

Paul C. Doherty
La caza del Diablo
Nº 10 Serie Hugo Corbett
A mis queridos
Ekene, Ebele y Víctor Jr.
y a sus padres
Víctor y Christine Ikwuemesi.
Prólogo
¡Una muerte súbita y brutal -había proclamado el padre Ambrosio, párroco de la iglesia de Iffley- caerá como una trampa sobre cada uno de los hombres que viven en la tierra del Señor!
Piers, un joven labrador, apoyado contra un pilar de la iglesia parroquial, había escuchado el sermón medio dormido o lanzando miradas lascivas con sus ojos ardientes a Edigha, la hija del herrero. Al fin, más tarde aquel mismo sábado, iba a satisfacer los deseos de su corazón. Se encontró con Edigha, la de cabellos dorados junto al pozo del pueblo. Salieron a hurtadillas de la aldea, bajaron por el camino trillado, pasaron de largo las horcas y se adentraron en los campos de trigo maduro. Edigha soltó una risita y tiró de la mano de Piers.
– No debería ir -le susurró. Sus ojos azules brillaban de alegría-. Mi padre me espera.
– Tu padre estará apagando las cenizas en la herrería -sonrió Piers mostrando su dentadura mellada-. Mientras, las llamas de mi vientre, Edigha, mi amor, arden de deseos por ti.
Pronunció aquellas palabras con orgullo, repitiendo lo que había oído decir a unos juglares errabundos a una mozuela en la taberna de la Cabeza del Cabrío después de arar los campos el lunes pasado. El discurso breve pero elocuente de Piers obtuvo el efecto deseado. Edigha soltó de nuevo una risita y siguió adelante dando brincos a su lado. Con las cabezas juntas e inclinadas atravesaron el mar ondulante de trigo. Los conejos y ratones, alarmados por su proximidad, corrieron a esconderse, mientras sobre sus cabezas salían disparadas como flechas algunas palomas de los bosques ante la sombra amenazadora de un halcón. Piers se detuvo y levantó la cabeza para mirarlas. Por alguna extraña razón recordó las palabras del padre Ambrosio: el halcón permanecía suspendido en el cielo azul, inmóvil, esperando, vigilando antes de arrojarse sobre su víctima. Un escalofrío recorrió a Piers.
– ¿Qué te pasa? -preguntó Edigha apretujándose contra él-. ¿Se te han apagado los fuegos? -insistió rodeándole con los brazos la cintura y dejando caer una de sus manos a la altura de su entrepierna-. Hemos de volver antes de que anochezca -le susurró.
Piers contempló cómo el sol se ponía en forma de una maravillosa bola de fuego que iluminaba el cielo con destellos de un rojo encendido. Se volvió, la brisa le acarició la frente y dirigió la mirada hacia el bosquecillo.
– Algo marcha mal -musitó-. Todo está tan silencioso…
– Me estás asustando -replicó Edigha en tono burlón, aunque comprendió su preocupación.
Había deseado aquella cita con Piers, pero ahora, allí fuera al descubierto, con el trigo que a su alrededor mecía aquel viento susurrante, no estaba tan segura. Dirigió la mirada hacia los árboles; debía de estar muy oscuro y haría frío allí dentro. Se le hizo un nudo en el estómago al darse cuenta de que tendrían que regresar por el mismo camino. Si alguien los viera, la Cabeza del Cabrío y los alrededores del pozo del pueblo se llenarían de comentarios y habladurías durante las próximas semanas.
– ¿Podemos volver por la carretera? -preguntó.
– Nos verían -contestó Piers cogiéndola de la mano.
Se disponía a echar a correr cuando recordó aquellas historias macabras: Ralph, el juez local, de pie en la taberna con un pichel en la mano, describió en voz baja los cadáveres decapitados que habían encontrado en los bosques que rodeaban a la ciudad.
– Sangraban como si fueran cochinos degollados -contó Ralph-. La sangre les salía a borbotones como el vino se desparrama al romperse una jarra: las cabezas pendían de su propia cabellera atada a las ramas de un árbol-. Ralph levantó un dedo amenazador-. ¡Son esos malditos perdidos! -vociferó-. Esos supuestos estudiantes de la ciudad con sus aires de grandeza.
Todo el mundo asintió. Oxford era una ciudad extraña; una ciudad con sus propios derechos y privilegios, con olores y vistas muy peculiares. De hecho, todas las ciudades estaban ya lo suficientemente corrompidas por sus comerciantes engreídos y sus taimados vendedores, pero Oxford, con sus estudiantes (muchos de ellos, extranjeros procedentes de otras regiones e incluso de países al otro lado del mar), era peor que Sodoma y Gomorra, o por lo menos eso decía el padre Ambrosio. La voz de aquellos estudiantes parecía imitar el trino de los pájaros y ataviados con sus llamativas vestimentas eran en realidad la viva encarnación del demonio. De vez en cuando algunos se dejaban caer por Iffley, exhibiéndose como pavos reales, con sus espadas y cuchillos bien sujetos al cinto. Echaban el ojo a las muchachas y se fijaban en cualquier cosa que pudieran hurtar. Y, por supuesto, aquellos mismos estudiantes eran los culpables de los horripilantes cadáveres que se habían encontrado en las afueras de la ciudad.
– Si desean cometer crímenes tan horribles -gruñó Bartholomeu, el molinero-, que lo hagan dentro de sus propias murallas.
– Pero ¿por qué? -intervino el padre Ambrosio-. He oído que los cadáveres pertenecían a unos mendigos. Hay quien dice que los utilizaron -su voz se había convertido en un débil susurro- para salvajes ritos satánicos.
– ¡Piers! ¡Piers!
El chico salió de su ensimismamiento. Edigha jugueteaba con uno de los cordones de su corpiño y las llamas del deseo volvieron a encenderse en su vientre.
– ¡Vamos! -susurró con voz apagada. Acarició lentamente su generosa pechera, recorriendo su cuerpo con los dedos hasta llegar a su delgada cintura. La atrajo hacia sí-. Eres irresistible.
– ¿Acaso no voy a ser tu mujer? -preguntó con exigencia sin apartar sus ojos azules de los de él-. Eso fue lo que dijiste. Podrás tenerme cuando sea tu esposa. ¿Y si nos casamos antes de la festividad de Todos los Santos?
Piers se detuvo para besarla pero luego dio un respingo y echó la cabeza hacia atrás mientras alzaba la vista. Una gota de sangre le había salpicado en la frente. Vio caer una pluma: el halcón se había decidido a dar caza a su presa. Piers no esperó más; Edigha podía cambiar de opinión. Echaron a correr entre el trigo, parándose de vez en cuando para abrazarse y besarse. Los dedos sudorosos de Piers se colaron en el corpiño de Edigha y desataron los cordones. Por fin llegaron al bosque y se adentraron en su verde y fría oscuridad. Piers tiró a Edigha al suelo y la apresó con su cuerpo. Ella reía y se resistía, hasta que pudo liberarse y salir corriendo. Piers soltó un suspiro. Las chicas siempre hacían lo mismo, convertían el cortejo en una falsa cacería. Piers se puso en pie, corrió tras ella y por fin le dio caza en un pequeño claro. Suspiró con satisfacción: el cabello de Edigha se había soltado y le resbalaba por los hombros: una mata de oro le caía a ambos lados de la cara sonrojada y sudorosa; sus ojos azules brillaban como nunca. La cogió de la mano, la atrajo hacia sí y juntos pasearon entre los árboles. Empezó a besarla, saboreando el dulce olor de su piel, lamiendo el sudor que envolvía su garganta. De repente, Edigha se quedó paralizada. Lo apartó de su lado y retrocedió, con la mirada fija en algo que había detrás de él. El rostro de Edigha había palidecido. Entornó los ojos, incapaz de hacer otra cosa que abrir y cerrar la boca presa del pánico, mientras unos extraños balbuceos salían del fondo de su garganta.
– ¿Qué te pasa, cariño?, ¿qué sucede?
Edigha apenas pudo señalar con la mano. Piers se volvió lentamente como si supiera lo que iba a encontrarse. Al principio no vio nada extraño, pero luego alzó la vista. De un viejo roble sobresalía una rama como una lanza y de su extremo, atada con su propia cabellera, colgaba una cabeza cortada. Piers dio un paso al frente: los ojos estaban entornados; los grises carrillos, hundidos; la boca, muy abierta, llena de sangre como la de un animal degollado. El cuello tenía un corte desigual, todavía cubierto de sangre. Piers sintió que la boca se le secaba. Empezaron a temblarle las piernas. Edigha le tiró de la mano, dieron media vuelta y huyeron despavoridos del terror de los bosques.
* * *
En Sparrow Hall, cerca de Turl Street, en Oxford, la muerte también había caído como una trampa. Ascham, el archivero, sabía que iba a morir. Yacía en el suelo, con las piernas retorcidas por el dolor y la boca abierta, incapaz de pronunciar sonido alguno. Intentó forzar un grito, pero sabía que sería inútil. Nadie podía oírle; las puertas y las ventanas estaban cerradas. La muerte le había llegado cortando el aire: la ballesta le había alcanzado de lleno en el pecho.
Ascham sabía que se estaba muriendo. Pudo saborear el gusto salado mezclado con el hierro de la sangre que salía a borbotones del fondo de su garganta. Punzadas de dolor recorrieron su cuerpo. Cerró los ojos, susurrando las palabras del confíteor, buscando la absolución del Señor: «Oh, Dios mío, me arrepiento sinceramente de estos y todos los pecados que cometí en mi juventud…». Su mente empezó a divagar a pesar de que su cuerpo se estremecía de dolor. Le vinieron imágenes del pasado: su madre inclinándose sobre él, el griterío de su hermano, sus primeros días en Oxford, llenos de júbilo y vitalidad…, la joven a la que conoció y con la que se habría casado, sus ojos llenos de tristeza y la boca húmeda cuando dio media vuelta y se marchó; Henry Braose, su gran amigo, estudiante, soldado y fundador del propio Sparrow Hall, donde en ese momento yacía moribundo. ¡Cuánta maldad había ahora! Resentimiento, rabia y odio. El campanero de la muerte, al igual que proclamaba a los reos del patíbulo que les había llegado su hora, estaba anunciando la maldad del Diablo, intentando destrozar todo lo que Henry había construido.
Ascham abrió los ojos. La biblioteca estaba a oscuras. Intentó de nuevo gritar, pero el sonido murió en sus labios. La vela, parpadeando bajo su capucha de metal sobre la mesa, irradiaba un poco de luz, y Ascham pudo entrever el trozo de pergamino que el asesino había lanzado sobre la mesa. Ascham se dio cuenta de la causa de su muerte: había descubierto la verdad, pero había sido un estúpido al comentar sus hallazgos. ¡Si por lo menos tuviera algo con que escribir! Se llevó la mano al pecho apretándose la herida, que no dejaba de sangrar. Las lágrimas inundaron sus ojos y, conteniendo el dolor, se arrastró por el suelo en dirección a la mesa. Cogió el pergamino casi sin fuerzas y se levantó con cuidado para grabar unas letras, pero empezó a sentir que la luz se iba apagando. Dejó de notarse las piernas, que se endurecieron como barras de hierro.
– Se acabó -susurró-. Ay, Jesús…
Ascham cerró los ojos, tosió y murió mientras la sangre salía a borbotones de sus labios.
Capítulo I
El proscrito, de pie en la carreta que hacía de cadalso, movió la cabeza mientras la cuerda que le apretaba el cuello le abrasaba la piel. Carraspeó, escupió y lanzó una mirada desafiadora a sir Hugo Corbett, antiguo escribano y guardián del Sello Secreto, así como dueño del poderoso feudo de Leighton, en Essex. A su lado se encontraba el hombre que había dado caza al criminal, le había atrapado y traído al tribunal de la corte de sir Hugo Corbett: Ranulfo-atte-Newgate, también antiguo escribano de la cancillería del Sello Verde, guardaespaldas, administrador y secretario de confianza de Corbett. El proscrito se humedeció los labios agrietados y miró con odio a Ranulfo.
– ¡Vamos, venga, bastardo pelirrojo! -gritó-. ¡Colgadme o dejadme ir!
Corbett adelantó su caballo.
– Boso Deverell, sois un proscrito, un forajido, un ladrón y un asesino. Habéis sido juzgado culpable, y sentenciado a la horca.
– ¡Al diablo! -contestó Boso.
Corbett se pasó los dedos por el cabello: miró al padre Luke, el capellán del pueblo, que permanecía de pie al lado de la carreta.
– ¿Le habéis bendecido, padre?
– No ha querido -replicó con la cara cubierta de polvo y una mirada dura, llena de rabia.
El padre Luke alzó la vista hacia el señor del feudo, estudió el rostro cetrino y recién afeitado de Corbett, su cabello negro surcado por algunas canas, la nariz afilada encima de los labios, y sostuvo su mirada: conocía a aquel escribano, sabía que era duro por fuera pero blando por dentro.
– ¿Vais a perdonarle, sir Hugo? -le susurró-, ¿o a rebajar su castigo? -El cura había agarrado las riendas del ruano de Corbett-. Mató a dos mujeres -añadió en voz baja-. Las violó y luego las abrió en canal como si fueran gallinas.
Corbett asintió y tragó saliva.
– Y eso sólo es el principio -continuó el cura implacable-. También es responsable de otras muertes. -El padre Luke señaló a los pocos ciudadanos que se habían reunido justo después del amanecer para ser testigos de que se hacía real justicia-. Si mostráis piedad -declaró el padre, su mano en la rodilla de Corbett-, todos los forajidos -señaló con dramatismo hacia el bosque-, todos los forajidos lo sabrán. -Los ojos del cura se llenaron de lágrimas-. No quiero enterrar a ningún otro miembro de mi congregación. No quiero volver a comunicar a maridos, padres o amantes que sus mujeres han sido violadas antes de que les abrieran la garganta. ¡Colgadlo!
– ¿Tanto deseáis su muerte? -preguntó Corbett sin apartar la mirada de la de Boso.
– El Señor la desea -el padre Luke se volvió hacia el proscrito-. ¿Estáis preparado para morir, Boso?
El proscrito tosió, echó la cabeza hacia atrás y acto seguido soltó un escupitajo que le alcanzó al padre en la mejilla. Ranulfo adelantó su caballo.
– ¿A cuántos habéis matado, Boso?
– A más de los que vos nunca sabréis. -Deverell clavó su mirada esta vez en Corbett-. Es una pena que estuvierais en casa, señor de las tierras. De otro modo, me hubiera acercado a hacerle una visita a esa mujer de cabellos dorados que tenéis.
Corbett levantó la cabeza de su caballo. Echó una ojeada a los ciudadanos, a sus rostros bronceados y mugrientos de expresión pasiva; sus secretarios y administradores se mantenían un tanto alejados de ellos. Corbett desenvainó la espada y la sostuvo en alto, agarrando con fuerza la guarda.
– Yo, sir Hugo Corbett, súbdito leal de su majestad el rey, señor del feudo de Leighton, por el poder que se me ha concedido del hacha, la cuerda y la carreta os sentencio a vos, Boso Deverell, a morir en la horca por los diversos y horribles crímenes de asesinato, violación y hurto que habéis cometido.
A medida que Corbett pronunciaba la sentencia de muerte, un extraño silencio descendió sobre la encrucijada; incluso los pájaros en los árboles y los grajos revoloteando en las horcas se quedaron en silencio. Corbett miró al padre.
– Padre, rezad una oración. ¡Ranulfo, colgadlo!
Corbett hizo avanzar a su caballo, tomó el camino de vuelta y esperó en la curva detrás de una hilera de árboles. Cerró los ojos, agarrando con fuerza el pomo de su montura. Escuchó el crujido de las ruedas y el murmullo aprobatorio que lo siguió.
– ¡Que Dios se apiade de él! -susurró Corbett.
¡Odiaba los ahorcamientos! Sabía que Boso tenía que morir, pero le traían malos recuerdos: los bosques empapados de lluvia de Escocia repletos de cadáveres colgando mientras las tropas aplastaban a los rebeldes escoceses guiados por Wallace; campos devorados por las llamas; pueblos cubiertos por una espesa cortina de humo; pozos obturados por cadáveres; mujeres y niños muriendo en los fosos…
– ¡Gracias a Dios! -suspiró Corbett-. Gracias a Dios que no estoy allí.
– Ya está.
Corbett abrió los ojos y vio a Ranulfo-atte-Newgate con el cabello largo y pelirrojo oculto en una capucha. Su rostro pálido y solemne reflejaba a través de sus ojos verdes el fin de una tarea bien hecha.
– Se acabó, amo. Boso se ha ido al infierno. El padre Luke está contento y también los ciudadanos. -Ranulfo se enderezó en su montura y escudriñó entre las ramas que sobresalían de los árboles-. Al anochecer las noticias volarán por todo Epping. Los otros forajidos aprenderán a dejar Leighton en paz. Pero, vos, ¿mantendréis vuestra promesa, amo?
Corbett cogió los guanteletes de su cinturón y se los puso.
– Sí, mantendré mi promesa, Ranulfo. Dentro de una semana enviaré a una comisión de Array. Podrás atrapar a todo hombre que viva oculto en los bosques y dar caza a los seguidores de Boso.
Ranulfo sonrió.
– ¿Estás aburrido? -le preguntó Corbett.
La sonrisa desapareció del rostro de Ranulfo.
– Amo, ya han pasado tres meses desde que dejasteis el servicio real. El rey os ha escrito cinco veces -Ranulfo vio el parpadeo de preocupación en el rostro de su amo-. Pero sí, me aburro -añadió sin dilación-. Me gusta ser escribano real, amo, y estar ocupado en los asuntos de su majestad.
– ¿Como en Escocia? -preguntó Corbett con severidad.
– Se trataba de una guerra, de luchar contra los enemigos del rey por tierra y mar. Hicimos un juramento.
Corbett estudió a Ranulfo, su fiel secuaz había dejado de ser un joven imberbe para convertirse en un escribano muy ambicioso. Sacado de los barrios bajos de Londres, Ranulfo se había reformado y ahora sabía francés, latín y conocía el arte de redactar y sellar correspondencia. En realidad, Ranulfo odiaba el campo, aborrecía la vida rural y se encontraba cada vez más descontento. Corbett acabó de ponerse los guantes con cuidado.
– Podría escribir algunas cartas -se ofreció-. El Rey volverá a admitir tus servicios. Podrías ostentar el alto oficio, Ranulfo.
– ¡No digáis estupideces!
Corbett sonrió. Se inclinó y agarró a Ranulfo por la muñeca.
– Cuando las tropas del rey saquearon Dundee -añadió-, vi el cadáver de una mujer con un niño entre sus brazos que no tendría más de tres años. ¡Por el amor de Dios, Ranulfo!, ¿cómo iban a ser enemigos del rey?
– Entonces, ¿pensáis que el rey debería retirarse y abandonar su lucha por Escocia? -Ranulfo se echó hacia atrás la capucha y se rascó la cabeza-. Algunos de los justicieros del rey podrían considerar vuestras palabras traición.
– Sólo creo que existe un camino mejor -replicó Corbett-. La guerra ha dejado secas las arcas. Wallace todavía está al frente de la rebelión: el rey debería sentarse a negociar.
– ¿Y por qué no se lo decís al rey? -propuso Ranulfo-. ¿Por qué no volvéis a su servicio? Dejadle claro que haríais lo que fuera menos librar una guerra contra Escocia.
– Ahora el que dice estupideces eres tú -Corbett agarró las riendas de su caballo-. Ya sabes, Ranulfo, que donde va el rey, va su escribano de confianza y no hay más que hablar.
Corbett animó a su caballo a continuar. Ranulfo maldijo por lo bajo, se volvió a colocar la capucha y le siguió.
Apenas estaban llegando a las puertas de entrada del feudo cuando Corbett presintió que algo no andaba bien. Un techador, con un puñado de paja en la espalda, apareció en un lado del camino dando gritos y señalando el sendero que llevaba a la casa. Corbett aceleró el trote. De repente apareció de la nada una figura dando brincos y haciendo señas con la mano. Corbett tiró en seco de las riendas y se quedó mirando al señor de los caballos, Ralph Maltote, que lo sabía todo acerca de esos animales pero muy poco sobre la naturaleza humana. El rostro redondo y aniñado de Maltote se veía acalorado y sudoroso. Respiró hondo y agarró las riendas del caballo de Corbett.
– Oh, no me digas que está pariendo otra yegua -refunfuñó Ranulfo-. Es lo único que consigue emocionarte, Maltote.
– Es el rey. -Maltote se limpió la boca con la palma de la mano-. Sir Hugo, es el rey. Está aquí con los condes de Surrey y Lincoln y otros. Lady Maeve los está entreteniendo. Ella me envió a buscaros.
Corbett se inclinó y le dio unas palmaditas en el hombro.
– Bueno, por lo menos no se trata de una yegua pariendo, Maltote. Eso sería demasiada emoción para un solo día.
Corbett se adelantó al galope, con Maltote corriendo detrás de él. Doblaron la curva del camino y se detuvieron: el amplio sendero de guijarros que llevaba a la puerta principal del feudo estaba abarrotado de soldados, criados, caballeros con banderas, todos vestidos con los trajes llamativos del rey Eduardo de Inglaterra. Los caballos no hacían más que moverse bajo las ondulantes banderas y pendones con la insignia de los feroces leopardos dorados de los Plantagenet, cuartelados para exhibir las armas de Inglaterra, Francia, Escocia e Irlanda. Chambelanes y oficiales de la casa real daban voces intentando imponer orden. Los caballos de carga estaban sin trabar; las carretas y carros cubiertos, arrinconados en cualquier parte.
– Allí donde va el rey Eduardo -suspiró Corbett- se implanta el caos. -Desmontó, pasándole las riendas de su caballo a Maltote-. Ranulfo, será mejor que te unas a nosotros.
Se dirigió hacia la casa, abriéndose paso entre la bulliciosa multitud. De vez en cuando alguno de los caballeros le miraba y le saludaba, y Corbett le respondía. Subió las escaleras y atravesó la puerta medio abierta. Su hija pequeña Eleanor estaba allí, dando brincos como un saltamontes. Era la viva imagen de Maeve, con sus cabellos dorados recogidos en trenzas sobre los hombros. El rostro de la pequeña resplandecía de alegría mientras agarraba una muñeca con fuerza entre los brazos, un regalo del rey.
– ¡Mira, mira! -Se acercó bailando al lado de Corbett-. ¡Mira, una muneca!
Corbett se arrodilló.
– Eleanor, estate quieta.
Pero la niña no dejaba de saltar de alegría entre sus brazos apretujando la carita pegajosa y acalorada contra la suya.
– ¡Es una muneca, es una muneca!
Corbett contempló el costoso juguete ataviado con suave tafetán.
– Sí, tienes razón -suspiró cogiendo la mano de su hija-. Es una muneca y me recuerda a las damas de la corte del rey Eduardo. -Alzó la vista hacia la niñera, que permanecía inmóvil cerca de ellos-. Llevadla a un sitio seguro -le susurró-. Y tened cuidado con los soldados. -Sonrió ante la perplejidad del rostro bronceado de la joven-. Más de uno podría ofrecerse a besaros, Beatriz -le murmuró-, pero si habéis sobrevivido a Ranulfo…
Corbett reconoció esta vez la expresión de los ojos de la joven, que lanzó una mirada furibunda a Ranulfo.
– Sí, ahora sí creo que me habéis entendido -afirmó Corbett-. ¿Y lady Maeve?
Beatriz señaló la puerta, ahora resguardada por dos soldados con las espadas desenvainadas. Corbett se dirigió al encuentro de su esposa; los soldados abrieron la puerta y entró en el salón principal. Justo al otro lado de la puerta se apiñaba un grupo de caballeros y oficiales reales. Corbett se detuvo a saludarlos.
– Sir Hugo.
Un escribano de cabellos despeinados y con manchas de tinta se abrió paso hasta llegar a él. Corbett estrechó la mano de Simón, uno de los escribanos de confianza del rey. Simón movió la cabeza hacia el estrado donde estaban sentados el rey y dos condes que, sin percatarse de su llegada, seguían haciendo la corte a lady Maeve.
– Me alegro de veros, sir Hugo. -Simón se humedeció los labios-. El rey está de buen humor: le han llegado buenas noticias de Escocia. Pero la pierna le duele y todavía se resiente del golpe que se dio al romperse una costilla. Su humor es tan variable como el tiempo.
– Entonces, por lo que veo, no ha cambiado mucho.
Corbett se abrió paso hasta llegar al otro lado del salón. En la mesa que había sobre el estrado, tres hombres de cabellos grises vestidos con ropas sucias tras el viaje, con sus capas colgando de forma arrogante a su alrededor, sólo tenían ojos para Maeve. Ella permanecía sentada como una reina en la silla de Corbett. Llevaba el cabello recogido con elegancia bajo un griñón de incrustaciones; su rostro, pálido como el marfil, se había ruborizado ligeramente mientras escuchaba algunas de las historias de Henry de Lacey, conde de Lincoln. A su otro lado, el rey Eduardo animaba a de Lacey a continuar.
– ¡Vamos, Henry! -instó el rey aporreando la mesa-. ¡Contadle lo que le dijo el fraile a la abadesa!
– ¡Señor! -gritó Corbett-. Supongo que no estaréis corrompiendo a mi esposa con una de vuestras batallitas.
El rey se volvió; Maeve alzó la mirada.
«Es tan hermosa», pensó Corbett. Vio cómo la mano de su mujer reposaba en su vientre en estado; sus dedos recorrían el cordón dorado que apretaba su cintura.
– ¡Hugo! -exclamó, e hizo el ademán de levantarse, pero el rey le forzó amablemente a sentarse de nuevo.
– Deberíais haber estado aquí, Corbett.
El rey se levantó y estiró su cuerpo enorme y rollizo, apartándose los mechones canosos que le caían por la cara.
«Parece más viejo», apreció Corbett. El rostro del rey se había vuelto gris, como cubierto por una película de polvo; tenía la barba y el bigote descuidados. Los ojos, de párpados pesados, parecían colgarle todavía más, como si el rey quisiera proteger su alma de cualquier hombre que le mirara de frente. Corbett le hizo una reverencia.
– Señor, si hubiera sabido que veníais…
– Envié a un maldito mensajero -declaró el rey echando una ojeada a sus criados al fondo de la sala.
– Señor, nunca llegó.
– Entonces el muy bastardo se debe de haber perdido -el rey se limpió las manos en su toga-, o tal vez esté en alguna taberna con cualquier mujerzuela. Como vos, ¿eh, Ranulfo? -El rey forzó una sonrisa y el joven se acercó a la mesa-. He estado flirteando con vuestra esposa, Corbett. Si no estuviera casada, os mataría y la convertiría en la mía.
– Entonces dos buenos hombres morirían violentamente -replicó Maeve con frialdad detrás de él.
El rey Eduardo se limitó a sonreír maliciosamente y le tendió la mano a Corbett para que se la besara. Hugo se arrodilló y el rey apretó la mano contra su boca, arañando así los labios del escribano.
– No había ninguna necesidad de hacer eso -musitó Corbett mientras se levantaba.
– Os he echado de menos -siseó el rey, inclinándose sobre él-. ¡Ranulfo!
De nuevo tendió la mano. Ranulfo besó el anillo con rapidez y dio un paso hacia atrás antes de que el rey pudiera hacerle daño. El rey observó la rabia en los ojos de Corbett. Se bajó del estrado y le rodeó con el brazo, forzándole a caminar por la sala.
– Os he echado de menos, Corbett. -Su brazo le rodeó con más fuerza, apretujando todavía más a Hugo, que pudo notar el olor nauseabundo a sudor y piel de las ropas del rey-. Os he enviado algunas cartas, pero no habéis contestado. Os invito a reuniones del consejo pero no asistís a ninguna. Sois un bastardo testarudo. -Los dedos del rey Eduardo se clavaron en los hombros de Corbett.
– ¿Qué vais a hacer, majestad? -preguntó su escribano de mayor confianza-, ¿hablar conmigo o estrangularme?
El rey Eduardo esbozó una sonrisa y dejó caer la mano. Se disponía a hablar justo en el momento en que se abrió la puerta de par en par y el tío Morgan ap Llewellyn, vestido de un ridículo verde Lincoln, con una capa marrón militar arremolinada a su alrededor, hizo acto de presencia en la estancia, haciendo resonar las espuelas de sus botas en el suelo. Una de las espuelas se enganchó en las esteras. El tío Morgan se tropezó y Corbett tuvo que morderse los labios para no estallar de risa.
– ¡Malditas esteras! -exclamó Morgan, y acto seguido empezó a dar puntapiés a la alfombra. Tenía la cara sucia y los lamparones de sudor se dibujaban claramente en su camiseta a la altura del pecho. Se quitó la capa y la arrojó sobre la mesa-. Hugo, ¿no podéis permitiros esas alfombras turcas…?
Morgan de repente se dio cuenta de quién estaba en la sala. A punto estuvo de arrojarse encima del rey cuando se arrodilló echándose hacia atrás su cabello empapado de sudor.
– Señor, no sabía que estabais aquí -se disculpó el galés-. Estaba fuera, de caza…
El rey Eduardo cogió la mano de Morgan, le hizo ponerse en pie y le abrazó.
– Me hubiera gustado acompañaros. -El rey besó a Morgan en las mejillas; luego lo apartó-. Estos perros jóvenes no son tan buenos cazadores como nosotros, Morgan. ¡Son cada vez más blandos!
Corbett cerró los ojos y se armó de paciencia. El rey, como era habitual, era amable con quienes necesitaba serlo. Ahora daría pie a que Morgan se pusiera a hablar y empezara con su famosa cantinela sobre lo blando que Corbett y el resto de la gente se habían vuelto.
– Eso es lo que yo digo, señor -Morgan levantó un dedo. Su rostro rubicundo y alegre esbozó su sonrisa habitual-. Demasiado blandos, no como en Gales, ¿eh, señor? Cuando nos dábamos caza el uno al otro.
«Por favor, Dios mío -rezó Corbett-. Por favor, no dejes que empiece de nuevo.»
– Escuchad -dijo el rey cogiendo a Morgan afectuosamente y guiñándole un ojo a Corbett-. Mi séquito está ahí fuera. La mayoría es un hatajo de holgazanes: aseguraos de que tienen algo de comer y beber y enseñadles un poco de disciplina.
El tío de Maeve se levantó, hinchado como un gallito de corral, con la cabeza echada hacia atrás, emocionado por la responsabilidad que acababan de delegarle. Giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta con el paso de un lebrel.
– El bueno de Morgan -añadió el rey con un suspiro.
– El bueno de Morgan -repitió Corbett- es un incordio. Por el día no para de sermonearme; por la noche empieza a beber y a contar a todo el mundo la historia de su vida. -Corbett miró por encima de su hombro, esperando que Maeve no hubiera escuchado su comentario-. Pero es un buen hombre -añadió-. Adora a Maeve y a Eleanor, aunque él y Ranulfo no pueden estarse quietos.
El rey Eduardo pasó su brazo por los hombros de Corbett obligándole a caminar por la sala.
– También es un buen soldado -añadió el rey-, y muy astuto. Luchó con todas sus fuerzas durante muchos años antes de obtener la absolución real. ¡Como tantos otros! Pero ya no queda ninguno -se lamentó-. ¡Ya no queda ninguno, Hugo! Burnell, Peckham, mi hermano, Edmundo…
«Ahora empezará a derramar lágrimas -pensó Corbett-. Se las secará con aflicción y me cogerá del brazo.»
– Estoy solo -se quejó el rey con voz ronca-. Os echo de menos, Hugo.
Se secó las lágrimas y agarró a Corbett por el brazo.
– Tenéis a otros escribanos -replicó Corbett-. Majestad, no podría ir a la guerra otra vez. Todavía tengo pesadillas: tierras convertidas en un mar de fuego, ciudades repletas de mujeres y niños chillando…
Corbett quería pagar al rey con su misma moneda, pero en cambio los ojos del monarca brillaron de alegría.
– La guerra se ha terminado, Hugo. Hemos capturado a Wallace. Los lores escoceses están solicitando la paz. No quiero que vayáis a Escocia: os quiero en Oxford. -El rey se volvió y levantó la vista hacia Warrene y De Lacey, que seguían flirteando con Maeve-. ¿Habéis escuchado las noticias?
– Sí -replicó Corbett-. Un viajero vino la semana pasada trayendo consigo pergamino y vitela. Supongo que os referís a los cadáveres que se han encontrado, a esas traidoras proclamas de alguien que se hace llamar el Campanero.
– Mendigos -interrumpió el rey-, pobres almas caritativas. Muchos de ellos se encuentran en el hospital de San Osyth, cerca de Carfax. Cuatro fueron encontrados decapitados: sus cabezas colgaban como manzanas de las ramas de los árboles.
– ¿En la ciudad?
– No, en las afueras. A veces al norte, a veces al oeste.
– ¿Por qué querría alguien matar a un pobre mendigo? -preguntó Corbett.
Se dio cuenta de que Ranulfo, a petición de Maeve, se había unido al grupo del estrado. Corbett rezó por lo bajo: a Ranulfo le atraía picar a De Warrene como a una abeja la miel, y el viejo conde no era precisamente conocido por sus miradas inocentes o su paciencia.
– No lo sé -replicó el rey-. Aunque la última víctima fue Adam Brakespeare. ¿Os acordáis de Adam, Hugo?
El rey invitó con un gesto a Corbett a que se sentase con él en un banco. El escribano recordó a un hombre delgado como un lebrel, de cabellos leonados y rostro bronceado. Todo un soldado que había luchado con él en Gales. En una ocasión, cuando los esquivos galeses les habían preparado una emboscada, Brakespeare sacó a Corbett de un pantano infernal en medio de una lluvia de flechas.
– Adam era un buen soldado -añadió Corbett mientras jugaba con el anillo de su dedo-. Era uno de vuestros preferidos. Llegaron a correr rumores de que lo nombraríais caballero.
– Cuando la armada galesa se disolvió -replicó el rey-, Adam regresó a casa. Empezó a jugar a lo tonto y lo perdió todo. Se vino abajo, se quedó sin tierras, hasta que se puso enfermo y solicitó la ayuda de la cancillería. Cuando me llegó su petición, Brakespeare acababa de morir. Fue el tercer cadáver que se encontró en las afueras de Oxford.
– ¿Y el Campanero? -preguntó Corbett.
El rostro del rey Eduardo se tensó.
– Ah, sí, el Campanero. -Los labios del rey se fruncieron como los de un perro enojado-. Todo un escritor, nuestro querido Campanero. Emite esas proclamas y cartas suyas desde Sparrow Hall invocando al fantasma de De Montfort. -Elevó su tono de voz, acallando así el parloteo del fondo de la sala.
Corbett se alejó lentamente mientras el rey se recreaba en su propia pesadilla.
– ¡De Montfort! ¡De Montfort! -El puño del monarca aporreó con fuerza la mesa-. ¡Siempre el maldito De Montfort! ¡Pero si está muerto! ¿No pueden entenderlo? Le capturé en Evesham, Hugo. Le corté el brazo en pedacitos. Le vi morir. -Al rey le brotaba espuma de la boca-. No quedó ni rastro de él. -Volvió sus ojos llenos de cólera hacia Hugo-. Le maté, Corbett, a él y a toda su familia de traidores. Hice picadillo su cuerpo y se lo eché a los perros. Y ahora ese bastardo ha vuelto. -Se metió la mano en la toga, sacó un rollo de pergamino y se lo pasó a Corbett-. He amenazado a todo Sparrow Hall -añadió-, a pesar de que fuera fundado por mi buen amigo Braose. O ponen orden en esa casa o yo mismo la cerraré. Envié una carta a Copsale, el regente de la universidad, pero murió mientras dormía. Luego le hice llegar una petición parecida a Ascham, el librero y archivista, y fue asesinado. ¡Acabaré por quemar ese maldito lugar! -juró el rey.
Corbett se entretenía jugando con el pergamino.
– No lo hagáis, majestad -le aconsejó-. No castiguéis sin motivo. Oxford tiene su propia forma de venganza. Creerán que estáis asustado, que intentáis ocultar algo. Además, a pesar de que el Campanero dice que habita en Sparrow Hall, vos no sabéis si es verdad.
El rey agarró la mano de Corbett.
– Volved a ese lugar, Hugo -le suplicó-. Sois mi mejor perro de caza. Id allí y encontradle. Vengad la muerte de Brakespeare. Encontradme al Campanero.
– He abandonado los servicios reales.
El rey sacó de su bolsillo los sellos secretos y el anillo de oficio y los colocó en la mano de Corbett.
– Ahora tenéis una nueva misión. Hacedlo por mí, Hugo. Seré el padrino de vuestro próximo hijo.
Corbett sabía que no podía negarse. El rey había dejado de actuar. Se lo estaba suplicando, y si se negaba, podía volverse vengativo. El tío Morgan, Maeve, Eleanor, Ranulfo y Maltote podrían ser objeto de toda su furia.
– Iré.
– Bien -se pronunció el rey, y colocó su mano pesadamente sobre el hombro de Corbett-. Éste es mi perro de caza, mi mastín avezado. Así es como os llaman, Corbett. ¿Lo sabíais? -La repentina alegría del rey Eduardo se tiñó de un tono malicioso-. Os llaman el perro del rey.
– Soy un súbdito leal del rey -apuntó Corbett.
El rey acercó su cara a la de él. Corbett pudo oler su aliento a vino.
– Lo sé, Hugo. No hay nada de malo en ser un mastín entre un hatajo de perros callejeros. Eso fue lo que les dije. Dirigíos a Oxford y descubrid quién mató a esos pobres mendigos. Recordad, quiero al Campanero. Quiero colgarlo con mis propias manos. -El rey se puso en pie-. Yo me marcharé dentro de una hora, pero Simón se quedará. Ahora sólo espero que el mal nacido de De Warranne no haya acabado de contar mi chiste. ¿Lo conocéis, Hugo? El de la abadesa, el fraile y la caja de higos…
El rey se fue al cabo de una hora entre abrazos, besos y promesas de favores reales. El destacamento real montó a caballo y salió al galope levantando nubes de polvo mientras el rey gritaba que se alojaría en su palacio de Woodstock, «para estudiar de cerca algunos asuntos».
Corbett suspiró aliviado y abrazó a Maeve. Regresaron al salón y pudo romper su ayuno. Luego ordenó que despejaran la sala y se quedaran sólo Maeve, Ranulfo y un Simón de mirada ansiosa.
– ¿Te vas a marchar a Oxford? -preguntó Maeve con aspereza.
– Eso parece.
Simón sonrió con languidez.
– ¡Oh! ¡Gracias a Dios, sir Hugo! Si os hubierais negado, el rey habría montado en cólera. Ayer se pasó todo el día sacando a los escribanos de sus casillas por la más mínima tontería.
– Entonces ¿has aceptado el sello y el anillo? -insistió Maeve-. ¿Eso es lo que quieres? -Maeve apretó los labios en señal de preocupación, pero acabó soltando una sonora carcajada-. No soy tonta, Hugo. Si desobedeces al rey en esta ocasión…
– ¿Quieres que vaya? -Corbett se inclinó sobre ella y le dio unas suaves palmaditas en el vientre.
– Sí, quiero -replicó Maeve. Asintió con la cabeza mirando a Ranulfo, que permanecía callado como un gato-. Para empezar, estaría bien ver una sonrisa en la cara de Ranulfo, y tú también estás aburrido, Hugo. Después de todo, como dijo Ranulfo, una oveja siempre tiende a parecerse a otra.
Corbett le apretó la mano. Desenrolló el pergamino que el rey le había dado. Lo desató con cuidado y estudió la caligrafía del escribano.
– Está escrito con la caligrafía de la cancillería -murmuró-, con lo que podría ser la pluma de cualquier escribano debidamente formado.
– Si se trata de un escribano real -replicó Simón taciturnamente-, será colgado, arrastrado y descuartizado. Leedlo, sir Hugo.
A la atención del Señor Alcalde, burgueses, Canciller de la Universidad de Oxford y Regente de las Universidades. El Campanero envía sus saludos más cordiales. Una vez más elevo mi voz para denunciar los abusos de nuestro rey y de su consejo de nobles:
Punto 1: Debería celebrarse un parlamento por lo menos una vez al año, en el cual el rey tendría que escuchar las peticiones de sus buenos burgueses y ciudadanos.
Punto 2: La santa Iglesia no debería fijar unos impuestos, ni sus beneficios deberían verse modificados sin el previo acuerdo de una convocación del clero.
Punto 3: El rey ha derrochado toda su riqueza en una guerra absurda contra los escoceses, haciendo caso omiso de los múltiples abusos que han tenido lugar entre los oficiales de su propia casa.
Punto 4: El rey debe confirmar las cláusulas de Carta Magna y los privilegios de la universidad…
Las proclamas continuaban, enumerando toda una serie de abusos reales o supuestos, pero el final del párrafo fue lo que a Corbett le llamó la atención.
Recordad en vuestras oraciones al santo Simón de Montfort, conde de Leicester, brutalmente asesinado por el propio rey. Las medidas del conde, publicadas en la ciudad de Oxford, habrían establecido un buen gobierno para este reino. Entregado en Sparrow Hall en la festividad de Santa Buenaventura el 15 de julio de 1503 con el fin de que sea divulgado por toda la ciudad y Universidad de Oxford, firmado,
El Campanero de Oxford
Corbett estudió el manuscrito de cerca. La vitela era de buena calidad y tenía los márgenes cortados con gran precisión; la tinta era de color malva, la caligrafía estaba bien trazada y las frases, bien ordenadas. No llevaba otra marca que la del signo de una campana en la parte superior, con un agujero que indicaba que el papel había sido colgado con un clavo en la puerta de alguna iglesia.
Corbett pasó el manuscrito a Maeve. Ésta lo examinó y luego se lo dio a Ranulfo.
– ¿Qué significa todo esto? -preguntó Maeve.
– Hace casi cuarenta años -empezó a decir Corbett-, Simón de Montfort, conde de Leicester, lideró una rebelión contra el actual rey y su padre. De Montfort era un líder muy inteligente y carismático. Le traía sin cuidado la nobleza, pero no los burgueses ni los habitantes de ciudades como Oxford y Londres. Consiguió ganarse su apoyo, así como el de gran parte del clero que se sentaba en su propio parlamento llamado Convocación. De Montfort fue el primero en exponer su teoría sobre un parlamento donde los comunes y los nobles pudieran reunirse en sesiones separadas para presentar sus peticiones al rey, así como para alcanzar un acuerdo antes de que fueran impuestas.
Maeve se encogió de hombros.
– Pero eso es justo -exclamó levantando la mirada-. ¿No dijo uno de los jueces del rey Eduardo que lo que afecta a todos debe ser aprobado por todos?
– ¡Oh! El rey, por supuesto, lo aceptó, pero a su manera. De hecho, los parlamentos se convocan regularmente, aunque no se les concede la misma importancia que De Montfort quiso darles. -Corbett se puso a jugar con la jarra de cerveza que un criado le acababa de servir-. Lo que De Montfort quería -continuó- era que el parlamento controlara al rey y a sus oficiales, y, sobre todo, quería ser él mismo quien controlase el parlamento.
– Pero ¿por qué está tan asustado el rey ante tal idea, la de un hombre que murió hace casi cuarenta años? -preguntó Maeve.
Corbett se encogió de hombros.
– Porque De Montfort estuvo a punto de salirse con la suya y si lo hubiera logrado…
– Si lo hubiera logrado -interrumpió Ranulfo-, De Montfort se habría convertido en rey y el rey Eduardo…
– El rey Eduardo -Corbett terminó la frase por él- habría desaparecido en algún castillo en el que habría sufrido un trágico accidente. Con lo que ahora no quedaría ningún descendiente real. Ésa es la pesadilla que todavía atormenta a la Corona.
Capítulo II
Corbett estudió la proclama del Campanero por segunda vez.
– ¿Desde cuándo vienen apareciendo?
– Desde hace unos cinco meses -informó Simón-. Al principio pensamos que se trataba de la travesura de algún estudiante. Luego el Consejo del rey intentó encubrir el asunto, pero las proclamas fueron cada vez más frecuentes. El rey escribió al regente, John Copsale, que acto seguido le respondió diciéndole que la universidad no era responsable de tales sucesos. Hace un mes encontraron a Copsale, que tenía unos cincuenta años, muerto en la cama. El médico dijo que había fallecido por causas naturales, pero desde entonces el Campanero se ha vuelto cada vez más vengativo.
– ¿Y cómo están las cosas en Sparrow Hall ahora?
– Como en cualquier universidad, sir Hugo: hay tensiones, rivalidades, pequeños recelos… A lady Mathilda le gustaría contar con mayor protección real. El resto de profesores opina que la familia Braose es un estorbo. Para empezar no les gusta el nombre de la universidad y desearían cambiarlo, así como las estatuas que hizo construir Braose en el momento de su fundación.
– ¿Por qué?
– Consideran que Sparrow Hall es un edificio real, construido a costa de la muerte de un hombre, de De Montfort, al que ahora muchos consideran un santo. Copsale creía que era importante para Sparrow Hall contar con una mayor autodeterminación, especialmente al ser una universidad de Oxford que se enorgullece de su historia e independencia.
– ¿Era De Montfort de Oxford? -preguntó Maeve.
– De Montfort contaba con una gran aceptación en la universidad -respondió Corbett-, tanto entre los profesores como entre los estudiantes. Y, lo que es más importante, el conde levantó allí sus tropas para librar su propia guerra civil. También celebró un importante consejo en la ciudad en el que emitió las Disposiciones de Oxford, un plan para hacerse con el consejo real y el gobierno.
– Y además -añadió Ranulfo- Oxford es la puerta de entrada al reino. Estudiantes de todo el país y del extranjero acuden a esta ciudad. La traición del Campanero es como la peste: se podría extender y causar todavía mayor desasosiego.
– Y eso es lo último que necesita el rey -interrumpió Simón-. Los impuestos son elevados, los administradores están preocupados reuniendo provisiones. Los condes desean volver a sus feudos. Es un fuego que podría expandirse rápidamente. -Simón hizo un mohín mientras contemplaba la proclama-. Tengo un saco entero de escritos como éste. Os los dejaré, pero antes de que lo preguntéis, sir Hugo, no tenemos ninguna prueba de que el escritor sea un profesor o un estudiante de Sparrow Hall. Por supuesto el rey ha enviado allí a sus bailes, pero ¿qué queréis que hagan? Los profesores y estudiantes se han declarado inocentes y han acusado al rey de hostigamiento.
– ¿Por qué -empezó a decir Maeve-, por qué no cierra el rey Sparrow Hall y pone fin al asunto?
– Oh, eso al Campanero le encantaría -respondió Corbett-. De este modo, toda la universidad y la ciudad verían cómo el rey proclama su derrota. Además resultaría sumamente embarazoso: Sparrow Hall fue fundada por lord Henry Braose, uno de los principales capitanes del rey Eduardo que más resueltamente lucharon contra De Montfort. A Braose se le concedieron algunas tierras y riquezas del conde muerto, que utilizó para comprar algunos edificios en Oxford, cerca de San Michael's Northgate. Me parece recordar que una calle separa Sparrow Hall de la residencia en la que se albergan los estudiantes, un edificio de cinco pisos rodeado de jardines y patios.
– Si cerraran Sparrow Hall -Simón tamborileó con la yema de sus dedos sobre la mesa-, entonces el Campanero podría reírse a gusto. Muchos creerían que Sparrow Hall es un lugar maldito, fundado y construido sobre la sangre del que llamaron el Gran Conde. Incluso dicen que su fantasma ronda por allí en busca de venganza.
– ¿Quiénes son los profesores? -preguntó Corbett.
– Alfred Tripham es el vicerregente. Antes de la muerte de Ascham y Copsale había ocho profesores. Ahora Tripham está al cargo de los otros cinco: Leonard Appleston, Aylric Churchley, Peter Langton, Bernard Barnett y Richard Norreys, el rector de la residencia. La hermana pequeña de Henry Braose, Mathilda, también posee una habitación en la universidad.
– ¡Qué raro que a una mujer le den residencia en una universidad de Oxford!
– Lady Mathilda -replicó Simón- es una buena amiga del rey. Constantemente solicita a la Corona un mayor reconocimiento de su hermano fallecido y un aumento de las donaciones para ampliar la universidad. -Simón hizo un mohín-. Pero el Tesoro está exhausto, las arcas están vacías.
– ¿Y nadie en la universidad sabe nada sobre el Campanero o la muerte de Copsale?
– No.
– ¿Y Ascham? -preguntó Corbett.
– Era el bibliotecario y el archivista -explicó Simón-. Un gran amigo del fundador. Hace cinco días, ya entrada la tarde, Ascham se dirigió a la biblioteca. Se encerró en ella y echó el pestillo; las ventanas también estaban cerradas. Encendió una vela, pero no sabemos si estaba trabajando o buscando algo. Cuando se dieron cuenta de que no había bajado a cenar, el administrador de la universidad, William Passerel, fue en su busca. -Simón se encogió de hombros-. Echaron abajo la puerta y hallaron a Ascham en el suelo, rodeado de un charco de sangre y con un cuadrillo de ballesta en el pecho. Aunque no murió en el acto.
El escribano echó hacia atrás su taburete, abrió el zurrón, sacó un trozo de pergamino y se lo pasó a Corbett, quien lo desenrolló a continuación.
– «El Campanero no teme ni al rey ni a ningún escribano» -leyó en voz alta-. «El Campanero hará que suene la verdad y que todo el mundo la oiga.»
El mensaje estaba escrito con la misma caligrafía que la de la proclama.
– Dadle la vuelta -le pidió Simón.
Corbett le obedeció y vio unas extrañas letras grabadas con sangre.
– «P A S S E R…» -deletreó en voz alta.
– Parece ser -explicó Simón- que Ascham escribió estas letras con su propia sangre antes de morir.
– Pero si forman casi el nombre completo del administrador de la universidad que antes vos mencionasteis.
– En efecto, William Passerel -repitió Simón-. Pero no podemos tomar ninguna medida en su contra. Pasó gran parte del día de la muerte de Ascham en Abingdon, resolviendo unos asuntos oficiales. Cuando regresó se dirigió directamente al comedor y luego decidió ir en busca de su amigo el bibliotecario.
– ¿Y encontró la biblioteca cerrada? -preguntó Corbett.
– La puerta que daba al pasillo estaba cerrada y atrancada desde el interior. La ventana del jardín también estaba cerrada y ya no había más entradas.
– Sin embargo -dijo Corbett estudiando el trozo de pergamino-, alguien no sólo disparó a Ascham sino que fue capaz de dejar esta nota. ¿Y Passerel el administrador todavía sigue en libertad?
– Sí, claro. No hay ninguna prueba en su contra. Passerel puede probar que estuvo en Abingdon. Los criados han corroborado que cuando regresó se fue directamente al comedor. -Simón forzó una sonrisa ladeada-. Y además hay otro problema: Passerel no tiene muy buena vista y sufre de reúma en los dedos, por lo tanto no pudo sostener el cabestrante de una ballesta ni dispararla. Tampoco hay ninguna explicación sobre cómo pudo entrar y salir de la biblioteca dejando tras de sí la puerta y las ventanas cerradas.
– ¿Han debatido ya el tema el rey y su consejo?
– Por supuesto. El rey y sus principales secuaces han dedicado horas al asunto. Incluso tienen un espía en Sparrow Hall. No sé quién es. -Simón se humedeció los labios-. El rey dijo que el espía se revelará ante vos una vez lleguéis a Oxford.
Corbett dio golpecitos con el pergamino sobre la mesa.
– ¿Por qué ahora? -murmuró-. ¿Por qué habrá aparecido ese misterioso escritor conocido como el Campanero redactando y enviando sus proclamas contra el rey? ¿Qué esperará ganar a cambio? -Lanzó una mirada a Simón-. ¿No hay ninguna prueba que indique la interferencia de alguno de los enemigos del rey ya sea aquí o en el extranjero?
Simón sacudió la cabeza.
– ¿Qué me decís de los escritos?
– Como podéis ver -replicó Simón-, se trata de la pluma de un escribano. Esas proclamas podrían ser obra de vos, mía o de Ranulfo. -Sonrió apenado-. Todo buen escribano se forma con el mismo estilo de escritura.
– ¿No se han recibido amenazas?, ¿ningún intento de chantaje?
– No.
– ¿Y creéis que las muertes de Copsale y Ascham fueron obra del Campanero?
– Es posible. -Simón extendió las manos-. Pero la rivalidad entre los profesores es tan fuerte que Ascham podría haber sido asesinado por otros motivos y hacer que su muerte pareciera obra del Campanero.
– ¿Y qué pasa con los mendigos que encontraron muertos?
– ¡Ay, es una tragedia! -exclamó Simón, y a continuación tomó un sorbo de cerveza-. Los cadáveres siempre se han encontrado en las afueras de la ciudad con la cabeza cortada y colgada de su propia cabellera en la rama de un árbol. Y hay otras dos cosas comunes en todas las muertes. En primer lugar, todos los cadáveres pertenecen a hombres, a mendigos de avanzada edad. En segundo lugar, siempre se han encontrado cerca de una carretera que lleva a la ciudad o procede de ella.
– ¿Tienen alguna marca los cadáveres?
– Unos murieron al ser alcanzados por una flecha, por el cuadrillo de una ballesta disparado de cerca, de forma que atravesó limpiamente el cuerpo de la víctima. Otros murieron de un golpe propinado en la nuca con una cachiporra o una maza. El resto tenía la gargantada cortada.
– ¿Y todos pertenecían al hospital de San Osyth?
– Sí, una fundación de caridad cerca de Carfax, en el cruce de Oxford.
– ¿Pudo ser obra de algún señor de la horca? -preguntó Ranulfo-. Me refiero a esos magos y hechiceros que siempre se ocultan en las afueras de ciudades como Oxford.
– No. Es cierto que hay muchos en los alrededores, pero no hay mutilación ni motivo alguno que justifique tales muertes.
– ¿Existe alguna relación entre esas muertes y el Campanero? -preguntó Maeve, fascinada por la tarea que le habían encomendado a su esposo.
Se había olvidado de las pataditas en su vientre y de su determinación por aclarar las cuentas con el juez local, quien, a su parecer, los estaba estafando.
– Ninguna -respondió Simón-. Excepto en el caso del viejo soldado de Brakespeare, que, dos días antes de que se encontrara su cadáver, fue visto pidiendo limosna en la calle situada entre Sparrow Hall y la residencia. Sin embargo, aparte de esto -se puso en pie-, no puedo deciros nada más. -Echó una ojeada a la vela de las horas que se quemaba sobre un candelabro de madera cerca de la chimenea-. Debo irme. El rey me dijo que me reuniera con él en Woodstock. -Su voz adoptó un tono suplicante-. Por todos los santos, vendréis, ¿verdad, sir Hugo?
Corbett asintió.
– Ranulfo, asegúrate de que le den algo de comer a Simón y de que su caballo esté preparado. -Se levantó y le dio la mano a Simón-. Decidle al rey que, cuando este asunto se haya zanjado, iré a verle a Woodstock.
Corbett se sentó y esperó a que Ranulfo se llevara a Simón fuera de la estancia. Maeve tomó su mano.
– Debes ir, Hugo -le aconsejó con dulzura-. Eleanor está bien. Oxford no queda muy lejos y el rey te necesita.
Corbett hizo un mohín.
– Será peligroso -murmuró-. Lo presiento. El Campanero, quienquiera que sea, está lleno de maldad. Se esconde detrás de las costumbres y de las tradiciones de la universidad y podría hacerle mucho daño al rey. Hará todo lo posible para que no le cojan, ya que en el caso contrario sufriría la más terrible de las muertes. El rey Eduardo odia a De Montfort, su memoria y cualquier cosa que tenga que ver con él. -Lanzó una mirada a su mujer-. Hace dos años, durante la reunión del consejo en Windsor, un pobre escribano cometió la torpeza de mencionar las Disposiciones de Oxford de De Montfort. El rey Eduardo casi lo estrangula. -Corbett rodeó a su mujer con el brazo y la atrajo hacia sí-. Iré -continuó-, pero habrá más muertes, más caos, más aflicción y más derramamiento de sangre antes de que este asunto se acabe.
* * *
Las palabras de Corbett fueron proféticas. Mientras él se preparaba para dirigirse a Oxford, William Passerel, el administrador rechonchete de rostro rubicundo, se encontraba sentado en su oficina de la cancillería de Sparrow Hall, intentando no prestar atención al clamor de voces procedente de la calle. Arrojó su pluma sobre el escritorio, se tapó la cara con las manos e intentó controlar las lágrimas de temor que humedecían sus ojos.
– ¿Por qué? -susurró para sí-. ¿Por qué ha tenido que morir Ascham? ¿Quién lo habrá matado?
Passerel suspiró y se reclinó en la silla. «¿Por qué? ¿Por qué?» No cesaba de hacerse la misma pregunta. «¿Por qué había escrito Ascham su nombre, o parte de él, en aquel pergamino?» El día que Ascham murió, él había estado en Abingdon. Había regresado pocos minutos antes. Ahora le acusaban de haber asesinado al hombre que consideraba su hermano. Passerel levantó la mirada hacia el crucifijo colgado en la pared blanqueada.
– ¡Yo no lo hice, Señor! -juró-. ¡Soy inocente!
El rostro esculpido y labrado del Salvador le devolvió una mirada inexpresiva. Passerel escuchó que el abucheo de la calle crecía. Se acercó a la ventana y miró por ella. Un grupo de estudiantes, la mayoría de ellos galeses, se amontonaban abajo. Passerel reconoció a muchos de ellos. Algunos llevaban un gorrión toscamente cosido en la túnica, la insignia de la universidad. Su líder, David ap Thomas, un joven alto, rubio y fornido, estaba muy entretenido aleccionándolos mientras hacía aspavientos con las manos. Incluso el mendigo ciego, que normalmente permanecía de pie en la esquina de la calle pidiendo limosna con su platillo, había recogido sus harapos y los había colocado cerca de él para escucharle. Passerel trató de guardar la compostura. Volvió a la lista que estaba elaborando con los efectos personales de Ascham: una toga escarlata con mangas de tartán, cojines verdes, orlas de seda, copas, copones bañados en oro, vestiduras plateadas, platillos, platos, rosarios, abalorios de ámbar y breviarios. Durante un rato, a pesar del creciente clamor de la calle, Passerel pudo trabajar. Sin embargo, las voces se convirtieron en gritos y en aclamaciones de desafío que chillaban su nombre. Se deslizó furtivamente hasta la ventana de bisagras y echó un vistazo afuera. El corazón le dio un vuelco; sintió un sudor frío y pegajoso que le empapaba todo el cuerpo. La multitud se había convertido en un río de gente. No paraban de gritar y chillar, con los puños en alto. El líder, David ap Thomas, de pie con las manos en jarra, vio a Passerel en la ventana.
– ¡Allí está! -gritó; su voz retumbó como una campana-. ¡El asesino de Ascham, Passerel el perjuro! ¡Passerel el asesino!
Sus palabras fueron aclamadas: puñados de barro e inmundicia fueron lanzados contra la ventana. Un ladrillo fue a estrellarse contra el parteluz. Passerel sollozó, se arrebujó en la toga. La puerta se abrió de par en par y Passerel dio un respingo. Leonard Appleston, profesor de teología de la universidad, conferenciante en las facultades, irrumpió en la sala. Su rostro, cuadrado y bronceado, se había vuelto cenizo; el miedo había tensado su boca.
– ¡William, por el amor de Dios! -gritó Appleston agarrando al administrador por el brazo-. ¡Tenéis que huir!
– ¿Adónde? -Passerel no paraba de mover las manos con agitación.
– Al santuario -replicó Appleston. Agarró al administrador y lo atrajo hacia sí-. Id por las escaleras de atrás, rápido. ¡Marchaos!
Passerel miró a su alrededor, a sus libros, a sus queridos manuscritos. Él, todo un erudito, se veía obligado a huir como una rata de alcantarilla. No tenía opción. Appleston seguía empujándolo fuera de la habitación, hacia la galería. En el hueco de la escalera se encontró con lady Mathilda Braose; su rostro delgado y antipático estaba sobrecogido. A su lado tenía al sordomudo Moth, que la seguía a todas partes como un perro. La mujer le gritó algo pero Appleston obligó a Passerel a pasar de largo. El administrador, a quien el miedo le había acelerado el paso, se escabulló hacia la cocina, cruzó el fregadero y salió de aquella habitación que olía a orines. Un gato sarnoso salió a su paso y se erizó. Passerel lo echó a un lado de una patada, se volvió y miró al fondo de la galería. Appleston le hacía gestos desde la puerta para que continuara adelante.
– ¿Por qué tengo que esconderme? -los labios empezaron a temblarle-, pero ¿por qué tengo que hacerlo? -gritó.
Escuchó un ruido en la boca de la calle y levantó la vista. El estómago se le encogió del miedo. Un grupo de estudiantes había llegado hasta allí. Esperaba que con la poca luz no pudieran verle. Se ocultó, cerró los ojos y empezó a rezar a santa Ana, su patrona.
– ¡Allí está! -gritó una voz-. ¡Passerel el asesino!
El administrador empezó a correr calle abajo. Se paró al llegar al final. «¿Qué camino debo tomar? ¿La calle del Bocardo? ¿Quizás el castillo?» Escuchó un ruido de pasos que se acercaban y cambió de dirección. Corrió tan rápido como pudo, abriéndose paso entre los estudiantes, comerciantes, echando a un lado a unos niños que se habían puesto a jugar con la vejiga inflada de un cerdo. Soltó una exhalación de alivio cuando vio la puerta del cementerio de la iglesia de San Miguel. Detrás se escuchaba un eco de voces que gritaban: «¡Muerte!, ¡Muerte!». Pensó que había conseguido despistar a sus perseguidores, mas notó un puñado de tierra que pasó rozándole la cara. Passerel corrió en dirección al cementerio y se coló por la puerta de la iglesia. Cerró la puerta tras de sí y echó el pestillo.
– ¿Qué queréis? -preguntó la voz de una mujer.
Passerel, empapado de sudor, escudriñó en la oscuridad. Levantó la vista hacia la luz que parpadeaba a través de una hendidura situada en un tabique de madera sobre el suelo. Al principio pensó que había oído la voz de un fantasma, pero se dio cuenta de que se trataba de una anacoreta que se alojaba en una celda construida justo encima del portal principal. Passerel escuchó fuera el ruido de los gritos y golpes.
– Busco refugio en el santuario -musitó.
– Entonces tocad la campana que tenéis a vuestra izquierda -ordenó la anacoreta-. La iglesia tiene una puerta lateral. ¡Deprisa u os cortarán el paso!
Passerel tanteó en la oscuridad y tiró de la cuerda. La campana empezó a doblar como el presagio de la muerte.
– ¡Corred! -gritó la mujer.
Passerel no necesitó que se lo dijeran dos veces. Atravesó volando la nave, resbalando y deslizándose sobre el suelo liso de piedra gris. Llegó a la reja de madera de roble que separaba la nave del coro, robusta y de poca altura. Se tropezó al entrar en el santuario y se agarró al altar. La campana, todavía doblando por la fuerza con la que había tirado de ella, retumbaba por toda la iglesia. Passerel, sollozando como un niño, se arrodilló en la oscuridad. Levantó la vista hacia la luz roja que iluminaba el santuario: una pequeña antorcha que brillaba dentro de un receptáculo de cristal rojo en una estantería sobre una píxide de plata donde se guardaban las hostias. La puerta lateral se abrió con estruendo. Passerel gimió de miedo.
– ¿Qué deseáis? ¿Qué buscáis?
Passerel entornó los ojos: una figura encapuchada apareció en la entrada de la reja. La débil luz de una yesca encendida y una vela iluminaron un rostro afable, con el cabello despeinado y de punta y unos ojos tristes en una cara surcada de arrugas que reflejaban el paso de los años. Passerel suspiró aliviado al reconocer al padre Vicente, el párroco de San Miguel.
– Busco refugio -gimió Passerel.
– ¿Qué crimen habéis cometido?
– Ninguno -respondió Passerel-. Soy inocente.
– Todos los hombres son inocentes a los ojos del Señor -replicó el párroco. Encendió una vela en el altar y otras dos más grandes sobre el ofertorio cerca de la pila de agua bendita-. ¡Levantaos! ¡Levantaos! -ordenó el padre Vicente-. Aquí estáis a salvo.
Passerel le obedeció, intentando controlar el temblor de las piernas.
– Soy el profesor William Passerel -anunció-, administrador de Sparrow Hall. Me han acusado de matar a Robert Ascham, el archivero.
– ¡Ah! -exclamó el párroco acercándose a él. Levantó la mano envuelta en un rosario de cuentas negras labradas-. Ya he oído hablar acerca de la muerte de Ascham y la del regente John Copsale. Eran buenos hombres.
– ¡Ningún hombre es bueno! -gritó la anacoreta desde el fondo de la iglesia.
– ¡Callad, hermana Magdalena! -ordenó el cura-. Sir John Copsale fue muy generoso con el cepillo de nuestra iglesia. He oído lo de la muerte de Ascham y lo de las andanzas del Campanero.
La voz del cura, como cualquier otro sonido, retumbaba por toda la iglesia; de ahí que la anacoreta pudiera oírle.
– El Campanero estuvo aquí -resonó la voz de Magdalena-, colgó su proclama en la puerta de la iglesia. Llegó sigilosamente, con sus ojos de rata y sin terciar palabra. ¡Muy astuto!
– ¡Chss, chss! -acalló el padre, luego rodeó a Passerel por los hombros-. Vuestros enemigos se han marchado. Oí el tañido de la campana y salí afuera. La mayoría eran unos matones -añadió-, unos fanfarrones: las vasijas vacías son siempre las que más suenan -el cura sonrió-. Les he ordenado que se marchen del campo santo. No tienen derecho a traer aquí su violencia, pero se han quedado vigilando en la puerta del cementerio y en sus alrededores. Si os marcháis, os matarán. -El padre se le acercó con los ojos abiertos como platos-. Eso es lo que le ocurrió al último hombre que vino a refugiarse. Vino y se marchó como un ladrón en la noche. Lo cogieron cerca de Hog Lane y le cortaron la cabeza.
Passerel, preso del pánico, soltó un gemido.
– Sin embargo, aquí estaréis a salvo -añadió el padre con tono tranquilizador-. Mirad. -Cogió a Passerel por el brazo y lo condujo a un receso que había en la pared-. Esto es el santuario. Os traeré un cojín, algunas mantas, vino, pan y queso. Podéis quedaros aquí cuarenta días. -Miró a Passerel mientras éste se apretaba el estómago-. Si tenéis que hacer de vientre, salid afuera por la puerta lateral. Hay un pequeño desaguadero cerca de las tumbas. Pero vigilad donde pisáis -se rió entre dientes-, no vayáis a caeros dentro. Ah, y no llevéis ninguna luz con vos.
Passerel se sentó en el santuario, el cura giró sobre sus talones y se marchó. Regresó un poco más tarde con una copa de peltre agrietada, una jarra de vino acuoso, un trozo de pan, lonchas de panceta seca, queso y otras dos rebanadas de pan bastante duro. Passerel engulló la comida, escuchando la charla del padre, que había vuelto con algunas mantas que olían a orín de caballo.
– Aquí tenéis. -El padre Vicente retrocedió y observó con orgullo su obra-. Mantened limpio el santuario. -Señaló la lámpara de luz roja parpadeante-. El Señor os vigila y la Santa Madre Iglesia os protege. Os despertaré antes de la misa de la mañana y podréis hacer de mi monaguillo. Mañana daré un sermón, uno muy bueno, sobre los peligros de los ricos.
– ¿De qué le sirve a un hombre -retumbó la voz de Magdalena en el fondo de la iglesia- ganar el mundo entero si sufre la pérdida de su alma inmortal?
– ¡Silencio! -ordenó el cura mientras empezaba a apagar las velas-. Os dejaré una vela encendida. -Tanteó en la oscuridad y cogió la mano de Passerel-. Buenas noches, hermano.
El padre Vicente se marchó bajo la reja que separaba la nave del coro. Passerel escuchó cómo se cerraba la puerta lateral y se tumbó soltando un suspiro. ¿Qué podía hacer?, se preguntó. Seguramente el profesor Alfred Tripham, vicerregente de Sparrow Hall, podría ayudarle. Solicitaría ayuda al baile. Passerel se mordió el labio. Sin embargo, su vida se había terminado. Había sido feliz en Sparrow Hall con sus libros y manuscritos, estudiando las cuentas en su pequeña cámara del tesoro. Ahora todo había terminado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué iba a ser de Passerel? Si toda esa locura continuaba, tendría dos opciones: rendirse ante los soldados del baile o marcharse de Oxford y dirigirse al puerto más cercano para embarcarse en una nave rumbo a un país extranjero. Passerel se rascó las piernas escamadas y llegó a la triste conclusión de que moriría de cansancio antes de llegar a las puertas de la ciudad. ¿Y afuera? ¿Qué estaría pasando? Seguro que aquellos estudiantes todavía le esperaban para darle caza.
– ¡De rodillas: rezad al Señor! -retumbó la voz de Magdalena desde el fondo de la iglesia-. Rezad para que no os ponga a prueba.
– ¡Callaos de una vez! -susurró Passerel.
Se tapó la cara con las manos e intentó darle sentido a toda aquella locura y tragedia que le asediaba. Recordó cuando encontraron a Copsale muerto en su cama. El regente siempre había tenido un corazón muy débil, ¿habría muerto mientras dormía? ¿Y Ascham? Passerel recordó el momento en que abrió la puerta de la biblioteca y encontró al archivista tumbado, con la sangre a su alrededor derramada como vino empapando sus ropas, y el cuadrillo de ballesta clavado en el pecho. Sin embargo, la ventana y las puertas estaban cerradas con pestillo. ¿Por qué habrían matado a Ascham? ¿Qué habría querido decir con aquellos balbuceos acerca de «mis queridos gorrioncillos» o algo parecido? ¿Qué esperaba encontrar entre los escritos de los partidarios de De Montfort, tanta basura de hacía tantos años? ¿Y qué había de lo que decía Ascham sobre que alguien de Sparrow Hill quería destrozar la obra de su fundador, Henry Braose?
Passerel se apartó las manos de la cara y miró a su alrededor. Cada vez estaba más oscuro. La solitaria vela bailaba y se encorvaba con la llegada de alguna ráfaga de viento; su parpadeante luz iluminó un llamativo cuadro colgado en una pared a lo lejos que representaba a un grupo de demonios, aullando como perros detrás de alguna pobre alma. Passerel encontró el lugar bastante incómodo. Se echó sobre una tabla, gruñó ante su dureza y no pudo evitar acordarse de su cama alta y blanda de Sparrow Hall. Oyó el ruido de la puerta lateral al abrirse y a alguien que se acercaba. Passerel se incorporó. Alguien se aproximaba sigilosamente al santuario. Se quedó quieto, vigilando la entrada de la reja, y soltó un suspiro de alivio al ver un par de manos oscuras depositar una jarra de vino y una copa en el suelo. ¿Sería algún amigo de Sparrow Hall? Los pasos se alejaron y la puerta lateral se cerró con cuidado. Passerel se levantó y cruzó la estancia. Recogió la jarra y la olió. El clarete que contenía parecía tener cuerpo y un gusto delicioso. A Passerel se le hizo la boca agua. Se sirvió una copa en abundancia y se la bebió rápidamente.
– ¡Ésta es la casa del Señor y la puerta del cielo! -gritó la anacoreta- ¡Un lugar terrorífico!
Passerel, animado por el vino, alzó la cabeza. Estaba a punto de servirse otra copa cuando un dolor se apoderó de su estómago, como si alguien le hubiera clavado un puñal en las entrañas. Se tambaleó; la jarra y la copa le resbalaron de las manos y al romperse en pedazos contra el suelo sonaron como una campana por toda la desierta nave. Passerel se apretó el estómago. Abrió la boca para gritar, pero la bilis al fondo de su garganta le impidió pronunciar palabra.
– Es algo realmente horrible para un pobre pecador caer en las manos del Señor -entonó la anacoreta.
Passerel, con el rostro empapado en sudor y los ojos fuera de sus órbitas, alargó la mano hacia la luz de la anacoreta. Las olas de dolor se le extendieron por todo el estómago hasta llegarle a la garganta. Se limitó a cerrar los ojos. William Passerel, antiguo administrador de Sparrow Hall, cayó muerto al suelo ante la reja del santuario.
* * *
Mientras Passerel moría ante el altar de la iglesia de San Miguel, el viejo mendigo Senex, el único nombre con el que se le conocía, intentaba huir de la muerte que le acechaba. No podía correr muy rápido: una úlcera abierta en la espinilla derecha le hacía retorcerse de dolor cada vez que apoyaba el pie en el suelo. Senex avanzaba arrastrando los pies, escudriñando a través de la oscuridad, agudizando el oído, intentando identificar cualquier paso sigiloso.
– ¡Por favor! -susurró Senex.
Se sentó, agazapado como un perro, con los brazos fuertemente recogidos alrededor del pecho. Si se quedaba allí, quieto como una estatua, quizá no le encontrarían. Senex se acordó del conejo que vio una vez en el campo y al que perseguía una comadreja. El animal permaneció inmóvil cerca de un montecillo de hierba. Senex cerró los ojos. No sabía cuántos años tenía y había desistido de averiguarlo. La vida no le había tratado bien, pero tampoco estaba preparado para aquello. No debería haber venido nunca a Oxford. Si se hubiera quedado en el campo durmiendo en los establos y pidiendo limosna en las puertas de las casas, habría estado a salvo. El pasado invierno había sido muy duro, así que decidió dirigirse a Oxford y se encaminó hacia el priorato de San Osyth. Tenía las manos y los pies plagados de rabiosos sabañones y ampollas. Los buenos hermanos le limpiaron las heridas, excepto la úlcera de la espinilla que no le pudieron curar. Él había crecido en la ciudad; estaba acostumbrado al jolgorio de las calles, a los estudiantes de paso altivo, a los prestigiosos profesores enfundados en sus trajes de piel. ¡Ah! Había comido bien allí: en la última fiesta de San Juan hasta le habían dado un chelín para que comprara caramelos para él y sus camaradas de San Osyth.
Senex abrió los ojos y aguzó el oído, se volvió y atisbo a través de la oscuridad: lo único que quería era un pedazo de queso y una jarra de cerveza. Tembló al recordar los rumores que corrían por San Osyth sobre aquellos otros habitantes que habían desaparecido, y cuyos cuerpos se habían encontrado decapitados en los solitarios bosques. Ahora sabía el porqué y se maldijo por lo bajo. Pensó en rezar una oración, una corta que le habían enseñado hacía muchos años cuando él y Margaret, su hermana mayor, recorrían las calles pidiendo un trozo de pan.
Gimoteó como un perro. Margaret ya no estaba con él: murió de una fiebre hacía muchos años. Él mismo cubrió su cadáver con helechos. Seguramente Margaret en el cielo ayudaría en ese momento al pobre viejo Senex, que no le haría daño ni a una mosca. El mendigo escudriñó de nuevo en la oscuridad. Le habían dicho que se trataba de un juego. Quizá podría ganar, por primera vez en su vida. Senex empezó a arrastrarse a cuatro patas, volviendo por el camino por el que había llegado, arrimándose a la pared cubierta de moho. Llegó a una esquina y giró: vio un resquicio de luz a lo lejos, pero luego escuchó aquel silbido otra vez, silencioso pero muy claro, como el de un hombre que llama a su perro. Senex agudizó el oído. ¿Habría alguien escondido allí? Se volvió y se escabulló hacia el lugar que acababa de abandonar, arañó con la mano la pared grisácea de piedra resquebrajada. ¿Existiría alguna salida? A él no le atraparían como al viejo Brakespeare. Senex se detuvo, se tocó los labios con la yema de los dedos: Brakespeare había sido soldado y aun así consiguieron darle caza. Senex volvió a detenerse y husmeó algo en el aire, llegaron a él los vagos olores de una cocina, de panceta y comida recién hecha. El estómago de Senex empezó a revolverse. Se humedeció los labios. Si no se detenía quizá llegase a un lugar en el que estaría a salvo. Alcanzó una esquina y, a gatas, empezó a correr como un loco. Se quedó helado al escuchar los pasos sigilosos de alguien que le seguía de cerca. Alguien intentaba atraparle. Senex llegó a una pared, se puso en pie e intentó buscar una salida pero no la encontró. Se volvió. ¡Tenía que escapar de allí! Escuchó aquel silbido de nuevo y acto seguido vio asomar la luz de una antorcha que crecía cada vez más a medida que la figura que la sostenía se acercaba. Senex levantó las manos.
– ¡Por favor, no!, ¡no!
Escuchó un chasquido y antes de que pudiera moverse, el cuadrillo de una ballesta le alcanzó de lleno en el estómago. Senex se agachó; los dedos, arañando el suelo, se le encorvaron del dolor. No se podía mover. Intentó avanzar pero entonces vio unas botas. Alzó la vista y en ese momento una enorme hacha de dos manos le cortó la cabeza. Fue un corte limpio.
A la mañana siguiente, justo después del amanecer, un viajante llamado Taldo, que salía de la ciudad de Oxford en dirección a Banbury, se cruzó con el cadáver de Senex. Yacía al lado de un viejo olmo y de una de las ramas que se extendían a lo largo del camino colgaba la cabeza cortada del viejo mendigo.
Capítulo III
Un día después de que Taldo regresara a toda prisa a Oxford para informar al baile del horripilante hallazgo, sir Hugo Corbett, Ranulfo y Maltote llegaron a la ciudad. Un chaparrón matutino había empapado las calles y limpiado los arroyuelos y caminos, mitigando así el hedor de putrefacción de los muladares. Corbett, con la capucha echada hacia atrás, dejó que su caballo encontrara el camino a través de las calles sucias y abarrotadas de la ciudad universitaria. Entraron por la puerta sur. En vez de ir directamente hacia el castillo o a Sparrow Hall, Corbett paseó a Ranulfo y Maltote por las calles y avenidas de modo que pudieran respirar el ambiente de la ciudad. Él mismo sintió algo de nostalgia. Hacía años que no pisaba aquella ciudad: ahora, lo que veía, los sonidos y olores que percibía le recordaban los días gloriosos de su juventud. Fueron momentos muy felices y sin preocupaciones cuando Corbett se alojaba en aquellos pisos desvencijados y se juntaba con el resto de bachilleres, estudiantes y universitarios de camino a las aulas desiertas de los colegios para atender a las clases que impartían los profesores sobre retórica, lógica, teología y filosofía.
Corbett encontró algo extraña su vuelta: a pesar de que los años habían pasado, todo parecía seguir igual. Los campesinos de las afueras de la ciudad se abrían paso con sus pesados carros de ruedas o sus caballos de carga, empapados por la lluvia, que transportaban los productos para vender en los mercados de la ciudad. Al pasar por delante de las puertas abiertas de las destartaladas viviendas, Corbett entrevió a los niños y a las abuelas con las rodillas frente al fuego, y la pobre luz de las lámparas iluminando la oscuridad. En todas las calles las casas se amontonaban a ambos lados, cruzadas por un entramado de vías y callejuelas llenas de baches y todavía resbaladizas después de la lluvia. Sin embargo, como siempre ocurría en Oxford, las calles estaban abarrotadas. Comerciantes ataviados con sus ropajes forrados de piel marchaban con sus botas altas marroquíes. Los sirvientes iban al frente, echando a un lado a los ruidosos niños o a los perros que no paraban de ladrar. Franciscanos, dominicanos y carmelitas iban de camino a sus hogares: algunos transitaban en devoto silencio; otros armaban un jaleo espantoso parloteando sin cesar. En una esquina había un carro con un gong, lleno de barro y suciedad de las alcantarillas, que estaba siendo utilizado para ejecutar castigos. A un tipo que vendía ropa con taras le habían forzado a mantenerse de pie hundido en el barro de cintura para abajo. Atados a las ruedas del carro había otros vendedores que habían sido juzgados culpables en un tribunal del Pie Powder por vender carne pasada, bienes de oropel o intentar romper el precio establecido por los bedeles del mercado. A su lado, un montero con un carro, en el que transportaba una jaula llena de perros callejeros ladrando y enzarzados entre sí, requisaba formalmente un chucho, tan delgado, que se le veían las costillas, mientras un grupo de pilluelos piojosos protestaba a gritos diciendo que el perro les pertenecía. El montero, con el rostro rojo de furia, también soltaba maldiciones y les contestaba a voces.
Corbett suspiró y desmontó diciéndoles a Ranulfo y Maltote que hicieran otro tanto. Tomaron un atajo desde Eel Pie Lane que los conducía a High Road. Llegados a aquel lugar, Corbett corrió entre bandadas de universitarios, cuentistas, fanfarrones y bribones que iban de un lado para otro enfundados en sus trajes: las togas cortas de los universitarios, las calzas harapientas y chaquetas andrajosas de los commoners [1]. El aire transportaba el parloteo de diferentes acentos y lenguas a medida que los estudiantes salían de las aulas o salas de conferencias de los colegios universitarios. Perdidos en su propio mundo, gritaban y cantaban, empujándose y dándose codazos los unos a los otros, olvidándose por completo de los buenos ciudadanos y burgueses de la ciudad. Éstos pasaban delante de los estudiantes maldiciéndolos por lo bajo y lanzándoles miradas de desdén. De vez en cuando algunos rectores o profesores salían al paso con sus andares arrogantes y las cabezas bajo las capuchas de lana forradas de seda que proclamaban su estatus e importancia. A sus espaldas, los estudiantes más pobres, jóvenes incapaces de pagar las tasas universitarias, los seguían de cerca tambaleándose por el peso de los libros u otras pertenencias de sus señores. Bedeles y censores, los ordenancistas de la universidad, también se abrían camino a grandes zancadas, blandiendo porras de madera de fresno rematadas con una punta de plomo. A su paso, los estudiantes callaban de inmediato, a pesar de que su presencia poco podía hacer para reprimir su espíritu exaltado y rebelde.
Corbett se detuvo, envolviéndose las manos con las riendas, para contemplar High Street. Esta calle sí había cambiado: se habían construido más casas a ambos lados, tan juntas las unas de las otras que sus tejados apenas dejaban pasar la luz. Apretujadas entre las nuevas viviendas se encontraban las chozas de los ciudadanos más pobres, cubiertas de cañas, paja o ripia que la lluvia había empapado por completo y convertido en una auténtica calamidad. Los puestos de los mercados a ambos lados de High Street se habían vuelto a abrir después del chaparrón y estaban abarrotados de gente. En medio de codazos y empujones, Corbett siguió adelante. Detrás de él, Ranulfo levantó una bota del suelo fangoso y gruñó: el barro y la suciedad le llegaban hasta los tobillos y contempló apenado cómo un grupo de pilluelos, a pesar del mal tiempo, jugaba en el cieno que los cubría por encima de las rodillas. Ranulfo maldijo entre dientes. Le habría encantado demostrar su rabia a Corbett, que, con actitud estoica, caminaba a grandes zancadas delante de él, pero el ruido era cada vez más ensordecedor. Éste giró bruscamente hacia la izquierda, bajando por una calle llena de inmundicia. Allí había más tranquilidad y, cuando Corbett los condujo hacia el patio de la taberna La Cancela Roja, Ranulfo soltó un suspiro de alivio. Le lanzó de buena gana las riendas de su caballo a un mozo de cuadra con cara de malas pulgas que se había acercado con paso lento mientras maldecía a los recién llegados por haber interrumpido su descanso.
– Algo de comer y beber -murmuró Ranulfo frotándose el estómago- me sentará a las mil maravillas.
– Sólo un poco de vino -replicó Corbett y, haciendo caso omiso de la oscura mirada de Ranulfo, los condujo hacia el interior enrarecido de la taberna.
Se quedaron cerca de la puerta mientras tomaban un trago rápido antes de adentrarse de nuevo en las calles.
– Pero ¿qué estamos haciendo? -preguntó Ranulfo llevándose a un lado a Corbett-. ¿Dónde vamos, amo?
– Quiero enseñaros la ciudad -contestó Corbett-. Quiero que la sintáis en vuestra cabeza y en vuestro estómago. -Hizo una pausa e indicó a sus compañeros que se acercaran-. Oxford es un mundo en sí mismo -explicó-. Es una ciudad formada por pequeñas aldeas que constituyen los colegios y universidades. Cada una tiene su propio espacio, sus propios talleres, herrerías y dormitorios. -Señaló hacia el final de la calle, donde Ranulfo y Maltote pudieron entrever una gran puerta de metal tachonada en una fachada de gran altura-. Eso es Eagle Hall y hay muchos otros colegios. Cada uno tiene sus propios privilegios, tradiciones e historia. Acogen a estudiantes de Francia, del condado de Hainault, España, los estados germanos e incluso de lugares de más al este. Las universidades se odian entre sí, la universidad odia a la ciudad, la ciudad desprecia a la universidad. La violencia está a la orden del día; los cuchillos, siempre a punto. A veces uno tiene que salir volando y -añadió- saber en qué dirección puede salvar la vida.
– Pero vos sois el escribano del rey -interrumpió Maltote acariciando el hocico de su caballo-. ¿Acaso se negarán a obedecer una orden del rey?
– Les importa un comino -replicó Corbett-. Imaginemos que nos atacan: ¿quién vendría en nuestra ayuda? ¿Quién se prestaría a ser nuestro testigo? -Dio una palmadita amistosa en el hombro de Ranulfo-. Cúbrete con la capucha, baja la cabeza y mantén la mano bien lejos de tu daga.
Siguieron por High Street y se detuvieron en un lado de la calle mientras se abría la puerta de una iglesia: los estudiantes, con sus tabardos desharrapados sujetos a la cintura con cordeles y cinturones de piel, salían a la calle después de la misa del mediodía. Tal y como musitó Ranulfo, el servicio parecía haberles causado poco efecto. Los estudiantes se empujaban y daban codazos, vociferando con estridencia; algunos incluso cantaban parodias de los himnos que acababan de entonar en la iglesia. A pesar de la empapada y bulliciosa multitud, Corbett insistió en enseñar a sus dos acompañantes el perfil de la ciudad. Por fin decidieron regresar. Pasaron por la taberna de Swindlestock, andando con pies de plomo mientras caminaban alrededor del foso abierto en Carfax y se adentraban en Great Bailey Street, que llevaba hasta el castillo.
– ¿Para qué venimos aquí? -preguntó Maltote-. Pensaba que íbamos a Sparrow Hall.
– Hemos de hacer una visita al baile -explicó Corbett volviéndose sobre sus hombros-, sir Walter Bullock. -Sonrió-. Y será una experiencia inolvidable. Bullock es tan irascible como un perro hambriento.
Cruzaron el foso, que en realidad no era más que una zanja estrecha. Sobre el agua, cubierta de cieno negro, flotaba tranquilamente el cadáver remojado de un gato bajo el puente levadizo. Un guardia con un casco sucio de piel se paseaba de un lado a otro de la muralla bajo el rastrillo, con la espada y el escudo en el suelo junto a él. Apenas levantó la vista cuando atravesaron la muralla. El patio del castillo rebosaba de gente: un grupo de arqueros disparaban con fuerza a unos toneles; un hatajo de niños con pantalones sucios intentaba dar caza con espadas de madera a un ganso que graznaba asustado; varias mujeres permanecían de pie al lado de un pozo, restregando la ropa junto a los grandes toneles que les servían de palanganas. Nadie pareció darse cuenta de la presencia de los recién llegados, a excepción del harapiento vendedor de reliquias que pregonaba sus mercancías y se acercó con un trozo de madera en la mano.
– Comprad un trozo de enebro. -Puso el trozo de madera ennegrecida casi en los morros de Ranulfo.
– ¿Por qué?
El tipo abrió la boca mostrando su horrible dentadura mellada.
– Porque es del mismísimo árbol -susurró- que protegió al niño Jesús cuando la virgen María se lo llevó a Egipto, huyendo de la furia de Pilatos.
– Pensé que se trataba de Herodes -replicó Ranulfo.
– Sí, pero Pilatos le ayudó -balbuceó el vendedor.
Ranulfo cogió el trozo de madera y lo estudió con cuidado.
– No puedo comprarlo -añadió-; no es de un enebro, es de un saúco.
La boca del fanfarrón se abrió y cerró en el acto.
– Que Dios os bendiga, señor. Me habré confundido… ¿Estáis seguro?
– Desde luego -replicó Ranulfo devolviéndoselo.
– Entonces eso es lo que es -musitó el vendedor y, girando sobre sus talones, se dirigió hacia un grupo de soldados-. ¡Comprad un trozo de saúco -gritó-, del árbol en el que se colgó el mismísimo Judas!
Corbett sonrió. Estaba a punto de preguntarle a Ranulfo cómo había sabido diferenciar un enebro de un saúco cuando un golpe en la espalda le hizo darse la vuelta.
– ¿Qué queréis?
El sargento miró a Corbett de arriba abajo.
– ¿Qué queréis? -repitió-, ¿y de dónde habéis sacado esos caballos?
Ranulfo dio un paso al frente, interponiéndose entre su señor y el sargento, y clavó su mirada en el rostro sucio y sin afeitar de aquel hombre.
– Queremos ver al baile -replicó Ranulfo-, a sir Walter Bullock. Éste es sir Hugo Corbett, el principal escribano del rey de la cancillería del Sello Secreto.
El sargento carraspeó y acto seguido soltó un escupitajo.
– Me importa un bledo. Como si viene de parte del Santo Padre.
Hizo señas a un chico para que se acercara y se llevara los caballos. Luego, con un chasquido de dedos, indicó a Corbett y a sus acompañantes que le siguieran.
Encontraron a sir Walter en su cámara, situada encima de la casa del guardia de la entrada. Era una habitación austera con colgaduras en la pared como estandartes. El gordo y calvo baile comía un plato de anguilas; a su lado, en una bandeja, había varias manzanas y queso. Bullock, bajito y fornido, vestía un junquillo, unas calzas, una camisa, un cinturón de guerra y unas botas de montar de piel que resonaban sobre el suelo cubierto de paja. Al tiempo que el sargento instó a Corbett y a sus acompañantes a entrar en la estancia y cerró la puerta detrás de ellos con gran estruendo, el baile levantó su rostro bien afeitado, reluciente como un puchero de latón.
– ¿Qué deseáis? -preguntó con la boca llena de anguilas.
– Eso es lo que el ignorante bastardo de abajo me ha preguntado -replicó Ranulfo.
Bullock, desde su taburete, señaló a la aspillera con la cabeza.
– Es lo suficiente grande para que os arroje por ella.
Corbett suspiró, sacó de su zurrón el sello real y lo arrojó sobre la mesa. Bullock tragó la comida que tenía en la boca y lo cogió.
– ¿Sabéis lo que es, señor Bollock? [2] -entonó Ranulfo.
– Me llamo Bullock -rectificó el baile retirando su taburete y levantándose. Acto seguido se chupó los dedos y se los limpió con una servilleta sucia. Se acercó y se detuvo ante Ranulfo, con los brazos en jarras-. Me llamo Bullock -repitió-, ¿y sabéis por qué, señor? Pues porque soy como un toro: bajo, pero fuerte, impetuoso y de temperamento airado. -Golpeó a Ranulfo en el estómago-. Parecéis un chico acostumbrado a pelear, pero me trae sin cuidado: he podido con tipos mucho más grandes que vos. -Se volvió bruscamente hacia Corbett y le tendió la mano-. Lo siento, sir Hugo. El rey envió a un mensajero; os estábamos esperando.
Corbett apretó la mano del baile. Se dio cuenta de que debajo de los ojos de aquel hombre asomaban unas ojeras que delataban su cansancio.
– Parecéis fatigado, señor.
Sir Walter se dirigió a un banco cercano a la pared.
– Si me acostase, sir Hugo, nunca me levantaría. ¿Os apetece un poco de vino, algo de comer? -Miró de soslayo a Ranulfo-. ¿Quizás un vaso de agua del pozo para refrescaros después de vuestro caluroso y agotador viaje?
Ranulfo dedicó una sonrisa a aquel gallito de corral.
– Sir Walter, os pido disculpas.
El baile aceptó la mano tendida de Ranulfo y luego apretó los labios.
– ¡Soltádmela de una vez, por la vida de un soldado! -exclamó.
Esperó a que Corbett se sentara, luego se acercó un taburete y empezó a contar con sus dedos achaparrados.
– El rey no me deja ni respirar en Woodstock. Se ha convocado una junta del parlamento en Westminster y yo he recibido órdenes de que sea elegido el hombre adecuado. Hay un curandero que se dedica a vender dientes de rata a los niños. Hace cuatro meses que no pagan a la guarnición. Ya no me quedan suministros. Hay tres tipos en el Bocardo -se refería a la prisión de la ciudad- cuyos cuellos voy a retorcer antes de que anochezca. Una muchacha de la taberna Las Damas ha sido violada. Me ha salido un divieso en el culo. Hace dos noches que no duermo y unos parientes de mi mujer quieren venir y quedarse hasta la festividad de San Miguel. -Se detuvo para sorber por la nariz-. Ahora bien, eso es el menor de mis males.
Corbett sonrió. Metió la mano en su zurrón y le entregó dos monedas de oro.
– No acepto sobornos, sir Hugo.
– No se trata de un soborno -replicó Corbett-. Son vuestros honorarios. Informaré de ello al tesorero.
Las monedas desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.
– ¿Qué me decís del Campanero?
– No sé quién es -contestó el baile-. Todo lo que sé es que aparece cada vez con más frecuencia una de sus proclamas colgada en la puerta de alguna universidad o iglesia.
– ¿Vos no luchasteis en Evesham a favor de De Montfort? -preguntó Corbett con sequedad.
Bullock desvió la mirada de inmediato.
– Sí, así es -contestó como para sí mismo-. Era joven, un idealista, lo suficientemente estúpido para creer en sueños. Ahora, sir Hugo, soy un servidor del rey en la guerra y en la paz. No soy un traidor. No sé quién es el Campanero o de dónde viene. ¡Ah!, y eso que ya he hecho mis propias investigaciones entre las cabezas huecas de Sparrow Hall, pero sería igual de inútil silbar en medio del cementerio y esperar una respuesta.
– ¿Y qué me decís de los cadáveres encontrados en los alrededores de Oxford?
Bullock se encogió de hombros.
– Sabéis tanto como yo, sir Hugo. ¡Pobres hombres! Sus cabezas fueron decapitadas y colgadas de su propia cabellera de la rama de un árbol. He hecho salir a mis hombres. Han peinado los bosques y los campos. Algo se está cociendo por aquí. -Hizo una pausa mientras se rascaba un lunar en la mejilla derecha-. Oxford es un lugar muy curioso, sir Hugo. En las iglesias cantan el Salve Regina y veneran el cuerpo de Cristo. Por la noche, en las tabernas, pierden sus almas con el vino y se entregan a la lujuria. Detrás de las murallas, en aquellos parajes solitarios (resumiéndoos una larga historia), en la carretera de Banburry, mis hombres hablaron con un forastero. Los condujo a un claro en el bosque. Había una roca, era una losa enorme, como si el mismísimo Satán la hubiera sacado del infierno. Alguien la había utilizado como altar; todavía había marcas de fuego, manchas de sangre y, en la rama de un árbol, la calavera de un animal.
– ¿Brujos? -preguntó Corbett.
– Magos, brujos y hechiceras… -Bullock volvió a sorber por la nariz-. Eso es todo lo que había. Los campesinos y granjeros de la zona son inocentes: no tienen ni tiempo ni energía para esas tonterías.
– ¿Y vos pensáis que guarda relación con esas muertes?
– Es posible. -Bullock se limpió la boca con el dorso de la mano-. Me encantaría encontrar al asesino. Espero que sea uno de esos estudiantes pisaverdes y arrogantes. Por cierto, han traído otro cadáver esta mañana: un viejo bobalicón llamado Senex. Lo encontraron igual que al resto -Bullock sonrió inexorable-, con una excepción: la mano del viejo estaba fuertemente cerrada. Cuando conseguí abrírsela encontré unos cuantos guijarros y, lo más importante, un botón.
– ¿Un botón? -preguntó Ranulfo.
– Sí, de metal, con un gorrión grabado, la insignia de Sparrow Hall. Y todavía hay más -continuó Bullock-. Como sabéis, sir Hugo, esos botones sólo los llevan las túnicas que pertenecen a profesores y a algunos estudiantes ricos. La mayoría visten con simples trajes de arpillera.
– Entonces, ¿qué es lo que pensáis? -preguntó Corbett.
Bullock se puso en pie.
– Lo que creo es que se ha formado un aquelarre de brujos en la universidad que venera a los Señores de la Horca. La muerte de esos viejos mendigos está relacionada con algunas de esas horribles prácticas de brujería, pero no tengo ninguna prueba de ello. El viejo Senex pudo haber encontrado aquel botón cuando le estaban dando caza o arrancárselo a su agresor mientras luchaba a vida o muerte. Sin embargo, su cadáver no es el único que hemos encontrado esta mañana. -Bullock tomó un sorbo de su copa de vino-. La noche pasada, antes de Vísperas, William Passerel, el administrador, tuvo que huir de Sparrow Hall ante el abucheo de una multitud de estudiantes. No es ningún secreto que Ascham, a quien todos adoraban, escribió parte de su nombre en un trozo de pergamino mientras yacía moribundo en la biblioteca. Pero a lo que iba: Passerel huyó despavorido de la universidad y se refugió en el santuario de la iglesia de San Miguel. El padre Vicente, el párroco, le ofreció cobijo, comida y bebida. La multitud se dispersó, pero luego alguien entró en la iglesia y dejó una jarra de vino y una copa cerca de la verja que separa el coro de la nave. Passerel tomó un sorbo pero el vino estaba envenenado. Murió casi al instante.
– ¿Cómo sabéis todo eso? -preguntó Corbett.
– La iglesia de San Miguel tiene una anacoreta, una vieja chalada llamada Magdalena. Ella pudo ver a la persona que se infiltró en la nave; en realidad, vio solamente una sombra. Vio cómo Passerel bebía y luego escuchó sus alaridos. -Bullock se acercó a la puerta-. Vamos, os llevaré abajo, a la cámara mortuoria.
El baile los condujo a la cámara, fuera de la casa del portero, a través de un patio bullicioso. Bajaron por unas escaleras muy estrechas que parecían interminables hasta llegar a la bodega y a las mazmorras del castillo. Estaba oscuro como boca de lobo; sólo algunas antorchas iluminaban con su llama parpadeante la estancia. Bullock los guió a lo largo de un pasadizo húmedo y mohoso. Tras doblar una esquina, los hizo entrar en una habitación que había al fondo del pasillo. Abrió la puerta y un hedor agrio los asaltó de pronto. El suelo estaba cubierto por un montón de paja húmeda y maloliente. Unas velas gruesas y achaparradas y unas lámparas de aceite que desprendían un olor nauseabundo, colocadas sobre unas repisas daban un aire tétrico a aquella estancia abovedada. Cuando los ojos de Corbett empezaron a acostumbrarse a la luz, descubrió dos mesas, como ésas que se encuentran en un matadero, en cada una de las cuales yacía un cadáver. Uno estaba cubierto por una sábana; sólo se le veían los pies desnudos. El otro estaba tendido con sólo un taparrabos. El hombre inclinado sobre el cadáver vestía igual que un monje, con una capucha y una toga. Ni siquiera levantó la vista cuando entraron y siguió frotando el rostro del cuerpo con un paño.
– Buenos días, Hamell.
El hombre se volvió, echándose hacia atrás la capucha y reclinándose sobre la mesa. Tenía el rostro de un amarillo cadavérico, alargado como el de un caballo, unos ojos de mirada afligida y una boca babosa. Su labio superior estaba cubierto por un bigote despeinado y mal cortado por un lado. Miró con ojos legañosos al baile.
– Les presento a Hamell, el forense de nuestro castillo.
– Que está borracho -musitó Ranulfo.
– No estoy borracho -les replicó Hamell-. Sólo he tomado un poco de cordial. Éste es un trabajo inmundo. -Echó algunas bocanadas de su aliento a la cara de Ranulfo-. ¿Han venido a reclamar el cadáver?
– Es el escribano del rey -explicó Bullock.
– ¡Dios nos asista! -exclamó Hamell-. Entonces el rey requiere el cuerpo, ¿no? -Hamell se volvió a acercar al cadáver tambaleándose, con el paño húmedo todavía agarrado en la mano-. Éste está más muerto que mi abuela.
– ¿Qué provocó la muerte? -preguntó Corbett detrás de sus espaldas.
– Yo no soy médico -balbuceó Hamell.
Señaló las cicatrices moradas en el estómago, el pecho y el cuello de la víctima. La cara tenía un tono amarillento; los ojos se le salían de las órbitas y la boca estaba medio abierta, con la lengua fuera e hinchada.
– Tomó belladona -explicó Hamell-. Ya había visto otros casos anteriormente. Algunos la ingirieron de forma accidental -le indicó a Corbett que se colocara al otro lado de la mesa-, pero el rostro y la lengua hinchada -señaló el tono descolorido de la piel- indican que tomó una gran cantidad. Es muy fácil de preparar -añadió-, sobre todo si se mezcla con un vino fuerte.
– ¿Y no hay otras heridas? -preguntó Corbett-. ¿Otras marcas?
– Algunas cicatrices -respondió Hamell.
– ¿Y el otro cadáver?
Hamell se volvió y retiró la sábana. Corbett retrocedió. Ranulfo maldijo por lo bajo y Maltote se retiró a una esquina a vomitar. El cuerpo de Senex tenía un color blanco, como el del vientre rancio de un bacalao, pero era la cabeza separada del cuello ensangrentado y colocada debajo de uno de los brazos lo que convertía su visión en una escena espeluznante.
– Todavía no la he cosido -explicó Hamell sonriente-. Siempre lo hago.
Bullock, tapándose la boca con la mano, también se dio la vuelta.
– Y aseguraos de que lo hacéis correctamente -gruñó-. La última vez estabais tan borracho que la cosisteis al revés.
Corbett contempló el cuello cortado y la sangre ennegrecida e incrustada que lo rodeaba, y reconoció el corte limpio de un hacha bien afilada realizado con gran fuerza.
– ¡Cubridlo! -ordenó.
Hamell obedeció.
– ¿Qué le encontraron en la mano?
El forense señaló al otro lado de la mesa. Corbett, acercando una vela, examinó con cuidado el guijarro sucio; luego cogió el botón de azófar, tenía grabada la figura de un gorrión.
– ¿Puedo quedármelo? -preguntó.
Bullock asintió. Corbett examinó las manos de Senex, sus dedos fríos y agrietados y las uñas sucias y rotas. Apreció que la mano derecha estaba mucho más sucia que la mano izquierda. Luego observó lo mugrientas que estaban las rodillas.
– Debió de arrastrarse a cuatro patas -supuso Corbett- por el suelo. Su asesino debió de seguirle de cerca, levantó el hacha y entonces fue cuando probablemente perdió el botón. Pobre Senex, escarbando el suelo a su alrededor, debió de encontrarlo cuando el hacha le cayó encima. -Corbett se lo guardó en su zurrón-. Bueno, Dios es testigo, señor baile, de que ya he visto demasiado.
Salieron de la cámara. Maltote había recuperado la compostura, a pesar de que su rostro estaba tan pálido como el de un fantasma. Regresaron al patio, donde los esperaba el sargento que se había dirigido en un principio a Corbett.
– Tenéis más visitas, sir Walter, de Sparrow Hall: el vicerregente. El señor Tripham y otros han venido a reclamar el cuerpo de Passerel.
El soldado señaló un carro que estaba cerca de la puerta de entrada.
– ¿Dónde están?
– Los dejé en la cámara de la casa del guarda.
Sir Walter se frotó los ojos.
– Vamos, sir Hugo.
Volvieron para encontrarse con las tres personas que los esperaban. Alfred Tripham, el vicerregente, estaba sentado en un banco y no se molestó en levantarse cuando el baile y Corbett entraron en la sala. Era alto y tenía un rostro austero y bien afeitado bajo una mata de pelo canoso. Alrededor de su boca fina se le marcaban unas arrugas bastante pronunciadas. Vestía un traje azul celeste, y la capucha y la toga estaban adornadas con remates de seda, propios de su estatus de profesor. Lady Mathilda Braose estaba sentada en el taburete del baile. Era bajita y rechoncheta, tenía el cabello fino y canoso y un rostro bastante corriente cubierto por un velo oscuro. Llevaba un abrigo gris encima de un vestido granate con botones que le llegaban hasta la garganta. Tenía unos brillantes ojos marrones, pero estaban ensombrecidos por unas ojeras. La expresión altanera de sus labios concedía a su rostro una mirada arrogante y burlona. Richard Norreys, que hizo las presentaciones, era un hombre mucho más jovial y agradable; su rostro era redondo y lucía un bigote y una barba bien cuidados; el cabello, una mata de pelo rojo, se veía surcado por algunas canas. Su apretón de manos era firme y parecía dispuesto a complacer.
– Sir Walter, os hemos esperado aquí -declaró con un tono de voz cantarín-, porque nos dijeron que volveríais pronto, pero si llego a saber que teníais una visita tan importante… -los protuberantes ojos azules de Norreys pestañearon. Se humedeció los labios como si escogiera las palabras con cuidado.
– ¡Oh, dejaos de formalidades, Norreys! -exclamó Mathilda apartando de su lado el plato de anguilas-. Sir Walter, hemos venido a recoger el cadáver de Passerel. Tuvo una muerte muy deshonrosa, por eso queremos celebrar un funeral en su honor.
Bullock no le respondió, pero volvió a coger el plato de anguilas, se reclinó en la pared y empezó a comer. Miró tranquilamente a Tripham y Corbett notó el odio que había entre ellos. Lady Mathilda miró con el rabillo del ojo a Corbett y, con una mueca de desdén en sus labios, pasó por alto la presencia de Ranulfo y Maltote, que permanecían detrás de su amo.
– De modo que vos sois el escribano del rey, ¿no es cierto?
Sir Hugo le hizo una reverencia.
– Así es, señora.
– He oído hablar de vos, Corbett -continuó-, de vuestro gran olfato. Así que el perro del rey ha venido a Oxford a husmear entre la basura.
– No, señora -interrumpió Ranulfo de inmediato-. Hemos venido a Oxford para atrapar al Campanero, un traidor consumado. Le llevaremos a Londres para que sea colgado, arrastrado y descuartizado en Elms, cerca del río Tyburn.
– ¿Es eso verdad, pelirrojo? -preguntó Mathilda con sarcasmo-. ¿Atraparéis al Campanero y lo colgaréis? -Chasqueó los dedos-. ¿Y ya está?
– No señora -intervino Corbett-. Como vos dijisteis, removeré entre la basura y lo encontraré, así como al asesino responsable de las muertes de Ascham y Passerel y, quizás, al homicida de sangre fría que ha causado las muertes de los mendigos.
– ¿Qué queréis decir? -preguntó Tripham poniéndose en pie-, ¿qué es sólo uno y el mismo?
– Es un buen rastreador -sonrió sir Walter llevándose un trozo de pan a la boca-. Ya ha empezado a husmear entre la basura.
– Lady Mathilda, señor Tripham -intervino Norreys dirigiéndose a ellos con las manos en alto. De repente recordó algo y se limpió las palmas de las manos en su túnica de lana-. Sir Hugo es el escribano del rey -continuó-. Ya nos conocemos, señor -se acercó a Corbett-. Luché con el ejército del rey en Gales.
Corbett estrechó su mano.
– Señor, éramos tantos y hace tantos años…
– Lo sé, lo sé. -Norreys se arremangó la túnica y enseñó la guarda de piel que llevaba en la muñeca-. Presté mis servicios como especulador -explicó.
Corbett recordó y asintió.
– ¡Ah, sí! Erais explorador.
– Ahora los galeses están en Sparrow Hall -intervino Tripham. Forzó una sonrisa como si se disculpara por sus malos modales-. Sir Hugo, penséis lo que penséis, sed bienvenido. El rey ha insistido en que os ofrezcamos nuestra hospitalidad. Richard Norreys es el rector de la residencia. Se encargará de que os den bien de comer y os alojen adecuadamente. -Se echó la túnica por encima de los hombros-. Y esta noche, sir Hugo, seréis nuestro invitado en Sparrow Hall. Nuestros cocineros han sido educados al estilo francés. Señor Norreys, vos también podéis acompañarnos. -Hinchó los carrillos, soltó el aire y se dirigió hacia sir Walter, que todavía seguía reclinado en la pared-. Señor, ¿tenéis el cadáver de Passerel?
El baile seguía masticando tranquilamente. Puso el plato de nuevo sobre la mesa, se humedeció los labios y asintió a Corbett. Estaba a punto de conducir a Tripham fuera de la estancia cuando alguien llamó a la puerta. El joven que se coló en la habitación tenía un rostro lozano, llevaba el cabello cuidadosamente engrasado y recogido en la nuca. Vestía con las ropas de un commoner, un junquillo de lana marrón con calzas del mismo color arremetidas en las botas y un cinturón del que colgaba una daga atravesada por una argolla. Tenía un rostro corriente a excepción de los ojos, muy brillantes, curiosos y de mirada inquieta. Cuando lady Braose le hizo señas para que se acercara, cruzó la estancia como un perrito faldero y se quedó a su lado. Corbett observó con curiosidad cómo lady Mathilda se comunicaba con él a través de unos extraños signos que hacía con los dedos. El joven asintió y le contestó también con señas. El rostro de lady Mathilda se dulcificó, y a Corbett le recordó a una madre cariñosa con su hijo predilecto.
– Es mi escudero -anunció con orgullo-, el señor Moth -sonrió a Corbett-. Disculpadme si he sido un tanto brusca, señor, pero cuando Moth no está a mi lado -le dirigió una mirada al baile- tengo miedo de lo que le pueda suceder. -Dio unas palmaditas en la mano de Moth-. Es sordomudo: no tiene lengua. No sabe leer ni escribir. Es huérfano: un expósito que dejaron en Sparrow Hall. Es el hijo que nunca tuve pero que hubiera deseado tener. -Se volvió e hizo más signos con las manos. El joven le respondió y señaló hacia la ventana-. Señor baile -espetó Mathilda-, es hora de que nos marchemos, o si no el carro partirá sin nosotros. Sir Hugo -dijo poniéndose en pie-, ¿querréis ser nuestro invitado esta noche?
Corbett asintió.
– Y supongo que empezarán los interrogatorios.
– En efecto, señora.
Lady Mathilda cogió a Moth por el brazo y se dirigió hacia la puerta.
– Vamos. Señor baile -añadió-, vos deseáis que nos marchemos y nosotros también.
Sir Walter se despidió de Corbett, siguió a sus invitados y, volviéndose sobre sus hombros, gritó a Corbett que si deseaba hablar con él, ya sabía dónde encontrarlo. Corbett esperó hasta que sus pasos se perdieron a lo lejos.
– ¡Vaya potaje! ¿Eh, Ranulfo? -exclamó-. ¡Cuánto odio y resentimiento!
– ¿Acaso hay alguien en Oxford, sir Hugo, que quiera a alguien?
Corbett sonrió con ironía y se encaminó hacia la ventana. Contempló el patio del castillo y vio cómo sir Walter y su séquito se dirigían hacia la cámara mortuoria mientras lady Braose enviaba a Moth a buscar el carro.
– ¡Qué raro! -murmuró-. ¿Te das cuenta, Ranulfo? El administrador de Sparrow Hall es abucheado por los estudiantes y obligado a refugiarse en una iglesia donde más tarde es envenenado, mas nadie ha preguntado el porqué. Nadie demostró la más mínima lástima. Quiero decir que han venido a buscar el cadáver pero actúan como si hubieran venido a recoger un paquete que se dejaron. Pero ¿por qué, eh?
– Quizá Passerel no era de su agrado.
– No lo creo. -Corbett se humedeció los labios y se dio cuenta de pronto del hambre y de la sed que tenía-. Venga, rompamos nuestro ayuno en alguna taberna y luego vayamos a la residencia a ver lo que nos espera.
– No habéis respondido a vuestra pregunta, amo.
Corbett se detuvo, la mano en el pomo de la puerta.
– Me apuesto un tonel de vino contra un barril de malmsey que pronto todo el mundo creerá que Passerel era un asesino; quizás incluso dirán que era el Campanero, y que, si somos lo suficientemente estúpidos para tragárnoslo, el verdadero Campanero permanecerá en silencio hasta que nos marchemos de Oxford.
Capítulo IV
Dos horas después, cuando el cielo se cubrió de nubes amenazando lluvia, Corbett y sus acompañantes llegaron a Sparrow Hall, situado en Pilchard Lane. La universidad en sí misma era un edificio pintoresco de tres plantas con un techo de tejas grises coronado de ladrillos de piedra arenisca amarilla. La universidad se enorgullecía de su mirador acristalado construido encima de una magnífica puerta principal. El resto de ventanas eran cuadradas y muy amplias, con vidrios de colores que rellenaban los espacios entre los parteluces. La residencia del otro lado de la calle era indescriptible. Parece ser que su fundador había comprado tres mansiones de cuatro plantas, todas con cimientos de ladrillos. Los pisos de arriba tenían vigas de madera y de yeso, y las casas estaban conectadas a través de galerías de madera provisionales. El albergue no tenía la gracia de la universidad; algunas de las ventanas estaban cerradas y las otras, cubiertas de papel vitela.
Corbett, Ranulfo y Maltote bajaron por una calle lateral y entraron por el patio de atrás, lleno de guijarros cubiertos de barro. En él se encontraban los establos, las herrerías y las despensas. Los estudiantes, vestidos con trajes distintos, se apelotonaban en las puertas de entrada abiertas. Un mozo de cuadra cruzó el patio para llevarse los caballos. Mientras Corbett desmontaba, los estudiantes los miraron con curiosidad, se juntaron en varios grupos que susurraban entre sí y no hacían más que señalarlos. Un ladrillo voló por encima de sus cabezas y se escuchó a alguien gritar con acento galés: «¡Los perros del rey ya han llegado!».
Ranulfo se llevó la mano a la daga. Se hizo silencio en el patio. Acudieron todavía más estudiantes. Un joven alto y fornido se apartó lánguidamente un mechón de pelo de su rostro sonrojado. Vestía un traje de commoner, unas calzas prietas, unas botas de piel suave, una camisa blanca de batista cubierta por un traje que le llegaba justo por encima de una bragueta protuberante. Llevaba un ancho talabarte de piel alrededor de la cintura del que colgaban una espada y una daga agarradas por una argolla. El joven se paseaba de un lado para otro, con los demás pisándole los talones.
El mozo de cuadra se llevó perezosamente a los caballos, mientras los estudiantes rodearon a Corbett y a sus acompañantes.
– Hace un buen día -afirmó Corbett echándose la capa sobre los hombros de manera que los estudiantes pudieran ver su espada-. ¿No deberíais estar estudiando el trivio, el cuadrivio, gramática y lógica? Ya lo dijo Aristóteles con palabras inmortales: «Buscad la verdad y dirigid vuestra voluntad hacia el bien».
El líder de los estudiantes se detuvo, medio perplejo. Le habría gustado contestarle al estilo clásico. Corbett le reprimió con un dedo.
– Habéis descuidado vuestros libros, ¿verdad, señor?
– Es cierto -admitió el joven apesadumbrado; su voz delataba un suave acento galés-. La vida en la residencia se ha visto perturbada por las idas y venidas de escribanos del rey haciendo toda clase de preguntas.
– En ese caso -interrumpió Ranulfo dando un paso al frente- podéis uniros a nosotros en Woodstock para tratar el asunto con su majestad el rey.
– El rey Eduardo de Inglaterra me trae sin cuidado -replicó el tipo sonriendo por encima del hombro a sus compañeros-. Llewellyn y David son nuestros príncipes.
– Eso es traición -contestó Ranulfo.
El líder de los estudiantes dio un paso al frente.
– Me llamo David ap Thomas -afirmó con rotundidad-. ¿Qué os pasa, escribano? ¿No os gustan los galeses?
– Me encantan -replicó Corbett dando a Ranulfo una palmadita en el hombro para que se tranquilizara-. Estoy casado con Lady Maeve ap Llewellyn. Su tío Morgan es mi pariente. Y sí, he luchado contra los galeses, son unos firmes guerreros y no unos matones.
El estudiante se quedó mirándolo con perplejidad.
– Bien -empezó Corbett-, ahora, u os apartáis de mi camino o…
– ¡Dejadles en paz, Ap Thomas! -gritó una voz.
Richard Norreys se abrió paso entre la multitud. Los estudiantes se dispersaron, no ante la llegada de Norreys sino porque Corbett les había revelado su vínculo con una de las familias más importantes del sur de Gales. Norreys se disculpó de mil maneras mientras los conducía a través del patio hacia las escaleras de la entrada de la residencia. El pasillo estaba bastante sucio; sus paredes blanqueadas estaban llenas de marcas y de manchas, pero la estancia en sí misma era agradable. El suelo de piedra arenisca estaba recién fregado y los tapices, escudos y armas colgaban de las paredes. Norreys los invitó a sentarse en una mesa y acto seguido chasqueó los dedos para hacer que un criado trajera copas de vino blanco y un plato de almendras garrapiñadas.
– Debo disculparme por la actitud de Ap Thomas. -Respiró hondo mientras se sentaba al fondo de la mesa al lado de Corbett-. Es un noble galés y siempre le gusta hacerse el gallito.
– ¿Hay muchos galeses por aquí? -preguntó Corbett.
– Un buen número -replicó Norreys-. Cuando Henry Braose fundó la universidad y compró la residencia, se creó un estatuto especial en la Carta de Fundación para los estudiantes de los condados del sur de Gales. -Sonrió Norreys-. Henry se sentía culpable ante la cantidad de galeses que había matado, pero… ¿y quién no, sir Hugo?
Durante un rato estuvieron hablando sobré la guerra en Gales. Norreys recordó los valles cubiertos de niebla, las peligrosas marchas, las súbitas emboscadas y el sigilo con el que los guerreros galeses se colaban en los campamentos reales por la noche para cortarles la cabeza a los soldados o degollarlos.
– ¿Estuvisteis mucho tiempo? -preguntó Corbett.
– Sí, bastante -replicó Norreys. Abrió las manos-. Así es como logré un ascenso aquí. Una compensación por los servicios prestados. -Miró hacia la vela de las horas, que ardía en una repisa sobre la chimenea-. Pero, vamos, sir Hugo, nos esperan en la universidad a las siete y el señor Tripham es un maniático de la puntualidad. -Se puso en pie-. Tengo dos habitaciones para vos -continuó Norreys-, dos habitaciones en la segunda planta.
Los condujo fuera de la estancia y los llevó por unas escaleras de madera. De vez en cuando se detenían para dejar pasar a los estudiantes, que apresurados iban de un lado para otro con sus libros en las manos y sus bolsas y carteras colgando de los hombros.
– Van al colegio de la tarde -explicó Norreys.
Empezó entonces a describir cómo Braose había comprado tres grandes mansiones con sus bodegas y cámaras y las había juntado para crear la residencia.
– ¡Oh, sí! Aquí tenemos de todo -se jactó-: cuartos para los commoners, dormitorios para los criados y cámaras para los universitarios, es decir, para todos los que tienen dinero para pagarlas. -Vio cómo Maltote sudaba por el peso de las alforjas que llevaba encima-. Pero vamos, vamos.
Norreys los condujo hasta la segunda galería. El pasillo era húmedo y sombrío, y las paredes estaban cubiertas de moho. Abrió las puertas de las dos habitaciones, que no eran más que dos celdas monásticas austeras. La primera tenía dos carriolas; la otra, la de Corbett, un colchón en el suelo. También tenía una mesa, una silla, un arca, dos candelabros y un crucifijo colgado en la pared.
– Es todo lo que he podido hacer -murmuró Norreys. Miró avergonzado a Corbett-. Sir Hugo, realmente no sois tan bienvenido a este lugar, debéis saberlo. -Cambió de tema con rapidez-. Si aprieta el frío, puedo mandar que os traigan braseros. Por el amor de Dios, mirad las velas; vivimos siempre con el miedo del fuego. El refectorio y la bodega están en el piso de abajo, mas el señor Tripham os invitará probablemente a comer en la universidad.
– ¿Podríais traernos un poco de agua? -preguntó Corbett-. A mis compañeros y a mí nos gustaría lavarnos.
Norreys asintió y se marchó.
Maldiciendo y murmurando entre dientes, Ranulfo y Maltote se pusieron lo más cómodos posible. Corbett colocó las pocas pertenencias que había traído consigo en una pequeña arca maltrecha bajo la ventana. Escondió su bolsa con todos los utensilios de escribir debajo de su almohada antes de ir a ver a Ranulfo y a Maltote. De pie, en la puerta, se sonrió: Maltote estaba a punto de quedarse profundamente dormido en su cama, acurrucado como un niño; Ranulfo, sentado a su lado, contemplaba la pared.
– No me digas que deseáis volver a Leighton -le chinchó Corbett.
– Ahora entiendo por qué nos dijisteis que no trajéramos nada o casi nada de valor -replicó Ranulfo sin volverse.
– En Oxford -empezó a decir Corbett-, los estudiantes no son ladrones: son buitres. Si quieren algo, lo cogen. Yo empecé mi primer trimestre de verano aquí con un juego de ropa y lo acabé con otro.
Un criado les subió dos palanganas de peltre y jarras de agua. Corbett regresó a su habitación. Se lavó la cara y las manos, descansó un poco y estaba a punto de quedarse dormido cuando lo desveló el tañido ensordecedor de una campana. Se puso en pie, se abrochó el cinturón y decidió dar una vuelta por la residencia. La extensión de la mansión enseguida le hizo pensar en el laberinto del jardín de la reina Eleanor en Westminster: había por doquier pasillos y galerías, escaleras y escalones que llevaban a todas partes, habitaciones con pasado histórico, oficinas, almacenes… En resumen, era una auténtica madriguera. Nada estaba limpio en exceso. Percibió un olor a aceite quemado y a col hervida. Bajó al refectorio, una estancia alargada de paredes blanqueadas con mesas y bancos colocados a lo largo de la sala. Unos cuantos estudiantes se habían reunido allí y discutían en voz alta, mientras otros se caían de sueño sobre las esteras en una esquina. Se le acercó un criado y le preguntó si deseaba beber algo, pero Corbett declinó la invitación. Atravesó un pasillo y se detuvo ante una gran puerta de hierro tachonada. Intentó abrirla empujando el manubrio pero estaba cerrada.
– ¿Puedo ayudaros? -preguntó Norreys, que se acercaba a la carrera, agitando un manojo de llaves.
– Estoy fascinado por vuestra residencia, profesor Norreys. Es un auténtico laberinto.
– Y podría estar mejor -replicó Norreys-, pero los rectores se niegan a gastar más dinero -señaló la puerta-. Esta puerta lleva a las bodegas y a las despensas. Siempre está firmemente cerrada; de otro modo, los estudiantes podrían robar vino y cerveza y coger lo que quisieran de las despensas. ¿Queréis bajar? Debo advertiros que no es mejor que el resto de la residencia y necesitaréis una vela.
Corbett sacudió la cabeza.
– ¿Qué eran estos edificios anteriormente?
– Pertenecieron a un vendedor de vino. Una de las casas se utilizaba como almacén y el vendedor y su familia vivían en las otras dos. Hay un patio y unas bodegas abajo.
– ¿Y jardines?
– ¡Oh, no! El precio de la tierra cada vez es más alto, sir Hugo. Hace cinco años el profesor Copsale vendió los terrenos del jardín al ayuntamiento de la ciudad.
Corbett le dio las gracias y volvió a su habitación. Ranulfo y Maltote estaban despiertos. Después de deshacer su equipaje, se vistieron y siguieron a Corbett fuera de la residencia calle abajo. Se detuvieron ante un fraile que caminaba con paso ligero empujando una carretilla en la que transportaba un cadáver amortajado. Al lado del fraile iba un joven, luchando por mantener una vela encendida: a cada paso el monaguillo cogía una campana que colgaba de una cuerda que llevaba atada a la cintura y la hacía sonar para advertir de su presencia. Corbett se santiguó y levantó la vista hacia las ventanas de las universidades de enfrente. El cielo estaba todavía encapotado y entrevió la luz de algunas velas. Tres deudores, que habían salido de la prisión con el castigo de ir encadenados juntos, andaban cojeando con sus platillos de limosna en las manos. Un alguacil borracho que los seguía tambaleándose, maldecía y gritaba a un grupo de niños que le habían golpeado en su carrera por alcanzar a un monito vestido con una chaqueta diminuta y un sombrero de cascabeles. Lanzaban palos y piedras y, por turnos, eran acosados por el vendedor de reliquias con el que Corbett se había topado antes en el castillo. Corbett depositó una moneda en uno de los platillos de los mendigos y esperó a que pasara el tumulto de gente antes de proseguir su camino. Tiró con fuerza de la campana que había en la puerta de la entrada de la universidad: ésta se abrió de par en par y Moth los invitó a entrar con una sonrisa en los labios. Corbett enseguida se quedó sorprendido por la diferencia que había entre la residencia y la universidad: allí un revestimiento de madera de roble reluciente cubría la mayoría de las paredes, decoradas con llamativas colgaduras y tapices; un conjunto de esteras yacía sobre el suelo de adoquines; había velas ardiendo encima de soportes de latón y unos pequeños botes llenos de hierbas de diversas fragancias colocados sobre las estanterías y en las esquinas.
Moth los condujo en silencio al salón, una estancia confortable y acogedora. Tripham y lady Mathilda estaban sentados en dos sillas cuadradas frente al fuego. Moth, con la ayuda de un criado, trajo unos taburetes para Corbett y sus acompañantes. Se intercambiaron algunos saludos, les ofrecieron vino y algunos pedazos de queso fundido que aceptaron con mucho agrado. Tripham debió de captar la mirada satírica de Corbett ante los lujos que se almacenaban en aquella estancia: tapices, esteras turcas, recipientes de plata y de peltre relucientes sobre las estanterías, cofres pequeños de metal y tres arcas alargadas sobre una mesa en una de las esquinas.
– Sir Hugo -se disculpó Tripham tomando un sorbo de vino-, supongo que la residencia no es quizás el mejor o el más lujoso de los alojamientos.
Corbett le dio un suave golpecito a Ranulfo antes de que pudiera abrir la boca.
– He dormido en sitios peores -contestó Corbett-. El señor Norreys ha hecho todo lo que ha podido.
– Veréis… -interrumpió lady Mathilda-. Sólo hay que ver las estatuas de Sparrow Hall. Mi hermano, que Dios bendiga su memoria, decretó que ésta era una casa del saber y que, aparte de mí, ningún otro huésped podía alojarse aquí.
– Pero vos no sois ningún huésped -apuntó Tripham con delicadeza.
Lady Mathilda se limitó a respirar hondo y a mirar hacia otro lado.
– ¿Cuándo se fundó la universidad? -preguntó Corbett.
– Hace treinta años -contestó Mathilda-. Un año después de la coronación del rey Eduardo. Mi hermano -sus ojos brillaron de emoción- deseaba crear un lugar de erudición, libros y manuscritos. De Sparrow Hall han salido escribanos, eruditos, curas y obispos -añadió con orgullo-. Mi hermano estaría muy satisfecho, aunque -añadió secamente- quizá su contribución a la universidad y su fundación no se han reconocido lo suficiente.
– Lady Mathilda -suspiró Tripham-, ya hemos hablado de este asunto miles de veces. No tenemos casi recursos.
– Todavía pienso -respondió ella- que la universidad podía encontrar más recursos para fundar una cátedra en la universidad en nombre de mi hermano. -Se pellizcó la piel del cuello-. Pronto aquellos que conocieron a mi hermano estarán muertos y nadie recordará sus grandes logros. -Lanzó una mirada a Corbett-. El rey también es un desagradecido: una donación…
– Su majestad no puede donar algo que no tiene -fue la respuesta de Corbett.
– ¡ Ah, sí! -exclamó lady Mathilda-. La guerra en Escocia. Es una pena. -Cogió su copa de vino y se quedó contemplando el fuego-. Es una pena que el rey Eduardo se haya olvidado de mi hermano y del día que defendió su estandarte en Evesham cuando acabó con De Montfort.
– Nadie lo ha olvidado -volvió a intervenir Tripham con dulzura.
– No, ni yo tampoco -afirmó lady Mathilda-. Quizá las cuentas de la universidad deberían estudiarse con más detalle.
– ¿Qué queréis decir? -preguntó Tripham con su escuálido cuello en tensión y la nuez bailándole como un corcho sobre una charca.
Ranulfo y Maltote permanecían sentados, contemplando atónitos el rencor que había surgido entre sus dos invitados. Corbett, incómodo, fijó la mirada en el gorrión grabado sobre la divisa que había encima de la repisa de la chimenea. Tradujo las palabras escritas en latín, una cita del Evangelio: ¿ACASO VOSOTROS NO VALÉIS MÁS QUE UNOS CUANTOS GORRIONES? Lady Mathilda se dio cuenta de la distracción de Corbett, por lo que soltó un suspiró e hizo señas a Tripham indicándole que esos asuntos tendrían que esperar.
– Sir Hugo, ¿habéis encontrado algún sentido a la muerte de Passerel? ¿Podría haber sido el Campanero? -preguntó Tripham-. Quiero decir que el ataque de los estudiantes fue imperdonable, mas -hizo un mohín- Ascham era un profesor querido por todos, inocente como un niño. Escribió el nombre de Passerel casi completo en un trozo de pergamino antes de morir.
– Sería demasiado osado -respondió- afirmar que Passerel era el Campanero, pensar que asesinó a Ascham porque el archivero había descubierto su verdadera identidad y que luego Passerel huyó a San Miguel, donde murió a consecuencia de un acto de venganza. -Corbett depositó su copa en el suelo-. Si ésa es la verdad, y pudiese probarla, el rey pasaría por alto la muerte de Passerel, declararía que por fin el Campanero ha sido acallado, que se ha hecho justicia y ya nada me retendría en Oxford. -Se encogió de hombros-. ¿Quién sabe? También podríamos suponer que Passerel estaba detrás de la muerte de esos mendigos que han encontrado en los bosques en las afueras de la ciudad.
– Pero ¿podría fallaros de tal modo vuestra lógica? -preguntó una voz detrás de él.
Corbett se volvió mientras Leonard Appleston cogía un taburete y se unía al grupo. Se presentó y estrechó con fuerza la mano de Corbett y de sus acompañantes.
– ¿Se os da bien la lógica? -preguntó Corbett.
El rostro cuadrado y bronceado de Appleston dibujó una sonrisa, mientras sus ojos adoptaban una mirada algo tímida. Se rascó una herida abierta que tenía en la comisura de la boca, como un estudiante preguntándose si iba a ser o no halagado por sus compañeros.
– Leonard es todo un maestro de la lógica -interrumpió Mathilda-. Sus conferencias en los colegios son de lo más reconocidas.
– He oído lo que decíais -declaró Appleston-. Sería perfecto que Passerel fuera el asesino, el fons et origo de todos nuestros problemas.
– ¿Creéis eso? -preguntó Corbett.
– Si existe un problema -añadió Appleston sonriendo a Ranulfo y abriéndose más espacio-, entonces debe existir una solución.
– Sí, y ahí está el problema -replicó Corbett-. Aunque ¿qué pasa si el problema es complejo pero la solución es tan simple que incluso os hace replantearos si existía tal problema desde un principio?
– ¿Qué queréis decir? -preguntó Appleston cogiendo la copa que le había brindado Moth.
Corbett hizo una pausa para poner sus pensamientos en orden.
– Señor Appleston, vos dais conferencias en los colegios sobre la existencia de Dios.
– Sí, mis clases se basan en la obra Summa Theologica, de Santo Tomás.
– Y supongo que comentáis las pruebas de la existencia de Dios.
– Desde luego.
– En ese caso -replicó Corbett-, ¿no estaríais de acuerdo en que, si pruebo la existencia de Dios, Dios podría dejar de existir?
Appleston entornó los ojos.
– Quiero decir -se explicó Corbett- que si yo, que soy finito y mortal, puedo probar, sin ninguna duda, que existe un ser inmortal e infinito, entonces, una de dos, o yo también soy infinito e inmortal o bien lo que estoy probando no puede existir en primer lugar. En otras palabras, una prueba tan nimia de la existencia de Dios es demasiado simple y es, por lo tanto, no lógica. Es un poco como si dijera que puedo verter un galón de agua en un pichel de pinta: si así fuera, entonces no es ni el galón ni el pichel lo que puede acoger más de una pinta.
– Concedo -gruñó Appleston-, aunque tendré que reflexionar sobre lo que habéis dicho, sir Hugo.
– Lo mismo puede aplicarse a Passerel -añadió Corbett a continuación-. Si él fuera el Campanero, el asesino de Robert Ascham y John Copsale, por no hablar de los mendigos, entonces diría que la solución es simple, perfecta y, por lo tanto, totalmente ilógica.
– Estoy de acuerdo -declaró Ranulfo haciendo un guiño a Maltote.
– Y entonces, ¿quién mató a Ascham? -preguntó Tripham con calma.
– No lo sé -respondió Corbett-; por eso estoy aquí. -Se volvió hacia Tripham-. Me gustaría visitar la biblioteca esta noche. ¿Quizá después de cenar…?
– Desde luego -accedió el vicerregente-. Podemos tomarnos el vino dulce allí abajo, es una estancia muy acogedora.
Moth se acercó. Dio unas palmaditas en los hombros de Mathilda y empezó a hacer signos extraños con las manos.
– Pronto estará la cena -declaró, poniéndose en pie, y cogió el bastón que tenía en una esquina de la chimenea-. Señores, nos veremos luego -y salió fuera de la estancia, una mano en el bastón y la otra del brazo de su silencioso criado.
La conversación continuó, aunque de un modo inconexo. Appleston y Tripham hicieron algunas preguntas sobre la tasación y el precio del maíz en el feudo de Leighton. Llegaron otros profesores: Aylric Churchley, de ciencias naturales, delgado como un palillo, de rostro irascible y algunos mechones de cabello gris levantados sobre su cabeza calva. Tenía un tono de voz tan elevado y estridente que Corbett tuvo que amonestar en silencio a Ranulfo y a Maltote para que no se les escapara la risa. Peter Langton era un hombre pequeño de cara estrecha y bronceada surcada de arrugas con ojos reumáticos, que hacía alabanzas a todo el mundo, especialmente a Churchley, a quien aclamó como el mayor de los médicos de Oxford. Bernard Barnett fue el último en llegar, de cara rechoncha con una frente muy alta, era un tonelete de hombre con ojos brillantes y un labio inferior muy grueso. Tenía la mirada agresiva, como si siempre estuviera dispuesto a discutir por cualquier pretexto, aunque fuese tan ridículo como el de cuántos ángeles podrían sentarse en la punta de un alfiler.
Lady Mathilda regresó y Tripham los guió fuera de la sala a través de un pasillo que conducía al refectorio. Era una estancia muy lujosa de forma oval, acogedora y agradable. La mesa, situada al fondo de la sala, estaba cubierta por un mantel blanco de seda resplandeciente a la luz de las velas de cera de abeja, que se reflejaba en las copas y la cubertería de plata y de peltre. Hermosos tapices y colgaduras que representaban escenas de la vida del rey Arturo pendían de un recubrimiento de madera oscura. Esteras pequeñas cubrían el suelo. En cada esquina habían colocado un brasero que despedía dulces fragancias y varios centros de flores se habían dispuesto sobre los asientos forrados junto a la ventana; su aroma se mezclaba con los olores empalagosos y que hacían la boca agua procedentes de la despensa al fondo de la estancia. Tripham se sentó en un extremo de la mesa, con lady Mathilda a su derecha y Corbett a su izquierda. Ranulfo y Maltote fueron colocados en la otra punta junto a Richard Norreys, que había estado supervisando a los cocineros. Tripham bendijo la mesa, trazando una bendición en el aire tras la que sirvieron la comida: sopa de codorniz seguida de carne de cisne y faisán, adobadas con ricas salsas de vino, y finalmente rosbif con mostaza. Durante toda la comida corrió el vino, servido por unos camareros silenciosos que permanecían de pie en las sombras. Corbett probó de todos los platos y bebió con moderación, pero Ranulfo y Maltote se echaron encima de ellos como lobos hambrientos.
La mayoría de los profesores bebieron copiosamente y comieron con rapidez. Sus rostros adquirieron un tono rosado y aumentó el volumen de voz. Tripham se mantuvo extrañamente silencioso mientras lady Mathilda, cuyo rencor por el vicerregente era obvio, se limitó a mordisquear la comida y a tomar algunos sorbos de vino. De vez en cuando se volvía y empezaba a hablar con Moth mediante aquel lenguaje de signos extraños.
Tripham se reclinó hacia delante.
– Sir Hugo, ¿deseáis decir algunas palabras sobre vuestra presencia en Oxford?
– Sí, señor. En efecto. -Corbett miró al fondo de la mesa-. Quizás este momento sea tan bueno como cualquier otro.
Tripham golpeó la mesa y pidió silencio.
– Nuestro invitado, sir Hugo Corbett -anunció-, tiene que hacernos algunas preguntas.
– Todos sabéis -empezó Corbett con brusquedad- acerca del Campanero y de sus traicioneras publicaciones.
Los profesores evitaron encontrarse con la mirada de Corbett; en cambio se observaban los unos a los otros o bien jugueteaban cabizbajos con sus copas o cuchillos.
– El Campanero -continuó Corbett- ha proclamado que es de Sparrow Hall. Sabemos que su escritura es la de un escribano, si bien podría ser la de cualquiera, y que el pergamino es caro. En consecuencia, el escritor es un hombre de cierta riqueza y educación.
– ¡No es ninguno de nosotros! -chirrió Churchley pasando los dedos alrededor del cuello de su traje azul marino-. Ninguno de nosotros es un traidor. Satán podría decir que vive en Sparrow Hall, pero si vive o no, ésa ya es otra cuestión.
Sus palabras fueron aclamadas por un murmullo de asentimiento; incluso Langton, de voz suave, asintió con la cabeza vigorosamente.
– Entonces ¿nadie de los aquí presentes sabe nada del Campanero?
Un coro de negativas recogió la pregunta.
– Escribe y envía sus proclamas por la noche -explicó Churchley-. Sir Hugo, normalmente todos estamos deseosos de irnos a la cama. Incluso si quisiéramos salir a dar una vuelta, Oxford, por la noche, es una ciudad peligrosa. Además, las puertas están cerradas con pestillo. Cualquiera que saliera a tales horas llamaría sin duda la atención.
– Por eso -interrumpió Appleston bruscamente- el escritor debe de ser un estudiante. Algunos de ellos son pobres, pero otros son muy ricos. Se han formado en el arte de la escritura y, para los jóvenes, De Montfort todavía es un mártir.
– ¿Hay toque de queda en la residencia? -preguntó Corbett a Norreys.
– Por supuesto, sir Hugo, pero proclamarlo y ejecutarlo entre esos jóvenes de sangre caliente ya es otro cantar. Pueden entrar y salir como les dé la gana.
– Supongamos -empezó a decir Corbett-, causa disputandi que el Campanero no es ni un miembro de Sparrow Hall ni de la residencia. ¿Por qué quería entonces afirmar que lo es?
– ¡Ah! -exhaló lady Mathilda, plegándose las arrugas voluminosas de su vestido-. Se han escrito tantas tonterías sobre De Montfort… Cuando mi querido hermano vino aquí y fundó la universidad, compró las viviendas de enfrente para construir la residencia. Una mujer viuda, con su hijo, vivía en las bodegas de vino al otro lado de la calle. Era bastante buena pero estaba un poco mal de la cabeza. Al parecer, su marido había sido uno de los concejales de De Montfort. Mi hermano, que Dios le bendiga, le tuvo que pedir que se marchara. La invitó a irse a vivir a otro sitio, pero ella se negó. -Lady Mathilda pasó el dedo por el borde de su copa-. Os resumiré una larga historia, sir Hugo: La mujer decidió vagabundear por las calles con su hijo a cuestas hasta que, una noche de invierno, el pequeño murió. Entonces cogió el cadáver de su hijo y lo bajó a la calle. Tenía una campanita y empezó a tocarla. La multitud se apelotonó a su alrededor, mi hermano y yo misma también. Luego encendió una vela, elaborada, según dijo, con la grasa de un hombre al que habían colgado, y maldijo a mi hermano y a Sparrow Hall. Juró solemnemente que un día el Campanero regresaría en busca de venganza, tanto por ella como por la memoria gloriosa del también llamado conde Simón.
– ¿Y qué fue de ella? -preguntó Corbett.
Lady Mathilda sonrió; bajo la luz parpadeante de la vela le recordó a un gato: los ojos estrechos, la piel y el rostro tersos y la mano enroscada como una zarpa sobre la mesa.
– Eso sí es una coincidencia, sir Hugo. Ingresó en un convento de monjas en Godstowe, pero, debido a sus extravagancias, se marchó de allí. Ahora es la anacoreta de la iglesia de San Miguel. ¡Sí!, el mismo lugar en el que Passerel fue envenenado.
– ¿Por qué al Campanero? -interrumpió Maltote, que normalmente estaba callado, animado por el vino y resuelto a hablar-. ¿Por qué se refirió al Campanero?
– Porque, en Londres -intervino Tripham enseguida-, el Campanero de la Muerte permanece fuera de la prisión de Fleet y Newgate por la noche, antes de que llegue el día de la ejecución de los presos. De este modo avisa a los prisioneros condenados en las celdas de que les ha llegado la hora.
– Y no sólo eso -intervino Langton con timidez-. Sir Hugo, hace muchos años, yo no era más que un joven aprendiz de escribano cerca de San Pablo, cuando De Montfort levantó el estandarte de su rebelión contra el rey, las bandas de graduados eran convocadas por un heraldo que se hacía llamar el Campanero.
Corbett sonrió en señal de acuerdo, pero en el fondo se preguntó cuántos de los que vivían en Sparrow Hall habrían luchado al lado del conde muerto.
– Entonces, no sabéis nada -afirmó- acerca del actual Campanero o de esas horribles muertes de los mendigos.
– ¡Vamos, vamos! -exclamó Churchley aporreando la mesa-. Sir Hugo, sir Hugo, ¿por qué debería cualquiera de nosotros querer quitarles la vida a esos pobres desgraciados?
– Oxford está lleno de aquelarres y agrupaciones -intervino Appleston-. Los jóvenes se entretienen con ese tipo de ritos extraños y prácticas de brujería. Tenemos a hombres procedentes de marcas de occidente cuya cristiandad, por decirlo sin tapujos, es tan frágil como el cristal.
– Pero volvamos a otros asuntos que nos conciernen más directamente -replicó Corbett-. ¿Qué me decís de la muerte de John Copsale?
– Tenía el corazón débil -declaró Churchley-. Yo le preparaba a menudo un brebaje de digital para mitigar el calor y hacer que la sangre le fluyera mejor. Sir Hugo, yo era el médico de Copsale. Pudo haber muerto en cualquier momento; cuando lo amortajé para el funeral no noté nada extraño.
– ¿Dónde fue enterrado? -preguntó Corbett.
– En el patio de la iglesia de Santa María. Passerel también será enterrado allí. La universidad posee un terreno al lado del cementerio.
– ¿Dijo algo Passerel? -preguntó Ranulfo desde el fondo de la mesa-. Algo que explicara por qué Ascham escribió su nombre, o parte de él, en aquel trozo de pergamino.
– Negó acaloradamente tener culpa alguna -replicó Norreys-. Cada vez que venía a comprobar las existencias o a firmar las cuentas, el pobre soltaba todo un discurso sobre su inocencia.
– Y todos estábamos de acuerdo con él -apuntó Tripham-. El día que Ascham fue asesinado, Passerel estaba de viaje de vuelta de Abingdon.
– El cadáver de Ascham ya debía de estar frío -intervino Churchley- cuando Passerel llegó a eso de las cinco. Fue él quien inició la búsqueda del pobre Robert y, cuando forzamos la puerta, Ascham estaba tan frío como el hielo.
– ¿A qué hora creéis que murió? -preguntó Corbett.
– Sabemos que se fue a la biblioteca -contestó Tripham- a eso de la una o las dos de la tarde. Se encerró y echó el pestillo de la puerta. Debía de estar buscando algo pero nunca mencionó nada al respecto. Pero, a lo que iba: parte de aquella tarde la pasé discutiendo con lady Mathilda acerca de los beneficios de la universidad -lanzó una mirada intencionada a su derecha-. Luego bajamos a la despensa. Passerel irrumpió en la sala diciendo que la biblioteca estaba cerrada y que no había obtenido ninguna respuesta de Ascham.
– ¿Y dónde estaba el resto?
El murmullo de voces que se levantó a continuación no le sirvió de mucho. Norreys había estado en la residencia haciendo sus cuentas; el resto permaneció en sus habitaciones antes de bajar al refectorio.
– Ordené que echaran la puerta abajo -explicó Tripham-. Cuando entramos, Ascham yacía sobre un charco de sangre con la carta a su lado; la vela se había consumido prácticamente y la ventana del jardín estaba cerrada.
– Le examiné -interrumpió Churchley-. Eran poco más de las cinco de la tarde cuando entramos. Debía de llevar muerto más o menos una hora.
– ¿Y qué pasó el día que Passerel huyó hacia San Miguel? -preguntó Corbett.
– Los estudiantes -replicó Tripham- querían mucho a Ascham. Aquel día en cuestión, un grupo se reunió amenazando con hacer uso de la violencia.
– ¿Por qué no enviasteis a buscar al baile?
– Sí, y todavía estaríamos esperando -contestó Appleston-. Le dije a Passerel que escapara: me pareció que era lo mejor que podía hacer.
– Pensamos que lo más prudente sería que se enfriaran los ánimos -añadió Tripham-. A la mañana siguiente habría solicitado ayuda. -Dio un golpe sobre el mantel de la mesa-. Ante esas circunstancias, resulta difícil culpar a los estudiantes.
Corbett apartó su copa de vino. Al fondo de la mesa, Ranulfo y Maltote le miraban expectantes. Éste estaba completamente atolondrado. Aquél sonreía relamiéndose los labios. Como tantas veces le había dicho a Maltote: «Me encanta ver cómo el viejo maese Cara Larga hace su interrogatorio. Es un buen abogado, con esos ojos tan penetrantes y hundidos. Se sienta y lanza sus preguntas y luego se larga y se pone a meditar». Se divertía mucho con lo que estaba sucediendo. Aparte de Norreys, el resto de los profesores no le hacían ni caso, como si no existiera. De repente se escuchó el canto de una lechuza y Ranulfo se estremeció. ¿No decía siempre el tío Morgan que el canto de una lechuza era presagio de muerte?
Capítulo V
Corbett se sentó en silencio. Estudió su copa de vino, un truco que solía utilizar para forzar a los otros a hablar, mas esta vez no le funcionó. Lady Mathilda y el resto le miraban expectantes.
Corbett empezó su interrogatorio de nuevo.
– ¿Nunca dijo nada Ascham al respecto? Si el Campanero le mató aquí sólo puede deberse a una razón: Ascham debió de empezar a sospechar su identidad. -Juntó las manos sobre la mesa-. Por cierto, los estudiantes no pueden entrar a esas horas en la universidad, ¿verdad?
– No -contestó Tripham-, no pueden.
– ¿Ni caminar por el jardín?
– No.
– Por lo tanto el asesino de Ascham debía de encontrarse en la universidad. Podría ser cualquiera de los presentes o de los criados. Así que os lo volveré a preguntar: ¿Dijo alguna vez Ascham algo acerca del Campanero o de su identidad?
– Algo me dijo -declaró Langton, un poco avergonzado por su intervención-. Le pregunté quién pensaba que podía ser el Campanero -añadió con rapidez-, pero Ascham me contestó con una cita de san Pablo: «Vemos a través de un cristal oscuro».
– A mí me dijo más o menos lo mismo -interrumpió Churchley-. Una vez me lo encontré en la despensa. Parecía preocupado, así que le pregunté qué le pasaba. Me contestó que las apariencias son engañosas: algo marchaba mal en Sparrow Hall. Le pregunté qué había querido decir, pero se negó a contestarme.
– ¿Por qué vuestro hermano -preguntó Corbett cambiando de tema bruscamente- llamó a este lugar Sparrow Hall?
– Por la cita del Evangelio; era la preferida de mi hermano -explicó lady Mathilda-, la de Jesucristo que dice que el Señor es consciente cada vez que cae un gorrión sobre la faz de la tierra, que nosotros somos mucho más valiosos que toda una bandada de esas aves.
– También fue estudioso de Beda el Venerable -explicó Appleston-, en especial de su obra Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum. A Henry le encantaba la historia de Beda acerca del conde que comparaba la vida de un hombre con la de un gorrión que volaba en un salón lleno de luz y calidez antes de proseguir su viaje hacia la fría oscuridad. -Appleston sonrió-. Conocí a sir Henry tan sólo unos meses antes de que muriera: solía encontrar consuelo en aquella historia.
– ¿Dedicó Ascham gran parte de su tiempo a estudiar en la biblioteca los días anteriores a su muerte? -preguntó Corbett.
– Sí, así es -contestó Tripham-; pero el libro que estaba buscando o leyendo no lo sabemos.
– Me gustaría bajar allí -declaró Corbett-. ¿Sería posible?
Tripham asintió y envió a los criados a iluminar la estancia con velas. Cuando regresaron, el vicerregente les ordenó que bajaran el vino a la biblioteca. Se puso en pie, con Corbett y el resto siguiéndole los talones a través del pasillo. Era una estancia alargada y espaciosa con recubrimiento de madera y unas estrellas de oro y plata pintadas con delicadeza sobre el techo blanco de yeso. Las estanterías, que formaban ángulo recto con la pared, estaban en fila a ambos lados, con mesas y taburetes a lo largo de una mesa para escribir situada en el centro al fondo de la sala. La biblioteca tenía una dulce fragancia a velas de pura cera de abeja, a pergaminos y a piel. Corbett exhaló de forma apreciativa y soltó una exclamación de asombro por la cantidad de libros, manuscritos y hojas que guardaba la biblioteca.
– ¡Oh, sí! Tenemos las mayores obras -declaró lady Mathilda con orgullo-. Mi hermano, que Dios le bendiga, era un amante de los libros. Los suyos, así como sus documentos privados, los guardamos aquí. También compró muchísimas otras obras, tanto en el país como en el extranjero.
Corbett estuvo a punto de preguntar la fuente de tal riqueza, pero se acordó en ese preciso momento de que sir Henry Braose, como muchos otros que habían servido al rey en su lucha contra De Montfort, había recibido abundantes recompensas por parte de la Corona, incluyendo el dinero y las tierras de los seguidores del conde. A nadie le quedaba ninguna duda de que los Braose no eran muy queridos en Oxford, donde tanto habían apoyado al conde muerto.
El resto de los profesores, que no se podían mantener demasiado tiempo en pie, se reclinaron contra las mesas o se sentaron en algunos taburetes mientras Corbett caminaba de un lado a otro de la biblioteca.
Contemplaba embelesado los libros, las estanterías y los cofres, sus atriles con laboriosos labrados, y un fresco al fondo de la pared que representaba una escena del Apocalipsis en la que el ángel abría el Gran Libro para que san Juan lo leyera. Corbett regresó al centro de la estancia y estudió unos restos de manchas oscuras que había sobre el suelo.
– ¿Es aquí donde encontraron a Ascham?
– No, tan pronto como abrimos la puerta le vimos tumbado justo delante de aquella mesa.
– ¿Y dónde estaba el pergamino?
Tripham señaló un lugar cerca de la puerta.
– Estaba allí, en el suelo, como si Ascham hubiera intentado apartarlo de su lado.
– Intentamos quitar la sangre -explicó Appleston-; Passerel iba a contratar a unos pulidores expertos en este tipo de casos.
Corbett estudió las manchas de sangre del centro de la sala y al lado de la mesa.
– Bueno -concluyó Corbett-, parece que Ascham se arrastró por el suelo para coger algo de la mesa.
– También había manchas de sangre sobre la mesa -explicó Tripham-, como si Ascham hubiera conseguido levantarse. ¿Por qué, sir Hugo?
Corbett caminó al fondo de la biblioteca. Pasó por la mesa para dirigirse a la ventana cerrada que había al otro lado de la estancia.
– ¿Y esta contraventana estaba cerrada y atrancada?
– Sí -corroboró Churchley-, recuerdo que lo estaba.
– ¿Y la ventana que había detrás también lo estaba?
– Me parece que sí -replicó Tripham-. ¿Por qué, sir Hugo?
Corbett levantó la barra que atravesaba los cerrojos. Al ver con qué facilidad caía se dio cuenta de que estaba bien engrasada. Descorrió los cerrojos; la ventana enrejada era enorme. Quitó el pestillo, la abrió y contempló el jardín bañado por la luz de la luna: la brisa estaba llena de la suave fragancia de las rosas. Escudriñó a su alrededor: la ventana era baja, cualquiera que se hubiera subido a la jardinera que había debajo podía observar el interior y permanecer oculto tras el seto que había a pocos metros de distancia. Corbett cerró la ventana, juntó las contraventanas de un golpe seco y la barra se colocó rápidamente en su sitio.
– ¿Seguro que la ventana estaba cerrada y los cerrojos echados? -preguntó Corbett-. Quiero decir que era una noche de verano. ¿No necesitaría Ascham un poco de luz y de aire fresco?
– Yo estuve en el jardín -interrumpió Churchley-, temprano por la mañana. La ventana entonces estaba cerrada. No creo -añadió luego- que Ascham quisiera que todo el mundo viera lo que estaba haciendo.
– Claro -murmuró Corbett-, por eso la puerta tenía los cerrojos echados y estaba cerrada con llave. -Miró a Tripham-. Y funcionan correctamente, ¿verdad?
– Sí -replicó Tripham-. Podéis inspeccionarlos vos mismo. Tuvimos que fabricar una cerradura y unos pestillos nuevos además de unas bisagras de piel.
Corbett se dirigió a la puerta. Tripham le había dicho la verdad: los pestillos, las bisagras y la cerradura eran todos nuevos. Caminó hacia las manchas de sangre, las estudió con cuidado y luego se dirigió hacia la mesa del fondo al lado de la ventana. Pudo ver por todas partes marcas de manchas de sangre en el suelo.
– ¿Qué buscáis, sir Hugo?
– Estoy intentando imaginarme cómo murió Ascham, cómo pudo ser alcanzado por un cuadrillo cuando tanto la puerta como las ventanas de la biblioteca estaban cerradas, y trato de descubrir dónde debía de estar cuando sucedió.
– ¿Y?
– Bueno, sólo hay dos conclusiones lógicas a las que podemos llegar. Primera, alguien estaba en la biblioteca con él y se las arregló para esconderse aquí y luego largarse.
– ¡Eso es absurdo! -declaró Tripham-. Rastreamos toda la sala, ni siquiera una rata podría haber salido o entrado sin ser vista.
– En ese caso…
Corbett estaba a punto de continuar, pero se calló al ver llegar a la sala un criado con una bandeja de copas de vino. Se distribuyeron y Corbett tomó un sorbo de la suya. Una vez se marchó el criado, Corbett señaló hacia la ventana.
– En ese caso -repitió-, si sólo una conclusión es válida, ésa, lógicamente, debe ser la correcta.
– Pero la ventana estaba cerrada -interrumpió lady Mathilda-. Ascham quería trabajar en secreto; por eso cerró con llave y echó los cerrojos. Nunca hubiera dejado la ventana abierta.
– Ascham buscaba algo que pudiera desenmascarar al Campanero -replicó Corbett-. Vino aquí, cerró y echó los pestillos de la puerta y la ventana. Sin embargo -continuó-, lo que no sabía es que su asesino le vigilaba de cerca. A última hora de la tarde -Corbett señaló la puerta-, Ascham estaría probablemente sentado ahí estudiando algunos manuscritos o libros, un asunto del que os hablaré más tarde. De pronto escuchó un golpe en la ventana. Concentrado en sus estudios, Ascham quizá pensó que se trataba sólo de alguien que intentaba llamar la atención. Descorre los pestillos y abre la ventana. La persona de la que ha estado sospechando se encuentra frente a él, con una pequeña ballesta en la mano y entonces dispara. Ascham retrocede; naturalmente, querría llegar a la puerta. Luego cae al suelo y el asesino lanza dentro su nota maliciosa.
– Pero ¿quién cerró la ventana y los pestillos? -exclamó Tripham-. ¿Y cómo pudo contar el asesino con la certeza de que nadie le vería?
– Fuera de la ventana -continuó Corbett- hay una pequeña jardinera oculta del resto del jardín por un seto.
– ¡Claro! -interrumpió Norreys emocionado desde el taburete donde estaba sentado, reclinado contra las estanterías-. El asesino sólo tuvo que salir al jardín, caminar agachado entre la pared y los setos y luego llamar a la ventana.
– Pero ¿cómo pudo volver a cerrar los pestillos de nuevo? -insistió Tripham.
– El mismo Ascham podría haberlo hecho -contestó Corbett- en un intento por protegerse del asesino. Sin embargo, he examinado el cerrojo y me he hado cuenta de que la barra ha sido engrasada recientemente. Lo que probablemente hizo el asesino fue cerrar las contraventanas desde fuera con tanta fuerza que la barra simplemente cayó en su lugar. Por lo tanto, cuando vinisteis a la biblioteca visteis la barra bajada y supusisteis que la ventana también tenía echados los pestillos.
Churchley asintió. Entornó los ojos mientras estudiaba a Corbett de nuevo.
– Nadie pensó en comprobar eso -exclamó.
– Sospecho -añadió Corbett- que el asesino cerró luego la ventana, por si acaso a alguien se le ocurría indagar; no debió de costarle mucho esfuerzo.
– Entonces, ¿estáis sugiriendo -preguntó Churchley- que el asesino engrasó antes deliberadamente la barra de las contraventanas?
– En efecto, de manera que cuando tirara de ellas desde fuera se colocara en su sitio de nuevo. Observad.
Corbett se dirigió a la ventana, levantó la barra y abrió las contraventanas. A continuación cerró un lado y luego cerró el otro de un golpe: tan pronto como las contraventanas se encontraron, la barra levantada cayó en su lugar.
– Puro como la lógica -afirmó Appleston soltando una exhalación.
– ¿Alguno de los aquí presentes pensó en mirar qué era lo que Ascham estaba estudiando? -preguntó Corbett.
– Sí, yo -respondió lady Mathilda dando un paso al frente, apoyada en su bastón-. Yo lo hice, sir Hugo. Había un libro, una hoja o un manuscrito sobre la mesa, pero cuando volví a la mañana siguiente había desaparecido. -Hizo un gesto señalando la inmensidad de la estancia-. Y Dios sabe dónde o qué debía de ser.
Corbett estudió a cada uno de los profesores: ¿cuál de ellos sería el espía del rey? Seguramente un hombre de gran conocimiento e inteligencia habría notado algo extraño.
– ¿Cómo sabéis…? -Churchley hizo una pausa y miró a Langton, a quien se le había revuelto el estómago de repente e intentaba calmárselo con unas palmaditas-. ¿Cómo sabéis -continuó- que Ascham se dirigió a la ventana?
– Porque hay algunas manchas de sangre en el suelo -replicó Corbett-. Sólo algunas gotas de cuando el cuadrillo le alcanzó en el pecho. Ascham debió de darse la vuelta y alejarse de la ventana, pero luego se derrumbó. Mientras yacía en el suelo, debió de ver el rollo de pergamino que el asesino había lanzado a través de la ventana, lo cogió y empezó a escribir con sus últimas fuerzas el mensaje que -suspiró Corbett- parece que acusa directamente a Passerel.
– Y no tenéis ninguna explicación para eso, ¿verdad? -preguntó Tripham con tono amenazador.
– No, yo…
La respuesta de Corbett se vio interrumpida por Langton, que se puso de repente en pie. Tenía el rostro pálido y tenso. Dejó caer la copa y se llevó las manos al estómago. Se encaminó hacia Corbett abriendo y cerrando la boca.
– ¡Oh, Dios mío! -balbuceó-. Dios, tened piedad.
Se derrumbó sobre la mesa y luego cayó de rodillas, agarrándose con fuerza todavía el estómago. Corbett corrió a su lado. Langton empezó a sufrir convulsiones sobre el suelo; tenía el rostro morado y boqueaba intentando respirar. Corbett trató de hacerle volver en sí. A su alrededor todo era confusión; los demás no hacían más que empujarse y darse codazos. Langton tuvo su última convulsión, una fuerte sacudida. Suspiró y ladeó la cabeza: tenía los ojos abiertos y un hilillo de saliva empezó a caerle de la boca. Corbett colocó correctamente con cuidado la cabeza de Langton sobre el suelo. Intentó cerrarle los ojos pero fue imposible. Levantó la vista hacia el círculo de caras que se miraban en busca de alguna pista o señal de satisfacción por parte del asesino desconocido. Churchley se abrió paso a codazos. Se arrodilló junto al cadáver intentando encontrar el pulso en el cuello y la muñeca de Langton.
– ¡Que Dios se apiade de él! -susurró-. Está muerto. Langton está muerto.
El resto se retiró. Corbett vio cómo lady Mathilda se llevaba su copa a los labios.
– ¡No bebáis! -le gritó-. Todos, vamos, bajad vuestras copas -dio una palmadita a Churchley en el hombro-. ¿Era Langton un hombre con problemas de salud?
– Tenía algún problema de estómago -contestó el tipo-, pero nada serio. Le receté alguna medicina. No sé si él…
Corbett desató el zurrón que llevaba la víctima atado al cinturón. Sacó un trozo de pergamino y se lo entregó a Churchley. Miró si había algo más, pero, aparte de algunas monedas y una pluma rota, no encontró nada.
– Esto es para vos -Churchley le devolvió el pergamino-. Lleva vuestro nombre.
Corbett cogió el trozo de vitela. Tendría unas cuatro pulgadas de largo; las esquinas estaban bien dobladas y estaba sellado con una gota de cera roja. Efectivamente llevaba su nombre, «sir Hugo Corbett», pero reconoció el mismo tipo de caligrafía de escribano que había visto en las proclamas del Campanero. Se levantó, dejando que los demás se agruparan alrededor del cadáver de Langton. Rompió el sello. Las palabras que había dentro parecían anunciar a voces un desafío:
El Campanero da la bienvenida a Corbett, el cuervo del rey, su perro faldero. El Campanero se pregunta qué hace el cuervo en Oxford. El cuervo debe tener cuidado de dónde picotea y por dónde vuela. Que el maldito rastreador de carroña se dé por advertido. No os quedéis revoloteando demasiado tiempo por los campos de Oxford o podría doblaros vuestro pico, romperos las garras, cortaros las alas y enviaros cadáver de vuelta a su majestad.
El Campanero
Corbett escondió su temor y pasó el pergamino a los demás. Ranulfo maldijo por lo bajo. Maltote, que apenas sabía leer, preguntó qué era aquello. Lady Mathilda se llevó los dedos a los labios; al resto de profesores parecía que se le había pasado el efecto del vino.
– Esto es traición -musitó Ranulfo-. Es una traición contra el escribano del rey y contra la propia Corona.
– Es un asesinato -replicó Corbett-, un terrible asesinato. Traed las copas, vamos, todos.
Se apresuraron a reunir todas las copas sobre la mesa delante de él: era difícil distinguir cuál era la de Langton. Corbett y Ranulfo, ayudados por Churchley, olieron con cuidado cada una. Todas tenían la deliciosa fragancia del vino dulce excepto una: Corbett la levantó a la altura de su nariz y apreció un olor agrio y fuerte.
– ¿Qué es esto? -Le pasó la copa a Churchley para que la oliera.
– Es arsénico blanco -concluyó finalmente-. Sólo el arsénico tiene este olor, en especial el arsénico blanco: tiene un efecto mortal.
– ¿Y no ha podido notarlo Langton?
– Quizá -contestó Churchley-. Pero, si su paladar todavía conservaba el gusto de lo que habíamos comido y bebido, pudo no darse cuenta.
– Pero ¿cómo llegó hasta aquí? -exclamó Barnett-. Profesor Alfred -cogió a Tripham por el brazo-, ¿nos van a envenenar en nuestras propias camas?
Lady Mathilda chasqueó los dedos e hizo algunas señas a Moth, que, en medio de todo, había permanecido en silencio cerca de la puerta. Le dijo algo con aquellos signos tan extraños y Moth salió corriendo. Al rato volvió acompañado de los dos criados medio adormecidos que habían estado arreglando la biblioteca y habían bajado el vino. De algún modo la noticia de la muerte de Langton ya se había extendido y los dos hombres entraron asustados como ratones en la biblioteca. Tripham los interrogó, pero sus balbuceos no arrojaron ninguna luz sobre lo que había pasado.
– Profesor Tripham -declaró uno de ellos-, llenamos las copas de vino y las pusimos sobre una bandeja.
Corbett les dijo que podían marcharse.
– ¿Alguno de los presentes vio a alguien juguetear con las copas o moverlas de sitio? -preguntó al resto.
– No -respondió Barnett en nombre de todos-. Yo estuve al lado de Langton todo el tiempo. -La voz se le quebró cuando se dio cuenta de las implicaciones que podía tener lo que acababa de decir-. Yo no hice nada -balbuceó-. Nunca hubiera hecho tal cosa.
– ¿Tuvo Langton todo el rato la copa en su mano? -preguntó de nuevo Corbett.
Churchley hizo algunos aspavientos con las manos.
– Como todos -agregó-. Probablemente la dejó sobre la mesa y luego la volvió a coger.
– Pero lo que no puedo entender -declaró Barnettes- es por qué Langton llevaba un mensaje del Campanero para vos, sir Hugo.
– Entiendo -afirmó Corbett sentado en un taburete-. Profesor Alfred Tripham, llamad de nuevo a los criados y llevaos el cuerpo. Los demás, quedaos.
El vicerregente obedeció y salió disparado de la estancia. Volvió con cuatro criados, que llevaban una sábana con la que envolvieron el cadáver. Tripham les ordenó que lo sacaran de allí y lo depositaran en la cámara mortuoria al fondo del jardín.
Corbett se sentó cabizbajo. ¿Cómo pudo suceder aquello? Cerró los ojos. «¡Piensa! ¡Piensa! ¿Por qué tenía Langton una carta dirigida a mí en su zurrón? Quizá si no hubiera muerto, me la habría entregado y habría sido capaz de decirme quién la había escrito. El Campanero se debía de haber arriesgado mucho. ¿Qué habría pasado si Langton de repente me la hubiera dado en medio de la comida o después? ¿Y cómo supo el criminal en qué copa debía verter el veneno?» Abrió los ojos. Ya se habían llevado el cuerpo de Langton. El resto le miraba con perplejidad.
– Sir Hugo -interrumpió lady Mathilda-. Se está haciendo de noche y todos estamos muy cansados.
Corbett se puso en pie, intentando disimular su confusión y el miedo que se había apoderado de él ante las amenazas del Campanero.
– Ahora poco podemos hacer -añadió-. Por hoy ya hemos tenido suficiente.
– Me gustaría tener unas palabras con vos antes de que os marchéis -le dijo lady Mathilda-. Sir Hugo, yo soy, junto con mi hermano, que Dios lo tenga en gloria, la fundadora de esta universidad. -Lanzó una mirada desafiante a Tripham-. Creo que tengo derecho a intercambiar unas palabras con vos.
El vicerregente parecía estar a punto de protestar, pero en cambio, haciendo algunos gestos de desesperación, abandonó la sala. Los demás le siguieron. Lady Mathilda pidió a Ranulfo y a Maltote que esperaran fuera con Moth. Cerró la puerta de la biblioteca con llave y se acercó a Corbett. Se sentó en un extremo de la mesa y le hizo señales para que se sentara a su lado.
– Aquí no podrán oírnos -le susurró inclinándose hacia él-. Sir Hugo, seguramente os habrán dicho que tenéis un espía en Sparrow Hall.
Corbett se limitó a devolverle la mirada.
– Alguien que informa al rey de todo lo que pasa aquí. -Lady Mathilda se subió las mangas del vestido-. Yo soy la espía. Mi hermano servía al rey en la paz y en la guerra. Esta universidad, este colegio -bajó el tono de voz y un rubor de rabia asomó en sus mejillas-, este lugar se fundó para aprender y ahora se ha convertido en un hazmerreír.
– ¿Os pidió el rey que espiarais? -le preguntó.
El rostro sobrio de lady Mathilda se relajó, aunque sus ojos todavía brillaban de indignación.
– No, yo le ofrecí mis servicios, sir Hugo. ¿No sabéis mi historia? Siendo damisela, jugué con los caballeros de De Montfort. -Su expresión se suavizó-. Hubo un tiempo en el que era hermosa. Los hombres me suplicaban que les dejara besar esta mano que ahora veis huesuda y llena de arrugas. Los caballeros del rey a menudo llevaban mis colores en las lides y torneos. -Sonrió con malicia-. Incluso Eduardo Longshanks intentó colarse en mi lecho. Supongo que me debía al rey en la paz y en la guerra -añadió apenada. Dio una palmada con aquellos dedos ensortijados con todo tipo de joyas-. Supongo que eran tiempos felices, Corbett. Días de guerra, de ejércitos en marcha y banderas ondulantes, de espionaje y traición. Si De Montfort hubiera ganado, un nuevo rey se habría sentado en el trono de Westminster y los favores de los que gozábamos mi hermano y yo se habrían ido al traste. ¿No conocíais la historia?
Corbett sacudió la cabeza, fascinado por la intensidad de aquella vieja pero aún vigorosa mujer.
– En Evesham, en el momento más álgido de la batalla, cinco caballeros de De Montfort se escaparon e intentaron matar al rey. Mataron a su guardia y se colaron en palacio, pero mi hermano Henry estaba allí. -Levantó la cabeza; los ojos le brillaban llenos de lágrimas-. Duro como una piedra, o eso dijo el rey, se plantó allí en medio, fuerte como un roble, su espada de guerra de dos manos cortando el aire. En fin, aquellos caballeros no pudieron llegar hasta el rey. Mi hermano los mató. Después de aquello, aquella noche en su tienda, el rey Eduardo hizo un gran juramento -cerró los ojos, la voz le tembló-: «He hecho un gran juramento y nunca me arrepentiré de él», prometió el rey con una mano sobre una reliquia del rey Eduardo el Confesor. «Siempre que Henry Braose o cualquiera de su familia necesite mi ayuda se la ofreceré.» -Lady Mathilda abrió los ojos-. Mi hermano no mató a De Montfort -continuó- para ver cómo se apoderaban de su gran obra esos estudiantes arrogantes. Y así es, Corbett, que ofrecí voluntariamente mis servicios al rey.
– ¿Y qué habéis descubierto?
– No es una cuestión de descubrir -replicó ella-. Sir Hugo, he vivido en este lugar durante muchos años; he visto a muchos profesores ir y venir, pero este grupo… -Suspiró-. El viejo Copsale era un verdadero erudito, pero el resto deja mucho que desear. Passerel era un glotón; sólo vivía para alimentar a su estómago. Langton era como un fantasma al que no se echará en falta después de muerto por el mismo motivo por el que no se le echaba en falta en vida. Barnett es un borracho al que le gustan las prostitutas hermosas. Churchley es demasiado estrecho de miras: no creo ni que sepa que hay un mundo fuera de Oxford.
– ¿Y Tripham, vuestro vicerregente?
– El profesor Tripham es una víbora -replicó-. Una serpiente que parece inofensiva pero que se enrosca en Sparrow Hall para hacerse con todo. Quiere convertirse en regente. No llorará las muertes de Passerel o de Langton. Ya se encargará de asegurar que sus amiguetes ocupen las plazas vacantes. ¡Es un advenedizo! -espetó-. Un ladrón y un chantajista que pisotea la memoria de mi hermano…
– ¿Por qué un ladrón? -le interrumpió Corbett.
– También es el tesorero -explicó lady Mathilda-. Y la residencia recibe dinero de muchas fuentes: un campo aquí, un caserón allá, feudos en Essex, derechos de pesca en Harwich y Walton-on-Naze… El dinero va llegando con cuentagotas. Estoy segura de que parte de él se queda en las manos del profesor Tripham.
– ¿Y por qué un chantajista? -insistió Corbett..
– Conoce todos los pecadillos de sus compañeros -respondió lady Mathilda-. Todo el mundo sabe que Barnett va de putas. A Churchley le van los jovencitos, en especial los galeses. Ya habéis conocido al bocazas de David ap Thomas. He visto a Churchley propinarle alguna que otra palmadita en el trasero. Es un seductor holgazán de tomo y lomo.
– ¿Y qué me decís de Appleston?
La mirada de Lady Mathilda se dulcificó.
– Leonard Appleston es un buen profesor, un erudito educado, bien formado en lógica y en argumentación. Los estudiantes llenan sus clases de bote en bote.
– ¿Pero…?
– Pero tiene secretos del pasado. El profesor Tripham intenta que él confíe en mí. -Suspiró-. De todos modos, Appleston no es su verdadero apellido. -Torció la boca-. Su verdadero apellido es De Montfort-. ¡Oh, no, no! -Negó con la mano ante la cara de sorpresa de Corbett-. Nació por otro lado de la rama: es un hijo bastardo.
– ¿Lo sabe el rey?
– Sí.
– ¿Y qué pasó?
Mathilda se encogió de hombros.
– Appleston no puede ser arrestado simplemente por ser un desliz de un conde traicionero.
– ¿Y cuáles son sus tendencias?
– Se las guarda para sí mismo. Una vez le pillé en la biblioteca ojeando entre los papeles de mi hermano, donde se guardan algunas proclamas de De Montfort. Me acerqué a él antes de que pudiera devolver el libro, y pude ver el título. Cuando Appleston levantó la vista, estaba llorando.
– ¿Entonces podría ser el Campanero?
– Cualquiera podría serlo -replicó lady Mathilda-, excepto Moth.
– Se desliza como un fantasma por toda la residencia.
Lady Mathilda se dio una palmadita en la cabeza.
– Moth no está loco, sir Hugo, pero le resulta muy difícil concentrarse o recordar algo. No olvidéis que no puede oír ni hablar, ni leer ni escribir. -Lady Mathilda se puso en pie y ladeó la cabeza, aguzando el oído como si hubiera escuchado algo-. No sé quién es el Campanero, Corbett. ¿Conocéis a Bullock, el baile?
Corbett asintió.
– Pues bien -declaró-, ahí tenéis a un hombre que nos odia. Y por supuesto, también están los estudiantes; no penséis que son tan pobres como parecen. Muchos de ellos proceden de familias muy bien aposentadas de Gales. Sus abuelos lucharon del lado de De Montfort y después sus padres y hermanos mayores se enfrentaron al rey en Gales. -Se acercó y acarició los bucles canosos que caían de la cabeza de Corbett-, como la encantadora Maeve, vuestra buena esposa.
– Sí, ¡que Dios la bendiga! -Corbett se puso en pie-. Ya estará en la cama y yo también debería irme a dormir, lady Mathilda.
Le cogió la mano fría y delgada y se la besó.
– ¿Tenéis miedo, Corbett? -le preguntó-. ¿Os mantendrán las amenazas del Campanero despierto toda la noche?
– In media vita -replicó Corbett- sumus in morte. La vida a medias, lady Mathilda, es como la muerte. -Caminó hacia la puerta y se volvió-. Lo que me preocupa es lo que los demás pensarán sobre vos.
Lady Mathilda soltó una carcajada; la edad y el sufrimiento desaparecieron de su rostro. Corbett pudo entrever a la mujer hermosa que fue en su día.
– Dicen que soy una vieja bruja, siniestra y metomentodo -contestó-. ¿Sabéis lo que pienso, Corbett? -Hizo una pausa, toqueteando el cordel que le rodeaba la cintura-. Creo que el Campanero está a punto de atacar. Podría ir detrás de vos, sir Hugo, pero recordad: yo soy la hermana de sir Henry Braose. -Se puso en pie-. Sé que no me permitirá seguir con vida.
Capítulo VI
Corbett salió de la biblioteca, tropezándose con Moth, que, apresurado, se dirigía al encuentro de su señora. Ranulfo le dio una palmadita en la cabeza.
– No os lo toméis a mal, amo. Moth es sólo un niño; lady Mathilda es su madre y su Dios. Estuvo arañando la puerta hasta que consiguió entrar.
– Lo sé -replicó Corbett-. Está asustada. Cree que el Campanero tiene una lista de víctimas y que su nombre está en ella.
Un criado los esperaba para acompañarlos a la salida. Corbett se excusó y salió fuera a través de un pequeño postigo que daba al jardín. La luna llena bañaba con su luz plateada los prados de césped, las jardineras de flores y las extensiones de hierba que mecía la brisa de la noche. Al fondo a la izquierda había una fachada; a la derecha, una hilera de edificios. Corbett echó un vistazo a la ventana de la biblioteca.
– Sí, es posible -murmuró-. Mira, Ranulfo. Hay dos pequeños contrafuertes a ambos lados, por no mencionar el seto que hay enfrente, donde se pudo ocultar el asesino. -Señaló el pequeño sendero que había entre el seto y la fachada del edificio-. Siempre y cuando nadie le viera salir, aquí fuera era prácticamente invisible.
Corbett bajó con cautela. El seto era espeso y punzante; además, el suelo de abajo estaba húmedo y resbaladizo después de la reciente lluvia. Se detuvo en la ventana de la biblioteca: estaba fuertemente cerrada, aunque las contraventanas de dentro dejaban pasar algunos resquicios de luz. Regresó con sus compañeros. Maltote estaba reclinado en la puerta, muerto de sueño.
– ¿Y bien? -preguntó Ranulfo-. ¿Pudo el asesino disparar desde allí, cerrar las contraventanas y luego la ventana?
– Creo que sí -contestó Corbett despacio-. Pero no soy tan listo como pensaba. Sabemos que la ventana estaba cerrada y las contraventanas también. También sabemos que Ascham estaba en la biblioteca buscando algo que pudiera desenmascarar al Campanero, o por lo menos así lo creemos. Imaginemos que estaba sentado en la mesa. Oye un golpe en la ventana, así que se acerca y abre las contraventanas.
– ¿Y luego la ventana? -añadió Ranulfo intentando colaborar.
– No -replicó Corbett-, ahí es donde falla mi teoría. Dime, Ranulfo: si sospecharas quién es el Campanero y te encerraras en la biblioteca para encontrar las pruebas necesarias, si escucharas un golpe en la ventana, abrieras las contraventanas y, a través de la ventana, vieras la cara de la persona de la que sospechas, ¿abrirías la ventana, teniendo en cuenta que el Campanero podría haber matado también al regente John Copsale?
– No -contestó Ranulfo-, no la abriría. Pero quizás Ascham no estaba seguro y tenía más de un sospechoso.
– Quizá. Bueno -dijo dándole una palmadita en el brazo a Maltote-, es casi medianoche y hora de irse a dormir.
Regresaron de nuevo a la universidad y salieron esta vez por la puerta de la entrada para dirigirse calle abajo. Sólo la luz tenue de las velas de las ventanas de arriba de la residencia iluminaba el camino. Un mendigo, con las piernas amputadas a la altura de las rodillas, salió al paso empujando una pequeña carretilla y haciendo sonar su platillo de limosna.
– Un penique -suplicó- para un viejo soldado.
Corbett se arrodilló y miró el rostro desfigurado de aquel hombre: tenía un ojo medio cerrado y varias heridas abiertas alrededor de la boca. Corbett depositó dos peniques en la loza de barro.
– ¿Qué es lo que veis, anciano? -le preguntó-. ¿Qué veis por la noche? ¿Quién sale de la universidad o de la residencia?
El mendigo abrió la boca para contestar; sólo tenía un diente, afilado y puntiagudo como un garfio.
– A nadie le importa el pobre Albric -dijo-. Y no veo a nadie. Pero como siempre, señores, las ratas tienen más de un agujero.
– Entonces, ¿habéis visto a gente salir a hurtadillas en medio de la noche?
– Veo sombras -contestó Albric-, sombras encapuchadas y camufladas, pasando delante del pobre Albric, pero no le dan ni un penique, ni un solo penique.
– ¿Dónde van? -preguntó Corbett.
– Hacia la noche como los murciélagos. -El mendigo acercó su rostro-. Son un aquelarre. -Albric movió los dedos ante los ojos de Corbett-. Albric sabe contar; fui a la escuela del convento, vaya si fui, cuando era niño. Trece salieron, trece volvieron: un aquelarre de brujos. Eso es todo lo que sé.
Corbett le dio otro penique al viejo, miró sobre sus hombros a Ranulfo, que estaba aguantando a Maltote. Continuaron su camino a través de la colina. Después de que llamaran repetidas veces a la puerta el portero descorrió los pestillos, haciendo crujir la cerradura al girar las llaves. Se adentraron en la oscuridad del pasillo. Corbett se dirigió hacia las escaleras, pero Ranulfo, que había espabilado a Maltote, le tiró de la manga y señaló una puerta por la que se colaba la luz de unas velas. Corbett se detuvo y escuchó el leve murmullo de una conversación y de risas: abrió la puerta y bajó hacia el refectorio. David ap Thomas, con el cabello más enmarañado que nunca, celebraba una reunión en una de las mesas, rodeado de otros estudiantes. Corbett saludó con una sonrisa. Ap Thomas dejó sobre la mesa los dados que tenía entre las manos y frunció el ceño como respuesta. Corbett se encogió de hombros y se dispuso a salir de la sala.
– No, no, amo -susurró Ranulfo-. Vos, llevaos a Maltote arriba a nuestra habitación. A mí me gustaría tener algunas palabras con el galés.
– ¡No quiero problemas! -le advirtió Corbett.
Ranulfo sonrió, se abrió paso y se paseó tranquilamente a lo largo del refectorio. Se echó la capa sobre sus hombros de manera que pudieran ver su daga larga y afilada colgada de su cinturón. Mientras se acercaba, un individuo empezó a graznar como un cuervo, burlándose de la corbière, «el cuervo», el origen normando del nombre de Corbett. Ranulfo sonrió. Siguió avanzando mientras sacaba los dados trucados de su zurrón. No le quitó los ojos de encima a Ap Thomas mientras lanzaba los dados y éstos rodaban sobre la mesa.
– ¡Dos seises!
Ap Thomas sacudió los suyos, pero sólo consiguió sacar un cuatro y un tres. Ranulfo, cuyos dados habían sido fabricados por el mayor timador de Londres, volvió a tirar. Ap Thomas no tuvo otra opción que retarle, pero cada vez su puntuación era inferior a la de Ranulfo. Finalmente Ranulfo suspiró, recogió sus dados, se los guardó en el zurrón y dijo:
– Habéis perdido, pero ¿acaso ganáis alguna vez?
Ap Thomas echó hacia atrás su taburete y se puso en pie con las manos en su daga, pero Ranulfo se movió con mayor rapidez y, en un abrir y cerrar de ojos, la punta de su daga se encontró presionando suavemente la garganta del joven galés.
– Estoy seguro -declaró el escribano- de que ninguno de vuestros amigos se moverá o podría resbalárseme la mano. Pero vos, señor, si lo deseáis podéis sacar vuestra daga.
– Era sólo un juego -añadió Ap Thomas con el cuello tenso y la barbilla en punta-. Pensé que estabais bromeando.
– Pues ya veis que no.
– Desde luego -concedió Ap Thomas.
– ¡Bien! -Sonrió-. La próxima vez, cuando os encontréis con mi amo y os salude, dedicadle la mejor de vuestras sonrisas. Y no quiero volver a oír esos graznidos, ¿está claro? -Paseó la mirada a su alrededor y escuchó un rápido murmullo de asentimiento-. ¡Bien! -Ranulfo envainó su espada, salió con tranquilidad del refectorio y subió las escaleras.
Maltote ya estaba en la cama, roncando como un cerdito. En la puerta de al lado, Corbett estaba arrodillado en el suelo, con el rosario enredado entre sus dedos, los ojos cerrados, los labios moviéndose pero sin pronunciar palabra.
– Buenas noches, amo.
Corbett abrió los ojos y sonrió.
– Buenas noches, Ranulfo. No hablaremos aquí -añadió-, Dios sabe lo que pueden oír estas paredes. Pero sí mañana, después de misa.
Ranulfo regresó a su celda. Se aseguró de que Maltote estuviera cómodo y se dirigió a la ventana para abrirla. Se quedó mirando a través de la estrecha hendidura hacia el cielo estrellado. Estaba contento de estar de nuevo al servicio del rey, lejos de Leighton y de sus campos y bosques solitarios. Pero, lo más importante, por fin se le abrirían las puertas y la ambición de Ranulfo de subir por esa escalera resbaladiza y llena de peldaños de los ascensos brillaba con más fuerza que nunca. Era demasiado orgulloso para presentar sus quejas a Corbett; le estaba demasiado agradecido para dejar a su amo y a lady Maeve e ir en busca de su propia fortuna. Pero la llegada del rey a Leighton lo había cambiado todo. Justo antes de que el rey se marchara, cuando Corbett se encontraba por ahí, el rey Eduardo tiró de la manga a Ranulfo. Lo llevó hacia una esquina bien alejada mientras le hablaba en voz alta sobre la historia de cierto obispo que ambos conocían. Una vez estuvieron fuera de la vista de todos, en un pasillo estrecho y silencioso, el rey cambió su estado de humor.
– Ranulfo, ¿sir Hugo está bien?
– Sí, su majestad, y tan fiel como siempre, pero está preocupado por lady Maeve y quizá no tenga el estómago de otros hombres para la guerra y las muertes.
El rey cogió a Ranulfo por los hombros y clavó los dedos en su piel.
– Pero vos, Ranulfo, sois diferente, ¿me equivoco, mi escribano del Sello Verde?
– Cada hombre recorre su camino, majestad.
– Oh, sí, Ranulfo, y a veces camina solo. Si Corbett no vuelve de forma permanente a mis servicios -añadió-, entonces lo haréis vos. -El rey sonrió-. Veo la ambición en vuestros ojos, Ranulfo-atte-Newgate; arde como una llama. Ahora sabéis francés y latín, ¿verdad? Sois un experto en redactar y sellar correspondencia. Un hombre de movimiento rápido, buen ojo y manejo de la espada a quien no le importa atrapar y matar a los enemigos del rey.
– Lo que vuestra majestad piensa, vuestra majestad debe creer.
Los dedos del rey se relajaron; pasó un brazo sobre los hombros de Ranulfo, atrayéndolo hacia sí.
– Corbett es un buen hombre -susurró el rey Eduardo-, fiel y honesto, con una gran pasión por las leyes. Irá a Oxford, Ranulfo, y atrapará al Campanero. Pero sé que vos, sin embargo, tenéis una misión especial.
– No os entiendo, majestad.
– No quiero que traigáis al Campanero para que sea juzgado en un tribunal delante del estrado real en Westminster. No quiero que se forme un pulpito a su costa que me aleccione a mí y a mi gente sobre el bueno de De Montfort. -Las palabras le salieron a tropel. Los ojos del rey no se apartaban de los de Ranulfo.
– Sigo sin entender, majestad.
– ¡Majestad, majestad! -repitió en tono de burla el rey-. Lo que vuestra majestad desea, Ranulfo-atte-Newgate es que cuando Corbett atrape al Campanero, vos le matéis. ¿Lo entendéis? Llevad a cabo esa justa ejecución en representación de vuestro rey.
Luego el rey Eduardo se desembarazó de él con educación y se reunió con sus compañeros. Aquel encuentro no había hecho más que alimentar la ambición de Ranulfo; sin embargo, estaba preocupado: había algo que el rey no mencionó. Ranulfo golpeó la empuñadura de su daga: el Campanero parecía tener intenciones de enfrentar a la Corona y a Sparrow Hall. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que matando al principal escribano del rey? Ranulfo cerró la ventana. Se quitó las botas y se tumbó en la cama. Estuvo un rato pensativo antes de volverse y apagar la vela; tenía en mente a Ap Thomas y a los estudiantes del refectorio. Una noche, pronto, pensó, debía descubrir por qué Ap Thomas y sus amigos tenían briznas de hierba húmeda en sus botas y calzas. Allí no había ningún jardín y las calles de Oxford estaban llenas de lodo. ¿Habría estado Ap Thomas en otra parte, en el campo donde aquellos horribles cadáveres fueron encontrados? ¿Y qué había de aquellos amuletos que llevaban los estudiantes alrededor del cuello…?
* * *
Corbett se arrodilló en una capilla lateral de la iglesia de San Miguel consagrada a los Ángeles Guardianes. En el altar el cura celebraba una misa solitaria al amanecer. Corbett se volvió sobre sus hombros y sonrió. Maltote estaba apoyado contra un pilar con los ojos cerrados y la boca babeando; todavía no se había recuperado de la fiesta de la noche anterior. Ranulfo estaba sentado sobre sus talones, también con los ojos cerrados; Corbett se preguntó a qué dios le estaría rezando su criado. Ranulfo nunca hablaba de religión, pero iba sin rechistar a misa y a los sacramentos. La mirada de Corbett se posó ahora en las paredes de la iglesia. Las escenas de caza que había pintadas le mantenían intrigado: a la izquierda, demonios con grandes redes cazaban almas en un bosque mítico, mientras debajo los ángeles, con las espadas desenvainadas, intentaban rescatar a los virtuosos de sus trampas. En otra pared, el artista, con trazos de colores muy llamativos y enérgicos, había pintado el mundo al revés: a un conejo como el cazador y a un hombre como la presa. A Corbett le interesó particularmente una liebre enorme, de color marrón bermejo, con la barriga blanca como la nieve, que caminaba de pie sobre sus patas traseras con una red colgando sobre sus hombros en la que llevaba atrapadas almas desventuradas.
Una vez terminada la misa, Corbett hizo una pregunta al padre Vicente.
– ¡Oh! -sonrió el padre-. ¿Así que os gustan nuestras pinturas?
Se quitó la casulla, doblándola con cuidado antes de colocarla en los escalones del altar.
– Entonces son originales -dijo Corbett.
– Sí, yo mismo las pinté -respondió el padre Vicente con orgullo-. Me temo que no soy muy buen pintor, pero cuando era joven, fui cazador montero, un guardabosque al servicio del rey en Woodstock. -El padre acabó de despojarse y sopló las velas del altar-. Así que vos sois el escribano del rey, ¿no es cierto? -preguntó-. ¡Cuántas visitas hemos tenido! Pero vos no habéis venido a contemplar mis obras; habéis venido por el pobre Passerel, ¿verdad?
El padre les hizo bajar las escaleras y señaló la entrada de la reja que separaba la nave del coro.
– Aquí es donde cayó el pobre hombre, muerto como el gusano que era, con el rostro completamente hinchado y el cuerpo retorciéndose de dolor. -Dio unas palmaditas en el hombro de Corbett y señaló a Maltote-. Puede sentarse en uno de los taburetes si lo desea. Parece que todavía no se ha despertado.
Maltote obedeció de buena gana mientras el padre Vicente llevó a Ranulfo y a Corbett fuera del santuario. Los condujo detrás del altar.
– Aquí es donde dejé a Passerel. Le traje una jarra de vino y un plato de comida, después se metió en el santuario. No me dijo mucho, así que me marché. Le dije a toda la cuadrilla de estudiantes que le perseguían que, si no se marchaban del campo santo, los excomulgaría allí mismo. Dejé la puerta lateral abierta y me fui a la cama.
– ¡Manteneos despierto! -gritó una voz-. ¡Manteneos despierto y alerta! Satán es como un león rugiendo que deambula buscando a quien puede comerse.
Ranulfo se volvió y se llevó la mano a la daga ante aquella voz que retumbó por toda la iglesia como una campana.
– Es sólo Magdalena, nuestra anacoreta -se disculpó el padre Vicente.
Corbett fijó su atención en las extrañas estructuras de cajas construidas sobre la puerta principal. Le recordó a un nido que Maeve había configurado y colocado en los árboles durante el invierno para que los pájaros pudieran resguardarse.
– ¿No sabéis nada acerca de la muerte de Passerel? -preguntó.
– Nada de nada.
– ¿Y no pudo Magdalena avisaros de lo que pasaba?
– ¡Oh! Está medio loca -susurró el padre-. Como ya le he dicho, le di de comer a Passerel y me fui a dormir. La puerta lateral estaba abierta por si deseaba salir y hacer de vientre.
– ¿Y no dijo nada? -insistió Corbett-. Nada que explicase por qué había huido tan despavoridamente de Sparrow Hall.
– No, sólo estaba asustado. El pobre hombre -contestó el padre Vicente-. Pero no hacía más que lloriquear diciendo que era inocente.
Corbett miró por encima del hombro a Ranulfo, que intentaba despertar a Maltote.
– ¡Maltote! -le ordenó-. ¡Volved a Sparrow Hall y esperadnos allí!
Maltote no necesitó que se lo dijeran dos veces; se dirigió a la puerta principal de la iglesia y salió por ella.
– Me gustaría conocer a la anacoreta -dijo Corbett-. Según tengo entendido no sólo vio la sombra del asesino de Passerel, sino que, hace muchos años, maldijo al fundador de Sparrow Hall, a Henry Braose.
– ¡Ah! Así que os han contado la leyenda.
El padre Vicente los condujo al otro extremo de la iglesia y se detuvo ante la celda de la anacoreta.
– ¡Magdalena! -la llamó-. Magdalena, tenemos visita del escribano del rey. Desea hablar con vos.
– Aquí estoy -respondió una voz-, al servicio del rey de reyes.
– Magdalena, soy sir Hugo Corbett, el escribano del rey. No deseo causaros ningún daño. Debo haceros unas preguntas, pero preferiría no violar vuestra intimidad entrando en la celda. Antes de que me vaya, quisiera pediros un favor, ¿podríais encender unas velas y rezar por mi alma?
Corbett vio cómo la cortina de piel que cubría la ventanilla se corría despacio. Entrevió a una mujer de cabellos grises, una figura desgarbada que andaba arrastrando los pies por la estrecha galería y, a continuación, escuchó unos pasos de sandalias sobre escalones de piedra. Magdalena entró en la iglesia. Andaba medio encorvada; su cabello, canoso y sucio, le llegaba hasta la cintura. Los ojos le brillaban, pero Corbett se quedó petrificado al ver la manera tan llamativa en la que llevaba pintada la cara: tenía la mejilla derecha de color negro; la izquierda, de blanco. En las manos llevaba un espejito de mano agrietado. Se acercó y se sentó en la base de un pilar. Magdalena se miró al espejo; sus dedos delgados y huesudos agarraban con fuerza el rosario que llevaba alrededor de su muñeca izquierda. Movía los labios sin pronunciar palabra como si recitara una oración. Levantó la vista y sus ojos penetrantes estudiaron a Corbett.
– Bueno, escribano de rostro oscuro, ¿qué queréis de la pobre Magdalena? -Miró a Ranulfo-. Vos y vuestro hombre de guerra, ¿por qué perturbáis mi reposo?
– Porque tengo entendido que veis cosas.
Corbett se agachó a su lado y sacó una moneda de plata de su zurrón.
– Magdalena ve muchas cosas en la oscuridad de la noche -contestó-. He visto demonios salidos del mismo infierno y la gloría de la luz de Dios iluminando el santuario. Soy la pobre pecadora del Señor. -Se golpeó la cara con el espejo-. Hubo un tiempo en el que fui buena. Ahora me pinto la cara de blanco y negro y no me separo de este espejo. El negro es la insignia de la muerte; el blanco, el color de mi mortaja.
– ¿Y qué otras cosas veis? -preguntó Corbett. Señaló hacia su celda-. Os arrodilláis encima de la puerta de la iglesia, ¿habéis visto al Campanero?
– Le he oído -contestó-. La noche en la que colgó sus proclamas en la puerta, respirando con dificultad, faltándole el aire. Ahora bien, digo yo, si hay un hombre al que persiguen los demonios, pues ya le está bien -añadió; su tono de voz se volvió cantarín-. Sparrow Hall es un lugar maldito, construido sobre arena. -Elevó la voz-. Vendrán las lluvias, soplará el viento y esa casa se derrumbará y merecida será su caída.
– ¿De qué maldición habláis? -preguntó Corbett.
– Hace años, rostro oscuro -pellizcó a Corbett en un lado de la boca-. Tenéis los ojos hundidos, pero vuestra mirada es sincera. No deberíais estar aquí conmigo, sino con vuestra mujer e hijo. -Se dio cuenta de la cara de sorpresa que puso Corbett-. Puedo ver que pertenecéis a una dama -continuó-. Mi marido se parecía a vos. Era un hombre fino; fue a luchar al lado del gran De Montfort. Nunca volvió a casa: cortaron en mil pedazos su cuerpo, como tajadas de carne de un carnicero. Sólo mi hijo y yo nos quedamos en la casa. Vivimos en la bodega y en los pasadizos, oscuros pero seguros. -Sopló el hilillo de espuma que le caía de la boca, apretujando su rosario contra el espejo-. Pero luego llegó Braose, arrogante como él solo, siempre tan altivo como si fuera alguien sagrado. Él y la emperifollada arpía de su hermana me echaron a la calle. Mi hijo murió más tarde y yo los maldije por ello. -Magdalena golpeó las cuentas del rosario-. Ahora el Campanero ha vuelto proclamando que con él llegarán la muerte y la destrucción.
– Pero vos no sabéis quién es el Campanero, ¿verdad? -preguntó Corbett.
– Un demonio enviado del infierno, un diablillo que no ha hecho más que empezar su juego.
– ¿Y visteis morir al pobre Passerel?
Magdalena levantó la cabeza. Tenía una mirada malvada.
– Estaba arrodillada frente a mi ventana -contestó-, con la mirada fija en la luz del Señor. -Señaló hacia el santuario-. Oí cómo alguien abría la puerta y una oscura figura entró como un ladrón en la noche. Sí, así es como pasó. Salió de la nada, como una trampa. Passerel, aquel hombre estúpido, se bebió el vino y murió en su pecado ante el Todopoderoso. ¡Oh! -Cerró los ojos-. ¡Qué cosa más terrible es para un alma pecadora caer en las manos de Dios!
– ¿Cómo era aquella figura? -interrogó Corbett.
Magdalena estudiaba ahora la moneda de plata que Corbett sostenía en la mano.
– No pude ver nada -respondió en tono de hastío-; llevaba una capucha y una cogulla, no vi más que una sombra. -Se puso en pie de un respingo-. Ya os he dicho bastante.
Corbett le dio la moneda y la anacoreta se volvió hacia las escaleras. El padre Vicente los condujo fuera de la iglesia.
– ¿Qué pasó con la jarra y la copa? -preguntó Corbett.
– Las tiré -contestó el padre-. No eran gran cosa, de esas que podéis encontrar en cualquier taberna.
Corbett le dio las gracias. Bajaron por el camino del cementerio y salieron por la puerta.
– ¿Podemos comer algo? -preguntó Ranulfo esperanzado.
Corbett sacudió la cabeza.
– No, primero debemos ir a San Osyth.
– No descubriremos nada allí -protestó Ranulfo.
– O quizá sí -sonrió Corbett.
Le preguntaron cómo llegar hasta el hospital a un vendedor ambulante, bajaron por una calle y se adentraron en Broad Street. Parecía que iba a hacer un buen día. Las vías estaban abarrotadas: había carros a rebosar de mercancías, barriles y toneles que entorpecían el paso y un ruido estridente que transportaba el aire procedente de las tiendas y tenderetes que abrían para otro día de trabajo. Se oía el repiquetear de los martillos en un sitio, las anillas de las cubas y las tinas se enarcaban en otro; de las tiendas de comida procedía ruido de vasos y platos. Hombres, mujeres y niños se movían de un lado para otro de las calles, se apelotonaban, empujaban y daban codazos los unos a los otros. Las casas a ambos lados de las vías estaban abiertas, los contrafuertes que sostenían sus paredes inclinadas hacían aún más difícil el tránsito de las calles. Carreteros y vendedores ambulantes se peleaban e insultaban. Los porteadores, empapados de sudor bajo el peso de sus cargas, intentaban abrirse camino golpeando a la multitud con sus varillas blancas de sauce. Gordos mercaderes, agarrando bien sus bolsas de dinero, se movían de las tiendas a los tenderetes. Los vendedores ambulantes, con sus bandejas colgando de una cuerda alrededor del cuello, intentaban engatusar a todo el mundo, incluyendo a Corbett y a Ranulfo. Hubo un momento en el que aquél se vio obligado a hacer un alto y se llevó a Ranulfo a un lado, hacia la entrada de una tienda. Un aprendiz, pensando que querían comprar, les empezó a tirar de la manga hasta que se vieron forzados a continuar.
– ¿Siempre es así? -preguntó Ranulfo.
Los gritos estridentes que cortaban el aire de la calle ahogaron cualquier respuesta por parte de Corbett. «¡Guisantes calientes!» «¡Trozos de carbón!» «¡Escobas nuevas!» «¡Escobas verdes!» «¡Pan y comida, por el amor de Dios, para los pobres prisioneros del Bocardo!» Los mendigos se enganchaban como pulgas haciendo sonar sus platillos vacíos. Los verduleros ofrecían manzanas relucientes de los huertos de la ciudad y, en el mercado de enfrente, los pregoneros luchaban encarnizadamente por ver quién gritaba más alto o daba más nuevas. Incluso las prostitutas y sus chulos se paseaban en busca de clientes. Por todas partes había estudiantes, algunos vestidos con trajes de seda, otros con harapos, que se paseaban en grupos, con la mirada alerta, sin apartar las manos de las empuñaduras de sus dagas.
Corbett se detuvo en la taberna Las Chicas Alegres y le dijo a Ranulfo que entrara y reservara una habitación que más tarde podrían utilizar. Después, siguieron abriéndose camino hasta Carfax y bajaron por un callejón estrecho y sucio que los condujo al hospital de San Osyth, un edificio destartalado de tres plantas que se alzaba protegido por un muro. La puerta estaba abarrotada de mendigos. En el patio de guijarros, un hermano lego de mirada cansada, vestido con un hábito marrón atado por un cordel sucio alrededor de la cintura, distribuía pan de centeno seco entre unos cuantos. Los demás hacían cola delante de una mesa donde otros dos hermanos servían platos de carne y verduras humeantes. Corbett y Ranulfo siguieron adelante.
– Nunca había visto un lugar como éste -dijo Ranulfo-, ni siquiera en Londres.
Corbett se limitó a asentir. Debería de haber por lo menos un centenar de mendigos allí, algunos de ellos jóvenes y vigorosos, aunque la mayoría eran viejos encorvados vestidos con harapos. Muchos habían sido soldados y todavía sufrían terribles heridas de guerra: uno tenía el rostro escaldado porque le había caído encima agua hirviendo, a otro le faltaba un ojo y tenía la cuenca totalmente cerrada, un buen número tenía las piernas retorcidas o encorvadas y muchos caminaban con la ayuda de unas muletas. Corbett se quedó sorprendido por algo que ya había visto en otros hospitales: a pesar de la edad, las heridas y la pobreza, aquellos hombres estaban resueltos a seguir viviendo, a arrancar lo poco que les quedara de vida. De algún modo, concluyó, la muerte de aquellos hombres era mucho más cruel que los asesinatos acaecidos en Sparrow Hall. Éstos eran inocentes: hombres que, a pesar de su situación sobrecogedora, seguían luchando.
– ¿Puedo ayudaros en algo?
Corbett se volvió. La voz era dulce y agradable, aunque procedía de un hombre alto y fornido. Vestía un hábito marrón de franciscano, llevaba la cabeza bien tonsurada, pero su rostro parecía el de un sapo bonachón, con unos ojos brillantes y unos labios gruesos siempre sonrientes.
– Siento ser tan feo -declaró el franciscano. Dio una palmadita a Corbett en los hombros; su mano parecía la zarpa de un oso-. Puedo ver lo que habéis pensado en vuestros ojos, señor. Soy feo para los hombres, pero quizá Dios me vea de otro modo.
– Busco al guarda -dijo Corbett-. Ningún hombre que trabaje entre los pobres puede ser feo.
El fraile estrechó la mano de Corbett.
– Deberíais ser un maldito franciscano -gruñó-. Pero ¿quién demonios sois de todos modos?
Corbett se lo explicó.
– Bueno, yo soy el hermano Angelo -se presentó el fraile-. También soy el guarda. Éste es mi feudo, mi palacio. -Levantó la vista, entornando los ojos ante el sol cegador-. Alimentamos a doscientos mendigos cada día -continuó-, pero vos no estáis aquí para ayudarnos, ¿verdad, Corbett?, y por supuesto tampoco nos habréis traído oro de parte del rey.
Le indicó a Corbett que subiera las escaleras hacia el hospital y le condujo a su celda, una cámara estrecha y de paredes blanqueadas. Corbett y Ranulfo se sentaron en la cama mientras que el padre Angelo lo hizo en un taburete a su lado.
– Estáis aquí por lo del Campanero, ¿me equivoco? Habéis oído todo lo que se dice sobre ese loco bastardo y las muertes de Sparrow Hall.
– El rey también ha oído hablar de las muertes ocurridas aquí en San Osyth, y -añadió Corbett con rapidez al ver cómo sonreía el franciscano- de los cadáveres encontrados en los bosques de las afueras de la ciudad.
– Sabemos muy poco sobre eso -confesó el hermano Angelo-. Mirad a vuestro alrededor, señor escribano: éstos son hombres pobres, decrépitos, mendigos viejos. ¿Qué ser sobre la faz de esta tierra podría ser cruel con ellos? No tiene ninguna justificación -añadió-, no puedo ayudarle.
– ¿No habéis oído rumores? -preguntó Corbett.
El hermano Angelo sacudió la cabeza.
– Nada, excepto las absurdas conjeturas de Godric -añadió-. Pero como veis, Corbett, aquí los hombres van y vienen como quieren. Piden limosna en las calles de la ciudad. Están indefensos, son presa fácil del odio o de la maldad de cualquiera.
– ¿Os acordáis de Brakespeare? -preguntó Corbett-. Era un soldado, un antiguo oficial del ejército del rey.
– Hay tantos -se disculpó el hermano Angelo sacudiendo la cabeza. Echó un vistazo a Ranulfo-. Vos parecéis un hombre de guerra. -Señaló la espada, la daga y las botas de piel de Ranulfo-. Camináis como un pavo real. -Se inclinó y tocó la piel de los nudillos de Ranulfo-. Salid fuera, joven, y ved vuestro futuro. Ellos también caminaban altivos bajo el sol hace no mucho. Pero vamos, os ayudaré a encontrar al viejo Godric.
Los condujo afuera, bajaron por un pasillo de paredes blanqueadas, subieron algunas escaleras y entraron en un largo dormitorio. La habitación era austera; sin embargo, habían fregado bien las paredes y el suelo, y olía a jabón y a hierbas de suave fragancia. A cada lado de la pared había una hilera de camas con un taburete en un lado y una mesa toscamente labrada al otro. La mayoría de los ocupantes estaban dormidos o medio amodorrados. Los hermanos legos se movían de un lado para otro, lavando las caras y las manos de los enfermos para prepararlos para la primera comida del día.
Ranulfo se quedó atrás.
– Yo nunca seré un mendigo -susurró-, amo: seré rico o dejaré que me cuelguen.
– ¡Vamos!
El hermano Angelo les hizo señales para que se acercaran a la cama en la que yacía un hombre apoyado contra el cabezal: era calvo, tenía un rostro cenizo lleno de arrugas y parecía cansado aunque tenía unos ojos muy vivos.
– Este es Godric -explicó el hermano Angelo-, un miembro muy antiguo de mi parroquia. Un hombre que ha mendigado en Londres, Canterbury, Dover e incluso en Berwick durante la marcha escocesa. Muy bien, Godric. -El hermano Angelo le dio unas palmaditas en la calva-. Decidles a nuestros visitantes lo que habéis visto.
Godric volvió la cabeza.
– He estado en los bosques -susurró.
– ¿Qué bosques? -preguntó Corbett.
– ¡Oh! En los del norte, los del sur y los del este de la ciudad -contestó Godric.
– ¿Y qué habéis visto, buen hombre?
– Dios es mi testigo -respondió el mendigo-: he visto el fuego del infierno, al demonio y a toda su tropa bailando a la luz de la luna. Escuchad lo que os voy a decir -cogió la mano de Corbett-: el diablo ha llegado a Oxford.
Capítulo VII
Corbett extendió su mano sobre la del mendigo:
– ¿Qué demonios? -preguntó.
– Fuera, en los bosques -replicó Godric-, bailando alrededor de las hogueras de Beltane. [3] Vestían con pieles de cabra, ya lo creo.
– ¿Y visteis sangre? -preguntó Corbett.
– Oh, sí, en sus manos y caras -continuó Godric-. Veréis, señor, cuando joven, fui cazador furtivo. Podía salir y cazar conejos y atrapar un buen faisán en un abrir y cerrar de ojos. Desde principios de esta primavera probé suerte y dos veces vi bailar a los demonios.
– ¿Cuántos había?
– Por lo menos trece. El número maldito -respondió desafiante.
– ¿Y se lo habéis dicho a alguien más? -insistió Corbett.
– Se lo dije al hermano Angelo pero se rió de mí. -Godric reclinó la cabeza sobre el cojín-. Eso es todo lo que sé y ahora el viejo Godric tiene que dormir. -El mendigo giró la cara hacia el otro lado.
Corbett y Ranulfo salieron de la enfermería. Siguieron al hermano Angelo, bajaron las escaleras y salieron al patio, todavía abarrotado de gente.
– ¿Habíais escuchado antes historias como ésas? -interrogó Corbett.
– Sólo he oído ese tipo de chismes a Godric -contestó el fraile-. Pero, sir Hugo -el rostro lúgubre y rechoncho del hermano adoptó un semblante solemne-, Dios sabe si dice todas esas cosas en su sano juicio. -Levantó una de sus manazas en señal de bendición-. Ahora me despido de vos.
Corbett y Maltote salieron del hospital y se adentraron en Broad Street. Ya no había tanto gentío, porque las facultades estaban abiertas y los estudiantes habían volado hacia allí para atender a sus primeras clases de la mañana. Corbett le hizo a Ranulfo atravesar la calle, pisando con cuidado sobre la tabla de madera que habían colocado encima del gran albañal que olía a rayos y que cortaba el paso céntrico de la vía.
Fuera de la taberna de Las Chicas Alegres, un vendedor, que tenía su puesto al lado del de un barbero, arrojaba intestinos y tripas en medio de la calle. Al lado de la parada, un cazador de ratas encapuchado, con sus perros de mirada feroz sentados a su lado, buscaba clientes y chillaba acallando el ruido de la calle:
– ¡Ratas o ratones! ¿Tenéis ratas, ratones, armiños o tejones? ¿Tal vez tenéis algún cochino con flemones? ¡Sin más acabo con ellos y hasta con los moruecos! ¡Elimino a todo bicho que sale y entra de cualquier hueco!
El hombre carraspeó y escupió; estaba a punto de volver a empezar pero se hizo a un lado para dejar pasar a Corbett y Ranulfo, que se abrían camino entre la multitud.
– ¿Tenéis ratas, señor? -preguntó el tipo.
– ¡Oh, sí! -contestó Ranulfo-, pero no sabemos dónde y además tiene dos patas.
Antes de que el hombre, atónito, pudiera responder, Ranulfo siguió a Corbett y entró con él en la taberna. El dueño, moviéndose de un lado para otro con su sucio delantal como una rama meneada por el viento, les enseñó el cuarto que Ranulfo había alquilado: una habitación que olía a rayos con una cama hecha de paja, una mesa, un banco y dos taburetes. Ranulfo se tumbó en la cama pero pegó un brinco de inmediato maldiciendo las pulgas que empezaban a subirle por las piernas. Corbett abrió su zurrón y sacó sus instrumentos para escribir: una pluma, una piedra pómez y un cuerno lleno de tinta.
– ¿Qué vamos a hacer ahora, amo? -preguntó Ranulfo malhumorado.
Corbett sonrió.
– Estamos en Oxford, Ranulfo, así que sigamos el método socrático. Establezcamos una hipótesis y pensémosla con detenimiento.
Hizo una pausa cuando una tabernera llamó a la puerta y les preguntó si deseaban algo para comer o beber. Corbett dijo que no pero le dio las gracias de todos modos.
– Empecemos -dijo-. Tenemos al Campanero, un traidor que escribe proclamas con motivo de la muerte hace años de De Montfort. Las cuelga en las puertas de las iglesias o de las universidades por toda la ciudad. Según parece, siempre lo hace por la noche.
El Campanero dice que vive en Sparrow Hall. En consecuencia, ¿cuál es la pregunta que cabe plantearse?
– No entiendo -interrumpió Ranulfo-. ¿Por qué no podemos descubrir la identidad del Campanero por la escritura y el estilo de las cartas?
Corbett mojó su pluma en la tinta del cuerno abierto y escribió algo con detenimiento en el pergamino. Se lo pasó a Ranulfo, que hizo un mohín y se lo devolvió.
– El Campanero -declaró-. Es la misma caligrafía; uno podía pensar que se trata de la misma persona.
– Precisamente -concluyó Corbett-, la mano de un escribano, Ranulfo, como sabéis, es anónima. A todos los escribanos de la cancillería o de la tesorería se les enseña qué plumas deben utilizar, qué tipo de tinta escoger y cómo escribir las letras. El Campanero se ha aprovechado de todo eso para esconderse. Incluso aunque encontráramos al autor de estos escritos, no podríamos asegurar que se trata del Campanero.
– Pero ¿por qué dice que vive en Sparrow Hall? -preguntó Ranulfo intrigado.
Corbett se balanceó en su taburete.
– Sí, eso me tiene confundido. ¿Por qué mencionar Sparrow Hall? ¿Por qué no la iglesia de San Miguel o Santa María o incluso la prisión de Bocardo?
– ¿Tal vez por la maldición? -sugirió Ranulfo-. Quizás el Campanero la conoce y no sólo desea reírse del rey, sino de la memoria de sir Henry Braose, que fundó Sparrow Hall.
– Sí, es posible -contestó Corbett-. Hay un tono de mofa detrás de esas proclamas, así como un cerebro muy ingenioso. El Campanero debe de ser de otro lugar, pero desea que de este modo el rey castigue y arrase Sparrow Hall. Sin embargo -se rascó la cabeza-, sospechamos que el Campanero se encuentra en Sparrow Hall, pues Copsale murió misteriosamente en su lecho, Ascham, en la biblioteca, Passerel fue envenenado en la iglesia de San Miguel y Langton murió ayer por la noche.
– Sí -añadió Ranulfo-. El asesinato de Langton parece corroborar que el asesino se encuentra en Sparrow Hall.
– Pero continuemos -animó Corbett-. El Campanero se dedica a ir colgando sus proclamas y parece que lo hace por la noche. Ahora bien, ¿quién podría colarse como un murciélago a través de las calles?
– ¿De Sparrow Hall? -preguntó Ranulfo-. Todos los profesores, incluyendo Norreys, son hombres de constitución fuerte. Lady Mathilda, sin embargo, no tiene ninguna razón para odiar la universidad que fundó su hermano. No me la imagino escondiéndose en las calles de Oxford por la noche cargada con esas proclamas.
– No olvides a Moth -apuntó Corbett.
– No está bien de la cabeza -añadió Ranulfo-. Es un sordomudo que no sabe ni leer ni escribir. Me di cuenta en la biblioteca ayer por la noche. Cogió un libro y lo estaba mirando al revés -sonrió-. ¿Os lo imagináis, amo, por las calles de Oxford en medio de la oscuridad de la noche colgando las proclamas del Campanero al revés?
– Ya -aceptó Corbett-. Luego están los estudiantes liderados por el temible David ap Thomas. ¿Os enfrentasteis a él ayer por la noche?
– No, amo; sólo le asusté. Pero me di cuenta de algo: Ap Thomas calzaba botas, así como el resto de sus compañeros, y todos tenían briznas de hierba húmeda pegada a los zapatos y la ropa. Además, Ap Thomas llevaba colgado una especie de amuleto alrededor del cuello y también algunos de sus compañeros: eran círculos de metal con una cruz en el medio coronada por un trozo de cristal con forma de ojo.
– Una cruz que da vueltas -explicó Corbett-. Las vi en Gales. Las llevan los creyentes de la antigua religión como recuerdo de los gloriosos días de los druidas.
– ¿Quiénes?
– Unos frailes paganos -empezó a decir-. El historiador romano Tácito los menciona cuando habla de Anglesey: adoraban a unos dioses que vivían en los robles y les hacían ofrendas colgando a sus víctimas sacrificadas de las ramas de los árboles.
– ¿Como las cabezas de los mendigos?
– Sí, podría ser -replicó Corbett-. Y a todo eso hay que añadir las elucubraciones de Godric sobre fuegos y gente vestida de forma extraña practicando ritos de magia en los bosques. Pero ¿se tratará del Campanero? -Se encogió de hombros-. Mantengamos nuestra hipótesis. ¿Quién es el Campanero y cómo actúa? -Respiró hondo-. Sabemos que Ascham estaba cerca de la verdad. Estaba buscando algo en la biblioteca pero se delató él mismo al Campanero. Ergo -Corbett se golpeó la mejilla con la pluma-. Ascham era un hombre mayor muy respetado. No estaba acostumbrado a ir a las facultades o a pasearse por Oxford; por lo tanto debió de comunicar sus sospechas a alguien de Sparrow Hall. -Se puso en pie, se paseó por el cuarto y miró a través de la ventana-. Creo que podemos estar bastante seguros -concluyó- de que el Campanero vive en Sparrow Hall o en la residencia al otro lado de la calle.
– ¿Pero qué estaría buscando Ascham? -preguntó Ranulfo.
– Las pruebas que demostraran la conclusión a la que había llegado -replicó Corbett-. Parece ser que Ascham tenía algún libro sobre la mesa, pero alguien lo devolvió luego a las estanterías, algo que cualquiera de Sparrow Hall pudo hacer sin mayor complicación. Ahora bien, continuemos. Ascham fue alcanzado por el cuadrillo de una ballesta que disparó el asesino, que le engañó para que abriera la ventana de la biblioteca. Luego el Campanero lanza dentro su nota llena de desprecio. Ascham, sabiendo que está muriéndose, consigue alcanzarla, y empieza a escribir lo que parece ser el nombre de Passerel con su propia sangre. Pero ¿por qué debió de hacerlo?
– ¡Ya lo sé! -exclamó Ranulfo pegando un bote y dando una palmada entusiasmado-. Amo, ¿cómo sabemos que Ascham escribió esas letras? ¿Cómo sabemos que el asesino no se coló a través de la ventana, cogió el dedo de Ascham, lo untó en su propia sangre y grabó esas letras para incriminar a Passerel?
Corbett se volvió a sentar a la mesa y se quitó de encima las moscas que se habían arremolinado sobre las manchas de la madera.
– No había pensado en eso, Ranulfo -declaró-. Es posible, pero continuemos. Passerel es sospechoso de la muerte de Ascham y él, a su vez, huye del colegio sólo para que el asesino le pueda dar caza más fácilmente en la iglesia de San Miguel. Pero ¿por qué mataron a Passerel? -preguntó-, ¿por qué no le dejaron como sospechoso del asesinato? A menos, claro está -concluyó Corbett-, que Passerel pudiera reflexionar sobre lo que le dijo su buen amigo Ascham. -Hizo una pausa y levantó la cabeza-. ¿Sabes qué, Ranulfo? Cuando regresemos a Sparrow Hall debo hacer dos cosas: la primera, echar una ojeada a las pertenencias de Passerel y Ascham, sobre todo a sus papeles. -Corbett empezó a escribir.
– ¿Y la segunda?
– Preguntarle a nuestro buen médico, el profesor Aylric Churchley, si guarda algún tipo de veneno. Copsale fue probablemente envenenado y ya sabemos que Passerel y Langton también. Los venenos suelen ser bastante caros y, además, no creo que el asesino se arriesgara a comprarlos y que luego algún boticario o médico le pudiera reconocer.
– Pero ¿Churchley tendrá algún veneno? -preguntó Ranulfo.
– Sí, y mucho me temo que los venenos que utilizaron eran suyos. De todos modos, como conclusión -suspiró Corbett-, sabemos que el Campanero se encuentra en Sparrow Hall o en la residencia. No estamos muy seguros de sus motivos, excepto de su odio profundo por el rey y la universidad. Sabemos que el Campanero es un escribano bien formado, capaz de moverse por todo Oxford en la oscuridad de la noche. Un asesino cruel, que ya ha matado a cuatro hombres con el fin de ocultar su identidad…
– Amo.
Corbett miró a Ranulfo.
– Si, como decíais, el Campanero odia al rey y a Sparrow Hall, eso nos coloca, sobre todo a vos, en una situación muy peligrosa. ¿Habéis pensado qué pasaría si sir Hugo Corbett, el principal escribano del rey, su amigo y compañero, fuera hallado envenenado o degollado en alguna callejuela de Oxford, con una proclama del Campanero colgando de su cadáver?
Corbett no se inmutó pero Ranulfo vio cómo su rostro palidecía.
– Lo siento, amo, pero si vamos a hacer hipótesis, entonces voy a estudiar la mía muy de cerca. Si sir Hugo Corbett fuera herido o asesinado, la ira del rey no conocería límites. Ese malhumorado bastardo del castillo pronto se encontraría con el rey agarrándole por el cuello mientras los justicias reales llegan a Sparrow Hall más rápidos que un rayo, expulsan a la comunidad, cierran todos los aposentos y confiscan todas sus posesiones.
Corbett sonrió ligeramente.
– Habéis puesto un precio muy alto a mi cabeza, Ranulfo.
– No, amo. Lo que pasa es que yo también he sido un canalla, un luchador de calles nato y, sea quien sea, el Campanero no es distinto: llegará a las mismas conclusiones que yo, si es que todavía no lo ha hecho.
– Entonces debemos tener cuidado.
– Sí, amo, así es. No comeremos ni beberemos más en Sparrow Hall. Se acabaron los paseos por la ciudad de noche.
– Eso resultará muy difícil.
Corbett volvió a sus escritos, apuntando con rapidez todas las conclusiones a las que había llegado. Su pluma volaba sobre el papel de vitela que había sacado de su bolsa de cancillería. Dejó la pluma sobre la mesa.
– Y ahora centrémonos en nuestro principal problema -declaró-. Cada dos por tres aparece el cadáver decapitado de un mendigo en los campos de las afueras de Oxford, con la cabeza colgada de su cabellera en las ramas de un árbol cercano. Sabemos que eligen a los mendigos como víctimas porque están solos y son vulnerables. En cierto modo, nadie los echará de menos. Sin embargo -Corbett empezó a contar con los dedos-, primero, ¿por qué no se encuentran los cadáveres dentro de las murallas de la ciudad? Segundo, según Bullock casi no hay signos de violencia en los alrededores donde son encontradas las víctimas. Tercero, ¿por qué siempre los encuentran cerca de un camino? Y finalmente, ¿por qué nunca aparecen en el mismo sendero, sino en diferentes sitios de los alrededores de la ciudad?
Corbett bajó la mano.
– Lo que significa, mi querido Ranulfo, que deben de ser asesinados en la misma ciudad de Oxford y luego transportados a diferentes caminos donde finalmente los colocan adecuadamente. Sin embargo, si los asesinatos ocurren en la ciudad, alguien debería de haber visto algo. La única conclusión que podemos sacar es que, quizá, son asesinados fuera de la ciudad en un lugar determinado, pero los restos son transportados deliberadamente a otro sitio. ¿Y qué más?
– Estoy pensando en Maltote. No tendríamos que haberle dejado sólo tanto tiempo.
Corbett sacudió la cabeza.
– No le pasará nada, si tú tienes razón. El Campanero irá detrás del perro o el cuervo del rey. Maltote no corre peligro, a no ser que Ap Thomas y el resto quieran hacerle la puñeta. -Recogió su pluma-. Concentrémonos en el problema. ¿Qué otras preguntas podemos plantearnos sobre los asesinatos de esos pobres mendigos?
– ¿Por qué? -sugirió Ranulfo-, ¿por qué los matan de ese modo tan salvaje?
Corbett contempló una mancha de vino que había al fondo de la pared.
– Godric debe de haber visto algo en los bosques de los alrededores de la ciudad: las prácticas de un aquelarre o un grupo de brujos, y ese grupo debe de tener su base en Oxford. Sabemos que tienen cierto vínculo con Sparrow Hall, por el botón que encontramos en el último cadáver. Ahora bien, no me imagino a ninguno de los profesores encomendados a tan viles acciones. Sin embargo, los estudiantes, bajo el liderazgo de David ap Thomas, podrían tener algo que decir al respecto.
– ¿Pensáis que David ap Thomas podría ser el Campanero? -preguntó Ranulfo-. Después de todo, los estudiantes pueden moverse por todo Oxford por la noche. Ap Thomas es un rebelde por naturaleza: le encantaría enfrentarse al rey. -Hizo una pausa-. ¿Habéis olvidado a Alice-atte-Bowe y a su aquelarre?
Corbett cerró los ojos. «Hace tantos años», pensó. Fue la primera misión que le encargaron. Fue el canciller Burnell, se trataba de exterminar de raíz un aquelarre de brujas y traidores de los alrededores de Santa María Le Bow en Londres. Recordó el hermoso rostro de la oscura Alice. Abrió los ojos.
– Nunca lo olvidaré -contestó-. A veces me parece que lo he logrado, pero luego sólo hace falta un sonido, un olor determinado para que los recuerdos vuelvan a mi cabeza. -Apartó sus utensilios de escribir-. Nos queda la biblioteca -añadió-. Todavía tenemos que buscar lo que estaba estudiando Ascham, aunque eso podría resultar imposible: hay tantos libros y manuscritos… Ni siquiera sabemos si el libro todavía estará allí. Podríamos pasarnos días enteros, incluso semanas, jugando a la gallinita ciega. -Corbett se puso en pie-. Es hora de ir a Sparrow Hall.
Salieron del cuarto y bajaron las escaleras. El propietario los esperaba con un fardo de piel ajada.
– ¿Sir Hugo Corbett? -preguntó.
– Sí.
El propietario depositó la carga en las manos de Corbett.
– Vino un niño -señaló hacia la puerta-, acompañado de un hombre con capucha y cogulla que permaneció detrás de él. El niño me dio esto para vos.
Corbett arrugó la nariz ante el hedor que desprendía el trozo de pergamino grasiento que iba a su nombre, atado con una cuerda alrededor del paquete envuelto en piel. Salió a la calle, se paró en la boca de una callejuela y cortó la cuerda. Se agachó y vació con cautela el contenido sobre el suelo mohoso. Se le hizo un nudo en el estómago y se quedó en silencio al contemplar los restos malolientes y despedazados de un cuervo, con el cuerpo rajado de arriba abajo y todas las tripas fuera. Corbett soltó una maldición, lo apartó de una patada y se adentró de nuevo en la calle.
Ranulfo se quedó detrás. Examinó el cuervo con detenimiento y luego la bolsa de piel hecha jirones.
– Déjalo, Ranulfo -le ordenó Corbett.
– ¿Una amenaza, amo?
– Sí -suspiró-, una amenaza.
Miró al otro lado de Broad Street. La multitud había desaparecido; era bien pasado el mediodía. La campana del ángelus ya había tocado y las tiendas de comida y tabernas estaban a rebosar. Los vendedores disfrutaban de un pequeño respiro después de un día de actividad frenética. Corbett y Ranulfo caminaron de vuelta a Sparrow Hall. De vez en cuando Ranulfo se volvía, escudriñando alguna pequeña callejuela o mirando a las ventanas de ambos lados, pero no pudo ver ningún indicio de que alguien los siguiera. Llegaron a la puerta de Sparrow Hall. Estaba cerrada, por lo que atravesaron la calle y bajaron hacia el patio de la residencia. Norreys, ayudado por algunos porteadores, hacía rodar unos barriles enormes, sacándolos fuera de un carro para meterlos a través de una escotilla que daba a la bodega de abajo.
– ¡Provisiones! -les gritó mientras se acercaban-. No compréis nunca en el mercado de Oxford; es mejor y más fresco lo de fuera.
– ¿Acabáis de volver? -le preguntó Corbett.
– Sí. Salí mucho antes del amanecer -contestó Norreys. Su rostro estaba enrojecido y cubierto por una capa de sudor-. He conseguido sacar algún provecho.
Corbett estuvo a punto de continuar hablando cuando un grupo de estudiantes irrumpió en el patio, liderado por David ap Thomas. El galés, desnudo de cintura para arriba, flexionaba los músculos y blandía una barra ante la admiración de sus seguidores. Tenía una constitución fuerte, el pecho y los brazos eran firmes y musculosos; jugó con la barra como un niño lo haría con un palo, con destreza y haciéndola girar sin esfuerzo entre sus manos.
– Todo un alborotador callejero -murmuró Corbett.
– Yo no les haría caso y entraría dentro -les advirtió Norreys.
Corbett, sin embargo, se limitó a sacudir la cabeza. El galés los miraba ahora desde el otro lado del patio. Corbett pudo entrever el amuleto que llevaba alrededor del cuello.
– Creo que sólo quieren llamar la atención -añadió Ranulfo-, pero también desean advertirnos de algún modo.
De repente la puerta se abrió de par en par y una figura vestida con harapos salió al exterior. Era uno de los secuaces de Ap Thomas, vestido con un traje negro hecho jirones, con un pico amarillo enganchado a la cara, con botas del mismo color y las piernas al descubierto. Él también blandía una barra y, por un momento, dio un salto batiendo las alas, imitando con maestría el graznido de un cuervo.
– ¡Les voy a cortar el cuello a esos bastardos! -exclamó Ranulfo furioso.
– No, no -se adelantó Corbett-. Deja que se diviertan.
El cuervo dejó de hacer el payaso y se cuadró ante Ap Thomas, y ambos estudiantes empezaron a batirse en duelo con sus barras. Corbett decidió pasar por alto el insulto. Se mantuvo de pie, admirando la gran destreza de ambos hombres, especialmente la de Ap Thomas. Las barras eran dos atizadores de considerable peso blandidos con gran fuerza. El mero golpe de cualquiera de ellas en la cabeza de uno de los dos lo habría dejado inconsciente. Sin embargo, ambos eran unos luchadores excelentes. Las barras se encontraron en el aire, mientras los dos hombres esquivaban el golpe y saltaban en dirección contraria. Con frecuencia los palos se encontraban para frenar un golpe dirigido a la cabeza o al estómago, y algún toque iba a parar a las piernas en un intento por hacer caer al adversario azotándole en los tobillos. Ap Thomas luchó con calma, soltando de vez en cuando un gruñido cuando se veía obligado a retroceder. Con el pecho agitado y la cara y los brazos empapados de sudor, esperaba vencer de un momento a otro a su adversario.
La batalla duró por lo menos diez minutos más hasta que Ap Thomas, cambiándose el atizador de una mano a otra, retrocedió y con un sonoro golpe en los hombros de su adversario le hizo caer de rodillas.
Corbett y Ranulfo atravesaron el patio, sin prestar atención a los estridentes graznidos que les dedicaron a su paso. Ranulfo estuvo a punto de volverse, pero Corbett le tiró de la manga.
– Como dice el buen libro, Ranulfo, hay un momento y un lugar bajo el cielo para todo: un tiempo para plantar y un tiempo para recoger, un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz. Y ahora nos toca despertar a Maltote; ya ha dormido bastante.
Ranulfo se encogió de hombros y le siguió. También recordó una frase del Viejo Testamento que dice: «Ojo por ojo, diente por diente, vida por vida», pero decidió guardársela para sí mismo.
Encontraron a Maltote que se acababa de despertar. Estaba sentado, rascándose el cabello rubio y enmarañado. Los miró con ojos de búho y luego se estremeció de dolor mientras sacaba fuera una pierna.
– Vine aquí medio dormido -explicó- y me di en toda la espinilla con uno de los barriles que Norreys había sacado fuera después de limpiar la bodega. -Maltote se puso en pie-. Escuché el ruido de abajo -añadió-. ¿Qué pasaba?
– Eran sólo unos necios jugando -replicó Corbett-. Nacieron necios y morirán igual de necios.
– ¿Vamos a comer? -preguntó Maltote.
– No aquí -contestó Corbett-. Ranulfo, coge a Maltote y explícale lo que ha pasado y cuánto cuidado debe tener. Id a Turl Lane, allí hay una taberna, el Ganso Gris. Os encontraré allí más tarde, después de pasarme por la universidad.
Bajaron las escaleras hacia la calle. Una prostituta, con el rostro tan blanco que parecía de yeso, se les acercó, meneando sus faldas sucias y haraposas ante ellos. Sostenía con una mano la peluca roja y en la otra llevaba una comadreja atada con una cuerda. Les sonrió enseñándoles toda su dentadura amarilla y mellada, pero de repente se volvió y empezó a soltar un sinfín de juramentos obscenos, ya que un perro de la calle había olido a su comadreja y empezaba a ladrarle. Mientras Ranulfo y Maltote aprovecharon para marcharse de allí. Corbett cruzó la calle y golpeó la puerta de Sparrow Hall. Un criado le abrió y le invitó a entrar. Corbett le explicó el motivo de su visita y el hombre le condujo hasta la cámara de Churchley. El profesor Aylric estaba sentado en un escritorio bajo una ventana abierta, mirando cómo se consumía la llama de una vela. Se levantó al entrar Corbett en la sala, escondiendo su irritación bajo una falsa sonrisa.
– ¿Cómo deberá arder el fuego? -preguntó estrechando la mano de Corbett-. ¿Por qué la cera arde más rápidamente? ¿Por qué es más maleable que la madera o el hierro?
– Depende de sus propiedades -respondió Corbett citando a Aristóteles.
– Sí, pero ¿por qué? -preguntó Churchley, indicándole que se sentara en un taburete.
– Se trata de propiedades naturales. He venido… -Corbett cambió bruscamente el tema de conversación-. Profesor Aylric -añadió sin más dilación-, vos sois médico, ¿me equivoco?
– No, estáis en lo cierto; pero soy más un estudiante de la naturaleza del mundo -le contestó Churchley en tono provocador; su rostro alargado se llenó de curiosidad.
– Pero ¿practicáis aquí la medicina?
– Oh, sí.
– ¿Y tenéis un dispensario? Me refiero a un almacén para las hierbas o pociones.
– Desde luego -se limitó a responder-. Está abajo en el pasillo, pero está cerrado con llave.
– Iré directo al grano -añadió Corbett sin más demora-. Si desearais envenenar a alguien, profesor Aylric (es una pregunta, no una acusación), no compraríais el veneno en una botica de la ciudad, ¿verdad?
Churchley sacudió la cabeza.
– Eso dejaría pistas -replicó-. Se acordarían de uno. Yo realizo mis compras en una botica de Hog Lane -explicó-, y toman nota detalladamente de todas ellas.
– ¿Nunca recogéis las hierbas vos mismo?
– ¿En Oxford? -Churchley sofocó una risita-. Bueno, podríais encontrar algo de manzanilla en los pantanos de Meadows, pero, sir Hugo, yo soy un hombre muy atareado y no una vieja que se pasa los días recorriendo los bosques como las vacas.
– Exacto -corroboró Corbett-, y lo mismo podría decirse del asesino que mató a Passerel y Langton.
Churchley se sentó en la silla.
– Ya veo lo que queréis decir, sir Hugo. Pensáis que cogieron los venenos de mi dispensario. Pero lo hubiera notado; guardo las sustancias en unos frascos, medidas con gran exactitud. No es que espere que nos envenenen en nuestras propias camas -continuó-, pero una sustancia como el arsénico es muy cara. Venid, os lo enseñaré.
Cogió un manojo de llaves de un gancho que había en la pared y condujo a Corbett hacia una puerta que había en la galería. La abrió y entraron. La habitación estaba oscura. Churchley prendió una yesca y encendió un candelabro de seis brazos que había sobre una mesita. El ambiente estaba cargado de diferentes olores, algunos agradables y otros agrios. Las paredes de la cámara estaban cubiertas de estanterías. Cada una sostenía diferentes botes, frascos y tarros con sus propios contenidos marcados específicamente. A la izquierda había algunas hierbas: violetas, tomillo, hojas de olmo escocés, césped, incluso algo de albahaca, pero a la derecha, Corbett reconoció pociones más peligrosas como el beleño o la belladona. Churchley bajó un tarro de loza con una tapa. La etiqueta pegada en un lado indicaba que era arsénico blanco. Churchley se puso un par de guantes blandos de cabritilla que había sobre la mesa. Levantó la tapa y sostuvo el tarro a la luz de las velas. Corbett vio que el bote estaba medido en medias onzas.
– ¿Veis? -explicó Churchley-. Hay ocho onzas y media. -Abrió un librote de piel de ternero que había sobre la mesa-. A veces lo receto -continuó- en pequeñas dosis para el dolor de estómago y le he dado a veces a Norreys un poco para que lo utilice como un fuerte astringente. Pero, como veis, todavía hay ocho onzas y media.
Corbett cogió el tarro y lo olió.
– Tened cuidado -le advirtió Churchley-. Los expertos en hierbas dicen que debe utilizarse con mucha prudencia.
Corbett escudriñó el interior y notó que el polvo que había encima parecía más fino que el de debajo. Churchley le dio una cuchara de cuerno y Corbett extrajo un poco de la fina sustancia semejante a la creta. Churchley dejó de protestar y le miró en silencio; su rostro se volvió taciturno.
– Estáis pensando lo mismo que yo -musitó Corbett. Cogió un poco del polvo que había en la cuchara-. Profesor Churchley, os aseguro que no soy un experto en medicina -Corbett olió la sustancia-, pero creo que esto es creta molida o harina, pero nada mortal.
Churchley le arrancó la cuchara de las manos y, armándose de valor, se untó la yema de un dedo con aquel polvo y se la llevó a la lengua. A continuación cogió un trapo y se limpió la boca.
– ¡Es harina molida! -exclamó.
– ¿Quién guarda las llaves? -preguntó Corbett.
– Bueno, yo -replicó Churchley airado-. Pero, sir Hugo, ¿no estaréis sospechando de mí? -Se retiró de la luz de las velas, como si quiera esconderse en las sombras-. Podrían haber utilizado otras llaves -explicó-. Y esto es Sparrow Hall; aquí no atrancamos ni cerramos con llave ni nuestros aposentos. Aunque Ascham era en eso una excepción. Cualquiera pudo entrar en mi cámara y coger las llaves. La residencia a menudo se queda desierta. -Las palabras le salieron en tropel.
– Alguien vino aquí -replicó Corbett dejando la cuchara sobre la mesa- y se llevó una cantidad suficiente para matar al pobre Langton. Alguien que conoce vuestro sistema, profesor Churchley.
– Todo el mundo lo conoce -balbuceó el hombre.
– Y luego rellenó el tarro con ese polvo -explicó Corbett.
– ¿Pero quién?
Corbett se limpió los dedos en su abrigo.
– No lo sé, profesor Churchley. -Se paseó por la habitación-. Pero Dios sabe qué más faltará. -Se acercó a Churchley y vio el miedo en sus ojos-. Me pregunto qué más podrían haber cogido, profesor. -Corbett se giró y se encaminó hacia la puerta-. Si fuera profesor de Sparrow Hall -le dijo volviéndose sobre sus hombros- yo tendría mucho cuidado con lo que como y bebo.
Capítulo VIII
Un Churchley con aire preocupado cerró la puerta del almacén y siguió a Corbett a través de la galería.
– Sir Hugo -gimió-, ¿estáis diciendo que todos corremos peligro?
– Sí, así es. Os recomiendo encarecidamente que reviséis con detalle si faltan algunas otras sustancias.
Corbett se detuvo al final de las escaleras.
– ¿Quién ha ocupado el cargo de administrador después de la muerte de Passerel?
– Yo.
– ¿Es posible echar una ojeada a las pertenencias de Ascham y Passerel?
Churchley hizo un mohín.
– Lo necesito -insistió Corbett-. Dios sabe, profesor, que nuestras vidas están en peligro. Podría encontrar alguna pista.
Churchley, gruñendo por lo bajo y ansioso por volver a sus hierbas, condujo a Corbett al piso de abajo. Atravesaron el pequeño comedor hasta llegar a la parte trasera del edificio. Abrió con llave una puerta y condujo a Corbett a otro almacén, una larga estancia abovedada llena de barriles, con fajos de pergaminos, tinta y vitela dispuestos en unas estanterías. Al fondo de la habitación se acumulaban baldes con carbón y toneles de malmsey, vino y cerveza.
Churchley llevó a Corbett hacia una esquina, donde abrió dos grandes arcas.
– Las pertenencias de Ascham y Passerel están aquí -declaró-. No tenían familia o nadie con el que nos pudiéramos poner en contacto. Una vez sus voluntades sean aprobadas por la cancillería, supongo que todas estas cosas pasarán a manos del colegio.
Corbett sacudió la cabeza y se arrodilló al lado de las arcas. Sonrió al recordar su propia experiencia como escribano de la cancillería de la corte, cuando tenía que viajar hacia algún feudo o abadía para aprobar la voluntad de un fallecido u ordenar la entrega de ciertas cantidades de dinero o de bienes. Empezó a estudiar las pertenencias. Churchley murmuró algo acerca de que tenía otros deberes y dejó a Corbett solo en sus quehaceres. Los pasos de Churchley se perdieron a lo lejos, y Corbett se dio cuenta de lo silenciosa que se había quedado la universidad. Tuvo que hacer un esfuerzo por controlar el miedo y corrió a cerrar y atrancar la puerta antes de regresar a sus tareas. Luego se puso a revisar ambas arcas, rebuscando entre ropa, cinturones, talabartes, un pequeño libro de horas forrado de piel, tazas, copas de madera de arce, platos de peltre y copas con remates dorados que los dos hombres habían coleccionado a lo largo de los años. Corbett tenía suficiente experiencia para darse cuenta de que lo que no aparecía en la lista de Passerel o Ascham ya se lo habrían llevado. También estaba seguro de que el Campanero ya habría rebuscado entre las posesiones de los dos hombres muertos para asegurarse de que no quedaba nada que pudiera resultar sospechoso. Corbett no encontró nada de interés en las pertenencias de Ascham y estaba a punto de abandonar su búsqueda entre las cosas de Passerel cuando encontró una pequeña bolsa con documentos. La abrió y esparció sobre el suelo los fragmentos y trozos de pergamino que contenía. Algunos estaban en blanco y en otros figuraban varias listas de provisiones o artículos objeto de negocios. Había un rollo con los gastos que Passerel había realizado en su viaje a Dover. Otro contenía los salarios de los criados de la universidad y la residencia. Unos cuantos estaban cubiertos por algunos dibujos: uno llamó especialmente la atención de Corbett. Passerel había escrito varias veces la palabra passera.
– ¿Qué es esto? -se preguntó Corbett, recordando el mensaje que Ascham había dejado antes de morir.
¿Estaba Passerel haciendo algún juego de palabras con su nombre? ¿Acaso significaba algo passera? Corbett volvió a meter todos los pergaminos en su sitio, ordenó ambas arcas y echó los cerrojos. Volvió al vestíbulo y cruzó el pasillo hacia la biblioteca. La puerta estaba medio abierta. Corbett la empujó y entró cautelosamente dentro de la estancia. El hombre sentado en la mesa de espaldas a él estaba tan enfrascado en lo que leía que no se dio cuenta de la presencia de Corbett hasta que lo tuvo delante de sus narices; entonces se echó hacia atrás la capucha y movió las manos rápidamente para esconder lo que estaba leyendo.
– Vaya, profesor Appleston -sonrió Corbett a modo de disculpa-. No quería alarmaros.
– Sir Hugo, estaba… bueno… bien… ¿Recordáis lo que dijo Abelardo?
– No, creo que no.
– Dijo que no hay un lugar mejor para perder el alma que un libro.
Corbett levantó la mano.
– En ese caso, profesor Appleston, ¿podría ver lo que estáis leyendo con tanta atención?
Appleston suspiró y le entregó el libro. Corbett lo abrió; las hojas de pergamino tiesas crujían a medida que las iba pasando.
– No hay ninguna necesidad de hacerse el inquisidor -declaró Appleston.
Corbett siguió pasando las hojas.
– Siempre me han interesado las teorías de De Montfort: Quod omnes tanget ab omnibus approbetur.
– «Lo que concierne a todos debe ser aprobado por todos» -tradujo Corbett-. ¿Y a qué se debe el interés?
– Oh, podría mentiros -replicó Appleston- y deciros que estoy interesado en la teoría política, pero estoy seguro de que los espías de la corte o los chismosos de la ciudad ya os habrán dicho la verdad. -Se levantó y echó los hombros hacia atrás-. Me llamo Appleston, que era el apellido de mi madre. Era la hija de un soldado de uno de los feudos de De Montfort. El gran conde, o eso me dijo ella, se enamoró de ella. Yo soy su hijo.
– ¿Y os sentís orgulloso de ello? -preguntó Corbett. Estudió su rostro cuadrado y bronceado, las arrugas alrededor de sus ojos, y se preguntó si aquel hombre, de algún modo, se parecería a su padre-. Os he hecho una pregunta.
– Por supuesto que sí -replicó Appleston, tocándose la herida de la comisura de la boca-. Ni un solo día dejo de rezar por el reposo del alma de mi padre.
– Concedo -replicó Corbett-. Fue un gran hombre, pero también un traidor de la Corona.
– Voluntas principis habet vigorem legis -fue la respuesta de Appleston.
– No, no lo creo -respondió Corbett-. Sólo porque el rey desee algo no significa que lo convierta en ley. No soy un teórico, profesor Appleston, pero conozco los Evangelios: un hombre no puede tener dos señores; un reino no puede tener dos reyes.
– ¿Y si hubiera ganado De Montfort? -preguntó Appleston.
– Si De Montfort hubiera ganado -replicó Corbett- y los comunes, junto con los lores seculares y espirituales, le hubieran ofrecido la corona, entonces yo, como muchos otros, no habríamos tenido otro remedio que arrodillarnos. Lo que me preocupa, profesor Appleston, no es De Montfort, sino el Campanero.
– Yo no soy un traidor -contestó el profesor-. Aunque he estudiado los escritos de mi padre desde que era un niño.
– ¿Y cómo es -preguntó Corbett- que a un miembro de la familia de De Montfort se le concede beneficio en Sparrow Hall, una escuela fundada por el enemigo de De Montfort?
– Porque todos se sienten culpables.
Era la voz del profesor Alfred Tripham, que entró en la biblioteca con un infolio bajo el brazo.
– Acabo de volver de los colegios -explicó-. El profesor Churchley me dijo que quizás os encontraría aquí.
Corbett hizo una reverencia.
– Camináis tan sigilosamente como un gato, profesor Alfred.
Tripham se encogió de hombros.
– La curiosidad, señor Hugo, siempre tiene un paso sigiloso.
– ¿Hablabais de culpabilidad? -preguntó Corbett.
– Ah, sí. -Tripham dejó el infolio sobre la mesa-. Ese pinchazo a la conciencia, ¿eh, sir Hugo? -Miró alrededor de la biblioteca-. En algún sitio, entre esos papeles, hay una copia de la voluntad de Henry Braose, pero estoy demasiado ocupado para buscarla. -Se sentó en un taburete enfrente de Appleston-. En sus últimos años, Braose se volvió melancólico. A menudo soñaba con la última batalla en Evesham y en cómo los caballeros profanaron el cuerpo de De Montfort. Braose creía que debía reparar aquel mal de algún modo. Celebró cientos de misas por el alma del conde. Cuando Leonard solicitó el puesto…
– Lo supo inmediatamente -interrumpió Appleston-. Echó un vistazo a mi cara, se puso pálido y se sentó. Dijo que estaba viendo a un fantasma. Le conté la verdad -continuó Appleston-. ¿Qué ganaría negándolo? Si no se lo hubiera dicho, alguien lo habría hecho por mí.
– ¿Y os ofrecieron el puesto? -preguntó Corbett.
– Sí, sí, con una condición. Debía conservar el nombre de mi madre.
– Todos guardamos algún secreto. -Tripham entrelazó los dedos-. Tengo entendido, sir Hugo, que habéis estado buscando entre las posesiones de Ascham. -Sonrió ligeramente-. No sois ningún necio, Corbett. Estoy seguro de que sabéis que ya se han llevado algunas cosas.
Corbett le devolvió la mirada.
– Debéis de preguntaros -continuó Tripham- por qué Ascham era tan querido entre los estudiantes como Ap Thomas y sus seguidores. ¿Qué podría tener un viejo archivista, un bibliotecario, en común con un grupo de fanáticos rebeldes?
– Nada parece lo que debería ser -replicó Corbett.
– Y lo mismo podría decirse de Ascham -espetó Tripham-. Era un erudito venerable y jovial, pero, como muchos de nosotros -apartó la mirada- sentía debilidad por los jovencitos, por una cintura estrecha y unos muslos firmes más que por los ojos o el pecho generoso de una dama.
– Eso no es extraño -declaró Corbett.
– En Oxford, desde luego que no -Tripham se frotó la mejilla-. Ascham también procedía de una marca galesa, o más bien de Oswestry, en Shropshire. Así que se formó en la tradición pagana y galesa. Utilizó todos sus conocimientos para establecer una buena relación con muchos de nuestros jóvenes.
– Por lo que, evidentemente, su muerte resultó un golpe para muchos de los que se alojan en la residencia.
– Por eso descargaron toda su rabia contra el pobre Passerel -explicó Churchley-; fue una cabeza de turco.
– ¿Cabeza de turco?
Tripham se metió las manos por debajo de las mangas y se reclinó sobre la mesa.
– Sabemos que Passerel era inocente -declaró-. Ascham debió de ser asesinado cuando Passerel se encontraba a millas de distancia de Sparrow Hall. Y bueno -exclamó poniéndose en pie-, por lo que se refiere al pobre Appleston, seguramente no se considera ninguna traición estudiar las teorías de De Montfort. Después de todo -sonrió levemente-, el mismo rey ha tomado algunas como propias. -Hizo una mueca a Appleston-. Venga, vayamos a cenar juntos; estoy seguro de que sir Hugo tiene otros asuntos de que encargarse.
– Ah, una cosa, profesor Tripham.
– ¿Sí, sir Hugo?
– Hablasteis de secretos. ¿Cuál es el vuestro?
– Oh, es muy sencillo, señor escribano. No me gustaba en absoluto sir Henry Braose, ni su arrogancia ni sus dudas escrupulosas justo antes de morir. Tampoco me gusta su irascible hermana, a la que nunca se le debió permitir permanecer en esta universidad.
– ¿Y Barnett?
– Preguntádselo vos mismo -espetó Tripham-. Barnett tiene sus propios demonios.
Tripham abrió la puerta, le indicó a Appleston que saliera y la cerraron tras de sí.
Corbett suspiró y miró alrededor de la biblioteca. Recordó el motivo por el que había venido y recorrió las estanterías en busca de un diccionario de latín. Por fin encontró uno cerca de la mesa del bibliotecario. Lo sacó, se sentó y encontró la entrada que buscaba, pero gruñó decepcionado. Passera era una palabra latina para designar gorrión. ¿Qué habría intentado escribir Ascham? ¿Estaba su muerte relacionada directamente con Sparrow Hall? ¿O quizás el administrador había grabado simplemente un pasaje en alusión a su nombre? Corbett se apoyó la barbilla en las manos. Su vista alcanzó una pequeña caja de utensilios de escritura que el bibliotecario debió de utilizar en su tiempo. La sacó y estudió su contenido de oropel: un paño de cendal, probablemente para borrar, plumas, tinta, piedra pómez y unos pequeños dediles que seguramente Ascham habría utilizado para pasar páginas. En una estantería de piedra cerca del escritorio, Corbett entrevió un libro forrado de piel. Lo cogió y lo abrió: era un registro de las obras que habían sido prestadas de las estanterías. Corbett buscó el nombre de Ascham pero no encontró nada: tal vez el archivista no tenía necesidad de coger prestados los libros de la estancia en la que trabajaba todo el día.
Corbett cerró el libro, lo dejó a un lado y se marchó de la universidad.
La calle se había llenado de universitarios rodeados de parásitos que se dirigían a las últimas clases del día. Corbett entrevió a Barnett: el pomposo maestro estaba al final de una calle hablando animadamente con el mendigo que Corbett se había encontrado anteriormente. El escribano retrocedió y se ocultó en la entrada de una puerta para observar cómo Barnett le entregaba una moneda. El mendigo se puso a dar saltos de alegría. Barnett se inclinó y susurró algo al oído del viejo; el tipo asintió y se marchó empujando su carretilla. Corbett esperó a que el profesor cruzara la calle para aparecer de repente bloqueándole el paso. Barnett pareció no prestarle atención, pero Corbett se mantuvo en sus trece.
– ¿Estáis bien, profesor?
– Perfectamente, escribano.
– Pues no parece que os encontréis muy bien.
– No me gusta que me espíen y me obliguen a hablar.
– Profesor Barnett -Corbett abrió las manos-, yo sólo os he visto realizar vuestras buenas obras, ayudar a los lisiados, dar de comer a los hambrientos…
– ¡Apartaos de mi camino! -exclamó Barnett, y de un empujón abrió la puerta de Sparrow Hall.
Corbett dejó que se marchara y regresó a su cámara de la residencia. Con sólo abrir la puerta supo que alguien más había estado allí, aunque, después de revisarlo todo con detalle, se dio cuenta de que no faltaba nada. Se sentó a la mesa. Tenía hambre pero había decidido esperar hasta la tarde para comer. Sabía que Ranulfo y Maltote no tardarían en regresar. Sacó la pluma y su cuerno de tinta y escribió una carta breve a Maeve. Le contó su llegada a Oxford, lo agradable que era volver al lugar en el que había estudiado de joven, lo mucho que la universidad y la ciudad habían cambiado. La pluma escribía con rapidez sobre la página, contando las mentiras que siempre decía cuando estaba en peligro. Al final escribió un mensaje corto para Eleanor y trazó unas letras más grandes y redondas para que la pequeña las pudiera leer. Dejó la pluma sobre la mesa y cerró los ojos. En Leighton, Maeve estaría en la cocina supervisando a las doncellas para la cena, o tal vez en la oficina de la cancillería, estudiando las cuentas, o quizás hablando con los soldados. ¿Y Eleanor? Seguramente se habría despertado de su siesta. Corbett escuchó un ruido en el pasillo. Abrió los ojos, rápidamente dobló la carta y empezó a sellarla. Llamaron a la puerta: eran Ranulfo y Maltote.
– Pensé que nos encontraríamos allí, amo -se quejó Maltote sentándose en la cama.
– Eso dije, pero todavía no tengo demasiada hambre.
– Entonces debemos cenar antes de marcharnos.
– ¿Marcharnos? -preguntó Corbett.
– Esta noche -replicó Ranulfo-. Maltote y yo pensamos que nuestro buen amigo David ap Thomas y sus secuaces harán una excursión nocturna fuera de la ciudad.
– ¿Cómo lo sabéis?
Ranulfo sonrió.
– Esta residencia es una madriguera. Uno se puede esconder en los rincones y recesos y, una vez dentro, desde las sombras, es increíble las cosas que pueden escucharse.
– ¿Estás seguro?
– Tan seguro como que Maltote monta a caballo.
Corbett le entregó la carta a Maltote.
– Entonces llévasela al baile al castillo y pídele que se la envíe a lady Maeve a Leighton. Dile que necesito su ayuda para un asunto muy urgente.
Maltote se puso las botas, agarró su capa y salió cojeando. Corbett le explicó entonces a Ranulfo lo que había descubierto durante su visita a Sparrow Hall.
– ¿Creéis que Barnett -preguntó Ranulfo- está implicado en las muertes de esos mendigos? Quiero decir que es un profesor universitario rico y bien cebado, no es el tipo de hombre que suele dar limosna a los mendigos.
– Quizá. Pero ¿qué me dices de Appleston y nuestro vicerregente? También podrían ser el Campanero. Y de nuevo tenemos también como sospechoso a nuestro amigo David ap Thomas.
– Lo que me preocupa, amo -dijo Ranulfo-, es la única pregunta que parece no tener respuesta. Oxford está lleno de escribanos -sonrió- como nosotros, profesores y estudiantes. Algunos de ellos vienen del extranjero, donde sus señores y legisladores son enemigos de nuestro rey. Otros vienen de la marca escocesa o Gales y tampoco es que sientan pasión por nuestro soberano. Habría muchos a los que les encantaría ser el Campanero.
– ¿Y?
– Entonces, ¿por qué el Campanero se empeña en afirmar que vive en Sparrow Hall?
Corbett sacudió la cabeza.
– La única respuesta que se me ocurre es que el Campanero odie esta universidad por un motivo especial.
– Y otra cosa -apuntó Ranulfo-; sabemos que el rey se subió por las paredes cuando aparecieron esas proclamas del Campanero, pero… ¿a quién más pueden importarle? -Ranulfo abrió las manos-. De acuerdo que debe de haber gente en Oxford, como en Cambridge o en Shrewsbury, que se uniría a cualquier rebelión descabellada, pero, hoy por hoy, cuarenta años después de la muerte de De Montfort, ¿qué espera conseguir el Campanero?
– ¿Estás diciendo que el rey debería no prestarle tanta atención al tema?
– En cierto modo, sí -replicó Ranulfo.
Corbett se mordió un lado de la boca.
– Entiendo lo que dices, Ranulfo. Podría ser que primero advirtieran al rey de que las bufonadas del Campanero eran simplemente una travesura de estudiantes y que, por eso, tuvieran lugar los asesinatos. No había ningún otro motivo real de todos modos. ¿Cómo sabemos que Ascham o Passerel sospechaban de la identidad del Campanero? Quizá los mató, como si se tratara de un juego de azar, para crear cierto misterio y atraer la atención del rey. Pero de nuevo nos encontramos ante la misma pregunta: ¿por qué?
Ranulfo se puso en pie.
– Me voy a la universidad -afirmó-. Maltote tardará un tiempo en volver del castillo. Y, hablando del azar, apuesto a que se parará en los establos del baile para echar un vistazo a los caballos.
– ¿Qué se te ha perdido en la universidad? -preguntó Corbett.
– Un libro -respondió bruscamente Ranulfo en tono grosero.
– ¿Qué libro, Ranulfo?
– Las…
– ¡Oh, vamos, por el amor de Dios! -exclamó Corbett.
– Las confesiones de san Agustín -contestó rápidamente Ranulfo.
– ¿Agustín de Hipona? ¿Qué interés tienes en él?
Ranulfo soltó un suspiro de desesperación y se reclinó en la puerta.
– Cuando estuvimos en Leighton, amo, hablé a menudo con el padre Luke. Escuchó mi confesión y me habló de san Agustín. -Ranulfo cerró los ojos-. El padre Luke me comentó una cita de Las confesiones: «Tarde os he amado, Señor». Y otra: «Nuestros corazones nunca están en paz hasta que descansan con el Señor». Son las palabras más bellas que jamás he oído. -Ranulfo abrió los ojos.
Corbett permanecía sentado, con la boca abierta y la mirada puesta en él.
– Supongo que os parece divertido -replicó Ranulfo.
Corbett sacudió la cabeza.
– ¿Puedo preguntarte por qué? -tartamudeó.
– Cuando era joven -respondió Ranulfo-, Agustín era un bribón, un canalla que iba con prostitutas y cortesanos. El padre Luke me dijo que incluso tuvo un hijo bastardo, pero luego se convirtió en cura y en obispo.
Corbett asintió fascinado.
– ¿Y piensas que tú puedes hacer lo mismo?
– No os riáis de mí, amo.
– Ranulfo, te he maldecido, me he quejado de ti, he rezado por ti e incluso he tenido deseos de estrangularte -contestó Corbett-, pero nunca me he reído de ti y nunca lo haré.
Su criado dejó caer los brazos a ambos lados.
– Durante nuestra larga estancia en Leighton -balbuceó, intentando no encontrarse con la mirada de Corbett-, empecé a pensar en mi futuro.
– ¿Y quieres convertirte en cura? -preguntó Corbett.
Ranulfo asintió.
– Si eso es lo que significa…
– ¿Significar el qué?
– No estoy muy seguro, amo.
– ¡Pero tú eres Ranulfo-atte-Newgate! -exclamó Corbett-. ¡El terror de las damas de Dover a Berwick! ¡Un luchador callejero, mi guardaespaldas!
– También lo era san Agustín -replicó Ranulfo acalorado-. También lo fue Tomás Becket. Y el padre Luke me dijo que incluso entre los seguidores de Jesús había un asesino.
Corbett levantó la mano.
– Ranulfo, que Dios me perdone. No dudo de lo que me dices, pero debes reconocer que para mí es una sorpresa.
– Bueno -Ranulfo levantó el picaporte-, el padre Luke dijo que cuando Agustín cambió, sorprendió a todo el mundo. -Abrió la puerta y se marchó.
Corbett se sentó petrificado.
– ¡Ranulfo-atte-Newgate! -susurró-, que ha levantado más enaguas que cenas calientes he tenido yo.
Cerró los ojos e intentó imaginarse a Ranulfo de cura. Al principio lo encontró divertido pero luego, cuanto más lo pensaba, menos extraño le parecía. Corbett se tumbó en la cama y contempló el techo, preguntándose sobre los caminos del corazón humano. Ranulfo ya no era un joven imberbe. Se había convertido en un hombre hecho y derecho y con una fuerte determinación por llevar a cabo su voluntad. Se había aplicado con dedicación a sus estudios y las últimas preguntas que había formulado sobre lo sucedido en Sparrow Hall eran propias de una mente aguda e ingeniosa. De algún modo, Corbett se dio cuenta de que los interrogantes planteados por Ranulfo sobre aquel asunto habían dado en el clavo. ¿Qué querría conseguir el Campanero con todo lo que estaba sucediendo? ¿Y por qué afirmaba ser un profesor o estudiante de Sparrow Hall?
Se quedó adormecido durante un rato. Luego regresó Ranulfo, y abrió la puerta.
– El vicerregente me ha dejado un ejemplar -dijo entrando en la cámara.
– Bien -murmuró Corbett.
Al cabo del rato llegó Maltote.
– El baile dice que puede atenderos ahora -declaró, todavía acariciándose la espinilla-. Ah, por cierto, amo, tienen unos caballos muy buenos en los establos del castillo.
– Oh, sí, sí, estoy completamente seguro -añadió Corbett con las piernas colgando de la cama.
Acto seguido se colocó el cinturón y les dijo a sus dos sirvientes que hicieran lo mismo.
Cogieron las capas y bajaron a la calle. Cruzaron Broad Street en dirección al castillo. En la esquina de New Hall Street y Bocardo Lane tuvieron que detenerse: los mercadillos ambulantes y las tiendas estaban cerrando. Los viandantes empujaban carros y carretillas; los más ricos dirigían sus carretas tiradas por bueyes de camino a las puertas de la ciudad. Todos se detenían ante el espacio abierto frente a las horcas dispuestas en un horrible cadalso de tres brazos en el que se habían colocado unas escaleras. Unos oficiales estaban colocando los lazos prietos alrededor del cuello de tres tipos mientras el pregonero público anunciaba en voz alta «los horribles crímenes, daños y violaciones de los cuales estos tres hombres han sido juzgados culpables». Acabó su discurso y dio tres palmadas. Los verdugos, que cubrían sus rostros con máscaras rojas, bajaron las escaleras con la agilidad de un mono. Cuando las retiraron, los tres tipos se quedaron bailando y colgando de un extremo de las cuerdas. Se escuchó un suspiro colectivo de la multitud, mientras un oficial gritaba que se había hecho justicia real. Corbett apartó la mirada. La multitud se dispersó y les permitió subir por el camino que rodeaba a la antigua muralla de la ciudad y conducía al castillo. El patio estaba desierto. Un mozo les dijo que las tropas se estaban preparando para la cena. Sólo un chico con un pollo bajo el brazo salió al paso, con el ave graznando estridentemente. Los establos y los cobertizos estaban en silencio y el mozo los condujo hasta unas escaleras de piedra exteriores que llevaban a la cámara privada del baile. Era la habitación típica de un soldado: las paredes blanqueadas, las vigas del techo ennegrecidas por anteriores incendios. Había unos cuantos escudos y espadas oxidadas a ambos lados de un crucifijo maltrecho, colgado ligeramente de lado, mientras las esteras del suelo estaban secas y crujientes y desprendían olor a rancio.
Bullock estaba en el alféizar de la ventana con un enorme halcón peregrino de hermoso plumaje sobre su muñeca. El baile lo estaba alimentando con cariño dándole suculentos trocitos de carne. De vez en cuando le decía algo por lo bajo al pájaro, acariciándole el plumaje erizado que tenía debajo de su garganta.
– Un hermoso pájaro, señor baile.
– Me encantan los halcones -contestó Bullock-. Corbett, cuando veo volar a este peregrino creo realmente en Dios y en todas sus obras. Toma, toma, rapaz -le susurró al pájaro-. Quizá lo haga mañana, en los pantanos.
Bullock suspiró, se puso en pie y dejó de nuevo al halcón en su percha. Luego condujo a Corbett y a sus acompañantes a una pequeña cámara adjunta donde les ofreció algunos taburetes mientras él se apoyó en la mesa dirigiéndoles la mirada.
– Vuestro mensajero dijo que necesitáis mi ayuda.
Corbett contó lo que Ranulfo le había dicho. Bullock se frotó la barbilla.
– ¿Qué queréis que haga?
– Creo que lo ideal, sir Walter, sería acordonar toda la zona alrededor de Sparrow Hall y la residencia. Aunque, pensándolo mejor -Corbett hizo una pausa-, quizá sólo con los alrededores de la universidad sea suficiente; al menos mantendrá al Campanero bajo extrema precaución.
– ¿Y la residencia?
– Como os he dicho, Ap Thomas es el líder de un aquelarre. Es posible que tenga relación con los asesinatos de los mendigos. Si sale de Oxford esta noche e intentamos seguirle, nos podría hacer caer en una trampa.
Sir Walter suspiró y se desató el cinturón que apretaba su enorme estómago.
– El rey ha llegado a Woodstock -dijo-; la mitad de mis tropas se han ido hacia allí. Los pocos jinetes que me quedan serán enviados a vigilar las carreteras. No puedo ayudaros con Sparrow Hall. Tiene un jardín, ventanas, puertas con postigos y salidas por la parte de atrás. Necesitaríamos todo un ejército para mirar a través del agujero de cada cerradura. -Se dio cuenta de la rabia de Corbett-. Sin embargo -añadió Bullock a continuación-, por lo que se refiere a David ap Thomas, disponemos de unos guardabosques que suelen colaborar con las tropas del castillo. Son unos matones a los que les encanta el jaleo. Su líder es el hombre adecuado para ayudaros.
Y sin decir nada más, Bullock salió de la cámara. Estuvo fuera durante un rato y volvió con un hombre pequeño de piel morena, vestido con harapos de color verde Lincoln. El tipo entró en la estancia tan silenciosamente que Corbett apenas se dio cuenta de que estaba allí.
– Dejad que os presente a Boletus -dijo sir Walter-; le llaman así porque en latín significa «seta».
Boletus contempló sin pestañear a Corbett, quien se dio cuenta de que en realidad el tipo no tenía pestañas.
– Boletus vigila las cacerías reales en los bosques entre Oxford y Woodstock. Se puede mover entre los árboles, tan sigiloso como un rayo de sol. ¿No es cierto, Boletus?
– Nací en el bosque -explicó el hombre, su voz apenas era algo más que un susurro-. Los árboles son mis amigos. Mejor un claro en el bosque, ¿eh?, que las calles sucias de la ciudad.
– Boletus -explicó Bullock- vigilará el hostal de Sparrow como un halcón. Si David ap Thomas y sus hombres salen, y sospecho que lo harán después de que oscurezca, Boletus los seguirá como el Ángel de la Muerte y luego volverá para informarnos. Mientras -el baile chasqueó los labios-, voy a comer algo. Sir Hugo, estáis invitados a acompañarme.
Corbett se excusó, pero Ranulfo y Maltote siguieron al baile y a su siniestro acompañante fuera de la estancia. Corbett esperó a que todos se hubieran marchado. Le hubiera gustado dormir; pues la noche prometía ser larga, pero no podía quitarse de la cabeza el encuentro de Barnett con aquel mendigo. Salió del castillo y se dirigió por las calles y callejones casi desiertos hacia el hospital de San Osyth. El sol empezaba a ponerse: las casas y las tiendas estaban cerrando, los habitantes empezaban a encender las lámparas y a colgarlas de un gancho en la puerta de la entrada. Los recogedores de basura estaban fuera con sus carros cargados de inmundicias, tratando de llevar a cabo la imposible batalla de limpiar las alcantarillas y recoger las enormes cantidades de desperdicios que se habían echado a lo largo del día. Las tabernas empezaban a llenarse y, debido a que hacía una noche cálida, las ventanas y las puertas estaban abiertas de par en par. Un joven cantaba el Flete viri, que Corbett identificó como el réquiem por la muerte de Guillermo el Conquistador. Un poco más adelante, en las escaleras de una iglesia, un coro entonaba melódicamente las canciones de goliardo y Corbett reconoció su preferida, Iam Dulcís Amica, así que se detuvo para escuchar antes de proseguir su camino.
En la esquina de una calle, justo enfrente del hospital, cuatro estudiantes bailaban como locos al son de un rabel y una gaita. Corbett depositó una moneda en el platillo, cruzó la calle y atravesó la verja de la entrada de San Osyth. El patio estaba lleno de mendigos que iban de un lado para otro en busca de la cena: caldo, pan de centeno y una copa de vino acuoso. El hermano Angelo permanecía en el centro dando órdenes, llamando a muchos de los mendigos por su nombre. Vio a Corbett y su sonrisa se desvaneció.
– Lo siento, hermano -se disculpó Corbett-. Me doy cuenta de que estáis muy ocupado, así que iré directo al grano. ¿Conocéis al profesor Barnett de Sparrow Hall?
– Sí, ¿por qué? -Angelo se volvió para gritar a un mendigo que había cogido dos trozos de pan-. ¡Dejad eso, Ragman! ¡No seáis avaricioso!
Ragman dio un respingo, devolvió el trozo de pan y salió corriendo.
– ¿Queréis algo de comer, Corbett? Estáis pálido.
– No, sólo información sobre Barnett.
– Bueno, es un hombre extraño -contestó el hermano Angelo-. A Barnett le gustan el vino y las mujeres; sin embargo, a veces viene y trae dinero para el hospital. A veces ayuda con la distribución de la comida. Algunos de los mendigos hablan muy bien de él; es un hombre generoso.
– ¿Y no os parece extraño? -preguntó Corbett.
– Si me paro a pensarlo, sí, supongo que sí -contestó el hermano Angelo-. Pero, os lo repito, no ha hecho daño alguno y, además, ¿quién soy yo para rechazar la ayuda de nadie? Bueno, eso es todo lo que sé.
Corbett estaba dispuesto a marcharse.
– ¡Señor escribano!
Corbett regresó. Los ojos de Angelo le miraban con mayor ternura.
– Sir Hugo, quizá pensáis que sólo soy un franciscano receloso. Sin embargo, he escuchado las confesiones de muchos hombres y, a veces, cuando los bendigo, puedo oler el peligro. Eso fue justamente lo que sentí la última vez que vinisteis.
– ¿En nosotros, hermano?
El franciscano sacudió la cabeza.
– No, no hablo del hedor del pecado, sino de algo más peligroso. -Agarró con fuerza el hombro de Corbett-. Tened cuidado. -El hermano Angelo sonrió-. Conservad la fe en alto y guardaos las espaldas.
Capítulo IX
Corbett, todavía asustado por la advertencia fatal del fraile, regresó al castillo. Ranulfo y Maltote estaban entretenidos en uno de sus absurdos juegos de dados. Ranulfo le estaba enseñando a Maltote algunos trucos. Corbett se sentó al lado de la ventana. Pensó en Leighton y rezó en silencio para que Maeve se encontrara bien. Se sentía algo nervioso, por lo que se dirigió a la capilla del castillo, una cámara estrecha y austera con un altar de madera al fondo. En un nicho situado a la izquierda había una estatua de la Virgen con el Niño en brazos. La virgen María sonriente mostraba al niño Jesús a un mundo inconsciente. Corbett cogió un cirio y encendió una de las velas. Se arrodilló y rezó un padrenuestro, un ave maría y un gloria. Escuchó cómo Ranulfo le llamaba y corrió a su encuentro. Bullock estaba a su lado, con Boletus dando saltos en el aire como una rana. El baile indicó a Corbett que entrara en su cámara privada.
– ¡Callad! -le ordenó el baile a Boletus-. ¡Callad y estaos quieto de una vez!
Ranulfo y Maltote acudieron también.
– Vuestra información es correcta, sir Hugo -la cara de Bullock esbozó una sonrisa de oreja a oreja-. ¡Cómo me voy a divertir! David ap Thomas y sus hombres han salido sigilosamente de la ciudad. Han roto el toque de queda, han trepado una parte del muro y se han dirigido al bosque del sudoeste de la ciudad.
– ¡Contadle el resto! ¡Contadle el resto! -le instigó Boletus.
– No iban solos -continuó el baile, mirando al otro hombre-. Iba con ellos un chulo llamado Vardel y una docena de prostitutas de un burdel de la ciudad.
– Y sé dónde están -exclamó Boletus orgulloso.
– Poneos las capas -ordenó Bullock-. Boletus, quiero cuatro de vuestros acompañantes, seis soldados, totalmente armados, y unos diez arqueros. Iremos a pie.
Al cabo de un rato un grupo de hombres armados, con Boletus corriendo al frente como un perro de caza, abandonó el castillo. A medida que se adentraban en las calles estrechas, los mendigos y estafadores se apresuraban a esconderse en las callejuelas al entrever el brillo de las cotas de malla o escuchar el choque de las espadas. Las tabernas cerraron rápidamente sus puertas. Las prostitutas, con sus llamativas pelucas naranjas brillando como un faro en la oscuridad, los vieron acercarse y salieron huyendo. De vez en cuando se abría alguna que otra contraventana y alguien gritaba algún insulto. Bullock, evidentemente divertido, se volvía y les contestaba también a voces.
Salieron de la ciudad por un postigo, siguiendo un camino polvoriento y árido que pasaba por delante de una hilera de casas con sus respectivos huertos. La noche los envolvió con su manto oscuro. Pronto dejaron atrás todos los ruidos y voces de la ciudad. Hacía una noche fría, el cielo estaba estrellado y apenas se oía nada a no ser por el vuelo de una lechuza dando caza a su presa en algún seto o agujero. Algunos soldados empezaron a quejarse, pero Bullock se volvió con el puño en alto y callaron de inmediato. Al final abandonaron la carretera y siguieron un sendero que se adentraba en el bosque. Los árboles los rodeaban por todas partes. La maleza y los animales del bosque empezaron a cobrar vida: el canto de un búho, el chillido de un halcón precipitándose sobre el suelo. Corbett y Ranulfo, con Maltote pisándoles los talones, intentaban seguir el paso apresurado de Bullock. El bosque se hizo más espeso; las ramas se extendían como dedos puntiagudos hacia el cielo intentando alcanzar la luna fantasmal. Boletus se rezagó dando saltos mientras se acercaba moviéndose escandalosamente. Levantó una mano y le susurró a Bullock que ordenara a los soldados que se separaran. La línea de hombres se deshizo lentamente. Corbett olió algo en el aire, madera quemada unida al desagradable hedor de carne ardiendo. Levantó la vista y vislumbró la llama de una hoguera entre los árboles. El aire también trajo consigo el sonido lejano de un tambor. A medida que se iban acercando, los árboles eran cada vez menos espesos y el suelo hacía bajada. Por fin vieron al fondo un claro. Corbett miraba fascinado mientras Bullock susurraba algunas quejas a sus hombres, que empezaron a reírse y hacer gestos obscenos. El claro estaba lleno de figuras bailando desnudas. Se habían encendido cuatro hogueras y alrededor de ellas se movían rítmicamente hombres y mujeres desvestidos. Los músicos no estaban a la vista, aunque Corbett entrevió a un grupo cocinando carne sobre otra hoguera donde terminaba el claro.
– Es como un baile de máscaras -musitó Ranulfo.
– Por el amor de Dios, ¿qué es esto?
Una figura enmascarada y encapuchada se acercó vestida con un traje gris en el que había pintado uno ojo humano enorme.
– Amo -dijo Ranulfo, que tuvo que hacer un esfuerzo para contener la risa-. No creo que esto sea lo que pensamos.
Al lado de Corbett, Bullock se puso en pie y desenvainó su espada.
– ¡Me trae sin cuidado! -añadió-. Tengo hambre: tienen vino ahí abajo y algunas de esas damas parecen muy atractivas.
Bullock empezó a correr hacia aquel lugar con sus hombres a las espaldas. Llegaron al claro antes de que la danza se terminara.
Corbett, que había indicado con señas a Ranulfo y a Maltote que se mantuvieran al margen, se dio cuenta de que Bullock había infravalorado a sus rivales. Los bailarines podrían estar borrachos y ser cogidos por sorpresa, pero iban muy bien armados. Desenvainaron las espadas y las dagas, empezaron los desafíos y el claro se convirtió en un campo de batalla. Incluso las damas participaron: Corbett vio a una mujer corpulenta con una barra en la mano que lanzó al suelo de inmediato a dos hombres de Bullock.
– Supongo que será mejor que ayudemos -musitó Ranulfo.
Corbett asintió de mala gana. Cuando llegaron al claro, la figura enmascarada se había arrodillado en el suelo y se había quitado la máscara de sátiro que llevaba puesta. David ap Thomas levantó la mirada hacia Corbett.
– ¡Vos, maldito cuervo metomentodo! -gritó mientras intentaba quitarse de encima a dos arqueros que le ataban los pulgares detrás de la espalda.
A su alrededor el ruido de las peleas empezó a desvanecerse. Había aproximadamente catorce estudiantes y dos prostitutas; el resto, incluyendo al chulo de Vardel, habían decidido que la discreción era mejor que el valor y huyeron a esconderse en el bosque. Algunos de los hombres de Bullock empezaron a quejarse de los cortes y magulladuras. Sin embargo, eso no les impidió servirse algunos trozos de carne a la brasa y beber con avaricia de las jarras de vino. Una vez terminaron, condujeron a los prisioneros en fila por el camino del bosque.
Bullock era un apresador cruel. A la mayoría se le había permitido ponerse algo de ropa, pero las botas y el resto de calzado lo metieron en una bolsa, con lo que la noche se llenó de maldiciones, juramentos y toda una retahíla de blasfemias por parte de las mujeres de la ciudad. Los soldados les hacían avanzar a empujones y les contestaban también con reproches. Ap Thomas protestaba en voz alta.
– ¡No hay ninguna ley que prohíba esto! -chilló.
– ¿Qué es exactamente lo que estabais haciendo? -preguntó Corbett.
– ¡Besarle el culo al demonio! -se burló Ap Thomas.
Entraron a la ciudad por un postigo y se encaminaron hacia el castillo. Bullock, hinchado de orgullo y deseoso de contar a las autoridades de la universidad lo que había descubierto, declaró que todos eran sus prisioneros y que, de momento, permanecerían en las mazmorras del castillo. Los estudiantes, dirigidos por Ap Thomas, protestaron a voces; las prostitutas, más pragmáticas, empezaron a sonreír y guiñar el ojo a sus guardianes. Bullock se llevó a su séquito de prisioneros.
Corbett y sus acompañantes los vieron alejarse, escuchando cómo los gritos se perdían en el aire de la noche antes de regresar a Sparrow Hall.
El portero les dejó entrar en el hostal, gruñendo en voz alta por llegar a aquellas horas. Corbett no le prestó atención. Sabía que Ap Thomas habría chantajeado a aquel tipo para que dejara entrar a los estudiantes, así que decidió no responsabilizar al hombre de lo que había pasado.
Una vez en la cámara de Corbett, Ranulfo se lavó y se limpió el golpe que tenía en la mano derecha. Maltote se sentó en el suelo, tocándose la espinilla y quejándose de lo que había empeorado su lesión aquella marcha nocturna.
– Ha sido una pérdida de tiempo -declaró Corbett, quitándose la capa y desabrochándose el talabarte-. Nuestro amigo Ap Thomas probablemente sólo es culpable de haber practicado algunos ritos paganos que, supongo, son tan buena excusa como cualquiera para el libertinaje.
– No vi nada que me llamara la atención en el claro -añadió Ranulfo-. Pan, vino, algo de carne, una calavera amarillenta que seguramente pertenecía a alguien que ya estaría en la tumba cuando mi abuela nació… -Sacudió la cabeza-. Y pensé que Ap Thomas sería culpable de otros crímenes más importantes.
– Me pregunto… -Corbett se sentó en la cama-. Me pregunto si el Campanero sabrá lo que ha sucedido esta noche, porque, si lo sabe, creo que atacará. Sabe que estamos cansados y muertos de sueño después de nuestra cacería nocturna. Nuestro buen baile, por otro lado, se pasará toda la noche entretenido interrogando a Ap Thomas y al resto de estudiantes a los que no puede ni ver.
– ¿No deberíamos vigilar Sparrow Hall? -preguntó Ranulfo-. O por lo menos los caminos de la parte de atrás de la casa, ver quién va y quién viene. Podríamos hacer turnos -sugirió.
– Ya iré yo -se ofreció Maltote, con cara larga, cojeando de un pie.
– ¿Y tu pierna? -preguntó Corbett.
– He dormido bastante esta mañana -contestó Maltote-. Y no creo que pueda dormir ahora con este dolor. ¿Qué hora pensáis que es?
– Debe de ser medianoche, quizás un poco más temprano.
– Haré el primer turno.
Maltote salió de la habitación cojeando, con el talabarte colgando de su hombro.
– ¿No debería ir uno de nosotros con él? -preguntó Ranulfo.
– Estará seguro -contestó Corbett-. Ve detrás de él, Ranulfo. Dile que se mantenga en guardia y que vigile ocultándose en las sombras. Cuando se canse, que vuelva. Nuestro portero pensará que es uno de los compañeros de Ap Thomas.
Ranulfo se marchó y Corbett se tumbó en la cama. Quería mantenerse despierto pero los párpados empezaron a pesarle y se quedó profundamente dormido.
Ranulfo regresó luego y le quitó las botas a su amo. Le colocó la capa por encima, sopló la vela y se retiró a su cámara. Prendió una yesca, encendió la lámpara de aceite y abrió Las confesiones de san Agustín. «Nos has hecho, oh Señor, a vuestra semejanza y nuestros corazones no podrán descansar hasta que nos reunamos con Vos.» Ranulfo cerró los ojos. Recordaría aquellas palabras. Las recitaría la próxima vez que su señor Cara Larga se entrevistara con alguno de esos pomposos prelados o algún cura de reconocido prestigio. Sí, todo el mundo asentiría en silencio preguntándose cómo era posible aquel cambio en Ranulfo-atte-Newgate.
En la callejuela de atrás de Sparrow Hall, Maltote haciendo guardia se preguntaba cuánto tiempo los mantendría en Oxford sir Hugo Corbett. Al contrario de Ranulfo, Maltote podría haber vivido y muerto en Leighton. Maltote podía quedarse un día entero en los establos hasta que el cansancio le venciera. Levantó la vista hacia la oscuridad que le rodeaba y entrevió algunos resquicios de luz de velas. El muro que rodeaba el jardín era alto y Maltote no quitaba los ojos de encima de la puerta de postigo. Si alguien salía, seguramente lo haría a través de ella. Un gato salvaje apareció de pronto. Maltote vio cómo trepaba el montón de paja que había al lado del muro: una figura peluda salió a su paso y ambos desaparecieron en la oscuridad.
Maltote miró las estrellas y sonrió. Se había divertido con la cacería nocturna en el bosque. No pudo dar crédito a sus ojos cuando vio a aquellas mujeres. Maltote se humedeció los labios. No le había dicho a Ranulfo que todavía era virgen. Una vez amó a una muchacha, la hija del molinero que vivía cerca del feudo de Leighton, y le había llevado algunas flores, pero ella se echó a reír cuando Maltote se puso rojo como un tomate y empezó a tartamudear. Quizá, cuando volviera, iría a visitarla de nuevo. Maltote escuchó un ruido y abrió los ojos. La puerta seguía firmemente cerrada. Se puso en pie, escudriñando con la mirada la figura oscura que caminaba en su dirección: echó mano de su daga.
– ¿Quién anda ahí? ¿Quién sois? -preguntó Maltote.
De repente escuchó el tintineo de un plato y se relajó. El mendigo se acercó, saliendo de la oscuridad. Maltote rebuscó en su zurrón; tenía alguna moneda en algún sitio. Quizás aquel hombre le haría un poco de compañía mientras vigilaba. Levantó la vista y el plato le golpeó de lleno en la cara. Maltote retrocedió, golpeándose la cabeza con el muro. Intentó reaccionar pero su asaltante fue más rápido; sacó una daga afilada y cruel y se la clavó en el estómago. Maltote gritó de dolor, se llevó una mano al vientre mientras con la otra intentaba en vano agarrarse al aire. Se derrumbó, la cabeza golpeó contra el suelo de guijarros y el mendigo desapareció en la oscuridad.
A la mañana siguiente un golpe en la puerta despertó a Corbett. Se levantó para abrirla y se encontró de cara con Norreys. Ranulfo también salió de su cámara, poniéndose las botas.
– Sir Hugo -dijo Norreys tragando con dificultad-. Debéis venir a la residencia, es Maltote.
Corbett soltó una maldición.
– No ha vuelto en toda la noche -gruñó Ranulfo-. Se suponía que yo tenía que sustituirle.
– Se está muriendo -declaró Norreys-. Sir Hugo, vuestro sirviente se está muriendo. El profesor Churchley lo tiene en la enfermería, pero no podemos hacer nada.
Corbett balbuceó. Se cruzó de brazos por el frío que le invadió de pronto. Sin embargo, Ranulfo salió corriendo escaleras abajo. Corbett se puso las botas, agarró la capa y se dirigió con Norreys hacia Sparrow Hall.
Churchley los esperaba en el recibidor, rodeado por el resto de profesores. Abrió la boca para hablar, pero luego les hizo una reverencia para dejarles pasar y conducirlos por las escaleras hacia la estancia de paredes blanqueadas. Maltote yacía en una cama cerca de la puerta. Tenía el rostro pálido como la sábana que le cubría hasta la barbilla, los ojos medio cerrados y un hilillo de sangre que le caía por una de las comisuras de la boca. Ranulfo retiró las sábanas y soltó un gruñido ante la vista de aquella confusión de vendajes empapados de sangre que Churchley le había atado alrededor del estómago.
– Hice todo lo que pude -explicó el médico.
Maltote se volvió, sus ojos se entreabrieron. Murmuró algo. Los brazos le caían sin fuerza a ambos lados. Corbett se inclinó para escuchar las palabras que decía.
– Tengo sed. Amo, este dolor…
– ¿Quién fue? -preguntó Corbett.
– El mendigo. No le vi la cara. Fue silencioso como una sombra.
Corbett luchó por controlar las lágrimas de rabia.
– Me estoy muriendo, ¿verdad?
Corbett agarró la mano de Maltote, que estaba fría como el hielo.
– No me mintáis -susurró-. No tengo miedo o, por lo menos, no de momento.
Su rostro se tensó ante el espasmo de dolor que se había apoderado de él.
– Le di un opiáceo -afirmó Churchley. Se inclinó hacia Corbett desde el otro lado de la cama-. Sir Hugo, supongo que habréis visto heridas en el estómago como esta durante la guerra. Los efectos del opiáceo pronto desaparecerán y entonces el dolor será terrible y tendrá una sed insaciable.
– ¿Hay algo que podáis hacer?
Churchley sacudió la cabeza.
– Sir Hugo, soy médico, no un milagrero. Sangrará hasta que se muera en una gran agonía.
Corbett cerró los ojos, respirando despacio. Se acercó a Maltote.
– ¿Queréis ver a un cura? -le preguntó.
Maltote hizo un esfuerzo para responder.
– El padre Luke me dio la bendición antes de salir de Leighton, pero si pudiera recibir el último sacramento…
Tripham entró en la estancia.
– Sir Hugo, siento molestaros en este momento, pero hay un mensajero del rey esperándoos en la residencia con nuevas de Woodstock. Ya he enviado a buscar al padre Vicente -añadió-. Está de camino.
Corbett se acercó de nuevo a la cama. Apretó la mano de Maltote y le besó cariñosamente en la frente. Luego se secó las lágrimas de la cara y se marchó susurrándole a Ranulfo que se quedara allí.
Al momento llegó el padre Vicente; un monaguillo caminaba frente a él llevando una vela encendida y una campana. Sobre los hombros del cura colgaba una capa pluvial plateada con ribetes de oro con un agnusdéi en el centro. Churchley salió de la habitación pero Ranulfo se quedó. El servicio fue breve: el padre Vicente le dio la absolución final a Maltote y administró el agua bendita de una píxide plateada. Luego se sacó un frasco dorado del bolsillo y ungió con los santos óleos los ojos, la boca, las manos, el pecho y los pies de Maltote. El monaguillo permanecía de pie como una estatua de cera. El cura ni siquiera miró a Ranulfo, inmerso en la sombría liturgia de la muerte. Finalmente acabó su tarea. Después se arrodilló ante la cama y recitó el de profundis: «Desde las profundidades, oh Señor, os llamo».
Ranulfo se sorprendió a sí mismo recitando aquellas palabras. Sólo cuando terminó y se volvió, el padre Vicente se dio cuenta de su presencia.
– Lo siento. -Agarró la mano de Ranulfo y volvió los ojos hacia la cama donde Maltote, una vez que los efectos del opiáceo habían empezado a desvanecerse, se retorcía de dolor-. ¿Hay algo más que pueda hacer?
Ranulfo pestañeó para despejar sus ojos de lágrimas. Se quitó la bota y extrajo una moneda de oro que tenía escondida en la planta del pie.
– Celebrad algunas misas en su honor -le susurró Ranulfo-, hasta San Miguel.
El cura le devolvió la moneda, pero Ranulfo insistió en que la cogiera.
El padre Vicente, con el monaguillo haciendo sonar la campanilla, se dispuso a abandonar la sala y se marchó de la universidad. Llegaron Appleston y lady Mathilda, pero Ranulfo los echó a todos y cerró la puerta con pestillo. Se puso de rodillas al lado de la cama y cogió la mano de Maltote. El chico se volvió. El corazón de Ranulfo le dio un vuelco al ver la agonía que se reflejaba en los ojos azules de Maltote.
– ¿Habrá caballos en el cielo? -preguntó.
– ¡No seáis necio! -replicó Ranulfo con voz ronca-. Claro que sí.
Maltote abrió la boca para reír, pero el dolor era demasiado fuerte y su cuerpo se arqueó.
– Tengo miedo, Ranulfo. En Escocia… -balbuceó-. ¿Os acordáis de aquel arquero que tenía una lanza clavada en el estómago? Tardó días en morir.
– Yo estoy aquí -replicó Ranulfo.
Levantó las mantas. El estómago de Maltote se había convertido en un charco rojo enorme; la sangre empapaba las sábanas y el colchón de abajo. Ranulfo cerró los ojos. Recordó una de las máximas de san Agustín en las que el filósofo recitaba el Evangelio: «Juzgad y tratad a los demás como os gustaría que os juzgaran y os trataran a vosotros mismos». Ranulfo se puso en pie, se encaminó hacia la puerta e hizo señas a Churchley para que entrara.
– Vos sois médico, profesor Aylric -susurró Ranulfo-. Iré directamente al grano: he oído que los boticarios pueden destilar un polvo que concede el sueño eterno.
Churchley miró a Maltote, que se retorcía en la cama gruñendo de dolor.
– No puedo hacerlo -afirmó.
– Yo sí -replicó Ranulfo-. No hay dignidad alguna en desangrarse hasta morir -Ranulfo se llevó la mano a la daga.
– No me amenacéis -espetó Churchley.
– Nunca lanzo amenazas, sólo hago promesas -contestó Ranulfo. Se quitó la bota, se sacó otra moneda de oro y la puso en la mano del profesor-. Quiero que lo traigáis de inmediato -ordenó-. Una pequeña copa de vino y el polvo que necesito. Sé que debéis de tenerlo.
Churchley estaba a punto de negarse, pero salió por la puerta. Ranulfo se arrodilló de nuevo al lado de la cama, sosteniendo la mano de Maltote, susurrándole algunas cosas como lo haría a un niño. Por fin volvió Churchley; en una mano llevaba una copa de peltre y en la otra, una bolsita.
– Sólo unas gotitas -susurró Churchley.
Le entregó ambas cosas a Ranulfo y salió de la habitación.
Ranulfo cerró la puerta con pestillo. Abrió la bolsa, derramó la mitad del contenido en el vino y luego mezcló ambas sustancias. Se acercó a la cama y enderezó a Maltote por los hombros.
– No digáis nada -murmuró Ranulfo-, sólo bebed.
Le acercó la copa a los labios. Maltote tomó un sorbo, tosió y lo vomitó en el acto. Ranulfo volvió a acercarle la copa y esta vez su amigo se la bebió entera. Ranulfo lo recostó de nuevo sobre la cama. Maltote esbozó una débil sonrisa.
– Ya sé lo que habéis hecho -le susurró-; yo habría hecho lo mismo. Ranulfo… -hizo una pausa y apretó los labios-. Pasé por delante de un grupo de estudiantes… Estaban discutiendo… Uno de ellos preguntó si existía una inteligencia divina.
– La gente sin inteligencia siempre pregunta lo mismo -replicó Ranulfo afablemente.
Se inclinó y acarició la mejilla de Maltote. Los ojos del joven empezaban a ponerse vidriosos; la piel del rostro, flácida. Maltote cogió la mano de Ranulfo y la sostuvo. Se estremeció y cerró los ojos, ladeó la cabeza y la mandíbula se le desencajó. Ranulfo se inclinó sobre él y le tomó el pulso en el cuello, pero había desaparecido. Volvió la cara de Maltote, le besó en la frente y luego cubrió todo su cuerpo con la manta.
– Que Dios te bendiga, Maltote -rezó-. Que los ángeles te acojan en el paraíso. Espero que exista una inteligencia divina -añadió con amargura-, porque aquí no hay más que bastardos.
Ranulfo permaneció un rato arrodillado al lado de la cama e intentó rezar, pero le fue imposible concentrarse. No dejaba de pensar en Maltote acariciando a sus caballos y en la incapacidad total de su amigo para manejar un arma sin hacerse daño. Lloró durante un rato y se dio cuenta de que era la primera vez que lo hacía desde que los oficiales de la ciudad habían transportado el cuerpo sin vida de su madre hasta el cementerio en Chaterhouse. Ranulfo se secó las lágrimas. Vertió el resto de vino sobre las esteras, se guardó la bolsita con el polvo en el zurrón y salió de la habitación.
Ranulfo le entregó la copa a Churchley.
– Ha muerto. Ahora escuchad -chasqueó los dedos en dirección a Tripham-. Hablo en nombre de sir Hugo Corbett y del rey. No quiero que entierren a Maltote aquí, en este maldito pozo negro. Quiero que embalsamen su cuerpo, lo coloquen en un buen ataúd y lo envíen al feudo de Leighton. Lady Maeve se hará cargo de él.
– Eso costará dinero -replicó Tripham.
– ¡Al diablo con el dinero! -respondió Ranulfo con acritud-. Enviadme la factura; os pagaré lo que sea. Dejad ahora que el cuerpo descanse: sir Hugo querrá rendirle su último homenaje.
Ranulfo salió de la universidad y cruzó la calle. Corbett se encontraba en el patio hablando con un jinete vestido con un traje real. El tipo estaba lleno de barro y polvo de la cabeza a los pies. Corbett echó una ojeada a Ranulfo y se despidió del mensajero, diciéndole que Norreys le daría algo de comer y cuidaría de su caballo.
– Maltote ha muerto, ¿verdad?
Ranulfo asintió. Corbett se secó las lágrimas.
– Que Dios lo acoja en su gloria. -Lanzó las cartas a las manos de Ranulfo-. Te veré en mi cuarto.
Corbett atravesó la universidad. Sospechaba lo que había hecho Ranulfo y en el fondo estaba de acuerdo con él. Durante unos minutos se arrodilló al lado del cadáver y rezó su propio réquiem bajo la mirada de Tripham y Churchley, que esperaban en la puerta. Corbett se santiguó y se levantó. Puso una mano en el crucifijo que había sobre la cama y la otra sobre la frente de Maltote.
– Os juro por Dios -declaró-, aquí, en presencia de Cristo, que quienquiera que haya hecho esto será juzgado y sufrirá el brazo más fuerte de la ley.
– Vuestro criado ya nos ha dado órdenes de lo que debemos hacer con el cadáver -interrumpió Tripham aterrorizado por el rostro pálido y cenizo del mayor escribano del rey.
– Haced lo que os haya pedido -ordenó Corbett.
Se abrió paso y volvió a su cuarto en busca de Ranulfo. No hablaron de lo que había sucedido. En vez de eso, Corbett abrió las cartas que había recibido del rey y de Maeve.
– Y aquí hay una de Simón para ti.
Le entregó a Ranulfo un trozo de pergamino rectangular con un sello de cera roja en el centro.
Corbett abrió sus cartas. El mensaje del rey era previsible. Había llegado a Woodstock con sus tropas y esperaba allí hasta que su «buen escribano» hubiera resuelto satisfactoriamente todo aquel asunto. La otra carta era de Maeve. Corbett se sentó a la mesa y la estudió con cuidado. La mayor parte se centraba en las novedades sobre el feudo, que había buenas previsiones para la próxima cosecha y que unos pescadores furtivos se habían colado en el estanque.
Luego Maeve continuaba diciendo que tanto ella como Eleanor le echaban de menos y refería lo orgulloso que se había quedado el tío Morgan después de la visita del rey.
Espero -decía- que no le dé la murga a Eleanor con sus historias sobre Gales y el modo tan horrible en el que nosotros, los galeses, aterrorizábamos a nuestros enemigos lanzando cabezas decapitadas en el campo de batalla. Aunque creo que Eleanor le tira de la lengua.
Corbett siguió leyendo, luego levantó la vista hacia Ranulfo.
– Lady Maeve me envía recuerdos para ti. ¿Qué nuevas tienes?
– Oh, sólo chismorreos sobre la cancillería.
Ranulfo rehuyó mirarle a los ojos y se guardó la carta en el zurrón.
Corbett releyó el último párrafo de la carta de Maeve:
Te echo mucho de menos -decía- y cada día voy a la capilla y enciendo una vela para que vuelvas sano y salvo a casa. Con todo mi amor y mis mejores deseos para Ranulfo y Maltote. Tu querida esposa,
Maeve
Corbett cogió un trozo de pergamino y empezó a escribir la respuesta. Describió la muerte de Maltote, luego se detuvo al recordar cómo el mozo había sacado a pasear a Eleanor en su poni y cómo ella no hacía más que reír y chillar. Maltote intentaba enseñarle algunas cosas sobre los caballos y aunque Eleanor no podía entender casi nada permanecía sentada en su montura especial y asentía con solemnidad. Corbett pestañeó para quitarse las lágrimas y en unas frases escuetas describió su sentimiento de pérdida. Luego hizo una pausa.
– Ranulfo -le dijo-, el cuerpo de Maltote será enviado de vuelta a Leighton, ¿verdad?
– Desde luego. Le dije a Tripham que pagaría todos los gastos.
– Yo lo haré -replicó Corbett.
– No, amo, dejadme a mí. Tenía dos amigos, ahora sólo tengo uno.
Corbett se volvió para mirar de cerca a Ranulfo.
– ¿Tengo yo la culpa? -le preguntó-. ¿Causé yo la muerte de Maltote?
Ranulfo sacudió la cabeza.
– La danza que estamos bailando es mortal. Podría haberle sucedido a cualquiera de nosotros en cualquier momento. Somos como cazadores -concluyó-. Cazamos en la oscuridad y es fácil olvidar que también somos las presas de aquellos a los que damos caza: un cuchillo por la espalda, una copa de vino envenenado, un accidente desafortunado…
– ¿Y quién piensas que fue el responsable?
– Bueno, no pudo ser David ap Thomas. Él y sus hombres estaban encerrados en el castillo. Debió de ser el Campanero.
– Lo que significa -replicó Corbett- que debemos entender la muerte de Maltote como una seria advertencia… o que el Campanero estaba planeando su próximo ataque cuando Maltote se interpuso en su camino. Le mataron con el truco más viejo de la Biblia: el del mendigo pidiendo limosna. -Corbett se puso en pie-. Voy a cogerle, Ranulfo. Voy a coger al asesino de Maltote y, que Dios me perdone, voy a ver cómo le cuelgan.
Ranulfo le devolvió la mirada desafiante.
– Quiero decir -insistió- que lo atraparemos y lo llevaremos ante un tribunal. Morirá en la horca.
Ranulfo se puso en pie, su rostro a unos centímetros del de Corbett.
– Eso está muy bien, pero dejadme que os diga que la ley de Ranulfo-atte-Newgate se asegura de que no se pierda la sopa entre la cuchara y la boca; en este caso, entre el prisionero y la horca. ¡Ojo por ojo, diente por diente, vida por vida!
Capítulo X
Corbett estaba a punto de contestar cuando oyó que llamaban a la puerta. Era lady Mathilda, que entró con Moth a su lado como una sombra. La vieja dama se apoyaba en su bastón y respiraba con dificultad.
– He venido para expresaros mis condolencias.
Tendió su mano a Corbett; éste se la cogió y le besó los dedos, pero ella la retiró inmediatamente.
– Lo siento -se disculpó ante la mirada aturdida de Corbett-, pero todo este asunto…
– ¡Corbett!
Se volvió. Se escuchó un crujido en las escaleras y Bullock apareció moviéndose con pesadez; tenía el rostro rojo como un tomate.
– ¡Oh, por todos los santos! -susurró lady Mathilda-. Otra vez ese maldito baile. -Se dio la vuelta, olisqueando el aire-. Huele que apesta.
Tendió la mano a Moth, que se la cogió; sus ojos nunca se apartaban de ella. Salieron al pasillo, apartando a Bullock de su camino y empujándole contra la pared. El baile contempló cómo se marchaban con los ojos entornados y el rostro rubicundo brillante por el sudor.
– He venido tan pronto como he podido -balbuceó. Inclinó la cabeza señalando a lady Mathilda, que ahora bajaba las escaleras-. ¿Qué quería esa vieja arpía?
– Vino a ofrecerme sus condolencias -replicó Corbett-. Apuñalaron a mi amigo Maltote ayer por la noche. Está muerto.
Bullock soltó un gruñido, golpeando la alforja de montar que llevaba apoyada en una pierna.
– ¡Que Dios se apiade de él! -suspiró-. ¡Y que el Señor y la Virgen lo acojan en su gloria! -Entró con Corbett en la habitación-. ¿Y quién fue?
– No lo sabemos. Según parece un mendigo, pero probablemente fue obra del Campanero.
Bullock saludó con la cabeza a Ranulfo, que se levantó para hacer otro tanto.
– Esto es también obra del Campanero.
El baile abrió la alforja y lanzó sobre el suelo el cuerpo descuartizado y corrompido de un cuervo con una cuerda alrededor del cuello. Ranulfo se agachó, cogió el animal y, antes de que nadie pudiera reaccionar, lo arrojó por la ventana.
– ¿Qué más ha hecho ese bastardo? -preguntó.
Bullock le entregó a Corbett un trozo de pergamino.
– Ayer por la noche colgaron dos como éste -contestó-. Uno en la puerta de Oxford Hall, el otro en el Vine. Tenía dos soldados patrullando por la ciudad antes del amanecer. Encontraron esto y el cuervo muerto.
Corbett desenrolló el pergamino y leyó las palabras, que parecían querer salirse del papel:
Así que el cuervo del rey ha llegado a Oxford. ¡Cra, cra, cra!
Así que el cuervo del rey, la Corbiére , se dedica a picotear en el muladar de la ciudad. ¡Cra, cra, cra!
Pues esto es lo que el Campanero dice: maldito sea Corbett en sus sueños.
Maldito sea Corbett cuando se despierta.
Maldito sea Corbett cuando come.
Maldito sea Corbett cuando se sienta.
Maldito sea Corbett cuando caga.
Maldito sea Corbett cuando mea.
Maldito sea Corbett desnudo. Maldito sea Corbett vestido.
Maldito sea Corbett en casa. Maldito sea Corbett en el extranjero.
– Parece que no le caéis muy bien -destacó Ranulfo levantando la vista sobre los hombros de Corbett. Señaló las últimas líneas:
Cuando el cuervo llega hay que ahuyentarlo a pedradas. Que el cuervo se dé por advertido.
Firmado,
El Campanero de Sparrow Hall
Corbett estudió la vitela. La tinta y la caligrafía eran las mismas de la otra vez, con una campana enorme dibujada en la parte superior donde se había colocado el clavo para colgarlo en la puerta.
– Entonces el Campanero salió ayer por la noche -remarcó Corbett lanzando el pergamino sobre la cama-. Por eso murió Maltote. Sir Walter, esta noche, desde el atardecer hasta el alba, necesito a vuestros mejores arqueros para que vigilen todos los movimientos en Sparrow Hall. Os lo ordeno en nombre del rey.
Bullock accedió.
– ¿Tenéis algo de que informarme? -preguntó Corbett.
– Bueno, nuestros prisioneros en el castillo ya no se muestran tan altivos como ayer por la noche -respondió el baile, haciendo un mohín y sentándose en un taburete-. Pero creo que deberíais interrogarlos.
– ¿Y ya habéis comunicado a alguien de Sparrow Hall lo que pasó con Ap Thomas? -preguntó Corbett.
– ¡Oh, sí! Cuando venía de camino. Dejé a Tripham más blanco que un fantasma. -Bullock se dio una palmada en el muslo-. ¡Cómo me estoy divirtiendo! Os llevaré de vuelta al castillo, sir Hugo, y en cuanto acabemos saldré disparado como un galgo para presentar una queja formal ante los Censores de la universidad y luego volveré a Sparrow Hall. Voy a hacer que se les caigan sus arrogantes caras de vergüenza por su querido colegio.
Bullock empezó a contar con los dedos:
– Primero, alojan a un traidor que además es un asesino. Segundo, alguien ha dado muerte a un siervo real. Tercero, un grupo de supuestos estudiantes es culpable de cometer actos lujuriosos y Dios sabe qué otras cosas más. Y, finalmente, de un modo u otro, este maldito lugar está relacionado con las muertes de los mendigos en las carreteras de las afueras de Oxford.
– No les digáis nada del botón -le pidió Corbett-. Aunque he visto tantos botones en las túnicas y ropas de los profesores y estudiantes, que me va a ser imposible seguirle la pista -añadió apenado.
– ¿Qué les pasará a Ap Thomas y a los otros? -preguntó Ranulfo.
– ¡Oh! Comparecerán ante los jueces -respondió Bullock-, serán sancionados y quizá se pasen una temporadita en los calabozos. Luego puede que la universidad les ordene que se larguen durante un año a enfrentarse con la rabia de sus familiares en Gales.
– ¿Estáis seguro de que son inocentes de las actividades del Campanero o de las muertes de esos mendigos? -preguntó Corbett.
– Sí, estoy seguro -replicó Bullock-. Como os he dicho, Ap Thomas está ahora dócil como un corderito. Os responderá a cualquier pregunta. -El baile se puso en pie y dio una palmadita en el pecho de Corbett-. Sir Hugo, sois el escribano del rey. Cuando mis guardias vigilan, ni una rata es capaz de tirarse un pedo en Sparrow Hall sin mi permiso. -Señaló el pergamino que yacía sobre la cama-. Pero el Campanero es un bastardo vicioso. Yo de vos me tomaría en serio su advertencia. Ahora os acompañaré al castillo.
Corbett accedió. Bullock puso la mano en el picaporte y se volvió.
– Siento lo que le pasó al muchacho -dijo con afecto-. Siento que haya muerto. ¿Sabéis lo que haría yo? -El baile se pilló los pulgares en su talabarte, hinchando el pecho como un gallito de corral-. Si yo fuera vos, sir Hugo, me subiría a mi caballo e iría a ver al rey a Woodstock. Cerraría este maldito lugar y haría que interrogaran a todos los profesores.
– No os gusta Sparrow Hall, ¿verdad? -preguntó Corbett.
– No, sir Hugo. Nunca me gustó Braose. No me gusta ver cómo un hombre se aprovecha del dolor y la humillación de los otros. Tampoco me gusta su maldita hermana, siempre pidiéndome que le pregunte al rey si podrían santificar la memoria de su hermano. Braose no era un santo, sino un bastardo que se convirtió y estudió en los últimos años de su vida.
Corbett observó fascinado cómo aquel hombre pequeño y rechoncho sacaba afuera toda su indignación.
– Y tampoco me gustan los profesores -exclamó-. Ya sean los de aquí o los de cualquier otra parte de la ciudad. Detesto a esos supuestos estudiantes que se pasean por ahí, responsables de más crímenes que todo un ejército de villanos.
– Yo también fui estudiante.
Bullock se relajó y sonrió.
– Sir Hugo, son los nervios. Por supuesto que hay muchos profesores y estudiantes que son buenos hombres y dedican su vida a estudiar y rezar.
– Es Braose el que no os gustaba, ¿verdad? -preguntó Corbett.
Bullock levantó la cabeza; las lágrimas caían de sus ojos.
– Cuando era joven -empezó el baile-, sólo un chiquillo, un imberbe, era el escudero de mi padre en el ejército de De Montfort. ¿Conocisteis alguna vez al gran conde?
Corbett sacudió la cabeza.
– Una vez habló conmigo -dijo Bullock-. Se bajó del caballo y me dio una palmadita en el hombro. Me hizo sentir importante. No le gustaban las ceremonias, pero cuando hablaba era como escuchar música: el corazón te daba un vuelco y la sangre empezaba a correr por tus venas.
– Y sin embargo, ahora servís al rey -apuntó Corbett.
– Parte del sueño murió -explicó Bullock-, parte de la visión se perdió, pero el bien de la comunidad del reino todavía es una idea por la que merece la pena luchar. Desde luego, también me importa el rey Eduardo, aunque eso también forma parte de la tragedia, ¿verdad? -continuó Bullock-. En su juventud, el rey era como De Montfort. Pero ya basta, estoy cotilleando como una vieja bruja. Debemos partir.
Corbett y Ranulfo bajaron con Bullock las escaleras y salieron de la residencia. Las calles y los caminos estaban abarrotados, pero el baile caminaba con gran diligencia. La gente se apartaba a su paso como se abren las olas ante la llegada de un gran buque. Él no miraba ni a la izquierda ni a la derecha. Corbett se sorprendió de la rapidez con la que los estudiantes, mendigos, incluso los comerciantes más importantes, procuraban mantenerse bien alejados del camino de aquel baile tan menudo. Se detuvieron en la esquina de Bocardo Lane, donde los soldados estaban arrestando a unas prostitutas. Corbett tiró de la manga de Ranulfo.
– ¿Murió Maltote en paz?
– Hice lo que creí necesario, amo. -Miró a los ojos de Corbett-. Y si lo mismo me ocurre a mí, espero que vos hagáis otro tanto.
Continuaron, siguiendo a Bullock hacia las afueras de la ciudad, a través del puente levadizo que llevaba hasta el castillo. Sir Walter los condujo al salón principal y les dijo que se sentaran detrás de la mesa sobre el estrado. Mientras, él se dirigió a una esquina donde llenó unas copas de vino blanco.
– Siento todo este desorden. -Se disculpó mientras servía las copas y despejaba la mesa de huesos de pollo y pedazos de pan-. ¡Subid a los prisioneros! -ordenó a un soldado que hacía guardia en la puerta-. Y decidles que no quiero ni una sola insolencia. -Se sentó entre Corbett y Ranulfo. Cogió una servilleta y se empezó a limpiar los dedos. Observó cómo Corbett le miraba-. Es grasa -explicó señalando el desorden que había sobre la mesa.
– No, no -rectificó Corbett-. Sir Walter, habéis… -Corbett sacudió la cabeza-. Nada, es sólo algo que he visto.
Levantó la vista en el momento en que las puertas se abrían de par en par y dejaban entrar a los soldados de Bullock y a todo el séquito de estudiantes de mirada arrepentida al salón.
– He soltado a las prostitutas -suspiró Bullock-. Les propiné una buena azotaina en el trasero y las dejé marchar. Estaban causando demasiado alboroto entre mis hombres.
Pusieron en fila a los estudiantes. Sus rostros estaban sucios y algunos tenían moratones y heridas abiertas en las mejillas o alrededor de la boca.
– Bueno, ahora ya estáis sobrio, ¿verdad, David ap Thomas? ¡Dad un paso al frente!
El galés, todavía vestido con su túnica gris hecha jirones y las manos fuertemente atadas al frente, obedeció. Había perdido su arrogancia, tenía un corte en un lado de la boca y su ojo izquierdo, medio cerrado, empezaba a ponerse morado. Sin embargo, no dudó en protestar.
– Soy estudiante de Sparrow Hall -declaró-. También soy escribano. Sé recitar el salmo; exijo ver al clero. No tenéis derecho a juzgarme ante una corte secular.
– ¡Callad! -gruñó Bullock-. Nadie os está juzgando. -Levantó un dedo-. Cuando haya acabado con vos, os enviaré a la corte de los censores. Tendréis que volver a Gales, chico.
Ap Thomas enrojeció de furia. Corbett chasqueó los dedos y le indicó que se acercara.
– Señor Ap Thomas -empezó a decir con calma-, ayer por la noche uno de mis hombres fue asesinado por el Campanero. Eso es traición y ya sabéis cuál es la sentencia para un traidor.
Ap Thomas se humedeció los labios.
– No sé nada acerca del Campanero -añadió-. Ponedme bajo juramento si queréis.
– Después de haberos observado ayer por la noche, ya sé que eso no significaría nada para vos -espetó Bullock.
– Tomadme juramento -repitió-. No sé nada.
– Pero enviasteis al pobre Passerel a la muerte.
– Eso fue porque pensamos que había matado a Ascham.
– ¿Y por qué? ¿Por qué -preguntó Ranulfo con tono de mofa- debería David ap Thomas preocuparse por un viejo bibliotecario?
– Ascham era muy bueno con nosotros -replicó Ap Thomas.
– Sí, ya sé -interrumpió Corbett-. Os habló de las antiguas tradiciones.
– También nos daba dinero -explicó Ap Thomas-. Nos daba algunas monedas de plata para nuestras fiestas.
– ¿Por qué lo hacía? -preguntó Corbett-. Ascham no era un hombre rico.
Ap Thomas se encogió de hombros.
– Tampoco era mucho dinero; aunque después de su muerte recibí una bolsa con monedas de plata y una nota breve que decía que Ascham quería que fueran para mí.
– ¿Dónde está esa nota?
– La rompí. Estaba escrita con unos garabatos.
– Pero ¿quién os la entregó?
– En realidad fue el mismo Passerel.
– Entiendo -contestó Corbett-, y supongo que la carta estaba sellada.
– Sí. Passerel me la dio con la bolsa de monedas; dijo que la había hallado entre las pertenencias de Ascham.
– Os dais cuenta, supongo -prosiguió Corbett-, de que el dinero procedía seguramente del Campanero y de que caísteis directamente en la trampa. Vuestro querido Ascham, la fuente de conocimiento de vuestros ritos paganos, había sido brutalmente asesinado e, incluso después de muerto, demostró su generosidad con esa donación de dinero. El Campanero sabía exactamente cómo reaccionaríais: beberíais, lloraríais su muerte y luego buscaríais un culpable. Passerel no era más culpable de la muerte de Ascham que yo mismo -continuó Corbett implacable.
– ¿Le disteis vos el veneno a Passerel? -preguntó Ranulfo.
– ¡Claro que no! La noche que murió estábamos… -La voz se le quebró.
– ¿En los bosques? -preguntó Ranulfo.
– Lo siento -fue la respuesta de Ap Thomas.
– Más lo sentiréis -interrumpió Bullock con una sonrisa-. ¿Sabéis algo de las muertes de esos pobres mendigos?
Ap Thomas movió sus manos huesudas.
– Nada -protestó-. Brakespeare y Senex se dejaban ver a veces cerca de Sparrow Hall, pero no sé nada de sus muertes.
– ¡Vamos, llevadles de nuevo al calabozo! -gritó Bullock al capitán de su guardia.
– Sir Walter -intervino Corbett-. El señor Ap Thomas ha resultado de gran ayuda. Sus crímenes se deben más a su locura que a una traición o a su maldad. Entregadle a él y a sus compañeros a los censores de la universidad.
Bullock tomó un sorbo de su copa.
– De acuerdo. ¡Llevaos a esos bastardos! -exclamó-. Ya estoy harto de ellos.
Los guardias empujaron a Ap Thomas y a sus seguidores a través de la puerta. El baile se puso en pie y apuró la copa.
– Mantendré a mis guardias por los alrededores de Sparrow Hall esta noche. ¿Sir Hugo?
Corbett levantó la mirada.
– Lo siento, señor baile. Tenía la mente en otro sitio. -Se puso en pie-. Estaba pensando… -Corbett se miró las botas-. Es fácil determinar por su ropa que Ap Thomas y sus compañeros estuvieron en el campo -hizo una pausa-; pero los cadáveres que trajeron, sir Walter, ¿os disteis cuenta de si tenían restos de barro, tierra o hierba?
Bullock sacudió la cabeza.
– Dudo que los mendigos -añadió Corbett-, aunque fuesen viejos, se dejaran matar tan fácilmente. Además, si un hombre es perseguido a través de un bosque, sus piernas, manos y por descontado su rostro estarían llenos de múltiples arañazos de zarzas o de tojos.
– No vi nada de eso -replicó Bullock-. Pero, venid, sir Hugo, Ranulfo. Todavía conservo las ropas y pertenencias de esos mendigos. Están en el almacén, cerca de mi cuarto.
El baile condujo a Corbett fuera del salón y subió por unas escaleras de caracol estrechas construidas de piedra. De vez en cuando Bullock se agarraba a las cuerdas que había a un lado, deteniéndose para recuperar el aliento. Por fin llegaron a un rellano de la escalera y Bullock sacó un manojo de llaves de su cinturón y abrió una habitación que había a la derecha. Corbett tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar su sorpresa al ver la cámara privada del baile, espaciosa y limpia. El suelo estaba fregado y cubierto de alfombras. Encima de una ventana con forma de diamante había un tríptico de la pasión de Cristo, con la virgen María y san Juan a ambos lados. Una cama con dosel dominaba la habitación; debajo de la ventana había un escritorio con una enorme silla cuadrada y unos taburetes al lado de unas arcas cubiertas. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron las estanterías que iban del suelo hasta el techo a ambos lados de la ventana, todas llenas de libros.
– Nunca juzguéis un libro por su cubierta -bromeó Bullock-. Estáis ante mi orgullo y mi entretenimiento, sir Hugo. Algunos de los libros los he comprado yo, pero la mayoría son un legado de mi tío, que era prior de la abadía de Hailes.
Se encaminó hacia una estantería y sacó un tomo, que mostró a Corbett después de quitarle el polvo.
El escribano reconoció el título: Cur Deus Homo, «¿Por qué Dios se hizo hombre?», una obra del gran erudito normando Anselmo.
– Es la joya de mi colección -manifestó con orgullo Bullock, acercándose a su lado. Señaló la caligrafía en cursiva y unos hermosos dibujos que marcaban el inicio de cada párrafo-. Están copiados directamente del original -añadió el baile-. Esos bastardos de Sparrow Hall saben que lo tengo. Tripham me ofreció dinero por él, pero yo me he negado a venderlo.
Puso el libro de nuevo en la estantería, cogió una llave de un gancho de la pared y condujo a Corbett al almacén, que era un lugar alargado y estrecho, lleno de arcas y cajas de madera. Bullock agarró una y la sacó a la escalera.
– Si no os importa -dijo-, preferiría que estuvieran lejos de mi habitación. -Removió su contenido levantando una nube de polvo.
El baile regresó a su cuarto mientras Corbett empezó a sacar algunos harapos.
– Ordené que desnudaran los cuerpos -exclamó Bullock-. Esos pobres bastardos no se habrían podido permitir un ataúd, pero me aseguré de que los enterraran amortajados como Dios manda.
Corbett depositó las diferentes piezas de ropa en el suelo: botas viejas destrozadas, calzas zurcidas y hechas jirones, un junquillo de piel, una chaqueta bastante carcomida por las polillas, pues la piel de los bordes se caía a pedazos, una camisa de lana, llena de agujeros y rota. Corbett intentó no prestar atención al hedor de las prendas mientras examinaba cuidadosamente las botas y las calzas.
– Ni un resquicio de hierba -murmuró mirando a Ranulfo-, ni una hoja. ¡Nada! No creo que mataran a estos hombres donde los encontraron.
Ranulfo recogió unas calzas y examinó las hebras de lana.
– Mirad, amo. -Señaló unos pequeños guijarros que habían quedado atrapados allí.
– Y aquí también. -Corbett señaló otro par de calzas color verde botella desgastado. Luego examinó las botas: tampoco encontró barro ni nada que indicara que los mendigos fueron asesinados en un campo o bosque.
– Ponlo todo en su sitio -ordenó Corbett.
Estaba ayudando a Ranulfo en la tarea cuando Bullock salió a su encuentro.
– ¿Habéis acabado?
– Sí.
El baile metió dentro de nuevo la caja a patadas y cerró la puerta de golpe.
– Bueno, sir Hugo, ¿qué pensáis?
– Sospecho -replicó- que esos hombres no fueron asesinados en ningún ritual satánico. Dudo que se encontraran vagabundeando por un paraje o campo solitario: fueron asesinados aquí en Oxford. Quizás en alguna calle o callejuela.
– Pero ¿por qué? -preguntó Ranulfo.
– Quizá por placer -respondió Corbett-. Alguna alma enferma a la que le gusta ver a un anciano rogar por su vida antes de matarle. Por eso fueron elegidos. ¿Quién echaría de menos a un mendigo?
– ¿Por pura maldad? -exclamó Bullock-. ¿Sólo por el gusto de matar?
– Algo así -concluyó Corbett-. Un alma endiablada. Alguien que se cuela en las calles por la noche, elige a su víctima y le da caza como si fuera un conejo o un faisán.
– Sin embargo, nadie ha oído o ha visto nada -apuntó Bullock.
– Pensad en la cantidad de sitios que hay desiertos en la ciudad -contestó Corbett-. El viejo cementerio judío, por no mencionar los grandes espacios abiertos de territorios públicos.
– Pero ¿qué ocurrió con la sangre? -preguntó Ranulfo.
– Hemos tenido tormentas de verano que podrían haber limpiado toda huella -contestó Corbett.
– Pero, en ese caso -intervino Bullock-, ¿por qué no fueron los cadáveres encontrados donde los mataron? ¿Por qué se arriesga el asesino a sacarlos fuera de la ciudad y a colgar sus cabezas de las ramas de los árboles?
– No lo sé -respondió Corbett-. Pero, sir Walter -extendió la mano-, a partir de ahora, Sparrow Hall deberá ser vigilado cada noche hasta que todo este asunto se aclare.
El baile estuvo de acuerdo y Corbett y Ranulfo se marcharon.
– ¿Le habéis comunicado a lady Maeve la muerte de Maltote? -preguntó Ranulfo mientras se dirigían a la calle que los llevaría a Broad Street.
– Sí -murmuró Corbett. Se detuvo y levantó la vista hacia el cielo azul que entresalía de las casas-. Lo siento, Ranulfo. Siento enormemente que Maltote haya muerto, pero ya tendré tiempo de lamentarme cuando esto se acabe y el asesino sea castigado. -Se frotó un lado de la cara-. Su cadáver será enviado a alguna abadía para que lo embalsamen y luego lo lleven a Leighton. Sólo hay un viejo tejo en el cementerio. Lo podemos enterrar debajo. -Corbett prosiguió su camino-. Lo que ahora me tiene desconcertado -continuó- son las muertes de esos mendigos. Siempre pensé que Ap Thomas era el responsable.
Ranulfo estaba a punto de responder cuando escuchó un ruido a sus espaldas. La calle, una vía estrecha, estaba solitaria, y había escuchado unos pasos de bota. Agarró a Corbett, lo empujó contra la pared y, mientras lo hacía, algo golpeó en la fachada de una casa que sobresalía un poco más adelante. Ranulfo escudriñó en la oscuridad, pero no vio nada a excepción de un gato al que habían perturbado su reposo que cruzaba la calle. Luego percibió una sombra oscura moviéndose en el portal de una casa y un brazo echado hacia atrás. Apartó a Corbett hacia otro lado. Otra vez se escuchó el golpe de una piedra golpeando una pared más abajo de la calle.
Ranulfo desenvainó su daga y avanzó, pero, cuando llegó al lugar en el que había entrevisto aquella sombra, no encontró nada. Sólo oyó el ruido de unos pasos que se perdían a lo lejos del estrecho arroyuelo que llevaba fuera de la calle. Se agachó y recogió unos guijarros pequeños y finos. Corbett se acercó.
– Una honda -dijo Ranulfo poniéndose en pie con un guijarro en la mano. Lanzó el guijarro al aire y lo volvió a coger, permitiendo que se estrellara contra la palma de su mano-. Si uno de esos nos hubiera alcanzado, amo…
– ¿Nos podría haber matado? -preguntó Corbett.
– He visto hacerlo otras veces -explicó Ranulfo-. ¿Habéis olvidado la historia de la Biblia? Así mató David a Goliat.
– No, no lo he olvidado -contestó Corbett cogiendo el guijarro de la mano de Ranulfo-. Yo también he visto hacerlo a los muchachos en la época de siembra, que detrás de sus padres y armados con una honda van espantando a los cuervos merodeadores. -Miró hacia el estrecho y oscuro arroyuelo-. Y así es como me ve el Campanero -continuó-. Como un cuervo molesto que se mete en todo y al que debería exterminar.
Prosiguieron su camino. Corbett se detuvo ante una casa abandonada para examinar la fachada que había detenido el primer guijarro: vio cómo la piedra había penetrado profundamente en el yeso.
– No hay otro remedio -declaró-. A menos que sea necesario, Ranulfo, es mejor que no salgamos.
– Pudo ser Bullock -señaló Ranulfo-. Sabía que habíamos salido del castillo.
– Sí -contestó Corbett-, o el Campanero. O, de nuevo, uno de los amigos de Ap Thomas.
Corbett se alegró de llegar a Carfax; atravesó las calles bulliciosas, se abrió paso entre la multitud, con una mano en el zurrón y la otra en la daga, consciente de la cantidad de ladronzuelos que habría camuflados. Ranulfo le seguía de cerca. De vez en cuando daba media vuelta y se ponía de puntillas para mirar por encima del gentío, pero no creyó ver a nadie que los siguiera. Cuando llegaron a la residencia entraron por la puerta trasera, porque la entrada principal estaba abarrotada de estudiantes y Corbett quiso evitar un nuevo enfrentamiento con Ap Thomas. Norreys estaba en el patio, cerca del pozo, limpiando algunos barriles.
– ¡Ah, sir Hugo! -se acercó a ellos sonriendo, aunque su mirada parecía nerviosa y tenía el rostro pálido y unas ojeras pronunciadas-. Las noticias del arresto de Ap Thomas están en boca de todo Oxford -balbuceó-. El profesor Tripham y sus colegas quieren veros en la biblioteca. -Se limpió las manos en su propio delantal de piel-. Me preguntaron si seríais tan amable de acudir inmediatamente.
– Hemos visto a los estudiantes en la calle -remarcó Corbett-, por eso decidimos entrar por detrás.
– ¡Oh! No armarán ningún jaleo -explicó Norreys-. Ap Thomas y sus amigos no parecen estar muy bien. Ahora son más un hazmerreír que otra cosa. -Volvió al barril que estaba limpiando y colocó firmemente la anilla clavando las estaquillas de madera. Se quitó el delantal-. Iré a buscar mi capa y os acompañaré.
Corbett atravesó la calle de camino a la universidad. Esta vez encontró el ambiente más calmado y a los estudiantes más respetuosos. Incluso se echaron a un lado para dejarles pasar. En la universidad los esperaba un sirviente que los condujo apresuradamente a la biblioteca. Al cabo de un rato llegaron Tripham, el profesor Barnett, Churchley y Appleston. Lady Mathilda llegó la última, golpeando el suelo con su bastón negro labrado y con la cabeza en alto arrogante, como una reina. Ranulfo observó cómo Moth la ayudaba a sentarse en una silla de respaldo alto, en un extremo de la mesa de la biblioteca; luego miró con curiosidad a Corbett, que parecía perdido en sus pensamientos. Norreys se acercó, resoplando y gruñendo por lo bajo. Luego se limpió las manos en su túnica. Tripham les pidió que se sentaran.
– Os ofrecería un poco de vino, sir Hugo -añadió con sarcasmo-, pero el profesor Churchley me ha dicho que tenéis cierta reticencia a comer o beber algo de aquí.
– Y creo que vos deberíais hacer otro tanto -contestó Corbett-. Los asesinatos de Ascham y Passerel fueron cometidos sin orden ni concierto. Lo mismo puede decirse del de mi buen siervo Maltote. El Campanero ataca cuando lo desea, no para salvaguardar su identidad sino para acumular más dolor y ofensas. ¿Queríais verme?
– Me… -balbuceó Tripham-. Nos gustaría presentarles nuestras quejas; el baile nos ha informado de que Sparrow Hall va a estar acordonado desde el anochecer hasta el amanecer. ¿Es realmente necesario?
Corbett se encogió de hombros.
– Éste es un asunto que os concierne a vos y a la universidad -contestó-, pero Maltote era un siervo del rey y fue asesinado brutalmente. Además, un buen número de vuestros estudiantes, profesor Tripham, va a enfrentarse a serios cargos de lujuria y quizá de prácticas de magia negra.
– No somos responsables de la vida privada de todos los estudiantes -protestó Tripham.
– Y yo tampoco de la de cada sirviente de la Corona -respondió-. Además -Corbett subió el tono de voz-, cuando venía hacia aquí han vuelto a atacarme. Un guijarro lanzado con honda casi me alcanza la cabeza.
– Todos hemos estado aquí -protestó Tripham-. Sir Hugo, en toda la mañana nadie ha salido de la universidad. Nos hemos reunido en consejo en el recibidor para decidir qué debíamos hacer con Ap Thomas y sus amigos.
Corbett ocultó su sorpresa.
– ¿Estáis seguro, profesor Tripham?
– Podéis interrogar a los criados que nos han traído el vino y los dulces. Desde que nos levantamos esta mañana y fuimos a la misa de nuestra capilla, nadie ha salido de Sparrow Hall. Y, sir Hugo, a mi entender, nadie salió de la universidad ayer por la noche cuando vuestro siervo fue asesinado.
– No quiero que amortajen a Maltote aquí -añadió Corbett, sin hacer caso de las voces de protesta-. Será enviado a la abadía de Osney para que lo embalsamen.
– Norreys lo llevará -contestó Tripham-. Pero, sir Hugo, ¿cuánto tiempo estaréis aquí? ¿Cuánto tiempo durará todo esto?
– ¿Hasta cuándo continuaréis inmiscuyéndoos en nuestras vidas privadas? -espetó Barnett.
– Hasta que encuentre la verdad -respondió Corbett con arrogancia-. ¿Y qué me decís de vos, Barnett, de vuestros secretos?
La sonrisa de sarcasmo desapareció del rostro rechoncho y altivo de Barnett.
– ¿Qué secretos? -balbuceó.
– Vos sois un hombre mundano -continuó Corbett deseando haberse mordido la lengua-. Sin embargo, alimentáis a los mendigos y todos os conocen en el hospital de San Osyth del hermano Angelo. ¿Por qué a un hombre como vos deberían importarle los desvalidos?
Barnett bajó la mirada hacia la superficie de la mesa.
– La razón por la que el profesor Barnett da limosna a los pobres -intervino Tripham- es seguramente asunto suyo.
– Estoy cansado -replicó Barnett. Miró alrededor de la biblioteca-. Estoy cansado de todo esto. Cansado del Campanero, cansado de asistir a funerales de hombres como Ascham y Passerel, de dar clases a alumnos que ni siquiera entienden lo que les estáis diciendo -miró a Corbett-. Estoy contento de que hayan arrestado a Ap Thomas -confesó en medio de las protestas de sus colegas-. Era un chico arrogante. No necesito responder a vuestras preguntas, señor escribano, pero lo haré. -Se puso en pie, apartando la mano que Churchley levantaba en señal de advertencia. Desabrochó los botones de su larga túnica y las hebillas de la camisa de debajo-. He dedicado toda mi vida a estudiar con gran interés. Me gusta el sabor del vino, la pasión oscura de una copa de clarete, y las mujeres jóvenes, de pechos generosos y cintura delgada. -Continuó desabrochándose las hebillas-. Soy un hombre rico, Corbett, el único hijo de un padre encantador. ¿Habéis oído alguna vez la frase del Evangelio que dice: «Utilizad el dinero, por muy corrompido que esté, para ayudar a los pobres de modo que, cuando muráis, seáis acogidos en la eternidad»?
Barnett se abrió la camisa y enseñó a Corbett el cilicio que llevaba debajo. Se sentó en un taburete; su habitual arrogancia había desaparecido.
– Cuando muera -murmuró cabizbajo-, no quiero ir al infierno; ya he vivido en el infierno durante toda mi vida, Corbett. Quiero ir al cielo, así que… doy dinero a los pobres, ayudo a los mendigos y llevo este cilicio para expiar todos mis pecados.
Corbett se inclinó y le apretó la mano.
– Lo siento -murmuró-. Profesor Tripham, os he dicho todo lo que sé: los soldados del castillo vigilarán todas las entradas de Sparrow Hall hasta que esto se acabe. -Se puso en pie-. Ahora, me gustaría presentarle mis últimos respetos a mi amigo.
Tripham le condujo fuera de la habitación hasta la cámara mortuoria.
– Hicimos lo que pudimos -murmuró mientras abría la puerta-. Hemos lavado el cuerpo.
Corbett, seguido de Ranulfo, se quedó de pie junto a la cama con la mirada baja.
– Parece como si estuviera durmiendo -susurró Ranulfo contemplando el rostro joven y marfileño de Maltote.
– Tapamos la herida -dijo Tripham a sus espaldas-. Sir Hugo, ¿sabíais que tenía una herida horrible en la espinilla?
– Sí, sí -contestó Corbett con la mente en otro sitio-. Profesor Tripham, ¿podría dejarnos a solas un momento?
El vicerregente cerró la puerta. Corbett se arrodilló al lado de la cama. Las lágrimas le caían mientras rezaba en silencio.
Capítulo XI
Corbett y Ranulfo regresaron a sus aposentos, cruzándose con Norreys en las escaleras. Éste les ofreció algo de comida y bebida, pero se negaron a tomar nada. Ranulfo dijo que quería ir a dar una vuelta, por lo que Corbett se retiró a su cuarto y se sentó: estaba profundamente consternado por la muerte de Maltote e intentó distraerse. Cogió las proclamas que Simón le había dado en Leighton y las ojeó. Todas eran parecidas: la forma de la campana en la parte superior atravesada por el clavo con el que habían sido colgadas, los trazos claros, propios de la pluma de un escribano, las frases llenas de odio hacia el rey. Al pie de cada proclama decía lo mismo: «Entregada en mano en Sparrow Hall, el Campanero».
Corbett las apartó de su vista. Se limpió las lágrimas de la cara, cogió la carta de Maeve de su bolsa de cancillería y empezó a releer con detenimiento las frases. Una de ellas le llamó la atención. Maeve se quejaba de que el tío Morgan se empeñaba en contar a Eleanor las historias de cadáveres decapitados y de cabezas colgando de las ramas de los árboles.
– ¡Eso es! -afirmó Corbett soltando un suspiro.
Dejó la carta sobre la mesa y recordó la ropa que había examinado en el castillo: ni hierba, ni tierra, ni una hoja o un poco de barro.
– Si no fueron asesinados allí…
Se levantó y se acercó a la ventana. Echaba de menos a Maltote más de lo que podía admitir y sabía que Ranulfo ya nunca sería el mismo. Pensó en el cadáver de su joven amigo y en las palabras de Tripham sobre la herida de su tobillo. Mientras Corbett contemplaba un enorme carro que había en el patio, se le hizo un nudo en el estómago. Lanzó un grito de desesperación y golpeó con el puño la contraventana abierta. Se encaminó hacia la puerta y la abrió de golpe.
– ¡Ranulfo! ¡Ranulfo!
Las palabras resonaron como el toque de difuntos en aquel pasillo desierto. Era temprano: los estudiantes, todavía conmocionados por la captura de Ap Morgan, se habían dispersado hacia sus aulas y salas de lectura. La inquietud de Corbett creció. Se sintió solo, vulnerable de repente. No había ninguna ventana en la galería, a parte de una pequeña aspillera al final, por lo que apenas había luz. Corbett se dirigió a la entrada. ¿Había alguien más allí?, se preguntó. Tenía la certeza de que no estaba solo. Se sacó la daga y miró a su alrededor, pues le pareció escuchar a alguien rozar la pared detrás de él. ¿Sería una rata? ¿O habría alguien escondido en la oscuridad?
– ¡Ranulfo! ¡Ranulfo! -gritó. Suspiró al oír en la escalera unos pasos que subían a toda prisa-. ¡Ten cuidado!
Ranulfo se acercó, corriendo a través del pasillo, con la daga en la mano.
– ¿Qué pasa, amo?
Corbett miró sobre sus hombros.
– No lo sé -susurró-, mas no estamos solos. -Zarandeó el brazo de su sirviente-. Sin embargo, dejaremos la caza para otro momento y, sobre todo, para otro lugar.
Corbett empujó a Ranulfo dentro de su cámara.
– Ponte el talabarte -le ordenó mientras él hacía otro tanto-. Coged una ballesta y unos cuantos cuadrillos.
– ¿Dónde vamos? ¿Qué vamos a hacer?
– ¿Os habéis dado cuenta -preguntó Corbett- de que, desde que estamos en Oxford, ninguno de los cadáveres decapitados se ha encontrado en una callejuela solitaria? Ya sé dónde matan a esos pobres mendigos. -Corbett señaló con un dedo el suelo.
– ¿Aquí? -exclamó Ranulfo.
– Sí, aquí, en la residencia. ¡En las bodegas de abajo! Acuérdate, Ranulfo, de que estos edificios pertenecieron en su tiempo a un vendedor de vino. ¿Has visitado alguna vez las casas de esos comerciantes en Londres?
– Tienen bodegas enormes y galerías interminables -intervino Ranulfo-. Algunas en Cheapside podrían alojar a toda una aldea.
– ¿Recuerdas la leyenda -añadió Corbett- de la mujer que vivió en las bodegas con su hijo, cuando Braose fundó esta residencia? Me apuesto lo que sea a que nuestro noble fundador tuvo que echarlos.
Ranulfo le miró nervioso.
– Iré con vos.
– No, no -ordenó Corbett-, pero vigilarás la entrada de la bodega. Si alguien viene detrás de mí, síguele. ¡No, no! -Corbett sacudió la cabeza-. Maltote no murió en vano, Ranulfo. -Paseó la mirada por la estancia-. Un viejo cura me dijo una vez que, durante un espacio de tiempo, el muerto todavía está entre nosotros. -Sonrió-. Mis descubrimientos se deben siempre a la lógica o la intuición, pero éste se lo debo a Maltote. Cuenta hasta cien -le ordenó-; luego sígueme.
Corbett se marchó escaleras abajo. Cuando llegó a la planta principal fue en busca de la oficina de Norreys. El hombre estaba escribiendo en un libro mayor y Corbett se dio cuenta de que, si alguien había subido al piso de arriba, no había podido ser él.
– Sir Hugo, ¿puedo ayudaros? -Norreys se puso en pie, limpiándose los dedos manchados de tinta.
– Sí, desearía ver las bodegas, profesor Norreys.
El hombre hizo un mohín.
– ¿Qué esperáis encontrar ahí abajo? ¿Al Campanero?
– Quizá -respondió Corbett.
– No hay nada ahí; solo barriles y existencias, pero…
Norreys cogió una vela de sebo de una caja y, con las llaves tintineando en su cinturón, condujo a Corbett a través de la galería. Se detuvo para encender la vela y luego abrió la puerta de las bodegas.
– Puedo ir yo sólo -afirmó Corbett.
Bajó los escalones que llevaban a las bodegas, que estaban oscuras, frías y llenas de humedad.
– Hay antorchas en los candelabros de la pared -gritó Norreys desde arriba.
Cuando llegó abajo Corbett buscó una y la encendió mientras Norreys cerraba la puerta tras de sí. Corbett avanzó con cuidado en la oscuridad. De vez en cuando se paraba a encender otra antorcha y a mirar a su alrededor. La pared de su izquierda era de ladrillo macizo, pero en la de la derecha había pequeñas cavernas y cámaras. Algunas estaban vacías; otras contenían algunas curiosidades, mesas y bancos rotos. Dobló una esquina y tosió ante la atmósfera tan rancia que había allí abajo. Corbett encendió más antorchas y se quedó maravillado del submundo que apareció ante sus ojos.
– Debe de ir hasta el final de la calle -murmuró.
Continuamente se detenía para adentrarse en una de las cámaras o se agachaba y miraba en las cavernas. Estaba contento de haber encendido aquellas antorchas: así sabría encontrar el camino de vuelta. Estuvo merodeando durante un rato antes de regresar siguiendo la hilera de antorchas encendidas. Descubrió otro pasadizo muy estrecho. Fue hasta el fondo, pero la salida estaba bloqueada. Corbett se acordó de aquellos mendigos: sabía que habían muerto allí. Podía sentir aquel silencio mortal, diabólico. Escuchó un ruido al final del pasillo y se agachó, examinando la pared de ladrillo y el suelo con detenimiento. No vio nada a excepción de unos charcos de agua. Corbett metió la mano con cuidado en uno de ellos y cogió pequeños trozos de grava que frotó entre las yemas de los dedos. Levantó la vela y miró hacia el techo abovedado, pero no pudo encontrar ni rastro de algún escape o de alguna filtración de agua. Cerró los ojos y sonrió. ¡Había encontrado al asesino!
Regresó al pasillo, donde las antorchas seguían encendidas haciendo bailar a las sombras. Corbett quería salir de allí. Sintió como si el lugar se cerrara en torno a él. Su corazón empezó a latir con fuerza y la boca se le secó. Dobló una esquina y se detuvo. El pasillo estaba totalmente oscuro; alguien había apagado las antorchas que quedaban. Corbett escuchó un chasquido e inmediatamente retrocedió, justo en el momento en el que un cuadrillo cruzó silbando el aire y se fue a estrellar contra la pared de ladrillo. Corbett se dio la vuelta y empezó a correr.
Evitó el estrecho pasadizo sin salida. En un momento dado Corbett se detuvo, desenvainó su daga y se agazapó para recuperar el aliento. Se volvió y vio la silueta de una figura a contraluz. Se humedeció los labios. Su atacante no podía ver con tanta claridad y se escuchó un segundo cuadrillo volar hacia un falso objetivo en la oscuridad. Corbett se levantó y corrió tan rápido como pudo antes de que su asaltante tuviera tiempo de insertar otro cuadrillo y tensar la cuerda. El hombre le vio acercarse corriendo. A la luz parpadeante de las velas, Corbett vio cómo aquellos dedos volvían a tirar de la cuerda, pero acto seguido se abalanzó sobre él y ambos cayeron rodando al suelo, dándose patadas y codazos mutuamente. Corbett agarró la pequeña ballesta y la lanzó contra la pared. Su asaltante pudo escapar. Corbett intentó levantarse, pero se encontró con la punta de la espada de aquel hombre en la barbilla. La figura, medio inclinada, se echó hacia atrás la capucha.
Era el profesor Richard Norreys.
Corbett se reclinó contra la pared. Se llevó la mano a la daga de su cinturón, pero la vaina estaba vacía.
Norreys se agachó, presionando la punta de su espada contra la piel suave de la garganta del escribano, que hizo una mueca de dolor y echó la cabeza hacia atrás.
– No os esforcéis. -Norreys se limpió el sudor de la cara con una mano mientras con la otra sostenía firmemente la espada-. Bueno, bueno, bueno -se mofó Norreys.
Se acercó a la luz de las velas: sus ojos tenían una mirada dulce y soñadora. Corbett apenas podía controlar el miedo. Decidió no intentar nada. Norreys estaba tan loco como una cabra: si luchaba o se resistía le atravesaría la garganta con la espada, se sentaría a su lado y se quedaría mirando hasta que muriera.
– ¿Por qué? -Corbett intentó apartar la cabeza. No dejaba de mirar al fondo del pasillo, detrás de Norreys. «¡Por el amor de Dios! -pensó-, ¿dónde estará Ranulfo?»
– ¿Por qué qué? -preguntó Norreys.
– ¿Por qué las muertes?
– Es un juego, ¿entendéis? -replicó Norreys-. Vos estuvisteis en Gales, sir Hugo, ya sabéis cómo era. Yo era un especulador, un espía. Solía salir por la noche con otros, a través de esos valles cubiertos de niebla. Nada -la voz de Norreys se convirtió en un suspiro-, nada se movía, sólo se escuchaba el murmullo de las hojas y el canto de algún búho. Pero siempre estaban ahí, ¿verdad? Los malditos galeses, arrastrándose como gusanos por el suelo. -El rostro de Norreys se llenó de rabia-. ¡En silencio, en silencio! -exclamó mientras abría unos ojos como platos-. Solíamos ir en grupos de cinco o seis. Eran buenos hombres, sir Hugo, arqueros, con mujeres y retoños esperándoles en casa. Siempre perdíamos a uno; a veces, a dos o a tres. ¡Siempre igual! Primero encontrábamos el cadáver, luego buscábamos la cabeza. A veces los muy bastardos jugaban con nosotros. Cogían la cabeza y la colgaban de la cabellera en un árbol mientras la mecía el viento. -Norreys hizo una pausa y cogió la espada con las dos manos-. Pensáis que estoy loco, que he perdido el juicio, que estoy poseído por el demonio. Pero os diré una cosa, señor escribano -añadió a toda prisa-: cuando el ejército del rey se desplegó en Shrewsbury, empecé a tener sueños. Siempre los mismos. Siempre la oscuridad, los campos de fuego entre los árboles, pasos que me seguían de cerca por todos lados. Y siempre esas cabezas, siempre esas cabezas. A veces, durante el día, veía alguna cosa, la hoja de una rama, una manzana colgando… -Norreys suspiró- y volvía a tener sueños. Entonces vine aquí. -Sonrió-. ¿Lo veis, sir Hugo? Soy un hombre instruido, poseo la educación de un escribano, de un estudiante de caligrafía. También fui un buen soldado, por eso el rey me concedió una sinecura aquí.
– ¿Sois vos el Campanero? -preguntó Corbett.
– ¡El Campanero! -se rió Norreys-. ¡Me importa un comino De Montfort o esos gordinflones del otro lado de la calle! Fui feliz aquí y los sueños eran cada vez menos frecuentes… mas vinieron los galeses. -Cerró los ojos, pero de repente los abrió al tiempo que Corbett intentaba moverse-. No, no, sir Hugo, tenéis que escucharme. Como yo tenía que hacerlo con aquellas voces. ¿Os acordáis, sir Hugo, de cómo gritaban los galeses en la oscuridad? Sabían nuestros nombres y mientras les dábamos caza ellos nos daban caza a nosotros. Y si cogían a uno de nuestra compañía decían: «¡Richard se ha ido!» «¡Henry se ha ido!» «¡Decidle a la mujer de John que es viuda!» -La voz de Norreys resonó por todo el techo abovedado. Miró a su alrededor-. Tengo que marcharme pronto -susurró-, los estudiantes están a punto de volver de sus facultades. Entonces empezarán a llamar a mi puerta por una cosa u otra.
– ¿Y los mendigos? -preguntó Corbett rápidamente.
– Fue un accidente -explicó Norreys sacudiendo la cabeza-. Pura casualidad, sir Hugo. Vino un mendigo, quería trabajar y lo envié aquí, a las bodegas, para recoger un tonel de vino. Pero, claro, aquel viejo estúpido tuvo que abrir un barril. Estaba borracho como una cuba cuando bajé. Estaba asustado y empezó a correr. Le seguí -Norreys hizo un chasquido con la boca-. Estar aquí -le susurró inclinándose hacia delante-, aquí en la oscuridad, sir Hugo, es como estar de nuevo en Gales. Le perseguí. Se puso a gritar diciendo que lo sentía. Le alcancé. Empezó a luchar para defenderse, así que le abrí la garganta. Dejé aquí el cadáver pero aquella noche tuve un sueño.
– Así que le cortasteis la cabeza, ¿verdad? -le interrumpió Corbett-, pusisteis el cadáver y la cabeza en un barril, os encaminasteis hacia alguna de las puertas de la ciudad y lo sacasteis fuera para deshaceros de él.
– Exacto -asintió Norreys-. Arrojé el cuerpo en el bosque y colgué la cabeza de una rama. ¿Sabéis algo, sir Hugo? Fue igual que ser exorcizado o bendecido en la iglesia. Los sueños desaparecieron. Me sentí purificado. -Norreys sonrió; sus ojos tenían un brillo particular-. Me sentí como un joven saltando desde una roca de cabeza a un agua limpia y profunda: me sentí totalmente renovado. -Se detuvo contemplando algún punto por encima de la cabeza del escribano.
Corbett lanzó un hondo suspiro, aguzó el oído. «¡Oh, Dios!, ¿dónde se habrá metido Ranulfo?» Miró hacia el pasillo, detrás de Norreys, pero no pudo ver nada.
– Mas volvisteis a matar -remarcó Corbett.
– Por supuesto -sonrió Norreys-. Es como el vino, sir Hugo. Uno lo bebe y siente su sabor y su calor en el estómago. Pasan los días y uno vuelve a necesitar de nuevo ese calor. ¿Y a quién le iba a importar? La ciudad está repleta de mendigos, hombres sin pasado y sin futuro: no son más que los desechos de este mundo.
– Tenían almas -replicó Corbett, deseando que Norreys no apretara tan fuerte con su espada-. Eran hombres y, por encima de todo, eran inocentes: su sangre derramada pide a Dios venganza.
Norreys se movió y Corbett supo que había cometido una equivocación.
– ¿Dios, sir Hugo? Mi Dios murió en Gales. ¿Y qué venganza? ¿Qué vais a hacer, sir Hugo? ¿Gritar? ¿Rogar misericordia?
– Me echarán en falta.
– Oh, por supuesto. Me llevaré vuestro cadáver de aquí. Os prometo que lo haré de forma diferente. Hay pantanos muy profundos en los bosques. Los fuegos del infierno se habrán enfriado cuando encuentren vuestro cadáver. Lo he pensado todo. Le echarán la culpa de vuestra muerte al Campanero. Los soldados del rey llegarán a Oxford y esos arrogantes y pomposos bastardos del otro lado de la calle serán los culpables. Cerrarán Sparrow Hall, pero no la residencia. -Vio como Corbett desviaba la mirada-. Oh, ¿a quién estáis esperando? ¿A vuestro sigiloso amigo? Cerré la puerta con llave. Estamos solos, sir Hugo. -Ladeó la cabeza-. Pero ¿qué os hizo sospechar de mí?
– Mi criado, el que murió. ¿Fuisteis vos?
Norreys sacudió la cabeza.
– Dijo que se había golpeado la espinilla contra un cubo -continuó Corbett mientras entrevió una sombra moverse al fondo del pasadizo-. Me pregunté por qué el rector de la residencia, un lugar que no es conocido precisamente por su limpieza, debía de estar fregando el suelo de la bodega. Estabais quitando las manchas de sangre, ¿verdad? Y luego empecé a reflexionar sobre el hecho de que los cadáveres fueron encontrados sin ninguna señal de haber muerto en el bosque; sobre los mendigos que vienen aquí a menudo, pidiendo limosna, pan y agua; sobre lo profundas que son estas bodegas, y me acordé de que vos habíais trabajado como especulador en Gales. Por supuesto, como administrador, teníais el derecho de coger vuestro carro para ir a comprar existencias en las aldeas de los alrededores. Nadie sospecharía de vos, nadie podría deteneros.
Norreys le señaló con un dedo.
– Sois un buen perro de caza.
– Cogisteis los cuerpos y los dejasteis con las cabezas colgando de las ramas. Nadie se daría cuenta de las manchas oscuras de unos barriles fabricados para contener vino y con la tapa firmemente cerrada. Mientras yo, el perro de caza del rey, he permanecido en este lugar, habéis dejado de matar. Sabíais que era muy curioso, así que limpiasteis el lugar de los crímenes y Maltote se tropezó contra el cubo que estabais usando.
– ¿Algo más?
– Se os cayó un botón…
– ¡Ah! Me preguntaba…
– Y hay gravilla muy fina aquí abajo. Encontré algunos restos en las ropas de los mendigos.
– Pensé que habíais encontrado algo -se rió Norreys-. Os seguí hasta aquí abajo…
– Os propondré una cosa -interrumpió Corbett al ver que Ranulfo todavía no estaba muy cerca.
Norreys abrió unos ojos como platos.
– En el pasillo que hay a vuestras espaldas -continuó Corbett- está mi sirviente, Ranulfo-atte-Newgate. Antes de convertirse en escribano, Ranulfo era cazador nocturno. Podía abrir cualquier cerradura y moverse como un fantasma.
Norreys sacudió la cabeza, pero su sonrisa se desvaneció al escuchar el chasquido de una ballesta a sus espaldas.
– Podéis apartar vuestra espada -le aconsejó Corbett con calma- y ser juzgado ante un tribunal de justicia del rey.
– Podría mataros -sonrió de nuevo Norreys, pero por poco rato.
Corbett levantó lentamente la mano, tocó la hoja de la espada: se tranquilizó, no estaba muy afilada, era sólo una barra de hierro.
– Podéis aceptar mi propuesta -insistió Corbett.
Sin embargo, Norreys estaba más preocupado por tener a Ranulfo a sus espaldas.
– O Ranulfo podría acabar con vos.
De pronto Corbett apartó de un golpe la espada y se echó a un lado. Norreys se puso en pie. Ranulfo apareció bajo la luz de las velas. Corbett escuchó el silbido del cuadrillo de una ballesta y Norreys se tambaleó, dejó caer la espada y se agarró el cuadrillo, que le había alcanzado directamente en el pecho. La mirada de sorpresa todavía estaba en su rostro incluso cuando Ranulfo le agarró por la cabellera, le echó hacia atrás la cabeza y le abrió la garganta. Ranulfo dejó caer a Norreys al suelo y se agachó al lado de Corbett. El escribano cerró los ojos y se acercó a la pared, respirando con dificultad, intentando calmar los latidos de su corazón.
– Vine lo más rápido que pude -sonrió Ranulfo-. La cerradura estaba oxidada y atrancada y durante unos segundos perdí el control. -Ayudó a Corbett a ponerse en pie-. ¿Sabéis lo que haría, amo? ¡Me marcharía de este maldito lugar! -Le dio una patada al cadáver de Norreys-. Cabalgaría tan rápido como el viento hacia Woodstock y obtendría el permiso del rey para arrestar a todo el mundo, tanto de la universidad como de la residencia, hasta que este asunto se acabe.
Corbett le apartó de su lado con amabilidad y se reclinó en la pared.
«Esto es una pesadilla», pensó, mirando a su alrededor. Pasillos oscuros y resbaladizos, luces de vela parpadeantes, el cadáver empapado en sangre de un asesino. ¿Cómo terminaría todo aquello? ¿Quizá Ranulfo no llegaría algún día a tiempo? ¿O tal vez se encontraría con un asesino distinto al resto, silencioso y rápido, a quien no le importara jactarse de sus proezas? Corbett recogió su daga y la envainó. Ranulfo limpió la hoja de la suya en el junquillo de Norreys, recogió la ballesta y ayudó a Corbett a volver por el pasillo. Empezaron a caminar, pero Corbett se detuvo. Se sentía más tranquilo a pesar del frío.
– Tienes razón -murmuró-, recoge nuestras cosas, Ranulfo. Nos marcharemos de aquí e iremos a la taberna de Las Chicas Alegres. Reserva una habitación pero no digas a nadie donde estamos. -Subió los escalones y abrió la puerta-. No volveré a poner los pies en esa maldita habitación.
Corbett se sentó en un banco y se tapó la cara con las manos. Se acercó un criado para preguntarle si se encontraba bien y si sabía dónde estaba el profesor Norreys…
Corbett levantó la cabeza, el hombre echó una mirada al rostro pálido y enfurecido del escribano y echó a correr. Llegó Ranulfo, con alforjas sobre los hombros y en las manos. Salieron a la calle. Corbett se sentía como en un sueño. Permitió que Ranulfo le guiara a través de las calles, echando a un lado a los mendigos. En una ocasión Corbett se tuvo que parar, porque el ruido y los olores hicieron que se mareara. Sin embargo, cuando llegaron a la taberna ya se sentía mejor. Todavía tenía frío y estaba cansado. Se sentó frente a un fuego de pocas llamas mientras Ranulfo alquilaba una habitación y pedía algo de comer: faisán asado con salsa de ostras. Ranulfo se quedó en silencio y se limitó a observar a Corbett, que comía con desgana. A continuación se tomó dos copas de clarete y le explicó lo de Norreys.
– Dormiré durante un rato -concluyó Corbett-. Vuelve a Sparrow Hall, Ranulfo, y cuéntale al profesor Tripham lo que ha pasado. Despiértame cuando doblen las campanas para vísperas.
Corbett subió a su cuarto. Un sirviente iba delante de él llevando las sábanas limpias y las almohadas que Ranulfo había ordenado. El cuarto era austero, tenía las paredes blanqueadas y estaba amueblado con una mesa tambaleante y dos taburetes, pero las camas eran cómodas y estaban limpias. Una vez que el mozo cambió las sábanas, Corbett cerró la puerta con pestillo, se echó en la cama tapándose con las mantas y se quedó profundamente dormido.
Durmió alrededor de una hora. Cuando se despertó llevó la mano a la daga, que estaba en el suelo, hasta que recordó dónde se encontraba. Se quitó las mantas de encima, se levantó y se aseó. Se sintió mejor, y cuando bajó al bodegón se encontró a Ranulfo entretenido en un juego de azar. Su sirviente le guiñó un ojo cómplice, recogió sus ganancias y siguió a Corbett hacia el jardincito que había detrás de la taberna.
– ¿Os encontráis mejor?
– Sí. -Corbett se desperezó-. Ha sido todo tan rápido, Ranulfo. Estás cazando a un asesino y antes de que te des cuenta el malnacido te atrapa a ti. ¿Se lo habéis contado a Tripham?
– Sparrow Hall es un caos -replicó Ranulfo.
– ¿Caos?
– Bullock ha sacado el cadáver de Norreys y lo ha llevado al mercado de Broad Street. Lo han colgado de una horca como advertencia a otros asesinos.
– ¿Y qué hacen los demás?
– Son prisioneros de su propia universidad. Son como gorriones atrapados en una jaula.
Corbett sonrió ante el juego de palabras.
– Si pudiera… -se escuchó la voz de Bullock, que entraba por el jardín.
– Le dije que estábamos aquí… -susurró Ranulfo.
– Si pudiera -repitió el baile subiéndose el cinturón de piel por encima del voluminoso estómago-, arrestaría a todos esos bastardos y los metería en las mazmorras -miró a Corbett-. Hicisteis una tontería, sir Hugo. Podríais haber acabado hecho picadillo dentro de un barril.
– Necesitaba pruebas y sospeché que Norreys me seguiría. -Corbett se encogió de hombros-. Pero ahora ya ha pasado y debemos concentrarnos en Sparrow Hall.
– Una vez que suene el toque de queda -replicó Bullock- habrá más soldados en Sparrow Hall y en la residencia que moscas alrededor de una boñiga. También he dejado algunos hombres vigilando en la calle de fuera; pensé que debería decíroslo. -El baile giró sobre sus talones y se marchó.
– Y ahora, ¿qué, amo?
– No lo sé, Ranulfo.
Corbett levantó la vista hacia el cielo, que todavía estaba teñido de rojo por la puesta de sol. Apartó con la mano a los mosquitos que habían empezado a merodear a pesar de las escudillas de vinagre que habían colocado a lo largo del camino del jardín.
– El Campanero no volverá a atacar, por lo menos, no a nosotros. Ya no decapitarán a más mendigos en las bodegas de la residencia. -Oyó una risa, seguida de la voz de un joven que entonaba un villancico en una de las cámaras del piso de arriba-. ¿Estabais probando suerte?
Ranulfo se pasó el dado de una mano a otra.
– Sí, y no estaba haciendo trampas.
Corbett colocó una mano sobre el hombro de Ranulfo.
– Te debo la vida.
Su sirviente apartó la mirada.
– ¿Qué pensáis de Las confesiones de san Agustín?
– Son difíciles de entender, pero constituyen un reto.
– Bueno, parece que tendremos a un nuevo Ranulfo, ¿eh? -Corbett siguió su mirada hacia la puerta de la taberna-. Se acabaron los líos de faldas. A partir de ahora los viejos herreros de Londres dormirán mucho más tranquilos por la noche, ¿eh?
Entraron en el bodegón y Corbett pidió algo de vino. Ranulfo pensó que Corbett subiría directamente a su cámara, pero, sorprendentemente, el escribano se unió a un grupo de estudiantes que estaban sentados al fondo en una esquina. Uno de ellos tenía un tejón domesticado y estaba ocupado dándole gotitas de aguamiel que el animal engullía con avidez.
– ¿Hace mucho que lo tenéis? -preguntó Corbett.
El estudiante levantó la mirada.
– Desde que era un cachorro. Lo encontré merodeando en los pantanos de Christ Church. Dicen que traen suerte.
– ¿Y ha sido así? -preguntó Corbett sentándose a su lado.
– Bueno, de momento se está bebiendo mi aguamiel. -El estudiante lanzó una mirada de envidia a la copa de Corbett, por lo que el escribano llamó a un mozo.
– Lo mismo para mis compañeros -pidió.
– Pero vos no estáis interesado en los tejones, ¿verdad? -le preguntó el joven tímidamente.
– No, tenéis razón -replicó Corbett-. Decidme, ¿habéis oído hablar del Campanero y de sus proclamas?
– He oído muchas cosas, señor, de las muertes en Sparrow Hall y en la residencia.
– ¿Habéis leído las proclamas? -preguntó Ranulfo.
– Les he echado un vistazo. -El estudiante señaló al resto de sus acompañantes-. Todos lo hemos hecho.
– ¿Y? -preguntó Corbett.
El joven cogió a su tejón entre los brazos y empezó a acariciarlo con ternura.
– Mucho ruido y pocas nueces, señor. ¿Qué nos importa De Montfort? Es obra de algún chiflado. No conseguirá que los estudiantes cojan las armas y marchen hacia Woodstock.
– ¿Y cuál es el sentimiento general?
– Yo sólo leí las proclamas porque las colgaron en la puerta de Wyvern Hall -explicó el estudiante-. Pero, para seros francos, señor, me trae sin cuidado si el Campanero está vivo o muerto.
Corbett le dio las gracias, dejó una moneda sobre la mesa para que comprase más aguamiel para el tejón y, seguido por un Ranulfo que le miraba lleno de curiosidad, regresó a su cuarto.
– ¿Qué ha sido todo eso? -preguntó Ranulfo cerrando la puerta.
– Algo que habíamos pasado por alto -replicó Corbett-. Volvamos al primer día en el feudo de Leighton. El rey Eduardo llega subiéndose por las paredes por el hecho de que De Montfort parece haber vuelto de entre los muertos. Al rey le importa y por eso también a nosotros; después de todo, somos sus sirvientes más fieles, sus escribanos reales. Venimos a Oxford y cometemos el error de entrar en el mundo del Campanero. Sin embargo, mientras estaba fuera, en el jardín, contemplando el cielo, recordé algo que me dijiste en la residencia. ¿A quién le importa realmente? Y los estudiantes de abajo, el joven con el tejón, son la prueba más evidente. -Vio la confusión en los ojos de Ranulfo-. Lee a tu querido san Agustín: la realidad es sólo lo que percibimos. San Agustín percibió a Dios, y de pronto toda su antigua realidad, la lujuria, las juergas, la bebida y las mujeres desaparecieron. -Corbett se reclinó en la cama-. ¿Quién sabe si lo mismo le pasará a Ranulfo-atte-Newgate? Y otro tanto podemos decir del rey: De Montfort es un demonio que persigue su alma; para él, el Campanero supone una terrible amenaza a la Corona y a su ley.
– Pero ¿en realidad?
– La realidad -continuó Corbett- es que a la gente le trae sin cuidado. De Montfort murió hace casi cuarenta años: el Campanero está apuntando directamente al rey. Cuestionémonos la pregunta de Cicerón: Cui bono. ¿Qué gana el Campanero con todo este arduo y arriesgado plan? ¿Qué quiere conseguir con él? Sabe que no logrará levantar una rebelión ni organizar ejércitos para marchar por las calles de Londres y Westminster. Así que… ¿cuál es su propósito?
– ¿Marcarse puntos? -sugirió Ranulfo.
– Pero ¿por qué? ¿Por qué ahora? ¿Qué sentido tienen los asesinatos? ¿Por qué me atacaron? ¿Y por qué el caos en Sparrow Hall? -Corbett tiró de una hebra suelta de la manta-. Bueno, ésa debe de ser su advertencia -añadió por lo bajo.
– ¿Qué advertencia, amo?
– El caos -contestó Corbett-. Al Campanero parece que le encanta crear confusión, y si ése es el caso, créeme, Ranulfo, antes de que seamos mucho más viejos habrá otro asesinato en Sparrow Hall.
Capítulo XII
Ranulfo estaba sentado dentro de la iglesia de San Miguel. Se acomodó en la base de un pilar y contempló el interior del templo, fascinado por los cuadros tan llamativos que habían pintado allí. La iglesia estaba prácticamente a oscuras a excepción de dos velas encendidas, que brillaban como los ojos de alguna bestia atisbando entre las tinieblas. Las velas iluminaban un fresco que representaba a Cristo en el Juicio Final, rodeado de sus ángeles y dispuesto a pronunciar su sentencia final: la vida o la condenación eternas. Esqueletos fantasmagóricos, vestidos con sudarios, levantaban las manos suplicantes hacia los ángeles que revoloteaban sobre ellos con las espadas en alto. En la pierna izquierda de Jesucristo, habían pintado unas cabras que montaban unas brujas esqueléticas rodeadas de un enjambre de demonios y que torturaban por última vez a las almas antes de que las puertas de la eternidad se cerraran para siempre.
– Recordad que del polvo nacisteis y en polvo os convertiréis.
Ranulfo se volvió sobre sus hombros hacia el pequeño resquicio de luz que salía de la ventana de la anacoreta.
– ¡La muerte llegará -entonó la vieja- y saltará como una trampa sobre cada alma viviente de la tierra!
– ¡Volved a vuestras oraciones! -le gritó Ranulfo.
– Rezo por vos -replicó Magdalena-. Passerel rezó en este lugar, pero murió: el asesino se coló dentro como una víbora, sin hacer ruido. Ni siquiera gritó cuando se tropezó con la barra de hierro de la puerta. ¡Así que rezad!
– Me harán falta vuestras oraciones -replicó Ranulfo con brusquedad.
Volvió la vista al fondo de la nave de la iglesia, hacia una cruz que colgaba sobre el elevado altar. Estaba pensando en lo que la anacoreta había dicho cuando un ruido le hizo volverse, pero era sólo una rata trepando por un ataúd parroquial colocado sobre unos caballetes en el crucero. Ranulfo se pasó un dedo por los labios. No podía concentrarse para rezar, sólo pensaba en el pobre Maltote. Giró ligeramente hacia la izquierda para ver la estatua de la Virgen y el Niño que se alzaba frente a una lámpara de aceite a la izquierda del altar. Ranulfo apenas pudo recitar el ave maría: ¿qué recuerdos podía tener de su madre, una mujer de temperamento inestable que le abofeteaba cada dos por tres y acabó por echarlo a la calle? Un día Ranulfo volvió a su casa y se la encontró muerta; había cogido la peste. Se quedó mirando cómo los sepultureros la ponían en una carretilla para echarla junto al resto de cadáveres en los grandes fosos de cal a las afueras de Charterhouse.
La puerta de la sacristía se abrió y el padre Vicente salió por ella. Se arrodilló frente a la reja que separaba el coro de la nave y atravesó la iglesia. Ranulfo se puso en pie para recibirlo, sin intenciones de asustar al padre.
– ¿Quién es? -preguntó el cura deteniéndose, atisbando a través de la oscuridad.
– Ranulfo-atte-Newgate.
– Ya me parecía haber oído un ruido -añadió el padre Vicente. Hizo sonar el puñado de llaves que llevaba en las manos-. Ahora debo cerrar. -Se acercó y vio el libro que tenía Ranulfo-. ¿Estabais en vuestras oraciones, señor?
– ¡Estaba rezando! -gritó Magdalena-. ¡Estaba rezando por el juicio de Dios sobre Sparrow Hall!
– Son Las confesiones -explicó Ranulfo-, Las confesiones de san Agustín. Lo tomé prestado de la biblioteca de Sparrow Hall.
El padre cogió el libro y lo sopesó en las manos.
– ¿Os ayudará esto a coger a vuestro asesino? -preguntó con calma.
– No he venido para eso, padre. Vine a rezar.
– ¿Queréis que escuche vuestras confesiones? -Los ojos cansados y ancianos del cura no se apartaron de los de Ranulfo-. ¿Queréis que os dé la bendición, Ranulfo-atte-Newgate?
– He cometido tantos pecados, padre…
– La absolución los acepta todos -replicó el padre.
– He cometido lujuria, he ido de putas, me he entregado a la bebida. -Ranulfo le arrebató el libro de las manos-. Y sobre todo, padre, he matado. He matado a un hombre esta tarde.
El cura retrocedió.
– Fue en defensa propia -explicó Ranulfo-. Tuve que matarle, padre.
– Si fue así -contestó el cura-, no cometisteis ningún pecado.
– Pero tengo intenciones de volver a matar -añadió Ranulfo-. Deseo matar al asesino de mi amigo y llevar a cabo su ejecución.
– Eso es asunto de la ley -apuntó el padre a continuación.
– Le mataré, padre.
El cura se santiguó.
– Entonces no puedo daros la absolución, hijo mío.
– No, padre, no pensaba que pudierais
Ranulfo se arrodilló y sin volver ni una sola vez la vista atrás salió de la iglesia.
* * *
Corbett estaba en su escritorio y acercó dos velas de sebo para iluminar con su luz el trozo de pergamino que tenía enfrente. Fuera, en el patio, los perros aullaban a la luna. De vez en cuando se oían ruidos de risas y jaleo procedentes de la planta de abajo. Corbett había abierto las contraventanas. La brisa de la noche era cálida, agradable y entremezclaba la fragancia de las flores del patio con los olores más placenteros de la cocina y del jardín. Corbett se sentía intranquilo. Bajó la vista hacia el trozo de pergamino en blanco e hizo un esfuerzo por poner en orden sus pensamientos.
– ¿Qué tenemos aquí? -se preguntó. Hundió la pluma en el bote de tinta.
Asunto 1: El que se hace llamar el Campanero cuelga sus mensajes en las puertas de las iglesias y residencias de todo Oxford. Ataques crueles contra el rey, pero, ¿a quién, aparte de a su majestad, le importan realmente?
Asunto 2: ¿Cuál de los profesores de Sparrow Hall podría moverse con tanta rapidez por todo Oxford? ¿Tripham? ¿Appleston? Barnett seguramente no, ya que parece dedicar su vida a expiar todos sus pecados. ¿Quizá lady Mathilda, golpeando con su bastón el suelo de guijarros? ¿O sería el silencioso Moth? Sin embargo, parece no estar muy en sus cabales y no sabe leer.
Asunto 3: Ascham sabía algo. ¿Qué libro estaría buscando? ¿Por qué escribió PASSER… con su propia sangre mientras moría? ¿Y por qué Passerel murió de forma tan silenciosa en la iglesia de San Miguel?
Corbett levantó la pluma. Ranulfo había ido allí; decía que quería rezar. Esperó que se encontrara bien. Sonrió inexorable cuando recordó la frialdad con que Ranulfo se enfrentó a Norreys.
Asunto 4: Langton. ¿Por qué le envenenaron? ¿Y por qué llevaba una carta de advertencia del Campanero para él?
Asunto 5: Todas las muertes son obra del Campanero, pero ¿por qué?
Corbett volvió a dejar caer la pluma sobre la mesa y se frotó la cara. Miró la vela de las horas, pero estaba tan desgastada que apenas pudo distinguir las marcas que indicaban el paso del tiempo. Se levantó, se quitó el junquillo, se santiguó y se tumbó en la cama. Descansaría durante un rato y, cuando regresara Ranulfo, continuaría con su trabajo. Pensó en Maeve, Eleanor y el tío Morgan en Leighton. Quizá Maeve estaría en la solana hablando con su tío o tal vez en el dormitorio. Maeve siempre era la última en irse a dormir; siempre tenía la mente ocupada en prepararlo todo para el día siguiente. Corbett cerró los ojos, dispuesto a descansar durante un rato.
Cuando se despertó las contraventanas estaban cerradas y las velas, apagadas. Ranulfo dormía profundamente en la cama de al lado. Corbett oyó ruidos en el patio. Abrió las contraventanas y durante unos segundos el sol le dejó medio ciego.
– Que Dios me bendiga -murmuró-, pero he dormido como un niño.
– ¡Como un tronco! -bromeó Ranulfo apartándose las mantas-. Volví antes de medianoche, amo. La taberna estaba a rebosar. Dormíais como un muerto.
Ranulfo se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó. Bajó y regresó con una jarra de agua fresca. Corbett decidió no afeitarse, pero se lavó rápidamente. Se cambió la camiseta y la ropa interior y, mientras Ranulfo se aseaba, bajó al bodegón desierto. Estaba a punto de tomarse un tazón de caldo caliente cuando Bullock irrumpió en la estancia con un chasquido de dedos.
– Sir Hugo, será mejor que vengáis. Vos también -gritó a Ranulfo que acaba de bajar las escaleras-. Hemos encontrado al Campanero.
Corbett apartó el tazón y se puso en pie.
– ¡Al Campanero! ¿Cómo?
– ¡Seguidme!
Corrieron detrás de él. Ranulfo se acordó de los talabartes y regresó a buscarlos, mas pronto los alcanzó, justo cuando entraban por el camino que llevaba a Sparrow Hall.
– ¿Quién es? -preguntó Corbett tirando de la manga del baile.
– ¡Appleston! Ya sabéis, el hijo bastardo de De Montfort.
– ¿Y tenéis pruebas?
– Todas las pruebas del mundo -replicó el baile-, pero será mejor que lo comprobéis vos mismo.
Tripham, Churchley, Barnett y lady Mathilda estaban esperándolos en el pequeño recibidor.
– Lo encontramos después del amanecer -informó Tripham poniéndose en pie y juntando las manos-. ¡Tantas muertes! -exclamó. Tenía el rostro pálido y ojeroso-. ¡Tantas muertes! ¡Tantas muertes! El Rey montará en cólera.
– ¿Otro asesinato? -preguntó Corbett paseando la mirada entre los presentes.
– No, esta vez no se trata de ningún asesinato -replicó lady Mathilda-. Appleston tomó la opción del cobarde. El profesor Tripham os lo enseñará.
El vicerregente los condujo escaleras arriba. En la primera galería había dos criados, entregados a la labor de doblar ropa en un arca, que se arrinconaron contra la pared para dejarlos pasar como si no quisieran ser vistos. Bullock abrió la puerta. La cámara era muy lujosa: contenía una cama con dosel con las cortinas echadas, estanterías repletas de libros, platos de peltre y copas, taburetes y una silla forrada frente a un escritorio elegante debajo de la ventana. A cada lado de la estancia había unos cofres medio abiertos. Bullock corrió las cortinas de la cama. Appleston yacía allí, tan serenamente que Corbett pensó que estaba dormido. Bullock, gruñendo por lo bajo, abrió las contraventanas.
– No toquéis la copa que hay sobre la mesa -advirtió a Corbett, aunque éste ya la había cogido y la estaba oliendo.
Advirtió cierto olor agrio mezclado con el clarete.
– ¿Qué era? -preguntó.
– Soy un baile, no un boticario -espetó Bullock-. Pero Churchley dice que es una especie de poción para dormir, de esas que proporcionan el sueño eterno.
Corbett se sentó en la cama. Retiró con cuidado las mantas y desabrochó los botones de la camisa de dormir de Appleston.
– ¿Es realmente necesario? -preguntó Tripham.
– Sí, creo que sí -contestó Corbett.
Le subió la camisa y estudió el cadáver. Corbett no encontró ninguna marca de violencia. La piel estaba húmeda y fría, tenía el rostro pálido, los labios medio abiertos y ligeramente amoratados, pero no había nada más relevante. Si no hubiera sido por la copa, Corbett habría pensado que Appleston había muerto silenciosamente mientras dormía.
– ¿Y por qué creéis que es el Campanero?
– Mirad en el escritorio -replicó Tripham.
Corbett le obedeció. Un trozo de pergamino, cortado limpiamente, le llamó la atención: el tipo de caligrafía era el mismo que el de las proclamas del Campanero. También se fijó en el bote de tinta y la pluma que había al lado.
– «El Campanero va y viene -leyó en voz alta-. Hace sonar sus advertencias y proclama la verdad; sin embargo, al final siempre llega la oscuridad. ¿Quién sabe cuándo regresará?» Bastante enigmático -apuntó Corbett.
Se acercó a la cama, cogió la mano de Appleston y apreció unas manchas de tinta en los dedos y en la camisa de dormir de lino.
– Y todavía hay más -declaró Bullock.
Empezó a abrir los cofres y las arcas que había a su alrededor, sacando rollos de vitela y botes de tinta negra. También sacó unos trozos de pergamino amarillentos y se los lanzó a Corbett.
– Copias de las proclamas del Campanero. -Señaló un rollo de vitela que había al lado del escritorio-. Extractos de las crónicas sobre la vida de De Montfort. Y lo más importante…
Bullock se acercó a un cofre y rebuscó en su interior. Sacó lo que parecía ser un pequeño tríptico. Sin embargo, cuando Corbett lo abrió, en vez de encontrarse con una crucifixión en el centro con la virgen María y san José a cada lado, vio un retrato de De Montfort santificado rodeado de una multitud de personas con los brazos extendidos y cartelas saliendo de sus bocas con las palabras escritas: LAUDATE, LAUDATE (alabad al Señor).
Corbett se unió a la búsqueda de más pistas. Tripham no paraba de protestar desde la puerta. Bullock volvió a su tarea de revolver cofres y arcas. Al final Corbett amontonó todo lo que había encontrado sobre el escritorio.
– Así que Appleston era el Campanero -concluyó-. Sabíamos que era el hijo ilegítimo de De Montfort y no hay ninguna duda de que sentía un amor especial por el conde. Los rollos de pergamino, los utensilios de escribir, todo parece indicar que era él.
– Pero no estáis seguro -afirmó Ranulfo.
– ¡Oh! Puedo aceptar que era el Campanero -añadió Corbett-, pero ¿por qué se suicidó? Porque ése será el veredicto, ¿me equivoco? Appleston se da cuenta de que no puede continuar con su subterfugio. En consecuencia, escribe un pequeño memorándum proclamando la verdad, se toma la poción y muere en paz mientras duerme -lanzó una mirada a Tripham-. ¿La puerta estaba cerrada con llave?
– No, sir Hugo.
Corbett se sentó en un taburete y se frotó la punta de la nariz.
– Aquí tenemos a un hombre que va a suicidarse -declaró-. Escribe una nota antes de morir; sólo hay que ver la tinta en sus dedos. Ingirió bastante vino. A Appleston no le importaba morir de una forma tan trágica y decide meterse en la cama. -Corbett miró la vela; vio cómo se había consumido-. Me gustaría que todo el mundo saliera de la estancia. Vos también, baile.
Bullock estaba a punto de protestar.
– Por favor -añadió Corbett-. Os prometo que no tardaré demasiado.
Bullock salió detrás de Tripham. Ranulfo cerró la puerta tras ellos.
– No creéis que se haya suicidado, ¿verdad, amo?
– No -contestó Corbett-. No es lógico. La mayoría de los asesinos aprecian sus vidas. El Campanero se ha divertido con el juego. Ha matado en secreto bajo el manto de la oscuridad. ¿Por qué desaparecer ahora tan silenciosamente en medio de la noche? Por supuesto -asintió Corbett- que hay muchas pruebas que le acusan. Su parentesco, los documentos encontrados en su cámara… Pero, Ranulfo, si fueras el hijo bastardo de De Montfort, te sentirías orgulloso de ello, ¿no es cierto?
– Sí, en efecto.
– Entonces, dime, Ranulfo, si quisieras suicidarte, si fueras a escribir las últimas palabras de tu vida, querrías hacerlo de manera que nadie te molestara. Cerrarías la puerta con llave y la atrancarías. Pero Appleston no hizo nada de eso. Se metió en la cama sin ni siquiera apagar las velas. Y sobre todo, si un hombre desea morir, ¿para qué iba a cambiarse de ropa y ponerse la camisa de noche? -Corbett se dirigió a la puerta. En una percha había una túnica del profesor con la insignia de la residencia; en otra, una camisa, un junquillo y unas calzas. Corbett las examinó con cuidado.
– Están limpias -comentó.
Miró a su alrededor y entrevió una cesta de mimbre en una esquina, debajo del lavatorio. Se dirigió hacia allí y la sacó para vaciar su contenido en el suelo. Sacó una camisa y unas calzas sucias.
– Esto es lo que Appleston llevaba ayer. -Corbett las puso de nuevo en la cesta-. Y parece ser que Appleston dispuso algo de ropa limpia para mañana.
– Quizás es un hombre metódico -afirmó Ranulfo-. Oí hablar de un caso parecido en Cripplegate; un ama de casa coció el pan el mismo día que había decidido quitarse la vida.
– Podría ser. -Corbett caminó alrededor del cuarto. Se sentó en el escritorio y echó una ojeada a los trozos de pergamino-. Pero digamos -cogió uno de ellos entre los dedos-, causa disputandi, que Appleston era el Campanero. Bullock llegó aquí e inmediatamente encontró las pruebas. ¿Por qué iba a dejarlo todo tan a la vista?
– Pues porque a Appleston ya le debería de traer sin cuidado -contestó Ranulfo-. No olvidéis, amo, que debía de sospechar que nos estábamos acercando a la verdad. Descubrimos su secreto…
– Pero eso no es cierto -comentó con sequedad Corbett-. Estoy dando más vueltas que nunca sobre un mismo punto.
– Sí, sí; pero, amo, digamos que nos marchamos de Oxford de camino a Woodstock y le contamos al rey lo que sabemos. ¿Qué pasaría?
– Que arrestarían a los profesores -asintió Corbett-. Sé por dónde vas, Ranulfo. El rey estaría muy interesado en Appleston. Le habría gustado encerrarle en la Torre con los torturadores hasta que la verdad saliera a la luz. Además, el rey Eduardo no se hubiera apartado de su lado para aprender la lección de que un hijo bastardo del gran De Montfort podría haber realizado un complot en su contra.
Corbett vio cómo las botas de Ranulfo pisaban la colcha de la cama y cruzó la habitación para levantar las sábanas y las mantas. Debajo del colchón, construido en una cuja de la cama, había un pequeño cajón. Corbett le dijo a Ranulfo que se apartara y ambos se agacharon e intentaron abrirlo. Estaba cerrado con llave, pero Ranulfo sacó una pequeña aguja de su zurrón y la introdujo con cuidado en la cerradura. Al principio no tuvo suerte, pero luego, después de sacarla, la insertó otra vez y el cajón se abrió. Lo sacaron y lo colocaron sobre la cama. Ranulfo se topó con la cara muerta de Appleston y se sintió culpable, por lo que se la cubrió con la sábana. El cajón contenía algunos objetos: un mechón de cabello en una bolsa de piel, un anillo con la insignia de un león rampante blanco, un medallón de peregrino de Compostela y finalmente una daga de empuñadura de marfil en una caja con el mismo símbolo del anillo.
– Las armas de De Montfort -remarcó Corbett-, probablemente reliquias del gran conde.
Sacó también un libro y lo abrió. Estaba forrado con piel de becerro, con pequeñas incrustaciones de cristal en la cubierta de piel marrón. Las páginas de dentro estaban manchadas y marcadas; el tipo de caligrafía era de distintas personas. Corbett lo acercó a la luz.
– Es una colección de folletos -remarcó-, reunidos y encuadernados en un volumen -volvió a mirar la portada-. Y no pertenece a Appleston; es de la universidad.
– ¿Creéis que es lo que estaría estudiando Ascham? -preguntó Ranulfo.
– Quizá -replicó Corbett, pasando las hojas-. Son folletos -declaró-, panfletos que circularon por todo Londres durante la guerra civil entre el rey y De Montfort. Están escritos por gente diferente; la mayoría son anónimos.
– ¿Algo del Campanero? -preguntó Ranulfo.
– No, pero hay un escritor llamado Gabriel, que adoptó el nombre de El Heraldo del Cielo -explicó Corbett-. Ah -sonrió-, son críticas muy duras contra el gobierno del rey -continuó-; nada en especial, la lista habitual de abusos reales y manifestaciones de apoyo a De Montfort.
– ¿Y? -preguntó Ranulfo.
– Lo que es interesante, mi querido Ranulfo, es que son la fuente de las proclamas del Campanero. Sólo tuvo que copiarlas y transcribirlas para su propio uso.
– ¿Y eso hizo Appleston?
– No lo sé. Pero podemos determinar al menos una cosa: el tiempo que Appleston tuvo este libro en su poder. Debemos mirar el registro de préstamos de libros de la biblioteca. -Corbett pasó por encima las páginas del libro-. En la parte de atrás de varios folletos aparece escrito: Ad dominum per manus P.P.
Ranulfo se acercó y miró sobre su hombro.
– ¿Qué significa, amo?
– Nada -añadió Corbett-. Y sospecho que estos folletos procedían de los seguidores de De Montfort en Londres y que se los enviaron a Braose. Éste los coleccionó y luego los encuadernó.
– ¿Más pruebas en contra de Appleston?
– No lo sé -contestó Corbett-. Ranulfo, ve abajo a la biblioteca y pide que te enseñen el registro de libros. No los dejes entrar todavía.
Ranulfo se apresuró a obedecer. Corbett puso el libro sobre la mesa. ¿Sería Appleston el asesino? Cerró los ojos y se tapó la cara con las manos. Piensa, se dijo: Appleston es el hijo bastardo de De Montfort. Odia a la familia Braose y al rey. Decide resucitar la memoria de su padre muerto, coge el libro de la biblioteca de la residencia, asume el nombre anónimo de el Campanero y empieza a escribir algunas citas. Por la noche sale a hurtadillas de la residencia y las cuelga por todo Oxford. Y así se divierte, amenazando al rey y trayendo el caos a Sparrow Hall.
Corbett se quitó las manos de la cara y contempló el cadáver oculto bajo las sábanas. Ascham debió de tener sospechas; quizás echó de menos el libro. Luego las comentó y, una noche, Appleston salió al jardín y se escondió entre los arbustos y el muro de la biblioteca. Golpeó las contraventanas y Ascham las abrió al tiempo que Appleston disparaba el cuadrillo de una ballesta en su pecho. Pero, entonces ¿qué sentido tenía aquella palabra: PASSER…? Corbett pensó en la ventana de la biblioteca y sintió un cosquilleo de emoción en el estómago.
– ¡Claro! -susurró-. Appleston era un tipo atlético, muy ágil. Debió de entrar de un salto y, tras haber cogido el dedo de Ascham y hundirlo en un charco de sangre, escribió él mismo aquellas letras, y así culparían al pobre administrador. Después de todo fue Appleston quien le dijo a Passerel que huyera en dirección a la iglesia. ¿Regresaría más tarde Appleston con una jarra de vino envenenada? ¿Y qué pasaba con Langton?
Corbett desconocía completamente por qué el profesor asesinado llevaba una carta del Campanero a su nombre. Sin embargo, a cualquiera le hubiera resultado muy fácil en aquella biblioteca verter una poción en la copa de vino de Langton.
Corbett se puso en pie. ¿Y qué había de la honda con la que los atacaron? ¿Acaso no había pasado Appleston su juventud en el campo? Quizá creció convirtiéndose en un experto en el manejo del arma. Appleston sabía que Corbett descubrió lo de su parentesco y, temeroso de que todo el mundo lo descubriera, había decidido quitarse la vida. Corbett escuchó unos pasos fuera: era Ranulfo.
– ¿Y bien? -preguntó Corbett.
– El libro está a nombre de Appleston -declaró Ranulfo-, pero escuchad, amo: la entrada que figura tiene fecha de ayer por la mañana. Había otras dos entradas, contando la mía.
Corbett suspiró decepcionado.
– ¿Y no había ninguna otra firma?
– No. El título del libro es Litterae atque Tractatus Londiniensis (Cartas y citas de la ciudad de Londres). Miré el registro por encima. Nadie más había firmado. -Ranulfo levantó un dedo en dirección a la puerta-. El profesor Tripham está perdiendo la paciencia. Quiere saber qué van a hacer con el cuerpo.
– Dile que envíe a un criado -ordenó Corbett-, al que se encargaba de Appleston.
Ranulfo salió de la estancia. Al cabo del rato regresó con un criado, un individuo de rostro cadavérico; tenía algunos mechones de cabello pelirrojo que le tapaban la calva y una tez más blanca que una sábana. Sus mejillas y nariz puntiaguda estaban cubiertas de granos y cicatrices. Le temblaba el labio inferior y Corbett tuvo que sentarlo y tranquilizarlo. El hombre tragó saliva. Sus ojos de rana vigilaban cada movimiento de Ranulfo, temeroso de que lo juzgaran y ejecutaran allí mismo.
– No hice nada que pudiera asustarlo, amo -se disculpó Ranulfo mientras se reclinaba contra la puerta-. Según parece, su nombre es Granvel. Era el criado de Appleston.
– ¿Es eso verdad? -preguntó Corbett amablemente.
El hombre asintió.
– ¿Y durante cuánto tiempo estuvisteis a su servicio?
– Hace dos años que estoy en Sparrow Hall. -Granvel tenía un acento de pueblo-. El profesor Appleston era un buen hombre. Siempre era muy amable y nunca me pegaba; ni siquiera cuando cometía algún error.
– ¿Hablaba con vos? -preguntó Corbett-, quiero decir, sobre lo que hacía.
– Nunca. Nunca; sólo decía «por favor» y «gracias». Me hacía regalos para Semana Santa, a mediados de verano y para Navidad. De vez en cuando me daba algún que otro chelín cuando eran las ferias de la ciudad. Y una vez me llevó a ver un espectáculo de máscaras en la iglesia de Santa María. Eso es todo lo que sé, señor. Siempre limpiaba su cámara y me dijo que nunca tocara sus papeles o libros.
– ¿Y ayer por la noche?
– Todo iba como siempre, señor, excepto que el profesor Appleston llegó muy irritado. Era de noche…
– Perdonadme -interrumpió Corbett-. ¿Salió el profesor Appleston ayer por la noche a última hora? Quiero decir, ¿salió a la ciudad?
– No, que yo sepa. -El hombre echó hacia atrás la cabeza-. Él no era así, señor. No era como el profesor Churchley, que se enciende por nada y pierde con facilidad los estribos. El profesor Appleston era un hombre educado y un erudito. Amaba los libros. Quiero decir que era un auténtico caballero, señor. Incluso vaciaba su propio orinal por la ventana y no lo dejaba para que lo hiciera algún pobre criado, tal y como hacen los demás.
Corbett intentó no mirar a Ranulfo, que, con la cabeza gacha, se desternillaba de risa.
– Pero ¿pasó algo ayer por la noche?
– Oh, sí, el profesor Appleston regresó después de anochecer. Me parece que estuvo cenando en algún sitio. -Granvel bajó su tono de voz-. Todos esos extraños acontecimientos en la universidad… -Se rascó una aleta de la nariz-. Y antes de que me lo preguntéis, no sé nada, ninguno de los criados sabe nada. -Entornó ligeramente los ojos-. Bueno, hemos oído todo lo que se dice sobre el Campanero, señor, pero ¿cómo puede salir alguien de la universidad por la noche? Todas las puertas están cerradas con llave y atrancadas.
Corbett hizo un mohín pero Granvel no necesitó respuesta alguna.
– Bueno, supongo, señor, que si alguien quisiera salir, podría hacerlo. Sólo digo que es difícil hacerlo sin ser visto.
– ¿Lo decís por el Campanero?
– Claro, todos hemos oído hablar de esas proclamas, pero no sabemos leer. Me pregunto, como el resto, ¿cómo puede alguien entrar y salir de Sparrow Hall a su libre albedrío?
Corbett miró a Ranulfo, que sacudió la cabeza. Entonces rebuscó en su zurrón y sacó una moneda. Granvel, más relajado, se sintió orgulloso de haberle servido de ayuda.
– Y lo mismo podría decirse del envenenamiento del viejo profesor Langton. ¿Cómo pudieron envenenar el vino? Todo el mundo bebió de la misma jarra. De todos modos -continuó casi balbuceando-, como ya he dicho, ayer por la noche el profesor Appleston regresó muy enfadado. Alguno de los soldados que vigilaban la residencia fue bastante desagradable. Agarraron al profesor por la capa y le arrearon un puñetazo en la boca. Bueno, cuando el profesor Appleston llegó al recibidor estaba que echaba chispas: sangrando por la herida abierta de la boca. Se quejó al profesor Tripham, le dijo que sabía que tenía que haber soldados en los alrededores, pero que le golpearan era pasarse de castaño oscuro.
– ¿Y luego comió algo? -preguntó Corbett.
– Oh, no, señor. -Granvel volvió a perder la voz-. Es lo que ya os he dicho antes. Aquí pasan cosas muy extrañas. Todo el mundo sospecha de todo el mundo. Pero no, se retiró a sus aposentos para irse a dormir. Le traje algo de agua fresca y se cambió. Tenía puesta su camisa y su traje de piel cuando subí con el vino.
Corbett señaló a la copa que había junto a la cama.
– ¿Esa copa?
– Sí, ésa es. En la cocina hay miles como ésa. El profesor Appleston estaba sentado en el escritorio. Le dejé el vino y me marché.
– ¿Y eso fue todo?
– ¡Oh! No, señor -Granvel sonrió mostrando los dos únicos dientes que tenía como dentadura-. El profesor Tripham subió a verle.
– ¿Y quién más?
– El profesor Churchley le trajo una tintura; creo que era manzanilla. Y me parece que era para la herida de la boca.
– ¿Y vino alguien más?
– ¡Oh, sí, sí! Esa foca de baile vino más tarde. «Quiero ver al profesor Tripham», dijo. «Sí -contestó Tripham-, y yo también deseaba veros. No estoy en absoluto de acuerdo con el trato que ha recibido el profesor Appleston.»
– ¿Y qué pasó luego?
Granvel se movió en el taburete.
– «Bueno, os ruego que no lo tengáis en cuenta -dijo el baile-; yo mismo me disculparé ante el profesor Appleston.» -Granvel se encogió de hombros-. Luego le llevé hasta el cuarto y le esperé en el pasillo.
– Vamos, señor Granvel, ¿y no oísteis nada?
El hombre sonrió, sus ojos se fijaron en la segunda moneda que Corbett tenía entre los dedos.
– Bueno, era difícil no hacerlo, señor. No escuché con claridad las palabras pero elevaron el volumen de voz. Y luego, Bullock, tal y como indica su nombre y su naturaleza, ese toro, salió con aires de grandeza de la habitación y casi me derribó al suelo. -Granvel abrió las manos-. Después de eso, señor, regresé a mi cuarto, que está debajo de las escaleras. Aunque, bueno, luego volví a subir como de costumbre.
– ¿Cómo de costumbre? -preguntó Corbett.
– Sí señor, son las reglas de la universidad. Ya sabéis que los profesores estudian con la luz de las velas. Después de medianoche, yo, como el resto de criados, subo a los pisos de arriba para echar un último vistazo a la habitación de mi señor.
– ¿Y?
– Nada. Llamé a la puerta. Intenté abrir pero estaba atrancada.
– ¿Y era lo normal?
– El profesor Appleston lo hacía a veces, cuando tenía alguna visita o no quería que nadie le molestara. Así que me marché
– Pero ¿la habitación estaba cerrada con llave?
– Sí, sí. Así que pensé que le dejaría tranquilo durante una hora y cuando más tarde regresé la puerta ya estaba abierta. La abrí con cuidado y miré dentro. Las velas estaban apagadas, no había luz, por lo que cerré rápidamente y me fui a la cama.
– ¿Y no sabéis nada más?
– No, nada más, señor.
Corbett le dio la moneda.
– Mantened la boca cerrada, señor Granvel. Y gracias por todo lo que nos habéis contado.
Ranulfo abrió la puerta y al criado le faltó tiempo para salir de allí.
– ¿Y entonces, amo?
Corbett sacudió la cabeza.
– Cuando era un chaval, Ranulfo, hubo un asesinato en mi pueblo. Nadie sabía quién era el responsable. Un labrador había sido encontrado en el gran pantano que había a las afueras de la aldea, con un cuchillo entre las costillas. Mi padre y otros le sacaron el cuchillo y llevaron el cadáver a la iglesia. Nuestro cura obligó a cada uno de los aldeanos a caminar alrededor del cuerpo. Invocaba así la antigua creencia de que un cadáver siempre sangraba en presencia de su asesino. Lo recuerdo muy bien. -Corbett hizo una pausa-. Yo me quedé al fondo de la iglesia, viendo a mis padres y a todos los adultos caminar despacio alrededor del muerto. Las velas brillaban en los dos extremos del ataúd y llenaron la iglesia de sombras.
– ¿Y el cuerpo sangró?
– No, no sangró, Ranulfo. Sin embargo, mientras los hombres caminaban a su lado, nuestro cura, un hombre muy astuto, se dio cuenta de que a uno de los ciudadanos le faltaba un cuchillo. Lo llevó a un lado y, en presencia del baile, lo registró detenidamente. La sangre que no brotó del cadáver la encontraron en la túnica de aquel hombre; además, no pudo dar ninguna explicación convincente sobre dónde estaba su cuchillo. Luego confesó su culpabilidad y corrió en busca de refugio a la iglesia.
– ¿Y creéis que lo mismo ha sucedido esta vez?
Corbett sonrió, se levantó y retiró las sábanas.
– Mira su cara con atención, Ranulfo. ¿Qué ves? Fíjate especialmente en los labios.
– Tienen una herida -Ranulfo señaló las costras de sangre-, y no muy bien curada.
– Sí, pensé en ello cuando Granvel mencionó la tintura de manzanilla. Parece como si se la hubieran frotado.
– Pero ¿Granvel dijo eso?
Corbett sacudió la cabeza.
– Mira la copa, Ranulfo. No hay ninguna marca en el borde. ¿Crees que un hombre tan limpio y preciso como Appleston se iría a dormir con una herida sangrando? Y, lo más importante -dijo Corbett mientras quitaba los cojines de debajo de la cabeza del muerto-: los cuatro estaban juntos. Corbett les dio la vuelta uno a uno y finalmente soltó un suspiro de satisfacción: en el medio de uno de los cojines había unas pequeñas manchas de sangre y trozos de costras endurecidas todavía pegadas al lino.
– El profesor Appleston no se suicidó -Corbett declaró-. Te diré lo que ha pasado, Ranulfo. Ayer por la noche alguien vino aquí, le hizo una visita amistosa, y quizá trajo consigo una jarra de vino. Quienquiera que llenara la copa de vino vertió además una poción somnífera. Appleston cayó en un profundo sueño y luego el asesino, nuestro Campanero, cogió un cojín, lo colocó sobre la cara de Appleston y lo asfixió sin más: por eso la habitación estaba cerrada con llave cuando Granvel regresó.
Capítulo XIII
Corbett le pidió a Ranulfo que conservara la calma mientras bajaban las escaleras. Bullock estaba sentado en el recibidor con Tripham, lady Mathilda y Moth, detrás de ella como un fantasma. Churchley y Barnett estaban sentados en el alféizar de la ventana, con las cabezas juntas.
– ¿Y bien? -preguntó Bullock poniéndose en pie.
– El profesor Leonard Appleston no era el Campanero -afirmó Corbett-, ni tampoco se suicidó. No os voy a dar la prueba en la que me baso para tal afirmación. -Acarició el libro que había encontrado en la cámara de Appleston-. Ayer por la noche alguien vino, mató al pobre Appleston y se las arregló para que pareciera que era el Campanero. -Paseó la mirada entre los presentes-. Sparrow Hall es un nido de asesinos -añadió.
– ¡Protesto! -se quejó Tripham desde donde estaba sentado, al lado de lady Mathilda-. Sir Hugo, protesto ante tal calificación. Los que quedamos en Sparrow Hall no tenemos la culpa de los atroces asesinatos que cometió el profesor Norreys…
– Afortunadamente ya no volverá a matar -interrumpió Bullock-. Su cuerpo está colgado en Carfax.
– Le concedieron la plaza por designación del rey -dijo Churchley-. Norreys fue nombrado por su majestad: no tenía demasiado apego a Sparrow Hall.
– ¿Por qué fue Appleston asesinado? -preguntó Barnett.
– Porque el Campanero tiene miedo -replicó Corbett-. Se ha dado cuenta de que la red está a punto de caerle encima. Appleston era el mejor cordero para ser sacrificado. Encontré este libro en su habitación, lo que me hace cuestionar si además también fue asesinado porque tenía sus propias sospechas: ahora nunca lo sabremos, ¿verdad?
– Hablando de libros -intervino Tripham, desesperado por implantar su autoridad-. Vuestro siervo, sir Hugo, tiene un ejemplar de Las confesiones de…
– Appleston me dejó que lo cogiera -se defendió Ranulfo.
– Bueno, Appleston ha muerto y queremos que nos lo devolváis.
– ¿Y ahora qué? -preguntó lady Mathilda desde donde estaba sentada bordando un trozo de tela sobre su falda.
– Para empezar, unas cuantas preguntas -contestó Corbett-. Profesor Tripham, ¿fuisteis a ver a Appleston ayer por la noche?
– Sí. Estaba preocupado por la manera en que los soldados de sir Walter le habían tratado.
– Y, profesor Churchley, ¿le subisteis una tintura de manzanilla?
– Sí, para la herida que tenía en la boca.
Corbett se fijó en los gorriones labrados a ambos lados de la chimenea y luego, en Bullock, que parecía haber perdido su arrogancia.
– ¿Y vos, sir Walter?
– Subí a disculparme en nombre de mis hombres.
– ¿Y el encuentro fue amistoso?
Bullock abrió la boca para contestar.
– ¡La verdad! -le pidió Corbett.
– No fue nada amistoso -admitió Bullock-. Al principio Appleston me acusó de ser un matón, de que me alegraba de la confusión que se había creado entre los profesores y estudiantes de Sparrow Hall. Le dije que no fuera estúpido. Estaba a punto de irme cuando también me llamó traidor: había visto mi nombre entre los seguidores de De Montfort. Le dije que era muy joven y estaba demasiado chiflado para poder juzgar a alguien mayor que él. -Se encogió de hombros-. Luego me marché. -El baile se sentó en un taburete-. ¿Por qué? -añadió-. ¿Por qué no puede el fantasma de De Montfort dejarnos en paz? -Levantó la vista-. Sir Hugo, ¿qué pasará ahora? No puedo mantener a mis soldados haciendo guardia días tras día para siempre. Debemos contarle al rey lo que está ocurriendo -su voz adquirió un tono malicioso-. Ordenará la dispersión de los profesores y cerrarán este lugar.
– Los censores de la universidad y otros cargos también tendrán algo que decir al respecto -bramó Barnett-. Nuestro estado y propiedad es como la Santa Madre Iglesia. No somos insignificantes bocanadas de humo que desaparecen con sólo esparcirlas.
– ¿Por qué estáis tan seguro de que Appleston no es el Campanero? -preguntó Churchley-. Sólo tenemos algunas conjeturas de vuestra conclusión.
– Os lo diré pronto, muy pronto -murmuró Corbett-. Profesor Alfred, me gustaría echar un vistazo a la biblioteca. Ranulfo mismo devolverá Las confesiones. Siempre podrá estudiar la obra en las bibliotecas reales de Westminster. -Corbett, seguido de Ranulfo, se dirigió a la puerta. Se volvió-. Pero que ninguno de los presentes abandone la universidad -advirtió-; todavía arde el fuego -añadió- y la olla no ha hecho más que empezar a hervir.
– ¿Qué habéis querido decir con eso? -preguntó Ranulfo mientras bajaban a la biblioteca.
Corbett se detuvo.
– No lo sé, pero les dará que pensar. Quizás el Campanero dé otro paso y, esta vez, no será tan inteligente. Regresa y ve en busca del libro. Te esperaré en la biblioteca.
Corbett abrió la puerta de la estancia y entró. Las aspilleras que había en lo alto de las paredes proporcionaban algo de luz, pero decidió abrir las contraventanas del fondo de la sala, que le ofrecían una vista completa del jardín. Se dirigió al escritorio del archivista y abrió el registro. Comprobó la entrada de Ranulfo y la que había hecho Appleston para el libro que ahora él devolvía. Corbett se paseó por la biblioteca. Cada estantería tenía su marca y ésta aparecía inscrita en la primera hoja de cada libro. Encontró el lugar para el libro de Appleston, luego sacó y estudió con cuidado otras obras que había en la misma estantería. Muchas de ellas eran parecidas: escritos sobre el tiempo de la guerra civil, así como extractos de crónicas sobre De Montfort. Un infolio más grueso que el resto contenía los papeles privados de Henry Braose, el fundador de la universidad. Mientras lo ojeaba, el corazón de Corbett le dio un vuelco. Algunas páginas habían sido cortadas cuidadosamente con un cuchillo. Corbett no sabía si lo habían hecho recientemente o cuando el libro fue encuadernado por primera vez. No tenía índice. Corbett cogió el libro, se sentó debajo de la ventana y lo estudió. La mayor parte del contenido eran cartas entre Braose, el rey y los miembros del Consejo Real. Algunas eran de la querida hermana de Braose, lady Mathilda; tres o cuatro estaban dirigidas a su amigo Roger Ascham. Corbett cerró el libro y examinó la cubierta: no tenía polvo, por lo que dedujo que alguien lo habría consultado hacía poco. Se abrió la puerta y entró Ranulfo.
– Lo devolveré, amo -dijo con Las confesiones en la mano-. Sé dónde va. ¿Habéis encontrado algo interesante?
– Sí y no -explicó Corbett.
Le enseñó el libro con las páginas arrancadas.
Regresaron a las estanterías y continuaron buscando. Los criados entraron para preguntarles si deseaban comer o beber algo, pero ellos se negaron. También Tripham y luego lady Mathilda preguntaron si necesitaban algo. Corbett contestó con la mente en otro sitio que no y siguió buscando con Ranulfo. De vez en cuando sonaba una campana y oían un ruido de pasos en el pasillo de fuera.
– Nada -concluyó Corbett-. No he descubierto nada.
Se calló al ver cómo se abría la puerta y entraba el profesor Churchley.
– Sir Hugo, debemos amortajar el cuerpo de Appleston y prepararlo para el entierro. El profesor Tripham pregunta si vuestro sirviente ha devuelto ya el libro; tiene bastante valor.
– Podéis llevaros el cadáver -contestó Corbett-, y sí, Ranulfo ya ha devuelto el libro.
– ¿Cuánto tiempo estaréis?
– Todo el que queramos, profesor Churchley -espetó Corbett. Esperó a que la puerta se cerrara-. Pero a decir verdad -susurró-, poco podemos hacer aquí.
– ¡Mónica! -exclamó Ranulfo de pronto.
– ¿Perdón, qué dices?
– ¡Mónica! -explicó Ranulfo inclinándose desde el otro lado de la mesa-. Pensaba en la madre de san Agustín, santa Mónica, que rezaba cada día para que su hijo se convirtiera. -Sus ojos se dilataron-. Debió de ser una mujer muy paciente y de gran fuerza interior -añadió-. Ojalá… -Ranulfo hizo una pausa-. Ojalá pudiera saber algo acerca de ella.
Corbett dio unas palmaditas en el hombro de Ranulfo.
– Un buen erudito, Ranulfo -declaró-, nunca sale de una biblioteca sin haber aprendido algo. Este lugar debe de tener algún libro de hagiografía: la Vida de los santos -explicó ante la cara de sorpresa de Ranulfo.
Corbett se paseó por las estanterías y cogió un tomo enorme forrado con piel de becerro que colocó con cuidado sobre la mesa. Lo abrió y señaló los títulos.
– ¿Veis? San Andrés, Bonifacio, Calixto… -pasó las páginas.
– La caligrafía es hermosa -musitó Ranulfo- y las miniaturas…
– Probablemente es obra de algún escribano monástico. -Corbett volvió a mirar la cubierta del libro, donde estaba grabado el nombre de Henry Braose.
– Debió de ser un hombre muy rico -remarcó Ranulfo.
– Después de que la guerra civil terminara -explicó Corbett-, De Montfort y su partido fueron desheredados. Sus tierras, sus feudos, castillos, bibliotecas y arcas fueron considerados trofeos de guerra. El rey Eduardo nunca olvidó a aquellos que le apoyaron: De Warrenne y De Lacey fueron recompensados con creces. Fue un auténtico saqueo -continuó Corbett-. Y Braose fue uno de los más beneficiados. Bueno, santa Mónica -consultó las páginas del capítulo que empezaba con M. La letra estaba pintada de azul y ribeteada en oro. Corbett estudió la parte inferior de la página y murmuró algo. Ranulfo se acercó y pasó la página con rapidez. Encontró una entrada para santa Mónica y se abalanzó sobre el libro. Lo zarandeó con entusiasmo y empezó a leer la introducción, moviendo los labios en silencio. Corbett se dirigió hacia la ventana, de manera que Ranulfo no pudiera ver su exaltación. De pie, respirando con dificultad, intentaba calmar la emoción que empezaba a despertarse en su estómago. «Pero ¿cómo? -pensó-. ¿Cómo pudo hacerlo? -Contempló el jardín-. El asesino vino aquí, se escondió detrás del muro con la ballesta. Pero ¿por qué abrió Ascham las contraventanas? ¿Y cómo se explica el resto de las muertes?»
– Amo, ya he acabado.
Corbett regresó, cogió el libro y lo colocó en la estantería. Estaba seguro de que allí estaría a salvo: junto con el libro encontrado en la cámara de Appleston, constituía todas las pruebas que necesitaba.
– Será mejor que nos marchemos.
Ranulfo cogió a Corbett por el hombro.
– Amo, ¿qué pasa? -Sonrió-. Habéis encontrado algo, ¿verdad?
– Sólo una sospecha -le guiñó un ojo-, pero no tengo pruebas.
– Y ahora, ¿qué?
– Doucement, como muy bien dice la palabra francesa -replicó Corbett-: con calma, con calma, Ranulfo. Venga, vamos a dar un paseo.
Salieron de la biblioteca. Corbett permaneció irritablemente silencioso mientras caminaban alrededor de la universidad. Luego subieron al piso de arriba y pasearon por las galerías. Entonces, cuando estaban frente a una puerta trasera, Ranulfo se detuvo y señaló una barra de hierro que había cementada en el suelo.
– Como la de la iglesia de San Miguel -observó.
– Es para limpiarse las botas -explicó Corbett ensimismado en sus cavilaciones.
– Según la anacoreta Magdalena -comentó Ranulfo-, el asesino de Passerel se tropezó con una en la iglesia.
– ¿De veras? -preguntó despacio mientras contemplaba la barra-. Debemos ir allí -añadió misteriosamente.
Corbett salió afuera, echó un vistazo a las ventanas, en especial a las de la parte trasera. Antes de marcharse, cortó una rosa roja, todavía húmeda del rocío de la mañana. Cuando salieron y se dirigieron a la maloliente callejuela en la que Maltote fue herido de muerte, y sin apenas prestar atención a las miradas curiosas de los soldados de Bullock, depositó la flor en una grieta que había en la pared.
– Un memento mori -añadió-. Pero, vamos, Ranulfo, es hora de rezar.
Se adentraron en las calles y se abrieron paso entre los vendedores ambulantes y comerciantes que abarrotaban las vías de camino a la iglesia de San Miguel. Corbett se dirigió al templo y se detuvo en la entrada de la reja que separaba el coro de la nave.
– Bueno, así que un Daniel ha venido al juicio -gritó la voz de la anacoreta desde el otro lado de la iglesia-. Habéis venido al juicio, ¿verdad?
– ¿Cómo lo sabe? -susurró Ranulfo.
– Es más una cuestión de fe que de deducción -contestó Corbett-. Me apuesto a que esa pobre mujer ha rezado día tras día por que se cumpla su venganza en Sparrow Hall. Oxford es una comunidad pequeña; la muerte de Appleston debe de estar en boca de todos.
Corbett se arrodilló frente a la lámpara del santuario y se encaminó hacia la puerta lateral en que había tropezado el asesino de Passerel. Se agachó y examinó la barra de hierro cementada en las losas pavimentadas. Estaba justo en la entrada, con lo que la gente debía de dejar rastros del barro y la suciedad que tenían pegados a las botas.
– El asesino de Passerel se tropezó ahí -retumbó la voz de la anacoreta a sus espaldas-. Le vi, como un ladrón en la noche, pero así es la muerte, un ladrón sigiloso de almas.
Corbett no le prestó atención. Luego salieron fuera de la iglesia, haciendo caso omiso de los gritos de la mujer.
– ¡La justicia de Dios se disparará como una flecha encendida contra los pecadores!
Él y Ranulfo cruzaron la calle, doblaron una esquina y bajaron por la avenida Retching Alley hasta llegar a una cervecería. El local no era más grande que el nido de un faisán, con el suelo cubierto de barro, algunos taburetes y unas enormes tinajas boca abajo que hacían de mesas. Sin embargo, la cerveza estaba fuerte y espumosa.
– ¿Y bien? -Ranulfo dejó su jarra sobre la mesa-. ¿Vamos a dar un paseo por Oxford o a sentarnos aquí sobre nuestros traseros hasta que nos aburramos de vernos las caras?
Corbett sonrió.
– Estaba pensando en las casualidades, Ranulfo. En el azar de una tirada de dados. Por ejemplo, en la gran victoria del rey Eduardo sobre De Montfort en Evesham. ¡Oh! El rey era un buen general, cierto; pero tuvo suerte. También pensaba en aquel villano que colgamos en Leighton. ¿Cómo se llamaba?
– Boso.
– Ah, sí. Boso. ¿Cómo le cogiste?
– Decidió escapar -replicó Ranulfo-, pero tomó el camino equivocado. Uno no puede correr demasiado lejos cuando le cogen por sorpresa en un pantano.
– ¿Y si hubiera tomado otro camino?
– Le habríamos perdido. Como sabéis, en el bosque de Epping se puede esconder un ejército entero.
– Lo mismo ocurre aquí -dijo Corbett-. Podemos utilizar la lógica y la deducción, pero la última palabra la tiene la suerte.
– ¿De veras, amo? -Ranulfo agarró su jarra entre las manos-. Dentro de unos meses será noviembre, la festividad de Todos los Santos. No puedo evitar acordarme de la historia que me explicasteis sobre el asesinato de vuestra parroquia cuando erais un muchacho. Pensad en todos los muertos, todas las víctimas del Campanero llorando para que Dios haga justicia.
Corbett brindó por su siervo en silencio con su jarra de cerveza.
– La teología es importante, Ranulfo. Y la intervención divina es una posibilidad, pero Dios también ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Pensemos en la retahíla de víctimas. -Corbett dejó la jarra sobre la mesa-. Copsale murió mientras dormía, probablemente envenenado o asfixiado como Appleston.
– ¿Y Ascham?
– Fue lo suficientemente insensato como para abrir las contraventanas: seguramente ni lo pensó.
– ¿Y Passerel?
– No sé por qué fue asesinado Passerel si no es por el hecho de que él y Ascham eran amigos y el Campanero debió de temer que el archivista compartiera sus sospechas con él.
– ¿Y Langton?
– Fue muy fácil. La gente estaba reunida en la biblioteca y las copas de vino estaban sobre la mesa; era un objetivo fácil. Lo que no puedo entender es cómo la víctima tenía en su poder una carta del Campanero dirigida a mí en su zurrón -Corbett miró a un pollo que picoteaba sobre el suelo cubierto de barro.
– ¿Y Appleston? -preguntó Ranulfo-. Tuvo que ser alguien fuerte para poder asfixiarle con el cojín. -Ranulfo llamó al tabernero para que volviera a llenar las jarras-. Pero ¿quién, amo?
– Según Aristóteles -contestó Corbett-, el hombre es bueno por naturaleza. Esto confundió a vuestro filósofo preferido: ¿cómo es posible que el hombre, un ser creado por Dios y que por lo tanto se suponía que debía ser bueno, hiciera el mal?
– ¿Y resolvió la duda? -preguntó Ranulfo.
– Sí, san Agustín dijo que cuando un hombre peca, está buscando un beneficio egoísta. De hecho dice lo siguiente: mi mal es mí bien.
– ¿Y eso es lo que está haciendo el Campanero?
Corbett apuró su cerveza.
– Quizá. De todos modos, basta de teorías, Ranulfo. Déjame meditar un rato.
Corbett se levantó y se encaminó hacia el patio que había detrás de la pequeña taberna: se sentó en un banco de tepe y se quedó contemplando el estanque ovalado de carpas con la mirada perdida en aquellos peces. Ranulfo le dejó en paz. Se tomó su cerveza, se acomodó en una esquina y echó una cabezadita. Se despertó al oír cómo Corbett golpeaba el suelo con su bota.
– Ya estoy listo.
Regresaron a Sparrow Hall, y Corbett fue en busca de Tripham.
– Profesor Alfred, os quedaría muy agradecido si vigilaseis de cerca a vuestro colega Churchley. Yo debo tener unas palabras con lady Mathilda.
Corbett, seguido por un Ranulfo que seguía sin entender, subió las escaleras. Un criado los condujo hasta la cámara de lady Mathilda, al fondo de la galería. Corbett llamó a la puerta.
– ¡Adelante!
Lady Mathilda estaba sentada cerca de la chimenea, con un bordado sobre la falda y con la aguja en alto. En un taburete frente a ella estaba Moth; su rostro pálido como el de un fantasma y sus ojos vigilantes le recordaron a Corbett a un perrito faldero obediente.
– Sir Hugo, ¿cómo puedo ayudaros?
Lady Mathilda le indicó que tomara asiento. Despreció a Ranulfo con una mirada de soslayo.
– Lady Mathilda -Corbett señaló su escritorio-, necesito ver a sir Bullock urgentemente. Si pudierais prestarme pluma y papel, ¿podría Moth llevar mi mensaje al castillo?
– Desde luego. ¿Por qué? ¿Pasa algo?
– Sois la espía del rey en Sparrow Hall -replicó Corbett sentándose en el escritorio-; por lo tanto, lo debéis saber antes que el resto. Creo que el profesor Churchley tiene mucho que contarnos, como quizá también su colega Barnett.
Corbett cogió una pluma, la hundió en el tintero y escribió una nota breve al baile diciéndole que acudiera lo más pronto posible. Cogió luego el papel, lo dobló y lo selló con cuidado con una gota de cera caliente. Lady Mathilda hizo una de esas extrañas señas a Moth, que asintió solemnemente.
– Puede que el baile no se encuentre en el castillo -señaló lady Mathilda.
– Entonces decidle a Moth que le espere hasta que llegue. Lady Mathilda, tengo algunas preguntas que creo que vos me podríais contestar.
Corbett se quedó mirando a Moth, que cogió la carta, se arrodilló, besó la mano de lady Mathilda y a continuación salió despacio de la estancia. Una vez que su siervo se hubo marchado, Corbett cerró con llave y atrancó la puerta detrás de él. Lady Mathilda le miró alarmada, dejando su labor sobre la mesita que tenía al lado. Ranulfo estaba fascinado.
– ¿Es realmente necesario, sir Hugo? -espetó lady Mathilda.
– Oh, eso creo -replicó Corbett-. No quiero que regrese Moth, lady Mathilda, pues nunca he visto a nadie que demuestre tanta devoción por el alma de otro. -Se sentó en una silla frente a la dama y tiró del dobladillo de su túnica-. En cualquier otra ocasión, lady Mathilda, habría regresado a mi cámara, escrito mis conclusiones y reflexionado sobre lo que debería hacer. Pero no puedo hacer eso aquí; con vos, el tiempo es muy peligroso.
El rostro de lady Mathilda se mantuvo inexpresivo.
– Nadie sospecha de vos -continuó Corbett-, una mujer mayor y venerable, que anda con la ayuda de un bastón. ¿Cómo podría lady Mathilda salir y asaltar a nadie en una callejuela o disparar el cuadrillo de una ballesta al pecho de un hombre? ¿Cómo podría coger un cojín y asfixiar con él a Appleston y luego volver a dejarlo en su sitio?
– ¡Eso es ridículo! -protestó lady Mathilda.
– No, no lo es -replicó Corbett-, teniendo en cuenta que tenéis a alguien como Moth dispuesto a hacer cualquier cosa por vos…
– ¡Es una locura! -gritó lady Mathilda-. ¡Algo falla en vuestro cerebro!
– Ah, mea Passericula, mi pequeño gorrión. ¿No era así como os llamaba hace muchos años vuestro hermano, lady Mathilda, cuando vos y él luchasteis al lado del rey contra De Montfort? Vos, por propia voluntad, os ofrecisteis a ser la espía real en Londres, donde coleccionasteis los folletos y panfletos de los seguidores de De Montfort y se los enviasteis a vuestro hermano. Per manus P.P. -Corbett observó los ojos de la mujer, negros como guijarros-. Me di cuenta de que en varios folletos que había en el libro que encontré en la cámara de Appleston aparecía esta inscripción, «De la mano de su Parva Passera», su pequeño gorrión, tal y como os llamaba vuestro hermano. -Corbett continuó-. Y también se dio cuenta Ascham. Pero aunque intentasteis llevaros todas las cartas que os delataban con aquel diminutivo que os dio vuestro hermano, su pequeño gorrión, os olvidasteis de un sitio. -Corbett hizo una pausa-. Él tenía un libro, la Vida de santos, que Ranulfo quiso consultar para saber algo de santa Mónica, la madre de san Agustín. El primer santo que aparecía con la letra M era Mathilda, y al lado de vuestro nombre vuestro hermano había escrito Soror mea, Passericula mea, «mi hermana, mi pequeño gorrión». Ascham lo sabía, ¿verdad? Y cuando estaba a punto de morir y le temblaba el pulso, intentó escribir la palabra en un trozo de pergamino.
– Sir Hugo -lady Mathilda recogió su labor. Cogió la aguja como si fuera una daga-, ¿me estáis acusando de ser el Campanero? ¿O intentáis destruir la obra que hizo mi hermano? ¿Estáis diciendo que yo, tan débil que necesito un bastón para caminar, maté a mis colegas aquí en Sparrow Hall?
– Es exactamente lo que os estoy diciendo, lady Mathilda. Por eso le pedí a Moth que se marchara. En la nota que le he escrito a Bullock le digo que entretenga a Moth y que se tome su tiempo antes de venir. Moth es más peligroso de lo que parece: es un asesino silencioso. Ni siquiera hubierais necesitado hacerle señas; él habría sabido con sólo mirar vuestro rostro que estabais en peligro y habría actuado en consecuencia. Cuando vuelva con nuestro buen baile ya habré acabado y vos, lady Mathilda, estaréis bajo arresto por alta traición y asesinato.
– ¡Todo eso es absurdo! -protestó lady Mathilda-. Soy una buena amiga del rey. Su súbdito más leal.
– Erais la mejor amiga del rey y su súbdito más leal -declaró Corbett-. Pero ahora, lady Mathilda, vuestra alma está llena de maldad. Deseáis venganza, vengaros del rey, vengaros de aquéllos de Sparrow Hall que, cuando muráis, y en efecto moriréis, no tardarán en olvidar la memoria de vuestro hermano, cambiarán el nombre de vuestro precioso Sparrow Hall y obtendrán la confirmación real para cambiar los estatutos y regulaciones. En cierto modo, la maldición de la loca anacoreta se ha cumplido.
– Esa vieja chiflada -interrumpió lady Mathilda-; tendría que haberme encargado de ella hace años… -Hizo una pausa y sonrió.
– ¿Qué ibais a decir, lady Mathilda?
– ¿Qué pruebas? -preguntó con rapidez-. ¿Qué pruebas tenéis?
– Algunas. Suficientes para que los justicieros del rey empiecen su interrogatorio.
Corbett estudió de cerca a aquella mujer apasionada de aspecto tan menudo. Hace años, en San Pablo, un cura le había atacado en un confesionario con un cuchillo. Corbett sabía que lady Mathilda, a pesar de su aparente fragilidad, era peligrosa. Para cometer un asesinato no siempre era necesario una gran fuerza física, sino sólo la voluntad para llevarlo a cabo.
– Os he preguntado qué pruebas tenéis, sir Hugo.
– Ya me referiré a ellas más tarde; pero todo a su tiempo, lady Mathilda. Vayamos a la raíz del asunto y a la causa de todo esto, hace cuarenta años, cuando Henry Braose y su hermana Mathilda decidieron ofrecer su apoyo al rey. Ambos eran muy hábiles, crueles y decididos. Henry era un soldado valiente y Mathilda, que adoraba a su hermano como si fuera el mismo Dios, era también muy resuelta: una mujer de gran inteligencia y capacidad de engaño, bien formada en el arte de la escritura y la lectura. Se convirtió en la espía del rey en Londres. Ella y su hermano eran unos oportunistas con una gran ambición para ascender y subir tan alto como pudieran. El único obstáculo era De Montfort. Que días tan gloriosos, ¿eh, Mathilda? Mientras Henry luchaba con el rey, vos espiabais a sus enemigos. Dios sabe cuántos hombres pagaron con su vida por haber depositado su confianza en vos.
Lady Mathilda sonrió; inclinó la cabeza y continuó cosiendo.
– Pero en Evesham todo acabó -continuó Corbett-. Derrotaron a De Montfort y a los Braose les faltó tiempo para reclamar su recompensa: tierras, propiedades, tesoros y el favor personal del rey. Hombres como De Warrenne y De Lacey ya tuvieron suficiente con lo que les tocó, pero no los Braose. Ambos hermanos tenían un sueño: fundar una universidad, una residencia en Oxford.
Lady Mathilda levantó la vista.
– Días gloriosos, sir Hugo. Pero aquellos que juegan y ganan…
– Vos, lady Mathilda, erais la fuente de energía y ambición de vuestro hermano. Lo compartía todo con vos, ¿verdad?
Lady Mathilda le devolvió la mirada sin ni siquiera pestañear.
– Y os asegurasteis de que el sueño se hiciera realidad. Comprasteis un terreno aquí, al otro lado de la calle, echasteis a sus habitantes e invertisteis todo vuestro tesoro en la construcción de Sparrow Hall.
– Teníamos derecho -intervino lady Mathilda-. Sólo aquellos que han soportado el sudor de la plantación tienen derecho a recoger su cosecha.
– Y eso hicisteis -replicó Corbett-. El sueño de vuestro hermano se hizo realidad. Pero, hacia el final de sus días, empezó a lamentarse de sus ambiciosas adquisiciones. Vuestro hermano murió y, para vuestro enojo, os enterasteis de que todo lo que había construido había pasado a manos de otros que querían que Sparrow Hall rompiera con el pasado. El rey, vuestro viejo señor y amigo, dejó de prestaros atención, ¿me equivoco? Dejaron de concederos donaciones y privilegios. Y los profesores de aquí no sólo querían olvidar a vuestro hermano, sino que deseaban veros también a vos fuera de Sparrow Hall.
– Todavía no habéis mencionado ninguna prueba.
– Oh, ya llegaremos a ello. Lo que quiero que me digáis -Corbett se levantó y acercó su silla- es por qué lo hicisteis. Creo que sé la razón. Como un niño, lady Mathilda, sentisteis que los demás no deberían tener aquello que ya nunca os podría pertenecer. Decidisteis destruir lo que vos y vuestro hermano habíais construido y, al hacerlo, librar una terrible guerra contra vuestro antiguo amigo el rey. ¡La venganza fue vuestro motivo, el mal que vos llamáis vuestro bien!
Capítulo XIV
Corbett miró a Ranulfo, que permanecía de pie con la espalda pegada a la pared, mirando hacia el suelo con los brazos en cruz. No demostró emoción alguna, ni rastro de su deseo habitual de participar en el interrogatorio. Corbett disimuló su inquietud.
– ¿Vais a contarme el resto? -interrumpió lady Mathilda-. ¿U os paso parte de este bordado para que me ayudéis, sir Hugo?
– Os explicaré una historia -replicó Corbett- de traición y asesinatos sangrientos. Llena de maldad, lady Mathilda, y de rabia por la falta de apoyo del rey. Ahora sentaos y bordad. Vos, por encima de todo, conocéis las pesadillas que atormentan el alma del rey. Escogisteis vuestro juego y lo practicasteis con mucha habilidad. Estudiasteis el libro que encontré en la cámara de Appleston: todas las peticiones y objetivos de De Montfort y su partido. Os convertisteis en el Campanero.
– Y si lo hice, ¿por qué tuve que nombrar Sparrow Hall?
– ¡Oh! Ése era el motivo de todo vuestro complot: enseñar al rey la lección, que nunca se olvidara de Sparrow Hall. Empezaron los problemas y, a la vez, os ofrecisteis a ser la espía del rey.
– ¿Y qué esperaba ganar con ello?
– Su atención. Quizá que echaran a ciertos profesores que tenían planes de cambiar el nombre y el estatus de la residencia. Levantar sospechas y crear confusión y, al mismo tiempo, fortalecer vuestra autoridad aquí.
– Y supongo que me escapé de Sparrow Hall por la noche para colgar esas proclamas en las puertas de las iglesias.
– Por supuesto que no. Lo hizo vuestro siervo, el silencioso Moth. Me he fijado en la ubicación de vuestra cámara; le resultaría muy fácil saltar por la ventana, cruzar el patio y ocultarse tras el muro.
– Pero Moth no sabe leer ni escribir.
– Oh, creo que era perfecto para vuestros planes -afirmó Corbett-. Es joven, hábil y vigoroso. Podía desplazarse como una sombra a lo largo de las calles y caminos de Oxford. Y, si lo requería la situación, vestirse como un mendigo…
– Sea lo que sea, sir Hugo, no sabe leer ni escribir…
– Claro que no, por eso dibujasteis una campana en la parte superior de cada proclama. Eso pudo entenderlo y así sabía dónde tenía que clavar el clavo para colgarla. -Corbett hizo una pausa-. Todas las proclamas tenían ese símbolo. Me preguntaba por qué, y ahora ya sé el motivo.
Corbett se alegró al darse cuenta de que se había ganado la atención de lady Mathilda, que había dejado de bordar.
– Asesinar es como un juego -continuó Corbett-. Como en el ajedrez, uno empieza la partida y planea los próximos movimientos. Dudo de si vuestra intención era la de matar en un principio; supongo que deseabais por encima de todo ganaros la atención del rey y hacer lo que os placiera en Sparrow Hall. Hasta que Ascham tuvo sospechas, Dios sabe por qué o cómo. Era amigo de vuestro hermano. El también recordó los folletos y escritos de De Montfort. Sabía que vos os habíais formado en el arte de la escritura. -Corbett señaló sus dedos manchados de tinta-. Por eso retirasteis la mano cuando yo intenté besárosla una vez. Un escritorzuelo muy ocupado, ¿eh, lady Mathilda? Ascham era muy perceptivo. Sabía que el Campanero se encontraba en Sparrow Hall y que tenía fácil acceso a los escritos de De Montfort. Quizá comentó sus sospechas y entonces decidisteis matarle. La tarde que murió, vos estabais con Tripham, o eso dijisteis, pero sospecho que lo matasteis antes de reuniros con el vicerregente. Vos y Moth teníais que moveros con rapidez antes de que Ascham comprobara sus sospechas. Bajasteis al jardín desierto, os ocultasteis tras los arbustos y le ordenasteis a Moth que cometiera el terrible asesinato. Moth golpeó en las contraventanas y cuando Ascham lo vio no creyó que hubiera peligro alguno; por eso abrió la ventana. Pero vos estabais allí también, oculta bajo el alféizar o en un lado. Da igual, le disparasteis un cuadrillo con la ballesta y luego lanzasteis el pergamino dentro. Ascham, delirando, intentó escribir el nombre de su asesino con su propia sangre en aquel trozo de vitela. Estaría todavía pensando en Henry Braose y Mathilda, su querida hermana, parva passera. Pero nunca pudo terminar.
Corbett miró a Ranulfo, que observaba a lady Mathilda. El escribano deseó con toda su alma que Moth no regresara, aunque estaba seguro de que, si lo hacía, no sería un obstáculo para Ranulfo. Se humedeció los labios.
– Ahora bien, como en el juego del ajedrez, al mover uno puede cometer errores. Ascham debía morir inmediatamente. Sin embargo, vos entendisteis su mensaje como un golpe de buena suerte: Passerel sería el culpable. Pero entonces empezasteis a urdir el siguiente plan: Ascham y el administrador eran amigos; quizás Ascham le había contado sus sospechas sobre vos. Entonces os las arreglasteis para que David ap Thomas y sus estudiantes recibieran una pequeña donación; el resto fue pan comido. Echaron la culpa a Passerel y él huyó hacia el santuario, pero sabíais que el rey enviaría a uno de sus escribanos a Oxford y que Passerel no desperdiciaría la oportunidad de hablar conmigo. Por tanto, enviasteis a Moth con una jarra de vino envenenado y Passerel dejó de ser un peligro. Sé que fue Moth quien entró por la puerta lateral de San Miguel; la anacoreta vio cómo tropezaba con la barra de hierro para limpiarse los pies, pero no gritó. Al ser sordomudo, Moth tuvo que aguantarse el dolor en silencio.
– ¿Y Langton? -preguntó lady Mathilda.
– Antes de partir para Oxford -replicó Corbett-, colgué a un hombre llamado Boso. Antes de que le sentenciara a muerte le pregunté por qué había matado. Su respuesta tenía su propia y extraña lógica: «Cuando se mata una vez, la segunda y tercera y las siguientes resultan muy fáciles». Vos, lady Mathilda, tenéis mucho en común con Boso. Sois el Campanero, el vengador de todos los insultos de estos años. Ejecutasteis vuestra sentencia de muerte sobre aquellos profesores que se habían atrevido a considerar cambios en la universidad fundada por vuestro querido hermano. Al mismo tiempo, conseguiríais perturbar la conciencia al rey.
Lady Mathilda sonrió y dejó la labor a un lado.
– Hablasteis de ajedrez, sir Hugo. Siempre me gusta jugar a un buen juego: debéis visitarme algún día y jugar conmigo.
– Oh, estoy seguro de que os gusta vuestro juego -replicó Corbett-. Una vez fuisteis la espía del rey: os gusta la cuchillada y la puñalada de la intriga. De todos modos, después de devolver el libro que Ascham estaba estudiando, os sentisteis segura; al fin y al cabo, ya habíais revisado los papeles de vuestro hermano y eliminado cualquier referencia a su soror mea, parva passera. Estabais al mando de Sparrow Hall, teníais acceso a los documentos y manuscritos de las víctimas, a los venenos de Churchley y todo el tiempo del mundo para preparar vuestro complot y a la vez vuestra coartada. ¿Pensasteis alguna vez que las muertes de los pobres mendigos podrían estar conectadas con Sparrow Hall?
Lady Mathilda se limitó a esbozar una sonrisa.
– No -continuó Corbett-. Supongo que estaríais demasiado absorta en vuestros propios planes descabellados de asesinato. Quizás olvidasteis vuestro propósito inicial, dividir a los profesores de Sparrow Hall y que el colegio cerrara, de forma que pudieseis volver a reconstruirlo con el favor del rey; tal vez os acabó por interesar más el propio juego que el resultado de vuestro plan. La muerte de Langton fue simplemente para crear más pánico -continuó Corbett-. Como el Campanero, me escribisteis una carta antes de la cena y se la disteis a Langton para que la guardara. Era muy obediente y se habría creído cualquier historia que le contaseis. Le disteis instrucciones de que me la diera sólo cuando acabara la velada.
– Las cosas podrían haber salido mal -objetó lady Mathilda.
– En ese caso le habríais pedido que os la devolviera -replicó Corbett-. Era un juego pero a vos os encantaba. Aumentaría el miedo y quizá me entrara pánico, de modo que el Campanero parecería aún más siniestro y poderoso. Nos reunimos en la biblioteca. Los criados trajeron copas de vino blanco. Sabíais que iba a visitar la biblioteca después de la cena. Quizá le entregasteis a Langton la carta cuando salimos del refectorio. Yo me limité a seguir a Tripham y el resto, incluyendo mis siervos, había bebido bastante. Durante la conversación, cogisteis la copa de Langton, vertisteis el veneno y os asegurasteis que no quedara muy lejos del alcance de su mano. Langton bebió, murió y la carta fue entregada.
– ¿Es así como murió Copsale? -interrumpió Ranulfo con brusquedad-. ¿Le disteis un somnífero para que durmiera el sueño eterno?
Lady Mathilda ni se molestó en contestar a la pregunta.
– Podemos probarlo -afirmó Corbett-, pero estoy convencido de que su asesinato fue una sentencia ejecutada contra un hombre que se había atrevido a cuestionar y plantearse algunos cambios en Sparrow Hall.
Corbett estaba a punto de continuar cuando alguien llamó a la puerta. Le dio permiso a Ranulfo para que la abriera y entonces entró Tripham.
– Sir Hugo, ¿pasa algo?
– Sí y no -contestó Corbett-. Profesor Alfred, preferiría que os quedarais abajo. ¡Ah! Y si Moth regresa, entretenedle con cualquier pretexto.
Tripham estaba a punto de protestar pero Corbett levantó la mano.
– Profesor Alfred, os prometo que no tardaré mucho.
Ranulfo cerró la puerta con llave cuando aquél se marchó. Lady Mathilda hizo el ademán de levantarse, pero Corbett se lo impidió y la obligó a sentarse.
– Creo que será mejor si os quedáis donde estabais. Dios sabe lo que tendrá esta habitación: un cuchillo, una ballesta, veneno… Sparrow Hall está lleno de veneno, ¿verdad? Y no os resultó difícil acceder a los almacenes del profesor Churchley, pues, por supuesto, tenéis una llave de todas las cámaras.
– Os he escuchado, sir Hugo. -Lady Mathilda respiró hondo.
Corbett se quedó maravillado de su porte y frialdad.
– He escuchado vuestra historia, pero todavía no me habéis mostrado ninguna prueba.
– Os hablaré de ellas pronto -contestó Corbett-. Sois como todos los asesinos que me he encontrado, lady Mathilda, arrogantes, llenos de odio y desprecio hacia mí. De ahí los mensajes en tono de burla, el cuerpo corrompido de un cuervo. -La señaló con un dedo-. Pero no hicisteis más que cometer errores: como el de apartar vuestros dedos cuando intenté besaros la mano para que no notara las manchas de tinta, o el de llevaros la copa tranquilamente a la boca justo cuando Langton había muerto al ingerir el vino envenenado. Además, vos, entre todos los que viven en Sparrow Hall, erais la que parecíais menos perturbada por la muerte de Norreys.
– Es mi forma de ser, sir Hugo -interrumpió lady Mathilda.
– Oh, estoy seguro de ello. De verdad pensasteis que jamás os atraparía. En el caso de que os sintierais amenazada me habríais eliminado igual que vuestro asesino Moth mató a Maltote. ¿Y qué importaba? Cualquier excusa era buena para alimentar la rabia o las sospechas del rey. Sin embargo, tomasteis precauciones: el Campanero parecía tener los días contados, así que matasteis al profesor Appleston para que él asumiera toda la culpa. -Por primera vez el labio de lady Mathilda empezó a temblar-. En realidad no queríais hacerlo, ¿verdad? -preguntó Corbett-. Appleston era un símbolo de la grandeza de vuestro hermano, de la generosidad de su espíritu. Pero alguien tenía que parecer culpable. Así que anoche, vos y Moth le hicisteis una visita y le llevasteis una jarra de vino, del mejor clarete de Burdeos. Appleston debió de sentarse y empezó a hablar. Luego cayó en un profundo sueño y vos y Moth colocasteis un cojín sobre su cara y lo apretasteis con fuerza. Appleston, drogado, incapaz de resistirse, murió sin apenas defenderse, como el resto de las víctimas. Después, con la puerta cerrada con llave, dejasteis suficientes pruebas para que todo el mundo pensara que Appleston era el Campanero, y os retirasteis a vuestros aposentos.
– Entonces -empezó a decir lady Mathilda-, si eso pasó, ¿cómo podéis probarlo?
– Appleston se había retirado para irse a dormir. Había planeado ir a los colegios al día siguiente y dejó ropa limpia preparada. Tenía una herida en el labio; cuando le asfixiasteis con el cojín, rozasteis la costra y ésta sangró. Luego le disteis la vuelta a los cojines y colocasteis el que estaba manchado debajo del resto. Al intentar hacer que su muerte pareciese un suicidio cometisteis un error imperdonable.
– Muy astuto -alabó lady Mathilda-, pero ¿dónde está la auténtica prueba, la prueba para los jueces?
– Ya habéis oído parte de ella.
– ¡Unas cuantas manchas de sangre! -se mofó lady Mathilda-. Podéis buscar y rebuscar en lo más profundo de vuestro corazón, señor cuervo, pero no encontraréis nada sustancioso.
– Oh, todavía no he empezado -replicó Corbett mirando alrededor de la alcoba-. Os mantendré encerrada en las bodegas, lady Mathilda. Luego Bullock y yo buscaremos por toda esta habitación -sonrió a la cara de lady Mathilda-. Encontraré la prueba que necesito: plumas, tinta y pergamino. Ah, y olvidé deciros que la anacoreta de San Miguel, la que queríais haber matado -Corbett le dirigió una mirada audaz para que no detectara que estaba mintiendo-, vio a Moth entrar en la iglesia con el vino envenenado.
Lady Mathilda echó atrás la cabeza.
– Estaba demasiado oscuro. Oscuro como la noche. ¿Cómo puede alguien ver algo entre las tinieblas?
– ¿Quién dijo que la anacoreta estaba en su celda? -mintió Corbett-. Estaba justo en la entrada. Me dio una descripción que encajaba con Moth. Luego recordó -continuó Corbett implacable- haber visto a la misma persona colgando las proclamas en la puerta de la iglesia.
– ¡Estáis mintiendo!
– No, en absoluto -Corbett suspiró al haber soltado por fin aquella mentira-. Veréis, la noche que Moth fue a San Miguel, se le cayó el mazo. Magdalena, que escuchó el ruido, salió de su celda. Atisbo entre una grieta y le vio: la misma cogulla y capucha oscura, ese rostro inocente y aniñado. -Corbett se puso en pie para aliviar el calambre que le había dado en la pierna-. Os diré lo que pasará ahora, lady Mathilda. Iré ante los jueces reales y les mostraré las pruebas que os he referido. Quizá no me concedan el permiso para deteneros, pero estarán muy interesados en Moth. -Se sentó de nuevo. Ranulfo seguía observando a lady Mathilda, con la mirada fija-. Ya conocéis cómo piensa el rey -continuó Corbett-. No tendrá piedad. Moth será llevado río abajo hacia la Torre y encerrado en sus mazmorras oscuras y mohosas. Los torturadores del rey recibirán instrucciones de aplicar sus más finas artes.
– Es sordomudo -gritó lady Mathilda.
– Es un joven malicioso e inteligente -replicó Corbett- y vuestro cómplice de asesinato.
– Mató a Maltote -declaró Ranulfo dando un paso al frente-. Mató a mi amigo. Tenéis mi palabra, lady Mathilda, de que me uniré a los torturadores del rey. Le preguntarán una y otra vez hasta que Moth acepte decir la verdad.
– ¿Queréis que le pase eso a Moth? -preguntó Corbett con calma.
Ahora lady Mathilda estaba cabizbaja.
– No pensé en esto -murmuró-. No pensé en Moth. -Lady Mathilda levantó la cabeza-. ¿Qué pasará si os cuento lo que sé?
– Estoy seguro de que el rey será más comprensivo -contestó Corbett, sin prestar atención a las oscuras miradas de Ranulfo.
Lady Mathilda se arremangó. Se reclinó en la silla y se volvió para mirar las cenizas apagadas de la chimenea.
– No confiéis nunca en un príncipe, sir Hugo -empezó-. Hace cuarenta años, yo y mi hermano Henry éramos estudiantes de Oxford. Mi padre, un comerciante, pagó los servicios de un profesor y yo me uní a las clases de Henry. Pasaron los años y lo hicieron escribano de la corte real. -Sonrió levemente-. Era como vos, sir Hugo. Me fui con él. El viejo rey todavía vivía y el príncipe Eduardo y mi hermano se hicieron buenos amigos. Luego llegó la guerra civil y las amenazas de De Montfort de destruir el reino. Muchos de la corte los abandonaron para unirse a él, pero mi hermano y yo decidimos ayudarlos. Fui a Londres como la espía del rey. -Se volvió desde la silla-. Arriesgué mi vida y entregué mi cuerpo para que el rey se enterara de los secretos de sus enemigos. Escuchaba las conversaciones y recogía información, pues quién se iba a pensar que aquella bella cortesana pensaría en algo más que en el vino y los trajes de seda. Mi hermano se quedó con el rey. Era muy hábil para organizar las escapadas del príncipe y siempre estaba en medio de cualquier pelea. Cuando se terminó la guerra… -Lady Mathilda levantó la mano-. Bueno, ya conocéis al rey. Nos llenó de regalos, nos dio todo lo que queríamos: feudos, campos, granjas y tesoros. -Miró a Corbett de soslayo-. Mi hermano Henry estaba harto de tanta sangre y carnicerías. No quería pasar el resto de su vida en un feudo, cazando, pescando y atiborrándose de vino y comida. Tenía la idea de construir una universidad en Oxford, una residencia de aprendizaje. Yo hacía todo lo que él quería. Le quería, Corbett. -Miró a Ranulfo-. Tengo más pasión, pelirrojo, en mi dedo meñique que vos en todo el cuerpo.
– Continuad -se apresuró a pedirle Corbett con tal de que Ranulfo no se sintiera provocado.
– Pasaron los años -continuó Mathilda-. La universidad creció con fuerza. Mi hermano y yo nos gastamos toda nuestra fortuna. Luego Henry se puso enfermo y, cuando murió, ese hatajo de comadrejas se olvidó de él. -Su voz adoptó un tono burlón-. «No queremos esto y no queremos aquello.» «¡Vaya nombre para una universidad de Oxford!» «¿No deberíamos cambiar sus estatutos de gobierno?» Yo los observaba -añadió sin perder los nervios- y podía ver lo que pasaba por sus cabezas: tan pronto como muriera y mi cuerpo fuera enterrado en alguna tumba, empezarían a desmantelar Sparrow Hall y a reorganizarlo a su propio antojo. Le pedí ayuda al rey, pero estaba demasiado ocupado matando a los escoceses. Le pedí confirmación de la carta de fundación de mi hermano, sólo para tener un documento de alguno de sus escribanos que me asegurara que el rey se encargaría del asunto cuando volviera a Londres. -Lady Mathilda hizo una pausa y respiró con rapidez-. Pero ¿qué fue de las promesas del rey, eh, Corbett? ¿Cómo pudo olvidarse de lo que la familia Braose había hecho por él? ¡Nunca confiéis en un Plantagenet! Una tarde estaba en la biblioteca, ojeando el libro que encontrasteis en la cámara de Appleston y los recuerdos afloraron. -Sacudió la cabeza, los labios se movían sin pronunciar palabra, como si Corbett no estuviera allí.
– ¿Y decidisteis convertiros en el Campanero? -preguntó.
– Sí, pensé que despertaría los demonios del alma del rey. Entonces empecé a copiar esas proclamas. Me llevó días, pero conseguí hacer una docena y envié a Moth para que las repartiera. -Sonrió maliciosamente-. ¡Pobre chico! No entendía lo que estaba haciendo pero era el arma perfecta. Si le paraban podía hacerse pasar por un mendigo. ¿Quién sospecharía de un sordomudo? Le enseñé la marca de la campana y le di una bolsita con clavos y un mazo. -Aplaudió emocionada-. ¡Oh, me sentí tan aliviada! -Sonrió con satisfacción-. Luego escribí al rey explicándole que había un traidor en Sparrow Hall, más que no se preocupara, que yo le encontraría. -Frunció los labios-. ¡Entonces sí me prestó atención! El rey era todo oídos. Llegaron mensajeros y cartas con el sello privado para su «querida y fiel prima Mathilda». Nunca quise matar a nadie -añadió luego con detenimiento-, pero cometí un error. Quizá el rey se asustó, pero no Copsale. Estaba dispuesto a imponer como fuera sus cambios y yo no le gustaba. Todo el mundo sabía que tenía un corazón débil, por lo que nadie sospecharía de su muerte. Me colé en el almacén de las medicinas de Churchley y le di al profesor Copsale su merecido. -Se encogió de hombros-. Pensé que todo terminaría ahí -continuó con un tono de voz flemático-. De verdad que sí, pero el viejo Ascham era más listo de lo que me pensaba. Sospechaba de Appleston y de mí: empezó a soltar alusiones, a veces le sorprendía mirándome en silencio en la mesa. Tenía que morir. Fue fácil. Me colé con Moth en el jardín. Él llamó a la ventana y cuando Robert abrió, disparé el cuadrillo, lancé la nota, cerré de golpe la ventana y las contraventanas: la barra, recientemente engrasada por Moth, cayó en su lugar.
– ¿Y Passerel?
Lady Mathilda sonrió.
– Al principio no pude entender el significado de las palabras de Ascham, pero entonces me di cuenta de cómo podía utilizarlas. Me di cuenta de que Passerel podría saber algo que Ascham le hubiera contado. Nuestro administrador era un hombre menudo y nervioso y cuarenta días en una iglesia solitaria podrían ser un golpe terrible para su memoria. -Se encogió de hombros-. El resto ya lo sabéis. De veras que pensé que todo acabaría con la muerte de Appleston. -Señaló a Corbett con un dedo-. Pero, claro, vos lo cambiasteis todo: el astuto cuervo del rey, picoteando por todas partes, protegido por su guardaespaldas.
– ¿Por qué matasteis a Maltote? -preguntó Corbett con acritud.
Levantó la mano en un gesto inocente, pero sus ojos no demostraron arrepentimiento alguno.
– Pongo a Dios por testigo: le dije a Moth que no se dejase atrapar. -Se enderezó en la silla, alisándose los pliegues del vestido. Respiró ruidosamente; sus ojos no se apartaban de los de Corbett-. Ya tenéis mi confesión, sir Hugo. ¿Qué pasará ahora, eh? El rey Eduardo no me llevará ante su estrado. Recordará los días pasados -afirmó con arrogancia- y los buenos servicios que presté a la Corona: me temo que habrá algún convento para lady Mathilda.
– Necesito beber algo de vino -interrumpió Ranulfo-. Sir Hugo, ¿una copa de clarete?
Corbett se contentaba con tener a Ranulfo fuera de la habitación.
– Sí -contestó.
– Y para mí, lacayo -espetó lady Mathilda.
Ranulfo miró a Corbett, que asintió.
– Y no os preocupéis -le gritó lady Mathilda-; ya no habrá más veneno.
Ranulfo se marchó y lady Mathilda quiso volver a levantarse.
– Señora, preferiría que siguierais sentada.
Lady Mathilda le obedeció.
– ¿Puedo recordaros, escribano, que el rey se dirige a mí como su «sobrina más leal y querida»? Por no hablar de vuestra promesa de piedad. No quiero que me detenga ese bufón de baile, sino que me llevéis a Woodstock. Me vestiré de negro y me arrojaré a los pies del rey: no olvidará a Henry y a su querida Mathilda.
Se abrió la puerta y Ranulfo regresó. Sirvió el vino. Corbett tomó un sorbo y lady Mathilda bebió con avidez mientras Ranulfo se sentó apoyando su espalda contra la puerta. Miró por encima de su copa a Corbett.
– Llevadme a Woodstock, Corbett. Me prometisteis tener compasión y ahora os compromete vuestra palabra. Repetiréis vuestra promesa delante del rey: su majestad lo comprenderá.
– ¿Y Moth? -interrumpió Ranulfo.
– Me acompañará: es mi criado -ni siquiera se molestó en volver la cabeza.
– Bullock está abajo con Moth -anunció Ranulfo-. El baile desea tener unas palabras con nosotros, dijo que era un asunto urgente.
Corbett miró a lady Mathilda. Se sintió intranquilo. El silencio y la expresión inexorable del rostro de Ranulfo le hizo poner los pelos de punta.
– Lleváoslo -afirmó lady Mathilda.
– Oh, no os preocupéis -dijo Corbett poniéndose en pie-. Ranulfo es muy especial, no se queda vigilando a cualquiera. Nos llevaremos la llave y os encerraremos dentro. -Ranulfo le miró como si estuviera a punto de protestar, pero finalmente se puso en pie, sacó la llave de la cerradura y abrió la puerta. Corbett ya tenía medio cuerpo fuera cuando se dio cuenta de su error. Ranulfo le propinó un fuerte empujón, arrojándolo con violencia al otro lado de la galería. La puerta se cerró de golpe y se escuchó cómo la cerraban por dentro con llave y la atrancaban.
– ¡Ranulfo! -Corbett se abalanzó sobre la puerta, pero los labrados de hierro no hicieron más que lastimar su hombro-. ¡Ranulfo! -gritó-. ¡Por el amor de Dios, te ordeno que abras!
Pero para los que estaban dentro de la estancia era como si Corbett se encontrara en la otra punta del mundo. Lady Mathilda se incorporó asustada. Ranulfo la empujó, obligándola a sentarse de nuevo en su silla.
– ¿No iréis a matarme, verdad? -balbuceó al ver que Ranulfo se llevaba la mano a la daga-. A una vieja dama, la querida sobrina del rey. ¿No me clavaréis esa daga?
– No, no os rajaré -replicó Ranulfo agachándose a su altura, todavía con la copa de vino entre las manos-. Quiero deciros, lady Mathilda, que no sois mujer, que no tenéis alma. Estáis llena de maldad y odio.
– Y yo brindo por vos, Ranulfo-atte-Newgate.
Le asió la copa, se la llevó a la altura de los labios y tomó un sorbo. Sus ojos se abrieron llenos de pánico mientras Ranulfo le agarró con fuerza la mano. Se levantó, le echó hacia atrás la cabeza, obligándola a tragar todavía más vino.
– Y yo, Ranulfo-atte-Newgate, brindo por vos -le siseó-. Pedisteis vino, zorra, ahora bebed un buen trago de veneno.
Ella se resistió pero Ranulfo la sujetó con fuerza.
– Matasteis a mi amigo, malvada bruja asesina. Y cuando haya acabado con vos, le tocará el turno a Moth.
Ranulfo no hizo caso de los golpes y de los gritos de Corbett al otro lado de la puerta. Sostuvo firmemente la copa, sus ojos brillaban de ira.
– Nunca confiéis en un Plantagenet -le susurró-. Bebed el veneno. Id al infierno y decidle al mismísimo Diablo que yo, Ranulfo-atte-Newgate, os envío.
Retiró la mano. Lady Mathilda dejó caer la copa en su falda, los restos de vino cayeron formando una mancha siniestra. Se puso en pie y se llevó una mano a la garganta.
– No hay nada que podáis hacer -declaró Ranulfo-. No habrá ningún monasterio acogedor esperándoos, no tenéis salida.
Aunque intentó llegar a la puerta, lady Mathilda, con las manos apretándose fuertemente el estómago, se desplomó en el suelo. Ranulfo se acercó y vio cómo sufría uno o dos espasmos. Finalmente giró la llave.
Corbett, Bullock y los demás estaban en la galería. Ranulfo se echó a un lado y los dejó entrar. Corbett se arrodilló al lado de lady Mathilda para tomarle el pulso en el cuello. Sacudió la cabeza.
– Era una prisionera del rey -afirmó Bullock por lo bajo.
– ¡No deberías haberlo hecho! -le gritó Corbett zarandeándole por los hombros.
– Me he limitado a cumplir órdenes del rey -replicó Ranulfo. Sacó un pergamino del bolsillo de su jubón y se lo entregó a Corbett-. Simón, el escribano, me entregó esto -explicó Ranulfo-. No he hecho nada que el rey no me hubiera pedido, aunque, debo confesarlo, sí que lo he hecho con gusto.
Corbett leyó el documento:
Al baile y soldados de la ciudad de Oxford y a los censores de la universidad, el rey Eduardo os envía sus saludos. Os hago saber que nuestro querido escribano de confianza, Ranulfo-atte-Newgate, tiene potestad dentro y fuera de la ciudad de Oxford para salvaguardar el bienestar de la Corona y el buen gobierno de nuestro reino. Entregado en mano, Teste me ipso,
EL REY EDUARDO.
El escrito llevaba la imprenta del Sello Real Privado. Corbett se lo entregó a Bullock.
– Pues que así sea -murmuró el baile-. Que lo que el rey desee, así se haga -le devolvió el pergamino.
Corbett cogió a Ranulfo por el hombro y le condujo fuera de la estancia.
– ¿Qué debo hacer con ella? -gritó Bullock.
– Enterradla -contestó Corbett-. Hacedlo pronto. Que el cura le dedique una misa.
– ¿Y con Moth? -Bullock se puso en pie-. Leí vuestro mensaje, mis hombres lo tienen retenido abajo.
– Llevadlo al castillo -replicó Corbett-, pero que no sufra maltrato o abuso alguno. Esperaréis a que el rey pronuncie su sentencia.
Se llevó a Ranulfo pasillo abajo.
– Ranulfo-atte-Newgate. -Corbett le miró directamente a los ojos-. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Estabas sucio, tenías hambre e ibas en un carro camino de la horca.
– No pasa ni un solo día sin que me acuerde de ello. En mi vida sólo he tenido dos amigos: uno lo encontré aquel día, el otro era el pobre Maltote. Y antes de decirme nada, sir Hugo, pensad en el pobre Maltote. Esa zorra -exclamó- había planeado pasar el resto de sus días en uno de esos acogedores monasterios. Se ha hecho justicia, no como a vos os gusta, pero, como muy bien dijo el padre Luke cuando colgó a Boso, es lo que Dios quería. Ya había matado una vez y volvería a hacerlo. ¿Acaso creéis que os habría olvidado, amo? ¿Realmente creéis que os habría dejado marchar?
Corbett asintió.
– Vamos, Ranulfo -contestó-. Vayamos a la taberna de Las Chicas Alegres, tomemos una copa de vino y brindemos por Maltote. Mañana haremos los últimos arreglos para que transporten su cuerpo, luego iremos a Woodstock y de ahí a Leighton.
Bajaron las escaleras y salieron a la calle. Estaba desierta pero los guardias de Bullock vigilaban las dos entradas. Ranulfo seguía justificando lo que había hecho cuando escucharon un grito a sus espaldas. Corbett se volvió. Moth, con el cabello ondulante al viento, se había escapado de sus capturadores y corría en silencio a su encuentro. Había cogido una ballesta de algún sitio. Corbett vio horrorizado que se levantaba para disparar: echó a Ranulfo a un lado, pero mientras lo hacía escuchó un chasquido, vio el odio en el rostro de Moth y supo que había calculado mal. Demasiado tarde. El cuadrillo le alcanzó en la parte superior del pecho. El cuerpo de Corbett se retorció de dolor y se tambaleó hacia atrás. Ranulfo corría ahora en busca de Moth con la daga desenvainada. Corbett cayó de rodillas. Vio cómo Ranulfo se movía con rapidez, ejecutando el baile macabro de un luchador callejero nato. Se encontró frente a Moth. Se cambió rápidamente la daga de mano, se echó a un lado y mientras lo hacía hundió la hoja en el estómago del sordomudo. Ranulfo entonces se dio la vuelta, desenvainó la espada y la blandió limpiamente sobre el cuello de Moth. A Corbett ya todo le daba igual: el dolor era inaguantable. Pudo saborear la sangre al fondo de su garganta. La gente corría hacia él, lentamente, como en un sueño. Maeve estaba allí, con la pequeña Eleanor colgando de sus faldas.
– No deberías estar aquí -le susurró-. Pero, como siempre -añadió-, yo tampoco.
Y cerrando los ojos, sir Hugo Corbett, el guardián del Sello Secreto del rey, se desplomó sobre el suelo de guijarros cubiertos de barro de la ciudad de Oxford.
Nota del autor
Es cierto que existió un Sparrow Hall en Oxford, pero desapareció hace mucho tiempo y tan sólo figura como una nota a pie de página en la historia de aquella universidad. La universidad y la ciudad de Oxford apoyaron a De Montfort durante la guerra civil de 1260. El rey Eduardo I profesó hasta el día de su muerte un odio profundo por la memoria de su enemigo muerto: como en esta novela, luchó implacablemente por acabar con cualquier aprobación concedida a la causa del «martirizado» De Montfort
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