ACTO TERCERO


Primer Cuadro

En el mismo lugar unos días después. Tarde. La escena sola. Llama el teléfono, y a poco acude la doncella. Mauricio baja la escalera.

FELISA y MAURICIO

FELISA: ¡Hola! ¿Cómo? Pero no, señorita, ha marcado mal otra vez. De nada.

MAURICIO: ¿Quién era?

FELISA: Número equivocado. Ya van tres veces que llama la misma voz y preguntando por la misma dirección.

MAURICIO: Habrá un cruce en la línea. ¿Por quién preguntaba?

FELISA: Avenida de los Aromos, dos, cuatro, cuatro, ocho. ¡Imagínese, al otro extremo! (Mauricio toma una manzana del frutero, la limpia con la manga y la muerde.) ¿Necesita algo el señor?

MAURICIO: Nada, gracias.

FELISA: ¿Le traigo un cuchillo y un plato?

MAURICIO: ¡Nunca! Con plato y cuchillo sería un alimento; así es una naturaleza muerta.

FELISA: ¿Cómo?

MAURICIO: Nada, Felisa. Hasta luego.

FELISA: Para servirle, señor. (Mauricio espera a que salga y luego acude al teléfono. Habla mientras come su manzana).

MAURICIO: ¡Hola! ¿Helena? Sí, claro que comprendí. ¿Alguna novedad? ¡Ajá! Supongo que el «F-48» estará contento con esos dos barcos griegos: ¡su idioma predilecto! Pero, por favor, que no les hable a los muchachos del Partenón. Por aquí, espléndido; salvo la primera noche, que hubo sus tropiezos, todo sobre ruedas. La abuela, un encanto; si uno pudiera elegir yo no elegiría otra. ¿Quién, Isabel? Feliz y progresando día por día; va a ser una colaboradora excelente. Por ella aquí nos quedaríamos toda la vida, pero ha llegado la hora de echar este telón. Prepáreme un cable del Canadá con el siguiente texto: «Aprobado oficialmente proyecto casas baratas barriada obrera urge presencia inmediata». Firma… Hámilton. Repita. De acuerdo. Hágamelo llegar mañana temprano. Y para la tarde dos falsos pasajes de avión. Nada más. Gracias, Helena. Hasta mañana. (Cuelga y sale hacia el jardín silbando su canción. Por izquierda entra la Abuela, nerviosa, seguida por Genoveva).

ABUELA y GENOVEVA

ABUELA: No, no, Genoveva, no puede ser; por más vueltas que le doy no acaba de entrarme en la cabeza. ¿Está usted segura?

GENOVEVA: Tampoco yo quería creerlo; pero cuando le digo que lo he visto con mis propios ojos.

ABUELA: ¿Por qué no me avisó antes?

GENOVEVA: La verdad, no me atreví; son cosas tan delicadas. Si la señora no me hubiera acorralado a preguntas, nunca habría dicho una palabra.

ABUELA: Mal hecho; hay que poner eso en claro de una vez, y cuanto antes mejor.

GENOVEVA: ¿Y si fuera yo la que está equivocada?

ABUELA: No sería usted sola. También yo he ido atando cabos todos estos días, y por todas partes salimos a lo mismo. Ya me decía el corazón que algo extraño había aquí.

GENOVEVA: ¿La señora sospechaba también?

ABUELA: Desde la primera noche: una mirada aquí, una palabra suelta allá… Pero cualquier cosa podía imaginar menos esto. ¿Dónde está Isabel?

GENOVEVA: ¿Va a hablarle?

ABUELA: Y ahora mismo. ¿Le parece que soy yo mujer para andar espiando la verdad por detrás de las puertas? ¿Dónde está Isabel?

GENOVEVA: Regando las hortensias.

ABUELA: Llámela.

GENOVEVA: Por favor, señora, piénselo…

ABUELA: ¡Que la llame digo! (Genoveva se asoma al jardín llamando).

GENOVEVA: ¡Isabel… Niña Isabel!… Ya viene.

ABUELA: Déjenos solas. (Sale Genoveva hacia la cocina. Llega Isabel con un brazado de hortensias).

ABUELA e ISABEL

ISABEL: ¿Me llamaba?

ABUELA: Acércate. Mírame de frente y contesta sin vacilar. ¿Qué me andas ocultando todos estos días?

ISABEL: ¿Yo?…

ABUELA: Los dos.

ISABEL: ¡Abuela!…

ABUELA: Sin desviar los ojos. ¡Contesta!

ISABEL: No la entiendo.

ABUELA: De sobra me entiendes, y es inútil seguir fingiendo. Comprendo que es una confesión demasiado íntima, quizá dolorosa; pero no te estoy hablando como una abuela a una nieta. De mujer a mujer, Isabel ¿qué pasa entre Mauricio y tú?

ISABEL: Por lo que más quiera ¿qué es lo que está sospechando?

ABUELA: No son sospechas, hija, es la realidad. Esta mañana, cuando Genoveva subió el desayuno, tú estabas dormida en tu cuarto sola. Mauricio estaba durmiendo en la habitación de al lado. ¿Puedes explicarme qué significa eso?

ISABEL: (Aliviada.) ¿Lo de las habitaciones?… ¿Y eso era todo? (Ríe, nerviosa).

ABUELA: No veo que tenga ninguna gracia; al contrario. ¿Esa misma risa nerviosa, no quiere decir nada?

ISABEL: Nada. Es que me hablaba usted en un tono… como si hubiera descubierto algo terrible.

ABUELA: ¿Te parece poco? Por lo pronto, un matrimonio que duerme separado es una inmoralidad. Pero puede significar algo peor: un amor terminado.

ISABEL: ¡Pero no, abuela! ¿Cómo puede ni pensarlo siquiera?

ABUELA: ¿No tendría motivos?

ISABEL: Ninguno. Simplemente lo que pasa es que por la ventana del jardín entran mosquitos. Mauricio no puede resistirlos.

ABUELA: ¿Y tú sí? ¿Qué matrimonio es éste que se deja separar por un mosquito?

ISABEL: No era uno, ni dos, ni tres. ¡Era una plaga!

ABUELA: ¡Ni aún así! ¡Cuando yo tenía tu edad no me hubieran separado de mi marido ni las diez plagas de Egipto! Tienes que prometerme que no volverá a ocurrir.

ISABEL: Pierda cuidado. ¿Pero qué importancia tiene una separación de momento?

ABUELA: No es un momento lo que me preocupa; son todos los minutos de toda la vida. Cuando se llega a mi edad ya no hay más felicidad posible que presenciar la de los otros; y sería muy triste que por verme feliz a mí estuvierais fingiendo algo que no sentís.

ISABEL: ¿Ha llegado a pensar que Mauricio y yo no nos queremos?

ABUELA: Delante de mí, demasiado; pero después… Ayer cuando tomabais el té en el jardín yo estaba en la ventana. Ni una mirada ni una palabra entre los dos; él pensando en sus cosas, tú revolviendo tu té con los ojos bajos. Cuando fuiste a tomarlo ya estaba frío.

ISABEL: Un silencio no quiere decir nada. Hay tantas maneras de estar juntos un hombre y una mujer.

ABUELA: ¿Podrías jurarme, con la mano en el corazón, que eres completamente feliz?

ISABEL: ¿Por qué me lo pregunta?

ABUELA: No sé… hay algo raro entre vosotros. Te noto acobardada delante de él, como si él fuera el que manda. Y en el verdadero amor no manda nadie; obedecen los dos.

ISABEL: ¡Mauricio es tan superior a mí en todo! No necesita mandar para que yo sea feliz obedeciendo.

ABUELA: Malo es que lo pienses, pero por Dios que no lo sepa él o estás perdida. Siempre se ha dicho que el amor es un poco como esos carritos chinos: uno muy cómodo, sentado dentro, y el otro tirando. Por lo visto esta vez te ha tocado a ti tirar el carrito.

ISABEL: ¡Y qué importa si es mío lo que va dentro! Ojalá fuera más pesada la carga y más duro el camino para merecerlo mejor a la llegada.

ABUELA: ¡Pero qué estás diciendo! Hablas de tu marido como si no fuera tuyo; como si tuvieras que ganártelo aún.

ISABEL: Es que usted no puede imaginar todo lo que es Mauricio para mí. Es más que el amor, es la vida entera. El día que le conocí estaba tan desesperada que me habría dejado morir en un rincón como un perro con frío. Él pasó junto a mí con un ramo de rosas y una palabra; y aquella palabra sola me devolvió de golpe todo lo que creía perdido. En aquel momento comprendí desde dentro que iba a ser suya para siempre, aunque fuera de lejos, aunque él no volviera a mirarme nunca más. ¡Y aquí me tiene, atada a su carro, pero feliz porque es suyo!

ABUELA: ¿Tan loca estás, hija?

ISABEL: Si la locura es eso, bendita sea la locura. Benditos los ojos que me miran aunque no me vean. Bendita su mano en mi cintura aunque no sea más que un sueño. Escuche, abuela… (Se arrodilla a su lado). El otro día me preguntaba usted por qué no quería hablar otro idioma que el de Mauricio. ¿Comprende ahora por qué? Un idioma no son las palabras, son las cosas, es la vida misma. Cuando yo era niña mi madre me decía «querida»; era una palabra. Cuando iba a la escuela la maestra me decía «querida»; era otra palabra. Pero la primera vez que Mauricio, sin voz casi, me dijo «¡querida!», aquello ya no era una palabra: era una cosa viva que se abrazaba a las entrañas y hacía temblar las rodillas. Era como si fuera el primer día del mundo y nunca se hubiera querido nadie antes que nosotros. Por la noche no podía dormir. «¡Querida, querida, querida!…». Allí estaba la palabra viva rebotándome en los oídos, en la almohada, en la sangre. ¡Qué importa ahora que Mauricio no me mire si él me llena los ojos! ¡Qué importa que el ramo de rosas siga diciendo «mañana» si él me dio fuerzas para esperarlo todo! Si no hace falta que nos quieran… ¡si basta querer para ser feliz, abuela, feliz, feliz!… (Ha ido exaltándose con sus propias palabras hasta terminar llorando en el regazo).

ABUELA: Basta, criatura, basta. La verdad es que no sabe una a qué carta quedarse. Hace un momento tenía la preocupación de que no le querías bastante y ahora casi me da miedo verte quererle tanto. Pero de esto ni una palabra a él, ¿lo oyes? Aprovecha ahora que eres joven para subirte al carro; y que tire él un poquito, que para eso es hombre. (Vuelve Mauricio. Isabel se levanta).

ABUELA, ISABEL, MAURICIO

MAURICIO: ¿Confidencias de suegra y nuera? Malo para el marido.

ABUELA: ¿Por qué supones que estábamos hablando de ti? ¿No hay otras cosas de qué hablar en el mundo?

MAURICIO: Desde luego, y mucho más importantes. ¿Puedo saber cuáles?

ISABEL: No vale la pena; cosas de mujeres.

MAURICIO: Me lo imaginé. Hablando de trapos; seguro.

ABUELA: Seguro. Dios te conserve el olfato, hijo. A los hombres tan inteligentes como tú no les vendría mal de vez en cuando bajar de las nubes… (Mirando a Isabel.) y darse una vuelta por esta pobre tierra.

MAURICIO: ¿Isabel te ha dicho algo contra mí?

ISABEL: Al contrario; le estaba contando todo lo feliz que soy.

MAURICIO: Ya. ¿Y por eso has llorado?

ABUELA: Algunas mujeres tienen una extraña manera de ser felices. Aprende tú, que estás demasiado acostumbrado a que todo te caiga de arriba. Y ojo cómo la tratas en adelante, que no está sola; ahora ya somos dos. (Saca del armario una cajita de cartón). Toma, hija; por si te hace falta.

MAURICIO: ¿Qué es esto?

ABUELA: Contra los mosquitos. (Sale al jardín).

ISABEL y MAURICIO

MAURICIO: ¿Qué mosquitos?

ISABEL: Unos que he tenido que inventar. Esta mañana Genoveva te encontró durmiendo en la habitación de huéspedes.

MAURICIO: ¡Tenía que ser! El único día que se me olvidó echar la llave.

ISABEL: No te preocupes, que ya está arreglado.

MAURICIO: ¿Seguro? ¿No habrá sospechado nada?

ISABEL: Nada. A tu lado se aprende a mentir con tanta naturalidad.

MAURICIO: Es una manera muy delicada de llamarme embustero.

ISABEL: Imaginativo. Era un elogio profesional.

MAURICIO: Supongo que habrás pasado un mal rato de nervios, como siempre.

ISABEL: A todo se acostumbra una.

MAURICIO: Afortunadamente ya queda poco. Tengo una gran noticia para ti.

ISABEL: Menos mal.

MAURICIO: Mañana temprano recibiremos un cable del Canadá, y por la tarde dos pasajes de avión.

ISABEL: (Se estremece.) ¿No?… ¿Quieres decir que nos vamos ya?

MAURICIO: Ya. Helena se encarga de todo.

ISABEL: ¿Y ésa era la gran noticia?

MAURICIO: Si te parece poco. Se acabaron los sobresaltos y esa especie de remordimiento que no te dejaba dormir. Ahora, la última velada familiar, una despedida llena de promesas… ¡y al aire libre otra vez! Misión cumplida. ¿No estás contenta?

ISABEL: Mucho… muy contenta.

MAURICIO: Con esa cara nadie lo diría.

ISABEL: Así de pronto duele un poco…

MAURICIO: No pensarías que íbamos a quedarnos toda la vida. Tú misma me has dicho muchas veces que era una farsa cruel, superior a tus fuerzas.

ISABEL: Así era al principio. Sólo yo sé lo que me costó entrar en esto; veremos añora lo que me cuesta salir. ¿Mañana?

MAURICIO: Mañana.

ISABEL: No podrías esperar un poco más, ¿un día siquiera?

MAURICIO: ¿Para qué? Todo lo que podía hacerse por esa mujer está hecho ya.

ISABEL: No es por ella, Mauricio, ahora es por mí. Necesito acostumbrarme a la idea.

MAURICIO: Cada vez te entiendo menos. Te he dado para empezar uno de los trabajos más difíciles; lo has hecho con una naturalidad pasmosa, como una recién casada feliz de verdad. Y ahora, cuando ya está cayendo el telón ¿vas a temblar otra vez?

ISABEL: No sé… Me da miedo eso que tú llamas la gran escena final.

MAURICIO: ¿La despedida? Es la más fácil de todas: un pequeño temblor al hacer los baúles, largas miradas a la casa como si fueras acariciando uno por uno todos los rincones… Ni siquiera es necesario hablar. De vez en cuando deja caer algo de las manos, así como sin querer: una cosa que cae en silencio tiene más emoción que una palabra. ¿Por qué me miras así?

ISABEL: Te admiro.

MAURICIO: ¿Ironías otra vez?

ISABEL: Sin ironías; te admiro de verdad. Es asombrosa esa manera que tenéis los soñadores de no ver claro más que lo que está lejos. Dime, Mauricio ¿de qué color son los ojos de la Gioconda?

MAURICIO: Aceituna oscuro.

ISABEL: ¿De qué color son los ojos de las sirenas?

MAURICIO: Verde mar.

ISABEL: ¿De qué color son los míos?

MAURICIO: ¿Los tuyos?… (Duda. Se acerca a mirar. Ella entorna los párpados. Sonríe desconcertado). No lo tomes a mal. Parecerá una desatención pero te juro que en este momento tampoco sabría decirte cómo son los míos.

ISABEL: Pardos, tirando a avellana. Con una chispita de oro cuando te ríes. Con una niebla gris cuando hablas y estás pensando en otra cosa.

MAURICIO: Perdona.

ISABEL: De nada. (Sonríe dominándose). Y si mañana, al hacer los baúles, se me resbala algo entre las manos «así como sin querer» pierde cuidado que no será la emoción; sólo será porque he tenido un buen maestro. Gracias, Mauricio. (Sale al jardín. Ha ido oscureciendo. Fuera, las sombras largas de la tarde. Mauricio enciende pensativo un cigarrillo. Se oye la campanilla de la calle, y a poco la doncella cruza a abrir. El señor Balboa viene de sus habitaciones, con un libro en la mano).

MAURICIO, FELISA, BALBOA

BALBOA: Si son los diarios, páselos a mi despacho sin abrir.

FELISA: Bien, señor. (Sale al vestíbulo).

BALBOA: ¿No era éste el libro que andabas buscando? «Los últimos descubrimientos de la arqueología».

MAURICIO: No tiene interés. He hecho yo uno más sensacional.

BALBOA: ¡Tú! ¿Cuándo?

MAURICIO: Ahora mismo. Después de largas excavaciones, acabo de descubrir que soy un perfecto imbécil. (Tira el cigarrillo que acaba de encender y sale al jardín llamando.) ¡Isabel!… (Vuelve la doncella).

FELISA: Es una visita para el señor.

BALBOA: ¡A estas horas! No espero a nadie ni estoy para nadie. (La Doncella va a obedecer. El Otro aparece en el umbral).

BALBOA y el OTRO

OTRO: Para mí, sí. He hecho un viaje demasiado largo para que se me cierre esta puerta.

BALBOA: ¿Con qué derecho entra así en mi casa? Déjenos, Felisa. (La doncella sale. Balboa enciende las luces.) ¿Quién es usted?

OTRO: (Avanza unos pasos. Tira el sombrero sobre un sillón.) ¿Tanto he cambiado en estos veinte años?

BALBOA: (Inmóvil, sin voz.) ¡Mauricio!…

OTRO: No veo que sea para asombrarse así, como si fuera un fantasma. ¿No recibiste mi cable anunciando el viaje?

BALBOA: No es posible… El «Saturnia» se hundió en alta mar con todo el pasaje.

OTRO: Y tú te alegraste al saberlo ¿verdad? Es natural; la mancha de la familia lavada lejos y para siempre. Pero ya ves que no; cuando se lleva una vida como la mía nunca se viaja en el barco que se anuncia; ni con el nombre propio. ¡La policía suele ser tan curiosa!

BALBOA: Basta, Mauricio. ¿A qué vienes?

OTRO: ¿Y necesitas preguntarlo? ¡Qué falta de imaginación! Por lo menos no supondrás que vengo a ponerme de rodillas y llorar sobre mis pecados.

BALBOA: No; te conozco bien. He seguido toda tu vida y sé lo que puede esperarse de ti.

OTRO: Me alegro; así se ahorran muchas explicaciones enojosas. Sobre todo para ti.

BALBOA: ¿Para mí?

OTRO: Es lo menos que podía esperar. ¿No te has sentido responsable en ningún momento de esa vida que yo arrastraba lejos de mi casa?

BALBOA: No trates de descargar tus culpas sobre los demás. Todo lo que has hecho allá, ya lo habías empezado aquí.

OTRO: ¿De manera que la conciencia tranquila?

BALBOA: Hice lo que debía, y si es necesario volveré a hacerlo cien veces.

OTRO: Por tu gusto, quizá; pero ahora me temo que no vas a poder. Aquel muchacho de entonces está ya un poco duro.

BALBOA: ¿Es una amenaza?

OTRO: Una advertencia simplemente. Sé por experiencia que no hay caminos hechos para nadie; cada uno tiene que abrirse el suyo como pueda. Y el mío, hoy, pasa por esta casa.

BALBOA: De una vez, por favor ¿qué es lo que vienes a buscar?

OTRO: Si fuera a reclamar mis derechos, todo lo que me quitaste en una noche: una vida regalada, una buena mesa, una familia honorable…

BALBOA: ¡No habrás pensado quedarte a vivir aquí!

OTRO: No, estate tranquilo. Eso que tú llamas hogar no se ha hecho para mí, y sería demasiado incómodo para los dos.

BALBOA: ¿Qué pretendes entonces?

OTRO: Te he dicho primero todo lo que podría exigir. Pero soy razonable y voy a conformarme sólo con una parte. En una palabra, abuelo, necesito dinero.

BALBOA: No podía ser otra cosa. ¿Cuánto?

OTRO: Ahí está lo malo, que por mucho que lo sienta no puedo hacerte un precio de amigos. (Dejando repentinamente el tono irónico). Estoy comprometido gravemente ¿sabes? No con la policía, que a eso ya estoy acostumbrado. Ahora es con los compañeros, y esos no perdonan.

BALBOA: No te pido explicaciones. ¿Cuánto?

OTRO: ¿Te parecería mucho doscientos mil?

BALBOA: ¿Estás loco? ¿De dónde piensas que puedo sacar yo esa cantidad?

OTRO: Desde luego no esperaba que la tuvieras ahí en el bolsillo. Pero puedes encontrarla; y sin ir muy lejos… sin salir de aquí. Si no he calculado mal, solamente la casa vale el doble.

BALBOA: ¡La casa! ¿Vender esta casa?

OTRO: Para dos viejos solos es demasiado grande.

BALBOA: ¿Serías capaz de dejarnos en la calle?

OTRO: (Rencoroso.) ¿No me dejaste tú a mí hace veinte años? Todavía recuerdo aquel portazo, y a veces todavía me arden tus dedos aquí. Fue la primera y la última vez que alguien se atrevió a ponerme la mano en la cara.

BALBOA: Eso es lo que te trajo, ¿verdad? ¡Qué bien te comprendo ahora! No es sólo el dinero; es toda esa resaca turbia de la venganza y el resentimiento.

OTRO: Sería cosa de discutirlo, pero no tengo tiempo. Necesito esa cantidad mañana mismo. ¿Hecho?

BALBOA: ¡Ni mañana ni nunca!

OTRO: Piénsalo despacio, abuelo. Por mí ya sé que no te importaría. Pero tú tienes un nombre intachable. ¿Te gustaría verlo en letras de escándalo en los periódicos y en las fichas policiales?

BALBOA: No puedo. Aunque quisiera te juro que no puedo.

OTRO: De ti no me extraña; siempre te costó trabajo abrir la caja de hierro. Pero hay alguien que no me dejará morir estúpidamente junto a un farol pudiendo salvarme. ¿Dónde está la abuela?

BALBOA: ¡No! ¡La abuela, no! Pediré a mis amigos, reuniré lo que pueda. Llévate los valores, las alhajas…

OTRO: No he venido a pedir limosna. Vengo a buscar lo mío, y tú sabes muy bien que la abuela no sería capaz de negármelo. ¿Por qué no quieres que hable con ella?

BALBOA: Escucha, Mauricio, por piedad. La abuela no sabe nada de tu verdadera vida. Para ella aquel muchacho loco de hace veinte años es ahora un hombre feliz que vuelve lleno de recuerdos a casa de los suyos.

OTRO: ¡Ahá! Una historieta ejemplar. Lo malo es que ya pasé la edad y no me gustan las historietas. ¿Dónde está la abuela? (Avanza. El abuelo le corta el paso).

BALBOA: ¡Piensa todo lo que puedes destruir en un momento!

OTRO: No tengo tiempo que perder. ¡Aparta!

BALBOA: ¡No! ¡De aquí no pasas!

OTRO: (Sujetándole). No habrás pensado que puedes levantarme la mano otra vez. Eso es fácil con un niño; con un hombre ya no es lo mismo. ¡Aparta, digo! (Lo aparta, bruscamente y llama en voz alta.)¡Abuela!… (A la última réplica aparece Mauricio en la terraza. Avanza resuelto, con una ira contenida que le asorda la voz).

DICHOS y MAURICIO.
Después, la ABUELA e ISABEL

MAURICIO: Sin voces. Cuando un hombre está dispuesto a todo no grita. Salga de esta casa conmigo.

OTRO: ¿Puedo saber quién es usted?

MAURICIO: Después, ahora, en este mismo momento, la abuela va a entrar por esa puerta ¿lo oye bien? Si pronuncia delante de ella una palabra, una palabra sola, lo mato.

OTRO: ¿A mí?…

MAURICIO: (Cortando.) ¡Por mi alma que lo mato aquí mismo! (Se oye reír llegando). Silencio. (Entra la Abuela con Isabel).

ABUELA: En mi vida había oído un disparate igual. ¿Serás tonta? Ir a decirme a mí que esa lucecita verde que encienden las luciérnagas… Oh, perdón; creí que estaban solos.

MAURICIO: No es nada. El señor, que no conoce bien esto y se había confundido. (Con intención). Yo voy a indicarle el camino. (Desde la puerta.) ¿Vamos?

OTRO: (Avanza resuelto). Vamos.

ISABEL: (Con un presentimiento ante el tono de desafío que traslucen las palabras de los hombres.) ¡Mauricio! (El Otro se vuelve sorprendido al oír su nombre. Mira fijamente a Isabel y a Mauricio).

MAURICIO: Es un momento, Isabel. En seguida vuelvo. Por aquí… (El Otro vacila. Por fin se inclina levemente).

OTRO: Disculpen. Señora… (Sigue a Mauricio. Isabel y la Abuela quedan inmóviles mirándoles salir.)

TELÓN


Segundo Cuadro

En el mismo lugar al día siguiente. En un rincón un baúl abierto. Sobre la mesa una maleta y ropa blanca. ISABEL dobla la ropa en silencio. GENOVEVA termina de hacer el baúl.

ISABEL y GENOVEVA

GENOVEVA: Los zapatos abajo, ¿verdad?

ISABEL: (Ausente). Abajo.

GENOVEVA: Y los vestidos ¿van bien, doblados así?

ISABEL: Es igual.

GENOVEVA: Igual no; usted lo sabrá mejor que yo, que no he viajado nunca. ¿Es así?

ISABEL: (Sin mirar.)Así. (Genoveva suspira resignada y cierra la lona. Se oye arriba el carillón. Isabel levanta los ojos escuchando. Cuatro campanadas).

GENOVEVA: Por su bien ¿no ve que es peor callar? ¡Diga algo, por favor!

ISABEL: ¿Qué puedo decir?

GENOVEVA: Cualquier cosa, aunque no venga a cuento; como cuando una tiene que pasar por un sitio oscuro y se pone a cantar. Con este silencio parece un entierro.

ISABEL: Algo hay de eso. ¿Cuántos vestidos has metido en ese baúl?

GENOVEVA: Siete.

ISABEL: Siete vestidos pueden ser toda una vida: el claro de la primera mañana, el de regar las hortensias, el azul de tirar piedras al río, el de aquella noche que se quemó el mantel de fiesta con un cigarrillo. Ahora, ahí apretados, ya no hay fiesta ni hortensias ni río. Sí, Genoveva, hacer un equipaje es como enterrar algo.

GENOVEVA: Lo malo no es para los que se van. Ustedes vuelven a lo suyo, con toda la vida por delante. Pero la señora…

ISABEL: ¿Habló con ella?

GENOVEVA: Ni yo ni nadie; ahí sigue encerrada en su cuarto sin mover una mano ni despegar los labios.

ISABEL: ¿Pero por qué ese silencio como una protesta? Ya sabía que tarde o temprano tenía que llegar este momento. ¿Es mía la culpa?

GENOVEVA: La culpa es del tiempo, que siempre anda a contramano. Recuerdo, cuando el barco iba llegando, que cada minuto parecía un siglo en esta casa. «¡El lunes, Genoveva, el lunes!». Y aquel lunes no llegaba nunca. En cambio ahora ¿cuándo pasó aquel día y el siguiente y los otros? Mi madre lo decía: hay un reloj de esperar y otro de despedirse; el de esperar siempre atrasa. (Se le resbalan de entre las manos unos pañuelos). Disculpe; no sé dónde tengo las manos.

ISABEL: Al contrario. Gracias, Genoveva.

GENOVEVA: ¿Gracias por qué?

ISABEL: Por nada; son cosas mías. (Llega Mauricio de la calle, preocupado).

GENOVEVA: Volveré a lavarlos. Todavía pueden secar. (Sale hacia la cocina. Isabel se dirige impaciente a Mauricio).

ISABEL y MAURICIO

ISABEL: ¿Hay alguna esperanza de arreglo?

MAURICIO: Ninguna. Todo lo que se le podía ofrecer se ha hecho ya sin resultado. Dentro de unos minutos va a venir él mismo con la última palabra.

ISABEL: ¿Y vas a permitirle entrar en esta casa?

MAURICIO: Desgraciadamente es la suya. Ni razones ni súplicas ni amenazas valen nada con él. Ese hombre viene dispuesto a todo y no dará un paso atrás.

ISABEL: Es decir que toda nuestra obra va ser destruida en un minuto, delante de nosotros ¿y vamos a presenciarlo con los brazos cruzados?

MAURICIO: Es inútil que tú tengas la razón. Él trae la fuerza y la verdad.

ISABEL: No te reconozco. Oyéndote hablar el primer día parecías un domador de milagros, con una magia nueva en las manos. No había una sola cosa fea que tú no pudieras embellecer; ni una triste realidad que tu no fueras capaz de burlar con un juego de imaginación. Por eso te seguí a ojos cerrados. Y ahora llega a tu puerta una verdad, que ni siquiera tiene la disculpa de su grandeza… ¡y ahí estás frente a ella, atado de pies y manos!

MAURICIO: ¿Qué puedo hacer? Al descubrir el juego hemos puesto todas las cartas en su mano. Ahora ya no necesita pedir; puede jugar tranquilamente al chantaje. No hay nada que esperar, Isabel. Nada.

ISABEL: Aún puedes hacer un bien en esta casa: el último. Confiésale tú mismo a la abuela toda la verdad.

MAURICIO: ¿Qué ganaríamos con eso?

ISABEL: Es como quitar una venda. Tú puedes hacerlo poco a poco, con el alma en los dedos. No esperes a que él se la arranque de un tirón.

MAURICIO: No puedo, no tendría valor. No quiero ver una herida que yo mismo he contribuido a abrir y que ya no soy capaz de curar. ¡Vámonos de aquí cuanto antes!

ISABEL: ¿A tu casa cómoda y tranquila? ¿A divertirnos fabricando sueños que tienen este despertar? No, Mauricio; vuelve tú solo.

MAURICIO: ¡No habrás pensado quedarte aquí!

ISABEL: Ojalá pudiera. Pero tampoco quiero salir de esta vida inventada para volver contigo a otra tan falsa como ésta.

MAURICIO: ¿Adónde entonces? ¿Piensas volver a tu vida de antes?

ISABEL: Parece increíble, ¿verdad? Y sin embargo ésa es la gran lección que he aprendido aquí. Mi cuarto era estrecho y pobre, pero no hacía falta más; era mi talla. En el invierno entraba el frío por los cristales, pero era un frío limpio, ceñido a mí como un vestido de casa. Tampoco había rosas en la ventana; sólo unos geranios cubiertos de polvo. Pero todo a mi medida, y todo mío: mi pobreza, mi frío, mis geranios.

MAURICIO: ¿Y es a aquella miseria adonde quieres volver? No lo harás.

ISABEL: ¿Quién va a impedírmelo?

MAURICIO: Yo.

ISABEL: ¿Tú? Escucha, ahora ya no hay maestro ni discípula; vamos a hablarnos por primera vez de igual a igual, y voy a contarte mi historia como si no fuera mía para que la veas más clara. Un día la muchacha sola fue sacada de su mundo y llevada a otro maravilloso.

Todo lo que no había tenido nunca, se le dio allí de repente: una familia, una casa con árboles, un amor de recién casada. Sólo se trataba, naturalmente, de representar una farsa. Pero ella «no sabía medir» y se entregó demasiado. Lo que debía ser un escenario se convirtió en una casa verdadera. Cuando decía «abuela» no era una palabra recitada, era un grito que le venía de dentro y desde lejos. Hasta cuando el falso marido la besaba le temblaban las gracias en los pulsos. Siete días duró el sueño, y aquí tienes el resultado: ahora ya sé que mi soledad va a ser más difícil, y mis geranios más pobres y mi frío más frío. Pero son mi única verdad, y no quiero volver a soñar nunca por no tener que despertar otra vez. Perdóname si te parezco injusta.

MAURICIO: Solamente en una parte. ¿Por qué te empeñas en pensar que esa historia es la tuya sola? ¿No puede ser la de los dos?

ISABEL: ¿Qué quieres decir?

MAURICIO: Que también yo he necesitado esta casa para descubrir mi verdad. Ayer no había aprendido aún de qué color son tus ojos. ¿Quieres que te diga ahora cómo son a cada hora del día, y cómo cambian de luz cuando abres la ventana y cuando miras al fuego, y cuando yo llego y cuando yo me voy?

ISABEL: ¡Mauricio!

MAURICIO: Siete noches te he sentido dormir a través de mi puerta. No eras mía, pero me gustaba oírte respirar bajo el mismo techo. Tu aliento se me fue haciendo costumbre, y ahora lo único que sé es que ya no podría vivir sin él; lo necesito junto a mí y para siempre, contra mi propia almohada. En tu casa o en la mía ¡qué importa! cualquiera de las dos puede ser la nuestra. Elige tú.

ISABEL: ¡Mauricio…! (Se echa en sus brazos).

MAURICIO: ¡Marta-Isabel! ¡Mi verdad! (La besa largamente. Se oye la campanilla del vestíbulo. Se miran en sobresalto, abrazados. La campanilla vuelve a sonar impaciente). Ahí está. (Va a salir a su encuentro. Ella lo detiene).

ISABEL: ¡Tú no! ¡Déjame sola con él!

MAURICIO: ¿Estás loca? (La doncella pasa a abrir).

ISABEL: Quizá una mujer pueda conseguir lo que no has conseguido tú. ¡Déjame! (Se besan nuevamente, rápidos).

MAURICIO: Estaré cerca.

ISABEL: No tengas miedo: ahora soy fuerte por los dos. (Mauricio sale al jardín. Vuelve la Doncella).

FELISA: Es el mismo hombre de anoche. Pregunta por la señora.

ISABEL: Dígale que pase. (La Doncella va a obedecer. El Otro aparece en el umbral).

FELISA: No hace falta; por lo visto es su costumbre. (El Otro le ordena salir con un gesto. Después avanza. Mira a Isabel de arriba a abajo).

ISABEL y el OTRO

OTRO: Mi falsa esposa ¿no?

ISABEL: Su falsa esposa.

OTRO: Mucho gusto. Por lo menos no han elegido mal.

ISABEL: Gracias.

OTRO: Ya sé todo el tinglado que han armado aquí; las cartas, el matrimonio feliz, la emoción de la abuela. Una bonita fábula con moraleja y todo. Lástima que se acabe tan estúpidamente.

ISABEL: No se ha acabado todavía.

OTRO: Por mi parte, si quieren ustedes seguirla, ya saben el precio.

ISABEL: Demasiado alto. Malvender esta casa; lo único que les queda a esos dos viejos para morir en paz.

OTRO: También yo puedo caer en una esquina si vuelvo sin el dinero. Mis amigos no entienden de fantasías, y en cambio tiran bien.

ISABEL: ¿Es su última palabra?

OTRO: ¿Otra vez? Su novio me pidió anoche un plazo para arreglar. Les he dado hasta ahora, y basta de largas. ¿Hay plata o no hay plata?

ISABEL: Usted sabe tan bien como yo que es imposible.

OTRO: Eso pronto vamos a verlo. Supongo que a la vieja la tienen encerrada en su cuarto ¿verdad? No se moleste; conozco el camino. (Avanza. Isabel le cierra el paso).

ISABEL: ¡Quieto! ¡Ni un paso más!

OTRO: Le advierto que a mí no me han detenido nunca las mujeres que se ofrecen; las que amenazan, mucho menos. ¡Aparte!

ISABEL: ¡Por lo más sagrado, piénselo antes que sea demasiado tarde! ¿Sabe que una sola palabra suya puede matar a esa mujer?

OTRO: No será para tanto.

ISABEL: Desgraciadamente, sí. Sólo esta ilusión la mantenía de pie, y un golpe así puede serle fatal.

OTRO: ¿Tanto le interesa la vida de esa mujer?

ISABEL: Más que la mía propia.

OTRO: Entonces ¿para qué perder tiempo? Podemos plantear las cosas como a mí me gusta; como un negocio redondo. Doscientos mil pesos vale la vida de la abuela. Barato ¿no?

ISABEL: ¡Canalla…! (Avanza con la mano crispada. Se abre la puerta de izquierda y aparece la Abuela).

El OTRO, ISABEL, la ABUELA

ABUELA: ¿Qué pasa aquí, Isabel?

ISABEL: (Corriendo a ella.) ¡Abuela…!

ABUELA: Si no me equivoco, el señor es el mismo que estuvo aquí anoche. (Avanza unos pasos.) ¿Busca a alguien en esta casa?

ISABEL: A nadie. Sólo venía a despedirse. (Suplicante.) ¿Verdad que se iba ya, señor?

OTRO: No he hecho un viaje tan largo para volverme con las manos vacías.

ISABEL: ¡Mentira! ¡No le escuche, abuela, no le escuche!

ABUELA: ¿Pero estás loca? ¿Qué manera es ésta de recibir a nadie? Discúlpela; está un poco nerviosa. Déjanos; parece que el señor tiene algo importante que decirme.

ISABEL: ¡Él no! ¡Se lo diré yo después, solas las dos!

ABUELA: (Enérgica.)¡Basta, Isabel! Sal al jardín y no vuelvas con ninguna disculpa hasta que yo te llame ¿lo oyes? ¡Con ninguna disculpa! Déjanos. (Isabel sale rápida ocultando el rostro. Pausa. La Abuela mira largamente al desconocido y avanza serena).

La ABUELA y el OTRO

ABUELA: Por lo visto debe de ser cosa grave. (Se sienta.) ¿Quiere sentarse?

OTRO: No, gracias. Con pocas palabras va a ser bastante.

ABUELA: ¿De modo que ha hecho un largo viaje para hablar conmigo? ¿De dónde?

OTRO: Del Canadá.

ABUELA: Un hermoso país. Mi nieto llegó también de allá hace unos días. ¿Conoce a mi nieto?

OTRO: Mucho. Por lo que veo, mucho mejor que usted misma.

ABUELA: Es posible. ¡Yo he estado separada de él tanto tiempo! Cuando se fue de esta casa…

OTRO: Cuando lo expulsaron sin razón.

ABUELA: Exacto. Cuando el abuelo lo expulsó de esta casa, tuve miedo de él. Era una cabeza loca; pero yo estaba segura de su corazón. Sabía que le bastaría acordarse de mí para no dar un mal paso. Y así fue. Después vinieron las cartas, la nueva vida, y por fin él mismo.

OTRO: Conozco el cuento; lo que no me explico es cómo ha podido tragárselo a sus años.

ABUELA: No comprendo.

OTRO: Dígame, señora ¿no se le ocurrió nunca sospechar que esas cartas pudieran ser falsas?

ABUELA: ¿Falsas las cartas?

OTRO: (Brusco.) ¡Todo! ¡Las cartas, y esa historia ridícula, y hasta su nieto en persona! ¿Es que se ha vuelto ciega o es que esta jugando a cerrar los ojos?

ABUELA: (Se levanta.)¿Pero qué es lo que pretende insinuar? ¿Que ese muchacho alegre y feliz que está viviendo bajo mi techo no es mi nieto? ¿Qué el mío verdadero, la última gota de mi sangre… es este pobre canalla que está delante de mí? ¿Era eso lo que venías a decirme, Mauricio?

OTRO: ¡Abuela…!

ABUELA: ¿Y para dar este golpe a una pobre mujer has atravesado el mar? Puedes estar orgulloso. ¡Es una hazaña de hombre!

OTRO: ¡Acabáramos! ¿De manera que también tú estabas metida en la farsa?

ABUELA: No. Yo no lo supe hasta anoche. Aquel segundo que te vi aquí me abrió los ojos de repente; después no me costó trabajo obligar al abuelo a confesar. ¡Era algo tan atroz que mis entrañas se negaban a creerlo! Sólo una esperanza me quedaba ya: «por lo menos, delante de mí no se atreverá». Y he esperado hasta el último momento una palabra buena, un gesto de piedad, una vacilación siquiera… ¡algo a que poder aferrarme para perdonarte aún! Pero no. Has ido directamente a la llaga con tus manos sucias… ¡adonde más dolía!

OTRO: No podía hacer otra cosa, abuela. ¡Necesito ese dinero para salvar la piel!

ABUELA: Conozco la cifra; acabo de oírtela a ti mismo: doscientos mil pesos vale la vida de la abuela. No, Mauricio, no vale tanto. Por una sola lágrima te la hubiera dado entera. Pero ya es tarde para llorar. ¿Qué esperas ahora? ¡Ni un centavo para esa piel que no tiene dentro nada mío!

OTRO: ¿Vas a dejarme morir en la calle como un perro?

ABUELA: ¿No es tu ley? Ten por lo menos la dignidad de caer en ella.

OTRO: (Con una angustia ronca.)¡Piensa que no solamente pueden matarme; que puedo tener que matar yo!

ABUELA: ¡Por tu alma, Mauricio, basta! Si algo te queda de hombre, si algo quieres hacer aún por mí sal de esta casa ahora, ¡ahora mismo!

OTRO: ¿Tanto te estorba mi presencia?

ABUELA: ¡Ni un momento más! No ves que se me acaban las fuerzas, que me están temblando las rodillas… ¡y que no quiero caer delante de ti! ¡Fuera!

OTRO: ¡Tuya será la culpa!

ABUELA: ¡Fuera! (El Otro, con un gesto crispado sale bruscamente. La Abuela, vencida, cae sollozando en su poltrona.) ¡Cobarde… cobarde…! (Pausa. Entra el señor Balboa y acude a ella).

BALBOA: Mi pobre Eugenia… ¿No te dije que iba a ser superior a ti?

ABUELA: Ya ves que no. El dolor fuerte pasó ya. Lo malo es la huella que deja; esa pena que viene después en silencio y que te va envolviendo lenta, lenta… Pero a esa ya estoy acostumbrada; somos viejas amigas. (Se rehace). Los muchachos no habrán oído nada ¿verdad?

BALBOA: ¿No piensas decírselo?

ABUELA: Nunca. Les debo los días mejores de mi vida. Y ahora soy yo la que puede hacer algo por ellos. (Se levanta. Llama en voz alta).

¡Mauricio! ¡Isabel…!

BALBOA: ¿Pero de dónde vas a sacar fuerzas?

ABUELA: Es el último día, Fernando. Que no me vean caída. Muerta por dentro, pero de pie. Como un árbol. (Entran Isabel y Mauricio).

BALBOA, la ABUELA, ISABEL, MAURICIO

ABUELA: ¿Qué caras tristes son ésas? Ya habrá tiempo mañana.

ISABEL: ¿Se fue ese hombre?

ABUELA: En este momento. ¡Qué tipo extraño! Dice que ha hecho un viaje largo para hablarme, se queda mirándome en silencio, y al final se va como había venido.

MAURICIO: ¿Sin hablar?

ABUELA: Parecía que iba a decir algo importante, pero de pronto se le quebró la voz y no pudo seguir.

ISABEL: ¿Y no dijo nada? ¿Ni una palabra siquiera?

ABUELA: Una sola: perdón. ¿Tú lo entiendes? Algún loco suelto. ¿Cerraste el equipaje?

ISABEL: Todavía hay tiempo.

ABUELA: (Al abuelo). Córtales un tallo del jacarandá; les gustará llevárselo como recuerdo. De la ventana. (Balboa sube lentamente la escalera). Ah, y la receta del licor, no se nos vaya a olvidar a última hora. ¿Tienes lápiz y papel?

MAURICIO: Sí, abuela. (Se lo entrega a Isabel, que se sienta a escribir a la mesa).

ABUELA: Anota, hija, y a ver cómo te sale. Todas las mujeres de esta casa lo hemos hecho bien. Anota: agua destilada y alcohol a partes iguales. (Tono íntimo.) ¿Cuándo sale el avión?

MAURICIO: Mañana al amanecer.

ABUELA: ¡Mañana!… Mosto de uva pasa, un cuarto. Moscatel si puede ser. (Vuelve al tono íntimo.) ¿Me seguirás escribiendo, Isabel?

ISABEL: Sí, abuela, siempre, siempre.

ABUELA: ¡Me gustaría ver los grandes bosques y los trineos…! Dos claras batidas a punto de nieve. Y el día de mañana… cuando tengáis un hijo… ¿Un hijo…? (Queda como ausente en la promesa lejana. Isabel suelta el lápiz y oculta el rostro contra el brazo. Mauricio le aprieta los hombros en silencio y le devuelve el lápiz). Cáscara de naranja amarga, bien macerada… Una corteza de canela en rama para perfumar… Dos gotas de esencia de romero…

TELÓN
Y
FIN DE LA OBRA