Terminada la copiosa cena, Aleco y El Viajero saboreaban un exquisito café moka preparado por Fátima con técnicas ancestrales. Pese a que en el santuario había molinillo y cafetera eléctrica, la joven solía preparar la infusión hirviendo el agua en odres de cuero crudo de cabra y moliendo los granos de café desde lejos, a pedradas.
—Mi abuela Amina me enseñó a leer la borra del café —expresó la joven—. Igual que en las estrellas, en la borra está escrito el futuro.
—Mi futuro es un colchón —dijo El Viajero, adormilado.
La joven tomó la taza del anciano y miró en su interior.
—Viajero, esto te gustará: «Hallará por fin su Razón quien ha vagado por el Tiempo».
—¡La Razón Última de la Razón! —dijo el anciano despertándose.
Fátima continuaba examinando la taza con atención.
—«Encontrarás la flor». Hay una mujer.
Ahora El Viajero, sonrojado, trataba de disimular.
—Pregúntale el nombre —dijo para salir del paso.
—Eso lo sabrás tú —le respondió Fátima mirándolo inquisitivamente, y siguió tratando de descifrar el sentido de las extrañas figuras que dibujaban los restos del café en la porcelana—. «La flor necesita al Caminante». Ella también siente algo por ti.
La joven suspendió la lectura, contrariada por la indiscreta franqueza de la taza.
El Viajero sentía hervir su sangre. ¿Habría escuchado bien?
La joven tomó entonces la taza de Aleco. Observó largo rato el residuo del café. Su rostro mostraba preocupación.
—No comprendo —su voz, agarena como su piel, temblaba ligeramente—. El significado es muy oscuro. Como la borra.
—¿La borra está borrosa? —preguntó Aleco, burlón.
—Gran Shasha —continuó Fátima con un gesto de incertidumbre—, no entiendo esto: «Cuando cante el Gallo brotará Lodo de la Tersa Rosa, crecerá la Enredadera en el desierto y llegará la Revelación del Misterio del Nombre».
Aleco, que hasta el momento exhibía un excelente humor, se mostró repentinamente desanimado.
—Borra esa borra, por favor —dijo, abatido. Su rostro estaba pálido—. Perdón, no me siento bien.
El Viajero se había quedado buscando un significado a las extrañas palabras de Fátima:
—¿El Nombre? Gran Shasha, ¿qué ocurre con tu nombre? Aleco tenía una mirada muy triste cuando dijo:
—El Nombre significa. En él está una de las claves de mi Ser. El Viajero probó a separar las sílabas:
—A-le-co —decía—. A-col-le. Co-a-le. Le-a-co —y seguía buscando—. ¡Ya sé! ¡Co-e-a! ¿Colea? —y se quedó esperando la aprobación del niño.
Al escucharlo, Fátima no pudo menos que recordar las penosas respuestas del anciano durante la ordalía.
El Niño Sabio permaneció en un sombrío silencio. Al percibir la mirada de Fátima, le dijo:
—La Tristeza… —e hizo una pausa, pesando con cuidado cada palabra—. La Tristeza es una emoción.
Y agregó:
—Tal vez mañana ya no me encontraréis —y los miró con sus grandes ojos negros y húmedos.
El Viajero sintió que se le encogía el pecho. El niño notó su aflicción y le dijo:
—No estés triste. Aunque mi Presencia Física no os acompañe, me encontraréis en las cosas que amo: la oquedad del paisaje, el recogimiento del salón, el aroma del pan de la mañana, la telenovela de la tarde, el whisky de la noche.
Tratando de cortar el lúgubre clima que había generado con sus predicciones, Fátima tomó su propia taza y anunció en voz alta el vaticinio:
—«Apoyaré el recipiente en el platito» —augurio que la joven cumplió inmediatamente.
El Viajero la miró con sorpresa inocultable. Fátima le aclaró, avergonzada:
—Es que yo bebo café instantáneo. Sólo predice el futuro muy cercano.
En ese momento el niño se puso de pie con cierta dificultad y salió del Santuario sin decir palabra. La joven y El Viajero se asomaron a la puerta y vieron que se encaminaba hacia la montaña. Lo siguieron con sigilo pero, al llegar a la cima, Aleco los descubrió por los aterradores rugidos de fatiga que emitían los cansados pulmones del anciano. Dos pumas machos habían acudido ante lo que pensaban que se trataba del ancestral llamado de la hembra. Se desilusionaron al ver a El Viajero, cuyo aspecto era poco sexy a tenor de los parámetros de los felinos salvajes patagónicos.
—¡Dejadme solo! —les gritó Aleco—. Quiero meditar.
Los feroces pumas, asustados por el grito del niño, se marcharon respetuosamente, mientras que el anciano y la chica se ocultaban detrás de unos arbustos.
Y el Niño Sabio permaneció de pie, iluminado por la luna y balancéandose bajo el embate del pertinaz ventarrón que azotaba la montaña y que parecía empeñado en derribarlo.
Al fin una violenta ráfaga lo lanzó sobre el polvoriento suelo; por fortuna, las espinas de los arbustos y los cantos cortantes y agudos de los guijarros amortiguaron su caída.
Levantóse penosamente Antonio LeComto. Fátima y El Viajero lo ayudaron a regresar, maltrecho por un buen trecho, al santuario de Culén Leufú. Allí se acostó afiebrado en su camastro para pasar una noche turbulenta.
Había sido un día con demasiados presagios. Y eso a Aleco se le antojó un mal augurio…
* * *
Pasó una noche horrible. Los auspicios que revelara la borra del café a Fátima conspiraban contra su tranquilidad. Tuvo un mal sueño. Siete Peregrinos lo buscaban para castigarlo por una falta, pero él lograba esconderse en medio de un grupo de niños. De repente, Aleco comenzaba a agrandarse: crecía rápidamente, los pantalones le quedaban cortos, el borde inferior de la camiseta apenas le llegaba al ombligo. Los hombres lo divisaban y comenzaban a perseguirlo a la carrera, pero ahora no eran peregrinos sino Tontos Emocionales, agresivos como bestias salvajes, y estaban a punto de darle alcance.
Se despertó empapado en un sudor frío y llamando a Fátima, pero, en lugar de que su voz emitiera un claro timbre infantil, ahora alternaba aparatosamente entre el tono profundo del hombre y el chillido estrepitoso del niño.
—¡El Presagio de la Borra! —dijo alternando entre el grave y el agudo—: «Cuando el Gallo cante…» ¡Maldición!
Angustiado, se levantó y fue corriendo al baño. Se miró al espejo. En medio de su pulida nariz brotaba un enorme y asqueroso barrito.
Recordó las palabras de Fátima:
—«Brotará el Lodo de la Tersa Rosa». ¡Demonios! —exclamó con voz quebradiza.
Fuera de sí, preparó su baño matutino. Abrió el grifo de la bañera, se quitó las ropas, y descubrió horrorizado que en medio de su vientre infantil surgía ya el primer vello de la pubertad.
—«Crecerá la Enredadera en el Desierto». ¡Maldita Sea! —y dijo esto con una voz de payaso de la que se avergonzó al instante.
Al verlo desnudo, Fátima, que le llevaba el desayuno, chilló asustada y arrojó la bandeja por los aires. El ex niño no se cohibió; por el contrario, lanzó un grito visceral y, en cueros, comenzó a perseguir a la joven por los pasillos del Santuario, tratando de alcanzarla. A cada instante le crecían más barritos, su pubis se poblaba, y su voz era más ridícula.
—¡Socorro, Viajero, socorro! —gritó Fátima desesperada.
Alarmado, el anciano apareció blandiendo una escoba. Lo que vio le pareció espantoso: Aleco, desnudo y ostensiblemente excitado, alcanzaba a Fátima, le arrancaba la ropa a jirones y, pese a la heroica resistencia de la joven, la manoseaba groseramente mientras largaba espumarajos por la boca.
El Viajero pudo separarlos con la ayuda de la escoba, y Fátima aprovechó para esconderse en su cuarto.
Mientras Aleco la buscaba en la cocina, El Viajero se filtró en el cuarto de la muchacha e intentó una explicación:
—Fátima, creo entender lo que ocurre —dijo, nervioso—. Aleco disfrutaba de un estado de gracia, la reunión de la inocencia infantil y la sabiduría, y así conservaba su ingenuidad. Pero con la abrupta aparición de la pubertad ese Halo de Inocencia terminó, y ahora no ve en ti a una niñera sino a una mujer. La llegada de la adolescencia ha despojado del candor y la pureza al chico.
—Pues sí —aceptó Fátima—: lo que vi no tenía nada de candoroso, de puro ni, sobre todo, de chico.
La situación se complicaba por momentos en lo que había sido hasta entonces un pacífico refugio de Reflexión y de Amor. De la puerta del Santuario provenían gritos de protesta, proferidos por la muchedumbre que comenzaba a inquietarse por la demora de Aleco en atender sus primeras citas del día.
—Ya vendrá, tened paciencia —les decía Fátima, asomada a la puerta.
Pero, adentro, las preocupaciones tenían que ver con cosas más graves que la agenda de citas.
—Es urgente que detengamos la aparición de los síntomas —dijo El Viajero—. Para sus gallos, convendría probar con unas lecciones de canto. También hay que depilarlo y hacerle una limpieza profunda de cutis, con tratamiento antiacné.
—Creo que todo esto resulta ya inútil —observó Fátima—. Me temo que Antonio ha entrado en un camino sin retorno…
En ese momento Aleco pasaba bailando al ritmo de su walkman, mientras bebía cerveza de lata. Usaba bermudas amarillas y unos enormes zapatos inspirados en el diseño de los tanques de guerra, con luces, parachoques, suela de tractor y mingitorio.
—¡Detente, Antonio LeComto! —le instó El Viajero asumiendo una actitud que podría llamarse bíblica, con el brazo levantado y la mirada severa. El viento hacía flamear su cabello y su rostro resplandecía—. ¡Aún estás a tiempo de frenar tu caída hacia el Abismo de la Sinrazón Ultima!
No pudo continuar. Un fuerte Eructo de Aleco lo cortó en seco o, peor aún, en húmedo. El joven se desparramó sobre el sofá, encendió el televisor y puso el volumen al máximo para ver un videoclip del grupo de rock satánico The Shits, sin dejar, por ello, de escuchar el walkman.
—¡Te repito que aún estás a tiempo! ¡Baja el volumen, Aleco! —gritaba El Viajero, pero no podía escuchar sus propias palabras, cubiertas por la música, o como se llame.
Refunfuñando, el anciano levantó las latas que Aleco había arrojado en el piso y fue a deshacerse de ellas a la cocina.
Cuando regresó al salón, el adolescente ya no estaba allí. Lo buscó por toda la casa. En un momento dado el joven salió del baño llevando entre sus manos un ejemplar de Dirty Sex Orgies y se acostó en el sofá para devorar una hamburguesa en medio del fenomenal desorden que había logrado crear en pocos minutos.
Fátima apareció detrás de él:
—Por lo menos, tira de la cadena cuando hayas terminado —le recriminó.
Aleco le respondió elevando el Dedo Central de la mano derecha. El Viajero no recordaba que éste fuera un gesto de yoga. Enseguida, Antonio se levantó, se sentó al ordenador y permaneció idiotizado mirando pornografía por Internet, antes de intentar un chat con una fanática australiana de Madonna.
Esto ya era demasiado para El Viajero. Su búsqueda de siglos había fracasado una vez más. Había depositado muchas esperanzas en Aleco, y el depósito no le daba ganancias; por el contrario, había perdido el tiempo. El anciano se indignó:
—¡Aleco, te has convertido en un Tonto! —le gritó.
Y al decir «Tonto», El Viajero se dio cuenta de que esta palabra rimaba con LeComto. ¿Se trataba de una coincidencia, o de una revelación?
El viejo permaneció unos instantes en suspenso, y luego se sumió en Profunda Reflexión y empezó a repasar las Señales que el Destino le había enviado sobre El Nombre…
Recordó que el último cacique sioux había advertido sobre Aleco que «su nombre encierra el Misterio». Recordó también el extraño diálogo de Aleco con uno de sus discípulos al que deletreó su nombre. Y apareció ante sus oídos aquella frase de Aleco según la cual había un misterio en torno a su nombre que le «producía escozor».
Cada recuerdo lo llevaba a otro. De inmediato surgió la imagen de Fátima enfrascada en la lectura de la borra de café y el augurio allí escondido: «Cuando cante el Gallo llegará la Revelación del Misterio del Nombre». El gallo cantaba estridentemente en la garganta, ahora peluda, de Aleco: debería sobrevenir la Revelación. El propio ex Niño Ex Sabio le había dicho hacía poco: «Mi nombre significa», frase que a El Viajero se le antojó apenas como el extraño uso gramatical de un verbo transitivo, pero nada más. Ahora entendía qué ello significa que quería significar.
¿Pero qué diablos quería significar? ¿Cuál era la Revelación? ¿Qué más podía ocultar ese Nombre? ¿No bastaba con haber descubierto que, detrás del nombre de Aleco existía el de Antonio LeComto?
Fátima lo observaba atónita. Nunca había visto a El Viajero en trance de Profunda Reflexión. Casi siempre estaba Profundamente Sometido a Aleco. Se dio cuenta que reflexionar le hacía mucho bien. Tenía los ojos hermosamente cerrados, la frente varonilmente tensa, la boca atractivamente entreabierta, las manos expresivamente móviles…
El Viajero, ignorante de las sensaciones que despertaba en la joven, seguía pensando.
A lo mejor, se dijo el anciano, también detrás del nombre de Antonio LeComto existe algo más: un nombre que envuelve un nombre que envuelve otro nombre. Como las muñecas chinas. O rusas, o inflables, ya no se acordaba.
A lo mejor, siguió pensando con el entusiasmo propio del que se Halla en la Pista Correcta, es preciso escudriñar otro Significado Oculto tras el nombre revelado.
—¿Tal vez LeComto? ¿Le-to-com? ¿To-com-le? ¿Com-le-to?
La joven lo miraba estupefacta y/o fascinada.
—¿O está en el nombre Antonio? Nio-an-to. To-nio-an…
De pronto abrió los ojos y palideció. Parecía haber dado con la Clave, haber llegado al Meollo.
Su voz era grave cuando dijo:
—Ya lo comprendo todo. ¡Nos engañaste, Antonio LeComto!
Y dirigiéndose a Fátima:
—Ya tenemos esa Revelación del Significado del Nombre que anunciaba tu lectura de la borra de café.
Fátima escuchaba encantada, pero no entendía.
—Es muy simple —explicó El Viajero—: «Antonio LeComto» y «Tonto Emocional» tienen las mismas letras, sólo que cambiadas de orden.
—Lo que en mi aldea de Bir Abraq se llama «anagrama» —agregó maravillada la chica—. Además, ¡el nombre tiene catorce letras!
—¡No, Cruyff otra vez, no! —protestó El Viajero.
—¡Qué Cruyff! El guarismo de la felicidad de los numerólogos del Antiguo Egipto.
—¡Uupaa! —comentó El Viajero.
Una nube de silencio se depositó suavemente sobre el salón, como si se tratase del descenso de un ángel en planeador o ala delta.
—¿Entonces…? —musitó en voz baja la muchacha—. ¿Qué significa que Antonio LeComto y Tonto Emocional tengan las mismas catorce letras?
—Está clarísimo —respondió El Viajero erguido, glorioso, rejuvenecido varios siglos—: ¡Antonio es el Tonto Emocional, su arquetipo, su Idea Inmutable, como dijo Platón!
—¡Uuupaaa! —comentó Fátima.
Como queriendo confirmarlo, Aleco, que los espiaba, eructó ruidosamente.
Al mirarlo hablar a Risotadas por su teléfono móvil, con gafas negras incluso para dormir en su habitación oscura, haciendo Señas Procaces con la lengua a Fátima y burlándose de El Viajero con Pedorretas Grotescas, resultaba inevitable concluir que Antonio LeComto ya no era el preadolescente respetuoso y educado, el Niño Sabio dispuesto a oír y dar consejos, el adalid de la Inteligencia de las Emociones y las Pasiones del Cerebro.
Ahora era… —qué terrible resultaba reconocerlo—… ahora era… —vergüenza daba mencionarlo—… ahora era la criatura que más temor infundía en el santuario de Culén Leufú: ¡un Tonto Emocional!