CAPITULO 22
Siempre se había mantenido ocupado y nunca tuvo la sensación de necesitar darse un respiro. Su oficio le gustaba. Desde niño soñó con ejercerlo. Pero las cosas cambiaron y optó por dar un giro completo a su vida. No salió bien y retornó a las viejas costumbres. Sin embargo, las palabras de Yahya o tal vez los últimos acontecimientos, le hicieron pensar que sí, que debía tomarse un descanso para meditar. Tal vez lo hiciera cuando resolviese esos endemoniados casos.
Por el momento, iría al otro extremo de la ciudad dando un paseo. Estaba harto de correr para ir de un lado a otro. Además, se dijo, por mucho que intentase acelerar los acontecimientos, estaba seguro de que no avanzaría ni un paso.
Cruzó el zoco dirección norte, sin poder resistir la tentación de comprar un bizcocho bañado en miel. ¿Por qué debería hacerlo? Su vida era lo suficientemente parca como para no permitirse ser goloso. Aunque, su madre no diría precisamente parca. Ella opinaba que llevaba una vida insulsa, solitaria y que esa actitud le llevaría a convertirse en un huraño solterón. Lo que ella no sabía era que, no había nada como ser dueño de uno mismo, sin tener que dar explicaciones a nadie, hiciese lo que hiciese. Por ello, dio el primer mordisco y cerró los ojos al sentir su exquisito sabor, agradeciendo al cielo la existencia de las abejas. Aunque, seguidamente soltó una maldición cuando el crío topó contra él y el dulce cayó en el barro. Estaba visto que ese día todas sus pretensiones se frustraban. Pero su carácter pertinaz ganó la batalla y continuó caminando hacia el mercado.
Al llegar a los jardines Hayr al-Zayyali, ante la Puerta de los Judíos, el malhumor por la pérdida del pastelito se esfumó de un plumazo al ver el puesto. Adquirió otro y se tomó la libertad de sentarse en un banco bajo la sombra de una palmera.
El parque estaba muy concurrido. No era extraño. Era uno de los lugares más hermosos de Qurtuba. Era una finca que había pertenecido a Abu Marwan al-Zayyalí, un hombre inteligente y rico que lo cedió a la ciudad a su muerte. Los jardines tenían avenidas de árboles que impedían que la luz del tórrido sol penetrase, dando así un gran alivio a los paseantes. El pabellón central era de mármol blanco y un arroyo que transcurría por un cauce de mosaicos de alegres colores lo cruzaba, terminando en un aljibe. El techo del pabellón estaba decorado con oro y lapislázuli, y los zócalos del mismo material adornaban las paredes. Sí. Era tan bello, que su propietario decidió erigir su tumba en él, junto a la de su amigo el poeta Ibn Suhayd.
Sin la menor prisa se comió el dulce, observando a algunos matrimonios que paseaban atentos a sus hijos. La estampa familiar le llevó a pensar si estaría haciendo lo mismo en el caso de no haberse divorciado. Lo cierto era que, incluso cuando pronunció los votos matrimoniales, nunca tuvo esa visión. Y ahora, tampoco. Estaba seguro que no había nacido para llevar una vida convencional.
Pero para lo que si estaba destinado era para lo que le estaba aguardando. Así que, tragó el último trocito del bizcocho deleitándose en su increíble sabor. Se levantó y dejó atrás el parque. Se adentró por el zoco. Éste no era tan extenso como el del Alcazar, ni tan bien delineado. Era un conjunto de callejuelas caóticas, lo mismo que sus puestos. No existía organización alguna. Tan pronto te encontrabas con un comercio de telas, como una panadería o un taller de curtidores. Lo cuál, resultaba mucho más práctico; pues no tenías que hacer grandes desplazamientos para hacer la compra. Lo único molesto eran los aromas, una mezcolanza que resultaba un tanto desagradable.
Continuó caminando por la calle principal hasta llegar al extremo. Allí se encontraba el otro mercado de esclavos; ahora vacío, por ser casi la hora de comer. Se acercó al almacén y golpeó la puerta. En apenas unos segundos, abrieron.
-Está cerrado -le espetó un anciano de estatura baja, complexión escuálida y ojillos que denotaban una gran inteligencia.
La experiencia le había enseñado que a un recibimiento desagradable, su respuesta también debía serlo para dar a entender que uno no estaba dispuesto a desistir de sus intenciones y en el mismo tono dijo:
-Ya lo he visto. No soy estúpido. Pero si soy el prefecto de la ciudad. ¿Eres el dueño?
La actitud del tipo cambió radicalmente. Sus rasgos se suavizaron y curvó los labios forzando una sonrisa.
-Umair ben Labit a tu servicio. ¿Qué desea de mí el prefecto?
-Información y rápida. ¿Puedo pasar?
El comerciante le cedió el paso. El local no era ninguna maravilla. Paredes desconchadas y los pocos enseres parecían sacados del vertedero. Era evidente que las ganancias no las invertía allí; como tampoco en la comodidad de los pobres desgraciados que aguardaban apelotonados en una pequeña estancia cerrada con una verja. Sayyid no pudo evitar un sentimiento de aprensión que lo traspasó. No hacia mucho él fue proveedor. No era ninguna deshonra, todo lo contrario. Que el ejército proporcionara prisioneros estaba bien visto socialmente. Gracias a ello podían vivir cómodamente teniendo a su servicio criados sin apenas derechos. Pero ahora, era algo de lo que sinceramente se avergonzaba. Apartó la mirada al no poder soportar esos rostros sumidos en el miedo, en la ira y en la resignación. El esclavista le señaló un sofá desvencijado. Sayyid rechazó la oferta. No estaba dispuesto a que los chinches lo asaltaran.
-Necesito datos de unas cristianas que adquiriste hace cinco años. Procedían de las tierras de León. Creo que Yahya te las cedió.
-¿Cinco años? ¡Por el Santo Profeta! ¿Quién puede acordarse de ello? -exclamó Umair.
-No te pido memoria, si no, documentos. Porque, ¿imagino que llevarás el registro tal como marca la ley?
El hombre aseveró con gesto intranquilo.
-¿Algún problema?
-No... No. Solamente que... me llevará un buen rato. No soy hombre muy organizado -farfulló abriendo un baúl medio devorado por la carcoma. Con dedos temblorosos y la frente cubierta de sudor, comenzó a rebuscar.
-No tengo todo el día -gruñó Sayyid, logrando que el tipo aún se pusiese más nervioso.
Transcurrido casi un cuatro de hora, pareció encontrar lo que buscaba. Abrió el libro y paseó los ojos por la letra casi ininteligible; que paradójicamente era la suya.
-¡Aquí está! -gritó con voz aguda.
-¿Y bien?
-Fueron dos. Vendidas a Kadaz al-Radi. Es un tintorero. Ignoro la dirección. Pero no te será difícil dar con él.
Sayyid soltó una maldición. ¿Por qué rayos cada vez que seguía una pista lo llevaba al otro extremo de dónde se encontraba? Era evidente que no pensaba ir en ese preciso momento. Lo que más le urgía era tomar una buena comida.
-Me alegra que hayas sido tan colaborador.
-Siempre estoy al lado de la autoridad –dijo el esclavista enjuagándose el sudor que resbalaba por su frente.
-Eso es bueno. ¡Ah! Y un consejo. Conseguirías más beneficios si te preocuparas un poco más por ellos -le dijo señalándole la especie de jaula. Y encaminándose hacia la puerta, añadió: Límpiala. Parece una pocilga. Y en cuanto a los esclavos, báñalos y aliméntalos como es debido; eso le impondría un mejor aspecto cara a la clientela. ¿No te parece?
-Sí, claro, claro. Cumpliré a rajatabla tus sabios consejos -musitó el esclavista con alivio al ver como el prefecto cruzaba la salida.
CAPITULO 23
Realmente no tenía la menor idea del porqué se molestaba en cocinar y recetas tan complicadas. La única explicación razonable era que tantos años de hambruna le provocaron una obsesión oculta que lo obligaba a mantener siempre la despensa llena. Además, le relajaba. Cocinando se olvidaba de las cosas profundas de la vida. Sí. Mientras introducía el pollo, la cebolla, la sal, pimienta, almáciga y el cardamomo en el agua, dejando que hirviera a fuego lento; su mente ya repasaba la receta del próximo plato; unos pichones rellenos de ferik. Era laboriosa, pero de resultado exquisito. Ahora solo faltaba que su amo se molestase en acudir. Desde que dejó el ejército y aceptó el puesto de prefecto, apenas paraba en casa. Había disfrutado más de sus guisos siendo soldado que ahora.
Soltó un hondo suspiro y comenzó a rellenar las palomas con la cebolla, las mollejas, los higadillos y finalmente las especias. Obvió la pimienta. A su señor le entusiasmaba, pero su estómago estaba bastante maltrecho y no quería contribuir a su empeoramiento. Decidió que le daría la dirección de ese médico judío del que todos hablaban maravillas. Aunque, por muchos remedios que tomara, el lío en que andaba metido continuaría enfermándolo. Lo más juicioso sería que se tomara un tiempo de descanso. El lugar ideal sería una almunia alejada de la ciudad. Pero la familia nunca tuvo interés en adquirir una. Estaban demasiado inmersos en el negocio, sin tiempo para el esparcimiento. No lograba entenderlo. ¿Para qué querían el dinero si no era para disfrutarlo? Era una actitud típica de aquellos que nunca carecieron de él. Seguramente, si en su infancia hubieran pasado sus penurias, ahora utilizarían su fortuna para vivir sin buscarse complicaciones. Pero Sayyid ben Quzman jamás podría hacerlo. Era de esos hombres que había nacido para adquirir responsabilidades. Nunca se conformaría con pasar por la vida, quería ser partícipe de ella. Y encima, era íntegro. Una cualidad muy poco valorada en los tiempos que corrían. Los que ahora triunfaban eran los tramposos, los inmorales y los que se inclinaban ante cualquier tipo de poder; aunque éste fuese corrupto.
-El aroma ya alimenta a mí estómago.
Boulus ladeó el rostro. Si el contento de verlo aparecer a la hora de comer lo embargó, no lo mostró en ningún momento.
-¡Dichosos los ojos! Compruebo que el amo se ha dignado a aparecer.
-Estoy harto de comer en tugurios –dijo Sayyid metiendo el dedo en el cazo. Su esclavo, con osadía, le golpeó el dedo con la cuchara.
-Si has esperado días para probar mis guisos, aguarda unos minutos más.
-Me pregunto quién es aquí el amo –refunfuñó Sayyid sentándose ante la mesa.
Boulus llenó un plato con sopa de pollo y se la sirvió.
-En la cocina, mando yo. ¿Alguna objeción?
Sayyid dio un sorbo y cerró los ojos complacido.
-Ninguna. ¡Está deliciosa!
-Lo es. Pero imagino que aún la aprecias más desde que comes en lugares infectos.
-No tienes derecho a echármelo en cara. Sabes lo atareado que estoy. Además, ¿por qué narices tengo que dar explicaciones a un esclavo?
-¿Tal vez porque soy tú único confidente o la persona en quién más confías? -replicó Boulus sin mostrar el menor signo de ofensa.
Su amo no contestó. La respuesta era obvia.
-¿Puedo preguntar adónde te dirigirás ahora? –se interesó Boulus entregándole el pichón.
-Al arrabal de los tintoreros.
-¿Después de comer? ¡Señor! A veces pienso que no piensas con juicio -se horrorizó Boulus.
Sayyid sacudió la cabeza al ver como su esclavo había cambiado. Cuando lo conoció no era más que un muchacho harapiento, muerto de hambre y sin el menor síntoma de educación. Uno de esos cristianos sometidos a un señor feudal que los trataba peor que a los animales. Y a pesar de ello, se jugaban la vida por esos cabrones. Él no quiso arrebatársela. Lo tomó como un cautivo más. Pero una relación de simpatía nació entre los dos jóvenes de la misma edad y decidió quedárselo a su servicio. El joven muchacho, al parecer, nunca había recibido un trato tan humano y terminó por considerar a Sayyid un amo al que venerar. A su lado aprendió modales, cultura y dignidad. Pero no solamente eso. Los años le otorgaron confianza y esa insolencia de quién sabe que sus palabras no tendrán consecuencias. Por ello osaba criticar, reñir o estar en desacuerdo con algunas de las acciones de su amo e incluso darle consejos; que la mayoría de las veces eran acertados.
-Me asombra que te escandalices. Nos hemos visto en peores circunstancias –comentó relamiéndose los dedos. Dudaba que nadie de Qurtuba tuviese a un cocinero como él.
Boulus entronó sus ojos verdes como si verdaderamente añorase los días de campaña. Nada más lejos de la realidad. Su esclavo adoraba la vida en la ciudad. Y no era para menos. Gracias a su generosidad gozaba de la libertad suficiente para ir de un lado hacia otro y estar la servicio del prefecto le otorgaba un signo de distinción entre los de su ralea; situación que exprimía hasta la última gota. Podría decirse que su esclavo era como el monarca de los sirvientes de la Medina.
-Ciertamente, señor. Pero soportar los vapores inmundos de los tintes tras comer... Opino que deberías tomarte las cosas con más calma. Al fin y al cabo, me pregunto a quién le importará que encuentres al asesino de esa raaqisah –replicó.
-Soy el sabih shurtahh y es mí deber atrapar al criminal.
-Lo entiendo. Siempre has sido muy responsable. No obstante, deberías centrarte en un solo caso o tu salud se resentirá.
-Los dos están relacionados. Lo sé –gruñó Sayyid.
-Siendo así, no hay más que hablar –replicó Boulus abriendo la despensa. Tomó un ramillete de hierbabuena y se la entregó -. Ponla bajo las narices. Mitigará el hedor de los tintes. A mí me ha funcionado.
-Siempre tan precavido.
-La vida, amo. La vida me ha enseñado a sobrevivir -dijo con tono que un insigne filósofo envidiaría.
Y su inteligencia, pensó Sayyid. En apenas diez años había aprendido a leer, escribir y a hablar perfectamente el árabe. Y no solamente eso. También adquirió modales de gran señor, gusto en lo estético y la suficiente labia para convencer al más incrédulo. No le extrañaba la valiosa información que almacenaba de media ciudad. Pero, se dijo mientras probaba el arroz con leche y nueces, que lo que más valoraba era su pericia en los fogones.
-¿Deseas algo más, amo?
-No. Estoy lleno –dijo Sayyid frotándose el estómago.
-Pues, te recomiendo que te eches un rato antes de ir a esa lugar inmundo. No me gustaría que una arcada malograse tan buena comida. Me he esforzado mucho para que estuviese deliciosa.
-Veo que te preocupas mucho por mí –replicó Sayyid con ironía.
-Y lo hago. No quiero terminar como herencia de tu madre.
-¿Qué tienes contra ella?
-No. Si es una buena mujer. Pero con un carácter de mil demonios. Y yo ya estoy acostumbrado a organizar mis horas. Lo último que quiero es que una mujer me ande dando órdenes.
Su amo se levantó y agarró el ramillete de hierbabuena.
-Rogaré a Alá para que me otorgue una larga vida. No quiero ser el culpable de tu desgraciado destino.
-Tú ríe, que si no te controlas… Las prisas acabarán pasándote factura. Quedas advertido.
CAPITULO 24
Aún quedaban unos metros y el olor fétido ya le revolvía a uno el estómago. Debería de haber seguido el consejo de Boulus. Pero ya era tarde. Remataría la faena lo antes posible y se largaría como alma que lleva el diablo. Saltó de la grupa y ató al caballo en la arandela clavada en la pared de la tintorería. Colocándose con rapidez el manojo de hierbabuena bajo la nariz, abrió la puerta. El local apenas podía albergar a tres personas a la vez, pues solamente era la antesala del patio a cielo abierto que se extendía bajo él. La tintorería de Kadaz era un negocio completo. No solamente se dedicaban a teñir las pieles, si no, a manipularlas desde el principio. Algunos obreros estaban bañando las pieles con cal viva para endurecerlas. Otros, una vez terminado el proceso tras veinte días, trasladaban las pieles a un pozo de ladrillos donde se eliminaba la cal con orina de vaca y excrementos de paloma, causantes del mal olor que se expandía por el aire.
Sayyid apretó con más fuerza el ramillete ahogando una maldición al ver que todo el personal se encontraba en el patio. Bajó la escalera. Se acercó al tipo que estaba limpiando con harina el cuero que había estado sumergido en los excrementos.
-¿Kadaz al-Radi?
El obrero le indicó un tipo larguirucho y casi cadavérico que oteaba a su alrededor con aire severo. Sayyid se encaminó hacia él.
-¿Kadaz?
Éste se ladeó y lo miró con hosquedad, al tiempo que preguntaba:
-¿Para qué lo quieres?
-Soy Sayyid ben Quzman, prefecto de la ciudad. Tengo que hacerle algunas preguntas.
-Adelante -aceptó caminando.
Sayyid lo siguió hacia la zona de pozos de brillantes colores. Ahí era donde la mágica adquiría realidad gracias a la cochinilla para el rojo, el índigo para el azul o cártamo para el amarillo.
-Este hombre pregunta por ti –dijo el capataz dirigiéndose a un tipo con la tripa abultada como si se hubiese tragado un barril.
-¿Qué quieres? –preguntó Kadaz de mala gana.
-Soy Sayyid ben Quzman, prefecto de la ciudad. Deseo hacerte unas preguntas.
-Adelante –aceptó el tipo sin inmutarse. Lo cuál, le sorprendió. Últimamente todos aquellos a los que interrogaba le ponían un sinfín de pegas.
-¿Tienes a unas esclavas que compraste hace cinco años oriundas de León?
-¿Para qué las quieres?
-Las preguntas las hago yo, amigo. Así que, responde.
-Solamente queda una. La otra murió. ¿Acaso ha quebrantado la ley?
-¿Por qué razón debería de haberlo hecho ella? -replicó Sayyid con tono acerado. No soportaba a los tipos que iban de listillos por la vida.
-Porque soy un comerciante honrado. Nunca he tenido necesidad de usar trapicheos, pues me va muy bien. Por mucho que busques, no encontrarás ninguna irregularidad. ¿Quieres hablar con esa esclava? Está al fondo, bajo el cobertizo, en el taller. Se llama Jimena.
Sayyid sorteó al maestro curtidor que estaba sazonando la piel para que tomara resistencia sin perder elasticidad, asombrándose que ninguno de aquellos hombres sacara las tripas por la boca. Aunque, se dijo, que el ser humano terminaba por acostumbrarse a todo. Sin embargo, dudó al recibir la bofetada de calor cuando entró en el taller. Aquello debía ser muy parecido al infierno. Los trabajadores, todas mujeres, cosían las pieles sumidas en una capa de sudor continuo. Él también comenzó a sudar y a sentir que el agradable aroma de la hierbabuena se estaba extinguiendo a marchas forzadas.
-¿Quién es Jimena?
La muchacha que batallaba para que la aguja lograse traspasar la piel, alzó la cabeza. Sus ojos carentes de brillo miraron al hombre alto y de aspecto severo. Si sintió temor, no lo expresó en ningún momento. Se limitó a pasarse el dorso de la mano por la frente y a aseverar. Él le hizo una señal para que se acercara. Ella, con gesto cansado, obedeció.
-Solamente quiero hacer unas preguntas. Tengo entendido que fuiste capturada junto a una muchacha llamada Leonor.
El rostro avejentado de Jimena por los años de duro trabajo, en esta ocasión, si mostró intranquilidad.
-Nada debes temer, muchacha. Soy la autoridad. Y no tengo absolutamente nada contra ti. Contesta, por favor.
-Sí, señor -dijo ella en apenas un susurro.
-¿Erais del mismo pueblo?
-No. Pero convivíamos juntas.
-Así que, trabajabais en el mismo lugar.
-No, señor.
-¿No?
-Bueno, según como se mire, nuestra misión sí era un trabajo.
-No estoy para acertijos, muchacha -dijo Sayyid con un ligero tono de impaciencia. El maldito calor, junto al insoportable olor, comenzaba a agriarle el carácter.
-Vivíamos en un convento.
¿Monjas? Ahora comprendía el secretismo de la procedencia de esas cautivas. Por lo general, se evitaban los prisioneros religiosos. Los soldados, hombres que no temían a la muerte, sí temían a las maldiciones de tocar a alguien que vivía en la santidad.
-¿Todas las religiosas fueron capturadas?
-No. Algunas de ellas prefirieron quitarse la vida horrorizadas ante la idea de ser convertidas en esclavas, de ser un juguete sexual para los hombres. ¿Es comprensible, no? Su vocación era servir a Nuestro Señor. Solamente fuimos traídas a Qurtuba cinco; las que optamos por seguir con vida.
Sayyid entrecerró la frente. El comerciante de esclavos le aseguró que únicamente llegaron cuatro mujeres del mismo lugar.
-Tú, Leonor, y ¿las otras?
-Una era María. Pero murió hace dos años. Isabel fue vendida a otro amo e ignoro su paradero. La otra era Isolina.
Él parpadeó perplejo. ¿Estaban hablando de la misma persona? No era posible. Isolina estaba registrada como oriunda del Condado de Barcelona. Claro que, a estas alturas, ya no se asombraba de nada.
-Háblame de ésta última.
-Su madre, viuda, había dejado las tierras de Barcelona para casarse en León con el barón Rodrigo. Tras la boda, Isolina ingresó en la orden. Dos semanas después, fuimos atacadas. Posteriormente, en el mercado, nos separaron y nunca volví a saber de ella. Es todo lo que puedo contar.
Sayyid no podía imaginarse a la amante del califa deseando tomar una vocación tan austera, tan apartada de un mundo carente de esplendor. Pero sí que hubiese formado parte de la aristocracia cristiana. Su porte, su altivez, lo afirmaba. Aunque, esa actitud podía ser perfectamente aprendida; como había verificado en muchas esclavas.
-¿Leonor era sierva?
-Por regla general, todas las novicias llegaban de familias, si no nobles, ricas.
-Comprendo. ¿Y tú?
-Una excepción. Me dejaron recién nacida en las puertas del convento y las hermanas cuidaron de mí. Como era natural, esperaban que llegase a formar parte de ellas -dijo con aflicción.
No le extrañó. Cualquier vida era mejor que estar en esa caldera manipulando pieles, aguantando ese hedor. Se apiadó de ella. Pero no podía hacer nada para ayudarla. Solamente su amo tenía la potestad.
-¿Leonor pertenecía a la aristocracia?
-Creo recordar que sus familiares eran unos terratenientes muy poderosos o nobles. No lo se con exactitud. Pero, sin la menor duda, ricos.
Ahí podía estar la clave de todo. La familia de Nasreen había dado con ella y organizó el rescate. Por fin algo que le daba esperanzas. Si esa era la solución, el general no volvería a ver a su querida esclava, pero al menos estaría con vida.
-Has sido muy amable. Qué Alá te proteja -se despidió. Dio media vuelta y aspiró con fuerza sobre el ramillete de hierbabuena; mientras pensaba que solamente un buen baño podría liberarlo de ese maldito olor.
CAPITULO 25
Había pensado ir a la almunia de Emine. Sin embargo, recordó que aún le quedaba un testigo por interrogar en la ciudad y tal vez, con su declaración, le evitaría un viaje innecesario. Por otro lado, quería ver de nuevo a Isolina; preguntarle porqué no le dijo que Nasreen fue compañera suya en el convento.
-Conozco la trayectoria de Ali ben Mulad. Pero. ¿Tienes algún dato que deba conocer?
Boulus, mientras retiraba la vajilla de la mesa, aseveró con una gran sonrisa dibujada en su rostro sereno.
-Como todos saben, su éxito se debe a que es un lince en los negocios. Allí donde pone interés, es porque sin la menor duda le reportará grandes beneficios. Aunque, la realidad me ha confirmado que esa sagacidad proviene del exterior. Al parecer, tiene informadores en las altas esferas.
-¿Relacionados con los estamentos de poder?
-Directamente de palacio.
-¿Algún nombre?
Boulus, con aire decepcionado, negó con la cabeza.
-Lamentablemente, no he podido descubrirlo. Pero sí asegurarme de que conoce los planes inmobiliarios del califa antes que se hagan públicos. Siempre acierta en las inversiones. Y eso resulta muy sospechoso. ¿No te parece, amo?
-Comprendo. Con la ventaja que tiene, adquiere inmuebles y terrenos que en poco tiempo doblarán o triplicarán su valor. Una fortuna construida sin esfuerzo, gracias a la corrupción -remugó Sayyid sin ocultar el asco que sentía.
-¿De qué te extrañas? Es la moral que impera en Qurtuba.
-No para todos. Mi familia no se aprovecha de las ventajas de las que gozo ahora. Ni yo tampoco. Nuestra riqueza proviene del trabajo.
-Es una lástima, pues la mayoría deben de estar convencidos de que es por otros motivos.
-Me da igual lo que piensen. Prefiero dormir con la conciencia tranquila.
-¿Dormir? ¡Pero si padeces de insomnio! Te daré la dirección de un médico que, me han asegurado que es casi milagroso. Un judío…
Con gesto ofendido, calló al ver la mano alzada de su amo. Dio media vuelta y se enfrascó en la limpieza de los platos.
-Estaré todo el día afuera. Pero vendré a cenar.
-Me parece muy bien. Y por si te interesa, el médico judío se llama Yehudad ibn Ezra. Calle de La Fuente. Por supuesto, en la judería -respondió el esclavo con tono helado
Sayyid tomó aire. Boulus, en ocasiones, era demasiado sensible. Pero ahora no tenía tiempo para resolver problemas domésticos. Dejó a su siervo recogiendo la cocina y se marchó.
El día volvía a presentarse caluroso. Y una vez más, las protestas se estaban organizando. En esta ocasión le sería difícil alejarse de ellas, pues como era natural, se encaminaban hacia su misma dirección.
Pero pensó que, antes de enfrascarse en los problemas que lo estaban volviendo loco, no tenía más remedio que pasar por el cuartel. Aunque, si no se presentase, nadie elevaría una voz de protesta. Su antecesor apenas pisaba las oficinas. Como cualquier funcionario, se limitaba a asistir para los asuntos inevitables y el resto del tiempo lo dedicaba a negocios que en un tiempo fulminante lo elevaron a la categoría de hombre rico. Pero él, tenía demasiado arraigado el sentido de la responsabilidad. Así que, a primera hora de la mañana se presentó ante sus hombres y ordenó que le pusieran al tanto de los últimos incidentes. Apenas hubo nada destacable. Un robo en la casa de un vendedor de alfombras que en pocas horas había sido resuelto con la detención del ladrón. La pelea entre dos vecinos que provocó que uno de ellos se llevara una cuchillada y la denuncia de un cliente a un posadero por servirle carne podrida. En cuanto al hombre con la cicatriz en la mejilla, ninguna novedad.
Satisfecho por haber cumplido con el deber, consideró que ya podía seguir con la investigación. Pero antes, se detuvo ante el puesto de fruta. Compró una tajada de melón. Decidió saborearla mientras se entretenía viendo a un grupo de actores que representaban una *maqama. La obra, que en principio debía ser divertida, no tenía nada de graciosa y en cuanto a los actores, los peores que había visto. Sin embargo, el escaso público que se había congregado ante ellos, no compartía su misma opinión y les reía las supuestas gracias. Sayyid pensó que tal vez, él era el raro. Lo cierto era que, no era hombre que poseyera mucho sentido del humor. Pensó si ese era otro de los motivos por el cuál su mujer lo abandonó.
-Hermano. Nunca pensé verte disfrutar de las cosas banales de la vida.
Sayyid tragó el último trozo de melón y miró a su hermano.
-Y no lo hago. Estos comediantes son realmente nefastos. No tienen la menor gracia. Me limitaba a comer una buena tajada de melón, sentado, como Dios manda. ¿Qué te trae por esta parte de la ciudad?
-Voy a ver a Mulian. Esta madrugada ha llegado su caravana. ¿Te encuentras bien? No tienes muy buen aspecto. Temo que los problemas te crecen como setas. Necesitas un poco de distracción. ¿Quieres acompañarme?
Sayyid iba a responder que no. Que estaba demasiado ocupado. Sin embargo, optó por tomarse un respiro. Al fin y al cabo, adónde tenía que ir no cerrarían hasta la noche. Se levantó y dijo:
-Hace mucho que no veo al viejo Mulian. Me gustará saludarle.
-Hace mucho que no ves a nadie, Sayyid.
Su hermano mayor lanzó un gruñido, al tiempo que tiraba la cáscara del melón.
-¿Tú también? Pareces madre.
-Es que es la verdad. Este trabajo te está absorbiendo demasiado. Deberías aprender a delegar en tus subordinados.
-Es lo que estoy haciendo. Ahora solo me ocupo de dos casos importantes. En cambio tú, te ocupas de la tienda, de los proveedores y además, buscas clientes.
-¿Cómo puedes compararlo? A mi no me quita el sueño ningún criminal.
-Aunque, he oído por ahí que sí pasas malas noches pensando en una joven muy hermosa.
Aziz ladeó el rostro y miró a su hermano con aire perplejo.
-¿De qué te asombras? Soy el jefe de policía. Tengo que estar al tanto de todo. Y si se trata de un asunto familiar, más. Aunque, según la opinión de maamaa mi trabajo no es prestigioso.
-Sayyid. Sabes perfectamente que nunca ha dicho eso. Lo que ocurre es que le gustaría que hubieses sucedido a papá.
-Claro. Y que me consumiera entre telas –suspiró Sayyid. Y ante una nueva perorata familiar de su hermano, dijo: ¿Te corresponde esa belleza?
-Se está haciendo la dura. Pero es pura apariencia. Está loquita por mí -aseguró Aziz esbozando una gran sonrisa.
-¿Maamaa lo sabe?
-Está encantada. Considera que Najwa es ideal para la familia. Respetable, joven y pertenece a la familia del comerciante más rico de perfumes. Dicho de paso, el hombre también esta emocionado con la idea de nuestro compromiso.
-Una verdadera joya -convino Sayyid.
-Me parece percibir un ligero tono burlesco. Te recuerdo que no todas las mujeres son como Hassana.
-Afortunadamente -dijo Sayyid.
-Tu parecer me contenta. Aún hay esperanza.
-¿Para qué?
-Hacerte el tonto nunca se te ha dado bien, hermano. Ya me comprendes.
-No verás el día en que vuelva a caer en las garras de una lagarta.
-Quién afirma con contundencia es un necio.
-Y quién cree conocer la voluntad de otro, un ignorante.
-El tiempo dará la razón a uno de los dos.
Durante unos minutos permanecieron en silencio hasta alcanzar el puente. La actividad era frenética. Siempre lo era a la llegada de una caravana. Clientes, curiosos, familiares, acudían a la explanada junto al río, mezclándose con los porteadores, camellos y viajeros que llegaban por primera vez a la ciudad. Los pequeños comerciante tampoco perdían la oportunidad de haber un buen negocio y apostaban sus tenderetes para vender fruta fresca, refrescos y todo tipo de abalorios.
-Ahí está nuestro hombre -anunció Aziz.
Los dos hermanos sortearon la marabunta caótica.
-Mulian. Se bienvenido.
-Aziz... ¿Sayyid? ¡Por el Santo Profeta! ¡Cuanto has crecido, muchacho!
-Los años no pasan en balde, viejo amigo -dijo éste estrechándole la mano.
-¡Díselo a mis cansados huesos! ¡Han visto mucho mundo! Y ya he tenido suficiente. El próximo viaje será el último. Es hora de descansar y disfrutar de los beneficios de tanto trabajo.
-¿Y quién nos proveerá de tan magníficas telas? -se quejó Aziz.
-Mi hijo. Lo he aleccionado y cumplirá a la perfección. No debes temer por la calidad y belleza del género. ¿Queréis verlo? He traído sedas de China. Rojas como la sangre.
Sayyid y Aziz estuvieron durante un buen rato revisando las telas. Éstas parecían no tener fin. Por lo que, Sayyid, alegando que asuntos laborables reclamaban su presencia, de despidió de ellos y se largó.
CAPITULO 26
Ali vivía frente a los jardines del Alcazar. Su hogar era un palacete. Un edificio que ocupaba toda la manzana y que sí demostraba en su exterior la ostentosidad que debía imperar en su interior. La fachada contenía piedra labrada alrededor de la inmensa puerta, al igual que en las diez celosías; talladas con maestría y gran belleza. El techo había sido cubierto por una cúpula de color dorado, que refulgía bajo los rayos intensos del sol. Estaba ante el hogar de alguien a quién no le gustaba pasar desapercibido.
Dejó atrás a la masa enfurecida y se plantó ante la puerta maciza. Golpeó con el picaporte y apenas unos segundos después le fue abierta. El esclavo, de procedencia nórdica, lo miró con ese aire arrogante del que no espera visita y de aquel que se sabe dueño de la situación. Sayyid no tuvo la menor duda de que se trataba del mayordomo. Debería tratarlo con deferencia o sus propósitos podrían verse truncados. Esos tipos se creían superiores a cualquier otro esclavo y demostraban su poder con acciones tan absurdas como hacerles creer que controlaban cualquier cosa o persona que tuviese que ver con la casa.
-Buenos días. Mi nombre es Sayyid ben Quzman, prefecto de la ciudad. Si eres tan amable, necesito que me anuncies a tu amo. Es de vital importancia. Sé que podrás ayudarme a que me reciba de inmediato.
El tipo estiró el cuello con orgullo y dijo:
-Por favor, sígueme.
Cruzaron el zaguán y entraron en el patio; un lugar que, si no fuese por la difusión de adornos y vegetación un tanto exuberante, podría haberse considero maravilloso. El esclavo le indicó que aguardara en un banco situado bajo un inmenso roble.
-Ali es un hombre muy ocupado. Veré que puedo hacer.
El peloteo había surgido el efecto esperado. Ahora solamente faltaba que Ali comprendiese que negar la visita al prefecto no le convenía en absoluto.
A parecer, así lo entendió; pues en apenas unos minutos, apareció el esclavo indicándole con la mano que lo siguiese de nuevo.
Lo llevó hasta una sala que no difería mucho de lo visto hasta ahora. Pura ostentación de su riqueza. Lo único que le pareció de muy buen gusto fue la bandeja repleta de dulces. Eran de la mejor calidad; así que, sin esperar a la llegada del dueño, tomó un dulce de almendras bañado en merengue.
-Los encargo. Es la única manera de que sean como han de ser. Y bien, prefecto. ¿Qué te trae por mí humilde morada? ¿Tal vez la adquisición de una casa? Por favor, acomódate –dijo el hombre de cuerpo orondo y panza abultada, mientras caminaba hacia él.
Sayyid se atragantó la intentar no echar una sonora carcajada. ¿Humilde? El tipo era realmente un imbécil. Boulus estaba en lo cierto. Por si solo, jamás habría amasado esa fortuna. Carraspeó mientras se acomodaba en la banqueta tapizada con seda roja y bordados en oro, y dijo:
-Se trata de otro asunto.
Ali se sentó ante él y llenó dos vasos con zumo de limón endulzado con miel.
-¿De otro? ¿Qué puede haber más importante para un hombre que vivir en una casa confortable y de calidad? Tengo entendido que vives cerca de la muralla, junto al zoco de Rasif. Considero que no es un lugar adecuado para el prefecto de la ciudad.
-Ni tampoco lo es que desatienda sus obligaciones.
Ali levantó las cejas y dio un sorbo al vaso.
-¿Qué tengo que ver con un asunto estatal y que imagino escabroso?
Sayyid, tras la sorpresa inicial al comprobar que la limonada estaba fría, sonrió a medias.
-Solamente deseo información. Estuviste en la fiesta que dio el qaadi. En ella actuó una raaqisah llamada Falak. ¿La conocías? Me refiero a si tuviste tratos.
-¿Por qué hablas en pasado?
-Ha muerto. Fue asesinada.
-Tarde o temprano nos tocará bailar con la muerte a todos. Pues, contestando a tú pregunta, sí, la conocía. Una chica hermosa y complaciente. Nunca causó problemas. Por otro lado, era una raaqisah excelente.
-¿Aquella noche tampoco hubo altercados?
Ali dio otro sorbo al vaso y negó con la cabeza.
-Como he dicho, era una chica ejemplar. Y nunca han existido problemas en nuestras fiestas.
-¿Y sobre Nasreen que puedes decir?
Ahí sí su rostro terso debido a la gordura expresó sorpresa.
-Solo que es la esclava de mi buen amigo el general. ¡Ah! Y que tiene una voz como los ángeles. ¿Cuál es tú interés en ella? ¿Ha cometido algo indebido?
-No tengo interés especial. Mi curiosidad se centra también en las qaynas. ¿Actuaron como siempre? ¿No hubo peleas o algún comportamiento fuera de lo corriente?
-Lamento defraudarte, pero repito que todo transcurrió con normalidad.
Sayyid no pudo ocultar su decepción.
-Prefecto. Deja de preocuparte. Al fin y al cabo, no es más que una raaqisah sin importancia. Una mujer que se ofertaba al mejor postor. Dedica tu tiempo a cosas más importantes. ¿Por qué no hablamos de tú nueva casa?
-¿Mi nueva casa? –inquirió Sayyid.
-Es hora de que vivas acorde con tú categoría.
-Estoy bien aposentado. Gracias.
-¡Ah! Ese barrio no es bueno. Puedo ofrecerte una muy cerca de aquí. No está precisamente junto a las grandes mansiones. A pesar de ello, es una zona que muy pronto se revalorizará. Lo sé de primera mano.
-No lo dudo. Pero, créeme. Estoy bien.
-Si es por el dinero, no hay problema. Lo cierto es que, me sobran los inmuebles. Y como he dicho, ganaré una fortuna cuando el barrio esté en auge.
Sayyid encaró las cejas.
-¿Esto suena a soborno o me equivoco?
Ali alzó la barbilla con aire ofendido, pero sin borrar la sonrisa.
-¿Por qué razón debería querer comprarte?
-Tal vez, porque intuyo que deseas que olvide el asunto de la raaqisah.
-¡Qué estupidez! ¿De verdad has pensado que pueda ser su asesino? Para empezar, nada me unía a ella; a excepción de tenerla bailando de vez en cuando entre las piernas. Y por supuesto, ningún motivo para deshacerme de ella. Mi ofrecimiento es altruista. Me gusta que los que ostentan un cargo de poder vivan adecuadamente. Eso es todo.
-Ya. Volviendo al tema principal, todos sabemos lo imbéciles que se vuelven los hombres en la cama. Tal vez, hablaste más de la cuenta y decidiste acallarla.
-¿Sobre qué? Prefecto. No soy tan descuidado. Jamás suelto un secreto a nadie. Y cuando digo a nadie, es a nadie.
Sayyid dejó el vaso vacío sobre la mesa y sin alzar la mirada dijo:
-Tu lengua es como tu caballo, si le eres fiel te será siempre fiel, pero si le fallas te fallará.
-Un consejo que sigo a rajatabla. Por ello, es imposible que tuviese motivos para matarla. ¿No te parece? Deberás buscar en otra parte. Pero, como he dicho antes, es mejor que te centres en casos más importantes para la comunidad. Saldrás más beneficiado. ¿Qué puede reportarte atrapar a un criminal sin importancia? Tienes que pensar en tú futuro, alcanzar el respeto que tu cargo merece.
-¿Y no lo lograré si sigo buscando a ese mal nacido? ¡Por Alá! ¡Es inconcebible! Así que porqué la muerta es una miserable, no hay que molestarse –exclamó Sayyid.
Ali chasqueó la lengua.
-Ya sabes a qué me refiero.
-Por supuesto. Pero… da la casualidad que a mí nunca me ha importado la fama, ni el poder, ni la fortuna –replicó Sayyid con tono seco. Se levanto y añadió: Aunque, sí la justicia. Y juro que la impondré.
-Muy loable –dijo Ali sin la menor emoción. Había tipos que eran realmente idiotas. Y el prefecto era uno de ellos. Jamás llegaría a conseguir el poder que todo ra’iisde shurtah ambicionaba si continuaba por el camino de la honradez.
-Un corazón tranquilo es mejor que una bolsa llena. Agradezco tú colaboración.
-No hay de que. Siempre colaboro con la ley. Y, a pesar de tú rechazo, mi oferta sigue en pie.
-Tomo nota de ello –dijo Sayyid abandonando el salón.
CAPITULO 27
La visita no le había reportado ninguna novedad. Solamente la confirmación de que los hombres que se movían por las altas esferas eran ambiciosos, corruptos y carentes de moral. Lo cuál, a pesar de las apariencias y de la carencia de pruebas, no descartaba que hubiese podido ser uno de ellos el asesino de Falak. Pero sobre Nasreen no tenía nada en absoluto. Y eso, lo desesperaba. Ni un mago podría descubrir lo ocurrido sin la menor pista.
Con aire meditabundo se dirigió hacia el sur de la ciudad junto a la Puerta de as-Sudda, hasta llegar al barrio de La Musara, donde residía su próximo testigo; junto a la Masyid del háchib Isa ibn Ahmad. La casa era una de las pocas que no habían sido adosadas a ninguna otra. Era uno de los escasos vestigios del tiempo visigodo; por lo que muy antigua y se asombró de que aún se mantuviese en pie y tan bien conservada. Sus sucesivos dueños se habían molestado en mantenerla para que perdurara, para que fuese testigo de un pasado que ya no regresaría.
Tiró de la campanilla que colgaba junto a una puerta maciza de roble y aguardó. En menos de un minuto fue atendido por una joven de tez negra, extremadamente alta y delgada como un junco. Seguramente una esclava traída de las tierras donde los bosques africanos se convertían en marañas que escondían animales exóticos y mortales.
-Deseo ver a Dhuha.
-¿Has concertado una cita? Si no es así, dudo que pueda recibirte. Mi ama es una mujer muy ocupada. Su fama la precede y apenas puede recibir a nuevos clientes –le explicó la muchacha con gesto orgulloso. Al parecer, se sentía afortunada de pertenecer a una mujer tan prestigiosa.
-No vengo para que me atiendas profesionalmente. Es una visita oficial. Dile que Sayyid ben Quzman, prefecto de la ciudad, quiere hablar con ella –contestó él con tono que no admitía réplica.
Ella pareció entender que nadie lo haría marchar y con tono más cortés, dijo:
-Así se lo diré. Por favor, pasa.
Sayyid había visto muchas cosas en su vida, pero el pequeño zaguán lo dejó atónito. Dhuha, mujer que supuso de una gran inteligencia, había dejado claro desde el primer instante que uno pisaba su casa, que se encontraba en un santuario de lo misterioso; que todo aquello que uno buscaba, ella podía dárselo gracias a las estatuillas de dioses paganos, amuletos que decoraban prácticamente las paredes y el buen hacer de sus hechizos. Cualquiera que fuese débil de espíritu, caería en sus garras creyendo firmemente que esa mujer les arreglaría los problemas o que los pondría en contacto con el ser amado que reposaba en el paraíso.
-Son cosas que he ido recopilando a través de los años. Por supuesto, todas ellas cargadas de poderes –aclaró ella.
Sayyid dejó de mirar los objetos y desvió la mirada hacia la mujer. Su aspecto era muy distinto al que presentó en el maqbarah. Ahora su atuendo era acorde al oficio que practicaba. En el cabello, de un color rojizo oscuro, producto de aplicarse henna, llevaba una diadema con diversos cristales que se suponía ejercían un efecto mágico y en la chilaba de seda negra, conjuntada con sus ojos inquisitivos, bordados varios signos zodiacales. Sí. Era lista. Sabía como impresionar a los incautos que creían en esas supercherías.
-Imagino que no habrás venido para utilizar mis servicios. ¿Qué desea de mí el ra’iisde?
-Información.
Ella chasqueó la lengua.
-Mis clientes tienen confidencialidad. Jamás hablo de sus asuntos con nadie. Es una norma que nunca rompo. Como opción personal y también, porque negarlo, comercial. Mis clientes dejarían de pisar mi casa.
-Lo comprendo y admiro tú integridad. Pero esta ocasión requerirá que excepcionalmente rompas tus principios. Se trata de Falak. Quiero dar con el cabrón que la llevó a la tumba y puedes ayudarme a ello.
Dhuha se mordió el labio inferior y meditó durante unos segundos.
-Supongo que, estando muerta, no le importará. Por otro lado, imagino que su espíritu deseará que se vengue su asesinato. Por favor, acompáñame.
Sayyid la siguió curioseando a su alrededor. Aquella casa era muy distinta a las corrientes. Tras el recibidor se abría una sala enorme donde había la cocina y el comedor. Sin embargo, la decoración era muy actual. Dhuha apartó la cortina de una de las dos habitaciones y entraron. Se trataba de una estancia no muy grande, donde el mueble principal era una mesa redonda cubierta por un mantel rojo con bordados esotéricos. Sobre ella había un manojo de naipes, varios libros y sobre un plato pintado con la palabra baraka, invocación de la protección divina, un montón de amuletos.
-Por favor, acomódate –le pidió indicándole la silla. Ella se sentó al otro extremo mirándolo con fijeza, estudiándolo. Sayyid carraspeó y ella salió del ensimismamiento -. Bien. Comencemos. ¿Qué te interesa de Falak? ¿Saber que está tramando?
-Todo. Ha muerto y quiero saber cómo era, que deseaba, porqué acudió a ti. Es importante cualquier detalle que puedas darme.
Ella aseveró alisando el mantel. Sus manos estaban pintadas con henna. Pero no eran los dibujos tradicionales. Supuso que eran símbolos mágicos.
-Falak vino a mi consulta hace unos cinco años. Desde entonces, acudía una vez al mes. Era una gran creyente y también compleja. Una Clava nata. Les gusta el confort, la seguridad y el dinero. Jamás renuncian a aquello que quieren o a los planes que se han marcado. Aunque, tú debes ser un Arco. Ambicioso, sincero y tenaz. Estás dispuesto a llegar hasta el fondo sin que te importe arriesgar la vida. Por otro lado, a pesar de tu aparente seguridad, posees sensibilidad y puedes ceder a las emociones. ¿Me he equivocado?
-En verdad, no tengo la menor idea de estas cosas. ¿Podemos volver al asunto principal?
-¿Lo ves? Tenaz. Seguro que has nacido en el mes de diciembre.
El no pudo evitar alzar las cejas.
-Nunca me equivoco. Bien. Como decía, era compleja. En realidad, todas las esclavas lo son. Desean ser libres, pero por otro lado, los años de esclavitud las han hecho acostumbrarse a la comodidad de no tomar decisiones. Ella no era distinta. Sin embargo, me dio la impresión que, esta vez, estaba haciendo planes; pues no vino para preguntar lo habitual.
-¿Y qué era lo habitual?
-Lo típico. Amores, dinero, éxito.
-¿No te consultó sobre esos planes?
-Pues, no. Quería saber que poder podía reportarle las palabras.
Sayyid la miró perplejo.
-¿A qué diablos se refería?
Ella levantó las manos en señal de ignorancia.
-¡Maldita sea! Esto cada vez resulta más complejo –masculló él.
Dhuha tomó el mazo de cartas y las barajó con semblante solemne. Todo muy profesional. Con delicadeza extendió varios naipes.
-No te molestes. No creo en estas cosas –dijo Sayyid.
-Es un asunto que desde el primer momento me olió mal. Vi algo oscuro y siniestro. Vi a la muerte. Y como has comprobado, no me equivoqué. Lamentablemente, no la advertí. Sabía que no me haría caso y seguiría con su obcecación. Como he dicho, era ambiciosa.
-¿Y cuál era su ambición? –musitó con aire meditabundo.
-Estaba claro que el dinero.
Sayyid soltó una risa profunda.
-¿Y las palabras le iban a reportar riqueza? ¡Es absurdo! ¿No te parece? No tiene ningún sentido.
-Depende de lo que decían –sugirió Dhuha extrayendo cinco cartas de la baraja.
-¿Un chantaje? ¿A quién? ¿Y por qué?
-Puedo ver el futuro de mis clientes. No puedo contestar a tú pregunta cuando se refiere a una hipótesis. Aunque, puedo hacer un ritual para ayudarte en la investigación.
-Eres muy generosa. Pero no. Estás ante un escéptico y dudo que ante mi incredulidad surgiera el menor efecto.
El tono cínico molestó a la pitonisa.
-Si quieres un consejo, yo no me burlaría. Hay hechos que escapan a nuestro entender y que son poderosos. Las fuerzas ocultas nuestros ojos pueden otorgarnos su ayuda o por el contrario, hacer que nuestra vida sea un infierno.
-Todo lo que tú quieras. Pero ahora lo que a mi me interesa es resolver este caso de una puñetera vez. ¿Sabes si Falak tenía alguna confidente?
-No confiaba en nadie. Tú tampoco. Me lo dicen las cartas. La indecisión me cuenta que has estado mucho tiempo dudando y que has pasado por una separación. No sé si física o moral. Esto te ha llevado a ser escéptico –dijo ella. Seguidamente, extrajo otra carta.- El crepúsculo me dice que ahora estás sumido en un gran problema y que los resultados serán lentos.
-¿Y eso es adivinación? Te acabo de contar que estoy investigando un crimen –replicó él con tono mordaz.
Ella lo miró fijamente, con esa mirada segura del que se sabe poderoso.
-Cuando descubras que, como dice Lo Inesperado, alguien en quién confías te ha traicionado, no te burlarás tanto. Y en cuanto a la Sacerdotisa, te verás arrastrado hacia una relación donde se manifestará la atracción y al mismo tiempo la repulsión. Ten cuidado con el corazón.
-¿No me digas? ¿Voy a tener un ataque? –inquirió él con sorna.
-Uno muy fuerte. Pero no físico. Depende de ti que sea o no doloroso para tus sentimientos.
-¿Siempre eres tan misteriosa?
-Las visiones son veladas. Al destino no le gusta ponernos las cosas fáciles.
-¿Así que no puedo saber quién será el traidor o la mujer que me hará languidecer de amor? Es una pena. La mitad de mis problemas quedarían resueltos.
-Yo solamente aconsejo. Y te digo que vayas con mucho ojo. Veo peligro, muchos enemigos y sangre. Tuyas son las decisiones.
Sayyid se levantó.
-Bien. Supongo que esto es todo. Gracias por atenderme.
-Espero haber sido de ayuda.
-Yo también.
-Ten mucho cuidado, prefecto.
CAPITULO 28
El azúcar sometido al fuego se había transformado en un líquido dorado que desprendía un aroma delicioso. La esclava, con gran pericia, lo hizo rodar en el palo, hasta que tomó la temperatura adecuada. Después, lo amasó extendiéndolo de una mano a otra. Al conseguir el punto exacto, lo extendió sobre el muslo.
Isolina se mordió el labio mitigando un leve quejido. Nunca llegó a entender esa práctica tan desagradable; aunque, reconocía que una mujer lucía mucho más hermosa sin el vello y ya no podía observarse sin estar depilada. Por ello aguantó estoicamente los tirones.
Una vez terminada la depilación cerró los ojos y dejó que el olor de los aceites perfumados, de argana y almendras, le llenara los sentidos; mientras las manos expertas de su esclava le amasaban el cuerpo. Era el instante que más disfrutaba. Tumbada, solamente obteniendo placer; dejando de pensar en los momentos amargos. Porque, a pesar de las apariencias su existencia no tenía nada de fabulosa ni emocionante. Todo lo contrario. Era miserable, humillante y daría lo que fuese por conseguir la libertad real. Y podía hacerlo. No obstante, el precio sería el exilio y después de tantos años, consideraba Qurtuba su hogar. Aún sería más desgraciada lejos de todo aquello que amaba.
Ese pensamiento la llevó a recordar a Nasreen. Puede que ella sintiese de un modo distinto y deseara regresar junto a los suyos; junto a aquellos que unos soldados inhumanos la apartaron.
Al rememorar ese día le recorrió un estremecimiento en el estómago. El día amaneció brumoso, como era corriente en el mes de febrero. Aún podía sentir la angustia que la embargaba. Se sentía prisionera, alejada de una vida que siempre imaginó luminosa, llena de risas y de una familia con hijos correteando por la hacienda. Sus ilusiones se vieron truncadas cuando su madre, la mujer más severa y adusta que encontró durante su corta vida, le comunicó su decisión de que ingresara como religiosa en un convento. De nada sirvieron las súplicas ni los días posteriores sin catar la comida. Una tarde, apenas dos horas antes del anochecer, fue llevada a Santa María de las Misericordias. El edificio de piedra oscurecida por las inclemencias de la zona le pareció, más que una casa dedicada al señor, algo lúgubre y siniestro. Una cárcel de la que no podría escapar jamás. Durante dos semanas soportó el silencio, las reglas llenas de prohibiciones, la obligación de orar constantemente. Pero esa mañana de febrero todo cambió. Cuando esos soldados penetraron dentro del sagrado recinto, supo que la muerte sería su liberación.
Se equivocó. A diferencia de las monjas de avanzada edad que fueron pasadas por la espada, esos hombres ni la violaron ni la mataron. Era demasiado valiosa para ser mancillada. Fue, junto a sus otras compañeras, considerada carne de mercado.
Ese destino, en lugar de aterrorizarla, extrañamente, la alivió. Ahora podía comprender que era la alegría inconsciente del que era rescatado de una prisión y que tan solo veía la libertad. Nunca imaginó que esa supuesta liberación la trasladaba a otro tipo de servidumbre. Sí. Tuvo que soportar en la cama a un amo decrépito, la pérdida de su hijo y ahora al hombre más poderoso del califato. De todos modos, ahora reconocía que prefería mil veces haber sufrido de ese modo a pasar el resto de la existencia aguardando la muerte sin conocer nada del mundo. Si no hubiese sido por esos soldados, no habría descubierto el embrujo de Qurtuba, sus poemas, su música, a su prefecto.
Arrugó la frente. ¿Por qué había pensado en él? No era el prototipo de hombre soñado. Sayyid era rudo, intransigente y sin la menor alegría por vivir. Aunque, reconoció que su físico era imponente y la llevaba a imaginar como sería estar entre sus brazos.
Pero no. Era un sueño, por el momento, imposible. No por ser incapaz de derrotar a ese férreo shurtah. Ahora sus actos estaban supeditados a Hisham. No podía arriesgarse o le costaría la cabeza.
Dando un sonoro suspiro cogió el vaso para tomar la ración diaria del compuesto de jengibre, clavo, nuez moscada, aceite y corteza de nogal; el cuál mantendría su juventud. Al terminar el último sorbo, bajó de la litera y se metió en el aljibe; al tiempo que sonaba la campanilla de la puerta. ¿Quién diablos sería?, se preguntó molesta. No soportaba que nadie perturbara su hora del baño.
Pronto sabría que era Sayyid.
Cuando la esclava de actitud hosca le abrió la puerta, su faz no operó ningún cambio al verlo. Continuaba igual de agriada. Y la respuesta a su petición la misma.
-El ama está ocupada.
-Me da igual –replicó él apartándola. Ella protestó airadamente, pero Sayyid no el hizo el menor caso y continuó hasta llegar al patio. Allí se detuvo y dándose la vuelta, le ordenó que lo anunciara. Ella obedeció a regañadientes y a los pocos minutos le pidió que lo siguiese.
Sayyid quedó estupefacto cuando la esclava lo introdujo en el baño y vio a Isolina sumergida en el agua, bajo el haz de luz que penetraba por la ventana de brillantes colores.
-Tu presencia inesperada, me indica que es urgente. No quise hacerte esperar. ¿En qué puedo ayudarte?
Sayyid carraspeó, no por incomodidad, si no, porque le era imposible apartar los ojos de la muchacha que con una sonrisa dibujada en su hermoso rostro lo miraba con descaro; sin mostrar el menor pudor por estar desnuda antes su presencia. Claro que, el agua lo ocultaba todo. Pero él podía imaginarlo perfectamente. Sus senos tersos y turgentes, su cintura estrecha, sus caderas, las nalgas…
-En contestar a mis preguntas con la verdad –dijo con tono apenas audible.
Ella avanzó hacia Sayyid, deteniéndose en el borde. Se aferró a él con las manos y con voz suave, dijo:
-Siempre lo he hecho.
-¿De veras? Y dime. ¿Recibir a las visitas en el baño en un hábito? ¿He dicho hábito? No se en qué estaría pensando –dijo él con sarcasmo.
Sayyid era un hombre muy listo y había averiguado su vida anterior. Pero no le importaba en absoluto. Lo que sí le molestaba era el tono enojado del prefecto. No comprendía la razón. ¿Por qué debía molestarlo lo que fue en el pasado?
-Sé lo que fuiste. Por eso no llego a entender tu comportamiento de ahora. ¿Cómo una mujer que se encaminaba hacia la santidad puede llevar una vida tan inmoral? Te muestras desnuda ante un extraño y complaces a la más alta autoridad sin el menor remordimiento. Te vi con el califa. ¿No tienes decoro ni dignidad? -le espetó él.
Ella, lentamente, se dio la vuelta y nadó con suavidad.
-¿Eso lo dice un hombre que se ha divorciado, que frecuenta los burdeles y que lleva tras la espalda cientos de muertes? No creo que seas el más indicado para echarme en cara mi modo de vivir. ¿No te parece?
-Es distinto -refutó Sayyid.
-Por supuesto. Una mujer no tiene derecho a nada y mucho menos una esclava.
-Ahora eres una mujer libre.
-¿Tú crees? Te creí más inteligente, prefecto.
Sayyid entendió a qué se refería. Su situación, con referencia al califa, no era precisamente una garantía de inmunidad. Como viuda y antigua esclava, cualquier negativa la colocaría en una posición conflictiva e incluso peligrosa. Podría perder todas sus pertenencias o la vida.
-¿Callas? El otro día me preguntaste porque razón no regresaba con los míos. La respuesta es que allí también me trataron como a una cautiva. ¿O piensas que deseaba ser monja? En las tierras cristianas las mujeres no somos tan distintas. No tenemos opción a nuestro destino y el mío, como tercera hija, era ser entregada al seno de la Iglesia. Siempre he sido una prisionera. Y el dinero y la posición no me han librado de ello -dijo ella con tono afligido.
-Podrías casarte. Hisham es un depravado, pero aún le queda algo de sensatez y jamás tocaría a la mujer de otro o los muladíes se alzarían contra él.
Isolina volvió a situarse ante Sayyid.
-La paciencia es un árbol de raíz amarga pero sus frutos son dulces. Los muladíes ya están hartos de Hisham. ¿Para que precipitar algo que puede perjudicarme? No temas, Sayyid. Sé lo que deseo y tarde o temprano lo obtendré -dijo mirándolo con intensidad.
Sayyid tragó saliva. Aquella diosa se le estaba insinuando y sería un idiota si la rechazaba. Desde que la había visto la deseó. Pero era una mujer del califa y sería un loco si cayese en sus redes.
-Yo… también. Resolveré este asunto cueste lo que cueste. Bien… Ya me has dicho que tú no ansiabas la vida contemplativa. ¿Nasreen pensaba de modo distinto?
-Apenas pasamos unos días juntas y el silencio imperaba en el convento. Nunca mantuvimos confidencias.
-Pero habría algún detalle que, a una mujer tan observadora como tú la llevase a alguna conclusión.
-Oraba con fervor y su rostro parecía relajado; no como el de otras que mostraban amargura por su encierro. Muchas de ellas habían dejado al hombre que amaba para llevar una existencia carente de cariño. Los conventos son lugares lúgubres, donde una debe ocultar sus sentimientos. Y no hablemos de las envidias. Cuando la priora muere, se desata una batalla cruenta por ocupar su puesto… -Calló para soltar una risa amarga. Pero fue por unos segundos. Su bello rostro volvió a mostrar serenidad y dijo: Nasreen deseaba esa vida. ¿No es absurdo?
Sayyid se mordió el labio inferior y aseveró.
-Así que tenía verdadera vocación. La esclavitud y lo que ello conlleva, la estaría haciendo pasar un infierno.
-Lo dudo.
-¿Por qué razón? No todas aceptan su nueva situación. Hay muchos ejemplos –replicó él con doble intención.
-Y yo no soy uno de ellos. Pero Nasreen tampoco. Si hubiese tenido verdadera vocación, jamás habría permitido someterse a los caprichos de un amo. Se habría quitado la vida, como hicieron muchas de las hermanas. Y no lo hizo. Todo lo contrario. Se adaptó perfectamente; tanto que, llegó a ser una afamada qayna.
-¿Llegó? Aún no está probado que esté muerta.
-Muerta o viva, su vida aquí ya pertenece al pasado. Dudo que la encuentres.
-¿Crees que ha escapado?
-Es una posibilidad, ¿no? –contestó ella saliendo del agua.
Sayyid tragó saliva cuando sintió como la apatía de los últimos meses se alejaba a pasos agigantados. Intentó controlarse y le alcanzó una toalla para que cubriese su espléndida desnudez. La imaginación no se había acercado a la realidad. Isolina era mucho más perfecta.
-Si el califa te viese, te mandaría cortar el cuello –dijo con tono ronco.
-Pero no nos ve. ¿Cierto? –contestó ella. Con movimientos sensuales comenzó a secarse, sin mostrar el menor pudor; todo lo contrario. Parecía disfrutar viendo como Sayyid se debatía entre controlarse o dejarse llevar por el deseo que refulgía en sus ojos negros.
-¿Sabes a qué familia pertenecía Nasreen? ¿Si era noble? –logró decir él en apenas un susurro.
Isolina continuó secándose con deliberada lentitud y dijo:
-Creo que sí.
-En ese caso, puede que diesen con ella y la ayudaran a escapar.
-Puede. La vida está llena de posibilidades y muchos se aprovechan de ello. Son los más inteligentes.
La tensión comenzó a consumir a Sayyid. En un impulso, le asió el brazo y la arrastró hacia su pecho.
-No juegues conmigo –gruñó.
-¿Y quién está jugando?
¡Qué demonios! Llevaba demasiado tiempo sin sentir el calor de una mujer y esa mujer desprendía mucha pasión. Buscó su boca y la besó con voracidad. Ella soltó un gemido de placer, retorciéndose contra él. Con dedos impacientes le quitó la camisa. Sayyid la apretó con más fuerza sintiendo sus senos duros. Ella gimió. Era la primera vez que sentía pegada a su piel un cuerpo joven y varonil. A un hombre que le daría ese placer que jamás experimentó. Ansiosa, le bajó las calzas. Una leve exclamación de sorpresa surgió de sus labios al comprobar su enorme virilidad erecta como una vara. Sayyid se mordió los labios al sentir su caricia. Nunca antes se sintió tan excitado. Los meses de abstinencia le impedían entretenerse en juegos de seducción. La alzó por las nalgas y la pegó contra la pared, sintiendo como su corazón latía desbocado. Ella se aferró con fuerza, lanzando un gemido cuando notó el miembro erecto y duro entre los muslos. Sus ojos azules lo miraron expectantes, cerrándolos de golpe cuando él la penetró, llenándola como nunca. Sayyid comenzó a moverse con premura. Isolina experimento una sensación nueva y estremecedora. Era como una corriente de agua enfurecida y caliente, que la obligaba a unirse a los jadeos de Sayyid. De repente, algo estalló dentro de ella y por primera vez sintió un placer exquisito que la convulsionó, que la obligó a lanzar un grito. Él aceleró los movimientos y con un gemido profundo, dejó que el orgasmo lo liberara.
CAPITULO 29
Era noche cerrada cuando dejó la casa de Isolina. Por lo general, su rostro adusto, llevaba grabada una media sonrisa bobalicona. Aún le parecía mentira lo que había ocurrido. No fue nada distinto a sus otros encuentros femeninos. Pero al mismo tiempo, tenía la sensación que sí lo era. Isolina, en las tres ocasiones que practicaron el acto sexual, lo había llevado a un estado donde nunca antes había llegado. Se dijo que era debido a que había pasado una temporada alejado de los placeres de la carne. Eso era. Sí. No tenía la menor duda. Esa mujer no era nada especial. Simplemente una mujer hermosa hecha para el placer. Nada más. Y ahora debía olvidarse de los asuntos mundanos y centrarse en lo principal.
Continuó adentrándose por las callejuelas del zoco, sin poder dejar de pensar en toda la información que había obtenido hasta el momento; sin encontrar nada coherente. ¿Qué demonios era eso del poder de las palabras? ¿Un chantaje? ¿Un delirio? ¿Y si Falak no estaba bien de la cabeza? Preguntas y más preguntas sin respuesta.
Antes de doblar la esquina, se topó con un grupo numeroso de hombres que discutían acaloradamente. Al parecer, su enfado venía provocado por la nueva derrota del ejército, junto a la subida de impuestos.
-¡El califato está sumergido en la podredumbre! Hisham nos ha llevado a la ruina, junto a su primer waziir. Un antiguo tejedor advenedizo e intrigante. Despidieron a todos los funcionarios para rodearse de jóvenes libertinos, aún peores que ellos dos. Han dilapidado las arcas para satisfacer sus lujurias y mandar sobre un ejército que es derrotado una y otra vez por los cristianos. ¿Hemos de seguir soportando estos abusos? ¡Yo digo no! Ya pagamos el diez por ciento de nuestro capital. El azaque, las tasas de inmuebles, de tierras. ¡No estoy dispuesto a pagar ni un impuesto más! ¿Y vosotros?
La masa, con una sola voz, dijo que no.
Realmente era una situación tensa. Sin embargo, en estos momentos, era lo que menos preocupaba a Sayyid. Su único desvelo era resolver los dos misterios cuanto antes y poder regresar a su vida tranquila. Aunque, tal como iban las cosas, temía que la cosa se alargaría. Y lo peor de todo era que, al día siguiente tenía que asistir al contrato matrimonial de Rayzel y supervisar la primera fiesta de la noche. Durante tres días debería aplazar la investigación.
De repente, el buen humor se esfumó. Y no es que no sintiera dicha por la boda de su hermana. A diferencia de muchas otras muchachas, ella tendría un marido joven que la amaba, además de rico. ¿Qué más se podía pedir por el ser que más ternura le inspiraba? Decididamente, nada. Era el enlace perfecto. Solo esperaba que la vida no los llevase por el mismo camino que a él. Claro que, eso no tenía porque suceder. Su futuro cuñado era un muchacho noble, de buen carácter y decidido a formar un hogar, sin la menor intención de abandonar a su esposa durante meses. ¿Fue ese su error? ¿O tal vez no y Hassana no sentía el amor que siempre le juró?
Sacudió la cabeza. Ya era inútil pensar en ello. No había solución y tampoco la quería. Lo que antaño sintió había muerto.
-Ra’iis.
Sayyid saludó a sus subordinados que comenzaba a hacer la ronda nocturna en compañía de los perros y alumbrándose con unos faroles. No se había percatado de lo tarde que era. Las calles estaban desiertas y los candiles provocaban sombras siniestras. Pero él las conocía muy bien. Continuó caminando y se adentró en la calle que ascendía hacia su casa. De repente, algo lo golpeó en el hombro. Perdió el equilibrio y cayó. El agresor lo pateó en las costillas. Sayyid, revolviéndose, se dio la vuelta y alzó la pierna, dándole en pleno estómago. El tipo ahogó un gemido al doblarse, momento que Sayyid aprovechó para levantarse. El puño cayó sobre la mejilla, pero no lo amilanó. Extrajo el cuchillo y lo empuñó con fuerza hiriendo a su agresor en el costado. Éste, lanzó un gemido y dando media vuelta, echó a correr. Sayyid intentó seguirlo, pero el espantoso dolor en el hombro lo hizo tambalearse. Llevó la mano hacia allí. Al instante quedó húmeda de un líquido pegajoso. Su propia sangre.
-¡Mierda! –gimió.
A trompicones subió el callejón.
Boulus, al verlo, lo miró horrorizado.
-¡Amo! ¿Qué ha ocurrido?
-A ti que te parece –gruñó Sayyid apoyándose en su brazo. El esclavo lo llevó hasta el diván y lo acomodó. Con pasos nerviosos fue a la cocina y llenó un cuenco con agua. Regresó y le limpió la herida.
-¿Quién ha sido?
-No lo sé. Me atacó por la espalda.
Boulus no podía creerlo. Su amo era el hombre más previsor y cuidadoso que conocía. No llegaba a entender cómo no se dio cuenta de que alguien lo seguía.
-¿Y te sorprendió? ¡Inaudito! ¿Cómo ha podido pasar? ¿En qué andabas distraído? ¡Ah! La cristiana.
-¡Eres idiota! –exclamó Sayyid contrayendo el rostro en un gesto de dolor.
-Ya veo. Pues serán los casos que te están volviendo loco. ¿Quería robarte?
-No. Me apuñaló directamente. Eso no suele hacerlo un ratero.
-¿Entonces?
-Es evidente que deseaba matarme.
Boulus abrió la boca impactado ante la revelación.
-¿Por qué razón?
Sayyid soltó una queja al sentir el mejunje que su esclavo utilizaba para las heridas.
-Soy el prefecto. Los enemigos me crecen como alcachofas. Pero no todo salió mal. Logré hundirle el cuchillo. Ahora irá por ahí maldiciéndome.
-Estás metiéndote con gente muy poderosa, amo. A partir de ahora deberás tener más precaución –le aconsejó el esclavo.
Sayyid arrugó la frente. ¿Tenía razón Boulus y el ataque estaba relacionado con la investigación que estaba llevando a cabo? No. No tenía sentido. No había descubierto nada y los sospechosos lo sabían. A pesar de ello, cabía la posibilidad de que intentaran pararlo antes de encontrar la verdad de lo sucedido. Y el modo más expeditivo era asesinándolo. ¡Maldición! No era todo lo suficientemente complicado para que ahora tuviese que pensar en quién deseaba quitarlo de en medio. El que tenía todos los números era Ali. Intentó sobornarlo. Era un buen motivo. Pero ahora no podía pensar en ello. Dentro de unas horas debería presentarse para los votos de su hermana. Ahora solamente podía pensar en qué diablos le diría a la familia cuando viesen su estado. Era impensable contarles la verdad o los haría sufrir. No podía hacerles esa jugarreta en estos días tan especiales.
-Esto tiene muy mala pinta. La herida es profunda y no deja de manar sangre. Yo ya no puedo hacer más. Debo llamar al doctor ahora mismo –decidió.
-No.
–Amo. Hay que coser y yo no estoy dispuesto a hacerlo.
-Lo has hecho en muchas batallas.
-Ahora no estamos en la guerra. Hay medios más seguros y no quiero que se infecte. Además, ¿no querrás estar ausente en los días más importantes de tú hermana? -replicó Boulus haciéndole un torniquete.
Sayyid se limitó a responder con un gruñido, al tiempo que se recostaba. ¡Demonios! Le dolía muchísimo. Y no llegaba a comprenderlo. Había recibido heridas mucho más importantes en las batallas. ¿Se estaría volviendo blando? Lo más seguro. La vida de prefecto, por mucho que su madre considerara que era peligrosa, comparada con la vida de soldado era un simple paseo.
El médico sí debía haberse tomado la urgencia como un paseo hacia su casa. Ya había pasado media hora en pasear.
-Ya estamos aquí, amo –anunció Boulus con la respiración entrecortada.
Sayyid miró al galeno. No era el del barrio.
-Te presento a Yehudad ibn Ezna. El mejor médico de Qurtuba y del califato. Su abuelo y su padre, fueron doctores privados del califa. Él también lo es ahora.
El anciano alzó la mano quitando importancia a la efusiva presentación del esclavo. Se inclinó ante Sayyid. Boulus le acercó una lámpara. Sus ojillos menudos bordeados por ríos de arrugas, estudiaron con atención la herida.
-Una mala cuchillada. Por suerte, no está infectada. Tú esclavo ha hecho un buen trabajo limpiándola. Pero hay que cerrar -decidió.
-He pasado diez años en el campo de batalla. No me dices ninguna novedad –remugó Sayyid con los nervios tensos por el escozor que sentía.
Boulus le lanzó una mirada reprobatoria ante su mala educación. Le había traído al mejor médico y lo trataba como a un vulgar matasanos.
Yehudad abrió una bolsa de cuero y extrajo un frasquito. Abrió el tapón y se la ofreció al herido.
-Bebe.
-¿Qué es? –preguntó Sayyid desconfiado.
-Opio. Evitará el dolor de la aguja –respondió el médico preparando el hilo.
Lo cogió sin confiar demasiado. No creía en pócimas milagrosas. Si existieran, los soldados no pasarían tantas operaciones soportando un dolor espantoso. Pero, ya que el médico del mismo Hisham se había molestado en acudir a su casa, lo complacería. Lo tragó mientras observaba como el anciano hilaba la aguja con pericia. Sus manos, a pesar de la avanzada edad, no temblaban. Era un buen síntoma. Lo peor que podía sucederle a uno era dar con un matarife con los nervios destemplados.
-¿Tarda mucho en hacer efecto? –quiso saber Boulus.
-Es inmediato.
Sayyid soltó una risa profunda. Sus ojos adquirieron un brillo extraño y su cabeza se bamboleó como si fuese incapaz de sostenerla sobre la nuca. Todo a su alrededor comenzó a nublarse, a escuchar las voces en la lejanía. ¿Qué demonios el había dado ese tipo?, se dijo intentando sobreponerse al sopor que lo estaba invadiendo. No pudo controlar los sentidos y cayó en un sueño extraño, pero dulce.
-Sujétale el brazo.
Boulus cumplió la orden del doctor y maravillado, comprobó como hundía la aguja, una y otra vez en la carne, sin que su amo soltara un quejido. Todo lo contrario. Su cara mostraba una imagen bobalicona, como si su mente estuviese a una distancia lejana.
-¡Es milagroso! –exclamó.
-No, amigo mío. Es ciencia.
Yehudad remató el trabajo. Limpió la herida con cuidado y la envolvió en un trapo tan blanco como la nieve.
-Hay que cambiarle el vendaje cada día y curarla con esto. En dos semanas, lo espero en mi consulta.
-Agradezco tú generosidad al venir a estas horas de la noche. ¿Qué te debemos? –dijo el esclavo.
-Ya me pagará tu amo cuando venga a mí casa. Y no ha sido una molestia. Es el prefecto. Un hombre importante del califa. Además, de paso, intentaré curar esas molestias que lo agobian. No creo que sea difícil.
-Es un alivio escuchar eso. Mi amo sufre de mal de sueño. Apenas pega ojo. ¿No sería conveniente que le recetaras esa maravilla? –dijo Boulus señalándole el frasco del opio.
-Es un medicamento muy peligroso. Su exceso provoca que uno no pueda prescindir de él. Buscaremos otra solución. Ahora deja que descanse. Dormirá como un niño hasta mañana.
CAPITULO 30
Abrió los ojos sobresaltado. Instintivamente miró hacia el hombro. La herida estaba vendada. Arrugó la frente intentando recordar lo sucedido cuando llegó a casa. Solamente pudo hasta que el doctor le dio esa pócima.
-¡Menos mal! Pensé que no despertarías. Queda una hora para la reunión –le dijo Boulus entregándole un vaso lleno de agua.
Sayyid tenía la boca terriblemente seca y bebió con avidez.
-¿Una hora? ¡Mierda! ¿Por qué no me has despertado? –protestó saltando de la cama.
-Lo he intentado, amo. Pero el opio aún estaba haciendo su efecto. ¡Qué maravilla! ¿Verdad? Ese médico te cosió sin que soltaras un quejido.
-Si. Un hecho fascinante. Pero si llego tarde, mi madre si que me hará sentir dolor. Vamos. Hay que darse prisa y sobre todo, ni una palabra de lo ocurrido. ¿Queda claro?
-En cuanto al hombro, no hay problema. El vendaje queda oculto por la ropa. Pero temo que será imposible con lo más visible. Tienes un buen moratón en la mejilla. Aunque, podemos decir que ha sido una caída o un borracho.
-Siempre tan agudo. Alcánzame la jofaina. Y acércate al cuartel. Diles a mis hombres que busquen a tipo que me atacó.
-Si no lo viste- le recordó Boulus.
-Está muy mal herido. Habrá tenido que ir a un hospital o a un médico.
-Pero. ¡Si hay cientos de doctores en la ciudad!
-Me da lo mismo. Que busquen. ¿Queda claro?
-Del todo, amo.
En media hora salía de casa y justo unos minutos antes de la hora acordada, llegaba hasta la masyid cercana a la tienda de telas.
Los prometidos, junto a tres testigos, el general y su esposa, su familia y el *sheik, ya estaban preparados. Como era de esperar, su madre le lanzó una mirada iracunda.
-¿He llegado, no? –le susurró mientras la besaba en la mejilla.
-¿Qué te ha ocurrido? –inquirió ella al ver el morado.
-Ya sabes, cosas del oficio. Bien. Vamos allá.
Durante la media hora siguiente los presentes se enfrascaron en el contrato matrimonial. Una vez anotadas las condiciones y acordadas, el magistrado dio por formalizada la unión legal y espiritual de la pareja. El contento fue evidente en todos los implicados. Era un matrimonio que todos deseaban.
*Magistrado islámico
Lo que deseaba Sayyid era poder librarse de la comida de celebración. Era vital que continuase con las investigaciones. Pero no podía. Era el cabeza de familia y era impensable eludir sus obligaciones. Por lo que, con un humor de perros, se sentó ante la mesa, sin apenas participar de la conversación.
-¡Por el Santo Profeta! ¿Qué te ha pasado? –exclamó su hermano al percatarse del morado.
-Un ladronzuelo difícil –contestó a regañadientes. La herida del hombro comenzaba a dolerle de nuevo.
-Lo que yo digo. Un oficio lamentable el que ha escogido mi hijo. Su destino era seguir los pasos de su padre y ahora se desenvuelve entre ladrones, criminales y gente inmoral –se quejó su madre.
-Estimada consuegra. El trabajo de Sayyid es uno de los más importantes de la ciudad o te aseguro que no se lo habría aconsejado, ni dado mis más buenas referencias al califa para que no dudara de su talento -refutó Náseh llenándose la copa de vino.
-Mi hermano es un hombre magnifico. Es el hombre que mejor ha honrado el cargo –dijo Rayzel con orgullo.
-Mi esposo habla maravillas de él –dijo la mujer del general.
-Mi esposa no exagera. Siempre lo consideré mi mejor soldado. Valiente, tenaz y astuto. Por esa causa el califa le concedió varios honores. Nunca llegué a entender el motivo de su retirada. Hubiese alcanzado, estoy seguro, el más alto rango.
-No insistas, Náseh. Mis motivos son personales y no es momento ni lugar para hablar del pasado. Hay que hablar del futuro de estos dos jóvenes –dijo Sayyid apartando el plato.
-Exacto. ¿Por qué no nos centramos en las celebraciones? –sugirió Fadila.
-Eso es cosa de mujeres. Sayyid. ¿Podemos hablar en privado? –dijo el general.
Los dos hombres abandonaron la mesa y salieron al jardín.
-¿Qué ha pasado?
-Alguien intentó matarme anoche. Recibió una apuñalada en el costado. Te pido que no digas nada. Ya tengo bastante preocupada a mi madre –le comunicó Sayyid.
Náseh se rascó la barbilla con aire preocupado.
-¿Tiene que ver con la investigación?
-No lo dudo. Al parecer, a alguien no le gusta que esté metiendo las narices en sus asuntos. Ayer mismo, Ali me ofreció una casa.
-¿Un soborno? No es extraño. Suele hacerlo para después comprar favores. Pero de eso a matar… No se. ¿Piensas que tiene algo que ver con la desaparición de Nasreen?
-Más bien con la raaqisah. Tu esclava estaba siempre custodiada por tus ojos. Ninguno de los que asistieron a la fiesta tenía motivos para matarla.
-Cierto. ¿Entonces?
Sayyid resopló y comenzó a caminar de un lado a otro.
-No tengo la menor idea. ¡Maldita sea! La información que me han dado todos los sospechosos, no me han aclarado nada. Incluso me han confundido más. ¿Sabes que esa raaqisah acudió a una pitonisa para consultarle si las palabras le darían poder?
-¿Qué clase de pregunta es esa? –se extrañó el general.
-Pues eso. Un lío del que soy incapaz de salir. ¿Te sugieren a ti algo?
-Lo más mínimo. Esa chica debía de estar loca.
-He pensado que se refería a un chantaje.
-Una posibilidad –admitió Náseh.
-¿Pero a quién?
-Puede que esa noche viese algo referente a Nasreen. No puedo imaginar qué. Pero es factible. ¿No?
El general tenía razón. Era una perspectiva nueva en el caso. Pero ninguno de los asistentes a la fiesta vio nada extraño a no ser que, mintiesen. ¿Y cuál de ellos mentía? Nunca podría saberlo.
-Sí. Pero estoy como al principio. Temo que te equivocaste al encargarme esto –se lamentó con voz cansada.
-En absoluto. Eres el mejor. El único que no cejará hasta dar con el misterio.
-¿Y si no encuentro a tú esclava? No olvides que a pesar de la admiración que sientes por mi, no soy infalible.
El viejo general soltó un suspiro.
-Amigo mío, temo que ya nunca más volveré a ver a Nasreen. Lo más seguro es que esté muerta o que como sugeriste, escapó con un hombre. Pero quiero saber que ocurrió. Y sé que tú me confirmarás una de las dos cosas. Aunque, por el momento, aparta el trabajo. Debes centrarte en la boda. Y sobre todo, recuperarte. ¿De acuerdo? Por cierto. Espero que te viese un buen médico. Las heridas son traicioneras. Pueden infectarse.
-Yehubad Ibn Ezna.
Náseh aseveró.
-Buena elección. El mejor. Anda. Regresemos con la familia. Y después, ve a casa y reposa. Los festejos comenzarán al atardecer.
CAPITULO 31
Siguió el consejo. Más por prudencia, que por ganas. La herida comenzaba a dolerle en serio y debía estar medianamente en forma para la noche. No podía fallarle a Rayzel.
Tal como mandaba la tradición, acudió a las afueras de la ciudad para la celebración de los esponsales. El motivo de tal excepción era debido a la gran cantidad de invitados. No había espacio alguno que pudiese albergarlos dentro de las murallas. Por lo que Naséh obtuvo un permiso especial y había plantado dos jaimas junto al río, muy cerca del molino de la Albolafia, el mayor productor de harina de la ciudad.
Si los excesos maternos le habían parecido un desatino, los del viejo general resultaron apabullantes. El interior estaba decorado con guirnaldas de flores, lámparas doradas con cristales de colores, alfombras de la mejor calidad, almohadones de seda. Y en cuanto al banquete, no faltaba ni un manjar. *Al-skibay, mariscos, todo tipo de panes, legumbres, verduras y en cuanto a pastelería, *al-sfani, bizcochos y frutos secos. Todo ello aderezado con zumos, infusiones y los mejores vinos.
Para amenizar a los invitados, mercaderes, nobles e incluso el qaadi, Naséh había contratado a los músicos más prestigiosos, junto a raaqisahs y qaynas. Por supuesto, de la escuela de Wallada. Isolina no se encontraba entre ellas. Y esa ausencia deslucía todo el esplendor que lo rodeaba. Ninguna de las chicas poseía su voz hechicera, dulce y embriagadora.
Pero él no estaba para celebraciones. Le molestaba el hombro, le dolía la cabeza de tanto rumiar en el lío que andaba metido y lo peor de todo era que, ahora se había infiltrado un problema más, Isolina. No podía dejar de pensar en ella. Y no podía permitirse el lujo de divagar en asuntos que lo distrajeran de lo principal. No obstante, lo cierto era que, se sentía también agotado de ir dando tumbos sin que lo llevaran a ninguna parte. Y estaba convencido que jamás llegaría al final. ¿Cómo podía hacerlo sin datos, con testigos que al mismo tiempo eran sospechosos? Era como si todo se hubiese confabulado contra él para hacerlo fracasar. ¿Y si era el Destino quién le estaba indicando que debía abandonar? Tal vez, su madre tenía razón y hubiese tenido que conformarse con ser un simple comerciante de telas. Su vida ahora sería plácida. Un trabajo seguro, una esposa que no lo habría abandonado, puede que hijos. ¿Y cómo se encontraba ahora? Inmerso en un asunto oscuro y tan complejo que, podía costarle la carrera. Tanto si resolvía los casos como si no. Porque, si el culpable era un hombre poderoso, era lo suficientemente íntegro para delatarlo; aunque supiese que jamás recibiría castigo. Esos tipos se protegían sin importarles la gravedad del delito.
*Carne de cordero guisada con vinagre.
*Buñuelos fritos en aceite.
-¿No está todo a tú gusto? –le preguntó el general.
-Es una celebración fastuosa.
-¿Entonces? ¿A qué viene estar ceñudo? ¿Es por la presencia de Khalîl? No he tenido más remedio que invitarlo. Será el oficiante en la Gran Masyid.
-Ese tipo no me molesta en absoluto. Es el hombro. Me duele. Al parecer, el tiempo alejado del campo de batalla me ha vuelto endeble. ¿No te molestará que me retire pronto?
Naséh le rodeó la espalda con el brazo con gesto paternal.
-En absoluto. Lo principal es que te repongas cuanto antes. Ahora come, bebe y después, métete en la cama.
Es lo que hizo. Comió con ligereza, bebió con mesura, se abstuvo de participar en las danzas y dos horas después de su llegada, partió para reposar los huesos maltrechos.
Al día siguiente, se dispuso a partir hacia la almunia donde se encontraba Emine.
A lomos de su fiel caballo, cruzó la Puerta de la Estatua, dirección sur. El camino fue pavimentado por orden de Abderrahman, para que el acceso a la ciudad de al-Zahra fuese más cómodo. Se trataba de una ruta muy bella, que siempre dejó asombrados a los viajeros procedentes del Imperio Bizantino o de los reinos cristianos del norte. La vega del Guadalquivir era fructífera. Los campos sembrados de trigo, los naranjos o las viñas, eran como un lienzo que llenaban las retinas de colores y las fincas, edificios fastuosos donde se apreciaba la riqueza de sus amos.
Si no hubiese sido por el estado de ánimo en el que se encontraba, también habría apreciado tanto esplendor. Pero continuaba sumido en una apatía difícil de vencer. A no ser que esa qayna le proporcionara un indicio que le aportara un poco de luz.
Cruzó el Arroyo del Moro por el puente construido en la época romana y dejó atrás la almunia Na’ura; una de las más importantes de la vega. Continuó por el camino sin poder evitar un gesto de tristeza al ver las ruinas de al-Zahra. No quedaba nada de su esplendor, de aquél poderío que apabullaba a las delegaciones extranjeras. Ahora sus bellezas se habían marchitado y solo quedaba el esqueleto que un día la levantó para la gloria del califato. Ahora era el reino de la desolación. Como decían los viejos, cada sol tenía su ocaso.
Una media hora más tarde, con el sol ya derramando sus rayos implacables, llegó ante la finca. Era una almunia de proporciones considerables. Construía en piedra, sólida, pero amable. Una enredadera en flor cubría la fachada, conjuntándose con el color azul con el cuál habían sido pintados los entramados de madera. Era un signo que los propietarios provenían de las tierras cercanas a Oriente.
Desmontó. Un criado gigantesco, seguramente con las funciones de vigilante, se acercó.
-¿Qué deseas?
-Soy Sayyid ben Quzman, prefecto de la ciudad. Deseo hablar con tus amos. Es un asunto oficial; por lo que requiere que me reciban cuanto antes.
-Sígueme.
Recorrieron el camino bordeado de olivos hasta alcanzar la puerta principal. Entraron. La familia estaba en el patio desayunando. Aguardó a que el criado anunciara su presencia. Sayyid observó los rostros. Éstos mostraron sorpresa. No le extrañó. Por los informes que tenía Ubayy al-Rushd era un hombre honrado; al menos en apariencia. La llegada del ra’iisde shurtah de Qurtuba debía de tenerlo muy desconcertado. Con semblante circunspecto, se levantó y caminó hacia él.
-Se bienvenido. ¿Qué puede querer el prefecto de mí humilde persona?
-Más bien deseo hablar con tu hija.
Ubayy respingó sobresaltado.
-¿Por qué razón?
-No te alarmes. Simplemente deseo hacerle unas preguntas a causa de una investigación que estoy llevando. Puede ser una testigo crucial.
-¿De qué? Emine lleva una vida muy ordenada. Dudo mucho que presenciara un hecho, que imagino, escabroso. Su vida transcurre en casa y en la escuela de Wallada.
-Y también en algunas actuaciones privadas –apuntilló Sayyid.
-Del todo decorosas. De lo contrario, jamás permitiría que mi querida hija participase –protestó el hombre con indignación.
-Lo sé. Sin embargo, en la última actuación ocurrió algo que desembocó en un hecho lamentable. Una de las qaynas desapareció. Se trata de Nasreen.
-¿La esclava del general? ¡Qué desgracia! ¿Y piensas que mi hija puede saber algo? Te aseguro que si tuviese información, la habría dado.
-No lo dudo. A pesar de ello, me gustaría conversar con ella. Es posible que viese algún detalle, que no considerase extraño y que nos aclare la situación.
Ubayy, mordiéndose el labio inferior, aseveró.
-Por favor, ven a la mesa.
Emine y la mujer que supuso su madre, a pesar de la extrañeza de la visita de ese extraño, educadamente lo saludaron con un leve movimiento de cabeza.
-Hija, este es Sayyid ben Quzman, ra’iisde shurtah. Desea hacerte unas preguntas.
Su esposa lo miró con ojos horrorizados. Pero acató su decisión sin una protesta.
-No temáis. Es por si Emine puede ser de ayuda.
-¿Qué?... ¿Qué quieres saber? –balbució Emine retorciéndose las manos.
-Sé que la otra noche estuviste actuando en casa del qaadi. Quiero que me cuentes todos los pasos que dio Nasreen.
-Hace días que no viene por la escuela ¿Ha hecho algo malo? –quiso saber ella.
-En absoluto. Se encuentra desaparecida.
La faz de ella se demudó.
-Bien. ¿Qué me cuentas?
-Más que una fiesta fue… fue una reunión. Eran pocos los invitados. Cantamos y después, como siempre, actuaron las raaqisahs. Mientras, nosotras disfrutamos de la cena que el qaadi nos ofreció. Después, calculo que en una hora más o menos, nos fuimos.
-¿Todas?
-Las raaqisahs se quedaron. Suelen hacerlo. A los invitados les gusta gozar de sus danzas –dijo con las mejillas arreboladas.
-¿Notaste algo raro en Nasreen?
Emine entrecerró la frente intentando evocar las imágenes de esa noche.
-No. Aunque… No. Creo que no tiene importancia.
-Dime lo que sea –le pidió Sayyid con tono ansioso.
-Ella estuvo hablando en el patio con un hombre que jamás había visto y que no era un invitado. Recuerdo que me pareció muy desagradable.
-¿Acaso discutían?
-Más bien parecían nerviosos. Pero no fue por eso. Ese hombre tenía una cicatriz en la mejilla que le confería un aspecto siniestro.
Sayyid se tensó. ¿Una cicatriz? ¿A qué le recordaba eso? ¡Por supuesto! El tipo con el que topó cuando fue a ver al centinela. ¿Sería el mismo tipo? No era probable. ¿Qué podía relacionar a la qayna con el vigilante? Nada en absoluto.
-¿Escuchaste la conversación?
-Pude ver como ella le entregaba unos papeles. Pero estaba demasiado lejos para escuchar. De todos modos, puede que esa raaqisah oyese algo. Estaba justo detrás de ellos, oculta a sus ojos por una columna.
-¿Se trataba Falak?
-No conozco a ninguna mujer con ese nombre.
-Era rubia, con ojos verdes y muy alta.
-La misma. ¿Por qué has dicho “era”?
-La han asesinado.
La faz de la hermosa qayna se tornó más blanquecina; tanto que, temió que se desvaneciese en ese mismo instante. Pero la muchacha aguantó.
-¿Y crees que lo que vi tiene algo que ver? –preguntó en apenas un murmullo.
-No tienes porque temer nada. Pues nada sabes. ¿Verdad? ¿Qué hizo ese hombre después que ella le diese esos documentos?
-No lo sé. Era hora de irnos y regresé al salón.
-¿Por qué has dicho que no era un invitado?
-No estuvo en ningún momento en la fiesta, ni como invitado ni como sirviente; tampoco iba vestido como un gran señor.
A Sayyid le pareció una apreciación errónea. Dudaba que un extraño pudiese colarse en casa del qaadi. Por lo que, estaba allí con el consentimiento del dueño de la casa o se trataba de un criado. Aunque, habiendo sido testigo de los desmanes que se producían al avanzar la fiesta, cualquiera hubiese podido entrar sin que nadie se percatara de su presencia.
-Buena observadora.
-¿Eso es todo, señor?
-Sí. Has sido de gran ayuda.
-Nos alegra haber sido útiles, si con ello consigues encontrar a esa pobre muchacha. Rogaremos a Alá por que la resolución sea satisfactoria –dijo Ubayy.
-Gracias por vuestra colaboración.
-Estamos para servir al califa. ¿Te apetece tomar un refresco?
-Aceptaría gustoso. Pero el deber se impone. Debo regresar a la ciudad cuanto antes.
-En ese caso, que tengas un buen regreso a Qurtuba.
CAPITULO 32
Lo cierto era que la información era muy interesante; pero al mismo tiempo, aún lo hundía más en el pozo del desconocimiento. No llegaba a entender que tenía que ver el tipo de la cicatriz con el vigilante y al mismo tiempo con la qayna; y que estas relaciones afectasen a Falak hasta el punto de ser asesinada. ¿Era posible que escuchase algo tan importante que provocara su asesinato? No podía saberlo. Una estaba muerta, la otra desaparecida y el tipo de la cicatriz sin personalidad conocida. ¿Cómo diablos lograría encontrarlo? La ciudad estaba plagada con tipos con esa misma descripción. Lo único que podía hacer era ir a casa del qaadi e indagar.
Es lo que hizo en cuanto llegó.
Su posición le evitó seguir los cauces normales de aquellos que pedían audiencia. Fue recibido de inmediato por el chambelán. Pero éste se negó en redondo en proporcionarle cualquier tipo de información al no estar su amo presente. Insistió que se acercase al palacio de justicia; por lo que, no tuvo más remedio que tragarse las pocas ganas de charlar con Khalîl y encaminarse hacia la Gran Masyid.
El qaadi estaba escuchando a los implicados en el proceso. Al parecer, el demandante exponía que el vendedor que le proporcionó la casa lo había engañado. Alegó que, una vez instalado, las grietas y goteras, ocultas por una capa de pintura, hicieron su aparición. El demandado protestó, jurando que nunca se percató de tales desperfectos y que no era culpable de timo. Khalîl dudó. Por ello, llamó a un testigo del todo fiable, el antiguo inquilino. Éste aseguró que dejó la vivienda precisamente por su mal estado y que Kadaz, que era el vendedor fraudulento, estaba al corriente de ello.
La sentencia, gracias al testimonio, fue fácil. El qaadi ordenó que Kadaz arreglase los estragos, que le retornase el diez por ciento de lo abonado por la casa y además, como escarmiento, mil dinares de multa.
El sinvergüenza no protestó. Sabía que el qaadi había sido benévolo o de lo contrario, ahora mismo sufriría el cuero del látigo.
Khalîl barrió sus ojos negros por el salón con aire hastiado. Aquella mañana no estaba de humor para soportar las monsergas de litigios sin la menor importancia. Al ver a Sayyid no mostró ninguna reacción; solamente su mano se alzó para detener las explicaciones de su ayudante. Le susurró algo al oído y se levantó. Caminó hacia la puerta que se encontraba a su espalda, mientras el escribiente acudía junto a Sayyid.
-Te recibirá en el despacho.
Sayyid acudió sin prisa a la cita. Entró en la estancia. Khalîl estaba sentado tras la mesa cubierta de papeles. Mantenía las manos cruzadas y una sonrisa sarcástica en su rostro mofletudo.
-¿Qué asunto tan importante te ha traído hasta mí? ¡Ah! Ya sé. La qayna. ¿Ya has resuelto el misterio?
-Estoy en ello. Solamente quería preguntarte si tienes a tu servicio un hombre con una cicatriz en la mejilla derecha –contestó Sayyid con tono helado.
-Por supuesto que no. Sería desagradable verlo a mí alrededor constantemente. ¿No te parece? Mis sirvientes son, como mínimo, agradables de ver.
-Pues, en la fiesta que diste estuvo presente ese tipejo.
-¿De veras? –inquirió, escéptico, el qaadi.
-Hay un testigo. Así que, deduzco que tu cuerpo de seguridad no es precisamente muy eficaz. ¿No crees? Será mejor que tengas una charla con ellos.
La sonrisa burlona de Khalîl se borró. El prefecto tenía razón. La seguridad había fallado. Cortaría la cabeza del irresponsable.
-Lo tendré en cuenta.
-Gracias por tú tiempo.
-Supongo que nos veremos en la fiesta.
Sayyid se limitó a asentir. Dio media vuelta y se largó.
Decidió ir al cuartel y ordenó a sus hombres que peinaran la ciudad en busca de todo aquél que tuviese una cicatriz en la mejilla derecha y que presentase una herida de daga, imaginando que ese tipejo fue su agresor. Como fue lógico, hubo protestas; que él atajó de inmediato con la autoridad que le caracterizaba.
Tras ello, algo más animado, decidió ir a casa para, al menos, disfrutar de una buena comida.
-Hoy te veo de más buen humor, amo. ¿No será por la boda? Estoy cansado de oírte decir que el matrimonio es un estado del todo prescindible -le dijo Boulus entregándole las sandalias.
-Y tú más irónico. ¿No te parece?
-Me limito a expresar tus propias palabras.
-Dejemos las discusiones domésticas y vayamos a lo práctico. ¿Qué hay de comer?
-Al-trid.
-¿Me ofreces migas de pan viejo bañadas en caldo de pollo?
-Como ocurre últimamente, no te esperaba y a mi me encanta ese plato. Te lo acompañaré con unos huevos. ¿Te parece bien?
-Tanto si me lo parece como no, harás lo que se te antoje –remugó su amo.
Boulus cambió de tema y preguntó:
-¿Algún avance en la investigación?
Sayyid le explicó las últimas novedades.
-Muy interesante.
-¿Ah, si? A mi no me lo parece. Todo lo contrario.
-Bueno, hasta ahora no tenías nada. Sin embargo, puede haber un móvil.
-A esa conclusión he llegado. Pero. ¿Qué motivo es?
Boulus le sirvió el plato de migas y con toda confianza, se acomodó ante él para degustar el suyo.
-Puede que ese hombre sea el amante secreto de la esclava de tu general. La raaqisah escuchó que pensaban fugarse y la mataron.
La cuchara de Sayyid quedó a medio camino. A veces su esclavo poseía una mente muy lúcida. Sí. Era una posibilidad plausible. Aunque…
-No me imagino a esa muchacha con ese tipo.
-Cosas más extrañas se han visto. Si te contara… -Calló. Sayyid esperó que continuase. Las anécdotas que a veces le relataba eran muy interesantes. Pero al parecer no pensaba hacerlo.
-En este caso todo lo es. Y la cuestión es que me está volviendo loco -resopló Sayyid, rompiendo la yema del huevo.
-Lo mejor en estas situaciones es tomarse una tregua -le aconsejó Boulus.
-¿En serio? Ya me dirás cómo lo hago con lo de la boda. ¿A quién se le ocurriría implantar dos días de juerga nocturna? ¿Acaso no era suficiente con la celebración del día del enlace? Y no hablemos del dineral que cuesta. La gente no tiene dos dedos de frente, amigo mío.
El esclavo encaró las cejas mostrando una expresión burlona al decir:
-¿No me dirás que tienes problemas con el pago de los festejos? ¿Os habéis arruinado y no me he enterado? ¿Acaso sirvo a un pobre?
Sayyid no contestó. Durante unos minutos, se dedicó a comer mientras meditaba en los supuestos que estaban barajando.
-¿Y si ese hombre no es su amante, pero sí un familiar? No olvides que esa tintorera me dijo que pertenecía a una familia noble o rica.
-También –se limitó a decir Boulus.
-Sin embargo, hay algo que no me cuadra. ¿Por qué si vino a buscarla sigue en la ciudad?
Boulus, con aire pensativo, untó unas rebanadas de pan con mermelada. Las colocó sobre el plato y se lo ofreció a su amo.
-Tal vez, prefirió que no los relacionasen y espera reunirse con ella pasado un tiempo prudencial.
-Tiene lógica. ¡En fin! Iré a por otro testigo.
-¿Isolina?
Sayyid lo miró perplejo. ¿Cómo demonios llegaba a recabar tanta información? Incluso a él, siendo quién era, le costaba sonsacar a los testigos.
-¿Puedo preguntar como consigues tanta información? Me sería de gran utilidad.
-Puedes. Pero... Me acojo al derecho de privacidad.
-Eres un esclavo y debes obedecer a tu amor –le recordó Sayyid.
Boulus levantó los hombros y le llenó el vaso con zumo de limón.
-Lo sé. Y puedes utilizar tus derechos para torturarme.
Sayyid tragó de un solo golpe el vino que quedaba en la copa y se levantó.
-Ahora no tengo tiempo. Pero tomo nota y descubriré tú gran secreto. Si alguien…
La campanilla interrumpió la conversación. Sayyid remugó un reniego. Últimamente se empeñaban en perturbar sus pocos ratos tranquilos.
Boulus bajó a abrir, subiendo de nuevo en compañía de un soldado.
-Jefe. Jahwar ha regresado de la contienda y ha sido herido. Está en el bimaristan Mamun. Me ha pedido que vayas a verlo cuanto antes.
-¿Está grave?
-Una herida mala. Pero dicen los médicos que se recuperará.
-Vamos.
CAPITULO 33
Jahwar estaba en el *biramistan más prestigioso de la ciudad. No podía ser menos tratándose del general de todos los ejércitos.
La organización de la institución era perfecta. El edificio se dividía en varias alas. Una para las enfermedades contagiosas, otra para la medicina interna y la última para fracturas o heridas de guerra.
Su amigo se encontraba en esta última, al otro extremo. Durante el trayecto se cruzó con enfermeros, mujeres de la limpieza, médicos que iban de un extremo a otro, con un ritmo trepidante. Allí todo era eferencia y organización. Se hacían turnos para que el cansancio no hiciese mella en los empleados y de este modo no perjudicar al enfermo. Los biramistanes eran uno de tantos ejemplos gloriosos que el califato introdujo. No únicamente curaban al enfermo si no que además, podía permanecer todo el tiempo que fuese necesario hasta poder volver a la vida civil, siendo dado de alta con algo de dinero en el caso de no poder incorporarse al trabajo. Además de ello, la plantilla de médicos procedía de todos los orígenes, judíos, cristianos y musulmanes. No importaban las creencias si sus conocimientos eran extraordinarios.
Cuando entró en la habitación, de una sola cama, privilegio del cargo que ostentaba Jahwar, éste mostró alegría al verlo.
-¡Sayyid, amigo!
-¿Así que te has dejado dar? ¿No será que deseabas volver a los placeres de la ciudad, viejo zorro? –bromeó Sayyid intentando no mostrar preocupación al ver el rostro pálido del general.
-Veo que me conoces… muy bien –contentó el soldado intentando mitigar el dolor que sentía.
-¿Una herida profunda?
-Bastante. Un cabrón de pelo dorado me hundió la espada en el estómago. Los cirujanos me han cosido como a un pellejo. De todos modos, no te preocupes. Sobreviviré. Ya sabes. Mala hierba nunca muere.
-A partir de ahora ten más cuidado. ¿De acuerdo? No me gustaría prescindir de mi mejor amigo. Y dime. ¿Qué pasó?
-Fue un enfrentamiento cruento. No más que otros, pero resultó inesperado. No estábamos preparados.
-¿De nuevo os estaban aguardando?
El general asintió mordiéndose el labio.
-Llegamos a Sierra de Cabrejas al amanecer. Todo estaba en silencio. La población de Herrera dormía. Supusimos que en esta ocasión nuestros temores se habían esfumado. Comenzamos el avance y de repente, nos vimos rodeados por todo un ejército surgido del bosque; mientras que en la muralla del pueblo se apostaban decenas de arqueros. Los repelimos como pudimos y nos vimos en la obligación de retirarnos.
*Hospital
-¿Pérdidas?
-Las bajas han sido cuantiosas y no puedo dejar de pensar en que es por mi culpa. Debería de haber aplazado la incursión hasta no dar con ese espía. Sayyid. Tienes que encontrarlo.
Sayyid acercó un taburete y se sentó junto a la cabecera. Jahwar intentó incorporarse y ahogó un gemido. Sayyid le colocó la almohada en la nuca y le llenó un vaso de agua.
-General, un hombre como tú sabe que estoy muy ocupado y que esto compete al ejército, no a la shurtahh.
Su amigo bebió con ansia.
-¿Crees que no lo sé? Pero no me fío de nadie.
-¿Cómo puedes decir algo semejante? Tus hombres han demostrado su fidelidad arriesgando la vida continuamente.
-Ahí está el meollo. Creo. No. Más bien afirmo que el traidor está en las altas esferas. Esta vez fuimos con mucho cuidado y no sirvió de nada. ¿Sabes cuántos hombres han muerto? Cuarenta y cinco. ¡No pudo consentir que vuelva a suceder! Tienes que ayudarme.
A Sayyid nada le gustaría más. Pero era imposible que pudiese dedicarle tiempo. No hasta que resolviera los casos pendientes. Sin embargo, al ver el estado crítico en el que se encontraba su amigo, decidió no preocuparlo por le momento y sin poder evitar la curiosidad de investigador que llevaba dentro, dijo:
-Haré lo que pueda. A ver. Dime. ¿En qué te basas para decir que es un alto cargo?
-Como te conté, muy pocos conocían nuestros destinos. A partir de las sospechas, la lista se acortó. En esta última incursión eran conocedores del destino, por supuesto el califa y el waziir. También mi brazo derecho, el viejo general y el qaadi.
Sayyid encaró las cejas. Era evidente que Jahwar estaba equivocado. Ninguno de esos hombres tenía el menor interés de crear tensión en el ejército y mucho menos, desear que saliese derrotado.
-¿Estás seguro de ello? Me refiero a que son hombres fieles al califato.
-¡Maldita sea! Lo sé. Sin embargo, los hechos son los hechos. Puede que, olvidando la prudencia lo contaran a alguien. Un hombre bebido no sabe sujetar la lengua.
Sí. Era una posibilidad. Y como tal, imposible de saber cuál de ellos se había ido de la lengua y con quién.
-¿Cuándo te pasaron la información y dónde?
-Antes de vernos en los baños. La reunión, a causa de las filtraciones, se efectuó en los jardines del Qasr. Y puedo asegurar que no había nadie a parte de nosotros.