PARTE 1 - SI NO ES LUEGO, ¿CUÀNDO?

«¡LUEGO!» Una palabra, una expresión, una actitud.

Nunca había escuchado a nadie utilizar «luego» para despedirse. Me resultó arisco, seco y despectivo, dicho con la velada indiferencia de alguien a quien le daría igual no volver a verte o no saber nada de ti.

Es el primer recuerdo que tengo de él y aún hoy puedo oírlo. «¡Luego!»

Cierro los ojos, pronuncio la palabra y vuelvo a estar en la Italia de hace tantos años, caminando por la acera arbolada y viéndole salir del taxi con una camisa azulada con un estampado ondulado, con los cuellos bien abiertos, las gafas de sol, un gorro de paja y mucha piel a la vista. De repente me da la mano, me entrega su mochila, saca el equipaje del maletero del taxi y me pregunta si mi padre está en casa.

Puede que todo comenzase precisamente allí y en aquel instante: la camisa, las mangas remangadas, los pulpejos redondeados de su talón que se escapan de las alpargatas desgastadas, ansiosos por probar la cálida gravilla del camino que lleva a nuestra casa y preguntando con cada zancada por dónde se va a la playa.

El huésped de este verano. Otro pelmazo.

Entonces, casi sin mediación y ya de espaldas al coche, agita el envés de la mano que le queda libre y suelta un despreocupado «¡luego!» a otro pasajero que había en el coche con quien probablemente hubiese compartido el pago de la carrera desde la estación. Ni siquiera dijo un nombre o hizo una bromilla para suavizar la abrupta despedida. Nada. Le despachó con una palabra: brusca, audaz y franca. No había forma de que le hubiese podido molestar.

Observa, pensé yo, así es como se despedirá de nosotros cuando llegue el momento. Con un brusco y chapucero «¡luego!».

Mientras tanto, tendremos que soportarle durante seis largas semanas.

Estaba francamente intimidado. Era uno de los inaccesibles.

Bueno, podría intentar que me gustase. Desde su barbilla redondeada hasta sus pulidos talones. Y después, tras unos días, aprendería a odiarle.

Ésta era la misma persona cuya foto de la solicitud había resaltado meses antes como promesa de unas afinidades instantáneas conmigo.

Acoger a huéspedes durante el verano era la manera que tenían mis padres de ayudar a profesores universitarios jóvenes a revisar un manuscrito antes de su publicación. Todos los veranos durante seis semanas debía dejar libre mi habitación y mudarme a un cuarto del pasillo mucho más pequeño y que había sido de mi abuelo. En los meses de invierno, cuando estábamos en la ciudad, se transformaba en un cobertizo, almacén y ático a tiempo parcial, donde se rumorea que mi abuelo, mi tocayo, aún rechina sus dientes en su sueño eterno. Los residentes estivales no tenían que pagar nada, se les otorgaba un uso libre de toda la casa y podían hacer básicamente lo que les apeteciese siempre y cuando dedicasen más o menos una hora al día a ayudar a mis padres con la correspondencia y papeleos varios. Se convertían en parte de la familia y, después de unos quince años haciendo esto, nos habíamos acostumbrado a recibir una tonelada de postales y regalos, no sólo en Navidad, sino todo el año, de gente que estaba en deuda emocional con mi familia y que solía desviar sus itinerarios cuando venía a Europa para pasarse por B. durante un día o dos con sus familias y darse un paseo nostálgico por sus antiguos refugios.

Era común que durante las comidas hubiese dos o tres invitados más, unas veces familiares o vecinos, otras compañeros de clase, abogados, médicos, personas ricas y famosas que se acercaban a ver a mi padre de camino a sus casas de verano. En ocasiones, incluso abríamos nuestro comedor a parejas de turistas ocasionales que habían oído hablar de la vieja casa de campo y simplemente deseaban pasarse por allí a echarle una ojeada y se quedaban encantados cuando les invitábamos a comer y les pedíamos que nos contasen algo de su vida, mientras que Mafalda, a la que se informaba en el último momento, cocinaba su especialidad más novedosa. A mi padre, reservado y tímido en privado, lo que más le gustaba era rodearse de valiosos expertos en cualquier campo para mantener largas conversaciones en varios idiomas, mientras el caluroso sol estival y unas cuantas copas de rosatello daban entrada a la tarde con su inevitable letargo. Denominábamos a ese cometido la labor del almuerzo y, al poco tiempo, también se unían a él la mayoría de nuestros invitados de seis semanas.

Quizá todo comenzase poco después de su llegada, durante una de aquellas comidas tremendas, cuando se sentó junto a mí y me di cuenta de que, aparte de un ligero bronceado conseguido durante su breve estancia en Sicilia a comienzos de aquel verano, el color de las palmas de sus manos era igual de pálido que la suave piel de las plantas de los pies, la del cuello o la del enves de sus antebrazos, que no habían estado expuestas tanto al sol. Lucían casi de un rosa claro, tan brillante y suave como la parte inferior del estómago de un lagarto íntimo, casto, implume, como el rubor en la cara de un atleta o el atisbo de la aurora en una noche tormentosa. Me dijo cosas sobre él que nunca hubiese sabido como preguntar.

Puede que comenzase durante aquellas interminables horas después de comer cuando todo el mundo holgazaneaba en traje de baño por la casa, cuerpos espatarrados en cualquier lugar matando el tiempo hasta que alguien sugería ir a las rocas a darse un baño. Los parientes, primos, vecinos, amigos, amigos de amigos, colegas, o básicamente cualquiera que le apeteciese llamar a nuestra puerta para pedir que le dejásemos utilizar nuestra cancha de tenis, todo el mundo era bienvenido a gandulear, nadar o comer y, si permanecían el tiempo suficiente, a utilizar la casa de invitados.

O quizá comenzó en la playa. O en la cancha de tenis. O durante nuestro primer paseo juntos el primer día que estuvo aquí cuando me pidieron que le enseñase la casa y los alrededores y, una cosa llevó a la otra, me las arreglé para llevarle más allá de las viejísimas puertas de hierro forjado y llegamos hasta el interminable solar vacío que llevaba hacia las vías del tren abandonadas que solían conectar B. con N.

—¿Hay alguna estación abandonada en algún lugar? me pregunto mientras observaba entre los árboles bajo un sol abrasador, con la intención probable de formular una consulta típica que se debe hacer al hijo del dueño.

—No, nunca hubo una estación. El tren simplemente paraba cuando se le solicitaba.

Le llamaba la atención el tren; las vías parecían muy estrechas. Había gitanos que vivían en ellas ahora. Llevan habitando ahí desde que mi madre venía a veranear aquí cuando era niña. Los gitanos han transportado dos vagones descarrilados más hacia el interior. ¿Quería ir a verlo?

—Quizá luego.

Una indiferencia educada, como si se hubiese percatado de mi inoportuno entusiasmo por darle coba y se estuviese alejando de mí sumariamente.

Me dolió.

En lugar de eso me dijo que quería abrirse una cuenta en uno de los bancos de B. y luego hacer una visita a la traductora al italiano a quien su editor en Italia había adjudicado su libro.

Decidí llevarle allí en bici.

La conversación sobre ruedas no mejoraba la que habíamos tenido a pie. Por el camino paramos a por algo para beber. La bartabaccheria estaba completamente a oscuras y vacía. El dueño fregaba el suelo con un fuerte producto a base de amoniaco. Salimos de allí a toda velocidad. Un solitario mirlo que descansaba sobre un pino mediterráneo entonaba unas pocas notas que se perdían inmediatamente entre el zumbido de las cigarras.

Le di un buen trago a la botella grande de agua con gas, se la pasé y luego volví a beber. Me eché un poco en la mano y me froté con ella la cara, pasándome los dedos por el pelo. El líquido no estaba lo suficientemente frío, ni tenía mucho gas por lo que dejaba una sensación de sed mal aplacada.

¿Qué se podía hacer por allí?

Nada. Esperar a que acabase el verano.

Y entonces, ¿qué se hacía en invierno?

Sonreí al pensar en la respuesta que estaba a punto de darle. Él lo pilló al vuelo y dijo: «No me lo digas: esperar a que llegue el verano, ¿a que sí?».

Me gustaba que me leyese la mente. Entenderá la labor del almuerzo antes que muchos de los que llegaron primero.

—En realidad este lugar durante el invierno se vuelve muy gris y oscuro. Venimos en Navidad. De lo contrario sería una ciudad fantasma.

—¿Y qué más hacéis aquí durante la Navidad aparte de asar castañas y beber ponche de huevo?

Me estaba vacilando. Le mostré la misma sonrisa que antes. Lo entendió, no dijo nada, y ambos nos reímos.

Me preguntó qué hacía yo. Jugaba al tenis. Nadaba. Paseaba de noche. Corría. Transcribía música. Leía.

Me dijo que él también salía a correr. Por la mañana temprano. ¿Por dónde se podía hacer ejercicio allí? Prácticamente sólo por el paseo. Se lo podía mostrar si queria.

Y justo cuando parecía que de nuevo comenzaba a gustarme, me dio con un canto en los dientes: «Quizá luego».

Había puesto «leer» al final de mi lista, pensando que con la actitud testaruda y descarada que había tenido él hasta ahora, leer también hubiese sido lo último de la suya. Una hora después, cuando me acordé de que acababa de escribir un libro sobre Heráclito y que, por tanto, «leer» sería una parte muy significativa en su vida, me di cuenta de que debía dar un poco de marcha atrás y hacerle saber que mis intereses reales iban muy parejos a los suyos. Sin embargo, lo que me desconcertaba no era tener que hacer elegantes juegos malabares para conseguir redimirme, sino las desagradables dudas que me venían asaltando tanto antes como durante nuestra conversación informal junto a las vías del tren y que me hacían creer que continuamente, sin percatarme y sin ni tan siquiera admi- tirlo#habia estado intentando (sin éxito) recuperarle.

Cuando me ofrecí (a todos los visitantes les había encantado la idea) a llevarle a San Giacomo y subir andando hasta la parte más alta del campanario que habíamos apodado algo-por-lo-que-morir, debería haber reaccionado mejor que simplemente quedándome pasmado sin una respuesta. Pensé que le llevaría por allí tan sólo para que subiese y pudiese echar un vistazo al pueblo, al mar, a la eternidad. Pero no. ¡Luego!

Sin embargo, puede que hubiese empezado mucho después de lo que pensaba, sin que yo me diese cuenta de nada. Miras a alguien, pero en realidad no ves a la persona, está entre bastidores. O te percatas de su presencia pero no conectas, no «pillas» nada, y antes incluso de percibir su estampa o alguna extraña perturbación, se te han pasado las seis semanas que tenías y en ese momento, o ya se ha marchado o está a punto de hacerlo y entonces te encuentras peleando para poder asimilar algo que, sin tú saberlo, se ha estado gestando ante tus narices y que muestra todos los síntomas de lo que comúnmente se denominaría «Yo quiero». ¿Cómo pude no notarlo?, os preguntaréis. Reconozco el deseo cuando lo veo y así, sin embargo, esta vez, se me pasó por completo. Iba en busca de la sonrisa maliciosa que arrojase una repentina luz sobre su gesto cada vez que me leyese la mente, cuando lo único que quería era piel, tan sólo piel.

Durante la cena de su tercer día allí me dio la sensación de que me estaba mirando fijamente mientras yo exponía Las siete palabras de Cristo en la cruz de Haydn que llevaba tiempo transcribiendo. Ese año tenía diecisiete y como era el más pequeño de la mesa y el que menos posibilidades tenía de ser escuchado, había creado el hábito de meter la mayor cantidad de información con el menor número de palabras posible. Hablaba rápido, lo que hacía creer a la gente que estaba siempre nervioso y me trastabillaba con los términos. Cuando termine de presentar mi transcripción, me percaté de una intensa mirada que me llegaba por la izquierda. Me sentí emocionado y halagado; obviamente estaba interesado en mí, le gustaba. No había sido tan complicado al final. Pero cuando por fin, después de mi turno, me giré para examinarle y ver su mirada, descubrí un semblante frío y helador; algo a la vez hostil y vitrificante que rozaba la crueldad.

Me desarmó por completo. ¿Qué había hecho yo para merecer tal cosa? Quería que volviese a ser amable conmigo, que se riese como había hecho tan sólo unos pocos días antes en las vías del tren abandonadas, o cuando aquella misma tarde le expliqué que B. era el único pueblo de Italia donde la corriera, la línea regional de autobuses que llevaba a Cristo, pasaba de largo sin parar nunca. Se rió de inmediato al entender la referencia velada al libro de Cario Levi. Me gustaba cómo nuestras mentes parecían trabajar de forma paralela y, de manera instantánea, inferíamos los juegos de palabras del otro, pero al final siempre nos conteníamos.

Iba a ser un vecino difícil. Será mejor que me mantenga alejado de él, rumié. Y pensar que casi me enamoro de la piel de sus manos, de su pecho, de sus pies que nunca habían pisado tierra áspera en su vida y de sus ojos que cuando te dedicaban la otra mirada, la de semblante dulce, te portaban el milagro de la resurrección. Nunca era demasiado tiempo el que pasabas mirándolos, sino que necesitabas seguir al tanto para averiguar por qué no podías evitarlo.

Debí haberle lanzado una mirada igual de aviesa.

Durante dos días nuestras conversaciones se interrumpieron de forma repentina.

En el largo balcón común a las habitaciones de ambos nos evitábamos por completo: tan sólo unos improvisados «hola», «buenos días», «hace bueno», palique superficial.

Entonces, sin ninguna explicación, retomamos las cosas.

¿Que si quería ir a correr esa mañana? No, la verdad es que no. Bueno, entonces a nadar.

Hoy el dolor, las esperanzas, la excitación de lo novedoso, la promesa de tanta dicha rondando las puntas de os dedos, el deambular entre gente que podía llegar a malínterpretar pero que no quería perder y por lo tanto debía hacer constantes conjeturas, el ingenio desesperado que le brindo a todo el mundo que quiero y deseo que me quiera, las separaciones que intercalo entre el mundo y yo que no son sólo una, sino una serie de capas de puertas deslizables de papel de arroz, el impulso por codificar y descodificar lo que ni siquiera estuvo jamás en código. Todo esto comenzó el verano en el que Oliver llegó a nuestra casa. Está grabado en cada canción que sonó aquel verano, en cada novela que leí durante su estancia y después, en cualquier cosa, desde el olor del romero en los días calurosos, hasta el ruido frenético de las cigarras por las tardes. Los sonidos y los olores con los que he crecido y que conozco de cada año de mi vida de repente se volvieron en mi contra y adquirieron un cariz tintado por lo ocurrido aquel verano.

O quizá comenzó después de su primera semana, cuando me sentía contentísimo de saber que aún sabía quién era, que aún no me ignoraba y, por lo tanto, podía permitirme el lujo de cruzarme con él cuando me dirigía al jardín sin tener que fingir que no le veía. El primer día fuimos corriendo hasta B. por la mañana temprano. Y después todo el camino de vuelta. Por la mañana al día siguiente nadamos. A la jornada siguiente, salimos a correr de nuevo. Me gustaba echar carreras a la camioneta del lechero cuando aún le quedaba mucho por repartir, y trotar mientras el tendero o el panadero comenzaban a prepararse para su jornada laboral, me encantaba hacerlo por la orilla y por el paseo marítimo cuando no había ni un alma todavía y nuestra casa parecía tan sólo un espejismo lejano. Me deleitaba que nuestros pies se coordinasen, el izquierdo con el izquierdo, y chocasen contra el suelo a la vez, dejando nuestras huellas en una arena a la que tenia la intención de volver y, en secreto, colocar mi pie en el lugar donde él dejó su marca.

Esta alternancia entre correr y nadar era simplemente su rutina en la universidad. ¿Correría también en Sabbat?, bromeaba. Siempre se estaba ejercitando, incluso cuando estaba enfermo; hacía ejercicio incluso en la cama si hacía falta. Hasta el punto de que si había dormido con alguien por primera vez la noche antes, aun asi se levantaba para trotar prontito por la mañana. El único momento en que no se ejercitó fue cuando le operaron. Al preguntarle por qué, me sorprendió con la respuesta que me había prometido que nunca le iba a incitar a responder, como el muñeco sobresaltado que brinca de una caja con un resorte y su siniestra sonrisa. «¡Luego!»

Quizá se había quedado sin aliento y no quería hablar demasiado, o tan sólo quería concentrarse en la natación o la carrera. O tal vez era su modo de incitarme a hacer lo mismo, de forma totalmente inofensiva.

Pero había algo escalofriante y desalentador en la inoportuna distancia que surgía entre nosotros en los momentos más inesperados. Era casi como si lo estuviese haciendo a propósito; dándome más y más coba para después alejar de golpe cualquier atisbo de amistad.

La mirada inflexible siempre volvía. Cierto día, mientras yo practicaba con la guitarra en lo que se había convertido en «mi mesa» en la parte trasera del jardín juntóla la piscina y él estaba tumbado cerca, en la hierba, me di cuenta de ese semblante al momento. Estuvo mirándome fijamente mientras me concentraba en los trasteos y cuando de repente levanté la cabeza para ver si le gustaba lo que estaba tocando, ahí estaba: cortante, cruel, como una cuchilla reluciente que se repliega justo en el momento en el que la víctima se percata de su presencia. Me brindó una sonrisa insulsa como queriendo decir, para qué ocultarlo.

Aléjate de él.

Debió de percatarse de que me había molestado y, haciendo un esfuerzo por retractarse, comenzó a hacerme preguntas sobre la guitarra. Estaba demasiado en guardia como para responderle con candor. Mientras tanto, el ver que estaba luchando por encontrar respuestas le hizo sospechar que quizá pasaba algo más de lo que yo mostraba.

—No te preocupes por explicarme nada. Simplemente tócala otra vez.

—Pero si pensaba que la odiabas.

—¿Odiarla? ¿Qué te hizo pensar eso?

Discutimos un rato.

—Venga, tócala otra vez.

—¿La misma?

—La misma.

Me levanté, y entré en el salón. Dejé las puertaventanas abiertas para que pudiese escucharme tocar el piano. Me siguió hasta la mitad del camino y tras apoyarse en el quicio de la ventana de madera, me escuchó durante un rato.

—La has cambiado. No es la misma. ¿Qué le has hecho?

—Tan sólo la he tocado de la manera en la que lo hubiese hecho Liszt si hubiese experimentado con ella.

—Sólo tócala, por favor.

Me gustaba la manera con la que fingía estar mosqueado. Así que comencé a tocarla de nuevo.

Después de un rato:

—No puedo creer que la hayas vuelto a cambiar.

—Bueno, pero no demasiado. Así es como Busoni la hubiese tocado si hubiese alterado la versión de Liszt.

—¿Puedes, por favor, tocar a Bach como lo escribió el propio Bach?

—Pero él nunca lo escribió para guitarra. Quiza ni siquiera lo escribiese para clavicémbalo. De hecho no estamos seguros de que sea de Bach.

—Olvida que te lo he pedido.

—Vale, vale. No hace falta que te exasperes tanto —dije. Era mi manera de mostrar una fingida y reticente conformidad—. Esto es Bach transcrito sin influencias de Busoni o Liszt. Es de un Bach muy joven, y está dedicado a su hermano.

Sabía perfectamente qué fragmento de la pieza le iba a conmover la primera vez que lo tocase y todas las demás veces que lo oyese. Se lo estaba enviando como un pequeño regalo pues en realidad iba dedicado a él, como señal de algo muy bonito en mí que no hacía falta ser un genio para reconocer y me impulsaba a imprimirle una cadencia prolongada. Sólo para él.

Estábamos —y él debió de haber reconocido las señales mucho antes que yo— ligando.

Aquella misma tarde escribí en mi diario: Estaba exagerando cuando dije que creía que odiabas la pieza. Lo que quería decir era que creía que me odiabas a mí. Tenía la esperanza de que me convencieses de lo contrario; y lo hiciste, durante un rato. ¿Por qué mañana por la mañana ya no me lo creeré?

Así que éste es también él, me dije después de ver cómo se transformaba de hielo a luz del sol.

Podía haberme preguntado asimismo si yo era igual de variable.

PD: No estamos compuestos para un solo instrumento; ni yo, ni tú.

Estaba dispuesto a etiquetarle como alguien difícil e inalcanzable con quien no tenía nada más que hacer. Dos palabras suyas y veía cómo mi apatía llorosa se transformaba en un jugaré a lo que tú quieras hasta que me pidas que pare, hasta la hora de comer, hasta que la piel de mis dedos se caiga una capa tras otra, porque me gusta hacer cosas para tí, haría cualquier cosa por tf, tan sólo pronuncia la palabra, me gustaste desde el primer día e incluso cuando congeles mis renovadas propuestas de amistad, nunca olvidaré que tuvo lugar entre nosotros esta conversación y que hay formas más fáciles de recuperar el verano en plena tormenta de nieve.

Lo que se me olvidó resaltar en esa promesa es que el hielo y la apatía tienen maneras de truncar instantáneamente todas las treguas y los propósitos firmados en veranos anteriores.

Entonces llegó aquella tarde, un domingo de julio, en que nuestra casa se vació de repente y nosotros éramos los únicos que quedábamos allí y el fuego me quemaba las entrañas, pues «fuego» era la primera palabra y la más simple que me vino a la mente en aquel preciso momento en que intenté darle sentido a todo ello en mi diario. Esperé y esperé en mi habitación inmóvil sobre la cama, en un estado de trance, lleno de temores y expectativas. No era una llama de pasión, ni un fogonazo de rabia, sino algo paralizante, como el fuego de una bomba de racimo que absorbe todo el oxígeno a su alrededor y te deja jadeando porque parece que te han dado una patada en tus partes y una aspiradora te ha succionado cualquier materia viva de tu interior y te ha secado la boca y esperas que nadie hable pues tú no puedes y rezas para que no te pidan que te muevas porque tu corazón se ha atascado en un latir tan rápido, que antes escupiría trozos de cristal que dejar que alguien circule por sus estrechos pasillos. Fuego como el miedo, como el pánico, como un minuto más así y me muero si no llama a mi puerta. He aprendido a dejar las puertaventanas entreabiertas y a tumbarme en la cama con el bañador puesto y todo mi cuerpo ardiendo. Fuego como una plegaria que reza por favor, por favor dime que me equivoco, díme que me lo he imaginado todo y yo tampoco soy real para tí, y si para ti la realidad es esto, entonces eres el hombre más cruel que existe. Asi, la tarde en la que por fin entró en mi cuarto sin llamar, como si hubiese respondido a mis oraciones y me pregunto que por que no estaba con el resto de la gente en la playa y todo lo que pude pensar en decir, aunque no tuve las agallas de ver- balizarlo, Ríe un para estar contigo. Para estar contigo, Oliver. Con o sin bañador. Para estar junto a ti en mi cama. En tu cama, que es la mía durante el resto del ano. Hazme lo que quieras. Arrástrame. Sólo pregúntame si quiero y verás lo que respondo, pero no me dejes decir no.

Y dime que aquella noche no estaba soñando cuando escuché un ruido en el rellano junto a mi puerta y supe de repente que había alguien en mi cuarto, que había alguien sentado al pie de mi cama, venga a pensar, pensar y pensar y que súbitamente comenzó a venir hacia mí y se tumbó, no junto a mí, sino sobre mí, mientras yo me tendía sobre la tripa y que me gustó tanto que, en lugar de arriesgarme a hacer algo para demostrar que me había despertado y con ello hacer que cambiase de opinión y se fuese, fingí estar completamente dormido y pensando que no era un sueño, no podía serlo, pues las palabras que me llegaban mientras apretaba mucho mis ojos eran: Esto es como volver a casa, es como volver al hogar tras muchos años viviendo entre troyanos y lestrigones, como volver a un lugar en el que todos son como tú, donde la gente te entiende y sabe de tí; volver a casa como cuando todo se derrumba y te das cuenta de que durante diecisiete años has estado toqueteando las combinaciones erróneas. Y fue cuando decidí expresar sin menearme, sin mover un solo musculo de mi cuerpo, que estaba dispuesto a ceder si me empujabas, que ya me había rendido, que era tuyo, todo tuyo a pesar de que de repente hubieses desaparecido y pareciese demasiado cierto como para ser un sueño, aunque estuviese convencido de que todo lo que deseaba a partir de aquel día era que me volvieses a hacer exactamente lo mismo que experimenté mientras dormía.

Al día siguiente estábamos jugando un partido de tenis a dobles y durante un tiempo muerto, cuando bebíamos la limonada de Mafalda, puso el brazo que tenía libre sobre mis hombros y con delicadeza apretó mi carne con su pulgar y su índice, como imitando un amistoso abrazo masajeados todo resultaba tan de amigotes. Sin embargo, yo me encontraba tan embelesado que me deshice de su brazo pues un segundo más y me hubiese desarmado como uno de esos muñequitos de madera cuyo cuerpo quebradizo se derrumba en cuanto se acciona el resorte principal. Sorprendido, se disculpó y me preguntó si me había tocado algún nervio o algo así, que no tenía intención de hacerme daño. Debió de haberse sentido muy mal al pensar que me había hecho daño o me había tocado de una forma equivocada. Lo último que deseaba era desanimarle. Con todo, se me escapó algo como «no me ha dolido» y hubiese zanjado así la cuestión. Pero tenía la sensación de que si el dolor no había provocado tal reacción, entonces, ¿cuál era la explicación para justificar que le quitase de mis hombros de forma tan brusca delante de mis amigos? Así que imité la cara de alguien que se afana en reprimir, sin éxito, una mueca de dolor.

Nunca se me había ocurrido pensar que lo que me había producido pánico cuando me tocó fuese lo mismo que asusta a las vírgenes cuando las toca por primera vez la persona que han elegido: descubren sensaciones que no sabían que existían y que producen placeres muchísimo más perturbadores que los que se consiguen en solitario.

Él parecía sorprendido por mi reacción, pero hizo todo lo posible para demostrar que me creía mientras yo fingía el dolor de mis hombros. Fue su forma de dejarme escapar y de disimular que no se había dado ni pizca de cuenta del extraño matiz en mi reacción. Cuando mas tarde supe lo meticulosamente mordaz que era su habilidad para identificar señales contradictorias, no dude de que tuvo que haber sospechado algo entonces.

—Espera, déjame mejorarlo —me estaba poniendo a prueba y comenzó a masajearme el hombro . Relájate —me dijo delante de los demás.

—Pero si me estoy relajando.

—Estás tan rígido como este banco. Toca esto —le dijo a Marzia, una de sus amigas que estaba más cerca de nosotros—. Es todo nudos.

Noté sus manos en mi espalda.

—Mira —dijo mientras presionaba la palma abierta con fuerza contra mi espalda—, ¿lo notas? Debería relajarse más.

—Deberías relajarte más —repitió ella.

Quizá en este momento, al igual que en muchos otros, ya que no sabía hablar en clave, no supe qué decir en absoluto. Me sentí como un sordomudo que no sabe ni siquiera utilizar el lenguaje de signos. Tartamudeé todo tipo de cosas para no decir lo que estaba pensando. Hasta ahí llegaba mi código. En cuanto conseguí respirar lo suficiente como para pronunciar unas pocas palabras, pude más o menos salir del atolladero. De otra manera, el silencio entre ambos me hubiese delatado, por lo que cualquier cosa, incluso el más absurdo disparate, era mejor que el silencio. El silencio me ponía en evidencia. Sin embargo, lo que probablemente me delatase incluso más fuesen mis intentos por superarlo delante del resto.

El desánimo personal debió de aportarme algo cercano a la impaciencia y a la rabia contenida. Que él hubiese pensado que iba dirigido contra él no se me había ni pasado por la cabeza.

Quizá fuese por razones similares el que yo apartase la vista cada vez que me miraba: para ocultar las presiones de mi timidez. Que él hubiese encontrado mi desdén ofensivo y, de vez en cuando, cargado de hostilidad tampoco se me pasó por la cabeza.

Tenía la esperanza de que no hubiese visto en mi reacción exagerada algo que no era. Antes de apartar su brazo, sabía que me había rendido ante su mano casi hasta tumbarme sobre ella, como si le dijese —al igual que le había oído decir a muchos adultos cuando a alguien le daba por hacerle un masaje en los hombros al pasar por detrás no pares. ¿Se habría dado cuenta de que estaba dispuesto, no sólo a rendirme, sino también a amoldarme a su cuerpo?

Éste fue el sentimiento que aquella noche también traslade a mi diario: lo denominé «el desvanecimiento». ¿Por qué me había desfallecido? ¿Y era tan fácil que ocurriese, tan sólo debía tocarme en algún punto para que me volviese discapacitado y perdiese toda voluntad? ¿Era esto a lo que la gente se refería cuando afirmaban derretirse como la mantequilla?

¿Y por qué no iba a demostrarle lo mantecoso que podía ser? ¿Tenía miedo de lo que pudiese ocurrir? ¿O me asustaba que se pudiese reír de mí, decírselo a todo el mundo o ignorarlo todo con la excusa de que aún era muy joven como para saber lo que estaba haciendo? ¿O quizá fuese porque con todo lo que él ya sospechaba, al igual que haría cualquiera en su lugar, estaría dispuesto a actuar en consecuencia? ¿Quería que actuase? ¿O prefería una vida repleta de anhelo siempre y cuando ambos mantuviésemos activa esta partida de ping-pong: no saberlo, no saber que lo sabe, no saber que sabe que lo sabe? Tan sólo calla, no digas nada, y si no puedes decir «sí», tampoco digas «no», di «luego». ¿Es ésta la razón por la que la gente dice «quizá» cuando quieren decir «sí», con la esperanza de que creas que es un «no» mientras que lo que en realidad significa es «por favor, pregúntamelo una vez más, y después otra vez»?

Recuerdo aquel verano, y no puedo creer que, a pesar de todos y cada uno de mis esfuerzos por vivir con «el fuego» y «el desvanecimiento», la vida aun me ofrecio grandes momentos. Italia. Verano. El sonido de las cigarras a primera hora de la mañana. Mi habitación. Su habitación. El balcón que dejaba fuera el resto del mundo. La suave y perfumada brisa que ascendía por las escaleras desde el jardín hasta nuestra habitación. El verano en que aprendí a amar la pesca. Porque el lo hacia. Adorar el correr. Porque él lo adoraba. Idolatrar a los pulpos, a Heráclito, a Tristán. El verano en que escuchaba a los pájaros cantar, olía las plantas y sentía la humedad trepar por los pies en los días calurosos y, debido a que mis sentidos estaban siempre alerta, los notaba automáticamente dirigiéndose hacia él.

Podía haber negado tantas cosas: que deseaba tocarle las rodillas y las muñecas cuando lucían al sol con aquel viscoso lustre que he visto en tan poca gente; que me encantaba cómo sus pantalones de tenis cortos blancos parecían poseer, de forma permanente, el color del barro y que mientras transcurrían las semanas se convirtió en el color de su piel; que su pelo, cada día más y más rubio, atrapaba al sol antes incluso de que saliese del todo; que su camisa azul ondulada se volvía más ondulada cuando se la ponía en días borrascosos en el patio junto a la piscina, con la promesa de impregnarse de un aroma a piel y sudor que me la ponía dura con tan sólo pensarlo. Podía haber negado todo esto. Y haberme creído mis mentiras.

Pero fue el collar con la estrella de David y una mezuzá de oro que llevaba al cuello lo que me dijo que había en él algo más fascinante de lo que yo esperaba, algo que nos unía y me recordaba que, mientras todo a nuestro alrededor conspiraba para que fuésemos los seres más distantes del mundo, esto trascendía cualquier diferencia. Me percaté de la estrella de manera inmediata el primer día que estuvo con nosotros. Y desde aquel instante supe que lo que me desconcertaba y me hacía anhelar su amistad con la esperanza de no hallar jamás la excusa para que no me gustase era mayor de lo que cualquiera de los dos podría esperar del otro, más grandioso y por lo tanto mejor que su alma, mi cuerpo o la propia tierra. Mirarle fijamente al cuello con la estrella y el revelador amuleto era como observar algo eterno, ancestral, inmortal en mí, en el, en ambos, que suplicaba por ser reavivado y substraído de un sueño milenario.

Lo que me desconcertó fue que no pareció importarle o no se dio cuenta de que yo también llevaba uno. Al igual que tampoco le interesó o se percató de las múltiples ocasiones en que mis ojos deambularon por su bañador en un intento por vislumbrar el contorno de la marca que nos convierte en hermanos hebreos en el desierto.

A excepción de mi familia, él era probablemente el único judío que había puesto el pie en B. Pero a diferencia de nosotros, lo hacía patente desde el primer momento. No éramos unos judíos que llamasen la atención. Practicábamos nuestro judaismo como la mayoría de la gente en el resto del mundo: bajo la camisa, no oculto, pero sí bien guardado. «Judíos muy discretos», usando las palabras de mi madre. Ver a alguien proclamando su judaismo colgado del cuello como hizo Oliver cuando cogió una de las bicis y se dirigió hacia el pueblo con la camisa abierta nos chocaba, puesto que nos indicaba que podíamos también hacer lo mismo y salimos con la nuestra. Intenté imitarle en varias ocasiones. Sin embargo estaba demasiado cohibido, como alguien que intenta actuar de forma natural mientras camina desnudo por un vestuario cuando al final en lo único que se fija es en su propia desnudez. En el pueblo, intenté hacer alarde de mi judaismo con unas silenciosas fanfarronadas que no surgen tanto de la arrogancia como de una vergüenza reprimida. El no. Aunque esto no significa que él nunca pensase acerca de su ser judío o acerca de la vida de un judío en un país católico. En ocasiones hablábamos sobre este tema en particular durante aquellas largas tardes cuando ambos dejábamos de lado el trabajo y disfrutábamos charlando mientras el resto de la casa y los invitados se habían retirado a sus respectivas habitaciones para descansar unas horas. Él había vivido durante el tiempo suficiente en pequeños pueblos de Nueva Inglaterra como para saber lo que significaba ser un judío que está de sobra. Pero el judaismo nunca le preocupó de la misma forma que a mí, ni la ofuscación metafísica con uno mismo o con el mundo era un tema recurrente para él. Ni siquiera albergaba la tácita promesa mística sobre la hermandad redentora. Y quizá es por eso por lo que no se sentía incómodo por ser judío y no tenía que estar hurgando en ello a todas horas, de la misma forma que los niños se manosean las costras que desean que desaparezcan. Él llevaba bien ser judío. Estaba a gusto consigo mismo, al igual que se contentaba con su cuerpo, con su apariencia, con sus reveses, con su selección de libros, música, películas, amigos. No le importaba perder su preciada pluma Montblanc. «Me puedo comprar otra exactamente igual.» Se sentía a gusto también con las críticas. Le mostró a mi padre unas páginas de cuya autoría se enorgullecía. Mi padre le indicó que su acercamiento a Heráclito era brillante pero necesitaba más concreción y aceptar la naturaleza paradójica de los pensamientos del filósofo, no simplemente explicarlos. Le parecía bien consolidar ciertas cosas, le gustaban las paradojas. Volvimos a la mesa de dibujo que también le parecía bien. Invitó a mi joven tía a una conversación íntima a medianoche mientras daban una gita, un garbeo, en nuestra motora. Ella lo rechazó. Pero no pasaba nada. Lo intentó de nuevo unos días más tarde, volvió a ser rechazado y le quitó importancia. A ella también le pareció bien y, si hubiese permanecido otra semana con nosotros, probablemente hubiese aceptado salir a medianoche a dar una gita por el mar que a buen seguro hubiese durado hasta el amanecer.

Solamente en una ocasión durante sus primeros días allí, tuve la sensación de que este chico de veinticuatro años, terco pero acomodado, tranquilo, al que todo le resbalaba, imperturbable e incorruptible, a quien le parecían bien tantas cosas en la vida, era, de hecho, un analizador de personas y situaciones, frío, sagaz y siempre en alerta máxima. No había nada impremeditado en lo que decía o hacía. Era capaz de observar a través de todos, y podía hacerlo precisamente porque lo primero que buscaba en la gente era lo que había visto en sí mismo y no deseaba que los demás lo viesen. Era un gran jugador de póquer, lo que escandalizó a mi madre el día que se enteró, que solía escaparse al pueblo un par de noches a la semana a «echar unas cuantas manos». Por este motivo, para nuestra completa sorpresa, había insistido en abrirse una cuenta bancaria el mismo día en que llegó. Ninguno de nuestros residentes se había hecho nunca una cuenta bancaria. La mayoría no tenía ni un centavo.

Ocurrió durante una comida en la que mi padre invitó a un periodista que se había interesado por la filosofía en su juventud y quería demostrar que, a pesar de no haber escrito nunca sobre Heráclito, aún podía debatir sobre cualquier cosa bajo el sol. Él y Oliver no hicieron buenas migas. Más tarde, mi padre comentó que era «un hombre muy ingenioso y también muy inteligente», a lo que Oliver le interrumpió diciendo «¿De verdad lo crees, Pro?», sin darse plena cuenta de que a mi padre, pese a ser de trato fácil, no siempre le gustaba que le contradijeran y mucho menos que le llamasen Pro, aunque no le dio más importancia. «Sí, eso creo», insistió mi padre. «Bueno, no estoy muy seguro de estar de acuerdo. Le encuentro un poco arrogante, soso, patoso y ordinario. Utiliza demasiado el humor y tiene un gran vozarrón —Oliver imita la seriedad del hombre—, y gesticula de forma ostentosa para atraer a su audiencia puesto que es incapaz de defender una postura con palabras. Lo de la voz es exasperante, Pro. La gente se ríe con su humor, pero no porque sea gracioso sino porque telegrafía su deseo de ser gracioso. Su humor no es más que una forma de ganarse a la gente que no puede convencer.

»Si te fijas en él mientras estás hablando, siempre mira para otro lado, no te escucha, solamente tiene ganas de decir cosas que ha ensayado cuando tú hablabas y tiene que soltar antes de que se le olviden».

¿Cómo podía nadie intuir la forma de pensar de otro sin que éste estuviese ya familiarizado con la misma forma de pensar? ¿Cómo podía alguien percibir tantos giros enrevesados en otros si no los hubiese utilizado con anterioridad?

Lo que me chocó no fue sólo su asombrosa habilidad para leer a la gente, para rumiar en sus entrañas y rescatar la configuración precisa de su personalidad, sino su capacidad para intuir cosas de la forma exacta en la que yo lo habría hecho. Al final, esto fue lo que me acercó a él con una fuerza que iba más allá del deseo o la amistad o la atracción de compartir la misma religión. «¿Por qué no vamos a ver una peli?», soltó una tarde mientras estábamos todos juntos sentados, como si de repente hubiese caído en la solución de lo que podría haber sido una aburrida tarde en casa. Acabábamos de dejar la mesa de la cena en la que mi padre, como solía hacer últimamente, me había estado animando a intentar salir con amigos más a menudo, sobre todo por las tardes. Casi lindaba con un sermón. Oliver era aún novato entre nosotros y no conocía a nadie en el pueblo por lo que yo le debí de parecer tan buen compañero de película como cualquier otro. Pero había hecho esta pregunta de una forma demasiado despreocupada y espontánea, como si quisiese hacernos saber a mí y a todos los demás que estábamos en la habitación que no le interesaba demasiado ir al cine y que por lo tanto podía quedarse perfectamente en casa y revisar sus manuscritos. La inflexión indiferente de su propuesta, sin embargo, fue un guiño enviado a mi padre: sólo fingía haber tenido esa ocurrencia; de hecho, sin dejar que yo lo sospechase, estaba continuando con el consejo de mi padre en la mesa y se ofrecía a buscar mi propio beneficio.

Sonreí, no por el ofrecimiento, sino por el truco de doble filo. Inmediatamente pilló mi sonrisa. Y tras haberla entendido, me la devolvió, casi haciéndose burla a sí mismo, con la sensación de que si me daba algún indicio con el que yo pudiera descifrar su trampa, entonces estaría confesando su culpabilidad; y aun así, negarse a confesarlo una vez que le dejé claro que lo había pillado le condenaría todavía más. Por lo que sonrió para demostrarme que sabia que le había pillado pero también para revelarme que era alguien lo suficientemente bueno como para confesarlo y no obstante poder ir a disfrutar del cine juntos. Toda esa situación me excitó.

O quizá esa sonrisa fuese su manera de afrontar mis ataques, como si se tratase de una insinuación tácita de que, a pesar de haber sido sorprendido mientras intentaba aparentar una completa naturalidad ante su ofrecimiento, él también había encontrado algo en mí por lo que sonreír, en concreto el placer astuto, enrevesado y culpable que experimentaba al descubrir tal multitud de afinidades imperceptibles entre ambos. Puede que nada de eso existiese y que yo me lo hubiese inventado todo. Pero los dos sabíamos lo que había visto el otro. Aquella tarde, mientras nos dirigíamos en bici a los cines, yo iba —y no me preocupé por ocultarlo— montado en el aire.

Así que, tras tantas perspicacias, ¿no se habría percatado de lo que significaba que me hubiese escabullido de su mano de forma tan brusca? ¿Ni tampoco que me inclinase sobre su brazo? ¿No sabría que no quería que me dejase marchar? ¿No sintió que cuando comenzó a darme el masaje, mi incapacidad para relajarme era mi último refugio, mi última defensa, mi definitivo pretexto, que no me habría resistido ni por lo más remoto del mundo, sino que era una resistencia falsa, que era incapaz de resistirme y que nunca iba a querer resistirme a pesar de lo que me hiciese o me pidiese que hiciera? ¿No sabría que, mientras estaba sentado en la cama aquella tarde de domingo en la que no había nadie en casa más que nosotros dos y le vi entrar en mi habitación para preguntarme por que no estaba con los demás en la playa y decidí no abrir la boca para responder usando tan sólo un encogimiento de hombros, fue simplemente para no mostrarle que no era capaz de recabar el suficiente aire como para hablar, y que si conseguía pronunciar un solo sonido iba a ser para que se me escapase una confesión o un lamento, una cosa u otra? Nadie jamás, desde mi infancia, había conseguido hacerme pasar un trago así. «Tengo una mala alergia», dije por fin. «Yo también», me contestó. Probablemente la misma. Volví a encogerme de hombros. Recogió mi viejo osito de peluche con una mano, se inclinó hacia él y le musitó algo en el oído. Después, tras girar la cabeza del osito hacia mí y modificando su voz me preguntó:

—¿Qué ocurre? Estás enfadado.

Para entonces ya debía de haberse percatado del bañador que llevaba puesto. ¿Lo llevaba más bajo de lo que rige la decencia?

—¿Quieres ir a nadar? —preguntó.

—Quizá luego —le respondí yo, haciendo uso de su palabra, pero intentando hablar lo menos posible para que no se diese cuenta de que estaba sin aliento.

—Vamos ahora.

Extendió la mano para ayudarme a levantar. Se la cogí y ocultándole el lado de la cara que daba a la pared para evitar que me viese le pregunté:

—¿Debemos hacerlo?

Esto es lo más cerca que jamás he estado de decirle quédate. Quédate a mi lado. Deja que tu mano vuele hacia donde desee, quítame el bañador y tómame, no haré ningún ruido, no se lo diré a nadie, sabes que la tengo dura y si no lo sabes cogeré tu mano, me la meteré ahora mismo dentro del bañador y dejaré que introduzcas todos los dedos que te apetezca dentro de mí.

¿No se habría enterado de nada de esto?

Dijo que iba a cambiarse y salió de la habitación. «Te veo abajo.» Cuando me miré la entrepierna me percaté, para mi asombro, de que estaba húmeda. ¿Lo habría visto el? Seguro que sí. Es por eso por lo que quería que mesemos a la playa. Es por eso por lo que se fue de mi habítacion. Me golpeé la cabeza con el puño. ¿Cómo podía haber sido tan descuidado, tan inconsciente, tan estúpido? Por supuesto que lo había notado.

Debía aprender a hacer lo que él había hecho. Encogerme de hombros y no preocuparme del fluido preseminal. Pero ése no era yo. A mí nunca se me hubiese ocurrido decir «¿Y qué más da si lo vio?». Y ahora él lo sabe.

Lo que nunca se me había ocurrido pensar es que alguien de los que vivían bajo mi mismo techo, que jugaba a las cartas con mi madre, que desayunaba y comía con nosotros, que recitaba por pura diversión las oraciones de bendición hebreas en las cenas de los viernes, que dormía en una de nuestras camas, usaba nuestras toallas, compartía nuestras amistades, veía la tele con nosotros durante los días de lluvia cuando nos sentábamos en el salón tapados con una manta porque hacía un poco de frío y nos sentíamos tan cómodos todos apretujados escuchando el repiqueteo de la lluvia contra los cristales, que a alguien más en mi mundo más cercano le pudiese gustar lo mismo que a mí, querer lo mismo que yo, ser quien yo era. Nunca se me hubiese pasado eso por la cabeza ya que aún estaba bajo la ilusión de que, salvo lo que leía en los libros, infería por los rumores u oía por curiosidad en algunas conversaciones subidas de tono, nadie de mi edad podría querer ser hombre y mujer a la vez, con hombres y mujeres. Había deseado a otros chicos de mi edad con anterioridad y me había acostado con chicas. Sin embargo, hasta que él se bajó del taxi y se adentró en mi hogar, nunca me habría parecido ni tan siquiera remotamente factible que alguien tan contento consigo mismo hubiera querido compartir su cuerpo tanto como yo anhelaba ofrecer el mío.

Con todo eso, dos semanas después de su llegada, todo lo que quería cada noche era que saliese de su habitación, no por la puerta principal, sino a través de las puertaventanas de nuestro balcón. Quería escuchar cómo se abrían sus ventanales, percibir sus alpargatas en el balcón y después el sonido de mis ventanas, que nunca estaban trancadas, al abrirse mientras él entraba en mi habitación después de que todos se hubiesen ido a la cama, deslizarse bajo las sábanas, desvestirme sin preguntar y tras conseguir que le desease más de lo que creía que podría querer jamás a alguien, se abriese camino dentro de mi cuerpo suave y dulcemente, con la cordialidad que un judío le otorga a otro, y después de haber tenido en cuenta las palabras que yo habría estado ensayando durante días, Por favor, no me hagas daño, lo que significaba, Hazme todo el daño que quieras.

Apenas estaba en mi habitación durante el día. En lugar de eso, los últimos veranos había adecuado una mesa circular con una sombrilla en el centro junto a la piscina del jardín trasero. A Pavel, nuestro anterior inquilino estival, le gustaba trabajar dentro de su alcoba y salía de vez en cuando al balcón para echarle un vistazo al mar o fumarse un cigarrillo. Antes que él, Maynard también trabajaba en su cuarto. Oliver necesitaba compañía. Al comienzo compartíamos mi mesa pero con el tiempo se habituó a extender una gran sábana en la hierba para tumbarse encima, flanqueado por páginas sueltas de sus manuscritos y lo que llamaba «sus cosas»: una limonada, crema solar, libros, sus alpargatas, unas gafas de sol, lápices de colores y música que escuchaba sin parar con unos auriculares, por lo que era imposible hablar con él a no ser que él hablase contigo antes. En ocasiones, cuando iba al piso de abajo por la mañana con mi libreta de apuntes o algún otro libro, él ya estaba espatarrado al sol con su bañador rojo o amarillo y venga a sudar, íbamos a correr o a nadar y al volver teníamos listo el desayuno en la mesa. Luego se habituó a dejar «sus cosas» en la hierba y a tumbarse justo en el borde alicatado de la piscina, el lugar que denominábamos «el cielo», una forma corta para decir «esto es el cielo», y después de comer solía decir «y ahora me voy para el cielo» añadiendo, como broma interna entre los latinistas, «a turrarme». Solíamos tomarle el pelo por las innumerables horas que pasaba empapado en loción solar tumbado en el mismo punto exacto.

—¿Cuánto tiempo estuviste esta mañana en el cielo? —le preguntaba mi madre.

—Dos horas sin parar. Pero tengo la intención de volver esta tarde prontito para un aturramiento más prolongado.

Ir al canto del paraíso también significaba estar tumbado sobre la espalda en el borde de la piscina con una pierna remojada en el agua, escuchando los auriculares y con el sombrero de paja en la cabeza.

Ahí estaba una persona a la que no le faltaba de nada. No entendía este sentimiento. Le envidiaba.

—Oliver, ¿estás dormido? —solía preguntarle cuando el aire de la piscina se había vuelto aletargado y tranquilo hasta la opresión.

Silencio.

Luego llegaba su respuesta, casi como un suspiro, sin que se moviese un solo músculo de su cuerpo.

—Lo estaba.

—Perdona.

Podía haberle besado todos y cada uno de los dedos del pie en el agua. Después besarle el tobillo y las rodillas. ¿Cuántas veces me habría quedado mirándole el bañador mientras el sombrero le tapaba la cara? No se podría ni imaginar en lo que me fijaba.

Otra opción era:

—Oliver, ¿estás dormido?

Un largo silencio.

—No. Pensando.

—¿Sobre qué?

Los dedos de los pies salían y entraban del agua.

—Sobre una interpretación que hizo Heidegger de un fragmento de Heráclito.

O, cuando ni yo tocaba la guitarra ni el escuchaba los auriculares, aún con el sombrero de paja en la cabeza, rompía el silencio:

—Elio.

—Dime.

—¿Qué estás haciendo?

—Leer.

—No, no estás leyendo.

—Pensar, entonces.

—¿Sobre qué?

Me moría por decírselo.

—Es privado —le respondía.

—¿Así que no me lo vas a decir?

—Así que no te lo voy a decir.

—Así que no me lo va a decir —refrendaba, pensativamente, como si le estuviese explicando a alguien algo sobre mí.

Cómo me gustaba la manera en la que remachaba lo que yo acababa de repetirle. Me hacía pensar en una caricia, o en un gesto que es totalmente accidental al principio, pero que se vuelve intencionado la segunda vez y más aún la tercera. Me recordaba la forma en la que Mafalda me hacía la cama cada mañana, primero doblando la sábana de arriba sobre la manta, luego volviéndola a doblar para cubrir la almohada que estaba encima de la manta y una última cuando volvía a doblarlo todo sobre la colcha una y otra vez hasta que me di cuenta de que arropados entre todos estos dobleces había recuerdos de algo al mismo tiempo piadoso e indulgente, como el beneplácito de un instante de pasión.

El silencio de aquellas tardes era siempre discreto y liviano.

—No te lo voy a decir —le decía.

—Entonces me vuelvo a dormir —expresaba él.

Me iba el corazón a cien. Debía de sospecharlo.

Silencio profundo de nuevo. Momentos después:

—Esto es el cielo.

Y no volvía a oírle pronunciar otra palabra en al menos una hora.

No había nada que me gustase más que estar sentado en mi mesa escudriñando mis transcripciones mientras él estaba tumbado boca abajo haciendo marcas en las hojas que le recogía cada mañana a la señora Milani, su traductora en B.

—Escucha esto —decía de vez en cuando mientras se quitaba los auriculares, rompiendo con ello el silencio opresivo de aquellas mañanas estivales largas y sofocantes—. Escucha esta chorrada —y se ponía a leer en alto algo que no podía creer que hubiese escrito unos meses antes—. ¿Tiene algo de sentido para ti?, porque para mí no.

—Quizá lo tenía cuando lo escribiste —le dije yo.

Recapacitó un rato, quizá midiendo mis palabras.

—Eso es lo más tierno que me ha dicho nadie en los últimos meses —dijo de una forma muy honesta, como si le hubiese sobrevenido una revelación repentina y estuviese otorgando a lo que dije un significado mayor del que yo quise implicar. Me sentí enfermo de forma súbita, aparté la mirada y finalmente pude murmurar lo primero que se me pasó por la cabeza:

—¿Tierno? —pregunté.

—Sí, tierno.

No entendía qué tenía que ver la ternura con eso. O quizá no veía con total claridad hacia dónde se dirigía todo esto y preferí dejar pasar el tema. De nuevo silencio. Hasta la siguiente vez que abriese la boca.

Me encantaba cuando rompía el silencio que existía entre ambos para decir algo, lo que fuese, o para preguntarme qué opinaba sobre X, o si había oído hablar de Y. Nadie en la casa me preguntaba jamás mi opinión sobre las cosas. Si aún no se había dado cuenta de por qué, se la daría muy pronto, era tan sólo una cuestión de tiempo hasta que él cayese en la misma cuenta que el resto de que yo era el bebé de la familia. Y así con todo allí estaba en su tercera semana con nosotros preguntándome si alguna vez había oído hablar de Athanasius Kircher, Giuseppe Belli o Paul Celan.

—Sí, había oído hablar de ellos.

—Yo soy casi una década mayor que tú y hasta hace tan sólo unos pocos días no sabía de la existencia de ninguno de ellos. No lo entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes? Papá es profesor universitario. Crecí sin televisión. ¿Ahora lo entiendes?

—¿Por qué no te vuelves a poner con tus ruiditos? —dijo mientras hacía como si estuviese arrugando la toalla y tirándomela a la cara.

Me gustaba incluso la manera en la que me regañaba.

Cierto día, mientras movía mi cuaderno encima de la mesa, tiré accidentalmente un vaso. Se cayó al suelo. No se rompió. Oliver, que estaba cerca, se levantó, lo cogió y lo colocó, no sólo encima de la mesa, sino junto a mis papeles.

No sabía dónde buscar las palabras de agradecimiento.

—No tenías por qué —proferí finalmente.

Dejo pasar el suficiente tiempo para que yo registrase que su respuesta no iba a ser fortuita o despreocupada.

—Quería hacerlo.

Quería hacerlo, pensé yo.

Quería hacerlo, me lo imaginé repitiéndolo ama- e, complaciente, efusivo como solía estar justo antes de que le sobreviniese el mal humor.

Para mí aquellas tardes que pasábamos alrededor e la mesa de madera del jardín con el enorme parasol sombreando de forma imperfecta mis papeles, con el repiqueteo de los hielos en la limonada, el sonido no muy lejano de las olas besando las enormes rocas y de fondo, proveniente de alguna de las casas vecinas, una emisora de grandes éxitos repetidos una y otra vez de forma entrecortada y velada, todas estas cosas quedaron enmarcadas para siempre en aquellas mañanas en las que lo único que deseaba era que el tiempo se detuviese. Que el verano no terminase jamás, que él nunca se alejase, que la música repetida una y otra vez siguiese para siempre, pido muy poca cosa y juro que no exigiré nada más en la vida.

¿Qué es lo que quería? ¿Y por qué no podía saber lo que ambicionaba incluso cuando estaba ya lo suficientemente preparado para ser tan brutal en mis confesiones?

Quizá lo menos que esperaba que me dijese fuera que no había nada malo respecto a mí, que no era menos humano que cualquier otro jovencito de mi edad. Me hubiese quedado satisfecho y no hubiese pedido nada más si él se hubiera agachado y recogido la dignidad que había arrojado a sus pies con tan poco esfuerzo.

Yo era Glauco y él era Diomedes. En nombre de algún oscuro pacto entre hombres nos intercambiamos las armaduras, la mía de oro por la suya de bronce. Un cambio justo. Ninguno de los dos regateó ni mencionó nada de baratijas ni de extravagancias.

La palabra «amistad» me vino a la cabeza. Pero la amistad, como la define todo el mundo, me era ajena, algo improductivo que no me importaba en absoluto. En cambio, lo que yo había querido desde el momento en que se bajó del taxi hasta que nos despedimos en Roma era lo que todos los humanos suplican a los demás, lo que hace que la vida sea vivible. Tendría que salir de el primero. Después, posiblemente, de mí.

Existe una ley en algún lugar que dice que cuando una persona está totalmente enamorada de otra, es inevitable que la otra lo esté también. Amor ch’a null’amato amar perdona. «El amor no exime de amar a quien es amado», palabras de Francesca en el Inferno. Solo tienes que aguardar y tener esperanza. Yo la tenía, aunque quizá esto fuese lo que he querido todo el tiempo. Esperar para siempre.

Mientras estaba allí sentado trabajando en mis transcripciones en la mesa redonda por la mañana, lo que hubiese aceptado finalmente no era su amistad, ni cualquier cosa. Tan sólo levantar la cabeza y verle, loción solar, sombrero de paja, bañador rojo, limonada. Elevar la vista y encontrarte allí, Oliver. Muy pronto llegará el día en que mire y ya no estés más en tu lugar.

A última hora de la mañana, los amigos y vecinos de las casas adyacentes normalmente se dejaban caer por aquí. Todo el mundo se reunía en nuestro jardín y luego todos juntos nos dirigíamos a la playa cercana. Nuestra casa era la que más cerca estaba del agua y todo lo que hacía falta era abrir la puertecilla en la balaustrada, bajar por las estrechas escaleras del peñasco y ya estabas en las rocas. Chiara, una de las chicas que hace tan sólo tres años era más baja que yo y que el verano pasado no me dejaba ni a sol ni a sombra, se había convertido en una mujer que dominaba el arte de no saludarme siempre que nos cruzábamos. En cierta ocasion, ella y su hermana menor llegaron con el resto, recogieron la camiseta de Oliver de la hierba y se la lanzaron.

—Ya vale. Nos vamos a la playa y tú te vienes con nosotras —dijeron.

Él estaba deseando complacerlas.

—Dejad que recoja todos estos papeles, o de lo contrario su padre —y mientras sus manos reorganizaban los papeles, usó la barbilla para señalarme— me despellejara vivo. r

—Hablando de piel, acércate un poco —diio ella y con la punta de los dedos, suave y lentamente, intento arrancar un pellejo que se le estaba desprendiendo de sus hombros bronceados, que habían adquirido el mismo matiz dorado que un campo de trigo a finales de junio. Cómo deseaba yo poder hacer eso—. Dile a su padre que fui yo quien arrugó los papeles, a ver qué dice entonces.

Echando un vistazo a los manuscritos que Oliver había dejado sobre la enorme mesa del comedor antes de subir las escaleras, Chiara le gritó desde el piso de abajo que ella podría haber hecho una traducción mejor de esas hojas que la traductora local. Chiara, que era hija de un expatriado como yo, tenía una madre italiana y un padre americano. Hablaba en inglés e italiano con ambos.

—¿También sabes mecanografiar? —su voz procedía del piso de arriba donde buscaba por su habitación otro bañador, luego desde la ducha, portazos, porrazos de cajones, golpes de zapatos.

—Escribo bien a máquina —gritó ella mientras miraba hacia arriba al hueco vacío de la escalera.

—¿Tanto como hablas?

—Mejó. Y te haría también me jó precio.

—Necesito cinco páginas traducidas al día, listas para recoger cada mañana.

—Entonces no te haré nd —soltó Chiara—. Búscate a otra pessona.

—Bueno, la señora Milani necesita el dinero —dijo mientras bajaba con la camisa ondulada azul, alpargatas, un bañador slip rojo, gafas de sol y la edición roja de Loeb de Lucrecio de la que nunca se separaba—. Me va bien con ella —dijo a la vez que se extendía crema en los hombros.

—Me va bien con ella —dijo Chiara con una risa tonta—. A mí me vas bien tú, a ti te voy bien yo, a ella le va bien él...

—Dejad de hacer el payaso y vamos a bañarnos —dijo la hermana de Chiara.

Me costó mucho tiempo darme cuenta de que tenía cuatro personalidades según el bañador que llevase puesto. El hecho de saber a qué atenerme me hizo pensar que poseía una cierta ventaja.

Rojo: descarado, testarudo, muy maduro, casi brusco y malhumorado. Mantenerse alejado.

Amarillo: enérgico, optimista, gracioso aunque no carente de púas. No ceder con facilidad, puede volverse rojo en cualquier momento.

Verde, casi nunca lo llevaba: conformista, con ganas de aprender, hablador, deslumbrante. ¿Por qué no sería siempre así?

Azul: lo llevaba la tarde que entró en mi habitación por el balcón, el día que me dio un masaje de hombros o cuando recogió el vaso del suelo y lo colocó justo a mi lado.

Hoy iba de rojo: estaba acelerado, resuelto, vigoroso.

Cuando se disponía a salir cogió una manzana de un cuenco enorme de fruta, profirió un animado «¡Luego, señora P.!» a mi madre que estaba sentada con un par de amigas a la sombra, las tres en traje de baño, y en lugar de abrir la puertezuela que daba al camino estrecho que iba hacia las rocas, la saltó. Jamás ninguno de nuestros invitados había sido tan espontáneo. Todo el mundo le adoraba por eso, todo el mundo aprendió a apreciar su ¡Luego!

—Okay, Oliver, okay. ¡Luego!—dijo mi madre, intentando imitar su jerga y aceptando incluso su nueva forma de tratamiento como señora P. Siempre había algo brusco en esa palabra. No era un «hasta luego» o un «cuídate», ni siquiera un ciao. ¡Luego! era. un saludo excitante y rompedor que daba de lado a todas nuestras melifluas sutilezas europeas. ¡Luego! dejaba siempre un regusto áspero en lo que hasta entonces había sido un momento cálido e íntimo. ¡Luego! no cerraba las cosas de forma suave, ni daba pie a que se fuesen muriendo poco a poco. Procuraba un severo portazo.

Pero ¡Luego! era también una forma de evitar decir adiós y facilitar todos los adioses. Se dice ¡Luego! sin dar a entender que es una despedida sino para decir que en breve estarás de vuelta. Es el equivalente a «Será un segundo», la respuesta que le dio a mi madre después de que ésta le pidiese que le pasase el pan mientras él se entretenía apartando las espinas del pescado. Será un segundo. Mi madre, que odiaba lo que ella denominaba sus americanismos, terminó por referirse a él como il cauboi, el vaquero. Comenzó como algo despectivo pero rápidamente se tornó en un apodo cariñoso que acompañaba a su otro mote, que se le otorgó durante su primera semana allí cuando bajó a la mesa del comedor después de ducharse repeinado hacia atrás. La star, había dicho ella para abreviar la muvi star. Mi padre, que siempre era el más indulgente de todos, aunque también el más observador, ya había descifrado al cauboi.

—É un timido, ése es el problema —dijo cuando le preguntaron por el desabrido ¡Luego! de Oliver.

¿Oliver tímido? Eso era nuevo. ¿Podía todo aquel brusco americanismo ser solamente una manera exagerada de encubrir el hecho de que no sabía —o tenía miedo de no saber— cómo despedirse con gracia? A raíz de eso recordé cómo durante días se había negado a comer huevos pasados por agua por las mañanas. Al cuarto o quinto día, Mafalda insistió en que no podía abandonar la región sin haber probado los huevos. Al final accedió, lo que le llevó a tener que admitir, no sin un cierto matiz de auténtica incomodidad que nunca se preocupo en ocultar, que no sabía cómo abrir un huevo pasado por agua.

—Lasci fare a me, Signor Ulliva. Déjame a mí —dijo ella.

Desde aquella mañana y tras mucho tiempo entre nosotros, le llevaba dos huevos y no servia a los demas hasta que no hubiese abierto la cáscara de ambos.

¿Querría un tercer huevo?, preguntó ella. Había gente a quien le gustaban más de dos huevos.

—No, con dos vale —respondió él y volviéndose hacia mis padres añadió—: Me conozco y si me tomo tres, luego serán cuatro y despues más.

Nunca había oído a alguien de su edad decir me conozco. Me sentí intimidado.

Sin embargo, a Mafalda ya la había convencido mucho antes, durante su tercera mañana con nosotros, cuando le preguntó si le gustaba tomar zumo por las mañanas. Él contestó que sí. Seguramente esperase néctar de naranja o de pomelo pero lo que recibió fue un gran vaso lleno hasta el borde de jugo de albaricoque muy denso. Nunca antes lo había tomado. Ella se puso delante de él con la bandeja apretada contra el delantal, intentando vislumbrar su reacción mientras se lo tragaba. Al principio no dijo nada. Luego, probablemente sin pensar, se relamió. Ella estaba en el cielo. Mi madre no podía creerse que gente que daba clase en las grandes universidades se relamiese los labios después de beber zumo de albaricoque. Desde aquel día, un vaso de ese elixir le estaba esperando cada mañana.

Se quedó perplejo al saber que, de entre todos los lugares posibles, había albaricoques en nuestro huerto. Al final de la tarde, cuando no había nada que hacer en la casa, Mafalda solía pedirle que se subiese a una escalera con una cesta y recogiese los frutos que estuviesen vergonzosamente sonrojados, le decía. No, éste está aún demasiado joven, los jóvenes no tienen vergüenza, la vergüenza llega con la edad.

Nunca olvidaré cómo le observaba desde mi mesa cuando se subía por la pequeña escalera con su bañador slip rojo y tardaba una eternidad en coger los albaricoques más maduros. De camino a la cocina —cesta de mimbre, alpargatas, camisa ondulada, crema bronceadora y demás me lanzó uno enorme y me dijo «¡Píllalo!» de la misma manera que hubiese lanzado una pelota de tenis de lado a lado de la pista y hubiese dicho «¡Sacas tú!». Por supuesto que él no tenía ni idea de lo que estaba pensando unos minutos antes, pero los firmes y redondeados carrillos del albaricoque con el hoyuelo en el medio me recordaron cómo su cuerpo se había estirado de una rama a otra con el culo prieto y redondeado recordando el color y la forma de la fruta. Tocar el albaricoque era como tocarlo a el. Él nunca lo sabría, al igual que la gente a la que le compramos el periódico cada día y con la que fantaseamos toda la tarde no tiene ni idea de que un rasgo peculiar de su cara o el bronceado de sus hombros expuestos nos aportarán infinitos momentos de placer cuando estemos solos.

¡Píllalo!, al igual que ¡Luego!, posee una calidad directa y poco ceremoniosa que me recuerda lo retorcidos y misteriosos que son mis deseos comparados con la espontaneidad sociable de todo lo que le rodea. Nunca se le hubiese ocurrido que al poner el albaricoque en la palma de mi mano me estuviese obsequiando con su culo para que lo agarrase o que, al morder la fruta, también estaba mordiendo esa parte de su cuerpo que debe de ser más fina y bella que el resto, pues nunca se dora al sol y además está cerca, si es que llegase a atreverme a morder tanto, de su rabito.

De hecho, él sabía más sobre los albaricoques que nosotros —injertos, etimología, orígenes, aventuras en el mediterráneo y sus alrededores—. Aquella mañana en la mesa del desayuno, mi padre nos explicó que el nombre de la fruta provenía del árabe pues la palabra —en italiano albicocca, abricot en francés, aprikose en alemán, e igual que las palabras «álgebra», «alquimia» y «alcohol»— derivaba de un sustantivo arábigo combinado con el artículo al delante. El origen de albicocca era al-birquq. Mi padre, que no podía resistirse a no dejarlo todo lo suficientemente claro, necesitaba respaldar toda la actuación con un pequeño estímulo de reciente cosecha por lo que añadió que lo realmente asombroso era que, en la actualidad, en Israel y en muchos países árabes se refieren a esa fruta con un nombre completamente distinto: mishmish.

Mi madre estaba perpleja. Todos, incluidos mis dos primos que estaban de visita aquella semana, sentimos el impulso de aplaudir.

Sin embargo, en lo que respecta a las etimologías,

Oliver sintió tener que disentir.

—¡Ah! —fue la reacción sobresaltada de mi padre.

—En realidad el término no es exactamente árabe—dijo.

—¿Y eso? —era obvio que mi padre estaba imitando la ironía y la mayéutica socrática, que empezaría con un «Así que no...», dejando después que el interlocutor se introdujera en turbulentas arenas movedizas.

—Es una larga historia, así que no te despistes, Pro —de repente Oliver se había puesto serio—. Muchas palabras latinas derivan del griego. En el caso de «albarico- que», sin embargo, es a la inversa: el griego bebe del latín. La palabra latina era praecoquum, de pre-coquere, precocinado, que madura antes, como en el caso de «precoz» que significa «prematuro».

»Los bizantinos tomaron prestado praecox que se convirtió en prekokkia o berikokki, y así es como finalmente los árabes debieron de heredar al-birquq.

Mi madre no pudo resistir su hechizo, se acercó a él, desaliñó su pelo y dijo: «Che muvi star!».

—Tiene razón. No hay por qué negarlo —dijo mi padre sin aliento, como si estuviese actuando igual que un acobardado Galileo que tuviese que murmurarse la verdad a sí mismo.

—Lo sé gracias a un curso elemental de Filología —dijo Oliver.

Todo en lo que yo podía pensar era albaricoque, rabito, rabito, albaricoque.

Un día vi a Oliver subido en la escalera con el jardinero, Anchise, intentando aprender todo lo posible so- re sus injertos, que explicaban por qué esos albaricoques eran mas grandes, carnosos y jugosos que los de la mayoría de la región. Le fascinaban los injertos, sobre todo cuando descubrió que el jardinero podía pasarse horas y horas compartiendo todo lo que sabía sobre ellos con alguien que se molestase en preguntar.

Resultó que Oliver sabía más sobre tipos de comida, quesos y vinos que todos nosotros juntos. Incluso Ma- falda estaba cautivada y en ocasiones se adhería a su opinión: «¿Crees que debo saltear la pasta con cebolla o salvia? ¿Sabe demasiado a limón ahora? Lo he estropeado, ¿no? Debería haberle añadido un huevo más, ¡no se sostiene! ¿Debo usar la licuadora nueva o debo seguir usando el viejo mortero y la mano?».

Mi madre no podía resistirse a lanzar alguna que otra pulla.

—Como todos los caubois —decía—, saben todo lo que hay que saber sobre la comida pero no saben sujetar con propiedad ni el tenedor ni el cuchillo. Gourmets aristocráticos con modales plebeyos. Dadle de comer en la cocina.

Con mucho gusto, hubiese respondido Mafalda. Y de hecho, un día que llegó tarde a almorzar después de haber pasado toda la mañana con la traductora, el señor Ulliva se puso a comer en la cocina espaguetis y a beber vino tinto con Mafalda, Manfredi, su marido y nuestro chófer y Anchise, y todos intentaron enseñarle una canción napolitana. No sólo era el himno nacional de la juventud en el sur, sino que era lo mejor que podían ofrecer cuando querían entretener a la realeza.

Se los había ganado a todos.

Me daba la sensación de que Chiara estaba igualmente colada. Y su hermana también. Incluso la muchedumbre de tenistas holgazanas que llevan cuatro años viniendo a primera hora de la tarde antes de ir a la playa para darse un último baño se quedaban un rato más de lo habitual con la esperanza de poder jugar un partido rápido con él.

Con cualquiera de los otros residentes estivales me hubiese molestado. Pero al ver que todos le cogían tanta simpatía me sobrevino una sensación extraña, un pequeño oasis de paz. ¿Qué podía tener de malo que me gustase alguien que le gustaba a todo el mundo? La mayoría estaban encantados con él, incluidos mis dos primos, así como los demás parientes que venían a quedarse los fines de semana y a veces más tiempo. A pesar de ser conocido por sacar defectos a todo el mundo, me producía cierta satisfacción ocultar mis sentimientos por él bajo mi usual indiferencia, hostilidad o rencor hacia cualquiera que me eclipsara en la casa. Debido a que les gustaba a todos, yo debía decir que me gustaba también. Me sentía como esos hombres que dicen de otro varón que es muy guapo como la mejor forma de ocultar que en realidad se mueren por abrazarle. Si me oponía al visto bueno universal sería una forma de alertar a los demás de que tenía motivos ocultos para resistirme a él. Oh, me gusta mucho, decía durante los primeros diez días cuando mi padre me preguntaba qué pensaba de él. Había utilizado de forma intencionada palabras muy comprometedoras pues así nadie sospecharía que había un doble fondo en la secreta paleta de matices que empleaba para referirme a él. Es la mejor persona que he conocido en mi vida, dije la noche en que el pequeño bote en que había salido a navegar junto con Anchise por la tarde tardó en volver y comenzamos a buscar el teléfono de sus padres en Estados Unidos por si debíamos darles una terrible noticia.

Aquel día incluso me animé a dejar salir mis inhibiciones y demostré mi dolor de la misma manera que el resto estaba mostrándolo. Pero también lo hice para que nadie pudiese sospechar que albergaba unos deseos mucho mas secretos y desesperantes, hasta que me di cuenta, para mi vergüenza, de que había una parte en mí a la que no le importaba que se muriese, que había algo incluso excitante en la idea de que su cuerpo hinchado y sin ojos arribase finalmente a nuestras costas.

Pero no podía engañarme. Estaba convencido de que nadie en el mundo lo deseaba tan físicamente como yo; ni había alguien dispuesto a viajar la distancia que yo estaba preparado para recorrer por él. Ninguno había estudiado cada hueso de su cuerpo, tobillos, rodillas, muñecas, dedos de las manos y de los pies, nadie codiciaba cada pliegue de sus músculos, ninguno se lo llevaba a la cama cada noche y al verlo por la mañana tumbado en su cielo junto a la piscina le sonreía y cuando una sonrisa se aproximaba a sus labios pensaba: ¿sabes ya que anoche me corrí en tu boca?

Quizá los demás también albergasen algo especial hacia él que ocultaban hasta que se lo demostraban de manera particular. Pero a diferencia de los otros, yo era el primero que lo veía cuando volvía de la playa o cuando la silueta inconsistente de su bicicleta, borrosa entre la bruma de media tarde, aparecía por el camino de pinos que daba a nuestra casa. Fui el primero en reconocer sus pasos cuando una noche llegó tarde al cine y se quedó allí de pie buscándonos, sin decir una palabra hasta que me di la vuelta sabiendo que le haría muy feliz que le hubiese visto. Le reconocía por la forma en que pisaba las escaleras que le conducían a nuestro balcón o el descansillo justo delante de la puerta de mi habitación. Sabía cuándo se detenía delante de las puertaventanas, como si se estuviese decidiendo a llamar, pero luego recapacitase y continuase caminando. Sabía que era él quien conducía la bicicleta por la forma en que ésta derrapaba siempre de manera juguetona en el camino de gravilla y después seguía rodando a pesar de que era imposible que tuviese tracción, para luego pararse de forma repentina, enérgica y decidida y proferir una especie de voilà! al bajarse.

Intentaba siempre tenerlo dentro de mi campo de visión. No dejaba que se alejase de mí nunca, excepto cuando no estaba conmigo. En ese caso no me importaba demasiado lo que hiciese, mientras que se comportase igual con los demás que conmigo. No le permitía ser otra persona cuando estaba lejos. Ni alguien que yo no hubiese visto. No toleraba que tuviese una vida diferente a la que tenía con nosotros, conmigo.

No me consentía perderlo.

Sabía que no podía sujetarlo, que no tenía nada que ofrecerle, ningún señuelo para atraparlo.

No era nada.

Sólo un crío.

Él simplemente distribuía su atención cuando la ocasión le parecía idónea. Cuando vino a ayudarme a entender mejor un fragmento de Heráclito, puesto que yo tenía la determinación de leer a «su» autor, las palabras que me vinieron a la cabeza no eran «caballerosidad» o «generosidad» sino «paciencia» y «aguante». Unos minutos más tarde, cuando me preguntó si me gustaba el libro que estaba leyendo, me dio la sensación de que no era por curiosidad sino por tener una oportunidad de charlar de manera informal. Todo era muy informal.

Le parecía bien la informalidad.

¿Cómo es que no estás en la playa con los demás?

Vuelve a tu sitio.

¡Luego!

¡Píllalo!

Sólo estaba intentando mantener una conversación.

Charlar de manera informal.

Nada.

Oliver recibía muchas invitaciones de otras casas, o se habla “«vertido en una especie de tradición entre nuestros inquilinos veraniegos. Mi padre siempre quería que se sintiesen libres de «propagar» sus libros y conocimientos por el pueblo. También creía que los sabios debían saber cómo dirigirse a los legos, y es por ese motivo por el que siempre había abogados, médicos o empresarios sentados a nuestra mesa. Decía que todo el mundo en Italia había leído a Dante, Homero y Virgilio. No importa a quién te dirijas, siempre puedes soltar algo de Homero o Dante al principio de la conversación. Virgilio es un deber y Leopardi llegará después. Tras eso, siéntete con libertad para deslumbrarles con todo lo que tengas, Celan, cilantro, salami, qué más da. Esto tiene también la ventaja de que da la posibilidad a todos los residentes de perfeccionar su italiano, uno de los requisitos de la residencia. Que estuviesen de ronda de cenas por todo B. tenía también otro beneficio: nos libraba de tenerlos a nuestra mesa todas y cada una de las noches de la semana.

Pero las invitaciones de Oliver se habían vuelto vertiginosas. Chiara y su hermana lo querían al menos dos veces por semana. Un caricaturista de Bruselas, que había alquilado una hacienda para todo el verano, lo solicitaba para sus soupers de domingo, a las que siempre estaban invitados los escritores y especialistas de los alrededores. Luego los Moreschi, que vivían tres casas más abajo, los Malaspina de N. y los conocidos ocasionales que rompían a tocar en una de las tabernas de la piazzetta o en Le Danzing. Todo esto sin mencionar sus partidas de póquer y bridge, que se organizaban de una forma totalmente desconocida para nosotros.

Su vida, al igual que sus papeles, incluso cuando daba toda la impresión de ser caótica, estaba meticulosamente compartimentada. En ocasiones se saltaba la cena del todo y tan sólo le decía a Mafalda: «Esco, me marcho».

Su Esco, me di cuenta lo bastante pronto, era tan sólo otra versión del ¡Luego! Un adiós incondicional y sumario que no se exponía mientras te ibas sino cuando ya estabas fuera. Se pronunciaba de espaldas a aquellos de los que te despedías. Me daban pena las víctimas que deseaban apelar, presentar declaración.

Ignorar si se iba a personar en la cena era una tortura. Pero era soportable. El auténtico trauma consistía en no atreverme a preguntar si asistiría. Que se me saliese el corazón del pecho si por fin oía su voz o le veía sentado en su sitio cuando ya casi había perdido la esperanza de que aquella noche se encontrase entre nosotros, mostrándose de repente como una flor envenenada. Verle y creer que se iba a unir a nosotros para cenar y luego escuchar un Esco tajante me enseñó que hay ciertos deseos que deben ser sujetados con alfileres como las alas de una radiante mariposa.

Quería que se fuese de nuestra casa para así poder darle el portazo definitivo.

También deseaba que se muriese y así, como no podía dejar de pensar en él y de preocuparme por cuándo sería la próxima vez que lo vería, al menos su muerte acabaría con todo ello. Incluso ansiaba matarle yo mismo, para así darle a entender lo que su mera existencia había llegado a importunarme, lo insoportable que era su facilidad con todo y con todo el mundo, el llevar las cosas con tanta calma, su incansable no me molesta tal o tal cosa, los brincos por encima de la valla hacia la playa cuando todos los demás abrían antes la puertezuela, sin mencionar sus bañadores, su lugar en el paraíso, su descarado ¡Luego! y la manera de chasquear los labios al beber zumo de albaricoque. Si no le asesinaba, entonces le dejaría paralítico de por vida para que tuviese que permanecer con nosotros en una silla de ruedas y no volver jamás a Estados Unidos. Si estuviese en una silla de ruedas, siempre sabría dónde se encontraba y seria mas fácil localizarle. Me sentiría superior a él y me convertiría en su maestro, ahora que estaba lisiado.

Luego se me ocurrió que en lugar de eso podía suicidarme, o dejarme gravemente herido y hacerle saber el motivo de haberlo hecho. Si me laceraba la cara desearía que me mirase y se preguntase por qué, por qué iba alguien a hacerse eso a sí mismo, hasta que luego —sí, ¡Luego!—, anos mas tarde, atase cabos y se diese golpes contra la pared.

En ocasiones era Chiara quien debía ser eliminada. Ya sabía lo que pretendía. Era de mi edad y su cuerpo estaba más que preparado para él. ¿Más que el mío?, me preguntaba. Ella iba detrás de él, eso quedaba claro, mientras que yo todo lo que deseaba era una noche con él, sólo una noche —incluso una hora— aunque solamente fuese para determinar si quería pasar alguna otra más con él después de la primera. De lo que no quise darme cuenta fue de que su ansia por poner a prueba al deseo no era más que una estratagema para obtener lo que queríamos sin tener que admitir que lo pretendíamos. Me dio pavor pensar lo experimentado que podía ser él. Si era capaz de hacer tantos amigos a las pocas semanas de estar aquí, simplemente figúrate cómo sería su vida en su casa. Imagina dejarle suelto en un campus universitario urbano como el de Columbia, donde impartía clases.

El asunto con Chiara ocurrió con tal facilidad que no hubo tiempo para conjeturas. Le encantaba irse con ella a dar un paseo y alejarse mar adentro montados en la barca de remos de doble casco, él remando mientras ella ganduleaba al sol y se quitaba el sujetador cuando ya se habían parado lejos de la costa.

Yo observaba. Temía perderlo en su favor. Temía también perderla a ella en favor de él. Aun así, la idea de los dos juntos no me angustiaba. Me la ponía dura, aunque no sabía si era provocado por el cuerpo de Chiara desnudo tumbado al sol, por el de él junto a ella, o los dos juntos. Desde donde yo estaba en la barandilla del jardín que daba al peñasco podía forzar la vista y conseguir verlos tumbados al sol el uno junto al otro, probablemente besuqueándose, ella colocando de vez en cuando un muslo sobre el de él, hasta que unos minutos despues el hacia lo mismo. No se habían quitado los bañadores. Eso me confortaba, pero cuando tiempo después los vi bailando una noche, algo me dijo que ésos no eran los movimientos de alguien que se había limitado a meterse mano.

En realidad, me gustaba verlos bailar juntos. Quizá observar cómo se contoneaba así con alguien me hizo darme cuenta de que ahora estaba cogido, que no existían motivos para la esperanza. Y esto era algo bueno. Ayudaría a mi recuperación. Tal vez pensar de esta forma era ya una señal de que la reparación estaba en camino. Había rozado la zona prohibida y había sido perdonado con bastante facilidad.

Pero cuando a la mañana siguiente me dio un vuelco el corazón al verle en nuestro lugar habitual del jardín, supe que desearles lo mejor y anhelar una recuperación no tenían nada que ver con lo que aún requería de él.

¿Se le aceleraba el corazón al verme entrar en la habitación?

Tenía serias dudas.

¿Me ignoró aquella mañana de la misma forma que yo le ignoraba a él: a propósito, para sacarme de mis casillas, para protegerse, para demostrar que no significaba nada para él? ¿O no era consciente, de la misma forma en que, a veces, las personas más observadoras son incapaces de entender los signos más obvios pues simplemente no están prestando atención, no les interesa, no les preocupa?

Cuando él y Chiara bailaban, veía cómo ella pasaba su muslo entre las piernas de él. Y los había pillado luchando en broma rebozados en la arena. ¿Cuándo había comenzado? ¿Y por qué no estaba yo allí cuando se inició? ¿Y por qué no me lo comunicaron? ¿Por qué no era capaz de reconstruir el momento en el que pasaron de X a Y? Estoy seguro de que había muchas señales a mi alrededor. ¿Por qué no era consciente de ello?

Comencé a pensar solamente en lo que harían juntos. Hubiese hecho cualquier cosa para arruinar todas y cada una de las oportunidades que tuviesen para estar solos. Hubiese comenzado difamaciones del uno contra el otro para luego contarle la reacción al otro. Pero también quería ver cómo lo hacían ellos mismos, quería estar presente, que me debiesen algo y ser su cómplice necesario, su intermediario, el peón que se había convertido en algo tan vital, tanto para el rey como para la reina, que era ahora el dueño del tablero.

Comencé a decir cosas agradables sobre ambos, fingiendo no tener ni idea de cómo marchaba todo entre ellos. Él pensaba que yo estaba siendo muy coqueto. Ella dijo que sabía cuidarse sola.

—¿Estás intentando emparejarnos? —me preguntó ella con un cierto tono de burla en su voz.

—De todos modos, ¿a ti qué más te da? —me preguntó él.

Le describí el cuerpo de ella desnudo, que había contemplado dos años antes. Quería que se excitase. Daba igual lo que desease, siempre y cuando estuviese excitado. A ella también le describí su cuerpo, pues quería ver si su pasión se parecía a la mía para así compararlas y comprobar cuál de las dos era la auténtica.

—¿Estás intentando hacer que me sienta atraído por ella?

—¿Qué problema habría en ello?

—Ningún problema. Excepto que a mí me gusta ir por mi cuenta, si no te importa.

Me llevó un tiempo entender lo que buscaba en realidad. No sólo quería que se excitase en mi presencia o hacer que me necesitase, sino que le animaba a hablar sobre ella a sus espaldas. Iba a convertir a Chiara en el cotilleo entre dos hombres. Eso permitiría un calentamiento de ambos a través de ella, salvar la distancia entre los dos al admitir que nos atraía la misma mujer.

Tal vez sólo quisiese hacerle saber que me gustaban las chicas.

—Mira, es muy amable por tu parte, y yo te lo agradezco, pero déjalo.

Su rechazo me indicaba que no iba a seguirme el juego. Me puso en mi lugar.

No, él es muy noble, pensé. No como yo, insidioso, siniestro y básico. Eso potenció mi agonía y provocó en mí unas marcas de vergüenza. Ahora, además de la deshonra de desearle de la misma manera que Chiara, le respetaba, le temía y le odiaba por conseguir que me odiase a mí mismo.

La mañana siguiente de verles bailar no hice ningún ademán de ir a correr con él. Ni tampoco lo hizo él. Cuando finalmente lo saque a colacion, puesto que el silencio sobre la materia se había vuelto insoportable, me dijo que ya había ido.

—Estás siendo un poco dormilón últimamente.

Qué listo es, pensé yo.

De hecho, durante las últimas mañanas me había acostumbrado tanto a que me esperase que me confié y dejé de preocuparme de cuándo me levantaba. Así aprenderé.

A la mañana siguiente, a pesar de que yo quería ir a nadar con él, ir al piso de abajo hubiese sido como la reacción de alguien escarmentado tras una eventual regañina. Así que me quedé en mi habitación. Tan sólo para demostrar que estaba en lo cierto. Oí cómo andaba con cuidado por el balcón, casi de puntillas. Me estaba evitando.

Bajé mucho más tarde. Para entonces él ya se había ido a entregar las correcciones y recoger las últimas traducciones de la señora Milani.

Dejamos de hablar.

Incluso cuando compartíamos espacio por las mañanas, las conversaciones eran a lo sumo vagas y superfluas. Ni siquiera se le podía llamar charlar.

No le molestaba. Probablemente ni lo hubiese reconsiderado.

¿Como puede haber gente que atraviese un infierno para estar más cerca de otra persona mientras ésta no tiene ni la más remota idea de nada y ni tan siquiera le dedica un pensamiento durante semanas o intercambia unas palabras con él? ¿Podría Oliver imaginarse algo? ¿Debía

El romance con Chiara comenzó en la playa. Después dejó de lado el tenis y comenzó a dar paseos en bici por las tardes con ella y sus amigos a través de las lejanas colinas del oeste paralelas a la costa. Cierto día, cuando eran demasiados para ir a montar en bici, Oliver se giró y me preguntó si me importaba dejarle mi bicicleta a Mario pues yo no la estaba utilizando.

Hizo que volviese a cuando tenía seis años.

Me encogí de hombros dando a entender un «Adelante». Me daba completamente igual. Pero en cuanto se fueron, subí corriendo a mi cuarto y rompí a llorar sobre mi almohada.

Alguna noche nos encontrábamos en Le Danzing. Nunca podíamos pronosticar cuándo aparecería Oliver. Tan sólo salía a escena e igual de repentinamente desaparecía, unas veces solo, otras acompañado. Cuando Chiara venía a nuestra casa como había hecho desde que era una niña, se sentaba en el jardín y miraba hacia fuera, a la espera de su llegada. Entonces, mientras pasaba el tiempo y ya no teníamos nada más que decirnos, me preguntaba, «C’è Oliver?». Fue a ver a la traductora. O bien: Está en la biblioteca con mi padre. O: Está por la playa. «Bueno, pues entonces me voy. Dile que he estado aquí.»

Se acabó, pensé.

Mafalda negó con la cabeza con una mirada de reproche compasivo.

—Ella es un bebé, él un profesor universitario. ¿No podía haber buscado a alguien de su edad?

—Nadie te ha preguntado nada —soltó Chiara, que lo había oído y no estaba dispuesta a ser criticada por una cocinera.

—No se te ocurra hablarme así o te partire la cara en dos —dijo nuestra cocinera napolitana a la vez que levantaba con ademán amenazante la palma de la mano . Aún no ha cumplido los diecisiete y ya va por ahí levantando pasiones con los pechos al aire. ¿Se cree que soy nueva?

Podía imaginarme perfectamente a Mafalda inspeccionando las sábanas de Oliver cada mañana. O comparando información con la criada de Chiara. No se le podía escapar ningún secreto a esta red de amas de casa informadas perpetuamente.

Miré a Chiara. Sabía que estaba dolida.

Todo el mundo sospechaba que había algo entre ellos. Por la tarde, él solía decir que iba al cobertizo junto al garaje a coger una bici para acercarse al pueblo. Una hora y media después había vuelto. La traductora, solía decir.

—La traductora —la voz de mi padre resonaba mientras mecía un coñac vespertino.

—Sí, sí, la traduttrice—canturreaba Mafalda.

En ocasiones nos encontrábamos fortuitamente en el pueblo.

Un día, estaba yo sentado en el café donde algunos de nosotros solíamos quedar por las noches después del cine o antes de ir a la discoteca, cuando vi a Chiara y Oliver salir hablando de un callejón contiguo. Él iba comiendo un helado con una mano, mientras que ella se agarraba a su brazo libre con los dos suyos. ¿De dónde habían sacado el tiempo para intimar tanto? Daba la sensación de que tenían una conversación interesante.

—¿Qué estás haciendo tú aquí? —me dijo al verme.

Uso un tono de broma tanto para cubrirse las espaldas, como para ocultar que habíamos dejado de hablarnos del todo. Pensé que era un truco barato.

—Nada, pasar el rato.

—¿No se te ha pasado ya la hora de irte a la cama?

—Mi padre no cree en los horarios —me defendí.

Chiara estaba aun sumida en un profundo pensamiento. Evitaba mirarme a los ojos.

¿Le habría dicho las cosas bonitas que yo había estado diciendo sobre ella? Parecía molesta. ¿Le importunaba mi repentina intromisión en su pequeño mundo? Recordé el tono de voz que utilizó la mañana que perdió los papeles con Mafalda. Una sonrisa de satisfacción planeó sobre su rostro; estaba a punto de decir algo cruel.

—Nunca hubo horarios en su casa, ni control, ni supervisión, nada. Por eso es un chico tan bueno y educado. ¿No crees? No tiene nada contra lo que rebelarse.

—¿Es eso cierto?

—Supongo —respondí, intentando quitarle importancia antes de que siguiesen por allí—. Todos tenemos nuestra propia forma de rebeldía.

—Ah, ¿sí? —preguntó él.

—Dinos una —metió baza Chiara.

—No lo entenderíais.

—Es que lee a Paul Celan —me interrumpió Oliver, intentando cambiar de tema pero quizá también para salir en mi ayuda y demostrarme, aun sin dar tal sensación, que no había olvidado nuestra conversación anterior. ¿Estaba intentando rescatarme tras aquella pequeña punzada acerca de la hora a la que me acuesto o esto era el comienzo de otra broma a mi costa? Surgió en su rostro una mirada neutral e inflexible.

—E chi e? —ella nunca había oído hablar de Paul

Celan.

Le lancé una mirada cómplice. Él la recibió, pero no mostró ni un ápice de connivencia en sus ojos cuando finalmente me la devolvió. ¿De qué lado estaba?

—Un poeta —susurró mientras comenzaban a dirigirse paseando hacia el centro de la piazzetta y me dedico un improvisado ¡Luego!

Vi cómo buscaban una mesa vacía en uno de los cafés adyacentes.

Mis amigos me preguntaron si él estaba tirándole los tejos a ella.

No lo sé, respondí yo.

Entonces, ¿lo estaban haciendo?

Eso tampoco lo sabia.

Me encantaría estar en su lugar.

¿Y a quién no?

Pero yo estaba en el cielo. Que recordase la conversación que tuvimos sobre Celan me aportó una especie de tónico que no había experimentado durante muchos, muchos días. Contagiaba todo lo que tocaba. Una simple palabra, una mirada y me llevaba al cielo. Al fin y al cabo, ser así de feliz quizá no Riese tan difícil. Todo lo que debía hacer era buscar una fuente de felicidad en mí mismo y no esperar a que los demás me la proporcionasen la próxima vez.

Recordé la escena de la Biblia en la que Jacob le pide agua a Raquel y al oírle pronunciar las palabras que le habían sido profetizadas, alza sus manos al cielo y besa la tierra junto al pozo. Yo, judío; Celan, judío; Oliver, judío. Estábamos en un medio gueto, medio oasis, en un mundo que en otras circunstancias hubiese sido cruel e impávido, donde sentirse confundido entre extraños dura poco, donde no malinterpretamos a nadie y nadie nos juzga mal, donde una persona simplemente conoce a otra y la conoce tan bien que alejarse de tal intimidad se considera la palabra hebrea para definir el exilio y la dispersión. Entonces ¿era él mi hogar, mi vuelta a casa? Tú eres mi retorno al hogar. Cuando estoy contigo y estamos bien juntos no deseo nada más. Consigues que me guste quién soy y en lo que me convierto cuando estás conmigo, Oliver. Si existe la verdad en el mundo, ésta miente cuando estoy contigo y si algún día encuentro el coraje para decirte mi verdad, recuerdame que encienda una vela de agradecimiento en todos los altares de Roma.

Nunca se me ocurrió pensar que si bien una palabra suya podía hacerme tan feliz, otra me destruiría con igual facilidad; si no quería ser infeliz, debía aprender a tener cuidado de esas pequeñas alegrías.

Sin embargo, aquella misma noche utilicé la euforia embriagadora del momento para hablar con Marzia.

Bailamos hasta pasada la medianoche, luego la acompañé a casa a través de la costa. Después nos detuvimos. Comenté que me asaltaba la tentación de pegarme un baño, con la esperanza de que ella me quitase la idea de la cabeza. Sin embargo me dijo que a ella también le gustaba bañarse por la noche. Nos deshicimos de la ropa en un segundo.

—No estás conmigo porque te has enfadado con Chiara, ¿no?

—¿Por qué voy a estar enfadado con Chiara?

—Por culpa de él.

Negué con la cabeza y fingí poner cara de asombro para darle a entender que no concebía de dónde se podía haber sacado tales ideas.

Me pidió que me girase y que no la observase mientras usaba su suéter para secarse el cuerpo. Simulé echarle una ojeada clandestina, pero fui muy obediente e hice lo que me pidió. No me atreví a exigirle que no echase un vistazo cuando me vestía, pero ella fue lo suficientemente atenta como para mirar hacia otro lado. Cuando ya no estábamos desnudos la cogí de la mano y le besé en la palma, luego en los espacios entre los dedos, a continuación en la boca. Le costó devolverme el beso, pero después no quería parar.

Quedamos en encontrarnos en el mismo sitio de la playa al día siguiente por la tarde. Le dije que estaría allí antes que ella.

—Pero no se lo digas a nadie —dijo ella.

Hice un gesto que simulaba que le echaba la cremallera a mi boca.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, les dije a mi padre y a Oliver que casi lo habíamos hecho.

—¿Y por qué no lo hicisteis? —preguntó mi padre.

—No sé.

—El que no lo intenta siempre se lamenta —Oliver se estaba burlando y a la vez apoyándome con ese refrán tan manido.

—Solamente tenía que haber encontrado el valor para extender la mano y tocarla, ella hubiese dicho que sí —comenté, en parte para eludir cualquier crítica posterior de alguno de ellos y en parte para demostrarles que cuando se trata de reírse de uno mismo, sé cómo administrarme la dosis solito, muchas gracias. Estaba presumiendo.

—Inténtalo luego —comentó Oliver.

Esto es lo que hacía la gente que estaba segura de sí misma. Pero también me daba la sensación de que tramaba algo que no se atrevía a mostrar, quizá porque había algo ligeramente inquietante detrás de su estúpido pero bien intencionado inténtalo luego. Estaba criticándome. O riéndose de mí. O viendo a través de mí.

Me dolió cuando por fin soltó lo que se guardaba. Solamente alguien que me hubiese descifrado a la perfección podía haberlo dicho.

—Si no es luego, ¿cuándo?

A mi padre le gustó: «Si no es luego, ¿cuándo?». Le recordaba al famoso mandato judicial del rabino Hillel: «Si no es ahora, ¿cuándo?».

Oliver intentó instantáneamente retirar su comentario hiriente.

—Yo sin duda lo volvería a intentar. Y después otra vez esta era la versión suavizada. Sin embargo inténtalo luego era el tupido velo que había corrido sobre si no es luego, ¿cuándo?

Repetí su frase como si fuese un mantra profético que mostrase cómo vivía él su vida y cómo yo intentaba vivir la mía. Al corear lo que había salido de su boca, me aventuraba a pasar por un pasadizo a algún tipo de verdad inferior que hasta entonces me había estado esquivando, una realidad sobre mi, sobre mi vida, sobre los demás y sobre mi con los demás.

Inténtalo luego eran las últimas palabras que me decía a mí mismo cada noche cuando me juré que iba a hacer algo para atraer a Oliver. Inténtab luego quería decir: ahora no tengo el coraje. Las cosas no estaban listas en ese instante. No sabía de dónde iba a sacar el valor y la determinación para intentarlo luego. Sin embargo, tener la intención de hacer algo en lugar de sentarme pasivamente me hizo sentir que ya estaba realizándolo, como si estuviese recogiendo los beneficios de un dinero que no había invertido, ni mucho menos ganado.

También sabía que estaba construyendo un fortín alrededor de mi vida con muchos inténtalo luego y que los meses, las estaciones, los años enteros podían escaparse de mis manos con un simple San Intentaloluego en el santoral de cada día. Inténtalo luego funcionaba para gente como Oliver. Si no es luego, ¿cuándo? era mi doctrina.

Si no es luego, ¿cuándo? ¿Y si me había descubierto y había destapado todos y cada uno de mis secretos con esas cinco afiladas palabras?

Tenía que hacerle saber que me resultaba totalmente indiferente.

Lo que hizo que cayese en barrena fue cuando hablé con él unas cuantas mañanas después en el jardín y me enteré, no sólo de que estaba haciendo oídos sordos a todos mis halagos de parte de Chiara, sino también de que iba por el mal camino.

—¿Qué quieres decir con que voy por el mal camino?

—No estoy interesado.

No sabía si quería decir que no estaba interesado en discutir o que no estaba interesado en Chiara.

—Le interesa a todo el mundo.

—Bueno, igual sí, pero a mí no.

Aún no lo tenía claro.

Había en su voz algo seco, molesto y meticuloso.

—Pero yo os he visto.

—Lo que viste no era de tu incumbencia. Y de cualquier forma yo no le estoy siguiendo el juego ni a ella ni a ti.

Le dio una calada al cigarro y después me echó una mirada amenazante y heladora que podía haber cortado mis entrañas con la precisión de una artroscopia.

Me encogí de hombros.

—Pues lo siento mucho —y volví a mis libros.

Una vez más había sobrepasado mis límites y no tenía forma de salir con refinamiento a no ser que admitiese que había sido terriblemente indiscreto.

—Quizá debieras intentarlo tú —soltó.

Nunca le había oído expresarse en un tono tan radiante. Normalmente era yo el que titubeaba en los límites del decoro.

—Ella no querría tener ningún tipo de relación conmigo.

—¿Tú querrías eso?

¿Hacia dónde nos dirigíamos y por qué tenía la sensación de que unos pasos más adelante me aguardaba una trampa?

—No —respondí con cautela, sin darme cuenta de que mi falta de confianza había hecho que mi «no» sonase casi como una pregunta.

—¿Estás seguro?

¿Había estado de alguna manera dándole a entender todo este tiempo que la deseaba?

Levante la cabeza para mirarle y dar así la sensación de que estaba respondiendo a un reto con otro reto.

—¿Qué sabrás tú?

—Sé que te gusta.

—No tienes ni idea de lo que me gusta —espeté—. Ni idea.

Procuraba que sonase con un tono de superioridad y misterio, como si me estuviese adentrando en una esfera de la condición humana sobre la que alguien como él no había oído hablar jamás. Sin embargo, sólo había conseguido sonar malhumorado e histérico.

Un lector del alma humana menos astuto hubiese visto en mis constantes negaciones los terroríficos signos de la admisión nerviosa en busca de una excusa con respecto a Chiara.

Un observador más sagaz, por otra parte, lo hubiese considerado un preámbulo a una verdad totalmente distinta: abre la puerta del todo a tu cuenta y riesgo, créeme, no quieres oírlo. Quizá deberías irte ahora que aún estás a tiempo.

Pero también sabía que si era cierto que él mostraba claros signos de sospechar la verdad, yo haría un mayor esfuerzo para quitarle la idea de inmediato. Si, en cambio, no sospechaba nada, entonces mis palabras nerviosas le hubiesen dejado indiferente de igual forma. Al final yo estaba más contento si él pensaba que yo deseaba a Chiara, que si forzaba más la situación y conseguía que me tropezase una y otra vez conmigo mismo. Me hubiese quedado sin palabras y hubiese ido donde mi cuerpo quería ir muchas horas antes, sin ninguna agudeza preparada. Me pondría muy, muy rojo, por haberme ruborizado, haber confundido las palabras y finalmente haberme derrumbado. Y entonces, ¿dónde estaría? ¿Qué diría él?

Mejor hundirme ahora, pensé, que vivir otro día más barajando las posibles soluciones al inténtalo luego.

No, mejor que no lo supiese nunca. Podría vivir con eso. Siempre, siempre podría vivir con eso. Ni siquiera me sorprendió ver lo fácil que me resultó aceptarlo.

Y así con todo, sin previo aviso, surgió de repente un momento tan dulce entre ambos que las palabras que deseaba decirle casi se me caían de los labios. Un momento de bañador verde, los llamaba, incluso después de que mi teoría de los colores fuese refutada y me quitase todas las esperanzas de esperar «bondad» durante los días azules o tener cuidado con los días rojos.

La música era un tema de fácil discusión entre nosotros, sobre todo cuando yo estaba al piano. O cuando quería que tocase algo a la manera de tal o de cual. Le gustaban las combinaciones de dos, tres o cuatro compositores en armonía en la misma pieza transcritos por mí. Cierto día Chiara comenzó a tararear una melodía de la lista de éxitos y de repente, ya que era un día muy ventoso y no había nadie que fuese a la playa y ni siquiera fuera de casa, todos nuestros amigos se reunieron alrededor del piano del salón, mientras yo improvisaba una variación de Brahms sobre una interpretación de Mozart de esa misma canción.

—¿Cómo lo consigues? —me preguntó una mañana mientras descansaba en el cielo.

—En ocasiones, la única forma de entender a un artista es ponerse en su lugar, adentrarse en él. Después, el resto fluye de forma natural.

Volvimos a hablar sobre libros. Yo casi nunca había hablado de literatura con nadie salvo con mi padre.

O dialogábamos sobre música, sobre los filósofos presocráticos, sobre las universidades americanas.

O si no estaba Vimini.

La primera vez que se inmiscuyó en nuestras mañanas fue precisamente el día que estuve tocando la última variación de Brahms sobre una variación de Händel.

Su voz rompió el intenso calor de media mañana.

—¿Qué estáis haciendo?

—Trabajar —respondí.

Oliver, que estaba tumbado sobre su estómago al borde de la piscina, miró hacia arriba mientras le caía el sudor entre sus omoplatos.

—Yo también —respondió cuando ella se giró y le hizo la misma pregunta.

—Tú estabas hablando, no trabajando.

—Es lo mismo.

—Ojalá yo pudiese trabajar. Pero nadie me da trabajo.

Oliver, que no la había visto nunca antes, me miró, completamente impotente, como si no conociese las reglas de la conversación.

—Oliver, te presento a Vimini, nuestra vecina de al lado.

Ella le ofreció la mano y él la sacudió.

—Nacimos el mismo día, pero ella tiene diez años. Es también un genio. ¿Es verdad o no que eres un genio, Vimini?

—Eso dicen. Pero a mí me da la sensación de que puede que no lo sea.

—¿Y eso por qué? —indagó Oliver, asegurándose de no sonar demasiado condescendiente.

—Sería de muy mal gusto por parte de la naturaleza el haberme hecho un genio.

—¿Cómo dices? —Oliver parecía más asombrado que nunca.

—No lo sabe, ¿no? —me preguntó delante de él.

Negué con la cabeza.

—Dicen que no viviré mucho tiempo.

—¿Por qué dices eso? —parecía totalmente aturdido—. ¿Cómo lo sabes?

—Todo el mundo lo sabe. Tengo leucemia.

—Pero eres preciosa, con una apariencia muy sana y muy inteligente —protestó.

—Pues eso, una broma de mal gusto.

Oliver, que ahora estaba de rodillas en la hierba, había tirado su libro al suelo.

—Quizá podrías venir un día a mi casa a leerme algo —dijo ella—. Soy muy buena chica y tú pareces un buen chico también. Bueno, adiós —trepo el muro—. Y siento haberte asustado como un fantasma, pero...

Casi se podía ver cómo intentaba retractarse de una metáfora tan macabra.

Si la música no nos había acercado ya lo suficiente, al menos durante aquel día y por unas horas, la aparición de Vimini lo consiguió.

Charlamos acerca de ella toda la tarde. No tenía que buscar cosas sobre las que dialogar. Él se encargó de hacerlo y preguntar casi todo el rato. Oliver estaba hipnotizado. Por una vez no estaba hablando sobre mí mismo.

Muy pronto se hicieron amigos. Ella estaba siempre esperando a que él volviese de correr o nadar por la mañana y juntos caminaban hasta la puerta y bajaban, siempre de forma cautelosa, las escaleras, para dirigirse a una de las enormes rocas, donde se sentaban y conversaban hasta que era la hora de desayunar. Nunca había visto una amistad tan bonita o tan intensa. No estaba celoso y nadie, y yo mucho menos, se atrevía a interponerse entre ellos o a espiarles. Nunca olvidaré cómo ella le daba la mano una vez que había abierto la verja hacia las escaleras que daban a las rocas. Pocas veces se aventuraba a ir tan lejos a no ser que fuese acompañada de alguien más mayor.

Cuando recuerdo aquel verano, nunca soy capaz de ordenar los eventos. Hay algunas escenas cruciales. Por lo demás, todo lo que recuerdo son momentos repetidos. El ritual matutino anterior y posterior al desayuno: Oliver tirado en la hierba, o junto a la piscina y yo sentado en mi mesa. Más tarde ir a correr o a nadar. Luego él cogía la bicicleta e iba hasta el pueblo a ver a la traductora. La comida en la mesa larga y a la sombra del otro jardín, o comíamos dentro, siempre con un invitado o dos a la labor del almuerzo. Las horas vespertinas, espléndidas y opulentas, repletas de sol y silencio.

Luego están las escenas secundarias: mi padre preguntándose siempre qué hacía yo con mi tiempo, por qué estaba siempre solo; mi madre recomendándome que hiciese nuevos amigos si los viejos no me interesaban y sobre todo que no estuviese constantemente por casa —libros, libros y más libros, siempre con libros y todos esos cuadernos de notas—. Ambos me pedían que jugase más al tenis, que fuese a bailar más a menudo, que conociese a gente, que averiguase por mí mismo por qué son tan necesarios los demás en la vida y no sólo cuerpos extraños a los que acercarse furtivamente. Haz locuras si crees que debes, me decían todo el tiempo, fisgoneando constantemente para destapar los posibles signos misteriosos y reveladores en un corazón roto, que de manera torpe, indiscreta y devota, ambos deseaban esconder, como si yo fuese un soldado que se hubiese extraviado en su jardín y necesitase que le curasen las heridas de forma inmediata o de lo contrario moriría. Siempre puedes hablar conmigo. Yo también tuve tu edad, solía decir mi padre. Las cosas que sientes y crees que solamente las sientes tú, créeme, yo las he vivido y sufrido también y en más de una ocasión. Algunas aún no las he superado y otras las sigo ignorando como lo puedes hacer tú hoy y aun así conozco casi cada recodo, cada guarida, cada estancia del corazón humano.

Había otras escenas: el silencio de las sobremesas, algunos dormían, otros trabajaban, otros leían, todo el mundo ensimismado bajo profundas tonalidades. Esas horas celestiales en las que las voces del mundo más allá de nuestra casa se filtraban tan suavemente que estaba seguro de haberme quedado dormido. El tenis al atardecer. Duchas y cócteles. La espera de la cena. De nuevo invitados. La cena. Su segundo viaje a la traductora. Un paseo hasta el pueblo y el retorno a casa ya de noche, a vecessolo, a veces con amigos.

Luego están las excepciones: la tarde tormentosa en la que nos sentamos en el salón a escuchar música y el granizo apedreando cada ventana de la casa. Las luces se apagaron, la música se terminó y todo lo que teníamos eran nuestras caras. Una tía mía mofándose de sus años horribles en San Luis, Missouri, que ella pronunciaba Sen Luí; mi madre siguiendo la pista al olor del té y de fondo, desde la cocina del piso de abajo, las voces de Manfredi y Mafalda —algún susurro de una pareja discutiendo con estruendosos siseos—. Bajo la lluvia, la figura cubierta, delgada y encapuchada del jardinero luchando contra los elementos, arrancando hierbajos incluso bajo la lluvia, mi padre haciéndole señas con los brazos a través de las ventanas, Vuelve, Anchise, vuelve.

—Ese hombre me asusta —solía decir mi tía.

—Ese bicho raro tiene un corazón de oro —decía mi padre.

Pero todos esos momentos estaban tintados de miedo, como si el miedo fuese un espectro amenazador, o un ave extraña y perdida atrapada en nuestro pueblo, cuya ala negra como el hollín cobijaba a todos los seres vivos bajo una sombra que nunca se desvanecía. No sabía a qué temía, ni por qué me preocupaba tanto, ni por qué esto que podía causar el pánico de forma tan fácil se parecía a menudo tanto a la esperanza y al igual que la ilusión en los momentos más negros, me brindaba alegría, alegría ficticia, una alegría con la soga al cuello. El vuelco que me daba el corazón cuando le veía de forma inesperada me horrorizaba y me excitaba a la vez. Tenía miedo cuando aparecía, miedo cuando no lo hacía, miedo cuando me miraba y más miedo aún cuando no lo hacía. Al final, la agonía me agotaba y durante las tórridas tardes simplemente me rendía y me echaba a dormir en el sofá del salón y a pesar de estar durmiendo, sabía a la perfección quién estaba en el salón, quién había entrado o salido de puntillas, quién estaba allí de pie, quién me observaba y durante cuánto tiempo, quién intentaba coger el periódico de hoy procurando hacer el menor ruido posible, para después darse por vencido y buscar el listado de películas del día sin preocuparse de si me despertaba o no.

El miedo nunca se disipaba. Me despertaba con él y observaba cómo se tornaba en alegría cuando le oía ducharse por la mañana y sabía que desayunaría con nosotros, pero se truncaba cuando en lugar de tomar café, atravesaba rápido la casa y se ponía de inmediato a trabajar en el jardín. A mediodía, la agonía de la espera por oír si se dirigía a mí era más de lo que podía soportar. Sabía que, en una hora o dos, el sofá sería mi destino. Me odiaba a mí mismo por sentirme tan desdichado, tan extremadamente invisible, tan enamorado, tan bisoño. Sólo dime algo, tócame, Oliver. Mírame el tiempo suficiente y observa bien las lágrimas de mis ojos. Llama de noche a mi puerta y comprueba que la he dejado entreabierta para ti. Entra. Siempre hay sitio en mi cama.

Lo que más temía eran los días en los que no le veía durante largos periodos de tiempo, tardes enteras sin saber dónde había estado. En ocasiones le descubría cruzando la piazzetta o hablando con alguien que yo nunca había visto por allí. Pero eso no contaba porque en la pequeña piazzetta donde la gente se arremolinaba a la hora del cierre, él ni siquiera me miraba, solamente asentía con la cabeza, gesto que parecía más propio que se lo dedicase a mi progenitor, de quien daba la casualidad que yo era hijo, que a mí.

Mis padres, pero sobre todo mi papá, no podían estar más a gusto con su presencia. Oliver estaba actuando mejor que la mayoría de nuestros residentes. Ayudaba a mi padre a organizar sus papeles, se hacía cargo de la mayoría de su correspondencia extranjera y estaba claramente sacando adelante su propio libro. Lo que hiciese en su vida privada y con su tiempo libre era asunto suyo. Si la juventud tuviese que ir al trote, ¿entonces quién iría al galope?, decía un refrán chapucero de mi padre. Dentro de la estructura de nuestra casa, Oliver parecía no hacer nada mal.

Ya que ellos nunca se preocupaban por sus ausencias, creí que era más seguro no mostrar nunca la ansiedad que a mí me provocaban. Mencionaba sus faltas sólo cuando alguno de los dos se preguntaba dónde podría estar; fingía estar tan sorprendido como ellos. Sí, es verdad, lleva mucho tiempo fuera. No, no tengo ni idea. Y también tenía que controlar no parecer demasiado sorprendido pues eso podría despertar sospechas y alertarles de que algo me ocurría. Descubrían las cosas hechas de mala fe en cuanto las veían. De hecho me sorprendía que aún no se lo hubiesen imaginado. Siempre habían dicho que me encariñaba demasiado rápido con la gente. Aquel verano, sin embargo, me di cuenta por fin de a qué se referían con encariñarse demasiado rápido. Obviamente ya había ocurrido antes y es probable que ya se hubiesen percatado de ello cuando yo aún era muy joven para darme cuenta solo. Ejerció una gran influencia en sus vidas. Se intranquilizaban por mí. Yo sabía que tenían motivos para preocuparse. Albergaba la esperanza de que nunca se diesen cuenta de lo lejos que estaban ahora las cosas de sus inquietudes ordinarias. Yo sabía que no se escamaban de nada y eso me molestaba, aunque por otra parte no quería que lo supiesen. Eso me indicaba que si ya no era tan transparente y podía ocultar tantas cosas sobre mi vida, entonces estaba a salvo de ellos y de él; pero ¿a qué precio?, y ¿quería en realidad estar a salvo de alguien?

No tenía a nadie con quien hablar. ¿A quién se lo podía decir? ¿A Mafalda? Dejaría la casa. ¿A mi tía? Se lo diría a todo el mundo. ¿A Marzia, a Chiara, a mis amistades? Me abandonarían al momento. ¿A mis primos cuando viniesen? Jamás. Mi padre era el que tenía unas ideas más liberales, pero ¿con respecto a esto? ¿Quién me queda? ¿Escribirle a alguno de mis profesores? ¿Ir al médico? ¿Y si necesito un psiquiatra? ¿Se lo digo a Oliver?

Se lo explicaré a Oliver. No hay otra persona a la que se o pueda contar, Oliver, así que me temo que va a tener que ser a ti...

Una tarde, cuando sabia que la casa estaba completamente vacia, subí a su habitación. Abrí su armario y, como era mi habitación cuando no había residentes, fingí estar buscando algo que se me había olvidado en uno de los cajones de abajo. Tenía la intención de rebuscar entre sus papeles, pero en cuanto abrí su armario lo encontré. Colgado de un gancho estaba el bañador rojo que no había usado para ir a nadar ese día y que por eso estaba allí colgado y no secándose en el balcón. Lo recogí. Jamás en mi vida había fisgoneado entre las pertenencias personales de nadie. Me acerqué el bañador al rostro, luego restregué la cara por su interior, como si estuviese intentando acurrucarme dentro y esconderme detrás de sus pliegues. Así que éste es el aroma que tiene cuando no va embadurnado de crema solar, así es como huele, así es como huele, me repetía una y otra vez mientras buscaba dentro del bañador algo aún más íntimo que su olor, para luego comenzar a besar cada recoveco, casi deseando encontrarme un pelo, algo, para chuparlo y poner la prenda entera en mi boca. Si pudiese robarlo, guardármelo para siempre, no dejar que Mafalda lo lavase nunca, volver a él durante los meses de invierno en casa y al olisquearlo hacer que él cobrase vida, desnudo a mi lado en aquel precioso instante. Llevado por un impulso, me quité mi traje de baño y comencé a ponerme el suyo. Sabía lo que quería, y se me antojaba bajo un éxtasis embriagador de los que consiguen que la gente se arriesgue como nunca lo harían, ni siquiera con el organismo repleto de alcohol. Quena correrme en su traje de baño y dejarlo allí para que él lo descubriese. Entonces fue cuando me poseyó una idea aún mas insana. Deshice su cama, me quité su bañador y lo abracé, desnudo entre las sábanas. Deja que me encuentre, sabré arreglármelas, de una forma u otra. Reconocí el tacto de la cama. Mi cama. Pero su aroma, saludable y compasivo, me rodeaba al igual que el perfume extraño que se había apoderado de todo mi cuerpo cuando un anciano que se encontraba por casualidad a mi lado en el templo durante la celebración del Yom Kipur situó su talit sobre mi cabeza hasta que me hice invisible y me auné con una nación dispersa para siempre pero que, de vez en cuando, se vuelve a congregar siempre que un ser y otro se envuelven bajo un mismo paño. Coloqué su almohada sobre mi cabeza, la besé de manera descarriada y enrollando las piernas a su alrededor le dije lo que no me atrevía a decirle a nadie en el mundo. Entonces le solté todo lo que quise. Me llevó menos de un minuto.

Había expulsado de mi cuerpo el secreto. ¿Y qué si me veía? ¿Y qué si me pillaba? ¿Y qué, y qué, y qué?

Mientras iba de su cuarto al mío me pregunté si volvería alguna vez a estar tan desenfrenado como para hacer lo mismo de nuevo.

Aquella tarde, me descubrí a mí mismo tomando buena cuenta de dónde se hallaba cada persona de la casa. Un nuevo y vergonzoso impulso se apoderó de mí antes de lo que me hubiese imaginado. No me habría costado nada volver a escabullirme al piso de arriba.

Una tarde, mientras leía en la biblioteca de mi padre, me encontré con la historia de un joven y apuesto caballero que estaba locamente enamorado de una princesa. Ella lo estaba de él también, pero no se había percatado e todo de ello y pese a la amistad que floreció entre ellos, o quizá precisamente por dicha amistad, él se encontró tan comedido y estupefacto ante su pureza vedada que fue incapaz de manifestar su amor. Cierto día él le preguntó directamente: «¿Es mejor hablar que morir?».

Yo ni siquiera tendría el coraje de hacer tal pregunta. in embargo, lo que le había revelado a su almohada me mostró que, al menos por un instante, había di-

cho la verdad, la había expulsado y de hecho me había divertido haciéndolo y si hubiese dado la casualidad de que pasase por allí en el preciso instante en que estaba murmurándolo, no hubiese sido capaz de volver a mirarme en un espejo, no me hubiese importado, ni preocupado —deja que lo sepa, deja que lo vea, deja que me juzgue también si así lo desea, pero que la gente no lo sepa—. Incluso cuando tú eres mi mundo ahora mismo, incluso si en tus ojos se oculta un universo horrible y despreciativo. Esa dura mirada tuya, Oliver, preferiría morir antes que verla de nuevo una vez te lo hubiese confesado.