III. La tristeza
Decía la psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross, que tan bien conocía los trasfondos de la tristeza humana, que no necesitamos nada especial para vivir: basta con ser lo más brillantemente uno mismo que sea posible. Eso es suficiente.
Me maravilla la pasión que encierran estas sencillas palabras: el derroche de luz y de esperanza que contiene un cometido en apariencia tan sencillo, tan humilde como ser uno mismo, pero eso sí, lo más brillantemente posible. Cuando nacemos, ¿por qué no empapelaron las paredes de nuestra habitación con estas palabras? Cuando lloramos, cuando erramos, cuando tropezamos, ¿por qué no nos las recuerdan? En general olvidaron decirnos que todos albergamos un lugar hermoso en el que vivir en la inmensidad clara y oscura de la psique humana. Pero hay que alcanzarlo, ararlo y regarlo para verlo brotar.
Antes de suicidarse, la poeta Sylvia Plath dejó un vaso de leche y un manojo de poemas sobre la mesilla de noche de la habitación contigua donde dormían sus hijos y selló la habitación para que el gas del horno donde metió la cabeza no los ahogara. Cuarenta y cinco años más tarde, en 2009, el hijo de Sylvia se ahorcó tras varios episodios de depresión. Su hermana Frieda, una brillante columnista, confesó cuando fue a enterrarlo que ella también lucha contra sus propios demonios mentales y emocionales.
¿Qué pudo motivar esas muertes desesperadas? ¿Sucumbieron al dolor, a la tristeza o a la traición? En el caso de Sylvia, su marido, el también poeta británico Ted Hughes, la había abandonado y vivía con una alemana llamada Assia Wevill. Con ella tuvo otra hija. Cuando esa niña tenía 4 años, Assia la mató, luego metió la cabeza en el horno y se suicidó, repitiendo exactamente lo qué había hecho Sylvia seis años antes.
¿Qué vida no es presa, tarde o temprano, de alguna traición? Los historiadores apuntan a que Sylvia Plath probablemente padecía un trastorno bipolar. Con la medicación adecuada tal vez no se hubiese suicidado. Pero ni los trastornos bipolares ni las depresiones tienen por qué desembocar en un suicidio: el entorno y las circunstancias ambientes han de desencadenarlos. Cuando la tristeza se torna crónica le damos el nombre de depresión. Aunque la depresión tiene raíces genéticas, se ha comprobado en estudios con gemelos —y, por tanto, con mapas genéticos idénticos— que sólo un entorno o circunstancias vitales determinados disparan las enfermedades mentales. Es un indicio más de que, por fortuna, los genes no marcan implacablemente el destino de las personas.
Escribía Sylvia Plath: «Exiliada en una fría estrella, incapaz de sentir nada excepto un horrendo torpor irremediable… Busco dentro del cálido, terreno mundo. Busco en las camas de los amantes, en las canutas de los niños, en las mesas cubiertas de comida, en todo el sólido comercio de la vida en esta tierra y me siento aparte, encerrada tras una pared de cristal». Buscaba sin duda abrazarse a la vida, lejos de la tristeza y de la depresión. Me recordaron estas palabras las de un lector que me decía que no lograba sentir nada: cumplía con sus obligaciones familiares y laborales pero nada le provocaba emoción, ni buena ni mala. Puedo imaginar pocas condenas en vida que emanen tanta desesperanza. Porque en este lado de la vida, en la cara que conocemos y en la que latimos atrapados, lo que nos distingue es precisamente la atracción vital hacia la emoción.
Todas las vidas no se enfrentan a la tristeza, incluso cuando es extrema, de la misma manera. Algunas personas sufren una incapacidad clínica para resistir los embates de la vida. Pero la mayoría alberga mucho tesón ante la adversidad. Algunas incluso muestran una especial capacidad para superar la adversidad que les empuja a sobrevivir ante situaciones traumáticas que aplastarían a la mayoría: parece ser que una de las características de estas personas es que logran encontrar un sentido a las trampas que la vida les tendió. Así, el neurólogo y psiquiatra Viktor Frankl, que dudó, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, en aceptar un puesto en una universidad en Estados Unidos para alejarse de la creciente presión que azotaba en la Alemania hitleriana a los judíos. Finalmente decidió que debía quedarse para proteger a sus padres y compartir con ellos en Alemania su destino. En 1941 se casó con Tilly Grosser. Al año siguiente fue deportado a un campo de concentración junto a su esposa embarazada y a sus padres. Fue liberado por los aliados en 1945 y así sobrevivió al holocausto, pero su mujer y sus padres ya habían fallecido.
Regresó a Viena y escribió su famoso libro El hombre en busca de sentido, en el que describió la vida del prisionero desde el punto de vista psicológico y expuso cómo, incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, es necesario encontrar una razón para vivir: «Los que hemos vivido en campos de concentración podemos recordar a las personas que caminaban por las cabañas confortando a los demás, dando su último trozo de pan. Tal vez eran pocos, pero conforman la prueba suficiente de que todo puede arrebatarse a una persona excepto una cosa: la última de las libertades humanas: elegir la actitud vital ante cualquier circunstancia, elegir su propia forma de hacer las cosas… Al final el ser humano no debería preguntarse acerca del significado de su propia vida, sino que más bien debería reconocer que es la vida quien le pregunta a él. En otras palabras, la vida hace una pregunta a cada ser humano, y éste sólo puede contestar a la vida con su propia vida».
El trauma no dicta el destino
Casi todos los niños que sobreviven bien al dolor y al trauma son aquellos que logran elaborar teorías acerca de la vida donde combinan sus sueños para el futuro con una cierta intelectualización de lo que les ha ocurrido. Es lo que el psiquiatra Boris Cyrulnik llama «insertar la tristeza en una historia»: lograr dar un sentido a esta tristeza significa también, a la larga, que brote de esta tristeza una vida deliberada y sólida. Los más afortunados encontrarán además una persona que les eche una mano para salir al mundo exterior. Son elementos básicos que distinguen a los supervivientes del dolor y del trauma. Cyrulnik es uno de los proponentes de la teoría de la resiliencia, que estudia la capacidad innata de las personas de superar el dolor y el trauma. El concepto de resiliencia, por cierto, no tiene nada que ver con el de resistencia. La resistencia es un término psicoanalítico que describe el mecanismo que deniega a las personas el acceso al inconsciente, algo que es, sin embargo, absolutamente necesario para el cambio y para la transformación interior.
Según Cyrulnik, cuyos padres fueron deportados y asesinados en un campo de concentración en 1942 cuando él tenía 5 años, no se trata de resistir, sino de aprender a vivir. «Todos somos resilientes porque nadie tiene la suerte de poder evitar completamente el dolor», dice Cyrulnik. «Antes de un desastre pensamos que la felicidad es algo que nos es debido. Pero los desastres llevan hacia la metamorfosis… porque las personas se ven obligadas a preguntarse ¿por qué?, y así aprenden. Y cuando se preguntan ¿y ahora qué voy a hacer con este dolor?, pueden descubrir la parte sana de sí mismas. Así se teje la resiliencia».
En 1994 vivían en Israel unos doscientos mil supervivientes del holocausto, de unos 65 años de media. El 28 por ciento habían sobrevivido el internamiento en los campos de concentración, el 58 por ciento se habían escondido, casi el 10 por ciento habían luchado en los movimientos de resistencia, aunque entonces eran muy jóvenes. Tras la guerra, todos estos niños sufrieron depresiones durante años, excepto aquellos que habían luchado en la resistencia.
Resulta complejo analizar estos datos. ¿Acaso los niños habían luchado en la resistencia porque eran ya de entrada más resilientes? ¿Los protegió la sensación de controlar sus propias vidas —un factor determinante en la escala de felicidad personal— que acompañó su lucha? ¿O fue el hecho de poder sentirse como héroes en lugar de como víctimas —«Yo soy el niño que con 8 años se enfrentó al ejército alemán»— lo que los ayudó?
Curiosamente, el grupo de los niños deportados en torno a los 5 años fue el más afectado por las depresiones en los años posteriores. Pero también fue el grupo más exitoso respecto a sus vidas familiares y profesionales. En cambio, el grupo de pequeños héroes se contentó en general con posiciones sociales mediocres. No les importó llevar una vida discreta. Es probable que el primer grupo se viera obligado a lograr algo concreto para sanar los desastres de la infancia. Tenían que encontrar en algún lugar la estabilidad o la felicidad robada.
El sentido evolutivo de la tristeza
Como la ira y el miedo, la tristeza cumple una función evolutiva necesaria para sobrevivir —tan necesaria, de hecho, que pesan más en nuestras vidas las emociones llamadas negativas, la tristeza, la ira o el miedo, que las que producen placer—. Estas emociones nos avisan a voz en grito de los posibles peligros que nos acechan: protestan con vehemencia, nos aturden hasta que entramos en una espiral —consciente e inconsciente— de miedos y de defensas. Son el antiguo seguro, la mecánica arcaica, aunque todavía vigente, que nos rige. La tristeza, la ira y o el miedo son el escuadrón desconfiado e implacable encargado de asegurar nuestra supervivencia.
En el caso de la tristeza, las alarmas se disparan tanto ante las pérdidas como cuando surgen los fantasmas de las añoranzas. Para nuestro cerebro ciego da igual la realidad que la noción: ante la tristeza, real o inducida, saltan todas las alarmas. Los estudios han mostrado recientemente que la tristeza desencadena una intensa actividad cerebral que afecta a más de setenta áreas cerebrales, entre ellas las que procesan el conflicto, el dolor, el aislamiento social, la memoria, los centros de recompensa del cerebro, la capacidad de atención, las sensaciones físicas —nos sentimos físicamente mal cuando estamos tristes— y la toma de decisiones, entre otras muchas. Es difícil abstraerse de este bombardeo. No podemos estar tristes sin que ello afecte a nuestra vida entera. Por ello, las emociones llamadas negativas cortan el paso, de forma preventiva y muy rotunda, al bienestar y al placer. El cerebro y el cuerpo no tienen tiempo para procesar el placer cuando el desastre, o el posible o temido desastre, acechan.
La tristeza es, por tanto, un estado complejo y muy tozudo: cuando suena su señal de alarma invade cada rincón de nuestras vidas y arrincona la alegría. Hace de la vida un camino árido, que recorremos, en general, en soledad. En su cruda esencia, la tristeza es un mecanismo defensivo ante el miedo a la pérdida. A primera vista no lo vivimos así, porque cuando estamos tristes sentimos, ante todo, dolor. Pero ese dolor es sólo el síntoma: tras él está el anhelo de lo que fue o de lo pudo haber sido. El dolor surge porque hemos perdido, o porque no hemos logrado encontrar, aquello que hubiese podido colmar nuestros vacíos.
Vista desde una perspectiva negativa, la vida puede parecer un camino de pérdidas —perdemos paulatina o bruscamente—, el tempo es irregular y siempre inesperado —la juventud, la belleza, las esperanzas, los seres amados—. Todo aquello que nos importa, sobre todo si otorga un sentido a nuestras frágiles vidas. No solemos estar preparados para enfrentarnos a la inevitable tristeza. Sólo ensayamos desde pequeños algunas maniobras de distracción que se agotan pronto ante ese sentimiento tozudo y doloroso que lo invade todo. Sólo queda cerrar los sentidos ante la invasión de dolor, y caer en ese extraño estado de letargo que a veces llamamos depresión, y otras es sólo el indicio de que estamos atravesando el espacio árido de la tristeza. ¿Qué frutos puede dar emprender esta travesía de forma consciente? «La mayoría de los sufrimientos consisten en que cerramos nuestros corazones a algo o a alguien o a nosotros mismos», dice de la tristeza y del sufrimiento el psicólogo Joan Garriga. «A nuestros padres, por ejemplo. La vida tiene su lado cruel, difícil, y allí cerramos nuestro corazón. Pero justamente porque cerramos nuestro corazón en un intento de protegernos, esto tiene como consecuencia que sufrimos y nos limitamos. En realidad el trabajo consiste en integrar a los padres tal como fueron, o las cosas difíciles que pasaron: un aborto, perder a un hijo pequeño, una separación, poder integrarlos y aprovecharlos al servicio de la vida. Muchas veces las personas se prestan a hacer el proceso emocional cuando ya no les queda otro remedio, cuando sufren intensamente. El sufrimiento intenso les abre las puertas para que puedan decir sí a lo que antes decían que no».
El contagio emocional
Cuando las personas atraviesan el espacio desesperanzado de la tristeza, el apoyo de los demás, de cualquiera, incluso de un desconocido que sonríe en un ascensor, puede ser una tabla de salvación, una razón para seguir adelante. De Rosa, por ejemplo, recuerdo la tristeza, la más corriente, la que de repente sobrecoge y acompaña casi cualquier vida, excepto la de aquellos que nunca arriesgaron nada. Menuda, de mirada intensa, se acercó a mí con un libro en la mano después de un taller. Quería que se lo firmase. «¿Te ha gustado?», le pregunté. «Sí, me ha ayudado mucho», contestó. Le iba a dar las gracias pero se echó a llorar. Desconsoladamente, como si los diques de su tristeza se hubiesen abierto de golpe. Las personas que nos rodeaban callaron, incómodas. Es difícil enfrentarse al dolor de los demás porque no lo alivia sólo la buena educación.
Como no solemos enfrentarnos a las raíces de la tristeza, tampoco solemos ser capaces de ayudar a aquellos que transitan por sus caminos. Nos cuesta, aun cuando quien lo necesite tenga tristeza y dolor brotando por todas partes, bajar la guardia y deponer la vergüenza o el pudor para acompañar al que sufre. Sin embargo la sociedad y las relaciones afectivas pueden provocar cambios en las personas tan decisivos como la genética. Aliviar, disolver la tristeza de los demás no significa juzgar, sino ayudar a que las emociones atrapadas puedan fluir: dejar al otro llorar, hablar y sentir. Ése es un paso fundamental para sanar.
Acompañar a los demás significa aprender a mirarlos sin juzgarlos, reflejando en esa mirada la esperanza que ellos han perdido o que les cuesta vislumbrar. Lo explicaba bellamente Anthony Bloom en su conocida meditación «El icono dañado», tal y como reflejan estos fragmentos: «A menos que uno mire a una persona y vea belleza en esta persona, no puede darle nada. No ayudamos a una persona discerniendo lo que está mal, lo que es feo, lo que está distorsionado […] Si nos diesen un icono dañado por el tiempo, por las circunstancias, o profanado por el odio humano, lo trataríamos con reverencia, con ternura, con el corazón partido. No nos fijaríamos en el hecho de que está dañado. Nos concentraríamos en lo que queda de su belleza y no en lo que se ha perdido. Y esto es lo que debemos aprender a hacer con cada persona».
La capacidad de recuperar la esperanza tras los obstáculos y de rebotar hacia una visión optimista de la vida no es algo que esté dentro de nosotros, ni tampoco fuera. Está a medio camino, porque el desarrollo individual está ligado al desarrollo social. Un momento de vulnerabilidad personal puede agravarse o apaciguarse gracias a nuestros encuentros emocionales y sociales. Los niños que no logran convertirse en adultos psíquicamente sanos no son necesariamente aquellos que tuvieron que soportar las circunstancias más difíciles, sino aquellos que encontraron menos apoyo por parte de los demás, aquellos que estuvieron más aislados. Las personas no pueden escapar a su contexto, porque en buena medida los hechos que les ocurrieron derivan su significado y se graban en su memoria en función de las reacciones emocionales de quienes les rodearon o de la cultura en la que estaban inmersas. Algo es importante para mí, en buena medida, porque otros así lo consideraron. «Esto es lo que realmente me interesa, la idea de que unas pocas personas en una comunidad pueden mantener a todo el resto sano», dice el psicólogo Oliver James. «Sólo se necesitan algunas personas que personifican una forma de ser saludable… Por ejemplo, mi amiga Ann, sólo necesitas estar con ella dos minutos: su forma de hacer un juicio y de evaluar una situación te reprograma de alguna manera de forma positiva… Incluso la forma en la que charla con la cajera del supermercado cambia de forma sutil la manera en la que esa chica se comportará el resto del día. Los verdaderos ganadores en esta vida son aquellos a los que no les importa ganar o perder. Estas personas ven más allá de las tonterías de la vida actual, tienen un sentido sólido de quienes son sin necesidad de centrarse en sí mismos o de ser narcisistas. Son líderes por su ejemplo; son divertidos, pero no pretenden nada; auténticos y sinceros; alegres, en vez de ser hiperactivos… Es un mundo loco, pero tengo una visión muy optimista acerca de cómo el espíritu humano podrá prevalecer».
Las grandes tristezas no desaparecen, sólo mutan en algo que nos acompaña el resto de la vida. Algunas veces forman una cicatriz saneada, bien cerrada. Otras son como un volcán dormido, algo que nos habita a todas horas y nos arrincona sin remedio. Quedamos a la espera triste, indefinida, de que la vida, un día, pueda recuperar su espacio. Volver a la vida es el reto diario que plantea la tristeza. Tal vez por ello algunas leyendas cuentan que el undécimo mandamiento de la iglesia primitiva giraba en torno a esta emoción: el reto consistía no en evitar la tristeza, sino en saber cómo mirarla a la cara y transformarla. Los pecadores, resignados, eran aquellos que no eran capaces de recuperar el espacio vital robado. «Cuando aprendes tus lecciones», decía Elizabeth Kübler-Ross, «el dolor se va». Y añadía: «Las personas maravillosas que he conocido han sufrido la derrota, el sufrimiento, la lucha, y sin embargo han encontrado una salida a su dolor. Estas personas muestran un conocimiento y una apreciación de la vida que las llena de compasión, de ternura y de amor. Las personas maravillosas no existen porque sí».
LAS TRAMPAS DE LA TRISTEZA:
LA RESIGNACIÓN
Aunque hoy en día parezca increíble, cuando Elizabeth Kübler-Ross trabajaba en los hospitales europeos y norteamericanos había poca o nula sensibilidad al hecho de que los pacientes terminales necesitan ayuda psicológica y emocional para afrontar la última pérdida, la de sus propias vidas. Los pacientes desahuciados morían solos, apartados en habitaciones aisladas. Cuenta Elizabeth que el interés que sentía hacia estos pacientes se disparó cuando en los pasillos del hospital se dio cuenta del extraño efecto que una señora de la limpieza afroamericana tenía sobre muchos de los pacientes más gravemente enfermos de la planta. Cada vez que ella salía de alguna de las habitaciones, la doctora Kübler-Ross comprobaba que los pacientes habían cambiado su actitud hacia la enfermedad de forma significativa. Quiso conocer el secreto de esa mujer humilde, que no había terminado sus estudios escolares pero que parecía albergar una clave importante. Un día se cruzaron en el pasillo. Elizabeth, impaciente y brusca, se dirigió a la mujer de forma casi agresiva: «¿Qué está usted haciendo con mis pacientes?». Naturalmente la mujer se puso a la defensiva. «Sólo estoy fregando los suelos», dijo de manera educada y se fue. Durante las siguientes dos semanas la doctora y la señora de la limpieza se vigilaron con desconfianza. Finalmente, una tarde la mujer se plantó frente a la doctora en el pasillo y la arrastró hacia la sala de enfermeras. Elizabeth recuerda en sus memorias esa imagen curiosa, la de una mujer humilde arrastrando a una profesora de psiquiatría amparada por su bata blanca.
Cuando estuvieron completamente a solas, cuando nadie podía oírles, la mujer relató su vida trágica: había crecido en el sur de Chicago, en la pobreza y la miseria, en un hogar sin calefacción ni agua caliente donde los niños estaban crónicamente desnutridos y enfermos. Como la mayor parte de las personas pobres, ella no tenía forma de defenderse contra la enfermedad y el hambre que los azotaban. Un día, su hijo de 3 años enfermó gravemente de neumonía. Lo llevó al servicio de urgencias del hospital local, pero les debía diez dólares y la rechazaron. Desesperada, caminó hasta un hospital donde estaban obligados a atender a personas sin recursos.
Por desgracia ese hospital estaba lleno de personas como ella, personas que necesitaban urgentemente ayuda médica. Le dijeron que esperase. Tras varias horas de espera vio cómo su hijo se ahogaba y finalmente murió en sus brazos.
Cuenta la doctora Kübler-Ross que era imposible no sentir lástima por la terrible pérdida de esa mujer. Pero lo que más le llamó la atención fue la forma en la que ella contó su historia. Estaba profundamente triste, pero en ella no había negatividad, reproches o amargura. Emanaba una paz que asombró a la doctora. Cuenta Elizabeth que se sintió entonces como una alumna que miraba a la maestra.
Entonces la mujer reveló su supuesto secreto, con voz serena y directa: «A veces entro en las habitaciones de estos pacientes y veo que simplemente están aterrorizados y que no tienen con quien hablar. Así que yo me acerco a ellos. A veces les toco las manos y les digo que no se preocupen, que no es tan terrible, que estoy con ellos, que he estado allí». Poco tiempo después, Elizabeth Kübler-Ross consiguió que esa mujer dejase de fregar los pasillos y se convirtiese en su primer asistente, la que daba el apoyo necesario a los pacientes cuando ya nadie más lo hacía. Eso en sí mismo se convirtió en una lección de vida que intentó comunicar sin cesar: no necesitamos un gurú especial o un gran experto para crecer y ayudar a los demás. Los maestros asumen distintas formas: pueden ser niños, pueden ser enfermos terminales, pueden ser la señora de la limpieza. Todas las teorías y la ciencia del mundo, decía, no pueden ayudar tanto como un ser humano que no tiene miedo de abrir su corazón a otro ser.
Las etapas de la pérdida
El protocolo que desarrolló Elizabeth Kübler-Ross sobre las etapas de la pérdida se ha incorporado hoy en día de forma generalizada a la forma de comprender y de atender a los moribundos. Entre los acontecimientos de la vida que generan un estado depresivo no están sólo las situaciones de duelo o de separación, sino también la pérdida de un ideal o de una idea que se valoraba en exceso: esta pérdida produce una sensación de inutilidad, de impotencia y de derrota. Todos los procesos psicológicos que entrañan pérdidas ya sean la muerte o la separación de un ser querido, u otras pérdidas graves, como la de un sueño o de un amor son, en esencia, muy parecidos. Por ello, por extensión el protocolo de la doctora Kübler-Ross puede aplicarse a todos aquellos que sufren pérdidas que sacuden los cimientos y desestructuran una vida.
La pérdida supondrá la necesidad de reconstruir una forma de vida, de cambiar perspectivas, de buscar nuevos apoyos y un nuevo sentido para vivir. Conocer el desarrollo de los procesos de pérdidas supone reconocer la necesidad de dar tiempo a la psique para asumir las pérdidas de forma progresiva. Como el tiempo de la psique no es el de la vida diaria, a menudo existe un conflicto entre el mundo exterior y lo que una persona enfrentada a la pérdida necesita: el tiempo, la nutrición y la comprensión por parte de quienes la rodean, y también de sí misma, para transitar por las etapas de la pérdida. Los cinco estadios de los procesos de pérdida son la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Aunque cada persona, dependiendo de sus circunstancias y de su forma de ser, se enfrente a la pérdida de una forma particular —las respuestas a las pérdidas son peculiares y únicas, como cada ser humano— los patrones o estadios descritos a continuación emergen, de una u otra forma, para casi todos. Incluso para el brillante e iconoclasta escritor Oscar Wilde, que parecía inmune al lado oscuro de la vida hasta que atravesó, durante su estancia en la cárcel, las etapas del dolor que siglos más tarde describiría Kübler-Ross: «Mientras estaba en la cárcel de Wandsworth deseaba morir. Era mi único deseo. Cuando tras dos meses en la enfermería me trasladaron aquí, y poco a poco fui recuperando la fortaleza física, me llené de rabia. Estaba decidido a suicidarme el día que pudiese salir de la prisión. Después de un tiempo ese humor maligno se disipó y decidí entonces vivir, pero llevar a cuestas la desesperanza como un rey lleva su manto: nunca volver a sonreír… Ahora me siento distinto. Debo aprender a recuperar la alegría y la felicidad». Todo un ejercicio de valiente humildad para un hombre que había vivido como si las penas humanas pudiesen traspasarle sin dolor.
La negación.
La negación suele ser el primer estadio del proceso de pérdida. Se puede vivir como la sensación de estar entumecido, psíquica y físicamente. Suele darse el deseo de aislarse y de evitar enfrentarse a cualquier estímulo; o directamente, se niega la pérdida. Es un estadio en el que no podemos aceptar lo que ha ocurrido, con la consiguiente sensación de irrealidad.
La ira.
Otro estadio de la pérdida y del dolor es la ira. Aquí hemos conseguido superar una parte, o la totalidad, de la negación de la pérdida, pero sentimos ira por lo ocurrido. Tal vez deseamos descargar esa ira en alguien o algo, o simplemente expresemos la ira de la forma que nos es más familiar y habitual.
La negociación.
En este estadio intentamos encontrar formas de recuperar lo que perdimos, o de achacar la pérdida a algo o alguien. Los pensamientos habituales en este estadio son: «Si yo hubiese hecho esto, hubiese podido evitarlo… Ojalá yo hubiese hecho esto otro… Tal vez si ahora hago esto…». Si se trata de una relación rota, puede que intentemos llegar a un acuerdo con la persona que hemos perdido para recuperarla: «Si cambio mi comportamiento, ¿volverás?».
La depresión.
Este estadio, como su nombre indica, es la etapa de la tristeza. Suele acaecer tras la negación, la ira y el regateo, cuando ya sentimos desesperanza e impotencia ante la pérdida. Esta tristeza se expresa a través del llanto, de un síndrome de abstinencia, de la distancia con el resto del mundo.
La aceptación.
El estadio final es la aceptación. A menudo las personas han tenido que transitar todos los estadios anteriores, a veces repetidamente, antes de lograr acceder a la aceptación. Cuando llegamos a la aceptación, hemos conseguido hasta cierto punto reorganizar la sensación de pérdida psíquica sufrida: de alguna manera, hemos logrado incorporar a nuestra vida la pérdida sufrida. Esto no significa, por supuesto, que la tristeza ya no forme parte de nuestras vidas, pero en general ya no nos impedirá vivir de forma más o menos funcional. Con el tiempo, la intensidad de la tristeza cederá aunque posiblemente nunca desaparezca del todo.
Un inciso importante: la aceptación es una forma activa de integrar la realidad a nuestras vidas que no tiene nada que ver con la resignación. Comprender esta diferencia entre aceptación y resignación es un paso fundamental en el proceso de duelo de las pérdidas.
LOS DONES DE LA TRISTEZA:
LA PASIÓN
El psicoterapeuta Adam Phillips decía que los psicoanalistas están básicamente centrados en descubrir qué interesa a sus pacientes. «¿En qué estás interesado?» es una pregunta que les desvela los deseos que motivan al cliente. «¿Qué te apasiona?» les llevará hasta las fuentes que nutren su vida.
Demasiadas personas parecen no haberse hecho nunca esta pregunta.
Algunos lo han recalcado. Clarissa Pinkola-Estés, por ejemplo, lleva décadas hablando acerca de la pasión humana: de la pasión, sobre todo, por vivir en plenitud. Esta escritora y poeta, psicoanalista jungiana y especialista en estrés postraumático, empezó su trabajo en la década de 1960 en hospitales que albergaban a niños severamente enfermos y a veteranos de guerra. Hija de padres mexicanos, fue adoptada por inmigrantes húngaros en Estados Unidos. Dice que su conocimiento de la psique humana es fruto sobre todo de la dureza de su propia vida. Cuando tenía poco más de 20 años, criaba sola a tres hijos con la ayuda del Estado. De su extenso trabajo destaca el libro Mujeres que corren con los lobos, una parte de cuyos primeros beneficios dedicó a los colectivos que ella más ha defendido. En su obra habla extensamente de las cualidades internas de las personas, que describe como una energía cruda y creativa que habita en mujeres y hombres, pero que la sociedad moderna intenta doblegar. «Algunas personas confunden el amor con la debilidad. Al contrario, las personas que más aman suelen ser las más feroces y las mejor armadas de cara a la batalla… porque les importa preservar y proteger la poesía, las sinfonías, las ideas, los elementos, las criaturas, los inventos, los sueños y las esperanzas, los bailes y lo sagrado… todo lo bueno que no puede dejarse borrar de la faz de la tierra para salvaguardar a la propia humanidad».
Vivir sin pasión
La vida occidental actual está basada sobre dos espejismos: la juventud física y las expectativas. Ambas son frágiles y se terminan pronto. ¿Qué queda? Tenemos pocas salidas en nuestra sociedad: el reconocimiento social pasa por el marco estrecho y condicionante de unos logros muy concretos, ante todo el dinero, y también determinados talentos como el deporte o la creatividad. No se mima, ni se admira y, por tanto, no se transmite, la importancia de saber vivir y de saber amar. Si la tristeza resultante de las personas es fruto de una actitud o una predisposición enfermiza, hacemos bien en movilizar los recursos médicos para combatirla. Pero si lo que en realidad hemos perdido son las ganas de vivir, sólo queda reencontrar qué parte de nosotros mismos perdimos en el camino.
Recuerdo el comentario que me convenció de ir a ver una película basada en el libro de Richard Yates, Vía revolucionaria (Revolutionary Road). En la mesa cercana de una terraza, un grupo de parejas cuarentañeras hablaba de las últimas películas que habían ido a ver. Uno de ellos dijo: «La película a la que estoy seguro de que no iré es Revolutionary Road. He visto el tráiler, y para ver lo que ya tengo en casa…». La película narra la historia de una mujer que fracasa estrepitosamente en la consecución de lo que ella cree que es su sueño —ser actriz— y que vuelca toda su frustración en su marido. Quiere que él sea un famoso escritor y fantasea con instalarse con su familia en París para disfrutar de una vida bohemia. Sin embargo él es un contable acomodado que no desea más de lo que la vida le ofrece ya: una casa confortable en el suburbio de una gran ciudad, dos hijos y un trabajo estable. En sus planes no está la grandiosidad. A lo largo de la película, él se convierte paulatinamente, y sin querer, en el verdugo de los sueños de su mujer. Y sin apenas darse cuenta el desastre acecha, porque ella le castigará por su supuesta incapacidad para alimentar la necesidad de pasión y de libertad que la oprimen.
Cuando vi la película comprendí el comentario del hombre de la terraza: como tantas parejas, ésta cae en la tentación de repartirse los papeles de forma inconsciente. En este caso, ella ha decidido que él ha de llenar su aburrida vida de pasión. No es capaz, o no se molesta, en hacerlo por sí sola. Únicamente consigue recriminar al otro hasta, literalmente, la muerte. Las cosas no suelen ir tan lejos entre las parejas. Solemos inclinarnos más bien por el reproche mudo, aunque a veces sangrante, que estalla por momentos pero que consigue apartarse. Suele crecer por sí solo, como una mala hierba vigorosa, el reconocimiento tácito de que la vida real no se ajusta a lo que hubiésemos querido. Sobre todo, porque él o ella está a mi lado.
La década de 1950 marcó tal vez, tras una guerra mundial cruenta, el principio de una forma de vivir muy característica. Hasta entonces la supervivencia era la norma, no había apenas tiempo para más. Sobrevivir era por sí mismo un triunfo: todo escaseaba y había poca ayuda externa. Unas décadas más tarde, la falta de pasión se ha convertido en uno de los problemas más acuciantes de una sociedad obsesionada con la vida urbana, la televisión, los coches, las comodidades, los ordenadores, las soluciones rápidas… Es la vida exprés. Encerrados en las oficinas, apilados en pisos, cada día vivimos más alejados de la vida primigenia natural y salvaje. Vivir ya se ha convertido en un camino que exigimos que sea seguro: no queremos correr el menor riesgo, lo calculamos todo, tenemos médicos y medios y un estado de bienestar que supuestamente se ocupa de todo. Delegamos nuestras responsabilidades para centrarnos en los pequeños placeres de la vida diaria.
En el mundo seguro y anestesiado donde vivimos la pasión se ha refugiado tan sólo en el amor pasional. Como éste no suele ser ni frecuente ni duradero, el siguiente recipiente natural de la pasión parece ser el sexo. Pero en las relaciones sin pasión no hay sexo apasionado. Es un detalle que intentamos sobrellevar cambiando de pareja, pero no tiene fácil solución.
Cuando se busca la pasión fuera de uno mismo, cuando algo tan básico para la felicidad pasa a depender de otro, el resentimiento y la decepción mutuos son inevitables. Decía Georges Duhamel: «Si quieres amistad, dulzura y alegría, llévalas contigo». Todo lo que necesito está en mí: es difícil acceder a este convencimiento pues resulta tan tentador poner la vida de uno en manos de los demás. Y al principio, dentro de uno se hallan sobre todo las ruinas inconexas con las que no se sabe si se será capaz de construir el milagro. Pero poco a poco, dentro, es donde se construye lo único necesario. Cuando ya no dependes del exterior es cuando los demás pueden acceder a ese recinto particular y sagrado.
Dos sugerencias para ahuyentar la tristeza e incrementar la felicidad
A Michael Steger, psicólogo de la Universidad de Louisville, en Estados Unidos, le llamaron la atención las distintas formas en las que las personas llevan sus vidas. Algunos se sacrifican abiertamente por el bienestar de los demás, otros se centran con determinación en perseguir sólo su diversión. ¿Qué tipo de comportamiento, se preguntó Steger, resulta más satisfactorio? ¿La búsqueda del bien o la del placer? La respuesta fue que a mayor número de actividades significativas, mayor felicidad y sensación de que la vida tenía un sentido. Curiosamente, las actividades hedonistas no incrementan la sensación de felicidad. «A menudo pensamos que la felicidad viene de conseguir cosas para uno mismo», dice Richard Ryan, psicólogo de la Universidad de Rochester. «Paradójicamente, es probable que sea más satisfactorio dar que recibir. Es un mensaje importante en una cultura que suele transmitir el mensaje contrario». «Soy un cínico», remataba Steger, el autor del estudio, tras las conclusiones del mismo. «Por eso me alegro de que este estudio refleje una visión tan optimista de las personas».
Otro dato interesante llega de la mano de unos estudios recientes: «Para maximizar la felicidad, conviene elegir los cambios intencionados en lugar de los cambios circunstanciales», asegura Richard Wiseman, el catedrático británico especializado en la comprensión pública de la psicología. El cambio circunstancial es aquel que implica un cambio importante en nuestras circunstancias vitales; por ejemplo, cambiar de casa, un aumento de sueldo o la compra de un coche. El cambio intencionado, sin embargo, describe el esfuerzo por conquistar una meta o empezar una nueva actividad; por ejemplo, hacerse miembro de un club, empezar un hobby, cambiar de carrera… Las personas experimentan una subida notable en su nivel de felicidad ante ambos tipos de cambios, circunstanciales e intencionados. Pero aquellos que viven un cambio circunstancial regresan muy pronto al punto inicial, o nodal, de felicidad; en cambio, las personas embarcadas en cambios intencionados mantienen el nuevo nivel de felicidad durante un tiempo mucho más prolongado.
Los expertos achacan esta diferencia a lo que denominan habituación hedonística; es decir, a lo fácil que resulta acostumbrarse a las cosas buenas que acompañan los cambios circunstanciales positivos. El cambio intencionado logra evitar esta trampa porque siembra el horizonte de cambios psicológicos continuados. Todo no se centra en un solo objeto de deseo, sino en un camino entero por recorrer. «Haz el esfuerzo de empezar un nuevo hobby, un proyecto importante, o prueba algún deporte que nunca antes has intentado», dice Wiseman. Eso sí, recalca: «Elige actividades que vayan bien con tu personalidad, tus valores y tus habilidades».
La disolución de la tristeza
Cuando me preguntan qué tipo de ayuda o de terapia me atrae más, tiendo a mencionar aquellas terapias que están centradas en una visión optimista del ser humano, las que creen de forma implícita que la mayoría de las personas tienen en su interior las respuestas a sus conflictos y a su dolor. De este campo amplio podría destacar muchos enfoques, pero como muestra quisiera aquí describir brevemente dos escuelas específicas. La primera, la terapia centrada en la persona del padre de la psicología humanista, Cari Rogers, por la inmensa influencia que ha tenido en tantas personas y por las formas de abordar la comprensión y la sanación de la psique humana. Y la segunda, la terapia breve, por ofrecer una solución que, como en un cuento de hadas, nos recuerda que a veces, lo más sencillo puede funcionar. Ambas podrían resumirse en estas palabras: «Todo lo que necesito está en mí».
Cari Rogers: la brújula está en uno mismo
«Estar educado significa tener la capacidad de cambiar», aseguraba Cari Rogers.
Su enfoque destaca que cada persona tiene de forma innata la tendencia natural a querer dar lo mejor de sí, y también la capacidad de comprenderse y de curarse a sí misma. Al contrario de Freud, Cari Rogers consideraba que el ser humano nace con el instinto y la capacidad innatos positivos y constructivos: por eso somos capaces de descubrir, de inventar, de amar y de proteger. Por ello, aseguraba que la paradoja más curiosa es que «… cuando las personas se aceptan a sí mismas como son, entonces pueden cambiar», porque el germen de su propia capacidad de transformación positiva está en ellas y es innato.
Sólo algunos de los poderosos condicionantes externos que impone la sociedad al individuo llegan a ahogar las capacidades y necesidades naturales de las personas, creando defensas en lo que Cari Rogers llamaba el «ser real» —el ser original e inocente—. Cuando las expectativas de la sociedad se nos hacen imposibles por irreales o por desnaturalizadas, la persona se blinda tras sus defensas. Y con tal de sentirse mejor consigo mismo, será capaz entonces de negar y de distorsionar la realidad. Las personas sanas, libres, responsables y creativas tienen estas cualidades, decía Rogers:
—Están abiertas a la experiencia: no ponen defensas, aceptan la realidad, aceptan sus sentimientos;
—viven en el presente;
—se fían de sus intuiciones y de sus instintos, que son naturalmente positivos;
—se responsabilizan de sus elecciones;
—y como se sienten libres y responsables, plasman su deseo de participar en el mundo mediante la creatividad. Ésta se expresa de formas diversas, desde el ejercicio de la responsabilidad social hasta la educación de los hijos.
La terapia breve
El matrimonio formado por los iconoclastas y brillantes Steve de Shazer y Insoo Kim Berg alumbró la terapia breve, una mirada minimalista y eficaz para impulsar los procesos de cambio que para ellos eran una parte inevitable y dinámica de la vida diaria: «No nos centramos en las defensas de las personas, sino que damos por sentado que quieren una vida mejor y que pueden lograrla. Las personas que no tienen esperanza de cambio ni siquiera se molestan en leer o en acudir a una psicoterapia. Nos dirigimos a la parte esperanzada de las personas. Somos el aliado de sus fortalezas y de sus esperanzas».
Esta terapia pone del revés los procesos de psicoterapia tradicionales con técnicas sencillas, con las que cada persona intenta formular por sí misma la solución al problema que trae. Así, se pone el énfasis en la confianza, en las competencias, los recursos y el autoconocimiento de cada paciente, minimizando los recursos de tiempo y energía empleados de manera habitual en los procesos terapéuticos para intentar encontrar una solución práctica lo más rápidamente posible.
Los fundadores de esta terapia partieron de la base de que muchos problemas no ocurren de forma permanente, sino sólo ocasionalmente. ¿Qué ocurre en las etapas en las que el problema no se manifiesta? Cuando estudiaron a cientos de pacientes, descubrieron que las personas son capaces de hacer de forma instintiva muchas cosas pequeñas que alivian sus problemas habituales, sin ser realmente conscientes de ello. La terapia breve desvela estos comportamientos y anima a los pacientes a llevarlos a cabo de forma deliberada. A menudo, aseguraban los creadores de la terapia breve, las soluciones propias de cada persona son más rápidas de aplicar y más eficaces que el aprendizaje de soluciones alternativas diseñadas para casos generales. Es el caso de su conocida «pregunta milagro».
La pregunta milagro: atreverse a resolver soñando
«Quisiera preguntarte algo un poco extraño… Supón que llegas a casa esta noche… y te vas a dormir… y te duermes como siempre… y mientras estás dormido, ocurre un milagro… y el milagro es que los problemas con los que te has dormido se han esfumado… no te has dado cuenta porque estás dormido… pero ¿qué notarás mañana al despertar? ¿Cómo sabrás que ha ocurrido un milagro?».
A partir de este guión muy personal, las preguntas que ayudan en el proceso de cambio se centran en dónde, cuándo y quién se comportará, a partir del milagro, de forma diferente. Se puede adoptar la perspectiva de la persona concernida, o de algunas de las personas que la rodean —pareja, padres, hijos, compañeros de trabajo—. Se trata de lograr una descripción lo más realista posible de cómo sería esta nueva vida tras el milagro y de describir los pasos concretos que ayudarán a plasmarlo en la vida real (los puntos suspensivos indican el problema particular supuestamente erradicado): «¿Qué cosa harás de forma distinta ahora que ya no…? ¿Cómo te sientes ahora que no…? ¿Quién se dará cuenta de que ya no…? ¿Qué harán cuando tú ya no…? ¿Cuál será la primera señal de que ya no…? ¿Qué tiene que pasar para que ya no…? ¿Cómo puedes conseguir esto?».
La terapia breve también trabaja con una escala de progreso con la que se puede medir el progreso logrado. En esta escala, el 10 es el día tras el milagro y el 0 es el día en el que el problema era más acuciante. «¿Dónde te sitúas ahora mismo?». Las preguntas en esta etapa deberían centrarse de nuevo en dilucidar qué aspecto y sensación y comportamiento será necesario para plasmar el milagro (de nuevo, los puntos suspensivos representan el milagro): «Ahora que estás en este punto de tu escala, ¿qué ha cambiado?». «¿Qué haces de distinto ahora?». «¿Qué hacen o dicen ellos ahora que tú…?». «¿Cómo se han dado cuenta de que tú…?». «¿Por qué has decidido hacer esto?». «¿Cuántas veces tienes que repetirlo?». «¿Cómo subirías en la escala si repitieses este comportamiento?».
En lugar de centrarse en resolver problemas, la terapia breve se centra en construir soluciones: Hemos descubierto que no hay ninguna conexión entre un problema y su solución, ninguna en absoluto. Porque, cuando pides a un cliente que te cuente su problema, te dará una descripción; pero, si luego preguntas acerca de la solución, te dará una descripción muy diferente de lo que cree que podría ser su solución. Por ejemplo, una familia terrible, alcohólica, dirá: «Cenaremos juntos y charlaremos. Saldremos a dar un paseo». Esta gente tal vez ha tenido en sus vidas a personas que les han dado consejos muy sensatos o que les han dicho: «¿Por qué no pruebas esto o lo otro?», «¿Por qué no dejas de beber?». Pero resulta evidente que esto no las ha ayudado a cambiar nada. Así que ahora les preguntamos acerca de su propio plan, no lo que yo quiero para ti, sino lo que tú quieres para ti mismo. ¡Ni siquiera sabías que tenías un plan! De hecho, no lo tenías cuando empezamos a hablar. Pero a medida que hablamos, poco a poco, empiezas a desarrollar un plan detallado. Las personas tienen todo lo que necesitan en algún lugar, dentro de sí mismos, pero no saben cómo organizarlo. Creo que, cuando hablamos, ellos encuentran la forma de hacerlo y ponen cada pieza en su lugar. «Las personas tienen esa habilidad innata para crecer dentro de sí mismos, pero de alguna manera se bloquea».
Cambiar el paradigma que hiere
La resistencia al cambio se da en parte porque vivimos presos de un paradigma, de una comprensión del mundo que nos rodea, obligatoriamente limitada. Necesitamos para encarnar la vida una estructura, una forma de ver y comprender que limita pero que también permite funcionar. Nuestra visión, nuestra comprensión, no puede abarcar la totalidad. Sólo poco a poco se puede comprender y transformar. Las crisis que pasamos indican que estamos rebosando la capacidad del paradigma personal, que estamos inmersos en un proceso incómodo pero vivificante que nos impulsa a trascender nuestros propios límites.
Cambiar el paradigma que nos encierra —transformar poco a poco la compresión de mundo que nos rodea— implica cambiar los comportamientos visibles, las rutinas aprendidas que ya no responden a donde nos ubicamos ahora. Cuando éstas se vuelven incómodas, son el indicio de que están clamando para ser desechadas o transformadas. Este esfuerzo cuesta, porque desaprender lo lentamente aprendido es algo que el cerebro se resiste a hacer. Hace falta estar motivado y dispuesto a repetir y a deshacer, una y otra vez. Si no, el paradigma antiguo eventualmente recupera el terreno perdido e impide el cambio.
En este proceso el camino a veces se hace a ciegas, por intuición, a golpe de resiliencia. Para ello decía Jung que en esta vida es importante tener un secreto, una premonición de lo desconocido: «Las personas que nunca lo han experimentado se han perdido algo importante. Debemos intuir que vivimos en un mundo que de alguna manera es misterioso, que ocurren cosas que se pueden experimentar que son inexplicables, que no todo lo que ocurrirá puede predecirse. Lo inesperado y lo increíble pertenecen a este mundo. Sólo así puede la vida estar completa».
Muchas vidas viven deliberadamente de espaldas al misterio y a la fe porque estos conceptos tienen connotaciones sospechosas: arrastran el estigma del antiguo deseo de los hombres de explicar el misterio de la vida de forma expeditiva, y de paso imponer sus deseos a los demás mediante un dogma revelado. Hay que librarlos de ello, arrebatar al oscurantismo la posesión de estos ámbitos de libertad del pensamiento humano. La intuición del misterio es la capacidad de mirar con los ojos entreabiertos hacia el misterio de la vida. ¿Por qué amamos, por qué nos sobreponemos, por qué ayudamos, por qué inventamos? ¿Por qué elegimos entre el resentimiento y la compasión? ¿Entre el miedo y el amor? A veces sólo lo que presentimos nos ayuda a tender los puentes, a cruzar los abismos que nos llevan hacia nuevos conocimientos y nuevas comprensiones.
Desde un punto de vista pragmático intentar comprenderlo todo sólo significa que hemos renunciado a hacerlo. Desde la inocencia y la humildad con las que llegamos al mundo intuimos entonces, y aún no hemos olvidado, que tras el misterio de lo desconocido se agazapan los confines inmensos y tentadores de la vida.