2

Estás vivo

Bosque de Fochoill, Ériu. Verano del 438 d. C.

Los ladridos de los perros eran como un oleaje a sus espaldas, echándosele encima, amenazando con devorarle y acabar con él. Cada mordiente grito de sus amos le buscaba en la oscuridad mientras él se centraba en un sola idea: correr. Correr hasta que se le cayera el cuerpo a pedazos. Aquel pensamiento único tiró de Patricio con mayor fuerza que la cadena que le había mantenido esclavo durante seis interminables años.

Se llevó el brazo a la nariz y comprobó que el olor a azufre y a podrido del glasto aún seguía intacto. Un regalo involuntario de sus captores, cuyos antepasados llevaban siglos mezclándolo con estiércol y utilizándolo como camuflaje. Había extendido concienzudamente aquella pasta oscura sobre su piel, desde los tobillos hasta la rapada cabeza que le identificaba como esclavo de forma inequívoca.

Sabía que aquella pintura azul oscuro le ayudaría a ocultarse y a despistar a los perros de presa, pero la protección no parecía suficiente. El uso repetido a manos de ladrones y malhechores parecía haber echado a perder su valor, acostumbrando los hocicos de los canes. El fuerte olor seguramente ya no iba asociado al porte de sus orgullosos dueños, vestidos para la batalla, sino más bien a los gritos en la noche, las maldiciones, los hurtos y los palos de quienes intentaban ocultarse a toda costa.

Su pecho estallaba de dolor por el esfuerzo de respirar y sus ojos perseguían con avidez el destello del rocío, de cualquier luz que pudiera orientarle, revelarle que seguía habiendo suelo ante él. Temía caminar sobre rocas que pudieran atrapar sus tobillos o poner el pie sobre un barranco traicionero. Buscaba una señal sobre todas las demás: el resplandor vívido del río.

Escuchó más voces a sus espaldas, no sabía decir a qué distancia, y apretó el paso. Los brezos y las zarzas arañaban su carne a la carrera, dibujando una malla cruel sobre sus piernas, pero el dolor físico no era un obstáculo para él. Patricio ya no era aquel adolescente noble al que habían secuestrado en Alba y arrancado de una vida llena de privilegios. Ya no recordaba y, por lo tanto, no podía extrañar. Seis años de soportar fatigas y penurias habían marcado a fuego su capacidad de resistencia. La palabra «dolor» había tomado nuevos significados durante aquel tiempo y creía improbable que fuera a usarla nunca más.

Antes de escaparse había desechado todas las ideas de tortura y temor y se había centrado en una sola imagen: la luz inspiradora del barco. El barco blanco, reluciendo al sol. Una llamada tan poderosa como para arrancar el mundo de sus goznes y ponerlo del revés.

Hasta entonces había sido incapaz de hacerlo. Una barrera invisible mantiene al esclavo atado, aunque no lleve cadenas y se encuentre completamente solo ante una extensión de campo. Ni siquiera el día anterior, mientras sacaba la mantequilla de las ciénagas, se le había podido ocurrir tal cosa. Su espíritu era incapaz de concebirlo. Le faltaba la visión. Pero Dios finalmente se la había dado, detallada y magnífica: una visión de grandes velas desplegadas y viento favorable. Dios le llamaba y Patricio tenía la certeza de que Su plan por fin estaba en marcha. Ahora, una vez cumplida la penitencia, era el momento de escapar.

Era noche cerrada, pero el barco brillaba en su mente como si fuera mediodía y él corría ensordecido por la locura de aquella acción, por la voz de Dios que, como un torrente, le fluía en el cerebro y se superponía a todas las voces de sus captores.

Entonces el cuero blando de su calzado resbaló sobre una cama de helechos y Patricio cayó al suelo y rodó por la ladera, arrastrando la tierra y la hierba bajo su peso. Se incorporó con el hombro derecho magullado, pero ignoró las punzadas de dolor y agudizó el oído. Podía escuchar ya el agua y creía saber en qué dirección.

Corrió hacia aquel susurro, abriéndose paso entre los helechos, tan altos que casi rozaban sus rodillas. Se concentró tan solo en alcanzar el río, que estaba en algún sitio delante de él. Pronto sintió el punzante relieve de los guijarros bajo las plantas de los pies y el murmullo que produjeron al pisarlos se sumó al del correr acuoso. El líquido helado le anegó los pies y empapó su túnica de lana, haciéndola pesada, dificultándole el avance, pero llenándole al mismo tiempo de una euforia como no había conocido nunca.

Debía cruzar la isla de norte a sur antes de que terminara el verano. Calculaba que estaría a unas doscientas millas romanas de su destino final. Estaba seguro de que lo conseguiría. Dios se lo había prometido.

Aquella madrugada Patricio todavía podía dirigirse a sus mentores más antiguos, a los héroes que habían poblado los cuentos de su niñez. Quirón, el centauro protector, tensaba su arco y dirigía su flecha hacia el punto exacto del horizonte que marcaba el Sur, oponiéndose así a la Estrella del Norte. Debía seguirle a él, que había decorado los suelos de su habitación en la villa de Banna Venta. Todo en aquella huida parecía llevarle directamente a casa.

Por la noche era cuando más podía avanzar. Llevaba ya siete días de marcha, intentando evitar a toda costa el curso del río, que estaría plagado de asentamientos. Los terrores nocturnos del bosque, los ruidos inesperados, el pánico a dormirse. Sin saber si lo próximo que vería, al despertar, sería el hocico baboso y letal de un perro de presa… Ninguna de esas noches le daba más miedo que la primera que había pasado en esclavitud. Nada podía ser más terrible que la primera oscuridad, aquella en que fuera secuestrado, cuando la paz de su mundo quedara hecha añicos bajo una maldita mirada azul: el sello de todas sus pesadillas. Iris cortantes, capaces de arañar, quebrar, pisotear y aniquilar. Ojos que eran como armas, amenazándole en la intimidad de su habitación. Los ojos de su captor.

«Ciarán», le habían llamado sus compañeros saqueadores. El hombre que le había arrancado de la cama que le habían dado sus padres.

Cuando llegó la mañana los descubrió y le resultó estremecedora su cercanía, especialmente porque se creía absolutamente solo. Eran seis, tal vez más. Habían encendido un fuego sobre la colina, a cierta distancia, seguramente después de que él se durmiera. Llevaban perros. Y lanzas. E imaginó Patricio que redes grandes como una choza para hacer la captura mucho más fácil. Eran bandas de guerreros, de aquellas que patrullaban las fronteras de las tribus.

Se echó al suelo y permaneció inmóvil, conteniendo la respiración, presa del pánico. Su mente repasó rápidamente las esquemáticas indicaciones que lograba recordar: Patricio, convencido de que su calvario era temporal, había agudizado siempre el oído y rondado a los viajeros con cualquier excusa, especialmente durante las noches, que era cuando más bebían y hablaban. Le habían dicho que, después del Perro, había dos lagos más y que luego estaba el mar. El gran mar del Oeste, el océano, el que no tenía fin. Pero también que la costa podía rodearse y seguir aún más hacia el Sur, hasta el río Sinann. Debía cruzarlo y continuar otro tercio hasta la playa final.

La costa, sin embargo, estaba sembrada de granjas. El riesgo era demasiado alto.

Se desplazó hacia atrás con una cautela de reptil. Primero los pies, luego las rodillas, después las manos, muy lentamente. Entonces se dio la vuelta solo para encontrarse con el monstruo al que tanto había temido: el perro de presa estaba rígido, con las orejas hacia atrás. Su mandíbula era una trampa que amenazaba con abrirse.

El animal retrocedió levemente, pero Patricio no se dejó engañar: en ningún momento el perro le estaba cediendo terreno. Conocía bien a aquellas bestias, hijas del diablo, de soltarlas a última hora de la noche y recogerlas al amanecer en la granja de su amo. Siempre iban tras el olor de la carne ladrona o fugitiva, como ahora habían ido tras la suya.

El perro mostró su larga hilera de dientes y en aquel momento a Patricio le pareció que el animal solo tuviera colmillos, de tan afilados que le parecían. Rogó a Dios que no le dejara abrir la boca, pero ni Su fuerza divina logró contener el ansia y la agresividad del can: el ladrido de alerta fue ensordecedor. En su mente la sangre de Victórico, mezclada sobre el suelo con la crema de la leche.

Rápidamente los guerreros de la colina se pusieron en pie, miraron hacia allí y tomaron sus lanzas. El resto de los perros se precipitó cuesta abajo.

El sabueso volvió a ladrar y Patricio intentó moverse hacia la derecha, pero el animal le gruñó en un claro signo de advertencia y después lanzó una mordida al aire.

Estaba atrapado por aquel cerco invisible que el perro de presa marcaba a su alrededor. No podía cruzarlo y sabía que, si lo intentaba, las fauces del animal se cerrarían alrededor de sus ropas y no volverían a abrirse hasta que sus dueños se lo ordenaran. La lana no podría amortiguar el daño en sus miembros y para entonces le habría partido un tobillo o la muñeca o le habría hecho una herida tan terrible como la de un hierro en la batalla.

Buscó alguna rama caída, algo que pudiera servirle de bastón y entonces cayó en la cuenta. Además de la vara, su única ayuda en el pastoreo era un silbato. Tanteó el cuello y descubrió con alivio que todavía seguía ahí y que no lo había perdido en la fuga. A su lado sintió el roce de la madera basta de su colgante chi-rho, el símbolo de la Cristiandad y rogó a Dios que le amparase.

De un repentino salto, el perro se lanzó a su antebrazo izquierdo y lo siguiente que sintió Patricio fue el dolor agudo, penetrante y temido. Luchó contra el mareo, aferrándose al silbato con la mano derecha, llevándolo a su boca con rapidez.

Dictó las órdenes con toda la fuerza que tenía, sin importarle que el sonido se propagara por el valle. Ya no podía estar más expuesto. La adrenalina le golpeaba el pecho bajo aquel cielo encapotado que no tenía fin ni podía resguardarle y sintió vértigo ante la extensión del prado, sin refugio, sin descanso. Sin escondite posible. Le caerían encima como una avalancha de piedras, con un peso insoportable.

El perro se sentó al instante, demostrando su riguroso entrenamiento. Patricio refugió el brazo herido contra su cuerpo, pero no perdió el tiempo y agarró la cadena del animal, sin ceder a los tirones. Siguió prolongando el molesto pitido, imponiéndose, insistiendo, con las diferentes órdenes que tan bien conocía de manejar a tantos perros de presa dentro de la granja de sus amos.

El perro se retorcía entre gruñidos que le salían de las entrañas y gemidos lastimeros, recuerdo quizá de un adiestramiento cruel. Entonces Patricio ató bien la cadena alrededor de un árbol, trabando los eslabones.

Echó a correr entre los árboles, ráfaga tras ráfaga de hojas, mientras escuchaba a sus espaldas los gritos y la agitación de sus cazadores. Su túnica de lana había empezado a teñirse de sangre en la manga izquierda, pero Patricio tuvo miedo de mirar la herida que había bajo ella.

Corrió hacia donde salía el sol. Hacia el Este, a las tierras cenagosas del interior. Ellas encubrirían su rastro. El paraje inhabitado adonde nadie iría, salvo que ya estuviera loco o deseara estarlo.

Por la noche se debatió entre encender un pequeño fuego y revelar su posición o permanecer a oscuras. Sin embargo, una vez inmóvil las beatillas surgieron como una nube de mosquitos y le acribillaron a picaduras, así que escogió la hoguera: la humareda en la ropa, con el viento de frente.

A la luz de las llamas separó con cuidado la tela de la herida y descubrió que, tal y como temía, la carne estaba marcada hasta por seis agujeros profundos por donde la sangre había manado y además se había desgarrado en una línea oblicua que le cruzaba el antebrazo. La lavó cuidadosamente y rompió el bajo de su camisa para poder vendarla, con lo que la convirtió en apenas un harapo que le cubría la mitad de la espalda.

Mientras daba vueltas al vendaje le dio un codazo al cuerpo menudo de una agachadiza que había puesto a asar sobre el fuego. Se precipitó a agarrarla, con las manos desnudas, y se quemó los dedos en el intento. Era apenas un bocado a medio comer por algún gato, pero era lo único que había conseguido encontrar. No podía permitirse perderlo. Se le habían acabado ya el pan duro, las manzanas y las tiras de carne ahumada que había hurtado del almacén de sus amos, la noche de su fuga. Ya solo le quedaba la mantequilla de ciénaga: su pequeña venganza por lo que le habían hecho a Victórico. Agarró una rama y arrastró la carne fuera de las brasas.

Se miró los dedos enrojecidos y adivinó las ampollas blancas que en breve ser formarían sobre ellos. Esta vez no estaría Calpurnio, su padre, para aliviar el dolor.

Tenía cuatro años cuando se había hecho la peor quemadura de cuantas recordaba. La esclava que se encargaba de su crianza estaba cocinando mediante el método de piedras ardientes: calentando las rocas en las brasas y luego introduciéndolas en un caldero con tenazas. Y él había insistido en jugar a la pelota con una de aquellas piedras perfectamente redondas y había puesto los cinco dedos sobre ella.

A los gritos de dolor habían acudido todos los habitantes de la villa, familiares y esclavos, pero fue su padre el que se quedó junto a él mientras anochecía, entreteniéndole con historias sobre Aquiles y manteniendo las cinco yemas constantemente en el interior de un cuenco de agua fría. Y luego había llegado la noche. Poco a poco el sueño iba venciendo al padre y al hijo, pero en cuanto los dedos se salían del cuenco helado Patricio volvía a despertarse entre alaridos y Calpurnio nuevamente tenía que soplar sobre ellos, calmar al niño, llevarle al sueño… Varias veces tuvo el padre que cambiar el agua porque no estaba lo suficientemente fría. Patricio la recordaba como la noche más larga de toda su infancia.

Comenzó a llover y Patricio se percató de que estaba llorando. Echaba de menos a Calpurnio más que nunca y sabía que, por él, tenía que seguir adelante. Por aquel padre que había puesto en él, su único hijo, todas sus esperanzas, anhelos y adoración. Para devolverle aquella parte tan importante de sí mismo que le habían quitado los saqueadores.

El fuego se apagó y Patricio fue en busca de un árbol para resguardarse. Durante sus años de cautiverio había sido testigo de lluvias que se prolongaban durante semanas, de lluvias interminables como un segundo, un tercero y un cuarto diluvio universal.

Demet, Alba

Bág ban. Bág maise. Alarde de mujeres. Alarde de belleza.

Ciar se lo había puesto fácil a su hermana con la adivinanza. Sabía que, en el juego de la Ogampalabra, el Peine era su letra preferida. Su peine de hueso de yegua era su mayor tesoro.

Niam levantó la vista un momento y dejó de alimentar la cuerda que ambos estaban jugando a hacer. Tenía el rostro iluminado por la sonrisa infantil, entregada e incondicional, cuando alzó la mano derecha mostrando los cinco dedos. Era la letra NIN, la inicial de su nombre. A menudo hacían el ogam con las manos para comunicarse por las noches, a la luz de la hoguera, y así poder hablarse sin que sus padres se enteraran.

El ogam con las manos codificaba con los dedos todas las letras del alfabeto, imitando las muescas. La palma derecha y la izquierda eran para las rayas horizontales a un lado y al otro del eje: las familias del Abedul y del Miedo. El dorso derecho, en cambio, era para la familia del Cuello: las ramas al viento, de rayas oblicuas. Y si se ponía la mano transversal, con las puntas de los dedos hacia delante, se marcaban las vocales: la familia del Grito.

Carae blóesc. Milsem fedo. Amigo de las nueces. El árbol más dulce.

Ciar resopló.

—Niam, ya tengo cinco años. ¿No me lo puedes poner un poco más difícil?

Dejó de retorcer la cuerda un momento para levantar cuatro dedos en la mano izquierda. Su hermana le había devuelto el favor escogiendo la letra Avellano, la COLL, que era su inicial. Tomó la cuerda con ambas manos y empezó a darle vueltas de nuevo, mientras caminaba hacia atrás. Estaban jugando y aprendiendo, ya que la escasa fuerza que tenían para retorcerla solo resultaba en una soga flácida y deshilachada. De repente tropezó de espaldas con el granero y cayó hacia delante.

—¡Oye, podrías avisarme! ¡Que yo no veo!

Niam se rio, tapándose la boca con sus uñas cortas y llenas de tierra. El perro llegó alborotando hasta ellos y empezó a ladrar.

Era un viejo perro blanco, del que el tío Finnén se había deshecho. Se metió corriendo debajo del granero y empezó a escarbar, frenético.

—¿Qué le pasa a Soplido? —preguntó ella.

El granero era una pequeña construcción cuadrangular sobre postes, copiada de las que se hacían en el interior de la isla. Soplido debía de llevar días removiendo la tierra profundamente por debajo. Nadie se había dado cuenta hasta entonces del desastre que estaba organizando.

—Tiene un montón de huesos en ese hoyo.

Ciar creyó ver algo más. Algo que le provocó un escalofrío.

—Niam, quédate aquí. Y no mires.

—¿Por qué?

—Haz lo que te digo.

Echó el cuerpo a tierra para poder asomarse mejor bajo los postes. Cuando estuvo cerca, confirmó la inquietante verdad: aquellos eran huesos humanos. Menudos, más pequeños incluso que los suyos o los de su hermana. Metió la mano dentro de la tierra, apartando una lombriz, y sacó la forma inequívoca de una calavera.

El grito de Niam le sobresaltó. No se había dado cuenta de que su hermana había reptado inmediatamente detrás de él. Sus ojos, completamente abiertos, desencajaban su rostro con una expresión de terror.

La niña intentó incorporarse rápidamente, pero dio con la cabeza en el suelo del granero y empezó a llorar a gritos, fuera de control. Sin soltar el cráneo, su nuevo y rarísimo tesoro, Ciar tomó a Niam de la muñeca y la arrastró por tierra hasta que la hubo sacado. Luego envolvió el cráneo cuidadosamente en una manta y lo guardó justo antes de que sus padres acudieran, alertados por el llanto.

—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó Ciarán—. ¿Por qué me lo ocultaste?

—¿Para qué iba a decírtelo? Cuando nació ya estaba muerta. Y tú no estabas aquí.

Ciarán encajó el reproche, como siempre que Aífe utilizaba aquel argumento. Era cierto que la había abandonado en el peor momento, estando embarazada, pero ya había pasado mucho tiempo. A Ciarán le parecía que había pasado una reencarnación completa desde aquello.

—¿Y la enterraste bajo el granero?

—Como es la costumbre aquí. Y no nos ha ido nada mal desde entonces.

Le había ocultado a la familia el hecho de que había enterrado a su hija recién nacida bajo el granero de la casa, un ritual antiguo destinado a asegurar la fertilidad en la granja. El tío Finnén no lo aprobaría. Pero verdaderamente, el ganado, las tierras y la familia nunca habían gozado de mejor salud.

—Mellizos… Otra vez —murmuró Ciarán para sí. Miró a Ciar, que estaba al fondo de la habitación. El muchacho tenía la mirada fija en la manta de lana hecha una bola, sujeta en su regazo.

Solo Ciar sabía que ocultaba allí el cráneo: la casa del alma de su hermana muerta. Aquella que proveía para todos ellos, desde algún lugar en el Otromundo. Así que él también había tenido una melliza, como Niam. Quizás había sido una primera Niam, que se había reencarnado después como otra hermana para poder estar cerca de él.

Costa sur, Ériu

El olor del salitre le insufló esperanza ya desde la lejanía. La imagen que tenía en su mente salía de las nieblas del sueño para hacerse real ante sus ojos: al fin podía pisar sus arenas, escuchar el vaivén suave de sus olas, sentir la caricia del sol sobre la piel. La oscuridad le había acompañado por demasiado tiempo.

El viaje a través de las ciénagas había sido tedioso y sin final, buscando siempre los pasos practicables, evitando algún crannóg[2] ocasional en las orillas de los lagos, mirando siempre dónde pisaba para que las trampas del agua no le engulleran los pies. Conviviendo con el dolor del brazo, la peste del agua estancada, los bichos y el hambre. Siempre el hambre. Un hambre atroz como no había sentido nunca, ni siquiera durante sus años de cautiverio.

Había conocido el hambre en todas sus fases de dolor y debilidad. Había soñado con que se comía crudos a los cerdos que había cuidado durante su esclavitud en el bosque de Fochoill: rajando el cuero de su tripa, sacándoles los intestinos, comiendo los primeros bocados sin necesidad de cocinarlos. Pero los sueños y los pensamientos no habían podido alimentarle.

Había logrado capturar una gallinácea, deslumbrándola y echándole la capa por encima. También había encontrado bulbos de castañuelas, a base de rebuscar en la tierra… pero al final había tenido que robar. Aterrado por que se tratara de otra prueba divina y por que pudiera hacer enojar nuevamente a Dios, se había acercado a los subterráneos de una granja tan pobre que no podía permitirse ningún perro. Y al deslizarse en la oscuridad del habitáculo y poner las manos sobre el pan, se había convencido a sí mismo de que Dios lo había puesto allí para salvarle, que solo podía ser parte de Su plan divino. Aquel pan estaba vivo y era el cuerpo de Cristo, más que en cualquier eucaristía.

Había recorrido a pie entre doscientas y doscientas cincuenta millas romanas[3], sin saber a qué criaturas pisaba ni con qué plantas mezclaba su sangre. Hasta cuatro veces había recitado íntimamente la liturgia de domingo, a lo largo de casi un mes de fuga. Había cruzado a pie dos provincias completas y completado la hazaña de cruzar el Sinann, que era el río más ancho y largo de toda la isla. Y por fin estaba allí: el barco onírico, pero más verdadero que nunca, con el ancla echada en puerto, esperando a su último pasajero.

—Has ayunado bien. Pronto volverás a tu hogar. Mira, tu barco está listo.

Era palabra de Dios y la palabra de Dios siempre se cumplía. Las velas ondeaban ya, henchidas de un viento favorable.

Patricio se acercó, seguro de su triunfo, con los campos de Banna Venta asomándose ya al fondo de sus ojos. Se pasó la mano por la cabeza y se asombró de encontrar cabello entre sus dedos: ya no lo tenía rapado y había dejado de parecer un esclavo. Nunca la libertad había tomado una forma tan clara, tan concentrada, como en cada palmo de la cubierta de aquel barco.

—¿El capitán? —preguntó Patricio, tragando saliva. Su convencimiento de que aquello formaba parte del plan de Dios, tanto como todo lo demás, le daba el valor para mostrarse finalmente a plena luz.

El guerrero se volvió. Debía de rondar los cuarenta y los detalles en su rica apariencia atraparon de inmediato la atención de Patricio: el esmalte verde brillante de su broche penanular, las cuentas de oro que remataban sus mechones, el color rojo de la nobleza en su túnica. Vestía con demasiada elegancia para ser un hombre de mar.

El noble le miró de arriba abajo. Patricio pensó que, sucio y famélico como estaba, solo podía ofrecerle una imagen miserable.

Sus cabellos rubios estaban cortos, grasientos y enredados; su calzado, deshecho de caminar; los bajos de su capa, embarrados y hechos jirones y él mismo llevaba varios días sin tomar un baño. Era la viva imagen de un fugitivo y su acento seguía siendo, después de seis años, todavía el de un extranjero. Pero se mantuvo firme y contuvo el aliento. Antes del mediodía estaría navegando junto a aquellos hombres.

—Si te refieres a quién manda esta expedición, entonces soy yo. ¿Qué es lo que quieres?

—Necesito ir a Alba.

Aquel hombre, alto y de complexión sólida como una torre, observó un instante a Patricio con extrañeza.

—¿Tienes oro para pagar tu pasaje?

—No tengo oro. Ni tampoco ningún otro bien, pero realizaré cualquier tarea que se me pida. Puedo cocinar, limpiar, lavar la ropa… Y puedo ayudaros a cargar y descargar vuestra mercancía —dijo, señalando los barriles y las cajas con la cabeza. Había también unas jaulas con perros que no dejaban de ladrar.

El rubio guerrero se cruzó de brazos y las pulseras tintinearon en sus muñecas. Cinco pares de anillos, dorados y lisos, refulgieron en sus dedos, uno por cada falange. Estaba seguro de que el hombre enflaquecido al que estaba contemplando no sería capaz de levantar un remo ni con las dos manos. Tenía los brazos fibrosos y algún tipo de chispa le animaba, salvándole de las sombras de un cansancio infinito. Los ojos titilaban sobre las marcas profundas de las ojeras. Pero estaba enjuto y no le daba confianza.

—Podemos hacer todo eso nosotros solos. Mis hombres son jóvenes y están bien entrenados. Aquí no hay sitio para ti.

—Pero debo navegar hoy mismo…

—¡Olvídate de ello! No hay forma de que vengas con nosotros.

La agresividad del guerrero dejó a Patricio sin palabras. No sabía cómo continuar. Si insistía podían darle una paliza, mayor incluso que la que había temido a manos de sus amos. Y si se retiraba, ¿qué iba a hacer? ¿Hacia dónde iba a dirigirse? Tendría que recorrer la costa en busca de otros barcos, con gran riesgo para su vida. Y lo peor de todo es que aquel barco, el que tenía ante sí, era del todo idéntico al de su sueño. Aquel era su barco, el barco soñado. Y un solo hombre se interponía como un muro en su camino.

Se dio la vuelta, aún trastornado. No sabía por qué, durante toda la fuga siempre había imaginado que aquel momento sería el más sencillo. Aquel navío era su destino. Dios lo había puesto ante sus ojos. Una vez encontrado, había supuesto que solo tendría que levantar el pie y subir a él.

Arrastró sus pasos en dirección al establo donde había dormido aquella noche, cuando todavía daba por sentado que sería la última. Casi sin pensar, como sucedía siempre en su desesperación, empezó a rezar, cada vez más alto dentro de sí, cada vez más audible en el interior de su cabeza, resonando contra su cráneo hasta que el rezo fue ensordecedor.

—Capitán Conaire, creo que podríamos hacerle un sitio en el bote.

Un muchacho joven observaba cómo el extraño viajero se alejaba en silencio, derrotado. Él también iba lujosamente vestido, pero sus colores eran el glasto y el púrpura, los propios de la realeza. Su mentor le miró con severidad.

—Esa no sería una decisión sabia. Podría escapar y dar la voz de alarma. Su acento es extraño. Ese mendigo no es irlandés. Es britano.

—Le obligaremos a que nos jure lealtad. Así sabremos que no es un espía.

El capitán desconfiaba. Los britanos de la costa se habían vuelto más precavidos y sagaces. Las emboscadas a pie de playa habían demostrado ser letales, como la que había acabado con el último grupo de guerreros bajo su tutela. En el estuario del Sabrina habían desaparecido los dos muchachos más prometedores a los que había entrenado nunca: Ciarán, el magnífico jinete que les hacía de explorador y Eochaid, el hijo segundo del rey Nad Froích. No podía perder también al hijo tercero.

—No hay necesidad de meter a un extraño en nuestro barco —zanjó el capitán.

—Apenas tenemos hombres —protestó el muchacho—. Prefiero que mis guerreros no tengan que hacer un trabajo de esclavos.

El capitán asintió resignado. Podía aconsejar a un príncipe, pero no darle órdenes.

El muchacho llamó a Patricio, que ya había avanzado unos metros, pero él no le oyó. Iba desbordado en su interior por las voces que rezaban cada vez más alto. Hizo una seña a uno de sus guerreros para que le diese alcance.

—Vuelve rápido —le dijo este—. Quieren hablar contigo.

En el interior de Patricio se hizo el silencio. Había sido como perder de vista, en mitad de la noche, la flecha de Quirón en el cielo, señalando al Sur. Aturdido y desorientado, sintiéndose ajeno al mundo, retrocedió sobre sus pasos.

—Soy Fedlimid Eóganacht, hijo tercero del rey Nad Froích de Caisel. Podrás subir con nosotros si nos muestras lealtad.

Fedlimid se abrió entonces la camisa, esperando el gesto tradicional de adhesión.

Patricio, sin embargo, quedó inmovilizado ante él. Durante sus años como cautivo había aprendido que así era como se formaban las jerarquías: tomando el pecho de un superior con los labios, como una ubre simbólica, de manera que este se mostraba como proveedor y protector del resto del grupo. Un nudo cerró su garganta mientras contemplaba al príncipe y asimilaba lo que se le estaba pidiendo. Aquel gesto, que llenaría apenas un instante de su vida, era lo único que le separaba de su libertad, de su identidad, que tanto ansiaba recobrar y de la que llevaba tanto tiempo separado. Aquel ritual pagano se interponía entre su cuerpo y su alma, que moraban en orillas opuestas del mar irlandés.

Quería desesperadamente cruzar y volver a ser uno solo, pero para ello debía jurar lealtad a aquellos hombres armados. Entregarles aquello que solo podía pertenecer a su verdadero amo, que era el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Aunque tenía miedo de aquellos hombres, negó con la cabeza y apartó la mirada con amargura.

El príncipe se extrañó de su respuesta. El gesto era el habitual en los puertos al formar las tripulaciones. Los marineros ponían sus vidas unos en manos de otros y la sumisión al capitán era lo que evitaba motines y rebeliones. El equivalente a un juramento de honor.

—No puedo hacerlo. Mi dios no lo aprobaría —intentó explicar Patricio.

Aquella fue la gota que colmó el vaso del capitán Conaire, que le despidió con ira:

—¡Márchate entonces! ¡Nos haces perder el tiempo!

—¡No! —Le paró Fedlimid—. Está bien. Demuéstranos tu amistad en la forma en que prefieras.

Fedlimid pensó que este gesto de tolerancia le acercaba a su padre y a su abuelo, que siempre habían mostrado respeto ante sus tribus aliadas. Cada una tenía a su dios local y le servía de diferente manera. ¿Por qué iba él a pisotear a aquel legado?

Patricio le tomó entonces las manos y depositó sobre ellas un beso, que era el símbolo de amistad entre cristianos. Subió al barco y se dispuso a dejar aquella maldita isla para siempre.

Banna Venta Berniae, Alba

Calpurnio descabalgó y tendió las riendas a su sirviente. Había sido una jornada dura en el consejo y se encontraba agotado. Los días eran largos y aún faltaba para que el sol cayera, pero lo cierto es que no sabía ya qué hacer con su tiempo. Pasaba cada vez más horas en la ciudad de Banna Venta, lejos de su propia villa, para no pensar.

Dudó si darse un baño. Los mosaicos ya no le deleitaban como antes. El espléndido suelo de la habitación de Patricio había sido cubierto con una alfombra; la habitación, clausurada. Ya nadie más disfrutaría de aquellas maravillas en blanco y negro: el centauro Quirón, Rómulo y Remo bajo la loba, el leopardo y los leones.

Tampoco le apetecía ir al triclinium. La vajilla saqueada había sido sustituida por una nueva, mucho menos ostentosa, más práctica. No sabía por cuánto tiempo podría conservarla. Desde la noche fatal en que les habían asaltado, Calpurnio había perdido muchas de las cosas que necesitaba para vivir: la sensación de seguridad en su propia casa, el apetito, la esperanza y, sobre todo, a su único hijo bienamado, depositario de toda su riqueza, heredero de todo su legado.

Estaba perdido. Tan extinto como la idea de una Britania civilizada. Se podía sobrevivir con decenas, cientos de asaltos, pero el veneno de la destrucción de anglos, sajones, pictos y escotos[4] corroía ya su misma base. A Calpurnio solo le quedaba, como al resto de sus conciudadanos, la espera. Britania se estaba desmembrando como un cadáver lleno de hormigas. Eran los últimos coletazos. Los últimos días antes del fin del mundo.

Divisó, en aquella luz tardía, la figura andrajosa de un viajero que se acercaba por el camino. Los malos tiempos traían a numerosos mendigos ante sus puertas: supervivientes de naufragios y de tribus diezmadas a causa de las incursiones. Gentes que iban huyendo y que ya no tenían adónde ir.

Parecía un muchacho joven, aunque venía arrastrando los pies.

Calpurnio se quitó la capa y se descruzó la bolsa donde llevaba algunos rollos con información legal. En el fondo del cuero debía de haber algunas monedas. Rebuscó y sacó unas pocas, pero todo eran sólidos, de alto valor. Siguió buscando. Le daría monedas menores… Silicuas, si es que encontraba alguna, pero a cambio le enviaría a la cocina, para que los sirvientes le dieran una buena comida. Incluso podría quedarse en los establos si lo necesitaba. Había alto riesgo de que les robase, pero ya qué le importaba. Era muy poco lo que le quedaba de verdadera valía.

Seguía tan afanado en encontrar las monedas que no se percató de que el extraño ya le había alcanzado.

Vislumbró su calzado con el rabillo del ojo y, al verlo tan maltrecho, Calpurnio echó mano de uno de los sólidos que antes había desechado.

—Aquí tienes.

Levantó la vista y se encontró con los ojos azules que ya nunca pensó que volvería a ver. Enmarcados en un rostro de veintidós años, en parte extraño, pero a la vez tan propio como su misma carne.

Aquel muchacho le miraba con una mezcla de dulzura y pena: seis largos años de ignorancia y culpa habían transformado a Calpurnio en un hombre anciano. La desesperanza había marcado sus rasgos y los había demacrado, después de cada mes y cada año que pasaba sin que su hijo regresara.

Los ojos del joven desconocido estaban demasiado secos para llorar. Su mano callosa, una mano servil, le acarició la mejilla.

Calpurnio reaccionó al calor de aquellos dedos, pues eran los mismos a los que una vez, hacía años, había curado las quemaduras con agua fría y besos. Tomó una bocanada de aire para recordarse que estaba vivo. No era posible y, sin embargo, allí estaba: Patricio caminaba ante él, resucitado.

Dios se lo había devuelto, entero y vivo, y su devoción se inflamó en su pecho. Le abrazó con todas sus fuerzas mientras las lágrimas le desbordaban, abundantes.

Aquel fue el día en que Calpurnio verdaderamente creyó en Dios.

Sollozaba como un niño y solo dijo una palabra que no había pronunciado en años. Una palabra que había sido como una lápida cubriendo una tumba sin cuerpo, una fosa sin muerto: «Hijo».