CAPÍTULO 7: VANAHEIM

En aquellos momentos Glad se hallaba convertido en un dragón negro y como en la vez anterior sobrevolaba los cielos cargando con Run y todos sus amigos. Está vez además viajaba acompañado por tres elfos que los iban custodiando montados sobre unos grifos gigantes.

—Espero que no nos tengamos que arrepentir por haber aceptado la petición de Glad. Quiero que en todo momento tengas mucho cuidado. No sabemos qué podemos encontrarnos —dijo Run dirigiéndose a su discípulo.

—Tranquila, tendré mucho cuidado —respondió Hakon.

—Qué bonito es el reino de Glad. Menos mal que hemos venido —añadió Hakon dirigiéndose a su maestra mientras observaba desde las alturas la vegetación del reino del Alfheim.

—Sí, es realmente hermoso —asintió Run.

A medida que el dragón negro fue avanzando en su trayecto llegó a un límite donde dejó de sobrevolar campos y entró en un mar de zafiros. Aquel mar significaba el fin del reino del Alfheim y el inicio del reino de Vanaheim. Contaba una leyenda que la aparición de aquel mar se dio tras el fin de la guerra entre Aesirs y Vanirs, y que éste se creó a partir de que los Aesirs lanzaran el cadáver del dios Vanir, Njörd desde los cielos.

Regresando al vuelo del dragón, durante su vuelo pasó cerca de un peñón donde una decena de sirenas permanecían sentadas sobre las rocas. La sirenas al ver al animal alado y al grupo de grifos saludaron, observando poco después como empezaban a coger altura para acceder a la gran roca que flotaba en los aires.

Aquella roca era donde estaba la ciudad de Vanaheim, hogar de los dioses Vanir. Desde aquella roca flotante caían unos manantiales de agua que terminaban llegando hasta el mar.

A lo largo de la gran roca se extendía una pequeña nación de menos de quinientos habitantes. Todos ellos eran elfos, excepto, los miembros de la casa real de Vanaheim, los Vanir. La tierra de Vanaheim era un lugar de lo más hermoso aunque tuviera una superficie bastante limitada. Allí no todo eran colinas y más tierra hacia el infinito, como en Asgard. La gran roca del Vanaheim estaba atravesada por varios ríos, los cuales acababan desembocando al océano, teniendo que superar una gran caída desde los cielos.

Aquellos ríos tenían su lugar de nacimiento en uno de los puntos más elevados de todo el reino. En el palacio de los Vanir había una fuente con forma de almeja, la cual se mantenía siempre en constante funcionamiento dejando caer una interminable cantidad de líquido del centro de su perla. Aquella eterna humedad que se desprendía de la fuente con forma de almeja representaba la fertilidad de un reino en auge.

En Vanaheim cada uno de los edificios que allí se levantaban, habían sido construidos con toda la intención posible de resaltar la belleza de sus fachadas. Los Vanir eran unos enamorados de la belleza, así que jamás se hubieran podido permitirse vivir en una ciudad que no resultara hermosa para todos los sentidos. Por eso, y debido al deseo que los Vanir siempre habían tenido por regresar a su antigua tierra, Vanaheim fue creada.

El hogar de los Vanir estaba basado en el mismo arte con el que había sido construido el reino de Asgard aunque los Vanir lo habían llevado al extremo. El lujo y detalle con el que estaba basado el arte del clasicismo, se veía por todas las partes de la gran roca. Todas las construcciones del reino, incluyendo con ello a edificios, puentes, carreteras y aceras, tenían sus correspondientes, esculturas, policromías, esgrafiados, frescos, mosaicos, frontones y pilastras.

En aquellos mismos instantes, en el palacio de Vanaheim, Frey estaba tomando por detrás a una elfa en medio de la sala principal. La sala principal tenía techos y paredes de oro con cortinas de seda en cada uno de los grandes ventanales por donde entraba una luz clara y brillante al interior de la estancia.

Para Frey hacer el amor con alguien era casi una cuestión de cortesía. El dios del sol y de la lluvia practicaba el sexo constantemente y jamás se ocultaba al hacerlo. Por aquel entonces, alrededor de la gran sala, a la pareja les acompañaba la guardia élfica del castillo y la joven hija de la diosa Freya, Hnoss, una pequeña niña de cabellos de color morado y tez de piel negra. Ella permanecía jugando a las muñecas mientras que su tío se hallaba a sus espaldas practicando sexo.

Frey tenía un el aspecto muy distinto al de su sobrina. Frey tenía el aspecto de un hombre de una edad cercana a los treinta años de edad. El dios tenía una larga melena rubia de cabellos ondulados. Su aspecto era muy andrógino. Él iba vestido con una toga abierta de color morada que dejaba ver gran parte de su torso.

Mientras el dios Vanir y la elfa estaba disfrutando del sexo entre jadeos y sudores, de repente, entró por el interior de la sala principal el heraldo del castillo.

—Su Majestad, se presenta el príncipe Glad Von Castle conocido como «el elfo oscuro» —dijo el heraldo con voz en grito.

Habiendo sido realizado el anuncio del elfo oscuro en la sala, por ella entraron el poderoso brujo y su séquito el cual estaba compuesto por Run, Hakon, Ventisca, el Gran Krig y el grupo de elfos caballeros que les habían acompañado desde el reino del Alfheim. Pese a que ahora Frey tenía la presencia de invitados en su sala, él no se detuvo en el acto sexual sino que continuó haciéndolo mientras Glad y el resto seguía avanzando hacia él.

—Menudo desvergonzado. Ante la vista de todos… —dijo Run, observando el espectáculo con gesto incrédulo.

—Hakon, tú no mires eres muy pequeño —dijo Run dirigiéndose a su discípulo a quién le puso la mano por delante de los ojos.

El dios Frey a los pocos pasos de que Glad y su séquito anduvieran por la sala, soltó una alabanza mostrándose muy dichoso.

—¡Grandiosa es nuestra fortuna! ¡Por fin ha regresado el príncipe mestizo! —exclamó Frey rebosante de alegría.

—Yo también me alegro de veros, su alteza. Mhum, veo que os hemos pillado ocupado. Siento molestar. Le veremos luego cuando haya acabado —dijo Glad en un tono amable pero distante.

—Está bien. Esperadme fuera, luego hablaremos —respondió Frey, sin detenerse en la copula.

Las palabras de Frey hicieron que Glad asintiera con la cabeza. Acto seguido, el elfo oscuro dio media vuelta para abandonar la sala real acompañado de quienes habían llegado con él.

—Seguidme —ordenó Glad a su séquito.

Mientras el elfo oscuro y su séquito salían de la sala, Frey se los quedó mirando con una sonrisa en los labios.

Pasados unos minutos, cuando Frey hubo finalizado de mantener sus relaciones sexuales con una de sus criadas, se reunió junto a Glad y su séquito en una de las terrazas que había por el palacio.

El dios Frey en su llegada a la terraza encontró a Hakon y a Run dándole de comer un racimo de uvas a su mascota, un jabalí de oro llamado Gullinbursti. Aquel jabalí era un regalo de parte de los enanos al dios Vanir. Gullinbursti no era un jabalí corriente, era capaz tirar de un carro tan deprisa como un caballo al galope, y además con su resplandor podía guiar en la noche.

—Ya estoy aquí —dijo Frey con una sonrisa juguetona.

—Me intriga verte acompañado por un humano y por una vampiresa. ¿Qué hacen aquí? —preguntó Frey dirigiéndose al elfo oscuro.

—Son amigos míos —respondió Glad.

—Ella fue quién me libero de mi maldición —dijo Glad señalando con la mirada a la vikinga de los Ljungberg.

El dios Frey al oír tales palabras, aplaudió mostrándose muy feliz.

—Entonces es mi invitada de honor —dijo Frey con una feliz sonrisa.

La sonrisa mostrada por el dios Vanir hizo que Run le observara con gesto sonriente.

—Por favor, que alguien venga para alimentar a esta vampiresa. Gracias a ella, el poderoso brujo del Alfheim ha regresado, debemos tratarla bien para recompensarla —dijo Frey dirigiéndose a sus criados.

—También traer algo de comer para el cachorro humano, el perro y el caballo —añadió Frey.

En consecuencia de la petición del dios, varias criadas elfas que estaban en la terraza, marcharon hacia el interior del palacio. Después de poco más de un minuto, aquellas criadas regresaron con suculentos manjares para los invitados al palacio. En el caso de Run, hasta ella se acercó un elfo para dejarse morder.

—Yo no… —negó Run con la cabeza rechazando el ofrecimiento.

Run al rechazar el ofrecimiento de sangre de parte del elfo, lanzó una mirada a Glad, quién asintió con la cabeza.

—Sería buena idea que bebieras. Llevas varias horas sin alimentarte. No sabes cuánto tardarás en volver lo hacer —dijo Glad dirigiéndose a la vikinga.

Tras aquellas palabras del elfo oscuro, la vikinga asintió con la cabeza y finalmente se alimentó de la sangre del elfo. De un mordisco en el cuello del elfo se estuvo alimentando hasta que quedó bien saciada. Mientras Run sorbía de aquella sangre sintió algo muy distinto, la sangre de elfo estaba mucho más deliciosa que la humana o la animal. Sabía de una forma tan deliciosa que fue Glad, quién la detuvo de su ingiere. Apartándola del elfo con la mano, Glad le dijo a la vikinga.

—Ya has tenido suficiente.

—Si —asintió Run, retrocediendo avergonzada.

Una vez que Run se hubo alimentado, Frey retomó la palabra para dirigirse a Glad y a su séquito.

—¿Ya ha tenido suficiente? —preguntó Frey.

—Puedo hacer que venga otro criado y le dé su sangre —añadió.

—No, ya ha tenido suficiente —respondió Glad.

—¿Y bien decidme para qué me habéis hecho llamar? —preguntó Frey.

—¿Recuerdas la ciudad de Rivershine? —preguntó Frey mostrando por su rostro una sonrisa divertida.

—Claro, el hogar de las hadas. ¿Qué ocurre con ellas? —preguntó Glad, intrigado.

—He recibido noticias sobre ellas y dicen que desde las últimas semanas un gigante aparece de vez en cuando destruyendo sus casas. Necesito que alguien vaya allí para acabar con el gigante —dijo Frey.

—Ahora estoy ocupado. Soy el responsable de mis invitados —respondió Glad.

—Que vayan contigo —respondió Frey en un tono tajante.

—¿Por qué no vais vos? —preguntó Frey.

—Yo soy un dios, no puedo abandonar mi trono para que ocuparme de este tipo de cosas.

—Y yo un príncipe —respondió Glad.

—Un príncipe bastardo… —añadió Frey.

—Desde hace miles de años, los elfos han rendido pleitesía a los dioses de Vanaheim. ¿Pretendes tú ahora romper con esa pleitesía? —preguntó Frey.

En aquel instante, el elfo oscuro gruñó con gesto serio.

—Me ocuparé del asunto de Rivershine… —dijo Glad.

—Pero no será por que vos me lo mandéis —añadió Glad, marchando al fin de sus palabras en compañía de su séquito.

Mientras el elfo oscuro se iba alejando del dios Frey, éste último se lo quedó mirando con una sonrisa divertida.

En el grupo del elfo oscuro cuando ellos ya estuvieron bastante alejados del dios Vanir, Run se dirigió a Glad para mostrar su opinión con respecto a lo hablado sobre Rivershine.

—Es un petulante ese Frey —dijo Run dirigiéndose a Glad.

—Y que lo digas —asintió Hakon con el ceño fruncido.

—Sí queréis puedo llevaros ahora mismo de vuelta al reino de Midgard. No quiero molestaros con mis asuntos —dijo Glad.

—No, no hace falta que nos lleves ahora. Es más nos encantaría ayudarte a solucionar el problema que existe en Rivershine —respondió Run con una gran sonrisa.

—¿Estás segura? —preguntó Glad con una tímida sonrisa.

—Pensaba que tú eras reacia en venir a mi mundo —añadió Glad dirigiéndose a la vikinga.

—Ya que hemos llegado hasta aquí sería estúpido no ir más allá. No todos los días una vikinga va de excursión con un elfo por su mundo —respondió Run entre risas.

—Eso es verdad… —asintió Glad con una sonrisa.

—Además ahora tengo curiosidad de saber qué pasa con ese gigante de Rivershine —añadió Run.

—¡Qué bien! ¡Vamos a seguir viendo sitios hermosos! —celebró Hakon con gran alegría mientras jugaba con su perro el Gran Krig.

Horas después de que el elfo oscuro y su séquito visitaran el reino de Vanaheim, se hallaban desplazándose de nuevo a bordo del el dragón negro. En aquellos momentos, Glad estaba sobrevolando unos campos verdes donde los medianos sembraban el trigo para la próxima cosecha. Como se había vuelto costumbre dado a los frecuentes vuelos, Ventisca, la yegua de Run, relinchaba asustada por estar entre las garras del dragón negro.

—Pobre Ventisca, lo que la estamos haciendo no tiene nombre —dijo Run con una sonrisa avergonzada.

—Algún día te lo devolverá tirándote de ella —respondió Hakon, divertido.

Mientras el dragón negro volaba por los cielos, Hakon se percató de la presencia de unos medianos trabajando en la agricultura.

—Mirad, hay niños —dijo Hakon señalando a los medianos desde las alturas.

—No son niños. Son medianos. Son una raza que vive en esta tierra —respondió uno de los elfos caballeros que custodiaban al dragón negro montados sobre grifos.

—¿Medianos? —preguntó Hakon con gesto confuso.

Llegado a cierto punto del trayecto, el dragón negro redujo velocidad y finalmente fue bajando hasta aterrizar en una tierra donde su tamaño quedó reducido cien veces al original. De repente, el dragón negro pasó a tener el tamaño de un gato y Run y el resto a tener el tamaño de un saltamontes.

—¡¿Qué ocurre?! —preguntó Run al verse sorprendida por la inesperada magia.

—Nos hemos empequeñecido. Es lo que ocurre en Rivershine —respondió uno de los elfos desde su grifo.

—Yo no sabría qué ocurriría esto —dijo Run con el ceño fruncido.

—Run, mira —dijo Hakon al observar con gesto sorprendido el aspecto de la ciudad.

La ciudad de Rivershine estaba construida en torno una montaña desde donde caía una cascada, la cual era el nacimiento de las aguas de la luz, unas aguas que quien las bebía se volvía eternamente joven y bello.

De aquellas aguas era de donde procedía el riego de los campos de los medianos y de los árboles parlantes del bosque de Alguejob. El agua mágica de Rivershine no proporcionaba la inmortalidad a las hadas, pero de todos modos, para ellas tenía igual o mayor importancia que para el resto de sus vecinos del Alfheim.

Las hadas eran la única raza que no podía alejarse de Rivershine durante un largo periodo debido a que su vida dependía estrechamente de beber de ellas. Aquellas aguas del rio de luz les proporcionaban un día más de vida y así cada día hasta toda la eternidad. Por tal motivo, algunas de las hadas de Rivershine llevaban subsistiendo desde hacía ya milenios y milenios de años. Algunas eran más viejas que los propios dioses.

La raza de las hadas destacaba por su dominio absoluto en la magia blanca y amorosa. Ellas poseían un poder mágico y una hermosura que superaba a la de los elfos, sin embargo en su contra jugaba el hecho de que eran unos seres que carecían de cualquier habilidad referente para el combate, así que poco o nada podían hacer si les atacaban fuerzas invasoras.

Además, la ciudad de Rivershine carecía de una muralla defensiva sino que en vez de eso, por los alrededores de Rivershine se levantaban doce esculturas gigantes de mármol de doce atractivos varones. Aquellas esculturas personificaban la adoración que las hadas sentían hacia el sexo masculino, el cual no existía en su raza.

En aquellas esculturas había muchos conocidos de la vikinga de los Ljungberg. En un lado estaba representado fielmente el dios Thor con su torso desnudo y sosteniendo su martillo mágico. En otra de las esculturas estaba representado el andrógino dios Frey en compañía de su jabalí de oro. En otra de las esculturas estaba el hermoso hermano de Thor, Balder. Él estaba brindando con una copa en su mano derecha. Más allá del dios Balder le seguía su hermano pequeño, el jovencísimo dios Vidar. La escultura del dios con aspecto preadolescente permanecía sentada con una pelota entre las manos.

Aparte de esculturas destinadas a la belleza de dioses varones también había esculturas de varones de otras razas como la de los elfos Yuowue y Aenix. Yuowue era un hermoso elfo que escribía poesía y que vivía en los bosques de Alguejob. Aenix era un hermoso elfo que vivía como violinista en la ciudad de Windfield.

También había su sección para los humanos. Entre las esculturas dedicadas a los varones humanos estaba la de Sandor, un hombre que durante su vida fue un soldado Romano y que llevaba muerto cientos de años. También estaba un tal Balerish, y por sorprendente que pudiera parecer, también estaba Einar Ljungberg. En su escultura, el arquero de la Casa Rúrika sostenía su arco en la realización de un disparo. Alrededor de la ciudad no había solamente esculturas dedicadas a la belleza de varones de naturaleza benévola. Allí también había esculturas de varones de naturaleza maligna como la de los desaparecidos vampiros Dimitrius Vrycolato y Lucius Pontio, su amado de belleza andrógina.

Dentro de aquellas doces esculturas estaba el área en el que estaban los edificios de Rivershine. Aquellos edificios tenían una estética que se encontraba cercano al arte gótico, pero sin llegar a serlo por completo. Sus edificios eran muy coloridos con una cuantiosa decoración. En los tejados y en las fachadas se veían piedras radiantes de diferentes colores. Como también se veían portaladas luminosas, pilares dorados, y flores. En relación al trazado urbano, sus caminos eran amplios y estaban cubiertos por pétalos de todo tipo de flores. En torno al rio que cruzaba por la ciudad, existían unos amplios jardines, los cuales se unían entre ellos por unos puentes hechos de oro.

Una vez que el dragón negro y los grifos aterrizaron en Rivershine, los pasajeros que iban sobre aquellas bestias fueron recibidos por una decena de hadas. De nuevo el aterrizaje en tierra significó un respiro para la pobre Ventisca, quién no soportaba volar. Las hadas iban vestidas de diferentes colores y tenían cabelleras de distintos colores. El grupo de hadas al estar enfrente de los visitantes, ellas empezaron a murmurar todo tipo de cosas sobre la belleza de los elfos y del pequeño Hakon.

—Que guapos son los elfos. Los amo —murmuró una de las hadas.

—Los humanos tampoco están mal, pero éste es demasiado joven y bajo —murmuró otra hada.

—Sí, todavía tiene dientes de leche y además tiene un corte de pelo horrible… —murmuró otra hada.

—¿Se refieren a ti? —preguntó Run a su discípulo con una expresión de confusión.

—¿Mi peinado es horrible? —preguntó Hakon, apenado.

Después de que se oyeran aquellos comentarios entre las hadas, un hada llamada Lemille se introdujo por el grupo. Lemille era muy hermosa y joven. Ella tenía una melena rosa con grandes tirabuzones que le llegaban hasta los pechos y la cual llevaba decorada con flores. La vestimenta que llevaba era un vestido corto de color fucsia por el cual sobresalían sus alas gelatinosas.

—Bienvenidos sean —dijo Lemille con voz aflautada.

—Le estábamos esperando príncipe de Windfield —añadió Lemille con una sonrisa.

En cuanto la hada se dirigió a Glad, él recuperó su forma original para contestarle.

—Hemos venido tan pronto como hemos podido. Dicen que tenéis problemas con un gigante —dijo Glad.

—Me temo que así es. Desde hace unas semanas aparece y desaparece destruyendo parte de nuestra ciudad. La última vez que vino bebió tanto de nuestras aguas de la luz que casi seca el manantial —respondió Lemille con gesto preocupado.

—¿Qué rostro tiene ese gigante? —preguntó Glad, intrigado.

—Es espeluznante. Tiene grandes colmillos y los ojos saltones como un demonio —respondió un hada.

—¿En serio? —preguntó Run mostrándose sorprendida.

Las palabras de la vikinga de la trenza dorada hicieron que las hadas se dieran cuenta de que estaban en compañía de una vampiresa. Rápidamente se apartaron de ella temerosas de ser heridas.

—¿Por qué retrocedéis de ese modo? No va a haceros ningún daño —dijo Glad dirigiéndose a las hadas con una expresión fría.

—Pero ella es una vampiresa. Podría querer chupar nuestra sangre. Es su naturaleza —respondió Lemille, asustada, dirigiéndose a Glad.

—La naturaleza de Run es ser una heroína. Sólo sabe ayudar a la gente y si ha venido conmigo es porque desea ayudaros. Además, si os sirve de consuelo, os puedo asegurar que se ha alimentado hace apenas unas horas, así que ahora tiene control total sobre sí misma. Os prometo que no os hará ningún daño. Yo la estaré controlando en todo momento —dijo Glad al grupo de asustadas hadas.

—Esto es vergonzoso. Me siento como una mascota peligrosa —se quejó Run para sí misma.

El comentario de la vikinga provocó una risilla en Hakon.

—¿Es cierto lo qué decís? —preguntó Lemille a Glad.

—Completamente cierto. Podéis confiar en ella —asintió Glad.

—De acuerdo. Confiaremos en ella. Ahora vuestra palabra está en juego —sentenció Lemille.

—¿Y bien? ¿Cómo hacemos para atraer al gigante hasta aquí?…

—Me temo que eso no es posible. Aparece y desaparece cuando le da en gana. Si queréis enfrentaros a él tendréis que esperar a que aparezca.

—¿De verdad que tendremos que esperar? —preguntó Glad mostrándose disgustado.

—Eso es —asintió Lemille.

—Por favor, acompañadnos os facilitaremos unos aposentos en los que podréis aguardar cómodamente mientras se demore la aparición del gigante —sentenció Lemille.

Tras la petición de la hada Lemille al elfo oscuro y a su séquito, Glad y sus amigos siguieron a Lemille mientras los elfos que lo habían acompañado hasta la ciudad de Rivershine se apartaron del grupo para regresar a la ciudad de Windfield. A medida que Glad y el resto avanzaban por la ciudad, una de las hadas cogió a Ventisca de las riendas, llevándola consigo a un establo de la ciudad. Una vez que la yegua estuvo en buen lugar, ellos continuaron su camino por la ciudad de Rivershine. A los pocos pasos de que el grupo avanzara por la ciudad, Hakon marchó corriendo hacia las orillas del rio de la luz para beber un poco de agua.

—Que sed tengo —dijo Hakon agarrando un cubículo de agua entre sus manos.

De repente, la vikinga de la trenza dorada apareció al lado de su discípulo dándole un coscorrón en la cabeza.

—¿Eres idiota o qué? —preguntó Run dirigiéndose a su discípulo con gesto molesto.

—Au —se quejó Hakon por el golpe recibido de parte de su maestra.

—¿Por qué me has pegado? —preguntó Hakon.

—No sabemos que poder puede tener esta agua. Esta agua podría ser venenosa para ti —respondió Run con un ceño fruncido.

—Yo solo tenía sed —se quejó Hakon.

—Has hecho bien en evitar que bebiera —dijo Glad a Run.

—Esa agua no es un agua normal. Las aguas de la luz producen la inmortalidad a los humanos que la beben. Sería un niño para siempre —añadió Glad.

—¿Has oído? —preguntó Run dirigiéndose a su discípulo.

—Tenías razón —asintió Hakon, frotándose la coronilla entre risas.

—Pero yo estoy sediento —añadió.

—Deja de quejarte. Ya encontraremos algo de agua por ahí —le reprochó Run a Hakon.

Tras aquella conversación en las cercanías del río de Rivershine, la vikinga y su grupo de amigos continuaron caminando por la ciudad siguiendo el camino que les marcaban las hadas. Aquel paseo de la vikinga y su séquito les llevó hasta el palacio de Greyflow, el palacio de la hada blanca, reina y madre de todas las hadas que vivían en Rivershine.

El palacio de Greyflow estaba situado dentro de la propia cascada de la que surgían las aguas de la luz. En el interior de la cascada había cientos de salas, pasillos y de más estancias. La sala real era un gran patio redondo que tenía vistas al río y desde el cual caía una cortina de agua que hacía de pared.

Después de que Run y sus amigos anduvieran hasta la sala real, allí se encontraron con una rosa de gran tamaño en la que se sentaba como si de un trono se tratara, la hada blanca. Acto seguido de que el grupo se presenciara ante ella, se alzó de su trono para dirigirse al elfo oscuro y a su séquito. La hada blanca era también muy hermosa y joven como lo eran las otras hadas. Ella tenía una larga melena blanca que le llegaba hasta la altura de las piernas, y vestía con una túnica que dejaba al descubierto sus dos piernas.

—Ansiada ha sido nuestra espera —dijo la hada blanca.

—Querido Glad… —añadió la hada blanca con una expresión avergonzada.

El modo con el que la hada reina se dirigió al elfo oscuro hizo que Run y Hakon se miraran entre mutuamente con una expresión de intriga.

—¿Querido? —repitió Run mostrándose celosa.