Capítulo 5

CUANDO KATE se despertó a la mañana siguiente estaba sola en la cama. Aguardó a que llegara el tsunami de vergüenza, de arrepentimiento, pero parpadeó desconcertada al ver que aquellas sensaciones no llegaban.

No lamentaba ni un instante de lo sucedido la noche anterior.

Por supuesto, se planteó la posibilidad de tatuarse la cara para ocultar su rubor cuando volviera a ver a Aleksi el lunes, pero siguió sin sentir ningún arrepentimiento. Probablemente, aquella noche había sido la más maravillosa de su vida.

Se puso la bata y fue al baño a lavarse la cara y los dientes.

Tenía tres casas que ver aquella mañana, y pensaba hacer todo lo posible por no pensar en Aleksi hasta más tarde, cuando pudiera sentarse tranquilamente un rato y repasar la noche que habían compartido.

Tras salir al jardín delantero para recoger el periódico, volvió al interior y se encaminó hacia la cocina.

-Estaba pensando...

Kate dio un grito y estuvo a punto de dejar caer el periódico. ¡Ni se le había pasado por la cabeza que Aleksi pudiera seguir allí! Sin embargo, allí estaba, en su cocina, sirviendo agua caliente en dos tazas.

-¿Dónde están los granos de café?

-En Kenia -contestó Kate mientras se ocupaba de sacar una lata de café instantáneo y trataba de no mostrarse tan afectada por su presencia como se sentía.

Aleksi solo llevaba puesto el pantalón y la mirada de Kate voló involuntariamente hacia la línea de vello negro que llevaba al lugar en que lo había besado aquella noche.

¡No le gustaba que sus sueños invadieran la realidad de aquel modo!

No le gustaba que la viera con su gastada bata y el pelo revuelto, ni que estuviera en su destartalada cocina.

-Suponía que te habrías ido.

Aleksi también creía que se habría ido.

Siempre se despertaba temprano y, desde el accidente, aún más. Abría los ojos incluso antes del amanecer y, a pesar de sentirse exhausto, no podía volver a dormirse. Excepto aquella mañana. Por primera vez en muchísimo tiempo, el sol había madrugado más que él.

Refrescado, incluso relajado, había dejado a Kate durmiendo con intención de pedir un taxi, pero, de pronto, no le había apetecido irse. De manera que había ido a la cocina a prepararse un café y al ver los recibos impagados que había junto al microondas y recordar el cartel de venta que había en la parte delantera de la casa, había encontrado una solución.

De manera que fue directo al grano.

-Trasládate a vivir conmigo.

Kate puso los ojos en blanco y no dijo nada.

-Tienes que encontrar un lugar en que vivir. Yo tengo una casa enorme y podrías alojarte en ella un par de meses... -se interrumpió cuando el perro más desaliñado que había visto nunca entró en la cocina y Kate le abrió la puerta para que saliera al jardín-. ¿No dices nada?

-No creo que haya nada que decir -replicó Kate mientras se ocupaba de servir el café en las tazas.

-Podríais venir tú, Georgie y el... perro.

-Se llama Bruce.

-Voy a Londres unos días a reunirme con Belenki, de manera que Georgie y tú tendréis la casa para vosotras solas unos días... Yo apenas paso tiempo en casa -Kate seguía sin reaccionar-. Es un arreglo que podría venirnos bien a ambos.

-¿Podrías explicarme exactamente en qué iba a ayudarte tener viviendo en tu casa a una madre soltera y a su hija?

-Mostraría responsabilidad. Demostraría a la junta que... -Aleksi dudó un momento antes de continuar-. He pensado en lo que me dijiste, y puede que me convenga un cambio de actitud para ganarme a la junta. Así les haré ver que estoy sentando la cabeza, que voy a tomarme muy en serio el negocio de Kolovsky.

-¿Que estás sentando la cabeza? -repitió Kate.

-Podríamos decir que eres mi prometida. Solo durante un par de meses... hasta que la junta vote.

-No -replicó Kate en tono tajante.

-La junta piensa que...

-Hasta ahora jamás te ha importado lo que piense la junta.

-Nunca he necesitado preocuparme por ello. Saben que hago un buen trabajo, pero siempre está la codicia de por medio.

-No -repitió Kate, que incluso dejó escapar una risa de incredulidad.

-Serías bien recompensada.

-¿Dos meses sin pagar la renta a cambio de liar por completo mi vida? ¡No creo!

Aleksi avanzó hacia Kate con su arrogante metro ochenta y cinco, mirándola a los ojos, y mencionó tal suma que el tercer «no» fue pronunciado con mucha menos convicción. Su mente se puso a calcular por voluntad propia el futuro que podría lograr si tuviera el valor de decir que sí.

-No -contestó, aunque tuvo que tragar saliva antes de hacerlo.

-Piensa en ello -Aleksi se terminó de un trago el café y se acercó aún más a Kate, haciéndole sentir que la cocina había encogido. Cuando se inclinó a su

lado para dejar la taza captó su aroma, su olor a peligro, y en aquel instante supo que iba totalmente en serio... y Aleksi siempre conseguía lo que quería.

-Ya te he dado mi respuesta -Kate se negaba a dejarse intimidar y, en lugar de mirarlo, dio un sorbo de café.

-Si no resuelvo el caos que está creando mi madre, si no freno a Belenki en los próximos días, pienso dejar la empresa.

Kate se sintió como si estuviera al borde de un trampolín a punto de partirse.

-¡Tú nunca renunciarías a Kolovsky!

-Lo haría en un instante y sin pensármelo dos veces.

-¡Pero es tu vida!

-Es solo un negocio.

Kate sabía que, sin Aleksi, ella sería despedida de inmediato. ¿Y dónde iba a ganar tanto dinero en tan pocas horas?

-Conseguirías otro trabajo, por supuesto -añadió Aleksi con una sonrisa.

-Me estás chantajeando -susurró Kate.

-En absoluto. Antes de irme te daría una carta de referencias que te abriría todas las puertas. No puedes decir que te esté chantajeando.

Kate no quería ser secretaria a jornada completa, no quería trabajar todos los días hasta las siete y pasar luego media noche ante el ordenador y atendiendo el teléfono.

-Te estoy ofreciendo un futuro, un futuro para Georgie...

Kate trató de apartarse, enfadada, pero Aleksi la sujetó por los brazos.

-¿Y qué le diría a Georgie? ¿Que «mami» se ha comprometido y vamos a mudarnos?

-Si te ve relajada y feliz...

-Y cuando todo acabe, ¿qué le digo?

-A veces, las relaciones no funcionan -dijo Aleksi con un encogimiento de hombros, sin soltarle los brazos-. Mientras tú estés bien, Georgie estará bien.

Pero la relación acabará, Kate. En eso tienes razón. No me interesa el amor, ni las relaciones duraderas.

-No te preocupes que no vas a romperme el corazón -replicó Kate con firmeza. Casi logró hablar con condescendencia, aunque por dentro no se sentía tan valiente. Vivir con Aleksi, dormir con él, estar con él todo el tiempo teniendo garantizado que iba a perderlo...

-Soy un buen amante, Kate.

-Oh, ¿así que el sexo también está incluido en el acuerdo?

-No es obligatorio, por supuesto -murmuró Aleksi a la vez que le apartaba a un lado las solapas de la bata.

Kate aún tenía el cinturón puesto, de manera que solo quedaron expuestos sus pechos. Aleksi la atrajo hacia sí, hasta casi tocarla, y Kate sintió que se le excitaban los pezones.

-¿Qué sucede, Kate? ¿Quieres que diga que vamos a compartir la cama sin tocarnos, que vamos a negarnos un placer tan obvio? -Aleksi alzó una mano para acariciar con el pulgar unos de los pezones de Kate, y lo hizo como la noche anterior, aunque sus movimientos parecían más premeditados que intuitivos, como si buscara una meta distinta al placer.

Kate le apartó la mano.

-Eso no va a pasar.

-Como estaba diciendo... -Aleksi ignoró sus palabras y la alzó para dejarla sentada en el borde de la encimera como si pesara poco más que una pluma- está claro que nos entendemos, Kate, y soy un buen amante. Sé lo que decir... -añadió mientras jugueteaba con el cinturón de la bata- y sé cómo hacerte feliz, pero debes saber que no durará.

-¿No has escuchado una palabra de lo que he dicho? -preguntó Kate.

Aleksi sonrió y su sonrisa se ensanchó cuando un pensamiento pasó por su cabeza.

-Estás tomando la píldora.

-Si crees...

-Yo estoy limpio. Me lo confirmaron en el hospital, aunque ya lo sabía. Siempre uso protección.

-¿No has estado con ninguna mujer desde que fuiste al hospital?

-No -contestó Aleksi, y casi pareció tan sorprendido como Kate. Pero enseguida volvió a sonreír traviesamente-. Podemos jugar a la monogamia...

-Para ti todo es un juego, ¿no? -Kate trató de bajarse de la encimera, pero Aleksi la sujetó por la cintura.

-¿Y qué tiene eso de malo? Juego bien -murmuró él a la vez que dejaba caer las manos y se apartaba un poco-. Sigue adelante con tu vida, Kate. Pasa el fin de semana buscando una casa de alquiler en que acepten animales. Oh, y en un par de semanas ya puedes ir empezando a buscar trabajo, porque después de todos estos problemas con Nina, yo no seguiré mucho tiempo allí -Kate podría haberse bajado de la encimera, pero no lo hizo-. Y no dejes de seguir buscando escuelas para Georgie... -sonrió burlonamente-, pero ya habías encontrado la que querías, ¿no? La oferta sigue en pie, Kate. Puedes tener todo lo que desees para Georgie.

-¡Me estás presionando!

-No tienes por qué responderme ya. Piénsalo durante el fin de semana y dame una respuesta después. Pero ten en cuenta que te estoy ofreciendo una solución, que puedo ayudarte para que Georgie tenga un futuro mejor. Y el sexo no forma parte del trato. No necesito pagarte por eso. Podemos hacer el amor porque queremos hacerlo...

Pero Aleksi no ablandó a Kate con sus palabras, sino con su boca, besándola hasta dejarla demasiado aturdida como para pensar. Y entonces deslizó sus manos hacia abajo, hacia un lugar en el que nunca habían estado. De haber sido capaz de pensar, Kate habría adivinado que su próxima arma sería la delicadeza, la ternura, que empezaría a acariciarla allí con una infinita ternura.

Sus dedos eran precisos, insistentes, y, mientras succionaba la delicada piel del cuello de Kate, los movimientos de su pulgar la llevaron rápidamente hacia un lugar que nunca había compartido con otro...

¿Qué le hacía aquel hombre?

Fuera lo que fuese... lo hacía.

Kate sentía que se derretía con sus caricias.

Era una mujer fuerte, independiente, pero en aquellos momentos se sentía débil, necesitada... y era una sensación deliciosa.

-Quítate la bata -ordenó Aleksi con voz ronca -quería verla, pero tenía las manos demasiado ocupadas, de manera que inclinó la cabeza hacia sus pechos para retirar con la frente las solapas de la bata y poder besárselos. Le daba igual que Kate se sintiera avergonzada, o que tuviera algún complejo respecto a su sensual y curvilínea figura. Solo podía pensar en ella, en la generosa y tersa extensión de carne y piel que quedó expuesta cuando se quitó la bata.

Para Aleksi, el sexo solía ser un escape, pero aquello era distinto. Podía escuchar los pequeños gemidos que escapaban de la garganta de Kate mientras lamía sus pechos, sentir cómo despertaba a la vida aquella mujer tímida y cautelosa. Y él no estaba escapando de nada, sino que se había ido del todo. Se había perdido en un mundo en que no existía el dolor, ni el sombrío abismo de la confusión. Recordaba la delicadeza y suavidad de los labios de Kate cuando le había dado placer la pasada noche y quería ofrecerle lo mismo.

-Aleksi, no...

No era un «no» que significara «sí», y tampoco era un «no» que significara «no». Era un «no» que decía que ella nunca podría disfrutar de aquello, porque, desnuda sobre la encimera de su cocina, sintió por un momento que el mundo volvía a enfocarse y se vio grande, gruesa y brillante como una muñeca rusa... hasta que Aleksi rompió aquella imagen con su boca, la alejó con una caricia de su lengua, e hizo aflorar la preciosa mujer que Kate llevaba dentro. Y volvió a hacerlo una y otra vez...

Aleksi llegó a la conclusión de que era el hecho de no haber tomado medicamentos lo que le había hecho romper la abstinencia de un placer del que antes disfrutaba con frecuencia. No podía ser a causa de Kate... porque él nunca confiaba en nadie.

Y sin embargo...

Nunca había habido ninguna mujer a la que se hubiera planteado penetrar sin protección, pero en aquellos momentos esa posibilidad empezaba a entusiasmarlo.

-Aleksi, por favor... -Kate lo deseaba como nunca había deseado a otro hombre. Necesitaba experimentar el maravilloso placer de tenerlo dentro, pero Aleksi aún no parecía dispuesto a satisfacerla.

Antes quería hacerle otra cosa.

Aleksi sabía cómo dar placer a las mujeres. Le habían enseñado y había aprendido bien. Disfrutaba escuchando los gemidos mientras llevaba a sus amantes hacia el orgasmo, y siempre había una invisible sonrisa de triunfo en sus ocupados labios mientras lo hacía... pero no aquel día. Aleksi estaba tan perdido como ella.

Pudo sentir su orgasmo, pudo escucharlo, saborearlo, sentir las contracciones de su clímax en los labios, y no hubo sonrisa de triunfo, tan solo una auténtica satisfacción en su mente. El placer de Kate era el suyo.

Kate le clavó las uñas en los hombros, lo empujó hacia atrás, lo atrajo hacia sí, y se retorció sensualmente mientras Aleksi hacía que abriera más las piernas para dejar aflorar la Kate más bella de todas, una Kate que ni siquiera ella sabía que existiera, una Kate que sollozó, rogó, gimió y disfrutó con las enloquecedoras e incesantes caricias de la lengua de Aleksi.

Cuando, finalmente, su cuerpo comenzó a estremecerse de forma incontenible, Aleksi deslizó los labios por su estómago hasta su cuello y la retuvo contra sí mientras Kate regresaba de nuevo al mundo. Cuando apoyó la cabeza en su hombro, se la apartó con delicadeza y le sonrió mientras bajaba la bragueta de sus pantalones y exponía ante sus ojos de forma lenta y deliberada su magnífico y excitado miembro.

Contemplando aquella magnífica erección, Kate se sintió como si estuviera siendo propulsada por una fuerza incontenible... Quería ralentizar el ritmo, saborear sus sensaciones, regresar al mundo tras el decadente y maravilloso escape que le habían proporcionado los labios de Aleksi. Sin embargo, allí estaba.

Su jefe, su sueño, su amante.

Habría querido hablar, pensar, cuestionar... pero no tanto como deseaba sentirlo dentro de sí. Deseaba más que el estremecimiento de un orgasmo y la libertad de explorar.

Aleksi era una belleza.

Los besos en la oscuridad no le hacían justicia.

Tenía su miembro justo ante la entrada de su sexo y, cuando lo tomó en la mano, sintió una excitación incontrolable.

¿Por qué no se sentía tímida ante su intensa mirada, ante la posibilidad de que la comparara con las esbeltas y bellísimas mujeres de las que sin duda había disfrutado en su vida?

Porque era evidente que estaba disfrutando con ella.

Cuando Aleksi acarició lenta y deliberadamente con su sexo la húmeda abertura de Kate, esta se estremeció involuntariamente.

Aleksi la acarició una y otra vez, dejándole ver lo maravilloso que iba a ser, haciéndole retorcerse de deseo hasta asegurarse de que estaba lista.

-Por favor... por favor... -rogó-. Aleksi, por favor...

¿Pero desde cuándo jugaba limpio Aleksi?

-Todo esto puede ser tuyo -murmuró.

Kate nunca llegaría a saber el esfuerzo que tuvo que hacer para apartarse de ella, para contenerse, volver a guardar su sexo en los pantalones y subirse la cremallera..., Pero Aleksi llevaba mucho tiempo acostumbrado a ser implacable para conseguir lo que quería, y en aquellos momentos quería que las cosas se hicieran a su manera.

-¡Eres un...! -Kate no llegó a pronunciar la palabra; no hizo falta.

Aleksi se limitó a encogerse de hombros.

-Contéstame el lunes -dijo mientras se ponía la camisa. En aquel momento sonó el teléfono de Kate-. ¿No vas a responder?

Kate habría preferido no hacerlo, pero vio que era el número de su hermana.

Y mientras escuchaba lo que su hermana le estaba diciendo, lamentó que la llamada no hubiera llegado diez minutos después. Porque lo que escuchó hizo que le resultara muy difícil seguir siendo valiente, seguir rechazando la oferta de Aleksi.

-Es por Georgie -murmuró, porque, aunque lo aborreciera en aquellos momentos, sabía que era humano-. Ha mojado la cama y está llorando desconsolada. No quería disgustarme.

-¿Con qué? -preguntó Aleksi con el ceño fruncido.

-La han acosado en el colegio -contestó Kate con el corazón en la garganta-. Sabía que no estaba encajando bien con sus compañeros, pero por lo visto la pellizcan, le esconden las gafas, le tiran la merienda, la insultan... Acaba de contárselo a mi hermana. No quería decírmelo porque sabe que no puedo hacer nada al respecto.

Normalmente, Aleksi escuchaba atentamente todo lo que le contaba Kate sobre Georgie, pero no aquella mañana. En lugar de ello se puso a palmear los bolsillos de su chaqueta en busca de su teléfono... pero recordó que lo había tirado.

-Necesito un teléfono.

-¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? -preguntó Kate, terriblemente dolida.

-Podría decir muchas cosas -respondió Aleksi a la vez que sacaba un talonario de su bolsillo, extendía un cheque con un número de siete cifras y lo dejaba sobre la mesa-. Pero ya tienes la respuesta.

Kate la tenía.

¿Qué madre no habría vendido su alma por su hija?, trató de razonar.

Había muchos motivos para aceptar la oferta de Aleksi, pero fue en aquel momento cuando comprendió lo que realmente le estaba impidiendo aceptarla, cuando la verdad que llevaba ya unos años negando la alcanzó de lleno.

Había sido fácil culpar a Georgie por su falta de relaciones, alegar que estaba demasiado ocupada como para tener una relación romántica, como para que un compañero invadiera sus vidas. Había habido todo tipo de razonamientos y excusas ciertas... Pero había una verdad aún más grande.

Desde el día en que Aleksi deslizó por primera vez una aburrida mirada por su abultado vientre, se sintió atraída por él.

Desde el día en que apareció en la sala de maternidad y la liberó de las compasivas miradas de sus vecinas y del implacable peso de la soledad, sentía debilidad por él.

Pero era más, mucho más que eso.

Contempló durante unos peligrosos segundos aquellos ojos, grises y turbios como el océano tras una tormenta, vio la belleza, el peligro, las oscuras profundidades que siempre la atraían como un imán. Luego bajó la mirada hacia la boca que besaba y maldecía por igual, a los labios del hombre que le ofrecía la liberación mientras le advertía que no se enamorara de él. Pero sus advertencias habían llegado demasiado tarde. Casi cinco años tarde, de hecho.

La tormenta que era Aleksi Kolovsky ya se había desatado sobre ella.

Era muy posible que ya estuviera perdidamente enamorada de él.