La ciudad muerta*
I
Entré en la librería de Bailly-Baillière, compré el libro y regresé a mi cuarto de la fonda. Constaba la obra de tres tomos, y era su título Diccionario de los turistas.
No sé cómo sentí de repente aquella pasión por los viajes. Pero mi deseo iba acompañado de tantas condicionales, que no podía satisfacerlo. Era joven, gozaba de una salud robusta, que me permitía no temer los rigores de ningún clima; estaba soltero, libre como el aire, y odiaba a los seres que esperan la muerte en el mismo sitio donde nacen.
Pero a mí no me inspiraba curiosidad ninguno de los países por donde generalmente se viaja. ¡Francia! Francia está a la puerta de casa; Francia es tan conocida, prodigan tanto en sus libros los escritores franceses las descripciones detalladas de su patria; sus novelistas estudian tan minuciosamente la sociedad en que viven, que no es necesario molestarse para recorrer en ferrocarril sitios donde ha estado nuestra imaginación infinidad de veces. ¡Inglaterra! Está un poco más lejos, pero no es mucho. En cuanto a los alicientes de este viaje, son nulos. Yo me figuro a Inglaterra como una gran fábrica llena de obreros miserables, mientras los accionistas de la empresa circulan entre ellos irreprochablemente vestidos de etiqueta, y por encima de esto, mucho humo de carbón de piedra, altos hornos, ruido de máquinas de vapor, una tierra oscura, negra, la tierra de las minas, nieblas a todas horas y ninguna flor en los cabellos de aquellas mujeres, rubias como el oro y blancas como el mármol. ¡Italia! ¡Ah!, sí. ¡Italia! La patria de las Bellas Artes; pero también de las bellas mentiras. Un Papa declarando que está preso y que es pobre, y vive en un palacio tan grande como una ciudad, y cobra como limosna todos los días la fortuna de Monte-Cristo. Mujeres que cantan como los pájaros, rezan como las vírgenes y aman como las bacantes; hombres que pintan, esculpen, versifican, y, en una palabra, un pueblo entero lleno de cuadros, estatuas, partituras y poemas; un Museo grandioso donde el que no es expositor es cicerone, y el extranjero pasa por ignorante y tiene que admitir la tutela de todos. Pero, ¡qué más! Europa entera no merecía la pena de que yo viajara. ¿Cómo? ¡Estudiar la civilización europea! ¡Qué necio estudio! ¡Europa! Un continente que tiene el Mediterráneo y sol abajo, progreso y cultura en el centro, y arriba nieves perpetuas, zares eternos, déspotas y siervos, y por todas partes fronteras que ya no separan nada, soberanos que visitan a los presidentes de las repúblicas, el miedo internacional colocando ante las bocas de los cañones esa muralla de papel escrito que resiste a las balas del mayor calibre, que extingue el odio de raza, porque lo somete a discusión, la diplomacia, en fin, sirviendo de padrino en todos los lances, prometiendo la lucha, cuando es tan reciente el rencor como el insulto, y dejando pasar días para que todo termine en explicaciones mutuas. ¿Qué podía yo aprender en un viaje por Europa?
En esta disposición de ánimo, empecé a hojear el Diccionario de los turistas. Difícil me hubiera sido decir lo que yo buscaba. Algo raro, un país extraordinario; nuevo Gulliver, hubiera deseado ver confirmada la existencia de la isla de los enanos o la de los gigantes.
De pronto me detuve en la lectura de una página. Decía lo siguiente:
«Philosophicaltown.—Ciudad: 4.000.000 de habitantes. Se encuentra situada en el Cabo de Buena Esperanza, en los límites de las posesiones inglesas. Notable y curiosa para el turista por más de un concepto, pues llama la atención el grado de cultura a que han llegado aquellos colonos, superior al de las capitales más civilizadas de Europa. Es ciudad tan original en todo, que a pesar de poseer notabilísimos monumentos y edificios de gran mérito, sus moradores cifran su orgullo en el cementerio, el cual, según relatos de personas que lo han visitado, es, en efecto, una verdadera maravilla, justificando plenamente, no solo estos elogios, sino también la razón que asiste a la Metrópoli en haber denominado con tan extraño nombre a esta población de sus colonias. Philosophicaltown, es decir, ciudad filosófica.»
No quise continuar leyendo. Mi decisión se formó al mismo tiempo que se despertaba mi curiosidad. Dediqueme con febril impaciencia a los preparativos de mi partida, y el día 4 de mayo de 188…, es decir, al mes de estos sucesos, me embarcaba en Cádiz en un magnífico vapor de la Great Atlantic Company con rumbo a la colonia del Cabo.
II
No hablaré de los incidentes ocurridos durante la travesía, ni de mi desembarco en aquel extremo del continente africano, si no es para decir que conseguí de algunos personajes ingleses, con quienes procuré trabar amistosas relaciones, cartas de recomendación para tres personajes de Philosophicaltown, y provisto de este necesario talismán continué mi empresa llegando en breve a la ciudad, cuyo solo nombre había tenido fuerza bastante para alejarme de mi patria.
Philosophicaltown no defraudó las esperanzas que me hizo concebir. Era una capital sorprendente, maravillosa. Sus calles anchas, rectas, regulares; sus edificios de reciente construcción, en la que solo entraba como material el hierro y el ladrillo; sus plazas convertidas en preciosos jardines; sus mercados limpios, en que los puestos de vendedores podían pasar por artísticas instalaciones de una exposición general de productos; sus lujosísimas tiendas y suntuosos bazares, todo sorprendía agradablemente, encontrado allí, en aquel extremo de África, a corto trecho de países completamente salvajes, de territorios inhabitados, pudiéndose decir que desde las torres de la ciudad estaba al alcance de las miradas el desierto, por donde cruzan las caravanas, y al de los oídos el rugido de los leones, el grito de guerra de las tribus y el ensordecedor estruendo con que el simoun se enseñorea de aquella virgen naturaleza.
Los tres individuos para quienes estaban escritas las cartas que me recomendaban, merecerían, a disponer yo de mayor espacio y de mejor talento, capítulo aparte, en que se tratara solo de narrar lo que en ellos constituía tipo especial humano, digno de ser estudiado y descrito por la pluma de Dickens, el mejor de los novelistas ingleses.
Figuraos, no tres hombres, sino tres experiencias, tres desengaños, tres desenlaces y fines de tres pasiones distintas, viviendo después de muerta la pasión, complaciéndose en recordarla y burlándose de este recuerdo.
El uno tuvo su anhelo en la fortuna; acumuló riquezas, explotó el negocio, pasó la juventud en lucha titánica con los números, y allí donde el destino le presentaba una operación de resta, oponía él otra de suma, saliendo vencedor siempre de aquella batalla entre los dos ejércitos del libro de caja, en que reñían con igual denuedo las columnas del Debe contra las del Haber. Un día, el primero, menos valiente, pero más estratégico, venció al segundo con la fuerza numérica, y el banquero tuvo que declarar su bancarrota.
El otro amó la gloria. Fue periodista, diputado, orador elocuente, jefe de partido, ministro de la corona. Para llegar hasta la altura gastó su patrimonio, su salud, su vida. Para caer bastó la ingratitud de un soberano, la traición de los que él había encumbrado, la calumnia de un libelo, una nube, de la que surgió el rayo, un terremoto que movió la tierra, y el pedestal carbonizado primero, falto de equilibrio después, vino al suelo, y con él la estatua que admiraban las muchedumbres.
El tercero, por fin, cifró su existencia en el amor, y este no me contó su historia, ni encontré persona que de ella estuviera enterada.
La noche misma de mi llegada, mis tres nuevos amigos, que eran amigos entre sí, presentáronme en el casino de Philosophicaltown, donde todos los viernes se daban reuniones a que acudían las principales familias de la ciudad.
Era viernes aquella noche, y se celebraba, por consiguiente, el baile semanal de costumbre.
—¡Ah! —exclamó un socio al vernos entrar—, aquí tenemos el gabinete negro. No faltará crónica esta noche.
—¿El gabinete negro? —pregunté con extrañeza.
—El gabinete negro —me contestó el ex ministro—. No ignora usted que en casi todas las naciones europeas recibe este nombre la oficina central del jefe de policía. Allí se saben desde los secretos de Estado hasta los crímenes más vulgares.
—¿Y ustedes tienen también un gabinete negro? —dije admirado.
—Es este que Vd. ve —explicó enseñándome una habitación en que acabábamos de entrar—, pero no hay que asustarse. Aquí no se tratan asuntos graves, es un gabinete negro solo temible bajo cierto aspecto. Es más bien un observatorio elegido por nosotros, un observatorio social. Cuádrale mejor este nombre. Desde aquí —y al decir esto hízome mirar hacia los inmediatos salones—, desde aquí vemos todo lo que sucede, llevamos el alza y baja de la crónica de la villa, y como espectadores del combate, no se nos escapa un solo movimiento, la más rápida mirada ni la más imperceptible sonrisa. Es la única distracción que nos queda. Somos restos de una generación que se fue, y vemos reproducirse nuestros defectos y nuestras bellezas, los mismos vicios y las mismas virtudes en la generación que nos sucede. Es un estudio curioso, amigo mío.
—De manera —dije yo entonces—, de manera que ustedes deben conocer historias muy interesantes.
—Interesantes y extraordinarias. Ejemplo de ello, la de la Marquesa de W***.
—¿Puedo saberla? —interrumpí con interés creciente.
—Sí por cierto, y con su relato distraeremos el tiempo hasta la hora del buffet.
Encendimos los cigarros, y el ex ministro, mirando fijamente la ceniza que se formaba en el suyo, empezó en estos o parecidos términos.
—Inválidos de las pasiones humanas, complácenos, como a los de la guerra, la narración de las batallas a que asistimos en otro tiempo y el estudio de las que nuevamente se traban, y para las cuales prescinden de nosotros los que nos siguen en el noble ejercicio de las armas.
»Es, pues, el caso, que hace próximamente dos años estábamos en la mayor desesperación los individuos de este gabinete negro. Escaseaban las aventuras galantes, el libro de nuestra crónica tenía una página en blanco, y al frente de la página un nombre. El de la Marquesa de W***, heroína de este cuento.
—¿Pero es cuento?
—Es sucedido. Escuche Vd. y no me interrumpa.
»La Marquesa de W*** era una mujer adorablemente hermosa, joven, dotada de gran talento, reina de los salones y perfecta en todos sus gustos, excepto en uno que resultaba para nosotros incomprensible, absurdo. Aquella criatura estaba casada con un hombre de unos cuarenta y cinco años, teniendo ella dieciocho escasamente; y a pesar de la desproporción de edades, a pesar de verse objeto de constante asedio por parte de los infinitos adoradores esclavos de su hermosura, todos ellos jóvenes discretos, elegantes, distinguidos, acostumbrados a vencer, provistos de las armas más eficaces para la seducción; a pesar de esto, y tal vez por esto mismo, la Marquesa de W*** mostraba ser una virtud, una verdadera fortaleza inexpugnable. Indiferente a las lisonjas, fría ante los ruegos, desdeñosa siempre, cobró fama su fidelidad conyugal.
»Gustaba del baile por el baile mismo, no llevándola ningún otro objeto a las reuniones del Casino. Era la primera en llegar y también la primera en retirarse.
»Presentábase del brazo de su marido tranquila y risueña, satisfecha, al parecer, con el amor que este le demostraba, y que por cierto no era extremado. El Marqués de W***, antiguo diplomático, retirado de las Cancillerías y de las Cortes por voluntad propia, al casarse con Emma, era un hombre reservado y serio como pocos. Nadie ocultaba mejor sus impresiones. La máscara diplomática que llevó tanto tiempo llegó a sustituir de tal modo su fisonomía, que al devolver sus credenciales olvidó, sin duda, quitársela del rostro, y continuó con ella puesta toda la vida. No le incomodaba, no la sentía siquiera.
»El Marqués de W*** acompañaba a su mujer hasta el sitio del salón que esta elegía para sentarse, hecho lo cual encaminábase a las habitaciones de juego, de las que no salía hasta las doce en punto de la noche, hora en que daba el brazo a Emma y ambos se retiraban.
»La pasión del Marqués de W***, si es que alguna tuvo, era el tresillo; pero perdiera o ganara, su rostro impasible no reflejaba emoción de ningún género.
»He dicho ya que en nuestra crónica estaba en blanco la página destinada a escribir alguna peripecia, aventura, o lo que fuese, relativa a este matrimonio. Desesperábamos de conseguir nuestro objeto, y no debo ocultar que jamás sentimos mayor ira ni tampoco mayor vergüenza. Emma destruía con el ejemplo todas nuestras convicciones, todas nuestras máximas, reunidas en esta, que el pesimismo lega a la experiencia: “No hay hombre honrado ni mujer virtuosa”.
»Cuando nos disponíamos a declarar disuelta la asociación, a suprimir el gabinete negro, a confesar en público el error de la doctrina que profesábamos, un suceso inesperado hízonos redoblar la vigilancia, volver a nuestras antiguas sospechas y malicias, y confiar en el triunfo.
»Acababa de llegar a Philosophicaltown un capitán de húsares, Sir David Dick, que venía de Londres precedido de una reputación equivalente a la que en España, su país de Vd., gozaba el famosísimo D. Juan Tenorio. Dick se batía como un maestro de armas, enamoraba como Byron, gastaba una fortuna en una noche de orgía, era hermoso como Luzbel, y despreciaba por igual el oro, las mujeres y el peligro. Contábanse sus aventuras como se cuentan las leyendas. Había en él una atmósfera extraordinaria, excepcional, que le rodeaba, y nadie al verle ponía en duda lo que sus comentadores iban refiriendo.
»Presentábase ante las mujeres como se presenta un rey ante sus súbditos, y así penetró por esas puertas en la memorable noche en que, al verle, vimos nosotros renacer nuestras esperanzas.
»Pero entre las frentes que se inclinaban sumisas, como se inclina la de la esclava en presencia de su señor; entre los corazones que sentían al mismo tiempo el mismo latido, entre las mejillas que se ruborizaron, entre aquel general homenaje femenino, hubo una mujer que permaneció impasible, tranquila, serena, mirándole como la fiera que desafía al domador.
»Pero el domador lo era de raza, y a su encuentro se dirigió resueltamente. La rebelde era la Marquesa de W***.
»El gabinete negro, como Vd. supondrá, se preparó a tomar notas de lo que sucediera.
»Dick invitó a Emma para el rigodón que empezaba a preludiar la orquesta. Emma no podía rehusar aquella invitación sin incurrir en una falta a todas las conveniencias sociales. Aceptó; pero hubo en su aceptación tanta frialdad, que el gabinete negro siguió con el lápiz levantado sobre la página sin manchar su blancura.
»Mientras duró el baile, Dick no consiguió ninguna ventaja. A sus miradas bajábanse aquellos hermosísimos ojos, a sus palabras contestábanle con monosílabos los frescos labios, y, por último, en aquella noche nuestro Tenorio fue derrotado, aunque sí logró conquistar la amistad del marido, con lo que vino a demostrarnos que la derrota, lejos de desanimarle, empeñaba más su amor propio.
»El gabinete negro supo que al siguiente día Dick visitaba a los Marqueses de W*** y que el Marqués le trataba con tanta deferencia como desdén era el que mostraba la esposa hacia su nuevo adorador.
»No quiero cansar inútilmente vuestra atención. El capitán de húsares comprendió que la plaza no se rendiría sino después de un largo asedio, y fue constante. No le desesperaba acudir todos los viernes al Casino y ver acogidos siempre con idéntica frialdad sus galanteos.
»Por último triunfaron nuestras presunciones, y Dick vio premiada su constancia. Pero fue tan pequeño el triunfo y tan corto el premio, que a tratarse de otra mujer menos insensible que la Marquesa, no hubiera merecido consignarse.
»Era el 11 de diciembre de 188…
»Emma llegó al baile más temprano que de costumbre. Sus miradas tenían aquella noche un brillo insólito, su rostro coloreábase como si estuviera dominada por una impresión nueva, y su respiración era la de la fiebre agitando el seno aprisionado en el raso del traje de baile.
»Fuera por causas fisiológicas o por otra razón cualquiera, reflejábase en toda su persona la luz radiante que despierta a la mujer de improviso del sueño de la indiferencia al penetrar en su alma el día del amor.
»El capitán quedó, como nosotros, maravillado de aquella trasformación, que le sorprendía agradablemente. La Marquesa bailó, no ya un rigodón, sino todos los que Dick solicitó siempre con éxito. Nuestro Don Juan no estuvo nunca más seductor, más terriblemente hermoso. Y por fin, allá, a las once de la noche, anotaba el gabinete negro en la famosa página lo siguiente:
“David Dick, capitán de húsares, consigue en este momento que la marquesa de W***, después de bailar con él un rigodón, en que esta pareja ha llamado la atención por sus frecuentes distracciones, le conceda el favor de dejar caer su abanico. David Dick se apresura a devolvérselo, cuidando mucho de estrechar su mano. La marquesa, lejos de incomodarse, le mira de un modo enloquecedor y deja aparecer en sus labios una sonrisa.”
»En aquel mismo instante se presentó a la entrada del salón el marido de Emma. Era la primera vez que terminaba tan pronto su partida de tresillo. El marido, con su impasibilidad de siempre, acercose al sitio donde estaban Dick y su mujer, y dando el brazo, no a esta, sino al capitán, le dijo con tono afable:
»—Me canso de jugar. Esta noche me duele la cabeza. ¿Quiere Vd. acompañarme a dar un paseo?
»El capitán se prestó a ello, bien a pesar suyo.
»—Volveré por ti a las doce, lo mismo que siempre —dijo el marqués de W*** a su consorte, y los dos amigos salieron del baile.
»En efecto, a las doce en punto, el diplomático entraba de nuevo en el Casino para recoger a Emma, regresando el matrimonio a su casa.
—Si ese maldito tresillo continúa hasta la hora de siempre, tengo el presentimiento de que esta misma noche llenábamos la página empezada —dije yo a estos señores.
—¡Oh! No hay que desesperar —me contestó el ex banquero—. Partida aplazada hasta el próximo viernes.
III
—Los acontecimientos que siguen —continuó el ex ministro— no los relato como testigo presencial; pero son tales como han llegado a nuestra noticia por conducto fidedigno.
»En la mañana del sábado, la hermosísima marquesa de W*** acababa de despertarse, cuando entró su doncella una carta.
»—Para la señora —dijo.
»Emma rompió el sobre. Leyó primero y se indignó después.
»La carta no contenía más que lo siguiente:
El capitán de húsares David Dick
11 de diciembre de 188…
San Bernardo, 3, tercero.
»¿Cómo? Un insignificante favor bastaba para que semejante fatuo la creyese tan abyecta, que sin más miramientos procediera de este modo.
»Porque no cabía duda. El nombre del capitán y las señas de su casa enviados así, eran una cita. ¡Citarla! ¡Suponer que se rebajaría hasta el punto de acudir a casa de un amante, ella, la marquesa de W***!
»A la verdad, Dick estaba loco. Si entonces se hubiera presentado en la casa, Emma, herida en su amor propio, mandaría que lo despidieran sus lacayos.
»Pasó el día entregada a un furor, a un deseo de venganza tal, que no puede describirse. Por la noche asistió al teatro. Su único objeto era encontrar al capitán para hacerle públicamente una ofensa igual a la recibida. Pero Dick no se presentó en las butacas. Emma, de regreso en su habitación, se desnudó rompiendo cuanto se oponía en su traje a la nerviosa agitación de los dedos; llamó torpes a todas las doncellas, y no pudo en toda la noche conciliar el sueño.
»A la mañana siguiente volvió a recibir la afrentosa misiva.
El capitán de húsares David Dick
11 de diciembre de 188…
San Bernardo, 3, tercero.
»Hízola cincuenta pedazos, se vistió apresuradamente, y al poco rato llegó a casa de Carolina.
»Carolina era su amiga del colegio.
»Emma no tenía secretos para ella. Contole lo que le sucedía, y Carolina escuchó el relato sonriendo.
»—No tienes razón para enfurecerte —arguyó—. La conducta de Dick no es muy correcta, ciertamente, pero reflexiona un poco. Dick te ama. Eso todo el mundo lo sabe, excepto tu marido. Ese despecho que sientes, prueba que le amas también.
»—¡Yo!, le odio.
»—El odio es ya una pasión. Lo que tú odias, no es otra cosa que el proceder empleado contigo por el capitán. Pero debes comprender que, lejos de ser una grosería, es un exceso de delicadeza por parte de Dick.
»—¿Cómo?
»—Tú eres una mujer casada. Dick no puede escribirte una carta de amor sin comprometerse y comprometerte. Nada se extravía tan pronto como un papel escrito cuando tenemos interés en que no se pierda. Ahora bien; la carta diaria de Dick no envuelve ningún peligro. Es una tarjeta, pero una tarjeta con la cual quiere que despiertes para que sea su nombre el primero que pronuncies, su letra la primera que leas. ¿Qué se prueba con todo esto? Que el capitán es hombre de ingenio sutil, que es un caballero y que te adora.
»Emma quedó pensativa. El razonamiento le pareció claro y que no admitía réplica.
»Pasó muchos días variando gradualmente de sentimientos, y en ninguno de ellos dejó de recibir la misteriosa carta.
El capitán de húsares David Dick
11 de diciembre de 188…
San Bernardo, 3, tercero.
»Pero ya la recibía con júbilo, la esperaba con impaciencia, leyendo conmovida aquellos renglones trazados por la mano del hermoso y seductor Don Juan.
»Estaba enamorada.
»Una tarde sintió tal deseo de ver a Dick, a quien desde la noche del baile del Casino no volvió a encontrar en parte alguna, que se propuso acudir a la cita de su invisible amante.
»Cuando estaba vestida se presentó en el gabinete el Marqués de W***.
»—¿Vas a salir?
»La Marquesa dijo que pensaba hacer algunas compras.
»El marido, con exquisita amabilidad se opuso a que saliera sola.
»Este contratiempo sirvió para que Emma se obstinara más en su idea, aplazando el proyecto concebido para la tarde siguiente.
»Pero a la tarde siguiente fue víctima de igual fracaso.
»—Voy de visitas, y como supongo que te aburrirías en ellas, he pensado cargar yo sola con este enojoso deber.
»—Te equivocas, Emma; yo gusto de cumplir todos los deberes sociales; y tanto es así que, ignorando tu propósito, venía a recordarte que estamos en descubierto con casi todos nuestros amigos. Ya ves qué coincidencia.
»No hubo remedio. Los Marqueses de W*** recorrieron las calles de Philosophicaltown en todas direcciones. El Marqués sostuvo con la mayor seriedad esos diálogos interesantes acerca del tiempo, de los teatros, de las noticias que se recibían de Londres, y no se mostró en manera alguna cansado de tal ejercicio. Hablaba con las viejas, de los predicadores; con las jóvenes, de figurines; con los hombres de política, y con los chiquillos de juguetes.
»Emma regresó desesperada. ¿A dónde iré yo mañana que pueda ir sola? Este era su pensamiento; de repente tuvo una idea luminosa; de seguro que no la acompañaría su marido.
»—Mañana —exclamó, dirigiéndose a este— pienso ir a las Cuarenta Horas. ¿Quieres acompañarme? —terminó con una sonrisa triunfante.
»—Iré con mucho gusto —contestó el Marqués, inclinándose con extremada galantería.
»Aquello era ya inconcebible, absurdo. Inmediatamente envió un aviso a Carolina, invitándola a tomar el té con ella. Carolina se presentó, y el Marqués de W*** dejó solas en el gabinete a las dos amigas.
»—¿Qué me aconsejas? Mi marido, que antes me dejaba en completa libertad, se ha convertido en eterno acompañante mío. Busca, por Dios, un medio para que yo salga sin él. Quiero ver a Dick.
»—¿Sigues recibiendo su carta?
»—Todos los días.
»Carolina reflexionó. El resultado de sus reflexiones fue el siguiente:
»—Anúnciale a tu marido, que es viejo, y como todos los viejos debe tener horrible miedo a la muerte, anúnciale una cosa.
»—¿Cuál?
»—Dile que mañana, en lugar de rezar las Cuarenta Horas en la iglesia, tienes el propósito de ir conmigo a visitar el cementerio. Ya verás cómo no viene hasta allí.
»—¿Ir al cementerio?
»—Sí: es un buen pretexto. Ya sabes que el cementerio de esta población pasa con justicia por ser una obra de arte. Tú no lo has visto, y quieres verlo. No tiene nada de extraño este deseo.
»Convenido así, al otro día, cuando el marido se presentó en el gabinete de su mujer, encontró en él a Carolina.
»—¡Ah! —exclamó, saludándola—. ¿Usted viene también a rezar las Cuarenta Horas?
»—Hemos cambiado de proyecto —contestó Emma—, no vamos a la iglesia.
»—Entonces…
»—Vamos a ver el cementerio. Carolina, suponiendo que tú no querrías dar este triste paseo, me dedica la tarde.
»—Has hecho mal en molestar a esta señora —replicó el marqués— porque precisamente yo conozco muy bien el cementerio, y nadie mejor que yo puede servirte de cicerone.
»Las dos amigas enmudecieron, y disimulando Emma su enojo, siguieron al Marqués hasta el estribo del carruaje.
»Cuando este se detuvo ante la verja del sagrado recinto, bajaron Emma y Carolina, y el marido tomó la palabra, mientras que ellas aparentaban examinar los nichos y los mausoleos.
»—Esta es la Necrópolis más grandiosa que se ha construido en los tiempos modernos. No me detendré a detallar las riquezas aquí acumuladas. Hay, como ven Vds., estatuas yacentes, mausoleos en que el bronce y el mármol forman unidos artísticas labores, semejantes a las de la arquitectura árabe. Pero lo principal, lo que con justicia ha conseguido excitar la admiración de propios y extraños, por su originalidad incontestable, es el pensamiento que presidió a su construcción. El arquitecto quiso que, pues esta es la mansión de los muertos, nuestros difuntos tengan aquí una ciudad en un todo idéntica a la ciudad de los vivos. Así, el cementerio está dividido, lo mismo que Philosophicaltown, en calles y plazas. Y estas calles y plazas llevan los mismos nombres. ¡Ah, querida Emma, tú no sabías esto! Mira, mira, aquí tienes, entre otras, esta calle. Es la calle de San Bernardo.
»Emma se estremeció. Su marido, sonriendo siempre, hízola penetrar en aquella crujía, y continuó diciendo:
»—Las calles de esta ciudad muerta tienen también las casas numeradas. Mira, estos nichos tienen el número 1. Y estos que siguen el número 3.
»Emma y Carolina levantaron a un tiempo la cabeza. En el tercer nicho, núm. 3, de aquella fúnebre calle de San Bernardo, leyeron lo siguiente:
Aquí yace David Dick. Capitán, Squire.
Muerto de una estocada el viernes 11 de diciembre de 188…
Costea esta lápida el Marqués de W***
Notas
Cúmpleme declarar que la idea de este cuento no me pertenece. Hace ya bastantes años que, hojeando con mi malogrado amigo Gustavo A. Bécquer una colección de lieds o canciones populares de Alemania, ocurriósenos escribir en colaboración una novela, basada en el pensamiento de una de dichas canciones. Escribir en tan buena compañía, hubiera sido para mí demasiada dicha; pero la muerte arrebató la preciosa existencia de Gustavo, y La ciudad muerta quedó únicamente proyectada, por más que conocieran su idea y nuestro propósito varios amigos y compañeros, lo cual ha hecho, sin duda, que en alguna ocasión haya oído casualmente después, el relato más o menos fiel de este cuento, aunque sin que se recuerde con este motivo el nombre de Bécquer y el mío. Hoy, desechando los temores que siempre tuve de no interpretar bien yo solo lo que pensamos él y yo, me he decidido a escribirlo, pidiendo a los lectores perdón por mi osadía, y esperando que en adelante no se ignore su verdadera procedencia.