Epílogo
Tres horas después de la certera acción del SVR en Olivenza al mando de la mayor Alina Guseva, Anatoli Boychenko, sedado, era introducido en un yate de lujo atracado en el puerto de Vilamoura, en el Algarve, el cual zarpó inmediatamente rumbo a la base de la flota rusa en el Báltico, enclavada en la ciudad de Kronstadt.
La ilegal detención del magnate fue celebrada en Rusia con gran júbilo y aireada al máximo tanto por las televisiones como por los rotativos. Alina Guseva fue condecorada en el Kremlin y son muchas las voces que piensan que acabará destacando en política, como le ha sucedido a otros mandatarios rusos, cuyos orígenes también se desarrollaron en los servicios secretos.
Sergei Pimenov fue llamado a Moscú para anunciarle su nuevo destino. Su intervención en el asunto Boychenko había constituido un éxito sin paliativos, por lo que fue nombrado agregado comercial de la embajada rusa en París. No tuvo que aprender francés porque era uno de los cinco idiomas que hablaba con fluidez.
Rafael Castañeda regresó a España y entregó las cartas a las personas que trabajaban en La Moncloa. Estos se las facilitaron a expertos de Patrimonio Nacional, que consideraron que eran misivas sin ningún valor documental. Actualmente se encuentran en un cajón a la espera de ver qué se hace con ellas. Aunque el diplomático insistió, no hubo compensación económica a Leonor Cortés por la peculiar expropiación que sufrió de aquel material en Nueva Orleans.
El funcionario regresó a su despacho del Palacio de Santa Cruz, pero por poco tiempo. Nada más terminar el verano recibió su nuevo destino: jefe de prensa de la embajada española en Montevideo. Nunca supo si aquello fue un ascenso profesional o una defenestración. Tenía asumido que había que acatar los destinos marcados sin preguntar. Eso sí se lo enseñaron en la Escuela Diplomática. Nunca volvió a saber de Alina Guseva, pero son muchas las veces que le asalta el lejano recuerdo de aquella mujer de la que se empezó a enamorar a muchos metros del suelo, en la torre Ostankino, cuando el pelo de la mayor bailaba con la música del viento de Moscú.
Los asesores del presidente terminaron por convencer al primer ejecutivo de que no había documento alguno que cuestionara la paternidad de Carlos IV sobre Fernando VII y que, por tanto, nadie pondría en duda la continuidad dinástica de los Borbones. Por lo que cuentan, el presidente se olvidó rápidamente de aquel episodio del cual la Zarzuela nunca fue informada. Nadie reescribiría la historia. Nadie «reescribiría España».
Don Servando y Restituta siguen viviendo y discutiendo en la salmantina plaza del Corrillo. Comparten vida y cama desde hace varias décadas y eso, como sucede en muchas parejas, desemboca en numerosas discusiones que no siempre son entendidas por los demás.
Las autoridades de Olivenza recibieron una instrucción superior de no iniciar investigación alguna sobre el hombre que había muerto de un tiro en la cabeza junto al Cuartel de Caballería, ni que molestaran a la pareja que hallaron en el lugar del crimen.
Al día siguiente de los hechos acaecidos en el paseo de Hernán Cortés, Enrique y Leonor entraron en el Cuartel de Caballería, que se situaba delante del Baluarte del Príncipe. Según les contaron, el edificio sufrió una profunda remodelación interior hacía veinticinco años. Así, actualmente y en su parte superior, donde en su día pernoctaba la tropa, alberga la Universidad Popular, mientras que en la planta inferior —en el mismo lugar donde hace más de doscientos años llegaban a guardar hasta cuatrocientos caballos— se halla el Centro de Salud. Por lo que se pudieron enterar, el edificio no tiene sótano.
Nunca se sabrá si en el Cuartel de Caballería de Olivenza se llegó a guardar un tesoro, si el mismo todavía no ha sido descubierto o si fue expoliado por los soldados franceses o ingleses que pisaron la villa durante la guerra de la Independencia, o a lo largo de la Guerra Civil, donde se vivieron numerosos altercados provocados en distintos momentos de la contienda por tropas de ambos bandos.
También pudo suceder que Godoy lo ocultara en otra edificación de Olivenza o, incluso, que la famosa O de la que hablaba Pepita en sus cartas se situara en una geografía distinta.
Este asunto, si la O pertenecía a Olivenza o a otra población, fue lo que más tiempo ocupó de las conversaciones posteriores entre Leonor y Enrique. Estuvieron barajando la posibilidad de que la gaditana se refiriera a Olvera, una pequeña localidad de su tierra, pero también apuntaron las sospechas a la provincia de Toledo. Allí tenían tres nombres a considerar: Oropesa, Orgaz y Ocaña. Los dos primeros fueron descartados de raíz. Para el tercero se tomaron algo más de tiempo. En principio, esta población ofrecía una ventaja casi determinante, y era que se encontraba a tan solo doce kilómetros de Aranjuez, por lo que habría sido muy coherente que el Príncipe de la Paz hubiera escondido allí sus bienes, cerca de la Corte pero no exactamente en la misma localidad. Pero Enrique también la terminó por desechar.
—¿Por qué dices tan seguro que Godoy no lo escondió en Ocaña? —quiso saber Leonor.
—Porque allí nació Juan Escóiquiz, acuérdate, el preceptor de Fernando VII. Dime, si tú tuvieras que guardar algo de valor, probablemente lo harías en tu pueblo o en sus proximidades, ¿no? En definitiva, en una tierra que conocieras y que te inspirara confianza.
La anticuaria asintió sin palabras, lo veía lógico.
—Pero, ¿a que nunca lo ocultarías en el de tu mayor enemigo? —le preguntó el historiador a su novia. Esta le dio la razón.
Otra posibilidad era que Pepita, o Ponce, o los dos, se hicieran con aquel tesoro y dispusieran de él para venderlo o guardarlo en otro lugar. Hay que tener en cuenta que la gaditana murió veinte años después del período que comprendían aquellas cartas que Leonor y Enrique compraron en Nueva Orleans. De hecho, vivió dieciocho años viuda.
Después de emplear un tiempo en seguir elucubrando, la anticuaria y el profesor dejaron de pensar en el lugar donde Godoy pudo esconder una colección de objetos que nadie había visto antes. Tal vez deberían haber aprendido algo más de la geografía pacense. En los más de veinte mil kilómetros cuadrados que tiene la mayor provincia española pueden quedar todavía numerosos lugares recónditos, sitios que pudo elegir un hombre como Godoy para poner a salvo su segundo patrimonio. Quizás, en número y calidad, el primero. Así, a orillas del Guadiana, se levanta una población que también empieza por la letra O, Orellana la Vieja, que cuenta entre sus monumentos con una iglesia, un convento y un palacio-castillo, el de los Altamiranos, una edificación con varios siglos de antigüedad que prácticamente nadie conoce. Ni Leonor ni Enrique cayeron en la cuenta de la existencia de Orellana, un lugar que se encuentra a tan solo treinta kilómetros de Castuera, donde dicen que nació el Príncipe de la Paz.
La pareja seguía manteniéndose unida pero no vivían juntos. Enrique era un hombre enamorado de la enseñanza, de la vida docente y de la transmisión del saber; y entendía que su lugar natural era Peñaranda de Bracamonte, donde tenía su pequeño mundo, sus compañeros, algún amigo y, sobre todo, sus alumnos.
Ella no volvió a San Juan de Luz. Si el lazo que le unía con el país era ya de por sí frágil y quebradizo, en los últimos tiempos se habían acumulado allí demasiadas desgracias como para que la existencia en aquella población no fuera a constituir, supuso, un asalto continuo de recuerdos de seres a los que quiso y que ya desaparecieron. Y que desaparecieron por su culpa: aquel parecido de Pauline, aquella hospitalidad de Laurent y de Julie... —Leonor no se quitaba de la cabeza que si ella no hubiera estado, aquellas personas seguirían vivas y felices— y, como remate, las cenizas de una casa o la vulnerabilidad de una tienda.
Por eso se instaló en Salamanca capital. Alquiló un ático en la plaza de la Fuente y se compró un buen ordenador. En un par de semanas, y gracias a Internet, había recuperado una buena parte de sus contactos e incluso había cerrado ya alguna operación, por lo que consideraba que estaba de nuevo en el mercado, que también era su espacio natural.
Pero Leonor no se veía el resto de sus días viviendo en la capital charra. Posiblemente en el momento de la vejez, pero esa época la veía ahora demasiado lejana. Por el contrario, sí se hacía estableciéndose en lugares más afines a su peculiar universo, como París, Londres, Nueva York o, ¿por qué no?, en Nueva Orleans. La salmantina guardaba un magnífico recuerdo de la animada Royal Street, con aquellos establecimientos de antigüedades que se sucedían uno tras otro... «Sí, ¿por qué no trasladarme a Nueva Orleans?», pensaba en alguna ocasión, aunque, por supuesto, no le dijera a Enrique ni una sola palabra.
Los dos coches de los novios se conocían a la perfección la carretera que comunicaba Salamanca con Peñaranda. Y también las líneas telefónicas, y las redes de Internet: fogosos correos electrónicos, interminables llamadas telefónicas nocturnas y algún mensaje de móvil subido de tono avivaban una relación que solo fue interrumpida por un «breve» período de veinticinco años.
Algunas veces, los dos pensaban en Pepita Tudó y en el gran amor que vivió con Manuel Godoy, pero, y sin que lo comentaran entre ellos, a su manera cada uno recordaba la infidelidad que cometió la gaditana con el príncipe exiliado, a pesar de que ambos habían sido el primer amor del otro. Como si fuera una adivinanza infantil, alguna noche Leonor se miraba al espejo y se preguntaba si ella se acabaría convirtiendo algún día en Pepita, si Enrique se comportaría como Pepita, si lo harían los dos o no lo haría ninguno.
Sí, Pepita Tudó, aquella del largo cuello y la piel nívea. La que abandonó a Godoy por Ponce, cuando aquel ya no le sirvió.
Leonor todavía recordaba el momento que vivió en el coche el primer fin de semana de septiembre, casi cuando acababa de terminar todo. Regresaban de asistir al impactante espectáculo del Motín de Aranjuez, representado con gran profesionalidad por una multitud de ribereños aficionados al teatro, junto al palacio.
—Estaba pensando —comentó Enrique, de forma distraída, mientras conducía de regreso a Madrid, donde habían reservado una habitación para pasar la noche— en lo que decían en la obra, que no paraban de hablar de las riquezas de Godoy y de lo poco que le valieron cuando lo detuvieron. Fíjate —continuó—, la de vueltas que acabamos de dar nosotros buscándolo, que hasta nos hemos ido a América y, al final, no hemos encontrado ningún tesoro.
La salmantina apoyó la cabeza en su hombro, cerró los ojos y emitió un inaudible suspiro:
—Yo sí —musitó con voz queda.