Son tiempos adversos para Arturo Adragón. La oscuridad se cierne sobre él.

En el presente, Arturo deberá averiguar quién se oculta detrás de los intentos de asesinarle. ¿Se trata de un mismo complot? o, por el contrario, ¿son varias las personas que tratan de acabar con su vida? Por si fuera poco, su padre sigue ocultándole cosas sobre su origen, sobre la noche en la que nació. Por eso, Arturo ha decidido, averiguar toda la verdad sobre él, cueste lo que cueste. Para ello, cuenta con la ayuda de Metáfora, la única persona en la que puede confiar.

En el pasado, el líder del ejército negro parte con su fiel escudero a la búsqueda de Arquitamus, maestro de maestros, el único capaz de traer del abismo de la muerte a Emedi y Alexia. Para esta aventura, Arturo deberá agudizar sus sentidos, dado que el malvado conde Frómodi le ha dejado ciego. En realidad, el viaje de Arturo también transcurrirá en la oscuridad de su interior.

Finalmente, las dos tramas coincidirán y nuestros héroes encontrarán el camino a la luz.

 

A Julia Santiago Martínez.

Por su apoyo y su paciencia.

 

Todos llevamos en nuestro interior

un reino de amor, justicia, valor y honor.

Es el reino de nuestra luz.

Luchemos por él.

 

<p>LIBRO UNDÉCIMO</p> <p>C<style name="versalita">ONSPIRACIÓN</style></p> </h3> <p> </p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>I</p> <p>E<style name="versalita">L VIAJE DE </style>A<style name="versalita">RTURO</style></p> </h3> <p>La página más gloriosa de la leyenda de Arturo Adragón, rey de Arquimia y jefe del Ejército Negro, empezó a escribirse el día en que, a pesar de su ceguera, partió en busca de Arquitamius para que le ayudara a resucitar a Émedi y a Alexia.</p> <p>Después de la encarnizada batalla de Demónika, Arturo había caído en un oscuro pozo, repleto de recuerdos tenebrosos, y se había encerrado en sí mismo. Allí pasaba horas luchando contra sus propios fantasmas, con los que mantenía una dura contienda.</p> <p>El joven caballero partió en compañía de Crispín, su fiel escudero.</p> <p>Siguiendo el consejo de Arquimaes, ambos cabalgaron hacia el Sur, hasta que llegaron a un territorio conocido como Tierra de Fuego, que formaba parte del reino de Rugiano.</p> <p>Una noche, después de una dura jornada, acamparon al abrigo de una formación rocosa que ofrecía una protección excelente.</p> <p>—Esta tierra está maldita —advirtió Crispín—. El cielo está oscuro, la luna apenas se distingue y las estrellas están escondidas.</p> <p>—Ya no importa —respondió el caballero Adragón, con un tono de amargura—. Mis estrellas son Alexia y Émedi, y temo que nunca volveré a verlas.</p> <p>—Encontraremos a Arquitamius. El te las devolverá y te dará la luz que necesitas.</p> <p>—Será difícil encontrarlo en estas condiciones. Tierra de Fuego es un verdadero infierno. Y por si fuera poco —añadió Arturo—, dicen que el rey Rugiano está sediento de sangre.</p> <p>—Nuestra misión no es sencilla —reconoció Crispín—. Pero la llevaremos a cabo.</p> <p>Después de cenar, se acostaron bajo el techo de piedra junto a una hermosa fogata y se envolvieron con gruesas mantas para protegerse del intenso frío de la noche.</p> <p>—¿Qué haces, Crispín? —preguntó Arturo—. ¿A qué se debe ese ruido que nos acompaña cada noche?</p> <p>—Estoy tallando una espada de madera —explicó el muchacho—. Es una copia de la que Arquimaes te regaló.</p> <p>—¿Estás haciendo una réplica de la espada alquímica? Déjame tocarla. A ver si soy capaz de reconocerla.</p> <p>Arturo cogió la talla con la mano derecha y pasó sus dedos por la empuñadura.</p> <p>—Es una obra de arte. La cabeza de Adragón es perfecta. ¿Para qué la quieres?</p> <p>—Algún día espero ser caballero, como tú. Y formar parte del Ejército Negro. Esta espada tallada me da esperanzas.</p> <p>—Lo serás antes de lo que imaginas. Has crecido mucho y has aprendido las artes de la caballería. Ten paciencia.</p> <p>—Sí, Alexander de Fer me enseñó...</p> <p>Crispín se calló de golpe. Acababa de nombrar al traidor que Arturo odiaba con toda su alma.</p> <p>—Perdona, Arturo. He hablado más de la cuenta.</p> <p>—Sé que no lo has hecho a propósito —le disculpó—. Duerme tranquilo.</p> <p>El escudero se recostó bajo la manta y se quedó quieto, mientras observaba en silencio cómo el joven caballero se disponía a dormir. Arturo, pese a vivir inmerso en la oscuridad, no podía conciliar el sueño. El nombre de Alexander le había despertado dolorosos recuerdos.</p> <p>Se quitó la máscara de plata que Arquimaes le había prestado para ocultar su rostro quemado. Mientras la guardaba en la bolsa de piel, recordó, entre otros, a Alexia, Demónicus, Demónicia y Alexander. Todos vagaron como espectros enfurecidos en su desbordante imaginación.</p> <p>Absolutamente agotado, Arturo cayó en la liberadora inconsciencia del sueño y entró en el mundo de la fantasía. Se hundió en un abismo profundo, donde los fantasmas convivían con los recuerdos, y durmió algunas horas, intranquilo y nervioso, bajo la mirada protectora de Crispín.</p> <p>Al día siguiente siguieron su camino bajo una intensa lluvia. Arturo, que seguía perdido en sus recuerdos, parecía ausente.</p> <p>—Anoche te oí hablar con alguien a quien querías mucho —dijo por fin el escudero.</p> <p>—Lo habrás soñado.</p> <p>—Hablabas mientras dormías —insistió Crispín—. Estoy seguro.</p> <p>—¿Con quién?</p> <p>—Con tu madre...</p> <p>—Es lógico... —reconoció Arturo—. ¿Tú no hablas nunca con la tuya?</p> <p>—Apenas la conocí. Pero, es verdad, a veces necesito hablar con ella.</p> <p>—Todo el mundo habla con sus seres queridos. ¿Qué le pides a tu madre, Crispín?</p> <p>—Le ruego que ayude a mi padre, ahora que ha perdido el brazo; y también que le dé fuerzas para seguir adelante.</p> <p>—Es posible que yo también le pida algo a la mía.</p> <p>—Puedes pedirle que nos envíe una pista para encontrar a Arquitamius. Nos ayudaría.</p> <p>Arturo sonrió.</p> <p>—Lo tendré en cuenta. Le rogaré que nos envíe un mapa para localizarle... Se lo diré de tu parte.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Muy lejos, el Ejército Negro caminaba trabajosamente bajo una densa lluvia que dificultaba su marcha. El caballero Leónidas, que sustituía a Arturo, iba en cabeza. Más atrás, Arquimaes vigilaba los dos carros que transportaban los ataúdes de Alexia y Émedi, caídas durante la batalla de Demónika. La reina había muerto a manos de la princesa Alexia, quien, a su vez, había sido asesinada por Demónicia, su propia madre. Las dos muertes habían supuesto un drama tanto para Arquimaes como para Arturo.</p> <p>Los Émedianos se dirigían ahora hacia Ambrosia. Allí Arquimaes protegería los cuerpos sin vida de Émedi y Alexia de cualquier ataque imprevisto por parte de los demoniquianos o de la propia Demónicia, que había jurado venganza.</p> <p>El alquimista tenía intención de esconder ambos cuerpos en las profundidades de la gruta de las rocas negras, donde estarían a salvo.</p> <p>Ahora, después de la conquista de la fortaleza demoniquiana, y tras haber ayudado a Arturo a penetrar en ella, Rías se encontraba solo y abandonado. Tenía que hacer algo con su vida, y quizá por eso empezó a acariciar la idea de trabajar con el alquimista.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo y Crispín vagaron durante muchos días en busca de alguna pista que pudiera llevarles hasta Arquitamius, pero siempre encontraban las mismas respuestas.</p> <p>La búsqueda empezaba a ser desalentadora y estaban a punto de perder la confianza. Pero un día, casi de casualidad, un estrecho sendero les condujo hasta un pequeño valle donde reinaba un silencio sepulcral. Ni siquiera se escuchaba el canto de los pájaros.</p> <p>—Extraño lugar —comentó Arturo—. Nunca he estado en un sitio tan silencioso. Tengo un mal presentimiento.</p> <p>—Ojalá encontremos algún poblado —respondió Crispín—. Necesitamos provisiones. Además, está anocheciendo y va a haber tormenta.</p> <p>Siguieron el camino que se internaba en un bosque hasta que, entre la vegetación, se toparon con un hombre que cuidaba ovejas.</p> <p>—¿Podéis indicarnos un lugar para pernoctar? —le preguntó Crispín—, ¿Hay algún pueblo cercano?</p> <p>—Al final de este sendero hay un villorrio. Pero no es recomendable. ¡Está embrujado!</p> <p>—¿Cómo se llama ese poblado?</p> <p>—Nadie recuerda su verdadero nombre. Ahora lo llaman Boca del Diablo —respondió el hombre—. La miseria se ha apoderado de él, lo han maldecido. Se ha convertido en la escoria del reino de Rugiano. La tierra tiembla, está hendida y sus grietas arrojan fantasmas y monstruos. ¿Lo veis allá abajo?</p> <p>Escudriñando entre los árboles, Crispín distinguió los tejados del pueblo, compuesto por una treintena de casas.</p> <p>—No es un buen día para visitarlo. Por vuestro propio bien, os aconsejo que deis un rodeo. He oído gritos durante toda la noche. Es un mal augurio —añadió el pastor.</p> <p>—Gracias por vuestro consejo, buen hombre, pero no tememos a fantasmas ni a hechiceros —respondió Arturo, espoleando a su caballo.</p> <p>El pastor observó cómo los dos jinetes se alejaban pendiente abajo. Cuando los perdió de vista, volvió a lo suyo y reagrupó a sus ovejas, que se habían esparcido más de la cuenta.</p> <p>—¡Volved aquí! —gritó—. ¡Venid a mi lado antes de que los fantasmas de esta tierra maldita acaben con nosotros!</p> <p>Cuando se acercaban a las primeras casas, Crispín se dio cuenta de que pasaba algo inusual.</p> <p>—Creo que hay soldados, Arturo —advirtió el escudero—. Me parece que no llegamos en buen momento.</p> <p>—Cuéntame todo lo que veas —le pidió el caballero ciego.</p> <p>Llegaron a la plaza del pueblo, donde se llevaba a cabo un espectáculo estremecedor: sobre una pila de ramas y encadenada a un poste de madera, se encontraba una muchacha ensangrentada. A su lado, un verdugo que sujetaba una gran antorcha, estaba dispuesto a prender la pira en cuanto le dieran la orden. Cerca de treinta soldados rodeaban a la joven con las lanzas preparadas, listos para impedir la intervención de los habitantes de Boca del Diablo. Montado en un caballo, provisto de cota de malla, el capitán Voracio gritaba:</p> <p>—¡Esta prisionera ha sido hallada culpable de prestar ayuda a los alquimistas! ¡La tierra se mueve por culpa de sus hechizos! ¡Atrae a esos seres que salen de los agujeros del infierno! ¡Ha enviado sortilegios oscuros contra nuestro rey Rugiano!</p> <p>La mujer tenía la cara amoratada y presentaba signos de haber sido torturada. Tenía la ropa destrozada y la mirada extraviada. Apenas se sostenía en pie. Crispín aprovechó la pausa del oficial para describirle a Arturo los pormenores.</p> <p>—¡Por eso, esta bruja está condenada a morir en la hoguera! —añadió el capitán—, ¡Será quemada viva por bruja!</p> <p>La fiel descripción que Crispín hacia de aquella escena y los gritos que llegaban hasta sus oídos, despertaron un violento recuerdo en la mente de Arturo. Para él, aquella mujer a la que estaban a punto de ajusticiar hacía las veces de Alexia. Rememoró cómo, meses atrás, en la ciudad de Orinox, la había liberado instantes antes de que falleciera asfixiada Y se irritó.</p> <p>—¡Si alguien quiere defenderla o avalar su inocencia, puede hacerlo ahora! —gritó Voracio, convencido de que nadie osaría salir en su apoyo.</p> <p>No se alzó ni una sola voz.</p> <p>—¡Verdugo, preparado!</p> <p>—¡Un momento! —gritó Arturo, mientras levantaba la mano derecha—. ¡Yo respondo por ella!</p> <p>El capitán, que estaba a punto de dar la orden al verdugo, se quedó de piedra.</p> <p>—¿Qué? ¿Quién osa interrumpir una acción de justicia de los soldados del rey?</p> <p>—¡Yo, señor! Me llamo Arturo Adragón y quiero conocer las pruebas que condenan a esta mujer a la hoguera.</p> <p>—¿Por qué ocultáis vuestro rostro tras una máscara? ¿Acaso sois un perseguido de la justicia?</p> <p>—Soy un caballero y no tengo nada que ocultar —respondió Arturo—. ¡Mostradme esas pruebas!</p> <p>Un rumor se extendió entre la pequeña población. El inesperado incidente podía traer malas consecuencias al pueblo entero.</p> <p>—¡Ella provoca temblores de tierra con la ayuda de los alquimistas! —gritó el capitán, visiblemente irritado—. ¡Hemos examinado las pruebas y la hemos hallado culpable! ¡Debéis saber que estáis a punto de hacerle compañía, caballero Adragón!</p> <p>—¡Quiero que la soltéis ahora mismo! —ordenó Arturo.</p> <p>—¿Con qué fuerzas contáis para hablar así?</p> <p>—¡Con las que mi nombre indica! ¡Y con mi espada!</p> <p>—¡Y con mi maza! —añadió Crispín.</p> <p>—¡Sargento! ¡Detened a estos dos cómplices de la condenada y atadlos junto a ella!</p> <p>Arturo desenfundó su espada y preparó su escudo. Crispín, a su izquierda, armado con su maza, adoptó una posición de combate .</p> <p>—Solo son unos treinta soldados —explicó el joven escudero—. Y un verdugo... Y el capitán...</p> <p>—No permitiremos que ajusticien a esa chica en nuestra presencia. ¿Verdad, Crispín?</p> <p>—No, mi señor. No lo permitiremos.</p> <p>El sargento, acompañado de diez hombres, se acercó a los extranjeros, con las lanzas dispuestas para ensartarlos si se resistían.</p> <p>—¡Podéis elegir, caballeros! —dijo—. ¡O bajáis de los caballos ahora mismo o pido a mis hombres que os obliguen!</p> <p>—¡Venid vos mismo a cumplir esa amenaza! —le retó Arturo.</p> <p>—¡No queremos matar a nadie! —le avisó Crispín—. ¡Es mejor que soltéis a esa mujer, tal y como mi señor os ha ordenado!</p> <p>—¡Solo cumplimos órdenes del rey! —respondió el capitán—, ¡Rendíos ahora mismo!</p> <p>Los soldados dieron un paso adelante y la espada alquímica describió un tajo rasante que cortó la punta de dos lanzas. Mientras, la maza de Crispín golpeaba la mano de un soldado que se había aproximado demasiado.</p> <p>—¡Vamos! —ordenó el sargento—. ¡A por ellos!</p> <p>Los soldados, que conocían y temían la ferocidad de su capitán, se lanzaron con decisión contra los dos extraños, convencidos de que acabarían con ellos sin problemas. Arturo y Crispín hicieron avanzar sus caballos y obligaron a los soldados a separarse, lo que les hizo perder confianza en sí mismos. Entonces, empezó la lucha.</p> <p>A pesar de que estaban en inferioridad de condiciones, Arturo y Crispín hicieron retroceder a sus enemigos. El sargento llamó a otros seis soldados que abandonaron la protección de la hechicera y se abalanzaron con arrojo hacia los dos intrusos.</p> <p>Arturo y Crispín se habían limitado a mantenerlos a distancia; no querían matar a nadie, pero tampoco estaban dispuestos a morir. Un soldado temerario fue atravesado por la espada de Arturo y otros dos cayeron al suelo tras recibir el mamporro de la maza del escudero. Los soldados, que vieron a sus compañeros envueltos en sangre, se enfurecieron.</p> <p>—¡Matadlos! —ordenó el capitán—, ¡Matad a esos dos!</p> <p>Arturo arremetió con más fuerza, acabando, inexorablemente, con la vida de otros dos. Crispín terminó con un tercero.</p> <p>Como las cosas no le iban bien, el capitán Voracio tomó una horrible decisión:</p> <p>—¡Verdugo! ¡Lanza la antorcha! ¡Quema a esa hechicera! ¡No la liberarán!</p> <p>El verdugo cumplió la orden y arrojó la antorcha a los pies de la prisionera. En pocos segundos, la mujer estaba envuelta en llamas y un humo negro la rodeaba. Seguramente, moriría asfixiada.</p> <p>—¡Mi señor, han encendido la pira! —gritó Crispín—, ¡Hay que liberarla!</p> <p>—¡Adragón! —gritó Arturo, mientras separaba ligeramente la máscara de su rostro para facilitar su salida—, ¡Sálvala!</p> <p>Mientras la gente se preguntaba qué ocurría en la frente del caballero de la máscara, el dragón se despegó y emprendió el vuelo. Unos creyeron ver un espejismo; otros, que se había interpuesto un pájaro, pero algunos supieron de inmediato que se trataba de hechicería.</p> <p>—¡Eres un brujo! —gritó el capitán, al observar cómo el pájaro negro volaba hacia la mujer, que estaba a punto de ser envuelta por las llamas—. ¡Acabarás en la hoguera, como ella!</p> <p>—¡Soy un caballero protegido por el Gran Dragón! —respondió furioso Arturo—. ¡Soy un caballero que no mata mujeres!</p> <p>Adragón se había acercado a la prisionera. Con los dientes, había retorcido las cadenas hasta hacerlas añicos. Crispín se dio cuenta de que la chica iba a perder el conocimiento de un momento a otro, así que dirigió su caballo hasta donde ella se encontraba. Cuando llegó a la pira, desmontó, se adentró en el fuego y la cogió en brazos. Los soldados que le perseguían, admirados por su valor, bajaron las armas. Pero Voracio les presionó para que siguieran adelante.</p> <p>—¡Matadlos y arrojadlos al fuego! —ordenó—. ¡Quiero ver cómo arden!</p> <p>—¡Capitán! —gritó Arturo—. ¡Ven a por mí, si te atreves! ¡Ven!</p> <p>Crispín depositó a la joven en el suelo mientras Adragón mantenía a raya a los soldados. Estos, que aún estaban desconcertados, no se atrevían a acercarse al dragón negro que, mostrando sus dientes, les impedía el paso. El sargento Simbolius trataba de taponar el tajo que Arturo había abierto en su brazo.</p> <p>—¡Voy por ti, maldito entrometido! —gritó el capitán, que no podía rehusar la invitación de Arturo—, ¡Acabaré contigo!</p> <p>—¡No eres capaz de matar a un hombre armado, miserable! —respondió Arturo, mientras agudizaba todos sus sentidos para tratar de calcular a qué distancia se encontraba y cuáles eran los movimientos de su adversario.</p> <p>Ambos cruzaron las espadas con gran estruendo. El oficial, de manera fortuita, golpeó la máscara de Arturo. Cuando esta cayó al suelo, su sonido metálico retumbó sobre las piedras.</p> <p>La cara de Arturo quedó al descubierto y un clamor de asombro se extendió por toda la plaza. La gente le miraba aterrorizada. ¡El caballero negro no tenía ojos! ¡Un hombre ciego que luchaba con semejante destreza tenía que ser, a la fuerza, maléfico!</p> <p>Superando la repulsión que el rostro de Arturo le producía, el oficial arremetió con más fuerza. Los aceros lanzaban chispas debido a la dureza con la que se libraba el combate.</p> <p>El capitán notó una fuerte punzada y se preocupó. ¡Arturo acababa de romperle su poderosa cota de malla y le había rasgado el costado!</p> <p>—¡Vas a morir, perro! —exclamó Voracio, agitando su espada con más furia que habilidad—, ¡Nadie hiere a un capitán del rey!</p> <p>—¡Inténtalo, capitán! —rugió Arturo, enfurecido por el innoble acto de ordenar al verdugo que matase a la chica.</p> <p>Arturo le hizo creer que solo manejaba la espada con destreza por el lado derecho. El torpe oficial se confió y poco después recibió un mandoble desde la izquierda que le rajó el cuello. Al principio se quedó paralizado, pero poco a poco su cuerpo empezó a perder el equilibrio y se cayó del caballo, produciendo un gran ruido al golpear el suelo empedrado de la plaza. El sargento acudió presto en ayuda del oficial, pero el capitán Voracio ya estaba muerto. Todos los soldados se quedaron quietos, a la espera de órdenes. Ninguno estaba dispuesto a poner su vida en peligro, a menos que les obligaran a hacerlo.</p> <p>Entonces, la tierra tembló.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>II</p> <p>D<style name="versalita">ETENCIÓN ILEGAL</style></p> </h3> <p><i>Me llamo Arturo Adragón y siempre he vivido en la Fundación, una gran biblioteca medieval que pertenece a mi familia desde hace cientos de años. Ahora, mientras mi padre está en el hospital, vivo en casa de Metáfora</i>...</p> <p>Acabo de despertarme y trato de situarme en la realidad que, como no es muy estimulante, hace que volver de mis ensoñaciones me resulte muy difícil. Espero no estar volviéndome loco, como mi abuelo.</p> <p>Tengo la cabeza llena de batallas medievales, secuestros, traiciones, asesinatos, hechicería y desesperación... Creo que Arturo Adragón, el personaje de mis sueños, está peor que yo.</p> <p>Metáfora me enseñó anoche su cuerpo lleno de letras, que son iguales que las mías. A pesar de mis preguntas, no he conseguido averiguar su procedencia. Ni ella misma lo sabe.</p> <p>Ahora, mientras desayunamos, planeamos ir al hospital a hacer una visita a papá y a Norma. Con solo pensar en lo cerca que ha estado de la muerte, me tiemblan las piernas.</p> <p>—Estoy preocupado —digo mientras abro una caja de <i>donuts</i>—. Hace tiempo que no sabemos nada del general Battaglia.</p> <p>—Seguro que está bien —responde Metáfora, a la vez que me sirve un café—. Cualquier día aparecerá por aquí. Ya lo verás.</p> <p>—Tienes razón, pero a veces echo de menos sus consejos.</p> <p>—Lo sé, Arturo, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados, esperando. Tenemos que seguir con nuestros asuntos. ¿Te parece que después del hospital pasemos por el cementerio? La búsqueda de la tumba de mi padre me está quitando el sueño.</p> <p>—Tranquila, daremos con ella, te lo prometo.</p> <p>Metáfora me mira agradecida y me toma de la mano.</p> <p>—Bueno, y de tu amigo Horacio, ¿qué me cuentas? —bromeo para quitar un poco de hierro al asunto.</p> <p>—¡Sabes perfectamente que no quiero nada con él! —dice mientras se hace la enfadada. Ella también está de broma.</p> <p>—Anda —digo con una sonrisa de oreja a oreja—, pues bien que le utilizaste para ponerme celoso.</p> <p>—¡Y tú coqueteabas con Mireia! ¿O no te acuerdas?</p> <p>Estoy a punto de seguir con el pique, pero suena el timbre de la puerta.</p> <p>—¡Qué raro! ¿Quién puede ser a estas horas? —dice Metáfora mientras se levanta.</p> <p>Abre la puerta y escucho la voz de un hombre.</p> <p>—¿Vive aquí Arturo Adragón?</p> <p>—Sí, ¿qué quieren?</p> <p>—¿Está aquí ahora?</p> <p>—Sí, pero...</p> <p>Es extraño que alguien venga a buscarme aquí. Casi nadie sabe que vivo en esta casa. Como no sea alguien del instituto...</p> <p>—Arturo, ¿puedes venir un momento, por favor? —me pide Metáfora.</p> <p>Me acerco a la puerta, donde dos agentes de policía uniformados esperan con un papel en la mano.</p> <p>—¿Arturo Adragón? —pregunta uno.</p> <p>—Sí, soy yo.</p> <p>—¿Puede venir con nosotros a comisaría? El inspector Demetrio quiere hablar con usted.</p> <p>—¿Tan urgente es?</p> <p>—Tiene que acompañarnos ahora —dice el otro agente, agitando una hoja—. Tenemos una orden de detención contra usted.</p> <p>Metáfora y yo nos miramos sin comprender nada.</p> <p>—Yo no he hecho nada...</p> <p>—Tenemos que llevarle a comisaría —interviene cortante el primer policía—. O viene por las buenas o le llevamos esposado. ¿Qué prefiere?</p> <p>—Vamos, yo te acompaño —dice Metáfora—. Ya habrá tiempo de aclarar este embrollo.</p> <p>—No lo entiendo —refunfuño—. No hay motivos.</p> <p>—Tenga cuidado con lo que dice —me advierte el segundo agente—. Es mejor que se mantenga en silencio. En comisaría podrá decir todo lo que quiera.</p> <p>—Metáfora, llama a Adela —le sugiero—. Que venga a buscarme.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El comisario Demetrio me mira como si yo fuese culpable de todo lo peor que ocurre en el mundo. Hay mucho desprecio en su mirada.</p> <p>—El señor Stromber te ha denunciado por amenazas —dice, mostrando una carpeta de documentos—. Tiene testigos que aseguran que le has amenazado de muerte.</p> <p>—Eso es una tontería —digo—. Yo no he amenazado a nadie. ¡Miente!</p> <p>—Tengo dos alternativas. O te encierro hasta que te juzguen o te dejo en libertad bajo la promesa de que no volverás a acercarte a él.</p> <p>—También puede pedir una orden de alejamiento en sentido contrario, para que él no se acerque a la Fundación... o lo que queda de ella.</p> <p>—Arturo, no estás en condiciones de ser sarcástico. Esta denuncia te puede costar cara —advierte en plan paternalista.</p> <p>—Usted sabe muy bien que esa acusación es una falsedad —respondo—. Yo no he hecho esa amenaza ni ninguna otra.</p> <p>—Tú nunca sabes nada —dice en tono irónico—, ¿A que tampoco has oído hablar de la explosión de un coche que se produjo en la zona residencial hace unas noches? ¿Verdad que no sabes nada?</p> <p>—Comisario, no querrá responsabilizarme de todo lo que ocurre en Férenix, ¿verdad?</p> <p>—Férenix se está llenando de maleantes que creen que aquí pueden hacer lo que les venga en gana —responde, tras dar un sorbo a su taza de café—. Pero se equivocan. Férenix aprecia mucho su tranquilidad. Y nadie la pondrá en peligro.</p> <p>—¿Qué tengo yo que ver con todo eso, inspector?</p> <p>—¡Te lo voy a explicar! —exclama, removiéndose en su silla—. Últimamente están pasando cosas muy raras. Esa bomba en la Fundación, el coche que explotó... Mi olfato me dice que estás involucrado hasta el cuello en esos sucesos.</p> <p>—¡Eso es una locura, inspector! ¡Usted delira!</p> <p>—¡No! ¡Sé lo que digo! ¡Sé lo que pretendes! ¡Menos mal que hay gente como Stromber, Del Hierro y otros que nos han alertado sobre ti y tus amigos!</p> <p>—¿Amigos? ¿Qué amigos? ¿A quién se refiere? ¿De qué habla?</p> <p>—No hace falta que disimules conmigo. Lo sabes muy bien... Lo sabes perfectamente.</p> <p>En ese momento, un agente llama a la puerta.</p> <p>—Perdone, comisario, pero hay una señorita que quiere entrar. Se llama Adela...</p> <p>Demetrio sonríe irónicamente.</p> <p>—Adela Moreno... Sí, ya sé quién es. Dígale que pase.</p> <p>El agente deja entrar a Adela, que viene hecha una furia.</p> <p>—¡Quiero ver esa orden de detención! —exclama—. ¡Ahora mismo!</p> <p>—¿Orden de detención? Usted se equivoca, solo es una citación —explica Demetrio.</p> <p>—Pero el agente dijo que venían a arrestarme —digo.</p> <p>—¡Ha abusado usted de su cargo, comisario! —grita Adela—. Voy a quejarme a sus superiores. ¡Hablaré con quien sea necesario!</p> <p>—Vamos, vamos, no hace falta armar tanto escándalo por un malentendido —responde Demetrio para tranquilizarla—. No se ponga así, señorita Adela. A su jefe, el señor Stromber, no le va a gustar enterarse de que ha entrado usted en mi comisaría de este modo.</p> <p>—¡Y a nuestros abogados no les va a gustar saber que ha arrestado ¿legalmente a un chico! —responde Adela—. ¡Esto le va a costar un disgusto!</p> <p>—¿Arrestado? Le digo que se equivoca —insiste Demetrio—. Solo quería hacerle algunas preguntas.</p> <p>—Bueno, ¿qué va a hacer conmigo? ¿Me va a encerrar o qué? —le increpo, deseoso de terminar esta horrible reunión—. ¡Dígamelo ya!</p> <p>—Te voy a dejar libre. Tus abogados tardarían pocas horas en sacarte de la cárcel. Pero no te vayas del país sin mi permiso. Sabemos lo que pretendes, Arturo Adragón, pero no te lo vamos a permitir. Adiós, señorita Adela. Buenos días.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Metáfora, Adela, y yo hemos entrado en una cafetería para ordenar nuestras ideas. <i>Patacoja</i> acaba de llegar. Ha venido en cuanto le hemos llamado por teléfono. Pedimos unas consumiciones y esperamos a que nos las sirvan.</p> <p>—¡Es inaudito! —exclama Adela—. Nunca he visto nada igual. ¡Y encima dice que solo era una citación!</p> <p>—Yo he oído muy bien cómo el agente decía que era una orden de arresto —explica Metáfora.</p> <p>—¿Os dieron copia de esa orden? —pregunta <i>Patacoja</i>.</p> <p>—No, pero...</p> <p>—Entonces no hay nada que hacer —dice nuestro amigo—. Dirán que lo entendisteis mal.</p> <p>—Pues yo os digo que vinieron a arrestar a Arturo —insiste Metáfora.</p> <p>—Eso ahora ya no importa —explica Adela—. Lo que hay que hacer es descubrir a qué viene ese acoso por parte del comisario. Es evidente que persigue algo.</p> <p>—O que actúa por orden de alguien —digo.</p> <p>—¿En quién piensas? —pregunta <i>Patacoja</i>.</p> <p>—En Stromber. Lo ha nombrado. Lo conoce y forma parte de su plan —afirmo—. Estoy seguro de que son amigos y cómplices.</p> <p>—Pero ¿por qué? —pregunta Adela—. ¿Qué buscan? ¿Qué pretenden? ¿Para qué hacen todo eso?</p> <p>—Stromber dijo que quería ser Arturo —nos recuerda <i>Patacoja</i>—. Sabemos que quiere ocupar tu lugar.</p> <p>—Ya, pero eso es una fantasmada. Lo dice en sentido figurado, ya que no puede ser de otra manera —dice Metáfora—, ¿Qué quiere decir eso de que quiere ser Arturo?</p> <p>—Quiere quedarse con la Fundación —digo escuetamente—. Se refiere a eso.</p> <p>—La Fundación ya no existe. Seguro que piensa en otra cosa —dice <i>Patacoja</i>.</p> <p>—A ver, Juan, cariño, ¿a qué otra cosa crees que se puede referir?</p> <p>—¡El apellido! —exclama de súbito Metáfora—. ¡Quiere quedarse con el apellido Adragón! ¡Eso es lo que quiere!</p> <p>—Para eso no le hace falta la complicidad de Demetrio —deduce Adela—. Eso es una cuestión legal que se resuelve con abogados, en juicios. ¡Hacedme el favor de no divagar, que nos vamos a volver locos!</p> <p>—¿Locos? ¿Que vengan dos policías a detenerte es volverse loco? —pregunto.</p> <p>—Lo que quiero decir es que hay que pensar en cosas concretas —explica Adela—. Stromber quiere algo preciso. Y si Demetrio es socio suyo, tiene que ser por algo tangible, no por un apellido o un trastorno de la personalidad. ¿Entendéis lo que quiero decir?</p> <p>Yo sé que Adela tiene algo de razón. Pero ella no sabe lo que nosotros sabemos. Y es muy difícil explicárselo. Si se lo contáramos todo, pensaría que estamos locos.</p> <p>—Adela, ¿tú crees en la inmortalidad? —le pregunto.</p> <p>Me mira desconcertada.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>III</p> <p>L<style name="versalita">A HECHICERA</style></p> </h3> <p>El terremoto llegó acompañado de un ruido estremecedor y, aunque apenas duró unos segundos, el pánico se extendió por doquier. La gente empezó a gritar y a correr; varias personas se pusieron de rodillas para clamar al cielo. Algunos tejados se desprendieron y los caballos, espantados, no dejaban de relinchar.</p> <p>—¡Es culpa de la bruja! —gritaron.</p> <p>—¡Y del hechicero ciego!</p> <p>—¡Malditos sean!</p> <p>—¡Vamos a morir!</p> <p>El temblor reavivó los peores temores de los más supersticiosos. La gente del pueblo creía que con la muerte de la muchacha se terminarían aquellas terribles sacudidas. Pero aquella ejecución se impidió con la llegada de Arturo y Crispín.</p> <p>Cuando todo volvió a la normalidad y la tierra dejó de moverse, Arturo descabalgó y, tras encontrar la máscara de plata, se la volvió a colocar. Después, lentamente, se acercó a Crispín, que se mantenía cerca de la muchacha para protegerla.</p> <p>—¡Soldados! —exclamó—. ¡Es mejor que os marchéis de aquí! ¡Llevaos a vuestro capitán y a los heridos! ¡La contienda ha terminado!</p> <p>—Cuando informemos al rey de lo que has hecho, mandará tropas para apresarte —amenazó el sargento Simbolius—. No podrás huir.</p> <p>—No rehuiré el combate. Pero sabed que vuestro sentido de la justicia deja mucho que desear. ¡No se puede condenar a una persona sin haberla juzgado! ¡Y mucho menos, condenarla a muerte! ¡Ella no puede ser culpable de estos temblores de tierra!</p> <p>—¡Claro que sí! —gritó una mujer—. ¡Hace pactos con el diablo!</p> <p>—¡Hay que quemarla o este pueblo desaparecerá!</p> <p>—¡Quemadla! ¡Quemadla!</p> <p>Arturo alzó su espada y las voces se acallaron de inmediato.</p> <p>—¡Nadie va a ser quemado! —advirtió el caballero negro—, ¡No lo permitiré!</p> <p>Los ánimos se tranquilizaron definitivamente.</p> <p>—¡Marchaos con vuestros hombres! —ordenó a Simbolius—. ¡Retiraos!</p> <p>El sargento, que ya había perdido todo el interés por la bruja y por el caballero de la espada invencible, ordenó a sus hombres que recogieran los cuerpos del capitán y de los soldados abatidos, que los cargaran en el carro y que salieran del pueblo.</p> <p>De repente, un hombre salió de entre la multitud. Muy nervioso, abrazó a la joven, que empezaba a recobrar el sentido.</p> <p>—¡Amedia, hija! —exclamó el hombre—. ¡Hija de mi vida!</p> <p>—¡Padre! ¡Padre!</p> <p>—Tranquila, mi pequeña Amedia, estás a salvo —aseguró el hombre—. Estos caballeros te han salvado.</p> <p>—¿Te encuentras bien, muchacha? —preguntó Arturo—. ¿Podemos hacer algo por ti?</p> <p>—Quiero ir a casa. Me duele todo el cuerpo. Apenas tengo fuerzas.</p> <p>Dédalus —que así se llamaba el padre de la chica— y Crispín la ayudaron a caminar. Cruzaron la plaza y llegaron a las afueras del pueblo, desde donde pudieron ver cómo la caravana de soldados se alejaba lentamente.</p> <p>—Hemos llegado —indicó Dédalus, señalando una casucha que estaba situada a escasos metros de un cobertizo medio derruido—. Vivimos aquí.</p> <p>Crispín ató las riendas de los caballos a una argolla que estaba clavada en la pared. Después, los cuatro entraron en la casa.</p> <p>—Creo que puedo daros algo de comer —ofreció el padre de Amedia.</p> <p>—Gracias, amigo Dédalus —respondió Arturo—. Ahora, lo importante es que vuestra hija se recupere de las heridas.</p> <p>Amedia se tumbó en su camastro. Dédalus la examinó.</p> <p>—Tiene el cuerpo lleno de golpes y latigazos. Está totalmente magullada. Necesita reposo.</p> <p>—Te recuperarás —la animó Arturo—. ¡Has sido muy valiente!</p> <p>—Gracias por vuestra ayuda, caballero —respondió la muchacha—. Nadie hubiera hecho eso por mí.</p> <p>—¿Qué pruebas tenían para acusarte?</p> <p>—Ninguna. Me dijeron que la gente del pueblo me había denunciado. Aseguran que soy bruja y que mi padre conoce las artes alquímicas. Hace tiempo que nos acusan de ser amigos de los alquimistas.</p> <p>—¿Es verdad? —preguntó Arturo—. ¿Lo sois?</p> <p>—Aunque nunca supe su nombre, hace tiempo conocí a uno de ellos, le di abrigo y cobijo —confesó Dédalus—. La gente del pueblo nunca me lo perdonó.</p> <p>—¿Practicas la alquimia? —le preguntó Crispín.</p> <p>—Qué va. No sé leer ni escribir —explicó el padre de Amedia—. ¿Cómo voy a practicar un arte cuyos secretos desconozco? Estoy diciendo la verdad. Os lo aseguro.</p> <p>—Los hechiceros han hecho creer a la gente que los alquimistas son malvados —explicó Amedia.</p> <p>—Siento que os hayan hecho pagar el precio de esta gran mentira. Espero que podáis recuperaros enseguida —aseveró Arturo—. Y que no hayáis confesado crímenes que no habéis cometido.</p> <p>—Me torturaron durante horas hasta que me obligaron a decir todo lo que ellos querían oír —reconoció Amedia—. Perdí el conocimiento varias veces. Tengo el cuerpo destrozado.</p> <p>Esos soldados no se andan con bromas —advirtió Crispín—. Estaban dispuestos a quemaros viva.</p> <p>—En estos tiempos queman a cualquiera que sea sospechoso de ser amigo de los alquimistas. Dicen que buscan al supuesto sabio que embrujó al rey y que provoca estos extraños temblores de tierra —explicó Dédalus—. Están tan desesperados que han convocado a todos los brujos que puedan eliminar esos hechizos para que devuelvan la normalidad al reino. Odian y temen a los hechiceros, pero los necesitan.</p> <p>—Sí; con una mano los arrojan a la hoguera y con la otra aceptan su ayuda y usan sus ungüentos curativos —sentenció Crispín—. ¡Es una locura!</p> <p>—Curiosa manera de solucionar problemas —terció Arturo—. Ahora iodo el mundo busca hechiceros, magos, brujos... y alquimistas.</p> <p>—¿Vosotros también? —preguntó el padre de Amedia—. ¿Andáis en busca de hechiceros? ¿O sois amigos de los alquimistas?</p> <p>—Buscamos a un mago que, según dicen, es capaz de recomponer un rostro destrozado como el mío —explicó Arturo—. Necesito encontrarlo.</p> <p>—Hay muchos magos y hechiceros que podrían haceros ese trabajo, caballero. Y por poco dinero.</p> <p>—El que yo busco es especial. Me han dicho que podría devolverme la vista —añadió Arturo, sin dar demasiadas pistas.</p> <p>Amedia hizo un breve silencio. Arturo tuvo la rara impresión de que estaba a punto de decir algo.</p> <p>—¿Acaso lo conocéis? —preguntó.</p> <p>—No, pero si lo encontráis mandádmelo, que yo también necesito recomponer este cuerpo maltrecho —bromeó Amedia—. ¿Necesitáis alguna otra cosa?</p> <p>—Comida —dijo Crispín.</p> <p>—Y alojamiento para esta noche —añadió Arturo.</p> <p>—Lo primero os lo podemos dar —aseguró el anciano—. Lo segundo no os conviene. Los últimos viajeros que se alojaron en este pueblo se quedaron para siempre... en el cementerio. Es mejor que os marchéis.</p> <p>—Solo queremos descansar —repuso Arturo—. Mañana seguiremos nuestro viaje.</p> <p>—Si descansáis una noche aquí, no continuaréis vuestro trayecto —insistió el hombre—. Eso os lo aseguro.</p> <p>—¿Qué o quién puede impedírnoslo?</p> <p>—La noche, caballero de la máscara —respondió Dédalus—. ¡La noche!</p> <p>—La noche por sí sola no mata a nadie —respondió Arturo.</p> <p>—Sí las noches de Boca del Diablo. Son implacables. Se llenan de bestias que salen de caza. Buscan carne fresca; es como si supieran cuándo llega alguien de fuera. A nosotros, los que vivimos aquí, nos dejan en paz. Les basta con atemorizarnos. Nos tienen sometidos.</p> <p>—De todas formas, nos quedaremos —afirmó Arturo—. ¡Y que la noche y esas criaturas no intenten nada contra nosotros!</p> <p>—No nos gusta que interrumpan nuestros sueños —añadió Crispín.</p> <p>—Corréis el peligro de pasar al sueño eterno sin enteraros de nada —vaticinó Dédalus—. Es peligroso dormir aquí.</p> <p>—¿Dónde podemos alojarnos? Todo indica que lloverá en breve y queremos cubrirnos —dijo Arturo, haciendo caso omiso de la advertencia.</p> <p>—Tendremos mucho gusto de alojaros en mi casa, aunque, como veis, es muy pequeña —ofreció Amedia—. Mañana os daremos comida para llevar... Queso, pan, carne y fruta.</p> <p>—Quizá podíais dejarnos un hueco en el cobertizo —sugirió Crispín, mirando por la ventana—. No molestaremos a los animales y, de paso, los vigilaremos.</p> <p>—No os hagáis ilusiones —suspiró Amedia—. Otros tan fuertes como vosotros cayeron en las garras de esos seres.</p> <p>—Mañana por la mañana veréis brillar esta máscara sobre mi rostro aseguró Arturo.</p> <p>—Eso espero.</p> <p>—Ah, por cierto, creo que hay un alquimista llamado Arquimaes dijo el anciano Dédalus—. A lo mejor es quien buscáis. Dicen que ahora se aloja en Ambrosia, junto a la reina Émedi.</p> <p>—Arquimaes no es a quien buscamos —respondió Arturo—. Y la reina Émedi... ha muerto.</p> <p>—Lo siento por ella. Era una reina justa —dijo con pena—. Sufrió mucho. Dicen que tuvo un hijo que nació muerto.</p> <p>—Os aseguro que su hijo está bien vivo —afirmó Arturo—. No os quepa duda.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Al borde del agotamiento, los Émedianos llegaron a Ambrosia, donde la gente salió a recibirlos. La noticia de la victoria ya había llegado, así que la satisfacción por el reencuentro fue extremadamente dichosa.</p> <p>No obstante, muchos tuvieron que lamentar la pérdida de algún ser querido. La batalla había sido cruenta y muchos miembros del Ejército Negro habían caído.</p> <p>—Declararemos diez jornadas de luto —ordenó Arquimaes a sus generales y caballeros—. En esta ocasión se han perdido muchas vidas. Esta victoria la hemos pagado cara.</p> <p>—Nuestra querida reina Émedi dio su vida por nosotros —añadió Puño de Hierro—. ¿Cómo olvidarlo?</p> <p>—Guardaremos su cuerpo como si fuese nuestro tesoro más preciado aseguró Arquimaes—. La pondremos junto a Alexia, que también ha sido una víctima de esta guerra contra la hechicería.</p> <p>—Si queréis, maestro Arquimaes, me ofrezco para ayudaros —propuso Rías, al finalizar la reunión—. Serví a la princesa en vida y me gustaría seguir haciéndolo mientras pueda, junto a vos.</p> <p>—Gracias, amigo Rías —respondió el alquimista—. Sé que ayudaste a Arturo cuando entró en Demónika, y tengo plena confianza en ti.</p> <p>—Si lo consideráis conveniente, puedo serviros como ayudante. La alquimia me fascina desde que contemplé de cerca el cuerpo de Arturo Adragón, repleto de letras y con el dragón en el rostro. Conozco el arte de la caligrafía y soy capaz de hacer hermosos dibujos.</p> <p>—Intentaré complacerte. Pero ahora debemos ocuparnos de ellas. Quizá cuando esta etapa oscura sea un recuerdo...</p> <p>—Tendré paciencia, maestro Arquimaes —dijo Rías—. Espero poder serviros.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Después de comer, Amedia, haciendo un gran esfuerzo y con la ayuda de su padre que, inútilmente, trató de disuadirla, se obstinó en acompañar a Arturo y a Crispín hasta el andamiaje.</p> <p>—Este agujero surgió cuando empezaron los terremotos —les explicó—. A veces, salen de aquí seres que se llevan a los vivos. Es terrible.</p> <p>—¿Qué hacen con ellos? ¿Adonde los llevan?</p> <p>—Supongo que al infierno. Dicen que este pueblo lo levantaron los hechiceros —respondió con naturalidad—. Este reino está maldito, os lo digo yo.</p> <p>—¿Qué tiene que ver el rey Rugiano con esto? —quiso saber Arturo.</p> <p>—Es un impostor. No es de sangre real y su linaje está condenado. Pertenece a una casta de asesinos. Ha desatado la furia de la naturaleza —dijo Dédalus—. Yo creo que es él quien ha provocado los temblores de tierra. Dicen que se alimenta de sangre.</p> <p>—Conozco a muchos reyes que se coronaron a sí mismos —reconoció Crispín—. Reyes que se han convertido en tiranos que abusan de sus súbditos. Mi padre tuvo que huir al bosque para escapar de la ferocidad de uno de ellos. No nos olvidemos de nuestro amigo Frómodi.</p> <p>—Un rey sin linaje es una maldición para su pueblo —insistió la muchacha—. Dentro de poco, este reino estará sumido en el caos, rebosará de hechiceros perversos y corruptos. Se llenará de agujeros como este y acabaremos devorados por las bestias de las profundidades.</p> <p>—Las convenceremos de que no les conviene salir de su guarida —aseguró Crispín.</p> <p>—¿Habéis intentado taponarlo? —preguntó Arturo.</p> <p>—Sí. No hemos dejado de hacerlo, pero ha sido inútil. Es como si no tuviera fondo —intervino el padre de la joven—. Nunca termina de cegarse.</p> <p>—¿Alguien ha visto a esos fantasmas? —preguntó Crispín.</p> <p>—Quienes los han visto no han vivido para contarlo —dijo la chica.</p> <p>—Eso significa que nadie los ha visto —dedujo Arturo—. Son una leyenda.</p> <p>—Solo hay una forma de saberlo —añadió Crispín—, ¿Verdad, Arturo?</p> <p>—Sí, tienes razón. Esta noche, en el cobertizo, estaremos muy atentos. Desde allí podremos comprobar lo que ocurre. Si esos fantasmas salen, se encontrarán con nosotros.</p> <p>—Os jugáis la vida si dormís en ese lugar —les advirtió Amedia.</p> <p>—Tú reponte de tus heridas. Nosotros nos ocupamos del resto —respondió Arturo—. ¿Verdad, Crispín?</p> <p>—Sin duda, mi señor.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IV</p> <p>C<style name="versalita">ARROÑEROS EN LA FUNDACIÓN</style></p> </h3> <p>Nos acercamos a los restos de la Fundación y <i>Sombra</i> sale a saludarnos. A pesar de que hemos intentado sacarle de ahí, debido al peligro que representa el posible derrumbamiento de las ruinas, se ha mantenido firme en su propósito y se ha construido una pequeña casucha en la que vive por decisión propia.</p> <p>—¿Qué tal va todo, <i>Sombra</i>? —le pregunto.</p> <p>—Mal. Esto se cae por momentos. Es imposible mantenerlo en pie explica—. Es insalvable.</p> <p>—Por eso deberías venir con nosotros —insiste Metáfora—. Aquí tu vida corre peligro.</p> <p>—La Fundación corre más peligro que yo —argumenta—. No saldré de aquí. Nadie me verá huir. Hay cosas demasiado importantes como para dejarlas al alcance de los buitres.</p> <p>—Creo que a partir de mañana vienen las máquinas de derribo —dice <i>Patacoja</i>—. Van a tirarlo todo.</p> <p>—No les dejaré trabajar. Es nuestra casa y nadie tocará un solo muro —responde.</p> <p>—Lo más importante es que los libros están a salvo —digo—. Hemos salvado muchos.</p> <p>—Yo he recogido numerosos restos, pero no he podido evitar que los carroñeros se hayan llevado algunos ejemplares. Hay libros por todas partes —replica <i>Sombra</i>—. Esto ha sido un verdadero desastre. Tantos siglos de trabajo para acabar así.</p> <p>—Estoy deseando entrar —comenta <i>Patacoja</i>—. Es una buena ocasión para explorar. Hay que aprovechar la confusión.</p> <p>—Ten cuidado, cariño. Como te pillen las autoridades, te meterás en un buen lío —advierte Adela—. Además, es muy peligroso.</p> <p>—Si hay algún lugar en el que sé moverme, es precisamente este. Recuerda que soy experto en ruinas. No me pasará nada.</p> <p>—¿Cuándo bajamos, <i>Patacoja</i>? —pregunto.</p> <p>—Arturo, por favor, no le llames así —pide Adela—. Ya sabes que no me gusta... Llámale Juan.</p> <p>—Mis amigos me pueden llamar como quieran —protesta él—. Además, a mí me gusta que me llamen <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Pero, cariño... —insiste Adela.</p> <p>—Adela, mi vida, deja que me llamen <i>Patacoja</i>, que es lo que a mí me gusta.</p> <p>—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunto.</p> <p>—Nuestro trabajo —responde con decisión el arqueólogo que hay dentro de <i>Patacoja</i>—. Ahí abajo hay muchas respuestas y quiero encontrarlas. Mañana por la noche bajaremos.</p> <p>—Yo también quiero ir —se apunta Metáfora—. Quiero ver lo que se esconde bajo la Fundación. Quiero conocer el palacio de Arquimia.</p> <p>—Está bien. Iremos los tres...</p> <p>—Quizá debería acompañaros —propone <i>Sombra</i>—. Puedo ser de gran ayuda.</p> <p><i>Patacoja</i> me mira, pidiendo mi opinión.</p> <p>—Es muy peligroso, <i>Sombra</i> —respondo—. Puede haber derrumbamientos y tú...</p> <p>—Ya, ya sé que soy un vejestorio, pero puedo ser un buen guía. Conozco muchos secretos.</p> <p>—Está bien —acepto—. Al fin y al cabo, ahí abajo no correrás más peligro que aquí. Si se derrumba, da lo mismo estar abajo que arriba.</p> <p>—¡Estáis locos! —protesta Adela—. Estos muros se caerán con un leve movimiento. ¡No permitiré que bajéis! ¿Me oyes, Juan?</p> <p>—Sí, cariño, te he oído —responde <i>Patacoja</i>—. Pero soy arqueólogo y no puedo desperdiciar esta ocasión. ¡Compréndelo!</p> <p>—Entonces yo también voy con vosotros —responde—. ¡O todos o ninguno!</p> <p>—Adela, por favor —le pide <i>Patacoja</i>—. Prefiero que te quedes aquí, cariño. Hazlo por mí... ¿Vale?</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Entramos en el hospital y subimos al piso de la habitación de papá. Adela y <i>Patacoja</i> han insistido en acompañarnos.</p> <p>—Hola, papá. ¿Cómo te encuentras?</p> <p>—Bien, Arturo. Ya empiezo a sentirme mejor —dice con una sonrisa—. Esta vez ha faltado poco.</p> <p>—Se está recuperando muy bien —explica Norma—. El doctor Batiste ha hecho un buen trabajo.</p> <p>—¿Batiste? —pregunto un poco sorprendido—. ¿Es que ha venido a verle?</p> <p>—Sí... Bueno, también estuvo en el quirófano.</p> <p>—Vaya, yo creía que... Bueno, en fin, lo que importa es que se ha salvado —afirmo—. Me alegro.</p> <p>—Hubo un momento en que creí estar muerto —reconoce papá—. Pensaba que no volvería a veros nunca más. Si no hubiera sido por el doctor Batiste...</p> <p>—No exagere, señor Adragón —bromea Adela—. Según dicen, cuando uno cree estar muerto, ya no le atraen las cosas de este mundo.</p> <p>—Te equivocas. Es precisamente cuando más deseas volver a él, con urgente —asegura papá.</p> <p>—Nadie sabe lo que pasa al morir —añade Metáfora—. Es un misterio.</p> <p>—Lo importante ahora es que todo ha salido bien —repone Norma.</p> <p>—¿Es cierto que la Fundación está derruida? —pregunta papá.</p> <p>—Venimos de allí y no hay más remedio que derribar lo poco que queda en pie —explico—. No sé qué vamos a hacer.</p> <p>—Quizá ha llegado el momento de marcharnos de Férenix —responde papá—. Podemos cambiar de vida.</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué dices?</p> <p>—A veces hay que tomar decisiones drásticas —argumenta—. Cuando algo termina, siempre hay otras cosas que comienzan.</p> <p>—¿Y por qué no reconstruimos la Fundación? —pregunto—. La levantaremos sobre sus propias ruinas. ¡Eso es lo que vamos a hacer! ¡Renaceremos de nuestras propias cenizas!</p> <p>—Creo que es un poco tarde para eso, Arturo —insiste papá—. Estoy cansado, muy cansado.</p> <p>—Nuestra vida está ligada a la Fundación, papá —insisto—. Si ella muere, nosotros también.</p> <p>—La Fundación solo es un edificio.</p> <p>—¿Y nuestro apellido? ¿No vale la pena luchar por él?</p> <p>—El apellido Adragón está a salvo. Nunca renunciaremos a él —afirma—. Es lo único que tenemos.</p> <p>—Papá, ya sabes que Stromber quiere apropiárselo —le recuerdo.</p> <p>—Sí, me ha hecho una oferta de compra, pero no he accedido.</p> <p>—¿Quiere comprar vuestro apellido? —pregunta Metáfora, sorprendida.</p> <p>—No se lo venderé —se reafirma papá—. Podéis estar tranquilos.</p> <p>Se abre la puerta y entra una enfermera con una bandeja en las manos. Porta una jeringuilla.</p> <p>—Es la hora de la medicación —anuncia—. Salgan un momento mientras le inyecto un poco de salud al señor Adragón. ¡A ver esas nalgas, caballero!</p> <p>Salimos al pasillo para preservar la intimidad de papá.</p> <p>—Se le ve muy bien —comenta Adela—. Después de lo que ha pasado, es un milagro que esté vivo.</p> <p>—Es un milagro que nadie haya muerto en esa horrible explosión —añade Metáfora—. Podemos darnos por contentos.</p> <p>Sus palabras me recuerdan el momento de la deflagración y la terrible imagen me remueve el estómago.</p> <p>—Voy a bajar a saludar al doctor Batiste —digo—. Ahora vuelvo.</p> <p>—Te acompaño —tercia Metáfora.</p> <p>Descendemos en el ascensor hasta la planta baja. En el mostrador de información nos dicen que el doctor está en la cafetería.</p> <p>—Quizá debamos dejarle tranquilo —sugiere Metáfora.</p> <p>—Necesito hablar con él ahora —insisto—. Vamos.</p> <p>Batiste está sentado en una mesa que está al fondo de la sala, ante una taza de café, hablando por el móvil. Está solo. Es una buena ocasión.</p> <p>Nos acercamos y nos quedamos a unos metros de su mesa, lo justo para que nos vea.</p> <p>—... De acuerdo, Horacio. Tengo que colgar... Hola, Arturo —saluda, cuando termina la conversación telefónica—. ¿Qué tal estás?</p> <p>—Bien. Vengo a darle las gracias por haberle salvado la vida a mi padre. Me ha contado lo que hizo usted, doctor.</p> <p>—Oh, no es para tanto —replica, tras dar un sorbo de café—. Tu padre no estaba tan mal. He cumplido con mi trabajo. He hecho lo que debía, ni más ni menos.</p> <p>Me siento en una silla, frente a él, y Metáfora se sitúa a mi lado.</p> <p>—Doctor, mi padre dice que usted le ha devuelto a la vida. Dice que sintió que se moría y...</p> <p>—Eso no es correcto —insiste—. Tu padre no estuvo muerto en ningún momento. Sufrió un gran <i>shock</i>, eso es todo.</p> <p>—El dice que sí, y yo le creo. Tengo la seguridad de que le resucitó, doctor Batiste.</p> <p>—¿De verdad crees que tengo la capacidad de devolver la vida a los muertos? Lo único que tenemos los médicos son electrodos y algunas medicinas muy potentes. Pero no somos dioses; no tenemos tanto poder.</p> <p>—El señor Adragón nos acaba de explicar que estaba muerto —dice Metáfora—. Y que algo le hizo volver a la vida, al mundo real. Creemos que usted...</p> <p>—A veces ocurre que algunas personas creen que han muerto. Luego dicen que vieron una luz blanca —dice, intentando desmontar la tesis de la resurrección de papá—. Pero lo único que ven es la luz de los focos del quirófano. El día que sea verde, dirán que vieron un largo túnel con luz verde. Eso es lo que hay.</p> <p>—Yo creo a papá —insisto—. Le conozco y sé que no inventa historias.</p> <p>—Es una sensación falsa que, en su mente, ha adquirido categoría de realidad. No te engaña. Aunque para él haya sido real, no lo es. Es una fantasía.</p> <p>—El señor Adragón no es un fantasioso —dice Metáfora.</p> <p>—Ya lo sé. No es necesario tener una mente calenturienta para decir cosas así —explica, dando el último sorbo de café—. Es posible que haya tenido la sensación de estar muerto, pero puede ser por la debilidad, por los efectos de los sedantes, por el agobio, el dolor, el vértigo... En casos extremos se puede reanimar a alguien, pero hace falta aplicar muchas técnicas. En el caso del señor Adragón no fue necesario hacer nada especial. Puedes creerme.</p> <p>—Usted quiere quitar importancia a lo que ha hecho —le replico—. No nos engañe.</p> <p>—No, chico, no os engaño. Teniendo en cuenta que no conozco la verdad sobre el asunto que comentas, no puedo mentir —dice, mientras se levanta—. Perdonadme, pero tengo que volver al trabajo.</p> <p>—Por cierto, fuimos al cementerio, pero no encontramos la tumba que nos interesa. En realidad, buscamos a Román Drácamont, no a Román Caballero.</p> <p>—Lo siento, pero te conté lo que sé.</p> <p>—Ese hombre es mi padre —explota Metáfora—. Si sabe dónde está, debería decírmelo. Por favor...</p> <p>—Según tengo entendido, lo enterraron en el cementerio de Férenix. Sin embargo... preguntad al abad del monasterio de Monte Fer.</p> <p>—¿Por qué habría de saber el hermano Tránsito dónde está enterrado mi padre?</p> <p>—Esos monjes llevan un censo de todas las personas que viven y mueren en Férenix. Es posible que sepan algo. Es lo único que os puedo decir.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>V</p> <p>N<style name="versalita">OCHE DE TERROR</style></p> </h3> <p>La noche se presentó acompañada de rayos y truenos que retumbaban con fuerza por todo el valle. La tormenta se acercaba hacia Boca del Diablo con todo su vigor, dando la impresión de que lo iba a devorar.</p> <p>Arturo y Crispín habían cenado a gusto y en cantidad. Dédalus les habia servido generosas raciones de un sabroso guiso. Después, se instalaron en el cobertizo que estaba ocupado por dos caballos de tiro, cuatro vacas, algunas ovejas y varias aves de corral, como patos y gallinas, además de un par de perros que no les quitaban ojo de encima.</p> <p>—¿Dormimos o esperamos la visita de los fantasmas? —bromeó Crispín.</p> <p>—Yo duermo y tú haces la primera guardia —respondió Arturo—. Si vienen, me avisas.</p> <p>—Oh, claro, mi señor Arturo. Este fiel escudero velará tu sueño. Y si esas bestias aparecen por aquí, les pediré educadamente que se marchen para no desvelarte.</p> <p>Arturo ignoró la broma de Crispín, se tumbó entre la paja, se cubrió con una gruesa manta y se dispuso a dormir.</p> <p>Crispín se había armado con su inseparable maza y mantuvo el arco y las flechas al alcance de su mano. Dio incesantes paseos para no dejar una sola zona sin vigilar. Estaba seguro de que si alguien venía a perturbar su descanso, lo haría desde la parte más oscura, la que daba al bosque cercano. Los perros, que tampoco dormían y le acompañaban en silencio, como dos guardianes fieles, lo observaban todo a través de la cortina de lluvia.</p> <p>—Si veis algo, ladrad fuerte —les pidió—. Aunque despertéis a todo el valle. Sé muy bien que quienes se acercan en la oscuridad suelen ser mala gente.</p> <p>Ya había transcurrido casi la mitad de la noche, cuando el silencio y el cálido ambiente creado por los animales hicieron efecto sobre Crispín. Casi sin darse cuenta, sus músculos se relajaron y se rindió al sueño.</p> <p>El silencio, solo roto por algún trueno lejano, envolvía al pueblo y lo mantenía en una profunda calma, como si no perteneciera a este mundo. Tal y como había dicho Amedia, las noches de Boca del Diablo eran diferentes a todas las demás.</p> <p>De repente, Arturo, que dormía profundamente, dio un brinco y se despertó de sopetón. Agarró su espada alquímica y se encaró con las sombras.</p> <p>—¿Qué pasa? —preguntó medio dormido—, ¿Qué ocurre aquí?</p> <p>Crispín, que estaba a su lado dormido como un tronco, no le oyó. Parecia un niño inocente al que hubieran embrujado.</p> <p>Arturo tropezó con algo. Se inclinó y se encontró con los dos perros muertos, tumbados sobre un lecho de fango. Entonces, comprendió que sus últimos ladridos le habían despertado. Y se alarmó.</p> <p>De repente, una criatura con forma humana, rodeada de un aura blanca y con una espada al cinto, salió de entre la bruma haciendo un leve ruido que sobresaltó al caballero.</p> <p>—¡Por todos los muertos del Abismo! —exclamó Arturo, sintiendo su presencia—, ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿A qué has venido?</p> <p>—Soy uno de tus fantasmas —respondió la sombra, en tono amistoso y seductor—. Vengo a buscarte.</p> <p>—¡No te he llamado! —respondió Arturo.</p> <p>—Pero me conoces. Nos vimos en el camino del Abismo de la Muerte. ¿Recuerdas?</p> <p>—Eso está muy lejos. ¡Márchate! ¡No te he invocado!</p> <p>—Lo haces cada noche, Arturo Adragón. Sueñas con nosotros, nos buscas y nos adoras. ¡Estás más muerto que vivo! ¡Los remordimientos te acosan!</p> <p>—¡No quiero saber nada de vosotros! —insistió.</p> <p>—Pues aquí estamos —dijo otra criatura, acercándose—. No te librarás tan fácilmente de nuestra presencia.</p> <p>—¡Marchaos de aquí antes de que...!</p> <p>—¿De qué? —preguntó una tercera sombra.</p> <p>—¿Acaso nos amenazas? Sueñas con nosotros, nos das vida y ahora quieres eliminarnos —añadió una nueva criatura fantasmagórica—. Ven, te llevaremos a un sitio desde el que podrás conciliar el sueño con tranquilidad. La vida ya no te interesa. ¡Quítatela!</p> <p>—¡Fuera de aquí! —bramó Arturo, tensando los músculos y blandiendo su mortífera espada.</p> <p>—Te llevaremos junto a Émedi y Alexia. Y nunca te separarás de ellas. Ya no tienes nada que hacer en este mundo. Lo has perdido todo, incluso la vista... Ni siquiera te queda esperanza. Ven, te ayudaremos a morir.</p> <p>—¡No os acerquéis a mí! —amenazó Arturo, agitando su arma—. ¡O no respondo!</p> <p>Las sombras se rieron de las amenazas de Arturo. Sabían que nada podía contra ellas.—Veamos si sois capaces de llevarme con vosotros, malditos fantasmas —rugió Arturo—, ¡Por Adragón!</p> <p>Su grito resultó tan amenazador que hizo retroceder a los espectros. Las criaturas, que venían provistas de largas espadas, se aprestaron para la lucha.</p> <p>Arturo dio un paso adelante y se enfrentó a los visitantes nocturnos. Salió del cobertizo y pisó el barro que se había formado en el suelo a causa de la lluvia.</p> <p>—¿Quién va a ser el primero? —preguntó con arrojo.</p> <p>—¡Yo! —gritó una sombra que se abalanzó sobre él, con la furia de un rayo, espada en alto, dispuesta a atravesarle—. ¡Prepárate a morir!</p> <p>La espada alquímica rajó el cuello de la atrevida sombra, que cayó al suelo... y se evaporó, disolviéndose en el fango.</p> <p>Otras dos criaturas se acercaron, con la intención de acabar con él, pero el caballero negro atacó con tal rapidez que apenas tuvieron tiempo de dar dos pasos. Tres nuevas sombras se aproximaron a Arturo, con las armas enhiestas, pero duraron poco. El joven caballero, que tenía los sentidos alerta, supo resolver la situación con habilidad y las ensartó sin contemplaciones.</p> <p>A continuación, hendió su acero en el cuello de otras dos.</p> <p>Sin embargo, y a pesar de la poderosa acción defensiva de Arturo, las sombras, lejos de desaparecer, parecían multiplicarse. Cuando una se volatilizaba, tres ocupaban nuevamente su lugar.</p> <p>—¿Qué queréis de mí? —preguntó Arturo—. ¿Para qué queréis llevarme a vuestro mundo?</p> <p>—Para impedir que encuentres a ese alquimista —dijo una.</p> <p>—Para que Alexia y Émedi permanezcan en el Abismo de la Muerte —añadió otra—. ¡Contigo!</p> <p>—Así dejarás de buscar a ese... ¿Cómo se llama? Ah, sí, Arquitamius.</p> <p>—¡Arquitamius, el resucitador de damas! —se burló un fantasma.</p> <p>—¡El alquimista invisible!</p> <p>—¡Sí, el alquimista perdido!</p> <p>—¿Teméis que lo encuentre? —preguntó Arturo con satisfacción—. Entonces, me hacéis pensar que voy por buen camino.</p> <p>—Pero no te servirá de nada. ¡Esta noche saldrás del Mundo de los Vivos y vendrás con nosotros!</p> <p>—Cuando tu escudero despierte, encontrará tu cadáver aún caliente. Igual que el de esos perros. ¡Mátate, ahora que puedes!</p> <p>—¡Ahora estoy más decidido a quedarme! —contestó el caballero ciego, redoblando los esfuerzos y atizando mandobles con la espada—. ¡No me llevaréis con vosotros!</p> <p>—No te servirá de nada defenderte. Somos muchos —advirtió uno, lanzándole una estocada que iba dirigida directamente a su corazón.</p> <p>Arturo Adragón actuó con la rapidez de una gacela. Interpuso su espada en la trayectoria de la del fantasma y la desvió.</p> <p>Las sombras, viendo que sus esfuerzos resultaban inútiles, se reunieron alrededor de la que parecía comandarlas.</p> <p>—Esta noche no conseguiremos nada —reconoció—. Todavía mantienes la fe en encontrar a ese Arquitamius y eso te da fuerzas. Pero tu confianza se debilitará y volveremos a buscarte. Te lo aseguro.</p> <p>Arturo se dio cuenta de que algo acababa de pasar. El silencio, que había vuelto, le hizo comprender que las sombras habían desaparecido.</p> <p>—¡Crispín! ¡Crispín! ¡Muchacho!</p> <p>—¿Qué ha sucedido? —preguntó Crispín, despertándose de golpe—. Arturo, ¿qué haces ahí, de pie, con la espada en la mano? ¿Alguien te ha atacado? ¿Qué les ha pasado a los perros?</p> <p>—No sé... No sé qué ha ocurrido...</p> <p>—Ven, entra aquí, donde hace más calor —le invitó el escudero, envolviéndole con una capa—. Dentro de un rato amanecerá y el nuevo día te ayudará a sosegarte.</p> <p>Entonces, un rugido que provenía del interior de la tierra se apoderó de la noche.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El rey Frómodi sujetaba la lanza con la mano derecha. Su poderoso brazo rebosaba fuerza y nervio. Después de todo lo que había padecido, se sentía satisfecho. La recuperación de su brazo, como le había prometido Górgula, había sido rápida y eficaz.</p> <p>Sabía que, de un momento a otro, el jabalí saldría de entre el follaje y se lanzaría a por él, dispuesto a embestirle. Por eso tenía los músculos en tensión y se mantenía atento, sudando sin parar, con la respiración agitada.</p> <p>La caza había sido siempre una de sus actividades favoritas, y, ahora que se lo podía permitir, la practicaba cada vez que tenía oportunidad. Era una buena forma de olvidar sus problemas.</p> <p>—¡Jabalí va! —gritó uno de los batidores—. ¡Jabalí va!</p> <p>Frómodi se incorporó, con el brazo levantado y la lanza lista. Ya podía oír los gruñidos del animal. Veía cómo se agitaban los arbustos.</p> <p>El puerco se dejó ver. Era una bestia descomunal, más grande de lo que esperaba. Al principio, Frómodi sintió pavor, pero una vez se le pasó la sorpresa, se dispuso a vender cara su vida. Si fallaba, seguro que no lo contaría.</p> <p>Con toda la fuerza de que disponía, tiró su lanza hacia el blanco.</p> <p>El animal rodó por el suelo lanzando gruñidos estremecedores, con el asta clavada entre los ojos.</p> <p>—¡Lo habéis matado a la primera, majestad! —exclamó uno de sus criados—. ¡Habéis acertado de lleno!</p> <p>—¡Si llego a fallar me habría destrozado! —respondió Frómodi, aún con el susto en el cuerpo, frotándose el brazo derecho, que le dolía a causa del esfuerzo—. ¡Era descomunal! ¿De dónde ha salido esta bestia?</p> <p>—Proviene de lo más profundo del bosque. De vez en cuando surgen piezas así.</p> <p>—Pues la próxima vez habrá que tener cuidado con lo que me traéis. Diles a los batidores que no quiero creer que lo han hecho a propósito —dijo, casi en tono de amenaza—, ¡No quiero ni pensarlo!</p> <p>—Podéis estar seguros de que ha sido una casualidad —respondió en tono sumiso un caballero que les acompañaba—. Estos animales son imprevisibles. Surgen cuando menos te lo esperas. Nadie los controla.</p> <p>Frómodi no respondió. Se inclinó sobre el jabalí, agarró la lanza, puso el pie sobre el cuello del animal y dio un fuerte tirón. El animal lanzó un último alarido y se revolvió sobre sus cuartos traseros. Entonces, el antiguo conde desenvainó su daga y la clavó varias veces en el pescuezo del jabalí, provocando un borbollón de sangre que se extendió sobre la hierba.</p> <p>—¡Maldita bestia! —exclamó, en tanto limpiaba la hoja sobre su cuerpo peludo e inerte—. ¡Menudo susto me has dado!</p> <p>Los que lo observaban se quedaron de piedra. La saña que Frómodi había empleado contra el animal no era habitual en los lances de caza.</p> <p>El monarca acababa de mostrar una crueldad innecesaria que preocupó a sus súbditos.</p> <p>—¡Desolladlo! —ordenó mientras se frotaba el cuello, donde la mancha negra, que se extendía sin parar, le picaba—. ¡Quiero que su piel me sirva de alfombra! ¡Esta noche comeré su carne! ¡Bestia repugnante!</p> <p>Un criado se acercó rápidamente a su amo, con una gran copa de vino en la mano.</p> <p>—¡Trae aquí, perro! —dijo Frómodi, arrebatando el cáliz y dando un trago—, ¡Más vino, quiero más vino! ¡Vamos, holgazanes!</p> <p>En ese momento, un jinete llegó al galope.</p> <p>—¡Mi señor Frómodi! —exclamó Escorpio, deteniendo la montura—. ¡Traigo noticias importantes!</p> <p>—¿Qué clase de noticias? —preguntó el rey, limpiándose los labios con la manga de su túnica—. ¿Son buenas o malas?</p> <p>—¡Es sobre Arturo Adragón! —exclamó el espía—. ¡Alexia y Émedi han muerto!</p> <p>—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó, arrojando la copa vacía y cogiendo otra llena—, ¿Tu información es fiable?</p> <p>—Totalmente, mi señor. Arquimaes ha llevado los cuerpos de las dos mujeres a Ambrosia.</p> <p>—¿Y Arturo Adragón?</p> <p>—No se sabe. Dicen que está roto por el dolor, y que ha desaparecido. Pero os aseguro que encontraré su pista.</p> <p>—¡Hazlo rápido! ¡Quiero saber dónde se encuentra ese mal nacido! gritó, después de tragarse de un sorbo todo el vino de la copa—. ¿Dónde está Górgula? ¡Quiero que venga a verme! ¿Dónde está esa maldita bruja?</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El poderoso gruñido despertó a Amedia y a su padre. A pesar de que estaba al borde de sus fuerzas, la joven decidió ir en ayuda de sus amigos. Dédalus, armado con una hoz, la ayudó a caminar hasta el cobertizo.</p> <p>—¿Qué pasa? —preguntó cuando llegó—. ¿Qué ha sido eso?</p> <p>—¿Qué ocurre? —Dédalus se quedó paralizado cuando vio a sus dos fieles guardianes en el suelo—. ¿Quién los ha matado?</p> <p>—No lo sabemos —respondió Crispín—. Ya estaban muertos cuando nos hemos despertado. La culpa es mía, me quedé dormido durante mi guardia.</p> <p>—¡Atención! —exclamó Arturo, poniéndose en guardia—. ¡Algo está a punto de pasar!</p> <p>Del fondo del agujero se escucharon ladridos y gruñidos.</p> <p>—¡Las bestias del infierno! —exclamó Amedia—. ¡Vienen a por nosotros!</p> <p>—¡No se saldrán con la suya! —advirtió Crispín—, ¡Veamos qué cara tienen esos bichos!</p> <p>Dos animales se asomaron emitiendo terribles gruñidos. Tenían los ojos inyectados en sangre y sus afiladas garras no presagiaban nada bueno.</p> <p>—¡Escucha, Arturo! —le avisó Crispín—. ¡Ya están aquí!</p> <p>—Oigo sus pasos. Vienen hacia mí.</p> <p>Cuando las dos primeras bestias salieron del agujero, otras dos dejaron ver sus cuernos, anunciando su llegada.</p> <p>Arturo enarboló su espada alquímica, dispuesto a defenderse. Una bestia que reptaba como una serpiente se le acercó y, antes de que pudiera clavarle sus colmillos en la pierna, abatió la espada sobre su cráneo.</p> <p>El otro animal se había dirigido hacia Amedia, pero Dédalus le cercenó el cuello con su afilada hoz y atravesó el cuerpo con un solo movimiento.</p> <p>Crispín, mientras tanto, se enfrentaba con otro monstruo, aunque su maza resultaba un arma pobre contra las fauces del animal. Arturo, que intuyó que su escudero estaba en peligro, se giró hacia él y, después de calcular la distancia que los separaba, propinó al animal un tajo en el pescuezo, que lo dejó inmovilizado.</p> <p>—¡Salen más! —gritó Dédalus, enfrentándose con una nueva bestia—. ¡Son muchos!</p> <p>Efectivamente, varios seres deformes emergían en ese momento del agujero infernal. Mientras Crispín se enfrentaba con ellos, Arturo se despojó de la máscara y de la cota de malla para dejar su torso al desnudo.</p> <p>—¡Acabemos con esto! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Adragón!</p> <p>El dragón y las letras se despegaron de su cuerpo.</p> <p>Amedia observó a Arturo y se sintió impresionada. Ya había sospechado que ese caballero negro poseía poderes mágicos, pero nunca hubiera imaginado algo tan sorprendente.</p> <p>—¡Adragón! ¡Súbeme!</p> <p>Las letras se desplegaron a su alrededor y formaron dos extraordinarias alas que se unieron a su espalda. Arturo se elevó unos metros y, desde esa posición de ventaja, atacó y eliminó a varias bestias.</p> <p>Sin embargo, del agujero no dejaban de emerger animales salvajes. Parecía que los atrajera su propia sangre.</p> <p>—¡Volveréis al infierno! —exclamó Arturo—. ¡Abajo!</p> <p>Las letras le depositaron en el suelo, cerca de las rocas.</p> <p>—¡Cierra ese agujero! —ordenó.</p> <p>Adragón, acompañado por el ejército de letras, empujó montones de tierra y algunas rocas que cayeron al foso. Otras bestias intentaron salir, pero las armas de los tres guerreros los convencieron de que, si no querían encontrar la muerte en el exterior, era mejor quedarse dentro.</p> <p>Aprovecharon la tregua que las bestias les otorgaron para cerrar el pozo. Arturo pidió ayuda a las letras y, entre todos, echaron toda la tierra que les fue posible. El fango se deslizaba hacia el agujero y, por primera vez, Amelia y Dédalus tuvieron la impresión de que estaban viendo el final de aquella insondable abertura.</p> <p>Poco después, gracias al esfuerzo de todos, el hoyo quedó totalmente cegado.</p> <p>Algunos aldeanos, que habían escuchado el fragor de la batalla, se acercaron provistos de antorchas y vieron cómo varios animales se retorcían agónicos en el suelo y cómo otros yacían muertos, junto a la Boca del Infierno.</p> <p>—¿Qué habéis hecho? —preguntó uno, que traía una guadaña—. ¿Cómo lo habéis conseguido?</p> <p>—Con bravura —respondió Crispín, agitando su maza—. Nos hemos enfrentado con esas bestias y las hemos aniquilado. Ya no volverán a molestaros.</p> <p>—¡Habéis usado la brujería! —los acusó una anciana—. Los soldados tenían razón. ¡Sois hechiceros! ¡Debéis arder en la hoguera!</p> <p>—¡Soy el caballero Arturo Adragón, jefe del Ejército Negro, del futuro reino de Arquimia! Os aseguro que no somos brujos ni hechiceros.</p> <p>—¡Han cerrado la Boca del Infierno! —gritó Amedia—. ¡Es lo único que importa!</p> <p>—¿Tan desagradecidos sois? —bramó Dédalus—. ¡Os salvan de las bestias y queréis matarlos! ¡Sois peores que esas alimañas!</p> <p>Los aldeanos cuchichearon durante un rato. Después, el hombre de la guadaña dijo:</p> <p>—¡Queremos que se vayan! ¡Están malditos y nos traerán problemas!</p> <p>—¿Estáis locos? —gritó Amedia—, ¿No veis que nos han salvado? Han hecho huir a los soldados y ahora han cerrado ese maldito foso. ¿No os dais cuenta de lo que han hecho por nosotros?</p> <p>—Nos damos cuenta de que nos traerán problemas con el rey Rugiano. Y de que esas bestias volverán para vengarse. ¡Nos han traído la desgracia!</p> <p>Crispín se disponía a responder cuando Arturo intervino.</p> <p>—Nos vamos —anunció—. Seguiremos nuestro camino. Tenemos una misión muy importante que cumplir y ya hemos perdido demasiado tiempo.</p> <p>—¡Cobardes desagradecidos! —gritó Amedia a sus vecinos—, ¡No merecéis la ayuda que os han dado!</p> <p>Arturo y Crispín ensillaron sus caballos ante la pasividad de todo el mundo. Después, montaron y se dirigieron lentamente hacia la salida del pueblo, dispuestos a marcharse.</p> <p>—¡Esperad! —gritó Amedia—. ¡Queremos ir con vosotros!</p> <p>—Vamos muy lejos. Cabe la posibilidad de que pasemos mucho tiempo vagando sin rumbo fijo —le aclaró Arturo—. No os conviene acompañarnos. Nuestro viaje es peligroso.</p> <p>—Este pueblo está maldito y es posible que los soldados vuelvan con más tropas. No estaréis aquí para defenderme y no creo que mis vecinos lo hagan —argumentó la joven—. Prefiero salir de aquí, ahora que puedo.</p> <p>—Iremos con vosotros —añadió Dédalus.</p> <p>—Bien, si estáis decididos, os acompañaremos hasta algún lugar en el que podáis estableceros —asintió el caballero negro.</p> <p>—Esperad un poco a que recojamos nuestras cosas —pidió Amedia—. No tardamos nada.</p> <p>Poco después, la muchacha salía del cobertizo en un pequeño carro, conducido por su padre, Dédalus, y tirado por dos caballos. Detrás del carromato iba una pequeña reata de animales de corral, que incluía una vaca, que los seguía atada en la parte trasera.</p> <p>—Ya podemos irnos —aseveró Amedia—. Nada nos une a este pueblo.</p> <p>Más tarde, cuando llegaron a lo alto de una colina, en las afueras, observaron una oscura columna de humo que salía del cobertizo de su antiguo hogar.</p> <p>—Han quemado vuestra casa —dijo Crispín, un poco alarmado.</p> <p>—No, he sido yo quien le ha prendido fuego —respondió la muchacha—. No quiero dejar nada tras de mí. Solo cenizas.</p> <p>—Espero que se olviden de nosotros —escupió Dédalus, dando un tirón a las riendas para azuzar a sus caballos—. Que se olviden para siempre.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VI</p> <p>M<style name="versalita">ALAS NOTICIAS</style></p> </h3> <p>Hemos regresado a la habitación de papá para despedirnos cuando, de repente, Norma nos pide que prestemos atención a la televisión. <i>Patacoja</i> y Adela, que estaban a punto de salir, se detienen.</p> <p>—¡Es Stromber! —exclamo—. ¿Qué hace?</p> <p>—Van a entrevistarle —aclara Norma—. Parece que se ha convertido en noticia de telediario.</p> <p>Papá y yo nos miramos con preocupación. Sabemos que lo que estamos a punto de oír no nos va a gustar.</p> <p>—Señoras y señores, tenemos con nosotros a un representante de la Fundación, la gran biblioteca medieval que tras una terrible explosión ha sido destruida casi por completo —explica la periodista—. Hoy tenemos al administrador de la entidad, que ha venido para aportar algunos datos... Gracias por venir, señor Stromber...</p> <p>—Al contrario, soy yo quien les agradece la oportunidad que me brindan de aparecer en su programa —responde el anticuario—. Creo que es necesario que todo el mundo sepa de primera mano qué ha ocurrido en la Fundación. Es una grave pérdida para Férenix.</p> <p>—¿Se sabe algo de los responsables? —indaga la entrevistadora.</p> <p>—Hay varias pistas... Y sospechas... La policía trabaja mucho para esclarecer este turbio asunto, aunque yo opino que los culpables están más cerca de lo que imaginamos.</p> <p>—¿Tiene alguna idea concreta?</p> <p>—No puedo dar nombres, pero tengo una idea aproximada de lo que ha ocurrido. Sé quién está detrás de todo. Lo sé muy bien.</p> <p>—¿Se lo ha comentado a la policía?</p> <p>—Les he transmitido mis sospechas, sí. Solo es cuestión de días que encuentren las pruebas... Todo a su debido tiempo —advierte el anticuario—. Todo se aclarará.</p> <p>—Creo que tiene usted una noticia importante que darnos.</p> <p>—He venido sobre todo para poner las cosas en su sitio —añade Stromber—. He decidido salir al paso de ciertas murmuraciones. Estoy aquí para aclarar el origen de mi apellido. Digo y afirmo que mi verdadero apellido es Adragón y que soy el propietario legítimo de la Fundación.</p> <p>Al oír esto, nos quedamos todos mudos. Papá nos hace un gesto para que sigamos escuchando la entrevista. Está claro que quiere conocer los detalles de esta declaración.</p> <p>—Esta revelación tendrá una base sólida, ¿verdad? —pregunta la periodista.</p> <p>—Está sustentada en documentación verificada por notarios —detalla Stromber—. Documentación auténtica que obra en mi poder.</p> <p>—Entonces, si usted es ahora el único y verdadero propietario de la Fundación, ¿qué pasa con el señor Arturo Adragón y su hijo?</p> <p>—Tendrán que irse. ¡Yo soy el auténtico heredero de la saga Adragón! ¡Represento al linaje adragoniano! ¡Los demás son impostores!</p> <p>—Bueno, en realidad, un linaje no es algo que pueda materializarse. Solo es un título honorífico.</p> <p>—Nunca se sabe. Es posible que usted esté hablando con el auténtico descendiente de Arturo Adragón, el fundador de Arquimia.</p> <p>—Si es un Adragón, ¿por qué lleva toda la vida con el apellido Stromber?</p> <p>—Hemos descubierto que, hace siglos, por razones todavía desconocidas, mi familia renunció al apellido Adragón, que muchos consideraban maldito y adoptó el de Stromber para sobrevivir —responde el anticuario—. Pero gracias a las minuciosas investigaciones de expertos en genealogía, que han colaborado conmigo en numerosos trabajos relacionados con el coleccionismo de objetos antiguos, la verdad se ha descubierto.</p> <p>—¿Está seguro de lo que dice?</p> <p>—Completamente. Mis afirmaciones están avaladas por profesionales de prestigio —asegura—. No hay dudas. Soy un Adragón de pies a cabeza.</p> <p>—¿Adónde le lleva eso?</p> <p>—Imagine que, ahora, reclamo mi derecho a poseer la Fundación y todo lo que representa. Digamos que soy el propietario absoluto y único del patrimonio Adragón.</p> <p>—¿Piensa hacerlo?</p> <p>—¡Naturalmente! ¡Me proclamo descendiente de la familia Adragón, fundadora de la gran biblioteca medieval! —exclama Stromber, con un convencimiento estremecedor—, ¡Y reclamo todo lo que es mío! ¡Quiero recuperar los libros, objetos y todo su patrimonio! ¡Voy a exigirlo!</p> <p>La entrevista termina y la presentadora se despide. Estamos atónitos.</p> <p>—¡Está loco! —dice <i>Patacoja</i>—. ¡Definitivamente loco!</p> <p>—¡Quiere apropiarse de la Fundación! ¡Es inaudito!</p> <p>—Un Adragón... Miente o no sabe lo que dice...</p> <p>—Sí lo sabe... —resume Metáfora—. Sabe muy bien lo que se hace.</p> <p>—¿Qué quieres decir? —le pregunto.</p> <p>—Pues que ese hombre tiene un plan muy concreto para despojaros de todo lo que sois.</p> <p>Las terribles palabras de Metáfora me alertan. Miro a mi padre y le hago una pregunta.</p> <p>—¿Sabías algo de esto, papá?</p> <p>—Absolutamente nada —responde—. No tenía ni idea.</p> <p>—¿Es verdad lo que dice este impostor? —pregunta Adela—. ¿Es verdad que es propietario del apellido Adragón?</p> <p>—No lo sé —contesta papá—. Yo creo que está loco.</p> <p>—Siempre dice que quiere ser Arturo Adragón —musita <i>Patacoja</i>—. Ahora comprendo lo que quería decir.</p> <p>—¡Quiere ser el dueño absoluto de la Fundación! —exclamo—. ¡Y de lo que hay debajo!</p> <p>—¡Si se sale con la suya será dueño de todo! —explica Metáfora, asombrada—. ¡Es increíble!</p> <p>—Metáfora tiene razón: esto es una locura. Pero no entiendo a qué viene esta declaración pública de Stromber. ¿Qué pretende? ¿Por qué ha hecho esta entrevista?</p> <p>Mientras hablábamos, la televisión ha emitido un reportaje sobre la Fundación. Ahora, para terminar, muestra un plano general de las ruinas.</p> <p>»—Espero que Mahania y Mohamed no hayan visto este reportaje —susurra Metáfora.</p> <p>—Vamos a hacerles una visita —propongo—. Deben saber que estamos a su lado y que no tienen nada que temer. —Es una buena idea —asiente papá.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Mahania y Mohamed nos reciben con una sonrisa. A pesar de que aún siguen convalecientes, les quedan fuerzas para mostrarnos su cariño.</p> <p>—Hola, Arturo. ¿Qué tal está tu padre? —pregunta ella, tan amable como siempre—. ¿Qué tal estás?</p> <p>—Yo estoy bien y papá mejora poco a poco. ¿Y vosotros?</p> <p>—Nos recuperamos —asegura Mohamed—. A ella le cuesta más trabajo. Salió peor parada que yo.</p> <p>—Bueno, no exageres, que ya estoy mucho mejor —insiste Mahania—. Dentro de poco podremos salir de aquí.</p> <p>—Claro, y volveremos a nuestro trabajo —añade Mohamed.</p> <p>—No creo que sea posible —le contradice Metáfora—. La Fundación está prácticamente demolida. Allí no se puede estar.</p> <p>—¿Qué haremos? —pregunta Mohamed—. ¿Cómo vamos a vivir?</p> <p>—No os preocupéis por eso, os buscaremos un sitio —afirmo—. Cuando os den el alta, tendréis dónde dormir. No os faltará de nada.</p> <p>—No os quedaréis en la calle —añade Metáfora—. Os lo aseguro.</p> <p>—Gracias, pero a lo mejor es hora de volver a nuestro país —dice Mohamed—. No queremos molestaros.</p> <p>—Además, el señor Stromber nos iba a despedir —se lamenta Mahania—. Quizá debamos volver a Egipto, con los nuestros.</p> <p>—Si queréis regresar, yo no os lo puedo impedir. Pero me gustaría que os quedarais aquí. Si os marcháis, os echaré mucho de menos.</p> <p>—A nosotros también nos gustaría quedarnos, Arturo, pero las cosas se han torcido —reconoce Mohamed—. Todo ha cambiado. No pintamos nada en Férenix.</p> <p>—Bueno, de momento os buscaremos un alojamiento seguro —les promete Metáfora—. Después, habrá tiempo de tomar decisiones. Ahora, debéis reponeros del todo.</p> <p>Veo que Mahania está a punto de llorar. Después de un pequeño silencio, Mohamed dice:</p> <p>—Hemos visto la entrevista que le han hecho al señor Stromber en la televisión. Lo sentimos mucho.</p> <p>No hay que preocuparse demasiado por las tonterías que ha dicho respondo—. Os aseguro que nunca conseguirá apropiarse de la Fundación.</p> <p>—Son demasiados, Arturo —advierte Mohamed—. Y muy peligrosos, quizá ha llegado el momento de dejarlo todo y proteger la vida.</p> <p>—Sí, ven con nosotros a Egipto. Allí estarás a salvo —propone Mahania—. Entre amigos y familia... nadie te hará daño.</p> <p>—¿Familia? Mahania, mi familia está aquí. Mi padre y el cuerpo de mi madre... La gente a la que quiero —añado, mirando a Metáfora.</p> <p>—Claro, claro... Pero debes tener cuidado. Quieren robarte todo.</p> <p>—¿Han encontrado a los culpables de la explosión? —pregunta Mohamed—, ¿Qué ha hecho la policía?</p> <p>Está en ello. Dentro de poco habrá noticias. Seguro que los encontrarán.</p> <p>—Todo esto es muy raro. Dicen que la otra noche un hombre murió en una extraña explosión de un coche que... que estaba suspendido en el aire —explica Mohamed.</p> <p>—Bah, son patrañas —respondo—. No hagas ni caso a lo que cuenta la gente. Los coches no vuelan. Son fantasías para niños.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VII</p> <p>P<style name="versalita">URGADORES</style></p> </h3> <p>Arturo y sus amigos cruzaron varias comarcas que estaban sumidas en la desolación. Casas derribadas, campos abandonados, enormes zanjas y agujeros sin fondo, árboles caídos, pueblos en ruina... Mucha miseria y poca vida.</p> <p>Encontraron grupos de personas que vagaban sin rumbo, con la intención de huir de los temblores de tierra.</p> <p>—Nos alejamos de los hechiceros —les dijo un campesino que viajaba con toda su familia en un carro cargado de enseres—. Se han adueñado de este reino. ¡Quieren nuestra sangre! ¡Secuestran a las personas para transformarlas en monstruos terribles!</p> <p>Una tarde llegaron a un pueblo fantasma. Las casas que no estaban derruidas habían sido reducidas a cenizas. El polvo flotaba en el ambiente. No había ni un alma. Aquel paraje se asemejaba a un gran cementerio. De los árboles que quedaban en pie, colgaban restos de cuerpos torturados, rodeados de aves carroñeras. Un gran olor a putrefacción lo inundaba todo.</p> <p>—No es extraño que la gente esté muerta de miedo y tema a los hechiceros —dijo Crispín, mientras cruzaban la aldea—. ¡Esto es una pesadilla!</p> <p>—Son cosas del diablo —apostilló Dédalus—. Hechizos de diablos inmortales.</p> <p>—¿Diablos inmortales? —preguntó Arturo—. Explícame eso. ¿Qué sabes de ellos?</p> <p>—Poco. Pero sé que existen. Son malos y quieren vengarse de nosotros. Quieren acabar con nuestras vidas.</p> <p>—¿De qué quieren vengarse?</p> <p>—De todo lo que existe. De todo lo que respira. De los humanos.</p> <p>Dédalus prefirió no continuar con la conversación. Durante los días siguientes, marcharon en silencio atravesando campos llenos de cadáveres con evidentes signos de tortura.</p> <p>Una tarde lluviosa, varios bandoleros desharrapados les cortaron el paso, a sabiendas de que un pobre caballero, un escudero, un anciano y una jovencita no opondrían mucha resistencia.</p> <p>—Necesitamos vuestras provisiones, nobles caballeros. Entregadnos también las monedas, las armas y los caballos —solicitó el jefe de los proscritos, plantado en el camino, con una espada medio rota en la mano—. Dadnos todo lo que llevéis y no sufriréis ningún daño. No nos gusta la violencia.</p> <p>—No podemos hacer tal cosa —respondió Arturo, desenfundando su espada—. Todo lo que habéis pedido lo necesitamos para sobrevivir en esta tierra inhóspita.</p> <p>—Entonces, tendremos que usar la fuerza —amenazó el bandolero.</p> <p>—Os lo ruego —le invitó Arturo—. Necesitamos hacer un poco de ejercicio. Llevamos muchos días cabalgando. ¿Quién va a ser el primero?</p> <p>—Yo mismo. Mi nombre es Lucario —respondió el hombre, dando un paso adelante—. No lo olvidaréis nunca.</p> <p>Convencido de que podría aniquilar fácilmente al caballero de la máscara, Lucario se abalanzó sobre Arturo. Ni siquiera pudo terminar su movimiento cuando el sonido de su espada le delató y dio pistas suficientes a Arturo para golpearle en la frente.</p> <p>—Yo también estoy dispuesto a defenderme —añadió Crispín, maza en mano—. ¿Quién es el siguiente?</p> <p>Dos asaltantes quisieron probar fortuna, pero los contundentes golpes de Crispín convencieron a los demás de que les interesaba más marcharse de allí vivos y sin beneficios que quedarse en el camino y arriesgarse a lo peor. Así que decidieron dejar tranquilos a los cuatro viajeros y huyeron al bosque, entre insultos y amenazas. En su huida no se dieron cuenta de que Amedia y Dédalus también habían preparado sus armas, y estaban dispuestos a usarlas.</p> <p>—Hay mucha carroña en estas tierras —determinó Arturo—. Demasiada.</p> <p>—Es signo de un mal reinado —afirmó Crispín—. Cuanto peor es el rey, más bandidos hay.</p> <p>Siguieron tranquilamente su marcha, pero extremaron la vigilancia. Los bosques siempre son peligrosos y el enemigo puede atacar por sorpresa.</p> <p>Dos días después, se cruzaron con una docena de soldados fuertemente armados. Llevaban un estandarte con una R roja coronada. Era el símbolo del rey Rugiano. Aquellos hombres tenían un aspecto duro, mal encarado, de guerreros expertos en el combate, y parecía que iban a una acción de guerra. Dirigía la comitiva un caballero, y la cerraba un verdugo, cómodamente reclinado sobre el asiento de su carro. Su imagen contrastaba con la del pobre muchacho lleno de grilletes a quien arrastraban encadenado al carruaje.</p> <p>—¡Dejad paso al caballero Borgón! —gritó el soldado del estandarte—, ¡Dejad paso a los hombres del rey Rugiano!</p> <p>Arturo y sus compañeros se apartaron, ya que la comitiva ocupaba todo el camino y parecía tener prisa. El escudero los saludó con una inclinación de cabeza mientras Arturo, envuelto en una gran capa y encapuchado, intentó ocultar la máscara para no llamar la atención. Los soldados siguieron tras el despectivo caballero, que ni siquiera se dignó a mirarlos.</p> <p>—¡Purgadores! —susurró Amedia a sus amigos—. Más dañinos que la peste. Lo peor de lo peor.</p> <p>—Causan más males que los temblores de tierra —añadió Dédalus, mientras escupía al suelo—. Dejan siempre un rastro de dolor. Ojalá se los lleve el diablo.</p> <p>—Pobre chico —se lamentó Crispín observando al prisionero, que presentaba graves síntomas de debilidad—. ¿Qué habrá hecho para que le traten así?</p> <p>—¿Quiénes son esos purgadores? —preguntó Arturo.</p> <p>—Son cazadores de alquimistas. Están a sueldo de los hechiceros —explicó Amedia—. El rey Rugiano les da todo el poder para aniquilarlos. Odian la ciencia y el conocimiento. Son auténticos bárbaros. Desde que existen, la gente no duerme tranquila. Son peores que los recaudadores de impuestos. Ya ves que llevan su propio verdugo.</p> <p>—¿Verdugo? —dijo Dédalus despectivamente—. ¡Torturador, querrás decir!</p> <p>Crispín cruzó una rápida mirada con el prisionero y se sintió conmovido. Se vio a sí mismo, encadenado, torturado por el verdugo. Tuvo que hacer un esfuerzo para no exigir la liberación del prisionero, que estaba al borde del desfallecimiento. Le dolió dejarle partir sin hacer nada por él.</p> <p>Un poco después, cuando perdieron de vista a los purgadores, se detuvieron para reponer fuerzas. Apenas comieron, ya que el encuentro con los soldados les había impresionado.</p> <p>Siguieron su camino y, a media tarde, llegaron a un poblado en cuyo centro se veía una pequeña plaza empedrada con asientos tallados en las mismas rocas.</p> <p>Los purgadores estaban instalados en el centro de la plaza, donde se había congregado una pequeña multitud que quería asistir al espectáculo que se avecinaba. Todo el mundo deseaba ver al joven prisionero que, sujeto con cuerdas y cadenas, colgaba de una viga, a la espera del veredicto de los jueces, que no eran sino varios hechiceros sentados en las toscas sillas pétreas.</p> <p>—¡Es un alquimista! —gritó el que parecía ser el jefe—. ¡Es un enemigo de nuestro rey Rugiano!</p> <p>—¡Muerte a los alquimistas! —gritaron dos que estaban a su lado—. ¡Hay que eliminarlos a todos!</p> <p>—¡Ellos tienen la culpa de todas nuestras desgracias! —corearon varias personas de la multitud—. ¡Estos malditos mueven la tierra bajo nuestros pies con sus inventos!</p> <p>—¡Los alquimistas son lo peor de nuestro mundo! —gritó un anciano.</p> <p>—¡Matadlos! —añadió una mujer, mientras levantaba a un bebé—. ¡Salvad a nuestros hijos de su presencia!</p> <p>El presidente del tribunal de hechiceros levantó las manos para pedir silencio.</p> <p>—¡Escriben libros con mensajes secretos! —gritó, cuando vio que todo el mundo le prestaba atención—, ¡Escriben para el diablo! ¡Deben perecer ahogados en su propia obra! ¡Sacadles la sangre y llevádsela a nuestro rey!</p> <p>Arturo, a pesar de no ver lo que sucedía, se estremeció. Escuchó un gruñido de indignación de Crispín y se hizo una idea de lo que estaba a punto de suceder. ¿Podía un caballero arquimiano, defensor de la justicia, permitir que se ejecutara a un joven por el simple hecho de estar a favor de los alquimistas?</p> <p>El verdugo abrió un cofre de madera que contenía varios instrumentos de tortura. Exhibió algunos punzones y tenazas, los agitó y los hizo golpear entre sí, produciendo una macabra sinfonía de sonidos metálicos que encendió al público.</p> <p>—¡Ahora veremos si tu magia alquímica puede liberarte! —gritó el caballero Borgón, desde su caballo.</p> <p>Amedia situó el carro entre los árboles, ató los caballos y agrupó a sus animales.</p> <p>—Padre, quédate aquí —le ordenó—. Puede haber problemas. Mantén tu arma a punto.</p> <p>—Quiero ir contigo —respondió Dédalus—. No te dejaré sola nunca más. Además, no estás lista para pelear.</p> <p>—Prefiero gastar mis últimas fuerzas en defensa de la justicia —afirmó la joven, antes de agarrar su pequeña hacha y guardarla bajo su capa—. Por favor, padre, quédate con nuestros animales.</p> <p>Después de que Dédalus accediera, la joven se mezcló disimuladamente entre la multitud. Crispín y Arturo, sobre sus monturas, se habían colocado entre el público y estaban quietos, callados. Borgón los observó con curiosidad, pero volvió a ignorarlos.</p> <p>—¡Arturo, van a desangrar a ese chico! —exclamó Crispín—. ¿Lo vamos a tolerar?</p> <p>—No te preocupes, Crispín. Eso no ocurrirá —respondió con firmeza—. Te lo aseguro.</p> <p>En ese momento, el verdugo mostró un cuenco de barro junto a un largo punzón, lo que despertó la alegría del público, que estalló en un rotundo grito de satisfacción.</p> <p>—¡Nuestro rey te ha permitido vivir en sus tierras! —gritó el caballero—. ¡Y tú le pagas con la traición! ¡Ahora vas a ver lo que les pasa a quienes sirven a la alquimia!</p> <p>—¡Piedad, caballero, piedad! —imploró el muchacho, que estaba al borde del agotamiento—. ¡No sabía lo que hacía! ¡Reniego de la alquimia!</p> <p>—¡Es tarde para arrepentirse! —sentenció el caballero—. ¡Verdugo, haz tu trabajo!</p> <p>Este rasgó el pecho del prisionero con el punzón y la sangre comenzó a brotar. El chico lanzó un alarido de dolor que estremeció a todo el mundo.</p> <p>Las primeras gotas de sangre se derramaron dentro del cuenco.</p> <p>—¡El corazón! —ordenó el caballero Borgón—. ¡El corazón!</p> <p>—¡Alto! —gritó Arturo—. ¡Detente, verdugo!</p> <p>Borgón se giró, sobresaltado.</p> <p>—¿Cómo? ¿Quién se atreve a oponerse a la acción de los purgadores?</p> <p>—Me llamo Arturo Adragón y exijo que terminéis con este cruel martirio —añadió el caballero negro—. ¡Ahora mismo!</p> <p>—¿Arturo Adragón? —preguntó el caballero Borgón—, ¿Quién eres?</p> <p>Arturo hizo avanzar su caballo unos metros.</p> <p>—Soy un caballero arquimiano. Y no permitiré que se torture a nadie.</p> <p>El caballero desenfundó su espada y apuntó a Arturo.</p> <p>—Enfrentarse con los soldados del rey está penado con la muerte —advirtió.</p> <p>—¡Liberad a ese chico!</p> <p>—Descabalgad ahora mismo, deslenguado —ordenó Borgón—. ¡Y daos por preso!</p> <p>—¡Venid a apresarme si os atrevéis! —le retó Arturo.</p> <p>El caballero se desconcertó. Observaba a Arturo como quien ve un espejismo. Nunca en toda su vida se había enfrentado a un caso semejante.</p> <p>—¡Os ordeno que bajéis del caballo ahora mismo y entreguéis vuestra espada a mi alférez! ¡Os llevaré preso al castillo, donde os juzgarán!</p> <p>—¿Por qué habrían de juzgarme? Solo soy un caballero que pide justicia para un indefenso —replicó Arturo.</p> <p>—¡Yo también pido lo mismo! —añadió Crispín—, ¡Lo exijo!</p> <p>El alférez miró al caballero Borgón en espera de órdenes.</p> <p>—¡Detén a estos dos traidores! —ordenó el oficial.</p> <p>—¡Soldados, seguidme! —gritó el alférez Fúrtago, que sabía que no era lo mismo desposeer a unos campesinos que vérselas con un caballero armado—. ¡Seis soldados, conmigo!</p> <p>Arturo desenfundó su espada alquímica y Crispín agarró su maza.</p> <p>Entonces el alférez se detuvo. Sus peores sospechas se confirmaron. Ese hombre con máscara de plata los había provocado intencionadamente para pelear con ellos.</p> <p>—¿Qué esperáis, valientes? —ironizó Crispín—. Os aguardamos.</p> <p>—Ese caballero y su escudero no están solos —gritó Amedia desde una esquina con el hacha entre las manos—. Pienso como ellos.</p> <p>—Yo también quiero ayudar a imponer justicia —gritó Dédalus, con su hoz, a pocos metros de Amedia.</p> <p>—¿Qué es esto? —gritó Borgón—, ¿Una rebelión? ¿Una rebelión de campesinos?</p> <p>—No, caballero. Esto es un intento de imponer justicia —respondió Arturo—. Pero si no estáis dispuesto a escucharnos, os invito a salir de este lugar lo más pronto posible.</p> <p>—¡Eso no ocurrirá! ¡Todos mis hombres conmigo!</p> <p>El insensato oficial enfiló su caballo hacia Arturo, espada en mano.</p> <p>Arturo, que seguía los movimientos del aguerrido caballero por los sonidos que producía, se preparó para repeler el ataque.</p> <p>—¡Yo no soy un pobre campesino! —exclamó, mientras cruzaba su espada para detener el golpe de Borgón—. ¡Soy un noble caballero que no tolera las injusticias!</p> <p>—¡Esto lo pagaréis muy caro! —gruñó el jefe de los purgadores, intentando herir a Arturo—. ¡Soy un representante del rey!</p> <p>—¡Y yo soy jefe de un ejército!</p> <p>Crispín, que vio que Arturo se las entendía muy bien con el caballero, espoleó a su caballo y se lanzó hacia el círculo de soldados que rodeaban al joven prisionero para disolverlos.</p> <p>—¡Por la Justicia! —gritó el escudero, mientras golpeaba a todo lo que se movía—. ¡Por Arquimaes! ¡Por Émedi!</p> <p>—¡Soldados, no huyáis! —ordenó el alférez Fúrtago—. ¡Atacad con brío!</p> <p>Amedia y Dédalus se unieron a la lucha. Entonces, varios hombres y mujeres, armados con utensilios de labranza, palos y cuchillos, salieron en su ayuda. Eran personas que estaban hartas del poder de los hechiceros, que habían abusado de ellos hasta límites insoportables.</p> <p>El caballero, que advirtió que la rebelión se generalizaba, se esforzó en acabar con Arturo lo más pronto posible. Pero sus pobres conocimientos de lucha no podían competir con el jefe del Ejército Negro, que, de un lance horizontal, le arrancó la espada de la mano, desarmándole.</p> <p>—¡Rendíos, caballero! —pidió Arturo, con la punta de su espada sobre su garganta—, ¡Sois mi prisionero!</p> <p>—¡Dejad las armas! —gritó Borgón, que comprendió que su vida corría grave peligro—. ¡Este caballero ha ganado la partida... por ahora!</p> <p>El alférez Fúrtago, que deseaba acabar la absurda pelea, levantó los brazos y gritó:</p> <p>—¡Obedeced a nuestro jefe!</p> <p>—Si queréis vivir, noble caballero, os invitamos a soltar a ese muchacho —argumentó Crispín, con toda tranquilidad.</p> <p>—¡Es un peligroso mago que ha deshonrado a nuestro rey y sus leyes! ¡Amigo de los alquimistas!</p> <p>—¿Qué ha hecho? —inquirió Arturo—, ¿Qué delito ha cometido?</p> <p>—El peor de todos... ¡Ha ayudado a embrujar a nuestro rey! ¡El y sus amigos son los culpables de todos nuestros males! ¡Los alquimistas contaminan el reino con sus sortilegios! ¡Ese chico sigue las enseñanzas de uno que es muy peligroso!</p> <p>—¿Cómo te llamas, chico? —le preguntó Arturo.</p> <p>—Horades —respondió el prisionero—. Y soy inocente. No he hecho mal a nadie ni he ayudado a embrujar al rey Rugiano.</p> <p>—Yo creo en tu inocencia, Horades. Vendrás con nosotros.</p> <p>—¿Os declaráis amigo de los alquimistas? —preguntó el caballero Borgón a Arturo.</p> <p>—Claro que sí. Me declaro amigo de todos ellos. Y si tenéis problemas con eso, lo podemos debatir ahora mismo.</p> <p>El caballero lanzó una mirada a sus soldados; leyó en sus rostros el deseo de alejarse del hombre de la máscara plateada y de su valiente escudero. Sobre todo, aquellos que habían probado su acero y su maza.</p> <p>—Está bien —aceptó Borgón—. Dejaremos que parta con vosotros. Pero es mejor que salgáis de estas tierras lo antes posible, o veremos cómo colgáis del patíbulo real.</p> <p>—Nos iremos en paz —afirmó Arturo.</p> <p>—Os sugiero que ordenéis a vuestros hombres que nos dejen tranquilos —añadió Crispín, agitando su maza—. Todavía no nos habéis visto enfadados.</p> <p>Los purgadores recogieron sus cosas con la máxima rapidez y se alejaron de aquel lugar al trote, decididos a llegar al castillo antes de la caída de la noche para informar al rey Rugiano de lo que acababa de ocurrir.</p> <p>Si los alquimistas invadían el reino, el caos reinaría.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Górgula, Escorpio y Frómodi estaban reunidos en una cámara del castillo, a puerta cerrada. El rey no dejaba de beber y de lanzar exabruptos. Un perro se acercó demasiado y recibió una patada en el lomo.</p> <p>—Es una buena ocasión para actuar —dijo Frómodi, mientras se ajustaba la corona de oro—. Pasan por un mal momento y no nos prestarán atención.</p> <p>—Tienes razón, mi rey —reconoció Górgula—. Podéis ir a robar esa tinta mágica. Yo me encargaré de lo demás.</p> <p>—¿Estás segura de que sabrás descifrar y reescribir ese pergamino? —preguntó Frómodi.</p> <p>—Claro que sí. Conozco muy bien a ese alquimista. Sé cómo escribe y soy capaz de reproducir todos sus signos exactamente.</p> <p>—Ya te he prometido todo lo que deseas, bruja —respondió Frómodi—. Pero también te aviso de que si me fallas, lo pagarás caro. ¡Necesito esa fórmula de resurrección por encima de todo!</p> <p>—No te pongas nervioso, Frómodi —intentó tranquilizarle—. Sé lo que hago.</p> <p>—Hasta ahora no hemos conseguido nada. ¡Solo le hemos quemado los ojos a ese hijo de alquimista! —respondió Frómodi mientras se ponía en pie, furioso—, ¡Quiero la fórmula secreta!</p> <p>—Con vuestro permiso, me permito recordaros que os he dado un brazo nuevo con mi magia —repuso Górgula tranquilamente—. Y también hemos recuperado la corona que ese soldado traidor os robó.</p> <p>—¡Todo eso no tiene nada que ver con Arturo! —rugió Frómodi, alzando el miembro repuesto, perdiendo el control—, ¡Usaré mi brazo para matarlo! ¡Esta corona es mía! ¡Soy un rey!</p> <p>Escorpio y Górgula, que conocían bien los ataques de furia de su señor, guardaron un cauteloso silencio y esperaron a que la tormenta pasara.</p> <p>—Lo primero es ir a Ambrosia —propuso Escorpio, al cabo de un rato, cuando vio que Frómodi se había tranquilizado—, e infiltrarnos en esa cueva.</p> <p>—Entraremos allí —añadió la hechicera— y robaremos el polvo que usan para hacer tinta. Te entregaré ese secreto alquímico, mi señor Frómodi. Lo juro.</p> <p>—Yo me ocuparé de abriros el camino —añadió Escorpio—. Será fácil.</p> <p>—¿Cuándo? ¿Cuándo lo haremos? —preguntó Frómodi, dando grandes zancadas.</p> <p>—Lo más pronto posible...</p> <p>En ese momento, una flecha entró por la ventana, rasgó el visillo que la cubría y se clavó en una viga de madera.</p> <p>—¡Malditos traidores! —rugió Frómodi, en tanto sacaba su espada—. ¡Voy a ahorcarlos a todos!</p> <p>—Cada día son más osados —dijo Górgula—. Hay muchos descontentos en tu reino, Frómodi.</p> <p>—¡Mataré a esos rebeldes! —gritó desde la ventana, para demostrar que no les tenía miedo—, ¡Aquí estoy, cobardes!</p> <p>Una nueva flecha le rozó y se hincó junto a la otra.</p> <p>—¡Rufianes!</p> <p>Cuando la tercera flecha se clavó en su hombro derecho, lanzó un rugido que se escuchó hasta en el último rincón del castillo.</p> <p>—¡Os colgaré a todos! —chilló mientras se arrancaba la flecha de un tirón—, ¡No os temo!</p> <p>Escorpio se atrevió a retirarle de la ventana y le sentó en un sillón de madera.</p> <p>—¡Yo te curaré! —dijo Górgula—. No te muevas.</p> <p>Frómodi bebió de una copa que Escorpio le acababa de poner en la mano. Mientras, Górgula le aplicaba unos polvos sobre la herida, que cicatrizó.</p> <p>—¡Hay que hacer algo, mi señor! —le apremió Escorpio—, ¡Esto tiene tintes de rebelión!</p> <p>—¡Campesinos desagradecidos! —rugió el antiguo conde—. Les doy protección y me pagan con traición.</p> <p>—Hay que eliminar a los cabecillas —le sugirió el espía— o esto empeorará.</p> <p>—Ocúpate, Escorpio —ordenó Frómodi—. Descúbrelos. Yo los ejecutaré. ¡Dame sus nombres! ¡Los mataré junto con sus familias!</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VIII</p> <p>E<style name="versalita">L AMIGO DE VISTALEGRE</style></p> </h3> <p>Finalmente, y a pesar de que me he negado un par de veces, por fin he aceptado una cita con el doctor Vistalegre y su amigo Julio Bern, el psicólogo que asistió a la conferencia sobre el mundo de los sueños en la que participé. Me ha repetido hasta la saciedad que está interesado en hablar conmigo porque mi caso ha despertado su interés. Además, dice que tiene algo importante que revelarme, algo que me interesará muchísimo y que puede ayudarme a solucionar «mi problema».</p> <p>Llego a la consulta y él mismo me abre la puerta.</p> <p>—Hola, Arturo. He dado el día libre a la enfermera y he anulado todas las citas —explica—. Así estaremos más tranquilos. Nadie nos molestará.</p> <p>Entro y le acompaño hasta el despacho en el que siempre me atiende, y donde el doctor Bern me espera.</p> <p>—Buenos días, Arturo. Gracias por venir —me saluda, al salir a mi encuentro—. Te agradezco que hayas accedido a entrevistarte conmigo.</p> <p>—Ya le dije que no tenía inconveniente en hablar con usted. Pero no creo que pueda decirle muchas más cosas de las que conté en la convención.</p> <p>—No te preocupes por eso. Quizá hoy hablemos de las conclusiones a las que he llegado —responde—. He pensado mucho en tu historia. Reconozco que es apasionante.</p> <p>El doctor Vistalegre cierra la puerta y nos sentamos. Es curioso, pero hoy tengo la sensación de que algo ha cambiado en este despacho... Creo que es la luz. Han bajado la intensidad y han creado un ambiente más cercano, más íntimo. Debo tener cuidado; sé que estas técnicas son embaucadoras.</p> <p>—Arturo, el doctor Bern ha estudiado la grabación de tu conferencia...</p> <p>—¿Grabación? —pregunto, un poco sorprendido—, ¿Qué grabación?</p> <p>—Todas las intervenciones, incluso algunas sesiones con pacientes, se graban en sistema digital —explica de forma natural—. Muchas se transcriben, y el resultado de su estudio por parte de distintos expertos se convierte en artículos de revistas... Se hacen copias en DVD.</p> <p>—Nadie me dijo que me iban a grabar —digo, un poco molesto.</p> <p>—Lo siento. Se nos olvidó por completo. Para mí es tan natural que ni siquiera le di importancia. Lo siento, de verdad... Disculpa.</p> <p>—No debes sentirte molesto —sugiere el doctor Bern—. Tu grabación tiene una difusión muy restringida. Solo los expertos tienen acceso. Piensa que es una herramienta profesional que sirve para estudiar los contenidos de las conferencias. En tu caso, me ha sido de gran ayuda.</p> <p>—No vale la pena discutir.</p> <p>—¿Has vuelto a tener sueños? —pregunta el doctor Bern, para avanzar—, ¿Sigues con esa otra vida?</p> <p>—No he dejado de tenerlos. Cada día, cada noche, cada vez que cierro los ojos, me veo inmerso en un mundo lleno de dragones, mutantes, hechiceros, batallas medievales... Le aseguro que sigo con esa otra vida, como usted la llama.</p> <p>—He estudiado tu caso y creo que tengo una pista que puede ayudarnos a descubrir de qué se trata —explica, muy convencido.</p> <p>—Pues me gustaría conocerla.</p> <p>—Verás, hay varias formas de analizar tu historia. Lo que te ocurre puede tener muchos enfoques, desde el más inocente y superficial hasta el más complicado. Se puede pensar que sueñas de una manera desaforada, alocada, sin sentido, pero puede que todos tus sueños tengan un origen... Que provengan de algún sitio.</p> <p>—Ya, y usted se inclina por esta segunda teoría, ¿verdad? —le pregunto, convencido de que me la va a contar.</p> <p>—Sí, creo que todo forma parte de un sueño instalado en tu inconsciente. En lo más profundo de ti. En una zona recóndita a la que no has accedido nunca.</p> <p>—¿Y quién lo ha «instalado»?</p> <p>—Eso es lo más difícil de determinar. Puede tratarse de un antepasado tuyo que...</p> <p>—Que se llamaba igual que yo, que tenía letras sobre el cuerpo y una letra adragoniana sobre el rostro y que, además, vivió hace unos mil años. ¿Es eso lo que quiere decirme?</p> <p>—Solo digo que es una posibilidad —reconoce—. Pero es lo más sólido que tengo. Sabemos pocas cosas sobre el mundo de los sueños, y lo que conocemos no está contrastado.</p> <p>—El doctor Bern ha elaborado una teoría basada en nuestros descubrimientos sobre ellos —interviene Vistalegre—. Me parece una tesis muy sólida. Yo estoy de acuerdo con él.</p> <p>—¿Bromea? ¿Cómo puede ser sólida una teoría basada en lo que se desconoce? El mismo lo ha dicho. No se sabe casi nada del origen y el significado de los sueños. Todo son conjeturas. ¿O no?</p> <p>—Es cierto que casi nadie avala la idea de que su implantación pueda tomarse en serio —reconoce Bern—. Pero, poco a poco, es cada vez más consistente. Algunos creemos que es posible.</p> <p>—Y usted quiere convencerme de que nací con esos sueños implantados en mi mente —ironizo—. Como si fuesen una semilla o algo así.</p> <p>—En tu inconsciente, en ese abismo profundo y oscuro, habitado por fantasmas, recuerdos, deseos... Ahí está todo lo que no conocemos sobre nosotros. Y, de vez en cuando, muestra lo que hay dentro en forma de sueños o de pesadillas.</p> <p>—Vale, mis sueños están en mi inconsciente. Y ahora, al cabo de los años, han emergido, igual que una isla en medio del mar. ¿Es eso?</p> <p>—Tú lo has dicho. Estaban contigo desde que naciste —explica—. Ahora, por fin, salen a la luz. Te ayudan a conocerte mejor.</p> <p>—Yo no soy un caballero medieval. No entiendo por qué los tengo.</p> <p>—Arturo, ¿estarías dispuesto a someterte a unas sesiones de hipnosis? —pregunta Bern—. Podrían ser muy útiles.</p> <p>—¿Útiles para qué?</p> <p>—Para profundizar. Es posible que descubramos cosas sorprendentes. Tengo mucha experiencia en estos asuntos y te aseguro que puede ser revelador.</p> <p>—Pero ¿qué espera encontrar exactamente, doctor?</p> <p>Vistalegre y Bern se miran. Dudan unos instantes. Finalmente, el doctor Bern dice:</p> <p>—Sospechamos que tus sueños son un mensaje que quiere enviarte ese antepasado tuyo. Y la hipnosis lo confirmará. Descubriremos de qué manera se han implantado.</p> <p>—¿Un mensaje? —pregunto, absolutamente anonadado—. ¿Qué clase de mensaje?</p> <p>—Será algo entre nosotros —propone Vistalegre—. Nadie sabrá nada. Lo mantendremos en secreto.</p> <p>—Déjenme que lo piense. No estoy seguro de querer hacerlo. Es una decisión difícil. Ya les diré algo.</p> <p>Esta sesión ha sido larga y complicada. La verdad es que su propuesta es interesante. Podríamos obtener datos sobre lo que me ocurre. Pero lo cierto es que, por mucho que esté interesado en conocer la verdad sobre mis sueños, no quiero que cualquier desconocido tenga acceso a ellos. Pertenecen a mi intimidad y no estoy dispuesto a compartirla con cualquiera, y menos aún teniendo en cuenta que esta gente acostumbra a grabarlo todo y difundirlo, aunque sea en «círculos profesionales».</p> <p>Salgo a la calle y me topo con Cristóbal.</p> <p>—¿Este encuentro es una casualidad? —le pregunto—. ¿O vienes en serio a visitar a tu padre?</p> <p>—Un poco de todo —responde, a la defensiva—. Las casualidades también existen, ¿sabes?</p> <p>—Claro, y las hadas, y los gnomos...</p> <p>—En realidad quería hablar contigo. Hace tiempo que no te veo. Como ahora no vas a clase, pues...</p> <p>—Me ha dado permiso el director. Después de lo que ha pasado en la Fundación y con Norma en el hospital, al cuidado de papá, Metáfora y yo nos tenemos que ocupar de todo. ¿Qué tal en el instituto?</p> <p>—Todo sigue igual. Bueno, están con las excavaciones del patio. Aquello sigue lleno de arqueólogos que no paran de encontrar piezas medievales. Se rumorea que van a despedir a Mercurio. Pero, sobre todo, se habla mucho de ti. Horacio no para de meterse contigo.</p> <p>—¿Y qué dice?</p> <p>—Lo de siempre, aunque ahora lanza sospechas. Insinúa que has tenido algo que ver con la explosión. Dice que estaba contigo esa noche y que lo presenció todo.</p> <p>—¿Pero qué dice? ¡Eso es una tontería!</p> <p>—Ya lo sé. Sin embargo, sus amigos le apoyan. Dicen que también estaban allí y que lo corroboran.</p> <p>—¿Y la gente les cree? —pregunto, un poco irritado.</p> <p>—No todos; solo algunos se hacen preguntas. Por eso es mejor que vuelvas a clase y te defiendas —me sugiere.</p> <p>—Iré en cuanto solucione todos los problemas que tengo pendientes... Por cierto, ¿qué tal te va con Mireia? ¿Avanzas o no?</p> <p>—Me trata como a un crío. Vamos, que no me hace ni caso.</p> <p>—Lo siento.</p> <p>—No importa, ya estoy acostumbrado. Y tú, ¿qué tal con mi padre y su amigo? ¿Te sirven de algo las sesiones?</p> <p>—Me ayudan a recordar, pero es pronto para saber si me sirven de algo. Con Bern, las cosas pueden avanzar más deprisa. Quieren hipnotizarme.</p> <p>—¡No me digas! ¡Eso es una pasada!</p> <p>—Todavía me lo tengo que pensar. No se lo comentes a nadie.</p> <p>—Siempre he oído decir a mi padre que la hipnosis es la mejor técnica para entrar en el inconsciente.</p> <p>—Ese es el problema. Que yo solo quiero saber cosas sobre mis sueños, no sobre mi inconsciente.</p> <p>—Es lo mismo afirma—. Los sueños surgen de lo más profundo. Mi padre me lo ha explicado muchas veces.</p> <p>—A lo mejor —ironizó— me conviene más ver a una pitonisa que hacer una sesión de hipnosis. Al menos, sé que lo que una lectora de cartas cuenta no es real, y eso siempre tranquiliza.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IX</p> <p>N<style name="versalita">IDO DE HECHICEROS</style></p> </h3> <p>Los últimos rayos del sol empezaban a perder fuerza, cuando Arturo y sus amigos llegaron a un camino desde el que se distinguía claramente la macabra silueta del castillo de Rugiano. Parecía sacado de las peores pesadillas, con aquellas almenas puntiagudas, torres retorcidas, muros de piedras extraídas de diferentes canteras, ásperas y agresivas. La fortaleza tenía el aspecto desolador de un viejo cementerio, pero también irradiaba peligro.</p> <p>Enclavada en lo alto de una colina rocosa, se dibujaba sobre el cielo anaranjado y parecía formar parte de un tétrico cuadro multicolor. Abajo, junto al río, se alzaba una pequeña agrupación de casas.</p> <p>—Ese pueblo de miseria se llama Coaglius —explicó Horades—. Es un antro de podredumbre.</p> <p>—Espero que encontremos un sitio para alojarnos esta noche —dijo Crispín, después de explicarle a Arturo todo lo que veía.</p> <p>—Tiene que haber alguna posada —respondió el caballero.</p> <p>—Sí, necesitamos un descanso urgente —añadió Amedia, desde el pescante del carro—. Alojémonos donde sea, o tendremos que dormir al raso.</p> <p>En los márgenes del camino, numerosos grupos de personas se agolpaban alrededor de cálidas fogatas. Los que no tenían carros con pertenencias habían montado unas frágiles tiendas con telas y mantas para protegerse del intenso frío y de la persistente lluvia.</p> <p>—No es normal ver a tanta gente desamparada —comentó Crispín—. En verdad esta es una tierra extraña.</p> <p>Según se iban acercando, los grupos se multiplicaban. Familias enteras se cobijaban bajo los árboles y junto a las rocas. La ribera del río estaba poblada por una interminable columna de gente. Delante de algunas tiendas había hileras de personas que portaban regalos: gallinas, ovejas y otros objetos de valor.</p> <p>—Esto parece un mercadillo. Da la impresión de que esta gente quiere comprar o vender algo —observó Crispín.</p> <p>—Aguardan ante las tiendas de los hechiceros —explicó Horades—. Les pagan para que los libren de los maleficios.</p> <p>—Y de los terremotos —añadió Dédalus.</p> <p>—Nadie se puede salvar de los temblores de tierra —respondió Crispín—. Parece que vienen de muy lejos. No son de este reino.</p> <p>—Los que vienen de antiguo son los brujos. Han invadido este territorio —aclaró Horades—. Lo sé muy bien.</p> <p>Cuando Arturo, Crispín y los demás llegaron a Coaglius, percibieron que en el reino de Rugiano pasaba algo inusual. Ningún pueblo olía tan mal; la suciedad lo inundaba todo y la gente parecía desesperada.</p> <p>—Recibo malas vibraciones —advirtió Arturo, olisqueando el aire—. Huelo cosas que me traen malos recuerdos. Pócimas pestilentes. Sortilegios de hechicería. Me temo que tendremos problemas. Aquí se ha reunido lo peor de lo peor.</p> <p>—Yo veo gente muy rara por las calles. Los campesinos miran al suelo y caminan muy deprisa, como si huyeran de algo. Parecen asustados.</p> <p>—Están dominados. Este lugar está repleto de maldad. Intuyo que nos vigilan —añadió Arturo.</p> <p>Efectivamente, muchos ojos ambiciosos se habían clavado sobre ellos. Gentes peligrosas los observaban con mezquindad.</p> <p>Crispín prestó atención y comprendió que Arturo tenía razón. Las torvas miradas que los acompañaban desde que habían puesto los pies en las embarradas calles de Coaglius recordaban demasiado a Górgula, la hechicera que se había aliado con el rey Frómodi.</p> <p>—Quizá debamos salir de aquí antes de que las cosas se compliquen —sugirió—. Esto es un nido de víboras.</p> <p>—Al contrario, estoy seguro de que aquí encontraremos información sobre Arquitamius. Esta gente tiene que saber algo. Busca un sitio para alojarnos.</p> <p>—Es mejor salir de aquí cuanto antes —advirtió Horades—. Nos jugamos la vida.</p> <p>—Estoy de acuerdo contigo —subrayó Amedia—. ¿Verdad, padre?</p> <p>—Yo pasaría de largo —respondió el anciano—. Este sitio apesta a peligro.</p> <p>Poco después, Crispín detuvo su caballo ante un mesón llamado La Garra del Dragón.</p> <p>—Este es un buen sitio —decretó el escudero—. No es precisamente un palacio, pero es lo mejor que hemos encontrado.</p> <p>—Creo que tienes razón —respondió Arturo—. Nos apañaremos.</p> <p>—Espero que no se coman a nuestros caballos mientras estemos dentro —bromeó Crispín.</p> <p>—O que no nos coman a nosotros —ironizó Amedia.</p> <p>Descabalgaron, ataron sus monturas y entraron en la taberna. Estaba claro que sus huéspedes no eran de lo mejor. Por su culpa, el local olía tan mal y estaba tan sucio y destartalado que estuvieron a punto de marcharse. Pero el mesonero, atento a los posibles clientes, se acercó inmediatamente y les invitó a entrar.</p> <p>—Caballeros, si buscáis alojamiento, debéis saber que habéis venido al mejor sitio de todo Coaglius. Sentaos y os traeré algo de comer.</p> <p>—No estamos seguros de que queramos quedarnos aquí —respondió Crispín, poniendo mala cara.</p> <p>—Os aseguro que no queda un sitio libre en todo el pueblo —replicó el hombre, tratando de convencerlos—. Por suerte, tengo habitaciones vacías. Os las alquilaré a buen precio.</p> <p>—¿A qué llamáis buen precio?</p> <p>—Dos monedas de plata por noche y persona por dormir —respondió Granma, la mujer de Herminio, acercándose—. Los gastos de comida serán aparte. Os aseguro que estaréis bien atendidos.</p> <p>—¿Y quién nos garantiza que despertaremos vivos? —preguntó Dédalus—. Esto está lleno de gente peligrosa.</p> <p>—Podéis estar seguros de que mientras permanezcáis en mi casa, nada os ocurrirá... ¿Sois hechiceros?</p> <p>—No —negó Crispín—. Somos viajeros. Solo eso.</p> <p>—Tened cuidado cuando salgáis —les advirtió Herminio—. Aquí no respetan mucho a los extranjeros. Y menos si dan la impresión de llevar dinero.</p> <p>—A nosotros sí nos respetarán —le corrigió Arturo, acariciando la empuñadura de su espada—. Os lo aseguro.</p> <p>—¿Qué ocultáis tras esa máscara? ¿Tenéis algo que temer?</p> <p>—Esconde un rostro desfigurado —intervino Crispín—. Mi señor sufrió el ataque de unos monstruos mutantes que le destrozaron la cara.</p> <p>—Podéis quedaros aquí todo el tiempo que os apetezca.</p> <p>—Siempre que paguéis por adelantado —añadió Granma—. Luego, disfrutaréis de vuestra estancia.</p> <p>—Aquí tenéis lo de esta noche —dijo Crispín, entregándole diez monedas—. Necesitaremos sitio para cinco personas. Dos habitaciones.</p> <p>—Mi hija os servirá la cena —respondió Herminio—. Acomodaos tranquilamente mientras preparamos vuestras estancias.</p> <p>El mesonero se retiró en busca de comida y bebida, pero, antes siquiera de que se hubieran sentado, un hombre mal encarado, con una cicatriz que le cruzaba el rostro, se acercó a ellos.</p> <p>—Hola, me llamo Preter —dijo—, ¿De dónde venís?</p> <p>Crispín le miró y se quedó pensando en la conveniencia de contestar.</p> <p>—¿Venís también a trabajar para nuestro rey? —insistió el recién llegado.</p> <p>—No, solo estamos de paso. Únicamente queremos recuperar fuerzas y seguir nuestro camino. Nos espera un largo viaje —respondió Crispín.</p> <p>—¿Vais muy lejos? —indagó el individuo—. ¿Quiénes sois?</p> <p>—No somos importantes —añadió el escudero—. Y nos gustaría estar solos, si no os importa.</p> <p>—¿Por qué se tapa la cara con esa máscara? —insistió el hombre—. ¿Tiene miedo de que le reconozcan?</p> <p>—Amigo, ya has gastado tu cupo de preguntas —interpeló Arturo—. Es mejor que te retires.</p> <p>—Esa máscara es de plata... Además, me parece que la he visto antes —insistió—. La he visto en otro sitio. ¿No la habrás robado?</p> <p>Arturo se puso en pie y levantó la mano derecha.</p> <p>—¡Márchate de aquí ahora mismo! —le ordenó.</p> <p>—Está bien, está bien... Solo quería ayudar. A lo mejor necesitáis un guía para moveros por este sitio tan peligroso.</p> <p>Arturo colocó la mano sobre la empuñadura de su espada; el gesto convenció al intruso de que había llegado la hora de retirarse.</p> <p>—Aquí tenéis vuestra cena, caballeros —dijo una joven de cabello ensortijado y voz alegre—. Es lo mejor que tenemos.</p> <p>Crispín y ella cruzaron una mirada rápida, pero no intercambiaron ni una sola palabra. Por primera vez en su vida, el joven escudero sintió que se ruborizaba.</p> <p>—¿Cómo te llamas? —le preguntó Amedia—. ¿Eres la hija del posadero?</p> <p>—Sí, lo soy. Me llamo Amarae. Os prepararé las habitaciones —dijo antes de retirarse—. Sed bienvenidos.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Erómodi estaba completamente borracho y tenía un aspecto desastroso. Llevaba una capa con refuerzos de piel de lobo gris en el cuello que cubría su cuerpo semidesnudo. Se fijó en la mancha negra que ya había empezado a invadir su brazo derecho, el que había arrebatado a Forester, y torció el gesto.</p> <p>Apoyado en una almena, en lo alto de la torre principal, observó, gracias a la débil luz de la luna, la oscurecida y profunda campiña arbolada que rodeaba su castillo. Ni siquiera se acordó de que, desde ese bosque, los rebeldes solían disparar flechas, y no tuvo la precaución de protegerse.</p> <p>—¡Padre! ¡Padre! ¡Ahora soy rey de unos miserables campesinos! ¡Los usaré para conseguir lo que quiero! ¡Y me perdonarás! ¿Verdad que me perdonarás por lo que he hecho?</p> <p>Dio un traspié y la gran jarra de vino que llevaba en la mano derecha se inclinó hasta derramar un chorro de vino sobre el suelo. El denso líquido rojo parecía un charco de sangre debido al reflejo de la luna. Lo vio y dio un paso atrás.</p> <p>—Conseguiré lo que deseo y volveré a ser el de antes —aseguró, mientras observaba el líquido desparramado—. Volveré a ser un niño inocente, libre de mácula. Un niño que ha crecido sin pecado. ¿Verdad, padre?</p> <p>Le pareció que la sombra de su padre se deslizaba sobre el muro y se quedó quieto, a la espera de una señal.</p> <p>—¿Has venido a decirme que me perdonarás?</p> <p>—He venido a ver la piltrafa humana en que te has convertido —respondió la oscura sombra—. Y a decirte que me das pena.</p> <p>—¿Pena? ¡Pero si todo esto lo hago por ti! Me he convertido en un esclavo de tu recuerdo. Solo pienso en complacerte.</p> <p>—Entonces, compórtate como una persona respetable. Deja de beber, deja de matar, deja de destruirte —le pidió la sombra—. ¡Recupera tu dignidad!</p> <p>—¡No puedo! ¡Mataré a todos los que traten de impedir que consiga esa fórmula! ¡Necesito beber para sobrevivir en este infierno en el que malvivo día y noche! ¡Ya no puedo dar marcha atrás! ¡Me destruiré para demostrarte lo arrepentido que estoy de haberte matado!</p> <p>—¡Lo hecho, hecho está!</p> <p>—Pero se puede rectificar. Se puede remediar. Se puede...</p> <p>—El tiempo no puede volver atrás. Y no se puede borrar lo que se ha hecho —sentenció la sombra mientras se evaporaba—. Recuerda lo que te he dicho. No olvides mis palabras.</p> <p>Frómodi se quedó solo, desconsolado, mirando el sitio por el que la sombra acababa de desaparecer. Dio una patada al charco de vino y salpicó las almenas.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Demónicia vio que la puerta de su celda se abría, en la cara se le dibujó una sonrisa de satisfacción. Antes de ver a sus liberadores, ya sabía de quién se trataba.</p> <p>—Mi señora, hemos venido a liberaros —dijo Alexander, de rodillas ante ella—. ¡Sois libre!</p> <p>—Gracias, Alexander —respondió la Gran Hechicera—. No esperaba menos de ti. Eres mi caballero.</p> <p>Tránsito se asomó por la puerta. Estaba muy nervioso y empapado en sudor.</p> <p>—¡Tenemos que irnos! —advirtió—. ¡Viene gente!</p> <p>Alexander se levantó, dejó pasar a Demónicia y la siguió. Los diez soldados demoniquianos que los acompañaban abrieron el camino y lo despejaron de enemigos. Tras de sí dejaron un rastro de muerte.</p> <p>—¿Adónde me lleváis? —preguntó Demónicia.</p> <p>—Al antiguo castillo de la reina Émedi —afirmó Alexander—. Nuestros hombres se han hecho fuertes. Allí estaréis a salvo.</p> <p>—Es una buena idea —asintió—. Repondremos nuestras fuerzas... y nuestro poder.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Después de dormir a pierna suelta, Arturo y sus amigos se levantaron temprano, con la intención de proseguir su camino. Recogieron sus pertenencias y se dispusieron a llenar el estómago con algo sólido.</p> <p>—¿Habéis descansado bien? —preguntó Herminio, el mesonero—. ¿Seguro que no queréis quedaros con nosotros? En este lugar hay muchas oportunidades para gente atrevida.</p> <p>—Tenemos que marcharnos —indicó Crispín—. De todas formas, gracias por la invitación.</p> <p>—Que tengáis buen viaje. Si volvéis por aquí, no olvidéis el buen trato que os hemos dado. Recomendad mi establecimiento a vuestros amigos, que también serán bien recibidos.</p> <p>—Dad las gracias a vuestra bella hija, Amarae —dijo Crispín—. Ha sido muy amable con nosotros.</p> <p>—Dádselas vos mismo —respondió Herminio—. Ahí viene.</p> <p>—Amarae, queremos agradecerte tu amabilidad —comentó Amedia, que ya se había dado cuenta del interés de Crispín por la muchacha—,—Sí, gracias por todo —balbuceó Crispín.</p> <p>—Oh, solo he cumplido con mi trabajo —respondió ella, mirándole de reojo—. Espero volver a veros por aquí. La posada de mi padre estará siempre a vuestra disposición.</p> <p>—Si pasamos de nuevo por este lugar, no os quepa duda de que vendremos a saludaros —comentó Crispín—. No os olvidaremos nunca.</p> <p>—Espero que tengáis buen viaje —añadió la joven—. Os deseo mucha suerte.</p> <p>—Quería haceros un regalo —suspiró Crispín, mientras le ofrecía su espada de madera—. La he labrado yo mismo. Representa mi mayor sueño. Os pido que la guardéis hasta que regrese. Estará más segura con vos.</p> <p>Amarae, emocionada, escondió rápidamente la talla bajo su delantal para que sus padres no la vieran.</p> <p>—La conservaré como un tesoro —susurró—. Esperaré a que volváis a buscarla y os la devolveré.</p> <p>En tanto se despedían, Herminio fue a ocuparse de los caballos y a ayudar a Dédalus a recoger los equipajes y a reunir a los animales. Desde lejos observó cómo Crispín miraba con ojos encandilados a su hija, aunque no dijo nada.</p> <p>Los caballos estaban ensillados y ya se disponían a salir de las caballerizas cuando alguien apareció de entre la paja.</p> <p>—Nobles caballeros... —dijo Preter, el hombre de la cicatriz—. No os asustéis. Soy yo, vuestro amigo.</p> <p>—¿Qué buscas aquí, bribón? —preguntó Crispín, haciendo ademán de agarrar su maza.</p> <p>—He venido a explicaros la gran oportunidad que se os presenta de ganar una enorme fortuna, siempre y cuando estéis dispuestos a pagarme algo por adelantado y a prometerme que, cuando seáis ricos y poderosos, os acordaréis de mí y me recompensaréis como merezco.</p> <p>—Tus fantasías no nos interesan —respondió Arturo—. Tampoco nos atraen la fortuna ni el poder.</p> <p>—Eso es porque ya tenéis ambas cosas —respondió el astuto personaje—. Pero os aseguro que si me escucháis, podréis ampliar vuestras arcas con creces.</p> <p>—¡Aparta de nuestro camino! —gritó Crispín, empujándole con el caballo—. ¡No nos embaucarás con tus historias!</p> <p>Arturo y Crispín salían de las caballerizas perseguidos por el insistente individuo cuando, de repente, se encontraron con el paso cortado.</p> <p>—¿Os acordáis de mí? —inquirió el caballero Borgón, con arrogancia.</p> <p>—Vaya, es nuestro amigo, el jefe de los purgadores —dijo Arturo, en tono irónico, al reconocer su voz—, ¿Vienes en busca de venganza?</p> <p>—La encontraré cuando vea rodar vuestras cabezas por la escalinata del castillo de nuestro rey Rugiano —respondió el caballero.</p> <p>—Tenéis suerte de que el código de honor de la caballería me impida responderos adecuadamente —rugió Arturo—, ¡Vos no sois un caballero! ¡Sois un miserable mercenario sin honor!</p> <p>—Nuestro rey quiere veros en sus calabozos —respondió Borgón—. ¡Arrojad vuestras armas al suelo!</p> <p>Arturo dirigió la mano derecha a la empuñadura de su espada y Crispín levantó la maza que colgaba de su silla, dispuestos a enfrentarse a la veintena de soldados y mercenarios que acompañaban al malvado caballero.</p> <p>—¡Arqueros! —gritó Borgón.</p> <p>Dos docenas de arqueros se dejaron ver desde los tejados, tras las esquinas y a través de algunas ventanas, con los arcos tensados y dispuestos a lanzar sus mortíferas flechas con puntas de acero forjado.</p> <p>¡Estaban completamente rodeados!</p> <p>—¡Esta vez he venido preparado! —advirtió Borgón—, ¡Si hacéis un movimiento en falso, moriréis ensartados por las flechas de mis hombres!</p> <p>Crispín intentó hacerse una idea de la situación.</p> <p>Se fijó en el hombre de la cicatriz, que apuntaba directamente al corazón de Amedia con su daga. A su lado, dos soldados habían aprisionado a Dédalus por sorpresa.</p> <p>—No podemos hacer nada —explicó Crispín a Arturo—. Son muchos y están muy repartidos. Es imposible resistirse. Debemos rendirnos. Ya habrá ocasión de tomar la delantera. Amedia y su padre están en su poder.</p> <p>—Está bien —aceptó Arturo—. Diles que nos rendimos.</p> <p>—¡Alto! ¡No disparéis! —gritó Crispín—. ¡Mi señor y yo reconocemos vuestra superioridad y nos rendimos!</p> <p>—Eso está bien —dijo el caballero—. Demuestra que sois inteligentes. Y ahora, quitadle esa maldita máscara.</p> <p>—Os ruego que no lo hagáis —pidió Crispín—. No es buena idea dejar su rostro al descubierto.</p> <p>—Haré lo que me plazca —insistió Borgón—, ¡Quítatela o te la arrebatamos nosotros después de acribillarte!</p> <p>—Dejaré que me las quites tú —le dijo tranquilamente Arturo—. Te permitiré ver mi rostro.</p> <p>Borgón, orgulloso de haber doblegado a Arturo, acercó su caballo al prisionero, alargó la mano y levantó la máscara. Ninguno de sus hombres pudo ver su expresión de horror.</p> <p>—Consérvala —dijo en voz baja, colocándola de nuevo—. Es lo mejor.</p> <p>Mientras se retiraban, Borgón lanzó unas monedas a Preter, que se acercó con la mano extendida.</p> <p>—Aquí tienes tu paga —le dijo—. Te la has ganado.</p> <p>Cuando ya estaban a punto de marcharse, Dédalus llamó a Herminio.</p> <p>—Quiero hacerte un regalo, mesonero —le dijo desde el pescante de su carro, donde los dos soldados le vigilaban—. Quédate con mis animales. Los aprovecharéis mejor que nosotros. Creo que ya no puedo protegerlos.</p> <p>—¿Qué hacemos con ellos? —preguntó Herminio.</p> <p>—Haced lo que os plazca —respondió el padre de Amedia—. Eres un hombre honrado. Es mejor que estén en tus manos antes que en las de estos vándalos.</p> <p>—¿Y si no volvéis? —preguntó Amarae.</p> <p>—¡Volveremos! —aseguró Crispín—. Tarde o temprano, volveremos. Podéis estar seguros.</p> <p>Herminio, Granma y Amarae se hicieron con los animales y vieron cómo sus huéspedes se perdían en las siniestras calles de Coaglius, escoltados por los feroces purgadores. Llevaron los animales al corral y la joven les dio de comer.</p> <p>—Alimentaos bien —les dijo, al borde del sollozo—. Cuando vengan a buscaros, quiero que vean que os hemos cuidado con cariño, si es que consiguen salir de ese maldito castillo... del que nadie ha vuelto jamás.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>X</p> <p>A<style name="versalita">LGO MÁS QUE UNA VIDENTE</style></p> </h3> <p>Al final, y después de pensarlo mucho, me he decidido a visitar nuevamente a Estrella, la vidente que predijo mi futuro y me auguró una vida llena de sufrimientos. O mejor dicho, dos vidas.</p> <p>La conversación con los dos psicólogos me la ha recordado y me ha ayudado a atar algunos cabos, por eso necesito hablar con ella. En el fondo, sus conjeturas se parecen mucho. Creo que hay algo que une las teorías de Vistalegre, Bern y Estrella.</p> <p>He avisado a Metáfora de que iba a venir a verla, así que la estoy esperando aquí, en el portal de la casa de la vidente. Cuando vinimos la primera vez, hace más de un año, estaban haciendo obras, pero ahora no hay albañiles.</p> <p>—Hola, Arturo —saluda Metáfora, que acaba de llegar—. ¿Seguro que quieres volver a pasar por esto? ¿Recuerdas lo que te dijo?</p> <p>—Nunca lo he olvidado —respondo, un poco agobiado—. Pero necesito verla. De alguna manera, creo que sus palabras se han cumplido. Estoy metido en un callejón sin salida.</p> <p>—Está bien, tú verás... ¿Entramos?</p> <p>Empujo la puerta, pero está cerrada.</p> <p>—Llama por el telefonillo —sugiere—. Es el tercer piso.</p> <p>—Aquí no hay ningún cartel.</p> <p>—La letra E.</p> <p>Aprieto el timbre y una voz masculina nos pregunta qué queremos.</p> <p>—Somos clientes —explico—. Estuvimos aquí hace unos meses.</p> <p>Silencio.</p> <p>—¿Cómo se llaman ustedes?</p> <p>—Arturo Adragón. La otra vez pedimos cita a través de la página web. Pero ahora no está operativa.</p> <p>—Bueno, la hemos dado de baja por problemas técnicos. Pero ¿qué quieren exactamente? Estrella ya les dijo todo lo que sabía.</p> <p>—Necesito hablar con ella sobre lo que me contó —le explico—. Necesito que me aclare algunas cosas.</p> <p>Silencio.</p> <p>—¿Eres aquel chico que no tenía dinero para pagar y le tuvimos que hacer una rebaja?</p> <p>—Sí, somos nosotros —responde Metáfora—. Ya nos conoce. Somos clientes.</p> <p>—Lo siento, pero Estrella no les puede atender —responde categóricamente.</p> <p>—¿Cómo que no? —pregunta Metáfora—. ¡Le digo que somos clientes!</p> <p>—La consulta está cerrada. Adiós.</p> <p>—¡Tenemos dinero! —dice Metáfora—. ¡Pagaremos la tarifa!</p> <p>El hombre no dice nada.</p> <p>—Tardaremos poco. Solo queremos hacerle un par de preguntas —le prometo.</p> <p>Suena un timbre y el portal se desbloquea.</p> <p>—Ahora subimos —digo—. Gracias.</p> <p>El portal está peor que la vez anterior. Algunas baldosas están levantadas, hay cables que cuelgan del techo, pilas de ladrillos en el suelo, sacos de cemento junto a bolsas de escombros.</p> <p>—Esto está hecho un desastre —comenta Metáfora—. Da la impresión de que la obra no ha terminado.</p> <p>—Se habrán quedado sin dinero —deduzco mediante una explicación lógica—. Suele pasar. Muchas obras se quedan a medias por falta de fondos.</p> <p>Subimos por la escalera sorteando todo tipo de obstáculos. Por el suelo nos encontramos un bidé, una bañera y diversos objetos. Esto es como caminar por un vertedero.</p> <p>Llegamos al tercer piso y la puerta se abre para dejarnos pasar. Apenas hemos entrado, sale el hombre del telefonillo y la cierra velozmente. El recibidor está muy deteriorado; el ambiente refleja un abandono total. Está claro que no tienen muchos clientes.</p> <p>—Cien euros o no hay sesión —nos pide con la palma de la mano hacia arriba.</p> <p>Saco un billete del bolsillo y se lo entrego. Estaba seguro de que me lo pedirían y he venido preparado. Mis reservas se están agotando, pero esto vale la pena.</p> <p>—Estrella os atenderá enseguida —nos informa, a la vez que se guarda el billete—Pero será una sesión corta. Está enferma. No la molestéis demasiado.</p> <p>—Deberían reabrir la página web —le aconseja Metáfora—. Era muy interesante.</p> <p>Sin decir nada, nos hace entrar en la misma habitación de la otra vez, donde unas bombillas de colores dan al ambiente un toque de fantasía.</p> <p>Estrella está sentada en su silla y nos mira con los ojos tristes y apagados. Tose y apenas se mueve.</p> <p>—Vaya, el chico de los sueños —bromea en cuanto me reconoce—. ¿Qué quieres ahora? Ya te dije todo lo que sabía.</p> <p>—Por eso he venido. Necesito que me explique el significado de aquellas visiones.</p> <p>—¿Bromeas? ¿Crees que yo sé lo que simbolizan los sueños? Yo solo los veo, pero no sé qué representan. No tengo ni idea.</p> <p>—Usted me dijo que iba a vivir una vida llena de sufrimientos. Que iba a padecer el doble que las otras personas. Eso tiene que significar algo.</p> <p>—Bueno, a veces tengo visiones y recibo mensajes, pero solo puedo transmitirlos, no descifrarlos. Tu historia no tiene mayor interés. La sesión ha terminado. Dejadme en paz.</p> <p>Metáfora me sujeta la mano y me impide levantarme.</p> <p>—Hemos pagado cien euros para obtener respuestas claras —le advierte seriamente—. O nos responde a las preguntas o le aseguro que la policía estará aquí en menos de diez minutos.</p> <p>—La policía ya no me asusta, chiquilla —responde la mujer, con una amarga sonrisa—. Nos denunciaron hace meses y desde entonces no hemos tenido más que problemas. Estoy tan arruinada que nada puede salvarme.</p> <p>—Pues si ahora presentamos contra ustedes otra denuncia por estafa, las cosas empeorarán —explica Metáfora.</p> <p>—¿Y qué nos van a hacer? ¿Meternos en la cárcel? Pues mira, por lo menos comeremos caliente todos los días. No pienses que me das miedo con tus amenazas. La vida se ha puesto muy dura para nosotros. Me da todo igual.</p> <p>—Solo quiero algunas respuestas —digo en plan pacífico—. Nos iremos enseguida.</p> <p>—Usted sabe más de lo que cuenta —le apremia Metáfora—. Díganos lo que ha visto en las cartas. Necesitamos saberlo.</p> <p>Estrella dibuja una sonrisa irónica y me agarra la mano.</p> <p>—Tu destino está escrito, chico —susurra—. Eres un caso especial y las cosas que te pasan no son normales. Esto es todo lo que sé.</p> <p>—Usted sabe muchas cosas —insisto—. Necesito saber quién soy.</p> <p>—¿Crees que por cien euros te voy a decir quién eres? ¿Piensas que por ese dinero te voy a explicar cuál es tu destino?</p> <p>—Estoy seguro de que usted sabe mucho sobre mí. Lo sé porque me dijo cosas que se han cumplido. Mi vida es un infierno lleno de complicaciones. No he tenido más que problemas. Y sí, puedo afirmar que he sufrido el doble. ¡Usted me lo advirtió!</p> <p>—Y aún te queda mucho por padecer —añade, rompiendo todas las barreras—. Eres un ser especial, Arturo Adragón. Te conozco muy bien.</p> <p>—Entonces, no me deje en la oscuridad. Dígame lo que me espera.</p> <p>—Problemas y sufrimientos inimaginables. Y el peor de todos será, precisamente, descubrir quién eres. Te aconsejo que no insistas. A veces es mejor ignorar. No siempre interesa conocer el futuro... ni ahondar en el pasado.</p> <p>—Si uno sabe lo que le espera, podrá prepararse mejor para afrontarlo —dice Metáfora.</p> <p>—O puede caer en el desánimo. Lo que ha de ocurrir ocurrirá, tanto si lo sabes como si no —explica Estrella—. Si quieres, te devuelvo los cien euros y te vas en paz.</p> <p>—¡Quiero que me cuente todo lo que sabe sobre mí! —exclamo—, ¡Es importante!</p> <p>—Pues es mejor que te prepares para escuchar algo que te va a asustar —dice, en tono amenazante.</p> <p>—No tengo miedo de nada —afirmo—. Lo he superado todo.</p> <p>—Eso ya lo veremos... Es mejor que tu amiga salga de la habitación. No creo que le guste escuchar lo que te voy a decir.</p> <p>—No saldré de aquí. Estoy con él en esto y no le dejaré solo —responde Metáfora—. Es mi amigo y mi compañero.</p> <p>—Prefiero que se quede. Hemos empezado esto juntos...</p> <p>—Y lo terminaremos juntos.</p> <p>Estrella hace un gesto de resignación.</p> <p>—Está bien... Recordad que vosotros lo habéis querido...</p> <p>—Nunca se lo reprocharemos. Empiece, por favor...</p> <p>—Hace mil años hubo un reino llamado Arquimia, que quedó sumido en el olvido... El tiempo lo borró de los libros y sus ruinas fueron enterradas... El primer rey de Arquimia se llamaba Arturo Adragón y desapareció sin dejar rastro... La leyenda dice que se convirtió en un dragón...</p> <p>—¡No diga bobadas! —protesta Metáfora.</p> <p>—No son bobadas, forman parte de la leyenda de Arquimia.</p> <p>—¿Dónde está Arquimia? —pregunto—. ¿Quién sabe dónde está Arquimia?</p> <p>Estrella se levanta, se acerca a la ventana y la abre.</p> <p>—¡Ahí abajo! —afirma—. En el subsuelo. ¡En el subsuelo de Férenix!</p> <p>—¿Cómo lo sabe? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Todo lo que está escondido acaba saliendo a la luz... Tarde o temprano, la luz de la verdad se abre camino. ¡Arquimia es la semilla de Férenix! ¡Arquimia era un reino, y Férenix lo será!</p> <p>Sé de sobra que Arquimia, o su palacio, al menos, está bajo nuestros pies. Si eso prueba que la vidente dice la verdad, entonces también ha de serlo esa historia del rey que se convirtió en dragón... y lo de mi sufrimiento.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XI</p> <p>L<style name="versalita">A REINA </style>A<style name="versalita">STRID</style></p> </h3> <p>Después de permanecer todo el día encerrados en una oscura mazmorra, Arturo y Crispín pensaron en un plan de fuga. Amedia, Dédalus y Horades estaban muy desanimados.</p> <p>—Cuando se haga de noche, pediré a Adragón que nos abra camino hasta la puerta de este castillo —concluyó Arturo—. Mañana estaremos lejos de aquí. Pensarán que nos hemos esfumado y desistirán de buscarnos.</p> <p>—Tienes razón, debemos salir de aquí antes de que amanezca —sugirió Crispín.</p> <p>Mientras ultimaban los detalles, entró el carcelero acompañado de dos guardias, que portaban dos cazos de bazofia que depositaron en el suelo.</p> <p>—Aquí tenéis algo para entretener el estómago —dijo, en tono de burla—. Aprovechad y comed, ahora que todavía podéis.</p> <p>—¿Qué vais a hacer con nosotros? —preguntó Crispín, como si tuviera interés en saber qué destino les aguardaba—. ¿Vais a ejecutarnos?</p> <p>—Eso lo veréis cuando llegue el momento —respondió un soldado, mientras le empujaba con la parte trasera de su lanza—. Es posible que esos hechiceros os usen como carroña.</p> <p>—No lo entiendo. ¿Qué tenemos que ver con los hechiceros?</p> <p>—Cuando salga el sol descubriréis vuestro destino —se burló su compañero.</p> <p>—¿No queréis decirnos nada más? —les incitó el joven escudero—. Si ha de ser nuestro último día, explicadnos por lo menos cómo vamos a morir.</p> <p>—Encadenados a la torre principal —dijo precipitadamente el carcelero, como si estuviera deseando hacerlo—. Allí seréis pasto de esos animales voladores que nos envían vuestros amigos los alquimistas. Vendrán a devoraros y nosotros los estaremos esperando. Quién sabe: a lo mejor sobrevivís.</p> <p>—Tal como lo contáis, tenemos pocas posibilidades de lograrlo —dijo Crispín con resignación—. Creo que esta será nuestra última noche.</p> <p>—Entonces, disfrutad de la cena y poned en paz vuestra alma —les recomendó el carcelero, cerrando la puerta de un golpe—. Es mejor que entréis en el Abismo de la Muerte con la conciencia tranquila.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>En plena noche, Escorpio se unió a los campesinos que estaban reunidos en el bosque, alrededor de una fogata. Vestía ropas de lacayo y nadie le prestó atención. Cada día llegaban nuevos adeptos a la rebelión y su presencia pasó desapercibida. Al principio tenía un poco de miedo, pues, si le reconocían, podía pasarlo mal. La costumbre de vivir en peligro le ayudó a superarlo. No era la primera vez que espiaba para su señor. Incluso recordó cuando tuvo que reclutar ayuda entre ciertos nobles para entrar a sangre y fuego en el bosque de Armórica.</p> <p>—¡Tenemos que deshacernos de este tirano! —gritó Ritel, un campesino que ya había participado en la rebelión que llevó a Morfidio al poder. No olvidaba a su amigo Royman, que había muerto en aquel terrible levantamiento—. ¡Debemos intensificar los ataques!</p> <p>—¡Hacemos lo que podemos! —dijo un herrero—. Los soldados han detenido a muchos de los nuestros.</p> <p>—No tengáis miedo. Muchos están a nuestro favor. Ellos también están hartos de Frómodi y nos ayudarán cuando llegue el momento. ¡Tenemos que alzarnos en armas!</p> <p>—¡Hay que asegurarse de que saldrá bien! —pidió un criador de cerdos—. Si fallamos, nuestras familias lo pagarán caro.</p> <p>—¡Si luchamos con valor, nuestra rebelión triunfará! —respondió Ritel—. ¡Hay que derribar a Frómodi, aunque nos cueste la vida! ¡Esta situación es insoportable! ¡Ese hombre es un bárbaro sin escrúpulos!</p> <p>Escorpio tomó nota de todo lo que se dijo y se fijó en las caras de los presentes. Todos los nombres que salieron a relucir se quedaron grabados en su memoria.</p> <p>—¿Qué opinas tú de todo esto? —le preguntó un joven que se había sentado a su lado, sobre un tronco—. ¿Crees que vale la pena seguir adelante?</p> <p>—Hay que quitarse de en medio a este rey —afirmó Escorpio—. Es lo mejor para todos.</p> <p>—¿Y a quién pondremos en su lugar? Parece que cada vez que hay cambios, la situación empeora.</p> <p>—Tienes razón: tendremos que buscar un digno sucesor de Frómodi.</p> <p>—Muchos hablan de traer a Arquimaes, el alquimista que ahora dirige a los Émedianos. Dicen que ha derrotado a Demónicus.</p> <p>—Es una buena idea —dijo Escorpio—. Un alquimista en el trono. No está mal.</p> <p>—Cualquier cosa menos seguir con esta bestia sanguinaria —replicó otro que estaba al lado—. Incluso podríamos aliarnos con Aquilion, el rey de Carthacia.</p> <p>—Yo prefiero a la reina Émedi —añadió un tercero.</p> <p>—Émedi ha muerto —anunció Escorpio—. La mejor solución es Arquimaes.</p> <p>—Yo prefiero a Arturo Adragón —opinó el campesino—. Dicen que es el más justo de todos.</p> <p>—No es una mala opción —dijo Escorpio—. Yo le daría mi apoyo, pero nadie sabe si está vivo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Crispín observó con melancolía, a través del ventanuco de su celda, el manto de estrellas que poblaba el cielo oscuro y silencioso. El recuerdo de Amarae se había clavado en su memoria y en su corazón. Un poco después, se acercó a Arturo y le puso la mano sobre el hombro.</p> <p>—El castillo está tranquilo, todo el mundo duerme —susurró—. Es hora de salir de aquí, mi señor.</p> <p>Arturo cerró los puños, se abrió la camisa y dijo: —¡Adragón! ¡Ven a mí!</p> <p>El dragon cobró vida y se colocó delante de él. Inmediatamente, un ejército de letras recién despegadas de su cuerpo se situó en formación tras él, esperando sus órdenes.</p> <p>—¡Derribad esa puerta! —les ordenó Arturo.</p> <p>Las letras, dirigidas por el dragón, se acercaron a la puerta de madera. En pocos segundos, la desencajaron de su sitio. Los refuerzos de hierro, las bisagras y la cerradura fueron retorcidos.</p> <p>—¡Vía libre! —anunció Crispín.</p> <p>Escudados por las letras y el dragón, los cinco salieron de la mazmorra e iniciaron la subida por una oscura escalera. No había indicios de vida y no se escuchaba más ruido que el que ellos mismos producían con el roce de sus ropajes.</p> <p>—¿Qué pasa aquí? —gritó un hombre de repente—. ¿Qué es esto?</p> <p>Crispín observó cómo de un pasillo lateral aparecía un carcelero. Arturo, que lo había escuchado, le señaló con la mano derecha y el dragón voló a toda velocidad hacia el recién llegado, quien, al verse rodeado por miles de pequeños bichos voladores, solo acertó a ponerse de rodillas para implorar piedad.</p> <p>—¡Tengo mujer e hijos! —suplicó—. ¡No me hagáis daño, por favor!</p> <p>—¡Deja de gritar! —le ordenó Crispín—, ¡O te cortaremos la lengua!</p> <p>—Por favor, por favor...</p> <p>—¡Cállate de una vez! —insistió Dédalus, apretándole el cuello—, ¡Cierra la boca!</p> <p>—¿Cómo te llamas? —le preguntó Crispín.</p> <p>—Tremond. Me llamo Tremond.</p> <p>—Escucha, Tremond —le advirtió el joven escudero—. O te callas ahora mismo o te mato. ¡Elige!</p> <p>El carcelero optó por callarse.</p> <p>—¿Dónde están nuestras armas? —preguntó Arturo.</p> <p>—En la cámara del rey —respondió Tremond—. Se las han llevado para estudiarlas. Sobre todo, la espada... esa que tiene un dragón en la empuñadura.</p> <p>—Llévanos hasta allí. Hazlo en silencio a través de corredores y pasillos solitarios. No queremos disgustos. Si pasa lo más mínimo, serás el primero en caer.</p> <p>—Lo intentaré, pero os advierto de que hay muchas patrullas.</p> <p>—Te sugiero que tengas cuidado con lo que haces. Podría ser tu última noche en este mundo. ¡Vamos!</p> <p>Tremond los guió por oscuros y estrechos pasillos. Llegaron a una silenciosa cámara abovedada y, tras subir varias escaleras muy angostas, entraron en un pequeño aposento.</p> <p>—Ahí detrás hay dos centinelas que vigilan la cámara del rey Rugiano —indicó el carcelero—. Su esposa, Astrid, duerme en la habitación de al lado, y él está solo. Vuestras armas están junto a su cama.</p> <p>Crispín se asomó en silencio para certificar que había dos soldados haciendo guardia delante de la puerta. Se lo explicó detalladamente a Arturo, que envió un destacamento de letras. Al cabo de un instante, escucharon el sonido de dos cuerpos que caían al suelo.</p> <p>—No te muevas de aquí —le ordenó Crispín al carcelero—. Dejaremos algunas letras vigilándote, para evitar tentaciones.</p> <p>—Esos bichos son peligrosos —susurró Tremond.</p> <p>—Pórtate bien y no te pasará nada.</p> <p>Escoltados por un enjambre de letras, abrieron la puerta y entraron en la cámara del rey.</p> <p>Solo la tenue luz de la luna, que entraba por el gran ventanal, iluminaba la habitación. El rey, en su lecho, apenas se movía.</p> <p>Entonces Amedia descubrió con asombro que una mujer estaba a punto de clavar una daga en el corazón de Rugiano.</p> <p>—¿Qué hacéis aquí? —preguntó, sorprendida por la presencia de extraños—. ¿Quiénes sois?</p> <p>—¡Arturo! —advirtió Crispín—. ¡Esa mujer va a matar al rey!</p> <p>—¡Adragón! ¡Detenía! —ordenó el caballero negro.</p> <p>El dragón salió a toda velocidad y llegó justo a tiempo de sujetar la muñeca de la mujer, a la que inmovilizó con las garras.</p> <p>Mientras Crispín y Dédalus cerraban la puerta y se hacían con las armas, Arturo, Amedia y Horades se acercaron a ella. En ese momento, el rey Rugiano gruñó, se despertó y se puso de rodillas sobre su cama.</p> <p>—¿Qué ocurre aquí? —preguntó el monarca, con los ojos muy abiertos, asombrado de ver a tanta gente a su alrededor—. ¿Quienes sois? ¿Qué traición es esta?</p> <p>—Somos amigos —respondió Crispín en tono amistoso—. No pasa nada, majestad.</p> <p>Rugiano observó a la mujer, que aún mantenía el puñal en la mano.</p> <p>—¡Astrid! ¿Qué haces con eso? —la interrogó—. ¿Acaso pensabas matarme?</p> <p>—¡Claro que sí! —respondió la reina, dando un paso adelante y arremetiendo nuevamente contra él—, ¡Ya es hora de que mueras! ¡Eres peor que las alimañas!</p> <p>Rugiano se echó hacia atrás para esquivar, por apenas unos milímetros, la hoja del puñal.</p> <p>—¡Es la reina Astrid! —exclamó Horades—. ¡Es la esposa del rey Rugiano!</p> <p>—¡Estaba a punto de matarlo! —dijo Arturo, sorprendido—. ¿Por qué?</p> <p>—¡Traidora! —exclamó Rugiano, lleno de rabia—. ¡Te convertí en mi reina y así me lo pagas! ¡Maldita seas!</p> <p>—¡Estás enfermo de odio! ¡Solo te interesan el oro y el poder! —escupió Astrid—, ¡Eres un animal sediento de sangre!</p> <p>En ese momento, el rey Rugiano salió de la cama de un salto, agarró su espada de acero rojo como el fuego y se situó en el centro de la estancia, en posición de ataque.</p> <p>—¡No saldréis vivos de aquí! —gritó—. ¡Vais a morir, traidores!</p> <p>—Empieza conmigo, tirano —le desafió Arturo—. ¡Aquí estoy!</p> <p>Rugiano sonrió maliciosamente. Un jovenzuelo enmascarado no era suficiente enemigo para él.</p> <p>—Toma tu espada, Arturo —dijo Crispín, entregándole el arma.</p> <p>—No saldréis vivos de mi reino —aseguró Rugiano, mientras alzaba su espada roja—. Me quedaré con vuestra sangre, y a ti, esposa mía, te encerraré de por vida. Nunca volverás a ver la luz del sol.</p> <p>—No la he visto desde que estoy casada contigo —respondió Astrid, con un tono de voz repleto de rencor—. No puedes quitarme la vida: hace años que he renunciado a ella.</p> <p>—Mejor. Así todo será más fácil. De ti solo esperaba que me dieras un hijo, pero me has fallado.</p> <p>—¡Antes muerta que traer descendencia tuya a este mundo! —respondió Astrid.</p> <p>—¡Maldita mujer! —gruñó Rugiano.</p> <p>—Deja de dar voces, rufián, y ven a luchar —terció Arturo—. Verás cómo se te quitan las ganas de amenazar.</p> <p>El rey, que hasta entonces no había dejado de moverse, se detuvo y, con sus ojos inyectados en sangre, miró fijamente a Arturo. Abrió los labios y dejó entrever unos dientes tan grandes como puntiagudos.</p> <p>Se lanzó contra Arturo, con la espada en alto, dispuesto a rajarle por la mitad. Parecía una bestia poseída por el odio.</p> <p>Arturo, que estaba atento a los más leves sonidos, se dio cuenta de lo que el rey pretendía y cruzó su espada para frenar la trayectoria del arma de aquel. Cuando las dos hojas de acero chocaron, un potente sonido metálico inundó la habitación.</p> <p>Rugiano, que había visto frustrados sus planes, atacó con más rabia, pero se encontró con un enemigo inesperado.</p> <p>—Ríndete y deja que nos marchemos —propuso Arturo—. No hemos venido para matarte. Solo queremos seguir nuestro camino. Deja en paz a tu esposa.</p> <p>—¡Eso no es posible! ¡Me quedaré con vuestra sangre y usaré vuestros restos para preparar hechizos! ¡Y ella recibirá su castigo!</p> <p>—Entonces, no me dejas alternativa —respondió Arturo—. ¡Prepárate!</p> <p>Rugiano dio dos pasos atrás para que Arturo creyese que le temía. Entonces, inesperadamente, saltó rápida y silenciosamente hacia delante, con la punta de su arma dirigida a la garganta del joven caballero.</p> <p>—¡Cuidado, Arturo! —gritó Astrid.</p> <p>Arturo, que comprendió la advertencia, se arrodilló y colocó su espada en diagonal, como si fuese una pica lista para ensartar. Rugiano intentó esquivarla y, al girar sobre sí mismo, se encontró con la daga de Astrid, que se clavó en su pecho, cerca del corazón.</p> <p>Durante un instante, el rey se quedó quieto. Todos tuvieron la impresión de que el tiempo se había detenido.</p> <p>De repente cayó al suelo, como un fardo. Un charco de sangre roja, oscura y densa rodeó su cuerpo tembloroso.</p> <p>—¡Maldita seas, Astrid! —masculló—. ¡Maldita seas para siempre!</p> <p>—¡Maldita por haber sido tu esposa durante tanto tiempo! —respondió ella, soltando la empuñadura de la daga, que se quedó clavada en el cuerpo del rey.</p> <p>—¡Nunca encontrarás la paz! —añadió entrecortadamente el malvado soberano—, ¡Ojalá vivas en un continuo tormento!</p> <p>—¡Mueres igual que has vivido! —sentenció Astrid—, ¡Envuelto en sangre!</p> <p>—Salgamos de aquí antes de que esto se llene de soldados —sugirió Dédalus.</p> <p>—¡Huyamos! —ordenó Astrid—, ¡Huyamos ahora que podemos! ¡Vamos!</p> <p>Abrieron la puerta de la cámara real y salieron con rapidez, mientras el rey agonizaba y lanzaba maldiciones. Horades, que salió el último, lanzó una última mirada al rey moribundo, que ya dejaba de moverse.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XII</p> <p>D<style name="versalita">EMOLICIÓN</style></p> </h3> <p>Las máquinas de demolición están delante de la Fundación. Stromber, Demetrio y sus amigos hacen acto de presencia, secundados por sus mercenarios. El anticuario los ha traído, como si pretendiese burlarse de nosotros, disfrazados con sus trajes medievales. Goliat, Trueno y los demás han venido armados hasta los dientes.</p> <p>—¡Por favor, aléjense, que las máquinas van a empezar a trabajar! —grita por su megáfono un operario con casco—, ¡Es peligroso estar demasiado cerca!</p> <p>Algunos obreros nos piden que demos unos pasos atrás. Todo está dispuesto para retirar los cascotes, que están esparcidos por el suelo. También van a derribar todos los muros que se encuentran en mal estado, que son más de los que parecía al principio. La verdad es que la explosión ha hecho estragos en la estructura de la Fundación.</p> <p>—¡Un momento! —grita <i>Sombra</i>, entre las ruinas—, ¡Un momento!</p> <p>—¡Salga de ahí! —ordena el de la megafonía.</p> <p>Estaba seguro de que <i>Sombra</i> iba a enfrentarse con los obreros. Espero que no pase nada grave.</p> <p>—¡Retiren esas máquinas de aquí! —reitera.</p> <p>—¡Tenemos orden de actuar! —insiste el jefe de obras—. ¡Vamos a retirar todos los cascotes!</p> <p>—¡No hace ninguna falta! —insiste <i>Sombra</i>—. ¡Yo me ocuparé de todo! ¡Esto es mío!</p> <p>Stromber, rabioso por sus palabras, se acerca al hombre de la megafonía y habla con él.</p> <p>—¡Me dice el administrador que si usted no se va, entrarán a buscarle! —grita el operario—, ¡Es mejor que salga ahora mismo!</p> <p>—¡Ni hablar! ¡Estoy en mi casa y me niego a salir! ¡Nadie me echará de aquí!</p> <p>Tres hombres de Stromber se dirigen hacia <i>Sombra</i>. Parecen dispuestos a solucionar el problema. Creo que ha llegado el momento de intervenir.</p> <p>—¡Eh, alto ahí! —exijo—. ¡Déjenlo en paz!</p> <p>Como no me hacen caso, me voy hacia los tres hombres, les corto el camino y me enfrento a ellos.</p> <p>—¡Salgan de aquí ahora mismo! —les ordeno—. Este terreno es propiedad privada de mi familia y ustedes no son bien recibidos.</p> <p>—¡Yo soy el administrador! —dice Stromber—, ¡Aquí mando yo!</p> <p>—La Fundación no existe. Usted ya no tiene potestad aquí. Este solar pertenece a la familia Adragón —respondo.</p> <p>—Exactamente, tú lo has dicho. Yo, Stromber Adragón, soy el propietario de este lugar —explica—. Y te conmino a retirarte antes de que pida a la policía que te eche de aquí a patadas.</p> <p>—¡Yo represento a la familia Adragón! —exclamo muy furioso—. ¡Soy Arturo Adragón!</p> <p>—¡Eres un impostor! —grita, mientras gesticula—. ¡Yo soy el verdadero Adragón! ¡Poseo la titularidad de ese ilustre apellido!</p> <p>Terrier, el abogado, sale del grupo y enarbola un documento que agita como una bandera.</p> <p>—¡Aquí está la prueba de que el señor Stromber es el auténtico Adragón! —asevera—. ¡Aquí está el documento que lo demuestra!</p> <p>—¡Quiero verlo! —le apremio, exasperado—. ¡Enséñeme ese papel!</p> <p>El inspector Demetrio se acerca y agarra el folio justo antes que yo.</p> <p>—Chico, esto es muy grave —dice, después de leerlo—. ¡El señor Stromber es el verdadero Adragón! ¡Tu padre le ha cedido la titularidad del apellido! No hay duda.</p> <p>Demetrio me lo enseña.</p> <p>¡No salgo de mi asombro! ¡El documento está firmado por mi padre y le vende la titularidad de nuestro apellido! ¡Pero si me había prometido que no lo iba a hacer!</p> <p>—¿Cuándo se ha producido esto? —pregunto—, ¿Antes o después de la explosión?</p> <p>—¿Qué importa eso ahora? —responde Stromber con satisfacción—. Desde este momento puedes considerar que hay una nueva familia Adragón. Y piensa en buscarte un nuevo apellido, que este ya te viene grande.</p> <p>Me he quedado sin palabras. Las pruebas son tan contundentes que no tengo argumentos para discutir. Me acaban de quitar el apellido y no puedo hacer nada para recuperarlo. ¿Qué le habrá pasado a mi padre por la cabeza para acceder a algo así? ¿Cómo ha sido posible?</p> <p>Las máquinas avanzan y se aproximan a las ruinas de mi casa. Las palas excavadoras se alzan amenazadoras, levantan cascotes y remueven pedruscos. <i>Sombra</i> está tan desolado como yo. La mano de Metáfora se entrelaza entre mis dedos para consolarme. Pienso en el cuadro de mamá, que debe de estar por ahí abajo, enterrado entre los restos de piedras, cemento y hierros retorcidos, seguramente roto y resquebrajado. También me acuerdo del sarcófago que contiene su cuerpo, perdido en las profundidades. Es demasiado para mí.</p> <p>—Tengo que hablar con papá —le digo a Metáfora, con un temblor en la voz—. Tengo que saber por qué ha hecho esto.</p> <p>—Tendrá buenos motivos —responde—. Confía en él.</p> <p>—¡Esto es una locura! ¡Mira lo que hacen esas máquinas!</p> <p>—No te agobies. Es necesario retirar los restos para reconstruir. Habrá tiempo de levantar una nueva Fundación.</p> <p>—Eso espero. Mientras tanto, mi madre sufre este atropello.</p> <p><i>Sombra</i> se ha unido a nuestro grupo. <i>Patacoja</i> me pone la mano sobre el hombro para darme apoyo. Adela, que está en el equipo de Stromber, me lanza una mirada de comprensión.</p> <p>—Vamos, vamos, no te desanimes —tercia Metáfora.</p> <p>—Me inquieta la actitud de mi padre. Me ha mentido. Además, no quiero que los secretos que hay ahí abajo salgan a la luz.</p> <p>—No te preocupes, Arturo —me consuela <i>Patacoja</i>—. Encontraremos la manera de bajar hasta el palacio. Y daremos con todo lo que buscas.</p> <p>—No creo que os convenga seguir adelante hasta que hables con tu padre, Arturo —sugiere <i>Sombra</i>—. Debes conocer los motivos que le han llevado a firmar ese documento.</p> <p>—No, <i>Sombra</i>. No creo que tenga argumentos suficientes para convencerme de que no ha cometido un grave error. Ha vendido lo que más vale en la vida de una persona. Y me ha engañado.</p> <p>—Lo que más vale es la propia vida, y eso no está vendido —replica <i>Sombra—</i>,Y si quieres conservarla, pon atención a lo que te rodea, o lo perderás todo.</p> <p>—¿Qué quieres decir, <i>Sombra</i>? —pregunto.</p> <p>—Creo que hablo claro, ¿no?</p> <p>—No del todo, <i>Sombra</i> —interviene Metáfora—. ¿Qué crees que dirá el padre de Arturo cuando le preguntemos?</p> <p>—Eso solo lo sabe él, pero estoy seguro de que tendrá motivos más que razonables, aunque no los entendáis bien —argumenta claramente a su favor—. No os metáis ahí abajo hasta que él os autorice.</p> <p>—Pero los sótanos son cosa tuya —le recuerdo—. Si tú nos das permiso podemos bajar.</p> <p>—No lo haré hasta que hables con tu padre. Se hará lo que él diga, ¿entendido?</p> <p>—Pero habíamos quedado en...</p> <p>—Las cosas han cambiado —responde con firmeza—. Tu padre tiene la última palabra.</p> <p>Los camiones cargan los restos del derribo. Las máquinas levantan una extraordinaria polvareda. Me pican los ojos. La silueta de Stromber, un poco más allá, se dibuja casi a la perfección. El hombre que quiere ocupar mi lugar en esta vida me mira desafiante.</p> <p><i>—Patacoja</i>, ¿cuánta gente puede saber que ahí abajo hay un palacio que pertenece al antiguo reino de Arquimia? —le pregunto.</p> <p>—Es difícil saberlo —reconoce—. Muchos historiadores teorizan sobre ello, pero no tienen pruebas y no lo confirman. De hecho, casi nadie relaciona el pasado de Férenix con el de Arquimia... ¿Por qué lo preguntas?</p> <p>—Por nada. Solo me preguntaba cómo una pitonisa puede saberlo.</p> <p>—¿Una pitonisa?</p> <p>—Sí. Se llama Estrella. ¿La conoces?</p> <p>No responde, pero tengo la impresión de que sabe quién es, aunque por algún motivo no quiere reconocerlo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Es de noche y no hay nadie. Ni siquiera <i>Sombra</i> me ha visto entrar en las ruinas de la Fundación que, ahora, están un poco más limpias.</p> <p>Todavía no he hablado con papá. He preferido retrasarlo un poco hasta que me tranquilice, por eso he venido aquí. Todo está en calma; la jornada de los obreros ha terminado y las máquinas están paradas. Salto las vallas de protección y entro en la zona de obras. Me acerco a los restos de una escalera y me siento. Necesito hablar con mamá, que está sola, ahí abajo. Creo que a los dos nos hace falta un poco de compañía, y este es un buen momento.</p> <p>—Hola, mamá... He venido para estar contigo. Sé que te encuentras sola y debes preguntarte cosas que, a lo mejor, no puedes responder. Por eso he venido, para explicarte todo lo que sé.</p> <p>Espero un poco antes de darle la mala noticia.</p> <p>—Papá ha vendido nuestro apellido. Oficialmente, ya no somos la familia Adragón. Ya no sé quién soy. No sé nada. Estoy muy confundido. Si no fuese por Metáfora, que me da ánimos, no sé qué haría. Te he dicho alguna vez que se ha convertido en mi compañera inseparable. Creo que cada día la quiero más. Nuestra actitud ha cambiado mucho desde que nos conocimos. Al principio no nos podíamos ni ver. Yo creía que estaba nervioso porque era la primera vez que trataba con una chica, pero me parece que ella también estaba desconcertada. Por eso reaccionaba de esa manera tan rara. Además, lo de su padre la tiene perdida. Tengo que ayudarla como sea a que dé con su tumba.</p> <p>Me levanto, dispuesto a marcharme. Por esta noche, ya está bien.</p> <p>—Bueno, mamá, me voy. Ya vendré a contarte cómo evolucionan las cosas. Adiós. Te echaré de menos. Te quiero.</p> <p>Estoy a punto de salir del recinto cuando, a lo lejos, al lado de un muro semiderruido, veo una silueta casi oculta. <i>Sombra</i> siempre está atento. Si supiera la confianza que me da tenerle ahí, como un ángel protector...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIII</p> <p>L<style name="versalita">OS PODERES DE </style>R<style name="versalita">UGIANO</style></p> </h3> <p>Después de despachar a varios centinelas, se acercaron al carcelero que se había quedado bajo la vigilancia de las letras. Cuando vio que la reina venía con ellos, pensó que la habían secuestrado, pero pronto se dio cuenta de que Astrid los acompañaba voluntariamente.</p> <p>—Carcelero Tremond, te exijo que vengas con nosotros y que no intentes alarmar a la guardia —le ordenó la reina Astrid—. Síguenos.</p> <p>—Haré lo que me pedís, majestad —aceptó el hombre.</p> <p>Descendieron las escaleras hasta el piso inferior, donde, por indicación de la reina, entraron en un pasadizo secreto. Poco después, se encontraron ante una puerta que abrieron con facilidad y que daba directamente al patio de armas.</p> <p>—Desde aquí alcanzaremos las caballerizas sin ser vistos —aseguró la soberana—. Solo hay que tener cuidado con los centinelas de la torre, que lo dominan todo y tiran a matar. Prestad atención y no os separéis de mí.</p> <p>Pegados a los muros, llegaron hasta los establos y eligieron monturas para todos. Amedia y su padre ensillaron rápidamente dos yeguas, mientras que Horades se conformó con un jamelgo escuálido, que le pareció muy dócil. Arturo y Crispín se hicieron con dos poderosos ejemplares, robustos como troncos. Después, ataron y amordazaron a Tremond.</p> <p>—Es por tu bien —le explicó Crispín—. Así nadie pensará que nos has ayudado.</p> <p>Sujetaron sus monturas, apretaron el bocado para evitar que las bestias relincharan y entraron en un pasadizo secreto conducidos por la reina.</p> <p>—Lleva hasta las afueras del castillo —dijo Astrid—. Cuando quieran perseguirnos, ya estaremos lejos, os lo aseguro. Nadie nos verá.</p> <p>Al cabo de media hora llegaban a la salida, que estaba oculta tras un intenso follaje.</p> <p>Mientras el sol empezaba a nacer, montaron e iniciaron una frenética carrera que los alejaba del castillo de Rugiano.</p> <p>—¿Adónde nos llevas? —preguntó Arturo.</p> <p>—Lejos de este lugar infernal —respondió Astrid—. Huyamos hacia el norte.</p> <p>—¡No! —exclamó Horades—, ¡Vayamos hacia la llanura de los Tres Volcanes!</p> <p>—¿Por qué? —interrogó Arturo—. ¿Qué hay ahí que nos interese?</p> <p>—¡Arquitamius! —respondió el joven—, ¿No es a él a quién buscáis?</p> <p>—¿Cómo sabes que está en esa región?</p> <p>—Le conozco bien —contestó Horades—. ¡He sido ayudante suyo!</p> <p>—O sea, que esos que te torturaban tenían razón: eres amigo de alquimistas —dijo Arturo con cierta ironía.</p> <p>—¡Solo querían mi sangre! ¡Yo no embrujé a Rugiano!</p> <p>—Tranquilo, te creo. ¿Estamos cerca de los dominios de Arquitamus?</p> <p>—Más o menos. Tendremos que dar un pequeño rodeo, pero será menos peligroso.</p> <p>—¿Estás seguro de que es el camino correcto? —insistió Crispín.</p> <p>—Tenemos que ir hasta la tierra de los Tres Volcanes. Forman un triángulo. Arquitamus está en el centro. El triángulo es su símbolo mágico —explicó el muchacho—. ¡Os aseguro que está ahí!</p> <p>—Si nos engañas nos enfadaremos —le advirtió Crispín.</p> <p>—Deja de protestar, escudero... Y hazme caso. ¡Vamos!</p> <p>Con las primeras luces del alba, se lanzaron a campo abierto hasta que entraron en un bosque, donde cabalgaron por un riachuelo a fin de ocultar su rastro. Luego pasaron por un camino rocoso donde las huellas de los caballos se perdían. Por la tarde se sintieron a salvo.</p> <p>—Solo nos queda cruzar un desfiladero —explicó Horades—. Al otro lado están los Tres Volcanes. Nadie se atreve a penetrar en ese territorio.</p> <p>—Allí hay muchos terremotos —señaló Astrid—. Los que se acercan nunca vuelven a salir.</p> <p>—¿Cuándo estuviste con él por última vez? —preguntó Arturo.</p> <p>—Hace poco —confesó el hechicero.</p> <p>—¿Qué hiciste? —preguntó Amedia—, ¿Robaste alguna fórmula?</p> <p>—No. Me arrojó de su lado porque quería saber cosas que él no estaba dispuesto a enseñarme.</p> <p>—Me parece que sabes más de lo que dices —añadió Dédalus.</p> <p>—He sobrevivido gracias a mi astucia —reconoció Horades—. Soy libre y no tengo que dar cuentas a nadie. No tengo familia y ahora solo os tengo a vosotros.</p> <p>—¿Cómo conseguiste trabajar con Arquitamius? —preguntó Arturo.</p> <p>—Me recogió en el arroyo cuando era pequeño —explicó Heracles— y me convertí en su ayudante. Todos los alquimistas tienen uno. Yo fui su favorito hasta hace poco.</p> <p>Arturo recordó los tiempos en que fue aprendiz de Arquimaes. Su memoria le trasladó hasta aquellos momentos felices en los que no cesaba de aprender cosas nuevas cada día. Hasta que, una aciaga noche, el conde Morfidio se interpuso en su camino y le arrebató la mejor época de su vida.</p> <p>—Yo también fui asistente de Arquimaes —empezó a decir Arturo.</p> <p>—¡Arquimaes! El mejor alumno de Arquitamius —reconoció Horades—. ¿Todavía está vivo?</p> <p>—Claro que sí. Mi maestro está en perfectas condiciones —respondió Arturo—. El me ha enviado a buscar a Arquitamius.</p> <p>—¿Para qué lo necesita?</p> <p>—Para devolver la vida a las dos mujeres que más quiero en este mundo.</p> <p>—Entonces podéis estar seguro de que volverán a vivir. El lo puede todo. Domina y conoce los misteriosos caminos de la vida y de la muerte. Es el mayor alquimista del mundo. El más sabio de todos los sabios.</p> <p>—Me satisface escuchar tus palabras —dijo Arturo—. Me reconfortan.</p> <p>—Hemos tenido la suerte de servir a dos grandes maestros —asintió Horades—Pero yo tuve una desgracia que...</p> <p>Todos se miraron en silencio y nadie se atrevió a preguntar. Sin embargo, Crispín, dominado por la curiosidad, no se aguantó las ganas.</p> <p>—¿No quieres contarnos qué ocurrió? —le preguntó.</p> <p>—Prefiero no hacerlo. Es difícil de explicar.</p> <p>—¿Pero qué clase de problemas tuviste con Arquitamius?</p> <p>—Ya os lo contará él cuando lo encontremos. Yo solo espero que sepa perdonarme.</p> <p>Reemprendieron la marcha al amanecer. Algunas horas después, alcanzaban la boca del desfiladero. Pero una sorpresa los esperaba.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Escorpio entró en la cámara privada de Frómodi, que, como siempre, estaba beodo y acompañado de sus perros.</p> <p>—¿Qué noticias me traes, espía? —le preguntó, con desprecio y apatía.</p> <p>—Tengo los nombres de los cabecillas rebeldes —respondió Escorpio—. Por lo menos, de los principales.</p> <p>—Vaya, eso está bien —reconoció el monarca—. Los eliminaremos a todos y podremos partir tranquilos en busca de ese polvo que sirve para hacer tinta mágica.</p> <p>—Con esta lista la resistencia quedará eliminada, mi señor. Nadie osará levantarse en armas contra ti. Los nobles están domesticados y ninguno se atreverá a traicionarte. Ya saben lo que les pasa a los que se oponen a tus deseos.</p> <p>—Eres el mejor servidor que he tenido nunca. Cuando consiga lo que quiero, te cubriré de oro y de poder. Te entregaré mi antiguo castillo y te daré título y soldados. No creas que olvidaré todo lo que has hecho por mí.</p> <p>—Eso espero, mi señor.</p> <p>—¿Qué es lo que buscas, Escorpio? —preguntó Frómodi, después de vaciar la copa de vino—. Nunca hablas de ti. ¿De dónde vienes? ¿Quiénes son tus padres?</p> <p>Escorpio pensó que todavía no era un buen momento para abrir su corazón.</p> <p>—No tengo padres, mi señor. Vago por el mundo como una sombra. Sin rumbo.</p> <p>—¿A qué aspiras exactamente?</p> <p>Escorpio dudó un instante.</p> <p>—A encontrarlos —dijo—. Me gustaría hacerles una pregunta. Y después los mataría. Seguro que lo haría.</p> <p>—¿Qué pregunta es esa?</p> <p>—Eso no lo puedo decir, mi señor —musitó Escorpio—. Es mi gran secreto.</p> <p>—Bien, no insistiré. En el fondo me da igual. Tú y yo estamos unidos por el deseo de matar. Consigamos nuestro sueño.</p> <p>—No es un sueño, es una pesadilla que se repite constantemente.</p> <p>—Sí, tienes razón. La venganza es obsesiva y, hasta que no se cumple, nos envenena la sangre... A ver, cuéntame quiénes son esos traidores. Dame sus nombres.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>—¿Qué pasa? —preguntó Arturo, alarmado por las palabras de sus compañeros—. ¿Qué os preocupa?</p> <p>—¡Un ejército nos cierra el paso! —explicó Crispín—. ¡Un centenar de soldados! ¡Jinetes bien armados!</p> <p>—¿Quiénes son?</p> <p>—Los hombres de mi marido —explicó Astrid—. con él al frente. ¡Viene a vengarse!</p> <p>—Pero... si estaba a punto de morir cuando lo dejamos —dijo Crispín, incrédulo.</p> <p>—Rugiano no es un hombre normal; es capaz de revivir. Invoca a las fuerzas oscuras y cuenta con su apoyo.</p> <p>—Eso no es posible —argumentó Amedia—. Si te atraviesan con una daga, mueres. Y si mueres, no resucitas. Eso es leyenda. Los muertos, muertos están.</p> <p>Arturo sonrió para sí. Conocía perfectamente el poder y las malas artes de que eran capaces las fuerzas oscuras. También sabía que no todos a los que se les clava una daga mueren. El mismo lo descubrió la noche en la que Morfidio le asestó una puñalada. Por eso, las palabras de Amedia le parecieron ingenuas.</p> <p>—Rugiano se alimenta de sangre. Habrá sacrificado a algunos de sus hombres y ha recobrado toda su fuerza —añadió Astrid—. Ahora está más vivo que nunca.</p> <p>—Y yo que creía que todo eso de la «resurrección» y la inmortalidad eran solo cuentos para niños —comentó Dédalus.</p> <p>—Pues por ese «cuento» querían matarme —explicó Horades—. Para entregarle mi sangre al rey. Lo que dice la reina Astrid es cierto: Rugiano vive de la sangre de los demás. Y la de los alquimistas le alimenta más que ninguna otra.</p> <p>—Ha traído a los purgadores —dijo Astrid, reconociendo a Borgón—, sus más feroces guerreros.</p> <p>Arturo desenfundó su espada y dijo:</p> <p>—Da igual quién sea. Nosotros vamos a cruzar ese desfiladero y nadie nos lo va a impedir. ¿Preparados?</p> <p>—¡Si, mi señor! —exclamó Crispín—. Mi maza y yo esperamos la orden para atacar.</p> <p>—Son muchos —insistió la reina Astrid.</p> <p>Arturo se quitó la máscara y abrió la sobreveste que le cubría el pecho.</p> <p>—Os aseguro, señora, que nosotros también somos muchos. Tenemos un ejército a nuestro servicio... ¡Adragón! —gritó—. ¡Preparado!</p> <p>Adragón se despegó del rostro de Arturo y las letras le acompañaron. En perfecta formación militar, cubrieron los flancos del grupo y se prepararon para enfrentarse al enemigo que aguardaba a la entrada del desfiladero. Esa garganta rocosa era el único acceso a la llanura de los Tres Volcanes, supuesto refugio de Arquitamius, que Arturo deseaba encontrar con toda su alma.</p> <p>—¿Qué es esto? —preguntó Astrid, asombrada, a pesar de que ya conocía a Adragón—, ¿Qué clase de oscura magia practicáis?</p> <p>—No es oscura, señora. Es el poder de las letras avalado por el Gran Dragón. No tienen nada que ver con la hechicería.</p> <p>Astrid y Horades estaban admirados con aquella fantástica hueste guerrera que provenía de la alquimia. Amedia y Dédalus la conocían, pero volvieron a sorprenderse.</p> <p>—Arquitamius me había hablado de ese extraño poder —confesó Horades—, aunque es más grande y poderoso de lo que yo imaginaba.</p> <p>—No es hora de hablar, amigos, sino de luchar —advirtió Arturo—. ¡Preparaos para el combate!</p> <p>Animados por la extraordinaria presencia de los aliados voladores y por las valientes palabras de Arturo, todos tomaron sus armas.</p> <p>—¡Atención!... ¡Adelante! ¡Por Adragón!</p> <p>Los caballos empezaron a trotar.</p> <p>El rey Rugiano, completamente repuesto de sus heridas, no salía de su asombro. Aquellos locos se lanzaban frontalmente contra sus cien hombres armados hasta los dientes. ¿Es que querían morir?</p> <p>—¡Atentos, soldados! —gritó—. ¡Esos desgraciados vienen hacia aquí! ¡Vamos a enseñarles que los hombres de Rugiano son valientes e invencibles!</p> <p>—¡Mi señor! —dijo Borgón—, ¿Qué es eso que vuela junto a ellos?</p> <p>Rugiano prestó atención y observó unas sombras oscuras, como pequeñas avispas, que acompañaban a Arturo y a sus amigos.</p> <p>—¡No lo sé, pero no importa! ¡Preparaos para aniquilarlos a todos! ¡A muerte! ¡Quiero su sangre!</p> <p>El grupo de Arturo levantó una nube de polvo. Los gritos del caballero empezaron a oírse en la filas enemigas. El ruido de los cascos llegaba hasta los hombres de Rugiano, que eran incapaces de comprender cómo era posible que tan pocos atacaran a tantos.</p> <p>—¡Son alquimistas! —gritó Rugiano, para animar a sus hombres—. ¡Morirán como perros!</p> <p>Pero los amigos de Arturo avanzaban sin dudar, directos hacia ellos, listos para luchar, dispuestos a morir. El desconcierto comenzó a hacer estragos en las filas de Rugiano, cuyos soldados empezaron a dudar de sus palabras de ánimo.</p> <p>El choque entre las dos fuerzas fue muy violento. Los hombres de Rugiano, que estaban preparados para impedir el paso a los atacantes, opusieron una gran resistencia. Rugiano se protegió tras su guardia personal para evitar que le dañara alguno de los golpes que se producen en los primeros momentos de este tipo de ataques.</p> <p>Los soldados, que ya conocían la cobardía de Rugiano, ni siquiera le prestaron atención. Pero las cosas se complicaron extremadamente cuando descubrieron que sus enemigos eran pequeños, voladores, invencibles y mortíferos.</p> <p>Además de tener que defenderse de Amedia, Dédalus, Crispín, Arturo, Astrid y Horades, los hombres de Rugiano tuvieron que hacer frente a los estragos causados por miles de pequeños soldados de punta afilada que se colaban entre sus escudos y contra los que sus armas resultaban inútiles. Por eso, en poco tiempo, las huestes de Rugiano se dispersaron y perdieron toda su fuerza. Los soldados caían al suelo, muertos o malheridos, sin saber siquiera qué había ocurrido. Todos conocían los efectos de la hechicería, pero jamás se habían enfrentado a algo tan sorprendente.</p> <p>—¡Luchad! —gritaba Rugiano, oculto tras sus guardianes—. ¡Que no entren en el desfiladero!</p> <p>Pero sus palabras resultaron inutiles. Los soldados se esforzaban en seguir las órdenes de sus oficiales, aunque nada podían hacer ante la furia de los atacantes. Caían a pares bajo las armas de Arturo y sus amigos, o eran aniquilados por Adragón y sus letras voladoras.</p> <p>—¡Adragón! —gritaba Arturo—. ¡Ayúdanos!</p> <p>Las letras redoblaron sus esfuerzos. Gritos, polvo, sangre... Corazas y escudos retorcidos cubrían el campo de batalla. Y muchos muertos.</p> <p>Poco después, Arturo y sus amigos habían abierto una brecha que les permitió el paso hasta la boca del desfiladero.</p> <p>—El camino está libre, mi señor —le informó Crispín—. Podemos continuar.</p> <p>—¡Vamos! —ordenó Arturo—, ¡Entremos en el paso! ¡Adragón, cúbrenos!</p> <p>El dragón formó una barrera protectora tras Arturo y los suyos. Los hombres de Rugiano que habían sobrevivido se sintieron incapaces de perseguirlos. Ninguno estaba dispuesto a enfrentarse contra aquellos bichos voladores.</p> <p>—¡Cobardes! —gritó Rugiano—, ¡Sois unos cobardes! ¡Seguidlos!</p> <p>—No podemos, mi señor —argumentó el caballero Borgón—. Si entramos ahí, nos matarán a todos.</p> <p>Rugiano le miró con rabia.</p> <p>—¿Ah, sí?</p> <p>—Sí, mi señor. Ese desfiladero puede ser una trampa mortal. Os seguiría hasta las puertas del infierno, pero esto es un suicidio.</p> <p>—¿Suicidio? ¡Muere entonces, cobarde! —exclamó Rugiano.</p> <p>Sin mediar palabra, clavó su espada en el corazón del caballero Borgón, jefe de los temibles purgadores.</p> <p>—¡Seguidme!... —gritó, mientras alzaba su arma y espoleaba a su caballo.</p> <p>Los pocos supervivientes dudaron si seguir las órdenes de su rey o ignorarlas.</p> <p>—¡Vamos! ¡Cortaré la cabeza de quienes no me obedezcan!</p> <p>Entonces, una lanza que provenía de sus filas voló y le atravesó.</p> <p>Rugiano se quedó petrificado. Nunca hubiera esperado una respuesta semejante de sus súbditos. Sabía que le odiaban, pero siempre había considerado que ese odio era, en el fondo, respeto. Ahora comprobaba que era exactamente eso, odio.</p> <p>Cuando una segunda lanza le alcanzó la espalda, se percató de que, probablemente, había administrado mal su poder. Finalmente, los soldados le ensartaron con todas sus armas.</p> <p>Sobre todo comprendió que, en esta ocasión, nadie le ayudaría a revivir.</p> <p>Horades, que se había rezagado, observó desde lejos cómo Rugiano caía de su caballo. Después se reunió con su grupo y les contó lo que acababa de ocurrir.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIV</p> <p>E<style name="versalita">XPLICACIONES</style></p> </h3> <p>Estoy en el hospital. He venido a hablar con mi padre. Aunque había prometido venir tranquilo, lo cierto es que ni siquiera pierdo tiempo en llamar a la puerta y entro como una tromba. No puedo quitarme de la cabeza que me ha engañado.</p> <p>—Arturo, ¿qué haces aquí? —pregunta mi padre—. ¿Qué pasa?</p> <p>—¡Que me has mentido, papá! —exclamo.</p> <p>—¿Yo?... ¿Qué dices?</p> <p>—¡Digo que has vendido nuestro apellido a Stromber!</p> <p>—Pero...</p> <p>—¡Me dijiste que no lo harías!</p> <p>—Las cosas no son tan sencillas. Las circunstancias han cambiado desde la última vez que hablamos.</p> <p>—¿En qué? ¿Has pensado en mí? ¿En lo que a mí me gustaría? ¿O no tengo nada que decir sobre el asunto?</p> <p>—No he pensado en nadie más que en ti. Por eso he tomado esta decisión. Lo he hecho para protegerte.</p> <p>—¿De qué, papá?</p> <p>No responde. No sabe qué decir. O lo sabe y no quiere decirlo.</p> <p>—Vamos, Arturo, tranquilízate —pide Norma—. Tu padre tiene buenos motivos para hacer lo que ha hecho.</p> <p>—¿Los conoces? —pregunto, encarándome con ella—. ¿Sabías que lo había hecho? O sea, que soy el último en enterarme.</p> <p>—Arturo, por favor, tranquilízate —ruega Metáfora.</p> <p>—¿Que me tranquilice? También lo sabías, ¿verdad? ¡Todos lo sabíais! ¡Me habéis engañado!</p> <p>—¡Te juro que yo no tenía ni idea! —exclama Metáfora—. ¡No sabía nada!</p> <p>—Claro que no. ¡Nadie sabía nada, pero resulta que todo el mundo está al tanto! ¡Soy un idiota por fiarme de vosotros!</p> <p>—¡Ya está bien, Arturo! —dice papá.</p> <p>—¡Quiero una explicación!</p> <p>—¡Siéntate y deja de gritar como un idiota! —insiste, fuera de sí.</p> <p>La puerta se abre y una enfermera se asoma.</p> <p>—¿Pasa algo? Me ha parecido oír gritos.</p> <p>—Oh, no, estamos cantando —le explica Norma con una de sus maravillosas sonrisas—. No pasa absolutamente nada, ¿verdad, chicos?</p> <p>—Practicamos una canción del instituto —dice Metáfora—. ¿Verdad, Arturo?</p> <p>—Oh, claro, claro... Es que canto muy mal...</p> <p>—Por cierto, chicos, hablando del instituto... creo que es hora de que volváis a clase —sugiere Norma—. Cuanto antes, mejor.</p> <p>La enfermera nos observa en silencio durante unos segundos y se dispone a salir.</p> <p>—Procuren cantar un poco más bajo. Aquí hay muchos enfermos... y los guardias de seguridad tienen el oído muy fino.</p> <p>—Tendremos cuidado —asegura Norma—. No se preocupe. Gracias.</p> <p>La mujer cierra la puerta y nos deja en el más absoluto silencio. Norma coge un vaso, lo llena de agua y se lo da a papá, que está muy alterado.</p> <p>—Lo he hecho para protegerte de gente muy peligrosa, Arturo —dice él, al cabo de un rato—. Prefiero verte vivo aunque tengas que cambiar de apellido.</p> <p>Me quedo callado y mi padre continúa:</p> <p>—Mira, estamos vivos y eso es suficiente para mí. Renuncio a todo lo demás. Nos iremos de Férenix y empezaremos de nuevo en otro sitio. El mundo es grande.</p> <p>—Sabes quién ha sido el responsable de la explosión, ¿verdad? Sabes quién quiere matarnos...</p> <p>—Lo único que sé es que estás vivo. Y eso es lo único que me importa.</p> <p>Norma le entrega una pastilla y él se la traga con un poco de agua.</p> <p>—Querrás decir que estamos vivos... ¿O es solo a mi a quien amenazan? ¿Van solo a por mí aunque os lleven a todos por delante?</p> <p>No responde.</p> <p>—¡Papá, si sabes algo, dímelo!</p> <p>—Te aseguro que no sé nada con exactitud. Solo sé que debemos irnos de Férenix y renunciar al apellido Adragón.</p> <p>—¿Y dejar aquí a mamá? ¿Quieres que nos marchemos como si nada nos importara? ¿Quieres que abandonemos nuestra vida? ¿No vamos a reconstruir la Fundación?</p> <p>—Es mejor reconstruirla en otro lado. Intentaremos recuperar el cuerpo de mamá más adelante. <i>Sombra</i> se ocupará de ello. Ella estará con nosotros, te lo prometo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Metáfora y yo nos acercamos al Horno de los Templarios, la cafetería que está frente al instituto. Necesito hablar con Metáfora de todo esto; hablar con ella me calma, me ayuda a poner mis ideas en orden. Y este es un buen sitio para hacerlo. Saludamos a algunos conocidos y nos sentamos al fondo, donde solemos hacerlo habitualmente. Pedimos unos refrescos y dejamos pasar un rato.</p> <p>—¿Qué hacemos? pregunto mientras señalo el instituto—. ¿Crees que tiene sentido que volvamos a clase, ahora que nuestros padres quieren que nos vayamos a vivir a otro lado?</p> <p>—Míralo por el lado positivo; al menos no tendremos que volver a verle la cara a Horacio. Recuerda lo que te contó Cristóbal. Seguro que Horacio te está esperando.</p> <p>—Sí, lo sé. Pero tarde o temprano tendré que enfrentarme con él. Así que...</p> <p>—Puedes esperar. Estás demasiado nervioso —argumenta—, ¡Eh, mira quién viene por ahí!</p> <p>Veo a Cristóbal que entra... ¡al lado de Mireia!</p> <p>—¿Qué hacemos? —digo—. ¿Les saludamos?</p> <p>—Ya es tarde. Nos han visto —responde, poniéndose en pie y dibujando una amplia sonrisa—. Hola, ¿qué tal estáis?</p> <p>—Bien. Estamos bien.</p> <p>—Os echamos mucho de menos —contesta Mireia—. ¿Cuándo vais a volver a clase?</p> <p>—De eso hablábamos —digo, a la vez que miro a Metáfora con complicidad—. Es posible que regresemos pronto. En unos días.</p> <p>—Tengo muchas ganas de veros por ahí —suelta Cristóbal, con su característica inocencia—. Me acuerdo mucho de vosotros.</p> <p>—¿Qué tal están vuestros padres? —pregunta Mireia.</p> <p>—Bien —responde Metáfora—. ¿Qué hacéis vosotros dos por aquí?</p> <p>—Cristóbal me ha invitado a tomar algo y he aceptado —explica Mireia—, ¿Nos sentamos juntos?</p> <p>—Claro que sí —acepto—. Aquí hay sillas para todos.</p> <p>—Mi padre trabaja con el doctor Bern en lo tuyo —dice Cristóbal—. Dentro de poco te llamarán. Me he enterado de que Bern es uno de los mejores psicohipnóticos del mundo. Tiene muchos títulos y diplomas.</p> <p>—¿Psicohipnosis? —repite Mireia—. ¿Qué es eso?</p> <p>—Una técnica que sirve para que la gente cuente aquello que no se atreve a contar cuando está despierta —explica Cristóbal—. Los psicólogos saben mucho.</p> <p>—Vaya, así que Arturo va al psicólogo y le van a aplicar una terapia de hipnosis —resume Mireia—. ¡Qué interesante!</p> <p>—Es un secreto —la corrige Cristóbal, cuando se da cuenta de que ha hablado más de lo debido.</p> <p>—Claro —asegura ella—. Nadie lo sabrá por mi boca.</p> <p>Su forma de hablar me atemoriza. Me parece que las cosas se acaban de complicar todavía más. No debíamos haberles invitado a sentarse con nosotros.</p> <p>—¿Horacio sigue igual? —pregunta Metáfora—. ¿Sois tan amigos como siempre?</p> <p>—Horacio está cada día mejor y más adorable que nunca —dice Mireia—. Estudia mucho y sacará buenas notas.</p> <p>Conversamos durante un rato acerca de cosas intrascendentes y nos marchamos. Temo que este encuentro me va a costar caro.</p> <p>—Por cierto, dentro de poco es mi cumpleaños —nos recuerda Mireia—. Voy a hacer una gran fiesta. Estáis invitados. ¿Vendréis, verdad?</p> <p>—Claro, avísanos con tiempo —responde Metáfora—. Haremos lo posible.</p> <p>—Tenéis que venir —dice Cristóbal—. No podéis fallar.</p> <p>—Hay que vestirse al estilo medieval —añade Mireia—. Así será más divertido. Nos lo pasaremos muy bien.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XV</p> <p>T<style name="versalita">RES BOCAS DE FUEGO</style></p> </h3> <p>Después de cabalgar durante un buen trecho y de asegurarse de que no los seguían, Arturo y los suyos llegaron al final del desfiladero y entraron en una llanura de tierra oscura, sucia y pantanosa. En algunos puntos salían chorros de agua caliente acompañada de humo gris. La planicie estaba rodeada de un alto muro de roca que la hacía inaccesible, salvo desde la boca del desfiladero.</p> <p>Era un extraño lugar en el que el suelo parecía respirar. No había ningún signo de vida ni existía el menor indicio de estar habitado por alguien. Era un páramo de desolación. Tierra carbonizada, restos de lava volcánica fosilizada y mucho fango.</p> <p>—¿Dónde está Horades? —preguntó Crispín, al echarle en falta—. ¿Alguien le ha visto?</p> <p>—La última vez fue cuando entramos en la garganta —afirmó la reina Astrid—. Pero hace rato que no sé nada de él.</p> <p>—Habrá que volver a buscarle —propuso Arturo—. Es posible que esté en peligro.</p> <p>—No lo creo, Arturo —precisó Dédalus—. Le he visto volver grupas después de saludarme con la mano. Estaba impresionado por la muerte de Rugiano. Creo que huía de nosotros.</p> <p>—Pero no le hemos hecho nada —se extrañó Arturo—. Le salvamos la vida. Además, fue él quien nos trajo hasta aquí. ¿Qué le habrá hecho cambiar de idea tan bruscamente?</p> <p>—Me parece que no quiere ver a Arquitamius —dedujo Amedia—. Ya nos ha contado que tuvo problemas con él. Se ha arrepentido. O quizá nos mintió.</p> <p>—Es mejor dejarle tranquilo —sugirió Crispín—. El sabrá lo que hace.</p> <p>—¡Qué pena! —añadió Arturo—. Me caía bien.</p> <p>—Podía haberse despedido de nosotros —se quejó Astrid—. Al fin y al cabo, hemos arriesgado mucho para salvarle.</p> <p>—En fin, olvidemos a Horades y sigamos nuestro camino —sugirió Arturo con decisión—. Tenemos una misión que cumplir. ¡Adelante!</p> <p>El grupo reinició la marcha lentamente. El estremecedor silencio no presagiaba nada bueno, así que cabalgaron despacio, mientras escudriñaban todo lo que los rodeaba.</p> <p>—¿Estás seguro de que encontraremos a Arquitamius en este lugar? —preguntó Crispín—, ¿Quién puede vivir aquí, con este olor a azufre?</p> <p>—Solo sabemos lo que Horades nos ha contado —recordó Astrid—. Se supone que nos ha dicho la verdad.</p> <p>—Vamos a buscar entre los volcanes —propuso Arturo—. Si hay alguna posibilidad de encontrar a Arquitamius, es ahí. De eso estoy seguro.</p> <p>—¿Tú crees? —preguntó Amedia.</p> <p>—El fuego. Arquitamius lo adora —respondió Arturo—. Lo sé muy bien. Los alquimistas creen en su fuerza.</p> <p>Cabalgaron durante un buen rato envueltos en el mayor silencio.</p> <p>—Horades es un buen chico —dijo Astrid para relajar la tensión que los atenazaba—. Espero que le vaya bien.</p> <p>—Creo que ha sufrido mucho —reconoció Crispín—. Ojalá encuentre su destino.</p> <p>—Yo también lo deseo —concluyó Arturo, atento a las sensaciones que le llegaban—. Pero ahora tenemos que ocuparnos de lo nuestro.</p> <p>Debido a la dureza del terreno, decidieron ir a pie para evitar sufrimiento a los caballos. El suelo, además de caliente, estaba repleto de rocas puntiagudas, inapropiadas para los cascos de los animales.</p> <p>Más tarde distinguieron el cráter de un volcán del que aún salía humo. Un poco más adelante encontraron el segundo. Una nueva columna de humo se elevaba hacia el cielo y señalaba al tercero. Se dirigieron hacia el punto central del triángulo de fuego.</p> <p>—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Crispín.</p> <p>—Buscar el punto exacto en el que nuestro sabio pueda encontrarse —respondió Arturo.</p> <p>—Aquí no hay vida —aseveró Crispín—. Huele a azufre, los pulmones arden, hace calor, el suelo tiembla y existe el riesgo de que estos volcanes entren en erupción. Da la impresión de que todo va a saltar por los aires.</p> <p>—Solo un ser tan excepcional como Arquitamus podría vivir en un sitio así —afirmó Arturo—. Debe de estar en esta zona.</p> <p>—Pero nada indica que vive aquí —respondió la reina Astrid—. ¿No nos habrá engañado Horades?</p> <p>—Tiene que haber un modo de averiguarlo —dijo Arturo.</p> <p>—Podemos gritar hasta desgañifarnos —comentó Crispín—. Pero la única respuesta que hallaremos será la de nuestro eco. Esto es un infierno deshabitado. Hasta el agua que se desliza entre las piedras es de color rojizo. ¡Es ácido puro!</p> <p>—Subamos a una colina —sugirió Arturo.</p> <p>Astrid tomó la delantera e inició la marcha. Sus compañeros siguieron sus pasos. Un poco después llegaban a lo alto de una colina pedregosa, poblada de rocas cubiertas por cenizas mojadas que formaban una pasta nauseabunda.</p> <p>—¿Qué piensas hacer? —preguntó la reina—. Estamos en el centro de este valle de desolación y no se ve nada que nos ayude a encontrarle.</p> <p>Como respuesta, Arturo se quitó la máscara de plata y elevó la frente.</p> <p>—¡Adragón! ¡Busca a Arquitamius!</p> <p>El dragón se despegó e inició el vuelo.</p> <p>—Si no da con él es que no está aquí —dijo Arturo—. Adragón lo reconocerá.</p> <p>—Ojalá lo haga pronto —deseó Dédalus—. No me gusta este sitio.</p> <p>—A mí tampoco —comentó Amedia—. Me da escalofríos.</p> <p>El animal recorrió todo el territorio comprendido entre los Tres Volcanes; sobrevoló todos los riscos y se acercó peligrosamente a las columnas de humo que salían de los cráteres. Pero no dio muestras de haber localizado lo que buscaba.</p> <p>—Este lugar está muerto —sentenció Crispín.</p> <p>—No estés tan seguro —le contradijo Arturo—. Debajo de nosotros hay fuego. Para un alquimista es la vida. Si Arquitamius está en algún sitio, es aquí.</p> <p>—Pero Adragón no lo encuentra.</p> <p>—Ten paciencia, amigo. Ten paciencia.</p> <p>—El fuego se inquieta bajo nuestros pies —anunció la reina—. Lo noto.</p> <p>—Yo también —añadió Amedia—. Es como si hubiera vida.</p> <p>Entonces, como si las palabras de Astrid y Amedia fuesen una señal, la tierra tembló con fuerza. Los Tres Volcanes rugieron y arrojaron humo y ceniza en grandes cantidades.</p> <p>—¡Erupción! —gritó Crispín—, ¡Erupción!</p> <p>—¡Vámonos de aquí! —urgió Astrid—, ¡Huyamos!</p> <p>Pero era demasiado tarde. Los volcanes arrojaban lava con tal furia que parecía que el mundo se iba a acabar. A su alrededor, cayeron piedras mezcladas con fuego y se abrieron grietas en el suelo desde las que brotaban humo y agua hirviendo.</p> <p>—¡A mi lado! —ordenó Arturo—. ¡Poneos cerca de mí!</p> <p>Crispín, Dédalus, Amedia y Astrid pegaron sus monturas a la de Arturo, que trataba de desembarazarse de su cota de malla. Cuando su pecho quedó al descubierto, levantó los brazos y lanzó un grito que se perdió en el horizonte:</p> <p>—¡Adragón! ¡Ven a mí!</p> <p>Mientras las letras los envolvían, Astrid, Crispín, Amedia y Dédalus pudieron ver cómo el dragón de Arturo se dirigía hacia ellos a toda velocidad.</p> <p>—¡Adragón! —gritó Arturo de nuevo.</p> <p>Las letras formaron una capa de protección sobre los cuatro compañeros y sus monturas. Algunas rocas de fuego caían sobre el gran escudo de tinta mágica, rebotaban y se partían en mil pedazos. Astrid, que no estaba acostumbrada al poder de Adragón, se maravillaba con su fuerza.</p> <p>Adragón se ocupaba de destrozar las grandes rocas, y, a la vez, protegía con una eficacia inusitada a Arturo y a sus amigos. Ni una gota de lava cayó sobre ellos; ni una sola piedra ardiente tocó a los animales.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Mientras Frómodi estaba de caza, Górgula entró en la cámara real. De repente, muchos recuerdos cobraron vida y la invadieron.</p> <p>Se vio a sí misma cuando era más joven. El rey Benicius la tenía en un pedestal y le daba todo lo que deseaba. Todo salvo el matrimonio que le había prometido. Los tiempos de felicidad siempre se recuerdan mejor de lo que eran. La memoria tiende a falsear la realidad. Por eso rememoró algunos momentos de felicidad que le hicieron olvidar los sinsabores de los últimos tiempos, y se recreó en ellos.</p> <p>Acarició los muros que habían sido testigos de su bienestar, quizá para sentirse acompañada en este momento lleno de nostalgia. Se sentó sobre la cama, a la espera de que los viejos recuerdos fuesen benevolentes con ella y no se atropellaran en su alma.</p> <p>A pesar de que tenía el corazón endurecido como una roca, una lágrima se deslizó por su mejilla mientras resucitaba algunas escenas.</p> <p>—¿Por qué no te casaste conmigo? —preguntó, al deslizar la mano sobre el lecho—. ¿Por qué no me hiciste tu reina?</p> <p>Nunca había comprendido los motivos que llevaron a Benicius a incumplir su compromiso. En el fondo de su corazón, sabía que el rey estaba al tanto de sus amores con otro hombre.</p> <p>Górgula sabía que alguien la había delatado al contarle al rey los secretos de su antiguo amor... un amor que le dejó un hijo.</p> <p>Recordar al niño la alteró. Había pasado mucho tiempo y, a pesar de ello, le dolía profundamente.</p> <p>¿Qué habría sido de él? ¿Dónde lo llevarían aquellos dos monjes a quienes se lo entregó a los pocos días de haber nacido?</p> <p>—¿Dónde estarás, hijo mío? —se preguntó.</p> <p>Llena de dolor a causa de esos recuerdos, salió de la cámara y descendió por la escalera.</p> <p>—¡Górgula! —exclamó Escorpio, que venía en su busca—. ¡El rey ha vuelto y quiere que nos reunamos con él!</p> <p>—Está bien. Ahora voy —dijo, mientras se enjugaba la última lágrima—. ¿Qué quiere?</p> <p>—Prepara un ataque contra Ritel y los demás rebeldes —respondió Escorpio—. Y quiere nuestro consejo.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVI</p> <p>E<style name="versalita">N LA SILLA DEL TATUADOR</style></p> </h3> <p>La tienda de Jazmín tiene el mismo aspecto de siempre. La decoración es exactamente igual que la primera vez que vine a verle. Fotos de cuerpos tatuados pegados sobre la cristalera del escaparate, un neón que parpadea... En fin, nada se ha movido por aquí. Metáfora y yo nos acercamos tranquilamente.</p> <p>Entramos en la tienda y en cuanto Tatuni, la chica del mostrador, nos reconoce, se asusta. Intuye que nuestra visita no trae nada bueno.</p> <p>—Hola, Tatuni, vengo a ver a Jazmín —le digo a modo de saludo.</p> <p>—Está ocupado con un cliente —responde, casi sin hacernos caso—. Tardará mucho.</p> <p>—Esperaremos.</p> <p>—Si queréis le digo que os llame cuando termine —nos propone, empeñada en disuadirnos.</p> <p>—No hace falta. Esperaremos —repito—. En algún momento acabará, digo yo.</p> <p>—Bueno, pero ya te digo que...</p> <p>—Sí, sí... Ya sabemos que tardará —asiente Metáfora, mientras tomamos asiento—. Pero es igual, no tenemos prisa.</p> <p>Cojo una revista y me dispongo a leerla. Metáfora revisa los mensajes de su móvil. Queremos aparentar que nos vamos quedar todo el tiempo que haga falta, aunque, si no me equivoco, nuestra espera no va a ser muy larga.</p> <p>—Oye, chico... Arturo...</p> <p>—Dime, Tatuni...</p> <p>—Dice Jazmín que ya podéis bajar al sótano.</p> <p>—¿Ha terminado?</p> <p>—Oh, sí, sí... ¿Bajáis?</p> <p>Metáfora y yo nos miramos. Dejo la revista en su sitio y nos acercamos a la escalera.</p> <p>—No te preocupes, conocemos el camino —le respondo, cuando veo que se dispone a acompañarnos—. No se nos ha olvidado.</p> <p>Descendemos hasta el fondo, donde, entre cajas, Jazmín nos espera.</p> <p>—Hola, Jazmín. ¿Qué tal estás?</p> <p>—Bien, muy bien... ¿Qué queréis? —pregunta, un poco inquieto—. ¿Para qué habéis venido?</p> <p>—No te pongas nervioso, solo queremos hablar contigo.</p> <p>—¿De qué? Yo no sé nada. Ya te lo he contado todo.</p> <p>—Sabes algo que me interesa —insisto—. Quiero que me lo confieses.</p> <p>—Te repito que no sé nada más.</p> <p>—Eres un pozo sin fondo, pero te niegas a hablar, y eso no está bien. Mi padre y yo corremos peligro y debo hacer todo lo que esté en mi mano por salvarnos.</p> <p>—Vamos, Jazmín, no seas malo —le insiste Metáfora—. Demuéstranos que eres un buen chico.</p> <p>En ese momento entra Boris y se sienta al lado de Jazmín.</p> <p>—Hola, muchachos —dice alegremente.</p> <p>—Vaya, mira a quién tenemos aquí —comento, en tono irónico—. El que quería cortarme la cabeza.</p> <p>—Yo no quería: era un encargo, un trabajo... una cuestión profesional, ¿sabes?</p> <p>—Menudo trabajo —le reprende Metáfora—. Intento de asesinato, querrás decir.</p> <p>—Bueno, al grano, que tenemos mucho que hacer —ataja Jazmín—, ¿Qué buscas exactamente?</p> <p>—¡Al que os pagó para matarme! ¡Al tipo de una sola pierna!</p> <p>—No lo conocemos —replica agitando las manos—. No tenemos ni idea de quién es ese tipo.</p> <p>—Pues contadme otros detalles. Seguro que podéis decirme cosas que me interesan.</p> <p>—A lo mejor es ese mendigo que vive en tu edificio... —interviene Boris, en tono irónico.</p> <p>—No intentéis confundirme. Sé perfectamente que él no es quien busco.</p> <p>—¿Cómo lo sabes? —pregunta Jazmín.</p> <p>—Por la confianza que le tengo. Si hubiera querido matarme, ya lo habría hecho. Ha tenido muchas ocasiones. Estoy seguro de que no es el hombre de una sola pierna del que me habéis hablado —explico.</p> <p>—A lo mejor prefiere encargarlo —bromea Boris—. A mucha gente no le gusta mancharse las manos de sangre.</p> <p>—Claro, por eso buscan gente como vosotros —responde Metáfora—. No intentéis disimular. Sabéis perfectamente que <i>Patacoja</i> no es el asesino que buscamos.</p> <p>—¿Le reconoceríais si le vierais la cara? —pregunto directamente—. Y no me digáis que no se la habéis visto, porque no voy a creeros.</p> <p>—Ya te hemos dicho que no le hemos visto el rostro. Solo hemos hablado con él.</p> <p>—Entonces, conocéis su voz —señala Metáfora.</p> <p>—Llevaba un pasamontañas. Es imposible identificar una voz en esas condiciones —insiste Jazmín.</p> <p>—Es posible acordarse de esa voz si la escucháis a través de una capucha —indico—. Las voces tienen un timbre inconfundible.</p> <p>—No insistas. No reconoceremos nada. ¿No entiendes que delatarle puede costamos caro? —alega Boris.</p> <p>—Así que le tenéis miedo, ¿eh?</p> <p>—Más que a ti y a tu dragón juntos —reconoce Jazmín—. Ese hombre no tiene escrúpulos. Si hablamos, estamos muertos.</p> <p>—Nadie sabrá nunca que me lo habéis contado —les digo en tono confidencial—. Os aseguro que jamás se lo diremos a nadie.</p> <p>—Aunque nos arranquen las uñas de los dedos —confirma Metáfora.</p> <p>—Ese hombre lo sabe todo —insiste Jazmín—. Sabe más de lo que imaginas. Es astuto como una víbora y tiene ojos y oídos por todas partes. Déjanos en paz.</p> <p>—Ni lo soñéis. O me contáis lo que quiero saber o me enfadaré.</p> <p>—Ya te hemos dicho que no podemos identificarlo.</p> <p>—¡Sois unos mentirosos y estoy empezando a enfadarme! ¿Queréis que saque mi dragón a pasear?</p> <p>—¿Cómo sabes que mentimos?</p> <p>—¿Cómo sabéis que tiene una sola pierna? ¿Le habéis visto el muñón?</p> <p>Los dos se miran sorprendidos. Se han pasado de listos.</p> <p>—En una ocasión se quejó de que su prótesis pesaba mucho —confiesa Jazmín— Se dio un par de golpes que sonaron a material duro, como a metal o algo así. Por eso sabemos que le falta una pierna.</p> <p>—¿Cojea cuando camina?</p> <p>—Apenas se le nota. Hay que fijarse mucho.</p> <p>—Pero... —dice Boris.</p> <p>—¿Qué?</p> <p>—No le gusta andar. Prefiere estar sentado. Es lo único que te podemos decir.</p> <p>—O sea, que le cuesta caminar —resume Metáfora.</p> <p>—Exactamente. Se ve que le duele.</p> <p>—Pero nosotros somos inocentes —dice Jazmín.</p> <p>—Sí, inocentes de haberme querido cortar el cuello —respondo.</p> <p>—Es que tu cabeza tiene precio —insiste—. Tienes que comprenderlo. Solo queremos sobrevivir.</p> <p>—Sobrevivir a costa de la vida de los demás no es, precisamente, un modo de vida honrado —le explico—. Nunca me has contado por qué os contrataron a vosotros para hacer ese trabajo, y no a unos profesionales.</p> <p>—¡Nosotros somos profesionales! —exclama Boris, ofendido.</p> <p>—Sí, del tatuaje... ¿Qué ibais a hacer con mi cabeza? Pensabais copiar mi dibujo, ¿verdad? ¿A quién se lo ibais a tatuar?</p> <p>—¿Quieres que copie tu dibujo?</p> <p>—No te hagas el tonto, Jazmín —le apremia Metáfora—. ¡Responde a la pregunta!</p> <p>En ese momento, Tatuni entra con una bandeja en la que hay una tetera y unas tazas.</p> <p>—¿Queréis té? —pregunta—. Acabo de hacerlo. Es indio. Muy bueno para los nervios.</p> <p>—Sentaos y tomad el té de la paz —propone Jazmín—. Seamos amigos.</p> <p>—¿Crees que me voy a fiar de ti? —le advierto—. No intentes hacer ninguna tontería o me enfadaré de veras.</p> <p>—Eres un caradura —le increpa Metáfora—. Pero tomaremos té. Venga, cuéntanos todo lo que sepas.</p> <p>—No haré nada contra vosotros. Solo soy un pobre tatuador que quiere ganar dinero —se lamenta—. ¿Cuánto me pides por permitir que tatúe tu dragón a mis clientes? Conozco a mucha gente que le gustaría tenerlo. Es muy original.</p> <p>—No está en venta, y si lo estuviera, a ti no te lo vendería. Es el símbolo de mi familia y solo yo puedo llevarlo. No permitiré que lo conviertas en una exclusiva ni que lo pongas en tu catálogo. Dime quién es ese tipo que te ha pagado. Dimelo de una vez y te dejaremos en paz.</p> <p>—Podríamos ganar mucho dinero con tu dragón. Podemos montar una franquicia. Se vendería muy bien. Te pagaré un porcentaje por cada tatuaje que hagamos.</p> <p>—Ni hablar. Y no intentes imitarlo. Te lo prohíbo terminantemente —le advierto—. Si te pasas de listo, me veré obligado a protegerme. Ya sabes lo que esto significa.</p> <p>—Tranquilo. No haremos nada ilegal. Somos gente honrada... Está bueno el té, ¿verdad?</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVII</p> <p>P<style name="versalita">IEDRAS Y FUEGO</style></p> </h3> <p>Poco a poco, la lluvia de fuego empezó a remitir. El rugido de los volcanes cesó y todo volvió a la normalidad. El ambiente se quedó impregnado de un humo cálido y pegajoso y el suelo se hallaba sembrado de rocas rojizas y ardientes que aún rodaban. Aunque los volcanes ya no erupcionaban, de vez en cuando caían trozos de fuego de los que se encargaban Adragón y su ejército de letras.</p> <p>—Parece que este infierno toca a su fin —suspiró Crispín, un poco aliviado—. Es como si a los volcanes se les hubiera pasado el enfado.</p> <p>—Seguimos vivos gracias a esas letras mágicas. Es la segunda vez que nos salvan —añadió Astrid—. ¿Dónde las has conseguido?</p> <p>—Eso ahora no importa —respondió Arturo—. Lo único que cuenta es que estamos enteros...</p> <p>—¡Por las llamas del infierno! —exclamó Crispín—. ¡Es imposible!</p> <p>—¿Qué ocurre? —preguntó Arturo, algo inquieto por la alarmada voz de su escudero—, ¡Dime, pronto, qué sucede!</p> <p>—¡Son fantasmas de fuego! —exclamó Astrid—, ¡Bestias del infierno!</p> <p>—¡Animales de fuego! —exclamó Dédalus, aterrorizado.</p> <p>—¿Qué pasa? —volvió a preguntar Arturo, al notar que su caballo no dejaba de relinchar.</p> <p>—Han surgido seres de fuego, mi señor —explicó Crispín—, de todo tipo. Algunos tienen forma humana, pero otros parecen engendrados por monstruos mitológicos. ¡Y se dirigen hacia nosotros...! ¡No traen buenas intenciones!</p> <p>—¡He oído multitud de leyendas sobre estos seres! —dijo la reina—. Y todas acaban igual: nadie que se les haya enfrentado ha sobrevivido.</p> <p>—¡Eso lo veremos! —dijo Arturo mientras desmontaba y se preparaba para el combate.</p> <p>Adragón y sus letras se colocaron en posición de ataque. Su zumbido contrastaba con el crepitar de los seres de fuego, que se acercaban inexorables. Arturo sintió su calor.</p> <p>Mientras Amedia y Dédalus agarraban sus armas, Crispín cogió el arco, colocó una flecha y apuntó con cuidado a uno que se aproximaba demasiado.</p> <p>—Veamos de qué estáis hechos —susurró mientras disparaba.</p> <p>La flecha voló rápida hacia el monstruo y lo atravesó levantando algunas chispas, pero sin producirle ningún daño. Lanzó una segunda flecha, que se clavó en su pecho.</p> <p>—Son insensibles al dolor —advirtió Crispín.</p> <p>—Yo también —respondió Arturo—. Mi espada les enseñará que no son inmortales.</p> <p>Un espécimen de fuego se adelantó y se colocó al alcance de Arturo, que, al percibir su calor, le asestó un mandoble a la altura de la cintura que lo destrozó, convirtiéndolo en pequeños pedazos flamantes que se esparcieron por el suelo entre rugidos lastimeros.</p> <p>—¡A tu derecha, Arturo! —advirtió Astrid—. ¡Cuidado!</p> <p>Arturo giró sobre sus talones y se colocó en la posición adecuada para repeler el ataque de una masa que se aproximaba por ese lado. La espada alquímica lo atravesó de arriba abajo, arrojando sus pedazos por el aire.</p> <p>Amedia y su padre luchaban espalda contra espalda. Su destreza les ayudó a eliminar a varios enemigos.</p> <p>—Parece que estoy destinada a morir entre llamas —dijo la joven, al abatir a uno— Pero no será hoy.</p> <p>Un nuevo zumbido advirtió a Arturo de que algo se acercaba por su izquierda. Colocó el escudo de modo que el puño de la nueva masa se estrelló contra el duro metal, mientras sacaba su espada y la rajaba por completo hasta hacerla desaparecer.</p> <p>Astrid agarró la maza de Crispín y se enfrentó con un nuevo enemigo, al que partió en mil trozos.</p> <p>—¡Son muchos! —advirtió Crispín, que disparaba sin cesar—, ¡No podremos con ellos!</p> <p>—¡Adragón! ¡Ayúdanos! —ordenó Arturo, a la vez que ensartaba a otro engendro ígneo.</p> <p>Adragón, que esperaba una orden, se lanzó al ataque, ayudado por su ejército de letras.</p> <p>Arturo no pudo ver cómo los espectros de fuego volaban por los aires, se estrellaban contra las rocas o quedaban pulverizados con los feroces ataques del dragón. Pero Astrid y los demás se asombraron por el fascinante espectáculo.</p> <p>Amedia y Dédalus estaban estremecidos por el aspecto de las bestias de fuego. Eran peores que las de Boca del Diablo y, desde luego, mucho más peligrosas.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Ritel y sus compañeros se dieron cuenta de que estaban rodeados por soldados cuando ya era demasiado tarde para reaccionar. Solo pudieron rendirse.</p> <p>—¡Atadlos! —ordenó el oficial Trader—, ¡Que no escape ninguno!</p> <p>—¡Somos de los vuestros! —gritaron algunos cabecillas rebeldes—, ¡El enemigo a batir es Frómodi!</p> <p>Los soldados, que sabían que Frómodi estaba detrás, entre los árboles, les cerraron la boca para siempre. Además, habían corrido rumores de que había espías en sus filas, por lo que no era conveniente desobedecer las órdenes. Al fin y al cabo, aquellos hombres eran rebeldes que intentaban acabar con la vida de su rey, que les pagaba mejor que Benicius y les daba más libertad para actuar, lo que se traducía en buena vida y abría las puertas a un enriquecimiento fácil.</p> <p>Cuando los rebeldes se vieron frente al rey Frómodi, que acababa de aparecer, tuvieron la certeza de que les quedaba poca vida.</p> <p>—¡Sois unos traidores repugnantes! —les reprochó el monarca—. ¡Y unos desagradecidos! ¡Y tú, Ritel, eres el peor de todos!</p> <p>—¡Nos engañaste, Frómodi! ¡Sabemos que mataste a Royman! —se revolvió el interpelado—. ¡Prometiste que serías un buen rey, pero abusas de nosotros! ¡Abdica y márchate antes de que sea tarde!</p> <p>—¡Tarde lo será para ti! —respondió el monarca, que avanzaba con su caballo hasta casi pisotearlo—. ¡Sé que llevas tiempo conspirando! ¡Has acabado con mi paciencia!</p> <p>—¡Somos muchos contra ti! ¡Tus propios soldados, oficiales y caballeros esperan la oportunidad de acabar contigo! ¡Yo de ti, dormiría con un ojo abierto!</p> <p>—¡Tú eres quien va a dormir con los dos ojos bien cerrados! —respondió Frómodi, furioso—. ¡Colgadle! ¡Colgadle ahora mismo!</p> <p>—Pero, mi señor —empezó a decir el capitán Trader—, ¡Esta puede ser la chispa que prenda una rebelión!</p> <p>—¡Me da igual! ¡No tengo miedo de nadie! ¡Matare a todos los traidores!</p> <p>El capitán accedió a la petición de Frómodi. Poco después, entre gritos de protesta y amenazas de todo tipo, Ritel era colgado de la rama de un hermoso roble.</p> <p>—¡Que su cuerpo permanezca ahí hasta que los buitres se lo coman! ¡Quiero que todo el mundo vea lo que les pasa a los traidores! ¡Llevad a los demás a los calabozos hasta que decida qué hacer con ellos!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>A pesar de que Adragón y las letras habían hecho estragos, los seres de fuego no dejaban de atacar.</p> <p>Pero Arturo y sus amigos empezaban a sentir los efectos del cansancio. Sin embargo, las bestias parecían incansables. Ya habían matado a una de sus monturas.</p> <p>—No resistiremos mucho más tiempo —avisó Crispín, según fulminaba a una bestia cercana—. Son innumerables.</p> <p>—¿De dónde vienen? —se preguntó Arturo—, ¿Por qué nos atacan?</p> <p>—Salen de la grietas que se han abierto en el suelo —respondió Astrid—. Son hijos de los volcanes. ¡Proceden del fuego! Nos hemos acercado demasiado y quieren exterminarnos.</p> <p>—¡Son el mismísimo fuego! —exclamó Dédalus.</p> <p>—Hay que hacer algo, mi señor —insistió Crispín.</p> <p>—Que sea pronto —suplicó Amedia—. Ya no puedo más.</p> <p>Después de dar un par de mandobles a una masa rojiza que le amenazaba desde la izquierda, Arturo hizo una pregunta:</p> <p>—¿Qué haría Arquimaes si estuviera aquí?</p> <p>—¡Invocar a Arquitamius! —respondió inmediatamente Crispín—, ¡Y pronto!</p> <p>—¡Muchacho, cada día demuestras mayor sagacidad! —exclamó Arturo, satisfecho por la respuesta de su escudero—, ¡Eres un gran pupilo!</p> <p>Se deshizo de otras dos masas y lanzó un gritó que retumbó en el cielo:</p> <p>—¡Arquitamius! ¡Soy Arturo Adragón, hijo de Arquimaes!</p> <p>Solo el eco acusó su exasperado grito. Las masas ardientes parecieron detenerse al escuchar la invocación de Arturo, pero volvieron a la carga.</p> <p>—¡Arquitamius, Adragón y Arquimaes! —concluyó Arturo—. ¡Los Tres Volcanes!</p> <p>Justo en ese instante, prendió en la cabeza del joven caballero otra idea no menos genial.</p> <p>—¿Quieres una prueba? —preguntó Arturo—. ¡Aquí la tienes! ¡Mira!</p> <p>Arturo arrojó su espada alquímica hasta lo más alto. Una vez allí, el arma quedó suspendida en el aire, con la empuñadura hacia arriba y la hoja hacia el suelo, flotando como un pluma. Adragón se situó un poco más arriba mientras las letras formaban la silueta de un dragón a su alrededor.</p> <p>Entonces, ante el asombro de todos, la cabeza de la espada arrojó una extraordinaria llamarada con la que dibujó un triángulo de fuego.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arquimaes estaba solo en la cueva, al lado de los ataúdes de Alexia y Émedi. Había encendido una lámpara de aceite cuya llama producía una luz suave y cálida, como un símbolo de vida.</p> <p>—Espero que Arturo se encuentre bien —deseó, dirigiéndose a ellas—. No estoy seguro de haber hecho lo correcto al darle esperanzas. En caso de que consiga encontrar a Arquitamius, no hay garantías de que os pueda devolver a la vida. Además necesitaremos dos cuerpos que alojen vuestras almas.</p> <p>Su vista estaba clavada sobre la llama amarillenta que se agitaba levemente.</p> <p>—Mientras fui ayudante de Arquitamius hicimos diversos hallazgos sobre la vida y la muerte. Traspasamos muchos límites para avanzar en el descubrimiento de la inmortalidad.</p> <p>Arquimaes hizo una nueva pausa.</p> <p>—Mi vida está llena de caminos tortuosos que no me he atrevido a confesar a nadie. Arquitamius, que es quien mejor me conoce, no sabe ni la mitad de las cosas que he hecho. Pero os aseguro que haré todo cuanto esté en mi mano para que volváis al Mundo de los Vivos. Lo haré por Arturo, el mejor y el más puro de mis hijos. Y lo es gracias a ti, Émedi, noble reina.</p> <p>Se levantó y cogió la lámpara. Se disponía a marcharse, pero se detuvo. Le quedaba algo por decir.</p> <p>—No siempre fui un alquimista. Para encontrar el camino de la luz, tuve que perderme en la oscuridad de la hechicería. Fueron años en los que mantuve relación con una bruja. De nuestro amor surgió un niño que nació muerto, condenado por diablos del infierno que nos odiaban. Nuestra sangre estaba maldita.</p> <p>Arquimaes sintió una punzada en el corazón al recordar a su viejo amor. Sopló la llama y la apagó.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Los volcanes dejaron de rugir, el ataque de los seres ardientes cesó y la tranquilidad volvió poco a poco.</p> <p>Arturo y sus compañeros esperaban que algo ocurriera, aunque no estaban seguros de que su situación fuese a mejorar. Incluso los caballos seguían nerviosos.</p> <p>—¿Veis algo? —preguntó Arturo.</p> <p>—Nada. No hay señales de vida —dijo Crispín.</p> <p>—Espero que no nos hayamos equivocado —susurró Astrid.</p> <p>De repente, una roca que rodó por la ladera del primer volcán levantó una extraordinaria polvareda.</p> <p>Sus miradas se dirigieron hacia allí, pero no había nada que ver. Pudo ser algo accidental.</p> <p>—¡Esto no me gusta! —exclamó Dédalus.</p> <p>Arturo empezaba a desanimarse cuando, inesperadamente, otra roca rodó, y otra, y otra... Todas bajaban en la misma dirección y se detenían a pocos metros.</p> <p>—¡Eh! —gritó Crispín—, ¡Alguien nos señala el camino! ¡Es una entrada natural!</p> <p>—¡Es cierto! —reconoció Astrid—, ¡Una entrada al corazón de los volcanes! ¡Nos invitan a acceder al interior!</p> <p>—Entonces no hagamos esperar a nuestro anfitrión —dijo Arturo, con una sonrisa—, ¡Creo que hemos encontrado lo que buscábamos!</p> <p>—Por fin vamos a salir de este infierno —susurró Amedia, con la respiración entrecortada.</p> <p>Caminaron entre el paraje humeante y se acercaron a la cueva. Consiguieron limpiar de ceniza la entrada y comprendieron que, efectivamente, ese agujero era el acceso a algún lugar oculto...</p> <p>—¿Entramos, mi señor? —preguntó Crispín.</p> <p>—Si no lo hacemos, nunca sabremos si hemos llegado a nuestro destino —respondió Arturo—, ¡Adelante!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Alexander de Fer, convocado por la Gran Hechicera Tenebrosa, entró en la cámara real del castillo que había pertenecido a Émedi, donde Demónicia se había fortificado con un ingente ejército.</p> <p>—Aquí estoy, mi señora —dijo, de rodillas, el antiguo caballero carthaciano—. ¿Qué queréis de mí?</p> <p>—Querido Alexander. Te he mandado llamar para agradecerte todo lo que has hecho por mí, por haberme liberado y por haber organizado el secuestro de la reina Émedi.</p> <p>—Mi señora, lo hice por el amor que siento por vos. Nada puede compararse con ese sentimiento que me domina. Soy vuestro esclavo y espero que algún día pueda recibir la recompensa que creo merecer.</p> <p>—La recibirás. Pero antes de entregarme a ti debo cumplir algunos deseos que me mortifican. Y necesito tu ayuda.</p> <p>—Solo tenéis que decirme qué precisáis y lo llevaré a cabo. ¿Qué deseáis de mí?</p> <p>—Que me prometas que, por encima de todo, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra... ¡matarás a Arturo Adragón!</p> <p>—Pero, mi señora, Arturo es inmortal.</p> <p>—Incluso los inmortales tienen un punto débil. Si matas a Arquimaes o algunos de sus seres queridos, le quitarás a él la vida, pues querrá ir a buscarlos al Abismo de la Muerte.</p> <p>—¿Queréis decir que se sucidará?</p> <p>—Quiero decir que solo un inmortal puede matarse a sí mismo. Si asesinamos a uno de sus seres queridos o impedimos que resucite a Émedi y a Alexia, estoy segura de que se arrojará él solo al Abismo. No volverá jamás al Mundo de los Vivos.</p> <p>—Entonces tengo que...</p> <p>—¡Matar a todo aquel que importe a Arturo Adragón! Es la única forma de acabar con ese maldito inmortal adragoniano. ¿Lo harás por mí?</p> <p>—Haré todo lo que queráis sin dudarlo.</p> <p>—Te he preparado un regalo —dijo Demónicia, mientras llamaba a sus criados—. ¡Algo que te gustará!</p> <p>Una puerta se abrió y dos hombres entraron con una caja de madera. Se acercaron, inclinaron la cabeza y Demónicia les autorizó a seguir adelante.</p> <p>—Es una obra de arte —dijo ella—. Espero que te sirva.</p> <p>Un hombre sacó una mano de hierro y de madera de la caja. Se acercó a Alexander y se la acopló al muñón derecho, que perdió en la última pelea con Arturo Adragón, quien le seccionó la mano.</p> <p>—Es una mano mágica —confesó Demónicia—. Puede hacer cosas inimaginables, como envenenar a quien la toque, disolver una roca o atravesar un cuerpo... Casi todo, menos convertir en oro lo que acaricies. Te será de gran ayuda.</p> <p>—Gracias, mi señora —dijo Alexander—. Me siento mejor. Ahora podré usar mi espada contra vuestros enemigos.</p> <p>—Eso espero, Alexander. Eso espero...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVIII</p> <p>D<style name="versalita">OS SOMBRAS PELIGROSAS</style></p> </h3> <p>Metáfora y yo salimos de la tienda de Jazmín un poco frustrados. Apenas hemos avanzado algo. Pero estoy seguro de que ese tatuador sabe más de lo que dice. Esta visita me ha inquietado. Tendré que pensar algún plan para hacerle hablar. Y rápido.</p> <p>—Podemos espiarle —propone Metáfora—. Tarde o temprano se reunirá con ese hombre de una sola pierna.</p> <p>—Es una buena idea, pero puede tardar mucho en hacerlo. Además, imagina que habla por teléfono en vez de visitarle. No podemos pasarnos la vida esperando a que salga a la calle.</p> <p>—Apuesto lo que quieras que, además de hablar por teléfono, se entrevistará personalmente con él.</p> <p>—Bueno, eso si se encuentra en Férenix. Puede vivir en otro país.</p> <p>—Estoy segura de que vive cerca, de que te espía. Tengo la impresión de que está más próximo de lo que imaginas —dice con plena seguridad.</p> <p>—¿Qué podemos hacer?</p> <p>—No dejar a Jazmín ni a sol ni a sombra. Perseguirle hasta que te lleve a él.</p> <p>—Pero ¿qué quieren de mí, por qué quieren matarme?</p> <p>—Es posible que los estorbes para llevar a cabo algún plan —sugiere.</p> <p>—¿Qué plan? ¿Crees que hay alguna conspiración?</p> <p>—No tengo ni idea, Arturo. Pero me huele mal. Es como si alguien quisiera borrarte de la faz de la tierra. El asalto, la lucha con Stromber, lo de Jazmín en el parque, la bomba... ¿Crees que son hechos aislados?</p> <p>—Bueno, Metáfora, no es seguro que la bomba estuviera dirigida contra mí. A lo mejor...</p> <p>—¿Iba contra mí? ¿Contra <i>Patacoja</i>? ¿Contra <i>Sombra</i>?</p> <p>—Vale, vale... Es probable que tengas razón, pero eso no nos hace adelantar nada. Seguimos perdidos —reconozco—. ¿Por qué quieren quitarme de en medio?</p> <p>Seguimos hasta que llegamos a las cercanías de la Fundación, donde las máquinas no paran de desescombrar. Hay muchos curiosos alrededor, cerca de la valla de los bomberos.</p> <p>—Hola, chicos —saluda <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Hola, <i>Patacoja</i>. ¿Qué pasa aquí? ¿De dónde salen tantos bomberos?</p> <p>—Parece que han tomado la decisión de intervenir hasta el fondo. Dicen que, por lo menos, hay que quitar los muros que están en peligro de derrumbe. Quieren evitar que se caigan cuando haya alguien cerca.</p> <p>—¿Y <i>Sombra</i>? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Está ahí, discutiendo con el delegado del Ministerio y con el jefe de los bomberos.</p> <p>—Deberíamos ir a ayudarle —propongo.</p> <p>—Adela está con él —dice <i>Patacoja</i>—. Le conseguirá apoyo legal si lo necesita.</p> <p>—A mí me preocupan más sus nervios que otra cosa —reconozco—. <i>Sombra</i> no tiene edad para discutir con nadie.</p> <p>—Tampoco tiene edad para vivir en un edificio en ruinas.</p> <p>—Deberíamos llevarle a otro sitio —sugiere Metáfora—. Este lugar es cada día más peligroso.</p> <p>—No querrá irse —digo—. Ya he hablado con él. Nunca abandonará la Fundación.</p> <p>—La Fundación ya no existe —apostilla <i>Patacoja</i>—. Dentro de poco no quedará ni rastro.</p> <p>—Podemos hablar con el abad de Monte Fer —propone Metáfora—. Quizá quiera alojarle en el monasterio. Allí estaría bien.</p> <p>—Es una buena idea. Se lo preguntaré —comento—. No podemos dejar que discuta con todo el mundo y le dé un ataque al corazón. Por cierto, <i>Patacoja</i>, venimos de ver a Jazmín y no hemos sacado nada en claro. ¿Crees que <i>Escoria</i> podría ayudarnos?</p> <p>—Sí, es posible que ella nos ayude. Seguro que tiene más información. ¿Nos vamos a verla?</p> <p>La idea de <i>Patacoja</i> me parece buena y nos alejamos de allí. Entramos en la calle central y caminamos hacia el barrio de <i>Escoria</i>. El ruido de las máquinas se pierde y solo se oye el run-run del tráfico.</p> <p>De repente, casi de casualidad, me fijo en dos figuras reflejadas en un escaparate que me llaman la atención. Tengo la impresión de que... ¡de que nos siguen!</p> <p>No digo nada y seguimos nuestro camino. Aprovecho que estamos en un semáforo para mirar disimuladamente hacia atrás y vuelvo a ver a esos dos tipos. Un poco más adelante, cuando entramos en el callejón que lleva a la casa de <i>Escoria</i>, me detengo un poco y los veo de nuevo. Ahora ya no me cabe duda.</p> <p>—Tenemos un problema —anuncio a mis amigos—. Nos siguen.</p> <p>—¿Qué dices, Arturo? —pregunta <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Ahí detrás hay dos individuos que vienen tras nosotros desde que hemos salido de la Fundación.</p> <p>—¿Estás seguro?</p> <p>—Sí, son esos dos hombres de ropa oscura.</p> <p>Metáfora lanza una rápida mirada.</p> <p>—Entonces nos siguen desde que hemos salido de la tienda de Jazmín —determina—. Estoy segura de que los he visto allí.</p> <p>—Pues ya sabrán que hemos intentado hablar con él —deduzco—, ¿Quiénes serán?</p> <p>—No sé, pero voy a llamar a Adela para que venga a echarnos una mano —dice <i>Patacoja</i>, según saca su móvil—. Nosotros daremos vueltas hasta que ella llegue. No conviene que nos vean visitando a <i>Escoria</i>.</p> <p>—Eso si suponemos que no nos siguen desde hace días —dice Metáfora—. Es posible que nos hayan pisado los talones hace tiempo y conozcan todos nuestro pasos.</p> <p>—Quizá debamos separarnos —propongo—. Veamos a quién siguen.</p> <p>—No, es mejor permanecer juntos —ordena <i>Patacoja</i>—. Adela se ocupará de todo.</p> <p>Disimuladamente, <i>Patacoja</i> da instrucciones a Adela mientras damos unas vueltas por el barrio. Nos detenemos en una cafetería para tomar unos refrescos, miramos escaparates, entramos en una librería...</p> <p>El móvil de <i>Patacoja</i> recibe una llamada.</p> <p>—¡Los tengo! —grita Adela.</p> <p>—¡Vamos, chicos! —exclama <i>Patacoja</i>, girando sobre sí mismo—. ¡Vamos!</p> <p>Marchamos en sentido contrario y nos encontramos con Adela, que forcejea con los dos hombres.</p> <p><i>Patacoja</i> agarra su muleta dispuesto a usarla como arma. Yo me acerco y agarro a uno de los dos por detrás.</p> <p>—¡Suéltame! —grita el hombre—. ¡Suéltame, mocoso!</p> <p>Metáfora le da una patada en la pierna y le hace doblarse de dolor. Veo que <i>Patacoja</i> atiza en la cabeza al hombre que acaba de golpear a Adela. El tipo al que retengo se recupera de la patada, me da un codazo en el costado y se libera; Metáfora intenta agarrarle, pero él le propina un guantazo y la tira al suelo. Se marcha sin que podamos impedirlo.</p> <p>Corro en ayuda de <i>Patacoja</i> y, entre todos, sometemos al segundo hombre.</p> <p>—¡Quieto! —ordena Adela—. ¡Entréguese!</p> <p>Pero el tipo está muy nervioso e intenta liberarse. Entonces, <i>Patacoja</i> le atiza con la muleta en la cabeza y le deja casi sin sentido. El hombre, arrodillado, se queja.</p> <p>—¡Le voy a esposar! —dice Adela—. ¡Este tipo es un energúmeno!</p> <p>—¡No saben dónde se han metido! —grita nuestro prisionero.</p> <p>—¿Ah, no? ¿Quién eres, canalla?</p> <p>—¡Soltadme!</p> <p>Adela mete la mano en su chaqueta y extrae la cartera. La abre y nos mira, lívida.</p> <p>—¡Es policía! —exclama enseñando la identificación—. ¡Este hombre es un policía! ¡Se llama Jon Caster!</p> <p>—Habéis metido la pata. Os habéis metido en un buen lío. Atacar a un policía en acto de servicio es un delito muy grave —grita el agente—. ¡Soltadme de una vez!</p> <p>—¿Quién le ha ordenado seguirnos? —le pregunto.</p> <p>—Eso te lo contarán en comisaría —gruñe—. ¡Soltadme!</p> <p>—¿Es una misión oficial o lo haces por tu cuenta? —pregunta Adela—. ¿Quién es tu jefe? ¿Quién te ha dado la orden de seguir a estos chicos?</p> <p>—¡Ya os he dicho que os lo explicarán en comisaría!</p> <p>—¡Sí, pero porque yo voy a llamar a la comisaría para averiguar quién te ha dado la orden! ¡Dime su nombre! ¡Voy a pedir que vengan a buscarnos!</p> <p>—¡Que me soltéis de una vez!</p> <p>—¡Dame el nombre de tu jefe! —interroga Adela.</p> <p>—¡Eso no es asunto tuyo! ¡Liberadme antes de que las cosas se compliquen!</p> <p>—¡Ya se han complicado! Seguir a ciudadanos inocentes es un delito —grita Adela esgrimiendo su móvil—. ¡Dime quién te ha dado esa orden!</p> <p>—¡Que no es asunto tuyo te he dicho mil veces!</p> <p>Adela, <i>Patacoja</i>, Metáfora y yo nos miramos desconcertados. ¿Por qué se niega a dar el nombre de la persona que le ha ordenado seguirnos?</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIX</p> <p>L<style name="versalita">A CUEVA DE FUEGO</style></p> </h3> <p>Arturo y sus amigos entraron en la cueva con precaución. Podía tratarse de una trampa. Un ruido ensordecedor parecía venir de lo más profundo de la tierra. Era como un latido interminable que calaba hasta el alma, estremeciéndola.</p> <p>—Dime qué ves —pidió Arturo, preocupado—. Quiero saber qué clase de lugar es este.</p> <p>—Nunca he visto nada igual —declaró el escudero—. Las paredes tiemblan y están llenas de inscripciones. Son letras y símbolos. Dibujos de dragones que vuelan y atacan.</p> <p>—Es asombroso, Arturo —añadió Dédalus—. Está lleno de signos de todas clases. Es como si alguien se hubiera pasado la vida dibujando y escribiendo sobre los muros.</p> <p>—¿De qué color es la tinta? —preguntó Arturo.</p> <p>—Es negra. Igual que la que usa Arquimaes. Tinta negra, brillante y viscosa —explicó Crispín.</p> <p>—¿Como la de mi dragón?</p> <p>—Exactamente igual. Está hecha con el mismo material.</p> <p>Continuaron la marcha y se adentraron en los túneles, de cuyo techo se desprendía polvo y algún trozo de roca que caía a su alrededor. El suelo temblaba bajo sus pies y les producía una inseguridad difícil de soportar. Parecía que estaban en la boca del infierno.</p> <p>—Es terrible —dijo Amedia, esquivando un cascote que cayó a sus pies—. Según avanzamos, hay más ruido y el temblor es más fuerte. Es como si ahí dentro hubiera vida.</p> <p>—Raro lugar para vivir —determinó Dédalus—. Yo no podría.</p> <p>—¿De dónde vendrá ese estruendo? —preguntó Astrid—. Nunca he oído nada semejante. Es como si la tierra gritara.</p> <p>Finalmente llegaron a una gruta gigantesca que parecía tallada en la roca a golpe de hacha. Sus paredes eran grotescas y con salientes puntiagudos, más afilados que los dientes de un dragón, y se hallaban envueltas en una neblina de polvo.</p> <p>De repente, un gran dragón salió de entre las rocas y les cerró el paso. Parecía dispuesto a atacar a quien se atreviera a continuar. Rugía con una ferocidad inigualable.</p> <p>—¡Tenemos problemas, mi señor! —advirtió Crispín, con su maza en la mano—. ¡Hay un dragón!</p> <p>—Yo no percibo nada —respondió Arturo.</p> <p>—¡Es un dragón asesino! —exclamó Astrid—, ¡Lo han enviado para matarnos!</p> <p>—¡Yo no estoy dispuesta a acabar en sus fauces! —exclamó Amedia, agitando su hacha—. ¡Moriré matando!</p> <p>—¡Lucharemos juntos! —añadió Dédalus—. ¡No me dejaré devorar por ese bicho!</p> <p>—¿Qué ocurre, Crispín? —preguntó Arturo, muy inquieto.</p> <p>—Es un gran dragón negro. Está delante de nosotros y se acerca. Yo diría que no trae nada bueno.</p> <p>—¿Estás seguro?</p> <p>—Si no nos deshacemos de él enseguida, nos matará.</p> <p>—¡No! ¡Están jugando con vuestros sentidos! —exclamó Arturo—. ¡Es un truco disuasorio! Los hechiceros lo emplean a menudo... y los alquimistas también. No os mováis y cerrad los ojos.</p> <p>—Pero, Arturo, te aseguro que...</p> <p>—¡Cerrad los ojos y no hagáis un solo movimiento! —ordenó.</p> <p>Obedecieron y dejaron de mirar al gran animal. Entonces, como por arte de magia, los rugidos del dragón desaparecieron y el silencio se adueñó de la gruta.</p> <p>—Ya podéis abrirlos, amigos —pidió Arturo, al cabo de un rato—. Decidme qué pasa.</p> <p>El escudero, con los músculos en tensión, observó a su alrededor.</p> <p>—¡No está! —comentó con alivio—, ¡Se ha ido!</p> <p>—¡Es increíble! —añadió Dédalus—. ¡No queda ni rastro!</p> <p>—Nunca ha estado aquí —explicó Arturo—. Alguien con poderes lo ha creado para asustarnos. ¡Son alucinaciones de la mente!</p> <p>—Pero muy reales —añadió Astrid, mientras se recuperaba del susto.</p> <p>—Demasiado para mi gusto —comentó Amedia.</p> <p>—¿Quién lo habrá creado? —preguntó Crispín.</p> <p>—Yo lo sé. Y tú también.</p> <p>De repente, una fuerte ráfaga de aire arremolinó una gran cantidad de polvo y formó una densa cortina que impedía la visión. Parecía que los iba a asfixiar.</p> <p>—¿Acaso buscáis la muerte? —preguntó entonces una voz que parecía provenir del torbellino—. ¿Estáis cansados de vivir?</p> <p>—Buscamos a Arquitamius —respondió Arturo, girándose hacia la voz—. Queremos hablar con él. ¿Sois vos acaso?</p> <p>—Yo haré las preguntas —respondió la sombra—. Y vosotros responderéis.</p> <p>—Solo hablaremos con Arquitamius —insistió Arturo.</p> <p>—¿Quiénes sois y qué queréis de él? ¿De dónde sale tu espada voladora? ¿Cómo habéis hecho ese truco de las letras y el triángulo de fuego?</p> <p>—No es ningún truco. Soy hijo de Arquimaes —contestó Arturo, que sentía el terrible temblor de tierra que acababa de desencadenarse—. Traemos un mensaje para Arquitamius, el mayor alquimista de todos los tiempos.</p> <p>—¿Hijo de Arquimaes? ¿Os ha enviado él? ¿Para qué?</p> <p>—Venimos por encargo suyo. Arquimaes os necesita.</p> <p>—Os advierto que si mentís, no tardaréis en arrepentiros —amenazó la sombra.</p> <p>—Decimos la verdad —añadió Crispín—. El maestro Arquimaes es nuestro protector.</p> <p>La fuerza del remolino cesó y la cortina se evaporó. Poco después, un hombre no muy alto, envuelto en un hábito oscuro y raído, similar al de los monjes de Ambrosia, que llevaba una capucha que le tapaba el rostro, salió de las sombras y se dejó ver. La tierra seguía temblando, el polvo era muy denso y los latidos sonaban con fuerza.</p> <p>—Podéis pasar —les invitó—. Yo soy quien buscáis. ¡Soy Arquitamius!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Los condenados a muerte estaban en fila, sobre el cadalso, atados de pies y manos. Dos verdugos terminaban de anudar las cuerdas alrededor de sus cuellos. Solo el relincho de algún caballo rompía el silencio. El público se mantenía quieto y en tensión.</p> <p>—¡Estos hombres van a ser ejecutados por haber conspirado contra su rey! —gritó el capitán Loremar—. ¡Sabed que Frómodi no está dispuesto a permitir que la rebeldía se extienda en su reino!</p> <p>Los soldados eran conscientes de que la situación era extremadamente delicada y estaban muy atentos. Sabían que, en cualquier momento, podía estallar una rebelión generalizada.</p> <p>—¡Verdugos! —gritó Loremar levantando su espada—, ¡Preparados!</p> <p>Todo el mundo aguantó la respiración. Esos hombres estaban a punto de morir. Eran familiares, amigos, vecinos...</p> <p>—¡Miserables! —increpó alguien desde el público.</p> <p>—¡Frómodi, asesino! —gritó una mujer.</p> <p>—jSoltadlos! —el clamor era cada vez más rabioso.</p> <p>Frómodi, que estaba montado sobre su caballo, protegido por varios soldados y caballeros, empezó a ponerse nervioso. Así que decidió acabar inmediatamente con aquel conato de rebelión.</p> <p>—¡Colgad a esos traidores! —ordenó—. ¡Ahora!</p> <p>Un verdugo iba a dar un empujón al primer condenado, pero una flecha se clavó en su espalda justo a tiempo de impedírselo, haciéndole caer al suelo.</p> <p>—¡Alerta! ¡Alerta, soldados! —gritó Frómodi—. ¡Eliminad a ese arquero!</p> <p>Pero no podían cumplir la orden del rey, ya que nadie sabía dónde estaba. La flecha había llegado desde algún sitio desconocido, quizá desde el bosque.</p> <p>—¡Colgadlos! —ordenó Frómodi—, ¡De lo contrario, os colgaré a vosotros!</p> <p>Sus hombres le conocían bien y sabían que sus órdenes debían cumplirse sin dilación. Por eso emplearon todas sus energías en ejecutarlas.</p> <p>Escorpio, que se había mantenido en un discreto segundo plano y llevaba la cara tapada con una capucha de verdugo, subió al patíbulo y empezó a empujar a los condenados, que, uno tras otro, caían al foso de la muerte, donde quedaban colgados del cuello.</p> <p>Los gritos de dolor y desesperación del público no hicieron mella en el corazón de Frómodi, que, lejos de demostrar benevolencia, instigaba a los suyos a seguir con la ejecución.</p> <p>—¡Que no quede ninguno! —gritaba—. ¡Acabad con esos traidores!</p> <p>Los soldados tuvieron que esforzarse para controlar el creciente tumulto. La muchedumbre lanzó piedras sobre sus cabezas; varias dagas salieron a relucir, y cayó una pequeña nube de flechas que produjo numerosas bajas. Al capitán Loremar le impactó una flecha enemiga que le atravesó el pecho.</p> <p>Cuando los rebeldes quedaron colgados en el patíbulo, los esbirros se replegaron bajo una lluvia de proyectiles y, maltrechos, consiguieron refugiarse en el interior del castillo. Frómodi, furioso por la poca eficacia de sus hombres, mandó ejecutar a tres de ellos elegidos al azar.</p> <p>Luego, bebió hasta quedarse dormido.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo y sus amigos entraron en una tenebrosa sala inundada por un horrible olor a ácido. Sobre las rocas, que servían de muebles, había multitud de objetos de laboratorio: probetas, cazuelas, cánulas de acero y también libros y pergaminos... Elementos que servían para trabajar y que, probablemente, llevaban allí muchísimos años. Había mucho desorden. Parecía imposible que en aquel lugar pudiera vivir alguien.</p> <p>—¿Dónde estamos, Crispín? —preguntó Arturo, impaciente.</p> <p>—Debe de ser la antesala del infierno —explicó el joven escudero—. No me gusta nada.</p> <p>Las paredes estaban pobladas de dibujos y símbolos que representaban animales y personas. Una gran cabeza de dragón destacaba sobre todas las demás. Era tan real que parecía querer despegarse de la roca.</p> <p>El sabio se detuvo junto a ese dibujo que, por obra de las artes de Arquitamius, les había cerrado el paso, y que resultó ser una alucinación.</p> <p>—No llegáis en buen momento —les advirtió Arquitamius—. La tierra y yo estamos en plena lucha. Va a haber una contienda terrible. Deberíais iros de aquí antes de que os pase algo malo.</p> <p>—No tenemos miedo —respondió Arturo—. No nos iremos sin hablar con vos, maestro. Ni siquiera esos monstruos ardientes nos harán desistir.</p> <p>—No los he enviado yo —afirmó Arquitamius—. Son hijos del fuego y dentro de poco me enfrentaré con su padre. ¿Qué quiere de mí Arquimaes?</p> <p>—Necesitamos vuestra ayuda.</p> <p>—¿Cómo te llamas?</p> <p>—Arturo Adragón, hijo de Arquimaes y de Émedi.</p> <p>—¿Estás seguro de eso? ¿Quién te lo ha dicho?</p> <p>—El Gran Dragón de la Cueva. El me lo confirmó.</p> <p>—¿Le has visitado?</p> <p>—Arquimaes me llevó hasta su presencia. Pero tenía los ojos vendados y, aunque recobrase la vista, sería incapaz de volver a ella. No sé dónde se encuentra. En cualquier caso, os juro que he estado ante el Gran Dragón.</p> <p>—¿Para qué fuiste a ese lugar secreto? —indagó el sabio.</p> <p>—Para que le devolviera la vida a un ser muy querido. Quería que resucitara a la princesa Alexia, a la que maté por error.</p> <p>—La hija de Demónicus y Demónicia... ¿Te concedió el favor?</p> <p>—Le devolvió la vida, sí —respondió Arturo—. ¡La resucitó!</p> <p>—Y ahora, ¿qué quieres de mí?</p> <p>—Que la resucitéis por segunda vez. Demónicia le quitó la vida. Tenéis que devolvérsela.</p> <p>—No creo que pueda hacerlo —contestó Arquitamius—. Me pides algo imposible.</p> <p>—Émedi necesita igualmente tu ayuda.</p> <p>—¿Émedi? ¿Qué le ha pasado a ella?</p> <p>—También ha muerto.</p> <p>—¿Estás seguro?</p> <p>—Sí, maestro. La reina Émedi y la princesa Alexia requieren ahora de vuestra pericia —casi suplicó Arturo—. Sois el único que puede devolverles la vida.</p> <p>La sombra encapuchada mantuvo un largo silencio. Después se acercó a Arturo y observó su rostro con atención.</p> <p>—Ese dibujo te lo hizo Arquimaes, ¿verdad? —preguntó.</p> <p>—Sí, maestro... Me lo dibujó cuando me declaró jefe del Ejército Negro, después de que la reina Émedi me nombrara caballero. Justo antes de ser atacados por los demoniquianos.</p> <p>El suelo tembló con más fuerza y se abrieron nuevas grietas.</p> <p>—¿Por qué no tienes ojos? —quiso saber Arquitamius mientras cambiaba de sitio para no caer en una zanja.</p> <p>—Me los quemaron. Una hechicera y un desalmado adormecieron mis poderes e inutilizaron a Adragón para perpetrar su villanía. Nunca volveré a ver, pero eso no me importa. He venido para imploraros por Émedi y Alexia. Os ruego que las saquéis a ambas del Abismo de la Muerte y las devolváis a la vida.</p> <p>Arquitamius pasó sus dedos sobre el rostro de Arturo.</p> <p>—Es más fácil restituirte los ojos que recuperar a esas dos mujeres. Los que mueren por segunda vez apenas tienen posibilidades....</p> <p>—Pero vos, maestro de maestros, tenéis poderes para lograrlo. Os daré todo lo que me pidáis a cambio. Y haré lo que ordenéis. Seré vuestro esclavo, si lo deseáis —se ofreció Arturo.</p> <p>—No necesito siervos ni tengo deseo alguno que cumplir. Antes de tomar una decisión, hablaremos. Tengo que asegurarme de que vuestras intenciones son justas —sentenció.</p> <p>—Preguntad y os contestaremos —dijo rápidamente Crispín—. Yo también me ofrezco para ponerme a vuestro servicio.</p> <p>—Como os he dicho, eso no me interesa.</p> <p>—¿Qué os interesa, pues? —preguntó ansiosamente Arturo—. ¿Qué deseáis?</p> <p>Arquitamius dio un paso hacia atrás.</p> <p>—No hay nada en este mundo que despierte mi atención. He adquirido un poder extraordinario que colma todas mis ambiciones. No necesito nada. Lo tengo todo.</p> <p>—Arquimaes me enseñó que siempre hay cosas nuevas por descubrir. La vida está llena de secretos. Maestro, ¿por qué os habéis encerrado aquí, tan lejos? —preguntó Arturo.</p> <p>—Para poner a prueba mi inmortalidad —confesó Arquitamius—. He venido para detener esos malditos temblores de tierra que atemorizan a la gente. Es un desafío que me he impuesto, ahora que ya estoy en una edad en la que la vida deja de tener valor. Sé que no moriré, pero si pierdo, sufriré mucho. Para eso estoy aquí, para ayudar a la gente.</p> <p>—¿Podemos contribuir de algún modo?</p> <p>—Os aconsejo que mantengáis la serenidad. Está a punto de suceder algo extraordinario. Si no gano esta batalla, tendréis que volver con las manos vacías. Eso, si conseguís salir de aquí —les previno Arquitamius—. He logrado crear un escudo protector alrededor de mi cuerpo para enfrentarme a esa bestia de fuego, pero no sé si me servirá de algo.</p> <p>—Puedo colaborar con mis letras mágicas —le propuso Arturo—. El poder de Adragón puede seros de utilidad.</p> <p>—Esto es cosa mía, Arturo —respondió el alquimista.</p> <p>Subrayando sus palabras, un extraordinario rugido que provenía de las profundidades los estremeció. Luego, el suelo se abrió y las paredes temblaron. El caos acababa de apoderarse de la gruta.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XX</p> <p>A<style name="versalita">TAQUE INESPERADO</style></p> </h3> <p>Adela está nerviosa. Ahora resulta que los dos tipos eran policías. Uno ha huido, pero hemos conseguido atrapar al otro, aunque parece no tenernos miedo.</p> <p>—No lo entiendo —añade nuestra amiga—. Esto no es normal. —Este tipo no puede ser policía —dice <i>Patacoja</i>—. Seguro que es un farsante.</p> <p>—Su documentación es auténtica —replica Adela—. Lo sé muy bien. Me acerco al individuo, que aún permanece en el suelo, de rodillas. —¿Quién te ha ordenado seguirnos? ¿Desde cuándo nos espiáis? —Ya te enterarás de todo cuando llegue el momento, chaval —responde con un tono de superioridad que me llama la atención—. Te garantizo que no te va a gustar.</p> <p>—Si nos lo cuentas todo, dejaremos que te vayas —le propongo. —Es mejor que lo hagáis ya. Ahora corréis un gran peligro.</p> <p>Un grupo de curiosos se ha arremolinado a nuestro alrededor.</p> <p>—¿Qué le pasa a este hombre? —pregunta una señora—. ¿Por qué le detienen? ¿Es un delincuente?</p> <p>—Soy agente de seguridad —explica Adela, mostrando su documentación—. Este individuo es peligroso. ¡Hagan el favor de circular!</p> <p><i>Patacoja</i> coge su móvil y se inclina hacia nuestro prisionero.</p> <p>—¡Mírame! —le dice.</p> <p>Instintivamente, el hombre levanta la cabeza y <i>Patacoja</i> le hace una fotografía.</p> <p>—Ya te tengo fichado —dice <i>Patacoja</i>, satisfecho—. Aunque escapes, te tengo controlado.</p> <p>—¡Más os valdría no haberme conocido! —gruñe Jon Caster—. ¡Dejadme ir!</p> <p>—¡Ni lo sueñes, amigo! —responde Adela—. Ahora nos vamos a la comisaría. Allí se encuentra el inspector Demetrio, a quien seguramente conocerás, ¿verdad? Pues es amigo nuestro y nos ayudará a identificarte... Veremos si de verdad te llamas Jon Caster. Venga, arriba.</p> <p>—¡Insensatos!</p> <p>—Deja de protestar y obedece —ordena <i>Patacoja</i>, empujándole con la muleta—. Levántate de una vez.</p> <p>Adela le agarra del brazo y le exige que empiece a caminar.</p> <p>La gente nos mira con mucha curiosidad. Todo el mundo se pregunta qué puede haber ocurrido para que tengamos que inmovilizar a un hombre con esposas.</p> <p>—No perdamos tiempo —apremia Adela—. Estamos llamando demasiado la atención. No me apetece nada que la prensa aparezca por aquí. Es mejor ser discretos.</p> <p>—Podemos coger un taxi —propone Metáfora.</p> <p>—No es necesario. Estamos cerca de la comisaría. Si nos damos prisa, llegaremos enseguida...</p> <p>Según nos acercamos, notamos que el hombre se resiste cada vez más. Está claro que no quiere que lo entreguemos a la policía. ¿Quién será? ¿Cómo habrá conseguido la placa de identificación? ¿Es un policía de verdad?</p> <p>—Yo me ocuparé de desvelar su identidad —me dice <i>Patacoja</i>— con la ayuda de <i>Escoria</i>. Tengo una foto y, con las huellas de su cartera, sabremos hasta el día de su primera comunión. Se la voy a enviar por Internet para que vaya indagando.</p> <p>—Aun así me preocupa —respondo—. Esto es muy extraño. Unos tipos nos siguen, uno huye y deja tirado a su compañero, y después resulta que tiene placa de policía. ¿Tú comprendes algo?</p> <p>—Todo tiene explicación —asevera Metáfora—. Ya nos enteraremos.</p> <p>—Si sobrevivimos —dudo—. La cosa se complica cada día más. ¿Por qué nos espiaban? ¿Quién se lo ha ordenado? ¿Crees que tiene algo que ver con el hombre de una sola pierna?</p> <p>Entramos en una plaza y decidimos rodearla por la derecha. Llegamos a un semáforo y nos detenemos, ya que está en rojo para los peatones. Los coches pasan delante de nosotros y otros viandantes se colocan a nuestro lado.</p> <p>Aunque parece que tenemos la situación bajo control, algo me inquieta. Sé que algo no va bien. Lo noto en la cara del prisionero. Está nervioso. Mira hacia todas partes, como buscando algo. Quizá espera que su compañero acuda en su ayuda... Quizá cree que alguien va a venir a rescatarle. ¿Será eso?</p> <p>Si estoy en lo cierto, corremos un serio peligro...</p> <p>El chirrido de un neumático me saca de mis elucubraciones. Percibo un movimiento inusual a mi izquierda. Nuestro detenido se tira al suelo en busca de protección. ¡Un coche se acerca más de lo debido a la acera y un hombre se asoma por la ventanilla trasera...! ¡Lleva una pistola en la mano!</p> <p>—¡Al suelo! —grito—, ¡Deprisa!</p> <p>Me agacho el primero, pero veo que mis amigos tardan en reaccionar. Tengo que hacer algo rápido.</p> <p>—¡Cuidado! ¡Peligro! —grito sin parar.</p> <p>Mis amigos miran hacia todas partes, buscando una explicación a mis palabras.</p> <p>—¡Al suelo! —grito de nuevo—. ¡Ahora!</p> <p>Adela es la primera en percatarse de lo que pasa. Empuja a <i>Patacoja</i> y a Metáfora hacia atrás.</p> <p>El tipo de la pistola empieza a disparar cuando el coche golpea el bordillo. Las balas vienen en nuestra dirección.</p> <p>La gente comienza a gritar y a correr alocadamente. Una mujer ha recibido un balazo y se queja a gritos. Otros protegen a sus seres queridos y varios niños chillan desesperadamente. Adela ha sacado su arma y dispara varias veces hacia el pistolero.</p> <p>—¡Adragón! ¡Detén el coche! —ordeno.</p> <p>El dragón se lanza en su persecución. El pistolero no deja de disparar hasta que recibe el mordisco de Adragón en la mano. Su arma cae al suelo.</p> <p>—¡Dios mío! —exclama Metáfora—. ¡Dios mío!</p> <p>El coche da un volantazo y choca lateralmente con otro vehículo, pero da unos bandazos, se golpea contra otros, empuja una valla protectora y, finalmente, se estrella contra la pared de un edificio. El claxon suena sin parar... ¡Adragón lo ha detenido!</p> <p>—¡Qué barbaridad! —exclama Adela—. ¡Esto es terrible!</p> <p>—Estos tipos estaban dispuestos a acabar con nosotros —afirmo.</p> <p>—Pero le han dado a este individuo —explica—. ¡Mirad!</p> <p>Nuestro prisionero, Jon Caster, está en el suelo, con los ojos muy abiertos, mirando al cielo, respirando con dificultad y con una bala en el pecho.</p> <p>—¡Por todos los diablos! —exclama <i>Patacoja</i>—. ¡Le han asesinado!</p> <p>—¡Aún vive! —dice Adela—, ¡Hay que llamar a una ambulancia!</p> <p>—¡Yo me ocupo! —dice <i>Patacoja</i>—. ¡Procurad contener la hemorragia!</p> <p>Ahora que ha cumplido su misión, Adragón vuelve a colocarse sobre mi frente. Entonces veo que una puerta del coche de nuestros atacantes se abre para que alguien intente salir.</p> <p>—¡Deténgase! —ordena Adela, apuntándole—, ¡Quieto!</p> <p>Pero el fugitivo, lejos de pararse, dispara contra nosotros. Adela le devuelve los disparos, pero no estoy seguro de que haya acertado.</p> <p>Decido ir a enfrentarme con él. Me lanzo hacia el coche cuando una voz autoritaria nos da una orden.</p> <p>—¡No se muevan! ¡Levanten las manos!</p> <p>—¡Este hombre está herido! —grita Adela—, ¡Necesita ayuda!</p> <p>—¡No se mueva! ¡Levante las manos o disparamos!</p> <p>—¡Deje su arma en el suelo! —le ordenan a Adela—, ¡Ahora!</p> <p>Adela cumple la orden. Varios agentes uniformados nos rodean y nos apuntan con sus armas automáticas. Calculo que hay unos veinte... y otros diez vienen hacia nosotros. Creo que han llegado tan pronto y en tal cantidad porque la comisaría está muy cerca.</p> <p>El pistolero que ha herido a Caster ha aprovechado la confusión y el gran movimiento de gente para escabullirse entre la multitud y escaparse. Sin embargo, el conductor, que se arrastra por el suelo conmocionado por el golpe, es interceptado por dos agentes. Quizá pueda decirnos algo.</p> <p>Ahora, la gran incógnita es si han intentado acabar con Caster... o con nosotros.</p> <p><img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i1"/></p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXI</p> <p>M<style name="versalita">AESTRO DE MAESTROS</style></p> </h3> <p>Todos vieron cómo Arquitamius levantaba los brazos, los abría en cruz y cerraba los ojos mientras la tierra se estremecía bajo sus pies. Todo indicaba que estaba a punto de producirse un terremoto extraordinario.</p> <p>Las paredes de la gruta se agitaron y dejaron caer gruesos pedruscos que tuvieron que evitar. El polvo que salía de las entrañas de la tierra era denso y cálido, se metía en los pulmones y dificultaba la respiración. Un ruido creciente que provenía de lo más profundo parecía acompañar a las rocas que se precipitaban sin cesar.</p> <p>El alquimista se esforzaba en elevar su voz sobre los crujidos que estas producían al partirse, pero apenas conseguía hacerse escuchar.</p> <p>—¿Qué ocurre, Arturo? —preguntó Crispín, aterrado—. Nunca he visto algo semejante.</p> <p>—Tranquilo, Crispín —le animó el caballero negro—. Estoy seguro de que Arquimaes dominará la situación.</p> <p>—Eso espero —deseó Astrid—. Si no lo consigue, nuestra vida no valdrá nada.</p> <p>Entonces Arquitamius se elevó sobre el suelo. Una energía en forma de rayo anaranjado y chispeante brotó de sus manos, que estaban abiertas y separadas. El rayo crecía sin parar y daba la impresión de que iba a envolver al sabio. Cuando el alquimista desapareció de la vista de todos, la energía se convirtió en una bola que, de repente, se introdujo en una gran grieta que acababa de abrirse en el suelo. Y entonces se desataron los infiernos.</p> <p>Crujidos, alaridos, gruñidos y bufidos se mezclaron en un sonido estremecedor. Chispas, polvo, rocas ardientes, lava y otras formas ígneas surgieron de las paredes, del techo y del suelo, rebotando, deshaciéndose y multiplicándose hasta el punto de crear un ambiente absolutamente caótico y peligroso. Era como si algo acabase de explotar en el interior de las profundidades.</p> <p>—¡Es incontrolable, Arturo! —gritó Crispín—, ¡Vamos a morir! ¡Necesitamos protección!</p> <p>Arturo comprendió que la situación había desbordado a Arquitamius y decidió intervenir.</p> <p>—¡Adragón! —gritó, mientras abría su pechera—. ¡Ayuda!</p> <p>El dragón se despegó de la frente y las letras le siguieron. Igual que habían hecho afuera, horas antes, volvieron a formar un barrera de protección alrededor de Arturo y sus amigos.</p> <p>Por su parte, Arquitamius seguía enfrentado a la fuerza superior que insistía en no hacer caso de sus órdenes, que le pedían que dejara de actuar sobre la tierra y no provocara más temblores. Pero, lejos de obedecerle, el terremoto crecía sin parar.</p> <p>—¡Maldito monstruo! —gritó el alquimista—. ¡Muere de un vez!</p> <p>Entonces, sus palabras encontraron una oposición inesperada. De una abertura del suelo emergió un monstruo similar a los que Arturo y sus amigos habían tenido que enfrentarse poco antes, solo que mucho mayor. ¡Era un gigante de fuego! ¡Sus piernas no acababan de salir de la grieta, lo que indicaba que estaba unido al fondo de lava del agujero! ¡Era una prolongación del fuego y tenía autonomía suficiente para atacar al alquimista!</p> <p>—Te niegas a morir, ¿eh? —desafió Arquitamius frente a él, mientras le arrojaba una gran energía azulada—. ¡Ahora verás lo que te espera!</p> <p>El gigante apenas acusó la fuerza del rayo, que lo atravesó de parte a parte, se inclinó hacia delante y, en medio de una intensa oleada de calor, dejó caer algunos mechones de luego y abrió una enorme boca que despedía llamas anaranjadas. El alquimista, que sabía que corría el peligro de fundirse íntegramente si el monstruo conseguía abrazarle, aumentó la potencia de su energía, pero el ser de fuego apenas se resintió.</p> <p>—¡Suéltame! ¡Suéltame! —gritaba Arquitamius, mientras intentaba zafarse del abrazo mortal—. ¡Apártate de mí!</p> <p>Arturo, que se había hecho una idea de lo que ocurría, no estaba dispuesto a dejar solo a Arquitamius. Si su integridad física estaba en peligro, él tenía que intervenir.</p> <p>—¡Voy en vuestra ayuda, maestro! —exclamó, con su espada alquímica—. ¡No dejaré que os haga daño!</p> <p>—¡Retrocede, Arturo —gritó el gran alquimista, prácticamente envuelto en fuego y a punto de ser devorado—, antes de que te atrape a ti también!</p> <p>Pero el caballero adragoniano no estaba dispuesto a dejar indefenso al único ser capaz de devolver la vida a Alexia y a Émedi. Prefería morir en el intento que lamentar durante toda su vida no haberse expuesto lo bastante. La cobardía no estaba en su vocabulario.</p> <p>Guiado por su instinto, se acercó a Arquitamius y, de un sablazo, cortó el brazo del gigante de fuego, llenando la gruta de salpicaduras rojizas. Antes de que la bestia se volviera contra él, atacó de nuevo y perforó su vientre de un tajo horizontal. La bestia rugió con más fuerza y trató de deshacerse de él.</p> <p>Arturo intuyó que el monstruo se disponía a envolverle, así que hizo un quiebro rápido e inesperado con la espada y lo rajó de abajo arriba, dividiendo su cuerpo en dos grandes trozos que cayeron hacia un lado y otro, impidiendo a tiempo que Arquitamius acabase engullido por la bestia de fuego.</p> <p>Arquitamius cayó al suelo entre las llamas, que habían perforado su escudo protector. Las llamaradas le producían dolorosas heridas por todo el cuerpo. Estaba al borde del desmayo y no se dio cuenta del peligro que corría, pero Arturo le agarró justo cuando estaba a punto de caer en la grieta, arrastrado por los restos del monstruo moribundo, y le atrajo hacía sí.</p> <p>Mientras la bestia se deshacía en mil trozos que se replegaban hacia su nido, el jefe del Ejército Negro impulsó al alquimista hacia atrás. Crispín corrió en su ayuda y entre los dos lo llevaron a resguardo.</p> <p>Astrid, Amedia y Dédalus le ayudaron a recuperarse, protegidos por Adragón y su ejército de letras.</p> <p>—Arturo, me has salvado de vivir eternamente entre las llamas —reconoció Arquitamius, mientras recobraba la consciencia—, ¡Me has salvado de la peor muerte posible! ¡Estoy en deuda contigo!</p> <p>—He cumplido con mi deber, maestro —aseguró Arturo—. Solo he hecho lo que Arquimaes me ha enseñado.</p> <p>Arquitamius iba a responderle que había superado con creces lo que cualquier otro caballero hubiera hecho, al sacrificar su propia vida para salvarle, cuando, de repente, el rugido empezó a remitir y el temblor a desaparecer.</p> <p>—¿Qué pasa ahora? —preguntó Astrid, nerviosa.</p> <p>—Creo que hemos ganado —susurró Arquitamius—. Me parece que la bestia de fuego se ha calmado y dejará en paz estas tierras durante mucho tiempo.</p> <p>—¿Queréis decir que ya no habrá más temblores? —preguntó Amedia—. ¿Estáis seguro?</p> <p>—Lo estoy —afirmó el alquimista—. Mira...</p> <p>El silencio y la quietud se apoderaron lentamente de la gruta. El polvo que aún flotaba caía lentamente hacía el suelo y el interior de la grieta perdía su color rojizo. Era evidente que el fuego se quedaba sin vida.</p> <p>—No será eterno —dijo Arquitamius—. El fuego revive cada cierto tiempo. Se alimenta de la sangre de la tierra. Ahí abajo, en lo más profundo, late un corazón que genera fuego y que vuelve a dar vida a los volcanes. Pero os puedo asegurar que pasará mucho tiempo antes de que moleste de nuevo a los habitantes de esta región. Los terremotos se han acabado.</p> <p>—O sea, que un alquimista devuelve la paz a un reino que ha acusado a los suyos de haber creado los temblores —explicó Dédalus—. ¡Odian a los alquimistas que los ayudan y adoran a los hechiceros que les sacan la sangre! ¡Necios!</p> <p>—La gente no tiene la culpa. Rugiano les hizo creer que los alquimistas habían enfadado a los volcanes, que provocaban esos temblores de tierra —explicó Astrid, disculpando a sus súbditos.</p> <p>—Rugiano mentía para dar más poderes a los hechiceros con el fin de tener a la gente atemorizada —replicó Arquitamius—. Nadie se atrevía a enfrentarse con él. Pero ahora se acabó. Demostraremos que todo era una gran mentira. Que fueron sus hechiceros, bajo las órdenes de Rugiano, los que enfadaron a los volcanes.</p> <p>—Rugiano ha muerto —anunció Crispín—. Da igual lo que haya hecho.</p> <p>—Quizá la reina Astrid pueda devolver la paz a su reino —sugirió Arquitamius—. Una reina justa es lo mejor para la prosperidad de un pueblo.</p> <p>—La ayudaremos a recuperar su trono —afirmó Arturo—. Antes de que otro lo ocupe.</p> <p>—No sé si deseo volver a gobernar —aseveró Astrid—. Rugiano dejó un rastro de sangre tan grande que tendrá que pasar mucho tiempo antes de que la gente lo olvide.</p> <p>—Ese será vuestro trabajo, señora —dijo Crispín—. El pueblo necesita justicia. Y vos se la podéis dar.</p> <p>—Os apoyaremos, reina Astrid —afirmó Arturo, recuperando su dragón y sus letras—. Disponemos de armas suficientes para asentaros en el trono. Os lo aseguro.</p> <p>—Ya habéis visto que Arturo Adragón es invencible —afirmó Arquitamius, en pie a pesar de las heridas—. Yo estoy en deuda contigo, amigo. Me has librado de un destino horrible y has acabado con la bestia de fuego tú solo. Te ayudaré a recuperar a Alexia y a Émedi.</p> <p>—Solo he hecho lo que debía, maestro —reconoció Arturo—. El mérito es vuestro. Os habéis preparado durante mucho tiempo para dominar a esta bestia. Ningún otro alquimista lo habría logrado.</p> <p>—Digamos que hemos trabajado en equipo —aceptó Arquitamius, con una mueca de dolor que le causaban sus heridas—. Y lo hemos hecho bien.</p> <p>Un rayo de esperanza cruzó el corazón de Arturo. Las palabras de Arquitamius le reconfortaron enormemente y, por primera vez en mucho tiempo, esbozó una leve sonrisa.</p> <p>—Dejadme que os cure —sugirió Amedia—. Sentaos, por favor.</p> <p>—Yo te ayudaré —se ofreció Dédalus—. Entre los dos le curaremos.</p> <p>—En esa bolsa de cuero hay un ungüento especial para quemaduras —dijo Arquitamius, señalando sus objetos, que estaban desparramados por el suelo, medio rotos—. Lo uso desde hace años.</p> <p>Crispín fue en busca de la bolsa y se la entregó a Amedia, que aplicó la pomada sobre las muchas heridas de Arquitamius.</p> <p>—Sois un gran alquimista —reconoció Arturo—. Arquimaes ha hecho bien en enviarme a buscaros.</p> <p>—No domino todos los secretos de la vida y de la muerte —atajó el sabio—. Solo algunos... La experiencia es mi mejor aliada. He descubierto que la inmortalidad termina donde empieza. Eso significa que nada es inmune a la muerte. Incluso los inmortales tenemos un punto débil. Y ahora, explícame qué ha sucedido exactamente con la reina Émedi. ¿Quién la mató?</p> <p>—Alexia. Lo hizo bajo el influjo de su madre, Demónicia —contestó Arturo—. Fue algo inesperado. Pero ella no tuvo la culpa.</p> <p>—¿Y quién asesinó a Alexia?</p> <p>—La propia Demónicia. Aseguró que prefería verla muerta antes que casada conmigo —añadió—. Una desgracia tras otra.</p> <p>—El problema es que, como te he dicho, resucitar a personas muertas por dos veces es muy complicado, casi imposible. Pero me has salvado de un horrible destino, así que tengo por delante el desafío de devolver la vida a Alexia y a Émedi.</p> <p>—Confiamos en que lo conseguiréis —intervino Crispín.</p> <p>—Hay ciertas limitaciones —respondió Arquitamius—. Para resucitar a una persona hace falta otra. Arquimaes y yo alumbramos un método que se basa en un intercambio de cuerpo y alma. El alma de un muerto cobra vida en el cuerpo de un vivo.</p> <p>Amedia descubrió el hombro del alquimista y le arrancó un quejido.</p> <p>—Lo siento, pero la piel estaba pegada a la tela y no he podido separarlas —se disculpó la muchacha—. Espero que no os haya dolido mucho.</p> <p>Arquitamius hizo una seña que indicaba que no había sido grave.</p> <p>—Pero ¿creéis que hay alguna posibilidad, por muy pequeña que sea, de devolver la vida a la reina Émedi y a Alexia? —preguntó Arturo.</p> <p>—Escucha. Tú fuiste ayudante de Arquimaes. Así que ya sabrás que no hay nada cierto en este mundo. El fue mi aprendiz y también sabe que no se puede tener una seguridad absoluta. Hay que confiar en la fuerza del Gran Dragón. El es el único que decide. Tendremos que ir a verle. Pero te garantizo que haré todo lo que esté en mi mano. Sobre todo después de lo que has hecho por mí. Y ahora, pongámonos manos a la obra y preparemos el viaje. ¡Iré con vosotros!</p> <p>Después de encontrar nuevo ropaje para Arquitamius, Crispín, Dédalus, Amedia y Astrid recogieron los objetos desperdigados y los amontonaron sobre una roca.</p> <p>—¿Estás contento, Arturo? —le preguntó el sabio, sentándose a su lado.</p> <p>—Si ellas no vuelven a este mundo, no tendré ganas de vivir.</p> <p>—No debes decir eso. Lo que tu madre desea más que ninguna otra cosa es que vivas. No puedes despreciar su sacrificio. Ella hizo mucho por ti. Dio su vida para que...</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué habéis dicho?</p> <p>—No lo sabes, ¿verdad? ¿Nadie te lo ha contado?</p> <p>—¿Qué me tenían que contar? ¡Explicadme lo que sea! —pidió Arturo, muy nervioso.</p> <p>—Creo que tienes derecho a saberlo... Es mejor que sepas quién eres y por qué estás vivo...</p> <p>Arquitamius se tomó unos segundos antes de empezar su relato.</p> <p>—Arquimaes y Émedi se enamoraron, a pesar de pertenecer a mundos distintos. Ella se quedó embarazada, pero la misma maldición que condenó su unión hizo que tú, su hijo, nacieras muerto.</p> <p>—¿Nací muerto?</p> <p>—Llegaste a este mundo sin vida. Entonces Arquimaes, desesperado, se marchó... Y nunca supo qué ocurrió después...</p> <p>—¿Y mi madre?</p> <p>—Tu madre te envolvió en un pergamino escrito por mí. Un pergamino que contenía la fórmula de la vida eterna.</p> <p>—¿Resucité gracias a ese pergamino?</p> <p>—Resucitaste gracias al pacto que tu madre hizo con el Gran Dragón. ¡Ella dio su vida por ti! ¡Murió para que tú vivieses! ¡Esa es la verdadera historia! Por eso no puedes renunciar a tu vida. Se la debes a ella.</p> <p>—¿Arquimaes nunca supo nada de eso?</p> <p>—Más tarde, cuando Arquimaes se enteró de que Émedi había fallecido, bajó al Abismo de la Muerte y la resucitó. Émedi volvió a la vida gracias a Arquimaes.</p> <p>Arturo se quedó mudo. Durante unos instantes, no fue capaz de pronunciar palabra.</p> <p>—¿Comprendes ahora quién eres? ¿Comprendes ahora que eres inmortal gracias a tus padres?</p> <p>—¿Soy inmortal igual que vos, maestro?</p> <p>—Vivirás durante siglos y nadie podrá quitarte la vida. Nadie puede matarte... salvo...</p> <p>—¿Salvo?</p> <p>—Salvo el Gran Dragón. El es el único que puede arrancártela. Y eso solo sucederá si incumples tu destino de caballero, si cometes algún acto innoble, si traicionas tu palabra de honor o si te conviertes en un miserable. Entonces, perderás la vida. Tu honor es tu punto débil.</p> <p>—¿Quién soy? ¿Por qué el destino me eligió para llevar tan pesada carga?</p> <p>—Eres el hijo de dos seres justos y bondadosos. Perteneces a un noble linaje, el mejor de todos. Debes prepararte para afrontar tu sino. Por eso no puedes desfallecer. Debes hacer honor a tus padres.</p> <p>—No sé si seré capaz. La noche de la ejecución de los rebeldes empezó con malos augurios. Varias flechas incendiarias, disparadas desde el bosque, anunciaron el comienzo de la rebelión, aunque nadie en el castillo fue capaz de imaginar el alcance que iba a tener.</p> <p>—¡Fuego! —gritó un centinela, cuando dos flechas alcanzaron los techos de paja de los establos—. ¡Fuego!</p> <p>Mientras se ocupaban de apagar el incendio que se extendió hasta los entramados de madera que servían de apoyo a las nuevas escaleras, docenas de flechas de fuego se clavaron en el puente levadizo y lograron prender el gran portón.</p> <p>—¡Mi señor, los campesinos nos atacan! —exclamó un criado, despertándole—. ¡El castillo arde!</p> <p>—¡Malditos cobardes! —gruñó el rey, mientras de un salto salía de su lecho y agarraba su espada—, ¡No son capaces de contener a estos muertos de hambre! ¡Convoca a mis oficiales!</p> <p>En el exterior, desde lo alto de la torre, se dio cuenta de que la situación se había complicado. Afuera, cientos de campesinos, a los que se habían unido los de otras comarcas de todo el reino, rodeaban la fortaleza y se acercaban con escaleras de asedio, aunque no iban a hacer falta, ya que la puerta principal, que era pasto de las llamas, iba a convertirse en un agujero por el que podrían entrar sin problemas.</p> <p>—¿Qué es esto? —preguntó Górgula, asustada—, ¿Qué ocurre?</p> <p>—¡Un asalto en toda regla! —respondió Frómodi—, ¡Estos perros van a entrar y nos van a colgar a todos. ¡Debemos huir de aquí lo antes posible! ¡Estamos perdidos!</p> <p>—¿Cómo saldremos? —preguntó Górgula—, ¡Estamos rodeados!</p> <p>—¡Venid conmigo! ¡No os separéis de mí! —ordenó Frómodi.</p> <p>Górgula y Escorpio se colocaron detrás de él, quien, espada en mano, se abría paso entre los campesinos y los soldados, que se habían unido al bando contrario.</p> <p>Poco después ensillaban tres caballos y se lanzaban a galope hacia la puerta principal, arrollando y atropellando a todos lo que se ponían en su camino. Se perdieron en la noche, perseguidos por flechas, lanzas y hachas que algunos rebeldes les arrojaban.</p> <p>Cuando llegaron a lo alto de una colina, se detuvieron para observar el espectáculo. El castillo ardía por los cuatro costados.</p> <p>—Es irrecuperable —sentenció Frómodi—. Este castillo ya es historia.</p> <p>Górgula no pudo evitar sentir cierta pena al ver el que, tiempo atrás, había sido el hogar en el que acarició sueños de grandeza que estuvieron a punto de cumplirse.</p> <p>—¡Vamos a solucionar nuestro asunto! —ordenó Frómodi, espoleando a su caballo—, ¡A por esa tinta!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Si alguna vez Arturo conoció los oscuros vericuetos de la mente, fue esa noche. Tras la conversación con Arquitamius, su alma se agitó como una tormenta. Sus recuerdos y sus sentimientos se mezclaron hasta tener tanta fuerza como la boca de uno de esos volcanes en erupción que pronto dejarían atrás.</p> <p>Nada encajaba. Cada vez que trataba de organizar su vida, esta se derrumbaba como la nieve en primavera, formando un peligroso alud que lo arrastraba todo.</p> <p>Por un lado, se alegraba de que Arquitamius le hubiera contado su historia, pero, por otro, lamentaba haber escuchado el relato del sabio.</p> <p>Antes del amanecer, y mientras las tripas del volcán se mantenían silenciosas, en su mente se formuló una pregunta: ¿Quién es el niño que le ayudó a resucitar? ¿En qué cuerpo revivió?</p> <p>—Maestro, ¿os suena un joven llamado Horades? —preguntó Crispín, mientras preparaban el equipaje y lo cargaban a lomos de los caballos.</p> <p>—Tuve un ayudante con ese nombre —respondió Arquitamius—. ¿Acaso le conocéis?</p> <p>—Le salvamos de morir a manos de los purgadores —explicó el joven escudero—. El nos trajo hasta aquí. Nos indicó dónde encontraros, pero, en el último momento, se escapó.</p> <p>—Horades fue un buen aprendiz hasta que dejó de serlo —explicó el alquimista—. Le di toda mi confianza... y me traicionó.</p> <p>—Algo nos contó —dijo Amedia—. Aunque no quiso entrar en detalles.</p> <p>—Quiso apropiarse de mi fórmula secreta —dijo—. Lo descubrí en el último momento, pero no sé si consiguió beneficiarse. Espero que no sea inmortal. Y eso no es todo: una noche me desperté y le descubrí... extrayéndome sangre. Si bebes la de un inmortal, adquieres su poder. Por eso me escondo: todos los que lo saben la ansían.</p> <p>—No os preocupéis, maestro —le tranquilizó Arturo—. A partir de ahora estáis bajo mi protección. Nadie se aprovechará de vos. Os lo juro por mi honor.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXII</p> <p>D<style name="versalita">EMETRIO INTERVIENE</style></p> </h3> <p>El inspector Demetrio viene rodeado de sus hombres. Algunos han desenfundado sus armas y apuntan a todo lo que los rodea, como si temieran algún ataque.</p> <p>—¿Qué ha pasado aquí? —pregunta cuando llega a nuestro lado.</p> <p>—Ha habido un tiroteo —responde un oficial de la policía—. Tratamos de determinar qué ha sucedido exactamente. Hay un herido de bala, un detenido y un fugado. Y esta mujer, que estaba armada, ha disparado.</p> <p>—¡Lo he hecho en defensa propia! —exclama Adela, indignada—. Primero nos han...</p> <p>—¡Basta! —brama el inspector Demetrio—. ¿Cómo ha empezado todo?</p> <p>—Dos hombres nos estaban siguiendo —dice <i>Patacoja</i>—. Conseguimos atrapar a uno, pero el otro se fugó.</p> <p>—Sí, pero después nos dispararon desde un coche dejando malherido a nuestro prisionero —añade Adela—. Ah, y tengo licencia de armas.</p> <p>—Tuvimos que tirarnos al suelo para que no nos mataran —explica Metáfora—. Pero hirieron a ese hombre, Caster.</p> <p>Demetrio levanta la mano para que nos callemos. En ese momento llegan varias ambulancias; un coche de bomberos se acerca al vehículo empotrado.</p> <p>—Y tú, ¿no tienes nada que decir? —me pregunta—. No sé cómo te las apañas, pero siempre estás en todos los fregados.</p> <p>—Ya se lo han dicho. Nos seguían dos individuos... Y no sé nada más.</p> <p>—Claro que no sabes nada más. Siempre es lo mismo. Nunca sabes nada.</p> <p>—¡Los que nos seguían eran policías! ¿Puede usted explicarnos por qué nos espiaban? —exige Adela.</p> <p>—¿A quién se refiere? —pregunta Demetrio.</p> <p>—Al herido. Ese hombre, Jon Caster, tenía una placa de agente. Y supongo que su compañero también...</p> <p>—¿La vio?</p> <p>—No.</p> <p>Dos enfermeros se acercan al herido y le abren la camisa en busca de la herida. Otros dos camilleros se acercan e intentan levantarlo.</p> <p>—Entonces no haga afirmaciones que no pueda sostener —continúa Demetrio.</p> <p>—Pero tengo la de Caster. Mire, aquí está.</p> <p>—¿De dónde la ha sacado? —pregunta el oficial que le acompaña.</p> <p>—La llevaba en la cartera.</p> <p>—¿Cómo puedo estar seguro de que no la puso usted?</p> <p>—¡Nosotros vimos cómo la extraía! —replica <i>Patacoja</i>—. ¡Esa placa es del herido, del que nos seguía!</p> <p>—Y ustedes intentaron matarlo.</p> <p>—¿Qué dice? ¿Cómo se atreve a acusarnos? —protesta Adela—. ¡Esto es demencial!</p> <p>La ambulancia, que lleva a nuestro prisionero, se aleja a gran velocidad, con la sirena a todo volumen. El tráfico es intenso y la zona está llena de gente. Los bomberos han derribado medio muro para sacar el vehículo, pero les queda mucho trabajo.</p> <p>—Aquí hay demasiado ajetreo —dice el inspector Demetrio—. Vamos a comisaría. Allí declararán. ¡Quiero un informe! ¡Enseguida!</p> <p>—¡A la orden, señor inspector! —dice el oficial.</p> <p>Demetrio se pone en marcha y nosotros, que formamos parte de su cortejo, le seguimos, rodeados de policías armados. Está furioso y me temo que el interrogatorio no va a ser un juego de niños. Esta vez las cosas son graves: hay heridos, sospechosos fugados y, lo que es peor, disparos en la vía pública.</p> <p>Llegamos a la comisaría. Algunos agentes se suman al grupo mientras otros se quedan en la puerta, vigilando.</p> <p>Accedemos a una gran sala y nos ordenan que nos sentemos. Después nos piden que tengamos paciencia y que esperemos. Finalmente nos dejan solos con dos agentes al fondo que no nos quitan ojo de encima.</p> <p>—¿Estás bien, Juan? —pregunta Adela a <i>Patacoja</i>—, ¿Necesitas alguna cosa?</p> <p>—Todo va bien, cariño. Salvo la rabia que me domina. ¡Estoy furioso!</p> <p>—Por favor, guarden silencio —nos ordena uno de los policías.</p> <p>—¡Qué dice! —protesta Adela—. ¡Hablaremos todo lo que nos apetezca!</p> <p>—Nosotros cumplimos órdenes. Si hablan tenemos que llevarlos al calabozo.</p> <p>Entonces se abre la puerta y entran un agente uniformado, dos de paisano y, detrás, Demetrio. El inspector se sienta y nos observa con ese aire de superioridad que suele acompañarle.</p> <p>—Han montado ustedes una buena —dice al cabo de un rato—. Menudo jaleo. ¡Con disparos y heridos! ¡Han alterado el orden público!</p> <p>—Nosotros solo nos hemos defendido, señor inspector —responde Adela, conteniendo la rabia que la invade—. Tiene que explicarnos quiénes son esos agentes que nos seguían.</p> <p>—De momento no hay pruebas de sus acusaciones. El herido ha negado que llevara esa placa —explica—. Dice que ustedes le atacaron en plena calle. También, que iba solo.</p> <p>—Es mentira —responde <i>Patacoja</i>—. Esos dos hombres nos seguían y ella los detuvo. Uno logró huir, pero cogimos al otro. Nosotros hemos visto cómo Adela sacaba la documentación de la chaqueta de ese hombre. ¡Llevaba una placa! ¡No puede negarlo! ¡Somos testigos!</p> <p>—Claro, solo que ustedes son amigos y dirán lo que sea para apoyar la historia de la señorita Adela —comenta el oficial—. Nos cuesta creer que alguien los siguiera.</p> <p>—Y a nosotros nos cuesta aceptar que hayan dejado escapar al hombre que disparó —brama Adela—. ¡Lo han hecho a propósito!</p> <p>—De momento, lo único que sabemos es que usted ha hecho varios disparos —indica Demetrio—. Hemos analizado su arma y está bien claro que la ha usado.</p> <p>—¡Si sigue por ese camino, me acusará de haber herido a ese hombre! —explota Adela.</p> <p>—Es una de las hipótesis que barajamos, a ver qué dice el departamento de balística —explica el inspector—. Usted no debió sacar su pistola ni, mucho menos, efectuar disparos en la vía pública.</p> <p>—¡No puedo creer lo que oigo! —dice, anonadada—. Teníamos que defendernos! ¡Nos tiroteaban! ¡Y ustedes me están acusando!</p> <p>—La acusamos de haber disparado en la vía pública, señorita. Y eso es grave.</p> <p>—Tengo licencia de armas y todo es legal. No he hecho nada ilícito que se me pueda imputar.</p> <p>—A menos que la bala que extraigan del cuerpo de ese hombre sea del mismo calibre que su pistola —añade el oficial—. Entonces sí tendremos cargos contra usted.</p> <p>—Señor inspector —digo en tono amistoso—, ese hombre llevaba una placa de policía.</p> <p>—No hay ninguna placa.</p> <p>—Adela le ha entregado una cartera con...</p> <p>—Aquí está la cartera. Y no hay ninguna identificación que pertenezca al Cuerpo de Policía. Todo es mentira. Ustedes han falseado la realidad para cometer ese atropello. ¿Por qué han disparado contra ese hombre? ¿Qué tienen contra él? ¿Por qué han intentado matar a Jon Caster?</p> <p>Adela, <i>Patacoja</i>, Metáfora y yo sentimos un escalofrío. Las cosas se han vuelto contra nosotros. Todo nos incrimina. Las pruebas han desaparecido y no tenemos nada para defendernos.</p> <p>—Escuche, inspector, todo esto es una confabulación —insisto—. Hay muchos errores.</p> <p>—No, Arturo, no hay ningún error. ¿Desde cuándo os seguían esos dos hombres?</p> <p>—Llevaban toda la tarde detrás de nosotros. Pero empiezo a pensar que, posiblemente, llevaban días espiándonos.</p> <p>—¿Para qué? ¿Qué pretendían? ¿Es que tienes algo que ocultar?</p> <p>—No. Pero creo que forman parte de una conspiración para matarme. Ya lo han intentado varias veces.</p> <p>—Parece que ahora recobras la memoria. Así que han intentado matarte, ¿eh? ¡Qué interesante! ¿Y sabes quién tiene interés en quitarte de en medio?</p> <p>—Un hombre al que le falta una pierna. Es a él a quién hay que buscar.</p> <p>—¿Te refieres a tu amigo? —pregunta el inspector, mirando de reojo a <i>Patacoja</i>.</p> <p>—No. Me refiero a alguien que oculta su cojera. Alguien que, por algún motivo, quiere matarme. Alguien que me conoce muy bien.</p> <p>—Vaya, tienes mucha imaginación —dice, con una sonrisa irónica—. Te inventas grandes fábulas. ¡Una conspiración para matarte! ¡Increíble!</p> <p>—¿No me cree? ¿Recuerda el asalto del parque?</p> <p>—Recuerdo que lo negaste.</p> <p>—¿Y la bomba?</p> <p>—¿La bomba? El señor Stromber afirma que la pusiste tú.</p> <p>—¿Y lo de hoy?</p> <p>—¿Te refieres a esos dos fantasmas que te seguían?</p> <p>—No. Me refiero a ese hombre del coche que ha herido a ese pobre desgraciado, el que se ha escapado.</p> <p>—No entiendo.</p> <p>—Es muy sencillo. ¿Contra quién cree que disparaba? ¿Solo quería disparar contra ese hombre, o también quería mi vida?</p> <p>—No exageres, chico. Acabaré creyendo que tienes manía persecutoria.</p> <p>—Tiró varias veces contra nosotros. ¿Cómo podemos estar seguros de que no quería acabar con mi vida, inspector?</p> <p>Todos se miran, pero nadie dice nada.</p> <p>Menos mal que no me han pedido las balas que Adragón me entregó tras el tiroteo. Aún las conservo en el bolsillo del pantalón. Ahora, <i>Escoria</i> podrá determinar de qué arma han salido... Y quizá podamos seguir su pista.</p> <p>—Inspector. Si no nos va a detener, queremos marcharnos —dice Adela—. Ahora mismo.</p> <p>—Aunque tengo motivos sobrados para meterlos a los cuatro en el calabozo, les voy a dar un margen de confianza. Los dejaré libres, pero quiero que estén localizables las veinticuatro horas del día. Cuando el herido esté en disposición de hablar, es posible que necesite ampliar sus declaraciones. Pueden irse... Y búsquense un buen abogado, que les va a hacer falta.</p> <p>Cuando salimos es de noche. Las luces de los escaparates y de las farolas iluminan las frías calles. Caen copos de nieve. Esta noche va a hacer mucho frío.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>LIBRO DUODECIMO</p> <p>R<style name="versalita">ETORNO</style></p> </h3> <p> </p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>I</p> <p>E<style name="versalita">L CASTILLO DE </style>R<style name="versalita">UGIANO</style></p> </h3> <p>Arquitamius terminó de colocar el último objeto dentro de una alforja, repleta con multitud de utensilios de trabajo que, entre todos, habían recogido.</p> <p>—Ha llegado la hora de partir —se lamentó el alquimista, como si le costase abandonar su refugio—. He permanecido aquí más de cinco años, pero ha valido la pena. He conseguido dominar a ese monstruo de fuego y he acabado con los terremotos. Ha sido uno de los mejores laboratorios que he tenido nunca. Lo echaré de menos.</p> <p>—Siempre podéis volver —dijo la reina Astrid—. No creo que nadie venga a ocuparlo.</p> <p>—Si vosotros lo habéis descubierto, seguro que otros lo harán —respondió el sabio.</p> <p>—Os podéis quedar en Ambrosia —propuso Arturo—. Arquimaes estará encantado de contar con vuestra ayuda. Arquimia es un gran proyecto que necesita toda la colaboración posible.</p> <p>—Ya veremos. Queda mucho hasta que lleguemos. Todavía pueden pasar muchas cosas —respondió el alquimista—. Los viajes siempre traen sorpresas.</p> <p>—También podéis instalaros en el bosque de Amórica —sugirió Crispín—. Mi padre y sus hombres os darían protección. Más de cien arqueros velarían por vuestra seguridad. Allí podríais trabajar a gusto. Nadie os molestaría. También podríais ir al reino de Armadía, la reina que sustituyó a Ballestic, que es buena amiga de mi padre.</p> <p>—Agradezco vuestras propuestas. De momento tengo un compromiso con Arturo, y luego ya veremos —gritó, tirando de las riendas—. ¡Arre, caballo! ¡Vámonos!</p> <p>Apenas salieron de la gruta, Arquitamius detuvo su caballo, levantó los brazos y apuntó con ellos hacia la entrada. Emitió algunas palabras que nadie pudo comprender y se produjo un derrumbe que la bloqueó definitivamente.</p> <p>—¡Ahora es un lugar seguro! —afirmó el sabio—. Nadie entrará.</p> <p>—¿Por qué habéis hecho eso, maestro? —preguntó Amedia.</p> <p>—No voy a correr el riego de que algún hechicero venga a aprovecharse de mi trabajo —explicó.</p> <p>—Pero... si nos lo llevamos todo —respondió con inocencia la muchacha.</p> <p>—Siempre quedan restos pegados a las rocas, en el ambiente, en el suelo. He trabajado mucho y he dejado huellas por todas partes. Los rastros de la magia son fáciles de seguir para alguien con conocimientos.</p> <p>Los animales iniciaron la marcha. Arturo y Crispín iban delante de Arquitamius, dirigiendo la comitiva. Astrid cabalgaba detrás; Amedia y Dédalus iban a pie, a su lado.</p> <p>Los libros, pergaminos y demás objetos estaban distribuidos sobre las tres monturas, que, a causa del sobrepeso, iban despacio.</p> <p>Unas horas después perdieron de vista los Tres Volcanes, ya silenciosos e inactivos. Sobrepasaron el lugar en el que lucharon encarnizadamente contra los monstruos de fuego y vieron que los restos del caballo muerto durante el combate prácticamente habían desaparecido. Los carroñeros habían hecho su trabajo con rapidez.</p> <p>Anduvieron una larga jornada para cruzar el desfiladero y bordearon la zona en la que habían batallado contra Rugiano y sus soldados, los terribles purgadores.</p> <p>Docenas de espadas clavadas en el suelo, junto a yelmos, escudos y otros objetos, señalaban las tumbas de los purgadores muertos. Antes de retirarse, los compañeros que sobrevivieron hicieron el esfuerzo de proteger sus restos de las bestias carroñeras, que abundaban en esta región.</p> <p>Recordaron a Horades, del que no habían vuelto a tener noticias, pero no lo nombraron. Dieron por hecho que había huido. Posiblemente fue en busca de un nuevo hogar, harto de soportar tantas persecuciones. Seguramente también se marchó para no encontrarse con Arquitamius.</p> <p>—Algo no va bien —advirtió Arquitamius, mientras olisqueaba el aire—. En este lugar se ha practicado brujería. Salgamos de aquí lo antes posible.</p> <p>Forzaron la marcha y, más tarde, alcanzaron las praderas del reino de Rugiano para seguir por el camino principal, que bordeaba el castillo y debía llevarlos a la lejana Ambrosia.</p> <p>—Maestro, si fueseis un gran mago, inventaríais algo para acortar nuestro viaje —sugirió Crispín mientras comían—. Este trayecto se puede hacer tan largo que hasta me salga barba.</p> <p>—¿Acaso dudas de mi capacidad para dominar los elementos, muchacho? —preguntó el sabio—. ¿Crees que no soy capaz de llevarte volando al lugar que me indiques?</p> <p>—Oh, no, maestro. He visto cómo habéis sometido a esa bestia de fuego —respondió el escudero—. Solo digo que llegaremos agotados a Ambrosia. Y que si podemos evitarlo, pues...</p> <p>—No soy un hechicero de feria que hace magia casera para solucionar problemas domésticos. Soy Arquitamius, el maestro de los maestros. ¿Entiendes?</p> <p>—Lo siento. Solo intentaba bromear un poco.</p> <p>—Pues contén tu lengua, escudero, y mide tus palabras si no quieres desatar mi furia —respondió Arquitamius, lanzando un poderoso remolino de aire contra el joven, que tuvo que agarrarse con fuerza a una roca para no salir volando.</p> <p>—No lo volveré a hacer, maestro —se disculpó de nuevo, cuando su cuerpo se estabilizó.</p> <p>—Eres un gran escudero, pero si quieres llegar a ser un gran caballero debes aprender a comportarte —le sugirió Arquitamius—. ¿Entendido?</p> <p>No se volvió a hablar del tema. Aunque a todos les hubiera gustado acortar el viaje, prefirieron mantenerse en silencio.</p> <p>Lo más importante para Arturo era que el sabio había accedido a acompañarle. Y eso le bastaba. De ninguna manera quería disgustar al gran alquimista.</p> <p>—No le vuelvas a provocar —le pidió.</p> <p>—No lo haré más, Arturo —respondió humildemente Crispín—. Lo siento.</p> <p>Arquitamius se dio cuenta de la reprimenda, pero no dijo nada.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Frómodi, Górgula y Escorpio buscaron un sitio para descansar. A pesar de haber galopado a gran velocidad, algunos soldados consiguieron seguirlos, lo que les obligó a huir durante más de media jornada para perderlos de vista. Estaban agotados.</p> <p>Al anochecer encontraron una cueva natural rodeada de árboles. Se instalaron en ella e hicieron una fogata. Como no llevaban comida, tuvieron que conformarse con algunas moras y otros frutos silvestres que recogieron por las inmediaciones.</p> <p>—Somos unos fracasados —dijo Górgula—. Nos pasamos la vida huyendo.</p> <p>—¿Te rindes, vieja bruja? —le reprochó Frómodi—. Creía que tenías más agallas y que eras más ambiciosa.</p> <p>—¿Crees que no he luchado bastante en esta vida? ¿Que no he peleado para salir de la pobreza?</p> <p>—Creo que has perdido el tiempo durante toda tu vida —respondió Frómodi—. No has hecho más que fallar.</p> <p>—Querido rey Frómodi —empezó a decir Górgula—. Creo que no entiendes que...</p> <p>—¡No me llames Frómodi! ¡Ya no soy rey! ¡Vuelvo a ser el conde Morfidio! ¿Entiendes?</p> <p>—Claro que sí, mi señor —aceptó Górgula.</p> <p>—¿Lo has entendido, Escorpio?</p> <p>—Sí, mi señor. Lo prefiero. Siempre me he entendido mejor con el conde Morfidio que con el rey Frómodi.</p> <p>—Sigue con tu historia, bruja.</p> <p>—Yo pude ser reina, conde Morfidio. Fui hechicera de ese campamento de proscritos... Dos veces tuve al tal Arturo en mis manos. Las mismas que estuve a punto de despellejarle. Y ahora estoy a un paso de encontrar esa tinta mágica.</p> <p>—Te olvidas de tu hijo —la interrumpió Morfidio—. ¿No es verdad que tuviste un hijo al que abandonaste? ¿O se lo entregaste a los monjes?</p> <p>—¡No hables de eso! ¡Es mentira! ¡Es un bulo que algunos contaron para desprestigiarme ante Benicius! ¡Yo no he tenido ningún hijo!</p> <p>—¡Claro que lo has tenido! —añadió Morfidio, furioso—. ¡Todo el mundo sabe que lo abandonaste!</p> <p>Escorpio arrojó algunas ramas al fuego y lo reavivó.</p> <p>—Muchos niños abandonados acaban en manos de los monjes —dijo el espía, removiendo las brasas—. Lo sé muy bien.</p> <p>—¿Quiénes son tus padres, Escorpio? —preguntó el conde, llenándose la boca de moras silvestres—. ¿Lo sabes?</p> <p>—No —respondió Escorpio—. Espero que hayan muerto. He vivido muy bien sin conocerlos. Y ahora que voy a ser rico, no me hacen falta. En realidad, nunca los he necesitado.</p> <p>—Es hora de dormir —comentó Morfidio—. Me da igual quién sea hijo de quién. Algunos padres hacen cosas muy raras con sus hijos. Los tienen, los venden, los regalan, los repudian...</p> <p>—Algunos hijos también hacen «cosas raras» con sus padres, ¿verdad, conde? —dijo Górgula en tono irónico.</p> <p>Morfidio desenfundó su daga y la agarró del cuello, presionándolo con la punta de su arma.</p> <p>—¡No me provoques, bruja del demonio! —amenazó—, ¡Podría matarte!</p> <p>—¡Lo siento! ¡Lo siento! —se retractó Górgula—, ¡No quería ofenderte!</p> <p>—¡Si vuelves a provocarme te rebanaré el cuello! —advirtió, mientras retiraba el arma—, ¡No vuelvas a hacerlo!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando divisaron el castillo de Rugiano estaban agotados. Crispín propuso acampar y que siguieran camino al día siguiente.</p> <p>—Debemos entrar en el castillo —propuso Arturo—. La muerte de Rugiano puede provocar una lucha de poder. Devolveremos el trono a la reina Astrid. Ahora es suyo.</p> <p>—No estoy segura de querer gobernar —terció Astrid—. No quiero volver a ese siniestro lugar. Reniego de este reino maldito.</p> <p>—No podéis renunciar, señora —añadió Dédalus—. Si el trono está vacío, habrá guerras intestinas y correrá mucha sangre inocente.</p> <p>—Supongo que tenéis razón, pero mi corazón se niega a volver a ocupar el trono que compartí con Rugiano. Si es la única forma de evitar un derramamiento de sangre, mañana entraremos en el castillo y me presentaré ante la corte —explicó Astrid, asumiendo su responsabilidad.</p> <p>—Es lo mejor —afirmó Arquitamius—. Un reino sin gobernante es muy peligroso. Puede morir mucha gente.</p> <p>Pasaron la noche al raso y se repartieron las guardias. Era necesario mantener todas las precauciones posibles. El reino de Rugiano se había convertido en un lugar demasiado inseguro, donde el desorden y el caos campaban a sus anchas. Por eso se apartaron del gentío e intentaron pasar desapercibidos.</p> <p>Al amanecer emprendieron la marcha hacia el castillo. Cuando se acercaban salió a recibirlos una patrulla de seis soldados y un oficial.</p> <p>—Reina Astrid, soy el caballero Cordiali —dijo el hombre que la dirigía—. Os escoltaremos hasta la fortaleza.</p> <p>—Gracias por vuestra protección —respondió la reina, sorprendida—. ¿Cómo habéis sabido de mi llegada?</p> <p>—Hay ojos por todas partes, majestad —respondió el caballero—. Y mucha gente dispuesta a contar lo que ve a cambio de unas monedas.</p> <p>Los acompañaron hasta la puerta del castillo, donde fueron recibidos por un grupo de soldados que, en el puente levadizo, rindió honores a Astrid.</p> <p>—Os llevaré a la sala del trono, majestad —explicó el caballero Cordian—. Nadie os molestará.</p> <p>Astrid sonrió, agradecida. Mientras los soldados acompañaban a Arturo y a sus amigos al establo, la reina fue conducida a la sala de audiencias.</p> <p>—No lo entiendo —dijo Crispín, suspicaz—. Se suponía que este lugar estaba a punto de estallar por la conquista del poder. Sin embargo, todo parece normal.</p> <p>—Tienes razón, amigo Crispín —respondió Arturo, un poco extrañado—. A estas alturas deben de saber que su rey ha muerto. Es muy extraño.</p> <p>—Es posible que se haya impuesto la cordura —sugirió Amedia—. A lo mejor esperaban el retorno de Astrid, pues, al fin y al cabo, es su reina.</p> <p>—No nos hagamos ilusiones —les corrigió Dédalus—. En este lugar nada puede mejorar. Está totalmente contaminado por la corrupción.</p> <p>—Quizá tengas razón —reconoció Arquitamius—. Pero esta gente no actúa como cuando acaba de morir un rey. Aquí pasa algo raro.</p> <p>—Dentro de poco sabremos qué ocurre —sentenció Arturo—. De momento, no nos separemos. Mantengamos nuestras armas al alcance de la mano. Por si acaso.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>II</p> <p>E<style name="versalita">L RETORNO DE </style>B<style name="versalita">ATTAGLIA</style></p> </h3> <p>—¡Arturo!</p> <p>—¿General? ¿General Battaglia? —pregunto, asombrado por aquella inesperada llamada telefónica.</p> <p>—¡He vuelto!</p> <p>—¡General! ¡Qué alegría! ¿Cuándo ha llegado?</p> <p>—Anoche. Quiero verte, chico. Tengo mucho que contarte. He descubierto cosas muy importantes, información que te interesa. ¡Debemos hablar!</p> <p>—Mañana...</p> <p>—¡Esta misma tarde! ¡Ven a mi casa a las cinco! —propone.</p> <p>—Es que tengo que ir a...</p> <p>—Te espero a las cinco. No faltes.</p> <p>—De acuerdo. Allí estaré, puntual como un reloj.</p> <p>—¿Vas a venir con Metáfora? —pregunta.</p> <p>—¿No quiere que vaya? —le pregunto, algo desconcertado—. ¿La invito o no?</p> <p>—Decídelo tú. No sé si es conveniente que se entere de las cosas que voy a desvelarte. Tú verás.</p> <p>—De acuerdo, general. Veré lo que hago. Hasta luego.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando le he contado a Metáfora la llamada de Battaglia, ha decidido acompañarme.</p> <p>—Dime, ¿qué te ha dicho exactamente?</p> <p>—Ya te lo he explicado. Dice que tiene muchas novedades que contarme y que ha descubierto cosas nuevas. No sé nada más.</p> <p>—Pero ¿a qué vienen esas prisas? ¿Es que no puede esperar?</p> <p>—Bueno, ya le conoces. Cuando algo le urge se pone insoportable —le disculpo—. Por eso es mejor ir a verle y zanjar el asunto. Así nos enteraremos de todo, ¿vale?</p> <p>Llegamos a su portal y tocamos el timbre del telefonillo automático.</p> <p>—Somos nosotros, general —anuncio—. Metáfora y Arturo.</p> <p>—¡Pasad, pasad! —dice alegremente—. ¡Os abro!</p> <p>La puerta se abre y entramos en el portal, que está vacío. Subimos en el ascensor y llegamos a su planta, donde nos espera.</p> <p>—¡Arturo! ¡Ven a mis brazos, chico!</p> <p>Me estrecha con tantas ganas que tengo que hacer grandes esfuerzos para respirar.</p> <p>—Hola, Metáfora —dice, mientras la besa en las mejillas—. ¿Qué tal estás?</p> <p>—Bien, muy bien —responde ella—. ¿Qué tal el viaje?</p> <p>—Muy productivo. He descubierto cosas asombrosas. Entrad y os cuento todo lo que sé. Pasad, pasad...</p> <p>Nos lleva hasta el salón y nos pide que nos sentemos. Está eufórico y deseoso de hablar.</p> <p>—¿Queréis un té o alguna otra cosa? —nos pregunta señalando una bandeja—. ¿Algo de comer?</p> <p>—Queremos escucharle, general —responde Metáfora—. Estamos deseando oír su experiencia.</p> <p>—¿Ha tenido un buen viaje? —pregunto—. ¿Se ha divertido?</p> <p>—Ha sido increíble. Me ha pasado de todo. Me han asaltado, me han robado, me han perseguido... No os podéis hacer idea de todo lo que me ha ocurrido. Podría escribir un libro. He vivido una aventura increíble.</p> <p>—¿Ha encontrado a ese Ejército Negro que tanto le obsesiona? —pregunta Metáfora—. ¿Ha descubierto pistas?</p> <p>—¡Sí! ¡Lo sé casi todo sobre él!</p> <p>—Pero, general... usted mismo dijo que el Ejército Negro no existía —le recuerdo—. Afirmó que no era lo que parecía...</p> <p>—Y tenía razón. Ese ejército era otra cosa distinta de lo que yo pensaba. ¡Es algo inimaginable!</p> <p>—Pues cuéntenoslo —pide Metáfora—. Estamos ansiosos por saber qué es.</p> <p>—Todavía no. No puedo contarlo hasta que llegue el momento. Debo conservar el secreto.</p> <p>—¿Qué dice? ¡Nos ha hecho venir aquí con prisas y ahora nos sale con esto! ¿Nos toma el pelo? —se queja Metáfora, indignada—. ¿Por qué no nos lo puede contar?</p> <p>—No os enfadéis. Estoy en contacto con un grupo de personas que está estudiando toda mi información. Me avisarán cuando llegue el momento de hablar. Debéis tener paciencia.</p> <p>Me acerco a la tetera que está sobre una mesilla. Me sirvo una taza y le echo azúcar.</p> <p>—General, ¿quiénes son esas personas? —pregunto—. ¿Son quienes le han pedido que busque al Ejército Negro?</p> <p>Hace un breve silencio.</p> <p>—Todavía no puedo revelar sus nombres —reconoce.</p> <p>—¿Para quién trabaja, general Battaglia? —insisto.</p> <p>—Para gente que te aprecia, Arturo. Quieren tu bien y desean protegerte —confiesa finalmente—. Puedes confiar en nosotros.</p> <p>Metáfora se levanta de un salto.</p> <p>—¡Eh! ¿Qué pasa aquí? ¿Quienes son esas personas? ¡Haga el favor de hablar claro!</p> <p>—Es lo que hago —responde Battaglia—. Os estoy hablando con la máxima claridad. Fui enviado por estas personas en busca del Ejército Negro, pero no puedo daros sus nombres... Todavía no me lo permiten. Pero están a favor de Arturo. Todos le apoyamos.</p> <p>—¿Me apoyan? ¿Cómo que me apoyan? ¿En qué me apoyan?</p> <p>—¡Que no puedo decirlo!</p> <p>—Entonces, ¿para qué nos ha llamado? —pregunta Metáfora, nerviosa—. ¿Para qué nos ha hecho venir si no puede contar nada?</p> <p>—Bueno... hay algunas cosas que sí os puedo contar. Puedo daros algunos detalles de mi viaje, pero necesito hacerle a Arturo algunas preguntas.</p> <p>—O sea, que me ha llamado para interrogarme y no para contarme cosas —digo—. ¿No será un agente secreto?</p> <p>—¿Qué dices, chico? ¡Nunca me he dedicado al espionaje!</p> <p>—Pues acaba de demostrarnos lo contrario —le reprende Metáfora—. Tiene más secretos que el pergamino de un alquimista.</p> <p>El general da un largo sorbo de té, deja la taza y dice:</p> <p>—¡Solo he cumplido una misión! ¡Me he limitado a obedecer órdenes!</p> <p>—¿Quién le ha dado esas órdenes? —pregunto.</p> <p>—Es un secreto... ¡Un secreto militar!</p> <p>Cuando deduzco que no va a decir nada sobre esas personas, cambio de táctica.</p> <p>—Está bien. Cuéntenos detalles de su viaje —le pido—. Estoy deseando conocer aspectos de su aventura.</p> <p>—Ha sido un infierno. Estaba convencido de que iba a ser un viaje de placer, pero me he topado con tantos problemas que he perdido la cuenta. No os lo podéis imaginar.</p> <p>—Cuente, cuente...</p> <p>—Las primeras pistas sobre el Ejército Negro las encontré muy al norte, en un territorio que antiguamente se llamaba Émedia, cuya reina se casó con Arquimaes, el alquimista. Parece ser que hubo una batalla en la que el Ejército Negro quedó muy diezmado y tuvo que exiliarse. Algunas pistas indican que llegó hasta Férenix, más conocido como Arquimia.</p> <p>—Pero usted me dijo que el Ejército Negro no era un ejército —insisto—, ¿Qué era?</p> <p>—Es difícil de explicar. En verdad hubo un Ejército Negro, con caballeros e infantería. Sin embargo, he descubierto algunos documentos que indican que también era... que era alguien...</p> <p>—¿Cómo que era alguien? Un ejército no puede ser una sola persona.</p> <p>—El Ejército Negro era un hombre. Es lo que afirman ciertos documentos. Además hay pistas que lo demuestran, escritos y poemas que elogian la figura de un hombre protegido por un dragón que tenía el poder y la fuerza de un ejército.</p> <p>—¡Eso es imposible, general! Ningún hombre puede tener la fuerza de un ejército —digo—. Esos documentos exageran. Son pura fantasía.</p> <p>—En teoría, un ejército tiene un general que dirige a sus soldados. Esto fue lo que me confundió, pero luego descubrí que el ejército podía estar dirigido por...</p> <p>—¿Un general? —dice Metáfora.</p> <p>—¡Un dragón! —exclama—, ¡Un dragón negro!</p> <p>Metáfora y yo cruzamos una rápida mirada. Las afirmaciones de Battaglia se acercan peligrosamente a la verdad y eso me puede traer problemas. Ya no sé de quién fiarme.</p> <p>—¡Un dragón como el epe tienes en la frente, Arturo! —añade—. ¡Los antiguos juglares han escrito canciones que hablan de un dragón que dirigía un ejército de letras! ¡Un Ejército Negro!</p> <p>—Pero usted no creerá eso, ¿verdad? —dice Metáfora—. Son fantasías, creaciones de artistas medievales que no tienen base sólida. Un ejército...</p> <p>—¡Ese ejército luchó contra un hechicero llamado Demónicus! ¡Y ayudó a crear el reino de Arquimia!</p> <p>—Pero si acaba de decir que no está seguro de que tal reino haya existido ni de que estuviera aquí —le recuerda Metáfora.</p> <p>—General, por favor... yo creía que usted era una persona cabal —comento—. No sabía que fuera tan aficionado a las fantasías.</p> <p>—Dentro de poco conseguiré pruebas de su existencia y del lugar exacto en el que se situó. Encontraré la ruinas de Arquimia igual que Schliemann encontró las de Troya. Será el mayor descubrimiento arqueológico de nuestro tiempo.</p> <p>—General, me parece que se está metiendo en un terreno que no es el suyo —le digo—. Deje que los arqueólogos hagan su trabajo.</p> <p>—Schliemann no era arqueólogo —se defiende—. Era un comerciante que, como yo, deseaba hacer algo útil.</p> <p>—¡Era un saqueador de tumbas! —explica Metáfora—. Se apropió de todo el oro que había en las ruinas de Troya. Espero que usted no haga lo mismo.</p> <p>—Yo solo quiero encontrar Arquimia porque es la base de nuestro reino.</p> <p>—¿Nuestro reino? ¿De qué habla?</p> <p>—¡De Férenix! ¡Es probable que sea la sucesora de Arquimia!</p> <p>—Pero eso no es posible. ¡Es una leyenda sin fundamento!</p> <p>—¡Claro que puede ser un reino!</p> <p>—¡Un reino sin rey!</p> <p>—Exactamente, tú lo has dicho, Arturo. Y de eso se trata, de encontrar al verdadero rey de Arquimia... o de Férenix.</p> <p>—Stromber dice que él es ese rey —dice Metáfora.</p> <p>—¡Stromber es un impostor! El rey de Férenix está vivo y creo que sabemos quién es...</p> <p>—¿Quién es? —pregunto, ansioso por saber la respuesta.</p> <p>—Se sabrá a su debido tiempo, amigo mío —responde el general, dispuesto a no contar ni un detalle más—. Pero ya os podéis hacer una idea...</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Metáfora y yo estamos cenando en su casa. Apenas hemos hablado de la revelación de Battaglia. Ha sido tan sorprendente que no damos crédito.</p> <p>—Así que hay un rey de Férenix —dice mi amiga, después de tomar un sorbo de agua.</p> <p>—Eso es lo que dice el general, pero yo no le haría mucho caso.</p> <p>—¿Y si fueses tú? ¿Te imaginas? ¡Arturo Adragón, el rey de Férenix!</p> <p>—No me tomes el pelo, Metáfora, que no tengo ganas de bromear. Mi padre todavía está en el hospital; ha estado a punto de morir; <i>Sombra</i> no se encuentra bien y la Fundación está demolida. No estoy yo para que me nombren rey.</p> <p>—Pero ¿qué harías si lo fueses? ¿Te dejarías coronar?</p> <p>—Si me coronaran, ¿serías mi reina? —le pregunto.</p> <p>—¿Es una proposición de matrimonio?</p> <p>—Es una improbable proposición para compartir un trono y un reino. ¡Te convertirías en reina de Férenix!</p> <p>—¡La reina Metáfora! —exclama—, ¡Es alucinante!</p> <p>—¡Metáfora I! ¡La reina que ayudó a Arturo a convertirse en rey! —alardeo—. Entraríamos en la historia.</p> <p>Nos reímos durante un buen rato.</p> <p>—Tendrías que buscar una esposa adecuada. Tu rango no te permitiría casarte con una plebeya.</p> <p>—Yo me casaría contigo. Tú y yo somos iguales; recuerda que tenemos el cuerpo tatuado con las letras de Arquimaes.</p> <p>—¿Solo nos parecemos en lo de las letras?</p> <p>—No. Tenemos muchas más cosas en común. Nuestro destino está unido. No sabría vivir sin ti.</p> <p>—Me gusta lo que dices; me gusta mucho, Arturo.</p> <p>—Haré todo cuanto pueda por ti. Iremos a visitar a los monjes de Monte Fer. Es posible que encontremos una pista sobre tu padre. Quiero que sepas qué pasó. Quizá eso te haga feliz.</p> <p>—Eso espero yo también.</p> <p>Cenamos tranquilamente, casi en silencio. A pesar de que intento aparentar tranquilidad, hay algo que no deja de preocuparme.</p> <p>—Mañana iremos a ver a <i>Escoria</i> —digo—. Tengo curiosidad por saber quiénes eran esos tipos que nos siguieron. No quiero que vuelvan a sorprendernos.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>III</p> <p>S<style name="versalita">ORPRESA PELIGROSA</style></p> </h3> <p>Cuando los caballos quedaron bien instalados, varios soldados acompañaron a Arturo y a sus amigos al interior del castillo.</p> <p>—Esto no me gusta un pelo; hay demasiada escolta —susurró Crispín—. Hay soldados por todas partes. Nos vigilan.</p> <p>—Yo tampoco me fío —secundó Arturo—. Estad atentos, por si se trata de alguna trampa.</p> <p>—En teoría, aquí no tenemos enemigos. Somos amigos de la reina —dijo Amedia.</p> <p>—Sí, pero estamos relacionados con la muerte de su rey —recordó Arturo—. Y eso no siempre se perdona.</p> <p>—Y con la de cien guerreros —añadió Crispín—. No creo que estos hombres nos aprecien mucho.</p> <p>—Quizá solo nos tengan respeto —ironizó Dédalus.</p> <p>Entraron en la torre principal y subieron por la escalera con la sensación de que, más que invitados, eran prisioneros.</p> <p>Cuando arribaron a la puerta de la sala, se encontraron con un gran número de soldados, armados y dispuestos para la lucha.</p> <p>—¡Abrid la puerta! —ordenó el caballero Cordian—, ¡Dejad paso!</p> <p>Varios hombres empujaron las dos hojas de madera y permitieron el paso a Arturo y sus amigos.</p> <p>Una vez dentro, el estupor los dejó atónitos.</p> <p>—¡Rugiano! —exclamó Crispín—, ¡Estáis vivo!</p> <p>Arturo sintió que la sangre se congelaba en sus venas. Algo extraordinario debió de pasar para que siguiera vivo.</p> <p>—¡Hola, amigos! —gritó Rugiano, regodeándose en la sorpresa de sus invitados—, ¿Acaso no esperabais verme vivo?</p> <p>La reina Astrid estaba a su lado, lívida como una estatua de mármol. Tenía la mirada perdida y apenas se movía.</p> <p>—Mi querida esposa tampoco esperaba encontrarme aquí —explicó Rugiano—. La pobre se ha llevado una gran alegría. Al fin y al cabo, seguirá siendo reina, a mi lado.</p> <p>—¿Cómo es posible? —preguntó Amedia—. Os vimos morir en la boca del desfiladero.</p> <p>—Pero no resucitar —replicó Horades, saliendo entre las sombras de unas gruesas columnas de piedra—. Le dejasteis abandonado a su suerte y os marchasteis muy rápido; por eso no sabéis lo que pasó.</p> <p>—¡Horades! —exclamó Crispín—, ¿Qué haces aquí?</p> <p>—¿Cómo has llegado a este castillo? —preguntó Amedia.</p> <p>—¿Qué tienes tú que ver con todo esto? —le inquirió Arquitamius, que ya intuía la respuesta—. ¿Qué has hecho, Horades?</p> <p>—Hola, maestro —saludó Horades—. Por fin volvemos a vernos.</p> <p>—No me alegra —respondió Arquitamius—. Me traicionaste y ahora veo que también has engañado a quienes te salvaron la vida. Eres malo, Horades.</p> <p>—Cierto, maestro. Soy malo. Vos lo sabíais desde el principio. Me habéis arruinado la vida con vuestros reproches, pero eso se acabó.</p> <p>—¡Has reanimado a Rugiano! —exclamó el alquimista—. ¡Eso significa que posees el secreto de la vida eterna!</p> <p>—Y lo he usado bien, como todo el mundo puede observar —respondió Horades alegremente—. Ahora, gracias a vos, poseo el poder de la sangre.</p> <p>—Horades me salvó —explicó Rugiano—. ¡Me trajo del Abismo de la Muerte! ¡Me ha devuelto a la vida!</p> <p>—¿Cómo es posible? —preguntó Arturo—. ¿Cómo lo hizo?</p> <p>—¡Con su sangre! —rugió el rey—. ¡Me entregó parte de su sangre de alquimista!</p> <p>—¿Lo has hecho por poder, Horades? —preguntó Arturo—. ¿Para acceder al trono?</p> <p>—¿Por qué otro motivo puede uno entregar su sangre? —respondió Horades, con lentitud.</p> <p>—¡Sí, lo ha hecho para compartir mi trono! —gritó Rugiano—. Ahora tengo un hijo. El hijo que la reina Astrid no quiso darme. Un hijo de mi propia sangre. ¡Mi sucesor!</p> <p>—¿Cómo es posible? —insistió Crispín—, ¿Qué habéis hecho?</p> <p>—Magia —aclaró Arquitamius—. Son hechiceros oscuros que trafican con la vida y la muerte. Usan la sangre para devolver la vida a los muertos. Son carroñeros, ambiciosos y traidores.</p> <p>—No más que vosotros, alquimistas —escupió Rugiano—. También bajáis al Abismo de la Muerte para traer a aquellos que han perdido la vida.</p> <p>—¡Nosotros somos alquimistas! ¡Devolvemos la vida a aquellos que han muerto a causa de vuestros maleficios, y nunca lo hacemos a cambio de dinero o de poder!</p> <p>Horades, que estaba aún más pálido que la reina Astrid, se sentó sobre el apoyabrazos derecho del trono, junto al que, ahora, parecía ser su progenitor.</p> <p>—¿Qué vamos a hacer con ellos, padre? —preguntó—. ¿Qué vamos a hacer con estos alquimistas?</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Llevaban varias horas cabalgando cuando, a lo lejos, divisaron un pueblo. Se detuvieron en lo alto de una colina para observarlo detenidamente. Aunque no temían nada de esta comarca, prefirieron ser precavidos.</p> <p>—Es Drácamont —dijo Escorpio—. En este pueblo nos darán alojamiento y podremos recuperarnos. Conozco a alguien que puede ayudarnos.</p> <p>—¿Drácamont? —repitió Morfidio—. Me trae recuerdos.</p> <p>—¿De la noche en que vinisteis a buscar a Arquimaes a su viejo torreón?</p> <p>—Efectivamente. Esa noche es inolvidable para mí —reconoció el conde—. La cantidad de veces que habré soñado con ella. Es una de mis peores pesadillas.</p> <p>Escorpio se abstuvo cié contarle que él lo presenció todo y que fue a informar al rey Benicius. De nada servía remover antiguas cenizas.</p> <p>—¿Cómo se enteraría Benicius de que yo había secuestrado a Arquimaes? —preguntó Morfidio, como si hablara consigo mismo—. Siempre me lo he preguntado.</p> <p>—A veces el viento lleva las malas noticias —explicó Górgula—. Todo lo que se hace, se sabe.</p> <p>—Eso es una bobada —respondió Morfidio—. Se sabe porque alguien lo cuenta. Algún día descubriré quién informó a Benicius. Aquella operación la planeé con mucho secreto. Descubriré al espía que se fue de la lengua. Tú no sabrás nada de esto, ¿verdad, Escorpio?</p> <p>—No, mi señor; no tengo ni idea —respondió Escorpio.</p> <p>—Pues alguien ha tenido que ser. Benicius no tenía el don de la adivinación.</p> <p>—Benicius no tenía ningún don —bromeó Górgula—. Por eso enfermó de lepra.</p> <p>—Sí, sobre todo si alguien extiende su mano envenenada, ¿verdad? —ironizó Morfidio—. Acerquémonos a ese pueblo, a ver si ese amigo tuyo puede ayudarnos.</p> <p>Poco después, el conde entraba en la calle principal de Drácamont seguido de sus dos mezquinos acompañantes, como hizo tiempo atrás, de noche, flanqueado por veinte soldados. Igual que entonces, se cerraron las ventanas y la desconfiada gente del lugar se ocultó como pudo.</p> <p>—Vamos al otro lado del pueblo —dijo Escorpio—. Mi amigo es el enterrador. Debe de estar en el cementerio.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El rey Rugiano, tras pensar en la propuesta de Horades, dijo:</p> <p>—Vamos a darles su propia medicina. ¡Muerte por muerte! A ver si luego son capaces de resucitar. Quizá encuentren a alguien que quiera dar su sangre por ellos.</p> <p>—Me parece bien, padre —respondió Horades—. Sangre por sangre. Vida por vida.</p> <p>—¡Soldados!... ¡Llevadlos al patíbulo! —ordenó Rugiano—. ¡Ahora!</p> <p>Aquello hizo que Astrid saliera de su ensimismamiento.</p> <p>—¡No! —gritó la reina—, ¡Deteneos, soldados!</p> <p>—¿Cómo osas interceder por ellos? —gritó rabioso—, ¿Es que no viste cómo me mataron?</p> <p>—Rugiano, si os queda algo de sentido común y sensatez —dijo calmadamente la reina—, es mejor que les dejéis marchar.</p> <p>—¿Intercedes por quienes participaron en la muerte de tu marido? —gruñó Horades—. ¿Qué clase de reina eres? ¿Qué clase de esposa?</p> <p>—Horades, a ti también te salvaron la vida —le recordó Astrid—. Se expusieron para que no perdieras la tuya.</p> <p>—¡Maldita traidora! ¿Te atreves a recordarme que estos alquimistas me salvaron de la muerte? ¿Quién te crees que eres para hablarme así? —escupió Horades, lleno de odio—, ¡Padre, quiero que me defiendas de los ataques de esta mujer!</p> <p>—¡Astrid, te prohíbo que hables así a nuestro querido hijo Horades! —ordenó Rugiano—, ¡Pídele perdón ahora mismo!</p> <p>—¡Ese hijo tuyo es un traidor! —gritó Arquitamius—, ¡A mí me traicionó! ¡Y me robó algunos secretos!</p> <p>—¡Calla, miserable alquimista! —contestó el rey—. Horades es mi hijo y me es fiel! Incluso ha acabado con esos terremotos. Gracias a él, la paz volverá a mi reino. Nos esperan tiempos de prosperidad.</p> <p>—¡Horades miente! ¡Yo he dominado la tierra para que no vuelva a agitarse! —gritó el alquimista—, ¡Yo la he aplacado!</p> <p>—¡Eres bazofia, Arquitamius! —gritó Horades—, ¡Quisiste utilizarme y pusiste mi vida en peligro. ¡Tuve que abandonarte antes de que me convirtieras en una bestia! ¡He sido yo quien ha terminado con los temblores!</p> <p>—¡Te lo advierto, Rugiano! —gritó Arquitamius—. ¡Te devorará!</p> <p>—¡Te lo advierto, alquimista! ¡Vais a morir todos! —amenazó el rey haciendo una seña al caballero Cordian, que dio un paso adelante.</p> <p>Los soldados, que ya habían rodeado a Arturo y a sus amigos, tenían las armas preparadas y solo esperaban la orden para atacar.</p> <p>—¡Ni se te ocurra usar esos bichos voladores, Arturo Adragón, hijo de Arquimaes! —advirtió Horades, poniendo la punta de su daga sobre el cuello de la reina—. Tu amiga Astrid corre el peligro de ser degollada. ¿Entiendes?</p> <p>—¿Qué queréis de nosotros? —preguntó Arturo—. ¿Qué buscáis?</p> <p>—¡Tu magia! ¡Eso es lo que queremos! ¡Quiero ser tú! ¡Quiero tener ese dragón dibujado en mi frente y esas letras sobre mi cuerpo!</p> <p>—Eso no es posible. No puede ser. El alquimista que me las dibujó está lejos de aquí y jamás accederá a traspasarte ese poder —explicó Arturo—, ¡No lo conseguirás!</p> <p>—Arquitamius puede dibujarme el dragón —dijo Horades—. El conoce ese poder. ¡El le enseñó a Arquimaes cómo se hace! ¡Es adorador de Adragón!</p> <p>—¡Pero no te daré ese poder, Horades! —gritó Arquitamius.</p> <p>—¿Sabes cuánta gente morirá si no accedes a mi deseo? ¡Te aseguro que no quedará un alma con vida en todo este reino! ¡Convertiré estas tierras en un cementerio! ¡Por tu culpa!</p> <p>Arquitamius dio un paso adelante, desafiante; levantó la mano derecha y dirigió su dedo índice hacia Horades. Los soldados se aprestaron a actuar, pero Cordian los contuvo.</p> <p>—Horades, ¡me estás retando! ¡Estás provocando a todo lo sagrado que hay en este mundo! ¡Me has traicionado y ahora me amenazas! ¡Depón tu actitud!</p> <p>—¡No, Arquitamius! ¡No cambiaré mis palabras! ¡Te aseguro que mi padre, el gran rey Rugiano, me dará todo lo que necesito! ¡Te ordeno que me dibujes el dragón!</p> <p>—¡Nunca! ¡No cederé ante tus presiones!</p> <p>—¡Obedece a mi hijo, alquimista del infierno!</p> <p>Arquitamius se quedó quieto, con la boca cerrada, callado como una tumba, con la mano en alto.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IV</p> <p>E<style name="versalita">L RASTRO DEL SOSPECHOSO</style></p> </h3> <p>Escoria nos recibe en la puerta del edificio con una sonrisa en los labios. Se nota que ha bebido. Se sienta en su sofá y nos mira sin decir palabra. El brillo de sus ojos me indica que tiene buenas noticias para mí, aunque en su cara noto una ligera expresión de tristeza.</p> <p>Poco a poco nos hemos ido haciendo buenos amigos. Supongo que mi amistad con <i>Patacoja</i> le ha influido. Sabe que puede fiarse de mí.</p> <p>—Hola, <i>Escoria</i>. Te veo un poco triste —dice Metáfora—. ¿Te pasa algo?</p> <p>—Esta noche han vuelto a quemar a uno que vivía en la calle —explica con amargura—. Era amigo mío. Ahora le van a incinerar porque no tiene dinero para pagarse un nicho en el cementerio. Muere abrasado y le incineran, ¿qué te parece?</p> <p>—Yo creía que los enterraban en fosas comunes —dice Metáfora.</p> <p>—Ahora ya no. Ahora nos convierten en cenizas.</p> <p>—¿Quién ha sido? —pregunto.</p> <p>—¡Qué más da! ¡Unos desalmados! Lo hacen para divertirse. Seguro que lo han grabado con un teléfono móvil y dentro de unos días podremos verlo en Internet. ¡Menudo espectáculo!</p> <p>—La policía los detendrá —asegura Metáfora—. Tarde o temprano acabarán en la cárcel.</p> <p>—Eso si tienen la edad legal. Si son menores, no les pasará nada.</p> <p>—La sociedad les pasará factura —digo para tranquilizarla—. Nadie puede hacer una bestialidad como esa e irse de rositas...</p> <p>—Sí, seguro que los encontrarán y se lo harán pagar —añade Metáfora—. No te agobies.</p> <p><i>Escoria</i> sonríe, como si nos quisiera hacer creer que nuestras explicaciones la consuelan.</p> <p>—Tengo noticias de ese tipo que os disparó, Jon Caster —dice finalmente—. He encontrado información importante...</p> <p>—¿Te refieres al falso policía? ¿El que está malherido?</p> <p>—Sí. Todavía te interesa, ¿no?</p> <p>—Pues claro.</p> <p>—Pues lo de este hombre es una historia de novela policíaca. Menudo pájaro. Es un auténtico policía.</p> <p>—¿Estás segura? ¿No te equivocas?</p> <p>—Lo he cotejado con la fotografía que me envió <i>Patacoja</i>. Conozco a todos los inspectores de Férenix... o a casi todos. Desde que vivo en la calle, he pasado más tiempo en las comisarías que aquí. Y me han contado lo de este tipo. No hay duda de que era un policía.</p> <p>—Pero eso no es posible —dice Metáfora—. El inspector Demetrio lo negó.</p> <p>—El inspector Demetrio mintió —afirma <i>Escoria</i>—. O está equivocado, que también puede ser.</p> <p>Me siento a su lado y espero un poco antes de seguir. Necesito digerir sus últimas palabras.</p> <p>—¿Crees que Demetrio miente? —le pregunto.</p> <p>—He pasado demasiado tiempo entre delincuentes para saber cuándo alguien miente —explica—. Y estoy segura de que le encubrió.</p> <p>—¿Por qué lo hizo? —pregunta Metáfora—. ¿Para quién trabajaba ese tal Caster?</p> <p>—Creo que seguía órdenes directas de Demetrio —afirma.</p> <p>—Eso es muy grave —digo—. Le implica en el tiroteo.</p> <p>—Demetrio no es ningún angelito —añade <i>Escoria</i>—. Lo sé muy bien.</p> <p>—¿Cómo lo sabes? ¿Has hecho algo malo? —interroga Metáfora—. ¿Has cometido algún delito?</p> <p>—¿Crees que se puede sobrevivir siendo un angelito? —responde con cinismo—. La calle es dura, chica. No te imaginas cuánto.</p> <p>—Supongo que no habrás matado a nadie, ¿verdad? —le pregunto.</p> <p>—Yo nunca mataría a nadie. Pero he tenido que defenderme. Y te aseguro que no dejaré que me quemen viva —dice con rabia—. De eso puedes estar segura. ¡Quemada viva y después incinerada! ¡Qué barbaridad!</p> <p>—Ya te he dicho que si me necesitas, solo tienes que llamarme —le recuerdo—. Te defenderé... y <i>Patacoja</i> también.</p> <p>—¿Qué puedes hacer tú contra unos tipos que vienen con un bidón de gasolina, puños de acero, navajas, cadenas...? Y la peor arma de todas: ¡las ganas de matar! ¿Qué puedes hacer? ¿Y <i>Patacoja</i>, que apenas puede mantenerse en pie sobre su muleta?</p> <p>—Salvó la vida de Adela. Se enfrentó con un tipo armado —explico—. Es muy valiente.</p> <p>—Pero no lo haría por mí. Lo hizo porque está enamorado de esa señoritinga... Anda, veamos qué tengo para ti...</p> <p>—Esa señoritinga detuvo a dos tipos que nos seguían. Y disparó contra unos pistoleros que intentaron matarnos. Si no es por ella, es posible que ahora no estuviésemos aquí.</p> <p>—Adela es una buena profesional —reconoce <i>Escoria</i>—. Tiene un currículo que avala su buen trabajo. ¿Qué quieres saber?</p> <p>—Todo lo que tenga que ver con Demetrio —respondo.</p> <p>—¿Qué sospechas tienes?</p> <p>—Sospecho que puede estar involucrado en una conspiración. No me gustó su manera de defender a esos tipos que nos perseguían. Y ahora lo de Caster...</p> <p>—Tened cuidado, chicos —nos advierte—. Este tipo es muy peligroso. No sé qué tiene contra vosotros, pero puede haceros mucho daño.</p> <p>—Gracias, <i>Escoria</i> —digo—. Ahora, si no te importa, muéstranos toda la información que has conseguido sobre el tal Caster.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Mientras volvemos a casa, Metáfora y yo nos sentimos preocupados. Ese Caster es un tipo muy peligroso. Menos mal que, de momento, está fuera de la circulación. Lo peor es la vinculación que tiene con Demetrio. Resulta que trabaja bajo sus órdenes directas.</p> <p>—No me gusta esto —dice Metáfora—. Si Demetrio está detrás de todo, es por algún motivo de peso.</p> <p>—Eso creo yo, pero recuerda que nos dijo que «cumplía órdenes» —le hago notar—. Es posible que solo sea una pieza, y no el responsable de todo lo que está pasando.</p> <p>—Puede... pero ¿y si actúa por cuenta propia? —argumenta—. Te digo que esto está resultando muy peligroso. Seguramente tu padre tenga razón.</p> <p>—¿También crees que deberíamos irnos de Férenix?</p> <p>—No soy partidaria de huir y dejar los problemas sin resolver —responde—. Pero tienes que reconocer que esto se está poniendo muy peligroso.</p> <p>—Estoy de acuerdo. La violencia ha crecido a nuestro alrededor y reconozco que las cosas han empeorado —digo—. Pero quiero descubrir qué ocurre. ¿A qué viene esta conspiración para hacernos daño? ¿Quién la ha organizado?</p> <p>—Si nos quedamos aquí, no lo averiguaremos nunca.</p> <p>—Y si nos vamos, tampoco. Debemos quedarnos y descubrirla, por nuestro bien... y por el de Férenix... También por la gente a la que queremos.</p> <p>Pasamos delante de la tienda de armas que visitamos hace algún tiempo con Cristóbal, aquella que tenía una reproducción de <i>Excalibur</i>, la mítica espada. Veo que el dependiente sigue en su sitio, junto al mostrador, con cara de vinagre.</p> <p>—Un día de estos tengo que llamar al maestro armero que forjó esa espada —sugiero.</p> <p>—¿Todavía crees que tiene algo interesante que contarte? —pregunta Metáfora, con escaso interés.</p> <p>—No lo sé, pero me apetece mucho saber en qué se inspiró para hacerla. El parecido que tiene con la espada de la gruta es sorprendente.</p> <p>—Yo no le daría tanta importancia —dice—. Puede haberse inspirado en cualquier parte.</p> <p>—No hay muchas espadas clavadas en una roca. La del rey Arturo fue la primera. Por eso es especial. Además, ya sabes que pienso escribir una historia sobre él.</p> <p>—Deberías escribir una historia de amor en vez de relatar la historia de una espada, que no interesa a nadie.</p> <p><i>—Excalibur es</i> también una historia de amor —le recuerdo—. La reina Ginebra se casó con el rey Arturo, pero después se enamoró del caballero Lanzarote y eso provocó una terrible guerra.</p> <p>—El amor no produce guerras —sentencia—. El amor es paz.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>V</p> <p>L<style name="versalita">A MUERTE DE LA SERPIENTE</style></p> </h3> <p>Todos estaban en tensión, atentos a lo que pudiera ocurrir. Horades estaba rojo de ira; Arquitamius no movía un solo músculo; el rey Rugiano se mordía las uñas, indeciso, sin saber qué hacer o qué decir. Y los soldados estaban atentos a las órdenes de su jefe, el caballero Cordian.</p> <p>—¡Alquimista! ¡Obedece a mi hijo o doy orden de que os maten! —rugió finalmente—. ¡Es mi última palabra!</p> <p>Arturo dio un paso adelante.</p> <p>—Rey Rugiano. Escucha lo que voy a decirte... Si ordenas a tus soldados que nos ataquen, te garantizo que tú serás el primero en caer. Y puedes estar seguro de que no quedará nadie para devolverte la vida. ¡Horacles también morirá!</p> <p>—Entonces ordena a ese alquimista que cumpla la orden de mi hijo. ¡Quiero que le dibuje ese dragón!</p> <p>—Le pido a Arquitamius que no cumpla esa orden —le contradijo Arturo—. Se lo pido encarecidamente. Y conmino a Horades para que deponga su actitud. ¡El signo de Adragón nunca estará sobre su rostro y jamás tendrá el poder de las letras! Horades es un ser indigno que ha traicionado a su maestro y que solo ansia el poder.</p> <p>—¡Quiero ser adragoniano! —gritó Horades—. ¡Y Arquitamius puede otorgarme ese deseo! ¡Lo tengo casi todo para vivir eternamente!</p> <p>—¡Ya has vivido demasiado! —gritó Arquitamius—, ¡Es hora de que mueras! ¡Eres inhumano, Horades!</p> <p>—¡Lo soy porque he bebido tu sangre! —respondió el antiguo ayudante—. ¡Y ahora quiero asegurar mi inmortalidad! ¡Quiero ser el rey del mundo!</p> <p>Ante las advertencias de Arquitamius, Rugiano pasó la mano sobre el hombro de su querido hijo y le comentó en voz baja:</p> <p>—Horades, hijo, seamos prudentes. Dejemos que se marchen ahora; ya tendremos tiempo de conseguir lo que tanto deseas.</p> <p>—Si se van ahora, nunca tendremos la oportunidad de...</p> <p>—Escucha, escucha... Ahora no nos conviene pelear. No es el momento —insistió Rugiano, preocupado por la ambición desmesurada de Horades—. Hazme caso. Te aseguro que obtendrás lo que quieres. Te lo juro. Dejemos que partan. Al fin y al cabo, no podrán ir muy lejos...</p> <p>Horades inclinó la cabeza en señal de sumisión.</p> <p>—Sí, padre. Haré lo que dices. Espero que cumplas tu palabra.</p> <p>Rugiano acarició la cabeza de Horades y se levantó.</p> <p>—¡Id pues, malditos! ¡Pero recordad que no olvidaré que he muerto dos veces por vuestra culpa y que habéis desobedecido a mi bien amado hijo! ¡Salid de aquí antes de que me arrepienta!</p> <p>—Has tomado una buena decisión, Rugiano —dijo Arturo—. Pero queremos que tu esposa venga con nosotros. Ella no quiere pertenecer a tu macabro reino. Déjala partir.</p> <p>—¡Ella no me abandonará! ¡Es mi esposa! ¡Es mi reina!</p> <p>—¡Quiero ir con ellos! —gritó Astrid levantándose—. ¡Déjame marchar!</p> <p>—¡Nunca! ¡De ninguna manera! —respondió Rugiano, mientras la sujetaba del brazo y sacaba su espada—, ¡Eres mía y no me abandonarás!</p> <p>—¡No le hagas daño, maldito! —gritó Amedia interponiéndose—. ¡Suéltala!</p> <p>—¡Déjala, Rugiano! —gritó Arturo.</p> <p>—¡Os mataré a todos! —respondió Rugiano, fuera de sí, sin la prudencia que acababa de pedirle a su hijo y apuntando a Amedia con su arma—, ¡Apártate!</p> <p>Pero la joven, lejos de amedrentarse, dio un paso adelante dispuesta a defenderse de la actitud agresiva del rey, que la amenazaba con la espada.</p> <p>—¡Vas a morir, traidora! —gritó Rugiano bajando el filo de su arma hacia ella, decidido a matarla.</p> <p>—¡No lo hagas! —gritó Dédalus, que estaba cerca—. ¡No la mates!</p> <p>El padre de Amedia, para proteger a su hija, se interpuso en la trayectoria del arma y recibió de lleno el golpe asesino. Rugiano dio un paso atrás y se llevó consigo a la reina Astrid. Amedia se abalanzó sobre su padre para socorrerle.</p> <p>—¡Yo no tengo la culpa! —gritó Rugiano—. ¡Se ha matado él solo!</p> <p>—¡Asesino! —gritó Amedia, abrazada al cadáver de su padre—. ¡Algún día recibirás tu merecido!</p> <p>El caballero Cordian, que no había perdido detalle de lo sucedido, se dispuso a actuar cuando Astrid consiguió liberarse de su marido. Pero Rugiano, furioso por la actitud de la reina, alzó su espada e intentó detenerla.</p> <p>—¡Soldados! —gritó el monarca, decidido a matarla—. ¡Protegedme!</p> <p>—¡Quieto, Rugiano! —gritó Crispín.</p> <p>Arturo, que comprendió la amenaza que se cernía sobre la reina, desenfundó su espada alquímica y la arrojó hacia el rey.</p> <p>—¡Adragón! ¡Defiéndela!</p> <p>El acero voló directamente hacia Rugiano y se clavó en su pecho. El rey cayó de rodillas sobre la alfombra, con los ojos muy abiertos, a pocos pasos de Dédalus.</p> <p>—¡Lo has matado! —gimió Horades—. ¡Has matado a mi padre!</p> <p>—Y te mataré a ti también si tratas de hacernos daño —respondió Arturo recuperando su hoja, que volvió volando a sus manos—. Así que no intentes nada. Bastante dolor nos habéis causado ya.</p> <p>Horades abrazó a su padre, entre sollozos, mientras la reina Astrid se unía al grupo de Arturo.</p> <p>Cordian, que estaba indeciso, mantenía a sus soldados a raya.</p> <p>—¡Sujeta a Horades, Crispín! —ordenó Arturo—. ¡Apártale!</p> <p>El escudero le agarró y lo arrastró hasta el otro lado de la estancia.</p> <p>—¿Qué vas a hacer? —gritó Horades observando a Arturo, que se acercó al cuerpo de Rugiano con su espada en la mano—. ¿Qué pretendes?</p> <p>—Voy a asegurarme de que Rugiano muera —dijo Arturo, que cortó la cabeza del rey de un solo tajo—, ¡Ni siquiera las serpientes pueden vivir sin ella!</p> <p>—¡Os maldigo! —gritó Horades cuando vio rodar la cabeza del que consideraba su padre—, ¡Me vengaré de vosotros! ¡Lo pagaréis caro!</p> <p>—Ahora vamos a salir de aquí tranquilamente —advirtió Arturo, que envolvió la cabeza de Rugiano en una capa con la ayuda de Crispín—, ¡Que nadie se mueva!</p> <p>—¡Sacadlos de mi reino! —ordenó Horades, fuera de sí—. ¡Sacadlos de aquí antes de que cometa una locura! ¡Han matado a mi padre! ¡Malditos alquimistas! ¡Mi venganza será terrible! ¡Me aliaré con el mismísimo diablo si es necesario, pero os lo haré pagar! ¡A partir de ahora estamos en guerra!</p> <p>—Yo los sacaré de aquí, mi señor —dijo Cordian—, ¡Seguidme, intrusos!</p> <p>Crispín levantó el cadáver de Dédalus entre sus brazos y, con las armas listas, Arturo y los suyos salieron de la estancia, dejando tras de sí un escenario de tragedia y llevándose la cabeza del tirano dentro de la capa.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El enterrador, que contaba con la ayuda de un chico, estaba terminando de sellar una tumba con una losa de mármol cuando se dio cuenta de que alguien se acercaba.</p> <p>—Hola, Frankul. Tu hijo está creciendo muy deprisa —le dijo Escorpio, deteniendo su caballo.</p> <p>—¿De dónde sales Escorpio? —preguntó el hombre con atención—, ¿Qué se te ha perdido en Drácamont?</p> <p>—Mis amigos y yo estamos de paso. Necesitamos un poco de ayuda para seguir adelante.</p> <p>—¿Qué clase de ayuda? —interrogó mientras ajustaba la pesada losa con el pie—, ¿Qué teméis tú y tus amigos?</p> <p>—Necesitamos un carro, algunas ropas y alimentos. Y mucha discreción. Nadie debe saber que hemos pasado por aquí.</p> <p>—¿Vais a hacer un viaje muy largo? ¿Tenéis oro para pagar? Lo que pides es caro... y no se consigue en un momento.</p> <p>—Te pagaremos bien. También recompensaremos tu silencio. Pero tenemos prisa.</p> <p>—¿Os persigue alguien? —demandó, mientras de reojo observaba el rico ropaje de los recién llegados—. ¿Estáis en fuga?</p> <p>—Amigo Frankul, no hagas más preguntas. Cuanto menos sepas, mejor para ti. Consíguenos lo que necesitamos —le advirtió Escorpio.</p> <p>—Está bien. Esta noche nos veremos cerca de los restos del torreón. Mientras tanto, manteneos ocultos. Adelantadme veinte monedas.</p> <p>Morfidio desmontó y se acercó al chico, que permanecía en silencio. Le pasó la mano por el pelo, abrió una bolsa de cuero y le entregó las monedas a Frankul.</p> <p>—Cumple tu compromiso, enterrador —advirtió el conde—, o serás el próximo en ocupar una fosa. De momento, que tu hijo se quede con nosotros hasta que vuelvas con el encargo.</p> <p>Antes de que Frankul pudiera protestar, la daga de Morfidio apuntaba al pecho del chico.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo y sus amigos, que ahora disponían de caballos suficientes para todos, descargaron los objetos de Arquitamius en un carro que Cordian les había entregado.</p> <p>Lentamente traspasaron el puente de madera del castillo de Rugiano, escoltados por el caballero y varios soldados.</p> <p>Cruzaron las calles de Coaglius, donde los hechiceros, que seguían dominando el pueblo, hacían gala de sus poderes provocando sufrimientos a personas y animales. Habían alcanzado un altísimo nivel de barbarie y era casi imposible detenerlos. La población estaba aterrorizada.</p> <p>Muchos ojos se clavaron en los jinetes. Astrid había tenido la precaución de cubrirse con una capa provista de capucha para pasar inadvertida. Amedia, que estaba destrozada por el dolor, también actuó con cautela para no llamar la atención.</p> <p>Cuando pasaron ante la posada de Herminio, Crispín sintió una ligera emoción. Aunque había mucho ajetreo, pudo ver de reojo la silueta de Amarae, al fondo, junto a los animales. Pero ella no le vio.</p> <p>Sin más, llegaron al final del camino, cerca del bosque. En ese momento, los soldados se detuvieron.</p> <p>—Debería dejaros aquí —explicó Cordian—, pero iré con vosotros. Prefiero ser proscrito de un reino maldito que formar parte de él. Daré libertad a mis soldados para que tomen el camino que prefieran.</p> <p>—Gracias, Cordian —dijo Astrid—. Eres un hombre valiente. Nunca olvidaré tu lealtad.</p> <p>—Os ayudaré a salir de aquí, mi reina. Sé cuánto habéis sufrido. Os deseo que encontréis una vida mejor en compañía de estos nobles caballeros.</p> <p>—Eso espero, amigo mío. Solo quiero olvidar el infierno que he vivido en este reino de maldad e injusticias —respondió la reina.</p> <p>—Rugiano era un bárbaro que no merecía su corona —añadió—. Quiero que sepáis que muchos caballeros estuvieron a punto de rebelarse a causa del trato que vuestro esposo os dispensaba. Más de uno hubiera dado su vida por defenderos, pero las amenazas del rey les mantenían atemorizados.</p> <p>Cordian se acercó a sus hombres y les planteó la situación. Todos decidieron seguir con él y con la reina.</p> <p>—Dadles las gracias —dijo la reina cuando le comunicó el acuerdo—. Decidles que nunca lo olvidaré. Rugiano casi me ha quitado las ganas de vivir. No sé qué futuro me espera, pero será lejos de aquí. Lo más lejos posible. Me reconforta saber que hay gente que quiere unir su destino al mío.</p> <p>—Horades traerá muchos problemas a este reino —pronosticó Cordian—. Es muy ambicioso y querrá ocupar el trono de Rugiano.</p> <p>—¡Que la tierra se trague a Horades! —gritó Arturo.</p> <p>—Es lo mejor que podría ocurrir —sentenció Arquitamius—. Ese chico es un verdadero demonio.</p> <p>Iniciaron el retorno con serenidad. Por fin estaban en vías de volver a Ambrosia, donde se reunirían con Arquimaes, Alexia y Émedi. Solo el dolor de Amedia empañaba el ansiado retorno al hogar.</p> <p>Esa misma tarde, Arturo arrojó la cabeza de Rugiano a un precipicio, para que nadie la encontrase jamás. Los buitres tardaron poco en dar buena cuenta de ella.</p> <p>Después, Arturo convenció a Amedia de la necesidad de enterrar el cuerpo de Dédalus. Aunque no quería separarse de su padre, finalmente accedió. Cavaron una profunda zanja al pie de un inmenso árbol; depositaron los restos del hombre a quien Amedia más había amado en el mundo y le rindieron un merecido homenaje.</p> <p>—Nunca volveré a encontrar un hombre como él —dijo la joven—. Era especial.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Mientras Arturo y los suyos marchaban hacia Ambrosia, Horades celebró el funeral del rey y se coronó soberano del nuevo reino, al que llamó Rugían, en honor a su padre.</p> <p>Lo cierto es que poca gente asistió a ambos eventos. Algunos soldados y pocos caballeros presenciaron la pira en la que los restos de Rugiano se convirtieron en cenizas. Muchos menos asistieron a la fiesta en la que Horades se colocó la corona de su padre adoptivo. Era evidente que el nuevo rey no era del agrado de sus súbditos. Le temían demasiado.</p> <p>Después reunió a todos los hechiceros, brujas, magos y nigromantes que se habían asentado en el reino y los invitó a una gran fiesta, que se celebró con gran pompa en el castillo. Durante el banquete, les dirigió un breve discurso:</p> <p>—Amigos, ahora soy el rey de Rugían. Nadie tiene más poder que yo. A vosotros os otorgo más poder que a los soldados y a los caballeros. A partir de hoy, este territorio es vuestro. Aquí podéis poner en práctica todos los sortilegios y magias que os apetezcan. Tenéis la oportunidad de cambiar nuestro mundo y de demostrar que la hechicería es un poder superior al de la crisopeya. ¡Muerte a los alquimistas! ¡Larga vida a los hechiceros!</p> <p>Un griterío, emitido por cientos de voces, le aclamó. Todos los que, de alguna manera, estaban ligados a las artes oscuras vieron en él al nuevo defensor de la hechicería, especialmente ahora que el reino de Demónicus había sucumbido a las fuerzas de Arquimaes y Arturo Adragón.</p> <p>Con Horades surgía un nuevo poder capaz de luchar contra el maldito Ejército Negro del que todo el mundo hablaba y que supuestamente había acabado con el poder de Demónicus.</p> <p>—¡Horades! ¡Horades! ¡Horades! —gritaron hasta desgañifarse.</p> <p>El nuevo rey les escuchó, convencido de que todos sus esfuerzos habían valido la pena. Haber permanecido durante años al servicio de Arquitamius iba a tener recompensa. Con él había aprendido las artes de la magia alquímica y eso, ahora, le otorgaba un gran poder, como el de haber devuelto la vida a Rugiano en la entrada del desfiladero. Por haber probado la sangre de su maestro se había convertido en un ser muy especial.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>La noche era fría, muy similar a aquella en la que Morfidio llegó a Drácamont, acompañado de una pequeña tropa. El torreón estaba casi derruido a causa del incendio que él y sus hombres provocaron. El pillaje y el paso del tiempo habían hecho el resto.</p> <p>El conde observó el único trozo de muro que quedaba en pie y no pudo evitar pensar que, por donde pasaba, dejaba un rastro de destrucción. Parecía que ese era su destino: destruir, matar, arrasar.</p> <p>Miró al hijo de Frankul, que estaba aterrorizado, pues sabía que los nobles sentían un desprecio absoluto por la vida de sus vasallos. La cuerda que le tenía atado a un árbol así se lo indicaba. Hacía un buen rato que la sangre había dejado de circularle por las manos.</p> <p>—Si tu padre no viene, no verás amanecer —le advirtió Morfidio—. Lo siento por ti, chico.</p> <p>—Creo que ya viene —susurró Escorpio—. Le oigo.</p> <p>El conde desenfundó su espada procurando no hacer ruido.</p> <p>—¡Estad atentos! —advirtió a sus dos compinches—. ¡Espero que no sea una trampa!</p> <p>—Frankul nunca me haría eso —aseguró Escorpio.</p> <p>—¿Ah, no? ¿Puedes jurarlo? ¿O eres tan inocente como para creer en alguien que usa a su hijo para enterrar cadáveres? ¡Ese hombre es una rata!</p> <p>Guardaron silencio durante unos instantes.</p> <p>Poco después se dejó oír con claridad el característico sonido de los ejes de una carreta.</p> <p>—¡Soy Frankul!</p> <p>—¡Ven aquí con las manos en alto! —le ordenó Morfidio—. ¡No intentes ninguna jugarreta!</p> <p>—¡Solo quiero recuperar a mi hijo! ¡Os traigo todo lo que me habéis pedido!</p> <p>Escorpio salió a su encuentro y le pidió que se detuviera.</p> <p>—Déjame ver lo que hay dentro de esa carreta —le dijo—. Vamos, levanta el toldo.</p> <p>Frankul obedeció la orden rápidamente.</p> <p>—¿Vienes solo? —preguntó Escorpio—, ¿No nos habrás traicionado, verdad?</p> <p>—¡Os juro que no! ¡Nadie sabe que he venido! ¡Ni siquiera mi mujer!</p> <p>Morfidio se acercó al carro y lo inspeccionó. Comprobó que solo había ropa y comida y se sintió tranquilo.</p> <p>—Está bien, Frankul. Me voy a fiar de ti —aseguró—. Tu hijo y tú nos vais a acompañar un trecho; luego os soltaremos. Es la única manera de asegurarme de que no nos vas a traicionar.</p> <p>—Pero, mi señor, yo nunca...</p> <p>Morfidio le agarró de la pechera y colocó la punta de la espada contra su vientre.</p> <p>—¡No discutas! ¡Harás lo que te digo o morirás ante tu hijo! ¿Entendido?</p> <p>Frankul inclinó la cabeza en señal de obediencia.</p> <p>Añadieron un caballo más al tiro, ataron uno más en la parte trasera y dejaron otro amarrado a un árbol.</p> <p>—Cuando vuelvas lo recoges. Es tu recompensa —le dijo Escorpio, mientras le entregaba una bolsa de monedas—. Gracias por todo, amigo.</p> <p>Salieron de la comarca de Drácamont sin ser vistos por nadie. Las noches frías obligan a la gente a refugiarse entre las mantas del hogar.</p> <p>Al amanecer, Morfidio cortó las cuerdas que ataban al padre y al hijo a la parte trasera del carro.</p> <p>—Podéis volver. Pero hacedlo tranquilamente, sin correr. No me hagáis pensar que tenéis prisa. Tendría que mataros. ¿Está claro?</p> <p>—Sí, mi señor —aceptó Frankul—. Iremos despacio.</p> <p>Escorpio y Górgula vieron cómo el padre y el hijo regresaban lentamente hacia su pueblo. Si hacían un gesto en falso, perderían la vida.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Durante tres días, Arturo y los suyos marcharon en dirección Norte, sin incidentes dignos de mención.</p> <p>Lo más grave que les sucedió fue un ataque de antiguos purgadores que, tras la batalla del desfiladero, se habían constituido en salteadores de caminos. Fueron repelidos por las flechas de Crispín.</p> <p>Una noche organizaron un campamento bien protegido, para evitar sorpresas, ya que habían visto a los renegados merodear un par de veces por los alrededores.</p> <p>Cenaron tranquilamente, al calor de un hermoso fuego que incitaba a compartir sentimientos.</p> <p>—Arturo, háblanos de Alexia —pidió Amedia—. ¿Por qué la querías tanto?</p> <p>—Era especial —dijo con melancolía—. Detrás de su aspecto fiero se escondía un gran corazón. Había más ternura en su alma de la que uno podía imaginar. Era comprensiva y cariñosa. Su hermoso pelo oscuro estaba dividido por un mechón blanco que le cruzaba la cabeza, como un río plateado en la noche. Era dulce y agria a la vez...</p> <p>—Era una hechicera. Eso la hacía peligrosa, ¿no?</p> <p>—Pero había algo en ella que me deslumbraba. Debió de hacer algo extraordinario conmigo... Al principio no me di cuenta, pero ahora creo que...</p> <p>Amedia se dio cuenta de que Arturo estaba acongojado. Se acercó y le cogió dulcemente la mano.</p> <p>—¿Qué es lo que te atormenta, Arturo?</p> <p>—Creo que se dejó matar —confesó—. Permitió que la matara.</p> <p>—¿Por qué lo hizo?</p> <p>—No lo sé. Se sacrificó por mí... Igual que mi madre... Las dos mujeres que más quiero en esta vida han dado su vida por mí. Y las dos están muertas. Por mi culpa.</p> <p>—No te martirices. Lo hicieron por decisión propia. Es una demostración de amor —determinó Astrid.</p> <p>—Así era Alexia: desprendida y valiente. Ahora sé que se vistió con las ropas de Ratala para dejarse matar por mí. ¡No me di cuenta de nada! ¡Ni siquiera imaginé que debajo de aquella coraza estaba el amor de mi vida! ¡Nunca me lo perdonaré!</p> <p>—Ella hizo lo que quiso, mi señor —dijo Crispín—. Debes ser feliz.</p> <p>—Lo soy por haberla conocido. Porque sé que volveré a verla. Tengo que demostrarle que la quiero, que solo pienso en ella. Y debo hacerle llegar el mensaje de que sé lo que hizo.</p> <p>—Tienes suerte de haber conocido a tantas personas dispuestas a morir por ti —dijo Astrid—. Mi marido jamás habría dado su vida por mí.</p> <p>—Cuando Alexia resucitó tenía rasgos de Amarofet, que ofreció su cuerpo para devolverle la vida. Eso la convirtió en mejor persona. Era Alexia mejorada.</p> <p>—¿Qué pasó con la reina Émedi? —preguntó Astrid—. ¿Quién era realmente?</p> <p>—Era la reina más justa de estas tierras. Se unió a Arquimaes y juntos tuvieron el sueño de crear un reino de justicia que debía llamarse Arquimia. Ahora todo se ha acabado, salvo que consiga devolverles la vida...</p> <p>—Arquitamius lo hará —le tranquilizó Crispín—. Si ha sido capaz de controlar las entrañas de la tierra, podrá devolver la vida a las dos mujeres que amas.</p> <p>—No estoy seguro de poder hacerlo —recordó el alquimista—. Es muy difícil devolver a la vida a personas que ya han muerto dos veces.</p> <p>—Solo os pido que lo intentéis, maestro —imploró Arturo—. Necesito otra oportunidad.</p> <p>—He accedido a verlas —dijo Arquitamius—. Haré lo que esté en mi mano, pero debo insistir en las dificultades. Es casi imposible, Arturo.</p> <p>—Arquimaes nos ha contado muchas cosas sobre vos —dijo Crispín—. Sobre todo, que le habéis enseñado secretos que nadie más conoce. Secretos alquímicos.</p> <p>—Arquimaes exagera un poco. Le he enseñado cosas que mucha gente conoce, pero a las que no prestan atención. Le he enseñado a escribir, a dibujar, a crear... y, sobre todo, a soñar. Arquimaes concibió un sueño mientras estuvo conmigo.</p> <p>—¡Y lo dibujó! —exclamó Arturo, que conocía los grabados del maestro Arquimaes—, ¡He visto esos dibujos!</p> <p>—¿Conoces los cuarenta dibujos donde se narra su sueño de crear un reino de justicia? ¿Dónde están?</p> <p>—Se perdieron por mi culpa —reconoció Arturo—. Me los llevé al reino de Demónicus y los quemó. Yo mismo lo vi. Lo siento mucho.</p> <p>—No lo lamentes —dijo Arquitamius—. A Arquimaes le sirvieron para ordenar sus ideas y para planificar sus sueños. Esos dibujos le ayudaron a visualizar su proyecto. Mis enseñanzas se plasmaron en esos grabados.</p> <p>—Debo luchar para que el sueño de Arquimaes se convierta en realidad —añadió Arturo—. Esa es mi misión.</p> <p>—Nosotros te ayudaremos —aseguró Crispín—. Es un gran sueño que hará feliz a mucha gente.</p> <p>—Un viejo sueño —reconoció Arquitamius—. Hay que conseguir que se lleve a cabo. Este mundo necesita desesperadamente un reino de justicia.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VI</p> <p>L<style name="versalita">A PROMESA DE TRÁNSITO</style></p> </h3> <p>El taxi se detiene ante la puerta del monasterio de Monte Fer. Como siempre, nieva en abundancia. Hace un frío polar difícil de soportar.</p> <p>—Aparque aquí —sugiero al conductor—. Es mejor que entre con nosotros si no quiere congelarse mientras nos espera. Le darán algo caliente.</p> <p>—Gracias, aceptaré vuestra invitación. No me apetece nada quedarme solo aquí fuera —dice frotándose las manos—. Todo esto está muerto.</p> <p>Nos disponemos a llamar a la puerta, pero alguien la abre justo antes de dar el primer golpe.</p> <p>—Os esperábamos —dice el monje—. Pasad. Entrad, deprisa.</p> <p>El taxista nos alcanza rápidamente. Luchamos contra la nieve y el viento que nos empuja de cara, con fuerza, y que casi impide que nos mantengamos derechos. Entramos en la cocina, donde nos reciben con alegría.</p> <p>—¡Arturo! ¡Ven a mis brazos, muchacho! —grita el hermano Lucio—. ¡Qué alegría verte!</p> <p>—Hola a todos —saludo—. Encantado de veros.</p> <p>—Nosotros también, Arturo —dice el hermano Pietro—. Nos alegra verte por aquí. Y a ti también, Metáfora.</p> <p>—Gracias por el recibimiento —responde ella—. Yo también estoy encantada de veros.</p> <p>—Os presento al chófer que nos ha traído hasta aquí —comento—. Le he pedido que nos espere mientras...</p> <p>—Nosotros nos ocuparemos de él —explica el hermano Lucio—. Le trataremos bien.</p> <p>—Gracias —dice el taxista—. Encantado de conocerles. Nunca había venido a este monasterio. Es precioso.</p> <p>—Arturo, el hermano Tránsito nos espera —nos interrumpe el hermano Pietro—. Vamos allá.</p> <p>—Yo os espero aquí —añade el chófer—, ¡Huele que alimenta!</p> <p>—Ve tranquilo, Arturo —dice el hermano Lucio—. Seguro que puede ayudarnos a terminar este guiso... Y a probarlo.</p> <p>Metáfora, Pietro y yo salimos al exterior y cruzamos él patio. La nieve cae con más fuerza. Nuestros pies se hunden en la capa blanca, que dificulta nuestro avance. Menos mal que llegamos enseguida.</p> <p>El edificio principal, que ya he visitado varias veces, no es muy cálido, pero tiene gruesas paredes que protegen del frío. Subimos unas escaleras y llegamos a la primera planta. Cruzamos un largo pasillo y entramos en una cámara abovedada, donde el hermano Tránsito nos espera.</p> <p>—Bienvenidos —dice nada más vernos—. Arturo, quiero trasladarte la solidaridad de nuestra comunidad por lo que le ha ocurrido a la Fundación... y por lo de tu padre y vuestros amigos, la señorita Norma, Mahania, Mohamed y <i>Sombra</i>. ¿Cómo se encuentran?</p> <p>—Están en el hospital, bajo observación —explico—. Nos han dicho que están todos bien. <i>Sombra</i> ya ha salido. Muchas gracias por vuestro interés.</p> <p>—Es lo menos que podemos hacer. Si podemos ayudaros, solo tenéis que decirlo.</p> <p>—Es posible que necesitemos vuestra ayuda para almacenar libros —digo—. Estamos desbordados y nos vendría bien vuestro apoyo.</p> <p>—Es fundamental que los libros no caigan en manos extrañas —asiente—. Traedlos aquí.</p> <p>—Gracias. Sabía que podía contar con vosotros —respondo—. Hermano Tránsito, nos han informado de que en este monasterio se hace un censo de todos los nacidos y fallecidos en Férenix. ¿Es eso cierto?</p> <p>—Es posible, Arturo. Dime, ¿qué deseas saber?</p> <p>—Es sobre mi padre —interviene Metáfora—. Nos han dicho que ustedes pueden tener datos sobre el lugar en el que está enterrado. ¿Pueden ayudarme?</p> <p>—No te quepa duda de que lo intentaremos, pero no te puedo garantizar nada —responde el abad—. Necesitamos los datos exactos. Dónde murió, en qué fecha...</p> <p>—No lo sé... Eso es lo que trato de averiguar. Solo sé que se marchó una noche de casa, hace ocho años. Nunca le he vuelto a ver.</p> <p>—Pero ¿qué buscas exactamente?</p> <p>—Quiero saber por qué se fue, por qué no volvió a verme, cuándo murió, cuál fue la causa... y, sobre todo, dónde está enterrado. Quiero visitar su tumba —responde Metáfora.</p> <p>—Hemos buscado por todas partes —añado—. No hemos encontrado una sola pista.</p> <p>—¿Quién os ha dicho que nosotros podíamos ayudaros?</p> <p>—El doctor Batiste —le refiero.</p> <p>—Nuestro censo no es perfecto —reconoce—. El doctor Batiste es muy generoso en sus apreciaciones sobre nosotros, pero no responden a la realidad. Mucha gente muere en Férenix sin que nos enteremos. Y otros nacen sin que lo sepamos. Nuestro trabajo es silencioso y no todo el mundo nos informa.</p> <p>El abad moja la pluma en el tintero, coge una hoja de papel y se dispone a escribir.</p> <p>—Sin embargo, os prometo que haremos todo lo que podamos. ¿Cuál era su nombre?</p> <p>—Román. Román Drácamont.</p> <p>Mientras escribe, tengo la impresión de que ese nombre le suena o le recuerda a alguien.</p> <p>—¿Cuánto tardará en decirnos algo? —pregunta Metáfora, con encarecimiento y ahínco—, ¿Lo harán rápido?</p> <p>—Nosotros no nos caracterizamos precisamente por nuestra rapidez —aclara el hermano Tránsito—. Pero agilizaremos todos los trámites para encontrar a tu padre si disponemos de alguna pista, cosa que no me atrevo a garantizarte.</p> <p>—Estoy muy agradecida por sus palabras, hermano Tránsito —dice Metáfora—. Espero que encuentren algún rastro. Necesito verle. Debo despedirme de él.</p> <p>El hermano Tránsito se levanta, lo que indica que la visita ha terminado.</p> <p>—Llamaré a Arturo y le diré lo que sepa —anuncia—. Tened paciencia, es lo único que puedo deciros.</p> <p>—La tendremos, querido abad —le aseguro—. Esperaremos.</p> <p>—Igual que yo he esperado tu respuesta —dice, en un tono de leve reproche—. Todavía no me has dicho nada sobre el cuadro que te enseñé. ¿Recuerdas?</p> <p>—Es verdad, y me disculpo por ello —reconozco—. No pensé que había tanta prisa. No le he llamado porque no sabía qué decir. No tengo las ideas claras.</p> <p>—Solo quiero saber si la escena del cuadro te recuerda algo. Si te suena, si la has vivido... Necesito que me digas si te sientes identificado con ese acontecimiento, con ese caballero... que acaba de matar a su amada.</p> <p>—¿Por qué pensáis que Arturo tiene algo que ver con esa escena tan terrible? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Sí, es una escena terrible incluso para el período tan violento en que fue pintada. Pero lo cierto es que Arturo sabe mucho de esa época y su opinión me interesa —reconoce Tránsito—. Ha pasado casi toda su vida entre libros medievales, en la Fundación. Además, tengo entendido que pretende escribir un libro sobre el rey Arturo.</p> <p>—Eso es cierto, pero ni mucho menos lo convierte en un experto medievalista. Y menos aún sobre pintura.</p> <p>—Ese cuadro es especial. Es la representación de un drama que Arturo podría identificar.</p> <p>—Para ser sincero, es posible que haya soñado algo similar —reconozco—. Pero no puedo entrar en detalles.</p> <p>—Cuando lo soñaste, ¿eras tú el protagonista?</p> <p>Tardo un poco en responder.</p> <p>—Sí, era yo.</p> <p>—Gracias, Arturo —dice el abad—. Gracias por tu ayuda.</p> <p>Volvemos a la cocina y encontramos a nuestro chófer hablando distendidamente con los monjes. Parece que se divierten.</p> <p>—Ahora vienen muchos turistas a Férenix. Les interesa «lo cultural», que consiste en visitar monumentos y restos antiguos. Si quieren, puedo traerles aquí unos cuantos.</p> <p>—No, no, muchas gracias —responde el hermano Pietro—. Preferimos vivir en paz.</p> <p>—Los turistas gastan mucho dinero.</p> <p>—Eso no nos interesa, pero muchas gracias por su buena voluntad.</p> <p>—Deberíamos irnos antes de que la nieve nos deje atrapados —digo.</p> <p>Salimos del monasterio y subimos al coche. La puerta de la abadía se cierra tras nosotros, el vehículo arranca y emprendemos la vuelta a Férenix.</p> <p>—¿Crees que el hermano Tránsito nos llamará? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Estoy seguro de que lo hará —afirmo—. Ya lo verás.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El frío no remite con el paso de los días. Estamos en el hospital; hemos venido a visitar a papá y a Norma. A pesar de que papá está bien, se le nota un poco cansado y deprimido.</p> <p>—Dentro de poco me darán el alta —nos anuncia—. Tengo unas ganas enormes de salir de aquí. Me aburro como una ostra.</p> <p>—La tranquilidad de la que disfrutas aquí no la encontrarás en otro lado —le reconviene Norma.</p> <p>—Es verdad, pero no veo la hora de volver —afirma papá—. Tengo muchos asuntos retrasados.</p> <p>—El trabajo no es lo más importante —insiste ella—. Sí, en cambio, tu salud.</p> <p>Estoy a punto de intervenir cuando mi móvil empieza a sonar.</p> <p>—Hola, ¿quién es?</p> <p>—Arturo, soy el hermano Tránsito. Hemos sido más rápidos de lo que esperaba. Tengo noticias sobre el padre de Metáfora.</p> <p>—¿Cuáles?</p> <p>—Hemos encontrado sus datos. Sabemos dónde está enterrado. ¿Seguro que quieres que te lo diga?</p> <p>—Claro que sí. Metáfora necesita saberlo.</p> <p>—Está en una tumba, en la afueras de Férenix, en un lugar llamado El Barranco de la Mano Ardiente.</p> <p>—¿Está seguro, hermano?</p> <p>—No hay posibilidad de error. Es la tumba del hombre que buscas. En ella yace Román Drácamont.</p> <p>—Gracias. No olvidaremos este favor.</p> <p>—Si tanto nos lo agradeces, intenta recordar la imagen del cuadro —insiste de nuevo—. Es muy importante. Prométeme que te esforzarás.</p> <p>—Está bien. Le prometo que haré todo lo que pueda. Adiós.</p> <p>Cuando cuelgo, Metáfora, que ya ha supuesto que hablaba con el abad, me interroga con la mirada.</p> <p>—Bueno, nosotros nos vamos —digo—. Es tarde y estamos cansados.</p> <p>Doy un beso a papá y otros dos a Norma.</p> <p>—Dentro de poco estaremos juntos —advierte—. Habrá que apañarse, ya que la casa no es muy grande.</p> <p>—No habrá problemas —dice Metáfora—. Hay sitio para todos.</p> <p>Salimos de la habitación y Metáfora me acosa a preguntas.</p> <p>—¿Qué te ha dicho? ¿Te ha dado alguna dirección? ¿Sabe dónde está?</p> <p>—Parece que la tumba de tu padre está en El Barranco de la Mano Ardiente.</p> <p>—¡Eso está en la frontera de Férenix! —exclama.</p> <p>—Podemos coger un autobús.</p> <p>—Es una hora de viaje. ¡Podemos ir ahora mismo!</p> <p>—Es demasiado tarde —señalo—. Iremos mañana por la mañana.</p> <p>—Está bien. Nos levantaremos temprano.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VII</p> <p>U<style name="versalita">N EJÉRCITO EN EL CAMINO</style></p> </h3> <p>Durante el viaje a Ambrosia sufrieron algunos ataques de grupos armados que asolaban la región. El ejército de Demónicus, en su retirada, había perdido muchos oficiales y las compañías se habían reducido o disuelto en bandas que luchaban para sobrevivir. No obstante, esos ataques no tuvieron ninguna consecuencia para el grupo de Arturo, que se deshizo de ellos con facilidad.</p> <p>—Estamos llegando —anunció Crispín al atardecer—. Dentro de poco estaremos en Ambrosia. Quizá mañana...</p> <p>—Espero que Arquimaes haya mantenido a Alexia y Émedi bien protegidas —suspiró Arturo—. Ardo en deseos por verlas.</p> <p>—Yo también tengo ganas de ver a mi antiguo alumno —añadió Arquitamius—. Arquimaes se ha convertido en un gran alquimista.</p> <p>—¿Qué tal están vuestras heridas, maestro? —preguntó Amedia, que aún seguía bajo el impacto de la muerte de su padre.</p> <p>—Apenas me queda rastro —respondió—, gracias a tus cuidados.</p> <p>—Y a los de mi padre —dijo la muchacha con un temblor en la voz.</p> <p>—Esta noche descansaremos aquí —propuso Cordian—. Es necesario administrar nuestras fuerzas. Además, no es conveniente viajar de noche.</p> <p>—Me parece bien —aceptó Arturo—. Prefiero llegar descansado. Los últimos días han sido muy duros.</p> <p>Organizaron un campamento para pasar la noche cuando, de repente, un centinela, uno de los hombres fieles a Cordian, bajó desde la colina de observación y lanzó varios gritos de advertencia.</p> <p>—¡Soldados! ¡Un ejército se acerca! —gritó, bastante alarmado—, ¡Viene hacia aquí!</p> <p>—¿Estás seguro? —le preguntó Cordian—, ¿Cuántos son?</p> <p>—Son muchos, mi señor. Vienen directamente hacia aquí.</p> <p>—¿Qué bandera traen? —preguntó Arturo.</p> <p>—No puedo precisarlo. Están lejos, es de noche y no se distinguen bien.</p> <p>Crispín, siempre en guardia, saltó sobre su caballo y subió a la colina, acompañado del soldado. Tras observar la gran columna militar con mucha atención, y a pesar de que la oscuridad le impedía ver con claridad los colores de los estandartes, los reconoció enseguida.</p> <p>Volvió junto a Arturo y le informó:</p> <p>—¡Es el Ejército Negro! ¡Viene hacia aquí!</p> <p>—¿Qué dices? ¿Qué habrá pasado? ¿Dónde irán nuestros soldados con esta dirección? Deberían estar en Ambrosia.</p> <p>—No estoy seguro, pero me ha parecido reconocer a Puño de Hierro —añadió—. Creo que es quien los dirige.</p> <p>Arturo se sintió desconcertado. ¿A qué venía esa expedición de un ejército que estaba bajo su mando? ¿Por qué no le habían enviado un mensajero para advertirle de semejante movimiento? ¿Quién había tomado la decisión de desplegar al Ejército Negro?</p> <p>Un poco después se acercó una avanzadilla del Ejército Negro para identificarlos. Enseguida reconocieron a Arturo y a Crispín.</p> <p>—Nos alegramos de verte, Arturo Adragón —dijo el oficial al mando—. Puño de Hierro, nuestro comandante en jefe, estará encantado de saludarte.</p> <p>—Será bienvenido —aceptó Arturo—. Es un hombre de honor y le apreciamos mucho. Ha luchado con valentía en la batalla de Dtemónika.</p> <p>Pocos minutos después, el mismísimo Puño de Hierro abrazaba efusivamente a Arturo y saludaba a Crispín.</p> <p>—El encargo que Arquimaes nos hizo está cumplido y nos dirigimos a Ambrosia —dijo Arturo—. Te presento a Arquitamius, su maestro.</p> <p>—Me alegra ver que habéis tenido éxito en vuestra misión —dijo mientras saludaba al gran alquimista—, ¡Sed bienvenido! Arquimaes está deseando abrazaros.</p> <p>—Y yo a él. Hace años que no le veo. Mi corazón se llena de gozo al saber que va a reencontrarse con un viejo amigo.</p> <p>—¿Y estas damas? —preguntó Puño de Hierro—, ¿Van también a Ambrosia?</p> <p>—Ella es la reina Astrid, esposa del fallecido rey Rugiano, que viene a rendir homenaje a la reina Émedi —explicó Arturo—. También nos acompaña Amedia, una amiga a la que hemos salvado de la hoguera, que ha perdido a su padre hace poco.</p> <p>—Sed también bienvenidas. En Ambrosia os acogerán con los brazos abiertos, aunque llegáis en un momento de dolor para nosotros. Ya os habrán contado que nuestra reina Émedi y la princesa Alexia han muerto.</p> <p>—Ojalá nuestra presencia reconforte vuestros corazones —deseó Astrid—. Intentaremos ayudar en lo que podamos, ¿verdad, Amedia?</p> <p>—Naturalmente. Haremos cuanto esté en nuestra mano para aliviar vuestro dolor.</p> <p>El Ejército Negro, formado por un millar de hombres, acampó allí mismo para pasar la noche que ya caía sobre la estepa. Durante la cena intercambiaron información.</p> <p>—¿Adónde os dirigís, Puño de Hierro? —preguntó Arquitamius—. ¿Una misión de guerra?</p> <p>—Vamos al antiguo castillo de la reina Émedi como refuerzo a los efectivos de Leónidas. Lo tienen todo sitiado, pero no consiguen doblegar a los demon iquianos que lo defienden. Los carthacianos y los hombres de Armadía han prometido ayuda.</p> <p>—¿Sabéis algo de mi padre? —preguntó Crispín—, ¿Sabéis si se encuentra bien?</p> <p>—Tengo entendido que está en el castillo de Armadía. Es posible que se una a nuestro ejército.</p> <p>—¿Quién dirige a esos demoniquianos? —preguntó Arturo.</p> <p>—Tránsito y Alexander de Fer —informó Puño de Hierro—. Se han hecho fuertes y luchan a la desesperada. No hay forma de romper sus filas. Sus hombres les son muy fieles. Además, han rescatado a Demónicia, que se encuentra con ellos en el castillo.</p> <p>—¡Demónicia liberada! —exclamó Arturo—. ¿Cómo ha ocurrido?</p> <p>—No estamos seguros, pero creemos que ha sido Alexander de Fer —relató Puño de Hierro.</p> <p>—Es una buena ocasión para acabar con todos a la vez —sugirió Crispín—, ¿No te parece, Arturo?</p> <p>—Claro que sí.</p> <p>—Sería formidable que pudieras venir a dirigir el ataque —propuso Puño de Hierro—. Contigo al frente, Arturo, conquistaríamos el castillo en un solo asalto.</p> <p>—Yo no puedo —dijo Arturo—. Tengo que ir a Ambrosia. Arquimaes nos espera. ¡Tengo que unirme con Arquimaes, Alexia y Émedi!</p> <p>—Podríamos volver en poco tiempo —sugirió Crispín—. Tardaríamos lo imprescindible.</p> <p>—No, Crispín; ahora no puede ser —le rebatió Arturo—, ¡Voy a Ambrosia!</p> <p>—Pero el Ejército Negro os necesita...</p> <p>—¡Te digo que no! —gritó Arturo, poniéndose en pie—. ¡Ya basta!</p> <p>Todos se sorprendieron por la actitud de Arturo. El mismo se quedó muy desconcertado.</p> <p>—Lo siento —se disculpó el escudero.</p> <p>—Yo también lo lamento. Perdonadme —dijo Arturo mientras salía de la tienda—, pero no puede ser.</p> <p>Todos guardaban silencio y nadie se atrevía a comentar lo que acababa de suceder.</p> <p>Crispín se sentó, tomo un sorbo de agua y dijo:</p> <p>—Mañana partiré a visitar a mi padre. Ambrosia está cerca y podéis ir solos. Yo no os hago falta.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Al día siguiente, a primera hora, los hombres del Ejército Negro levantaron el campamento.</p> <p>—Enhorabuena por haber encontrado a Arquitamius —dijo Puño de Hierro—. Os deseo suerte, Arturo.</p> <p>—Yo también, amigo —dijo Arturo—. Siento no poder acompañaros.</p> <p>—Conseguiremos recuperar nuestro castillo —afirmó Puño de Hierro—. Alexander pagará su infamia y Demónicia será aplastada.</p> <p>—Contáis con nuestro apoyo —añadió Crispín—. Mucha suerte. Dad recuerdos a Leónidas y decidle que nuestros corazones están con él.</p> <p>El caballero montó y, acompañado de sus oficiales, se dirigió hacia sus hombres, que le esperaban en el camino. El ejército se puso en marcha y se convirtió en una columna de polvo que se alejaba poco a poco.</p> <p>—Arturo, ¿me das permiso para ir a visitar a mi padre? —preguntó Crispín—, Ambrosia está cerca y no me necesitas.</p> <p>—Claro que sí —dijo Arturo—. Tu padre necesita tu apoyo. Gracias por haberme acompañado. Espero que vuelvas a Ambrosia.</p> <p>—Volveré lo más pronto posible. Te doy mi palabra.</p> <p>—Cuento contigo.</p> <p>Crispín entró en la tienda y preparó sus enseres. Media hora después, tras despedirse de todos, partía hacia las montañas. Llevaba en sus oídos las palabras que Arquitamius le había dicho, mirándole a los ojos: «Eres un gran escudero y serás un gran caballero».</p> <p>Mientras Crispín se perdía en el horizonte, Arturo ordenó que se iniciara la marcha para afrontar la última etapa del viaje.</p> <p>—Dentro de unas horas estaremos en Ambrosia —susurró—. Por fin voy a estar cerca de Alexia y Émedi.</p> <p>Astrid se le acercó.</p> <p>—Arturo, ¿sigues enfadado con Crispín por lo de anoche? —le preguntó.</p> <p>—No. Siento mucho haberme comportado así con él —respondió Arturo—. Es un buen chico y le aprecio mucho.</p> <p>—Se está haciendo un hombre y reacciona con energía —le corrigió la antigua reina—. Te quiere y te respeta.</p> <p>—Sí, lo sé. Pero yo tengo una misión que cumplir y no puedo dejarme llevar por los sentimientos. Me hubiera gustado acompañar a Puño de Hierro, pero...</p> <p>—Estás pasando un mal momento, Arturo. Debes contener tu rabia o te devorará. Sabes perfectamente que tendrías que haber ido con tu ejército.</p> <p>—Lo sé. Pero nada en el mundo puede interponerse entre Émedi, Alexia y yo. Ahora tengo que terminar la misión que me impuse. Cuando lo consiga, me uniré a mis hombres y acabaré definitivamente con el imperio de Demónicus.</p> <p>—Eso si te necesitan. Es posible que acaben ellos solos el trabajo —añadió la reina Astrid.</p> <p>—Tengo que correr ese riesgo, señora. No puedo hacer otra cosa.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VIII</p> <p>V<style name="versalita">IAJE AL MUNDO HELADO</style></p> </h3> <p>El viaje en autobús ha sido un poco pesado. Ha tenido que ir despacio a causa de una tormenta de nieve que ha ralentizado la marcha. Aunque el conductor ha colocado cadenas en las ruedas, hemos patinado un par de veces y ha faltado poco para que nos precipitemos por una pendiente.</p> <p>Por fin hemos llegado a un pequeño pueblo llamado El Barranco de la Mano Ardiente, en el que apenas hay casas. Es un poblado perdido entre colinas. Aparece rodeado de un denso bosque que ahora está cubierto de blanco, igual que el resto del paisaje. Creo que se encuentra en el límite de la frontera de Férenix. Menos mal que hemos venido preparados y nos hemos equipado bien.</p> <p>—Parece que estamos en el fin del mundo —afirma Metáfora, apenas bajamos del autobús.</p> <p>—Si no lo es, se parece mucho —digo observando las calles vacías—. Aquí no hay nadie. Parece un pueblo fantasma.</p> <p>—Mira, ahí hay una cafetería. Podemos acercarnos a preguntar.</p> <p>—Sí, y a tomar algo caliente, que a buen seguro nos vendrá bien.</p> <p>Andamos con mucho cuidado, ya que el camino está congelado y recubierto por una capa de hielo que podría enviarnos al suelo al más leve descuido.</p> <p>Dentro hace calor. Solo hay dos personas sentadas en una mesa; una camarera atiende la barra. Decididamente, o este lugar no está demasiado poblado, o la gente prefiere no dejarse ver.</p> <p>—¿Acabáis de llegar en el autobús de línea? —pregunta la camarera, una mujer de unos cuarenta años, que parece muy simpática.</p> <p>—Sí, y estamos muertos de frío —dice Metáfora—. ¿Puede servirnos algo caliente?</p> <p>—¿Como qué?</p> <p>—¿Dos cafés con leche? —sugiero.</p> <p>—Sentaos —propone—. Enseguida os los sirvo.</p> <p>Elegimos una mesa al fondo, cerca de la ventana, desde donde se ve el pueblo o su silueta, pues apenas se distingue entre la blanquecina cortina de nieve.</p> <p>Mientras nos quitamos los chaquetones, la mujer se acerca con una bandeja.</p> <p>—Aquí tenéis: dos cafés bien calientes... ¿Os apetece algo de comer? Tengo una tarta de frambuesa recién hecha.</p> <p>—No, gracias —digo—. Pero quizá nos pueda informar de dónde está el cementerio.</p> <p>—Está en las afueras, al otro lado del pueblo, a un kilómetro —indica—. Es fácil de encontrar, incluso con esta nieve.</p> <p>—Gracias —dice Metáfora—. Muy amable.</p> <p>—¿Vais a visitar alguna tumba? ¿Un familiar, quizá?</p> <p>—Sí, mi padre —replica Metáfora—. Me han dicho que está enterrado allí.</p> <p>—Vaya, lo siento... Lo siento mucho.</p> <p>—No se preocupe, murió hace años. Solo quiero ver su tumba.</p> <p>La mujer, comprensiva, sonríe y se marcha.</p> <p>—Hemos tenido suerte —musita Metáfora—. Está cerca.</p> <p>—Sí... creo que lo hemos encontrado. ¡Por fin!</p> <p>Metáfora toma un sorbo de café cogiendo la taza con las dos manos, buscando su calor.</p> <p>—Ahora podrás quedarte tranquila —añado—. Reconforta mucho saber dónde están enterrados nuestros seres queridos.</p> <p>—Sí. Tú también has tenido la suerte de encontrar a tu madre.</p> <p>—Aunque ahora está enterrada bajo esos escombros —matizo—. La sacaré de ahí en cuanto pueda. Tengo que recuperarla.</p> <p>—Quizá pueda trasladar los restos de mi padre hasta el cementerio de Férenix —sugiere—. A mi madre y a mí nos gustaría tenerlo cerca.</p> <p>—Es una buena idea, pero tendrás que hacer muchos papeleos. Estas cosas son muy complicadas.</p> <p>—Y caras —añade—. Buscaremos un abogado que haga los trámites.</p> <p>—Me alegra ver que te has reconciliado con tu padre... bueno, con su recuerdo.</p> <p>—Todavía no estoy segura de nada —dice con tristeza—. Ni siquiera sé de qué murió.</p> <p>—Ya lo averiguarás. Ahora, lo más importante es que lo has encontrado. Si el abad dice que está aquí es que lo está, no te quepa duda.</p> <p>—El abad no lo sabe todo. Ya ves que te consulta sobre los cuadros del monasterio. ¿Qué busca realmente? ¿Por qué te pregunta a ti? ¿Qué hay en ese cuadro que te involucre?</p> <p>—No tengo ni idea. Solo sé que tiene mucho interés en relacionarme con la historia de ese caballero medieval. Ya te he hablado de los sueños.</p> <p>—En el cuadro, la chica que yace muerta en los brazos del caballero es Alexia, ¿verdad?</p> <p>—Creo que sí.</p> <p>—¿Por qué has tardado tanto en decírselo?</p> <p>—No estoy seguro de nada. Solo lo he visto en sueños, pero no me atrevo a relacionarlo con la realidad. Los sueños no aparecen pintados en los cuadros.</p> <p>—Pues ya es hora de aceptar que tus sueños y la realidad se parecen mucho. Cada día está más claro. Recuerda lo que te contó la pitonisa Estrella, la historia de ese rey medieval que creó el reino de Arquimia, que al parecer tiene un palacio debajo de la Fundación, en Férenix. Empiezo a convencerme de que todo está relacionado.</p> <p>—No sé, Metáfora, me resisto a aceptarlo. Es algo que guardo dentro de mí y que me pesa demasiado. No sé cómo asociar esas cosas. ¿Por qué tengo sueños de hechos que ocurrieron hace mil años? ¿De dónde salen? ¿Quién me los ha implantado? Bern y Vistalegre dicen que alguien me empuja a soñar.</p> <p>—Es posible que tengan razón. Alguna explicación debe de haber —deduce—. Tienen que tener una finalidad. Quizá son premonitorios...</p> <p>—O sirven para decirme quién soy. Ya sabes, una especie de película histórica que me recuerda lo que...</p> <p>—¿Lo que fuiste? ¿Ibas a decir eso? ¿Crees que has tenido una vida anterior que se parece a tus sueños? ¿Crees que has sido rey en una vida anterior?</p> <p>—Estoy confundido, Metáfora —reconozco—. Muy confundido. A veces pienso que tiene que ver con eso, pero me parece imposible.</p> <p>—Nada es imposible, aunque yo tampoco lo creo. Me inclino más por pensar que se trata de algo relacionado con sucesos que acontecieron y que, de alguna manera, se quedaron grabados en tu mente.</p> <p>—Pero ¿por qué yo? Si pasaron hace tantos años, ¿por qué se mantienen vivos en mi memoria?</p> <p>Metáfora me mira la frente.</p> <p>—Ese dibujo nació contigo, ¿no?</p> <p>—Creo que sí. Puede que sea un capricho del destino.</p> <p>—«Eso» no es, precisamente, un lunar. Es un dibujo que cobra vida. Es mágico y especial —explica con detalle—. Es tu cordón umbilical con el pasado. Con tu antepasado. Con el Arturo Adragón de la Edad Media, el arquimiano.</p> <p>—El jefe del Ejército Negro.</p> <p>—El mismísimo Ejército Negro, según el general Battaglia.</p> <p>Esta conversación me sobrecoge el corazón. Si todo lo que suponemos es cierto, Estrella tiene razón y mi vida va a ser un infierno.</p> <p>—Mira, ha dejado de nevar. Creo que ya es hora de que nos acerquemos al cementerio —indico, dejando mi taza vacía sobre la mesa—. Este café estaba buenísimo.</p> <p>—Dulce y caliente —confirma Metáfora—. Como las cosas buenas de la vida.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Hemos cruzado el pueblo sin dificultades. Como hay poco tráfico, el peligro es menor. Los coches, en estas circunstancias, suelen derrapar y los peatones pagan las consecuencias. Nos hemos cruzado con pocas personas, lo que confirma que, o hay poca gente, o no salen de casa.</p> <p>El cementerio es pequeño y la puerta de hierro está abierta. Entramos sin problemas. Al fondo distinguimos a un hombre entre la niebla, que nos mira con curiosidad.</p> <p>—¿Dónde estará la tumba? —se pregunta Metáfora—. Podemos preguntar a ese hombre, que parece el vigilante,—No es necesario. Esto es pequeño. Si damos una vuelta, seguro que la encontramos —digo.</p> <p>—Bien, vamos a ello. Empecemos por la derecha.</p> <p>No hay demasiadas tumbas. Las más nuevas se ven cuidadas, tienen ramos de flores y están limpias, mientras que las más viejas se encuentran bastante abandonadas.</p> <p>—Supongo que la de mi padre no estará cuidada —dice con pena—. Nadie se ocupa de venir a limpiar su lápida.</p> <p>Después de dar algunas vueltas, veo que Metáfora se detiene y se queda paralizada.</p> <p>—¡Aquí está! —dice con la voz ahogada—, ¡Aquí está! ¡Mira!</p> <p>Me acerco y leo perfectamente el nombre de Román Drácamont, esculpido en letras de piedra.</p> <p>—Lo has encontrado —digo—. ¡Aquí lo tienes! ¡Por fin!</p> <p>—Está limpia y cuidada —balbucea, mientras me muestra un ramo de flores reciente—. ¡Alguien la cuida!</p> <p>—No me imagino quién puede hacerlo. Pero ahora eso no importa. Te voy a dejar sola un rato.</p> <p>Me alejo un poco. Quiero respetar este momento de intimidad. Veo cómo se acerca a la lápida y pone su mano encima. No estoy seguro, pero me parece que está llorando.</p> <p>El guardián del cementerio no nos quita ojo de encima.</p> <p>Me acerco a él para explicarle quiénes somos. Es lo mejor para evitar suspicacias.</p> <p>—Buenos días —le saludo—. Hace frío, ¿verdad?</p> <p>—Claro, como todos los días —responde, un poco huraño—, ¿Qué hacen aquí?</p> <p>—Hemos venido a visitar la tumba del padre de mi amiga. No tardaremos mucho.</p> <p>—¿A quién han venido a ver?</p> <p>—A Román Drácamont.</p> <p>—¿Drácamont? No sabía que tuviera una hija.</p> <p>—Es que se separaron hace años... ¿Sabe usted por casualidad quién cuida su tumba?</p> <p>—Lo hago yo. Me pagan por hacerlo.</p> <p>—Vaya, qué sorpresa... ¿Quién le paga?</p> <p>—No lo sé. Me ingresan el dinero todos los meses, pero no tengo ni idea de quién es.</p> <p>—¡Un encargo anónimo! ¿Hace muchos años que le pagan?</p> <p>—Desde que le trasladaron aquí... Hace algo más de un año.</p> <p>—No sabrá desde dónde le trajeron, ¿verdad?</p> <p>—No tengo ni idea. Cuando hacen un traslado, a mí no me cuentan nada. Además, no es asunto mío.</p> <p>Saco un billete de veinte euros y se lo entrego.</p> <p>—Tenga, por las molestias y por la información —digo—. Ha sido usted muy amable.</p> <p>—Una mujer —repone guardándose el billete—. Una mujer viene de vez en cuando a verle. Pero no sé su nombre.</p> <p>—¿Morena?</p> <p>—Morena, bien vestida. Parece que le quiere mucho.</p> <p>—Gracias otra vez —digo mientras me vuelvo hacia Metáfora, que me llama.</p> <p>Me acerco a mi amiga y me recibe con un abrazo.</p> <p>—Estoy emocionada —dice—. Me he reconciliado con él. Acabo de comprender algo que no entendía. ¡Dio su vida por mí!</p> <p>—¿Cómo?</p> <p>—¡Mira! ¡Mira lo que pone!</p> <p>Debajo del nombre de Román hay un pequeño epitafio que no había visto:</p> <p></p> <i><p style="text-align:left; text-indent:0em;"><i>Aquí yace Román Drácamont</i>,</p> <p style="text-align:left; text-indent:0em;"><i>un hombre que entregó su vida por su hija</i>,</p> <p style="text-align:left; text-indent:0em;"><i>a la que quería con locura</i>.</p> </i> <p></p> <p>—Siempre pensé que me había abandonado, pero ahora acabo de comprender que, en realidad, se marchó para salvarme la vida. Ha pasado tanto tiempo... Tengo los recuerdos confusos, mezclados... De pequeña enfermé; estuve al borde de la muerte y, ¡claro!, él me salvó.</p> <p>—Ha valido la pena venir hasta aquí. Me alegro de que hayas descubierto que tu padre te quería y que nunca te abandonó.</p> <p>—Ahora solo me queda descubrir cómo murió.</p> <p>—Eso no importa, Metáfora —la corrijo—. Lo que cuenta es que dio su vida para salvar la tuya.</p> <p>—Sí importa, Arturo. Quiero saberlo todo. Se lo debo. Tengo que honrar su memoria. Es mi padre, mi salvador.</p> <p>—Pero, Metáfora, lo que interesa es el hecho de que entregó su vida por ti. Lo demás no interesa.</p> <p>Me abraza y me pone un dedo sobre los labios.</p> <p>—Vamos a preguntarle al vigilante. Quizá él pueda decirnos algo —propone.</p> <p>—Ya he hablado con él, pero no sabe nada. Te contaré lo poco que me ha dicho. Creo que lo mejor es que volvamos a Férenix. Allí haremos todas las averiguaciones posibles.</p> <p>—Sí, hablaremos con el abad...</p> <p>—Y con Jean Batiste... Debemos darle las gracias.</p> <p>—Sí, quizá nos cuente algo más.</p> <p>—Seguro que sabe cosas.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IX</p> <p>U<style name="versalita">N LÍDER PARA UN EJÉRCITO</style></p> </h3> <p>Un oficial se acercó a Puño de Hierro, que iba a la cabeza del Ejército Negro, y señaló bacia la retaguardia.</p> <p>—¡Mi señor, se acerca un jinete! —le avisó, sin dejar de mirar al horizonte—. Nos sigue.</p> <p>—¿Quién es? —preguntó Puño de Hierro.</p> <p>—No lo sé. Está demasiado lejos. Pero viene hacia nosotros.</p> <p>Puño de Hierro y el oficial se apartaron hasta al borde del camino, en tanto esperaban al visitante, quien, efectivamente, cabalgaba en esa dirección.</p> <p>—¡Increíble! —exclamó cuando la silueta del jinete empezó a perfilarse y distinguió la máscara de plata—, ¡Menuda sorpresa!</p> <p>El recién llegado, que portaba la espada alquímica en el cinto, detuvo su caballo a pocos metros de Puño de Hierro, que se adelantó hasta él.</p> <p>—¡Bienvenido, Arturo!</p> <p>El jinete hizo un gesto con la cabeza, indicando que quería hablar a solas con él. El oficial entendió el mensaje y se retiró cortésmente.</p> <p>—¿Hay algo que te preocupe, Arturo? —preguntó cuando estuvieron solos—. ¿Qué ocurre?</p> <p>—Soy Crispín —dijo el escudero a la vez que se quitaba la máscara—. Arturo me ha autorizado a ocupar su lugar. Te lo cuento porque no queremos que te sientas engañado. El confía mucho en ti.</p> <p>—Todo lo que Arturo ordene tiene mi aprobación, pero me gustaría saber a qué viene esto. Primero declina mi oferta de dirigir él mismo a nuestros hombres y ahora te envía a ti. ¿Qué pasa, Crispín? ¿Es que no puede dirigir él mismo a su ejército? ¿Qué se lo impide?</p> <p>—Sí puede; claro que puede. Pero tiene que ocuparse de otros asuntos —respondió el fiel escudero—. ¿Cuento con tu ayuda?</p> <p>—Claro que sí. Seguiremos adelante con vuestro plan. Nuestros hombres necesitan a su jefe —aceptó con resignación el caballero Émediano—. La batalla va a ser dura.</p> <p>—Gracias, Puño de Hierro. Cuando llegue el momento, les contaremos la verdad.</p> <p>—A partir de ahora, lo único que deben saber es que Arturo Adragón les dirigirá en el ataque al castillo de Émedia. Prométeme que no los decepcionarás. Sería un golpe demasiado duro para ellos.</p> <p>—Te lo prometo —afirmó Crispín—. No sabrán que siguieron a un escudero en vez de a un caballero... salvo que el propio Arturo decida contárselo.</p> <p>—Procura hablar poco para que no reconozcan tu voz. Yo me ocuparé de todo. Cuando lleguemos se lo contaremos a Leónidas. Espero que no se sienta decepcionado.</p> <p>Puño de Hierro giró su caballo y se dirigió hacia sus hombres. Crispín le siguió mientras recordaba la conversación secreta que tuvo la noche anterior con Arturo y Arquitamius.</p> <p>—Autorízame a ir en tu nombre, Arturo. Deja que me vista como tú y permite que el Ejército Negro tenga un jefe al que seguir —le imploré.</p> <p>—No estoy seguro, Crispín. Si descubren el engaño, puede ser muy grave. No me lo perdonarían. Podría ser el fin de nuestro ejército.</p> <p>—La pérdida de confianza es irrecuperable —añadió Arquitamius.</p> <p>—Lo sé. Lo entiendo y no te lo reprocho, Arturo. Pero permítemelo. Tienes que darme un margen de confianza. ¡Estoy preparado para hacerlo!</p> <p>—Claro, pero... no sé si está bien.</p> <p>—Lo que no está bien, Arturo, es que el Ejército Negro no tenga un jefe. Eso es lo peor de todo. Mi presencia dará confianza a esos hombres. Entiendo tus motivos, pero te ruego que entiendas tú los míos. Autorízame, por favor.</p> <p>—Es posible que Crispín tenga razón —intervino Arquitamius—. Piénsalo bien.</p> <p>Arturo dudó durante unos instantes, pero finalmente se quitó la máscara y se la entregó.</p> <p>—Toma, póntela. Yo me camuflaré con un yelmo. Te prestaré mi espada alquímica —propuso Arturo, desenfundando su arma—. Así sabrán quién eres.</p> <p>—Espera, déjamela un momento —pidió Arquitamius mientras agarraba el arma por la empuñadura, justo antes de que Crispín la cogiera—. Ahora te la devuelvo. O, mejor dicho, os la devuelvo.</p> <p>El alquimista envolvió la hoja en su capa. Mientras hablaba con ella y la acariciaba, retumbaba un sonido metálico que indicaba algún tipo de actividad. Antes de que pudieran darse cuenta de lo que había ocurrido, Arquitamius abrió la túnica y los dejó con la boca abierta: tenía una espada idéntica en cada mano.</p> <p>—¡Aquí tenéis vuestras armas! —exclamó el alquimista—. ¡Una para cada uno!</p> <p>—¡La has duplicado! —exclamó Crispín—, ¡Ahora hay dos espadas!</p> <p>—Nadie pondrá en duda que eres Arturo —afirmó el sabio—. Esta espada es única y los que la conocen saben a quién pertenece. Tómala, Crispín, y haz buen uso de ella. Ya nos la devolverás cuando termines tu misión.</p> <p>El joven escudero recordaba cómo se emocionó cuando, con mano temblorosa, blandió el arma alquímica, por primera vez, en presencia de Arturo y de Arquitamius.</p> <p>—Suerte, Crispín. Ahora eres yo —le dijo Arturo—. Recuerda el código adragoniano.</p> <p>—Lo conozco de memoria, Arturo. Honor y Justicia por encima de todo.</p> <p>—Cumple con tu destino de caballero, Crispín —le pidió Arquitamius—. Haz que nos sintamos orgullosos de ti.</p> <p>Ahora, mientras los hombres del Ejército Negro le vitoreaban, Crispín rememoraba el extraordinario abrazo de despedida que le dieron Arturo y Arquitamius.</p> <p>La máscara, que cubría su rostro, impidió que soldados, oficiales y caballeros del Ejército Negro vieran cómo sus ojos se empapaban a causa de la emoción. ¡Iba a dirigir el Ejército Negro con la espada alquímica y la aprobación de Arturo Adragón!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Morfidio, Górgula y Escorpio llegaron a Ambrosia, notaron una actividad frenética. Los Émedianos estaban dispuestos a reconstruirsus vidas en ese lugar. Ambrosia se había convertido en un asentamiento y todo indicaba que se iba a transformar en una ciudad importante, ya que no dejaba de llegar gente de todas partes.</p> <p>Se mezclaron entre los recién llegados. Los centinelas les hicieron un mínimo interrogatorio, cumpliendo los trámites habituales.</p> <p>—Somos campesinos, gente de paz —respondió Morfidio—. Mi esposa, mi hijo y yo queremos participar en la creación de ese reino de justicia promovido por el gran Arquimaes.</p> <p>—Si sois gente de paz y estáis dispuestos a colaborar, podéis pasar —les dijo el oficial de guardia—. Sois bienvenidos.</p> <p>—No os quepa duda de que mi familia y yo ayudaremos en todo lo que podamos para levantar este reino. Somos admiradores de Arquimaes. Le debemos mucho.</p> <p>—Montad vuestra tienda detrás del monasterio. Es el espacio adjudicado a los recién llegados.</p> <p>Morfidio dirigió una sonrisa al oficial, hizo avanzar su carro y entró en el campamento Émediano.</p> <p>—Ya estamos dentro —comentó Escorpio—. Ahora solo hay que buscar la entrada de esa cueva.</p> <p>—Yo sé dónde está. Estuve allí. En ese apestoso lugar cogí esta maldita lepra negra que me consume. Volveré a entrar antes de que me invada del todo y me convierta en un monstruo.</p> <p>—Si conoces el camino, todo será más fácil —dijo Górgula—. Conseguiremos lo que buscamos.</p> <p>—Ahora debemos integrarnos en el campamento —propuso Morfidio—. Debemos comportarnos como una familia normal. No llamemos la atención, no hagamos nada sospechoso y averigüemos cuál es el mejor momento para penetrar en esa cueva. ¿Entendido?</p> <p>—Sí, mi señor —dijo Escorpio.</p> <p>—Llámame padre —le corrigió Morfidio—. Y tú, bruja, recuerda que soy tu esposo.</p> <p>No respondieron, pero asintieron con la cabeza.</p> <p>—No quiero tener que repetirlo —advirtió el conde—. A partir de ahora, somos una familia de verdad.</p> <p>—¿Qué debemos hacer, padre? —preguntó Escorpio.</p> <p>—Espiar. Tenemos que saber dónde están Arturo Adragón y Arquimaes. ¡Quiero matarlos a los dos antes de irme de aquí! Tenemos que ser muy astutos y conseguir lo que queremos. Eso es lo que tenemos que hacer, hijo... Y ahora, mi querida esposa, espero de ti que hagas uso de tus mejores artes para colaborar en este noble empeño.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo y sus compañeros llegaron a Ambrosia al mediodía. Arquimaes, el sabio de sabios, que los esperaba en la puerta principal del campamento, los recibió con fuertes abrazos.</p> <p>—¡Maestro! —exclamó, rodeando a Arquitamius con sus brazos—. ¡Por fin nos vemos! ¡Gracias por venir! ¡Lo has dejado todo por nosotros!</p> <p>—Tu hijo Arturo ha sido muy convincente y no he podido negarme —explicó—. Me ha contado que tenéis un grave problema. Y me ha salvado de caer en el infortunio. Se portó como un héroe. ¡Si le hubieras visto luchar contra aquella bestia de fuego!</p> <p>—Me alegra saber que os habéis hecho buenos amigos —reconoció—. Pero te he mandado llamar porque te necesito. Ya sabes que la reina Émedi ha muerto. Sin tu ayuda no podremos devolverle la vida. Alexia, la hija de Demónicus, también necesita de tu sabiduría.</p> <p>Arturo abrazó a Arquimaes.</p> <p>—¿Dónde están, maestro? —le preguntó, ansioso por encontrarse con ellas—, ¿Están aquí?</p> <p>—En la cueva, tal como te prometí —asintió el alquimista.</p> <p>—Voy a verlas.</p> <p>—¿Quieres que te acompañe?</p> <p>—Mejor me adelanto, maestro. Necesito estar un rato a solas con ellas —respondió Arturo con impaciencia—. Lo necesito más que nada en el mundo.</p> <p>—Bien, hazlo. Nosotros iremos más tarde. Por cierto, ¿dónde está Crispín?</p> <p>—Se ha ido a ver a su padre. Me ha prometido que volverá para vernos.</p> <p>—¿Y la máscara de plata?</p> <p>—En un lugar seguro, maestro. Ya os explicaré.</p> <p>Arturo se marchó, dejando solos a los dos alquimistas.</p> <p>—¿Quiénes son estas dos mujeres que vienen con vosotros? —preguntó Arquimaes, al ver que descendían de un carruaje—. ¿Acaso te has vuelto a casar, viejo amigo?</p> <p>—Hace mucho que no tengo mujer —respondió Arquitamius—. Las damas que nos acompañan son la reina Astrid, cuyo marido ha muerto a manos de Arturo, y la dulce joven Amedia, que está sola en el mundo, pues acaba de perder a su padre. Son amigas de Arturo. Ven, te las voy a presentar.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicia, Alexander de Fer y Tránsito estaban en lo alto de una almena, observando cómo el Ejército Negro desplegaba sus fuerzas.</p> <p>—Han llegado más soldados —anunció la Gran Hechicera—. Son muchos. Esta vez podrán con nosotros.</p> <p>—Según nuestros espías, los dirige Arturo Adragón —añadió Alexander—. Vienen dispuestos a arrasarnos.</p> <p>—¿De qué les sirve un jefe que está ciego? —dijo despectivamente Tránsito—. Arturo ya no es lo que era.</p> <p>—Arturo nunca fue mejor de lo que ahora lo es —afirmó Demónicia—. No podemos olvidar que, ya ciego, fue capaz de entrar en Demónika y consiguió que su ejército derrotara al nuestro. Creo que el tiempo lo ha convertido en un formidable enemigo.</p> <p>—Nos vendría bien disponer de vuestros poderes, mi señora —sugirió el antiguo carthaciano—. Tu magia podría ser nuestra mejor arma.</p> <p>—Tienes razón, pero no podremos contar con ella. Apenas tengo fuerza y, además, mis enseres y objetos mágicos se perdieron al huir de Demónika —explicó Demónicia—. Me temo que solo disponemos de la fuerza de nuestros hombres.</p> <p>—Entonces debemos pensar en escapar de aquí —recomendó Tránsito—. Los nuestros están al límite de sus fuerzas.</p> <p>—La cuestión es saber dónde iremos —se preguntó Alexander—. No nos quedan muchos sitios a los que ir. Estamos solos.</p> <p>—¿No te quedan amigos en Carthacia, querido Alexander? —preguntó Demónicia.</p> <p>—No, mi señora. Después de haber secuestrado a Émedi, me temo que mis paisanos los Émedianos, otrora aliados, me tendrán poco aprecio.</p> <p>—Entonces, ¿ya no te aprecia el rey Aquilion?</p> <p>—No, mi señora. No me tiene ninguna simpatía.</p> <p>—Siempre he dicho que los enemigos de mis amigos, son mis enemigos —sentenció la Gran Hechicera.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>X</p> <p>L<style name="versalita">A PIERNA DE UN ARQUEÓLOGO</style></p> </h3> <p>—El doctor Batiste los recibirá de inmediato —dice la enfermera mientras señala la puerta de la consulta—. Ya pueden pasar.</p> <p>Entramos y nos encontramos de cara con el doctor, que se levanta.</p> <p>—Buenos días, jóvenes —comenta en tono jovial, saliendo a nuestro encuentro—. ¿En qué puedo serviros? ¿Habéis encontrado la tumba de tu padre?</p> <p>—Sí. Ayer mismo —dice Metáfora—. Fuimos al cementerio de El Barranco de la Mano Ardiente y dimos con ella. O, por lo menos, eso es lo que dice la inscripción.</p> <p>—Tu búsqueda ha terminado, jovencita. Me alegro por ti.</p> <p>—Doctor, ¿por qué cree que lo habrán enterrado en ese cementerio, tan apartado? —le pregunto—, ¿No es un poco raro?</p> <p>—No tengo ni idea.</p> <p>—Ahora estoy pensando en trasladarle aquí —comenta mi amiga—. Me gustaría tenerlo cerca.</p> <p>—Eso es más complicado. Podría costarte mucho hacer ese trámite —explica Batiste—. Las leyes no facilitan ese tipo de cosas.</p> <p>—De todas formas, lo intentaré.</p> <p>—Ya sabes que si puedo ayudarte en algo, solo tienes que decirlo.</p> <p>—Gracias, doctor Batiste. Es usted muy amable. Por cierto, ¿sabía que alguien cuida su tumba?</p> <p>—No, no lo sabía.</p> <p>—¿Cómo está mi padre, doctor? —pregunto—. ¿Cuándo le dan el alta?</p> <p>—Dentro de unos días —responde—. Quiero hacerle algunas pruebas para estar seguro. En breve lo tendrás en casa.</p> <p>—¿Cree usted que ya está fuera de peligro?</p> <p>—Absolutamente. No tengo ninguna duda de que lo peor ha pasado. Puedes estar tranquilo.</p> <p>El doctor Batiste nos acompaña hasta la puerta y nos despide.</p> <p>—Adiós, doctor, gracias por todo —digo.</p> <p>Entra de nuevo en su despacho y nosotros subimos en el ascensor a visitar a papá y a Norma.</p> <p>Nos reciben con una amable sonrisa de bienvenida, pero papá se mantiene en silencio. Sabe que sigo enfadado con él y no quiere profundizar en la herida.</p> <p>—El doctor Batiste acaba de decirnos que os van a dar el alta en breve —anuncia Metáfora—. Dentro de poco estaréis en casa.</p> <p>—Vaya —suspira papá—. Ya no aguanto más.</p> <p>—Metáfora tiene que daros una buena noticia, ¿verdad? —digo.</p> <p>—Hemos encontrado la tumba de papá —dice—. Estoy muy contenta.</p> <p>Norma se acerca a su hija y la abraza.</p> <p>—Mamá, ¿por qué no me lo contaste? —susurra Metáfora al calor del abrazo.</p> <p>—Tu padre me hizo jurar que no lo hiciera. Temía que pudieras culpabilizarte. El lo quiso así... pero me alegro de que lo hayas descubierto.</p> <p>Metáfora se abraza con fuerza a su madre mientras esta le acaricia el cabello.</p> <p>—Hay algunas cosas que no entiendo —insiste Metáfora—. ¿Cómo murió?</p> <p>—No debes preocuparte por eso —responde Norma—. Lo importante es que estás viva. Lo importante es que el peligro ha pasado y nada te arrancará de mi lado.</p> <p>—¿El peligro? ¿Qué peligro?</p> <p>—Nada. Lo que quiero decir es que ahora estás bien. Eso es lo que cuenta, cariño.</p> <p>—No entiendo...</p> <p>—Ahora tenemos que preocuparnos por el traslado —dice Norma, cambiando de tema—. Debemos organizar nuestra nueva vida en casa.</p> <p>—Espero que Batiste no tarde mucho en echarme de aquí —dice papá.</p> <p>—Me ha dicho que te marcharás pronto —comento—. Estoy contento de que te hayas recuperado.</p> <p>—Espero que no sigas enfadado conmigo por lo de Stromber —dice, casi en tono de disculpa—. He hecho lo mejor para todos. Te lo aseguro.</p> <p>—Te entiendo, papá. Sé que estamos en peligro. Pero no quiero disgustarme contigo. Lo único que quiero es solucionar nuestros problemas.</p> <p>—Te ayudaré en lo que pueda.</p> <p>—Entonces cuéntame toda la verdad. Cuéntame todo lo que sepas sobre la muerte de mamá, sobre mi nacimiento... No me ocultes nada.</p> <p>La puerta se abre y entran <i>Patacoja</i> y Adela. Parece que vienen contentos.</p> <p>—Hola a todo el mundo —exclama Adela—. ¿Qué tal está hoy el enfermo?</p> <p>—Bien —dice papá—. Muy bien. Me acaban de anunciar que...</p> <p>Un médico, acompañado de una enfermera, entra inmediatamente detrás.</p> <p>—Buenos días, señor Adragón —dice el hombre—, ¿Se encuentra bien?</p> <p>—Perfectamente, doctor.</p> <p>—Pues le traigo buenas noticias. Dentro de dos días podrá marcharse a casa. Le vamos a retener lo imprescindible para hacerle las últimas pruebas.</p> <p>—Vaya, esta sí que es una buena noticia —dice papá—. ¡Por fin!</p> <p>—Por la tarde haremos los primeros análisis —añade el doctor antes de salir—. Mañana examinaremos los resultados y pasado mañana se marchará usted.</p> <p>—Vaya suerte —dice Adela—. Todo indica que está bien, señor Adragón. Si nos descuidamos encontramos la habitación vacía.</p> <p>—Sí, querida Adela. Parece que por lo menos físicamente me encuentro bien.</p> <p>—Y anímicamente también —añade Norma—. ¿Qué os pasa que venís tan contentos?</p> <p>—Venimos de la tienda de prótesis y Juan se ha hecho las primeras pruebas para conseguir una pierna ortopédica —explica Adela—. Se la van a ajustar a su medida y dentro de poco nadie notará su ausencia. Estoy contentísima.</p> <p>—Enhorabuena, amigo —le digo—. Ya verás qué bien te sientes con tu nueva pierna. Estarás contento, ¿no?</p> <p>—Claro que sí. Pero es carísima —dice <i>Patacoja</i>—. No sé si debo...</p> <p>—Vamos, Juan, no digas tonterías —le corta Adela—. Eso lo pago yo, así que no quiero que te preocupes.</p> <p>—Claro, cariño.</p> <p>—Pues nos vamos —dice Adela—. Todavía tenemos que hacer algunas compras.</p> <p>—Adela, ¿has estado en la Fundación? —pregunta papá—. ¿Qué tal está todo por allí?</p> <p>—Es mejor que lo vea usted —responde—. No soy capaz de explicar cómo está aquello, aunque la palabra que mejor lo define es desastre.</p> <p>Papá inclina la cabeza. Se nota que la imagen de la Fundación se ha materializado en su mente y le ha destrozado.</p> <p>—Lo siento —se disculpa Adela—. Lo siento mucho.</p> <p>—Bah, no pasa nada —contesta papá—. Lo mejor es que empiece a aceptarlo.</p> <p>Adela y <i>Patacoja</i> se despiden y salen de la sala.</p> <p>—Os acompaño hasta el ascensor —digo.</p> <p>—Yo también voy —dice Metáfora.</p> <p>Salimos al pasillo y nos acercamos al ascensor. Adela pulsa el botón de llamada y esperamos.</p> <p>—¿Cuándo vamos a bajar al sótano? —le pregunto a <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Cuando quieras. Yo estoy listo. Lo he preparado todo.</p> <p>—No sé si le conviene hacer estos esfuerzos —interviene Adela.</p> <p>—Ni que fuera la primera vez, cariño. Estoy ansioso por bajar —le corta <i>Patacoja</i>—. Y lo voy a hacer.</p> <p>Adela comprende que es inútil discutir y no responde. La puerta del ascensor se abre y ellos entran. Antes de que se vuelva a cerrar, digo:</p> <p>—Mañana por la noche, amigo.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XI</p> <p>L<style name="versalita">A FUERZA DEL DRAGÓN</style></p> </h3> <p>Arturo no pudo evirar que su corazón se estremeciera. La presencia de Alexia y Émedi era tan fuerte como cuando estaban vivas. Sus cuerpos reposaban en los ataúdes de madera, cerca del arroyo y rodeados de polvo negro.</p> <p>Se acercó despacio, intentando no hacer ruido para no molestarlas. Se arrodilló entre las dos cajas, puso sus manos sobre ambas... y rompió a llorar.</p> <p>Poco después se despojó de sus ropas y se quedó solo con el calzón y el cinto del que colgaba la espada alquímica. Abrió los brazos igual que un pájaro despliega sus alas e hizo que sus pies se elevaran del suelo. Su cuerpo, ligero como una pluma, subió hasta el techo, donde repitió el mismo ritual que hiciera tiempo atrás cuando solía venir aquí, en busca de consuelo, tras la primera muerte de Alexia.</p> <p>Ahí arriba, en lo más profundo de su ser, notó la cercanía de las dos mujeres. Estaba tan bien que incluso se sintió libre de culpa y lleno de esperanza. Durante unos instantes se creyó capaz de hacer cualquier cosa que le pidieran.</p> <p>Estaba tan extasiado que no se dio cuenta de que Arquimaes y Arquitamius acababan de entrar en la gruta y le observaban en el más absoluto silencio, respetando su intimidad.</p> <p>De repente, Arturo sintió una extraña atracción hacia el suelo. Era como si la piedra negra le estuviera llamando y quisiera arrastrarle hasta ella. Al principio creyó que las almas de las dos mujeres le llamaban, pero él sabía que no se trataba de eso. Había una fuerza mucho mayor que le reclamaba, que quería conectar con él.</p> <p>Entonces decidió dejarse llevar por esa misteriosa atracción y se posó en el suelo. Temeroso de que pudiera ser una trampa de sus fantasmas o de algún ser del Abismo de la Muerte, desenfundó su espada. La energía le llevó hasta el fondo de la cueva. Allí metió los pies en el agua y siguió el curso del riachuelo, que le llevó hasta una galería en la que nunca había estado.</p> <p>Con el agua hasta las rodillas, Arturo se adentró en una pequeña desviación del lago que conducía hasta un pasadizo sin fondo. Cuando tocó la pared que le cerraba el paso, se sintió algo decepcionado. Se dispuso a volver sobre sus pasos, pero una extraña corriente de aire llamó su atención; nuevamente palpó el muro para averiguar su procedencia y descubrió con asombro que había una grieta sobre la pared de granito. La abertura tenía el tamaño justo para dejar pasar el cuerpo de una persona. Se sintió invitado.</p> <p>Introdujo la mano armada y, después de un sondeo, decidió meter el resto del cuerpo. Sin estar seguro de adonde le llevaría aquel pasadizo, penetró hasta el fondo, rozando las paredes agrietadas para no desviarse del camino que, evidentemente, se abría ante él. Aunque se sumió en el desconcierto durante un buen rato, siguió adelante y descendió. Ahora había menos agua en el suelo, pero las paredes destilaban mayor humedad. Se dio cuenta de que el descenso le había llevado a un nivel inferior al del riachuelo.</p> <p>Después de avanzar un poco más, el pasillo se hizo más angosto. Antes de llegar al final, una poderosa luz, que provenía del fondo, perforó la oscuridad de sus ojos vacíos. La claridad era tan intensa que indicaba que no se trataba de una antorcha, sino de algún extraño tipo de luz natural que, sin explicación aparente, se encontraba en las profundidades de la tierra.</p> <p>Descendió hasta que, por fin, salió de la estrecha ranura en la que estaba metido y se encontró en un espacio abierto que, a juzgar por el frío y la corriente de aire, debía de ser una gruta de grandes dimensiones. Con toda la prudencia que su maestro Arquimaes le había enseñado, alzó su espada y apuntó hacia delante, en posición de ataque.</p> <p>Pero la espada alquímica le hizo sentir que no corría peligro. Entonces, un extraordinario resplandor entró en su mente. Una luz blanca inundó sus pensamientos y, durante unos instantes, se sintió en la luz y en la oscuridad a la vez.</p> <p>—No te detengas, Arturo —dijo una voz a su espalda—. Sigue adelante, sigue...</p> <p>—Maestro Arquitamius —dijo el joven caballero—. No os había oído. ¿Qué está pasando?</p> <p>—Arquimaes está junto a mí. No te preocupes por nosotros. Sigue la luz... ¡Síguela!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Tuvieron la suerte de encontrar un sitio apartado, sin vecinos molestos o curiosos. Colocaron el carro entre un muro y un árbol y levantaron un pequeño campamento que casi pasaba desapercibido.</p> <p>—Nos valdremos por nosotros mismos. Tenemos bastante comida como para no tener que llamar la atención ni pedir nada a nadie —explicó Morfidio, mientras tomaba asiento y abría una bota de vino—. Con un poco de suerte, conseguiremos entrar pronto en la cueva y nos marcharemos en silencio, sin llamar la atención.</p> <p>—Ojalá podamos salir pronto de aquí —masculló Górgula—. Este sitio no me gusta nada. Tengo la sensación de estar en una ratonera. Si descubren quiénes somos, nos colgarán de un árbol.</p> <p>—No les daremos la oportunidad —la tranquilizó Escorpio—. Actuaremos pronto y nadie se dará cuenta de nada. Saldremos de aquí como las serpientes, en silencio.</p> <p>—Eres un reptil, Escorpio —dijo la bruja.</p> <p>—Sí, Górgula, por eso estoy vivo. Porque sé sobrevivir.</p> <p>—¿De dónde sales, Escorpio? Nunca me has contado de dónde vienes. ¿Quién eres en realidad? —preguntó Morfidio, que había empezado a beber.</p> <p>—Nadie, mi señor. No soy nadie.</p> <p>—De algún sitio provendrás, ¿no?</p> <p>—Ya os dije que he vivido entre monjes.</p> <p>—Eres un paria que desprecia a todo el mundo —se burló Morfidio, alzando la bota de vino—. Eres el ser más solitario que conozco. Deberías ser bufón, un solitario que solo sirve para hacer reír.</p> <p>—Y el más desgraciado —añadió Górgula, en tanto extendía una manta que le iba a servir de cama—. No tienes un solo amigo.</p> <p>—Tú tampoco tienes muchos que digamos —respondió Escorpio, colocando la comida sobre una tabla—. No te ha servido de nada ser la hechicera favorita de un rey. Aquí estamos, solos, intentando pasar desapercibidos, odiados por un montón de gente. Así que no trates de darme lecciones, hechicera. No quieras compadecerte de mí.</p> <p>—No me compadezco de ti, idiota. Me da pena verte solo, corno un perro sin dueño. Nadie te quiere.</p> <p>—Ya basta —exclamó Morfidio—. No estamos aquí para discutir, sino para cumplir un plan. Así que pensad que somos una familia y que nos queremos mucho. De hecho, solo nos tenemos los unos a los otros. Tres fugitivos.</p> <p>—Tres desgraciados —concluyó Górgula.</p> <p>—¡Menuda familia! —susurró Escorpio, cortando un trozo de queso con su daga.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo dio unos pasos adelante, con el corazón acelerado. Su intuición le indicaba lo que su razón se negaba a aceptar. Estaba seguro de que algo grande estaba a punto de ocurrir. Algo inaudito.</p> <p>—¿Dónde estamos, maestro? —preguntó, bastante inquieto.</p> <p>—¿No lo sabes?</p> <p>—Lo supongo, pero me parece increíble.</p> <p>—Pues es cierto, amigo mío. El te ha llamado. Te ha abierto el camino hasta su presencia.</p> <p>—¿Qué quiere de mí?</p> <p>—Ahora lo sabrás. Avanza un poco más. Sin miedo —le animó.</p> <p>Arturo se sintió estremecido. Todo su cuerpo temblaba de emoción.</p> <p>—Noto su presencia. Estoy ante él.</p> <p>—Sí, Arturo. El Gran Dragón te ha llamado. Escucha su voz.</p> <p>—¿Cómo es posible? Cuando trajimos a Alexia tuvimos que hacer un larguísimo viaje.</p> <p>—Porque dimos un gran rodeo —explicó Arquimaes—. Era necesario mantener el secreto. Recuerda que viajamos mucho tiempo bajo tierra.</p> <p>—Así pues, ¿Ambrosia se encuentra sobre la cueva del Gran Dragón?</p> <p>—Sí, y entre ambos está la cueva del riachuelo, con el polvo y la roca negra que tú ya conoces.</p> <p>Arturo notó que la fuerza de Adragón lo elevaba. Recordó que cuando vino con Alexia ocurrió lo mismo, así que se dejó llevar. Su cuerpo subió hasta la altura de la cabeza del Gran Dragón. Y allí se quedó, suspendido en el aire, a su merced.</p> <p>De repente sintió que una potente luz blanca le inundaba. Era como un mundo impoluto, luminoso y resplandeciente. Todo su ser irradiaba una luz llena de pequeños seres diminutos resplandecientes. Al principio pensó que se trataba de letras, como las que de vez en cuando se despegaban de su cuerpo y cobraban vida. Pero cuando algunos de esos seres se acercaron, se dio cuenta de que eran pequeños dragones. ¡Letras que eran dragones luminosos! La visión le sobrecogió. Creyó entrar en un mundo mágico poblado de dragones que cambiaban su aspecto y se convertían en letras... o letras que se convertían en dragones.</p> <p>—¡Letras adragonianas! —exclamó.</p> <p>Se imaginó que estaba ante la gran página de un libro sobre el que las letras adragonianas se colocaban según un orden tan pautado como misterioso y desconocido. Y se sintió muy feliz. De alguna manera, se percibió como parte de ese mundo mágico.</p> <p>Inesperadamente, la luz blanca se intensificó y se apoderó de él. Su cuerpo hizo un quiebro en el aire para esquivarla. Pero no pudo. El no lo sabía, pero la luminosidad estaba en su interior. Quizá por eso se agitó en el aire, como si sufriera convulsiones.</p> <p>Esa luz interior alcanzó un grado de fosforescencia tal que Arturo temió que le causará dolor. En cierto modo, aquello le asustó... Sin embargo, cuando comprendió lo que acababa de pasar, se estremeció y se tapó la cara con las manos.</p> <p>Descendió hasta el suelo, donde Arquitamius y Arquimaes le ayudaron a mantenerse en pie. Durante unos instantes, Arturo estuvo mareado y desconcertado.</p> <p>Pero supo que algo importante acababa de suceder.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XII</p> <p>R<style name="versalita">EGRESO AL PASADO</style></p> </h3> <p>Ha llegado la hora de penetrar en las entrañas de Arquimia. Después de prepararnos a conciencia, Patacoja, Sombra, Metáfora y yo nos disponemos a bajar. Aprovechamos la oscuridad de la noche para impedir que nos vean. Llevamos linternas, cuerdas y todo lo que, supuestamente, puede ayudarnos en esta «excursión».</p> <p>—Esta expedición es la más peligrosa de todas las que hemos hecho advierte <i>Patacoja</i>., Después de la explosión, las cosas pueden haber empeorado ahí abajo. No sabemos con qué nos vamos a encontrar, así que, por prudencia, os aconsejo que no toquéis nada, que no os apoyéis en las paredes, en las columnas ni en ninguna otra cosa. Es fundamental que nadie toque nada. Corremos el riesgo de que todo se nos caiga encima. ¿De acuerdo?</p> <p>Da un paso hacia la escalera y empieza a bajar. Le seguimos con cuidado, mirando bien dónde ponemos los pies. De vez en cuando se escucha algún crujido y nos detenemos, atentos a lo que pueda ocurrir. Finalmente llegamos al tercer sótano, donde un muro de piedras derrumbadas nos corta el paso, justo al otro lado de donde tuvimos que dar la vuelta la noche de la explosión.</p> <p>—Estos días he realizado algunas exploraciones y he descubierto un hueco ahí arriba. Es algo estrecho, aunque suficiente para que podamos pasar.</p> <p>Con mucha precaución, subimos la pendiente de cascotes y llegamos arriba, muy cerca del techo, desde donde se vislumbra un pequeño agujero semioculto entre los restos de piedra. Es un túnel de apenas dos metros y medio, con una abertura suficiente como para que pase una persona.</p> <p>—Aquí está —dice—. Yo pasaré primero y, cuando haya llegado al otro lado, os haré una señal. Lo haremos de uno en uno. Si ocurriera algo inesperado, es mejor que no nos pille a todos dentro.</p> <p>—Tienes razón —dice <i>Sombra</i>., Es una buena idea.</p> <p>—La buena idea sería no entrar —dice <i>Patacoja</i>, mientras se asoma al agujero negro—. Esto es muy peligroso. Espero que no ocurra nada.</p> <p>Primero mete su mochila. La empuja y, después, observamos cómo su cuerpo desaparece entre los cascotes. Lo último que vemos es su pie. Esperamos un poco. Escuchamos algunos ruidos que no parecen indicar gravedad alguna. Al rato nos llega la luz de la linterna con la que <i>Patacoja</i> ilumina el agujero desde el otro lado.</p> <p>—¡El siguiente! —ordena en voz baja—. ¡Que venga el siguiente!</p> <p>—Te toca, Metáfora —dice <i>Sombra</i>., Vamos, no tengas miedo.</p> <p>—No lo tengo — responde con determinación—. Si fuese una miedosa, no estaría aquí.</p> <p>Se acerca al hueco con mucho cuidado. Después de quitarse la mochila y de empujarla, se inclina y se arrastra hacia dentro, reptando como <i>Patacoja. Sombra</i> y yo nos miramos con temor. Un poco después, <i>Patacoja</i> vuelve a llamarnos:</p> <p>—¡El siguiente!</p> <p>—Ahora te toca a ti, <i>Sombra</i> —digo.</p> <p>—Prefiero pasar el último —responde.</p> <p>—El último es el puesto más peligroso —le advierto—. Yo iré detrás... y no hay discusión.</p> <p>—Vale, de acuerdo —acepta, convencido de que no le servirá de nada discutir—. Allá voy.</p> <p><i>Sombra</i> repite los movimientos de Metáfora y se pierde entre las piedras. Estoy tranquilo, ya que todo indica que el pasadizo es bastante seguro. Unos segundos después, la luz parpadea tres veces.</p> <p>—¡Ya puedes pasar, Arturo! —ordena <i>Patacoja</i>—. ¡Ten mucho cuidado!</p> <p>Me tumbo en el suelo y entro en el agujero, tras mi mochila. Empiezo a reptar y entonces me doy cuenta de que el pasadizo está apuntalado con robustas vigas de hierro. <i>Patacoja</i> lo ha estado haciendo durante sus visitas anteriores. Es el trabajo de un profesional. De todas formas, eso de pasar entre toneladas de piedras que podrían caerse en cualquier momento impresiona. Soy consiente de que, a pesar de todas las medidas de precaución y de seguridad, podría ocurrir un accidente.</p> <p>Asomo la cabeza por el otro lado y me encuentro con el rostro de <i>Patacoja</i>, que me recibe con una sonrisa.</p> <p>—Ya está, chico. Estás fuera de peligro. Relájate.</p> <p>Me ayuda a salir y me uno a <i>Sombra</i> y Metáfora, que están un poco más allá, dispuestos a bajar por la pendiente de rocas.</p> <p>Ahora reconozco el lugar que nos cortó el paso. Aquí tomamos la decisión de volver atrás. Menos mal que descubrimos aquella puerta que nos llevó a los pasillos del palacio y conseguimos salir al patio del instituto. Es cierto que tuvimos suerte, pero también lo es que <i>Sombra</i> nos ayudó bastante. Aquella noche me confirmó que sabía más sobre la Fundación y sus sótanos de lo que siempre había pensado. También descubrí que conocía el palacio de Arquimia casi a la perfección. Creo que por eso he accedido a que baje con nosotros.</p> <p>Y ahora ¿qué? —pregunta Metáfora—. ¿Qué hacemos?</p> <p>—Intentaremos llegar hasta el muro transversal que encontramos y avanzaremos a partir de ahí —indica <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Pero ese muro nos cerraba el paso —le recuerdo—. No podremos seguir.</p> <p>—Sí podremos, ya lo veréis —dice con seguridad—. Seguro que sí.</p> <p>Efectivamente, poco después entramos en un largo pasillo que desemboca en una cámara del palacio de Arquimia. Todavía se nota una atmósfera viciada, llena de polvillo y humo. Algunas zonas se han desprendido a causa del derrumbamiento, que ha sido potente.</p> <p>—Convendría reforzar esta zona cuando llegue el momento —advierte <i>Patacoja</i>.</p> <p>—¿Y cuándo será el momento? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Cuando tengamos el dominio absoluto sobre esta zona —responde nuestro guía—. Algún día podréis dirigir estas obras.</p> <p>—No creo que la Administración nos lo permita —dice <i>Sombra</i>—. Los de Patrimonio no dejarán esto en nuestras manos. Es demasiado valioso. Aquí hay un verdadero tesoro arqueológico, artístico e histórico.</p> <p>—No hay que dar nada por perdido —replico—. Me he quedado sin apellido, pero no me quedaré sin Arquimia. En el fondo, también es mi casa.</p> <p>—Sobre todo si al final resulta que eres el verdadero rey de Férenix añade Metáfora—. Solo un rey tiene autoridad para determinar a quién se entrega la tutela de este palacio.</p> <p>—Arquimia debió de ser un gran reino —comenta <i>Patacoja</i>—. A juzgar por lo que hemos visto, está claro que tenía grandes ambiciones.</p> <p>Acabamos de llegar al muro transversal que, otra vez, nos corta el paso. <i>Patacoja</i> lo palpa con la mano.</p> <p>—Es imposible avanzar. Después de estas visitas he llegado a la conclusión de que estos muros forman parte de la misma pieza, como un triángulo. Ha de tener una explicación. Nunca me he encontrado con un caso similar. No tengo ni idea de por qué lo han hecho.</p> <p>—Puede ser una medida de protección. Algo así como un refugio —supone Metáfora—. Como los que se hacen ahora.</p> <p>—También puede tratarse de un emblema —sugiero—. En la Edad Media, la simbologia era muy importante.</p> <p>—Eso me cuadra más —digo—. Me resulta familiar. Además, el triángulo ha aparecido en varias piezas, como en monedas, escudos, etcétera. Estoy empezando a pensar que el triángulo era el símbolo de Arquimia.</p> <p>—Una A, diría yo, más que un triángulo —desvela Metáfora—. La primera letra del abecedario, la primera letra de la palabra Arquimia. Por eso lo usaban.</p> <p>—Eso tiene lógica... Arquimaes... Arturo... Adragón... todo un linaje de personas y lugares que empiezan con la letra A —reconozco.</p> <p>—Claro, igual que el dibujo que tienes en el rostro —aclara Metáfora—. Una A con la cabeza de un dragón. Eso es lo que te identifica como rey de Arquimia... ¡y de Férenix!</p> <p><i>Patacoja</i> nos escucha con la boca abierta. Nuestras deducciones le han sorprendido.</p> <p>—¡Tenéis razón! ¡Todo esto es como un gran jeroglífico de símbolos que se repiten! La letra A es la clave de todo. Fijaos —dice <i>Patacoja</i> mientras dibuja un boceto en su cuaderno de notas—: este triángulo está hecho para verse desde el cielo. ¿Por qué?</p> <p>—¡Es verdad! ¡Solo los pájaros pueden verlo!</p> <p>—¡Y los dragones! ¡Es una señal de referencia para ellos!</p> <p>—¿Qué dices, Metáfora? ¡Los dragones no existen! ¡Son pura fantasía! —protesta <i>Patacoja</i>—. No empecemos a divagar.</p> <p>—¡Los dragones existieron! —le rebato—. Hay muchos grabados y textos que lo confirman.</p> <p>—Existieron en la mente de la gente inculta o en la de los amantes de la fantasía —insiste <i>Patacoja</i>—. Los usaban para mantener a la gente humilde aterrorizada. Cada vez que alguien cometía algún desmán, se lo atribuían a los dragones, pero eran pura fantasía.</p> <p>—Un momento, amigos. No hemos venido hasta aquí para debatir sobre la existencia de los dragones —tercia <i>Sombra</i>, devolviéndonos a la realidad—. O regresamos o continuamos, pero no deberíamos quedarnos aquí a discutir cosas sin sentido. ¿De acuerdo?</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIII</p> <p>L<style name="versalita">A LUZ DE </style>A<style name="versalita">RTURO</style></p> </h3> <p>—¡Os veo! —exclamó Arturo, atónito—. ¡Os veo!</p> <p>Tenía los ojos muy abiertos y lo observaba todo como si acabara de nacer. Estaba extremadamente excitado y gesticulaba nerviosamente, moviendo las manos cerca de su rostro, asombrado por lo que acababa de sucederle.</p> <p>—j Adragón te ha devuelto la vista! —exclamó Arquitamius, admirado.</p> <p>—Te ha restituido lo que el miserable de Frómodi te quitó —añadió Arquimaes—, ¡Adragón confía en ti!</p> <p>—Eso significa que cree en ti y que te necesita —asintió Arquitamius.</p> <p>—¡Haré todo lo que me pida! —asumió Arturo—. Le pagaré este milagro.</p> <p>—Adragón no ansia poder o dinero —le corrigió Arquitamius—. Adragón quiere gente con corazón puro y limpio, como tú.</p> <p>—¿Para qué me quiere? —preguntó Arturo—. ¿Qué espera de mí?</p> <p>—Ya te hará saber qué quiere que hagas —aseguró Arquimaes—. Lo sabrás cuando llegue el momento.</p> <p>Arturo estaba tan nervioso por lo que acababa de sucederle que aún no coordinaba sus pensamientos. Hubiera accedido a cualquier cosa que le hubieran pedido, sin darse cuenta de lo que hacía.</p> <p>—¡Es como volver a la vida! —exclamó—. Después de estar tanto tiempo en un túnel oscuro, ahora, por fin, veo la luz. ¡Casi no me lo puedo creer!</p> <p>—No olvides nunca lo que Adragón ha hecho por ti —decretó Arquitamius.</p> <p>¡Jamás! ¡Es el ser más poderoso que conozco! ¡Es la fuerza y la vida!</p> <p>—Nosotros también somos adragonianos. Le veneramos y le representamos —añadió Arquitamius.</p> <p>Arturo levantó la vista y, por primera vez, contempló al Gran Dragón. A pesar de que había sentido su fuerza, su imaginación no se había acercado ni de lejos a la imagen que tenía delante. Era un dragón fosilizado de varios metros de altura, de color negro brillante, con la cabeza levantada y la mirada al frente. Sobre su cabeza se precipitaba una pequeña cascada de agua que debía de provenir del piso superior, del riachuelo de las rocas negras.</p> <p>—¿Cómo es posible que un ser de roca pueda tener tanto poder?</p> <p>—Adquiere vida cuando se une al agua del riachuelo —explicó Arquitamius—. Es la combinación perfecta para dar vida a lo que no la tiene.</p> <p>—¿Es una escultura? —preguntó Arturo.</p> <p>—Es un verdadero dragón que se quedó aquí, atrapado en el tiempo. Aunque parece que está muerto, está más vivo que tú y que yo. ¡Es Adragón!</p> <p>—¿Qué tiene que ver con las letras? ¿Qué es lo que le une a ellas?</p> <p>—La tinta, que no es como las demás. Es el líquido de la vida. Oscuro, viscoso y brillante. Poderoso como un rayo del cielo y duradero como la roca. Nada puede destruirlo. Es la tinta adragoniana.</p> <p>—¿De aquí proviene su poder?</p> <p>—Los dragones se fosilizan al final de su existencia... pero la vida se mantiene en su interior. Cuando solo les queda un hálito de vida, se convierten en roca negra. Por eso se esconden en grutas —explicó Arquimaes—. Demónicus daría su vida por encontrarlo y arrancarle su poder. Haría lo que fuera por tener el poder de la tinta. ¡Cualquier cosa!</p> <p>—Espero que nunca encuentre esta gruta —deseó Arturo—. ¡Este lugar es un santuario!</p> <p>—Ahora debemos volver a la superficie —sugirió Arquitamius—. Nos echarán de menos.</p> <p>—Tengo unas ganas terribles de ver la luz del sol —dijo Arturo sorprendido cuando, tras tocarse los ojos, notó que todo estaba normal, y que había desaparecido la masa de carne quemada que hasta ahora había cubierto sus cuencas.</p> <p>—Te lo dije —le recordó Arquimaes—. Te dije que debías tener confianza. Tus ojos estaban protegidos por Adragón. Te ha devuelto la vista.</p> <p>—El dibujo de Adragón te protegió —explicó Arquitamius, tocando la cabeza del dragón que Arturo tenía dibujada sobre la frente—. Absorbió gran parte del fuego que esos desalmados te aplicaron. Y ha regenerado la carne quemada.</p> <p>—Ojalá también pueda devolver a la vida a Alexia y a Émedi —respondió Arturo—. ¡Las cambiaría por mis ojos!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Arturo salió al exterior, la luz del sol entró en sus ojos como un torrente. Sintió un dolor penetrante que le hizo dar un paso hacia atrás. Instintivamente se protegió con las manos.</p> <p>—Tranquilo —le aconsejó Arquimaes—. Es la primera impresión. Es natural que, después de tanto tiempo en la oscuridad, la luz te dañe, l'ero no te asustes: no será nada y pasará enseguida.</p> <p>Para ayudar a Arturo a que sus ojos se habituaran, los dos alquimistas le acompañaron hasta el interior de una tienda en la que la luminosidad era más soportable. Le sentaron en una silla y le dieron una bebida dulce y refrescante que le reconfortó.</p> <p>—No salgas de aquí durante un tiempo —ordenó Arquimaes—. Voy a dar la buena noticia a Astrid y a Amedia. Seguro que se pondrán muy contentas.</p> <p>Una hora después, Arquimaes entraba de nuevo en la tienda, acompañado por las dos mujeres, exultantes de alegría.</p> <p>—¿Es cierto que has recuperado la vista? —preguntó la reina Astrid—. ¿Puedes vernos?</p> <p>Arturo se puso en pie y clavó sus ojos en la reina. Los nervios le jugaron una mala pasada y, durante un instante, creyó estar ante la presencia de otra persona.</p> <p>—¡Émedi! —exclamó—. ¡Mi reina!</p> <p>—No soy Émedi — le corrigió—. Soy Astrid. La reina cuya vida salvaste en el castillo de mi esposo, el rey Rugiano.</p> <p>Arturo se quedó quieto. Trató de organizar sus ideas. Aunque no podía asegurarlo, tenía la impresión de que estaba ante la mismísima Émedi.</p> <p>—Vuestro parecido es asombroso —reconoció—. El color de vuestro cabello es casi idéntico al de mi madre.</p> <p>—Ojalá me pareciera a ella —dijo Astrid—. Daría mi vida por parecerme. Sé cuánto la querías.</p> <p>—Esta es Amedia —anunció Arquimaes—. Creo que la salvaste de la hoguera.</p> <p>—Sí, igual que a Alexia —recordó Arturo mirando a la joven—. Llegué en el momento justo en que... Pero... ¡tú eres Alexia!</p> <p>—No, mi joven señor —negó Amedia—. Soy Amedia, la joven a la que ayudaste en Boca del Diablo. Me libraste de los soldados. Es la primera vez que ves mi rostro. Estáis confundido.</p> <p>—No te confundo. Veo rasgos en tu rostro que me recuerdan profundamente a Alexia. Incluso diría que tu voz tiene un tono similar.</p> <p>—Es tu deseo de verla otra vez lo que te domina, amigo mío. El dolor de su ausencia te hace ver fantasías. Te aseguro que yo no soy Alexia, sino Amedia.</p> <p>Arturo se sintió perturbado y confundido. Quizá fue la inmensa alegría de haber recuperado la vista lo que le hizo confundirse. Esperó unos instantes para recobrar la cordura que, sin duda, había perdido.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIV</p> <p>L<style name="versalita">AS ENTRAÑAS DE </style>A<style name="versalita">RQUIMIA</style></p> </h3> <p>En las profundas entrañas de la Fundación, mis amigos y yo no podemos evitar sentirnos un poco desconcertados. No sabemos qué camino tomar. Sombra está nervioso, pero yo estoy decidido a seguir adelante.</p> <p>—Todo esto está construido con doble intención —explica <i>Patacoja</i>—. Aunque hasta ahora hemos descubierto cosas sorprendentes, estoy seguro de que esto solo es una tapadera y que, en el interior, hay cosas mucho más increíbles.</p> <p>—¿En qué te basas para decir eso? —se interesa Metáfora.</p> <p>—En el instinto. Un buen arqueólogo debe tener un buen olfato. La intuición es una de sus mejores herramientas. Y te aseguro que eso no me falta... Vamos allá... a menos que queráis volver.</p> <p>—Yo creo que es mejor regresar —propone <i>Sombra</i>—. Esto es muy complejo. Estamos muy dentro. A ver si luego no vamos a poder regresar.</p> <p>—Yo voto por seguir —afirmo—. Estoy dispuesto a llegar hasta el final. Quiero saber qué hay aquí dentro.</p> <p>—Es posible que no lo conozcas todo —advierte <i>Sombra</i>—. Un palacio no se recorre en un solo día. Y menos si está enterrado.</p> <p>—Pues me conformaré con llegar hasta donde pueda. Necesito seguir adelante —insisto—. Quizá deberías esperarnos aquí, <i>Sombra</i>.</p> <p>—No, iré con vosotros.</p> <p>—Prefiero que te quedes. Hazme caso —le pido—. Nosotros seguiremos adelante. Luego nos vemos.</p> <p>—¡Ni hablar! ¡Iré con vosotros hasta el final! —protesta—. ¡No me quedaré aquí!</p> <p>—Vayamos hasta donde nuestras fuerzas nos lo permitan —comenta <i>Patacoja—</i>, ¡Adelante!</p> <p>—¿Crees que esto lleva a algún sitio, amigo <i>Patacoja</i>? —pregunta <i>Sombra</i>.</p> <p>—Estoy convencido de que vamos a encontrar algo nuevo e inesperado —responde—. Este pasillo no tiene sentido. Oculta algo.</p> <p>—La época medieval estaba repleta de misterios.</p> <p>—Cierto. Igual que los alquimistas usaban ideogramas, los arquitectos diseñaban con alegorías. Lo hacían para esconder grandes tesoros o para proteger la vida de los habitantes de los castillos y palacios. Nada era lo que parecía.</p> <p>La atmósfera es casi irrespirable. Los focos de nuestras linternas apenas nos indican qué camino seguir entre la neblina que nos envuelve. Hasta que <i>Patacoja</i>, que va delante, llega al final y abre una puerta, que nos muestra una luz no demasiado potente, pero sí lo bastante clara como para animarnos a seguir adelante.</p> <p>—¿Veis? Ya os dije que aquí había cosas ocultas. El palacio no se acababa en esos muros transversales —dice <i>Patacoja</i>, bastante contento—. Mi olfato de arqueólogo sigue en buen estado.</p> <p>—¿Dónde estamos? —pregunto—. ¿Seguimos en el palacio de Arquimia?</p> <p>—Creo que sí. Ya sabemos que tiene ramificaciones interminables. Por lo que deduzco, hemos penetrado en una zona nueva, que debe de ser la segunda vía, es decir, una de las tres partes del palacio.</p> <p>—¿Adónde llevará?</p> <p>—No lo sé... Pero lo vamos a descubrir pronto —dice <i>Patacoja</i>—. Adelante...</p> <p>Ahora podemos andar con más holgura, ya que el pasillo es amplio. Sin embargo, hay algo que me llama la atención: las paredes están cubiertas de escritura. Son como los <i>graffitis</i> actuales, pero los artísticos, no las pintadas. Alguien se ha dedicado a escribir sobre los muros y sobre el techo.</p> <p>—¿Por qué habrán hecho esto? —pregunta Metáfora—. Es como si les hubiese faltado papel para escribir y hubiesen utilizado las paredes a modo de pergamino.</p> <p>—A mí me gustaría saber qué significan estos textos —digo, mientras me aproximo a ellos—. Creo que deberíamos descifrarlos. Deberíamos buscar a un experto...</p> <p><i>—Sombra</i> puede hacerlo —propone Metáfora—. ¿Verdad?</p> <p>—El padre de Arturo está mejor preparado que yo —asegura—. Ahora no es el momento.</p> <p>—Sigamos —nos apremia <i>Patacoja</i>—. Ahí hay una puerta.</p> <p>Nos acercamos a la gran puerta de madera, que también está decorada. Algo que me llama la atención. Doy unos pasos hacia atrás y descubro algo sorprendente:</p> <p>—¡Eh! ¡Fijaos! ¡Esta puerta es como un libro abierto! —exclamo—. ¡Las dos hojas de madera, repletas de letras, parecen un libro!</p> <p>—¡Es increíble! —dice Metáfora—. ¡Qué maravilla!</p> <p>—¡Esto no es una fantasía! —replica <i>Patacoja</i>—. Es verdad... ¡Es un libro gigante!</p> <p>Miles de líneas rectas trazadas por letras que conforman palabras adornan las dos hojas de madera. Letras similares a las que ya hemos visto en anteriores paredes, iguales que las que hemos visto muchas veces en pergaminos alquímicos. Lo más sorprendente es que hay una letra adragoniana dibujada justo en el centro de las dos puertas, de modo que queda dividida en dos partes. Es un dibujo cuyas piezas encajan perfectamente.</p> <p>—¡Es Adragón! —exclama Metáfora—, ¿Quién lo habrá dibujado?</p> <p>—Seguro que fue Arquimaes —explico—. El lo conjuró; es el unico que sabe dibujarlo... Seguro que ha sido él.</p> <p>—¿Qué habrá ahí detrás? —se pregunta <i>Patacoja</i>—. ¿Qué será?</p> <p>—Abramos esa puerta y veámoslo —propongo.</p> <p>—Está cerrada... —nos hace notar Metáfora—. No hay forma de abrirla... y no tenemos la llave.</p> <p>—Claro que tenemos la llave —dice <i>Sombra</i> dando un paso adelante.</p> <p>Pone sus manos sobre las puertas y acaricia sus hojas mientras recita algo que no comprendemos. Un poco después, las empuja suavemente hasta que se abren y nos dejan ver algo asombroso:</p> <p>—¡No es posible! —exclama Metáfora—, ¡No creo lo que estoy viendo!</p> <p>—¡Esto es una locura! —dice <i>Patacoja</i>, apoyado en su muleta, que agarra con mucha fuerza, como si temiera caerse—. ¡Es inaudito!</p> <p>Ante nosotros se abre una gran cámara que en su entrada tiene una mesa rodeada de varias sillas y dos sillones de madera. Sus paredes están repletas de estanterías atestadas de libros y pergaminos. ¡Es una biblioteca gigante! Varios pasillos que parten de la cámara principal están atiborrados de documentos medievales, cubiertos de polvo y envueltos en telarañas.</p> <p>—¡Nunca he visto nada semejante! —balbucea Metáfora—, ¡Debe de ser la mayor biblioteca medieval del mundo! ¡No creo que exista nada igual!</p> <p>—Puedes estar segura —afirma <i>Patacoja</i>—. ¡Es el mayor tesoro para bibliófilos del planeta!</p> <p>—¡Es la biblioteca de Arquimia! —dice <i>Sombra</i>, como si hablara de algo sagrado—, ¡Libros escritos con tinta adragoniana!</p> <p>No puedo pronunciar una sola palabra. Estoy asombrado y admirado. Es un espectáculo sobrecogedor. ¡Debe de haber muchos miles de libros auténticos, escritos en la Edad Media!</p> <p>—¿Qué hacemos? —pregunta <i>Patacoja</i>—. ¿Qué hacemos con todo esto?</p> <p>—Protegerlo —respondo, anonadado—. Protegerlo.</p> <p>Metáfora es la primera en reaccionar. Entra lentamente, con los ojos muy abiertos y las manos extendidas. Está abrumada, igual que nosotros.</p> <p>Me acerco a una de las estanterías y cojo, con mucho cuidado, un ejemplar. Casi no me atrevo a pasar la mano por encima para limpiarlo, así que soplo ligeramente. Una nubecilla de polvo se levanta y deja al descubierto el dibujo de su portada: un sol junto a una luna, el símbolo de los alquimistas. Lo abro mientras escucho crujir las robustas hojas, que casi se niegan a separarse, para ver que, efectivamente, hay escritura medieval auténtica en sus páginas. ¡Y pensar que nosotros estábamos orgullosos de poseer los libros de la Fundación, cuando bajo nuestros pies existía, desde hace seguramente mil años, un tesoro de valor incalculable! Cada libro o pergamino que hojeamos está escrito con caligrafía muy cuidada y tiene un contenido riquísimo. Tratan de todos los temas posibles: medicina, religión, filosofía.</p> <p>—Es la mejor biblioteca de todos los tiempos. Hemos penetrado en interminables pasillos llenos de largas estanterías de madera, repletas de ejemplares de todos los tamaños, grosores y colores.</p> <p>—Todos los que he revisado son del siglo X —dice Metáfora.</p> <p>—Y todos pertenecen a la Gran Biblioteca del Reino de Arquimia, según demuestra la inscripción de portada o de cabecera —añado, muy emocionado—. Es un legado incalculable. Los investigadores se volverán locos con todo esto. Van a tener mucho trabajo... ¡Cómo va a disfrutar mi padre!</p> <p>—Esto le va a hacer muy feliz —añade <i>Sombra</i>.</p> <p>—No podremos ocultarlo —dice <i>Patacoja</i>—. Nos lo quitarán de las manos. Es un patrimonio público.</p> <p>—Habrá que negociar. Pertenece a la familia Adragón —explica Metáfora—. Tendremos que luchar para que lo mantengan en su poder.</p> <p><img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i2"/></p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XV</p> <p>U<style name="versalita">N NUEVO AMANECER</style></p> </h3> <p>Aquella mañana, Arturo se despertó temprano, abrió los ojos y sintió una inmensa alegría cuando vio la luz que se filtraba a través de la tela de la tienda. Se levantó de un salto y salió al exterior, deseoso de ver la vida, que desde que perdió la vista solo había imaginado a través de sus sentidos. El sol salía tras el imponente monte que dominaba el valle de Ambrosia, las nubes decoraban el cielo y una bandada de pájaros sobrevolaba el campamento Émediano.</p> <p>Se sintió como si hubiese resucitado. Después de pasar tanto tiempo en la oscuridad, la luz era como un bálsamo que le aliviaba la existencia. Si alguien le hubiese pedido salvar el mundo entero, habría emprendido esa misión sin dudar un solo instante.</p> <p>Ensilló su caballo y cabalgó alegremente hasta el río. Se zambulló en el agua y nadó durante un buen rato. Notó cómo la sangre circulaba por sus venas y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió vivo.</p> <p>De repente, algo se interpuso en sus pensamientos. Sentía que Alexia y Émedi le llamaban. O sacaba a esas dos mujeres del Abismo de la Muerte o se unía a ellas, tal y como había prometido.</p> <p>Volvió al campamento y se acercó a la cámara de los alquimistas, dispuesto a solicitar su ayuda.</p> <p>—Hola, Arturo. Pasa —le invitó Arquimaes—. En este preciso instante hablábamos de ti.</p> <p>—Me alegro. Yo también quiero hablar con los dos. Estoy contento de haber recuperado la vista y me siento muy feliz, pero...</p> <p>—Pero quieres que nos ocupemos de Alexia y Émedi, ¿verdad? —le cortó Arquitamius, como si le leyera el pensamiento—. Pues ha llegado el momento.</p> <p>—Llevo tanto tiempo obsesionado con ello que no tengo dudas sobre lo que debo hacer. Sé qué se espera de mí —replicó Arturo—. Bajaré al Abismo de la Muerte, las encontraré y las traeré de vuelta a casa. Nada ni nadie me detendrá.</p> <p>—Recuerda que puedes encontrarte con muchos enemigos que no dudarían en matarte. Allí Adragón no puede hacer nada por ti. Correrás un gran peligro.</p> <p>—No temo a la muerte ni al dolor —respondió Arturo—. Me enfrentaré con todos los peligros que se interpongan en mi camino.</p> <p>—Astrid y Amedia quieren hablar contigo —dijo el sabio— de algo muy importante. Primero escucha lo que tienen que decirte. Después organizaremos la bajada a la gruta.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Astrid, Amedia y Arturo se encontraron en la biblioteca de Ambrosia. O, mejor dicho, en lo que quedaba de ella. Después del ataque de los hombres de Demónicus, el monasterio ardió por los cuatro costados; todos los pabellones habían resultado dañados. Aunque la biblioteca estaba prácticamente destruida, conservaba buena parte de su estructura. A pesar del gran trabajo de limpieza que algunos monjes habían hecho, el aspecto general era desolador. Los muebles de madera aún emitían un desagradable olor a quemado que penetraba hasta el fondo de los pulmones.</p> <p>—¿Qué le ha pasado a este lugar? —preguntó Astrid—. Parece que aquí dentro ha habido una guerra.</p> <p>En el fondo la ha habido —respondió Arturo—. Una guerra generada por bárbaros. Entraron en Ambrosia a sangre y fuego. Lo arrasaron todo, mataron a muchos y secuestraron a Alexia. Este sitio es irrecuperable. Hay que reconstruirlo desde los cimientos o usarlo para crear algo nuevo.</p> <p>—¿Por qué estáis aquí? —preguntó Amedia—. ¿Por qué no empezar en otro sitio?</p> <p>—Ambrosia es un símbolo. Arquimaes pasó aquí algunos años y sirvió como monje. Habrás visto un mensaje escrito en una pared.</p> <p>—¿Es verdad lo que se dice en él? —quiso saber la reina Astrid.</p> <p>—La cuestión no es si es o no verdad, sino por qué lo han escrito. Lo hizo Tránsito, hermano de Arquimaes. Le odia a muerte y le responsabiliza del ataque de los demoniquianos, aunque os aseguro que Arquimaes no tiene la culpa de nada. Vinimos aquí para buscar refugio, pero los demoniquianos siguieron nuestro rastro. La culpa es de los que quemaron Ambrosia, no de mi maestro.</p> <p>—¿Qué hacía aquí Alexia? ¿Por qué había venido a este sitio?</p> <p>—La secuestré para escapar de la cámara de tortura de Demónicus. Era mi rehén.</p> <p>—Entonces ella atrajo a esos guerreros.</p> <p>—Los guerreros podían habérsela llevado sin matar a monjes indefensos y sin quemar esta abadía. Pero prefirieron comportarse como salvajes. Por eso insisto en que Arquimaes no tiene la culpa.</p> <p>—¿Por qué amas tanto a Alexia? —preguntó Amedia.</p> <p>—Porque es única. Es la persona que mejor me comprende. Como ya os he relatado, luchó conmigo a muerte para evitar...</p> <p>—Pero es la hija de Demónicus, el Gran Mago Tenebroso. Un hechicero que ha infligido enormes daños a muchísima gente. Dicen que incluso crea mutantes y monstruos —profundizó la muchacha.</p> <p>—Lo sé. Cuando la vi por primera vez, supe que estaría atado a ella para toda la vida. Ella es yo y yo soy ella. Nunca podré desprenderme de su recuerdo.</p> <p>—Como del de Émedi...</p> <p>—Efectivamente. Aunque sea mi madre, he de decir que es la reina más justa que ha pisado estas tierras y daría cualquier cosa por verla viva y por poder hablar con ella. Arquimia la necesita. Sin ella es un proyecto imposible.</p> <p>La reina Astrid se levantó, esperó un poco y, cuando notó que tenía toda la atención de Arturo, hizo un anuncio sorprendente:</p> <p>—Arturo, queremos ayudaros a resucitar a Alexia y a Émedi. Queremos ser ellas.</p> <p>Arturo la escuchó con asombro.</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué habéis dicho? ¿Estáis segura de que queréis hacerlo? ¿Sabéis lo que significa? —preguntó Arturo, nervioso por el ofrecimiento—. ¿Lo decís de verdad?</p> <p>—La época que nos ha tocado vivir exige a las gentes de bien que hagamos grandes sacrificios, que renunciemos a lo mejor de nosotros mismos en pos de algo superior.</p> <p>—Sí, Arturo —añadió Amedia—, queremos ayudarte como sea.</p> <p>Arturo sabía perfectamente que para resucitar a alguien era necesario disponer de un cuerpo vivo, pero nunca, ni en sus mejores sueños, hubiera imaginado que Astrid y Amedia se ofrecerían. Y aunque lo hubiese pensado, jamás les habría propuesto algo así.</p> <p>—Vuestras palabras os engrandecen aún más. Pero la resurrección es peligrosa —advirtió Arturo—. Nadie puede predecir qué va a ocurrir. Perderéis la memoria y nunca recordaréis quiénes fuisteis.</p> <p>—Correremos ese riesgo —subrayó Astrid—. Quiero ser Émedi.</p> <p>—Y yo Alexia —añadió Amedia.</p> <p>—Alexia era la hija de Demónicus —le recordó Arturo.</p> <p>—No me importa. Además... si estás enamorado de ella... —repuso Amedia—, si me aceptas, me gustaría...</p> <p>—Sin dudarlo un instante —respondió—. Ambas sois mujeres de honor. Habéis sufrido mucho y me siento muy honrado de que estéis dispuestas a ocupar el lugar de las dos personas a quienes más amo en este mundo. Nunca podré pagaros lo que vais a hacer.</p> <p>—Lo que vamos a hacer no tiene precio, Arturo —dijo sabiamente la reina Astrid—. Esto se hace por amor. Y tú te has ganado nuestros corazones. Ya nos has pagado sobradamente con tu amistad.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVI</p> <p>A <style name="versalita">CLASE</style></p> </h3> <p>Papá y Norma acaban de llegar a casa. Después de instalarse en el dormitorio grande, se reúnen con nosotros en el salón.</p> <p>—Bueno, chicos, ha llegado la hora de daros la gran noticia —dice papá—. Estos días, en el hospital, hemos hablado mucho de nuestra situación y hemos reafirmado nuestra intención de...</p> <p>—¡Nos casamos! —anuncia Norma, bastante emocionada—. No hay vuelta atrás.</p> <p>—¡Enhorabuena! —exclama Metáfora mientras los besa—. ¡Me alegro por vosotros!</p> <p>—Yo también os felicito —digo—. Estoy muy contento.</p> <p>Norma se levanta, entra en la cocina y sale con una botella de champán. Entre bromas, papá consigue descorcharla, haciendo saltar el tapón contra el techo, lo que, según dicen, es signo de buena suerte.</p> <p>—¡Por nuestra nueva familia! —grita papá alzando su copa.</p> <p>—¡Por nuestra nueva familia! —repetimos todos.</p> <p>—¿Dónde se celebrará la boda? —pregunta Metáfora.</p> <p>—En la Fundación —explica papá—. He hablado con <i>Sombra</i> y asegura que podemos montar una carpa en el jardín. Es una zona segura y organizaremos la ceremonia sin problemas.</p> <p>—Me parece un buen sitio para celebrar un evento tan importante aseguro—. ¿Quién lo va a oficiar? ¿<i>Sombra</i>?</p> <p>—No, él no puede —responde papá—. No está autorizado para...</p> <p>—¿No es monje?</p> <p>—Bueno, sí, pero... En fin, no creo que pueda oficiar una boda —insiste papá—. Creo que dispondremos de algún sacerdote.</p> <p>—Podemos hablar con los monjes de la abadía de Monte Fer —propone Metáfora—. Quizá ellos puedan hacerse cargo. A lo mejor el abad Tránsito conoce a algún sacerdote.</p> <p>—Es una buena idea —comenta Norma.</p> <p>—Hablaré con ellos —dice papá—. Ojalá puedan.</p> <p>—Estaría encantada —reconoce Norma—. Encantadísima. Vamos a celebrar una boda por todo lo alto. Después de todo lo que hemos pasado, volvemos a ver la luz.</p> <p>—Vale, pero mañana empezáis las clases —propone papá—. Ya es hora de que todo vuelva a la normalidad.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Mercurio nos recibe con una sonrisa. Hace tiempo que no venimos por el instituto, así que ya es hora de volver a la rutina.</p> <p>—Enhorabuena, chicos —dice—. Sé que vuestros padres han salido del hospital.</p> <p>—Te estamos muy agradecidos por la ayuda que nos diste aquella noche de la explosión —respondo—. Menos mal que nos ayudaste a llevarlos al hospital. También sé que has llamado algunas veces para interesarte.</p> <p>—Sí, muchas gracias, Mercurio —añade Metáfora—. Ya sabes que si podemos hacer algo por ti, solo tienes que decirlo.</p> <p>—Mi mujer y yo estamos buscando un trabajo: me queda poco en este instituto —aclara—. Si os enteráis de algo, decídmelo.</p> <p>—Estaremos atentos —le aseguro—. Ya verás cómo, entre todos, te encontramos algo. Cuando la Fundación vuelva a resurgir, habrá un puesto seguro para ti.</p> <p>—Gracias, Arturo. Sé que lo dices de corazón. Pero me parece que la Fundación está acabada.</p> <p>—Eso no se puede afirmar —digo—. Te aseguro que intentaré levantarla por todos los medios. ¡La Fundación se rehabilitará! ¡Volverá a ser la que fue!</p> <p>Entramos en el patio y, como siempre, muchas miradas se dirigen hacia nosotros.</p> <p>—¡Eh, Arturito! ¿Qué tal está tu papá? —grita alguien a quien no identifico, pero que, casi con total seguridad, debe de ser amigo de Horacio.</p> <p>Mireia, acompañada de Cristóbal, se acerca corriendo y se planta ante nosotros.</p> <p>—Hola —dice Cristóbal.</p> <p>—Enhorabuena por lo de vuestros padres —dice Mireia—. Me he enterado de que han salido del hospital. Creo que dentro de poco volvemos a tener clases con tu madre, ¿verdad?</p> <p>—Si, Mireia. Mi madre vuelve al trabajo —replica Metáfora—. Y yo también.</p> <p>—Tu padre también está recuperado, ¿verdad, Arturo? —comenta—. Esta tarde podríamos tomar algo para celebrarlo. Hace tiempo que no nos vemos.</p> <p>—Me parece bien —interviene Cristóbal—. Yo también quiero ir.</p> <p>—He estado algo nervioso con todo ese asunto de la explosión y con mi padre en el hospital —explico—. Pero ya estoy mejor. Quizá una tarde de estas...</p> <p>—Mañana. ¿Te parece bien?</p> <p>—Déjame que lo piense. Si puedo, estaré encantado de tomar algo y charlar con...</p> <p>—Intentaré que venga Horacio —me corta—. Creo que ya es hora de que os hagáis amigos de una vez por todas.</p> <p>—No creo que quiera.</p> <p>—He hablado con él y me parece que está muy arrepentido de lo que pasó la noche que salisteis a jugar a los bolos con sus amigos. Quiere pedirte perdón. Debes darle una oportunidad.</p> <p>—¿Es una broma? —pregunta Metáfora, sorprendida—. ¡El y sus amigos quisieron golpearle en la cabeza con un bate de béisbol!</p> <p>—Fue una tontería. Tienes que comprenderlo. Solo querían probar si lo que se cuenta de ese dibujo del dragón es verdad —explica Mireia—. Son buenos chicos.</p> <p>—Menos mal que son buenos chicos —responde Metáfora—. Si llegan a ser malos, no sé qué hubieran hecho.</p> <p>—Vale: tomaremos algo e intentaremos olvidar lo que pasó —digo—. No les guardo ningún rencor.</p> <p>—Muy bien. Mañana entonces —dice mientras se aleja—. ¿Vienes, Cristóbal?</p> <p>—Tengo que hablar con Arturo —responde—. Luego nos vemos.</p> <p>Mireia se da la vuelta, muy despectiva.</p> <p>—Ah, por cierto, ¿ya has hecho esa sesión de hipnosis con tus psicólogos? —pregunta inesperadamente.</p> <p>—Mireia, ya te hemos dicho que eso es muy íntimo —la reprende Metáfora—. No hables de ello con nadie.</p> <p>—¿Por qué?</p> <p>—Porque es algo muy personal, ¿entiendes?</p> <p>—Vaya, ¿ahora me vas a decir lo que puedo o no puedo contar? —responde mientras continúa su camino—. ¡Lo que hay que ver!</p> <p>—Todo el mundo habla de lo que hiciste con Horacio y sus amigos —nos cuenta Cristóbal cuando nos quedamos solos—. ¡Menudo susto se han llevado!</p> <p>—Bueno, no exageres, que no fue para tanto —afirmo.</p> <p>—Dicen que tu dragón los levantó por encima de una farola.</p> <p>—No te creas nada de lo que cuentan. Es una exageración. Ellos intentaron atacarme y yo me defendí, eso es todo. Te lo digo de verdad. Déjate de dragones y de fantasías.</p> <p>—Ese dragón tiene poderes, Arturo —insiste—. Todo el mundo lo dice.</p> <p>—¿Todo el mundo dice qué?</p> <p>—Horacio y sus amigos han difundido la historia de lo que hiciste. Todo el instituto sabe que tienes poderes, que tu dragón es de verdad, que cobra vida, que ataca...</p> <p>—Venga, vamos a clase, que ya es hora —le interrumpo—. No voy a hacer caso de las tonterías de esos bobos.</p> <p>—Vale, pero mañana iré con vosotros a tomar algo —advierte mientras se retira—. Ah, creo que mi padre quiere hablar contigo. Llámale.</p> <p>Entramos en clase. Curiosamente, muchos compañeros me saludan con amabilidad. Metáfora y yo nos miramos asombrados del cambio que han sufrido.</p> <p>—Fíjate, me miran como si fuese un héroe o algo así —digo.</p> <p>—Es que lo eres. Todo el mundo sabe que salvaste la vida de tu padre, de mi madre y de <i>Sombra</i>. Y eso les gusta.</p> <p>—Espero que nadie crea a Horacio.</p> <p>—Puedes estar seguro de que su historia también les influye —asegura—. Imagínate un chico que tiene poderes, que salva la vida de personas y que está protegido por un dragón. Te convertirás en una leyenda.</p> <p>—No me tomes el pelo.</p> <p>—Ya lo verás. Ya lo verás.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVII</p> <p>T<style name="versalita">RANSFORMACIÓN</style></p> </h3> <p>Arturo, Arquimaes y Arquitamius bajaron juntos a la cueva de la roca negra. Se acercaron a los dos ataúdes y observaron, en silencio, los cuerpos de Alexia y Émedi. Arturo se inclinó ante ellos y cerró los ojos durante algunos minutos.</p> <p>—Tenemos que llevarlas a la cueva del Gran Dragón —dijo Arquitamius.</p> <p>—Debemos prepararlo todo y avisar a Amedia y a Astrid —añadió Arquimaes—. ¿Estás listo, Arturo?</p> <p>—Sí. Estoy dispuesto a hacer lo que haga falta —respondió Arturo.</p> <p>—Yo bajaré contigo —dijo Arquimaes—. No te dejaré solo.</p> <p>—Es una locura, maestro —protestó Arturo.</p> <p>—Es lógico que desee bajar a buscar a su reina. Tienes que entenderlo —explicó Arquitamius.</p> <p>—Lo entiendo —reconoció Arturo—. Pero el riesgo es muy grande. De todas maneras, no es seguro que tengamos que hacerlo, ¿verdad?</p> <p>—Hay que estar preparado, por si lo pide el Gran Dragón.</p> <p>—Todos los que bajan al Abismo de la Muerte corren un gran riesgo —dijo Arquitamius—. Tú también. Podrías perderte y no encontrar la salida. Te quedarías allí para toda la eternidad.</p> <p>—Bajaré a buscarla, Arturo —insistió Arquimaes—. Tengo que ir. Solo puedes sacar a alguien de ahí si lo amas.</p> <p>—Tenéis razón, maestro —accedió Arturo—. Si nos lo ordena, bajaremos juntos.</p> <p>—Ahora hay que prepararlas bien para evitar sorpresas —explicó Arquitamius—. Además, Astrid y Amedia deben estar inconscientes mientras se convierten en Émedi y Alexia.</p> <p>—Las dormiremos con la Pócima del Sueño Profundo —especificó Arquimaes.</p> <p>—Sí, ganaríamos mucho tiempo —admitió Arquitamius.</p> <p>—Entonces hagámoslo —indicó Arturo—. ¡Hagámoslo hoy mismo!</p> <p>Los dos sabios se dieron cuenta de que Arturo estaba verdaderamente impaciente.</p> <p>—Es peligroso —dijo Arquitamius—. Si alguna de ellas se despertara y se diera cuenta de lo que pasa, el secreto quedaría desprotegido. Si cayeran en manos de Demónicus o de gente sin escrúpulos, podrían hacerlas hablar y pondríamos el secreto del Gran Dragón en peligro.</p> <p>—Pero cuando se transformen en otro ser lo olvidarán —rebatió Arturo—. Ya ocurrió con Amarofet.</p> <p>—No es seguro. Nadie controla la memoria hasta ese punto. Hay un verdadero peligro.</p> <p>—El verdadero peligro soy yo —anunció Arturo—, que estoy al borde de la locura. Ya no puedo más. Necesito verlas, pedirles perdón, protegerlas como no supe hacer en aquellos momentos...</p> <p>—¡Espera, Arturo! ¿No pensarás que están muertas por tu culpa? —preguntó Arquimaes—. Yo estaba allí y vi lo que pasó. Alexia mató a Émedi impulsada por el odio y por el embrujo de su madre, y ella murió a manos de Demónicia. No eres culpable de nada.</p> <p>—¡Si hubiera sabido evitar que Frómodi me arrebatase los ojos y si no hubiera liberado a Alexander en Carthacia, todo esto no habría pasado! ¡Yo soy el único culpable!</p> <p>—¡Ya está bien, Arturo! ¡No te mortifiques más! ¡Tú no tienes la culpa!</p> <p>—Arquimaes está en lo cierto. El destino ha organizado todo este drama y tú no has podido evitarlo. Alexander se hubiera salido con la suya aunque tú no lo hubieses liberado. ¡Tienes que entenderlo!</p> <p>—¡Lo entenderé si vuelven a la vida! —respondió Arturo.</p> <p>Los dos hombres esperaron a que se calmase.</p> <p>—El destino de Alexia y Émedi estaba escrito —reconoció Arquitamius—. ¿No lo entiendes?</p> <p>—No tiene nada que ver con el destino. Todo ocurrió por mi culpa —insistió Arturo—. ¡Estaba ciego!</p> <p>—El Gran Dragón permitió que perdieras la vista para que no presenciaras cómo morían —explicó el maestro de los maestros.</p> <p>—Y te la devuelve ahora, que están a punto de resucitar, para que las veas —añadió Arquimaes. ¿Qué más pruebas quieres?</p> <p>—¿Queréis decir que he estado ciego para no sufrir? —preguntó Arturo, perplejo—. ¿Es eso?</p> <p>—Has padecido un gran sufrimiento para evitar otro mayor —sentenció Arquimaes.</p> <p>Arturo se quedó callado. Intentó asimilar la revelación que acababan de hacerle. Jamás lo habría interpretado desde ese punto de vista.</p> <p>—Bajaremos mañana —afirmó Arquitamius—. Esta noche dormiremos a Amedia y a Astrid.</p> <p>—De acuerdo —asintió Arquimaes—. Es lo más sensato.</p> <p>—Necesitaré llevar algunos artilugios —comentó Arquitamius—. Arturo, por favor, no olvides estos cirios.</p> <p>—¿Los necesitaréis en la cueva? —preguntó extrañado.</p> <p>—Me traen buena suerte —respondió—. No los olvides. Los necesito.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Amedia miró a Arturo antes de beber de la copa que Arquimaes acababa de entregarle.</p> <p>—Si fuese un veneno me lo tomaría igual —aseguró—. Confío más en vosotros que en ninguna otra persona, salvo en mi padre, Dédalus.</p> <p>—Yo también confío en vosotros —aseguró Astrid—. Haré lo que me pidáis.</p> <p>—No queremos engañaros —dijo Arquimaes—. Ya os hemos explicado que, cuando despertéis, notaréis que ya no sois la misma persona. Cada día desapareceréis y os convertiréis en otro ser.</p> <p>—En Alexia —dijo Amedia.</p> <p>—Y en Émedi —dijo Astrid.</p> <p>—Es un proceso lento pero irreversible —añadió Arquitamius, mientras encendía las velas que Arturo acababa de colocar sobre la roca, cerca de Adragón—. Una vez iniciado, nadie puede detenerlo.</p> <p>—Dejaréis de ser quien sois para convertiros en otras mujeres. Iréis adquiriendo su aspecto y, un día, os miraréis al espejo y ya no os reconoceréis... y tampoco os acordaréis de quién fuisteis. Debéis saber qué va a ocurrir —insistió Arquimaes.</p> <p>Arturo escuchaba sin decir nada.</p> <p>—Y tú, Arturo, ¿estás seguro de que sea yo quien va a dar vida a tu querida Alexia? —preguntó Amedia, rozando la copa con los labios—. ¿Estás convencido?</p> <p>—Estoy seguro de que jamás encontraré a alguien tan digno como tú —respondió el jefe del Ejército Negro—. Mi amada estará totalmente de acuerdo.</p> <p>—Quiero aclararos, no obstante, que algo de vuestra personalidad permanecerá en el nuevo ser que vais a alumbrar —reconoció Arquimaes—. Nadie puede asegurar qué será, pero os hará reconocibles.</p> <p>Amedia y Astrid se agarraron de la mano y, después de lanzarse una cariñosa mirada, bebieron a la vez.</p> <p>—Ya está hecho —dijo Amedia, mientras dejaba la copa vacía sobre la mesa—. He dejado de ser yo para convertirme en una nueva persona.</p> <p>—Yo seré una reina diferente de la que he sido hasta ahora —añadió Astrid.</p> <p>Poco a poco, la reina y la joven campesina entraron en un dulce sueño.</p> <p>Arturo y Arquimaes permanecieron quietos mientras el humo de las velas los envolvía hasta hacerlos caer en una profunda oscuridad. El silencio era tan intenso que tuvieron la sensación de que el mundo acababa de terminarse.</p> <p>Solo Arquitamius permaneció despierto. Si alguien más se hubiera resistido al sueño, habría visto cómo los ojos del viejo alquimista, los de la estatua de Adragón y las cuatro velas, brillaban en la oscuridad.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVIII</p> <p>U<style name="versalita">NA ESPERANZA</style></p> </h3> <p>Papá me llama por teléfono para darme una noticia extraordinaria.</p> <p>—¡Acaban de avisarme de que alguien ha depositado una gran cantidad de dinero para neutralizar a Del Hierro y para liquidar la deuda de la Fundación! —explica, muy agitado.</p> <p>—¿Quién ha sido, papá? ¿Quién ha hecho eso? —le pregunto.</p> <p>—No lo sabemos, pero ya está hecho —asegura—. ¡Es inaudito!</p> <p>—No lo entiendo. ¿Quién puede estar interesado en comprar la Fundación, ahora que está destruida? —insisto—. ¿Para qué la quieren? ¿Quién está detrás?</p> <p>—Ahora eso es lo de menos... Además, ese inversor quiere recuperar el apellido Adragón y le ha hecho una oferta a Stromber. —¿La ha aceptado? —pregunto.</p> <p>—Todavía no lo sé. Me han dicho que los abogados están de negociaciones.</p> <p>—Esto es muy raro. No entiendo nada. —Tampoco yo. ¿Quién será?</p> <p>—Tú recupérate, papá. Yo intentaré averiguar qué pasa.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p><i>Escoria</i> nos recibe con una sonrisa amarga, muy suya. Está sentada en su butaca destartalada, en la puerta de su edificio, a pesar del frío glacial que hace. El suelo tiene una blanca capa de nieve, pero eso no parece preocuparle demasiado.</p> <p>—Hola, ¿qué os trae por aquí? —pregunta—. ¿Me traéis algún regalito?</p> <p>—Hoy no hay vino —responde <i>Patacoja</i>—. Venimos a trabajar.</p> <p>—Necesitamos hacer algunas averiguaciones —digo—. Todo se ha complicado y tienes que ayudarnos.</p> <p>—Si no hay vino, no hay ayuda —responde agriamente.</p> <p>—Si no hay ayuda, no habrá vino ni nada de nada —advierte <i>Patacoja</i>—. Así que espabila y entra, que tienes trabajo. ¡Vamos!</p> <p>Nunca he visto a <i>Patacoja</i> hablarle así a alguien, pero parece que su vehemencia surte efecto: <i>Escoria</i> se pone de pie y entra en la casa.</p> <p>—¿Qué os pasa? —protesta la mujer—. Os veo un poco nerviosos.</p> <p>—Tienes que averiguar quién ha puesto una fianza milionaria para combatir la acción del banco de Del Hierro. Necesitamos saber quién quiere comprar la Fundación.</p> <p>—Eso es una broma. Nadie quiere comprar la Fundación —explica—. Lo único que tiene valor de ese edifico está aquí: los libros. Lo demás ya no sirve...</p> <p>—Pues alguien está interesado —insisto—. Y es muy poderoso.</p> <p>—Será alguna inmobiliaria —supone—. Querrán comprar el terreno, destruir las ruinas y construir un edificio de oficinas o apartamentos de lujo. Ya lo veréis.</p> <p>—Ojalá fuera tan sencillo —replico—, pero me temo que no es esa la razón. También han negociado con Stromber sobre la posesión del apellido. Detrás de todo esto hay alguien importante.</p> <p><i>Escoria</i> se sienta ante su superordenador. Lo enciende y entra en Internet.</p> <p>—Veamos qué nos cuenta la red. Empezaré por entrar en... ¿No queréis daros una vuelta? Lo que voy a hacer no es muy legal.</p> <p>—Salgamos a dar un paseo —me propone <i>Patacoja</i>—. Luego volvemos.</p> <p>—Preferiría echar una ojeada a los libros. Quiero ver en qué estado están. ¿No os importa?</p> <p>—Entonces me quedaré en el patio —dice <i>Patacoja</i>—. No tengo muchas ganas de andar. Puedes subir.</p> <p>Salgo de la habitación y subo por la escalera. Llego al primer piso y veo montones de libros apilados. Se me ponen los pelos de punta al verlos así, abandonados, fuera de sus estanterías, colocados como envases de yogur. Si mi padre los viera se llevaría un disgusto tremendo. También <i>Sombra</i> se pondría enfermo.</p> <p>Coloco algunos que se han caído al suelo. Les limpio el polvo. Algunos cristales de las ventanas están rotos y varios copos de nieve se cuelan. Si esto sigue así, dentro de poco los libros se habrán convertido en un montón de papel mojado. Tenemos que llevarlos al monasterio inmediatamente. <i>Escoria</i> ha tenido el detalle de ofrecerse a guardarlos, pero puede que eso nos traiga problemas.</p> <p>Cojo algunas tablas y las coloco sobre las ventanas rotas. No es un trabajo perfecto, pero, desde luego, protegerá nuestro gran tesoro.</p> <p>Cuando estoy a punto de marcharme, noto que algunos libros se agitan a mi paso, como si quisieran comunicarse conmigo. Varios ejemplares vuelan y se sitúan a mi alrededor, como si buscaran protección. Quizá se muestran agradecidos.</p> <p>Siento mucha pena por ellos.</p> <p>Después de disfrutar de la compañía de mis amigos y aliados durante un rato, vuelvo al despacho de <i>Escoria</i>.</p> <p>—Entra, Arturo —dice <i>Patacoja—. Escoria</i> ha encontrado algo.</p> <p>—Solo son rumores —advierte nuestra amiga—. Pero es posible que se trate de un grupo de presión vinculado con...</p> <p>—¿Con qué? ¿Con quién? —la apremio.</p> <p>Con ciertos sectores relacionados con la historia de Férenix. Gente muy ligada a la ciudad. Gente importante. Posiblemente relacionada con el Consejo General... Con el Gobierno...</p> <p>—¿Qué dices? ¿No exageras?</p> <p>—En absoluto. Es una asociación que tiene como finalidad recuperar el sentido histórico de Férenix. Quieren que este pequeño país tenga una gran historia oficial.</p> <p>—¿Y para qué quieren comprar la Fundación?</p> <p>—¡Para apropiarse de lo que hay debajo! —exclama <i>Patacoja</i>—. ¡Se han enterado de nuestro hallazgo! ¡Seguro!</p> <p>—No puede ser. No se lo hemos contado a nadie —le rebato.</p> <p>—Pues ya me dirás qué buscan —responde.</p> <p>—Instaurar una monarquía —explica <i>Escoria</i>—. Para eso han depositado tanto dinero.</p> <p>—¡Eso es una tontería! —aseguro—. Para instaurar una monarquía hace falta un rey, y no lo tienen. En Férenix no hay linaje monárquico reconocido.</p> <p>—Pero lo habrá —insiste <i>Escoria</i>., Empieza a ser aceptado por todo el mundo que los orígenes de Férenix engarzan con el antiguo reino de Arquimia. La red está llena de alusiones. Últimamente se han encontrado pruebas que avalan esa teoría. Algo sabrás de eso, ¿no?</p> <p>—Pero no se han encontrado evidencias de un posible descendiente de los reyes arquimianos —contesto—. Y sin eso no hay nada, solo conjeturas.</p> <p>—Bueno, me he ganado un trago de vino, ¿verdad? —dice <i>Escoria</i>, dejando claro que el debate no es de su incumbencia—. He encontrado lo que me habéis pedido, así que tengo derecho a un premio.</p> <p>—Ojalá no lo hubieses descubierto —susurro.</p> <p>—¿Puedes averiguar quién dirige esa asociación? —pregunta <i>Patacoja</i>, siempre ávido de información.</p> <p><i>Escoria</i> entra de nuevo en Internet, teclea varias veces y finalmente dice:</p> <p>—Puede ser un tal Leblanc, pero no es seguro.</p> <p>—¡Leblanc, el escritor! —exclamo—. Estuvo en una de nuestras exposiciones. Sé que es un gran aficionado a la historia. Hace mucho que no le veo.</p> <p>—Pues sospecho que, a partir de ahora, lo verás más de lo que imaginas —dice <i>Patacoja</i>—. Parece que lidera un grupo bastante poderoso. Es todo un personaje en Férenix. Dicen que es asesor de la presidencia.</p> <p>—Además de poderoso, parece muy activo —digo.</p> <p>—¿Qué hay de lo mío? —insiste <i>Escoria</i>—. Quiero mi premio. Me lo he ganado.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIX</p> <p>N<style name="versalita">ACE UN CABALLERO</style></p> </h3> <p>Cuando Astrid y Amedia despertaron de su profundo sueño, notaron que algo o alguien había tomado posesión de sus almas. Habían estado delante de los féretros de Alexia y Émedi durante muchas horas, posiblemente más tiempo del que ellas mismas creían. Y ahora, por fin, el viaje llegaba a su fin.</p> <p>Estaban al lado de Arturo y Arquimaes, que también se despertaban, de pie, sobrecogidas ante la majestuosidad del Gran Dragón. Habían oído hablar de esos animales sagrados, pero nunca habían estado tan cerca de alguno.</p> <p>La transformación se había producido con extrema velocidad. Ahora tenían más de Émedi y Alexia que de Astrid y Amedia.</p> <p>—¿Dónde estamos? —preguntó la reina—. ¿Estamos vivas?</p> <p>—¿Quiénes somos? —quiso saber Amedia—. No comprendo nada.</p> <p>—Estamos en la cueva del Gran Dragón —explicó Arquitamius—. Estáis vivas y acabáis de sufrir una metamorfosis.</p> <p>—¿Cuánto tiempo llevamos inconscientes? ¿Cuántas horas hemos dormido? —preguntó Amedia, cuya voz era casi la de Alexia.</p> <p>—Eso no importa. Vuestro tiempo empieza ahora. Olvidad el pasado. Solo debéis pensar en el futuro.</p> <p>Amedia y Astrid se miraron como si no comprendieran nada. Se tocaron el rostro para asegurarse de que estaban vivas. La rápida transmutación las había desconcertado por completo. Les dolía el cuerpo y sentían un extraño dolor de cabeza. Sin embargo, no se quejaron.</p> <p>—¡Lo habéis conseguido, maestro! —exclamó Arturo—. ¡Todo ha salido bien! ¡Les habéis devuelto la vida!</p> <p>Arquimaes estaba tan sorprendido como Arturo. Ni siquiera recordaba haber bajado al Abismo de la Muerte, y sin embargo, los efectos de la transformación de Amedia y Astrid eran bien visibles. Cada segundo que pasaba, más se parecían a Alexia y Émedi.</p> <p>—Amigo Arquitamius, maestro de maestros —declaró Arquimaes—. Seguís siendo el mejor alquimista de cuantos he conocido. Por muchos años que viva, jamás conseguiré llevar a cabo esta hazaña. Habéis perfeccionado el mecanismo de la resurrección hasta limites insospechados.</p> <p>—¿Resurrección? —pregunto Émedi—, ¿De qué habláis?</p> <p>—De nada que deba preocuparos —respondió delicadamente Arquitamius—. Son cosas de alquimistas. Por si no me recordáis, soy Arquitamius y fui maestro de Arquimaes.</p> <p>—Me habían hablado de vos, pero creía que...</p> <p>—¿Que estaba muerto? Pues ya veis que no, que sigo vivo.</p> <p>—Ha venido a visitarnos —intervino Arquimaes.</p> <p>—Quiero participar en vuestro proyecto de crear un reino de justicia —explicó Arquitamius—. Si me lo permitís, naturalmente.</p> <p>—Sois bienvenido —respondió la reina Émedi—. Vuestros conocimientos nos serán de gran ayuda.</p> <p>Arturo estaba extasiado ante la presencia de Alexia. Se puso de rodillas ante ella y le agarró la mano derecha.</p> <p>—¡Alexia, amor mío! —musitó—, ¡Alexia de mi vida! ¡Por fin estás conmigo!</p> <p>—Claro, Arturo —repuso Alexia—. Nunca me separaré de ti.</p> <p>Arturo, que llevaba mucho tiempo esperando este momento, rompió a llorar de emoción. Alexia le acarició el cabello y le ayudó a tranquilizarse.</p> <p>Arquimaes los observaba con tremenda satisfacción. Se prometió que nunca les contaría lo poco que había faltado para que todo saliera mal, pues era la primera vez en su vida que hacía tal cosa.</p> <p>—Antes de volver a la superficie debemos organizar esto —dijo, asombrado por su propio éxito—. Ayudadme.</p> <p>Arturo y Arquimaes trasladaron los ataúdes de Alexia y Émedi hasta un montículo de arena, al lado de otras cajas.</p> <p>Las evocaciones invadieron a Arturo, que no pudo evitar una punzada en el estómago cuando recordó el día en que la ensartó con su propia espada. Después se fijó en Émedi.</p> <p>—Amigo Arquitamius —dijo Arquimaes en voz baja, acercándose a su maestro—. ¿No habíamos quedado en que volveríamos para hacer el rito de la resurrección?</p> <p>—Oh, bueno, en el último momento he cambiado de idea —respondió el astuto alquimista—. No te importa, ¿verdad?</p> <p>Arquimaes sonrió. Una de la las lecciones que le había enseñado había sido, precisamente, la de actuar con sagacidad.</p> <p>—En realidad —solía decirle durante sus largas charlas—. no hay necesidad de alarmar al enfermo. Si no sabe qué le vas a hacer, no se opondrá. Y tú trabajarás mejor.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Al amanecer, los hombres del Ejército Negro observaron a su jefe, Arturo Adragón, que, con la extraordinaria espada alquímica en alto, se disponía a iniciar el ataque contra el castillo que había pertenecido a la reina Émedi y que ahora estaba en poder de Demónicia y sus cómplices.</p> <p>Todos esperaban que Arturo pronunciara una arenga, como era habitual, pero en esta ocasión se limitó a colocarse en primera fila, a la cabeza de su ejército. De repente, bajó la espada.</p> <p>En ese instante, diez catapultas arrojaron simultáneamente su pesada carga, que voló hacia la enorme puerta de madera. Cayeron casi al mismo tiempo y prácticamente todas dieron en el blanco. Parecía que provenían del cielo. El portón de madera se deshizo en miles de astillas que saltaron en todas direcciones. Cuando el polvo se disipó, pudo verse un gran agujero.</p> <p>Sin esperar a nadie, Crispín, camuflado con las ropas de Arturo, espoleó a su caballo y se lanzó al ataque.</p> <p>—¡Adelante, soldados del Ejército Negro! —gritó Leónidas, que le seguía de cerca—. ¡Recuperemos lo que es nuestro!</p> <p>La orden de Leónidas fue obedecida de inmediato. El Ejército Negro le siguió como si fuera un solo hombre. El ataque acababa de empezar.</p> <p>Crispín estaba nervioso. Sobre todo temía no estar a la altura de las circunstancias. Sabía perfectamente cuál era su papel y era consciente de lo que representaba en esta escena. Lo que él hacía repercutiría dilectamente en la imagen de Arturo. No podía fallar. Por eso galopaba furiosamente hacia el puente levadizo, dispuesto a reconquistar el castillo de la reina Émedi.</p> <p>Sentía en su nuca el aliento de los soldados Émedianos, deseosos de venganza. Con el orgullo todavía herido por la tremenda derrota que les había obligado a abandonar Émedia y refugiarse en Ambrosia, corrían con bravura, dispuestos a dejarse la vida en la empresa.</p> <p>La espada alquímica que Crispín empuñaba era una réplica, pero su valor era auténtico. La máscara no era suya, pero el deseo de victoria sí. Allora era más parecido a Arturo Aragón de lo que lo había sido nunca. ¡Se convenció de que era Arturo Adragón, el jefe del Ejército Negro! ¡Y se embraveció!</p> <p>—¡Al ataque! —gritó, sin importarle que no pudieran escucharle—. ¡Al ataque!</p> <p>Mientras cruzaba la explanada que se extendía ante el castillo, recordó el trágico día en que Arturo mató a Alexia con su propia espada. Entonces comprendió por qué este no quiso intervenir en la batalla. Si hubiera cabalgado de nuevo sobre esta alfombra de tierra manchada con la sangre de Alexia, no hubiera podido resistir aquel doloroso acontecimiento y se habría derrumbado.</p> <p>Cuando su caballo pisó las tablas del puente levadizo y el sonido de sus cascos se confundió con el redoble de un tambor, sintió que acababa de dar el primer paso hacia la gloria.</p> <p>Loco de emoción, se abalanzó contra el grupo de demoniquianos que le impedían el paso. Su espada despejó el terreno con una contundencia digna de exaltación. Los Émedianos que le seguían, admirados por su valentía, jamás dudarían haber visto al mismísimo Arturo Adragón en acción. Crispín, el escudero que procedía de un campamento de proscritos, se acababa de convertir, con todos los honores, en un caballero de leyenda.</p> <p>En el patio del castillo, Crispín se hizo temer enseguida por sus enemigos, que caían sin cesar. Sus hombres, contagiados por aquella muestra de bravura, se arremolinaron a su alrededor para protegerle, mientras los demoniquianos huían despavoridos.</p> <p>Desde una colina cercana, ocultos entre los árboles, Demónicia, Alexander, Tránsito y un millar de soldados demoniquianos observaban el desarrollo del ataque.</p> <p>A pesar de que el manejo de la espada le resultó familiar, Alexander de Fer no reconoció a Crispín, su alumno, a quien él mismo había enseñado esgrima, allá en las montañas de Nevadia, y creyó estar ante Arturo Adragón, el auténtico jefe del Ejército Negro.</p> <p>—¡Viene a matarme! —susurró—. ¡Quiere vengarse!</p> <p>—¡Hay que acabar con él! —gruñó Demónicia—. ¡Hay que enviarlo al Abismo de la Muerte.</p> <p>—¡Es inmortal! —respondió Tránsito—, ¡Nadie puede matar a un inmortal!</p> <p>—Hay que descubrir su secreto —respondió la Gran Hechicera—. Hallad el pergamino de Arquimaes y conoceréis su vulnerabilidad.</p> <p>—¡Lo hallaremos! ¡Esté donde esté! —prometió el monje—. ¡Nos dará el poder para matar a Arturo! ¡También matará de dolor a Arquimaes!</p> <p>—¡Sé dónde está el pergamino! —aseguró Alexander de Fer—, ¡Os lo entregaré, mi señora!</p> <p>—De momento, ¡salgamos de aquí! —ordenó Demónicia—, ¡Tenemos que escapar antes de que nos descubran!</p> <p>Aunque no dijo nada, Demónicia había detectado algo extraño en Arturo. No consiguió determinar de qué se trataba exactamente, pero se convenció de que no era quien ella conocía. Se había dado cuenta desde que llegó, por lo que llegó a la conclusión de que era un trampa. Era mejor huir que dejarse engañar.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Górgula se puso muy nerviosa cuando vio cómo Arquimaes, que, junto a Arquitamius, caminaba con toda tranquilidad entre la gente, se le acercaba. Había esperado tanto tiempo este momento que, ahora, le parecía un sueño.</p> <p>Cuando estaba a punto de llegar a la esquina del muro, Górgula se dejó ver. Al principio, Arquimaes no la reconoció, pero cuando se dio cuenta de quién era, se detuvo en seco y la miró como si fuese un fantasma del pasado.</p> <p>Arquimaes se despidió de Arquitamius y se dirigió hacia ella.</p> <p>Hola, Górgula —saludó con voz pausada—. Cuánto tiempo sin verte.</p> <p>Muchos años, amigo Arquimaes —respondió la hechicera—. Demasiado tiempo. Ya ves que he envejecido mucho.</p> <p>—Es el precio a pagar por tus malas artes. ¿Qué haces en Ambrosia? Demuestras mucho valor al venir aquí, sobre todo después de lo que le hiciste a Arturo.</p> <p>—Estoy de paso. Me marcho pronto.</p> <p>—¿Lejos?</p> <p>—Muy lejos. No creo que vuelva a pisar este lugar.</p> <p>—¿Practicas?</p> <p>—¿La brujería? Claro que sí. No sé hacer otra cosa. No podría hacer otra cosa.</p> <p>—Deberías rehacer tu vida —le aconsejó el alquimista—. Vienen malos tiempos para la brujería. Arquimia no la va a tolerar.</p> <p>—No estés tan seguro. Dicen que los hechiceros se han unido para limpiar de alquimistas estas tierras. Quizá deberías ser tú quien guarde cuidado, ¿no crees?</p> <p>—¿A qué has venido, Górgula?</p> <p>—Ya te lo he dicho: estoy de paso.</p> <p>—¿Es este un encuentro casual? —preguntó el sabio.</p> <p>—Me conoces bien. Reconozco que no he podido aguantar las ganas de saludarte. Hace años me querías.</p> <p>—Eso es agua pasada, Górgula. No me digas que has vuelto para rememorar viejos tiempos —repuso.</p> <p>—Solo he venido para recordarte que en algún sitio tenemos un hijo que espera que le visitemos.</p> <p>—Me dijiste que nuestro hijo había muerto —la reprendió el alquimista—. No me vengas ahora con historias.</p> <p>—Te mentí. Se lo entregué a los monjes ambrosianos, a quienes conoces muy bien. Ahora que la vida te sonríe, puedes buscarlo y ayudarlo.</p> <p>—Siempre mientes, Górgula. No puedo creerte.</p> <p>—¿No puedes o no quieres? Te mentí cuando me abandonaste. No quería...</p> <p>—Querrás decir cuando tú me abandonaste por el rey Benicius —le recordó Arquimaes.</p> <p>—No seas rencoroso. Lo importante es que fuimos capaces de engendrar un hijo —insistió la hechicera—. Solo quería que supieras que está vivo.</p> <p>—Supongo que querrás buscarlo para que siga tus pasos en la hechicería, ¿o lo buscas para ver si es rico y poderoso?</p> <p>—Desde que se lo entregué a los monjes ambrosianos no he vuelto a verlo, y ahora me gustaría poder abrazarlo.</p> <p>—Muy propio de ti —le recriminó el alquimista—. Abandonas todo lo que quieres para buscar el camino de la fortuna. El oro siempre te ha seducido, Górgula. Me abandonaste a mí y abandonaste a nuestro... a tu hijo.</p> <p>—¿Acaso a ti no te interesan la fortuna y el señorío, Arquimaes? Dejaste los hábitos para enriquecerte como alquimista.</p> <p>—Nunca abandonaría a un hijo por la opulencia y el poder.</p> <p>—Creo que Arturo Adragón también es hijo tuyo... ¿Dónde has estado durante todos estos años, mientras crecía solo? ¿O me vas a decir que no le abandonaste?</p> <p>—Eso no te interesa. Lo mejor es terminar esta conversación, Górgula. Adiós.</p> <p>—Quiero que me ayudes a buscar a nuestro hijo. Se lo debemos.</p> <p>—¿Qué? ¿Estás loca?</p> <p>—Tú conoces a esos monjes. Ellos te pueden indicar dónde está. Seguro que lo saben.</p> <p>—¡No es mi hijo, sino tuyo! ¡Me lo ocultaste! No vengas ahora a pedirme ayuda.</p> <p>—Debemos encontrarlo. Quizá nos necesite. Estoy acampada detrás de la abadía, cerca del muro en el que tu hermano Tránsito te maldijo. Ven a verme cuando quieras —suplicó—. Te espero.</p> <p>—Ni lo sueñes. Entre tú y yo no hay nada.</p> <p>—Como ahora vives con la reina Émedi, ya no te importo lo más mínimo.</p> <p>—Adiós, Górgula —repuso Arquimaes, mientras se abría paso—. Adiós.</p> <p>Arquimaes no prestó ninguna atención a un mendigo que estaba apoyado en la pared, muy cerca de ellos, al pasar por su lado.</p> <p>Pero Escorpio, camuflado con andrajos, como si quisiera simular ser un pordiosero, sí que estuvo atento. Acababa de descubrir quiénes eran sus padres. Y eso le tenía abrumado. ¡Era hijo de un alquimista y de una hechicera!</p> <p>¿Qué había hecho él para merecer semejante castigo? ¿Qué había de malo en su corazón para que le repudiaran? ¿Por qué le despreciaban tanto? ¿Por qué sus padres no querían saber nada de él? ¿Por qué le abandonaron como a un perro?</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Anochecía y aún se combatía en el interior del castillo de Émedi. El Ejército Negro ganaba terreno a cada minuto que pasaba, pero los demoniquianos vendían cara su vida. La lucha era encarnizada y los gritos de guerra retumbaban por toda la fortaleza.</p> <p>Los soldados Émedianos luchaban sin tregua, como su jefe, y golpeaban a diestro y siniestro a sus enemigos en busca del triunfo.</p> <p>Crispín, sin ser plenamente consciente de su heroísmo, hacía méritos para entrar en la leyenda del Ejército Negro y para tener un puesto de honor en su historia.</p> <p>Según avanzaba el tiempo, la victoria se inclinaba a favor de los Émedianos. Todo indicaba que, en pocas horas, la fortaleza caería en su poder. Sin embargo, algo inquietaba a Crispín.</p> <p>—¿Dónde están Alexander, Tránsito y Demónicia, que aún no los hemos visto? —le preguntó a Leónidas—. ¿Seguro que estaban en la fortaleza?</p> <p>—Es muy extraño que todavía no hayan dado la cara —reconoció el caballero—. Me preocupa.</p> <p>—¡Extraño! ¡Son unos cobardes! —exclamó Puño de Hierro—. ¡Tendremos que sacarlos de su madriguera!</p> <p>Pero estaban lejos de imaginar qué se tramaba. Mientras los demoniquianos empezaban a rendirse, Demónicia, su plana mayor y un millar de sus más aguerridos hombres habían huido silenciosamente la noche anterior, al comienzo del ataque, y estaban a gran distancia del castillo, en el interior del extenso bosque del reino de Émedia, a punto de cruzar la frontera. Escapaban como ratas de un incendio.</p> <p>Cuando se dieron cuenta de que sus jefes y la élite de su ejército les habían abandonado, los soldados demoniquianos depusieron las armas.</p> <p>Poco después, el castillo Émediano estaba en poder del Ejército Negro, que lo dominaba por completo.</p> <p>—¡Hemos recuperado nuestro honor! —gritó Leónidas—. ¡Viva Arturo Adragón!</p> <p>Los guerreros vencedores alzaron sus armas y gritaron al unísono:</p> <p>—¡Arturo! ¡Arturo! ¡Arturo!</p> <p>Crispín, tras la máscara de plata, se sintió emocionado. Por primera vez en su vida se sintió valorado. Deseó ser digno de dirigir un ejército como aquel y llevarlo a la victoria.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XX</p> <p>E<style name="versalita">N BUSCA DE LOS ORÍGENES</style></p> </h3> <p>He venido con Metáfora a la Biblioteca Nacional para revisar la historia de Férenix. La bibliotecaria nos entrega varios libros muy antiguos que le hemos pedido. Están llenos de polvo. Supongo que nadie ha debido de tocarlos en años.</p> <p>—Tengan cuidado con ellos —nos advierte—. Son muy valiosos. Se los dejo por ser usted quien es, señor Adragón. Lamento mucho lo ocurrido en la Fundación.</p> <p>Después de agradecerle la deferencia y de prometerle que vamos a tratarlos bien, nos dirigimos a una mesa un poco apartada.</p> <p>—Arturo, ¿qué buscamos exactamente? —pregunta Metáfora, mientras nos sentamos.</p> <p>—Buscamos pistas sobre Férenix —le aclaro.</p> <p>—Pero todo eso ya deberías saberlo del colegio —y, como si imitara a la profesora de geografía, comienza a recitar—: Férenix, país de Centroeuropa, rodeado por pequeñas villas, cuya capital es la ciudad homónima... Ya sabes, Arturo: todo ese rollo. No sé si estos libros nos ayudarán a encontrar algo más...</p> <p>—Claro que lo sé, Metáfora —le sonrío—. Me refiero al verdadero origen de Férenix. Battaglia ha encontrado pistas muy fiables que se remontan a los tiempos de Arquimia. Quiero saber qué pasó con ese antiguo reino: ¿por qué desapareció?, ¿por qué se nos ha escamoteado nuestra historia? En el colegio apenas nos han contado sobre él. Sugieren que provenimos de él, pero no profundizan en la cuestión. Y ahora resulta que hay gente empeñada en recuperar esos orígenes en los que yo, de alguna manera, formo parte. ¡Tengo que saber!</p> <p>—Pues hazte cargo de esos libros. Yo me dedicaré a los más antiguos.</p> <p>Prefiero que los miremos juntos. Cuatro ojos ven más que dos.</p> <p>Bien; vamos allá —dice, abriendo un ejemplar.</p> <p>El libro está en muy mal estado. Hay que pasar las hojas con mucho cuidado. Por seguridad las han plastificado, y a pesar de ello se puede apreciar que el papel está muy gastado.</p> <p>Fíjate en este plano —dice Metáfora—. Es lo más antiguo que se conoce de Férenix. Parece un pueblo al pie de una montaña.</p> <p>—Es Monte Fer... Esto que se ve aquí debe de ser el monasterio. Debe de llevar ahí toda la vida.</p> <p>—Algunos dicen que es de los más antiguos de Europa. Y se conserva bien.</p> <p>—Supongo que habrán hecho numerosas obras de restauración para mantenerlo en este estado.</p> <p>El plano de Férenix es un grabado antiguo que debe de tener, por lo menos, quinientos años. Está hecho a plumilla y es muy detallista. Todavía se ven algunos tramos de la muralla que lo rodea. En aquellos tiempos era una ciudad bastante poblada, aunque no demasiado grande. Se aprecia perfectamente la avenida principal, el parque, el edificio del Ayuntamiento, el palacio del Gobierno y... ¡la Fundación!</p> <p>—¡Mira! ¡La Fundación! No, espera... Está en el mismo sitio, pero no es el mismo edificio... ¡Este edificio es triangular!</p> <p>—Tienes que estar equivocado. El edificio de la Fundación es rectangular.</p> <p>—No es posible. Tiene que haber algún error... ¡Míralo bien! ¡Es la Fundación y es triangular!</p> <p>Metáfora se acerca el libro a los ojos y pasa el dedo sobre la zona del dibujo.</p> <p>—El sitio es el que ocupa la Fundación, no cabe duda. Pero la planta del edificio no se corresponde con la actual: es un triángulo...</p> <p>—¡Exacto! Es como el muro que hemos encontrado ahí abajo. La letra adragoníana, el dibujo de las monedas. Hay muchas formas triangulares en los objetos que hemos encontrado.</p> <p>—Además, ya sabemos que ese triángulo es la letra A.</p> <p>—La A de Arquimia —respondo.</p> <p>—Sí. El edificio era una gran letra tumbada que se veía desde el cielo.</p> <p>—Eso significa que el muro transversal de los sótanos de la Fundación alguna vez alcanzó una considerable altura —especulo.</p> <p>—No. Significa que construyeron encima y que lo taparon, igual que la torre de Pisa, que está envuelta por una capa exterior para impedir que se caiga, como una especie de funda.</p> <p>—Pero ¿para qué lo taparon? ¿Qué querían ocultar?</p> <p>—A lo mejor querían tapar el dibujo adragoniano que ha de haber en el techo... Aunque también podría ser que el paso del tiempo hubiera enterrado el edificio.</p> <p>—Eso quiere decir que durante mucho tiempo estuvo abandonado.</p> <p>—O que faltaba espacio para construir y que, cuando quisieron ganar sitio, construyeron edificios encima de los viejos cimientos. Ya sabes que por estar rodeado de montañas y por estar en el fondo de un valle, Férenix no tiene muchas posibilidades de expansión.</p> <p>—Ciertamente, Férenix es un país pequeño.</p> <p>—Un pequeño reino sin rey.</p> <p>—¿Hay otros reinos como el nuestro?</p> <p>—Claro que sí, como principados sin príncipe. Hay países que apenas pueden distinguirse en los grandes mapas. El mundo está lleno de ciudades que se han convertido en pequeños países, como el nuestro.</p> <p>—Mira: aquí hay una fotocopia de un recorte de periódico —dice Metáfora, y extrae una hoja doblada de entre las páginas del libro—. Alguien lo ha olvidado. Es un reportaje sobre Férenix. ¿Quieres que lo lea?</p> <p>—Sí, léelo, pero no demasiado alto, que esto es una biblioteca.</p> <p>—Presta atención...</p> <p><i>Situada en el centro de Europa, la ciudad-estado de Férenix está rodeada de un exiguo territorio de su propiedad que, a su vez, se divide en varias comarcas, de las que Drácamont es la más importante. Por su singularidad geográfica y artística destaca El Barranco de la Mano Ardiente</i>.</p> <p><i>El valle que delimita las fronteras de Férenix está dominado por el monte Irr, que posiblemente dio lugar al nombre de la ciudad para homenajear al ave mitológica que renació de sus cenizas</i>.</p> <p><i>Arqueólogos, medievalistas y, en definitiva, expertos a nivel mundial en distintas materias, han tratado de reconstruir la historia de Férenix. Durante largo tiempo, esta ciudad independiente estuvo bajo el gobierno de una monarquía. En la actualidad siguen sin conocerse los motivos por los que este linaje real se extinguió</i>.</p> <p><i>Actualmente está regida por un consejo constituido por un presidente y once ministros, que son elegidos cada cuatro años</i>.</p> <p><i>Pero no todos en Férenix han olvidado su regio origen. Algunas de las personalidades más ilustres de esta ciudad-estado han unido sus esfuerzos y dedicación para crear un Comité para la Restauración de la Monarquía, que pretende hallar las pruebas definitivas e irrefutables que restablecieran a una persona en el trono de la ciudad. Iniciativa que, todo hay que decirlo, si bien ha sido saludada por la mayoría de los habitantes de Férenix, en determinados sectores de su sociedad ha encontrado ciertas reticencias</i>.</p> <p>—¿Quién lo firma? —pregunto, con el objeto de asimilar lo que acaba de leerme.</p> <p>—Leblanc. Escucha, hay más...</p> <p><i>Algunos expertos opinan que Férenix debió de nacer alrededor del siglo X. Surgió de una pequeña ciudad que se defendió de los ataques de numerosos enemigos que deseaban acabar con ella. Posiblemente ambicionaban poseer este enclave magníficamente situado entre varios reinos que, en aquella época, hubiera proporcionado una extraordinaria ventaja militar. Muchos opinan que Férenix sobrevivió gracias a su férrea organización militar</i>...</p> <p>—Arturo —susurra con su mejor voz—, esto es revelador. En clase no me lo han contado así.</p> <p>—¿Qué tiene de raro? Muchos países mantuvieron su unidad gracias a su fuerza militar. No lo veo nada extraño.</p> <p>—Escucha esto...</p> <p><i>Férenix podría haber nacido con el nombre de Arquimia, como muestra del fervor popular profesado hacia Arquimaes, un alquimista que trabajó incansablemente en el descubrimiento de medicinas y que apoyó la creación de un reino moderno. Según algunos detractores, Arquimia no es más que pura fantasía alimentada por juglares, poetas, pintores y narradores de historias</i>.</p> <p>—Muchos historiadores afirman que la historia del mundo está llena de reinos legendarios que tienen un pie en la realidad y otro en la fantasía. Todo esto no aporta nada.</p> <p>—No aporta, pero encaja con lo que Battaglia nos ha contado. Férenix proviene de Arquimia, aunque nadie sabe cómo ni por qué se produjo el cambio.</p> <p>—Algo grave debió de pasar. O heroico —matizo—. Ya lo averiguaremos.</p> <p>—Los reinos decaen cuando sus reyes desaparecen —explica Metáfora.</p> <p>—¿Quieres decir que el rey de Arquimia murió?</p> <p>—Quiero decir que dejó el trono. Por eso se extinguió.</p> <p>—Es posible que tengas razón —digo—. Deberíamos llevarnos estos libros y estudiarlos en casa, con más tranquilidad —propongo.</p> <p>—No nos dejarán sacarlos de aquí.</p> <p>—Quizá podamos fotocopiarlos.</p> <p>—Está prohibido fotocopiar libros. ¿No lo sabías?</p> <p>—Bueno, sí, pero...</p> <p>—¡Te digo que los libros no se fotocopian!</p> <p>—¿Qué hacemos con la fotocopia de Leblanc?</p> <p>—Nos la llevamos. No tiene dueño. Además, quien la dejó aquí renunció a ella. Ahora es nuestra.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXI</p> <p>H<style name="versalita">ONORES PARA </style>C<style name="versalita">RISPÍN</style></p> </h3> <p>El Ejército Negro llegó a Ambrosia un día soleado.</p> <p>Todos los Émedianos salieron a recibirlo. Las callejuelas se llenaron de flores, música, canciones y bailes. El triunfo sobre Demónicus se celebró a lo grande y nadie se lo quiso perder.</p> <p>La figura de Arturo Adragón, que encabezaba la comitiva militar, destacaba sobre las demás. Nadie, salvo Leónidas y Puño de Hierro, sabía que bajo esas ropas y detrás de la máscara se escondía Crispín, el valiente escudero, hijo de un proscrito.</p> <p>Arquimaes y Arquitamius se habían reunido con Arturo, justo antes de la llegada de la armada, para ayudarle a afrontar la situación.</p> <p>—Es mejor hablar claro —propuso Arquimaes—. Tarde o temprano se sabrá.</p> <p>—No te quepa duda, Arturo —añadió Arquitamius—. Alguien se irá de la lengua. Todo se sabe. Debes salir y afrontar la situación.</p> <p>—Si estáis convencidos, así lo haré —respondió Arturo—. Espero que nuestros hombres no se sientan defraudados, que no piensen que los liemos engañado.</p> <p>—Si les explicamos las razones, lo comprenderán —recomendó Arquimaes—. Ya lo verás.</p> <p>—Haced lo que creáis conveniente, maestros —dijo Arturo, ante la propuesta de los dos grandes alquimistas—. Espero que todo salga bien. Pero estoy de acuerdo en que lo mejor es decir la verdad.</p> <p>Cuando los otros jefes subieron al estrado en el que se encontraba la reina Émedi para felicitarlos por la victoria, Arturo se quedó a un lado, oculto bajo una gran capucha, tal y como le habían pedido los dos sabios.</p> <p>Después de desfilar entre los Émedianos, llegaron a la improvisada plaza en la que se iba a celebrar el acto de bienvenida. Entonces los clarines, las trompetas y los tambores tocaron una marcha triunfal, especialmente compuesta para la ocasión. Solo los Émedianos podían comprender el significado de aquel acto. La victoria sobre los demoniquianos suponía un gran motivo de alegría que compensaba las humillaciones y sufrimientos que habían tenido que padecer.</p> <p>Crispín desmontó y subió la escalinata recubierta con una alfombra roja, muy brillante. Estaba emocionado e intentaba no perder los nervios. Ojalá su padre estuviera allí. Ojalá Amarae estuviera presente.</p> <p>Cuando la reina Émedi se levantó y ofreció su brazo al escudero, vestido como Arturo Adragón, todo el mundo permaneció en silencio. Su inesperada presencia causó asombro entre el público. Había corrido el rumor de que había fallecido y ahora estaba aquí, ante todos, viva y animosa.</p> <p>—¡He vuelto para dar la bienvenida a nuestros valientes soldados! —exclamó la reina, en voz alta, para que todos pudieran oírla. ¡He vuelto con vosotros, Émedianos, para retomar la lucha contra la hechicería, que tanto daño nos ha hecho! ¡Estoy aquí gracias a Arquimaes, que me ha devuelto la salud!</p> <p>La gente no salía de su asombro. Su mensaje era tan ambiguo que a algunos les hacía pensar que Arquimaes la había resucitado, y a otros, que había estado gravemente enferma y que el sabio la había curado.</p> <p>Pero lo más importante era que la reina estaba viva.</p> <p>—¡Somos felices de recibir a nuestro ejército este día de victoria! ¡Nos habéis devuelto el honor que habíamos perdido y os estamos agradecidos por ello! —declaró Émedi—, ¡El Ejército Negro merece todos los honores!</p> <p>Crispín se inclinó ante ella, dispuesto a arrodillarse, pero Émedi le sujetó del brazo y le mantuvo en pie.</p> <p>—¡No os arrodilléis, valiente caballero! ¡No lo hagáis sin que antes se sepa quién sois verdaderamente! —dijo la reina, en tanto hacía un ademán a Arquimaes, que dio un paso adelante.</p> <p>—¡Émedianos! ¡Futuros arquimianos! —gritó el sabio—. ¡Nuestros valientes soldados han obtenido una espléndida victoria sobre los demoniquianos y nos han devuelto el honor al recuperar el castillo que nos habían arrebatado!</p> <p>Todos aplaudieron las palabras de Arquimaes con verdadero fervor.</p> <p>—¡Como dice nuestra soberana, debemos descubrir el rostro del hombre que nos ha llevado a la victoria! ¡Los demoniquianos pensaron que luchaban contra Arturo Adragón, pero se equivocaban: Arturo Adragón es más listo que ellos! ¡Los ha engañado a todos! ¡Por eso el Ejército Negro ha vencido!</p> <p>La gente estaba desconcertada. Los soldados del Ejército Negro no salían de su asombro. ¿Qué significaban estas palabras? Ellos habían visto luchar a Arturo como siempre, en primera fila, con gallardía, con arrojo, sin miedo. Le habían visto matar enemigos y habían sido testigos de su entrada en el castillo. ¡Entró el primero y abrió el camino a sus hombres!</p> <p>—¡Ha llegado la hora de contaros la verdad! ¡Arturo Adragón ha dirigido esta extraordinaria campaña desde aquí! —añadió el sabio—, ¡Ha sabido engañar a Demónicus! ¡Arturo Adragón se ha duplicado! ¡El Ejército Negro ha tenido dos jefes! ¡Y dos espadas alquímicas!</p> <p>El sepulcral silencio que se apoderó de la multitud demostró que Arquimaes acababa de despertar su interés.</p> <p>—¡Enseña tu rostro! —le pidió a Crispín—, ¡Demuestra que Arturo es más poderoso que Demónicus!</p> <p>Crispín se quitó la máscara de plata y se puso frente a la multitud. Un clamor de sorpresa inundó el valle de Ambrosia.</p> <p>—¡Arturo! ¡Sal de la sombra y muéstrate ante todos! —ordenó Arquimaes—. ¡Que todos vean que estás vivo! ¡Que todos vean que has engañado al Gran Mago Tenebroso!</p> <p>Arturo dio un paso adelante, dejó que Arquimaes bajara la capucha que le cubría la cara y mostró su rostro resplandeciente.</p> <p>—¡Este es Arturo Adragón! —gritó Arquimaes—. ¡El jefe del Ejército Negro que supo delegar en el joven Crispín para que derrotara a los demoniquianos! ¡Vuestro futuro rey! ¡Ha sabido duplicarse, como su espada alquimiana! ¡Es un estratega! ¡Es un verdadero rey!</p> <p>Las palabras de Arquimaes provocaron el delirio de la multitud, que rompió en vítores y aplausos como nunca se había visto.</p> <p>—¡Viva Arturo Adragón! —exclamó Arquimaes a los cuatro vientos—. ¡Viva el Ejército Negro!</p> <p>Mientras el valle de Ambrosia se llenaba con el eco del entusiasmo, Arturo y Crispín se abrazaron. Leónidas, Puño de Hierro y los otros jefes del Ejército Negro se estrecharon las manos y se felicitaron.</p> <p>«¡Arturo! ¡Arturo! ¡Arturo!», gritó la multitud, enfervorizada.</p> <p>—Dirígeles la palabra —le pidió Arquimaes—. Quieren escucharte.</p> <p>Arturo dio un paso adelante y habló con voz firme.</p> <p>—Antes de nada, quiero pedir perdón a nuestros soldados, que creyeron que peleaban bajo mis órdenes cuando, en realidad, lo hacían bajo las de Crispín.</p> <p>Ahora no se oía ni a una mosca.</p> <p>—Razones estratégicas me movieron a tomar esta decisión, pero no quisiera dar la impresión de que os he engañado. Solo he mentido a Demónicus, no a vosotros. Leonidas, Puño de Hierro y los demás oficiales lo sabían. Lo mejor de todo es que el ejército ha demostrado que es capaz de luchar por sí solo. Ahora nadie dudará de su valía. Nadie podrá decir que es un gran ejército solo por su jefe. ¡Lo es por mérito propio!</p> <p>Leónidas fue el primero en sacar su espada y levantarla. Le siguieron Puño de Hierro y varios caballeros. Crispín y Arturo alzaron sus espadas alquímicas, que el sol hizo brillar para que todo el mundo pudiera contemplarlas. La gente aplaudía, gritaba y cantaba.</p> <p>Unos minutos después, Crispín entregó su espada alquímica a Arquitamius.</p> <p>—Aquí tenéis la magnífica espada que me habéis prestado —dijo el joven escudero—. Os la devuelvo con honor. Ha sabido defender los intereses Émedianos.</p> <p>Arquitamius ocultó el arma entre sus holgados ropajes. Al instante, una ráfaga de viento los agitó y la espada alquímica desapareció.</p> <p>—Ha vuelto al lugar del que provino —argumentó el alquimista—. Si la volvemos a necesitar, renacerá de nuevo.</p> <p>Todo el mundo estaba contento y todos sabían la verdad.</p> <p>La reina Émedi estaba viva, como Alexia, lo que demostraba que los rumores sobre sus fallecimientos no tenían fundamento. Arturo Adragón había recuperado la vista; dos poderosos alquimistas apadrinaban el futuro reino de Arquimia y el Ejército Negro había derrotado y obligado a huir al Gran Mago Tenebroso.</p> <p>¿Quién podía dudar que Arquimia pronto sería una realidad?</p> <p>Aquel día se escribió una de las páginas más gloriosas de la leyenda de Arturo Adragón y del Ejército Negro.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Morfidio, que desde lejos se había percatado del encuentro entre Górgula y Arquimaes, pensó durante varias horas qué consecuencias podía tener aquella entrevista secreta.</p> <p>Nunca había soportado a los traidores, y lo único que exigía a quienes estaban a su servicio era una fidelidad sin reservas. Su primera opción fue matarla, pero le pudo más la prudencia.</p> <p>—¡Ahora necesito a esa bruja! —se dijo a sí mismo—, pero cuando no me haga falta, la mataré.</p> <p>A pesar de que intentó olvidarse del asunto, una pregunta hizo mella en su ánimo:</p> <p>—¿Qué estará tramando? ¿Por qué hablaba con ese alquimista?</p> <p>Todas las sospechas se agolparon en su mente enferma, que finalmente llegó a una conclusion.</p> <p>—¡Quiere robarme la formula! ¡La quiere para ella! ¡Traidora!</p> <p>Como el deseo de venganza le impedía dormir, cogió una bota de vino y salió de la tienda en silencio.</p> <p>Morfidio se acercó a la pared de Ambrosia, donde aún se podía leer el mensaje que Tránsito había escrito contra su hermano Arquimaes, y se apoyó en ella.</p> <p>Llevaba horas bebiendo sin parar y estaba al borde del delirio. También estaba preocupado por la actitud de Escorpio, cada día más rara.</p> <p>—¡Oh, padre, qué solo me encuentro! Me veo obligado a convivir con estos reptiles a los que odio profundamente. Seres corruptos y viles. Por ti, padre. Lo hago para reconciliarme contigo. Espero que todos mis esfuerzos sirvan para que me perdones... Sé que debes de estar harto de permanecer en el Abismo de la Muerte, pero te aseguro que lo voy a remediar. ¡Voy a sacarte de ahí en cuanto pueda, padre! ¡Estoy a punto de conseguir la llave que te traiga de vuelta, conmigo. ¡Viviremos felices durante mil años! ¡Ten confianza, padre! ¡Confía en mí!</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXII</p> <p>C<style name="versalita">OSAS INEXPLICABLES</style></p> </h3> <p>Aunque he intentado venir solo a visitar al doctor Vistalegre, no lo he conseguido. Metáfora se ha empeñado en acompañarme.</p> <p>Si no hubiera escuchado cómo Cristóbal me decía que le llamara, hubiera podido ocultárselo, pero ella, que es muy astuta, ha estado atenta y no he podido escabullirme.</p> <p>—¿Qué querrá? —me pregunta cuando nos acercamos—. A mí estas visitas no me gustan nada. No sacas nada en limpio y siempre acabas más confuso de lo que estabas.</p> <p>—No me perjudica. De alguna manera, me ayuda a ordenar mis ideas. De hecho me ha servido para escribir algunos de mis sueños, además de mi diario...</p> <p>—¿Un diario? Vaya, eso es una sorpresa.</p> <p>—Las visitas a Vistalegre siempre me aportan algo. Aprendo cosas sobre mí...</p> <p>—¿Ah, sí? Ya me dirás qué. A veces creo que Estrella te ha servido más que él. Fíjate en lo que nos contó la última vez que fuimos a visitarla. Todo coincide. Lo de Arquimia, lo que hemos encontrado, y todo lo demás...</p> <p>La enfermera nos recibe con la misma sonrisa de siempre y nos invita a sentarnos en la sala de espera.</p> <p>Leemos algunas revistas y, al poco rato, nos avisa de que puedo pasar.</p> <p>—Ella viene conmigo —digo.</p> <p>—El doctor quiere verlo a solas.</p> <p>—Siempre voy con él a todas partes —explica Metáfora—. Si yo no entro, él tampoco.</p> <p>—Es que me ha dicho el doctor que...</p> <p>—Dígale que si Metáfora no entra, yo no pasaré —le digo.</p> <p>Entra en el despacho y sale de inmediato.</p> <p>—Pueden pasar los dos juntos —nos informa—. Por favor.</p> <p>Entramos en el despacho donde también está su amigo Bern, el psicólogo experto en sueños que me ha propuesto hacer una sesión de hipnosis para dejar mi inconsciente al descubierto.</p> <p>—Buenos días, Arturo —dice Julio Bern—. Vienes acompañado.</p> <p>—Me llamo Metáfora. Soy su mejor amiga y estoy al tanto de todo lo que tiene que ver con los sueños de Arturo. Por eso he venido.</p> <p>—Si a él le parece bien, a mí también —acepta—. Espero que te guste nuestra charla.</p> <p>—Le gustará —dice el doctor Vistalegre—. Metáfora es su compañera de instituto y además su madre se va a casar con el padre de Arturo. Ya estuvo aquí en otra sesión.</p> <p>—Mejor para todos. Así sabemos de qué trata todo esto.</p> <p>Tomamos asiento y la enfermera nos sirve un té.</p> <p>—Bueno, Arturo, ¿qué novedades hay desde la última vez que nos vimos? —pregunta el doctor Bern.</p> <p>—He venido porque Cristóbal me ha dicho que el doctor Vistalegre quería hablar conmigo —le explico—, pero yo no tengo nada que añadir. No ha pasado nada nuevo.</p> <p>Sé que has visitado el monasterio de Monte Fer —comenta—. ¿Has hablado con el abad Tránsito?</p> <p>—Sí, pero de nada relevante.</p> <p>—¿Qué tiene que ver esa visita con todo esto? —pregunta Metáfora.</p> <p>Eso es lo que vamos a averiguar. Creo que tienen muchas cosas en común. Un cuadro.</p> <p>—Ese cuadro es ajeno a Arturo —insiste Metáfora.</p> <p>—Pues yo creo que no. O forma parte de los sueños de Arturo —añade el doctor Berno de sus recuerdos.</p> <p>—Tengo que reconocer que la escena del cuadro me suena y que he soñado con ella, pero nada más. No tengo nada que ver con ese drama.</p> <p>—Tú lo has dicho: es un drama —dice Vistalegre, que hasta ahora ha permanecido en silencio—. Creemos que describe la razón que destruyó a Arturo Adragón y que le incapacitó para gobernar Arquimia.</p> <p>—No entiendo nada.</p> <p>—Puede que Arturo Adragón nunca se recuperase de lo que había hecho con la princesa Alexia...</p> <p>—Pero la resucitó —digo—. ¡Le devolvió la vida!</p> <p>Vaya, parece que sí sabes cosas relacionadas con el Arturo medieval —dice Bern—. Creo que sabes más de lo que cuentas.</p> <p>—No. Solo sé lo que digo. Retengo algunos recuerdos de mis sueños, pero no todos. Hay piezas sueltas.</p> <p>—Veamos... Sabes que existió un Arturo Adragón que mató a la princesa Alexia y que después consiguió resucitarla. ¿Qué más sabes?</p> <p>—Pues... que Alexia murió por segunda vez y que Arturo partió en busca de...</p> <p>—¿De quién? —pregunta Metáfora.</p> <p>—De Arquitamius, el maestro de Arquimaes, para que la resucitara.</p> <p>—¿Y lo consiguió?</p> <p>—No lo sé. No estoy seguro... Es muy complicado. Hay muchas cosas mezcladas y no soy capaz de discernir. Pero creo que sí.</p> <p>—Por eso te recomendé que lo escribieras todo —dice Vistalegre—. La memoria es etérea, pero la escritura permanece. A partir de ahora, ¡hazlo!</p> <p>—Si lo hago. He escrito algunas cosas, pero no han servido de nada. Estamos confundidos —le apremio—. No sabemos hacia dónde vamos. Esto no tiene sentido. Deberíamos dejar estas sesiones.</p> <p>—Sí lo tiene —aclara Bern—. Claro que hemos avanzado.</p> <p>—Pues podía explicarnos lo que sabe —dice Metáfora—, porque nosotros estamos completamente perdidos. No entendemos nada.</p> <p>—Os falta ordenar las piezas.</p> <p>—¿Usted puede hacerlo? —pregunto—, ¿Puede dar forma a todo esto?</p> <p>—Lo descubriremos el día que hagamos la sesión de hipnosis —afirma con contundencia—. Está en tus manos.</p> <p>—Me han dicho que es peligroso.</p> <p>—Piénsalo. Es por tu bien —dice el doctor Bern—. Nosotros no vamos a insistir. Decídelo tú.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando llegamos a casa, Norma y papá, que habían preparado una buena cena, nos esperan.</p> <p>—Por fin estamos todos reunidos, como en los viejos tiempos —dice papá—. Ahora hay que intentar que todo vuelva a la normalidad.</p> <p>—Eso es muy difícil, papá. La Fundación está derruida, y nuestro apellido, en manos de Stromber.</p> <p>—La normalidad no es recuperar lo que teníamos, sino organizar una nueva vida —explica—. Tenemos que reconstruir una vida normal, sin sobresaltos.</p> <p>—Sí, supongo que tienes razón —admito.</p> <p>—Sí que la tiene, Arturo —apostilla Norma—. Lo que ha pasado, pasado está. No debemos mirar atrás. Tenemos que mirar hacia delante.</p> <p>—Eso es lo que intentamos, mamá, pero las cosas se han puesto muy difíciles. Una cosa es mirar hacia delante y otra ignorar lo que queda tras nosotros.</p> <p>—¿Y qué queda? —dice Norma—. Recuerdos. Malos recuerdos, de hecho.</p> <p>—No. Todavía alguien quiere matarme —explico—. Eso no podemos olvidarlo.</p> <p>—No dejan de pasar cosas, mamá —advierte Metáfora—. Cosas de todo tipo. Cosas inexplicables.</p> <p>—¿A qué llamas cosas inexplicables?</p> <p>—¡A esto!</p> <p>Metáfora se pone en pie y se levanta el jersey para dejar al descubierto su vientre, que tiene impresas letras como las mías.</p> <p>¡Son las letras de Arquimaes! —exclama papá, un poco asustado—. ¿Cómo han llegado a tu cuerpo?</p> <p>—Se habrá contagiado —dice Norma, como si se tratase de algo normal—. El contacto diario con Arturo la ha contaminado. No es grave. —¿Que no es grave? —grita papá—, ¿Lo crees sinceramente? —Claro. Arturo las lleva toda la vida y no le ha pasado nada. —Es diferente. A él le envolvimos en un pergamino cuando nació. Pero ella... ella...</p> <p>—Ella, nada. A ella no le pasa nada, así que haz el favor de no exagerar. Además, está muy guapa con ese tatuaje. Le sienta muy bien.</p> <p>—¿Desde cuándo tienes eso? —pregunta papá.</p> <p>—Desde hace poco. Lo noté después de la explosión— Estoy a punto de decir algo cuando mi móvil empieza a sonar. —¿Hola?... ¿General Battaglia? —Arturo, ha llegado la hora de contarte cosas.</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué dice?</p> <p>—Mañana paso a recogerte en coche. A las diez.</p> <p>—Tengo que ir al instituto.</p> <p>—Lo siento, pero esto es más importante. La situación se ha complicado y tenemos que hablar.</p> <p>—¿Dónde me va a llevar?</p> <p>—Ya lo verás. Recuerda: mañana a las diez en punto.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>LIBRO DECIMOTERCERO</p> <p>C<style name="versalita">ONSTRUCCIÓN</style></p> </h3> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>I</p> <p>L<style name="versalita">A HORA DE ARQUIMIA</style></p> </h3> <p>Ahora que Arturo se encontraba bien y que Alexia y Émedi habían vuelto, Arquimaes y Arquitamius decidieron iniciar la construcción del reino de Arquimia.</p> <p>Convocaron a numerosos arquitectos para que proyectaran lo que todo reino necesita: un castillo.</p> <p>De todas partes llegaron sabios, experimentados ingenieros de países lejanos y obreros en busca de trabajo, con sus familias, deseosos de participar en el extraordinario proyecto de crear un reino de justicia en el que la hechicería y la brujería no tuvieran cabida.</p> <p>Los dos alquimistas se vieron desbordados por las propuestas. Pronto se dieron cuenta de que la mayoría de los proyectos apenas se diferenciaban unos de otros: se basaban en la construcción de un gran castillo protegido por una muralla exterior y con varias torres centrales, repleto de pasadizos subterráneos y de grandes almenas.</p> <p>—Me siento incapaz de decidir cuál es el mejor —reconoció Arquimaes, durante un descanso—. ¡Se parecen tanto! ¡Son como gotas de agua!</p> <p>—Todos piensan que queremos construir un castillo al uso —se quejó Arquitamius—. Pero queremos algo diferente.</p> <p>Un día llegó un hombre que traía unos planos bajo el brazo y que tenía un aspecto diferente a los demás.</p> <p>—Me llamo Andronio —dijo—. Vengo de un lugar muy lejano, donde he construido soberbios castillos.</p> <p>—¿Tienes un buen proyecto para nosotros? —preguntó Arquimaes.</p> <p>—No voy a proponeros un castillo. Quiero recomendaros la construcción de un palacio, el de Arquimia.</p> <p>—¿Un palacio? ¿Y para qué queremos un palacio? —preguntó Arquitamius—. Explícate mejor, amigo Andronio. Un reino necesita un castillo que lo proteja de los ataques de sus enemigos.</p> <p>—Hay una forma mejor de protegerse de los ataques sin necesidad de hacer un castillo: un bellísimo palacio. Los castillos pronto quedarán anticuados y se reconvertirán en palacios. Os ofrezco la oportunidad de que os adelantéis a los tiempos.</p> <p>—Los palacios son residencias y no están fortificados.</p> <p>—Los palacios no se conquistan por la fuerza: al contrario, son estas edificaciones las que conquistan a quienes las visitan. Después de conocer un palacio, nadie quiere atacarlo, señores. Es la mejor defensa que os puedo ofrecer. ¿Queréis ver mi proyecto?</p> <p>Sorprendidos e interesados, los dos alquimistas accedieron a examinar los planos de Andronio. Aquello era una obra extraordinaria de forma triangular, lleno de cámaras y de grandes estancias debidamente comunicadas por largos pasillos. La propuesta, que era una auténtica innovación, los sedujo. Unas horas después, estaban convencidos de que Arquimia tendría un palacio en vez de un castillo.</p> <p>—¿Cuánto tiempo llevará construirlo? —preguntó Arquimaes.</p> <p>—¿Cuánto dinero tenéis?</p> <p>—¿Cuánto hace falta? —indagó Arquitamius.</p> <p>—Tres carros de oro... Para empezar...</p> <p>—Los tendrás. Empieza mañana mismo —dijo Arquitamius—. El proyecto es tuyo. ¿Verdad, Arquimaes?</p> <p>—Sin duda alguna. Te daremos lo que necesites para que levantes ese palacio. Nuestra reina Émedi estará encantada con él. Esta noche, durante la cena, se lo contarás.</p> <p>—Invitaremos a Arturo. Seguro que le agradará saber cómo va a ser su nueva morada —propuso Arquitamius.</p> <p>—Este palacio es digno de un rey que ama las letras —dijo Andronio—. Su poder estará reflejado en él.</p> <p>—¿Qué sabes del poder de las letras? —preguntó Arquimaes, un poco suspicaz.</p> <p>—Me he informado bien antes de venir. Sé muchas cosas, pero nada debéis temer de mí. Estoy a vuestro servicio y os seré fiel. El palacio de Arquimia será un ejemplo para muchos. Y pasará a la historia.</p> <p>—Habrá que añadirle una biblioteca —dijo Arquimaes.</p> <p>—Ya la hay —respondió Andronio—. Mirad...</p> <p>No es exactamente la que pensamos —añadió Arquitamius—. Tenemos una idea algo especial. ¿Podréis cumplir nuestro deseo?</p> <p>—No os quepa duda —respondió el arquitecto—. Contadme vuestra idea.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Como era necesario disponer de oro para conseguir materiales y de mano de obra para construir el palacio, Arquimaes y Arquitamius insudaron un laboratorio bien vigilado, para poder trabajar a gusto, sin interferencias y en secreto.</p> <p>—Aquí fabricaremos todo el metal necesario —determinó Arquitamius—. Tendremos un magnífico palacio. Es posible que necesitemos algún ayudante. Vamos a tener mucho trabajo.</p> <p>—Creo que conozco a la persona adecuada —respondió Arquimaes—. Hablaré con él y le pediré que se incorpore de inmediato.</p> <p>—Supongo que es de total confianza.</p> <p>—Lo es. Se llama Rías. Fue servidor de Alexia, cuando vivía con Demónicus. Ayudó a Arturo a entrar en Demónika y se ha ofrecido a trabajar conmigo.</p> <p>—No es un buen historial. Un demoniquiano siempre será un demoniquiano.</p> <p>—La gente cambia. Alexia lo hizo —insistió Arquimaes—. Démosle una oportunidad.</p> <p>—De acuerdo —aceptó Arquitamius—. Nadie podrá decir que los alquimistas no somos justos. Llámale y veamos si es capaz de aprovechar la ocasión que le brindamos.</p> <p>—Le pondremos a prueba —sugirió Arquimaes—. Le dejaremos trabajar en la construcción de la corona de oro que fabricaremos para Arturo. Es una buena ocasión para tantearlo.</p> <p>—Sí, tienes razón. Si un demoniquiano no pierde la cabeza ante el oro, es de fiar —bromeó Arquitamius—. Su ayuda nos vendrá bien. Esa corona tiene que ser majestuosa. Convencerá a todos de que Arturo es un buen rey.</p> <p>—Un buen rey es quien tiene un corazón justo —insistió Arquimaes—. Y Arturo lo tiene.</p> <p>—Entonces, ¿está decidido? —preguntó Arquitamius—. ¿Arturo será rey?</p> <p>—Émedi abdicará y él será rey —confirmó Arquimaes—. ¡El primer rey de Arquimia!</p> <p>—Quiere casarse con Alexia —le recordó Arquitamius—. Ha prometido que nunca se separará de ella. ¡Quiere formar una familia!</p> <p>—Ya conoces a Arturo: nadie le quitará esa idea de la cabeza...</p> <p>—Efectivamente... su descendencia está marcada.</p> <p>—Lo sé, y me preocupa igual que a ti, pero confiemos en su fuerza y su determinación para que pueda enfrentarse a lo que está por venir. En todo este tiempo nos ha demostrado que es capaz de cosas maravillosas.</p> <p>Arquimaes se dejó llevar por la conversación hasta que su encuentro con Górgula se coló en su mente. Si era cierto que el hijo que tuvo con ella estaba vivo, Arturo tenía un hermanastro. Se sacudió este mal presentimiento con un movimiento de cabeza y volvió a ocuparse de la organización del laboratorio.</p> <p>—¿Cuándo hablarás con ese ayudante? —preguntó Arquitamius—. Le necesitamos.</p> <p>—Lo más pronto posible. Espero que siga disponible.</p> <p>El recuerdo de su hijo desconocido invadió nuevamente sus pensamientos. Trató de recordar a aquellos niños abandonados a los que Ambrosia amparó, pero fue incapaz de determinar cuál de ellos podía ser su hijo. Fugazmente se acordó de un rapaz solitario, que no hacía amigos y que siempre estaba al acecho. Pero se negó a aceptar que pudiera ser aquel, el mismo que había abandonado el monasterio y que se había llevado algunas figuras y un par de libros. Un día que salieron a buscarle y no lo encontraron le dieron por muerto. La nieve que rodea Ambrosia es peligrosa.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>II</p> <p>E<style name="versalita">L COMITÉ</style></p> </h3> <p>Metáfora y yo entramos en el automóvil del general Battaglia, que ha venido a recogernos.</p> <p>—Entrad, chicos —nos invita el viejo soldado—. Hace mucho frío ahí fuera.</p> <p>Sin hacernos de rogar, y deseosos de protegernos del gélido viento, nos sentamos a su lado y el vehículo arranca.</p> <p>—¿De dónde ha sacado este coche, general? —le pregunto.</p> <p>—Es de un amigo. Me lo ha prestado.</p> <p>—¿Adónde nos lleva? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Ahora lo veréis. ¡Ha llegado la hora de descubrirlo todo!</p> <p>—Vaya, eso sí que me gusta —dice Metáfora—. Estoy loca por saber qué traman usted y sus amigos.</p> <p>—Nada malo, no temas —asegura.</p> <p>El coche enfila hacia la carretera que lleva a Monte Fer.</p> <p>—¿Vamos al monasterio? —pregunto.</p> <p>—Sí. Ese es nuestro destino —admite—. Ya conoces al hermano Tránsito, ¿verdad?</p> <p>—Claro que lo conocemos. Pero sigo sin ver la relación entre...</p> <p>—Paciencia, chico —pide—. Paciencia.</p> <p>El coche se detiene ante la entrada del monasterio, toca el claxon tres veces y la puerta se abre. Entonces, y por primera vez desde que vengo aquí, el vehículo entra hasta el patio donde una pequeña comitiva nos espera. Al fondo hay varios automóviles aparcados.</p> <p>—¿Qué pasa aquí? —pregunto—. Nos reciben como si fuésemos importantes.</p> <p>—Es que lo somos —dice el general—. Muy importantes.</p> <p>Algunos hombres provistos de paraguas se acercan al coche, abren la puerta y nos escoltan hasta el edificio principal. A lo lejos veo a mis amigos, los monjes, que nos observan en silencio.</p> <p>—Hola, Arturo. Bienvenido —dice el abad Tránsito—. Podéis subir. Os esperan.</p> <p>—¿Quién nos espera? —pregunta Metáfora—. ¿Para qué nos han traído hasta aquí?</p> <p>—Ahora lo sabrás —responde—. Enseguida os pondrán al tanto de todo.</p> <p>Subimos la escalera que lleva al primer piso, donde hay una sala cuya puerta está vigilada por dos hombres.</p> <p>—Pasad, amigos, pasad —nos invita el general Battaglia—. Estáis entre amigos.</p> <p>La sorpresa es mayúscula... ¡Leblanc, Batiste y otras personas que no conozco o que apenas he visto de pasada alguna vez, están de pie, como si nos aguardaran! Entre ellos hay un par de caras conocidas y, aunque no estoy seguro, juraría que uno es un ministro.</p> <p>—¿Qué es esto? —pregunto—. ¿Qué hacen ustedes aquí?</p> <p>—Hemos venido para hablar contigo —dice Leblanc, el escritor—. Espero que quieras escucharnos.</p> <p>—Claro que nos escuchará —afirma Battaglia—. Lo que tenemos que decirle es trascendental.</p> <p>—¿Cómo de trascendental? —pregunta Metáfora—. ¿De qué va todo esto?</p> <p>—Deberíamos sentarnos —propone Tránsito—. Estaremos más cómodos.</p> <p>—Sí. Esta reunión puede ser larga —añade el general—. Es mejor que nos acomodemos. No temáis nada, que estáis entre amigos que quieren ayudaros. Incluso hay miembros del Gobierno. Es un comité legal, no hay nada que ocultar.</p> <p>A mí me sientan en la cabecera de una larga mesa. Metáfora se sienta a mi derecha y los demás, unos quince, a los lados. Hay algunas jarras de agua y vasos junto a varios canapés y dulces. Espero que no estén hechos con la misma fórmula que el <i>Pastelum veritas</i>.</p> <p>—Empezaré yo, si os parece bien... —se ofrece Leblanc—. Arturo, te hemos traído aquí para explicarte algo delicado y secreto. Hemos permitido la asistencia de tu amiga Metáfora porque creemos que, de alguna manera, todo esto le afecta. Sabemos que os apreciáis mucho.</p> <p>Ella y yo cruzamos una mirada de complicidad, pero no decimos nada.</p> <p>—La familia Adragón es una de las más antiguas de Férenix —dice para reanudar su discurso—, este pequeño país libre e independiente. La cuestión es que puede que sea uno de los reinos más antiguos de Europa, con más de mil años de existencia.</p> <p>—Parece ser que anteriormente se llamaba Arquimia —replica Metáfora—, pero solo son conjeturas. No hay ninguna prueba, aunque hemos leído un artículo escrito por usted en el que defiende esta teoría y además asevera que Férenix nació como una ciudad y se convirtió en un país. ¿Es esto cierto?</p> <p>—Lo es, querida amiga. Sus fronteras fueron respetadas por nuestros países vecinos. Creemos que ha llegado el momento de que vuelva a convertirse en un reino, y necesitamos un rey. Desde hace algún tiempo, hemos encargado al general Battaglia que haga ciertas investigaciones para que consiga algunas pruebas... que ahora nos contará... Por favor, general...</p> <p>El viejo militar se aclara la voz, me pide permiso con la mirada para hablar y comienza su relato de lo ocurrido.</p> <p>Durante mi viaje he podido constatar ciertas informaciones que avalan que Férenix tuvo su origen en Arquimia, ese reino que nació justo donde se encuentra la Fundación... o mejor dicho, debajo de la fundación. Si excaváramos encontraríamos restos de un monasterio llamado Ambrosia, que, curiosamente, significa inmortalidad.</p> <p>¿Qué pruebas ha conseguido usted, general? —le pregunto.</p> <p>Documentos encontrados en los restos de un castillo que perteneció a un reino llamado Émedia. Los he traído y puedo enseñarlos anuncia, mientras señala uno de los arcones que dos monjes acaban de depositar sobre una mesa auxiliar—. Además de que muchos juglares y poetas han escrito canciones y poemas sobre ese reino mítico, en el castillo Émediano está el germen de los creadores de Arquimia. ¡Un alquimista, una reina y su hijo, un joven caballero! Ellos crearon Arquimia y se vieron acosados por las fuerzas de un hechicero llamado Demónicus o Demónicia... Sobre el nombre hay alguna confusión que espero se pueda aclarar alguna vez... Ahora lo importante es que sabemos que Arquimia es la predecesora de Férenix. Por lo tanto, los descendientes de los reyes arquimianos son los legítimos gobernantes de Ferenix.</p> <p>—Si sigue usted por ese camino, acabará por convencernos de que Ferenix debería volver a llamarse Arquimia —digo—. ¿Es esa su intención, general?</p> <p>—Yo no tengo ningún interés en esa cuestión —responde Battaglia—. Solo me he limitado a buscar las pruebas que me han pedido... y las he encontrado... ¡Incluso he llegado más lejos! Arquimia tenía una poderosa armada a la que llamaban el Ejército Negro, compuesta por caballeros, oficiales y soldados de gran valía y que, según algunos documentos, disponía de poderes mágicos. He encontrado armas que confirman ambas cosas, como unas espadas en las que se ven signos alquímicos dibujados con una tinta oscura y brillante.</p> <p>Se acerca a un arcón alargado de madera, abre la tapa y extrae una vieja espada. Vuelve de nuevo a la mesa y nos muestra la hoja que, efectivamente, está llena de inscripciones.</p> <p>—Esta espada la encontré en los sótanos de la Fundación —afirma—. Y hay más cosas: escudos, cotas de malla, lanzas... Lo cual confirma que, a pesar de que han transcurrido muchos siglos, la Fundación era una especie de depósito histórico de gran envergadura.</p> <p>—Pero usted me dijo que el Ejército Negro no era un ejército de verdad —respondo—. También me contó que era una persona...</p> <p>—Y lo sostengo. Un ejército es un grupo de soldados dirigido por un general. Puede ser un ejército de personas, de abejas... o de letras. Y si un hombre dirige ese ejército de letras negras, es su jefe, ¿verdad, Arturo?</p> <p>Guardo silencio e intento descubrir qué pretende.</p> <p>—¡Un ejército de letras dirigido por un hombre! —exclama Metáfora—. Eso es una gran fantasía, general. ¿No se da cuenta de que mezcla datos históricos con leyendas? ¿Y pretende que le creamos?</p> <p>—Espero que sepan entender mi mensaje —contesta—. Vean esto...</p> <p>Saca un gran libro del arcón, lo abre y nos muestra una ilustración en la que un caballero, con el pecho descubierto, espada en mano, es rodeado por una gran cantidad de bichos negros que vuelan a su alrededor.</p> <p>—¿Son murciélagos? —pregunta alguien...</p> <p>—¡Son letras! —afirma el general Battaglia con firmeza— que brotan de su cuerpo, donde las lleva pegadas.</p> <p>—¿Quién es? —pregunta una mujer, que está al fondo—. ¿Cómo se llama?</p> <p>—¡Arturo Adragón! —exclama el general—. ¡El jefe del Ejército Negro en persona!</p> <p>—¿Este? —pregunta un anciano mientras me señala.</p> <p>—¡Es tu antepasado, Arturo! ¡El que creó el linaje y el apellido Adragón! ¡El que tiene un dragón pintado sobre el rostro! ¡Como tú!</p> <p>—¡No hay ninguna prueba de eso! —me defiendo—. ¡Nadie puede relacionarme con ese hombre! ¡Para mí solo es un sueño!</p> <p>—Diría más, Arturo —interviene Leblanc—: ese caballero eres tú. Te hemos estudiado. Sabemos que sueñas con él, que tienes sus mismos deseos de justicia, que tienes poderes mágicos.</p> <p>¡Yo no tengo poderes mágicos! —respondo muy excitado—. ¡Soy normal!</p> <p>Entonces, ¿cómo sobreviviste a la explosión si estabas casi encima del autobús cuando se produjo la deflagración?</p> <p>—¿Cómo saben dónde estaba aquella noche? —pregunto.</p> <p>Nos lo ha contado Metáfora. Bueno... a la policía. Consta en las declaraciones que hizo al inspector Demetrio.</p> <p>—Yo nunca dije que Arturo estuviese junto al autobús —aclara Metáfora—. Jamás le comenté eso.</p> <p>Batiste abre una carpeta, saca unas hojas grapadas y dice:</p> <p>—Esto fue lo que dijiste, Metáfora: «Yo estaba a pocos metros, detrás de Arturo. De repente, todo se volvió incoloro; hubo un gran temblor y escuché una explosión que me dejó sorda durante unos instantes. Pero, extrañamente, no me pasó nada. ¡Tuve mucha suerte!».</p> <p>—¡Claro que tuve suerte! —exclama muy irritada.</p> <p>—La de tener a Arturo delante de ti, para protegerte —añade Batiste—. Por eso estás viva.</p> <p>—¡Eso es una tontería! ¡Arturo no pudo protegerme de esa terrible explosión!</p> <p>—Te protegió a ti y se protegió a sí mismo —insiste el doctor—. ¡Arturo Adragón es inmortal!</p> <p>—Ustedes... ¡Ustedes están locos! —grita, algo desconcertada.</p> <p>—Nosotros formamos un comité investigador que valora tanto las pruebas reales como las intangibles o fantásticas, llámalas como quieras —dice Jean Batiste—. Pero yo estoy en condiciones de afirmar que Arturo Adragón es descendiente de aquel caballero medieval...</p> <p>—A menos que sea una reencarnación de aquel caballero arquimiano que viene a reclamar su título de rey —añade el escritor Leblanc.</p> <p>—¡Yo no he reclamado nada! —protesto—. Esto es una farsa. ¡Yo no quiero ser rey de nada! ¡Solo quiero vivir en paz!</p> <p>—Este reino necesita recuperar a su rey —replica Battaglia—. Y todo indica que ese eres tú, amigo Arturo.</p> <p>El hermano Tránsito se pone en pie y pide la palabra.</p> <p>—Propongo que hagamos un alto para comer —dice—. Esto es demasiado para Arturo. Necesita un descanso.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>III</p> <p>E<style name="versalita">N AUXILIO DE LOS ALIADOS</style></p> </h3> <p>Esa noche se reunieron en la gran capilla de Ambrosia para escuchar el proyecto que Arquimaes y Arquitamius habían calificado como asombroso. El arquitecto Andronio les iba a contar los detalles de la extraordinaria obra que daría vida al palacio de Arquimia.</p> <p>La reina Émedi, que estaba radiante, ocupaba el sitio de honor, junto a Arquimaes. Arquitamius la flanqueaba por la derecha. Arturo y Alexia se habían situado a la izquierda de Arquimaes. Entre los invitados se encontraban Leónidas, Puño de Hierro, Crispín y varios caballeros y oficiales del Ejército Negro.</p> <p>Después de la cena, los dos alquimistas, que estaban acompañados por Rías, a quien habían incorporado como ayudante, le pidieron a Andronio que explicara su proyecto.</p> <p>El arquitecto se puso en pie y, asistido por Rías, descubrió los planos que estaban colocados sobre diversos paneles de madera y apoyados sobre trípodes, lo que situaba los dibujos en posición vertical, a modo de pizarra, perfectamente expuestos a la vista de todos.</p> <p>—He trabajado muchos años para planificar este palacio —dijo mientras señalaba los planos—. Es la primera vez que presento mi idea, ya que, hasta ahora, no he tenido noticia de un proyecto como el vuestro, mi reina. Cuando me enteré de que planeabais crear un reino de justicia y honor basado en el poder de las letras, comprendí que había llegado mi hora.</p> <p>La reina Émedi escuchó atentamente las palabras de Andronio.</p> <p>—Os conozco desde hace muchos años, reina Émedi. Aunque nunca os he visto en persona, he seguido vuestra trayectoria con mucho interés. A pesar de las leyendas que corren sobre vos, sé cosas que me han animado a venir a veros. Por ejemplo, que sois amante de los libros, del conocimiento y de la igualdad. Sé que predicáis la justicia, el bienestar y la libertad, y, sobre todo, que en vuestro antiguo castillo disponíais de una extraordinaria biblioteca. También me han contado que habéis sufrido mucho. Por todas estas razones he diseñado este palacio para vos: para alegraros la vida.</p> <p>Las dulces palabras de Andronio entraron en el corazón de la reina, que escuchaba con mucha atención.</p> <p>—Este palacio está pensado para una gran reina. Es la representación viva de la igualdad entre los seres humanos. No es una estructura militar y si bien está preparado para defenderse de todas las agresiones posibles, las armas no forman parte de la decoración, sino que permanecen ocultas. Todos sus sistemas defensivos están dispuestos, pero son invisibles. No hay ostentación armamentística. Es un palacio de paz.</p> <p>Andronio señaló sobre el mapa los puntos fuertes.</p> <p>Está dividido en tres zonas fundamentales: la privada, la de servicio y la pública. Tiene muchas dependencias novedosas que en estos tiempos aún no se usan, como una sala de juicios o, lo que es más extraordinario, una biblioteca pública que almacenará tantos libros como sea posible y donde se enseñará a leer y a escribir a todos los habitantes de vuestro reino que deseen aprender. ¡Será una biblioteca unica en el mundo! Del palacio de Arquimia brotarán conocimientos a raudales. Los antiguos sistemas de defensa no tienen aquí utilidad: la mejor defensa es no crearse enemigos.</p> <p>La reina Émedi estaba emocionada. En las palabras del arquitecto veía reflejados todos sus sueños, deseos y aspiraciones. Cogió la mano de Arquimaes y la apretó con fuerza.</p> <p>De repente, inesperadamente, se abrieron las puertas y entró un pequeño cortejo.</p> <p>—¡Aquilion! —exclamó Arquimaes—. ¡El rey Aquilion!</p> <p>—¡Es el rey de Carthacia! —gritó Arturo.</p> <p>Aquilion caminaba nervioso y presuroso, como si deseara ser escuchado con rapidez. Sus ademanes indicaban que algo grave había pasado.</p> <p>—Sed bienvenido, amigo Aquilion —dijo Arquimaes, de pie—. Estáis entre amigos.</p> <p>—Gracias, querido Arquimaes —respondió el monarca, que se detuvo a unos metros de Émedi—. Os presento mis saludos y mis excusas por presentarme de esta manera, pero la situación lo exige.</p> <p>—¿Qué ocurre? —preguntó Émedi—, ¿Qué desgracia os obliga a actuar de esta forma?</p> <p>—¡Carthacia ha sido invadida por los demoniquianos! ¡El propio Demónicus, convertido en mujer, acompañado de Alexander de Fer y de un monje llamado Tránsito, junto a un pequeño pero certero ejército y ayudados por algunos traidores, se ha apropiado de mi ciudad!</p> <p>Un murmullo llenó la sala. Todo el mundo estaba espantado por la noticia.</p> <p>—En virtud del Tratado de Paz que tenemos con vosotros, vengo a pediros ayuda para recuperar mi reino —dijo el rey Aquilion—, ¿Lo haréis?</p> <p>Arturo se acercó al rey destronado, le estrechó la mano y afirmó:</p> <p>—¡Acudiremos en vuestra ayuda, amigo Aquilion! ¡El Ejército Negro luchará para liberar vuestro reino y para devolvéroslo! ¡Os juro que volveréis a ser rey de Carthacia, la ciudad amiga de Arquimia!</p> <p>Empuñó la espada alquímica, la desenfundó y la alzó hacia el cielo.</p> <p>—¡Por Carthacia! —gritó—. ¡Por Aquilion!</p> <p>—¡Por Carthacia! —gritaron todos—. ¡Por Aquilion!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>A pesar de la urgencia del rey Aquilion, era necesario organizar bien el plan de ataque. En cuestiones militares, el éxito depende de la planificación. Por eso, al día siguiente de la llegada de Aquilion, Arturo reunió a sus estrategas.</p> <p>—Los demoniquianos son dueños absolutos de Carthacia —aseguró Aquilion—. Entraron de noche, a traición, asistidos por aquellos que aún les guardaban fidelidad. Como Abitas, que se les ha unido. Atacaron tan rápido que apenas hubo tiempo de organizar la resistencia. Muchos de mis soldados han muerto o huido; otros han sido hechos prisioneros y los demás me acompañan. Es un verdadero desastre.</p> <p>—¿Qué propones, Arturo? —preguntó Leónidas—. ¿Cómo piensas atacar?</p> <p>—El objetivo es recuperar la ciudad, solo que sus grandes murallas ahora se han convertido en nuestras enemigas. Un ataque frontal sería un suicidio. De momento, propongo asediarla.</p> <p>—Ocupa un enorme perímetro —reconoció Crispín, que ya conocía la ciudad—. Necesitaríamos un ejército inmenso para rodearla.</p> <p>—Va a ser una dura contienda —indicó Aquilion—. Efectivamente, lo peor es la muralla. Es una ciudad que se puede defender con pocos soldados. Es inaccesible.</p> <p>Todo tiene un punto débil —añadió Arturo.</p> <p>—Como Aquiles —bromeó Puño de Hierro—. Ojalá pudiéramos construir un caballo y entrar, como hicieron en Troya.</p> <p>—Sería una buena estratagema, pero no creo que caigan en la trampa. Es demasiado conocida.</p> <p>Entonces tendremos que inventar otra cosa. Algo que les obligue a abrir las puertas...</p> <p>—Por cierto, mi señor Aquilion —preguntó Crispín—. ¿Han pedido algo? ¿Han puesto alguna condición?</p> <p>—No que yo sepa. Su único propósito es apropiarse de Carthacia.</p> <p>—Como han perdido Demónika y el castillo de la reina Émedi, quieren que Carthacia sea su nuevo cuartel general —dedujo Arturo—. Debemos sacarlos de ahí antes de que se hagan fuertes.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Mientras tanto, en Carthacia, Demónicia escuchaba a Alexander de Per, que se había reunido con ella.</p> <p>—¿Estás seguro de que Aquilion ha llegado a Ambrosia? —preguntó la Gran Hechicera.</p> <p>—Completamente, mi señora —respondió el caballero carthaciano—. Nuestros espías me han informado de que Aquilion y algunos de sus fieles han entrado en Ambrosia. No hay duda.</p> <p>—Entonces, ¿podemos estar seguros de que va a entrevistarse con Arturo Adragón y de que lo va a traer hasta aquí?</p> <p>—Casi con toda seguridad, mi señora.</p> <p>—¿Y qué haremos cuando llegue a las puertas de Carthacia con su Ejército Negro —preguntó Tránsito—. ¿Le entregaremos la ciudad, igual que hemos hecho con el castillo de Émedi?</p> <p>Alexander de Fer, que acusó el reproche, se volvió hacia el monje y lo señaló con su mano de hierro.</p> <p>—¡Estoy harto de ti, monje del demonio! Nuestros hombres lucharon hasta la extenuación, pero no encontraron ayuda de tu parte. ¿Qué clase de hechicero eres, que ni siquiera ayudas a los tuyos? Debería matarte aquí mismo.</p> <p>—¡Basta, Alexander! —ordenó Demónicia—. ¡Lo necesito vivo!</p> <p>—Este impostor no os servirá de nada, mi señora —respondió Alexander, mientras bajaba la mano—. ¡Es un gran mentiroso!</p> <p>—Eso lo decidiré yo. Además, tiene razón en lo que dice: debemos pensar en una estrategia eficaz para cuando lleguen aquí estos Émedianos. Y eso es asunto tuyo. Dirige a los soldados y distribúyelos como quieras. Esta vez no puedes fallarme.</p> <p>—Hasta ahora no lo he hecho —respondió Alexander, herido en su orgullo—. Secuestré y os entregué a la reina Émedi cuando me lo ordenasteis. Lo de Émedia era imposible de ser defendido. Teníamos pocos hombres y estaban agotados; ellos eran muchos y estaban dirigidos por Arturo. Al menos conseguimos salir con vida.</p> <p>—¿Dirigidos por Arturo? —ironizó Demónicia—, ¿Lo crees?</p> <p>—Yo mismo le vi al frente del Ejército Negro.</p> <p>—Tengo una mala noticia para ti, Alexander de Fer. No era Arturo, sino su escudero Crispín, un chico que ni siquiera es caballero. ¡Nos tomaron el pelo! ¡Te dejaste engañar!</p> <p>Alexander apretó los dientes con rabia. Aquella mujer que tanto le seducía se burlaba de él y ponía en duda su capacidad como guerrero. Algún día tendría que vengar esta nueva ofensa. Un caballero no puede tolerar una humillación de este calibre, ni siquiera de la mujer que ama.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IV</p> <p>S<style name="versalita">ECRETOS BAJO LA LUZ</style></p> </h3> <p>Bajamos la escalera que conduce hacia el comedor. El hermano Pietro me saluda discretamente, con un inclinación de cabeza, y yo le respondo. También veo que los otros monjes, que distribuyen pan, me miran amistosamente.</p> <p>Cuando estamos a punto de entrar, el hermano Tránsito se me acerca. —Arturo, ¿qué opinas de todo esto? —me pregunta. —Estoy un poco despistado. No acabo de entender el alcance de todo lo que pasa. Todavía no puedo darle una opinión.</p> <p>—A mí también me resulta bastante confuso —dice Metáfora—. ¿Cuándo van a hablarnos claro? ¿Cuándo van a contarnos la finalidad de estas revelaciones?</p> <p>—Poco a poco. Luego, después de comer, lo comprenderéis todo. De todas formas, ya tenéis bastante información para haceros alguna idea de lo que pasa, ¿verdad?</p> <p>—El viaje del general Battaglia sigue siendo un misterio para mí —reconozco—. Todavía no sé qué ha ido a buscar. Férenix es rica en restos arqueológicos y tiene una larga historia. No es necesario que vayamos a buscar pruebas a otros países. Además, esas afirmaciones que hacen sobre mí me confunden. Yo no...</p> <p>—Arturo, eres inmortal y no puedes negarlo —dice, antes de que acabe la frase—. Sobre esta cuestión hay muchas pruebas y testigos. Hemos hablado con todos ellos. Incluso el señor Stromber afirma haberte clavado una espada en la gruta.</p> <p>—Solo me hizo un arañazo. No fue nada grave.</p> <p>—No te va a servir de nada distorsionar los hechos —me reprende—. Es mejor que afrontes la situación tal y como es. Sabemos quién eres y queremos ayudarte a encontrar tu destino.</p> <p>—Mi destino es vivir tranquilo, con mi padre, mis amigos... A veces pienso que he perdido a mi madre por culpa de esta historia.</p> <p>—Vamos, amigo mío, no te dejes llevar por los nervios —me pide, a la vez que pasa su mano sobre mi hombro—. Ya verás cómo, al final, todo te parecerá maravilloso.</p> <p>Entramos en el comedor, donde todo está preparado. La disposición es muy sencilla. Parece como si estuviéramos en plena Edad Media. Incluso hay velas en los candelabros en vez de bombillas.</p> <p>—¿No hay luz eléctrica? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Sí, pero solo la usamos cuando es necesario —responde el abad—, en casos de emergencia. Tenemos un generador que conectamos solo lo imprescindible.</p> <p>—Vaya, esto es el mundo al revés —responde—. Todo el mundo usa las velas en caso de emergencia, pero ustedes lo hacen al contrario.</p> <p>—Es que nosotros, querida Metáfora, estamos habituados a la austeridad. No nos gusta despilfarrar. Además, las velas crean un ambiente más cálido, más humano.</p> <p>—Es verdad —reconozco—. La luz amarillenta de las velas ayuda al recogimiento.</p> <p>—A tu abuelo le gustaba mucho venir aquí. Decía que encontraba la paz —dice el hermano Tránsito—. Pasaba muchas horas con nosotros.</p> <p>—¿Mi abuelo venía aquí?</p> <p>—Sí. Antes de sufrir el ataque de ansiedad, solía venir en busca de información. Nosotros también tenemos una buena biblioteca medieval, ya sabes.</p> <p>—¿Le ha vuelto a ver? —le pregunto—. ¿Qué sabe de él?</p> <p>—Dicen que prefiere estar solo, que no quiere hablar con nadie.</p> <p>—¿Sabe dónde está?</p> <p>—Podría averiguarlo.</p> <p>—Por favor, avíseme cuando lo sepa.</p> <p>Tomamos asiento y dos monjes entran con un caldero. Mientras uno lo sujeta, el otro sirve un potaje humeante en nuestros platos. El intenso olor nos abre el apetito.</p> <p>—Este pan es de verdad —dice Battaglia, con una hogaza entre las manos—. Solo con verlo se te llena el estómago.</p> <p>—Pues cuando lo moje en la salsa, verá lo que es bueno —responde el abad—. Rebañará el plato.</p> <p>—Eso lo he hecho durante mi viaje —admite el general—, pero por necesidad. Había sitios en los que apenas podía tomar un caldo de pescado y tenía tanta hambre que limpiaba el plato para no dejar ni gota. En algunos momentos tuve que racionar la comida, y en más de una ocasión no supe cuándo volvería a comer.</p> <p>—Entonces ha hecho usted un viaje realmente peligroso —dice Metáfora—. ¿Ha sentido que su vida corría peligro?</p> <p>—Más de una vez estuve a punto de morir —declara—, pero los peligros no son comparables con lo que he encontrado. He descubierto los restos de una ciudad amurallada que, según algunos historiadores, se llamaba Carthacia.</p> <p>—¿Carthacia? —exclamo, un poco sobresaltado.</p> <p>—Sí. Era una ciudad-estado, igual que Troya e igual que Férenix —explica Leblanc—. Es cierto que existió.</p> <p>—¿Quién la encontró? —pregunto—. Me cuesta trabajo pensar que hay más de un Schliemann.</p> <p>—Un arqueólogo llamado Vatan desveló las piedras que formaban parte de su espléndida muralla y al poco abandonó el trabajo. Ahora han vuelto con las excavaciones. Es una ciudad increíble.</p> <p>—¿Vatan? ¿Ha dicho usted Vatan? ¿No habrá querido decir Vatman?</p> <p>—Podría ser —dice Battaglia con desgana—. Parece que nadie quiere hablar de ese hombre. Creo que hubo un accidente mortal y me dijeron que él fue el responsable.</p> <p>—¿Carthacia tenía otro nombre? —pregunto.</p> <p>—Durante una época se llamó Angelus —explica—, aunque su verdadero nombre es Carthacia. Esto se ha sabido hace poco. La arqueología, ya se sabe, no es una ciencia exacta.</p> <p>Metáfora me mira de soslayo. Ha comprendido lo mismo que yo. ¡Están hablando de <i>Patacoja</i>, cuyo verdadero apellido es Vatman!</p> <p>Hace tiempo me confesó que había tenido un problema en una excavación de un lugar llamado Angelus, que ahora resulta ser Carthacia, la mítica ciudad liberada por Arturo Adragón hace mil años, según he soñado alguna vez.</p> <p>Acabamos el potaje y nos traen el postre. Dos monjes reparten los platos con... ¡un trozo de tarta!</p> <p>—¿No será <i>Pastelum ventas</i>? —pregunto.</p> <p>—No. Es <i>Pastelum alquimae</i>, un postre muy dulce inventado por los alquimistas. Sirve para despejar la mente; abre el nivel de comprensión aclara el abad—. Os gustará.</p> <p>—Espero que no tenga los mismos efectos que el <i>Pastelum ventas</i> —digo—. Hace tiempo lo tomamos y casi nos cuesta un disgusto.</p> <p>—Ojalá que este pastel no nos complique la vida —añade Metáfora.</p> <p>—Nunca se puede estar seguro del resultado de una fórmula alquímica —dice Battaglia—. Lo mismo te convierte en oro que te rejuvenece, aunque, si surtiera este efecto, me tomaría la tarta entera.</p> <p>Terminamos de comer y llega la hora de volver a la reunión. De momento parece que el pastel no tiene efectos secundarios.</p> <p>Me arrimo al abad y, antes de entrar, le hago una pregunta:</p> <p>—¿Ustedes han depositado una gran cantidad de dinero para defender a la Fundación del acoso del banco?</p> <p>—¿Por qué lo preguntas?</p> <p>—Por nada. Solo es una curiosidad. He pensado que este comité bien podría haberlo hecho.</p> <p>Como siempre, el abad Tránsito ni niega ni confirma. Lo que significa que sí, que han sido ellos.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Todo el mundo ocupa el asiento que tenía antes de bajar a comer. Por las miradas huidizas de mis acompañantes, tengo la impresión de que algo extraordinario está a punto de ocurrir.</p> <p>El abad se pone en pie y, con gesto solemne, levanta los dos brazos.</p> <p>—Ahora, queridos amigos, ha llegado el momento de confirmar que Arturo Adragón es el verdadero rey de Férenix o de Arquimia.</p> <p>Sus palabras me llenan de inquietud. ¿Qué prueba habrá encontrado el general Battaglia sobre mi verdadera identidad? ¿Cómo conseguirá relacionarme con el antiguo rey Arturo Adragón?</p> <p>—Arturo, por favor, ¿puedes ponerte en pie? —me pide amablemente el hermano Tránsito—. Acércate a mí.</p> <p>—Claro que sí —digo, mientras me levanto y me dirijo hacia él.</p> <p>Coge una vela y la levanta.</p> <p>—Te ruego que te quites la camisa —me pide cortésmente.</p> <p>—¿Qué? ¿Cómo ha dicho?</p> <p>—Necesitamos que descubras tu cuerpo —explica—. Solo queremos asegurarnos de que eres el auténtico rey.</p> <p>—Pero eso no puede ser...</p> <p>—Por favor, Arturo —me pide el general Battaglia—. Necesitamos estar seguros. Es la única manera.</p> <p>Me doy cuenta de que no me queda más remedio que acceder a su petición.</p> <p>—Está bien. Ustedes lo han querido —digo mientras me quito la ropa—. Véanlo con sus propios ojos.</p> <p>Mi torso despierta murmullos de admiración. Ahora tienen la prueba que necesitaban.</p> <p>—¡Es increíble! —exclama Battaglia—. ¡Eres Arturo Adragón, el rey que creó Arquimia y que luchó contra los peores hechiceros! ¡Estas letras lo demuestran! ¡Son tal y como están dibujadas en algunos pergaminos!</p> <p>—¡Es lo que dice la leyenda! —dice Tránsito—. ¡El rey de Arquimia i iene un dragón en la frente y su cuerpo es un libro!</p> <p>—¡El rey vive! —dice Batiste—. ¡Teníamos razón!</p> <p>—¡Larga vida al rey! —exclama Leblanc, en pie—. ¡Larga vida al rey!</p> <p>—¡Arquimia ha resurgido! —añade un invitado, desde el fondo de la sala.</p> <p>Todos se levantan y aplauden. Entonces se abren las puertas y varios monjes, dirigidos por Pietro, entran con un gran cuadro en el que se representa la soberbia escena de una coronación en la que se reconoce fácilmente a Arturo Adragón, en el preciso instante en que un hombre encapuchado acaba de colocarle una corona sobre la cabeza. A su lado se encuentra una joven que debe de ser Alexia, y delante, sentados en un trono, Émedi y Arquimaes, además de pajes, criados, caballeros... una escena soberbia.</p> <p>—¿De dónde sale este cuadro? —pregunto.</p> <p>—Es la obra de un pintor que, aunque no estuvo presente, se basó en datos históricos y literarios recogidos a lo largo de los años. Poemas, canciones, cuentos, en fin... todo lo que la tradición oral, escrita y pictórica es capaz de proporcionarnos —explica el hermano Tránsito—. Este cuadro tiene más de seiscientos años.</p> <p>—Solo es un cuadro —les recuerda Metáfora—. No demuestra nada.</p> <p>—Tienes razón. No es una prueba concluyente; solo es una pista. Pero mira esto, Pietro, por favor.</p> <p>Pietro se separa de sus compañeros y se acerca a nosotros con un pergamino entre las manos. Cuando se detiene, lo desenrolla y nos muestra el contenido.</p> <p>Hay varios dibujos secuenciales, muy antiguos, hechos a plumilla, que representan a un hombre con el torso desnudo y una espada que se parece a la alquímica, que... ¡se está convirtiendo en un dragón!</p> <p>—Esta especie de cómic medieval tampoco es relevante —dice Metáfora.</p> <p>—Hemos hecho pruebas y estamos en condiciones de afirmar que este pergamino tiene unos mil años. Creemos que es auténtico y que está dibujado por alguien que presenció esta escena.</p> <p>—Solo es un grabado medieval —digo—. No tiene ningún valor testimonial. Cualquiera puede imaginarse una escena como esta y plasmarla en un papel. Los actuales ilustradores de comics dibujan hombres de acero que vuelan, que cruzan paredes, que son invisibles, pero eso no significa que existan. Seguramente, el pergamino no está firmado.</p> <p>—Puedes creer lo que quieras, pero te aseguro que en aquellos tiempos nadie haría un dibujo como este si no escenificara un hecho real. Acabaría en la hoguera por inventar cosas así.</p> <p>—¿Quién lo hizo? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Estamos seguros de que es obra de un monje. ¡Un monje ambrosiano! La firma está casi borrada... A... S... R... I... Solo se ven estas letras, pero parece que hubo más...</p> <p>—En cualquier caso —dice Battaglia—, nosotros ya tenemos la prueba que necesitábamos. Acabamos de ver tu cuerpo lleno de letras y el dragón en la frente. ¡Tú eres Arturo Adragón, el rey de Arquimia!</p> <p>—¡Eres nuestro rey! —afirma Leblanc—. ¡Te coronaremos!</p> <p>Todos aplauden. Ya no hay discusión posible. Están convencidos de que soy el heredero al trono de Férenix.</p> <p>—Yo estaré a tu lado —afirma Metáfora en voz baja—. Me da igual que seas inmortal o no. Ya no me importa.</p> <p>—¿Lo dices de verdad? ¿En serio?</p> <p>—Sí. Lo he meditado mucho y he llegado a la conclusión de que todos somos inmortales. Mientras haya alguien que nos quiera, seguimos vivos.</p> <p>—Yo también lo creo. Lo importante es vivir en el corazón de otras personas.</p> <p>—Por eso tu antecesor, el primer Arturo Adragón, es inmortal. Me da igual que permanezcas más tiempo que yo en este mundo: cuanto más vivas, más viviré yo. Si estoy en tu corazón, viviré.</p> <p>—Entonces vivirás para siempre.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>—Hola, mamá. Hace tiempo que no hablo contigo. La verdad es que te tengo un poco olvidada. Cada día hay nuevos acontecimientos que me alteran. A estas alturas ya no sé quién soy ni quién voy a ser. Ahora resulta que soy el rey de Férenix. Quienes lo dicen están más locos que yo, que ya es decir. Mi vida se complica cada día más.</p> <p>Cojo un puñado de tierra y me hago a la idea de que, ahí abajo, bajo los escombros, me escucha.</p> <p>—Lo importante es que papá vuelve a casa y que nadie ha salido mal parado de esa maldita explosión. Por otro lado, <i>Sombra</i> se comporta de un modo muy extraño. Es como si no le conociera. No sé, como si dentro de él surgiera un nuevo ser, alguien desconocido... Ah, y Mahania y Mohamed se van mañana a Egipto. Les voy a echar de menos, igual que a ti, mamá.</p> <p>Me levanto, dispuesto a marcharme, mientras digo:</p> <p>—¿Sabes una cosa? A veces pienso que no fue casualidad que yo naciera en Egipto. Tengo la sensación de que todo estaba planificado. Es como si una mano invisible hubiese proyectado mi nacimiento en ese extraño lugar, tan alejado de aquí...</p> <p>Sé que tengo muchas más cosas que contarle, pero de repente se me han quitado las ganas de hablar. Creo que estoy muy apenado por todo lo que me pasa. Me siento como una pieza de ajedrez con la que alguien ha jugado a su antojo.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>V</p> <p>U<style name="versalita">NA NUEVA LEGIÓN</style></p> </h3> <p>Arturo convocó en su tienda a Leónidas, Puño de Hierro, Crispín y otros oficiales. Durante horas debatieron sobre la forma de organizar el Ejército Negro para dotarle de mejores medios y reforzar su eficacia bélica.</p> <p>—Podemos aumentar el número de entrenamientos —propuso Puño de Hierro—. Son fundamentales.</p> <p>—Y reforzar la caballería —añadió Leónidas—. Es imprescindible.</p> <p>—La infantería debe estar mejor dotada. Necesita escudos resistentes, además de lanzas más largas.</p> <p>—Podíamos añadir arqueros —sugirió Crispín—. Los hombres de mi padre podrían alistarse. Un batallón de arqueros sería sumamente eficaz.</p> <p>—Me parece bien —aceptó Arturo—. Pero creo que, sobre todo, hay que elevar la moral de nuestros hombres. A pesar de nuestra última victoria, la derrota de Émedia es todavía un mal recuerdo que les quita confianza.</p> <p>Los caballeros y oficiales salían de la tienda para dirigirse al campo de entrenamiento cuando Cordian se acercó a Arturo.</p> <p>—¿Deseas algo, amigo Cordian? —le preguntó Arturo.</p> <p>—Quiero hacerte una petición —dijo Cordian—. Mis hombres y yo queremos formar parte del Ejército Negro. Desde que hemos llegado a Ambrosia, no hemos hecho nada útil.</p> <p>—No creo que haya inconveniente: os lo habéis ganado —reconoció Arturo—. Sed bienvenidos a nuestras filas.</p> <p>—Gracias, mi señor —dijo el caballero—. No os defraudaremos.</p> <p>—No obstante, debo confesarte que tenía reservado para vosotros algo especial —añadió el jefe del Ejército Negro—. Algo de suma importancia.</p> <p>—Dime de qué se trata —pidió Cordian.</p> <p>—Quiero crear un cuerpo de guardia especial para proteger a la reina Émedi. Quizá podrías ocuparte de dirigirlo. Formarías parte de nuestro ejército, pero con la misión específica de escoltar a la reina.</p> <p>—¡Es un gran honor! —exclamó el caballero—, ¡Sin duda que lo acepto!</p> <p>—Es una gran responsabilidad, amigo Cordian, pero como sé que profesabas un cariño especial a la reina Astrid, creo que eres el más adecuado para esta misión.</p> <p>—Formaré un cuerpo de pretorianos que la vigilará día y noche. Nadie volverá a secuestrarla, como hizo ese traidor de Alexander de Fer. Te lo aseguro.</p> <p>—Imagina que Émedi es Astrid —propuso Arturo—. Piensa que es a ella a quien proteges.</p> <p>—Sé que es ella —explicó el caballero—. Cuando veníamos hacia aquí, me explicó su propósito de dar su cuerpo para que la reina Émedi volviera a este mundo. Ya lo tenía pensado antes de llegar a Ambrosia. Estaba emocionada con esa idea.</p> <p>—Entonces, ya sabes que proteges a dos reinas. Dos mujeres extraordinarias.</p> <p>—Es un gran honor.</p> <p>—Mereces estar cerca de la reina y servirla con las armas —respondió Arturo.</p> <p>Se estrecharon la mano y sellaron el acuerdo. Cordian y sus fieles soldados, que habían abandonado a Horades, ahora formaban parte de un ejército noble y tenían una destacada misión. La vida de Émedi estaba en sus manos.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Escorpio descubrió que tenía un hermano que estaba a punto de ser rey, su corazón se llenó de odio, rabia y deseos de venganza.</p> <p>Si durante años había tratado de olvidar a sus padres, que lo habían abandonado a su suerte, su mirada se dirigió ahora hacia Arquimaes, al que consideró como gran culpable de toda su desgracia.</p> <p>—Me arrojaste de tu vida. Me privaste de cariño. Dejaste a mi madre por otra mujer y has engendrado un hijo al que vas a convertir en rey. Y a mí me has tirado al arroyo —masculló una noche, mientras observaba el campamento general, donde se fraguaba el futuro de Arquimia—. ¡Si tu hijo favorito va a ser rey, te juro que no lo disfrutarás mucho tiempo, padre!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Alexia fue un día a buscar a Arturo al campo de entrenamiento. Docenas de soldados hacían ejercicios de tiro o de esgrima bajo la supervisión de varios oficiales. En cuanto la vio, Arturo, que impartía órdenes a los caballeros Leónidas, Puño de Hierro y otros, se despidió de ellos y fue en su busca.</p> <p>—Alexia.</p> <p>—Hola, Arturo. He venido para hablar contigo.</p> <p>—¿Hay algún problema?</p> <p>—Espero que no —respondió la joven, en cuya voz, que se había dulcificado mucho desde su segunda transformación, se podían reconocer tonalidades de Amarofet y de Amedia—. Quiero formar parte del Ejército Negro. Y quiero ir a liberar Carthacia, junto a ti. Quiero combatir a tu lado.</p> <p>Los músculos de Arturo se tensaron. Temía que tarde o temprano llegara esta demanda de Alexia. Estaba seguro de que le haría esa petición.</p> <p>—Alexia, ya hemos hablado muchas veces de esto. Ya viste lo que pasó la última vez que...</p> <p>—Te prometo que no me interpondré cuando vayas a luchar contra mi padre o mi madre —insistió Alexia—. Quiero ser una guerrera, como tú. Puedo ocuparme de otras misiones. Habrá muchas cosas que hacer. Dame el mando de algunos hombres.</p> <p>—Pero, Alexia, tú serías más útil al lado de Arquimaes o Arquitamius. Tienes muchos conocimientos de magia que podrían ser muy necesarios.</p> <p>—¡Quiero ser guerrera! ¡Tengo el mismo derecho que tú a empuñar la espada! —se revolvió la princesa—. Te recuerdo que llevo el signo de Adragón en el rostro y eso me da derecho a tener un sitio en el Ejército Negro.</p> <p>Arturo sabía que Alexia tenía razón. La asistía el derecho a elegir su destino, y si había decidido ser guerrera, él no podía impedirlo. Tampoco quería hacerlo.</p> <p>—Quiero crear una legión —le anunció—. Quiero formar un grupo de soldados de élite.</p> <p>—¿Cuál es tu plan, Alexia? —le pregunto con interés.</p> <p>—Crearé y dirigiré la Legión Alexia —determinó la joven—. Una legión formada por los más audaces. Una legión de valientes.</p> <p>—¡La Legión Alexia del Ejército Negro! —exclamó Arturo—. Es una buena idea. Estoy de acuerdo. La apruebo y la apoyo.</p> <p>Alexia abrió una bolsa de cuero y extrajo una bandera de su interior. La desplegó.</p> <p>—Mira. Es nuestro estandarte. ¿Qué te parece?</p> <p>Arturo observó el dibujo de Adragón, pintado sobre una tela blanca.</p> <p>—¡Eh, el color del Ejército es negro, no blanco!</p> <p>—El color de la Legión Alexia es blanco. Y se complementa muy bien con el negro. Estamos unidos por el dibujo de Adragón. Lo demás no importa.</p> <p>Arturo se acercó a Alexia y le dio un beso.</p> <p>—¡Cómo te quiero! —susurró—. Cada día descubro en ti cosas nuevas. Me asombras.</p> <p>—¿Qué has descubierto hoy?</p> <p>—Que eres una mujer valiente. Que pasarás a la historia... y que la cambiarás. No me cabe duda.</p> <p>—Entonces, ella le agarró de la pechera, le atrajo hacia sí y le besó largamente.</p> <p>—Los dos cambiaremos la historia de este mundo. Vivimos en una tierra de sueños y la moldearemos a nuestro gusto —susurró la princesa.</p> <p>—Los dos juntos —añadió Arturo.</p> <p>—Juntos e inseparables —confirmó ella, mientras posaba su estandarte sobre los hombros de Arturo, a modo de capa—. Tendremos hijos valientes como dioses.</p> <p>—Que vivirán en una tierra libre y justa —aseguró Arturo—. Lucharemos para que sea una realidad.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p><img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i3"/>VI</p> <p>A<style name="versalita">VIONES HACIA </style>E<style name="versalita">GIPTO</style></p> </h3> <p>Bajamos del taxi que nos ha traído al aeropuerto y cogemos un carrito para cargar las maletas de Mahania y Mohamed. Me llama la atención ver que, después de tantos años, tengan tan poco equipaje.</p> <p>—No es un viaje muy largo —digo para animarlos, pues los veo un poco nerviosos—. Esta misma tarde veréis las pirámides.</p> <p>—Me va a parecer mentira verlas de nuevo después de tantos años —dice Mohamed—. Ellas son el centro de nuestras vidas.</p> <p>—Quince, quince años alejados de nuestro país —añade Mahania—. Es mucho tiempo, casi una vida.</p> <p>—Sí, la mía. Sé que estáis en Férenix por mí —admito—. Creo que soy culpable de que vuestra vida haya tomado un rumbo diferente al que debía. Lo siento.</p> <p>—No debes lamentarlo, Arturo —dice Mahania—. Estamos aquí voluntariamente. Me has dado una vida muy feliz. Verte crecer ha sido para nosotros el mejor premio. Te aseguro que lamentamos tener que marcharnos.</p> <p>—Volveremos a vernos. No os vais para siempre —digo para consolarla—. No os quepa duda.</p> <p>—Nos gustaría que vinieras a vernos, a tu tierra... Deberías venir con nosotros. Allí nadie se atrevería a hacerte daño. ¡Ven a Egipto!</p> <p>—Mi tierra es esta, Mahania. Yo soy ferenixiano.</p> <p>—Ha querido decir que es la tierra que te vio nacer —la corrige Mohamed—. Disculpa sus nervios. El viaje nos ha puesto muy nerviosos.</p> <p>—Tienes razón. Me refería a la tierra que te dio la vida —explica Mahania—: Egipto.</p> <p>—La tierra de los faraones, de las pirámides y de poderosos dioses evoca Metáfora—. Un país legendario.</p> <p>—Doy fe de que lo es —dice papá—. A veces sueño con él, con los desiertos y con las suaves noches. Algún día volveré.</p> <p>—Quizá podamos hacer nuestro viaje de novios por Egipto —propone Norma—. ¡Sería maravilloso!</p> <p>—Estaríamos encantados de acogeros en nuestro pueblo —dice Mahania inmediatamente—. Sería un gran honor para nosotros.</p> <p>—Norma, ¿lo dices de verdad? —pregunta papá—. Ya sabes que Reyna murió allí y...</p> <p>—Claro que lo digo en serio. Nada me gustaría más que ir a Egipto y conocer el lugar en el que nació Arturo. Vayamos a Egipto, cariño.</p> <p>—Iremos —acepta papá—. Iremos juntos. ¡Iremos todos!</p> <p>—Vaya, esa sí que es una buena decisión —digo.</p> <p>—Ya es hora de embarcar —dice Norma—. A ver si van a perder el avión por culpa de nuestra luna de miel. La megafonía acaba de anunciar que ya podéis pasar el control.</p> <p>Mientras papá estrecha la mano de Mohamed para darle las gracias por todo lo que ha hecho en la Fundación durante todos estos años, Mahania me abraza como nunca lo había hecho.</p> <p>—Querido Alquamed... —susurra entre sollozos contenidos—. Ven a visitarme y sabrás quién eres. Descubrirás tu destino.</p> <p>—Me has vuelto a llamar Alquamed —le hago notar.</p> <p>—No le des importancia —responde—. Son cosas de anciana.</p> <p>Me suelta y se da la vuelta. Estoy seguro de que lo hace para llorar. Metáfora y Norma la abrazan. Mohamed me aprieta la mano y se despide.</p> <p>—Arturo, me voy con la tranquilidad de verte hecho un hombre —dice—. Estoy seguro de que te convertirás en una persona de honor.</p> <p>—Buen viaje, Mohamed. Espero que volvamos a vernos algún día —me despido con un fuerte abrazo.</p> <p>—Yo también, Al... Yo también, Arturo.</p> <p>Entran en el puesto de control de embarque y desaparecen de nuestra vista. Me quedo con una sensación de vacío comparable a la que tengo con la ausencia de mi madre.</p> <p>Mientras deambulamos por los largos pasillos del aeropuerto, pienso que perder a un ser querido es un drama, pero perderlo dos veces es insufrible. He estado a punto de preguntarle por qué le entregó el pergamino de Arquimaes a mi padre aquella noche, pero he preferido no hacerla sufrir con ese terrible recuerdo. Yo creo que fue casual. No encuentro ningún motivo para pensar que ella quisiera hacerlo a propósito. ¿Para qué le iba a poner en las manos un pergamino medieval del que, casi con toda seguridad, desconocía su contenido?</p> <p>—Podemos tomar algo en esta cafetería —propone Norma—. Mientras vemos despegar los aviones. Es un espectáculo precioso. Fijaos qué paisaje.</p> <p>Nos sentamos en una mesa que está frente a la pista de despegue. Un camarero nos deja una carta de consumiciones y se aleja rápidamente, sin decir nada.</p> <p>—¿Qué tal os va en el instituto? —pregunta papá, como si quisiera iniciar una conversación inocente—. ¿Os adaptáis bien después de todo lo que ha pasado?</p> <p>—Oh, sí. Nadie nos hace preguntas raras —dice Metáfora—. Incluso nos invitan a fiestas. Mireia quiere que vayamos a su cumpleaños, que se celebra dentro de unos días. Todo está en orden.</p> <p>—Todo menos lo de Mercurio —digo—. Le van a despedir. Deberíamos hacer algo por él. Nos ayudó mucho la noche de la explosión. Nos llevó al hospital. Le debemos mucho.</p> <p>—¿Y qué podemos hacer, si estamos casi en la ruina? —reconoce papá.</p> <p>—Podemos ofrecerle un empleo cuando reconstruyamos la Fundación —propongo—. Podría serle muy útil.</p> <p>—Bueno, ya veremos cuando llegue el momento —responde—. Ya veremos. Ojalá sea posible.</p> <p>—Hemos estado en el monasterio de Monte Fer —digo mientras ojeo la lista de consumiciones—. Hemos hablado con el abad Tránsito. Me ha dado recuerdos para ti, papá.</p> <p>Noto que tuerce el gesto a la vez que se quita la chaqueta y la coloca sobre las rodillas. Es evidente que la noticia no le ha gustado demasiado.</p> <p>—Dale las gracias cuando le veas —responde, un poco huraño—. Dile que también le envío un saludo.</p> <p>—¿Sabes algo de un comité que lucha para devolver el rey a Férenix? Ya sabes, un comité de defensores de nuestra verdadera historia.</p> <p>—Algo he oído. Pero no le presto demasiada atención. Pierden el tiempo.</p> <p>El camarero se acerca con su cuaderno de pedidos en la mano.</p> <p>—¿Ya saben qué van a tomar? —pregunta.</p> <p>Hacemos nuestro pedido y se aleja a toda velocidad.</p> <p>—Pues creo que los conoces. Leblanc, Batiste... —digo para retomar la conversación.</p> <p>—Ya te digo que no me interesa.</p> <p>—Tuvieron contacto con el abuelo. Eso sí debes saberlo, ¿verdad?</p> <p>—Deja en paz a tu abuelo —dice, sobresaltado—. No le metas en esto. ¿Para qué te han llamado?</p> <p>—Para enseñarme cosas interesantes: cuadros, grabados, libros...</p> <p>—Tienen una biblioteca formidable —comenta, como si quisiera disimular su interés—. Un verdadero lujo.</p> <p>—Hemos visto algunas partes de la abadía, pero, sobre todo, hemos hablado... de la familia Adragón, de ti y de mí.</p> <p>—Entonces, habréis terminado enseguida. Hay poco que hablar. No somos importantes. No somos nada.</p> <p>El camarero llega con una bandeja. Coloca nuestras consumiciones sobre la mesa, junto a un piatito que contiene la nota, y se va raudo.</p> <p>—Te equivocas —insisto—. Hay mucha gente interesada en nosotros y en nuestra historia.</p> <p>—Bah, nuestra historia no interesa a nadie.</p> <p>—Creo que están relacionados con ese grupo inversor que ha hecho la oferta económica para...</p> <p>—¿Qué dices? —pregunta muy interesado—. ¿Leblanc y sus amigos son los que quieren ayudarnos a recuperar el dominio de la Fundación?</p> <p>—Sí, papá, son ellos. Están dispuestos a ayudarnos a recuperar la Fundación y el apellido Adragón.</p> <p>—Están locos —reniega—. No saben lo que hacen. La Fundación es una ruina y nuestro apellido no vale más que cualquier otro.</p> <p>—Durante años me has enseñado que la familia Adragón era una de las más antiguas de Férenix. ¿Es que no te acuerdas de que me lo contabas para que me sintiera orgulloso, papá?</p> <p>—Eso era antes —dice, como si no tuviera ninguna importancia.</p> <p>—Sí, antes de que llegara Stromber. Nuestra vida está marcada por la llegada de ese hombre. ¿Quién es? ¿Quién es Stromber?</p> <p>—Ya lo sabes, un anticuario interesado en comprar pergaminos y ejemplares antiguos para revenderlos.</p> <p>—Y en comprar apellidos. ¿Crees que revenderá el nuestro igual que revende los libros?</p> <p>—No lo sé —dice con apatía, mientras remueve su café—. No tengo ni idea de lo que quiere.</p> <p>Norma y Metáfora nos observan en silencio.</p> <p>—Sí lo sabes. Claro que sabes para qué quiere nuestro apellido. Sabes que quiere ser el rey de Férenix.</p> <p>—Eso es una tontería. Férenix no tiene rey ni lo tendrá —asegura.</p> <p>—Férenix puede convertirse en un reino. Hay mucha gente interesada en restaurar la monarquía.</p> <p>—Arturo, no es que me quiera entrometer en vuestra conversación —dice Norma—, pero deberías cuidar a tu padre. Las situaciones de estrés no le convienen.</p> <p>—El estrés no le conviene a nadie —respondo, al tiempo que doy un trago de mi zumo de naranja—. No quiero ponerle nervioso. Solo quiero saber algunas cosas.</p> <p>—Sabes todo lo que hay que saber, Arturo —me reprocha papá—. Ya te lo he contado todo y hemos hablado del asunto de Stromber y de nuestro apellido. Haz el favor de no insistir.</p> <p>—No insisto. Solo quiero aclararlo todo. Cuéntame a qué viene ese cambio de actitud, papá. Y no me vengas con eso de que me quieres proteger.</p> <p>—¿Qué quieres saber exactamente?</p> <p>—Todo, papá, lo quiero saber todo —digo—. Desde la noche de mi nacimiento hasta la venta de nuestro apellido.</p> <p>—La historia de tu nacimiento, cuando tu madre murió, es tan sencilla como trágica. Desgraciadamente, suele ocurrir hasta en los hospitales. Hay mujeres que mueren cuando dan a luz a sus hijos. Por eso creo que no hay nada más que contar.</p> <p>—Quiero saber si murió para que yo naciera.</p> <p>—Murió por las circunstancias de tu nacimiento, en pleno desierto, sin ayuda médica. ¡Fue un accidente!</p> <p>—¿El pergamino de Arquimaes estaba allí por casualidad? ¿Cuándo lo encontraste? ¿De dónde salió? ¿Quién te sugirió que me envolvieras en él?</p> <p>—¡Espera, espera, espera!... ¡Me estás volviendo loco con tantas preguntas!... No recuerdo dónde y cuándo encontré ese pergamino. Supongo que estaba por ahí, entre los otros libros. Lo cogí porque me pareció interesante y quería descifrarlo... Esa noche se desató una tormenta de lluvia y hacía mucho frío... Usamos el pergamino para protegerte.</p> <p>—Pero ¿de quién fue la idea? —pregunto—. ¿De mamá? ¿Tuya?</p> <p>—No sé... Creo que fue de Mahania, pero no estoy seguro. Yo se lo di a mamá, eso es todo. ¿Qué tiene de raro?</p> <p>Nos quedamos en silencio durante unos segundos, para digerir la información que papá acababa de darnos y que nos ha dejado inquietos. Por experiencia sé que cuando dice que no se acuerda de algo, es que no quiere entrar en detalles. Por eso, a veces tengo que provocarle para que hable.</p> <p>—Por cierto —digo, para mostrar el último as de mi manga—, el comité afirma que soy Arturo Adragón, el verdadero rey de Arquimia. ¡Quieren nombrarme rey!</p> <p>Papá se levanta, visiblemente enfadado. Deja un billete al lado de la nota, coge su chaqueta y se la pone.</p> <p>—¡No dejes que te enreden! ¡Todo eso es un cuento! ¡No eres rey de nada! ¡No lo permitiré! ¡Vámonos de aquí, que este sitio me pone de los nervios! ¡Ya hemos visto demasiados aviones!</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VII</p> <p>V<style name="versalita">OLUNTARIOS</style></p> </h3> <p>Alexia se había sentado sobre una banqueta de madera, ante una mesa, con su estandarte de la nueva legión, que ondeaba al viento de la mañana. Hacía mucho frío y todo el mundo sabía que la caída de la nieve estaba próxima. La gente pasaba ante la bandera sin prestar atención. Nadie se había interesado por su proyecto.</p> <p>—¡Busco voluntarios y voluntarias para formar una legión! —gritaba cada vez que alguien pasaba cerca—. ¡Yo, Alexia, seré la jefa! ¡Buena paga y oportunidad de conseguir buenos botines! ¡Apuntaos ahora mismo!</p> <p>Pero su discurso le era indiferente a todo el mundo. Un pequeño grupo de niños se había aproximado para verla de cerca, pero poco más.</p> <p>—¿Qué haces? —preguntó Crispín—. ¿Qué es ese estandarte?</p> <p>—Es el de mi legión. ¡La Legión Alexia, del Ejército Negro!</p> <p>—¿Lo sabe Arturo?</p> <p>—Sí. Tengo su permiso. El es el jefe del Ejército Negro, pero yo soy general de la Legión Alexia, que forma parte del Ejército Negro. ¿Está claro?</p> <p>—Oh, sí... Lo he entendido. ¿Cuentas con muchos soldados?</p> <p>—De momento soy la única.</p> <p>Los chiquillos, a su lado, sujetaban el palo del estandarte que, a causa del viento, se tambaleaba.</p> <p>—Pues si sigues así, te perderás la batalla de Carthacia.</p> <p>—Si es necesario, iré yo sola. Te aseguro que este estandarte estará en esa batalla.</p> <p>—No creo que consigas muchos voluntarios. Tendrías que demostrar que eres capaz de luchar —insistió el joven escudero.</p> <p>—Sabes que sé luchar. He peleado contra hombres más grandes que yo. Y he ganado siempre.</p> <p>—Eso lo sabes tú, pero nadie más. Deberías demostrarlo, o ningún soldado o caballero querrá luchar bajo tu bandera.</p> <p>—¿Y cómo lo hago? ¿Entro en las casas y les obligo a alistarse?</p> <p>—No. Te propongo que luches conmigo para que vean que eres capaz de luchar con un hombre.</p> <p>—¿Una demostración?</p> <p>—Sí, una demostración de valor, princesa —respondió Crispín, con su espada en la mano.</p> <p>Alexia aceptó el desafío y se puso en pie.</p> <p>—Veamos de qué estás hecho, escudero.</p> <p>—Lo mismo digo, princesa.</p> <p>Los aceros se cruzaron con violencia y produjeron un estruendo que llamó la atención de quienes estaban cerca. Crispín se esforzó en mantener el tipo, pero tuvo que reconocer que Alexia era una gran guerrera y que tenía más fuerza de lo que parecía.</p> <p>Ante el empuje de Alexia, Crispín se vio obligado a sujetar la empuñadura con las dos manos. El mandoble venía con la fuerza de un caballo. Crispín recibió el impacto en el centro de la hoja y el golpe se repartió por todo su cuerpo. Como la princesa había gastado muchas energías en los ataques, aprovechó para tomar la iniciativa.</p> <p>Ella retrocedió para evitar el ataque de Crispín. Los aceros volvieron a ser golpeados una y otra vez, con furia, con maestría.</p> <p>Los chiquillos, encantados por el espectáculo, gritaban y reían. Algunas personas se detuvieron para observar la pelea, mientras otros se retiraban para evitar ser lastimados. En poco tiempo, el coro de curiosos aumentó.</p> <p>La demostración de esgrima de Crispín y Alexia era tan espectacular que algunos soldados y varios caballeros se quedaron a observar y se sintieron admirados.</p> <p>De repente, Alexia retomó fuerzas y atacó sin cuartel al escudero, que se vio obligado a retroceder. Los que entendían de armas se dieron cuenta de que la princesa era una auténtica maestra en el manejo de la espada.</p> <p>—¡Me rindo! —exclamó Crispín, levantando los brazos en señal de derrota—. ¡Has ganado, princesa Alexia!</p> <p>—¿Te rindes? —preguntó en voz alta, con la punta de la espada sobre el pecho del joven—, ¿Te das por vencido?</p> <p>—¡Sí! ¡Me apunto a tu legión! ¡Seré tu primer soldado!</p> <p>—¡Serás mi oficial! ¡Firma aquí!</p> <p>Crispín, absolutamente agotado, enfundó su espada y se acercó a la pequeña mesa de madera. Ella mojó la pluma en la tinta y se la entregó.</p> <p>—Haz una cruz aquí —le ordenó— y entrarás en la Legión Alexia.</p> <p>—¿Qué es la Legión Alexia? —preguntó un soldado—. ¿Quién es el jefe de esa legión?</p> <p>—La Legión Alexia está bajo mi mando, soldado. ¿Quieres formar parte de ella?</p> <p>—¿Qué gano con ello?</p> <p>—Honor, fortuna y gloria —respondió Alexia—. ¡Tendrás el honor de estar bajo el mando de Alexia y de Crispín, el oficial que ha sido escudero de Arturo Adragón! ¿Firmas?</p> <p>El hombre dudó durante unos segundos, pero cuando Crispín le puso la mano sobre el hombro, sus dudas desaparecieron.</p> <p>—Me llamo Hugo —dijo—. Dame esa pluma y pondré una señal.</p> <p>—A partir de ahora te llamas Hugo de la Legión Alexia, del Ejército Negro.</p> <p>Una muchacha de unos quince años se acercó a Alexia.</p> <p>—Eres la princesa Alexia, ¿verdad?</p> <p>—Sí. Y ahora también soy general de esta legión.</p> <p>—¿Aceptas mujeres?</p> <p>—Acepto a personas valientes. Me da igual que sean hombres o mujeres.</p> <p>—Tengo que convencer a mis padres.</p> <p>—Firma aquí y yo te ayudaré a convencerlos. ¿Cómo te llamas?</p> <p>—Narcia.</p> <p>—Bien, Narcia, ya formas parte de la Legión Alexia.</p> <p>Crispín observaba a los nuevos voluntarios con una sonrisa en los labios.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo y Arquitamius estaban en la cueva del riachuelo, cerca del agua, frente a frente.</p> <p>—Hoy vas a aprender algunas técnicas de esgrima —dijo el alquimista—. Tu gran ventaja es tu espada alquímica, pero si no aprendes a manejarla con astucia, no te servirá de nada. Piensa que esa espada, aunque tiene vida propia, solo hará lo que tú le pidas.</p> <p>—Ya me ha salvado la vida —respondió Arturo—. La manejo bien.</p> <p>—Cierto, pero a partir de abora le vas a sacar más provecho.</p> <p>Se acercó a Arturo, desenfundó la espada de su cinto y la clavó en el suelo.</p> <p>—¡A partir de ahora, esta espada vale por cien! —exclamó mientras la señalaba con el dedo.</p> <p>Entonces la espada se reprodujo y cien espadas alquímicas surgieron del suelo, clavadas alrededor de la original.</p> <p>—¡O por mil! —las espadas volvieron a multiplicarse hasta alcanzar el millar.</p> <p>Arquitamius agarró la empuñadura de la verdadera espada alquímica y se la devolvió a Arturo.</p> <p>—En realidad, esta espada vale por todo un ejército —le dijo en voz baja, casi en tono confidencial—. Pero eso no lo sabe nadie. Y te aconsejo que guardes el secreto. Cuando te hagan falta, vendrán en tu ayuda.</p> <p>Arturo no daba crédito. Su maestro acababa de hacerle una demostración inimaginable.</p> <p>—De momento me basta con un ejemplar —dijo Arquitamius, en tanto cogía una y hacía desaparecer todas las demás.</p> <p>—¿Qué hacéis?</p> <p>—¡Quiero ver cómo el alumno supera al maestro! —respondió, en guardia.</p> <p>—Pero, maestro —replicó Arturo—. Yo no puedo luchar con vos.</p> <p>—¿Por qué no? ¿Es que tienes miedo de un anciano? ¡Venga, vamos, ataca!</p> <p>Después de pensarlo un poco, Arturo decidió que debía seguir las órdenes de su maestro y se lanzó contra él, espada en mano. Pero Arquitamius, que esperaba su ataque, se zafó hábilmente y le colocó en situación de desventaja.</p> <p>—Tienes que ser más rápido, Arturo —le reprendió Arquitamius—. Debes prever el movimiento de tu atacante.</p> <p>—Eso es difícil. A veces lo consigo, pero...</p> <p>—Escucha a tu espada —le aconsejó—. Ella te lo dice todo. Aprende a hablar con ella. Aprende a hablar con Adragón.</p> <p>Arturo se dio cuenta de que hasta ahora, y a pesar de todos sus combates con la espada, incluso ciego, apenas le había sacado partido a su arma. Arquimaes le había desvelado varios secretos, pero Arquitamus le abría las puertas de un mundo nuevo.</p> <p>—No es suficiente ser inmortal —le advirtió Arquitamius, en tono jocoso—. Si quieres vivir eternamente, debes ser más astuto. La astucia es lo que prolonga la vida. Más que ninguna otra cosa.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VIII</p> <p>U<style name="versalita">NA FIESTA MUY MOVIDA</style></p> </h3> <p>Cuando Metáfora y yo llegamos a casa de Mireia, ya hay mucho ambiente. Reconozco algunas caras, pero otras me resultan desconocidas. Todo indica que va a ser una buena fiesta.</p> <p>—Hola, Arturo —dice Mireia mientras me da un beso, muy contenta de vernos—. Gracias por venir. Tuve miedo de que no te atrevieras.</p> <p>—Ya ves, aquí estoy —digo al entregarle un paquetito envuelto con lazos—. ¡Feliz cumpleaños!</p> <p>—¡Estamos! —exclama Metáfora—. Gracias por invitarnos.</p> <p>—¡Vaya, un regalo de mis mejores amigos! —dice Mireia—. ¿Qué será? ¡Un osito de peluche!</p> <p>—Espero que te guste —bromea Metáfora—. Nos ha costado mucho encontrar algo apropiado para ti.</p> <p>—¿Un peluche? ¿A mi edad? —exclama—, ¡Qué originales sois!</p> <p>—Entrad, entrad. No os quedéis en la puerta —indica Cristóbal, que está a svi lado, al comprobar que se pone roja de rabia—. Hay mucho sitio ahí dentro. ¡Tomad algo! ¡Al fondo hay bebidas!</p> <p>—¡Después os veo! —añade Mireia—. Voy a atender a los invitados.</p> <p>Nos mezclamos entre la gente y nos acercamos a la mesa de las bebidas, que está repleta.</p> <p>—¿Qué quieres tomar, Metáfora? —le pregunto.</p> <p>—No sé para qué hemos venido —dice—. Mireia es cada día más tonta. No la aguanto. Es una falsa... «Gracias por venir, Arturo»... ¡Bah!</p> <p>—Toma, un refresco. Está frío...</p> <p>—¿Es que no te das cuenta de su juego? —cuestiona según agarra la botella.</p> <p>—Pues... no. No sé a qué te refieres.</p> <p>—¡Trata de seducirte! —me advierte—. Pero si se nota a la legua.</p> <p>—Por favor, Metáfora, no exageres. Es historia pasada. Ya lo intentó y le salió rana. Sabe que no tiene nada que hacer conmigo —le recuerdo.</p> <p>—¡Quien no lo sabe eres tú! —responde, un poco nerviosa—. Anda, termina de tomarte eso y vámonos de aquí.</p> <p>Vaya, y yo que pensaba que iba a pasar un rato relajado.</p> <p>—¡Eh, Arturo, mira! —exclama Horacio, cortándome el paso—, ¡Yo también tengo un dragón!</p> <p>Efectivamente, se ha pintado un dragón parecido al mío sobre el rostro.</p> <p>—El mío está hecho con un rotulador —explica—. No como el tuyo, que es de verdad y es peligroso.</p> <p>—Déjame en paz, Horacio —le pido—. Solo he venido a saludar a Mireia.</p> <p>—Entonces, ¿no tienes que ir hoy a ver al psicólogo? —pregunta en tono de burla—, ¿Ya no te van a hipnotizar?</p> <p>—Horacio, olvídame —le advierto—. He venido a tomar algo y no quiero líos.</p> <p>—Supongo que no vendrás a buscar pelea, ¿verdad? —interviene Willy, uno de sus amigos más violentos.</p> <p>—¿Vas a sujetar a tu animalito o tendremos que llamar a la policía? —añade Charlie.</p> <p>—¿Animalito? —pregunta Mireia, acompañada por Cristóbal—. ¿A qué animalito os referís? No hablaréis de mi osito, ¿verdad?</p> <p>—¡A ese! —exclama Willy señalando el dibujo de mi rostro—. ¡Al monstruo de tinta!</p> <p>—¡No digas tonterías! —le responde Cristóbal—. ¡Es un dibujo de tinta!</p> <p>—Calla, mocoso, no te metas —le dice con un empujón.</p> <p>—No creo que me estropee la fiesta, ¿verdad, Arturo? —ironiza Horacio—. ¡Ahora somos iguales! ¿Eh?</p> <p>—He venido en son de paz —contesto—. No he dicho nada ni me he metido con nadie.</p> <p>—Soy testigo —dice Metáfora—. Han venido a provocarle.</p> <p>—Es que su sola presencia ya es un peligro —comenta Horacio—. ¿Cómo sabemos nosotros que esa bestia no nos va a atacar?</p> <p>—Ya lo hizo una vez y puede volver a hacerlo —advierte Charlie.</p> <p>—Tuve que defenderme.</p> <p>—Le atacasteis con un bate de béisbol —explica Metáfora—. Fue en defensa propia.</p> <p>—Sí, yo hubiera hecho lo mismo —se entromete Cristóbal.</p> <p>—¿Llamas defensa propia a un truco de magia que tiene dientes y que muerde a la gente? —pregunta Mireia—, ¿Te das cuenta de lo que dices?</p> <p>—No puedo creer lo que oigo —interviene una chica que acompaña a Horacio—, ¿De verdad ese dibujo os atacó? ¿Queréis tomarnos el pelo?</p> <p>—Estáis locos —dice otra—. Yo no creo en la brujería.</p> <p>Horacio da un paso adelante y se me acerca.</p> <p>—¿Por qué no les haces una exhibición? —pregunta en plan provocativo.</p> <p>—Sí, no nos dejes como mentirosos —le apoya Willy—, ¡Venga, sácalo a pasear!</p> <p>—¡Dejad de provocarle! —grita Metáfora—. ¡Dejadle en paz!</p> <p>—Vaya, ya sales otra vez en su defensa —dice Mireia—. ¿Por qué no permites que haga lo que quiera! ¡Venga, Arturo, demuéstranos que tu dibujo es mágico!</p> <p>Doy un paso atrás para dejar claro que no voy a entrar en su juego, pero veo que Horacio sigue empeñado en ponerme en evidencia. Evidentemente tiene algo contra mí. No pierde ocasión para atacarme.</p> <p>—¡Eres un cobarde, Arturo! —me increpa Charlie—. ¡Solo sacas tu bicho cuando no hay nadie!</p> <p>—Es peor que eso —añade Willy—. ¡Él es el monstruo!</p> <p>—Recurre a esa bestia para que haga lo que él no se atreve a hacer —argumenta Horacio—. ¡Es una rata!</p> <p>Miro a Metáfora para que sepa que me voy a retirar. Esta situación no es buena para mí. Si siguen así, puede pasar cualquier cosa.</p> <p>—Nos vamos —dice Metáfora, en plena discusión—. Nos vamos ahora mismo.</p> <p>—Venga, Metáfora, no seas borde —dice Mireia, en plan amistoso—. Deja que Arturo resuelva la situación. Ya es mayorcito para enfrentarse a sus asuntos. ¿Verdad, Arturo?</p> <p>—Por eso nos vamos —digo—. Adiós.</p> <p>Me doy la vuelta, dispuesto a marcharme, pero...</p> <p>—¡De eso nada! —dice Willy, con la mano sobre mi hombro—. ¡Tu te quedas aquí y nos enseñas a todos ese bicho! ¡Ahora mismo! ¡Quiero verlo!</p> <p>—¡Y yo! ¡Venga! —le apoya Charlie—. ¡Saca a ese bicharraco que tienes sobre la cara!</p> <p>—¡Sí! Deja que todo el mundo pueda ver que eres un número de circo se ríe Horacio—. ¿O necesitas un látigo para domarlo?</p> <p>—¡Ya está bien! —grita Metáfora—. ¡Dejadle en paz!</p> <p>—Vaya, o viene en su ayuda un monstruo o lo hace una chica —se burla Charlie—. ¡Eres un maldito cobarde!</p> <p>—¡Venga, Arturito! ¡Queremos ver a tu animalito! —insiste Willy, en plan provocador.</p> <p>Me aguanto las ganas de responderles como merecen. Sé que si lo hago puede ser peligroso, y nadie me lo perdonaría.</p> <p>Me dirijo hacia la puerta, decidido a salir. No voy a dejar que las provocaciones me afecten. Metáfora me sigue... pero alguien nos impide abrir la puerta. Dos chicos, grandes como armarios, nos cierran el paso.</p> <p>—Queremos ver tu magia —dice uno, en plan amenazante.</p> <p>—Ahora —dice el otro, con el mismo tono.</p> <p>Por lo menos me queda el consuelo de haberlo intentado. Aunque haya sido en balde.</p> <p>—Está bien, vosotros lo habéis querido —digo con firmeza—. Recordad que yo no quería.</p> <p>—No nos asustas, <i>Caradragón</i> —dice Horacio—. Ni tú ni tu animal nos dais miedo.</p> <p>—No le hagas caso, Arturo —me advierte Metáfora—. ¡Quiere que reacciones!</p> <p>Sé lo que pretenden, por eso no voy a darles lo que piden. Tengo una sorpresa.</p> <p>Doy un salto y subo a una silla. Extiendo los brazos, abro la boca y muestro los dientes, igual que un dragón.</p> <p>—¡Grrrrrrrrrrr!</p> <p>Me inclino como si estuviera a punto de emprender el vuelo y agito los brazos de forma exagerada.</p> <p>—¡Grrrrrrrrrrr!</p> <p>—¿Eso es lo único que puedes hacer con tu dragón? —pregunta una chica mirando a Horacio—. ¿Es lo que os hizo la otra noche? ¿Os asustó con esto?</p> <p>Entonces pongo mi mano derecha sobre el dibujo de mi frente, muevo los dedos y retuerzo la muñeca, como si fuese el vuelo de un dragón.</p> <p>—¿Quién quiere ser devorado? ¡Grrrrrrrrrrr! ¿A quién voy a darle un mordisco en la yugular? ¿A ti, Horacio?</p> <p>Doy un salto y me planto inesperadamente ante él y, antes de que pueda reaccionar, paso la mano sobre su frente, le emborrono su dibujo y le mancho toda la cara.</p> <p>Horacio, estupefacto, no reacciona; los demás se ríen de él.</p> <p>—¿Qué has hecho? —grita, con la vista puesta en el espejo de la cómoda. Al verse con la cara manchada, se pone rojo de ira—. ¡Eres un payaso! —exclama—. ¡Como tu padre! ¡Deberían encerraros en un manicomio! ¡Con tu abuelo!</p> <p>Cristóbal se troncha, lo que le irrita aún más.</p> <p>Horacio, que se siente humillado, se abalanza contra mí con el puño en alto, dispuesto a darme en la cara. Reacciono con mucha rapidez y le golpeo justo antes de que lo haga él. Cae al suelo, de espaldas, entre las risas de los demás. Willy y Charlie corren en su ayuda y los tres forman un muro que viene hacia mí, dispuestos a zurrarme.</p> <p>—¡Ahora verás lo que es bueno! —amenaza Horacio—. ¡Has cometido un error!</p> <p>—¡Alto! —grita Metáfora, con los brazos en alto—, ¡Si le ponéis las manos encima, llamo a la policía!</p> <p>—¡Me acaba de pegar! —alega Horacio—, ¡Ha venido a buscar bronca!</p> <p>—¡Tenemos que defendernos! —añade Willy.</p> <p>—Está bien —dice ella, con el móvil preparado para hacer una llamada—. Se lo explicaréis a la policía.</p> <p>Dan un paso atrás. Está claro que la advertencia de Metáfora ha surtido efecto. Mireia, que se da cuenta de que si llama a la policía se va a quedar sin invitados, decide intervenir.</p> <p>Solo Horacio parece dispuesto a seguir adelante.</p> <p>—¡Pagarás esto con creces! —dice en tono amenazante—. ¡Te lo juro!</p> <p>—¡Ya está bien! —grita Mireia ante Horacio—. ¡No habrá pelea! Hemos venido a divertirnos. ¡Música!</p> <p>—¡Venga! —grita Cristóbal, para aliviar el ambiente—. ¡A bailar! ¡Aquí no ha pasado nada!</p> <p>Mireia se acerca cuando Metáfora y yo abrimos la puerta.</p> <p>—Oye, que yo no le he dicho a nadie lo del psicólogo —dice a modo de disculpa—. Os aseguro que yo no he sido.</p> <p>Cristóbal nos mira, en tono de disculpa. Sabe que ha metido la pata.</p> <p>—Vale, no importa —digo—. Nos vamos. Adiós.</p> <p>Bajamos la escalera, salimos a la calle y nos dirigimos hacia casa.</p> <p>—Has hecho bien —dice para animarme—. No vale la pena poner todo en peligro por culpa de esos idiotas.</p> <p>—No creas que estoy muy convencido —digo—. A veces es mejor dar una buena respuesta.</p> <p>—Creo que se la has dado. Les has dejado en ridículo.</p> <p>—Sí, eso me temo.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IX</p> <p>E<style name="versalita">NCADENADOS A LOS RECUERDOS</style></p> </h3> <p>Era una noche fría. Había empezado a nevar y el valle de Ambrosia estaba cubierto de una ligera capa blanca. Arturo y Alexia se habían refugiado en su tienda de campaña para cenar juntos. Sabían que, a partir del día siguiente, su intimidad desaparecería. La campaña militar que se avecinaba prometía ser larga y dura.</p> <p>—¿Cuántos soldados tiene la Legión Alexia? —preguntó Arturo, con una copa de aguamiel en la mano.</p> <p>—Treinta —afirmó Alexia—. Tres son mujeres.</p> <p>—¿Mujeres? ¿Se han alistado?</p> <p>—Sí. Me han visto pelear y quieren unirse a mi legión. Son tan valientes como los hombres.</p> <p>—No lo pongo en duda, pero ya sabes que en el campo de batalla no se hacen distinciones.</p> <p>—No te preocupes por eso. Sabrán defender su vida. Yo las enseñaré.</p> <p>—Entonces estarán bien preparadas —dijo Arturo.</p> <p>—Por cierto, Crispín también se ha alistado —añadió la princesa.</p> <p>—¿Forma parte de tu legión?</p> <p>—Sí, luchó conmigo y me ayudó a reclutar a los primeros voluntarios.</p> <p>—Es un gran chico —reconoció Arturo.</p> <p>—Yo también luché contigo aquí, en Ambrosia, hace mucho tiempo —le recordó la princesa—. ¿O lo has olvidado?</p> <p>—¿Cómo olvidarlo? Creo que ese día acabé de enamorarme de ti —reconoció Arturo.</p> <p>—¿Cuando luchamos?</p> <p>—Cuando te conocí. Rías y tú me torturabais en Demónika. Nunca olvidaré tu voz de aquel día... ni tus palabras: «Te recuerdo que hablas con la princesa Alexia, hija de Demónicus, futura Gran Maga de las Tierras Pantanosas...». ¿Te acuerdas?</p> <p>—Es increíble. Eso es exactamente lo que dije —aseveró la princesa.</p> <p>—Nunca la olvidaré. Siempre he recordado que hablaba con la princesa Alexia, la futura Gran Reina de mi Corazón... Ese es tu reino, mi princesa... La convicción con la que hablaste me conquistó... Y tú, ¿cuándo te enamoraste?</p> <p>—No estoy muy segura... Empecé a interesarme cuando Morfidio le contó a mi padre cosas sorprendentes sobre ti. Llegó a afirmar que eras inmortal. El día que mataste al dragón me deslumbraste, pero cuando tuvimos nuestra primera pelea... fue definitivo. Me di cuenta de que eras el hombre de mi vida. Luchabas para defenderte e intentaste no abusar de tu fuerza. Tu nobleza me sedujo.</p> <p>—¿Eso fue lo que me convirtió en el amor de tu vida?</p> <p>—Concretamente, me convencí cuando me rescataste de los hombres de Oswald —añadió Alexia—. Nadie había puesto en peligro su vida por mí.</p> <p>—Recuerda que eras mi rehén. Tenía que llevarte conmigo. Nada ni nadie me lo hubiera impedido.</p> <p>—Lo sé, pero no lo hiciste para retenerme, sino porque estabas loco por mí.</p> <p>Arturo tardó un poco en digerir aquellas palabras. Había algo que le inquietaba y necesitaba aclararlo.</p> <p>—Alexia, necesito hacerte una pregunta...</p> <p>—Creo que sé a qué te refieres... Es sobre la lucha de Émedia, ¿verdad?</p> <p>—Sí. Tengo que saber si te dejaste matar, porque no consigo quitármelo de la cabeza. ¿Qué pasó realmente?</p> <p>Alexia tomó un trago de aguamiel, dejó la copa sobre la mesilla y se preparó para hablar.</p> <p>—Te lo explicaré, Arturo... Desde que intenté descifrar los secretos de las letras que adornan tu cuerpo, supe que dentro de ti había alguien especial. Cuando me secuestraste comprendí que sabías lo que querías. Me llevaste como rehén, pero me percaté de que me capturaste por otro motivo: estabas hechizado por mí, aunque ni lo intuías.</p> <p>—¿Hechizado? ¿Cuándo lo hiciste?</p> <p>—Mientras Rías leía tu piel. El era el contacto y te transmitió mi hechizo.</p> <p>—¿Qué hechizo?</p> <p>—El del amor, Arturo. Al encadenarte a la columna de mi habitación, quería conseguir algo diferente de lo que parecía, de lo que mi propio padre pensaba. Te encadené a mí, Arturo.</p> <p>Se quedó sin habla.</p> <p>—A pesar de que hacías todo lo que yo quería, había un lugar inaccesible para mí. Tu corazón era una fortaleza inexpugnable, así que busqué la manera de que abrieras las puertas.</p> <p>—¿A qué te refieres?</p> <p>—Tenía que asegurarme de que eras de fiar, de que eras el hombre de honor que yo pensaba.</p> <p>—El honor, en tu reino, no tiene valor. Demónicus impulsa la traición y el deshonor. Es un reino de terror.</p> <p>—No lo entiendes, Arturo. Mis padres usan la traición como arma de poder, pero confían el uno en el otro hasta extremos ilimitados. De hecho, ya sabes que son dos en uno. La maldición del amor que se profesan consiste en que no pueden estar juntos, pero si contar el uno con el otro.</p> <p>—Sospecho que aquel día en Émedia te dejaste matar por amor. ¿Es cierto?</p> <p>—A medias —reconoció Alexia—. Pero eso no es relevante. El motivo es lo que importa.</p> <p>—Para mi es suficiente saber que pusiste tu vida en mis manos. Que, cuando llegó el momento, preferiste dejarme vivir a costa de entregar tu propia vida. Eso es lo más importante.</p> <p>—No, Arturo. Eso no es nada. Entregar la vida por el ser que amas es tan solo una prueba.</p> <p>—¿Qué prueba?</p> <p>—La única forma de saber si me amabas de verdad y hasta qué punto estabas dispuesto a sacrificarte por mí; de que abrieras tu corazón y me demostraras cuánto me amabas.</p> <p>Arturo guardó un breve silencio. Alexia añadió:</p> <p>—Lo hice para saber si estabas dispuesto a...</p> <p>—¿A qué, Alexia?</p> <p>—¡A bajar al Abismo de la Muerte para rescatarme!</p> <p>—¿Esperabas que fuese a buscarte?</p> <p>—Tenía que asegurarme de que el hombre con el que iba a unirme entraría en el peor lugar del mundo. Adentrarse en las tinieblas, cogerme de la mano y sacarme de allí.</p> <p>Arturo no salía de su asombro. La revelación de Alexia le había desconcertado por completo.</p> <p>—¿Y si no lo hubiese hecho? —preguntó Arturo.</p> <p>—Lo que cuenta es que no dudaste en descender al Abismo de la Muerte, para poner en peligro tu existencia, tu alma y tu cordura. Hiciste todo lo necesario para traerme de vuelta a tu lado. Estoy segura de que Ratala no lo hubiera hecho. Pocos hombres harían esto por la mujer que aman. El solo quería el poder que represento como hija de Demónicus. Tú, en cambio, querías mi amor. Por eso estamos juntos.</p> <p>—Siempre has ido por delante de mí. Me hechizaste, me diste la pócima de la docilidad, peleaste conmigo sin mostrar tu personalidad, te dejaste matar y me pusiste a prueba.</p> <p>—¡Dos veces, Arturo! ¡Te he puesto a prueba dos veces!</p> <p>—Pero, Alexia... la causante de tu segunda muerte fue tu madre.</p> <p>—Mientras me obligaba a matar a Émedi, ella me advertía de que a partir de entonces me odiarías y de que no volverías al Abismo de la Muerte para traerme de vuelta a este mundo. Pero se equivocó. ¡Hiciste mucho más! Cuando estabas ciego entraste en las entrañas de un volcán, corriste peligros y encontraste a Arquitamius. A pesar de que maté a tu madre, me has traído de vuelta a tu lado. Sé que me quieres y nadie me convencerá de lo contrario. Ahora somos dos en uno. Sé que puedo poner mi vida en tus manos y no hay muchas personas que puedan decir lo mismo.</p> <p>—¿Como tus padres?</p> <p>—Sí, igual que ellos, que saben que nunca se traicionarían. Somos dos caras de la misma moneda, como el sol y la luna que iluminan la tierra día y noche. Tú eres el sol y yo la luna...</p> <p>—El símbolo de los alquimistas —dijo Arturo.</p> <p>—Sí —confirmó Alexia—. El símbolo de la vida. Luz y calor. Oro y plata.</p> <p>—Ellos buscan la piedra filosofal, la fuente de la eterna juventud.</p> <p>—Buscan el amor, Arturo. La resurrección es un acto de amor. Solo cuando amas a otro eres capaz de luchar a muerte y de poner tu propia existencia en peligro para devolverle la vida. Y si está muerto, luchas con más ahínco para traerlo de vuelta.</p> <p>—Hablas con sabiduría —sentenció Arturo.</p> <p>—La experiencia y los libros nos hacen sabios Y la escritura lo transmite.</p> <p>—Pero el reino de Demónicus odia los libros. Tú misma me dijiste que están llenos de mentiras, que son el peor mal de este mundo...</p> <p>—Querido Arturo, para dominar un reino como el de Demónicus es necesario mantener la ignorancia. Si la gente no lee es más fácilmente domeñable. Combaten y mueren por ti... aunque nosotros sabemos que los libros son la sangre de este mundo. Si conocieras la gran biblioteca de mis padres, te asombrarías —desveló Alexia.</p> <p>—Pero Demónika era un reino de torturas, de mutantes, de horror, de bestias...</p> <p>—Es verdad. Esa era la cara conocida, la oscura. Sin embargo, también hay una cara oculta... ¿Empiezas a comprender?</p> <p>—Empiezo a amarte aún más —dijo Arturo—. Eres un pozo de sorpresas. Cada día descubro en ti cosas increíbles.</p> <p>—Pretendo que me quieras durante mucho tiempo, Arturo... durante muchos años...</p> <p>—Así será.</p> <p>—Durante muchos siglos... Lo nuestro es eterno, Arturo. Y nos esperan grandes dificultades.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>X</p> <p>S<style name="versalita">IN MÁSCARAS</style></p> </h3> <p>Horacio no me ha quitado los ojos de encima desde que hemos entrado en clase. Tengo la sensación de que va a pasar algo que no me gustará. Conozco bien su mirada y sé que no significa nada bueno. No creo que me haya perdonado la burla que le hice en la fiesta de Mireia.</p> <p>—No te preocupes —dice Metáfora—. Haz como si no existiera.</p> <p>—No puedo. Me llama con la mirada.</p> <p>—Eso es una tontería tuya. Nadie llama con los ojos.</p> <p>—Tú sí.</p> <p>—¿Qué has dicho?</p> <p>—Digo que tú me llamas con la mirada. Y me das órdenes.</p> <p>—Eso lo dices porque me comprendes bien e interpretas mis deseos —explica—. Es normal. Los chicos enamorados hacen siempre lo que quieren sus chicas. Por eso obedecen. En cambio, tú no estás enamorado de Horacio, así que no le hagas caso.</p> <p>Intento distraerme con otros pensamientos, pero me resulta imposible. Creo que, en el fondo, tengo ganas de enfrentarme con él. Su acoso ya empieza a pesarme.</p> <p>Sofía, la profesora de Historia, nos cuenta algo relacionado con los griegos, pero no le presto demasiada atención. Hoy no estoy para lecciones de historia. Me dan igual los dioses, el olimpo y todo lo demás.</p> <p>Menos mal que ha llegado la hora del recreo.</p> <p>Bajamos al patio y nos encontramos con Cristóbal, que, como siempre, corre hacia nosotros.</p> <p>—Todo el mundo comenta lo de la fiesta de Mireia —dice—. Eso de ridiculizar a Horacio te va a traer problemas.</p> <p>—No fue nada —respondo, sin dar importancia al hecho—. No me gustan las peleas.</p> <p>—Le tomaste el pelo a base de bien.</p> <p>—No digas eso, Cristóbal —le reprendo—. Cualquiera puede pensar que he provocado yo el incidente.</p> <p>—Arturo solo intentó salir airoso de la situación —añade Metáfora—. Sin riñas ni nada. Y lo hizo muy bien.</p> <p>—Vaya, mira quién viene por ahí... —señala Cristóbal.</p> <p>Es Mireia, que se acerca con una de sus cínicas sonrisas en los labios.</p> <p>—Hola, chicos —dice, en plan amistoso—. He venido a pediros disculpas por lo del otro día. Lo siento, pero ya sabéis lo que pasa en las fiestas. A veces la gente se pone un poco borde.</p> <p>—Fue una provocación en toda regla —insiste Metáfora—. Menos mal que Arturo supo reaccionar con inteligencia.</p> <p>—Eso es verdad. Lo hizo muy bien. Y me gustó mucho que supiera evitar una pelea en mi casa. Imaginaos la que se hubiera montado si mis padres se enteran de que la policía pudo haberse presentado. No quiero ni pensarlo.</p> <p>—¿Que quieres exactamente, Mireia? —pregunta Metáfora.</p> <p>—He venido a disculparme en nombre de Horacio y sus amigos. Creo que hay que hacer las paces y lo mejor sería que nos tomáramos algo juntos.</p> <p>—¿Bromeas? ¿Después de lo que ha pasado? —exclama Metáfora—. ¿Quieres darles otra oportunidad para que provoquen a Arturo?</p> <p>—Por favor, Metáfora, no exageres.</p> <p>—Si queréis, yo puedo hacer de juez —se ofrece Cristóbal—. Si sucede algo, yo lo impediré.</p> <p>Mireia le mira con desdén.</p> <p>—Bueno, lo mejor es dejarlo. Cuando estéis algo más relajados, lo intentaré de nuevo —recula Mireia—. Os noto muy agresivos.</p> <p>—Oye, ya está bien de lanzar dardos —replica Metáfora—, ¡Los agresivos son ellos!</p> <p>—¿Me acompañas, Cristóbal? —dice Mireia, como si no hubiera oído a Metáfora—. Tengo que hablar contigo.</p> <p>—Claro. ¿De qué?</p> <p>Vemos con cierta preocupación cómo se marchan. Mireia ya trató de seducirme e intentó que Metáfora y yo nos enemistásemos. Ahora se ha puesto claramente del lado de Horacio. Y eso me preocupa. No son de fiar.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>He venido a la Fundación para hablar con <i>Sombra</i>. Hace tiempo que quería intercambiar algunas ideas con él. Espero que no se asuste cuando me vea aparecer por aquí, de noche.</p> <p>Salto por encima de las barreras de protección que los bomberos han colocado alrededor de las ruinas y que delimitan las zonas de peligro, que no son pocas, y me acerco hasta donde se supone que vive. Pero no está.</p> <p>Esperaba encontrarle en esa especie de chabola que se ha construido y que espero que no se le caiga encima. Ni rastro. Seguramente anda por ahí dentro en busca de libros u objetos que puedan servirnos.</p> <p>Aunque sé que debería esperarle aquí, voy a ir a buscarle. Casi siempre está en la biblioteca entre libros y pergaminos, así que voy a acercarme hasta allí.</p> <p>Subo lentamente el tramo de escalera que aún está en pie y entro en lo que queda de la biblioteca. El espectáculo es desolador. Todavía hay montones de libros entre los restos, desparramados. Muchos se quemaron y otros se llevaron a casa de <i>Escoria</i>, y de ahí al monasterio. Parece que las estanterías que todavía están en pie van a romperse de un momento a otro. Apenas queda rastro de lo que fue: una magnífica biblioteca llena de ejemplares de gran valor que recibía visitas de todas partes para realizar consultas. Si papá la viera en este estado, se llevaría un gran disgusto.</p> <p>Doy un par de vueltas, pero no veo a <i>Sombra</i>. Estoy seguro de que no ha salido a la calle, así que debe de estar en algún sitio. Desciendo hasta el segundo sótano, donde hay algunas luces encendidas.</p> <p>La puerta está abierta. Entro sin llamar. Llego a la sala del sarcófago de mi madre, donde todo sigue igual de revuelto. La noche de la explosión, cuando entré a buscar a papá, a Norma y a <i>Sombra</i>, entre la gran nube de polvo se adivinaba el desastre en que se había convertido: paredes rotas, columnas en el suelo... un verdadero destrozo.</p> <p>Sigue sin aparecer. Ya empiezo a preocuparme. Sé que no saldría de la Fundación sin avisarme. Nunca he comprendido muy bien esa afición por estar entre estas cuatro paredes, salvo para cosas muy importantes... <i>Sombra</i> siempre ha sido un personaje misterioso que no ha dejado entrever ni un milímetro de su vida privada. Nunca he conseguido averiguar algo de él. No hace una sola referencia a aspecto alguno de su vida que no sea su trabajo en la Fundación. ¿Dónde se habrá metido?</p> <p>¡En la cueva! ¡Claro, es el único sitio posible! ¿Cómo no lo he pensado antes?</p> <p>Bajo al sótano inferior y entro en la escalera que lleva a la cueva. Contengo las ganas de llamarle a gritos.</p> <p>Me acerco al riachuelo, pero tampoco lo veo... La espada permanece clavada en la roca negra, igual que cuando luché con Stromber, hace más de un año.</p> <p>¡Ahí está Sombra!</p> <p>Estoy a punto de llamarle cuando algo me llama la atención. ¿Qué hace? ¿Qué pasa aquí?</p> <p>Recoge piedra negra para molerla, como hacía Arquimaes en mis sueños... ¡No puede ser! ¡Está...! ¡Está fabricando tinta! ¡Tinta adragoniana y alquímica! ¡La tinta de Arquimaes! No lo entiendo. ¿Por qué?</p> <p>—¿Qué haces, <i>Sombra</i>? —le pregunto antes de que me vea.</p> <p>—Una mezcla mágica de agua y polvo negro —responde.</p> <p>—Es tinta adragoniana, ¿verdad?</p> <p>Me mira sin decir nada. No puede negarlo.</p> <p>—¿Para qué es? —le increpo.</p> <p>Se levanta pausadamente, se acerca y dice:</p> <p>—Para ti, para tu ejército, Arturo.</p> <p>—¿Qué dices? ¿De qué ejército hablas? Yo no necesito tinta.</p> <p>—Claro que necesitas. Cada día más. ¿Cómo crees que sobrevives? ¿Cómo crees que ganarás esta batalla?</p> <p>—No te entiendo, <i>Sombra</i>. No sé de qué hablas.</p> <p>—No deberías haber bajado aquí esta noche —me reprende, como si hubiera cometido un sacrilegio—. Nunca deberías haber visto esto.</p> <p>—No importa: no se lo diré a nadie —le aseguro—. Ya sabes que no me gusta habar más de la cuenta.</p> <p>—No me preocupa que se lo cuentes a otros, sino que lo hayas visto tú.</p> <p>—No he visto nada. Solo estás fabricando tinta como la de Arquimaes. ¿Para qué la haces?</p> <p>—Para que pueda sobrevivir al paso del tiempo —dice señalando mi cara... mi dibujo. ¿Acaso hace tinta para mi dragón?</p> <p>—¿Lo comprendes? —me pregunta.</p> <p><i>—No</i>, Sombra.</p> <p>Me mira con una sonrisa maliciosa. Señala a Adragón con el dedo y dice:</p> <p>—Ven, Adragón. Ven a mí.</p> <p>El dragón se despega de mi frente y vuela hasta que se posa sobre su mano. Entonces pone el recipiente de tinta a su alcance y Adragón se empapa en tinta.</p> <p>—¿Lo ves? Es para alimentarle. Para eso hago la tinta de polvo de dragón. Para él.</p> <p>—¿Fabricas tinta para alimentar a un dibujo? —pregunto, atónito.</p> <p>—Para mantenerle vivo y para que pueda protegerte, Arturo Adragón.</p> <p>Adragón me mira, silencioso.</p> <p>—El es tu guardián —explica—. Y yo soy el suyo.</p> <p>Mete un pequeño cuenco en el riachuelo y lo llena de agua. Después echa una pizca de polvo negro que ha desprendido de una piedra y, con un mortero, mezcla los dos elementos.</p> <p>—La tinta mágica sale de aquí, Arturo. Con ella se escriben letras que adquieren un gran poder. A veces esa tinta se adhiere a la piel y su poder se multiplica. Por eso eres un ser especial. La tinta alquímica te hace diferente del resto.</p> <p>—¿El agua y las rocas tienen poder?</p> <p>—Las rocas negras son restos de dragones fosilizados. Son su alma. Cuando se combinan con agua, se convierten en tinta. Si se transforman en letras, adquieren un poder inimaginable. Cobran tanta fuerza que ningún otro poder puede superarlas.</p> <p>—La roca negra procede de... ¿restos de dragón? —interpelo, sorprendido.</p> <p>—Exactamente. En esta gruta, un dragón quedó fosilizado. Con el paso del tiempo, su cuerpo se deshizo y se convirtió en roca y polvo.</p> <p>La tinta es adragoniana; por eso es mágica y otorga la inmortalidad. Alimento a Adragón con ella.</p> <p>—¿Quién eres, <i>Sombra</i>?</p> <p>—Ya lo sabes. Me conoces desde hace muchos años. Soy un monje ambrosiano que ha dedicado su vida a cuidar de la familia Adragón.</p> <p>—Eso y nada es lo mismo —insisto—. Quiero que me cuentes quién eres de verdad y quién se esconde detrás de esa capucha y de ese hábito. ¿Por qué te encargas de alimentar a Adragón?</p> <p>Se retira unos metros, se queda quieto y se quita la capucha.</p> <p>—Soy tu maestro, Arturo. Quien te ha dado la inmortalidad.</p> <p>—¿Mi maestro?... ¿Arquitamius? No puede ser. En mis sueños...</p> <p>—No te confundas, Arturo. Esto es la vida real.</p> <p>Me mantengo en silencio durante un rato. Cierro los ojos y trato de invocar al Arquitamius de mis sueños, quien, de repente, cobra vida en la oscuridad. ¡Es <i>Sombrai</i>—¡Maestro! —exclamo, mientras abro los ojos y las dos figuras se funden en una sola—. ¡Maestro Arquitamius!</p> <p><i>Sombra</i> sonríe levemente como si aceptara mis palabras. Ahora las cosas están claras. El maestro de los maestros ha estado a mi lado toda la vida. Si hay alguien capaz de resucitar a mi madre, ese es él.</p> <p>—Llevo años intentando resucitar a tu madre, Arturo —dice, como si me hubiera leído el pensamiento—. Pero hasta el momento me ha resultado imposible.</p> <p>—¿Qué te lo impide? ¿Acaso no eres un gran alquimista capaz de todo?</p> <p>—Hay algo que no comprendo —admite—. Es como si algo... le impidiera...</p> <p>—¿Volver? ¿Es eso?</p> <p>—Sí, como si no pudiera salir del Abismo de la Muerte.</p> <p>—¿Qué se lo impide? ¿Quién no la deja salir de allí? —pregunto, un poco agobiado—. ¿Puedo bajar a buscarla?</p> <p>—No. Eso no serviría de nada. Antes tenemos que averiguar qué fuerzas ocultas le prohíben reaccionar a nuestros conjuros.</p> <p>—¿Tienes alguna idea de quién puede ser?</p> <p>—No —reconoce—. He pensado en todas las posibilidades, pero no encuentro la verdadera causa.</p> <p><i>Sombra</i> me mira en silencio. No sé si se ha quedado sin argumentos o prefiere guardárselos. Adragón se mantiene erguido, sobre su mano, como si esperara una orden.</p> <p>—¿Sabe mi padre quién eres?</p> <p>—Naturalmente. Hemos sido cómplices durante todos estos años.</p> <p>—¿Por qué me lo habéis ocultado?</p> <p>—Cada cosa a su tiempo, Arturo. Mientras intentábamos resucitar a tu madre, yo quería convertirte en rey de Férenix, pero él no. Mi misión es intentarlo. Así lo he hecho con todos los miembros de tu familia desde...</p> <p>—¿Desde que el primer Arturo Adragón tuvo un hijo?</p> <p>—Sí. Desde entonces he servido a esta familia.</p> <p>—¿Al abuelo también?</p> <p>—Claro, pero él se volvió loco. Tu padre ha sufrido mucho con todo esto.</p> <p>—¿Yo también acabaré desquiciado y recluido en un manicomio? —pregunto, temeroso de la respuesta.</p> <p>—Espero que no. Si todo va bien, serás rey de Férenix, o de Arquimia, llámalo como quieras, y la pesadilla terminará.</p> <p>—Estoy al límite de mis fuerzas. No sé si podré cumplir con mi destino.</p> <p>—Podrás. Yo te ayudaré y te enseñaré.</p> <p>—El abad me ha hablado de un centro de salud mental donde está mi abuelo. ¿Qué sabes de él?</p> <p>—Perdió la cordura hace muchos años. Es lo único que puedo decirte.</p> <p>—Quiero ir a verle. ¿Qué opinas?</p> <p>—Podría ayudarte a aclarar las ideas, aunque me temo que a tu padre no le va a gustar.</p> <p>—Me da igual.</p> <p>Me mira con cariño, como si yo fuese un familiar suyo.</p> <p>—¿Cuántos años tienes, <i>Sombra</i>? ¿Mil? —le pregunto.</p> <p>Se mantiene en silencio mientras agita el mortero.</p> <p>—Bastantes más, amigo mío. Pero eso ahora no importa —dice dulcemente—. Lo que cuenta es que tú también eres inmortal y vivirás durante muchos siglos.</p> <p>—Mi padre teme que me maten. No lo entiendo.</p> <p>—Los inmortales podemos morir. Tenemos un punto débil. Es uno de los grandes secretos alquímicos que ahora no te voy a revelar. Tu padre sabe que puedes fenecer. Por eso ha vendido el apellido a Stromber, para que te deje en paz.</p> <p>—¿Ha hecho un pacto con él?</p> <p>—Sí, aunque Stromber se niega a cumplirlo. Ese hombre quiere ocupar tu lugar. Quiere ser tú y poseer tu dragón a cualquier precio.</p> <p>—Mi dragón... eso es algo que no entiendo... ¿Cómo ha llegado a mi rostro?</p> <p>—Apareció en tu cara hace años, cuando naciste. El dibujo ha crecido contigo. Todos los Adragón están señalados con ese símbolo.</p> <p>—Mi padre no lo tiene.</p> <p>—Lo tuvo, pero se esfumó. Perdió todos sus poderes cuando se casó con tu madre. Renunció a Adragón por amor. Reyna le amaba, pero no soportaba la idea de casarse con alguien inmortal. Cuando tu padre renunció a Adragón, se convirtió en una persona normal. Prefirió casarse con tu madre antes que perderla.</p> <p>—Metáfora también ha estado enfadada conmigo por ese mismo motivo. Le ha costado mucho aceptar que tengo ese poder. Creo que, si todo va bien, se casará conmigo en el futuro.</p> <p>—Estoy al corriente. He hablado con ella y me lo ha dicho —comenta.</p> <p>—¿Sabes que tiene letras en el cuerpo? ¿Cómo es posible?</p> <p>—Lo sé, estoy informado. Sé cómo han llegado a su piel, pero no puedo explicártelo. Ya te enterarás cuando llegue el momento. Ahora que has descubierto mi secreto, voy a enseñarte muchas cosas para que llegues a ser rey. Debes estar preparado. Tienes muchos enemigos que esperan el momento adecuado para atacarte. Más de los que te imaginas.</p> <p>—No sé si quiero ser rey.</p> <p>—Hay circunstancias que están por encima de nuestras propias querencias. Tienes que aprender a manejar tus poderes. Y yo soy tu maestro. Para eso estoy aquí, contigo, desde hace mucho tiempo.</p> <p>—Acataré tus órdenes, <i>Sombra</i> —digo—. Estoy preparado para aprender cuanto quieras enseñarme.</p> <p>Adragón se vuelve a colocar sobre mi rostro y siento su energía.</p> <p>—No puedes hablar con nadie de lo que has visto hoy aquí —me advierte—. Es un secreto entre tú y yo.</p> <p>—¿Ni siquiera con Metáfora?</p> <p>—¡No! ¡Absolutamente con nadie! Ni con tu padre, ni con Tránsito, ni con nadie...</p> <p>Mientras pienso en todo lo que acabo de ver y escuchar, observo mi imagen, que se refleja en el agua transparente. El silencio es absoluto y solo nos acompaña el eco de algunas de nuestras palabras. Nadie sabe que estamos aquí y tengo la sensación de que jamás voy a salir de este lugar.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XI</p> <p>P<style name="versalita">OR LA LIBERTAD DE </style>C<style name="versalita">ARTHACIA</style></p> </h3> <p>Siempre que un ejército se pone en marcha, la tierra tiembla porque sabe que tendrá que abrirse para las tumbas de los muertos que, con seguridad, habrá de alojar. Así ocurrió una mañana de intensa nevada, cuando el Ejército Negro se puso en marcha. Arturo Adragón iba en cabeza, seguido del legítimo rey de Carthacia y de sus oficiales. Después de tantas batallas echaba de menos a Crispín. Su fiel escudero cabalgaba ahora junto a la Legión Alexia, a la que pertenecía.</p> <p>—Tardaremos casi una semana en llegar —advirtió Leónidas—. La nieve dificulta la marcha y somos muchos.</p> <p>—He enviado patrullas para que detecten y eliminen a los vigías demoniquianos que habrán colocado para espiarnos —añadió Puño de Hierro—. Cuanta menos información tengan sobre nosotros, mejor.</p> <p>—Habéis hecho muy bien —asintió Arturo—. Espero que esta batalla sea corta y poco sangrienta.</p> <p>—Tiene que serlo. Después de las batallas de Demónika y Émedia, no pueden quedarles muchos hombres —argumentó Leónidas.</p> <p>—Si planificamos bien el ataque, ni siquiera tendremos necesidad de sitiar la ciudad —explicó el rey Aquilion.</p> <p>—Es lo primero que haremos —le contradijo Arturo—. Quiero que piensen justamente lo contrario de lo que haremos, que crean que vamos a sitiarlos y que no tenemos prisa. Después lanzaremos un ataque sorpresa, cuando menos se lo esperen.</p> <p>—Es una buena estrategia, Arturo —reconoció Arquimaes—. Pero quizá Arquitamius y yo podamos colaborar en el éxito de esta misión.</p> <p>—Eso espero —dijo Arturo—. Ojalá podáis evitar más muertes.</p> <p>—El objetivo es reconquistar la ciudad, no vengarnos —le recordó el alquimista—. Recuérdalo.</p> <p>—Así lo haremos. Pero Alexander de Fer tiene que recibir su merecido. Nos engañó, secuestró a la reina y es culpable de su muerte.</p> <p>—Te recuerdo que ahora está viva —respondió Arquimaes—. Olvida lo que pasó.</p> <p>—Sí, maestro. Eso intento —dijo Arturo.</p> <p>El ejército siguió su lenta y penosa marcha sin incidentes. Los observadores demoniquianos que fueron detectados cayeron bajo las flechas de los arqueros del Ejército Negro.</p> <p>Después de tres días, los soldados empezaron a acusar el cansancio, por lo que Arturo decidió parar durante un día. La cercanía de la batalla los tenía muy nerviosos y convenía que sus oficiales los tranquilizaran.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Górgula y Escorpio, por orden expresa de Morfidio, vieron salir al Ejército Negro del recinto ambrosiano, con Arturo Adragón a la cabeza.</p> <p>Se habían camuflado entre la gente y vitoreaban a los soldados, igual que los demás.</p> <p>—Esto retrasa nuestros planes —dijo Escorpio—. Sin Arturo no vale la pena entrar en la cueva.</p> <p>—Podemos coger lo que nos interesa —propuso la bruja—. Y dejar que el conde se ocupe de Arturo más tarde. Quizá sea un buen momento; seguro que habrá menos vigilancia.</p> <p>Górgula sintió una punzada en las tripas mientras miraba a la reina Émedi, que montaba un hermoso caballo blanco y estaba rodeada de su guardia personal, junto a Arquimaes. Se imaginó a sí misma en el lugar de la reina Émediana, junto al alquimista.</p> <p>—¿Qué hacemos? —insistió Escorpio—. ¿Qué le decimos al conde?</p> <p>—¡Me da igual lo que haga ese malnacido! —respondió de mal humor—, ¡Dile lo que quieras!</p> <p>—Te gustaría estar en su lugar, ¿eh? —susurró maliciosamente Escorpio, al ver el mal rato que Górgula pasaba—. Esa mujer es una reina de verdad que despide a su marido y a su hijo. ¡Una gran reina! No como tú, que eres un despojo.</p> <p>—¡Qué sabrás tú! —le regañó la hechicera—. ¡Si hubieras sufrido lo que yo, no te burlarías de mí!</p> <p>—¡Tú no has tenido marido ni hijo al que querer, bruja! —le escupió el espía—. ¡No te puedes comparar con ella! ¡Si la hubieras visto luchar en Émedia! ¿Sabes que ella sola mató a un dragón y salió, espada en mano, a luchar contra los demoniquianos para defender a su vástago? ¿Habrías hecho tú lo mismo? ¿Te jugarías la vida por tu hijo?</p> <p>Górgula, que se sintió apabullada por la majestuosa presencia de Émedi, dio un empujón a Escorpio y desapareció entre la multitud. El espía se acercó aún más a la cabecera de la marcha y pudo distinguir a Arturo. Entonces se percató de que las quemaduras que el conde le había hecho sobre el rostro habían desaparecido.</p> <p>Cuando le vio liderar a aquel ejército, triunfante, con la vista recuperada y rodeado de amigos y familiares, se enfureció terriblemente.</p> <p>«¡Yo soy tu hermano mayor y quien debería estar en tu lugar, Arturo Adragón!», murmuró para sí. «¡Y tú, padre, que me has privado de mis derechos, te juro que te lo haré pagar caro!».</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Al atardecer del séptimo día, el Ejército Negro divisó la gran muralla protectora de Carthacia, donde no habían recibido ningún aviso de la llegada de este, ya que los espías habían sido aniquilados por los hombres de Puño de Hierro.</p> <p>En cuanto distinguieron los primeros estandartes en la línea del horizonte, los centinelas dieron la voz de alarma y las veinte puertas de la ciudad se cerraron con poderosas trancas de madera reforzadas con hierro.</p> <p>Arturo Adragón y sus oficiales se instalaron en lo más alto de una colina, de manera que fueran visibles desde lejos. Los estandartes negros con el símbolo de Adragón ondearon al viento para dejar bien claro a los ocupantes de Carthacia cuáles eran sus intenciones.</p> <p>—Que empiece el asedio —ordenó Arturo—. Que piensen que vamos a mantenerlos encerrados y que vamos a estar aquí mucho tiempo.</p> <p>Leónidas dio la orden a sus oficiales, que partieron a caballo para hacer cumplir las instrucciones de su comandante en jefe.</p> <p>El Ejército Negro inició su despliegue alrededor de Carthacia, bajo la mirada triste del rey Aquilion, que sabía que muchos carthacianos iban a morir.</p> <p>—Nunca hubiera imaginado que participaría en un ataque contra mi propia ciudad —dijo, muy apenado.</p> <p>—Es una hermosa ciudad —afirmó Arturo—. Le devolveremos la libertad.</p> <p>—Espero que no mueran muchos carthacianos.</p> <p>—Haremos lo posible por preservar la vida de sus gentes —añadió Arturo—. Volverás a ser rey y nuestro aliado. Te ayudaremos a reconstruir los daños. Pero, si queremos ganar, tenemos que ser contundentes.</p> <p>—Todavía no he agradecido tu gesto de ayuda. Los Émedianos, o arquimianos, como os hacéis llamar ahora, os habéis portado con honor y habéis cumplido el pacto que teníamos. Sois buenos aliados.</p> <p>—Y lo seguiremos siendo cuando recuperes el control de tu ciudad. Carthacia será otra vez independiente y tú volverás a ser su monarca —le aseguró Arturo.</p> <p>Arquimaes se acercó a Aquilion y lo reconfortó con una copa de vino.</p> <p>—Majestad, deberíais contarnos cuáles son los puntos débiles de Carthacia —le instó el alquimista—. Hemos de intentar reconquistarla con el menor coste de vidas posible. Además no queremos correr el riesgo de que los demoniquianos, al verse vencidos, la incendien y la saqueen. Hemos de ser rápidos como el rayo.</p> <p>La evocación de la imagen de una Carthacia incendiada y destruida como Troya puso los pelos de punta al monarca, que se mostró dispuesto a colaborar. Durante horas, contó a Arquimaes todo lo que, a su modo de ver, podía ayudar a una rápida reconquista de la ciudad.</p> <p>Esa misma noche, cuando los centinelas de Carthacia vieron cómo las fogatas Émedianas se extendían a su alrededor, comprendieron que el asedio era una realidad. Y se sintieron inquietos.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XII</p> <p>E<style name="versalita">SCORIA NOS NECESITA</style></p> </h3> <p>Salgo de la Fundación impactado por la conversación con <i>Sombra</i>. Nunca hubiera imaginado nada de lo que me ha contado. Es asombroso, como si mis sueños se hicieran realidad.</p> <p>De repente veo que <i>Patacoja</i> viene hacia mí todo lo rápido que puede, con los brazos en alto y dando gritos. Parece nervioso.</p> <p>—¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí a estas horas? —le pregunto—, ¡Es casi medianoche!</p> <p>—He venido porque es urgente —responde, un poco nervioso.</p> <p>—¿Qué ocurre?</p> <p>—¡Me ha llamado <i>Escorial</i> ¡Está asustada! ¡Dice que unos tipos rondan cerca de su casa!</p> <p>—¿Han entrado? ¿Le han hecho algo?</p> <p>—Espero que no, pero te aseguro que estaba muerta de miedo.</p> <p>—Quizá solo quieran asustarla —digo, en un intento de aplacar los nervios.</p> <p><i>—Escoria</i> no se deja asustar tan fácilmente. Si ha llamado es por algo. Además sabe que puede contar con nosotros. Tenemos que ir a verla —insiste.</p> <p>Tomamos la calle que lleva a la casa de <i>Escoria</i>. Es muy tarde; apenas hay gente y casi no hay tráfico. Entre jadeos llegamos a la esquina y nos detenemos a observar. <i>Patacoja</i> acusa el esfuerzo por su cojera.</p> <p>Reina el silencio. El edificio de <i>Escoria</i> está a oscuras y no se ve ningún movimiento. Todo parece tranquilo.</p> <p>—Voy a llamar a Adela —dice <i>Patacoja</i> en voz baja—. Es mejor que venga.</p> <p>—No hace falta. Ya nos ocupamos nosotros. Nos bastamos solos. Además no hay tiempo; esto es urgente.</p> <p>—No sabemos cuántos son —dice—. Pueden estar armados.</p> <p>—Vamos a verlo —sugiero.</p> <p>Nos pegamos a la pared y nos deslizamos en la oscuridad. Logramos alcanzar el hueco por el que solemos entrar y me asomo, pero no veo nada. Ni siquiera hay gatos.</p> <p>—Esto no me gusta —le comento—. Espera aquí. Voy a entrar.</p> <p>—No te dejaré solo.</p> <p>—¡No te muevas de aquí! ¡Yo me ocupo!</p> <p>Me dispongo a penetrar en el patio cuando, de repente, la habitación de los ordenadores se ilumina.</p> <p>—¡Socorro! —chilla <i>Escoria</i> aterrada—, ¡Auxilio!</p> <p>¡Fuego! ¡Le han prendido fuego!</p> <p><i>—¡Escorial</i> —grito—. ¡Estoy aquí! ¡Voy a ayudarte!</p> <p>Me dirijo hacia ella, dispuesto a salvarla, pero tres figuras oscuras salen hacia mí y, sin darme tiempo a apartarme, me golpean y me tiran al suelo. ¡Me han pillado por sorpresa!</p> <p>—¡Canallas! —grita <i>Patacoja</i>, que acude en mi ayuda—. ¿Qué habéis hecho?</p> <p>Pero los tipos no se detienen y siguen su camino. De un empujón, le arrojan al suelo y se da un buen golpe en la espalda.</p> <p>—¡Socorro! —grita <i>Escoria</i> mientras sale al patio envuelta en llamas—. ¡Ayuda!</p> <p><i>Escoria</i> se remueve como una fiera salvaje. Sus gritos son estremecedores y me encogen el corazón. Me levanto y corro hacia ella dispuesto a ayudarla. <i>Patacoja</i> puede esperar.</p> <p>—¡Adragón! —grito mientras me desabrocho el chaquetón—. ¡Ven!</p> <p>El dragón se despega y las letras le siguen. Rodean a <i>Escoria</i>, que no deja de saltar. La empujan sobre sí misma y la hacen rodar por el suelo hasta que sofocan el fuego. <i>Escoria</i> tiembla, presa de un ataque de pánico.</p> <p><i>Patacoja</i> se acerca para ayudarla.</p> <p>—¡Tranquila! ¡Estamos contigo! —grita <i>Patacoja</i>—. ¡Estás a salvo!</p> <p>—¿Estás bien? —le pregunto.</p> <p>No habla; solo se queja. Está en estado de <i>shock</i>.</p> <p>—¡Escorial —<i>exclama</i> Patacoja—. <i>¡Háblame!</i></p> <p>—¡Háblanos! —le pido.</p> <p>—¡Me duele! —jadea—. ¡Es horrible!</p> <p>—¡Voy a llamar a una ambulancia! —dice <i>Patacoja</i> mientras marca un número de teléfono.</p> <p>Adragón y las letras han formado una muralla a nuestro alrededor por si se produce un nuevo ataque. Me incorporo, atento a lo que pueda suceder, pero no veo a nadie. Es como si se hubieran esfumado. No me fio. La experiencia me ha demostrado que las cosas nunca son lo que parecen.</p> <p>—¿Hospital Central? ¡Es una urgencia! —dice <i>Patacoja</i>—. Hay una mujer herida con quemaduras... Por favor...</p> <p>Mientras <i>Patacoja</i> da instrucciones para que la ambulancia llegue con toda rapidez, yo me ocupo de <i>Escoria</i>, que se encuentra bastante mal.</p> <p>—¿Qué es eso? —pregunta <i>Escoria</i>, al ver a Adragón y a su ejército—. ¿Es magia?</p> <p>—No te preocupes. Piensa en ti —le digo—. Es lo único que importa. ¿Qué ha pasado?</p> <p>—Arturo... Arturo... —dice entre quejidos—. Este ataque lo ha ordenado alguien muy importante.</p> <p>—¿Quién? —le pregunto—. ¿Sabes quién ha sido?</p> <p>—No tengo pruebas, pero debes protegerte. Van a por ti. Quieren eliminarte...</p> <p>—Ya lo sé, pero me falta saber quién está detrás. ¿Por qué quieren matarme?</p> <p>—Quieren impedir que seas rey. Busca a los que han intentado quemarme... Ellos saben mucho...</p> <p>—¿Les has visto la cara?</p> <p>—Creo que he reconocido a... Caster. El que os disparó...</p> <p><img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i4"/>—Bien, tranquilízate. Ahora debemos llevarte al hospital para que te curen. La policía se ocupará de detenerlos.</p> <p>—¡Hazlo tú! —casi me ordena—. ¡Atrápalos!</p> <p>—Está bien... Lo haré.</p> <p>—Yo me ocupo de ella —dice <i>Patacoja</i>—. ¡Agarra a esos desalmados!</p> <p>Me levanto y extiendo los brazos. Adragón ordena a las letras que me eleven. Una vez arriba, planeo sobre el barrio hasta que veo tres sombras que corren a toda velocidad por los callejones del casco antiguo.</p> <p>Me acerco y espero a ver adonde van, pero uno de ellos me descubre.</p> <p>—¡Eh! ¿Qué es eso? —grita.</p> <p>—¡No lo sé, pero hay que matarlo! —ordena otro, con una pistola en la mano—. ¡Fuego!</p> <p>Los tres tipos disparan contra mí... Estoy tranquilo. Ni me molesto en esquivar las balas. Sé que Adragón se ocupa de ellas. ¡Bang! ¡Bang!</p> <p>—¡Deteneos! —grito—. ¡Entregaos!</p> <p>¡Más disparos!</p> <p>—¡Adragón! ¡Detenlos!</p> <p>El dragón baja hacia ellos, gira a su alrededor y, antes de que les dé tiempo a reaccionar, agarra el brazo del que va delante, le da un tirón y lo arroja al suelo. Después se enfrenta con el segundo hombre y, con la cola, le lanza un latigazo en pleno rostro.</p> <p>¡Bang!</p> <p>Pero el tercero sigue empeñado en dispararme.</p> <p>Doy un giro, me sitúo a su espalda y me abalanzo sobre él.</p> <p>—¡Ya basta! —le digo cuando aterrizo—. ¡Deja esa pistola!</p> <p>—¡Te voy a...!</p> <p>No puede terminar. Las letras le envuelven y le desarman. Ahora los tres están en el suelo, aterrorizados, desconcertados e indefensos.</p> <p>—¡Hola, Caster! —le saludo—. ¿Qué haces por aquí? ¿Quién te ha enviado?</p> <p>—¡Quítame este monstruo! —suplica—. ¡Me hace daño!</p> <p>—¿Qué es eso? —grita el segundo—. ¿Qué vas a hacer con nosotros?</p> <p>—¡Déjanos en paz! ¡No hemos hecho nada!</p> <p>—¿Nada? ¿Quemar a una persona os parece poco? ¿Queréis que alguien os haga lo mismo? ¿Eh?</p> <p>—¡Ha sido un accidente!</p> <p>—Ella lo provocó.</p> <p>—¡Solo queríamos hablar!</p> <p>—¿De qué, amigo Caster? —les pregunto con rabia—. ¿Para quién trabajas?</p> <p>—¡Eso no te importa! ¡No te metas!</p> <p>Adragón se coloca frente a su cara y le enseña los dientes.</p> <p>—¿Para qué queríais hablar con ella?</p> <p>—Nos han pagado... Teníamos que hacerle algunas preguntas.</p> <p>—¿Cuáles? —digo—. ¿Qué clase de preguntas?</p> <p>—Sobre... sobre algunas cosas que ha robado —responde.</p> <p>—¡Esa mujer no ha robado nada! ¡No se mete con nadie! —le grito, al asirle de la pechera—. ¡No me mientas!</p> <p>—¡Digo la verdad!</p> <p>—¡Mientes! ¡Habéis venido para hacerle daño! ¡Sois unos miserables! ¿Quién os ha mandado?</p> <p>—Alguien que quiere saber cosas... Pero no le conocemos.</p> <p>—¿Alguien? ¿Un hombre? ¿Tu jefe?</p> <p>—¡No! ¡No es mi jefe!</p> <p>—No lo sabemos... Nos enviaron el dinero...</p> <p>—¿Qué ibais a hacer? —les presiono.</p> <p>—¡Y yo qué sé! ¡Solo teníamos que...!</p> <p>—¡Quemarla viva! ¡Para eso habéis venido! —grito, muy indignado—. ¡Adragón!</p> <p>El dragón le agarra un brazo con los dientes y lo eleva. Una vez arriba, a unos diez metros del suelo, le digo:</p> <p>—¡O me dices quién os ha pagado o le digo que te suelte! ¡Decídete, Caster!</p> <p>—¡No lo sé!</p> <p>—¡Sí lo sabes! ¡Contaré hasta tres! ¡Uno! ¡Dos!...</p> <p>—¡Vale! Te lo diré... Te lo diré... ¡Pero dile que me baje al suelo...!</p> <p>—¡Dímelo antes!</p> <p>—¡Demetrio! ¡Me iba a ascender a cambio de prender fuego a esa mujer! ¡Me explicó que era una estafadora que arruinaba a mucha gente!</p> <p>—¡Déjenos ir! ¡Nosotros no hemos hecho nada! —pide otro.</p> <p>—¡Habéis quemado a una mujer y habéis puesto su vida en peligro! —les recuerdo—. ¡Os voy a entregar a la policía!</p> <p>—No servirá de nada. ¡Ni siquiera nos encerrarán! ¡Estamos protegidos!</p> <p>—Me alegro de que me lo digas —reconozco—. Gracias por la información.</p> <p>Levanto la mano y ordeno a Adragón que lo deposite en el suelo.</p> <p>—Os voy a dejar libres a cambio de que abandonéis Férenix —les advierto—. Si os vuelvo a ver, os aseguro que nadie podrá protegeros de mi amigo. ¿Entendido?</p> <p>—¡Sí, sí! ¡Te juro que no nos volverás a ver! —dice Caster atropelladamente.</p> <p>—¡Entregadme vuestras carteras! —ordeno, mientras Adragón les roza el rostro—. ¡Antes de que me enfade! ¡Vamos!</p> <p>Las arrojan al suelo, muertos de miedo.</p> <p>—¡Largo de aquí, miserables!</p> <p>Se levantan y, a la carrera, se pierden entre los oscuros callejones.</p> <p>En realidad ellos no me importan, pero tengo el convencimiento de que sus jefes volverán a intentarlo de nuevo.</p> <p>Cuando vuelvo a casa de <i>Escoria</i>, hay una ambulancia y un par de coches de policía.</p> <p>—¿Qué tal está? —le pregunto a <i>Patacoja</i>—. ¿Es grave?</p> <p>—Parece que no. Dicen que estará bien en unos días. De momento la conducen al hospital para observarla —explica—. Solo se ha quemado la ropa y el fuego apenas la ha afectado. Es la ventaja de que haga tanto frío y de que llevase puestas tantas prendas. Eso y tu rápida ayuda la han salvado.</p> <p>—Vaya, me alegro.</p> <p>—Yo también —dice, un poco nervioso.</p> <p>Poco después, las ambulancias y los policías se marchan. <i>Patacoja</i> y yo damos un paseo hasta mi casa.</p> <p>Cuando entro, me encuentro con una carta a mi nombre. Es del hermano Tránsito:</p> <p>Querido Arturo: en vista de que tienes mucho interés por conocer a tu abuelo, y como considero que ese encuentro puede ser muy provechoso para todos, te adjunto la dirección del centro de salud en el que está internado...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIII</p> <p><style name="versalita">CARA A CARA CON DE </style>F<style name="versalita">ER</style></p> </h3> <p>Carthacia estaba sitiada por los cuatro puntos cardinales y nadie podía entrar o salir. Los demoniquianos, sorprendidos por la táctica de Arturo, empezaron a preguntarse cuánto tiempo permanecerían encerrados o si debían salir a atacar para romper el cerco. Además, los soldados del Ejército Negro no dejaban de moverse, por lo que resultaba imposible hacer un cálculo exacto de cuántos eran.</p> <p>Arturo envió a Leónidas, acompañado de seis hombres armados, hasta la puerta principal de la ciudad para parlamentar.</p> <p>—¿Qué queréis? —preguntó un oficial demoniquiano—. ¿Para qué habéis venido?</p> <p>—Nos manda nuestro comandante en jefe. Traemos un mensaje para el caballero Alexander de Fer.</p> <p>—Dime de qué se trata y yo mismo se lo entregaré.</p> <p>—Tengo que dárselo en persona —respondió Leónidas—. Si tiene miedo de hablar conmigo, daré la vuelta y me marcharé. Seguro que a mi señor le encantará saber que es un cobarde.</p> <p>—Aguarda un poco, mensajero —corrigió el capitán—. Espera.</p> <p>El hombre desapareció tras la almena. Pasado un instante, volvió acompañado.</p> <p>—¡Yo soy Alexander de Fer! —gritó el caballero pelirrojo—. ¿Qué quieres de mí?</p> <p>—Vengo a decirte que Arturo Adragón desea entrevistarse contigo.</p> <p>—Dile que venga, hablaremos aquí mismo.</p> <p>—¿Qué garantías tiene de que no le atacaréis si accede?</p> <p>—¡Te doy mi palabra de honor!</p> <p>—Eso es lo único que no vale. Perdiste tu honor cuando secuestraste a la reina Émedi. No eres precisamente un hombre de palabra —replicó Leónidas con arrojo.</p> <p>—Si tu señor es un cobarde que teme acercarse aquí, que no venga. Pero no te daré otras garantías.</p> <p>—Hay una que puedes ofrecer. Sal de la ciudad y entrevistaos en campo abierto. En terreno neutral. Si tienes miedo no aceptes, aliado de Demónicus.</p> <p>—Tu señor sabe que no le temo. Ya hemos cruzado el acero. Así que dile que le espero en el camino, fuera del alcance de mis hombres... y de los suyos.</p> <p>—¡Así sea! —gritó Leónidas, girando su caballo y partiendo hacia su campamento, seguido por su escolta.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo reconoció inmediatamente la silueta de Alexander de Fer en el jinete que salía de Carthacia montado en un imponente caballo de color azabache. Lo hubiera distinguido entre mil. A pesar de que lo había visto pocas veces, ya que se quedó ciego al poco tiempo de conocerlo, sus gestos y su porte le resultaban inconfundibles.</p> <p>Alexander también lo identificó enseguida. Incluso con la cara tapada por la visera del yelmo, la figura de Arturo era tan familiar que lo habría reconocido entre todo un ejército.</p> <p>Alexander se acercó hasta Arturo, que le esperaba en la explanada, quieto, con las bridas de su caballo bien sujetas, recubierto de una pesada cota de malla y con refuerzos en la cara y en el cuello.</p> <p>—Hola, Arturo —dijo el carthaciano—. Volvemos a encontrarnos.</p> <p>—Y a vernos —respondió Arturo, levantando la visera para dejar su rostro al descubierto—. Ahora estamos en igualdad de condiciones.</p> <p>—¡Puedes ver! —exclamó Alexander, como si no creyera lo que tenía delante.</p> <p>—¡Sí! ¡Y puedo ver tu cara de traidor!</p> <p>—Vaya, se ve que tu amigo el alquimista ha hecho un buen trabajo —reconoció Alexander—. Felicítale de mi parte.</p> <p>—No creo que Arquimaes quiera recibir nada tuyo —dijo Arturo, muy despectivo—. Te conoce y sabe que no puede venir nada bueno de ti.</p> <p>—Como desees —contestó el carthaciano—. ¿Qué quieres? ¿O has venido solo para insultarme?</p> <p>—He venido a retarte. Si te queda algo de honor, te invito a que luches conmigo. El que gane se queda con Carthacia. Así evitaremos muchas muertes.</p> <p>—No quiero combatir contigo.</p> <p>—Veo que has recuperado la mano que te corté la última vez que nos enfrentamos, cuando huiste. Supongo que es obra de Demónicia. Un pago por tu traición.</p> <p>—Sí. Ella me ha devuelto lo que tú me quitaste —respondió con rabia el caballero Alexander—. ¡Funciona muy bien!</p> <p>—Entonces no tienes excusa. ¡Pelea conmigo como un caballero!</p> <p>—Sé que mis palabras no servirán de nada, pero quiero que sepas que he lamentado mil veces haber traicionado vuestra confianza. No sabes lo que he llorado por haber cometido la felonía de secuestrar a Émedi.</p> <p>—¿Esperas que te crea, De Fer? ¡Luchemos!</p> <p>—No es un buen momento. Antes debo prepararme.</p> <p>—Quieres decir que tienes que armarte con trucos de hechicería para combatir conmigo —ironizó Arturo—. El último te salvó de la muerte.</p> <p>—Te conozco, Arturo Adragón. Y sé que ese animal de tu cara es algo más que un simple dibujo. Tú tienes tu magia y yo tengo la mía.</p> <p>—Con magia o sin ella, luchemos —le increpó Arturo.</p> <p>—Me llevas demasiada ventaja, Arturo —dijo Alexander, mientras hacía recular a su caballo—. Ya habrá ocasión de pelear. Algún día nos veremos las caras.</p> <p>—¡Eres un cobarde! ¡Ven aquí!</p> <p>—Ni hablar. Me salvaste la vida y yo pude matar a Émedi cuando era mi prisionera, pero no lo hice. Así que estamos en paz.</p> <p>—Si te vas habrá guerra.</p> <p>—También si me quedo. Demónicia está conmigo y no entregará esta ciudad. Y menos para que ese cobarde de Aquilion vuelva a reinar.</p> <p>—¡Aquilion no es un cobarde!</p> <p>—Entregó Carthacia a sus enemigos sin luchar. Y ha ido a pediros ayuda para recuperar lo que no supo conservar. ¡Adiós!</p> <p>Arturo, impotente, vio cómo el carthaciano se alejaba, dándole la espalda.</p> <p>—¡Eso significa la guerra! —le gritó.</p> <p>—¡Os esperamos! ¡Estamos preparados! —respondió Alexander.</p> <p>—¡No tardaremos en vernos las caras de nuevo!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Morfidio terminó de beber el vino que quedaba en la copa.</p> <p>—Esperaremos a que vuelva —determinó—. Cuando me marche de aquí, debo dejar su cadáver en ese riachuelo.</p> <p>—¿Qué hacemos mientras tanto, mi señor? —preguntó Escorpio.</p> <p>—Seguir igual que hasta ahora. Sin llamar la atención, sin meternos en líos. Hemos conseguido pasar desapercibidos y debemos seguir así.</p> <p>—Entonces no hacemos nada y nos quedamos quietos —resumió Górgula—, como las serpientes.</p> <p>—Eso es. Yo tengo que hacer un viaje —anunció Morfidio—. Os avisaré. ¿De acuerdo?</p> <p>—¿Podemos saber adonde iremos? —interrogó Escorpio.</p> <p>—A mi castillo, que fue de mi padre y te entregaré cuando todo esto termine y haya conseguido lo que busco —informó el conde—. Así lo conocerás.</p> <p>Escorpio no respondió. No encontró ninguna ventaja en contarle que ya conocía su castillo, que había estado allí muchas veces, al viajar con los monjes en busca de limosnas y apoyo, cuando iba de pueblo en pueblo.</p> <p>¿De que le serviría decir que recordaba a su padre, el conde Idio, como uno de los más despreciables personajes con los que se había encontrado en aquellos viajes?</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIV</p> <p>L<style name="versalita">A VISITA PROMETIDA</style></p> </h3> <p>El autobús se detiene y abre las puertas. Entonces, Metáfora y yo descendemos. Somos los únicos en bajar y nos encontramos solos en la parada.</p> <p>Tenemos que abrigarnos debido al intenso frío que corre por la calle principal de Dracfort, la ciudad en la que, según el abad Tránsito, mi abuelo está internado.</p> <p>Estoy un poco nervioso, ya que no sé qué tal le sentará mi visita.</p> <p>Nos acercamos a un plano de la ciudad que está pegado en una marquesina. Vemos que la calle que busco está en las afueras, justo en el lado opuesto.</p> <p>—Deberíamos coger un taxi —sugiere Metáfora—. Parece que la residencia está lejos.</p> <p>—Sí, tienes razón. Es lo mejor.</p> <p>Detenemos a uno que circula lentamente, en busca de clientes. La idea de Metáfora ha resultado ser extraordinariamente buena, ya que el viaje ha sido largo. Si hubiéramos venido andando, todavía estaríamos ateridos y a mitad de camino.</p> <p>—Tendremos que llamar por el telefonillo —explica el taxista deteniéndose ante la verja de hierro, que está cerrada—. Si me permiten entrar, os dejaré delante del edificio.</p> <p>—Buena idea —reconozco—. Con este frío conviene resguardarse.</p> <p>—Claro que sí —añade el hombre, apretando el botón del telefonino—. A ver si hay alguien.</p> <p>—¿Quiénes son ustedes y qué desean? —pregunta una voz metálica que surge del altavoz.</p> <p>—Hola, buenos días... Me llamo Arturo Adragón y vengo a hacer una visita a mi abuelo...</p> <p>—¿Vienes a visitar a Arturo Adragón? ¿Al viejo Adragón? —pregunta sorprendida—. ¿Eres su nieto?</p> <p>—Sí, señora... vengo de Férenix... Mi padre dirige la Fundación... Ya sabe, la biblioteca medieval.</p> <p>—Espera un momento...</p> <p>Un leve chasquido indica que la puerta se acaba de desbloquear.</p> <p>—Pueden pasar —autoriza la voz, al cabo de unos interminables segundos—. Pero no salgan del coche hasta que lleguen al edificio principal.</p> <p>La verja de hierro se abre automáticamente haciendo chirriar las bisagras. El vehículo rueda sobre el camino de gravilla, haciendo un ruido peculiar que me pone un poco nervioso.</p> <p>Después de cruzar un sendero que atraviesa un bosquecillo, llegamos a una pequeña plaza en la que hay un gran edificio de color blanco.</p> <p>Un vigilante armado nos espera delante de la puerta, al pie de la escalera. Cuando el coche se detiene, el hombre se acerca y nos la abre.</p> <p>—¿Señor Adragón?</p> <p>—Sí, soy yo.</p> <p>—¿Quiere acompañarme, por favor?</p> <p>Antes de salir, pago al taxista con un billete y espero a que me devuelva el sobrante.</p> <p>—Si me da un número de teléfono, le llamaré cuando terminemos. Tenemos que coger el autobús de las cinco.</p> <p>—Gracias —dice, y me da una tarjeta con sus datos—. Muy amable.</p> <p>Metáfora ha bajado y aguarda a que me reúna con ella. Los tres subimos la escalera mientras el taxi se aleja y se pierde de vista, entre la arboleda que rodea el edificio.</p> <p>—La señora Meyer los espera en su despacho —dice el vigilante—. Si quieren, pueden dejar sus prendas en recepción.</p> <p>Después nos dirigimos al primer piso.</p> <p>Una enfermera se hace cargo de nuestros chaquetones mientras el guardia de seguridad no deja de mirarnos ni un solo segundo. La temperatura interior es cálida y el ambiente resulta francamente acogedor.</p> <p>Entramos en el despacho de la señora Meyer, que nos recibe con una sonrisa.</p> <p>—Así que tú eres Arturo Adragón, nieto —dice—. Me alegra conocerte.</p> <p>—Gracias. He venido a conocer a mi abuelo... Tengo ganas de hablar con él... Nunca le he visto.</p> <p>—¿Sabe tu padre que has venido? ¿Tienes su permiso?</p> <p>—Oh, claro que lo sabe —digo—. Ha esperado a que tuviera quince años para dejarme verlo. Es mi regalo de cumpleaños.</p> <p>—Debo advertirte de que está muy mayor y que le cuesta trabajo coordinar su lenguaje. Olvida cosas que han pasado y habla de otras que no existen. No te dejes llevar por sus palabras, pueden confundirte. Y no creas todo lo que dice, la fantasía le desborda.</p> <p>—¿Tiene alzheimer? —pregunta Metáfora.</p> <p>—¿Eres también de la familia Adragón? —pregunta a su vez la señorita Meyer—. ¿Cómo te llamas?</p> <p>—Me llamo Metáfora Caballero y soy como de la familia Adragón. Arturo y yo vamos a ser hermanastros dentro de poco.</p> <p>—Mi padre y su madre se van a casar —explico.</p> <p>—Qué le pasa al abuelo Adragón? —prosigue Metáfora.</p> <p>—Digamos que ha perdido la cabeza, por decirlo de manera suave —responde fríamente—. Eso es lo que le ocurre.</p> <p>—¿Qué significa exactamente? —le interpelo—. ¿Qué síntomas presenta?</p> <p>—Que no controla lo que dice y que tiene tendencia a fabular.</p> <p>—¿Podemos verlo ya? —pregunto—. Tenemos poco tiempo...</p> <p>—Hay que esperar a que desayune —indica—. Además tenemos que avisarle de esta visita inesperada... Hay que ir con cuidado... Hubiera sido mejor que tu padre nos hubiese llamado con antelación.</p> <p>—Tiene razón: discúlpeme. Mi padre me ha dado permiso a última hora —me justifico—. Y con las ganas de venir...</p> <p>La señorita Meyer me mira con un leve toque de reproche, pero no dice nada.</p> <p>Después nos acompaña hasta una sala de espera y nos pide paciencia.</p> <p>—Esperad aquí, por favor. Mandaré a una enfermera cuando llegue el momento.</p> <p>Cierra la puerta al salir, lo que significa que no podemos movernos de allí hasta que nos autoricen.</p> <p>—Un poco seca la señora Meyer, ¿no? —dice Metáfora.</p> <p>—Y que lo digas...</p> <p>—Me parece que no le ha hecho gracia que vengamos a ver a tu abuelo.</p> <p>—Eso creo. Tengo la misma impresión que tú.</p> <p>—Ya descubriremos los motivos —asegura—. No lo entiendo.</p> <p>Media hora después, la puerta se abre.</p> <p>—El señor Adragón os va a recibir en su habitación —nos anuncia la señorita Meyer, que viene acompañada de una enfermera que parece un sargento de marines, vestida con bata blanca—. Es mejor para todos. Así se sentirá más cómodo.</p> <p>—¿Es idea suya o son ustedes los que lo han organizado así? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Señorita Caballero, le recuerdo que usted no es familia de don Arturo Adragón, así que no voy a responder a sus requerimientos —alega con bastante mal talante—. Vayan con la enfermera y sigan sus instrucciones, por favor.</p> <p>Subimos en el ascensor hasta el tercer piso. Allí salimos a un larguísimo pasillo.</p> <p>—Debe de ser complicado para las personas mayores vivir aquí —dice Metáfora—. Este pasillo es tan largo...</p> <p>—Aquí están alojados los que tienen dificultades de movilidad —señala la sanitaria—. El señor Adragón no sale nunca de su habitación.</p> <p>Vaya, esa es una información que la señorita Meyer se había reservado.</p> <p>—Supongo que paseará por el jardín —digo—. Alguna vez saldrá.</p> <p>—Hace años que el señor Adragón no sale del edificio. Realiza casi toda su vida en su habitación y solo la deja cuando es necesario.</p> <p>—¿Necesario? ¿Cuándo es necesario? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Eso lo decide la señorita Meyer. Yo solo cumplo órdenes.</p> <p>Llegamos al final del pasillo y nos detenemos ante una puerta que tiene una chapa en la que han grabado el apellido Adragón.</p> <p>—Bueno, jovencitos, aquí está la persona a la que han venido a ver —anuncia la enfermera—. Les daremos una hora.</p> <p>—Es posible que tengamos que estar un poco más. Nunca nos hemos visto y tenemos muchas cosas de qué hablar —digo.</p> <p>—Su abuelo no está en condiciones de sufrir experiencias fuertes. Y esta visita lo es. Se cansa mucho. Tienen una hora justa, ni un minuto más, ¿entendido?</p> <p>Como no es el momento de discutir, asiento con la cabeza. Cuando llegue el momento, si me conviene, ya protestaré. Ahora no quiero darles la ocasión de que me impidan verle.</p> <p>—Pueden pasar —dice mientras abre la puerta—. Esperaré aquí, por si acaso.</p> <p>—Por si acaso, ¿qué? —cuestiono, un poco insolente.</p> <p>—Por si acaso... Ya pueden entrar... No pierdan tiempo.</p> <p>Creo que tiene razón. Es mejor no perder ni un minuto. De todas formas, ¿a qué obedecen tantas dificultades para ver a mi propio abuelo?</p> <p>Empujo la puerta y doy un paso adelante. Una luz blanca entra por la ventana e inunda la habitación. Al fondo se distingue la silueta de una persona que está sentada en una silla, sin moverse.</p> <p>—¿Abuelo? Hola, soy yo, Arturo, tu nieto... el que vive en Férenix.</p> <p>Me acerco a él y me mira con indiferencia, como si estuviese en otro mundo y todo le diese igual. Permanece en su butaca mientras yo, para no asustarle, me muevo con la lentitud de un muñeco de cuerda.</p> <p>—Hola, abuelo... He venido a conocerte...</p> <p>No mueve un solo músculo. Me ignora por completo.</p> <p>—Papá me ha hablado de ti y tenía ganas de verte... He venido con una amiga... Se llama Metáfora...</p> <p>—Hola, señor Adragón... —dice suavemente.</p> <p>—Si no te importa, me voy a sentar a tu lado —susurro—. Quiero hablarte de mamá. De Reyna.</p> <p>Por primera vez he notado que se ha movido un poco.</p> <p>—Ya sabes que murió hace años... El día que yo nací... En Egipto...</p> <p>Creo que es mejor esperar un poco para que asimile mis palabras. Voy a darle tiempo.</p> <p>Metáfora, que está detrás de mí, me mira y le hago una señal para que cierre la puerta.</p> <p>—Escucha, abuelo, quiero hablarte de algo muy importante... He llegado a la conclusión de que soy inmortal...</p> <p>Sigue paralizado. Mis últimas palabras no le han producido ningún efecto.</p> <p>—Su nieto Arturo sufre mucho —dice Metáfora, según se le acerca—. Le pasan cosas muy raras, por eso necesita hablar con usted. Quiere hacerle algunas preguntas.</p> <p>Curiosamente, noto que tiene la respiración muy agitada. Supongo que no tiene nada de extraordinario. La señorita Meyer nos avisó de sus deficiencias, pero lo cierto es que parece el resuello de alguien que está nervioso.</p> <p>—¿Estás enamorado? —pregunta inesperadamente el abuelo.</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué dices? —pregunto.</p> <p>—¡Me has oído perfectamente! —gruñe.</p> <p>—Pues no sé...</p> <p>—¡Dile la verdad! —apunta Metáfora—. ¡Dísela!</p> <p>El abuelo mueve una mano y señala a Metáfora.</p> <p>—¿Estás enamorado de esta chica? —pregunta.</p> <p>Metáfora da un paso adelante y se sienta a su lado, en una silla.</p> <p>—Está enamorado de mí, pero no se atreve a confesarlo —suelta, como si estuviera convencida de lo que dice—. Es muy frío para estas cosas.</p> <p>Veo que el abuelo la observa con sus ojos vacíos, como si le hiciera una radiografía.</p> <p>—Uno de sus problemas es la timidez —añade Metáfora—. Es incapaz de decir lo que siente.</p> <p>—¿Qué otros problemas tiene? —pregunta el anciano—. ¿Qué le pasa a este chico?</p> <p>—De todo, abuelo. Está repleto de problemas —dice—. El peor es que no se atreve a reconocer que está loco por mí.</p> <p>—Haz el favor de no exagerar, Metáfora, que yo no estoy enamorado de...</p> <p>—¿Para qué has venido? —ruge el abuelo—. ¿Para qué has venido a verme? ¿Qué quieres de mí?</p> <p>—¿Pasa algo ahí dentro? —grita la enfermera desde el otro lado de la puerta—. ¿Me necesitan?</p> <p>—No, no, todo va bien —respondo—. No se preocupe.</p> <p>El viejo se cierra en sí mismo y deja de hablar.</p> <p>Metáfora le coge la mano derecha e intenta hacerle reaccionar.</p> <p>—Arturo le quiere mucho, abuelo —dice con ternura—. Pero pasa por un mal momento y necesita su consejo, para eso ha venido.</p> <p>—Yo no puedo ayudarle.</p> <p>—Si usted no puede, nadie puede...</p> <p>—¿Qué quiere de mí? No tengo nada que decirle. Yo ya he sufrido mucho.</p> <p>Me arrimo a la mesa, me apoyo y, en tono confidencial, le digo:</p> <p>—Abuelo, ¿tienes sueños?</p> <p>—Claro, todo el mundo los tiene.</p> <p>—Me refiero a sueños intensos. Sobre la Edad Media... Ya sabes, sueños en los que eres inmortal... Sueños en los que aparecen Arquimaes, Demónicus...</p> <p>Silencio.</p> <p>—Arturo vive una vida paralela —añade Metáfora—. Es como si tuviese dos vidas, la real y la de los sueños. Y quiere saber si es de familia, si es hereditario. ¿Tiene usted también sueños?</p> <p>—¿En qué mundo está enamorado de ti? —pregunta finalmente—. ¿En este o en el otro?</p> <p>—Pues yo creo que en los dos... Porque a veces me ha hablado de otra chica... Una tal Alexia, la hija de Demónicia, ¿no, Arturo?</p> <p>—¡Demónicia! —susurra el abuelo.</p> <p>—¿La conoces? —le pregunto—, ¿Has soñado con ella?</p> <p>—¡Esa bruja maldita! ¡Me embrujó! ¡Nos embrujó a todos!</p> <p>—Cuéntame, abuelo, cuéntame... ¿Sueñas aún?</p> <p>—¡Maldita sea! ¡No hay forma de librarse de ellos! ¡Son una maldición!</p> <p>—¿Sabes si Arturo Adragón tuvo hijos? —intento averiguar.</p> <p>—¡Solo sé que esos sueños me volvieron loco! ¡No los pude soportar! ¡Maldigo el linaje Adragón!</p> <p>—¿Tuviste este dragón dibujado en el rostro?</p> <p>—¡Condenado animal! ¡Es nuestra maldición! ¡Hay que librarse de él! ¡Arquimaes lo inventó para darnos el poder de la inmortalidad! ¡Pero lo hemos pagado muy caro!</p> <p>—¿Qué pasó, abuelo? ¿Qué te ha pasado? —insisto.</p> <p>Me mira con otros ojos. Es como si hubiera recobrado la lucidez.</p> <p>—Arturo, no te cases, no tengas hijos. ¡Es un castigo!</p> <p>—Pero yo quiero perpetuar nuestro linaje —respondo—. Dentro de unos años quiero tener hijos.</p> <p>—¡Si, dentro de un tiempo queremos casarnos y formar una familia! —reafirma Metáfora.</p> <p>—¡No lo hagáis! ¡Antes debéis renunciar a Adragón! ¡Renunciad! ¡Renunciad! ¡Demónicus volverá! ¡Está al acecho!</p> <p>—Por favor, abuelo...</p> <p>—¡No pude resistir esos sueños! ¡Me volví loco y me encerraron aquí! ¡Nunca volveré a salir! —exclama dando un puñetazo sobre la mesa—. ¡Me han desquiciado! ¡Ese dibujo atrae la desgracia!</p> <p>La puerta se abre de golpe. La señorita Meyer, acompañada de la enfermera jefe y del vigilante, entran sin llamar y nos interrumpen.</p> <p>—¡Tienen que salir de aquí ahora mismo! —ordena—. ¡O lo hacen por las buenas o los sacamos por las malas!</p> <p>—Pero ¿qué pasa? —pregunto.</p> <p>El guardia de seguridad nos agarra del brazo y nos saca de la habitación mientras la enfermera, con una jeringuilla en las manos, entra y cierra la puerta.</p> <p>—¡Síganme! —ordena la señorita Meyer.</p> <p>Cuando entramos en su despacho, nos invita a sentarnos. Está visiblemente enfadada.</p> <p>—¡Me has engañado! —me recrimina—. ¡No tenías permiso de tu padre! ¡He hablado con él y me ha dicho que no sabe nada de tu visita a este centro!</p> <p>—Bueno, es verdad que no sabe nada, pero también es cierto que soy nieto del abuelo Adragón y que tengo derecho a visitarle cuando me dé la gana —respondo con tranquilidad, como si su presión no me afectara.</p> <p>—Te equivocas, jovencito. Necesitas la autorización paterna para entrar aquí. Te recuerdo que él es quien paga las facturas, no tú. El es nuestro cliente.</p> <p>—Usted no puede prohibirle visitar a su abuelo —interviene Metáfora—. Nadie puede impedirle que...</p> <p>—¿Ah, no? ¿Crees que cualquiera puede acceder aquí sin nuestro consentimiento? Te recuerdo que esto es propiedad privada.</p> <p>—Y yo le recuerdo que Arturo es nieto de Arturo y usted no puede tratarle de esta manera —advierte Metáfora.</p> <p>—Me da exactamente igual. Ahora vais a salir de aquí —dice la señorita Meyer—. Y no quiero volver a veros, porque si entráis de nuevo, os aseguro que seré yo quien llame a la policía, ¿entendido?</p> <p>El vigilante se acerca a mi silla y pone la mano sobre el respaldo, lo que me hace comprender que la hora de partir ha llegado.</p> <p>—Gracias por su colaboración —digo antes de salir del despacho—. Siento haberle traído problemas, pero debe usted comprender que yo necesitaba hablar con mi abuelo.</p> <p>—No es asunto mío —responde con tono severo—. Habla con tu padre y pídele permiso. Si él lo autoriza, podrás verle cada vez que quieras.</p> <p>—Eso es lo que haré.</p> <p>Metáfora y yo salimos al jardín seguidos por el guardia, que no nos pierde de vista ni un instante.</p> <p>Saco la tarjeta y marco el número del taxista en mi móvil.</p> <p>—Hola, soy Arturo, el chico a quien usted ha llevado al centro de salud mental... Sí, ya hemos terminado... ¿Puede venir a buscarnos? ¿Veinte minutos? Bien, sí, gracias...</p> <p>El vigilante abre la verja y salimos del recinto. La puerta se cierra detrás de nosotros y nos quedamos afuera, en tanto esperamos el taxi.</p> <p>—Bueno, chicos, lo siento —dice a modo de despedida.</p> <p>Aguardamos la llegada del vehículo bajo su atenta mirada desde detrás de la verja.</p> <p>Veinte minutos después de mi llamada, el taxi se detiene. Subimos y, cuando arranca, saludo con la mano al vigilante. Este nos lanza una sonrisa que no sabría decir si es porque se alegra de que nos vayamos o porque nos desea suerte.</p> <p>—¿Estás contento? —pregunta Metáfora—. ¿Ha valido la pena venir?</p> <p>—Sin duda. Ahora sé cosas que no sabía —respondo—. Y eso es bueno.</p> <p>El taxi llega a una bifurcación y da un giro hacia la derecha, para llevarnos a Dracfort. Pero algo me llama la atención.</p> <p>—¿Ese cartel indicaba que por ahí se va a Drácamont? —le pregunto al taxista.</p> <p>—Exactamente. Drácamont está ahí abajo.</p> <p>—¿Muy lejos?</p> <p>—No, apenas a diez minutos.</p> <p>—Entonces, haga el favor de llevarnos allí —le pido.</p> <p>—¿Para qué vamos a Drácamont? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Dado que nuestra estancia con el abuelo ha terminado antes de lo previsto y que todavía tenemos tiempo antes de que salga el autobús, me gustaría ver al artesano que hizo aquella reproducción tan curiosa de la espada <i>Excalibur</i>. La que vimos en la tienda a la que nos llevó Cristóbal.</p> <p>—Sí, me acuerdo. Pero no sé qué esperas de él. ¿Para qué quieres verle?</p> <p>—Para que me explique en qué se inspiró para diseñar esa espada. Se parecía demasiado a la espada que...</p> <p>—La espada que está clavada en una roca negra, en el fondo de la cueva —dice—. Puede ser una casualidad.</p> <p>—Eso es exactamente lo que quiero averiguar.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XV</p> <p><style name="versalita">¡</style>P<style name="versalita">OR LA LIBERTAD!</style></p> </h3> <p>Arturo estaba montado sobre su caballo de guerra, con el escudo enlazado al brazo izquierdo y la espada alquímica en la mano derecha.</p> <p>Detrás, Leónidas, Alexia y algunos generales esperaban sus órdenes.</p> <p>A pocos metros, los soldados, nerviosos, se mantenían firmes, mientras aguardaban una señal de sus oficiales, conscientes de que aquel podía ser el último día de su vida. La batalla iba a ser dura, ya que las murallas de Carthacia tenían fama de ser inexpugnables.</p> <p>Arturo se adelantó unos metros, giró su caballo y se colocó frente a sus hombres para asegurarse de que, tras él, los muros de Carthacia eran bien visibles.</p> <p>—¡Soldados del Ejército Negro! —gritó—. ¡La lucha por la libertad reclama de nuevo nuestro sacrificio! ¡Volvemos a enfrentarnos con ese hechicero! ¡Pero esta vez, además, vamos a pelear con el Gran Traidor! ¡Alexander de Fer, el hombre que secuestró a vuestra reina! ¡Así que hoy vamos a hacer justicia! ¡Conquistemos Carthacia para nuestro aliado, el rey Aquilion! ¡Conquistemos Carthacia para recuperar nuestra dignidad! ¡Por Émedi!</p> <p>Todos gritaron a la vez y sus voces llegaron a la muralla. Allí, Demónicia, acompañada de Alexander, Tránsito y su plana mayor, los observaban, incapaces de comprender por qué habían abandonado la idea del asedio para colocarse en posición de asalto. Se habían concentrado ante la puerta principal y parecían dispuestos a cruzarla, sabiendo que era imposible, ya que era la más fortificada.</p> <p>—¿Por qué habrán cambiado de idea? —preguntó Tránsito.</p> <p>—Porque no saben qué hacer —respondió el general Fandor—. Primero piensan en el asedio, luego cambian de idea y ya veremos qué decisión toman al final. Yo creo que no van a atacar. Quieren asustarnos.</p> <p>—No te fíes, general —advirtió Alexander—, Arturo Adragón es un gran guerrero. Sabe lo que hace.</p> <p>—¿Te dijo algo importante durante vuestra entrevista? —preguntó Demónicia.</p> <p>—Ya os he explicado que quería luchar conmigo, pretendía que el ganador se quedara con Carthacia —respondió el caballero—. ¡Iluso!</p> <p>—¿Por qué ha cambiado de idea? Han gastado muchas fuerzas en levantar campamentos de asedio, y ahora pretende lanzar un asalto a la desesperada, sin haberlo preparado.</p> <p>—Yo creo que sí lo ha hecho —aclaró Alexander—. Ahora comprendo que ha ganado tiempo. Nos ha hecho creer una cosa para hacer otra. Ni siquiera quería combatir conmigo.</p> <p>—A lo mejor no quería luchar, pero puedes estar seguro de que sí quiere matarte —aclaró Tránsito—. Nunca olvidará la traición que cometiste.</p> <p>—Monje, aquí el mayor traidor eres tú. Has intentado asesinar a tu propio hermano y ahora estás en un lado del campo de batalla que no apoya a los monjes. No confío en ti.</p> <p>—¡Basta! —ordenó Demónicia—. ¡Estamos en el mismo bando! ¡Unid vuestras fuerzas! ¡Preparaos para la defensa! ¡Es nuestro último bastión!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arquimaes se acercó a Arturo y le hizo una señal con la mano. Entonces, el joven levantó el brazo armado y lanzó el grito que todos esperaban:</p> <p>—¡Adelante! ¡Adelante!</p> <p>Cuando todos los miembros del Ejército Negro dieron un paso adelante, la tierra volvió a temblar.</p> <p>Arturo iba en cabeza, dispuesto a lanzarse contra un enemigo que se mantenía protegido tras la poderosa muralla. Arquimaes le seguía de cerca y varios caballeros los acompañaban. Los generales iban al frente de sus batallones y Alexia dirigía la marcha de sus legionarios.</p> <p>—¡Es un ataque suicida! —exclamó Tránsito—, ¡Ni siquiera traen torres de asalto! ¿Por qué hacen eso?</p> <p>—¡Es una táctica! —respondió Demónicia—. ¡Pretenden engañarnos!</p> <p>—¡No hay engaño! —dijo Alexander, asustado—. ¡Arturo viene a matarme! ¡Seguro que tienen una estrategia!</p> <p>Miles de hombres armados se dirigían a toda velocidad hacia la muralla inexpugnable y nadie podía hacer nada para impedirlo.</p> <p>Cuando estaban a punto de alcanzar la fortificación, Arquimaes se adelantó y alzó el brazo derecho, armado con la espada plateada de Émedi.</p> <p>Desde la colina, Arquitamius, que lo observaba, extendió los brazos hacia el cielo, levantó el báculo de madera, dijo unas palabras mágicas e hizo una invocación:</p> <p>—¡Que las murallas se abran! ¡Adragón, despeja el camino!</p> <p>De su bastón salieron docenas de rayos que se dirigieron directamente contra la puerta principal, las torres y las murallas laterales. Se estrellaron contra ellas mientras saltaban chispas anaranjadas y se producía un fuego violento que parecía salir de un volcán.</p> <p>Entonces, ante la sorpresa de los demoniquianos, el acceso elegido empezó a arder y la muralla se resquebrajó. Todo ocurrió tan deprisa que apenas tuvieron tiempo para retirarse. El caos los invadió y fueron incapaces de reaccionar.</p> <p>Demónicia y sus acompañantes vieron cómo muchos de sus hombres morían cuando la muralla se hacía añicos y caía hacia dentro, a la vez que levantaba una densa polvareda.</p> <p>El Ejército Negro lanzó un grito de alegría cuando vio que tenía el paso libre. Y forzó aún más la marcha.</p> <p>—¡Adelante! —gritó Arturo, al entrar en la ciudad por el enorme boquete—. ¡La victoria es nuestra!</p> <p>Sus hombres le siguieron y, a pesar de la resistencia de algunos soldados demoniquianos, la caballería consiguió penetrar en Carthacia, con lo que abrió una brecha y desbordó todas las previsiones de los defensores.</p> <p>A la primera oleada de jinetes siguió una segunda, formada por la infantería. Mientras los caballeros despejaban el camino, los infantes se expandían por la ciudad en pelotones compuestos por veinte hombres, bajo la orden de un oficial.</p> <p>Los defensores hacían todo lo posible por impedir el avance del Ejército Negro, pero pronto quedó claro que no lo conseguirían. La invasión había comenzado y nadie podría detenerla.</p> <p>—Esta batalla está perdida —se lamentó Demónicia—. Debemos escapar. Dentro de poco serán los dueños de Carthacia.</p> <p>—Nuestros hombres están desbordados —reconoció el general Fandor—. Ellos sí que cuentan con el poder de la magia...</p> <p>—¿Me criticas, general? —rugió la Gran Hechicera.</p> <p>—¡No! —respondió Fandor, arrepentido—. ¡No quise decir eso! ¡Lo siento!</p> <p>—¡Maldito perro desagradecido! —gritó Demónicia mientras le atravesaba con un rayo verde que salió de su mano abierta—. ¡Nadie me dice lo que tengo que hacer!</p> <p>Mientras el general Fandor caía fulminado, entre gemidos, Alexander miró a Demónicia, interrogante.</p> <p>—¡Huyamos e intentemos apropiarnos de ese pergamino! —ordenó Demónicia—, ¡Me devolverá el poder!</p> <p>Los demoniquianos trataban de salir de la encerrona en la que se había convertido Carthacia, en tanto el Ejército Negro ganaba posiciones. Algunos carthacianos se habían unido y atacaban a los hombres de Demónicia, que cada vez eran menos.</p> <p>Alexia, a la cabeza de su pequeña legión, tuvo la ocasión de demostrar su valía cuando un batallón de doscientos demoniquianos se hizo fuerte en el palacio real.</p> <p>—¡Rendíos o entramos a sangre y fuego! —les advirtió.</p> <p>Pero los demoniquianos no respondieron. Se habían atrincherado tras las gruesas paredes del palacio y creyeron que estaban a salvo de cualquier ataque.</p> <p>—¡Princesa Alexia! —gritó uno de los oficiales demoniquianos—. ¡Somos hombres de tu pueblo! ¡No puedes atacarnos!</p> <p>—¡Te equivocas! ¡Soy general de la Legión Alexia del Ejército Negro y no tengo más pueblo que este!</p> <p>—¡Eres demoniquiana! ¡No puedes renunciar a tu origen!</p> <p>—¡Ya no lo soy! ¡Ahora soy guerrera y general arquimiana! ¡Y llevo el signo de Adragón pintado sobre mi rostro! ¡Arrojad las armas y salid o entramos a por vosotros!</p> <p>—¡No nos rendiremos!</p> <p>La princesa guerrera se protegió con su escudo y, espada en mano, se lanzó hacia sus enemigos.</p> <p>—¡Adelante, Legión Alexia! ¡A por ellos!</p> <p>Sin dudarlo ni un instante, sus legionarios la siguieron. Alexia abatió al primer demoniquiano que se interpuso en su camino y siguió adelante. Mientras los suyos se ocupaban de los soldados, ella se enfrentó con el oficial que la había tachado de traidora.</p> <p>—Ahora puedes decirme lo que quieras; puedes repetir tus acusaciones —le desafió mientras agitaba su espada.</p> <p>—Mantengo lo que he dicho, princesa Alexia. Para mí, aún eres la hija de Demónicus y Demónicia.</p> <p>—Y yo insisto en que pertenezco a otro pueblo. Mi corazón ha elegido un nuevo camino.</p> <p>—Entonces somos enemigos —sentenció el oficial antes de arremeter contra ella—. ¡Muere, traidora!</p> <p>Alexia se defendió con la misma furia que su oponente empleaba para abatirla. Su espada volaba de un sitio a otro con una agilidad asombrosa. Pero el demoniquiano era un experto guerrero y se defendía con bravura. Sin embargo, cuando vio que a su alrededor sus hombres caían derrotados por los legionarios alexianos, perdió todo el arrojo.</p> <p>—¡Me rindo! —exclamó tras bajar la espada—. ¡Soy tu prisionero! ¡Y mis hombres también!</p> <p>—¡Alto! —gritó Alexia al coger la espada del oficial—. ¡Estos soldados son nuestros prisioneros!</p> <p>Los demoniquianos, que ya daban su vida por perdida, no dudaron en arrojar sus armas al suelo y levantar los brazos. En pocos minutos estaban todos contra la pared y sus armas en poder de los legionarios.</p> <p>—¿Nos vais a matar? —preguntó el oficial.</p> <p>—Sois prisioneros de guerra. La Legión Alexia no ejecuta a sus prisioneros. Os entregaremos al Ejército Negro.</p> <p>Entre tanto, Arturo y su caballería habían llegado al centro de la ciudad, seguidos de cerca por la infantería. Muchos soldados de Demónicia tiraban las armas cuando se encontraban con ellos. El fulminante ataque sorpresa había dado los frutos deseados y los demoniquianos se habían desmoralizado.</p> <p>Si un ejército pierde sus jefes, pierde también la confianza en sí mismo. Por eso, cuando corrió la voz de que Demónicia, Alexander y toda la plana mayor habían escapado, los demoniquianos comprendieron que ya no valía la pena luchar. Recordaban lo que había ocurrido en Demónika y en el castillo Émediano, y su fidelidad desapareció. Prefirieron caer en manos enemigas a mantener una obediencia ciega hacia unos jefes incapaces de defenderlos.</p> <p>Antes del atardecer, el Ejército Negro había recuperado Carthacia.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVI</p> <p>E<style name="versalita">L ESPADISTA</style></p> </h3> <p>—Ahí está Drácamont —anuncia el taxista—. La verdad es que este pueblo parece anclado en la Edad Media. ¿Dónde quieren ir exactamente?</p> <p>—A esta dirección —respondo, antes de entregarle un papel mientras marco un número en mi móvil.</p> <p>—¿Estás seguro de lo que haces? —pregunta Metáfora.</p> <p>—¿Hola? Quisiera hablar con el señor Montfer, el espadista —le digo a la mujer que atiende mi llamada.</p> <p>—¿Quién es?</p> <p>—Me llamo Arturo Adragón. Telefoneé hace algún tiempo para charlar con él sobre su modelo de la espada <i>Excalibur</i>. Me dijeron que volviera a llamar más tarde.</p> <p>—El señor Montfer está muy ocupado. Tiene mucho trabajo y no se le puede molestar.</p> <p>—Escuche, por favor... Estamos en Drácamont y necesito hablar con él. Dígale que he visto la auténtica espada alquímica de Arquimaes. Dígaselo. Por favor.</p> <p>—Está bien, espere —responde después de un breve silencio.</p> <p>Un poco después, reanuda la comunicación.</p> <p>—El señor Montfer le dará cinco minutos. Ni uno más.</p> <p>—Gracias, enseguida llegamos —contesto.</p> <p>El coche entra en la calle principal del pueblo y se detiene. Después de consultar un plano, sigue adelante.</p> <p>—El sitio al que vamos está al otro lado, cerca del cementerio —dice—. Ahí debe de ser.</p> <p>Nos reciben las ruinas de un torreón, junto a un cementerio. Al lado hay una gran nave de la que sale una inmensa columna de humo. En el muro, un cartel dice: Reproducciones Artísticas Medievales.</p> <p>—Ya hemos llegado. ¿Qué hago? —pregunta el taxista.</p> <p>—Espérenos, por favor —respondo—. Creo que vamos a tardar poco.</p> <p>Salimos del vehículo y nos acercamos a la puerta. Toco el timbre y un hombre nos abre.</p> <p>—Estamos citados con el señor Montfer —le digo—. Me llamo Arturo...</p> <p>—Entren, por favor —dice el hombre—. Síganme.</p> <p>Nos guía por un largo pasillo que está adornado con vitrinas de exposición en las que se ven extraordinarias y relucientes espadas. En las paredes cuelgan dibujos y grabados medievales, que representan torneos y duelos de caballeros. Al fondo vemos una puerta en la que una mujer nos espera.</p> <p>—Dentro de cinco minutos iré a buscarlos —advierte, cortándonos el paso—. No podemos hacer perder tiempo a Montfer. Espero que no me hayan mentido sobre esa espada.</p> <p>—Es verdad —afirmo—. La he visto.</p> <p>—Pasen. Está ahí dentro. Él los acompañará.</p> <p>El hombre nos hace una seña con el dedo y entramos en la nave, donde hace un calor tremendo. Hay humo, ruido, máquinas y varias personas que trabajan allí. En el interior de un gran horno que produce un fuego intenso, un par de individuos, cubiertos por protectores, introducen vigas de acero.</p> <p>—¿Arturo Adragón? —pregunta un hombre mayor mientras descubre su rostro, tapado por una máscara protectora—. ¿Eres el verdadero Arturo Adragón?</p> <p>—Lo soy. El descendiente del primer Arturo Adragón.</p> <p>—¿Dónde está esa espada? ¿La has traído?</p> <p>—No. Pero no he dicho...</p> <p>—Me han asegurado que la traías —interrumpe, un poco desilusionado—. ¿Por qué has mentido?</p> <p>—No ha mentido —dice Metáfora, indignada—. Solo ha dicho que la había visto. Yo estaba con él.</p> <p>—¿Dónde está?</p> <p>—¿No hay otro sitio para hablar? —pregunto.</p> <p>—Seguidme.</p> <p>Salimos al jardín, que está cubierto de nieve y además está en silencio.</p> <p>—¿Cuándo puedo ver esa espada?</p> <p>—Nunca. Es un secreto familiar —respondo—. Pero le puedo contar cómo es.</p> <p>—¿Cómo sé que es verdad? —me increpa—. ¿Vienes a pedir dinero?</p> <p>—No quiero nada. Solo charlar con usted.</p> <p>—Ya lo hacemos, pero no tengo mucho tiempo. Los japoneses nos han hecho un gran pedido de armas y tenemos que cumplir las fechas. Vamos un poco retrasados.</p> <p>—La espada alquímica que yo conozco se parece mucho a la réplica de <i>Excalibur</i> que ha hecho usted. Son casi idénticas. ¿Cómo se ha documentado?</p> <p>—¿En qué se diferencian? —pregunta, impaciente.</p> <p>—La empuñadura es distinta. La original está recubierta de escamas de dragón por todas partes y el dragón tiene un cuerno, que es lo que usted no ha puesto.</p> <p>—Yo me he guiado por un dibujo —confiesa—. He reproducido la realidad.</p> <p>—Hace frío aquí —protesta Metáfora—. ¿No hay otro sitio más agradable?</p> <p>—Venid conmigo.</p> <p>Subimos una escalera de caracol. Montfer abre una puerta y nos permite entrar.</p> <p>—Es mi estudio —dice—. Es privado. Aquí diseño las armas. Continúa, chico.</p> <p>Es una habitación que no tiene ventanas, solo una cristalera desde la que se ve la nave de fabricación de la que acabamos de salir. Desde aquí puede controlar todo lo que ocurre abajo. Las paredes están llenas de dibujos clavados en corchos. Sobre algunas mesillas hay esculturas de armas, escudos y armaduras.</p> <p>—¿Para qué sirve todo esto? —pregunta Metáfora señalando los relieves—. ¿Las hace usted?</p> <p>—Primero hago un esbozo en papel y después las modelo —explica—. Yo lo hago todo.</p> <p>—¿Ese es el modelo que usa para hacer las <i>Excalibur</i>? —me intereso por un molde de yeso—. ¿En qué se basó para diseñarla?</p> <p>—Primero cuéntame lo que sabes sobre esa espada alquímica y luego te relataré algunas cosas.</p> <p>—Está bien, escuche... Su arquetipo es bueno, pero inexacto. Como digo, las escamas son de dragón, y los dragones son...</p> <p>—Serpientes. Provienen de las serpientes —dice—. Eso ya lo sé.</p> <p>—Pero Adragón no tenía la lengua bifida, tal y como la ha retratado en su obra. Además, la empuñadura es más gruesa y la boca debe estar completamente abierta, no semicerrada. Y entre los dos cuernos más grandes, hay algunos más pequeños. Por lo demás, le felicito; ha hecho usted un gran trabajo.</p> <p>—¿Qué tamaño tiene la hoja?</p> <p>—No lo sé. Nunca la he visto entera. Está clavada en una roca negra. Pero es larga y se corresponde con la suya. El tamaño parece correcto.</p> <p>—¿Sigue clavada en una roca? —pregunta con mucho interés—. ¿De verdad?</p> <p>—Es cierto —dice Metáfora—. Creemos que lleva ahí unos mil años.</p> <p>—¿Qué tengo que hacer para verla? —suplica.</p> <p>—Nada. No puede acceder a ella —respondo categórico—. Ahora, dígame en qué se inspiró para hacer una <i>Excalibur</i> igual que la alquímica.</p> <p>—Os lo voy a enseñar. Además de escultor, soy un apasionado de la Edad Media. Poseo una gran colección de objetos de esa época y, de vez en cuando, me ofrecen obras especiales, como ahora vais a comprobar.</p> <p>Se acerca a una mesa de grandes cajones y abre uno.</p> <p>—Esto vale su peso en oro, chicos. No lo ha visto casi nadie. ¡Mirad! ¡Es auténtico del siglo diez!</p> <p>Extrae una funda de cuero de la que saca un pergamino. Lo sujeta con las dos manos y lo coloca cuidadosamente sobre una mesa de madera.</p> <p>Parece de verdad un grabado del sigo X. En él se observa la imagen de una cueva en la que hay un riachuelo bordeado por rocas oscuras. En el centro, una de color negro, con forma casi humana, presenta la espada clavada en su parte superior. ¡Es la espada alquímica!</p> <p>—¿De dónde ha sacado eso? —le interrogo—, ¿De dónde proviene?</p> <p>—Es un secreto, chico. Ya sabes que en Férenix se pueden encontrar verdaderas joyas a precio razonable. Hay mucho tráfico de documentos. Un buen amigo me consiguió este grabado hace tiempo. Os garantizo que es único. Si tú no me dices dónde está la espada alquímica, yo no puedo desvelarte dónde adquiero estas joyas.</p> <p>—¿Tiene más? —pregunta Metáfora.</p> <p>—¿Tú qué crees? —contesta el hombre en tono malicioso.</p> <p>Veo que sobre el suelo, cerca del agua hay un ataúd dibujado. Me parece ver en un lateral el escudo adragoniano. Si es así, un miembro de la familia Adragón ha fallecido. O se trata de Alexia o de Émedi... no sé, no estoy seguro de nada. El dibujo lo puede haber hecho Arquimaes, quien, además de alquimista, también era bastante diestro en este arte.</p> <p>—Esto es obra de alguien que lo contempló con sus propios ojos —dice Montfer—. Es como una fotografía del siglo diez.</p> <p>—Una fotografía periodística —añade Metáfora—. Hay que ver la cantidad de detalles que hay.</p> <p>—¿Esto es lo que habéis visto? ¿Está en el mismo sitio? ¿En el mismo estado?</p> <p>Antes de responder, Metáfora y yo cruzamos una mirada.</p> <p>—La espada es igual y sigue clavada en esa roca negra —digo al fin.</p> <p>—¿En la misma cueva? ¿Habéis estado en ella?</p> <p>—No diremos nada más. Solo le confirmo que la espada es la misma y ya le he especificado los detalles que diferencian su obra de la alquímica.</p> <p>—Yo me he limitado a reproducir el dibujo —explica—. Y lo que no se ve lo he tenido que inventar.</p> <p>—¿Tiene una lupa? —le pregunto.</p> <p>—Claro —dice mientras saca una lente de una cajita de madera—. Aquí la tienes.</p> <p>Coloco el cristal de aumento sobre el boceto de la espada y veo que, efectivamente, no hay muchos pormenores. Doy un repaso al dibujo y me acerco al ataúd en busca de alguna pista, pero no hay nada nuevo. El escudo de la casa Adragón está añadido y parece que el féretro, por las vetas esbozadas, es de madera. Imposible saber quién está dentro. Aunque empiezo a pensar que no son ni Alexia ni Émedi. ¿Quién será?</p> <p>—¿Ves algo interesante? —pregunta Montfer.</p> <p>—No, nada que me llame la atención. Tiene usted razón, la empuñadura apenas tiene detalles, el dibujo es muy pequeño. ¿Sabe quién es el autor?</p> <p>—No, pero hay algunos signos sobre las rocas... No sé si tienen que ver con el nombre... Son letras sueltas... Al borde del agua.</p> <p>En efecto, aquí hay una I... una A... una R... Creo que pertenecen a Arquimaes. Tal y como imaginaba. Son las mismas letras del dibujo que nos enseñaron en el monasterio de Monte Fer.</p> <p>—En fin, ya le hemos contado todo lo que sabemos —digo, al darme cuenta de que la mujer cruza ya la nave y viene hacia nosotros.</p> <p>—Si en algún momento queréis contarme algo, no dudéis en llamarme. Contemplaré vuestros comentarios y corregiré los detalles de la espada.</p> <p>La puerta se abre y la mujer se asoma.</p> <p>—El taxista está impaciente —dice—. Os espera.</p> <p>—Gracias por todo, señor Montfer —digo, al tiempo que me dirijo hacia la puerta—. Es usted un artista.</p> <p>—Y un gran coleccionista —añade Metáfora—. Sabe mucho de armas.</p> <p>—¿De verdad que no hay forma de que vea esa espada en la roca? —insiste el señor Montfer a modo de despedida.</p> <p>Mientras el taxi sale de Drácamont, me pregunto si el que está en el ataúd será Arturo Adragón. Espero que no. Aunque, con seguridad, tiene que ser alguien importante para estar en la cueva.</p> <p>¿Alguien a quien van a resucitar?</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVII</p> <p>R<style name="versalita">ECONQUISTA</style></p> </h3> <p>Cuando Aquilion puso los pies en su palacio, todo el mundo consideró que Carthacia había sido definitivamente reconquistada.</p> <p>Los Émedianos liberaron a los soldados carthacianos que habían sido encerrados y los rearmaron. Los civiles volvieron a tomar las riendas de la ciudad y, en poco tiempo, todo volvió a la normalidad.</p> <p>Todo, menos la toma de prisioneros. Los Émedianos agruparon en el patio del palacio a todos los cautivos demoniquianos que habían logrado atrapar, pero echaron en falta a los más importantes.</p> <p>—No encontramos a Demónicia —informó Leónidas—. Ni a su plana mayor. Y lo peor: Alexander de Fer no aparece por ningún sitio. Tampoco hay huellas de Tránsito.</p> <p>—No pueden haber escapado —dijo Arturo—. Hay que buscar bien. Tienen que estar todavía en Carthacia.</p> <p>Pero estaba equivocado. No había contado con la astucia de Demónicia y sus secuaces.</p> <p>—Algunos prisioneros aseguran que han huido —insistió Leónidas—. Puede que sea verdad.</p> <p>Mientras los arquimianos intentaban localizarlos, Demónicia, Alexander, Tránsito, varios oficiales y soldados salían tranquilamente de Carthacia sin levantar la más mínima sospecha, camuflados como simples campesinos, aprovechando el gran movimiento de masas que se producía. Si los soldados del Ejército Negro hubieran puesto más atención, se habrían preguntado si esos hombres que acompañaban a un pequeño carro tirado por dos caballos eran de verdad campesinos que salían de la ciudad para huir de la batalla, o eran fugitivos demoniquianos que escapaban del castigo. Si hubieran investigado, habrían descubierto que, en realidad, eran los jefes que habían conquistado Carthacia y que ahora, después de la derrota, se retiraban como las ratas del fuego.</p> <p>—¿Hacia dónde nos dirigimos? —preguntó Alexander, cuando ya habían salido de la ciudad y se encontraban en el camino, disimulados entre la multitud que se alejaba de aquel lugar que generaba tanta violencia.</p> <p>—Lo más lejos posible —respondió la hechicera—. Tenemos que reconstruir el reino de la hechicería. Debemos reorganizarnos.</p> <p>—No nos queda ningún sitio al que ir —alegó Tránsito—. Estamos perdidos.</p> <p>—Ya encontraremos la forma de recuperarnos —contestó Demónicia Sobreviviremos.</p> <p>Los fugitivos se alejaron de Carthacia sin despertar sospechas.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Puño de Hierro, al mando de una patrulla, recorría y escudriñaba los alrededores de Carthacia, para buscar saqueadores y recuperar los valiosos botines de guerra que los demoniquianos trataban de llevarse. Daba órdenes a sus hombres, que estaban repartidos en grupos de vigilancia.</p> <p>—Hay que impedir que desvalijen Carthacia —repitió a sus soldados—. Una ciudad saqueada queda peor que después de haber sufrido la peste. Los tesoros, las riquezas y los archivos son lo más valioso. ¡Registradlo todo! ¡Que no se lleven nada!</p> <p>Las largas caravanas y los múltiples grupos que se esparcían alrededor de la ciudad eran registrados por sus hombres. Ya habían recuperado valiosos objetos y obras de arte, pero las monedas y las joyas de pequeño tamaño eran más difíciles de localizar.</p> <p>—¡No dejéis pasar nada que tenga algún valor! —ordenó a unos que registraban dos carros—, ¡Lo que es de Carthacia debe volver a Carthacia!</p> <p>—¡Eh!, ¿qué llevas aquí? —preguntó un soldado a un individuo que conducía un carro y que estaba acompañado por algunos familiares—, ¡Enséñame lo que hay aquí dentro!</p> <p>—Es una mujer herida —argumentó un hombre encorvado, envuelto en un habito de grueso lino—. No tenemos nada más.</p> <p>Puño de Hierro se acercó rápidamente y levantó el toldo trasero del carro. En el suelo, envuelto en ropas ensangrentadas, vio el cuerpo de una mujer casi inmóvil, cuyo rostro era difícil de ver. A su lado, algunos enseres sucios y desordenados se desperdigaban junto a varios bultos.</p> <p>—¿Qué le ha pasado? —preguntó el caballero—. ¿Adonde la lleváis?</p> <p>—Le cayeron encima cascotes de la muralla —explicó el hombre—. Nos dirigimos a casa de su hija. Está malherida y quiere morir junto a sus nietos.</p> <p>—Está bien, dejadlos pasar —aceptó Puño de Hierro—. Bastante gente ha muerto ya. Id en paz, buena gente.</p> <p>El carromato se puso en marcha lentamente, haciendo crujir los ejes. Los dos caballos que tiraban parecían visiblemente exhaustos. Puño de Hierro estaba a punto de irse cuando se dio cuenta de que algo no encajaba.</p> <p>—¡Esperad! —ordenó—, ¡Quiero entrar de nuevo!</p> <p>—¿Qué buscáis, mi señor? —preguntó el conductor, un poco preocupado.</p> <p>Puño de Hierro descabalgó y subió al carro. Una vez dentro, levantó la manta de la mujer herida, tratando de recodar dónde la había visto. Entonces, de entre las ropas de su amplio vestido, emergió un puñal que se clavó en su garganta a la velocidad del rayo. Ni siquiera pudo pronunciar una palabra. Pero su cuerpo cayó como un fardo y produjo un ruido que alertó a sus hombres.</p> <p>—¿Qué pasa ahí dentro? —preguntó un soldado Émediano.</p> <p>—Algo se habrá caído —dijo el conductor—. Voy a ver qué ocurre.</p> <p>—¡Déjame entrar! —ordenó el soldado, mientras acercaba su caballo a la parte trasera de la carreta.</p> <p>Pero, cuando se disponía a abrir el toldo, uno de los campesinos le golpeó con una maza que hasta entonces había llevado oculta.</p> <p>Enseguida entraron todos en combate. Los Émedianos, que habían sido sorprendidos, se llevaron la peor parte. Los diez hombres cayeron muertos sin saber contra quién habían combatido.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVIII</p> <p>L<style name="versalita">A TRAMPA</style></p> </h3> <p>Esta tarde, Metáfora y yo vamos a visitar a Escoria al hospital. Como vamos con tiempo, hemos decidido dar un paseo.</p> <p>—¿Cómo se ha tomado tu padre que hayamos ido a ver al abuelo por nuestra cuenta? —se interesa Metáfora—. ¿Se ha enfadado mucho contigo?</p> <p>—No. Ni siquiera me ha preguntado. No me ha dicho nada. Es como si, para él, esa visita jamás hubiera tenido lugar.</p> <p>—Para tu padre tiene que ser muy dura la situación en la que está tu abuelo. Hablar de ello debe de dolerle mucho.</p> <p>—Estoy seguro, pero, a pesar de todo, hay algo que no termina de encajarme, algo que mi padre no quiere contarme.</p> <p>—Oye, se me ocurre... <i>Sombra</i>, ¿cuánto tiempo lleva con vosotros?</p> <p>—Uff, muchísimo.</p> <p>—Pues seguro que sabe algo de lo que sucede con tu abuelo.</p> <p>—¡Claro! Oye, ¿te parece que antes de ver a <i>Escoria</i> le hagamos una visita a <i>Sombra</i>? Tal vez podamos sonsacarle algo.</p> <p>—¡Vamos!</p> <p>Con delicadeza, llamamos a la puerta de la improvisada chabola que <i>Sombra</i> ha levantado entre los restos de la Fundación.</p> <p>—Hola, chicos, ¿qué os trae por aquí?</p> <p>—Vamos a ir a ver a <i>Escoria</i> al hospital, pero como estábamos al lado, antes hemos pasado a saludarte —responde Metáfora sonriente.</p> <p>—Sí, es que... —digo—. ¡Huy, perdón, me llaman por teléfono! Sí, ¿quién es?</p> <p>—¡Hola, Arturo! —responde una voz al otro lado del aparato.</p> <p>—¡Mahania! ¡Qué alegría! ¿Cómo estáis? ¿Qué tal Mohamed?</p> <p>—Bien, muy bien. Pero te echamos de menos. Cuánto me gustaría verte —dice.</p> <p>—Y a mí, Mahania. Yo también os añoro mucho. ¿Cuándo podréis volver a visitarnos? —le pregunto.</p> <p>—No lo sé, pequeño. ¿Por qué no vienes tú? Estoy segura de que esto te gustaría mucho. Egipto es un gran país...</p> <p>—Sí, lo sé.</p> <p>—Naciste aquí. Deberías conocerlo.</p> <p>—Lo haré, Mahania. Te lo aseguro.</p> <p>—Tu padre ha llamado para confirmarnos que, después de la boda con la señorita Norma, quieren pasar aquí la luna de miel. Le he dicho que estaremos encantados de recibirlos... Tú también puedes venir. A Mohamed y a mí nos encantaría veros a todos. Tráete a Metáfora.</p> <p>—¿Por qué no vienes a la boda? A papá le haría mucha ilusión.</p> <p>—No tengo el cuerpo para viajes. Después de lo de la explosión, he quedado agotada. No puedo viajar. Venid vosotros... Venid...</p> <p>Su invitación me emociona. La verdad es que la idea de ir a Egipto me llama la atención. Me apetece conocer el lugar en que nací. Ojalá pudiera hacerlo.</p> <p>—Se lo diré, Mahania —afirmo—. Lo pensaré. Te aseguro que le daré vueltas.</p> <p>—¿Me lo prometes?</p> <p>—Claro que sí.</p> <p>La comunicación se corta. Guardo mi móvil en el bolsillo y atiendo a <i>Sombra</i> y a Metáfora que, durante mi conversación con Mahania, han seguido hablando entre ellos.</p> <p>—Bueno, ya habéis oído que era Mahania —aclaro—. Papá les ha llamado para confirmar que iremos todos a Egipto, en su viaje de novios.</p> <p>—Entonces, ¿definitivamente se casan vuestros padres? —pregunta <i>Sombra</i>.</p> <p>—Sí, ya lo han decidido —responde Metáfora—. La boda será dentro de poco.</p> <p>—En su momento me comentaron que, de hacerlo, les gustaría que se celebrase aquí. A mí me parece bien.</p> <p>—¿Tú crees? —pregunto—. ¿No tendremos algún accidente? Esto está muy mal.</p> <p>—Todo está bajo control —afirma—. Lo haremos en el jardín, que es muy seguro. No te preocupes.</p> <p>—Deberíamos sacar el sarcófago de mi madre —sugiero—. Me gustaría llevarlo al monasterio de Monte Fer. Allí estará a salvo.</p> <p>—No hay cuidado. Aquí no entra nadie.</p> <p>—El palacio de Arquimia está en peligro —digo—. En cualquier momento podría producirse un derrumbe y quedaría al descubierto. Si eso ocurre, tendríamos problemas graves.</p> <p>—Pero debe de haber una solución —dice Metáfora—. Algo se podrá hacer.</p> <p>—Destruir completamente la Fundación y reconstruirla —explica <i>Sombra</i>—. Y ocultar el palacio de Arquimia. Pero es muy difícil que nadie se entere. No creo que lo consigamos.</p> <p>—Tenemos que tomar decisiones —sugiero—. Debemos hacer algo antes de que Stromber descubra nuestro juego y lo eche todo a perder.</p> <p>—Podemos pedir ayuda a <i>Patacoja</i> —propone Metáfora—. El sabe mucho de estas cosas. Quizá se le ocurra algo brillante. Además conoce todos nuestros secretos y podemos hablarle claro.</p> <p>—Tienes razón —admito—. Hablaremos con él.</p> <p>—Y yo dejaré que la boda se celebre aquí —dice <i>Sombra</i>.</p> <p>—Bien, pero mantén los ojos muy abiertos —le advierto—. Mira lo que le han hecho a <i>Escoria</i>. Han intentado quemarla viva.</p> <p>—¡Son unos salvajes! —exclama <i>Sombra</i>—. ¿Sabéis cómo está?</p> <p>—Adela y <i>Patacoja</i> la acompañan —dice Metáfora—. Esta mañana charlamos con ellos y nos dijeron que los médicos descartan que su vida corra peligro; está en observación. A ver cómo nos la encontramos ahora...</p> <p>—A mí no me pasará nada —dice con seguridad.</p> <p>—No creas que estás fuera de peligro —le contesto—. Hay mucha gente implicada. Mercenarios, asesinos a sueldo, ladrones... Uno de los que la han atacado es el mismo que nos siguió, Jon Caster. Menos mal que llegamos a tiempo. Pudo ser muy grave.</p> <p>—Por cierto, <i>Sombra</i>, hemos visitado a mi abuelo —Metáfora y yo cruzamos una rápida mirada de complicidad.</p> <p>—¿Lo sabe tu padre?</p> <p>—Le llamaron mientras estábamos allí —le explico.</p> <p>—¿Y qué ha dicho? —pregunta con interés—, ¿Se ha enfadado?</p> <p>—Todavía no sé si nos echaron de allí porque él lo ordenó o si fue cosa de la directora —digo—. Pero hasta ahora no ha dicho nada al respecto.</p> <p>—Mantiene un extraño silencio sobre el tema —añade Metáfora—. Es como si no quisiera hablar de ello.</p> <p>—Ya entiendo —dice <i>Sombra</i> sin muchas ganas.</p> <p>—¿Sabes que dicen que el abuelo se volvió loco a causa de los sueños?</p> <p>—Algo he oído... —está claro que <i>Sombra</i> no parece muy dispuesto a hablar y que Metáfora se ha dado cuenta.</p> <p>—Arturo, perdona, tendríamos que irnos —dice Metáfora con una sonrisa angelical—. Si nos retrasamos, no llegaremos al horario de visita del hospital.</p> <p>—Marchad, marchad —nos apremia <i>Sombra</i>—. Yo tengo mucho trabajo, chicos. Gracias por pasaros a saludar.</p> <p>Cuando nos quedamos solos, Metáfora afirma:</p> <p>—Está claro que sabe algo sobre tu abuelo, pero no quiere contarnos nada. ¿Crees que <i>Sombra</i> hablará con tu padre de este asunto?</p> <p>—Desde luego, ellos se lo cuentan todo —respondo—. Seguro que cuando <i>Sombra</i> charle con papá y le diga que sé algunas cosas sobre el origen de la enfermedad del abuelo, mi padre querrá conversar conmigo.</p> <p>—Entonces, objetivo cumplido.</p> <p>—Exactamente.</p> <p>Mientras caminamos, Metáfora me cuenta que ha ido con su madre a las pruebas del vestido de novia y que están muy contentas. Dice que ha quedado muy bien, que va a estar radiante.</p> <p>—Es de color blanco y tiene muchos vuelos. Parece una reina —me explica—. Una auténtica maravilla. Va a ser una gran boda.</p> <p>—Papá también está muy contento. Me ha revelado que ha encargado un traje de chaqué con camisa de cuello floreado y chaqueta larga. Estoy deseando verle.</p> <p>—Va a venir mucha gente —asegura—. Recibimos muchas confirmaciones. Será un día muy feliz para mi madre... Y para tu padre. Ojalá encuentren la dicha que merecen.</p> <p>—Ojalá la encontremos todos —deseo—. Que sea el comienzo de una nueva vida.</p> <p>—Todo se arreglará, Arturo. Debes tener confianza.</p> <p>—No estoy muy seguro. Las cosas empeoran —reconozco—. Ya ves lo que le ha pasado a <i>Escoria</i>.</p> <p>—Tienes razón, es muy grave.</p> <p>—Jon Caster confirma que todo está relacionado. ¿Para qué querrían hacerle daño a una pobre mujer como ella? No lo entiendo.</p> <p>—Es posible que tengas razón, pero no quiero que te obsesiones. Ten paciencia, que todo saldrá a la luz —insiste.</p> <p>Llegamos al hospital y subimos hasta la planta de quemados para ver a <i>Escoria</i>. Al final, lo peor ha sido el susto que se ha llevado. Menos mal.</p> <p>—¡Eh, chicos! —grita <i>Patacoja</i> desde la puerta del ascensor—. Estoy aquí.</p> <p>—Hola, <i>Patacoja</i>, ¿qué tal está <i>Escoria</i>? —pregunto.</p> <p>—Mejor, mucho mejor —afirma—. Saldrá de esta. Esa mujer tiene siete vidas, como los gatos. Os lo digo yo, que la conozco muy bien.</p> <p>—¿Y Adela?</p> <p>—Está con ella, en la habitación. No la deja ni a sol ni a sombra. No queremos correr riesgos.</p> <p>—Hacéis muy bien. Nos gustaría colaborar —dice Metáfora—. Vamos a hacer turnos de vigilancia.</p> <p>—No es necesario. Dentro de poco le darán el alta y podrá volver a su casa.</p> <p>—¿Quién la vigila? —pregunto.</p> <p>—Pues no sé... Supongo que nadie...</p> <p>—Pero entonces... —de repente, algo se ilumina en mi cabeza—. ¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes? ¡Sus ordenadores! ¡Sus archivos! ¡Oh, no! ¡Los libros de la Fundación que todavía quedaban allí! —exclamo—. Eso es lo que querían... ¡Alejarla de su casa!</p> <p>—¡Tienes razón! —dice <i>Patacoja</i>—. Ahora lo comprendo. ¡Era una estrategia para dejar aquello vacío y sin protección!</p> <p>—¡Voy a ver qué ocurre! —digo—, ¡Luego nos vemos!</p> <p>—¡Espera! —dice Metáfora—, ¡Te acompaño!</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIX</p> <p>P<style name="versalita">ERSIGUIENDO A LOS TRAIDORES</style></p> </h3> <p>—Han matado a Puño de Hierro! —anunció un emisario Émediano que entraba en palacio—. ¡Han matado a Puño de Hierro!</p> <p>—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Arturo—. ¿No es un error?</p> <p>—No, mi señor. Tenemos la certeza de que el caballero Puño de Hierro ha sido asesinado por algunos fugitivos demoniquianos.</p> <p>—¿Dónde ha ocurrido? —se interesó Arquimaes.</p> <p>—En el camino que lleva a Ambrosia —explicó el soldado—. Hace menos de una hora.</p> <p>—¿Han cogido a los asesinos?</p> <p>—No. Lograron escapar. Un soldado agonizante nos ha contado que eran varios y muy experimentados. No les ha dado tiempo a defenderse.</p> <p>—Entonces, se trataba de guerreros bien preparados —dedujo Crispín.</p> <p>—¡Demónicia y sus generales!</p> <p>—¡Seguro que Tránsito y Alexander estaban con ellos —añadió Arquimaes—. ¡Han logrado escapar!</p> <p>—No irán muy lejos —afirmó Arturo—. Iremos en su persecución.</p> <p>—¡Voy a atraparlos! —advirtió Arquimaes—. Me enfrentaré a ellos y los encarcelaré.</p> <p>—Dejadme que os acompañe, maestro —pidió Arturo—. Son muchos y muy peligrosos.</p> <p>—De acuerdo, pero yo seré el jefe de la expedición —ordenó Arquimaes.</p> <p>—Os obedeceré. Estaré a vuestro lado, por si me necesitáis —aceptó Arturo.</p> <p>Arquimaes hizo un gesto de asentimiento y ambos se dieron la mano.</p> <p>—Vayamos a por ellos —dijo el alquimista, mientras ponía la mano sobre la empuñadura de su espada de plata.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El sol se había ocultado tras las montañas cuando un explorador Émediano distinguió en la lejanía un carro acompañado de varios individuos que, a pesar de su sencilla vestimenta, parecían guerreros.</p> <p>Los observó durante un buen rato y se convenció de que, casi con toda seguridad, eran los que buscaban.</p> <p>Volvió grupas y se dirigió al punto de encuentro, que destacaba por varias rocas grises y puntiagudas, donde debía reunirse con los suyos. Cuando el sol se escondió definitivamente tras el horizonte, algunos jinetes se acercaron hacia estas y se unieron a él.</p> <p>—¡Los he visto! —exclamó inmediatamente—. Se dirigen hacia el norte y van a bordear el río Gaulia.</p> <p>—¿Estás seguro de que son ellos? —preguntó Arquimaes desde su silla de montar—, ¿Los has reconocido?</p> <p>—Por supuesto. Los he seguido durante un buen trecho y no hay duda de que son los que buscamos.</p> <p>—Entonces, vayamos a por ellos —ordenó el alquimista.</p> <p>—Quizá nos convenga descansar —propuso Arturo—. Mañana, a la luz del día, nos será más fácil alcanzarlos.</p> <p>—Es posible que para entonces hayan desaparecido —le contradijo Arquimaes—. Mejor vamos ahora que sabemos dónde están y no esperan nuestra llegada. Caeremos sobre ellos como lobos en la noche.</p> <p>—Si así lo queréis, lo haremos —accedió Arturo—. Vamos allá.</p> <p>Arquimaes y sus hombres cabalgaron en la oscuridad con la certeza de que su esfuerzo valdría la pena. Sabían que las penalidades que conlleva cruzar campos y caminos por la noche se verían recompensadas con el apresamiento de los canallas que habían matado cobardemente a su compañero de armas, Puño de Hierro.</p> <p>—¿Qué haremos con ellos cuando los atrapemos? —preguntó Arturo.</p> <p>—Si es posible, debemos capturarlos vivos y llevarlos a Ambrosia —dijo Arquimaes.</p> <p>—No se dejarán apresar. Lucharán a muerte.</p> <p>—No debemos matarlos. ¡Hay que juzgarlos! —ordenó el alquimista.</p> <p>—¿Y si nos atacan?</p> <p>—Salvo que nuestras vidas estén peligro, no los mataremos, Arturo —repitió Arquimaes.</p> <p>Estaba a punto de amanecer cuando divisaron el campamento de Demónicia y sus secuaces. Se hallaban junto al río Gaulia, alrededor de una hoguera. A pesar de la falta de luz, los identificaron perfectamente.</p> <p>—¡Son ellos! —dijo Arquimaes, excitado por la proximidad de sus enemigos—. Mi hermano Tránsito, Demónicia, Alexander de Fer... ¡Están todos!</p> <p>—¿Cómo atacamos, maestro? —preguntó Arturo—. Podemos rodearlos y sorprenderlos por varios flancos.</p> <p>—Es una buena idea —reconoció Arquimaes—. Llévate a la mitad de los hombres y sitúate a su izquierda. Yo iré por el flanco derecho. Les haremos una pinza. Hazme una señal cuando estéis preparados y atacaremos a la vez.</p> <p>—No tardaremos mucho. Espero que no se muevan de ahí.</p> <p>—No nos esperan. Se levantarán sin prisas y tardarán en partir —dijo el alquimista—. Tenemos ventaja.</p> <p>Arturo y sus hombres se marcharon lentamente, sin hacer ruido y sin ser vistos. Dieron un rodeo que les llevó más tiempo del esperado. Los demoniquianos tenían el río a su espalda, lo que facilitaba las cosas ya que era tan profundo y turbulento que resultaba imposible cruzarlo.</p> <p>Cuando Arturo alcanzó su objetivo, lanzó una flecha incendiada y dio aviso a Arquimaes, que actuó inmediatamente.</p> <p>Los compañeros de Demónicia no se dieron cuenta del ataque hasta que sus enemigos estuvieron cerca y los habían rodeado. Ya era tarde para escapar.</p> <p>—¡Rendíos! —les conminó Arquimaes—. ¡No tenéis escapatoria!</p> <p>—¡No hemos hecho nada! —dijo un soldado—. ¡Somos campesinos y comerciantes!</p> <p>—¡Dejad las armas en el suelo y salvaréis la vida! —ordenó de forma tajante—. ¡Decid a vuestros jefes que no opongan resistencia!</p> <p>—¡Arquimaes, traidor entre los traidores! —gritó Tránsito cuando se vio perdido—. ¿Qué quieres de nosotros? ¡La batalla ha terminado! ¿Es que no tienes honor?</p> <p>—¡Tengo más honor que todos vosotros juntos! —respondió el sabio—. Nunca he pactado con hechiceros como has hecho tú, hermano.</p> <p>—¿Te crees mejor que yo? ¿Olvidas lo que hiciste a Ambrosia y a nuestros hermanos? ¿No quieres reconocer que muchos hombres buenos murieron por tu culpa?</p> <p>—He venido para llevaros ante un tribunal que os juzgará. A ti, a Demónicia y al traidor Alexander de Fer —respondió Arquimaes, a la vez que le apuntaba con su espada de plata—, ¡Vuestras fechorías han llegado a su final!</p> <p>—¡No opondré resistencia! ¡Ya no quiero huir más! —aceptó Alexander—. Me someteré a vuestro tribunal.</p> <p>—Ahora solo queda que Demónicia salga del carro y se entregue —gritó Arquimaes—. ¡Demónicia! ¡Sal!</p> <p>—¡Ven a buscarme! —contestó la hechicera desde el interior del carro—. ¡Estoy herida y no puedo moverme!</p> <p>—¡Sal de una vez, maldita bruja! —gritó Arturo—. ¡Asómate para que te vea!</p> <p>—Lo que dice es verdad —intervino Tránsito—. No puede moverse. Está a punto de morir.</p> <p>—No me fío de ella —dijo Arquimaes—. Pero si es necesario, la sacaré a rastras. Será juzgada como se merece.</p> <p>—Es cierto —añadió Alexander de Fer—. Casi no puede moverse.</p> <p>—¿Quién mató a Puño de Hierro? —inquirió Arturo Adragón—. ¿Quién fue?</p> <p>—Yo no he sido —dijo el caballero carthaciano, convertido ahora en demoniquiano—, ¡Lo juro!</p> <p>Arquimaes desenfundó su espada y entró en el carro. Todos pudieron escuchar gritos y un forcejeo. Poco después, Arquimaes salía al exterior, con la espada y la ropa ensangrentadas.</p> <p>—¡Ha intentado matarme! —balbuceó—. He tenido que defenderme.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XX</p> <p>S<style name="versalita">AQUEADORES EN LA NOCHE</style></p> </h3> <p>A pesar de que es de noche y de que reina una gran oscuridad, se nota perfectamente que hay alguien en el interior de la casa de Escoria. Es evidente que no esperan visitas, ya que ni siquiera se han preocupado de ocultar la luz de sus linternas.</p> <p>—¿Lo ves? —digo—. ¡Están registrando!</p> <p>—¿Qué buscarán? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Todo lo que les pueda interesar. Todo lo que quieran.</p> <p>—¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la policía?</p> <p>—No. Voy a entrar.</p> <p>—Eso es una locura. Es posible que lleven armas.</p> <p>—Yo también las llevo —digo guiñándole un ojo para tranquilizarla.</p> <p>—¡Ten cuidado, por favor! —suplica con un beso—. ¡No te arriesgues más de la cuenta!</p> <p>—Te lo prometo. Espera aquí. ¿Vale?</p> <p>Me agazapo y entro en el patio con cuidado para que no me vean. Si no me equivoco, ahí dentro hay, por lo menos, seis personas. Eso es un pelotón militar. Y, desde luego, realizan un trabajo concienzudo. No van a dejar un rincón sin registrar.</p> <p>Está claro que su estrategia de alejar de aquí a <i>Escoria</i> les ha salido bien. No habíamos reparado en que, si ella faltaba, esto se quedaría totalmente abandonado, y los libros de la Fundación que aún se hallaban aquí, al alcance de estos saqueadores.</p> <p>Pero no contaban conmigo.</p> <p>He conseguido cruzar el patio sin que el centinela apostado en la puerta me haya visto. Dentro de un momento estaré detrás de él y tendré ventaja. Quiero entrar en el edificio sin que se den cuenta. Una vez dentro, cuando vea exactamente cuántos son, me enfrentaré a ellos y los detendré.</p> <p>Consigo mi objetivo. Ya estoy en el interior.</p> <p>Ahora los veo con claridad. Están todos en el salón de los ordenadores, donde solíamos reunimos con <i>Escoria</i>. Son cinco más el que está fuera... Espero que no haya ninguno más por ahí.</p> <p>Llego al primer piso y me llevo una sorpresa mayúscula. ¡Los libros han desaparecido! ¡Se los han llevado!</p> <p>Desciendo silenciosamente la escalera y me acerco por detrás. Me detengo a unos pasos de ellos.</p> <p>—Hace frío ahí fuera —dice el vigilante, mientras se frota las manos—. ¿Os falta mucho, Marc?</p> <p>—Ya casi hemos terminado —responde uno de sus compinches, que parece el jefe—. Esto está inservible. Esa vieja ya no podrá volver a meter sus narices donde no debe.</p> <p>—Pues a ver si acabáis pronto, que me quedo congelado.</p> <p>—¡Eh, Marc, mira lo que he encontrado! —grita uno que acaba de abrir un armario—. ¡Dinero! ¡Esta mujer estaba forrada!</p> <p>—¡La mitad para mí! —gruñe Marc—. Para eso soy el jefe. Repartíos el resto. ¡Y espabilad, que ya es tarde!</p> <p>—Pero el camión no ha vuelto —protesta uno de los hombres.</p> <p>—¡Haz lo que te digo! ¡Venga, terminemos y salgamos de aquí!</p> <p>—¿La prendemos fuego, Marc? —pregunta uno de ellos.</p> <p>—¡Fuego total! —ordena—. Quiero varios focos para que los bomberos no puedan apagarlo a tiempo.</p> <p>—Con todos los cables y ordenadores que hay, esto arderá como una fogata —dice el centinela—. Es una pena que los libros ya no estén aquí.</p> <p>—Tú vigila, no nos vayan a sorprender.</p> <p>—¿Quién nos va a descubrir?</p> <p>—Nunca se sabe... Venga, a trabajar... A ver, esos bidones de gasolina... ¡Un mechero!</p> <p>Creo que ha llegado el momento de dar la cara.</p> <p>—¡Hola! ¿Qué hacéis aquí? ¿No sabéis que esto es propiedad privada? —digo dejándome ver.</p> <p>—¿Qué? ¿Quién eres? —pregunta Marc, atónito.</p> <p>—¿Por dónde has entrado?</p> <p>—Me llamo Arturo Adragón y he entrado por la puerta.</p> <p>—¿Qué buscas aquí?</p> <p>—He venido para defender la propiedad de mi amiga <i>Escoria</i>, a la que habéis intentado quemar. Así que, por favor, salid de aquí tranquilamente y decidme dónde están los libros que os habéis llevado.</p> <p>—¡Tú eres el que va a salir de aquí ahora mismo! —grita Marc fuera de sí—. ¡Pero con los pies por delante!</p> <p>—¡Adragón! —grito a la vez que levantó los brazos para darle más espectacularidad a la cosa—. ¡Adragón, ven a mí!</p> <p>El dragón se despega de mi rostro ante el estupor de los seis tipos, que se quedan paralizados.</p> <p>—¿Qué es eso? —pregunta uno.</p> <p>—¡Es magia!</p> <p>—¡Es un hechicero!</p> <p>Abro mi chaquetón y dejo salir las letras, que se unen a Adragón y revolotean a mi alrededor mientras esperan mis órdenes.</p> <p>Ahora sí que se asustan. Se percatan del peligro que les amenaza.</p> <p>—¿Qué pretendes, chico? —me increpa Marc, con una pistola en la mano.</p> <p>—Voy a deteneros y a entregaros a la policía, a los seis. ¿Dónde están los libros que había aquí? ¿Dónde los habéis llevado?</p> <p>—¡No lo sabemos! Han venido varios camiones y se los han llevado todos. ¡Te vamos a hacer picadillo entre todos!</p> <p>—¡Después de darte una paliza te arrojaremos a las llamas y nadie volverá a saber de ti! —me amenaza uno que tiene aspecto de gorila.</p> <p>Doy un paso hacia delante para demostrarles que sus palabras no me hacen efecto.</p> <p>—No os temo. Es mejor que dejéis esas armas y os pongáis junto a la pared. Antes de que me enfade.</p> <p>Marc levanta la suya y me apunta.</p> <p>—Si no sales de aquí ahora mismo, no verás amanecer.</p> <p>Me quedo quieto. Espero a que se confíe. Quiero que piense que me ha asustado.</p> <p>—¡Adragón! —exclamo de repente.</p> <p>El dragón se lanza como un rayo hacia su mano y le clava los dientes. La pistola cae al suelo mientras Marc lanza horribles gritos de dolor.</p> <p>Los otros se arrojan sobre mí, dispuestos a someterme.</p> <p>—¡Os lo advertí! —grito—. ¡Adragón!</p> <p>El enjambre de letras se lanza contra ellos. Los alaridos de dolor y sorpresa se mezclan. Algunos caen al suelo e intentan escabullirse. Otros, al contrario, lanzan golpes al aire, en un intento vano por librarse de los bichos voladores, que no les dan tregua.</p> <p>—¡Maldita sea! ¿Qué es esto?</p> <p>—¡Letras! —grito—. ¡Letras adragonianas!</p> <p>Marc está ahora de rodillas y trata de liberarse de la mordedura de Adragón.</p> <p>—¡Suelta, monstruo asqueroso!</p> <p>—¡Rendíos y os dejarán en paz! —les prevengo—. ¡Claudicad!</p> <p>Dos de ellos se pegan contra la pared, con las manos en alto.</p> <p>—¡Nos rendimos! —dicen.</p> <p>El centinela se une a ellos. Otros dos continúan la pelea mientras se dirigen hacia la puerta, convencidos de que van a poder escapar. Pero caen al suelo, con las piernas trabadas por una multitud de letras.</p> <p>—¡Maldito seas! —chilla Marc—. ¡Dile que me suelte!</p> <p>—Deja de oponer resistencia —le aconsejo—. No luches.</p> <p>Creo que ha comprendido el mensaje. Por eso adopta una posición sumisa. Adragón exhibe sus dientes y le invita a ponerse junto a sus compañeros.</p> <p>—¿Quiénes sois? —les pregunto—. ¿Quién os ha enviado?</p> <p>—Pertenecemos a un servicio de seguridad privada y hemos recibido un aviso de que había ladrones —explica Marc, según se anuda un pañuelo de tela en la mano herida.</p> <p>—Vaya, así que es una misión de salvamento, ¿verdad?</p> <p>—¡Te has metido en un lío, chico! —dice en tono amenazador—. ¡Te la vas a ganar!</p> <p>—¿Los bidones de gasolina eran para detener a esos ladrones? —pregunto.</p> <p>—¡Estaban aquí cuando llegamos!</p> <p>—¿Los ordenadores también estaban destrozados cuando llegasteis?</p> <p>—Claro que sí.</p> <p>—¿Dónde habéis ocultado los libros? ¿Dónde están? ¿Quién se los ha llevado?</p> <p>—Ya habían huido. Registrábamos el edificio en busca de pistas. Hacíamos nuestro trabajo.</p> <p>¡Riiinggg! ¡Riiinggg!</p> <p>Suena un móvil. No es el mío. Es el de Marc.</p> <p>—Déjamelo.</p> <p>—¿Qué?</p> <p>—¡Que me dejes tu móvil! ¡No me lo hagas repetir!</p> <p>Mete la mano en el bolsillo del pantalón y me entrega su teléfono, que suena sin cesar.</p> <p>—Ahora no hagas tonterías, Marc —le advierto—. Atiende la llamada con naturalidad.</p> <p>—Hola, ¿quién es? —dice cuando le pongo el aparato cerca. Entonces, antes de que el que llama conteste, lo coloco en mi oreja.</p> <p>—¿Qué pasa, Marc? No veo el fuego...</p> <p>Intento identificar la voz, pero no la reconozco. Debe de haber puesto un pañuelo delante del micro.</p> <p>—¿Marc? ¿Me oyes, Marc?...</p> <p>—No le oye. Es mi prisionero.</p> <p>—¿Quién? ¿Quién habla?</p> <p>—Me llamo Arturo Adragón. ¿Quién es usted?</p> <p>Silencio.</p> <p>¡Clic!</p> <p>La comunicación ha terminado.</p> <p>—Bueno, Marc, supongo que no me querrás decir quién es tu jefe, ¿verdad? —le pregunto.</p> <p>—Ya te digo que no lo sé. Todo esto se hace a través de intermediarios.</p> <p>—Si no hablas, irás a la cárcel.</p> <p>Tecleo un número en el teléfono móvil de Marc.</p> <p>—¿Inspector Demetrio? Buenas noches, soy Arturo Adragón. Le llamo para decirle que puede enviar a sus hombres a recoger una carroña que he dejado en la casa de <i>Escoria</i>, la mujer a la que quemaron y por la que usted no ha hecho nada.</p> <p>¡Clic!</p> <p>El dragón y las letras mantienen a raya a los seis individuos.</p> <p>—No os mováis de aquí —les ordeno—. Van a venir a buscaros. Os lo repito: ¡aquí quietos!, ¿entendido? El dragón y las letras os vigilarán desde los rincones más oscuros. Al menor movimiento, os aseguro que os arrepentiréis. ¡Ah!, y es mejor que no contéis nada de todo esto. Nadie creerá que un pequeño dragón y un grupo de letras voladoras os han detenido.</p> <p>Salgo a la calle. Metáfora me abraza.</p> <p>—Estaba preocupada, he oído mucho follón.</p> <p>—Tranquila, ya ha terminado. Ven.</p> <p>Nos ocultamos en un portal oscuro y esperamos la llegada de los hombres de Demetrio.</p> <p>Diez minutos después, mientras le cuento a Metáfora lo que ha pasado, tres coches de policía llegan y detienen a los seis tipos. No creo que permanezcan mucho tiempo encerrados, pero, por lo menos, ahora el que dirige todo esto desde la sombra sabe que no me voy a quedar de brazos cruzados.</p> <p>Metáfora y yo nos marchamos a casa. Tenemos que estar frescos para la boda de mañana.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXI</p> <p>E<style name="versalita">L DÍA Y LA NOCHE</style></p> </h3> <p>Demónicia sintió cómo la hoja de acero le atravesaba el cuerpo. Se quedó sin fuerzas, su mano se aflojó y dejó caer la daga que había intentado clavar en el vientre de Arquimaes. Sus párpados se cerraron y, poco a poco, la oscuridad la envolvió. Entonces supo que había llegado el momento de reunirse con Demónicus, en el Abismo de la Muerte.</p> <p>Arturo no tardó ni medio segundo en llegar hasta donde estaba Arquimaes para ayudarle.</p> <p>—Maestro, ¿estáis bien? —le preguntó.</p> <p>—Sí. He podido esquivar la daga de esa mujer, pero creo que me ha herido. Es una cuchillada sin importancia que apenas me duele, aunque me ha sorprendido.</p> <p>—De todas formas, conviene curarla, maestro.</p> <p>—Tienes razón, pero no nos alarmemos.</p> <p>Tránsito y Alexander observaban a Arquimaes, convencidos de que podía morir. Las heridas de arma blanca siempre corrían el riesgo de infectarse.</p> <p>—No te alegres, Tránsito —dijo el sabio—. No he llegado al final de mi vida. Mi astucia me ha librado de la muerte.</p> <p>—Tu astucia y tu magia... Eres tan hechicero como ellos. Abandonaste el camino recto y ahora quieres hacernos creer que eres mejor que todos los demás haciéndote llamar alquimista. ¡Eres un farsante, hermano!</p> <p>—Soy un alquimista justo y honesto —respondió Arquimaes—. Es cierto que he dado muchos rodeos y que me dejé tentar por las malas artes, pero también he superado esas tentaciones y he encontrado el camino recto. Quiero ayudar a la gente. Desprecio la hechicería porque esclaviza al pueblo.</p> <p>—No me convencerás. Eres un hipócrita y lo sabes —insistió Tránsito—. Te conozco muy bien. Solo buscas tu beneficio.</p> <p>—Me conoces porque siempre has querido ser como yo, hermano. Estás corroído por la envidia. Nunca te has atrevido a dar el paso hacia el conocimiento. Por eso has elegido el camino de la venganza.</p> <p>Arturo cubrió con un trapo la herida de Arquimaes, que dejó de sangrar.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicia llegó al Abismo de la Muerte y se dirigió hacia el lago. Cuando llegó a la orilla se encontró con Demónicus, que la esperaba.</p> <p>—Ahora me toca a mí —dijo el Mago Tenebroso—. ¿Qué ha ocurrido?</p> <p>—He matado a Alexia —confesó Demónicia—. Y ella ha asesinado a Émedi. He estado a punto de acabar con Arquimaes y he fracasado. Pero las han resucitado. Ese maldito alquimista se ha unido al viejo Arquitamius y entre los dos les han devuelto la vida.</p> <p>—¿Cómo murieron? —preguntó Demónicus—. ¿De qué manera?</p> <p>—A espada. Émedi murió atravesada por la de Alexia, y esta por... ¡la espada de Arturo!</p> <p>—¡La espada alquímica de Arturo Adragón! —dijo Demónicus, espantado—. ¡Ha muerto por segunda vez con la misma espada!</p> <p>Demónicus abrazó a Demónicia y se despidió de ella.</p> <p>—Vuelvo al Mundo de los Vivos.</p> <p>—¡Encuéntrala, por favor! ¡Encuentra a nuestra hija! ¡Y mátalos a todos! ¡Que conozcan nuestra venganza! ¡Que sufran por lo que nos han hecho!</p> <p>—¡Lo haré! ¡Conocerán nuestro poder! —dijo Demónicus antes de evaporarse.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXII</p> <p>L<style name="versalita">A UNIÓN</style></p> </h3> <p>La carpa que hemos instalado en el jardín de la Fundación está llena de invitados. Todo el mundo nos mira. Papá está muy nervioso y le cuesta trabajo seguir la línea roja de la alfombra que lleva al altar.</p> <p>La música del órgano hace el ambiente más agradable y el coro de niños impregna de alegría la ceremonia que está a punto de comenzar. En realidad, todo está bien organizado para que papá y Norma se conviertan en marido y mujer. Y lo han hecho en un tiempo récord.</p> <p>Mientras Norma y yo caminamos del brazo hacia el altar, reconozco algunos rostros: Battaglia, <i>Patacoja, Sombra</i>, Mercurio... ¡Stromber! Así que al final ha venido. No creí que fuera a hacerlo. Papá decidió incluirlo en la lista de invitados. Sospechaba que, de no hacerlo, se presentaría aquí con sus abogados y sus hombres y trataría de suspender la boda. En cualquier caso, su presencia supone una sombra para este acontecimiento tan importante. Ahí veo a Cristóbal, con su padre, el doctor Vistalegre. ¡Ha venido acompañado de Mireia! También está Horacio, con su padre y el director del instituto. Todos nuestros amigos y enemigos están aquí.</p> <p>Metáfora va detrás de nosotros, del brazo de mi padre. Lleva un vestido precioso y creo que nunca la he visto tan guapa.</p> <p>El sacerdote, un conocido del abad Tránsito, nos recibe en el altar y nos pide que nos sentemos mientras dice algunas palabras al auditorio.</p> <p>Metáfora y yo cruzamos una rápida mirada. Creo que los dos sentimos lo mismo. Estamos deslumbrados por el ambiente, que está lleno de flores, de luz y envuelto en una música celestial. Además, la cara de felicidad de nuestros padres nos llena de satisfacción y ayuda a crear un entorno maravilloso. Por fin conseguimos encontrar un poco de paz.</p> <p>Tengo que admitir que he esperado en vano que Norma se convirtiera en mamá, pero está claro que eso no va a ocurrir. Mi mamá no volverá nunca a este mundo. El intento de papá y <i>Sombra</i> ha fracasado.</p> <p>El cura, que ha terminado su plática, nos pide que nos levantemos. Lee algunas frases y aborda las preguntas fundamentales:</p> <p>—Norma, ¿aceptas a Arturo por esposo...?</p> <p>—Sí, quiero.</p> <p>—Arturo, ¿aceptas a Norma por esposa...?</p> <p>—Sí, quiero.</p> <p>—Puedes besar a la novia —dice con una sonrisa.</p> <p>Papá se gira y besa a Norma. Los dos quedan unidos por un leve beso que hace murmurar a la gente. Metáfora y yo volvemos a mirarnos, como si el beso fuese nuestro.</p> <p>La música, que había dejado de sonar cuando el sacerdote empezó a hablar, surge de nuevo con una gran fuerza, como para celebrar que el acontecimiento se ha llevado a cabo. El coro de chicos que la acompaña logra una sinfonía que nos alegra el corazón.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Norma ha organizado un cóctel a base de canapés, de forma que la gente, en vez de sentarse formalmente, pueda moverse a sus anchas y, si lo desea, pueda hacer una pequeña visita turística por las zonas de la Fundación que aún se mantienen en pie, con unos guías especialmente contratados para la ocasión.</p> <p>Después, una legión de camareros sirve el banquete.</p> <p>Todo va bien hasta que llega el momento de cortar el pastel.</p> <p>Papá y Norma se ponen en pie entre vítores y aplausos y se acercan a la gran tarta nupcial, que los camareros han preparado ante la mesa principal.</p> <p>Juntan sus manos para agarrar la gran espada plateada que el encargado del <i>catering</i> les ha entregado y, cuando están dispuestos a dividir el pastel en varias porciones, Stromber se pone en pie y grita con la copa de champán en la mano:</p> <p>—¡Arturo! ¡Aquí hay una espada! ¿No te gustaría volver a cortarme el brazo con ella?</p> <p>Se hace un silencio estremecedor.</p> <p>Papá me mira, pálido como la nata de la tarta.</p> <p>—Señor Stromber —le responde—, no creo que este sea el momento de gastar bromas de mal gusto.</p> <p>—¿Bromas de mal gusto? ¿Le parece una chanza que alguien le dé un tajo con una espada y le corte un brazo?</p> <p>—Vamos, vamos, eso no viene a cuento —insiste papá—. Siéntese y disfrute del banquete. Le he invitado para mejorar nuestra relación, Stromber, no para empeorarla.</p> <p>—Yo disfrutaría más si luchara con su hijo de hombre a hombre, si se atreviera —dice, en plan provocativo—. Estoy seguro de que él también se lo pasaría bien.</p> <p>Entonces, me pongo en pie.</p> <p>—Señor Stromber, le ruego que deje de retarme —le advierto—. Aquí no va a haber ningún duelo a espada ni nada parecido.</p> <p>—Ya sé que prefieres pelear en solitario, en esa gruta que hay aquí debajo, pero a mí me apetece más luchar con público, como hacían antiguamente los caballeros medievales —replica—. Si lo piensas bien, este duelo podría dar categoría a la boda de tu padre. Los invitados disfrutarían mucho, ¿no crees?</p> <p>—¡Ya basta, señor Stromber! —grita papá—. ¡Esto está fuera de lugar!</p> <p>—No, señor Adragón. Mi desafío es muy adecuado. Es un buen momento para que todo el mundo descubra la verdadera cara de su hijo. De tanto vivir entre libros, se ha creído que es uno de esos caballeros que mataban todo lo que se les ponía por delante.</p> <p>—¡Le ordeno que salga ahora mismo de aquí! —chilla papá—. ¡Fuera, o llamo a la policía!</p> <p>Stromber le mira y le dirige una sonrisa cínica, como si sus palabras no le importaran absolutamente nada. Igual que si fuese el dueño del mundo.</p> <p>—Te espero ahí fuera, Arturo —dice—. Trae tu espada, que yo tengo la mía en el coche. Ahora nos veremos las caras.</p> <p>—Eso no va a ocurrir. Ni voy a salir, ni voy a pelear con usted —respondo—. ¡Olvídelo!</p> <p>—Estoy seguro de que saldrás —contesta con ese tono irónico que maneja tan bien—. Lo deseas tanto como yo.</p> <p>Ante la mirada atónita de todos los invitados, Eric Stromber cruza el salón y sale a la calle.</p> <p>—No te muevas de aquí, Arturo —ordena papá—. Voy a llamar a la policía.</p> <p>—¿A quién? ¿A Demetrio? No, papá, no servirá de nada. Pero no voy a salir. Déjale que espere.</p> <p>—Arturo no saldrá —confirma Metáfora—. No tiene ninguna intención de combatir con nadie, ¿verdad, Arturo?</p> <p>—Claro que no.</p> <p>—Y ahora vamos a terminar esta celebración —dice Norma, elevando la espada con la ayuda de papá—. Disfrutemos, que mañana nos vamos de viaje de novios. ¡A Egipto!</p> <p>Cristóbal y su padre se acercan a saludarme.</p> <p>—Hola, Arturo, enhorabuena por esta celebración —dice el doctor Vistalegre—. Me alegra ver que tu padre ha rehecho su vida. Lo ha pasado muy mal y se merece lo mejor.</p> <p>—Gracias, doctor. Se lo agradezco mucho.</p> <p>—¿Sabes cuándo vamos a llevar a cabo esa sesión de hipnosis? —pregunta—. ¿Lo has pensado ya?</p> <p>—La verdad es que no estoy seguro. No estoy muy animado a hacerla.</p> <p>—Es una pena —dice Mireia, que está junto a Cristóbal—. Te podría venir bien.</p> <p>—Es posible, pero no estoy preparado —respondo mientras la miro con algo de desdén—. Además, mañana nos vamos a Egipto.</p> <p>—¿Estaréis mucho tiempo? —pregunta Vistalegre—. El doctor Bern quiere hablar contigo para exponerte algunas conclusiones.</p> <p>—Una o dos semanas. Depende de muchas cosas. Ya sabe cómo son estos viajes.</p> <p>—¿Adónde vais exactamente? —insiste Mireia—. ¿Buscáis algo en particular?</p> <p>—Iremos a un templo que mi padre visitó hace años —explico—. Yo soy de allí.</p> <p>—Es verdad; eres egipcio —apostilla con tono irónico.</p> <p>—Nací en Egipto, pero soy ferenixiano —le aclaro—. Siempre he vivido en Férenix.</p> <p>—Claro, claro...</p> <p>—Mireia y yo iremos a despedirte al aeropuerto —dice Cristóbal—. Ahora vamos juntos a todos los sitios.</p> <p>—Salimos muy temprano. No vale la pena que madruguéis.</p> <p>Horacio, su padre y el director se unen a nuestro grupo.</p> <p>—Arturo, te felicito por esta magnífica boda —dice el director de nuestro instituto—. Espero que, a partir de ahora, las cosas se normalicen.</p> <p>—Cuando volvamos de Egipto, todo estará en orden —afirma Metáfora, que se acaba de acercar—. Mi madre volverá a dar sus clases como siempre y nosotros asistiremos a las nuestras de manera regular.</p> <p>—Ojalá sea así —dice mientras se retira junto al padre de Horacio—. Hemos pasado una época turbulenta. Entre unas cosas y otras, todo se ha complicado. Incluso tenemos que despedir a Mercurio y a su mujer. Es una mala racha.</p> <p>—Sí, pero todo va a volver a ser corno antes —aseguro al despedirle.</p> <p>—¿Antes de qué? —pregunta Horacio—, ¿Antes de que hubiera explosiones? ¿Antes de que tu dragón atacara a la gente? ¿De que el instituto estuviese perforado por esos arqueólogos que lo destrozan?</p> <p>—Antes de que te pusieras tan borde —suelta Metáfora—. Antes de que persiguieras a Arturo.</p> <p>—Voy a saludar a tu padre —dice Vistalegre mientras da un paso atrás—. Luego nos vemos.</p> <p>—Desde luego, Arturo, últimamente estás muy agresivo —me reprocha Mireia—. No me parece bien que echéis la culpa de todo a Horacio. El solo se ha limitado a defenderse.</p> <p>—Estoy de acuerdo con ella —añade Cristóbal—. Esta situación no puede continuar. Es necesario que hagáis las paces. Los amigos tienen que llevarse bien. No podemos seguir así. En cuanto vuelvas de Egipto, nos reuniremos para aclararlo todo. No quiero que Mireia tenga que sufrir estos desplantes.</p> <p>—Estaremos de acuerdo siempre y cuando Horacio deje de provocar a Arturo —añade Metáfora.</p> <p>—¡Yo no le provoco! —replica Horacio, de mal talante—. ¿Verdad, <i>Caradragón</i>?</p> <p>—¡No sigas por ahí, Horacio! —le respondo.</p> <p>—¡Ya está bien, Arturo! —exclama Cristóbal—. ¡Deja de provocar!</p> <p>—Pero, bueno, Cristóbal, ¿qué te pasa? —le reprende Metáfora—. ¿Es que no ves lo que ocurre? ¿No ves que te estás volviendo...?</p> <p>—¿Qué? —grita Cristóbal—. ¿De qué hablas?</p> <p>—¡Hablo de que solo ves por los ojos de Mireia! —replica Metáfora—. ¡Pareces su esclavo!</p> <p>—¿Ah, sí? ¡Pues cuando Arturo estaba con ella y la perseguía, no decías lo mismo! ¿O no te acuerdas de que, hace un tiempo, él solo quería estar con ella y no contigo?</p> <p>—Bueno, ya basta —digo, tratando de poner paz—. Vamos a dejarlo.</p> <p>—Claro que vamos a dejarlo —dice Cristóbal, que empieza a retirarse—. Pero os advierto que no me gusta nada vuestra actitud. ¡Y si no cambiáis, dejaremos de ser amigos!</p> <p>Los tres se marchan y nos dejan solos, anonadados.</p> <p>—¿Qué le pasa a Cristóbal? —le pregunto a Metáfora—, ¿Qué le pasa?</p> <p>—Pues ya lo ves. Parece hechizado. Ya no piensa por sí mismo —responde—. Anda, vamos a olvidarlo. Que no nos estropeen este día.</p> <p>Nos sumergimos entre el mar de invitados y tratamos de no pensar en el incidente. Me encuentro con caras conocidas como Leblanc, Tránsito y algunas personas que forman parte de la Comisión. De repente, a lo lejos, me parece ver entre la gente a Batiste, que habla... ¿con Horacio?</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>LIBRO DECIMOCUARTO</p> <p>E<style name="versalita">GIPTO</style></p> </h3> <p> </p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>I</p> <p>C<style name="versalita">ARTHACIA LIBERADA</style></p> </h3> <p>En el interior del carro del que Arquimaes acababa de salir, Demónicus abrió los ojos, recobró la vida y decidió quedarse quieto, a la espera de acontecimientos. Todavía padecía las heridas que Arturo le había infligido en Demónika, tiempo atrás, y respiraba con dificultad. Le dolía todo el cuerpo. Revivir le costaba cada vez más esfuerzo.</p> <p>Afuera, Arquimaes y sus hombres estaban tan ocupados en interrogar y vigilar a sus prisioneros que no se dieron cuenta de que el cuerpo de Demónicia se había transformado en el de Demónicus.</p> <p>—¿Os duele la herida, maestro? —preguntó Arturo, que acababa de vendar a Arquimaes—. No parece un corte profundo, pero hay que hacer una cura en condiciones. En cuanto volvamos a Carthacia, iremos a ver a un galeno.</p> <p>—No es grave, pero tienes razón, podría infectarse —respondió Arquimaes—. Esa hechicera me atacó a traición.</p> <p>—¿La habéis matado?</p> <p>—Me temo que sí. Después de todo lo que insistí en capturarlos vivos... Lo siento, pero no me ha quedado más remedio.</p> <p>—Te has vengado, hermano —apostilló Tránsito—. Eso es lo que ansias, ¿verdad? ¡Quieres matarnos a todos!</p> <p>—No digas barbaridades —respondió el alquimista—. Yo solo deseo llevaros ante un tribunal de justicia para que paguéis por vuestros crímenes.</p> <p>—¡Mientes! ¡Me odias a muerte! ¡Quieres acabar conmigo a toda costa! —le espetó su hermano—. ¡Asesino!</p> <p>—Vamos, deja de decir tonterías —replicó el sabio—. Ahora tenemos que volver a la ciudad, donde os entregaré al Ejército Negro.</p> <p>—¿A mí también me vais a entregar a la guardia? —preguntó Alexander de Fer.</p> <p>—Sí, y también seréis juzgado por vuestra traición —afirmó Arquimaes—. Lo merecéis.</p> <p>—¿Qué hacemos con el carro? —preguntó un oficial—. ¿Y con la hechicera?</p> <p>—Los transportaremos a Carthacia —afirmó Arquimaes—. Espero que Alexia comprenda mis motivos. Yo no quise darle muerte.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando llegaron allí, todavía era de noche. Se acercaron a la gran puerta principal, que estaba derruida, bajo la atenta mirada de los soldados Émedianos y carthacianos que, ahora, dominaban la ciudad.</p> <p>Pero nadie prestó atención a una sombra que, justo antes de entrar, salió del carro y se deslizó en silencio, como las serpientes, para mezclarse con algunos comerciantes y campesinos que habían acampado en las afueras. Gente que buscaba una oportunidad para reconducir sus vidas, ahora que la batalla había terminado.</p> <p>Accedieron a palacio y fueron conducidos a la sala del trono, donde el rey Aquilion les concedió audiencia. Allí se encontraron con Alexia, que los esperaba impaciente.</p> <p>—Lo siento, Alexia —dijo Arquimaes, apenas entró en la estancia—. Traigo una mala noticia.</p> <p>—Explícate, amigo —dijo Aquilion, alarmado—, ¿Qué ha pasado?</p> <p>—Querida Alexia, espero que lo que voy a contarte no te haga caer en la desesperación... Pero, hace unas horas, me he visto obligado a matar a Demónicia. Tuve que defender mi vida.</p> <p>Alexia se quedó muda.</p> <p>—Sé que, a pesar de todo, la quieres —añadió el alquimista—. Te aseguro que no me quedó otra opción. Me hirió y estuvo a punto de asesinarme.</p> <p>—¿Dónde está su cadáver? —preguntó la joven princesa.</p> <p>—En el carro, abajo. Puedes verla si quieres.</p> <p>—Maestro Arquimaes, os conozco y estoy segura de que no os ha quedado más remedio que defenderos. Con vuestro permiso, voy a proteger su cuerpo antes de que algún desalmado quiera vengarse de él.</p> <p>—Espera, Alexia —dijo Arturo—. Yo te acompaño.</p> <p>—Aguardad un momento —pidió Arquimaes—. Tengo que proponeros algo y quiero que lo escuchéis. Es urgente.</p> <p>—¿De qué se trata, Arquimaes? —preguntó Aquilion.</p> <p>—Para que todos sepan que Carthacia ha recuperado a su rey y su autonomía, deberíamos celebrar una ceremonia simbólica de coronación —propuso el alquimista—. Así no quedarán dudas sobre quién es el verdadero monarca de esta ciudad. Eso evitará conspiraciones y luchas inútiles.</p> <p>—Me parece una buena idea —concluyó Alexia—. Si el rey Aquilion ha recuperado el poder y el control, todo el mundo debe saberlo. Y una investidura lo deja claro.</p> <p>—Me encantaría asistir a una coronación —comentó Crispín—. Nunca he visto una y tengo curiosidad. Me han dicho que son un gran espectáculo.</p> <p>—Es algo extraordinario —añadió Arquitamius—. Yo he visto muchas en mi vida y puedo atestiguar que son dignas de ver.</p> <p>—Si lo llevamos a cabo seré, posiblemente, el único rey coronado dos veces.</p> <p>—¿Quién oficiará la ceremonia? —preguntó Alexia.</p> <p>—Me gustaría que fuese la reina Émedi —dijo Aquilion—. Eso me haría muy feliz.</p> <p>—Si Émedi accede, pasaréis a la historia como el primer rey coronado por una mujer —advirtió Arturo—. Se escribirán muchos poemas sobre eso.</p> <p>—Así se crean las leyendas —añadió Arquitamius—. Ya me lo imagino... En los tiempos en que todo era posible, existió un rey que fue coronado dos veces; una de ellas, por una bella y justa mujer... Es un buen comienzo para una crónica o una canción.</p> <p>—Me siento abrumado, amigos —reconoció Aquilion—. No había pensado en las consecuencias de la presencia de la reina Émedi. Quizá resulte excesivo.</p> <p>—De ninguna manera —le cortó Alexia—. Yo misma hablaré con ella; no hará falta convencerla para que oficie el acto; estará encantada y vos, rey Aquilion, os convertiréis en un monarca extraordinario. Os lo merecéis.</p> <p>—Yo también apoyo la idea —dijo Arturo—. Contad conmigo.</p> <p>—Y con nosotros —añadió Crispín—, ¿Verdad, maestro Arquitamius?</p> <p>—Naturalmente. No me perdería esta coronación por nada del mundo. Será una ceremonia sin igual. A la gente le gustan las fiestas, especialmente después de una batalla.</p> <p>—Os estoy tan agradecido —dijo Aquilion—. Aunque no estoy seguro de merecerlo.</p> <p>Arturo recordó el comentario de Alexander sobre la cobardía del rey de Carthacia.</p> <p>—Querido amigo Aquilion —dijo mientras ponía la mano sobre su hombro—. Merecéis ser coronado rey una y mil veces. Habéis luchado contra Demónicus y sus huestes hasta el límite de vuestras fuerzas.</p> <p>—No estoy seguro de haber sido fuerte cuando nos invadieron. A veces pienso que me he portado con demasiada debilidad.</p> <p>—Eso no es cierto. Sé que estos bárbaros os cogieron desprevenidos e hicisteis muy bien en buscar nuestra ayuda. Hacedme caso: sois digno de la corona de Carthacia.</p> <p>—Sea pues. Pero hago el juramento de que si volviera a ocurrir, seré el último en abandonarla. Nadie me hará huir otra vez. ¡Lo juro por mi vida!</p> <p>Arturo le dio un abrazo para demostrarle que creía en sus palabras y que de ninguna manera le consideraba un cobarde.</p> <p>—Debéis saber que os tenemos un gran respeto, rey Aquilion —le dijo al oído. Somos aliados y creemos en vos.</p> <p>—Yo me ocuparé de hablar con la reina Émedi —se comprometió Alexia—. Y ahora, perdonadme, voy a ocuparme de Demónicia...</p> <p>En ese momento, el soldado que había conducido el carro entró en la estancia atropelladamente y se presentó muy nervioso ante Arquimaes.</p> <p>—¡Maestro, maestro! —gritó—. ¡La hechicera ha desaparecido!</p> <p>—¿Qué dices? ¿De qué hablas?</p> <p>—¡Os garantizo que digo la verdad! ¡Su cuerpo no está en el carro!</p> <p>—¡Eso es imposible! ¡Estoy seguro de que estaba muerta! ¡La atravesé con mi espada de plata!</p> <p>—¡Vedlo vos mismo, mi señor!</p> <p>—¡Hemos llegado tarde! —dijo Alexia.</p> <p>Bajaron rápidamente al patio. Arquimaes se acercó al carro y descorrió el toldo. Su rostro se transformó cuando comprobó que, efectivamente, el lugar en el que había dejado el cadáver de Demónicia estaba vacío.</p> <p>—¡Esa bruja ha utilizado hechizos para escapar! —afirmó el soldado.</p> <p>—No lo comprendo —murmuró Arquimaes—. No lo entiendo.</p> <p>Alexia sabía perfectamente lo que había ocurrido. Lo había visto muchas veces.</p> <p>—Demónicus ocupa el lugar de Demónicia y vuelve al mundo de los vivos —susurró—. Dentro de poco vendrá a por nosotros. Querrá pedirme cuentas. Nunca me perdonará haberme enamorado del hijo de un alquimista. ¡Temo su venganza!</p> <p>—No temas, Alexia —la reconfortó Arturo—. Estaré a tu lado en todo momento y te protegeré.</p> <p>—¿Y quién te protegerá a ti? —dijo la princesa—, ¿Quién te defenderá de su furia?</p> <p>—Nosotros lo haremos —respondió Arquitamius—, Arquimaes y yo seremos vuestro escudo defensivo. Demónicus no podrá haceros daño.</p> <p>—Usaremos todos nuestros poderes para impedir que la ira de Demónicus caiga sobre vosotros —añadió Arquimaes.</p> <p>—Ya habéis visto lo que ha pasado. Mis padres tienen más poderes de los que imagináis. Son terriblemente peligrosos. Y tampoco se les puede matar. Resurgen de las cenizas. Vuelven del Abismo de la Muerte. Nada puede con ellos.</p> <p>—Tenemos la fuerza de Adragón —aseguró Arquitamius—. ¡Él está de nuestro lado!</p> <p>—Y Demónicus tiene la de la Oscuridad —argumentó Alexia—. ¡Nada ni nadie puede contra la Oscuridad demoniquiana!</p> <p>—Somos alquimistas y no tenemos miedo a la hechicería —dijo Arquimaes—. Arturo es el jefe del Ejército Negro y lo usará cuando haga falta.</p> <p>—Ningún ejército puede luchar contra Demónicus —insistió Alexia—. Yo sí tengo miedo; lo reconozco.</p> <p>—No dejemos que nos aterroricen —dijo Arquimaes—. Ahora más que nunca, debemos coronar a nuestro aliado, el rey Aquilion. Convirtamos Carthacia en un reino libre y que Demónicus compruebe que nada puede contra nosotros. Conquistó esta ciudad y nosotros la hemos liberado. Esa es una buena respuesta. Cada vez que renazca, le descabezaremos.</p> <p>—Estoy con vos, maestro —aseguró Arturo—. Sigamos adelante con nuestros planes. Hagamos que Émedi corone a Aquilion. Hagamos que resplandezcan la justicia y la libertad. Esa es nuestra mejor arma.</p> <p>Arturo elevó su espada. Las de Arquimaes, Crispín y Aquilion se unieron al acero alquímico. Después, muy despacio, Alexia desenfundó la suya y la unió a la de sus compañeros.</p> <p>Ninguno prestó atención a Tránsito ni á Alexander de Fer, que observaban con una sonrisa en los labios la escena desde el lugar donde los mantenían prisioneros.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>II</p> <p>V<style name="versalita">IAJE AL PASADO</style></p> </h3> <p>El avión acaba de aterrizar en el aeropuerto internacional de El Cairo. El cielo azul está despejado y no se ve ni una sola nube. Todo va bien.</p> <p>—¡Qué emocionante! —dice Metáfora—. ¡Estamos en el país de los faraones!</p> <p>—Los faraones ya no existen —le recuerdo.</p> <p>—Pero su alma está en el ambiente —replica—. Todo huele al antiguo Egipto, cuando los dioses gobernaban esta tierra. Tiempos legendarios.</p> <p>La puerta de la aeronave se ha abierto y desfilamos lentamente por el pasillo central hasta la salida. Fuera del avión, en el edificio principal del aeropuerto, pasamos ante el puesto de aduana, donde dos policías nos piden que abramos las maletas.</p> <p>—¿Cuánto tiempo van a estar aquí?</p> <p>—Una o dos semanas. No creo que estemos más.</p> <p>—¿Cuál es el motivo de su viaje? —pregunta uno de ellos, a la vez que observa nuestros pasaportes con mucha atención.</p> <p>—Turismo —dice papá—. Visitaremos las pirámides y otras construcciones históricas. Es un viaje cultural. Soy historiador.</p> <p>—Recuerden que no pueden sacar objetos históricos del país —advierte el agente—. Es delito y está penado con la cárcel.</p> <p>—Solo haremos fotos —interviene Norma—. Fotos de recuerdo. Nada más. No pensamos coger nada.</p> <p>—Tengan cuidado con las ventas clandestinas. Es delito adquirir, manipular o manejar objetos de valor cultural.</p> <p>—Le aseguro que no haremos nada fuera de la ley —responde Norma—. No nos llevaremos ni una sola piedra, ni un papiro, ni nada de nada.</p> <p>El otro agente no deja de mirarme la cara con expresión sospechosa.</p> <p>—Es un tatuaje de chicos —dice papá—. Ahora lo llevan todos. Es inofensivo.</p> <p>—¿Seguro que no es contagioso?</p> <p>—No, no. Es un dibujo inocuo.</p> <p>—Está bien, pueden pasar —dice, después de pensarlo un poco.</p> <p>El aeropuerto de El Cairo es grande y tiene unos pasillos larguísimos. Necesitamos dos carritos para transportar todo nuestro equipaje.</p> <p>Finalmente, traspasamos la puerta de salida.</p> <p>—¡Señor Adragón! —grita alguien que intenta llamar nuestra atención—. ¡Señor Adragón!</p> <p>—¡Mohamed! —exclama papá—. Gracias por venir a buscarnos.</p> <p>Se dan un gran abrazo. Mohamed nos saluda a todos y nos presenta a la joven que le acompaña.</p> <p>—Esta es mi sobrina, Amarofet. Ella nos ayudará —explica—. Mahania tiene muchas ganas de verlos.</p> <p>—¿Amarofet? —digo espontáneamente—. Vaya, eres la segunda persona que conozco con ese nombre.</p> <p>—¿La otra vive en tu ciudad? —pregunta la joven egipcia.</p> <p>—No, en otro sitio difícil de explicar.</p> <p>—Hola, Amarofet —dice papá—. Has crecido mucho desde la última vez que te vi. No te acuerdas de mí, pero te tuve en brazos cuando eras un bebé.</p> <p>—Lo sé. Me lo han contado —dice la joven con timidez—. Sé quién es usted. Y también sé que su hijo Arturo nació aquí, en Egipto.</p> <p>—Amarofet está a punto de cumplir dieciséis años —explica Mohamed—, ¿Verdad?</p> <p>—Sí, tío. Ya soy casi mayor de edad.</p> <p>—Gracias por venir —dice Metáfora—. Tu ayuda nos vendrá bien.</p> <p>—Mahania me ha pedido que colabore en lo posible —responde Amarofet—. Pueden contar conmigo para lo que necesiten.</p> <p>—Vámonos —indica Mohamed—. Nos esperan muchas horas de ruta.</p> <p>—¿Está muy lejos? —pregunta Norma.</p> <p>—Sí. Será un largo viaje. Pero conozco muy bien el camino. No habrá problemas.</p> <p>La furgoneta de Mohamed es amplia y hay sitio suficiente para todos. Los asientos son cómodos y nuestro equipaje ha cabido de sobra. Cruzamos la ciudad, en la que hay un tráfico infernal y un ruido ensordecedor. Es una urbe muy atractiva, llena de edificios llamativos y singulares. No podemos evitar ensimismarnos con cada detalle; es tan diferente a la nuestra... Egipto tiene algo especial que te seduce desde que pones los pies en el suelo. Casi sin darnos cuenta, nos encontramos en una polvorienta autopista en dirección al desierto.</p> <p>—Si quieren echar una cabezadita, pueden hacerlo —advierte Mohamed, que conduce con bastante pericia y ha esquivado a todos aquellos que parecían querer estrellarse contra nosotros—. Tómenselo con tranquilidad.</p> <p>El aire acondicionado del vehículo crea un clima que invita a dormir, así que cierro los ojos y me dejo llevar por el cansancio. Solo echaré una siestecita. El viaje ha sido agotador.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>—¡Arturo! ¡Despierta! —¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?</p> <p>—¡Mira! —exclama Metáfora—. ¡Las tres pirámides de Giza! Me despejo rápidamente y miro en la dirección que me señala. El espectáculo es impresionante. A nuestra izquierda veo una gran pirámide acompañada de otras dos más pequeñas que, a su vez, están rodeadas de otras más pequeñas aún. A pesar de que una capa de polvo las envuelve, las distingo perfectamente. Son tal y como las he visto en los libros. ¡Tres grandes pirámides milenarias!</p> <p>—¿Podemos parar y verlas de cerca? —pregunto.</p> <p>—Perderíamos mucho tiempo —responde Amarofet—. Debemos seguir el camino.</p> <p>Nos alejamos y veo a través del cristal trasero cómo se pierden en la distancia. La forma triangular de las pirámides me hace pensar en muchas cosas que hemos encontrado en la Fundación, como las monedas o el dibujo de mi cara. ¿Será una forma geométrica mágica? De repente, su imagen me evoca un lejano recuerdo.</p> <p>—¡Los Tres Volcanes!</p> <p>—¿Qué dices? —pregunta Metáfora—. ¿Qué es eso de los Tres Volcanes?</p> <p>—No lo sé. Un recuerdo, un sueño... No estoy seguro, pero la disposición de estas tres pirámides me ha resultado familiar.</p> <p>—¿Lo has visto en tus sueños?</p> <p>—Creo que sí.</p> <p>Pone su mano sobre mi hombro en señal de comprensión.</p> <p>Cuatro horas después, nos detenemos en una gasolinera para repostar. Aprovechamos para entrar en la cafetería y tomar algo.</p> <p>—Recuerdo perfectamente haber pasado por aquí —dice papá, mientras observa a través del cristal—. Hace casi quince años.</p> <p>—Hay cosas que no se olvidan nunca —dice Norma.</p> <p>—Espero que no me impacte demasiado volver a ese lugar mágico —dice él.</p> <p>—No te dejaremos solo —contesta Norma—. Estás con las personas que más te quieren en el mundo.</p> <p>—Mohamed entra y se sienta con nosotros.</p> <p>—Ya podemos irnos —dice—, Amarofet conducirá.</p> <p>—¿Tiene permiso de conducir? —pregunta Metáfora.</p> <p>—A partir de aquí nadie preguntará nada —asegura—. Entramos en la región desértica. No hay carretera, no hace falta carné. Todo es arena hasta donde alcanza la vista.</p> <p>Subimos de nuevo al coche y salimos de la gasolinera conducidos por Amarofet. Tengo la sensación de que cruzamos una frontera invisible y estamos a punto de entrar en un territorio donde todo puede ocurrir.</p> <p>Una hora después, la carretera desaparece bajo el polvo del desierto. Amarofet pilota con seguridad, como si lo hubiera hecho toda su vida.</p> <p>—¿No nos perderemos? —pregunta Norma—. No hay señales... Y está oscureciendo.</p> <p>—No hay peligro —responde Mohamed—. Ningún problema.</p> <p>Nos encontramos con una tormenta de arena y el coche se detiene. Cuando ha pasado y reiniciamos el camino, ya es noche cerrada.</p> <p>Volvemos a la llanura; luego entramos en zona rocosa, bordeamos un par de precipicios, bajamos y subimos por terrenos escarpados y, tres horas después, vemos unas luces a lo lejos.</p> <p>—Ya hemos llegado —avisa Mohamed—. Estamos en casa.</p> <p>Es curioso que diga eso cuando, en realidad, nunca hemos estado tan lejos de ella.</p> <p>El coche se detiene frente a unas casuchas de adobe ante las que hay algunas personas que portan candelas y linternas de aceite.</p> <p>Apenas me bajo, reconozco la silueta de Mahania, que me mira profundamente.</p> <p>—¡Alquamed! —susurra—. ¡Alquamed! ¡Mi niño!</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>III</p> <p>L<style name="versalita">A CORONACIÓN DE AQUILION</style></p> </h3> <p>El día de la coronación de Aquilion, el sol brillaba como si estuviera a punto de explotar. El cielo estaba adornado con bellas y algodonadas nubes blancas. Los estandartes reflejaban y multiplicaban los rayos del sol mientras las trompetas sonaban como nunca lo habían hecho y alegraban el corazón de los carthacianos y sus amigos. Multitud de personas, engalanadas para la ocasión, caminaban pletóricas por las calles en dirección a la gran plaza, donde se iba a celebrar el solemne evento. La felicidad parecía haber vuelto a Carthacia.</p> <p>La reina Armadía, acompañada de Forester, había acudido junto a otros reyes vecinos, deseosos de demostrar su apoyo a Aquilion. Estaban encantados de haberse librado de Demónicus, que, de permanecer en el trono, se hubiera convertido en un peligroso vecino. Fue una gran ocasión para que Crispín pudiera reunirse con su padre, el antiguo proscrito, que había perdido un brazo a manos de Górgula y Frómodi.</p> <p>Émedi, que había venido expresamente para este evento, estaba radiante. Llevaba un vestido blanco cubierto por una túnica de colores pálidos. Su cabeza, adornada con flores y una corona de plata, resplandecía entre el largo cabello rubio que ondeaba al viento. La flanqueaban los dos alquimistas, Arquimaes y Arquitamius. Detrás, muy cerca, se hallaba la guardia pretoriana comandada por Cordian.</p> <p>Cuando Arturo la vio, se sintió deslumbrado por su belleza y serenidad. Alexia, que profesaba un profundo amor por la reina, se había ataviado con un largo vestido adornado con flores y de color similar al de Émedi.</p> <p>—Llegará el día en que te coronarán a ti —pronosticó Alexia—. Tú serás rey.</p> <p>—Espero que tarde mucho —respondió Arturo—. Quiero que Arquimaes y Émedi vivan durante muchos años. No tengo prisa por gobernar.</p> <p>—Es igual. Tarde lo que tarde, ese día llegará y yo estaré a tu lado.</p> <p>—Ya estás a mi lado y nunca volveremos a separarnos —afirmó Arturo—. Te lo aseguro.</p> <p>—Mi padre...</p> <p>—Olvida a Demónicus. Ignórale definitivamente. He pensado queque deberíamos casarnos. Eso le convencerá de que ya no volverás a su reino de maldad.</p> <p>—Ojalá fuese posible, pero presiento cosas peores —reconoció Alexia—. Temo que mi padre me maldiga.</p> <p>—Estaremos amparados por el poder de los alquimistas. Demónicus no podrá nada contra nosotros.</p> <p>—¿Y contra nuestros hijos? ¿Puedes constatar que no maldecirá nuestra descendencia? —le increpó Alexia—. ¿Puedes asegurarlo, Arturo? Te prevengo de que su poder es tan fuerte como su deseo de venganza.</p> <p>—Insisto en que Arquitamius y Arquimaes también tienen poderes. Ellos nos protegerán. No sufras más, por favor. Hoy es un gran día. Aquilion es un rey aliado que reforzará nuestras fronteras y nos salvaguardará de ataques inesperados. Debemos estar a la altura de las circunstancias y demostrarle que estamos felices por asistir a su coronación. Sonriamos.</p> <p>Alexia esbozó una sonrisa y acarició la mano de Arturo.</p> <p>En ese momento, Aquilion se estaba arrodillando ante la reina Émedi, que sujetaba una corona de oro entre las manos, mientras los músicos daban realce a la escena.</p> <p>—¡Noble rey Aquilion! —exclamó la reina—. ¡Que todos sean testigos de que deposito esta corona sobre tu cabeza para reafirmar que eres el único rey de Carthacia!</p> <p>Arturo se sintió repentinamente inquieto.</p> <p>Al principio no quiso dar importancia a ese nerviosismo, pero, al cabo de un rato, no le quedó más remedio.</p> <p>Miró hacia todas partes en busca de algún peligro inminente y nada despertó sus sospechas. Los centinelas estaban atentos y todo se desarrollaba según lo previsto. Sin embargo...</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus era consciente de que ya no tenía amigos, ni oficiales, ni pretorianos que le protegieran. Por primera vez, desde hacía muchos años, se sintió terriblemente solo.</p> <p>Perdido en un paraje desconocido, temeroso de que los soldados carthacianos se le echaran encima, le aprisionaran y le llevaran ante Arturo Adragón, salió de entre los helechos donde había pasado la noche y continuó su penosa huida.</p> <p>Deambuló entre bosques y caminos solitarios, evitando encuentros inesperados con desconocidos que pudieran dar alguna pista sobre su paradero. Era consciente de que, a estas horas, sabían lo de su transformación y le estarían buscando.</p> <p>Recordó a su hija Alexia y decidió que el objetivo de su vida era encontrarla y convertirla en su heredera. Además de matar a Arturo, claro.</p> <p>Pero si algo no olvidaba... era el pergamino de Arquimaes.</p> <p>Arturo supo que algo iba mal cuando se fijó en la radiante cara de Émedi justo en el instante en que depositaba la corona sobre la cabeza del rey Aquilion. Fue como una revelación.</p> <p>—Ahora vuelvo —susurró al oído de Alexia—. Espérame.</p> <p>—¿Adónde vas? ¿Qué pasa?</p> <p>—Nada. Pero tengo que salir un momento. No te inquietes. Solo quiero comprobar algo.</p> <p>Arturo dio un paso atrás, intentando no llamar la atención. Nadie, salvo Arquitamius y Crispín, se fijó en él. Se deslizó entre los invitados y alcanzó la escalera que llevaba a los calabozos.</p> <p>Todo estaba en silencio y los centinelas permanecían en sus puestos. No había ningún indicio de alarma. Sin embargo, estaba seguro de que algo no encajaba. Algo que no alcanzaba a comprender y que debía descubrir.</p> <p>Se asomó por una ventana que daba al patio de caballerizas, donde reinaba la mayor tranquilidad. Dos palafreneros ensillaban un par de caballos mientras otros dos dormían plácidamente, tumbados sobre un montón de paja. Las bestias yacían tranquilas y se dejaban hacer. Todo estaba en orden, así que volvió al pasillo principal, camino de la ceremonia. Pero la alarma sonó en su mente.</p> <p>Desenfundó su espada, corrió escaleras abajo y alcanzó el patio.</p> <p>—¡Quietos ahí! —ordenó a los palafreneros desde la puerta—. ¡Daos la vuelta!</p> <p>Los dos hombres se quedaron inmóviles.</p> <p>—¡Dejad que os vea la cara! —ordenó alzando su espada alquímica—. ¡Ahora!</p> <p>Los dos hombres se giraron lentamente.</p> <p>—¿Cómo nos has descubierto? —preguntó Alexander de Fer.</p> <p>—Supongo que tengo un sexto sentido que me avisa cuando los traidores intentan escapar —ironizó Arturo—. ¡No os mováis!</p> <p>—¿Crees que nos vamos a quedar quietos mientras nos llevas a la horca? —preguntó Alexander antes de desenfundar su espada con la mano de hierro—. ¿De verdad piensas que nos vamos a rendir tan fácilmente?</p> <p>—Eres un iluso —añadió Tránsito sin soltar la rienda de su caballo—. Estás loco, muchacho.</p> <p>—Loco estaría si os dejara marchar —respondió Arturo—. La gente como vosotros debe estar entre rejas. Por el bien de todos.</p> <p>—Intenta encerrarnos —le desafió Alexander dando un paso hacia él, con la espada lista—, ¡Inténtalo!</p> <p>—Tus argucias no te valdrán de nada —dijo Arturo, que a la vez avanzaba con determinación—. Ahora veo y no podrás engañarme con tu brujería. Así que te recomiendo que no la uses.</p> <p>—Pero yo le ayudaré —dijo Tránsito—. También tengo algunos poderes.</p> <p>Alexander se abalanzó sobre Arturo, que tuvo que interponer su espada para detener el arma del caballero carthaciano. El choque fue brutal y ambos contendientes asestaban golpes terribles y poderosos. Las espadas soltaban chispas cada vez que los aceros se encontraban. Tránsito se mantenía a la expectativa para ayudar a su compañero, cuando una voz interrumpió la escena.</p> <p>—¿Puedo ayudar? —preguntó Crispín, con una espada en la mano.</p> <p>—¡Ocúpate de Tránsito! —ordenó Arturo—. ¡Arréstale!</p> <p>—De acuerdo, Arturo, yo me ocupo —respondió el muchacho.</p> <p>Arturo reanudó el ataque contra Alexander con más furia si cabe. El caballero carthaciano luchaba con coraje, estilo y valentía. Las espadas entrechocaban sin parar y todo indicaba que ninguno iba a ganar la pelea cuando, de repente, sucedió algo asombroso.</p> <p>Tránsito, perseguido por Crispín, se alejó de Arturo. Alexander, que con su mano mágica señalaba la empuñadura de la espada alquímica, intentó atraerla hacía sí. Arturo quiso resistirse, pero se vio obligado a aflojar involuntariamente la mano y a soltar la espada. Entonces, esta voló por los aires, libre, igual que un pájaro sin dueño. Luego se remontó a gran altura, sobrepasó el tejado del edificio principal... y se perdió de vista.</p> <p>—¡Estás desarmado, Arturo! —se burló Alexander—. Espero que no acudas a tus poderes y me lances tu dragón.</p> <p>—Me has acusado muchas veces de recurrir a él como si fuera un cobarde. Pues bien, ¡guarda tu espada y luchemos con los puños, si te atreves!</p> <p>Crispín intentó detener a Tránsito, pero el traidor De Fer le envió una descarga de energía con su mano de hierro que le hizo tambalearse y caer al suelo.</p> <p>Arturo se dio cuenta de que Alexander jamás se enfrentaría a él sin renunciar a sus malas artes o a su espada. Era un cobarde. En ese instante, un clamor de mil voces se alzó sobre el cielo. Sorprendidos, los cuatro se quedaron quietos, intentando averiguar lo que había pasado.</p> <p>Temiéndose lo peor, y sin pensarlo dos veces, el jefe del Ejército Negro corrió hacia el interior del edificio principal, seguido por Crispín, que aún estaba aturdido y apenas se mantenía en pie.</p> <p>—¡Huyamos ahora que todavía podemos! —ordenó Alexander—, ¡Corre, Tránsito! ¡Corre!</p> <p>—¿Qué ha pasado? —preguntó el monje renegado—, ¿Qué son esos gritos?</p> <p>—Eso ahora no importa —insistió Alexander—, ¡Huyamos! ¡Esto se va a poner imposible! ¡Si nos cogen, nos matarán!</p> <p>Los dos cómplices subieron a sus monturas y escaparon de allí a toda velocidad, sin que nadie se preocupara de detenerlos. Cruzaron la puerta de Carthacia, salieron a campo abierto y se perdieron en la distancia.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IV</p> <p>E<style name="versalita">L DESIERTO</style></p> </h3> <p>El disco rosado del sol se asoma tras las montañas y trae consigo un nuevo amanecer. Es un anuncio de que el día va a ser caluroso. Espero que podamos aguantarlo.</p> <p>—¿Qué tal has dormido, Arturo? —me pregunta Mohamed, que sale de una cabaña cercana a la nuestra—. ¿Te han molestado los mosquitos?</p> <p>—Me han abrasado —respondo—. Se han cebado conmigo. Me han sacado toda la sangre que han podido.</p> <p>—Esta noche os pondremos cremas protectoras. Para ellos sois un manjar. Sangre fresca, nueva y joven.</p> <p>—Espero que surta efecto. Si esto sigue así, necesitaré una transfusión —digo—. ¿Qué vamos a hacer hoy?</p> <p>—Después de desayunar, cruzaremos aquella extensión de desierto. Al final, detrás, está el pueblo perdido. El lugar en el que naciste. ¿Estás seguro de que quieres seguir adelante?</p> <p>—¿Por qué no iba a querer? He llegado hasta aquí y voy a seguir hasta el final.</p> <p>—A veces es mejor no remover ciertas cosas.</p> <p>—A veces es mejor removerlas. Sobre todo si no te dejan vivir tranquilo. Necesito saber todo lo que ocurrió aquella noche.</p> <p>—Ahí no hay nada que te lo explique. Solo verás paredes vacías —dice, tratando de disuadirme.</p> <p>—Estoy seguro de que me hablarán —le respondo—. No me cabe duda.</p> <p>Después de bañarme en el riachuelo, entro en la choza general y me uno al grupo, que ya ha empezado a desayunar. Mahania corre a atenderme.</p> <p>—Buenos días, Alquamed —dice—. ¿Quieres pan con miel?</p> <p>—¿Por qué le llamas Alquamed, Mahania? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Es una fórmula de cortesía —dice Mohamed rápidamente—. Una costumbre local.</p> <p>—Yo creía que Alquamed era un familiar tuyo —digo—. Me dijiste que el bebé de la foto se llamaba así.</p> <p>—Quiso decir que llamamos así a los niños de la familia —insiste Mohamed.</p> <p>—Sí, es eso —dice Mahania para evitar la discusión—. Aquí tenéis comida en abundancia. Leche, miel, dátiles.</p> <p>Papá y Norma comen con ganas y parecen felices. Me alegra verles sanos, después de lo cerca que han estado de la muerte.</p> <p>—Cariño, pasaste por aquí durante tu viaje con Reyna, ¿no? —pregunta Norma—. ¿Lo recuerdas bien? ¿Está igual que entonces?</p> <p>—Pasamos muy deprisa. Lo justo para contratar a Mahania y a Mohamed —responde—. Apenas me acuerdo de lo que vi. Fue todo muy rápido, era de noche y estábamos escoltados por soldados.</p> <p>—¿Los soldados que os dejaron abandonados en el templo?</p> <p>—Sí, los mismos —asiente papá.</p> <p>—Debió de ser muy duro.</p> <p>—Si no llega a ser por Mohamed, que fue en busca de ayuda, habríamos muerto allí.</p> <p>—¿Mohamed fue solo en busca de ayuda? —pregunto, siempre atento a todo lo que tiene que ver con aquella noche—. ¿Vino a pie o a caballo?</p> <p>—A pie —interviene Mohamed—. Caminé durante dos días para llegar hasta aquí y encontrar auxilio.</p> <p>La respuesta es tan contundente que decido no seguir con el interrogatorio. Papá y Norma están muy acaramelados, como es normal en los recién casados, y no les quiero amargar el viaje. Prometo que seré prudente.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Afuera nos espera una pequeña comitiva. Un carro tirado por dos muías, con Mahania sujetando las riendas. En la parte trasera, varias cajas y bolsas, que deben de contener agua, comida y mantas. También han preparado cuatro caballos y dos camellos.</p> <p>—Me gustaría ir en un camello —dice Metáfora.</p> <p>—No te lo aconsejo —contesta Mahania—. Podrías marearte. Esos animales se mueven mucho y vomitarías. Es mejor que vayas a caballo.</p> <p>—Hazle caso, Metáfora —indica mi padre—. Hay que ser un experto para montar uno de esos bichos. Se balancean como un columpio.</p> <p>Metáfora asiente y se acerca a un caballo.</p> <p>—Volveremos dentro de unos días —nos informa Mohamed—. Os advierto de que el viaje va a ser bastante duro. Este desierto es un auténtico horno.</p> <p>Veo que, detrás de nosotros, hay un jinete armado con un fusil.</p> <p>—Es Farael, un sobrino —me explica Mohamed, que me ha visto—. Es mejor llevar protección. Nunca se sabe.</p> <p>—¿Es posible que nos ataquen? —pregunto—. No querrás asustarnos, ¿verdad?</p> <p>—No, es solo precaución —responde, mientras levanta el brazo derecho para indicar que podemos iniciar la marcha.</p> <p>Dos horas después, los caballos están ardiendo, se les nota cansados y parece que les cuesta caminar. Espero que sepan administrar sus fuerzas.</p> <p>El tiempo pasa tan lentamente que uno puede pensar que el reloj se ha detenido. Nuestras sombras parecen seguir en el mismo sitio, pero es una falsa impresión. Lo que ocurre es que todo va a otro ritmo. Es una nueva dimensión a la que no estamos habituados. El calor y la luz del sol forman una mala combinación que confunde los sentidos.</p> <p>El horizonte, cuya línea debe ser perfecta, se diluye hasta hacerme creer que está casi borrada o a punto de desaparecer. Me resulta imposible calcular la distancia.</p> <p>De vez en cuando, Mohamed nos da permiso para beber agua.</p> <p>—Sorbos pequeños —ordena—. No toméis demasiada a la vez.</p> <p>La caravana avanza despacio y el aburrimiento empieza a hacer mella. Tengo la impresión de adormecerme. El sol cae a plomo, sin piedad, sobre nosotros.</p> <p>Espero que la noche llegue pronto.</p> <p>—No penséis en dormir. Poned atención en lo que os rodea. Si os quedáis dormidos podéis caer del caballo. Y eso es peligroso —nos recuerda Mohamed de vez en cuando—. Prestad atención y abrid los ojos.</p> <p>Pasamos la noche entre las rocas de la ladera de un monte pedregoso. Antes de acostarme, doy unas vueltas para desperezar mis piernas, que están entumecidas. Luego, durante la cena, hablamos un poco.</p> <p>—Papá, ¿crees que reconocerás el lugar exacto en el que nací?</p> <p>—No estoy seguro, hijo —contesta—. Ya te dije que era tarde y apenas había luz. De hecho, no había electricidad. Todo estaba iluminado con antorchas y candelas.</p> <p>—Y tú, Mahania, ¿me podrás enseñar la estancia donde nací?</p> <p>—Me pasa lo mismo que a tu padre —responde—. Ten en cuenta que han pasado muchos años. Pero intentaré ayudarte.</p> <p>—Este viaje es muy importante para mí —digo—. Me gustaría irme de aquí sabiendo todo lo que ocurrió aquella noche. Quiero descubrir qué pasó realmente.</p> <p>—Te lo he contado muchas veces —se apresura papá—. No hay nada más que lo que te he contado.</p> <p>—Pero, papá, aún tengo muchas dudas: hay muchos huecos que necesito rellenar.</p> <p>—Espero que lo consigas, hijo. Yo no te puedo ofrecer más. Ojalá comprendas todo lo que pasó. Pero no te hagas demasiadas ilusiones: el tiempo lo borra todo.</p> <p>Norma agarra la mano de papá y Metáfora me mira como suele hacerlo, con comprensión. Descubro que Mahania sujeta la foto del bebé entre las manos y su marido le pone una manta como suele hacerlo, con comprensión. Descubro que Mahania sujeta la foto del bebé entre las manos y su marido le pone una manta sobre los hombros. Leo sus labios que pronuncian la palabra que, según Mohamed, define a los niños de la familia: Alquamed.</p> <p>Al final, nos tumbamos cerca de una hoguera y nos quedamos dormidos.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Al día siguiente reemprendemos la marcha. Farael, el sobrino de Mohamed, cabalga por delante y vigila siempre con el rifle preparado.</p> <p>—¿Crees que corremos peligro, Mohamed? —le pregunto.</p> <p>—No te preocupes, Arturo. Estamos a salvo. No creo que nadie se atreva a meterse con nosotros. No nos atacarán.</p> <p>Toda la mañana transcurre con una normalidad exasperante. La rutina de nuestro viaje es tan serena que nada la altera. Paso a paso avanzamos bajo el caluroso sol de Egipto, si es que todavía estamos en este país, cosa que empiezo a dudar después de tantas horas de viaje. Tengo la impresión de que nos hemos salido del territorio egipcio.</p> <p>—Mohamed, ¿de qué lado está el Nilo? —pregunto.</p> <p>—Es difícil saberlo. Aparece y desaparece como las serpientes de arena. Cambia de dirección y se bifurca varias veces.</p> <p>—Papá dijo que el pueblo perdido estaba cerca del Nilo.</p> <p>—Tu padre puede estar equivocado. Aquellos soldados que los escoltaron pudieron confundirle con mucha facilidad. Lo único que ahora importa es que estamos en el buen camino. Llegaremos dentro de poco.</p> <p>Tres horas después, Farael hace un disparo al aire desde lo alto de una colina.</p> <p>—¡Ya estamos! —grita Mohamed—, ¡Ya hemos llegado! ¡Ahí está el templo!</p> <p>Empiezo a distinguir la silueta de varios edificios. Están en mal estado, y muchos, ni siquiera enteros. Me recuerdan a la Fundación después de la explosión, aunque aquí el deterioro es resultado del paso del tiempo. Todo está en ruinas. Algunos muros son de piedra, mientras que el resto es de adobe. Varias vigas de madera se dejan ver y el viento levanta una pequeña polvareda que se lleva restos del pueblo perdido.</p> <p>—¿Cómo estás? —me pregunta Metáfora al acercarse—. ¿Estás bien?</p> <p>—Estoy emocionado. Y muy alterado. No te separes de mí.</p> <p>—No te preocupes, no te dejaré solo —dice.</p> <p>—Aquí murió mi madre. Ahora voy a saber la verdad. ¡Por fin!</p> <p>—Tranquilo, Arturo. Es posible que no quede ninguna huella del pasado.</p> <p>—Flay mucho de ella, Metáfora —digo—. Lo noto en el aire, en el polvo, en el ambiente... Noto su presencia...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>V</p> <p>E<style name="versalita">L REY HERIDO</style></p> </h3> <p>Cuando Arturo llegó al final del pasillo y se asomó a la puerta que daba a la gran plaza donde se celebraba la ceremonia de coronación, se quedó estupefacto: ¡el rey Aquilion yacía en el suelo, sobre un gran charco de sangre, con la espada alquímica clavada en el pecho!</p> <p>—¡No! —gritó desesperado—. ¡No es posible!</p> <p>Inclinados sobre el monarca, Arquimaes y Arquitamius trataban inútilmente de reanimarlo.</p> <p>Arturo se acercó, lívido y descompuesto. De alguna manera se sentía responsable. No era culpable, pero Alexander le había usado como la mano ejecutora de una venganza maldita.</p> <p>—¡Alguien ha lanzado una espada contra Aquilion! —explicó Alexia, según se acercaba—. ¡Hay un asesino en el castillo!</p> <p>—Lo siento, lo siento... —balbució Arturo, con las manos en la cabeza—. Lo siento mucho.</p> <p>—¿Qué dices, Arturo? —preguntó Alexia—, ¿Qué te ocurre?</p> <p>—¡Mi espada!</p> <p>Alexia clavó su mirada sobre la funda vacía de Arturo y después observó la espada que estaba clavada en el cuerpo de Aquilion.</p> <p>—¡La espada alquímica! —exclamó asombrada—. ¿Qué has hecho?</p> <p>—No lo sé... Alexander me golpeó con la mano y la espada salió volando. No pude impedirlo. Lo siento...</p> <p>Émedi estaba desconsolada. Sentada en una butaca de madera, rodeada por los hombres de Cordian, con los nervios a flor de piel, recordaba cómo la espada había pasado a su lado y había visto cómo se clavaba en el pecho del hombre al que acababa de distinguir con la corona real. Había escuchado el sonido del acero penetrando en el cuerpo de Aquilion, su aliado. Y no había podido impedirlo.</p> <p>—Madre, ha sido culpa mía —dijo Arturo, de rodillas ante ella—. Perdóname.</p> <p>—¿Qué dices, Arturo? —preguntó, desconcertada e insegura—. Tú no tienes nada que ver.</p> <p>—Mi espada. La espada alquímica... ¡He sido yo!</p> <p>—¡No! ¡No puede ser! —exclamó la reina—, ¡Dime que no es verdad!</p> <p>—¡El no la lanzó! —intervino Crispín—, ¡Ha sido Alexander de Fer! ¡Yo lo he visto! ¡Ha usado magia demoniquiana con esa horrible mano de hierro!</p> <p>Arquimaes dejó el cuidado de Aquilion en manos de Arquitamius y se acercó a su hijo.</p> <p>—¿Cómo ha sucedido todo? —preguntó—. Cuéntame qué ha pasado.</p> <p>—No lo entiendo, padre —balbució Arturo—. No lo sé.</p> <p>—Alexander le obligó a soltar la espada mientras luchaba con él, maestro —explicó Crispín—. Cogió desprevenido a Arturo y no le dio tiempo a reaccionar. No lo pudo impedir.</p> <p>—¿Qué hizo Arturo?</p> <p>—Nada. No quiso recurrir a Adragón para luchar y le conminó a pelear con los puños. Pero Alexander... todos conocemos sus malas artes.</p> <p>—¡Alexander! —exclamó Arquimaes con rabia—. ¿Dónde está?</p> <p>—Ha huido del castillo con Tránsito —explicó Crispín—. Los he visto salir.</p> <p>La alarma acababa de cundir y la gente corría desbocada, mientras proferían gritos y empujones a quienes se ponían por delante. Todos querían huir y ponerse a salvo. Si llovían espadas, era mejor guarecerse.</p> <p>Los soldados formaron un círculo alrededor del estrado real y los pretorianos cubrieron a la reina con sus escudos.</p> <p>—¡Ayúdame, Arquimaes! —gritó Arquitamius—. ¡Aquilion se desangra! ¡Se muere!</p> <p>Todos se acercaron rápidamente para ayudar. Arquimaes se inclinó sobre el moribundo.</p> <p>—¡Sujétale! —ordenó Arquitamius—. ¡Sujétale fuerte!</p> <p>Mientras Arquimaes agarraba con fuerza a Aquilion, Arquitamius cogió la empuñadura de la espada alquímica y la extrajo lentamente pero con seguridad.</p> <p>—¡Debemos cicatrizar la herida! —alegó mientras entregaba el arma a Arturo—. Las heridas de estas espadas son terriblemente peligrosas. ¡Hemos de actuar con rapidez!</p> <p>Entonces pasó varias veces la mano sobre el corte mientras recitaba algunos conjuros. De repente, la sangre dejó de manar. Alguien entregó un paño empapado en agua a Arquitamius, que, delicadamente, limpió la zona de la herida. El cuerpo de Aquilion estaba sano y no quedaba ni rastro de la llaga.</p> <p>—Se salvará —dijo finalmente Arquitamius—. En unos días estará bien.</p> <p>—Hay que ir en busca de Alexander y Tránsito —afirmó Arquimaes—. Debo detenerlos antes de que sigan cometiendo atrocidades.</p> <p>—Os acompaño, maestro —dijo Arturo.</p> <p>—Yo también voy —añadió Crispín.</p> <p>—Y yo —dijo Alexia, sumándose al grupo.</p> <p>Los cuatro corrieron escaleras abajo, donde pidieron a varios soldados que les prestaran su caballos. Cuando ya estaban a punto de partir, Arquitamius se les unió.</p> <p>—No os voy a dejar solos —dijo según tiraba de las bridas.</p> <p>—¡No corráis riesgos innecesarios! —les advirtió Émedi—. Id tranquilos, yo cuidaré de Aquilion. Me ocuparé de que se restablezca y mantendré el orden en Carthacia hasta que regreséis.</p> <p>—¡La protegeremos! —aseguró Cordian—, ¡Os prometo que no sufrirá daño alguno! ¡Ningún desconocido se acercará a ella!</p> <p>Armadía y Forester se unieron a la reina y se despidieron de sus amigos.</p> <p>—Ten cuidado, hijo. Cumple con tu deber, pero vuelve sano y salvo —le pidió Forester a Crispín—. A tu regreso, te daré buenas notici...</p> <p>—¡Vamos a casarnos! —interrumpió Armadia—. Cuánto antes lo sepas, mejor.</p> <p>—Vaya, es una gran noticia —dijo Crispín—. Supongo que lo festejaréis a lo grande.</p> <p>—¡Lo verás tú mismo! —gritó Forester sonriendo—. ¡Corre, hijo, corre!</p> <p>Los cinco partieron a todo galope. Poco después, Arturo y los suyos encontraban los cadáveres de varios centinelas de una puerta de Carthacia.</p> <p>—¡Han ido hacia las montañas! —les indicó un superviviente.</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i5"/>/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/ /storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/ /storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/</p> <p>Demónicus, que estaba muy cansado y enfermo, vio venir desde su escondite a un grupo de campesinos que volvían de trabajar y que, sin duda, se dirigían a sus hogares.</p> <p>Durante unos instantes pensó en acabar con ellos, pero la prudencia le hizo actuar con sensatez. No valía la pena malgastar fuerzas ni crear alarma y dejar un rastro de muerte por culpa de unos desgraciados que, al fin y al cabo, ni siquiera representaban peligro alguno.</p> <p>Así que permaneció escondido tras unos árboles y los dejó pasar. Sin embargo, un perro le olfateó y corrió hasta su lado, denunciando su presencia.</p> <p>Demónicus hizo un rápido sortilegio y, antes de que los campesinos se dieran cuenta de nada, había ocupado su lugar: se había convertido en el animal, un perro de hermoso porte, cazador y perseguidor de zorros.</p> <p>Poco después fue tras el grupo, que siguió su marcha tranquilamente.</p> <p>—¿Qué le ha pasado al perro? —preguntó un hombre de gran mostacho—, ¿Qué buscaba?</p> <p>—Seguramente ha olido alguna rata —respondió un joven que portaba una larga hoz—. Las huele de lejos.</p> <p>El perro y los hombres se alejaron sin dar más importancia al incidente.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Alexander de Fer y Tránsito cabalgaban como posesos, sin mirar atrás.</p> <p>—¿Adonde podemos ir? —preguntó Tránsito—. Dentro de poco se lanzarán en nuestra persecución. Debemos escondernos.</p> <p>—Sé de un sitio —dijo Alexander—, un lugar muy apartado que casi nadie conoce.</p> <p>—¿Dónde está ese sitio? ¿Lejos?</p> <p>—Es un refugio secreto, pero yo sé el camino. Cuando lleguemos buscaremos a Demónicia, me perdonará todos mis fracasos y me amará por lo que le voy a entregar —aseguró el antiguo carthaciano.</p> <p>—¿De qué hablas? ¿Qué le vas a entregar?</p> <p>—Es un secreto. Pero le gustará. Y a ti.</p> <p>—¡Dime qué es!</p> <p>—¿Has oído hablar de la cueva del Gran Dragón?</p> <p>—¿Vamos allí? ¿Estás loco? ¡Es una leyenda! ¡No existe!</p> <p>—Sé lo que digo, Tránsito. He estado cerca, muy cerca. Tengo muchas pistas, solo me falta encontrar la entrada de la gruta, pero eso no me preocupa. Demónicia nos premiará por ello y yo conseguiré su amor.</p> <p>—No sabes lo que dices. Nadie ha entrado en esa cueva. No se sabe dónde está —añadió Tránsito—, ¿Qué más pruebas quieres de que no existe?</p> <p>—Calla, te digo que he estado muy cerca de ella. Lo he pensado mucho y he recordado muchas cosas. La encontraremos. Y eso complacerá mucho a Demónicia. ¡Vamos, corre!</p> <p>Los dos jinetes siguieron su alocada carrera hacia el norte sin hacer más comentarios. A Tránsito, lo único que le interesaba era adquirir el poder suficiente para acabar de una vez con su hermano Arquimaes, al que odiaba cada día más.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus, convertido en perro, comió la cena que los campesinos le entregaron y se tumbó sobre la paja del granero, cerca de las ovejas, las vacas y los cerdos. Intentó dormir, pero le costó trabajo. Tenía la mente ocupada por miles de pequeños pensamientos que le impedían concentrarse. Siempre había sido muy obsesivo, pero, desde que Arturo llegó a su vida, había entrado en una espiral desconocida que no controlaba. El odio, la rabia, el deseo de venganza y la necesidad de recuperar a su hija le iban a volver loco.</p> <p>Finalmente cerró los ojos, pero tuvo que volver a abrirlos enseguida porque las pesadillas le impedían dormir con tranquilidad.</p> <p>—Aunque sea lo último que haga en mi vida, he de ver el cadáver de ese maldito hijo de alquimista tirado a mis pies —murmuró—. También recuperaré a mi hija Alexia, a la que amo con todo mi corazón. Haré sacrificios, contentaré a los dioses y volveré a reunirme con mi adorada Demónicia. Juro que tendremos tanto poder que nadie osará oponerse a nuestros deseos.</p> <p>Durante horas pensó en la manera de recuperar todo lo perdido. Sabía perfectamente que sus ejércitos habían sido aniquilados y que su fortaleza de las tierras pantanosas era irrecuperable. Ahora tenía que alimentar su esperanza.</p> <p>—Debo buscar nuevos aliados —dijo, antes de que los débiles rayos del sol entraran en el cobertizo—. Necesito encontrar amigos poderosos o no conseguiré mis propósitos. No quiero acabar junto a Demónicia en el Abismo de la Muerte. Si los dos morimos, será el fin y todos nuestros esfuerzos habrán sido en vano.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo y Crispín se habían adelantado en busca de huellas, pero las que encontraron apenas se veían. Sin embargo, pudieron hacerse una idea de las intenciones de Tránsito y Alexander de Fer.</p> <p>—¡Van hacia Nevadia! —determinó Arturo.</p> <p>—Sí, mi señor —confirmó Crispín—. Eso parece, pero no entiendo qué buscan allí.</p> <p>—Yo sí... ¡Van a la Cueva del Dragón! —afirmó Arturo.</p> <p>—No conocen el camino —respondió Crispín—. Recuerda que Alexander y yo nos quedamos a medio camino mientras tú y Arquimaes...</p> <p>—Fuimos unos ingenuos. Ese hombre nos traicionó con lo de Émedi y también nos engañó en ese viaje. Probablemente hizo sus cálculos y prestó atención a detalles que a nosotros nos pasaron desapercibidos. En Nevadia no hay ninguna otra cosa que le interese. ¡Estoy seguro de que sabe llegar hasta la cueva!</p> <p>—¡Claro! ¡Ahora lo comprendo! Mientras me enseñaba las artes de la guerra y el manejo de las armas, él salía a cabalgar. ¡Apuesto a que os espiaba y os seguía de lejos! ¡Me engañó!</p> <p>—Alexander de Fer tiene ahora bastantes pistas para localizar esa gruta. Incluso sabe el tiempo que hemos tardado en llegar. Debió de interrogar a Amarofet sin que nos diéramos cuenta y ella le contó todo.</p> <p>Los dos alquimistas y Alexia se unieron a ellos.</p> <p>—¿Qué pasa, Arturo? —preguntó Alexia—. Os veo preocupados.</p> <p>—Maestro, tengo malas noticias —reconoció Arturo.</p> <p>—Ya lo sé. Alexander y Tránsito van a la gruta de Adragón —dijo Arquimaes.</p> <p>—¿Lo sabéis?</p> <p>—Naturalmente. Ese hombre nos mintió. El poder que Demónicia tiene sobre él es inaudito. Ha intentado matar a Aquilion y ahora quiere darle todo lo que pueda para conseguir su amor. ¡Le va a entregar el secreto de Adragón!</p> <p>—¿Por qué no lo ha hecho antes? —preguntó Arturo—. Ha tenido ocasión.</p> <p>—Supongo que habrá necesitado tiempo para atar cabos hasta tener la certeza de que conocía el lugar exacto de la gruta —respondió Arquimaes—. Pero ahora no me cabe duda de lo que va a hacer.</p> <p>—Nadie debe conocer esa cueva —advirtió Arquitamius—. Es una desgracia para todos que esos hombres se dirijan hacia allí.</p> <p>—Haremos lo posible por detenerlos —prometió Arquimaes.</p> <p>—Dudo que lo consigamos —le corrigió Arturo—. Llegarán antes que nosotros.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VI</p> <p>R<style name="versalita">UINAS</style></p> </h3> <p>Entramos en el pueblo, o en lo que queda de él. Cualquiera diría que aquí había un templo. No hay signos de vida. Me pregunto cómo pudo llegar papá hasta este lugar y, sobre todo, qué le indujo a venir. —¡Mirad! —grita papá—, ¡La camioneta! ¡Todavía está aquí! Cubierto de polvo, el vehículo permanece cerca de una pared. Tiene el capó levantado y casi no le quedan piezas. Las ruedas han desaparecido y solo quedan el chasis, la carrocería oxidada por el paso del tiempo y poco más.</p> <p>—Todos los que han pasado por aquí durante estos años se han llevado algo —explica Mohamed—. Es un milagro que aún no haya desaparecido.</p> <p>—Esta es la camioneta que alquilamos —explica papá—. Los soldados, antes de marcharse, le quitaron algunas piezas para que no pudiéramos salir de aquí. ¡Menudos canallas!</p> <p>—Eran unos desalmados, además de corruptos —añade Mohamed—. Mala gente.</p> <p>—Pero, gracias a vosotros, Arturo pudo nacer en buenas condiciones... —dice papá, refiriéndose a Mohamed y a Mahania—, aunque Reyna perdiera la vida aquella noche.</p> <p>—No debe culparse, don Arturo —le consuela Mohamed—. Usted no tuvo la culpa. Lo que ocurrió fue cosa del destino. Solo del destino... Y de esos malos soldados.</p> <p>—Sí, es verdad, pero siempre me he preguntado si valió la pena venir hasta aquí en busca de ese pergamino —dice con melancolía—. Quizá fue un error.</p> <p>—Usted hizo lo único que podía —responde Mohamed—. Y yo siempre se lo he agradecido. Menos mal que llegó a tiempo.</p> <p>—¿A tiempo de qué? —pregunto.</p> <p>—Oh, bueno, no tiene importancia —dice Mohamed—. Cuando tus padres llegaron a mi pueblo, una patrulla de soldados me iba a llevar a la cárcel bajo la acusación de haber saqueado algunas tumbas y de haber vendido objetos antiguos e históricos a ciertos turistas. Pero tu padre lo impidió. Me salvó la vida.</p> <p>—Vamos, vamos, no exageres —le ataja papá—. No fue para tanto.</p> <p>—¿Cómo que no? Me hubieran matado en mitad del desierto y luego habrían dicho que intentaba escapar. Lo sé muy bien.</p> <p>—Eso es lo que hacen casi siempre que se llevan a un detenido —interviene Mahania—. Los asesinan, les quitan todo lo que llevan y dejan los cuerpos tirados allí para que se los coman los carroñeros. Tu padre salvó la vida de Mohamed. Y le estamos muy agradecidos.</p> <p>—¿Qué hacemos? —pregunta Norma—. ¿Vamos a acampar?</p> <p>—Primero levantaremos el campamento —propone papá—. Pondremos las tiendas de campaña tras esos muros, para protegernos de una posible tormenta de arena. Aquí son muy frecuentes.</p> <p>—Es mejor ponernos en el centro, en la plaza. Estos muros están muy débiles y podrían caerse —recomienda Mohamed—. Estaremos más seguros en esa zona descampada.</p> <p>—De acuerdo —dice papá—. Después tendremos tiempo de visitar el pueblo e intentaré llevaros hasta el lugar en el que nació Arturo. Fue en aquel edificio... ¿verdad, Mahania? Menuda memoria tengo...</p> <p>—Sí, ahí es. Nunca lo olvidaré.</p> <p>Descargamos los bultos del carro y armamos las tiendas de campaña justo donde nos ha indicado Mohamed. La verdad es que si uno observa esos muros con atención, comprende que se mantienen en pie por casualidad. Cualquiera sabe cuántos años tienen. Están llenos de grietas y agujeros.</p> <p>Después de comer, papá anuncia algo que llevo horas esperando.</p> <p>—Bueno, creo que ha llegado la hora de cumplir mi promesa. Vamos a visitar ese templo para ver de cerca el lugar donde nació Arturo...</p> <p>—Y donde murió mamá —añado.</p> <p>—Sí... —dice papá con un timbre triste—. Vamos allá.</p> <p>Por fin ha llegado el momento de la verdad. El momento de ver con mis propios ojos el escenario en el que tuvo lugar el mayor drama de mi vida.</p> <p>—Es mejor llevar linternas y antorchas —propone Mohamed—. Todavía es de día, pero ahí dentro habrá poca luz.</p> <p>Provistos de lámparas, Norma, Metáfora, papá y yo nos dirigimos hacia el edificio del templo. La entrada principal carece de puertas y Mohamed nos invita a pasar.</p> <p>—Tened cuidado —nos advierte—. Procurad no tocar nada y no os apoyéis. Esto está en muy malas condiciones.</p> <p>—¡Esperad! —dice Norma—. Ahí viene Mahania.</p> <p>—Mahania, ¿adonde vas? —le pregunta papá.</p> <p>—Quiero entrar con vosotros.</p> <p>—¿Estás segura? —pregunta Mohamed.</p> <p>—Sí. Necesito entrar —insiste.</p> <p>Papá asiente y seguimos el camino. Dentro huele a viejo, a humedad y a calor condensado. El ambiente está lleno de partículas de polvo y la luz se filtra por algunas rendijas de las paredes producidas, seguramente, por el paso de los años y la fuerza del viento.</p> <p>Todavía se observan varios muebles en muy mal estado. Seguro que se caerían hechos pedazos solo con rozarlos. Algunas cortinas, hechas trizas, cuelgan del techo, mientras que varias alfombras cubren ciertas zonas del suelo. Por aquí han debido de pasar gentes de toda época. Varias lagartijas se deslizan sobre las paredes y corren a esconderse.</p> <p>A pesar del desgaste que sufre, el templo mantiene su antigua dignidad y conserva parte de su atractivo gracias a los soberbios dibujos, de altísima calidad, que adornan sus paredes.</p> <p>—Esto es un mausoleo —dice Metáfora—. Espero que no haya espíritus.</p> <p>—Es un viejo templo —explica papá—. Aquí, antiguamente, rendían culto a los dioses, mitad hombre, mitad animal... Ahora veréis el lugar de adoración.</p> <p>—Pero ¿por qué está aquí, oculto en el desierto? —pregunta Norma—. Está muy lejos de las ciudades. Nadie vendría aquí.</p> <p>—Piensa que, en aquellos tiempos, las cosas eran distintas. Posiblemente había pueblos y ciudades por esta zona. Nunca se sabe.</p> <p>—Además, nadie ha dicho que los sacerdotes quisieran recibir visitas —añade Mohamed—. Ellos siempre han preferido la soledad. De hecho, la muralla exterior indica que esto debía de ser una especie de fortaleza. Seguro que para entrar aquí había que tener permiso de los soldados de la guardia.</p> <p>—¿Vivían protegidos por soldados? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Claro, no dejaban entrar a cualquiera —aclara papá.</p> <p>—No es como ahora, que todo el que pase por aquí puede visitarlo —digo—. Y sin pagar.</p> <p>Papá nos lleva a través de una larga galería que desemboca en una gran sala, donde hay una especie de altar casi intacto.</p> <p>—Esta es la sala de rezos. Aquí se juntaban para orar a sus dioses —nos explica.</p> <p>—Vaya, sabes mucho sobre ese tema, ¿no? —dice Norma, que no deja de hacer fotos con su cámara digital—. Se ve que te lo has trabajado.</p> <p>—Soy historiador y vine aquí para profundizar en el estudio de esa cultura —responde—, entre otras cosas. Cariño, no deberías tomar fotos aquí; el <i>flash</i> es más nocivo de lo que parece.</p> <p>—Tiene razón, Norma; daña las piedras. Pero oye, papá, ¿cómo llegaste hasta aquí? —pregunto—. ¿Qué te indujo a venir? ¿Cómo fue?</p> <p>—Buscaba el pergamino de Arquimaes. Esa es la verdad.</p> <p>—¿Cómo llegó ese pergamino hasta aquí? ¿Para qué lo querían ellos, si ni siquiera comprendían el lenguaje en el que está escrito?</p> <p>—Ese es un misterio que a día de hoy sigo sin comprender. Quizá esté relacionado con la figura del dragón, pero solo son conjeturas. También es cierto que, miles de años antes de Arquimaes, los egipcios ya estudiaban los secretos de la vida eterna. Es posible que, posteriormente, los seguidores de esos antiguos cultos y ritos de resurrección tuvieran noticia de Arquimaes y se interesaran por sus investigaciones. No sé, Arturo; como te decía, son solo conjeturas.</p> <p>—¿Quién te dijo que ese papiro podía estar aquí?</p> <p>—Hallé muchas pistas que indicaban que el auténtico pergamino de Arquimaes se encontraba aquí y que contenía la fórmula de la vida eterna.</p> <p>—¿Fue <i>Sombra</i> quien te dio el indicio?</p> <p><i>—¿Sombra?</i> ¿Qué tiene que ver con esto?</p> <p>—No lo sé. Explícamelo tú —digo.</p> <p>—Vamos, Arturo —no digas tonterías—. <i>Sombra</i> es un pobre monje que...</p> <p>—Que te ha ayudado a descifrar el pergamino de Arquimaes que puede resucitar a mamá —añado—. <i>Sombra</i> no es lo que parece, papá... Y tú lo sabes.</p> <p>Papá no responde y sigue adelante. Norma me lanza una mirada de reproche que no tiene nada que ver con la de complicidad de Metáfora.</p> <p>—Ahora, vamos a la habitación donde naciste, Arturo —anuncia papá.</p> <p>Cruzamos una nueva estancia, subimos una escalera y llegamos al primer piso. Hay varias estanterías llenas de manuscritos y libros enrollados. Muchos están desparramados por el suelo y otros apilados sobre varias mesas y sillones. El polvo lo cubre todo, igual que una sábana protectora.</p> <p>—Aquí naciste. Sobre aquella mesa —prosigue papá—. Entre libros, pergaminos y documentos milenarios. Puede que, por las circunstancias, confundiera el entorno del templo, pero esta sala no la olvidaré mientras viva.</p> <p>Me detengo y observo hasta el último rincón de la estancia. No sé qué busco exactamente, pero noto que algo me inquieta.</p> <p>—Es tal y como te la describí —dice papá—. ¿Recuerdas?</p> <p>—Sí, tienes razón. Pero, por mucho que he tratado de imaginarla, nunca pensé que fuese así. Este lugar es maravilloso. Parece que pertenece a otro mundo.</p> <p>—Creo que es el templo de Ra, el dios Sol, el de la vida...</p> <p>—Y la muerte —añade Mahania—. El dios de nuestros ancestros.</p> <p>—¿Por qué tuve que nacer aquí? ¿Qué necesidad había de venir hasta este lugar?</p> <p>—No estaba previsto —argumenta papá—. El parto se adelantó un par de semanas. Ibas a nacer en casa, en Férenix, en la clínica...</p> <p>—En la clínica de Batiste, ¿verdad?</p> <p>—¿Cómo lo sabes?</p> <p>—Me lo acabas de confirmar. El me iba a ayudar a venir a este mundo, pero algo más poderoso se le adelantó.</p> <p>—No. Nadie intervino para que así fuera —insiste—. Te repito que fue casualidad.</p> <p>—¿Y también lo fue que naciera aquí y que me envolvieras con el pergamino? ¿De verdad quieres que crea que fue una casualidad?</p> <p>—No tengo otra explicación.</p> <p>—¿Dónde naciste tú, papá?</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué dices?</p> <p>—Quiero que me digas dónde naciste.</p> <p>—En Férenix.</p> <p>—¿Y el abuelo, tu padre? ¿También nació en Férenix?</p> <p>—Arturo, ¿adonde quieres llegar? —pregunta Norma—. ¿Crees que tu padre miente?</p> <p>—Mi padre no me ha dicho nunca la verdad cuando hemos hablado de estas cosas. Me engañó sobre mi nacimiento, creo que ahora miente sobre el suyo y estoy convencido de que también lo hace cuando me cuenta la muerte de mamá.</p> <p>—¡Ya está bien, Arturo! —exclama papá—. ¡Ya basta!</p> <p>—¡No, papá, no está bien! —protesto—. Primero me dijiste que mamá había fallecido dos días después de mi nacimiento. Otro día me contaste que pereció en cuestión de horas. Me aseguraste que el pergamino estaba aquí, pero luego resultó que estaba en la Fundación, y al final descubro que el cuerpo de mamá lleva años en los sótanos de la Fundación. ¡Estoy más que harto de mentiras! ¡Necesito que me cuentes la verdad!</p> <p>—¡No hay ninguna verdad! —responde al borde de la histeria—. ¡Yo ya no sé cuál es la verdad! ¿Comprendes? ¡Solo te cuento lo que te conviene! Esa es la auténtica verdad. No puedo contarte nada más.</p> <p>—¡Ya basta, Arturo! —ordena Norma—. ¿No ves que tu padre sufre con tus acusaciones? ¿Que no quiere mentirte?</p> <p>—¡Pero sigo sin saber la verdad!</p> <p>—¡Y qué importa eso! ¡Qué más da lo que haya ocurrido! —responde papá—, ¡Lo único relevante es que estás vivo! ¡Eso es lo que interesa!</p> <p>—¡Que estoy vivo! ¿Es que tenía que haber muerto?</p> <p>—¡Alquamed! —susurra Mahania.</p> <p>Veo que se tambalea, pero Mohamed la sujeta a tiempo y la coloca sobre una silla.</p> <p>—¿Qué le pasa? —pregunta Metáfora—. ¿Se ha puesto mala?</p> <p>—Solo es un mareo. Debe de ser por el calor. Aquí dentro no corre ni una gota de aire.</p> <p>—Saquémosla fuera —propone Norma—. Y que alguien le dé un poco de agua.</p> <p>Mohamed le ofrece su cantimplora y parece que vuelve en sí. Después, entre papá y Mohamed, la llevan al exterior. Allí parece que se recupera poco a poco.</p> <p>—Por hoy es suficiente —afirma papá—. Mañana seguiremos. De todas formas, ya habéis visto lo más significativo.</p> <p>Ha sido una visita sobrecogedora. Apenas hemos echado un ojeada a la parte de abajo, pero me ha inquietado mucho. Las paredes están llenas de grietas y medio desconchadas. Si pudiesen hablar, seguro que contarían cosas sorprendentes.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>No logro conciliar el sueño. Este viaje resulta más intenso de lo que pensaba. Mahania se encuentra agotada y creo que todos estamos un poco intranquilos. Intentaré no volver a perder los nervios. Sé que para papá esto no es un plato de buen gusto. Incluso empiezo a pensar que venir hasta aquí ha sido un error. Quizá no debí pedirle que volviera a pasar por esta experiencia, que tuvo que ser muy dura para él.</p> <p>Creo que voy a dar un paseo. Estoy seguro de que me sentará bien. Todavía me noto alterado.</p> <p>Salgo de mi tienda y veo que todo el mundo duerme menos Farael, el sobrino de Mohamed. Está ahí, montado sobre su caballo, con el rifle preparado, vigilante. Me ha visto y le he hecho un saludo con la mano, no me vaya a confundir con algún bandido o con un animal carroñero del desierto y me pegue un tiro.</p> <p>Me alejo un poco, aprovechando que hay buena luna y que se ve bastante bien. Me acerco a unas palmeras y me detengo a su lado, quizá en busca de un poco de tranquilidad.</p> <p>Recuerdo a mis amigos y los echo de menos. Espero que <i>Sombra</i> esté bien y que no haya tenido problemas en la Fundación. Y <i>Patacoja, Escoria</i>, Adela... Desde aquí no puedo comunicarme con ellos. Estamos perdidos en un lugar del mundo que probablemente no figura en los mapas. Es increíble que este templo se halle totalmente abandonado. Parece una verdadera obra de arte, repleto de documentos que deben de tener un valor incalculable.</p> <p>Después de dar vueltas durante una hora, decido volver a la cama. Quizá me duerma ahora. Creo que el paseo me ha sentado bien.</p> <p>Me acerco al campamento, pero una sombra me sale al paso y me corta el camino.</p> <p>—¡Mahania! ¡Qué susto me has dado! ¿Qué haces aquí a estas horas?</p> <p>—He venido a verte —dice en voz baja—. Creo que ha llegado la hora de que sepas quién eres.</p> <p>—¿Qué dices? ¿Qué sabes tú?</p> <p>—Lo que yo sé no importa... Ven conmigo...</p> <p>—Pero, Mahania...</p> <p>—Calla, Arturo... Guarda silencio, no vayamos a despertar a alguien. Esto es entre tú y yo.</p> <p>—No entiendo.</p> <p>—Ahora descubrirás todo lo que tu madre ha hecho por ti. Eres quien eres gracias a ella. Sígueme.</p> <p>Le hago caso y la sigo. Se dirige hacia el templo. Camina ligera y sigilosa. Sus pies parecen volar sobre el polvo. Entramos y subimos hasta la estancia que ya conocemos, donde, según papá, todo ocurrió.</p> <p>—¿Para qué hemos venido aquí? —pregunto.</p> <p>—Siéntate y espera —ordena—. Tranquilo.</p> <p>Abre una pequeña bolsa que trae colgada de la cintura y saca algunos objetos que parecen hierbas o algo así. Después busca un cuenco en el que mete algunas de esas plantas, las mezcla con la cera de una vela y les prende fuego. Aunque las llamas son muy pequeñas, una columna azulada de humo se eleva hacia el techo.</p> <p>—Acércate —me pide—. Deja que el humo entre en tus pulmones. No opongas resistencia, que fluya... Déjate llevar...</p> <p>Me inclino sobre la cazuela y permito que el humo me invada. Tiene un fuerte olor cuyo origen no identifico, pero que es muy agradable. La extraña mezcla comienza a dominar mis sentidos y poco a poco me adormezco... Creo que empiezo a soñar...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VII</p> <p>A <style name="versalita">LA CAZA DE LOS TRAIDORES</style></p> </h3> <p>Dos días después, Arturo y sus compañeros llegaron a Nevadia, donde la vez anterior habían dejado a Crispín y a Alexander mientras ellos proseguían su marcha hacia la cueva del Gran Dragón.</p> <p>—Podemos acampar aquí —sugirió Arquimaes—. Recuperemos fuerzas. —Me parece bien —dijo Arturo—. Anochece y nos llevan mucha ventaja. Es mejor descansar.</p> <p>—Mañana tomaremos el camino que lleva a la cueva —dijo Arquimaes—. No creo que los alcancemos hasta entonces, pero allí daremos con ellos.</p> <p>—Espero que no sea demasiado tarde; ojalá no hagan nada que tengamos que lamentar —añadió Arquitamius.</p> <p>—¿A qué os referís, maestro?</p> <p>—A que causen algún daño al Gran Dragón.</p> <p>—¿Qué le pueden hacer?</p> <p>—No sé. Es solo un temor. Comamos algo y durmamos, que a partir de ahora empieza lo duro.</p> <p>Después de comer, Arturo y Alexia se alejaron del grupo y montaron un pequeño campamento para ellos dos.</p> <p>—¿Qué opinas? —preguntó la princesa mientras tendía una manta sobre el suelo, cerca de una pequeña fogata—. ¿Crees que los encontraremos?</p> <p>—No antes de que lleguemos a la cueva. Y eso me preocupa. Esos dos son capaces de cualquier cosa. Podrían dañar de forma irreparable al Gran Dragón —explicó Arturo muy preocupado, cubriendo sus cuerpos con pieles y mantas—. Es lo que teme Arquimaes.</p> <p>—Pero, según me contaste, es de piedra y muy grande. ¿No es difícil destruir algo así?</p> <p>—Recuerda que Alexander y Tránsito tienen poderes —le interrumpió el joven caballero—. Podrían destrozarlo si se viesen acorralados. Están llenos de odio y reaccionarán con violencia. Tenemos que detenerlos a tiempo. Si destruyen al Gran Dragón... no quiero ni pensarlo.</p> <p>—No sufras, los detendremos.</p> <p>—No nos queda más remedio. Nuestro destino depende de que Adragón mantenga su poder. Somos inmortales gracias a su fuerza. Sin Adragón, todo lo que tenemos que hacer, la razón por la que estamos aquí, peligra. Sin él no podremos hacerlo.</p> <p>—No temas, Arturo. Saldrá bien. Estamos juntos y nadie nos separará. Crearemos ese reino de justicia que Arquimaes y tú ansiáis.</p> <p>—Émedi también lo desea... Y espero que tú también.</p> <p>—Naturalmente —dijo Alexia al acercarse—. Hemos pasado muchas vicisitudes juntos. Pero ahora somos uno. Estamos unidos por la fuerza de Adragón.</p> <p>Arturo y Alexia se fundieron en un beso. Todos sus temores desaparecieron y, durante unos instantes, creyeron que estaban a salvo del peligro.</p> <p>—Arquimia será un modelo para otros monarcas —dijo Arturo—. Querrán imitarnos e impondrán un sistema más justo y equitativo entre sus súbditos. La gente será más feliz.</p> <p>—Nosotros también lo seremos —añadió Alexia—. Encerraremos a Tránsito y a Alexander y olvidaremos a Demónicus, que ya no tiene ejército y no representa ningún peligro.</p> <p>—Ojalá tengas razón y todo sea tan fácil —deseó Arturo.</p> <p>—Lo será, Arturo, lo será...</p> <p>Los dos dibujos de sus rostros se juntaron y formaron un solo dragón. Hablaron durante casi toda la noche sobre el futuro y llegaron a la conclusión de que tenían por delante una vida llena de esperanzas y de grandes proyectos. Luego, agotados, se durmieron.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus avistó un pequeño poblado habitado por unas treinta familias de campesinos. Harto de vivir en el cuerpo del perro, recuperó su forma humana y se dirigió hacia él. El animal, al verse libre de su presencia, huyó hacia su casa, en dirección contraria.</p> <p>Estaba agotado y se dejó caer en medio de la plaza principal, cerca de un edificio de piedra, donde se quedó dormido bajo una lluvia suave pero incesante. Permaneció allí hasta que, al cabo de unas horas, alguien se acercó y le arrojó un mendrugo de pan.</p> <p>—No deberías quedarte aquí —le dijo una mujer de aspecto horrible, gruesa y sucia—. En este pueblo no reciben muy bien a los hechiceros.</p> <p>—¿Cómo sabes lo que soy?</p> <p>—Apestas a brujería desde el otro lado de la calle. Te aconsejo que salgas de aquí lo antes posible. Si se dan cuenta es probable que te arrojen al fuego.</p> <p>—No creo que presten atención a un pobre hombre enfermo y herido —susurró Demónicus—. Pero seguiré tu consejo. ¿Adonde puedo ir?</p> <p>—Vete a Rugían, donde el rey Horades ampara a todos los hechiceros, porque está creando un reino de brujería y seguro que te acogerán bien.</p> <p>—¿Por qué no vas tú allí? —respondió Demónicus—. Me parece que tú no eres precisamente una campesina normal. Tus modales indican que practicas todas las artes oscuras con maestría. ¿Me equivoco?</p> <p>—Aquí nadie se mete conmigo; en cambio, tú estás en peligro. Si te descubren, no doy nada por tu vida. ¿Cómo te llamas, hechicero?</p> <p>—Mi nombre no importa. Pero agradezco tu consejo. Te aseguro que no lo olvidaré. Iré a ese lugar y me pondré al servicio del rey Horades. Algún día te devolveré el favor.</p> <p>—Sálvate ahora que puedes —insistió—. Estos son tiempos duros para la hechicería. Debemos ayudarnos.</p> <p>Demónicus salió del pueblo bajo la mirada de la mujer, que no dejaba de preguntarse de qué conocía a ese hombre grande que ahora parecía una piltrafa humana, pero que recordaba haber visto en mejores condiciones.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Alexander y Tránsito alcanzaron la boca de la cueva del Gran Dragón, estaban a punto de quedarse sin fuerzas debido a que llevaban muchas horas sin comer y sin dormir. Sabían que se jugaban mucho y tenían el convencimiento de que sus enemigos les pisaban los talones, así que prefirieron no perder tiempo.</p> <p>—Ya hemos llegado —dijo Alexander—. Estoy convencido de que esta es la cueva que buscamos.</p> <p>—Yo también lo creo. Siento vibraciones extrañas que me indican que ahí dentro, en algún lugar, en las entrañas de la tierra, hay algo grande.</p> <p>—Entonces no perdamos tiempo —añadió Alexander de Fer—. Entremos y hagamos nuestro trabajo.</p> <p>—¿Cómo haremos saber a Demónicia que hemos descubierto el escondite del Gran Dragón? —preguntó Tránsito.</p> <p>—No te preocupes por eso. Ya se enterará cuando llegue el momento.</p> <p>—Tienes razón. Ahora lo importante es conseguir los poderes del dragón. Después ya veremos.</p> <p>Espolearon a sus caballos y penetraron en la oscuridad de la gruta, que los recibió con un silencio sepulcral.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo iba delante, junto a Crispín, mientras abría camino entre la nieve. Los caballos acusaban el cansancio, aunque seguían a pesar de que esta les llegaba hasta la panza.</p> <p>Marchaban sin decir palabra, casi sin mirarse, preocupados por el retraso acumulado. Eran conscientes de que Alexander y Tránsito les llevaban mucho terreno de ventaja, y eso los agobiaba.</p> <p>—Temo lo peor —le dijo Arturo a su escudero—. Creo que nos han ganado la partida.</p> <p>—No podemos remediarlo, pero, si están dentro de la cueva, los atraparemos y les haremos pagar cara su osadía.</p> <p>—Si se atreven a hacer daño al Gran Dragón, no tendrán un lugar en el que esconderse —sentenció Arturo—. Lo juro.</p> <p>La nevada se intensificó y dificultó aún más la marcha. Por la tarde tuvieron que hacer un alto, ya que ni siquiera se veía dos metros por delante. Estaban metidos de lleno en una cortina de nieve y no había forma de continuar.</p> <p>—Queda poco para alcanzar la entrada de la gruta —dijo Arquimaes cuando se disponían a reiniciar el camino—. Deberíamos tomar precauciones y recordar que no todo el mundo puede acceder a ella. Es un secreto que debemos proteger.</p> <p>—Si lo decís por mí, maestro —dijo Crispín—, estoy dispuesto a quedarme aquí, como hice la otra vez.</p> <p>Arturo cruzó una mirada con Arquimaes.</p> <p>—No creo que sea necesario —convino el alquimista—. Nos has demostrado más que de sobra que podemos confiar en ti. Vendrás con nosotros.</p> <p>—Agradezco la confianza —dijo Crispín—. No os defraudaré.</p> <p>—Yo soy el que os ha defraudado a todos —reconoció Arquimaes—. Tenía que haber sido más prudente. Nunca debí dejar venir a Alexander. Cometí un grave error.</p> <p>—No os atormentéis, maestro —pidió Arturo—. No sois culpable de nada. Nadie podía imaginar que Alexander de Fer iba a traicionarnos; era imprevisible. Además, nos engañó a todos. Recordad que yo mismo le liberé de las mazmorras de Carthacia.</p> <p>—Es cierto, pero he vulnerado mi compromiso de preservar el secreto de la cueva —insistió Arquimaes—. Soy el único responsable de que estos dos traidores puedan acceder a la casa del Gran Dragón. Supongo que merezco un castigo por ello.</p> <p>—No tenéis que arrepentiros de nada, querido Arquimaes —dijo Alexia—. Todo acabará bien.</p> <p>—Pase lo que pase, tendremos que asegurar que Adragón queda salvaguardado —añadió Arquitamius—. Es nuestro deber.</p> <p>—Mi espada está al servicio de Adragón —dijo Arturo—. Y todo el Ejército Negro luchará para defenderlo.</p> <p>Era casi de noche cuando llegaron a la cueva del Gran Dragón.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VIII</p> <p>E<style name="versalita">L HUMO DE LAS REVELACIONES</style></p> </h3> <p>Papá descifra un pergamino que tiene desenrollado sobre la mesa. De repente, varios rayos cruzan el cielo y lo iluminan. La habitación tiembla. Todo se agita. Una pila de libros cae al suelo. El los recoge, pero otro montón se desmorona al retumbar los truenos e intensificarse la lluvia.</p> <p>Papá alisa el pergamino y se dispone a trabajar. Entra una mujer rubia. Es mamá.</p> <p>—¿Qué pasa, Reyna? ¿Te encuentras mal? —pregunta él. —¡Creo que ha llegado el momento, Arturo! —¿Estás segura?</p> <p>—¡Si, nuestro hijo está a punto de nacer!</p> <p>Papá corre hacia ella y la ayuda a sentarse. Rayos y truenos. Las paredes se mueven. Todo se cae. —Espera, te echaré una mano. —¡Está a punto de llegar! ¡Llama a Mahania! Papá, nervioso, se levanta y grita: —¡Mahania, Mohamed!</p> <p>Sale, se asoma por la ventana y vuelve al lado de mamá. —Te llevaré a la ciudad. Intentaré poner en marcha la camioneta. No te muevas. Ahora vuelvo. —¡No llegaremos!</p> <p>—¡Hay que intentarlo! ¡Es nuestro hijo!</p> <p>Papá sale y se acerca a la camioneta. Abre la puerta, levanta el capó y manipula el motor. Intenta arrancarlo, pero no lo consigue. Vuelve a meter la mano en la maquinaria. Saca una pieza, comprueba que está incompleta y la arroja al suelo con rabia. Se desespera. Pega una patada al vehículo. Clama al cielo. Grita. Está furioso. Entra en el templo. Llueve a mares. Se forma un riada sobre el suelo. La plaza está inundada.</p> <p>Papá sube la escalera y se encuentra con Mahania y Mohamed.</p> <p>—¿Qué ocurre? —pregunta Mohamed, que trae un candil.</p> <p>—¡Reyna está a punto de dar a luz!</p> <p>Los tres entran en la habitación y se acercan a mamá. Mahania la observa y grita:</p> <p>—¡Debemos atenderla ahora mismo! ¡Póngala sobre la mesa! ¡El bebé nacerá aquí!</p> <p>Papá despeja la mesa y un montón de papeles y documentos caen al suelo. Entre él y Mohamed recuestan a mamá.</p> <p>—¡Vaya a calentar agua y busque toallas, trapos, lo que sea! Mohamed se queda conmigo para asistirme —ordena Mahania.</p> <p>Papá sale. Tropieza con algunos libros y otros objetos. Cae, se levanta. Llega a la improvisada cocina. Llena una olla con agua de un cubo, la pone en el fogón y enciende el fuego. Llueve con fuerza y los rayos y truenos no cesan.</p> <p>Coge un par de toallas y una palangana llena de agua caliente y sube por la escalera. Cuando llega ante la puerta de la habitación, entre el ruido de la tormenta cree escuchar algo que le paraliza. ¿Es el bebé que acaba de nacer? Se detiene ante la entrada y espera. El grito que cree haber escuchado no se repite. Pega la oreja a la puerta, pero, salvo los truenos, no se oye nada.</p> <p>De repente, un alarido se alza sobre la tormenta. ¡Es Reyna! Papá da una patada a la puerta y la abre. Mahania y Mohamed giran la cabeza y le miran. Están desolados. El se lleva las manos a la cabeza. Sobre la mesa, mamá chilla sin cesar.</p> <p>—¡Mi hijo, mi hijo!</p> <p>Papá trata de comprender. Se acerca y ve al bebé, entre los brazos de ella. ¡Está muerto!</p> <p>—¿Qué ha pasado? —pregunta papá.</p> <p>—¡Ha nacido muerto! —responde mamá.</p> <p>Algo pasa. Ya no la veo...</p> <p>—Arturo, ¿estás bien? —me pregunta Mahania desde un lugar lejano.</p> <p>—¡Estoy muerto! ¡He nacido muerto! —respondo.</p> <p>—Tranquilo, hijo, estás vivo. Estás conmigo.</p> <p>Me ha llamado hijo.</p> <p>Levanto la cabeza y me aparto del humo embriagador. Recupero la conciencia y me integro en el mundo real.</p> <p>—Mahania, ¿por qué estoy vivo si nací muerto? —pregunto, con la respiración agitada—. ¿Estoy muerto y soy un sueño?</p> <p>—¡Estás vivo, mi niño! ¡Por supuesto que sí! —repite.</p> <p>—¿Qué hacéis? —pregunta Metáfora, que acaba de entrar—. ¿Por qué estáis aquí, solos?</p> <p>—Visitamos el pasado —explica Mahania—. Arturo se enfrenta con su realidad.</p> <p>—Metáfora, ¡nací muerto! —exclamo—. ¡Llegué muerto a este mundo!</p> <p>—Pero eso no es posible. Estás aquí... a menos que...</p> <p>—¡No lo digas! —exclama Mahania—. Deja que él mismo lo descubra. Que lo vea con sus propios ojos.</p> <p>—¡Increíble!... ¡He resucitado!</p> <p>—Sigue aspirando el humo —pide Mahania—. El te lo contará todo. Nadie lo hará mejor.</p> <p>—¿Qué clase de vapor es este? —pregunta Metáfora—. ¿Es mágico?</p> <p><i>—Es el</i> humo de las revelaciones <i>y es inofensivo</i>.</p> <p>—Quiero volver a aquella noche —digo—. Dejadme regresar.</p> <p>Mahania me acerca la cazuela, anima el fueguecito y me la pone bajo la nariz. Me inclino y trato de recuperar mi ensoñación.</p> <p>Yazco entre los brazos de mamá, que llora desesperadamente. Papá está ido, desconcertado. Se apoya sobre la mesa sin saber qué hacer o qué decir. El mundo se le ha caído encima.</p> <p>—¡Hay que hacer algo! —implora mamá.</p> <p>—Aquí no hay médicos. Nadie puede ayudarnos —responde papá, al borde de la locura.</p> <p>—Algo se podrá hacer —insiste mamá.</p> <p>—¡No! ¡El niño está muerto! ¡Nuestro hijo está muerto, Reyna! —grita papá, impotente.</p> <p>Mamá, desesperada, cierra los ojos. Se da por vencida. Acaba de aceptar que su hijo ha fallecido definitivamente...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IX</p> <p>E<style name="versalita">L DRAGÓN CONTRA LA BESTIA</style></p> </h3> <p>La cueva del Gran Dragón estaba vacía y en ella reinaba un completo silencio. Las gotas de agua que se filtraban desde el techo caían sobre la cabeza del animal fosilizado produciendo un sonido tan leve y regular que apenas se oía y parecía formar parte del ambiente.</p> <p>Sobre la arena, cerca de la pared de roca negra, los ataúdes de Alexia y Émedi descansaban serenamente, en paz, como si hubiesen encontrado el mejor lugar del universo para hacerlo.</p> <p>Pero la turbulenta entrada de Tránsito y Alexander de Fer rompió el equilibrio que dominaba la gruta y todo cambió.</p> <p>Cuando contemplaron al Gran Dragón, se quedaron tan asombrados que hubieran dado cualquier cosa por encontrar una explicación a su excepcional descubrimiento.</p> <p>—¿Cómo ha llegado esto aquí? —se preguntó Tránsito—. ¡Qué maravilla!</p> <p>Admirados por el tamaño y la belleza del dragón, Tránsito y Alexander solo acertaron a compararlo con las estatuas de los grandes castillos que habían conocido a lo largo de su vida.</p> <p>El monje, que había estudiado las técnicas de las proporciones del arte y de la arquitectura y tenía referencia de casi todas las maravillas del mundo, se sintió sobrecogido ante la magnitud de la figura del Gran Dragón y de su innegable esplendor.</p> <p>Erguido casi como un ser humano, con todos sus atributos y unas proporciones casi divinas, el animal, alzado sobre sus patas traseras, con la cabeza levantada como si mirara al cielo y las alas semidesplegadas, formaba la imagen más perfecta que Tránsito hubiera visto o soñado jamás.</p> <p>Entonces su alma se llenó de nobleza y, por un momento, desapareció todo rastro de odio hacia su hermano o hacia la humanidad. Tránsito encontró en la contemplación del Gran Dragón la paz que su alma siempre había anhelado. Un rayo de luz entró en su corazón y faltó poco para hacerle caer de rodillas y declararse como su fiel y leal adorador.</p> <p>El antiguo monje ambrosiano tuvo la impresión de que su vida estaba a punto de cambiar. Sus pensamientos más profundos sufrieron una terrible convulsión. Se sintió agitado en todo su ser y le pareció que, a partir de ese instante, nada iba a ser igual.</p> <p>—¡Es Adragón! —susurró Tránsito, lleno de admiración—. ¡Al que mi hermano Arquimaes rinde culto!</p> <p>—¡Solo es una estatua de piedra! —dijo Alexander de Fer—. Ni siquiera está vivo. ¡Es un fósil!</p> <p>—¡Adragón siempre está vivo! —respondió Tránsito—. ¡No hay forma de matarlo!</p> <p>—Pues alguien lo ha hecho —añadió el caballero—. Este bicho no respira.</p> <p>—¡No te burles del poder de Adragón! —le reprendió el monje—. Es el animal supremo, el más fuerte, el más grande y el más sabio.</p> <p>—¿Sabio? Vaya, yo creía que no respetabas la sabiduría —se burló Alexander—. Estaba convencido de que odiabas todo lo que tiene que ver con el conocimiento. ¿O ya no sirves a Demónicus?</p> <p>—No entiendes nada, Alexander. Por eso caes en todas las trampas y hechicerías que se cruzan en tu camino. Por eso Demónicia te sedujo y te volvió loco al meterse en tus sueños y en tu alma. No tienes ni idea. ¡Adragón es el centro del poder!</p> <p>—Escucha, monje, mide tus palabras —le advirtió quien había sido un gran caballero carthaciano—. No dejaré que me hables como a un lacayo. No soy tu esclavo.</p> <p>—¡No eres nadie, caballero Alexander de Fer! ¡En presencia de Adragón, no eres nada!</p> <p>Alexander de Fer desenfundó su espada y colocó la punta sobre el cuello de su interlocutor.</p> <p>—¿Quieres que pongamos a prueba tu inmortalidad? —le preguntó—, ¿Quieres que invoquemos a Demónicia para que te salve? ¿Deseas abandonar este mundo?</p> <p>—¡Déjame admirar a Adragón!</p> <p>—Entonces controla tu lengua bífida, monje del infierno —le advirtió el caballero antes de retirar su afilada espada—. Ten cuidado con lo que sale de tu sucia boca. No estoy dispuesto a soportar tus desprecios.</p> <p>Tránsito, al verse libre de la amenaza de Alexander, subió a la roca, se acercó al dragón y colocó su mano sobre él. Después cerró los ojos e intentó detectar signos de vida.</p> <p>—No se mueve. No respira —dijo, confirmando lo que ambos ya sabían—. Y sin embargo, está vivo. Lo sé. Algo palpita en su interior.</p> <p>—Las piedras no respiran ni se mueven —se burló Alexander, mientras observaba el techo de la gruta—. No tienen vida. Hemos venido para entregar este tesoro a nuestra gran Demónicia. ¡Ella lo apreciará! ¡Invócala, monje! ¡Que sepa que ya hemos encontrado lo que tanto ansiaba! ¡La cueva de la inmortalidad!</p> <p>Tránsito dio un paso atrás, se arrodilló en el suelo, abrió los brazos y cerró los ojos. Alexander aprovechó para adentrarse en la cueva. A lo lejos divisó unas cajas de madera que reposaban en el suelo y, aunque le parecieron de poca importancia, se acercó a ver de qué se trataba.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus observó la fortaleza de Horades desde el borde del camino. Advirtió que había soldados por todas partes y que las murallas estaban atestadas de hechiceros que se habían instalado en su base, alrededor del castillo, formando una especie de muro protector.</p> <p>—Este rey sabe lo que hace. Permite acampar a los brujos y los ampara mientras ellos, agradecidos, le libran de todo tipo de ataques —murmuró el Mago Tenebroso.</p> <p>Los magos habían encendido hogueras y cocían especias, plantas y restos de animales, lo que producía un olor nauseabundo, muy adecuado para alejar a los curiosos. El paisaje, además, se hallaba cubierto de animales disecados y destripados que colgaban de los tenderetes, lo que resultaba aterrador.</p> <p>—¡Eh, tú! Si quieres puedo curarte esas heridas tan horribles que tienes en la cara —propuso un hombre encorvado que se había acercado—. Te cobraré solo tres monedas de plata.</p> <p>—Mis heridas no se pueden curar —respondió Demónicus—. Pero te daré cinco monedas si me ayudas a entrar en el castillo.</p> <p>—Ahí solo podemos acceder los hechiceros —contestó el hombre—. Te cobraré diez monedas por llevarte a su interior.</p> <p>—De acuerdo. Entremos ahora —aceptó Demónicus.</p> <p>—Tienes que pagarme antes —pidió el hechicero—. Si no me pagas, no entras.</p> <p>—Te daré esta daga de empuñadura de oro y plata —propuso el Mago Tenebroso, mostrándole su arma—. Vale más de diez monedas.</p> <p>—Creo que intentas engañarme. O me das las diez monedas o...</p> <p>Cuando notó la punta de la daga apoyada contra su garganta, se dio cuenta de que no era conveniente seguir hablando.</p> <p>—¿Cómo te llamas? —le preguntó Demónicus.</p> <p>—Erseo, me llamo Erseo.</p> <p>—Escucha, Erseo... No me hagas perder el tiempo. Ayúdame a entrar o tu vida no valdrá nada. ¿Lo entiendes?</p> <p>—Sí, sí, claro... Ven, acompáñame.</p> <p>Demónicus apretó un poco la daga.</p> <p>—No oses engañarme. Si avisas a los soldados y me causas problemas, te convertiré en una rata y después te atravesaré con esta daga. ¡No lo olvides! —le advirtió, mirándole fijamente a los ojos para dominar su voluntad.</p> <p>—No te traicionaré... pero, espera... Yo te conozco... ¡Tú eres...!</p> <p>—¡No digas ni una sola palabra más! —le amenazó Demónicus con su aviesa mirada—. ¡Cierra el pico!</p> <p>Erseo hizo un gesto que significaba que iba a obedecer ciegamente y el Mago Tenebroso aflojó la presión. La docilidad del hechicero estaba fuera de dudas. Después se acercaron a los centinelas.</p> <p>—Hola, muchachos —dijo Erseo—. Hace buen día, ¿verdad?</p> <p>—¿Quién es ese que viene contigo? —preguntó el sargento de guardia.</p> <p>—Es un nuevo colaborador. Voy a enseñarle el castillo. Quiero que lo conozca porque tendrá que hacerme muchos recados.</p> <p>—Está bien, podéis pasar. Pero no creo que te dure mucho. Tiene un aspecto repugnante.</p> <p>—Gracias, sargento —dijo Erseo entregándole una moneda—. Eres muy amable.</p> <p>—Cumplo órdenes de nuestro rey —advirtió el sargento mientras la agarraba—. Pero la gente como vosotros no me gusta nada. ¡Venga, entrad!</p> <p>Demónicus siguió dócilmente a Erseo y ambos penetraron en la fortaleza de Horades, donde quedó patente que los hechiceros se habían apropiado del reino.</p> <p>«Estoy en casa», pensó Demónicus. «Estoy en mi nuevo reino».</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Lejos de Ambrosia, Morfidio se internaba en secreto en la cripta de su antiguo castillo. En los sótanos había un sarcófago de piedra con muchas incrustaciones y figuras talladas. La única luz provenía de la antorcha del conde.</p> <p>—Padre, he venido a verte para decirte que muy pronto volverás al Mundo de los Vivos —dijo Morfidio con tono respetuoso—. Estoy a punto de adquirir la tinta mágica que te devolverá la vida.</p> <p>Se arrodilló e inclinó la cabeza.</p> <p>—Espero que sepas perdonarme, que cuando vuelvas a la vida me trates como a tu verdadero hijo. Todo lo he hecho por ti... Secuestré a Arquimaes; herí y dejé ciego a Arturo; he matado y he traicionado a mucha gente. Me puse a las órdenes de ese repugnante Demónicus y me he introducido en Ambrosia solo para conseguir la fórmula que te resucitara. No la quiero para convertirme en inmortal, sino para ti, padre, para que vuelvas a mi lado y puedas demostrarme tu cariño.</p> <p>—No conseguirás que olvide lo que me hiciste, Morfidio —retumbó la voz del conde Idio—. ¡Me mataste! ¡Asesinaste a tu padre!</p> <p>—¡Estaba rabioso! Me despreciaste, me trataste como a una rata. ¡Me ignoraste! —le rebatió Morfidio.</p> <p>—Un noble no puede reconocer a todos sus hijos bastardos.</p> <p>—¡Eres mi padre! ¡Me trajiste a este mundo! ¡Yo soy tu hijo! —gritó Morfidio, con un golpe sobre el sarcófago—. ¡Tienes que reconocerme!</p> <p>Entonces la cámara se llenó de silencio. No hubo respuestas. Morfidio cayó de rodillas y rompió a llorar.</p> <p>—¡Te traeré de vuelta, padre! —prometió entre sollozos—. ¡Aunque sea lo último que haga en la vida! ¡Y me darás lo que necesito! ¡Me darás tu amor!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Tránsito recitó algunas frases que debían llegar hasta los oídos de Demónicia, pero algo le interrumpió.</p> <p>—¿Qué haces, Tránsito? —preguntó una voz conocida—. ¿A quién invocas?</p> <p>—¡Arturo! —exclamó Tránsito—. ¿De dónde sales? ¿Qué haces en este lugar?</p> <p>—Yo estoy donde debo. Vosotros sois los que sobráis. ¡Os echaré de aquí, carroña!</p> <p>—Vaya, mira a quién tenemos aquí —bromeó Alexander—. El caballero del dragón viene a su guarida.</p> <p>—¡Arquimaes! —exclamó Tránsito con los ojos puestos en su hermano, que venía tras Arturo—. ¡Maldito seas!</p> <p>—Sí —dijo el sabio de los sabios—. Aquí llega la familia del Gran Dragón, los vigilantes de su sueño.</p> <p>—¡No saldréis vivos de aquí! —amenazó su hermano—. ¡Moriréis todos!</p> <p>—¿Yo también, Tránsito? —preguntó Alexia—. ¿Matarás a la hija de aquel a quien sirves? ¿Crees que mis padres te lo perdonarán?</p> <p>—¡Ven conmigo! —ordenó Tránsito—, ¡Aquí estarás a salvo! ¡Abandona a esos alquimistas!</p> <p>—¡No! Estoy con Arturo Adragón. De su lado. Nunca volveré con Demónicus y Demónicia.</p> <p>—¿Reniegas de tus padres? —preguntó Tránsito—, ¿Te pones de parte de sus enemigos?</p> <p>—Reniego de unos padres que quisieron convertirme en una bestia salvaje, en una hechicera del mal. A partir de ahora me llamaré Alexia Adragón. La princesa que tú conoces ha muerto definitivamente.</p> <p>—¡Déjala, Tránsito! —gritó Arquimaes—. ¡Date preso! ¡Serás juzgado por traición y hechicería oscura! ¡Has matado a mucha gente! ¡Sé que la lluvia de fuego de Monte Fer la provocaste tú!</p> <p>—¡Maldito seas, Arquimaes! —chilló el antiguo ambrosiano—. ¡Me has robado la vida! ¡Mataste a nuestros hermanos! ¡Has deshonrado a nuestra familia!</p> <p>—Yo no te he robado nada ni he matado a nadie —respondió Arquimaes—. ¡Te pasaste al bando de Demónicus por envidia y deseo de venganza hacia mi! Ahora todo ha terminado.</p> <p>—Es posible que tu hermano se rinda —intervino Alexander—. Pero yo no estoy dispuesto a dejarme atrapar.</p> <p>—Entra en razón, Alexander —le increpó Alexia—. Estás embrujado por Demónicia, pero ella nunca te dará lo que esperas. ¡No te dará nada! ¡Te arrojará al fango cuando ya no le sirvas! ¡Lo sé muy bien!</p> <p>—¡No hables así de ella! —gruñó Alexander—, ¡Es tu madre y le debes respeto!</p> <p>—Me ha demostrado que solo quería utilizarme, que mi vida no le interesa en absoluto —se defendió Alexia—. ¡Demónicia me asesinó!</p> <p>—¡Y Demónicus estuvo a punto de hacerlo en el Abismo de la Muerte! —añadió Arturo—. ¡Yo lo impedí!</p> <p>—¡Tú también la mataste! —le reprochó Alexander—, ¿O no te acuerdas?</p> <p>—¡Fue un accidente! No sabía que era Alexia. Creía que era Ratala.</p> <p>—Únete a mí, Alexia, por tus padres.</p> <p>—No insistas, Alexander —advirtió Alexia—. Mi decisión está tomada. Ya te he dicho que formo parte de la familia Adragón. ¡Ríndete antes de que sea demasiado tarde!</p> <p>—Ni lo sueñes, princesa —respondió con ironía—. ¿Para qué has venido, Arturo?</p> <p>—Para asegurarme de que nunca volverás a traicionar a tus amigos —contestó con firmeza—. ¡El reino de la hechicería ha terminado! ¡Olvida a Demónicia!</p> <p>—Lo siento por ti —ironizó Alexander—, pero tengo malas noticias para vosotros; el reino de Demónicia está a punto de resucitar. Acabo de encontrar al aliado que buscaba. ¡Adragón!</p> <p>—Estás loco si crees que él se aliará con vosotros —respondió Arturo—. No sois buenos compañeros de viaje. ¡Adragón y Demónicus son incompatibles!</p> <p>Tránsito se subió a la piedra que sustentaba al dragón y que le servía de pilar. Alzó su brazo y lanzó una amenaza:</p> <p>—¡Intenta impedirlo, Arturo Adragón! ¡Intenta impedir que extraiga su poder!</p> <p>Arturo desenfundó su espada y se dispuso a detener al monje. Dio un paso adelante y se acercó a la piedra.</p> <p>—¡No empeores las cosas, Tránsito! —le ordenó—. ¡No le hagas daño! ¡No lo toques!</p> <p>—Vamos, sube. Trata de detenerme —le increpó Tránsito—. ¡A ver si lo consigues!</p> <p>Cuando Arturo se disponía a trepar, notó que algo se le venía encima. Apenas pudo levantar la cabeza para darse cuenta de que Alexander se había lanzado sobre él.</p> <p>—¡Cuidado, Arturo! —le avisó Crispín.</p> <p>—¡Cobarde! —gritó Arturo, intentando apartarse—. ¡Maldito cobarde!</p> <p>Pero sus palabras no detuvieron la acción del caballero traidor, que había calculado perfectamente su salto y cayó sobre él como un pesado tonel. El golpe le aturdió y le descentró durante un par de segundos. Al principio creyó que iba a perder el sentido, pero se recuperó a tiempo.</p> <p>Alexander, que había caído de pie, dio un empujón lateral a Arturo y le desplazó, haciéndole girar y extendiendo su capa sobre él hasta el punto de hacerle perder el sentido de la orientación.</p> <p>El antiguo caballero carthaciano sabía que tenía pocas posibilidades de ganar la contienda si se atenía a las reglas de honor; por eso prefirió recurrir a todas las artimañas posibles.</p> <p>Pero Arturo estaba atento y reaccionó con agilidad. Como sabía lo que se avecinaba, se apartó hacia la derecha y esquivó la espada de Alexander, que en ese momento asestaba un mandoble que le hubiera partido por la mitad. El arma golpeó la piedra e hizo saltar pequeñas esquirlas que se precipitaron en todas direcciones.</p> <p>Nadie se dio cuenta de que la estatua de piedra acusó el impacto ni de que sufrió un pequeño temblor.</p> <p>Arturo decidió contraatacar. Alexander poseía una fuerza descomunal y sus golpes eran mortales de necesidad. Empuñó su espada con las dos manos, la elevó y se dispuso a asestarle un envite frontal. Pero el caballero De Fer no estaba dispuesto a dejarse matar, así que también sujetó la espada con las dos manos para hacerle saber a Arturo que, si lograba dar en el blanco, le iba a infligir un daño irreparable.</p> <p>El combate se había convertido en una lucha sin cuartel y los sonidos metálicos de los aceros restallaban como truenos en el interior de la gruta. Arturo había recibido una pequeña herida en un hombro y Alexander apenas había sentido la punzada de la hoja de Arturo.</p> <p>Arquimaes y Arquitamius empezaron a preocuparse cuando sintieron el poder de la mano de Alexander y advirtieron los primeros síntomas de cansancio en Arturo. Era un combate extremadamente duro y el joven caballero no tenía demasiadas cartas a su favor.</p> <p>Entonces Alexander extendió la mano derecha, la que Demónicia le había entregado, y apuntó con ella a la espada alquímica.</p> <p>Como si fuese un poderoso imán, la atrajo hacía sí. Pero Arturo, que ya conocía la energía, agarró su arma con fuerza y consiguió retenerla.</p> <p>—¡No me la volverás a quitar! —gritó Arturo—. ¡Nunca más!</p> <p>Alexander, que tuvo que aceptar que no conseguiría hacerse con la espada alquímica, se dispuso a seguir luchando. Nadie se dio cuenta de que Arquimaes había multiplicado las fuerzas de Arturo.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>X</p> <p>E<style name="versalita">L INTERCAMBIO</style></p> </h3> <p>Mamá parece nublada. Roza la piel del bebé y da la impresión de que habla con alguien inexistente. El pergamino está cerca de mis piernas. Mamá me agarra para verme mejor. Ahora parece que escucha algo, como si alguien se comunicara con ella. ¿Con quién habla? ¿Con el pergamino?</p> <p>Me aprieta contra su cuerpo, me envuelve con el papiro y ambos quedamos unidos. Mahania entra y se aproxima a nosotros. Intenta cogerme, pero mamá no me suelta.</p> <p>—Deje que lo limpie —pide Mahania.</p> <p>—No puedo soltarlo. El pergamino quiere que lo mantenga pegado a él —responde mamá.</p> <p>—Pero, señora, no se puede quedar así. Hay que darle sepultura —explica Mahania.</p> <p>—No lo enterraremos. Hay que devolverle la vida. —Los muertos no resucitan, señora —insiste Mahania.</p> <p>Mamá sujeta a Mahania de la manga y la retiene junto a ella.</p> <p>—Podemos hacerle revivir si encontramos un bebé que quiera ser su recipiente. Uno que quiera alojar su alma —explica mamá.</p> <p>—¿Cómo dice? ¿Necesita un bebé? —pregunta Mahania.</p> <p>—Necesitamos uno que pueda albergar a Arturo y le devuelva la vida —insiste mamá.</p> <p>—¿Cuál? Aquí solo está el mío, responde Mahania.</p> <p>Mohamed se acerca en ese momento, con unas mantas.</p> <p>—¿Qué ocurre? —se interesa.</p> <p>—La señora dice que un bebé vivo podría devolver la vida a Arturo —explica Mahania.</p> <p>—Estamos en deuda con ellos —dice Mohamed—. El señor Adragón me ha salvado la vida. Debemos pagarles la deuda.</p> <p>—¿Y entregar a nuestro hijo para socorrer a Arturo? —pregunta Mahania, con la voz entrecortada.</p> <p>—Somos gente de honor. Me han salvado la vida exponiendo la suya. Es justo que ahora se inviertan los papeles —insiste Mohamed.</p> <p>Mahania empieza a llorar. Sabe que su marido tiene razón. Deben pagar la deuda contraída con la familia Adragón, aunque nadie se lo haya pedido.</p> <p>—Trae a nuestro hijo —ordena Mohamed.</p> <p>En ese momento, papá, que lo ha escuchado todo, se acerca. Mamá le entrega su bebé, que todavía está envuelto en el pergamino.</p> <p>—Toma, extiéndelo sobre la mesa —le dice.</p> <p>Papá obedece, lo tumba allí y lo desenrolla. Ahora estoy muerto sobre el pergamino secreto, con el cuerpo lleno de letras.</p> <p>Mahania entra con su hijo en brazos, apretado contra su cuerpo.</p> <p>—Aquí está Alquamed —dice la mujer—, ¿Qué debo hacer?</p> <p>—Colócalo junto a Arturo —le pide mamá.</p> <p>El pequeño Alquamed deja de llorar y se queda quieto cuando su madre le pone a mi lado. Es como si supiera lo que va a ocurrir.</p> <p>—Por favor, ahora salid todos. Yo me quedaré con ellos —ruega mamá.</p> <p>Mohamed, Mahania y papá salen de la estancia. Tras ellos, la puerta se cierra y...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XI</p> <p>L<style name="versalita">A BESTIA CONTRA EL DRAGON</style></p> </h3> <p>Todos observaban la terrible lucha que se desarrollaba entre Alexander y Arturo Adragón. Los dos se habían infligido ligeras heridas sin demasiada importancia, lo que no les impedía seguir peleando con ardor.</p> <p>—¡Esta tierra estará mejor sin vosotros! —exclamó Arturo—. La hechicería dejará paso a la crisopeya.</p> <p>—¡Te equivocas! ¡La gente necesita reyes fuertes como Demónicus y Demónicia! ¡Precisa que la dirijan y la gobiernen con mano dura! —respondió Tránsito desde lo alto de la piedra—. ¡Tú y tus amigos estáis en un mundo equivocado! ¡Estaréis mejor en el Abismo de la Muerte! ¡La alquimia es bazofia! ¡La hechicería es el remedio!</p> <p>—¡No creo que los mutantes estén de acuerdo con eso! —le rebatió Arturo—, ¡Tampoco lo estarán los prisioneros a los que habéis torturado! ¡Ni la gente a la que habéis embrujado!</p> <p>En un descuido de Arturo, el caballero carthaciano descargó un golpe que le produjo una brecha en un brazo. El joven Arturo, furioso por el dolor, lo devolvió, abriéndole a Alexander otra en el pecho, que le obligó a lanzar un gemido estremecedor.</p> <p>—¡Has acabado con mi paciencia! —exclamó Alexander, con su mano mecánica extendida hacia la espada alquímica para hacerla volar hasta él y pillar desprevenido a Arturo, que no esperaba que volviera a intentarlo—, ¡Ha llegado la hora de morir, Arturo! ¡Y vas a hacerlo con tu propio acero!</p> <p>Arturo se quedó totalmente desconcertado, además de desarmado. Pero Alexander, en un alarde de generosidad, le arrojó su propia espada.</p> <p>—Aquí tienes algo para defenderte, si eres capaz —se burló el caballero carthaciano—, ¡Yo usaré la tuya!</p> <p>En ese momento, el hermano de Arquimaes cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos. Su cuerpo creció, le salieron escamas y abundante vello; sus ojos se inyectaron en sangre y de su boca brotó fuego. Arturo se acordó inmediatamente de Ratala y de Ballestic, que sufrieron la misma transformación. Era evidente que Demónicus había otorgado a Tránsito el mismo poder.</p> <p>Alexia, que conocía de sobra los recursos de su padre que ahora Tránsito había empezado a utilizar, temió por Arturo.</p> <p>—No intervengas, Alexia —le susurró Arquimaes, que adivinó sus intenciones—. Arturo todavía no te necesita.</p> <p>Tránsito, que había crecido casi un metro, era ahora un monstruo poderoso con el que resultaba muy difícil luchar. Arturo retrocedió unos pasos, buscando una solución. Su vista se posó sobre su espada alquímica, que estaba en poder de Alexander, y decidió recuperarla.</p> <p>Para que creyeran que trataba de escapar de la furia de Tránsito, trepó a la roca negra y se agarró a la pezuña de Adragón. Entonces se dirigió a su espada y lanzó un grito desesperado mientras alargaba la mano derecha:</p> <p>—¡Adragón! ¡A mí!</p> <p>Alexander notó un movimiento en el interior de su mano y comprendió el plan de Arturo. Intentó sujetar el arma con más fuerza, pero ya era demasiado tarde. La espada se había liberado de su mano y acababa de emprender el vuelo hacia su legítimo dueño.</p> <p>—¡Gracias por devolverme lo que es mío, Alexander! —gritó Arturo, victorioso, tras lanzarle su espada—. ¡Te devuelvo la tuya!</p> <p>Tránsito intentó impedir que Arturo recuperara su arma. De un salto, se situó junto a él justo cuando la espada alquímica se adaptaba al puño del joven caballero, que, con rapidez y maestría, le asestó un tajo en el pecho, haciendo que un líquido viscoso rojizo, casi negro, saliera a borbotones de la herida.</p> <p>Tránsito lanzó un rugido estremecedor y volvió a sufrir una nueva transformación. Su cabeza adquirió la forma de un dragón y su cuerpo aumentó aún más. Las llamas que manaban de su boca se enrojecieron hasta convertirse en lava ardiente. ¡Tránsito mutaba en una bestia de dimensiones considerables y Arturo empezaba a ser un enemigo de poca importancia!</p> <p>—¡Va a abrasar a Arturo! —exclamó Alexia, alarmada.</p> <p>—¡Se está transformando en un dragón! —advirtió Arquitamius.</p> <p>—¡Hay que hacer algo! —apremió Arquimaes.</p> <p>—¡Solo Arturo puede oponerse a su fuerza! —explicó Arquitamius.</p> <p>Arturo, a pesar de sentirse reconfortado por la fuerza de su espada alquímica, estaba muy preocupado. No parecía fácil llegar hasta Tránsito y, lo más importante, acertarle en algún punto vital.</p> <p>Alexander, con la espada en la mano, trató de auxiliar a Tránsito, pero este, que lanzaba llamaradas y lava, se acercó a Arturo. Su extraordinaria cabeza de dragón le confería un aspecto aterrador. El joven caballero solo podía esquivar los manotazos de la bestia, ya que sabía sobradamente que no resistiría uno de sus golpes. Si le tocaba, le partiría por la mitad.</p> <p>No obstante, buscó una solución mientras retrocedía. Cuando se dio cuenta de que empezaban a crecer alas en la espalda de Tránsito, supo lo que tenía que hacer.</p> <p>Se detuvo en seco, colocó los brazos a los lados, como solía hacer cuando iba a levitar, y se concentró. Entonces se elevó tan rápido que ni Tránsito ni Alexander pudieron impedirlo.</p> <p>Cuando llegó a la altura de la cabeza del Gran Dragón, el jefe del Ejército Negro quedó colgado en el aire, mientras el hermano de Arquimaes se esforzaba en desplegar todos sus poderes maléficos.</p> <p>Arturo se situó ante la boca del Gran Dragón, se giró de espaldas y se fundió con la roca negra hasta que desapareció por completo.</p> <p>Tránsito, confundido por la evaporación de Arturo, rugió y pataleó con tanta rabia que hizo temblar el suelo, haciendo que algunas piedras se desprendieran del techo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>—¡Dejad paso al rey Horades! —gritaron algunos soldados que apartaban a la gente con sus lanzas—. ¡Dejad paso!</p> <p>Erseo y Demónicus se echaron a un lado para evitar los envites indiscriminados que propinaban a diestro y siniestro. La multitud se agolpó contra el muro y los soldados siguieron empujando hasta que el camino quedo despejado. Entonces, una pequeña comitiva pasó al trote ante ellos.</p> <p>—Es nuestro querido rey Horades —dijo Erseo—. Nuestro protector. Dicen que él mismo es un gran hechicero inmortal.</p> <p>—¿Estás seguro de que resguarda a los brujos? —le preguntó Demónicus.</p> <p>—Sin duda. No hay otro rey epe tenga tanto aprecio por nuestro trabajo. Nos valora mucho.</p> <p>—Entonces es quien busco —confirmó Demónicus—. El protector que necesito.</p> <p>—¿Protector? ¿Para qué necesitas un protector?</p> <p>Erseo no pudo terminar sus palabras. De repente se sintió congelado, incapaz de realizar ningún movimiento. Cuando percibió que se elevaba, su terror alcanzó el paroxismo.</p> <p>—¡Traidor! ¡Traidor! —gritó Demónicus, mientras retenía a Erseo bajo el dominio de su poderoso brazo—, ¡Traidor y asesino!</p> <p>Los soldados, alertados por los gritos, le prestaron atención. Pero cuando vieron que se mantenía suspendido en el vacío, se alarmaron de verdad.</p> <p>—¿Qué pasa aquí? —preguntó un capitán—, ¿Qué le pasa a este hombre?</p> <p>—¡Quería matar a nuestro rey Horades y yo lo he impedido! —exclamó Demónicus—, ¡Es un enviado de los alquimistas!</p> <p>Horades hizo girar su caballo y se acercó.</p> <p>—¿Qué pasa aquí? ¿A qué viene este tumulto? —preguntó.</p> <p>—¡Este mago quería mataros, majestad! —respondió rápidamente Demónicus—. ¡Es un traidor al servicio de los alquimistas!</p> <p>Horades observó al aterrorizado Erseo.</p> <p>—¿Te envía Arquitamius? —interrogó Horades—. ¿Cumples órdenes de Arturo Adragón?</p> <p>—¡No me envía nadie, mi señor! —contestó.</p> <p>—¡Miente! ¡Esta daga es del padre de Arturo Adragón y estaba en su poder! —acusó Demónicus—, ¡Lo he detenido cuando iba a lanzarla contra vos, mi rey!</p> <p>—¡No es verdad! ¡El me pagó para...!</p> <p>Demónicus cerró la mano de golpe y Erseo dejó de hablar.</p> <p>—Aquí está la prueba, mi señor —dijo Demónicus—. Vedla vos mismo.</p> <p>Entregó la daga a un soldado, que la puso en las manos de Horades. Después de observar el arma, dijo:</p> <p>—¡El sol y la luna! ¡Lleva el símbolo de los alquimistas en la empuñadura! —determinó—, ¡Matadle! ¡Matad a ese traidor!</p> <p>Dos soldados arrojaron sus lanzas contra Erseo, que quedó ensartado y cayó al suelo como un fardo, haciendo un ruido sordo.</p> <p>—Habéis hecho bien en ejecutarle —afirmó Demónicus—. Los conspiradores deben acabar así.</p> <p>—¿Quién eres y por qué me has salvado la vida? ¿Lo has hecho por una recompensa?</p> <p>—No, mi señor. Lo he hecho porque odio a los alquimistas y todo lo que representan —explicó el Mago Tenebroso—. Me ha complacido salvar la vida de un gran protector de la hechicería como vos. Sois el hombre que más respeto en este mundo, rey Horades. Y daría mi vida a cambio de la vuestra.</p> <p>—Veo que estás malherido. Ven esta noche a palacio; mis curanderos te ayudarán —le ofreció Horades—. Si necesitas algo más, házmelo saber.</p> <p>—Estoy enfermo de odio hacia los alquimistas, rey Horades. Nada ni nadie puede curarme, salvo la venganza. Ayudadme a acabar con Arturo Adragón y los suyos. ¡Son el origen de mi mal!</p> <p>—¿Conoces a ese maldito Arturo Adragón?</p> <p>—Como la palma de mi mano. El me infligió estas heridas. Me robó a mi hija y destruyó mi reino.</p> <p>—A mí me quitó a mi padre.</p> <p>—Unamos, pues, nuestras fuerzas y acabemos con él.</p> <p>—Ven. Acompáñame y hablemos —ordenó Horades—. Tú y yo tenemos mucho que compartir.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Inesperadamente, el Gran Dragón de piedra se agitó como si hubiese cobrado vida. Alexander se quedó petrificado cuando se percató de que, efectivamente, estaba vivo.</p> <p>Tránsito, a pesar de que ahora era una bestia de proporciones considerables, comprendió que estaba en grave peligro. No había contado con que Arturo iba a insuflar vida a la gigantesca estatua de Adragón.</p> <p>Arquimaes y Arquitamius cruzaron una mirada que nadie interceptó. Ni Crispín ni Alexia se dieron cuenta de que la intervención de los dos alquimistas había sido decisiva para la transformación de Arturo.</p> <p>Adragón agitó las alas y dio un paso addante, en dirección a Tránsito. La gruta se había convertido en un campo de batalla en el que se iba a desarrollar una lucha sin cuartel entre los dos gigantes.</p> <p>Los gruñidos llenaron la cueva con un ruido insoportable. El aleteo de las alas removió el aire y el ambiente se llenó de polvo. Algunas rocas rodaron por el suelo. El dragón salvaje y el de piedra iban a iniciar un duelo a muerte del que solo uno saldría vivo.</p> <p>Adragón avanzó con decisión hacia Tránsito, que, prudentemente, dio un paso atrás. Pero no pudo evitar recibir un golpe en el pecho. La maza de piedra que era la mano de Adragón destrozó las costillas del monje, que lanzó un aullido estremecedor. El dragón Tránsito intentó devolverlo, pero fue inútil. Adragón era mucho más ágil y estaba más habituado a la liza.</p> <p>Ese momento decisivo demostró quién era el más fuerte. Tránsito había comprendido inmediatamente que su vida corría peligro si seguía decidido a combatir con Adragón, quien poseía una fuerza que ningún hechicero podía igualar.</p> <p>Por eso optó por batirse en retirada. Como una gallina clueca, se dirigió hacia la salida. Y Alexander, en medio de la confusión, montó a caballo, agarró las bridas del de Tránsito y siguió a su compinche entre maldiciones y amenazas. Los dos traidores salieron de la gruta y se internaron en el largo pasillo que llevaba hacia la salida.</p> <p>—¡Cobardes! —gritó Crispín—. ¡Volved aquí!</p> <p>Pero sus palabras resultaron inútiles. Tránsito y Alexander no le prestaron atención y siguieron su escapada por el largo y tortuoso túnel de paredes oscuras.</p> <p>Entonces Adragón, que comprendió que ya no había peligro, subió de nuevo a su pedestal, recuperó su postura inicial y volvió a petrificarse.</p> <p>—¡Adragón! —gritó Arquitamius—, ¡Libera a Arturo!</p> <p>El cuerpo de Arturo emergió de la cabeza del Gran Dragón y bajó flotando hasta el suelo, donde se posó cerca de sus amigos, que le acogieron con cariño.</p> <p>—¿Qué ha pasado? —preguntó un poco confundido—. He tenido un sueño. He soñado que era un dragón. ¡Un dragón de piedra!</p> <p>—No te preocupes —dijo Arquimaes—. Ahora estás bien. Todo ha terminado.</p> <p>—Pero ¿dónde están Alexander y Tránsito? —insistió el jefe del Ejército Negro.</p> <p>—Han huido cuando han visto que iban a perder —explicó Crispín.</p> <p>—Han preferido escapar antes que seguir la lucha —terció Arquimaes.</p> <p>—¿Luchar contra quién? —preguntó Arturo.</p> <p>—Ya te lo explicaremos —dijo Arquitamius—. Ha sucedido algo que demuestra que eres el rey elegido por Adragón para dirigir un gran reino de justicia. No hay duda de que eres el verdadero monarca de Arquimia.</p> <p>—Sí —reconoció Arquimaes—. La reina Émedi y yo abdicaremos en tu favor. ¡Serás el rey de Arquimia!</p> <p>—Pero, padre, eso no es posible. Vos sois el creador de Arquimia. Os corresponde a vos por derecho.</p> <p>—He perdido ese derecho —reconoció Arquimaes—. Por mi culpa, el secreto de Adragón se ha desvelado. Ahora hay dos intrusos, enemigos de Adragón, que lo conocen. He fracasado. ¡Estoy inhabilitado ante sus ojos! ¡Tú serás el rey de Arquimia!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Górgula había salido a dar una vuelta. A veces se sentía agobiada dentro de la tienda, donde tenía que compartir espacio con Escorpio y Morfidio, y necesitaba respirar el aire fresco de las montañas.</p> <p>Se había llevado una bota de vino y, por primera vez en mucho tiempo, encontró alivio en la bebida. Mientras caminaba en la oscuridad, reconoció que empezaba a estar harta de su situación. A estas alturas, estaba casi convencida de que Morfidio jamás le daría lo que le había prometido. Ese hombre había perdido su condición de noble, si es que la había tenido alguna vez, y estaba medio loco. Era un demente enfurecido que solo encontraba placer en el dolor de los demás. Quizá había llegado el momento de abandonarle.</p> <p>—Hola, Górgula —dijo una sombra que se interpuso en su camino—, ¿Adonde vas?</p> <p>La hechicera se quedó quieta. Solo cuando reconoció a Escorpio se tranquilizó.</p> <p>—Me has dado un buen susto —dijo—. ¿Qué haces aquí? Deberías estar cerca de tu amo, el conde Morfidio.</p> <p>—He salido a dar un paseo —respondió el espía, saliendo de las sombras—. Tengo derecho, ¿no? Los bufones también necesitamos un poco de libertad.</p> <p>—Claro, claro... Pero podías elegir otro camino y dejarme en paz.</p> <p>—¿Igual que dejaste en paz a tu hijo?</p> <p>Górgula se quedó sorprendida por las inesperadas palabras de Escorpio.</p> <p>—¿Qué dices? ¿De qué hablas?</p> <p>—Del hijo que tuviste con Arquimaes y que abandonaste. ¿O ya no te acuerdas de él?</p> <p>—¿Qué sabes tú de eso? ¿Quién te lo ha contado?</p> <p>—Lo sé porque yo soy ese niño que entregaste a los monjes —dijo Escorpio, con gestos exagerados como los de los juglares—. ¡Sorpresa!</p> <p>Ahora se sintió verdaderamente trastornada. Dio un paso hacia atrás, con la idea de huir, pero Escorpio le cerró el paso.</p> <p>—¿Adónde vas, madre? ¿Es que no quieres estar con tu hijo?</p> <p>—¡Aparta! ¡Tú no eres mi hijo!</p> <p>—¡Claro que lo soy! ¿Es que no me reconoces? Ya ves que el destino nos ha vuelto a unir. Ahora somos dos esclavos de ese loco de Morfidio. ¡Madre e hijo al servicio de un demente asesino!</p> <p>—¡Márchate ahora mismo de aquí! ¡Fuera de mi vida!</p> <p>—Ya lo hice y te dejé en paz. Ahora te toca a ti largarte, madre.</p> <p>—¿Qué quieres de mí?</p> <p>—¡Venganza! —respondió, abalanzándose sobre ella—. ¡Venganza, madre!</p> <p>Escorpio asestó varias puñaladas a la hechicera y se alejó de allí.</p> <p>Mientras perdía la vida, Górgula se acordó de las primeras palabras que dedicó a su pequeño bebé la noche en que nació, años atrás: «Llegas en el peor momento. Nunca debiste venir a este mundo. Me vas a traer muchos problemas».</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XII</p> <p>U<style name="versalita">N DRAGON PARA UN BEBÉ</style></p> </h3> <p>Mamá observa a los dos bebés que se encuentran tumbados sobre el pergamino. Apenas le quedan lágrimas, pero sigue llorando. La tormenta ha crecido. Los truenos suenan más alto y los rayos son más intensos. Algunas hojas de papel vuelan debido al fuerte viento que entra por las ventanas abiertas.</p> <p>De repente, una mancha negra sale del pergamino y se eleva. ¡Es la letra A con cabeza de dragón! ¡Un dragón negro como la tinta, igual que el que llevo dibujado en la frente! ¡Tiene vida propia! ¡Adragón! ¡Es asombroso! Sobrevuela a los dos bebés.</p> <p>Mamá sonríe al ver al animal sagrado. Sabe a qué viene y lo que va a ocurrir. Se le nota en la mirada que está satisfecha. Es feliz. Adragón se queda quieto sobre ellos durante unos segundos. Parece que les insufla vida. Es como una gran madre que incuba a sus hijos. Después se posa sobre el hijo de Mahania.</p> <p>Ahora da la impresión de que un rayo ha caído dentro de la habitación. Todo se ha vuelto blanco, luminoso. Apenas puedo ver nada. ¿Qué ocurre?</p> <p>La puerta se abre y papá, Mahania y Mohamed se asoman. La alcoba está tranquila. Solo hay viento. Adragón y su ejército han desaparecido. Todo está en calma. Solo los dos bebés permanecen sobre el pergamino.</p> <p>—¿Reyna? —pregunta papá.</p> <p>—¿Señora? —pregunta Mohamed.</p> <p>Mientras ellos se ocupan de mamá, Mahania se acerca a los pequeños.</p> <p>Mamá no se mueve. Creo que se ha desmayado.</p> <p>—Reyna, cariño. Soy yo —insiste papá, con su mano sobre el hombro de mamá—. ¿Puedes hablar?</p> <p>Ella sigue quieta. Papá se inclina, coge la muñeca y le toma el pulso.</p> <p>—¡Nooooo! —grita, exasperado.</p> <p>El rostro de Mohamed se crispa. Acaba de comprender lo sucedido. Mahania ha cogido a Alquamed en sus brazos y se acerca.</p> <p>—¡Está muerta! —grita papá—, ¡Mi mujer ha muerto! ¡Estoy solo!</p> <p>—No está solo, señor Adragón —dice Mahania, según le acerca el bebé—. Aquí tiene a su hijo. Está vivo.</p> <p>—¿Mi hijo está vivo? Pero si hace un momento...</p> <p>—Es la magia del dragón —explica Mohamed—. Su hijo vive en el cuerpo del nuestro.</p> <p>—¡No es posible! ¿Cómo ha ocurrido?</p> <p>—¡Adragón! ¡Ha sido Adragón! —insiste Mahania—. Mire a Alquamed.</p> <p>Papá destapa al hijo de Mahania, que empieza a mostrar síntomas de parecerse a Arturo. Algunas letras se dejan ver. Su cuerpo comienza a tatuarse.</p> <p>—¡No es posible!</p> <p>—Sí, señor Adragón —responde Mohamed—. Lo es. Acaba de ocurrir.</p> <p>—¿Es mi hijo? Es verdad lo que Arquimaes aseguraba. ¡Descubrió la fórmula que devolvía la vida a los muertos! ¡Descubrió los secretos de la resurrección!</p> <p>—Un cuerpo vivo aloja el alma de un muerto —dice Mahania—. Ahora su hijo vive en el cuerpo de Alquamed y se fundirá con él.</p> <p>Salgo de la ensoñación totalmente asustado. Esto es increíble. Nací muerto y he resucitado en el cuerpo de otro. Entonces... ¡yo soy Alquamed, el hijo de Mahania!</p> <p>—¿Estás bien, Arturo? —me pregunta Mahania, interrumpiéndome—. ¿Puedes hablar?</p> <p>—¿Arturo? —pregunta Metáfora—. ¿Me oyes?</p> <p>Las miro como si fuesen dos extrañas. O, mejor dicho, como si yo fuese el extraño que no sabe en qué mundo vive.</p> <p>—Mahania, ¿soy tu hijo?</p> <p>—Eres hijo de Reyna y de Arturo Adragón, pero vives en el cuerpo de mi hijo. Verdaderamente, eres un Adragón.</p> <p>—¿Por qué no me lo dijisteis?</p> <p>—No podíamos —reconoce—. Lo importante es que ahora sabes la verdad.</p> <p>—¡La verdad! ¿Cuál es la verdad?</p> <p>—Que estás vivo.</p> <p>—Pero tengo dos madres y dos padres.</p> <p>—En realidad, Alquamed ya no existe. Está en ti, pero tú eres Arturo Adragón. Eso es lo que cuenta. Esa es la verdad —dice.</p> <p>—¿Cómo puedo vivir sabiendo lo que sé?</p> <p>—Debes aceptarlo: tu madre dio su vida para que pudieras vivir y yo entregué a mi hijo para el mismo fin. Hemos hecho demasiados sacrificios como para que no los aceptes como lo que son.</p> <p>—¿Y qué son?</p> <p>—Actos de amor —dice.</p> <p>Su argumento es arrollador. No es discutible. Por eso me callo.</p> <p>Metáfora, que ha escuchado con atención todo lo que hemos hablado, me acaricia la frente.</p> <p>—Arturo, ya has cumplido quince años —dice Mahania—. Tienes edad para valorar las cosas en su justa medida. Todo el mundo tiene que tolerar lo que es. Tanto si le gusta como si no. Tu historia está escrita y no la puedes cambiar.</p> <p>—Pero es difícil de asimilar —digo.</p> <p>—Lo sé. Pero piensa que mucha gente tiene vidas complicadas y las admiten. Al fin y al cabo, tienes poderes que otros no tienen. Las letras, Adragón... La inmortalidad...</p> <p>—¿No moriré nunca?</p> <p>—Eso se verá más adelante, pero ahora eres un ser especial. Eso es lo que cuenta. Y hace que me sienta orgullosa de ti.</p> <p>Me han contado tantas mentiras hasta ahora que no puedo librarme del temor de que pueda volver a ocurrir.</p> <p>—¿De dónde has sacado este humo mágico que me has hecho respirar, Mahania?</p> <p>—¿Es peligroso? —pregunta Metáfora—, ¿Tiene efectos secundarios?</p> <p>—Es una fórmula secreta. Ya te he dicho que la llamamos <i>el humo de las revelaciones</i>. Es inocuo.</p> <p>—¿Ese humo me ha mostrado la verdad, o solo lo que tú quieres que vea? ¿Cómo sé que lo que acabo de ver es cierto?</p> <p>—¿Crees que te mentiría en un asunto como este?</p> <p>—Mahania, llevo quince años rodeado de embustes. He habitado tanto tiempo en un mundo irreal que tengo derecho a cuestionarlo todo, ¿no te parece?</p> <p>—No existe manera de demostrarte que te he enseñado la verdad —dice—. Tendrás que aprender tú solo a distinguir entre esta y la mentira.</p> <p>—Claro. Es mi verdadero destino. El de vivir en las tinieblas. El de preguntarme cada dia si estoy vivo o muerto, si sueño o si soy el producto de un sueño.</p> <p>—Es el enigma de la vida. Hay que descubrir de qué lado estamos y cuestionarlo todo. Y hay que decidir. Tú tienes la última palabra. Pero te aseguro que acabas de ver lo que realmente sucedió.</p> <p>Estoy agotado y no tengo fuerzas para volver a la ensoñación.</p> <p>—Vamos a dormir un poco —propone Mahania, que se da cuenta de lo que me ocurre—. Mañana será un día duro.</p> <p>—¿Por qué?</p> <p>—Porque ya no eres el mismo. Lo que has visto te ha cambiado. Y todo va a ser diferente a tu alrededor. Observarás las cosas de otra manera. Además, mañana reemprendemos la vuelta a casa. Ya has visto demasiado.</p> <p>—¿Aún me quedan cosas por descubrir? ¿Qué más me ocultáis?</p> <p>—Nada importante —dice—. Así que puedes estar tranquilo. Conoces lo más relevante.</p> <p>—Espero poder vivir con ello. Ahora sé que no soy el auténtico hijo de mi madre, sino solo una copia.</p> <p>—No digas eso. Un ser humano no es ninguna imitación. Eres tan original como si fueses el verdadero Arturo. Lo que importa es el alma, así que ¡eres Arturo Adragón! No te quepa duda.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIII</p> <p>E<style name="versalita">L REY </style>A<style name="versalita">DRAGONIANO</style></p> </h3> <p>La gruta estaba invadida por un pegajoso olor a sudor y a sangre y envuelta en una nube de polvo. Pedazos de roca esparcidos por el suelo, restos de escamas y otros residuos delataban que acababa de producirse una lucha terrible.</p> <p>—Ven, te curaremos esas heridas antes de que se compliquen —propuso Arquimaes.</p> <p>—Ha sido una batalla impresionante —dijo Crispín—. Es una pena que hayan escapado.</p> <p>—Ya los cogeremos —aseguró Arturo, mientras se dejaba hacer por su maestro.</p> <p>—Esos miserables no se han privado de usar trucos de hechicería —añadió Crispín—. Quizá debiste...</p> <p>—Los caballeros arquimianos actuamos con honor —replicó Arturo, interrumpiéndole—. Recuérdalo siempre.</p> <p>—Sí, mi señor Arturo —respondió el escudero, con una leve reverencia de cabeza.</p> <p>En ese momento, Alexia posó su mirada sobre los ataúdes situados más atrás, en la arena.</p> <p>—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Son féretros?</p> <p>Arquimaes se sobresaltó y contestó rápidamente.</p> <p>—Sí, pero no debes acercarte —dijo.</p> <p>—¿A quién pertenecen?</p> <p>—A personas que no conoces —insistió el alquimista.</p> <p>—¿Por eso no puedo acercarme? —respondió, dando un paso adelante—. Tengo curiosidad.</p> <p>Arquimaes se puso ante ella y le cerró el paso.</p> <p>—No vayas, por favor —le pidió.</p> <p>—Entonces explicadme quién está dentro de esas cajas.</p> <p>Arquimaes miró a Arquitamius.</p> <p>—¡Tú! —reconoció al cabo de unos segundos—. En una de ellas se encuentra tu cuerpo anterior y en la otra está Émedi.</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué habéis dicho? ¿Mi cuerpo está ahí dentro?</p> <p>—Sí. Vigila el pergamino que contiene el gran secreto de la inmortalidad, una fórmula conjurada por Arquitamius que yo volví a escribir.</p> <p>—Necesito acercarme —pidió Alexia—. Una parte de mí desea despedirse de mi cuerpo original.</p> <p>—No lo hagas —advirtió Arquimaes—. Te dolerá. ¡Aléjate!</p> <p>De repente, y antes de que Alexia respondiera, algo llamó la atención de Arquimaes.</p> <p>—¿Qué es esto? —se preguntó el alquimista—. ¡Parece que está abierta!</p> <p>—¡No es posible! —exclamó Arturo—, ¡Nadie tiene la clave de la cerradura! ¡Ese ataúd no se puede abrir!</p> <p>Pero Arturo estaba equivocado. Cuando Arquimaes se inclinó para comprobarlo, descubrió horrorizado que el sarcófago tenía la tapa fuera de su sitio y que el pergamino había desaparecido.</p> <p>—¿Cómo es posible? ¿Quién lo ha abierto? ¡Inventé un mecanismo secreto que nadie conocía! ¡Solo yo tengo la combinación!</p> <p>—¿No se la has revelado a nadie? —preguntó Arquitamius—. ¡Intenta recordar!</p> <p>—Estoy seguro de que no he compartido este secreto con ninguna persona. Ni siquiera con Émedi. ¡Nadie conoce la clave!</p> <p>—Esta cerradura no está forzada —dijo Arturo después de inspeccionarla—. Quien la ha abierto conocía la forma de hacerlo sin utilizar la fuerza.</p> <p>—Intenta hacer memoria, Arquimaes —le pidió Arquitamius—. Tienes que estar equivocado.</p> <p>Arquimaes indagó en ella y se obligó a revisar los pasos que había dado hasta encontrar la fórmula, pasando por el herrero que le había ayudado, un colaborador, dos monjes... Pero no encontró nada. Estaba convencido de que ninguno de los que habían participado en la construcción de la caja tuvo conocimiento de...</p> <p>—¡Un momento! —exclamó de repente—. ¡Un momento!</p> <p>—¿Habéis encontrado alguna pista? —preguntó Crispín.</p> <p>—Es posible... Me estoy acordando de una extraña sensación que me acompañó durante nuestro viaje anterior, cuando vinimos aquí por primera vez.</p> <p>—¿Cuando vinimos con Alexander de Fer? —preguntó Arturo, sospechando algo.</p> <p>—Exactamente. A eso me refiero. Ahora me doy cuenta de que a veces, de forma incontrolada, hablaba solo... Y me ocurría cuando me hallaba con Alexander. Tuve esa sensación varias veces.</p> <p>—¡Os hechizó y os hizo hablar! —dedujo Arturo—. Alexander tenía poderes que Demónicia le había dado.</p> <p>—¡Eso es lo que pasó! ¡Ese traidor me embrujó y me hizo recitar la combinación de la cerradura!</p> <p>—Entonces ha sido él quién lo ha abierto —dedujo Arquitamius—, ¡Alexander se ha apoderado del pergamino de la inmortalidad!</p> <p>—¡Con la mano mágica! —añadió Arturo—. ¡Esa mano le ha servido para abrir el ataúd!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Alexander de Fer y Tránsito detuvieron sus monturas en lo alto de una colina, desde donde se divisaba un cruce de caminos.</p> <p>—¿Por dónde vamos? —preguntó Alexander—. ¿Dónde estará nuestro señor Demónicus?</p> <p>—He pensado mucho en ello —respondió Tránsito—. Después de lo de Carthacia, ningún rey le dará asilo. Nadie le acogerá.</p> <p>—Entonces, ¿dónde está? ¿En algún bosque, perdido entre árboles y animales, como los proscritos?</p> <p>—Si le conocieras bien, no hablarías así —le reprendió Tránsito—. Nuestro amo nunca viviría como una rata. Tiene que haber encontrado un lugar en el que pueda desarrollar su magia. Seguro que ha localizado algo a su medida.</p> <p>—¿Tienes alguna idea?</p> <p>—La tengo —respondió el monje ambrosiano—. La deducción forma parte de mi trabajo.</p> <p>—¿Dónde crees que está?</p> <p>—¿Cuál es el rey más brutal y despreciado que conoces o del que has oído hablar?</p> <p>—Rugiano, pero ha muerto. Dicen que el propio Arturo le atravesó con su espada.</p> <p>—También dicen que fue su esposa, la reina Astrid, la que acabó con su vida. Pero eso no importa. ¿Quién ocupa el lugar de Rugiano?</p> <p>—He oído decir que se llama Horades. Creo que es un muchacho ansioso de sangre que apoya a los brujos.</p> <p>—¡Ahí lo tienes! ¡Ahí está nuestro señor Demónicus! ¿Dónde puede anidar mejor que en un reino cuyo monarca tiene la edad de un cervatillo y es amante de la hechicería?</p> <p>Poco después, los dos traidores cabalgaban por el sendero que llevaba a Rugían, el reino de Horades... y de Demónicus.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus se sentó junto a Horades y le pasó el brazo por el hombro.</p> <p>—Conquistaremos todas las tierras conocidas y seremos los únicos dueños —le susurró al oído—. Nadie nos hará sombra. El poder será nuestro.</p> <p>—¿De los dos? —preguntó Horades—. ¿Lo compartiremos?</p> <p>—Tengo grandes planes para ti, hijo mío. Entre nosotros no habrá competencia, ya que seremos de la misma familia.</p> <p>—Solo soy tu hijo adoptivo...</p> <p>—Serás más que eso. Tengo una hija... Es una verdadera princesa. Arturo Adragón mató a Ratala, el hombre con el que se iba a casar. Quiero que te desposes con ella.</p> <p>—¡Unidos en matrimonio! —exclamó Horades—. ¡Padre e hijo de verdad!</p> <p>—Seremos los emperadores de todos los reinos. Y tú te convertirás en el Gran Horades, el emperador más poderoso que la historia haya conocido jamás. ¡Más grande que el mismísimo Alejandro Magno!</p> <p>—Eso me gusta, padre —reconoció Horades—. Les sobreviviré a todos. ¡También a Arturo Adragón!</p> <p>—¡A ese lo mataremos! Para ello necesito tu ayuda. Una vez que lo hayamos asesinado, te casarás con mi hija Alexia y te cederé todos los poderes. ¡Yo mismo te coronaré!</p> <p>—Pero Arturo es inmortal —alegó Horades.</p> <p>—Si cada parte de su cuerpo está en un sitio distinto, su inmortalidad no le servirá de nada. ¿Entiendes?</p> <p>Horades abrazó a Demónicus.</p> <p>—¿Qué quieres de mí, padre?</p> <p>—¡Un ejército! —dijo Demónicus—. ¡Un ejército invencible!</p> <p>Horades le escuchó con asombro. Después de pensarlo un poco, se dio cuenta de que había encontrado al aliado adecuado.</p> <p>—Toma, Demónicus —le dijo ofreciéndole un cuenco de sangre—. Bebe esto. Te reanimará. Estás muy cansado. Necesitarás fuerzas para cumplir tu promesa.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo, Alexia y sus compañeros se esforzaron en recomponer los destrozos que se habían producido en la cueva durante el enfrentamiento entre Arturo y Tránsito, y se prepararon para emprender su búsqueda.</p> <p>Por encima de todo tenían que recuperar el pergamino. A pesar de que estaba escrito en un lenguaje secreto, siempre cabía la posibilidad de que pudieran descifrar las claves que ocultaba: la inmortalidad y la resurrección.</p> <p>—¿Hacia dónde se dirigirán? —preguntó Crispín.</p> <p>—Supongo que ahora buscarán a Demónicus —especuló Arquimaes—. Alexander quiere el favor de Demónicia y cree que si le entrega el pergamino conseguirá algo de ella.</p> <p>—Se equivoca —dijo Alexia—. Demónicia le ha utilizado, pero no le ama. No obtendrá nada de ella.</p> <p>—Pero él cree que sí —le corrigió Crispín—. Está convencido de que Demónicia le ama.</p> <p>—Está embrujado por esa hechicera —añadió Arquitamius—. Tiene los sentidos embotados.</p> <p>—Ahora la cuestión es saber dónde se encuentra —resumió Arturo—. Hemos de recuperar el pergamino antes de que caiga en las manos de Demónicus.</p> <p>—Seguiremos sus huellas —propuso Crispín—. Todavía serán visibles sobre la nieve.</p> <p>Alexia se acercó de nuevo al ataúd que contenía su cadáver embalsamado y contempló con melancolía la caja que Arquimaes había vuelto a cerrar.</p> <p>—Vamos, Alexia —dijo Arturo, con la mano sobre su hombro—. Ha llegado la hora de partir.</p> <p>—Me siento triste. Saber que mi cuerpo está ahí encerrado, solo, me apena mucho.</p> <p>—Está en lugar seguro. Junto a Émedi y bajo la protección de Adragón —dijo Arturo, tratando de consolarla.</p> <p>—No puedo evitar sentir algo parecido a la desolación. Ahora sé que mi cuerpo yace aquí, en el fondo de una cueva, y eso me intranquiliza —insistió ella.</p> <p>—Alexia, lo más difícil de esta vida es vivir —explicó Arturo—. Y tú lo has conseguido mejor que nadie. Eso es lo más importante. Estás conmigo y con la gente que te quiere. Siéntete orgullosa de que haya personas que luchan para volver a verte viva.</p> <p>Alexia apretó su cuerpo contra el de Arturo.</p> <p>—Tienes razón. Toda la razón. Me reconforta tenerte cerca, Arturo.</p> <p>Arquimaes, Arquitamius y Crispín estaban preparados para partir.</p> <p>—Arturo, despídete de Adragón —le pidió Arquimaes.</p> <p>Antes de subir a su caballo, Arturo se inclinó ante el Gran Dragón.</p> <p>—Adragón, te presento mis respetos y te renuevo mi fidelidad —dijo mientras desenfundaba su espada—. Pongo mi fuerza y mi poder a tu servicio y te juro que no pararé hasta devolverte el pergamino que estos miserables acaban de robar. Y te aseguro que llevaré a cabo mi misión de crear un reino de justicia y honor que portará el símbolo adragoniano en sus estandartes.</p> <p>Posó la hoja de la espada sobre su frente y rozó el dibujo adragoniano.</p> <p>—Todos sabrán que la fuerza de Adragrón es la de la justicia —añadió—. Y lucharé por ello... Además, quiero darte las gracias por haber resucitado a Alexia por segunda vez... Ahora sé que soy como tú; ahora empiezo a saber quién soy.</p> <p>Después emprendieron el camino de vuelta. Sabían que era prácticamente imposible alcanzar a Alexander y a Tránsito y temieron por el pergamino. Arquimaes no conseguía librarse de una terrible sensación de fracaso.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIV</p> <p>A<style name="versalita">TAQUE EN EL DESIERTO</style></p> </h3> <p>El día amanece rajante. Lo he visto nacer desde la oscuridad, ya que no he pegado ojo en toda la noche.</p> <p>Todo lo que ha sucedido en estos últimos días me tiene alterado y, si bien es cierto que he descubierto muchas cosas, también es verdad que la confusión ha aumentado. Es increíble pero, cada vez que encuentro una respuesta, me surge una nueva pregunta. Es como si esta agonía no tuviera fin. Averiguo cosas que me inducen a querer saber más, como una cinta infinita que no tiene principio ni fin. Es una locura.</p> <p>¿Cuánto más necesito saber para quedarme satisfecho? ¿Qué es lo que quiero conocer realmente? ¿Qué busco?</p> <p>Sé más sobre mí de lo que esperaba. He averiguado, quizá, más de lo que necesito saber. Nunca hubiera imaginado que, en realidad, mi cuerpo pertenece al hijo de Mahania. Ha sido la mayor sorpresa de mi vida, completamente inesperada. Ahora la cuestión es cómo lo voy a asimilar.</p> <p>—Ya es hora de volver a casa —dice papá, abriendo el toldo de la entrada de mi tienda—. El viaje de novios ha terminado.</p> <p>—¿Estás seguro, papá?</p> <p>—Sí, hijo. Debemos volver a Férenix. Hace tiempo que no tenemos noticias de <i>Sombra</i> y ya empiezo a inquietarme. Debemos preparar el regreso hoy mismo.</p> <p>—Pero aún quedan muchas cosas por ver —insisto—. Me gustaría visitar el templo y conocerlo un poco más a fondo.</p> <p>—Tendrá que ser en otro viaje —añade—. Haz el favor de prepararte para la marcha.</p> <p>Le hago caso y salgo del saco de dormir. Afuera, los demás ya se han levantado. Por lo visto me he quedado en la cama más tiempo del debido. Creo que me he distraído pensando en mis cosas.</p> <p>—Arturo, ¿me ayudas a recoger mi tienda? —pregunta Metáfora—. ¿Te importa?</p> <p>—Claro que no. Pero luego tendrás que ayudarme tú.</p> <p>—Trato hecho —responde—. Date prisa, que tenemos mucho trabajo.</p> <p>Mahania tenía razón anoche cuando me dijo que todo lo que he visto me iba a convertir en una persona diferente. De alguna forma, veo las cosas de manera distinta. Es algo que apenas puedo explicar, pero sé que soy otro, que ya no soy el que llegó aquí.</p> <p>¡Bang!</p> <p>—¡Arturo! —grita papá—. ¡Poneos a cubierto!</p> <p>—¿Qué pasa? ¿Quién ha disparado?</p> <p>—¡Ha sido Farael! ¡Cubríos! ¡Escondeos!</p> <p>—¡Vamos! —dice Metáfora—. ¡Ven conmigo!</p> <p>Corre hacia el edificio principal y yo la sigo. De reojo veo que papá y Norma vienen hacia nosotros. Mahania y Mohamed van con Amarofet y todos nos protegemos tras las paredes del templo.</p> <p>—¿Qué ocurre? —pregunto—. ¿A qué viene ese disparo?</p> <p>—¡Ladrones del desierto! —explica Mohamed—. Hombres sin escrúpulos que viven de la rapiña... ¡Escondeos!</p> <p>Reculamos un poco hasta quedar completamente ocultos a la vista de los intrusos. Sin embargo, entre las grietas de un muro muy deteriorado por el tiempo, distingo las siluetas de tres jinetes que cabalgan sobre la arena y forman una espectacular nube de polvo.</p> <p>—¡Ahí están! —digo—. ¡No os mováis!</p> <p>—¿Y Farael? —pregunta Mohamed—, ¿Le ves?</p> <p>—No. Ha debido esconderse para evitar que le alcancen los disparos.</p> <p>¡Bang! ¡Bang!</p> <p>Sale humo de los rifles de los asaltantes.</p> <p>—¿Qué ves? —pregunta papá.</p> <p>—Esos tipos vienen hacia aquí... ¡No, espera! ¡Farael les cierra el paso y los apunta con su arma!</p> <p>¡Bang!</p> <p>—¡Le han disparado! ¡Ha caído del caballo!</p> <p>—¡Le han matado! —exclama Mohamed.</p> <p>—No, se mueve —respondo—. Solo está herido.</p> <p>—¡Tenemos que hacer algo! —dice papá—. No podemos quedarnos aquí.</p> <p>—No tenemos armas —responde Mohamed—. ¡Nos matarán si nos enfrentamos!</p> <p>—¿Qué hacemos? —pregunta Norma.</p> <p>—Vienen a robar —explica Mohamed—. Si no oponemos resistencia, nos dejarán marchar.</p> <p>—¿Estás seguro de eso? —pregunta papá.</p> <p>—No. Pero no podemos hacer otra cosa —responde—. ¡Obedezcamos!</p> <p>Mahania me mira fijamente. Al principio no entiendo el significado de su mirada, pero acabo por captar el mensaje. Sé lo que espera de mí. O creo que lo sé.</p> <p>Ahora oigo los pasos de los caballos sobre la arena, lo que indica que están cerca. Me asomo por el agujero y, efectivamente, están a punto de caer sobre nosotros. Tienen los rifles preparados, apuntándonos.</p> <p>Cuando les falta poco para alcanzarnos, doy unos pasos adelante y me interpongo en su camino.</p> <p>—¡Alto ahí! —grito con los brazos en alto, aunque posiblemente no me comprendan ¡Quietos!</p> <p>El primer jinete, sorprendido por mi inesperada aparición, tira fuerte de las bridas para detener su montura, mientras que los otros dos giran hacia la derecha, apartándose.</p> <p>Me apuntan con sus rifles y yo me quedo quieto. Quiero que vean que no les tengo ningún miedo.</p> <p>—¡Mohamed, diles que se marchen antes de que sea tarde! —grito—. ¡Traduce!</p> <p>Mohamed duda, no dice nada.</p> <p>—¡Díselo! —le ordeno.</p> <p>Ahora sí me hace caso y traduce mis palabras, pero los bandidos se ríen. Mi advertencia les hace gracia.</p> <p>—¡Diles que se marchen antes de que me enfade! —insisto.</p> <p>Mohamed sigue con la traducción. Pero se ríen con más ganas.</p> <p>El que parece el jefe hace avanzar su caballo hacia mí. Está a punto de pasarme por encima. Masculla algunas palabras en su idioma.</p> <p>—¡Quiere que te pongas de rodillas! —dice Mohamed—. ¡Hazle caso, Arturo, o te matará!</p> <p>Abro la camisa y dejo el pecho al descubierto. Los intrusos observan las letras, pero no parecen impresionarles. Incluso les provocan más risas.</p> <p>Uno de ellos me apunta con su rifle. La situación ha llegado al límite.</p> <p>—¡Adragón! —grito—. ¡Ayúdame!</p> <p>El dragón se despega de mi frente y las letras le siguen. Los tres individuos se quedan boquiabiertos cuando los ven volar.</p> <p>Uno de ellos reacciona y dispara contra Adragón. Entonces, las letras le rodean y Adragón se acerca a su cara en plan amenazador.</p> <p>—¡Quiere que retires tus letras! —dice Mohamed—. ¡Dice que es magia mala!</p> <p>—¡Ordénales que tiren sus armas al suelo ahora mismo! —advierto—. ¡Todas!</p> <p>Mohamed les explica lo que quiero, pero, por sus voces, veo que no están dispuestos a hacerlo.</p> <p>—¡Dicen que eres un brujo y que te matarán si no guardas a tus animales! —traduce Mohamed.</p> <p>—¡No he venido aquí a morir! —respondo—. ¡Adragón! ¡Que besen el suelo!</p> <p>¡Bang!</p> <p>El que estaba rodeado de letras ha vuelto a disparar. Las letras se echan sobre los caballos y les cubren la cara. Estos se encabritan y tiran a sus jinetes al suelo. Adragón los persigue y consigue que se pongan de rodillas, con las manos sobre la nuca.</p> <p>—¡Mohamed! ¡Repíteles que quiero ver todas sus armas en el suelo! —ordeno—. ¡Ya!</p> <p>Mohamed traduce mis palabras y los hombres arrojan varias dagas y dos revólveres que llevaban ocultos entre las ropas. No dejan de chillar y sus lastimeras palabras indican que están arrepentidos de habernos atacado.</p> <p>Adragón y las letras los cercan y pasan junto a sus rostros. Veo temor en sus miradas. Sin duda son hombres supersticiosos que se sienten aterrados ante la presencia de lo que ellos consideran seres malignos. Se nota que les infunden un miedo terrible.</p> <p>—¡Arturo! ¡Mira! —grita Norma—. ¡Mira!</p> <p>—¿Qué sucede? —pregunto mientras me giro.</p> <p>Metáfora está de rodillas, en el suelo, con una expresión extraña, como si estuviera ausente. Delante de ella, sobre la tierra, un charco de sangre se extiende entre el polvo.</p> <p>—¿Qué pasa, Metáfora? —pregunto, bastante alarmado—, ¿Qué te ocurre?</p> <p>—¡El último disparo le ha dado de lleno! —exclama papá.</p> <p>—¡No es posible! ¡No puede ser! —vocifero—. ¡Metáfora, dime que estás bien!</p> <p>Pero me mira sin decir nada. No tiene fuerzas ni para hablar. Está malherida.</p> <p>La tumbamos sobre el suelo para atenderla. Mahania entra en una tienda, seguramente en busca de telas, agua y medicinas.</p> <p>—¿Qué podemos hacer? —pregunta Norma, angustiada—. ¡Hay que llevarla a un médico!</p> <p>—¡Estamos en mitad del desierto! —dice papá—. ¡Solos!</p> <p>Ordeno a Adragón que vigile a los tres hombres y me acerco a Metáfora, que está pálida.</p> <p>—Voy a morir —susurra—. Voy a morir en el mismo lugar en el que tú naciste.<img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i6"/>—No digas eso, Metáfora. Te vamos a salvar. No te preocupes.</p> <p>Mahania se acerca, cargada con un cuenco lleno de agua y varios objetos.</p> <p>—Es mejor meterla dentro —propone Mohamed—. Aquí fuera hace demasiado calor.</p> <p>—Sí, llevémosla al interior del templo. Allí estará mejor.</p> <p>La levantamos y la trasladamos hasta allí.</p> <p>—¡Voy a ayudar a Farael! —exclama Mohamed, que sale en su busca mientras acomodamos a Metáfora—. ¡También necesita auxilio!</p> <p>Mahania abre la ropa de Metáfora y descubre la herida, en pleno vientre.</p> <p>—¡Es grave! —reconoce—. ¡No creo que pueda curarla!</p> <p>—¿Qué podemos hacer? ¡Hay que salvarla! —implora Norma—, ¡Hay que hacer algo!</p> <p>—No somos médicos, Norma —le replica papá—. ¡La herida es grave y no podemos hacer nada!</p> <p>—¡Cómo que no! ¡Arturo, tú tienes poderes! —grita, casi histérica—. ¡Tienes que pedir ayuda a Adragón!</p> <p>—Adragón no hace milagros, Norma —digo—. No creo que pueda ayudarnos.</p> <p>—¿Es que nos vamos a quedar impasibles mientras ella se muere? —grita desesperada—. ¿Nadie va a hacer nada?</p> <p>Mahania se pone en pie, lívida.</p> <p>—Nadie puede hacer ya nada —dice—. Es demasiado tarde.</p> <p>Norma mira a Metáfora y lanza un alarido.</p> <p>—¡Hija! ¡Metáfora!</p> <p>Metáfora ha dejado de respirar.</p> <p>—¡Noooo! ¡No puedes morir! —estalla Norma, de rodillas a su lado, mientras la abraza y la acuna.</p> <p>Estoy tan lleno de rabia que doy una orden:</p> <p>—¡Adragón! ¡Ven en mi ayuda!</p> <p>El dragón y las letras vienen hacia mí. Me rodean y esperan mi mandato.</p> <p>—¡Hay que devolver la vida a Metáfora! ¡Hay que resucitarla!</p> <p>Se quedan quietos, revoloteando a mi alrededor.</p> <p>—¡Qué podemos hacer? —pregunto.</p> <p>No se mueven. El dragón está delante de mí, sin hacer nada. Quieto.</p> <p>—¡Haz algo! ¡Sálvala!</p> <p>Silencio.</p> <p>Entonces, escuchamos el galope de unos caballos. Son los bandidos que huyen.</p> <p>—¿Qué hacemos? —pregunta Mahania—. ¿Qué hacemos?</p> <p>—Déjalos partir —digo—. Ahora lo importante es salvar a Metáfora.</p> <p>—Nadie puede hacerlo. No somos médicos —reconoce—. Debes aceptar su muerte como algo inevitable.</p> <p>Mahania me abraza.</p> <p>—Lo siento, hijo —susurra—. Lo siento mucho.</p> <p>Cierro los ojos y le devuelvo el abrazo. Acabo de reconocer que nadie puede hacer nada por ella, que Metáfora ha muerto por mi culpa.</p> <p>Poco después, Mohamed llega con Farael entre los brazos.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XV</p> <p>P<style name="versalita">ISTAS PERDIDAS</style></p> </h3> <p>Apenas salieron de la gruta, descubrieron que una copiosa nevada había borrado las huellas de Tránsito y Alexander. Ahora les iba a resultar casi imposible encontrarlos.</p> <p>—No podemos seguirlos, así que habrá que imaginar hacia dónde se han dirigido —especuló Crispín—. Yo no tengo ni idea.</p> <p>—Esos dos solo pueden ir en busca de Demónicus —concluyó Arturo—. Pero no sabemos dónde se encuentra. ¿Tienes alguna pista, Alexia?</p> <p>—No lo sé. En tiempos, Demónicus tenía muchos aliados, pero ahora... me temo que se ha quedado solo.</p> <p>—Quizá conozcas su refugio —sugirió Arquimaes—. Es posible que disponga de algún lugar secreto al que acudir.</p> <p>—No se me ocurre ninguno. El único sitio en el que podría presentarse es en el reino de Ratala, pero dudo que le reciban bien. De hecho, no creo que lo hagan en ningún sitio. Era poderoso, pero también tenía muchos enemigos. Y después de sus últimas derrotas...</p> <p>—Entonces sugiero que, hasta que se nos ocurra algo, regresemos a Ambrosia —propuso Arquimaes—. Tenemos mucho trabajo que hacer. Cuando hallemos alguna pista, nos lanzaremos tras ella.</p> <p>—He intentado conectar con el pergamino, pero me resulta imposible —confesó Arquitamius—. Deben de haberlo protegido. O quizá esa mano mágica...</p> <p>—Yo también creo que es mejor volver a Ambrosia. Es posible que Émedi haya retornado de Carthacia y nos espere —añadió Alexia—. Desde allí emprenderemos la caza de estos dos traidores. Émedi está sola y es probable que necesite nuestra ayuda.</p> <p>—Yo preferiría seguir ahora —dijo Arturo—. Intentarán salir de Nevadia y, si nos damos prisa, todavía podemos cogerlos por sorpresa.</p> <p>—Ellos solo son dos e irán más deprisa que nosotros —argumentó Arquimaes—. Aceptemos que, de momento, no podemos hacer nada.</p> <p>—El tiempo corre en nuestra contra — insistió Arturo—. Si esperamos será peor. Podrían encontrar a Demónicus y descifrar el pergamino. Si lo consiguen, sería terrible.</p> <p>—Podemos enviar a Adragón para que inspeccione los alrededores —sugirió Alexia—. Es posible que él vea algo.</p> <p>—Aunque los viera —dijo Arturo—, no nos daría tiempo a alcanzarlos. Además, pueden haber utilizado algún truco de magia para escabullirse.</p> <p>—Yo propongo que volvamos a Ambrosia y organicemos tu coronación —dijo Arquimaes en tono de mando—. Eso es ahora lo más importante. Luego habrá tiempo de buscar el pergamino. Además, aunque llegue a manos de Demónicus, os aseguro que le costará mucho descodificarlo.</p> <p>Todos guardaron silencio. Era evidente que Arquimaes no estaba dispuesto a aceptar ninguna sugerencia. Para él, lo más urgente ahora era regresar a Ambrosia junto a Émedi y coronar a Arturo.</p> <p>—Pues hagamos lo que dices, amigo Arquimaes —dijo Arquitamius, tirando de las bridas—, ¡Volvamos a Ambrosia!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>—Necesitamos un ejército leal, que obedezca y que esté dispuesto a morir por la hechicería —explicó Demónicus—, ¡Un ejército dispuesto a morir por nosotros!</p> <p>—Eso no existe, padre —le respondió Horades—. Ni siquiera los caballeros más nobles están preparados para obedecer hasta el final. Nadie entrega su vida para que otros consigan más poder.</p> <p>—Crearemos una armada que baile al son de nuestras órdenes —insistió el Gran Mago—. ¡Usaremos nuestra magia!</p> <p>—Este reino está diezmado por las enfermedades y la pobreza. No encontrarás muchos hombres dispuestos a engrosar tus filas.</p> <p>—¡Utilizaremos la hechicería! ¡Convertiremos a las bestias en mutantes y en humanos! ¡Todo lo que alberga vida se pondrá a nuestro servicio como parte de la tropa invencible y acatarán nuestras órdenes al pie de la letra! ¡Nos obedecerán ciegamente! ¡Ya lo verás! ¡Confía en mí!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando llegaban a Ambrosia, la reina Émedi salió a recibirlos y las trompetas sonaron con fuerza para expresar la alegría que todos sentían al verlos de vuelta.</p> <p>—Da gusto retornar a casa —dijo Crispín.</p> <p>—Sí, es verdad. Regresar al hogar es uno de los grandes placeres de la vida —añadió Arquimaes—. Sobre todo cuando te reciben así.</p> <p>Émedi, acompañada de su guardia personal, se encontró con ellos en la puerta principal, que estaba vigilada por centinelas Émedianos. Descabalgaron y se fundieron en un gran abrazo.</p> <p>—¡Madre! —dijo Arturo, de rodillas ante ella—. ¡Qué contento estoy de veros otra vez!</p> <p>—Yo también —reconoció Émedi—. Para tu tranquilidad, te diré que el rey Aquilion se recuperó bien de la herida de tu espada. El mismo me pidió que me fuera a Ambrosia.</p> <p>—Me alegra saberlo —dijo Arturo—. He estado muy preocupado por ese asunto.</p> <p>—Lo sé muy bien, Arturo. Pero no te atormentes, la culpa fue de Tránsito y de Alexander. ¿Habéis conseguido atrapar a esos dos traidores? —preguntó la reina—. ¿Dónde están?</p> <p>Arquimaes se acercó a ella. La cogió de la mano y dijo:</p> <p>—Se escaparon. Entraron en la cueva del Gran Dragón. Pero lo peor es que se han llevado el pergamino secreto.</p> <p>La reina no dijo nada. Su silencio expresaba claramente el pesar que sentía.</p> <p>—No obstante he prometido recuperarlo —dijo Arturo—. En breve saldré a buscarlos, los atraparé y traeré el pergamino alquímico. Se lo he prometido a Adragón: ¡cumpliré mi palabra, madre!</p> <p>—No pudimos impedir que huyeran —añadió Alexia—. Hubo una terrible pelea y nos confundieron a todos.</p> <p>—Yo tenía el arco preparado, pero no pude utilizarlo —añadió Crispín—, ¡Me lo pagarán!</p> <p>—Pero ¿cómo consiguieron hacerse con el pergamino? ¿No se encontraba en el ataúd? —dijo Émedi—. Estaba cerrado con una clave secreta.</p> <p>—Mi reina —dijo Arquimaes—, la culpa es mía. Solo mía. He fallado a Adragón.</p> <p>—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Émedi.</p> <p>—He renunciado al trono de Arquimia —confesó Arquimaes—. Y te pido que hagas lo mismo. Debemos nombrar rey a Arturo. Yo ya no soy digno.</p> <p>—¿Estás seguro de tu decisión? Arquimia es el proyecto de tu vida. Llevas años planeando ser rey de ese reino de justicia que tantas veces has soñado.</p> <p>—Mi resolución es firme, mi reina. He visto que Arturo tiene la aprobación de Adragón... ¡Le prestó su cuerpo de piedra para luchar contra el monstruo en que se había convertido Tránsito! ¡Fue increíble!</p> <p>—Entonces yo también abdico en su favor —dijo ella—. Le daremos todo nuestro apoyo y le nombraremos rey.</p> <p>—Hagámoslo pronto —pidió Arquimaes—. Cuanto antes, mejor.</p> <p>—Aquí todo está preparado. La construcción del palacio está muy avanzada. El Ejército Negro, bajo las órdenes de Leónidas, se ha organizado. Preparemos una gran ceremonia y nombremos soberano a nuestro hijo.</p> <p>—Gracias —dijo Arquimaes—. Nunca me has fallado y ahora me demuestras, una vez más, que estás a mi lado.</p> <p>Cuando entraron en Ambrosia, Arquimaes y Arquitamius hicieron una visita a su laboratorio, que se mantenía activo y en buenas condiciones gracias al esfuerzo del fiel Rías.</p> <p>—Buen trabajo, amigo Rías —le dijo Arquimaes—. Veo que todo está listo para que nos pongamos a trabajar de nuevo.</p> <p>—Sí, maestro. He conseguido plantas, metales y líquidos. He realizado nuevas mezclas. Podéis empezar a trabajar cuando deseéis.</p> <p>—Iniciaremos inmediatamente la producción de oro para pagar a Andronio y a sus trabajadores —explicó Arquitamius—. Pero ahora es momento de celebración.</p> <p>Esa misma noche organizaron una gran cena a la que asistieron muchos nobles, caballeros, comerciantes, artistas y seguidores del proyecto de Arquimia. Desde que se iniciara la construcción del palacio, había corrido la voz y mucha gente de todas partes había llegado para apoyar la creación del nuevo reino. Desde los ricos hasta los más humildes, cientos y cientos de personas deseaban aportar su grano de arena al levantamiento de un reino que prometía justicia para todos sus habitantes.</p> <p>Andronio, el arquitecto, que no dejaba de recibir felicitaciones, estaba pletórico.</p> <p>—Estáis haciendo un buen trabajo —le comentó Arturo dándole un abrazo—. Sois un genio.</p> <p>—Todo se lo debo a Arquimaes y a Arquitamius —reconoció el arquitecto—. Me han apoyado mucho y, sobre todo, aportan puntualmente el oro necesario para atender los pagos.</p> <p>—Siempre cumplen lo que prometen —añadió Arturo—. Ya veréis como no os defraudan, maestro Andronio.</p> <p>En ese momento, alguien tocó su hombro, llamando su atención.</p> <p>—Amigo Leónidas —dijo Arturo cuando le reconoció—. Deseaba verte.</p> <p>—Ahora que hemos recuperado Carthacia, todo está en marcha para la creación de Arquimia. El Ejército Negro es cada vez más fuerte —respondió el caballero—. Nadie podrá impedir que llevemos a cabo el gran proyecto de Émedi y Arquimaes.</p> <p>—Lo único que lamento es que nuestro compañero Puño de Hierro no esté con nosotros para disfrutar de nuestro éxito.</p> <p>—Yo también. Era un gran hombre, valiente y decidido. Y le debemos mucho. Nunca le olvidaremos.</p> <p>—Le haremos un homenaje en el día de mi coronación —aseguró Arturo.</p> <p>—Estamos deseosos de que te corones rey. Ansiamos que esto sea una realidad. Cuenta con mi apoyo y el de todos los Émedianos.</p> <p>—Gracias, Leónidas. Tu lealtad es un buen ejemplo para todos.</p> <p>Más tarde, cuando estaban a punto de servir los postres, Émedi se puso en pie y reclamó la atención de todos los asistentes.</p> <p>—Queridos amigos, quiero que escuchéis las noticias que tengo que daros —pidió, mientras elevaba la voz para que pudieran oírse sus palabras—. Escuchad, por favor...</p> <p>Poco a poco, la sala quedó en silencio.</p> <p>—Quiero anunciaros que el reino de Arquimia está a punto de ser una realidad gracias a vosotros y a los que murieron en el empeño. La lucha ha sido dura y, a pesar de los esfuerzos de Demónicus para impedirlo, vamos a conseguir nuestro objetivo.</p> <p>Todos aplaudieron.</p> <p>—Pero quiero revelaros algo importante... Arquimaes y yo hemos tomado una decisión. Hemos decidido abdicar...</p> <p>Se produjo un silencio estremecedor.</p> <p>—Creemos que el nuevo reino de Arquimia debe nacer con un nuevo rey. Y queremos que sea nuestro querido hijo Arturo Adragón. Con él comenzará todo. ¡Así que proclamo a Arturo Adragón rey de Arquimia! ¡Larga vida al rey!</p> <p>Todo el mundo se puso en pie para aplaudir con más fuerza que antes. Estaba claro que Arturo levantaba pasiones y todos coincidían en que era el soberano apropiado para gobernar Arquimia.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Tras la fiesta, Arturo, Alexia, Émedi, Arquimaes y Crispín se reunieron en la gran cámara real para felicitarse por el éxito de la misma.</p> <p>—Ha ido bien —reconoció la reina. Tenemos muchos seguidores y aliados—. Arquimia será una realidad.</p> <p>—Sí, por fin veremos nuestro sueño cumplido —dijo Crispín—, ¿Verdad, Arturo?</p> <p>—Sí, pero falta algo que asegure la descendencia de nuestro linaje.</p> <p>—¿A qué te refieres? —preguntó Arquimaes, que recibió un ligero codazo de Émedi.</p> <p>Arturo se acercó a Alexia y la cogió de la mano.</p> <p>—¿Te casarás conmigo ahora que voy a ser monarca de un reino de justicia que apoya la alquimia y odia la hechicería? —le preguntó.</p> <p>—Claro que sí —respondió ella, muy ilusionada—. Ya te he dicho que renuncio a mis orígenes y que uniré mi vida a la tuya.</p> <p>—Entonces tendré que dejarme coronar —contestó Arturo—. Serás mi reina y juntos construiremos ese reino arquimiano del que tanto hemos hablado.</p> <p>—Seré tu consorte y tú serás el mío —dijo Alexia—. Juntos los dos por Arquimia.</p> <p>Arturo se volvió hacia su padre, el alquimista.</p> <p>—Padre, he aquí quien compartirá el trono de Arquimia conmigo.</p> <p>—Me alegra saber que ella consiente en casarse contigo —respondió Arquimaes—. Pero debo recordaros que la unión entre alquimistas y hechiceros puede traer graves complicaciones. Somos muy diferentes y prácticamente incompatibles. La crisopeya y la hechicería no se entienden.</p> <p>—Eso me da igual —alegó Arturo—. Alexia y yo nos casaremos.</p> <p>—Puede haber consecuencias nefastas —advirtió Arquimaes.</p> <p>—¿Cuáles? —preguntó Alexia.</p> <p>—Imprevisibles, pero no buenas —añadió el alquimista—. Lo sé muy bien. Yo mismo las padecí. Émedi y yo cometimos el mismo pecado. Y lo pagamos caro.</p> <p>—Estaremos a vuestro lado en los momentos más duros —prometió Émedi—. Pondremos todos nuestros conocimientos a vuestro servicio, pero no podemos garantizar nada.</p> <p>—¿Intentáis avisarnos de que nuestro hijo puede sufrir las consecuencias de nuestros actos? —indagó Alexia, muy inquieta.</p> <p>—Os prevenimos de que vuestra unión puede ser peligrosa —insistió Arquimaes.</p> <p>—Y reiteramos nuestro apoyo en lo que podamos —añadió la reina—. La última decisión es vuestra.</p> <p>—Pase lo que pase, nos desposaremos —dijo Arturo con firmeza.</p> <p>—¡Nos casaremos! —repitió Alexia.</p> <p>—Entonces recibid nuestra más sincera enhorabuena y contad con nuestro favor —dijo Arquimaes.</p> <p>—Y con el mío — intervino Crispín—. Estaré siempre a vuestro lado y a vuestro servicio.</p> <p>Arquimaes abrazó a Alexia y apretó la mano de Arturo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Morfidio regresó a su tienducha de Ambrosia, se lanzó al interior, en busca de una copa de vino. El viaje había sido largo y pesado. Y los resultados no le habían dejado demasiado satisfecho. Por si fuera poco, todo estaba revuelto y sucio, igual que en un estercolero.</p> <p>A pesar de todos sus esfuerzos por reconciliarse con su padre, no lo conseguía. Y eso le tenía rabioso. Y la mancha crecía y le ponía nervioso.</p> <p>Esperó durante horas a que sus dos cómplices aparecieran. Hasta que, al anochecer, Escorpio se presentó con una bolsa de comida.</p> <p>—¿Dónde estabas? —le pregunto el conde—. Te espero desde hace horas.</p> <p>—Buscaba comida, mi señor. Todo se ha puesto muy difícil. Cada día hay mas gente por aquí.</p> <p>—¿Y Górgula? ¿Dónde está esa bruja?</p> <p>—Tengo malas noticias, mi señor —dijo el espía—. Muy malas.</p> <p>—¿Qué ha pasado?</p> <p>—Unos desalmados la asaltaron para robarla y ella se resistió —explico Escorpio—. ¡La han asesinado, mi señor! Encontré su cadáver y lo llevé a la fosa común.</p> <p>—¡No puede ser! ¡Ella era la única que podía ayudarme! —se condolió el conde—, ¡Maldita sea! ¿Qué vamos a hacer ahora?</p> <p>—Seguir con nuestro plan —determinó Escorpio—, ¡Entrar en la cueva cuando lo haga Arturo, sustraer esa tinta y borrarle de la faz de la tierra! ¡Eso es lo que tenemos que hacer!</p> <p>—Sin Górgula no nos servirá de nada tener la tinta.</p> <p>—Secuestraremos a Arquimaes y le haremos hablar.</p> <p>—Eso es volver al principio de todo —repuso Morfidio—. Ya le secuestré una vez, pero no conseguí nada. Ese alquimista es un tozudo.</p> <p>—Yo conozco sistemas de tortura a los que nadie puede resistirse. Os lo aseguro, mi señor. Nos contará todo lo que queramos.</p> <p>—Es muy complicado apresarle. Hay muchos soldados. Está muy protegido. Además, no se separa de Arquitamius.</p> <p>—Será mucho más sencillo de lo que parece. Ni siquiera hay que llevárselo. Le meteremos en la cueva, donde no baja nadie, y allí hablará. Yo me encargaré de que lo cuente todo.</p> <p>Morfidio, que conocía la eficacia de Escorpio, asintió. No era el mejor plan del mundo, pero no tenían otro.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVI</p> <p>E<style name="versalita">L ABISMO DE LA MUERTE</style></p> </h3> <p>No consigo recordar cómo es el proceso de resurrección que tantas veces he visto en mis sueños. ¿Cómo consiguió Arturo bajar al Abismo de la Muerte y traer a Alexia? ¿Cómo se llega hasta allí? ¿Por dónde se entra? ¿Cómo se sale y se vuelve a la vida?</p> <p>Arturo cruzó una grieta que había en el muro de la gruta del Gran Dragón. ¿Habrá más de una? No sé si seré capaz de encontrar esa rendija. Y tampoco tengo ninguna garantía de poder rescatar a Metáfora, en el caso de que llegara a entrar en ese horrible lugar.</p> <p>Y, sin embargo, daría cualquier cosa por tener la oportunidad de ir a buscarla.</p> <p>Este maldito viaje lo ha complicado todo. Yo solo quería descubrir quién soy y qué pasó la noche de mi nacimiento, y ahora, de repente, por culpa de una bala que tenía mi nombre, Metáfora ha muerto. De golpe me encuentro en la misma situación que Arturo Adragón, que también provocó la muerte de Alexia.</p> <p>¿Tendría razón mi abuelo cuando decía que la familia Adragón estaba condenada?</p> <p>Todavía es de noche, pero dentro de unas horas saldrá el sol y Metáfora seguirá muerta. Y hasta ahora no he encontrado una solución. No he sido capaz de devolverle la vida. La he matado y no la puedo resucitar.</p> <p>Tengo que hallar la forma de devolverle la vida. Sin ella no soy nadie.</p> <p>Estoy agotado. Me he quedado sin fuerzas. Estoy tan cansado que me entran ganas de dormir. Noto que los párpados se me cierran y pesan como una losa. Ojalá pudiera dormir y así olvidar todo lo que ha pasado. Ojalá pudiera desaparecer.</p> <p>Pero no es tan sencillo. El inconsciente no deja nunca de trabajar. Ya me lo explicó el psicólogo amigo de Vistalegre, el doctor Bern: «Es un gran abismo que se abre en tu mente, que no tiene fondo». Es verdad, no tiene final. Es interminable. Como la muerte.</p> <p>Quizá por eso no deja de atormentarme.</p> <p>Quizá por eso me acaba de dar una idea.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Entro en el edificio principal del templo y desciendo las escaleras, hasta el sótano más profundo. Ahí rebusco, incesante y nervioso. Estoy convencido de que, si hay una puerta que me pueda llevar hasta donde quiero ir, está aquí. Los sótanos siempre esconden salidas y entradas ocultas. Por muy profundos que sean, siempre hay algo debajo. Solo hay que encontrar la ranura o la grieta que te abra el camino.</p> <p>Un muro me llama la atención. Está en mal estado a causa del paso del tiempo, agrietado, envejecido y arañado.</p> <p>Paso los dedos sobre él y se deshace en polvo con solo rozarlo. Si hiciera fuerza, seguramente lo atravesaría con mi mano.</p> <p>Hay una grieta en la pared que parece llamarme. Introduzco la mano en su interior... ¡Cede! ¡Entro! ¡He metido el brazo hasta el codo! ¡Es una puerta! ¡Una puerta al otro mundo! ¡Al Abismo de la Muerte! Ahora solo queda saber si me atreveré a pasar, si de verdad estoy dispuesto a todo para ayudar a Metáfora.</p> <p>He introducido el brazo hasta el hombro. Si empujo un poco más, cruzaré la pared y accederé a otra dimensión, la de la muerte. Así que, ¡adelante!</p> <p>He atravesado el muro y estoy en un lugar frío, oscuro y rocoso. Me recuerda vagamente al Abismo de la Muerte que he visto en mis sueños. Estoy un poco desorientado y tengo miedo. Debo luchar para calmar los nervios y no volver al mundo real, que es lo que realmente me pide el instinto de supervivencia. Esto se lo debo a Metáfora.</p> <p>¿Qué camino he de seguir?</p> <p>Mi memoria me recuerda que Arturo llegó hasta el borde de un abismo donde descendió lentamente entre rocas muy afiladas. Así que busco el precipicio que debe llevarme hasta el lago de las almas.</p> <p>A pesar de que el terreno es más pedregoso, acabo por encontrar el borde del despeñadero. Me asomo un poco temeroso y veo que, efectivamente, lo que he soñado existe de verdad. ¡El Abismo de la Muerte es real! O sea, que no solo he soñado con la Edad Media, sino que también he viajado hasta allí.</p> <p>Quizá algún día descubra qué poder tengo, que me permite ver lo que nadie más puede ver.</p> <p>Ya que he llegado tan lejos, debo seguir adelante. Así que empiezo a descender entre los puntiagudos y afilados salientes rocosos que, de alguna forma, me recuerdan los dientes de un animal.</p> <p>Ahora distingo algunas siluetas humanas que vagan sin rumbo, sin prisas, que no van a ningún sitio. Son fantasmas exentos de vida, carentes de emoción. Recuerdo perfectamente el viaje de Arturo Adragón a este lugar, cuando llegó con su espada alquímica y tuvo que enfrentarse con Demónicus para arrebatarle a Alexia y devolverla al Mundo de los Vivos.</p> <p>La diferencia es que estoy desarmado. Espero no tener que defenderme de ningún atacante. Lo único que tengo que hacer es encontrar a Metáfora y salir de aquí lo más deprisa posible.</p> <p>Lo mejor es acercarme despacio, sin despertar interés y sin levantar sospechas. Debo de ser la única persona viva, y no me conviene que nadie me preste demasiada atención.</p> <p>Pero a pesar de que trato de pasar inadvertido, no puedo evitar que algunos se fijen en mí; lo noto.</p> <p>—¿Qué buscas aquí, chico? —me pregunta un hombre que parece agotado—. ¿Qué quieres?</p> <p>—Busco a una compañera.</p> <p>—Te conozco. Te he visto hace poco.</p> <p>—Eso no puede ser —digo—. Acabo de llegar. Nunca hasta ahora he estado aquí.</p> <p>—Reconozco ese dibujo de tu cara. Llevabas ese dragón cuando te vi la otra vez.</p> <p>—Estoy buscando a una amiga.</p> <p>—Creo que eso también me lo dijiste. ¿La encontraste?</p> <p>—Ya te he dicho que no soy ese del que hablas —respondo—. Es una chica rubia. Se llama Metáfora. ¿La has visto?</p> <p>—Aquí nadie tiene nombre... Bueno, algunos todavía se acuerdan del suyo, pero yo no. Ya no sé quién soy. Llevo tanto tiempo aquí que mi memoria se ha agotado. Ya no funciona.</p> <p>—Intentaré hallar su rastro.</p> <p>—Es posible que no la encuentres nunca. Esto es muy grande y hay cada vez más gente. Aquí nadie conoce a nadie.</p> <p>Me alejo del hombre, que sigue divagando en voz alta.</p> <p>—Tu dragón es inolvidable —advierte—. Es la segunda vez que lo veo. Estoy seguro de que ya has estado aquí. Nadie tiene un dibujo como ese.</p> <p>—Eso no es verdad —dice una mujer muy anciana—. Yo he visto a una chica que también lo llevaba. Pero no recuerdo dónde fue.</p> <p>—¿Un chica? —pregunto—, ¿Cómo era?</p> <p>—Tenía el pelo negro y llevaba un mechón blanco en el centro. Te garantizo que portaba un dragón como el tuyo dibujado en el rostro.</p> <p>—¿Y no recuerda dónde?</p> <p>—No le hagas caso, chico —interviene el hombre—. Está loca. La conozco muy bien.</p> <p>—Pero es verdad que la he visto. Lo digo en serio —insiste.</p> <p>—Pues dígame dónde y cuándo —la apremio.</p> <p>—Eso no puedo decírtelo. Pero te aseguro que era una chica...</p> <p>—¡Está loca! —insiste el hombre—. ¡Siempre ha estado loca!</p> <p>—¡En el lago! —exclama por fin—, ¡En el lago! ¡Sí, eso es!</p> <p>—¿Dónde está ese lago? —pregunto.</p> <p>—Por allí, de frente —indica el hombre—. Sigue ese sendero.</p> <p>—Gracias, amigo —digo, según me alejo.</p> <p>—Fue hace mucho —divaga la mujer—. Era muy guapa.</p> <p>El sendero se hace más ancho según avanzo, y el suelo es cada vez más húmedo; muchos seres pasean lentamente, sin prestar atención; simplemente van y vienen.</p> <p>Ahora distingo el lago. Es una gran superficie oscura, en la que muchas criaturas chapotean como si fuesen niños. El problema es, precisamente, que son demasiados. Encontrar a alguien en este lugar va a resultar francamente difícil.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVII</p> <p>L<style name="versalita">A HISTORIA DE </style>A<style name="versalita">RQUITAMIUS</style></p> </h3> <p>Arquitamius, Arquimaes y Arturo estaban en Ambrosia, revisando los libros escritos por los monjes con tinta mágica de la cueva.</p> <p>Eran obras majestuosas de contenido sustancioso, perfectamente escritas y artísticamente ilustradas. Su destino era la gran biblioteca arquimiana, donde se iban a almacenar miles y miles de libros y pergaminos caligrafiados con tinta adragoniana. Era, seguramente, uno de los secretos mejor guardados. Nadie, salvo los alquimistas, Arturo, Alexia y Émedi, además de los monjes, conocía el proyecto de crear una extraordinaria biblioteca mágica. Algo que, con el tiempo, aumentaría el poder de Arquimia.</p> <p>—Es un placer ver estas obras —dijo Arquitamius—. Tantos ejemplares caligrafiados con bellísimas letras sobre un pergamino de buena calidad. En mis tiempos no eran así.</p> <p>—¿Vuestros tiempos? —preguntó Arturo—. ¿Tan anciano sois, maestro Arquitamius?</p> <p>—Arquitamius no es un anciano —aclaró Arquimaes—. Arquitamius es el tiempo en sí mismo. Nació en los albores de la civilización, cuando los humanos apenas empezaban a escribir.</p> <p>—¿Es eso verdad?</p> <p>—Sí, lo es, amigo mío —le confesó Arquitamius—. Llegué a este mundo casi con los primeros signos rúnicos, cuando la escritura era apenas un sueño rudimentario, cuando nadie creía en ella y muchos pensaban que eran símbolos de hechicería.</p> <p>—¿Cómo puede ser eso, maestro? —se interesó Arturo.</p> <p>—Hubo una época en que los hechiceros y los druidas se interesaron por la escritura que, hasta entonces, estaba reservada a unos pocos. Comprendieron enseguida que se podía sacar partido de ella y empezaron a utilizarla como una nueva herramienta al servicio de la magia. A partir de entonces empezó a percibirse como algo mágico pero peligroso. Y yo fui testigo de todos esos cambios.</p> <p>Arturo le observó con curiosidad. Escrutó las profundas arrugas de su cara y se preguntó si la afirmación del anciano alquimista sería cierta. Pero no fue capaz de determinar la veracidad de sus palabras.</p> <p>—¿Bromeáis? —inquirió, a la espera de que le dijera que todo era una invención—. ¿Me tomáis el pelo?</p> <p>—De ninguna manera. Es tan indiscutible como que estoy aquí —dijo Arquitamius—. Tengo miles de años y viviré algunos miles más... si el destino no lo remedia.</p> <p>—Pero ¿cómo es posible? —preguntó Arturo, suspicaz.</p> <p>—Hace siglos que dejé de envejecer.</p> <p>—¿Cuándo fue eso? ¿Cómo ocurrió? —indagó Arturo, asombrado.</p> <p>—Quizá deberías contarle tu historia a Arturo —propuso Arquimaes—. Debería saber quién eres en realidad.</p> <p>—El ya sabe mucho sobre mí...</p> <p>—Sé que sois un gran alquimista, pero ignoraba estas cosas que acabáis de desvelarme. No imaginaba que vuestros orígenes se remontaran a tiempos tan remotos.</p> <p>Los dos alquimistas se miraron con un gesto de complicidad y Arquitamius empezó a hablar.</p> <p>—Nací en una tribu situada en un lugar húmedo, rodeado de grandes árboles, en un bosque poblado de seres mágicos cuyo nombre no recuerdo. Algunos eran amigos, pero otros eran feroces y vivían de nuestra sangre. Era un sitio repleto de serpientes, a las que mucha gente consideraba grandes enemigas de nuestro pueblo, mientras otros les profesaban una gran admiración debido a una extraña creencia que aseguraba que algunas eran capaces de volar. De niño, mis amigos y yo nos dedicábamos a cazarlas.</p> <p>—Las serpientes siempre han tenido una mala relación con los humanos —añadió Arquimaes—. La gente las odia... y las teme.</p> <p>—Di mejor que las desprecia. Es un animal que se arrastra sobre el suelo y es percibido como lo peor que hay sobre la tierra. Pero lo que nadie imaginaba es que las serpientes tenían un sueño.</p> <p>—Maestro, las serpientes no sueñan —le interrumpió Arturo.</p> <p>—No hace falta dormir para tener sueños. Si tienes un deseo extraordinario y esperas que se haga realidad, tienes un sueño. Me refiero a un gran deseo. Y las serpientes soñaban con volar. Querían tener alas, como los pájaros.</p> <p>—Eso sí que es una fantasía —insistió Arturo—. ¡Serpientes que desean volar! ¡Menuda locura!</p> <p>—La vida es una gran fantasía, amigo mío. Hay gente que desea ser invisible, y lo acaba siendo. Otros aspiran a convertirse en dioses, y lo logran. Todos los seres de este mundo anhelamos algo extraordinario, deseamos lo que no tenemos, ansiamos ser mejores de lo que somos.</p> <p>—¿Incluso los ofidios?</p> <p>—Más que cualquier otro en el mundo, porque lo necesitan más. Las serpientes son conscientes de lo que son y su único deseo es, precisamente, dejar de serlo. Por eso esa aspiración se convirtió en realidad.</p> <p>—Maestro Arquitamius, me asombráis —dijo Arturo—. Todo el mundo sabe que las serpientes no vuelan.</p> <p>—Tú deberías saber mejor que nadie que eso es falso —le corrigió Arquimaes.</p> <p>—El caso es que, un día, mi padre descubrió un nido de estos reptiles que tenían alas —aseguró Arquitamius—. ¡Y me llevó a verlas volar! ¡Y mi vida cambió! Si las serpientes eran capaces de cumplir sus sueños, ¿por qué no iba yo a ser inmortal si era lo que más ansiaba? Y a partir de entonces, todo lo que hice fue luchar por hacer realidad mi sueño.</p> <p>—Yo nací como un pobre campesino y he soñado con ser rey —añadió Arquimaes—. Es un sueño de vida, un gran deseo, una gran aspiración que ha estado a punto de convertirse en realidad. Sin embargo, he conseguido ser el padre de un rey.</p> <p>—Esa es la gran verdad de la inmortalidad —dijo Arquitamius—. El verdadero secreto de los alquimistas no es convertir el plomo en oro, sino convertir a un mortal en inmortal; a un ser normal en un ser que sueña, que aspira a ser mejor, más grande, más sabio, más justo.</p> <p>—¡Un ser que vuela, como las serpientes! —dijo Arturo, contagiado por las palabras de los dos alquimistas.</p> <p>—¡Las alas las convirtieron en dragones! —exclamó Arquitamius—. ¡Los dragones provienen de las serpientes y se transformaron en seres poderosos solo porque deseaban ser más de lo que eran! ¡Dejaron de ser animales que se arrastraban entre la maleza para convertirse en los reyes del aire! ¡Nadie ha conseguido más que ellas!</p> <p>—¡Un ser que tiene sueños es un ente grande, lo mejor del mundo! ¡Es la esencia de la vida! —continúo Arquimaes—. Los que no anhelan ser mejores de lo que son, están muertos en vida... ¡Arturo, debes creer en tu sueño! ¡Debes luchar por llevarlo a cabo y convertirlo en realidad! ¿Entiendes?</p> <p>Arturo estaba tan deslumbrado por las palabras de los maestros que su visión de la vida cambió radicalmente. Ahora, de repente, todo cobró sentido. Todo lo que Arquimaes le había enseñado se desveló como un misterio transparente.</p> <p>—¡Las serpientes se convirtieron en dragones! —balbució Arturo.</p> <p>—Ellas nos enseñaron que los hombres pueden volver de la muerte —susurró Arquimaes.</p> <p>—O que pueden vivir para siempre —dijo Arquitamius.</p> <p>—O que pueden aspirar a lo que quieran —añadió Arturo.</p> <p>—Son nuestras maestras —determinó Arquitamius—. Por eso adoramos a los dragones y les rendimos culto.</p> <p>—Y nosotros aspiramos a ser... ¡Queremos ser dragones! ¡Queremos ser más que simples reptiles!</p> <p>—¿Sabes cuál es ahora tu gran deseo, Arturo? ¿Tu gran sueño? —preguntó Arquimaes.</p> <p>—Sí, maestro. ¡Quiero ser el rey de los dragones! ¡El rey dragón! ¡El que vive eternamente!</p> <p>—¡Adragón! ¡He ahí el verdadero significado de tu apellido! —explicó Arquimaes—. ¡Arturo Adragón, rey de los dragones! ¡Más poderoso que ellos y que todos los sueños de este mundo! ¡Adragón, el inmortal!</p> <p>Arturo estaba asombrado por las palabras de Arquitamius y Arquimaes.</p> <p>—Mis padres fueron acusados de los peores crímenes solo por haber creído en el poder de las serpientes —continuó Arquitamius—. Tuvieron que huir y, después de un largo viaje hacia el exilio, fueron a parar a Egipto, donde se adoraba a animales como los lobos o los pájaros, a los que se consideraba dioses. O las serpientes, que tenían una encarnación buena y otra mala. Rendían culto a Apophis, el dios serpiente, que representa el mal y la oscuridad; pero también adoraban a una diosa de la fertilidad y de la protección llamada Renenutet, que tuvo tantos fieles que le erigieron un templo... Durante años crea—*ron sus leyes y sus propias reglas. Descubrieron el poder del dragón y lo adoptaron. Consiguieron destacar en el estudio de ese animal sagrado. ¡Hasta que el Gran Dragón les reveló el secreto de la vida y de la muerte!</p> <p>»Cuando mis padres murieron, yo fui nombrado sacerdote y pude estudiar de cerca todo lo relacionado con ese ser extraordinario. Crecí y pasé toda mi vida en el desierto de Egipto, donde hallé el poder y el significado de la forma triangular: la representación de lo que más tarde se convirtió en la letra A; la forma mágica; la figura geométrica que se adoptó para construir las pirámides. Diserté con muchos sacerdotes que opinaban que la forma mágica era el círculo, por no ser horizontal ni vertical, sino que parece flotar en el espacio, representa la luna y el sol y es el símbolo de los alquimistas, como bien sabes.</p> <p>»Yo estaba tan convencido de que el triángulo era la estructura mágica de la vida y de la muerte que nada podía hacerme cambiar de idea. Y me convertí en adorador del triángulo, de los vértices, de las tres esquinas. Nada hay que pueda competir con esa forma. De hecho descubrí que el dragón es triangular y que se parece mucho a la letra A, que nació inspirada en el dragón y en los animales alados: el triángulo volador.</p> <p>»Conocí a muchos maestros de la escritura que me ayudaron a desarrollar el poder de la triangularidad en el mundo. Y, con mis conocimientos de las letras, diseñé el dibujo que ahora llevas en la cara. Ese signo, amigo Arturo, que pertenece a un linaje sagrado, nació en Egipto, de mi mano, con la ayuda de escribas con categoría principesca. La letra adragoniana está bañada por las arenas del desierto de Egipto.</p> <p>»Escribí documentos que exponían los resultados de mis investigaciones. Y conseguí explicar todos los misterios en un extraordinario pergamino que me fue arrebatado por ladrones envidiosos de mi poder que querían apropiarse del gran secreto. Afortunadamente, con el paso del tiempo y con mis enseñanzas, Arquimaes fue capaz de reproducirlo.</p> <p>»Pero todavía faltaban siglos para eso. Un día descubrí que el poder de la tinta elaborada con cierta arena negra del desierto y agua transparente de un riachuelo subterráneo de una gruta, en la que yo había instalado un laboratorio secreto, podía contener el misterio de los misterios. Y eso me ayudó a encontrar el don más preciado y más perseguido de todos: ¡la inmortalidad!</p> <p>»En una ocasión, ya anciano, hice un experimento y, con la ayuda de un espejo, realicé un dibujo sobre mi piel.</p> <p>Arquitamius se levantó, abrió su chaleco y desató su gruesa camisa de lino. Sobre su pecho, Arturo pudo ver una letra adragoniana dibujada con tinta negra.</p> <p>—Como puedes ver, Arturo, estamos unidos por el mismo símbolo —añadió Arquitamius—. Y eso nos convierte en familia.</p> <p>—¿Somos familia? Entonces, Arquimaes y tu...</p> <p>—Déjame que te cuente ahora lo que ocurrió en Egipto... Después de dibujar la letra adragoniana sobre mi cuerpo, empecé a notar ciertos efectos a los que no di importancia. Sin embargo, para mí el tiempo dejó de contar. La esclavitud del paso de los años a la que estaba sometido, igual que todos los seres humanos, desaparecía. Dejé de envejecer y de sentir el transcurso del tiempo.</p> <p>—¿Os habíais convertido en inmortal?</p> <p>—¡El primer inmortal adragoniano! ¡El que nunca muere! ¡El único mortal que no podía morir!</p> <p>—¿Quién sois en realidad, maestro Arquitamius?</p> <p>—Soy una sombra que navega por el edades y por épocas. Un hombre que ha vivido mil años y que ya no puede considerarse humano.</p> <p>—¡Es el primer adragoniano! —afirmó Arquimaes—. ¡Y tú, Arturo, eres su descendiente!</p> <p>—¿Por eso soy inmortal?</p> <p>—Vivirás mientras creas en la fuerza de las letras y en el poder del Gran Dragón —añadió Arquitamius—. ¡Eres Arturo Adragón, el rey dragón!</p> <p>—Y el Ejército Negro, ¿qué tiene que ver con todo esto?</p> <p>—¡Es el guardián! Esa multitud de letras que diriges y que te rinden pleitesía son tus mejores soldados. ¡Tienes que servirte de ellas! ¡Las letras son el Ejército Negro! ¡Están en estos libros, en los pergaminos, en las paredes, en las tablas! ¡Todas las cosas importantes de este mundo están construidas con ese ejército poderoso e invencible! ¡Son tu apoyo! ¡El Gran Dragón representa la primera letra, pero todas están ideadas para ser adragonianas! Lo hicimos en Egipto y lo comprobamos aquí, en el valle de Ambrosia. ¡Bajo nuestros pies surgen la inmortalidad y el conocimiento!</p> <p>—Por eso estabais bajo los volcanes —exclamó Arturo.</p> <p>—Sí, intentaba dominar la tierra. Quería llegar hasta donde se produce el fuego, en lo más profundo, en el fondo de los fondos.</p> <p>—Más allá del Abismo de la Muerte.</p> <p>—Exactamente. Deseaba acceder al lugar donde se produce la vida, donde se genera el fuego: a su corazón. Pero tú mismo viste lo que pasó. Gracias a ti y a Adragón, conseguimos adormecer la tierra y los terremotos cesaron. La próxima vez lograré mi propósito.</p> <p>Arturo trató de asimilar la historia de Arquitamius, pero le resultó difícil.</p> <p>—¿Dónde encajo yo en todo esto, maestro? —le preguntó—, ¿Qué tengo que ver con Adragón? ¿Por qué yo y no otro?</p> <p>—Es por tus padres —respondió Arquitamius—. Cuando te dieron la vida, te bendijeron con el don adragoniano, así que hay un vínculo entre nosotros. Estamos unidos por Adragón.</p> <p>—¿Es verdad, maestro?</p> <p>—Es la mayor verdad revelada hasta ahora. Arquimaes fue mi discípulo espiritual, el mejor de todos los que he tenido. Ambos adoramos a Adragón y ahora tú debes cumplir tu destino.</p> <p>—¿Y cuál es? ¿Qué se supone que tengo que hacer? —preguntó Arturo—, ¿Cuál es mi misión en esta vida?</p> <p>—Perpetuar nuestro linaje —afirmó Arquitamius—. La familia Adragón debe hacer honor a su apellido. Espero que seas rey de una larga dinastía y que construyas en el mundo un reino de justicia; que ayudes a la gente a tener sueños extraordinarios...</p> <p>—Como mi padre...</p> <p>—Sí, pero ahora te toca a ti. Imponer la justicia, el honor y la valentía es una labor larga y complicada. Te llevará años ponerlo en práctica.</p> <p>—¿Cuántos? ¿Mil?</p> <p>—La inmortalidad es un regalo que nos llega para realizar este trabajo. Para eso somos inmortales, porque costará mucho y habrá obstáculos e inconvenientes de todo tipo. Pero hay que hacerlo. Alguien tiene que traer justicia a este mundo. Ese es tu sino, Arturo.</p> <p>—No sé si seré capaz.</p> <p>—Yo he pasado cientos de años buscando lo que más se necesitaba para mejorar el mundo. Ahora que lo sabemos, depende ti aplicarlo.</p> <p>Arquimaes era perfecto para llevar a cabo el gran plan, a pesar de sus coqueteos con la hechicería durante su juventud. El eligió a Émedi para conquistar la justicia. Por eso le dio un hijo: tú.</p> <p>—Pero yo nací muerto.</p> <p>—Naciste muerto para revivir, Arturo. Para demostrar que eres un verdadero Adragón.</p> <p>—A costa de la vida de mi madre.</p> <p>—A costa de convertirla en madre de un rey. Crear un linaje tiene un precio y ella lo pagó. Eso es todo.</p> <p>—¿Cuántos hijos habéis tenido, maestro Arquitamius?</p> <p>—He perdido la cuenta; no obstante, no pasa una noche sin que me acuerde de ellos. Han sido la alegría de mi vida, pero he sufrido al verlos envejecer. Muchos han muerto en mis brazos pareciendo más ancianos que yo. La vida a veces nos pone en tesituras muy duras. Los seres humanos estamos condenados a sufrir por lo que más queremos. Y queremos a nuestros hijos más que a nosotros mismos.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVIII</p> <p>E<style name="versalita">NCUENTROS INESPERADOS</style></p> </h3> <p>El ambiente es desolador. Aquí hay miles y miles de fantasmas. El color de mi piel, del tono de los que están vivos, hace que algunos se fijen en mí. No puedo pasar desapercibido ya que, entre ellos, que son grises o incoloros, parezco una antorcha. Además, creo que mis gestos me delatan. Me he dado cuenta de que me muevo de una manera especial, que no se parece a la suya.</p> <p>Hay tantos seres que va a ser muy difícil dar con Metáfora. No hay nada que indique su paradero.</p> <p>—¡Arturo Adragón! —dice alguien detrás de mí.</p> <p>—¿Quién me llama? —pregunto, dándome la vuelta.</p> <p>—Soy yo, Puño de Hierro.</p> <p>—Lo siento, pero no le conozco, señor.</p> <p>—He luchado a tu lado en la batalla de Émedia. Estábamos al servicio de la reina Émedi. Reconquistamos Carthacia y arrojamos a los demoniquianos. Fue una gran batalla.</p> <p>—Lo siento...</p> <p>—Me mataron en Carthacia. Demonicia me atacó a traición.</p> <p>—Yo no soy el Arturo Adragón que usted conoce. Soy otro.</p> <p>—¿Por qué vistes de esa manera tan rara? ¿Qué ha pasado? ¿Creasteis el reino de Arquimia? ¿Está bien nuestra reina? ¿El Ejército Negro sigue tan bravo? ¿Y Crispín?</p> <p>—Espere, espere... No soy quien usted cree. Nunca he estado en Eme dia. No conozco a Crispín, no he visto al Ejército Negro.</p> <p>—¿Te burlas de mí, Arturo? —estalla el hombre vestido de caballero medieval—. ¿Niegas ser quien eres? ¿Reniegas de todo por lo que hemos luchado?</p> <p>—Le aseguro que no reniego de nada ni me burlo de usted. Me llamo Arturo Adragón y vivo en el siglo veintiuno.</p> <p>—¿Eres descendiente de Arturo Adragón?</p> <p>—Es posible, pero no estoy seguro de nada. Algunos afirman que estoy emparentado con el primer rey de Arquimia, pero no hay pruebas.</p> <p>—¿Acaso eres un impostor?</p> <p>—No. No quiero suplantar a nadie. Solo quiero saber quién soy realmente.</p> <p>—Eres Arturo Adragón, el jefe del Ejército Negro —afirma—. ¡Lo sé muy bien! ¡Reconocería ese dragón entre mil!</p> <p>—Solo soy alguien que ha visto morir a la chica que ama y que ahora quiere reencontrarla para llevarla de vuelta al Mundo de los Vivos. Eso es lo que soy.</p> <p>—Arturo mató a Alexia y también tuvo que bajar al Abismo de la Muerte para llevársela. Os parecéis, sois idénticos.</p> <p>—Yo no soy él. No conozco a Alexia. He venido a buscar a Metáfora.</p> <p>—Nunca he oído hablar de ella. ¿Es tu novia?</p> <p>—Voy a casarme con ella. Seré el rey de Férenix y ella será mi reina.</p> <p>—¿Férenix? ¿Es un reino? ¿Dónde está?</p> <p>—Pues... es un reino situado sobre... sobre el palacio de Arquimia. Dicen que Férenix, antiguamente, era el reino de Arquimia.</p> <p>Puño de Hierro me mira con recelo.</p> <p>—¡No puede haber un reino sobre el palacio de Arquimia! ¡Es imposible!</p> <p>—Se equivoca. Las ruinas antiguas acaban cubiertas por otras ciudades. El tiempo y el polvo se encargan de recubrirlas.</p> <p>—El mundo es muy raro. Luchas para levantar un palacio y crear un reino y el tiempo lo entierra —se lamenta Puño de Hierro—. El mundo es un cementerio.</p> <p>—Nada permanece eternamente —añado—. Todo lo que vive, muere.</p> <p>—Tienes razón, amigo Arturo. Tienes razón.</p> <p>—Ahora debo seguir mi búsqueda. El tiempo apremia.</p> <p>—Puedo ayudarte si quieres —se ofrece el caballero medieval—. Serví al lado de Arturo Adragón y puedo hacerlo contigo, si me lo permites. ¿Cómo es Metáfora?</p> <p>—Rubia, guapa y muy activa. Es especial. Tiene una mirada inquieta y curiosa. Habla mucho, le encanta hacer preguntas a las que le gusta responder ella misma. Le aseguro que no se parece a ninguna otra.</p> <p>—Vaya, parece que estás enamorado —dice en tono de broma—. Espero reconocerla si la veo. Pero te advierto que aquí la gente cambia mucho.</p> <p>—Estoy seguro de que se mantendrá igual que cuando estaba viva. Metáfora es diferente, única. ¿Por dónde empezamos a buscar?</p> <p>—Ya hemos empezado. No podemos hacer mucho, salvo caminar y observar. Ni siquiera vale la pena preguntar. Todo consiste en ver muchas caras y estar muy atentos. De todas formas, los nuevos suelen venir hacia el lago. Les atrae.</p> <p>Mientras caminamos ponemos atención en todos los seres que se cruzan con nosotros, sobre todo en las chicas jóvenes. Pero el problema se agudiza, ya que los colores desteñidos los hacen iguales a todos. Ya he descartado ver relucir el cabello rubio de Metáfora.</p> <p>—Tampoco esperes escuchar su voz —añade Puño de Hierro—. Aquí se pierden muchas características. Mi voz ya no es la que era.</p> <p>Las horas pasan lentamente y no hay ninguna pista. Todo indica que nada va a cambiar.</p> <p>—¿Qué otra cosa podemos hacer? —pregunto a mi compañero—. Usted lleva aquí mil años y tiene que saber cómo encontrar a alguien.</p> <p>—Tener paciencia. Es lo único que podemos hacer —replica.</p> <p>—No puedo permanecer aquí eternamente. Debo volver al Mundo de los Vivos. Me esperan y me necesitan.</p> <p>—Quizá no debiste bajar.</p> <p>—Quizá debería apañármelas solo.</p> <p>—Sería peor. Aunque no valores mi ayuda, te aseguro que multiplica tus posibilidades de encontrarla.</p> <p>—Tiene usted razón. Lo siento. Perdone mi grosería. Sigamos adelante... Por cierto, alguien me ha dicho que aquí la gente pierde la memoria. Usted lleva mil años, pero parece que lo recuerda todo.</p> <p>—Algunos mantenemos nuestra memoria intacta. Tiene que ver con el deseo de venganza. Es como un castigo. Cuánto más la deseas, más recuerdas tu vida anterior. Creo que es así... Aunque no estoy seguro.</p> <p>—¿Venganza? ¿De quién quiere vengarse?</p> <p>—Fui asesinado por Demónicia, y hasta que no la encuentre no podré olvidar.</p> <p>—Demónicia debe de estar por aquí —digo.</p> <p>—Estuvo, pero se marchó. Ahora está en el Mundo de los Vivos. Volverá, estoy convencido.</p> <p>—Me parece que se equivoca, Puño de Hierro: Arquimaes la mató.</p> <p>—Es cierto lo que digo. La vi marcharse. Te garantizo que está en el Mundo de los Vivos.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Ya he perdido la noción del tiempo.</p> <p>No sé cuánto llevo aquí y estoy sumido en la confusión. Soy incapaz de determinar cuándo llegué. Y no he encontrado una sola pista de Metáfora. Nada de nada.</p> <p>—Me estoy desanimando —digo—. El tiempo pasa y no avanzamos.</p> <p>—El tiempo aquí no tiene ningún valor —dice el caballero Puño de Hierro. Cuando lleves aquí el mismo que yo, verás cómo deja de preocuparte.</p> <p>—¿Qué dice? Voy a marcharme enseguida. En cuanto dé con ella.</p> <p>—Oh, claro. Eso dicen todos los que llegan. Piensan que están aquí de paso y que van a volver al Mundo de los Vivos. A mí también me ocurrió.</p> <p>—Pero yo no estoy muerto.</p> <p>—¿Cómo lo sabes?</p> <p>—Pues... Bueno... He venido aquí para buscar a Metáfora, que sí ha muerto. Pero yo estoy vivo. A ella la dispararon, pero a mí no me ha pasado nada.</p> <p>—Se cuenta que Arturo Adragón nació muerto. ¿Tú también naciste muerto?</p> <p>—Creo que sí. Pero eso no tiene nada que ver. Recuperé la vida.</p> <p>—Ahí lo tienes. Eres uno de nosotros. Estás muerto, Arturo.</p> <p>—Vamos, deje de decir tonterías. ¡Yo estoy vivo!</p> <p>—Claro, claro...</p> <p>El lago está salpicado de rocas grises que forman pequeñas isletas ocupadas por seres. En una de ellas, en la parte de arriba, sobresaliendo sobre el resto, hay una mujer que acuna a un niño que parece estar dormido. Su figura me resulta familiar, aunque no puedo estar seguro. Aquí todo es muy confuso.</p> <p>—Vamos a preguntar a esa señora. A lo mejor sabe algo.</p> <p>—No sabrá nada, pero si quieres intentarlo, adelante —acepta Puño de Hierro.</p> <p>Me acerco a la piedra y me dirijo a ella.</p> <p>—Señora, ¿puede decirme si ha pasado por aquí una chica de cabellos rubios?</p> <p>La mujer me mira con unos ojos llenos de infinita ternura.</p> <p>—Creo que yo también tenía los cabellos de oro —se lamenta—, aunque de eso hace mucho. ¿Cómo se llama tu amiga?</p> <p>—Metáfora. Tiene quince años y es muy guapa, igual que usted.</p> <p>—Bonito nombre. Espero que la encuentres. Ojalá puedas sacarla de aquí.</p> <p>—¿A usted no le gustaría salir de este lugar?</p> <p>—No puedo. Debo estar con mi niño. No puedo dejarle solo. Es muy pequeño.</p> <p>—Lo siento mucho —digo.</p> <p>—Es mejor que te marches en busca de tu amiga. No debo seguir hablando, por si se despierta.</p> <p>—Gracias, señora —digo, dando un paso atrás.</p> <p>Pero ya no me hace caso. Arropa a su bebé y lo acuna. Cuando nos marchamos, no puedo evitar una sensación de ahogo que está a punto de hacerme llorar.</p> <p>—¿Has mirado en el puente? Hay gente que espera el permiso para cruzar. A lo mejor está allí —dice Puño de Hierro.</p> <p>—¿Cómo puedo llegar a ese puente? —pregunto.</p> <p>—Si quieres, te puedo acompañar —se ofrece Puño de Hierro.</p> <p>—¿Dónde está?</p> <p>—Al otro lado del lago.</p> <p>—Lléveme allí. Quiero verlo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El puente es de piedra gris y desemboca en una explanada sólida y desnuda donde apenas hay rocas. Tiene pilares naturales labrados en la propia roca. Al otro lado hay mucha gente agrupada y, de vez en cuando, alguien cruza.</p> <p>—¿Qué hacen ahí parados? —pregunto.</p> <p>—Esperan una autorización para cruzar —explica mi compañero—. A veces pasan mucho tiempo esperando.</p> <p>—¿De quién es la autorización?</p> <p>—No lo sé. Algunos no llegan a cruzar y se vuelven por donde han venido.</p> <p>—Debo ir. Es posible que Metáfora esté allí.</p> <p>—Yo no puedo ir al otro lado —advierte Puño de Hierro—. Tengo que quedarme en este. Cruza tú solo.</p> <p>—Es lo mejor.</p> <p>Nos despedimos con un apretón de manos. Puño de Hierro me mira con los ojos vidriosos.</p> <p>—Es posible que no nos volvamos a ver —dice—. Te deseo suerte. Ha sido un honor servir a tus órdenes. La batalla de Demónika fue gloriosa.</p> <p>—Ya le he dicho que...</p> <p>—Es igual. Déjame que crea que eres el Arturo Adragón que conocí. Dame esa alegría.</p> <p>—Tiene razón. Estoy orgulloso de haberos tenido entre mis filas, caballero Puño de Hierro. Sé que os portasteis como un valiente y honraré vuestra memoria durante toda mi vida. Gracias por acompañarme en este viaje por el Abismo de la Muerte.</p> <p>Puño de Hierro se emociona y parece que va a decir algo, pero se da la vuelta y se marcha. Entonces me dirijo hacia el puente y, mientras lo cruzo, me encuentro con algunos solitarios que vienen en sentido contrario.</p> <p>A pesar de que no hay alambradas ni soldados que impongan el orden, esto parece un campo de concentración. Miles de seres que, ahora que los veo de cerca, parecen medio muertos y medio vivos, se agrupan a la entrada del puente. Me mezclo con ellos e inicio la búsqueda de mi amiga. No estoy seguro de que se halle aquí, pero no puedo hacer otra cosa.</p> <p>Se me ha parado el corazón. Acabo de ver a alguien que, a pesar de estar de espaldas, se parece mucho a Metáfora.</p> <p>—¡Metáfora! ¡Metáfora!</p> <p>Me ha escuchado y se ha detenido. Me mira como si no me conociera o le costase hacerlo.</p> <p>—¡Hola, Metáfora!</p> <p>—¿Arturo? ¿Eres tú?</p> <p>—¡Soy yo! ¡Por fin te encuentro!</p> <p>—¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí? ¿Para qué has venido?</p> <p>—He venido a buscarte —digo—. Voy a llevarte conmigo. Tu madre te espera. Tienes que volver al Mundo de los Vivos.</p> <p>—¿Qué dices? No puedo salir de aquí. Aguardo el permiso para cruzar el puente. Es posible que pueda hacerlo dentro de poco.</p> <p>—Tú no vas a cruzarlo. Te vienes conmigo.</p> <p>—¿Estás loco? ¿Es que no te das cuenta de lo que pasa? ¡Tengo que entrar en el Abismo de la Muerte! ¡Me van a autorizar a acceder!</p> <p>—¡No! ¡Hazme caso! ¡Sígueme! —ordeno.</p> <p>—¡No!</p> <p>Tomo con fuerza su mano y la arrastro hacia una abertura de la gruta. Hay una hendidura por la que he visto entrar a algunas personas. Si son puertas de acceso, supongo que también lo serán de salida.</p> <p>—¡Vamos! ¡Vamos! —la apremio.</p> <p>A pesar de su resistencia, consigo penetrar. De repente, la oscuridad desaparece y una intensa luz blanca nos inunda.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIX</p> <p>U<style name="versalita">N GRAN ANUNCIO</style></p> </h3> <p>Arturo había decidido anunciar personalmente a los hombres del Ejército Negro su próxima coronación. Los diez regimientos se hallaban ordenados en perfecta formación en la explanada de su cuartel general. Cada jefe estaba delante de su tropa, acompañado del banderín y de sus oficiales.</p> <p>En un lateral, un poco más retirada, estaba la Legión Alexia, que ahora se componía de casi doscientos soldados de ambos sexos. Alexia en persona estaba al mando y Crispín la secundaba.</p> <p>Arturo pasó ante todos los destacamentos muy lentamente, haciendo el saludo militar, que consistía en levantar la espada e inclinar la cabeza ante los generales y la bandera del regimiento.</p> <p>Cuando llegó a la altura de Alexia, hizo el mismo gesto.</p> <p>—¡Legión Alexia al servicio de Arturo! —exclamó la princesa, con el mismo saludo que los otros generales.</p> <p>Arturo se lo devolvió, siguió la marcha hasta el fondo y subió a un estrado colocado para la ocasión. Desde allí dirigió unas palabras a sus milicias.</p> <p>—¡Soldados del Ejército Negro! Quiero felicitaros por la victoria que habéis conseguido sobre los demoniquianos. ¡Habéis aniquilado sus fuerzas y hemos recuperado el honor al reconquistar el castillo Émediano y al haber liberado Carthacia! ¡Gracias a vosotros, la libertad y la honestidad están más cerca! ¡Ahora solo queda crear el reino de Arquimia, que será el símbolo de la justicia y del que vosotros constituiréis los mejores guardianes!</p> <p>Todos le vitorearon.</p> <p>—Como sabéis, Puño de Hierro, uno de nuestros mejores caballeros, ha perdido la vida en esta terrible batalla contra la hechicería. A él y a todos los valientes que lo dieron todo les debemos esta victoria. ¡Viva el Ejército Negro!</p> <p>El grito se repitió con más entusiasmo.</p> <p>—Ahora nos espera una etapa de paz y prosperidad. Pero no bajaremos la guardia. El enemigo siempre acecha y puede manifestarse en cualquier momento... Aún quedan adversarios que querrán abatirnos. ¡Debemos estar alerta! ¡Debemos estar preparados! Seamos merecedores de esta paz que ahora vamos a disfrutar.</p> <p>Arturo hizo un breve silencio.</p> <p>—Dentro de poco, Arquimia será una realidad y el Ejército Negro estará mejor pertrechado. Los nuevos regimientos aumentarán vuestras fuerzas y podremos proteger mejor nuestra reciente monarquía.</p> <p>Arturo esperó un poco antes de dar la gran noticia.</p> <p>—Quiero recordaros también que Arquimaes y Émedi han abdicado. Y os anuncio que he aceptado la responsabilidad de ser el primer rey de Arquimia.</p> <p>Los soldados desenfundaron sus espadas y golpearon sus escudos mientras gritaban al unísono:</p> <p>—¡Viva el rey Arturo Adragón! ¡Viva el rey Arturo Adragón!</p> <p>La alegría de saber que su jefe iba a ser nombrado soberano los desbordó. Todos conocían su valor y su determinación. Corrían historias sobre Arturo que hablaban de poderes, resurrecciones e inmortalidad, de sufrimiento y valentía; todos estaban al corriente de su historia de amor con la hija de Demónicus, que ahora mandaba una legión; habían escuchado relatos sobre viajes al Abismo de la Muerte; pero, sobre todo, le habían visto luchar con bravura en las grandes batallas mantenidas contra los demoniquianos. También recordaban que bajo su mando habían liberado Carthacia, y que reconoció públicamente que Crispín le había sustituido durante la reconquista del castillo de Émedia. Sabían que había eliminado al tirano Ballestic y que, en su lugar, Arturo había nombrado reina a una mujer llamada Armadía. Arturo tenía un historial fantástico que, a los ojos de los hombres y mujeres del Ejército Negro, le hacía valedor del honor de ser rey de Arquimia.</p> <p>—¡Viva Arquimia! ¡Viva Arturo! —gritaron los miles de gargantas del Ejército Negro.</p> <p>El entusiasmo desbordó a los soldados, caballeros y oficiales, quienes, tras romper filas, se aproximaron hasta el pabellón de Arturo para verle de cerca y hacer oír sus voces.</p> <p>—¡Viva el rey Arturo!</p> <p>Después, cuando la calma volvió al campo de entrenamiento, celebraron varios juegos en un torneo en el que los bravos guerreros pudieron demostrar que estaban en forma. Muchos mordieron el polvo aquella tarde, otros demostraron que eran capaces de luchar con gran habilidad y todos dejaron claro que el miedo no existía para ellos.</p> <p>Crispín participó en los lances y salió victorioso de todos, con lo que se constató que estaban ante un futuro caballero. Pero Arturo le seguía mirando como a un chiquillo.</p> <p>—Amigo Crispín, algún día tendrás la oportunidad de probar que estás hecho de material noble —reconoció Arturo—. Cuando crezcas hablaremos de tu futuro. Te convertirás en un caballero arquimiano sin lugar a dudas.</p> <p>Alexia se acercó a Arturo y le tocó el hombro con la lanza.</p> <p>—¡Te reto a un combate! —dijo la princesa.</p> <p>—¿Un torneo contigo? Pero, Alexia...</p> <p>—¡Exactamente! ¡Un torneo conmigo! ¿O es que tienes miedo de una mujer?</p> <p>Arturo se dio cuenta de que no podía rehusar. Todo el mundo había escuchado el desafío.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus dio un respingo en su sillón cuando el criado le anunció la llegada de dos hombres que decían llamarse Tránsito y Alexander.</p> <p>—Que entren ahora mismo —ordenó—. Son amigos.</p> <p>Poco después, el monje y el caballero entraban en la estancia de Demónicus y se arrodillaban ante él.</p> <p>—¡Mi señor! —saludó Tránsito, con una inclinación de cabeza.</p> <p>—¡Hemos vuelto! —dijo Alexander, deseoso de agradar al Gran Mago—. ¡Y traemos buenas noticias!</p> <p>—Me alegra veros —dijo Demónicus—. Ardo en deseos de escucharos. Necesito buenos aliados y confío en vosotros. ¿Dónde habéis estado todo este tiempo? Creía que estabais encarcelados en Carthacia.</p> <p>—Lo intentaron, pero conseguimos escapar.</p> <p>—¡Aquí está lo que os hemos prometido, mi amo —dijo Alexander de Fer mostrando una bolsa de cuero—. ¡Por fin os lo puedo entregar!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo y Alexia estaban sentados sobre sus respectivos caballos, cada uno a un lado de la pista de combate, con las lanzas y los escudos preparados.</p> <p>El maestro de campo mantenía un pañuelo en alto y todas las miradas estaban puestas en él.</p> <p>Su mano se aflojó y el pañuelo emprendió su vuelo hacia la libertad. ¡El torneo acababa de empezar! Justo cuando el trapo tocó la tierra, los caballos clavaron sus pezuñas en el suelo e impulsaron su pesada carga hacia delante. Los jinetes sujetaron las bridas con fuerza y apretaron los escudos con firmeza contra sus cuerpos, en busca de protección. Las lanzas apuntaban directamente al contrario.</p> <p>Los espectadores contenían la respiración. La distancia se acortaba. Nadie decía nada. El silencio era sepulcral. Solo el viento agitaba las banderas y los estandartes. Los dos caballos ganaban más velocidad. Nada podía impedir el choque, que iba a ser terrible.</p> <p>Arturo y Alexia se dirigían el uno contra el otro con una furia inenarrable. Ella le había desafiado y él se había visto obligado a aceptar el reto, pero no le había gustado. No le veía ninguna utilidad a aquel combate y no entendía qué quería demostrar Alexia con aquella locura. Sin embargo, ahora que se había puesto en marcha, no le quedaba más remedio que defenderse. Durante un momento pensó en dejarse abatir por ella para no causarle daño, pero si Alexia se daba cuenta no se lo perdonaría. Se acordó de cuando la conoció y se enfrentaron por primera vez con las armas, en el patio de Ambrosia, antes de que Morfidio y sus hombres llegaran; o cuando, creyendo que luchaba contra Ratala, la había atravesado con su espada alquímica y la había asesinado. Y en ese preciso momento, sin saber por qué, la tenía ahí enfrente, viniendo hacia él con la lanza en ristre, apuntándole directamente al pecho, dispuesta a derribarle, a dejarle en ridículo ante sus hombres o a caer ella misma y perder el respeto de sus legionarios.</p> <p>Arturo tomó la decisión de ignorar que el jinete que venía hacia él era Alexia e imaginó que era un enemigo desconocido que quería tirarle de la silla. Y se aprestó a defenderse.</p> <p>Cuando lo tuvo cerca, ante el extremo de su lanza, apuntó directamente al escudo, que era el punto más vulnerable. Por eso, cuando Alexia se dio cuenta de lo que Arturo pretendía se sintió confiada, ya que dio por hecho que la golpearía con furia en el broquel con la intención de empujarla hacia atrás y derribarla del caballo.</p> <p>Pero se equivocó.</p> <p>En el último momento, la lanza de Arturo se desvió, enfiló hacia el hombro derecho y consiguió alcanzar su objetivo. Alexia recibió el bestial impacto, pero, a pesar de la violencia del golpe, no cayó al suelo.</p> <p>Arturo siguió su camino, llegó al otro lado, tiró su lanza astillada, cogió una nueva y reemprendió la carga.</p> <p>Mientras, la princesa, que había hecho lo mismo, ya se dirigía hacia él a gran velocidad. Entonces Arturo se inclinó hacia delante, tomó impulso y cargó con más furia.</p> <p>Los dos contendientes volvieron a encontrarse en el centro de la pista y sus lanzas impactaron de lleno en el blanco. Ambos cuerpos se tambalearon sobre las sillas y dieron la impresión de que iban a rodar por los suelos, pero no sucedió así. Después de unos momentos de desconcierto, recuperaron la estabilidad, se mantuvieron firmes en sus sillas y lograron definitivamente el equilibrio, con lo que provocaron los aplausos y las aclamaciones de los cientos de soldados y campesinos que se habían congregado a ambos lados del palenque para seguir el duelo.</p> <p>Volvieron a sus escuderías y, aunque estaban agotados, tomaron la tercera y definitiva lanza y se dispusieron a emprender el último lance. Los caballos, que ya se resentían de las anteriores carreras, iniciaron la carga con mucho esfuerzo y ganaron velocidad. Arturo se sentía contento de estar en tablas con la princesa. Ciertamente, no quería perder, pero tampoco le hubiera satisfecho ganar.</p> <p>Por eso, en este último ataque, decidió mantener la misma posición. Ahora tenía que volver a golpear con fuerza, pero no ser superior a su contraria. No buscaba derribar a Alexia, pero tampoco estaba dispuesto a dejarse humillar.</p> <p>Cuando se percató de que la lanza contraria se dirigía directamente a su cabeza, se alarmó. Se dio cuenta de que la cosa iba en serio. Así que torció la testa y evitó el impacto. Pero había calculado mal y su enemigo había sido más rápido que él. En el último instante, Alexia había cambiado la dirección de su lanza y había apuntado al escudo, donde la fuerza del impacto le jugó una mala pasada. Arturo había pensado que nunca le dirigiría un golpe ahí, así que había relajado la guardia. Por eso, el inesperado choque le lanzó hacia atrás, le derribó del caballo y le hizo morder el polvo.</p> <p>Por fortuna, su golpe había sido también muy eficaz y Alexia rodaba por el suelo, a pocos metros.</p> <p>Atontado por el impacto de la lanza y por la caída del caballo, se quedó quieto durante unos segundos, mientras intentaba calcular los daños. Le dolía todo el cuerpo. Pero no detectó ninguna lesión grave. Entonces se levantó y se acercó a Alexia, que aún permanecía tumbada, casi sin fuerzas. En realidad, la había golpeado con dureza en el hombro y ahora temía las consecuencias.</p> <p>—¡Alexia! ¿Estás bien? —preguntó, angustiado.</p> <p>La princesa no se movió y no respondió.</p> <p>—¡Alexia! ¡Por favor, dime algo!</p> <p>La joven se movió un poco y Arturo tiró del casco para que pudiera respirar.</p> <p>—¡Crispín! —exclamó—. ¡Eres tú!</p> <p>Arturo alzó la vista en busca de alguna explicación. Vio a Alexia que corría hacia él.</p> <p>—Arturo... perdóname —susurró Crispín—. Lo siento.</p> <p>—¡Crispín! —gritó la princesa, arrodillándose a su lado—, ¡Crispín! ¿Estás bien?</p> <p>—Creo que sí. Ya me estoy recuperando.</p> <p>—¿Qué clase de tomadura de pelo es esta? —preguntó Arturo, algo enfadado—, ¿Qué pretendes, Alexia?</p> <p>—No es una tomadura de pelo —respondió, enérgica—. Es un acto de justicia.</p> <p>—¿Por qué me habéis mentido? ¿A qué viene esto?</p> <p>—No te lo dijimos porque no hubieras aceptado —contestó Alexia mientras ayudaba a Crispín a levantarse—. Nunca hubieras querido combatir con él.</p> <p>—Ha sido mi escudero. Es más joven que yo... —argumentó Arturo.</p> <p>—Es más joven que tú, pero ya ha dirigido el ejército que liberó el castillo de Émedia y es uno de los mejores oficiales de mi legión —respondió Alexia—. Ha crecido, pero tú no te has dado cuenta, Arturo. Por eso hemos recurrido a esta estratagema.</p> <p>Arturo se quedó sin palabras.</p> <p>—Creo que merece la oportunidad de demostrar que se ha convertido en un caballero —añadió Alexia—. Deberías respetarle.</p> <p>Arturo tardó un poco en responder. Estaba muy alterado. El discurso de Alexia le había confundido, aunque sabía que llevaba razón.</p> <p>—Vaya, lo siento —dijo finalmente—.Creo que Alexia dice la verdad y no me queda más remedio que presentarte mis respetos y reconocer tu valía. Es cierto. Has sido un gran escudero, pero, sin darme cuenta, te has convertido en un caballero. Discúlpame, amigo Crispín.</p> <p>—No tiene importancia, mi señor Arturo —dijo Crispín—. Siento haberte engañado.</p> <p>—Ha sido idea mía —reconoció Alexia—. El no tiene la culpa. Si has de regañar a alguien, que sea a mí.</p> <p>—No regañaré a nadie por haberme enseñado la verdad —dijo Arturo—. Y si alguien tiene que pedir perdón, soy yo. He estado ciego y no me he percatado de que Crispín había dejado de ser el niño que conocí.</p> <p>—Entonces, ¿hablarás con la reina Émedi para que le nombre caballero? —preguntó la joven princesa.</p> <p>—Claro que lo haré. Será un orgullo tener un hidalgo como Crispín en mi nuevo reino de Arquimia.</p> <p>Arturo, Crispín y Alexia se fundieron en un sincero y emotivo abrazo<img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i7"/>.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XX</p> <p>V<style name="versalita">UELTA A LA VIDA</style></p> </h3> <p>Estoy mareado. Todo me da vueltas. Sudo y tengo temblores. Solo sé que estoy ante el cuerpo de Metáfora, junto a los demás. No sé cómo he llegado hasta aquí.</p> <p>—Metáfora, cariño, ¿estás bien? Es la voz de Norma.</p> <p>—¿Me oyes, hija?</p> <p>—Sí, mamá —responde Metáfora.</p> <p>—¿Puedes verme? —pregunta Norma.</p> <p>—Sí, mamá, ya te veo. Y te oigo.</p> <p>Eso quiere decir que Metáfora está viva.</p> <p>Abro los ojos y trato de orientarme.</p> <p>Me llamo Arturo Adragón. He estado en el Abismo de la Muerte y he traído a Metáfora al Mundo de los Vivos.</p> <p>—¡Ha resucitado! —exclama Norma—. ¡Ha vuelto a la vida!</p> <p>—No. Nunca llegó a morir —la corrige papá—. Ha estado en coma, pero viva. Ahora se ha recuperado gracias a los cuidados de Mahania.</p> <p>—Hace un rato no respiraba —insiste Norma.</p> <p>—Tienes que estar equivocada, cariño —dice papá—. Metáfora no ha muerto. Puede haber sufrido una conmoción a causa del balazo, pero no ha muerto.</p> <p>—El señor Adragón tiene razón —interviene Mahania—. La niña ha estado viva todo el tiempo.</p> <p>—¡Estoy segura de que su corazón se ha parado! —grita Norma.</p> <p>Ahora empiezo a distinguir los colores y las formas. Tengo la impresión de haber estado muy lejos de aquí.</p> <p>—¿Qué pasa? —pregunto—, ¿Qué ocurre? ¿Cómo está Metáfora?</p> <p>—¡Está viva! —exclama Norma—, ¡Ha revivido!</p> <p>Norma se abraza a Metáfora y rompe a llorar. La emoción de volver a ver a su hija viva la hace explotar.</p> <p>—¡Hija! ¡Metáfora! —exclama entre sollozos—, ¡Has vuelto a mí! ¡Por segunda vez!</p> <p>Seguramente se refiere a cuando Metáfora estuvo gravemente enferma, a punto de morir. Cuando su padre la salvó—¡Maldita la hora en que vine a este lugar! —reniega papá, histérico por el dolor de haber visto a Metáfora al borde de la muerte—. ¿Por qué la muerte siempre tiene que estar tan cerca de mí? ¿Es que no tiene otros a los que rondar?</p> <p>—Tranquilízate, papá —le digo—. Todo ha quedado en un susto. Ya pasó.</p> <p>—¿Que me tranquilice? ¡Ya no puedo más! ¡Aquí murió tu madre y Metáfora ha estado a punto! ¡Farael está herido! ¡Maldito Adragón!</p> <p>—¿Qué dices, papá? ¿Qué tiene que ver Adragón con todo esto?</p> <p>—¡Nos ha amargado la existencia! ¡Mi padre se volvió loco por su culpa! ¡Y tú...!</p> <p>—¿Yo qué? ¿Qué pasa conmigo?</p> <p>—¡Estás en el punto de mira de un montón de gente que te odia! ¡Quieren matarte, hijo! ¡Por culpa de ese dragón! ¡Te matarán!</p> <p>—Por favor, Arturo, no hables así —interviene Norma—. No es el momento de discutir. ¡Ahora hay que ocuparse de Metáfora y de Farael!</p> <p>—¡Es la verdad! ¡La pura verdad! —insiste papá, fuera de sí—. ¡Maldito sea Adragón!</p> <p>Nadie le responde. Está muy nervioso y solo conseguiremos sacarle de sus casillas. Por eso, lo mejor es tranquilizarse. Ya habrá tiempo de aclarar el asunto. En cualquier caso, lo importante es que Metáfora se encuentra bien.</p> <p>—Mañana nos iremos de aquí y no volveremos nunca —exclama papá—, ¡Nunca!</p> <p>Me acerco al lugar donde han instalado a Farael, para interesarme. Mohamed lo ha tumbado sobre un camastro y limpia su herida, que ha dejado de sangrar.</p> <p>—¿Cómo se encuentra? —le pregunto a Mohamed.</p> <p>—Me han dado en el costado —susurra Farael—. Duele.</p> <p>—No te preocupes, te curaremos —le asegura Mohamed—. Te llevaremos a casa y allí te pondrás bien.</p> <p>Ahora que nuestros asaltantes han desaparecido, podremos cuidar de los heridos. Por fin parece que vamos a tener un poco de tranquilidad. Creo que mi padre tiene razón: la muerte merodea por los alrededores. Espero que salgamos pronto de aquí.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>La noche está tranquila y la luna ilumina el firmamento, que está repleto de estrellas. Me acerco a la tienda de Metáfora, que debe de estar dormida. Solo necesito asegurarme de que todo está en orden.</p> <p>—Hola, Arturo —susurra ella cuando me ve llegar.</p> <p>—Hola, Metáfora, ¿no duermes?</p> <p>—No puedo. Prefiero contemplar esta maravillosa noche.</p> <p>—¿Te encuentras bien? ¿Te duele?</p> <p>—Estoy mejor, mucho mejor —dice, intentando esbozar una sonrisa.</p> <p>—Menudo susto nos has dado. Pero me alegra ver que te has recuperado.</p> <p>—La bala me impactó de lleno y debí de quedarme en el último aliento.</p> <p>—Llegué a pensar que estabas muerta.</p> <p>—Me quedé inmovilizada y caí en un pozo profundo. Tuve la sensación de estar muerta. Ha sido terrible.</p> <p>Hace una pausa, perdida en sus pensamientos. Finalmente añade:</p> <p>—He tenido un sueño. Ha sido tan intenso que parecía real. Incluso ahora me cuesta creer que lo haya soñado todo.</p> <p>—¿Tan fuerte ha sido?</p> <p>—Sí, y tú estabas en él.</p> <p>—Vaya, eso es un honor. ¿Me lo quieres contar? —le pido.</p> <p>—Sí, pero te advierto que es muy raro.</p> <p>—Mejor. Será más interesante.</p> <p>—Pues verás... De repente me encontré en un sitio muy oscuro en el que había mucha gente que no conocía de nada. Esperaba turno para cruzar un puente... Entonces llegaste tú y me sacaste. Mejor dicho, me trajiste de vuelta a casa.</p> <p>Dudo sobre si debo responder.</p> <p>—Fue maravilloso —añade—. Me sentí segura a tu lado. Ya sabes cómo son las fantasías oníricas.</p> <p>—Era el Abismo de la Muerte —digo—. Bajé a buscarte.</p> <p>—¿Qué? ¿Qué has dicho?</p> <p>—Pensé que habías muerto, así que descendí hasta el Abismo y fui a por ti. Te encontré y te traje a casa, con tu madre.</p> <p>—¿Es un sueño? —pregunta—. ¿Lo has soñado?</p> <p>—Claro. Claro que fue un sueño.</p> <p>—Entonces hemos tenido el mismo sueño y hemos coincidido en él. Eso es maravilloso.</p> <p>—Bueno, solo es un sueño.</p> <p>—Me da igual —reconoce—. Me encanta saber que te atreviste a bajar hasta el Abismo de la Muerte para rescatarme. Me gusta pensar que te atreves con todo para ayudarme. Eres un valiente. Por eso te quiero y no me separaré de ti.</p> <p>—Te aseguro que si fuese real, también bajaría hasta las más oscuras profundidades de la tierra para recuperarte. Nada me apartará de ti. Ni siquiera la muerte.</p> <p>Se acerca, me rodea con sus brazos y me da un beso.</p> <p>—Nada nos separará y no dejaré que esos enemigos de los que habla tu padre te hagan daño.</p> <p>—No se lo permitiremos.</p> <p>—Volveremos a Férenix y reinaremos —afirmo—. Recuperaré la fuerza de Adragón. Crearemos un linaje que luchará por un mundo más justo. Eso es lo que haremos.</p> <p>—Juntos.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXI</p> <p>E<style name="versalita">L PALACIO </style>A<style name="versalita">RQUIMIANO</style></p> </h3> <p>La construcción del palacio arquimiano avanzaba a buen ritmo. Los muros exteriores estaban casi terminados y el edificio principal se encontraba en sus últimos retoques. El trabajo había sido muy bien dirigido y casi nadie se había dado cuenta de la ayuda extra que Arquimaes y Arquitamius habían proporcionado con sus conocimientos de magia. Ni siquiera el arquitecto Andronio se fijó en que en sus planos habían aparecido algunos trazados de ciertas partes del palacio que no eran suyos.</p> <p>Todo se había construido alrededor de la antigua abadía de Ambrosia, que había quedado sumergida bajo la torre principal. Cuando las obras finalizasen, no quedaría ni rastro del monasterio. De esta manera, el acceso a la gruta estaba envuelto en el mayor de los secretos y quedaba absolutamente protegido. Nadie sería capaz de acceder al túnel que bajaba a la cueva de la roca negra.</p> <p>Alrededor de los muros se habían empezado a levantar edificios de piedra. Eran construcciones robustas y bien diseñadas, como el propio palacio, cuya fortaleza y resistencia al tiempo estaban garantizadas por el arquitecto que lo diseñó. Todo indicaba que Arquimia iba a ser un reino próspero y seguro.</p> <p>Ahora solo quedaba organizar la coronación, que debía ser el acontecimiento más importante de aquellas tierras.</p> <p>—Primero celebraremos la boda —explicó Arquitamius, que junto a Arquimaes había elaborado un plan preciso para asegurar el éxito del evento—. Así, cuando Émedi te corone, Alexia será reina legítima.</p> <p>—Te arrodillarás ante ella y escucharás su discurso en esa posición —añadió Arquimaes—. Solo podrás levantarte cuando ella te haya colocado la corona sobre la cabeza. Y la gente te aclamará.</p> <p>—Serás marido y rey en un solo acto —determinó Arquitamius.</p> <p>—Eso le gustará a la gente —dijo Leónidas—. Un nuevo monarca que asegura la descendencia.</p> <p>—Seguiré vuestras instrucciones al pie de la letra —acató Arturo—. Todo se hará según está escrito.</p> <p>—Nada impedirá que nuestro proyecto se lleve a cabo —afirmó Arquimaes—. Nos lo jugamos todo. Son demasiados años preparando la creación de Arquimia como para que se eche a perder. Debemos poner mucha atención y seguir el plan con toda fidelidad. Un fallo podría dar al traste con todo.</p> <p>Todos estuvieron de acuerdo en la necesidad de colaborar de forma eficaz. Y así lo decidieron.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus observaba el pergamino que Tránsito y Alexander habían desplegado sobre la mesa.</p> <p>—¿Qué es esto? —preguntó Horades—, ¿Para qué sirve?</p> <p>—¡Es el pergamino de Arquimaes! —dijo Tránsito—, ¡Contiene la fórmula de la vida y de la muerte!</p> <p>—Mucha gente ha muerto por él —añadió Demónicus.</p> <p>—¡Yo lo he encontrado! —dijo Alexander—, ¡Lo he traído para Demónicia!</p> <p>Demónicus le puso la mano sobre el hombro.</p> <p>—Escucha, Alexander, yo se lo entregaré. Le diré que tú se lo has traído. Demónicia lo agradecerá.</p> <p>—¿Cuándo la veré? —preguntó el antiguo caballero carthaciano—. ¿Cuándo podré hablar con ella?</p> <p>—Después de la guerra. Cuando hayamos acabado con Arturo Adragón, Arquimaes y todos los demás —explicó Demónicus—. Te aseguro que ella te recibirá y te recompensará.</p> <p>Mientras hablaban, Horades había cogido el pergamino y lo observaba con atención, a través de la luz de la ventana.</p> <p>—Exactamente, ¿para qué sirve? —preguntó—. ¿Qué poderes otorga?</p> <p>—Ninguno que te interese. Tú ya eres inmortal y no puede hacer nada más por ti —respondió Demónicus—. Pero servirá para desanimar a nuestros enemigos. Nos dará mucha autoridad. ¡Es la llave que nos hará ganar la guerra contra esos malditos alquimistas!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Llegaron muchos invitados, y cada día venía más gente de otros reinos en busca de un lugar en el que asentarse. Había corrido la voz de que Arquimia iba a ser un territorio en el que cabría todo el que quisiera empezar una nueva vida.</p> <p>Émedi preparó y ensayó su discurso durante horas. Lo perfeccionó con la ayuda de Arquimaes.</p> <p>Arturo pasó mucho tiempo con su ejército y trató de unir lazos con sus hombres mientras Alexia entrenaba a su legión, a la que cada día se apuntaban más jóvenes. Arturo la visitaba de vez en cuando y se maravillaba de sus progresos.</p> <p>—La Legión Alexia crece sin parar —dijo una tarde, cuando ya quedaba poco para la coronación—. Estoy orgulloso de ti. Eres una mujer valiente.</p> <p>—Tengo que hablar contigo, Arturo —le respondió Alexia—. Podemos cabalgar mientras.</p> <p>Alexia y Arturo salieron de los límites de Ambrosia a todo galope. Era un día luminoso, con un cielo decorado de bellísimas nubes blancas y animado por una ligera brisa.</p> <p>Llegaron al pie de Monte Fer y se detuvieron en lo alto de una colina. Desde allí observaron el palacio que se alzaba desafiante en el centro del valle, que ahora tenía un espléndido aspecto primaveral.</p> <p>—Dentro de poco seremos reyes —dijo Arturo—. Por fin nos casaremos y crearemos un nuevo mundo. Tendremos muchos enemigos. Además de Demónicus, habrá otros que nos envidiarán. Podemos estar seguros de que intentarán destruirnos. A mí no me cabe duda.</p> <p>—No lo conseguirán —respondió Alexia—. Seremos fuertes como la roca. Nadie podrá con nosotros.</p> <p>—Tenemos que estar unidos ante todo lo que venga. Seremos dos en uno.</p> <p>—Estoy contigo, Arturo —reconoció Alexia—. Pero hay algo que me inquieta. No puedo olvidar los problemas que pueden caer sobre nosotros.</p> <p>—¿A qué te refieres?</p> <p>—Sabes que sobre la unión de una hechicera y un alquimista pesa una maldición. Es posible que nuestros hijos paguen las consecuencias. Estamos malditos.</p> <p>—¡No lo estamos! ¡Arquimaes y Émedi pagaron el precio! ¡Nosotros no tendremos problemas de ningún tipo! ¡Nuestro hijo nacerá vivo! ¡Te lo aseguro!</p> <p>—No te enfades conmigo. Llevo muchas noches sin dormir pensando en ello. Quiero estar preparada. Y quiero saber si estás dispuesto a afrontar lo que ocurra.</p> <p>—¡Claro que estoy preparado! ¡Y puedes contar conmigo! ¡No te dejaré sola!</p> <p>—Bien, eso es lo que quería saber. Necesitaba oír que afrontarás lo que venga.</p> <p>—Pero no sucederá nada. Nuestro hijo nacerá sano y salvo. Ya lo verás.</p> <p>—¿Y si estuvieras equivocado?</p> <p>—Recurriremos a Arquitamius y a Arquimaes —dijo—. Ellos nos ayudarán.</p> <p>—¿Soportarás ver a tu hijo muerto?</p> <p>—Lo soportaré todo, pero estoy convencido de que saldrá bien. No hemos hecho nada malo. Nos queremos, eso es todo. Y tenemos derecho a ser felices.</p> <p>Una bandada de pájaros que venía del sur pasó sobre ellos y el cielo pareció cobrar vida.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXII</p> <p>R<style name="versalita">UMBO A </style>F<style name="versalita">ÉRENIX</style></p> </h3> <p>Acabamos de perder de vista las ruinas del templo. Detrás de nosotros, entre la nube de polvo que levanta nuestro paso, la silueta difuminada del lugar donde he nacido se acaba de evaporar tras el horizonte. Ya es historia.</p> <p>La caravana marcha despacio para no hacer sufrir demasiado a Farael. Lo hemos colocado sobre unas parihuelas que están colgadas de su caballo y que se arrastran sobre el suelo. Espero que su herida no se infecte a causa del polvo y de las moscas que le persiguen. Este ambiente cálido es propicio para las infecciones.</p> <p>—¿Estás contento de volver a casa? —me pregunta Metáfora, que ya está muy recuperada del disparo.</p> <p>—Lo estoy. Pero también estoy triste. Aquí dejo muchas cosas —digo—. He descubierto demasiado sobre mí.</p> <p>—Lo sé y espero que sea beneficioso. Todo esto debe servir para hacerte más feliz. Por fin sabes lo que ocurrió aquella trágica noche en que naciste.</p> <p>—Sí, sé muchas cosas. Pero todo esto me provoca nuevas preguntas. Creo que me voy más inquieto que cuando llegué.</p> <p>—Debes controlarte. No es bueno hacerse preguntas que no tienen respuesta. Sabes lo suficiente para normalizar tu vida.</p> <p>—Ojalá tengas razón y pueda ordenarla.</p> <p>—Entonces, adelante. Pórtate como un rey... o abdica.</p> <p>—Seré rey de Férenix, el rey que todo el mundo espera de mí.</p> <p>—¿Estás seguro de tu decisión?</p> <p>—Completamente. Y tú, si todavía quieres, serás mi reina. ¡Está decidido!</p> <p>—¿Cómo no voy a quererlo, Arturo?</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El viaje de vuelta está siendo muy pesado debido, sobre todo, a su lentitud. Pasamos mucho calor y nos hemos detenido varias veces para recuperar fuerzas. Norma se ha desmayado, Mahania se ha mareado y Mohamed ha llegado a vomitar de lo mal que se encontraba.</p> <p>Pero al final hemos conseguido llegar vivos al poblado de Mahania.</p> <p>Y, después de muchos sufrimientos, he podido descansar a gusto durante toda una noche.</p> <p>—Mahania, ¿tienes alguna planta que sirva para ver las cosas claras? —le he preguntado mientras preparaba la cena.</p> <p>—¿A qué te refieres exactamente?</p> <p>—Pues, verás, me gustaría saber si tienes algo para ayudar a ver las cosas con lucidez. Me refiero a poder pensar por ti mismo.</p> <p>—Te puedo dar la rama de una planta del desierto que sirve para verse a sí mismo. Ya sabes, una especie de espejo.</p> <p>—Creo que bastará.</p> <p>—¿Puedo preguntarte para quién es?</p> <p>—Puedes, pero no te voy a responder —le dije—. Tranquila, no voy a perjudicar a nadie. Al contrario.</p> <p>—Lo sé. Te conozco muy bien y estoy segura de que nunca harías mal a nadie.</p> <p>Mahania y yo nos fundimos en un abrazo de despedida, como nunca nos habíamos dado. Ahora que sé que también es mi madre, me cuesta mucho separarme de ella.</p> <p>—Volveré a verte, Mahania. Te lo prometo.</p> <p>—Te esperaré, Alquamed. Todo el tiempo que haga falta, porque sé que, tarde o temprano, volverás a mí.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Ya sé qué es lo que me ha inquietado desde que salimos del templo abandonado. Pero también sé que la única persona que puede dar una respuesta concreta a mi inquietud es papá. Y esta vez no dejaré que me venga con evasivas. ¡Me dirá la verdad, pase lo que pase!</p> <p>Salgo del saco de dormir y entro en su tienda, como una tromba. Papá, Norma y Metáfora me miran como si estuviera loco.</p> <p>—¿Que te pasa, Arturo? —pregunta Norma—. ¿Te encuentras mal?</p> <p>—Sí, me encuentro mal, claro que me encuentro mal —respondo, muy malhumorado—. Estoy cada día peor.</p> <p>—¿Te podemos ayudar en algo? —pregunta papá.</p> <p>—Tú sí puedes darme una respuesta.</p> <p>—Pero, Arturo, ya las tienes todas. Este viaje te ha aclarado las dudas que albergabas. Mahania te contó lo que querías saber. Ya está todo.</p> <p>—Eso creía yo, pero ahora me doy cuenta de que me falta una pieza —digo—. Hay algo que necesito averiguar.</p> <p>—Pues pregunta, a ver si conozco la contestación —dice tranquilamente.</p> <p>—¿Dónde estoy?</p> <p>—¿Cómo dices? ¿Qué quieres decir?</p> <p>—Quiero decir, dónde estoy, papá.</p> <p>Norma y Metáfora me miran extrañadas.</p> <p>—Estás aquí, hijo —dice papá, que parece no haber comprendido mi pregunta—. Delante de mí.</p> <p>—No, papá, no me refiero a eso. Me refiero a dónde está mi cuerpo. ¡El cuerpo en el que nací!</p> <p>—Pero, Arturo... Tu cuerpo es el que tienes... No entiendo.</p> <p>—¡Sí me entiendes! ¡Me refiero al cuerpo original! ¡El que tengo ahora es el de Alquamed, el hijo de Mahania! ¡Y yo quiero saber dónde está mi verdadero cuerpo! ¡El que tenía cuando nací!</p> <p>—Pues no lo sé. Supongo que estará enterrado en el templo —dice. Posiblemente ya no existe. El tiempo lo habrá consumido.</p> <p>—Papá, te ruego que no me engañes más. ¡Dime la verdad, por favor!</p> <p>—Aunque lo supiera no te lo diría —responde con firmeza—. Es algo que tienes que olvidar. Ya no importa. Ahora lo que cuenta es lo que eres. Es lo único que te tiene que interesar.</p> <p>—Está bien. Si no me lo quieres decir, ya lo averiguaré yo.</p> <p>—Arturo, haz el favor de tranquilizarte —me pide Norma—. Tu padre ya te ha dicho que no lo sabe.</p> <p>—Mi padre no ha dejado de mentirme. Y ahora estoy seguro de que también lo hace. ¿Por qué no quieres decirme dónde está mi cuerpo original? ¿Por qué no quieres que sepa dónde está el cuerpo del niño que mamá trajo a este mundo?</p> <p>—¡Porque no importa, Arturo! ¡Ya eres mayor para aceptar que eres lo que eres! ¡Los Adragón estamos condenados a aceptar realidades difíciles! ¡Compórtate!</p> <p>—No me quiero meter en vuestra conversación —dice Metáfora—. Pero creo que Arturo tiene derecho a conocerlo todo.</p> <p>—¿El qué? —gruñe papá—. Ya sabe lo más importante: que nació muerto y que su madre dio la vida por él. Sabe que tiene poderes, que es inmortal y que va a ser rey. ¿Qué más quiere saber?</p> <p>—¡Quiero saber quién soy! ¡Quiero saber cómo era cuando nací! ¡Quiero saber cómo era mi cara cuando mamá me vio nacer! ¡Quiero saber qué es lo último que vio mamá antes de morir!</p> <p>—¿Quieres que te lo diga yo? ¿Eh? ¿Quieres que te diga cómo eras cuando naciste? Pues yo te lo diré... Escucha... ¡Eras exactamente igual que ahora, el mismo! ¡Tenías el mismo rostro! ¡No había ninguna diferencia con lo que eres ahora! Así que no le des más vueltas al asunto y deja de obsesionarte. No hay nada de qué hablar. ¡Asunto zanjado!</p> <p>—Pero ¿dónde estoy?</p> <p>—Aquella noche fue la más trágica de mi vida... Y ahora vienes tú y me preguntas que dónde estás. Pues lo siento, Arturo, pero no te lo voy a decir. Ese es mi secreto, un misterio que comparto con tu madre. Nunca lo sabrás, porque no te hace falta. No lo necesitas. Piensa en el futuro y olvida el pasado.</p> <p>—Es mi futuro y es mi pasado, papá —digo con la voz temblorosa—. Necesito saberlo. ¿Me dejasteis en el templo? ¿Dónde?</p> <p>—¡No necesitas saberlo! Tu historia es una tragedia, pero la mía también. Nunca podré explicarte lo que he sufrido todos estos años. No he pasado una sola noche sin llorar por ti y por ella... Hazme caso, Arturo, hijo. Olvida esa obsesión que no te servirá para nada.</p> <p>—Yo le he visto sollozar, Arturo —dice Norma—. He sido testigo de su angustia. Un padre no puede explicar lo que significa la muerte de un hijo. Igual que un hijo no puede transmitir el dolor por la muerte de un padre o una madre. Habéis sufrido mucho y creo que deberíais perdonaros todo lo que ha pasado. Deberíais reconciliaros e intentar ser felices.</p> <p>—Eso es lo que quiero, Norma —digo—. Quiero ser feliz, pero para eso es preciso descifrarlo todo.</p> <p>—¿De verdad es tan importante saber dónde está tu cuerpo?</p> <p>—¿No comprendes que no logro quitarme esa sensación de frío que me acompaña desde hace muchos años? A este cuerpo le faltan los abrazos de mi madre.</p> <p>—No creas que te reconfortará encontrar lo que buscas —añade Norma—. ¿Qué crees que pasará cuando lo encuentres? ¿Crees que tu vida cambiará en algo?</p> <p>—Creo que será mejor. Mi amigo <i>Patacoja</i> dice que a veces le duele la pierna que le falta. Eso es lo que me pasa a mí. Desde pequeño me duele el cuerpo que me falta.</p> <p>—No te lo puedo decir, Arturo —dice papá—. Pero puedes estar tranquilo, está en lugar seguro.</p> <p>Doy por terminada esta conversación. Prometo que no pararé hasta dar con él. Tiene que estar en algún sitio y lo hallaré. Palabra de Adragón.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>LIBRO DECIMOQUINTO</p> <p>L<style name="versalita">INAJE</style></p> </h3> <p> </p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>I</p> <p>L<style name="versalita">A CORONACIÓN DE LA ESPERANZA</style></p> </h3> <p>Todo estaba preparado para la gran ceremonia de coronación de Arturo Adragón como rey de Arquimia. Habían levantado un atractivo pabellón diseñado por Andronio, que albergaba un altar, varios asientos con hermosos cojines y un trono doble destinado a los nuevos reyes, que lo iban a ocupar al final de la celebración. Para embellecer el acto, centenares de galardones y adornos colgaban de casi todos los muros del palacio. Bajo el bellísimo cielo azulado, una multitud esperaba impaciente el comienzo de la ceremonia.</p> <p>Varios sacerdotes habían venido de otros reinos y Arquimaes, en su calidad de antiguo monje, iba a oficiar la coronación ayudado por otros dos frailes ambrosianos.</p> <p>Reyes, príncipes, caballeros, oficiales, nobles y campesinos habían llegado temprano con la esperanza de poder seguir el acto desde las primeras filas. Querían ver de cerca a Arturo Adragón: el jefe del Ejército Negro, el valiente caballero que había acabado con el reinado de terror de Demónicus, el Gran Mago Tenebroso. Todos querían presenciar cómo se convertía en rey bajo la bandera del signo adragoniano.</p> <p>Mucha gente aguardaba con ansia la llegada de un verdadero reino de justicia, pues ello representaba, después de siglos de barbarie, guerras, enfermedades y tiranías, una luz en el horizonte.</p> <p>Arquimaes y la reina Émedi acudieron montados sobre hermosos caballos blancos, envueltos en bellos ropajes y recubiertos por capas que lucían el dibujo adragoniano. El alquimista llevaba en el cinto la espada de plata que la reina le había regalado en la batalla del castillo Émediano el día en que Alexia murió a manos de Arturo, tiempo atrás.</p> <p>Los soldados y oficiales del Ejército Negro, vestidos con sus mejores galas y distribuidos en batallones, desfilaban a lo largo de la explanada al toque de las trompetas y de los tambores, luciendo sus grandes estandartes decorados con la letra adragoniana bordada en hilo de oro.</p> <p>Los monjes ambrosianos disponían de una pequeña tribuna de madera sobre la que habían apilado varios libros que leían en voz alta, casi cantando.</p> <p>En esos momentos en los cuales todavía algunos viajeros rezagados se acercaban apresurados al lugar del evento, Arquitamius hizo acto de presencia. Llevaba una caja de roble en cuyo interior había una corona de oro diseñada y forjada por él mismo. En su frontal se apreciaba la figura de un dragón.</p> <p>El viejo alquimista depositó la corona sobre una almohada, ante Arquimaes y Émedi, de modo que todo el mundo pudiera verla.</p> <p>—Aquí está la representación de Arquimia, el reino de justicia con el que tanto hemos soñado —dijo con ilusión—. ¡Por fin nuestro sueño verá la luz!</p> <p>—Hemos recorrido un largo camino, maestro Aquitamius —respondió Arquimaes—. Pero hemos conseguido nuestro objetivo.</p> <p>—Mil años de espera son muchos años, amigo mío.</p> <p>—Pero han valido la pena para ver este día —reconoció el alquimista.</p> <p>—Mi corazón rebosa felicidad —añadió Émedi, muy emocionada—. Contemplar a mi hijo coronado rey de Arquimia es la mayor recompensa que la vida me puede otorgar.</p> <p>—Te has ganado el honor de ser la madre de un rey —dijo Arquitamius—. Lo mereces más que nadie, después de todo lo que has sufrido.</p> <p>La mención del sufrimiento que supuso el nacimiento de Arturo enmudeció a la reina. Aquella trágica noche estaba clavada en su memoria y solo hizo falta una palabra para despertar el amargo recuerdo. Dar a luz a un hijo muerto es el mayor drama que una mujer puede sufrir en esta vida.</p> <p>De repente, los clarines sonaron alto y fuerte y todo el mundo giró la cabeza, expectante, hacia la gran tienda real, protegida por un batallón del Ejército Negro.</p> <p>Entonces la cortina se abrió y un jinete que portaba una brillante cota de malla con el emblema adragoniano sobre el pecho, salió en primer lugar.</p> <p>—¡Es mi hijo! —dijo Forester—. ¡Es Crispín!</p> <p>Armadía, que estaba a su lado en la tribuna de invitados, le apretó la cintura.</p> <p>—¡Es un gran chico! —afirmó—. Será un digno caballero.</p> <p>Detrás de Crispín iban Leónidas y otros hidalgos y oficiales de alto rango. A continuación, escoltados por varios hombres de armas, Arturo Adragón y Alexia.</p> <p>—Aquí tuvimos nuestra primera pelea a espada —susurró ella—. Creo que te gané.</p> <p>—Ganaste mi corazón —reconoció Arturo—. Me embrujaste y nada ha podido separarme de ti.</p> <p>Con gran solemnidad, cruzaron el patio de la antigua Ambrosia, bajo la mirada y la aclamación de todo el mundo. Era evidente que aquella espléndida ceremonia iba a ser recordada durante mucho tiempo.</p> <p>Cuando estuvieron cerca del altar, Arquimaes y Émedi se pusieron en pie para recibirlos. Crispín, Leónidas y sus compañeros se colocaron a un lado mientras dos pajes sujetaban las riendas de los caballos de Arturo y Alexia, que descabalgaron.</p> <p>Un coro de niños y niñas, dirigido por un monje ambrosiano, entonó una canción de bienvenida. Dos criados abrieron unas jaulas que dejaron salir docenas de palomas blancas, que se elevaron hacia el cielo y que simbolizaban claramente la libertad, principal empresa del nuevo reino.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Morfidio y Escorpio observaban la ceremonia camuflados entre la gente, reconcomidos por el rencor y la envidia. Disfrazados de campesinos, se habían mezclado entre el público más sencillo, donde menos vigilancia y controles había.</p> <p>—¡Esto es demasiado! —susurró Morfidio a su cómplice—. ¡No lo puedo soportar! ¡Maldito Adragón! ¡Malditos alquimistas!</p> <p>—¡Tenemos que matarlos, mi señor! —respondió Escorpio—. Arquimaes es el culpable de nuestra situación. El le ha regalado estos dominios a su hijo y a nosotros nos ha arrojado de ellos. Nos desprecian. Somos escoria.</p> <p>—Acabaremos con ellos y con sus sueños —añadió el conde—. Pero necesito ese maldito secreto de la resurrección. Después quemaremos Arquimia. ¡No quedará ni rastro de todo esto!</p> <p>Escorpio tenía la vista clavada en Arturo, rodeado de unos padres que le amaban más que a su propia vida. Sintió tanta envidia que le dolió el alma. El jamás se vería arropado por un padre y una madre. Jamás obtendría lo que Arturo tenía. ¡El debería ocupar el lugar de Arturo! ¡Arquimaes era el culpable de todo y sería el primero en pagarlo! Morfidio ya no importaba. Le daba igual la recompensa. ¿Para qué quería él un castillo si no podía llevar a cabo su venganza?</p> <p>Sin embargo, Morfidio notó cómo en su interior crecía un irrefrenable deseo de matar a Arquimaes. Un deseo que, igual que la lava de un volcán, era incontenible, ardiente y salvaje. Supo entonces que no podría controlarlo. Tuvo la certeza de que no iba a poder impedir que sus pasos se dirigieran hacia el alquimista, el maldito alquimista que le había complicado tanto la vida y que se había negado sistemáticamente a entregarle la fórmula de la resurrección y de la inmortalidad. Ese condenado sabio que quería impedir que devolviera la vida a su padre.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus estaba solo en lo alto de la torre, con la puerta atrancada. Había desplegado el pergamino de Arquimaes sobre el suelo y lo observaba con atención, escudriñando su contenido.</p> <p>Abrió los brazos y los extendió hacia delante para apuntar directamente al cielo. En el horizonte, una mancha oscura volaba a gran velocidad mientras se alejaba de Rugían, en dirección a Arquimia.</p> <p>—¡Ahora descubriréis que Demónicus está vivo! —susurró—, ¡Vivo y dispuesto a vengarse! ¡Malditos alquimistas!</p> <p>Cuando la masa oscura desapareció en el horizonte, Demónicus se inclinó sobre el documento y proyectó su sombra sobre él. Alargó las manos y las pasó sobre el papiro, sin tocarlo.</p> <p>—¡Que las Fuerzas Ocultas vengan en mi ayuda! —ordenó—. ¡Ahora!</p> <p>El papiro se agitó como si tuviese vida propia. Algunas letras se movieron y otras cambiaron de posición, pero todas se despegaron. La energía azulada que salía de las manos de Demónicus era un poderoso imán para las letras de tinta adragoniana.</p> <p>Entonces levantó los brazos y todas se despegaron del papiro para acercarse a él hasta envolverlo por completo.</p> <p>—¡Letras alquímicas, ahora me obedeceréis! ¡Soy vuestro nuevo amo! ¡Me serviréis a mí! —musitó Demónicus con voz profunda—. Estáis bajo mi mando. Me convertiréis en un poderoso enemigo. Seré más fuerte que nunca gracias a vosotras, letras de polvo de dragón.</p> <p>Una gran masa oscura se alejó de la torre, sobrevolando el reino de Horades y dejando aterrorizados a los que la vieron volar.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Los poetas y trovadores empezaron a escribir la crónica de un día histórico que sería largamente recordado. Arturo, que llevaba la espada alquímica colgada del cinto, ofreció su brazo a Alexia y se dirigieron unidos hacia el altar, donde Arquimaes los recibió con los brazos extendidos. Un paje sujetó un enorme libro abierto que el alquimista leyó en voz alta:</p> <p>—Arturo y Alexia... Vuestras vidas se van a vincular hoy ante vuestros familiares y amigos... Ha llegado la hora de unir vuestros destinos... Comparecéis aquí de forma voluntaria para dejar constancia de vuestro amor.</p> <p>El silencio era absoluto y respetuoso y solo se escuchaba la voz del sabio de los sabios.</p> <p>—Por eso, ahora vais a juntar vuestras manos y anunciaréis ante todos los presentes que vuestro mayor deseo es convertiros en marido y mujer —añadió, mientras dos monjes colocaban sobre los hombros de los jóvenes una capa que los cubría por completo.</p> <p>Alexia y Arturo entrelazaron sus dedos, se miraron a los ojos y dijeron a la vez, en voz muy alta:</p> <p>—¡Declaramos que nuestro mayor deseo es convertirnos hoy en marido y mujer! ¡Nuestros destinos quedan unidos para toda la eternidad y nada ni nadie nos separará!</p> <p>—¡Así sea! —exclamó Arquimaes, con los brazos hacia el cielo.</p> <p>Los clarines tocaron para anunciar que la boda se había llevado a cabo con éxito y que los novios eran ahora marido y mujer. Arquimia estaba a punto de ser una realidad.</p> <p>Un aplauso masivo se extendió por todo el valle de Ambrosia y varias docenas de palomas volaron hacia el firmamento. Crispín se sintió tan emocionado que no pudo contener un suspiro acompañado de algunas lágrimas. Pero no fue el único.</p> <p>Mientras Arturo se ponía de rodillas. Arquitamius entregó la corona a Arquimaes, que la cogió con emoción contenida.</p> <p>—¡Anunciamos ante todo el mundo que Émedi y yo, Arquimaes, abdicamos en favor de nuestro hijo Arturo Adragón, al que nombramos rey de Arquimia! —exclamó mientras la elevaba.</p> <p>Entonces, Émedi y Arquimaes alzaron la corona de oro y la mantuvieron a la vista de todos a pocos centímetros de la cabeza de su vástago.</p> <p>—Arturo, tu padre y yo te nombramos soberano de este nuevo reino. A partir de ahora eres el rey de nuestra vida —declaró la reina—. Desde que naciste supimos que nuestros pasos tenían un nuevo guía. Nos hemos esforzado para construir un espacio de justicia y hemos luchado con tu ayuda para alejar a todos los demonios, espectros y fantasmas que pudieran oscurecer este mundo. Depositamos en ti nuestras mejores esperanzas. Deseamos que nuestro futuro, nuestras ilusiones y nuestros anhelos se materialicen en ti, Arturo Adragón, sangre de nuestra sangre. Formas parte de nuestras aspiraciones, que consisten en mejorar el mundo en el que vivimos y luchar contra todo lo que sea injusto, contra la ignorancia, las enfermedades y la miseria que asolan estas tierras.</p> <p>»Ponemos en tus manos el timón de Arquimia y te invitamos a que lo dirijas hacia un amanecer de paz y prosperidad. El reino de las letras que está en ti te confiere un poder ilimitado que durará mientras lo haga el mundo. Eres el rey de la escritura, que es más poderosa que las armas.</p> <p>Con un ligero temblor en las manos, Émedi y Arquimaes colocaron la corona de oro adragoniana sobre la cabeza de Arturo y lo convirtieron en monarca de Arquimia.</p> <p>—¡Viva el rey Arturo Adragón! —gritó Arquimaes—. ¡Viva el rey de Arquimia!</p> <p>Como una sola voz, los miles de asistentes repitieron sus palabras y chillaron a pleno pulmón. Su grito se extendió igual que una ola por todo el valle de Ambrosia, que iba a formar parte del reino de Arquimia.</p> <p>Después, Arturo alzó el brazo de Alexia y exclamó:</p> <p>—¡Viva la reina Alexia!</p> <p>Pero, justo antes de que el público repitiera sus palabras, un oscuro pájaro llegó volando a gran velocidad y se empotró contra el pecho de uno de los monjes que ayudaban a Arquimaes, haciéndole caer al suelo aparatosamente. El monje intentaba en vano arrancar de su cuerpo el animal, que no dejaba de aletear.</p> <p>La sorpresa paralizó a todos y ahogó los vítores que ensalzaban a Alexia. Al principio pensaron que se trataba de un accidente, pero cuando un segundo animal volador se estrelló cerca del caballero Leónidas, que sobrevivió de milagro, dedujeron que se trataba de un ataque premeditado.</p> <p>Los vigías, que se habían distraído por estar pendientes de la ceremonia, se dieron cuenta de que el cielo se había poblado de animales negros que se dirigían hacia ellos, como un ejército maldito que ensombrecía el sol.</p> <p>—¡Nos atacan! —gritaron desde las torres de vigilancia, mientras se preparaban para hacer sonar los cuernos de alarma—. ¡Nos atacan desde el cielo!</p> <p>Cientos de bestias mutantes, con cabeza, garras y alas de dragón, volaban hacia Ambrosia sin que nadie pudiera impedirlo. El inminente e inesperado ataque se producía justamente cuando Arturo acababa de ser nombrado rey de Arquimia. Era como si alguien lo hubiese organizado todo con precisión. Era un ataque a traición contra el rey y el nuevo reino. Arquimia acababa de nacer y ya recibía su primera agresión.</p> <p>Arturo miró a Alexia en busca de una respuesta.</p> <p>—Ya sabes quién es el responsable —susurró la nueva reina de Arquimia.</p> <p>—¡No puede ser! —susurró el joven rey—, ¡Demónicus no puede hacernos esto! ¡Le mataré!</p> <p>—¡Pero Demónicia vivirá! —le corrigió Alexia—. ¡Nunca morirán a menos que mueran los dos a la vez!</p> <p>—¡Cordian, protege a Émedi! —ordenó mientras desenfundaba la espada alquímica—. ¡Soldados, luchad a muerte! ¡Luchad para defender nuestra libertad!</p> <p>Varios animales se lanzaron contra él, pero los despachó con movimientos rápidos. Crispín había tomado la iniciativa, ya que Leónidas luchaba junto a uno de sus hombres para deshacerse de una bestia voladora que le había atravesado el pecho. El oficial de la Legión Alexia se protegió con su escudo y arremetió contra los primeros animales voladores, que llegaban a gran velocidad. Muy cerca, dos pajes murieron ensartados por los cuernos de los pájaros oscuros. Tampoco los criados se libraron del ataque de estas saetas diabólicas.</p> <p>Arturo cogió un escudo y se colocó ante Alexia para protegerla, aunque ella no estaba dispuesta a mantenerse pasiva en este peligroso y difícil momento. Sacó la espada de su funda y se preparó para repeler el terrible ataque.</p> <p>Cuando Arturo vio que los pretorianos protegían a Émedi, que además había cogido una espada y se aprestaba para la lucha, se sintió más tranquilo.</p> <p>El pánico había cundido entre la población y la gente corría despavorida, mientras veían cómo amigos y familiares eran víctimas del ataque de las bestias voladoras. Algunos valientes decidieron hacerles frente con las escasas armas de que disponían, pero poco pudieron hacer. Los animales atacaban por todas partes, a gran velocidad y a traición.</p> <p>El conde Morfidio y Escorpio, que habían acudido a Ambrosia para matar, tuvieron que defender sus vidas. En pocos minutos pasaron de ser atacantes a ser atacados. Sin embargo, sus pasos se dirigían hacia la tribuna principal. Ningún soldado les impidió el paso. Había demasiado desorden para prestar atención a dos harapientos que hacían lo que podían por defender su vida.</p> <p>Los hombres del Ejército Negro reaccionaron con rapidez y valentía y corrieron en defensa de los más desprotegidos. Su arrojo salvó la vida de algunos que hubieran muerto de no ser por su intervención. Entonces llegó el grueso del ejército de bestias asesinas y la situación empeoró.</p> <p>Arquitamius se había sentido desconcertado por el sorprendente ataque, pero poco a poco comenzó a reaccionar.</p> <p>—¿De dónde viene esto? —le preguntó a Arquimaes—. ¿Qué pasa? ¿Quién es el responsable?</p> <p>—¡Demónicus! —respondió el sabio, asestando un espadazo a un animal que cayó con la cabeza separada de su cuerpo—. ¡El maldito Demónicus!</p> <p>Los muertos se contaban por docenas. A pesar de la feroz resistencia del Ejército Negro, las víctimas se producían sin cesar. Era un ataque salvaje que parecía no tener fin. Los gritos de terror de los niños se mezclaban con los de los ancianos, mujeres y hombres. Los animales parecían adiestrados para eliminar todo aquello que respiraba.</p> <p>—¡Voy a recurrir a Adragón! —gritó Arturo, mientras se deshacía de sus ropas—. ¡Necesitamos ayuda! ¡Esto es un infierno!</p> <p>—¡Date prisa! —gritó la recién nombrada reina—, ¡Nos van a matar a todos!</p> <p>Las palabras de Alexia parecieron proféticas. Los atacantes consiguieron prender fuego a las torres de vigilancia, a varias tiendas y al entramado de madera que soportaba algunos de los muros del palacio de Arquimia.</p> <p>Arturo se disponía a invocar a Adragón cuando, de repente, vio algo que lo dejó estupefacto.</p> <p>—¿Qué es esto? —preguntó, con la mirada dirigida hacia el cielo—. ¿Qué es?</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>II</p> <p>E<style name="versalita">N CASA</style></p> </h3> <p>Por fin llegamos a casa. El avión ha iniciado el descenso y dentro de unos minutos aterrizaremos en el pequeño aeropuerto de Férenix.</p> <p>Ahora que ha terminado, reconozco que el viaje a Egipto ha sido revelador. He descubierto tantas cosas sobre mí que, como dice Metáfora, debo sentirme satisfecho. Quizá tenga razón y sea mejor no profundizar más y conformarme con lo que he averiguado.</p> <p>El tren de aterrizaje toca el suelo y el avión da un pequeño bote que me sobresalta. Frena y todo el aparato tiembla. Metáfora, que está sentada a mi lado, me coge la mano.</p> <p>—No temas, todo va bien —asegura—. No pasa nada. Los aterrizajes siempre son así.</p> <p>—Claro, claro... Es que no tengo costumbre de viajar en avión.</p> <p>—Puedes estar tranquilo. Este vuelo ha terminado bien —insiste—. Enseguida abrirán las puertas y desembarcaremos.</p> <p>La nave da un largo paseo por la pista y se detiene ante el edificio principal del aeropuerto. Suena un timbre y una voz femenina anuncia por megafonía que ya podemos desembarcar.</p> <p>—Gracias por volar con nosotros —añade—. Esperamos verlos de nuevo a bordo. Serán bienvenidos.</p> <p>Todos los pasajeros se ponen en pie y el pasillo se llena de gente. Cogemos nuestro equipaje de mano y seguimos a la riada humana que se dirige hacia el exterior. Después de tantas horas de viaje, todos deseamos salir del avión y pisar suelo firme.</p> <p>Recogemos nuestras maletas en la cinta transportadora y pasamos el control de la aduana, donde ni siquiera nos registran. No me he atrevido a declarar el ramillete de hierba que Mahania me ha entregado, por si se ríen de mí. Llegamos a la salida, donde mucha gente espera a sus seres queridos, a quienes, posiblemente, llevan mucho tiempo sin ver.</p> <p>—Mira, Arturo... Ahí están Adela y <i>Patacoja</i> —dice Metáfora.</p> <p>Echo a correr y me lanzo a los brazos de mi amigo el arqueólogo, que me recibe afablemente.</p> <p>—¡Patacoja, <i>amigo</i>!</p> <p>—¡Arturo! ¡Arturo! ¡Qué ganas tenía de verte!</p> <p>—¡Y yo a ti! —digo mientras me doy cuenta de que volver a casa es reconfortante, sobre todo si hay alguien para recibirte.</p> <p>Papá, Norma y Metáfora se acercan para unirse a nosotros.</p> <p>—Hola a todos —dice Adela—. Bienvenidos a Férenix.</p> <p>Metáfora le da un beso y un abrazo. Papá estrecha su mano y Norma le da otros dos besos en las mejillas. Es un recibimiento muy cálido.</p> <p>—¿Qué tal el viaje? —pregunta <i>Patacoja</i> sin soltarme—. ¿Vuelves contento?</p> <p>—Ha sido una gran experiencia —digo—. Una verdadera maravilla. Ya te contaré los detalles.</p> <p>—Supongo que ahora te quedarás aquí, ¿verdad?</p> <p>—Claro que sí. No pretendo volver a Egipto... de momento.</p> <p>—Me alegra saberlo —dice con un tono alegre, poco habitual en él.</p> <p>Observo una sonrisa de satisfacción en su cara. Le noto cambiado.</p> <p>—¿Qué pasa aquí? —pregunto—. ¿Qué ocurre? ¿A qué viene esa cara de felicidad?</p> <p>—¿No te parece un milagro que tenga dos piernas? —pregunta <i>Patacoja—</i>, ¿No te has dado cuenta de que son mías?</p> <p>—¿A que está mejor así? —pregunta Adela—. ¿Verdad?</p> <p>Estoy tan nervioso que no me he dado cuenta del cambio. Ya no lleva muleta y se mantiene en pie con mucha soltura.</p> <p>—¿Qué has hecho? —pregunto—. ¿Cómo lo has conseguido?</p> <p>—Por fin se ha colocado una pierna ortopédica —explica Adela—. ¿A que es una maravilla?</p> <p>—¿Qué opinas, Arturo? —quiere saber mi amigo.</p> <p>—¡Está muy bien! ¡Cualquiera diría que...!</p> <p>—¡Que me falta una pierna!</p> <p>—Es maravilloso. Una obra de arte de ingeniería —añade Adela—. Lo mejor de lo mejor.</p> <p>—Desde luego que sí —afirmo—. Es increíble.</p> <p>—Se lo pedí hace mucho tiempo —explica Adela—. Y por fin me ha hecho caso.</p> <p>—Te lo agradezco mucho, Adela —dice <i>Patacoja</i>—. Lo digo de corazón.</p> <p>—No me tienes que agradecer nada —responde ella—. El dinero sirve para eso, para ser más felices.</p> <p>—Pues conmigo lo vas a conseguir —replica él—. Me has cambiado la vida. Me siento diferente, seguro de mí mismo.</p> <p>—Espero que vayas a hacerte la revisión uno de estos días —dice Adela—. De esta manera me demostrarás que estás agradecido.</p> <p>—Te lo prometo —dice con firmeza—. Iré lo más pronto que pueda.</p> <p>—Yo le acompañaré —añado—. Así no podrá zafarse.</p> <p>—Yo también iré con ellos —añade Metáfora—. Puedes estar tranquila.</p> <p>—Gracias, porque ahora estoy muy liada y apenas me queda tiempo libre —explica Adela—. Stromber nos tiene muy ocupados a todos.</p> <p>—¿Stromber? —exclama papá, un poco extrañado—. ¿Qué le pasa a Stromber?</p> <p>—Se ha empeñado en que vigilemos los restos de la Fundación. También nos ha pedido que controlemos a <i>Escoria</i>... y al monasterio de Monte Fer. Se ha vuelto loco y nos va a volver locos a todos.</p> <p>—No sé qué busca ese hombre, pero empieza a preocuparme —dice Norma—. No ceja en su empeño.</p> <p>—Quiere enemistaros con todo el mundo para quedarse con todo lo vuestro —explica <i>Patacoja</i> con toda naturalidad—. No hace falta ser muy listo para comprenderlo.</p> <p>—Pues habrá que hacer algo —digo—. No estoy dispuesto a dejarle que me arroje a la basura. Tendré que enfrentarme con él.</p> <p>—Debimos quedarnos en Egipto —dice papá—. Férenix nos va a traer muchos problemas.</p> <p>—La Fundación es nuestra y esta ciudad es nuestro hogar —respondo—, ¡Nadie nos echará de aquí, papá!</p> <p>—Bueno, de momento vamos a instalarnos en casa —corta Norma para evitar que continúe la conversación—. Intentemos tranquilizarnos. Vamos a la parada de taxi, anda.</p> <p>—¿Qué tal está <i>Escoria</i>? —pregunta Metáfora—. ¿Se recuperó de sus quemaduras?</p> <p>—Sí. Está otra vez en su casa —señala Adela—. Está bien, pero tiene mucho miedo de que la vuelvan a atacar.</p> <p>—Iremos a verla —digo—. Debemos protegerla. Esos canallas todavía están sueltos.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Lo peor de volver a casa después de un largo viaje es que las estancias están frías. Espero que la calefacción funcione bien y nos proporcione pronto la temperatura adecuada.</p> <p>Cada uno entra en su habitación y se acomoda. Reconozco que estoy inquieto. Esta aparente tranquilidad me enerva.</p> <p>—Tengo muchas ganas de ver a <i>Sombra</i> —digo—. <i>Patacoja</i> me va a acompañar a verle. Espero que todo esté mejor que cuando lo dejamos.</p> <p>—Voy contigo —se ofrece Metáfora—. También quiero verle.</p> <p>—Yo iré más tarde —dice papá—. En cuanto acabe de resolver unos asuntos urgentes. Tengo que ir al banco.</p> <p>—Se lo diremos —le aseguro—. No te preocupes.</p> <p>Bajamos a la calle y nos encontramos con Cristóbal, que viene a la carrera. Después de tanto tiempo, nos alegra mucho verle.</p> <p>—¡Amigos! ¡Qué tal vuestro viaje? —nos pregunta, ansioso de que le contemos detalles—. Ya empezaba a pensar que no volveríais a Férenix.</p> <p>—Ha sido un viaje corto pero excitante —le explico—. No te puedes hacer ni idea de las cosas que nos han pasado. Bandidos del desierto, tiros...</p> <p>—Una gran aventura —añade Metáfora—. Igual que una película.</p> <p>—Me hubiera gustado ir con vosotros —dice Cristóbal—. Me dais envidia... Cada vez que pasaba por la tienda de armas y veía <i>Excalibur</i>, me acordaba de vosotros.</p> <p>—¿Te conté que fuimos a visitar al espadista?</p> <p>—¿Qué os dijo? ¿Os explicó de dónde ha sacado el diseño de <i>Excalibur</i>? ¿Cómo hace las espadas?</p> <p>—Nos mostró algunas cosas interesantes —dice Metáfora—. Nos dejó ver un dibujo medieval que le ha servido de inspiración para crearla.</p> <p>—¿Quieres decir que es un diseño original de la época del rey Arturo? —pregunta, asombrado.</p> <p>—Pero no del Arturo que tú piensas, sino de Arturo Adragón —le corrijo—. El que creó Arquimia.</p> <p>—Vaya, y yo que pensaba que era una espada creada por Merlin, el mago —dice con decepción.</p> <p>—Pues no. Creo que esa espada está creada por un alquimista que no tiene nada que ver con Merlin —le digo—. ¿Qué ha pasado por aquí? ¿Está todo en orden?</p> <p>—Como siempre... Pero tengo una buena noticia que daros... Una buenísima noticia...</p> <p>—Cuenta, cuenta, no nos tengas en ascuas —pide Metáfora.</p> <p>—¡Mireia! —exclama—. ¡Me ha dicho que quiere salir conmigo!</p> <p>Metáfora y yo nos miramos, asombrados.</p> <p>—¿Qué has dicho? —pregunta ella.</p> <p>—Pues eso, que se ha rendido a mis pies —contesta Cristóbal, rebosante de alegría—. ¡Creo que vamos a ser novios!</p> <p>—Pero si es mayor que tú... Además, siempre te ha tratado con desprecio —replico—. No lo entiendo.</p> <p>—Es muy sencillo —dice con naturalidad—. Se ha enamorado de mí. ¿Es tan difícil de entender?</p> <p>—No, no... Lo que pasa es que... yo creía que estaba enamorada de Horacio —dice Metáfora.</p> <p>—Yo también pensaba lo mismo —reconozco—. Por eso me cuesta trabajo entenderlo.</p> <p>—Vaya, creía que éramos amigos —responde, un poco suspicaz—. Y ahora resulta que me tratáis como a un idiota.</p> <p>—No te enfades, hombre —digo—. Es lógico que nos cueste trabajo aceptar una cosa distinta de la que habíamos pensado. Me alegro por ti.</p> <p>—Yo también —añade Metáfora—. Claro que sí, aunque creo que Mireia gana con el cambio.</p> <p>—Desde luego, tú eres mejor persona que ese...</p> <p>—Oye, Arturo, no te metas con mis amigos, ¿vale? —me increpa en plan agresivo—. Horacio es un buen amigo y no dejaré que le insultes.</p> <p>—Perdona, pero... —Metáfora me mira, asombrada—. ¿Es que no recuerdas que Horacio no ha dejado de meterse con Arturo? ¿Has olvidado todo lo que ha pasado?, ¿que intentó pegarle?</p> <p>—Eso es agua pasada —responde—. Las cosas han cambiado. Ahora todos nos vamos a llevar muy bien. No quiero dar disgustos a Mireia. ¿Cuento con vosotros?</p> <p>—Claro que sí —contestamos al unísono.</p> <p>—Entonces iremos juntos a tomar algo y sellaréis la paz con Horacio. Eso hará muy feliz a Mireia.</p> <p>—Cuando tú nos digas —dice Metáfora.</p> <p>—Estamos a tus órdenes, Cristóbal.</p> <p>—No quiero más peleas entre vosotros —dice en plan autoritario—, ¡Las discusiones se han terminado!</p> <p><i>Patacoja</i> se acerca y nos saluda.</p> <p>—¿Nos vamos? —pregunta—. Ya es un poco tarde.</p> <p>—Cristóbal, tenemos que ir a la Fundación —le digo, a modo de despedida—. Nos veremos en el instituto.</p> <p>—Os llamaré para reunimos con Horacio —confirma mientras se marcha—. ¡No me falléis!</p> <p><i>Patacoja</i> está un poco distraído, impaciente.</p> <p>—¿Qué te ocurre? —le digo—. Te veo nervioso.</p> <p>—No estoy seguro, pero tengo la impresión de que alguien me vigila. Incluso he tenido la sensación de que nos seguían desde el aeropuerto.</p> <p>—Tus impresiones suelen resultar acertadas —dice Metáfora—. Aunque, sinceramente y por nuestro bien, espero que esta vez te equivoques.</p> <p>—Ojalá. Pero no puedo evitar sentir que hay ojos que nos observan —responde <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Pues tengamos cuidado —digo—. Ya sabemos que hay gente que quiere perjudicarnos. Y si tú lo dices, puede ser cierto.</p> <p><i>Patacoja</i> y Metáfora tratan de relajar el ambiente, pero no lo consiguen. Sabemos por experiencia que los ataques pueden hacerse realidad en cualquier momento.</p> <p>—Podemos ir por la calle central, que está muy transitada —sugiere <i>Patacoja</i>—. Cuanta más gente haya a nuestro alrededor, menos peligroso será.</p> <p>—Esa regla no funciona —digo—. Recuerda cuando nos dispararon desde aquel coche. Había mucha gente y ya ves lo que pasó.</p> <p>—Es verdad, pero es peor caminar por calles solitarias —asevera Metáfora—. No se lo pongamos fácil.</p> <p>Aprovechamos que es una hora de mucho tráfico para deslizamos entre la muchedumbre y evitar sorpresas.</p> <p>—Por cierto —dice <i>Patacoja—</i>, se me había olvidado contarte una cosa. No sé, a lo mejor no tiene demasiada importancia.</p> <p>—Ahora todo es importante —le digo—. Cuéntamelo.</p> <p>—Pues verás, el día que Adela y yo fuimos a comprar esta dichosa pierna ortopédica, vimos algo que me llamó la atención. El inspector Demetrio hablaba con un dependiente. Cuando nos vio, se marchó deprisa, sin saludarnos. Como si no le hubiera gustado encontrarse con nosotros.</p> <p>—¿Qué hacía él en una tienda de prótesis?</p> <p>—No sé. Ya te digo que no tuvimos tiempo de hablar con él.</p> <p>—La gente va a esos sitios solo para ponerse un aparato ortopédico —dice Metáfora.</p> <p>—¿En una pierna, por ejemplo? —pregunto.</p> <p>—Por ejemplo... —responde—. A ver si va a resultar que Demetrio es el hombre que buscamos.</p> <p>—Solo tienes que pedirle que te enseñe su pierna para asegurarte —sugiere <i>Patacoja</i>.</p> <p>—No te quepa duda de que lo haré —digo—. Y ahora, prestemos atención a lo que nos rodea. No quiero llevarme un disgusto.</p> <p>—No hay que preocuparse demasiado —afirma Metáfora—. Casi nadie sabe que hemos llegado.</p> <p>—No te fíes, Arturo —advierte <i>Patacoja</i>—. En la aduana han visto vuestros pasaportes, así que os tendrán controlados.</p> <p>Metáfora y yo nos miramos. Recordamos que, efectivamente, hemos tenido que mostrar nuestra documentación a los agentes. Si la teoría de la conspiración es cierta, nuestros enemigos ya saben que estamos aquí. Así que nos conviene extremar las precauciones.</p> <p>—De todas formas, estamos cerca de la Fundación —digo para tranquilizarlos—. No nos pasará nada.</p> <p>No he terminado de hablar, cuando descubro que estoy equivocado. Y es que la sensación de peligro siempre viene acompañada de cierta inquietud.</p> <p>El rugido de un motor nos avisa de la amenaza que nos acecha: ¡un camión se lanza hacia nosotros!</p> <p>—¡Cuidado! —advierte <i>Patacoja</i> con todas sus fuerzas, para avisarnos del peligro—. ¡Cuidado!</p> <p>Su grito consigue alarmarnos, pero es tarde. La bestia de metal está a punto de aplastarnos. Apenas me queda tiempo para pedir ayuda a mi protector.</p> <p>—¡Adragón! ¡Deprisa!</p> <p>El dragón se despega de mi frente y vuela raudo hacia el gran camión. Se coloca delante de la cabina y, con su extraordinario poder, presiona para detener la máquina, que ruge con más fuerza. Consigo ver la cara del conductor, que me mira con rabia.</p> <p>—¡Arturo! —grita Metáfora—. ¡Quítate de ahí!</p> <p>Pero no me muevo. He decidido hacer frente al peligro. Quiero que todo el mundo sepa que no voy a asustarme por estos ataques. Quiero que, si el hombre de una sola pierna o alguno de sus secuaces presencian la escena, se den cuenta de que ya no les tengo miedo y de que les voy a plantar cara. Que lo tengan claro.</p> <p>Adragón consigue detener el camión, cuyas ruedas derrapan sobre el asfalto.</p> <p>—¡Baja de ahí! —ordeno al conductor—. ¡Ven aquí, canalla!</p> <p>Está claro que no tiene intención de hacerme caso.</p> <p>—¿Prefieres que suba yo a buscarte? —le amenazo.</p> <p>Entonces saca una gran escopeta de debajo del asiento, se asoma por la ventanilla y me apunta, decidido a disparar a bocajarro.</p> <p>Pero esta vez me he adelantado. He abierto mi camisa y mi ejército de letras vuela hacia él y le envuelve igual que un enjambre de avispas rabiosas. Cuando consigue disparar, lo hace hacia el cielo y los proyectiles se pierden en el espacio.</p> <p>—¡Ríndete! —le ordeno—. ¡Ya no puedes hacer nada!</p> <p>Ahora que el arma está en poder de las letras, Adragón se acerca peligrosamente a su rostro, para que constate que su oportunidad ha pasado.</p> <p>—¡Vamos, no hagas más tonterías! —le advierto—. Esto se ha terminado.</p> <p>Por fin ha comprendido que ya no puede hacer nada. Está aterrorizado por la presencia de las letras y por la cercanía de Adragón.</p> <p>—¡Eres un hechicero! —grita—. ¡Tenían razón! ¡Brujo!</p> <p>—Deja de decir tonterías —replico—. Desciende y hablemos. Dime quién te ha enviado.</p> <p>El individuo abre la puerta y se apea, dispuesto a rendirse. Da la impresión de que ha perdido las ganas de luchar...</p> <p>¡Bang!</p> <p>¡Le han disparado!</p> <p>¡Alguien acaba de matarle!</p> <p>—¡Al suelo! ¡Al suelo! —aviso, mientras intento protegerme.</p> <p>Escucho los neumáticos de un coche que derrapan sobre el asfalto. Miro hacia atrás y veo un vehículo que huye a toda velocidad.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>III</p> <p>L<style name="versalita">A MALDICIÓN DE </style>A<style name="versalita">RQUIMIA</style></p> </h3> <p>—Alexia, Arquimaes y Émedi alzaron la vista para mirar en la dirección que Arturo les indicaba.</p> <p>—¡No es posible! —exclamó, incrédulo, Arquimaes—. ¡No puede ser! —¡Padre! —susurró Alexia, atónita—. ¿Por qué me haces esto?</p> <p>Émedi ni siquiera pudo pronunciar palabra cuando vio que una bestia de terribles proporciones, que echaba fuego por la boca y estaba provista de alas gigantescas, venía hacia Ambrosia, escoltada por varias docenas de seres voladores de diversos tamaños.</p> <p>—¡Es el fin! —exclamó Alexia—. ¡No podremos con ellos!</p> <p>—¡Adragón! —bramó Arturo—. ¡Necesito tu poder!</p> <p>El dibujo cobró vida y se despegó de su frente. Las letras, bajo las órdenes de su jefe, se colocaron en formación militar, listas para atacar.</p> <p>La monstruosa bestia gigantesca volaba directamente hacia Arturo. Los demás animales, alentados por su llegada, redoblaron sus esfuerzos y atacaron con más ahínco. El Ejército Negro rompió filas para proteger a los indefensos campesinos y a sus familias.</p> <p>Arturo se preparó para recibir el brutal impacto que se produciría cuando el dragón mutante chocara contra él. Se subió a lo más alto del pabellón, con la espada alquímica en la mano, y llamó la atención de la enorme fiera para desafiarla.</p> <p>—¡Aquí estoy! ¡Aquí te espero!</p> <p>Demónicus profirió un rugido tenebroso que anunciaba que no iba a tener piedad con el insecto que le retaba. Sobrevoló dos veces el palacio, volvió al lugar de la celebración, apuntó directamente al cuerpo de Arturo y se lanzó en picado hacia él.</p> <p>Arturo clavó los pies en el suelo y tensó los músculos para afrontar el bestial encuentro.</p> <p>Adragón, al mando de las letras, se interpuso en el camino del gigante negro. Pero el golpe que el gigante volador propinó a Arturo apenas resultó amortiguado, tal era el empuje que traía.</p> <p>Mientras rodaba por el suelo, Arturo escuchó los gritos de dolor de los arquimianos que caían fulminados, y sintió una impotencia infinita. Hubiera dado la vida por salvar a su gente. Pero no estaba en condiciones de responder a la terrible bestia demoniquiana que le atacaba.</p> <p>Arquimaes se acercó a Arquitamius y le hizo una petición:</p> <p>—¡Hazlo, maestro, por lo que más quieras!</p> <p>—¿Sabes lo que me pides, Arquimaes? ¿Sabes lo que significa y lo que puede ocurrir?</p> <p>—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Pero si no lo haces, Arturo desaparecerá y ya no habrá esperanza! ¡Yo no puedo salvarle, pero tú sí! Arquitamius dudó un instante, pero finalmente dijo:</p> <p>—¡Está bien! ¡Haré lo que me pides!</p> <p>El anciano corrió hacia Arturo, que se revolcaba en el suelo mientras intentaba recuperarse del brutal impacto, y le prestó ayuda. El joven caballero, aún aturdido y con una herida sangrante en la mano izquierda, notó cómo el sabio le agarraba del brazo para que se incorporase.</p> <p>—Arturo, ¿crees en la fuerza de Adragón? —le preguntó Arquitamius—. ¿Crees ciegamente en él?</p> <p>—Claro que sí, maestro. Es el símbolo de la justicia y de la libertad. Daría mi vida por él.</p> <p>—¡Sea pues! —dijo el anciano alquimista, mientras le abrazaba—. ¡Vive en él! ¡Vive en Adragón!</p> <p>Asió al joven con los dos brazos, cogió la espada alquímica, la colocó frente a él y le dio un beso en la frente, justo donde solía estar la cabeza del dragón.</p> <p>—¡El aliento de Adragón te dará una nueva vida! —exclamó—. ¡Ya eres El!</p> <p>Arturo notó que su cuerpo sufría una terrible convulsión. En todo su ser latía un impulso sobrenatural que no fue capaz de controlar.</p> <p>—¡Aguanta, Arturo! —le pidió Arquitamius—. ¡No te muevas, pase lo que pase!</p> <p>Adragón y las letras, como si supieran que Arturo los necesitaba, le rodearon para darle protección. Varios pajarracos oscuros se dirigían hacia el joven, pero lograron detenerlos a tiempo. Alexia no dejaba de golpear con su espada para defender a Arturo.</p> <p>—¡Fuera de aquí, bestias malditas! —gritaba mientras cercenaba cabezas de alimañas—. ¡Volved a vuestra cueva!</p> <p><img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i8"/>Arturo se sintió paralizado e incapaz de hacer un solo movimiento. La sangre ardía en sus venas y su corazón se había acelerado.</p> <p>—¿Qué me ocurre, maestro? —preguntó.</p> <p>—¡Algo bueno, Arturo! ¡Te vas a convertir en un ser especial!</p> <p>A su alrededor, los siervos de Demónicus asesinaban sin piedad a todos los que lograban atrapar. El fuego se había extendido por todo el campamento y las tiendas regias eran ahora pasto de las llamas. Los caballos, nerviosos, relinchaban sin cesar y trataban de deshacerse de sus jinetes para escapar de aquel infierno de gritos, humo y dolor.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Mezclados con la multitud, Morfidio y Escorpio avanzaban inexorablemente hacia su objetivo.</p> <p>Cada paso les costaba un esfuerzo tremendo. Un pájaro dragón se dirigió directamente hacia Morfidio, y solo la perspicacia de Escorpio le salvó la vida.</p> <p>—¡Cuidado, mi señor! —le gritó—. ¡A la derecha!</p> <p>El conde giró sobre sus talones y se encontró con una bestia que se dirigía hacia él. Alzó su espada en el último momento y consiguió trinchar al animal de un golpe certero y preciso. La sangre se esparció sobre su cuerpo y el olor le enfureció aún más. Ahora sí se sentía poseído por una furia incontenible.</p> <p>Avanzaron entre heridos, muertos y objetos rotos. Nada podía impedir su marcha. Morfidio estaba desquiciado. La oportunidad de abatir a su enemigo, al que tenía relativamente cerca, le animaba a seguir adelante en vez de huir, que habría sido lo más prudente.</p> <p>Cordian y sus hombres formaban la última barrera para alcanzar a Arquimaes, pero luchaban con ferocidad y estaban bien coordinados. Eran un verdadero problema para los planes asesinos de Morfidio.</p> <p>—¡No podremos cruzar ese cordón de pretorianos! —advirtió Escorpio—, ¡Es mejor que desistamos!</p> <p>—¡No! ¡De ninguna manera! —gritó Morfidio, empeñado en continuar—, ¡Hay que intentarlo!</p> <p>Escorpio, preocupado por la enajenación de su jefe, decidió que a partir de ese momento se ocuparía de sí mismo. Si el conde se había vuelto loco, él no estaba dispuesto a sufrir las consecuencias.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Émedi y Arquimaes se abrieron camino hasta Arturo. La espada de plata estaba teñida de rojo oscuro, igual que la túnica del alquimista.</p> <p>Crispín, que no había perdido detalle del ataque de Demónicus, liquidó a varios bichos que le rodeaban y corrió hacia el caballero, dispuesto a dar su vida por él.</p> <p>Pero Arturo, que sufría una tremenda convulsión, estaba paralizado y no podía pensar con claridad.</p> <p>A los lejos, Demónicus volaba triunfante rodeado de sus siervos, que no dejaban de graznar. Sabía que la victoria era suya. La sorpresa del ataque y la magnitud del mismo habían dejado a los arquimianos sin fuerzas.</p> <p>El Ejército Negro estaba descontrolado, sin saber a quién obedecer ni qué hacer, al borde del caos.</p> <p>Al gigante destructor solo le quedaba aniquilar a Arturo Adragón y el poder total sería suyo, para siempre. Y con esa supremacía llegaría la recuperación de su hija Alexia, que aseguraría la línea sucesoria. ¡Si la casaba con Horades, el linaje del reino demoniquiano estaba garantizado!</p> <p>Adragón se colocó sobre la frente de Arturo, que seguía en fase de transformación. El joven había crecido considerablemente y su piel había adquirido un tono oscuro y brillante. De su cabeza sobresalían ahora unos pequeños cuernos y en su espalda acababan de nacer dos alas.</p> <p>Cuando la metamorfosis terminó, Arturo se había convertido en un auténtico dragón negro, casi idéntico al Gran Dragón de la cueva, tanto, que parecía hijo suyo. La corona alquímica se había integrado en su estructura ósea y formaba parte de su cabeza, lo que le distinguía como el rey de los dragones.</p> <p>—¡Defiéndete, Arturo! —ordenó Arquitamius—. ¡Lucha como un rey! ¡Lucha como el rey de Arquimia!</p> <p>Arturo miró a sus amigos y se adaptó definitivamente a su nueva forma. Su rostro, que era el de un dragón, le confería una estampa de ferocidad impresionante. El gruñido de Demónicus, que ahora volaba sobre sus cabezas, le devolvió a la realidad.</p> <p>Arturo Adragón batió sus grandes alas y emprendió el vuelo hacia su enemigo. Mientras, abajo, en el suelo, la encarnizada lucha seguía adelante, con importantes pérdidas en las filas arquimianas a pesar de que se defendían con bravura. Los pajarracos y los mutantes con cabeza de dragón eran demasiado numerosos y feroces como para ganarles la batalla.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IV</p> <p>L<style name="versalita">OS ENEMIGOS SE CRECEN</style></p> </h3> <p>El inspector Demetrio me mira con esa expresión tan peculiar que me hace sentir culpable. A nuestro alrededor, policías, enfermeros y mucho público abarrotan el lugar. Los servicios médicos han cubierto el cadáver del camionero con una manta y el vehículo es estudiado por los peritos policiales.</p> <p>—Siempre igual, muchacho —dice en tono de reproche—. Cada vez que pasa algo grave, ahí estás tú. No sé cómo te las apañas.</p> <p>—Si hiciera usted bien su trabajo, nada de esto pasaría y nadie intentaría matarme. Ya le avisé de que los intentos continuarían.</p> <p>—Es increíble —responde con todo el cinismo—. Acabarás por echarnos la culpa de lo que te ocurre. Empiezo a preguntarme qué has hecho para que intenten asesinarte, si es que de verdad quieren hacerlo. Podías explicármelo.</p> <p>—¡Arturo no ha hecho nada! —protesta Metáfora—, ¡Todo el mundo sabe que hay una organización que le persigue!</p> <p>—Vamos, vamos, por favor. No me cuentes historias fantásticas.</p> <p>—Entonces, ¿quién intenta acabar conmigo? —insisto—. ¿Quién ha asesinado a este hombre?</p> <p>—Ya lo averiguaremos. ¡Pero no conozco ninguna organización del tipo que sugieres!</p> <p>—¿No? ¿Cree que esto es casual?</p> <p>—Yo mismo te previne de que corrías peligro, pero no creo que haya ninguna trama —contesta el inspector—. Me has contado tantas mentiras que empiezo a pensar que eres el auténtico culpable de lo que te pasa. Explícame a qué vienen todos estos actos de violencia. Dime qué hay en ti que atrae a tantos delincuentes y asesinos.</p> <p>—¿Asesinos y delincuentes? —exclamo, lleno de indignación—, ¡Eran hombres que trabajaban bajo sus órdenes! ¡Policías en activo!</p> <p>—Esa acusación es muy grave, Arturo —responde—. Pero si lo crees de verdad, denúncianos. ¡Denuncia a la policía! ¡O márchate de Férenix!</p> <p>—¡Descubriré a los que quieren matarme, sean quienes sean! —le advierto—, ¡Da igual quién esté detrás! ¡Y no me iré de aquí!</p> <p>—¡Ya está bien, chico! Estamos aquí para esclarecer este crimen, no para que me relates fantasías y mentiras. ¡Te exijo que me cuentes qué ocurrió! ¡Y quiero detalles verosímiles, no invenciones! ¿Quién le ha disparado?</p> <p>—Ya se lo hemos explicado —ruge Metáfora—. ¡Ese camión se lanzó contra nosotros! ¡Y no hemos visto al asesino del conductor!</p> <p>—Se escapó en un coche —añado—. Yo lo vi. Era un Ford azul.</p> <p>—Explícame por qué no os atropello. Quiero saber qué le impidió convertiros en puré.</p> <p>—El camión se le fue de las manos —inventa <i>Patacoja</i>, para no hablar de Adragón—. Pisó el freno y lo detuvo a pocos centímetros de nosotros.</p> <p>—Vaya, ahora resulta que el supuesto asesino se arrepintió. Así que soy libre de pensar que el camión perdió el control y que el conductor frenó a tiempo y consiguió impedir el atropello. Pero eso no explica por qué le pegaron un tiro... ¿Quién lo mató? ¿Dónde está el arma homicida?</p> <p>—¡No puedo creer lo que oigo! —exclama Metáfora, asombrada—, ¡Nos acusa de haber matado a ese hombre!</p> <p>—¡No os acuso de nada! —grita Demetrio—. ¡Os interrogo! Pero es mejor que vayamos a terminar esta conversación a la comisaría. Venga.</p> <p>—Claro, donde no haya público —dice <i>Patacoja</i>.</p> <p>—¿Qué ha dicho? —pregunta el inspector.</p> <p>—Nada, nada. Vamos donde usted diga.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Acabamos de llegar a casa. El interrogatorio ha sido duro, pero hemos salido bien. Eso sí, hemos tardado tanto que ni siquiera hemos ido a ver a <i>Sombra</i>. Entro en el salón y veo que papá mira la televisión. Nos recibe con la cara que suele poner cuando está disgustado. Seguro que ya se ha enterado del episodio del camionero y de todo lo demás.</p> <p>—Ha vuelto a ocurrir, ¿verdad? —pregunta.</p> <p>—Sí, papá. Lo han intentado de nuevo —reconozco.</p> <p>—Ya te avisé. Te lo advertí. Y no cejarán hasta que lo consigan. ¡Deberíamos irnos de Férenix antes de que sea tarde!</p> <p>—Vaya, es la segunda vez que me dicen lo mismo —digo—. Pero no me iré. Me quedo, papá. No huiré.</p> <p>—Te matarán. Son peligrosos.</p> <p>—Si ese es mi destino, que se cumpla.</p> <p>—Nos asesinarán a todos —insiste.</p> <p>—¿Por qué si es a mí a quien buscan?</p> <p>—No solo te quieren a ti —dice—. Pretenden acabar con lo que tú representas. ¡Quieren acabar con...!</p> <p>—¿Con qué? ¿Con quién? ¡Dímelo!</p> <p>—¡Con los Adragón! ¡Quieren borrar de la tierra todo lo que simboliza! ¡Nos odian a muerte! ¡Vámonos a otro país, lejos, muy lejos! Donde no nos puedan encontrar. ¡Empecemos una nueva vida, hijo!</p> <p>—No podemos huir, papá. Llevo el signo de Adragón en la frente. Siempre estará conmigo.</p> <p>—¡Se puede borrar! ¡Hay una forma!</p> <p>—¿Cómo? ¿Dices que Adragón se puede suprimir?</p> <p>Norma se ha puesto en pie y Metáfora se ha acercado y me ha colocado la mano sobre el hombro. Las palabras de papá nos han dejado atónitos.</p> <p>—¿Estás seguro de lo que dices, cariño? —pregunta Norma.</p> <p>—¿Cómo se quita? —insiste Metáfora.</p> <p>—¿Cómo sabes que se puede eliminar, papá? —le apremio—. ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Por qué no me lo dijiste antes?</p> <p>—Eso no importa. Sé que hay una forma de borrar ese dibujo... Lo sé muy bien...</p> <p>Su expresión delata que dice la verdad. Es cierto que sabe cómo se quita. Y lo sabe porque...</p> <p>—Tú te lo quitaste, ¿verdad papá? —pregunto.</p> <p>Me mira sin decir nada. Tiene la cara que suelen poner los niños sorprendidos en plena travesura.</p> <p>—¿Fue así? —insisto.</p> <p>—Eso no importa —dice.</p> <p>—Sí importa, papá. Claro que importa... Importa saber si tú también naciste con ese signo sobre la frente. Me interesa descubrir por qué renunciaste a él... ¿Qué hiciste?</p> <p>—Nada, no hice nada.</p> <p>—¿Cómo desapareció entonces? —pregunta Norma.</p> <p>—Se fue solo —reconoce.</p> <p>—Te abandonó —digo, acongojado—. Adragón te abandonó. Se retiró y te dejó. Por eso no lo quieres, has vendido nuestro apellido y ahora quieres que lo dejemos todo aquí. ¿Qué ocurrió, papá?</p> <p>Se deja caer sobre el sofá, sin fuerzas. Se tapa la cara con las manos y empieza a llorar.</p> <p>—No fue culpa mía —solloza—. ¡No fue culpa mía!</p> <p>Norma, Metáfora y yo nos miramos. Intuimos que estamos a punto de escuchar algo sorprendente.</p> <p>—Os garantizo que no cometí ninguna falta —reconoce—. ¡No hice nada!</p> <p>—¿Qué es lo que no hiciste, papá? —pregunto suavemente.</p> <p>—Traicionar a Adragón. Yo no le traicioné... Fue...</p> <p>—¿Quién? ¿Quién le traicionó?</p> <p>—No me atrevo a decirlo. No debo contarlo.</p> <p>—Tienes que hacerlo, papá —sentencio—. Necesito comprender todo lo que pasa con nosotros, con nuestra familia. Por favor, dime lo que ocurrió.</p> <p>Se quita las manos de la cara y me mira fijamente.</p> <p>—¡Fue Reyna! ¡Ella renegó de Adragón! —confiesa—. Perdóname por decírtelo. Lo siento mucho, Arturo.</p> <p>Me he quedado sin palabras. Apenas tengo fuerzas para indagar más, pero debo hacerlo, necesito profundizar hasta averiguar qué fue lo que aconteció.</p> <p>—Explícame qué sucedió, papá —le pido—. Te lo ruego.</p> <p>—Todos queremos saberlo —dice Norma—. Es mejor que lo cuentes. No nos dejes en la ignorancia, por favor.</p> <p>Papá nos mira, con los ojos llenos de lágrimas. Está desolado. Sabe que ha hablado de más y que ahora no le queda más remedio que terminar su historia.</p> <p>—Está bien, lo revelaré todo, pero tienes que prometerme que nos marcharemos de Férenix y que empezaremos una nueva vida en otro país, lejos de aquí —me dice—. ¡Promételo!</p> <p>—No, papá. No me iré a ningún sitio —le respondo con firmeza—. ¡Me quedaré aquí y seré un adragoniano de los pies a la cabeza. Es mi destino y no voy a renunciar a él. Pero quiero estar al tanto de lo que pasó. Tengo derecho a saberlo.</p> <p>—De acuerdo, ya que insistes tanto, te lo contaré todo... Todo... Llegué a este mundo con el dibujo sobre la frente, igual que tú —confiesa—. Lo tuve durante años. Crecí como tú, siendo la burla de todo el mundo, de mis compañeros, sin amigos. Cuando vi que también te pasaba a ti, intenté ayudarte no dándole importancia. Pero me equivoqué. Ese signo es una maldición.</p> <p>—Es un símbolo mágico que augura tiempos mejores —digo.</p> <p>—Pues lo que ha hecho con nosotros no tiene nada de positivo —dice papá—. Resulta cruel que algunos bebés nazcan así y que tengan que soportarlo durante el resto de su vida.</p> <p>—Ese signo nos distingue —insisto—. Es nuestro destino. Pero dejemos esta discusión, por favor. Sigue...</p> <p>—Había cumplido veinte años cuando conocí a Reyna. Entablamos una buena relación que creció y creció. Ella venía a la biblioteca en busca de información. Era historiadora y quería escribir el estudio definitivo sobre la reina Ginebra, la esposa del rey Arturo. Había viajado a Inglaterra y a otros países, además, para hacer reportajes sobre civilizaciones antiguas. Yo le ayudaba a localizar documentos y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos hicimos amigos, buenos amigos. Le llamaba mucho la atención el dibujo e incluso le llegó a parecer atractivo... Hasta que un día.</p> <p>Hace una pausa. Está claro que lo que va a contar le resulta doloroso.</p> <p>—Una noche salimos a cenar —dice mientras recupera las fuerzas—. Volvimos muy tarde y por la calle no había un alma. Ni siquiera pudimos encontrar un taxi. De repente, un tipo salió de un callejón con una navaja en la mano. Ella se asustó, yo me enfurecí y me dispuse a enfrentarme con él, pero... antes de que pudiera reaccionar, de forma inesperada... ¡Adragón salió de mi frente y le atacó!</p> <p>—¿Usaste el poder de Adragón? —le pregunto.</p> <p>—¡Yo no hice nada! ¡Actuó por su cuenta! ¡No pude impedirlo! ¡No lo controlé!</p> <p>—¿Y qué pasó? —pregunta Metáfora, impaciente—. ¿Qué sucedió?</p> <p>—Adragón le atacó con tal furia que el atracador huyó con un brazo destrozado y la ropa hecha jirones. Todo fue tan rápido y sorprendente que Reyna tuvo un ataque de ansiedad y me vi obligado a llevarla a un hospital. Luego, cuando se tranquilizó, me pidió que me lo quitara. Tenía miedo del poder de Adragón. Me dijo que no estaba dispuesta a casarse con alguien que tuviera una fuerza incontrolable semejante. Así que, o renunciaba a Adragón, o nunca se casaría conmigo.</p> <p>—¿Mamá quiso eso? —pregunto, muy sorprendido.</p> <p>—Ella solo sabía lo que había visto y estaba atemorizada. Aunque traté de explicarle que no se volvería a repetir, insistió en que desapareciera. No quería volver a saber nada de él. Entonces lo desconocía todo sobre sus poderes y sobre su significado.</p> <p>—¿Y renunciaste?</p> <p>—No había otra salida: ¡ella o Adragón! Así que tuve que optar y tomar una de las decisiones más importantes de mi vida, si no la más... A pesar de que Adragón me había hecho la infancia imposible, en el fondo, aquel poder en ciernes me tentaba. Ahora, con el paso del tiempo y con todo lo que he vivido, puedo afirmar que ese dibujo solo conlleva sufrimiento. Sí, renuncié a él.</p> <p>—¿Cómo lo hiciste? —pregunta Norma—. Eso no lo borra un dermatólogo ni un tatuador. Sabemos que el dibujo tiene vida.</p> <p><i>—Sombra</i> me ayudó. El me indicó lo que tenía que hacer. Su colaboración fue determinante.</p> <p>—¿Cómo te lo quistaste, papá?</p> <p><i>—Sombra</i> se ocupó de todo. Bajamos a la cueva del lago y las rocas negras. Allí me tapó los ojos con una venda y me hizo caminar por algunos túneles cuya existencia yo desconocía y que jamás he vuelto a localizar. Después de varias horas, llegamos a una inmensa gruta en la que había un gran dragón fosilizado, igual que una estatua. Allí me quitó la venda y estuve postrado a sus pies hasta que el dibujo desapareció. Mi cuerpo quedó limpio de manchas. De esta forma me liberé del poder de Adragón. Luego, cuando se lo enseñé a Reyna, ella accedió a casarse conmigo. Eso es todo.</p> <p>—A lo mejor, si Reyna hubiera visto que Adragón está al servicio del bien y de la justicia, no te hubiera insistido —dice Metáfora—. Yo tuve la suerte de descubrir su verdadera fuerza.</p> <p>—Reyna ignoraba quién es Adragón.</p> <p>Tengo un millón de preguntas que hacerle, pero necesito digerir esta extraña historia. Ahora resulta que papá renunció al extraordinario poder de Adragón para complacer a mamá. ¡Asombroso!</p> <p>—Pero, papá, tú debías de saber algo sobre Adragón. Alguien te habría contado lo que significaba. Seguro que <i>Sombra-Sombra</i> me había explicado varias cosas, sí. Ya sabes que es un gran narrador de historias.</p> <p>—Y que lo digas. La de veces que, de pequeño, me quedaba embobado durante horas mientras escuchaba sus relatos. Es curioso porque, a la vez, es muy reservado y nunca suelta prenda.</p> <p><i>—Sombra</i> siempre ha medido bien sus palabras.</p> <p>De todas las preguntas que tengo, hay una que deseo hacer especialmente:</p> <p>—Papá, ¿tú también soñabas?</p> <p>—Claro, igual que tú.</p> <p>No me lo puedo creer. Norma interviene y me saca de mis pensamientos...</p> <p>—Un momento. <i>Sombra</i> te ayudó a descifrar el pergamino de Arquimaes. Y sin embargo, la resurrección de Reyna no ha funcionado.</p> <p>—Ni lo hará nunca —reconoce papá—. Yo no lo sabía, pero al renunciar a Adragón me desprendí de todo. Cuando ella murió, quise hacer un pacto con él a través de <i>Sombra</i>; sin embargo, ya era demasiado tarde: Adragón tenía un nuevo rey.</p> <p>—¿Estás seguro? —pregunto.</p> <p>—Parece ser que la imagen que llevas en la frente te señala como mi sucesor. De alguna manera, abdiqué y te transmití todo su poder.</p> <p>—Pero ese dibujo... —comienza Norma.</p> <p>—Ese «dibujo» es muy especial —dice papá, en dirección a Adragón—. Es un ser que cobra vida cuando se le invoca. <i>Sombra</i> me comentó queque...</p> <p>—¿Qué? ¿Qué te comentó?</p> <p>—Pues que ese dibujo es el primer Arturo Adragón. El que creó y dirigió el Ejército Negro y concibió Arquimia. Por eso cobra vida cuando lo necesitas, Arturo. ¡Arturo se reencarnó en ese dibujo!</p> <p>—¿Qué dices, papá? ¡Eso es imposible!</p> <p>—¡Es verdad! ¡El dibujo adragoniano está vivo! ¡Es el primer Arturo Adragón! ¡Te lo aseguro!</p> <p>Me ha dejado atónito, sin palabras.</p> <p>—Arturo, todo esto te ensalza —interviene Norma de cara a mi padre—. Te despojaste de Adragón por amor. Tu decisión fue la correcta. Gracias a ella trajiste a este mundo a tu hijo Arturo, que va a cumplir su destino y a recuperar el reino de Arquimia. Está bien. Todos hemos ganado.</p> <p>Parece que la conversación ha terminado, pero papá vuelve a la carga.</p> <p>—¿Qué te dijo el abuelo? —me pregunta, afrontando el tema por primera vez—, ¿Te habló de mí?</p> <p>—Me contó que los sueños le volvieron loco y me aconsejó que abandonara Férenix y que renegara de Adragón... Me dijo que se acordaba mucho de ti.</p> <p>—¿De verdad dijo eso?</p> <p>—Sí, papá —le aseguro mientras cruzo una mirada de complicidad con Metáfora—. También manifestó que te echaba de menos.</p> <p>Tengo la impresión de que se ha emocionado, pero no puede decir nada más porque mi móvil acaba de sonar. Es <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Hola, amigo, ¿qué hay de nuevo? —le saludo.</p> <p>—¡Tienes que venir enseguida, Arturo!</p> <p>—¿Dónde estás?</p> <p>—En casa de <i>Escoria</i>. ¡Corre, ven!</p> <p>De fondo oigo la sirena de una ambulancia.</p> <p>—¿Qué pasa ahí? ¿Qué ocurre?</p> <p>—¡Date prisa, Arturo! —me apremia antes de cortar la comunicación.</p> <p>—¿Qué sucede? —pregunta Metáfora al ver mi rostro alarmado.</p> <p>—No lo sé, pero tengo que irme —digo—. Creo que le ha pasado algo a <i>Escoria</i>.</p> <p>—Iremos contigo —dice Norma.</p> <p>—No, es mejor que os quedéis —asevero—. No salgáis de aquí hasta que os avise.</p> <p>—Yo sí voy —afirma Metáfora—. No te dejaré solo.</p> <p>Estoy a punto de marcharme, pero me queda una última cuestión:</p> <p>—¿Por qué no me quitaste el dragón? —le pregunto.</p> <p>—No tengo poder para hacerlo. Y <i>Sombra</i> nunca quiso ayudarme. El dragón es tuyo y solo tú puedes decidir qué debes hacer con él.</p> <p>No respondo. Creo que tiene razón, es decisión mía.</p> <p>—Imagino que se arrepintió —susurra papá.</p> <p>—¿Quién se arrepintió? —le increpo—. ¿El abuelo?</p> <p>—Reyna. Cuando ya estábamos casados, embarazada de ti, me dijo que se había equivocado con Adragón. Estoy seguro de que siempre lamentó haberme pedido aquello.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>V</p> <p>D<style name="versalita">UELO A MUERTE</style></p> </h3> <p>Arturo Adragón batió sus alas con fuerza y se dirigió hacia Demónicus, que no pensaba rehuir el combate. Las dos criaturas míticas se aprestaron a luchar con todas sus fuerzas, dispuestas a vencer o morir y listas para perder hasta la última gota de sangre.</p> <p>El cielo se llenaba de humo que provenía de los pequeños incendios producidos por todo el valle de Ambrosia. La batalla era terrible y las pérdidas enormes. Arturo observó con rabia cómo su gente intentaba esquivar los ataques directos de los pájaros oscuros, casi siempre sin éxito.</p> <p>Los dos enemigos se elevaron por encima de las nubes y se ocultaron de la vista de todos. Allí, en soledad, sin más testigos que el sol, se prepararon para luchar. Había llegado la hora de la verdad y el momento de ajustar cuentas estaba cerca.</p> <p>Alexia, desde el suelo, intentaba verlos, pero ni siquiera avistaba sus siluetas. Nadie iba a presenciar el inicio del duelo entre la hechicería y la alquimia.</p> <p>Arriba, los dos contendientes se miraron directamente a los ojos. Flotaban el uno frente al otro mientras batían sus alas, pero el resto de su cuerpo, en completa tensión, apenas se movía. Todos los músculos se mantenían rígidos y las garras, listas, esperaban la orden de actuar.</p> <p>Demónicus dio el primer paso. Agitó con fuerza sus dos alas y emprendió el vuelo hacia Arturo, que, sin pensarlo dos veces, inició también el acercamiento.</p> <p>justo cuando estaban a punto de chocar de frente, Arturo hizo un falso movimiento y esquivó el envite de Demónicus. Inclinó la cabeza y logró pasar bajo la testa del Gran Mago. De esta manera evitó el choque frontal, pues no era conveniente, ya que la cabeza de Demónicus estaba adornada con varios cuernos largos y puntiagudos.</p> <p>Mientras eludía el encontronazo, Arturo se dio cuenta de que no estaba en el mejor lugar para luchar. Por eso decidió bajar a tierra y esperar a que Demónicus cayera en la trampa. En el suelo, Arturo podría contar con la ayuda de Arquitamius y Arquimaes. Alexia, que lo vio descender, comprendió su estrategia y sonrió, al igual que los dos alquimistas.</p> <p>Apoyó sus patas sobre una gran roca y se quedó quieto. Demónicus, desconfiado, dio algunas vueltas a su alrededor con la esperanza de descubrir qué artimaña podía tener prevista Arturo. Incluso le rozó con sus alas para provocarle.</p> <p>Pero Arturo no se movió. Esperó pacientemente a que Demónicus se decidiera a acortar la distancia que los separaba y aceptara un duelo cuerpo a cuerpo, en el suelo.</p> <p>Mientras tanto, los dos alquimistas habían decidido actuar. La situación era absolutamente desesperada. Los enemigos voladores habían caído sobre ellos de forma tan inesperada que no habían tenido tiempo de organizar ninguna defensa.</p> <p>Sabían que tenían pocas posibilidades de éxito. Los pájaros dragones les doblaban en número. Hombres, mujeres y niños corrían en desbandada, saltando sobre los cadáveres que sembraban el suelo para intentar escapar de la muerte. El horizonte era caótico y aquello no había hecho más que empezar. Si no se hacía algo enseguida, la masacre se convertiría en genocidio.</p> <p>Por eso los dos sabios habían acudido al pabellón de los monjes ambrosianos.</p> <p>—¡Amontonad esos libros aquí delante! —les ordenó Arquimaes—. ¡Rápido!</p> <p>Los frailes obedecieron la orden. En poco tiempo, los volúmenes que habían traído a la ceremonia estaban acumulados frente a ellos. Entonces, Arquitamius levantó los brazos e hizo una invocación:</p> <p>—¡Adragón! ¡Envía tus letras contra nuestros enemigos!</p> <p>Los libros se abrieron y un multitudinario enjambre de signos gráficos salió de su interior. La nube negra se desplegó y formó una muralla impenetrable.</p> <p>—¡Atacad! —ordenó Arquitamius—. ¡Libradnos de esas fieras!</p> <p>Las letras se esparcieron y se lanzaron inmediatamente a la búsqueda de dragones voladores; había comenzado la caza.</p> <p>Las letras, que ahora gozaban de una extraordinaria superioridad numérica, acorralaron a los pájaros dragón y el escenario empezó a cambiar. Ahora las bestias voladoras ya no atacaban, sino que trataban de salvar su propia vida. Por eso, después de las primeras escaramuzas en las que sus fuerzas se diezmaron, los pájaros invasores iniciaron una prudente retirada.</p> <p>Durante este tiempo, Arturo y Demónicus se habían tomado la medida. El Gran Mago Tenebroso, que no había detectado ningún peligro desconocido en Arturo, había decidido acercarse. Caminó a su alrededor y lo observó con atención. Gruñía y arrojaba fuego por la boca en busca de una reacción de Arturo que no terminaba de producirse. No sabía que este trataba de ganar tiempo. Demónicus actuaba con tranquilidad porque daba por hecho que acabaría con el joven caballero.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Morfidio se dio cuenta de que tenía la espalda de Arquimaes a pocos metros, sonrió. El problema es que estaba al lado de la reina Émedi, que tenía a su alrededor a los pretorianos. Sabía claramente que no podría conseguir su objetivo. Miró en derredor y vio a un soldado que manejaba una lanza con bravura. Se acercó por detrás, le asestó un espadazo en el costado y le quitó la lanza. Entonces la cogió con la mano derecha, la alzó y se preparó para arrojarla con todas sus fuerzas. Morfidio, que era un excelente cazador, estaba seguro de que daría en el blanco y de que atravesaría el corazón del alquimista.</p> <p>—¡Daos prisa, mi señor! —le apremió Escorpio, que le cubría la espalda—, ¡No podemos permanecer aquí más tiempo!</p> <p>Morfidio le ignoró. Puso toda su atención en apuntar bien. Calculó el peso del arma, la distancia y la fuerza necesaria para dar en el blanco, y lanzó la jabalina con toda la precisión de la que fue capaz.</p> <p>Pero no había previsto que un pájaro dragón iba a interponerse en el camino de la lanza y la iba a desviar con su propio cuerpo ensartado.</p> <p>El animal cayó sobre el hombro de Arquimaes, que se giró inmediatamente, justo a tiempo de ver a Morfidio, de espaldas, listo para huir. ¿Qué hacía allí? ¿Tenía algo que ver con Demónicus? En cualquier caso, no era el momento de distraerse; ya tendría tiempo de ajustar cuentas con el conde. Ahora tenía que prestar atención a su hijo, el rey Arturo Adragón, que estaba en un serio peligro.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>En ese momento, Arturo alargó la zarpa derecha y rasgó el cuello de Demónicus. Algunas escamas salieron disparadas, la carne se desgarró y la sangre brotó en cascada. El hechicero rugió con tanta fuerza que Arquimaes y Arquitamius se volvieron hacia él, a pesar de lo retirados que estaban. Arturo, que lo había hecho con esa intención, deseó que su plan hubiese funcionado.</p> <p>Demónicus se había cansado de jugar con su presa. Después de rebufar con intensidad, arrojó una gran llamarada roja para despistar a Arturo, que desvío la mirada para evitar el fuego, y fue entonces cuando se abalanzó sobre él, igual que un gato sobre un ratón. Así empezó la lucha cuerpo a cuerpo.</p> <p>Cuando dos enormes dragones se revuelcan por el suelo, la tierra tiembla, se levanta mucho polvo, hay rugidos, fogonazos descontrolados, golpes terribles, poderosos coletazos y mordiscos peligrosos. Y suele ganar el más experimentado.</p> <p>En ese instante, Arturo se vio en el suelo con Demónicus encima, que le pisaba el vientre y sujetaba sus brazos hasta el punto de tenerle prácticamente inmovilizado. Y temió por su vida.</p> <p>—¡Vas a morir, Arturo Adragón! —gruñó Demónicus—, ¡Has llegado al fin de tus días! ¡Te voy a descuartizar!</p> <p>—¡No podrás impedir que Arquimia sea un reino de justicia! —respondió Arturo.</p> <p>—¡Desperdigaré trozos de tu cuerpo por todo tu territorio! ¡Arquimia ha muerto antes de nacer, igual que tú!</p> <p>La mención de su nacimiento despertó la ira de Arturo, que intentó en vano deshacerse de las poderosas garras del hechicero. Estaba aprisionado y no podía liberarse.</p> <p>Demónicus se percató de la impotencia de su enemigo y rugió de alegría. Se disponía a lanzarle una dentellada mortal en el pescuezo cuando, de repente, ocurrió algo imprevisto.</p> <p>Miles de letras se agolparon sobre él y le atacaron sin piedad, clavándose en sus partes más débiles.</p> <p>Batió las alas para espantarlas, pero apenas logró que se alejaran unos metros, para arremeter otra vez contra él. No se dio cuenta de que había soltado a Arturo.</p> <p>No obstante, las letras insistían en castigarle. Entonces Arturo, para aprovechar la confusión, le lanzó un coletazo en la boca que lo derribó. El joven dragón, que estaba enfurecido, se levantó dispuesto a utilizar la ventaja en su propio beneficio, y se abalanzó sobre su contrincante. Golpeó de nuevo la cara del hechicero con otra certera sacudida y le lanzó hacia atrás, con lo que rodó por el suelo entre una inmensa polvareda.</p> <p>Demónicus, que no lograba liberarse de las letras, se vio en serio peligro y optó por replegarse. El castigo que le infligían era tan fuerte que no le quedó más remedio que huir, a pesar de que tenía el convencimiento de que estaba a punto acabar con Arturo. Era una buena ocasión, pero los pequeños seres negros ponían en peligro su vida. Así que emprendió el vuelo y se perdió entre las nubes, donde se unió a los pájaros dragones que habían sobrevivido al ataque de las letras, y se retiró junto a ellos.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VI</p> <p>A<style name="versalita">SESINATO SIN PRUEBAS</style></p> </h3> <p>Desde que he visto la columna de humo que salía de la casa de <i>Escoria</i>, he temido lo peor. Pero ahora que estoy cerca, creo que es más grave de lo que imaginaba. Coches de bomberos, policías y ambulancias rodean el viejo edificio en el que <i>Escoria</i> tiene su cuartel general.</p> <p>Adela y <i>Patacoja</i> corren hacia nosotros.</p> <p>—¿Qué ocurre aquí? —pregunto—. ¿A qué viene todo este barullo?</p> <p>—¡Ha pasado algo muy grave! —sentencia <i>Patacoja</i>.</p> <p>—¿Qué? ¡Dímelo de una vez! —le apremio.</p> <p>—¡Han matado a <i>Escorial</i> —dice—. ¡Y han robado los pocos libros que quedaban!</p> <p>—¿Quién ha sido?</p> <p>—No se sabe. Recibí una llamada de auxilio de <i>Escoria</i>, pero, cuando llegué, los bomberos y la policía ya estaban aquí.</p> <p>Veo cómo el inspector Demetrio da instrucciones a sus hombres.</p> <p>—¡Inspector! —grito—. ¿Puede explicarme qué ha pasado aquí?</p> <p>—Hombre, Adragón, qué raro, tú en mitad de un asunto turbio —responde fríamente.</p> <p>—¿Sabe quién ha asesinado a <i>Escoria</i>? —le pregunto, ignorando su provocación.</p> <p>—No estamos muy seguros todavía, pero al parecer ha sido un accidente. Ha podido quedarse dormida con el fuego encendido... Quizá una colilla... Todo ha ardido en cuestión de segundos.</p> <p>—Vamos, no trate de convencerme de que ha sido accidental —discrepo—, ¡Esto ha sido premeditado! ¡La han atacado!</p> <p>—¿Tienes pruebas de lo que dices? —me increpa—. Si es así, deberías entregármelas o pensaremos que eres cómplice... o encubridor...</p> <p>—¡No me hacen falta evidencias! ¡Pero si hasta han robado los libros de la Fundación!</p> <p>—¿Libros? ¿Qué libros?</p> <p>—¡Los que me guardaba! <i>\Patacoja</i> dice que se los han llevado!</p> <p>—¿Has visto quién? —le interroga directamente—. ¡Que los describa!</p> <p>—No, no señor, no puedo —responde mi amigo—. Solo sé que ya no están en su sitio. No he visto a nadie, pero apostaría a que aquí ha habido gente.</p> <p>—¿Cómo lo sabes? ¿Es que has entrado antes de que se produjera el incendio? No tendrás nada que ver con todo esto, ¿verdad?</p> <p>—¡Eh, un momento, inspector! —le interrumpo—. ¿No le acusará de haber provocado el incendio? ¿Es que no ha tenido bastante con lo del camión? ¿Qué pretende?</p> <p>—Yo no acuso a nadie de nada —contesta—. Solo cumplo con mi trabajo. Debo interrogarle para que me cuente con detalle todo lo que sabe y, sobre todo, qué hacían esos libros ahí dentro. Ten en cuenta que este edificio no se puede usar como almacén. Además, esos ejemplares de los que hablas pertenecen a la Fundación, que está bajo la administración del banco y del señor Stromber. ¿Te dio permiso para meterlos en este bloque en ruinas?</p> <p>—¿Qué desea, inspector? —inquiere Adela, muy enfadada—. ¿En vez de buscar a los verdaderos culpables piensa acusar a todos los inocentes que se encuentre por el camino?</p> <p>—No, señorita. De momento, no hay culpables de nada, ya que, como he dicho, esto suena a accidental. Pero acaban de aparecer nuevas pruebas que pueden dar un giro a la investigación. No tenía ni idea de que esto se hubiese convertido en el almacén ilegal de libros de una entidad privada. Volúmenes valiosísimos. Y tampoco sabíamos que el señor <i>Patacoja</i>...</p> <p>—¡Juan! ¡Se llama Juan Vatman! —le corrige Adela.</p> <p>—Bien, da igual cómo se llame —dice Demetrio—. Ahora sabemos que estuvo en el edificio poco antes de que se produjera el incendio. Y eso le convierte en sospechoso. El mismo lo ha confesado. Tendrá que venir a la comisaría a declarar.</p> <p>Un agente se acerca al inspector.</p> <p>—El cuerpo ya está en el coche fúnebre —dice—. Lo van a trasladar al depósito para practicarle la autopsia.</p> <p>—¿La llevarán al tanatorio? —pregunto.</p> <p>—No. Nadie ha reclamado el cadáver —explica el agente—. Lo enterrarán enseguida.</p> <p>—Ni hablar. Exijo que...</p> <p>—¡Yo reclamo el cuerpo de esa mujer! —dice Adela—. Queremos que lo lleven allí para velarlo respetuosamente.</p> <p>—No sé si es legal —dice Demetrio, en un intento de oponerse.</p> <p>—¡Claro que sí! —responde Adela—. Iré ahora mismo al juzgado a denunciarle si no atiende debidamente nuestra demanda.</p> <p>—Pero si ni siquiera conoce su verdadero nombre —le corta el agente—. Y si no sabe su nombre, no puede reclamar su cuerpo.</p> <p>—Se llamaba Gordania Cuevas. Era una periodista especializada en arqueología —detalla <i>Patacoja</i>—. Trabajó conmigo en varias excavaciones. Tenía treinta y cinco años. Quedó gravemente herida en un accidente que se produjo en la excavación de Angélicus que yo dirigía. Vivía en esta casa, de la que era propietaria, y no tenía más familia que... que yo. Soy su marido legal. Me llamo Juan Vatman, arqueólogo; no tengo domicilio fijo... pero sí derecho a reclamar su cuerpo. Gordania era mi esposa.</p> <p>—El señor Vatman tiene domicilio fijo —añade Adela—. Vive en mi casa desde hace tiempo. Yo soy Adela Moreno y voy a casarme con él. Así que todo está en regla, inspector.</p> <p>—Bien, pues presenten la documentación en el juzgado y acataremos las normas —acepta Demetrio—. Aunque les advierto: la investigación seguirá su curso.</p> <p>—¿Qué significa eso?</p> <p>—Que tiene que venir el juez para dar la orden de levantamiento del cadáver. Además habrá que hacer autopsia. Eso es lo que significa.</p> <p>—¿Cuándo podremos disponer de su cuerpo?</p> <p>—Pasarán al menos un par de días.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Está a punto de amanecer. Continuamos en el tanatorio, velando el cuerpo de <i>Escoria</i>. Hay un gran silencio y apenas ha venido nadie, salvo nosotros... <i>Patacoja</i>, Adela, Metáfora... Solo han publicado una mínima nota de prensa. Su muerte ha pasado prácticamente desapercibida.</p> <p>—¿Se puede pasar?</p> <p>—¡Estrella! —exclama Metáfora apenas la ve—. ¿Qué haces aquí?</p> <p>Es la pitonisa que me leyó el futuro y me auguró una vida llena de sorpresas y vicisitudes en la que iba a sufrir el doble que otras personas.</p> <p><i>—Escoria</i> era amiga mía —dice—. Me he enterado de que ha muerto y por eso he venido. ¿Qué le ha pasado?</p> <p>—No lo sabemos con exactitud —responde <i>Patacoja</i>—. Pero gracias por acudir. Le gustaría saber que te has acordado de ella.</p> <p>—He venido en cuanto me he enterado —contesta—. La quería mucho. Era una buena mujer. Tuvo una mala vida, pero siempre se portó bien con sus amigos.</p> <p>—¿De qué la conocías? —le pregunto—. ¿Hace mucho que erais amigas?</p> <p>—Hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo —dice—. Pero siempre estuvo a mi lado cuando la necesité. Incluso me ayudó cuando la policía quiso cerrarnos el negocio. Me prestó dinero y me contó lo que había pasado con ese tipo que me denunció. ¡Un mal bicho!</p> <p><i>—Escoria</i> nos salvó de la ruina —añade el hombre que la acompaña, que es el mismo que nos ha atendido las veces que hemos ido a su consulta—. Nos apoyó. Y queremos agradecerle todo lo que hizo por nosotros. Es lo menos que podemos hacer. Le debemos mucho.</p> <p>—Y también queremos darte el pésame, Juan —añade Estrella—. Era una buena mujer. ¿Podemos verla?</p> <p>—Claro, claro, pasad... Aquí está —dice Metáfora, antes de acompañarlos a la sala—. No hemos podido impedir que le hicieran la autopsia. Por eso la caja está cerrada.</p> <p>—¿De qué murió? —pregunta Estrella.</p> <p>—No hay forma de saberlo —digo—. El informe es muy confuso. Por un lado se habla de un posible disparo, pero, teniendo en cuenta que el cuerpo estaba casi carbonizado, los forenses no lo concluyen con una convicción plena. Puede que haya sido atravesada por un balazo, pero no es seguro. No se atreven a dar un dictamen definitivo.</p> <p>—Yo estoy convencido de que la asesinaron —afirma <i>Patacoja</i>—. Me llamó para pedirme ayuda. Cuando llegué estaba muerta y el edificio empezaba a arder.</p> <p>—Los que lo han hecho lo pagarán —afirmo—. Es indignante que estas cosas queden impunes.</p> <p>—La policía detendrá a los culpables —dice Adela, muy resuelta—. Ya lo verás.</p> <p>—Lo dudo —responde <i>Patacoja</i>—. No creo que Demetrio haga nada por detener a los asesinos. Ya ves que incluso prefiere sospechar de mí.</p> <p>—¿Demetrio? Ese no hará nada —confirma Estrella—. Nos odia. Odia todo lo que tiene que ver con...</p> <p>—¿Con qué? —pregunto.</p> <p>—Contigo. Con lo que representas. Va a por ti, a por tu familia y a por tus posesiones.</p> <p>—No lo conseguirá —digo—. Ya me ocuparé de él cuando llegue el momento. Ahora vamos a enterrar dignamente a...</p> <p>—Gordania —susurra <i>Patacoja</i>—. Gordania Cuevas.</p> <p>—Mi amiga <i>Escoria</i> —dice Estrella con pena.</p> <p>—¿Cuándo hablaste con ella por última vez? —le pregunta <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Pues fui a verla al hospital, por lo de las quemaduras... y la noche de su muerte.</p> <p>—¿Te llamó por teléfono cuando la atacaron? —demando con mucho interés.</p> <p>—No exactamente. Me envió un <i>e-mail</i> con un archivo adjunto. Después de lo que ha pasado, no he tenido valor de abrirlo. No sé si os será de utilidad; si queréis, os lo reenvío.</p> <p>—Toma —dice Adela al entregarle una tarjeta a Estrella—. Ahí tienes la dirección electrónica donde puedes reenviármelo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El ataúd con el cuerpo de <i>Escoria</i> ya está en la tumba. Acaban de cubrirlo de tierra y de ella solo queda el recuerdo.</p> <p>—Aquí ya no hacemos nada —dice Metáfora—. Vámonos.</p> <p>—Espera. <i>Patacoja</i> da su último adiós —digo—. Démosle tiempo.</p> <p>—¿Estuvieron casados?</p> <p>—Sí, eso parece —constato.</p> <p>—¿Crees que seguía enamorado de ella?</p> <p>—No. Solo le interesa Adela.</p> <p>—Es que a mí, eso de estar enamorado de dos personas a la vez...</p> <p>—Mujer, lo de <i>Patacoja</i> con <i>Escoria</i> es ante todo un buen recuerdo; fíjate en que, a pesar de haberse separado, se llevaban bien... Pero ¿adonde quieres llegar, Metáfora?</p> <p>—A ningún sitio. Solo que...</p> <p>¡Riiiingg! ¡Riiiingg!</p> <p>—¡Hola!</p> <p>—¿Arturo Adragón? —pregunta una voz masculina desconocida.</p> <p>—Sí, soy yo, ¿quién es?</p> <p>—Soy un amigo. Mi nombre no importa. Solo llamo para decirte que debes abandonar Férenix lo más pronto posible, por el bien de tus amigos.</p> <p>—¿Qué dice? ¿Quién es usted?</p> <p>—Ya te he dicho que eso no importa. Tenemos al general Battaglia. Escucha...</p> <p>—¡General! ¡General! —grito—, ¿Dónde está?</p> <p>—Está bajo nuestro control, chico —responde el desconocido—, ¡Haz lo que te digo! ¡Abandona Férenix!</p> <p>Piiiiiii... La comunicación se ha cortado.</p> <p>—¿Qué pasa? —pregunta Metáfora.</p> <p>La agarro del brazo y nos apartamos del grupo.</p> <p>—¡Han secuestrado al general! —le digo en cuanto estamos solos.</p> <p>—¿Qué piden a cambio?</p> <p>—Quieren que me marche de Férenix.</p> <p>—¿Ocurre algo? —pregunta Adela, según se acerca a ambos.</p> <p>—¡Han apresado al general Battaglia!</p> <p>—¿Sabes quién ha sido?</p> <p>—No exactamente, pero me lo imagino. Son los que quieren echarme de Férenix, quedarse con la Fundación y apropiarse de mi apellido. ¡Los amigos de Stromber! ¡Pero no se saldrán con la suya!</p> <p>—Esos tipos son peligrosos —advierte Adela—. O se les hace frente de una vez, o es mejor largarse. Tienes que tomar una decisión.</p> <p>—Pues prefiero quedarme a luchar por lo mío. Estoy determinado a hacerlo.</p> <p>—Entonces será mejor que hagas un plan para resistir y enfrentarte con ellos de forma contundente, o perderás esta contienda.</p> <p>—Ahora lo más importante es liberar a Battaglia.</p> <p>—No; lo más importante es proteger a los tuyos. Hay que impedir que vuelvan a matar o secuestrar a alguno de ellos.</p> <p>—¿Cómo lo hago?</p> <p>—Atrinchérate en algún lugar. Organiza una defensa poderosa y no permitas que se aproximen.</p> <p>—¿Dónde?</p> <p>—Ya lo sabes —responde—. No hace falta que te lo diga.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Metáfora se ha ido a casa y <i>Patacoja</i> se ha marchado con Adela. He decidido dar una vuelta para poner mis pensamientos en orden y trazar un plan de acción. A pesar de que es de noche, acabo de ver una sombra que se ha movido en un portal, un poco más adelante. En otras circunstancias no sería relevante, pero ahora, más me vale ser precavido. Así que me detengo y espero un poco.</p> <p>—¿Arturo? —pregunta alguien desde el portal.</p> <p>—¿Quién es? ¿Qué quiere de mí?</p> <p>—Soy yo, Jazmín... El tatuador.</p> <p>—¿Por qué te escondes? ¿Qué buscas?</p> <p>—No voy a hacerte nada malo. Solo quiero hablar.</p> <p>—¿De qué? Es muy tarde. Podemos vernos mañana.</p> <p>—Es posible que mañana esté muerto. Por eso tengo que hablar ahora.</p> <p>—Venga, vamos, no me hagas creer que estás en peligro.</p> <p>—¡Han intentado matarme! Creo que ha sido ese hombre, el de una sola pierna.</p> <p>—¿Sabes quién es? ¿Vas a decirme cómo se llama?</p> <p>Se deja ver un poco.</p> <p>—Si te digo su nombre, me matará con toda seguridad.</p> <p>—No tengas miedo; tarde o temprano le cogeremos. Además creo que ya sé quién es. Tardaremos poco en descubrirle. Le entregaremos a la justicia y será juzgado por todo lo que ha hecho.</p> <p>—Eso no será tan fácil. Ese hombre es muy peligroso y está bien relacionado. No podréis hacer nada sin mi ayuda. He venido a ofrecerte un trato.</p> <p>—Está bien, tú dirás.</p> <p>—Si me prometes protección, seré tu testigo en un juicio.</p> <p>—¿Qué clase de testigo?</p> <p>—Diré todo lo que sé sobre ese hombre.</p> <p>—Pero si dices que ni siquiera sabes su nombre...</p> <p>—Bueno, pero sé otras cosas que pueden servir para encarcelarle de por vida. Y lo contaré todo. Lo único que quiero a cambio es protección para mí y para mis amigos.</p> <p>—Te guardaré de ese hombre. Si vuelves a sentirte en peligro, llámame.</p> <p>—¡Te advierto que no hablaré si nos pasa algo a mí o a los míos!</p> <p>—Te aseguro que si me llamas acudiré en tu auxilio. Pero luego no me falles.</p> <p>—Puedes contar conmigo, Arturo —asegura—. Ese hombre está loco.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VII</p> <p>O<style name="versalita">LA DE MUTILACIÓN</style></p> </h3> <p>Arturo estaba desorientado. Acababa de recobrar su forma humana y aún sentía los efectos embriagadores del poder de volar. La enorme fuerza que le confirió su transformación adragoniana en la cueva, cuando luchó con Tránsito, le había deslumbrado, pero poder batir las alas y elevarse del suelo le tenía extasiado.</p> <p>Era la primera vez que aleteaba por sí mismo. Anteriormente lo había hecho combatiendo a lomos de un dragón, pero nunca había disfrutado de la arrebatadora sensación de sentirse el rey de los cielos.</p> <p>Desde niño se había sentido atraído por los animales voladores y se había preguntado mil veces qué experimentarían los pájaros y los dragones cuando surcaban los cielos... Ahora, por fin, acababa de descubrirlo.</p> <p>Había sido una vivencia inigualable que le transmitió una sensación de poder como jamás pudo imaginar. Una sensación reservada a los dioses.</p> <p>—¿Estás bien, Arturo? —preguntó Arquimaes para sacarle de sus pensamientos—. ¿Me escuchas?</p> <p>—¿Cómo?</p> <p>—Has dejado de ser un dragón para volver a ser un hombre —le explicó Arquitamius—. ¿Estás bien?</p> <p>—Sí, sí... Pero me ha gustado ser un dragón. Volar, tener alas... —relató el joven caballero.</p> <p>—Ha sido una ilusión —dijo Arquitamius—. No olvides que, a pesar de ser inmortal, solo eres una persona.</p> <p>—He comprendido que la eternidad está en los cielos —dijo Arturo—. Solo se muere en la tierra.</p> <p>—Solo se muere cuando no se tienen sueños o ganas de vivir —añadió Arquitamius—. Y tú has sobrevivido al ataque de esa fiera porque quieres hacerlo. Has luchado bien y estamos orgullosos de ti.</p> <p>Alexia llegó en ese momento y se arrojó en sus brazos dando un salto.</p> <p>—¡Arturo! ¡He temido por ti! —dijo.</p> <p>—Ya sabes que soy inmortal. Mi vida no corría peligro. Solo mi cuerpo.</p> <p>—Lo sé, pero he sentido pánico cuando te he visto frente a esa bestia. Solo de pensar que podías... que podías desaparecer, me he estremecido.</p> <p>—Todo está en orden, cariño —dijo Arturo, según acariciaba su cabello—. Pero dime: si hubiera muerto, ¿habrías bajado al Abismo de la Muerte a buscarme?</p> <p>—Si algún día mueres y yo estoy viva, no dudes de que pondré el mundo al revés para recuperarte. No habrá ningún lugar en el que puedan esconderte. Nada ni nadie me separará de ti —dijo Alexia con firmeza—. Tenlo por seguro.</p> <p>—Lo sé —dijo Arturo—. Confío en ti plenamente.</p> <p>—Somos el uno para el otro. El signo adragoniano que llevamos en la frente nos ha unido para siempre.</p> <p>—Como el oro y la plata, los dos metales que representan a la alquimia. El día y la noche...</p> <p>En ese instante, Crispín corrió y se unió a ellos, entre gritos:</p> <p>—¡Mirad! ¡Mirad!</p> <p>—¿Qué pasa, Crispín? —preguntó Arturo, que aún se encontraba bajo los efectos de la transformación—, ¿Qué ocurre?</p> <p>—¡Eso! —insistió el joven caballero.</p> <p>Arturo y los demás giraron la cabeza para observar lo que Crispín les señalaba. Y el horror se dibujó en sus rostros.</p> <p>Un resplandor rojizo iluminaba el horizonte. El mundo se había encendido y se había convertido en una deslumbrante hoguera, con una cresta prendida, que vaticinaba grandes peligros para los que se interpusieran en su camino. Una hoguera que crecía por momentos.</p> <p>—¿Qué es eso? —preguntó Arturo.</p> <p>Sobre la ancha planicie del valle, por encima de las colinas que intentaban cerrarle el paso, una pavorosa lengua de fuego rojizo y anaranjado venía hacia Ambrosia, arrasando todo a su paso.</p> <p>—¡Es una gran ola de fuego! —exclamó Arquimaes.</p> <p>—¡No es posible! —discrepó Arquitamius—, ¡Un mar de fuego!</p> <p>—¿Qué hacemos? —preguntó Arturo—, ¡Lo destruye todo a su paso! ¡Mucha gente va a morir!</p> <p>Los arquimianos, que todavía se recuperaban del ataque de los pájaros dragón, se habían dado cuenta de la llegada del nuevo enemigo y estaban aterrorizados. Algunos se habían arrodillado e imploraban al cielo; otros se abrazaban a sus seres queridos en un deseo de ofrecer o encontrar protección; otros, más prácticos, se escondían tras las rocas. Pero todos, absolutamente todos, tenían el corazón acelerado, conscientes de que, en unos minutos, su vida podría extinguirse bajo esa marea de fuego que se acercaba imparable.</p> <p>—¡Es imposible detenerla! —exclamó Arquimaes, aterrorizado—. ¡No podemos hacer nada! ¡Esa ola es incontenible!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Morfidio y Escorpio se quedaron de piedra cuando vieron, a lo lejos, lo que se les venía encima. Escorpio, que se había mantenido fiel a su amo desde que empezase a trabajar para él, se preguntó si habría valido la pena servir a un individuo a quien cada cosa que hacía le salía peor que la anterior.</p> <p>—Creo que vamos a morir, conde —dijo, con el miedo metido en el cuerpo, convencido de que, ahora sí, había llegado su hora—. ¡Nada podrá detener esa ola!</p> <p>—¡Yo soy inmortal, idiota! —gruñó Morfidio—. ¡Sobreviviré!</p> <p>Sin embargo, a pesar de sus bravatas, el conde no perdió tiempo y continuó la huida en dirección contraria. No tenía demasiadas ganas de poner a prueba su supuesto don. Quizá el fuego era más poderoso que esa horrible tinta que recubría prácticamente todo su cuerpo.</p> <p>Consiguieron meterse entre unas piedras apiladas, listas para ser usadas en la construcción del palacio, y esperaron con los nervios en la boca del estómago la llegada de la ola ardiente.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>En ese momento, Arquitamius estaba quieto, en silencio, mientras observaba la ola que se acercaba inexorablemente hacia ellos. Ya empezaban a sentir el calor que emitía y a experimentar una nueva forma de pánico.</p> <p>—Poneos detrás de mí —pidió el gran alquimista—. Y no os mováis pase lo que pase.</p> <p>Sin perder tiempo, Arturo y los suyos se colocaron tras él. Nadie preguntó qué pretendía.</p> <p>—¡Adragón! —invocó el sabio en voz alta, con la vista enfocada en la onda destructora y con los brazos desplegados—. ¡Adragón! ¡Dame tu poder!</p> <p>Ante la estupefacción de todos, la tierra crujió y se elevó hasta formar una muralla que impedía el paso de la ola mortal, que primero chocó contra el obstáculo y después retrocedió igual que el oleaje cuando golpea contra las rocas.</p> <p>A medida que se retiraba perdía fuerza. El vigor que traía al principio se había ido extinguiendo. La marea de fuego había chocado contra su peor enemigo, la tierra, las rocas, y había quedado herida de muerte. Solo era cuestión de tiempo verla desaparecer.</p> <p>—¡Maldito Demónicus! —exclamó Arquimaes—. ¿Es que no dejará de atacarnos?</p> <p>—No lo hará —afirmó Alexia—. Conozco muy bien a mis padres y os aseguro que, mientras tengan un hálito de vida, intentarán mataros. Quieren venganza y buscan recuperar el poder perdido.</p> <p>—¿De dónde han sacado la fuerza suficiente para arremeter contra nosotros? —preguntó Arturo.</p> <p>—Me temo que han encontrado nuevos aliados —sentenció Alexia—. Aliados peligrosos. Debemos prepararnos para lo que venga, porque os garantizo que esto no termina aquí.</p> <p>—Entonces reorganicemos nuestras fuerzas y preparémonos para una nueva guerra —dijo Arturo—. También llamaremos a quienes sean partidarios nuestros. Formaremos un ejército tan grande como no se ha visto jamás.</p> <p>—Hay que hacerlo deprisa —dijo Alexia—. Sospecho que planean nuevos ataques.</p> <p>Émedi se abrazó a Arquimaes. Conocía bien el poder de Demónicus y temió lo peor. Su gente había sufrido varias derrotas y quizá lo más terrible estuviera aún por venir. Los arquimianos tenían buena voluntad y estaban dispuestos a luchar con todas las armas a su alcance, pero, después de la agresión de los pájaros dragón, sus resistencias habían quedado muy menguadas y su confianza debilitada. Además, la ola de fuego había minado su ánimo. Estaban al límite de su fortaleza.</p> <p>—¿Hasta cuándo durará esto? —preguntó la reina—. ¿Cuánto tiempo más nos van a acosar?</p> <p>—Hasta que acaben con nosotros —aseguró Crispín.</p> <p>—O nosotros con ellos —le contradijo Arturo—. Y eso es lo que vamos a hacer. Muchas personas esperan que las protejamos.</p> <p>—Sí, pero hoy su confianza se ha visto defraudada —dijo Arquimaes.</p> <p>—No puede volver a ocurrir —respondió Arturo—. Debemos anticiparnos.</p> <p>—¿Anticiparnos a un hechicero que tiene mil recursos? —musitó Arquitamius—. ¿Quién puede saber cuál va a ser su próximo paso? ¿Por dónde nos embestirá?</p> <p>—La cuestión no es por dónde, sino cómo prepararse para responder con firmeza y eficacia cuando lo haga —dijo Arturo.</p> <p>—No creo que podamos hacerle frente —dijo Crispín—. Nuestro ejército ha acusado muchas pérdidas.</p> <p>—Entonces movilizaremos a todo el mundo —anunció Arturo—. A partir de ahora, los ciudadanos arquimianos quedan reclutados por decreto. Todos los que puedan sostener un arma o tengan fuerzas para luchar formarán parte del Ejército Negro. Que los monjes dibujen y escriban sobre cada arma y sobre cada escudo para aumentar su eficacia; que los libros manuscritos con tinta mágica estén dispuestos para defendernos; y que se organice un cuerpo de vigilancia especial para ellos. ¡Quiero que todos los hombres y mujeres de Arquimia se movilicen para defender nuestro sueño de libertad! ¡Hemos de acabar con el terror que la hechicería quiere imponernos!</p> <p>—Pero, Arturo —se quejó Crispín—. Lo civiles no son soldados. No podemos pedirles que se comporten como guerreros.</p> <p>—Te equivocas, amigo mío. En este reino ya no hay civiles. Ahora hay un ejército que va emprender una batalla sin cuartel contra la hechicería. ¡Si queremos vivir libres, tenemos que luchar por ello! ¡El Ejército Negro somos todos!</p> <p>—Mi legión está a tus órdenes —declaró Alexia—. Estamos contigo y lucharemos hasta la última gota de sangre para librarnos de ese enemigo que nos acecha día y noche con la intención de esclavizarnos.</p> <p>Leónidas, Cordian, Crispín y todos los combatientes que se hallaban cerca, incluidos los alquimistas y Émedi, desenfundaron sus aceros, apuntaron hacia el firmamento y gritaron:</p> <p>—¡Por la libertad! ¡Por la justicia! ¡Por Adragón!</p> <p>Arturo, que también empuñaba su espada alquímica, miró hacia el cielo y observó las nubes oscuras y pesadas que se cernían sobre ellos. Los próximos días serían sangrientos.</p> <p>Sus peores augurios se confirmaron a la mañana siguiente. Con la salida del sol llegó una lluvia de proyectiles mortales. Flechas y lanzas incendiarias, piedras, bolas de fuego y toda clase de objetos punzantes untados en veneno cruzaban el cielo igual que estrellas errantes y caían incesantemente sobre el nuevo reino de Arquimia, esparciendo muerte y destrucción.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>VIII</p> <p>U<style name="versalita">N REFUGIO</style></p> </h3> <p>Después de mi conversación con Jazmín, he decidido volverme a casa. Le he contado a papá todo lo que ha ocurrido. La situación se ha agravado enormemente y nos hemos reunido para tomar decisiones.</p> <p>—Habrá que denunciar el secuestro de Battaglia a la policía —propone, después de escucharme atentamente.</p> <p>—No servirá de mucho —le digo—. Demetrio no hará nada por liberarlo. Debemos resolverlo nosotros.</p> <p>—¿Qué crees que podemos hacer? —pregunta Norma.</p> <p>—De momento, propongo que nos refugiemos en la Fundación y nos atrincheremos allí. Estaremos más seguros.</p> <p>—¿Y que pasemos allí el resto de nuestra vida? —protesta papá.</p> <p>—Solo hasta que solucionemos esto —digo.</p> <p>—¿Qué vamos a solucionar? No sé a qué te refieres.</p> <p>—Me refiero a nuestra situación: debemos remediar este problema de una vez para recuperar nuestro apellido y poner fin a la amenaza de Stromber. A eso llamo yo solucionar el problema. Sugiero que luchemos para recobrar nuestra existencia y conseguir vivir en paz.</p> <p>—¡Eso es imposible! ¡Nunca alcanzaremos tal objetivo! Tienes que comprender que son demasiado poderosos. ¡Acabarán con nosotros! ¡Huyamos de aquí ahora que podemos!</p> <p>—No, papá. Yo no abandonaré. Me quedaré a luchar por lo mío aunque me cueste la vida —digo con firmeza—. A mamá no le gustaría que escapásemos como cobardes.</p> <p>—Lo que le gustaría es verte vivo durante muchos años —responde.</p> <p>—Me quedaré a combatir y honraré su memoria. Ella murió para devolverme la vida. Ahora lucharé para proteger su tumba.</p> <p>Me mira con desesperación y apoya su cabeza entre las manos. Creo que acaba de aceptar mi decisión.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>A pesar de que tenemos problemas más graves, y debido a su insistencia, Mireia, Horacio, Cristóbal, Metáfora y yo nos hemos reunido en el Horno de los Templarios. Tenemos un rato antes de trasladarnos a la Fundación. Se supone que hemos venido a hacer las paces, pero el ambiente es tenso y no creo que lleguemos a ninguna parte. Estoy convencido de que Horacio me la tiene jurada y de que no cejará en su empeño de perjudicarme.</p> <p>—Ahora que Mireia y yo somos novios —empieza Cristóbal para romper el hielo—, creo que ya es momento...</p> <p>—Todavía no lo somos —le corrige Mireia—. Solo he dicho que debemos conocernos bien. Luego, ya veremos.</p> <p>—Bueno, a lo mejor me he anticipado un poco, pero lo seremos —rectifica—. Lo importante es que estamos aquí para hacer un pacto de amistad y de no agresión. Se trata de que juremos que no nos vamos a hostigar más. ¡Nunca más!</p> <p>—Es una buena idea —dice Metáfora antes de tomar un sorbo de zumo de piña, su bebida favorita—. Ojalá se cumpla.</p> <p>—Yo estoy dispuesto a no pelear más —aseguro—. Lo digo de verdad.</p> <p>—¿Qué dices, Horacio? —pregunta Cristóbal—, ¿Harás las paces con Arturo?</p> <p>—Claro que sí. Mi padre también me ha pedido que no provoque más disputas. El ya ha dado por perdidos los restos arqueológicos que se han encontrado en el instituto. Sabe que hay un grupo poderoso que ha hecho una oferta económica sobre la Fundación y ha renunciado a todo, y yo también. A partir de ahora seremos buenos compañeros de clase. Hay que saber perder.</p> <p>—Vaya, esas palabras suenan muy bien —responde Metáfora—. Ahora solo falta que sean verdaderas.</p> <p>—Os garantizo que lo son —insiste Horacio—. No quiero más líos. Sé que Arturo está bajo tratamiento psicológico y no deseo causarle problemas. Por mí, viviremos en paz.</p> <p>—¿Tratamiento psicológico? —pregunto sorprendido—. ¿De dónde has sacado eso?</p> <p>—No sé. Alguien me lo habrá contado —contesta, en plan evasivo.</p> <p>Metáfora y yo miramos a Cristóbal.</p> <p>—Bueno, yo solo he contado lo que sé —responde—, ¿O no es verdad que asistes a sesiones con mi padre y el doctor Bern?</p> <p>—Pero, Cristóbal, Arturo no está en tratamiento —le corrige Metáfora—. Ya te lo dijimos.</p> <p>—Solo es para hablar de mis sueños —aclaro—. Yo no necesito terapia.</p> <p>—No quiero contradecirte, Arturo —dice Mireia con su refresco en la mano, cerca de los labios—. Pero no es eso lo que dice la gente.</p> <p>—¿Y qué es lo que dicen?</p> <p>—Pues que estás muy deprimido. Algunos creen que después de todo lo que ha pasado podrías pensar en... en suicidarte.</p> <p>—¿Qué? ¿Cómo has dicho?</p> <p>—Mireia, no digas tonterías —le reprende Metáfora—. ¡Arturo no ha pensado en nada de eso!</p> <p>—Solo repito lo que se dice —se defiende—. Os han embargado la Fundación; os han puesto bombas, tu padre ha estado a punto de morir, te han disparado y no sé cuántas cosas más. La gente considera que te ha ocurrido de todo y que es lógico que tengas esas ideas.</p> <p>—¡Pero no las tengo! —exclamo—. ¡Nunca se me ha ocurrido eso! ¡Nunca!</p> <p>—Cristóbal, no debes contar esas cosas —insiste Metáfora—. Ya ves las consecuencias que traen.</p> <p>—Oye, no le regañes —le defiende Mireia—. El solo transmite la verdad. ¿O acaso Arturo no visita a los psicólogos?</p> <p>—Pero no para hacer terapia —reitero—. Es un asunto que les interesa a ellos porque está relacionado con mis sueños.</p> <p>—Yo también tengo sueños y no voy al psicólogo —replica Horacio—. Tiene que haber otro motivo. ¿Te estás volviendo loco como tu abuelo?</p> <p>Las palabras de Horacio me han dejado fuera de juego. Es evidente que Cristóbal ha hablado mucho más de lo que debe y ha contado detalles muy íntimos.</p> <p>—¿No habíamos quedado en hacer las paces? —pregunta Metáfora—. Pues esta no es la manera, así que no sigas por ahí, Horacio.</p> <p>—A mí me da igual lo que le pase a Arturo —dice con desgana—. Únicamente repito lo que oigo.</p> <p>—Es verdad —interviene Mireia—. Comentan que Arturo está trastornado y que acabará matándose. Y yo quiero saber si es cierto. Al fin y al cabo, es un compañero de clase y no quiero llevarme un disgusto.</p> <p>—Podéis estar tranquilos —respondo, con un asomo de mal humor producido por esta conversación—. No me va a pasar ni lo uno ni lo otro. Y voy a dejar de ir a su consulta para que la gente no murmure más.</p> <p>—Mi padre ha invertido mucho tiempo en ti para que le abandones ahora que estáis a punto de hacer esa sesión de hipnosis —reprocha Cristóbal—. Por no mencionar el trabajo que le ha costado traer al doctor Bern, una eminencia en la materia.</p> <p>—Lo siento, pero eso ya se ha terminado —afirmo—. Se acabaron las sesiones.</p> <p>—O sea, que ya no vas a hablar de tus sueños con nadie —pregunta Horacio—. ¿Es eso?</p> <p>—Por supuesto. Nunca volveré a comentar nada sobre ellos.</p> <p>—¿Ni siquiera con Metáfora? —pregunta Mireia, con su característico tono de inocencia—, ¿Ni con tu padre? ¿Ni con el doctor Batiste?</p> <p>—Nunca he charlado de ese tema con el doctor Batiste —replico—. Desconoce este asunto. ¿Qué sabes tú de él?</p> <p>—Entonces, ¿quedamos como amigos o no? —nos corta Horacio, en pie—. Es que tengo que irme.</p> <p>Metáfora y yo nos levantamos para despedirle.</p> <p>—Naturalmente —digo, con un apretón de manos—. Lo pasado, pasado está.</p> <p>—Pensemos en el futuro, pues —propone Metáfora—. Y olvidemos el pasado.</p> <p>Horacio se despide y se marcha.</p> <p>Habremos hecho las paces, pero hay algo en él que me inquieta. No soy capaz de determinar lo que es, pero esta reunión, lejos de tranquilizarme, me ha puesto nervioso. Espero que no trame alguna de las suyas. Ojalá se olvide de mí.</p> <p>—Estoy muy contento —dice Cristóbal—. Ahora somos amigos. Las discusiones han terminado. ¿Qué opinas, Mireia?</p> <p>—Yo también —añade ella—. Y todo gracias a ti. Te has portado muy bien, Cristóbal.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El taxi se detiene ante la fachada principal de la Fundación. <i>Sombra</i>, que nos ve, se acerca rápidamente.</p> <p>—¿Qué hacéis aquí? ¿Y esos bártulos?</p> <p>—Venimos a hacerte compañía —digo—. Nos instalamos aquí.</p> <p>—¿Os habéis vuelto locos?</p> <p>—Nada de eso. No queremos verte tan solo, así que aquí nos tienes. Las cosas se han complicado tanto que tenemos que agruparnos y protegernos. Y no hay en Férenix un lugar mejor que este. La Fundación será nuestra fortaleza hasta que todo se solucione.</p> <p>—Las cosas que no se arreglan, empeoran —sentencia.</p> <p>—Pues vamos a cambiar las reglas del juego —afirmo—. Me he empeñado en solucionarlas. Y lo voy a conseguir... con tu ayuda.</p> <p>—Veamos si eres capaz de salirte con la tuya, joven caballero arquimiano.</p> <p>—Soy Arturo Adragón, futuro rey de Arquimia, y no renunciaré a mis derechos. ¡Voy a luchar por ellos!</p> <p>Papá, Norma y Metáfora descargan los bultos y las maletas del coche. <i>Sombra</i> y yo los ayudamos.</p> <p>Un coche se detiene a pocos pasos.</p> <p>—Aquí estamos —anuncia <i>Patacoja</i> desde la ventanilla—. Hemos traído lo necesario para acuartelarnos con vosotros.</p> <p>—Nos haremos fuertes ahí dentro —añade Adela—. No podrán con los Adragón.</p> <p>—¿Estáis locos? Correréis peligro —les advierto.</p> <p>—Aquí fuera es donde lo corremos —replica Adela—. No les daremos la oportunidad de que nos ataquen impunemente. Nos defenderemos con uñas y dientes.</p> <p>—Cuando Stromber se entere, te despedirá —señala Norma.</p> <p>—Ya le he llamado para hacerlo yo sola. Ahora sabe de qué lado estoy.</p> <p>—Por cierto, Arturo, ¿recuerdas el <i>e-mail</i> que <i>Escoria</i> le envió a Estrella? —añade <i>Patacoja</i> con un punto de excitación—, ¡No te puedes creer lo que...</p> <p>En ese momento, un coche de policía nos sorprende.</p> <p>—Lleva toda la mañana dando vueltas por la zona —indica <i>Sombra</i>—. Nos vigila.</p> <p>—Pues parece que se ha animado a venir a saludarnos —digo.</p> <p>El automóvil se detiene a pocos metros de la valla de protección que los bomberos dejaron puesta.</p> <p>—Buenos días —saluda un agente desde su asiento—. ¿Está aquí Arturo Adragón?</p> <p>—¿Padre o hijo? —pregunta papá.</p> <p>—Padre. Queremos hablar con él —explica el agente.</p> <p>—¿Qué quieren de mí?</p> <p>—Tiene que acompañarnos a la comisaría —dice—. El inspector Demetrio desea verle.</p> <p>Doy un paso adelante.</p> <p>—¡Dígale que venga él aquí! —grito.</p> <p>—Eso no puede ser. El señor Adragón debe venir con nosotros.</p> <p>—De ninguna manera. Si quiere, puedo ir yo en su lugar —me ofrezco.</p> <p>—Nos han ordenado escoltar al señor Adragón —aclara su compañero, el conductor—. El inspector quiere interrogarle.</p> <p>—¿Tienen una orden judicial?</p> <p>—No nos hace falta —responde el agente, antes de abrir la puerta y bajar del coche—. Tenemos autoridad para llevarle por la fuerza, si es preciso.</p> <p>Desafiante, el policía apoya su mano sobre la culata de su pistola.</p> <p>—Pues úsenla —le reto—. Pero no es una buena idea.</p> <p>—Eso lo veremos —contesta, con la pistola ya fuera de su funda y en dirección a nosotros.</p> <p>—¡Agente! ¡No puede hacer eso! —grita Adela, escandalizada por la actitud del policía.</p> <p>—Quieta, Adela —le pido—. No te muevas.</p> <p>El agente camina hacia nosotros.</p> <p>—Es una provocación —me dice ella en voz baja—. Lo hace a propósito.</p> <p>—Lo sé, pero tengo que responder.</p> <p>—Señor Adragón, levante las manos y venga conmigo —ordena el hombre.</p> <p>Doy un paso adelante y me interpongo en su camino.</p> <p>—¡Adragón! —grito mientras me abro la camisa—. ¡Ayuda!</p> <p>El policía se queda petrificado al percatarse de que Adragón se lanza a por él. Apenas tiene tiempo de reaccionar cuando le da un mordisco en la mano y le arranca la pistola. Su compañero intenta acudir en su ayuda, pero las letras, que le cierran la puerta del coche, le impiden salir.</p> <p>—¡Quitadme esta cosa de encima! —vocifera el que ha perdido el arma.</p> <p>—¡Vaya a ver al inspector Demetrio y cuéntele lo que ha pasado! —le conmino—. Márchese de aquí antes de que le dé la orden de devorarle. ¡Corra!</p> <p>Adragón, que ha comprendido mi mandato, le deja entrar en el automóvil. Lanzo la pistola del policía por la ventanilla y el coche se va a toda velocidad y desaparece de nuestra vista.</p> <p>—Ahora, a esperar las consecuencias —balbucea papá—. A ver qué sucede.</p> <p>—Pues que nos defenderemos —digo—. Ya pueden tener cuidado con nosotros.</p> <p>—¿Qué ha sido eso? —pregunta Adela, anonadada—, ¿De dónde han salido esas cosas voladoras? Eran murciélagos, ¿verdad?</p> <p>—Ven, cariño, yo te lo explicaré —dice <i>Patacoja</i>, muy complaciente.</p> <p>—¿Tú has visto eso, Juan?</p> <p>—Sí, sí... Ven...</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Es de noche, todo está en silencio y ya nos hemos instalado. Hemos encontrado algunas zonas seguras y, con la ayuda de <i>Sombra</i>, hemos dispuesto lo necesario para aguantar aquí algún tiempo. Pero no soy capaz de calcular cuánto. Solo sé que debo actuar con rapidez. Cuanto antes lo solucione, mejor para todos.</p> <p>El tiempo corre en nuestra contra. No podremos permanecer aquí indefinidamente. Tarde o temprano nos atacarán y tendremos que responder. No tenemos armas, salvo la pistola de Adela y la ayuda de Adragón y sus letras, aunque no quisiera tener que utilizarlas.</p> <p>—Arturo, quiero enseñarte algo —dice <i>Sombra</i>.</p> <p>—¿Qué pasa, <i>Sombra</i>? —pregunta Metáfora, que le ha oído.</p> <p>—Acaban de llegar dos monjes que se han escapado de Monte Fer.</p> <p>—¿Escapado? —pregunto sorprendido.</p> <p>—Quieren hablar contigo.</p> <p>—¿Dónde están? —insiste Metáfora.</p> <p>—Seguidme en silencio. Es mejor que nadie se entere, de momento.</p> <p>Nos lleva hasta lo que era el patio posterior donde estaba el jardín en el que <i>Patacoja</i> estaba instalado hasta que se produjo la explosión. Me encuentro con dos monjes que reconozco enseguida.</p> <p>—Hermano Pietro, hermano Lucio...</p> <p>—Hola, hermanos —saluda Metáfora—. ¿Que os trae hasta aquí a estas horas?</p> <p>—Malas noticias —reconoce el hermano Pietro—. Hemos tenido que salir a escondidas. El monasterio está vigilado.</p> <p>—Contadnos todo lo que sepáis —les pido.</p> <p>—Nos envía nuestro hermano, el abad Tránsito —indica el hermano Lucio—. Quiere que Arturo conozca lo que está ocurriendo.</p> <p>—Estoy impaciente por saber qué ocurre —le digo.</p> <p>—Han llegado algunos agentes de policía con intención de entrar —nos explica—. Decían que querían llevarse los libros medievales que pertenecen a la Fundación. Insistían en que los habíamos robado. Pero el hermano Tránsito se opuso con todas sus fuerzas. Entonces nos dijeron que eso era obstruir la acción de la justicia. Como el abad les impedía el paso y se resistió mucho, se marcharon, pero aseguraron que volverían mañana por la mañana con más efectivos y con una orden judicial. De momento han dejado una patrulla para vigilarnos.</p> <p>—Mañana será el día decisivo —nos advierte papá, que se ha incorporado sigilosamente—. Vendrán a por nosotros, después ocuparán el monasterio y todo terminará. Hemos perdido la batalla.</p> <p>—No, papá, no hemos perdido nada —le respondo—. Mañana será el día de nuestra victoria. Te lo garantizo.</p> <p>—Arturo tiene razón —añade Metáfora—. Si vienen mañana, ganaremos.</p> <p>—Serán muchos, de eso podéis estar seguros —afirma.</p> <p>—Mejor, papá —digo—. Así, nuestro triunfo será más sonado.</p> <p>Me quedo solo, salgo al exterior y aprovecho para hacer una llamada que tenía pendiente.</p> <p>—Hola, doctor Vistalegre —digo cuando atiende mi señal—. Soy Arturo Adragón.</p> <p>—Hola, Arturo. Dime.</p> <p>—He decidido no hacer la sesión de hipnosis. Además, creo que ha llegado el momento de dejar estas reuniones. Les he contado todo lo que sé y ya no me queda nada por revelar. Muchas gracias por todo y salude al doctor Bern de mi parte.</p> <p>—¿Ha pasado algo grave para que tomes esta decisión?</p> <p>—No han dejado de pasar cosas. Muchas gracias, doctor Vistalegre.</p> <p>—Bien, Arturo; si cambias de idea, ya sabes que puedes llamarme.</p> <p>—Mi decisión es firme, pero gracias. Adiós.</p> <p>Corto la comunicación con la sensación de que me he quitado un peso de encima. No sé si se trata de una casualidad, pero veo venir a Cristóbal.</p> <p>—¡Arturo! ¿Qué pasa? —pregunta, un poco agobiado—. Me he enterado de que os habéis encerrado aquí dentro. ¿Es verdad?</p> <p>—¿Cómo te has enterado? Metáfora y yo no te hemos dicho nada en la cafetería. ¿Quién te lo ha contado?</p> <p>—Mireia, mientras la acompañaba a casa —dice—. Ella lo sabe todo.</p> <p>—Sí, ya veo que sabe mucho —le respondo—. Más de lo que parece.</p> <p>—Desde que es mi novia, me cuenta muchos secretos.</p> <p>—¿Tú también le cuentas cosas?</p> <p>—Hombre, claro, para eso es mi novia.</p> <p>—Claro, para confiar el uno en el otro... Por cierto, se me había olvidado decirte que te he traído un regalo de Egipto. Cuando esto haya terminado te lo daré. Recuérdamelo, ¿vale?</p> <p>—¿Qué es?</p> <p>—Es un secreto. Pero estoy seguro de que te gustará. Anda, ahora es mejor que te marches. Hasta la vista, Cristóbal.</p> <p>—¡Quiero quedarme con vosotros!</p> <p>—Es mejor que te vayas. Creo que va haber jaleo. La policía ha estado aquí.</p> <p>Sabe que no me va a convencer de lo contrario. Veo cómo se retira y tengo una extraña sensación. Me parece que Cristóbal es muy ingenuo. No se da cuenta de que Mireia le utiliza.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>IX</p> <p>U<style name="versalita">N EJÉRCITO SALVAJE</style></p> </h3> <p>Arturo estaba seguro de que los ataques demoniquianos continuarían. La pertinaz lluvia de proyectiles era, con seguridad, una estrategia para diezmar sus fuerzas mientras llegaba el ataque final.</p> <p>Sabía que Demónicus había jurado acabar con él y con toda su gente, pero le inquietaba descubrir quiénes eran sus nuevos aliados. Analizó todas las opciones sin encontrar ninguna razonable.</p> <p>—¿Es posible que Demónicus use el pergamino secreto contra nosotros? —le preguntó a Arquimaes, mientras paseaban por el palacio para revisar las defensas.</p> <p>—Puede ser. Pero solo es posible si lo han descifrado, cosa poco probable —respondió el sabio—. Nuestro lenguaje cifrado es difícil de desentrañar.</p> <p>—Es un código milenario —añadió Arquitamius—. Sus enigmas están muy elaborados. Hay que ser un experto.</p> <p>—O un mago —le interrumpió Arturo—. ¿Puede uno de ellos utilizar sus poderes para ordenar a las letras que le desvelen su secreto?</p> <p>—Claro que puede. Pero yo no conozco ninguno capaz de hacerlo —dijo Arquimaes—. Hay que ser un mago excepcional, te lo aseguro.</p> <p>—Entonces, ¿qué ocurre? ¿Cómo ha conseguido Demónicus tanto poder? ¿Con quién se ha aliado?</p> <p>Se apartaron para dejar paso a una patrulla que corría hacia un tejado que había sido alcanzado por una bola de fuego y del que ya salía humo.</p> <p>—Solo hay una forma de saberlo —contestó Arquitamius mientras observaba la acción de los soldados—. Enviemos un espía; alguien capaz de averiguar sigilosamente lo que trama; alguien que no despierte sospechas.</p> <p>—¿En quién pensáis? —preguntó Arturo.</p> <p>—En Crispín —respondió el alquimista—. Es listo y puede hacerlo.</p> <p>—Demasiado joven. No le pondré en peligro —se negó Arturo—. Si le pasara algo, no me lo perdonaría.</p> <p>—Te recuerdo que es un oficial de la Legión Alexia. Ese chico merece que confíes en él. No deberías menospreciarle de esa manera.</p> <p>—Pero es muy joven —objetó Arturo.</p> <p>—Si ya tiene edad para luchar, la tiene también para que creas en él.</p> <p>Arturo hizo un breve silencio. En ese momento, unos criados acompañados de un bufón se cruzaron con ellos.</p> <p>—Tenéis razón, maestro. Le encargaré esa misión —aceptó finalmente.</p> <p>—No te defraudará —le aseguró Arquimaes—. Te sentirás orgulloso de él.</p> <p>—Si es que vuelve sano y sano.</p> <p>—También estarías orgulloso si le pasara algo. Es un valiente y necesita una oportunidad. Ya verás cómo no te falla. Todo el mundo necesita un margen de confianza —añadió Arquitamius—. Y Crispín más que nadie.</p> <p>—Está bien. Iré a verle y se lo pediré —aceptó Arturo.</p> <p>—Por cierto —dijo Arquimaes—, durante el ataque de los pájaros dragón me pareció ver a Morfidio. Aunque apenas fue un instante, estoy seguro de que era él.</p> <p>—Alertaremos a la guardia —respondió Arturo—. Por si se le ocurre hacer algo inesperado.</p> <p>—Seguro que ha venido con alguna mala intención —aventuró Alexia—. Morfidio no vendría hasta aquí solo para veros.</p> <p>—Intentó matarme —recordó Arquimaes—. Pero tuve suerte.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Escondidos en su nueva guarida, entre las piedras que llegaban de la cantera, Morfidio y Escorpio esperaban con paciencia el día de la venganza. A ambos les unía el deseo de matar a Arturo y a Arquimaes. Después del intento fallido de atravesar al alquimista por la espalda, el conde se sentía frustrado.</p> <p>Morfidio se fijó en la estrambótica silueta de Escorpio, vestido de bufón, mientras reptaba sobre las piedras para acercarse.</p> <p>—¿No te quitarás nunca esta ropa? —le preguntó cuando estuvo a su lado.</p> <p>—La gente cree que soy inofensivo y se fía más de mí —respondió Escorpio—. Es ideal para mi trabajo.</p> <p>—Lo que demuestra que la gente es idiota —se burló el conde Morfidio—, ¿Qué nuevas noticias tienes para mí?</p> <p>—Muy buenas, mi señor. La próxima vez que Arturo Adragón baje a la gruta, le seguiremos. He conseguido introducirme en el palacio y me he acercado a él. A veces escucho sus conversaciones. Estamos a punto de lograr lo que deseamos.</p> <p>—Espero que sea pronto. Hay que salir de aquí lo más rápido posible, antes de que vuelvan a atacar.</p> <p>—Debéis tener cuidado de no dejaros ver —añadió Escorpio—. Saben que estáis aquí y os buscan.</p> <p>—No les daré el gusto de dejarme coger —respondió Morfidio—. Están muy ocupados con esos proyectiles que caen del cielo. ¿Quién crees que los lanza?</p> <p>—¡Demónicus! —contestó con decisión—, ¡Nadie más que él haría una cosa así!</p> <p>—Pero si está derrotado. Debe de encontrarse solo, sin aliados —le rebatió Morfidio.</p> <p>—Ese hechicero nunca estará solo, mi señor. Es demasiado hábil.</p> <p>—¿Crees que ha encontrado partidarios? —preguntó el conde.</p> <p>—Sin duda. Estoy absolutamente convencido.</p> <p>—Entonces, cuando terminemos nuestro trabajo y yo haya recuperado mi castillo...</p> <p>—¿Qué vais a regalarme?</p> <p>—Sí, bueno... quiero decir que cuando lo haya rehabilitado, visitaré a ese granuja de Demónicus. Si poseo la tinta y el pergamino, seguro que le interesará asociarse conmigo.</p> <p>El conde no se percató del gesto de odio de Escorpio. El espia esperaba recibir el castillo como recompensa, pero Morfidio le había hecho dudar con sus insensatas palabras.</p> <p>—Pon toda tu atención en Arturo y descubre cuándo va a bajar a esa maldita cueva —le ordenó el conde—. Empiezo a perder la paciencia.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Era de noche cuando Crispín, disfrazado de campesino y montado en una mula, se dispuso a salir de los límites de Ambrosia. Hacía frío, pero era la mejor ocasión de ausentarse sin ser visto por los espías demoniquianos que, casi con seguridad, los observaban. El cielo, igual que todos los días, estaba rasgado por las líneas de los proyectiles de fuego y ello le daba un aspecto tétrico y amenazador. La mortífera lluvia era incesante. De vez en cuando se producía un estallido acompañado de chispas.</p> <p>—Ten cuidado, Crispín —le pidió Arturo—. Haz tu trabajo, pero no te expongas más de lo necesario.</p> <p>—Así lo haré, mi señor Arturo —respondió el joven—. Conseguiré la información que precisamos, cueste lo que cueste.</p> <p>—Tu vida no tiene precio para nosotros —insistió el rey de Arquimia—. Consérvala.</p> <p>—La vida de los arquimianos es igual de valiosa. Haré mi trabajo y volveré. Lo juro.</p> <p>—Recuerda que formas parte de nuestra legión —le recordó la reina Alexia—. Haz honor a su bandera...</p> <p>—¡Cuidado! —avisó Arturo—. ¡Atrás!</p> <p>De repente, una bola de fuego que venía directamente hacia ellos, y que cayó muy cerca, les obligó a apartarse.</p> <p>—¡Es un infierno! —exclamó Arturo, rabioso—. ¡No se detienen!</p> <p>—Acabaré con esto pronto —prometió Crispín—. Estoy tan orgulloso de formar parte de vuestra legión y del Ejército Negro que nada me impedirá llevar a cabo esta misión. He aprendido mucho a vuestro lado. Y sé que el honor es nuestro norte.</p> <p>—Es una empresa peligrosa —comentó Arquitamius—. Necesitarás ayuda. Arturo, déjame tu espada.</p> <p>El alquimista milenario agarró el arma alquímica, la cubrió con su túnica y, como ya hiciera tiempo atrás, la duplicó.</p> <p>—Aquí tienes, Crispín —le encomendó—. Hónrala y ya me la devolverás cuando vuelvas.</p> <p>—Gracias, maestro —dijo el valiente joven—. No os defraudaré.</p> <p>—Lo sabemos —dijo Arquimaes, con su mano sobre el hombro—. Confiamos plenamente en ti.</p> <p>—Dirígete hacia el fondo del valle, de donde provenían los pájaros dragón y hacia donde huyeron —le aconsejó Arturo—. Sigue la trayectoria de los proyectiles que caen sobre nosotros.</p> <p>—De acuerdo —prometió Crispín—. Me llevará hasta nuestros enemigos.</p> <p>—Si planean algo, estarán en esa dirección —dijo Alexia.</p> <p>—Sí, creo que os entiendo. La ola de fuego también vino desde allí. Tiene que haber un punto en común. Iré directamente a su encuentro.</p> <p>—Sé astuto como un zorro y silencioso como la serpiente —le aconsejó Arturo—. Infíltrate lo necesario, observa, averigua y vuelve veloz como el rayo. No te distraigas con menudencias; no entres en peleas innecesarias; no...</p> <p>—Arturo... seré todo eso, pero también seré valiente como tú. Si esta misión comporta actuar como un cobarde, me negaré a ir.</p> <p>—Perdona. Tienes razón. Eres un guerrero arquimiano y debes obrar como tal. ¡Adelante, amigo! ¡Esperamos verte pronto! ¡Parte presto y vuelve con noticias!</p> <p>Crispín espoleó su montura y a Arturo se le hizo un nudo en el corazón cuando la silueta del joven caballero se esfumó en la oscuridad.</p> <p>Cerca de allí, unas tiendas se incendiaron a causa de varios impactos. Algunas personas corrieron con sus niños en brazos, mientras otras trataban de apagar el fuego.</p> <p>—No te preocupes, Arturo; regresará pronto —le tranquilizó Alexia, tratando de consolarle—. Sabe cuidarse.</p> <p>—Me gustaría ocupar su lugar. Daría mi vida por él. Y también por ti.</p> <p>—Eso lo sé. Ya me lo has demostrado cuando bajaste al Abismo de la Muerte.</p> <p>—Si algún día tengo un hijo, me gustaría que fuese como Crispín —confesó el caballero adragoniano—. Ojalá se le parezca.</p> <p>—Lo tendremos y será digno de tu amor —añadió Alexia—. También querrás dar tu vida por él.</p> <p>—Un sucesor que algún día dirigirá Arquimia. Un heredero.</p> <p>—Sí, un valiente caballero capaz de dirigir el Ejército Negro, de plantar cara a la hechicería y de luchar por la justicia. Así será nuestro hijo.</p> <p>—Un adragoniano. Igual que nosotros.</p> <p>Arturo y Alexia se abrazaron y la oscuridad fue testigo de su amor.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Demónicus estaba rabioso. Sus heridas le dolían y los curanderos no lograban aliviarle. Su salud estaba seriamente deteriorada ya que, a las heridas que Arturo le había infligido meses atrás en Demónika, había que sumar las que le habían producido las letras en el ataque a Arquimia, del que tuvo que huir. Después de los últimos esfuerzos, estaba al borde del agotamiento.</p> <p>Alexander de Fer y Tránsito le observaban en silencio.</p> <p>—¡Mataré a Arturo Adragón con mis propias manos! —masculló el Gran Mago Tenebroso, lleno de rabia—. ¡Lo estrujaré como a un bicho!</p> <p>—Pero todavía no lo has conseguido. ¿De qué te valen tus poderes si no eres capaz de segar la vida de tu mayor enemigo? —se burló el joven rey Horades, sucesor de Rugiano—. ¿Para qué tanto alarde de brujería?</p> <p>—Horades, no es el momento de molestarme. Podría fulminarte solo con una mirada —le amenazó Demónicus.</p> <p>—No es necesario que me hables así. Yo no soy tu enemigo. Somos aliados y queremos lo mismo. ¿O no?</p> <p>—Todos deseamos terminar con ellos —añadió Tránsito—. El problema es cómo hacerlo.</p> <p>—¡Enviaremos a nuestro ejército! ¡Arrasaremos Arquimia! —bramó Demónicus—, ¡No quedará piedra sobre piedra!</p> <p>—¿El ejército? —preguntó Horades—. No está preparado aún. Apenas tengo soldados para vigilar el castillo, defender las fronteras y mantener el orden.</p> <p>—¡Hay que apremiar a los hechiceros para que hagan lo que les hemos pedido! ¡Vamos a convertir en soldados todo lo que sea capaz de mantenerse en pie, y los lanzaremos contra esos arquimianos! ¡Invadiremos el valle de Ambrosia y trituraremos Arquimia! ¡Arturo pedirá clemencia! ¡Querrá morir antes que permanecer en mi cámara de tortura!</p> <p>—¿Todavía crees posible que ese ejército de bestias nacido de campesinos, vacas, muías, patos y perros invadan Arquimia? —preguntó Horades, con dudas sobre la perversa idea del Gran Mago Tenebroso—. ¿Crees que lo conseguirás?</p> <p>—¡Cuando veas esos miles de bestias mutantes, hambrientas y salvajes, dejarás de reír! ¡Ninguna milicia de humanos podrá enfrentarse con fieras dirigidas por brujos y hechiceros. Les darán pócimas de obediencia y seguirán fielmente las órdenes de sus jefes. ¡Será un ejército invencible!</p> <p>—¡Si lo consigues, me convertiré en emperador de estas tierras! —exclamó Horades—. ¡Dentro de mil años, todos recordarán mi nombre y mis hijos gobernarán con mano dura! ¡Cuenta con mi apoyo, Demónicus!</p> <p>—¡Te recuerdo que tus hijos serán mis descendientes! —bramó Demónicus.</p> <p>—Oh, claro. Ardo en deseos de conocer a esa hija tuya de la que tanto hablas. Celebraremos la boda cuando acabes con Arturo.</p> <p>—Puedes darlo por hecho —afirmó Alexander—. Yo mismo le mataré.</p> <p>—No eres enemigo suficiente para liquidar a ese diablo. Tendré que hacerlo yo —espetó Demónicus—. ¡Primero le mataré y después, Horades, te casarás con mi hija Alexia!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Crispín cruzó el campo calcinado por donde había pasado la ola de fuego unos días antes. Cabalgó con lentitud para evitar tropiezos, ya que, a pesar de que la luna enviaba una tenue luz, le costaba trabajo ver el terreno que pisaba. El suelo, además, estaba lleno de zanjas y de grietas debido a la muralla de tierra que Arquitamius había levantado para detener la masa incandescente.</p> <p>El cielo se iluminaba de vez en cuando con los diabólicos proyectiles de fuego que se dirigían hacia el valle de Ambrosia. Demónicus y sus secuaces sabían cómo desmoralizar a sus enemigos.</p> <p>Después de cabalgar durante un par de días, se cruzó con una pequeña caravana de campesinos que parecían huir, a juzgar por las prisas que llevaban.</p> <p>—¿De dónde venís, buena gente? —les preguntó—. ¿Acaso os persigue alguien? ¿Habéis cometido algún delito?</p> <p>—Escapamos de la furia hechicera que asola nuestro reino —explicó un hombre de poblada barba—. El joven rey Horades les permite hacer con nosotros lo que les apetece y nadie nos protege. Hemos oído hablar de ese nuevo reino llamado Arquimia, donde dicen que impera la justicia, y hacia allí nos dirigimos.</p> <p>—Seréis bien recibidos —afirmó Crispín—. Encontraréis cobijo y apoyo. En Arquimia nadie abusará de vosotros y vuestros hijos estarán a salvo.</p> <p>—Gracias, amigo. Pero te aconsejamos que cambies de rumbo y no entres en los dominios de Horades, porque todo es muerte y desolación. Convierten a la gente en bestias mutantes. ¡Es un reino de terror! Nosotros hemos escapado de milagro, pues los soldados impiden salir de Rugían a cualquiera que lo intente. Se ha transformado en una gran cárcel.</p> <p>—Gracias, aunque no puedo seguir vuestro consejo. Mi camino me lleva directamente hacia ese horrible lugar. Seguid el vuestro en paz. Adiós.</p> <p>Crispín les vio alejarse e imaginó lo doloroso que resulta siempre tener que escapar de la tierra que te ha visto nacer. Su experiencia como hijo de proscrito despertaba en él una sensibilidad especial.</p> <p>Más tarde, después de mucho cabalgar, alcanzó un sendero vigilado por una pequeña guarnición de soldados, al borde de un espeso bosque. Se acercó con precaución.</p> <p>—¡Alto ahí! —ordenó un sargento que se interpuso en su itinerario—. ¿Adonde vas, muchacho?</p> <p>—A visitar vuestro reino —respondió Crispín con sencillez—. Me han dicho que es fácil encontrar trabajo. Soy campesino y tengo mucha experiencia en esas labores, además de buenos brazos.</p> <p>—Te han indicado bien. Encontrarás trabajo bien pagado —dijo el sargento con cierta ironía—. ¿Verdad, muchachos?</p> <p>—Oh, claro —dijo uno que se apoyaba en una lanza—. Hay mucho que hacer por aquí.</p> <p>—Y muy bien remunerado. Somos muy generosos en este reino. Nuestro rey Horades nos ha ordenado que ayudemos a los recién llegados —añadió otro que acariciaba la empuñadura de su espada.</p> <p>—Sí, pero también quiere que cobremos un impuesto a los extranjeros —dijo el sargento de la patrulla—. Te habrán avisado, ¿no?</p> <p>—No tenía ni idea —confesó Crispín—. No sabía que hay que pagar por entrar en un reino.</p> <p>—Es un impuesto nuevo. Se llama peaje: pagar por pasar. Da igual que sea para entrar o para salir.</p> <p>—¿Y cuánto cuesta mi peaje?</p> <p>—Creo que nos conformaremos con tu mula —determinó el sargento—. A pesar de que está vieja y muy flaca, servirá para dejarte entrar. Nos has caído bien.</p> <p>—¿Mi mula? No puedo desprenderme de ella.</p> <p>—¡Tienes que pagar por entrar! —gruñó el sargento.</p> <p>—Si no quieres acabar como esos desgraciados, debes hacerlo —explicó un soldado que, con su lanza, señalaba un árbol del que colgaba una jaula de hierro—. Baja de esa mula ahora mismo.</p> <p>Pero Crispín ya no le escuchaba. Su mirada estaba clavada en dos mujeres y un hombre encerrados en la jaula de hierro. Parecían cadáveres.</p> <p>—¿Ves lo que les pasa a los que no desembolsan? —dijo alegremente el sargento—. Anda, apéate de esa mula y pasa sin problemas. Es mejor entrar a pie que entrar en la jaula, ¿verdad?</p> <p>Crispín desmontó de un salto. Soltó las bridas y se dirigió a la jaula. El olor nauseabundo que emitían los prisioneros le provocó arcadas.</p> <p>—¿Cómo os llamáis? —les preguntó.</p> <p>El hombre, medio desmayado, levantó la cabeza y, después de observarle, consiguió decir:</p> <p>—Me llamo Herminio, mi mujer se llama Granma y mi hija es Amarae.</p> <p>—¿Herminio? ¿El mesonero? —preguntó Crispín—,¿El de Coaglius?</p> <p>—¿Quién sois? ¿Me conocéis?</p> <p>—Mis amigos y yo nos alojamos en vuestra posada hace meses. Me llamo...</p> <p>—¡Crispín! —exclamó Amarae, saliendo de su adormecimiento—. ¿Eres tú? ¡Es un milagro!</p> <p>—¡Amarae! ¿Qué te han hecho estos canallas? —preguntó lleno de indignación al ver a la joven en un estado tan lamentable—. ¿Qué ha ocurrido?</p> <p>—Cuando os marchasteis, nos acusaron de colaborar con los alquimistas. Preter, el hombre de la cicatriz que os delató, también nos denunció a nosotros y nos acosaron con todo tipo de ataques. Hasta que, hace unos días, nos requisaron la posada y se la entregaron a él. Entonces decidimos escapar, pero, al llegar aquí, estos soldados nos detuvieron. Se quedaron con nuestras pertenencias y nos encerraron en esta jaula.</p> <p>—Hablaré con ellos para que os dejen salir —dijo Crispín—. Creo que me harán caso.</p> <p>—Tened cuidado —advirtió Herminio—. No se avienen a razones. Desde que los hechiceros tienen poder absoluto, los soldados cometen todo tipo de abusos y atrocidades.</p> <p>—Estoy seguro de que me escucharán —insistió Crispín—. Ya lo veréis.</p> <p>—Págales lo que te pidan y márchate antes de que sea tarde —le aconsejó Amarae—. ¡Huye enseguida! ¡Huye lo más lejos que puedas!</p> <p>—¡No te dejaré aquí! ¡No permitiré que te traten de esta manera!</p> <p>En ese momento, el sargento, que no le había quitado el ojo de encima, se acercó a Crispín.</p> <p>—¿Te has convencido de que es mejor pagar, muchacho? —se burló en voz alta, en un tono muy insultante.</p> <p>Crispín giró sobre sus talones y le miró a los ojos.</p> <p>—¡Abrid esa jaula y soltadlos! —le ordenó—. ¡O lo haré yo!</p> <p>—¿Qué? ¿Es una broma? ¡Te voy a...!</p> <p>No pudo terminar. Crispín, que se había abalanzado sobre él, le había asestado un codazo en la garganta y lo había derribado. El sargento no se dio cuenta de que, mientras caía, Crispín desenfundaba una espada que llevaba oculta bajo la capa.</p> <p>—¡Estás loco, chico! —bramó el lancero, que estaba cerca y lo había visto todo—, ¡No sabes lo que acabas de hacer!</p> <p>—Te aseguro que sí lo sé —respondió fríamente Crispín, con su arma alquímica en la mano—. Ahora lo verás. ¡Ven aquí!</p> <p>—¡A mí! —gritó el oficial—, ¡A mí, soldados!</p> <p>Sus compañeros salieron a toda prisa de la garita y se unieron a él. El que ataba la mula decidió no mover un dedo, ya que consideró que, para desarmar a un muchacho, se bastarían solos.</p> <p>—¡Deja la espada ahora que puedes! —le invitó un soldado grueso—. ¡No hagas que nos enfademos!</p> <p>—El que está enfadado soy yo —respondió Crispín, rabioso—. ¡Mucho!</p> <p>—¡Vas a dar con tus huesos en la jaula! —amenazó otro—. ¡Te arrepentirás de lo que has hecho!</p> <p>—¡Te maldecirás a ti mismo por haber cometido esta tontería! —se burló el lancero—, ¡Menos mal que tu vida va a ser corta!</p> <p>—¿Vales menos que una mula? —se mofó otro.</p> <p>—Esto no es por la mula sino por las personas que habéis encerrado injustamente —aclaró Crispín, listo para luchar—, ¡Vosotros sois las mulas!</p> <p>—¿Defiendes a esos desgraciados amigos de los alquimistas? —preguntó atónito el soldado grueso—. ¿No pensarás liberarlos?</p> <p>—Los voy a soltar y meteré a los que sobreviváis en su lugar —respondió con gallardía—. ¡Preparaos para morir!</p> <p>Crispín no esperó a que iniciaran el ataque. Se lanzó a por ellos con la ventaja que le proporcionaba la sorpresa. Le habían tomado por un indefenso pueblerino y se habían encontrado con un valiente caballero arquimiano, experto en el manejo de las armas. Crispín sabía que media docena de soldados mal entrenados no constituían una amenaza grave.</p> <p>El soldado gordo, que era el más fuerte y el más lento, fue el primero en caer bajo la hoja de Crispín, que le ensartó al primer golpe. Sus compañeros empezaron a preocuparse cuando le vieron en el suelo, encharcado en sangre.</p> <p>Quizá por eso redoblaron sus esfuerzos.</p> <p>—¡Rodeadle! —ordenó el lancero, preparado con su pica—. ¡Atacad a ese malnacido por todos los flancos!</p> <p>Le hicieron caso, pero Crispín actuó con mucha más rapidez. Primero eliminó al de la lanza, que representaba más peligro. Después hirió a otros dos, y los dos restantes optaron por retroceder prudentemente.</p> <p>—¡Ríndete! —inquirió uno de ellos—. ¡Esperamos refuerzos! ¡Te van a colgar!</p> <p>—¡Haréis algo mejor! ¡Entrad en esa jaula vacía! —les exigió Crispín—, ¡Ahora!</p> <p>—¡Ni hablar! ¡Somos soldados del rey y nadie nos encerrará! —protestó el lancero.</p> <p>Crispín le golpeó en el brazo y le produjo una herida.</p> <p>—¡No quiero tener que repetirlo! ¡Adentro!</p> <p>No tuvo que hacerlo: entraron todos en la jaula vacía que colgaba del gran árbol, cerca de la de Herminio y su familia, tras lo cual Crispín echó el candado y quedaron totalmente apresados.</p> <p>—¿Dónde están las llaves? —les preguntó.</p> <p>—No hay llaves. Nosotros solo cerramos —replicó el sargento, que aún no creía lo que sucedía—. Nunca se vuelven a abrir.</p> <p>Crispín entró a la casucha y rebuscó entre los enseres mal ordenados hasta que encontró lo que buscaba. Cogió un pesado martillo y lo arrastró hasta la jaula de Herminio y su familia, que ahora le miraban con mucha atención.</p> <p>—¡Apartaos! —ordenó Crispín—. ¡Atrás!</p> <p>Descargó varios golpes sobre la cerradura oxidada hasta que la hizo saltar por los aires. Después dejó caer el mazo y tiró de la puerta hasta que cedió.</p> <p>—¡Salid de aquí! —les sugirió—, ¡Esto es inhumano!</p> <p>Herminio ayudó a su mujer, que se deslizó hacia fuera. Crispín la cogió de la cintura y la depositó en el suelo. A continuación, Amarae siguió el mismo camino. Cuando Crispín la agarró del talle, los dos cruzaron una rápida mirada y ella se unió a su madre, que se percató del gesto. Herminio descendió por su propio pie, convencido de que habían vuelto a nacer.</p> <p>—Gracias por liberarnos, caballero Crispín —dijo el hombre—. Si hubiéramos seguido ahí dentro, habríamos muerto en unos días. ¿Qué podemos hacer para agradeceros vuestra gentileza?</p> <p>—Necesito que alguien me guíe —dijo Crispín—. Me voy a adentrar en ese reino del que pensabais huir.</p> <p>—¿Qué buscáis en ese lugar infecto?</p> <p>—Información —respondió Crispín con toda sinceridad.</p> <p>—¿Qué clase de información?</p> <p>—No os lo diré. Cuanto menos sepáis, mejor para vosotros.</p> <p>—Me da igual. Estamos en deuda con vos y os acompañaremos hasta donde queráis —dijo Herminio—. Contad con nosotros, ¿verdad, Granma?</p> <p>La mujer, que no era de muchas palabras, asintió con la cabeza.</p> <p>—Debo advertiros que puede ser peligroso —les previno Crispín.</p> <p>—Gracias a vos, acabamos de salir del peligro —contestó Herminio con entereza—. No seremos tan desagradecidos como para abandonaros ahora que nos necesitáis.</p> <p>—Os agradezco la ayuda —repuso Crispín—. Con vosotros pasaré más desapercibido.</p> <p>—¡Amarae, trae la montura del caballero! —ordenó Herminio—. Cojamos nuestro carro y salgamos de aquí antes de que lleguen más soldados.</p> <p>Amarae entregó las bridas de la mula a Crispín.</p> <p>—Gracias por tu amabilidad —susurró el joven—. Gracias.</p> <p>Sus dedos se rozaron levemente y Crispín sintió que algo se avivaba en su interior.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>X</p> <p>E<style name="versalita">L VERDADERO </style>S<style name="versalita">TROMBER</style></p> </h3> <p>El sol acaba de salir y, sobre el cielo gris, la luz perfila las nubes, que amenazan tormenta. Todo indica que hoy va a ser un día diferente.</p> <p><i>Me llamo Arturo Adragón y vivo en la Fundación, un edificio propiedad de mi familia que ahora está destrozado</i>...</p> <p>—¡Arturo, levanta! —me apremia <i>Sombra</i>—. ¡Corre, ven!</p> <p>—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?</p> <p>—¡Míralo tú mismo!</p> <p>Salgo de la cama de un salto y le sigo hasta una ventana. Me asomo y veo que estamos rodeados. ¡Completamente rodeados! Stromber y sus hombres, que ahora son muchos y están bien pertrechados, han entrado en el jardín de la Fundación. Lucen sus armas sin ningún pudor, y lo más extraño es que no se ve un solo policía de uniforme. ¡Estamos solos! ¡Abandonados a nuestra suerte!</p> <p>—¡Señor Adragón! —grita Del Hierro, que está junto a Stromber y Terrier—, ¡Salgan todos de ahí ahora mismo y desalojen esto antes de que llegue la policía!</p> <p>—¿Qué hacemos? —me pregunta papá.</p> <p>—Ahora verás.</p> <p>Me asomo por el hueco de la ventana y me aseguro de que Del Hierro y sus socios me vean perfectamente.</p> <p>—¿Me oye, Del Hierro?</p> <p>—¡Sí, te oigo, Arturo!</p> <p>—Pues escuche atentamente lo que le voy a decir... ¡No nos vamos a rendir! ¡No vamos a salir! ¡No intenten entrar! ¡Usted, Stromber, y sus hombres pueden marcharse por donde han venido!</p> <p>—Nos han dicho que habéis herido a un agente de policía, y eso es muy grave.</p> <p>—Más grave es que sus hombres intentaran matarnos, señor Del Hierro. Y nadie ha hecho nada para impedirlo. ¿Qué han hecho con el general Battaglia?</p> <p>—Está aquí, con nosotros —responde Terrier—. Se encuentra bien. Salgan y reúnanse con él. Y nadie saldrá herido.</p> <p>—¡O daré la orden de atacar! —grita Stromber—, ¡Mis hombres quieren entrar en acción! ¡Nadie podrá detenerlos!</p> <p>—¡Soy Arturo Adragón, propietario de este edificio, y tengo autoridad para impedir la entrada a quien quiera atacarme!</p> <p>—¡Yo soy el auténtico propietario de la Fundación! —responde Del Hierro—, ¡Ese edificio pertenece al banco!</p> <p>—¡Si salen, su situación mejorará! —insiste Terrier—, ¡Es mejor que no compliquen las cosas!</p> <p>Sé que tienen razón. Si no salimos, la cosa empeorará de verdad. Esos mercenarios son unos bárbaros y están bien entrenados. Sé que nadie vendrá a ayudarnos.</p> <p>—¿Qué crees que van a hacer? —me pregunta Metáfora.</p> <p>—Nada —respondo—. Se van a quedar ahí, a la espera. No van a entrar. No es eso lo que quieren.</p> <p>—¡Malditos bandidos! —exclama <i>Patacoja</i>—. ¡Si le hacen daño al general, lo pagarán caro!</p> <p>—¡Son unos salvajes! —añade Adela.</p> <p>Apenas han pasado unos minutos cuando notamos movimiento entre las filas enemigas. Algo está a punto de ocurrir.</p> <p>—Creo que ha llegado el momento —advierte <i>Sombra</i>—. Stromber viene a por ti.</p> <p>—¡Por fin! —exclamo.</p> <p>Stromber se acerca lentamente. Viene despacio, con la seguridad de quien va a ganar.</p> <p>—¡Arturo! ¡Quiero hablar contigo!</p> <p>—¡Ya lo hacemos!</p> <p>—¡Cara a cara! —insiste—. ¡Tengo algo que enseñarte!</p> <p>Dos de sus hombres se unen a él y traen consigo al general Battaglia.</p> <p>—¡General! ¿Está usted bien? —le pregunto.</p> <p>—Perfectamente, Arturo —confirma—. Estos desgraciados me pillaron por sorpresa. Pero no dejéis que me usen para...</p> <p>Un sicario le da un golpe en el estómago.</p> <p>—¡Stromber! ¡Eso es una canallada! —grito.</p> <p>—¡Sal y habla conmigo! —contesta—. ¡Venga, no tengas miedo! ¡Te daré otro susto!</p> <p>—Sabes lo que pasará si vas, ¿verdad? —me advierte <i>Sombra</i>.</p> <p>—Si, lo sé. Por eso voy a ir.</p> <p>—¿Qué va a ocurrir? —pregunta Metáfora.</p> <p>—Lo inevitable —respondo—. Lo que está escrito. Tengo que enfrentarme a él.</p> <p>Me mira e intuye que ya no habrá más explicaciones.</p> <p>—¿Qué va a ser de nosotros? —musita Metáfora mientras me agarra la mano.</p> <p>—Lo que el destino haya decidido —afirmo serenamente—. Tenemos que ser fuertes. Luchamos por algo: queremos un futuro justo y libre. ¿Estás conmigo?</p> <p>—Por supuesto. Lo que hagas estará bien —asiente Metáfora—. Cuentas con mi apoyo.</p> <p>Nos abrazamos y nos despedimos con un beso rápido e intenso.</p> <p>—Suerte —me desea—. Te espero.</p> <p>Acaricio su mejilla con cariño y limpio la lágrima que se desliza sobre ella. Se me hace un nudo en la garganta.</p> <p>Miro a todos mis compañeros y, en silencio, salgo del recinto. A veces, para despedirse, no hacen falta palabras.</p> <p>Stromber me mira desafiante. Voy hacia él sin prisas, sin miedo, sin rodeos. Ellos avanzan.</p> <p>Cuando estoy cerca, él y los dos hombres que escoltan al general se detienen a pocos metros.</p> <p>—¿Por qué no le sueltan? —pregunto señalando al general—. El no tiene nada que ver con todo esto.</p> <p>—Prefiero que se quede aquí, con nosotros —responde Stromber—. Será un buen espectador. Igual que tu otro amigo.</p> <p>—¿Qué otro amigo? ¿De quién habla?</p> <p>Stromber levanta un brazo y dos mercenarios vienen hacia nosotros trayendo a un nuevo prisionero.</p> <p>—¡Tránsito! —exclamo cuando están cerca—, ¡Esto es una infamia, Stromber!</p> <p>—Es un desafío, Arturo. ¡Ha llegado el momento de vernos las caras!</p> <p>Stromber sonríe mientras sus hombres apuntan a Battaglia y otro pone un cúter cerca del cuello de Tránsito.</p> <p>De repente noto que alguien viene a la carrera.</p> <p>—¡Papá, vuelve atrás! —le insto—. Yo me ocupo.</p> <p>—¡Deje libre a esos hombres! —grita, fuera de sí—, ¡Es usted un miserable, Stromber!</p> <p>—¡Libérelos usted si se atreve! —contesta cínicamente—, ¡Vamos, hágalo!</p> <p>—¡Le abrí las puertas de la Fundación y usted nos engañó, miserable! —responde papá—. Suéltelos ahora mismo.</p> <p>—Ni lo sueñe —replica Stromber—. Son mis prisioneros.</p> <p>—¿Qué quiere, Stromber? —le pregunto mientras sujeto el brazo de papá, que está furioso como jamás le había visto—. ¿Para qué ha organizado todo esto?</p> <p>—He traído mi espada —dice, y abre su abrigo y descubre el arma—. ¡Mira!</p> <p>—Yo estoy desarmado —digo.</p> <p>—¿Y la espada al química?</p> <p>—Abajo, en la gruta. Sigue ahí, clavada en la roca negra. Ya la vio usted cuando peleamos.</p> <p>—Baja a buscarla. Te espero aquí.</p> <p>—No sé si podré sacarla. Está unida a la roca —objeto—. Forma parte de ella.</p> <p>—Si eres un auténtico Adragón, la sacarás. Es tu gran oportunidad de demostrar a todo el mundo quién eres.</p> <p>—¿Y cómo sé que no va a atacar la Fundación mientras voy a por ella?</p> <p>—Lo único que quiero es luchar contigo. Lo demás no me interesa. Anda, ve a buscar tu arma mágica. Seré paciente.</p> <p>A pesar de que sé que su palabra no tiene ningún valor, decido aceptar el reto. No tengo otra opción. Retrocedo y me llevo a papá conmigo.</p> <p>Volvemos a nuestra posición y me reúno con mis amigos, que aguardan impacientes. <i>Patacoja</i> y papá tratan de disuadirme, pero no lo consiguen.</p> <p>—Permaneced atentos —les advierto—. Tardaré lo menos posible.</p> <p>—Te acompaño —dice Metáfora.</p> <p>—Voy a...</p> <p>—Sé qué vas a hacer. Quiero verlo. Si voy a ser tu reina, quiero estar a tu lado en los momentos decisivos.</p> <p>—¿Crees que no podré retirar la espada?</p> <p>—Al contrario. Quiero ver cómo lo haces. No me lo perdería por nada del mundo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>La gruta está silenciosa como siempre. Solo se oyen el murmullo del agua y nuestros pasos sobre la arena.</p> <p>Es casi igual que el dibujo que Montier me enseñó en su fábrica de espadas. Solo falta el ataúd. Todavía no he descubierto a quién pertenece. Solo sé que el dibujo lo hizo Arquimaes y que lo firmó con letras sueltas sobre las rocas... I, R, A, S... Aunque no estaban todas ¡Eh, un momento! ¡Esas letras pueden significar otra cosa! Si les cambio el orden podrían...</p> <p>—Metáfora, creo que ya sé quién hizo el dibujo de Montfer —digo.</p> <p>—¿No lo hizo Arquimaes? Yo creía que incluso lo había firmado.</p> <p>—¡Rías! ¡Fue Rías, su ayudante! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Las letras coinciden!</p> <p>—¿Rías? ¿El que servía a Alexia? ¿Estás seguro?</p> <p>—Casi, pero no sé a quién pertenece el ataúd que estaba en el suelo.</p> <p>—Escucha, Arturo. Ahora debes pensar en lo que te espera. Céntrate en lo que tienes delante.</p> <p>—De acuerdo. Tienes razón —admito—. Voy a hacerme con esa espada.</p> <p>—¡Ahí la tienes! ¡Te espera!</p> <p>—Tengo miedo —balbuceo al tragar saliva—. No sé si seré capaz.</p> <p>—Arturo, eres más fuerte de lo que supones, tienes más valor del que imaginas y posees un poder único —dice animándome—, ¡Adelante! ¡No te defraudes a ti mismo!</p> <p>De todos los momentos clave que he pasado en mi vida, este es el más relevante. Si no consigo arrancar la espada, significará que no soy el verdadero Adragón que creo ser. Significará que no soy nadie.</p> <p>—¡Empúñala! —ordena Metáfora—, ¡Sin miedo!</p> <p>Tengo la impresión de que el dragón de la espada me mira desafiante, como si quisiera asustarme. Saco fuerzas de flaqueza y alargo el brazo derecho. La mano se cierra sobre la empuñadura. Me tiembla hasta el alma. Estoy a punto de cerrar los ojos, pero, en el último momento, fijo la mirada en la hoja, que permanece clavada en ese trozo de roca negra que parece un monstruo retorcido. Tenso los músculos y la atraigo hacia mí.</p> <p>Metáfora lanza una pequeña exclamación.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>—¡Ahora estoy preparado, Stromber! —exclamo, espada en mano—, ¡Podemos empezar cuando quiera!</p> <p>—¡Este combate será el definitivo! —advierte—, ¡El día de tu muerte ha llegado, Arturo Adragón!</p> <p>—No cante victoria, Stromber. Ya le he vencido dos veces, y volveré a hacerlo. Su historia está a punto de acabar. Nadie volverá a oír hablar de usted.</p> <p>—¡Te equivocas! ¡Voy a ser el próximo Arturo Adragón! ¡Ocuparé tu trono y seré el gran rey de Arquimia! ¡Ese es mi destino!</p> <p>—¡Ya lo intentó antes y le salió mal! ¡Ha llegado el final de sus días!</p> <p>—Deja de hablar y prepárate a morir —sentencia antes de desenfundar su espada.</p> <p>¡Es la espada alquímica! ¡Es una réplica de la espada alquímica!</p> <p>—¿De dónde la ha sacado? —pregunto, lleno de rabia—. ¡Maldito traidor!</p> <p>—¡Es mía! ¡Gané el derecho a poseerla! ¡Yo soy su dueño y ella me dará la victoria! ¡Es la única que puede matar a un inmortal y con ella te voy a quitar la vida!</p> <p>—¿Olvida que la mía también tiene ese poder?</p> <p>—¡Entonces luchemos y veamos quién tiene derecho a vivir! —responde.</p> <p>—Deje libres a Battaglia y a Tránsito —le pido.</p> <p>—¡Ni lo sueñes! —grita Stromber—, ¡Vosotros, llevaos a estos dos y poneos allí, tras ese muro —ordena señalando una zona semiderruida—, ¡Ahora mismo!</p> <p>Los tres mercenarios empujan con sus armas a nuestros amigos hacia el lugar indicado por su jefe. La rabia me domina al ver cómo los tratan, pero no puedo hacer nada. Seguramente lo hacen así para ponerme nervioso. Así que sigo el consejo de Metáfora y me centro en lo que me aguarda.</p> <p>—¡Vamos, Stromber, cobarde! ¡Deje de buscar excusas! ¡Aquí estoy!</p> <p>—¡Ahora verás si tengo miedo! —grita, con su arma en alto.</p> <p>Arremete con furia y los aceros chocan. Un ruido estremecedor como el de un trueno surge de las hojas mágicas.</p> <p>La potencia del ataque crece por momentos. Stromber está furioso. Se nota que desea acabar conmigo. Y eso me conviene: una persona rabiosa es una persona ineficaz.</p> <p>Golpea sin piedad y sin control. Es una máquina de matar. Sus ojos brillan y su boca ruge. No deja de insultarme y de amenazarme. De refilón veo a mis amigos, que nos observan con mucha atención.</p> <p>—¡Cuando mueras recuperaré mi identidad! —grita Stromber para amedrentarme—, ¡Seré un Adragón de los pies a la cabeza!</p> <p>Su espada acaba de rozarme el cuello. Es posible que su estrategia consista en hablar para distraerme. Y ha estado a punto de salirse con la suya. Ha faltado poco.</p> <p>Ahora presto más atención a sus movimientos de esgrima. Creo que, efectivamente, actúa según un plan preconcebido. Ese descontrol es una pantalla para camuflar su estrategia.</p> <p>De repente, la espada de Stromber se mueve con tal rapidez que se hace invisible a mis ojos. Debo tener cuidado. ¿De dónde habrá sacado esta hoja?</p> <p>—¡Prepárate, Arturo! —advierte con una sonrisa cínica—, ¡Te quedan pocos segundos de vida!</p> <p>Su plan ha estado a punto de funcionar. Menos mal que estaba alerta. Sus palabras son solo una maniobra de distracción. Dice cosas sin sentido solo para ponerme nervioso y enfurecerme. Pero no he caído en la trampa, por eso su golpe ha fallado. La estocada que me ha lanzado ha pasado a pocos milímetros de mi pecho.</p> <p>Ahora comprendo que no debo responder a sus provocaciones y que necesito concentrarme en sus movimientos para tratar de adivinar por dónde van a venir los próximos ataques. Tengo que anticiparme, pero sé que, incluso estando muy atento, esta lucha se presenta difícil, muy difícil.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XI</p> <p>E<style name="versalita">L PUNTO DÉBIL</style></p> </h3> <p>Ahora que se habían instalado en las estancias del palacio, Arturo y Alexia eran conscientes de que la batalla que se avecinaba iba a tener tintes trágicos. Como sabían que sus vidas iban a correr un grave peligro, dedicaron muchas horas a ordenar sus ideas y sus sentimientos.</p> <p>—¿Sabes cuál es tu punto débil? —preguntó Alexia mientras acariciaba el cabello de Arturo—, ¿Lo sabes?</p> <p>—Tú eres mi punto débil —respondió él.</p> <p>—No bromees. Dime la verdad.</p> <p>—¿Para qué quieres conocerlo? —preguntó Arturo.</p> <p>—Quiero protegerlo. Igual que tu deberías proteger el mío.</p> <p>—Está bien, yo te confieso mi punto débil y tú me cuentas el tuyo —propuso Arturo—, ¿De acuerdo?</p> <p>—Claro que sí. Empieza tú —contestó Alexia.</p> <p>—Mi punto débil es...</p> <p>—¿Es...?</p> <p>—Mi gente. Tú, mi madre, mi padre, mi hijo, mis nietos, mis bisnietos, mis descendientes, mi estirpe, mi linaje... Daria la vida por cualquiera de ellos —explicó Arturo—. Y por mis amigos.</p> <p>—Los dragones matan por defender a sus crías. Son capaces de comerse el mundo para protegerlos. Eres un verdadero Adragón.</p> <p>De repente, la puerta se abrió para dejar paso a Leónidas.</p> <p>—¿Puedo pasar? —preguntó el caballero.</p> <p>—Naturalmente —dijo Arturo—. Entra, amigo mío. ¿Ha ocurrido algo?</p> <p>—Nada digno de mención. Sigue la lluvia de flechas, lanzas, piedras y bolas de fuego, igual que siempre. Hemos observado su trayectoria y siempre vienen del mismo sitio. ¿Crees que Crispín traerá noticias pronto?</p> <p>—Esperemos que sí. Ojalá consiga darnos pistas claras para ir a destruir el nuevo cuartel general de Demónicus.</p> <p>—Quizá deberíamos poner en marcha el Ejército Negro e ir directamente hacia ellos, sin contemplaciones.</p> <p>—Si el ejército se mueve, Demónicus lo sabrá enseguida y nos atacará con más rabia —determinó Alexia—. Es mejor esperar. Crispín volverá de un momento a otro y podremos planificar una estrategia de ataque. Por lo menos sabremos dónde están nuestros enemigos y quiénes son.</p> <p>—Cada hora muere gente de nuestro pueblo —se lamentó Leónidas—. Ya son muchos los arquimianos que han perdido la vida desde que Demónicus inició esta ofensiva. Y no parece que se vaya a detener.</p> <p>—Hay que aguantar, tenemos que ser pacientes —insistió Arturo—. Atacaremos cuando llegue la hora.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Crispín y la familia de Herminio llegaron a Coaglius al mediodía. El joven recordó la última vez que estuvo allí y se asombró al comprobar que los hechiceros ya formaban un verdadero ejército.</p> <p>—Hace años, esta era una ciudad más o menos decente —recordó Herminio con nostalgia, mientras cruzaba el pueblo—. Pero ahora es un nido de víboras.</p> <p>No obstante, y a pesar del ambiente violento que reinaba en la ciudad, no sufrieron ningún altercado, quizá porque la espada de Crispín era muy visible.</p> <p>Rodearon el castillo, que estaba muy vigilado, y alcanzaron una colina desde la que pudieron ver cómo de un campamento medio escondido, protegido por soldados y apartado de la población, salían disparadas docenas de proyectiles incendiarios y mortíferos en dirección a Arquimia. Crispín sintió un deseo irrefrenable de entrar, arma en mano, a destruir aquella base de maldad, pero se contuvo.</p> <p>Al anochecer se infiltró entre la maleza, sorteó la vigilancia y pudo ver con sus propios ojos cómo los hechiceros lanzaban toda clase de proyectiles gracias a una fuerza mágica más poderosa que las máquinas de guerra.</p> <p>—Así que los disparan desde aquí —murmuró, entre dientes.</p> <p>Todo encajaba. Horades era el nuevo socio de Demónicus, ya lo había sospechado, pero ahora las pruebas eran evidentes.</p> <p>—Tengo lo que necesitaba —dijo Crispín cuando, horas más tarde, se reunió con Herminio y su familia—. Ya sé lo que pasa.</p> <p>—¿Qué prefieres hacer, Crispín? —le preguntó Herminio—, ¿Acampamos en las afueras o seguimos adelante?</p> <p>—Debo acercarme cuanto sea posible para hacerme una idea de las fuerzas de Horades. Si todo va bien, mañana mismo podremos partir. Este sitio es peligroso, sobre todo para vosotros.</p> <p>—Estamos de acuerdo; cuanto antes salgamos de aquí, mejor para todos —reconoció el buen hombre.</p> <p>—Entonces ayúdame a terminar mi trabajo —pidió Crispín—. Aproxímate a todas las zonas pobladas; rodea el castillo y después cruza el pueblo. También quiero que te acerques todo lo que puedas a los campamentos militares. De esta forma podré ver lo que hacen.</p> <p>—¿Eres un espía de algún rey que quiere conquistar este reino? —preguntó la mujer de Herminio.</p> <p>—No. Soy espía de un reino que no quiere ser invadido por Horades —respondió Crispín—. Mi rey quiere saber todo lo que pasa por aquí. Tenemos que prepararnos para un ataque.</p> <p>—¿Está seguro tu rey de que Horades le va a asaltar? —preguntó Herminio—, ¿Qué pruebas tienes?</p> <p>—¿Ves estas bolas de fuego que surcan el cielo? ¿Ves las jabalinas, las flechas y las piedras? Todas apuntan en la misma dirección, hacia mi territorio. Horades ya comenzó a atacarnos. Por eso estamos seguros.</p> <p>—¿Cuál es tu reino? —preguntó la joven Amarae—, ¿Y quién es tu rey?</p> <p>—Mi reino es Arquimia y mi rey es Arturo Adragón; le conocisteis en vuestra posada. Por mi parte, voy a convertirme en uno de sus caballeros.</p> <p>—Hacia allí nos dirigíamos cuando nos aprisionaron, caballero Crispín. Dicen que es un reino de justicia y libertad —dijo Amarae—, ¿Es eso cierto?</p> <p>—Claro que lo es. He sido escudero de Arturo Adragón durante mucho tiempo y hemos luchado juntos por esos ideales. Es hijo de la reina Émedi, defensora del conocimiento y de la libertad. Su padre, Arquimaes, es un gran alquimista de notable sabiduría. Odiamos la hechicería porque esclaviza a los hombres, y despreciamos la tiranía. Arquimia es un dominio único en el que todas las personas son iguales y poseen los mismos derechos. Te garantizo que os gustará.</p> <p>—Por lo que decís, se avecina una guerra —dijo Granma—. Quizá no sea el mejor momento para ir.</p> <p>—Al contrario. Ahora necesitamos ayuda; toda la ayuda posible. Hay que combatir la opresión con fuerza y determinación. Si Arquimia cae, todas las esperanzas desaparecerán. Debemos unirnos y luchar. La población arquimiana al completo se ha alistado en el ejército: hombres, mujeres, ancianos... Todo el mundo participa.</p> <p>—Crispín tiene razón, madre —dijo Amarae—. Debemos ir y apoyar a Arquimia. ¡Tenemos que ir!</p> <p>—Entonces iremos —accedió la mujer—. Es cierto, ¡debemos pelear por lo que queremos!</p> <p>—Terminemos nuestro trabajo —dijo Herminio—. Veamos qué ocultan estos canallas.</p> <p>Cabalgaron durante horas y Crispín tomó nota de todo lo que veía. Batallones listos para atacar, hechiceros preparados para partir. Bestias mutantes, animales salvajes, armas, catapultas... Todo un ejército listo para invadir Arquimia.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo observaba cómo los proyectiles caían sobre su gente de forma continuada y se sintió abatido e impotente. Arquimaes y Arquitamius habían trabajado duro para organizar una buena defensa, pero todo resultaba inútil. Habían recurrido a los sortilegios que conocían y habían invocado a las fuerzas ocultas que podían ayudarles, pero no consiguieron nada. La magia que enviaba los proyectiles era demasiado poderosa. No tenía nada que ver con la que alimentó la ola de fuego. Arquimia era como una ratonera de la que parecía imposible escapar.</p> <p>—No podemos hacer más, Arturo —declaró Arquimaes, que estaba a su lado—. Ignoramos los componentes de hechicería de esos proyectiles y no podemos crear un buen sistema de protección.</p> <p>—Sé que hacéis lo que podéis —asintió Arturo—. No puedo pediros más; pero tampoco puedo evitar sufrir al ver a mi gente morir bajo esta artillería.</p> <p>—Solo nos queda Crispín —recordó Alexia—. Esperemos que vuelva pronto.</p> <p>—Todos los días sufrimos innumerables bajas —dijo Arturo—. Estoy seguro de que es una estrategia para debilitarnos. Creo que preparan un ataque masivo. Debemos organizar a los nuestros.</p> <p>—No podemos alarmar a la población sin estar convencidos —objetó Arquimaes—. No es conveniente tener a nuestra gente en estado de alerta durante un tiempo indefinido. Eso minaría sus fuerzas. Debemos asegurarnos de lo que hacemos.</p> <p>—Tienes razón —asintió Arturo—. Aguantaremos un poco más.</p> <p>—Hasta que llegue Crispín —le corrigió Alexia.</p> <p>—Hasta que llegue Crispín —repitió Arturo con resignación.</p> <p>—Los monjes dibujan letras sobre todos los enseres de guerra de los nuestros. Cuando el Ejército Negro tenga que actuar, será invencible.</p> <p>—Si queda alguien vivo para entonces —replicó Arturo.</p> <p>—Quizá deberías hacer una visita a la cueva de Adragón y pedirle que te ilumine para afrontar la guerra que se avecina, que va a ser dura —sugirió Arquitamius—. Tendrías que bajar esta misma noche.</p> <p>—Tenéis razón, maestro —dijo Arturo—. Lo haré.</p> <p>Estaban tan absortos en la conversación que ni siquiera prestaron atención a la sombra de un bufón que se deslizaba por el pasillo y que, posiblemente, lo había escuchado todo.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>—Ya he visto bastante —dijo Crispín mientras cenaba alrededor de una fogata junto a Herminio, su mujer y su bella hija Amarae—. Sé lo que ocurre y puedo informar a mi rey Arturo.</p> <p>—Entonces, ¿nos vamos de aquí? —preguntó Herminio.</p> <p>—Tengo que pediros algo importante. Tengo una misión para vosotros.</p> <p>—¿Qué misión es esa? —preguntó el antiguo posadero—, ¿Qué quieres que hagamos?</p> <p>—Yo debo quedarme a resolver unos asuntos —explicó Crispín—. Necesito que vayáis a ver al rey Arturo Adragón en mi nombre. Debéis decirle que Demónicus se ha aliado con Horades y que preparan un ejército de hechiceros que está a punto de marchar sobre Arquimia. Decidle que el ataque es inminente.</p> <p>—¿Por qué no vienes con nosotros y se lo dices tú mismo? —preguntó Amarae—. ¿Por qué no nos acompañas?</p> <p>—Ya os he dicho que tengo que resolver un asunto. Pero es necesario informar a Arturo de lo que aquí se está fraguando. Confío en vosotros.</p> <p>Herminio asintió. Sabía que Crispín era persona de una sola palabra y no le iba a hacer cambiar de idea. Así que no insistió.</p> <p>Después, durante la noche, mientras Crispín observaba el cielo, que seguía surcado por la munición, Amarae se acercó para llevarle una manta.</p> <p>—Hace frío —musitó la joven—. Debes protegerte o enfermarás.</p> <p>—Gracias, Amarae. Eres muy amable.</p> <p>—¿Sigues empeñado en quedarte en este lugar? ¿Tan importante es tu cometido?</p> <p>—Sí. Es posible que salve muchas vidas inocentes. He hecho votos de valentía y tengo el deber de defender a los indefensos. Los inocentes no tienen la culpa de esta guerra y no quiero que paguen las consecuencias.</p> <p>—¿Volveremos a vernos algún día?</p> <p>—Eso espero. Cuando acabe mi trabajo aquí, iré a Arquimia, que ya se habrá librado de esta amenaza, y podremos hablar tranquilamente. Te enseñaré el valle de Ambrosia, te llevaré al bosque de Amórica, donde viví muchos años... Y pediré permiso a tu padre para que seas mi dama, si quieres.</p> <p>—¿Estás seguro? Apenas me conoces.</p> <p>—Te equivocas, te conozco más de lo que imaginas. Te he observado y he descubierto grandes virtudes en ti. He visto el respeto que profesas a tus padres; he apreciado tu discreción; te he escuchado palabras inteligentes y sensatas; he notado que eres valiente y no has dudado en acompañarme a pesar del peligro que corrías. Además eres la chica más bella e interesante que he conocido en mi vida... Y yo, como futuro caballero, deseo que seas mi dama.</p> <p>—Espero ser digna de tu confianza —dijo Amarae.</p> <p>—Ya lo eres —garantizó Crispín, con un beso sobre la mano de Amarae—. Yo también confío en ser digno de ti.</p> <p>Mientras hablaban, el cielo seguía atravesado por los terribles proyectiles de fuego que, casi con seguridad, matarían a algunos arquimianos.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XII</p> <p>D<style name="versalita">UELO EN LA GRUTA</style></p> </h3> <p>Stromber agarra su espada con las dos manos y se lanza hacia mí a toda velocidad, con el arma en alto, como si tuviese la intención de partirme de arriba abajo de un solo tajo.</p> <p>Me inclino para evitar el golpe, pero, de una patada, me lanza arena en los ojos y me deja ciego. Doy un paso atrás y uso mi espada como una guadaña cruzada en horizontal ante mí para evitar un nuevo envite. Me parece que le he herido.</p> <p>Lanza un quejido y espero su respuesta, pero no ocurre nada. Me froto los ojos y consigo recuperar la visión, aunque Stromber no está.</p> <p>—¡Ha entrado en la Fundación! —grita Metáfora.</p> <p>—¡Hacia la escalera! —grita <i>Sombra</i>—. ¡Ten cuidado, quiere que le sigas!</p> <p>—¡No os mováis de aquí! —ordeno—. ¡Yo me ocupo!</p> <p>Salgo en su persecución. Me preocupa no saber qué pretende con esta escapada, pero no hay tiempo que perder. Tengo que alcanzarle e impedir que consiga su objetivo, sea cual sea.</p> <p>Veo algunas gotas de sangre en el suelo y sigo su pista hasta la escalera. Desciendo con cuidado, atento al más mínimo ruido. A pesar de los restos de escombros, el camino está despejado. La sangre de Stromber me lleva hasta la cueva del riachuelo.</p> <p>—¡Stromber! ¿Dónde estás? —grito cuando llego abajo—. ¡Sal y da la cara!</p> <p>—¡Estoy aquí, Arturo! —responde—. ¡Te espero!</p> <p>Efectivamente, sale de detrás de una roca y se deja ver con la espada en la mano, listo para atacar.</p> <p>Sin dudar ni un segundo, me dirijo hacia él dispuesto a luchar. En ese instante avanza y me dispongo a repeler su ataque, pero, en el último momento, se detiene.</p> <p>—¿Vas a recurrir a tu dragón? —me pregunta.</p> <p>—Nunca lo he hecho —respondo, atento a sus movimientos—. Esto es personal y lo resolveré solo. Siempre y cuando no uses artimañas.</p> <p>—Espero que mantengas tu palabra —dice, disponiéndose a embestir.</p> <p>Me rodea por la derecha y me obliga a girar. Me mira con rabia y sus ojos brillan con intensidad. Leo en su rostro la determinación de matarme. Blande la espada con habilidad, lo que me hace pensar que se ha preparado para este encuentro. La última vez que combatimos conseguí cortarle un brazo, pero ahora no estoy seguro de nada. Soy consciente de que me encuentro en el lugar al que ha querido llevarme y no me cabe duda de que lo ha preparado cuidadosamente: es una trampa.</p> <p>—Ahora vas a probar el acero de mi espada alquímica —ruge.</p> <p>—¿De dónde la has sacado, Stromber?</p> <p>—¿No te lo imaginas? Tú mismo has dado las pistas para que sea lo más exacta posible...</p> <p>—¡Montfer! ¡El espadista!</p> <p>—¡Exactamente! —exclama triunfante—. El me ha preparado el arma que te matará, mocoso. Menuda ironía, ¿verdad?</p> <p>—Esa espada es tan falsa como tú —replico—, ¡Farsante!</p> <p>—¡Más hipócrita eres tú! —gruñe—, ¡No eres nada!</p> <p>—¡Soy Arturo Adragón! ¡El futuro rey de Arquimia!</p> <p>Stromber me taladra con la mirada. Permanezco atento a sus movimientos y tengo la respiración agitada. Ha dado unos pasos hacia la derecha y mi intuición me dice que va a atacar... ¡Se lanza contra mí!</p> <p>—¡Estás perdido, Arturo! —gruñe mi enemigo, con una voz que parece de ultratumba—, ¡Ya no puedes hacer nada contra mí!</p> <p>—¡No te tengo miedo, Stromber! —respondo con autoridad para convencerme a mí mismo de que es cierto—, ¡No podrás conmigo!</p> <p>—¡Qué ingenuo! ¡Serás una presa fácil! —grita mientras se abalanza sobre mí—, ¡Muere!</p> <p>Mis brazos tensionados forman una muralla que le contiene a duras penas, pues tiene la fuerza de una bestia del infierno, casi ilimitada. ¡Es imbatible! No sé cuánto tiempo aguantaré. El suelo cruje bajo mis pies... No obstante, mi espada se mueve con rapidez, igual que la suya. ¡La lucha final ha comenzado!</p> <p>—¡Stromber! ¡Renuncia a tus intenciones! —grito—. ¡Nunca conseguirás tu objetivo!</p> <p>—¿Mi objetivo? ¿Qué sabes tú de eso?</p> <p>—Sé que quieres apropiarte de la Fundación y de mi apellido —le respondo—. Pero no lo conseguirás.</p> <p>—Te olvidas de una cosa —dice en tono de burla—. Quiero ser rey. ¡El rey de Férenix! ¡Ese es mi verdadero objetivo! Tengo dinero, pero quiero poder. ¡Quiero ser rey y lo seré!</p> <p>—¡Estás loco! ¡Jamás ocuparás mi lugar!</p> <p>—El trono de Férenix está libre, Arturo! —dice en plan amenazante—. ¡Yo lo tomaré!</p> <p>—¡Nunca! ¡Adragón está de mi lado!</p> <p>—¡Ha llegado tu fin! —exclama el anticuario antes de lanzar un violento espadazo—. ¡Adiós!</p> <p>Me aparto justo a tiempo y evito el golpe. Su hoja golpea una roca y la hace añicos. Sin perder tiempo, la vuelve a levantar y reanuda su ataque. Hago un tremendo esfuerzo para evitarlo. Ahora estoy convencido de que se ha entrenado durante todo este tiempo.</p> <p>—Ya ves que mi brazo ha recuperado las fuerzas —se jacta.</p> <p>—¡Te lo corté una vez y volveré a hacerlo ahora! —le advierto.</p> <p>He hablado bastante y he obtenido la ventaja que necesitaba. El, sin darse cuenta, ha entrado en mi juego.</p> <p>Giro sobre mí mismo y levanto una polvareda que le confunde. Aprovecho para dar un par de saltos sobre las piedras que hay a nuestro alrededor mientras lanzo un grito de guerra. Como le he desorientado completamente, elevo mi espada hasta lo más alto, dispuesto a clavársela... pero se aparta a tiempo.</p> <p>Recupero la ventaja y vuelvo al ataque. La astucia de Stromber se pone de manifiesto cuando me pone la zancadilla y consigue herirme. De alguna manera ha esquivado mi arremetida y ha logrado rozarme el hombro, donde me ha producido una herida que sangra. El muy maldito me ha engañado y ha usado un truco sucio.</p> <p>—¿Te ha gustado, Arturo?</p> <p>Cuando estoy a punto de responderle, ocurre algo extraordinario. Tengo la impresión de que la empuñadura de mi espada alquímica palpita. ¡Cobra vida! Es más, ahora se mueve por sí sola, dirige los golpes por su cuenta y yo me dejo llevar por ella, por su fuerza. Poco a poco gano ventaja. Stromber está preocupado, no sabe qué ocurre. Ni yo tampoco. Ahora estamos junto a la roca negra que tenía la espada alquímica clavada.</p> <p>Las cosas han cambiado: ahora parece que la espada me domina a mí. Me obliga a hacer movimientos que sería incapaz de realizar por mi cuenta. De repente soy un espadachín excepcional que... ¿Qué ha pasado?</p> <p>Stromber se queda paralizado. Incapaz de comprender que mi acero se acaba de clavar en su pecho. Está tan sorprendido como yo. Ninguno de los dos entendemos cómo ha podido ocurrir. Pero lo cierto es que así es.</p> <p>Stromber se convulsiona. Sabe que dentro de su cuerpo se está produciendo algo terrible y que la espada alquímica ha encontrado la puerta que lleva a la muerte. Mientras gime, se da cuenta de que la herida de la espada mágica le destroza las entrañas, que le rompe por dentro y que le está quitando la vida.</p> <p>—¡Malditos seáis tú y toda tu descendencia! —logra articular—, ¡Maldito Adragón!</p> <p>Cae de rodillas en el agua. Suelta su falsa espada. Se tambalea y, finalmente, cae como un fardo, junto a la roca que tenía alojada mi espada alquímica. La sangre que mana de su cuerpo se mezcla con el agua transparente del riachuelo y se va con la corriente.</p> <p>La dejo clavada en el cuerpo de Stromber, que, inexplicablemente, se transforma en roca negra y se funde con la piedra que pertenecía al cuerpo de Morfidio, según mis sueños.</p> <p>—¡Ahora paga por todo el daño que has hecho! —le digo soltando la espada alquímica—. ¡Ahora paga por tu infamia, traidor!</p> <p>Es el fin de un malvado. El fin de un hombre que no supo distinguir el bien del mal y que solo pensó en conseguir riqueza y poder. Stromber ha sucumbido definitivamente y ha ido a parar al Abismo de la Muerte, del que espero no salga nunca.</p> <p>La masa negra en que se ha convertido el anticuario se retuerce en el agua y recubre la falsa espada alquímica. Arriba, la auténtica sigue clavada en la roca. La dejo ahí como símbolo de la lucha contra la avidez.</p> <p>Lo importante es que estoy vivo y he ganado la batalla final.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIII</p> <p>E<style name="versalita">L CONDE ATACA</style></p> </h3> <p>Arturo descendió la escalera que llevaba a la gruta del riachuelo y de las rocas negras con la extraña sensación de que alguien le observaba. Trató de sacudirse esa molesta percepción que, por otra parte, ya le resultaba familiar. En otras ocasiones había tenido la misma impresión. Sabía que la cueva era tan grande que era necesario inventarse fantasmas para sentirse acompañado.</p> <p>Alcanzó la orilla del riachuelo y lo contempló melancólicamente durante unos instantes. El agua fluía igual que el tiempo, incontenible, constante y silenciosa.</p> <p>Prestó atención al montículo de tierra en el que el ataúd de Alexia había estado depositado durante algún tiempo y, finalmente, cerró los ojos e invocó su memoria. A pesar de que sabía que estaba viva, un estremecimiento desagradable recorrió su cuerpo de arriba abajo. El recuerdo de su muerte aún persistía en su memoria.</p> <p>Cuando se recuperó, se introdujo en la grieta que permitía el acceso a la gruta inferior. Descendió los peldaños y llegó a la cueva de Adragón, donde el silencio era aún mayor.</p> <p>Se situó ante la imagen fosilizada e inclinó respetuosamente la cabeza. Cerró los ojos y trató de comunicarse con el Gran Dragón. Sabía perfectamente que, para tener un diálogo, debía elevarse en el aire y situarse a la altura de su cabeza. En realidad, ahora solo quería hacerse notar y esperar el permiso de Adragón para subir.</p> <p>—Adragón, aquí estoy otra vez para pedirte consejo. He venido a agradecerte tu apoyo. ¿Me autorizas a hablar contigo frente a frente? ¿Me permites subir?</p> <p>Cuando Arturo sintió que la energía de Adragón le invadía, empezó a despojarse de su ropa y la depositó a los pies del Gran Dragón, sobre la roca. Mientras lo hacía, pensaba en cómo iba a encarar el asunto. ¿Qué le iba a decir exactamente? Se quedó con el faldón y mantuvo la espada alquímica colgada del cinto. Juntó las manos, abrió los brazos y empezó a elevarse... Suavemente, como una pluma, flotó en el aire... hasta alcanzar la cabeza de Adragón. Una vez allí, se detuvo.</p> <p>—Adragón... reconozco que he fracasado en mi lucha contra la hechicería. No he conseguido acabar con Demónicus, que ahora amenaza el reino de Arquimia. Y temo no estar a la altura de las circunstancias cuando la gran batalla tenga lugar. No sé dónde ha encontrado aliados, pero deben de ser muy poderosos, ya que no pasa un minuto sin que caiga sobre nuestras cabezas un hechizo mortal. Arquitamius y Arquimaes han hecho todo lo posible para protegernos de esta masacre, pero no han logrado ponernos a salvo. La magia de Demónicus es muy fuerte. ¿Qué debo hacer, Gran Dragón?</p> <p>Arturo disfrutó de la sensación de ingravidez que le embargaba y se sintió en paz.</p> <p>—Sospecho que pierdo la confianza en mí mismo por momentos —confesó—. También temo haber cometido una imprudencia cuando envié a Crispín a meterse en la boca del lobo. Debí ir en su lugar, pero me dejé convencer... Aunque es cierto que Crispín se merece la oportunidad de demostrar que ya es un hombre, reconozco que le falta experiencia. No sé, me encuentro perdido.</p> <p>El silencio acompañó a Arturo hasta que, finalmente, comprendió que había llegado la hora de regresar a la realidad, a la dura realidad.</p> <p>«Prepárate para matar a Demónicus», creyó escuchar. «¡Que Arquitamius te prepare para la lucha final».</p> <p>Esperó un poco, por si el Gran Dragón le decía algo más, pero no ocurrió nada.</p> <p>Entonces descendió.</p> <p>Hablar con Adragón siempre le proporcionaba consuelo. A pesar de que a veces no encontraba respuestas a sus inquietudes, solía sentirse aliviado.</p> <p>Empezó a vestirse con parsimonia mientras aclaraba sus pensamientos, sin prisas, como si dispusiese de todo el tiempo del mundo.</p> <p>—¡Hola, Arturo! ¿Te acuerdas de mí? —retumbó por toda la gruta una voz conocida—. ¿O me has olvidado?</p> <p>Arturo se giró rápidamente, con el corazón acelerado. ¡Aquella voz!</p> <p>—¡Morfidio! Veo que la advertencia de Arquimaes era cierta. Es verdad que merodeas en Arquimia, como los buitres.</p> <p>—He venido a ajustar cuentas contigo y con tu maestro —respondió el antiguo conde, dejándose ver—. Veo que sigues siendo un adorador de los dragones, esas serpientes voladoras.</p> <p>—Sí, mi señor —añadió Escorpio, embutido en sus ropas de bufón—. Arturo Adragón es un pagano que rinde culto a los animales.</p> <p>—Y vosotros, ¿a quién lo rendís? —preguntó Arturo—. ¿A la traición? ¿Al oro? ¿A la muerte?</p> <p>—¡Al poder! —respondió categóricamente Morfidio—. ¡Y a la inmortalidad!</p> <p>—Sí, queremos ser inmortales, igual que tú —añadió el espía.</p> <p>—¿Qué deseáis? —preguntó Arturo—, ¿Qué buscáis aquí?</p> <p>—Arquimaes y tú me habéis impedido resucitar a mi padre —se quejó el conde—. Me habéis convertido en un ser desesperado. Ahora quiero quitaros lo que más queréis.</p> <p>—¡Tú mataste a tu padre! —exclamó Arturo—. Eres el único responsable de su muerte.</p> <p>—Pero podía haberlo traído de vuelta al Mundo de los Vivos, igual que tú trajiste a Alexia —respondió Morfidio—. ¡Y tú me lo has impedido! ¡Maldito seas!</p> <p>—¿Impedido? No, yo no he impedido nada —respondió Arturo, con la mano cerca de la empuñadura de su espada—. ¡Tú no estás capacitado para devolver la vida a nadie! ¡Eres un asesino parricida! ¡Un hombre maldito!</p> <p>—¿Y tú sí puedes resucitar a tu amada? ¿Te crees más poderoso que yo? Pues ahora verás cómo te equivocas. Yo también soy inmortal —gritó el conde, según se quitaba la capa que le cubría y dejaba su torso desnudo a la vista—. ¡Mira! ¡Mírame bien!</p> <p>Arturo observó con asombro el cuerpo de Morfidio. Estaba cubierto de una masa negra, gelatinosa y brillante. Apenas quedaba rastro de humanidad en su rostro.</p> <p>—¿Qué es esto? —preguntó el caballero negro—. ¿Qué enfermedad padeces?</p> <p>—¿No lo sabes? Pero si me la has contagiado tú... ¿No recuerdas cuando luchamos en la cueva y me caí al agua? —le recordó Morfidio—. Desde entonces, esa mancha no ha dejado de crecer. Forma parte de mí y me ha invadido casi por completo. Estoy maldito por tu culpa.</p> <p>—Yo no he hecho nada. No soy culpable de tu desgracia —dijo Arturo, compasivo—. ¡No me responsabilices!</p> <p>—¡Lo eres, maldito reptil! ¡Me has destrozado la vida! Por tu culpa he perdido mi castillo; Cromell, mi único amigo, murió; tu espada alquímica me arrancó un brazo; acabo de perder mi reino, ¡estoy enfermo de rabia! ¡Desde aquella noche en Drácamont, cuando te conocí, todo me ha ido de mal en peor...! ¡Estás maldito! ¡Tienes la culpa de todo lo que me ha ocurrido!</p> <p>—¡Márchate de aquí antes de que...!</p> <p>—¿Antes de qué? ¿De que me mates? Pues te diré una cosa... ¡No puedes hacerlo! ¡Estoy hecho de la misma tinta que tú! —escupió mientras sacaba su gran espada de la funda—. ¡Pelea, Adragón! ¡Pelea conmigo y muere! ¡Voy a despedazarte!</p> <p>—Sabes muy bien que no podrás —respondió Arturo, presto para la lucha—. ¡Soy inmortal!</p> <p>—¡Pero conozco tu punto débil! ¡Eso te llevará a la muerte!</p> <p>—¡Estás loco, conde Morfidio!</p> <p>—¡Ja! ¡Ahora verás de lo que es capaz un loco!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando el centinela salio de su guarida, Crispín se acercó y le mostró una bota de vino.</p> <p>—¡Toma, soldado, bebe conmigo! —dijo, mientras simulaba estar bebido.</p> <p>—Aparta, borracho, no me toques —respondió con un brusco empujón.</p> <p>No pudo terminar la frase. Crispín se situó a su espalda, le pasó el brazo alrededor del cuello y se lo retorció mientras le tapaba la boca con la otra mano. El soldado murió sin hacer ruido y sin llamar la atención de sus compañeros, que no andaban lejos.</p> <p>Lo llevó a un lugar apartado, entre los árboles, y se vistió con sus ropas. Después se acercó tranquilamente hasta el castillo de Horades y nadie le impidió la entrada. Ni siquiera le prohibieron penetrar en la gran torre donde se alojaba el rey.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>La hoja de Morfidio golpeó la de Arturo con fuerza. A pesar de todo, el conde no había perdido un ápice de su energía; incluso parecía haberla aumentado. Arturo, que desde el anterior duelo con él había aprendido mucho sobre el manejo de la espada, se sintió preocupado a partir del tercer golpe.</p> <p>—¿Comprendes ahora lo que quería decir, Arturo? —ironizó Morfidio—. ¿A que soy más fuerte?</p> <p>—No me asustas. Dentro de poco comprenderás que la fuerza no tiene nada que ver con la destreza —respondió Arturo, sin saber muy bien a qué se refería Morfidio con lo del punto débil.</p> <p>Escorpio, mientras tanto, se había apartado del escenario de la lucha y se había convertido en lo más parecido a una sombra, hasta el punto de que Arturo apenas le veía con el rabillo del ojo.</p> <p>Morfidio redobló su ataque y arremetió con una furia salvaje. Arturo jamás había visto semejante ímpetu en un contrincante. Así que decidió usar la táctica de retroceder para hacerle creer que le tenía acorralado y, de este modo, obligarle a desperdiciar energías hasta agotarle.</p> <p>—¡Eh, Arturo! —gritó Escorpio desde el fondo—, ¡Mira lo que tengo!</p> <p>Con un ojo puesto en la espada de Morfidio y el otro en Escorpio, vio con terror cómo el espía se había subido sobre el ataúd del primer cuerpo de Alexia, lo que para él era un sacrilegio.</p> <p>—¡Baja de ahí, miserable! —le ordenó, a sabiendas de que no le haría caso—. ¡O te bajaré yo!</p> <p>—No podrás impedirle que cumpla con su misión —advirtió Morfidio—. Sabe lo que tiene que hacer.</p> <p>Arturo se sintió desorientado ante esas palabras. ¿Qué pensaba hacer Escorpio?</p> <p>—¡Mira, Adragón! —gritó Escorpio, con una antorcha en la mano—. ¡Mira cómo arde la caja de tu chica!</p> <p>Arturo le miró, horrorizado.</p> <p>—Vaya, parece que Escorpio ha descubierto tu punto débil —dijo Morfidio en tono sarcástico—. ¿Vas a dejar que la queme?</p> <p>—¡Si lo haces, lo pagarás caro! —gritó amenazante Arturo—. ¡No lo hagas!</p> <p>—¿Que no? —se burló el espía—. ¡Mira!</p> <p>Agitó la antorcha y se dispuso a prender fuego al féretro.</p> <p>Arturo, rabioso y desconcertado, tuvo que tomar una decisión.</p> <p>Dio un par de pasos hacia atrás, se subió a la roca que sustentaba la figura del Gran Dragón y, una vez fuera del alcance de Morfidio, arrojó su espada hacia Escorpio.</p> <p>—¡Adragón! ¡A él!</p> <p>La espada alquímica tomó el rumbo adecuado y, con la punta por delante, voló hacia Escorpio, que no tuvo tiempo de comprender lo que ocurría. Nunca había visto una espada volar como un pájaro... o como un dragón.</p> <p>El acero se clavó en su pierna derecha, en pleno muslo, con tal fuerza que la atravesó. Escorpio lanzó un aterrador grito de dolor, tan fuerte que el eco lo reprodujo mil veces y dio la impresión de que una bestia del infierno acababa de rugir.</p> <p>—¿Qué has hecho, maldito? —gruñó Escorpio a la vez que se agarraba la pierna, justo después de que la hoja volviera volando a manos de Arturo—. ¡Eres un hechicero!</p> <p>—Vaya, ese truco de la espada voladora no lo conocía —dijo Morfidio—. Tendré cuidado de que no lo uses conmigo.</p> <p>—No temas por ello; yo tengo un código de honor y me atengo a él —respondió Arturo empuñando su arma—. ¡No soy como tú! ¡Lucharemos como iguales aunque no lo seamos!</p> <p>—Sí que lo somos: inmortales y ambiciosos. Los dos queremos ser reyes.</p> <p>—Pero perseguimos distintos fines. Yo deseo traer la justicia a este mundo, mientras que tú solo quieres el poder para ti —argumentó Arturo—. Eso es lo que nos diferencia.</p> <p>—Bah, menudencias sin importancia. Lo que cuenta es lo que obtenemos de este valle de lágrimas.</p> <p>—No. Lo que cuenta es lo que aportamos a este valle para que haya menos lágrimas —le rebatió Arturo, que bajó de la roca dando un salto.</p> <p>Morfidio se lanzó a por él y reiniciaron la pelea, mientras Escorpio intentaba contener la sangre que brotaba de su muslo como un manantial incontenible, sin ser capaz de impedirlo.</p> <p>—¡Voy a morir desangrado! —gritó—. ¡Necesito ayuda!</p> <p>Arturo y Morfidio estaban tan enfrascados en el duelo que sus lamentos pasaron desapercibidos.</p> <p>Ante los ataques furibundos de Morfidio, Arturo siguió con su estrategia de retroceder. La preocupación empezó a hacer mella en él. Por primera vez en mucho tiempo, la duda se instaló en su corazón y se preguntó cómo salir de aquel peligroso infierno. Huir no entraba en sus planes. Jamás hubiera depuesto las armas ante un villano de la categoría de Morfidio.</p> <p>Entonces, mientras esquivaba un potente mandoble, se le ocurrió una idea que decidió poner en práctica.</p> <p>Reculó hacia la grieta que llevaba al piso superior, donde estaba el lago, e hizo creer al conde que estaba exhausto. Pensó que si lograba atraer a sus dos enemigos a otro lugar, su preocupación por los sarcófagos de Émedi y Alexia desaparecería y podría concentrarse en la lucha.</p> <p>Cuando Escorpio vio que desaparecían tras las rocas, se sintió solo y los siguió. No dejaba de sangrar y la idea de permanecer fuera de la vista de todo el mundo no le atraía demasiado. Sabía que necesitaba ayuda.</p> <p>Los dos contrincantes alcanzaron la entrada de la gruta del riachuelo mientras seguían el combate. Arturo mostraba claramente que sus fuerzas empezaban a flaquear.</p> <p>—Bueno, joven rey, aquí estamos de nuevo —gruñó Morfidio—. Es la segunda vez que pisamos este terreno. En este lugar me convertí en lo que soy: un inmortal enloquecido.</p> <p>—Es posible que sea la ultima vez que pisas esta arena —le advirtió Arturo, intentando administrar sus fuerzas.</p> <p>Morfidio notó en su voz que estaba al limite y decidió aprovechar su ventaja. Como buen guerrero, sabía que un duelo debe ser lo más corto posible. Así que decidió que no iba a gastar más de tres estocadas con Arturo. Y que la última sería la definitiva.</p> <p>Se detuvo unos segundos para equilibrar sus fuerzas y, de paso, calcular la potencia de su ataque. Ordenó sus movimientos, colocó la espada en posición y se lanzó recto hacia Arturo... ¡Uno!... ¡Dos!...</p> <p>No hubo un tercero.</p> <p>Morfidio se quedó paralizado, con la espada alquímica clavada en el pecho, casi sin respiración, con un calambre que se extendía por todo su cuerpo.</p> <p>Mientras la masa negra terminaba de cubrir su rostro, sus fuerzas desaparecieron y su espada cayó al agua. Entonces se dio cuenta de que Arturo le había atraído a propósito hasta el riachuelo. Sus piernas estaban inmovilizadas en el agua.</p> <p>Buscó con la mirada a Escorpio, convencido de que vendría en su ayuda, pero lo vio en el suelo, desmayado, envuelto en un charco de sangre. Y supo que iba a morir.</p> <p>Morfidio sabía que era inmortal, pero en aquel momento descubrió que esa cualidad terminaba donde había empezado: en el agua, rodeado de rocas negras y convertido en una de ellas.</p> <p>—Tu punto débil es que no sabías que la inmortalidad acaba donde empieza —dijo Arturo, mientras daba unos pasos hacia atrás—. Te equivocaste al pensar que podrías ser eterno, Morfidio.</p> <p>El conde intentó arrancarse la espada alquímica, pero no lo consiguió. El acero formaba ahora parte de la roca negra en que se convertía poco a poco.</p> <p>—Morfidio... ¿recuerdas lo que te dijo Arquimaes cuando nos secuestraste aquella noche, en Drácamont? —le preguntó Arturo—. ¿Recuerdas las cosas que te dijo cuando amenazabas con torturarnos?</p> <p>Según se hacía todo más oscuro a su alrededor, en la mente de Morfidio resonaron algunas frases: «Un individuo como tú no puede ser inmortal»; «No comprenderías mi secreto ni aunque te lo explicara mil veces»...</p> <p>—Yo sí me acuerdo de una —añadió Arturo—. Te aseguró que no le arrancarías el secreto de la inmortalidad... y ya ves que lo cumplió.</p> <p>Morfidio sintió un estremecimiento que llegó acompañado de una ola de frío muy intenso.</p> <p>—Padre, padre... —musitó—. Voy a verte... Perdóname...</p> <p>El cuerpo de Morfidio se endureció como una roca. Poco a poco se encorvó y se convirtió en una masa de piedra oscura y crujiente, de la que algunos trozos se desprendían y caían en el agua cristalina.</p> <p>—¡Volveré a este mundo para vengarme! —gritó Morfidio desde el interior de la roca negra—. ¡Me reencarnaré y me vengaré! ¡Aunque pasen mil años!</p> <p>Después, como si una mano invisible le hubiera empujado, cayó de espaldas al riachuelo y levantó un pequeño remolino de agua. Se hundió algunos centímetros mientras su forma humana desaparecía definitivamente. Ahora solo era una roca negra con una espada clavada en su parte superior.</p> <p>Totalmente agotado, Arturo se sentó sobre una piedra e intentó recuperar el aliento. Sintió un ligero mareo. Se quedó semiinconsciente y permaneció así durante mucho tiempo, aunque no hubiera podido decir cuánto.</p> <p>—¡Arturo! ¿Estás bien? —preguntó una voz que parecía provenir de las tinieblas—. ¿Puedes hablar?</p> <p>Abrió los ojos con dificultad, ya que los párpados le pesaban como losas.</p> <p>—¿Quién es? —preguntó—. ¿Eres Escorpio?</p> <p>—Somos Arquimaes y Arquitamius. Estábamos preocupados y hemos bajado a buscarte. ¿Qué ha pasado?</p> <p>—He matado a Morfidio —respondió el joven rey, a la vez que señalaba los restos de su enemigo—. Le he clavado la espada alquímica. ¡He ganado!</p> <p>Los dos sabios se acercaron a Arturo y le ayudaron a ponerse en pie. Estaba al límite de sus fuerzas y a punto de caer.</p> <p>—Tengo que recuperar mi espada —dijo.</p> <p>—¡No la toques! Morfidio se está fosilizando. Debes dejarla hasta que la necesites de verdad. Permanecerá ahí hasta que no quede un solo rasgo humano en él, y parece que será mucho tiempo.</p> <p>—Es mi espada alquímica —insistió Arturo—. El arma que me distingue como jefe del Ejército Negro.</p> <p>—Acabas de perderla —determinó con mucha pena Arquimaes—. Otro ocupará tu lugar. Ahora debes conformarte con ser rey de Arquimia.</p> <p>—¿Otro? ¿Quién es ese otro del que habláis, maestro? ¿Quién será el nuevo jefe del Ejército Negro?</p> <p>—Uno que tiene una espada alquímica igual que la tuya y que ya ha demostrado gran valor.</p> <p>Arturo permaneció en silencio durante unos segundos. Finalmente, cuando la luz se hizo en su mente, exclamó:</p> <p>—¡Crispín! ¡El es el único que posee una espada alquímica! ¿Va a dirigir el Ejército Negro?</p> <p>—Tranquilo, Arturo. Todo está previsto.</p> <p>—Crispín, amigo mío —musitó Arturo—. Me alegro por ti.</p> <p>Un lamento de Escorpio, que se agitó un poco, llamó su atención.</p> <p>—Esperemos que Crispín sobreviva a la misión que le hemos encomendado —murmuró Arquitamius—. Todavía llueve fuego sobre nuestras cabezas.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIV</p> <p>B<style name="versalita">USCANDO A </style>S<style name="versalita">TROMBER</style></p> </h3> <p>Subo las escaleras dispuesto a ver a mis amigos, que deben de estar preocupados. A pesar del dolor que invade casi todas las zonas de mi cuerpo, y sobre todo la herida del hombro, consigo subir a la superficie.</p> <p>Me dejo ver entre las ruinas y se produce un repentino silencio. Creo que casi todos esperaban ver a Stromber.</p> <p>—¿Dónde está el señor Stromber? —pregunta Del Hierro. —No lo sé. Hace rato que no le veo —respondo—. No tengo ni idea de dónde puede estar.</p> <p>—¿Lo has matado? —pregunta Terrier.</p> <p>—¿A Stromber? No. Hemos luchado, pero, en un momento dado, desapareció de mi vista. Le juro que se evaporó.</p> <p>—Por aquí no ha pasado —insiste Del Hierro—. Debe de estar ahí abajo. Iremos a buscarle.</p> <p>—Allí no queda ni rastro de él —explico—. Creo que el señor Stromber ha desistido de llevar a cabo sus planes y ha decidido marcharse. Aquí no lo encontrarán, se lo aseguro.</p> <p>Del Hierro y Terrier cuchichean algo en voz baja. Están desconcertados.</p> <p>—¿Por qué no liberan al general Battaglia y al abad Tránsito? —les pregunto—. Esto ha terminado. Ya no tiene razón de ser que los mantengan prisioneros.</p> <p>Vuelven a susurrar.</p> <p>—Tienes razón, Arturo, los vamos a soltar —responde Terrier—. Cuando Stromber vuelva, seguiremos hablando de todo esto.</p> <p>—Sí, cuando vuelva... Eso es...</p> <p>Entonces Metáfora se lanza a mis brazos y me estrecha con fuerza.</p> <p>—Arturo, he pasado mucho miedo —dice—, ¡Ha sido terrible!</p> <p>—Lo siento, pero tuve que enfrentarme con él. Y he ganado. ¡Ha sido como un sueño! ¡El mejor sueño de mi vida! Todo ha terminado, Metáfora.</p> <p>—Me alegro de que hayas salido victorioso. Ahora que todo ha concluido, me siento mucho mejor —reconoce.</p> <p>—He luchado como un Adragón —me justifico—. Eso es lo que he hecho: enfrentarme a mi destino.</p> <p>—Déjame que te vende esa herida —dice, presta a colocar un pañuelo sobre el hombro—. Tendrás que ir al médico.</p> <p>—Sí, iré a ver a Batiste. El me curará.</p> <p>Papá y Norma se acercan.</p> <p>—¡Papá! —exclamo, lanzándome a sus brazos—. ¡He vencido! He acabado con la mayor amenaza de nuestra vida. ¡Stromber está fuera de juego!</p> <p>—¿Qué ha pasado ahí abajo? —pregunta, ansioso por saber qué ha ocurrido.</p> <p>—Lo que tenía que pasar. La espada alquímica ha vuelto a hacer justicia.</p> <p>—¿Dónde la has dejado, Arturo? —se interesa <i>Sombra</i>, mientras me abraza.</p> <p>—La he... la he vuelto a clavar en la roca negra —respondo—. La he dejado donde estaba. Yo no la necesito para nada.</p> <p>—Bueno, ya sabes dónde está —contesta con una sonrisa maliciosa—. Podrás recurrir a ella cada vez que te haga falta.</p> <p>—Espero no necesitarla nunca más.</p> <p>—Eh, mirad, ahí vienen Battaglia y Tránsito —dice <i>Patacoja</i>—. Los han soltado.</p> <p>—Menos mal —añade Adela—. El secuestro es un delito.</p> <p>Vemos cómo Del Hierro y sus hombres se retiran de la Fundación. Nos miramos todos, satisfechos y aliviados. Parece que nuestros sufrimientos han terminado.</p> <p>—Estos canallas nos han liberado —dice el general Battaglia—. Gracias a que los Adragón son una estirpe de valientes.</p> <p>—Por eso los apoyamos —dice el hermano Tránsito—. Y por eso los respetamos.</p> <p>—¿Dónde está ese miserable de Stromber? —pregunta Battaglia—. ¿Qué ha sucedido, Arturo?</p> <p>—Stromber se ha ido para siempre. Les prometo que no volverá nunca —afirmo porque sé que ya no me van a hacer más preguntas sobre el paradero del anticuario—. Se ha dado cuenta de que aquí no encontrará lo que busca y ha abandonado la idea de ser un Adragón. Creo que se le han aclarado las ideas.</p> <p>—Lo has hecho muy bien, Arturo —admite <i>Sombra</i>—. Has estado a la altura de las circunstancias y has dejado muy claro quién es el verdadero rey de Férenix.</p> <p>—Gracias por vuestras palabras —respondo—. Ahora que todo ha terminado, os confieso que he pasado mucho miedo.</p> <p>—Lo importante es que has sabido dominarlo —comenta papá—. Ahí radica la verdadera fuerza de los valientes, en saber controlar el temor.</p> <p>—Y ahora, ¿qué? —pregunta Metáfora—. ¿Qué va a pasar?</p> <p>—Que Arturo será rey de Férenix y tú serás la reina —explica <i>Sombra</i>—. Eso es lo que va a suceder.</p> <p>—Nunca había visto nada igual. ¡Ha sido impresionante! —interviene <i>Patacoja</i>, eufórico—. Tienes que contarme cómo has conseguido que ese tipo desaparezca de nuestras vidas.</p> <p>—Lo haré cuando lo sepa —respondo—. Te aseguro que lo que ha ocurrido es lo más parecido a un sueño.</p> <p>—Arturo, hijo, estoy orgulloso de ti —dice papá, muy emocionado—. Has demostrado de lo que es capaz un verdadero Adragón.</p> <p>—He hecho lo único que podía, papá —contesto—. Me he enfrentado a mi destino. Un rey no puede evitar su responsabilidad y yo he hecho lo que debía, nada más.</p> <p>—Y nada menos. Te has portado como un héroe, hijo. Has devuelto el honor a la familia Adragón. La honra perdida —añade papá— por mi culpa.</p> <p>—¡Eh, mirad! —advierte <i>Patacoja</i>—. ¡Alguien viene!</p> <p>Efectivamente, un vehículo policial se dirige hacia nosotros. Le observamos con preocupación. Cuando se detiene, la puerta se abre y sale Demetrio.</p> <p>—¿Qué busca aquí, inspector? —le pregunto.</p> <p>—Vengo a cumplir con mi deber. La policía tiene la obligación de mantener el orden público. Y me han informado de que aquí ha habido desórdenes y han atacado a mis agentes.</p> <p>—¿Nosotros? —pregunta Metáfora.</p> <p>—No te hagas la graciosa conmigo —responde el inspector—. Quiero saber qué ha ocurrido aquí. ¿Dónde está el señor Stromber?</p> <p>—No le hemos visto —dice papá.</p> <p>—Creo que se ha ido —añade <i>Patacoja</i>—. Se lo ha tragado la tierra.</p> <p>—Sí, eso es, se ha marchado por donde ha venido —añade Norma.</p> <p>—No me tomen por idiota. Me han dicho que ha luchado con Arturo —insiste Demetrio.</p> <p>—Aquí no habido ninguna lucha, inspector —explica Adela.</p> <p>—Lo repetiré: ¿dónde está el señor Stromber? Sé que ha estado aquí.</p> <p>—Es posible, pero se ha ido —dice Norma—. Hace un buen rato que no le veo.</p> <p>—Nosotros tampoco —añade Adela—. Parece que se ha evaporado.</p> <p>—O puede haberse convertido en polvo. A veces ocurre —bromea <i>Patacoja</i>—. Dicen que algunas personas tienen ese don.</p> <p>Demetrio nos mira sin decir nada. Está desconcertado.</p> <p>—Espero que no traten de ocultar algún delito. Si me entero de que lo han secuestrado, tendrán problemas.</p> <p>—¿Secuestrar nosotros a Stromber? —pregunta papá—. ¿Para qué queremos raptar a ese señor?</p> <p>—Sé que ustedes le odian y quiero saber si le han hecho daño —insiste el inspector.</p> <p>—Nunca perjudicaríamos al señor Stromber —digo con firmeza—. Usted tampoco lo haría, ¿verdad?</p> <p>Demetrio, que intenta saber si hablo en serio o en broma, da un paso adelante y se coloca frente a mí. Amenazante.</p> <p>—¿Y esa herida? ¿Quién te la ha hecho?</p> <p>—Un accidente de trabajo. No es grave.</p> <p>—¿Te la ha hecho Stromber? Dime dónde está.</p> <p>—Nosotros no tenemos la respuesta que usted busca, inspector Demetrio —le explico—, pero nos gustaría saber de qué lado está usted. ¿Está con la familia Adragón o contra ella?</p> <p>—Yo no estoy en contra de nadie —responde—. Yo soy policía y...</p> <p>—Ya sabe a qué me refiero —insisto—. Sabemos que usted forma parte de una conspiración que ha tratado de eliminar a esta familia y a sus amigos. Ha apoyado a esos conspiradores.</p> <p>—Eso son tonterías. Yo solo he cumplido con mi deber.</p> <p>—Su deber no era precisamente enviar a esos pistoleros para que nos dispararan —digo.</p> <p>—Y tampoco enviar a una banda de ladrones y asesinos a que nos dieran caza —añade <i>Patacoja</i>—. Incluso creo que usted sabe quién mató a <i>Escoria</i>.</p> <p>—Lo de <i>Escoria</i> fue un accidente —responde.</p> <p>—¡Fue un asesinato! —grita Adela—. ¡Y usted lo sabe!</p> <p>—¿Qué pruebas tienen?</p> <p>—Hemos recibido una grabación digital desde la casa de <i>Escoria</i> la noche de su muerte. Sabemos quién ha sido. ¡Y usted también, y lo ha permitido!</p> <p>—¡Esa grabación tiene que ser falsa! —gruñe Demetrio—. ¿De dónde sale?</p> <p>—La envió la propia <i>Escoria</i>. A pesar de estar herida de muerte, dedicó sus últimas fuerzas a enviar la grabación de sus <i>webcam</i> de seguridad a una amiga. Ya sabe que era una experta en nuevas tecnologías.</p> <p>—¿Una amiga? —pregunta Demetrio, un poco nervioso—, ¿Qué amiga? ¡Díganme su nombre!</p> <p>—¡Se lo diremos al juez cuando llegue el momento! —asevera <i>Patacoja</i>—. No le quepa duda. Y usted será de los primeros en saberlo.</p> <p>—¡No permitiré ningún chantaje! —grita fuera de sí, consciente de haber sido descubierto—. ¡Yo no tengo nada que ver!</p> <p>—¿Quiere ver esa grabación? —le pregunta Adela con su móvil en la mano—, ¡Pues mírela!</p> <p>Le cojo el móvil a Adela y se lo pongo delante de su rostro desconcertado. Ahora no le queda más remedio que mirar a la pantalla.</p> <p>A pesar de la oscuridad, se distingue perfectamente la imagen de una mujer que retrocede, aterrorizada. Es <i>Escoria</i>. De repente entran tres hombres que la rodean. Dos de ellos llevan linternas que producen focos blancos mientras que un tercero, Jon Caster, lleva una especie de jirón de tela encendido al que arroja gasolina. <i>Escoria</i> implora a los tres individuos, pero estos se muestran implacables y la golpean sin piedad. De repente, Caster lanza la tela encendida contra ella y el fuego se propaga por sus ropas. El que ha arrojado la antorcha se gira y deja ver su cara.</p> <p>Congelo la imagen y dejo el rostro del incendiario.</p> <p>—¿Lo reconoce, Demetrio? —le pregunto—. ¿Sabe quién es?</p> <p>—¡Esto es una trampa! ¡Esto es una trampa!</p> <p>—¿Una trampa? ¡Ese hombre trabaja para usted. Es Jon Caster, un agente de policía a sus órdenes. No puede negarlo. Es una prueba contundente.</p> <p>—¡Es falsa! —replica—. ¡Está trucada!</p> <p>—Eso lo determinará el juez —grita <i>Patacoja</i>—. ¡Usted es el responsable de su muerte!</p> <p>—Esa mujer murió a causa de las heridas —explico—. ¡Y usted mandó que la mataran!</p> <p>Demetrio se queda quieto, espantado.</p> <p>—Ah, y hay otra cosa —añado, mientras apago el móvil y lo guardo—. También tenemos la declaración jurada de alguien que asegura que un hombre con una sola pierna le pagó para matarme.</p> <p>—¿Qué tengo yo que ver con eso? —pregunta, al darse cuenta de que todo se derrumba a su alrededor.</p> <p>—Enséñeme su pierna derecha, inspector Demetrio —le pido—. ¡Enséñemela!</p> <p>Da un paso atrás. Se siente acorralado.</p> <p>—¡Yo no tengo nada que ver! ¡Mi pierna es normal!</p> <p>—¿Ah, sí? ¿Seguro que su pierna derecha no es ortopédica? —pregunta <i>Patacoja</i>—. ¿No es usted cliente de la tienda de prótesis de la Plaza Grande?</p> <p>—¡Yo no soy cliente de nadie! —grita, a la vez que muestra un revólver—, ¡A mí no me vais a involucrar en ninguna conspiración!</p> <p>—Conspiración, abuso de poder, corrupción, asesinato... —digo—. Y algunas cosas más de las que tendrá que dar cuenta a los jueces.</p> <p>—¡Eso no pasará! ¡Tú no lo verás! —amenaza mientras me apunta con su arma.</p> <p>—¡No haga más tonterías, inspector! —le advierte Norma—. ¡Deje el arma en el suelo!</p> <p>—¡Ni hablar! —grita, fuera de sí—. ¡Os mataré a todos si es necesario!</p> <p>—¡Usted no va a matar a nadie! —le advierte Adela, que también saca a relucir su revólver.</p> <p>Pero Demetrio tiene otros planes. Está desquiciado y apenas razona. Quizá por eso, aprieta el gatillo de su arma.</p> <p>¡Bang!</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XV</p> <p>U<style name="versalita">N LUGAR EN EL CORAZÓN</style></p> </h3> <p>Crispín entró en la cámara del rey Horades y descubrió que estaba vacía. La inspeccionó minuciosamente, pero no encontró lo que buscaba. Sin embargo, una pared que no estaba bien ajustada, en la que se adivinaba una pequeña ranura, le llamó la atención.</p> <p>Movido por la curiosidad, la empujó suavemente hasta que cedió.</p> <p>Detrás había un pasillo estrecho y mal iluminado.</p> <p>Se adentró en él con la espada lista, atento a lo que pudiera suceder, y caminó despacio, sin hacer ruido. En las paredes del pasillo se abrían pequeños orificios laterales equidistantes unos de otros que daban al exterior: eran observatorios ocultos. Al final había una escalera de caracol muy estrecha que se bifurcaba hacia pisos superiores e inferiores. Después de meditar un poco, llegó a la conclusión de que le convenía subir.</p> <p>Arriba se topó con un muro. Como estaba seguro de que se trataba de una puerta, revisó todo lo que pudiera ser útil para abrirla, pero no encontró nada. Entonces, apoyó la punta de los dedos sobre el borde y presionó levemente. El muro, que en realidad era una puerta giratoria, se movió. Empujó de nuevo y logró dejar una abertura suficientemente grande como para ver lo que ocurría al otro lado.</p> <p>Había una estancia muy espaciosa, iluminada por una gran chimenea. Aunque no se detectaban señales de vida, parecía estar habitada. Crispín prestó atención y observó atentamente hasta que descubrió una sombra. ¡Aunque no podía distinguirse con claridad quién era, alguien estaba sentado en un butacón de madera que apenas se movía!</p> <p>Crispín consiguió deslizarse con precaución y sigilo hasta el interior de la estancia. Después se situó tras el butacón y se asomó por encima. Lo que vio le horrorizó.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Cuando Escorpio se despertó, se dio cuenta de que estaba en una cama. No podía decir en qué estado se encontraba, pero sí recordaba haber sufrido mucho. La pierna le dolía terriblemente.</p> <p>—¿Dónde estoy? —murmuró—. ¿Qué ha pasado?</p> <p>—Estás en la enfermería, con los cirujanos —dijo un hombre de larga barba que llevaba un delantal empapado en sangre, más propio de un carnicero que de un galeno—. ¿Estás bien?</p> <p>—No lo sé... ¿Qué hago aquí?</p> <p>—Te hemos cortado la pierna. Tenías una herida muy grave. Sangrabas mucho y corrías peligro de gangrena. Ahora debes tener paciencia.</p> <p>Escorpio recordó el momento en que la espada alquímica de Arturo se había clavado en su muslo y sintió un desasosiego que le sobresaltó.</p> <p>—¡Me han cortado la pierna! ¿Por qué lo han hecho? —bramó.</p> <p>—Cuando Arquimaes te trajo aquí estabas desmayado —explicó el hombre—. Estabas inconsciente y tuve que tomar una decisión. Deberías darme las gracias por haberte salvado la vida.</p> <p>—¿Las gracias? ¡Pero si me has convertido en un tullido! ¡Tendré que vivir de las limosnas y nadie querrá darme trabajo!</p> <p>—Eres un desagradecido —dijo el hombre—. Debería haberme saltado mi juramento de médico y haberte dejado morir desangrado. De nada. Adiós.</p> <p>Escorpio se quedó solo, tumbado en el camastro, mientras pensaba en su mala suerte.</p> <p>—¡Quiero hablar con Arturo Adragón! —empezó a gritar—, ¡Quiero hablar con Arturo Adragón!</p> <p>—¿No te vas a callar? —dijo una voz, al fondo—, ¿No ves que hay gente enferma y herida que necesita descansar?</p> <p>—¡Quiero hablar con Arturo Adragón! ¡Decidle que Escorpio tiene algo importante que contarle!</p> <p>—Arturo no querrá hablar contigo —aseveró un hombre que se acercó a su camastro.</p> <p>—Yo te conozco. ¿Cómo te llamas? —preguntó Escorpio—. ¿Cuál es tu nombre?</p> <p>—Rías, me llamo Rías.</p> <p>—¿Conoces a Arturo Adragón?</p> <p>—Más de lo que imaginas. Estaba presente cuando conoció a la reina Alexia y le ayudé a entrar en Demónika. Es amigo mío.</p> <p>—Ve a verle y dile que Escorpio tiene algo importante que contarle.</p> <p>—Trabajo aquí, ¿sabes? Soy aprendiz de alquimista, no hago recados. Hay muchos heridos que necesitan mis cuidados.</p> <p>—Te daré oro, mucho oro —prometió Escorpio—. ¡Te lo juro!</p> <p>—No te creo. Eres pobre y ni siquiera sabemos si estarás vivo mañana. Con esa operación has perdido mucha sangre y puede que no sobrevivas. Y ahora, si me lo permites, tengo que atender a otros enfermos.</p> <p>—Está bien... Te diré dónde hay algo de gran valor...</p> <p>—No me hables de tesoros escondidos.</p> <p>—¿Has oído hablar de la corona de oro del rey Benicius? Sé donde está. Te lo contaré si haces lo que te pido.</p> <p>—No. No te creo. Eres un miserable traidor. Siempre te has vendido al mejor postor. Todavía recuerdo cuando fuiste a ofrecerte a mi antiguo amo, Demónicus, antes de que muriera.</p> <p>—¡Demónicus está vivo!</p> <p>—Estás loco. La operación te ha afectado. Te llevaremos al loquero.</p> <p>—Espera, espera, no me dejes aquí —suplicó Escorpio—. Te diré dónde está la corona... Acércate, no quiero que nadie más se entere.</p> <p>Rías inclinó la cabeza y pegó su oído derecho a la oreja de Escorpio, pero lo hizo sin protegerse, por lo que, cuando quiso darse cuenta, el brazo del espía rodeaba su cuello con tal fuerza que le crujieron las vértebras.</p> <p>—Escucha, idiota. Ahora mismo puedo matarte con un pequeño apretón. Tu vida es mía.</p> <p>—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me haces esto?</p> <p>—Quiero que avises a Arturo Adragón. ¡Prométeme que irás a verle!</p> <p>—Sí, sí, lo prometo... Pero suéltame.</p> <p>—Si me engañas, te aseguro que no verás el nuevo amanecer. No cometas el error de pensar que porque me falta una pierna no te alcanzaré. Ahora te voy a dejar libre, y espero que cumplas tu palabra. Si me fallas, te mato; si cumples, vivirás y te pagaré bien.</p> <p>—Está bien, está bien. ¡Suéltame! ¡Haré lo que me pides!</p> <p>Escorpio apretó un poco más hasta producirle un dolor insoportable. Después, lentamente, aflojó.</p> <p>Cuando se vio libre, Rías reculó unos metros.</p> <p>—¡Estás loco! —dijo, con las manos en el cuello—, ¡Estás loco!</p> <p>Cuando Escorpio le vio salir, tuvo la seguridad de que iba a cumplir su promesa. El miedo es el arma más poderosa que existe.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>A pesar de que había ganado, Arturo aún estaba conmocionado por la dramática pelea que había tenido con el conde Morfidio en la gruta y, sobre todo, por su inesperado final. De alguna manera, se había contagiado del drama del conde. Hasta ahora no se había dado cuenta de que el infortunio de su enemigo le había afectado y, posiblemente, influido.</p> <p>En cierta manera se sentía vinculado a él desde que aquella noche, en el torreón de Drácamont, Morfidio le asestó la puñalada que le descubriría su inmortalidad, la epe le abrió la puerta a una vida totalmente nueva.</p> <p>Curiosamente, el que había sido uno de sus peores enemigos había resultado ser alguien relevante en su vida. Igual que Demónicus, que le había aportado el amor de su hija Alexia.</p> <p>El efecto más inesperado de la muerte de Morfidio fue hacerle reflexionar sobre la azarosa vida de aquel a quien había matado.</p> <p>Sin duda, el detonante de todo fue el pergamino de Arquimaes, que despertó la ambición de todos. Desde que Arturo se puso a su servicio, su vida había tomado un rumbo vertiginoso: resurrecciones, huidas, persecuciones, amor, amistad, heroísmo, traiciones, dolor, buenos amigos... y terribles enemigos. Definitivamente, su vida estaba tan ligada a sus amigos como a sus enemigos. Y aunque le costara reconocerlo, les debía tanto a unos como a otros.</p> <p>En este largo viaje había aprendido que la vida no se componía solo de momentos de felicidad: también estaba hecha de tragedias y sinsabores. Y eso era lo que de allí en adelante tendría que asimilar.</p> <p>Después de pasar horas dando vueltas a lo mismo, Arturo decidió que ya era momento de levantarse y de volver a la realidad.</p> <p>Alexia intuía que le pasaba algo grave, pero prefirió no agobiarle. De alguna manera sabía que matar a Morfidio no le había producido ninguna satisfacción. Se preguntó si sentiría lo mismo cuando llegara el momento de matar a Demónicus.</p> <p>—Arturo: Rías, el ayudante de Arquimaes, está aquí —anunció Alexia con delicadeza—, ¿Te acuerdas de él?</p> <p>—Claro que sí. Me ayudó mucho durante la batalla de Demónika. De no ser por él, quizá las cosas no hubieran terminado igual.</p> <p>—Por lo visto tiene algo importante que decirte. ¿Quieres hablar con él?</p> <p>—Hazle pasar —aceptó el joven rey Alexia descorrió la cortina y Rías entró con una sonrisa forzada.</p> <p>—Mi señor Arturo Adragón —musitó el aprendiz de sabio—. Gracias por atenderme.</p> <p>—Encantado de verte —dijo Arturo—. Espero que te encuentres bien al lado de Arquimaes.</p> <p>—He aprendido mucho —reconoció—. Espero llegar a ser un buen alquimista.</p> <p>—¿Qué te trae por aquí?</p> <p>—Traigo un mensaje. Hemos operado a un hombre llamado Escorpio. Me envía para deciros que quiere veros, mi señor. Asegura que tiene algo importante que contaros.</p> <p>—Escorpio no es digno de confianza. Siempre miente; siempre traiciona. Vive del engaño. No deberías dejarte engatusar por él.</p> <p>—Tan solo me limito a traer su mensaje —respondió Rías—. No sé si miente o si dice la verdad, pero os ruego que le escuchéis. Os lo ruego por mí.</p> <p>Arturo creyó entender que la petición de Rías ocultaba algo oscuro.</p> <p>—Está bien, amigo mío —aceptó Arturo—. Iré a verle. Lo haré por ti.</p> <p>—Gracias, mi señor.</p> <p>—¿Necesitas alguna cosa más? —preguntó Alexia—. Siempre me has servido bien. ¿Quieres volver a mi servicio?</p> <p>—Os lo agradezco, majestad, pero seguiré con mi idea de ser alquimista. He encontrado en esta disciplina una gran satisfacción. Descifrar textos era un gran trabajo, pero este me complace más. Con vuestro permiso, voy a retirarme.</p> <p>—Hasta la vista —le despidió Arturo—. Ya sabes que puedes volver cuando quieras.</p> <p>—Gracias, mi rey. Gracias, mi reina.</p> <p>Rías salió de la estancia tan rápido como había llegado. Ahora solo tenía que esperar a que Arturo Adragón fuese a visitar a Escorpio. Si no lo hacía, su vida estaría en peligro y se vería obligado a matar al espía tullido en la oscuridad de la noche, para no correr peligro. Le resultaría fácil envenenarle.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Crispín se quedó petrificado cuando reconoció a Horades, que se había convertido en un monstruo.</p> <p>—¡Qué repugnante! —exclamó con una profunda aversión—. ¡Eres un engendro!</p> <p>Horades se levantó de golpe y miró al intruso.</p> <p>—¡Yo te conozco! —exclamó el rey embrujado mientras depositaba sobre la mesa una copa de sangre de la que había estado bebiendo—, ¡Eres el compañero de Arturo! ¡Su escudero! ¡Crispín!</p> <p>—Ahora soy un guerrero Arquimiano —respondió el joven ex proscrito—. Un soldado que lucha contra la hechicería.</p> <p>—Un soldado alquimista que sirve a un rey que vive de la magia de Arquitamius. Un inmortal que usa trucos de hechicería. El hijo de un hechicero.</p> <p>—Arquitamius no es ningún hechicero —replicó Crispín—, Arquitamius es un gran alquimista.</p> <p>—No sabes lo que dices. No sabes nada —replicó Horades—, Arquitamius es un hombre de doble cara que no es lo que parece.</p> <p>—No trates de confundirme, hijo de Demónicus —se defendió Crispín—. Te conozco bien y sé que no debo fiarme de tus palabras. Tu lengua es bifida, igual que tu alma. ¡He venido para ejecutarte!</p> <p>Horades le observó con atención, con los ojos inyectados en sangre, convencido de que tenía delante a un gran enemigo, y se sintió preocupado.</p> <p>—Si me matas, siempre estarás maldito —le amenazó Horades, mientras recuperaba su forma original y su rostro volvía a ser el de siempre—. Tu alma vagará eternamente entre el Mundo de los Vivos y el Abismo de la Muerte.</p> <p>—Tienes dos caras —le acusó Crispín—. Y las dos son malas.</p> <p>—Y Arturo, ¿no tiene dos caras? ¿No parece un protegido del dragón y a la vez se comporta como si él mismo fuese un hechicero? ¿Me llamas mutante a mí y lo que él hace te parece normal?</p> <p>—Arturo quiere un mundo de justicia, pero tú solo quieres poder y riqueza. No trates de compararte. No pretendas que vea en él al malvado que hay en ti —se rebeló Crispín—. ¡No os parecéis en nada! ¡No me confundirás!</p> <p>—¿Qué quieres de mí?</p> <p>—Ya te lo he dicho: he venido a matarte, Horades. Te has aliado con Demónicus para arrasar Arquimia. Pero yo lo impediré.</p> <p>—¿Crees que puedes truncar nuestros planes? —se burló Horades—, ¿Tan ingenuo eres?</p> <p>Crispín agitó la espada alquímica y se le acercó.</p> <p>—Este acero es mágico —advirtió—. Su poder consiste en que puede acabar con monstruos como tú.</p> <p>Cuando Horades vio que la espada se alzaba, sintió un escalofrío amenazador.</p> <p>—¿Quieres un título? —le preguntó, con voz temblorosa y seductora—. Está bien, a partir de ahora eres conde. ¡Serás el conde Crispín! ¡Tendrás un castillo con tierras! ¡Dirigirás tu propio ejército y...!</p> <p>—¡Basta! —exclamó Crispín—, ¡No he venido a buscar riquezas! ¡He venido en busca de tu cabeza! —respondió Crispín—, ¡Tu tiempo ha terminado! ¡Has producido mucho dolor y ahora vas a pagarlo caro!</p> <p>—¡Mi ejército marcha hacia Arquimia! —exclamó, en un último intento de detener a Crispín—, ¡Demónicus lo dirige! ¡La batalla final se avecina!</p> <p>—¡Mientes! He visto con mis propios ojos cómo tus hombres yacían en la holgazanería. Los he visto borrachos y desaliñados. Tus soldados son una banda de ladrones.</p> <p>—¡Mira por la ventana! ¡Míralo con tus propios ojos! —le invitó Horades—. ¡Asómate! Ya ves lo que son las cosas: quien iba a ser mi súbdito se ha convertido en mi amo y ahora dirige mi ejército.</p> <p>Crispín se acercó a la ventana y, por segunda vez en la misma noche, se quedó horrorizado.</p> <p>Sobre la línea del horizonte, iluminado por el despunte del alba, vio cómo miles y miles de seres marchaban en batallones hacia Arquimia. El ejército reptaba sobre las colinas igual que una serpiente gigante. Torres de asalto, ballestas gigantes, catapultas... todo lo necesario para arrasar Arquimia. Infantería, arqueros, caballería, lanceros... Criaturas mutantes y otros seres voladores protegían desde el cielo al ejército de Horades. Un ejército interminable, una máquina de guerra perfecta, lista para perpetrar el ataque que iba a demoler el nuevo reino de Arquimia.</p> <p>—¿De dónde sale este ejército infernal? —preguntó Crispín, atónito.</p> <p>—Demónicus lo ha organizado en secreto —replicó Horades—. El va en cabeza, rodeado de generales que esperan sus órdenes. Hay hechiceros, brujos y magos que le darán todo el apoyo que necesita —rugió Horades, dispuesto a herir a Crispín—, ¡Es el fin de Arquimia y de Adragón!</p> <p>—¡Maldito animal! ¡Maldito asesino! —dijo Crispín, que sostenía la empuñadura de su espada con tanta fuerza que sus nudillos se enrojecieron.</p> <p>El hijo adoptivo de Demónicus se burló de sus amenazas y le enfureció. Entonces, cargado de ira, Crispín miró fijamente a Horades y se dirigió hacia él.</p> <p>—¡Espera! ¡Mira lo que tengo! —dijo el sádico monarca, muerto de miedo, mientras abría un arcón—. ¡El pergamino de Arquimaes! ¡La fórmula de la inmortalidad!</p> <p>—¿Quién te lo ha dado?</p> <p>—¡Demónicus! Me ha pedido que se lo guarde. El campo de batalla no es un lugar seguro para un pergamino. Pero yo te lo doy a cambio de mi vida.</p> <p>Crispín alargó la mano y Horades le entregó el documento.</p> <p>—¡Es auténtico! —aseguró el rey—, ¡Es la llave de la inmortalidad! ¡Puedes ser como Arturo Adragón! ¡Déjame vivir!</p> <p>Crispín le miró fijamente, convencido de que tenía que cumplir la misión que se había impuesto.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Arturo estaba de pie, ante el camastro de Escorpio, con el rostro serio, a ver qué quería contarle.</p> <p>—Arquimaes... —explicó lentamente Escorpio, consciente del efecto que su revelación iba a producirle a Arturo— no es quien parece.</p> <p>—He venido a escucharte a petición de Rías —respondió Arturo, que dio un paso atrás para darle a entender que estaba a punto de marcharse—, pero no tengo necesidad de oír tus mentiras. Si insistes te encerraré en los calabozos.</p> <p>—No serviría de nada. Te digo la verdad. Y él no podrá negarla. El sabe que hay una prueba viviente de su falsedad.</p> <p>—Una sola palabra más y te cortaré la lengua yo mismo.</p> <p>—¡Tuvo un hijo con una hechicera, con Górgula! ¡Yo soy ese hijo: tu hermano, Arturo! ¡Soy tu hermano!</p> <p>Arturo, cegado por la rabia, le agarró del cuello con las dos manos y empezó a apretar con fuerza.</p> <p>—¡Eres una rata y debí matarte la otra noche, en la cueva! —gritó Arturo—. ¡Mientes!</p> <p>—¿Por qué Arquimaes me sacó de la gruta? ¿Por qué me salvó la vida?</p> <p>Arturo contuvo su ira y aflojó las manos.</p> <p>—¡Eso no significa nada! ¡Arquimaes no dejaría que nadie se desangrara. Eres un reptil y vales menos que las palabras que pronuncias.</p> <p>—¡Soy tu hermano! —insistió Escorpio—. ¡Tenemos el mismo padre!</p> <p>—¿Por qué me lo cuentas? Siempre has estado en mi contra. Siempre has estado del lado de quienes han intentado destruirme.</p> <p>—Lo descubrí hace poco. ¡El es mi padre y me ha ignorado! ¡A ti te ha dado la inmortalidad y a mí me la ha negado! ¡Somos hermanos, aunque quieras negarlo! ¡Tienes que ayudarme! ¡Me has convertido en un tullido! ¡Por tu culpa he perdido la pierna!</p> <p>Arturo se detuvo en seco. ¿Y si era verdad lo que decía ese miserable traidor? ¿Y si era cierto que Arquimaes también era su padre? ¿No le convertía eso en su hermano de sangre?</p> <p>—Morfidio solo quería resucitar a su padre —añadió Escorpio—. Y yo quiero matar al mío.</p> <p>—Sois tal para cual. Morfidio era un parricida y tú quieres emularle. ¡No se puede matar a un padre solo porque...!</p> <p>—¿Te desprecia? ¿Te humilla? ¿Te abandona? ¡Yo llegué a este mundo olvidado por mi padre, igual que Morfidio!</p> <p>Arturo dio un paso atrás. Después salió de la estancia sin hacer caso a los gritos de su supuesto hermano.</p> <p>—¡Si no me ayudas, me mataré! —gritó Escorpio—. ¡Me mataré! ¡Me mataré! ¡Y mi sangre caerá sobre ti y sobre tus hijos! ¡Maldito seas, Arturo Adragón! ¡Os maldigo a todos!</p> <p>Arturo se encerró en su habitación, trató de ordenar sus ideas e intentó olvidar las palabras de Escorpio, pero no lo consiguió. Al contrario: según pasaba el tiempo, resonaban con más fuerza, hasta el punto de obsesionarle. Por eso se quedó encerrado, sin salir, sin querer ver a nadie, sin querer hablar con Arquitamius, sin querer saber nada de este mundo horrible en el que las cosas no eran lo que parecían y todo tenía doble cara.</p> <p>En este mundo, la mentira se entrelazaba tanto con la verdad que a veces resultaba imposible separarlas. Los sueños, las fantasías y los deseos se mezclaban hasta tal punto que las mentiras parecían algo maravilloso.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Herminio había hecho un esfuerzo sobrehumano para cumplir la misión encomendada por Crispín. Su mujer y su hija estaban exhaustas, pero hicieron el recorrido en el menor tiempo posible. Nada más llegar pidieron audiencia con Arturo, que los recibió inmediatamente, junto a la reina Alexia, Leónidas y los dos sabios.</p> <p>—¿Qué noticias traéis de nuestro compañero Crispín? —preguntó Émedi, impaciente por saber en qué estado estaba el joven oficial de la Legión Alexia—. ¿Dónde se encuentra? ¿Por qué os envía a vosotros? ¿Acaso está herido?</p> <p>—No, mi señora —respondió Herminio—. El caballero Crispín estaba bien cuando le dejamos en ese reino de horror. Nos ha enviado para contaros todo lo que sabemos sobre su viaje. Traemos valiosa información.</p> <p>—¿Quiénes sois? —intervino Alexia, tratando de recordar.</p> <p>—Me llamo Herminio y he alojado en mi posada a nuestro rey Arturo y a sus amigos Crispín, una joven llamada Amedia y su padre, Dédalus...</p> <p>—Os recuerdo perfectamente —dijo Arturo.</p> <p>—Crispín nos salvó la vida —explicó Herminio—. Durante días hemos viajado con él por los alrededores del castillo del rey Horades. Todos los proyectiles que caen sobre vuestro reino provienen de aquel lugar; lo hemos visto con nuestros propios ojos. Crispín me ha encargado que os diga que Horades se ha aliado con Demónicus y que han preparado un gran ejército que os atacará en breve. Os sugiere que organicéis rápidamente las defensas contra este terrible invasor.</p> <p>—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Leónidas—. ¿Cómo lo sabes? ¿Qué garantía tenemos de que dices la verdad?</p> <p>—Solo puedo ofreceros mi honor como garantía de mi honestidad. Somos gente sencilla. Estamos vivos gracias a la valerosa acción de Crispín y hemos venido voluntariamente.</p> <p>—Sigue, Herminio —le invitó Alexia—. Sigue con tu relato.</p> <p>—Crispín espió e indagó a conciencia todos los rincones del reino de Horades. No tengáis duda de que nuestras palabras son veraces y están contrastadas. Vuestro joven guerrero es un hombre de honor y jamás nos mandaría para decir una cosa por otra. Os aseguro que sabe lo que dice, mi señor.</p> <p>Arturo y Alexia observaron con atención a Herminio y a su familia para ver si algo los delataba. Finalmente coincidieron en que eran honrados y en que jamás los engañarían.</p> <p>—¿Dónde está Crispín ahora? —preguntó Alexia—. ¿Por qué no ha venido con vosotros?</p> <p>—Se ha quedado en Rugían, que así se llama desde que Horades ostenta el poder —respondió Amarae—. Dijo que tenía que cumplir una misión. Es lo único que sabemos. Pero me temo que...</p> <p>—¿Qué? —la apremió la reina Alexia.</p> <p>—¡Que va a correr un gran riesgo! ¡Estoy segura de que piensa hacer algo muy peligroso!</p> <p>—¿A qué te refieres, joven amiga? —preguntó Arturo.</p> <p>—Exactamente no lo sé. Es una certeza que me nace en el corazón.</p> <p>—¿Cuándo crees que volverá? —preguntó Alexia.</p> <p>—No lo sé, majestad —respondió la joven—. Espero que sea pronto y que lo haga sano y salvo.</p> <p>—Le amáis, ¿no es así?</p> <p>Amarae, al verse descubierta, bajó los ojos y guardó silencio.</p> <p>—Pasad —les invitó Alexia—. Le esperaremos juntos. Espero que no tarde demasiado, ¿verdad, Amarae?</p> <p>—Sí, mi señora —respondió la joven.</p> <p>—Dejemos que estos señores hablen de guerra mientras nosotras buscamos alguna ropa más adecuada para vestiros. De alguna forma debemos pagaros el esfuerzo que habéis hecho.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Crispín respiró hondamente.</p> <p>Lo que se disponía a hacer era una auténtica hazaña, pero no estaba seguro de conseguirlo.</p> <p>Estaba en lo alto de la colina, montado sobre un poderoso caballo de guerra, con la espada alquímica en la mano, dispuesto a lanzarse sobre el campamento desde el que ahora se disparaban incontables proyectiles para cubrir al ejército que se dirigía a Arquimia.</p> <p>Espoleó a su caballo y se lanzó en una carrera desenfrenada hacia su objetivo. Le resultó fácil abatir a los dos primeros centinelas y penetrar en el campamento, pero lo que vino a continuación solo podía realizarlo un héroe. Quizá por eso, cuando los arquimianos supieron lo que había hecho, reconocieron su valor, le nombraron caballero y esculpieron su imagen, que adornaba los pasillos y jardines del palacio.</p> <p>Entró como un huracán enfurecido y prendió fuego a las tiendas y a las catapultas. Consiguió eliminar a casi todos los hombres que alimentaban las plataformas de lanzamiento. Acabó con la vida de muchos hechiceros e hizo huir a los supervivientes, que más tarde contarían que un ejército había caído sobre ellos, para evitarse la vergüenza de reconocer que un solo hombre había destruido su campamento.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVI</p> <p>B<style name="versalita">ALAS PARA LOS AMIGOS</style></p> </h3> <p>—¡Adragón! —grito cuando oigo el disparo.</p> <p>Sale tan rápido hacia el cañón del arma que ni siquiera le veo. Espero que llegue a... ¡Adela acaba de caer al suelo!</p> <p>—¿Qué ha hecho usted, Demetrio? —grito—, ¿Qué ha hecho?</p> <p>—¡Adela! —grita <i>Patacoja—</i>, ¡Adela! ¡Responde!</p> <p>Pero Adela no responde. No se mueve. No respira.</p> <p>—¡La ha matado! —exclama <i>Patacoja</i>, lleno de desesperación—. ¡Maldito sea!</p> <p>Papá y Norma se lanzan en ayuda de Adela, pero me temo que ya es demasiado tarde.</p> <p>—¡Ella se lo ha buscado! —se disculpa Demetrio—. ¡La culpa ha sido suya! ¡Por entrometida!</p> <p>—¡Asesino! —grita nuestro amigo—. ¡Asesino!</p> <p><i>Patacoja</i> agarra la pistola de Adela y apunta a Demetrio. Adragón les sobrevuela, indeciso, a la espera de una orden. Todo el mundo está alarmado.</p> <p>—¡Le voy a matar, Demetrio! —advierte—, ¡Le voy a matar!</p> <p>—¡Quieto! —le pido—. ¡Quieto! ¡Por favor, no lo hagas!</p> <p>—¿Que no? ¡Ese hombre es un asesino! —brama <i>Patacoja</i>, con el revólver amartillado y el dedo engarfiado sobre el gatillo—. ¡Claro que voy a hacerlo!</p> <p>—Si lo haces será peor para ti —le insisto—. Acabarás en la cárcel.</p> <p>—¿Y qué más me da? La vida sin Adela es peor que la cárcel. ¡Voy a vengarla!</p> <p>—¡Estése quieto, amigo <i>Patacoja</i>! —grita el general Battaglia—. ¡Hay que entregar a este hombre a la justicia!</p> <p>—No lo hagas, <i>Patacoja</i>, o te convertirás en un asesino —añade Metáfora—. A Adela no le gustaría.</p> <p>—¡Adela! ¿Qué voy a hacer sin ti? —se lamenta, arrodillado junto a ella—. ¿Cómo voy a vivir sin ti?</p> <p><i>—Patacoja</i>, amigo, escucha —digo—. Escucha... No te dejes llevar por la rabia. A Adela no le gustaría verte en la cárcel.</p> <p>Entonces, <i>Patacoja</i>, que está destrozado y sin fuerzas, baja el brazo y deja el arma.</p> <p>—¡Entregue su arma, Demetrio! —le exige Battaglia—, ¡Esto se ha terminado!</p> <p>—¡No me rendiré tan fácilmente! He llegado demasiado lejos como para dejar todo esto a medias.</p> <p>—¿A medias? ¿Es que no ve lo que ha hecho? ¡Ha matado a Adela! —le reprocho—. ¿Qué más quiere?</p> <p>—¡Matarte a ti!</p> <p>—Ya sabe que no puede. ¡Nadie puede matarme!</p> <p>—¡Entonces, la mataré a ella! —amenaza, mientras apunta a Metáfora—. ¡También la mataré!</p> <p>—¡Ni lo intente, o Adragón le hará pedazos! ¡Se lo advierto por última vez, deje el arma en el suelo!</p> <p>Adragón se ha situado a su lado, con la boca abierta llena de afilados dientes, amenazador.</p> <p>—Está bien, me rindo —dice Demetrio, vencido—. Aquí está mi arma. Esto se acabó.</p> <p>Adragón agarra su pistola con la boca y me la entrega. Battaglia se acerca y se hace con ella. Estamos todos compungidos por la muerte de Adela. Los sollozos de <i>Patacoja</i> son estremecedores.</p> <p>—¡Cuidado! —grita <i>Sombra</i>—. ¡Cuidado!</p> <p>El aviso de <i>Sombra</i> me sorprende tanto que intento averiguar qué pasa. Me giro y veo cómo Demetrio, que acaba de sacar una pequeña pistola que tenía escondida en su pierna ortopédica, pretende disparar a Metáfora.</p> <p>Voy a dar la orden a Adragón para que le detenga cuando <i>Patacoja</i>, que ha estado más atento que yo, se interpone en el preciso instante en que aprieta el gatillo.</p> <p>¡Bang!</p> <p>—¡Morid, malditos, morid! —grita Demetrio, una vez ha disparado contra <i>Patacoja</i>.</p> <p>—¡Adragón! —ordeno en ese momento—, ¡Detenle!</p> <p>El dragón se lanza sobre él, le muerde la mano y le inmoviliza. Demetrio se revuelve e intenta liberarse, pero no puede. Es nuestro prisionero.</p> <p>Estoy muy nervioso y confundido. Lo único que veo claro es que Metáfora está de pie, viva. <i>Patacoja</i>, en cambio, está en el suelo, muerto.</p> <p>—¿Está contento, inspector Demetrio? —le pregunto con un reproche inútil—. ¿Ha visto lo que ha hecho? ¡Ha matado a Adela y a <i>Patacoja]</i> ¡Es usted un asesino!</p> <p>—¡Estoy muy satisfecho de saber que he matado a tus amigos! ¡Es pero que sufras mucho! —responde, lleno de odio—. ¡Pero estaría mas contento si pudiera matarte!</p> <p>El escenario es estremecedor. <i>Patacoja</i> yace en el suelo, rodeado de un charco de sangre, junto a Adela. Norma y papá están junto a ellos, des concertados, sin saber qué hacer. Tránsito y <i>Sombra</i> no se mueven. Piltro y Lucio están paralizados.</p> <p>—¡Qué sinrazón! —exclama el abad—. ¡Qué locura!</p> <p>—Arturo, ¿estás bien? —pregunta <i>Sombra</i>, con el rostro desencajado.</p> <p>Le miro y le hago saber que estoy bien, aunque desesperado.</p> <p>Por primera vez en mi vida, tengo el alma llena de deseos de ven ganza. Estoy a punto de ordenar a Adragón que eleve al inspector hasta las nubes y que lo arroje al vacío. Estoy a punto de ordenárselo... pero me contengo. Ya no sirve de nada. La tragedia está servida. El tiempo no puede volver atrás.</p> <p>Durante los últimos minutos, mucha gente se ha agolpado a nuestro alrededor. Entre ellos han llegado algunas personas conocidas... y varios policías.</p> <p>El general Battaglia, que aún tiene la pistola en la mano, apunta a Demetrio.</p> <p>—¡No me obligue a disparar, inspector! —le dice—. ¡Sé manejar un arma! ¡Queda usted detenido!</p> <p>—Debería matarle, Demetrio —digo, lleno de ira—. Debería matarle ahora mismo.</p> <p>—Arturo, por favor —suplica Metáfora—. No lo hagas.</p> <p>—¡Ha matado a Adela y a <i>Patacoja</i>! ¡Ese hombre no tiene piedad! ¡Merece morir mil veces!</p> <p>—Deja que lo juzguen —insiste—. No te conviertas en juez. Recuerda lo que acabas de pedirle a <i>Patacoja</i>.</p> <p>—Tiene razón —añade Battaglia—. No te metas en líos por su culpa. Te aseguro que hay bastantes pruebas contra él. Pasará muchos años en la cárcel.</p> <p>Aunque todavía estoy muy enojado, decido hacerles caso.</p> <p>—¡Adragón! ¡Suéltalo! —ordeno.</p> <p>Demetrio se frota la herida que le ha hecho Adragón y que le sangra sin parar. El general le apunta directamente al pecho. Seguramente Demetrio se pregunta si llegará vivo a la comisaría.</p> <p>—No voy a hacerle nada, Demetrio —advierte Battaglia—. Yo no soy un asesino como usted.</p> <p>—Quiero saber por qué ha hecho todo esto —le inquiero—. ¿Por qué estaba en mi contra? ¿Por qué ha intentado matarme? ¿Por qué esta conspiración?</p> <p>—¿Quieres saberlo? —pregunta el inspector con tono irónico—. ¿Quieres saber qué tengo contra ti?</p> <p>—Pues claro. Pero no creo que...</p> <p>—Te lo diré, chico. Tienes que saber que yo no soy el único que quiere verte muerto. Hay mucha gente en Férenix que teme que llegues a ser rey, que tienen miedo a iluminados como tú que quieren imponer un reino de justicia. ¡Si te coronan rey traerás la desgracia a nuestro país y lo hundirás en guerras internas! ¡Vuestras ideas sobre la honestidad son peligrosas! ¡Perseguirás eso que llamas corrupción y nos arruinarás a todos! ¡Atraerás a los que piensan como tu y esta tierra se convertirá en un lugar endemoniado! ¡Por eso queremos matarte, maldito idealista! ¡Maldito adragoniano!</p> <p>—¿Usted qué sabe de todo esto, Demetrio? ¿Qué sabe de los adragonianos, de los defensores de la justicia, de los alquimistas?</p> <p>—Que sois peores que la peste, que habéis traído la desgracia en todos los reinos en los que habéis implantado vuestras enseñanzas y vuestras ideas. Los alquimistas dicen que pueden convertir el plomo en oro, que pueden devolver la vida a los muertos y que pueden alargar la vida de los mortales. ¡Basuras y mentiras! ¡Lo sé muy bien! ¡Todo lo hacen en beneficio propio! ¡Quieren enriquecerse a costa nuestra!</p> <p>—Los alquimistas son los precursores de los científicos. Han abierto la puerta al conocimiento y no tienen nada que ver con la corrupción que, por cierto, usted protege, inspector.</p> <p>—¡Maldito amigo de la justicia! ¡Maldita casta de defensores de la honestidad! ¡Vosotros sois el verdadero peligro!... Hemos defendido este país del caos y de la pobreza y hemos limpiado sus calles de bandidos. Nosotros somos los verdaderos dueños de Férenix. ¡Debes morir, Arturo Adragón! ¡Por nuestro bien!</p> <p>—¿A quién se refiere? ¿Quiénes son esos que le apoyan?</p> <p>—¡Los amos de Férenix! ¡Mi gente y yo hemos levantado este país durante años! ¡Lo hemos cuidado y lo hemos convertido en el paraíso que es ahora! ¡Gracias a nosotros, todo funciona correctamente!</p> <p>—¿Un grupo de corruptos? ¿Quiénes son sus amigos? —le insisto—. ¡Dígamelo de una vez!</p> <p>—¡Nosotros no somos corruptos! ¡Somos quienes mantenemos en pie a este país! ¡Nosotros...!</p> <p>—¿Tiene algo que ver con Del Hierro, el banquero?</p> <p>—Del Hierro y otros aspiramos a que las cosas sigan así y no queremos cambios. ¡Nadie quiere tu reino de justicia!</p> <p>—¡Usted y sus amigos son unos inmorales y unos corruptos que se han enriquecido al amparo de sus abusos! ¡Ustedes han creado un paraíso de corrupción! —grito—. ¡Han cometido todo tipo de abusos y han matado a <i>Escoria</i>.</p> <p><i>—¡Escoria</i> era un desecho que se metía donde no debía! ¡No tenía derecho a vivir en nuestro país!</p> <p>—¡Asesinos! —interviene Battaglia—, ¡Corruptos!</p> <p>—¡Acabaréis todos bajo tierra! —responde Demetrio—. ¡Todo volverá a la normalidad!</p> <p>—La normalidad llegará cuando usted y sus amigos estén entre rejas —respondo—, ¡Entréguese!</p> <p>—¡No iré a la cárcel! ¡Soy policía! —responde Demetrio, fuera de sí—. ¡Un policía no va a la cárcel!</p> <p>—Hay muchos testigos de su doble asesinato —le advierte Battaglia—. Le vamos a llevar a la comisaría y le encerrarán. No se irá de rositas. Sus amigos acabarán como usted y servirán de escarmiento a quienes intenten seguir su camino. ¡Se acabó la corrupción en Férenix!</p> <p>Demetrio forcejea con fuerza para liberarse, pero Battaglia se resiste y consigue que, finalmente, se dé por vencido. El inspector me lanza una mirada peligrosa que me advierte de que algo terrible está a punto de pasar.</p> <p>—¡Nadie me juzgará! —grita inesperadamente—. ¡Nadie me juzgará!</p> <p>Entonces, ante el estupor de todos y sin que dé tiempo a que alguien pudiera reaccionar, empuja al general, le quita la pistola, la amartilla, se mete el cañón en la boca y dispara.</p> <p>¡Bang!</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Los ataúdes de Adela y <i>Patacoja</i> están delante de nosotros, en la fosa. Dos operarios con pala esperan pacientemente a que les demos permiso para llenarla de tierra.</p> <p>He llorado tanto que apenas me quedan lágrimas y ganas de hablar. Ya me he despedido de ellos y ha llegado la hora de que los enterremos definitivamente.</p> <p>Ha nevado durante toda la noche y el suelo está cubierto de un espeso manto blanco. Quizá sea un buen color para recordar a estos buenos amigos.</p> <p>—Amigo <i>Patacoja</i>... nunca te olvidaré —digo en voz baja, como última despedida—. No puedo prometerte venganza, pero sí justicia. Te aseguro que haré todo lo posible por imponer un reino en el que impere la paz, en el que la gente pueda vivir sin miedo.</p> <p>—Te queremos, <i>Patacoja</i> —añade Metáfora—. Estás en nuestros corazones y nunca te olvidaremos. A ti tampoco, Adela. Habéis sido nuestros mejores amigos.</p> <p>—Me consta que erais personas extraordinarias —añade Cristóbal—. A Mireia y a mí nos hubiera encantado conoceros mejor.</p> <p>Me agacho, cojo un puñado de tierra y la arrojo sobre los dos ataúdes, que yacen en la misma fosa. Metáfora, papá, Norma, Battaglia y los demás me imitan. Al final, los dos operarios cogen sus herramientas y rellenan el agujero con grandes paladas de tierra.</p> <p>—Ya podemos irnos —dice Metáfora—. Ahora descansan en paz.</p> <p>—Todavía no me hago a la idea —reconozco—. Todo ha ocurrido tan rápido que no puedo entenderlo.</p> <p>—Ha sido una fatalidad —explica Metáfora—. Nunca lo hubiera imaginado.</p> <p>Los tres caminamos silenciosamente por la avenida del cementerio y nos dirigimos a la salida, donde hemos dejado los automóviles. A pesar de lo compungido que estoy, hay algo que me obsesiona y de lo que no puedo zafarme.</p> <p>—¿Por qué diría Demetrio todo aquello contra los alquimistas? —le pregunto a Metáfora—. Todo el mundo sabe que los alquimistas solo hicieron el bien. Eran honrados.</p> <p>—A veces, cuando la gente está desesperada, dice cosas sin sentido. Olvídalo. No sirve de nada pensar en ello. Demetrio estaba totalmente corrompido.</p> <p>—Supongo que ese hombre y sus socios odiaban a los alquimistas porque eran contrarios a sus intereses. Por eso querían matarme.</p> <p>—El problema es saber quiénes son esos socios de Demetrio —advierte Cristóbal—. Pueden ser peligrosos. Imagina que todavía quieren matarte.</p> <p>—Battaglia, el Comité y la policía se encargarán de ellos. Tarde o temprano los descubrirán. Estoy seguro. Aunque creo que la muerte de Demetrio les ha tenido que preocupar. Más de uno se marchará de Férenix.</p> <p>—Ojalá tengas razón y esa gentuza se aleje de aquí —dice nuestro joven amigo.</p> <p>—Si Demetrio estaba ligado a Del Hierro, los intereses de la Fundación pueden estar mezclados con esa banda de corruptos —sugiere Metáfora.</p> <p>—¿Insinúas que mi familia puede estar relacionada con esa red de desaprensivos? —pregunto, alterado.</p> <p>—No insinúo nada, Arturo —se justifica—. Solo me atengo a los hechos. Quiero decir que habría que asegurarse de que no hay motivo de preocupación.</p> <p>—No me confundas. Que Demetrio y Del Hierro formen parte del mismo grupo no debería tener algo que ver con la Fundación... ni con mi familia.</p> <p>—Esperemos que tengas razón —dice finalmente— y que no os contamine.</p> <p>—Cuando esta gente hace algo, suele salpicar —dice Cristóbal.</p> <p>—No lo hará —afirmo—. Los Adragón somos gente honrada y no tenemos nada que ver son esos maleantes. Lucharemos con todas nuestras fuerzas para que no nos impliquen en nada ilegal.</p> <p>—Eso está bien —dice Metáfora—. Me gusta que hables así.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVII</p> <p>L<style name="versalita">A ÚLTIMA BATALLA</style></p> </h3> <p>—¡Arturo! ¡Arturo! —exclamó muy alterado Leónidas mientras entraba en la cámara real, donde Arturo desayunaba—. ¡Ya no caen proyectiles!</p> <p>—¿Qué dices, amigo mío? —preguntó el caballero negro—. ¿Estás seguro de lo que dices?</p> <p>—¡Ven a verlo tú mismo! —replicó el recién llegado—. También hay malas noticias... ¡Las fuerzas del Mal están aquí, frente a nuestras puertas! ¡Ven a verlo!</p> <p>Arturo se incorporó y siguió a Leónidas. Ambos llegaron a la barricada que marcaba el límite de Ambrosia y se quedaron atónitos.</p> <p>—¡Míralos! —dijo el caballero Leónidas—. ¡Pretenden cercarnos!</p> <p>—Van a asediarnos —dedujo Arturo—. Quieren que nos rindamos o nos matarán de hambre. Ahora el cielo está despejado. ¿Por qué habrán dejado de bombardearnos?</p> <p>—Puede ser una trampa —advirtió Leónidas—. También es posible que pretendan atacar para arrasar todo lo que tiene vida en el valle de Ambrosia. Me temo que nuestros preparativos no van a servir de nada.</p> <p>—¿Qué sabemos de ellos? —preguntó Arturo—. ¿Cuántos son?</p> <p>—Más de los que nos gustarían —reconoció Leónidas—. Han venido con todas sus fuerzas, tal y como anunciaron Herminio y su familia.</p> <p>—Ahí hay más soldados que hace meses —advirtió Arturo—. ¿Cómo han conseguido tantos guerreros?</p> <p>—Seguro que han movilizado a todos los que son capaces de empuñar una arma, incluidas mujeres y niños... También cuentan con bestias salvajes. ¡Son mutantes!</p> <p>—¡Y hechiceros! —añadió Alexia, que en esos instantes llegaba junto a ellos.</p> <p>—Y dragones —confirmó Leónidas—. Mirad el cielo. Está oscurecido por sus alas. No creo que sobrevivamos a este ataque.</p> <p>—Y sin embargo hay que resistir —repuso Arturo con firmeza.</p> <p>—¿Hasta cuándo?</p> <p>—¡Hasta el final, Leónidas! ¡Hasta el final! ¿Hay alguna noticia de Crispín? —preguntó Arturo.</p> <p>—No sabemos nada —dijo Leónidas—. Empiezo a temer lo peor.</p> <p>—Yo no me preocuparía —le tranquilizó Alexia—. Crispín sabe defenderse bien. No le pasará nada. Estoy convencida de que tiene algo que ver con el cese del fuego.</p> <p>Arturo la miró, complaciente. Quería transmitirle que él pensaba lo mismo.</p> <p>—No podemos olvidar que se forjó al lado de nuestro rey —añadió la reina—. Eso es una garantía.</p> <p>—Sí, es cierto —reconoció Leónidas.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El ejército, dirigido por Demónicus, estaba listo para atacar. Había levantado el cerco alrededor del palacio en construcción con la intención de delimitar un perímetro en el que nadie pudiera entrar o salir. Era una forma de intimidar a los arquimianos y de enviarles un mensaje de desesperanza para que pensaran que estaban encerrados en un gigantesco cementerio.</p> <p>Los arquimianos observaron cómo las catapultas, las torres de asalto y las demás máquinas de guerra tomaban posiciones y se organizaban para actuar. También vieron que los efectivos militares se preparaban para atacar. Los largos preparativos les ponían nerviosos y debilitaban su moral. La exhibición de los atacantes era espectacular.</p> <p>—Son muchos —dijo Leónidas—. Los nuestros están preocupados... y asustados.</p> <p>—A cada momento hay más bestias y mutantes —dijo Arquitamius—. Demónicus y sus hechiceros trabajan sin parar. Convierten a esa pobre gente en animales.</p> <p>—Creo que los tienen domeñados bajo los efectos de la magia —añadió Arquimaes—. De esta forma, ni se rebelan ni protestan.</p> <p>—Nuestros espías nos informan de que los humanos y las bestias mutantes conviven sin problemas —explicó Leónidas—. Es como si fuesen de la misma raza.</p> <p>—Es que lo son —explicó Alexia—. O creen que lo son. Comen lo mismo, duermen juntos, ansían nuestra muerte y quieren beber nuestra sangre. Los hechiceros, dirigidos por... por Demónicus, hacen bien su trabajo.</p> <p>—O sea, que forman un ejército invencible —sentenció Arturo—. Vamos a tener que luchar duro si queremos sobrevivir.</p> <p>—Deberíamos tener un plan para soportar el ataque.</p> <p>—Mi plan consiste en ir a buscar a Demónicus y matarlo —afirmó Arturo—. Por lo demás, se trata de sacar la máxima ventaja de nuestro poder.</p> <p>La puerta se abrió y Émedi entró, escoltada por sus pretorianos.</p> <p>—¿Cómo podemos hacerlo, mi rey? —preguntó con firmeza la antigua soberana— ¿Qué nos recomiendas? ¿Cuál es nuestro verdadero poder?</p> <p>—Luchar con bravura, lo que desmoraliza mucho al contrario —explicó Arturo—. No rendirse, incluso cuando las cosas se complican. No contar ni las bajas contrarias ni las propias, porque descorazona y distrae. No creer que alguien vendrá en nuestra ayuda, pues crea falsas esperanzas. No tener miedo a la muerte, porque esta es solo el principio.</p> <p>Pero, sobre todo, luchar con el convencimiento de que la verdad está de nuestra parte y con la seguridad absoluta de que vamos a ganar.</p> <p>—Arturo, esas son buenas reglas para mantener alta la moral, pero necesitamos ayuda práctica —le rebatió Leónidas.</p> <p>—Es posible que no la haya, Leónidas; por eso debemos mantener la moral muy alta —respondió Arturo—, ¡Tenemos algo escrito en nuestra mente y en nuestro corazón, y esa es nuestra fuerza! ¡Recordad que nuestras armas llevan letras dibujadas, y que tienen poderes que nos ayudan! ¡Nuestra verdadera fuerza!</p> <p>Todos le miraron con el convencimiento de que era un gran jefe.</p> <p>—No obstante, enviaremos mensajeros a nuestros aliados para recabar su ayuda —añadió—, aunque los enemigos los intercepten. Reforcemos nuestro convencimiento de que estamos solos.</p> <p>—Tienes razón, Arturo; hemos comprendido tu mensaje.</p> <p>—Debemos prepararnos para la defensa —sugirió Alexia—. El ataque es inminente.</p> <p>—Demostraremos a esos bárbaros que los arquimianos somos más fuertes y valientes que ellos —concluyó Émedi—. Van a aprender una lección que no olvidarán.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>El ataque de las fuerzas de Demónicus se produjo por tierra y por aire y fue feroz.</p> <p>Los arqueros se emplearon a fondo y lanzaron sucesivas andanadas de flechas incendiarias, envenenadas y hechizadas. Después de una incesante y mortífera granizada de dardos, los ataques indiscriminados de la infantería, tanto animal como humana, comenzaron.</p> <p>Los arquimianos se unieron en torno al grueso del Ejército Negro. Pensaron que cuanto más compacto fuese el bloque defensor, más dura y eficaz sería la resistencia, pero erraron.</p> <p>El enemigo se diseminó en pequeños grupos de asalto que rehuían el combate con los grandes batallones y trataban por todos los medios de colarse entre las ranuras que, inevitablemente, se producían debido a los proyectiles que lanzaban los dragones desde el cielo. Quienes pensaron que, cuando comenzara el ataque, los proyectiles demoniquianos dejarían de caer para no herir a su propia gente, se equivocaron.</p> <p>A pesar de que ya se habían infiltrado entre las filas arquimianas, parecían divertirse haciendo alarde de su fuerza. Cogían prisioneros y los torturaban atrozmente hasta que les arrancaban gritos tan desgarradores que más bien parecían proceder de animales que de humanos. Solían martirizarlos a la vista de todos, lo que producía mucha angustia a los que sufrían y a quienes escuchaban los lamentos.</p> <p>La situación se tornó desesperada para los arquimianos. Los cirujanos ya no podían atender a tantos heridos y los cadáveres se amontonaban en grandes cantidades, lo que aumentaba el riesgo de que las enfermedades se propagasen. Rías, que había recibido de Arquimaes la orden de dirigir la curación de los arquimianos, estaba desesperado a causa de la impotencia que le producía no poder aliviar tanto dolor.</p> <p>Fue entonces cuando Arturo decidió intervenir.</p> <p>—Ha llegado el momento de afrontar la situación —le dijo a Alexia—. Demónicus tendrá que aceptar un duelo conmigo.</p> <p>—No podrás ganarle —le advirtió Alexia—. Nadie puede matar a Demónicus.</p> <p>—Arquitamius me ha enseñado el arte de la lucha —respondió Arturo—. Estoy mejor preparado que nunca. Soy un gran guerrero.</p> <p>—No lo dudo, pero Demónicus es un enemigo muy poderoso.</p> <p>—Estuve a punto de acabar con él en una ocasión. Le dejé muy malherido. ¿Recuerdas?</p> <p>—Sí, claro que lo recuerdo. Fue en Demónika: le arrojaste un caldero de brasas encendidas... Pero como bien dices, le dejaste malherido. Te repito que no podrás matarle. Volverá a la vida con el cuerpo de Demónicia. ¡Nadie puede matarle!</p> <p>—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me quede aquí, para ver cómo elimina a mi gente? ¡Soy el rey de Arquimia y prefiero morir en el intento que quedarme de brazos cruzados!</p> <p>—No estás de brazos cruzados. No has dejado de luchar ni un solo minuto; matas enemigos, ayudas a nuestra gente, te comportas como un verdadero rey. Pelear con Demónicus es una imprudencia.</p> <p>—Lo siento. Alexia. La decisión está tomada —sentenció Arturo.</p> <p>—Entonces te deseo suerte en tu empresa. No te fíes de él. No dudará en atacar por donde menos lo esperas. Te engañará, te hará ver visiones para confundirte...</p> <p>—Lo sé, Alexia —dijo Arturo para tranquilizarla—. Lo conozco bien. Pero debes comprender que tengo que enfrentarme con él. Mientras siga con vida, no habrá paz para nosotros.</p> <p>Arturo y Alexia se abrazaron. De todas sus despedidas, esta era, sin duda, la peor. Alexia temía por la vida de su marido y tenía motivos para sentir angustia. Desde el duelo que mantuvo con Morfidio, ya no era el mismo.</p> <p>—Vuelve sano y salvo —susurró Alexia—. Eres mi vida. Te necesito.</p> <p>—Volveré a tus brazos, Alexia. Y los que me necesitan, también me verán. Mis padres y mis amigos celebrarán con nosotros esta victoria.</p> <p>—Acabaré con ese endemoniado e impondremos la justicia en nuestro reino. Dejaremos un territorio de paz para que nuestros descendientes sean más felices.</p> <p>—Recuerda que Demónicus es astuto y tiene poderes. Recuerda que puede utilizar estratagemas inesperadas —le aconsejó Alexia—. Es muy astuto.</p> <p>—Lo recordaré —dijo Arturo, mientras cogía sus armas y salía de la estancia—. Tendré en cuenta tus palabras. Lucharé para volver a tus brazos.</p> <p>Arturo observó que el cielo estaba cubierto de nubes oscuras y que no había ni rastro de los proyectiles que les habían masacrado.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>La batalla se hizo más encarnizada cuando los demoniquianos mandaron su caballería, que era la más sanguinaria de cuantas se habían conocido. Era una horda aterradora de hombres montados sobre terribles caballos de guerra y sobre otros animales de origen desconocido.</p> <p>Después de pelear durante más de una hora con una valentía sin igual, Arturo cogió una bandera blanca y cabalgó hasta lo alto de una colina, con la intención de hacerse ver desde el cuartel general de Demónicus. Estaba a medio camino entre un bando y otro. Algunos proyectiles cayeron cerca y tuvo que detener algunos dardos con su escudo, pero permaneció inmóvil.</p> <p>Los combatientes demoniquianos, que parecían haber recibido la consigna de ignorarle, peleaban con ardor. Ninguno osó enfrentarse a él.</p> <p>Poco después, Arturo vio cómo un jinete, acompañado de una pequeña guardia personal que también portaba una bandera blanca, se acercaba hacia él. Reconoció enseguida la silueta de Alexander de Fer.</p> <p>—Hola, Arturo Adragón —dijo el antiguo caballero carthaciano cuando se le acercó—. Volvemos a vernos en el campo de batalla.</p> <p>—No quiero pelear contigo, Alexander de Fer. No me interesas —respondió Arturo, despectivamente—. ¡Quiero luchar con Demónicus, tu amo!</p> <p>—¿Un duelo personal? ¿Bromeas?</p> <p>Alexia, que luchaba al mando de su legión, al observar la entrevista entre el antiguo carthaciano y su marido, se acercó al galope.</p> <p>—Tu rey ha desafiado a Demónicus —le explicó Alexander cuando se unió a ellos—. Cree que puede ganarle.</p> <p>—Alexia, es mejor que te alejes —pidió Arturo—. Tus guerreros te necesitan.</p> <p>—De ninguna manera. Mi legión tiene buenos oficiales. Me quedaré a tu lado.</p> <p>—¿Estás segura de que quieres verle morir? —ironizó Alexander de Fer—. Es posible que sea la última vez que le veas vivo.</p> <p>—Mi vida es la suya. Asistiré a ese duelo y le animaré a luchar. Y si hace falta, pelearé contra ti, traidor.</p> <p>—No hará falta. Demónicus no necesita luchar con este reyezuelo de un reino que cabe en un pañuelo. ¡Mi amo no tiene nada que ganar!</p> <p>—Pero quiere acabar conmigo —afirmó Arturo—. Daría cualquier cosa por pisar mi cadáver. Ahora tiene la oportunidad. Dile que si gana, Arquimia se rendirá a sus pies.</p> <p>—Demónicus no quiere Arquimia. Solo quiere matarte y recuperar a su hija Alexia.</p> <p>—Ahora tiene la ocasión de conseguir las dos cosas —intervino Alexia—. Puede matarle y lograr que yo, la reina Alexia, vuelva a sus brazos.</p> <p>—Pero tiene que prometer que si gano —añadió Arturo—, sus fuerzas dejarán en paz a los arquimianos y se retirarán.</p> <p>—Hablaré con él y le preguntaré —respondió Alexander, casi convencido de que la propuesta interesaría a su amo—. Aguarda aquí. Volveré con una respuesta, sea la que sea.</p> <p>Alexander hizo girar a su caballo y se alejó al trote.</p> <p>Arturo y Alexia se quedaron en la colina bajo una intensa lluvia que acababa de desatarse, mientras los suyos defendían Arquimia entre rayos y truenos.</p> <p>—No pierdas esta ocasión, Arturo —le recomendó Alexia—. No vas a tener otra.</p> <p>Arturo la miró con admiración y ella lo notó. Desde que la había conocido, nunca la había visto retroceder en situaciones de peligro.</p> <p>—Sabes que Demónicus no cumplirá su palabra, ¿verdad? —le advirtió Alexia.</p> <p>—Lo sé, pero es la única forma de atraerle. Si viene, le mataré.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XVIII</p> <p>E<style name="versalita">N LA CONSULTA DE </style>B<style name="versalita">ATISTE</style></p> </h3> <p>Me recupero de mis heridas y magulladuras, pero no consigo que mi mente acepte de buen grado lo que ha pasado. Todo lo que he vivido ha sido tan extraordinario que me parece una pesadilla. Lo peor es que no dejo de acordarme de Patacoja y de Adela. Su recuerdo me persigue día y noche.</p> <p>En cualquier caso, esta batalla ha terminado. Mis enemigos están muertos o encarcelados. Del Hierro, el mayor peligro que todavía nos acechaba, ha aceptado aplazar la deuda y ha prometido dejar de acosarnos. Creo que la muerte de Demetrio le ha hecho reflexionar. Debe de incomodarle que la policía vaya a investigar a fondo algunas cosas.</p> <p>Todo indica que ha llegado el momento de vivir en paz y armonía.</p> <p>Ahora estoy en la consulta del doctor Jean Batiste, que me ha citado para examinar mi herida.</p> <p>—Hola, doctor Batiste —le saludo cuando abre la puerta de su consulta.</p> <p>—Pasa, Arturo. Pasa y ponte a gusto —me invita—. Déjame ver esa herida. Me ha dicho tu padre que has sangrado... Dice que te la has hecho con una espada.</p> <p>—Sí. Limpiaba algunas armas que hay en la Fundación y sin querer...</p> <p>Mira la herida con atención y se fija en mis magulladuras.</p> <p>—Vaya, parece que te ha pasado una locomotora por encima. Siéntate en la camilla, que voy a echar una ojeada a esas contusiones —dice mientras me ausculta—. Veo que tu herida está casi curada. La familia Adragón parece predestinada a recibir golpes y a recuperarse con facilidad.</p> <p>—¿Qué quiere decir?</p> <p>—Ya sabes a qué me refiero. La familia Adragón tiende a sanar con mucha rapidez. Si no, mira a tu padre. Cualquier otro, en su caso, seguiría ingresado unas plantas más arriba.</p> <p>—Yo creo que usted le ha resucitado. Todavía no sé si es un gran médico, un alquimista o un hechicero —le digo, casi en tono de broma.</p> <p>—Ya no estamos en la Edad Media —responde—. Esos términos ya no se emplean.</p> <p>—Usted me entiende muy bien. Sabe a qué me refiero.</p> <p>Duda un poco antes de responder.</p> <p>—Ven conmigo —propone—. Te voy a enseñar algo que te sacará de dudas.</p> <p>Le acompaño hasta el ascensor y, una vez dentro, aprieta el botón del sótano tres.</p> <p>—¿Adónde me lleva? —pregunto—. ¿Qué me va a enseñar?</p> <p>—Quiero que veas algo que te aclarará las ideas —responde en plan enigmático—. Ten paciencia.</p> <p>El ascensor se detiene y salimos al sótano, en el que hay un largo pasillo mal iluminado. Nos dirigimos hasta el fondo, donde abre una puerta con una llave de las que ya no se fabrican. Bajamos por una escalera que nos lleva a un nivel inferior y allí nos topamos con una vetusta gruesa puerta de madera.</p> <p>—¿Dónde estamos, doctor? —pregunto mientras rozo las paredes, que están labradas en la roca—. ¿En las catacumbas?</p> <p>—En la Edad Media —dice, en tanto abre el portón—. El mundo que te interesa. Tu mundo.</p> <p>Entramos en una galería muy estrecha y llegamos a una cámara que recuerda a los lúgubres calabozos medievales, entre gruesas paredes de piedra y techos abovedados. Es un lugar lleno de estanterías repletas de libros, documentos y mesas llenas de probetas y otros objetos de trabajo que suelen usar los científicos.</p> <p>—Esto parece un laboratorio de alquimista medieval —digo con asombro—. ¿Desde cuándo está aquí?</p> <p>—Desde hace mil años. Es mi laboratorio. En realidad, yo trabajo aquí —confiesa.</p> <p>—¿Es una broma?</p> <p>—No, Arturo. No es ninguna broma. Aquí llevo a cabo la mayor parte de mi trabajo de alquimista —reconoce—. Secreto, por supuesto.</p> <p>—Usted acaba de decirme que los alquimistas no existen.</p> <p>—He dicho que es una palabra que ya no se usa, pero no que no existamos. Aquí tienes la prueba. ¿Comprendes lo que quiero decir?</p> <p>Observo las paredes, los muebles y los objetos y me doy cuenta de que, en realidad, podría ser un laboratorio alquímico. Es igual que el de mis sueños, cuando Arquimaes trabajaba en el torreón de Drácamont.</p> <p>—Es una réplica del laboratorio de Arquimaes —dice, como si me hubiera leído el pensamiento—. Yo continúo su trabajo. Soy su sucesor, una especie de ayudante del futuro. En realidad, soy seguidor y estudioso de un ayudante suyo. Uno que se llamaba Rías. ¿Te suena?</p> <p>—Sí, claro que sí. ¿Quién es usted realmente? —le pregunto.</p> <p>—Exploro los misterios de la vida y de la muerte. Estoy comprometido con el trabajo de Arquimaes, Rías y otros sabios que, como ellos, trabajaron duro para lograr la inmortalidad.</p> <p>El laboratorio está muy oscuro. Por algún motivo, el doctor Batiste se encuentra a gusto en la penumbra, pero a mí me agobia un poco.</p> <p>—¿No hay más luz? —pregunto.</p> <p>—La luz no es buena para los productos químicos que utilizo —dice—. Se echan a perder. ¿No estás bien?</p> <p>—Bueno, la oscuridad siempre me ha puesto un poco nervioso.</p> <p>—No te preocupes. Aquí no hay ratas ni fantasmas. Además, supongo que estarás habituado. En la Fundación hay muchos lugares que apenas tienen luz. Supongo que para proteger los libros. Iluminaré esto un poco más.</p> <p>—¿Desde cuándo se dedica a esto?</p> <p>—Desde siempre. Rías decidió seguir el camino de su maestro, Arquimaes. Creó aquí su primer laboratorio secreto. Muchos amantes de la crisopeya hemos trabajado en este lugar en busca de la inmortalidad. Yo solo sigo y avanzo lo que puedo sobre el trabajo de otros.</p> <p>—La inmortalidad es un sueño que solo se da en casos excepcionales —le rebato.</p> <p>—Gracias a estos trabajos he conseguido devolver la vida a tu padre.</p> <p>—¡Estaba seguro de que le había resucitado! —exclamo.</p> <p>—Y de Metáfora —añade.</p> <p>—¿Cómo? ¿Qué ha dicho?</p> <p>—He dicho que aquí devolví la vida a Metáfora, hace muchos años.</p> <p>—Eso no es posible —digo—. Metáfora nunca ha estado muerta.</p> <p>—Hace años estuvo gravemente enferma...</p> <p>—Pero no murió...</p> <p>—Ven, pasa. Voy a enseñarte algo... Mira... —dice mientras abre una puerta que hasta ese instante me había pasado desapercibida. Entramos en una cámara que aún conserva aspecto medieval: gruesas paredes de piedra, poderosas columnas, techo arqueado y suelo alfombrado—. Esta es una zona en la que no entra nadie...</p> <p>—Aquí hay muchos libros antiguos —advierto—. ¿No querrá competir con la Fundación?</p> <p>—No, mi biblioteca es muy humilde.</p> <p>—Lo decía en broma.</p> <p>—Ven, mira... ¿Quieres echar una ojeada?</p> <p>Cojo un libro de una estantería y, cuando lo abro para hojearlo, me llevo una enorme sorpresa.</p> <p>—Doctor, este libro no tiene nada escrito... Tiene las páginas en blanco... Bueno, en realidad, parece que las letras se han desteñido —digo.</p> <p>—Es algo que suele ocurrir cuando el papel es de mala calidad. A veces hace que la tinta pierda su consistencia. Ya sabes, problemas técnicos. Ven, deja eso y mira este otro libro. Quiero que me des tu opinión.</p> <p>Me aproximo a la mesa y Batiste me acerca una gran silla de madera, en la que me siento. Miro las tapas del libro y lo abro. Entonces se coloca a mi lado y pone una lámpara delante de mí, sobre la mesa.</p> <p>—Con esto verás mejor —dice.</p> <p>—Gracias. Es usted muy amable —declaro mientras abro las tapas del libro.</p> <p>Pero mis ojos se sienten atraídos por la pequeña llama de la lámpara y se quedan clavados en la lucecita amarilla. Por algún motivo la luz me atrae y me deslumbra.</p> <p>—¿Qué es esto? —pregunto sin poder apartar la vista de la candela—. ¿Qué pasa?</p> <p>—No pasa nada. Estás muy cansado. Eso es todo.</p> <p>Los párpados me pesan. Casi no veo nada. Mi cuerpo parece tan ligero como una pluma.</p> <p>—¿Te gusta el libro? —me pregunta.</p> <p>Ahora escucho su voz con eco, como si proviniera de lejos, de otro mundo...</p> <p>—Se nota que las letras están hechas por manos expertas... —añade, como si recitara—. Los alquimistas somos expertos calígrafos y excelentes dibujantes, dos armas muy poderosas.</p> <p>No soy capaz de pasar la hoja. Estoy inmovilizado. Es como si mi mente no quisiera funcionar... Sufro una especie de parálisis que me impide hacer cualquier movimiento. Pero estoy consciente.</p> <p>—¿Estás bien, Arturo? —me pregunta.</p> <p>No puedo responder. Mis funciones vitales no funcionan. No entiendo qué me ocurre.</p> <p>—No es nada grave, muchacho —me advierte Batiste, que retira el libro de mi lado—. No te ocurre nada. Enseguida se te pasará. Ya lo verás.</p> <p>No lo entiendo.</p> <p>—Esa luz es alquímica. Su combustible es especial, un regalo de Rías. Es capaz de embrujar a cualquiera que mire su llama. Pero no debes preocuparte: esta luz no te matará, solo te mantendrá adormecido, mientras yo hago algo especial. Ven, déjate llevar y no sufrirás daño alguno.</p> <p>Me levanta y me lleva a un sillón, en el que me tumba. Me coloca la lámpara ante los ojos, de forma que no puedo evitar fijarme en la luz, que me tiene atrapado e inmovilizado.</p> <p>—Este libro pertenecía al padre de Metáfora —dice del ejemplar que he tenido entre mis manos—. Ya sabes que era impresor. Un día fui a encargarle unos impresos y, mientras me hacía el presupuesto, eché una ojeada por las estanterías polvorientas de la imprenta y, de pura casualidad, lo encontré ahí, perdido y abandonado. Enseguida reconocí la letra de Rías. Ni siquiera fue capaz de explicar cómo había llegado a sus manos. Conseguí que me lo vendiera a buen precio y entablamos una buena amistad, basada en que él me conseguía libros especiales y yo se los pagaba bien. Ya ves lo que son las cosas.</p> <p>Si pudiera hablar, le haría un montón de preguntas. Pero sigo inmovilizado.</p> <p>—Román acabó confiando plenamente en mí. Además de ser un buen cliente para él, mi prestigio como médico le tenía obnubilado. La verdad es que era un hombre interesante y pasamos muchas horas de charla. Me confesó muchas cosas sobre su vida privada y acabé conociéndole como si fuese un hermano. Yo también le descubrí algunos detalles sobre mi actividad como alquimista... Todo fue bien hasta que un día me contó que su hija, Metáfora, estaba gravemente enferma. Entonces me lo ofreció todo a cambio de salvarla. Así que hicimos un trato: ¡su vida por la de su hija!</p> <p>Se ha detenido. Piensa en sus próximas palabras.</p> <p>—Una noche drogó a Norma, su esposa, y la dejó profundamente dormida. Cogió a la niña, que también estaba bajo los efectos de los narcóticos, y me la trajo. Apenas le quedaba un hálito de vida cuando llegó aquí. La tumbé en esta butaca y la envolví con el pergamino de Arquimaes.</p> <p>Me mira con una sonrisa maliciosa.</p> <p>—Ya sé lo que piensas, Arturo —añade—. El pergamino estaba en la Fundación. Te sorprendería la cantidad de personas cuyos logros, descubrimientos y habilidades se han quedado a las puertas de entrar en la historia. Sus hazañas son tan dignas de ser conocidas como las que más, pero el azar es caprichoso y, cuando no lo es, hay demasiados intereses. En muchos aspectos, Rías superó a su maestro. Aunque muchos saben quién fue Arquimaes, solo unos pocos conocemos el trabajo y las investigaciones de Rías; entre ellas, la réplica perfecta de su pergamino. Da por hecho que lo usé con Metáfora y que, gracias a las letras mágicas, le devolví la vida. Ella tiene esas letras en su cuerpo y algún día se manifestarán, si es que no lo han hecho ya.</p> <p>»Así que salvé a Metáfora. Con mis conocimientos y mi habilidad, y guiado por los trabajos iniciados por Rías, logré resucitarla. El caso es que Román, que era un hombre de honor, cumplió su trato. Le administré un «preparado» especial, también obra de Rías. Le llevaría al Abismo de la Muerte, sí, pero con la conciencia suficiente como para que me contara todo lo que sentía mientras se moría. Me aportó una información muy valiosa. No te puedes hacer ni idea de lo que me contó. Cuando murió le saqué la sangre, que es lo que yo anhelaba de verdad, aunque nunca se lo dije. Esto es algo que solo sabemos tú y yo... je, je, je...</p> <p>Ojalá pudiera moverme y darle a este canalla lo que merece. Batiste continua con su discurso, ajeno a mis pensamientos.</p> <p>—Román no quería que la niña supiera que había dado su vida por ella y pidió que le enterraran lejos, en un lugar apartado. Sin embargo me pidió que se lo contara a Norma. Ella le venera, y se encarga de que su tumba esté siempre en buen estado. Ha respetado la decisión de su marido y nunca ha querido revelarle a su hija esta historia. Temía que pudiera traumatizarla y por eso se marchó de Férenix, para dejar que los acontecimientos se volvieran recuerdos. Volvieron hace un par de años y el resto ya lo sabes... El caso es que mi prestigio aumentó considerablemente gracias al «milagro» que hice con Metáfora. Creo que, por aquel asunto, el Comité se fijó en mí y me permitió ingresar en sus filas. Ya ves lo que son las cosas. Aquellos que son tus enemigos confían plenamente en ti. En fin, eso pertenece al pasado. Ahora volvamos al presente... Vengo de inmediato. No te muevas.</p> <p>Aunque no le veo, sé que acaba de salir de la cámara y que me ha dejado solo. Espero que vuelva enseguida. ¿Y si me da un ataque de pánico?</p> <p>El tiempo pasa. Mi reloj interno no funciona bien. Oigo voces. Alguien acaba de entrar.</p> <p>—Hola, Arturo. Aquí estamos —dice Batiste—. Ya ves que no te ha pasado nada por estar solo un ratito.</p> <p>—Hola, <i>Caradragón</i> —dice Horacio dándome con el dedo en la barbilla—, ¿Qué tal estás?</p> <p>—Hola, jovencito —dice Jazmín, que está a su lado—, ¿Te acuerdas de mí?</p> <p>—¿Y de mí? —pregunta Mireia—, ¿Te acuerdas de mí?</p> <p>¿Qué hacen estos cuatro juntos? ¿Desde cuando son amigos?</p> <p>—Vamos a hacer un trabajito con tu ayuda —me advierte Batiste—. No intentes recurrir a tu dragón, porque no podrás. Estás bajo el hechizo de la luz alquímica y tu fuerza mental no funciona. Así que no te pongas nervioso. No te vamos a hacer nada malo... de momento.</p> <p>Horacio me mira con una sonrisa peligrosa. Disfruta por tenerme aquí tumbado, a su disposición.</p> <p>—Túmbate aquí, Horacio —ordena Batiste—. Y no te muevas.</p> <p>—Sí, pero antes voy a hacer algo que tengo ganas de hacer desde hace mucho tiempo —advierte Horacio.</p> <p>Levanta el brazo y me suelta una bofetada en plena cara. Y otra...</p> <p>—¡Basta! ¡Basta! —grita Batiste mientras le sujeta—. ¿Quieres que se despierte y se libere? ¡Siéntate!</p> <p>Horacio me lanza otra de sus malvadas sonrisas y obedece al doctor.</p> <p>A pesar del adormecimiento que tengo, noto que la cara me duele. Me ha dado fuerte.</p> <p>Mireia, que aprovecha que Batiste está de espaldas, me suelta otro bofetón que me aturde.</p> <p>—No me iba a quedar con las ganas, ¿verdad?</p> <p>Batiste le lanza una mirada de reproche y ella se aleja un poco.</p> <p>—No te preocupes, Arturito —interviene Jazmín, en tanto abre su maletín—. No te voy a cortar la cabeza. Ni siquiera voy a hacerte daño.</p> <p>—Es verdad —añade Batiste—. Le dolerá más a Horacio que a ti.</p> <p>—Aunque la gente dice que no sufre, los tatuajes duelen, te lo aseguro —explica Jazmín—. Pero Horacio está decidido a hacerse uno.</p> <p>—Y donde más duele —apostilla Mireia—, ¡En plena cara!</p> <p>—Pero valdrá la pena —reconoce Horacio—. Cuando tenga ese tatuaje seré igual que tú: ¡un Adragón!</p> <p>—¡Exactamente igual! —confirma Batiste, que agita un frasco de cristal delante de mi cara para que lo vea bien—, ¿Sabes qué es esto? ¿A que no te lo imaginas? ¡Es tinta mágica igual que la que tú tienes en el rostro!</p> <p>Miente. Nunca han llegado a la cueva. Jamás han conseguido polvo de dragón ni agua del riachuelo.</p> <p>—¿Sabes de dónde la hemos sacado? —añade el doctor—. He hecho un trabajo excepcional. Un trabajo digno de Arquimaes, tu antepasado. Y todo gracias al trabajo de Rías, que era un genio.</p> <p>No sé de qué habla. Esa tinta tiene que ser falsa. Este hombre es un farsante.</p> <p>—¿Recuerdas los libros que robaron en casa de tu amiga <i>Escoria</i>? ¿A que no sabes adonde fueron a parar? ¿A que no tienes ni idea?</p> <p>Por lo que veo, todo tiene una explicación en esta vida.</p> <p>—Pues te lo voy a decir. ¡Los tengo yo! ¡He pagado grandes cantidades de dinero para conseguirlos! ¿Sabes qué hacía con ellos?</p> <p>Casi prefiero no saberlo.</p> <p>—¡Extraerles las letras y apropiarme de la tinta! ¡Los exprimía como si fuesen limones! ¡Los dejé blancos! ¡Así he conseguido tinta suficiente para dibujar un dragón exactamente igual que el tuyo en la cara de Horacio! ¿Qué te parece?</p> <p>Si pudiera, le diría que me parece diabólico.</p> <p>—Rías creó una fórmula mediante la cual se podía recuperar la tinta usada en las letras de los libros. Y me la legó. Estaba escrita en lenguaje esotérico, pero he conseguido descifrarlo. Gracias a Rías he podido extraer la tinta mágica de esos libros. ¿Ves cómo tenía razón cuando te decía que los alquimistas existimos? ¿Te das cuenta?</p> <p>—Y con la ayuda de Jazmín, que va a copiar tu dragoncito, dentro de poco seré exactamente igual que tú —advierte Horacio, en tono amenazador—, ¡Tendré tu mismo poder! ¡El poder de Adragón!</p> <p>Los cuatro se ríen a carcajadas. Están convencidos de que han ganado. Y lo peor es que posiblemente sea verdad. Me temo que ahora van a disponer del poder de Adragón.</p> <p>—Conseguiré más libros —asegura Batiste—. El pobre Battaglia me ha contado dónde hay cientos de esos libros mágicos. ¡Me lo ha revelado todo! ¡Ya verás lo que voy a hacer con esa tinta cuando acceda a ese yacimiento de libros que hay debajo de la Fundación, en el palacio de Arquimia! ¡Voy a ser el hombre más rico del mundo! ¡El más poderoso! ¡El único que podrá otorgar el poder de la inmortalidad y de la resurrección! ¡Me pagarán cuanto pida! ¡Harán lo que yo quiera!</p> <p>—¡Y yo seré rey de Férenix! —añade Horacio—, ¡O de Arquimia! ¡Y Mireia será mi reina!</p> <p>—¡Tendremos más poder de lo que imaginas, Arturo Adragón! ¡Todavía te quedan algunas cosas por descubrir! ¡Vas a ver lo que pasa por oponerte a la hechicería!</p> <p>Esta gente lo ha planeado todo bien. Han sido muy cuidadosos. Batiste ha ido robando libros y ha conseguido extraer una buen cantidad de tinta, y Jazmín va a plasmarlo sobre la frente de Horacio, que quiere ser inmortal. ¡Batiste es el gran artífice de todo esto! ¡Y yo que pensaba que mis peores enemigos eran Demetrio, el hombre de una sola pierna, y Stromber, el anticuario que quería robarme el apellido! ¡Cómo me han engañado! Siempre pasa lo mismo: miras hacia un lado, pero las cosas transcurren en otro. <i>Sombra</i> tenía razón cuando decía que no hay que distraerse con menudencias y que hay que buscar lo esencial.</p> <p>—No te muevas, Horacio —pide Jazmín—. Voy a empezar. Así que creías que solo trabajaba para el inspector Demetrio, ¿eh? Pues ya ves que no. Prefiero trabajar para el doctor Batiste, que paga mucho mejor. El dinero es el dinero, chico.</p> <p>—¿Estáis listos? —pregunta Batiste.</p> <p>—Sí, doctor —confirma Jazmín, que pone en marcha el motor de su máquina de tatuar—. Estoy preparado.</p> <p>—Y yo —añade Horacio.</p> <p>—Entonces, amigo Arturo, te vamos a enviar un ratito al mundo de las tinieblas. Para nosotros es muy importante que no te muevas.</p> <p>Acerca la linterna hasta que noto su calor; lo que hay delante de mí se desenfoca. La deslumbrante luz de la llama penetra en mis ojos hasta que todo se hace blanco y resplandeciente... Dejo de ver lo que ocurre a mi alrededor... Y de sentir... O me estoy durmiendo, o estoy perdiendo la consciencia... El suave ruido del motor ayuda a que me adormezca. No sé si volveré a despertar.</p> <p>—Esto va muy bien —susurra Batiste—. Conseguiremos nuestro objetivo. Al final va a ser verdad que la crisopeya convierte el plomo en oro.</p> <p>—Sí, doctor —dice Mireia—. La alquimia es casi tan buena como la hechicería.</p> <p>—No te muevas, Horacio —le recomienda Jazmín—. Este dibujo es muy complicado. Es el más difícil que he hecho en mi vida.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XIX</p> <p>E<style name="versalita">L ÚLTIMO DUELO</style></p> </h3> <p>La batalla estaba en su máximo apogeo. Los arquimianos se defendían con todas sus fuerzas del feroz ataque de sus enemigos, que no tenían piedad con ellos. Los mutantes, las bestias salvajes y los soldados atacaban con implacable precisión.</p> <p>Arturo seguía en la colina, a la espera de Alexander, que tardaba más de lo debido. Algunos bárbaros rugíanos aprovecharon para atacarle, pero lo pagaron caro. Arturo estaba protegido por un grupo de sus hombres que dieron buena cuenta de ellos.</p> <p>Mientras, los hombres del Ejército Negro combatían con la fiereza propia del que lo hace por un ideal y no por obediencia ciega. Leónidas no cesaba de despachar enemigos, así como sus oficiales daban ejemplo de bravura.</p> <p>Arquimaes, que había decidido estar cerca de Arturo, luchaba con la espada de plata que Émedi le había regalado. Causaba grandes bajas entre sus enemigos. A su lado, el fiel Rías, que no era hombre de armas, luchaba denodadamente para proteger a su maestro.</p> <p>Un mutante grande y peludo que poseía una fuerza descomunal se lanzó contra el alquimista. Tras varias intentonas, Arquimaes consiguió herirlo gravemente en el costado. Se disponía a rematarlo cuando, inesperadamente, un encapuchado se interpuso entre ellos, lo que sorprendió a Arquimaes y llevó a Rías al suelo.</p> <p>—¡Tránsito! —exclamó cuando le reconoció—. ¿Qué buscas aquí?</p> <p>—¡He venido a matarte! —le amenazó su hermano, que se lanzó sobre él cuando estaba a punto de terminar con la bestia, que optó por huir.</p> <p>Los dos hermanos rodaron por el suelo y se enzarzaron en una feroz pelea, cuerpo a cuerpo. El monje renegado no escatimaba esfuerzos para imponerse a Arquimaes. Los puñetazos volaban con fuerza en uno y otro sentido, y tanto uno como otro se golpeaban severamente.</p> <p>—¡Maldito seas, Arquimaes! —gritaba Tránsito, rabioso y enfurecido—, ¡Maldito seas!</p> <p>Mientras Arquimaes estaba caído en el suelo Tránsito sacó a traición una daga que llevaba oculta entre sus ropas e intentó atravesar el cuerpo del alquimista, pero no lo consiguió. Los dos se pusieron en pie, frente a frente, cada uno con un arma en la mano, dispuestos a atacar.</p> <p>—¡Vas a pagar todo el mal que has hecho! —gruñó Tránsito—. ¡No verás la luz del nuevo día!</p> <p>—¡Te has puesto al servicio del hechicero más desalmado que se haya conocido nunca! —respondió Arquimaes—. ¡Has matado a mucha gente con aquella lluvia de fuego! ¡Te has envilecido, hermano!</p> <p>—¿Hermano? ¿Ahora te acuerdas de que soy tu hermano? ¡Abandonaste tus hábitos para dedicarte a la alquimia!</p> <p>—Siempre me he portado bien contigo.</p> <p>—¿Y con nuestros hermanos? ¿También te portaste bien? ¡Murieron por tu culpa!</p> <p>—¡Yo no soy responsable de sus muertes!</p> <p>—¡Lo eres, como de la destrucción de Ambrosia!</p> <p>—La estamos reconstruyendo —respondió Arquimaes, a la vez que esquivaba una puñalada—. Será el centro de Arquimia.</p> <p>—¿Y los inocentes que murieron por tu culpa? ¿También les vas a devolver la vida?</p> <p>Arquimaes se disponía a responder, pero Tránsito se abalanzó sobre él profiriendo un terrible grito de rabia.</p> <p>—¡Muere, Arquimaes! ¡Muere!</p> <p>Rías se interpuso en el camino de Tránsito, pero no sirvió de nada ya que, a causa del golpe, volvió a rodar por el suelo. Arquimaes reaccionó con rapidez, consiguió agarrar su brazo armado y detuvo su furia. Logró arrodillarle en el fango y le agarró del cuello hasta inmovilizarle por completo.</p> <p>Arturo, que lo había visto todo, no quiso intervenir. Arquimaes no se lo perdonaría. Estaba inquieto por la tardanza de Alexander y se llegó a preguntar si la llegada de Tránsito había sido casual o se trataba de una maniobra de distracción. Se inclinó por lo segundo. Conocía bien a Demónicus y sabía que haría todo lo posible por desmoralizarle antes de enfrentarse con él.</p> <p>—No te dejes impresionar por nada de lo que ocurra a tu alrededor —le advirtió Alexia—. Demónicus te pondrá todas las trampas imaginables.</p> <p>Arquimaes no se había repuesto del sorpresivo ataque de Tránsito, con el que seguía en liza, cuando de soslayo notó que una sombra que estaba a su espalda se lanzaba sobre él.</p> <p>—¡Cuidado, maestro! —gritó Arturo—, ¡Cuidado!</p> <p>Arturo arrojó la lanza con la bandera blanca para que se trabara entre la pierna y la tosca muleta de madera de Escorpio, lo que le hizo caer al suelo. Pero su hermanastro, lejos de quedarse quieto, reptó unos metros con la intención de alcanzar a Arquimaes, que ahora le prestaba atención.</p> <p>—¡Detente, Escorpio! —le gritaba Arturo—. ¡Detente!</p> <p>—¡Ya basta, Escorpio! —gritó Rías—. ¡No sigas!</p> <p>Pero Escorpio no les hizo caso. Armado con un punzón de cirujano, se abalanzó sobre el sabio para atravesarle el corazón.</p> <p>—¡No me impedirás hacer lo que tengo que hacer! —gritó Escorpio.</p> <p>—¿Qué haces? —preguntó Arquimaes mientras sujetaba a Tránsito, que se revolvía como una serpiente—. ¿Por qué quieres matarme?</p> <p>—¡Soy tu hijo y me has abandonado! —gritó Escorpio—, ¡Malditos seáis tú y Górgula!</p> <p>—Escucha, escucha...</p> <p>—¡No tienes nada que decirme, padre! ¡Me has abandonado! —respondió Escorpio, lleno de rabia—. ¡Te mataré!</p> <p>Tránsito, que aprovechó un descuido de Arquimaes, consiguió soltarse. El alquimista intentó agarrarle de nuevo, pero no lo consiguió. Cuando intentó zafarse de Escorpio, que le agarraba de la túnica, Tránsito dio una vuelta sobre sí mismo, se situó tras él y le sujetó los brazos a la espalda. Rías se lanzó sobre el monje, que siguió con su acción.</p> <p>—¡Ahora! —ordenó Tránsito—. ¡Ahora, Escorpio!</p> <p>Entonces Escorpio, con un golpe seco y mortal, clavó el punzón en el centro del corazón de Arquimaes con todas su fuerzas, lo que le dejó inmóvil y sin fuerzas.</p> <p>—¡Adragón! —susurró el sabio mientras caía boca abajo sobre el fango ensangrentado.</p> <p>—¡Nooooo! —gritó Rías, absolutamente desolado.</p> <p>—¿Qué has hecho? —gritó Arturo con la mirada puesta sobre su padre, que yacía tendido en el suelo—, ¿Qué has hecho, Escorpio?</p> <p>—¡Me he vengado! —respondió Escorpio mirando fijamente a Arquimaes, que estaba atónito y desconcertado—, ¡Me he vengado!</p> <p>—¡Y yo también! —gritó Tránsito, pisoteando el cadáver de su hermano—, ¡Nos hemos vengado!</p> <p>—El y esa bruja llamada Górgula me arrojaron a la basura. Se deshicieron de mí. ¡Malditos sean los dos!</p> <p>—¡Era un hechicero! —exclamó Tránsito—. ¡Por su culpa, Ambrosia ardió por los cuatro costados!</p> <p>—¡Me convirtieron en bazofia! ¡He vivido amargado toda mi vida! ¡Ojalá te pudras en el peor de los infiernos, padre! ¡Si volviera a encontrarte allí, volvería a matarte!</p> <p>—¡Vais a pagar lo que habéis hecho! —les advirtió Arturo, con la espada alquímica en la mano.</p> <p>—¡No me das miedo! —respondió Escorpio—. ¡Ya no temo a nadie!</p> <p>Antes de que Arturo pudiera impedirlo, el parricida se clavó en el pecho el punzón que acababa de utilizar para matar a Arquimaes. Cayó de bruces, junto al cadáver de su padre.</p> <p>Ahí estaban padre e hijo, cara a cara, con los ojos vidriosos, casi blancos, sin vida, sin alma, en el suelo de Ambrosia, la tierra de la inmortalidad.</p> <p>Arturo se enfrentó con Tránsito, que aún mantenía su daga en la mano. Rías le apuntaba con una espada que acababa de recoger del suelo, dispuesto a matarlo.</p> <p>—¿Estás contento, Tránsito? —bramó—, ¿Te sientes más feliz?</p> <p>—¡Claro que sí! —respondió el monje—, ¡Mi venganza se ha cumplido!</p> <p>Arturo se detuvo en seco e hizo un esfuerzo para no atravesarle con su espada. Algo le contuvo.</p> <p>—¡Eras hermano de mi padre! ¡Y ahora, por tu culpa, está muerto!</p> <p>—¡El se lo buscó!</p> <p>Arturo se acercó a Transito y levantó la espada alquímica, decidido a ejecutarle. Pero haciendo honor a sus votos de nobleza, se contuvo. Al fin y al cabo, Tránsito era su tío y la muerte de Arquimaes era irreversible.</p> <p>El rey de Arquimia ignoró la presencia del monje y se arrodilló al lado de Arquimaes. Le abrazó y se deshizo en lágrimas.</p> <p>—¡Padre! ¡Os traeré de vuelta, padre! —gimió—. ¡Bajaré al Abismo de la Muerte y os resucitaremos! Arquitamius nos ayudará.</p> <p>En medio de la confusion, Tránsito aprovechó para dar un golpe a Rías y levantó su daga dispuesto a atravesarle la espalda. Arturo, que sintió el peligro, se giró en el último momento, pero supo que no podría hacer nada para detener el golpe.</p> <p>De repente, la punta de acero de una lanza emergió del pecho de Tránsito, entre borbotones de sangre. El antiguo monje emitió un quejido profundo, cayó de rodillas y fue rematado por Rías. Entonces, Arturo pudo ver que Alexia había arrojado la lanza desde su caballo.</p> <p>—¡No te distraigas! —le advirtió la reina—. ¡Lo peor está por llegar! ¡Monta ahora mismo!</p> <p>—¡Traed a Arquitamius! —gritó Arturo a los hombres que le rodeaban—. ¡Hay que resucitarle! ¡Traed a Arquitamius!</p> <p>Leónidas, que estaba cerca, escuchó la súplica de su rey y se aprestó a hacerle caso. De una estocada, desmontó a un enemigo que trató de cerrarle el paso. Giró sobre sí mismo y se lanzó en dirección al palacio de Arquimia, en busca de Arquitamius.</p> <p>—¡Traedlo deprisa! —bramaba Arturo—. ¡Antes de que sea demasiado tarde!</p> <p>Entonces, llegó Alexander.</p> <p>—¡En mala hora llegas, maldito traidor! —rugió Arturo, lleno de desesperación, completamente empapado a causa de la lluvia que se había filtrado bajo la cota de malla y que había penetrado hasta el último rincón de su ropa—. ¡Mira lo que habéis hecho!</p> <p>—Yo no tengo nada que ver con esto —negó Alexander, al ver el cuerpo sin vida de Arquimaes rodeado de pequeños regueros de agua ensangrentada que discurrían caprichosamente sobre el fango enrojecido—. Yo no sé nada de eso.</p> <p>—¡Traidor! ¡Traidor! —gimió el rey de Arquimia, que estaba abrazado el cuerpo de su padre—, ¡Sois unos cobardes!</p> <p>—He venido a decirte que Demónicus acepta el reto que le has lanzado, Arturo Adragón —anunció con solemnidad, mirando de reojo a Alexia, que no se separaba del lado de su marido—. ¡Va a luchar contigo con las condiciones que hemos acordado! ¡Si mueres, Alexia irá con él y los arquimianos le jurarán fidelidad! Si ganas, nuestro ejército se retirará hasta Rugían. Demónicus quiere que yo vele por el desarrollo correcto de este duelo y que Alexia esté presente. Los únicos testigos de vuestra lucha seremos Alexia y yo. ¿Estás de acuerdo?</p> <p>—Lo estoy. Aquí le espero —respondió Arturo, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón a punto de estallar—, ¡Doy mi palabra de honor de que las condiciones pactadas se cumplirán!</p> <p>—¡No puedes luchar en estas condiciones! —le advirtió Alexia—, ¡No ganarás!</p> <p>—Ahora es cuando estoy dispuesto a pelear —respondió Arturo, con un tono de desolación que le desbordó—, ¡Llama a tu amo y dile que venga a morir! —dijo al lugarteniente de Demónicus.</p> <p>Alexander de Fer alzó el brazo y agitó la bandera.</p> <p>Poco después, un jinete salía de entre las filas enemigas y se acercaba hacia ellos. Era Demónicus.</p> <p>El Gran Mago Tenebroso detuvo su caballo a pocos metros de Arturo. Miró despectivamente a Rías y dirigió la mirada hacia su hija.</p> <p>—Alexia, ahora volverás conmigo —dijo en un tono que parecía una orden—. Acabaré con quien te ha embrujado y volverás a ser la misma de siempre.</p> <p>—Ya no puedo ser la de siempre, padre —respondió Alexia—. Estoy casada con Arturo, soy reina de Arquimia y espero un hijo de mi rey. He cambiado mucho. Solo volveré contigo si le ganas.</p> <p>—¿Voy a tener un nieto? —preguntó Demónicus, muy interesado—. ¿Es verdad?</p> <p>—No, padre. Voy a tener un hijo, pero no será tu nieto. He renunciado a ti. Ya no soy una demoniquiana. Ahora soy arquimiana, y mi hijo también lo será.</p> <p>—¡No debes preocuparte por nuestro hijo! — intervino Arturo—. Dentro de poco vas a morir, Demónicus. Igual que mi padre. ¡Míralo!</p> <p>Demónicus observó el cadáver de Arquimaes, que estaba protegido por seis soldados arquimianos. Y sonrió.</p> <p>—Vaya, por fin me das una alegría —dijo—. ¡Por fin ha muerto ese alquimista! ¡Estaremos mejor sin él!</p> <p>—¡Vas a pagar caro esas palabras! —le advirtió Arturo, loco de ganas de lanzarse a por él—. ¡Puedes estar seguro!</p> <p>—No me asustas, Arturo Adragón —respondió el mago—. Tú vas a morir; mi hija y mi nieto volverán conmigo y serán reyes de Arquimia y de otros reinos. Tu propio hijo será el mayor hechicero que se haya conocido nunca.</p> <p>—Deja de hablar, Demónicus, y luchemos —contestó Arturo, rabioso—. Estoy impaciente por ver el color de tu sangre.</p> <p>—¡Ya la viste una vez! —respondió Demónicus, embistiendo contra el joven rey—. ¡Ahora veamos de qué color es la tuya!</p> <p>El enorme caballo del Gran Mago hizo tambalear al de Arturo. El joven rey sujetó las bridas con fuerza, opuso resistencia al empujón y se mantuvo en pie. Las espadas salieron de sus oscuras fundas y relucieron bajo el cielo encapotado y lluvioso del valle de Ambrosia.</p> <p>Justo cuando iban a empezar a golpearse, un murmullo salió de las filas de Demónicus. Todos miraban hacia una brecha que acababa de abrirse entre los soldados demoniquianos para dejar paso a un jinete. Nadie le había impedido el paso y tardaron poco en identificarle.</p> <p>—Crispín —susurró Alexia—. ¡Por fin!</p> <p>Efectivamente, el joven caballero arquimiano llegaba a galope. Su mano derecha sujetaba una lanza en cuya punta se distinguía... ¡una cabeza!</p> <p>—¡Horades! —murmuró Demónicus cuando la reconoció—. ¡Horades ha muerto!</p> <p>Crispín se detuvo a pocos metros de los contendientes.</p> <p>—Tu hijo, tu aliado, ha venido para ver este combate —dijo Crispín, señalando la cabeza que adornaba su lanza—, ¡Aquí está!</p> <p>—¿Por qué lo has matado? —preguntó Demónicus.</p> <p>—Por asociarse contigo. Por entregarte su ejército. Por declarar la guerra a Arquimia... Además era un brujo que se alimentaba de la sangre de sus súbditos. ¡Era la peor bestia que he visto en mi vida!</p> <p>—¡Venganza! —clamó la cabeza de Horades—. ¡Venganza!</p> <p>Todos se asustaron cuando oyeron hablar a la testa cortada.</p> <p>—Es inmortal —aclaró Crispín—. Pero ahora no puede hacer nada. Su cuerpo se ha consumido entre las llamas de una pira y su cabeza perderá poder dentro de poco, cuando ya no reciba la sangre que necesita para sobrevivir. Se resecará y desaparecerá. ¡Será pasto de los buitres! ¡He recuperado el pergamino que habían robado! ¡Horades lo tenía!</p> <p>—¡Le vengaré! —exclamó Demónicus, fuera de sí al darse cuenta de que sus sueños de ver a su hija casada con Horades se acababan de desvanecer—, ¡Malditos seáis todos!</p> <p>Rabioso y con la espada en alto, se lanzó contra Arturo, dispuesto a acabar con él. Pero el rey de Arquimia respondió con agilidad y detuvo el golpe.</p> <p>Crispín se dio cuenta de que Arturo no combatía con la espada alquímica. Estaba clavada en el cuerpo de Morfidio, que ahora se había convertido en una roca, así que desenfundó la suya, que había nacido a partir de la original, y gritó:</p> <p>—¡Arturo! ¡Coge mi espada!</p> <p>Arturo sabía que lucharía mejor con ella que con cualquier otra arma, así que intentó desembarazarse de Demónicus. Espoleó a su caballo e intentó dar un giro hacia la izquierda para evitarlo, pero el Gran Mago, que estaba atento y se había dado cuenta de las intenciones de Arturo, no lo permitió.</p> <p>Se abalanzó sobre él y trató de derribarlo, lo que no consiguió por poco. Crispín se acercó por el otro lado y le tendió la espada alquímica a Arturo, que logró hacerse con ella y se retiró unos metros para prepararse.</p> <p>—Gracias, amigo Crispín —dijo, agarrando el arma con fuerza—. Ahora estoy en mejores condiciones—¡No te servirá de nada! —exclamó el gigante hechicero, que se abalanzó sobre Arturo con la espada en alto—. ¡Vas a morir de todas formas!</p> <p>Los aceros se golpeaban con brío. El sonido de sus choques se podía oír entre las filas de los dos contendientes. La furia que dominaba a ambos era tal que, si hubieran unido sus fuerzas, podrían haber abatido a un dragón.</p> <p>Alexia tenía el corazón dividido. Era cierto que había jurado mil veces a Arturo que ya no quería saber nada de su padre y que renunciaba a ser hija suya, pero... ahora que lo veía enfurecido y con la bravura de un valiente, su corazón se llenó de dudas. Tenía claro que, cualquiera que fuese el resultado, su alma se quedaría despedazada.</p> <p>¡Su marido contra su padre! ¡El padre de su hijo contra el que sería su abuelo!</p> <p>Si Arturo ganaba, ¿cómo podría explicarle a su hijo que permitió que mataran a su abuelo ante sus ojos? Y si Demónicus era vencedor, también le resultaría muy difícil explicarle por qué su propio abuelo mató a su padre.</p> <p>Alexia estaba tan inquieta que se planteaba intervenir para detener el duelo.</p> <p>Pero intervino la fatalidad. La espada alquímica encontró un camino que conducía directamente al corazón del hechicero y se introdujo en él hasta que lo atravesó. La muerte, que estaba al acecho, lo paralizó por completo. Solo una espada alquímica es capaz de detectar el punto débil de un inmortal, y por eso encontró en la víscera de Demónicus la puerta que había de llevarle hasta el Abismo de la Muerte. Y esa puerta era, precisamente, la parte que alojaba a Demónicia. Demónicus, en realidad, solo era medio inmortal, ya que la otra mitad pertenecía a Demónicia.</p> <p>Todos vieron caer a Demónicus, golpearse contra el suelo y morir. Rías tuvo que recular para no pisar su cuerpo.</p> <p>Arturo se relajó. Alzó su espada y lanzó un grito de victoria que todos pudieron escuchar. Todo el mundo comprendió lo que significaba.</p> <p>—¡Adragón! ¡Adragón! ¡Adragón! —gritó Arturo hasta quedarse afónico—. ¡Adragón es el rey!</p> <p>Alexia, que había asistido al duelo con el corazón en un puño, se acercó para asegurarse de que Arturo estaba bien.</p> <p>Nadie prestó atención al cuerpo de Demónicus, que, de forma imperceptible, entreabrió los ojos. La espada alquímica no le había matado. Todavía le quedaba un soplo de vida que iba a emplear en dar muerte a su gran enemigo, al ser que más odiaba en el mundo.</p> <p>—¡Muere, maldito! —gritó mientras intentaba clavar su arma en el cuello de Arturo.</p> <p>—¡Cuidado, Arturo! —le advirtió Alexia—. ¡Cuidado!</p> <p>Los reflejos de Arturo funcionaron rápidamente. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, se inclinó hacia delante y empujó su espada hacia atrás, clavándola en el cuerpo de Demónicus, que se quedó paralizado. Inesperadamente, cuando Demónicia cobraba vida en el cuerpo del Gran Mago Tenebroso, Alexander, que estaba atento, la agarró por el cuello con su mano de hierro y la apretó con toda la fuerza que la magia demoniquiana le permitía.</p> <p>—¡Te esperaba, Demónicia, maldita hechicera! ¡He vivido un infierno por tu culpa! —gruñó el antiguo carthaciano—, ¡Y ahora vas a morir por mi propia mano! ¡O, mejor dicho, por la tuya, la que tú me proporcionaste! ¡Adiós!</p> <p>Demónicia intentó librarse de la garra de Alexander de Fer, pero este no soltaba a su presa. Entonces cogió la lanza con la bandera blanca que había dejado caer y ensartó a la vez a los dos hechiceros, que murieron en el acto.</p> <p>El doble cuerpo del Mago Tenebroso cayó al suelo, envuelto en un extenso cenagal de sangre oscura y con la bandera de paz y la espada alquímica clavadas, que simbolizaban lo que nunca había respetado. Rías, salpicado con la sangre de los dos hechiceros, se apartó rápidamente, visiblemente afectado.</p> <p>—¡Me robaste el sentido! —respondió Alexander—. ¡Me convertiste en un traidor! ¡Me robaste el honor! ¡Ahora solo serás un amargo recuerdo! ¡Vete al infierno, maldita bruja!</p> <p>De repente sintió un poderoso calambrazo que le atravesó el cuerpo y le hizo caer de rodillas. Instintivamente se apretó la mano de hierro, como si algo le hubiera pasado allí dentro.</p> <p>—¿Qué te ocurre, Alexander? —preguntó Alexia cuando le vio arrodillarse—. ¿Qué te pasa?</p> <p>—Creo que acabo de descubrir que no puedo vivir sin Demónicia —bromeó el antiguo caballero carthaciano—. Mi mano...</p> <p>—¿Te la dio mi madre?</p> <p>—Sí...</p> <p>—Demónicia nunca hacía regalos desinteresados, y mucho menos que pudieran volverse contra ella. Seguro que la conjuró para que te matase en caso de que te atrevieses a usarla en su contra.</p> <p>—Vaya si me atreví... y, ¿sabes?, ¡hemos ganado! ¡Demónicus y Demónicia han muerto a la vez! ¡Nunca más volverán a embrujar a nadie! ¡Maldita la hora en que creí sus promesas de amor! ¡Moriré, pero libre!</p> <p>Arturo se inclinó a su lado y le sujetó la cabeza.</p> <p>—Tranquilo, ahora te curaremos.</p> <p>—No hay nada que hacer, he llegado al final del camino —respondió Alexander—. Espero que sepáis perdonarme. Pedid perdón a Émedi en mi nombre y rogadle que se apiade de mí.</p> <p>—Lo haremos. Émedi sabrá lo que hiciste y puedes estar seguro de que te perdonará —le aseguró Arturo—. Sabrá que eres un hombre de honor. Un verdadero caballero.</p> <p>Alexander murió con una sonrisa en los labios, convencido de que su honor estaba a salvo y de que todos le recordarían como un caballero noble que había tenido la desgracia de caer en las redes de la mayor hechicera que aquellas tierras habían conocido.</p> <p>Un gran silencio se extendió por todo el valle de Ambrosia. La guerra había terminado.</p> <p>—¡Demónicus ha muerto! —anunció Alexia a pleno pulmón a los rugianos—. ¡La batalla ha terminado! ¡Volved a casa!</p> <p>Los oficiales y generales del ejército enemigo tardaron en comprender el mensaje de la reina de Arquimia, pero poco a poco, y a pesar de estar embrutecidos por el fragor de la batalla y de los hechizos, empezaron a comprender que ya no era necesario batallar.</p> <p>—¡Vivamos en paz! —exclamó Arturo—. ¡Demónicus ha muerto! ¡Somos libres! ¡Ahora imperará la justicia! ¡Arquimia va a ser una realidad! ¡Paz para todos!</p> <p>Alexia levantó el brazo de Arturo y todos los arquimianos se unieron en vítores a su rey.</p> <p>—¡Viva Arturo Adragón! —gritaron—, ¡Viva Arquimia!</p> <p>Alexia abrazó a Arturo a pocos pasos del cuerpo del Gran Mago, que permanecía en el fango salpicado de sangre e inmóvil como una roca, y de Alexander, que ahora estaba pálido como una estatua.</p> <p>Todo había terminado.</p> <p>Ahora podrían respirar en paz.</p> <p>Arquimia estaba salvada.</p> <p>Arturo sacó la espada alquímica del cadáver de Demónicus y la alzó en señal de victoria. Los gritos de alegría se multiplicaron y la sensación de que la guerra había terminado se impuso.</p> <p>—¡Luchad! —gritó entonces la cabeza de Horades, desde la punta de la lanza—. ¡Os lo ordena vuestro rey!</p> <p>—¡Calla o te corto la lengua! —le advirtió Crispín mientras agitaba la lanza—. ¡Cierra la boca!</p> <p>Los jefes y oficiales del ejército de Horades, al ver que su rey estaba vivo y les daba órdenes de que pelearan, dudaron un instante. Casi todos estaban embrujados por los hechiceros que, entre otras cosas, habían inoculado en su mente la idea de que Horades era su amo y señor y tenían con él un compromiso de obediencia absoluta. Les habían hecho beber la pócima de la docilidad que Demónicus había preparado para la ocasión, y cuyos efectos, que eran muy duraderos, Arturo conocía muy bien.</p> <p>—¡Al ataque! ¡A muerte! —ordenó Horades—. ¡Adelante, por vuestro rey! ¡Morid por mí!</p> <p>Los salvajes miembros de su ejército disiparon sus dudas y volvieron al ataque descontrolado. Cualquiera que no emitiese los olores de la hechicería era un enemigo a aniquilar. Todo lo que no apestaba a brujería debía ser borrado de la faz de la tierra. Los oficiales dieron órdenes de volver al campo de batalla y el valle de Ambrosia se vio envuelto en un caos destructivo. La sangre volvió a correr sin haber tenido tiempo de disfrutar de la paz que había llegado con la muerte de Demónicus.</p> <p>La batalla se recrudeció y los aceros volvieron a cruzarse. Arturo y sus hombres se defendieron del cruel ataque de los mutantes y de los hechizados hombres de Horades.</p> <p>La cabeza de Horades se reía a carcajadas al ver tanta sangre derramada. Crispín clavó la lanza en el suelo y, espada en mano, se colocó ante ella para hacer frente a los osados que pretendían arrebatársela.</p> <p>—No te hagas ilusiones, Horades — le advirtió Crispín mientras eliminaba enemigos—. Antes de que alguno de los tuyos se apropie de ti, te haré pedacitos tan pequeños que nadie será capaz de unirlos de nuevo. Ni todos tus hechiceros juntos lo lograrán.</p> <p>—¡Moriréis todos! —amenazó la cabeza—. ¡La tierra se empapará de sangre y me alimentaré de ella! ¡Reviviré antes de lo que imaginas!</p> <p>Crispín, que ya no estaba dispuesto a aguantar las amenazas de Horades, se apeó del caballo, cavó un agujero con su espada y metió la monstruosa cabeza en él. Tapó la fosa e hizo pasar por encima a su caballo, que pateó la tierra y la recubrió con restos de la batalla.</p> <p>—¡Permanecerás aquí hasta el fin del mundo! ¡Nadie te encontrará! —masculló el joven—. ¡Maldita bestia!</p> <p>A su alrededor, la lucha se hacía más cruenta por momentos. Daba igual quién fuese a ganar. Las pérdidas iban a ser tan grandes que los dos reinos tardarían muchos años en recuperarse.</p> <p>—¡Hay que replegarse! —aconsejó Alexia—. ¡Perdemos terreno!</p> <p>—Esos malditos rugíanos se resucitan unos a otros con la sangre de los muertos —explicó Leónidas—. ¡No podremos con ellos!</p> <p>—¡Debemos protegernos en el palacio! —insistió Alexia.</p> <p>Arturo se disponía a hacerles caso cuando vio venir a unos caballeros que portaban el banderín del Ejército Negro. Enseguida supo de quién se trataba y decidió esperar.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XX</p> <p>L<style name="versalita">IBERACIÓN</style></p> </h3> <p>Creo que me estoy despertando. He tenido un sueño terrible que me ha hecho sufrir. Quizá por eso me he sobresaltado. El poder hipnótico de la lámpara y las órdenes de Batiste han sido tan fuertes como para dormirme, pero el miedo ha sido más poderoso.</p> <p>Sigo aquí, tumbado, entumecido. Esa lámpara diabólica sigue ahí delante, como un faro que me atrae y me impide hacer cualquier movimiento. Pero estoy decidido a hacer algo.</p> <p>—¿Qué tal estás, Arturo? —me pregunta suavemente Batiste, mientras me mira a los ojos—. ¿Estás bien? Nosotros ya hemos terminado. Mira qué bien le queda tu dibujo a Horacio.</p> <p>Horacio se pone delante de mí y me enseña su cara. Mireia, a su lado, sonríe victoriosamente.</p> <p>¡Lo han conseguido! ¡Han logrado reproducir a Adragón sobre su cara!¿Qué va a pasar ahora? ¿Tendrá ese dibujo el mismo poder que el mío?</p> <p>—Te acaba de salir un competidor —dice Batiste en plan burlón—. Pero, dentro de poco, esto te va a dar lo mismo. Tengo planes para ti y para tu dragon. Voy a hacer contigo lo mismo que con los libros, te voy a escurrir hasta que no te quede una sola gota de tinta en el cuerpo. Vas a quedar como uno de esos libros en blanco.</p> <p>—Bueno, Arturo, ya he terminado —comenta Jazmín, al tiempo que se lava las manos—. Te dejo aquí con el señor Batiste y su amigo Horacio. Me has hecho ganar un buen dinero y te estoy muy agradecido. Adiós. No te olvidaré nunca. Ese dibujo tuyo me ha hecho sufrir mucho, pero por fin he sido recompensado. Gracias, amigo.</p> <p>Ni siquiera puedo desviar la mirada para hacerle notar que es una rata. Estoy atrapado en esa llama que, lejos de apagarse... ¡Eh, un momento!... ¡Acaba de parpadear!</p> <p>—Aquí tienes lo prometido, Jazmín —dice Batiste, que le entrega un fajo de billetes—. Olvida que has estado aquí. Olvida lo que has hecho y nunca hables de esto con nadie.</p> <p>—Puede contar conmigo, doctor Batiste. Con este dinero cerraré el negocio y me marcharé de Férenix para siempre. Solo volveré cuando usted me llame para hacer algún trabajito. Ya sabe que puede contar conmigo.</p> <p>Estoy seguro de que la luz pierde fuerza. La intensidad de la llama es menor. Seguro que el combustible se acaba. Y nadie se ha dado cuenta... Si pudiera...</p> <p>—¿Estás contento, Horacio? —pregunta Batiste—. ¿Ha valido la pena?</p> <p>—Soy muy feliz, doctor. Muy feliz. Solo me queda asegurarme de que el dibujo puede cobrar vida.</p> <p>—Invócalo —propone Mireia—. Igual que hace Arturo cuando lo necesita.</p> <p>—¡Adragón! —exclama Horacio—. ¡Ayuda! ¡Cumple mis órdenes!</p> <p>A juzgar por el silencio, no ha debido de pasar nada.</p> <p>—¡Adragón! ¡Adragón! ¡Adragón! —repite Horacio, exasperado—, ¡Adragón!</p> <p>—Tranquilízate, Horacio —le pide Batiste.</p> <p>—¡Esto no funciona! ¡Me ha engañado! ¡Me prometió que sería exactamente igual que el de Arturo Adragón!</p> <p>—¡Lo es! ¡El signo adragoniano es el mismo! —asegura el doctor—, ¡Eres como Arturo Adragón!</p> <p>—Entonces, ¿por qué no funciona?</p> <p>Batiste se me acerca y me mira, pensando en qué ha podido fallar.</p> <p>—Creo que ya lo sé. ¡Este chisme solo funciona cuando está en peligro!</p> <p>—¿En peligro? Claro, es verdad... Tengo que... ¡Eh!, se me está ocurriendo algo...</p> <p>—¿En qué estás pensando?</p> <p>—¡Suelte a Arturo! ¡Suéltelo y que saque su dragón a pasear! ¡Es la mejor forma de averiguar si soy igual que él!</p> <p>—Es peligroso, Horacio... Aunque tu dragón funcione, no hay garantías de que sea más fuerte.</p> <p>—Pues lo vamos a comprobar ahora mismo. ¡Ha llegado el momento de medir mis fuerzas con Arturo Adragón! —amenaza Horacio, con una voz que me resulta extraña—. ¡Suéltelo, doctor Batiste!</p> <p>—¡Estás loco, Horacio! ¡Lo necesito para extraerle la tinta del dibujo!</p> <p>—¡Haga lo que dice! —ordena Mireia—. ¡Ahora!</p> <p>Horacio se acerca peligrosamente a Batiste y le coloca un punzón en la garganta.</p> <p>—¡Quiero que lo suelte! —le amenaza.</p> <p>—Está bien, está bien... Haré lo que dices, pero te advierto que...</p> <p>Noto que las ligaduras se aflojan. Las correas me dejan libre.</p> <p>—Ahora tienes la oportunidad de defenderte, Arturo —susurra Batiste, que sujeta la lámpara siempre en mi línea visual—. ¡Saca tu maldito dragón!</p> <p>A pesar de que aún estoy aturdido, intento ponerme de pie. Me apoyo en el respaldo de la butaca y sigo la luz, que me sitúa frente a Horacio, que me mira desafiante.</p> <p>—¡Vamos, Arturo! ¡A ver si ahora te atreves a atacarme con ese maldito bicho! —me increpa—. ¡Sácalo y atácame!</p> <p>Batiste ha dejado la lámpara sobre una mesa y se ha colocado detrás de mí. No sé qué trama.</p> <p>Intento ganar tiempo. Cada segundo que pasa, me siento más libre de la cadena de la luz. Cuanto más tarde, mejor para mí.</p> <p>—No intentes nada —me advierte Batiste—. Te apunto con una pistola que, aunque no te matará, te hará mucho daño. Te destrozará el cerebro y nadie podrá recomponerlo. Vivirás sin cabeza.</p> <p>—¡Saca de una vez ese maldito dragón! —grita Horacio, deseoso de comprobar si su dibujo tiene vida.</p> <p>—¡Adragón! —exclamo—. ¡Ayuda!</p> <p>Horacio da un paso atrás. Adragón está frente a él, con las alas desplegadas, amenazante.</p> <p>—¡Adragón! —grita—. ¡Ayuda!</p> <p>Batiste tenía razón. Ahora hay dos adragones, frente a frente, dispuestos a despedazarse.</p> <p>—¡Lo he conseguido! —exclama Horacio—. ¡Adragón me obedece!</p> <p>—¡Ha funcionado! —grita Mireia, victoriosa—. ¡Somos poderosos! ¡Todo ha valido la pena!</p> <p>—No por mucho tiempo —le corrijo—. ¡No te saldrás con la tuya!</p> <p>Batiste pone el cañón de su arma sobre mi nunca.</p> <p>—Ahora deja que los dragones decidan quién va a ser el rey de Arquimia —me ordena—. ¡No te muevas!</p> <p>—¡Adragón! ¡Ataca! —ordena Horacio.</p> <p>Pero algo va mal. El dragón de Horacio no se mueve. O tiene miedo o piensa en la manera de atacar.</p> <p>—¡Ataca! —insiste Horacio.</p> <p>El ataque es fulminante. El Adragón de Horacio se lanza a por el mío sin darle tiempo a reaccionar. No estoy seguro, pero tengo la impresión de haber visto esa técnica de ataque en algún otro sitio.</p> <p>Los dos dragones se revuelven en el aire y revolotean entre probetas, cazuelas y otros cacharros.</p> <p>—¡Lo van a destrozar todo! —grita Batiste, exasperado.</p> <p>—¡Yo pagaré los desperfectos! —responde Horacio—, ¡Déjelos luchar!</p> <p>Batiste se aparta para proteger el tintero que contiene el «néctar» que ha extraído de los libros. Entonces aprovecho para poner la balanza a mi favor y me lanzo sobre Horacio.</p> <p>Nos enzarzamos y caemos al suelo, donde rodamos y tiramos algunas sillas que están junto a la mesa principal.</p> <p>Horacio consigue darme un puñetazo en la cara y yo se lo devuelvo. Los dos dragones siguen enzarzados. Están tan cerca de nosotros que nos rozan con sus alas. Intentamos levantarnos, pero nos cuesta trabajo. Estamos agarrados el uno al otro y cada uno intenta colocarse en situación privilegiada, lo que complica enormemente las cosas.</p> <p>Batiste está furioso. Su laboratorio corre peligro y está medio destruido. El suelo está lleno de objetos rotos, de líquidos y de legajos.</p> <p>Entonces Horacio se suelta y Mireia, que ha abierto su bolsa de deportes, le entrega una espada.</p> <p>—¡Adiós, Arturo! —dice al coger el arma—. Ya ves que he venido preparado.</p> <p>Sujeta la espada con las dos manos, dispuesto a rebanarme el cuello.</p> <p>Oigo el silbido de la hoja que cae hacia mí y me convenzo de que este es el último instante de mi vida.</p> <p>De repente, Adragón le detiene. Ha conseguido liberarse de su contrincante y ha venido en mi auxilio. Acaba de salvarme.</p> <p>Me siento débil. Es evidente que el efecto hipnótico de la lámpara me sigue haciendo efecto. Si sigo aquí, no sobreviviré. Así que tengo que buscar mi oportunidad.</p> <p>Doy un fuerte empujón a Mireia, que al intentar atraparme cae contra Horacio, que todavía intenta librarse de mi dragón, y me lanzo hacia la puerta. De casualidad agarro mi móvil, que se encuentra en el suelo, encharcado, con la carcasa medio rota. Consigo abrir la puerta antes de que Batiste me detenga y salgo hacia la cámara anterior. Cruzo la estancia, entro en el pasillo y consigo alcanzar la escalera, y todo gracias a la ayuda de Adragón, que me ha cubierto la retirada.</p> <p>Subo la escalera y llego al sitio por el que hemos entrado. Aparezco en la recepción del hospital, donde todo el mundo me mira.</p> <p>—¿Qué pasa? —pregunta una enfermera—. ¿Qué hace usted aquí con ese aspecto?</p> <p>¿Mi aspecto? Mi imagen se refleja en una cristalera y yo mismo me asusto. Sucio, ensangrentado y con la ropa hecha jirones. Parezco un pordiosero.</p> <p>Incapaz de decir una sola palabra, me dirijo hacia la puerta de salida. El aire fresco me sienta bien. Inexplicablemente me siento mejor, más despejado. No sé lo que ocurre detrás de mí, pero no quiero preocuparme. Estoy seguro de que Adragón saldrá bien parado.</p> <p>Dudo durante un instante. ¿Adonde voy? ¿A la comisaría? No, iré a la Fundación. Quizá <i>Sombra</i> pueda ayudarme, si es que consigo llegar.</p> <p>Casi a rastras, cruzo algunas calles y logró alcanzar la avenida que lleva a la Fundación. Manejo mi móvil, encuentro el número de Metáfora y aprieto la tecla de llamada, pero no estoy seguro de que funcione.</p> <p>Sin mirar, cambio de número y pulso aleatoriamente varios de ellos. Lo guardo en el bolsillo y sigo mi huida.</p> <p>Miro hacia atrás de vez en cuando, pero no hay ni rastro de mis enemigos. Ni Horacio ni Mireia ni Batiste dan señales de vida. Quizá hayan desistido de perseguirme. Quizá hayan pensado que es mejor huir.</p> <p>Pero estoy equivocado.</p> <p>Cuando llego a la Fundación, los veo allí y se disponen a salir del coche de Batiste, que está aparcado.</p> <p>—Hola, Arturo —saluda Horacio, desafiante, apoyado en la puerta, con la espada en la mano—, ¿Creías que te ibas a librar de nosotros?</p> <p>—¡Aquí estamos! —dice Mireia—, ¡No te dejaremos nunca!</p> <p>Me apoyo contra una farola para recuperar el resuello. Estoy agotado y apenas me quedan fuerzas para hablar. No sé qué va a pasar. Ni siquiera he podido recurrir al poder de las letras... Ni siquiera sé dónde está Adragón.</p> <p>—¿No quieres saber dónde está tu dragoncito? —pregunta Horacio, en plan burlón—, ¿Ya no te interesa? Pues tengo malas noticias para ti, amigo. Mira.</p> <p>Obliga a alguien a salir de detrás del coche.</p> <p>¡No es posible!</p> <p>¡Tienen prisionera a Metáfora! ¡Y mi Adragón está dominado por el suyo!</p> <p>—¡Arturo! —grita Metáfora—. ¡Lo siento!</p> <p>—¡No te preocupes! —le respondo—, ¡No te pasará nada!</p> <p>—¿Estás seguro, Arturito? —pregunta Mireia en tono de burla.</p> <p>Horacio y Mireia nos conducen entre los restos de la Fundación. Batiste nos acompaña, a una discreta distancia.</p> <p>—¿Qué quieres, Horacio? —consigo preguntar.</p> <p>—¡Acabar con tu estirpe! ¡Quiero venganza!</p> <p>—¿De qué quieres vengarte? —le pregunto.</p> <p>—¡De todo lo que me has hecho, maldito!</p> <p>—Nuestras diferencias no son tan graves. No es para tanto.</p> <p>Horacio da un paso adelante.</p> <p>—No has entendido nada, Arturo Adragón. Tú y yo no tenemos pequeñas diferencias. Somos enemigos irreconciliables. Tenemos que luchar para sobrevivir. ¡Vas a pagar todo lo que me has hecho!</p> <p>—¡Demónicus! —exclamo—. ¡Eres Demónicus!</p> <p>—¡Por fin! ¡Por fin te das cuenta de lo que pasa! —dice, triunfante.</p> <p>—¡Demónicus! ¡El que me va a enriquecer! —exclama Batiste—, ¡Vas a darme todo el oro del mundo! ¡Estás vivo gracias a mí!</p> <p>—Claro que estoy vivo gracias a ti —responde Horacio—. Pero ya no te necesito.</p> <p>—¿Qué dices? —grita Batiste—. ¿De qué hablas?</p> <p>Horacio extiende el brazo hacia él, lo atrapa por el cuello y, como si fuese un pelele, lo mantiene quieto mientras aprieta la mano. El doctor cae al suelo, incapaz de respirar, sin decir palabra.</p> <p>Mireia, a su vez, mantiene aprisionada a Metáfora. No puedo hacer nada para liberarla.</p> <p>—Bueno, Arturo, esto es entre tú y yo —me advierte Horacio, que pasa sobre el cuerpo sin vida de Batiste—. Nadie se interpondrá. Este idiota ya no nos sirve para nada.</p> <p>—¿Cómo has conseguido revivir? —le pregunto, asustado—. ¿Cómo has conseguido llegar hasta mí?</p> <p>—Tu amigo Batiste me ha hecho un buen servicio —reconoce—. Gracias a su ambición he logrado revivir. Rías era mi esclavo. Cuando le conocí era una rata, pero le convertí en un ser humano. Lo puse al servicio de Alexia, que no sabía nada de su procedencia, y conseguí que se infiltrara en vuestras filas. El lo organizó todo para devolvernos la vida. Solo necesitábamos a un idiota como Batiste.</p> <p>—Pero ¿cómo lo has conseguido?</p> <p>—¡El pergamino! ¡Las letras alquímicas dibujadas por Arquimaes y Arquitamius! ¿No lo entiendes? ¡La tinta mágica de Arquimaes nos ha devuelto la vida a los dos! Y cuando extraigamos la tuya, nos convertiremos en los dueños del mundo. Implantaremos la hechicería.</p> <p>—No os resultará tan fácil. Todavía no me habéis vencido.</p> <p>—Te quedan tan pocas fuerzas que te escurriremos como a una bayeta. Nos entregarás toda esa tinta y devolverás la vida a todos los míos. Además serás nuestro esclavo. ¡Lamentarás haber nacido!</p> <p>—¿Cómo vamos a luchar? —le pregunto.</p> <p>—No vamos a pelear. Prefiero ver cómo te postras a mis pies. Te doy la oportunidad de que te entregues ahora mismo.</p> <p>—Eso no puede ser —replico—. Iré a por mi espada alquímica y lucharemos. Nadie dirá que el rey de Arquimia se rindió ante un hechicero.</p> <p>—Ya te he dicho que no vamos a pelear. Ya has visto que mi dragón es más poderoso que el tuyo. Quiero que seas mi esclavo.</p> <p>—Y yo te digo que...</p> <p>—¿Quieres ver morir a tu amiga Metáfora? —amenaza Mireia—. ¿Quieres ver cómo le separo la cabeza del cuerpo?</p> <p>—¡Suéltala! —le exijo—. ¡Suéltala ya!</p> <p>—¡Arrodíllate ante nosotros! —ordena Horacio.</p> <p>—¡Arrodíllate ante Demónicus y Demónicia! —añade Mireia.</p> <p>—¡No lo entiendo! —exclamo—. ¿Cómo os habéis reencarnado? Arturo y Alexander os mataron... Lo soñé. Lo recuerdo perfectamente. Os mataron al mismo tiempo.</p> <p>Horacio y Mireia se miran entre risas.</p> <p>—¿Y en tus sueños no viste que...?</p> <p>—¿... que nuestra sangre salpicaba a Rías? Nuestra sangre quedó en manos de nuestro querido esclavo mutante.</p> <p>—¿Rías os devolvió la vida? —pregunto, atónito.</p> <p>—Exactamente. Años más tarde, ya anciano, llegó al Abismo de la Muerte y allí nos localizó y nos contó que lo había preparado todo para devolvernos la vida. Antes de morir, unió nuestra sangre al pergamino de Arquimaes, pero nadie se dio cuenta. Eran dos pequeñas manchas que pasaron inadvertidas. Todo para resucitarnos. Y como ves, ha surtido efecto.</p> <p>—¿Por qué lo hizo? ¡Os odiaba por haber matado a Alexia, a la que amaba!</p> <p>—Me amaba más a mí —explica Mireia—. Igual que Alexander. También estaba bajo mi influjo. Tengo el don de dominar a los hombres. Los convierto en mis esclavos, como tú lo serás a partir de ahora. Harás compañía al pesado de tu amigo Cristóbal, de cuya razón terminaré de apoderarme cuando despunte el día. He quedado aquí con él. ¿No te parece un lugar romántico?</p> <p>—Estáis locos.</p> <p>—¿Crees que todo esto es una locura, Arturo? Es un sueño que acariciamos desde hace mucho tiempo.</p> <p>—¡Mil años!</p> <p>—Si sois tan poderosos, ¿por qué habéis esperado tanto tiempo?</p> <p>—Porque en todos estos siglos no hemos encontrado los cuerpos que necesitábamos. Tenían que ser dos. Y queríamos volver juntos a la vida.</p> <p>—¿Y qué tenían de especial Horacio y Mireia para ser vuestros recipientes?</p> <p>—¡Tuvieron una muerte natural al poco de nacer!</p> <p>—Nacieron y murieron a la vez, a la misma hora, en la misma clínica. Lo que necesitábamos.</p> <p>—¡La clínica de Batiste! —digo—. ¡Jean Batiste os ayudó!</p> <p>—Ya sabes que estudió en profundidad las artes de Rías, y era muy bueno en su trabajo. Batiste lo organizó todo muy rápido. Cuando se dio cuenta de que iban a morir, lo preparó todo para que su último soplo de vida fuese nuestro primer aliento. Murieron justo a tiempo para devolvernos la vida. Ha valido la pena esperar.</p> <p>—¿Cómo habéis mantenido sus cuerpos y no habéis recuperado el vuestro?</p> <p>—Nos convenía aguardar al acecho, pero ya lo haremos. Rías era un gran alquimista —sonríe Demónicus—. ¿Te apetece ver cómo somos realmente?</p> <p>—Suena tentador; pero no, gracias.</p> <p>—No estás en posición de hacer bromas, Arturo Adragón.</p> <p>—Os equivocáis. Yo no soy el Arturo del que queréis vengaros.</p> <p>—Eres sangre de su sangre, y eso nos basta. Ahora vas a pagar por todo lo que nos ha hecho. El lo verá todo desde donde esté.</p> <p>—También soy descendiente de vuestra hija Alexia. ¿Es que no os importa?</p> <p>—Esa traidora se volvió contra nosotros. Tenía que haber impedido que nos mataran, pero no lo hizo. ¡La odiamos tanto como a ti, Arturo Adragón! Y ahora, ponte de rodillas.</p> <p>Como no me muevo, Mireia presiona la daga sobre el cuello de Metáfora.</p> <p>—Está bien —acepto—. Me rindo. Haré lo que digáis.</p> <p>Horacio enarbola su espada.</p> <p>—Ya ves que he venido preparado —dice sonriente—. Apenas notarás nada. Será un corte limpio y tu cabeza será mía para siempre. Enterraremos tu cuerpo en una punta de Férenix y la cabeza en el lado opuesto del mundo. Será un secreto bien guardado, te lo aseguro. Nadie sabrá dónde estás.</p> <p>Sujeta la empuñadura de la espada con las dos manos y levanta el arma dispuesto a rebanarme el cuello.</p> <p>—¡Un momento! —grita Metáfora—. ¡Un momento!</p> <p>—No es hora de molestar —dice Mireia—. ¡Cállate la boca!</p> <p>Oigo el silbido de la hoja que cae hacia mi cuello. Cierro los ojos, consciente de que este es el último instante de mi vida... Pero ocurre algo inesperado.</p> <p>—¡Adragón! —grita alguien—, ¡Adragón!</p> <p>De repente aparece un objeto que, desde la parte más alta de la Fundación que aún queda en pie, viene hacia nosotros y llama nuestra atención.</p> <p>—¿Qué es esto? —pregunta Horacio, mientras detiene mi decapitación.</p> <p>Es un gran libro medieval, que parece volar a cámara lenta. Mientras lo hace, de sus páginas salen letras, ¡miles de letras!, que se unen a las que, inesperadamente, acaban de despegarse de mi cuerpo.</p> <p>Entonces se asoma <i>Sombra</i> y me lanza la espada alquímica.</p> <p>—¡Lucha por Adragón!</p> <p>—¡Arquitamius! —susurra Horacio—. Esta noche va a ser completa.</p> <p>Me remuevo y, antes de que Horacio pueda impedirlo, agarro la espada por la empuñadura y me coloco frente a él, dispuesto a luchar.</p> <p>—Ahora estamos en las mismas condiciones —le advierto—. No te tengo miedo.</p> <p>Justo cuando estoy a punto de avanzar, Adragón se interpone.</p> <p>Horacio parece ignorar su presencia, pero ocurre algo sorprendente. Adragón empieza a crecer y a cambiar de forma. Se convierte en una masa grande y amorfa que, poco a poco, adquiere forma humana.</p> <p>¡No es posible! ¡Se ha transformado en Arturo Adragón, el primer rey de Arquimia!</p> <p>Se me acerca y me coge la espada alquímica, que le entrego sin oponer resistencia. Me mira y me saluda como si me conociera de toda la vida. Entonces, se gira y se enfrenta con Horacio, que está atónito.</p> <p>—Después de mil años, es un placer encontrarme con vosotros —dice el caballero negro—. ¿Queréis probar el acero de mi espada?</p> <p>—No vamos a huir —dice Horacio, que se convierte en Demónicus—. No te tenemos miedo.</p> <p>—Yo también estoy dispuesta a luchar contigo —dice Mireia, que ha soltado a Metáfora y acaba de recuperar el cuerpo de Demónicia.</p> <p>Metáfora, ya libre, corre a refugiarse en los brazos de <i>Sombra</i>.</p> <p>—No perdamos tiempo —dice Arturo, en plan retador—. ¡Vamos allá!</p> <p>Los dos hechiceros se preparan para la lucha y Arturo aguarda el ataque.</p> <p>El primer golpe llega de la espada de Demónicus. Las espadas parecen volar. Producen chispas y hacen un ruido estremecedor. Uno tras otro, los impactos se multiplican y cuesta trabajo identificar de dónde provienen. Los choques fallidos se pierden en el espacio o acaban contra los andamios, farolas y muros. Astillas, esquirlas, palos y otros restos vuelan libremente arrojados con una fuerza inusitada.</p> <p>Es un duelo terrible, en el que los tres contendientes se esfuerzan por conseguir la victoria. Todos tienen mucho que perder. Mil años de paciente espera pueden quedar en nada en apenas un segundo.</p> <p>Demónicus y Demónicia han iniciado una estrategia que consiste en separarse y crear dos frentes de ataque. Arturo, que ya es experto en estas lides, sabe que no puede hacer nada para evitarlo e intenta sacar ventaja.</p> <p>Se deja llevar por ellos para hacerles creer que le van a atacar desde dos flancos diferentes. Pero su objetivo es otro. Y es ahora cuando demuestra que es un gran luchador.</p> <p>Les hace creer que se siente acorralado, entre la espada y la pared, que está incómodo y que se da por perdido; pero no es así. Cuando Demónicus y Demónicia se aprestan a ensartarle, Arturo se tira al suelo, rueda sobre sí mismo, se coloca a su espalda y, cuando sus dos contrincantes se dan la vuelta para enfrentarse a él, se lanza hacia la derecha, se coloca en su lateral y, de una sola estocada, clava su espada en el cuerpo de los dos Demónicus y Demónicia se miran como si se pidieran explicaciones, como si se preguntaran qué había podido pasar. De repente, sus cuerpos se congelan y se quedan petrificados, igual que las rocas negras de la cueva de la Fundación. Como Morfidio y Stromber. El polvo de dragón vuelve a ser polvo de dragón. Todo vuelve a ser lo que fue. Todo termina donde empezó.</p> <p>—Ya no volverán a molestarte nunca —me dice Arturo—. Esta estocada me la enseñó Arquitamius, mi maestro.</p> <p>—Y la has aprendido bien —comenta <i>Sombra</i>, mientras le da un apretón de manos—. Me alegro de verte, Arturo.</p> <p>—Hemos estado separados mucho tiempo, maestro —responde Arturo Adragón.</p> <p>—Siempre fuiste un gran alumno —reconoce <i>Sombra—</i>, Arquimaes estaba orgulloso de ti. Aprendías deprisa.</p> <p>Metáfora me abraza y escucha, atónita, la conversación entre los dos compañeros.</p> <p>—¿Os conocíais? —pregunta.</p> <p>—Hace mil años que nos conocemos —dice <i>Sombra</i>—. Una eternidad.</p> <p>—Entonces... <i>Sombra</i>. ¡Tú eres...!</p> <p>—¡Chisss, no lo digas! No pronuncies mi verdadero nombre —le pide—. Recuerda que hay ojos y oídos por todas partes.</p> <p>—Lo siento... Lo siento... —balbucea.</p> <p>Un estremecimiento cruza mi cuerpo cuando, de repente, veo algo que me horroriza. Algo extraordinario e inesperado que me hiela la sangre.</p> <p>Los cuerpos de Demónicus y Demónicia han recuperado el aliento. Reviven y se levantan. Lo verdaderamente horrible es que se están transformando en una bestia de dimensiones considerables. ¡En un dragón salvaje! ¡En un dragón de dos cabezas!</p> <p>—¡No puede ser! —exclamo, en tanto protejo a Metáfora con mi cuerpo—. ¡Es imposible!</p> <p>—¡Estos malditos hechiceros han vuelto a la vida para acabar contigo! —me advierte Arturo, mi antepasado—. ¡Acaba con ellos!</p> <p>—¡No puedo hacerlo! —respondo—. ¡Es una bestia gigantesca!</p> <p>—No hay más remedio. Yo los he matado, ahora debes hacerlo tú.</p> <p>El dragón se agita y gruñe, amenazador.</p> <p>—¿Cómo han revivido? —pregunto, exasperado—, ¿Es que nunca van a morir?</p> <p>—Es su última baza —reconoce—. Mientras les quede una gota de sangre, volverán a buscarte. ¡Acaba con ellos!</p> <p>Agarro la espada alquímica con las dos manos y doy un paso adelante hacia el gigante. Estoy muerto de miedo, pero no quiero que se me note. Esa bestia es lo peor que he visto en mi vida. Aunque he soñado con dragones, nunca lo he hecho con uno de dos cabezas. ¡Son repugnantes!</p> <p>—¡Ven aquí, bestia del infierno! —grito, decidido a acabar de una vez con esta pesadilla—. ¡Ven aquí y muere!</p> <p>El dragón demoniquiano avanza hacia mí, lanzando fuego por la boca y rugiendo. Sus dos cabezas se inclinan directamente y me miran con rabia. No sé cómo voy a salir de esto. No creo que consiga sobrevivir.</p> <p>—¡Adelante, Arturo! ¡Adelante, Adragón!</p> <p>Inesperadamente, las letras mágicas se interponen entre nosotros y forman una barrera que el dragón no puede derribar. Pero esto no soluciona mi problema, a menos que...</p> <p>—¡Adragón! ¡A mí!</p> <p>Un enjambre de letras se coloca sobre mi espalda y, tal y como ha ocurrido en ocasiones anteriores, se convierten en mis alas.</p> <p>—¡Arriba! —ordeno.</p> <p>Me alzan inmediatamente entre las llamas del demoniquiano, de las que intentan protegerme. El calor hace mella en mi cuerpo. Sin embargo, consigo acercarme bastante para asestarle un contundente espadazo. Le he hecho una herida profunda de la que mana una gran cantidad de sangre.</p> <p>El dragón arremete con más fuerza, enfurecido por el dolor, pero actúo con rapidez y consigo asestarle un nuevo golpe que, por fin, separa una de las cabezas del cuerpo. Encabritado, se posa sobre las patas traseras y se revuelve. Entonces aprovecho su irritación y golpeo varias veces en el cuello de la segunda cabeza, que también cae al suelo.</p> <p>El cuerpo descabezado se convulsiona, da unos pasos, se golpea contra las paredes y, por fin, cae al suelo mientras la sangre se desparrama sobre la tierra.</p> <p>Desciendo hasta el suelo y me deshago de las letras. La espada alquímica está ensangrentada y la limpio con el cuerpo escamoso de la bestia, que aún palpita.</p> <p>Arturo Adragón se acerca y me abraza.</p> <p>—Ponte de rodillas —dice, con mi arma en las manos.</p> <p>Con la respiración todavía agitada y con el miedo a flor de piel, le hago caso.</p> <p>—Arturo Adragón —dice muy solemne, mientras pone la hoja de la espada alquímica sobre mi hombro—. Yo, Arturo Adragón, el rey de Alquimia, te nombro caballero arquimiano. Has demostrado un valor singular y afirmo que estás preparado para ser rey de Férenix.</p> <p>La sangre del dragón es absorbida por la tierra. Después el cuerpo de la bestia se fosiliza y se convierte en un polvo negro que se lleva el viento.</p> <p>En este momento, despunta el alba. Tras las ruinas de la Fundación, iluminadas por los rayos del sol naciente, un nuevo amanecer me hace creer que mi vida va a cambiar. Todos mis enemigos han muerto. Es posible que ahora viva en paz y que mi destino se cumpla.</p> <p>Arturo Adragón me devuelve la espada alquímica.</p> <p>—Guárdala bien y no la pierdas de vista —me aconseja—. Es posible que te vuelva a hacer falta.</p> <p>—Espero que no —respondo—. Ya no queda nadie con quien luchar.</p> <p>—No estés tan seguro —sentencia—. Siempre habrá alguien dispuesto a arrebatarte tus poderes.</p> <p>—¿Soy digno de ser rey de Arquimia?</p> <p>—Serás el mejor que nunca haya tenido —afirma—. Y yo velaré para que llegues a serlo. Siempre estaré a tu lado. No lo olvides.</p> <p>Entonces se dirige hacia el sol y su figura se convierte, paulatinamente, en la letra adragoniana, que, después de volar, se posa delicadamente sobre mi rostro. Las letras, que le han acompañado en el vuelo, me envuelven y se colocan sobre mi cuerpo.</p> <p>Metáfora me abraza y me da un beso. El sol brilla con fuerza y el nuevo día se muestra con toda su intensidad.</p> <p>—Creo que ya sé de quién es el ataúd del dibujo de Montfer —le susurro al oído.</p> <p>—Dímelo.</p> <p>—Es de Arquimaes. Rías entró en la cueva e hizo el dibujo. Estoy seguro. Debió de apropiarse de muchos secretos del maestro para llegar hasta donde llegó.</p> <p>—¿Rías estaba al servicio de Demónicus?</p> <p>—Sí, me temo que sí... Pero ahora todo ha terminado... ¡Esto se ha acabado! ¡Hemos ganado!</p> <p>Cuando salimos de la Fundación, la calle está llena de gente que ha empezado una nueva jornada. Atentos a sus rutinas, nadie sospecha la aventura que acabamos de vivir. A lo lejos distinguimos la figura de Cristóbal, que se acerca a la carrera, como siempre.</p> <p>—¿Habéis visto a Mireia? —nos pregunta—. Habíamos quedado aquí.</p> <p>—Se acaba de marchar. Ha venido a despedirse —le digo.</p> <p>—Me dijo que hoy quería contarme algo especial. ¿Qué ha ocurrido? ¿Adonde se ha ido?</p> <p>—Pues no nos lo ha dicho —apunta Metáfora.</p> <p>—Cristóbal, ¿recuerdas que tenía un regalo de Egipto para ti? Es una planta envuelta en cera, que produce un olor maravilloso al arder. Ven a casa y la encenderemos.</p> <p>—A mí lo único que me interesa es ver a Mireia —responde, un poco agobiado.</p> <p>—Mientras vemos cómo arde esa pequeña rama, te contaré cosas sobre Mireia —le prometo—. Cosas que te interesarán. Ven, vamos...</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXI</p> <p>A<style name="versalita">MANECER</style></p> </h3> <p>La reina Émedi saltó del caballo y se arrojó al suelo para abrazar el cadáver de Arquimaes, que estaba siendo limpiado por Rías. Arquitamius, que la acompañaba, tardó un poco más en desmontar, pero estaba tan abatido como ella.</p> <p>—¿Qué ha pasado? —preguntó la reina de Émedia, completamente desolada—, ¿Quién ha sido?</p> <p>—Escorpio le ha matado, mi señora —explicó Arturo—. ¡Vino hasta aquí solo para asesinarle!</p> <p>—¡Maldita sea su carne! —exclamó Émedi mientras abrazaba a Arquimaes—. ¡Maldita sea su alma! ¿Por qué lo ha hecho?</p> <p>Arturo se acercó a Arquitamius.</p> <p>—¡Maestro! ¡Hay que resucitarlo! —le imploró.</p> <p>—Lo siento, Arturo, pero no se puede hacer nada —respondió el anciano—, Arquimaes no puede revivir.</p> <p>—¿Por qué? —preguntó el joven rey—, ¿Por qué no puede resucitar?</p> <p>—Porque lo ha hecho demasiadas veces —le confesó el gran alquimista—. Murió muchas veces y ya no puede resucitar.</p> <p>—¡Bajaré al Abismo de la Muerte si es necesario!</p> <p>—No serviría de nada —insistió Arquitamius—. Arquimaes jamás volverá a este mundo.</p> <p>—Pero ¿cuántas veces ha muerto?</p> <p>—Demasiadas. Más de las que cualquier ser humano puede soportar —explicó el sabio—. No sé cuántas han sido exactamente, pero te aseguro que han sido muchas.</p> <p>—Entonces, ¿no hay esperanzas?</p> <p>—No, Arturo. No hay ninguna posibilidad de que vuelva al Mundo de los Vivos —sentenció Arquitamius.</p> <p>Un grupo de rugianos se acercó a ellos y trató de matar a la reina Émedi. Pero Cordian y sus pretorianos, que estaban atentos, se deshicieron de ellos con rapidez—¡Mi señor, tenemos que replegarnos! —insistió Leónidas—. ¡Esta situación es insostenible.</p> <p>—¡Está bien! ¡Atrás! ¡Atrás! —gritó Arturo—. ¡Al palacio!</p> <p>Los arquimianos, que esperaban esta orden, la cumplieron con agrado. El enemigo tenía más poder y más fuerza de lo que habían imaginado. Ahora, las casuchas que rodeaban el palacio ardían.</p> <p>—¡Recoged el cuerpo de Arquimaes! —ordenó Cordian a sus hombres—, ¡Nos lo llevamos!</p> <p>Émedi, Leónidas, Alexia y Crispín se agruparon alrededor de Arquimaes para protegerlo, espada en mano, con su propia vida.</p> <p>Los arquimianos se replegaron dejando tras de sí un campo de batalla sembrado de heridos y de cadáveres de amigos y compañeros. Los rugianos los presionaban, convencidos de que iban a aplastarlos a todos, tal y como había ordenado Horades.</p> <p>—¡La situación es desesperada! —dijo Arturo cuando estaban cerca de la puerta del palacio—. ¡Estamos desamparados! ¡Nos van a exterminar!</p> <p>—¡Tenemos un aliado! —le recordó Arquitamius—. ¡No estamos solos!</p> <p>—¿Os referís a Adragón? No creo que pueda hacer nada en esta situación.</p> <p>—Me refiero a Adragón y a la tinta... ¡Ven conmigo! ¡Sígueme!</p> <p>Crispín, Leónidas y Alexia se acercaron.</p> <p>—Protegednos —ordenó Arturo.</p> <p>Arquitamius le llevó a un rincón apartado, donde la riada humana no les afectaba. Allí, lejos de las miradas, le cogió la espada y se la entregó a Rías, que se quedó a su lado.</p> <p>—¡Cubridnos con vuestros escudos! —ordenó el alquimista—. ¡Que nadie nos vea!</p> <p>Los hombres de Leónidas se acercaron y entre todos consiguieron ocultar y proteger a Arturo y a Arquitamius.</p> <p>—Escucha, Arturo. ¿Estás dispuesto a dar tu vida por Arquimia? —le preguntó el sabio—, ¿Estás dispuesto a desaparecer para conseguir la paz?</p> <p>—¿Qué tengo que hacer, maestro?</p> <p>—Vas a transformarte. Vas a perder tu condición humana. ¿Estás dispuesto a sacrificarte?</p> <p>Arturo se acercó a Alexia, que no formaba parte de la muralla de escudos que los aislaba del mundo. Le dio un abrazo y la besó en la frente.</p> <p>—Cuida de nuestro hijo —dijo Arturo—. Dile que velaré por él esté donde esté.</p> <p>—Lo haré. Le diré que su padre fue un valiente —respondió Alexia, consciente de que era la última vez que le veía—. Y ahora, cumple tu destino.</p> <p>—Estoy listo, maestro —aseveró Arturo a Arquitamius—, ¡Estoy preparado!</p> <p>Entonces, el sabio miró fijamente a Arturo, puso los dedos de la mano derecha en su frente, sobre el dibujo adragoniano que ilustraba su rostro, le acarició y sopló ligeramente.</p> <p>—¡Eres Adragón! —invocó el sabio, con los ojos cerrados—. ¡Ahora!</p> <p>Entonces, Arturo notó cómo su cuerpo sufría una ligera agitación. Tuvo la sensación de volverse más ligero, más etéreo. Sus piernas desaparecían y su cuerpo se hacía más pequeño. Intentó palparse con los dedos, pero no lo consiguió. ¡Estaba sufriendo una transformación!</p> <p>«Soy Adragón», pensó justo cuando adquiría su nueva forma.</p> <p>¡Arturo acababa de convertirse en el dibujo adragoniano!</p> <p>Y supo lo que tenía que hacer. Agitó sus alas y se elevó como una pluma, bajo la protectora mirada de Arquitamius.</p> <p>—¡Vuela, Arturo! —le propuso el sabio—. ¡Vuela y libera Arquimia!</p> <p>Y Arturo emprendió el vuelo.</p> <p>Desde las alturas, sus ojos de dragón le mostraron el campo de batalla. Todo era desolación y destrucción. Muertos y heridos estaban tumbados sobre lo que había sido un campo de hierba verde y limpia, salpicada por la nieve, que ahora era roja. Y se estremeció.</p> <p>«¿Qué debo hacer?», se preguntó.</p> <p>Sobrevoló el palacio de Arquimia, que estaba casi terminado, y el campo de batalla, donde las filas enemigas se extendían hasta el horizonte como una serpiente. Y comprendió lo que tenía que hacer.</p> <p>La fuerza de su vuelo dejaba una leve estela de aire arremolinado. Dentro de la gran biblioteca de Arquimia, los libros se agitaron. Muchos se abrieron, pero todos, absolutamente todos, dejaron salir las letras que estaban escritas con tinta mágica.</p> <p>Arturo vio cómo un inmenso ejército de letras salía por las ventanas, las puertas, las claraboyas y las demás aberturas del palacio de Arquimia y se arremolinaban a su alrededor. Se había convertido en un imán para todas las letras de tinta mágica. Llegaron regimientos de letras desde el monasterio situado en el Monte Fer, de las casuchas y del propio campo de batalla. El cielo se llenó de letras voladoras que se unían al poderoso Ejército Negro.</p> <p>El poder de convocatoria de Adragón era tan fuerte que no quedó una sola letra escrita que no acudiese a su llamada, ya se encontrara sobre papel, acero, roca o cualquier otro soporte.</p> <p>Cuando los rugianos vieron que el cielo estaba cubierto por un enjambre de signos negros, se alarmaron y sintieron miedo. Aquello no estaba previsto y nadie esperaba algo semejante. ¿Dé dónde había salido ese ejército volador?</p> <p>Los oficiales rugianos estaban más desconcertados que sus soldados. Eran incapaces de dar órdenes coherentes. No tenían ni idea de lo que había que hacer. Y temieron por sus vidas.</p> <p>Arturo Adragón empezó a descender, acompañado por sus cohortes, compuestas de millones de letras voladoras que producían un sonido estridente. Cogían velocidad y se dirigían directamente hacia las filas rugianas.</p> <p>Los arquimianos estaban asombrados. Aquel ejército les devolvió las esperanzas. Entonces supieron que todo estaba a punto de acabar. También los rugianos.</p> <p>Arturo Adragón alcanzó las primeras filas enemigas en un vuelo rasante que los desconcertó aún más. Las letras entendieron que había llegado la hora de atacar. Y atacaron.</p> <p>El caos y la devastación se abatieron sobre aquellos seres venidos de las tierras de Horades que estaban bajo las órdenes de Demónicus. Los primeros gritos se escucharon desde lejos. Luego, todo se convirtió en una acción de destrucción y aniquilación, que iba a terminar con un exterminio total.</p> <p>Los rugianos comprendieron pronto que no había escapatoria. El Ejército Negro atacaba desde todos los ángulos de forma inesperada, letal, sin dejar capacidad de defensa a sus enemigos. No fueron capaces de destruir una sola letra. Era un enemigo casi invisible, inaccesible y tan poderoso que desmoralizaba.</p> <p>Las letras manifestaron su poder de forma implacable durante horas. Demostraron que eran más poderosas que las armas. Dejaron claro que eran más fuertes y más útiles que la hechicería. Atacaban en grupo, con una eficacia nunca vista por los rugianos.</p> <p>Los invasores, que ya habían sido víctimas de sus propios reyes y de los hechiceros, que primero los habían convertido en ignorantes y luego en bestias insensibles y sedientas de sangre, se daban cuenta de lo que pasaba bajo el símbolo del conocimiento y la cultura. Las letras, la mejor herramienta de los alquimistas y de todos los sabios del mundo civilizado, iban a borrarlos de la faz de la tierra.</p> <p>Arturo Adragón dirigía a su ejército con gran habilidad. Enviaba regimientos a aquellas zonas en las que la resistencia era mayor y el enemigo se atrincheraba tras las máquinas de guerra. Pero no les servía de nada: las letras se colaban por todas las ranuras, de forma que ningún rugiano quedaba fuera de su alcance.</p> <p>Una hora después, Arturo Adragón y su ejército eran dueños de la región. No dejaron con vida a nadie. El Ejército Negro acababa de obtener su mayor victoria. Acababa de escribir su página más gloriosa.</p> <p style="text-align: center; font-size: 110%; text-indent: 0em; margin-top: 1.5em; margin-bottom: 1.5em; ">★ ★ ★</p> <p>Los vítores de los arquimianos subieron hasta el cielo, donde Arturo se sintió complacido por haber salvado aquel reino de justicia que su padre, Arquimaes, había soñado y que él mismo se había comprometido a defender.</p> <p>Su destino se había cumplido.</p> <p>Ahora, sería un Adragón eternamente. Y su trabajo iba a consistir en velar por su linaje.</p> <p>Émedi, Alexia y Arquitamius le vieron descender.</p> <p>—Has salvado el reino de Arquimia —dijo Émedi—. Tu padre, allá donde se encuentre, y yo estamos orgullosos de ti.</p> <p>—Como lo estará tu hijo —añadió Alexia—. Te hemos perdido, pero sabemos que siempre estarás con nosotros. Has cumplido tu destino, Arturo Adragón. Has cambiado nuestro mundo y has abierto el camino a un reino de justicia que, tarde o temprano, se impondrá.</p> <p>—¡El Ejército Negro será inmortal! —afirmó Arquitamius—. Y yo me convertiré en una sombra que estará a vuestro lado. Yo te protegeré durante el día y tú lo harás durante las horas de sueño. Seremos como el símbolo alquimista, el día y la noche, el oro y la plata, la realidad y los sueños... Encontraremos a algún valiente dispuesto a levantar el reino de Arquimia. Aunque tardemos una eternidad. Puedes estar seguro de que nuestros ojos verán la sublimación del reino de Arquimia. Conocerán al nuevo Arturo Adragón, rey de Arquimia.</p> <p>Arturo Adragón, convertido definitivamente en un dragón de tinta, emprendió el vuelo, feliz de haber comprendido, por fin, todos los secretos que le habían envuelto desde su niñez.</p> <p>Ahora ya sabía quién era y para qué había nacido. Ahora sabía que su destino consistía en renacer en todos sus descendientes para darles apoyo con su magia alquímica. Su padre y su madre le habían preparado bien. Ahora entendía todo el proceso.</p> <p>Recordó entonces las palabras de Arquitamius: «Es el gran sueño de los hombres. Los hijos son nuestra inmortalidad. Ellos llevan algo de nosotros. Es la gran cadena de la vida. Interminable y cíclica. Cuando morimos, nos hacemos inmortales. Nuestros hijos nos perpetúan».</p> <p>Desde el suelo, todos los arquimianos le contemplaban con agradecimiento. Las letras se desplegaron y volvieron a sus nidos, entre las páginas de los libros y de los pergaminos, en espera de volver a ser invocadas.</p> <p>Rías, todavía impresionado por lo que había visto ese día, se acercó a Arquitamius y le entregó la espada alquímica.</p> <p>—Maestro, hoy sé que quiero ser alquimista —le dijo—. ¿Puedo contar con vuestra ayuda?</p> <p>—Naturalmente, amigo Rías —respondió el Gran Sabio—. Te convertiré en un gran alquimista.</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>XXII</p> <p>E<style name="versalita">L REENCUENTRO</style></p> </h3> <p>Ya no queda ni rastro de la antigua Fundación. Todo está listo para reconstruir el nuevo edificio, que será triangular, igual que su base original.</p> <p>Ahora sé que Férenix está minada de túneles subterráneos que se comunican entre sí. Bajo nuestros pies hay tantas galerías que uno podría perderse durante años.</p> <p>El subsuelo es como un libro, lleno de secretos y misterios, con entresijos ocultos a la vista y con tantos recovecos que hay que poner todos los sentidos para volver a salir a la superficie.</p> <p>Hemos negociado con las autoridades para obtener un nuevo permiso de edificación, pues todo el mundo sabe que debajo hay unas ruinas muy valiosas. El palacio de Arquimia es una joya arquitectónica que se mantiene en buen estado y muchos arqueólogos internacionales han pedido permiso para estudiarlas.</p> <p>Gracias a la ayuda del Comité, hemos llegado a un acuerdo con el Consejo General que consiste en que nos dejarán construir la nueva Fundación en el mismo sitio, a condición de que permitamos el acceso a ciertas zonas del palacio a los historiadores, arqueólogos, arquitectos, periodistas y escritores que lo soliciten con fines loables. Por supuesto, nos hemos reservado la biblioteca arquimiana, que se mantendrá bajo nuestra tutela. Será nuestro gran secreto.</p> <p>—No es el mejor pacto del mundo —reconoció <i>Sombra</i> cuando se lo conté—, pero dudo que se pueda conseguir algo mejor. Creo que lo has hecho bien, Arturo.</p> <p>—El único problema, <i>Sombra</i>, es que debemos estar atentos para que los obreros no descubran la entrada a las cuevas y penetren en ellas. Y la única forma de impedirlo es establecer una vigilancia constante —le dije.</p> <p>La muerte de Batiste ha despertado algunas sospechas, pero como la policía no ha encontrado ni rastro de su cartera, ha llegado a la conclusión de que se trataba de una agresión por robo.</p> <p>Papá, Norma, Metáfora, <i>Sombra</i> y yo nos hemos reunido esta noche para organizar un plan de vigilancia que nos permita tenerlo todo controlado.</p> <p>Es una pena que no podamos contar con Adela y <i>Patacoja</i>; con ellos, las cosas hubiesen sido más fáciles.</p> <p>Estamos ante el sarcófago de mamá, al que por fin hemos podido acceder. Ahora todo está limpio y recogido. Hemos dedicado muchas horas a adecentar la estancia, pero ha valido la pena.</p> <p>—Propongo que instalemos cámaras de vigilancia en los puntos claves —anuncia papá—. Tengo contacto con alguien que nos hará una instalación secreta, cuyos puntos solo conoceremos nosotros. Es un amigo del general Battaglia. Me fío plenamente.</p> <p>—Parece una buena idea —contesto—. ¿Quién controlará los monitores?</p> <p>—La misma empresa. Si ocurriera algo imprevisto, nos avisarán enseguida y podremos detener cualquier intrusión. Mantendremos ocultos la cueva de las rocas y el acceso a la estancia de Adragón.</p> <p>—A mí me parece bien —comenta Metáfora—. No creo que haya otro sistema mejor. ¿O sí?</p> <p>—No hay ningún sistema que garantice la seguridad al cien por cien —dice Norma—. Por eso creo que esta alternativa es buena.</p> <p>—El acceso a las zonas de seguridad solo estará permitido a algunas personas —añade papá—. Nosotros cinco seremos lo únicos autorizados para cruzar el perímetro de seguridad.</p> <p>—¿Y cómo se consigue eso? —pregunta Metáfora—. ¿Qué sistema puede garantizarlo?</p> <p>—Huellas, pupilas, ADN —dice papá—. Es lo más moderno.</p> <p>—¿Cómo se hace eso? —pregunta <i>Sombra—</i>, ¿Cómo se consigue que todo eso se plasme en una clave de seguridad?</p> <p>—Solo existirán cinco tarjetas —explica papá—. Cada uno tendrá la suya. Contendrán tanta información sobre nosotros que será imposible que nadie nos suplante —explica mientras abre un maletín—. He traído algunas cosas que tendremos que hacer aquí y ahora. Extracción de sangre, lectura de ojos, huellas digitales.</p> <p>—¿Hay que hacerlo ahora? —pregunta Metáfora—. ¿No podemos dejarlo para otro momento?</p> <p>—No. Tenemos que hacerlo aquí, en secreto, sin que nadie pueda manipular nada —exige papá—. Es una medida de seguridad añadida. Eso nos garantiza que nadie cambiará nuestras muestras. Además, tendremos un nombre clave, para que no llame la atención a los empleados de los laboratorios que las van a manejar.</p> <p>—Vaya, como los espías —bromea Norma—. ¡Cuánto misterio!</p> <p>—Sí, sí, bromead todo lo que queráis —comenta papá, con una jeringuilla en la mano—, pero quiero ver si sois tan valientes como para no quejaros—. ¿Quién va a ser el primero?</p> <p>Como nadie se anima, Norma da un paso adelante.</p> <p>—¡Aquí estoy! —se ofrece—. ¡No me das ningún miedo!</p> <p>—Siéntate aquí y deja tu brazo al descubierto —le pide—. Te prometo que no sufrirás... Aunque tampoco será demasiado agradable.</p> <p>Norma se sienta y se remanga. Metáfora me mira con una sonrisa de ánimo. Sabe que las agujas siempre me han dado miedo y que soy un poco quisquilloso para estas cosas.</p> <p>—Por cierto —añade papá—. He contratado a Mercurio, el portero del instituto. Si era capaz de controlar a cientos de estudiantes, supongo que podrá vigilar la nueva Fundación.</p> <p>—Has tenido una buena idea —dice Metáfora—. Además, estamos en deuda con él.</p> <p>—Espero que él y su esposa hagan un trabajo tan bueno como Mohamed y Mahania.</p> <p>De repente, los nombres de mis verdaderos padres me evocan el desierto de Egipto y tengo un ataque de nostalgia. Me prometo que volveré a verlos.</p> <p>—Cuando nos casemos, podemos hacer un viaje a Egipto —propone Metáfora, que, como siempre, me ha leído el pensamiento—. Seguro que te gustará verlos.</p> <p>Mis pensamientos vuelan hacia el templo desde el que bajé al Abismo de la Muerte. Ahora, de repente, esto me parece un cuento de esos que <i>Sombra</i> me contaba por la noche, cuando era pequeño.</p> <p>—Ahora te toca a ti, Arturo —dice papá—. Adelante, no tengas miedo.</p> <p>Hago un esfuerzo para que no se note que estoy un poco nervioso. Dejo que me clave la aguja sin quejarme. Parece mentira que un inmortal tenga tanto miedo a una cosa tan pequeña. No sé, supongo que hay cuestiones en esta vida de las que no puedes huir. He luchado contra dragones, asesinos a sueldo y acosadores, y ahora soy incapaz de enfrentarme a una simple jeringuilla. Si mi madre viera esto, no sé qué diría.</p> <p>—Bueno, ya hemos terminado de hacer las pruebas —anuncia papá, al cerrar su maletín después de habernos copiado las huellas y fotografiado las pupilas—. Ya podemos irnos. No hace falta decir que todo lo que hemos hablado aquí es totalmente secreto. ¿De acuerdo?</p> <p>—Yo quiero quedarme un poco, a solas con mamá —le digo—. ¿Te parece bien?</p> <p>—Claro que sí. Claro que me parece bien —dice—. No debes olvidarte de ella. Nunca.</p> <p>Mientras se marchan, Metáfora se me acerca.</p> <p>—¿Quieres que baje contigo?</p> <p>—No, gracias. Esto debo hacerlo yo solo.</p> <p>—Entiendo que es asunto tuyo, Arturo. Te esperaré arriba. Pero tienes que prometerme que, ahora que todo ha terminado, intentarás reconducir tus pensamientos. Se acabaron las preguntas.</p> <p>—Te lo prometo, aunque tienes que saber que hay algunas cosas en esta vida que no terminan nunca. Detrás de una respuesta hay siempre una nueva pregunta agazapada.</p> <p>—Lo sé. Lo he aprendido contigo —reconoce—. Pero hay que intentar acabar con esta historia. Debemos estabilizar nuestras vidas.</p> <p>—Te aseguro que lo intentaré, pero no puedes esperar que tenga una vida tranquila y sin sorpresas. Estoy seguro de que me esperan muchas complicaciones. Piensa que vamos a dar vida a un reino milenario y que mucha gente estará en contra. Habrá que superar grandes dificultades.</p> <p>—Por lo menos, prométeme que harás todo lo posible para que nuestra vida no se embrolle.</p> <p>—Me gustaría tranquilizarte, pero no sé con qué me voy a encontrar. Puedo alcanzar una vida de paz, pero también puedo toparme con una vida de guerra y conflictos. No lo sé, Metáfora. Solo te diré que haré todo lo que esté en mi mano por vivir en paz junto a ti. Te aseguro que nada me gustaría más.</p> <p>—Eso me tranquiliza, Arturo. Te espero arriba —dice, a la vez que se marcha y me deja solo.</p> <p>Un poco después, cuando el silencio me acompaña, me acerco al sarcófago, pongo mi mano derecha sobre él y espero. Creo que voy a intentar establecer comunicación con ella.</p> <p>—Hola, mamá. Aquí estoy de nuevo. La próxima vez que vuelva a verte, la Fundación estará reconstruida. Será un nuevo edificio y habrán pasado muchas cosas nuevas e interesantes. Por eso vengo a despedirme de ti. Pasará algún tiempo hasta que vuelva a hablar contigo. Tu sarcófago va a ser trasladado al monasterio de Monte Fer, por seguridad. No quiero exponerme a que haya un accidente durante las obras.</p> <p>»Hace poco he tenido que luchar contra Stromber. He ganado y hemos recuperado el control de la Fundación, o lo que queda de ella. Y también han caído Demónicus y Demónicia.</p> <p>»He tenido la suerte de conocer a Arturo Adragón, el que creó el reino de Arquimia, el hijo de Émedi y Arquimaes. Y me siento un privilegiado por contar con su protección.</p> <p>»Me van a coronar rey de Férenix, o de Arquimia, como quiero llamar a nuestro reino. Metáfora será mi reina. Nos casaremos el mismo día de la coronación.</p> <p>»Por lo que me han contado, va a ser una ceremonia impresionante. Vendrá mucha gente de todas partes. Ya he recibido numerosas felicitaciones de otros jefes de Estado.</p> <p>»La verdad es que he venido para hacerte una pregunta importante. Se la he hecho a papá, pero no he conseguido respuesta. Por eso estoy aquí, para que tú me digas lo que necesito saber. Sé que eres quien me trajo a este mundo, y no un cuadro pintado al óleo ni una escultura.</p> <p>Que quien está dentro de este sarcófago eres tú, Reyna, mi verdadera madre. Así que espero una respuesta. Por favor...</p> <p>Hago una pausa antes de lanzar mi gran pregunta.</p> <p>—Mamá, ¿dónde está mi cuerpo? ¿Dónde estoy?</p> <p>Solo hay silencio, acompañado del zumbido de las letras.</p> <p>—Sé que lo sabes. Y tienes que decírmelo...</p> <p>Más silencio.</p> <p>—Creo que mi cuerpo original está... — digo en voz baja.</p> <p>—Aquí, junto a mí —dice una voz susurrante, que llega de algún lugar fuera de este mundo—. A mi lado.</p> <p>—Dentro del sarcófago, ¿verdad?</p> <p>—Sí, Arturo. Está junto a mí, entre mis brazos, sobre mi pecho.</p> <p>—¿Cuándo vas a resucitar? <i>Sombra</i> y papá hicieron el rito de la resurrección con Norma.¿Cuándo te veré, mamá?</p> <p>—Nunca, hijo mío. Nunca nos veremos en el Mundo de los Vivos.</p> <p>—¿Es que no quieres verme? ¿No quieres que esté contigo?</p> <p>—Al contrario. Estoy en el Abismo de la Muerte para cuidarte. Te tengo entre mis brazos y nunca te soltaré. No te dejaré solo. Te quiero demasiado.</p> <p>—Pero, mamá, ¡te necesito! He sufrido mucho y me siento muy solo. Tu cariño me hace falta.</p> <p>—Mi cariño está contigo. Por eso no te abandonaré. Me quedaré contigo toda la eternidad. Estamos unidos para siempre. Soy tu madre y tú eres mi hijo. Nada nos separará.</p> <p>—Te echo de menos y te necesito. Quiero conocerte y demostrarte mi cariño.</p> <p>—Él también me necesita. Es un bebé indefenso que ni siquiera sabe hablar. No le dejaré solo. Estaré con él, que es lo mismo que estar contigo.</p> <p>—Entonces, ¿no vas a resucitar?</p> <p>—No, hijo, no puedo. Soy esclava de tu cuerpo. Soy la guardiana de tu pequeño cuerpo. Estoy unida a ti, a mi bebé recién nacido que nunca volverá a la vida. Tengo que renunciar a estar contigo. Lo siento, cariño mío.</p> <p>—Cómo me gustaría estar con vosotros.</p> <p>—Solo verías el cuerpo de una madre unida al de su hijo. Ni siquiera nos reconocerías y turbarías nuestra paz. Por favor, Arturo, déjanos solos. Ahora lo estoy acunando y se siente tranquilo. No lo despiertes, por favor.</p> <p>No me he dado cuenta de que he empezado a llorar. Estoy desconsolado. Me estremezco al pensar que mi primer cuerpo está dentro de esta caja de piedra, en la oscuridad, abrazado al cuerpo de mi madre. Tengo una sensación de soledad y de impaciencia tan fuerte que no consigo dominar mis emociones. Lo único que puedo hacer es llorar, por ellos y por mí.</p> <p>—Llora con nosotros, Arturo. Llora y siente nuestra presencia. La muerte no nos separará. La muerte debe unirnos. Debes saber que, desde aquí, sabemos todo lo que haces. Mereces ser rey de Arquimia, pero quiero que sepas que, sobre todo, eres el rey de mi vida.</p> <p>Me arrodillo al lado del sarcófago y lloro sin consuelo. ¡Lo que daría por verla y abrazarla!</p> <p>En este instante me da igual que me nombren rey de Férenix. Lo único que me interesa es volver a ver a mi madre. Saber que me cuida y que no me abandonará nunca en el Abismo de la Muerte me tranquiliza y me da valor para seguir viviendo.</p> <p>—Solo una cosa más, mamá... ¿Por qué papá fue hasta Egipto en busca del pergamino de Arquimaes? ¿Quién lo puso tan cerca para que envolvieras mi cuerpo cuando nací? No estaba allí por casualidad, ¿verdad?</p> <p>Un breve silencio.</p> <p>—Tienes razón, Arturo, no fue casualidad. <i>Sombra</i> y yo lo organizamos todo. Yo estaba arrepentida de haber hecho renegar a tu padre de Adragón y quería devolverle su poder. Devolvértelo a ti. Sabía lo que iba a pasar. <i>Sombra</i> me lo había contado todo. Yo solo tuve que seguir sus instrucciones. Lo demás fue fácil. Tu padre se volvió loco de alegría cuando «descubrió» la pista que lo iba a llevar a Egipto.</p> <p>—¿Por qué en Egipto?</p> <p>—Porque era el único sitio en el que iba a encontrar un cuerpo para ti.</p> <p>—¿Cómo sabías lo del hijo de Mahania?</p> <p>—Yo había visitado Egipto antes de conocer a tu padre. Las piezas encajaron a la perfección.</p> <p>—Pero los soldados que apresaron a Mohamed...</p> <p>—Todo estaba organizado por nosotros. Mahania y yo lo preparamos cuidadosamente para que pareciera natural. Cuestión de dinero.</p> <p>—¿Y los soldados que os abandonaron?</p> <p>—Nadie nos abandonó. Tenías que nacer en un sitio oculto, sin testigos. Egipto era el lugar ideal y las ruinas del templo eran perfectas, alejadas de todo. Tenía que envolverte en el pergamino y reconciliarte con Adragón. El linaje se hubiera roto. No tuve elección. Era la única forma de que papá aceptara la unión.</p> <p>—¿Lo sabe papá?</p> <p>—No. En eso no te mintió. Yo lo preparé todo y él hizo lo que <i>Sombra</i> y yo quisimos. Por eso no debes enfadarte con él. <i>Sombra</i>, Arquitamius, está ahí para protegeros. Y a tus hijos... Y a los hijos de tus hijos... Su misión es hacer que nuestro linaje continúe.</p> <p>—¿También sabías que <i>Sombra</i> es...?</p> <p>—Creo que él puso algunas pistas para facilitarme el trabajo. Yo era historiadora y estaba acostumbrada a investigar... Junté todos los cabos y solo tuve que unirlos. Todo salió a la perfección. Espero que si papá lo descubre todo, sepa perdonarme. Nunca quise engañarle, pero no me quedó más remedio. Hubiera hecho cualquier cosa por darte el poder de la inmortalidad y ayudarte a recuperar el trono que te corresponde.</p> <p>Ahora soy yo el que guarda silencio. Ya no me quedan preguntas. Ya lo sé todo, y lo que me queda por conocer ya no me interesa. Mi madre me acaba de revelar el último misterio. Y me acaba de dar una gran lección. Ahora sé que la casualidad no existe y que el destino se lo forja uno. Ella forjó el suyo y el mío.</p> <p>Mi madre, Reyna, hizo honor a su nombre al proteger el linaje Adragón. Papá la eligió y ella cogió el testigo con dignidad.</p> <p>—Adiós, madre. Creo que ya no te molestaré más. Hablaré contigo, pero no hace falta que me respondas. Cuida al pequeño. Cuídame desde el Abismo de la Muerte. Me reconforta saber que estoy entre tus brazos.</p> <p>Ahora sé que todos mis sueños, mis pesadillas y mis angustias han valido la pena. No hay nada peor que estar solo en este mundo y saber que nadie te espera en el otro. Por eso soy feliz, porque sé que tengo la suerte de tener a alguien que me ha cuidado y protegido. Y que lo hará durante toda mi vida.</p> <p>Me llamo Arturo Adragón y he tenido una vida azarosa, llena de peligros y sufrimientos. He vivido sin mi madre, pero ella me ha dado todo el valor que tengo. Gracias a ella soy rey.</p> <p>Ella me ha enseñado que los sueños, tarde o temprano, se hacen realidad. Aunque haya que luchar por ellos.</p> <p><img src="/storefb2/G/S-Garcia-Clairac/El-Reino-De-La-Luz/i9"/></p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>E<style name="versalita">PÍLOGO DE LA EDAD MEDIA</style></p> </h3> <p>L<style name="versalita">A ÚLTIMA PAGINA DE LA LEYENDA DE </style>A<style name="versalita">RTURO </style>A<style name="versalita">DRAGON, EL REY QUE DIO GLORIA AL EJERCITO NEGRO, SE ESCRIBIO EL DÍA EN QUE LA REINA </style>A<style name="versalita">LEXIA DIO A LUZ A UN HIJO QUE HABIA NACIDO MUERTO, TAL Y COMO ESPERABAN. EN SU FRENTE TENÍA UN DIBUJO ADRAGONIANO, IGUAL QUE EL DE SUS PADRES.</style></p> <p>A<style name="versalita">RQUITAMIUS ENVOLVIÓ AL BEBE EN UN PERGAMINO ESCRITO POR </style>A<style name="versalita">RQUIMAES Y LO GUARDO CUSTODIADO EN LA CUEVA DEL GRAN DRAGÓN, A LA ESPERA DE UN CUERPO RECIPIENTE INDICADO</style>. A <style name="versalita">LA PRIMAVERA SIGUIENTE, </style>C<style name="versalita">RISPÍN Y </style>A<style name="versalita">MARAE TUVIERON SU PRIMER HIJO</style>. N<style name="versalita">O TARDARON EN OFRECERSELO A </style>A<style name="versalita">RQUITAMIUS EN LA NOBLE TAREA DE PERPETUAR EL LINAJEA DRAGONIANO. </style>A<style name="versalita">LEXIA MURIÓ EN EL PARTO Y FUE ENTERRADA EN UN SARCOFAGO DE PIEDRA, CON SU IMAGEN TALLADA EN MARMOL</style>. A<style name="versalita"> SU LADO HAY OTRO SARCOFAGO, VACÍO, CORONADO CON LA IMAGEN DEL REY </style>A<style name="versalita">RTURO </style>A<style name="versalita">DRAGON</style>. A<style name="versalita">MBOS ESTAN JUNTOS, EN UNA CÁMARA ABOVEDADA, AL FONDO DEL PALACIO DE </style>A<style name="versalita">RQUIMIA, Y PERMANECERÁN ALLI HASTA EL FINAL DE LOS DIAS</style>. L<style name="versalita">A REINA </style>É<style name="versalita">MEDI SE RECLUYO EN SU CASTILLO DE </style>É<style name="versalita">MEDIA, DONDE SE QUEDÓ HASTA QUE MURIÓ. </style>A<style name="versalita">LGUNOS ASEGURAN HABER VISTO LA FIGURA DE </style>A<style name="versalita">RQUIMAES EN SU COMPAÑIA, PERO NADIE HA PODIDO DEMOSTRARLO.</style></p> <p>C<style name="versalita">RISPÍN Y </style>A<style name="versalita">MARAE CUIDARON DEL JOVEN </style>A<style name="versalita">RTURO HASTA QUE SE HIZO MAYOR Y PUDO CONOCER LA VERDADERA HISTORIA DE SUS AUTÉNTICOS PADRES</style>. I<style name="versalita">MPULSO EL REINO DE JUSTICIA QUE LA FAMILIA </style>A<style name="versalita">DRAGON HABIA CREADO, AUNQUE NO CONSIGUIÓ TODOS SUS FINES</style>. L<style name="versalita">A DESAPARICION DEL PRIMER REY, </style>A<style name="versalita">RTURO </style>A<style name="versalita">DRAGON, DEBILITO EL REINO DE </style>A<style name="versalita">RQUIMIA, QUE FUE DESAPARECIENDO A LO LARGO DE LOS SIGLOS</style>. A<style name="versalita">RQUITAMIUS ESTUVO AL LADO DE TODOS LOS </style>A<style name="versalita">DRAGON QUE NACIERON DURANTE LOS MIL ANOS SIGUIENTES Y, SEGUN LA LEYENDA, PERMANECERÁ A SU LADO MIENTRAS EL LINAJE SEPERPETÚE.</style></p> <p>A<style name="versalita">UNQUE NADIE PUEDE ASEGURAR QUE LA FAMILIA </style>A<style name="versalita">DRAGON SE PERPETUARÁ TODA LA ETERNIDAD, ES POSIBLE QUE ASÍ SEA</style>. L<style name="versalita">A LEYENDA DE </style>A<style name="versalita">RTURO </style>A<style name="versalita">DRAGON ESTÁ ESCRITA CON TINTA DE POLVO DE DRAGÓN Y NADIE PODRÁ BORRARLA.</style></p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>E<style name="versalita">PÍLOGO DEL PRESENTE</style></p> </h3> <p>A<style name="versalita">HORA QUE LA PAZ REINA EN Ml ENTORNO, ESTOY PREPARADOPARA CUMPLIR MI DESTINO</style>. L<style name="versalita">O PRIMERO QUE HARE SERÁ RECONSTRUIR LA FUNDACION, QUE TENDRÁ FORMA TRIANGULAR</style>. E<style name="versalita">SPERARÉ CON IMPACIENCIA EL DIA EN QUE ME NOMBREN REY, QUE SERÁ EL MISMO DE MI BODA CON </style>M<style name="versalita">ETÁFORA, QUE SE OFICIARÁ EN EL MONASTERIO DE </style>M<style name="versalita">ONTE </style>F<style name="versalita">ER</style>. T<style name="versalita">ODOS LOS MIEMBROS DEL COMITÉ QUE NOS APOYAN Y VELAN POR NOSOTROS SE OCUPARÁN DE TODO</style>. M<style name="versalita">E HAN ASEGURADO QUE LA TRAMA DE CONSPIRADORES HA SIDO ANIQUILADA</style>. P<style name="versalita">ARECE QUE LOS ARCHIVOS PERSONALES DE </style>D<style name="versalita">EMETRIO HAN PUES TO AL DESCUBIERTO CASI TODOS LOS NOMBRES DE LOS INVOLUCRADOS</style>. D<style name="versalita">EL </style>H<style name="versalita">IERRO SE HA MARCHADO DE </style>F<style name="versalita">ÉRENIX UN DIA ANTES DEQUE SE DICTARA SU DETENCION</style>. L<style name="versalita">O MEJOR DE TODO ES QUE SOMBRA ME IIA ASEGURADO QUE NUESTRO HIJO NACERÁ VIVO</style>. S<style name="versalita">I ES UNA NIÑA LA LLAMAREMOS </style>A<style name="versalita">LEXIA, Y SI ES CHICO LE PONDREMOS </style>A<style name="versalita">RTURO</style>. E<style name="versalita">N CUALQUIER CASO, CONTARÁ CON LA PROTECCIÓN DE </style>A<style name="versalita">DRAGON</style>. L<style name="versalita">OS MIEMBROS DE LA FAMILIA </style>A<style name="versalita">DRAGON EMPEÑAREMOS NUESTRA VIDA EN REALIZAR EL SUENO DE </style>A<style name="versalita">RQUIMAES E INTENTAREMOS CREAR UN REINO DE JUSTICIA</style>. H<style name="versalita">E DEJADO MUCHAS COSAS ATRAS, COMO A MIS SUENOS AMIGOS </style>P<style name="versalita">ATACOJA, </style>A<style name="versalita">DELA, </style>E<style name="versalita">SCORIA...</style> S<style name="versalita">É QUE NO PASARÁ UN DIA SIN QUE ME ACUERDE DE ELLOS</style>. H<style name="versalita">AN DEJADO EN MI CORAZON UN VACÍO QUE NO PODRE LLENAR</style>. H<style name="versalita">ARÉ TODO LO POSIBLE POR SACAR A MI ABUELO DE LA CLINICA PARA QUE VENGA A VIVIR CON NOSOTROS E INTENTARÉ HACER LAS PACES CON PAPÁ</style>. O<style name="versalita">JALA ELLOS TAMBIEN SE RECONCILIEN</style>. E<style name="versalita">STOY TRANQUILO PORQUE SÉ QUE AHÍ ABAJO MI MADRE ME CUIDA Y PORQUE HAY ALGO QUE NOS PROTEJE DE FUTUROS PELIGROS</style>. A<style name="versalita">DEMÁS DE <i>SOMBRA</i>, QUE PERMANECERÁ A NUESTRO LADO DURANTE MUCHO TIEMPO, EL MAYOR PODER QUE EXISTE SOBRE LA TIERRA ESTARA DE NUESTRO LADO</style>. E<style name="versalita">S UN EJÉRCITO INVENCIBLE E INMORTAL</style>. E<style name="versalita">L UNICO EJERCITO QUE CONSIGUE QUE LOS SUEÑOS SE HAGAN REALIDAD</style>. E<style name="versalita">L EJÉRCITO DE LA FANTASÍA Y LA IMAGINACION</style>. ¡GLORIA AL EJÉRCITO NEGRO!</p> <p style="page-break-before: always; line-height: 0%"> </p> <title style="margin-bottom: 2em; page-break-before: avoid; margin-top: 15%"> <p>A<style name="versalita">GRADECIMIENTOS</style></p> </h3> <p>Ahora que hemos llegado al final, quiero enviar un fuerte abrazo a todos los que me han ayudado a sacar esta obra adelante. Su generosa actitud está grabada en mi corazón.</p> <p>A Roberto Mangas, Daniel Ortiz, Isabel García, Marcelo Pérez y todos los demás, porque siempre estarán unidos a este ejército de tinta.</p> <p>Al equipo editorial y de marketing de SM, por su fenomenal trabajo y dedicación.</p> <p>Nunca olvidaré la paciencia y la buena voluntad que unos y otros han demostrado a lo largo de estos años de intenso trabajo.</p> <p>Gracias a todos.</p> <p>Que el espíritu de Adragón os guíe.</p> <p style="margin-top: 2em; margin-bottom: 2em; text-align: center; text-indent: 0em; font-size: 150%; font-weight: bold; hyphenate: none">FIN</p> <!-- bodyarray --> </div> </div> </section> </main> <footer> <div class="container"> <div class="footer-block"> <div>© <a href="">www.you-books.com</a>. Free fb2 and epub library</div> <div> <ul wire:id="OrRsDZC4R516ffdzZ7nT" wire:initial-data="{"fingerprint":{"id":"OrRsDZC4R516ffdzZ7nT","name":"elements.menu","locale":"en","path":"book\/S-Garcia-Clairac\/El-Reino-De-La-Luz","method":"GET","v":"acj"},"effects":{"listeners":[]},"serverMemo":{"children":[],"errors":[],"htmlHash":"700fed0d","data":{"class":"footer-list"},"dataMeta":[],"checksum":"10f25815758adc731d94c24bf3991678486361cdf73c93067d317486b33592b1"}}" class="footer-list"> <li class="active"><a href="/">Home</a></li> <li><a href="/addbook">Add book</a></li> <li><a href="/contact">Contacts</a></li> <li><a href="/privacy-policy">Privacy policy</a></li> <li><a href="/terms-of-use">Terms of Use</a></li> </ul> <!-- Livewire Component wire-end:OrRsDZC4R516ffdzZ7nT --> </div> <div> <!-- MyCounter v.2.0 --> <script type="text/javascript"><!-- my_id = 144773; my_width = 88; my_height = 41; my_alt = "MyCounter"; //--></script> <script type="text/javascript" src="https://get.mycounter.ua/counter2.2.js"> </script><noscript> <a target="_blank" rel="nofollow" href="https://mycounter.ua/"><img src="https://get.mycounter.ua/counter.php?id=144773" title="MyCounter" alt="MyCounter" width="88" height="41" border="0" /></a></noscript> <!--/ MyCounter --> </div> </div> </div> </footer> <!--THEME TOGGLE--> <!--./THEME TOGGLE--> <script src="/reader/js/vendor/modernizr-3.11.7.min.js"></script> <script src="/reader/js/vendor/jquery-3.6.0.min.js"></script> <script src="/reader/js/vendor/jquery-migrate-3.3.2.min.js"></script> <script src="/reader/js/vendor/bootstrap.min.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/slick.min.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/countdown.min.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/jquery-ui.min.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/jquery.zoom.min.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/jquery.magnific-popup.min.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/counterup.min.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/scrollup.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/jquery.nice-select.js"></script> <script src="/reader/js/plugins/ajax.mail.js"></script> <!-- Activation JS --> <script src="/reader/js/active.js"></script> <script src="/livewire/livewire.js?id=90730a3b0e7144480175" data-turbo-eval="false" data-turbolinks-eval="false" ></script><script data-turbo-eval="false" data-turbolinks-eval="false" >window.livewire = new Livewire();window.Livewire = window.livewire;window.livewire_app_url = '';window.livewire_token = 'ZfAN5VpF5ZUqyP5pCB2UlnZy1HbEwsLbLgdg8DZQ';window.deferLoadingAlpine = function (callback) {window.addEventListener('livewire:load', function () {callback();});};let started = false;window.addEventListener('alpine:initializing', function () {if (! started) {window.livewire.start();started = true;}});document.addEventListener("DOMContentLoaded", function () {if (! started) {window.livewire.start();started = true;}});</script> <script> document.addEventListener('DOMContentLoaded', () => { this.livewire.hook('message.sent', (message,component) => { //console.log(message.updateQueue[0].method); $('#mainloader').show(); } ) this.livewire.hook('message.processed', (message, component) => { //console.log(message.updateQueue[0].method); //console.log(component.listeners); setTimeout(function() { $('#mainloader').hide(); }, 500); }) }); window.addEventListener('cngcolortheme',event=>{ document.documentElement.setAttribute('data-theme', event.detail.message) }); </script> <script> function setdownload(catalogid,bookformat,bookletter,transliterauthor,transliterbook) { Livewire.emit('setDownloadValue', catalogid,bookformat,bookletter,transliterauthor,transliterbook); } window.addEventListener('todownloadpage',event=>{ document.getElementById("downloadhref").click(); }); </script> </body> </html>