SINOPSIS

 

La historia como nunca antes te la habían contado.

Si leíste Atracción Letal, seguro que te preguntaste qué es lo que pasaba por la mente del atractivo y enigmático Héctor Brown. Los secretos serán descubiertos, y la seducción tomará partido en este relato erótico en el que conoceremos el punto de vista de Héctor.

Atracción relata los momentos más especiales, románticos y tórridos de esta pareja.

¿Estás preparado para conocer su verdad?

¡¡¡Incluye escenas inéditas!!!

 

Página oficial de la novela: https://www.facebook.com/atraccionletalchloesantana

leerla, y no pude parar. Lo digo en serio. Me quedé atrapada entre una historia de amor,

 

intrigas, recelos, desconfianzas y erotismo desde el mino número uno, y no pude descansar hasta acabarla. Empecé a leerla, y no pude parar. Lo digo en serio. Me quedé atrapada entre una historia de amor, de intrigas, recelos, desconfianzas y erotismo desde el minuto número uno, y no pude descansar hasta acabarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para todas aquellas lectoras que se enamoraron de Héctor Brown, y sintieron curiosidad por descubrir al hombre que hay tras la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estoy sentado en el metro, en un asiento demasiado pequeño para mí,  y voy leyendo por el móvil las últimas noticias de la Bolsa de Nueva York. En ese momento recibo una llamada de Jason, y descuelgo el teléfono para contestar. Jason me explica que le ha sido imposible recogerme en el Aeropuerto por un contratiempo personal, y se disculpa como unas cincuenta veces en menos de medio minuto. Le aseguro que no tiene importancia, pero no le pregunto qué es lo que le ha sucedido. Es mejor así. Le pido que me recoja a la salida de la oficina de la editorial, y cuelgo sin despedirme.

Le cedo mi asiento a una anciana cargada de bolsas, y la ayudo a sentarse.

─Le juro que no es necesario. No soy tan mayor como parezco─responde, pero me ofrece una sonrisa cargada de agradecimiento.

─Estoy de acuerdo en ello, señora. Pero insisto.

Soy la clase de hombre al que le gusta tenerlo todo controlado, y aunque no frecuento el metro, lo cierto es que no me importa en absoluto. En un sitio como éste se ven cosas de lo más interesantes, por ejemplo, aquella morenita encantadora que está frente a la puerta. Capta mi atención de inmediato, y meto el móvil en el bolsillo para observarla con mayor interés. Lleva unos sencillos vaqueros, y el cabello suelto de amplios rizos negros cayéndole sobre la espalda. No la conozco, pero sé que es la clase de pelo que me gustaría retorcer sobre mi puño.

¿Pero qué demonios me pasa? Sólo es una simple mujer.

Niego con la cabeza y me apoyo sobre la barandilla del metro, tratando de ignorarla. Pero entonces, entrecierro los ojos y estudio su perfil. Tiene la nariz alargada y los labios llenos, y es muy atractiva. Si me detuviera por separado en cada rasgo de su rostro, con toda probabilidad no diría que es bella, pero tiene una mezcla salvaje sobre esa piel trigueña que me enloquece. Es absurdo, pero tengo la sensación de haberla visto en algún sitio, a pesar de que nunca he sentido tal afectación como en este mismo momento.

Ahora la recuerdo. Hace varios meses viajé a El Centro, y allí estaba ella. No me fijé en su aspecto durante más de dos segundos, pero ahora la noto distinta. Tiene un aspecto más voluptuoso y llamativo, y no hay nada de la mujer escurridiza sobre la que no deparé en aquel momento. Irradia fuerza y carácter. No lo comprendo, pero no puedo apartar mi vista de su cuerpo. Tiene algo que me enloquece, y que al mismo tiempo me consume. Me tiene hechizado. Me gusta.

Me percato de que tiene un percance con su bufanda, que ha quedado atrapada por las puertas del metro. La noto suspirar con irritación, pero se niega a pedir ayuda, y tira de la bufanda como si le fuera la vida en ello. Sin pensarlo, me acerco hacia donde está y me colocó a su espalda. No le pido permiso al acariciar su cuello con descaro y agarrar la bufanda.

─No te muevas─le ordeno.

Ella se tensa, pero hace lo que le pido. Sin duda, no es la clase de persona acostumbrada a recibir órdenes, y sin saber por qué, eso me excita. Creo que ella y yo lo pasaríamos muy bien en la cama.

Estiro la tela de la bufanda, y sin poder evitarlo, le acaricio la piel del cuello con los dedos durante unos segundos, hasta que le saco la bufanda por la cabeza.

─Ya está.

Parece aliviada, y todos los músculos de su cuerpo se relajan. Se da la vuelta, con toda probabilidad para agradecerme el gesto, y entonces abre mucho la boca. Parece impresionada, pero me mira a los ojos sin vacilar.

─Gracias─balbucea. Tiene una voz algo grave, como si quisiera desprender autoridad, lo cual me resulta cómico. No sabe con quién está tratando.

No para de observarme, y el fuego que hay en sus ojos la delata. Me dan ganas de decirle que sí, que ambos estamos pensando en los mismo. Se pasa la lengua por los labios, en un gesto que va directo a mi entrepierna.

─¿Estás bien?─le pregunto, con tal de pasar un rato más a su lado.

─Sí.

La observo con curiosidad, y aunque quiero deleitarme en cada parte de su cuerpo, no aparto los ojos de los suyos. Ella me sostiene la mirada, y cierra los labios en una tensa línea de disgusto. Parece que piensa que mi curiosidad ralla en la mala educación, pero a mí no me importa. Cualquier otra mujer se pondría nerviosa al sentirse observada de esa manera tan íntima, pero ella no parece estarlo. Y si lo está, es tan orgullosa que se niega a admitirlo. Alza la barbilla, pues es más baja que yo. Intento no reírme, y esbozo una expresión comedida.

─¿Le pasa a menudo?─la cuestiono, sin poder evitar ladear una sonrisa.

Me excita, me gusta y me hace bastante gracia.

─No, claro que no─replica dejando entrever un ligero enfado ante mi tono burlón. Parece ofendida.

Desvió la mirada hacia el maletín que aferra sobre su pecho como si yo quisiera arrebatárselo. Creo que si fuera capaz de ponerle una mano encima, me golpearía por puro instinto. Eso me pone más duro.

─Tiene que ser importante─adivino.

Lo deja de sostener con tanta ansiedad, e intenta relajarse.

─Sí, para mí sí.

Le dedico una sonrisa, y me fastidio al darme cuenta de que es mi parada. Ella no parece acordarse de mí, lo cual me irrita sobremanera. Estoy acostumbrado a tener cierto efecto sobre las mujeres, pero ésta tiene demasiado carácter, y estoy seguro de que tenerla en la cama sería explosivo. Y peligroso.

─Es mi parada.

Ella se aparta de la puerta para que pueda pasar, y parece un tanto decepcionada por perderme de vista. Bien, algo es algo. Pero no va a perderme de vista, al menos por ahora. Voy a pasar varias semanas en esta ciudad, y tenerla como distracción será emocionante.

Agarro la bufanda antes de que caiga al suelo cuando las puertas la liberan, y se la entrego.

─Tenga cuidado. Hasta la próxima─me despido.

─¿Hasta la próxima?─me cuestiona con nerviosismo, sin entender.

Le dedico una sonrisa y me marcho sin volver a mirarla. Intuyo su mirada desconcertada sobre mi espalda, y eso me agrada. Luego recuerdo El Centro, y la promesa que le hice a mi madre. No sé por qué, pero algo me dice que esa mujer salvaje no es una de las mujeres maltratadas que viven en El Centro. Tal vez se trate de una nueva enfermera en prácticas, y por eso su cara me resulte tan familiar. Si se trata de una interna, me temo que no me quedará otro remedio que poner tierra de por medio. Pero sé que eso será difícil. Ella es distinta, y eso me gusta.

***                                                                                                                                                                                                                                                  

 

A la mañana siguiente, estoy alojado en el Centro y la busco con la mirada por todas partes. Se suponía que mi vista a este sitio sería un mero formalismo, y que no me llevaría más de varias horas, pero siento tal curiosidad que soy incapaz de largarme de este lugar hasta que sacie mi interés por ella. No la encuentro entre las mujeres residentes, ni tampoco entre las nuevas enfermeras. Me desespero, y llamo a María, una de las enfermeras más antiguas, para que acuda a mi despacho.

─Buenos días, María. Me alegro de verla.

─Es un placer tenerlo por aquí, Señor Brown. ¿En qué puedo ayudarlo?

Busco una respuesta que suene coherente y que no me deje en evidencia. Por Dios, no soy un acosador sexual, pero por la forma en la que me estoy comportando, cualquiera lo diría.

─Verá, hace varios meses, en mi última visita, crucé varias palabras con una mujer─le miento. En realidad, la primera vez que la vi, no llamó mi atención en absoluto, y tan sólo le eché un ligero vistazo─una chica en sus veintitantos, de mediana estatura, piel morena, cabello oscuro...¿Sabe de quién podría tratarse?

─¿Es una enfermera o una interna?

Cómo si yo lo supiera...

─Lo desconozco. Necesitaría hablar con ella de una cuestión muy importante, pero no la encuentro por ningún sitio. ¿Sabe de quién puede tratarse?

Sí, una cuestión muy importante...acerca de ella, yo y mi cama; algunas embestidas, arañazos en la espalda y sexo duro, salvaje y sin compromiso.

María se rasca la barbilla, y se queda pensativa.

─Pues ahora que lo dice...Recuerdo a una mujer que tenía las características que usted alude. Tenía un pelo precioso, y se lo comenté un par de veces. De bucles generosos y de una tonalidad muy oscura, ¿Puede ser la misma?

Sí, ¡Sí que lo es! Aquel cabello se ha colado en mis sueños de la noche anterior, que siempre acababan de la misma manera. Con ella entre mis brazos, dejándome hacer a mi antojo. No sé por qué, supongo que aquellos sueños tienen poco de realidad. No parece el tipo de mujer que vaya a dejarme realizar a mi antojo, y eso sí que es un reto.

─Sí, sin duda se trata de la misma persona─respondo, volviendo a ser el tipo neutral de siempre.

El rostro de María se ensombrece, y le tiemblan los labios antes de hablar.

─Pensé que el Jefe de Médicos se lo había comentado...─se lamenta.

─¿Comentarme el qué?─exijo saber.

─La chica por la que usted pregunta se llamaba Erika, y sólo venía un par de veces por semana a El Centro. Se negaba a ser internada, y tan sólo venía un par de veces al mes. Como recordara, le hice partícipe de aquella cuestión, y usted decidió arrendarle la cabaña del lago para que se mantuviera cerca de El Centro.

─Sí...ahora que lo menciona, lo recuerdo. Pero no entiendo a dónde quiere llegar.

─Señor Brown, Erika murió hace dos días. Se suicidó.

Me levanto de golpe, y tengo que tranquilizarme a mí mismo al darme cuenta de que es imposible que se trate de la mujer que vi en el metro, pues ni siquiera han pasado veinticuatro horas desde nuestro encuentro. Pero aquello no hace que me sienta mejor, tan sólo que tranquilice la angustia que me ha aprisionado el estómago en cuestión de segundos. Lo entiendo todo, y sé que la mujer del metro no es otra que la hermana de Erika, a quien he visto una vez, y en la que no me había fijado demasiado. Tiene sentido. Eran gemelas, pero ella irradia un magnetismo fuera de lo normal.

─¿Se puede saber por qué no he sido informado de ello?─me cabreo.

─Señor Brown, creí que ya se lo habrían comentado. Pensé que Miguel...

─Haga el favor de llamarlo a mi despacho. Ahora.

María asiente, y tras la advertencia cortante que le hago a Miguel, necesito salir a tomar el aire, por lo que me meto en el coche y conduzco sin ningún rumbo fijo. Salgo de El Centro y me dirijo hacia el bosque. La cabaña del lago en la que vivía mi madre es la misma en la que ha muerto Erika. Dos finales trágicos para dos mujeres que tuvieron mala fortuna con los hombres.

Me bajo del coche, y camino hacia la cabaña, que está cerrada con una cinta policial. Clavo la vista en el lago, y recuerdo lo mucho que le gustaba a mi madre aquel lugar. Me hizo prometer que continuaría su labor respecto a aquellas mujeres, y yo lo hice. Me gusta pensar que al menos puedo salvar a gente como ella, que ahora tiene la oportunidad de escapar de los golpes y el desamor. Mi madre fue una mujer excepcional, pero no pude salvarla. Hay cosas de las que es imposible escapar.

Me vuelvo a adentrar en el bosque, y me meto en el coche. Conduzco de vuelta a El Centro, y de repente, mis ojos se cruzan con los suyos. Unos ojos brillantes, negros y cautivadores. Me cuesta reaccionar, y cuando lo hago, detengo el coche en mitad de la carretera y me bajo del vehículo. Rehago a pie los doscientos metros que me he alejado de ella, pero cuando vuelvo, no la encuentro por ninguna parte. A lo lejos está la comisaría de policía.

Me paso las manos por el cabello, y sé que me estoy volviendo loco. Sólo es una mujer, y no tiene nada de especial. Tan sólo algo de carácter, y esa mirada descarada que hace que se me lleven los demonios. Me gustaría probar su resistencia, y excitarla tal y como ella me excita a mí. Pero todo lo que hago es volver al auto, meterme dentro y conducir de vuelta. Mañana por la mañana me marcho, es lo más lógico.

 

Al día siguiente tengo la bolsa de viaje preparada, listo para marcharme a Madrid antes de viajar a Nueva York. Estoy ultimando el papeleo dentro de mi despacho, cuando recibo la visita nerviosa de María, que llama con educación a la puerta antes de que le pida que pase.

─Señor Brown, creí que era oportuno avisarle de que la hermana de la fallecida Erika acaba de llegar a la fundación. Su nombre es Sara Santana, y ha sido recibida por el Jefe de Médicos.

Sara...

Suelto los papeles de inmediato, y me aliso la corbata como si aquello no tuviera la menor importancia. Pero la tiene, por supuesto que la tiene. Esa dichosa mujer me tiene obnubilado, y hasta que no le haga todas esas cosas de mis pensamientos más incandescentes, no va a salir de mi cabeza.

María me observa a la espera de una respuesta.

─Dígale que me gustaría hablar con ella─finjo desinterés.

María parece sorprendida ante mi petición, pero no dice nada más.

Me doy la vuelta sobre la silla giratoria, y me quedo mirando hacia el ventanal que da al inmenso jardín. Sara, bonito nombre para una mujer que me trae de cabeza. Sara Santana, la mujer en la que no puedo parar de pensar desde hace dos días. Sólo es curiosidad, estoy seguro de ello. Oigo que llaman a la puerta, y sin girarme, le ordeno que pase. Escucho unos pasos firmes, denotan cierta autoridad que me aturde. Pasos que se acercan, y de pronto, ella carraspea con la garganta para hacerse notar. Parece irritada porque la hagan esperar, y eso me resulta deliciosamente perverso. Giro la silla, y al verme, ella abre mucho los ojos.

─Siéntate Sara.

Se deja caer sobre la silla con gran perplejidad.

Sí, querida, yo tampoco te esperaba, pero mira cómo son las cosas.

Pongo los codos sobre el escritorio, y me inclino hacia ella para tenerla más cerca. Inspiro una fragancia de notas frutales muy evocadora, y durante un rato, me maravillo antes sus labios entreabiertos, y su gesto asombrado. Entonces caigo en la cuenta de que acaba de perder a un ser querido, y me reprendo por mi comportamiento tan autoritario y frío. Sé lo que es pasar por ello, y a pesar de que no la conozco, siento la necesidad de hacerla sentir mejor.

Tal vez un buen polvo...

─¿Cómo se encuentra? ¿Quiere tomar algo?─le pregunto, tratando de ser amable.

Niega con la cabeza, pero no responde. Sigue con el mismo gesto asombrado, y eso me incomoda.

─La he hecho llamar para ofrecerle mi pésame por la muerte de su hermana─estudio con detenimiento cada rasgo de su cara, que no se altera─Quiero que sepa que la fundación se encargará de todos los gastos de su funeral.

Eso no parece sentarle demasiado bien, porque alza la barbilla y estalla.

─¿Qué haces tú aquí?─me espeta con descaro, sin poder contenerse.

Creo que nadie me ha hablado con tanta liberalidad en toda mi vida.

─Soy el benefactor de la fundación─respondo, para tranquilizarla.

─¡Pero yo lo vi en el metro!─exclama, fuera de sí.

Denoto cierta desconfianza en su expresión que me irrita.

─Viajo en metro constantemente. No veo qué tiene de extraordinario.

─Dijiste que volveríamos a vernos─responde con recelo.

─Era una forma de hablar, y al fin y al cabo no me equivoqué─le digo, de manera evasiva.

─Mentira─me suelta, en toda la cara.

¿Me acaba de llamar mentiroso? ¿A mí?

La fulmino con la mirada, y ella ni siquiera se encoge.

Así que no me equivoqué...es una mujer de armas tomar...

─¿Cree que miento?─le pregunto directamente.

Agacha un poco la cabeza, como si la avergonzara su impetuosidad. A mí me resulta encantadora.

─Yo estoy confundida...─murmura─Mi hermana ha muerto, y tú dijiste que volveríamos a vernos, y ahora resultas ser el benefactor de la fundación que le tenía alquilada una casa. Es todo muy sospechoso...

¿Acaba de decir con todo el descaro del mundo que soy sospechoso?

La miro asombrado, pero me contengo y respondo:

─Entiendo tu preocupación─medito mis próximas palabras, y siento calor─¿Puedo hacer algo por ti?

Ya sabes a lo que me refiero. Tú, y yo, a solas, en una cama. O en cualquier otra parte. Nunca he sido demasiado rígido al respecto.

—Podrías alquilarme la casa del lago —sugiere, y me reta a que la contradiga. Debería tomarla sobre el escritorio, sólo para demostrarle quien es el que manda—Yo necesito saber

lo que le ha pasado a mi hermana. Después de todo lo que he descubierto,volver a mi vida y tratar de olvidar lo ocurrido no es una opción.¿Y podría abrirme las puertas de la fundación? Querría hacer algunas preguntas a su personal y a las mujeres.

Vaya, eso sí que es ir al grano. Así que es una mujer que sabe lo que quiere. Bien, me encantan las mujeres decididas. Respecto a lo de abrir las puertas, prefiero que se abran sus piernas, cuando yo lo diga.

─No tengo nada que esconder─respondo, un tanto molesto. Me está cuestionando, y ni siquiera se esfuerza en disimularlo.

─¿La fundación tampoco?─insiste.

¡Dios Santo, qué mujer tan irritante y peleona!

─Ni siquiera la fundación─la miro a los ojos, y le advierto con la mirada que no siga por esa camino.

No me gusta lo que está dando a entender.

Un silencio tenso sumerge la habitación, y ella me sostiene la mirada, como si me estuviera evaluando. Joder, detesto que me evalúen. Es más, no creo que en toda mi vida nadie se haya atrevido a mirarme con tanta libertad, ¿Pero acaso no es lo mismo que yo he hecho con ella?

─Puedes disponer de la casa del lago todo el tiempo que necesites. Y accederás a la fundación siempre que quieras─me oigo decir.

¿Acabo de decir yo eso? Me acabo de convertir en un pusilánime, y siento la tentación de rebatir mis últimas palabras, pero me contengo porque sé que voy a parecer un completo imbécil.

─Gracias─responde, encantada de la vida por haberse salido con la suya─Señor Brown, ¿Conocía usted a mi hermana?

Ya vuelve a la carga. Esta mujer nunca descansa, ¿Qué demonios le pasa?

─Sólo la vi una vez─le aclaro, y le vuelvo a advertir con la mirada que ese tema ya está zanjado.

Ella se levanta para marcharse, y extiende una mano para que se la estreche. Por el simple placer de llevarle la contraria y tenerla más cerca, me levanto y rodeo el escritorio. Le rodeo la espalda con el brazo, y la conduzco a la salida.

─La policía dice que su hermana se suicidó─le explico. Creo que es innecesario que busque culpables donde no los hay, y sólo se hará más daño.

─Estoy segura de que no fue eso lo que pasó, y estoy dispuesta a averiguar la verdad─determina, y por si acaso, me reta con la mirada a que la contradiga.

No me atrevo a hacerlo, y todo lo que hago es dedicarle una sonrisa.

─A veces hay cosas que es mejor no saber─le aconsejo.

─Encontraré la verdad, aunque no me guste─me dice, y siento que intenta amenazarme.

Se gira, y se marcha sin volver a mirarme, dejándome con dos palmos de narices. Me doy cuenta de que se le ha caído la bufanda al suelo. Bendita bufanda, que pertenece a la mujer más irritante y magnética que he conocido nunca. Me agacho para recogerla.

─Sara─la llamo.

Ella se detiene y se gira para observarme. Parece un gorrión asustado, y me resulta gracioso que pueda pasar de ser una mujer tan segura y determinada como alguien que tiembla de la cabeza a los pies. Me acerco hacia ella con la bufanda en la mano, y se la coloco alrededor del cuello sin decir una palabra. Le acerco su cabeza hacia mí a propósito, y ella balbucea algo que no logro comprender. Parece una disculpa. Se nota que está incómoda. Se gira para marcharse, y al hacerlo, sus labios rozan los míos. Aquel tímido contacto involuntario me pone a cien, y justo cuando la voy a besar, escapa de mí y se marcha corriendo.

La observo marchar, y sonrío sin poder evitarlo.

Sara...te crees que lo tienes todo controlado, pero te equivocas.

                                                                             ***

No lo puedo evitar. Al día siguiente, muy temprano, salgo a hacer footing, y me digo a mí mismo que pasar por la cabaña del lago no tiene nada que ver con el hecho de que Sara esté viviendo allí. Pero lo tiene, por supuesto que lo tiene. En realidad, sólo necesito verla una última vez, para asegurarme a mí mismo que el hecho de que ella me saque de mis casillas no tiene nada de especial.

Entonces paso por la entrada a propósito, y la veo hablando con otro tipo. Es ese policía detestable que ha ido a la fundación a hacer preguntas incómodas. Hago como que no la observo, e irritado, me marcho corriendo sin dejar de mirarla de reojo. Sé que es absurdo sentirse así por una mujer a la que acabo de conocer, pero no puede evitarlo.

Tiene algo, desconozco el qué, que me vuelve loco. Me excita con sólo mirarla. Me cautiva su carácter. Y estoy mal de la cabeza.

Antes de marcharme de vuelta a la fundación, paso por el único bar del pueblo y compro una botella de agua. Al salir, me encuentro de golpe con Sara, quien da un respingo y no puede evitar mostrar su inquietud.

¿La pongo nerviosa? Eso sí que es interesante.

─Señor Brown...─me saluda.

Trata de esquivarme, como si la incomodara de verdad. Da un paso hacia adelante, y se tropieza con el bordillo de la entrada. Antes de que se caiga, la sostengo por el antebrazo y la levanto sin esfuerzo. Ella titubea algo parecido a un gracias.

Esta mujer es exasperante.

¿Cuántos accidentes puede tener en pocos días?

Sin pensármelo, le coloco una mano en la espalda y la conduzco hacia la entrada. No me quedo tranquilo hasta que la dejo dentro, y entonces me alejo para marcharme.

─Que tengas un buen día, Sara.

No le doy tiempo a responder, y me largo sin decir nada más. Joder, todavía estoy molesto por lo sucedido hace unos minutos. No me lo puedo creer, pero por irracional que parezca, los celos me consumen.

La visión de Sara y aquel policía acude a mi mente un par de veces. Trato de centrarme en los balances económicos que tengo delante. No soy la clase de jefe que tiene confianza ciega en sus empleados. Con toda probabilidad es un fallo mío, pero me quedo más tranquilo si reviso la contabilidad por mí mismo de vez en cuando.

─¿Señor Brown?─me saluda María.

─¿En qué puedo ayudarla?

─Verá...sólo quería saber si usted le ha dado permiso a la señorita Sara Santana para andar a su antojo por El Centro. Ya sabe que las mujeres se ponen un poco nerviosas cuando reciben visitas inesperadas...

─Honestamente, no creo que ella suponga ninguna amenaza─le miento.

Excepto para mí. En fin, esa mujer podría sacar de sus casillas a cualquiera, incluido el Santo Padre.

─Como usted diga, Señor Brown.

Espero a que María se marche, y entonces, salgo al pasillo para tener unas palabras con Sara. Pienso decirle que se contenga, y que no haga preguntas incómodas a las internas. Me he dejado llevar por la atracción que siento, y no he medido los actos. Generalmente soy un hombre razonable, pero me estoy convirtiendo en alguien irracional, y todo por culpa de esa puñetera mujer.

De pronto, la  encuentro en uno de los pasillos, y la veo caminar desorientada. Parece que acaba de llorar. Eso me descoloca, y aprovecho que aún no me ha visto para observarla a mi antojo. En ese momento me parece alguien muy frágil, y siento la necesidad de protegerla y asegurarle que nada puede dañarla.

Sara se limpia las lágrimas con el puño de la camisa, y esboza una sonrisa artificial. Se encamina hacia la salida, y se tropieza con el filo de la moqueta. Me llevo las manos a la boca, y trato de no reírme. Me acerco hacia ella, me agacho y la incorporo. Al darse cuenta de quien soy, se inclina hacia atrás y está a punto de caerse. La vuelvo a sostener, y la acerco a mí. Nos levantamos al mismo tiempo, y su mejilla roza mi barbilla.

La miro con una mezcla de excitación y diversión.

─¿Acostumbra a tener accidentes de manera ocasional?

─Estaba levantada─murmura.

─¿El qué estaba levantada?─le pregunto con descaro a propósito, para ruborizarla.

Ella se muerde el labio.

─La alfombra...la alfombra estaba levantada y mi pie se ha enganchado.

─¿Ha encontrado lo que buscaba?

─No─parece decepcionada.

─Ya le dije que no encontraría nada.

Asiente, pero no parece muy segura.

─¿Por qué sigue aquí?─me pregunta.

─¿Por qué debería marcharme?─la cuestiono yo.

─Un hombre de negocios como usted, ¿No tiene a nadie que le lleve los asuntos secundarios?─no me gusta ese tonito entre reprobatorio y acusador que utiliza.

─Esto no es secundario─respondo, y no puedo evitar sentirme molesto─No hagas eso, Sara.

─¿El qué?─pregunta inocentemente.

─Interrogarme con preguntas que parecen inocentes y no lo son─le advierto.

La suelto de inmediato, y me aparto de ella. Detesto que me juzgue sin conocerme.

─Tengo que irme.

En cualquier otro momento habría aprovechado la ocasión para ofrecerme a llevarla y estar más cerca de ella, pero ahora estoy tan frustrado y enfadado que soy incapaz, y todo lo que digo es:

─Llamaré al jardinero para que te acompañe.

─¡No!─exclama.

─¿Por qué no?─exige saber.

─Porque prefiero caminar.

─Mientes muy mal.

Aparta su mirada de la mía y comienza a bajar las escaleras con prisa. Si se cree que ha dado por zanjada la conversación, sin duda no me conoce. En dos zancadas, la alcanzo y la detengo cogiéndola por el brazo.

─No vas a irte sola. Está a punto de oscurecer y va a llover─le ordeno.

Ella me fulmina con la mirada. Mira mi mano sobre su brazo, y luego me echa una mirada llameante para que la suelte. No lo hago. Estoy seguro de que no está acostumbrada a recibir órdenes. Bien, ya somos dos.

─Sí que voy a...

─La acompañaré─sentencio, sin darle tiempo a acabar la frase.

Sin soltarla, la obligo a bajar las escaleras de dos en dos, sólo para demostrarle quien es el que manda. Parece aturdida, pero en cuanto salimos al exterior, se zafa de mi brazo, cuadra los hombros y camina sola hacia el coche.

─Puedo andar sola─gruñe, con los dientes apretados.

La miro y me da por reírme.

Conduzco hacia la cabaña del lago, y antes de que ella se baje, me apeo del vehículo y le abro la puerta del copiloto. Ella me dedica una mirada ácida, pero sé que el gesto le ha gustado.

─¿Estarás bien sola?─me preocupo.

─Puede que venga el lobo o algo por el estilo─se burla de mi preocupación.

La miro con dureza. No puedo creer que quiera estar en un sitio como éste.

─Te acompañaré a la puerta─decido.

─No es necesario.

Sé que va a volver a negarse, pero no se lo permito y coloco una mano en el centro de su espalda, conduciéndola con presteza hacia la entrada de la casa. Al llegar frente a la puerta, introduce la llave en la cerradura, mete la cabeza dentro de la casa y luego me mira a mí, con ambas cejas arqueadas y la expresión burlona.

─Al parecer no hay ningún intruso en la casa. No soy ninguna damisela en apuros─apunta, con convicción y orgullo.

─¿No tienes miedo? Puedes pasar la noche en El Centro si lo prefieres. Podrías quedarte el tiempo que estimaras necesario. Yo lo arreglaría todo.

Sí, claro que lo arreglaría.

Tú, y yo, en una cama. Toda la noche, y quizás hasta por la mañana.

─¿Por qué iba a tener miedo?─replica, haciéndose la dura.

Joder, ¿De dónde ha salido esta mujer?

─Porque estás sola. Sola en el mismo lugar en el que murió tu hermana─le recuerdo.

Sin poder evitarlo, y preso de la necesidad de sentirla más cerca, le acaricio la garganta con el pulgar, y la siento estremecerse bajo mi toque. Sabía que sería receptiva a mis caricias, y eso me encanta.

─No tengo miedo─asegura, le tiembla la voz.

─Deberías.

Mi pulgar desciende hacia su barbilla, y ella entreabre los labios sin poder evitarlo. Le alzo el rostro para que me mire, y sepa que en este momento no hay nada más. Joder, me pone que me contradiga. Debo de estar mal de la cabeza, pero me excita, y me encanta.

─No eres una mujer convencional, Sara Santana...

Inclino mi rostro sobre el suyo y la beso sin pedir permiso. Al principio un tímido contacto, pero al ver que no se aparta, la empujo contra la pared y le devoro la boca, con hambre. Con una mano le subo el jersey, y le acaricio la piel suave. Siento que la erección en mis pantalones crece, y ella lo nota. Suelta un suspiro.

Llevo mis manos hacia su sujetador, y las meto por dentro, agarrándole los pechos y dejándome llevar por ese hambre primitiva que me consume. Bajo los labios hacia su cuello, y le dejo un reguero de besos, hasta que llego a la garganta y noto su pulso acelerarse. Ella jadea, y la manera abierta en la que responde a mis caricias me pone a cien. He soñado con esto muchas veces desde que la conocí, pero esto es mejor. Mucho mejor.

Le pellizco los pezones, le beso todo el cuello y vuelvo a su rostro. Ella jadea, se estremece y suelta un suspiro. Entonces, su rostro pierde color, y me empuja fuera de su cuerpo. Se lleva las manos a la cara, y tiembla de la cabeza a los pies. La miro desconcertado, sin saber lo que he hecho mal. Ella se agarra al pomo de la puerta, y se mete dentro de la casa.

─¿Estás bien?─me preocupo.

Trato de acercarme a ella, pero coloca una mano entre nosotros para evitar que lo haga.

─Necesito estar sola.

¿Sola? Por supuesto que no. Después de cómo me ha dejado, lo menos que merezco es una explicación.

─Por favor, vete─me ruega, y me cierra la puerta en las narices.

No me lo puedo creer. Acaba de cerrarme la puerta, y ya está. ¿De verdad se piensa que voy a largarme sin más?

Incrédulo, me siento en las escaleras del porche, con el rostro entre las manos. Soy imbécil, y debería largarme de aquí. Pero no puedo. He visto el pánico en sus ojos, y necesito que me explique lo que ha sucedido.

¿Tal vez he sido un desconsiderado? Reconozco que no he podido controlarme, y me he lanzado hacia ella como un tiburón hambriento. Joder, si no me hubiera parado, la habría follado a la entrada de la cabaña, sin importarme que alguien pudiera vernos. Yo no soy así. O eso creía.

—¡Sara! —la llamo—. No voy a marcharme hasta que abras esa puerta, sepa que estás bien y me cuentes qué demonios ha pasado. Aunque me tenga que quedar aquí sentado toda la noche. Algún día tendrás que salir.

La puerta no se abre, y dentro no hace ningún ruido. Estoy seguro de que está esperando a que me canse de estar aquí, pero no va a conseguirlo.

Llevo cuarenta minutos esperando sentando en el porche, y comienzo a impacientarme. Miro la calma del lago, y recuerdo a mi madre. Desde que se marchó, supe que la única mujer que podría volver a conquistarme sería alguien que rompiera mis esquemas. En fin, nunca imaginé que me tuviera cuarenta minutos esperando en el porche.

Me quito la americana y me la cuelgo al hombro. Arrojo la corbata al suelo, y me desabrocho los primeros botones de la camisa. Me levanto y me apoyo en la entrada del porche, con la vista fija en el lago. De repente, la puerta se abre, y me giro para observar a una arrepentida Sara.

─Yo...¿Por qué sigues aquí?─exige saber.

Parece verdaderamente conmocionada por tenerme ahí.

Bien, yo sólo esperaba una disculpa sincera, pero se ve que esto mejora por momentos.

─Llámalo orgullo masculino, ¿Tan mal beso para que me cierres la puerta?─le pregunto de manera burlona.

─No, claro que no...

Mi sonrisa se hace más ancha, y ella me fulmina con la mirada.

─Pero tampoco es como si fuera el mejor beso que me han dado en toda mi vida─me suelta, con descaro.

─¿Ah no?─la tiento, y doy un paso hacia ella.

─No─asegura, la muy descarada.

Doy otro paso hacia ella.

─Eso puedo arreglarlo─le aseguro, con despreocupación.

Ella retrocede de manera instintiva.

─Tengo hambre...

─También puedo arreglar eso.

Sí, yo sí que tengo hambre.

─¡Raviolis!─exclama nerviosa─¡Hago unos raviolis deliciosos!

Se mete dentro de la cocina, y me parece que se ha puesto colorada. Con la intención de huir de mí, empieza a revolver cacerolas y utensilios de cocina, y titubea que me ponga cómodo. Bien, pues hago lo que me dice. Rebusco entre sus cosas a mi antojo, para descubrir algo más acerca de la mujer que me trae de cabeza. Encuentro una caja de hojalata decorada con sellos de viaje. La abro sin ningún pudor, y curioseo lo que hay en su interior. Guarda un reloj de pulsera antiguo, algunas postales y fotos, una hoja de Jane Eyre y un cuaderno de relatos.

De inmediato, un fotografía en la que sale haciendo top less llama mi atención. La miro de reojo para cerciorarme de que sigue a lo suyo, y entonces, clavo los ojos en aquellos pechos llenos y deliciosos, y las pulsaciones se me aceleran. Van directas a mi polla, y empiezo a tragar con dificultad. Me meto la fotografía en el bolsillo, para observarla a mi antojo en cuanto esté solo, pues está surtiendo en mí un efecto que es imposible ignorar.

─Muy bonitas─digo en voz alta, sin poder evitarlo

Cojo el cuaderno de relatos, y me maravillo ante la prosa sencilla y directa. Sin duda, no se puede negar que esas líneas reflejan la franqueza de su dueña.

─¡Suelta eso!─me grita de repente, al darse cuenta de lo que tengo en las manos.

Corre hacia donde estoy presa de la desesperación con una cuchara sopera en la mano.

─¿Lo has escrito tú?

─¡Sí!

Me lo arrebata sin que yo oponga resistencia alguna. Creo que de haberlo hecho, me habría pegado.

─¿Has intentado publicarlo?

─No─responde, como si la simple idea le pareciera absurda.

─¿Por qué no?

Aferra el cuaderno sobre su pecho de manera protectora.

─No son lo suficientemente buenos.

─¿Y eso quién lo ha decidido?

─Yo, por supuesto.

Por qué será que no me extraña...

─No te vendría mal una segunda opinión.

Hace como si no me hubiera oído, pero extiende la mano para que le devuelva lo que tengo. Le doy la hoja de Jane Eyre, porque estoy dispuesto a quedarme con la foto.

─¿Te gusta Jane Eyre?

─¿A quién no le gusta Jane Eyre?

─A mí no─le soy sincero.

Me mira como si estuviera loco.

─Tú te lo pierdes.

─¿Por qué elegiste ese fragmento?

Parece que está harta de que le haga tantas preguntas, pero al final responde.

─Fue la primera hoja que pude arrancar antes de que la bibliotecaria me obligara a devolver el libro.

─Así que eres una ladrona─bromeo.

─Sólo era una niña pequeña─responde con frialdad, como si necesitara cambiar de tema.

De repente, se queda lívida, y me mira con los ojos cargados de acusación.

─La foto─trata de aparentar indiferencia, pero tiene esa expresión acalorada que me hace tanta gracia.

─Es una foto muy...

─Dámela─gruñe.

Se abalanza sobre mí para recuperar la foto, y yo me carcajeo sin poder evitarlo. La sostengo en alto, y ella da saltitos ridículos para recuperarla.

─¡Héctor devuélvemela!─me pide, desesperada.

Me vuelvo a reír, y ella pierde los papeles, se tira hacia mí y nos caemos sobre el sofá. Alcanza la fotografía y se la mete en el bolsillo trasero del pantalón, hasta que se da cuenta de la posición tan íntima, con su cuerpo encima del mío, y trata de incorporarse. Le colocó una mano alrededor de la cintura y se lo impido.

─Es una foto preciosa.

Mierda, estoy a punto de explotar.

Me dedica una mirada asesina.

─No tiene ni puñetera gracia.

─Ahora que las he visto tengo más ganas de follarte.

Y sí, me refiero a sus bonitas tetas.

Ella abre mucho los ojos, verdaderamente impresionada. Aprovecho ese momento para retenerla entre mis brazos, y darle un beso. Me sabe a poco, y tiro de su labio inferior, hasta que la oigo gemir. Entonces la suelto, y ella se levanta con torpeza.

Prepara la cena en silencio, incapaz de dirigirme la palabra. La observo sin decir nada, para no avergonzarla más de lo que sé que lo está. Puede hacerse la dura, pero sé que en el fondo es una chica un tanto vergonzosa, y no está acostumbrada a mi tono directo y sexual.

Me doy cuenta de que tiene un perro. Es un animal de unas dimensiones ridículas y pelo de algodón, que muerde mis zapatos para que le preste atención. Me encojo de hombros, y le tiro una pelota que encuentro debajo del sofá.

Cuando Sara sirve la cena, hago un esfuerzo por digerir ese estropicio y me la como sin decir nada. No me puedo creer que los raviolis le hayan salido duros, y estoy seguro de que no tiene ni idea de cocinar, pero como no quiero dejarla en evidencia, me los como sin poner ninguna pega, e incluso le miento diciéndole que le han salido deliciosos.

─Es un sitio acogedor─le digo, echándole un vistazo curioso al interior de la cabaña.

─¿Nunca antes habías estado aquí?

Es normal que esté extrañada, pero si ella supiera lo que supone para mí este lugar...

Durante años, he sido incapaz de pasar por la puerta sin recordar a mi madre.

─No. Aquí vivió mi madre durante una época. Fue su lugar de reclusión. Después de eso, la casa pasó a la fundación.

Creo que es la primera vez que hablo con esto de alguien, sin que previamente me haya preguntado por el tema.

¿Qué es lo que me estás haciendo, Sara? Estoy aquí, en esta cabaña contigo, cuando ya debería estar rumbo a Nueva York. Y sin embargo, me gusta. Y no lo lamento.

─¿Aquí vivió tu madre?

─Sí─sonrío ante su recuerdo.

─¿Cómo se llama?

─Se llamaba Alicia.

─Lo siento─se disculpa.

─No importa. Fue hace mucho tiempo.

Y es la verdad.

Me levanto para mirar por la ventana.

─Es una vista preciosa.

Se queda callada, y sé que acabo de cagarla. Hace pocos días, su hermana murió en este lugar, ¿Qué se supone qué va a tener de bello para ella?

Durante un rato me quedo callado, pero al final me giro hacia ella, y abordo el tema sin dar ningún rodeo. Sé que ella es honesta, y no va a mentirme cuando le pregunte.

─¿Qué te pasó, Sara? Todo parecía estar bien, y de repente te pusiste blanca. Si fui demasiado impulsivo...

Ya está. Ya se lo he dicho. Puedo que a mí me apetezca comérmela a besos cada vez que la tengo en frente, pero lo que ella desee lo desconozco.

─No, no fue culpa tuya─me asegura.

Suspiro aliviado. Al menos estamos de acuerdo en algo.

─¿Y entonces?

Por un momento se piensa si debe responder, pero al final lo hace.

─Vi a mi hermana muerta. Fue perturbador. Horrible.

Maldita sea. Todavía sigue conmocionada por la muerte de su hermana, y mi parte baja es incapaz de sensibilizarse con su dolor, porque está demasiado ocupada pensando en llevarla a la cama.

─¿De veras?─me lamento.

─Es la segunda vez que me pasa. ¿Tú crees en los fantasmas?

─Nunca he visto ninguno. Pero te creo.

Es evidente que ella ha visto algo, a pesar de que lo identifique con el fantasma de su hermana, lo cual es imposible.

─¿Por qué?─quiere saber.

No me sorprende que ella lo pregunte. A cualquier otra le habría bastado con obtener una respuesta que la agradara, pero ella no. Sara tiene que discutirlo todo, incluso aquello que necesita escuchar.

─Porque sí.

─Eso no es una respuesta.

Joder, en mi vida he conocido a una mujer más testaruda.

─Lo es.

─No lo es.

Me encojo de hombros, tratando de dar por finalizado el tema.

─Porque me apetece creer en ti.

Y es la verdad. Quiero creer en ella. Porque me gusta.

Durante un momento se muerde los labios, y sé que mi respuesta le ha bajado las defensas. Ay Sara...Sara...

─Eso tampoco es una respuesta.

En fin...

Le dedico una sonrisa felina y peligrosa, y doy un paso hacia ella.

─Puedo creer en lo que me apetezca─la cojo de los hombros para acercarla a mí─¿Sabes cuántas mujeres me han rechazado?...

Se lo digo contra los labios, a punto de explotar.

Ella sacude la cabeza, y yo le acaricio la mejilla con el pulgar. Quiero cuidarla, seducirla, besarle todo el cuerpo hasta que me pida que la posea.

─¿Sabes cuántas mujeres me han cerrado la puerta en la cara?

Niega con la cabeza, muy nerviosa, pero la muy bribona me sostiene la mirada, y eso me encanta.

─¿Sabes lo furioso que me pone eso?

No puedo contenerme por más tiempo. A la mierda todo eso acerca de contenerse y dejar que mi polla piense por sí sola. La beso, la sostengo por la nuca y hago el beso más completo. Me enloquece saber que ella no me detiene, y se agarra a mis hombros como si no quisiera que me fuera.

¡Cómo si yo me fuera a ir!

Me separo de ella con dificultad, y detengo mis labios sobre su frente.

─Sara...me haces perder el control cuando estoy contigo.

Ella esboza una sonrisa tímida. Si continúa con esa ambivalencia, creo que voy a estallar.

─Definitivamente no eres una mujer convencional...

─No sé si me gusta eso─comenta, con escepticismo.

─A mí sí─le aseguro. Y es la verdad.

Sin contenerme, inclino mi cuerpo sobre el suyo y la dejo caer sobre la cama. Le rodeo la cintura, y la aproximo a mi erección, demostrándole que me da igual que no sea convencional. Porque esto es lo que ambos necesitamos, y si aún no se ha dado cuenta, voy a demostrárselo. Le beso el cuello, y siento que respira entrecortadamente, hasta que una maldita llamada de teléfono nos separa al instante. Es decir, me separo por obligación y con gran fastidio, y ella responde al teléfono, hasta que la expresión se le ensombrece y los labios le tiemblan.

Cuelga el teléfono, y se sienta al borde de la cama, llevándose las manos al rostro.

─Mi madre se encuentra enferma, y tengo que estar con ella─me explica.

Parece ida, y es evidente que esa llamada es importante para ella, y que la ha pillado por sorpresa.

Actúo por puro instinto. Me levanto de la cama, y extiendo una mano que ella acepta sin dudar. No sé que me pasa, y con cualquier otra persona, sinceramente me habría dado igual. Pero es simple. No puedo, no puedo dejarla sola en este momento. Acabo de conocerla, pero necesito saber que ella estará bien, y que no se largará a las tantas de la noche, presa de la conmoción.

Me digo que es porque aún no he acabado con ella, y que cuando lo haga, caerá en el olvido, como tantas otras. Pero algo me dice que eso no es verdad, y la sensación de estar amarrándome a ella no me gusta.

─Te acompañaré─las palabras salen de mi boca sin que pueda medirlas.

─No es necesario...

─Te acompañaré─vuelvo a repetir, y me da igual lo que ella diga.

                                                                                ***
Tras la inesperada visita a la residencia de enfermos de alzheimer, y tras mi discusión con el médico que lleva la dirección, dejo a Sara en el apartamento de la ciudad en el que convive con una amiga. Todavía no logro salir de mi asombro, y en cierto modo estoy cabreado. Le pedí que no entrara a ver a su madre, que había sufrido un episodio crítico y estaba armada con un arma blanca, pero ella me ignoró, y aprovechando mi momento de descuido, me dio un susto de muerte al irrumpir en la sala y convencer a su madre para que soltara el cuchillo.

Sentí tal ansiedad irracional debido al temor de que le ocurriera algo a una mujer a la que acabo de conocer, que a punto estuve de gritarle que se había vuelto loca. Pero no pude hacerlo. Estaba tan afectada por lo ocurrido, que me ofrecí a llevarla a su apartamento. No sé qué hacer para consolarla, y sólo puedo empatizar con ella debido a la enfermedad de su madre. Sé lo duro y frustrante que resulta tener una madre consumiéndose por la enfermedad, y no poder hacer nada por ayudarla.

─Gracias por todo─me dice, una vez que llegamos.

─No tienes por qué dármelas.

Abre la puerta para salir, pero algo parece retenerla, y durante un momento se piensa lo que hacer. Me da la impresión de que va a besarme. Cada vez puedo leer con más facilidad lo que hay dentro de esa mente que intenta pararme los pies, pero que no lo consigue.

Sara se gira hacia mí, me observa un momento, como si creyera que me voy a apartar.

¿De veras cree que no estoy deseando que me bese?

Al final, se muerde el labio, duda una última vez, y me rodea el cuello con las manos, besándome con ternura. Antes de que pueda afirmarle que me encanta como me besa, y que me gustaría que pasara la noche conmigo, se marcha corriendo a su apartamento.

 

Me dirijo a un hotel cercano para pasar la noche allí, porque a pesar de que no me lo ha dicho, sé que mañana es el funeral de su hermana, y me gustaría estar presente para acompañarla de alguna manera. Estoy a punto de acostarme cuando mi hermana Laura me llama por teléfono. Dudo en responder su llamada, porque sé que es una histérica, pero al final, descuelgo y respondo sin ganas.

─¿Se puede saber dónde estás? Se suponía que llegabas esta mañana a Nueva York─exige saber.

A veces me da la sensación de que yo soy el hermano pequeño. Sólo a veces. Entonces reparo en quien paga las facturas de su universidad, y se me pasa.

─¿Tienes idea de la hora que es en España?

─No...¡Y me da igual!

─Laura, voy a colgar.

─¡Ni se te ocurra! Algo muy grave debe de haberte sucedido para que hayas perdido el vuelo. Madre mía, si eres el hombre más serio y responsable que conozco. ¿Qué ha pasado? ¡No me digas que has tenido un accidente! ¡Héctor, que me planto en España en un momento!

Oh, sí...

Algo muy grave llamado Sara Santana, con unos pechos deliciosos y que me vuelve loco. Por ahora.

─Tranquilízate. No he tenido ningún accidente.

Durante un rato se queda en silencio, y al final, suelta un gritito.

─¡Tú has conocido a alguien!─estalla, y se empieza a reír.

─¿Pero qué dices?─le pregunto cabreado─¿No estarás en una de esas fiestas universitarias en las que se vende alcohol y hacéis de todo menos estudiar?

─No me cambies de tema, señor estirado. Sabía que tarde o temprano esto sucedería. Si no has tenido un accidente, lo único que podría haberte retenido lejos del trabajo es una mujer. Siempre supe que cuando te enamorases serías igual de posesivo y autoritario que conmigo. Te niegas a irte de España porque necesitas tenerla vigilada, ¿eh, hermanito? Es más, estoy segura de que a ella la traes de cabeza, ¿Me equivoco?

─No tienes ni idea de lo que hablas. Seguro que has bebido.

─¡Héctor está enamorado, Héctor está enamorado!─canturrea, sacándome de mis casillas.

─Voy a colgar.

─Pero Héc...

No me da tiempo a escuchar lo que me dice, porque cuelgo el teléfono y me tumbo en la cama.

¿Yo, enamorado? Venga, no me jodas...

                                                                         ***

 

En el funeral de la hermana de Sara se sucede un público de lo más variopinto. Me mantengo en la parte más alejada, sin dejar de observarla. Ella asiste a la escena con los labios apretados y una evidente censura. Me parece adivinar que su hermana no era una mujer muy amigable, y que a Sara, el hecho de que se presente una marabunta de personas a ofrecerle un consuelo que no va a servirle de nada la irrita sobremanera. En cierto modo la entiendo, pues yo llegué a sentir que la ira me consumía en el funeral de mi madre. ¿Dónde estaban esos supuestos amigos, y esa familia política a la que poco le importaba su estado de salud, cuando ella se consumía lentamente?

Me doy cuenta de que Sara está acompañada por una chica joven que presupongo su amiga, y por una mujer de mediana edad que parece de su familia. Ambas me observan de arriba a abajo, y no me siento incómodo en absoluto, pues mi notoriedad pública es algo que ya acepté hace bastante tiempo. Cuchichean al oído de Sara, y ella apenas me mira de reojo durante un par de segundos. Me irrita que apenas repare en mí, porque yo no puedo mirar a nadie que no sea ella.

Al final del funeral, la espero paciente a la salida hasta que todo el mundo le ofrece un pésame con toda probabilidad falso y que le sirve de poco. Se detiene a hablar con una mujer, a la que creo haber visto internada en El Centro.

En ese momento, la mujer de mediana edad a la que he visto acompañando a Sara se acerca hacia donde estoy, y sin mediar palabra, se agarra a mi brazo y se queda mirando a Sara durante un largo minuto, como si no se hubiera colgado de mi brazo. Al final, dirige su atención a mí, y una sonrisa sincera acompaña sus palabras.

─Es mi sobrina. Una chica encantadora, ¿No te parece?

─Me tiene algo descolocado, pero me encanta─le confieso.

No sé por qué le digo eso, pero me sale sin pensar. Quizá por eso mis palabras guardan tanta verdad.

─Sí, ella tiene esa clase de efecto en los demás. No es una chica fácil de convencer, siempre está en pie de guerra. Pero a ti qué te voy a contar...parecéis muy unidos, ¿Estáis saliendo?

Me quedo bastante cortado ante tantas preguntas. No estoy acostumbrado a que me aborden en plena calle para preguntarme sobre mi vida privada.

─No, no estamos saliendo.

─Bien, con ella tienes que ir despacio. Conquístala poco a poco, y nunca le falles. Es desconfiada por naturaleza, y muy exigente. Su padre la abandonó cuando era una niña, y aunque finge que no le importa, lo cierto es que no ha sido capaz de superarlo. Piensa que todos los hombres son iguales, y que la abandonaran.

─¿Por qué me cuenta todo esto?

─Porque veo como la miras, ¿No es evidente?

Estoy a punto de responderle que no, y que necesito que me explique qué es eso tan evidente que se ve en mis ojos, pero ella me suelta, y no me deja hablar.

─No le cuentes que he hablado contigo. Se enfadaría, y tiene un genio de mil demonios.

Me quedo muy trastocado ante las palabras de la tía de Sara. Sabía que acercarme a ella sería difícil, pero no me imaginaba cuanto. Y en realidad, no sé si es lo que quiero. Quizá deba alejarme de ella, porque lo único que quiero es tenerla en mi cama.

Pero no lo hago, e incapaz de separarme de Sara, que es lo más lógico para mí, y sobre todo para ella, en cuanto se queda sola, aprovecho ese momento para acercarme, pero antes vigilo que no se sienta agobiada, pues tengo la sensación de que la voy conociendo, y es el tipo de persona imprevisible que explota en el momento menos indicado.

No sé por qué me gusta, pero me da igual.

─Sara, he pensado que podría llevarte de vuelta─me ofrezco.

Ella da un respingo, como si no hubiera esperado que me quedase hasta el último momento. Parece fuera de lugar, pero entonces me mira de arriba a abajo, y tengo la certeza de que lo que ve le gusta. Todo un detalle.

─Bueno...si no te importa llevar compañía─me dice, y señala con la cabeza a la urna que contiene los restos de su hermana.

─No me importa─respondo, un tanto descolocado por su actitud irónica. Nos dirigimos hacia el coche, y una vez que se sienta a mi lado, la miro un tanto preocupado─¿Estás bien?

─No, pero gracias por preguntar.

Su franqueza me abruma, y creo que ahí radica la mayor parte de su encanto. A menudo, las mujeres con las que me he relacionado sólo me decían aquello que quería oír. ¿Quién necesita que le regalen los oídos? Yo no. Estoy rodeado de gente que lo hace continuamente, y comienzo a estar harto.

─No es necesario que digas nada. La gente suele hacerlo en los funerales por cortesía, pero no ayuda en absoluto.

De nuevo, ahí está. Esa chica que necesita hacerse la dura para que no le hagan daño. En el fondo, somos muy parecidos en ese aspecto.

─Tampoco es necesario que te hagas la dura. Podrías aceptar la ayuda de los demás.

De acuerdo, estoy cabreado. Me gustaría que ella aceptase la mano que le brindo, sin apartarse de mí como si fuera una cucaracha que no le importa en lo más mínimo.

─A mi hermana no la ayudó nadie cuando la asesinaron. Ella merece mi ayuda─responde, con determinación.

¿Cuándo la asesinaron? ¿Pero de qué está hablando? Su hermana se suicidó, y me temo que si no lo acepta, va a sufrir por su propia culpa.

─Sara, no te metas donde no te llaman─se lo pido, pero en realidad se lo ordeno, como si ella me perteneciera y tuviera que hacer lo que yo le digo.

¿No es absurdo? Bien, me da igual. Ella debería mantenerse a salvo, al menos, porque yo aún no he acabado con ella.

─¿Por qué no?

Oh, es tan evidente...

─Porque alguien podría hacerte daño─le digo con dureza. Necesito que ella lo entienda.

─Sé como protegerme─replica, y se cruza de brazos para afianzar mis palabras.

Por supuesto que no lo sabe. Es testaruda, y orgullosa, y un montón de cosas más que me sacan de quicio.

Detengo el coche en mitad de la carretera, y le coloco una mano en la rodilla. Necesito que me escuche, y va a escucharme. Oh, claro que va a escucharme.

─No lo creo. Tu hermana está muerta. Dices que necesita tu ayuda, ¿Y a ti quién te ayuda?─mierda, no debería ser tan duro.

─¿A mí?─pregunta desconcertada, como si ella no fuera importante─Yo no necesito ayuda. Estoy viva, pero mi hermana no.

─A eso me refiero. Los que nos quedamos sufrimos más que los que se van. Te mereces ser feliz. Libre. Permítete serlo y deja que los demás te ayuden a sobrellevarlo─no quiero hablarle de mí mismo. En realidad, yo nunca hablo de mí mismo. Pero necesito que entienda, que se mantenga al margen de un dolor que va a consumirla.

—No quiero sobrellevarlo, quiero encontrar al asesino de mi hermana. Ella estaría viva de no ser por él.

—Y tú podrías recuperar el tiempo perdido.

¿He dicho yo eso?

Ella me lanza una mirada cargada de rabia.

─Pon el coche en marcha─me ordena, con la mandíbula apretada.

¿Me acaba de dar una orden?

─Sara...

─¡Pon el puto coche en marcha!

─No.

Se acabó.

Me desabrocho el cinturón, y hago lo mismo con el suyo. Me bajo del coche, y abro la puerta del copiloto.

Ella me mira anonada.

─¿Qué haces? Quiero volver a la cabaña.

La saco del coche sin ningún miramiento, le rodeo la cintura y antes de que vuelva a decir otra estupidez, la beso como a mí me da la gana. Intenta resistirse, pero al final, se pega a mí y suspira, dejándome hacer.

─Punto número uno: no me des órdenes. Nunca. Punto número dos: no digas tacos─le advierto, con una mirada que la anima a no contradecirme.

─Tú tampoco─reclama, y me entran ganas de reír.

Si se quedara callada, no sería ella.

─Evidentemente no te refieres a decir tacos...─bromeo.

Parece confundida, y un tanto hundida. No le gusta que le den órdenes, y al mismo tiempo parece enfadada consigo misma por no sentir ganas de contradecirme.

Hace el amago de montarse en el coche, pero yo la retengo. Aún no he terminado.

─Siempre habrá alguien que quiera ayudarte, si tú lo dejas.

─Tú no tienes ni idea de mi vida.

¡No, maldita sea! Estaría bien que tú me dieras alguna pista...

─No, pero te ofrezco mi ayuda, y antes de que me digas que no la quieres, te advierto que no admito un no por respuesta.

─Eres un...

─No digas tacos.

Parece que está luchando consigo misma para mantener la calma. Se muerde el labio, aprieta los puños y clava los ojos en mí. Al final, suspira y se pega a mi cuerpo, derrotada y mía.

─Bésame─me pide, abochornada.

Y lo hago. Por supuesto que lo hago. La beso, porque ella me lo pide, y porque no hay nada que me apetezca más en este momento.

                                                                                  ***
A la mañana siguiente, recibo un escueto mensaje de Sara. He de admitir que había esperado otra cosa, no sé, algo del tipo: tengo ganas de verte. Pero ella simplemente me pide permiso para venir a El Centro, y yo se lo concedo. Después, le pido a mi chófer que vaya a buscarla, y rezo para que el gesto le agrade. Con esta mujer nunca se sabe.

A media mañana, recibo una llamada de Nueva York, en la que el director de la sucursal me pregunta si anda todo bien, pues me esperaban allí hace un par de días. Le aseguro que en unos días viajaré para visualizar y dar el visto bueno al proyecto que tengo entre manos.

Por culpa de Sara, he retrasado todo mi trabajo. Es la primera vez que tomo una decisión como esa, pero para algo soy el jefe, ¿No?

─Señor Brown, hay una mujer esperándolo en la entrada. ¿Le pido que pase?

Sara. Sabía que las ganas de verme le podrían.

─Dígale que la espero en el jardín. Me gustaría desayunar en compañía.

Bajo las escaleras pocos minutos después, pero no es Sara quien me está esperando, y eso hace que me enfurezca. Creí que ella mostraría un poco de interés por mí, pero es evidente que está empeñada en ponerme las cosas difíciles.

La mujer rubia se quita las amplias gafas de sol, y se cuelga de mi cuello para besuquearme todo el rostro. Me aparto sin poder evitarlo.

─Buenos días, Linda. Creí haberte dicho que no debes venir a este sitio. Es un lugar privado, y no me gusta recibir visitas.

A ella le tiembla el labio inferior, y temo que esté a punto de echarse a llorar. Mierda, tampoco le he dicho nada que pueda herirla de esa manera, ¿O sí?

Ella finge una sonrisa y se traga las lágrimas traicioneras que están a punto de asomarle a los ojos.

─La recepcionista me ha dicho que me esperabas para desayunar─se defiende, contrariada.

─Estaba esperando a otra persona.

─¿Una mujer?─el tono de reclamo que hay en su voz me disgusta.

─Vamos Linda, no hagas esto más difícil. Entre nosotros no hay nada, y si hubo algo acabó hace años. No te voy a dar explicaciones que no tienen sentido.

─Para ti nunca fue difícil─replica, y se echa a llorar.

Incómodo, dejo que se apoye en mi brazo para que demos un paseo.

─Algún día encontraras a un hombre que te valore.

─Si dices eso para que me sienta mejor, déjame que te diga que estás consiguiendo todo lo contrario. ¿Quién es ella?

─¿Quién?─me hago el inocente.

Ella me mira con cara de disgusto.

─La chica por la que has cambiado todos tus planes. Deberías estar en Nueva York, y no en este país, perdiendo el tiempo.

─No estoy perdiendo el tiempo─le respondo, convencido.

─Al menos me dejaras que dé un paseo por aquí, y te haga compañía hasta que mi avión se marche...─me hace prometer.

Me encojo de hombros.

─No veo por qué no. Pero tengo un asunto importante que resolver. Luego nos vemos.

La dejo con la palabra en la boca, deseoso de librarme de ella. Lo nuestro, si es que hubo algo a lo que calificar con esa palabra, acabó hace un par de años. Siempre la he considerado una amiga, debido a la buena relación que mantiene con mi hermana. Quizá mi despreocupación a la hora de afrontar la relación le ha dado vanas esperanzas.

Me dirijo a buscar a Sara, y me la encuentro por el pasillo que conduce a la salida, con cara de pocos amigos. En cuanto me ve, la expresión se le transforma en un rictus de dolor. No sé lo que he hecho, pero está claro que su estado se debe a mí.

─Te estaba buscando─le hago saber, un tanto irritado.

Maldita sea, ¿Y ahora qué le pasa?

Tal vez esté con la menstruación...

─Tengo que irme─responde con indiferencia, como si no me hubiera escuchado.

¿Cómo que se tiene que ir? ¿Así, sin más?

─Te acompañaré. Podríamos pasar la mañana juntos─a pesar de que tengo mucho trabajo, y todas esas cosas que a ti no parecen importarte.

─No me apetece.

¡Qué no le apetece!

No voy a perder los nervios...

Me veo a mí mismo sosteniéndole la mano con delicadeza.

─¿En otro momento, quizá?─me ofrezco.

Niega, y puedo ver la rabia que destila su mirada. Aparta su mano de la mía, como si le diera asco.

─¿Te encuentras bien? Pareces enferma.

─Estoy bien. Tengo que irme─responde de manera esquiva.

Definitivamente está menstruando.

Se marcha bajando los escalones como si tuviera mucha prisa, y yo me niego a seguirla. No sé qué es lo que le pasa por esa mente tan enrevesada, pero su mirada destilaba tanta rabia que estoy seguro de que me cree el causante de todos sus males.

 

Me siento tan desquiciado, que me paso el resto de la tarde pensando en ella. No entiendo su comportamiento, pero es la primera vez en mi vida que una mujer me trata con tanta indiferencia, y ni siquiera se esfuerza en ocultarlo.

Estoy frustrado, porque en el fondo sé que yo le gusto. Se deshace bajo mis brazos cuando la beso, y tiembla de la cabeza a los pies cuando la miro sin ocultar el hambre que siento por poseerla. Luego está ese mal genio del que me advirtió su tía, y que ya he tenido la oportunidad de sufrir en varias ocasiones. Me advirtió que no sería fácil, y que ella es propensa a desconfiar de cuanto hombre se le acerca.

Sencillamente no pienso ser uno más.

Contrato un servicio de mensajería urgente, y compro para ella un televisor de plasma, la colección completa de películas victorianas de la bbc, y una serie de libros de autoras victorianas y románticas que sé que le encantaran. Es la primera vez en mi vida que le hago un regalo a una mujer, y creo que no acertaría si le comprase un ramo de flores o algo por el estilo.

Por la noche, me desespero al no recibir el mensaje de agradecimiento que había imaginado que recibiría, y cabreado, me monto en el coche y conduzco hacia la cabaña. Antes de caminar hacia la puerta, la escucha desde fuera cantando la banda sonora de Ghost a grito pelado. Madre mía, qué mal canta.

Con una sonrisa, llamo a la puerta, y cuando me abre, me la encuentro con una camiseta y unas ridículas braguitas de lunares que me ponen duro. La miro asombrado, y por el color de sus mejillas, me percato de que está borracha.

─¡Señor Brown!─exclama al verme, y se parte de risa.

─Sara...¿Estás borracha?─le pregunto, sin salir de mi estupor.

─Por supuesto que no. Si vienessss a criticar veteatucasa─su lengua arrastra las palabras.

Parpadeo un par de veces, y opto por dejar el tema.

─¿Recibiste mis regalos?

Señala hacia las cajas que hay en el suelo con gesto despectivo.

─Ahí lo tienes. No quiero nada tuyo.

Suelta un hipido y se pone la mano en la boca.

Por dentro me enfurezco, pero como no puedo tratar con ella en semejante estado, intento sin éxito darme la vuelta y dejarla ahí. Sólo que no puedo.

─¿Se puede saber por qué estás tan rara?

─¡A mí n-no me p-puedes comprar con regalos, Señor Brown!─estalla, con un dedo sobre mi pecho.

¿Comprarla? ¿Pero de qué habla? En todo caso halagarla, porque me gusta.

─No pretendo comprarte─me defiendo.

─¿Y entonces por qué me haces regalos?

─Porque quiero─pierdo la paciencia.

Retrocede hacia atrás de manera tambaleante, y la cojo por los brazos para que no se caiga. A cualquier otra persona la habría dejado ahí tirada, pero con ella no puedo.

─¿Qué será lo próximo? ¿¡Un bmw!?

─Podría conseguirlo─respondo, con despreocupación.

─Seguro...seguro que consigues de todo el mundo lo que quiereessssss

No, en eso te equivocas. Todavía no he conseguido lo que quiero de ti.

Entro en la cabaña sin recibir invitación, y cojo la botella de whisky que está por la mitad.

─¿Por dónde estaba la botella?─le pregunto.

Se encoge de hombros.

─¿Tú también querías?─se parte de risa.

La cojo del brazo y la obligo a sentarse en el sofá de manera brusca.

─Voy a prepararte algo de cenar. Seguro que ni siquiera has comido antes de beber.

─¿Tú sabes cocinar...?─pregunta, muy asombrada y sin medir su gesto, por causa del alcohol.

Por favor...qué preguntas son esas.

¿De dónde se cree que he salido?

─Por supuesto que sé cocinar─le aclaro, y es absurdo que ella lo pregunte.

¡No soy un inútil!

─Pero yo no quiero nada tuyo...─y coge al perro en brazos─él tampoco quiere nada tuyo.

─Es tu comida─la reto, y está demasiado borracha para contraatacar con algo inteligente.

Se queda en silencio, pone cara de fastidio y se cruza de brazos. De pronto, echa la cabeza hacia atrás y comienza a reírse. La miro con los ojos como platos.

─¿Qué te hace tanta gracia?─le pregunto de malhumor, porque sospecho que se está riendo de mí.

Señala el delantal rosa de corazones que llevo puesto, y los ojos se le llenan de lágrimas a causa de la risa.

—Te queda bien. Todo te queda bien. No es justo que luzcas tan sexy con algo tan ríiicudilo.

Oh, ella piensa que soy sexy. Algo es algo...

—Ridículo —la corrijo, y me empiezo a reír.

—No, tú no eres ridículo, yo soy ridícula─se lamenta.

Acorto la distancia que nos separa, y me siento en el borde del sofá. Le colocó el pelo detrás de la oreja, y le acaricio la mejilla sin poder evitarlo. Estoy mal de la cabeza, porque me gusta de todas las maneras posibles. Risueña, borracha y de mal humor.

─Tú no eres ridícula─le aseguro─¿Qué pasó esta mañana, Sara?

Me mira a los ojos, y sé que me va a contar la verdad. Porque lo está deseando, y porque si sobria es franca, borracha es incapaz de medir sus palabras.

─Estabas ocup-pado─me recrimina.

Así que me vio con Linda.

Está celosa. Joder, está celosa, y a mí me encanta.

─Nunca estaré ocupado para ti, Sara

Le acaricio los labios con los míos en un roce suave.

─Nunca─le aseguro.

Asiente, y me mira los labios presa del deseo.

─Voy a preparar la cena─me separo de ella, dejándola con ganas de más.

Poco a poco...tiempo al tiempo.

Ella me retiene por el cuello de la camisa, y me impide que me incorpore.

─Pero no tengo hambre...─me lanza una indirecta que va hacia mi entrepierna.

─¿Y qué es lo que quieres, Sara? Sólo dímelo.

─A ti─susurra, muy bajito.

No sé de donde saco las fuerzas para no arrancarle la ropa.

─Eso lo dices porque estás borracha.

Le doy un beso largo, caliente y húmedo. Presiono mi erección contra sus muslos, y ella suelta un jadeo y me rodea la cintura. Quiero perderme en su interior, pero no sería justo. Quiero que diga mi nombre, y sea consciente de lo que hace, y de lo que desea.

─Sara...─digo su nombre con los dientes apretados.

Ella echa el cuello hacia atrás, y le beso la garganta. Tiene el pulso acelerado.

─Sara...si sigues así no voy a poder contenerme.

─Pero yo lo quie...

Coloco un dedo en sus labios, y me separo de ella, y joder, me cuesta mucho.

Ya de pie, la miro antes de hablar.

─Voy a preparar la cena, y vas a comértela.

Empiezo a preparar un risotto y una ensalada de aguacate, y me percato de que está demasiado callada, lo cual es sorprendente. La miró por encima del hombro, y descubro que me está mirando de espaldas.

¿Me está mirando el culo?

Me muerdo el labio y trato de no reírme. Dios Santo, es única. Ella sigue embobada, y yo hago como que no me doy cuenta de lo que está sucediendo. Media hora más tarde, le planto el plato frente a la mesa, y con un gesto de cabeza le ordeno que coma. No pone impedimento alguno, y me alegra ver que es una mujer con apetito. No soporto a las mujeres que se niegan a comer en mi presencia, como si vivieran del aire. Supongo que piensan que eso las hace más interesantes. En realidad, jamás podría estar con una persona que no disfrutara de una buena comida.

─¿Dónde ha aprendido a cocinar tan bien, Señor Brown?─me pregunta, relamiéndose los labios.

Sé que me llama así porque le encanta mortificarme.

─Mi madre era una gran cocinera─le explico, sin ganas de entrar en detalles.

─Yo pensaba que los ricos tenían personas que les cocinaran.

¿Me está llamando inútil de manera indirecta?

─Así es. Pero eso no quiere decir que no seamos capaces de hacer cosas por nosotros mismos.

Ella se queda callada, y parece tener la mente en otro lado. Aprovecho ese momento para hacerla partícipe de algo que me irrita sobremanera.

─Sara, no me llames Señor Brown. Es una orden.

Ella quiere replicar, pero al final, le empiezan a pesar los párpados y se echa en el sofá, como si yo no estuviera allí. Recojo los platos sin decir nada, y cuando termino, me doy cuenta de que se ha quedado dormida. Durante un rato, me quedo observándola. Me resulta tan frágil, que me tengo que recordar a mí mismo que se trata de la misma mujer que se hace la dura y me mortifica cada vez que se le presenta la oportunidad. Sin poder evitarlo, le acaricio la mejilla, y sus labios se curvan en una sonrisa espontánea. Se da la vuelta y entreabre los labios, y me siento tentado a pasar mis dedos sobre sus labios suaves y carnosos, pero no lo hago. Podría estamparme el puño en la cara, y eso nos acarrearía otra nueva discusión.

Todo lo que hago es coger una manta, y taparla. Antes de irme, escribo una nota y la dejo sobre la mesita que hay frente al sofá. Imagino la cara que ella pondrá cuando la lea, y me empiezo a reír para mis adentros. Le echo un último vistazo antes de marcharme.

 

A media mañana, paso por casa de Sara, imaginando que ya se habrá despertado. No me es necesario llamar, porque ella abre la puerta, y nos encontramos de golpe. Por su cara de circunstancias, está claro que recuerda con total claridad los sucesos de la noche anterior.

─Hola─me saluda, muy bajito.

Sí, se acuerda perfectamente.

─¿Qué tal te encuentras?

─Bien. Siento lo de anoche.

─No tienes por qué disculparte.

Oh, claro que no. Sólo porque me llamara inútil, ella no tiene que disculparse. Y luego están esas ridículas braguitas de lunares con las que no he parado de soñar durante toda la noche. Ni siquiera lencería de diseño. No. Unas simples bragas que me pusieron duro.

─Creo que sí. Verme borracha debió de ser un espectáculo horrible.

─Divertido─y es la verdad.

Ella es la espontaneidad que le faltaba a mi vida en...

─En ese caso, no pretendí ser tu payaso particular.

Hago como que no la he oído.

─Y muy sexy...

La empujo dentro de la cabaña, y le rodeo la cintura con los brazos, aproximándola hacia mi cuerpo. Le rozo los labios con los míos, y hago que se acalore, hasta que se comporta como una gatita maleable a mi antojo, y entonces me separo.

─Aunque hay algo que no me dijiste...¿Qué pasó aquella tarde, cuando te vi en las escaleras? ¿Por qué estabas tan rara? ¿Y por qué no quieres nada de mí?

A pesar de que conozco la razón, necesito escucharla de su boca. De su boca sobria, por supuesto.

─No tiene importancia─musita, y trata de escapar de mi alcance. No se lo permito.

─Para mí sí.

─Te vi con esa mujer del brazo.

Lo sabía. Joder, sabía que le gusto.

─Es sólo una amiga.

Me mira como si quisiera decir: “ya, para vosotros los hombres siempre es una amiga!

─Es igual, no tienes que darme explicaciones. A mí no me importa. No es asunto mío.

—Yo sí quiero darte una explicación —le digo roncamente. Aparto su cabello del cuello y planto un beso cálido y suave sobre la piel—. A mí sí me importa lo que pienses de mí.

─Pues no debería importarte. Apenas nos conocemos─me suelta, y se queda tan pancha.

¿Qué le pasa a esta mujer? En serio está dispuesta a sacarme de quicio.

—¿Y eso qué importa? Cuando algo me interesa no hace falta quelo conozca por completo. Tú me interesas, Sara, y quiero conocerlo todode ti. Con eso basta.

Ya está. Ya lo he dicho.

—Importa mucho. No creo que te interese tanto como aparentas, Héctor.

Siento la tentación de apartarla de un empujón, pero la retengo entre mis brazos.

¿Desconfía de mí?

─¿Confías en mí?─exijo saber.

La suelto al ver que ella niega con la cabeza.

─Sara...¿Confías en mí?─vuelvo a insistir. Si cree que voy a conformarme con una negativa dubitativa, es que no me conoce.

─Yo...no─responde al fin.

¿¡Cómo qué no!? ¿Qué se supone que le he hecho?

─¿Por qué no?─me aparto de ella, hundido.

Me observa muy aturdida, como si reacción la sobresaltara.

─¿Por qué estás tan enfadado? No creo que lo que yo pueda pensar de ti te...

—Me molesta —la corto, repentinamente enfurecido porque ella me tenga en tan poca estima—, no tengo ni idea de por qué tus reacciones me afectan tanto, pero lo hacen. Cuando intento tocarte y tú tetensas, cuando te miro y tú apartas la mirada…Nunca he conocido a una persona que me afectara tanto como tú.

─¿Ni si quiera su hermana?

¿Su hermana? ¿Tengo yo pinta de que mi importe su hermana?

─¿Qué tiene que ver tu hermana contigo?

Ella rehuye mi mirada, pero le lanzo tal advertencia que es incapaz de agachar la cabeza.

─Todo. Héctor, la verdad es que no confío en ti.

Se acerca a mí, y coloca una mano sobre la mía. Me cuesta un rato asimilar sus palabras, pero cuando lo hago, tengo la firme determinación de conocer la verdad. Me siento sobre la encimera, y la acomodo encima mía, para que le sea incapaz rehuirme.

─Podrías explicármelo. Empieza por la verdad. Soy bueno escuchando.

─No te va a gustar lo que voy a contarte─me avisa.

Eso déjame que yo lo decida.

─Mi hermana se fue de casa hace cuatro años, cuando yo tenía veinte...

Otra vez con su hermana. ¡Eres tú quien me importa, Sara! ¿Es qué todavía no te has dado cuenta? Al parecer, eres la única persona a la que se le escapa ese pequeño detalle...

─¿Qué tiene que ver eso con...?

─Tiene que ver. Has dicho la verdad, pues bien, voy a contártela─inspira para encontrar el valor─Mi hermana había decidido dejar el conservatorio, le faltaba menos de un año para graduarse. Mi madre puso el grito en el cielo. Yo estaba estudiando Periodismo, porque nunca había logrado entrar en el conservatorio. Mi hermana era la verdadera artista de las dos, por eso, cuando tomó aquella decisión, ni mi madre ni yo la entendimos. ¿Cómo iba a dejar el conservatorio después de tantos años, cuando sólo le faltaba uno para graduarse? Pero ella ya había tomado una decisión. Decía que no amaba la música, que odiaba a sus compañeros y que ella no quería dedicarse a dar clases. Mi madre le dijo que estaba loca y era egoísta, que

siempre hacía lo que le daba la gana y que nunca tomaba en consideración los sentimientos de los demás, ya que se había gastado una fortuna en sus clases. Érika me pidió que la hiciera entrar en razón, me dijo que yo debía entenderla. Eres mi hermana, decía, tienes que comprenderme. Pero yo no lo hice. Mi hermana se fue de casa aquella tarde. Aprovechó que mi madre y yo no estábamos en casa para dejar una nota. En ella explicaba que no podía vivir junto a unas personas que no la entendían, y decía que no quería hacernos daño. Aquel fue el último día que la vi.

La abrazo, necesitando reconfortarla de alguna manera. Sé lo que es tener una mala relación con un miembro de tu propia familia, y la frustración que eso genera.

—A decir verdad, yo no comprendí a mi hermana aquel día ni nunca. Ella era demasiado distinta a mí. Alguien talentosa que disfrutaba desaprovechando su talento. Nunca sentía interés por nada durante un

largo período de tiempo. De niñas solíamos jugar. Con el paso del tiempo nos distanciamos. Mis amigos no le caían bien. Ella prefería estar sola. Mis intereses le aburrían. Llegó un punto en el que yo sentí indiferencia

hacia ella. Éramos dos extrañas viviendo bajo el mismo techo. Luego se marchó, y hace unas semanas ella…

La voz se le quiebra, y es incapaz de continuar.

─Tranquila...─le acaricio la espalda, consolándola.

—Yo sólo quiero saber la verdad. Todos esos años de indiferencia cayeron sobre mí con gran culpabilidad cuando ella murió. Necesito saber quién la mató.

—Sara... la Policía dijo que se suicidó.─trato de hacerla entender.

—No. A ella le daba miedo elagua. Ella no se suicidó—me dice, con una seguridad en sí misma que hace que la crea de inmediato.

─ Y tú intentas saber quién ha sido el culpable─adivino.

Asiente.

No sé por qué, eso no me gusta.

—Debes dejar eso a la Policía. Es su trabajo.

—El policía que lleva el caso es un… idiota. Él también está convencido de que no se suicidó, pero no ha conseguido ninguna prueba. Y yo no puedo quedarme parada. Cuando miro a la gente de este pueblo,

todos los que veo son posibles culpables.

Me tenso de inmediato, y me pongo de pie. No me gusta el giro que ha dado la conversación, y creo adivinar lo que ella quiere decirme.

─Sara, ¿Qué estás tratando de decirme?

—Héctor… —comienza—. Aquel día en el tren, tú dijiste que volveríamos a vernos. Y luego sucedió, en el centro. El mismo centro en el que estaba mi hermana, ¿cómo es posible? ¿Cómo lo sabías?

Me alejo de ella de golpe, y la miro con los ojos muy abiertos.

—¡¿En serio crees que yo puedo tener algo que ver en la muerte de tu hermana?! —exclamo indignado.

Doy un paso hacia atrás cuando ella intenta tocarme.

—¿Cómo puedes pensar tal cosa?

—Yo no es que lo piense, sólo es que estoy confundida. Todo estoes muy raro, y luego está… —saca un  colgante del bolsillo de su pantalón que no he visto antes—. Esto es realmente caro, y alguien se lo regaló. Alguien con mucho dinero. Y, bueno, tú pareces interesado en mí, y alguienestaba interesado en ella, y nosotras nos parecemos mucho.

—¡Sara! Yo no maté a tu hermana. ¡Por el amor de Dios! —me paso las manos por el pelo, furioso. ¿Cómo puede pensar eso de mí? ¿De verdad cree que soy capaz de asesinar a una persona...a su propia hermana?—. Aquella tarde en el tren, cuando te vi, estabas encantadora tratando de zafarte de la bufanda. Yo fui a ayudarte, y tu cara me resultó familiar. Después recordé que la había visto hacía un año en el centro, en una de las visitas. Decidí ir al centro para conocerte, y entonces la Policía me informó de la muerte de tu hermana. Tú apareciste en mi despacho, y te reconocí de inmediato. Supe por qué no me había sentido atraído el día que vi a tu hermana en el centro, ¡porque no erais la misma persona! Por eso ella no había llamado mi atención, porque eras tú, sólo tú, aquel día en el tren. La única mujer que podría haber llamado mi atención entre un tumulto de caras anodinas. 

Ella me mira sin saber qué decir, y yo no me puedo mantener callado.

—No he visto ese colgante en mi vida, pero créeme, yo jamás regalo joyas a una mujer, y si lo hiciera, definitivamente puedo permitirme algo mejor.

—Lo siento.

—No lo sientas. No tengo ni idea por qué me importa tanto lo que pienses de mí —le digo de mala gana—. Por favor, di que me crees.

—Te creo.

Me río cargado de sarcasmo.

—¿Y por qué puedo ver que hay duda en tus ojos?─la rebato.

—Porque la hay, pero quiero creerte. Llevo queriendo confiar en ti desde el día en que te conocí, Héctor Brown.

—No me jodas, Sara, hemos estado a punto de acostarnos cuando tú crees que yo he matado a tu hermana. No me equivocaba, eres increíble...─le digo, con desprecio.

 

Salgo de la cabaña y le pego una patada a lo primero que tengo delante, que es una piedra que sale despedida hacia el lago. Me monto en el coche, y me paso el resto del día centrado en mi trabajo. Es decir, tratando de centrarme en mi trabajo.

Por Dios, ¿Cómo me puede gustar una mujer como esa? Fantasea con el hecho de que soy el asesino de su hermana. Maldita sea, incluso ha estado a punto de acostarse conmigo.

¿Qué clase de principios son esos?

Intento no pensar en ella, pero me descoloca, en el sentido más amplio de la palabra. No sé que creer respecto a Sara, y ni siquiera estoy seguro de que me convenga. Es impulsiva, malhablada y desconfiada, y jamás imaginé que pudiera sentirme atraído por una mujer de su estilo.

Varias horas más tarde llaman a la puerta de mi despacho, y pido que nadie me moleste, pero la puerta se abre, y Linda se acerca hacia mi despacho, como si nada.

─Pensé que te habías ido ya─le digo, y no oculto mi desagrado.

Ella se sienta encima de mi escritorio, y coloca una mano sobre mi muslo.

─Me dijiste que charlaríamos luego.

Le echo una mirada funesta a la mano que descansa sobre mi muslo.

─Tienes un concepto erróneo sobre lo que implica charlar.

Ella hace como que no me ha oído.

─Sé como puedo alegrarte esa cara. ¿Qué tal si nos vamos a cenar tú y yo a ese restaurante que tanto nos gusta?

─Sinceramente, no me apetece.

─Pero Héctor...─inclina su rostro hacia el mío en un intento por tenerme más cerca.

─Y me gustaría que te marcharas. Sabes de sobra que no recibo visitas en este lugar.

─Pues las enfermeras me han dicho que llevas unos días recibiendo a una chica morena, de la que no te separas. Dicen que es la razón por la que todavía sigues aquí.

─¿Has sobornado a las enfermeras para que te hablen de mí?

Ella pone mala cara.

─No ha sido necesario. Al parecer, en este sitio no se habla de otra cosa. Tú...y esa chiquilla, ¿Cómo se llama?

─No es asunto suyo.

Alguien llama a la puerta en ese momento, y escucho la inconfundible voz grave de Sara al otro lado de la puerta. Lo que me faltaba. No tengo ganas de verla en este momento, pero necesito quitarme de encima a Linda, sea como sea.

─Adelante─le ordeno que pase.

Sara pasa dentro, y se queda mirando primero a Linda, y luego a mí, con una expresión severa y cargada de rabia. ¿Me está juzgando? ¡Lo que faltaba! Resulta que ella, que es una verdadera falsa, me está juzgando...¡A mí!

─Sara, no te esperaba─la saludo, con frialdad.

Ella parece tan pequeña al contemplarme junto a Linda, que por un momento me llega a dar pena.

─Es obvio.

Dirijo la mirada a Linda, quien estudia a Sara con una curiosidad y maldad espontánea. Lo único que necesito en este momento es a una ex amante celosa.

─Linda, tengo que hablar un momento a solas con ella , ¿Te importa dejarnos?

Linda accede de mala gana, y pasa por al lado de Sara, sin quitarle el ojo de encima. En cuanto se cierra la puerta, me dirijo a Sara y le clavo los ojos en la cara.

─¿Qué haces aquí?

─He venido en mal momento. Tendría que haber avisado.

En este instante, cualquier momento es malo.

─Siéntate y habla, ¿Qué sucede?

Hace lo que le pido, pero la expresión dolida que esboza no se me pasa desapercibido. ¡Por fin! Una expresión de consuelo. Algo que me dice que no es de piedra, ni ajena a mis caricias.

─Venía a decirte que confío en ti. Aunque ya da igual.

La miro muy interesado.

—¿Por qué da igual?

—Oh —le resta importancia con un movimiento de mano—, nosé, quizá porque te he visto muy ocupado.

—¿Ocupado con qué? —insisto, como si no entendiera bien a qué se estoy refiriendo. Por supuesto que la comprendo. Está celosa, y se lo merece por el mal rato que me ha hecho pasar.

—Señor Brown, para ser un hombre de éxito es usted un poco lento.

Me acaba de llamar imbécil sin pestañear. La mato, juro que la mato. Ya pensaré cómo.

—Sara, no me llames Sr. Brown… Está bien, ¿qué pasa ahora?

—Nada.

—Cuando una mujer dice nada, significa lo contrario.

—Cuánto sabes de mujeres —se burla, rabiosa.

Me  aflojo la corbata y le dedico una mirada  esbozando una amplia sonrisa.

—Así que es eso, estás celosa.

—No estoy celosa —replica, haciéndose la digna.

—Es sólo una amiga, ya te lo dije. Oh, espera. Olvidaba que no

eres capaz de confiar en mí.

—¡Eso no es cierto! —se levanta muy ufana—. Venía a decirte que confío en ti ciegamente. Pero entro y me encuentro que estás muy bien acompañado.

—Ahora estoy bien acompañado  ─la contradigo.

Ella baja las defensas, y me mira con recelo.

—No es cierto, yo he visto cómo estabas, se te veía muy cómodo y…

—¿Qué has visto exactamente?

—Yo, mmm… sé lo que he visto.

—Entonces explícamelo, porque tu forma de pensar me tiene muy intrigado —me cruzo de brazos de manera expectante—. ¿La estaba besando?

—No —responde, entre dientes.

—¿La estaba tocando?

—No ...

—¿Entonces? —enarco una ceja, a la espera de que ella responda.

—Parecías complacido e interesado.

—¿Pudiste ver mi cara?

—Sí —miente.

—No es cierto. Si la hubieras visto sabrías que no estaba ni complacido ni interesado. Y si me miraras ahora, verías que sí lo estoy.

Ella alza los ojos hacia mí, y se estremece ante mi declaración. Me levanto, rodeo el escritorio y la beso sin permiso. Se me olvida todo, incluso su desconfianza injustificada. La obligo a besarme con mayor exigencia, y me inclino sobre su cuerpo. La tomaría aquí, y ahora, sobre este escritorio. La agarro de las nalgas, y la presiono contra mi erección. Ella suelta un gritito, por la sorpresa.

—¿Crees que yo estaba interesado en ella de la misma forma que lo estoy en ti? —le cojo la mano y la lleva directa a mi polla.

Se queda sin aire. Yo coloco las manos sobre el escritorio, a cada lado de su cabeza, y sin permitirle escapar.

—Sara, voy a obligarte a confiar en mí.

                                                                          ***
Conduzco hacia el puerto de Cádiz, y me desespero cuando Sara cambia la emisora de la radio, sólo para mortificarme. Me pregunta unas cincuenta veces el lugar hacia el que la llevo, y al final, opto por ignorarla, apretando las manos en torno al volante. De vez en cuando, la miro de reojo, y descubro que ante mi silencio, ella se ha sumido en sus propios pensamientos. Tiene la cabeza girada hacia la ventanilla, y contempla el paisaje con una profunda abstracción.

En cuanto aparco el coche en el puerto marítimo, se le abren mucho los ojos. Al principio pienso que es por la sorpresa y la emoción del momento, pero al bajar y mostrarle el yate, me doy cuenta de que tiene miedo.

Genial. Con esta mujer no hay quien acierte.

─Soy más de secano...─se excusa, sin la intención de subir a bordo.

─Sara, a no ser que pienses que voy a tirarte al mar cuando zarpemos, sube al puñetero barco─le pido, perdiendo la poca paciencia que me queda.

─Señor Brown, no diga usted tacos─trata de bromear, en un intento por distender la tensión del momento.

No cuela, Sara.

Le tiendo una mano, con un pie ya dentro del barco.

─¿Confías en mí?─le pregunto.

Y si dice que no, juro que la dejo aquí plantada.

Durante unos segundos duda, pero al final asiente, y acepta la mano que le ofrezco.

 

Treinta minutos más tarde...

Sara está pálida, y vomita por la borda. No sé qué hacer para que se sienta mejor, y empiezo a creer que esto de invitarla a un viaje supuestamente romántico no ha tenido nada de acertado. Cuando no tiene nada en el estómago, se apoya a la barandilla y suspira. Le paso una sevilleta y una botella de agua, y le doy un par de toquecitos en la espalda. Ella se limpia, y luego se enjuaga la boca repetidas veces sin decir nada.

─Pensé que eras de estómago fuerte. Media botella de whisky no consiguió tumbarte...─le digo, para animarla.

Me gano una mirada iracunda, y pongo las manos en alto.

─Ven, vamos al servicio. Te vendrá bien un poco de agua.

─¿Más?─pregunta aterrorizada.

Trato de no reírme, y la conduzco con cariño escaleras abajo, hacia el camarote. A pesar de que está mareada, lanza una mirada curiosa hacia la madera que recubre todo el cuarto, y yo me hincho de orgullo.

Se echa agua en la cara, y cuando recobra su color habitual, me tranquilizo.

─¿Estás mejor?

Asiente sin convicción.

─Si lo hubiera sabido, habría elegido otro plan─me excuso.

Uno en el que no vomitaras, a poder ser.

Se abraza a mi cuerpo, y eso me pilla por sorpresa. Esconde la cabeza en mi pecho, como si necesitara que yo la reconfortara, y me lo estuviera pidiendo en silencio. Me cuesta reaccionar unos segundos, pero al final la envuelvo entre mis brazos, sin saber lo que decir.

─Gracias por traerme aquí.

Asiento, y no sé por qué, no logro sentirme del todo cómodo. Se supone que llevo tiempo esperando un gesto como éste, y ahora que lo recibo, me doy cuenta de lo mucho que eso significa. Sencillamente no sé si estoy preparado..., preparado para ella.

Subimos de nuevo hacia el exterior, y Sara se apoya en la barandilla, esta vez, con una amplia sonrisa al percatarse de que hay delfines en el mar. He tomado esta ruta a propósito, con la intención de que ella pudiera verlos. Hoy el tiempo está de mi parte.

Me quedo un rato observándola. Relajada, feliz...es así como me gustaría verla siempre, y no con ese ceño fruncido, y la cara destilando preocupación. Es una buena chica, y simplemente quiero lo mejor para ella.

¿Por qué? Bien, no lo sé. Esto no tiene sentido, pero está sucediendo.

─Son preciosos...─dice en voz alta.

Me coloco a su lado, y la miro.

─¿En qué piensas?

─Pensaba en que no sabes nada de mí, ni yo de ti. En realidad, no sabemos nada el uno del otro.

Sé todo lo que tengo que saber de ti, Sara. ¿Es qué no te has dado cuenta?

─¿Y eso qué importa?─la contradigo.

─Podrías llevarte más de una sorpresa conmigo─se ríe.

Me recuesto sobre la valla, y la miro con interés.

¿Más de una? No lo dudo.

─Sorpréndeme─le pido.

—Bueno, mmm… Por las mañanas tengo la voz tan ronca que parezco un camionero y tengo muy mal humor. Además, detesto a la gente que va andando por el carril bici, pero yo siempre lo hago cuando nadie me ve. Lloro con las películas de dibujos animados, riego con café la planta de mi compañera de piso porque ella nunca friega los platos, y me inventé que tenía un hijo cuando Javi Pérez me invitó a

salir en octavo.

Trato de no reírme.

—¿Hay algo más que yo tenga que saber?

—No. Bueno, quizá un par de cosillas, ¡pero no pienso contártelas!

Eso ya lo veremos.

—¿Entonces es mi turno?

Asiente, y parece deseosa de que me confiese.

—Soy un adicto al trabajo y no tomo vacaciones por más de una semana al año.

Y ya está.

—Si yo fuera tú, lo raro es que trabajara más de una semana al año, eres inmensamente rico…

—Desde que te conocí no tengo ganas de volver al trabajo —me detengo, y siento el impulso de hablarle de mi familia ─Mi madre era española y mi padre americano, tengo una hermana a la que adoro.

—¿Y qué más?

—No hay nada más. Ese soy yo.

La acerco hacia mí y le doy un beso.

—¿Y qué hay del Héctor Brown que sale en las noticias rodeado de mujeres hermosas y gente importante?

—¿Me has buscado en Google? —adivino.

Siento una mezcla de poder e incredulidad.

—¡Cómo si no tuviera otras cosas que hacer! —se defiende. Parece avergonzada.

Se quiere apartar de mí , pero la agarro fuerte para que no pueda escaparse, y la pego a mi cuerpo, riéndome en voz alta. Ella se enfurruña, y me acerco a sus labios, para hablarle con honestidad.

—Ese es el hombre al que todos creen conocer.

—¿Y quién eres en realidad?

—Sólo yo.

La beso y desciendo mis manos hacia sus caderas. Va a suceder, y si no me detiene, será aquí. Y ahora.

—Me gusta tenerlo todo bajo control. Entonces llegas tú y perturbas mi calma.

—¿Y en qué lugar me deja eso a mí? —necesita saber.

¿En serio me lo pregunta a mí?

—Todavía estoy tratando de averiguarlo.

La acerco a mí y la beso con urgencia, llevándonos hacia el camarote. Me observa embelesada, y joder, me gusta como me mira. La desvisto sin prisa, y ella desabrocha los botones de mi camisa con dedos temblorosos, en un gesto nervioso que me consume por dentro. La tumbo sobre la cama, le doy la vuelta, y le desabrocho el sujetador  con la boca. Siento que se estremece, y a mi me vuelve loco.

─Apuesto a que deben ser hermosos...─adivino.

Parece cohibida, y soy consciente de que tras ese carácter, se esconde una mujer apasionada y temerosa de que le hagan daño. Pero hoy no voy a hacerle daño...en fin, jamás le haría daño. Ella es distinta, y me tiene encandilado.

Se da la vuelta, y clavo mis ojos hambrientos en sus pechos. Tiene unos pechos grandes, llenos y firmes, mejor de lo que los he imaginado. Los acaricio con cautela, y al percatarme de que ella entrecierra los ojos, dejándose llevar, los agarro y le pellizco los pezones, que se vuelven duros y ansiosos.

Enloquecido por la respuesta de su cuerpo, escondo la cabeza en sus pechos y los beso. Los lamo. Le succiono las perlas endurecidas, hasta que soy consciente de que siente una mezcla de doloroso placer, a punto de hacerla explotar.

Desciendo mis labios sobre su cuerpo, y siento un hambre que me consume. Le agarro las nalgas, arqueo sus caderas y le quito el pantalón. Unas braguitas de encaje blancas aparecen ante mí, y tengo la sensación de que ella ha conjuntado su ropa interior, sólo para mí. Me pone a cien saber que en cierto modo, ella también lo había planeado. Que estaba expectante ante lo que va a suceder. Ansiosa.

─Hoy no son de lunares...─le recuerdo, con una sonrisa.

Se muerde el labio un tanto avergonzada, y una risilla nerviosa e incontenible escapa de su garganta. Sin poder evitarlo, y aún a riesgo de ganarme un guantazo, le arranco las bragas y las tiro al suelo. Ella deja escapar un gritito, pero no dice nada más. Sólo me mira, alucinada.

Y yo le devuelvo la mirada, devorando la unión entre sus muslos, que me llama a devorarla, y a otorgarle un placer que no pueda olvidar. Quiero hacérselo, y sobre todo, quiero que ella sea incapaz de pensar en mí. Que cuando lo haga, recuerde lo bien que puedo hacérselo pasar.

Sé que soy un buen amante, pero mi orgullo masculino me lleva a dar lo mejor de mí, justo lo que sé que ella está exigiendo y necesitando en silencio, con una mirada cohibida y urgente que lo dice todo.

─Eres preciosa─admito, para que no sienta vergüenza alguna por estar expuesta a mí.

Preciosa, encantadora, exigente...y me encantas.

Le dejo besos cortos, húmedos, casi sagrados y reverenciales, desde el tobillo hacia el interior del muslo. Ella deja caer la cabeza sobre el colchón, y la escucho respirar entrecortadamente. Entonces, mis labios se acercan hacia ese punto tan íntimo y poderoso, y pulso la tecla que puede llevarla al cielo.

Beso su sexo, y aproximo mi lengua a su clítoris, deslizándola. Eso la vuelve loca, y agarra las sábanas, tensando todo su cuerpo, y exponiéndose por completo. Enloquezco, y la tomo con hambre y sin cuidado, devorándola, e introduciendo un dedo en su interior. La muerde, la lamo, la beso en su parte más íntima. Y ella deja caer sus manos sobre mi cabello, entierra los dedos y arquea la cadera, dejándose llevar y soltando un grito que me avisa de que ha llegado al orgasmo. No me separo de su sexo, y alargo esa sensación a conciencia, hasta que sus músculos se relajan, y me busca con la mirada, como si necesitara que le dijese algo.

─Eres maravillosa.

─Pues anda que tú...

Me aproxima hacia su cuerpo, con urgencia, necesitándome cerca en este preciso momento, y haciéndome saber lo que quiere de mí. Bien, me alegro que por una vez estemos de acuerdo en algo, y naveguemos hacia el mismo punto.

Le muerdo el hombro, y el cuello, y ella araña mi espalda, en un gesto espontáneo y primitivo que me consume. Aproxima su sexo húmedo hacia mi erección, y me ofrece una mirada de reclamo que sé lo que significa.

─No tienes ni idea de todo lo que he imaginado que te hacía desde que te ví en el tren─le aseguro.

En todas las posturas. Tú de rodillas, yo en tu boca...

─Con aquella bufanda tan ridícula...

No puedo esperar más. Saco un preservativo del bolsillo del pantalón, y me lo quito de una patada. Coloco la funda de latex sobre mi polla erecta,  y sin preguntar, la agarro de las caderas y la penetro de una emebestida profunda. Necesito sentirme dentro de ella, todo lo máximo permitido.

─Joder Sara...─le digo, con los dientes apretados.

Entro y salgo de ella, al principio en movimientos lentos y controlados, hasta que pierdo el norte, y voy más rápido y profundo. Cuando rodea mi cintura con sus piernas, y hace la penetración más intensa, ahí sí que enloquezco, y soy incapaz de tratarla con la delicadeza que ella merece.

Quizá porque  está dolorida, no lo sé, hace algo que me deja noqueado. Alucinado. Me empuja hasta colocarme abajo, y se sube a horcajadas encima mía, arañándome el pecho y moviéndose encima mía. Me fascina.

─Joder Sara...sí...justo así...

Me gusta que tome la iniciativa. Que no pida permiso y adivino lo que necesito. Nuestros cuerpos hablan por sí solos.

Le agarro esos pechos llenos y que botan por el vaiven de su movimiento, y arqueo la cadera para acompañarla. No puedo esperar más, y suelto un gemido gutural, al tiempo que ella se deja caer sobre mí, y termina olvidada al placer.

De pronto se levanta, y rompe ese momento mágico. No puedo evitar sentir cierto fastidio, porque se levanta de una forma muy brusca, como si acaso repeliera mi contacto. Sé que es absurdo, y que lo hace porque hemos utilizado preservativo, pero no puedo evitar sentir cierta frutración, y una ira incontenible que me consume por dentro.

─Díme que de ahora en adelante tomarás anticonceptivos─le ordeno.

Me deja impresionado al responder sin enfadarse.

─Sólo si volvemos a repetirlo─concede.

Y me besa.

Me irrita que sea ella la que quiera mantener la autoridad, y cinco minutos más tarde, estamos en el cuarto de baño del camarote, con el agua de la ducha cayendo sobre nuestros cuerpos. Me comporto de una manera un tanto fría con ella, dispuesto a hacerle entender que no soy un hombre que acepte órdenes, aunque proceda de una mujer tan atractiva como encantadora. O irritante.

Luego vamos a cenar a un restaurante con vistas a la playa, y el cargo de conciencia por haberla tratado de una manera tan desconsiderada hace que trate de relajarme, y la colme de halagos. Entonces, la conversación toma un rumbo inesperado, y ella descubre que he estado husmeando en su vida privada con la ayuda de mi secretaria. Se altera, me cabreo. Luego me excita que ella sea una gatita peleona, salvaje, dispuesta a la confrontación. Volvemos a cabrearnos, y terminamos en la habitación, finalizando la discusión con unas esposas, un antifaz y sexo duro.

 

                                                                           ***
Estoy en la cama, con los ojos abiertos como platos e incapaz de dormir. Es la primera vez en mi vida que comparto colchón con una mujer, más allá de un par de orgasmos. Sara está en el otro lado, y su cabello oscuro se esparce por la almohada. Desde aquí me llega su olor.

No sé cómo describir lo que siento, y una mezcla de desconcierto y frustración me invade. Me doy otra vuelta, y ella se gira, lanzándome una mirada molesta. Lo último que quería era despertarla, pero lo he conseguido.

─¿No puedes dormir?

─Estoy acostumbrado a dormir solo.

No lo digo para herirla, pues tan sólo lo afirmo como el hecho que es. Pero por la expresión que ella pone, estoy seguro de haberla molestado.

─No hace falta que me abraces, pero sería un detalle que dejaras de moverte. Tranquilo, no voy a echarte la pierna encima, ni nada por el estilo─me suelta, y parece verdaderamente dolida.

¿De verdad cree que me molesta dormir a su lado? De ser así, habría pedido habitaciones separadas, como he hecho siempre. Simplemente estoy tratando de hacerme a una situación que es nueva para mí. Todavía estoy descolocado.

Al  ver que ella me mira con cierto despecho, la estrecho entre mis brazos con fuerza, con la intención de hacerle ver que la quiero justo donde está, a mi lado en la cama. No sé por cuanto tiempo. Ya lo iré viendo.

Pero ella no se conforma con ese gesto por mi parte, ¡Y por todos los Dioses! Incluso parece que le ha molestado, porque intenta zafarme de mala manera, hasta que me desespera, y la abrazo más fuerte para que se calme. Con esta mujer, es imposible acertar.

Lunática.

─Para─le ordeno.

─No me abraces porque estoy enfadada. Si haces algo que sea porque lo quieres, y no porque yo te lo haya pedido.

Me da un empujón que me deja asombrado.

¿Por qué ella me lo ha pedido? ¡Pero de qué está hablando! Si la he abrazo es porque me ha dado la gana. Como siempre.

Pero no se contenta con estarse calladita y darse la vuelta, sino que prosigue.

─Además, yo no te he dicho que me abraces, sólo te he pedido que dejaras de moverte.

La separo de mí como si quemara.

─Eres la mujer de hielo─le suelto.

Joder, es la mujer con menos tacto y corazón del planeta. Creía que yo era frío, pero a su lado no hay comparación posible.

─Tú no te quedas atrás.

─Ya, pero al menos yo intento cambiarlo. No te he abrazado porque me haya sentido obligado─le confieso, a pesar de que al confesarlo me siento como un completo imbécil.

─¿Y por qué lo has hecho?─pregunta, y se derrumba un poco.

—Porque me apetecía. Nunca he dormido con una mujer; y me movía porque estaba intranquilo. Sentía ganas de estar junto a ti, y abrazarte, pero no sabía cómo acercarme a ti. Es una sensación extraña con la que lidiar cuando siempre duermo solo, y nunca dejo que nadie comparta mi cama.

Parpadea muy descolocada. Claro, siempre dispuesta a pensar lo peor de mí. Seguro que esa no era la respuesta que se esperaba.

─Lo siento─se disculpa, y a pesar de que sé que es sincera, le aparto la mano que intenta tocarme sin delicadeza alguna─yo también quería que me abrazaras.

¡Pues haberlo pensado antes! Ahora te quiero...lo más lejos de mí posible.

─Señorita Santana, en lo próximo, sea usted más sincera y explícita con lo que quiere.

Me toca la espalda, y en ese momento no puedo más. Le agarro la muñeca, con cierta violencia incontenible, y me coloco encima suya, aprisionándola con mi cuerpo, hasta que la dejo sin habla.

─Duérmete y no me provoques─se lo digo de tal manera, y destilando furia, que es incapaz de contradecirme.

No volvemos a dirigirnos la palabra, y sé que es mejor así. Me conozco a mí mismo lo suficiente como para saber que mi orgullo me impide aceptar sus disculpas. Mañana será otro día.

Por la noche, sueño con Sara, y me irrita que no me baste con tenerla al lado, sino que la muy puñetera también tenga el poder de consumirme en sueños. De agobiarme, y no dejarme tranquilo. Hay un sueño que es tan real, que soy incapaz de distinguir si ha sido real o no. Me despertaba, y ella se acercaba a mí para tocarme. Entonces, le pedía que se durmiera y le daba un beso.

 

Me despierto a las siete de la mañana, con una llamada de teléfono de mi hermana. Al descolgar, ella se echa a llorar, y balbucea que es necesario que vaya a Nueva York cuanto antes. Miro a mi lado, y me encuentro a Sara todavía dormida. Si no la conociera como empiezo a conocerla, diría que es un angelito.

Para no despertarla, voy al cuarto de baño y le hablo a mí hermana, tratando de tranquilizarla. A mí manera.

─Joder Laura, ¿Qué has hecho esta vez?─me sulfuro.

Entre la malcriada de mi hermana y la salvaje Sara van a acabar conmigo.

¡Mujeres...!

─Yo...yo no he hecho nada, ¡Siempre piensas lo peor de mí!

─Me estabas diciendo que te han echado de la universidad, ¿Y bien?─pierdo la paciencia.

─Me he peleado con una chica de mi clase. Ha dicho...unas cosas horribles de mí...y dice que estoy saliendo con un tipo mayor...y que soy una furcia. ¿Tú que hubieras hecho en mi lugar?

─Vamos a ver Laura, te he brindado la mejor educación para que seas una señorita que no pierde los papeles. Ya te lo he dicho muchas veces: no pierdas el control sobre tí misma, o le estarás dando a los demás la posibilidad de herirte.

─¡Para ti eso es perfecto! Eres frío y calmado, y nunca te dejas llevar por las emociones.

Si tú supieras...

─¿Qué puedo hacer por ti?

─Venir a Nueva York, y hablar con el rector para que no me echen. Si lo hacen, tirarán mi futuro por la borda.

─En todo caso, serás tú quien lo haya arruinado.

─¿Pero vas a venir o no?

─Por supuesto que voy a ir. Ya va siendo hora de que me largue de España.

Antes de que pueda decirme nada más, cuelgo el teléfono y me desnudo para meterme en la ducha. Salgo diez minutos después, de mejor humor. En la habitación, Sara se despierta desconcertada y me busca con la mirada. Ese gesto me enternece, pero no lo suficiente para que olvide que estoy cabreado.

─Vamos a desayunar. Tengo que coger un vuelo a Nueva York dentro de cuatro horas, y antes tengo que dejarte en tu casa─la informo.

Parece abochornada por el anuncio, y de inmediato, recompone su expresión en una falsa mueca de indiferencia, hablándome sin mirarme. Sé que está dolida.

─No hace falta que me lleves. Si tanta prisa tienes, cogeré el autobús.

¿El autobús? ¿Y ahora por qué no se quiere venir conmigo?

Pasa por mi lado como si mi opinión le trayera  sin cuidado, y va a abrir la puerta. La detengo sin amabilidad alguna.

─No vas a viajar en autobús.

Se zafa de mi agarre y me encara, con ese punto combativo que me pone a cien. Intento ignorar su expresión, y la fulmino con la mirada.

─¿Por qué no? ¿El autobús no es lo suficiente bueno para ti? Para mí sí que lo es.

A mí el autobús me importa una mierda. Lo que quiero es pasar más tiempo con ella antes de marcharme.

─No digas tonterías. Has venido conmigo y te vas conmigo.

Me dedica una mirada que quiere decir: “lo que tú digas”

─No quiero. Vete a Nueva York y déjame tranquila─musita, y leo la decepción y la rabia que hay ocultas tras esas palabras.

Así que es eso..., cree que la he usado, y que ya estoy harto de ella. Ojalá fuera así, pero lo cierto es que no me he saciado, y mi curiosidad aumenta cada vez que la conozco más.

Me acerco a ella por detrás, para intentar calmarla y que no tenga una impresión equivocada. Le echo el pelo hacia un lado, y le doy un beso en la nuca.

─Sara, no quiero irme. Ha surgido una reunión de trabajo y tengo que ir─le cuento la verdad a medias, porque no quiero hablar de mi hermana─entonces, le cojo el rostro entre las manos, y sin proponérmelo, juro que no lo pienso, le suelto─ven conmigo.

¿Cómo que venga conmigo? ¿He dicho yo eso?

─¿Quieres que vaya contigo?─pregunta asombrada. Se le pasa el enfado de repente.

─Sí─le digo, y otra vez no lo pienso.

─No puedo. De verdad que no puedo. Tengo que quedarme en el pueblo y arreglar unos asuntos.

No dejo que su respuesta me decepcione. Por la cara que ha puesto, estoy seguro de que está deseando acompañarme.

Le doy una cachetada en los glúteos, y le abro la puerta para salir.

─Entonces tendré que volver pronto.

Desayunamos en la terraza del restaurante con vistas al mar, que hoy está calmado. Hago como que leo el periódico, pero en realidad, miro por encima de las hojas a Sara, quien da buena cuenta de su desayuno. Me gusta que una mujer tenga apetito, y definitivamente ella lo tiene por los dos. Bien, detestaría una mujer a la que tuviera que ordenarle que comiera, lo cual es absurdo.

─Siento lo de anoche. Me comporté como una tonta─me dice, de repente.

Me quedo bastante sorprendido por su repentino cambio de parecer. Suelto la taza de café, y la miro a los ojos.

─Yo también. Hiciste que desaprovechara la oportunidad de abrazarte. Es normal que te sientas culpable─respondo tranquilamente.

Ella abre mucho la boca, indignada. Aprieta los puños, y le tiemblan las aletillas de la nariz. Está tratando de controlarse, y a mí me hace mucha gracia.

─Mira chaval, tampoco te pases.

¿Me acaba de llamar chaval?

Me parto de risa, y ella se mete una tostada en la boca, malhumorada porque no la tome en serio. Joder, nadie en toda mi vida me ha hablado con tanta libertad, y sin duda lo prefiero. Estoy harto de los formalismos, las verdades a medias y las miraditas cohibidas que no me llevan a ninguna parte. Sara es un soplo de aire fresco en mi vida aburrida, y eso me encanta.

La oigo mascullar entre dientes, y creo escuchar que me llama “cretino”

─¿Decías algo?

Hace como que no ha escuchado la pregunta, con toda probabilidad, porque se ha hartado de llevarme la contraria y que ello desencadene en discusiones absurdas que yo finalizo con una carcajada. Cuando termina de desayunar, lo que le lleva unos treinta minutos, la detengo antes de que vuelva al hotel.

─¿Te apetece dar un paseo por la playa?─le pregunto.

Sus ojos me dicen que sí, pero como no puede estarse calladita, me suelta:

─¿No tienes mucha prisa por irte de viaje?

La cojo de la mano y tiro de ella, como si no la hubiera escuchado. Me exaspera. Me exaspera mucho.

Caminamos sin cogernos de la mano, y yo coloco los brazos tras la espalda. La miro de reojo, y ella tiene el ceño fruncido y los ojos clavados en mí, como si estuviera tratando de desentrañar un verdadero misterio. Estoy seguro de que la desoriento, pero eso es justo lo que ella hace conmigo. En ciertas ocasiones tengo la impresión de que la conozco, pero entonces ella hace algo que me despista, y siento que no vamos hacia ningún lado.

Un momento.

¿Acaso yo quiero ir a algún lado? Es decir, Sara es espontánea, divertida y tiene mal genio, pero no estoy seguro de que andemos en el mismo camino.

─Sara, tengo que advertirte de algo─le digo, esta vez muy serio.

─¿Sí?─se interesa, poniendo toda su atención en mí.

─No te enamores de mí. Nunca. No soy alguien a quien amar. Soy una persona complicada.

Y te haría daño. Pero eso no se lo digo.

Ella me mira durante un rato muy largo. Entonces pone los ojos en blanco, como si lo que acabo de decirle fuese absurdo.

¡Eh! ¿Tan absurda le resulta esa posibilidad?

─Gracias por el consejo, majo. Pero no te eches tiritos...─de repente me mira, y parece conmovida, como si se hubiera percatado del trasfondo de mis palabras. Ese que si me pregunta, no voy a conceder respuesta─¿Por qué dices que no eres una persona a la que amar? Héctor...todos somos dignos de recibir amor. Lo necesitamos.

─Es difícil, Sara. El pasado tiene más fuerza en nosotros de lo que creemos─le cojo una mano y se la beso. Es una mujer auténtica. Su preocupación por mí es auténtica, y eso me conmueve─Me encantas, Sara. Incluso con tu fuerte temperamento y tu mal genio.

─¡No tengo mal genio!─exclama, pero al darse cuenta de que me está dando la razón con su actitud, sigue caminando como si tal cosa y se relaja.

Sigue caminando sola, y observo las huellas que va dejando en la arena húmeda. Entonces, me doy cuenta de que se está adentrando más en la orilla. De repente, empieza a quitarse la ropa, y la deja en la arena.

─Sara, ¿Qué haces?─le pregunto anonadado.

Pero ya sé lo que está haciendo.

─Quitarme la ropa.

¡Qué evidente!

Se quita el jersey y los vaqueros, y se queda en ropa interior. Aprieto la mandíbula, y le clavo la mirada en las tetas...quiero decir en la cara, para que se vuelva a vestir. Echo una mirada nerviosa a la playa, y aunque está desierta, sé que alguien puede venir en cualquier momento.

─Sara─la amenazo.

Pero esta mujer tan puñetera no es como cualquier mujer. Disfruta llevándome la contraria.

─Vamos Héctor...a mí también me gusta jugar─dice, con voz melosa.

─Ni hablar. Sal del agua.

Empieza a desabrocharse los tirantes del sujetador, lo que me pone más furioso y caliente.

─Sara Santana, sal ahora mismo del agua sino quieres que vaya yo a buscarte─le ordeno.

Da otro paso hacia atrás, se quita el sujetador y lo arroja a la arena. Las palabras se me atragantan en la garganta, la piel me arde de deseo, y mis ojos están fijos en sus bonitas tetas.

─Ven a buscarme. Pero antes, quítate la ropa. No querrás que ese traje tan caro se te estropee─me tienta.

No sabe con quien está jugando...

Se empieza a bajar las braguitas, y yo me llevo las manos a la cabeza.

¡Está loca!

─¡No, ni se te ocurra!─le pido con desesperación, y alargo el brazo hacia ella.

─Maldita seas, Sara─me quito la americana y comienzo a desabrocharme la camisa. Empieza a nadar en el agua, tan contenta, y yo la contemplo alucinado─cuando te pilles te vas a enterar.

Me desnudo por completo, y me meto en el mar, andando a grandes zancadas para alcanzarla. Ella retrocede y se ríe, pero al final, consigo alcanzarla y la estrecho entre mis brazos. Su cuerpo caliente y húmedo se pega al mío, pero no me dejo tentar, y empiezo a arrastrarla de vuelta a la orilla.

─Señor Brown, no sea usted aburrido...─se burla de mí.

Me detengo de inmediato, y la observo cabreado.

─No soy aburrido─me defiendo.

─Lo eres.

Con que soy aburrido...bien, ahora lo vamos a ver.

─Sara, has sido una chica mala y voy a tener que castigarte─le digo contra los labios.

Ella se agita de emoción, y a mí se me pone dura.

─¿Y cuál va a ser mi castigo?─ronronea.

─Por ahora, voy a follarte aquí y ahora. Y cuando vuelva de Nueva York...voy a darte una sorpresita.

Ella enreda sus piernas alrededor de mis caderas, deseosa de que le dé placer. No sabe lo que le espera...

La llevo hasta las rocas, y la penetro. Ya está preparada, y comienza a jadear cada vez más fuerte. He de admitir que esto es excitante, y estoy tan fuera de mí que, por puro placer, y para castigarla, salgo de dentro suya y me corro fuera. Me da un empujón y me mira abochornada.

La acabo de dejar a medias a propósito.

─¿Qué?─protesta, no es capaz de creérselo.

Pues créetelo, nena. No soy un hombre con el que se pueda jugar.

─Dije que iba a follarte, no que fuera a hacer que te corrieras.

Le sonrío con descaro, y me doy la vuelta. Me encamino hacia la orilla, y de pronto, una masa de arena mojada impacta en mi espalda, borrándome la sonrisa de un plumazo.

¿Me acaba de tirar una maldita bola de arena a la espalda?

Joder, esto sí que no se lo perdono.

Me doy la vuelta, y siento que voy a estallar. La miro a los ojos, y me percato de que con esa expresión resuelta y cargada de chulería, ni siquiera está preocupada o arrepentida por lo que acaba de hacer.

─Que sea la última vez que...

─Si eres un hombre, ven aquí y acaba lo que has empezado.

─Ya lo he acabado─le guiño un ojo.

No voy a seguirle el juego.

Me doy media vuelta, y me dirijo hacia la orilla. Entonces, y esta vez con más mala leche, me tira una bola de arena que impacta en la cabeza.

¡En la puta cabeza!

Me doy la vuelta, y en dos zancadas la cojo en brazos y la llevo hacia las rocas. Estoy furioso. Le agarro las muñecas, y las inmovilizo por encima de su cabeza. Ella se queda blanca, pero a mí me da igual.

─No vuelvas a provocarme, ¿Entendido?

No responde, y es incapaz de mirarme a los ojos. Lo que me faltaba.

─¿Entendido?

─¡Joder, sí! ¡Suéltame de una puñetera vez!

No lo hago, y ella se retuerce entre mis brazos.

─Héctor...me haces daño─solloza.

La suelto de inmediato.

─Nunca vuelvas a hacerlo. Soy peligroso si me provocan.

Ella no me mira, muy hundida. Ignoro su malestar, y la penetro con un dedo. Puede estar cabreada, y definitivamente puede hacer lo que le dé la gana. Pero su cuerpo me necesita, y ambos lo sabemos. Esta es la mejor forma de darle una lección.

─¿Quieres que te folle, Sara?

Trata de apartarse de mí, pero no se lo permito. Gime al sentir un segundo dedo en su interior, y yo le muerdo el cuello. Se abre para mí, y eso la pone más furiosa, porque no tiene dominio sobre su cuerpo. Y se corre, en un orgasmo que la abochorna.

Cuando termina, me da un empujón y me mira con un miedo que no lo he visto antes. Me arrepiento en ese mismo momento, y trato de alcanzarla, pero ella ya está caminando hacia la orilla.

Joder, yo jamás le haría daño.

¿Por qué me tiene que volver loco hasta hacerme estar fuera de mí?

─Si vuelves a hacerme daño, te mato─me jura. Y sé que dice la verdad. Por si no me hubiera quedado claro, añade:─soy peligrosa si me provocan.

                                                                           ***
De regreso a Sevilla, en el coche reina un silencio afilado y brutal. Sara se esfuerza en ignorarme haciendo como si mirase por la ventanilla del coche, y desde mi posición puede advertir su ceño fruncido y las líneas tensas de la mandíbula. Ahora que la conozco, sé que esas dos señas indican que está cabreada.

Lo sé, me he comportado como un capullo, y si no me conociera a mí mismo, podría admitir que la violencia con la que la he tratado le ha dado pie a pensar cosas equivocadas de mí. No es que me importe...¿Por qué iba a importarme lo que esta mujer piense de mí?

De acuerdo, me importa. Una sensación incómoda se asienta en mi cuerpo. Una sensación irreflexiva, sin razón de ser, pero que con todo existe. Un malestar conmigo mismo por haberle hecho si quiera daño, a pesar de que no era mi intención.

La observo de reojo, y ella es incapaz de mirarme. Me parece débil y fuerte al mismo tiempo. Hermosa, de una manera que duele y me hace sentir más vivo. Sara Santana. Carácter, espontaneidad y pasión.

A un lado de la carretera hay una feria de libros ambulantes, y los dos nos fijamos de inmediato. Un tema de conversación. Sí, puedo manejar eso.

─Eso me recuerda a una jovencita con tendencia a no aceptar regalos─le recuerdo con suavidad, para ver si se anima.

Tuerce el gesto. Me lo está poniendo muy difícil.

─Estaba enfadada─se justifica, pero no se digna a mirarme.

─¿Eso significa que ahora sí vas a aceptarlos?

─Sigo enfadada─responde, con frialdad.

¡No me digas!

─¿Qué hay de malo en un regalo?─necesito saber.

En un regalo que hice de corazón, y que por cierto nena, estás rechazando sin ningún atisbo de piedad. No es que me importe, nada más pienso que eres una maldita egoísta que no repara en los sentimientos de los demás. Porque sí, soy hombre, pero después de todo tengo sentimientos, que tú pisoteas cuando te viene en gana, sin pestañear.

─Nada, pero yo no pienso hacerte ninguno─me suelta con todo el descaro posible, y se queda tan ancha.

Gracias Sara, pero está de más decir que el único regalo que quiero es perderme entre tus piernas, con unas cuantas embestidas que te quiten ese malhumor, joder.

─No quiero un regalo, Sara. Te quieto a ti, en mi cama.

¿Te queda claro, Sarita?

─Yo también te quiero a ti, en mi cama. No a tus libros, ni a tus regalitos─apunta con desdén.

─Te quedarás con los libros─sentencio, harto de escucharla.

─Y no te olvides del televisor─añade, con ironía.

─Con el televisor también─resuelvo muy serio.

─¡No!

Como me pone que me diga que no...

─Sí─respondo, sin perder la calma.

─No quiero.

─Yo sí, ¿Qué problema tienes con los regalos? Y sea cual sea, será mejor que lo superes. Pienso hacerte regalos siempre que me venga en gana. Muchos regalos. Tal vez, incluso, llegue el momento en el que no te quepan en la cabaña.

Se pone roja.

¿De verdad estamos discutiendo por esto? A todo el mundo le gustan los regalos. ¡A todo el mundo!

─¡El problema es que no quiero que gastes dinero en mí...como...como...cómo si se tratara de una remuneración por los favores sexuales!

Por ahí sí que no paso.

¿Favores sexuales?

Nunca he necesitado pagar por el sexo.

─Favores sexuales mutuos. No seas estúpida. Te hago regalos porque me da la gana.

─A mí también me da la gana no aceptarlos.

A ti te da la gana muchas cosas...

Aprieto los puños entorno al volante, y me juro a mí mismo que no va a conseguir que pierda los nervios, otra vez.

─Si quiero hacerte un regalo te lo hago. Y punto─le hago saber.

─Si yo no quiero aceptarlo no lo acepto. Y punto.

La miro a los ojos y la fulmino para que se calle.

─Sara, vete haciendo a la idea de que soy un hombre muy rico. Yo decido en qué gasto mi dinero.

Se queda callada, aprieta los labios, y al final, deja de fruncir el ceño. Da por zanjada la discusión, como si ya no tuviera sentido hablar sobre el tema. ¡Y es que no lo tiene!

Al final, el mal rollo entre nosotros desaparece, y le acaricio el muslo para recordarle indirectamente lo bien que lo pasamos juntos cuando las palabras son innecesarias. Me cuesta creer que lo hagamos todo al contrario que el resto de la gente. En la cama nos compenetramos a la perfección, pero en el resto de aspectos, saltan chispas entre nosotros.

A la hora y media aparco frente a la cabaña, y me llevo una sorpresa desagradable al encontrarme con ese policía que está rondando a Sara desde el fallecimiento de su hermana. No lo soporto, y por como la mira, estoy seguro de que está colado por ella. No me extraña.

─¿Quién es?─le pregunto a Sara, a pesar de que ya lo sé.

─El inspector de policía.

Estudio al hombre con detenimiento, y él me devuelve la mirada. Durante unos segundos, nos batimos en silencio.

─Lo recuerdo. Puedo hablar con él para que deje de molestarte.

Y para que aparte sus manazas de ti.

─No. Me guste o no, él es el único que puede ayudarme.

¿Él único? ¿Cómo que el único?

─No tienes de qué preocuparte. En el fondo es un buen tipo─añade, y no parece interesada en él cuando lo menciona.

Aún así, hago el ademán de bajar para acompañarla, y darle un fuerte apretón de manos a ese imbécil para que no me olvide.

─¿Cuánto estarás en Nueva York?─me detiene.

─Una semana─respondo, sin dejar de mirar a ese cretino.

─¿Tanto?─pregunta, y parece decepcionada.

Aparto la mirada del hombre, y fijo mis ojos en Sara. Su interés la delata, y la cojo de la nuca para besarla.

─Voy a echarte de menos─le digo, contra sus labios. Ella dibuja una sonrisa.

La noto suspirar contra mis labios, y es incapaz de separarse de mí. No quiero que se separe de mí.

─Sara, no quiero que ningún hombre te toque en mi ausencia─le suelto.

¿He dicho yo eso? ¿Desde cuándo soy territorial y celoso?

Me da un empujón y se cabrea.

─¿Pero tú que te crees?─replica con altanería─mira chaval, puedo pasar una semana sin sexo. Otra cosa es que no me dé la gana. Soy una mujer libre y hago con mi vida lo que quiero. Además, tú mismo has dicho que no me enamore de ti, así que esos instintos de posesividad conmigo no valen.

Grrrr, me dan ganas de morderla para hacerle saber que por ahora es mía. MÍA, y de nadie más.

─No soportaría saber que has estado con otro─le soy sincero.

Parpadea muy sorprendida.

─¿Por qué no?─pregunta en un tono muy bajo y urgente.

─Porque no, Sara. Me gustas y quiero que estés sólo conmigo. Que seas sólo para mí.

─Pues yo tampoco quiero que tú toques a nadie─se enfurruña, y se cruza de brazos.

Su expresión entre molesta y asustada me hace reír.

─Oh Sara, yo sería incapaz de estar con nadie. Pienso en ti noche y día, ¿Para qué iba a buscar a otra?

Encantada ante mi respuesta, me agarra de las solapas de la camisa y me acerca hacia ella besándome con una mezcla explosiva de ternura, urgencia y reclamo.  Cuando nos separamos, abre la puerta del coche para bajarse.

─No lo olvides, Sara. No me gusta que toquen lo que es mío.

─Tienes una habilidad especial para cargarte los momentos especiales─sisea.

Cierra dando un sonoro portazo, y yo me parto de risa.

                                                                     ***

Siete horas más tarde, estoy desembarcando en el aeropuerto de Nueva York. Lo primero que hago es enviarle un mensaje de texto a Sara para avisarla de que ya estoy en tierra firme.

“Acabo de llegar a NY. Te echo de menos. Cuento los minutos que quedan para verte”

Automáticamente tras enviarlo, releo el mensaje y me grito a mí mismo que soy idiota. Me he convertido en un cursi pusilánime que se arrastra tras las faldas de una mujer.

¿Cuento los minutos que quedan para verte?

Por favor...ni que me hubiera escapado de una novela rosa.

 

Voy directamente a la universidad de mi hermana para arreglar su pequeño desliz, y tras una extensa charla con el rector universitario, y una buena sacudida a mi cartera, salgo de la universidad con ganas de asesinarla. La encuentro esperándome a la salida del edificio, y en cuanto me ve, corre hacia mí y se cuelga de mi cuello.

Qué voy a decir...en cuanto me llena el rostro de besos y se deshace  en halagos sobre lo guapo que estoy, mi malhumor se disipa y la acojo entre mis brazos. Mi hermana es mi debilidad, y la muy descarada se aprovecha de ello.

─¿Has podido arreglarlo? ¿Volveré a la universidad?─se preocupa, y pone ojitos de cordero.

Asiento, y me aliso el traje que acaba de arrugarme. Detesto las arrugas.

─Me ha costado doscientos mil dólares de beneficiencia y acceder a una entrevista para el periódico universitario, ¡Estarás contenta!─la censuro.

─¡Mucho!─exclama feliz, y vuelve a abrazarme.

─Laura, si lo que pretendías era llamar mi atención, lo has conseguido─le espeto, separándola de mí.

Ella pone cara de fastidio.

─¿Por qué no me das un abrazo y olvidamos lo sucedido?─sugiere.

─¿Por qué no me devuelves mis doscientos mil dólares?─replico, con una ceja enarcada. Ella cierra la boca, y yo sonrío con acidez─lo imaginaba. Deja de comportarte como una niñita malcriada. Ya tienes dieciocho años.

─¡Y tú deja de comportarte como si venir a verme fuera una obligación!

La agarro del brazo cuando se va a escapar, y la miro a la cara.

─Pero qué dices...¿Sabes que te quiero, verdad?─le hago saber.

Ella sonríe, y vuelve a ser esa niña de seis años que me pintaba la cara cuando estaba dormido.

─Claro que sé que me quieres Héctor, pero ahora que tienes novia, la quieres más a ella, ¿Verdad?

La suelto y camino hacia el coche. Ella se parte de risa. Le encanta fastidiarme. Es un encanto...

─¿Estáis jugando a hacer bebés? ¡Díme que vas a darme un sobrinito!

Me monto en el coche, y ella se sienta a mi lado.

─Lo que te voy a dar es un guantazo─resuelvo.

─Pero Héctor...que ya tienes treinta años...

─Ah...eso lo explica todo─ironizo.

A pesar de que mi hermana vive en un piso compartido con sus propias amigas, que pago yo, por supuesto, la dejo en mi casa para que pasemos la tarde juntos. Me obliga a ver una de esas películas de adolescentes rubias, pompones y chicos imbéciles. A veces hago como que me asfixio con el cojín del sofá, sólo para hacerla reír, y mientras tanto, me desespero al darme cuenta de que pasan las horas y Sara no ha respondido a ninguno de mis mensajes.

¡Esta mujer es increíble!

Mi hermana se percata de que no ceso de mirar el móvil, y me echa una mirada cargada de interés.

─Estoy deseando conocer a esa mujer que te trae de cabeza.

─Y yo estoy deseando que encuentres un trabajo para que deje de mantenerte.

─¿Cómo se llama?─pregunta, y hace como si no me hubiera oído.

─No hay nadie, Laura. Nadie.

─¿Estás cabreado porque no responde a tus mensajitos y llamadas? Bueno, supongo que ya iba siendo hora de que alguna mujer no cayera rendida a tus encantos.

─A Sara la tengo en el bote─replico cabreado, y en ese momento se que he caído en su juego.

─¡Sara!─exclama encantada. Se pone a saltar en el sofá y grita que estoy enamorado.

De mal humor, me levanto y me encierro en el dormitorio. En ese momento, recibo un escueto mensaje de texto de Sara en el que me dice que me echa de menos. Suspiro. Al menos, algo es algo.

                                                                            ***

Al día siguiente, me veo en la obligación de asistir a una fiesta en Los Hamptons. Una de esas fiestas clasistas y aburridas en las que se reúne lo más granado de la sociedad neoyorquina. Por desgracia para mí, a esa fiesta acude un potencial inversor en el sector alimentario de la multinacional, y es la oportunidad perfecta para convencerlo de que afloje la cartera. No puedo dejar escapar una situación como esta, y ese espíritu hambriento para los negocios fue lo único bueno que heredé de mi padre. Según él, la clave del éxito reside en aprovechar todas las oportunidades, incluidas aquellas que no son para ti. Yo prefiero pensar que puedo conseguir el éxito por mí mismo, sin necesidad de pisotear a cualquier competidor que se cruce en mi camino.

Pero viniendo de mi padre, lo cierto es que no me sorprende. Golpeaba a mi madre por el puro placer de sentirse superior, y jamás amó a nadie más allá de sí mismo. Creo que temía que amar a los demás lo hiciera más débil. Es un tipo miserable, y no me averguenza admitir que siempre he deseado que mi madre siguiera viva, y que él se pudriera bajo una tumba que nadie fuese a visitar. Ni siquiera mi hermana Laura, una chica alegre y sociable, ha logrado perdonarlo, y aunque se empeña en fingir una relación paternofilial que no existe, con toda probabilidad para sentirse mejor consigo misma, la verdad es que cada vez que se encuentra con él su resentimiento es palpable.

Vuelvo a tocar el claxon por enésima vez. A mi hermana le encanta llegar tarde a todas partes sólo para hacerse sonar, pero no entiende que en vez de resultar importante, lo que consigue demostrar es una actitud pagada de sí misma e insufrible. En fin, la adoro, a pesar de que parte de la culpa de que sea un tanto malcriada y con tendencia a pensar que el mundo gira a su alrededor es mía. Cuando nuestra madre murió, me empeñé en ofrecerle lo mejor, en un intento por paliar la falta de nuestra madre. Me costó varios años comprender que lo único que Laura exigía era un poco de atención y cariño. No soy bueno demostrando mis sentimientos, supongo.

Mi hermana hace su aparición y se sienta a mi lado. La observo asombrado y con orgullo, porque es hermosa y se parece tanto a mi madre. Tiene los mismos ojos verdes, y el cabello negro, esa herencia materna que ambos compartimos. Pero ella es todo candor, amabilidad y sonrisas.

─¿Qué tal estoy?─me pregunta, deseando obtener un cumplido de su hermano.

Estás radiante.

─Si pretendes ser la bailarina de Britney Spears, vas perfecta─siseo, y le tapo el escote echándole el chal por encima.

Ella me lanza una mirada furiosa y saca pecho con orgullo.

─Apuesto a que si tu novia se pusiera un escote como éste se te caería la baba.

Ya estamos...

Si Sara, que no es mi novia, saliera a la calle con un escote como ese, me pondría a cien, y luego me cabrearía. Probablemente ella me gritaría un poco, y al final yo terminaría apretando la mandíbula.

─Estoy segura de que todos los chicos de Los Hamptons babearan por mí.

Hago como que no la he oído, y pongo el coche en marcha.

─¿No vas a preguntarme si soy virgen?─se burla, para hacerme sufrir.

 

─¿Qué? ¡Joder no! No quiero saberlo.

Frunzo el entrecejo y aprieto las manos en torno al volante. Laura empieza a reírse de mí y a hacer bromas al respecto que no me tomo nada bien. Respiro en cuanto salgo del coche, tras aparcar frente a la casa en la que se celebra la fiesta. Tan pronto estoy en el interior, pido una copa y pierdo de vista a mi hermana. Busco con la mirada al inversor con el que tengo que hablar, pero en el camino me intercepta Linda, quien me agarra posesivamente del brazo.

Lo que me faltaba.

─¿Y tu amiguita? ¿No has venido con ella?─me habla al oído, mientras los periodistas nos hacen fotografías que tergiversaran la situación posteriormente.

─No te tengo que dar explicaciones. Ya te lo dije─le aclaro.

Linda me acaricia el brazo, sin querer separarse de mí.

─No es...como la imaginaba.

Parece preocupada, y su expresión se torna enfurecida.

─¿Has conocido a Sara?─exijo saber.

─Sara..., así que tiene nombre.

─Por supuesto que lo tiene, y te ordeno que la dejes en paz─le espeto, mirándola a la cara.

─Pero Héctor...no es para que te pongas así─gimotea.

─Déjame que eso lo decida yo. Y no te metas en mi vida.

Me separo de Linda, y me dirijo hacia el jardín para que me dé el aire y puedo respirar tranquilo y en solitario durante unos segundos. Entonces me encuentro con Odette, mi mejor amiga, y una sonrisa de complaciencia se me dibuja en los labios. Ella se cuelga de mi cuello y me besa las mejillas con cariño. Está más delgada que de costumbre, y ambos sabemos a qué se debe.

-Dime que has dejado esa mierda- le exijo.

Ella pone mala cara, pero me sostiene la mano y nos dirigimos hacia un lugar más apartada.

─¿Qué le pasa a Linda? Mon die...ella tiene que hacer un espectáculo tout le temp.

─No cambies de tema.

Ella coge mi barbilla y la alza para mirarme. Odette es mi mejor amiga, y una persona que me conoce bastante bien. Nuestros padres se movían en los mismos círculos, y como tenemos la misma edad, fuimos al mismo colegio, e incluso asistimos a la universidad juntos.

─Bien....cést l´amour...

─¿Tú también?─me jacto─apuesto a que mi hermana es la que te ha ido con esas chorradas.

─Son tus ojos...mon amie.

Ella me dedica una mirada sugestiva, y me besa la mejilla para después susurrarme algo al oído.

─Todas las mujeres aman los diamantes-me hace saber.

Frunzo el entrecejo, sin entender a qué se refiere. Al final, regreso a la fiesta y niego con la cabeza. Odette y sus misticimos...

 

Dos días antes de lo previsto, tomo un vuelo de regreso a Sevilla. Nueva York es una ciudad que me emociona, pero ahora la encuentro anodina y carente de cualquier encanto. Lo que necesito es volver a ver a Sara, y asegurarme a mí mismo que lo que siento por ella es algo pasajero.

Esta vez, es mi hermana Laura la que conduce para llevarme al aeropuerto. Tras su insistencia, y aún a riesgo de poner en vilo mi seguridad, claudico y acepto su ofrecimiento. En cuanto aparca frente a la puerta de entrada, le doy un beso en la mejilla, y abro la puerta del coche para marcharme. Entonces, ella sostiene mi mano y me retiene con una sonrisa en los labios.

─Prométeme que me mandarás un mensaje en cuanto llegues a Sevilla.

─Por supuesto. Ya sabes que nunca falto a mi palabra.

Ella alza los ojos al cielo, y niega con la cabeza.

─Oh, por Dios, incluso para algo tan sencillo tienes que ser así de rancio.

Hago como que no la he oído.

─Ten cuidado. Y por lo que más quieras, no atropelles a ningún peatón inocente que se cruce en tu camino.

Ella pone un rictus de irritación. Hace pocos meses que se ha sacado el carnet de conducir, pero mi hermana parece tener la cabeza en otra parte cuando se pone al volante. Mucho me temo que se ha enamorado, y siendo su hermano masculino, supongo que el género tiene demasiado peso en nuestra relación para que ella me haga una confesión tan importante.

─¿Vas a llevar a tu novia al acto benéfico de París?─me sobresalta de repente.

Hago todo el acoplo posible de calma antes de responderle.

─Laura, ya te he dicho que no tengo...

Ella me coloca una mano sobre la rodilla, para que me detenga.

─De acuerdo, llámala como quieras, pero yo que tú no tardaría mucho en solucionar tu situación. Sea lo que sea que tengas con esa mujer, es especial. Nunca te he visto tan pensativo y descolocado, hermanito. Y no te atrevas a negármelo. Puede que sea tu hermana pequeña, pero te conozco.

Me quedo callado, y por primera vez, no hago nada por negarle sus suposiciones. En parte, Laura tiene algo de razón. Sea lo que sea lo que tengo con Sara, lo cierto es que no se parece en nada a lo que he tenido con cualquier otra mujer. Es distinto, me consume, y estoy acojonado.

 

El vuelo con destino a Sevilla está plagado de turbulencias, pero como estoy acostumbrado a volar, y de hecho estoy acreditado como piloto de avioneta, me relajo y me quedo dormido. Me despierto sobresaltado, con los pechos de Sara sobre el rostro y mis manos en su cintura. Mi entrepierna se abulta, y siento que el pantalón va a estallarme. Le agarro las nalgas y la coloco sobre mi erección. Ella jadea y me mira con los ojos entrecerrados, nublados por la pasión. Su respuesta me enloquece, y le mordisqueo los pezones hasta que se vuelven duros y sensibles, y ella suelta un gemido de dolorido placer. Entonces, le aparto la ropa interior y meto dos dedos en su interior. Está húmeda, expectante y preparada para mí...

Me incorporo de golpe y me llevo las manos a la cabeza. Es la primera vez en mi vida que tengo un sueño semejante. Por suerte, estoy viajando en un avión privado, y nadie es consciente de la prueba evidente que hay en mis pantalones. Avergonzado, me voy al cuarto de baño, y sin pensármelo, me bajo los pantalones y me agarro la polla con una mano. Con la otra, me apoyo en la pared, y dejo caer la cabeza hacia delante, apoyándola sobre la pared del baño. Aprieto la mandíbula, y pienso en Sara. Primero la imagen de su voluptuoso, suave y dulce cuerpo. Sus labios entreabiertos cuando está a punto de llegar al orgasmo, y esas manos traviesas que me arañan la espalda y se aferran a mis antebrazos. Me masturbo, a pesar de que no es algo habitual en mí, y me otorgo a mí mismo el placer que imagino que ella me ofrece. En un grito gutural, me corro y me quedo ahí parado, pensando en qué demonios es lo que voy a hacer ahora.

***

Ni siquiera la llamo al llegar al pueblo, sino que conduzco directamente hacia la cabaña con la intención de poseerla lo antes posible. Estas ganas de tenerla me están consumiendo, y esta vez, no voy a conformarme con mis propias manos.

Entonces la veo, y todo se detiene. No sé lo que se me pasa por la cabeza, pero lo cierto es que nada bueno. Verla al lado de Julio Mendoza es demasiado fuerte, brutal y doloroso. En la vida de mi madre existieron dos hombres que la hicieron sufrir, y a este se lo hice pagar con creces. Sabía que seguía merodeando por Villanueva del Lago, pero no tenía ni idea de que tuviera la desfachatez de acercarse a Sara. Nada más y nada menos que a Sara.

Salgo del coche con la intención de poner punto y final a esa reunión, y mi mirada se cruza con la de ella. Pero estoy demasiado cabreado para saludarla, y entro directamente a la cafetería. Julio se levanta, y como el que no quiere la cosa, pasa por mi lado con la intención de ignorarme. Lo empujo con el hombro, y él se vuelve con una mirada turbulenta y que no augura nada bueno. Lo fulmino con la mirada, y lo tiento a que me contradigo, pero no lo hace. Siempre ha sido un cobarde, y si está maquinando algo contra mí, estoy seguro de que lo hace por la espalda. No aparto la vista de él hasta que lo veo marchar, y ni siquiera me relajo cuando me acerco hacia  Sara y la levanto del asiento para devorarle los labios. Le demuestro sin palabras lo mucho que la necesito en este momento, y ella se pega a mí, asegurándome que el sentimiento es mútuo.

Pego los labios al lóbulo de su oreja.

 

─Te he echado de menos─le digo, con necesidad

─No te esperaba...─titubea, pero no le doy la mayor importancia a su nerviosismo.

He llegado dos días antes, y es normal que se sienta un tanto descolocada. Yo también lo estoy, por todo lo que me hace sentir, y porque no logro dosificar las sensaciones.

─Me moría de ganas de verte─le digo, y vuelvo a besarla.

Me siento en el sitio en el que antes estaba Julio, como si con ello quisiera marcar mi territorio. Es un instinto básico que me sale de dentro, pero es irracional. Ni siquiera estoy celoso, sólo enfurecido por haberlo descubierto cerca de Sara. Ella no tiene ni idea de la persona que se esconde tras el afamado escritor.

Sara se sienta a mi lado, y me complace advertir que lo hace todo lo cerca que puede de mí, con su rodilla rozando la mía. En ese momento, dejo de contenerme y abordo el tema.

─¿Qué hacías con el escritor?─le espeto, sonando como el típico novio posesivo que nunca he querido ser.

─Es mi nuevo jefe. Trabajo para él en el periódico local.

Me aparto de ella, como si me acabara de dar el golpe más bajo y humillante del mundo. Sé que no tiene la culpa, y que desconoce la enemistad que me une a Julio Mendoza, pero no puedo evitar sentirme dolido.

¿Dolido por qué?

Esto se me está yendo de las manos...

─¿Ah sí?─no puedo evitar cuestionarla.

─Sí.

─No me gusta ese tipo─resuelvo, como si eso fuera una respuesta suficiente para que se aleje de él.

Por la expresión que me dedica, estoy en lo cierto.

Sara no es ninguna pusilánime.

─¿Por qué no?─se interesa, y sé que su curiosidad es sincera.

Necesita saber de mí, como yo necesito saber de ella.

─Podría encontrarte otro empleo mejor. Tengo varias empresas dedicadas al mundo editorial─le hago saber, y desvío el tema para no responder a su pregunta.

─Ni hablar─decide, y el hecho de que no me tenga en cuenta me molesta más de lo que estoy dispuesta a admitir.

─No tendrías que trabajar para ese impresentable─mascullo, y necesito que ella lo entienda.

─¿Qué ha pasado entre él y tú? Sé que os conocéis, pero él no me ha contado nada.

─Claro que no.

¿Cómo iba él a contarle que utilizó a mi madre, y que cuando ella quiso dejarlo, se comportó como un lunático? ¿Por qué iba él a contarle que, cuando lo descubrí intentando agredirla, le di una paliza que es incapaz de olvidar?

─Si me dices lo que pasó entre vosotros...

Intenta comprenderme. Sé que lo hace con buena intención, pero simplemente no puedo hablarle de mi vida, de mi familia, de mi pasado, como si fuéramos algo que todavía no somos, y que ni siquiera sé si quiero que seamos.

─Sara, no quiero que trabajes con él─decido por los dos.

Ella no es la clase de mujer sobre la que decidir, y me arrepiento en cuanto me dedica una mirada iracunda.

─No sé si sabes que el trabajo en España está fatal.

No lo dice para convencerme, sino que lo explica como un hecho.

─Trabaja para mí.

Y eso lo soluciona todo. Si ella no fuera tan terca...

—Ya te he dicho que no. Quiero valerme por mí misma. Y si no vas a decirme qué demonios sucedió entre él y tú, tendré otra razón para trabajar con él.

Se levanta y me deja con la palabra con la boca. Joder, le encanta dejarme con dos palmos de narices y  cara de imbécil. De inmediato, me incorporo y la sigo a toda prisa. La alcanzo a la salida de la cafetería, y la agarro del brazo para que se detenga.

Estoy cabreado, y no puedo concebir que ella me desautorice cada vez que le viene en gana, pero entonces clava sus ojos en mí, y me doy cuenta de que justo eso es lo que me gusta de ella. Si no fuera tan rebelde, segura y convincente, jamás habría llamado mi atención. Enarca una ceja, expectante.

─¿Puedes...no trabajar a solas con él?─le ruego.

¿Yo rogando? Maldita sea, esto es el colmo.

Ella hace como que se lo piensa. Lo que faltaba.

─Supongo...

—Te prometo que te contaré lo que sucedió entre él y yo. Pero es algo que no depende sólo de mí. Necesito tiempo.

Asiente perpleja y encantada porque la tenga en cuenta. Lo que desconoce es que ella es lo único que tengo en cuenta. Por ahora.

─¿Quieres dar un paseo?─sugiero.

Niega con la cabeza, y me mira con arder. Me alegra descubrir en su mirada el fuego que hay en mi interior.

─Héctor...llevamos tres días sin vernos, en este momento lo que necesito es...

No la dejo terminar. La agarro de la mano y la arrastro hacia el bosque. Allí, pegados a un árbol y como si fuéramos animales, la poseo salvajemente, y esta vez, me da igual que alguien pueda descubrirnos. Terminamos con el pelo revuelto, la piel sudorosa y la ropa deshecha.

                                                                             ***                                                                                                                      En la joyería, me sacan varias joyas que no terminan de convencerme. He tomado una decisión, y ya que la cena benéfica de París está tan cerca, he decidido que quiero asistir por primera vez acompañado. Y no por cualquier mujer, sino de la mano de Sara.

Durante los últimos días, le he mostrado tanto de mí que temo haberme quedado sin recursos para sorprenderla. Un día, la llevé a montar en avioneta. Fue la primera vez que piloté con alguien a mi lado. Entonces lo supe. Quiero que ella sea todas mis primeras veces.

─¿Qué tal este?─sugiere la dependienta.

Observo los pendientes de oro blanco con incrustaciones de zafiro, y niego con la cabeza. Es una joya preciosa, pero estoy seguro de que no es la indicada.

─Debe de ser una mujer complicada─me dice la dependienta, sin perder la sonrisa.

Suelto una carcajada.

─No lo sabes bien.

─¿Puede describirla? Soy de la opinión de que toda mujer tiene una joya diseñada para ella. Sólo hay que conocer a la poseedora para acertar.

¿Describir a Sara? No sabría como hacerlo.

─Bueno...ella es...distinta.

─Señor, todas las mujeres somos distintas─se ríe la dependienta.

Suspiro.

Nunca he comprado joyas a una mujer, pero esto está siendo más complicado de lo que me imaginaba.

─Pero ella sí que es distinta─asevero yo─es atrevida, hermosa, sencillamente complicada y me vuelve loco.

A la dependienta se le iluminan los ojos, y abre un cajón. Saca una cajita forrada de terciopelo y me la ofrece.

─Sencillo, atrevido y hermoso. Una joya digna de cualquier reina.

Abro la caja, y me encuentro con un collar de diamantes. Una gargantilla en forma de uve, con un ostentoso diamante en el centro, y que quedaría perfecto sobre la garganta de Sara. Es sencillo, elegante e ideal para ella. Entonces recuerdo las palabras de Odette, y se me dibuja una sonrisa en los labios.

─Me lo llevo.

 

De vuelta a El Centro, descubro a Sara pululando por el jardín, frente a la caseta del jardinero. Ella parece conmocionada de ser descubierta, lo cual me da que pensar. Cada vez que viene a El Centro, lo primero que hace es venir a visitarme a mi despacho.

No le doy mayor importancia, y le hago un gesto para que se acerque. Viene hacia mí como si fuera una chica obediente, y eso sí que me da que pensar.

─No sabía que estabas aquí.

─Acabo de llegar. Estaba viendo el jardin. Cualquiera se pierde por aquí. Es tan bonito...

Me da la impresión de que no es del todo sincera, pero opto por seguirle la corriente.

Le cojo el rostro entre las manos y la beso. Como cada vez que nos besamos, todo se hace más fuerte, intenso y sexual. Nos separamos jadeando, y ella parece un poco mareada. Una parte de mí me dice que es por lo bien que lo hago, y eso me hace sentir orgulloso. Pero el orgullo masculino me dura unos segundos al percatarme de su rostro pálido.

─¿Estás bien? Pareces enferma.

─Sí, estoy bien.

─Sí, he dormido mal, eso es todo.

Asiento, y le cojo la mano para que me acompañe.

─¿A donde vamos?

─A mi despacho.

─¿Y eso?

─Nada más verte, he sentido una imperiosa necesidad de tirarte sobre mi escritorio y abrirte de piernas para mí─le miento.

Es decir, eso no es mentira, pero antes, le tengo preparada otra cosa.

Ella abre la boca, alucinada por la forma tan directa en la que hablo. Luego dibuja una sonrisa traviesa en los labios, y me sigue.

Al llegar al despacho, ella comienza a desvestirme con urgencia, pero me aparto y le dedico una sonrisa burlona.

─Señor Brown, lo recordaba más activo las veces anteriores─se queja.

—Debo admitir que te he mentido. Quería darte algo, y estaba aquí, en mi escritorio. Sé que te gustan las sorpresas.

Ella se queda perpleja, pero como la conozco tan bien, luego asiente ansiosamente, esperando a que le de la sorpresa que acabo de prometerle. Abro el cajón del escritorio, saco la cajita y se la entrego. La abre con prisa, se queda muy quieta y con los ojos abiertos como platos. Parece alucinada, pero no sé si está complacidad.

─No sé qué decir.

Gracias, eres el mejor tipo del mundo, por ejemplo. Ya lo digo yo por ti.

─Sólo di que lo aceptas─necesito saber.

Sonríe, y sé que le ha encantado.

─¿Tendría otra opción?

Niego, dedicándole una sonrisa.

─Pensé que no regalabas joyas a las mujeres.

Qué observadora.

Eso era antes, cuando no te conocía, y no había nadie que pusiera mi mundo patas arriba, ni que se empeñara en desobedecer todas y cada una de mis órdenes por el puro placer de cabrearme y llevarme la contraria.

─Tú eres mi excepción─le aseguro, muy cerca de sus labios.

Noto como se deshace ante mis palabras, antes de que me diga nada, le doy la vuelta y le aparto el cabello hacia un lado. Le dejo un beso en la nuca, y le coloco el collar de diamantes sobre el cuello. Le doy la vuelta, esta vez de cara a mí. Observo como resplandece el collar sobre su cuello, y la miro satisfecho. Es perfecto, y es mía.

─No te lo quites─le pido.

Nos acercamos al escritorio, y esta vez, cumplo lo que le he prometido hace unos minutos. En unos segundos, pasamos de los besos y caricias iniciales a estar ella tumbada contra el escritorio,  apenas le dedico unas caricias con mi mano, y ya la siento húmeda y preparada para mí. Sin avisar, me bajo los pantalones y la penetro, hasta que la fricción se vuelve dolorosamente placentera.

Sé que no quiere gritar por si nos oye alguien, pero a mí me da exactamente igual, y agarrándome de sus caderas, embisto en su interior más fuerte, profundo y rápido, hasta que la escucho jadear. Su cabello negro esparcido sobre el escritorio es una tentanción, y lo enredo sobre mi puño, hasta que atraigo su cabeza hacia mí, y la poseo tal y como a mí me gusta. Pero no es suficiente, y agarrándola de la cintura, la llevo hacia la pared, donde coloca las palmas de las manos sobre el muro. Abre las piernas para ofrecerme una mayor apertura, y yo me agarro a sus nalgas, hasta que llegamos juntos a ese sitio que es de no retonorno.

Apoyo la cabeza sobre su espalda, y le rodeo el vientre con una mano.

─Te queda perfecto.

Como si quisiera demostrármelo, se da la vuelta y me mira a los ojos. Rodea mi cuello con sus delicadas manos, haciéndome sentir demasiado bien.

─Un collar de diamantes no es algo que vaya a poder lucir muy habitualmente─me hace saber.

─¿Qué te parece si me acompañas a una fiesta en París? Allí podrás lucirlo.

No sé si el que habla soy yo, pero entonces me veo temiendo su respuesta. Ansiando que me diga que sí.

─¿Sería tu acompañante?─pregunta nerviosa.

Me separo de ella, y me da miedo que me rechace. Es la primera vez que hago esto con una mujer, y joder, aunque ya sé que soy mayorcito, el miedo a recibir un no por respuesta me puede. Apoyo la cabeza sobre su pecho, y le dedico una mirada melosa.

─No había hecho esto antes, Sara. Me pones muy nervioso. Eso no me ha pasado nunca─me sincero al fin,

─¿El qué?

La miro a los ojos cuando hablo.

—No quiero que seas mi acompañante —aseguro en tono serio. La cojo de la mano y la acerco hacia mí—, quiero que seas mi novia. Quiero presentarte ante todos como mi novia...si tú quieres, claro.

Me mira con los ojos muy abiertos. Luego sonríe, y se pega a mí. Tarda en responder lo que me parece una eternidad, pero entonces me agarra de la camisa y me acerca a sus labios.

─Quiero.

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA DE LA AUTORA

Las escenas narradas están sacadas de Atracción Letal 1. Como habréis notado, hay muchas escenas que se han omitido, y ciertas escenas que se han añadido, porque así lo creía relevante. Tenía la intención de crear un simple relato para acercaros la figura de Héctor, pero lo cierto es que la extensión se me fue de las manos, o de la pluma...

Aún así, me he quedado con ganas de narrar ciertas escenas que sé que os habría encantado leer (la escena de la avioneta, el viaje a París...) Por ello, os invito a formar parte de la página de Atracción Letal, en la que poco a poco iré completando este maravilloso relato con aquellas escenas que excluí de esta historia corta. Así mismo, podréis adentros en el universo de Sara Santana de la mano de otros personajes como Erik, Mike e incluso Mónica.

¿Estáis listos para conocer la verdad?

 

Puedes ponerte en contacto conmigo mediante:

twitter: @chloesantana_

facebook: chloe Santana

página oficial de la trilogía: https://www.facebook.com/atraccionletalchloesantana

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Posdata: si te ha gustado esta historia, no olvides comentar en amazon. Tu opinión es muy importante para mí ♥

 

*Otras obras de la autora:

Atracción letal 1

Atracción letal 2

Atracción letal 3->próximamente, 4 de noviembre.

La confidente

Escritora vocacional, amante del buen comer, los viernes y la gente que sonríe por cualquier cosa. Adora a sus lectores, le gusta viajar y piensa que el rosa pega con todo.