J.G.BALLARD

EL VIENTO DE LA NADA

Título original: THE WIND FROM NOWHERE

Traductor: Mayo Antonio Sánchez

(c)J. G. BALLARD

EDITORIAL DIANA, S. A.

Impreso en México Printed in México

Apaños:Jack!2010

La Ruta del Huracán

Para el final de la quinta semana, el Comando Central de Londres tenía los siguientes datos:

TOKIO: 174 m.p.h. 99% de la ciudad en ruinas. Fuegos explosivos de las fundiciones de Mitsubishi se extienden por los suburbios del lado poniente. Las bajas se estiman en 15,000.

ROMA: 176 m.p.h. Los edificios públicos aún están intactos, pero el Vaticano ha sido destechado, y la cúpula de San Pedro destruida. Las bajas son de 2,000 personas.

NUEVA YORK: 175 m.p.h. Todos los rascacielos de Manhattan quedaron sin ventanas y han sido abandonados. La antena de TV y la torre del Empire State Building se han venido a tierra. El mar irrumpe hasta Central Park. La ciudad está en estado de sitio.

Desesperadamente, la humanidad se enterró, buscando ponerse a salvo de la furia del viento, en refugios subterráneos. Algunos funcionarios de gobierno se dejaron llevar por el pánico, mientras que unos cuantos hombres batallaban para salvar la raza de la extinción. ¿Pero qué arma sería efectiva contra la furia incontrolable del huracán?

Capítulo I

La Llegada del Polvo

Primero vino el polvo.

Donald Maitland lo notó, mientras regresaba en taxi del Aeropuerto de Londres, después de esperar inútilmente cuarenta y ocho horas para su vuelo, por Pan-American, a Montreal. Hacía tres días que ninguna aeronave despegaba. Las condiciones del tiempo eran persistentes y extrañas. Nublado en un cien por ciento y con visibilidad a 700 pies, unido esto a turbulencias poco usuales, y a vientos cruzados, de violencia casi huracanada, que azotaban las pistas y que ya habían volcado dos 707 en sus sitios de despegue. El gran edificio de la terminal de pasajeros y el enjambre de albergues metálicos, a sus espaldas, estaban congestionados con millares de presuntos viajeros, hundidos entre sus equipajes en largas líneas dispersas, tratando de descifrar el continuo fuego cruzado de anuncios contradictorios.

Algo en el incremento de la confusión, en el aeropuerto, advirtió a Maitland que tal vez pasarían dos o tres días antes de que pudiera tomar asiento en un avión. Estaba bastante atrás, en la hilera de unas trescientas personas. Muchas de ellas eran hombres que guardaban el sitio a sus esposas. Finalmente, cansado de esperar y deseando tomar un baño y acostarse en una cama blanda, tomó sus dos maletas, se abrió paso a través de la confusa masa de pasajeros y gendarmes del aeropuerto, en dirección al vestíbulo de acceso, y tomó un taxi.

La jornada de regreso a Londres le deprimió. Les tomó media hora salir del aeropuerto, y la carretera era una cadena de interrupciones de tránsito. Su partida de Inglaterra, largamente meditada y planeada, culminación de interminables indecisiones (sin mencionar las dificultades consiguientes para cambiar su beca de investigación del Middlesex al State Hospital de Vancouver), llegó, finalmente, a un desolador anticlímax, y lo más irritante es que él había cedido al capricho bastante infantil de irse sin avisar a Susan.

No es que eso la inquietara demasiado. En la casa de playa, en Worthing, donde ella pasaba el verano, la noticia no hubiera sido sino una excusa para otra fiesta o para adquirir otro automóvil deportivo, según lo que pareciera más interesante por el momento. Aún así, Maitland esperaba que la carta final de renunciación, con el sello de correos de Vancouver, pudiera despertar por lo menos un momentáneo sentimiento de culpa y algunos segundos de pesar en Susan. Esperaba que hasta el más obtuso de los amigos de ella notara esa actitud, y ello los haría darse cuenta de que él le significaba algo más que su juguete personal.

Ahora, sin embargo, el placer de tal carta habría de aplazarse. De todos modos, reflexionó Maitland, eso era sólo una pequeña parte del gran sentimiento de alivio que experimentara desde que tomó su decisión final de dejar Inglaterra. Al enfilar el taxi por el tráfico de Hounslow, contempló las parduscas fachadas de los comercios, las mugrientas aceras y la congestionada línea del horizonte, recortada contra las bajas nubes como una silueta del infierno. Apenas eran las cuatro de la tarde, pero ya se cernía el crepúsculo, y casi todos los automóviles llevaban prendidas las luces. Los transeúntes se abrigaban, subiendo el cuello de los sobretodos, contra el viento arenisco de aquel día de junio, que más bien parecía transcurrir en el otoño. Con la barbilla descansando en una mano, Maitland se recargó en la ventanilla, leyendo los encabezados de los diarios en los puestos de periódicos.

EL QUEEN MARY ENCALLA CERCA DE CHERBURGO

Los fuertes vientos hacen zozobrar

las lanchas de rescate

Un buen número de los viajeros que intentaban tomar el trasatlántico, en Southampton, estaban en el aeropuerto, recordó Maitland; pero la nave se retrasó más de una semana en su cruce a través del Atlántico, debido a terribles vientos marinos, resistentes como una muralla de acero. Si trataban de desembarcar a los pasajeros, parecía que el barco estaba realmente en aprietos.

La ventanilla del taxi estaba ligeramente abierta en su parte superior. Maitland notó que, en el ángulo entre el cristal y el poste, se acumulaba el fino polvo pardo. Ociosamente tomó algunos granos y los frotó entre sus dedos. Al contrario que los habituales detritos grises del área metropolitana de Londres, los granos eran cortantes y cristalinos, con un distintivo color café-rojizo.

Llegaron a Notting Hill, donde el tránsito se hizo más lento al tener que moverse los vehículos dando un rodeo para librar a una cuadrilla de trabajadores que desgajaban un gran olmo que se vino abajo debido al viento. El polvo formaba una gruesa capa contra las guarniciones de piedra, de tal modo que la calle semejaba el lecho arenoso de un arroyo seco.

En Lancaster Gate dieron vuelta hacia Hyde Park y avanzaron lentamente a través de los árboles barridos por el viento hacia el Puente de Knights. Al cruzar la Serpentina, notaron que se construyeron rompeolas en el extremo más alejado del lago; olas de un pie de altura, coronadas de espuma, se rompían contra las empalizadas de madera, dispersando los restos de uno o dos botes arrebatados del embarcadero del extremo norte.

Maitland descorrió el cristal, que lo separaba del conductor, cuando pasaron a través de la Puerta del Duque de Edimburgo El viento le azotó la cara, obligándole a gritar. — ¡Lowndes Square, número 26! Parece que han estado teniendo un tiempo duro.

— ¡Bastante duro, diría yo! -gritó el conductor en respuesta-. Acabo de oír que la estación de TV interrumpió sus trasmisiones. La Torre del Palacio de Cristal se vino abajo esta mañana. Se suponía que podría resistir un viento de doscientas millas por hora.

Maitland le pagó cuando se detuvieron, y se apresuró a cruzar a través del pavimento desierto, hasta el vestíbulo del edificio.

El departamento era el que ocupara Susan antes de su matrimonio, siete años atrás, y ella aún pagaba la renta, encontrándolo útil en sus viajes sorpresivos a Londres. Para Maitland era una bendición del cielo; su beca le proveía con un poco más de lo necesario para pagar un cuarto de hotel barato (la investigación en los derivados del petróleo o de un nuevo insecticida le hubieran ganado, a los treinta y cinco años, un salario de ejecutivo, pero la investigación en la genética de los virus -el mecanismo básico de la vida- aparentemente ameritaba poco más que un subsidio de estudiante.) Algunas veces, sin embargo, se consideraba afortunado por haberse casado con una neurótica rica, en cierto modo. Indirectamente, ella y su círculo de buscadores de placer, hicieron una contribución mayor de lo que imaginara para el avance de la ciencia. Sí, podría considerarse afortunado.

— ¿Qué tal de viaje, doctor Maitland? -preguntó el portero. Estaba barriendo el polvo rojizo que el viento trajera de la calle.

— Bastante bien, gracias -le respondió Maitland. Entró con sus maletas en el ascensor y marcó el décimo piso, esperando que el portero no se diera cuenta de la discrepancia en el tablero indicador. Su departamento estaba en el noveno, pero antes de marchar hacia el aeropuerto, había supuesto, con optimismo, que nunca lo vería más. Puso las dos llaves en un sobre y depositó éste en el buzón, para que lo hallara la mujer que hacía la limpieza semanal.

En el décimo piso salió y caminó por el pasillo, alrededor del cubo del ascensor, hacia la pequeña unidad de servicio, cercana a la escalera posterior. Una ventana se abría sobre la escalera de incendio que zigzagueaba por la fachada trasera del edificio, dando acceso, en cada recodo, a las ventanas de las cocinas de los departamentos. Maitland empleó la escalera para bajar hasta el descanso del piso inferior. Como todas las escaleras de incendio, ésta estaba diseñada para evitar que los ladrones subieran por ella, pero el acceso era fácil para quien viniera de arriba. Las pesadas puertas de seis pies de altura, que existían en cada descanso, estaban llenas de herrumbre que las ajustaba sólidamente en sus marcos. Maitland luchó con el viejo pasador mientras el viento le azotaba la cara.

Finalmente pudo hacer correr el cerrojo y entró cerrando la reja a su espalda. Recorrió el angosto balcón de concreto que se extendía a lo largo de la sección posterior de su departamento, pasando frente a las oscuras ventanas, hasta llegar a las puertas de la estancia en el otro extremo. Una ligera capa de polvo cubría los mosaicos bajo sus pies.

Antes de partir dejó todo asegurado, pero una de las ventanas no cerraba bien desde que Bobby de Vet, un gigantesco deportista sudafricano que siguiera como un falderillo a Susan, durante un viaje, se tropezó con ella durante una fiesta.

Bendiciendo a de Vet por su previsión Maitland se inclinó y lentamente movió el extremo inferior de la ventana, donde estaba rota la bisagra, y la desplazó del marco lo suficiente como para poder hacer correr el pasador inferior.

Abriendo la ventana, entró a la estancia.

Antes de que hubiera podido adelantar tres pasos, alguien le tomó por el cuello y le hizo perder el equilibrio. Cayó de rodillas y, al mismo tiempo, se encendieron las luces, revelando a Susan con la mano sobre el interruptor de la luz, cerca de la puerta.

Trató de liberarse de la figura que se hallaba detrás de él.

Se levantó y vio a un joven fornido con una amplia sonrisa en el rostro, que le apretaba el cuello con todas sus fuerzas.

Gruñendo dolorosamente, Maitland se sentó en la alfombra Susan vino hasta él.

— ¡Bú! -le dijo, con su boca formando un vivido capullo rojo.

Avergonzado por aparecer como un tonto, Maitland quitó de un golpe la mano que aún lo asía del cuello.

— ¡Pero si es el profesor en persona! -exclamó el joven Maitland lo reconoció. Era Peter Sylvester, un prometedor corredor de automóviles-. Espero no haberte hecho daño, Don. Maitland se ajustó el saco y trató de aflojarse la corbata. El nudo estaba encogido y reducido al tamaño de un chícharo.

— Siento mucho entrar de este modo, Susan -dijo-. Debo haberte sobresaltado. Me temo que perdí mis llaves.

Susan sonrió, extendió la mano sobre el fonógrafo y levantó el sobre que Maitland dejara en el buzón de la puerta.

— Oh, nosotros las encontramos, querido. Cuando empezaste a sacudir la ventana me pregunté quién sería, y parecías tan grande y peligroso que Peter pensó que no debiéramos correr riesgos.

Sylvester se dejó caer en un sillón, riendo para sí mismo. Maitland notó una botella medio llena, en el bar, y media docena de vasos sucios, distribuidos alrededor de la habitación. Parecía como si Susan hubiera estado allí sólo aquel día, cuando mucho.

La vio, por última vez, tres semanas antes, cuando ella dejó su automóvil para ser arreglado en el garage del sótano y subió al departamento para hablar por teléfono. Como siempre, se veía vivaz y feliz, sin preocuparse por la vida monótona que eligiera. Hija única de los años postreros de un magnate naviero, continuó en la escuela hasta los veinticinco años.

Maitland la encontró entre aquella fase y la presente. Por lo menos, se decía siempre, duró más que cualquiera de sus galanes. La mayor parte de ellos eran dejados a un lado, tras de unas cuantas semanas. Durante dos o tres años, fueron razonablemente felices, haciendo Susan todo lo posible para entender algo del trabajo de Maitland. Pero gradualmente descubrió que el fondo en fideicomiso que le diera su padre, le ofrecía una alternativa más interesante, una interminable sucesión de fiestas y fines de semana en la Riviera. Paulatinamente él la vio cada vez menos, y cuando ella se decidió a vivir en Worthing, la separación fue completa.

Ahora ella tenía treinta y dos años, y él notó la aparición de un detalle menos agradable en su personalidad. Pequeña y de cabellos oscuros, su piel era aún clara y blanca como diez años antes, pero empezaban a mostrarse los ángulos de su rostro, y sus ojos eran ahora sombríos. Tenía menos confianza, y era un poco más aguda. Sus amigos del momento eran llevados al trote, arrojando por la borda, más rápidamente, los días por vivir. Lo que realmente temía Maitland, era que ella decidiera volver a su lado y que reviviera los molestos momentos anteriores a su separación, un periodo interminable de riñas y penas.

— Me da gusto verte de nuevo, Susan -dijo, besándola en la mejilla-. Creí que permanecías en Worthing.

— Allá estábamos -dijo Susan-, pero hay demasiado viento. El mar cubre las playas y se aburre una de oír el oleaje a todas horas. -Ella se paseó por la sala, mirando los libreros. Intranquilo, Maitland se dio cuenta de que vería los huecos en los estantes donde él sacara sus libros de consulta para empacarlos. El fonógrafo era de Susan y lo dejó, pero envió por express la mayor parte de sus propios discos a su futuro domicilio. Afortunadamente, ella nunca los tocaba.

— Hay unas marejadas tremendas en toda la costa -intervino Sylvester-. Todos los grandes hoteles están cerrados. Hay costales de arena en las ventanas. Me recuerda el raid de Dieppe.

Maitland asintió, pensando para sí: Apuesto a que nunca estuviste en Dieppe. Pero recapacitó: Quizá sí estuviste. Me imagino que requiere nervios de alguna clase el ser un mal corredor de autos.

Se preguntaba cómo salir cuando Susan se volvió, con una cuartilla de papel escrito a máquina, en una mano. Él identificó el encabezado, impreso en rojo, cuando ella dijo:

— ¿Y tú qué has hecho, Donald? ¿Dónde has estado?

Maitland hizo un ademán vago.

— Nada interesante. Voy a dar algunas conferencias.

Susan movió la cabeza.

— ¿En Canadá? -preguntó calmadamente.

Sylvester se puso en pie y fue hacia la puerta, tomando de paso la botella del bar.

— Los dejo para que se conozcan mejor. -Guiñó un ojo a Maitland.

Susan esperó hasta que se hubo marchado.

— Encontré esto en la cocina. Parece ser de la Canadian Pacific. Siete piezas de equipaje en ruta hacia Vancouver. -Miró a Maitland- ¿Seguidos posiblemente por un marido solitario?

Se sentó en el brazo del sofá.

— Presiento que es un viaje sin regreso, Donald.

— ¿Te importa realmente? -preguntó Maitland. -No, sólo tengo curiosidad. Supongo que esto se planeó cuidadosamente. No renunciaste simplemente en el Middlesex y te fuiste a comprar tu pasaje. ¿Tienes trabajo en Vancouver?

Maitland asintió.

— En el hospital del Estado. He transferido mi beca. Créeme, Susan, lo he pensado cuidadosamente. De todos modos, perdona que lo diga, pero la decisión no te afecta mucho, ¿es así?

— En lo absoluto. No te preocupes, no estoy tratando de detenerte. No puede importarme, francamente. Pienso en ti, Donald, no en mí. Me siento responsable por ti, aunque parezca tonto. Me pregunto si debo dejarte ir.

Repentinamente hubo un ruido de vidrios rotos y la ventana se abrió de golpe. Una violenta ráfaga de aire levantó las cortinas hasta el techo, derribando una lámpara de pie. La fuerza impulsó a Maitland al otro lado de la alfombra. Afuera se escuchaba el estruendo de una veintena de puertas y ventanas sacudidas por el vendaval. Maitland colocó las cortinas en su lugar y forzó las ventanas para cerrarlas. El viento empujó con energía, aparentemente proviniendo del Este, con intensidad casi de huracán. Maitland colocó un pesado mueble, contra las hojas de la ventana, para impedir que el viento las abriera de nueva cuenta.

Susan permanecía de pie, cerca de la alcoba, con el rostro tenso,

— Así ocurría en Worthing -dijo calmadamente-. Algunas de las planchas del muelle volaron al llegar el viento. ¿A qué crees que se deba?

— A nada. Es la clase de fenómenos que habitualmente se presentan en el Atlántico en esta época del año.

— Los cristales del solarium también volaron en pedazos, en la villa. Antes de poder hacer nada, el viento entraba a la casa como un tornado.

— ¿Y qué hay de Sylvester? -preguntó sardónicamente Maitland-. ¿No pudo escudarte de la tempestad con sus anchos hombros?

— Donald, tú no entiendes. -Susan se acercó a él-. Era algo aterrador. Aquí en la ciudad no es tan malo, pero a lo largo de la costa el mar rebasa las playas. Nadie pudo prestarnos ayuda. Hay pedazos de concreto, del tamaño de esta habitación, llevados por la marea. Peter consiguió que uno de los granjeros nos llevara con su tractor. Maitland miró su reloj. Eran las seis de la tarde, hora de ponerse en camino si deseaba conseguir un hotel en dónde pasar la noche, aunque parecía como si todos los hoteles de Londres estuvieran llenos.

— Es extraño -comentó. Empezó a caminar hacia la puerta, pero Susan lo interceptó, con el rostro emaciado y los negros cabellos en desorden.

— Donald, por favor. No te marches aún. Me preocupa esto mucho. Y todo este polvo.

Maitland miró el polvo depositándose sobre la alfombra, filtrándose a través de la luz amarillenta como un tenue rocío.

— Yo no me preocuparía, Susan -le dijo-. Ya volará lejos. -Le sonrió débilmente y fue hacia la puerta. Ella lo siguió durante un momento y se detuvo después, mirándolo en silencio. Mientras daba vuelta a la perilla de la puerta, se percató de que ya empezaba a olvidarla, alejando de su memoria todo contacto son ella, borrando todos sus recuerdos.

— Te veré alguna vez -se las arregló para decir. Hizo un gesto vago con la mano y salió al corredor. Antes de cerrar la puerta, pudo verla dirigirse al bar.

Recuperó sus maletas del cuarto de servicio del piso superior, tomó el ascensor para bajar al vestíbulo y pidió al portero que le ordenara un taxi. Las calles estaban desiertas, con el polvo formando una capa que alcanzaba treinta centímetros de espesor en algunos sitios. Los árboles se doblaban bajo el impacto del viento, y la acera se hallaba cubierta de ramas y hojas. Mientras llegaba el taxi, llamó al aeropuerto y, tras de una larga espera, supo que todos los vuelos fueron suspendidos indefinidamente. Las oficinas devolvían el importe de los boletos y las nuevas reservaciones se harían sólo en una fecha que sería dada a conocer posteriormente.

Maitland había cambiado casi todo su dinero a dólares canadienses. Antes que pasar por la molestia de convertirlos a libras esterlinas, se las arregló para pasar una o dos noches, hasta que pudiera obtener pasaje en un trasatlántico, en la casa de un amigo llamado Andrew Symington, ingeniero en electrónica que trabajaba en el Ministerio del Aire.

Symington y su esposa vivían en una pequeña residencia en Swiss Cottage. Mientras el taxi se puso lentamente en camino a través del tráfico de Park Lane, Maitland se imaginó las bromas de los Symington cuando descubrieran que su largamente esperada, partida hacia Canadá, fue abruptamente postergada.

Andrew le había advertido de no abandonar sus años de trabajo en el Middlesex, simplemente para escapar de Susan y por su sentimiento de frustración por haberse relacionado con ella. Maitland se recostó en el asiento, mirando su imagen reflejada en la placa de cristal, a espaldas del conductor, tratando de decidir hasta dónde tenía razón Andrew. Fisonómicamente, parecía ser exactamente lo opuesto de la personalidad cicloide. Alto y ligeramente encorvado, rostro delgado y firme, con ojos tranquilos y una recia mandíbula. Si acaso, era demasiado' resuelto, inflexible; víctima de su propio temperamento racional, contemplándose a sí mismo con la misma lógica que aplicaba en el laboratorio. Era difícil decidir hasta dónde esto le hiciera feliz. Pensó en Susan.

El viento del Este había convertido las calles laterales en corredores de aire a presión, que azotaba las filas de automóviles, forzándolos a disminuir la velocidad a quince o veinte millas por hora.

Delante de ellos sonaron las bocinas, mientras que los coches disminuían la velocidad en ambos sentidos. Un momento después, una serpiente de luces intermitentes azotó la calle, a escasos metros del taxi.

El conductor frenó sin ninguna advertencia y Maitland se fue de bruces contra el panel de cristal, lastimándose la quijada. Al rebotar hacia atrás con el rostro entre las manos, una cascada de chispas cayo sobre la cubierta del motor del coche. Una línea de alta tensión se vino a tierra por el viento. Las ráfagas de aire la levantaban para volver a dejarla caer sobre el automóvil.

Empavorecido, el conductor abrió la puerta. Antes de que pudiera descender, el viento azotó la puerta violentamente, arrastrándolo a la calle. Se tambaleó, tropezando con los largos faldones de su sobretodo. Los cables llameantes tocaron nuevamente la cubierta del motor y flagelaron al conductor como un enorme látigo fosforescente.

Aún con las manos en el rostro, Maitland saltó del taxi, evitando los cables que se agitaban como serpientes. El tráfico se detuvo, y una pequeña multitud se congregó entre los coches parados, mirando desde una distancia respetable la cascada de chispas que cubría el cuerpo convulso del conductor.

Una hora más tarde, cuando llegó a la casa de los Symington, el lado izquierdo de su cara, donde se golpeara al frenar el taxi, estaba completamente hinchado. Mientras se frotaba con una bolsa de hielo, bebía whisky sentado en un sillón, y escuchaba el constante tamborileo del viento en los postigos de madera de las ventanas.

— Pobre diablo. Sólo Dios sabe si me será posible asistir a la encuesta. Debo estar en el barco en un par de días.

— Dudo que lo logres -dijo Symington-. No hay nada en el Atlántico por el momento. El Queen Elizabeth y el United States regresaron a Nueva York, hoy mismo, cuando apenas estaban a cincuenta millas de la costa. Esta mañana, un gran barco tanque se fue a pique en el canal y no pudimos enviar un solo barco o avión para rescatar a los sobrevivientes.

— ¿Cuánto tiempo lleva de soplar el viento? -preguntó Dora Symington. Era una chica regordeta, de cabellos oscuros, en espera de su primer hijo.

— Unas dos semanas -dijo Symington. Sonrió a su esposa-. No te preocupes, no durará siempre.

— Bueno, espero que no -dijo su esposa-. No puedo salir ni a dar un paseo, Donald. Y todo está tan sucio.

— El polvo es bastante curioso -concedió Maitland.

Symington asintió, mirando pensativamente las ventanas. Era diez años mayor que Maitland, su cráneo redondo mostraba una incipiente calvicie y sus ojos eran vivaces e inteligentes.

Después de que charlaron durante media hora, ayudó a su esposa a ir a la cama y retornó con Maitland, cerrando las puertas cuidadosamente.

— Dora está próxima a dar a luz -dijo a Maitland-. Me duele que pase por toda esta excitación.

No estando Dora, Maitland se dio cuenta de lo desnudo que parecía el cuarto, y notó que toda la cristalería y adornos, así como los libros de las estanterías, habían sido empacados.

— ¿Se cambian de casa? -preguntó, señalando a los desnudos estantes.

Symington movió la cabeza. -No, solamente tomamos algunas precauciones. Dora dejó la ventana de la recámara ligeramente abierta y un trozo de espejo, llevado por el viento, estuvo a punto de degollarla. Si se hace más fuerte el viento, algunas cosas realmente grandes empezarán a moverse.

Algo en el tono de Symington puso a Maitland en guardia.

— ¿Esperan acaso que empeore? -preguntó.

— Bueno, te interesará saber que aumenta a razón de cinco millas por hora cada día. Por supuesto no puede incrementarse indefinidamente en esa proporción, o nos volaría de la faz de la tierra. Pero no se puede tener la certeza de cuándo cederá, cuando ya la paciencia se ha exasperado. -Llenó su vaso con whisky, le añadió un poco de agua y tomó asiento frente Maitland, examinando la herida de éste. El oscuro chirlo ascendía desde su barbilla hasta la frente.

Maitland se dio cuenta de que las preocupaciones de su abortada huida de Inglaterra impidieron que apenas concediera mayor importancia al viento. En el aeropuerto pensó en ello como una variante del tiempo, simplemente esperando, con la típica impaciencia de todo viajero, que amainara para permitirle abordar su avión.

— ¿Qué piensan los meteorólogos acerca de esto? -preguntó.

— Ninguno parece saberlo. Tiene ciertamente muchos detalles extraños. No sé si lo habrás notado, pero no cede, ni aun momentáneamente. -Escucharon el constante ulular del viento pasando a través de las chimeneas y los tejados.

— ¿Qué velocidad tiene ahora? -preguntó Maitland.

— Unas cincuenta y cinco. Bastante fuerte, realmente. Es asombroso que todos estos sitios lo resistan. No me gustaría estar en Tokio o en Bangkok.

Maitland levantó la vista.

— ¿Quieres decir que están pasando por el mismo problema?

Symington asintió.

— El mismo problema, el mismo viento. Es otra cosa 'curiosa, a propósito. Hasta donde podemos saber, la fuerza del viento se está incrementando en la misma proporción en todo el mundo. Alcanza la mayor velocidad en el ecuador, unas sesenta millas por hora, y disminuye gradualmente con la latitud. En otras palabras, es como si un cascaron de aire sólido, con su eje en los polos, girara alrededor del globo. Puede haber algunas variantes menores donde las condiciones locales de los tiempos predominan sobre las condiciones generales. -Miró su reloj-. Oigamos las noticias de las diez.

Encendió el radio portátil y aumentó el volumen.

— … .se ha reportado una extensa devastación en muchas partes del mundo, particularmente en el Lejano Oriente y en el Pacífico, donde decenas de miles han quedado sin hogar. Vientos huracanados han arrasado pueblos y aldeas, causando inundaciones y obstruyendo los esfuerzos de los trabajadores de rescate. Nuestro corresponsal, en Nueva Delhi, ha informado que el gobierno indio tomará medidas de socorro para los damnificados. Por cuarto día consecutivo, la navegación ha estado suspendida. No se han recibido noticias aún de ningún sobreviviente del barco tanque de 65,000 toneladas, Onassis Flyer, que se hundió en el canal, esta mañana…

Symington apagó el radio y tamborileó ligeramente con los dedos sobre la mesa.

— Es exagerado llamarlo un huracán. Cien millas por hora es una velocidad devastadora. No es posible llevar a cabo operaciones de auxilio; la gente está demasiado ocupada tratando de encontrar un agujero donde esconderse.

Maitland cerró los ojos, escuchando el golpeteo de los postigos. A lo lejos se dejó oír la bocina de un automóvil. Londres parecía sólida y segura, una vasta e inamovible masa de tabique y mortero, en comparación con las endebles ciudades de bambú del Pacífico.

Symington fue a su estudio y regresó, unos momentos más tarde, con un bastidor de tubos de ensayo. Los puso en la mesa y Maitland se inclinó para verlos bien. Eran media docena en total, con etiquetas y anotaciones. Cada uno de ellos contenía el polvo rojizo que Maitland viera por todos lados durante los días anteriores. En el primer tubo había un cuarto de pulgada, en los demás aumentaba progresivamente la cantidad, hasta el último de ellos, que contenía casi tres pulgadas.

Las etiquetas mostraban las fechas.

— He estado midiendo la precipitación diaria del polvo -explicó Symington-. Hay un pluviómetro en el jardín.

Maitland tomó uno de los tubos.

— Casi diez centímetros cúbicos -exclamó-. Bastante pesado. -Levantó el tubo para verlo a la luz, y agitó los cristales de lado a lado-. ¿Qué son? Parecen de arena, ¿pero, de dónde diablos proceden?

Symington sonrió sombríamente.

— De muy lejos. Por curiosidad pedí a uno de los químicos de suelos, del ministerio, que analizara una muestra. Aparentemente es loes, la fina capa cristalina que forma el manto superior de las llanuras aluviales del Tibet y el norte de China. No hemos recibido noticias recientes de allá, y no me sorprende. Si las mismas concentraciones de polvo están cayendo sobre todo el hemisferio norte, ello significa que algo así como cincuenta millones de toneladas de tierra han sido acarreados a través del Medio Oriente y Europa, y descargadas sólo en las Islas Británicas. Eso equivale a medio metro de polvo sobre toda la superficie del país.

Symington dio unos pasos en dirección a la ventana. Se volvió hacia Maitland, el cansancio reflejado en el rostro.

— Donald, tengo que admitirlo; estoy preocupado. ¿Te das cuenta del peso muerto de una masa semejante? Debió de haber frenado al viento. ¡Dios mío, si puede mover a medio Tíbet sin ningún esfuerzo, puede mover cualquier cosa!

El teléfono del vestíbulo llamó. Excusándose, Symington salió de la sala. Cerró la puerta a sus espaldas, pero las constantes pulsaciones de la presión, ocasionada por el viento al golpear los postigos, finalmente soltaron el pestillo.

A través de la angosta abertura, Maitland pudo oír:

— … Creí que se suponía que tomaríamos posesión del viejo campo aéreo de la RAF, en Tern Hill. Los depósitos de las bombas H tienen un espesor de cinco metros y están conectados con pasajes subterráneos. ¿Qué? Bien, diga al ministro que el espacio mínimo requerido, para acomodar a una persona durante un periodo mayor de un mes, son novecientos metros cúbicos. Si amontona a miles de gentes en esas plataformas subterráneas, pronto enloquecerán…

Symington regresó y cerró la puerta, y se quedó mirando el piso, pensativamente.

— Temo que no pude evitar escuchar algo de lo que hablabas -dijo Maitland-. ¿Seguro que el gobierno ya está tomando medidas de emergencia?

Symington miró fijamente a Maitland, durante algunos segundos, antes de responder.

— No, no exactamente. Solamente unas cuantas medidas precautorias. Hay gente en la Oficina de Guerra cuyo trabajo es estar permanentemente tres saltos más adelante que los políticos. Si el viento continúa incrementando, digamos hasta tener la intensidad de un huracán, habrá un griterío en la Cámara de los Comunes si no hemos preparado al menos un puñado de abrigos profundos. Mientras que se haya puesto a salvo un décimo del uno por ciento de la población, todos estarán contentos -hizo una pausa-. Pero Dios tenga piedad del resto.

* * *

El sonido de los motores se dejó escuchar al pie de la colina.

Durante un momento, el eco reverberó en la corriente de aire que se movía sobre la tierra fría, y, abruptamente, a doscientos metros más allá, la línea del horizonte se levantaba hacia el cielo mientras que las largas líneas de vehículos avanzaban pesadamente hacia delante. Como robots gigantescos, preparándose para una batalla del futuro, los tractores y conformadoras avanzaban lentamente, unes frente a otros. Se movían en dos líneas paralelas, cada una compuesta por cincuenta vehículos cuyas ruedas eran tan grandes como casas, al extremo de ejes de tres metros de ancho.

Encima, en las cabinas de los martillos hidráulicos y las grúas de metal, sus conductores se mantenían casi inmóviles ante los controles, inclinándose en sus asientos cuando los vehículos rodaban por las pendientes, en el verde pasto. De los escapes de los vehículos brotaban nubes de humo, barrido por el oscuro viento, mientras el aire se llenaba del trueno amenazador de sus motores.

Cuando las hileras estuvieron a doscientos metros la una de la otra, sus flancos giraron en ángulos rectos para formar un enorme cuadrado, y todo el conjunto se detuvo en seco.

Mientras pasaban los minutos, sólo podía escucharse el viento, silbando a través de los agudos ángulos de metal de las máquinas. Entonces una pequeña, pero robusta figura, cubierta con un abrigo oscuro, se desprendió rápidamente de la línea de vehículos y fue hacia el centro del cuadrado. Allí se detuvo, con la cabeza desnuda, revelando una gran frente abombada, pequeños y duros ojos y boca cruel. Volvió el rostro hacia el viento, levantando la cabeza ligeramente, de tal modo que su pesada mandíbula apuntaba como la proa acorazada de un antiguo navío de guerra.

Rodeado por las máquinas, permaneció con la mirada perdida más allá de aquéllas, mientras el viento agitaba los faldones de su sobretodo.

Mirando su reloj, levantó el brazo, empuñó la mano sobre su cabeza y lo dejó caer en forma tajante.

Con un rugido de escapes y embragues, los enormes vehículos se pusieron en movimiento, las filas se, rompieron en una masa de metal y ruedas en movimiento.

Mientras se alejaba a iniciar sus tareas, el hombre, de rostro de hierro, permanecía en silencio, ignorándolas, con los ojos aún fijos en el viento.

Capítulo II

Desde la Base de Submarinos

DE: ALMIRANTE HAMILTON, SEXTA FLOTA DE LOS E.U.A., A BORDO DEL USS EISENHOWER, TUNEZ, AL COMANDANTE LANYON, USS TERRAPIN, GENOVA: GENERAL VAN DAMM AHORA EN HOSPITAL MILITAR, NIZA. FRACTURAS MÚLTIPLES ESPINA. RECOJA 'TRANSPORTE DE TROPAS EN CENTRO DE TRANSPORTES DE LA OTAN EN GENOVA. VELOCIDAD POSIBLE DEL VIENTO: 85 NUDOS.

Encogido en la torrecilla de mando, Lanyon leyó el mensaje, hizo una señal al marinero y éste saludó, desapareciendo hacia la cubierta inferior.

Seis metros arriba de su cabeza, el techo de concreto de la esclusa estaba cubierto por la humedad que goteaba constantemente al estar el submarino dentro de las agitadas aguas. Las puertas de hierro del refugio estaban cerradas, pero el mar exterior golpeaba contra las pesadas rejas y lanzaba altas marejadas a lo largo de los noventa metros de longitud del muelle cubierto. El submarino se balanceaba, atado a sus amarras, mientras las olas se rompían en la pared opuesta, lanzando nubes de espuma sobre la popa del Terrapin.

Lanyon esperó hasta que la última de las amarras hubo sido atada, saludó al encargado de las maniobras, un teniente rubio que estaba en la cabina de concreto que sobresalía del cercano muro. Descendió por la escotilla y entró al cuarto de controles, pasó a un lado de la torrecilla del periscopio y se dirigió a su cabina.

Se sentó en su litera y se aflojó el cuello del uniforme, lentamente, ajustándose al rítmico ascenso y descenso del submarino. Después de tres días de crucero en el Mediterráneo, a una estable y cómoda profundidad de veinte brazas, la superficie parecía una cordillera. Sus instrucciones eran hacer una prueba de superficie en la ruta, en una caleta abrigada de la costa de Sicilia. Pero aún antes de que la torre del submarino emergiera, éste dio una guiñada de treinta grados y fue azotado por un mar embravecido que casi lo puso vertical sobre popa. Permanecieron sumergidos hasta alcanzar las aguas relativamente abrigadas, en la base de submarinos de Genova, pero aún allí tuvieron problemas para salvar los restos del destruido rompeolas.

Lanyon trató de no pensar en los navíos de superficie. En Túnez, lo que restaba de la Sexta Flota, estaba embotellada entre escombros. El mar irrumpía en la bahía, enviando olas de dos pies de altura, trescientos metros tierra adentro, azotando el transporte de 95,000 toneladas, Eisenhower, y los dos cruceros atados al muelle. La última vez que viera al Eisenhower, la enorme nave se inclinaba veinticinco grados, y el constante ascenso y descenso que era de quince metros de amplitud, ya había empezado a desprender enormes trozos de concreto de los costados del muelle.

Genova, escudada un poco por las colinas y la masiva península, parecía estar más quieta. Con suerte, Lanyon confiaba en que los militares conservaran la calma en vez de correr como chiquillos, asustándose de su propia sombra.

Lanyon arrojó su gorra sobre el escritorio y se tendió en el camastro. Como hombre de submarino sentía (irracionalmente, y lo sabía) que el viento no era su problema. A los treinta y ocho años, de edad, llevaba quince sirviendo en submarinos, desde que dejó Annapolis. La tradicional autosuficiencia del servicio era ahora una parte de sí mismo. Así que aún vivía Van Damm. Otro oficial dijo confidencialmente a Lanyon, que el general habría muerto para cuando llegaran a Genova, pero ya fuera esto cierto o simplemente una treta sicológica, ya que todos los tripulantes parecían estar informados de lo mismo, Lanyon no tenía modo de enterarse. Ciertamente Van Damm resultó gravemente herido en el accidente de aviación en el aeropuerto de Orly, pero por lo menos tuvo la suerte de salir con vida. La tripulación del Constellation y dos de los asistentes del general, murieron en el sitio.

Ahora Van Damm estaba en Niza, y el Terrapin tendría que rescatarlo. Lanyon se preguntó si valía la pena. Hasta el momento del accidente, se esperaba que Van Damm se declarara candidato demócrata en la próxima elección, pero actualmente no tendrían mucho interés en él los jefes del partido. Sin embargo, presumiblemente se pagaba una deuda de honor. Después de tres años como comandante de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), Van Damm aspiraba al retiro, y probablemente el Pentágono trataba de hacer honor al compromiso adquirido con él con anterioridad.

Llamaron a la puerta y el teniente Matheson, segundo de Lanyon, asomó la cabeza.

— ¿Se puede, Steve?

Lanyon se enderezó en la litera.

— Seguro, pasa.

Matheson parecía ligeramente ansioso, con el rostro tenso y preocupado.

— Oí que aún se sostenía Van Damm. Pensé que se suponía que para esta hora ya hubiera entregado cuentas.

Lanyon se encogió de hombros. El Terrapin era un pequeño submarino de clase J, y aparte de él mismo, Matheson era el único oficial a bordo. Lo que lo atemorizaba era que tal vez tendría que encargarse de ir a Niza a rescatar a Van Damm.

Lanyon sonrió. Le agradaba Matheson, un muchacho simpático con un tranquilo sentido del humor que Lanyon apreciaba. Pero Matheson no era un héroe.

— ¿Cuál es ahora el programa? -insistió Matheson-. Es una gira de doscientos cincuenta millas a la costa de Niza, y sólo Dios sabe lo que será. ¿Crees que vale la pena acercarse un poco más? Hay fondo suficiente en Monte Cario.

Lanyon movió la cabeza. -Está lleno de yates destrozados. No podemos correr el riesgo. No te preocupes, la velocidad del viento es de sólo noventa millas por hora. Probablemente empiece a amainar hoy.

Matheson rezongó desanimadamente.

— Es lo que han estado diciendo las tres últimas semanas. Creo que estaríamos locos en perder dos o tres hombres tratando de rescatar un cadáver.

Lanyon respondió calmadamente.

— Van Damm no ha muerto aún. Ha hecho su trabajo y creo que nosotros debemos hacer el nuestro.

Se puso en pie y tomó un pesado chaquetón de cuero de un perchero y se ciñó una.45 de servicio. Se miró en el espejo y arregló su uniforme.

Después de ponerse la gorra, abrió la puerta.

— Vamos a ver qué pasa en la cubierta.

Subieron a la torrecilla y cruzaron el portalón para pasar al angosto muelle pegado a la pared del albergue del submarino. Una escalera los llevó a la sala de controles, en el extremo de la construcción.

Había una docena de diques en total, con cupo para cinco submarinos cada uno, pero sólo tres naves estaban en sus lechos, preparándose para misiones de rescate análogas a las del Terrapin.

Todas las ventanas, ante las que pasaron, estaban tapiadas, pero aun a través de los tres pies de concreto podían escuchar el constante rugido de la tormenta de viento.

Un marinero los guió hasta una de las oficinas del Cuartel General donde el mayor Hendrix, el oficial de enlace, los saludó.

La oficina era cómoda, pero algo en el aspecto de Hendrix, la fatiga retratada en su semblante, los dos botones que faltaban en su uniforme, advirtieron a Lanyon que en el exterior encontraría condiciones menos favorables.

— Me alegra verlo, comandante -dijo apresuradamente Hendrix. Un par de carteras con mapas y un paquete de dinero estaban en su escritorio. Los empujó hacia adelante-. Perdóneme si voy directo al punto, pero el ejército se está retirando de Genova, hoy, y tengo un millón de cosas que hacer-. Miró el reloj de la pared durante un momento, después conectó el aparato de intercomunicación-. Sargento, ¿cuáles son los últimos datos que tenemos?-Ciento quince y doscientos sesenta y cinco grados magnéticos, señor.

Hendrix levantó la vista hacia Lanyon.

— Ciento quince millas por hora y rumbo este, comandante. El vehículo lo espera en la bodega de transportes. Hay un conductor de la Armada y un par de ordenanzas de la enfermería. -Se puso en pie y dio la vuelta al escritorio-. El camino costero está aparentemente abierto, pero cuídese de los edificios que se vienen por tierra, en los pueblos. -Miró a Matheson-. Me imagino que el teniente irá a recoger a Van Damm, comandante.

Lanyon movió la cabeza.

— No, de hecho yo iré, mayor.

— Un momento, señor -empezó a interrumpir Matheson, pero Lanyon lo detuvo con un gesto.

— Está bien, Paul. Me gustaría echar un vistazo al escenario.

Matheson hizo intento de hablar, pero prefirió callar.

Se encaminaron al pabellón de vehículos, escuchando cómo crecía el sonido del viento al pasar por los corredores. Se habían instalado puertas giratorias en las salidas, operadas cada una por un par de hombres, con poderosos malacates.

Se les incorporó el conductor. Lanyon se volvió a Matheson.

— Te llamaré en seis horas, cuando lleguemos a la frontera. Pregunta a Hendrix y avisa si llega algo de Túnez.

Cerró la chaqueta con un cierre relámpago, hizo una señal al conductor y entraron a una sección de la puerta Los encargados de su mecanismo la hicieron girar y Lanyon salió a la luz del sol y de inmediato la fuerza huracanada del viento lo empujó a un angosto patio entre dos edificios de concreto. El aire llevaba nubes de arena y piedrecillas que le azotaron inmisericordemente el rostro. Antes de poder asirla, su gorra se elevó por los aires y salió disparada entre un remolino.

Estrechando fuertemente las carteras de mapas, se acercó al camión militar, un macizo vehículo de doce ruedas, con sacos de arena atados sobre la cubierta del motor y el parabrisas, y pesados postigos de acero soldados en las ventanillas.

Dentro, los dos ordenanzas descansaban en silencio sobre un colchón. Usaban trajes de plástico, de una sola pieza, dotados de capuchones ceñidos alrededor del rostro, de tal modo que sólo se veían los ojos y la boca. De sus cuellos pendían anteojos abultados. Lanyon ascendió al asiento del copiloto y esperó al conductor antes de cerrar las puertas. El interior del vehículo era frío y penumbroso. La única luz provenía del espejo del periscopio, montado sobre el tablero de control. Las puertas y los pedales estaban sellados con algodón, pero una corriente constante de aire silbaba a través de los casquillos del embrague y los frenos, helando las piernas de Lanyon.

Miró por el periscopio. Directamente, al frente, se podía ver un angosto camino de asfalto a lo largo de una hilera de altos edificios: los muros traseros de los albergues de los submarinos. A un cuarto de milla, más allá, estaba lo que parecía una cerca: postes inclinados de los que colgaban todavía unas cuantas hileras de alambre de púas. Lejos de ese límite, se extendía una espesa niebla gris, una terrible tormenta de polvo a ras de tierra que vino directamente hacia ellos y pasó sobre sus cabezas. Mirando hacia arriba, vio que contenía millares de objetos diversos, pedazos de papel y desperdicios, hojas, trozos de vidrio, todo flotando a la deriva en la enorme marea de polvo.

El conductor tomó su lugar, encendió la radio y habló al control de tránsito. Al recibir la señal de partida, inició la marcha del vehículo contra del viento.

El transportador se desplazó a una velocidad constante de diez millas por hora, pasó los albergues y dio vuelta en el camino del lindero. Al hacerlo, el vehículo se inclinó sobre un costado al recibir de lleno el golpe del viento. Ya sin el amparo de los sacos de arena, hubo un continuo repiqueteo de los objetos que golpeaban contra los costados inclinados del camión, con violencia de proyectiles.

— Se siente como en una nave del espacio atravesando una lluvia de meteoros -comentó Lanyon.

El conductor, un tipo de Brooklyn llamado Goldman, asintió.

— Sí, hay en movimiento algunas cosas realmente grandes, comandante.

Lanyon miró por el periscopio. Éste tenía un ángulo de movimiento de noventa grados y permitía una satisfactoria visión del camino. A un cuarto de milla de distancia estaban las puertas de la base y un enjambre de alojamientos de un solo piso, medio oscurecidos por la nube de polvo. A la derecha estaban grandes unidades de dos o tres pisos; depósitos de combustible con tanques subterráneos, ventanas protegidas con sacos de arena y estaciones de servicio enfundadas en cubiertas de lona.

Genova se extendía a sus espaldas, oculta por la niebla. Salieron por la entrada de la base y tomaron el camino costero que corría media milla tierra adentro, una carretera amplia de concreto excavada en la ladera de las colinas que se extendían hacia el escudo montañoso de Ajaccio. Todas las cosechas de los campos adyacentes habían sido barridas, pero las granjas de piedra abrigadas en los pasos entre las colinas, aún estaban intactas, con los techos lastrados por hileras de baldosas de piedra.

Pasaron por una sucesión de aldeas grisáceas, con ventanas protegidas por tablones contra la tormenta y callejuelas congestionadas por los restos de viejos automóviles e implementos agrícolas. En la plaza principal de Larghetto, un ómnibus yacía sobre un costado, y sobre las fuentes vacías se erguían estatuas decapitadas. El techo de la alcaldía del siglo XIV ya no existía, pero la mayoría de los edificios y las casas que vieron, a pesar de su apariencia superficial de decrepitud, eran bastante capaces de resistir los vientos de intensidad huracanada. Probablemente eran más fuertes que las casas estilo rancho, de dos niveles, construidas en serie en los fraccionamientos residenciales de los Estados Unidos.

— ¿Pueden escucharse algunas noticias en medio de este ruido? -preguntó Lanyon a Goldman, señalando la radio.

El conductor la encendió y dio vuelta al sintonizador, evitando los canales del ejército y la armada.

— Por primera vez no tiene nada qué decir la Fuerza Aérea -comentó con una breve risa-. La AFN de Munich aún estará en el aire.

Una lluvia de guijarros, contra el costado del vehículo, ahogó la voz de un noticiero, pero aumentando el volumen, pudo Lanyon escuchar:

— … .no se dispone de noticias del área del Pacífico, pero se teme que vientos de fuerza huracanada y fuertes inundaciones hayan causado miles de víctimas en islas tan distantes como Okinawa y las Salomón. El Primer Ministro de la India ha señalado medidas de auxilio en escala total, y Persia e Irak colaboran en la organización del envío de suministros para pueblos y aldeas arrasadas. En la asamblea de la ONU, el bloque afro-asiático presentó una resolución pidiendo que las Naciones Unidas emprendan una misión de auxilio global. Una amplia área de inundaciones, ha traído daños sin precedentes al Medio Oeste. Los daños se estiman en cuatrocientos millones de dólares, pero hasta ahora, las pérdidas de vidas han sido escasas…

Por lo menos eso, pensó Lanyon. Las inundaciones pudieran traer el riesgo del tifo y el cólera, pero hasta ahora, por lo menos, aun en el área del Pacífico, fueron escasas las pérdidas de vidas. Un huracán como el que viera en la base de Key West, dos años atrás, surgió del Caribe sin ninguna advertencia, y casi toda la costa del Atlántico fue tomada por sorpresa. Veintenas de personas murieron, mientras viajaban en sus automóviles rumbo a casa. Esta vez, sin embargo, el incremento gradual de la velocidad dio oportunidad a todos de clavar los techos, excavar abrigos en el jardín o en el sótano y acumular comestibles.

Pasaron a través de San Remo, con las líneas de hoteles sacudidas por el viento que azotaba los centenares de balcones y ventanas cerrados con postigos. Abajo, el mar se agitaba en olas monstruosas y la fina neblina que, formaban sus salpicaduras limitaba la visibilidad a una milla.

Uno o dos vehículos los pasaron, arrastrándose bajo el peso de los sacos de arena. Eran camiones militares italianos, patrullando las calles desiertas barridas por el viento. Los vieron alejarse.

Lanyon dormitó un rato. Se despertó justamente cuando cruzaban la plaza principal de un pequeño pueblo, al escuchar un fuerte golpeteo en las planchas de acero de la parte trasera.

Los golpes se repitieron a intervalos rápidos, y, a través de la gruesa coraza blindada, Lanyon escuchó los apagados sonidos de alguien que gritaba.

Se sentó y miró por el periscopio, pero la calle empedrada parecía desierta ante ellos.

— ¿Qué pasa? -preguntó al conductor.

Goldman tiró la colilla de su cigarrillo.

— Algo pasa allá atrás, comandante. No puedo darme cuenta de qué se trata.

Presionó el acelerador y aumentó la velocidad a quince millas por hora. El ruido cesó, y después se reanudó con mayor insistencia, mientras que la voz se entremezclaba roncamente con el viento.

Lanyon golpeó el volante.

— Reduzca la velocidad durante un segundo. Voy a ver qué para.

Goldman empezó a protestar, pero Lanyon bajó el respaldo de su asiento, pasó sobre los dos ordenanzas sentados en el colchón y fue hacia las puertas traseras. Deslizó los postigos de la ventanilla y miró al exterior. Un pequeño grupo de gente se agolpaba alrededor del pórtico de una iglesia de muros grises, en el lado norte de la plaza. Entre ellas se encontraban varias mujeres, cubiertas con mantos negros, retrocediendo hacia la entrada remetida en la fachada. Un montón informe de escombros se levantaba a sus pies entre nubes de polvo y mortero.

Faltaba la torre de la iglesia. Los restos de una esquina de mampostería, a quince metros de altura, se balanceaban precariamente mientras el viento desmantelaba trozos enteros que caían a la calle.

Uno de los ordenanzas se arrastró hasta Lanyon.

— La torre acaba de venirse abajo -le informó Lanyon. Indicó el montón de envases de cartón que llevaban-. ¿Qué tienen allí?

— Plasma, oxígeno, penicilina -dijo el ordenanza-. No podemos usarlos aquí, comandante. Está reservado para el general.

— No se preocupe. Tendrán más medicinas en Niza.

— Pero comandante, pueden habérseles terminado. Probablemente allá las bajas han sido grandes también. Es un hospital pequeño, apenas una unidad para atender la habitual disentería de los veraneantes.

Una figura apareció tras del camión, oprimiendo el rostro contra las rejillas, balbuciendo en italiano. Era un hombre robusto con hombros fornidos y cabellos negros rematando unas facciones toscas.

El ordenanza se retiró, pero Lanyon empezó a abrir las puertas. Por encima de su hombro gritó a Goldman.

— ¡Retroceda hacia la iglesia! Veré si podemos darles una mano.

— Comandante, una vez que empecemos a ayudarlos nos será imposible llegar a Niza. Ellos tienen sus propias unidades de rescate trabajando.

— No aquí, de todos modos. ¡Vamos, ya me oyó, retroceda! Mientras descorría el pasador dé la puerta, el robusto italiano se la arrancó de las manos. Se veía enojado y cansado, sacó a Lanyon del camión, gritándole y señalando a la iglesia. Goldman movía el vehículo en reversa, hacia la plaza, mientras que los ordenanzas salían y cerraban la puerta del transportador.

Al llegar a la iglesia, a su alrededor continuaban cayendo restos de tabique y mortero. El italiano se abrió paso a través de la gente de la entrada y condujo a Lanyon hasta la nave.

Dentro del templo parecía haber explotado una bomba en el centro de una multitud. Un grupo de mujeres y hombres, de mayor edad, se agrupaban alrededor del altar mientras que el sacerdote y cinco o seis hombres, más jóvenes, retiraban los montones de escombros que cayeron a través del techo al desplomarse la torre, acarreando en su caída una de las grandes vigas de la estructura. La viga yacía a través de las bancas. Debajo, entre los restos de mampostería, Lanyon pudo ver trozos de tela negra, zapatos torcidos y figuras encogidas de los cuerpos aplastados.

Encima, el viento desmantelaba, una tras otra, las hileras de tejas que formaban los dentados bordes del agujero de tres metros de diámetro, impidiendo que los hombres pudieran terminar de remover los escombros sobre los bancos. Lanyon se unió al corpulento italiano para tratar de mover la enorme viga, pero sus esfuerzos fracasaron.

Lanyon se volvió para dejar la nave, pero el italiano corrió tras de él y lo tomó por el hombro, con el rostro contorsionado por la ira y la fatiga.

— ¡No se vaya! -aulló. Señaló el montón de escombros-. ¡Mi esposa, mi esposa! ¡Quédese!

Lanyon trató de apaciguarlo, indicándole el camión que había retrocedido hasta la entrada, con las puertas abiertas.

Se libró del italiano y corrió hasta el camión, gritando.

— ¡Goldman, echa a andar el malacate! ¿Dónde está el cable?

Lo sacaron del arcón bajo el piso trasero, lo engancharon a la polea y llevaron el extremo libre al interior de la nave. Lanyon y el italiano lo ataron a la viga, entonces Goldman hizo funcionar la poderosa máquina de 550 caballos de fuerza y tensó el cable, moviendo lentamente la viga hacia un lado de los bancos, hacia el pasillo central. Inmediatamente dos o tres personas atrapadas bajo los bancos empezaron a estremecerse. Una de ellas, una i mujer joven que vestía los restos de un vestido negro que ahora estaba tan blanco como un vestido de novia, se las arregló para enderezarse y quedar libre. A los pies de ella, Lanyon pudo ver varias figuras inmóviles, mientras el robusto italiano removía frenéticamente los escombros con sus manos, apartándolos con fuerza sobrehumana.

Otro grupo de gente entró a la nave, y Lanyon se volvió para ver un escuadrón de tropas uniformadas, que llegaban guiados por un par de policías carabineros, llevando camillas y equipos de plasma.

— Muchas gracias, capitán -le dijo el sargento-. Estamos muy agradecidos por su ayuda. -Movió la cabeza tristemente, mirando en rededor-. La gente rezaba para que terminaran los vientos.

Lanyon y los ordenanzas regresaron al transportador, cerraron las puertas y se alejaron.

Dando masaje a sus manos laceradas y tratando de recobrar el aliento, Lanyon se volvió hacia los dos ordenanzas.

— ¿Vio alguno de ustedes si el tipo ése logró sacar a su esposa?

Movieron la cabeza con duda.

— No lo creo, comandante.

Goldman aceleró la máquina y enderezó el periscopio.

— Aumenta la velocidad del viento, comandante. Ahora es de ciento diez. Tenemos que movernos para llegar a Niza al oscurecer.

Lanyon estudió al conductor, viendo la colilla del cigarrillo pendiente de sus labios.

— No se preocupe marinero -dijo-, me concentraré ahora en el general.

Cruzaron la frontera en Vintemille, a las siete de la tarde, y se comunicaron por radio con Niza y Genova. Las endebles casetas de aduanas y las cercas de madera habían desaparecido; los guardas fronterizos de ambos lados estaban enterrados en cobertizos protegidos por sacos de arena, bajo la superficie del suelo.

Llegaron a Niza en un par de horas, tomando el camino de Corniche a través de las colinas. Ante el emplazamiento del hospital se agolpaban cientos de camiones y jeeps, mientras sus conductores se abrigaban en las entradas de los andenes de carga. Un par dé policías militares guiaron el transporte hasta una de las alas posteriores, donde Lanyon y los ordenanzas descendieron y entraron trabajosamente al edificio.

— Llega usted más tarde de lo esperado, comandante -dijo un robusto mayor de rostro rubicundo, a Lanyon-. Me imagino que está difícil la cosa allá afuera.

Condujo a Lanyon a una oficina lateral donde los esperaba una mesa con café y panecillos.

Lanyon se quitó el chaquetón y se sirvió café, y después se sentó con alivio sobre un largo cofre de teca que descansaba sobre una mesilla, de poca altura, contra el muro.

Dejando el cigarrillo, el mayor le acercó apresuradamente una silla de lona.

— Lo siento comandante, pero es mejor que se siente en ésta, no deseamos faltar al respeto al general, ¿no es así?

Lanyon se puso en pie.

— ¿De qué habla? -preguntó intrigado-. ¿Cuál general?

El mayor sonrió.

— Van Damm. -Señaló a la caja de teca-. Estaba usted sentado encima de él.

Lanyon dejó su taza sobre la mesa.

— ¿Quiere decir que Van Damm ha muerto? -Cuando el mayor asintió, miró el ataúd, moviendo lentamente la cabeza. Estaba sólidamente sellado con flejes de acero, y mostraba un sello de la comisión de funerales, franqueada con una orden de traslado de París.

El mayor empezó a reír ruidosamente, mirando el destrozado uniforme de Lanyon, de arriba a abajo, y moviendo la cabeza con divertido asombro. Lanyon aguardó a que terminara.

— Dígame ahora qué contiene realmente -preguntó-. ¿Una bomba atómica, o un contrabando de champaña?

Riendo aún, el mayor sacó una licorera de bolsillo, tomó un vaso de papel del pedestal del garrafón de agua y pasó ambas cosas a Lanyon por encima de la mesa.

— No, es realmente Van Damm. Parece una hora muy inoportuna de llevarlo a casa, pero está destinado al Cementerio de Arlington, y si no se va ahora, hay bastantes posibilidades que no se vaya nunca. No habrá sitio.

Lanyon se sirvió un trago de whisky.

— ¿Así que resultó muerto en el accidente?

— Estaba muerto antes del accidente. Van Damm murió hace dos semanas en un choque de autos en España. Estaba haciendo una visita privada a Franco, la cual se había mantenido en secreto por razones políticas, para que no dañara su campaña. Su cuerpo era enviado a casa en el avión. Nadie sobrevivió al accidente de Orly. El avión cayó a tierra, de espaldas,' antes de recorrer cien metros. Se volteó como un dardo de papel. Rescataron los restos de Van Damm y decidieron enviarlos a Niza para ser recogidos. -Recuperó su frasco de whisky, fue hacia el ataúd y le dio unas palmaditas gentilmente-. Bueno, general, que tenga un viaje tranquilo. Usted es el único que lo tendrá.

Lanyon pasó la noche en el hotel Europa, un sólido edificio de tres pisos a unas cinco cuadras de la playa. Los altos edificios del distrito hotelero hacían transitables las calles. Muchos de los hoteleros, con la ayuda de los comerciantes locales, construyeron un corredor techado y protegido con bolsas de arena, a lo largo de los muros de las calles, y un laberinto de estrechos túneles cruzaba la ciudad en todos sentidos. Un buen número de bares permanecía en servicio, y, en el hotel Europa, unas cuarenta o cincuenta gentes se pasaban la mayor parte de la noche en el bar, escuchando las noticias de la radio y especulando acerca de posibles rutas de escape.

Lanyon se enteró de que el viento no daba señales de amainar; su incremento constante continuaba siendo de cinco millas por hora al día. Ya alcanzaba las ciento diecisiete millas de velocidad. Después del periodo inicial de inacción, por fin se estaba haciendo un intento organizado de conservar el orden. Los gobiernos estaban requisando las minas de carbón y los refugios profundos, almacenando alimentos y medicinas. Las noticias de la radio eran contradictorias, pero aparentemente la mayor parte de Europa y Norteamérica apenas resentían las molestias originadas por el meteoro, mientras que Sud América, África y el Oriente sufrieron una completa calamidad, y ya aparecían los primeros signos de hambre y epidemias.

Partieron de regreso a Genova a las siete de la mañana siguiente. El ataúd, sellado en una funda de lona, fue acomodado en la cabina. Goldman mostró cierto cinismo amargo y, obviamente, contemplaba a Lanyon como el representante de la perfidia en la casta de los oficiales. El mismo Lanyon estaba un poco disgustado con Hamilton por desperdiciar los esfuerzos del Terrapin, pero el mismo almirante pudo haber ignorado la muerte de Van Damm.

Pasaron a través de una pequeña aldea, a cinco millas de Monte Cario, anidada bajo un gran acantilado coronado por blancos hoteles. El camino se estrechaba, con altos muros por ambos lados, y repentinamente Goldman lanzó un juramento y frenó violentamente. Lanyon miró por el periscopio y vio a dos' figuras, enfundadas en impermeables, permaneciendo de pie en el centro del camino, agitando sus brazos en amplios círculos. Cuando se aproximaron a ellos, Lanyon notó una pila de maletas, color pastel, descansando en el pavimento, mostrando aún las etiquetas de las compañías de aviación.

— Deténgase -ordenó Lanyon a Goldman-. Son americanos. Deben estar varados.

Se detuvieron, y los ordenanzas abrieron las puertas traseras. Asomando, Lanyon hizo señales a las dos figuras, y notó otros rostros en las ventanas de la casa que se encontraba a sus espaldas.

Uno de los hombres ascendió al vehículo y tomó asiento, respirando agitadamente.

— Un millón de gracias por detenerse -dijo tocando a Lanyon en el hombro, con gratitud-. Estábamos a punto de darnos por vencidos. -Tenía unos cuarenta y cinco años, un tipo delgado de cabellos grisáceos.

— ¿Cuántos de ustedes hay aquí? -preguntó Lanyon, cerrando la puerta para librarlos de las furiosas ráfagas que arrebataban' los últimos vestigios de calor del interior del transportador.

— Sólo cuatro. Mi nombre es Charlesby, cónsul de los Estados Unidos en Mentón. Están Wilson, mi auxiliar, y su esposa, y una chica de la NBC. Se supone que debiéramos cubrir la evacuación de los norteamericanos hacia París, pero todo se ha ido al diablo. Nuestro automóvil se descompuso, y hemos estado clavados aquí por un par de días.

El otro hombre, de impermeable, corrió a través de la carretera hacia el vehículo, protegiendo a una mujer peliroja con impermeable blanco y botas de plástico. A ésta la subieron e hicieron descansar en el colchón. Lanyon y el ordenanza saltaron al camino y se dirigieron al equipaje, mientras que la otra mujer, usando un abrigo azul ceñido por un cinturón y con el cabello rubio, flameando alrededor de su cabeza, corría desde la casa y trasponía, vacilando, la distancia que la separaba del transportador. Trató de recoger, de paso, una de las maletas, pero Lanyon se la quitó de las manos, le pasó un brazo alrededor de los hombros y la llevó hacia las puertas del camión.

Mientras el vehículo emprendía nuevamente la marcha, Lanyon subió y se escurrió tras de su asiento. Las dos mujeres estaban sentadas en el colchón, mientras que Charlesby y Wilson se apretujaban entre el equipaje.

— Vamos a Genova -dijo Lanyon a Charlesby-. ¿A dónde se supone que se dirigen?

Charlesby desabotonó su impermeable.

— París, en teoría, o hacia una base de la Fuerza Aérea, cerca de Tolón. Considero esto una emergencia, pero cómo nos lleve eso a Tolón, no puedo imaginarlo.

— Los llevaría al hospital en Niza, pero no puedo perder tanto tiempo. Me temo que tendrán que ir a Genova con nosotros y ver la forma de ir a otro lado. -Miró a Wilson, un hombre de unos veinticinco años, que calentaba las manos de su esposa, una joven pálida de aspecto cansado, que parecía unos años menor-. ¿Está bien eso? -preguntó Lanyon. Cuando Wilson asintió, se volvió a la muchacha del abrigo azul.

— ¿Y usted? ¿Le acomoda ir a Genova?

— Así, así. Muchas gracias, comandante. -Se arregló los cabellos, mirando a Lanyon de arriba a abajo. Su rostro era vigoroso y de labios carnosos, con ojos grandes e inteligentes que examinaron al comandante con franco interés.

— Charlesby dijo que usted estaba aquí por cuenta de la NBC. ¿Es reportera de noticias?

Ella asintió, tomó un cigarrillo del paquete que le ofreció Lanyon. Cuando el transporte dio vuelta a una esquina, la joven fue proyectada contra Lanyon y éste sintió sus hombros tibios y fuertes a través de su ceñido abrigo.

Ella se equilibró con una mano en su brazo, y dejó escapar una larga columna de humo azulado.

— Patricia Olsen -se presentó-. De la oficina de París. Vine la semana pasada para tomar algunas notas de Monte Cario en ruinas. -Señaló su grabadora de cinta con un dedo-. Todo lo que pude grabar en esta cosa, es el sonido de mis propios gritos.

Lanyon se rió y pasó a su asiento. El camión hizo su marcha más lenta, y Goldman señaló el periscopio. Se movían directamente contra el viento, siguiendo una pendiente angosta. A veinte metros frente a ellos, apresado por las defensas, entre los muros de dos casas, estaba un largo Buick negro, volteado sobre un costado por la fuerza del viento. Lentamente quedó libre de los muros, rodó sobre el capacete y se deslizó calle abajo hacia ellos. Goldman aceleró vivamente, y el Buick se detuvo un momento contra el pesado blindaje frontal, se levantó por los aires y pasó por encima con un terrible estruendo. Durante un momento se oscureció el periscopio. Después se aclaró y todos se volvieron a mirar, por las ventanillas traseras, el Buick que, con la carrocería abollada y agujerada, continuaba calle abajo, demoliendo una tapia de poca altura y levantando nubes de polvo.

— Un mal conductor -comentó secamente Patricia Olsen.

Se aquietaran, escuchando el tumultuoso holocausto. Viajaban con rumbo Este, directamente frente al viento, y la turbulencia, alrededor de las puertas traseras, se agitaba periódicamente en tajantes detonaciones de presión. Las calles resonaban con el ruido de la mampostería que caía, el agudo grito de las láminas galvanizadas arrancadas de los techos y el crujido explosivo de vidrios rotos.

Durante horas permanecieron sentados, agrupados en silencio, moviéndose al unísono con el movimiento del transporte, tratando de calentarse un poco.

— ¿Cuánto tiempo más cree usted que puedan resistir estos edificios la fuerza del viento? -preguntó en voz baja Patricia Olsen a Lanyon.

Lanyon se encogió de hombros.

— Si están bien construidos, probablemente aguantarán hasta ciento cincuenta millas por hora. Después de eso, parece que tendremos que sujetar nuestros sombreros. ¿Cómo va a regresar a París? La mayoría de los vehículos pesados han sido requisados por el ejército.

— No sé si realmente deseo volver a París. Hay demasiadas chimeneas ruinosas por allá.

Lanyon miró su reloj. Eran las 4:05. Habían cruzado ya la frontera, y con un poco de suerte llegarían a Genova en un par de horas. Pronto estaría a salvo dentro del Terrapin y tejos de esta locura. Extrañamente, sin embargo, no obstante lo poco que a fin de cuentas le importara la gente oculta en los sótanos de los pueblos a través de los cuales pasaban, se encontró a sí mismo preguntándose qué pasaría a la chica próxima a él. Escuchó los sonidos de su respiración, que parecía bastante adaptable y resuelta.

— ¡Comandante! -gritó Goldman, casi poniéndose de pie ante el volante, con los ojos fijos en el periscopio. Estaban a diez millas de Genova, moviéndose en una sección, expuesta, del camino que rodeaba la presa de Sestra, a dos millas más adelante. El amplio borde de la barrera de concreto estaba oscurecido por el rocío del elevado torrente de agua que irrumpía en el camino, a cincuenta metros de distancia de ellos. Un poco antes, rebasaba el camino y se vertía en el valle, arrastrando consigo una corriente salpicada de espuma y escombros de todas clases.

— ¡Se rompió la presa, capitán! -aulló Goldman. Frenéticamente metió reversa, haciendo que el camión retrocediera oblicuamente a través del camino. Lanyon pegó sus ojos al periscopio y oprimió con fuerza el hombro de Goldman. Las aguas continuaban desbordándose sobre el valle, pero hasta donde podía ver, el bordo del dique aún estaba intacto.

— ¡Cálmese, Goldman! ¡La presa aún está bien! -Dio un golpe a Goldman en el hombro-. ¡Eche a andar la máquina hacia adelante! El agua tiene sólo medio metro de profundidad.

Llevado por el viento, el transportador retrocedía rápidamente. Antes de que Goldman pudiera recobrarse, las ruedas traseras exteriores salieron del camino, y el vehículo rodó sobre un costado.

Con un salvaje tumbo, los ocupantes fueron lanzados contra el techo. Lanyon se deshizo de Goldman, y se abrió paso al lado de Patricia Olsen, quien se frotaba las rodillas. Charlesby y los Wilson se ponían de pie entre la informe confusión de equipajes y envases de medicinas. Uno de los ordenanzas abrió las puertas de un puntapié. Un torbellino de polvo y de grava barrió la superficie del camino, en medio de una borrasca blanca, mientras, a diez yardas de distancia, el torrente de agua helada se volcaba en el valle, extendiéndose entre los viñedos.

El vehículo yacía inmóvil sobre un costado, con las ruedas girando al viento. Lanyon miró alrededor buscando a Goldman, preguntándose si debía arrestar al hombre, y decidiendo que el gesto no serviría de nada.

A media milla de distancia estaba un grupo de edificios de tabique, de dos pisos de altura, agrupados en un amplio rectángulo, con una torre de concreto irguiéndose en el extremo más alejado. Los restos de una cerca rústica rodeaban el conjunto, y, entre dos de los edificios, estaba un grupo de camiones presentando un frente, común, a la tormenta.

— Parecen dormitorios -decidió Lanyon. El espacio que los separaba de ellos consistía de angostas fajas de terreno de cultivo, divididas por pesados muros de diez pies de altura, que les ofrecían suficiente protección para llegar a los edificios.

Charlesby asomó trabajosamente por la puerta.

— No creo que nadie pase por aquí durante muchas horas -le dijo Lanyon-. El camino sobre la presa está probablemente cerrado y me imagino que ya habrán avisado por radio a las unidades, de este lado, para que tomen otro camino tierra adentro. Podemos estar aquí incomunicados durante días enteros. -Señaló a las barracas que se veían a lo lejos-. Creo que nuestra única esperanza es dirigirnos a aquellos edificios.

Con Lanyon a la cabeza, seguido por Charlesby y los Wilson, con Patricia Olsen, Goldman y los ordenanzas cubriendo la retaguardia, salieron del vehículo y se dirigieron, pendiente abajo, hacia la tapia que corría paralela al camino, a cincuenta yardas de distancia.

Al dejar el transportador, el viento tomó a Lanyon de costado y lo derribó sobre la reseca tierra. Por encima de su hombro vio a los otros salir tentativamente del vehículo para ser arrebatados por el viento. Charlesby tropezó y cayó de rodillas, y fue barrido por el vendaval mientras agitaba las piernas frenéticamente. Los Wilson, tomados del brazo, eran sacudidos de un lado a otro como payasos de circo. Abruptamente, Lanyon cayó también de rodillas y fue arrojado de lado, como un chiquillo, rodando colina abajo.

Una vez que Lanyon recuperó el equilibrio, alcanzó la tapia, se arrastró a través de una estrecha puerta y se deslizó a lo largo del costado más protegido del muro. Allá en la distancia, Goldman era arrastrado, de espaldas al viento, por el borde del camino. Charlesby, con el impermeable destrozado y flotando sobre su cabeza, sujeto sólo por las correas bajo sus axilas, lo seguía tres metros más atrás.

Zigzagueando a lo largo de las tapias, en dirección de las barracas, Lanyon trató de no perder de vista a los demás. Una o dos veces pensó que vio a alguno de ellos moviéndose a lo largo de un campo adyacente, pero fue incapaz de cruzar el espacio abierto intermedio.

Al cabo de media hora, alcanzó los linderos de los dormitorios, y permaneció tendido en una zanja del lado interior del muro, o más bien de sus restos, una serie de postes inclinados, examinando la superficie abierta de las instalaciones. Las barracas eran los cuarteles de un pequeño aeropuerto. Más allá de los edificios, estaba la torre de control y dos o tres amplias pistas de concreto que desaparecían entre la niebla. Entre las barracas pudo ver los esqueletos de dos grandes hangares. En el más cercano, estaba la sección de cola de un Dakota que fuera destrozado por un cable de acero que golpeaba contra la deshecha estructura, a impulsos del viento, con los números de matrícula aún visibles.

Permaneció en la zanja, esperando que aparecieran cualquiera de los otros, cuando notó que algo rodaba hacia la línea de lindero, a unas cincuenta yardas más allá. Se movía a saltos espasmódicos, extendiendo ocasionalmente un miembro delgado que Lanyon reconoció como un brazo. En pocos segundos llegó al lindero, lo cruzó y rodó dentro de la zanja, como un bulto inerte de harapos grises y negros. Lanyon se arrastró en su dirección.

Cuando estuvo a unas cuantas yardas, reconoció los desgarrados restos del impermeable de Charlesby y de su traje gris.

Se llegó hasta Charlesby y lo enderezó, dando masaje a su rostro pálido, severamente macerado y apenas reconocible después de haber sido arrastrado a través de los campos de cultivo. Durante algunos momentos dio respiración artificial al hombre, tratando de inyectarle alguna vida. Finalmente se dio por vencido. Envolvió la cabeza de Charlesby en los restos del impermeable, el cual sujetó, alrededor del cuello de aquél, con su cinturón; pronto se levantaría el viento y las ratas de campo y demás animales de rapiña, ocultos en sus madrigueras, saldrían a buscar alimento en un mundo devastado, y sería mejor que empezaran por las manos y no por el rostro.

Al retroceder, vio a alguien aproximándose a lo largo de la zanja.

— ¡Comandante Lanyon! Era Patricia Olsen. Aún llevaba el abrigo azul, semidestrozado y lleno de fango, y sus cabellos rubios formaban una maraña en su cabeza.

Él se apresuró a acercarse, la tomó del brazo y la ayudó a sentarse. Ella dejó caer la cabeza sobre su hombro y miró el cuerpo inerte.

— ¿Charlesby? -Cuando Lanyon asintió, ella cerró los ojos-. Pobre diablo. ¿Dónde están los demás?

— Usted es la única que he visto. -Lanyon miró hacia el cielo. Se sentía exhausto y fatigado de los músculos, y estaba seguro de que el viento era más fuerte que cuando dejaran el camión, una hora antes. El aire estaba saturado de partículas de arena que se clavaban en sus rostros como insectos feroces.

— Vamos al interior de las barracas. ¿Tiene fuerzas para hacerlo?

Ella asintió débilmente. Tras de un momento de descanso, se lanzaron a través del prado hacia los edificios, a cincuenta metros de distancia. Lanyon la sostenía por el brazo, y casi la arrancó el viento de sus manos. Pero, finalmente, llegaron al extremo más alejado de las barracas y dieron vuelta a la esquina para entrar al pórtico.

En la parte posterior del vestíbulo, una escalera conducía al sótano. Se apresuraron a bajar, tropezando en los angostos escalones, y encontraron un cuarto más o menos a salvo de las comentes de aire, a un lado de un corredor central.

Patricia se sentó, con debilidad, en el viejo armazón de una cama y se apartó trabajosamente los cabellos de la frente. Lanyon examinó la ventana. Bajo el nivel del piso, miraba sobre el angosto foso que rodeaba el edificio, y sus postigos aún resistían, aunque dejaban filtrar la suficiente luz para poder ver dentro de la habitación. Había un par de camastros, dos armarios vacíos y, en el piso, una colección de viejas revistas de cine, y restos de muchos cigarrillos.

— Pat, voy escaleras arriba para ver si hay alguien más aquí. Tal vez haya una línea telefónica que dé servicio.

Ella asintió, encogiéndose en un rincón. Se veía medio muerta, y Lanyon se preguntó si sobrevivirían los Wilson.

Las barracas estaban vacías. Arriba, el viento entraba a través de las ventanas rotas, como un tornado, desprendiendo las alacenas de las paredes y apilando las armazones de los camastros en montones informes. Encontró un teléfono en una de las oficinas, pero la línea estaba muerta. La estación fue obviamente abandonada, días antes.

— ¿Tuvo suerte? -le preguntó Pat cuando él regresó al sótano.

Lanyon movió la cabeza.

— Parece que estamos atrapados. Hay algunos camiones, medio en ruinas, en un patio, al otro lado de la explanada. Si el viento amaina un poco, mañana, tal vez pueda arreglar alguno para irnos a Genova.

— ¿Cree que se calmará pronto?

— Todos me preguntan eso. Es curioso, pero hasta que vi a Charlesby, yaciendo en esa zanja, no me sentía preocupado en lo más mínimo. En cierto modo casi me agradaba. Para como está la vida, me parecía que un poco de aire fresco les haría bien a todos. Mas ahora me doy cuenta de que una operación de limpieza, de esta envergadura, se lleva demasiado de lo bueno junto con lo malo.

Él le sonrió repentinamente. Ella le devolvió la sonrisa, mirándolo largamente, con firmeza. Con su abrigo azul y su piel blanca destacando contra el pardusco fondo del muro del sótano, le recordaba la virgen en el marco dorado, sobre el altar de la ruinosa iglesia. El cabello de la imagen era negro, pero su túnica brillaba con la misma cualidad luminiscente de los cabellos rubio-cenizos de Pat.

Fuera, el viento aullaba sobre la oscura tierra.

La colina había desaparecido, arrasada por las gigantescas mandíbulas de las flotillas de tractores, que la vaciaron como se extrae la pulpa de un fruto para llevar el material en interminables hileras de camiones.

Bajo los rayos de poderosos reflectores que cortaban los torbellinos de polvo, se enraizaban enormes pilotes en la negra tierra, para ser anclados mediante cientos de cables de acero. En los intervalos entre ellos se erigían enormes planchas de acero, soldadas entre sí para formar un enorme escudo protector contra el viento, de treinta metros de altura.

Aún antes de que se terminara de erigir el enorme biombo, se movieron las primeras motoconformadoras a la zona abrigada, hundiendo sus dientes de metal en la tierra herida, nivelándola para formar un gigantesco rectángulo. Se instalaron moldes de metal, y cientos de trabajadores, vestidos de negro, se movieron rápidamente como hormigas frenéticas, vaciando miles de galones de concreto.

Al fraguar cada capa, se desmontaban las formas metálicas y se colocaban más arriba de los flancos inclinados de la estructura. Primero tres metros de altura, luego seis, y nueve; la estructura de concreto se elevaba hacia el oscuro cielo.

Capítulo III

El Torbellino Sobre Londres

Deborah Masón tomó el paquete de despachos en teletipo del escritorio de Andrew Symington, miró rápidamente algunos de ellos y preguntó.

— ¿Hay noticias optimistas?

Symington movió lentamente la cabeza. A sus espaldas, las hileras de teletipos señalados con letreros que indicaban: Angola, Bangkok, Copenhague, y así por el estilo, hasta agotar el alfabeto; vibraban, dejando escapar cintas interminables que casi llenaban el pequeño cuarto de recepción de noticias, cubriendo los escritorios del personal de tres hombres.

— Aún parece mal, Deborah. Ha subido a 175 y no tiene trazas de amainar.

La miró escrutadoramente, notando las líneas de tensión que cruzaban alrededor de sus ojos, y que daban a su rostro inteligente una apariencia de madurez precoz, aunque sólo tenía veinticinco años. Al contrario que las demás muchachas que trabajaban en el Comando de Operaciones, ella aún se conservaba atildada. Él reflexionó que el ascendiente de la mujer, en el siglo veinte, hacía parecer infinitamente remota la posibilidad de un final abrupto de la civilización; era difícil visualizar a una joven, como Deborah Masón, tomando su sitio en los salvavidas condenados. Más bien pertenecía a la clase de los que escuchan las débiles señales de auxilio y organizan la operación de rescate.

Lo cual, por supuesto, era exactamente lo que hacía en el Comando de Operaciones. Con la ligera diferencia de que, esta vez, el mundo entero estaba en el último bote salvavidas. Pero con gente como Deborah y Simón Marshall, el jefe de inteligencia de CO, operando en el rescate, había una buena posibilidad de éxito.

La unidad, directamente responsable ante el primer ministro, fue organizada sólo dos semanas antes. Integrada principalmente por personal de la Oficina de Guerra, con unos cuantos especialistas en comunicaciones, como el mismo Symington, reclutados de los ministerios del aire y la industria, su trabajo era actuar como una sección de inteligencia, manejando y distribuyendo toda la información que llegara, y también sirviendo como la agencia ejecutiva de la Oficina del Interior y del Estado Mayor. Su cuartel general estaba situado en el viejo edificio del almirantazgo, en Whitehall, una serpenteante red de majestuosos salones y diminutas oficinas de los refugios subterráneos. Aquí, Symington pasaba la mayor parte del día y la noche, sólo regresando al lado de su esposa, la cual esperaba a su bebé en un par de semanas, habitualmente cuando ella ya estaba dormida. Junto con las esposas y familias del resto de los miembros del personal del CO, ella estaba alojada en el hotel Park Lañe, que fuera incautado por el gobierno. Symington la veía diariamente, y como uno de los pocos empleados no residentes en el Almirantazgo, podía verificar personalmente los reportes que empleaba todo el día en preparar:

TOKIO: 174 m.p.h. 99% de la ciudad en ruinas. Fuegos explosivos, de las fundiciones Mitsubishi, extendiéndose sobre los suburbios occidentales. Las bajas se estiman en 15,000. Los alimentos y el agua durarán sólo tres días más. La acción del gobierno se limita a patrullas de policía.

ROMA: 176 m.p.h. Los edificios municipales aún están intactos, pero el Vaticano está destechado y la cúpula de San Pedro destruida. Bajas: 2,000. Los suburbios están fuera de la ley. Los refugiados de las áreas rurales invaden la ciudad, las catacumbas han sido requisadas por el gobierno para establecer dormitorios y refugios.

NUEVA YORK: 175 m.p.h. Todos los rascacielos de Manhattan están abandonados y sin ventanas. La antena de TV y la torre del Empire State Building se han venido a tierra. La estatua de la Libertad ha perdido la antorcha y la cabeza. Oleadas torrenciales irrumpen tierra adentro hasta Central Park. La ciudad está en estado de alerta. Bajas: 500.

VENECIA: 176 m.p.h. La ciudad abandonada. Bajas: 2,000. Fuertes marejadas han demolido los palacios del Gran Canal. La Plaza de San Marcos bajo el agua; el campanario ha caído. Todos los habitantes están en tierra firme.

ARCÁNGEL: 68 m.p.h. No hay bajas. Intacta. Campo aéreo y bahía, cerrados

CIUDAD DEL CABO: 78 m.p.h. 4 bajas. Intacta.

SINGAPUR: 178 m.p.h. Ciudad abandonada. No existe control del gobierno. Bajas: 25,000.

Simón Marshall leyó cuidadosamente los reportes, se mordió los labios y dio aquéllos a Deborah, para ser archivados.

— No muy buenos, pero tampoco demasiado malos. Tokio y Singapur, por supuesto, han acabado, pero no se puede esperar que esas junglas de cartón resistan vientos de fuerza más que huracanada. Es una lástima lo de Venecia.

Marshall era un hombre enérgico, de cincuenta años, con un rostro simpático, brazos y hombros poderosos; llenaba la oficina, sentado en su escritorio como un oso inteligente. Reorganizó el CO en poco más de dos semanas, contratando y despidiendo al personal necesario, por iniciativa propia, estableciendo una red mundial de comunicaciones, asegurando los servicios de los mejores expertos meteorólogos, de comunicaciones y de electrónica. El CO era ahora uno de los centros nerviosos claves del Hemisferio Occidental, manteniendo informados tanto al gobierno como al Comando General.

— ¿Llegó bien a casa anoche? -preguntó a Deborah. -Sí, gracias. -Ella miro su reloj pulsera. Eran las 10:57, tres minutos antes de que Marshall diera su diario reporte al Estado Mayor, pero ya él estaba completamente tranquilo, habiendo dominado el panorama de información.

Al señalar el minutero las 10:59, en el gran reloj de pared, Marshall se levantó de su escritorio. La reunión tenía lugar en el cuarto al final del corredor. Después de recoger Deborah el portafolio de Marshall, él lo recibió con una sonrisa, y su mano oprimió la de ella al tomarlo. Con la otra mano la tomó de la cintura, y la llevó gentilmente hacia la puerta.

— Es hora de nuestro tete a tete, -dijo-. Veamos si podemos darles algo que los haga felices.

Los otros miembros del gabinete, del CO, tomaban sus asientos cuando ellos entraron. Estaban presentes cinco miembros, los que dependían del primer ministro a través de sir Charles Gort, secretario del Ministerio del Interior. Era un funcionario civil, de figura atildada, vestía con pantalones a rayas y chaqueta oscura, de maneras calmadas pero firmes, que nunca daba una opinión voluntariamente, pero que estaba presto a reconciliar puntos de vista diferentes de otras personas.

Esperó a que se instalaran los demás, y se volvió hacia el doctor Lovatt Dickinson, director de la Oficina Meteorológica, un escocés de cabellos color arenoso, que se sentaba a su izquierda.

— Doctor, ¿quiere tener la bondad de proporcionarnos las últimas noticias acerca del tiempo?

Dickinson leyó las notas de un bloque de hojas tabulares, de color azul, de la Oficina Meteorológica.

— Bien, sir Charles, no puedo decir que haya nada optimista que reportar. La velocidad del viento es ahora de 175 millas por hora, lo que muestra un incremento de 4.89 millas por hora sobre la velocidad registrada ayer a las diez de la mañana, conservando el incremento de cinco millas diarias que se ha observado durante las últimas tres semanas. La humedad muestra un ligero incremento, atribuible al paso de esos enormes volúmenes de aire sobre las perturbadas superficies de los océanos. Hemos hecho todo lo posible para hacer observaciones a alturas superiores, pero como fácilmente apreciarán, es imposible lanzar globos sonda. Sin embargo, el barco del servicio meteorológico, Northern Survey, que se halla cerca de la costa de Groenlandia, donde la velocidad del viento se reduce a sólo 85 m.p.h., ha reportado datos indicando que, como se esperaba, la velocidad de la corriente de aire global declina al disminuir la densidad, y que a 45,000 pies de altura la velocidad del aire es aproximadamente de 45 m.p.h., en el ecuador, y de 30 m.p.h., en aquellas latitudes.

Dickinson perdió momentáneamente su secuencia y, mientras que hojeaba los informes, Gort intervino discretamente. -Muchas gracias, doctor. Pero, en resumen, ¿qué perspectivas hay de que subsista el mismo estado del tiempo? Dickinson movió la cabeza.

— Me gustaría ser optimista, sir Charles, pero sospecho que todavía pasará rato para que amaine. Estamos presenciando un fenómeno meteorológico de magnitud sin precedente, un ciclón global acelerando uniformemente, exhibiendo todas las características de los sistemas aerodinámicos altamente estables. La masa del viento tiene un tremendo impulso, y las mismas fuerzas de inercia evitarán un súbito abatimiento.

Teóricamente no hay razones por las cuales no pueda continuar girando indefinidamente a altas velocidades, y convertirse en la característica distintiva del planeta en forma similar a las nubes giratorias de gas que producen los anillos de Saturno. Hasta la fecha, los sistemas climáticos de este planeta han sido dictados por las corrientes oceánicas, pero es obvio que ahora nos encontramos ante influencias mucho más fuertes. Lo que éstas sean exactamente, lo dejamos a la especulación.

Recientemente, nuestros monitores han detectado niveles desusadamente elevados de radiación cósmica. Todas las formas de ondas electromagnéticas tienen masa, quizá una vasta corriente tangencial de radiación cósmica, surgida del Sol durante el eclipse solar que tuvo lugar hace un mes, dio sobre la Tierra en el hemisferio expuesto, y su fuerza gravitacional pudo haber puesto en marcha el enorme ciclón e iniciado su movimiento circular alrededor del eje terrestre, que puede perdurar.

Dickinson miró alrededor de la mesa y sonrió sombríamente.

— O tal vez sea el acto deliberado de una Providencia indignada, determinada a barrer al hombre y su pestilencia de la superficie de esta tierra, antaño verde y tranquila. ¿Quién puede decirlo? Gort se pellizcó los labios, mirando asombrado a Dickinson.

— Bueno, esperamos sinceramente que no sea así, doctor. En realidad no tenemos reservas suficientes para afrontar una emergencia tal. Resumiendo, parece como si hubiéramos sido demasiado optimistas hace una semana, cuando asumimos, con aparente razón, que el viento terminaría una vez que hubiera alcanzado la potencia de un huracán. Ahora esperamos que continúe, si no indefinidamente, por lo menos por un periodo considerable, tal vez durante un mes más. ¿Podemos tener ahora un reporte de la posición presente, tal y como la encuentra la sección de inteligencia?

Marshall se inclinó hacia adelante, con los ojos de los demás puestos en él.

— Recapitulando momentáneamente, sir Charles, hace exactamente ocho días que Londres empezó a experimentar, por primera vez, vientos de más de 120 millas por hora, de mayor intensidad que cualquiera registrado anteriormente, y ciertamente más allá de cualquier cosa que hubieran previsto los arquitectos que han construido la ciudad. Teniendo eso en mente, estoy seguro que les enorgullecerá saber que nuestra gran capital se sostiene con notable tenacidad.

Marshall miró en rededor de la mesa, dejando que sus palabras causaran impacto, y continuó después en un tono ligeramente más descriptivo.

— Aunque casi todas las actividades de tipo comercial e industrial han cesado por el momento, la mayoría de la gente la está pasando sin muchos problemas. Los más de ellos se las han arreglado para proteger sus ventanas, asegurar sus techos, y preparar las reservas adecuadas de alimentos y agua. Las bajas han sido pocas, 2,000, y muchas de éstas se refieren a gente mayor de edad, que posiblemente murieron, literalmente, de espanto, más que heridos por el derrumbe de los edificios.

Marshall miró sus notas.

— En toda Europa y Norteamérica el panorama es semejante. Escandinavia y el norte de Rusia, por supuesto, están fuera del cinturón principal del viento, y la vida parece transcurrir normalmente. Allá están equipados para soportar vientos huracanados, habitualmente. -Marshall sonrió-. Creo que podemos resistir otras veinte o treinta millas más, por hora, sin ningún daño serio. El general Harris, un hombre de pequeña estatura, asintió vivamente.

— Me alegra oírle decir esto, Marshall. La moral no es todo lo alta que pudiera desearse. Hay bastantes rumores negativos.

El almirante Saunders, sentado a su lado, asintió con un movimiento de cabeza.

— Espero que su información sea correcta, Marshall. Uno de los americanos me dijo, esta mañana, que Venecia estaba totalmente destruida.

— Exageraciones -dijo Marshall con soltura-. Mi último reporte, hace unos cuantos minutos, fue en el sentido de que han habido fuertes inundaciones pero sin daños serios.

El almirante movió la cabeza, complacido por la noticia. Marshall continuó con su informe. Deborah permanecía sentada a sus espaldas, escuchando el firme y confiado tono. Con excepción de Gort, que permanecía neutral, los otros tres miembros del comité se inclinaban a ser pesimistas y a mostrarse deprimidos, esperando lo peor y dando a las noticias la interpretación que sirviera mejor a su aceptación inconsciente del desastre. El general Harris y el almirante Saunders eran exponentes típicos de la clase de militares al mando, en los principios de las guerras. Tenían la mentalidad de Dunkerke:.siempre estaban dispuestos a hacer aparecer sus derrotas como triunfos, contando las interminables listas de bajas, los catálogos de desastre y destrucción, como si fueran la medida de su valor y competencia.

Marshall, notó Deborah, era la contra fuerza necesaria en el equipo. Aunque pudiera ser exageradamente optimista, esto era deliberado, era la clase de política churchiliana que mantendría a la gente de cara al viento, haciendo todo lo posible para sostenerse, en vez de correr indefensos. Ella escuchó a Marshall sintiendo resurgir la confianza.

De regreso a la oficina de Marshall, después de que terminó la reunión, encontraron a Symington, llevando un mensaje de teletipo en su mano.

— Malas noticias, me temo, señor. El viejo hotel Royal Square se vino abajo, hace una media hora. Parte de los escombros pasó directamente a través del subsuelo, hasta las plataformas del subterráneo que se encuentran directamente abajo. Los primeros cálculos indican que doscientas personas murieron en los sótanos del Russell, y el doble, por lo menos, en la estación del ferrocarril subterráneo. Marshall tomó la cinta y la miró durante algunos momentos, cerrando el puño y golpeándolo contra su frente.

— ¡Deborah, avise a todas las unidades de socorro! ¿Estaban cuatrocientos en la estación, dice usted, Andrew? Por el amor de Dios, ¿qué estaban haciendo allí? No me diga que esperando el tren.

Symington movió una mano vagamente.

— Supongo que se abrigaban allí, como lo hacían durante la guerra.

En un arrebato de exasperación, Marshall gritó:

— ¡Pero eso es precisamente lo que no deseamos que hagan! Debieran haber estado en la superficie, reforzando sus propios hogares; no abandonándolos y huyendo como ovejas asustadas.

Symington sonrió amargamente.

— Las propiedades en el Bloomsbury y Russell Square están bastante decrépitas. Aquellas casas victorianas están listas para ser demolidas. La gente vive en cuartos redondos…

— ¡No me importa cómo vivan! — le interrumpió Marshall-. Hay ocho millones de personas en esta ciudad y tienen que levantarse y encarar al viento formando un solo frente. Una vez que empiecen a pensar en sí mismos y en un agujero abrigado para ocultarse, todo volará por los aires.

Entró a su oficina.

— Llame a Transportes -ordenó a Deborah-. Dígales que preparen un coche. Saldremos a echar una ojeada, personalmente.

Tomó una trinchera de una percha y se la puso, mientras Deborah' se dirigía hacia el teléfono. Cuando recorría el corredor, ella le siguió, poniéndose su propio abrigo.

El Comando de Operaciones estaba en el segundo piso del edificio del almirantazgo, una colmena de pequeñas oficinas entre los corredores de elevado techo. Atravesaron la sección de noticias de ultramar para desembocar en la unidad de recepción de noticias del Reino Unido. Una docena de teletipos escribían una interminable torrente de información de las capitales de provincia más importantes, las pantallas de TV parpadeaban con imágenes procedentes de unidades trasmisoras móviles, en toda el área londinense, y un trío de operadores estaba en contacto directo con la Oficina Meteorológica. — ¿Cuál es el último informe de bajas en Russell Square? -preguntó Marshall a un joven teniente que estaba sentado en un escritorio, frente a un receptor de TV, mirando la pantalla mientras hablaba rápidamente en un micrófono fijo a su cuello.

— Bastante alto, me temo, señor. Por lo menos cuatrocientos muertos. Las plataformas de acceso a la estación están en la más absoluta oscuridad, y están esperando que la unidad de rescate, de la calle Liverpool, baje sus generadores.

La pantalla estaba borrosa e indistinta, pero Marshall podía distinguir los haces denlas linternas, moviéndose sobre la destrozada silueta del hotel que vino por tierra. Sus diez pisos se redujeron al equivalente de tres; muchas de las ventanas y balcones estaban aparentemente intactos, pero una inspección más cuidadosa revelaba que los pisos estaban separados.

Marshall tomó a Deborah por el brazo y la condujo al corredor. Bajaron por las escaleras hasta el piso inferior. El edificio estaba equipado con su propio generador, pero la energía era inadecuada para mover el pesado elevador.

Todas las ventanas estaban tapiadas. Por el exterior subían, hasta el techó, muros de tres metros de grueso, hechos de sacos de arena, atados para formar un muro impenetrable. Al aproximarse al piso bajo, sin embargo, Deborah sintió sacudirse el edificio, estremeciendo los cimientos en sus bases de arcilla, al ser alcanzado por una masiva corriente de aire. El movimiento la hizo detenerse durante un momento, y apoyarse en Marshall. Él le pasó un brazo por los hombros, sonriendo para darle ánimo.

— ¿Esta bien, Deborah? -Su mano abarcó la redonda curva del hombro, a través del abrigo.

— Un poco. Me temo que me tomó por sorpresa.

'Descendieron los escalones., Marshall disminuyó su paso. El ligero temblor del edificio continuó durante algunos segundos.

— Algo debe haber caído -dijo Marshall-. Probablemente el palacio, o la residencia del Primer Ministro. -Rió con soltura.

Al pie de las escaleras había una puerta giratoria. Pesadas placas de hule hacían el cierre a prueba de aire. Dentro del edificio, el aire era purificado y las oficinas y salas de operaciones contenían un mundo tibio y sin ruidos. Más allá de las puertas giratorias, sin embargo, en los corredores que llevaban a la sección de transportes y unidades de servicio, el aire se filtraba entre la defensa de los sacos de arena, empujado por la tremenda presión del viento exterior; y a través de los paneles de cristal de las puertas giratorias podían ver el suelo, cubierto de polvo y suciedad, agitados por repentinas ráfagas de aire brotando de puntos de presión.

Marshall levantó el cuello de su trinchera y fueron, a paso vivo, por el corredor, hacia otro cuarto cercano a la salida posterior, donde recogieron a su conductor. Cinco o seis hombres exhaustos, en sucios uniformes de caqui, se sentaban alrededor de una mesa, bebiendo té. Sus rostros se notaban cansados e hinchados. Durante tres semanas no habían visto el sol: las nubes de polvo oscurecían las calles, convirtiendo el mediodía en una tarde invernal.

El conductor de Marshall, un pequeño y nervioso cabo llamado Musgrave, quitó el cerrojo a una angosta puerta, en el mamparo de acero al final del corredor. Deborah y Marshall le siguieron hasta el garage donde estaban estacionados tres coches blindados. Eran Bethlehems de tipo M53, vehículos cuadrados de diez toneladas con costados blindados e inclinados, diseñados originalmente para desviar proyectiles de alta velocidad y que resultaban ideales como unidades de superficie moviéndose contra el viento. Sus cañones de 85 mm fueron quitados, y, en lugar de los montajes originales, se colocaron ventanillas de plástico de quince centímetros de grueso.

Después de ayudar a Deborah a subir al camión, Marshall la siguió, elevándose en dos fáciles y poderosos movimientos. Musgfave probó la escotilla, y ascendió al asiento del conductor, junto al motor, y cerró la cubierta sobre su cabeza e inició la marcha.

Condujo el vehículo a través del garage, y se dirigió hacia la amplia plancha metálica de un ascensor hidráulico. Operado a control remoto desde la radio del vehículo, el elevador ascendió lentamente, sobre su columna, llevándolos hasta un pequeño foso en el techo del garage. Al aproximarse a la parte superior, el techo se abrió hacia los lados, y el Bethlehem emergió al patio posterior, entre la Casa del Almirantazgo y el Ministerio del Exterior.

Dentro de la cabina, Marshall se instaló en el borde del asiento acolchado, inclinándose ante la ventanilla circular. Deborah se acomodaba a su lado, sintonizando en la radio el Cuarto de Operaciones.

Se dirigieron a Trafalgar Square y dieron vuelta hacia la National Gallery. Era la una de la tarde, pero el aire estaba gris y oscuro y el cielo nublado. Sólo las estrías temblorosas, en el aire, daban indicación de la enorme velocidad del viento. Llegaron a la Canadá House y al edificio Cunard, en el lado oriente de la plaza, y las murallas de bolsas de arena y las cornisas expuestas en la parte superior, temblaban con el violento impacto de las nubes de polvo.

La Columna de Nelson estaba en el suelo. Dos semanas antes, cuando el viento alcanzó las 95 millas por hora, una grieta que pasó inadvertida durante setenta y cinco años, se reveló a un tercio de la altura del fuste. Al día siguiente, la sección superior se derrumbó y los destrozados segmentos aún yacían donde cayeron, entre los cuatro leones de bronce.

La plaza estaba desierta. A lo largo del lado norte, corría un túnel de sacos de arena, desde el Haymarket hasta el Charing Cross Road. Sólo el personal militar y la policía usaban estos pasadizos cubiertos; todos los demás estaban encerrados, rehusando aventurarse al exterior hasta que el viento disminuyera. Los nuevos bloques de oficinas, a lo largo del Strand y los clubes de Pall Mall, estaban fuertemente defendidos con sacos de arena y parecían haber sido abandonados por sus ocupantes para resistir solos los terrores de una incursión aérea apocalíptica. La mayoría de los edificios de oficinas, más pequeños, fueron dejados sin protección, y sus ventanas arrebatadas y los pisos y techos destruidos.

Al entrar en el Charing Cross Road, Marshall notó que el Teatro Garrick se había derrumbado. Los muros del auditorio, sin soportes, se vencieron, y los ascos de las galerías contemplaban ahora un montón de escombros barridos por el viento. Las hileras de asientos estaban siendo arrebatadas como fichas de dominó. Marshall las miró explotar fuera de sus remaches y salir disparadas hacia la calle, como lanzadas por una catapulta, desintegrándose al volar.

Al dirigirse hacia Holborn, por la Avenida Shaftesbury, Marshall hizo una seña a Deborah para que pasara adelante, y ella se reunió con él, descansando los codos en el travesaño. En la tenue luz de la cabina, ella podía ver el recio perfil de la frente y la mandíbula de Marshall. Por alguna razón permanecía inalterable ante la inmensa fuerza del viento.

El puso una mano sobre las de ella.

— ¿Asustada, Deborah?

Ella movió sus dedos, y le estrechó la mano firmemente.

— No, Simón. Viendo lo que ocurre allá afuera, es como mirar a una ciudad del infierno. Todo es tan incierto, y estoy segura que aún no es el final.

Los haces de las lámparas eléctricas los cegaron momentáneamente cuando cruzaron el camino en Kingsway. El Bethlehem se detuvo en la intersección, mientras Musgrave hablaba con el puesto de comando, enclavado en la entrada de la estación subterránea de Holborn. Adelante, a lo largo del camino de Southampton, estaba un grupo de vehículos, tres tanques Centurión, tirando cada uno de un remolque de acero.

Musgrave se unió a ellos, y, juntos, avanzaron lentamente en columna, hacia la Plaza Russell. Algunos vehículos eran extraídos del hotel derruido, otros se movían en la plaza, con sus ruedas aplastando los destrozados restos de los pocos setos y cercas de alambre que aún surgían del maltrecho suelo. Dos Bethlehems, con la insignia de la Real Armada, estaban en el borde del pavimento frente al hotel, enfocando sus faros entre el confuso montón de ruinas.

Se movieron alrededor de la manzana hacia el lado del viento. Allí, un grupo de tanques Centurión se alineaban, con pilas de sacos de arena entre ellos, con cubiertas de acero montadas sobre sus costados y enlazados en los extremos para formar una plancha protectora para que las cuadrillas de rescate, que excavaban para llegar al sótano, tuvieran abrigo suficiente. Era difícil saber si tenían éxito, pero Marshall se dio cuenta de que pocos sobrevivientes serían hallados. Los pesados aparejos de rescate, diseñados especialmente para la tercera Guerra Mundial, y extraídos de los almacenes, necesitaban más libertad de movimiento.

Musgrave condujo el Bethlehem al lado opuesto y pasaron junto a la línea de vehículos donde un pesado tractor, casi tan grande como una casa, con brazos de acero de veinte metros de largo proyectándose de su parte frontal como los foques gemelos de un barco de vela, colocaba un tubo de escape, de acero, en posición. El tubo giraba entre los brazos de acero. El extremo más bajo se introdujo a través de una angosta ventana, bajo el borde del pavimento, y entonces, un poderoso ariete hidráulico lo extendía hacia abajo hasta el corazón de las ruinas. Dentro del tubo, las cuadrillas de rescate, equipadas con puntales de acero, se extenderían a través del sótano, arrastrándose a lo largo del espacio de treinta centímetros escasos, que probablemente era todo lo que quedaba del piso.

Junto, estaban dos vehículos más, dotados de bandas transportadoras que acarreaban un interminable torrente de escombros, lejos de las ruinas, y lo descargaban en la calle posterior. Algunos de los fragmentos de mampostería eran de dos metros de largo, bloques masivos de concreto fracturado que pesaban medía tonelada.

— Si queda alguien con vida, lo encontrarán -dijo Marshall a Deborah. En ese instante, el Bethlehem echó a andar en reversa y retrocedió violentamente, lanzándolos contra el travesaño. Marshall lanzó un juramento, sosteniendo su brazo, paralizado durante un instante. Deborah se golpeó la frente contra un reborde metálico. Marshall estaba a punto de acudir en su auxilio, cuando escuchó a Musgrave hablar excitadamente en el aparato de intercomunicación.

— ¡Cuidado, señor! ¡El transportador se está volteando!

Marshall saltó a la ventanilla. El viento había hecho presa de uno de los vehículos, agitando el escalador de diez metros de altura como un modelo de madera de balso. El enorme vehículo era sacudido mientras que vacilaban sus ruedas y los motores gemelos diesel funcionaban a toda su capacidad, y el conductor hacía retroceder la unidad, tratando de recobrar el equilibrio. Moviéndose en un amplio arco, se hizo atrás, directamente hacia el pavimento opuesto donde el Bethlehem estaba atascado con las ruedas traseras contra los escalones de una de las casas.

Antes del choque, el conductor del transportador vio al Bethlehem en el espejo trasero e hizo girar las ruedas, deteniéndose en un espasmo súbito. Inmediatamente, los recipientes, que transportaban el escombro, se invirtieron derramando su contenido sobre el camino.

Un fragmento de mampostería, de unos cinco metros de largo, una sección de balconería virtualmente intacta, cayó directa sobre el techo del Bethlehem. El coche se clavó en el pavimento, sobre sus ruedas delanteras, mientras que las traseras se levantaban del piso. Con los brazos escudando la cabeza, Marshall fue lanzado a través de la cabina y Deborah perdió el equilibrio. Cuando finalmente se asentó el vehículo, Marshall se inclinó sobre la joven y la ayudó a volver al asiento.

La suspensión delantera del Bethlehem estaba destrozada y el piso se inclinaba hacia adelante. Marshall se reclinó, miró por la ventanilla y vio el enorme trozo de concreto que aplastaba la capota, con el borde inferior penetrando en la cabina del conductor.

— ¡Musgrave! -gritó Marshall en el sistema de intercomunicación-. ¡Musgrave! ¿Estás bien?

Dejó caer el micrófono y golpeó en el panel embisagrado que separaba su compartimiento de la cabina del conductor. Musgrave había cerrado con pasador desde su lado. Marshall pudo desprender la lámina del panel de una de sus esquinas, y por la hendidura vio el inmóvil cuerpo del conductor. Estaba caído, cabeza abajo, entre las palancas. Completamente inmóvil.

Marshall se puso en pie, subió sobre el borde del travesaño y quitó los cerrojos a la escotilla. Deborah saltó y trató de hacerlo regresar, pero él la hizo a un lado y levantó la tapa de la escotilla. El aire entró a la cabina como un remolino, arrastrando una corriente de polvo de las ruinas del hotel. Vacilando durante un instante, Marshall se izó a fuerza de brazos, sacando la cabeza y el tronco fuera de la abertura.

De inmediato, la fuerza del aire lo dobló sobre el borde de la torreta. Durante algunos segundos se mantuvo angustiosamente en esa posición, clavado por la corriente de aire. Finalmente pudo escurrirse hacia abajo y caer al piso, sólo para ser empujado contra el cuerpo del vehículo. El viento se deslizó bajo de su abrigo, rasgándolo a lo largo de la espalda y haciendo tiras las dos secciones, hasta arrancarlas de sus brazos. Las miró alejarse y se arrastró a lo largo del costado del Bethlehem, a fuerza de puños, asiéndose de los ganchos, fijos a la carrocería, que habitualmente servían para sujetar las redes de camuflaje.

Una continua lluvia de piedrecillas le azotaba las manos y rostro, trazando rojos verdugones. Las altas casas, que estaban frente al hotel, desviaban ligeramente el viento y pudo alcanzar la parte anterior del vehículo. Anclándose entre la llanta y la cubierta del motor, se estiró trabajosamente hasta la viga de concreto, poniendo en juego todos sus músculos al ejercer presión contra el enorme peso. A través de la temblorosa luz, los pesados vehículos de rescate llegaron al hotel como mastodontes acorazados, devorando un enorme cadáver.

Hizo presión contra la viga, tratando inútilmente de levantarla, hasta nublársele la vista, para caer desfallecido junto a la llanta, justamente cuando dos Centurión se acercaban al Bethlehem con sus viseras de acero extendidas. Dieron vuelta alrededor del camión y las juntaron, formando un escudo que alivió la presión del aire en Marshall. Un tercer tractor, un bulldozer acorazado, retrocedió hasta el Bethlehem, pasó su brazo sobre la cabina y lo hizo descender hasta la cubierta del motor. Retrocediendo nuevamente con extrema habilidad, el conductor hizo caer el trozo de concreto.

Marshall trató de subir sobre la cubierta del motor, pero su pierna estaba inútil. Dos hombres en uniforme saltaron de los Centurión. Uno se acercó al Bethlehem, abrió la cabina del conductor y se deslizó al interior. El otro tomó a Marshall por el brazo y le ayudó a subir a la torreta y a descender al interior.

Mientras Marshall se dejaba caer en los asientos, el hombre pasó sus dedos expertos por encima de su cuerpo, limpiando las heridas del rostro con una esponja antiséptica que tomó de su estuche de primeros auxilios. Finalmente se volvió hacia Deborah, quien se inclinó sobre su jefe, tratando de limpiarle el rostro con su pañuelo.

— Descanse, está entero -dijo el hombre y después señaló la radio-. ¿Quiere darme el canal cuatro, por favor? Los remolcaremos de regreso. Una de las llantas delanteras está pinchada.

Mientras que Deborah obedecía, contempló a Marshall, quien se apoyaba en la pared de la cabina, con su gran cabeza como una roca herida por los elementos, moviendo los pesados hombros al tratar de tomar aliento. Una red de finas venas azules cubría sus mejillas y su frente, dando a las poderosas líneas de su rostro un aspecto acerado.

Deborah sintonizó el canal, y pasó el micrófono.

— Aquí Maitland. Marshall está bien. Regresaré con él por si acaso quiere salir nuevamente. ¿Cómo está el conductor? Lo siento mucho… ¿Puedes sacarlo? Muy bien, cierra entonces. Ya lo sacarán más tarde.

Maitland se levantó y aseguró la escotilla y, sentándose nuevamente, se quitó el yelmo y los anteojos. Marshall se inclinó débilmente hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, palpando con las manos las hinchadas venas de su rostro.

— Golpes de aire -le dijo Maitland-. Son hemorragias diminutas. También las tendrá en el pecho y la espalda. Tardarán algunos días en desaparecer.

Él les sonrió mientras Deborah se acomodaba junto a Marshall, poniéndole un brazo alrededor de sus hombros y alisándole el cabello con sus pequeñas manos.

Llegaron en media hora a la casa de Marshall, en Park Lañe, remolcados por uno de los Centurión. Se abrieron pesadas puertas de acero para dejarlos pasar a un pequeño patio cubierto, donde los guardias de Marshall desconectaron el tanque y empujaron el Bethlehem por una larga rampa que bajaba hasta el sótano. Maitland ayudó a Marshall a salir de la torreta. El robusto organizador empezaba a recobrarse. Cojeó lentamente, a través del piso de concreto, con la suela de un zapato lamentablemente desprendida y sosteniendo contra su cuerpo los jirones de su traje. Su otra mano estrechaba el brazo de Deborah.

Mientras aguardaban el ascensor, se volvió hacia Maitland.

— Gracias, doctor. Fue estúpido por parte mía, pero el pobre diablo agonizaba a medio metro de distancia de mí y no podía hacer nada para ayudarlo.

Uno de los guardias abrió las puertas y subieron al departamento de Marshall en el primer piso. Todas las ventanas estaban tapiadas. Desde la calle, la casa parecía ser una imitación de estilo georgiano, con dinteles esbeltos sobre ventanas altas y angostas, pero la fachada era solamente superficial, y cubría una superestructura de recio acero que resistía fácilmente el viento. El aire del departamento estaba filtrado y quieto, y hacía del sitio uno de los pocos oasis privados que aún existían en Londres.

Entraron a la sala de Marshall, una habitación de dos niveles con una escalera circular de vidrio negro. Abajo, ardían unos troncos en una chimenea imponente, irradiando un suave resplandor parpadeante hacia el sofá semicircular que se hallaba enfrente, reflejándose en los azulejos negros y en las hileras de plateados trofeos que cubrían las paredes. El estudio estaba cuidadosamente amueblado, con un fuerte gusto masculino. Había estatuillas abstractas; pesados rifles de caza colgados de los muros, con sus oscuros cañones brillando en la semipenumbra, y un pequeño toro alado, surgiendo en un umbroso rincón. El efecto era de poderío, una imagen perfecta de la propia personalidad de Marshall, intensa y perturbadora.

Marshall se dejó caer en el sofá, sin encender las luces. Deborah lo miró por un momento, se quitó el abrigo y fue hasta la cantina. Vertió whisky en un vaso, le añadió agua de soda y llevó la bebida a Marshall, sentándose a su lado con tranquilidad.

Él tomó el vaso, mientras ella se acercaba más y le acariciaba el rostro con la punta de los dedos, siguiendo el trazo de las venas lastimadas.

— Siento lo de Musgrave -dijo ella, mientras la mano de Marshall descansaba, tibia y fuerte, sobre su regazo. Tomó el vaso de Marshall y bebió un trago, sintiendo el líquido ardiente quemar su garganta, excelente y estimulante.

— Pobre diablo -comentó Marshall-. Esos Bethlehem son inútiles; el blindaje es demasiado delgado para resistir la caída de un edificio. -Y añadió para sí mismo-. Hardoon deseará algo más resistente.

— ¿Quién? -preguntó Deborah. Antes había escuchado ese nombre-. ¿Quién es Hardoon?

Marshall hizo un gesto vago.

— Una de las personas con quienes trato. -Apartó sus ojos del fuego y miró a Deborah. Su rostro estaba a unas pulgadas del de ella. Los ojos de Deborah lo miraban con firmeza mientras sus labios sonreían.

— Decías algo acerca de los Bethlehem -dijo ella calmadamente, mientras le daba masaje en las mejillas.

Marshall sonrió con admiración.

— Sí, necesitamos algo más pesado. El viento va a soplar con bastante más fuerza.

Entretanto hablaba, Deborah acercaba su rostro al de él, y le rozó la frente con los labios.

Reflexivamente, Marshall terminó su bebida, puso a un lado el vaso y la tomó en sus brazos.

Maitland observaba cómo la antorcha de acetileno cortaba limpiamente a través del blindaje de la cabina. La sección se desprendió y ayudó a los dos mecánicos a levantarla y ponerla en el piso del garaje. El cuerpo de Musgrave estaba aún tendido bajo el tablero de control. Se inclinó para tomarle el pulso y llamó a los otros para que sacaran el cuerpo. Llevaron al conductor hasta un banco. Un guardia salió de la cabina de radio control y se dirigió hacia Maitland. Era un hombre tosco, de facciones duras, que portaba el mismo uniforme negro de todo el personal de Marshall. Maitland se preguntó de qué tamaño sería su ejército privado. Los tres miembros que viera, obviamente fueron reclutados independientemente; no tenían insignias de rango ni de servicio y trataban al Bethlehem y a él mismo como intrusos.

— Hay un tractor de la Armada viniendo de Hampstead -le dijo secamente el guardia-. Lo llevarán a la base de Green Park.

Maitland aprobó. Se sintió súbitamente cansado y miró a su alrededor, buscando un sitio dónde sentarse. La única banca estaba ocupada por el cuerpo de Musgrave, por lo que hubo de sentarse en el piso contra el tubo de un ventilador, escuchando el rugir del viento en el exterior. A veces las aspas del ventilador se detenían y marchaban en sentido contrario, cuando una pulsación de la presión entraba por el conducto. Después volvía a tomar velocidad.

Fuera del Bethlehem, sólo estaba otro vehículo en el sótano, un largo remolque blindado de doble juego de ruedas, que estaba siendo cargado por dos guardias con una interminable sucesión de cajas de madera, algunas de ellas preparadas con tanta premura que sus tapas aún no estaban clavadas.

Por curiosidad, Maitland se acercó al transporte mientras los guardias iban por más cajas. Se imaginó que las cajas estarían llenas de vajillas y objetos artísticos preparados para una retirada de emergencia, y miró bajo una de las tapas.

Empacados en las cajas, estaban seis morteros de 3 ½”, con sus gruesos cañones verdes protegidos con una espesa capa de grasa.

Los morteros pertenecían al Departamento de Guerra, pero no mostraban marbetes de autorización en los costados de las cajas ni se señalaba su lugar de destino. Volvió la tapa y vio que ostentaba el letrero: "Aparato para Respirar — Torre Hardoon."

La mayoría de las otras cajas estaban selladas, marcadas con letreros que los identificaban como cilindros de oxiacetileno, equipo para excavaciones, linternas y otras herramientas. Otra caja vacía decía, "Válvulas. Torre Hardoon", contenía una colección de los uniformes negros que usaban los hombres de Marshall, cuidadosamente doblados. Torre Hardoon, pensó Maitland. Repitió el nombre para sí, tratando de identificarlo, y recordando una reseña del periódico, leída años atrás, acerca del excéntrico multimillonario que poseía grandes intereses en la industria de la construcción y que construyera un elaborado refugio subterráneo, casi una ciudad, en sus propiedades cercanas a Londres durante los días más álgidos de la guerra fría.

— ¿Está bien, doctor?

Se dio vuelta y vio al enorme guardia con cara de pocos amigos, que arreglara su transporte, acercándose lentamente, balanceando despreocupadamente los brazos a sus costados. Era difícil decir si portaba armas dentro de su uniforme de campaña, dotado de una gruesa chaqueta, pero bien pudiera llevarlas.

Maitland tocó la, caja llena de morteros.

— Miraba esto… este aparato de respiración. Un diseño poco usual.

El guardia frunció el ceño.

— Es un equipo muy útil, doctor. Muy versátil. Vayamos. -Mientras Maitland caminaba a través del sótano, el guardia le seguía pegado a sus espaldas.

— ¿Qué trata de hacer Marshall? -preguntó Maitland amigablemente-. ¿Iniciar una guerra?

El guardia miró pensativamente a Maitland.

— No sé qué es lo que podemos iniciar. Pero no se preocupe demasiado por ello, doctor.

Envolvieron a Musgrave en una cubierta de polietileno y lo metieron al Bethlehem a través de la torreta. Maitland entró también y aseguró el cuerpo bajo del asiento.

Cuando trató de salir, encontró que alguien estaba sentado encima de la escotilla con los pies oscureciendo las ventanillas. Durante un momento pensó en forzarla, pero después decidió aceptar la situación. Algunos minutos más tarde, llegó el tractor de la Armada y descendió por la rampa. Sintió cuando lo engancharon al Bethlehem y marcharon hacia la calle.

El vehículo se vio sacudido por poderosas ráfagas de aire. Maitland se afianzó en los travesaños interiores, balanceándose de un lado a otro con los cabeceos de la cabina.

A su alrededor, en las calles del exterior, podía escuchar el sonido de los edificios viniendo por tierra.

Capítulo IV

Los Corredores del Dolor

Tres veces, a lo largo del camino hacia el puesto de Green Park, el camión dejó el pavimento. Los terribles vientos cruzados sacudían el vehículo detrás del Centurión, lanzándolo de un lado a otro de la calle.

Las vías públicas estaban llenas de escombros y trozos de mampostería, fragmentos de cornisas ornamentales de los edificios más viejos, restos de vigas de los techos y el incesante caer de las tejas de pizarra.

Cuando llegaron al puesto de Green Park, que albergaba la jefatura de la sección de Operaciones Combinadas de Rescate, entraron por el largo túnel de sacos de arena que los llevó al patio cubierto. Una docena de otros vehículos, Centurión y Bethlehem, con un par de pesados Titán M5 para el transporte de personal, estaban descargando y reaprovisionando combustible. Tres de ellos tenían la insignia RN (Royal Navy); a estas unidades pertenecía Maitland, y también se albergaban en el mismo puesto, pero todo el personal llevaba el mismo uniforme parduzco. Se miraban cansados y sin ningún espíritu, y el mismo Maitland se encontró compartiendo su desaliento. Al salir del Bethlehem, descansó contra el costado del vehículo por espacio de algunos minutos, tratando de sacudirse el aturdimiento mental y cerebral que le invadía después de los sucesos del día.

Puso en orden sus ideas y se dirigió hacia la sección de los oficiales, donde compartía un cubículo con un cirujano naval llamado Avery. Ansiosos de tener un papel destacado ante la emergencia, particularmente sin que la RAF (Real Fuerza Aérea) tuviera alguna intervención, los de la Marina Real organizaron una unidad de operaciones de rescate. Con la ayuda de Andrew Symington, Maitland fue asimilado con un mínimo de formalidades. Permaneció con Andrew y su esposa por espacio de una semana, esperando inútilmente que amainara el viento, y ahora le complacía estar asignado con la oportunidad de hacer algo positivo.

Maitland cerró la puerta y se dejó caer en la cama, gruñendo un saludo a Avery, quien estaba tendido en la suya, con el uniforme negro desabrochado.

— Hola, Donald. ¿Qué tal andan las cosas afuera?

Maitland se encogió de hombros.

— Sopla una ligera brisa. -Tomó un cigarrillo de la cigarrera de plata que le ofreció Avery-. He estado en el Russell la mayor parte del día. No es nada agradable. Parece como una anticipación de lo que vendrá. Espero que todos sepan lo que hacen.

— Por supuesto que no. Me recuerda el chiste de Mark Twain acerca del clima; todos hablan de ello, pero nadie hace nada. -Se dio vuelta y encendió la radio portátil que estaba en el piso, debajo de la cama.

Maitland se extendió en el lecho, escuchando las frases de los boletines de noticias. La BBC aún transmitía en el servicio local, ofreciendo resúmenes de noticias cada media hora, espaciados por música ligera y un flujo aparentemente interminable de órdenes y recomendaciones de la Oficina de Guerra. Hasta ese momento, el gobierno, tácitamente, aseguraba que el viento cesaría pronto, al perder el impulso, y que la mayoría de la gente tenía suficientes reservas de alimentos y agua para sobrevivir, sin ayuda ajena, en sus propios hogares. Casi la totalidad de las tropas estaban atareadas en la construcción de túneles de comunicación, reparando líneas eléctricas y reforzando sus propias instalaciones.

Avery desconectó el aparato y se enderezó, descansando sobre un codo y mirando pensativamente su reloj pulsera.

— ¿Qué es lo último que se sabe? -preguntó Maitland. -El Puente de Londres se está cayendo. -Sonrió sombríamente Avery-. La velocidad del viento es de 180. Leyendo entre líneas, parece que las cosas van bastante mal. Hay una colosal inundación a lo largo de la costa sur. Parece que la mayor parte de Brighton ha sido barrida por el mar. Hay un caos general, en aumento, por todos lados. Lo que me gustaría saber es: ¿cuándo van a empezar a hacer algo?

— ¿Qué pueden hacer?

Avery hizo un gesto de impaciencia.

— Tú sabes lo que quiero decir, Donald, por el amor de Dios. Están en un error procediendo como lo hacen, diciendo a la gente que permanezcan en casa y que se escondan bajo la escalera. ¿Qué creen que es esto?, ¿una incursión de zepelines? Pronto tendrán las bajas más fantásticas. Sin mencionar las epidemias de tifo y cólera sobre todo el hambre…

Maitland afirmó lentamente. Estaba de acuerdo con Avery, pero se sentía demasiado cansado para ofrecer cualquier comentario.

Se escuchó una llamada familiar a la puerta, y Andrew Symington asomó la cabeza. Salió de su turno de servicio, a las ocho, y vino por el túnel de comunicación, a través del Parque de Saint James, para comer en la sección de los civiles del puesto, antes de ir al Hotel Park Lañe. El bebé de su esposa no nacería sino hasta un par de semanas más tarde. Dora retenía inconscientemente al niño.

— Estábamos maldiciendo esos estúpidos boletines que ustedes trasmiten -dijo Avery-. ¿Tratan de convencerse a ustedes mismos de que se trata de un calmado día de verano?

— ¿Cuál es la verdad, Andrew? -insistió Maitland-. Llegué hace media hora y me pareció que el Russell no era el único edificio que fue destruido.

— No lo es -le dijo Symington. Su rostro se veía cansado-. Todo lo que he oído, indica que podemos esperar a que la velocidad del viento aumente durante varios días más, por lo menos. Se espera que se inicie el descenso de la velocidad cuando aparezcan áreas bien localizadas, de turbulencia, en medio de la corriente general, y eso no ha ocurrido aún. De todos modos, parece ser que aumentará otras cincuenta millas por lo menos.

Avery dejó escapar un silbido. — ¡Más de 230! ¡Santo Dios! -Golpeó el mamparo de madera que se combaba hacia adentro por la presión del aire-. ¿Crees que resistirá este lugar?

— El edificio resistirá probablemente, aunque pierda el techo, pero ya la mayor parte de las casas familiares, de las Islas Británicas, se están empezando a caer. Los techos vuelan, los muros se derrumban; no todas las casas modernas tienen sótanos. La comida escasea y la gente trata de abandonar sus hogares para llegar a las estaciones de socorro. Antes de que se dé cuenta de lo que ocurre, es arrancada de los pórticos de sus casas y arrastrada media milla en diez segundos. -Symington hizo una pausa-. No recibimos muchas noticias de los Estados Unidos y de Europa, pero ya se pueden imaginar lo que ocurre en el Lejano Oriente. Ya no existe el control del gobierno. La mayoría de las estaciones de radio sólo transmiten débiles señales de identificación.

Hablaron por espacio de media hora, después partió Symington, y Maitland se tendió para dormir, aún enfundado en su traje de faena. Se dio cuenta, vagamente, de que Avery salía a cumplir su servicio y se sumergió en un sueño pesado e inquieto.

Seis horas más tarde, mientras escuchaban sus instrucciones en una de las salas de reunión, en el extremo más alejado del puesto, el sonido de la caída de las construcciones repercutía apagadamente en la distancia. Los muros se estremecían inestablemente, como si un extremo del edificio estuviera preso en las mandíbulas de algún enorme insecto. Un muro exterior que sostenía la escalera que conducía al techo, en el lado del edificio expuesto al viento, acababa de desplomarse. Por fortuna, los muros interiores que separaban la escalera del resto de las barracas, resistieron lo suficiente para que pudieran desalojarlas junto con la mayor parte de los equipajes de sus moradores, pero cinco minutos después de que se hubieron retirado al edificio contiguo, se vinieron abajo entre remolinos de polvo y ensordecedor estruendo.

El capitán que les hablaba desde el estrado, levantó la voz por encima del ruido.

— Seré breve para que podamos salir antes de que nos caiga el techo en la cabeza. La velocidad del viento ha aumentado a 180, y, francamente, la situación es bastante triste. Nuestra gran tarea, ahora, es movilizar a cuanta gente sea posible a los refugios subterráneos, y nos estamos retirando del centro de Londres, instalando diez puestos principales de mando alrededor del camino periférico de la ciudad. El nuestro es la base de la Fuerza Aérea de los E.U., en Brandon Hall, cerca de Kingston. Los sótanos más profundos nos darán espacio suficiente con capacidad para un hospital de trescientas camas. Habrá un transporte de la Marina y una unidad de rescate, y tratarán de llevar a la gente a todos los refugios profundos, como túneles de ferrocarril, sótanos de grandes fábricas y sitios por el estilo, dentro del área inmediata. Va a ser bastante difícil. Algunos transportes, grandes y nuevos, han sido enviados desde Woolwich, y se supone que podrán resistir vientos de quinientas millas por hora, pero aún así, sólo será posible transportar a una pequeña porción de la gente que encontremos, y tendremos que elegir a quienes tengan sus propias provisiones. Nuestras reservas y alimentos solamente alcanzarán para tres semanas.

Hizo una pausa y miró las hileras de rostros sombríos.

— Me duele decirlo, pero parece que las bajas serán tan altas como el cincuenta por ciento.

Maitland se repitió la cifra, tratando de digerirla. Imposible, pensó. ¿Veinticinco millones de gente? Seguramente se aferrarían a la vida de algún modo. En el fondo de las zanjas más profundas, masticando yerbajos y raíces. Escuchó vagamente la continuación del instructivo, preguntándose si estos preparativos resultarían tan inadecuados como los anteriores.

Salieron a tomar sus puestos en una de las filas que marchaban por los corredores, hacia el patio de transportes, escuchando el estruendo en aumento en las calles del exterior. Ráfagas de aire sucio se colaban por los pasillos, y el piso que hollaban las plantas de Maitland, estaba cubierto por una capa espesa de suciedad La capa superior del suelo de la corteza terrestre, estaba siendo barrida por el viento, sistemáticamente. El cielo estaba negro a causa del polvo.

Escuchando las conversaciones cercanas, completó sus impresiones de la crisis. El gobierno, instalado en la Oficina de Guerra, estaba enclavado en los profundos refugios subterráneos de Whitehall, comunicándose por radio con el anillo de estaciones de mando, alrededor de Londres, y compuestos similares en la provincia. Un millón de hombres, aproximadamente, integrado por las tres fuerzas armadas, la guardia nacional, la defensa civil y la policía, estaban controlados directamente por el gobierno, y una buena porción de aquéllos estaba ocupada en la organización y preparación de los abrigos subterráneos que existieran. Solamente una pequeña fracción, tal vez unos 200,000, se ocupaban de las labores de rescate.

Maitland especuló, pensando que los preparativos estaban a punto para una retirada final del Comando de Operaciones de Rescate e Información, incluyendo solamente a los jefes de gobierno y el servicio, acompañados por unas cuantas personas, como Marshall, a algún bastión secreto donde se aseguraría su supervivencia por bastante más tiempo. Trató de reportar su descubrimiento en la casa de Marshall en Park Lañe, pero los jefes del puesto estaban demasiado ocupados para escucharlo, y de todos modos no tenían autoridad fuera de la unidad. Además, Hardoon, con su ejército de operarios de la construcción y sus flotillas de equipo pesado, pudiera estar trabajando para el gobierno.

Cuando finalmente acomodó su equipaje en uno de los camiones del personal, y subió a su vez, sólo quedaban una docena de nombres en el puesto.

El transportador estaba colocado junto a uno de los Centurión, con los brazos de la grúa firmemente unidos. Ambos vehículos estaban cargados con planchas de concreto, de un metro de largo y medio metro de grueso, colocadas en forma inclinada para acentuar la pendiente original de la lámina blindada y disminuir la resistencia al aire.

Maitland se instaló entre las maletas y cajas de equipo, y miró por la angosta ventanilla de cristal junto a su cabeza. Sólo estaban con él otros dos hombres del servicio: un sargento aviador de la RAF y un joven cabo de trasmisiones.

Tras de una larga espera, rugieron los motores y se dirigieron hacia la rampa de salida. Al aproximarse al extremo de ésta, fue retirada la puerta horizontal, y la corriente de aire, a 180 millas por hora, barrió el piso levantando el transporte como con una mano gigantesca, y acribillándolo con una descarga de piedras del tamaño de un puño. El conductor aceleró el motor y volvió al curso, y, con el Centurión tirando de ellos, atravesaron las puertas y se dirigieron a Green Park. Maitland miraba hacia el oscuro exterior. Tocones de árboles surgían del destrozado suelo, cubierto de piedras. Grava y escombros diversos se apilaban contra los muros de retén como un basurero municipal abandonado.

Se detuvieron al pasar la esquina de Hyde Park en la entrada de Knightsbridge. Maitland oprimió su rostro contra la ranura de la ventanilla y miró las vagas siluetas de los edificios de oficinas y de departamentos, en la oscuridad. Temblaban perceptiblemente y los estremecimientos se trasmitían al vehículo a través del pavimento. Los techos habían sido arrancados y Maitland podía ver a través de las ventanas de los pisos superiores. Muchos de esos pisos habían caído. Todas las tiendas y comercios pequeños estaban totalmente arrasados, con las vitrinas destrozadas y el interior limpio de mercancía.

Al pasar por la Plaza Lowndes, Maitland levantó la vista para ver el edificio donde estaba su apartamento, contando los pisos para localizar el de su casa. El edificio se conservaba intacto aún, pero todas las luces estaban apagadas. Al acercarse, se preguntó lo que sería de Susan.

La gran tienda de Harrod estaba en ruinas, mientras el viento continuaba desmantelando los ladrillos, restos de mobiliario y de telas, elevándolos en remolinos de basura.

Moviendo la cabeza con pesimismo, Maitland abandonó la ventanilla para buscar sus cigarrillos. Apenas sacaba el paquete, cuando frenaron violentamente. Durante un momento vacilaron y después empezaron a inclinarse hacia atrás y a rodar lentamente por el plano inclinado que se abriera a espaldas del vehículo.

Sobre el aullido del viento, Maitland podía oír la voz del conductor gritando en la radio. Sintió cómo embragaba a baja velocidad, para tratar de sacarlos del apuro. El peso del remolque aparentemente hundió una alcantarilla que cruzaba bajo el camino. Inclinándose en un ángulo de diez grados, las llantas del remolque resbalaban inútilmente. Gradualmente se deslizaba, tirando del Centurión. Finalmente, se enraizó inamoviblemente. El conductor trató de forzar la potencia del motor, mientras el vehículo se sacudía impotente. Después se detuvieron los dos motores y durante algunos minutos los conductores gritaron ante sus micrófonos.

A través de la ventanilla, Maitland podía ver las paredes de una zanja de dos metros de profundidad. Más allá se veían los dentados bordes del camino de asfalto que destruyeran en su caída, y, adelante, la masiva figura del tanque, que aún tenía sobre el pavimento sus orugas traseras.

El conductor abrió la puerta de comunicación y pasó a la parte posterior, furioso por lo que ocurriera, agitando los brazos y gritando.

— ¡Fuera, fuera, fuera! ¡No se sienten allí como borregos!

El sargento de la fuerza aérea vaciló, pensando si haría valer su rango sobre el del cabo, y decidió no hacerlo.

— ¿Y qué hacemos entonces, marinero? -preguntó.

El conductor apartó las maletas a puntapiés y gritó desdeñosamente.

— Caminar, ¿qué otra cosa? ¡No los voy a llevar en brazos!

Descorrió el cerrojo de las puertas traseras y las abrió. El Centurión encendió sus luces posteriores, iluminando el interior del remolque. Del lado izquierdo, Maitland pudo ver el bulto de un túnel para peatones. Parte de éste había caído a la zanja, dejando abierto un sitio conveniente de acceso. El conductor lo señaló.

— Tomen ése para ir al subterráneo de Knightsbridge -les ordenó a gritos-. Sigan la línea de Picadilly hasta Hammersmith, y allí los recogerán. ¿Entendieron?

Maitland vaciló, y empezó a arrastrarse a lo largo del fondo de la zanja hacia la abertura del túnel. El viento pasaba por encima de su cabeza como un tren expreso, mientras él se aferraba al suelo como una lapa. Llegando al túnel, logró entrar y ayudó a los otros que le seguían.

Cuando todos estuvieron dentro, vieron al Centurión nuevamente en movimiento, alejándose de la zanja, con los faros encendidos, dando vuelta y perdiéndose calle abajo.

El túnel era originalmente de dos metros de altura, pero la presión del viento y las capas sucesivas de materiales de refuerzo, añadidas durante la pasada semana, hicieron descender el techo a poco menos de metro y medio de altura sobre el suelo. Aquí y allá, a intervalos de cincuenta metros, algunas lámparas de campaña arrojaban un resplandor caprichoso sobre las bolsas de arena.

Encogidos, se movieron a lo largo del túnel, llevando Maitland la delantera. Era sólo media milla la distancia que los separaba de Knightsbridge, y por fortuna el paso subterráneo no estaba derruido en ningún otro sitio. Algunas gentes dormían en improvisadas bolsas de dormir, cerca de las lámparas. Maitland pensó que se trataba de atacados de claustrofobia, que temían más a los sótanos y refugios que al viento, y que preferían los corredores de superficie. Tropezando con ropas y utensilios de cocina abandonados, llegaron a la estación en cinco minutos. La entrada estaba fortificada con concreto reforzado. Dos policías armados y vestidos con uniformes negros, revisaron sus pases, y los enviaron hacia la unidad de señales instalada en la taquilla de los boletos de la estación del subterráneo.

Tras de las calles desiertas y oscuras, la estación era un ascua de luces, llena de miles de gentes alojadas en el nivel superior, con sus equipajes e impedimenta, amontonadas en rústicos cubículos improvisados con mantas y cuerdas, cocinando en pequeñas estufas y haciendo interminables hileras de espera ante las letrinas. Él piso desaparecía entre montones de bultos y figuras durmientes. Maitland y sus compañeros atravesaron saltando sobre los miembros de los ancianos v los niños que dormían, tratando de no despertarlos, hasta que localizaron a los operadores del transmisor de la radio.

Cinco minutos después, se comunicaron con el punto de control de Hammersmith y confirmaron los arreglos del conductor para que un remolque de Brandon Hall les recogiera dos horas más tarde.

La gente se sentaba a lo largo de las escaleras, encogidos contra las rodillas de los demás, envueltos en mantas, con bolsas de plástico entre los pies, conteniendo hogazas de pan mordisqueadas, algunas latas y botellas termo. Pasando entre ellos, el grupo que encabezaba Maitland pudo descender hasta las plataformas inferiores, donde se había logrado un principio de orden. Las mujeres y los niños estaban en la plataforma oeste, mientras que los hombres y las unidades de servicio ocupaban la del lado este. Se habían erigido divisiones de madera, y la policía patrullaba las salidas y entradas.

Fueron encaminados hacia las plataformas, saltaron a los rieles y se dirigieron hacia la siguiente estación, South Kensington. Los bulbos eléctricos que aparecían a intervalos en el túnel, brillaban reflejados en los rieles. En la plataforma, una hilera de soldados y otros hombres, yacían en sus bolsas de noche, la mayoría durmiendo, algunos mirando impávidamente, con los ojos sin brillo.

Ya casi llegaban al final de la plataforma, ruando alguien se levantó y saludó a Maitland con la mano. Éste se volvió y reconoció al portero del edificio donde estaba su departamento.

— ¡Doctor Maitland! Permítame un segundo por favor, doctor.

Estaba recargado en una gran maleta de aspecto costoso. Maitland se imaginó que el portero la tomó de uno de los desiertos departamentos.

— Doctor, deseaba poder decírselo. La señora Maitland está aún allá arriba.

Maitland se detuvo, paralizado.

— ¿Qué? ¿Está usted seguro? -Guando el portero asintió, crispó los puños involuntariamente. Su idea, acerca de la terquedad de Susan, había pecado de conservadora-. ¡Está loca! ¿No pudo hacerla bajar al refugio?

— Le hablé, doctor, créamelo. Ayer estaba todavía allí. Me dijo que deseaba quedarse a ver las casas caer en pedazos.

— ¿Mirarlas? ¿Dónde está ella? ¿En el sótano?

El portero movió la cabeza.

— Arriba en su piso, doctor. Las ventanas están destrozadas y ella vive en el ascensor. Está atascado en el sexto piso.

Maitland vaciló, mirando por encima de su hombro. Sus dos acompañantes ya desaparecían en la primera curva del túnel. Llegarían a Hammersmith en cuarenta y cinco minutos, y posiblemente habrían de aguardar más de una hora antes de que los recogieran.

— ¿Puedo llegar todavía a la Plaza Lowndes? -preguntó al portero- ¿Están en pie los túneles?

El portero asintió.

— Siga el que baja por la calle Sloane, corte por el garage de la embajada de Pakistán. Le llevará directo al edificio. Cuídese mucho, doctor. Hay grandes trozos de escombros cayendo constantemente.

Maitland subió nuevamente a la plataforma y regresó sobre sus pasos por las escaleras. Alcanzó la entrada y se abrió paso entre los rezagados que entraban por el túnel, trayendo aún menos equipaje que los que ya estaban allí. Muchos de ellos no llevaban alimentos ni artículos de abrigo, y solamente portaban una botella lechera llena de agua como ración alimenticia para las siguientes semanas. Maitland los miró, uno por uno, por si acaso Susan decidió, a última hora, tomar refugio. Algunos letreros, pintados crudamente, estaban colocados en las intersecciones del sistema de pasos subterráneos. Dando vuelta a la derecha, en la calle Sloane, corrió manteniendo baja la cabeza, tanteando su paso a lo largo de los irregulares corredores de sacos de arena semidestrozados. Algunos rayos de luz aparecían a través de las grietas del túnel, mezclándose con el resplandor de las mortecinas lámparas de campaña. Por los resquicios entraban ráfagas de aire, cargadas de polvo blanquecino, como válvulas de escape descargando vapor.

A doscientas yardas, a lo largo de la calle Sloan, el paso terminaba en un corto tramo de escalones que conducía a un sótano, debajo de uno de los edificios de oficinas. Recientemente fue usado éste como un refugio temporal contra las incursiones aéreas.

Cruzando el sótano, subió por las escaleras hasta un pasadizo, apuntalado a intervalos de dos yardas. Al llegar a la plaza de Lowndes, se dividía en dos secciones. La de la izquierda terminaba abruptamente en un montón de escombros, donde una de las casas más viejas había venido por tierra. El otro corría en dirección al edificio de departamentos, y Maitland subió por una abertura en el muro, hasta el garaje del sótano, en la embajada de Pakistán.

En la rampa exterior, un Cadillac negro y largo, descansaba sobre el eje trasero roto, con las llantas sin aire, las ventanillas destrozadas y algunas maletas a medio empacar, abandonadas cerca de la abierta cajuela del equipaje Protegiendo su rostro de los guijarros que rebotaban entre las altas paredes, Maitland se lanzó por la puerta de servicio de la casa de apartamentos.

Todos aquellos estaban abandonados, y el aire se arremolinaba alrededor de la escalera, cambiando de dilección a cada momento, levantando nubes de polvo y escombros, arriba y abajo de los escalones.

Maitland subió hasta el séptimo piso y miró dentro del ascensor. Un pequeño sillón estaba dentro, junto con dos cojines sucios y algunas mantas que aún mostraban la huella de un cuerpo que reposara en ellas.

Maitland subió a toda prisa los siguientes tres pisos, hasta su propio departamento, y abrió la puerta. El vestíbulo estaba a oscuras; el aire soplaba desde la estancia, arrastrando las hojas de viejos periódicos y magazines. Entró, deteniéndose al cruzar la puerta las ventanas habían sido arrancadas de sus goznes y los marcos de hierro temblaban al recibir el impacto del viento, un vórtice enorme y turbulento que golpeaba explosivamente contra la maltrecha fachada. El balcón exterior ya no existía, y todo el mobiliario de la habitación había sido arrasado por el remolino y llevado por encima del techo de la embajada.

Durante un momento, sintió que estaba sobre las hélices de algún portaviones gigantesco, mirando la revuelta estela mientras el navío cruzaba mares agitados, bajo el amparo de la cubierta de vuelos. Su vista alcanzaba a distinguir hacia el oeste, a través de la ciudad, los techos azotados por la tormenta, extendiéndose hacia el horizonte como grandes olas encrespadas, oscurecidas por una niebla de polvo y detrito.

— ¡Qué vista!, ¿no es así?, Donald? -escuchó que alguien decía tranquilamente, a sus espaldas. Se volvió para ver a Susan junto al marco de la puerta.

— ¡Susan! ¿Qué haces aquí? -Se acercó a ella-. Toma tus cosas y acompáñame a la estación del subterráneo. Todos se están refugiando allí.

Susan movió la cabeza y pasó a su lado para entrar al salón, vacilando ante el golpe del viento. Sus cabellos pendían como una red enmarañada alrededor de su rostro, gris por el polvo y la suciedad. Aún llevaba el vestido de cóctel que le viera la última vez. La falda estaba destrozada y manchada. Uno de los tirantes estaba roto y el frente del vestido colgaba suelto, revelando su piel sucia y herida.

Él la cogió cuando la empujó una ráfaga de aire que entró por el balcón, y la estrechó contra sí.

— Susan, por el amor de Dios, ¿qué es lo que pretendes? No es hora de hacer una escena.

Ella se recargó contra él, sonriendo sin entusiasmo.

— No la estoy haciendo, Donald -dijo desabridamente-, créelo. Vengo sólo a ver el viento. Todo Londres se está haciendo pedazos. Pronto desaparecerá todo, Peter, y tú y todo el mundo.

Se veía cansada y hambrienta. Maitland se preguntó desde cuándo estaría sin comer. Le pasó un brazo por los hombros y empezó a llevarla en dirección del corredor.

— Ven, querida. Antes de mucho tiempo también este edificio se vendrá abajo. Tienes que salir. El subterráneo es el único sitio seguro. -No para mí, Donald -dijo retrocediendo hacia la estancia-. Ve tú, si así lo deseas. Yo me quedo aquí. -Cuando él trató de retenerla, ella retrocedió con más rapidez, a sólo nueve o diez pasos del infierno huracanado que rugía en el exterior, y se detuvo allí, con el cabello flotando alrededor de su cabeza.

Cuando él vaciló, ella le miró lastimosamente durante algunos momentos, y después se volvió hacia el vacío.

— He vivido atemorizada durante mucho tiempo, Donald. De mi padre, de ti y de mí misma. Ya no lo estoy. Ve a esconderte en un agujero en el piso, si quieres.

Maitland saltó hacia ella y la tomó del brazo. Apretando los dientes, ella le dio un puntapié, encorvándose como un resorte acerado. Lucharon en silencio y, finalmente, ella se soltó y retrocedió más aún.

— ¡Susan! -gritó Maitland. Durante un momento ella le miró con expresión salvaje y se acercó a unos cuantos pasos de la ventana. Repentinamente, el viento hizo presa de ella. Antes de que Maitland pudiera moverse, la arrebató, enviándola al vacío.

Cayendo de rodillas, Maitland la vio durante un instante, lanzada como por medio de una catapulta a través de la corriente de aire que se elevaba de la calle, rebotar sobre el techo de la embajada y continuar dando vueltas, como una muñeca rota, entre el laberinto de azoteas que se extendía hacia el horizonte.

Durante cinco minutos permaneció tendido en el piso, con la frente contra el suele, abrumado por el dolor y la violencia de la muerte de Susan. Entonces, lentamente, se arrastró hacia la puerta y se puso en pie.

La fuerza del viento aumentaba considerablemente, mientras recorría a la inversa su camino a través de la embajada de Pakistán y a lo largo del túnel que conducía al puesto de primeros auxilios. El sistema de pasos de emergencia se deterioró mientras él estuvo en el edificio. Al pasar por el puesto de socorros, algo golpeó el techo por encima de su cabeza, agrietando el concreto y produciendo una lluvia de polvo. El edificio empezó a balancearse incansablemente, indicando la rotura del techo. Pronto empezarían a caer pedazos de mampostería a través de los pisos, destruyendo los soportes transversales y permitiendo que el viento derribara los muros como si fuera un castillo de naipes. Maitland ascendió al túnel de la calle Sloane. A cien metros de distancia, una lámpara solitaria parpadeaba débilmente, iluminando el angosto corredor de sacos de arena. Avanzó hacia la entrada de la estación.

Bajó las escaleras a toda prisa y, al tropezar, cayó de rodillas golpeándose la cabeza contra la pared. Levantó su lámpara, del piso, y alumbró, palpando los escalones con las manos.

A la mitad de la escalera, se habían instalado pesados mamparos de acero, una barrera infranqueable de planchas de tres pulgadas que lo segregaba del santuario de seguridad que estaba del otro lado.

Tratando de no perder la serenidad, subió otra vez la escalera y entró de nueva cuenta en el túnel. Apagó la lámpara para conservar las baterías y tocó las paredes esperando salir del lugar, antes de que se viniera por tierra, para encontrar asilo en el sótano de alguno de los edificios de la calle que todavía se mantuvieran intactos, cuando los pisos superiores ya no existieran.

Sobre su cabeza, aparentemente a lo lejos y hacia la izquierda, se iniciaba un leve estruendo. Se detuvo y aguardó mientras se aproximaba, encendiendo la lámpara. Entonces, a diez metros de distancia, entre una catarata de polvo y de ruido, una enorme sección de mampostería atravesó el techo del túnel, seguido de un tornado de tabique, que estallaba en pedazos, derribando a Maitland. Al ponerse en pie, el techo entero del paso subterráneo se venció, y cayó en una avalancha de escombros que obstaculizaron la única luz que entraba por la primera abertura.

Maitland saltó hacia atrás, protegiéndose la cabeza del cascajo que llovía en su derredor. Los muros del túnel se estremecían, y el suelo empezó a inclinarse en espasmódicos saltos.

Maitland aguardó, listo para retroceder hasta la entrada, mirando el polvo arremolinarse alumbrado por el delgado rayo de su lámpara. Tras de algunos minutos, se adelantó cautelosamente. El temblor terminó, y el edificio que cayera, la tienda de Harvey Nichols, cesó sus movimientos de asentamiento.

Unos cuantos metros más adelante, el paso subterráneo terminaba abruptamente: una sección del techo lo cortó como una guillotina, sellándolo tan limpia y absolutamente como las planchas de acero que se encontraban a sus espaldas. Maitland empezó a tratar de retirar los escombros, pero pronto se dio por vencido y se alejó del acre polvo.

Estaba perfectamente atrapado, como una rata. Disponía de un corredor de tres metros de largo, limitado, en ambos lados, por infranqueables muros. El aire se aquietó rápidamente, y pronto quedó totalmente inmóvil.

Repentinamente se sintió débil, y se dejó caer de rodillas. Llevó las manos a su cabeza y sintió escurrir la sangre brotando de una ancha herida, en su cráneo. Se sentó y empezó a sacar su estuche de primeros auxilios, dándose cuenta de que empezaba a perder el sentido. Pudo apagar la linterna justamente cuando su mente daba vueltas, y se sentía caer, sumergiéndose bajo el borde de un pozo negro y profundo.

A su alrededor, los escombros empezaron a moverse nuevamente.

* * *

Ya la pirámide estaba casi completa. Su vértice sobresalía de los mamparos de acero, y una línea adicional, de escudos de metal, ascendía hacia la parte alta de la pirámide, protegiendo a los hombres que escalaban hacia el pináculo. Los trabajadores se movían lentamente, enlazados entre sí, por medio de largos cables, y daban forma a las últimas cornisas y revestimientos, arrastrados juntos como esclavos ciegos.

Abajo, se alejaban los enormes tractores y mezcladoras, mientras construían las largas rampas que partían de la base de la pirámide. Éstas tenían tres metros de espesor y su altura era lo doble en el punto más profundo. Surgían de la negra tierra, extendiéndose desde el cuerpo de la pirámide como los miembros de alguna esfinge decapitada.

Mirándolas desde su atalaya, en la pirámide, el hombre de rostro de hierro bautizaba a las rampas, en su mente, llamándolas las puertas del remolino.

Capítulo V

Los Animales de Carroña

— Pat.

La muchacha se estremeció, murmuró algo mientras permanecía medio dormida en sus brazos, sobre el viejo colchón contra la pared, y se acercó más a él.

Con su mano libre, Lanyon le alisó suavemente los cabellos rubios y la besó quedamente en la frente, cuidando de no rozarle la piel con su áspera barba de cuatro días. Estrechándose contra él, ella se sentía tibia y cómoda, abrigada con el chaquetón de cuero alrededor de sus hombros, mientras que su propio abrigo cubría sus piernas.

Lanyon le miró el rostro. Ella sonreía y movía sus párpados, levemente, al acercarse a la conciencia. Suspiró hondo y levantó con lentitud la cabeza.

— ¿Steve? -Se agitó, abrió los ojos somnolientos, y libró sus piernas del abrigo.

Él se inclinó y la besó gentilmente en la boca.

— Está bien, querida. Duerme. Voy a echar una mirada.

La cubrió cuidadosamente, se puso en pie y pasó al otro lado de la casamata, inclinando la cabeza para evitar golpearse con el techo. Afuera, el aire silbaba interminablemente, con la turbulencia que creaba alrededor de la colina, haciendo difícil el cálculo de su velocidad.

Lanyon buscó en sus bolsillos, encontró un paquete de cigarrillos baratos que descubriera en una alacena del campo aéreo, encendió uno, cuidadosamente, y se acercó a la mirilla. Estaba bloqueada con un montón de piedras y tabiques. Retiró algunos de ellos y pudo dejar una estrecha abertura por la que contempló los restos de la presa, el valle de Genova y el mar. Miró su reloj. Eran las 7:35 de la mañana. Las nubes de vapor y polvo colgaban a no más de doscientos metros de altura y la visibilidad era muy relativa.

La casamata estaba construida en la boca de una de las cuevas, en el acantilado que dominaba el lado oriental de la presa. Abrigada por el farallón que se levantaba hasta noventa metros más arriba y remetida tres metros en la caverna, proporcionaba un excelente punto de ventaja desde el cual podía verse el valle. Lanyon notó que la presa ya no existía y que de la cortina original, quedaba tan sólo un angosto y destruido borde de concreto. El vaso estaba vacío, y el lecho sembrado de guijarros y fragmentos de roca, procedentes de las colinas circunvecinas.

Lanyon se preguntó si los grandes ríos del mundo fueron vaciados de modo semejante. ¿Era ya el Amazonas una faja de arena de una milla de ancho, y el Mississippi una playa interior de dos mil de longitud?

A tres millas de distancia, la línea de la costa era sólo un manchón borroso, pero el puerto de Genova parecía estar cercado por un anillo de restos de barcos naufragados. Casi con toda certeza, el Terrapin aún estaría en su lecho de la base submarina, a menos que la hubieran abandonado y la nave enviada a otra misión especial, en cuyo caso, posiblemente, yacía en el fondo del océano. Las posibilidades de llegar a la base parecían escasas, pero, durante los días pasados, se las arreglaron para viajar desde el campo aéreo hasta su refugio actual, y con un poco de suerte se mantendrían en movimiento.

Lanyon aspiró el humo del cigarrillo, mirando una gran cabaña de madera volar por los aires, a quince metros de altura y a media milla de distancia. Aún estaba intacta, girando lenta, aparentemente recién arrancada de algún sitio protegido. Repentinamente, chocó contra el costado de una de las colinas y se desintegró instantáneamente, como un proyectil estallando en una infinidad de fragmentos no mayores que una caja de fósforos.

Volvió a tapar la abertura, cuidadosamente. Patricia dormía aún, aparentemente exhausta. Llegaron a la casamata, dos días antes, tras de una frenética carrera, a noventa millas por hora, en un coche ajustado con piezas de los demás vehículos destruidos en la base aérea. Aquí tenían suficiente comida para algunos días más: dos o tres latas de cerdo salado que encontraron en el sótano, una canasta de duraznos podridos y media docena de botellas de áspero vino.

Lanyon se deslizó por la puerta, hacia la parte posterior de la cueva. A diez metros de la casamata, el piso se inclinaba hacia abajo y se extendía en una amplia galería que fue usada como dormitorio por las tropas que guardaban el puesto de vigilancia de la presa. Las paredes tenían hileras de literas y en el centro estaban dos largas mesas cubiertas de residuos de comida. El agua goteaba de una docena de grietas en el techo, formando charcos en el piso o escurriendo hacia las otras cuevas a las que conducía la galería.

Lanyon tomó un vaso de lámina, recogió algo del agua que goteaba del techo y lo puso sobre la mesa. Pisando sobre los desperdicios de papeles mojados y cabos de cigarrillos, se dirigió hacia la parte trasera de la galería, y siguió uno de los pasadizos que había sido dotado de un sencillo pasamano. Se encorvaba ligeramente hacia abajo, y parecía ser la salida de emergencia hacia la cañada que existía detrás del acantilado. Un camino lateral los condujo a la cañada, pero Lanyon no pudo controlar el vehículo, cuando llegaron, y continuaron hasta el pie del acantilado, donde tuvieron que salir del automóvil para escalar hasta la casamata.

En algunos sitios, la cueva tenía orificios en la pared del farallón, y, a través de ellos, Lanyon podía ver las paredes de la cañada, a veinte pasos de distancia. El aire circulaba con violencia, pero aún se sostenían algunos matorrales espinosos y abetos en los rocosos bordes. Posiblemente pudieran, él y Patricia, usar esa ruta si continuaba en la dirección adecuada.

Salió de la cueva, en el fondo de la barranca, y miró en su alrededor. Las paredes subían a noventa metros de altura, y de sus bordes caía una constante lluvia de guijarros, hasta los pies de Lanyon. Pegado a las paredes, se deslizó entre los remolinos de aire, tratando de ver hacia dónde conducía el angosto corredor. Los salientes de las rocas le protegían de la lluvia de proyectiles, mientras pudo apreciar que el sistema de hondonadas y barrancas corría, aparentemente, en dirección suroeste, hacia Genova y el mar.

A cien metros de distancia, volvió sobre sus pasos y entró nuevamente en la caverna.

Patricia estaba sentada, peinando sus cabellos, cuando llegó a la casamata. Su aspecto aún era fresco a pesar de los cinco días de privaciones e incomodidades.

— Hola, Steve -sonrió-. ¿Sucede algo?

— Aún sopla con fuerza -le respondió-. Parece que se acerca a las doscientas millas por hora. ¿Cómo te sientes?

— Maravillosamente. Ésta es la clase de vida que necesitaba. -Le tomó la mano y le hizo sentarse a su lado.

Lanyon la cogió en sus brazos y se debatió juguetonamente con ella, sobre el colchón. La besó en los labios y se enderezó mirando su reloj.

— Pat, me duele tener que interrumpir la fiesta, pero si vamos a salir de aquí más vale empezar a movernos. ¿Te sientes con las fuerzas suficientes?

Ella asintió.

— Lo bastante. ¿Qué tenemos que hacer?

— Hay una cañada que parece ir en dirección de la ciudad. Con suerte quizá podemos llegar hasta los suburbios, y encontrar algún vehículo militar. -Miró nuevamente su reloj-. Me temo que si no regresamos pronto, Matheson pueda echar a pique la nave, accidentalmente. O que haya sido enviada a otra misión suicida.

Se levantó y sacó una lata de la mochila del ejército italiano, que colgaba bajo la mirilla de la casamata. La abrió y la dio a Patricia. Fue a la cueva y regresó con el vaso de lámina, conteniendo agua de las filtraciones.

— Vale la pena tratar de comer algo de esto, aunque no soportemos mirarlo. Si te consuela, te diré que no es mucho peor que lo que comemos a bordo del Terrapin.

Patricia forzó un poco de la carne, en conserva, dentro de su boca, haciendo un gesto.

— Demontres, no sé si me iré contigo después de todo. -Hizo una pausa con la preocupación reflejada en el semblante-. Steve, ¿crees realmente que me dejarán ir a bordo? Sé que tú eres el capitán, pero después que se hayan puesto cómodas las esposas de los almirantes, quizá no quede sitio para una empleada de la NBC.

Lanyon le sonrió.

— Descuida. No hay esposas de almirantes en los alrededores, para no hablar de los almirantes. Tú subirás a bordo así tenga que llegar hasta el casamiento contigo.

— ¿Hasta? -dijo Patricia en tono de queja-. Bueno, gracias.

Un remolino de aire azotó la casamata, aflojando las piedras que cerraban la mirilla y arrojando una nube de polvo sobre sus cabezas. Lanyon la tomó de la mano y la ayudó a ponerse de pie. La besó nuevamente.

Entrando a la cañada, se movieron cautelosamente a lo largo de la pared oriente, abrigándose bajo los salientes de la roca mientras caía la lluvia de piedras y adelantando cuando disminuía ésta. El aire se arremolinaba a su alrededor, explotando con salvaje furia cuando los vórtices de las corrientes barrían los bordes de la barranca y se clavaban en las gargantas de piedra.

Llegaron hasta el punto, explorado previamente por Lanyon, donde se dividía la cañada, la que se abría gradualmente hacia el lado norte, extendiéndose en un ancho valle, a través del cual se movía la corriente de aire como una enorme ola sobre el piso rocoso, levantando todos los fragmentos de rocas sueltos y todo vestigio de vegetación Lanyon se dio cuenta de que si se aventuraban en el valle, la presión negativa haría que fueran arrebatados y elevados por el aire, para ser arrojados en las lejanas colinas del oeste.

El ramal del sur no era más que una angosta fisura en la roca, que se extendía hacia el sureste en un ángulo ligeramente inclinado. Alguna vez sirvió de lecho a algún arroyo, porque las piedras eran pulidas y tersas, y aún conservaban cierta humedad en su lecho de arena.

Por espacio de media hora, avanzaron por la brecha, en dirección de los suburbios de la ciudad, según calculó Lanyon. Encontraron que la cañada se convertía en un angosto cañón, de fondo plano, protegido por una de sus elevadas paredes, donde todavía existían algunos árboles.

Patricia tiró del brazo de Lanyon.

— Mira Steve. Allá. ¿No es aquello una granja? Lanyon miró en la dirección indicada y vio la silueta de lo que alguna vez fuera un muro almenado que corría a lo largo de un camino que cruzaba el extremo opuesto del cañón.

— Parece ser parte de un viejo castillo -comentó Lanyon-. Tal vez encontremos a alguien más, allí. Vamos.

A su derecha, el terreno se empinaba hasta la cresta del acantilado, a unos cuarenta y cinco metros de altura. En lo alto estaban los restos de lo que fuera un antiguo monasterio, un pesado edificio de piedra, de dos pisos, que contaba con cinco o seis siglos de existencia. La planta superior y el techo ya habían desaparecido, pero la parte baja, bajo el nivel de la cresta de roca, aún estaba intacta, enraizada en las enormes rocas.

El ruinoso muro encerraba los huertos y el jardín. A medio camino, un pórtico de arcadas conducía a un patio entre edificios de poca altura. Lanyon tomó el brazo de Patricia y avanzaron, inclinándose bajo la protección del muro, hasta llegar a la entrada. Se detuvieron y Lanyon golpeó en las pesadas puertas de madera.

— ¡No hay nadie! -gritó a Patricia-. Veamos si podemos entrar. -Pasaron por el patio, protegiéndose siempre en los muros, probando en las ventanas y postigos. Todas las entradas estaban cuidadosamente aseguradas. Las puertas del edificio principal tenían, además, la protección de barrotes cerrados por medio de candados. Lanyon señaló la piedra circular que hacía las veces de tapadera de la tolva del granero, remetida entre las baldosas.

— Tal vez sea posible pasar por aquí. -Sacó su navaja, la abrió e insertó la hoja en el borde, hasta lograr levantarla unas pulgadas. Finalmente pudo desprenderla, la puso a un lado y se asomó al interior. Un tubo de metal pulido conducía a uno de los silos de almacenamiento, donde el grano llenaba a medias los enormes cajones de madera. Hizo descender a Patricia, sosteniéndola por las manos, hasta dejarla caer de la menor altura posible y después la siguió, enterrándose en el grano hasta la cintura. Salieron del depósito y avanzaron bajo el techo abovedado, hasta una escalera que los condujo a otro almacén. En éste, la luz se filtraba, en algunos puntos, a través de angostas rejas, dejando ver un dédalo de corredores, columnas y bóvedas. Continuaron avanzando. El siguiente almacén estaba vacío. Lo cruzaron y descendieron por un corto tramo de viejos escalones, hasta el sótano del cuerpo principal del monasterio.

— Parece que este sitio ha estado abandonado durante algún tiempo -comentó Lanyon a Patricia-. Los campesinos de la vecindad probablemente trabajaban la tierra y guardaban su grano aquí.

Llegaron hasta unas pesadas puertas de madera, al final del corredor. Lanyon hizo girar el cerrojo y se asomó para encontrar la más absoluta oscuridad. Sacando su lámpara de mano, la encendió y dejó escapar un silbido.

— Parece que me equivoqué.

Contemplaban un gran almacén, de unos treinta metros de longitud, cuyo piso y pared estaban excavados en la roca viva y cuyo techo pesaba sobre enormes vigas. A lo largo del cuarto, se extendían hileras de cajas y paquetes.

— Los monjes deben haber almacenado todo antes de partir -murmuró Lanyon. Se encaminaron por uno de los pasillos, formados entre los objetos almacenados. Ante su vista apareció, iluminada por la lámpara, una gran máquina lavadora, de esmalte blanco.

Oprimió el brazo de Patricia para llamar su atención.

— Bastante modernos, ¿no lo crees? -Moviendo la lámpara, vieron que, en el almacén, había media docena de máquinas más, aún envueltas en sus empaques originales de fábrica.

Deteniéndose, empezó a examinar las pilas de cajas, con más cuidado.

— Esto no ha sido usado -comentó Patricia.

Lanyon asintió.

— Lo sé. Hay algo curioso en todo esto. Mira eso. -Dirigió el rayo de luz hacia la pared, donde estaban dos docenas de receptores de televisión, como en una exhibición de escaparate. A un lado, estaban dos fonógrafos de brillante cubierta de plástico y, atrás, un montón de radios, aspiradoras eléctricas y estufas, coronadas por cajas conteniendo planchas, secadores de pelo y otros artículos domésticos. Todo bien ordenado.

Lanyon recorrió lentamente el pasillo, haciendo girar la luz para ver, a la izquierda, una masa compacta de herramientas y artículos de ferretería.

— Tal vez alguna tienda empleaba este sitio como almacén -sugirió Patricia-. Aunque el surtido es algo extraño. — ¿Cómo traerían todo esto hasta aquí? -preguntó Lanyon cuando llegaban al extremo de la habitación y abrían las pesadas puertas de roble-. Me parece que…

Al abrir la puerta, vio a lo lejos algunas luces y a cuatro o cinco hombres moviendo un objeto voluminoso. Cerró la puerta y apagó la lámpara en los momentos en que alguien lanzaba una exclamación de sorpresa.

— ¡Steve, nos han visto!

— Escucha, no estoy seguro de quiénes se trata. Me parece que son saqueadores. Más vale marcharnos de aquí.

Encendió la lámpara nuevamente y corrieron a través del almacén. Al llegar a la puerta, Lanyon vio una figura enorme, deslizándose silenciosamente entre las columnas del almacén contiguo. El hombre notó la luz de la lámpara y retrocedió inmediatamente a la oscuridad.

Lanyon retrocedió y empujó a Patricia a un lado de la puerta, junto a los aparatos de televisión, y sacó su automática de la funda.

— Espera aquí -murmuró-. Trata de no moverte. Alguien ha entrado tras de nosotros. Veré si puedo deslizarme a sus espaldas. -Sintió la mano de ella estrechar la suya, cálidamente. Se deslizó por la entrada y se agachó tras de uno de los pilares, justamente cuando las puertas del otro extremo del almacén se abrían y las lámparas iluminaban el montón de mercancía.

Lanyon empezó a deslizarse hacia un pilar central que se erguía en el centro de la cámara. Más adelante, pudo escuchar que alguien se movía por el embaldosado.

Estaba a la mitad del camino, cuando a sus espaldas se encendió una hilera de focos, en uno de los muros, inundando el almacén con luz brillante. Las voces se dejaron escuchar nuevamente y el sonido de muchos pies despertó los ecos en las bóvedas.

Dio media vuelta y regresó corriendo, llegando a la puerta cuando Patricia lanzaba un grito.

Deslumbrado por la luz durante un instante, pudo ver, después, a dos hombres de rostro atezado, vestidos con trincheras, saltando entre las cajas, y a un tercero, caminando ágilmente por el pasillo, con una Mauser en una mano, apuntando hacia Patricia.

El disparo sonó como una explosión en el local cerrado. Uno de los aparatos de televisión, próximos a Patricia, estalló en una cascada de vidrios rotos. El hombre de la Mauser se detuvo, y levantó nuevamente el arma.

Lanyon se dejó caer sobre una rodilla, extendió el brazo y, apoyando el codo en su mano izquierda, disparó rápidamente. El pistolero cayó de espaldas, derribado por la pesada bala que le atravesó el pecho, y los otros dos se tiraron entre las cajas.

Lanyon se volvió para ver si Patricia estaba bien, pero alcanzó a percibir de soslayo, en ese mismo instante, que alguien se inclinaba sobre él. Se las arregló para esquivar, a medias, el golpe que descargaron sobre su cabeza, dejándose rodar por el piso. Al empezar a ponerse en, pie, el hombre le pateó ferozmente en el pecho y Lanyon cayó de espaldas, con las costillas laceradas por el dolor, tratando de levantar nuevamente la automática.

Los otros dos le cayeron encima, golpeándole el rostro con los puños. Una pesada bota pisó su mano, lanzando lejos su arma. Luego lo levantaron, arrojándolo contra las cajas de empaque. Tuvo una confusa imagen de Patricia, caída de rodillas, y entonces un tipo grande, con el rostro encendido, le golpeó en la frente con el cañón de la 45. Lanyon se desplomó mientras el hombre apuntaba con la pistola a su cabeza, entrecerrando los ojos.

Los otros dos esperaron, manteniendo, uno de ellos, una rodilla en la espalda de Patricia, para inmovilizarla en el piso. Lanyon rodó torpemente, tratando de limpiar la sangre de la herida que cruzaba su frente, sin darse apenas cuenta del cañón de la pistola, a unas pulgadas de su cabeza.

De pronto, el hombre hizo una pausa, bajó la pistola y abrió el impermeable de Lanyon, tomándolo por las solapas de la chaqueta y tocando con los dedos las insignias de la Armada. Guardó la pistola en su cintura y levantó el rostro de Lanyon, pasando sus toscos dedos por las mejillas lastimadas.

Dio unas palmaditas suaves en el rostro de Lanyon y una amplia sonrisa se extendió por su rostro. Tomó a éste por los hombros y le sacudió con sus fuertes brazos.

— ¡Eh, capitán! -le dijo-. ¿Está bien, muchacho?

Cuando Lanyon se recobró y le miró, aquél dio un paso atrás e hizo un gesto a sus hombres para que ayudaran a Patricia a ponerse en pie. Entonces sonrió a Lanyon y habló a uno de los otros en italiano, señalando al comandante con el pulgar. El hombre asintió, y habló a Lanyon.

— Usted ayudó a Luigi en Vintemille -dijo a Lanyon con naturalidad-. Él pregunta cómo se siente.

Lanyon contempló a Luigi, mientras se daba masaje en el adolorido cuello. Vagamente recordó al gran italiano, desesperado en la iglesia dañada por el viento, hurgando entre los escombros como un toro furioso, buscando afanosamente a su esposa.

Patricia llegó tambaleante a su lado, y él la abrazó, oprimiendo su cabeza contra su pecho.

— ¿Estás bien, Steve? -murmuró ella-. ¿Quiénes son? ¿Qué van a hacer con nosotros?

Lanyon trató de recuperar la compostura y se las arregló para sonreír a Luigi. Habló al intérprete, un hombrecillo de rostro delgado, vestido con una camisa a rayas.

— Seguro, me acuerdo muy bien. Dígale que estoy entero, pero que me gustaría tomar un poco de agua. -Mientras el hombrecillo traducía sus palabras, Lanyon dio unas palmaditas en el hombro de Patricia-. Lo encontramos en un pueblecillo al venir de Genova. Su familia estaba atrapada en una iglesia. Le ayudamos a sacarlos.

Luigi hizo un gesto de asentimiento al intérprete y éste les indicó la salida en el otro extremo del almacén. Salieron lentamente, evitando el cuerpo del pistolero que yacía en el piso, en medio de un charco de sangre. Luigi levantó la pistola Mauser y la puso en su cintura, junto a la.45 de Lanyon. Entraron al corredor y se detuvieron ante una puerta que los condujo a un cuarto de techo bajo, donde una sola lámpara alumbraba una desnuda mesa de madera. En los muros se insertaban cuatro camastros, con las ropas de cama revueltas y sucias.

Uno de los hombres apagó las luces del corredor y cerró la puerta, pero no antes de que Lanyon notara una máquina de imprenta, colocada sobre una pequeña plataforma con ruedas más adelante.

Luigi acercó una silla a la mesa, y Lanyon se dejó caer en ella. Patricia se sentó en el borde de un camastro, a sus espaldas. Luigi ladró un par de órdenes a sus hombres y uno de ellos salió para regresar, un momento después, con una jarra llena de agua, mientras que el pequeño intérprete hurgaba en la alacena que se encontraba encima de la chimenea, para sacar un vaso sucio. Luigi lo tomó, quitó el corcho a una botella de chianti, vertió un poco en el vaso y lo entregó a Patricia; después empujó la botella en dirección a Lanyon.

Lanyon tomó un trago del áspero vino y después regresó la botella a Luigi al otro lado de la mesa. Se limpió el rostro y el cuello, y arrancó un bolsillo de su camisa, para poner el trozo de tela sobre la herida de la frente.

Luigi acercó una silla y se sentó. Movió un pulgar señalando por encima de su hombro.

— ¿Barco? ¿Tú? -Habló al intérprete.

— Luigi pregunta si regresa para su barco.

Lanyon asintió.

— Eso tratamos. ¿Cómo podemos llegar allá… a la baso de submarinos? ¿Conocen algún camino cubierto?

El intérprete tradujo a Luigi las palabras de Lanyon, y los dos se miraron en silencio, por un momento. Después, Luigi frunció el ceño y murmuró algo.

— Viento muy fuerte -explicó el intérprete-. No se puede pasar por las calles. Los hoteles, las casas… -chasqueó los dedos-… ¡todos abajo!

Lanyon miró su reloj. Eran las 2:30. Pronto oscurecería; sería imposible moverse hasta la siguiente mañana.

— *¿Y qué hay de lo que tienen en las bodegas? -preguntó bruscamente-. ¿Cómo lo trajeron hasta aquí?

Hubo largas consultas, durante las que el intérprete se encogió de hombros repetidamente y Luigi pareció tratar de tomar una decisión.

Lanyon habló a Patricia por encima del hombro.

— Deben de estar saqueando las tiendas y las bodegas de la ciudad. Posiblemente eso esté penado con la muerte a estas alturas. Supongo que teme que lo delatemos con el gobernador militar.

El otro hombre, de mayor edad, se unió a la discusión, alegando animadamente mientras que Luigi manoseaba nerviosamente las culatas de las pistolas. Finalmente pareció tomar una determinación. Dijo algunas palabras en tono cortante y los otros callaron.

Luigi sonrió lentamente a Lanyon y sacó de un bolsillo un trozo de papel doblado. Cuidadosamente lo extendió, con sus toscas manos de labriego, y apareció un arrugado plano de la ciudad, marcado groseramente con círculos hechos a lápiz, señalando una serie de zonas.

El intérprete señaló el plano. -Los llevaremos -dijo a Lanyon tras de que él y Luigi cambiaron algunas palabras, en voz baja-. Pero, ustedes saben… -hizo un gesto poniendo sus dedos sobre los ojos.

— ¿Vendados? -sugirió Lanyon.

— Sí, vendados. -El intérprete sonrió, y continuó lentamente-. Y vendados después, ¿entiende usted?

Lanyon asintió. Luigi los miraba atentamente, calculando.

— Parece que eso los hace felices -dijo Lanyon a Patricia.

— ¿Cómo nos llevarán? -preguntó ella.

Lanyon se encogió de hombros.

— Sótanos, subterráneos, bodegas. Una ciudad vieja, como Genova, debe estar formada por un enjambre de pasadizos secretos. Supongo que este monasterio se comunicaba con la ciudad por medio de uno de estos túneles, para comodidad de los monjes los sábados por la noche. Creo que tendremos suerte, pues han podido traer, hasta acá, equipo bastante grande. El único problema es cómo llegar a la base una vez que lleguemos al centro de la ciudad. Tenemos que rezar para encontrar un medio de transporte. No hay la menor posibilidad de avanzar ni cinco metros en campo abierto, por nuestros propios medios.

Miró al gran italiano trazar una ruta en el plano y se dirigió al intérprete.

— Dígame, ¿está bien su esposa? Ella estaba en la iglesia.

Cuando el intérprete asintió, añadió.

— Dígale a Luigi que siento lo del tiroteo.

El intérprete sonrió y soltó una risita.

— Está bien -dijo-. Nos tocó más a nosotros, ¿verdad?

En fila india, con Luigi y el intérprete a la cabeza, seguidos por Lanyon y Patricia, y el tercer hombre a la retaguardia, entraron al túnel que se iniciaba en el monasterio.

El pasadizo fue abierto directamente a través del terreno calizo blando del acantilado, y cubría una milla de distancia, conectando al monasterio con tres iglesias. De dos metros de altura y casi un metro de ancho, no debió haber sido muy cómodo para transportar la mercancía. Lanyon encontró difícil calcular a qué profundidad se encontraban. Al emerger, en la cripta de la iglesia más cercana, otra vez pudo oír el viento rugiendo por encima, con su aullido predominante, cortando las ruinas de la nave del templo. El túnel entraba nuevamente bajo tierra y pronto se dejaron de escuchar los sonidos del vendaval.

Gradualmente, Lanyon notó que el aire empezaba a dar señales de movimiento en el pasadizo. Las corrientes del viento cambiaban con frecuencia y, a veces, alguna ráfaga de polvo y arena les azotaba el rostro. En esas ocasiones, Luigi se detenía y apagaba la lámpara. Era obvio que tenia más temor de las autoridades militares, que del viento. No se detuvieron.

— ¿Qué velocidad tiene ahora? •-preguntó Lanyon al intérprete, mientras descansaban, esperando que Luigi regresara de un reconocimiento del camino.

— Trescientos kilómetros por hora -dijo el hombre-. Tal vez más.

Lanyon señaló hacia arriba con un dedo.

— ¿Y que hay de Genova? ¿Está bien la gente?

El intérprete rió. Abrió los brazos con un movimiento súbito.

— ¡Todos fuzzzzzz! -dijo-. Se los llevó el viento. Todo cayó. Luigi salva cosas… radios, sinfonolas, usted sabe, televisiones. Todo para mañana.

Lanyon sonrió, interiormente, ante la ingenuidad del hombre y su optimismo al creer que, cuando el viento cediera, sus existencias de aparatos de televisión y máquinas lavadoras serían fácilmente negociables. Lo único que podía ser de uso inmediato era la imprenta. Después del holocausto, las burocracias del mundo que se reorganizaran tendrían que mantener sus imprentas trabajando día y noche para llenar el vacío dejado por el viento.

La segunda iglesia se había derrumbado sobre la cripta, así que se tenía que pasar por una desviación, apuntalada con pedazos de viga, entre los montones de cascajo. Ahora el viento llenaba el paso subterráneo, soplando a una velocidad constante de unas diez o quince millas por hora. Ya estaban en la parte media de la ciudad y el túnel aprovechaba las antiguas murallas de la población, para entrar al centro de la moderna Genova, muy cerca de la bahía. El piso estaba resbaloso por la humedad, y un par de veces él y Patricia perdieron el paso.

El pasadizo se abría en medio de un laberinto de cúpulas, con aspecto de tumbas, y bodegas de vino abandonadas, en cierto punto cercano a la plaza principal. Algunas escaleras ascendían a las galerías superiores. Luigi sacó su piano y empezó a conferenciar con el intérprete, señalando en varias direcciones a su alrededor.

Lanyon se acercó a ellos. Indicó el techo y dijo:

— ¿Por qué no salimos a la calle a ver si podemos localizar algún camión militar?

Luigi movió la cabeza, lentamente, con una sonrisa torva, y habló al intérprete. Éste tomó a Lanyon por el brazo y le llevó, a través de una rampa, hasta la galería que estaba encima. Ascendieron por una escalera, dejando a Patricia y sus otros dos acompañantes en un sitio, a bastante profundidad, y siguieron por un sendero a lo largo de los pesados bloques de la muralla original. Más adelante, estaba una abertura de un pie de ancho. El intérprete le indicó la mirilla y Lanyon pudo ver que la cubría una gruesa pieza de plástico transparente, y que permitía una vista sobre toda la ciudad.

Directamente debajo, estaban los restos de algún edificio que se vino a tierra, dejando al descubierto la sección de la antigua muralla. Los trazos rectangulares de los cimientos sugerían que pertenecían a un edificio de oficinas de gran tamaño, pero del cual no quedaba casi nada.

Más allá, Genova se extendía hasta el mar, a una milla de distancia.

Pareció a Lanyon que se encontraban bajo un pesado fuego de artillería. Por todos lados, los restos de las casas y comercios se derrumbaban estrepitosamente, estallando en nubes de cascajo y polvo que se desvanecían en unos cuantos segundos, barridos hacia el mar por la interminable corriente de aire. La escena hacía recordar a Lanyon el Berlín de la Segunda Guerra Mundial, un vasto desierto de ruinas desoladas, muros aislados, edificios de los que sólo quedaba la estructura metálica y calles que desaparecían bajo los montones de mampostería, dejando una tierra muerta y desolada, desprovista de toda forma reconocible.

Hacia el suroeste, a media milla de distancia, una enorme masa de niebla cubría el área del puerto, oscureciendo las nubes de polvo rojizo que la cubrieran la pasada semana. Lanyon apenas pudo distinguir los techos cuadrados de la base naval, visibles ahora, ya que los edificios intermedios ya no existían.

El intérprete le llamó y dejó la mirilla para regresar a donde los aguardaban los demás. Repentinamente, Lanyon empezó a dudar que lograran llegar a la base. Era patente que ningún transporte circulaba ya, y que los túneles no se extenderían hasta el área de los muelles, por no mencionar los límites de la base.

Patricia le miró ansiosamente y él le sonrió para animarla. Juntos continuaron, tras de Luigi, descendiendo por una angosta escalera de caracol que los llevó a un túnel lateral. Aquí las piedras eran de origen más reciente. Los escalones se hallaban menos gastados y estaban dotados de un pasamano hecho de tubo. Lanyon se preguntaba a dónde los conduciría la escalera, cuando Luigi llegó abajo y abrió una puerta.

De inmediato recibieron, en pleno rostro, una ráfaga de aire enrarecido.

Estaban en las cloacas. Con las manos cubriéndose la boca, pasaron a un angosto pasillo de piedra que corría paralelamente al sumidero, una larga caverna de cinco metros de diámetro que se extendía en la distancia. Estaba casi totalmente seca, pero aún corría por el fondo una angosta corriente líquida cuya superficie agitaba el aire.

Encendiendo su lámpara, Luigi examinó el techo y la bóveda de tabiques, manchados por la humedad, desnivelada aquí y allá por el impacto de algún edificio que fuera demolido en la superficie. Caminaron por el pasillo. Cien metros más adelante, cruzaron un pequeño puente que les llevó a través de una angosta arcada, a otra cloaca paralela, que se dividía y se extendía en dirección de la bahía. Otros drenajes más pequeños, se incorporaban a trechos, pero durante la mayor parte del camino pudieron permanecer en el borde y sólo un par de veces se vieron forzados a vadear la corriente para evitar alguna obstrucción.

La cloaca se ampliaba casi al tamaño de un túnel del ferrocarril subterráneo. Tratando de adivinar hacia dónde se dirigían, Lanyon percibió de súbito un segundo olor, agudo y picante, que predominó sobre el de la cloaca. ¡Salitre! Estaban cerca del mar. Entonces recordó que, al llegar con el Terrapin a la bahía, vio las bocas de media docena de tubos de albañal, justo al pie del malecón, a doscientos metros de la base submarina. Un largo rompeolas de concreto, coronado por una doble cresta del mismo material, se internaba en la bahía, separando la base del resto de la ensenada. Se devanó los sesos tratando de imaginar cómo poder salvarlo.

— ¡Steve! ¡Cuidado! Se detuvo y se volvió hacia Patricia, quien señalaba hacia la parte delantera de albañal. Luigi y los otros se detuvieron, viendo un poderoso torrente de agua que entraba desde el mar. El nivel subió unas cuantas pulgadas antes del borde y después retrocedió lentamente.

— Parece que algo se derrumbó y dejó pasar el mar durante un momento -dijo Lanyon a Patricia-. Estas cloacas están ligeramente bajo la superficie del agua, pero tal vez el viento ha hecho descender el nivel lo suficiente como para que podamos salir.

La velocidad del viento, que entraba, aumentaba con rapidez. Al doblar un recodo, vieron súbitamente la luz del día a cincuenta metros de distancia. Más allá de la boca del albañal, el mar se elevaba como una cordillera de enormes montañas grises, coronado de picachos de espuma, alejándose de la orilla hacia la distante neblina.

Avanzaron cautelosamente hacia la salida. Unos diez metros del enladrillado estaban destruidos, dejando la salida bajo la parte del terreno que se proyectaba encima de sus cabezas. Los pesados pilotes del malecón de concreto, aparecían ahora entre el fondo lodoso de la bahía. Luigi señaló en dirección de la base de submarinos. Lanyon vio que el rompeolas estaba demolido y que yacía de costado convertido en una serie de enormes trozos de concreto.

— Aquí los dejamos -le dijo el intérprete-. Por la derecha, a cien metros, llegarán al muelle. Entonces, todo está bien,

Lanyon asintió y tomó a Patricia por el brazo. Asomando por el borde de la cloaca, donde escurría lo último del agua de mar, ayudó a la muchacha a descender hasta el lecho lodoso, tres metros más abajo. Ella se hundió hasta las rodillas en el viscoso fango y vadeó lentamente, a través del cieno, hacia el terreno firme, bajo el albañal, apoyándose en los pilares de concreto.

Lanyon miró a Luigi, le estrechó firmemente su robusta mano y le dio unas palmadas en el hombro.

El italiano le sonrió y, quitándose la.45 de la cintura, la entregó a Lanyon.

Éste se volvió hacia el intérprete.

— Dígale que votaré por él si se presenta como candidato para la alcaldía de Genova.

Luigi rió a carcajadas, palmeó en la espalda a Lanyon y le ayudó a descender por el borde de la cloaca. Lanyon se sumergió, también, hasta las rodillas en el suave y negro fango, saludó con un ademán a las figuras que se recortaban en la boca del túnel y vadeó, con cuidado, hasta los pilares que abrigaban a Patricia. La tomó del brazo y avanzaron a lo largo del muro, pasando sobre la maraña de viguetas retorcidas, que era todo lo que quedaba del rompeolas en aquel punto. Ya dentro de la base, aún los abrigaba el saliente del muelle, pero la corriente de aire tiraba de ellos como una aspiradora gigantesca.

Se asieron a los manojos de algas marinas y a las colonias de lapas adheridas a los pilares, y Lanyon señaló el techo del primer albergue submarino, a quince metros de distancia. Con un sobresalto de temor, se dio cuenta de que el mar, al retroceder, dejaba expuesto el piso del dique, y que, aunque esto les permitiría llegar al interior, también significaría que posiblemente el agua sería insuficiente para poner a flote el Terrapin. Por fortuna, el submarino estaba anclado en la parte más lejana del semicírculo de esclusas, y el viento empujaba al mar en esa dirección.

Llegaron a la primera esclusa y se arrastraron hacia las puertas. Más allá, los postigos de acero se levantaban hasta el techo. Corrieron hasta la reja y, a través de los barrotes, Lanyon pudo ver el casco varado de uno de los submarinos de clase K, yaciendo sobre su costado en la grisácea y tenue luz.

Una pequeña puerta permanecía abierta y por ella pasaron al vestíbulo del albergue. Pasaron bajo la quilla del submarino varado, inclinado en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

Alcanzaron la escalera del muelle de carga, la subieron y llegaron al corredor que llevaba a la cubierta de controles, en el extremo del albergue.

— Bien, Pat, llegamos hasta aquí -dijo Lanyon, mientras se detenían un momento en el corredor, para recobrar el aliento. Sacó la linterna de su chaqueta y la encendió.

— No parece que alguien esté por aquí, Steve. ¿Crees que aún te aguarde el Terrapin?

— Sólo Dios sabe. Si no es así, regresaremos a refugiarnos en el submarino encallado.

Arribaron a la cubierta de control y se asomaron a las oficinas abandonadas. Los pesados muros de concreto, de la base, aún resistían sin ninguna dificultad, pero en algún sitio se desprendió un ventilador y el aire entraba por la ventanilla, barriendo los papeles de los escritorios y estantes. Por todos lados se veían objetos en desorden, cajones sacados, botellones de agua destrozados y maletas rotas, extendidas en el piso.

— Partieron apresuradamente -comentó Lanyon-. Me parece que el sitio es bastante bueno para resistir. ¿A dónde habrán ido todos?

Aceleraron el paso a lo largo del oscuro corredor de comunicación, cruzando los muelles de control de los tres diques siguientes. Al pasar por el quinto, el piso tembló ligeramente y Lanyon tropezó y chocó contra el muro.

— ¡Cielos, no creí que se pudiera mover este sitio! El mar debe estar rompiendo contra la entrada, empujando toda la unidad hacia la playa.

— Vamos Steve, démonos prisa -dijo Patricia. Se aferró a su brazo mientras corrían por el pasillo. Entraron al último muelle de control y bajaron por la escalera hacia el botalón de carga. Al llegar abajo, se abrió la puerta del dique, las luces se encendieron y salieron dos marineros. Abrieron la boca al ver a Lanyon y Patricia, con las ropas convertidas en harapos, cubiertos de fango hasta la cintura y el rostro del capitán apenas reconocible bajo la barba y las magulladuras. Por un instante, sus manos se movieron en dirección de sus pistolas, pero después, uno de ellos saltó a la posición de firme, saludando marcialmente.

Asomó la cabeza por el umbral de la puerta y gritó:

— ¡Atención! ¡El Comandante Lanyon sube a bordo!

Lanyon extendió una mano y oprimió afectuosamente el hombro del marinero, y pasó al angosto muelle.

El agua profunda se arremolinaba en la esclusa, entrando por las puertas abiertas, a doscientos metros de distancia.

¡Y cabalgando sobre las olas, la cubierta aliñada y los periscopios bajo ésta, se hallaba el Terrapin!

Paul Matheson aguardó mientras que Lanyon se secaba con una toalla, después de ducharse, para vestir un uniforme limpio.

— Estamos listos para partir, Steve. Hemos enviado una ronda por la base. No queda nadie.

— Bien, Paul. A propósito, ¿cómo está la chica que vino a bordo, conmigo?

— ¿La señorita Olsen? Está bien. Un poco aturdida aún, pero se repondrá pronto. Parece que las pasaron duras para regresar. Ella está compartiendo un camarote con tres enfermeras del ejército. Bastante incómodas. Llevamos unos sesenta pasajeros, extras.

— Siento traer otro, Paul. Sin embargo, puede ocupar el sitio de Van Damm. Si te consuela, ella es de la NBC; probablemente está tomando todo esto en cinemascope. Recuerda, no basta hacer historia, se necesita que alguien lo registre todo.

Lanyon se abotonó la camisa, mirando la orden de partida, procedente de Túnez, que estaba sobre la mesa.

— ¿Portsmouth, Inglaterra? ¿Crees que tendrán allí más cadáveres qué recoger?

Matheson movió la cabeza.

— No. Creo que son gentes de alto vuelo de la embajada y la fuerza aérea. Tal vez sea el embajador y su familia. No sé dónde les daremos acomodo.

Rió con facilidad y Lanyon notó que Matheson parecía haber madurado considerablemente durante los pocos días transcurridos. Tenía un aire de autoridad y confianza que sugería que también tuvo sus propios problemas personales.

Lanyon dio la orden de salida.

— Paul, esto llegó hace tres días. De acuerdo con las ordenanzas, debiste haber partido de inmediato.

Matheson se encogió de hombros.

— Bueno, no podía abandonar al capitán, ¿no es así? -vaciló-. En realidad, dos órdenes más llegaron cuando rehusamos partir, seguidas de un escándalo hecho por dos buscabullas de la Unidad Provost que nos acompañan. Hubo un ligero problema. Sabían que podíamos partir en cualquier momento, así que tuve que emplear un poco de persuasión de la vieja escuela.

Sonrió a Lanyon y acarició la culata de su pistola que llevaba encajada en el cinturón.

Lanyon asintió.

— Me pregunto para qué hiciste eso. Aunque tal vez fue para impresionar a las enfermeras. Muy bien, Paul. Vayamos arriba para echar a andar el cacharro.

Subieron a la torrecilla. En el extremo más lejano, Lanyon podía ver el mar embravecido, azotando la abertura de comunicación con la bahía, y escuchar el rugido ensordecedor del viento, aullando como una docena de trenes expresos.

El dique se cimbraba ante el impacto del mar, y grandes grietas aparecían en el techo y los muros. El Terrapin estaba al pairo en el fondo del dique, con una doble hilera de llantas de camión atadas al casco para protegerlo.

Largaron las últimas amarras y avanzaron impulsados por los poderosos motores, dejando una hirviente estela de espuma y aguas turbulentas tras de las dobles hélices.

Llegaron al centro del dique, a cincuenta metros de la entrada; el oleaje, que entraba del mar, levantaba la proa, elevando el submarino casi hasta el techo.

Lanyon estaba comprobando el timón delantero, cuando Matheson le golpeó en el hombro, súbitamente. Levantó la vista al tiempo que el timonel gritaba y señalaba en dirección de la entrada.

Una voluminosa sección del techo, de todo el ancho de la esclusa y de doce metros de largo, se inclinaba lentamente hacia abajo, aplastando las dos puertas de acero como si fueran un alambrado de gallinero. A través de la ancha grieta, enormes olas se desbordaban como el agua de una represa que se rompe, azotando la proa del Terrapin.

— ¡Todo a popa! ¡Todo a popa! -rugió Lanyon en el tubo de órdenes, asiéndose del borde de la torreta al entrar en reversa los motores para hacer al submarino volver sobre su estela. Retrocedieron cincuenta metros y Lanyon detuvo el submarino y contempló cómo la sección del techo, que se derrumbaba, quedaba presa entre las columnas de la entrada, colgando verticalmente de las vigas de acero del techo, firmemente apuntalada por el furioso mar.

Matheson golpeó la borda, con la frustración y la ira llevándolo al borde de la histeria.

— ¡Estamos atrapados, Steve! ¡Nunca se podrá mover ese obstáculo!

Lanyon le ignoró y habló por el tubo.

— ¡Sección de torpedos de estribor! ¡Alerta! Carguen el tubo número dos con torpedos HE.

Mientras esperaba la señal de que sus órdenes habían sido cumplidas, se volvió a Matheson.

— Nos abriremos paso, Paul. Solamente con los torpedos es posible mover esa masa de concreto. Es nuestra única salvación.

A la señal de la sección de torpedos, hizo retroceder la popa del Terrapin, hasta la pared trasera, de tal modo que se extendían ciento cincuenta metros entre ellos y la entrada. Entonces, cuidadosamente alineando la proa con el blanco, ordenó a través del tubo. — ¡Cierren los compresores! ¡Abran las bocas de descarga! -Hizo una pausa mientras la proa se balanceaba ligeramente, y después la realineó con el blanco.

— ¡Fuego!

El torpedo salió del tubo entre un remolino de burbujas, y se deslizó, rápidamente, bajo la superficie del agua, como un enorme tiburón. Lanyon lo siguió con la vista hasta que estuvo a veinte metros de la entrada y se encogió entonces, gritando a los otros.

Se echaron sobre el piso y él tomó el tubo y gritó.

— ¡A toda máquina! ¡A toda máquina!

Las hélices lanzaron al Terrapin hacia adelante y, en ese momento, el torpedo hizo explosión contra su blanco. Hubo un vivido resplandor que llenó la esclusa, seguido de una colosal erupción de concreto y agua, que salió de la entrada como el corcho de una botella de champaña. Simultáneamente, una ola de cinco metros de altura barrió el dique en toda su longitud, llevando una avalancha de metal y concreto. El Terrapin se movía a toda marcha, a quince nudos, cuando se encontró con la masa de agua y escombros, a la mitad del dique. Su marcha disminuyó ligeramente ante el impacto de la ola, y su torrecilla golpeó las paredes, arrancando una sección del muelle. Durante un momento se elevó su proa, al pasar por la entrada, para salir a la bahía, y un momento después se sumergió limpiamente entre un rugido de aire desplazado.

* * *

Finalmente se terminó la pirámide.

Deslizándose angustiosamente por los tersos costados, los escasos trabajadores restantes desmantelaron las maltrechas formas, dejando que el equipo quedara donde caía, al pie de la pirámide. Uno por uno, volviéndose a mirar brevemente al vértice grisáceo, por última vez, se dirigieron a una sencilla trampa, hundida entre las dos rampas. Rápidamente desaparecieron de la vista, quedando solamente una figura a la sombra de los rompevientos. Durante un instante permaneció ante la lluvia de polvo que pasaba por encima de la protección de tas planchas de acero, inclinando el cuerpo contra el aire que explotaba a su alrededor. Después dio media vuelta y también pasó por la puerta de la trampa, cerrándola a sus espaldas.

El viento aumentó. Soplando contra los mamparos acerados, los arrancó haciendo saltar los cables uno tras otro, fracturando las columnas de concreto, en su base y entrando por las enormes aberturas.

Repentinamente la presión fue demasiado grande; al llegar a su climax, la destrozada barrera explotó y las planchas volaron por los aires rebotando en los costados de la pirámide, arrastrando consigo los colgantes restos de los cables rotos, los cimientos de las columnas, y los contrafuertes. Ya sin protección, las hileras de vehículos estacionados al amparo de las planchas se balancearon y chocaron entre sí, y finalmente se soltaron rodando contra los flancos inferiores de la pirámide, adquiriendo rápidamente velocidad, para salir finalmente, girando en el remolino, hacia la oscuridad.

Ahora sólo quedaba la pirámide.

Capítulo VI

Muerte en los Subterráneos

Haciendo una pausa para dejar pasar la lluvia de yeso que caía del techo, Marshall entró a la Unidad de Inteligencia. Los restos del personal, Andrew Symington, un cabo y una de las mecanógrafas de la Armada, estaban sentados bajo la tenue luz del refugio de emergencia, rodeados por los teletipos, radio-consolas y pantallas de televisión. La escena recordó a Marshall las últimas horas de Hitler en su fortaleza subterránea. Por todas partes se hallaban regados los boletines y hojas escritas a máquina, y un juego de tazas de té, sucias, estaba encima de la tapa de una maleta olvidada. Las cubiertas de los escritorios se encontraban llenas de ceniza de cigarrillo.

Por encima del tableteo de los teletipos y la charla de la radio, se podía escuchar el sonido del viento, despertando los ecos a través del ventilador cuyo ducto subía hasta el Mall, a veinte metros por encima de ellos. El personal de la Oficina de Guerra y del Comando de Operaciones partió en sus Centurión, por la mañana, hacia los puestos de mando periféricos. El Arco del Almirantazgo cayó a tierramedia hora antes, arrastrando consigo las oficinas que albergaran al Comando de Operaciones durante las tres semanas previas. Inteligencia era ahora un lujo del que pronto prescindirían.

El viento llegaba a las 250 millas por hora y, los que aún resistían, estaban más interesados en asegurar las necesidades mínimas de subsistencia; alimentación, calefacción y cincuenta pies de concreto por encima de la cabeza, que en enterarse de lo que ocurría en el resto del mundo, sabiendo plenamente que, en todas partes, la gente estaba haciendo exactamente lo mismo. La civilización se escondía. La misma tierra estaba siendo desprovista de su costra, casi literalmente; metro y medio de las capas superiores del suelo, viajaban ahora por los aires, llevados por el viento.

Se sentó en el escritorio, atrás de Symington, dio unas palmadas al técnico en el nombro y saludó a los otros dos con un gesto. La chica llevaba audífonos sobre sus cabellos desordenados, y estaba demasiado atareada respondiendo a las llamadas que llegaban interminablemente, procediendo de los vehículos y unidades atrapadas en sótanos y refugios profundos, para tener tiempo de preocuparse por su aspecto, por más atractiva que fuera (Marshall, deliberadamente, la retuvo con el CO, para levantar la moral), pero cuando le vio, pasó una mano por sus cabellos y le sonrió valerosamente.

— ¿Cómo va todo, Andrew? -preguntó Marshall.

Symington se recargó en el respaldo de la silla y se frotó los ojos durante un momento, antes de responder. Se veía exhausto y su rostro era color ceniza, pero se las arregló para sonreír débilmente.

— Bueno, jefe, me parece que podemos empezar a prepararnos para la rendición. Creo que la guerra ha terminado.

Marshall rió.

— Justamente estaba pensando que, este sitio, da la impresión de que los rusos se hallan a doscientos metros de distancia. ¿Cómo están el primer ministro y el jefe del estado mayor?

— Llegaron a Leytonheath, hace un par de horas. La mina de Sutton Coldfield se ha inundado con manantiales subterráneos, quizá el agua se filtró por una grieta que llega hasta el Mar del Norte, por lo que se han visto forzados a meterse en los refugios del aeropuerto.

— ¿Cuáles son las últimas noticias de meteorología? ¿Hay alguna esperanza de un respiro en el tiempo? Symington se encogió de hombros.

— Dejaron de transmitir hace una hora. Se retiraron a Dulwich. No creo que hayan sabido más durante la última semana, que tú o yo. Todo lo que han hecho es humedecerse el dedo con saliva y sostenerlo por encima de su cabeza. La última velocidad registrada es de 255. Hubo un incremento de 4.7 sobre las 11 a.m. de ayer.

— Un descenso considerable, creo yo -dijo Marshall con optimismo.

— Sí, pero ello es debido a la tremenda masa de partículas del suelo que arrastra el viento. El cielo está completamente negro.

— ¿Y qué noticias hay de ultramar?

— Hay una señal de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, en Nueva Jersey. Aparentemente Nueva York está borrado del mapa. Manhattan se halla bajo olas de treinta metros, la mayoría de los rascacielos y manzanas de oficinas han caído. El Empire State Building se desplomó como una chimenea de ladrillos. La misma historia por todas partes. Las listas de bajas suman millones. París, Berlín, Roma, nada sino escombros y gente oculta en los sótanos.

El refugio se estremeció bajo el impacto de un edificio que caía encima, como una carga de profundidad sacudiendo a un submarino. Los bulbos de la luz danzaron al extremo de sus alambres. El polvo se desprendió del techo. Involuntariamente, los ojos de Marshall se dirigieron a la boca del ducto de ventilación, con la mente salvando la distancia de sólida tierra que lo separaba del garage, en el sótano que estaba sobre sus cabezas y donde el enorme supertractor aguardaba para llevarlo a sitio seguro.

El cabo que vigilaba las pantallas de TV, habló.

— ¿Cuándo empacamos, señor? -preguntó ansiosamente-. Me parece que nos queda poco tiempo.

— No se preocupe -le dijo Marshall-. Saldremos con bastante seguridad. Tratemos de sostenernos tanto como sea posible. Ustedes tres son el único grupo de información que aún opera en toda Europa. -Había un dejo de orgullo en la voz de Marshall, el orgullo de un hombre que ha creado un equipo perfecto y que aborrece verlo desbaratarse aun cuando ya haya realizado su propósito. Sonrió a todos para darles ánimo-. No se puede saber, Crighton; tal vez usted sea la primera persona en ver al viento alcanzar su ápice y empezar a amainar. Symington tomó un rimero de reportes del teletipo, los extendió sobre su escritorio, anclándolos con monedas contra la corriente de aire.

— Esta es la situación en las provincias: se estima que 300,000 personas se han refugiado en las minas de carbón, alrededor de la ciudad. Noventa y nueve por ciento de ella está destruida. Ayer barrían las ruinas tremendos incendios, producidos en las refinerías de West Bromwich, terminando lo poco que dejó el viento. Las bajas se estiman en 200,000.

— Parecen ser pocas -comentó Marshall.

— ¡Probablemente lo sean! El Homo Sapiens es muy tenaz, pero la mayoría de la gente se encerró, en los sótanos, con un paquete de emparedados y un termo con chocolate. -Continuó-. Manchester: ayer se produjeron muchas bajas cuando se desplomó el techo de la estación de London Road. Por alguna razón, las autoridades concentraron allí a la gente y hay unos veinte mil atrapados entre las plataformas.

Marshall movió la cabeza, mientras Symington continuó con voz firme. Parecía haber una deprimente uniformidad en los reportes. Escuchando uno de ellos, ya se conocían los demás. La misma imagen surgió; la total población de una de las regiones más industrializadas del globo, equipada con elaborados sistemas de comunicaciones y transportes, enormes reservas de combustibles y alimentos, dotada de grandes contingentes armados, fue sorprendida, completamente impreparada, por un aumento relativamente ligero de una de las más antiguas constantes de su medio ambiente natural.

En general, la gente mostró menos resolución y flexibilidad, menos visión, que un animal salvaje en un caso análogo. Sus instintos de supervivencia, básicos, estaban ya tan embotados, tan habituados a mecanismos destinados a servir a apetitos secundarios, que fueron totalmente incapaces de protegerse a sí mismos. Tal y como Symington denotara, eran las indefensas víctimas de un optimismo, profundamente arraigado, acerca de su derecho a sobrevivir, de su dominio del orden natural que les garantizaba contra todo, a excepción de su propia locura, en la que hacían exageradas suposiciones acerca de su propia superioridad.

¡Ahora pagaban el precio de esto! ¡En verdad sembraron vientos y cosecharon huracanes!

Escuchó a Symington completar el cuadro. -Unas cuantas unidades de la marina están operando en las bases, en las áreas de Portsmouth y PIymouth… las defensas y arsenales se encuentran allí, en construcciones subterráneas, pero, en general, se está desintegrando el control militar. Las operaciones de rescate han dejado virtualmente de existir. Hay algunas cuantas patrullas del ejército acompañando a las multitudes del sistema subterráneo de Londres, pero nadie puede adivinar cuánto tiempo puedan conservar el control.

Marshall asintió. Se dirigió hacia los receptores de TV. Tenían seis aparatos con imágenes trasmitidas por cámaras automáticas, montadas en torres de concreto que Marshall construyó en diversos puntos de Londres. Las pantallas tenían letreros que indicaban: Camden Hill, Westminster, Hampstead, Mile End Road, Battersea, Waterloo. Las imágenes temblaban y se borraban, ocasionalmente, con señales de interferencia, pero las escenas que revelaban eran bastante claras. La pantalla del extremo derecho, que correspondía a Mile End Road, estaba en blanco, y el cabo trataba de ajustar los controles para tratar de obtener nuevamente una imagen.

Marshall estudio las otras escenas y tocó a Crighton en el hombro.

— Yo no me molestaría -señaló la pantalla de Hampstead, apuntando a través de la nube de polvo que barría los destrozados techos. La cámara se movía automáticamente, de izquierda a derecha, en oscilaciones de tres segundos; al acercarse a su máximo campo de visión, a la izquierda, Marshall puso su dedo sobre la pantalla, señalando un cono de concreto grisáceo irguiéndose sobre la desolación que cubría varias millas en el horizonte. Cuando la tormenta de polvo se aplacó momentáneamente, reveló la silueta rectangular de la torre del Mile End y pudieron ver una pila de escombros que yacía a su alrededor, los restos de un edificio de diez pisos que fue arrastrado a través del piso. La torre aún estaba en pie, pero la base de la cámara, a quince metros de altura, fue desprendida totalmente.

Marshall apagó el aparato y se sentó frente a la pantalla que cubría el área de Westminster. Su torre trasmisora estaba montada sobre un resalto de seguridad, al final de Whitehall, a sólo unos cientos de metros de donde ellos se encontraban. Se instaló ante un panorama de 180 grados y apuntaba en dirección de Whitehall, hacia Trafalgar Square. El camino desaparecía bajo enormes montañas de escombros, llevado a través del pavimento desde los cascarones de los ministerios del lado oriental. La Oficina de Guerra y el Ministerio de Agricultura ya no existían. Atrás, las torres de la Corte, de Whitehall desaparecieron; sólo restaban algunos tramos de mampostería contra el panorama del cielo ennegrecido.

La cámara se movió lateralmente, siguiendo los destrozados restos de un ómnibus de dos pisos, que era arrastrado por el viento a través de las ruinas. Arrojado sobre los despojos de la Oficina del Exterior y Dowing Street, acabó con lo que quedaba del pórtico del Ministerio del Interior, y fue lanzado al Parque de Saint James. A lo largo del horizonte, estaban los destrozados esbozos que restaban de la Galería Nacional y los clubes de Pall Mall, con los restos masivos y rectangulares, aquí y allá, de algún hotel o manzana de oficinas.

Marshall contempló los últimos momentos del Picadilly Hotel. La columnata entre las alas aún estaba intacta, pero, justamente cuando la cámara se movió, dos de las columnas se torcieron y se estrellaron en la fachada del hotel, haciendo tremendos agujeros en los muros. En un momento, antes de que la cámara se retirara de su campo de visión, el frente del hotel se vino abajo, entre nubes de polvo y cascajo. Una de las alas se inclinó y se estrelló en el piso, arrastrando los restos de un edificio de oficinas que estaba a sus espaldas. La otra ala se levantó un instante, entre el caos, como la proa de un trasatlántico, en medio de una tormenta, para caer después en una muda avalancha.

Al moverse la cámara hacia las casas del parlamento, Marshall vio que pesadas olas rompían entre las ruinas de la Casa de los Lores. El viento empujaba el mar, dentro del estuario del Támesis, y lo desbordaba hasta Windsor, barriendo con las esclusas y subiendo encima de las márgenes, donde completó la destrucción iniciada por el viento. La familiar fachada de Westminster, hacia el Támesis, había desaparecido, y las olas cubrían sus cimientos, salpicando los restos del Big Ben.

Súbitamente, al cabo dio un salto hacia adelante, señalando en dirección de la pantalla de Hammersmith.

— ¡Señor! ¡Pronto! ¡Están tratando de salir! Se agruparon alrededor del aparato, mirando la pantalla. La cámara estaba montada sobre la avenida Hammersmith. A treinta metros de distancia de la cámara, se hallaba la entrada del ferrocarril subterráneo. Aún cuando los altos edificios de oficinas estaban reducidos a unos cuantos muros, emergiendo de montones de escombro, la entrada de la estación tenía un recio contrafuerte de concreto que llegaba hasta la avenida, con tres puertas giratorias, fijas en la cubierta hemisférica.

Con las puertas abiertas ahora, se veía una masa de gente desesperada, luchando entre sí y tratando de adelantarse en un frenético esfuerzo por escapar de la estación. Algunos vacilaban al asomar a la calle, pero pronto eran empujados, al espacio abierto, por la presión de la muchedumbre que pugnaba a sus espaldas.

Como pétalos arrancados de una flor azotada por el viento, se soltaban de los marcos de las puertas, daban unos cuantos pasos vacilantes en la calle y eran arrastrados por las ráfagas de aire que los enviaban dando vueltas como muñecos que se desintegraban al chocar contra los desgarrados dientes de las estructuras de acero que sobresalían de los escombros.

La cámara se alejó de la escena y apuntó hacia el este, al rostro de la tormenta. El panorama se oscureció por las nubes de piedras que volaban ante la cámara como incontables balas de ametralladora, durante un duelo de artillería.

Symington estaba hundido en su silla, mirando sombríamente la pantalla. En el otro lado de la mesa, Crighton y la mecanógrafa contemplaban la escena en silencio, con los rostros contraídos. Los bulbos de la luz se estremecían espasmódicamente, mientras temblaba el subterráneo, iluminando el fino polvo que caía del techo. Éste flotaba lentamente a través de la boca del ventilador, donde era succionado.

La cámara volvió a la estación del subterráneo. El torrente de gente aún trataba de abandonar el refugio, pero ya se percataban de la futilidad de salir abiertamente al viento y trataban de alejarse a lo largo de la protectora pared del contrafuerte de concreto. Pero no bien avanzaban diez o quince pasos, cuando sentían nuevamente la fuerza irreprimible de la corriente de aire y eran lanzados inexorablemente a lo alto.

Marshall golpeó su puño en la palma de su otra mano. — ¿Qué tratan de hacer? -gritó exasperado-. ¿Por qué no se quedan donde están los grandísimos tontos, por el amor de Dios?

Symington movió lentamente la cabeza.

— Deben de estar inundados los túneles. El río está a sólo media milla de distancia y el agua probablemente es bombeada por la enorme presión. -Miró a Marshall y sonrió débilmente-. O tal vez están cansados, aterrorizados a tal punto que la escapatoria es la única solución posible, aun cuando esto les signifique la muerte.

Marshall asintió y consultó su reloj. Miró a su alrededor, durante unos instantes, deteniendo la vista un momento en cada uno de sus tres compañeros y empezó a moverse en dirección de la puerta, donde las hileras de teletipos se agrupaban contra la pared.

— Ya no llega casi nada -dijo a Symington-. Parece que llegó la hora de retirarnos. Nos puede tomar hasta un par de días para llegar a la base norteamericana de Brandon Hall. No tiene caso tratar de ser héroes. Comuníquense con ellos y vean si pueden recogernos hoy. Volveré en una media hora.

Se encaminó rápidamente a lo largo del corredor oscuro, hasta una pequeña escalera en el extremo del piso, y subió al nivel superior. Su oficina estaba a medio camino, a espaldas del cubo del ascensor y de la salida de emergencia.

Abrió la puerta y entró. Deborah Masón, con un grueso impermeable ceñido, con un cinturón, a su esbelta cintura, estaba sentada en el sofá junto a su maleta. Se puso en pie y le echó los brazos al cuello.

— ¿Estás listo, Simon? -preguntó ansiosamente-. No puedo esperar para salir de aquí.

Marshall la estrechó contra su cuerpo y sonrió.

— No te preocupes, querida. Todo está listo.

La pequeña habitación estaba llena de equipo; una caja de máscaras contra gas y un aparato de radio-teléfono estaban sobre el escritorio; estuches de empaque y maletas se apilaban contra los muros. Marshall comprobó que la puerta estaba cerrada y tomó asiento ante su escritorio y llamó a la bodega del transporte, en la parte superior.

— ¿Kroll? -preguntó en voz baja-. Marshall al habla. Prepárese para partir dentro de diez minutos. -Hizo una pausa, apartando la vista de Deborah y bajando más aún el tono de la voz-. Mientras tanto, ¿puede bajar a mi oficina? Use la escalera posterior. Necesito que me ayude con algo.

Colgó el teléfono. Deborah le miraba suspicazmente, con los labios temblorosos.

— Simon, ¿para qué quieres que baje Kroll?

Marshall empezó a encogerse de hombros, pero Deborah le interrumpió.

— ¿Acaso Symington y los otros dos no vienen? No irás a dejarlos, ¿verdad?

— ¿Symington? Por supuesto que no, querida. Es invaluable para nosotros. Pero necesitamos a Kroll para ayudarnos a persuadirlo de venir.

Se levantó y se encaminó.hacia una de las maletas, pero Deborah le detuvo.

— ¿Y qué hay de Creighton y la chica? -insistió.

Marshall vaciló, mirando a Deborah fijamente, inmóvil.

— ¡Simón! -Deborah le tomó de los brazos-. Han trabajado para ti durante meses; ambos confían en ti por completo. No puedes abandonarlos así. Hardoon puede emplearlos en algo.

Marshall apretó los dientes y apartó a Deborah.

— Por el amor de Dios, Deborah, no empieces con sentimentalismos. No me gusta hacerlo, pero los tiempos son difíciles. La gente muere por millones. ¿Desearías cambiar lugar con alguno de ellos?

— No, desde luego -dijo Deborah con firmeza- pero ése no es el caso. Hay lugar para ellos.

— En el Titán, sí. Pero en la Torre… no puedo estar seguro. Hardoon es voluble; no tengo verdadera autoridad sobre él. Les dejaré aquí, pronto les recogerán.

Miró a Deborah, pero ella no abandonó su gesto determinado.

— Muy bien -explotó con irritación Marshall-. Correré el riesgo.

Levantó la maleta y la llevó al sofá. Era de tamaño mediano, con pesadas costillas de metal que parecían haber sido colocadas posteriormente a la manufactura original.

Sacó una llave del bolsillo e hizo accionar las dos cerraduras y, cuidadosamente, levantó la tapa. Dentro estaba un pequeño aparato de radio, equipado con un poderoso generador. Marshall lo hizo funcionar y se inclinó al piso para levantar un largo trozo de alambre. El extremo de éste tenía un enchufe que conectó a la antena del transmisor. Siguiendo el alambre tras del sofá, comprobó, que su otro extremo corría por el muro hasta desaparecer por una pequeña abertura, en la puerta de emergencia.

Regresó satisfecho a su escritorio y conectó el alambre a la lámpara de su escritorio. Ajustó cuidadosamente el sintonizador, hasta que se encendió una pequeña luz roja. Entonces se colocó los audífonos y levantó el diminuto micrófono.

— Hardoon Tower, Almirante Negro llamando a Torre Hardoon -empezó a repetir rápidamente. Deborah se aproximó y permaneció junto a sus espaldas.

En el momento de recibir la respuesta, la angosta puerta de la oficina se abrió lentamente. Un hombre alto y robusto, vestido con traje de plástico y yelmo de fibra de vidrio, entró a la habitación. Su rostro estaba oculto por la visera del casco y la ancha cinta de metal que lo mantenía en su sitio, pasando por la barbilla, pero se alcanzaba a distinguir una boca cruzada por la huella de una herida, una nariz aguda, pómulos bien marcados y ojos duros. Las manos del hombre no estaban cubiertas por guantes, pero las mangas de su uniforme se ajustaban herméticamente, a sus gruesas muñecas, por medio de cintas de hule. En el centro de su yelmo, destacaba un simple triángulo blanco, como la sección vertical de una pirámide.

Marshall le hizo una seña para que entrara.

— …digan a R. H. que.saldremos en cinco minutos, llegaremos a la Torre aproximadamente a las 4:00 horas -continuó Marshall ante el micrófono-. Todo ha terminado aquí, las agencias del gobierno se retiraron ayer. El Titán llevará el emblema de la Marina de los E. U. Es demasiado peligroso moverse sin ninguna insignia distintiva, y los únicos tractores grandes que hay por aquí son norteamericanos. Así nadie tratará de detenernos. ¿Qué fue eso?

Marshall hizo una pausa, mirando la alta figura de Kroll, de pie, a su lado, mientras repetía la pregunta.

— Los traeré conmigo. Son técnicos en comunicaciones; nos serán útiles. ¿Qué? Sólo son tres personas. No se preocupe, veré personalmente a R.H. a propósito del asunto. -El rostro de Marshall empezó a ponerse tenso, mientras escuchaba por los audífonos. Empezó a decir-: Escuche, no me importa qué órdenes haya dado R.H… -entonces se arrancó los audífonos abruptamente y apagó el aparato.

— ¡Maldito estúpido! -saltó-. ¿Quién cree ese operador que es? -Su cara estaba ensombrecida por la ira, después se compuso lentamente. Guardó la antena, audífonos y micrófono, y cerró la maleta.

— Tengo que cuidarme de R.H. -dijo reflexivamente a Kroll-. Es un tipo duro. Únicamente porque las Comunicaciones han cedido la prioridad a la Construcción, los chicos de la Torre se ponen difíciles.

Kroll asintió, casi imperceptiblemente, como si acostumbrara economizar las conversaciones, al máximo.

— Ha habido mucha reorganización -dijo suavemente-. Grandes cambios, reajustes. También la construcción ha cedido el sitio de honor. Lo principal, ahora, es el departamento de Seguridad.

Marshall pensó durante algunos instantes.

— ¿Quién está a cargo? -preguntó.

— R.H. El jefe en persona. -Entretanto, miraba a Deborah, de arriba a abajo, con marcado interés y ella retrocedió ligeramente.

Kroll echó una mirada en derredor.

— Más vale movernos, ¿eh? -añadió en tono brusco.

— Buena idea -dijo Marshall, notando el cambio en Kroll-. Gracias por la noticia. A propósito, ¿en qué departamento está usted ahora? ¿Seguridad? Me imagino que lo ascendieron.

Kroll asintió, mirando a Marshall sin ninguna deferencia. Se dirigió hacia la puerta y señaló con el pulgar, en dirección del corredor.

— ¿Dónde están los demás? ¿En el nivel más profundo?

— Espere. -Marshall se volvió hacia Deborah, la tomó por el brazo y la llevó hasta la puerta de emergencia-. Querida, puede haber dificultades aquí. Espera arriba. Todo estará bien para cuando te alcancemos.

La muchacha vaciló, pero Marshall le sonrió.

— Cree en mí, Deborah, te doy mi palabra de que ellos vendrán con nosotros. Te veré en un momento.

Ella salió de la oficina, aparentemente satisfecha con su promesa. Marshall se volvió a Kroll.

— Espere aquí. Los traeré.

Kroll conservó la mano sobre el picaporte, mirando a Marshall por encima del hombro. Los dos hombres parecían llenar por completo la pequeña oficina.

Kroll se encogió levemente de hombros, escuchando el sonido de los pasos de Deborah, al alejarse por las escaleras. — ¿Para qué molestarse? -preguntó lacónicamente-. Arreglemos todo allá mismo. No quiero dejar sucia su oficina. Alguien puede entrar y descubrirlos.

Marshall extendió una mano y retiró la de Kroll, del picaporte.

— Los llevo conmigo -dijo calmadamente-. No los vamos a arreglar aquí ni en ninguna parte. -Abrió la puerta, pero de inmediato le impidió que terminara de hacerlo la pesada bota de Kroll. Marshall miró la puntera metálica, interpuesta en su camino, y levantó la vista para mirar a Kroll con la ira palpitando en sus sienes.

— ¡Retírese de esa puerta! -estalló-. ¿A qué demonios se imagina que estamos jugando?

Empezó a empujar a Kroll con el hombro, pero éste, súbitamente, dio media vuelta para apoyar su espalda en la puerta y cerrarla violentamente, con un seco golpe de su talón.

Miró a Marshall con Maldad.

— Deténgase, Marshall. Ya recibió sus órdenes de la Torre, hace dos minutos. A R.H. no le gusta perder el tiempo.

Marshall movió la cabeza.

— Escuche, Kroll, cállese y acate mis órdenes. Cuando lleguemos a la Torre, discutiré ese asunto con R.H. En tanto, no quiero que usted me diga lo que debo hacer. Llevaré a esos tres conmigo.

— ¿Para qué? Nunca los admitirán. R.H. acaba de echar fuera a doscientos trabajadores, del equipo de Construcción, que estuvieron en la Torre desde el principio.

Marshall le ignoró, estaba a punto de tomar a Kroll del cuello para quitarlo del paso, cuando alguien golpeó con los nudillos en el vidrio esmerilado. Kroll retrocedió, metió la mano derecha rápidamente en su chaqueta y la sacó, en una fracción de segundo, con una pesada automática.45, que parecía un juguete en su robusta mano.

Marshall le hizo una señal para que se ocultara detrás de la puerta y la abrió para enfrentarse con Symington

— Hola Andrew. ¿Qué ocurre? -Marshall retrocedió, haciendo entrar a Symington. Kroll permaneció detrás de la puerta.

— Lamento molestarlo, jefe -empezó a explicar Symington-. Creighton escuchó que alguien entraba por la salida de emergencia y fue al garaje. Aparentemente es uno de esos grandes tractores… -Se detuvo, percibiendo la pesada figura de Kroll a sus espaldas-. ¿Qué es lo que…? -empezó a decir, trató entonces de retroceder hacia el corredor, pero Kroll le tomó por el hombro, con su mano izquierda, y le retuvo, mientras su mano derecha dejaba caer sobre su cabeza el pesado cañón de la automática.

El golpe llevaba la fuerza letal del vigor de Kroll. Marshall se lanzó sobre la mano armada, empujando, al mismo tiempo, a Symington, hacia el piso. Ambos se enfrascaron en un violento forcejeo, mientras que Symington se debatía entre sus pies. Cuando se separaron, éste se arrojó a la puerta, antes de que los dos hombres se repusieran, y la cerró tras de salir por ella.

Marshall no pudo evitar que Kroll disparara a través del vidrio deslustrado, a la borrosa imagen que se movía en el corredor. El sonido del disparo rugió como una bomba explotando en la pequeña oficina. Los pedazos del vidrio salpicaron las paredes del corredor, y, a través de la abertura, Marshall vio a Symington ser empujado por la fuerza de la bala, para caer después de cara al suelo.

Kroll abrió nuevamente la puerta y salió al corredor. Con Marshall en los talones, corrió hasta donde estaba Symington, miró la yaciente figura de reojo y se dirigió hacia el corredor, blandiendo la automática, amenazadoramente.

Marshall se arrodilló al lado de Symington. Una mancha tibia y húmeda se extendía en la herida, debajo de su omóplato izquierdo. Volvió al herido boca arriba y se percató de su respiración entrecortada. Por fortuna, la bala lo hirió oblicuamente, abriendo un surco, de tres pulgadas de longitud, sin penetrar en la caja torácica. Marshall ayudó a Symington a ponerse en pie y le llevó hasta la oficina, donde le instaló en el sofá.

A sus espaldas se abrió la puerta de emergencia y apareció Deborah, con los ojos abiertos por la ansiedad.

— Simon, ¿qué ha pasado? -Miró a Symington sin comprender-. Prometiste…

Marshall la hizo tomar asiento en el sofá.

— Quédate con él, atiéndelo. Creo que está bien. Kroll se ha vuelto loco. Tengo que detenerlo antes de que mate a los otros dos.

Cuando retornó al corredor, Kroll bajaba cautelosamente por la escalera. Marshall sacó la.38, de cañón corto, de su funda debajo del brazo, y avanzó tras él. Apenas desapareció el yelmo que cubría la cabeza de Kroll, en la breve escalera, cuando un segundo disparo rugió en el piso bajo. Creighton y la mecanógrafa estaban armados, como Marshall, con revólveres calibre.38, para protegerse contra intrusos enloquecidos por el hambre.

Escuchó la.45 de Kroll, una vez, seguida de dos disparos más agudos, procedentes del cuarto de comunicaciones, en el extremo opuesto. Descendió cautelosamente por la escalera, buscando la figura de Kroll entre las sombras y los ángulos del corredor y escuchó el suave roce de sus suelas de hule, moviéndose en dirección del corredor de servicio que unía las oficinas y ofrecía una entrada posterior al ascensor de emergencia.

A través de la puerta abierta del cuarto de comunicación, Marshall alcanzó a ver el uniforme pardo de Creighton, agazapado tras de la línea de teletipos. Retrocedió al ver moverse la 38.

El corredor de servicio se desviaba inmediatamente a su izquierda, doblando en ángulo recto, alrededor de las oficinas. Marshall extendió la mano que sostenía el revólver, apuntando hacia el techo. Disparó dos veces, en rápida sucesión, y se lanzó a través del espacio descubierto hacia el abrigo del corredor.

Contuvo el aliento y escuchó a Creighton disparar de nuevo, en dirección de la escalera, y gritar algo a la muchacha, perdiéndose sus palabras entre los estruendosos ecos de los disparos.

Siguiendo a Kroll, Marshall se movía rápidamente, a lo largo del oscuro corredor de servicio, asomándose brevemente en la primera de las oficinas, vio un enjambre de escritorios bajo la tenue luz del bulbo.

Una segunda oficina y el cubo del elevador le separaban del cuarto de comunicaciones, en el extremo opuesto. Avanzó cuidadosamente alrededor de las esquinas del cubo. Por fortuna, la puerta de emergencia, que comunicaba con el corredor de servicio, estaba bloqueada por los trasmisores de TV. Tan pronto vieran Creighton y la muchacha a Kroll, en el momento de abrir la puerta, vaciarían sus armas a través de la delgada hoja de madera contrachapada.

Marshall dio vuelta al ángulo final, alrededor del cubo, y para su sorpresa lo encontró vacío. La puerta de emergencia estaba abierta; una angosta franja de luz cruzaba el corredor. Marshall avanzó y se asomó por la abertura.

No había nadie en el cuarto. Creighton y la muchacha habían salido.

De pronto, en el corredor principal, dos disparos interrumpieron nuevamente el silencio, seguidos por un agudo grito de terror, y, después, un agonizante minuto más tarde, por un tercer disparo.

Marshall abrió la puerta de emergencia y apartó, de un puntapié, la mesa que sostenía dos de los televisores, para cruzar la habitación.

Crighton y la muchacha yacían juntos en el corredor, de cara al suelo, con la cabeza volteada en dirección del muro y las manos extendidas. La muchacha estaba caída, con el pelo enmarañado sobre la cara y las ropas en desorden.

Más allá, esperando a Marshall, al lado de la escalera, destacaba la negra figura de Kroll, con la automática en la mano.

— Gracias por cubrirme dijo. Señaló a la oficina cercana-. Yo estaba allí. Creo que trataron de llegar aquí cuando lo escucharon ir por el corredor.

El pesado aire del refugio tenía emanaciones dulzonas que hacían arder los ojos de Marshall. Se inclinó sobre los cuerpos, los examinó cuidadosamente. Un pañuelo húmedo estaba en la mano de la muchacha, como una flor muerta. Durante largos instantes lo contempló, hasta que gradualmente se percató de las botas de Kroll, a medio metro de distancia.

Empezó a levantarse y vio entonces la automática, en la mano de Kroll, apuntando a su rostro.

Marshall sintió disminuir su valor.

— ¿Qué sucede, Kroll? -pudo decir con voz firme. Avanzó hacia Kroll, quien retrocedió y lo dejó pasar, sin dejar de apuntar la.45 en dirección de su cabeza.

— Lo siento mucho, Marshall -dijo llanamente-. R.H.

— ¿Qué? ¿Hardoon? -Marshall vaciló, calculando la distancia hasta la escalera. Kroll estaba a unos pasos a sus espaldas. ¡Así que Hardon decidió deshacerse también de él, ahora que terminaba de servir a sus propósitos! Debió de darse cuenta de que Kroll fue enviado únicamente para matarlos-. ¡Pero eso es una locura! Sí, tal vez esté equivocado. Cuando estuvo a dos metros de la escalera, se lanzó de pronto hacia adelante, zigzagueando, y pudo poner la mano izquierda en el pasamano.

Apuntando cuidadosamente, Kroll le disparó en dos ocasiones, primero en la espalda, derribando a Marshall el impacto de la bala, y después en el estómago, mientras se tambaleaba torpemente, agitando los brazos como aspas de molino. Su poderoso cuerpo se desplomó en un rincón.

Estaba a tres metros de distancia de Kroll, quien esperó, en silencio, hasta que el angosto hilo de sangre, que escurría por el piso de concreto, llegara a sus pies. Entonces subió rápidamente por las escaleras.

— ¡Simón!

La muchacha estaba agazapada tras de la puerta, con las manos en el rostro. Al ver a Kroll, gritó y retrocedió, casi tropezando con el cuerpo de Andrew Symington, quien permanecía casi inconsciente, en el piso.

Kroll guardó nuevamente la.45, en su chaqueta, y avanzó hacia Deborah, arrinconándola tras del escritorio.

— ¿Dónde está él? -gritó ella-. ¿Simón? ¿Qué le ha…?

Kroll la envió contra la pared, con un golpe de revés, haciéndola caer.

— ¡Cállese! -gruñó.

Escuchó cuidadosamente los sonidos del refugio, dando un puntapié a la muchacha, cuando ésta trató de interrumpirlo, y levantó el teléfono.

Mientras esperaba, miró a Deborah y notó los rizos rubios que cubrían su nuca, entremezclándose con los cabellos castaños. Eran suaves y sedosos, más delicados que nada que hubiera visto jamás. Como un robusto toro hipnotizado por una mariposa, los contempló, fascinado, sintiendo hervir la sangre e ignorando la voz del teléfono.

— Todo listo -dijo lentamente al teléfono-. Sólo uno de ellos. -Miró a Deborah-. En diez minutos más, habré terminado.

Arrastrándose penosamente, Marshall llegó hasta el cuarto de comunicaciones, se puso en pie y se dejó caer en una silla, frente al trasmisor de radio. Durante algunos minutos tosió incontrolablemente, luchando por hacer llegar más aire a sus pulmones, ahogándose en el enorme lago de hielo que llenaba su pecho. Sus ojos miraron el rastro de sangre que se iniciaba en el piso, bajo su silla, y que se extendía hasta el corredor, más allá de los dos cuerpos inermes. No podía recordar cuántas horas pasaron desde que inició su penosa marcha, a rastras, para llegar al aparato de la radio, pero la vista de los cadáveres le reanimó momentáneamente, haciéndole percatarse de que su gran energía se extinguía rápidamente, y se inclinó hacia adelante, descansando sobre sus codos, para encender el trasmisor.

El refugio estaba en silencio. El sistema de ventilación se hallaba muerto y el aire flotaba inmóvil y enrarecido, aún impregnado de las acres emanaciones de la cordita. A lo largo del muro, que se encontraba a sus espaldas, por fin estaban quietos los teletipos, y el único sonido procedía de los receptores de TV. Sólo dos de las pantallas mostraban imágenes.

Marshall hizo una pausa para controlarse, tratando de conservar la lucidez durante algunos minutos más. La herida de su pecho ardía como si una lanza estuviera clavada en su pecho y se removiera a cada respiración.

Media hora más tarde, cuando ya casi dejaba de existir, el trasmisor dio señales de vida. Asiendo el micrófono, con ambas manos, lo llevó a sus labios y empezó a hablar cuidadosamente, repitiendo insistentemente su mensaje una y otra vez, sin atender a las respuestas que venían del otro lado de las ondas. Su voz se convirtió, finalmente, en un murmullo indescifrable.

El micrófono se escurrió entre sus dedos y cayó al piso. Giró sobre su silla, ligeramente, para ver las pantallas de los aparatos de televisión. Ya sólo se trasmitía una sola imagen, una nube blanca de polvo que cruzaba la pantalla, de izquierda a derecha, sin variar su velocidad y dirección.

La vista se le empezó a nublar y Marshall dejó caer la cabeza sobre el pecho. Su bien cincelado rostro permanecía casi en reposo, mientras la piel se ensombrecía alrededor de sus ojos y de sus sienes. Se sintió descender hacia el fondo de un lago de hielo. El aire se hizo más frío. El silencio reinó en los desiertos corredores del refugio.

Capítulo VII

Las Puertas del Remolino

— ¿Cómo está?

— No tan mal. Confusión regular. Una ligera fractura sobre la oreja derecha. Quemaduras de segundo grado en las palmas de las manos y en las plantas de los pies.

— Se repondrá, ¿cree usted?

Las voces se alejaron. Donald Maitland se agitó placenteramente, medio dormido, casi disfrutando la sensación de tibia somnolencia aunada a una ligera náusea. A veces regresaban las voces, en ocasiones escuchaba el ascenso y descenso de sus tonos, al moverse entre los pacientes; o discutiendo su propio caso, cerca de él, oyendo con toda claridad.

Por fin mejoraba. Volviéndose perezosamente, trató de ponerse cómodo, buscando la caricia almidonada de las sábanas contra su rostro.

Pero no pudo encontrarlas. Dondequiera que buscaba, la cama y almohada eran duras y rígidas, hasta que se dio cuenta de que sus brazos estaban en moldes de yeso.

Deseaba poder despertar. Entonces volvería el sueño nuevamente, adormeciendo el dolor que taladraba su cabeza y sus hombros, amortiguando la náusea que le impulsaba a vomitar.

— Parece mucho mejor. ¿No le parece?

— Sin duda. Pero esas quemaduras son de algún cuidado. ¿Cómo diablos se quemó en esa forma?

— No recuerdo con exactitud. Creo que estaba atrapado en el cuarto de calderas de una estación generadora. Tal vez son quemaduras de carburo…

Las voces se alejaron al retornar él a la conciencia. Maitland se estiró y flexionó sus piernas, apoyando los pies en la piecera de la cama.

¿Quemaduras?

— ¿Cómo? Recordaba haber quedado atrapado en la estación del subterráneo, en Knightsbridge. ¿Fue transferido a otro centro de hospitalización estando confusa su identidad?

Las voces vagaron cerca de su cama, murmurando acerca de otro paciente. Maitland sintió frío y la cabeza pesada. Deseaba llamarlos, decirles que confiaban demasiado.

Se alejaron lentamente, perdiéndose sus voces en el sonido de algún ventilador enorme.

¿Quemaduras?

Con un esfuerzo, abrió los ojos y movió la cabeza.

¡Estaba ciego!

Se sentó y palpó la cama a su alrededor, deseando que regresaran, esperando sentir unas manos que lo volvieran a acostar, escuchar las primeras palabras de consuelo.

Tocó algo de forma angular y textura áspera.

¡Un tabique!

Lo puso entre sus rodillas. ¿Qué hacía un tabique en su cama? Sus dedos palparon la rugosa superficie, arrancando pequeños trozos de mortero.

"Miró" a su alrededor, esperando atraer la atención, pero las voces se desvanecieron: el sitio estaba vacío.

Se sintió súbitamente exhausto, soltó el ladrillo y se dejó caer de espaldas.

Las voces volvieron al instante.

— ¿Cómo están las gráficas?

— Muy bien. Le sacaremos los brazos de los moldes, mañana.

Maitland sonrió. Quizá estaban en la oscuridad, incapaces de ver que sus manos estaban bajo las sábanas.

Flexionó los dedos y recogió otro objeto de la cama. Una lámpara de mano. Instintivamente la encendió.

El rayo de luz llenó el pequeño cubículo, mostrando montones de ladrillos, destrozados a ambos lados; una viga de concreto, de dos pies de ancho, atravesada sobre sus rodillas; y un letrero pintado en una lámina de metal El letrero rezaba:

VENTA DE SALDOS.

Durante unos momentos, Maitland lo contempló, tocando las letras con los dedos.

Y, ordenando sus pensamientos, movió la linterna.

No estaba en un hospital como imaginara, sino aún atrapado en el túnel. Las voces, los diagnósticos, la tibia cama, todos fueron productos de su fantasía, manifestaciones de los deseos de su exhausto cuerpo.

La cabeza le dio vueltas. Maitland alumbró sus manos, dando masaje a la piel lacerada. Se sorprendió, a medias, al ver que no estaban quemadas y se preguntó por qué su mente produjo ese detalle tan particular. Quizá recordara algún caso clínico de sus antiguos pacientes.

Mirando nuevamente a su alrededor, buscó alguna posible salida, pero el angosto espacio, en el que yacía, parecía completamente cerrado.

Exhausto, se dejó caer de espaldas, aún conservando la lámpara encendida.

— Creo que se levantará mañana. ¿Cómo se siente?

— Muy bien, gracias, señor. ¿Alguna, noticia del viento?

Las voces regresaban. Ahora el paciente se unía a ellas. Demasiado cansado para comprender por qué persistían las alucinaciones en forma tan vivida, aun cuando hubiera recuperado el conocimiento. Maitland permaneció acostado, haciendo girar su cabeza para buscar una posición más cómoda.

Escuchó las voces con atención y su mente las analizó automáticamente. Era la primera vez que conociera agentes alucinantes de esa índole.

Al mover la cabeza, se dio cuenta de que un tubo, de unos dos pies de diámetro, sostenía su cabeza parcialmente. Cuando oprimía su oreja izquierda contra el tubo, podía escuchar las voces con mayor claridad.

Abruptamente se enderezó y se afirmó sobre sus rodillas. Quitó todo el escombro que le fue posible y examinó el tubo, pegando su oído a éste.

En la mayoría de las posiciones que adoptó, no pudo oír nada, pero debido a algún fenómeno acústico, en una pequeña área de unas cuantas pulgadas cuadradas, las voces se escuchaban con toda claridad. Obviamente el tubo de ventilación, ahora en desuso, llegaba hasta la estación, a unos cuantos metros por debajo, y reflejaba las voces de los doctores atendiendo a sus pacientes, y, en particular, a un trabajador quemado en la planta de energía, cuyo camastro estaba directamente bajo la boca del ducto.

Éste era de hierro galvanizado, de un espesor de un octavo de pulgada, pero no había nada, entre los escombros, que pudiera servir para cortarlo. Golpeó con los puños sobre el tubo, gritó con los labios pegados contra sus redondas paredes, aplicando el oído, después, al área acústica, para tratar de recibir una respuesta. Lo golpeó incansablemente, con un tabique, sin ningún resultado.

Finalmente recogió la linterna, escogió cuidadosamente el punto de reflexión del sonido y empezó a golpear, sistemáticamente, cada vez que escuchaba las voces de los doctores, los tres puntos y tres rayas del código internacional de auxilio.

Dos horas más tarde, varias eternidades de angustia después de que se terminaron las baterías de la lámpara, escuchó una voz que respondía a su llamada de socorro.

A partir de las seis, se empezó a llenar el salón. Una de las camareras, que atendían la cantina, puso en marcha el fonógrafo y atenuó las luces, disimulando la pintura color crema que cubría los muros de concreto y logrando así que el subterráneo recreativo, a treinta y cinco metros bajo la superficie, de la base aérea de los Estados Unidos, en Brandon Hall, se convirtiera en un atractivo cocktail lounge de Mayfair.

Donald Maitland no terminaba todavía de maravillarse del efecto de la ilusión. Aquí, por lo menos, existía un oasis de esperanza. Más allá del salón recreativo, con su barra de cromo y cuero rojo, su oropel y sus luces, había secciones tan yermas como cualquier puesto de la Línea Sigfrido, pero en cuanto a los oficiales uniformados, acompañados de sus esposas, y los civiles de mayor rango empezaban a llegar aquí, poca evidencia tenían de las ráfagas de viento a 350 millas por hora que azotaban al mundo.

Sus cinco días, en Brandon Hall, los pasó principalmente en el área recreativa. Por fortuna, sus heridas eran relativamente leves y en poco tiempo sería dado de alta. Charles Avery se acercaba, llevando sus bebidas a la mesa. Los americanos eran expertos en proporcionar las amenidades de la vida civilizada, con un esfuerzo mínimo y sin ninguna pompa, y él ya empezaba a olvidar la trágica muerte de Susan y su correspondiente juicio de sí mismo.

— A trescientas cincuenta millas por hora -observó sombríamente Avery, tratando de hacer desaparecer las arrugas de su chaqueta de cirujano militar-. Queda muy poco allá arriba. ¿Cómo te sientes?

Maitland se encogió de hombros, escuchando el lento ritmo de un foxtrot que oyera por última vez, años antes, cuando llevara a Súsan al Milroy.

— Muy bien. No puedo decir exactamente que ansío volver al servicio activo, pero estoy bastante dispuesto a hacerlo. Ha sido muy grato estar aquí. Estos cinco días me han dado la primera oportunidad, en muchos años, de ver las cosas con calma. Lamento tener que partir.

Avery asintió.

— Francamente, yo no lo sentiría. Hay pocas cosas en las que se pueda ayudar. Los americanos aún están enviando algunos vehículos, pero, en general, todo se está paralizando. El contacto, entre unidades separadas es bastante limitado, y las noticias del exterior llegan con mucha lentitud.

— ¿Qué tal la pasa Londres?

Avery movió la cabeza, mirando su vaso.

— ¿Londres? Ya no existe. No más que Nueva York, o Tokio, o Moscú. El monitor de TV de la torre, en Hammersmith, sólo muestra un mar de escombros. No queda un solo edificio en pie.

— Es asombroso que las bajas sean tan leves.

— No sé si realmente lo sean. En lo personal, creo que medio millón de personas han perecido en Londres. Hasta donde podemos imaginarnos, en Tokio o Bombay, las bajas son de un cincuenta por ciento. Hay un límite físico de lo que puede resistir un individuo sometido a una corriente de aire de 350 millas por hora. Gracias a Dios por el sistema de subterráneos.

Maitland le hizo eco. Después de su rescate, en Knightsbridge, se asombró por la eficiencia de la organización que existía bajo el nivel de la calle, un mundo de túneles laberínticos y ductos llenos de incontables miles de seres, casi inmóviles, amontonados en las plataformas, a oscuras, con sus escuetos equipajes, esperando pacientemente que el viento cesara, como los habitantes de alguna enorme y siniestra galería de muertos, esperando su resurrección.

Un aspecto afortunado de la sobrepoblación de los complejos metropolitanos y grandes ciudades del mundo, era que la expansión forzó a la construcción a tener lugar no sólo hacia arriba, sino hacia abajo. Millares de edificios invertidos descendían desde el nivel de la calle, estacionamientos de automóviles, salones de cine subterráneos, subsótanos y sub-subsótanos; que ahora ofrecían un abrigo tolerable, aislado del ululante viento por los derrumbes de las estructuras superiores. Millones estarían aferrándose a la vida en esos refugios, hacinados entre muros de concreto, con los oídos ensordecidos por el rugido del elemento, completamente aislados de otro contacto.

¿Qué ocurriría cuando empezaran a terminarse las reservas de provisiones?

— Las seis y quince Donald -le interrumpió Avery. Terminó su bebida y se puso en pie, listo para partir-. Desde ahora trabajo en la Recepción de Heridos. Los americanos están embarcando a casi todos sus altos jefes militares hacia las bases de Groenlandia. Allá, la velocidad del viento, es de cincuenta millas por hora menos que aquí. Se rumora que están acondicionando algunos subterráneos de proyectiles intercontinentales, en el Ártico, y que algunos miembros de la OTAN serán invitados. Desde ahora voy a tener los ojos bien abiertos, por si acaso llega algún general con un tobillo dislocado para quien pueda hacerme indispensable como dama de compañía o algo por el estilo. Te aconsejo que hagas lo mismo.

Maitland se volvió y miró a Avery con curiosidad y se sorprendió al ver que el cirujano hablaba en serio.

— Admiro tu sagacidad -le dijo-. Pero espero que podamos ver por nosotros mismos, si fuera necesario.

— Bueno, no podemos -rezongó Avery-. Seamos francos, no lo hemos hecho desde hace ya bastante tiempo. Sé que parece despreciable, pero la adaptabilidad es la única calificación verdadera para la superviviencia. Por el momento, está tomando lugar una forma de selección natural bastante siniestra. Búrlate si quieres, estoy dispuesto a concederte ese derecho póstumo. -Hizo una pausa durante un momento, esperando la respuesta de Maitland, pero éste Último se limitó a mirarlo sin decir nada, y Avery preguntó-: A propósito, ¿has oído algo de Andrew Symington?-Hasta donde sé, está aún en la sección de información de Marshall, en Whitehall. Dora acaba de tener un bebé; desearía visitarla antes de irme.

Mientras salían del bar, se cruzaron con un norteamericano comandante de un submarino, quien venía acompañado por una esbelta rubia en uniforme marrón, con insignias de prensa. Su rostro y cuello estaban cubiertos por diminutas lesiones, las cicatrices típicas de la exposición prolongada al viento, 'pero ella aparecía tan calmada siguiendo de cerca al norteamericano, con una natural intimidad, que Maitland pudo darse cuenta de que esos dos, quienes obviamente pasaron un periodo de lucha contra el viento, juntos, eran los primeros que veía que parecían habérselas arreglado para conservar su mundo privado, intacto.

Tomó asiento en la sala de conferencias de la Unidad de Reacomodo de Personal, y se asombró de lo que su carácter se beneficiara con las penas pasadas, y los méritos que esto le reportara, como diría un budista. ¿Podía realmente pretender tener una superioridad moral sobre Avery, por ejemplo? A pesar de haber estado a punto de morir en Knightsbridge, hasta entonces no tuvo mucha influencia para determinar su propio sino. Los acontecimientos le empujaban a su propio paso. ¿Cómo se conduciría cuando tuviera oportunidad de hacer una decisión personal?

Maitland fue asignado á uno de los grandes tractores Titán, que transportaba gentes importantes y personal de las embajadas a la base submarina de Portsmouth. Muchos de los pasajeros sufrían de heridas graves recibidas antes de su rescate, y requerían una atención especial durante el viaje.

Escuchando las órdenes, Maitland tuvo la impresión de que, como Avery sugería, los americanos se retiraban en número considerable, llevando consigo hasta a los heridos de gravedad. Cuando el último convoy hubiera salido pare Groenlandia, ¿dejaría de ser útil Brandon Hall? La base británica más cercana estaba en Biggin Hill, y si el viento continuaba aumentando durante la siguiente semana, sería difícil de alcanzar. Además, ¿qué clase de bienvenida recibirían si iban para allá?

El capitán confirmó sus dudas.

— ¿Hasta dónde hay un contacto efectivo entre bases d los alrededores de Londres? -preguntó Maitland,.una ve que terminó la reunión-. Me siento como si nosotros mismo colocáramos las tapas sobre nuestros respectivos agujeros y los cerráramos herméticamente.

El capitán asintió sombríamente.

— Así ocurre más o menos. Dios sabe qué ocurrirá cuando decidan cerrar este sitio. Ahora no la pasamos mal, pero estamos a bordo de una nave que se hunde. Sólo tenemos combustible para el generador, suficiente para una semana, y, cuando se termine, este sitio va a estar bastante frío. Los cimientos tienen grietas y el agua de los manantiales subterráneos se está filtrando. Por el momento, tenemos que bombear unos cuatro mil litros por hora.

Maitland recogió su maletín y su bolsa de viaje del dormitorio del hospital. Antes de salir, pasó a la sala de mujeres para ver a Dora Symington.

— Hola, Donald -lo saludó Dora. Le sonrió valerosamente y le mostró al niño-. Le he estado diciendo que se paree» a Andrew, pero no estoy segura en que esté de acuerdo. ¿Qué te parece?

Maitland miró el pequeño rostro del niño. Le hubiera gustado pensar que simbolizaba la esperanza y el valor, el nuevo mundo renaciendo del cataclismo que terminara con el viejo, pero, sin embargo, se sentía muy deprimido. El valor de Dora, su patético alojamiento con sus muros improvisados y sus montones de ropas húmedas, le hicieron darse cuenta de cuan impotentes eran y de lo cerca que estaban del centro del remolino.

— ¿Has tenido noticias de Andrew? -preguntó ella, cautelosamente.

— No. Pero no te preocupes, Dora. Está en la mejor compañía posible. Marshall sabe cuidar de sí mismo y de los demás.

Habló con ella durante algunos minutos y después se excusó, para tomar uno de los ascensores hacia la sala de transportes.

Aún allí, a veinte metros bajo la superficie de la calle, amparados por tres metros de concreto, con un refugio diseñado para resistir hasta la explosión de bombas nucleares, se notaba de inmediato la presencia de la tormenta que rugía en la superficie. A pesar de las enormes escotillas herméticas y de las rampas superpuestas, los angostos corredores estaban cubiertos por el cascajo negro y arenoso, forzado por la tremenda presión, y el aire estaba húmedo y frío debido a que la corriente de aire acarreaba enormes cantidades de vapor de agua; en algunos casos, el contenido de lagos enteros, tales como el Caspio y los Grandes Lagos, fueron totalmente vaciados y sus lechos yacían desprovistos de toda humedad.

Los conductores y el personal de superficie, todos enfundados en pesados trajes de plástico y acolchados con hule espuma, deambulaban entre la media docena de tractores Titán, agrupados alrededor de la estación de servicio.

Su propio Titán era el quinto en la fila, un gigantesco rastreador de seis orugas, con costados inclinados, de más de veinticinco metros de largo y seis de ancho. La pintura gris, del vehículo, lucía deteriorada y las planchas, de tres pulgadas de grueso, mostraban las cicatrices de donde las piedras y cascajo, que llevaba el viento, golpearan al vehículo, casi borrando el emblema de la Marina de los E.U.

Un hombre de rostro delgado y hombros anchos, vestido con uniforme azul, dejó, por un instante, la discusión que tenía con dos mecánicos que trabajaban en una de las orugas, ajustando una enorme abrazadera. El cuello de su chaqueta ostentaba las insignias de teniente de la Real Marina Canadiense.

— ¿Doctor Maitland? -preguntó con voz profunda y agradable. Cuando aquél asintió, éste extendió la mano y estrechó firmemente la del interpelado-. Me alegra llevarlo a bordo. Mi nombre es Jim Halliday. Bienvenido a la Bella de Toronto. -Señaló el Titán con el pulgar-. Saldremos dentro de media hora. ¿Le gustaría tomar un café?

— Buena idea -concedió Maitland. Halliday le quitó de las manos el saco de lona donde llevaba sus pertenencias, se encaminó hacia la parte delantera del tanque y lo envió por la escotilla del conductor. Mientras Halliday se les unía, Maitland dijo:

— Pensaba dejarlo en el retén por si acaso tuviéramos que efectuar una retirada rápida.

Halliday movió la cabeza, tomando a Maitland por el brazo.

— Si gusta, puede hacerlo, doctor. Francamente, le recomiendo que se instale a bordo de la nave. No tengo mucha confianza en este sitio.

Recogieron su café en la cantina y se sentaron en el extremo de una de las largas mesas de madera. Maitland examinó cuidadosamente el rostro de Halliday. El canadiense parecía sólido y resuelto. Intercambiaron brevemente sus historias personales. A esas alturas, según notaba Maitland, se vivían demasiadas historias de desastres, demasiados episodios de heroísmo, confirmados y no confirmados; era tal la confusión de eventos trágicos y dramáticos que, aquellos que aún sobrevivían, se limitaban a la más elemental autoidentificación. Además, existía el aturdimiento gradual que empezaba a afectar a todos, embotando sus sensibilidades por la miseria y las privaciones. El resultado era una preocupación, en aumento, de solidificar la propia seguridad personal, una resistencia, tal como la que viera en un hombre básicamente confiado como Halliday, para depositar alguna fe en la durabilidad de otros.

— En nuestro último viaje llevábamos solamente tres pasajeros -explicó Halliday- por lo cual no hubo necesidad de un médico. Es obvio que pronto cerrarán la unidad.

Maitland asintió.

— ¿Y qué ocurrirá entonces con nosotros?

Halliday lo miró brevemente y después aplastó la punta de su cigarrillo entre los asientos del café.

— Lo dejo a su imaginación. Francamente, estamos muy abajo en la escala de la importancia. Mientras sea posible el movimiento en la superficie, los grandes tractores tendrán un papel valioso, pero ahora, bueno… casi todos los personajes importantes han ido a donde desean estar. ¿Ha estado arriba, recientemente?

— Hace una semana que no.

— Es difícil de describir, bastante arduo. Hay una rugiente pared sólida de aire negro, que ya no es aire, sino más bien una avalancha horizontal de polvo y rocas, algo así como estar sentado justamente atrás de un motor de turbina, recibiendo en el rostro el impacto del escape. No se puede ver a dónde demonios se va. Los caminos, señales y demás, yacen bajo toneladas de escombros. Nos guiamos por la onda trasmitida entre este lugar y Portsmouth. Cuando las estaciones terminen sus actividades, terminará nuestro trabajo. Sólo ayer perdimos una de las unidades: su radio se descompuso cuando estaban en algún sitio, al sur de Leatherhead. Trataron de regresar por medio de la brújula y fueron directamente al río.

Al aproximarse al tractor, Maitland vio un grupo de pasajeros aguardando, dos hombres y una mujer joven. Todas las escotillas, de la sección posterior del vehículo, estaban siendo aseguradas, y parecía que los tres eran el único complemento y que viajarían en la sección delantera dejando vacía la parte trasera. Como Halliday dijera, parecía un desperdicio de combustible y personal. Maitland sintió una sensación súbita de resentimiento hacia los tres pasajeros. El Titán hubiera sido mejor empleado en el rescate de Andrew Symington y Marshall.

Uno de los pasajeros era un hombrecillo de rostro regordete, con bigote de cepillo, y, los otros dos, un norteamericano alto con trinchera de la marina y una muchacha usando un gorro de piel, provisto de anteojos. Al acercarse, ella deslizó su mano bajo el brazo del norteamericano y pudo reconocer en ellos a la pareja que viera en el salón recreativo.

Halliday llamó a Maitland y le presentó los pasajeros.

— Comandante Lanyon, éste es el doctor Maitland. Vendrá a Portsmouth con nosotros. Si desea que le tomen la temperatura, señorita Olsen, sólo tiene que pedírselo.

Maitland saludó al trío con una inclinación de cabeza y ayudó a la joven, la reportera de la NBC, a subir la grabadora de cinta por la escotilla de estribor. Ella y el comandante Lanyon habían llegado a Inglaterra, procedentes del Mediterráneo, y vinieron a Londres en compañía del tercer miembro del grupo, un corresponsal de la Prensa Asociada llamado Waring, con la pretensión de reunir material para sus servicios de información en los Estados Unidos. Por desgracia, sus esperanzas de que el viento amainara, no se realizaron y regresaban con las manos vacías en ruta hacia Groenlandia.

Diez minutos más tarde, los siete -tres pasajeros, Maitland, Halliday, el conductor y el radioperador- quedaban encerrados en la sección delantera del Titán, un angosto compartimiento de quince pies de largo por seis de ancho, lleno de equipaje, aparatos y provisiones. En las paredes colgaban asientos de lona y en éstos se acomodaron Maitland y los pasajeros, mientras que Halliday tomaba su puesto ante el periscopio, atrás del conductor, con el operador de la radio a su costado. Una sola luz, tras de una rejilla en el techo, arrojaba una tenue claridad en el compartimiento, disminuyendo o aumentando en intensidad al variar la velocidad de las máquinas.

Durante media hora, apenas se movieron, avanzaron hacia adelante o hacia atrás, unos cuantos metros, en respuesta las instrucciones trasmitidas por radio. El rugido de las máquinas impedía la conversación y Maitland se sumergió en un ensueño vago, interrumpido por saltos bruscos que le despertaban a una realidad inquieta.

Finalmente, se empezaron a mover hacia adelante, inclinándose el vehículo hacia atrás, en un ángulo de diez tirados, mientras ascendían por la rampa de salida.

El aire del interior se enfrió súbitamente, como si se hubiera puesto en marcha una poderosa unidad frigorífica dentro de la cabina. Parecía que se movían a lo largo de un túnel excavado a través de un iceberg, y Maitland recordó que alguien le dijo, en la base, que la temperatura del aire, en la superficie, estaba descendiendo a razón de un grado diario. La corriente de aire que cruzaba sobre los océanos, arrastraba una enorme cantidad de agua evaporada y, en consecuencia, enfriaba la superficie de la Tierra.

El Titán se niveló en la esclusa de la salida final, y subió penosamente la última rampa.

De inmediato, el pesado vehículo se balanceó inestablemente, buscando el equilibrio sus ruedas y orugas, mientras se escuchaba el familiar tableteo de millares de proyectiles que se estrellaban contra su superficie. El ruido era enervante; pareciendo amainar por momentos, se reanudaba con mayor violencia al cruzar una nube, de partículas sólidas, de mayor densidad.

De pie tras del conductor, Halliday dirigía el Titán mirando a través del periscopio. Ocasionalmente, cuando se movían en campo abierto, dejaba que el conductor siguiera la dirección del rumbo proporcionado por el radioperador, y venía hasta donde estaban los pasajeros, inclinándose para intercambiar algunas palabras.

— Pasamos por Biggin Hill -les dijo tras de que hubieron viajado durante media hora-. Aquí estuvo una base de la Real Fuerza Aérea, pero se abandonó después de que la pared de uno de los refugios se vino abajo. Cerca de quinientas gentes quedaron atrapadas; sólo seis pudieron salir.

— ¿Puedo echar un vistazo afuera, capitán? -preguntó Patricia Olsen-. He estado tanto tiempo bajo tierra que ya me siento un topo.

— Seguro -concedió Halliday-. Aunque no queda nada por verse. Todos se adelantaron, balanceándose de lado a lado como pasajeros del ferrocarril subterráneo, mientras el tractor se bamboleaba bajo el impacto del viento.

Maitland esperó hasta que Lanyon y Patricia hubieron terminado y acercó sus ojos a la mirilla binocular.

Haciendo girar el periscopio, vio que avanzaban a lo largo de los restos de la Autopista número M5, hacia Portsmouth.

Poco quedaba del camino. Los prados laterales y centrales desaparecieron, dejando en su lugar una brecha de metro y medio de profundidad. Aquí y allá surgía la base de algún poste de concreto o un paso a desnivel destrozado, atravesando sobre el camino, pero fuera de eso, el paisaje se veía totalmente desolado. Ocasionalmente se observaba una sombra oscura, los restos de alguna estructura que pasaba llevada por el viento, dando tumbos sobre el piso.

Maitland descansó contra la montura del periscopio. Con la capa superior del suelo, barrida por el huracán, y con ella el sistema de raíces que mantenía unida la tierra y que ofrecía una base firme para las cosechas y contra las fuerzas erosivas de la lluvia y el viento, la superficie del globo se convertiría en polvo tal y como el campo de Oklahoma desapareció en el aire, en 1920.

Al retirarse del periscopio, vio a Halliday al lado del radioperador. Una señal les llegaba de Brandon Hall, y el operador se quitó los audífonos y los entregó al capitán.

— Malas noticias, doctor -dijo el operador-. Llegó un boletín de Brandon Hall acerca de un amigo suyo, Andrew Symington. Aparentemente ayer atacaron la unidad de información de emergencia, en los subterráneos del almirantazgo. Marshall y tres de los otros fueron muertos a tiros.

Maitland preguntó ansiosamente.

— ¿Andrew? ¿Está muerto?

— No, no lo creen así. No ha sido encontrado su cuerpo. Marshall se las arregló para dar aviso antes de morir. Los pistoleros trabajaban para alguien llamado Hardoon. Hasta donde puedo entender, parece que tienen un ejército privado operando desde una base secreta, en el área de Guilford.

— Me he topado con Hardoon antes -interrumpió Maulando-. Marshall también trabajaba para él. -Rápidamente les contó acerca de su descubrimiento del equipo militar, en las bodegas de Marshall, y de sus guardias uniformados-.Hardoon debió decidir deshacerse de Marshall; probablemente ya no le era útil. Sin embargo, ¿qué pudo haber ocurrido a Symington?

Halliday inclinó la cabeza con aire de duda.

— Bueno, tal vez esté bien -dijo, mostrando simpatía. Es difícil decirlo.

— No se preocupe -dijo Maitland confiado-. Symington es un ingeniero electrónico de «primera fila, bastante más valioso para Hardoon que un magnate de la TV como Marshall. Si no fue encontrado su cadáver en los subterráneos, tal vez esté con vida aún. Los hombres de Hardoon no perderían el tiempo en llevar un cadáver. -Hizo una pausa, escuchando el viento-. Todas aquellas cajas estaban rotuladas "Torre Hardoon". Allí debe estar la base secreta.

Halliday movió la cabeza.

— Nunca oí hablar de ello. Creo que' el nombre de Hardoon es familiar. ¿Quién es él? ¿Un político influyente?

— Es un magnate hotelero y armador de barcos -le dijo Maitland-. Un excéntrico enloquecido por el poder. Sabe Dios dónde está la Torre Hardoon.

— Parece el nombre de un hotel -comentó Halliday-. Si es así, no estará en pie, délo por seguro. Siento lo de su amigo, pero como usted dice, probablemente estará a salvo allí.

Maitland asintió, descansando sobre el aparato de radio y trató de pensar en dónde pudiera estar la Torre Hardoon. Notó que el operador le miraba pensativamente, y estaba a punto de alejarse para reunirse con el trío, en la parte posterior de la cabina, cuando el hombre le dijo:

— El sitio de Hardoon está cerca de aquí, señor. A unas diez millas de distancia, en Leatherhead.

Maitland se volvió.

— ¿Está usted seguro?

— Bueno, no con absoluta certeza -dijo el operador-. Pero tenemos mucha interferencia con una estación que opera en Leatherhead. Usa una onda muy especial, definitivamente no es una instalación del gobierno.

— Tal vez sea de otra clase -dijo Maitland-. Alguna estación meteorológica, de policía o un trasmisor particular de algún funcionario.

El operador movió la cabeza. -No lo creo así, señor. En Brandon Hall trataron di identificarla; teníamos a algunos expertos en radio. Uno de ellos se refirió a Hardoon.

Maitland se volvió a Halliday.

— ¿Qué le parece, capitán? Este hombre tiene razón, probablemente. Podemos desviarnos a Leatherhead.

Halliday movió la cabeza con firmeza.

— Lo siento, Maitland. Me gustaría hacerlo, pero nuestro tanque de reserva tiene solamente setecientos cincuenta litros, apenas para regresar.

— ¿Y por qué no desconectamos la sección trasera? -preguntó Maitland-. De todos modos no.sirve de nada.

— Tal vez no. ¿Pero qué se supone que debemos hacer si localizamos a ese tipo Hardoon? ¿Ponerle bajo arresto?

Halliday regresó al periscopio, indicando que la discusión terminaba, y se inclinó sobre el objetivo, escudriñando el camino. Maitland se quedó atrás de él, indeciso, mirando la señal del rumbo en la pantalla del navegante. Lo seguían cuidadosamente, observando una ruta crítica entre una corriente de puntos -error hacia la izquierda- y una corriente de rayas -error hacia la derecha. En ese momento, deliberadamente se apartaban tres grados fuera de rumbo, para aprovechar los firmes cimientos de la carretera. Halliday seguía una curva del camino, y el compás de la radio giraba constantemente de 145o a 150o, y después a 160 o. Desocupado por el momento, el radioperador trataba de sintonizar el receptor de onda ultracorta. Localizó una señal insistente e hizo un gesto a Maitland.

— Ésa es la señal de Hardoon, señor.

Maitland movió la cabeza. Se aproximó al radioperador, como para oír la señal con más claridad, y lentamente sacó su linterna de mano, del bolsillo trasero del pantalón, asió el cilindro del reflector, firmemente sujeto en su mano derecha, y avanzó entre el operador y el compás, que aún giraba. Cuando quedó satisfecho de que el operador no recordaría ya el rumbo preciso, levantó la lámpara y, con un rápido golpe de revés, destrozó totalmente la pantalla de cristal.

Rápidamente empezó a destruir el aparato, golpeando el gabinete de los bulbos. Gritando a Halliday, el operador se puso en pie y trató de retirar a Maitland. Halliday se apartó del periscopio y tomó a Maitland por los hombros. Los tres hombres se debatieron, amortiguando a sus golpes el balanceo del vehículo y sus pesados ropajes, para caer finalmente al piso.

Mientras luchaban, el tractor, siguiendo aún el curso circular que Halliday diera al conductor, se inclinó violentamente al abandonar la carretera y se deslizó con rapidez por el terraplén.

Halliday puso a Maitland en pie, quien tenía el rostro congestionado por la ira. Lanyon se les unió y ayudó a levantarse al operador de la radio. El cabo se acercó al aparato, tambaleándose, y contempló con expresión vacía la destruida consola.

Miró a Halliday con indignación.

— ¡El aparato está totalmente deshecho, capitán! ¡Sólo Dios sabe cuál era nuestro rumbo!

Halliday estrujó las solapas de la chaqueta de Maitland

— ¡Maldito loco! ¿Se da cuenta de que estamos completamente perdidos?

Maitland se soltó.

— No, usted no lo está, capitán. Me duele forzarlo, pero es el único modo de hacerlo. Mire.

Extendió la mano hacia el trasmisor de onda ultracorta y aumentó el volumen, hasta que el mismo ruido insistente, de la misteriosa estación, dominó el sonido del viento. Con una mano hizo girar el aparato hasta que, en un ángulo de 45', con respecto al eje lateral del tractor, adquirió su máxima intensidad.

— Ese es nuestro nuevo rumbo. Sígalo y nos llevará directamente a la Torre Hardoon.

— ¿Cómo puede estar seguro? -saltó Halliday-. ¡Puede ser cualquier otra cosa!

Maitland se encogió de hombros.

— Tal vez, pero es nuestra única oportunidad. -Se volvió hacia Lanyon, explicándole rápidamente lo que ocurrió a Andrew Symington.

Lanyon lo meditó durante algunos minutos, dirigiéndose después hacia Halliday, quien atisbaba por el periscopio.

— Parece que no tenemos otra alternativa, capitán. Está a sólo unas cuantas millas de distancia y una pequeña, desviación no nos afectará. Y siempre hay la posibilidad de que si ese tipo Hardoon planea algún golpe de fuerza, cuando el viento se calme, tal vez nos anticipemos a sus movimientos. Halliday crispó los puños, rezongando con ira, pero movió la cabeza afirmativamente y volvió al periscopio.

Cinco minutos más tarde volvieron a la carretera, para abandonarla poco después, y siguieron un camino lateral hacia Leatherhead, yendo tras la señal de onda ultracorta. Maitland pensaba que tendrían dificultad en localizar la Torre, pero Halliday pronto notó algo que confirmaba sus sospechas acerca de Hardoon.

— Mire usted mismo -dijo Halliday-. Este camino ha sido usado regularmente durante las últimas cuatro o cinco semanas.

Lanyon tomó el periscopio y confirmó la observación.

— Vehículos grandes, -comentó-. Deben de haber llevado cargas bastante pesadas. -Hizo un gesto y añadió-: Parece que Pat, tal vez, va a obtener una historia después de todo.

Siguieron la señal, que aumentaba constantemente en intensidad, hacia las propiedades de Hardoon, en Leatherhead, guiados por las señales de actividad reciente, a lo largo del camino, y ayudados por el viento que les hacía avanzar a 25 millas por hora.

Dos horas más tarde, vieron por primera vez la Torre de Hardoon.

Maitland estaba en su guardia de quince minutos, ante el periscopio, cuando el operador le dijo que entraban a la zona de mayor intensidad de la señal.

— Puede estar en cualquier sitio dentro de un área de un par de millas a la redonda -reportó, haciendo girar la antena direccional sin que se alterara la intensidad del sonido-. A partir de este momento, tendremos que hacer contacto visual.

Maitland atisbó por el periscopio. Adelante, el camino se ampliaba hasta convertirse en una arrugada franja de concreto destrozado, de unos cien metros de ancho, salpicada con enormes parches blancos y grises, que sugerían que alguna enorme obra de caminos se había efectuado recientemente. El tractor avanzó por el centro del camino, a quince millas por hora. A doscientos metros más adelante, el camino desaparecía en la penumbra de la corriente del viento. Al lado del camino la tierra era oscura y negra, desprovista de toda vegetación, y mostraba algunos voluminosos objetos que rodaban, tales como troncos de gigantescos árboles, bloques de mampostería, todos moviéndose de izquierda a derecha a través del camino.

Más adelante, a bastante altura, algo se vislumbró por un momento: una área de cielo claro, destacando entre la nube de polvo. Maitland lo ignoró, buscando cuidadosamente al nivel del piso.

Unos segundos después, se dio cuenta de que la faja de aire claro aún estaba frente a él.

Justamente delante, con su imponente masa velada por la tormenta de polvo, se erguía una enorme estructura piramidal, con lados de treinta metros de longitud en la base, y que se angostaban hasta el vértice, a veinticinco metros de altura. El tractor estaba ahora a un cuarto de milla de distancia y, aunque parcialmente oscurecida, la pirámide era la primera estructura que Maitland veía, durante semanas, que conservara un perfil definido. Aun desde esa distancia podía apreciar sus líneas rectas, el vértice perfectamente acabado en punta, cortando la negra corriente de aire como la proa de un trasatlántico.

Hizo un gesto a Halliday para que mirara por el periscopio. Mientras el capitán lanzaba una exclamación de sorpresa, Maitland llamó a Lanyon.

— Parece que la fortaleza de Hardoon está allá adelante, a tres o cuatrocientos metros. Es una pirámide de concreto.

— ¡Fantástico! -dijo Halliday sobre su hombro, apuntando el periscopio-. ¿Quién piensa ese maniático que es, Keops? Debe haberle tomado años.

Pasó el periscopio a Lanyon, quien asintió lentamente.

— Necesitó años o millares de hombres. Los caminos indican que ha habido un equipo de construcción de proporciones extraordinarias.

Se acercaron a la pirámide. A doscientos metros de distancia, el tractor golpeó un obstáculo de poca altura y pudieron ver que era un muro bajo, de tres metros de altura, que surgía del suelo y corría en dirección de la esquina del lado derecho de la pirámide. El muro era de tres metros de ancho, un masivo contrafuerte de concreto reforzado. Mientras se movían a lo largo del mismo, una segunda rampa aparecía sobre el desolado panorama, a su lado derecho, y se hallaron entrando en un largo sistema de muros de concreto paralelos, parcialmente diseñados como rompevientos para la pirámide, y en parte para cubrir a los vehículos que penetraran. Maitland buscó en la fachada de la pirámide, tratando de encontrar una abertura, pero su superficie aparecía tersa y continua. Gradualmente, al aumentar la altura de los muros de soporte, la mole se perdió de vista y pasaron por una angosta rampa que les llevó bajo un voladizo y después alrededor de una esquina, en ángulo recto, que conducía a un aparente callejón sin salida.

Halliday inclinó el periscopio, tratando de mirar hacia la gran masa de la pirámide, oscurecida por la corriente de polvo y grava que azotaba su superficie.

— Parece que, después de todo, no es el camino de entrada -comentó Halliday-. No hay puertas ni nada que se le parezca. Nos va a costar bastante trabajo salir en reversa. ¿Por qué no habrán puesto señales?

Repentinamente perdieron, por un momento, el equilibrio. El tractor se hundió bruscamente, se movió hacia abajo como un ascensor.

Maitland se lanzó sobre el periscopio, justo a tiempo para ver desaparecer los muros que les rodeaban. Segundos más tarde, sólo se distinguían las líneas rectangulares del cubo de un elevador. Al llegar al fondo, notaron que en la parte superior se corría una puerta horizontal cerrando herméticamente la entrada.

— Bueno, deben ser amistosos -decidió Halliday-. Me empezaba a preguntar cómo entraríamos si ellos no desearan tener trato con nosotros.

El conductor apagó los motores, mientras escuchaban que, en el exterior, alguien acercaba una escalera a su torreta. Halliday empezó a quitar los seguros de la escotilla, haciendo señas a los demás para que se levantaran.

— Estiren las piernas. Quizá pase mucho tiempo antes de que podamos hacerlo de nueva cuenta.

Abrió la escotilla, levantándola unas cuantas pulgadas, y alguien desde afuera la elevó completamente. Halliday subió, seguido por Maitland y el radioperador.

El tractor estaba en el fondo de un gran elevador de carga, que formaba parte de un subterráneo del que partían amplios túneles hacia las crujías de unos transportadores. Alrededor del tractor, montaban silenciosa guardia hombres vestidos con trajes de plástico negro y cubiertos por yelmos y armados de pistolas. Maitland reconoció los uniformes que viera en los sótanos de la casa de Marshall, dentro de unas cajas. Un hombre alto, de facciones toscas, con un triángulo blanco en el yelmo, avanzó hacia él.

— ¿A qué demonios están jugando? -gritó-. ¿Por qué diablos no usan la radio?

Su voz tenía entonación de violenta amenaza. Miró a Maitland y después a Halliday, quien ayudaba a salir al radioperador de la torreta.

— ¿Qué es esto? -preguntó en tono brusco. Sacudió violentamente a Maitland-. ¿Dónde está Kroll? Se suponía que traería a Symington. ¿Quiénes son ustedes? — ¿No está Symington aquí? -preguntó Maitland.

El otro le miró con enojo e hizo un gesto a los guardias que rodeaban el tractor. Al mismo tiempo echó mano a la funda de su pistola.

Halliday aún estaba en el techo del vehículo, deteniendo al radioperador, quien estaba a punto de bajar a tierra.

El pelotón de guardias se lanzó sobre el Titán, mientras dos o tres de ellos trataban de escalar sus costados. Maitland se encontró sujeto por el cuello, y dio un golpe con el codo a su atacante, cayendo los dos al suelo. Se desasió y lanzó golpes contra otros dos que le embistieron. Uno de ellos le golpeó con rudeza en el rostro, mientras que el otro le ceñía por la cintura y le hacía rodar por tierra, nuevamente. Mientras yacía debatiéndose, vio que el tipo grande retrocedía algunos pasos, con la pesada.45 en su mano. Entre los gritos de la pelea, rugió dos veces la automática.

Halliday bajó tambaleante por la escalera, trastabilló algunos pasos y cayó de cara al piso.

Maitland descargó un puñetazo en la espalda de uno de los hombres que yacían encima de él y se las arregló para librarse durante un momento. Trató de levantarse, pero alguien le dio un puntapié en la cabeza.

Su cerebro explotó como una cascada de luces de Bengala y se sumergió en un rugiente pozo de oscuridad.

Capítulo VIII

La Torre de Hardoon

Cuando despertó, su cabeza se movía de un lado a otro como un pistón.

Una docena de arterias palpitaban fieramente dentro de su cabeza, como ríos de dolor ardiente. Un robusto guardia, vestido con uniforme de plástico negro, con la insignia del triángulo blanco en el yelmo, se inclinaba sobre él, azotándole el rostro con la ancha palma de su mano.

Guando vio que se abrían los ojos de Maitland, le dio una última y violenta bofetada y gritó una orden a los dos guardias que le sostenían en la silla. Ellos le recargaron en el respaldo y liberaron sus manos.

Tratando de recobrar la respiración, Maitland hizo lo posible por controlarse. Su visión se aclaró y pudo ver el desnudo techo iluminado por luz fluorescente. Poco después, dejó de dolerle el rostro y bajó los ojos lentamente.

Directamente frente a él, del otro lado de un amplio escritorio, se sentaba un individuo de hombros robustos, vestido con traje oscuro. La cabeza era grande, y la frente amplia y abombada, debajo de la cual brillaban dos pequeños ojos. La boca era como una delgada cicatriz y su expresión sombría tenia un aire amenazador.

Examinó fríamente a Maitland, ignorando la saliva sanguinolenta que éste se limpiaba de los labios tumefactos. Maitland reconoció el rostro que viera en algunas raras fotografías de los magazines. Era Hardoon. Preguntándose cuánto tiempo habría pasado desde su llegada, Maitland empezó a mirar alrededor de la habitación. Hardoon se inclinó hacia adelante y golpeó el escritorio con los nudillos.

— ¿Ya está nuevamente consciente, doctor? -preguntó, con voz suave pero firme. Esperó a que Maitland le respondiera con un murmullo. Hizo una señal con la cabeza a los guardias y éstos se retiraron a la pared del fondo-. Bien. Mientras usted descansaba, sus compañeros me han informado de su hazaña. Lamento mucho que su pequeño plan haya terminado así. Debo excusarme por la estupidez de mi policía de tránsito. Nunca debieron de permitirle entrar. Por desgracia -indicó a un guardia alto y robusto, recargado en la pared cercana al escritorio-, Kroll sufrió un retraso en su regreso, de no ser así, ustedes hubieran podido continuar su viaje a Portsmouth sin ser molestados.

Examinó a Maitland durante un momento, tomando un cigarrillo de un cenicero de plata.

Maitland estaba intrigado por el interrogatorio de Hardoon, y miraba en su derredor mientras se frotaba el magullado rostro.

Estaba en una oficina, de tamaño grande, cubierta con paneles de roble. Tras él, donde se hallaban los guardias, el muro estaba cubierto con libreros, divididos por las entradas. No había ventanas, pero, en el extremo opuesto del escritorio de Hardoon, se veía la entrada en una amplia abertura remetida en el muro y cerrada por medio de un postigo.

Hardoon aspiró reflexivamente el humo de su cigarrillo.

— Creo que nuevamente soy persona non grata para las autoridades -continuó con su lenta y apacible voz-. Fue una tontería que Kroll permitiera a Marshall trasmitir nuestra posición a todo el mundo. Sin embargo, eso es otra cosa.

Maitland preguntó.

— ¿Qué ocurrió a Halliday? Le dispararon cuando llegamos.

El rostro de Hardoon se mantuvo sin expresión. Sus ojos se entrecerraron cuando fue interrumpido. -Un error trágico. Créame, doctor, aborrezco la violencia tanto como usted. Mi policía de tránsito creyó que ustedes eran la gente de Kroll. Ambos vehículos son del mismo tipo, llevan insignias iguales. Cuando se dieron cuenta de su error, naturalmente se excitaron bastante. Así suelen ocurrir accidentes.

Su tono era casual, pero aun cuando sus ojos estaban fríamente fijos en Maitland, más tarde tuvo, este último, la impresión de que la mayor parte de la atención de Hardoon estaba en otra parte. Su voz parecía estar siguiendo instrucciones dadas previamente, como los guardias que se encontraban a sus espaldas.

— ¿Dónde están los otros? -preguntó Maitland-. ¿Los dos norteamericanos y la muchacha?

Hardoon hizo un gesto con su cigarrillo.

— En el… -buscó la palabra adecuada- sector de huéspedes. Están perfectamente cómodos. El señor Symington fue ligeramente herido durante su viaje y ahora descansa en la enfermería. Un hombre útil; espero que se recupere pronto.

Maitland estudió el rostro de Hardoon. El millonario tenía unos cincuenta y cinco años, aún era físicamente poderoso, pero con ojos curiosamente opacos. A pesar de su tono firme, la voz era casi desvaída.

— Ahora, doctor, vayamos al punto. La llegada de usted y sus otros compañeros me ofrece una oportunidad de la que he decidido sacar el mayor provecho. -Cuando Maitland frunció el ceño, Hardoon sonrió con desprecio-. No, no necesito atención médica; por el contrario. Tenemos suficientes doctores y enfermeras. De hecho, encontrarán ustedes que éste es uno de los más eficientemente organizados bastiones contra la furia del viento, si no es que el mejor.

Oprimió un botón en un pequeño panel de control, en el escritorio, y se volvió ligeramente para ver los postigos del muro opuesto, indicando a Maitland, con un gesto, que hiciera lo mismo. Los postigos empezaron a remeterse. Las luces del techo se hicieron más débiles, y, al terminar de ocultarse las puertas de madera, revelaron un enorme bloque de vidrio, de un metro de grueso y el doble de ancho, aparentemente encajado en la fachada de la pirámide.

Hacia abajo se extendía el muro oriental de la pirámide. En su base estaban las rampas y el pasaje de entrada que les llevara al elevador. Más allá, oscurecido por la tormenta, se hallaba el amplio camino de acceso. La corriente del viento barría, directamente hacia ellos, los millares de fragmentos llevados a increíbles velocidades, que se disparaban de la nube en mil direcciones.

Al mismo tiempo, Hardoon oprimía otro botón en su escritorio y un altavoz, instalado en el muro, adquirió vida. Apagada al principio y después elevándose a todo volumen, se dejó escuchar la desnuda voz de la tormenta, el rugiente Niágara de sonido que persiguiera a Maitland en sus peladillas del pasado mes.

Hardoon permaneció escuchando el estruendo del viento y contemplando a través de la ventana. Parecía hundido en un ensueño privado, con el cigarrillo inmovilizado en una mano, mientras que el humo era arrastrado hacia un ventilador, en el techo. Un reóstato automático debió de estar montado en el altavoz, porque el volumen aumentó constantemente, hasta que el ruido de la tormenta llenó la oficina; una descarga de aire, como el sonido de un túnel de aire experimental a máxima velocidad.

Repentinamente, Hardoon despertó de su trance y oprimió nuevamente los dos botones. El sonido se desvaneció de súbito y los postigos se deslizaron nuevamente para cubrir la ventana.

Durante un momento, Hardoon continuó mirando la ventana cerrada.

— Su fuerza es increíble -comentó a Maitland-. La misma naturaleza en revolución, en su más pura y elemental forma. ¿Y dónde está el hombre, su principal enemigo? Ha desaparecido, derrotado finalmente, escondiéndose bajo tierra como un topo aterrorizado, o vagando a ciegas a través de oscuros túneles.

Dijo retóricamente a Maitland.

— Le admiro, doctor, y a sus compañeros. Ustedes todavía luchan contra el viento, hasta cierto punto aún conservan su iniciativa. Se mueven en la superficie del globo. Lamento mucho que haya muerto el capitán Halliday.

Maitland movió la cabeza. Finalmente se aclaró su mente, vuelta a la vida por el calor de la oficina. Decidió tomar la iniciativa en la conversación.

— ¿Cuándo empezó a construir la pirámide? -preguntó.

Hardoon se encogió de hombros.

— Años atrás. Los refugios se diseñaron, originalmente, como mi asilo personal en caso de una Tercera Guerra Mundial, pero la pirámide se terminó apenas este mes.

Maitland insistió. — ¿Qué espera obtener? ¿Absoluto control político cuando el viento amaine?

Hardoon se giró y miró fijamente a Maitland, con expresión de incredulidad en el rostro.

— ¿Es eso lo que le pasa, Doctor? ¿No se le ocurre otro motivo?

Maitland se encogió de hombros, un tanto desconcertado por la reacción de Hardoon. -La propia supervivencia, por supuesto. Con el apoyo de una organización bien gobernada.

Hardoon sonrió sombríamente. -Es asombroso, como los débiles siempre juzgan a los fuertes según sus propios criterios limitados. Precisamente por ese motivo está aquí. — Antes de que Maitland pudiera pedirle que entrara en detalle sobre ese asunto dijo: Seguramente el diseño inusual del refugio muestra mis motivos verdaderos. De hecho hasta ahora di por senado que era así. Debe de ser obvio que si la supervivencia y el mantenimiento de un ejército privado poderoso y bien equipado fuera mi objetivo, con toda seguridad no me encerraría en una pirámide al descubierto.

— Sirve como atalaya, — explicó Maitland. -Como demostró, sirve estupendamente como puesto de observación.

— ¿Para observar que? Esa ventana sólo está a sesenta pies por encima del suelo. ¿Que podría ver?

— Nada, supongo. Excepto el viento.

Hardoon inclinó ligeramente la cabeza. -Doctor, ha dado usted en el clavo. En realidad es el viento lo único que quiero ver desde aquí. Y al mismo tiempo intento que él me vea a mí. — Hizo una pausa y luego continuó. -Como el viento ha aumentado tanto, todo el mundo en el planeta ha hecho construcciones perforando en la tierra, en un intento de huir de él; excavando hacia abajo hasta llegar a mucha profundidad, buscando el refugio del manto de la tierra. Todos menos yo. Sólo yo he construido hacia arriba, me he atrevido a desafiar al viento, imponiendo el coraje y la determinación del ser humano para dominar la naturaleza. Si fuera a reclamar el poder político -lo cual niego rotundamente que vaya a hacer lo haría simplemente sobre la base de mi propia superioridad moral. Solamente yo, a la vista del mayor holocausto que jamás haya azotado el planeta, he tenido el valor moral de intentar doblegar la naturaleza. Ése ha sido mi único motivo para construir esta torre. Aquí en la superficie del globo me enfrento a la naturaleza en su propio terreno en la palestra de su elección. Si fracaso, el hombre no tiene derecho a afirmar su innata superioridad sobre la inmoderación del mundo natural.

Maitland asintió, mirando fijamente a Hardoon. El millonario habló con voz tranquila, sin emplear énfasis ni gestos. Se dio cuenta de que Hardoon era sincero, y se preguntó si ello le haría más o menos peligroso. ¿Hasta dónde estaría dispuesto a sacrificarlo todo para poner a prueba su filosofía?

— Bueno, si lo que usted dice es verdad, es un gesto espectacular. Pero seguramente hay iguales retos para nuestro valor moral en la vida diaria.

— Para ustedes, tal vez. Pero mi talento y posición me obligan a desempeñar mi papel en una escala mucho mayor. Probablemente usted piensa en mí como un megalómano insano. ¿De qué otro modo puedo demostrar mi valor moral? Para un industrial, el valor moral es menos importante que el juicio y la experiencia. ¿Qué debo hacer? ¿Fundar una universidad, otorgar un millar de becas de estudio, dar mi dinero a los pobres? El simple gesto de firmar un cheque logrará eso, y sé que eso no dará satisfacción a mi talento. ¿Volar a la luna? Estoy demasiado viejo. ¿Enfrentarme con valor al prospecto de mi propia muerte? Pero mi salud aún es vigorosa. No hay nada, no hay otro modo mediante el cual pueda probarme a mí mismo.

Maitland sonrió.

— En ese caso, solamente puedo desearle suerte. Como ha dicho, es un duelo privado entre usted y el viento. Por lo tanto, no tendrá objeción en dejarnos recoger a Symington y continuar nuestro camino.

Hardoon levantó una mano.

— Por desgracia, sí la tengo, doctor. ¿Por qué cree que lo he traído aquí? Ahora, supongo, entenderá mis motivos reales, pero, ¿los entendía hace cinco minutos? Lo dudo. De hecho, usted pensaba que estoy ávido de poder político y que aprovecharía mis intereses industriales para apoderarme de un mundo indefenso. Y así pensarán todos. No es que me importe en especial, pero me gustaría que mi posición sirviera como ejemplo para otros que se enfrenten con problemas similares en el futuro. No pretendo reclamar el mérito del valor que muestre, y el que se me acredite, lo dejaré con gusto al Homo Sapiens -Hardon hizo un gesto-. Ahora bien, por un golpe de suerte dos de sus compañeros son reporteros periodísticos, ambos son importantes miembros de su profesión. Dadas las condiciones mentales favorables y las perspectivas adecuadas, pueden preparar un registro preciso de lo que aquí tiene lugar.

— ¿Se los ha pedido?

— Por supuesto, pero como ocurre con todos los periodistas, no se interesan en la verdad, sino en las noticias. Están francamente equivocados; probablemente piensan que trato de engañarles.

— ¿Y usted desea que yo cambie su modo de pensar?

— Exactamente. ¿Cree poder hacerlo?

— Posiblemente -Maitland señaló las paredes que les rodeaban-. ¿Está usted seguro de que esta pirámide puede resistir indefinidamente la fuerza del viento?

— ¡Absolutamente! -replicó Hardoon-. Los muros tienen diez metros de espesor; resistirán el impacto de una docena de bombas de hidrógeno. Quinientas millas por hora es una velocidad trivial. Los delgados fuselajes de las naves aéreas lo resisten sin problemas.

Cuando Maitland pareció dudar, Hardoon añadió:

— Créame, doctor, no debe temer. Esta pirámide está completamente separada de los antiguos refugios antiaéreos. Eso es lo principal. Toda 4a pirámide está sobre el suelo, no hay cimentación. Los Refugios, donde usted y el resto del personal se alojan, están a doscientos metros de distancia de aquí. La pirámide resistirá ráfagas de diez mil millas por hora, de cien mil, si se puede imaginar esa velocidad. No bromeo. Con excepción de esta habitación la pirámide es un sólido bloque de concreto reforzado que pesa cerca de veinticinco mil toneladas, completamente inamovible, como los subterráneos profundos de Berlín, que ni los más poderosos explosivos pudieron destruir y que han permanecido donde están hasta ahora.

Hardoon hizo una señal a los guardias que esperaban.

— Kroll, el doctor Maitland está listo para que le muestren su alojamiento.

Mientras el gigantesco guardia se acercaba al escritorio, Hardoon miró a Maitland y añadió-: Creo que me entenderá, doctor. Usted es un hombre de ciencia, acostumbrado a pesar la evidencia, objetivamente. Pongo mi caso en sus manos.

— ¿Cuánto tiempo tendremos que permanecer aquí? -preguntó Maitland.

— Hasta que el viento amaine. Unas pocas semanas, quizá. ¿Es tan importante? No encontrará lugar más seguro. Recuerde, Doctor, aquí se está escribiendo un pie de página de la historia. Piense en otras categorías, en un contexto más amplio.

Mientras salía caminado con uno de los guardias, Maitland se percató de que los postigos de las ventanas se estaban levantando. Hardoon se sentó en su silla frente a la ventana, mirando fijamente al exterior mientras los miles de fragmentos de un mundo en desintegración pasaban vertiginosamente en un incesante bombardeo. Justo antes de que la puerta se cerrara tras Maitland el sonido del viento aumentó de forma estrepitosa.

Desde la suite de Hardoon en la parte más alta, bajaron en un pequeño ascensor por las entrañas de la pirámide hasta el túnel que comunicaba con el sistema del bunker a 200 yardas de distancia. Maitland recorrió inquieto el hormigón húmedo, consciente del enorme peso de la estructura sobre su cabeza, contando las tenues luces que formaban una línea discontinua a lo largo del túnel.

Se preguntó si serviría de algo discutir con Hardoon. Pero, como Hardoon había dicho, de momento, poniendo a un lado la cuestión de la libertad personal, serviría de poco intentar marcharse. Además, Hardoon probablemente sería inflexible al respecto. No sólo era una muestra de esto la actitud de sus guardias armados, sino que toda la organización se habría venido abajo tiempo atrás de no haberse ganado la lealtad absoluta de éstos.

A medida que se acercaban a la mitad del túnel el piso se combaba ligeramente bajo sus pies. Perdiendo el equilibrio, Maitland trastabilló contra la pared. El guardia lo sujetó con una mano. Al darle las gracias, Maitland se fijó en su rostro, que mostraba una ligera, aunque evidente expresión de alarma.

— ¿Qué sucede?- le preguntó Maitland.

El guardia, un tipo alto, de rostro delgado y barba incipiente bajo la correa del casco, puso cara de contrariedad. — ¿A qué se refiere?- Maitland se detuvo.

— Parece preocupado.

El guardia le miró con gesto tosco, atento a cualquier movimiento sospechoso, luego masculló algo vagamente. Continuaron caminando. El agua del suelo bajo sus pies cubría una pulgada. Sin lugar a dudas, Maitland se dio cuenta de que las paredes estaban moviéndose.

— ¿A que profundidad estamos aquí abajo?- preguntó.

— A cincuenta pies. Ahora puede que menos.

— ¿Quiere decir que estamos alejándonos del subsuelo? Dios Santo, el viento pronto le arrancará el tejado a estos búnkers. — El guardia gruñó. — ¿De qué se compone el subsuelo aquí-de arcilla?

— No tengo ni idea, — dijo el guardia. -De gravilla, o algo así.

— ¿Gravilla? — Maitland se detuvo.

— ¿Qué le pasa a la gravilla?- preguntó el guardia, con una expresión de inquietud.

— Nada en particular, excepto que tiende a moverse mucho. — Maitland señaló las paredes del túnel-estaban a medio camino-y preguntó: — ¿Por que hay goteras en el túnel? Las paredes están moviéndose. Deben de estar agrietadas en algún punto.

El guardia se encogió de hombros. -Espere a ver los bunkers. Parecen el pantoque de un barco.

— Pero en realidad las paredes no se mueven, ¿verdad?- Maitland examinó el nacimiento de una de las grietas en lo más alto del techo. Se hacía más ancha a medida que se aproximaba al suelo. Bajo sus pies al menos tenía seis pulgadas de ancho, lo único que impedía que se ensancharan los bordes de la grieta era el entramado de barras de refuerzo. El agua se filtraba de forma constante, abriéndose en abanico a través del cemento.

— Un par de ingenieros de Construction estuvieron aquí abajo ayer, — le comentó el guardia de forma confidencial. -Estuvieron hablando sobre como la corriente subterránea iba desmenuzando el terreno o algo así.

— Será mejor que avise al viejo, — dijo Maitland. -Se puede quedar atrapado si se llena este túnel.

— Estará bien. Tiene todo lo que necesita allá arriba. Neveras llenas de comida y agua, su propio generador.

El guardia parecía tenso a lo largo del túnel. Mientras caminaban por el túnel y esperaban a que Kroll se les uniera, Maitland echaba ojeadas atrás y veía cómo el túnel goteaba abundantemente por el centro. Las dos secciones se inclinaban hacia arriba en un ángulo de dos o tres grados.

Con Kroll a la cabeza, y deteniéndose de vez en cuando para sujetar a Maitland delante de él, avanzaron por un laberinto de corredores, escaleras y rampas ligeramente iluminadas, cruzadas por enormes huecos de ventilación y cables de alimentación eléctrica. Los generadores funcionaban ininterrumpidamente, proporcionando un continuo ruido de fondo al sonido de las botas resonando en escalones de hierro y de voces gritando órdenes. Aquí y allá, a través de alguna puerta abierta, Maitland podía ver hombres, en mangas de camisa, tendidos en camastros amontonados en los pequeños cubículos.

Bajaron por una escalera hacia el nivel más bajo de la red de subterráneos. Maitland estimó que, por lo menos, se acomodaban cuatrocientos hombres en el sistema de corredores, con provisiones suficientes como para mantenerlos seis meses. Los pasillos estaban llenos de cajas de empaque de metal y madera semejantes a las que viera en las bodegas de Marshall, rebasando la capacidad de las cámaras de almacenamiento que viera a su llegada.

Finalmente, llegaron al nivel más bajo y entraron a un húmedo y angosto callejón sin salida, al final del cual se aburrían dos guardias bajo la luz mortecina. Se pusieron en posición de firmes, al llegar Kroll, y le saludaron marcialmente, y abrieron una pequeña puerta en el muro de la derecha.

Kroll señaló la entrada a Maitland, con el pulgar, y lo empujó bruscamente a través del marco, cerrando la puerta a sus espaldas.

Maitland encontró dentro a los otros, sentados en las camas, a la rojiza luz de un bulbo montado sobre la puerta. Lanyon dejó escapar un grito de júbilo cuando vio a Maitland y le ayudó a quitarse la chaqueta. Patricia Olsen le encendió un cigarrillo y él se extendió voluptuosamente en uno de los duros colchones.

— Lo ha visto, ¿no es así, doctor? -preguntó Lanyon cuando Maitland hubo descansado durante algunos momentos-. ¿Le dijo todo lo de su posición moral respecto al huracán?

Maitland asintió, con los ojos entrecerrados por la fatiga.

— Me dijo todo. Hasta me mostró el viento golpeando en su ventana mágica. Obviamente no está en sus cabales.

— No estoy seguro -interrumpió Bill Waring, el otro reportero. Estaba sentado en una cama, fumando pensativamente un cigarrillo-. De hecho, su instinto de conservación puede ser mayor de lo que creemos. Es el establecimiento más organizado que he encontrado. Tres o cuatrocientos hombres disciplinados, media docena de grandes vehículos, una estación de radio, agentes en todo el país. Es una unidad militar realmente bien organizada. La moral es alta. Me imagino que tendremos que pensar en la siguiente etapa, cuando se dé cuenta de que realmente puede hacerse cargo de todo, cuando cese el viento, si así lo desea.

Patricia Olsen, descansando en otra de las camas, se manifestó de acuerdo con él.

— Entonces descubrirá otra motivación moral, por supuesto. -Se estremeció-. ¿Pueden imaginarse al amigo Kroll como vicepresidente ejecutivo?

Lanyon le sonrió.

— Pierde cuidado. Mientras Hardoon necesite una atractiva periodista por aquí, estarás a salvo. -Se volvió a Maitland, bajando la voz y mirando hacia la puerta-. En serio, he estado tratando de imaginar algún medio de salir de aquí.

— Estoy con usted -dijo Maitland-. Pero, ¿cómo?

— Bien, justamente estaba explicando a Pat y Bill que posiblemente el medio más rápido es que le sigan la corriente a Hardoon, produciendo una extravagancia llena de colorido acerca de este héroe solitario resistiendo el viento y cosas por el estilo. Si se asegura de nuestra sinceridad, probablemente lo convenzamos de que la historia deberá tener una difusión mundial de inmediato.

— Para dar valor y ejemplo a todos •-concluyó Bill Waring-. Para ayudarnos a mantener la moral. Estoy de acuerdo en que es la mejor política.

Pat Olsen asintió.

— Podemos hacerlo con facilidad. Si tienen una cámara de cine por aquí, podremos tomarle algunas.películas en su atalaya. -Movió la cabeza tristemente-. Por Dios, realmente está loco el pobre.

— ¿Dónde están el radioperador y el conductor? -preguntó Maitland.

— Se unieron a las fuerzas locales -dijo Lanyon. Con una sonrisa añadió-: No adopte esa actitud de disgusto; es una tradición militar establecida. Kroll hasta me ofreció el grado de cabo en sus fuerzas.

Durante cinco días permanecieron encerrados en el refugio. Las puertas del corredor permanecieron sin abrir. Dos veces al día les traían los alimentos un par de guardias, pero, aparte de alguna inspección de rutina ocasional, les dejaron virtualmente a solas. Los guardias eran bruscos y poco comunicativos, y se percataron de que en los niveles superiores tenía lugar algún tipo de actividad que mantenía ocupado a la mayoría del personal durante buena parte del día y de la noche.

Su bunker se hallaba en el nivel más bajo del sistema, a unos 200 pies bajo el suelo. El pasillo discurría junto a unos pequeños aseos y llegaba hasta una escalera de caracol que llevaba hacia arriba hasta el siguiente nivel, y Maitland tuvo la impresión de que un gran número de anexos similares se habían construido partiendo del principal grupo de refugios.

El aire, transportado hasta ellos por un pequeño ventilador, era húmedo y acre, y con frecuencia se mezclaba con los gases de los motores diesel, de forma regular iba variando la presión desde una fuerte ráfaga que dejaba la habitación helada, salpicándolo todo con un polvo graso, hasta un suave chorro de aire caliente que les incomodaba y les sumergía en un sopor.

Maitland achacaba esto a la contaminación del monóxido de carbono, y preguntó a uno de los guardias si podía comprobar la tubería de entrada de aire, probablemente ensamblada en los muelles de carga. Pero el hombre no se mostró dispuesto a cooperar.

Mientras Pat Olsen y Waring empezaron a urdir su versión de la postura de Hardoon contra el viento, Lanyon y Maitland hicieron lo que pudieron para planear la evasión. Maitland solicitó varias veces una entrevista con Hardoon; sin embargo, no obtuvo ningún resultado. Y tampoco consiguió ninguna información sobre Andrew Symington.

Había algo de lo que se libraban — el monótono zumbido del viento. En lo más profundo del bunker, no podían oír nada excepto el grifo goteando en el aseo y los sonidos de zapatos metálicos golpeando las escaleras arriba. Su energía se apagaba por las noticias de que no había indicios de una disminución del viento — de hecho, la velocidad había aumentado drásticamente hasta 550 mph se desplomaban en las camas, medio dormidos, drogados por le monóxido de carbono.

Despertándose algo después de media noche, Maitland daba vueltas en la cama, intentando volver a dormirse, luego se tumbó boca arriba iluminado por la débil luz roja de la bombilla indicadora de la tormenta, escuchando los ruidos de sus compañeros dormidos. Su cama estaba junto a la puerta, con Lanyon a sus pies, y Waring y Pat Olsen en la pared opuesta bajo el ventilador.

Afuera en el pasillo unos cuantos sonidos nocturnos se sucedían en la oscuridad -tuberías de vapor chirriando, ordenes que se gritaban, mercancías cargándose y descargándose en uno de los almacenes del siguiente nivel.

Un rato más tarde se despertó de nuevo sudando por la tensión. Todo a su alrededor se hallaba extrañamente tranquilo, la respiración de sus compañeros obviamente era dificultosa.

Luego se dio cuenta de que el ventilador se había parado, su continuo movimiento similar al de un fuelle ya no ocultaba los otros ruidos del bunker.

Un solo sonido destacaba del resto, el regular ping, ping, ping de un grifo goteando, en un lavabo sólo a unos cuantos pies de él.

Inclinando la cabeza, Maitland de repente vio el goteo moverse en el aire, el diminuto destello de luz reflejado en la lámpara roja indicadora de la tormenta.

Involuntariamente, se sentó apoyándose en un codo, retirando el trozo de lona que le servía de manta.

¡El goteo! Las gotas se sucedían a intervalos de medio segundo, la cadencia iba en aumento a medida que escuchaba.

Retiró las piernas de la cama y puso los pies en el suelo, luego miró hacia abajo asombrado de ver un charco de agua que casi le llegaba a los tobillos.

— Lanyon! Waring! — gritó. Subió de un salto mientras los otros se despertaban trabajosamente y se puso las botas de cuero. Waring echó un vistazo al silenciosos hueco del ventilador, desde donde había surgido un chorrillo continuo de agua, abriéndose paso hasta el centro del suelo.

— ¡No fluye el aire!- Waring les gritó a los otros. Debe de haber una avería en alguno de los puntos de arriba.

Lanyon y Maitland fueron chapoteando hasta la puerta para aporrear los paneles gritando tan fuerte como podían. Sobre sus cabezas, en algún lugar de las escaleras superiores, pudieron oír sonidos de pies corriendo en todas direcciones y de mamparos siendo aporreados.

Agua negra y aceitosa fluía constantemente por debajo de la puerta, llegando hasta las paredes. Pat Olsen saltó sobre a cama de Maitland y se puso en cuclillas sobre la barra. Afuera en el pasillo el agua subía hasta tres o cuatro pulgadas, y salpicaba ruidosamente escaleras abajo. Mientras Maitland y Lanyon golpeaban con el hombro la puerta de acero, el chorro del ventilador de repente aumentó, lanzando una descarga de agua que chocaba contra sus espaldas.

Lanyon retiró a Maitland, y señaló una de las camas. — ¡Ayúdame a desmontarla! Puede que podamos usar las barras trasversales como palanquetas.

Con rapidez quitaron los colchones de las camas, arrancaron el caballete y soltaron las dos barras de sujeción, los pesados pernos les hacían cortes en los dedos. Después de soltar las piezas de hierro angulares, metieron los extremos puntiagudos en la estrecha abertura entre la puerta y la pared de hormigón, desprendieron lentamente la parte superior, de la plancha de acero, de su marco. Tan pronto como se hubo despegado algunas pulgadas, Lanyon introdujo la otra barra para ampliar la abertura hasta el ancho suficiente para dejarlos salir.

Fuera, en el corredor, sólo brillaba la luz roja de la lámpara que arrojaba reflejos siniestros sobre las oscuras aguas.

Cuando abandonaron el cuarto, ya el agua llegaba al nivel de las camas y dos de los colchones flotaban al capricho de la corriente. Lanyon encabezaba al grupo, cuando atravesaron el corredor, en dirección de las escaleras. Cuando ascendían por ellas, el agua, que bajaba en cascada por los escalones, cubría ya casi la total altura del túnel inferior.

En el siguiente nivel, hicieron una pausa en la bifurcación de dos corredores que formaban ángulo recto. El flujo del agua seguía la sección de la derecha, saliendo a través de las destrozadas puertas de una serie de cuartos de almacenamiento.

Lanyon señaló hacia su izquierda, donde media docena de guardias amontonaban sacos de arena, a través del corredor, preparándose para cegarlo con un pesado mamparo.

— ¡Esperen! -les gritó-. ¡No cierren aún!

Empezó a correr hacia ellos, pero los guardias le ignoraron. Cuando Lanyon llegaba al mamparo, ellos pusieron en su sitio los travesaños, dejando al norteamericano golpear impotente contra las enormes planchas.

Maitland trató de mover uno de los sacos que estaban llenos de cemento, de fraguado rápido, que y* sellaban la trinchera en piso y paredes, mientras el agua del corredor subía de nivel. Sacudió a Lanyon por el hombro.

— Vamos, vayamos a la superficie. No tiene caso quedar atrapados aquí con estas ratas. Debe haber un hundimiento de grandes proporciones en algún sitio. Una vez encima, estaremos a salvo.

Subiendo por la escalera, pasaron por los dos niveles siguientes. Gradualmente disminuyó el flujo del agua y, para cuando llegaron a la parte superior del cubo de la escalera, ya había desaparecido totalmente. En cada uno de los cuatro niveles, los ocupantes de los subterráneos tenían mamparos y muros de contención levantados a través de los corredores, aislando el reducto central del lado izquierdo, de las escaleras y bodegas inundadas de la derecha. Waring y Pat Olsen se sentaron contra la pared de la escalera, tratando de exprimir el agua de sus ropas, pero Lanyon les gritó:

— ¡Vamos, no podemos quedarnos aquí! Si otra de esas paredes cede, todo quedará inundado. Nuestra única oportunidad es llegar hasta la pirámide de Hardoon.

Uno a uno entraron al túnel de comunicación, ahora sumido en la oscuridad total, guiándose por las paredes. Estas se inclinaban, como si el pasillo se torciera longitudinalmente. El agua se acumulaba del lado izquierdo, con más de tres pulgadas de profundidad. En la cama de grava, de los alrededores, se abrieron tremendas fallas al arrastrar el torrente subterráneo enormes cantidades de tierra.

Llegaron al extremo del túnel, y subieron por una corta escalera hasta el ascensor que conducía a las habitaciones de Hardoon.

Lanyon se volvió hacia Waring.

— Bill, quédate aquí con Pat, mientras que Maitland y yo vemos si podemos llegar hasta Hardoon.

Entró con Maitland al elevador. Se limpió el rostro con la manga, escupiendo flemas aceitosas y oprimió el botón marcado TECHO.

A medio camino el elevador osciló, sacado momentáneamente de sus rieles y golpeando contra la pared trasera del cubo.

Lanyon oprimió el botón, de nueva cuenta.

— Maldita sea, sentí como si se moviera todo el edificio -comentó a Maitland.

— Imposible -dijo Maitland-. Un vendaval de quinientas millas por hora no movería jamás esta mole de concreto. Debe ser alguna corriente de aire en el cubo del ascensor.

El elevador rechinó al continuar su ascenso y finalmente se detuvo. Maitland abrió las puertas. Salieron al desierto vestíbulo donde brillaba aún una luz sobre el escritorio de recepción.

Al acercarse a las puertas de la oficina de Hardoon, escucharon el sonido del viento golpeando contra los paneles, y, por un momento, Maitland se preguntó si la ventana del observatorio de Hardoon se hubiera roto. Se dio cuenta entonces de que las puertas de madera de la oficina hubieran sido arrancadas de sus bisagras en una fracción de segundo.

Lanyon asintió y se lanzaron de cabeza.

En el cuarto el ruido del viento retumbaba alocadamente en sus oídos, con mayor intensidad de lo que jamás hubieran oído. Intacto y aparentemente en el mismo corazón de la vorágine, rebotaba en las paredes y en el techo como la onda expansiva de una gigantesca explosión. La fuerza de la detonación aturdió a los dos hombres, y se quedaron parados en el umbral sin saber que hacer, intentando localizar el originen de ésta.

El cuarto estaba a oscuras, la única iluminación se filtraba desde la ventana de observación. Hardoon se detuvo delante de ésta, con el rostro a un pie del cristal, la luz parpadeante bailaba por su rostro de duras facciones como las llamas de algún infierno cósmico. Estaba tan concentrado en el viento que Maitland vaciló antes de volver a avanzar, frenado tanto por el intangible poder de la presencia de Hadrón como por los sonidos del huracán aporreando la ventana.

De repente, una segunda figura más alta salió de la oscuridad detrás de Hardoon, se inclinó sobre el escritorio y apretó un botón en el panel de control.

Inmediatamente los sonidos se apagaron y las luces del techo se encendieron. Hardoon miró por encima el hombro sorprendido. Se recuperó de la sorpresa y con impaciencia vio a Kroll, que apuntaba con su pistola a Maitland y Lanyon.

Maitland gritó: -Hardoon! ¡Escucha, por el amor de Dios! ¡Los bunkers se están inundando y los cimientos están agrietándose!

Hardoon dirigió su rostro hacia él con la mirada ausente, aparentemente inconsciente de la identidad de Maitland. Su miraba se dirigía hacia algún punto detrás de la cabeza de Maitland. Después se movió de nuevo hacia Kroll chasqueando los dedos y se giro de nuevo hacia la ventana.

— Hardoon! — gritó Maitland. Él y Lanyon empezaron a avanzar, pero Kroll rodeó el escritorio con rapidez y la gran pistola automática les hizo detenerse.

— ¡Daos la vuelta, los dos!- dijo bruscamente, empujando hacia atrás a Maitland con un pesado puño. Se desviaron entrando en el hall, y Kroll cerró las puertas tras de sí. Moviendo el cañón del arma los condujo dentro del ascensor, se separó dos yardas de ellos, con la mano izquierda en el interruptor de control, listo para cerrar las puertas, con la izquierda apuntando primero a Lanyon y luego a Maitland.

— Kroll!- gritó Maitland. -¡Los refugios se están viniendo abajo! Cuatrocientos hombres están atrapados allá. Tienes que sacarlos y traerlos aquí.

Kroll asintió con frialdad, con los labios apretados y los ojos como cinceles negros bajo el visor del casco. Alzó el cañón hasta la cabeza de Maitland, los músculos de la mandíbula estaban tensos, dando a la piel un aspecto nudoso.

Cuando el dedo empezó a presionar el gatillo, Maitland se dejó caer sobre sus rodillas, intentando evitar la bala. Alzó la mirada y vio a Kroll gruñendo y apuntándole de nuevo. Lanyon había retrocedido hasta uno de los lados de la cabina del ascensor, y golpeaba frenéticamente los botones.

Esperando a que la bala se incrustara en su cráneo, Maitland bajó la cabeza.

De repente, sin previo aviso, el suelo se inclinó bruscamente, lanzándole contra un lado del ascensor. Mientras se enderezaba oyó el disparo y sintió como la bala le rozaba la cabeza e impactaba en el revestimiento de cuero, abriendo un agujero de tres pulgadas. Kroll perdió el equilibrio y tropezó con la mesita junto al mostrador de recepción.

Mientras se ponía de pie, maldiciendo entre dientes, Maitland con un moviendo rápido intentó arrebatarle la pistola automática que sujetaba sin fuerza. Sobre sus cabezas las luces oscilaban de forma tétrica, y el suelo permanecía ligeramente combado.

— Lanyon!- gritó Maitland. — ¡Coge el arma!

Tras él, Lanyon salió corriendo del ascensor y se abalanzó sobre Kroll.

Mientras trastabillaban por el suelo inclinado, Lanyon descargó un fuerte golpe en el cuello de Kroll, impactando sobre éste con toda la fuerza de su cuerpo. Kroll se tambaleó con el golpe, sujetando a Maitland con el brazo izquierdo, al intentar quitarle la pistola Maitland le había sujetado con ambas manos.

Por un momento lucharon con tenacidad. Golpeando con la cabeza, Kroll impactó con su casco en el rostro de Maitland. Éste se quedó sin aire y se sentó en el suelo, agarrando la chaqueta de Kroll con una mano y tirando hasta hacerle caer sobre él. Kroll se puso de rodillas, sentándose a horcajadas sobre Maitland, y se liberó de la mano de éste con un giro brusco hacia la izquierda. Mientras colocaba con rapidez su dedo índice en el gatillo del arma y apuntaba al pecho Maitland, Lanyon cogió un enorme cenicero de cristal del mostrador de recepción junto a ellos y descargó un golpe con el borde justo en la parte del cuello que no estaba protegida por el casco de Kroll.

La corpulenta figura empezó a desplomarse y Lanyon se abalanzó sobre él y agarrándolo por el hombro descargó otro golpe nuevamente en el rostro con el cenicero, haciéndole caer de espaldas, sobre la cubierta del escritorio.. -Está listo -jadeó Maitland. Se puso en pie y se recargó en la pared mientras Kroll se deslizaba pesadamente hacia el piso, escurriendo sangre de la herida bajo su oreja. Maitland recogió la pistola.

— ¡Qué cerca estuvo!

Lanyon trataba de conservar el equilibrio en el piso inclinado.

— ¿Qué demonios pasa? ¡Parece que la pirámide se ladea!

La luz indicadora de llamada, de la parte baja, se dejó ver en el panel encima de la puerta del elevador.

— ¡Alarma! -dijo Lanyon-. Vamos, salgamos de aquí.

— Espere un.minuto -le dijo Maitland. Sujetó la automática cuidadosamente y se dirigió a la oficina de Hardoon, avanzando sobre el piso inclinado.

El cuarto estaba a oscuras, recibiendo luz únicamente a través de la ventana de observación. El piso estaba cubierto de libros caídos de los altos estantes, y las mesas y sillas se deslizaron hasta la pared opuesta. Hardoon, después de perder el equilibrio, trataba de regresar a la ventana, apoyándose en su escritorio.

Maitland empezaba a moverse en su dirección cuando el piso se inclinó nuevamente. Se tambaleó y vio a Hardoon vacilar mientras más libros caían de los estantes, como fichas de dominó. Hardoon recobró el equilibrio y se sujetó del marco de la ventana con ambas manos.

Maitland rodeó el escritorio para llegar hasta donde Hardoon y le tocó en el hombro. El millonario ce volvió para verlo con una mirada ciega.

— ¡Hardoon! -gritó Maitland-. ¡Vámonos de aquí!

Hardoon se sacudió de él y volvió a la ventana. Durante algunos segundos contempló Maitland la escena del exterior. El viento soplaba a velocidad colosal, dejando, a veces, las oscuras nubes contemplar los vagos contornos de los refugios de la parte inferior. Los dos largos muros de contrafuerte habían desaparecido. En su lugar, se abría una enorme barranca en el piso, por lo menos de treinta metros de profundidad, y un gran torrente de agua fluía de la boca de una enorme grieta y corría justamente debajo de la esquina del lado izquierdo de la pirámide, llevando constantemente una carga, en aumento, de escombros arrancados a los expuestos costados. En la extrema izquierda, sobresaliendo de la pared de la barranca, Maitland pudo ver los contornos precisos y rectangulares de una parte del principal sistema de subterráneos, cruzando la barranca como un puente. Habiendo estado antes a quince metros bajo el nivel del suelo, ahora estaba completamente expuesto en un tercio de su longitud. Detrás estaban los bordes y muros de otras porciones del refugio subterráneo, mientras que su peso, ya sin soporte, producía enormes grietas en su superficie.

El piso se inclinó de nueva cuenta, haciendo caer a los dos hombres. Maitland se enderezó y ayudó a Hardoon a ponerse en pie. El industrial volvió desesperadamente a la ventana.

— ¡Hardoon! -gritó Maitland nuevamente-. ¡La pirámide se está venciendo! ¡Por el amor de Dios, salga de aquí mientras pueda hacerlo! Mire hacia abajo y dése cuenta de que los cimientos están siendo arrastrados por la corriente.

Hardoon le ignoró. Con los ojos vidriosos, miró, obsesivamente hacia el exterior, hacia el torbellino de aire negro.

Maitland vaciló y le abandonó. Mientras cruzaba el cuarto, el piso se hundió abruptamente y uno de los libreros cayó hacia adelante y destrozó una silla. Maitland lo evitó y, al llegar a la puerta, hizo una pausa para volverse a mirar por última vez a Hardoon. Ya el ángulo del piso ara de casi diez grados, y el millonario miraba hacia el cielo como algún super héroe wagneriano en Uri Valhalla en estado de asedio.

— ¡Maitland! -le urgió Lanyon. Estaba de pie, al lado del elevador, haciendo gestos de impaciencia. En el piso, a su lado, Kroll se agitaba lentamente.

Maitland entró rápidamente en la cabina del ascensor.

— Le dejaremos aquí -dijo a Lanyon-. Tal vez pueda salvar a Hardoon. -Oprimió el botón para bajar y el ascensor se deslizó lentamente.

Waring y Patricia Olsen se agazapaban ansiosamente cerca de la entrada del túnel, cuando ellos salieron del ascensor, mirando ansiosamente el techo que se inclinaba más por momentos.

— Es muy posible que la pirámide se desplome -dijo Maitland-. Nuestra única oportunidad es regresar a los subterráneos. Una vez que el torrente atraviese la pirámide, éstos se vaciarán nuevamente. Están encima del fondo de la barranca.

Mientras regresaban al túnel la pirámide se sacudió violentamente, lanzándolos contra la pared. Unas grietas profundas habían aperecido en el cemento. Comenzaron a correr, Maitland y Lanyon ayudaban a Patricia Olsen. A mitad de camino en el túnel se produjo una sacudida tan tremenda que les hizo caer de rodillas. Al volver la vista vieron combarse una pequeña sección del pasillo, sus paredes se retorcían como si fueran de cartón. En ese mismo instante volvieron a oír el sonido del viento rugiendo.

Llegaron a la entrada que estaba en la parte más alejada. Dentro, como había previsto Maitland, los pasillos se habían vaciado de agua pero los mamparos seguían sellados tras el parapeto.

Al volver la vista atrás hacia el túnel por última vez, Maitland vio la sección levantarse bruscamente 20 yardas en el aire como si fuera un puente levadizo. Por un momento hubo una cascada de mampostería y de piezas de acero desgajadas, y luego todo el túnel se contrajo hasta mostrar una franja cegadora de luz diurna. Succionado fuera de la todavía intacta sección del túnel añadida al bunker, el aire golpeo a Maitland con gran presión, y lo empujó hacia adelante una docena de pies antes de poder sujetarse a un saliente en una de las paredes.

Por la abertura pudo echar un vistazo al enorme barranco de abajo, como la zanja de cien yardas de ancho que servía de paso inferior con seis carriles. El polvo y la gravilla volaban oscureciendo los bordes, restallando al entrar en el dispositivo que medía el flujo de líquido, pero pudo ver la gran mole de la pirámide irguiéndose sobre su cabeza. El barranco se encontraba justo debajo de ésta, pero por lo menos dos tercios de su base todavía descansaba sobre terreno sólido, la porción que colgaba permitía ver la pieza en forma de L del túnel comunicante que sobresalía por debajo. La pirámide se había inclinado unos diez grados, quebrando el túnel en dos como si fuera una paja.

Alzando la vista, Maitland intentó identificar la ventana de observación en la cúspide, pero se encontraba tapada por la nube negra formada por las partículas de la detonación.

— ¡Maitland!- oyó a alguien gritarle desde detrás, pero fue incapaz de apartar la vista del espectáculo que tenía delante. Como un enorme mastodonte de madera, la pirámide se erguía dentro de la tormenta de viento, la precaria porción de terreno sobre la que se alzaba iba desmenuzándose yarda a yarda a la vista de Maitland. El barranco se hacía más profundo a medida que el canal se agrandaba, ahora que la oclusión del sistema del bunker había desaparecido. Durante unos segundos la pirámide quedó suspendida en el aire completamente, conservando un equilibrio angustioso y sostenida tan sólo, en apariencia, por las fuerzas adhesivas del suelo en que la pequeña porción de su base aún descansaba.

Con un sacudimiento final, se inclinó sobre el borde y, entre una cegadora explosión de polvo y rocas que volaban en todas direcciones, cayó de costado en la barranca. Durante algunos momentos su mole gigantesca surgió de las nubes de escombros, con el vértice apuntando oblicuamente hacia abajo, descansando sobre una cara lateral. Entonces empezó a cubrirla el viento, enterrándola completamente bajo enormes montones de polvo.

Aturdido, Maitland contemplaba la escena de la cataclísmica convulsión. A su lado encontró a Lanyon, con el brazo estrechando a Patricia Olsen, y Waring a espaldas de ambos. Miraron a la cima, contemplando las nubes de polvo pasar a increíble velocidad. Torpemente retrocedió el pequeño grupo, a lo largo del breve trecho de túnel, y pasó al corredor.

Waring y Patricia Olsen se sentaron en el escalón superior de la escalera. Lanyon se recargó en la pared mientras que Maitland se tendía en el piso.

— Creo que conseguiste tu historia por fin, Pat -dijo Maitland a la chica.

Ella asintió, ajustándose la capucha de su chaqueta para protegerse el rostro del frío.

— Sí, y tal vez casi no lo creo ahora. Parece el final de todo.

— ¿Y ahora qué hacemos, comandante? •-preguntó Waring-. No estamos mucho mejor que antes, ¿no es así? Es cuestión de horas para que este sitio empiece a hacerse pedazos como los restos de un barco que ha naufragado.

Lanyon trató de poner en orden sus pensamientos. Por ambos lados los corredores estaban sellados por pesados mamparos, bloqueados con sacos de cemento. Él y Maitland examinaron las grietas que aparecían en el techo. Ya sin el soporte de la tierra que los aprisionara, los subterráneos se rompían por su propio peso. Como dijera Waring, pronto la escalera y los segmentos de los corredores se desprenderían y caerían al fondo del barranco.

— Veré las escaleras -dijo Lanyon a los otros-. Tal vez estemos más seguros en la parte inferior.

Bajó cautelosamente, tratando de ver en la penumbra. Apenas descendió unos cuantos pasos, cuando su pie se hundió en el agua. Se inclinó para tocarla y se encontró con que el cubo de la escalera estaba lleno. Los tres niveles inferiores se hallaban totalmente inundados.

Se reunió con los otros. Estaban en el corredor de la izquierda, al lado de la trinchera de sacos de cemento. Maitland señaló a Lanyon y éste pudo ver que una de las grietas del techo de la escalera, era ahora de medio metro de ancho, una profunda fisura en el espeso concreto que se habría perceptiblemente, moviéndose en bruscos espasmos mientras las varillas de acero, de la armazón, se trozaban una a una como los dientes de un gigantesco cierre relámpago.

Repentinamente, antes de lo esperado, toda la sección del ángulo del subterráneo que contenía la escalera y el descanso, se torció y se deslizó hacia la hondonada entre una nube de polvo blanco. Solamente una angosta saliente del techo les separaba de la corriente de aire, pero encima de ésta se hallaba otra tambaleante sección de mampostería, un enorme trozo de la pared original, balanceándose sobre su tallo de varillas de acero. La mayoría de ellas estaban trozadas, y la gigantesca losa, un bloque que pesaría quince o veinte toneladas, se inclinaba lentamente hacia ellos.

Viéndola, Patricia empezó a gritar sin poder contenerse, pero Lanyon pudo calmarla por un instante, mirando desesperadamente a su alrededor para buscar una posible escapatoria. La única posibilidad parecía ser deslizarse hacia la barranca, esperando encontrar alguna angosta oquedad en la cual pudieran protegerse de la amenaza que se cernía sobre ellos.

Rápidamente tomó a Patricia del brazo y empezó a conducirla hacia el borde. Ella se resistió desesperadamente, asiéndose aún a la precaria protección de que momentáneamente gozaran.

— ¡No, Steve! ¡Por favor, no puedo!

— ¡Querida, tienes que hacerlo! -gritó Lanyon para dominar el aullido del viento. Le torció el brazo y la arrastró con él, aferrándose al destrozado borde para poderla empujar hacia afuera.

— ¡Lanyon! ¡Espere! -Maitland le detuvo sujetándole por el hombro, y tiró de Patricia antes de que ésta cayera al vacío-. ¡Mire! ¡Allá arriba!

Todos volvieron la vista hacia donde él les indicara. Milagrosamente, la gran sección del muro que se levantaba sobre sus cabezas, retrocedía lentamente en contra del viento. Una lluvia de piedras y trozos de escombro, que volaban, se estrellaban contra su expuesta superficie, y por alguna extraordinaria inversión de las leyes de la naturaleza, ya no cedía a la enorme fuerza del viento.

Asombrados, contemplaron el increíble desafío, interviniendo como un acto divino para salvarlos.

Repentinamente, Maitland gritó y empezó a golpear como un loco en el muro. Durante un momento se desahogó histéricamente hasta que Lanyon y Waring le sujetaron para calmarle.

— Aguarde, doctor -le gritó Lanyon-. Contrólese por favor.

Maitland se libró de ellos con una sacudida.

— ¿Se da cuenta de qué sucede, Lanyon? ¿Por qué está cayendo ahora el muro en contra del viento? ¿No se da cuenta? -Cuando le miraron con asombro, les gritó-. ¡El viento se está calmando! ¡Finalmente se agotó su fuerza!

Ciertamente, el gran fragmento de muro se movía lentamente contra el viento. Maitland señaló al cielo que le rodeaba.

— ¡El aire es ya más ligero! El viento está amainando, se puede oír perfectamente. ¡Finalmente ha disminuido su furia!

Miraron al otro lado de la barranca. Como dijera Maitland, la visibilidad aumentaba hasta seiscientos metros. Podían ver con claridad a través de los negros campos, más allá de los dominios de Hardoon, y se notaban hasta los restos de un camino que rodeaba la periferia. El cielo mismo estaba más claro, y las ráfagas grises que lo cruzaban se inclinaban hacia el suelo.

Como un carrusel cósmico, al final de su carrera, la tormenta de viento perdía velocidad lentamente.

F I N

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05/03/2010