las pestañas provocativamente—. Tú eres el jefe.
—¿Te importaría firmarme eso, signorina lávvocato para que quede constancia de tus palabras?
—Claro que sí. Te estoy entregando todo mi ser.
El la agarró por los hombros y la miró a los ojos, más azules y bellos que el Adriático en verano. Vio la verdad que había en ellos, la confianza y las esperanzas depositadas en el futuro.
—Eso está bien —murmuró—, porque sin ti, la mia inamorata, no soy nada.
—Durante muchos años corrí para alejarme del dolor, pero en los últimos meses lo he hecho hacia la esperanza y la felicidad —confesó ella—. Hacia tus brazos, y ahora sé que estoy donde debo estar —ella inclinó la cabeza y la apoyó sobre su pecho—. Nico, no sabes lo bien que sienta salir por fin de las sombras.
—Lo entiendo mejor de lo que te imaginas, ángel mío —dijo él, sintiendo que el deseo empezaba a arder en su interior—. Dejé que lo más perfecto del mundo se me escapara de entre los dedos cuando te perdí y estuve a punto de perder la cabeza.
Ahora que has vuelto a casa, no pienso dejarte marchar nunca más.
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Capítulo 11
Se olvidaron de la sopa que seguía en el fuego y de la ensalada sobre la barra.
—¿No has dicho que teníamos que ir paso a paso? —dijo ella cuando él empezó a subir la escalera con ella en brazos.
—Imposible —rió él.
—Pero no he venido preparada para seducirte, Nico.
El se detuvo en el umbral de la habitación.
—Si te preocupa quedarte embarazada, no tienes que preocuparte. Esta noche no concebirás y quiero que sepas que no te presionaré.
—No lo has entendido —dijo ella—. No estoy hablando de métodos anticonceptivos. Si me quedo embaraza esta noche, no me importará —se alisó la blusa de algodón, arrugada después de todo el día con ella puesta—. Pero me hubiera gustado estar más bonita para ti. Después de todo lo que pasó el verano pasado, habría querido que la segunda primera noche de nuestra vida fuera romántica y perfecta.
— Cara —dijo él—. A mis ojos esta noche será perfecta de cualquier modo, pero si necesitas algo más romántico, dime qué es lo que quieres.
—Oh, nada muy sofisticado —dijo ella, rodeándole el cuello con los brazos y besándolo en los labios—. Un baño caliente ayudaría mucho.
El la dejó en el suelo y la condujo hasta una puerta al fondo de la habitación.
—Mi casa y todo lo que hay en ella es tuyo, Chloe. Te estaré esperando.
Ella no tenía prisa por volver a su lado porque sabía que nunca había estado tan segura de algo en toda su vida y quería hacer que durara el máximo posible para guardar aquello como un momento precioso entre sus recuerdos.
Se lavó el pelo mientras se llenaba la bañera y disfrutó de la intimidad de usar su champú y sus toallas. En lugar de sales de baño, añadió al agua de la bañera unas gotas de su aftershaves para después sumergirse en él hasta que no quedó intacto ni un milímetro de piel. Una vez allí, disfrutó pensando en la noche junto a él que la esperaba.
Cuando él llamó a la puerta uno rato después para saber si aún seguía allí, ella se encontraba más que preparada para el siguiente paso de aquel ritual de cortejo.
Salió a la habitación envuelta en una toalla aterciopelada, pero se detuvo en seco antes de dar el segundo paso.
El había estado ocupado mientras ella se duchaba: la habitación estaba iluminada por más de una docena de velas de té que flotaban dentro de copas de Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 94—100
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cognac llenas de agua. En el suelo había un camino de pétalos de rosa color crema que llevaban hasta la cama, y su esencia llenaba la habitación.
El estaba al lado de la ventana, desnudo excepto por la toalla blanca que llevaba enrollada a la cintura. Su pelo brillaba a la luz de las velas.
—Si me hubieras dicho que te pensabas duchar tú también —dijo ella, dándose cuenta de que no era un sueño—, podía haberte dejado un hueco a mi lado en la bañera.
Su risa cálida inundó la habitación. La abrazó.
—¿Una ducha fría para mi amada? Mejor no, ahora vamos a hacer el amor.
Todo era tan idílico que ella no podía creer que fuera real.
—¿Estamos juntos, verdad? ¿No es una mala pasada de mi imaginación?
—Sí, mia moglie. Vamos a empezar de nuevo, como lo habíamos soñado. Había pensado en poner champán a enfriar, pero quiero que tus sentidos estén bien despiertos para hacer esto. No quiero que mañana haya reproches ni lamentos.
No había esperado que fuese él el que necesitase seguridad. Siempre se había mostrado tan confiado y positivo que nunca había pensado en que dudase de su habilidad para hacer que ella le entregara su corazón aquella noche.
—No habrá reproches, amor mío —dijo ella, acercándose más a él y dejando caer al suelo la toalla que la cubría—. No cambiaré de idea en el último minuto.
—La sonrisa de Nico la desarmó, tan dulce y tierna. El soltó el nudo de su toalla.
—¿Cómo puedo estar seguro de ello?
Ella le colocó las manos sobre el pecho, inclinó la cabeza y besó sus músculos bajo la piel olivácea y la acarició con sus mejillas.
—¿Esto te sirve?
Su cara no cambió de expresión, pero la poderosa erección de su miembro lo traicionó.
Motivada por un placer que no había sentido antes, deslizó las manos por su espalda, bajó por su columna vertebral y llegó hasta su trasero mientras recorría con su lengua el camino desde el pecho hasta la cintura.
—¿O esto?
Su gemido la animó a continuar; besó su ombligo con la boca abierta y continuó hacia abajo depositando miles de besos suaves en el triángulo entre sus caderas.
Sus dedos se enredaron en el cabello de Chloe.
Metiendo las manos entre sus muslos, buscó su punto más vulnerable y lo lamió en la punta.
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—¡Ya es suficiente! —exclamó él, sacudiéndose con la violencia de un terremoto
—. Ya me he convencido.
Ella también estaba temblando, pero de ansiedad y deseo.
Su cuerpo recordaba el de él, el modo en que se ajustaban uno al otro, su suave calor femenino contra su fuerza masculina en perfecta armonía. El la rodeó con los brazos, posesivo y cuando por fin empezó a besarla, se dio cuenta de que no se cansaba nunca del sabor y la textura de su boca. El infierno de su separación se esfumó y ella se sintió a punto de entrar en el cielo.
Ella no se dio cuenta de cómo llegó a la cama cubierta de pétalos de rosa con él.
Lo único que sabía era que los juegos eróticos de las manos de él contra sus pechos, su cintura y su cadera estaban haciendo que su cuerpo reaccionara con una húmeda sensación.
El ritmo ondulante que mostraba la entrega completa latía con tanta intensidad en su interior, que un roce de su boca contra su centro, una caricia de su lengua, sería suficiente para hacerle volar hasta otro mundo.
Jadeando y agarrándose a él, se rindió a la ola del éxtasis que la cubrió. Podía oír sus propios gemidos muy lejanos y a Nico pronunciando su nombre y otras palabras eróticas en italiano:
—Chloe… Chloe… tesoro…
Cuando por fin entró dentro de ella, lo hizo con la reverencia de un hombre al entrar en un templo sagrado, limando con cada penetración el dolor incrustado en su alma.
Ella abrió los ojos y lo miró. La luz de las velas enviaba brillos dorados a su piel y llenaba sus ojos de un fuego oscuro.
—Te quiero, Nico —suspiró.
Hundido en lo más profundo del cuerpo de ella, Nico incrementó el ritmo de sus caderas, que se llenó de urgencia. Y ella, atrapada en la fiereza de su posesión, se sintió transportada una segunda vez, entregada completamente a él.
El placer la invadió como una espiral, desafiando a sus intenciones de contenerla, hasta adentrarse hasta lo más profundo de sus sentidos. Ella gritó suavemente, cegada por su poder, incapaz de oír nada más que la sangre golpeando en su cabeza, al notar la semilla caliente de Nico correr libre en su interior.
El llenó no sólo su cuerpo deseoso, sino todos los huecos vacíos de su corazón.
Por primera vez desde hacía años, volvió a sentirse completa.
Derrotada por la catarsis emocional, se abrazó a él y rompió a llorar. Él comprendió la razón, la apretó entre sus brazos mientras rugía la tormenta en su interior y consoló sus gritos con besos hasta que se calmó.
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Más tarde, medio dormida entre sus brazos observando la luna brillar a través de la ventana, murmuró:
—Me siento como si nunca hubiéramos estado separados.
—Cariño —dijo él, abrazándola fuerte—, en mi corazón nunca nos divorciamos, sólo que me ha costado un tiempo convencerte de ello.
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Capítulo 12
Decidieron casarse en verano.
—Pero algo sencillo —pidió Nico—. Sólo la familia y algunos amigos.
El problema era que tenía tanta familia y tantos amigos que se habían perdido su primera boda, que les costó redondear hasta cuarenta adultos y trece niños.
—Trece y un tercio, a decir verdad —susurró Nico la semana antes de la boda, colocando su mano sobre el vientre de Chloe—. Pero ése será nuestro pequeño secreto durante un tiempo.
Ella nunca había conocido tal felicidad serena.
—No se preocupe, signora —le había dicho el ginecólogo aquella misma mañana—. Las probabilidades de sufrir otra tragedia como la de su primer hijo es tan pequeña que no debe pensar en ello. Todas las razones están de nuestro lado para pensar que este niño crecerá sano y fuerte como su padre, o tan bella como su madre.
Jacqueline y Charlotte llegaron a Italia sólo dos días antes de la boda.
—Tiempo suficiente para recuperamos del desfase horario, pero no para que hagamos ningún daño —explicó Charlotte con aire travieso—. Pensamos que no debíamos venir antes después del desastre que provocamos la última vez.
Pero nadie podía quitarle a Chloe el aspecto radiante y la felicidad. Las hermanas de Nico le habían dado de nuevo la bienvenida a la familia, más de lo que ella creía merecer, y se habían lanzado en cuerpo y alma a los preparativos para la boda, como apoyo incondicional a su matrimonio.
—Esta vez no te preguntaré si estás segura de lo que vas a hacer —dijo Jacqueline con cariño cuando Chloe fue a ayudarla a desempaquetar su maleta—. Esa cegadora sonrisa lo dice todo. No te negaré que tu abuela y yo pasamos un par de noches de angustia cuando viniste a Verona sin saber cómo te recibiría Nico. Me alegro de que las cosas hayan ido bien para vosotros. Nico y tú estáis hechos el uno para el otro y sé que seréis muy felices.
Monica viajó con su marido para asistir a la boda, pero le pidió no ser dama de honor.
—Necesitaría una tienda de campaña para cubrir esto —dijo señalando su embarazo de ocho meses de su tercer hijo.
Pero no faltaban niñas para llevar las flores: las sobrinas de Nico, desde los dos a los seis años, estaban encantadas de poder vestirse de princesitas y tener un papel importante en la boda.
Los niños se enfadaron porque ellos nos tendrían nada que hacer y Nico les propuso que fueran sus acompañantes.
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—Estaréis a mi lado y os encargaréis de mantener a las chicas a raya.
El y Chloe eligieron casarse en la mansión del Lago de Garda.
—Fuera, si es posible —sugirió ella—, en la terraza al borde del agua.
—Lo que quieras, cielo mío —dijo Nico, seduciéndola con su sonrisa ante todo el que estuviera mirándolos—. Y si llueve, podremos entrar dentro. Hay sitio para todos.
—No podías haber encontrado un sitio más bonito para casarte —suspiró su madre asomada a la balaustrada de piedra que miraba al lago—. Estas vistas son de cuento de hadas. Espero que haga buen tiempo mañana.
Y así fue. Ni siquiera se levantó una suave brisa sobre el camino de pétalos de rosa, de color crema a juego con el vestido largo de Chloe, ellos sabían bien por qué había elegido ese color, que llevaba desde el interior de la casa hasta el altar en el que los novios se dieron el «sí, quiero».
Los acompañantes de Nico asistieron muy serios a la ceremonia, al igual que las niñas, preciosas con sus coronitas de capullos de rosa.
Chloe eligió la quinta sinfonía de Tchaikovsky para acompañar su entrada.
Aunque las mujeres se pusieron sentimentales, cuando ella salió de la casa, sus lágrimas se tomaron en risas al ver que la más pequeña de las damitas de honor, aburrida de pasear por la alfombra roja, decidió ir a sentarse en la hierba.
Chloe sabía que su familia más cercana sospechaba su embarazo. Se había encontrado mal durante todas las mañanas de aquella semana y según sus cuñadas, tenía aquel aire delicado de una mujer embarazada de poco tiempo.
Pronto sabrían que estaban en lo cierto, pero aquel día no era para el bebé, sino para Nico y para ella, que no tenían ojos sino el uno para el otro. El sacerdote tuvo que toser dos veces para que dejaran de mirarse y se volvieran hacia él.
Quince minutos después eran marido y mujer a los ojos de Dios y de la autoridad pública. Ni la familia de Nico ni la suya hubiera visto con buenos ojos que hubieran tenido un hijo fuera del matrimonio, pero a él le hubiera encantado hacerlo público a gritos a todos los asistentes a la boda.
—Te quiero —dijo ella antes de intercambiar su primer beso como marido y mujer en casi media década.
Y aquel beso fue tan maravilloso como para hacerles olvidar todos aquellos años de soledad en que estuvieron apartados el uno del otro.
El banquete de bodas empezó cuando el sol empezaba a esconderse tras las montañas, así que los camareros encendieron unas antorchas de queroseno para iluminar la escena y los deliciosos platos que los invitados estaban a punto de degustar: marisco, ravioli con langosta con una crema de albahaca y cognac, gnocchi Escaneado por Dolors—Mariquiña y corregido por Liliana Nº Paginas 99—100
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de cangrejo y otras deliciosas pastas acompañadas por la mejor selección de vinos de la tierra.
El postre estuvo a la altura de los mejores restaurantes de Italia, y no faltó el tiramisú, zabaglione, pastas venecianas, fruta, queso y seis tipos de gelato distinto para delicia de los niños.
—Nuestra salud no nos dará las gracias por esta comida —dijo Jacqueline a Charlotte—, pero ya nos ocuparemos de eso mañana.
Los músicos amenizaron toda la cena con la mandolina y el acordeón, y hubo risas, cánticos, brindis, discursos y un montón de tarjetas de felicitaciones, una de ellas de Baron, que no había podido asistir a la boda por encontrarse ocupando un nuevo puesto al mando del bufete de su abuelo. Chloe pensó que la señora Prescott debía estar orgullosa.
Más tarde, cuando la luna brillaba en lo más alto del firmamento y los niños estaban acostados, Nico tomó en sus brazos a Chloe para abrir el baile.
Sintiendo el anillo en el dedo y la mano de su marido sobre su fina cintura, Chloe lo miró a los ojos y vio allí un futuro lleno de promesas. Supo que la mayoría serían buenos momentos, aunque también los hubiera malos, pero se enfrentarían a ellos juntos.
Esta vez, sí era para siempre.