El niño habló y dijo:
—Me has hecho unas preguntas y quiero responderlas…
El Viajero sentía un fuerte dolor de cabeza, producto quizás del largo viaje que lo condujo hasta la estancia, y las horas de vigilia, y el maldito mate azucarado. Además, estaba viejo y acababa de despertar de un sueño profundo. Era, pues, explicable que no recordara por el momento cuáles eran las preguntas.
—Te pido que seas más específico —pidió el anciano, por salir del paso—. Por ejemplo, cuéntame tu vida.
Fue entonces cuando Aleco empezó a relatar su agitada biografía, no sin antes haber ordenado a Fátima que trajese un nuevo mate y un postre de ajonjolí con yemas y azúcar morena.
Relato de Aleco
Provengo —dijo Aleco— de Santiago de Compostela, en Galicia, España, no lejos del misterioso Pazo de Antequeira. Allí nací un 31 de diciembre, hace once o doce años: mi fecha de nacimiento es una de las pocas cosas que sé bien que no sé bien. Habrás oído hablar de Santiago de Compostela, ciudad mágica, sede de los huesos del apóstol Santiago, el caminante, de quien se decía que era hermano de Jesucristo. Es una ciudad hecha de lluvia, tunas estudiantiles y curas. Lo menos desagradable es la lluvia. Todo autor esotérico que se precie tiene algo que ver con Santiago de Compostela.
»Mi padre era un peregrino francés que recorrió a nado el legendario camino de Santiago. Fue una travesía que le tomó veintidós años, porque rara vez estaba inundado el camino. Debo reconocer que mi padre era bastante bruto. Empezó en la Tour Saint-Jacques, en París, y varias semanas después de bracear inútilmente sobre los adoquines logró sumergirse en las alcantarillas de la ciudad. Allí, gracias a su impecable estilo crawl, ganó en rapidez lo que perdió, lamentablemente, en higiene.
»Se llamaba Gilbert-August LeComte. Pero cuando atravesó la frontera de los Pirineos los españoles, con esa facilidad que tienen para los idiomas, lo llamaron Paco. Paco LeComto.
»Parece que provenía de una familia de artistas, aventureros y, sobre todo, nadadores. Todos muy brutos. ¿Ya lo dije? Uno de ellos, Hippolyte, fue coreógrafo de ballet en el siglo XIX, y murió ahogado cuando preparaba una versión hiperrealista de El lago de los cisnes. Su nieto, el escritor belga Marcel LeComte, puesto a escoger entre el realismo y el submarinismo, optó por el subrealismo. Hace poco supe que un lejano primo mío, Benoit LeComte, atravesó el océano Atlántico en septiembre de 1998 nadando durante setenta y dos días. Lo que hace el miedo al avión…»
Mon père y minha nai
«Mi padre conoció a mi madre frente a la célebre fachada de la Gloria, en la Catedral de Santiago. Mi madre es una mujer humilde llamada Gloria Albariño, y la fachada fue bautizada así en su honor; pero ella, de puro humilde, no ha querido que se sepa. Mamá es ciega de nacimiento, y esto le ha permitido ver la Luz —me refiero a la Luz de la Verdadera Razón, que es la Emoción— con más intensidad que los demás. Algunos la llaman bruja, o meiga, lo cual no es más que una manera calumniosa de aludir a sus formidables facultades extrasensoriales. Tiene un programa nocturno de radio en que se comunica con los muertos en una emisora de alta potencia: algo así como noventa meiga-vatios.
»Yo nací, pues, de la unión del peregrino francés que llegó a Santiago a nado y la ciega superdotada. No era de extrañarse que desde muy temprana edad diera muestras de tener una misteriosa y extraordinaria sabiduría. A los tres meses tracé con el dedo el dibujo de un corazón en la caca de un pañal. Era una manera de anunciar que estaba predestinado para llevar a mis semejantes el mensaje de la Inteligencia Emocional. Lo digo por el dibujo.
»A los seis meses escribí en la papilla de manzana con hígado la palabra “BUSCAD”. Yo me refería a que buscaran otro tipo de papilla. Pero lo entendieron como una invitación a Indagar la Razón Última de la Razón. Cuando mi abuela, alborozada, fue a decírselo a mi madre, ella ya lo sabía. Fue maravilloso. Se lo había contado mi padre minutos antes. Era la primera vez que mi padre le contaba a mi madre algo que ella ignorase».
Siete a las siete y siete
«Dada mi precocidad, para nadie fue una sorpresa que cuando cumplí siete meses y siete días aparecieran por la puerta de la casa de mis padres, a las siete y siete de la tarde, siete extraños peregrinos.
»—Los estábamos esperando —dijo mi madre. La verdad, no sé por qué lo dijo, porque, dado el carácter podrido de mi padre, nunca esperábamos a nadie. Es más: lo que esperábamos es que nunca viniera nadie a visitarnos.
»El grupo estaba compuesto por un ebrio pastor galés, un explorador inglés, un español que llevaba un libro bajo el brazo, un indio mapuche, un francés que reclamaba el título de rey, un norteamericano de ancho sombrero y un cantante folclórico argentino. Hasta mi padre, que, como he dicho, era bastante bruto, entendió que semejante grupo sólo podía provenir de la Patagonia».
—Perdona —interrumpió El Viajero—. ¿Aquel galés no se llamaba acaso David Llwyd Warton?
—Sí —respondió sorprendido Aleco—. ¿Cómo lo sabes?
El Viajero sonrió enigmáticamente, miró hacia la claraboya sin poder contener su satisfacción y no respondió a la pregunta. Era la primera vez que le ganaba una mano al niño sabio.
«Los peregrinos dijeron a mis padres que en esa casa vivía un niño cuya misión era explicar al mundo la Razón Última de la Razón, y venían a llevarlo al santuario que estaba prescrito para él».
Ahora fue El Viajero el que se mostró intrigado:
—¿Cómo supieron que vivías allí? —preguntó a Aleco.
Aleco sonrió enigmáticamente, miró hacia la claraboya sin poder contener su satisfacción y no respondió la pregunta. El partido estaba empatado.
«No era la primera vez que gentes lejanas veían en un niño español facultades especiales de Iluminación. Antes ya habían descubierto en Bubión, una aldea de Granada, a la reencarnación de un Gran Lama. Se trata de un niño llamado Osel Hita Torres, a quien divierten más las películas de las Tortugas Ninja que las ceremonias religiosas budistas. Vive en el sur de la India y echa de menos los chorizos y la tortilla de patata. Lo tiene mal, el pobre. En otra ocasión un grupo de romanos se llevó a Iván, un niño cántabro de cabeza pelada al que llamaban “El Pequeño Buda”.
»Cuando los peregrinos llegaron, yo me encontraba en el patio de atrás intentando modelar la forma de un corazón en arcilla, o algo parecido a la arcilla. Mi madre me mandó llamar:
»—Antoñito —me dijo—: prepara tus cosas, porque deberás viajar con estos caballeros. Serás feliz. Tu padre no te podrá volver a golpear y yo dejaré de utilizarte como lazarillo limosnero en la fachada de la Gloria. ¡Dios oyó nuestras súplicas!
»Separarnos fue tan duro para mis padres como para mí. Yo me marché llorando, con un maletín de viaje por todo capital, mientras ellos se abrazaban y comenzaban a contar afanosamente el dinero que habían cobrado al grupo de peregrinos por lo que denominaron “Pase Internacional”.
»Viajamos en autobús hasta Finisterre, y allí los siete peregrinos se postraron, besaron la arena y dijeron: “He aquí el límite de la Tierra. Lo que sigue es agua”.
»Nos esperaba un buque atunero llamado Robinson Crusoe II que nos llevaría a nuestro destino. No podría explicar por qué, pero el nombre de la embarcación me produjo un pálpito sombrío. Antes de embarcarme en ella me dijeron:
»—Esta nave nos conducirá a la Patagonia, al sur de la Argentina. Allí te espera un pequeño santuario en Culén Leufú donde atenderás a los Visitantes y repartirás entre ellos tu sabiduría. Estás destinado a elevar al Hombre, a elevar la Verdad y a elevar el número de turistas.
»Yo miré por última vez a España: vi los acantilados yermos de la costa, los castillos derruidos que formaba el viento en la arena, los desechos de plástico en la playa, y sentí nostalgia de todo ello. En ese momento no sabía por qué. Pero al llegar al paisaje desierto y deprimente de la Patagonia lo entendí, y eché de menos hasta las palizas de mi padre.
»También percibí el sabor amargo de otro pálpito, pero lo atribuí al potaje con garbanzos y tocino que habíamos consumido en la comida.
»El cielo había empezado a encapotarse y el capitán anunció fuerte marejada acompañada por chubascos tormentosos, altas presiones, descargas eléctricas y temperaturas sin grandes cambios. Un marinero nos hizo señas de que subiéramos cuanto antes».
Conozco a Fátima
«Al llegar a bordo descubrí a Fátima. En esa época ella tenía, como he dicho, catorce años, dos veces siete. Un guardia civil, a su lado, masculló algo en el sentido de que salía expulsada por falta de papeles, pero yo estoy seguro de que estaba predestinada para su oficio.
»—Ella será quien te asista —me dijo David Llwyd Warton, que era el jefe del grupo—. Gran repostera especializada en postres árabes. ¿Te gustan los dátiles?
»Observé con timidez a Fátima, la saludé, le dije que me llamaba Antonio LeComto y que esperaba que fuéramos buenos amigos. Pero ella guardó silencio, llevó una mano a su frente y agachó los ojos.
»—No habla español —me dijo David Llwyd Warton con acento alicorado—. Y parece que se marea.
»—Coño —exclamé yo para mis adentros—. Vaya mierda de viaje el que nos espera…»
Me hago a la mar
«Y, sin embargo —prosiguió Aleco después de una pausa de varios días—, el viaje fue mucho mejor de lo que había previsto.
»Es verdad que el capitán era disléxico y en vez de hacer girar la nave hacia barlovento, como correspondía, dispuso que se dirigiera hacia sotavento. Pero no es menos cierto que la marinería ignoraba esos términos arcaicos y de todos modos corría el riesgo de equivocarse.
»—¿Querrá decir a la derecha, o a la izquierda? —escuché que el timonel, intrigado, preguntaba a un compañero.
»—Apostaría que a la derecha —respondió el compañero.
»Y el timonel, que era zurdo, giró hacia la izquierda. Fue así como, pasadas algunas semanas de navegación, dimos con una isla cuyas coordenadas en el mapa coincidían asombrosamente con las de Madagascar. En efecto, era Madagascar. El capitán, sin embargo, insistía en que se trataba de La Habana, porque veía palmeras y un malecón. Mis siete guías le mostraron cómo los nativos hablaban un idioma incomprensible, el malagasi, pero el capitán decía que el comunismo había acabado en Cuba con todo, hasta con el español. Antes de que mis siete guías se amotinaran y se proclamaran Junta Náutica Patriótica Provisional de Mando —JNPPM— a fin de apoderarse del control de la nave, el capitán alcanzó a tomar posesión de la isla en nombre del Rey de España.
»Era evidente que estábamos cada vez más lejos de nuestro destino. Después de consultar mapas y observar cuidadosamente la dirección e intensidad del viento, la Junta dispuso que continuáramos el viaje hacia la derecha del timonel zurdo, es decir, hacia la izquierda. Resultó inútil decirles que, tratándose de un buque de motor Diesel, poco importaba que el viento fuera favorable».
Momentos postreros
«Así proseguimos durante semanas por el Océano Índico, nos perdimos en el laberinto del archipiélago indonesio y al final logramos ganar el Océano Pacífico al sur del trópico de Capricornio cuando ya despuntaba el Nuevo Año. Durante el trayecto se nos habían acabado casi todos los víveres. Por fortuna, Fátima preparaba mucha comida. Por desgracia, esa comida consistía exclusivamente en postres árabes. Sostenía Fátima que la repostería era la única actividad que evitaba que se marease, y se dedicó febrilmente a elaborar dulces recargados de miel, yemas, piñones y almíbar denso. Los dietéticos llevaban, además, sacarina.
»De este modo, a medida que el hambre nos obligaba a devorar los postres de Fátima, el consumo de agua aumentaba en forma alarmante. Al final del viaje, estábamos casi muertos. Pero no de hambre, pues todavía había postres como para el trayecto de regreso, sino de sed.
»Lo peor fue el paso del Cabo de Hornos o Estrecho de Magallanes, última esquina geográfica del mundo y última esperanza para nosotros, pues sabíamos que al cabo del cabo estaríamos en condiciones de llegar a la Patagonia. En este tremendo lugar el viento se nos puso en contra. Ahí entendimos que, aunque viajes en motonave, es importante que te ayude el viento. Cuando dije viento he debido decir borrasca, tromba, tempestad, tifón, huracán, tornado, maremoto. Ante la hostilidad de los elementos, la JNPPM decidió “engañar al viento” y avanzar marcha atrás. Anduvimos ciclón en proa durante varias semanas, hasta que vislumbramos de nuevo las costas de Madagascar.
»En ese punto la Junta comprendió que resultaba muy difícil engañar a la naturaleza, y, luego de encomendarnos a Nuestra Señora del Correcto Rumbo, nos lanzamos a un nuevo intento de atravesar el Cabo de Hornos en medio de rezos y oraciones. Esta vez llevábamos la proa al frente y el viento de popa en la popa, mientras la marejada nos azotaba ora a babor, ora a estribor, ora pro nobis.
»Debo reconocer que los nueve supervivientes del Robinson Crusoe II tuvimos suerte. Aferrados a las tablas que atestiguaban el atroz naufragio, divisamos tierra durante la caliginosa madrugada del 20 de junio. Apenas desembarcamos caímos de rodillas, lloramos de alegría y dimos gracias a Dios de que nos hubiese librado de los postres de Fátima.
»Esto último resultó ser apenas una ilusión, pues la chica volvió a aprovisionarse de ingredientes de repostería en cuanto llegamos a tierra».
Me hago a la tierra
«Los segundos de tedio en medio de las tempestades y las largas noches del Círculo Polar Antártico en el mes de julio me llevaron a pensar que, allende la Realidad Concreta representada por los dulces árabes, había Algo Más. Fue así como elaboré mi tesis sobre la Inteligencia Estomacal, que algún día te expondré.
»Cuando supe que nos encontrábamos en el puerto de Río Gallegos entendí el pálpito que había tenido al salir de Galicia, y que me decía que el Destino Escogido no iba a serme extraño. Aumenté mis sospechas horas después, en el momento en que oí hablar una lengua que, aunque no era castellano, me sonó familiar en un bar llamado Airiños da Miña Terra y supuse que se trataba de inmigrantes gallegos. Resultaron ser catalanes que conversaban en catalán, y me explicaron que habían tenido poco éxito cuando montaron en ese mismo local un restaurante llamado Can Esplugas de Llobegrat, por lo que optaron por una nueva etnia gastronómica.
»—A estos gallegos —dijeron— no es difícil engañarlos.
»De Río Gallegos fue muy fácil llegar a Culén Leufú. Lo hicimos en sólo tres meses a lomo de ñandú, un ave que sólo existe en español por culpa de la bendita ñ. Bastó con tomar la carretera Número 5 en dirección a El Calafate, y luego atravesar a nado seis y medio lagos yertos de cuyas aguas dicen que emergen, en las noches de luna llena, turistas japoneses. Recorrimos las treinta y siete leguas finales llevando a cuestas los fatigados ñandúes.
»Por fin, cuando ya pensaba que no existía el tal santuario y que había sido víctima de una excursión turística supereconómica, dimos con nuestros huesos en esta cabaña.
»Desde entonces vivo aquí, entregado a la disciplina del Conocimiento Propio, la Difusión del Mensaje y el Consumo de Postres».
El Viajero tuvo la certeza de que ese niño que hablaba frente a él era un foco de Luz y un generador de Energía. Es más: se quitó el abrigo, porque estaba transpirando.