CAPÍTULO VII

Monkton casi me abrazó cuando rompí el papel del envoltorio y dejé que los ciento treinta y dos mil dólares se desparramasen encima de su escritorio.

—¡Magnífico, muchacho! —gorjeó lleno de entusiasmo—. He de confesarte que no creí que pudieras recobrar ni la cuarta parte de esta suma…

—No soy ningún tonto, Monkton. Sé cómo deben hacerse estas cosas.

—Seguro, seguro, muchacho…

Separó algunos billetes de distintos valores, dudó un segundo y añadió algunos más al montoncito.

—Ahí tienes —dijo—. Dos mil por tu trabajo. A juzgar por las noticias que llegan de Baltimore, la policía achaca la muerte de Okluk a un ladrón que desvalijó su caja fuerte. La encontraron abierta según los periódicos.

—No la cerré precisamente para que creyeran eso.

Me miró, lleno de admiración; como un profesor que contempla embelesado a su alumno predilecto.

—Excelente, Tony, excelente… Hablaré de ti con el «Patrón». Quiero que sepa lo buen muchacho que eres.

—Hay algo más todavía, Monkton.

—¿Sí? Dime, Tony…

—Okluk había previsto que nosotros trataríamos de ajustarle las cuentas, aunque tenía la esperanza de negociar y obtener más porcentaje.

—Eso demuestra que era un estúpido.

—No tanto como usted cree. Antes de arriesgarse se entretuvo redactando una declaración completa detallando cómo funciona la organización, de qué manera se distribuyen los géneros robados, quiénes son los jefes, quién es el «Patrón» y cómo actúa, quiénes son los diferentes agentes distribuidores de cada ciudad…

—¡Maldición! —estalló Monkton, pálido como un cadáver—. ¿Qué se hizo de esa declaración?

Por toda respuesta, saqué los documentos hallados en la caja fuerte y los deposité sobre la mesa, al lado de los billetes.

—Aquí la tiene… Me he divertido leyéndola en los descansos del viaje de vuelta.

Se arrojó sobre los papeles como si quisiera estrujarlos, pero en realidad se dedicó a leerlos de arriba abajo con todo detalle, sudando de angustia y con las manos temblorosas.

Cuando terminó no pudo contener un largo suspiro de alivio.

—Tony —murmuró—, no tengo necesidad de decirte lo que significa eso para todos nosotros.

—Lo sé.

—Has salvado nuestra organización. Hay suficiente material aquí escrito para llevarnos a todos a la silla eléctrica…, incluyendo al «Patrón». Me gustaría saber cómo ese bastardo pudo reunir todos esos detalles, esos informes de hechos que sucedieron hace años y que yo mismo había olvidado…

—Ya pensé que le alegraría poder destruir usted mismo esos papeles.

—No los destruiré todavía, muchacho. Antes quiero que los vea el «Patrón»… Y ahora que me doy cuenta, si has leído todo esto ya sabes quién es, ¿no es cierto?

—Seguro; Malcom Gissing. Incluso sé dónde vive. Sonrió afectuosamente.

—Ahora ya no importa, muchacho. Has demostrado que vales mucho más que ninguno de los otros.

«Incluyéndote tú», pensé con satisfacción.

Pero mantuve la boca cerrada y él movió su grasienta humanidad, rodeó la mesa y vino a colocar una mano sobre mi hombro.

—¿Quieres irte a descansar o prefieres acompañarme a ver al «Patrón»?

—No estoy cansado.

—Bien, siendo así…

El timbre del teléfono le interrumpió. Tomando el auricular escuchó brevemente, gruñó un par de disposiciones, asintió y al fin devolvió el receptor al soporte.

—Lo siento, Tony. No podemos visitar ahora al «Patrón». Tengo que atender otro asunto antes… Pero te prometo que lo verás esta noche, después de la fiesta.

—¿De qué fiesta?

—¿Es que no sabes…? Pero, claro, has estado fuera cuatro o cinco días. Se trata de Frank y su ascenso.

Respingué, sorprendido.

—¿Ascenso? —pregunté, de manera inocente—. ¿Cuándo ha ascendido?

—Ayer se le notificó. Hemos organizado una pequeña fiesta para celebrarlo y estarán todos los muchachos. También tendremos chicas para animar la reunión y música. Será a las diez, en el salón interior del Flamingo. Tú ya conoces ese lugar, Tony.

—Seguro. Y sé que le pertenece a usted, Monkton, aunque casi nadie lo sabe… Sonrió, satisfecho.

—Eres listo, Tony…, muy listo. Casi me asustas.

—Tonterías. ¿Qué puesto va a ocupar Frank ahora?

—Uno tan importante como el mío. Él se encargará exclusivamente de organizar los asaltos y controlar a los muchachos. También tendrá a su cargo la rama de la prostitución y las bebidas. Va a tener mucho trabajo de ahora en adelante.

—¿Y usted, Monkton?

—Vamos a ampliar nuestras actividades. Tendré que encargarme de toda la parte financiera… y vamos a iniciar el negocio de las drogas en gran escala. Está todo a punto, Tony, no te preocupes.

Envidié a Frank, entre otras razones porque me consideraba más listo y decidido que él para los negocios a que había sido destinado. Pero, conociendo a Monkton, me abstuve de expresar mis ideas en voz alta.

El estrechó mi mano y me recordó:

—A las diez, no lo olvides. Yo hablaré después con el «Patrón», aunque sólo sea por teléfono, y lo contaré lo que te debemos. Puedes aprovechar el resto de la tarde para descansar, ¿eh? Has trabajado bien, Tony…, eres un buen muchacho.

Me encontré en la calle casi sin darme cuenta. Frank había llegado arriba. ¿Cuánto ganaría en su nuevo puesto?

Además, iban a emprenderse nuevas actividades. Drogas, control de la prostitución…

Eso produciría millones al año. ¿Cuánto me tocaría a mí de esos millones?

Apenas unos centavos, pensé. Había que hacer algo para forzar los acontecimientos.

Tomé el coche y me dirigí a casa, aunque lo estacioné a cierta distancia para que no me viera el vecindario con aquel bonito modelo casi nuevo.

Mi madre no estaba en casa. Encontré a mi padre sentado en una silla, en el comedor, caído sobre la mesa con la cabeza apoyada en un brazo doblado. El otro le colgaba a un lado, casi rozando el suelo con las puntas de los dedos.

Sobre la mesa había una botella de vino vacía. Un vaso de grueso cristal había rodado y caído al suelo donde estaba hecho pedazos. Algunas gotas de vino tinto italiano se habían esparcido alrededor de los trozos de cristal.

Sentí algo que nunca antes había experimentado hacia el viejo. No fue exactamente lástima, sino una suerte de ternura extraña que me impulsó a acercarme a él y ponerle la mano sobre el hombro.

—Padre —murmuré.

No me oyó, sólo se removió un poco, barbotando algo entre dientes. Después, volvió a quedarse dormido y su respiración se hizo espasmódica.

—¿No me oye, padre? —insistí, más fuerte. Esta vez ni se removió siquiera.

Me sentí terriblemente solo. Me faltaba algo y no sabía qué pudiera ser. Tenía más de dos mil dólares en el bolsillo, un coche como siempre había ambicionado, pero no tenía lo que verdaderamente deseaba. Y, lo más raro de todo esto, es que ni yo mismo sabía bien qué era lo que echaba de menos…

Entonces, obedeciendo a un impulso irresistible, saqué algunos billetes, conté cincuenta y los deslicé entre los dedos de la mano sarmentosa que descansaba sobre la mesa. Así los encontraría tan pronto despertara…

No quise darle más por temor a que llamase la atención de todo el barrio con su entusiasmo.

Entonces llegó mi madre y al verme se detuvo en el umbral. Me pareció avejentada, cansada y demacrada. Fugazmente, la recordé en los años de mi primera infancia, cuando me mecía en sus rodillas y me contaba historias de la lejana Italia… Entonces era atractiva. A mí se me antojaba la más hermosa de todas las mujeres de la Tierra.

—Deberías avergonzarte, Tony —me reprochó con voz cansada.

—¿Avergonzarme?

—Días y días que no sabemos nada de ti. Ya no vienes ni a dormir. Eres un descastado al que tendré que avergonzarme de llamar hijo mío.

—Estás exagerando, madre. ¿Por qué tendrías que avergonzarte de mí?

—Te advertí —machacó, sin hacerme caso—. Te dije que esas amistades que tienes te perderían… Y ahora estás noches y más noches sin venir a casa. ¿Vas a decirme que estuviste trabajando también en esta ocasión, Tony?

—¡Claro que estuve trabajando! Y tengo dinero, madre. Más dinero del que ganarás tú en toda tu vida.

—Algún día pagarás un precio muy alto por ese dinero, hijo… No te lo envidio.

Quedé sin habla. Poco a poco fue poniéndome furioso, aunque a mi pesar reconocí que no podía hacerle ningún reproche por su actitud. Ella era quien se había sacrificado años y años, matándose a trabajar en faenas duras y humillantes, renunciando a todo lo que una mujer desea tener alguna vez, incluso quedándose a veces sin comer para que no me faltara a mí o a mi padre, a despecho del embrutecimiento en que éste había caído.

Todo lo que se me ocurrió, después de calmarme con esfuerzo, fue sacar un puñado de billetes y dejarlo sobre la mesa.

—A pesar de todo, madre, ahora puedo ayudarte. ¿Qué importa de dónde procede el dinero si nos saca de la miseria?

—Sí, importa, Tony…

—¡Oh, al diablo con esas tonterías de vieja! Te traeré dinero cuando pueda, pero creo que voy a mudarme a otro apartamiento. No podría soportar tus sermones a todas horas. Salí tan furioso que hubiera podido aplastar a cualquiera que hubiese tratado de cerrarme el paso. Detrás de mí oí los sollozos de mi madre y eso acabó de sacarme de quicio.

Estuve dando vueltas por las calles a bordo del Buick hasta la hora de asistir a la fiesta. Frank era el centro de la reunión. Todo el mundo se apresuraba a felicitarle, palmeándole la espalda. Había más gente de la que imaginara ya que, además de Valenti, Cogan y Rikker, estaban allí varios muchachos que trabajaban en otras pandillas menos importantes, algunos dueños de establecimientos pertenecientes a la organización, y, naturalmente, Monkton, que contemplaba el movimiento derrumbado sobre una gran butaca. Fumaba un enorme cigarro y sus anillos lanzaban chispas de luz al mover sus gordezuelos dedos.

Cuando me vio, Frank se desentendió de los demás y vino a mi encuentro. Al estrecharle la mano, murmuró:

—¿Recuerdas que te lo dije, Tony?

—Te felicito, Frank. No estarás molesto conmigo por lo de la otra noche, ¿verdad?

—¿Qué noche?

—Mi despedida.

Soltó una carcajada divertida.

—¡Qué chiquillo éste! Escucha, Tony. Sé que ibas en busca de Melinda, pero en realidad eso ya no me importa. Ahora tengo otra muchacha más… Bueno, de más categoría, ya me entiendes.

—También has ascendido en ese aspecto, ¿eh?

—Seguro.

—¿Y cómo lo ha tomado Melinda?

—Ya te dije una vez que es una muchacha lista. Ella sabía que eso tenía que suceder algún día, de manera que ni se alteró cuando se lo dije. Claro que la recompensé, tú comprendes…

—Ya veo. ¿Estará aquí esta noche?

—No. Sería demasiada condescendencia por su parte, ¿no crees? Francis vendrá después y hubiese resultado violento que se encontrasen las dos cara a cara.

—¿Se llama Francis?

—Sí; ya la verás. Muchacho, en tu vida has visto nada semejante… ¡Qué mujer, Tony!

La voz de Monkton nos interrumpió, llamándome. Me acerqué al gordo y él me señaló una silla.

—Acércala y siéntate, Tony —dijo—. Tengo algunas cosas que decirte.

Hice lo que me indicaba. Encendí un cigarrillo mientras él seguía arrancando nubes de humo a su aromático cigarrillo de a dólar.

—He hablado con el «Patrón» hace apenas una hora —empezó.

—Supongo que estará satisfecho.

—¡Oh, claro que lo está! El tampoco confiaba en recuperar el dinero. Pero lo que le ha hecho saltar de entusiasmo ha sido el hecho de que te trajeras la maldita declaración de Okluk. Se me eriza el pelo solo con imaginar lo que hubiera sucedido si esos papeles hubiesen llegado a manos de la policía.

—¿Cuándo podré hablar con él, Monkton?

—Mañana. Te ha citado para las nueve de la noche.

—Bueno.

Permanecimos en silencio unos minutos, hasta que él volvió a la carga.

—Me ha dicho algo más, Tony, referente a ti.

—¿Qué es ello?

Sonrió, dándose importancia, y dejó pasar más de un minuto, sabiendo que me tenía intrigado. Al fin, decidiéndose a soltar su bomba, anunció:

—Si te lo digo ahora tendré que repetir las cosas dos veces. Ya sabes que no me gusta repetir lo que digo…

—No entiendo una palabra.

—Bueno…, fíjate —agitó su destelleante mano para llamar la atención, gritando al mismo tiempo—: ¡Eh, muchachos, un momento!

Uno tras otro, todos fueron acercándose formando un círculo a nuestro alrededor. Frank fue a colocarse al lado de Monkton, como pregonando que su puesto, a partir de aquella noche, era justamente a la misma altura del «jefe».

Éste esperó a que se hiciera el silencio. Después, empezó a hablar con tono declamatorio.

—Todos sabéis que estamos aquí para celebrar el brillante ascenso de Frank, pero quiero aprovechar para comunicar otra noticia importante, aunque con ello escamotee el motivo de otra fiesta tan agradable como ésta.

Frank me miró y sonrió. Noté que algo golpeaba con más fuerza en mis sienes.

El gordo prosiguió en el mismo tono:

—Al ocupar Frank su nuevo puesto directivo, queda vacante el que había desempeñado hasta ahora. Es un trabajo importante también dentro de nuestro negocio, se necesitaba a alguien inteligente para suplir a Frank; alguien valiente también… y que no perdiera la serenidad en los momentos críticos. Opino que todos estaréis de acuerdo con nuestra elección.

Apenas pude permanecer sentado y quieto. El silencio era total cuando Monkton añadió:

—Hemos decidido nombrar a Tony Garose para el puesto de Frank.

Durante un segundo nadie dijo nada. Después, las voces se elevaron y me encontré rodeado por un remolino de caras sonrientes, apretones de manos, golpes en la espalda y frases de felicitación.

Burnett apareció como por arte de magia y me sacudió la mano con entusiasmo.

No pude entender lo que me decía debido al revuelo que se había armado.

También Frank se abrió paso por entre aquel jaleo y me felicitó con calma, demostrando que él estaba ya enterado del nombramiento mucho antes que los demás.

Poco después, llegaron las chicas y empezó el baile. Eran todas elegidas entre las mejores que «trabajaban» bajo el control de la organización, pero ninguna de ellas consiguió interesarme.

Estaba demasiado absorto pensando en mi primer ascenso. Quinientos a la semana. Dos mil dólares al mes… y el camino abierto hacia la cumbre.

Avanzada la noche, Monkton me cazó en el bar y gruñó:

—¿Qué te pasa, Tony? No veo que te diviertas como los demás.

—Estoy cansado del viaje, Monkton. Creo que me marcharé a dormir. ¿Querrá despedirme de Frank? Dígale que le veré mañana…

—Bueno, pero te pierdes lo mejor de la fiesta. ¿No hay ninguna chica que te guste?

—Todas, pero estoy demasiado cansado esta noche.

—Está bien, está bien… Pero por la mañana quiero verte en mi oficina. Hay muchas cosas que debemos tratar tú y yo. ¿Comprendido?

—Perfecto.

Salí en busca del coche, pero no me marché a dormir sino que emprendí el camino del apartamiento de Melinda.

La casa estaba silenciosa cuando llegué. Apreté el botón del timbre desde abajo hasta que ella disparó la cerradura automática y pude entrar al oscuro zaguán.

Subí por las escaleras para evitar el ruido del elevador. Llegué al piso jadeando y cansado, pero la vista de la rendija iluminada de su puerta me reanimó.

—¿Eres tú, Tony? —murmuró, mirándome a través de la estrecha abertura. Vi que tenía pasada la cadena de seguridad y exclamé con voz queda:

—Quita esa cadena, Melinda. Quiero entrar.

—¿A estas horas?

—No me hagas hablar en el pasillo. Vengo de la fiesta. He hablado con Frank.

—¿Y qué con eso, Tony?

—Él ha ascendido. Tú no.

—¿Has venido solo a decirme eso?

—Tú sabes a lo que he venido. Abre esa puerta de una maldita vez.

—¿Estás seguro de que quieres entrar, querido?

Estaba jugando conmigo. Le sonreí a través de la rendija.

—Quiero entrar —dije.

—Pero, Tony…

—O abres la puerta o la echo abajo, Melinda.

Me miró larga y escrutadoramente. Sonrió y desapareció de mi vista. Entonces me abrió la puerta.