Generosa con los muertos
Cuando Phillippa Derwent hubo sorteado al fin los diversos intercomunicadores y operadores, y una voz juvenil respondió «¡Hola!» en un tono incierto y remoto, fue como si hubiese rastreado a una tímida alimaña hasta su madriguera secreta y por un momento deseó no haberse embarcado en eso; odiaba que la tomasen por una entrometida, y sabía que algunas veces podía actuar como si lo fuera.
—Soy Phillippa Derwent —dijo, y esperó un momento. Al no tener respuesta, preguntó—: ¿Es usted John Knowe? Amy Knowe era mi…
—Sí. Sí, desde luego. Tía Phil. Perdona. Hace muchos…
Hacía, sí, muchos años —más de veinte—, años que para su sobrino, que sólo tenía once cuando Phillippa lo había visto por última vez, sin duda habían pasado mucho más despacio que para ella misma. Algo así como una forzada puesta al día era por lo tanto la tarea inmediata. Siempre había imaginado que la vida de su sobrino estaba llena de incidentes y que probablemente no había sido feliz; la suya, que ella suponía feliz, había sido una vida como tantas, sin grandes contratiempos ni mayores avatares. Su hermana Amy se había casado con un hombre al que no amaba, por el bien de John, decía, y se habían ido de Nueva Inglaterra —esa fue la última vez que Phillippa los vio— iniciando una serie de mudanzas siempre más y más hacia el oeste. Las cartas de Amy, de lectura poco placentera, se habían espaciado cada vez más, y reducido por último a una tarjeta para las Navidades con una nota distraídamente escrita en el reverso. El padrastro había desaparecido; o en todo caso, dejó de ser mencionado. Cuando murió su madre —con quien Phillippa había vivido sola durante muchos años— Amy no había venido para el funeral.
En algún momento, en el correr de aquellos días, Amy había escrito diciendo que John había entrado en un seminario, y cuando Phillippa vio mencionado en el periódico local que un John Knowe acababa de ser nombrado para integrar el cuerpo docente de una escuela católica de niñas de Westchester, la posibilidad de que pudiera ser su sobrino, devuelto al este por los azares de la vida, fue transformándose (lentamente, porque le era difícil imaginarlo de otro modo que como un chiquillo tímido, de ojos enormes, poco desarrollado para su edad) en una obvia certeza. Por diversas razones (en su mayor parte no las que se daba a si misma), no lo llamó; pero cuando llegó la carta del abogado informando que el testamento de la prima Anne había sido finalmente desenmarañado, decidió encargarse de transmitírselo a John. Absurdo, se dijo, vivir tan cerca y no reanudar relaciones; si él no tomaba la iniciativa, lo haría ella.
—Tenía algunas propiedades en Vermont —le dijo—. Nada del otro mundo, pero te ha dejado una parte a ti, o más bien te ha tocado a ti por incomparecencia o algo por el estilo…
—No la vieja finca —dijo él, con voz lejana.
—Ah, no. No. Mamá y yo vendimos la finca hace años. No, una parcela de tierra, no muy lejos al norte de la finca, y se me ocurrió que a lo mejor te gustaría verla. De todos modos, yo estaba proyectando un paseo por allá. El follaje ha de estar en todo su esplendor, y pensé…
—Yo no sé conducir.
—Bueno, yo sí. —Empezaba a sentirse algo impaciente—. Tengo entendido que hay algunos papeles que firmar, allá, en el bufete del abogado. Se podría hacer todo al mismo tiempo.
—Bueno —dijo él—, eres muy amable. —Hubo una pausa, y luego añadió—: Lamento lo de la finca.
Delgado, la barba oscura, no ataviado con la toga clerical, esperaba en las gradas del colegio con un aire abstraído y a la vez atento que a ella se le antojó familiar. ¿A quién le recordaba? A él, sin duda; a él de niño. Por un momento lo estudió sin salir del coche ni hacerle señas, sintiéndose irremisiblemente transportada al pasado.
—John.
—Tía Phil. —Parecía tan extrañado como no lo estaba ella. Ella se sentía intimidada; debía de parecerle un vejestorio horrible después de tantos años. Sin embargo le apretó la mano con afecto, y luego de un momento de vacilación le besó la mejilla, casi con ternura. Aquellos ojos grandes eran como ella los recordaba. Por un momento un nudo apretado le oprimió la garganta, y clavó la vista en el cielo como pretexto para volver la cabeza.
—Debo prevenirte —dijo—. Tengo mala suerte con el tiempo. A donde voy el cielo azul se vuelve negro. —Y en efecto, en el oeste, unas nubes blancas, compactas, se desplazaban por el cielo precedidas por unos cirros pálidos que el viento deshilachaba: nubes de tormenta, las llamaba siempre su madre.
Carreteras al norte: a lo largo de estas civilizadas autopistas, las hiedras ya tenían tonalidades otoñales y cargaban sobre los árboles aún verdes unos mantos multicolores. Desde los años veinte, cuando su padre adquiriera la finca para sus veraneos, ella había hecho ese trayecto muchas veces, al principio por caminos de tierra a través de la entonces rural Connecticut, más tarde viajando bajo esos puentes abovedados, cada uno distinto del otro, y ahora deslizándose como sobre patines por las superautopistas que se adentraban —en un tiempo le había parecido imposible que alguna vez pudieran hacerlo— hasta el corazón mismo de Vermont. En esta época del año, ella y Amy y sus padres habrían estado viajando en la otra dirección, no hacia la finca sino yéndose de ella, donde vivían de mayo a octubre; volviendo a casa, decían siempre ellos, aunque a Phillippa siempre le había parecido lo contrario: abandonando el verdadero hogar por el otro, el de la vida utilitaria, el exilio.
—La vendimos en 1953 —dijo, en respuesta a la pregunta de él—. El verano después de que ustedes se marcharan de esta parte del mundo. Se había convertido en una carga. Papá había muerto, y ustedes ya nunca venían; mamá y yo necesitábamos dinero para comprar la casa en Rye. Tuvimos una oferta inesperada al final del verano, una oferta muy buena, y vendimos. Nos sentimos agradecidas. Supongo.
—¿Qué era una entonces muy buena oferta?
—Cinco mil. Y otros cien o algo así por los muebles; el comprador se llevó la mayor parte.
—Cinco mil. —Él meneó la cabeza.
—Nosotros pagamos dos, en los años veinte. Y buena parte de la tierra ya no era nuestra.
—Mil novecientos cincuenta y tres —dijo él en voz baja, como si la fecha fuera un objeto precioso y frágil. No dijo más, y se quedó mirando por la ventanilla, abstraído.
Ella había temido eso, un distanciamiento, una reserva probablemente inevitable. Hizo un comentario a propósito de la estación —los árboles estaban mostrando el envés plateado de las hojas, como si alzaran unas manos desanimadas, y el cielo parecía más fiero cada vez—, y luego le preguntó por el trabajo. Pareció ser la pregunta apropiada: hablando de teología, de la política del alma, él empezó a animarse, a mostrarse divertido, casi locuaz.
La religión de Phillippa, o su carencia de ella, era la de la mujer del poema de Stevens, sentada el domingo por la mañana con su café y su cacatúa: ¿Por qué tendría ella que ser generosa con los muertos? Y ese otro sobre abril…
No hay un más allá de profecía,
ni una antigua quimera de la tumba,
ni dorado esplendor bajo la tierra,
ni isla melodiosa
donde encuentren las almas su morada,
ni un visionario sur, ni una palma nubosa
remota en las montañas celestiales,
que haya durado
como ha durado ese verdor de abril…
—Sí —dijo él, juntando las puntas de los dedos—. El paraíso es una dificultad. Cuesta creer que merezca la pena todo este esfuerzo para acabar con una túnica blanca cantando alabanzas; como una práctica coral infinita. Desde luego, ha de ser una felicidad inefable, indescriptible; pero resulta condenadamente difícil de imaginar, ¿no te parece?
—Supongo que es algo real para la gente religiosa —dijo Phillippa, sintiéndose rara por estar defendiendo el paraíso.
—No sé. Yo diría que los verdaderos creyentes invisten las cosas ordinarias que aman con la idea del paraíso; de modo que cuando dicen «Esto es paradisíaco», dicen lo que realmente sienten. —Phillippa reparó en aquellas manos elegantes que se habían animado después de estar tímidamente replegadas. También ellas le recordaban a alguien; pero ¿cómo era posible que algo tan cambiante como las manos, tan inevitablemente marcadas por el tiempo, retuviese un recuerdo de cuando él era niño?
—Mamá —prosiguió él—, Amy, siempre decía que a ella no le interesaba el paraíso si no podía tener allí consigo a todas las personas y los lugares y los momentos que más amaba, en la realidad cotidiana, quiero decir, no en abstracto; no con blancas túnicas, no en las nubes. Creo que yo pienso lo mismo. El paraíso, dado que allí no hay tiempo, está donde uno es, o será, o ha sido más feliz.
Dónde para ella, se preguntó Phillippa; y lo supo, sin una posible sombra de duda: la finca, en pleno verano, años atrás. Si fuera así… Pero no. Había una cosa que Phillippa sabía con certeza: la felicidad es algo que se pierde, tarde o temprano. —Nunca se me hubiera ocurrido —dijo— que tu iglesia pudiera comulgar con esas ideas.
Él se echó a reír, complacido. —No, claro. Todo eso está en el aire ahora, sabes. En realidad, yo soy algo así como un heresiarca, en serio. De hecho, he fraguado recientemente una nueva herejía, o restaurado una vieja. ¿Te gustaría escucharla?
—Si puedes prometer que no seremos castigados —dijo Phillippa. Por el norte, una enorme y cuajada masa de oscuridad avanzaba cerrando el camino—. Quiero decir: mira ese cielo.
—Es más o menos así —dijo él, cruzando una rodilla huesuda sobre la otra—. He llegado a la conclusión de que no todos los hombres tienen almas inmortales. La inmortalidad es lo que Adán y Eva perdieron para siempre en el huerto. Desde entonces ha sido polvo al polvo. Lo que Jesús prometía a aquellos que creían en él era la vida eterna, la posibilidad de no morir eternamente. De modo que el creyente, fortalecido por la fe, la esperanza y la caridad, crea su propia inmortalidad a través de Jesús, el primer hombre inmortal desde Adán: el nuevo Adán.
—¿Y qué hay de la oscuridad circundante, y del llorar y el gemir y el crujir de dientes?
—Una metáfora de la muerte. Creo que es más fácil explicar esas escasas referencias a los fuegos y todo lo demás como metáforas de la muerte que explicar las numerosas referencias a la muerte como metáforas del eterno castigo. Jesús decía: Aquél que crea en mí no perecerá; esto parece indicar a las claras que todos los demás habrán de morir.
—¿No van al infierno?
—No. Y esto resolvería un problema tremendo. Aquellos a quienes no les preocupa la salvación van simplemente bajo tierra, se extinguen para siempre pues no han llegado a conseguir su propia inmortalidad.
—Reconfortante.
—¿Verdad que sí? Resuelve además el problema de la condenación de las almas inocentes y el del Buen Pagano; pero hay más aún: hace que la elección sea más difícil. La elección de Jesús. Cuando la alternativa no parece tan grave.
—En verdad, si me perdonas, es preferible. A mí la vida eterna no me seduce…
—Bueno, ya lo ves. Tal vez no sea un bien perfecto, sin mezcla. Puede que sea muy difícil… tan difícil como cualquier otra clase de vida.
—Qué barbaridad.
—Tal vez algunos no tengan opción. Los bienaventurados, los santos. —Estaba quieto otra vez, más absorto. Phillippa se preguntó si aún estaría hablando en broma—. En verdad, tiendo a pensar que la población del paraíso ha de ser más bien escasa.
Phillippa pensó en las pinturas medievales de la corte celestial, los santos alados en hileras tratando de sugerir grandes números pero en realidad absurdamente escasos. Pero no era ése, ¿verdad?, el paraíso que él imaginaba. Donde el fruto maduro no cae jamás. Si pudiera haber un paraíso compuesto por las cosas que uno más amaba, tendría que incluir (en todo caso para ella) el cambio de estación, la caída de las hojas, los días como éste, contaminados por nubarrones oscuros, fugitivos, la llama de los arces de los pantanos, apagándose; el verdor de abril. Y sí, para que hubiera de esas bondades cantidad suficiente, sería necesario tal vez que sólo hubiera allá unos pocos para repartírselas y disfrutar de ellas; el resto de nosotros, los mortales, tendríamos que renunciar a todas en favor de esos pocos. Pensó, súbitamente, en un viejo convertible metiéndose por entre los pilares de piedra en el largo camino cubierto de malezas que subía hasta la finca.
¿Quién puede ser?, dijo su madre. Nadie conocido.
El automóvil, con hojas otoñales atascadas bajo las varillas del limpiaparabrisas, avanzaba por el camino como a tientas, indeciso.
Sólo dando la vuelta, tal vez, extraviado, sugirió Phillippa. Estaban las dos sentadas en el porche, porque al sol hacía mucho calor. Había una calma tan perfecta y tan azul que las hojas caían aparentemente sin motivo, resbalando con parsimoniosa agilidad hasta el suelo. El leve chasquido con que caían entre las otras hojas alcanzaba a oírse a veces, tanta era la calma.
El coche se detuvo a mitad de camino y un hombre joven se apeó. Llevaba una fedora de ala ancha —todos los hombres las usaban en aquellos años— y fumaba una pipa larga y recta. Se detuvo con las manos en los bolsillos de los pantalones, mirando la casa, aunque no a ellas, se diría. Y cuando al fin echó a andar y se acercó, lo hizo como si no fuera eso lo que se proponía, sin siquiera saludarlas; era como si estuviera llegando a una casa abandonada, o a una casa que era su casa. Y cuando por fin las saludó, lo hizo con una especie de familiaridad indolente. No era, por la voz, un vermontiano.
Le habían dicho, explicó, allá en el poblado, que las señoras estaban pensando en vender. Él buscaba precisamente una casa como ésa; era escritor y necesitaba un lugar tranquilo para trabajar. ¿Tenían ellas, realmente, la intención de vender la propiedad? ¿Podría verla?
Esa misma semana Phillippa y su madre habían decidido que un verano más en esa casa no era posible. La gente del pueblo, al parecer, había llegado a la misma conclusión; no era de extrañar, en verdad, aunque resultaba un poco impertinente de parte de ellos que la hubiesen puesto en venta sin consultarlas. En fin, Phillippa interrogó a su madre con los ojos, ya que él estaba allí ¿por qué no mostrársela?
Es un caserón viejo y poco cómodo, dijo cuando entraban por la desvencijada puerta mosquitera. Él se detuvo en el vestíbulo: parecía menos ver la casa que inhalar sus fragancias a fuegos de leña, muebles viejos, agridulce aire otoñal. ¿No será demasiado grande para usted?
Sitio para expandirse, dijo él, sonriendo, como si de veras no le importara. Ella le mostró la cocina como disculpándose; no tenía agua corriente, sólo una bomba; ni lavabos; ni una cocina decente salvo este monstruo de hierro. Necesitaría un montón de mejoras.
Creo que la dejaré tal como está, dijo él, con aire complaciente. Me viene bien.
Pero en el invierno, dijo mamá. ¿Qué hará usted?
Él se encogió de hombros alegremente. Invernar, tal vez. Tocó afectuosamente los viejos pilones. Saponita, dijo. Cuando yo era chico creía que a estas pilas las llamaban saponitas porque uno lavaba en ellas.
Era difícil mostrarle la casa. Cada vez que entraba en una habitación parecía querer quedarse en ella para siempre, mirando en torno con aire soñador. Phillippa sintió que no podía impacientarse con él, puesto que parecía tan obviamente cautivado por las cosas que ella amaba tanto. Hacia el final de la recorrida descubrió que casi deseaba que ese desconocido se quedara con la casa.
Y finalmente se había quedado con ella, pese a las objeciones de su madre —ella quería dársela para la venta al agente inmobiliario del poblado, un viejo amigo—, y también con casi todo el mobiliario, trastos viejos que ellas habían acumulado a lo largo de veinte veranos de subastas.
—Trastos viejos —dijo John Knowe—. No lo serían hoy en día ¿verdad?
—No. Antigüedades. Pero, por supuesto, nosotras no lo sabíamos entonces.
—El abultado sofá de crin. El enorme escritorio del abuelo allá en esa especie de desván que era para él un cuarto de trabajo, con el pisapapeles de bronce, pesadísimo, y el abrecartas que parecía una espada. El viejo reloj de péndulo, con las pesas que eran como piñas…
—¿Te acuerdas de esas cosas?
—Sí. Claro que sí. De todo.
Lo dijo con naturalidad, como si no fuera ninguna hazaña; y era lógico que no lo fuera para él, pensó Phillippa: al no haber vuelto a verlas desde los once años, sus recuerdos de todas esas cosas debían de ser muy nítidos, como preservados en un ámbar diáfano, no empañados por las percepciones adultas de utilidad, valor, precio. La finca no se había alterado para él, no se había vuelto problemática, y a la larga insoportable. Sintió, de improviso, un ramalazo de pérdida; por ella misma más que por él. Unos goterones de lluvia estallaron contra el cristal del parabrisas, luego nada más.
A través de Massachusetts la tormenta hacia la cual parecían estar avanzando a toda velocidad, como hacia un destino, se había expandido, cambiaba de forma sin cesar; como telones suspendidos para un espectáculo, desplazándose sobre rieles, dos y a veces tres hileras de nubes cruzaban el cielo a distintas velocidades, y súbitos chispazos de sol mostraban por un instante una larga sucesión de laderas doradas. Cuando entraron en Vermont, el viento empezó a ensañarse con el automóvil; grandes bandadas de hojas atravesaban la autopista como las bandadas de estorninos de los prados otoñales. En el noroeste las nubes no eran formas diferenciadas, sino una masa compacta del gris más tenebroso, preñadas de lluvia invisible. —Es allí a donde vamos —dijo Phillippa—. Pero al menos ya estamos en Vermont. —Supo que lo que iba a decir era una tontería, pero no pudo evitarlo—: Cada vez que cruzo la frontera, pienso siempre en los versos que dicen Allí respira un hombre con el alma tan muerta, que nunca se ha dicho a sí mismo…
—Ésta es mi propia tierra, mi suelo natal —dijo él sin ironía, como si acabara de descubrir que era cierto—. El país de los sueños del alma.
Phillippa recordó una fotografía que Amy le había enviado una vez. John, de unos trece años quizá, de pie delante de un desharrapado bosquecillo de alisos y matorrales sin nombre. A través del ralo follaje se veía un monótono paisaje del Medio Oeste. Prendidos en los ramosos matorrales había trocitos de papel, desechos, residuos humanos. Amy había escrito en el reverso «El bosque de John», como si así llamara John al lugar. Exilio. Tal vez el infierno era el sitio donde uno había sido más desdichado. No: no había ningún infierno en su herejía. —Pronto veremos el Ascutney —dijo—. O tal vez no, con este tiempo.
—Delante de la puerta de la cocina —dijo él, y ella tardó un momento en comprender que aún estaba pensando en la finca— había unos frambuesos.
—Sí.
—Muy frondosos; tan frondosos que costaba abrir la puerta. Y un pequeño porche de piedra.
—Apenas un escalón de baldosa. Quizá te parecía grande.
—Abejas. Y la fragancia de esos frambuesos…
Cosechará montones en el verano, dijo ella. La fragancia al sol es tremenda.
Sí, dijo él, dejando de mirar el pardusco jardín de noviembre y volviéndose hacia ella. Dentro de la casa su madre y los hombres de la mudanza iban de un lado a otro con pasos resonantes. Me apena, de verdad, quitarles todo esto.
No sea tonto. Los ojos de él, grandes, límpidos, remotos, eran… eran cualquier cosa menos tontos. Ella no se sentía enojada, ni envidiosa; ella quería, de verdad, que él se quedara con la casa; sólo que, en un momento de arrebato, deseó no perderla. Lo que ella quería era compartirla, compartirlo todo; quería… Él la seguía mirando, fijamente, descaradamente como miran los gatos; y hubo una fisura en el tiempo, un doble de este momento, una escena que era una sombra por detrás de esta escena, y ahora él le pedía que viniera, que viniera para quedarse, que se quedara ya, se quedara para siempre, cediéndole todo a él y a la vez quedándose con todo… Tan instantáneamente como la había percibido, la fisura se cerró, como si ella hubiese vuelto a enfocar los ojos, y No, no, dijo, parpadeando, volviéndose de espalda a la puerta de la cocina, temblando, como si, sin darse cuenta, se hubiera encontrado caminando sobre hielo.
Ahora recordaba ese momento, una ola fría que le subía hacia el corazón. El monte Ascutney se elevó de repente, negruzco, con la cresta envuelta en desmadejadas nubes de tormenta como una peluca de erizados cabellos. La pálida cuchilla del camino parecía hundirse en él.
—Nunca volviste —dijo John Knowe.
—No. Nunca. Estoy segura de que la encontraría muy cambiada.
—Sí. Sin duda.
El viento los empujó de improviso, con súbita violencia. La carretera brillaba ahora como si fuera la pista de un salón de baile, y el día era tan oscuro como la noche. Sin duda, sin duda. John Knowe sacó de su bolsillo una pipa larga y recta y se la puso en la boca sin encenderla. —Parece que es aquí —dijo.
La lluvia corrió a raudales por el parabrisas mientras subían y bajaban una cuesta a una velocidad ciega, aterradora. Ella buscó a tientas el botón que ponía en marcha el limpiaparabrisas, escrutando la nada plateada. El granizo empezó a caer con estrépito, rugiente; el limpiaparabrisas se atascó. Phillippa frenó, aterrorizada, y fue como si se elevaran suavemente fuera del camino, acelerando, resbalando hacia la nebulosa cabeza del Ascutney: ella vio cómo se acercaba rápidamente. El freno, apretado a fondo, no tenía ningún efecto en el aire —eso fue lo que ella pensó—, y un pedazo de montaña, un rectángulo negro de montaña se separó y desde la nada se precipitó hacia ellos, cambiando súbitamente de tamaño.
Tú también puedes venir, dijo John Knowe, y no era ya su voz. Puedes venir ahora.
NO, y Phillippa hizo girar bruscamente el volante para esquivar el rectángulo negro que los devoraría
y cuando la sacaron del coche, mientras la lluvia lavaba la sangre pegajosa de las manos y la cara, en la profunda y pavorosa calma de la conmoción, vio no ese automóvil a medias aplastado allá abajo, contra el negro camión detenido, sino un viejo convertible, con hojas otoñales atascadas debajo de las varillas del limpiaparabrisas, entrando con cautela, perdido pero a la vez encontrado, en un viejo camino cubierto de espinosas malezas entre pilares de piedra; y no oyó el ulular de las sirenas y los gritos Está muerto, está muerto, sino el tenue pero perceptible chasquido de una hoja que cae uniéndose a las demás en el suelo cubierto de hojarasca.