Capítulo 2
-¿Quisiera ver los bosquejos y aprobar lo que he hecho hasta ahora? —preguntó Alex—. Los tengo en el hotel. Es más fácil para mí trabajar aquí que en la oficina que los arquitectos pusieron a mi disposición.
—¿No te gusta la oficina? Diles que te busquen otra.
—No, no… no es eso. Es una oficina muy bonita. Pero prefiero trabajar en casa o en dondequiera que esté viviendo. Así puedo comer mientras trabajo o acostarme tarde —explicó Alex.
—Ésa es una señal segura de adicción al trabajo. Una mujer joven como tú no debería tener la costumbre de trabajar hasta tarde.
—No lo hago. Ayer salí a cenar —comentó la chica.
—Me alegra oírlo. Por mucho que te guste lo que haces, es importante mantener un equilibrio. Me di cuenta de ello cuando mi esposa murió. Comprendí que me perdí de muchos placeres que hubiéramos debido compartir. Estaré allá para ver tus bosquejos a las siete. Adiós. —John Kassinopolis colgó.
Alex sabía que era viudo. Cuando se conocieron, él habló de su esposa y al mirar Alex a su alrededor, le preguntó en dónde estaba, John contestó:
—Mary murió hace ocho meses.
La forma como contaba todavía los meses después de su muerte, y que no dijo «el año pasado», le dio la impresión a Alex de que Mary Kassinopolis significó mucho para él.
Alex creía que John tendría unos cincuenta años. Tenía el cabello cano pero abundante y aunque estaba un poco pasado de peso, era un hombre dinámico que sería muy atractivo para una mujer de su edad. Le sorprendió el saber que John no tenía hijos que pudieran heredar su emporio de hoteles y restaurantes.
Suponiendo que se quedaría en uno de los hoteles más caros de la ciudad, Alex se preguntó si no sería agradable para él cenar en su suite para variar. El comer en restaurantes lujosos era algo especial para quienes no lo hacían con frecuencia pero si se hacía todo el tiempo, perdería el interés como todo en la vida. Alex se preguntó cuánto haría que él no comía una mazorca de maíz con mantequilla, lo cual no es lo que se sirve en los restaurantes porque es poco elegante y sucio.
Decidiendo que se arriesgaría, Alex marcó el teléfono del hotel Four Seasons y preguntó si el señor John Kassinopolis había hecho reservaciones. Como le contestaron afirmativamente. Alex pidió a la recepcionista que le diera un mensaje en cuanto llegara.
—Por favor dígale que la señorita Clifford quisiera invitarlo a cenar esta noche y que por favor se ponga ropa informal si es que la tiene —pidió Alex.
Durante la mañana, Alex puso en el correo una carta para su tía y luego fue a comprar lo que le prepararía para la cena. Al regresar a su departamento, encontró un hermoso ciclamen blanco.
Tenía una tarjeta en las hojas. Decía: Supongo que te quedaste dormida después de todo. Te llamaré después. L.
Alex miró las hermosas flores que parecían mariposas blancas. ¿Fue una coincidencia que hubiera escogido esas flores, o compartía con ella la preferencia por las flores blancas?
Desde niña, Alex siempre mandaba notas de agradecimiento cuando iba a fiestas. Había visto que su madre lo hacía cuando la invitaban a alguna parte y habiéndosele inculcado el hábito, debía escribirle una nota de agradecimiento a Laurier, pero no sabía su dirección.
La llegada de la maceta con las flores la obligaba a llamarlo de inmediato, antes de esperar su llamada. Si él sugería otra cita, ella le diría que estaba muy ocupada. Le podría decir que su jefe estaba en la ciudad y que tendría que modificar los diseños.
Por segunda ocasión en esa mañana, abrió el directorio telefónico en el que había 138 Taits y varios tenían direcciones en el área residencial en donde Alex pensaba que vivía su abuela. Marcó el primer número, el teléfono llamó varias veces y estaba a punto de colgar, cuando una mujer contestó.
—¿Bueno? —jadeó la voz.
—Buenos días. No estoy segura de tener el número correcto. ¿Es ésa la casa del señor Laurier Tait?
—Así es. ¿Es usted la señorita Clifford?
—Sí… —Se sorprendió Alexandra—. ¿Cómo lo adivinó?
—Por su acento inglés. Laurier me habló de usted durante el desayuno esta mañana, señorita Clifford. Yo soy su abuela, Barbara Tait. Me temo que no se encuentra por el momento. ¿Debo decirle que la llame tan pronto como llegue? Vendrá a comer.
—No, gracias, no es necesario. Hoy tengo muchas citas programadas durante el día y por la noche también. Sólo quería saber cuál era su dirección para enviarle una nota de agradecimiento por su invitación a cenar, señora Tait.
—Ésos son buenos modales anticuados, señorita Clifford. Casi nadie de su generación se toma esa molestia. Pero mi nieto me dijo que usted es una joven poco común. Espero que nos conozcamos antes de que termine su trabajo aquí en Vancouver.
—Gracias, yo también lo espero —dijo Alex y añadió antes de que la conversación se alargara—: Hasta luego, señora Tait.
A las siete y dos minutos, la recepcionista anunció que el señor Kassinopolis estaba en el vestíbulo del hotel.
—Por favor dígale que suba —pidió Alex, por teléfono.
Fue a recibirlo al corredor cuando saliera del ascensor. Alex llevaba una blusa, pantalón de algodón blanco y sandalias doradas.
Cuando el ascensor se abrió, John Kassinopolis sonrió al ver que lo esperaba. Aunque podía ser muy severo cuando quería, siempre que se reunía con Alex, él era amistoso y alegre fuera del aire de pesadumbre que lo embargaba al recordar a su esposa.
—¿Cómo estás, Alex? ¿Te gusta Canadá? —le dijo él tomándole la mano.
—Estoy bien, gracias, y Vancouver es una ciudad hermosa. Espere a que vea la fabulosa vista que tengo desde la suite. ¿Cuánto tiempo se quedará aquí?
—Mañana por la tarde tengo unas citas en San Francisco.
Alex abrió la puerta y le indicó:
—Entre, por favor.
Alex notó que no vestía sus acostumbrados trajes formales y que sólo llevaba un suéter y una camisa abierta.
No fue la vista lo que llamó la atención de John al entrar, sino las maquetas de las suites que Alex diseñaba. Había dos en la mesa junto al sofá y dos sobre el escritorio.
Mientras empezaba a estudiarlos, Alex preguntó:
—¿Quisiera tomar algo, Señor Kassinopolis? No tengo gran cosa… ginebra, vino o cerveza.
—Una cerveza, por favor… y no hay que ser formales. Llámame John —respondió, observando el primer modelo a escala.
Cuando le llevó la cerveza, ya estudiaba la segunda maqueta.
—Debes haber trabajado mucho durante tu estancia aquí. No esperaba ver tanto adelanto.
—No hubiera podido hacerlo sin la cooperación de los arquitectos. Han sido muy amables considerando que soy una extraña. Sería natural que lo resintieran un poco. Hay varios diseñadores buenos en Vancouver que hubiesen querido hacer el trabajo.
—Los hay y si no te hubiera conocido en Londres, hubiera contratado a alguien de aquí. Suelo contratar a la gente que vive en el mismo sitio. Pero como ya lo sabes, estas suites van a alojar a la élite internacional que ha viajado por todo el mundo y que tiene gustos muy elegantes y refinados. No creo que ninguno de los diseñadores de esta ciudad tenga los antecedentes apropiados para ese nivel. Después de ver tu trabajo, sentí que tú sí los tenías. Esto confirma que no me equivoqué.
—Aún falta bastante para terminarlos. Ya están los trazos básicos y los colores, pero ninguno de los detalles que son tan importantes —explicó Alex—. Tengo la suerte de que un vendedor de antigüedades de Londres que es mi proveedor, me haya dado una carta de recomendación para un vendedor de aquí que maneja las mismas cosas o que sabe en dónde pueden obtenerse.
Mientras bebía su cerveza, John le hizo preguntas y ella le explicó los aspectos de los diseños que todavía no se veían en los modelos.
—¿En dónde los mandaste a hacer? —inquirió él.
—Los hice yo misma. No es difícil cuando se sabe cómo.
—¿Tú hiciste las maquetas? —Se sorprendió él.
—¿Por qué no? —asintió Alex—. El usar un desarmador y una sierra no es prerrogativa masculina. Si una mujer puede hacerse un vestido, puede construir una casa de muñecas, que es lo mismo que esto, sólo que visto desde otro punto. ¿Quieres cenar? Creo que ya está todo listo.
Cinco minutos después, John se limpió la mantequilla de la boca con una servilleta y sonrió al decir:
—Me encantaban los elotes cuando era niño, pero hacía años que no los comía.
—Ahora están muy baratos. Los como con frecuencia y casi estoy alimentándome de salmón, porque aquí es mucho más económico que en Inglaterra. Las frutas son excelentes. Lo único que no he podido conseguir es pan decente. Los mercados están llenos de pan de fábrica en vez de las hogazas de panadero.
—No parece que jamás comas pan —comentó John mirándole la silueta—. A mí me gustaría bajar de peso. Quizá deba empezar a correr.
—Yo no lo haría si fuera tú. Afloja las articulaciones. Caminar es mejor, sobre todo para los que no acostumbramos hacer ejercicio. Quizá sea mejor que pases menos tiempo en el auto con chofer —sugirió ella, con un guiño—. ¿Caminaste hasta aquí o viniste en coche?
—Vine en auto —reconoció John—. Supongo que tienes razón. Debería desplazarme más a pie. Tengo malas costumbres.
—¿Hiciste deporte cuando joven? —preguntó Alex. Se arrepintió de no habérselo preguntado con mayor tacto. Aunque podría ser su padre, tal vez no le gustaría que le recordaran que ya no era un jovencito. Para personas de su edad, era un tema sensible.
Pero John no pareció molestarse por la pregunta.
—No, siempre estuve muy ocupado en los negocios y trabajando mientras estudiaba, así que no tenía tiempo para hacer deporte. Mis padres fueron inmigrantes griegos. Yo nací en Nueva York en la parte pobre, y me empeñé en vivir siempre del lado de los ricos.
—No sabía que fueras norteamericano. Creía que eras de Toronto.
—Mi esposa era de allí. Heredó la casa de sus padres y nos mudamos allá. Es una ciudad moderna y grande, pero mucho más limpia y menos peligrosa que la mayoría de las ciudades de su tamaño. Mary siempre quiso regresar y yo quería que fuera feliz cuando no estaba con ella. Cuando se tiene un impulso ambicioso, es difícil detenerse. Empecé a trabajar más de la cuenta, haciendo dinero que no necesitábamos y que no pudo comprarle salud a mi mujer cuando enfermó. Durante los últimos meses estuvimos juntos todo el tiempo. Me di cuenta de lo mucho que perdí por mi obsesión con el éxito material. Después de que murió, trabajaba de doce a quince horas diarias. Luego empecé a trabajar menos y me di tiempo para disfrutar de las cosas que Mary me enseñó a gozar.
—¿Qué tipo de cosas?
—Oír música… ir a museos… salir al campo. Pero no es lo mismo cuando se hace solo. ¿Te has casado, Alex?
—No, tuve una relación de dos años con alguien pero terminó. Fui a Florida para diseñar una casa de campo para unos ingleses y cuando regresé mi novio estaba comprometido con alguien más. Quizá fue mucho esperar que él me aguardara. No puedo fingir que me rompió el corazón —añadió Alex con tono alegre—. Hacía tiempo que reñíamos. Creo que soy solitaria por naturaleza.
—¿Con quién cenaste ayer? —inquirió él, mientras ella llevaba los platos al fregadero.
—Con un oceanógrafo.
—¿De aquí?
—No, trabaja en Hawái.
—¿Te mandó las flores? —inquirió John mirando el ciclamen.
—Sí. ¿No es una planta hermosa?
—Supongo que él trata de decirte que tú eres hermosa —comentó él mientras Alex sacaba algo del horno.
—Creo que es más bien para dar un aire de hogar a la suite. Si salgo a un lado por varias semanas, suelo comprar algunas plantas para dar calor de hogar al lugar en donde vivo. No sé por qué no lo he hecho esta vez. Quizá porque las plantas son pesadas de cargar cuando no se tiene auto y yo no lo tengo. Aquí no lo necesito; Vancouver tiene muy buen servicio de autobuses. Supongo que hace siglos que tú no usas el transporte público.
—Así es. Pero aún no olvido lo que es el metro de Nueva York en las horas pico. —John hizo una mueca—. Creo que el infierno debe ser el tener una experiencia eterna de ello.
—Estoy de acuerdo —sonrió Alex—. Las horas pico en el metro de Londres son igualmente horribles. ¿Sabías que aquí llaman a los autobuses nocturnos el servicio de los búhos? —sonrió Alex—. El otro día vi que unos conductores se detenían para que una ardilla cruzara la calle.
—Espero que no acostumbres tomar los autobuses de noche. Ésta es una ciudad grande y un puerto, así que también tiene sus peligros. Si estás sola y es tarde, deberías tomar siempre un taxi.
—Lo hago. Soy consciente de ello. Hay partes de la ciudad en las que no iría ni de día.
—Eres buena cocinera —dijo John probando el guiso—. ¿Piensas casarte y tener hijos algún día, Alex?
Alex pensó en evadir la pregunta, pero contestó con franqueza.
—No. No voy a casarme. No creo que sea posible combinar una carrera como la mía con el matrimonio. Puede que lo sea algún día, pero no por ahora. Uno tiene que escoger lo que más desea. Para mí, es muy importante ser libre para concentrarme en mi trabajo sin las interrupciones y distracciones que tienen las casadas.
—Una cosa que no tienen es la soledad —comentó él—. No sabía lo que era estar solo hasta que mi esposa murió. Ahora lo sé.
—Sí, cuando se ha vivido con alguien por largo tiempo, debe ser muy difícil —aceptó la chica—. Pero nunca he tenido esa experiencia. Aparte de los dos años con Peter, he estado sola e independiente durante casi diez años. Ya estoy acostumbrada. Me agrada mi propia compañía.
—Pero de vez en cuando sales con hombres —comentó John mientras servía el vino.
—Sólo en un plan amistoso.
Él la miró pensativo. Ella estaba casi segura de que se preguntaba si eso incluía hacer el amor. Pero él no dijo nada. No era lo bastante viejo como para haber renunciado al sexo como lo hubiera hecho un hombre de sesenta años cuya esposa hubiera muerto. Pero nunca había oído ningún rumor acerca de la vida privada de John Kassinopolis y no parecía ser el tipo de hombre que tuviera aventuras.
De pronto, Alex se preguntó si al haberlo invitado a cenar él estaría creyendo que ella buscaba una relación personal y profesional.
Nada podía estar más lejos de su mente. Para evitar cualquier malentendido que John pudiera tener, Alex habló de las suites durante el resto de la comida. De postre, sirvió pina con yogurt, nueces y pedazos de plátano.
La pequeña cocina se podía ver desde el comedor y John notó que no había lavadora de platos y, a pesar de las protestas de Alex, insistió en lavar la loza.
Después, mientras tomaban el café, sentados en el gran sofá de la sala, hablaron de todo, menos de asuntos personales.
Alex esperaba que se fuera temprano, pero ya eran las once de la noche y John seguía hablando de hoteles.
Era un hombre interesante a quien hubiera escuchado con atención. Pero como no pudo dormir bien la noche anterior, Alex empezó a esforzarse por no bostezar y no dormirse.
Fue solo cuando John dijo, «creo que será mejor que me vaya para que puedas dormir», que Alex se dio cuenta, horrorizada, que se había quedado dormida. Quizá sólo unos segundos, pero él se dio cuenta… ¿podía haber bochorno mayor que ése?
John no pareció ofenderse.
—Lo siento, olvidé que anoche saliste y que necesitas dormir bien —se levantó y prosiguió—: Fue una cena deliciosa, Alex. Aprecio mucho tu invitación y espero que la repitas. Mientras tanto, gracias por una velada muy agradable.
—Yo también la pasé muy bien —le dijo ella, aún apenada por su descuido.
—Espero que pongas el cerrojo por las noches —dijo John dirigiéndose hacia la puerta.
—Sí, además hay una mirilla por la que puedo ver quién está allí si alguien llama.
—Una chica sola nunca es demasiado cuidadosa —la miró a los ojos—. Si hubiera tenido una hija, sería de tu edad. El haber pasado esta noche contigo me hace pensar más que el tener una hija es una de las buenas cosas de la vida que me he perdido. Buenas noches, Alex.
Para sorpresa de la chica, le puso las manos en los hombros y la besó en la mejilla.
Luego se alejó hacia el ascensor.
* * *
A la mañana siguiente, recibió un arreglo floral de claveles y rosas con una tarjeta que decía. Gracias, JK.
Alex apreció el gesto. Pero aunque las flores debieron costar cinco veces más que la maceta, no durarían tanto ni eran tan bonitas como el ciclamen.
Después de que llegaron las flores, sonó el teléfono.
—¿Bueno? —dijo Alex, al contestar.
—Alexandra, ¿estás bien?
Alex sintió que el ritmo del corazón se le alteraba al oír esa voz.
—Estoy bien, gracias, Laurier. ¿Cómo estás?
—Bien. Como no apareciste esta mañana, pensé que quizá estarías enferma.
Alex ya había ensayado cómo contestar esa llamada cuando él la hiciera. Lo hizo de forma agradable, pero con un poco de dureza en el tono de voz.
—No siempre tomo la misma ruta. Esta vez caminé por el lado opuesto del parque.
Hubo una pausa antes de que Laurier continuara.
—Gracias por tu carta. Te iba a hablar ayer, pero no pude. Escucha, este clima agradable no durará mucho tiempo. Para mañana han dicho que lloverá. Mi medio hermano es propietario de una de las islas más pequeñas del Golfo. Se llega allá en poco tiempo en avión. ¿Quieres ir a almorzar allá mañana?
—Es muy amable de tu parte el invitarme, pero me temo que es imposible. Tengo citas todo el día y no puedo cancelarlas.
Con deliberación, no añadió: «Lo siento. Hubiera sido algo divertido. Quizá podamos ir a la isla otro día», como lo habría hecho si quisiera seguir viéndolo.
—Ah… qué lástima —dijo Laurier con lentitud—. ¿Quieres cenar conmigo esta noche?
Era muy difícil negarse, pero Alex lo hizo al contestar con frialdad:
—También estoy ocupada esta noche. El hombre para quien trabajo llegó a Vancouver ayer en la noche y eso significa que quizá tenga otra cita con él para cambiar ciertas cosas en mis diseños.
—Ya veo. Qué lástima. Esperaba llevarte a uno de mis lugares favoritos. ¿Cuánto tiempo se quedará tu cliente en Vancouver?
—No estoy segura. Pero tengo un límite de tiempo aquí y mi vida social tiene que sacrificarse ante mi trabajo. Soy una profesionista dedicada. Mi trabajo lo es todo para mí.
—Mi trabajó es importante para mí, pero no diría que lo es todo. Hay otras cosas que valoro en la misma medida; Sin embargo, no debo hacerte perder el tiempo cuando estás ocupada. Adiós, Alexandra.
Laurier colgó sin esperar la respuesta.
Alex dejó el auricular en su sitio. En vez de regresar a su mesa de trabajo, abrió las puertas del balcón y salió para recibir el sol.
No había ni una nube en el cielo. Podía ver las montañas y el muro de contención del mar. Un avión amarizó y se dirigía hacia las islas.
A Alex le hubiera agradado volar en un avión así y disfrutar un día de campo; Le hubiera agradado la paz y tranquilidad de una isla lejos del ruido del tránsito de la ciudad. Pero más que todo, le habría gustado la compañía de Laurier.
De pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas de desilusión. Sabía que había hecho lo correcto, lo sensato. Pero le dolía más de lo que había pensado. Le dolía muchísimo.
El día de su clase de baile, el servicio meteorológico anunció que llovería.
Sin embargo, cuando Alex se dirigió hacia el gimnasio, había dejado de llover y no necesitó abrir su paraguas.
Empezó a aprender tap en Londres por el ejercicio y por diversión. Uno de los centros juveniles cerca de la librería, tenía una lista de actividades para el otoño. Iban desde aprender a hablar japonés, hasta lecciones de buceo y tenía tres niveles de tap. Alex se inscribió en el nivel intermedio.
La lección duró una hora y aprendió dos pasos nuevos y todos los rumores de actualidad. Al final de la clase, se puso una falda sobre el leotardo y mallas negras y se quitó los zapatos de baile para reemplazarlos por los de calle.
—Está lloviendo otra vez —comentó una de las chicas.
Alex se asomó por la ventana y vio que caía una llovizna.
Al salir a la calle, abrió el paraguas y vio a un hombre con una chaqueta amarilla para la lluvia, que salía de un auto frente al edificio. No le prestó atención hasta que él le preguntó:
—¿Quieres que te lleve? —Alex se dio cuenta de que se trataba de Laurier Tait.
—Ah… hola. ¿Qué haces aquí? —preguntó la chica, sorprendida.
—Te esperaba. Consideré que no podía interferir con tu carrera tan exigente si te esperaba al salir de tu clase y te llevaba al hotel. No necesitarás eso.
Laurier le quitó el paraguas y lo cerró. La tomó del brazo y la metió en el auto.
Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba sentada en el asiento para pasajeros y su paraguas estaba en la parte de atrás.
Desde el gimnasio hasta el hotel solo tenía que caminar diez minutos. En auto, llegaron más rápido. Ninguno de los dos habló. Alex estaba demasiado sorprendida por la súbita aparición y por el sarcasmo con el que habló Laurier de su carrera como para poder contestarle algo.
Le miró el perfil de reojo y advirtió que estaba molesto. Tenía el ceño fruncido y parecía mucho más intimidante que su amable compañero en la cena de hacía unas noches. Pero, el hecho de que estuviera irritado con ella, la complació. Alex pensaba que no lo volvería a ver.
Al llegar al hotel, Laurier metió el auto en el estacionamiento.
—Como he evitado que caminaras bajo la lluvia, lo menos que puedes hacer es ofrecerme una taza de café —le indicó Laurier, al apagar el motor.
—Sí… por supuesto —respondió Alex con débil voz, pensando que nunca debió molestar a ese canadiense, de pronto formidable.
En el ascensor, Alex desabrochó su impermeable. El bailar durante una hora era un ejercicio extenuante. Tan pronto como llegaba a la suite, solía bañarse y lavar su leotardo y sus medias.
Nunca estuvo en una situación como ésa antes y no le ayudaba el sentir calor y estar sudorosa.
Cuando sacó la llave del bolso, Laurier le abrió la puerta y se hizo a un lado para que ella entrara.
—Espero que no te importe tomar café instantáneo. Pondré a calentar el agua —dijo Alex, dirigiéndose a la cocina.
Cuando regresó a la sala, él se había quitado la chaqueta amarilla y llevaba abajo un suéter rojo que contrastaba bien con su complexión morena y cabello oscuro.
—Si me disculpas un momento, me quitaré la ropa de baile. —Alex empezó a dirigirse a su cuarto.
—Lo puedes hacer en un minuto. Ahora, lo que quiero es una respuesta —replicó Laurier.
—¿Una respuesta a qué? —preguntó ella, quitándose el impermeable. Aun en su mal humor, Laurier la ayudó y lo puso en una silla.
—Quiero saber por qué, después de haber pasado una noche agradable conmigo, me hablaste con frialdad y tratas de deshacerte de mí. —Laurier frunció el ceño—. No soporto a las mujeres que no pueden admitir su culpa desde haber roto un plato hasta una mentira obvia.
—No lo niego, pero eso no quiere decir que te deba una explicación. Lo siento si te lastimé pero…
—Soy más duro que eso. Lo bastante duro como para oír la verdad en vez de una sarta de pretextos acerca de cuan ocupada estás. Aun si tu cliente está todavía en la ciudad, no espera que estés todo el día y toda la noche a su disposición. Si te aburrió cenar conmigo…
—Sabes que no fue así —interrumpió ella—. Pero yo…
—Sí, lo sé —replicó él—. Creo que fue la mejor velada que ambos pasamos en mucho tiempo. No esperaba que me mandaras al diablo cuando te sugerí que repitiéramos la experiencia. No me mentiste cuando me dijiste que eras libre, ¿verdad?
—Claro que no. Creo… que el agua ya hierve.
Pero cuando se disponía a ir a la cocina, Laurier la tomó de los hombros con fuerza y la detuvo.
—El café puede esperar. Quiero que me expliques por qué de pronto decidiste que ya no querías volver a verme.
—Tal vez quieras una explicación, pero no te la daré —se indignó Alex—. Por favor, suéltame.
En vez de tenerla sujeta con las manos en los hombros, Laurier la abrazó e inclinó su cabeza hacia la de ella.
Alex cerró los ojos un segundo antes y, con incredulidad, sintió la casi olvidada sensación de la boca de un hombre sobre la suya en un beso largo y apasionado. Empezó con fuerza y poco a poco cambió cuando él ya no descargaba su furia e impaciencia y ella no resistió su fuerza superior. Al final, ambos fueron arrastrados por la misma oleada de placer físico.
Al fin la soltó, apartando los labios con renuencia, y dejó caer los brazos.
—No tenías ningún derecho de hacer eso —dijo Alex, temblando.
—Quizá no… pero ambos lo disfrutamos —respondió él—. ¿Por qué luchar contra esta atracción que hay entre nosotros? Sabes que existe tan bien como yo. ¿Por qué fingir que no es así, Alexandra?
Laurier se dirigió a la cocina y Alex se hundió en una silla, totalmente confusa. No recordaba haber sentido eso antes. Ningún hombre la había besado así, ni siquiera Peter cuando le hacía el amor. De hecho, ese aspecto de su relación fue una gran desilusión, imaginó que ella tenía la culpa.
Quizá los años de represión tuvieron algo que ver, pero el beso de Laurier despertó sensaciones de una intensidad impresionante. Era casi un extraño, pero en ese momento lo único que Alex quería, era acostarse con él y averiguar si ella tuvo la culpa de que una relación íntima nunca fuera satisfactoria como lo soñó.
Apenas oyó que Laurier abría las alacenas para sacar las tazas y el café. Pero no intentó ayudarlo. Todavía estaba demasiado afectada para tener reacciones normales.
Minutos después, Laurier llevó dos tazas con café y las puso en la mesa.
—¿Ya cenaste?
Alex negó con la cabeza.
—¿Te gusta la pizza?
—Sí, pero…
—Tenemos que comer y hablar —aseveró Laurier con firmeza—. Si no quieres salir de nuevo, puedo ir a uno de esos lugares en donde las hacen para llevar a domicilio. No me tomará más de quince minutos.
El instinto le dijo que era más seguro hablar con él ante una mesa de restaurante que en la intimidad de la suite, en donde las cosas podrían caer fuera de su control… como ya había sucedido.
—No… creo que será mejor salir. Pero tendré que cambiarme.
—No para ir a comer pizzas. Estás bien así.
Él le miró la silueta delgada, haciéndola sentir que su leotardo era mucho más revelador que su ropa de todos los días.
—Me cambiaré —dijo ella con firmeza—. No me tardaré mucho y me llevaré el café al cuarto.
Media hora después, estaban sentados frente a una mesa de un rincón en un restaurante familiar en la parte italiana de Vancouver.
—La pasta de aquí no es comercial. La hacen en la cocina —le dijo Laurier al ordenar. Miró a su alrededor—. Normalmente está más lleno que hoy.
—Supongo que es porque está lloviendo —dijo Alex, pensando en lo que le contestaría cuando él quisiera volver a saber por qué lo rechazó.
En el centro de la mesa había una lámpara con una pantalla roja que acentuaba los rasgos angulosos de la cara de Laurier y lo hacía parecer más como un piel roja de las películas.
Laurier movió la lámpara a un lado y le tomó la muñeca, forzándola a aflojar los dedos y a tomarle la mano.
—Ahora dime por qué decidiste terminar nuestra amistad cuando apenas empezaba —murmuró Laurier.
Alex trató de desasir su mano, pero él no la dejó y la apretó con más fuerza.
—No creo en la amistad entre personas de diferente sexo. Por costumbre suele terminar en… complicaciones. Y no tengo tiempo ni deseos de complicarme la vida —dijo ella, sin mirarlo a los ojos.
—Mírame, Alexandra.
La orden sutil la estremeció. Los ojos grises de la chica lo vieron a pesar suyo.
—No pensaba que fueras una cobarde —murmuró Laurier—. ¿Te ha lastimado un hombre? ¿Es por eso que no quieres ser mi amiga?
—No es eso. Si tan sólo pudiéramos ser amigos, estaría bien. Pero la mayoría de los hombres no piensan en la amistad cuando salen con una mujer —dijo ella con sequedad.
—No, es verdad. Y, al haberte besado, no puedo negar que pienso que eres una mujer muy hermosa y deseable. Pero no veo a las mujeres como lo que las feministas llaman «objetos sexuales». Lo hice hace quince años cuando era un chico que buscaba aventuras. Pero ahora soy un hombre y lo soy desde hace mucho. Mis relaciones con las mujeres tienen las mismas bases que mi amistad con los hombres. Quiero poder discutir las cosas que me interesan, escuchar opiniones inteligentes y gozar de ciertos momentos juntos. Si, en el caso de las mujeres, eso lleva a algo más…, qué bueno. Si no es así, también.
Antes que ella pudiera contestar, el propietario llevó el vino que habían pedido y sirvió las copas.
—¿Qué te dio la idea de que yo era un tipo cuyo primer objetivo era la cama? —preguntó Laurier, cuando estuvieron solos otra vez.
—Nunca pensé eso —contestó Álex—. Si hubiera sido así, hubiera insinuado algo la otra noche. Pero, por lo que he observado en la vida de las personas, mantener las cosas en un nivel de amistad es más fácil dicho que hecho. Mira lo que pasó hoy. Me besaste en contra de mi voluntad. Podrías hacerlo de nuevo.
—Perdí la paciencia —reconoció él—. Tu actitud desafiante me hizo perder los estribos. Creo que si eres sincera, admitirás que dado que me rechazaste sin ninguna razón obvia, tenía derecho a una explicación. Cuando te negaste a dármela, quería sacártela a la fuerza. Puesto que eso tampoco funcionó, te besé… y ambos lo gozamos.
—Ése no es el punto. Yo no quería que me besaras.
—Vamos a decir la verdad. No querías que sucediera, pero te gustó. ¿Cómo te sentirías si yo te diera mi palabra que no lo haré de nuevo a menos que tú no me aclares que lo deseas también? Mientras tanto, seremos sólo amigos. ¿Qué me dices a eso?
Alex miró la copa llena de vino tinto.
—Debes tener muchos amigos de ambos sexos en Vancouver.
Laurier. ¿Por qué necesitas añadirme a tu círculo?
Una camarera llevó una canasta de pan, mantequilla y aceitunas.
Laurier se lo agradeció y luego contestó:
—De hecho, ahora soy un extraño en esta ciudad. Muchos de mis amigos están casados o divorciados. No quiero pertenecer a ningún grupo. Me aburro un poco oyendo hablar a la gente acerca de sus hijos y no tengo ninguna intención de ser un marido sustituto para una divorciada con familia.
El antipasto los distrajo unos minutos.
—Dijiste que tendrías que alterar tus diseños para las suites. ¿No le gustaron a tu cliente? —preguntó él, recordando la conversación que tuvieron por teléfono.
—Hasta ahora, los ha aprobado, y me alegro. Pero el hacer que los detalles estén perfectos, toma tiempo. Por ejemplo, creo que las suites deberán tener pinturas de primera. El museo de Vancouver las renta a miembros de la Galería de Arte. La tarifa depende del valor de la obra… incluye acuarelas, dibujos, óleos y cualquier otra técnica. Creo que la tarifa mayor es de quince dólares, lo cual es muy poco para poder gozar de una obra maestra durante tres meses.
—Sí, es una idea excelente. ¿Vas a usarla en las suites?
—Mañana iré a ver al director de la galería para convencerlo de que nos deje rentar unos cuadros de la colección permanente.
—Me imagino que la iluminación y la temperatura de la galería de arte están controladas para evitar que las pinturas se deterioren. No podrás hacer lo mismo en las suites. Sus ocupantes querrán que haga más frío o calor de lo recomendable para pinturas valiosas —señaló él.
Álex asintió pues pensaba que ésa sería la principal objeción del director de la galería y le explicó cómo pensaba vencer ese obstáculo.
El discutir su trabajo con alguien que fuera inteligente, pero no mezclado en él y que por ende no tuviera prejuicios, fue un placer que no tenía con frecuencia. Olvidó cómo empezó la velada y sólo era consciente de lo agradable de la charla con Laurier.
Estaban comiendo lasaña, cuando Laurier comentó:
—Estaba en Vancouver cuando abrió la nueva galería en lo que fue la antigua Corte de Justicia. Costó veinte millones de dólares convertir el viejo edificio y se inauguró con gran pompa en mil novecientos ochenta y tres. Fui a la inauguración con mi abuela. Fue una de esas ocasiones en las que toda la gente de sociedad asistió.
Alex pudo imaginarse el esplendor de la noche de inauguración, con los hombres vestidos de etiqueta y las mujeres con vestidos largos.
—Me imagino que las grandes tiendas han de haber vendido muchos vestidos de lujo para esa ocasión. ¿Qué se puso tu abuela? ¿Lo recuerdas?
—Sí, porque ella comentó que era el vestido más viejo de todos. Lo había comprado en un viaje a París con mi abuelo, antes de la Segunda Guerra Mundial. Fue hecho por uno de los grandes diseñadores de los años treinta. La mayoría de su ropa es vieja, pero no lo parece. Para un hombre, se ve muy bien.
—La ropa de esa época estaba hecha con materiales magníficos. Yo tengo un vestido de los años treinta que compré en un momento de locura en una subasta en Londres. Me encanta ponérmelo. No lo he usado en público… no creo que resista ser lavado en la tintorería si le cae algo encima. Fue una extravagancia, no sé lo que me pasó. Yo había ido a la subasta para comprar un collar de Lalique que hubiera sido también una inversión. El precio se disparó y compré el vestido.
—¿Coleccionas piezas diseñadas por Lalique?
Alex se sorprendió de que él conociera al diseñador francés. Aunque todos los conocedores de joyas de art nouveau y objetos de vidrio conocían a René Lalique, no era muy conocido por el resto del mundo.
—Tuve suerte en encontrar unas piezas auténticas en tiendas de antigüedades cuando estaba en la universidad. Pero ahora ya no hay muchos compradores que no reconozcan el estilo y los precios han subido mucho —se lamentó Alex—. ¿Cómo es que lo conoces?
—Mi abuela tiene un reloj de Lalique en su dormitorio y varios floreros y adornos. Le encantaría enseñártelos. ¿Por qué no vienes a cenar con nosotros una noche? La casa te interesaría. Fue diseñada por Madure, quien fue uno de los grandes arquitectos aquí y en Victoria a principios de siglo.
Alex sabía que la ciudad de Victoria, situada en la Isla de Vancouver, era la capital de la Columbia Británica.
—Me he preguntado si sería buena idea ir a visitar la ciudad de Victoria mientras esté aquí. Me la han descrito como ideal para «los recién casados o para los casi muertos». ¿Tú cómo la evalúas?
—He pasado muy poco tiempo allí en los últimos años. Es mucho más pequeña que Vancouver. No creo que te interesaría. Puede ser un lugar agradable para vivir, pero no hay nada que interese a un visitante. Creo que sería mejor que visitaras las islas del Golfo primero, pero no me hagas mucho caso, pues ya te dije que no conozco Victoria bien. Pregúntale a mi abuela cuando vengas a cenar mañana en la noche.
—¿No crees que sería mejor que se lo consultaras antes de invitarme?
—Ya lo hice. —Laurier le guiñó un ojo—. No te indignes. No estaba seguro de poder hacerte cambiar de idea acerca de seguirnos viendo, pero tenía esperanzas. Soy un optimista por naturaleza. ¿Y tú?
Alex lo pensó durante unos momentos.
—Creo que soy una mezcla. No me preocupo por los grandes desastres y tengo optimismo en mi carrera porque, con un poco de talento, cualquiera puede hacerlo bien si se trabaja bastante.
—¿Quién se ocupa de tu correspondencia cuando sales de Londres? ¿Tienes una oficina en Londres? —inquirió Laurier.
Hablaron de sus respectivos trabajos durante el resto de la noche. Después, cuando la dejó en el hotel, Alex se preguntó si hizo algo tonto en continuar su amistad con él en los términos que él propuso.
No dudaba de que él cumpliría su parte del trato si ella no lo alentaba. ¿Pero, podía ella asegurarse de que no lo haría?
* * *
Como lo imaginaba, la casa de la abuela estaba situada en uno de los barrios residenciales.
Laurier y Alex se dirigieron hacia la puerta principal, qué era impresionante, y Laurier la abrió. Daba a un vestíbulo sin muebles con vidrieras de colores a cada lado y una puerta interior qué estaba abierta. Ésta daba a un recibidor con una escalera alfombrada muy ancha y un corredor que llevaba al fondo de la casa y hacía un espacio abierto con una chimenea.
La primera impresión de Alex fue de madera; paredes recubiertas de madera, suelo de madera bajo la alfombra, puertas de madera sólida hermosamente labradas y la escalera y su pasamanos de madera bruñida.
La señora Tait no oyó el auto llegar porque escuchaba música y tejía en un solano lleno de plantas en la parte posterior de la casa. Apagó la radio y se levantó para saludar a su invitada y Alex recordó a su madre, a quien le agradaba coser mientras escuchaba música clásica.
—Estoy encantada de conocerla, señorita Clifford. Laurier me dijo que a ambas nos gusta el vidrio de Lalique y no dudo que haya otros intereses comunes —comentó la señora con amabilidad.
Era alta y delgada y sus cejas permanecían negras aunque su cabello era blanco. Tenía ojos azules. No fue una belleza, pero sus ojos eran hermosos. Alex le agradó a primera vista. Ése hubiera sido el tipo de mujer que sería Elena Clifford si todavía viviera, la persona serena, prudente y experimentada que Alex esperaba ser algún día.
Aunque era obvio que Barbara Tait adoraba a su nieto, no había nada posesivo en su actitud hacia él; tampoco habló de la infancia de Laurier durante la conversación. Parecía una mujer abierta, más interesada en el futuro que en el pasado.
Después de la cena, llevó a Alex a visitar la casa. Laurier las acompañó. Mientras observaba los cuadros y objetos de interés, Alex se percató de que él la miraba.
La señora Tait tenía muchos objetos preciosos de vidrio de Lalique que adquirió en sus viajes a Europa en los primeros años de su matrimonio.
—Algunos de los objetos más grandes fueron regalos de mi marido —explicó Barbara Tait—. Empecé comprando un pequeño perfumero y nunca soñé que sería la primera pieza de mi colección.
Encendió la luz de su dormitorio e iluminó una colección de perfumeros de varios colores y formas: uno era una alcachofa estilizada, otro, un diseño de escarabajos y uno más de golondrinas.
—No sabía que Lalique hubiera diseñado eso —dijo Alex, señalando una botella de perfume moderno.
—Lalique, junto con François Coty, el famoso perfumista francés, revolucionaron la industria del perfume —dijo la señora Tait—. Cuando Coty empezó a usar estas hermosas botellas para sus perfumes, todos los demás siguieron su ejemplo. Lalique hizo cientos de hermosas botellas.
La señora abrió una vitrina que evitaba que la colección se empolvara y sacó una botella con una tapa con forma de lirios.
—Laurier me compró ésta en una venta de garaje hace años —dijo la señora sonriéndole.
Después, cuando Laurier la llevaba de regreso al hotel, Alex comentó:
—Fue una de las veladas más interesantes que he pasado en mucho tiempo. Tu abuela es una mujer fascinante.
—Es una de las personas a quienes más quiero —asintió él.
Alex se preguntó quienes eran las otras, y cuántas jóvenes habría habido en su lista aunque no fuera de forma permanente.
Al llegar al hotel, Laurier sacó algo del asiento posterior.
—Pensé que te gustaría usar esto por un rato —él le entregó un estuche con binoculares.
Desde que llegó, Alex había querido tener unos para poder observar mejor la vista desde su suite.
—Que amable detalle de tu parte. Me encantará usarlos —le indicó Alex, agradecida.
Como lo hiciera en la primera cita, Laurier la acompañó al ascensor. —Buenas noches, Alexandra. Te veré en la mañana.
* * *
Durante las dos semanas siguientes, se encontraron todas las mañanas. Después de que daba la vuelta al monumento, la sombra familiar en el asfalto la hacía volverse para sonreírle a Laurier y darle los buenos días. En el resto del trayecto, Laurier caminaba a su lado.
El clima seco continuó. Sin embargo, como era el otoño, cada mañana hacía más frío.
Un día, después de que Alex había empezado a hacer ejercicio con una chaqueta deportiva y que notó que las manos se le enfriaban, Laurier le dio una sorpresa: un par de guantes de lana rojos.
Conmovida por ese segundo gesto de amabilidad, ella se lo agradeció.
—¿De quién son? —preguntó Alex, asumiendo que debían pertenecer a la señora Tait o a una de sus cuñadas.
—Son tuyos. Los compré ayer. Creía que estarías demasiado ocupada para recordar que los necesitabas.
—Qué amable de tu parte el recordarlo. ¿Cuánto te debo?
—Nada. No fueron caros. Los compré en una barata en una de las grandes tiendas.
Alex no insistió en pagárselos.
—Gracias, Laurier. Mis manos no estarán frías mañana.
—Pensándolo bien, puedes invitarme a comer en la universidad como prometiste y tomarte la tarde libre. No debes regresar a Europa sin haber visto el museo de Antropología. ¿Qué te parece sí vamos hoy?
Su referencia al regreso a Inglaterra, recordó a Alex que ya sólo le quedaban cuatro semanas en Canadá. Pronto, ella regresaría a Inglaterra y él a Hawái. Era probable que no se volvieran a ver nunca.
Lo extrañaría mucho. Podría ser la primera y última amistad que tendría con un hombre. No creía posible que un hombre soltero de su edad pudiera hacer migas con una mujer de la suya, pero Laurier mantuvo su promesa. Fueron al teatro y a un concierto, y siempre se comportó con corrección. Hasta aceptó que ella pagara sus boletos y dividir las cuentas de las comidas que compartían.
—Está bien. ¿Por qué no? —asintió Alex, sintiendo un impulso desacostumbrado por poner el placer delante del deber por una ocasión.
Laurier hubiera ido por ella al hotel, pero Alex sabía que había un autobús que la llevaría a la universidad y que así podría dejar de trabajar más temprano y hacer unas compras en el camino. Cada vez que salía al extranjero, siempre regresaba con regalos para la tía Jo y su familia. Aunque cada vez que estaba en esa casa ruidosa y desorganizada, Alex agradecía el tener un hogar sereno y limpio. Los Fisher eran su única familia y nunca olvidaba que estaba en deuda con ellos.
La universidad era muy bonita, rodeada de jardines y árboles. Llevando los regalos en una bolsa grande, Alex llegó hasta el club para el personal de la universidad.
Alex mostró su membresía y ocupó una mesa cerca de la ventana, ordenó un trago con intenciones de leer el periódico hasta que llegara Laurier.
Tuvo que dejar la lectura pues un joven profesor trataba de hacerle conversación, cuando vio que Laurier entraba en el vestíbulo.
Si hubiera estado sola, Alex hubiera esperado a que él la buscara. Pero ahora, le hizo una seña y sonrió con gran animación.
Admitiendo que no podía competir con el hombre alto y atractivo que bajaba por la escalera, el admirador indeseable se alejó hacia el bar.
—No puedo culparlo por tratar. Estás maravillosa —le dijo Laurier cuando se acercó.
Desde que se encontraron frente al muro de contención, en el parque, Alex se había lavado el pelo, se maquilló un poco y se vistió con simplicidad, pero llamativa.
Fue la primera ocasión desde su promesa, que Laurier le miró las curvas de los senos y la pequeña cintura. ¿Era eso una señal de que la amistad se terminaba? ¿Que el sexo iba a reemplazarla?
Alex sintió alivio cuando, durante la comida, Laurier volvió a tratarla como a una amiga.
Después del almuerzo, caminaron hasta el museo.
Las imágenes grotescas grabadas en los tótems incomodaron a Alex. Laurier le mostró una escultura enorme que mostraba el mito de un cuervo que descubre a la humanidad en una ostra. Alex vio por qué impresionaba a Laurier, pero a ella le gustaron más dos sombreros de emperadores chinos que vio en un escaparate que mostraba objetos de todas partes del mundo.
Sin embargo, aunque a Laurier le gustaba el arte primitivo y a ella no, disfrutaron las dos horas que pasaron en el museo y aprendieron mucho uno del otro.
Después, regresaron al club para tomar el té y siguieron charlando hasta que la camarera fue a ofrecerles un trago, pues ya era la hora feliz.
Alex acababa de ordenar los tragos cuando Laurier dijo:
—El próximo domingo es el día de Acción de Gracias. Mi abuela irá a pasar el día en la casa de un hermano mío. No suelo estar aquí para esa ocasión, así que no extrañarán mi presencia y no puedo fingir que me gusten las fiestas familiares, sobre todo cuando mis cuñadas no pueden ocultar la antipatía que se tienen. Estoy pensando en pasar el fin de semana en una de las pequeñas islas del Golfo. Me pregunto si querrías acompañarme.
La pregunta casual tomó a Alex por sorpresa y no pudo manejar un cambio drástico en el ritmo de la relación.
Aparte de la mirada de antes de la comida, durante lo que pareció ser un largo tiempo, la actitud de Laurier para con ella estuvo desprovista de sexualidad. Desde su promesa, su conducta fue la de un hombre felizmente casado que entra en contacto con una mujer que le agradaba como persona, pero, como quiere a su esposa, no la ve como a una mujer.
Ahora, de pronto, la miraba como un hombre que piensa que la mujer es muy atractiva y Alex reaccionó como una adolescente. El corazón le dio un vuelco y se le empezó a acelerar. Parecía que tenía la garganta cerrada pues no podía hablar.
Pero de todos modos no sabía qué decir.
No era la primera vez que un hombre le hacía una propuesta así. Antes de que se relacionara con Peter, varios hombres trataron de tener una aventura con ella. Ninguno fue lo bastante atractivo como para que Alex alejara sus dudas acerca de las aventuras casuales. Siempre consideró que el sexo sin amor sería una gran desilusión. Pero aunque tenía práctica en rechazar a otros hombres, ahora no sabía qué decirle a Laurier.
Laurier levantó una ceja al preguntar:
—¿No te gustan las islas pequeñas? ¿O no te gusta la idea, punto?