Prólogo
Poco antes de Navidad, un día del invierno de 1413, Nicholas Hook se sintió con ánimos para asesinar.
Era un día frío. La noche anterior había caído una buena helada. Ni siquiera el sol del mediodía había fundido el blanco manto que cubría los campos. No se movía una hoja. Cuando, por la profunda vereda que discurría entre los bosques allá en lo alto y el molino de la llanura, Hook atisbo a Tom Perrill, el mundo que contempló a su alrededor se le antojó lechoso, helado, inmóvil.
A sus diecinueve años, Nick Hook, guardabosques, se movía de un lado para otro como un espectro: incluso en un día así, en que hasta la más leve pisada arrancaba un crujido del hielo, se deslizaba con sigilo. Plantando cara al viento, caminaba por el recóndito sendero por donde Perrill, tras amarrar el tronco de un olmo caído para los nuevos cangilones de la noria a uno de los caballos de tiro de lord Slayton, lo arrastraba hasta el molino. Iba solo, cosa poco corriente: rara vez se alejaba Tom Perrill de su casa si no era en compañía de su hermano o de alguno de los suyos, y Hook nunca lo había visto tan lejos de la aldea sin su arco colgado al hombro.
Nick Hook se detuvo junto a los árboles que bordeaban el camino, y se ocultó detrás de unos acebos. Estaba a cien pasos de Perrill, que no dejaba de proferir improperios: la helada había endurecido los surcos de la vereda, el descomunal tronco de olmo se trababa en las roderas del camino y el caballo se resistía. Perrill había arreado al animal hasta hacerle sangre, pero de nada había servido el castigo, y allí estaba, a su lado, vara en mano, maldiciendo sin parar a la pobre bestia.
Hook extrajo una flecha de la aljaba que llevaba al costado; se paró a comprobar que era la más adecuada para la ocasión: barbada, de punta ancha, bien labrada, con un filo capaz de traspasar el cuerpo de un ciervo, una flecha capaz de lacerar las arterias del astado y, caso de que fallase y no le acertase en el corazón, cosa que rara vez sucedía, hacer que se desangrase hasta morir. A los dieciocho años, había ganado el torneo que enfrentaba a los tres reinos, derrotando a arqueros mayores que él y que gozaban de merecida fama en media Inglaterra: jamás había fallado a cien pasos de distancia.
Ajustó la flecha y el arco, sin dejar de mirar a Perrill, porque no le hacía falta estar pendiente ni de la flecha ni del arco; sujetó la saeta con el dedo pulgar de la mano izquierda mientras, con la derecha, tensaba levemente la cuerda hasta encajar la pequeña muesca reforzada de cuerno y rodeada de plumas del extremo opuesto, y alzó el arco, sin apartar los ojos del primogénito del molinero.
Como quien no quiere la cosa, con gesto de arquero consumado, tensó la cuerda hacia atrás y la desplazó hasta la altura de la oreja derecha.
Perrill se volvió para contemplar el molino en mitad de los campos, allí donde el río no era sino una zigzagueante lengua de plata que discurría bajo sauces desnudos. Llevaba botas, calzones, jubón y una pelliza de piel de ciervo; lo que menos podía imaginarse era que la muerte le rondase de cerca.
Con suavidad, Hook soltó la flecha: la vibración de la cuerda de cáñamo sólo trasladó un leve temblor al pulgar y a los dos dedos que la sujetaban.
La flecha se alzó limpiamente. Hook siguió la trayectoria de las plumas grises, observando cómo, rauda, la punta de acero que remataba el astil de fresno se dirigía al encuentro del corazón de Perrill: había afilado a conciencia la punta barbada, y estaba seguro de que traspasaría la piel de ciervo como si de una tela de araña se tratase.
Nick Hook odiaba a todos los Perrill, igual que los Perrill no podían ni ver a los Hook. Una enemistad que se remontaba a dos generaciones atrás, cuando, en la taberna del villorrio, el abuelo de Tom Perrill había matado al abuelo de Hook, clavándole un atizador en un ojo. El entonces lord Slayton llegó a la conclusión de que había sido una pelea justa y se negó a dar su merecido al molinero. Desde entonces, los Hook habían jurado vengarse.
Nunca se habían resarcido, sin embargo. Al padre de Hook lo habían despachado a patada limpia, durante el torneo anual del juego de pelota y, si bien nunca se dio con el autor de los hechos, todo el mundo estaba seguro de que era cosa de los Perrill. La pelota había ido a parar a unos juncos que se alzaban más allá del huerto de la propiedad; una docena de hombres se lanzó en su busca, pero sólo regresaron once. El sucesor de aquel otro lord Slayton se permitió hacer bromas en cuanto a que el suceso pudiera ser considerado asesinato.
—Si colgásemos a un hombre por liquidar a un contrario en un encuentro del juego de pelota —afirmó—, ¡habría que ahorcar a la mitad de la población de Inglaterra!
El padre de Hook era pastor. A su muerte, dejó una viuda embarazada y dos hijos. Dos meses después, falleció la mujer al dar a luz a una hija, que nació muerta. Ocurrió el día de san Nicolás, el mismo día en que Nick Hook cumplía trece años. Su abuela no dudó en afirmar que tal coincidencia era la prueba palpable de que Nick estaba maldito. Y recurrió a su propia magia para acabar con la maldición: le clavó la punta de una flecha en un muslo, y le ordenó que matase un ciervo con aquel dardo para poner fin al maleficio. Con la saeta teñida de sangre, Hook mató furtivamente a una de las ciervas de lord Slayton, pero el hechizo no desapareció: los Perrill siguieron con vida, y el rencor entre las dos familias fue a más. Se secó un espléndido manzano que había en el huerto de la abuela de los Hook, y ésta achacó tamaño desastre a la madre de los Perrill.
—Los Perrill siempre han sido unos pobres lameculos, unos malolientes hijos de puta —aseveró su abuela.
Echó el mal de ojo a Tom Perrill y a su hermano pequeño, Robert, pero la tía Perrill debió de recurrir a un conjuro para contrarrestarlo, porque ninguno de los dos cayó enfermo. Desaparecieron las dos cabras que Hook llevaba a pastar en los campos comunales y, aunque en la aldea se dijo que habrían sido los lobos, Hook estaba seguro de que era cosa de los Perrill. En venganza, les mató la vaca que tenían pero, claro está, no era lo mismo que acabar con ellos.
—Tienes que borrarlos de la faz de la tierra —le recordaba su abuela a todas horas, pero nunca se le presentó la oportunidad de hacerlo—. Que el diablo te haga escupir mierda —añadió, maldiciéndole—, y que te lleve al infierno con él.
Le echó de casa cuando cumplió los dieciséis, mientras farfullaba:
—Fuera de mi casa. Ojalá te mueras de hambre, hijo de puta.
Para entonces ya comenzaba a dar muestras de locura, y no había forma de hacerle entrar en razón, así que Nick Hook se fue de casa y bien podría haberse muerto de inanición, de no haber sido aquél el año en que ganó el torneo de los seis pueblos: por lejos que estuviese la diana siempre daba en el blanco.
Lord Slayton le nombró guardabosques, lo que significaba que debía proveer que no faltase el venado en la mesa de su señor.
—Más vale que acabes con esos animales como Dios manda —le recomendó su señoría— que verte colgando de una soga por caza furtiva.
Por eso, aquel día de san Winebaldo, poco antes de Navidad, Nick Hook observaba la trayectoria que seguía la flecha que había partido en busca de Tom Perrill.
Estaba seguro de que acabaría con él.
La flecha partió limpiamente, rozando levemente las altas y relucientes sebes bajo la helada. Tom Perrill ni se imaginaba la que se le venía encima. Nick Hook sonreía.
De repente, la flecha cabeceó.
Una de las plumas se había aflojado, el pegamento y la sujeción cedieron; la flecha se desvió hacia la izquierda y acertó de lleno en uno de los flancos del caballo, alojándose en una de sus ijadas. El animal relinchó, reculó y dio una embestida, arrancando el enorme tronco de olmo de los surcos helados en que estaba atorado.
Tom Perrill se volvió y miró a los bosques de más arriba; poco tardó en considerar que otra flecha podía seguir a la primera, se dio media vuelta y echó a correr en pos del caballo.
Una vez más, Nick Hook había fallado. La maldición pesaba sobre él.
Lord Slayton estaba arrellanado en un sillón. Entrado ya en los cuarenta, era un hombre amargado, inválido desde que una estocada en la espina dorsal, encajada en Shrewsbury, le impidiese participar en otras batallas. Se quedó mirando a Nick Hook con gesto desabrido y le preguntó:
—¿Se puede saber dónde andabas el día de san Winebaldo?
—¿En qué fecha cae eso, señor? —preguntó Hook, con candidez fingida.
—Será cabrón… —gruñó lord Slayton, al tiempo que el administrador le propinaba por detrás un coscorrón con la empuñadura de hueso de una fusta.
—No sé de qué día habláis, mi señor —insistió Hook, terco como una mula.
—Hace dos días —le explicó sir Martin. Cuñado de lord Slayton, era el cura que se ocupaba de los parroquianos del señorío. Tenía tanto de caballero como Hook, pero el noble insistía en que, por respeto a su alta cuna, se dirigiesen a él como «sir» Martin.
—¡Ya me acuerdo! —replicó Hook, como si acabase de caer en la cuenta—. Estaba recogiendo maleza en la breña que hay al pie de la colina de Beggar, mi señor.
—Eres un mentiroso —comentó lord Slayton, meneando la cabeza. William Snoball, administrador y jefe de los arqueros de su señoría, golpeó a Hook de nuevo, descargando con fuerza el mango de la fusta sobre la nuca del guardabosques: un hilo de sangre se deslizó por el cuero cabelludo del muchacho.
—Os doy mi palabra, mi señor —continuó, mintiendo con el mismo aplomo.
—¡El honor de la familia Hook! —repuso, cortante, lord Slayton, antes de fijar la mirada en Michael, el hermano pequeño de Hook, de diecisiete años—. Y tú, ¿dónde andabas tú?
—Retejando el atrio de la iglesia, señor —contestó el muchacho.
—Es cierto —aseveró sir Martin. Larguirucho y desgarbado, embutido en una negra sotana cubierta de lamparones, a modo de sonrisa, el cura dirigió una mueca al hermano pequeño de Nick Hook. Michael le caía bien a todo el mundo; incluso los Perrill parecían excluirlo del odio que sentían por el resto del clan de los Hook. Al contrario que su hermano, moreno, Michael era rubio, y siempre estaba alegre, no taciturno, como Nick.
Los hermanos Perrill permanecían de pie al lado de los hermanos Hook. Thomas y Robert eran altos, delgados, desgalichados, de ojos hundidos, nariz larga y barbilla prominente. Innegable era el parecido que guardaban con sir Martin, el cura; en el pueblo, con el respeto debido a eclesiástico de tan alta cuna, todo el mundo daba por bueno que eran hijos del molinero, aunque los trataban con singular deferencia. La familia Perrill gozaba de tácitos privilegios: si alguna amenaza se cerniese sobre ellos, los hermanos siempre tendrían a sir Martin de su parte.
Pero Tom Perrill no sólo se había visto amenazado, habían estado a punto de matarlo. Una flecha de plumas grises había pasado a un palmo de sus narices, la misma saeta que ahora estaba en la mesa del salón de la mansión. Apuntando al arma arrojadiza con la mano, lord Slayton hizo un gesto al administrador, que se acercó a la mesa.
—No es de las nuestras, mi señor —afirmó William Snoball, tras haberla examinado.
—¿Lo dices por las plumas grises? —preguntó lord Slayton.
—Nadie de por aquí utiliza plumas grises de ganso —añadió Snoball, molesto, dirigiendo una mirada insolente a Nick Hook—, ni para hacer flechas ni para nada.
Lord Slayton fulminó a Nick Hook con la mirada. Ya sabía la verdad de lo ocurrido. Todos los presentes lo sabían, a excepción quizá de Michael, hombre de alma sencilla.
—Ordenad que lo azoten —apuntó sir Martin.
Hook miraba el tapiz que colgaba de la galería del salón: un cazador clavando una lanza en la tripa de un jabalí. Tan sólo cubierta con una vaporosa túnica transparente, una mujer contemplaba al montero, ataviado con taparrabos y casco. Cien años de humo habían ennegrecido las vigas de roble en que se apoyaba la galería.
—Que lo azoten —insistió el cura—, o que le corten las orejas.
Hook bajó la vista y miró a lord Slayton, preguntándose, por enésima vez, si no estaría en presencia de su propio padre. Tenía el rostro anguloso de Slayton, la misma frente ceñuda, la boca igual de grande, idéntico el cabello negro, los mismos ojos oscuros. Era de su misma altura y tenía la misma fortaleza física de que hacía gala su señoría antes de que una espada empuñada por un rebelde se hundiese en su espalda, obligándole a servirse de las muletas recubiertas de piel que reposaban junto al sillón. Su señoría le devolvió una mirada al desgaire.
—Hay que poner fin a estas rencillas —dijo, sin apartar los ojos de Hook—. ¿Me has entendido? No ha de haber más muertes —para añadir, señalando al joven—: Si algún miembro de la familia Perrill muere, yo mismo os mataré a ti y a tu hermano, Hook. ¿Me has entendido?
—Sí, mi señor.
—Y si uno de los Hook muere —continuó su señoría, mirando a Tom Perrill—, os colgaré a ti y a tu hermano de las ramas de un roble.
—Como dispongáis, mi señor —repuso Perrill.
—Pero hacen falta pruebas para acusar a alguien de asesinato —intervino sir Martin, de improviso, en un tono no carente de indignación. Muchas veces daba la impresión de que el desmañado cura vivía en un mundo aparte, que sus ideas discurrían por remotas esferas, hasta que, de pronto, volvía a poner los pies en la tierra y soltaba la primera ocurrencia que se le pasaba por la cabeza, como si tratase de recuperar el tiempo perdido—. Pruebas —repitió—, pruebas.
—¡No! —replicó con firmeza lord Slayton a su cuñado, dando un manotazo en uno de los brazos de madera del sillón que ocupaba, para que no hubiera dudas—. Si cualquiera de los cuatro muere, ¡colgaré a los otros tres! ¡No me andaré con miramientos! Si uno de vosotros se adentra en las tierras del molinero y se ahoga, lo consideraré asesinato. ¿Me habéis entendido? ¡Quiero que estas rencillas acaben de una vez por todas!
—No habrá asesinato, mi señor —contestó Tom Perrill, con humildad.
Lord Slayton dirigió la vista a Hook, esperando oír lo mismo, pero Nick Hook no dijo nada.
—Unos azotes le ayudarán a entrar en razón, mi señor —apuntó Snoball.
—¡Ya ha sufrido ese castigo! —exclamó lord Slayton—. ¿Cuándo te azotaron por última vez, Hook?
—Hará cosa de dos meses, el día de san Miguel, mi señor.
—¿Y qué sacaste en limpio?
—Que el brazo de maese Snoball ya no es lo que era, mi señor —replicó Hook.
Una risita sofocada llevó a Hook a alzar los ojos, y vio que lady Slayton observaba la escena desde la galería en penumbra. No tenía hijos. Era árida y estéril; mientras, su hermano, el cura, no dejaba de engendrar bastardos. Hook estaba al tanto de cómo, en secreto, había ido a ver a su abuela en busca de un remedio pero, en aquella ocasión, hasta los hechizos de la vieja habían concluido en fracaso.
Irritado, Snoball se había revuelto contra la desvergüenza de Hook, pero lord Slayton había dejado ver que se lo estaba pasando en grande y, con una sonrisa en los labios, ordenó:
—¡Todos fuera! ¡Quiero a todo el mundo fuera de aquí! Menos tú, Hook. Quédate.
Lady Slayton observó cómo los hombres abandonaban el salón, se daban media vuelta para saludar y se perdían en la estancia que se abría más allá de la galería. Sin decir una palabra, su esposo se quedó mirando a Nick Hook hasta que, por fin, señaló la flecha de plumas grises que seguía encima de la mesa.
—¿De dónde la sacaste, Hook?
—Nunca la había visto, mi señor.
—Eres un mentiroso, Hook, un mentiroso, un ladrón, un sinvergüenza y un bastardo; a lo que debo añadir, y de eso no me cabe duda, que eres también un asesino. Snoball está en lo cierto. Tendría que azotarte hasta arrancarte la piel a tiras, aunque lo propio sería colgarte; el mundo, un mundo sin Hook, sería un lugar más agradable.
Guardó silencio y se limitó a observar a lord Slayton. Levantando una nube de centellas, uno de los leños de la chimenea se vino abajo.
—Pero también eres el mejor arquero que he visto en mi vida, maldita sea —reconoció el noble, a regañadientes—. Acércame esa flecha.
Hook se hizo con la flecha de plumas grises y se la entregó a su señoría.
—¿Qué crees tú? ¿Que las plumas se aflojaron cuando surcaba el aire hacia el blanco? —le preguntó lord Slayton.
—Eso parece, mi señor.
—No eres flechero, ¿verdad, Hook?
—Fabrico flechas, mi señor, pero no soy muy diestro. No soy capaz de afilar los astiles como es debido.
—Tendrías que disponer de una buena plana —dijo lord Slayton, tirando con fuerza de las plumas—. ¿Cómo conseguiste la flecha —añadió—, se la quitaste a un furtivo?
—Liquidé a uno la semana pasada, señor —contestó Hook, tratando de quitar hierro al asunto.
—No eres quién para matarlos, Hook; basta con que los traigas aquí; ya me encargaré yo de darles su merecido.
—Era un hijo de puta que, tras malherir a una cierva en el bosque de Thrush —se disculpó Hook—, salió huyendo por piernas. Le clavé una flecha de cabeza barbada en la espalda, y lo enterré más allá de la colina de Cassell.
—¿Quién era?
—Un vagabundo, mi señor. Creo que sólo estaba de paso, y no llevaba nada encima, aparte de su arco.
—Un arco y una aljaba repleta de flechas de plumas grises, al parecer —comentó su señoría—. Menos mal que no se ha muerto el caballo. Sólo por eso, tendría que haberte colgado.
—Pero si a César apenas lo rozó, mi señor —replicó Hook, desdeñoso—, un rasguño en el pellejo, nada más.
—¿Y tú cómo lo sabes, si no estabas allí?
—En la aldea se dicen muchas cosas, mi señor —contestó Hook.
—Yo también oigo muchas cosas, Hook —aseveró lord Slayton—, y quiero que dejes a los Perrill en paz, ¿me has oído? ¡No vuelvas a meterte con ellos!
Cierto es que Hook no creía casi en nada, pero, si de algo estaba convencido, era de que, sólo matando a los Perrill, acabaría con la maldición que se cernía sobre su vida. Tampoco estaba muy seguro de en qué consistía el maleficio, a menos que tuviera algo que ver con la incómoda sospecha de que también era posible vivir en otra parte que no fuera el señorío. Sin embargo, siempre que pensaba en escapar de los dominios de lord Slayton, le asaltaba un mal presentimiento, como si un incomprensible y desconocido desastre lo acechase si tomase la decisión de abandonar aquellas tierras. Tan vaga se le antojaba la maldición que creía que sólo mediante el asesinato podría verse libre de ella. No obstante, agachó la cerviz, y dijo:
—Me doy por enterado, mi señor.
—No sólo eso, sino que harás lo que yo te diga —replicó su señoría, al tiempo que arrojaba la flecha al fuego donde, al cabo de un momento, lanzó una intensa llamarada; una lástima desperdiciar así una de punta ancha y barbada, pensó Hook—. Sir Martin no te tiene mucho aprecio, Hook —añadió lord Slayton, en voz baja, al tiempo que alzaba los ojos; Hook cayó en la cuenta de que su señoría se preguntaba si su mujer seguía en la galería; de forma apenas perceptible, Hook negó con la cabeza—. ¿Sabes por qué te odia? —le preguntó el noble.
—No creo que haya mucha gente que le caiga bien, mi señor —repuso Hook, tratando de eludir la cuestión.
Lord Slayton lanzó a Hook una mirada preñada de amenazas.
—En cuanto a Will Snoball —continuó—, creo que no te falta razón: ya no es el que era. Todos nos hacemos viejos, Hook, y pronto necesitaré un nuevo jefe de arqueros. ¿Me has oído?
Llamaban centenar al hombre que estaba al frente de una compañía de arqueros y, hasta donde Hook podía recordar, William Snoball siempre había ocupado ese puesto. Era, por otra parte, el administrador del señorío. El desempeño de ambos oficios lo habían convertido en el más rico de los servidores de lord Slayton. Hook asintió.
—Os he oído, mi señor —musitó.
—Sir Martin opina que debería nombrar a Tom Perrill para el puesto, pero teme que seas tú el elegido, Hook. No tengo ni idea de cómo se le ha podido pasar semejante idea por la cabeza, no sé si a ti se te ocurre alguna otra explicación.
Hook miró a los ojos a su señoría, y tentado estuvo de preguntarle por su madre y hasta qué punto había llegado a conocerla, pero se contuvo.
—No, mi señor —repuso, con humildad.
—Por eso, cuando vayas a Londres, ándate con pies de plomo, Hook, porque sir Martin irá con vosotros.
—¿A Londres?
—He recibido un llamamiento —le explicó lord Slayton—, en el que se me solicita que envíe mis arqueros a Londres. ¿Has estado alguna vez en Londres?
—No, mi señor.
—Bueno, pues ahora tienes la oportunidad. No sé cuál es la razón, ni se alude a ella en el escrito. Pero mis arqueros no faltarán a la cita, porque el rey así lo ordena. ¿Habrá guerra? No lo sé. Pero, caso de que la haya, Hook, no quiero que mis hombres se maten entre sí. ¡Por lo que más quieras, Hook, no me obligues a colgarte!
—Lo intentaré por todos los medios, mi señor.
—Ve, pues, y dile a Snoball que pase. Vete ya.
Y Hook abandonó la estancia.
Era un día de enero. Todavía hacía mucho frío. Aunque sólo era mediodía, el cielo, confundido con la tierra, estaba tan oscuro como al anochecer. Al alba, había habido una ventisca de nieve, pero no había cuajado. Las techumbres de paja estaban cubiertas de escarcha, y finas capas de hielo pardo cubrían los escasos charcos que, a pesar del gentío, aún no se habían convertido en lodazales. Nick Hook —hombre de largas piernas y espaldas anchas, de cabello oscuro y gesto ceñudo— estaba sentado en el exterior de una taberna, junto a otros siete compañeros, entre los que se contaban su hermano y los hermanos Perrill. Hook llevaba botas altas hasta las rodillas, con espuelas; dos pares de calzas para protegerse del frío, una camisola de lana, un jubón con ribetes de piel y una sobrevesta corta de lino con las armas de lord Slayton, una dorada luna creciente y tres estrellas también doradas. Los ocho hombres lucían tahalíes de piel con sus correspondientes morrales, dagas largas y espadas. Todos vestían la misma librea, pero tan sucias llevaban las capas cortas que hasta los colores se habían desdibujado: un extraño habría tenido que emplearse a fondo para distinguir el creciente lunar y las estrellas. Los transeúntes agachaban la cabeza: la presencia de hombres armados y de uniforme siempre podía acarrear problemas. Los ocho eran arqueros. No llevaban arcos ni aljabas, pero la anchura de sus hombros ponía de manifiesto que eran hombres capaces de tensar hasta un metro la cuerda de un arco de guerra como si nada. Eran arqueros, y una de las razones principales del temor que se respiraba en las calles de Londres, un miedo tan penetrante como el hedor de las aguas sucias, tan intenso como el humo de leña quemada. Las puertas de las casas permanecían cerradas; hasta los mendigos habían desaparecido, y los pocos viandantes que se atrevían a deambular por la ciudad eran los mismos que habían provocado el pánico, aunque procuraban pasar por el extremo más alejado de la calle a aquél donde se encontraban los ocho arqueros.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Nick Hook.
—Si tienes ganas de rezar, vete a la iglesia, bastardo —comentó Tom Perrill.
—Antes me cagaría en la cara de tu madre —gruñó Hook.
—A ver si os calláis la boca, los dos —terció William Snoball.
—No deberíamos estar aquí —rezongó Hook—. ¡No se nos ha perdido nada en Londres!
—Pero el caso es que aquí estamos —dijo Snoball—, así que basta de lamentaciones.
La taberna se alzaba en una esquina donde arrancaba una estrecha calleja que desembocaba en una espaciosa plaza de mercado. La enseña de la taberna, con la silueta tallada y pintada de un toro, pendía de una viga maciza, empotrada en el hastial del establecimiento, que llegaba hasta un grueso poste que se alzaba en el mercado. Otros arqueros deambulaban por los alrededores de la plaza, hombres que lucían diferentes libreas, todos despachados a Londres por sus respectivos señores, aunque nadie sabría decir a ciencia cierta dónde andarían los nobles que allí los habían enviado. Cargados con montones de pergaminos, dos curas cruzaron a toda prisa por el extremo más alejado de la calle. En alguna parte de la ciudad, se oyó el tañido de una campana. Uno de los clérigos observó de refilón a los arqueros que lucían la luna y las estrellas, y casi acabó de bruces en el suelo para evitar un escupitajo de Tom Perrill.
—Por el amor de Cristo, ¿qué estamos haciendo aquí? —se preguntó Robert Perrill.
—No será Él quien venga a decírnoslo —replicó Snoball, de mal talante—, pero ten por seguro que colaboramos en su obra.
Obra que, en aquel momento al parecer, consistía en guardar la esquina por la que discurría la calleja que iba a dar a la plaza del mercado; los arqueros habían recibido órdenes de que no dejasen pasar a nadie, hombre o mujer, que pretendiese llegar a la plaza o salir de ella. A tales órdenes no estaban sometidos los curas, ni la pequeña nobleza que se desplazaba a caballo; sólo al vulgo tenían por objeto, y la gente del vulgo, por prudencia, había optado por quedarse en casa. Por la calleja en cuestión y arrastradas por unos hombres de aspecto miserable, sólo habían circulado siete carretas cargadas de leña, toneles, piedras y largos maderos, escoltadas por jinetes armados que lucían librea regia; los arqueros no se habían movido de donde estaban y, en silencio, las vieron pasar.
Una chica entrada en carnes, y con la cara llena de cicatrices, les sacó una jarra de cerveza rubia de la taberna. Llenó los cuencos de los arqueros y no dijo ni esta boca es mía, mientras Snoball le metía mano por debajo de sus gruesas faldas. Esperó a que se regodease en sus afanes, momento en que extendió la mano.
—No, no, cariño —le dijo Snoball—; soy yo quien te ha hecho el favor, y aguardo mi recompensa.
La chica se dio media vuelta y entró en la taberna. Michael, el hermano pequeño de Hook, no apartaba los ojos de la mesa, mientras Tom Perrill, sin decir nada, se reía con sorna del apuro del joven. Poca era la diversión que podía ofrecer Michael, un muchacho de tan buena madera que ni se daba por ofendido.
Hook observaba a los soldados de uniforme regio, que habían detenido las carretas en el centro de la plaza del mercado y colocado dos de las largas estacas en dos de los enormes toneles. Con piedras y gravilla, los rellenaron y fijaron las estacas. Uno de los soldados probó la resistencia de una de ellas, y trató de volcarla o de arrancarla, pero no había duda de que estaba bien plantada, porque ni siquiera pudo desplazar el madero. Bajó de un salto, y los operarios comenzaron a apilar montones de leña seca alrededor de los toneles.
—Si es cosa del rey —comentó Snoball—, hasta la leña arde mejor.
—¿De verdad? —preguntó Michael Hook, que solía dar por bueno todo lo que le decían y siempre aguardaba una respuesta, mientras el resto de los arqueros se desentendía de sus comentarios.
—Ya era hora —exclamó Tom Perrill, mientras Hook reparaba en una pequeña congregación que salía de una iglesia situada al otro extremo de la plaza del mercado. Era un cortejo de gente corriente, rodeado de soldados, monjes y sacerdotes; uno de los curas parecía dirigirse a la taberna conocida como El Toro.
—Aquí viene sir Martin —dijo Snoball, como si sus acompañantes no fuesen capaces de reconocer al cura que se acercaba sonriente.
Un estremecimiento de odio se adueñó de Hook al reconocer la silueta de sir Martin, enjuta como la de una anguila, su solemne zancada, su gesto convulso y aquella mirada, tan intensa como sorprendente que, al decir de algunos, parecía posarse más en el otro mundo que en éste, aunque diversas fueran las interpretaciones sobre si era el paraíso lo que contemplaba o el averno. La abuela de Hook no albergaba dudas al respecto:
—Mordido por el perro del diablo —solía decir—; de no haber nacido de alta cuna, ya habría perecido en la horca.
Con mal disimulada inquina, los arqueros aguardaron a que llegase el cura.
—La obra de Dios necesita de vosotros, hijos míos —les espetó sir Martin a modo de saludo. Su pelo, antaño oscuro, ya encanecía por las sienes y clareaba en la parte más alta de la cabeza. No se había afeitado desde hacía unos cuantos días, y una pelusilla blanca, que a Hook se le antojaba como la escarcha, le cubría la prominente barbilla—. Necesitamos una escala de mano —continuó sir Martin—; sir Edward nos proporcionará las sogas. Da gusto ver cómo trabaja la pequeña nobleza, ¿verdad que sí? Necesitamos una escalera que sea bien larga. Alguna habrá por ahí, seguro.
—Una escalera —repitió Will Snoball, como si nunca hubiera oído semejante vocablo.
—Y que sea bien larga —dijo sir Martin—, lo suficiente como para llegar hasta esa viga —insistió mientras señalaba a fuerza de gestos la enseña del toro que se alzaba sobre sus cabezas—. Larga, que sea muy larga —añadió, como si ya estuviera pensando en otra cosa y hubiera olvidado lo que se traía entre manos.
—Id en busca de una escala —ordenó Will Snoball a dos de los arqueros—, y mirad que sea larga.
—No escatimemos en cuanto al alcance cuando de la obra de Dios se trata —añadió sir Martin, dirigiéndose a los dos arqueros; se frotó sus huesudas manos y dedicó una mueca a Nick Hook—. No tienes muy buena cara, Hook —añadió jubiloso, como si confiase en que estuviera ya en las últimas.
—Es la cerveza, que tiene un sabor raro —dijo Hook.
—Porque es viernes, y deberías abstenerte de tomar cerveza los miércoles y los viernes. Tu santo patrón, el bendito Nicolás, no mamaba los miércoles ni los viernes. ¡Qué gran ejemplo! No habrá placeres para ti, Hook, ni los miércoles ni los viernes. Nada de cerveza, nada de placeres ni de tetas. No otro es tu destino. ¿Y por qué, Hook, por qué? —sir Martin se tomó un respiro y en su rostro afilado se dibujó una malévola sonrisa—. Porque has mamado de los resecos pechos del maligno. Y no tendré piedad alguna con sus hijos, como dicen las escrituras, ¡porque su madre era una prostituta!
Tom Perrill se rió con disimulo.
—¿Cuál es nuestro cometido, padre? —preguntó Will Snoball, que estaba ya hasta la coronilla.
—La obra de Dios, maese Snoball, la sacrosanta obra de Dios. Pongámonos a ello.
Encontraron la escalera en el mismo momento en que sir Edward Derwent cruzaba la plaza del mercado con cuatro sogas colgadas de sus anchos hombros. Sir Edward era un caballero y lucía la misma librea que los arqueros, aunque llevaba una sobrevesta más limpia, de colores más vivos; hombre bajo, pero fornido, con el rostro desfigurado desde la batalla de Shrewsbury, donde un mazazo le partió el yelmo en dos, le aplastó una mejilla y le rebanó una oreja.
—Sogas de campana —explicó, al tiempo que arrojaba las pesadas cuerdas al suelo—. Hay que atarlas a esa viga, y no seré yo quien se suba a ninguna escalera —sir Edward era el jefe de las huestes montadas de lord Slayton, un hombre tan respetado como temido—. ¡A ver, Hook, hazlo tú! —ordenó sir Edward.
Hook trepó por la escalera y amarró las sogas de campana a la viga. Recurrió al mismo nudo que habría utilizado para atar una cuerda de cáñamo a los extremos de un arco pero, dado el grosor, le costó mucho más trabajo. Cuando hubo acabado, se deslizó por la última cuerda para que todo el mundo comprobase que estaba bien amarrada.
—Vamos a acabar con esto de una puñetera vez por todas —comentó sir Edward, con cara de pocos amigos—, a ver si nos vamos de este maldito lugar. ¿De quién es esta cerveza?
—Mía, sir Edward —dijo Robert Perrill.
—Pues ahora me pertenece —repuso sir Edward, bebiéndosela de una sentada. Llevaba cota de malla sobre un jubón de piel; encima, la capa estrellada. A la cintura, llevaba una espada corriente, sin filigranas. Hook sabía que en la hoja no había nada grabado; el pomo era de acero; la empuñadura la formaban dos trozos de madera de nogal unidos en cruz a la espiga. La espada era la herramienta de trabajo de sir Edward; de ella había echado mano para abatir al rebelde que, con su maza, se le había llevado la mitad de la cara.
Soldados y curas habían congregado una pequeña multitud en el centro de la plaza del mercado; casi todos rezaban de rodillas. Debían de ser unos sesenta, de toda condición: hombres y mujeres, jóvenes y viejos.
—No podremos quemarlos a todos —se lamentó sir Martin—; la horca será el instrumento que llevará a la mayoría al infierno.
—Si son herejes —rezongó sir Edward—, hay que quemarlos.
—Si tal hubiera sido el designio de la providencia —se revolvió sir Martin, no sin aspereza—, Dios nos habría procurado más leña.
El lugar se fue llenando de gente. El miedo aún estaba presente en la ciudad pero, por alguna razón, sus habitantes habían llegado a la conclusión de que lo peor ya había pasado y se acercaban a la plaza del mercado. Sir Martin ordenó a los arqueros que les franqueasen el paso.
—Tienen que verlo con sus propios ojos —les dijo el cura.
A pesar de los sermones improvisados de curas y frailes para justificar semejantes atrocidades, la indignación era patente en los rostros de quienes allí se congregaban: estaban de parte de los prisioneros, no de los guardianes. Los predicadores trataban de hacerles entender que los condenados eran enemigos de Cristo, brotes de cizaña en medio del trigo, que se les había ofrecido la posibilidad de arrepentirse, pero habían rechazado tal merced, y que habrían de apencar con el castigo eterno.
—Pero, vamos a ver, ¿qué han hecho a fin de cuentas? —preguntó Hook.
—Son lolardos —dijo sir Edward.
—¿Y qué es un lolardo?
—Un hereje, baboso —le aclaró Snoball, sintiéndose superior—. Estos hijos de puta tenían previsto reunirse en la ciudad e iniciar un levantamiento contra nuestro buen rey. En vez de eso, se irán de patitas al infierno.
—No tienen aspecto de rebeldes —comentó Hook.
La mayoría de los prisioneros eran personas de mediana edad, algunos viejos y un puñado de jóvenes. Había también mujeres y chicas.
—Eso es lo de menos —concluyó Snoball—; son herejes y, como tales, han de morir.
—Es la voluntad de Dios —graznó sir Martin.
—¿Por qué son herejes? —insistió Hook.
—Vaya por Dios, tenemos el día respondón —repuso, lúgubre, sir Martin.
—A mí también me gustaría saberlo —apuntó Michael.
—Porque la iglesia afirma que son herejes —replicó sir Martin, con visible irritación, para añadir en un tono más conciliador—. Vamos a ver, Michael Hook, ¿crees que cuando alzo la hostia, ésta se ha convertido en el sagrado, venerado y místico cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo?
—Sí, padre —respondió Michael.
—Gracias sean dadas al cielo; de no ser así, tendría que quemarte.
—Tenía entendido que ahora teníamos dos papas —dejó caer Snoball.
Sir Martin hizo como que no le había oído.
—¿Nunca has visto cómo arden los pecadores, Michael Hook? —le preguntó.
—No, padre.
Sir Martin se relamía casi de gusto.
—Gritan, joven Hook, igual que un verraco cuando lo castran, ¡así es cómo gritan! —aclaró a la vez que clavaba de repente uno de sus largos y huesudos dedos en el pecho de Nick Hook—. También tú deberías escuchar esos alaridos, Nicholas Hook, porque forman parte de la liturgia del infierno, al que perteneces —añadió clavando el dedo otra vez en el pecho de Hook; el cura comenzó a dar vueltas con los brazos extendidos, de forma que al guardabosques se le antojó un pájaro de grandes y siniestras alas—. ¡Evitad el infierno, hijos míos —gritaba a voz en cuello—, no os dejéis atraer por el averno! Nada de tetas los miércoles y los viernes, ¡y trabajad todos los días de vuestra vida en la obra de Dios!
Habían arrancado los cordeles que sujetaban otros carteles que había en la plaza del mercado; los soldados dividían a los prisioneros en grupos y los empujaban con rudeza hacia aquellas horcas rudimentarias. Uno de ellos comenzó a gritarles a los suyos que tuviesen fe en Dios, que antes de que acabase el día todos estarían reunidos en el paraíso, y así siguió hasta que un soldado con librea real le partió la mandíbula de un puñetazo con una mano embozada en un guantelete. La víctima era una de las dos que habían elegido para ser quemadas. Apartándose de sus compañeros, Hook observó cómo lo alzaban sobre uno de los toneles rellenos de piedra y gravilla, lo ataban a la estaca y colocaban más leña bajo sus pies.
—Vamos, Hook, baja de las nubes —masculló Snoball.
La muchedumbre, que iba a más, no estaba nada tranquila. Sin prestar atención a los sermones de los predicadores, unos pocos parecían encantados, pero la mayoría no disimulaba miradas de resentimiento, y daban la espalda al grupo de monjes que, ataviados con hábitos pardos, entonaban himnos de alabanza por los acontecimientos que iban a contemplar aquel día.
—Sube al viejo —le ordenó Snoball—. Tenemos que liquidar a diez, ¡así que cuanto antes, mejor!
Habían dejado bajo la viga una de las carretas ya vacías en las que habían llevado la leña hasta allí; Hook tenía que subir a un hombre a la carreta, mientras otros seis prisioneros, cuatro hombres y dos mujeres, aguardaban. Una de las mujeres se abrazaba a su marido; la otra, de espaldas, rezaba de rodillas. Los cuatro prisioneros que ocupaban el carromato eran varones; uno de ellos, lo bastante anciano como para ser su abuelo.
—Te perdono, hijo mío —dijo el viejo, mientras Hook le pasaba una gruesa soga alrededor del cuello—. ¿Eres arquero, verdad? —le preguntó el lolardo; pero Hook guardó silencio—. Yo participé en la batalla de la colina de Homildon —le decía su víctima, mientras alzaba los ojos hacia las nubes grises, al tiempo que el guardabosques estrechaba el lazo—, donde tensé mi arco por mi rey y lancé flecha tras flecha contra los escoceses, muchacho. Era fuerte y tenía buena puntería. Que Dios no me lo tenga en cuenta, pero aquel día di lo mejor de mí mismo —para quedarse mirando a su sicario a los ojos, al tiempo que afirmaba—. Fui un buen arquero.
Aparte del cariño que sentía por su hermano y del afecto, o lo que fuese, que le inspiraba cualquier muchacha que cayera en sus brazos, pocas eran las cosas que Hook tenía en alta estima, y los arqueros eran una de ellas. Los arqueros eran los héroes que Hook tenía en la cabeza. A su modo de ver, Inglaterra no estaba defendida por hombres de reluciente armadura, a lomos de monturas engualdrapadas, sino por arqueros, por hombres de a pie que edificaban, araban y hacían de todo, hombres que, por si fuera poco, capaces eran de tensar la madera de tejo de un arco de guerra, lanzar una flecha a doscientos pasos de distancia y acertar en un blanco del tamaño de la mano de un hombre. Por eso, cuando Hook miró a los ojos a aquel anciano, no fue un hereje lo que vio, sino el orgullo y la fuerza de un arquero. Se vio a sí mismo. De repente, cayó en la cuenta de lo bien que le caía el viejo, y sus manos traicionaron sus sentimientos.
—No hay nada que puedas hacer, muchacho —le dijo el hombre, con dulzura—. Luché por el viejo rey; su hijo ha decretado mi muerte, así que tira de la soga con fuerza, chaval, hazlo como Dios manda. Pero, cuando me haya ido al otro mundo, sí hay algo que puedes hacer por mí, muchacho.
Hook hizo un tosco gesto afirmativo que lo mismo podía significar que había escuchado la petición como que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que el hombre le pidiese.
—¿Ves a esa muchacha que está rezando? —le comentó el viejo—. Es mi nieta, Sarah. Ése es su nombre, Sarah. Sácala de aquí. No se ha ganado el cielo todavía, así que llévatela de aquí. Eres joven y fuerte, chaval; por eso te lo pido.
Y cómo, pensó Hook para sus adentros. Al tiempo que tiraba con fuerza del extremo de la soga, apretando el lazo que oprimía el cuello del anciano; saltó de la carreta y se hundió en el lodo. Snoball y Robert Perrill, que habían hecho lo propio con los otros dogales, ya habían abandonado el carromato.
—Son gente humilde —decía sir Martin—, gente sencilla, pero se creen más sabios que nuestra Santa Madre Iglesia; por eso hay que darles un escarmiento, para que otras gentes, igual de sencillas, no caigan en el mismo error. No hay que apiadarse de ellos. Nos limitamos a administrar la misericordia, la infinita indulgencia divina.
La infinita misericordia de Dios se puso en marcha mediante el procedimiento de retirar con brusquedad la carreta en la que se encontraban los cuatro reos. Cayeron con suavidad, se agitaron y se retorcieron. Hook observaba al anciano, pero sólo veía el ancho y fornido pecho de un arquero. El hombre se ahogaba, con las piernas estiradas, tanto temblorosas y rígidas como pateando para estirarlas de nuevo. Incluso en tales instantes de agonía, no apartaba sus ojos saltones de Hook, como si quisiera darle a entender que no dejaría este mundo sin contemplar cómo el joven sacaba a Sarah de la plaza del mercado.
—¿Esperamos a que mueran —le preguntó Will Snoball a sir Edward— o tiramos con fuerza de los tobillos?
Sir Edward no pareció oír la pregunta. Aunque daba la impresión de que no apartaba los ojos del hombre atado a la estaca que tenía más cerca, con la mirada perdida, su mente divagaba en otros asuntos. Un cura exhortaba al lolardo de la mandíbula rota, mientras un jinete, con el rostro casi oculto bajo el yelmo, aguardaba a su lado con una tea encendida.
—Dejaré que sigan balanceándose, pues, señor —dijo Snoball, que tampoco obtuvo respuesta.
—¡Dios mío! —exclamó un sir Martin enfervorizado, que parecía haber vuelto repentinamente a la realidad, recurriendo al mismo tono que empleaba en la parroquia durante la misa—. ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Dios mío, reparen en la hermosura de esa joven! —continuó el cura, sin apartar los ojos de Sarah, que se acababa de poner en pie y, con gesto horrorizado, contemplaba los estertores de su abuelo—. ¡Bendita sea la bondad divina! —añadió el cura, con unción.
Muchas veces, Nicholas Hook se había preguntado qué aspecto tendrían los ángeles. Había unos pintados en la pared de la iglesia de la aldea, pero debía de tratarse de un dibujo desmañado, porque aquellos querubines tenían los mofletes hinchados como burbujas y lucían vestimentas y alas desvaídas y cuarteadas por la humedad que se filtraba a través del yeso que enlucía la nave principal. Con todo, Hook entendía que los ángeles eran criaturas de belleza sobrenatural: pensaba que sus alas debían de ser como las de las garzas reales, sólo que mucho más grandes, y de un plumaje tan resplandeciente como el sol que, al brillar, disipa la bruma de la mañana; intuía que los ángeles tenían el cabello dorado, y vestían túnicas largas y esplendorosas, del lino más blanco que imaginarse pueda. Sabía que eran seres ultraterrenos, criaturas sagradas, pero, en sus sueños, también se los imaginaba como hermosas muchachas capaces de encandilar la mente de un joven como él: bellezas dotadas de alas esplendorosas, ángeles, en una palabra.
Y aquella muchacha lolarda era tan hermosa como los ángeles que Hook tenía en la cabeza. Aun carente de alas, claro está, y con las ropas mugrientas y el rostro desencajado por el horror que contemplaban sus ojos, conocedora de que su destino también era la horca, con todo era adorable: de ojos azules, cabellos rubios, mejillas sonrosadas, sin ninguna cicatriz de viruela en la cara.
Una joven capaz de satisfacer las aspiraciones de un joven y, ya puestos, las libidinosas apetencias de un cura.
—¿Ves esa puerta, Michael Hook? —preguntó sir Martin al joven, con voz audible; el cura había buscado a los hermanos Perrill para transmitirles el encargo pero, al ver que quedaban lejos de su alcance, se dirigió al arquero que se encontraba más cerca—. Llévatela por esa puerta, y ocúltala en la cuadra que hay allí.
—¿Que me la lleve? —preguntó el hermano pequeño de Nick Hook, que no salía de su asombro.
—¡No para que te la beneficies, estúpido, cabeza de chorlito, saco de mierda! Sólo te digo que lleves a la muchacha a la cuadra de la taberna, porque quiero rezar con ella.
—¿Así que para orar, eh? —repuso Michael, con una sonrisa.
—¿No me diga que piensa rezar con ella, padre? —preguntó Snoball, malicioso, riéndose por lo bajo.
—Si se arrepiente —replicó sir Martin, pura devoción—, seguirá con vida —el cura temblaba babeante, y Hook no pensó que fuera de frío—. Cristo, en su infinita misericordia, le concederá esa gracia —añadió sir Martin, mientras sus ojos vagaban de la muchacha a Snoball—; vamos a ver si conseguimos que se arrepienta. ¡Sir Edward!
—¡Dígame, padre!
—¡Voy a rezar con esa muchacha! —le gritó sir Martin; sir Edward no dijo nada. Seguía mirando la pira, aún sin encender, que le quedaba más cerca, mientras el dirigente de los lolardos, ajeno a lo que le decía un monje, no apartaba los ojos del cielo.
—Llévatela, joven Hook —ordenó sir Martin.
Nick Hook observó cómo su hermano tomaba a la moza del brazo. Michael era casi tan fuerte como Nick, pero habló con ella en un tono tan amable y sincero que la muchacha, aunque estaba aterrorizada, no opuso ninguna resistencia.
—Acompáñame, chiquilla —le dijo, en voz baja—; el cura desea rezar contigo. Ven conmigo, que nadie va a hacerte daño.
Snoball se rió con disimulo, al ver que Michael cruzaba la puerta de la plaza llevándose a la resignada muchacha hasta la cuadra donde habían apersogado las caballerías de los arqueros, un lugar desapacible y frío, que olía a paja y a estiércol. Nick Hook siguió a la pareja, diciéndose a sí mismo que lo hacía para proteger a su hermano, aunque lo que le impulsaba a hacerlo en realidad era el postrer ruego del arquero antes de enfrentarse al cadalso. Cuando llegó a la puerta de la cuadra, alzó los ojos y vio una ventana en lo alto del hastial. De repente, sin saber de dónde procedía, escuchó una voz en el interior de su cabeza:
—Llévatela —decía la voz; era la voz de un hombre, a quien Nick Hook no supo ponerle cara—. Sácala de aquí —repitió la misma voz—, y alcanzarás el paraíso.
—¿Que iré al cielo? —preguntó Nick Hook, en voz alta.
—¿Eres tú, Nick? —dijo Michael, volviéndose para ver si se trataba de su hermano mayor, sin soltar el brazo de la moza.
Pero Nick Hook sólo tenía ojos para aquella ventana que resplandecía allí en lo alto.
—Pon a salvo a la muchacha —repitió la voz.
En la cuadra, sólo estaban los dos hermanos y Sarah, pero la voz era real, y Hook estaba temblando. Ojalá pudiera poner a salvo a la muchacha, llevársela de allí. Nunca había experimentado nada parecido. Siempre había pensado que era un hombre maldito, rechazado incluso por el santo que se conmemoraba el día de su onomástica. Pero, en aquel mismo instante supo que, si la chica salía con bien de aquélla, Dios le amaría y le perdonaría cualquier falta que pudiera haber cometido contra san Nicolás. Eso le aseguraba la voz que le llegaba desde aquella ventana: la promesa de una nueva vida, no volver a ser el maldito Nick Hook. Estaba firmemente convencido, pero no sabía cómo interpretarlo.
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo aquí? —rezongó sir Martin al toparse con él.
No respondió. Se quedó mirando a las nubes que se alzaban más allá de la ventana. Su caballo, un rucio, agitó una pata y golpeó el suelo con la pezuña. ¿De quién era la voz que había oído?
Sir Martin echó a un lado a Nick Hook y se extasió contemplando a la muchacha, a quien saludó con una sonrisa:
—Mi querida muchacha —para, con voz ronca, volverse a Michael y ordenarle con aspereza—: Desnúdala.
—¿Que la desnude? —repitió Michael, con cara de extrañeza.
—Ha de comparecer desnuda ante su dios —le explicó el cura— para que nuestro Señor y Salvador pueda juzgarla tal como es en realidad. Así lo afirma la escritura: en la desnudez reside la verdad.
Las escrituras no decían nada parecido ni por asomo, pero sir Martin había tenido ocasión de comprobar, en distintas ocasiones, la utilidad de aquella cita inventada.
—Pero… —dijo Michael, meneando la cabeza con desaprobación. El hermano pequeño de Nick no sobresalía por sus entendederas precisamente, pero hasta él se daba cuenta de que en aquel establo pasaba algo raro.
—¡Hazlo! —le apremió el cura.
—¡No está bien! —porfió Michael.
—¡Por el amor de Cristo! —exclamó, furioso, sir Martin, echando a Michael a un lado y poniendo las manos en los hombros de la muchacha. La joven emitió un breve gemido desesperado, sin llegar a gritar siquiera, y trató de apartarse del cura. Horrorizado, Michael contemplaba la escena, pero el eco de la voz misteriosa y la visión celestial no se le iban de la cabeza a Nick Hook, quien se abalanzó con rapidez y, sin dudarlo, hundió el puño en la barriga del cura, con tanta fuerza que sir Martin se dobló en dos, profiriendo un aullido tanto de dolor como de sorpresa.
—¡Nick! —gritó Michael, espantado al ver lo que acababa de hacer su hermano.
Hook ya había tomado a la muchacha del brazo y se dirigía a la ventana inalcanzable.
—¡Socorro, que alguien me ayude! —chillaba sir Martin, con voz lastimera y sin resuello. Hook se volvió para acallarlo, pero Michael se interpuso entre el cura y él.
—¡Nick! —volvió a gritar Michael, en el preciso instante en que los hermanos Perrill acudían al lugar corriendo.
—¡Me ha pegado! —les explicó el padre Martin, que aún no daba crédito a lo que había pasado.
Tom Perrill sonrió con satisfacción, mientras su hermano pequeño, Robert, parecía tan confuso como Michael.
—¡Detenedlo! —exigió el cura, con su larga cara retorcida en un gesto de dolor—. ¡Detened a ese hijo de puta! —con una voz que no difería del croar de las ranas, mientras trataba de recuperar el resuello—. ¡Llevadlo fuera y maniatadlo! —ordenó casi sin aliento.
Hook permitió que lo condujesen al patio de la cuadra. Su hermano fue tras ellos y, con tristeza, se quedó mirando las siluetas de los ahorcados que se alzaban más allá de la puerta de la plaza, bajo una fina y fría lluvia racheada. Pintaban bastos para Nick Hook: había golpeado a un cura, a un cura de alta cuna, un caballero, por si fuera poco emparentado con lord Slayton. Los hermanos Perrill se mofaban de él, pero Hook no les hacía caso. Sólo tenía oídos para escuchar cómo rasgaban el corpiño de Sarah, cómo gritaba y sofocaban sus lamentos, cómo crujía la paja, cómo resollaba sir Martin y los gemidos de Sarah, y contempló las nubes bajas y el humo de leña quemada que se cernía sobre la ciudad, tan espeso como una nube más, y comprendió que estaba dando la espalda a Dios. Durante toda su vida, Nick Hook había tenido que soportar que le dijeran que era un hombre maldito y allí precisamente, en aquel lugar de muerte, Dios le había pedido que hiciera algo y le había fallado. Oyó cómo se alzaba un gran murmullo en la plaza del mercado, y se imaginó que ya habían prendido fuego a una de las hogueras que habían de transportar a uno de aquellos herejes a los tizones perdurables del averno, y pensó que lo mismo podía pasarle a él, porque no había hecho nada para rescatar a un ángel de ojos azules de las manos de un cura de alma negra, igual que sabía que aquella muchacha era una hereje, y se preguntaba si no habría sido la del demonio la voz que había oído en su cabeza. La chica jadeó, hasta que los resoplidos se convirtieron en sollozos, mientras Hook alzaba la cara al viento y a la lluvia que chispeaba.
Sonriente como un armiño satisfecho, sir Martin salió de la cuadra. Llevaba la sotana todavía arremangada a la cintura, pero no tardó en dejarla caer.
—Ya está —dijo—; no ha sido muy largo. ¿Te apetece retozar con ella, Tom? —le comentó al mayor de los Perrill—. Tómala si lo deseas. Es una delicia. Lo único, cuando termines, degüéllala.
—¿No vamos a ahorcarla, padre? —preguntó Tom Perrill.
—Mata a esa zorra —repuso el cura—. Lo habría hecho yo mismo, pero los eclesiásticos no vamos por ahí matando gente. Nos limitamos a entregarlos al brazo secular que, en este caso, representas tú, Tom. Así que, anda, zúmbate a esa puta hereje y, luego, rájale el cuello. Tú, Robert, vigila a Hook. Tú, Michael, lárgate, que aquí estás de sobra.
Michael pareció dudar.
—Vete —se limitó a decirle Nick Hook a su hermano—. Aléjate de aquí.
Robert Perrill sujetaba a Hook con los brazos a la espalda. Podía haberse librado de su captor con facilidad, pero aún estaba impresionado tanto por la voz que había escuchado como por la estupidez de haber pegado a sir Martin. Era un delito que se castigaba con la horca, pero sir Martin quería algo más que su muerte, así que, mientras Robert Perrill lo tenía sujeto, empezó a darle una buena somanta. El cura no era un hombre fuerte, no tenía los imponentes músculos de un arquero, pero era rencoroso, y disponía de unos buenos y huesudos nudillos con los que golpeaba a Hook en la cara.
—Tú, pedazo de mierda parido por una puta —le acosaba sir Martin, mientras le zurraba de nuevo, tratando de saltarle los ojos—. Eres hombre muerto, Hook —gritaba el cura—. ¡Arderás igual que ése! —añadió, señalando a la hoguera más próxima; un humo denso rodeaba la estaca: las llamas se alzaban con fuerza desde la base de la pira y, a través de las nubes de humo gris, se veía una silueta que se retorcía como la madera combada de un arco—. ¡Hijo de puta! —continuó sir Martin, golpeándole en la cara de nuevo—. Tu madre era una ramera despatarrada, y te cagó a ti, como la zorra que era.
En ésas estaba cuando, de repente, surgió una llamarada del humo que rodeaba la hoguera y, en la plaza del mercado, se escuchó un alarido, como el chillido de un verraco cuando lo castran.
—Por todos los diablos, ¿qué está pasando aquí? —preguntó sir Edward, que había oído las imprecaciones del cura y se había acercado hasta el patio de la cuadra para enterarse de la razón de tanto escándalo.
El cura se sobresaltó. Tenía los nudillos ensangrentados: se las había arreglado para partirle la boca a Hook, que también sangraba por la nariz, pero poco más. Tenía ojos de loco, estaba indignado, fuera de sí; a Hook le dio por pensar que todo era un reflejo de la locura diabólica que le poseía.
—Hook me ha atacado —farfulló sir Martin—, y ha de ser ejecutado.
Sir Edward echó un vistazo al cura enardecido y al arquero ensangrentado.
—Es una decisión que sólo a lord Slayton corresponde tomar —dijo.
—En ese caso, le espera la horca, ¿no es así? —replicó sir Martin, con aspereza.
—¿Has pegado a sir Martin? —le preguntó sir Edward a Hook.
El joven se limitó a asentir con la cabeza, mientras no dejaba de darle vueltas a si habría sido la voz de Dios, o la del diablo, la que había escuchado en el establo.
—Me atacó —aseguró sir Martin para, con inusitada violencia, rasgarle limpiamente la capa en dos mitades, la luna a un lado y las estrellas al otro—. No es digno de lucir esta divisa —añadió el cura, arrojando los jirones al lodo—. ¡Trae una soga o una cuerda de arco —le ordenó a Robert Perrill— y átale las manos! ¡Quítale la espada!
—Yo me quedaré con ella —dijo sir Edward; el muchacho sacó de la vaina la espada de Hook, que pertenecía a lord Slayton—. Entrégamela, Perrill —le ordenó el caballero, para, a continuación, llevarse a Hook hasta la entrada del patio—. ¿Qué ha pasado?
—Iba a violentar a la chica, sir Edward —afirmó Hook—, ¡y de hecho la violó!
—Pues claro que la violó —repuso sir Edward, con impaciencia—; muy propio de su reverencia sir Martin.
—Pero Dios me habló —se descolgó el guardabosques.
—¿Quién? —le preguntó sir Edward, sin apartar los ojos del muchacho, tan atónito como si le hubiera dicho que una vaca puede volar.
—Dios me habló —repitió Hook, apesadumbrado; su voz no sonaba nada convincente.
El caballero no dijo nada. Se quedó mirando a Hook durante un rato y, al cabo, volvió la vista a la plaza del mercado, donde el hombre abrasado ya no profería alaridos: colgaba de la estaca, mientras sus cabellos destellaban una viva llamarada. Las cuerdas que lo sujetaban también habían ardido y una alargada lengua de fuego engullía su cuerpo. Dos de los hombres a caballo echaron mano de unas horcas para colocar el cadáver abrasado en el centro de la hoguera.
—Escuché una voz —insistió Hook, testarudo.
Sir Edward meneó la cabeza, como dando a entender que había escuchado lo que Hook le había dicho, pero que no quería oír nada más.
—¿Dónde has dejado el arco? —le preguntó, de repente, sin apartar la vista del cuerpo que se consumía en medio de la humareda.
—En el interior de la taberna, sir Edward, como todo el mundo.
El caballero se volvió hacia la puerta que daba el patio, donde acababa de aparecer Tom Perrill sonriente y con una mano teñida de sangre.
—Voy a decir que te lleven a la taberna —dijo sir Edward, pausadamente—, y esperarás a que volvamos, para que procedamos a maniatarte y llevarte a casa, donde comparecerás ante el tribunal del señorío y te colgaremos del roble que se alza junto a la herrería.
—Muy bien, sir Edward —respondió Hook, con hosca sumisión.
—Ni se te ocurra —continuó sir Edward, en voz baja todavía, pero lo bastante alta como para que el joven le oyera con claridad— abandonar la taberna por la puerta de delante, ni dirigir tus pasos al centro de la ciudad, ni preguntar por una calle llamada Cheapside ni buscar la posada Las Dos Grullas, ni preguntar por un hombre que responde al nombre de Henry de Calais. ¿Me has oído, Hook?
—Sí, sir Edward.
—Henry de Calais está buscando arqueros —continuó sir Edward; un hombre, ataviado con la librea regia, acercaba un leño a la segunda pira donde, atado a una larga estaca, se encontraba el otro cabecilla lolardo—. Necesitan arqueros en Picardía —añadió el caballero—, y pagan bien.
—Picardía —repitió Hook, aturdido, pensando que debía de tratarse de una ciudad de otra parte de Inglaterra.
—Hazte con algo de dinero en Picardía, Hook —prosiguió sir Edward—, porque bien sabe Dios que vas a necesitarlo.
El arquero pareció dudar.
—¿Acaso soy un proscrito? —preguntó, intranquilo.
—Eres hombre muerto, Hook —repuso sir Edward—, y todos los hombres muertos son proscritos. Te digo que eres hombre muerto porque las órdenes que te acabo de dar son que esperes en la taberna, desde donde te conduciremos ante el tribunal del señorío, y lord Slayton no tendrá otra salida que proceder a tu ahorcamiento. Así que ve, muchacho, y haz lo que te he dicho.
Antes de que el joven se dispusiera a seguir el consejo, desde la esquina de al lado, se oyó una voz que, de manera perentoria, exigía:
—¡Descubríos! ¡Descubrid vuestras cabezas!
Tales gritos, seguidos de un estruendo de cascos, eran el anuncio de la llegada al lugar de un pelotón de jinetes que irrumpió en la espaciosa plaza, donde los caballos resoplaron encabritados, echando humo por los ollares, mientras hollaban el lodo con las pezuñas. Hombres y mujeres se descubrieron, y se pusieron de rodillas en el barro.
—Arrodíllate, muchacho —le dijo sir Edward a Hook.
El caballero que iba al frente era un hombre joven, no mucho mayor que el propio Hook, aunque su rostro, de nariz alargada, mostraba una serena determinación, mientras extendía una mirada impasible por la plaza del mercado. Era de cara enjuta, ojos oscuros y boca de labios finos y severos. No llevaba barba: la navaja parecía haberse empleado tan a fondo con su tez que parecía tenerla en carne viva. Montaba un caballo negro, ricamente enjaezado con pieles curtidas, con resplandecientes tachones de plata. Calzaba botas negras, unas calzas también negras, igual que el jubón, y una gruesa capa de lana de color morado oscuro. Se cubría con un sombrero negro de terciopelo, adornado con una pluma también negra; de su costado, colgaba la vaina, negra también, de una espada. Echó un vistazo por toda la plaza, y espoleó su montura para acercarse a ver a una mujer y a tres hombres que se agitaban y se retorcían atrapados en las sogas de las campanas, que colgaban de la enseña de la taberna El toro. Una caprichosa ráfaga de viento llevó un humo cargado de chispas hasta su corcel, que retrocedió dando un relincho. El jinete procuró tranquilizarlo acariciándole el pescuezo con una mano cubierta por un guante también negro; Hook reparó en las sortijas que el hombre lucía por encima de los guantes.
—¿Se les ha ofrecido la posibilidad de arrepentirse? —preguntó el jinete.
—Varias veces, majestad —contestó sir Martin, con afectación; el cura había salido a todo correr del patio de la taberna, y allí estaba postrado, rodilla en tierra. Hizo la señal de la cruz y su lastimero rostro pareció casi transido por los padecimientos de su dios. Hasta tal punto llegaba en su capacidad de disimulo que sus ojos, pasto del cancerbero del infierno, parecían anegados en lágrimas de dolor, sentimiento y compasión.
—En ese caso —repuso el joven, con dureza—, sus muertes son agradables a Dios, igual que lo son para mí. ¡Inglaterra se verá libre de toda herejía!
Posó, por un momento, sus ojos castaños y vivaces en Nick Hook, quien, sin tardanza, agachó la cabeza y clavó la mirada en el barro hasta que el jinete vestido de negro espoleó a su montura, camino de la segunda hoguera, a la que acababan de prender fuego. Justo antes de que Hook inclinase la cabeza, había tenido tiempo de observar la cicatriz en la cara del joven: una cicatriz de guerra, la marca de una flecha allí donde la nariz se prolonga hasta el ojo, una flecha que bien podía haber segado su vida, pero Dios había decidido que siguiera vivo.
—¿Sabes quién es ése, Hook? —le preguntó sir Edward, en voz baja.
El arquero no estaba muy seguro, pero no era difícil de imaginar que estaba viendo, por primera vez en su vida, al conde de Chester, duque de Aquitania y señor de Irlanda. Ante sus ojos, se mostraba Enrique, rey de Inglaterra, por la gracia de Dios. Y, también, según todos aquellos que aseguraban estar al tanto de los embrollados vericuetos de las genealogías reales, rey de Francia.
Las llamaradas rodearon al segundo de los reos, que comenzó a dar alaridos. Enrique, quinto rey de Inglaterra de tal nombre, contempló pausadamente cómo el alma del lolardo ponía rumbo al infierno.
—Vamos, Hook —le dijo sir Edward, en voz queda.
—¿Por qué sir Edward? —preguntó Hook.
—Porque lord Slayton no desea tu muerte —replicó sir Edward—, porque puede que hayas escuchado la voz de Dios, y porque, especialmente en este día, todos andamos necesitados de su misericordia. Así que ponte en marcha.
Y así desapareció Nicholas Hook, arquero y proscrito.