EL COLLAR DEL DRAGÓN

Una historia de brujas en la Edad Media

ÁNGELES DE IRISARRI


 

  

FÁTIMA-BEN-ALÍ que era ungüentaria, sanadora y adivinadora, a más de bruja, fue llamada por la princesa al-Shifa.

         Dos eunucos se presentaron en el dormitorio común de las criadas del harén, instalado en el sobrado del alcázar de Córdoba, y, sin mediar palabra, la sacaron de la cama de mala manera para llevarla ante la sultana, de muy distinto modo a como hubiera deseado la dama, porque, a poco de conocerla le tomó aprecio, le hizo grande favor y le dio muchos dinares.

         Fue tratada del modo que acostumbran a hacer los guardianes de harén  que maltratan a las mujeres de oficio. Los eunucos se la llevaron a empellones causándole  moretones en los brazos, actuando como si se hubiera negado a acudir al llamado de la soldana, sin dejarle llevar su talego, cuando estaba radiante de alegría y hubiera bajado las escaleras de dos en dos, a riesgo de trompicarse y caer, pues que, por fin, una princesa reconocía su valía y deseaba consultarle, bendito sea Alá.

         ¡Bendito sea Alá, el profeta Mahoma, su hija Fátima, y su nieto Huseín, y la señora al-Shifa!. Pues que la vida de Fátima, la bruja del  altillo, cambió por completo  y,  a partir de ese momento, en vez de vender ungüentos a las esclavas en el dormitorio común del palacio del emir, cuya vida guarde Alá, sirvió a las grandes damas, la señora al-Shifa, a las tres medinesas y a las demás favoritas que, libres o esclavas, vivían en la zona noble, porque todas le compraron y le pagaron en oro de buena ley.

         Y es  que llegó Fátima a las habitaciones de doña al-Shifa, una de las esposas de don Abderramán, el segundo, el cuarto emir independiente de al Ándalus, mediado el verano del año 230 de la hégira, al albor de un caluroso día cuando los almuédanos entonaban la primera oración de la jornada, fue llevada ante la dama al-Shifa y tuvo la  buena fortuna de averiguar dónde radicaba el origen de sus males y aquello corrió por el palacio. De tal manera que todas las mujeres supieron de las artes de Fátima, le quisieron consultar y le abonaron lo que pidió por sus horóscopos y sus ungüentos, porque no en vano había conseguido curarle las pústulas a la señora al-Shifa, a la sazón producidas por un magnífico collar  que le regaló el emir, ante la envidia  de las otras  mujeres. Una joya que perteneció a la sultana Zubayda, esposa del califa Harún-al-Rashid, y por el que pagó la astronómica cantidad de 10.000 dinares de oro.   Lo que no habían logrado al-Harraní, un prestigioso médico recién venido de Bagdag, ni Ziryab, el sirio, un hombre preeminente que, años ha, bajo los auspicios de don Abderramán, había traído a Córdoba nuevas músicas; cosméticos para rejuvenecer a las mujeres y para curar pústulas de cualquier naturaleza;   además de las modas y colores que se llevaban en Oriente tanto en los vestidos como en los peinados, consiguiendo que las mujeres se cortaran los cabellos a la nuca, se dejaran flequillo y abandonaran la raya en medio, y que hombres y mujeres vistieran de blanco en verano,  desde la fiesta de ansara hasta el equinoccio de otoño; entre otras cosas, porque también fue exquisito en las artes de servir y aderezar la mesa.

         Lo que no consiguieron al-Harraní ni Ziryab, lo logró Fátima-ben-Alí, la bruja que, a más de ungüentaria, adivinaba en bola de cristal, pues que averiguó que el collar de doña Zubayda, llamado del dragón, porque representaba a una fiera con garras semejantes a las del escorpión,  estaba costelado y no resultaba benéfico para doña al-Shifa. Porque no en vano había sido creado para la princesa de Bagdad y no servía para la nueva  receptora que, cada vez que se adornaba con él, aparecía al día siguiente con pequeños granos en el rostro y en el cuerpo todo  que crecían y crecían hasta llenarse de pus, dejándole marcas en su hermosa piel, porque las piedras preciosas que lo componían le producían malos efectos, pues que había nacido en el signo de Capricornio y le eran propicias las cornalinas, pero nunca las amatistas, y mucho menos el jaspe verde…  Por eso se lo quitó Fátima del cuello a la princesa al-Shifa y todo fue bien, pues que, además, en cuanto le permitieron salir a buscar su caja de ungüentos, le curó las pústulas.

 

 

LA SEÑORA AL-Shifa, Alá le dé salud, recibió a Fátima afiebrada, roja de piel y en un llanto. Tan roja de piel que, en un principio, la bruja creyó que la dama padecía sarampión -lo mismo que habían diagnosticado al-Harraní y Ziryab-, y le embadurnó la cara de sosa caústica, se la lavó cuidadosamente después,  y le aplicó un preparado de angalia, alfyonio y piedra pómez, todo bien batido en miel de abeja para curarle la enfermedad; e hizo un emplasto de incienso disuelto en un huevo crudo, lo envolvió en lana y se lo puso en las sienes para aliviarle las lágrimas y, luego, hubo de darle otro remedio para callarle la boca, pues que la princesa en sus ratos de lucidez la amenazaba con mandarla degollar o con empalarla en la explanada de al-Musara -lugar donde se abandonaban para pasto de los buitres los cadáveres de los condenados a muerte en Córdoba-,  y a tales efectos, para mitigar el horror que le producían las palabras de la dama,  puso unas gotas de aceite en la cataplasma para acallarla de una vez y hacerle dormir, pues que le venían escalofríos cuando la oía proferir tamañas amenazas

         En el discurrir de estos sucesos Fátima, que se había holgado sobremanera  con el llamado de la princesa, tembló no solo por su salud cuando fue  amenazada de azotes, sino por su vida cuando escuchó lo del empalamiento, y claro se encomendó al Profeta, bendito sea su nombre, rezó mil veces los noventa y nueve nombres de Alá, y apretó fuerte el saquillo que llevaba colgado del cuello con la primera azora del Corán escrita en un papel, que la libraba del mal de ojo y otros daños,  y, presto, le vino a las mientes que el encanto podía estar en la joya. Por eso le  desabrochó el collar y se lo retiró a la princesa observando, a las pocas horas, que  mejoraba, le remitía la fiebre, se le decoloraba la rojez y que recuperaba la sonrisa. Para comenzar hablar, y seguir y seguir, sin tomar aliento, mismamente como una comadre del barrio más humilde de Córdoba, que las había en cantidad, pero ya con palabras de otro tenor, no de aviso o amenaza, sino de agradecimiento. Y menos mal, pues que una esposa del emir, máxime al-Shifa, a la sazón, princesa madre,  mandaba en su parcela más que el propio soberano, pues que éste no intervenía en las muchas cuestiones que se suscitaban en aquel recinto, vedado a los hombres, excepto a los eunucos, salvo que hubiera habido algún crimen o  jaleo demasiado grande, y dejaba hacer a sus esposas y esclavas. Lo único que les dejaba hacer, lo único que dejaban hacer los hombres a las mujeres en toda la tierra musulmana:  gobernar a sus sirvientas en su parcela.

 

 

AL-SHIFA AGRADECÍA a Fátima sus buenos oficios, levantaba los ojos al cielo, se palpaba la piel de rostro, se alzaba la camisa para mirarse los pechos por ver si le quedaban hendidos o rojeces,  se secaba una lágrima que le venía a los ojos cuando miraba el collar de doña Zubayda y se lamentaba en voz alta ante sus criadas y esclavas que no podría prescindir de él, porque mientras viviera don Abderramán habría de llevarlo puesto cada vez que la llamara a su cama, pues que era el regalo más valioso que le había hecho y con él la había distinguido entre sus otras mujeres, incluso entre las princesas madre, que le tuvieron grande envidia cuando ella, después de satisfacer a su señor  en una larga noche de grato recuerdo, recibió  el collar y escuchó las explicaciones  del emir sobre la procedencia de aquella joya sin par, el nombre de su primera dueña y lo que había pagado por él: una inmensa fortuna… Hecho que  indujo a al-Shifa a creer que don Abderramán la prefería a las demás favoritas: a las tres medinesas,  a Tarub y a Farj, las esposas madre… Hecho que le llevó a albergar  esperanza de que su hijo al-Mutarrif fuera nombrado sucesor en perjuicio de los otros hijos del emir, incluso del primogénito… Por eso nunca se podría quitar la joya de su hermoso cuello mientras el señor la llamara a su aposento… Cierto que cada vez la llamaba menos, tanto a ella como a las demás esposas madre,  pues que era asaz mujeriego, pues que se le contaban ya cuarenta y cinco hijos y otras tantas hijas, y prefería para su solaz mujeres jóvenes, sobre todo vírgenes,  y eso… Claro que, cuando enviudara, al-Shifa podría disfrutar de su  fortuna y, lo primero que haría vender aquel collar que le producía pústulas que, o ponía tiento con él  y lo llevaba el tiempo justo para que su señor viera que le hacía aprecio, o habría de deteriorarse su  todavía hermosa piel, ocasionándole hasta el rechazo del emir, Alá no lo permita. Y, en otro orden de cosas, ofrecía a Fátima comprarla a su marido para hacerla esclava suya, una pensión de 300 dinares al año, y lecho y manutención en su parcela del harén pero, como quiera observara que las otras esposas, es decir, sus más directas competidoras, unas veces amigas y confidentes, otras enemigas retorcidas, se personaron varias veces en sus habitaciones mientras duró su larga plática con la bruja,  preguntando por su salud y requiriendo los oficios de la  ungüentaria, le dejó libertad a Fátima para vender sus preparados a todas las mujeres del Alcázar, con la condición de que, cuando se pusiera el collar y  le saliera el sarpullido, la atendiera solo a ella.

 

 

FÁTIMA ACEPTÓ ENTUSIASMADA:

         -Te serviré como nunca he servido otro amo.

         -Tal quiero de ti, Fátima… ¿Dime, cómo has vivido en este palacio tantos años y las esposas de don Abderramán no hemos sabido de tus artes?

         -Verás, mi señora, me compró en el mercado de Córdoba la dama Alina, esposa de don al-Hakam, con una partida de esclavas, todas procedentes del Algarbe,  pronto hará  cuarenta años, porque me vendió mi madre a unos mercaderes judíos… La señora Alina, como soy fea de rostro, pues que nací así, a más que durante el camino uno de los guardianes me golpeó por robar un mendrugo de pan  partiéndome el labio para siempre,  me encargó  caminar delante de ella, llevándole el candelabro  para no ver el tajo que me corta la cara… E iba yo por estos pasillos, siempre delante de ella, alumbrando cuando era de noche y obligada a situarme  a sus espaldas cuando era de día…

         -Pues, no sé, Fátima, a mí no me da asco tu cicatriz…

         -¡Ah, mi señora, el aspecto de ella ha mejorado sobremanera con mis ungüentos, pero era horrible… Claro que no te voy a contar cómo era!

         -¿Qué más, Fátima?

         -Verás, mi señora, doña Alina murió presto y, como suele suceder en cualquier harén, las otras damas no quisieron comprar a las esclavas de la fallecida, porque ya tenían las suyas propias, y el emir nos envió a todas a la habitación común para ser sirvientas… Yo fui costurera, cosí ropas para el ejército, pero había allí una vieja que era sanadora,  que decía que era pena que su arte se perdiera cuando muriera, y estaba dispuesta a enseñar a quien quisiera aprender. Yo atendí a sus lecciones con aplicación y, presto, fui capaz de curar a las esclavas  que tenían el hinojo hincado, de circuncidar a sus hijos, de cerrar las carreras de la orina, y mucho más, sobre todo supe hacer ungüentos, y las gentes bajas de palacio vinieron a mí. Las esclavas de servicio cosieron mi parte y me tuvieron de curandera, o de bruja, como pronto me llamaron…

         -Haces muy bien los ungüentos, Fátima, de eso doy fe. Vete, ahora, déjame descansar…

         Fátima no  habló con la señora al-Shifa  de la otra virtud que tenía, de que adivinaba el porvenir en una bola cristal, que se había apresurado a esconder debajo de la cama que le asignó la princesa, pues que un impulso en su interior le llevó a guardar silencio.          

 

 

FÁTIMA-BEN-ALÍ  hizo horóscopo para  la señora al-Shifa, que había nacido en el signo de Capricornio vuelto hacia Oriente, en constelación de fuego, y con la estrella Saturno,  y le dijo: “Tú, mi señora, que naciste el día 22 de la luna, tendrás un destino grandioso. Eres de  buena voluntad con tus hermanas –queriendo decir tal vez con las mujeres del harén-,   hermosa de cuerpo, pausada en al andar, en el gestear, en la voz grácil… Los emires y los grandes hombres te adorarán… Pero, ten cuidado mi señora, porque  el tiempo de vigilar tu hacienda es  febrero,  y el de tu hermandad, marzo, pues las gentes te tendrán mayor amorío y bienquerencia en este mes… Has tenido un hijo y tres hijas, no temas porque todos honrarán tu memoria… Tu vida es mejor ahora que al principio de ella… Tus días buenos son sábado y martes, tu día malo,  el jueves. Enfermarás de camino a otra ciudad, de las rodillas que se te anquilosarán… Morirás a los cuarenta años, de mal de ojo quizá o de las piernas… Cuídate todos los meses de diciembre  porque en ese mes estará tu desgracia…”

         Y, como Fátima no le contó que habría de morir por arma de hierro y que sería odiada por las gentes al final de su vida ni otras desventuras que se observaban en el horóscopo, la señora se complugo. Y ya la bruja pudo atender a las otras grandes señoras: a  Tarub,  Farj, y a las tres medinesas: a Fald, Qalam y Alam.

         Preparó afeites a base de alcoholado de benjuí para combatir las rosetas de la piel; de harina de arroz y bismuto contra la piel grasa, de glicerina y almidón contra la piel seca. Dejándolas contentas, salvo a la señora Qalam, que no era árabe, sino hija de un conde vascón de la marca cristiana de Navarra, y tenía la piel muy blanca y, ay, señor Alá, que nada más verla la ungüentaria se apercibió de que se había excedido midiendo el almidón y a la dama se le había puesto demasiado tersa la piel, que, vaya,  no toleraba el jabón, y le había hecho uno de almidón, miga de pan, pasta de almendras dulces y leche fresca, y había errado, y claro hubo de enmendarlo cuando Qalam ya la amenazaba con las penas del infierno, pues que sufría hasta vértigos. Claro que era cosa de su sesera, pues que gritaba que la tersura de su piel habría de derivar en eczema y que ya no la llamaría el emir a su cama, mismamente como hiciera la señora al-Shifa cuando le ajustó una generosa paga, pues que aquellas damas no tenían otro quehacer que cuidar de su belleza para ser amadas por su amo y señor.

          En otro orden de cosas, vendió polvo de óxido de estaño coloreado con carmín para que las señoras se pintaran las uñas; tiñó a las rubias, de rubio, con lo que se daba en llamar jabón de las Galias, aunque sus componentes se pudieran encontrar en los montes y en los mataderos de Córdoba, con  desperdicios puestos a fermentar y con cenizas de haya, a más, de sebo de cabra;  a las morenas,  con el líquido que se extrae de las bayas del saúco, cocido con sanguijuelas y puesto a fermentar en vino blanco durante siete semanas, y no daba abasto para atender a aquel tropel de mujeres que, principales o menudas, se la disputaban para que les pintara la raya del ojo con tintura de azafrán, como si no dispusieran de decenas de esclavas que lo hacían mejor que ella incluso.

         Fátima, a más de hacer tales y cuáles servicios a las señoras, cuando el emir llamó a la cama a doña al-Shifa, le puso en las manos una paloma blanca untada en perfume de lavanda para que la soltara en el aposento al entrar, por ver si la esencia que emanaba el bicho paliaba el maléfico efecto del collar del dragón en su piel y, aunque no lo evitó pues  al-Shifa se llenó de granos que fueron a más hasta uno se convirtió en furúnculo -precisamente en una de sus nalgas, un mal lugar-, acertó plenamente con el regalo pues lo de la paloma fue muy celebrado por don Abderramán, que  ensalzó a la dama todavía más entre sus otras esposas y escuchó atentamente lo que ella le dijo sobre las prendas de al-Mutarrif, el hijo de ambos, y la pretensión que tenía de que lo nombrara heredero del trono. Es decir, que al-Shifa  se presentó ante su esposo para pedir favor por su hijo, como hubiera hecho cualquier madre, y con un contra hechizo puesto acertadamente en una paloma blanca como la nieve, obra de Fátima, porque a veces se anda por la vida con ideas, o cosas,  que no son propias, sino de otro, sin ningún rubor, y  holgó tanto a su señor que la alzó sobre las demás mujeres y la llamó tres días seguidos a su lecho.

 

 

¡TRES DÍAS SEGUDOS! Las otras favoritas temblaron, sobre todo las esposas madre, pues que vieron relegados a sus respectivos hijos en la cuestión sucesoria. Temblaron y se dolieron, por eso Fátima tuvo que emplear con ellas otra parte sus saberes, dejar los afeites de belleza y entrar en asuntos más serios:  lo mismo que había hecho en el dormitorio común de las sirvientas, donde había sanado a mujeres que tenían su natura podrida; sahumado  habitaciones con hojas de espliego y romero, muy buenas contra hechizos; vendido remedios para la preñez y adivinado el porvenir en su bola de cristal.

         En el harén, otro tanto: proporcionó varios talismanes de esmeralda para preñar y para desaojar, pues que, ante la fortuna de la señora al-Shifa, muchas  creyeron que sufrían mal de ojo y, naturalmente,  se lo quisieron quitar; secretos para suscitar el amor del emir; y aún trató de  curar a una esclava que, tras pasar su primera noche con el señor Abderramán, le vinieron muchas bascas a la boca  y, en su delirio, maldijo al Profeta, a Mahoma, el mayor alfaquí, Alá le perdone. Pero hubo de abandonarla a su suerte, a su mala suerte, porque el soberano hizo justicia  y la mandó degollar en el patio de armas, porque hablar mal del Profeta es blasfemia.

         Y, pese al jaleo que llevaba, pues que se la disputaban unas y otras como en un frenesí colectivo, Fátima todavía fue capaz de quitar los demonios a un niño de cuna poniéndole en la sien la piedra de la serpiente durante siete jornadas, y sobretodo atendió a doña al-Shifa que, después de tres días con el collar del dragón al cuello, estaba exultante de felicidad, pero llena de granos, cierto que mucho menos preocupada que en otras ocasiones, pues que bruja la había curado ya una vez y lo haría otra y otra, las que menester fueran.

 

 

FÁTIMA SE ENCOMENDABA al Señor Alá de esta guisa: “En el nombre de Alá misericordioso y piadoso,  la misericordia de Alá sea encima de nosotras. El profeta Mahoma, hónrele Alá, dice que Alá es uno, que no tuvo mujer ni hijos, ni fue parido de mujer, ni hay cosa alguna en este mundo semejante de Él”, y  se disponía a curar unas fiebres. Cogía un lienzo de lino azul, escribía los nombres de siete demonios, envolvía con él un huevo de gallina, lo daba a comer y dejaba la cáscara y el trapo  junto al cuello de la enferma, tal hizo con la señora Tarub  que, muy disgustada por el derrotero que estaban tomando los acontecimientos en palacio y por el favor que el emir le mostraba a al-Shifa, estaba afiebrada de lo más.

         Para la señora Alam, una de las tres medinesas, molió una piedra, echó las puliduras en leche de mujer, mojó un paño con ambos ingredientes, y se lo aplicó en su natura para que se quedara preñada tras yacer con el emir, pero don Abderramán no la llamó ni en un día ni en veinte, la llamó al día vigésimo primo y, vaya, que a la señora  le advino inoportunamente la “enfermedad”, como sucede a todas las mujeres, y no pudo ir, tal le mandó decir a su dueño con un eunuco. Con gran disgusto, con tan  grande disgusto que, Fátima, tras hacerle beber un sedativo, al verla tan desesperada, cató en su bola de cristal en un rincón del jardín, a la hora de la siesta para que nadie la viera y nadie supiera que podía adivinar el porvenir, pues que todas hubieran deseado conocer el suyo y  hubieran llegado a alunarla. Y observó al destapar la bola, previamente envuelta en una camisa de la dama, que Alam no se quedaría nunca más preñada, pues que el emir había de morir pronto y que no volvería a requerirla en el ínterin. No obstante,  le hizo ver con buenas palabras que ya tenía un hijo de su señor y que no debía pedir más a Alá, que debía conformarse y no desear mayor ventura, que pedir por pedir es necedad.

         Para la dama Fald, que la sentó a su mesa, cubierta con un mantel de cuero, como no había visto Fátima otro tan rico y que le dio beber en copas de finísimo cristal de preciosa talla, a más de regalarle una piel de oso de las curtidas en Sarakusta, arrojó tres puñados de sal en la lumbre de una lámpara, invocó a varios demonios y le recitó la siguiente oración para lograr amores: “Abderramán-ben al-Hakam no te vayas  con cualquier mujer, que vengas a mí”.

         Se contó por el harén que la princesa Fald la recitó de día y de noche, pero tampoco fue llamada por su esposo con lo cual su hijo  podía despedirse del trono, como el de tantas otras, pues que de los cuarenta y cinco hijos del emir heredaría uno, el que él designara.

 

 

SI EL SOLDÁN no llamaba a sus favoritas y se aliviaba sus urgencias de varón yaciendo con una esclava cualquiera, era debido a que estaba muy ocupado comprobando las cuentas anuales que le habían presentado sus administradores, y no podía distraerse, pues que  a las altas damas había prestarles  toda su atención.

         Durante el día, si dejaba un momento de sumar, era para  ir a la letrina, desaguar, y volver corriendo,  pues que este año el hecho de cuadrar las cuentas del emirato se había convertido en una cuestión de orgullo, y sumaban los ingresos y egresos presentados por los administradores, tanto visires, como prefectos,  matemáticos, astrólogos y poetas, en fin todos los hombres que había, porque el emir, al sumar  las cifras de ingresos de la Frontera Superior, había contado un dinar de menos y, ay, Alá, cada persona que la repasaba sumaba distinto, y andaba el soberano muy enojado, preguntándose si sus ecónomos le engañaban.

         Y el caso es que estaban los hombres de palacio muy revueltos a causa de las cuentas, y que las damas del harén se reían del celo de don Abderramán y a gusto hubiera puesto cada una un dinar o ciento o mil, para solventar aquella cuestión tan baladí, con tal de que su señor  las llamara a su lecho, para poder exponerle los planes que cada una tenía para el futuro de sus  hijos respectivos, pero los hombres continuaban con las cuentas.

         Luego se enteraron en el harén de que los rollos de cifras extendidos hubieran ocupado  una superficie de 12.000 codos -medida de superficie de la que había señal fehaciente en la entrada de la Mezquita Aljama, pues que Rashshas,  hijo del emir, hizo grabar un codo en el suelo para ajustar las transacciones que se realizaran en  la ciudad-, y echaron también  sus cuentas,  deduciendo que, si doce mil codos equivalían a un cuarto de parasanga, el rollo de cuentas, suponiendo que lo sacaran del salón del trono y lo extendieran, atravesaría el Guadalquivir  y llegaría hasta la torre de la Calahorra, dándole la vuelta incluso, y claro todas las mujeres del harén convinieron en que aquella cuenta tan larga era imposible de sumar, aunque  celebraron sobremanera que el emir lo consiguiera por tres veces consecutivas de corrido, sin partir las cifras en sumas parciales,  y le mandaron flores que recogieron todas amigadas en los jardines del Alcázar, todas muy amistadas, porque ninguna era llamada a yacer con el señor, y las desgracias aúnan.

 

 

CIERTO QUE DURÓ poco la confraternidad y el apego entre ellas, pues  que al subir la escalera, al-Shifa se topó  con Tarub en un rellano, cada una en su litera, portadas por sus eunucos, y ninguna cedió el paso a la otra, y eso que habían conversado largo, mientras sus esclavas les daban a las manos ramos de arrayán, sobre la desgana que les tenía a todas el señor emir e hicieron votos para que la cuestión de los cristianos que se había vuelto a suscitar en el tiempo en las autoridades estuvieron ocupadas con las cuentas, no desviara otra vez la atención de su señor hacia ellas. Pese a que habían platicado, no se cedieron el paso y claro las dos sillas no cabían a la par y, aunque llegaron Abul-Mufrich y Nars, los mayordomos, a poner orden entrambas, no lo consiguieron, pues que estaban los ánimos de las habitadoras del harén muy encrespados, y vocearon todos.

         A las favoritas sólo las calmó una canción de la señora Qalam, que tenía voz de mirlo, y lo que estaba haciendo Fátima en las habitaciones de su señora: conjurar a los demonios. A Alguaço,  Sogel,  Mosaguin, Masguina, Johuage,   Guaquimisi el Cojo,  y a sus esposas, pretendiendo arrojarlos del harén mediante un sahumerio, para que todas las mujeres expulsaran a los  que llevaban dentro, para que, no pudiendo los seres infernales respirar,  salieran de ellas; y lo que continuó haciendo: un bebedizo de pepitas de membrillo, duraznillo, zumo de pimpinela y agua de escorzonera, el mejor remedio que conocía contra la locura, que parecía haberse apoderado de aquel lugar, y alivió a unas cuantas con aquel refresco. Claro que momentáneamente, porque, pese al efecto benéfico del preparado las mujeres habrían de vivir agitadas y descontentas en los próximos días, pues Fátima volvió a catar en su bola de cristal y observó lo que estaba por venir: una gran calamidad, pero, naturalmente, guardó silencio y no se atrevió a comentar con nadie lo que en la bola contempló.

 

 

FÁTIMA-BEN-ALÍ,  que hacía horóscopos, adivinaba en bola de cristal, echaba las suertes, quitaba el mal de ojo,  convocaba a los demonios, circuncidaba niños, ejercía de partera y sanaba ciertas enfermedades, y que lo mismo valía para un roto que para un descosido, como había gustado decir de ella misma mientras vivió en el piso de las sirvientas del Alcázar, se encontró desbordada en el harén del emir Abderramán, el segundo, por nimiedades: porque las damas no se cedían el paso en las escaleras, porque se pedían cosas entre ellas y no se las devolvían para hacerse rabiar unas a otras; porque Nars, el mayordomo, había redoblado el número de eunucos del harén y las mujeres, pese a  que estaban estrechamente vigiladas,  se encontraban en los pasillos y se insultaban, mandándose unas a otras a la plaza de la Paja donde se vendían las mujeres de mala vida; o porque se echaban a la cara ofensas anteriores ya se tropezaran de  una en una, o todas a la vez, pues que a veces asomaban las cabezas por la puerta de sus aposentos a un tiempo y se encontraban para cruzar insultos o maldiciones. Y todas acudían a ella.

         Farj se quejaba de que ninguna la había felicitado cuando alzó con  su peculio particular y su celo una mezquita, pese a que muchas de sus compañeras iban a orar a la misma.

         Fald del vacío que le hicieron cuando llegó de Medina.

         Alam de que, necias e ignorantes, habían denostado sus cantos, pese a que había actuado en el palacio de la Puerta Dorada de Bagdag ante el califa Harún al-Rashid, hasta que el señor emir les prohibió murmurar de ella.

         Qalam se jactaba de que su amo la prefería entre todas, pues que, entre otras muchas cosas, le enseñó primero a ella el artilugio de Abbas-ben-Firnas,  el inventor de la fórmula para hacer el cristal. Lo del simulacro de cielo que clareaba o se nublaba al antojo de los observadores, y  presumía de que al-Gazal sólo le había dedicado hermosas poesías y nunca había hecho sátira de su hijo  Abul-Walid, como les había sucedido a las demás con los suyos.

         Tarub gritaba que el soberano había regresado a  uña de caballo de la campaña que hizo contra los cristianos de Guadalajara para yacer con ella, pues que la echaba de menos.

         Y al-Shifa las llamaba envidiosas, entraba en sus habitaciones, salía con el collar del dragón puesto, se bajaba la marlota, les enseñaba los pechos como queriendo decirles que ya no le hacía daño,  y les espetaba a la cara que ella a la par que amamantó a su hijo, crío al pequeño Muhammat, el primogénito del emir, el hijo de la desdicha Buhair, que murió demasiado joven, descanse en Alá.  

         El caso es que Nars era incapaz de poner orden, y que unas y otras llamaban a Fátima para que les quitara el sofoco, pues que se disgustaban con tanto desaire que se cruzaban en los pasillos, y claro la bruja no daba abasto.

 

 

A MÁS, QUE Fátima adivinaba en su bola de cristal y le venían temblores porque, ay, Señor Alá, veía morir al emir en la torre alta del Alcázar, mientras contemplaba los cadáveres de las dos niñas cristianas que habían de morir ajusticiadas en breves fechas en el descampado de al-Musara. Observaba con nitidez cómo el mayor señor de al-Ándalus, tras bromear a saber de qué, si de las niñas muertas o de alguna cosa propia de varón con los grandes dignatarios que lo rodeaban, se llevaba la mano al pecho, caía pesadamente en el suelo y expiraba, Alá tenga a bien acogerlo en el Paraíso y las huríes le sirvan por toda la Eternidad.

         Tal observaba Fátima en su bola de cristal y se guardaba muy mucho de hablar de ello con nadie, pero no hacía falta que dijera palabra  porque algo se barruntaba en el ambiente, pues que  estaban los eunucos alborotados  y  las favoritas mucho más.

         Se palpaba en aquel harén que las esposas madre  intrigaban cuanto podían. Sobre todo Tarub con Nars, el mayordomo, pretendiendo que fuera heredero su hijo Abd-Allá; y al-Shifa con Sadun y Qasin, eunucos también, porque  fuera al-Mutarrif, el hijo de ésta. Y, cómo el señor emir había salido de caza de altanería con muchos nobles y halconeros, las que se habían quedado, y sus guardianes, alborotaban sin que nadie les pusiera cortapisa.

         Y en esas estaban, Fátima lo veía perfectamente en su bola de cristal:  Tarub conspirando con Nars. Ella asegurando que el mejor emir, el más noble y más generoso, para los pobladores de al-Ándalus sería Abd-Allá, Alá le ilumine para siempre jamás, olvidando, como suelen hacer muchas madres, que era hombre  vicioso, borracho y blasfemo, el Señor le perdone y lo lleve al buen camino. Él, el eunuco, tramando envenenar al emir, Alá le ciegue, pidiéndole  a al-Harraní, el médico bagdadí, un brebaje ponzoñoso para matar a un perro, que  no era para un can precisamente, sino para el príncipe. Asegurando a la dama que él se encargaría de dárselo  a beber a don Abderramán cuando regresará sediento y cansado de la caza. Tarub, dudando, pues que si salía mal el negocio la primera en perder la cabeza sería ella. Nars insistiendo que era el único camino habiente, que, una vez muerto el señor, reuniría a todos los eunucos de la casa y les haría jurar a Abd-Allá, prometiéndoles grande fortuna, primero uno a uno, luego a todos juntos, y que, tras arrancar el juramento a los moradores, daría a conocer la muerte del soberano, que seguramente iría derecho al Paraíso, porque no se había portado mejor ni peor que los anteriores tres emires, descendientes del Profeta, y que mal había de ser que, viviendo ya los descendientes de Mahoma únicamente en el extremo del mundo, el Señor no lo quisiera consigo en el cielo, nada más fuera por hacerle merced al Profeta que tanto lo había honrado, querido y adorado mientras vivió.

         Fátima vio con sus propios ojos cómo al-Shifa mandaba palomas aromadas con lavanda al soto de al-Qeiles, lugar dónde se suponía que estaba cazando el emir, pues que tanto se regocijó con el ave la primera vez que  le llevó una a su aposento por indicación de Fátima. Envió una paloma a la tercera oración con Sadun y otra, a la cuarta, con Qasin, queriendo asombrar al emir, pero no tuvo respuesta.

         Y lo que Fátima pedía a Alá, besando el saquillo que llevaba al cuelo con la primera azora del Alcorán:  “Señor, ayuda mejor a estos tres conjurados, pues que tienen mejores intenciones que Tarub y su secuaz..” Tal pidió Fátima al Todopoderoso reiteradas veces.

 

 

LAS OTRAS SULTANAS pasaban el tiempo porfiando entre ellas, por necedades. Fátima catando en la bola de cristal en los jardines de palacio, y volviendo a ver lo visto, y Farj, la bella Farj, rondando de aquí para allá y escuchando detrás de los cortinajes, y acudiendo con todas a las celosías de las ventanas para llamar al emir cuando entrara con su cortejo en el patio de armas:  “¡Mi señor, ven, te espero ansiosa!”. Y tal hizo, pero su exclamación quedó ahogada entre las aclamaciones.

         Porque gritaron pero fue vano, pues que el señor Abderramán se entró a la parte del palacio de los hombres sin dirigir una mirada a las celosías de las mujeres, y eso que allí salía abundante murmullo, y despachó asuntos de gobierno con el visir y los secretarios, a más del eunuco Nars, el mayordomo, que le llevó una copa de ojén, pues que venía el amo muy cansado  -eso sí habiendo cazado catorce piezas, superando en mucho a los jóvenes que lo acompañaban-, para reanimarle, como, en efecto, así fue.

         Y, a poco, se manifestaron los próceres airados, muy airados, pues que  trataron el enojoso asunto de los mozárabes de Córdoba, a causa de que los cristianos habían blasfemado contra Alá y el Profeta, que más alto nadie, para buscar el martirio y dejarse matar. Y en esto Nars le acercó el aguardiente al  emir que se lo bebió de un trago,  sin que le sucediera nada, pues que el licor era simplemente licor fuerte, sin ponzoña, porque el eunuco estaba probando la confianza que le tenía su señor.

         Nars fuese contento a comentarle a la señora Tarub que, dado que el emir  lo consideraba hombre de buena fe, pondría en marcha su plan en dos días, tan pronto el médico al-Harraní le entregara el bebedizo para matar al perro a cambio de mil dinares. De mil dinares que le pedía y recibía de la sultana, y ya los conjurados se daban las manos sellando su pacto,  como si cruzaran buenas noticias,  ambos muy albriciados, cuando se escuchó un lamento en el harén.

         Era la dama al-Shifa que gritaba:

         -¡Me han robado del collar del dragón… Señoras, amigas todas, ayudadme a encontrar la joya… A buscar al ladrón, a sacarle los ojos, a  cortarle las orejas, a darle muerte lenta…! ¡Ah, Señor Alá, ten piedad de mí!

         Fátima  que se disponía a catar en su bola cristal a luz de una vela, encerrada en la letrina de su ama  pues que no encontraba lugar más seguro para  no ser vista, salió apresurada, pues golpearon en la puerta. Apresurada y asustada porque, aunque esta vez no había tenido tiempo de adivinar nada  nuevo, en anteriores ocasiones había contemplado la traición de Tarub y Nars, y   la muerte de este último; el fallecimiento y el funeral del emir; el engaño que había de sufrir al-Shifa pues que sus aliados la abandonarían en el momento de la proclamación del nuevo soberano, a la sazón Muhammat, hijo de Buhair, que fuera la primera esposa de don Abderramán, Alá acoja a todos los muertos con Él. Y claro se presentó ante su  señora y  escuchó de sus labios lo del robo del sartal.

         La sultana y sus esclavas le gritaron que se apresurara a buscar el collar y que convocara a los demonios si menester fuere. Además, la bruja se  encontró con  todas las favoritas en la sala de recibir de la expoliada, voceando, suponiendo esto o aquesto, haciendo cábalas sobre el  paradero de la joya y sobre el ladrón o ladrona; poniendo nombres al malhechor sin ningún recato, imaginando terribles castigos para él; narrándose unas a otras con detalle la  próxima muerte del osado u osada, del insensato o insensata... La peor de las muertes, la que  cada  una le daría al ladrón o ladrona… Las esclavas temblorosas, aullando el zagharit -ese grito interminable que todo buen musulmán  emite en situaciones de inefable alegría o  dolor extremo-, mismamente  como si estuvieran llorando en el funeral de sus señoras, y más que gritaron pues que podían ser acusadas del robo del collar de la soldana Zubayda, ellas mucho antes que las damas…

         Y llegaron Al-Mufrich y Nars, los mayordomos, y se enredó todo más. Pues que empezaron a interrogar a las mujeres sin distinguir entre señoras y esclavas, y las damas se revolvieron contra ellos y se negaron a responder, despreciándolos, arrojándolos del lugar, sosteniendo que se valían solas para resolver el negocio. Y claro los eunucos se marcharon, muy contentos,  encogiéndose de hombros, preguntándose  cómo aquel mujerío sería capaz de encontrar al ladrón sin salir del harén. Y, naturalmente, lamentándose del robo, pues que nunca en el ejercicio de sus mayordomías había sucedido un hecho semejante, y eso abandonaron el recinto alegres, pues que las damas insistieron en largarlos, pero, no obstante, llamaron a todos los guardias de las puertas del Alcázar para preguntarles qué personas habían entrado y salido en los últimos días, para poder iniciar sus pesquisas de inmediato.

 

 

LA LADRONA DEL sartal del dragón, que perteneciera a la soldana Zubayda, fue una esclava de la señora Farj recién comprada en el mercado de Córdoba.

         Se comentó largamente en el harén que la esclava había robado la joya a instancias de su dueña, pero fue maledicencia porque el negocio no se pudo comprobar, a más que la dama lo negó, y la esclava también.

         A la esclava no le valió de nada declararse inocente, pues que para poner broche a aquel desgraciado suceso se necesitaba una víctima y quién mejor que una muchacha desconocida, recién llegada al harén, porque, entre otras cosas ninguna de las moradoras había tenido tiempo de conocerla ni de amarla ni de desamarla ni de apreciar sus defectos o sus virtudes. Por eso fue  degollada en el patio de armas sin más, sin presentarla al cadí, sin juicio, sin que se demostrara que era la ladrona. Sin juicio, pero sin temor alguno de que pudiera intervenir un juez y acusar a Farj de haber asesinado a una mujer libre, sin reparo alguno en razón de que era esclava.

 

 

EL COLLAR DE la señora Zubayda apareció escondido en las cenizas de un brasero pasada la media luna del mes de safar, en plena canícula veraniega.

         Lo encontró la bruja Fátima, con su arte, en el momento en que la estrella Sirio asomó por el horizonte a la par que el Sol, hecho que, al parecer,  le facilitó sobremanera el descubrimiento. E informó a las damas que la esclava, llegada a palacio la tarde anterior, en vez de llorar, como hacían todas las criaturas recién venidas, se dedicó a husmear por las habitaciones de las sultanas y robó la gran joya para, con tiempo, burlar después a los guardianes y escaparse del harén, hecho que corroboraron las gentes  que la vieron ir y venir y las que no la vieron, porque a más del collar perdido se buscaba  una víctima.

         Farj, arropada por la sentencia de la bruja Fátima,  explicó a sus iguales que había mandado a sus sirvientas encender el brasero, pese a lo caluroso del tiempo, porque la noche anterior tuvo los pies helados y quiso calentarse antes de que le viniera un resfrío. De la esclava dijo que le había dado dineros a un eunuco para comprarla en el mercado, a la par que a otras más. Que a ésta, en concreto, le había mirado los dientes cuando se la presentaron y que la había mandado despiojar,  y nada más. Como  si fuera habitual encender el brasero en verano o temer el resfriado, o fuera factible que las criadas no hubieran retirado el cisco y lo hubieran dejado en la habitación, cuando puede producir ahogos y resultar incluso letal, pues que emana gases. Pese a lo extraño del negocio  sus compañeras no indagaron más y lo dejaron correr, pues que la bruja había sentenciado a la esclava, y la dama, que era la más rica de todas ellas,  podía comprarse cuando collares quisiere.

         El sartal lo encontró Fátima catando en su bola de cristal,  con ello acrecentó su fama.  Informó a las princesas que, cuando el Sol y Sirio se encuentran parejos en la raya del horizonte, algunas de las personas nacidas bajo el signo de Leo, mismamente como ella,  están en el mejor punto para adivinar el porvenir,  encontrar tesoros y desenmascarar a los ladrones. Y, para que no le fueran con peticiones que no quería atender, les explicó que ese don sólo lo tenía una vez al año en el momento citado, muy breve por lo demás. Algunas, oyendo lo que oían de labios de la bruja, echaron cuentas para tomarla a su servicio al año próximo veniente cuando Sirio estuviera par al Sol. Pero la adivinadora cambió hábilmente de tema:

         -¡Alá nos libre de ladrones, señoras!

         -¡Alá nos libre! –respondieron todas.

         Y ya convinieron en aquel aserto y otros más, pues que  la esclava  del mismo modo que afanó el  sartal, pudo asesinar a la señora al-Shifa y mandarla a mejor vida, privándolas de su presencia, tan grata que les había resultado siempre. Ante semejantes palabras la dama se holgó sobremanera y se retiró a sus habitaciones, sin escuchar ni considerar siquiera que las mismas que la habían halagado, tan pronto desapareció comentaron a sus espaldas, que se estaba aprovechando del ingenio de la bruja, que a saber si el robo del sartal había sido verdad o mentira, y que ya podía hacer y tramar, y enviarle palomas al emir, que  había envejecido la que más de todas.

 

 

LLEGÓ AL HARÉN del señor Abderramán noticia de que dos jóvenes cristianas, llamadas Flora y María, la primera monja, la segunda, doncella, habían de ser ejecutadas  a la amanecida del día siguiente.

         Como es de razón las damas no rezaron por el alma de las mozárabes, pero tampoco las maldijeron, entre otras cosas porque a ellas, siempre encerradas en el sobrado del Alcázar, lo que hicieren o dijeren aquellas dos mujeres les daba poco, no obstante presenciaron su degollación desde la torre alta del Alcázar.

         Hicieron otro tanto  que, cuando ejecutaron a un tal Perfecto, un imán cristiano, que en mal día vino al mundo, pues que trajo un carácter colérico de lo más y, tras discutir con arrebato con los alfaquíes de Córdoba sobre quién tenía más mérito, si Mahoma o Jesús, para conquistar el lugar que cada uno ocupaba en los corazones de los hombres, blasfemó contra Alá y  el Profeta, y claro fue muerto. Otro tanto que  Isaac, Sancho, Jeremías, Habencio, Sisnando y  otros cuyo nombre no podían ya recordar. 

         Como esta vez se trataba de ejecutar a dos jóvenes, las damas del emir se dolieron un tantico, aunque ninguna de las dos mereciera su dolor, ni menos la tal  Flora que, hija de musulmán y de mujer cristiana, y habiendo practicado la religión mahometana desde su nacimiento -según ley pues que el que nace de matrimonios mixtos debe seguir el Islam-, ahora se había tornado cristiana,  renegando de la verdadera religión; y María necia, de tan niña que era. Y las dos habían insultado a Mahoma y no se habían retractado de las blasfemias que salieron de sus bocas, ni en presencia del cadí que las llamó por su cuenta y, es más, entrego a la tal Flora a su hermano, a la sazón un buen musulmán, con la manda de que la volviera a la verdadera fe, sin lograr nada. Y don Abderramán, magnánimo, que no quería ver a las niñas muertas, al parecer,   mandó llevarlas ante el cadí otra vez, sin éxito… porque  las iban a ajusticiar mañana al amanecer, por empecinadas, que no se podía hacer otra cosa con ellas, que sólo querían morir a toda costa.

         Por eso las esposas del señor emir se personaron en la torre alta antes de romper el día, ataviadas con sus mejores galas, mismamente como si fuera la noche del 27 de ramadán en la que se iluminan las mezquitas y luego se hace gran fiesta en al-Musara, o viernes y se prepararan para salir con sus cortejos a visitar los cementerios. Y vieron cómo subían las cristianas al cadalso, cómo el verdugo les cortaba la cabeza, primero a Flora, luego a María,  de un certero tajo y, cómo morían con el nombre de Jesucristo en sus labios, y ya cómo las empalaban los guardias del cadí y las dejaban en la explanada, las cabezas clavadas en sendas picas,  para pasto de las aves carroñeras, que eran muchas y hambrientas, pues que en Córdoba llevaban un verano asaz seco, y los animales tenían más hambre que en años anteriores.

         Las señoras vieron lo que vieron, no más, pues que, aunque  la plana estaba lindera con el muro del Alcázar, el cadalso quedaba bastante lejos, pero no les hizo falta  ver más con sus ojos porque imaginaron el resto.  Además, que bien muertas estaban las cristianas por cuestionar  el Alcorán, que no se debe, y por blasfemas. Que, de un tiempo acá, andaban muy revueltos los mozárabes,  buscando el martirio,  creídos de que  si morían por Jesús serían santos e irían derechos a su paraíso, con su Alá, que su Dios también se llamaba Alá. Y hablaron de altas cuestiones:

         -Alá, Dios y Yavé, el de los hebreos, es la misma palabra, quiere decir Alá.

         -Estas mujeres muertas querían estar con Alá Padre, Alá Hijo –Jesús, el que murió en la cruz- y Alá Espíritu Santo…

         -Tres Dioses, mírese por dónde se mire, léase  como se quiera leer: tres.

         -Aunque se llaman monoteístas son politeístas, como muchos otros pueblos de la Antigüedad, y no monoteístas como nosotros los musulmanes o los hebreos.

         -Los cristianos cuando dicen Alá, pueden nombrar a uno de los dioses o a los tres a la vez…

         -No es de razón que el Alá de los cristianos tenga hijos, pues que siempre se prefiere al hijo propio sobre los de los demás.

         -Además, tienen forma: el Padre y el Hijo de persona y el Espíritu de paloma.

         -El Hijo, el Jesús del Alcorán, murió clavado en una cruz…

         -Fue judío… Hijo de Alá Padre y de María, que no era diosa, pero sí virgen hasta después de traer a su Hijo al mundo…

         -Esto es  negocio demasiado complicado para mí, señoras mías…

         -Pues es pena que hayan tenido que morir por asunto tan vanal estas dos mujeres, tantas que fallecen  de parto y de otras enfermedades.

         Y comentaron también que las “santas” no habían temblado al subir la escalerilla del cadalso, demandándose si al expirar se habrían encomendado a su Alá, a Jesucristo o a María, su madre, o a los tres la vez. Preguntándose entre ellas  qué era mejor si ser musulmán o cristiano, contestándose que era mejor ser musulmán, y mejor varón que mujer... Comiendo los dulces del desayuno que les servían las esclavas; bebiendo leche de cabra en pequeños cuencos de rico cristal; cambiándose un mazapán por una pasta hojaldrada o por un saladillo, todas muy animadas, pero las conjuradas estaban atentas a lo suyo.

         Al-Shifa  hablaba de tapadillo con Sadun y Qasim, sus cómplices. Les prometía cinco mil dinares a cada uno porque tramaran un enredo que le permitiera entrar en el dormitorio del emir para hablar con él de Abd-Allá, el hijo de ambos. Que idearan un embrollo, una confusión; que sirvieran al señor durante todo el día y que, cuando llegada la noche Abderramán pidiera una esclava joven, ellos se cruzaran el mensaje, organizaran una confusión y la llamaran a ella, que entraría rodillas en la estancia, agradecida, como si el sultán la hubiera llamado y sin riesgo de ser rechazada pues que el señor, que era un señor, nunca le haría el desaire de despacharla. Y que ya se encargaría ella del resto, que ellos la entraran en el dormitorio, y les prometía cinco mil dinares a cada uno. Los eunucos aceptaron la encomienda.

         Tarub, ajena a las ejecuciones y a la cuestión teológica de las damas,  platicaba en un rincón con Nars, que le aseguraba que ya tenía en su poder el veneno para matar al perro y que dijera ella qué noche quería que se lo diera a beber al emir. La sultana le respondía en voz bajita, bajita, que a la noche, una hora después de que los almúedanos llamaran a la quinta oración. El eunuco asentía. Ella le prometió diez mil dinares de oro, pero  él le pidió quince mil. La señora abrió mucho los ojos ante semejante cifra, pues que no disponía de tanto efectivo, pero accedió diciéndose que ya pediría prestado a los judíos.

 

 

EN EL ALCÁZAR      de Córdoba la jornada del último día de la luna de safar, del año 230 de la hégira,  transcurrió como una más. Don Abderramán atendió los negocios de la gobernación. Recibió al caid de Toledo e hizo planes de guerra con él para atacar el reino de Asturias en la primavera del año siguiente, Alá no disponga otra cosa. Estudió con detalle los planos de una nueva mezquita que quería alzar lindera al monasterio de san Acisclo, enjambre  de mozárabes levantiscos y residencia de Eulogio, el monje cristiano que había sostenido el ánimo de las mártires Flora y María en sus últimos momentos y les había ayudado a “bien morir”, para contrarrestar su nefasta influencia. Ordenó armar una escuadra  para guardar las costas de la Mar Tenebrosa, pues que se habían avistado naves normandas por los Algarbes. Comió con sus consejeros  y secretarios, entre ellos Abul-Mufrich, otro de los mayordomos de palacio, con el que habló largo de Muhammat, su primogénito, el hijo de la bella Buhair, Alá la tenga a su lado. De que era hombre sesudo y equilibrado, pues que no se dejaba llevar por la ira, y le pregunto qué se comentaba de él en la ciudad. El mayordomo le respondió que se hablaba bien, pues que era hombre de prendas, devoto cumplidor de los preceptos del Alcorán, parco en sus gastos personales, amante de sus esposas, sobre todo de la bella y discreta Umm Salama; que acaso tenía alguna fama de tacaño, pero que para regir al-Ándalus era mejor ser ahorrador que  dilapidador, pues que las rentas del pueblo, son del pueblo, y deben ser administradas en bien de todos, y no malgastadas por unos pocos, es decir, por el emir y sus amigos. El soberano asintió a las palabras de Abul-Mufrich y le manifestó lo que  pensaba hacer:

         -Mufrich, amigo, en unos días nombraré sucesor a Muhammat. Que se presente ante mí mañana, que traiga a su hija, a la pequeña Rassida que hace días que no la he visto, y me hace gracia tenerla en mis rodillas…

         -Así se hará, mi señor…

         Y en esto los señores fueron interrumpidos. Nars, Sadun y Qasim se presentaron con un tablero de ajedrez  para jugar a cuatro, y eso hicieron: don Abderramán y Nars contra los otros dos. Una larga partida que sólo se veía interrumpida cada vez que Abul-Mufrich, que contemplaba el discurrir del juego, se levantaba para escanciar vino en  las copas de los jugadores.

 

EN EL HARÉN, las damas pasaron  el último día de la luna de safar amablemente, pues que Fald, Alam y Qalam cantaron juntas en el gran salón que el emir había mandado construir para que actuaran las tres medinesas, y fue muy bello. Luego, algunas fueron a contemplar una vez más el artefacto de Abbas ben Firnas y en esta ocasión levantaron grandes tormentas y produjeron rayos y truenos. Lo hicieron con la sana intención de que llegara la lluvia a Córdoba, pues que estaban los jardines y  los campos resecos y el Guadalquivir menguado, y fue donoso, a más que disfrutaron mucho moviendo el artilugio de los rayos. Rezaron las oraciones de la jornada, se asearon en sus baños privados, y algunas fueron a la mezquita a la hora del mediodía. Comieron cada una lo que le preparó su guisandera y hasta cambiaron un cuenco de sopa fría por confitura de melón, u otra vianda, pues que acostumbraban a cruzarse platos, igual que hacían con las joyas y vestidos. Y hablaron entre ellas por los pasillos como hacían siempre… Salvo Tarub y al-Shifa que permanecieron encerradas en sus habitaciones.

         Tarub, rodeada de sus esclavas que ya no sabían qué hacer para  minorar el desasosiego de su señora… Una tocaba la pandereta, otra, la bandola; otra  recitaba  versos de ben Bark; otra  le acercaba dulces a la boca; otra  le llevaba un pañito para que bordara y se distrajera; otra  acudía con un cuenquillo de melisa; otra le hablaba de cuando el emir volvió de Guadalajara, reventando varios caballos, para yacer con ella; otra le alababa lo hermosa había quedado la lauda que  había mandado esculpir para su sepultura con su frase favorita del Alcorán, y la recitaba de memoria: “¡Adorad a vuestro Señor! ¡Haced el bien! ¡Tal vez seáis bienaventurados!”, pero era vano.

         Porque la sultana, como si estuviera enojada con el mundo entero, recorría la estancia en dos trancadas, mismamente como si fuera  una moza de los arrabales,  muy alunada, topándose con los cortinajes y con los cofres de la ropa; tomando un joyero en sus manos y dejándolo caer; abriendo su frasquera de ungüentos y embadurnándose su bello rostro de rojete, de negro, como si fuera una africana, y no haciendo risas precisamente, no, al revés, arrojando todo al suelo de la habitación con ímpetu, como si quisiera destruir todo. Y no valía que sus esclavas le preguntaran por qué estaba tan cuitada que no respondía, que hacía gestos de displicencia, y si abría la boca era para preguntar por Nars que lo quería ver  presto, al parecer.  Cierto que dos horas antes de que el almuédano llamara a la quinta oración, Tarub se dejó hermosear el rostro por sus esclavas; vestir como una princesa; calzar con sus mejores sandalias de finísimo cordobán;  perfumar con jazmín real,  especialmente traído de la vega de Murcia para ella y, tras preguntar varias veces por el eunuco  por cuya presencia había estado penando durante toda la jornada y escuchar de boca de sus criadas que  estaba jugando con el emir una partida de ajedrez a cuatro, se tendió en su lecho y cerró los ojos, ante la estupefacción de sus sirvientas, que nunca la habían visto tan sandia. Claro que se guardaron muy mucho de expresar sus pensamientos y siquiera se preguntaron entre ellas si  su señora estaba por morirse, pues demasiado sabían  que las princesas son caprichosas, y que mejor es callar.

 

 

 

         Al-Shifa  también pasó el día muy alterada y nerviosa, con sus esclavas y Fátima, su mejor servidora, que hubo de trabajar aprisa y con afán, pues que la señora tan pronto le daba a leer su mano, como le mandaba catar en el agua de la copa en que bebía, o en la bañera, que era un sarcófago romano, o le ordenaba que hiciera horóscopo, a ratos con el collar de doña Zubayda colgado de su hermoso cuello. Todo aprisa, aprisa, mandando más que nunca, de malas maneras además, pues que le salía la vena de princesa, y  las princesas, ya se sabe, pueden llegar a ser impertinentes de lo más. Y eso, la bruja iba y venía, buscaba en su talego; pedía tinta, cálamo y papel, pintaba cuadrados, escribía los misteriosos signos de las constelaciones del Zodiaco, y le decía la verdad que no veía nada de particular. Pero la señora no le daba sosiego, se mostraba impaciente y no le daba tiempo  para sacar sus predicciones.

         A más, que, por mil rayas que trazará Fátima en los cuadrados, sus ojos no observaban nada extraordinario en los horóscopos. No decían que ninguna mujer hubiera de ser la homicida del emir,  ni que al-Shifa fuera a abandonar sus habitaciones en el sigilo de la oscuridad,  a entrar en el dormitorio de su esposo, a acercarse a su lecho y  matarle a él y a la mujer que estuviere con él para no dejar rastro de su asesinato, en los papeles  había nada.

         Tal le decía Fátima a la dama, pese a que sabía de sobra que al emir le rondaba la muerte  porque lo había contemplado nítidamente en su bola de cristal varias veces en fechas atrás. Y, como no veía nada, pensaba, en consecuencia, que a doña al-Shifa no habría de llamarle el emir y que podía acostarse y dormir tranquila hasta que las esclavas le avisaran del fallecimiento de su esposo, y a punto estuvo de recomendarle que cenara cuanto le pluguiere y se echara a la cama, porque le tocaría llorar como buena esposa, mucho más que a todos los habitadores de Córdoba, y que habría de arrancarse los cabellos en señal de duelo…

         Lo que Fátima hubiera podido anunciar a su señora era el fallecimiento del emir, pero, en puridad, era arriesgado negocio de decir, porque  hubiera sido como descubrir la conjura que había organizado la señora  Tarub contra el señor de al-Ándalus, Alá se lo lleve con Él, y lo que había tramado su propia señora aquello de entrar sin ser llamada en el aposento de su esposo. Además,  a saber cómo respondería… Seguro que de mala manera, airándose, y claro no podía exponerse a contarle lo que estaba a punto de suceder, pues que quizá se enojara y le clavara una daga en el corazón.

 

 

EL EMIR, DESPUÉS,  de la quinta oración, pidió la cena,  contento, porque había ganado la partida de ajedrez. Comió con sus visires y comentó los lances divertidos del juego: cuando Nars tuvo al rey blanco herido de muerte, entre el alfil y el caballo negro y que, vaya, lo mató con el caballo que vino de atrás como si saliera de un parapeto haciendo una hábil escaramuza. El eunuco le comentó:

         -Mi señor, yo también he sido general…

         -Lo sé, lo sé, mi buen Nars…

         -¿Deseas,  señor, salir mañana de caza? –preguntó Abul-Mufrich.

         -¡No!, estoy viejo, Mufrich!

         -¡Oh, no, mi señor!

         -¡Nars, trae vino del bueno! –ordenó Abderramán.

         -¡Te voy a dar a catar el mejor que hayas bebido nunca!

         El eunuco salió de la habitación mientras Sadun y Qasim le preguntaban a su señor con qué mujer querría pasar la noche.

         El soldán respondió que dormiría solo, que descansaría, porque según la sunna,  la mayor parte de los habitadores del Infierno serán mujeres -tal bromeó-,  y les hizo contar lo del robo del sartal de doña al-Shifa con todo detalle.

 

 

EN ESTO SE oyó jaleo por las calles que rodeaban el Alcázar: gritos de gentes, cascos de caballos, ruido de armas.

         Las autoridades de Córdoba quisieron saber qué sucedía, por eso Abul-Mufrich salió apresurado de las estancias del emir cruzándose con Nars, que entraba en el salón con un jarro de vino en la mano, asegurando que los alborotadores eran cristianos que se dirigían a  al-Musara a recoger los cadáveres de las niñas muertas para darles sepultura, como habían hecho con otros mártires.

         Aconsejó el eunuco dejarles hacer, que se llevaran los cuerpos y los enterraran, pues que de ese modo estarían un tiempo silenciados. Y decía de subir a la torre alta para ver qué hacían, a más de tener un piquete de soldados dispuesto por si fuere menester intervenir.

         Y ya se levantaba el emir del diván, y ya Nars le ofrecía una copa del vino que había traído, el caso es que le dio la copa a la mano a su señor y que su señor, le miró a los ojos y, vaya, como si estuviere avisado del contenido no bebió, o quizá tuvo una corazonada en aquel momento crucial, o fue mera casualidad, el caso es que miró a los ojos al mayordomo, y le ordenó:

    -¡Bebe, tu primero, Nars!

    Y el eunuco, transido el rostro, bebió. Es más apuró la copa entera y, como se había comprometido con la señora Tarub, aunque no era hombre leal, pues no en vano había traicionado a su señor, en aquella ocasión no traicionó a su señora, y la volvió a llenar y se la entregó otra vez al emir pretendiendo que bebiera, pero la rechazó en buena hora, y no murió envenenado,  porque ya los otros servidores le instaban a subir a la torre alta, y se fue tras ellos.

         Nars no acompañó a los otros señores, pese a no notaba en su cuerpo ningún síntoma de intoxicación, pese a que  no se le paraba el corazón ni se le revolvía el estómago ni le sangraba el vientre ni le venía dolor. Cierto que, como estaba muy asustado, se fue derecho al aposento de al-Harraní para que le proporcionara un antídoto que le salvara de la ponzoña, y le hizo levantar de la cama.

         Habló con el médico, le mintió, le dijo que había ingerido por el error el tósigo del perro y le pidió un contra veneno. Le ofreció oro y plata a puñados, ricos brocados; una arquilla de marfil, un baúl de cordobán; un manto de  piel de zorro; cuatro esclavas bellas como los ángeles; un esclavón eunuco, hermoso de rostro y de cuerpo, y de cabello bermejo; en fin, todo lo que tenía y más.

         El médico le recetó que bebiera leche de cabra en grandes cantidades.

         En el harén, cuando se conoció que Nars necesitaba leche de cabra, y que hacía corto con  la había en palacio, en la medina, en los arrabales y en las poblaciones aledañas de Córdoba,  pues que había bebido equivocadamente el veneno preparado para un perro, se le encomendó a Alá, como se haría con cualquier otra persona.

 

 

ESTABA EL EMIR con sus mandatarios en la torre alta del Alcázar, moviendo la cabeza, apuntando la posibilidad de desterrar a todos los cristianos de Córdoba a otras ciudades de al- Ándalus, tomando una medida draconiana que acabara con los “mártires”, alejando incluso a Eulogio, el causante de todos los jaleos, y a su propio mayordomo Gómez, que era mozárabe; mostrándose, en fin, dispuesto a proceder severamente para terminar con las disputas en las mezquitas y con las revueltas callejeras, cuando trocó las palabras por sonidos guturales, se llevó la mano al pecho, cayó al suelo cuán largo era, exhaló varios estertores más, movió un poco las manos,  y murió, Alá lo acoja en el Paraíso.

         Según Abul-Mufrich  falleció con el nombre de su hijo Muhammat en la boca, según Sadun y Qasim con el de su hijo Abd-Allá.

 

 

LOS TRES EUNUCOS porfiaron en la torre alta, sin derramar una lágrima, ante al cadáver de su señor, sin llamar a los médicos para que atendieran al mayor señor de Al Ándalus, sin dar voz a las esposas del muerto para que se presentaran a llorar al marido, sin rezar siquiera una oración por el alma inmortal de Abderramán II.

         Lo harían luego, naturalmente, porque en ese momento estaban muy ocupados. Pues que  Mufrich, Sadun y Qasim, ellos tres en solitario y sin pedir favor a Alá, pretendían hacer lo que no había hecho el emir en su luenga vida -que no pensó en que, un día u otro, tendría que morir como cualquier nacido de mujer-, y  ponerse de acuerdo sobre cuál de sus hijos habría de sucederle, tal pretendían.

         Mufrich sostenía que aquel mismo día había hablado con el emir del negocio de la sucesión y que le había mandado llamar a Muhammat, el hijo de Buhair, para proclamarlo heredero cuanto antes, pero que Alá, el único que dispone sobre la vida y la muerte,  se lo había llevado sin darle tiempo, y quería que los otros dos eunucos se sumaran a la propuesta que había de hacer de inmediato a toda la servidumbre del palacio: que fuera Muhammat el nuevo emir.

         Pero los otros, como se habían aliado con la sultana al-Shifa, y esperaban de ella una espléndida recompensa, se manifestaron a favor de al-Mutarrif, dispuestos, además,  a entrar en la casa a gritar la mala nueva.

         El caso es que uno por el uno, los otros por el otro, estuvieron discutiendo mucho rato. A más, convinieron en que Nars algo tendría que decir sobre tan importante asunto, y Qasim salió a llamarlo. Pero hizo mal en abandonar la posición  porque las palabras vuelan con el viento y corrieron con él, pese a que no abrió la boca.

 

 

LA NOTICIA DEL fallecimiento de Abderramán la anunció Fátima en el harén, no en voz alta  precisamente, sino al oído de su señora la soldana al-Shifa. Una vez más, adivinó la bruja en su bola de cristal y observó un hombre muerto en la torre alta del alcázar de Córdoba, se apercibió de que se cumplía el último día de la luna de safar, y se adujo que el muerto era el emir, porque no en vano  había visto el desgraciado suceso en su mágico cristal. Pero esta vez se asustó, por eso se presentó ante su ama con la mala nueva, no fuera que, como la dama había estado envuelta en una conspiración, tuviera que salir corriendo y emprender la huida.

         Cuando la bruja se hizo paso entre las esclavas de la señora, se acercó a su lecho y le musitó al oído que despidiera a todas las mujeres que la servían, pues que tenía que darle una noticia asaz importante, ya con lágrimas en los ojos -del mismo modo que al amanecer estarían todos los habitadores de Córdoba y, al día siguiente, los de toda al-Ándalus-,  para bajar todavía más la voz y decirle en un susurro casi ininteligible que el sultán había muerto, Alá lo tenga con Él y las huríes le sirvan para siempre jamás.

 

 

AL-SHIFA BOTÓ de cama, se alborotó el cabello, pidió un manto, se lo echó por los hombros y salió al pasillo a gritar el zagharit perturbando el sueño de las mujeres y de los eunucos que dormían y alterando el corazón de Tarub, que,  conjurada con Nars,  fue la única que se holgó con la noticia, por esas que hacen las madres que anteponen el amor a los hijos a cualquier otro amor.

         De este modo se conoció en el sobrado la muerte de don Abderramán, el segundo, porque lo gritó al-Shifa, previamente advertida por Fátima.

 

 

LAS ESPOSAS Y las favoritas del emir se mesaron los cabellos, se los llenaron de ceniza, se vistieron de luto, extendieron sus alfombrillas de oración, rezaron los noventa y nueve nombres de Alá, mandaron a sus esclavas acá y acullá a ver qué oían, y se juntaron en la puerta del harén, a darse los pésames y a esperar.

         A poco, supieron que el eunuco Nars había muerto también y lo encomendaron al Creador, salvo Tarub que lo tildó de torpe en lo más íntimo de su corazón, no sólo por no haberle dado de beber al emir, sino por haberse bebido él la ponzoña que  al-Harraní preparó para matar al perro. En tales términos comentó la sultana la mala suerte del sujeto con sus compañeras, que no dieron mayor importancia a la muerte del eunuco; ella nada temerosa por otra parte, creída de que su cómplice se  habría llevado el secreto de la conspiración a su tumba, como así fue. Que se cegó el hombre con conseguir y beber leche de cabra y no dijo nada siquiera a sus criados de más confianza, pues que de haberlo hecho ya se hubiera sabido.

 

EN LA TORRE alta del alcázar,  los tres eunucos. Uno partidario de Muhammat ben Abderramán,  primogénito del emir fallecido e hijo de Buhair, y dos de al-Mutarrif ben Abderramán, segundogénito del soberano e hijo de al-Shifa, discutieron largo tiempo la cuestión de la sucesión, bajo la noche oscura.

         Abul-Mufrich, que era hombre íntegro y quería cumplir el mandado de su señor, les ofreció a los otros muchos más dinares de los que habían ajustado con la señora al-Shifa,  personaje que en aquellos momentos a los dos traidores les daba un ardite, pues que se creían mucho más poderosos que ella, pues que estaban interviniendo en la “elección” del nuevo emir y ella no, cuando nunca se debe despreciar al enemigo, aunque sea mujer. Pero no se decidían a aceptar a Muhammat porque ambos aseveraban que era hombre cicatero y que les daría poco sueldo. Y en esas estaban cuando Abul-Mufrich sacó una daga de su chilaba, les amenazó con ella y los hizo salir delante de él.

         Por el camino, los dos traidores reflexionaron cada uno para sí, que lo mismo les daba tener un emir que otro, y decidieron ponerse a las órdenes de su compañero, deteniéndose con él en la puerta del harén y voceando para que acudieran el resto de los eunucos y todos los señores que estuvieren en el palacio, pues que  Abul-Mufrich, el mayordomo principal,  tenía algo que decir a las gentes… Nada menos que las últimas palabras de don Abderramán, que  había muerto con el nombre de su hijo Muhammat en la boca señalándole como sucesor. Lo que fue falso, pero necesario en aquel momento, pues que el ejército ya se disponía a armarse en el patio del castillo.

         Abul-Mufrich mintió al expresar la última voluntad de su señor, pues que el emir se fue a mejor vida en silencio, salvo el ruido que hace la garganta del hombre cuando lo abandona el alma, pero no mintió al hablar de la penúltima voluntad de su señor. Cierto que no contentó a nadie, que los eunucos le espetaron a la cara que Muhammat era  tacaño, lo mismo que ya le habían objetado Sadun y Qasim, pues que el hecho era de pública fama, pero él los acalló y envió a Sadun a buscar al futuro emir, Alá le guíe en el camino.       

         Al harén llegaron noticias distorsionadas durante bastante tiempo, pero, cuando los eunucos  se situaron a la entrada de la casa de mujeres para que se enteraran ellas también de la desgracia acaecida, las moradoras escucharon todo con nitidez.  Y vieron, escondidas detrás de las celosías, como Abul-Mufrich, el árbitro de la situación, hacía jurar a todos los eunucos lealtad a Muhammat sobre el Alcorán, y cómo juraban todos, incluidos Sadun y Qasim, que quisieron una vez más  entronizar a al-Mutarrif, pero se quedaron solos y dejaron de ser secuaces de la señora al-Shifa, a saber por cuantos miles de dinares. Y vieron cómo salía Sadun en busca del primogénito del soberano.

         Luego la mayoría de las mujeres del harén conocieron con detalle que Sadun y Muhammat tuvieron que sortear varios peligros y que los dos juntos consiguieron llegar al Alcázar de milagro, el nuevo emir vestido de mujer. Y se holgaron de cómo discurrió el negocio, y se contentaron con el emir fuera otro, y no sus hijos, porque, habiendo otros descendientes de don Abderramán nacidos antes, sus propios hijos nada tenían qué ganar, o se conformaron con su fortuna, que ya resultaba suficientemente buena y acomodada, a más, que Muhammat, toda vez tomó posesión del Alcázar y se instaló en él con sus mujeres e hijos,  les dio tiempo para abandonar la casa y las trató y las regaló como se merecían.

    La dama al-Shifa, viendo sus sueños perdidos,  también se conformó  y hasta se contentó pues que no en vano había amamantado a Muhammat y lo quería como a un hijo de su carne. 

 

 

TARUB, ALAM Y FALD vivieron y oyeron lo que vieron y oyeron a través de las celosías.

         Al-Shifa no vio nada con sus ojos, pero escuchó con  oído atento todo lo que Fátima contempló en su bola de cristal. Pues que llegó un momento en que los rumores y falsedades tomaron tal  cariz en el harén que la bruja, que era de natural curioso, no resistió más. Y sacó su bola de una caja de madera que había escondido debajo de la cama,  la colocó en el suelo, pues que no tenía mesa a mano, encendió una vela, y adivinó. Y estaba en esa guisa cuando la sorprendió una esclava de la señora que regresó presta  al lado de su ama,  a contarle lo de la bola, y Fátima no tuvo otro remedio que adivinar para la viuda, que la miraba como las señoras miran a veces a las criadas.

               Dijo Fátima catando en la bola, y no erró porque era muy buena adivinadora, que Sadun acababa de llegar a casa de Muhammat  y llamaba a la puerta. Que, como había tenido que pasar por delante de la casa de Abd-Allá, a sazón situada enfrente del puente de Alcántara, mientras que la de Muhammat estaba en el rabal de Secunda,  el eunuco tuvo que evitarla, pues que Abd-Allá estaba de fiesta; descabalgar, embozarse con su turbante para que no lo vieran los guardianes y abrir  la puerta del puente con una llave que llevaba y con mucho tiento, a más de porfiar con los soldados, que no le querían dejar pasar porque era noche cerrada.

      Y ya llamar a casa  de Muhammat,  conseguir que le dejaran entrar con el cuento de que el emir de al Ándalus reclamaba a su nieta, la pequeña Rassida, que le hacía holgar; sacar al primogénito del baño, entregarle el sello de su señor padre, arrodillarse ante él, explicarle que le habían aclamado los eunucos e instarle a que se fuera con él, presto, presto, no fueran a nombrar a Abd-Allá, o a otro de sus hermanos,  en el ínterin, pese a que todos le habían jurado lealtad sobre el Alcorán.

         Muhammat se resistió a acompañarlo y quiso saber:

         -¿Por qué no ha venido a buscarme Abul-Mufrich, si es él quien ha conseguido que me juren los demás?

         -Está guardando el palacio. Lo tiene tomado puertas adentro… Dijo a todos: “Dejad de llorar… Alá os reclamará  a los que estéis por Abd-Allá… Yo propongo al virtuoso Muhammat…”

         -¿Por qué he de fiarme de ti? ¿Cómo sé que no me matarás en una calleja?

         -Que me vaya al Infierno, si miento…¡Venga, vamos! ¡Toma el sello de tu padre!

 

 

-¿QUÉ SUCEDE, POR  qué te detienes Fátima?

         -Ahora, mi señora al-Shifa, Sadun,  que es hombre artero, pretende que el señor Muhammat se vista de mujer para salir de su casa y que se ponga  velo. Dice que, como si fuera la niña Rassida…

         -¡Por Alá, si acaba de dejar la  teta y Muhammat es un hombrón!

         -¡Muhammat acepta!

         -¡Qué iniquidad el emir de Al Ándalus vestido de mujer!

         -Ha aparecido una dama que le lleva ropa…

         -Será Umm Salama, su primera esposa…

         -¡Ya salen! Montan a caballo, pican espuelas… Van tres hombres, Muhammat lleva a uno de los suyos… Abren la puerta de  Alcántara, entran en la medina… Pasan por delante de la casa de Abd-Allá, andando, pegados a la pared, las bestias al paso… Sadun le dice al emir que hay zambra en casa de su hermano… Van a entrar por la puerta de los jardines…

         -¡Ea, salgamos a la terraza, los veremos llegar! –exclamó la sultana, y allí se encaminó con sus criadas y con Fátima, que dejó la bola de cristal para ver con sus ojos.

         Y vieron… Observaron cómo un hachón encendido se detenía ante  la puerta del jardín, cómo trepaba la reja y descendía para posarse en el suelo, y cómo avanzaba entre los arriates de flores, y supusieron que junto a luz se hallaban los tres hombres… Que eran detenidos por Salim, seguro que por Salim, el jefe de la guardia de la puerta, que los había dejado entrar para hacerlos prisioneros… Dedujeron que Salim estaba interrogando a los tres venidos y que ellos le contaban lo mismo que a los soldados del puente: aquel engaño de que el emir quería tener en sus rodillas a la niña Rassida. Claro que, como se oyeron voces, las mujeres pensaron que Salim no tragaba con la patraña, pues que la mujer velada era un ser enorme,  gigantesco, y que unos y otros se preguntaban y se respondían airados, pues a veces la actitud de encolerizarse se ve recompensada por el interlocutor, que se amilana. Pero allí no se amedrentaba nadie, pues todos eran hombres bragados… Y se escuchó la voz de Sadun gritando a Salim:

         -¿Acaso pretendes que la señora se quite el velo y te enseñe el rostro, cuando no eres pariente suyo?

         Y la de Salim:

         -¡No sé, quién va escondido!

         Y la Muhammat que terció:

         -¡Por Alá, Salim, sabe que mi padre ha muerto1

         -¡No pasarás hasta que yo sepa si dices verdad o mentira!…

         Y otra vez Sadun:

         -¡Déjanos aquí con estos soldados y ve a ver!

         Y ya lo demás las mujeres lo escucharon otra vez de labios de Fátima que tornó a mirar en su bola, asegurando que Salim había entrado en palacio, se había encaminado a los aposentos del emir  y contemplando muerto a su señor, había llorado con todos los que estaban allí, y que tornó al jardín para arrodillarse ante Muhammat, besarle la mano,  franquearle el paso y desearle largo reinado con estas palabras:

         -¡Alá te sea propicio!

 

 

MUHAMMAT-BEN-ABDERRAMÁN  fue proclamado emir de Al-Ándalus aquella misma noche, la última de la luna de safar, en el alcázar de Córdoba ante el señor de la ciudad –el valí-, ante el señor de las injusticias, y  un buen número de jueces, generales, intendentes del tesoro, contadores, mayordomos, secretarios, nobles y sirvientes. Sus esposas y sus esclavas, y las esposas y esclavas de su señor padre,   contemplaron el acto detrás de las celosías porque según dicho del Profeta las creyentes no deben dejarse ver, salvo a parientes, e incluso deben bajar los ojos y cubrirse el seno con un velo.

 

 

EL EMIR, EN los primeros días de gobierno, recibió a los valíes de las fronteras y las marcas que se presentaron a prestarle obediencia, exultante, pese a que algunos gobernadores aprovecharon la ocasión para pedirle que les perdonara el pago de tal o cuál gabela que les había impuesto su señor padre, Alá lo tenga con Él.

         Los cristianos de Córdoba, tanto los que vivían en los conventos como en el arrabal que tenían asignado en la ciudad, cuando se enteraron del súbito fallecimiento de don Abderramán, acaecido en el mismo momento en que  observaba, desde la torre alta del Alcázar, los cuerpos degollados de las vírgenes Flora y María,  exclamaron al unísono:

         -¡Castigo de Dios!

         Y continuaron, como gentes extraviadas que eran, con lo suyo, con aquella fiebre colectiva que les había entrado de morir por su Alá.

         El nuevo soberano respondió con la severidad que merecían, pues una cosa era que los musulmanes dejaran vivir en libertad y practicar su religión a los mozárabes y a los judíos en  tierras del Islam, y otra que  los cristianos blasfemaran contra el  Señor  o contra el Profeta, que eso, no.

 

 

LAS MUJERES DE don Abderramán, el segundo, lloraron  la muerte de su amado y señor. Algunas alborotaron, pues que se anegaron en llanto, otras gemiquearon y se las oyó menos, pero esposas, favoritas y esclavas de servicio derramaron millares de lagrimas en el ala femenina del Alcázar de Córdoba.  Sin atender a la fiesta que se celebraba muros afuera de sus habitaciones, sin salir a la terraza para contemplar  los juegos de cañas que se celebraban en la explana de la al-Musara, ni las carreras de caballos ni los ejercicios a la jineta que realizaban los caballeros, ni a los esgrimidores que luchaban entre ellos como si les fuera la vida, aunque fuera todo juego; ni a los magos, que hacían grandes prodigios, o a los volatineros que daban grandes saltos entre espectáculo y espectáculo; siquiera vieron al  emir Muhammat que, como un caballero  más, arrojó su bofordo al tablado de maravilla, llevando el brazo parejo a su cuerpo, la caña con la punta hacia abajo, bien arrimada a la ijada del caballo, hasta que la lanzó en el momento preciso, volteando el brazo y arqueando el torso hacía atrás, consiguiendo derribar el tablado con gran alborozo de la multitud, que lo aclamó.

         Las damas del harén penaron el tiempo de duró el luto oficial y el que cada una guardó en su corazón.

 

 

LAS ESPOSAS DEL emir fallecido hubieron de dejar su casa porque, lo mismo que sucedía cada vez que ascendía al trono otro soberano, se presentaban nuevas mujeres a ocupar lo que fue de otras.

    Al-Shifa, Tarub, Fald, Alam, Qalam y Farj, llenaron sus baúles con sus ropas, libros, instrumentos de música, dineros, joyas, arquetas y preciosos objetos de marfil, oro y cristal, ricas telas, ungüentos de tocador,  ajuar de cama y mesa, en fin, cada  una lo que había acumulado a lo largo de su vida al lado del emir. Y, tras recibir las que eran esclavas carta de manumisión de Muhammat- ben-Abderramán, quinto emir independiente de Al Ándalus, unas se retiraron a las casas que se habían mandado construir  en los nuevos arrabales de Córdoba, otras a lugares más alejados, otras incluso a tierras muy lejanas.

    Qalam, aprovechando que su hijo Abul-Walid, como buen musulmán, había de embarcar presto en dirección a  la Meca,  se sumó al viaje,  pese a que ya había estado en la ciudad santa, e invitó a  las otras dos medinesas, a Fald y Alam, a acompañarla y, vaya,   que también decidieron hacer la peregrinación. De ese modo las tres salieron del puerto de Almería muy contentas, haciendo  planes  para quedarse en Oriente y cantar ante el califa de Bagdad, cuya vida guarde Alá.

          Tarub, de cuya conspiración con Nars para asesinar al emir no se supo nada, pues el eunuco murió guardando silencio de su traición,  se retiró a su palacio de la montaña de la  Desaparecida. Se dijo de ella que llevó vida piadosa y recogida, como no podía ser otra manera en una viuda, pero fue falso al menos al principio de su viudez, porque se ocupó  de que sus eunucos matarán a otros eunucos, a Sadun y Qasim, no fueran a estar enterados de la conspiración que lideró. Eso sí rezó de día y de noche, hasta la extenuación,  para conseguir gracia de Alá y que su hijo Abd-Allá fuera nombrado sucesor de  Muhammat, como de hecho sucedió, quizá por sus muchas oraciones. Claro que el Señor la castigó y falleció antes, sin enterarse de que su descendiente subía al trono de los Omeyas de al-Ándalus.

         La bella Farj se fue de este mundo tres meses después que su señor. Según Fátima, porque al-Harraní le dio unas puliduras de camiruca para quitarle la añoranza que sufría por el amado, mal diluidas en clara de huevo y leche de burra. El hecho es que le produjeron daño irreparable en las venas mesentéricas, y olvidos en el entendimiento. Que la dama llegó a olvidarse de su nombre y de que debía mover las manos para espantar  las moscas o correr cuando aparecía un alacrán en el jardín de su casa. Y fue pena que muriera de ese modo, sin acordarse de nada, sin saber quién era ni qué había de hacer con los miembros de su cuerpo en los que tan generosamente se había demostrado la benevolencia de Alá, pues que las malas lenguas sostuvieron que la bella había muerto de picadura de alacrán y que, viendo a la bestia ir contra ella,  no hizo nada por alejar al bicho.

         La señora al-Shifa se marchó con sus gentes y con la bruja Fátima a la ciudad de Toledo, con la bendición del emir,  del que fue madre de leche, que le puso un piquete de soldados a su servicio. Pero antes se detuvo en los baños de Alhama de Granada, para tomar las aguas, quitarse la tristeza que le había producido el fallecimiento de su esposo y pensar con calma si vendía o no vendía el collar del dragón.

         Todas las mujeres de don Abderramán dieron grandes limosnas a sus propias mezquitas, a la mezquita aljama y a los pobres  cuando por una razón o por otra dejaron la ciudad emiral, como las tres medinesas que se fueron a Oriente y al-Shifa que se encaminó a Toledo, la tierra que la vio nacer; otras, como  Tarub y Farj al morir, en sus legados, Alá se lo pague.

 

 

DOÑA AL-SHIFA y su compaña tomaron la vía del sur hacia Granada  camino de Alhama. Bendito sea Alá, porque la señora anduvo todo el recorrido haciendo que sus eunucos repartieran entre los campesinos feluses de bronce y dirhemes de plata: una moneda de plata cada diez de bronce, enalteciendo de ese modo la memoria de su esposo. De tal manera que las gentes, enteradas del negocio, se postraron a su paso y bendijeron la memoria de don Abderramán.

         Fátima, que fue comprada por la princesa al emir Muhammat, abandonó Córdoba contenta  y dispuesta a ver mundo. Se admiró de la munificencia de su nueva ama que, antes de emprender la marcha, gratificó sus servicios con una bolsa con cincuenta dinares de oro. De las bondades de Alá, pues que había creado mil paisajes en las serranías de al-Ándalus para regalo de  caminantes y viajeros; de las aguas que emergían, inagotables, por doquiera  en aquellas veredas, máxime al entrar en los balnearios de Alhama, población cuyo caserío discurre parejo a un profundo  río que corre alocado, partiendo riscos y formando,  en el transcurso de miles de años,  un tajo inexpugnable;  de tanta agua que viene del septentrión, fría, muy fría, cristalina y con olor a azufre, cayendo en hermosas chorreras de los farallones laterales; del establecimiento de baños en sí, mucho mejor que cualquier casa de baños de Córdoba, pues que en él se juntan aguas frías y calientes, causando vapor y abrasando, según en qué bañeras, además que tanto servían de recreo como para curar enfermedades; y se holgó de la buena fama que traía su señora, pues al-Shifa fue a pagar las aguas a los recaudadores del emir Muhammat, pero no le quisieron cobrar, ni a los que  con ella iban.

         Fátima comía la misma vianda, se bañaba en la misma piscina, disfrutaba como nunca en su  larga vida y participaba de las diversiones de su señora. Se distraía con el canto y las músicas de las esclavas, o con el juego del ajedrez, pues, aunque todavía no había llegado a ser de las privilegiadas que jugaban contra su dueña, ésta  le pedía consejo para mover una ficha u otra, y así ganar.  Y claro la servía con dedicación en todo momento.

         Después de salir del baño matutino, mientras al-Shifa andaba por los jardines de las casas para mujeres con sus criadas cogiendo flores, ella se dedicaba a adivinar en la bola de cristal qué día habría de ser el más benéfico para vender a los judíos el sartal de doña Zubayda, y era pena porque repetía el sortilegio de los números varias veces seguidas y no acertaba a dilucidar si era mejor el martes o el miércoles, y eso que tomaba el nombre de al-Shifa, daba a cada letra el valor numérico que tenía. El uno  para la a, el dos, el tres, siguiendo el orden del alfabeto, dividía por siete,  daba otro valor a los días de la semana próxima, y erraba, Alá así lo quería al parecer,  porque utilizando siempre las mismas cifras obtenía resultados desiguales. Y, cuando la señora le preguntaba por sus averiguaciones, Fátima le suplicaba:

         -Rogarás a Alá que me ayude en ello.

         Y todas pedían a Alá:

         -A Ti te adoramos, a Ti te pedimos ayuda… ¡Alabanza al Señor de los mundos!

         Pero no llegaba el favor del Señor, Fátima era incapaz de ver en la bola, y la señora al-Shifa se impacientaba, hasta que decidió emprender camino a Toledo.

 

 

EN EL TIEMPO  que la señora al-Shifa estuvo tomando los baños en Alhama de Granada con su compaña, mandó hacer un doble fondo a un arcón para esconder el collar del dragón, pues que temía por la seguridad de la joya, aunque el emir, que mamó en sus pechos, le había dado un piquete de soldados para que la custodiaran. Lo hizo porque llegaron noticias a la población de baños de que, aprovechando la muerte del antiguo emir y el advenimiento del nuevo soberano, varias partidas de hombres armados se habían echado a los caminos a robar a mercaderes y viajeros,  y que sembraban pánico entre Sierra Nevada y Sierra Morena, y aún más lejos.

         Pese a los peligros que se anunciaban la comitiva de la princesa compuesta de más de cuarenta carros, conteniendo uno de ellos un sarcófago romano, partió de Alhama en una mañana soleada de invierno.

 

 

LA SULTANA Y su séquito recorrían una parasanga diaria, y ya los criados montaban las tiendas en algún lugar cercano a un río o arroyo o en el arrabal de las poblaciones, pues que la dama no quería ser alojada en las casas de los alcaides, por el luto que llevaba en sus vestes y en su corazón. Que las deleitosas aguas de la casa de baños no le habían quitado la tristeza que tenía desde que murió su esposo, Alá lo haya acogido en su misericordia, a más, que dudaba que fuera idea buena vender el collar del dragón. Que, a más, no tenía en qué gastar el dinero que le dieran, que tenía de todo y no necesitaba más, por eso dudaba y no le encontraba otro acomodo que repartirlo entre sus hijos. Porque, aunque se haya deseado una cosa con empeño y esperado tiempo para ver cumplido ese anhelo, a veces se cambia de parecer  o se duda de la bondad del proyecto inicial, porque nada está quieto, y mucho menos el pensamiento.

         A más, que Fátima no cataba en la bola cristal, quizá porque el Señor le había privado de los poderes que otrora tuviere, quizá porque la bola no servía en pleno campo, pues que la dañaban el sol y el viento, quizá porque era bola de interior  como Fátima, que era esclava de harén, ¿acaso no cataba encerrada en la letrina en el Alcázar, el lugar más  oscuro de la casa de mujeres?, Pues eso, quizá la perturbara el sol o el viento, o quizá fuera negocio de Alá que no estaba por la venta del collar.

         El caso es que Fátima, pese a que no adivinaba en la bola, comenzó a ver señales de mal augurio conforme avanzaban el camino, y hasta se quejaba del día en que vivían  pretendiendo detener la marcha de la expedición y sólo viajar de jueves a  lunes. Asegurando que el martes era día nefasto porque Caín mató Abel; e  ítem más, el miércoles porque se hundió el Faraón en la Mar Bermeja. Y no sólo era eso, no, sino que, luego, estaban los días nefastos de la propia señora al-Shifa, como ya se dijo,  y los del mes. Y era preciso detenerse el 25, porque el que viaja en esa fecha irá, pero no volverá, y también el 7, porque se pondrá enfermo. Y el tal y el cuál,  porque nació Judas Iscariote o porque se hundió Sodoma. En fin, que mejor no viajar, máxime aquel año que, ¡ah!, había comenzado en lunes y, después de traer la  muerte del emir amenazaba con sangrientas guerras, mucho llanto, robos y asaltamientos por los caminos.

 

 

AL-SHIFA QUE había oído hablar de los días, de los meses y  de  los años  fastos y nefastos, aunque no por lo menudo, tuvo miedo, pues que, además, la bruja le había dicho, cuando le hizo su primer horóscopo, que su mes de desgracia era diciembre, y, vaya, estaban en él, y Fátima volvió a repetírselo con más énfasis, encareciéndole se detuviera en Puertollano hasta que llegara la primavera.

         Pese a que Fátima le anunció grandes desgracias, la princesa siguió camino, y se encontró con lo que había.

 

 

La dama y sus gentes se detuvieron en la llamada venta de  ben- Carden, situada en lo más alto del paso de Despeñaperros, poco después de mediodía del 10 de la luna de diciembre. Agotados mujeres, hombres y caballos, por lo empinado de la quebrada y porque llevaban quince jornadas de duro viaje. Se pararon a descansar pese a que Fátima gritó, pues observó a ojos vista que un sinnúmero de cuervos rondaba la casa y dedujo que en aquel lugar había muertos.

         En efecto, había muertos: todos los ben-Carden,  y había vivos: unos ladrones asesinos. Una tropa de gentes desalmadas, incapaces de distinguir entre una esposa de don Abderramán, el segundo, y las esposas e hijas del ventero, pues que, apenas descabalgó la comitiva de la princesa, los criminales pretendieron tratar a todas las mujeres de la compaña como habían tratado a las esposas y a las hijas de ben-Carden, que habían sido maltratadas, violentadas y muertas, como luego apreciaron los recién venidos al contemplar sus cadáveres esparcidos por la tierra.

         Y se acercaron los bandidos a los carros con mucho holgorio y rebujina, alzadas las chilabas, quitadas las bragas,  enseñando sus miembros, como hace la mala gente que va contra la mujer,  avanzando ciegos hacia los carros, sin percatarse de  que  había soldados que, naturalmente, les hicieron frente y, tras lanzar una lluvia de flechas, consiguieron que aquella partida de facinerosos retrocediera hacia la casa, donde se atrincheró.

         El capitán que mandaba las tropas del emir respondió como el  mejor de los soldados:  cercó la venta, arrojó lanzas y flechas incendiarias y, en el mismo momento en el que vio un resquicio en una ventana,  envió a su mejor hombre a que introdujera un hachón encendido en el interior, que hizo el resto: grande humo y fuego, tanto que, presto, la casa  fue una hoguera.

         Los ladrones, que no esperaban semejante reacción, pues que creyeron que la compaña estaba compuesta de mujeres y eunucos, salieron por donde pudieron, los que pudieron huir. Por las puertas, por las ventanas y hasta algunos saltaron del tejado, para caer prisioneros en manos del joven y valiente capitán.

         De diez hombres que eran los ladrones, dos presos hizo el capitán, y se los llevó a la dama al-Shifa que descorrió la cortinilla de su carruaje, lo felicitó efusivamente, pues que no en vano le había salvado la vida, e hizo que su dinerera le entregara a él diez dinares, y tres a cada uno de los soldados. Mandó matar a los sobrevivientes y enterrar a la gente ben-Carden: a un hombre, seguramente el cabeza de familia, a tres mujeres, a cuatro niñas, a cinco niños, e iniciar la marcha, todo eso ordenó sin haber bajado del carro.

         Y ya, otra vez en marcha,  volvió a comentar con Fátima que, tal vez, no estuviera de Alá que fuera a Toledo a vender el collar y a pasar sus últimos días  en la tierra que la vio nacer.

         La bruja asintió e iba a decirle que había joyas que tenían tan grande virtud o maldad dentro de sí que, como si tuvieran vida propia mismamente como las criaturas,  no se dejaban hacer ni traer ni llevar, pero en esto los hombres gritaron, y el capitán se acercó presto al carro de la señora para decirle:

         -¡Señora, hemos encontrado un niño!

         Al-Shifa que, todavía no se había quitado el susto del asalto, se quedó pasmada. Fátima mucho más, pues que no lo había descubierto en las señales que fue viendo durante el camino. Y bajaron varias esclavas de los otros carros y empezaron a hacer arrumacos al niño, un superviviente, un pequeño ben-Carden, seguro, y, alborotadas le pidieron permiso a su ama para llevarlo con ellas y, ante la respuesta afirmativa,  lo subieron al carruaje.

         La señora no preguntó nada de la criatura, lo haría cuando acampasen. Ordenó azuzar los caballos y lo que no habían andado en diez jornadas, lo recorrieron en tres.

         A Fátima lo del niño le dio un ardite, estaba amohinada, preguntándose si se estaba volviendo irremisiblemente vieja, pues que, desde que la comprara la sultana, estaba perdiendo el tiempo haciendo ungüentos de belleza, en vez de remediar grandes males como las mordeduras  producidas por las bestias venenosas o vender una piedra talismán para producir alegría o sosegar el ardor desmedido del varón o proteger a los niños contra los demonios o descubrir pecados ocultos en el fuego, lo que había hecho mientras vivió en la casa las sirvientas del Alcázar de Córdoba. Claro que presto tuvo abundante trabajo.

 

 

EN TRES DIAS los viajeros se presentaron en Toledo.

         A al-Shifa le palpitó el corazón cuando su compaña atravesó la puerta de Alcántara y cuando recorrió las estrechas callejas de su ciudad natal camino del Alcázar.

         Vivió una semana en el Alcázar con las mujeres del valí, y luego compró una casa.  Una preciosa casa de las que por allí se llaman cigarrales,  que no son otra cosa que alquerías: una mansión grande  con casales alrededor, y arboledas, huertas, ganados, granjas y fuentes para disfrute particular. En el entretanto recorrió las calles, visitó las mezquitas y la vega, y hasta se llegó al cerro de Bu y a la roca Tarpeya, por ver si recordaba, por ver si encontraba la casa de sus padres, pero Alá no lo quiso, y fue pena porque tal vez la dama se hubiera llevado una alegría.  

         Y llevaban siete días en la propiedad, y  la viuda del emir todavía no había dispuesto dónde instalar el sarcófago romano, o en qué habitación ponía su dormitorio y en qué otra su tocador, y andaba discutiendo con los maestros de obras la mejor orientación, pues que en Toledo aprieta el frío en invierno y la calor en verano, cuando le llevaron la mala noticia de que el niño que recogieron en el desfiladero de Despeñaperros, el pequeño ben-Carden, había muerto y, vaya, que la señora, que no había cruzado palabra con él, que no lo había visto ni de lejos, pues que lo dejó para verlo más tarde y aún no había tenido tiempo o se le olvidó, el caso es que se desmayó al escuchar de labios de una esclava la mala nueva.

         Las criadas lo primero que hicieron fue despedir a los maestros de obras, alzarle a la señora el caftán, remangarle la camisa y retirarle el soquejo del vientre, creídas de que le apretaba porque acaso se habían excedido al fajarla, y aún le quitaron las botas. Pero no era el soquejo, no, ni las botas.  Era que se había muerto el niño de súbito y que había de morir la princesa, no tan de repente, pero sí presto, a los dos días. No porque la muerte del niño llevara implícita otra muerte, que no… La dama moriría sencillamente porque tenía que cumplir su destino, tal cató Fátima en su bola de cristal.

         Las sirvientas se apresuraron a llamar a Fátima, que andaba por los alrededores cogiendo hierbas para sus ungüentos, para que volviera a su señora del desmayo,  pero fue imposible  pues que a la dama le advino una parálisis que le empezó por los pies –tal había predicho la bruja en el primer horóscopo que le hizo a la dama, que moriría en otra ciudad a causa de sus piernas-, siguió por el vientre y al segundo día llegó al corazón, paralizándoselo, así lo quiso Alá.

         Fátima halló a la señora muy mala, a la muerte. La examinó cuidadosamente, movió la cabeza y se fue catar en su bola sin esperanza, pues hacía tiempo que el cristal  se negaba a mostrarle lo que escondía en su interior. Cierto que en esta ocasión,  bendito sea el Señor, la vieja observó. Pero vio un muerto que no era otro que al-Shifa, y se llevó las manos al pecho, se lo golpeó sañudamente, empezando el duelo, y todas las criadas con ella rezaron de día y de noche, pero fue vano, a la dama se había llegado su hora, Alá la acoja en el Paraíso.

         No obstante, la bruja empleó todas sus artes en combatir la enfermedad de su señora: le puso en su lecho  varios amuletos y papeles con azoras escritas del Alcorán para que la ayudarán en el último trance. Le  hizo ciertas señales con una pluma de ave en las piernas, vientre y corazón tratando que no se le agarrotaran. La lavó varias veces. Quemó la ropa que llevaba en el momento del desmayo. Pretendió transmitir la parálisis a un perro y a un gato. Conjuró a los demonios, no le fueran a entrar en el último momento,  con el mejor remedio conocido con escopetina de la luna. De cantidad, tomó como un garbanzo, lo pulió en aguzadera negra, lo puso en gran fuego en un caldero de azófar y lo dejó mucho estar y se lo dio a beber para que no retuviera la orina. Luego, paró mientes en el estado del planeta, hizo horóscopo y observó que las estrellas de al-Shifa estaban en mala situación. Y se hizo traer agua de la fuente de la Mezquita Mayor de Toledo, pero todo fue vano: la bola de cristal le mostraba un cadáver, un cadáver…

         Fátima ben Alí que había librado del desmayamiento a decenas de mujeres no fue capaz de curar a su señora, la buena sultana al-Shifa, que fue lavada, amortajada, llorada y enterrada con la cabeza mirando a la Meca en su tierra, en el arrabal donde vivió sus últimos días, sin haber vendido el collar de la sultana, que, tras el reparto de su herencia, correspondió a su hija mayor.

         Muchas gentes fueron a visitar su tumba, que alcanzó fama,  y a rezar por su alma, pues que había sido buena esposa, buena madre y persona generosa para todos. Es más, un día se presentó en Toledo un mensajero del emir Muhammat, Alá le guarde, con un decreto por el que el señor de al- Ándalus eximía a la alquería que fue de su madre de leche de pagar diezmos, para que con esos dinares los moradores mantuvieran y cuidaran su sepultura.

 

 

FÁTIMA FUE MANUMITIDA por las hijas de su señora, se quedó a vivir en Toledo, compró una casa en el rabal de bad al-Mardum, y siguió con lo suyo, por poco tiempo, unos meses, el que Alá le dio.

 

 

 

 

 

El collar del dragón

Una historia de brujas en la Edad Media

Ángeles de Irisarri

ISBN edición epub 978-84-16079-23-0

 

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© Ángeles de Irisarri, 1999

www.angelesdeirisarri.com

Primera edición del libro electrónico: Enero de 2014

Diseño de portada: Manuel Soria

 

 

 

 

 

 

 

El collar del dragón
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