Ésta es una época oscura, una época de demonios y de brujería. Es una época de batallas y muertes, y del fin del mundo. En medio de todo el fuego, las llamas y la furia, también es una época de poderosos héroes, de osadas hazañas y de grandiosa valentía.
En el corazón del Viejo Mundo se extiende el Imperio, el más grande y poderoso de todos los reinos humanos. Conocido por sus ingenieros, hechiceros, comerciantes y soldados, es un territorio de grandes montañas, caudalosos ríos, oscuros bosques y enormes ciudades. Y desde su trono de Altdorf reina el emperador Karl Franz, sagrado descendiente del fundador de esos territorios, Sigmar, portador del martillo de guerra mágico.
Pero estos tiempos están lejos de ser civilizados. Por todo lo largo y ancho del Viejo Mundo, desde los caballerescos palacios de Bretonia hasta Kislev, rodeada de hielo y situada en el extremo septentrional, resuena el estruendo de la guerra. En las gigantescas Montañas del Fin del Mundo, las tribus de orcos se reúnen para llevar a cabo un nuevo ataque. Bandidos y renegados asuelan las salvajes tierras meridionales de los Reinos Fronterizos. Corren rumores de que los hombres rata, los skavens, surgen de cloacas y pantanos por todo el territorio. Y, procedente de los salvajes territorios del norte, persiste la siempre presente amenaza del Caos, de demonios y hombres bestia corrompidos por los inmundos poderes de los Dioses Oscuros. A medida que el momento de la batalla se aproxima, el Imperio necesita héroes como nunca antes.
AHORA…
Primavera 2522
Había amanecido hacía tan sólo unos minutos y ya había hombres agonizando. Desde donde estaba arrodillado, junto a las brasas de una fogata, Kaspar oía los gritos de dolor que transportaba el viento frío al soplar por la boca del valle, y en silencio encomendó sus almas a Sigmar, o a Ursun, o a Ulric, o a cualquier deidad, si la había, pendiente de ellos en aquella mañana inhóspita.
Jirones de niebla flotaban sobre la tierra mientras un sol tímido trepaba por el pálido cielo para sustituir a la descendiente luna llena y lanzaba una luz mortecina sobre el valle en el que dos ejércitos saludaban el nuevo día y se disponían a destrozarse. Kaspar estaba entumecido; se masajeó la rodilla hinchada e hizo una mueca de dolor cuando le crujieron los envejecidos huesos. Era demasiado viejo para volver a dormir en el suelo, y a causa del frío le dolía todo el cuerpo.
Miles de hombres llenaban el valle: piqueros de Ostland, alabarderos de Ostermark, arqueros de Stirland, Kossars de Erengrado, espadachines de Praag y los supervivientes ensangrentados de los regimientos atrapados en Kislev después de la masacre de Zhedevka. Se alzaron de entre las mantas y avivarón en seguida las fogatas. Desde donde se encontraba, Kaspar podía ver tal vez dos tercios del ejército, unos siete mil hombres del Imperio y otros nueve mil de la ciudad de Kislev y de las stanistas circundantes. La niebla y la inclinación del terreno se confabulaban para ocultar de su vista otros seis o siete mil guerreros.
Hacía muchos años que no comandaba soldados en combate, y el hecho de pensar en enviar a la muerte a aquellos bravos hombres, de los cuales algunos apenas tenían edad de afeitarse, le producía una tristeza familiar y le hacía sentirse humilde.
Centenares de caballos relinchaban y pateaban, irritados por la presencia de tantos soldados y por el olor a carne asada. Los escuderos apaciguaban a los corceles de sus amos con palabras tranquilizadoras, mientras los lanceros kislevitas coloreaban las crines de sus monturas con pinturas de guerra y sujetaban estandartes emplumados en las sillas. Miembros del clero kislevita, con túnicas negras, recorrían el ejército e iban bendiciendo a su paso hachas, lanzas y espadas, mientras sacerdotes de Sigmar recitaban en voz alta textos de los Cánticos del martillo del héroe. Algunos hombres pretendían haber visto un cometa de cola bífida durante la noche y, dado que nadie estaba demasiado seguro de lo que presagiaba, los sacerdotes interpretaron aquello como un signo de que la deidad encargada del Imperio estaba de su parte.
El propio Kaspar había soñado con el cometa, lo había visto resplandecer en el firmamento y bañar la tierra con su luz divina. Había soñado que el Imperio se veía arruinado por la guerra, que sus imponentes ciudades eran derribadas y sus gentes exterminadas: Altdorf ardía bajo el fuego de los conquistadores, la norteña fortaleza de Middenheim se hallaba anegada en sangre y sus habitantes colgados por las entrañas en lo alto de la Fauschlag. Bárbaros hombres del norte y bestias monstruosas que caminaban a dos patas se desmandaban por las antiguas calles de su querida Nuln, devastando y quemando todo lo que encontraban, mientras un joven de cabellos dorados, empuñando martillos de la herrería de su padre, se alzaba para hacerles frente.
Desechó tan melancólicos pensamientos y avanzó a través del ejército. Había dormido separado de sus camaradas porque se sentía incapaz de olvidar su culpa y no quería compartir su pena después de lo que había hecho la semana anterior al pie de la Gora Geroyev.
Carros pesados, cargados con sacos de pólvora y proyectiles, se abrían paso entre el fango mientras arrieros sudorosos y robustos conductores se esforzaban para impedir que se atascaran en el lodo. Avanzaban dando bandazos hacia la elevación del terreno en la que los estandartes de la Escuela Imperial de Tiro ondeaban sobre macizas hileras de pesados cañones. Junto a los artilleros, que esperaban la orden de abrir fuego, había braseros humeantes; los ingenieros, con las casacas azules y rojas de Altdorf, hundidos en pozos artilleros fortificados detrás de los cañones, calculaban el alcance de los morteros.
Kaspar dio la vuelta en torno a un carro pesado que transportaba alabardas, palos rematados con una afilada hoz o terminados en forma de pico, y se dirigió hacia donde ondeaba al viento su estandarte negro y dorado junto al confalón púrpura de los Caballeros Pantera. Su caballo fue llevado al cercado de las monturas de los caballeros, y el escudero de Kurt Bremen se cuidó de darle de comer y beber. El mismísimo Kurt rezaba de rodillas junto a sus caballeros, y Kaspar no interrumpió sus oraciones y se sirvió una jarra de té de una olla que humeaba en una fogata cercana.
Pavel resopló junto al fuego con su macizo corpachón envuelto en pieles y, a pesar de todo lo que había ocurrido durante los pasados meses, Kaspar sintió una emoción afectuosa hacia su viejo amigo. Sorbió el té caliente deseando que le hubieran añadido un poco de miel para endulzarlo, pero sonrió al pensar en lo ridículo que resultaba allí semejante deseo, y sintió cómo el sopor del sueño se le evaporaba de la cabeza. Dirigió la vista hacia el norte, en dirección a la entrada del valle; allí se encontraban cuarenta mil miembros de la tribu norteña de la horda del gran zar Aelfric Cyenwulf, preparados también para combatir.
—Igual que en los viejos tiempos, ¿eh? —dijo Pavel saliendo al fin del saco de dormir y alargando la mano hacia un pellejo de kvas, una bebida alcohólica de origen ruso. Tomó un largo trago y se lo tendió a Kaspar.
—Sí —asintió Kaspar, tragando el fuerte licor que le llenaba la boca—; con la única salvedad de que somos veinte años más viejos.
—Más viejos, es cierto; más sabios, bueno, de eso Pavel no entiende.
—Esa opinión no te la voy a discutir en absoluto.
—¿Piensan atacarnos ya?
—No —dijo Kaspar—, aún no; pero no tardarán mucho.
—¡Y los enviaremos de vuelta hacia el norte, pero sin pelotas!
Kaspar soltó una risita.
—Así lo espero, Pavel.
Los dos viejos camaradas permanecieron en silencio; luego Pavel dijo:
—¿Crees que podemos derrotarlos?
Kaspar reflexionó unos instantes y después respondió:
—No, no creo que podamos. Sencillamente, son demasiados.
—La Reina del Hielo dice que ganaremos —afirmó Pavel.
Kaspar miró hacia la parte superior de las laderas del valle mientras se oía a lo lejos el lúgubre sonido de un cuerno tribal; quería creer desesperadamente que la Reina del Hielo no se equivocaba. La niebla y el humo del campamento lo oscurecían todo salvo una de las grandes rocas que daban nombre al valle.
Urszebya. Los Dientes de Ursun.
Un creciente rugido resonaba desde la entrada del valle: la salmodia gutural de los guerreros del gran zar que coreaba el chocar de las espadas y hachas sobre los escudos claveteados de hierro.
La Reina del Hielo pretendía que valía la pena luchar por aquellas rocas.
Kaspar sólo esperaba que valiera la pena morir por ellas.
Capítulo 1
Seis meses antes
I
Ni el clima, ni las costumbres, ni las diversiones del lugar eran convenientes para mi salud y mi carácter, y los únicos placeres de que allí podía disfrutar eran comer y beber, aunque Sigmar sabe que raramente he probado cosas peores en mis tiempos de embajador de nuestro noble emperador que las que he degustado aquí.
Carta a Andreas Teugenheim (Altdorf), anterior embajador en la corte de la zarina Katarina.
Kaspar von Velten refrenó su caballo bayo castrado y miró hacia arriba, hacia la gran ciudad amurallada de Kislev, mientras se quitaba la bufanda de lana con la que se cubría la cara. Apenas hacía un mes que había empezado el otoño y, a pesar de ello, hacía un frío estimulante que le transformaba el aliento en una bocanada neblinosa. Sabía que en Kislev pronto sería invierno y no pasaría mucho tiempo antes de que la ladera por la que se extendía la capital se viera atenazada por una garra helada. Del cielo plomizo caía una lluvia fina y racheada por el viento, y Kaspar comprendía muy bien el descontento respecto al clima del país expresado por el embajador Teugenheim en sus cartas.
La profunda mirada de sus ojos azules no había perdido la brillantez juvenil, pero había adquirido una expresión de tensa impaciencia, y la piel, después de años de campañas por el Viejo Mundo, se le había vuelto morena y curtida. Bajo el sombrero de ala ancha, llevaba muy corto el fino y plateado cabello, y la barba aparecía igualmente bien cortada y acicalada. Un tatuaje borroso de sus años jóvenes de soldado raso le serpenteaba desde detrás de la oreja izquierda hacia el cuello.
Las puntas de las lanzas y las armaduras de los soldados relucían a la luz del sol mientras las tropas recorrían los terraplenes de defensa de la gruesa muralla y sus capas forradas de piel ondeaban al viento. Kaspar sonrió al recordar cómo Teugenheim describió, en las cartas que mandó a su casa de Altdorf, la primera vez que había visto la ciudad…
La ciudad se eleva desde el oblast como un pico dentado y domina el territorio en torno con la rudeza que cabe esperar en esta tosca nación. Las murallas son altas e impresionantes, claro, pero ¿qué altura puede alcanzar una muralla antes de convertirse en excesiva.? Creo que estos kislevitas han construido las murallas más altas que jamás he visto, y el efecto que producen, aunque sin duda es imponente, resulta un tanto desmañado para mi gusto.
La experta mirada de Kaspar barrió la muralla y comprendió la naturaleza letal de aquellas defensas. En las decorativas gárgolas de la parte frontal de la muralla habían abierto disimuladas aspilleras, y delgadas columnas de humo ascendían perezosamente desde unos braseros situados en los terraplenes defensivos. La bien calculada construcción de las torres de defensa y del pabellón de la guardia garantizaba que cada palmo de terreno rocoso delante de las murallas fuera un lugar mortalmente peligroso, cubierto por ballestas y fuego de cañones.
Las descripciones de Teugenheim no hacían justicia a las proporciones de la fortificación, y Kaspar sabía por amarga experiencia que cualquier fuerza atacante tendría que pagar un alto coste en vidas humanas para abrir una brecha en aquellas murallas.
Un camino empedrado con guijarros serpenteaba por la Gora Geroyev, la Colina de los Héroes, hacia un ancho puente que cruzaba un foso profundo y conducía a una puerta de madera tachonada, reforzada con flejes de hierro negro y protegida por agujeros de defensa practicados en el tejado de piedra.
Aunque antes había combatido y comandado ejércitos en Kislev, Kaspar nunca había tenido ocasión de visitar aquella importante ciudad; no obstante, reconoció sus excelentes fortificaciones en cuanto las vio. Las murallas se encontraban entre las más sólidas construcciones defensivas que jamás había contemplado en su vida; al menos eran comparables a las de Nuln o Altdorf. Sin embargo, a diferencia de cualquiera de estas dos ciudades, las murallas de Kislev ofrecían un aspecto suave, espejado, como si la piedra se hubiera vitrificado por efecto de un intenso calor.
Tal vez la leyenda más conocida que cantaban los más prosaicos bardos y trovadores del Imperio era la de La Gran Guerra contra el Caos, una epopeya mítica que narraba que, en tiempos remotos, hordas de tribus norteñas habían sitiado la imponente ciudad pero fueron repelidas por una alianza de elfos, enanos y hombres. Era una historia exaltadora de heroísmo y sacrificio, que se había ido embelleciendo extraordinariamente con el paso de los años. El adorno más frecuente de la leyenda, incorporado por sus más imaginativos narradores, se refería a que los poderes mutantes de oscuros dioses habían causado que la sólida piedra de las murallas fluyera como cera fundida. Casi todos los escolares rechazarían tal transformación y la considerarían pura fantasía, pero, contemplando las murallas de la ciudad, Kaspar no pudo menos que creer todas las maravillas añadidas a la primitiva historia.
—¿Señor? —dijo una voz detrás de él sacando bruscamente a Kaspar de su ensimismamiento.
Tras él se hallaba un carruaje negro totalmente salpicado de barro, con los blasones de cresta dorada de Nuln. Un anciano ceñudo, cuya piel semejaba la ladera escarpada de una montaña, estaba sentado en la plataforma almohadillada del carro y sujetaba las riendas de los caballos con la única mano sana que tenía. Más atrás había cuatro carretas cubiertas con lonas enceradas para proteger a los pasajeros. Los conductores se estremecían de frío, y los caballos, impacientes, pateaban el barro del camino. Acurrucados miserablemente en el fondo de las dos últimas carretas había dieciséis hombres: lanceros y escuderos de los gigantescos jinetes que provistos de brillantes armaduras rodeaban el pequeño convoy. Los caballeros montaban corceles Averland de amplio pecho, todos ellos adornados con gualdrapas bordadas; ninguno medía menos de dos metros de alto. La fortaleza de aquellos guerreros era tan visible que parecía una capa más de su blindaje, una potente manifestación de la temible fuerza de los ejércitos del Imperio. Empuñaban las pesadas lanzas orgullosamente en alto; pendones púrpura, dorados y morados pendían de las puntas de hierro y ondeaban al viento.
Las viseras enrejadas de los yelmos les oscurecían el rostro, pero no había la menor duda del porte regio de todos y cada uno de los caballeros. Pieles de pantera húmedas adornaban las protecciones de los hombros, y tanto el estandarte imperial como el distintivo heráldico personal de Kaspar se agitaban ruidosamente en el asta de la bandera de un caballero a causa del fuerte viento.
—Discúlpame, Stefan —dijo Kaspar—, estaba admirando las fortificaciones.
—Vale, pero deberíamos cruzar las murallas —dijo Stefan Reiger, el amigo más antiguo y leal de Kaspar—. Estoy completamente helado y tus viejos huesos tampoco se llevan bien con este frío. ¿Por qué insistes en cabalgar si ahí delante hay un carruaje perfectamente equipado? Traerlo ha sido una maldita pérdida de tiempo, si quieres saber mi opinión.
El caballero que montaba junto al carruaje volvió la cabeza y su disgusto ante la familiaridad de Stefan fue patente a pesar de la visera bajada. Muchos nobles del Imperio habrían azotado a un subordinado por hablar en aquel tono familiar, pero Stefan había peleado junto a Kaspar durante demasiados años y todos tenían que aguantarse ante semejante tontería.
—Olvídate de mis achaques, Stefan, llegarás al templo de Morr antes que yo.
—Sí, es posible, pero estoy mucho mejor conservado. Soy como el buen vino tileano: mejoro con los años.
—Mira, viejo, si lo que quieres decir es que te vuelves agrio como el vinagre, entonces estoy totalmente de acuerdo contigo. Pero tienes razón, deberíamos cruzar las murallas; no tardará en anochecer.
Kaspar hundió sus talones en los flancos del caballo y tiró de las riendas en dirección a las puertas de la ciudad. El caballero que iba en cabeza también espoleó su montura para cabalgar al lado de Kaspar y, a su lado, cruzó el ancho puente de piedra y se aproximó a la puerta. Levantó la protección del yelmo y apareció el rostro cincelado de un patricio, arrugado por las preocupaciones y las vicisitudes de la vida. Kaspar dio una palmada con su mano enguantada en el hombro de la armadura del caballero.
—Sé lo que estás pensando, Kurt —dijo Kaspar.
Kurt Bremen, el jefe de los caballeros, echó un vistazo a los guerreros apostados en las almenas y, al distinguir entre ellos a varios expertos arqueros, frunció el entrecejo.
—Lo único que espero —repuso Bremen, comiéndose sílabas a la manera típica de Altdorf— es que ninguno de los soldados de allá arriba suelte los dedos de la cuerda del arco. No es de mi incumbencia la forma en que los subordinados se dirigen a ti. Mi único interés, embajador Von Velten, es verte a salvo en tu puesto.
Kaspar asintió con la cabeza, sin hacer caso del implícito desdén de Bremen por su actual tarea, y siguió con la mirada fija.
—¿No tienes en gran estima a los soldados de Kislev, Kurt? He tenido a mis órdenes a buena parte de ellos en el campo de batalla. Son salvajes, es cierto, pero son hombres llenos de coraje y con sentido del honor. Los lanceros alados son equiparables a cualquier orden de caballería del Imperio…
Bremen agitó bruscamente la cabeza y torció el labio de forma despectiva, y entonces se dio cuenta de que le estaban haciendo morder el anzuelo. Volvió a contemplar las murallas y asintió de mala gana.
—Tal vez —admitió—. He oído que sus lanceros y sus arqueros a caballo son guerreros de una fiereza rayana en la temeridad, pero los demás son perezosa espuma de Gospodar. Preferiría confiar mis flancos a una compañía libre.
—Entonces tienes mucho que aprender sobre los kislevitas —le espetó Kaspar, adelantándolo. Las puertas se abrieron de par en par girando sobre unas bisagras bien engrasadas, y Kaspar, de repente, se encontró ante un hombre con el bigote más espeso y largo que jamás hubiera visto. Llevaba una raída túnica sin mangas en la que campeaba el oso rampante sobre una oxidada cota de malla, y masticaba de forma poco elegante un muslo de pollo. Tras él, formaba un destacamento de soldados provistos de armaduras con ballestas y lanzas. El hombre lanzó una mirada escrutadora a Kaspar y luego observó el carruaje y los carros que lo seguían.
—¿Nya, doyest vha?—ladró al fin, obviamente borracho.
—Nya kislevarin—dijo Kaspar agitando la cabeza.
—¿Quiénes vosotros? —preguntó finalmente el hombre pronunciando el Reikspiel de forma embarullada y apenas inteligible.
Bremen abrió la boca para hablar, pero Kaspar lo hizo callar con un gesto mientras desmontaba junto al que custodiaba la puerta. El hombre tenía los ojos legañosos y enrojecidos, y le había costado mucho fijar la mirada en Kaspar. Su aliento era fétido y rancio.
—Me llamo Kaspar von Velten y soy el nuevo embajador en la corte de la Reina del Hielo de Kislev. Os pido, a ti y a tus hombres, que os apartéis de la puerta y permitáis que mi expedición entre en la ciudad.
Kaspar sacó de su jubón un rollo de pergamino que ostentaba el águila imperial sobre un sello de cera y lo colocó ante la venosa nariz del vigilante de la puerta.
—¿Entiendes lo que te digo? —preguntó.
En un breve instante de lucidez, el hombre se dio cuenta de la presencia de los caballeros y de la ondeante bandera, y se tambaleó hacia atrás. Luego agitó una mano más o menos en dirección a los soldados situados tras él, que, agradecidos, retrocedieron hacia el calor de las dependencias de la guardia. Kaspar volvió a guardarse el pergamino y rápidamente montó de un salto. El vigilante farfulló un saludo y Kaspar sonrió mientras el borracho exclamaba:
—Bienvenidos a Kislev.
II
Kaspar, al salir de la oscuridad de la entrada y entrar en Kislev, quedó deslumhrado a causa del cambio de luz. Ante él se abría una explanada cubierta de grava y plagada de puestos de venta y mercaderes vociferantes; el aire parecía más espeso debido al olor a pescado y al ruido de voces que soltaban palabras malsonantes. Tres calles, igualmente repletas de gente y animales de carga, permitían dirigirse hacia el centro. Kaspar aspiró el penetrante aroma de la bulliciosa ciudad. Los edificios, bien construidos, eran de piedra, y los tejados, de tejas de arcilla. El traqueteo de las ruedas de los carros resonaba tras él, y apartó su caballo a un lado mientras Stefan cruzaba la puerta de entrada.
—De modo que esto es Kislev —dijo éste, nada impresionado—. Me recuerda Marienburg. Demasiado apretujado, demasiado ruidoso y huele a pescado.
—Ya tendrás tiempo de quejarte de este puesto, Stefan. Ahora quiero llegar a la embajada antes de que tu amigo borracho haga correr la voz.
—¡Bah! Aquel ebrio imbécil…, es probable que ahora ni siquiera se acuerde de nosotros.
—Es probable, pero no nos hará ningún daño ser prudentes —afirmó Kaspar. Luego se giró en la silla para dirigirse a Kurt Bremen y agitó la mano señalando hacia tres calles más adelante.
—Kurt, tú has estado aquí antes. ¿Cuál es el camino más corto para llegar a la embajada?
El jefe de los caballeros señaló la calle de en medio.
—Por allí; la Goromadny Prospekt conduce a través de la ciudad hasta la plaza Geroyev. La embajada está detrás del alto templo dedicado al dios lobo.
Kaspar soltó una carcajada.
—Incluso han planificado su ciudad para poder meter sus narices en nuestra casa: han situado la embajada de la nación sigmarita detrás del templo de Ulric. Oh, son astutos estos kislevitas. Vamos, pongámonos en camino. Estoy seguro de que el embajador Teugenheim estará encantado de vernos.
Los carros y el carruaje empezaron a abrirse paso lentamente por Goromadny Prospekt. Las calles estaban atestadas de gente que corría apresurada a sus quehaceres, bien abrigada con cálidas capas de piel y gorras de lana. Era gente de aspecto fiero, observó Kaspar, más bajos que la mayoría de los habitantes del Imperio pero de porte altivo. Aquí y allá vio tipos severos y de andares jactanciosos vestidos con pieles y armaduras, reminiscencias de los invasores de Norse que asolaron los asentamientos de la costa del Mar de las Garras. Bremen y el caballero que portaba el palo del estandarte iban dividiendo el mar de ceñudos kislevitas con sus gigantescos caballos de guerra, seguidos por Kaspar y los demás.
A lo largo de las cunetas y en las esquinas de las calles, los pordioseros a los que les faltaba un brazo o una pierna pedían algunos copecs, y putas pintarrajeadas pregonaban la mercancía con hastiada resignación. La ciudad olía a desesperanza. Se parecía mucho a cualquier otra ciudad del Viejo Mundo de aquellos tiempos, pensó Kaspar.
Las guerras del pasado año habían llevado la desgracia a todos los rincones del mundo y habían cambiado para siempre los paisajes del Imperio y la ciudad de Kislev. Zonas enteras de Ostermark, Ostland y del sur de Kislev habían sido devastadas por el paso de los ejércitos, y la hambruna desoló el paisaje como un ávido asesino. Después de la calamitosa derrota de Aachden, decenas de miles de miembros de tribus, ebrios de sangre, habían invadido la ciudad del Imperio llamada Wolfenburgo. Las esperanzas de la nación de Kaspar ahora se basaban en la resistencia de aquella gran ciudad del norte hasta la llegada del invierno, cuando el ejército enemigo sería víctima del frío y del hambre. Si caía antes, entonces el camino hacia el sur en dirección a Altdorf quedaría abierto por completo.
Hordas de millares de refugiados huían de los ejércitos del norte en dirección al sur, y había comunidades enteras que ahora eran poco más que ciudades fantasma. Eran malos tiempos para sentirse seguro; pero había algo más: una innegable tensión que no tenía nada que ver con los tambores de guerra, como si la gente no quisiera quedarse en la calle ni un segundo más de lo debido. Qué extraño…
Calle adelante, atrajo su vista un destello de color: un relucíente carruaje verde oscuro que circulaba en dirección contraria a la suya. Aunque de un diseño pasado de moda tenía aspecto regio, y Kaspar advirtió que los kislevitas se apartaban jubilosos al paso del vehículo sin el refunfuñar que habitualmente acompañaba su propia marcha. La puerta lacada mostraba un blasón con una corona en torno a un corazón, y, cuando el carruaje pasó junto a él, Kaspar vislumbró por la ventana abierta a una señora de cabello negro como ala de cuervo. La dama inclinó la cabeza hacia él, que a su vez estiró el cuello para seguir al carruaje de la mujer, que avanzaba por el camino que ellos acababan de recorrer. No tardaron en perderlo de vista cuando dobló una esquina siguiendo en dirección paralela a las murallas de la ciudad.
Kaspar volvió a fijar la atención en la calle mientras se preguntaba quién sería aquella mujer, cuando una figura vestida con una túnica negra apareció de repente ante él. Kaspar tiró bruscamente hacia atrás de las riendas del caballo. La indumentaria del hombre le indicó que era uno de los sacerdotes de Kislev. Su rostro, iluminado con una expresión de demente, no le gustó en absoluto. Se llevó respetuosamente la mano al ala del sombrero y apartó el caballo hacia la izquierda para esquivar al hombre, pero éste le cortó el paso una vez más. Como no quería problemas con la iglesia local, Kaspar se obligó a sonreír y de nuevo apartó el caballo. Y otra vez el sacerdote volvió a cerrarle el paso.
—¡Serás juzgado! —gritó con voz ronca—. ¡La cólera del Carnicero caerá sobre ti! ¡Te arrancará el corazón para preparar un postre y tus órganos serán un delicioso banquete!
—¡Eh, tú! —le espetó Kurt Bremen, que cabalgaba delante de Kaspar—. Ocúpate de tus cosas. No podemos perder tiempo con tipos como tú. ¡Vete de una vez!
El sacerdote dirigió hacia el caballero un largo dedo incrustado de suciedad.
—Templario de Sigmar, tu dios aquí no puede ayudarte —exclamó en tono burlón—. ¡La espada del Carnicero te abrirá la barriga con la misma facilidad que sus dientes arrancarán la carne de tus huesos!
Bremen desenvainó parcialmente la espada y, con toda la intención, mostró al sacerdote de cara pringosa la reluciente hoja. El hombre escupió al suelo frente a Bremen, dio media vuelta y con agilidad se alejó corriendo. La muchedumbre se lo tragó en seguida y Bremen deslizó la espada en la vaina.
—Está loco —dijo.
—Desde luego —asintió Kaspar, y siguió cabalgando.
Goromadny Prospekt era una calle larga que recorría la ciudad a lo largo de medio kilómetro; era un lugar de gran actividad laboral en el que se realizaban todo tipo de trabajos. Los dueños de los puestos de venta gritaban a los transeúntes, los ladronzuelos se alejaban a toda prisa de sus víctimas, que trataban de alcanzarlos, y ciudadanos vestidos con pieles iban de un lado para otro. La mayoría de los hombres lucían cabezas rapadas rematadas con una especie de moño cuidadosamente peinado y bigotes caídos, en tanto que las mujeres llevaban sencillos vestidos de lana con chales ricamente bordados y gorras de piel.
Al fin, la calle se convirtió en una amplia avenida llena de tabernas, atestada de juerguistas que cantaban canciones marciales y agitaban largas hachas. Mientras Kaspar y su comitiva pasaban, los hombres redoblaron el estrépito de los cantos y blandieron las hachas de forma amenazadora hacia los caballeros. La avenida continuaba ensanchándose hasta desembocar en la plaza Geroyev, enlosada de granito, que constituía el centro de la ciudad. Grandes estatuas de hierro de los zares fallecidos hacía muchos años dibujaban el contorno de la plaza, enmarcada por ornamentados edificios de piedra roja y tejados muy inclinados, coronados por torres con bóvedas de cebolla y estrechas ventanas.
Pero a pesar de su espectacularidad, los edificios que rodeaban la plaza sólo eran pálidas sombras de la imponente construcción que dominaba la lejana ladera: el palacio de la zarina Katarina la Grande, la Reina del Hielo. La impresionante fortaleza se alzaba piso a piso con torreones de piedra blanca y adornadas almenas de colores rematadas por una gran cúpula dorada. Su belleza quitaba el aliento, como una enorme escultura de hielo que se alzara del suelo. Kaspar sintió un mayor respeto por los kislevitas. Ciertamente, un pueblo capaz de construir semejante monumento no podía estar formado sólo por salvajes.
Centró de nuevo su atención en la calle y condujo al caballo en dirección al templo de Ulric: un macizo edificio de piedra blanca adornado con estatuas de fieros lobos que flanqueaban negras puertas de madera. Desde las escaleras, grupos de barbudos sacerdotes vestidos con túnicas negras los miraban fijamente con ojos burlones.
En el césped del centro de la plaza habían instalado un amplio corral con varios grupos de veinte caballos que paseaban en círculo ante los gritos de una multitud de posibles compradores. Eran caballos toscos, animales resistentes que se daban bien en el duro clima de Kislev, pero que galopaban a menor velocidad que los caballos del Imperio, alimentados con grano. Incluso a esa distancia, Kaspar observó que muchos tenían el lomo anormalmente hundido. No daba a ninguno de ellos más de seis meses de vida útil.
Una calle estrecha corría a lo largo del costado del templo del dios lobo, y los edificios de ambos lados la sumían en una oscura penumbra.
Kaspar esperó a que el carruaje y los carros lo alcanzaran y luego penetró en el callejón, que parecía abandonado y conducía a un amplio patio en el centro del cual había una fuente de bronce completamente cubierta con una pátina de color verde. Un líquido marrón y sucio borboteaba de la copa de un angelito y llenaba el cuenco de la fuente.
Detrás de la vetusta fuente y de una herrumbrosa valla de hierro se encontraba la embajada del Imperio.
Kaspar había leído las cartas del embajador Teugenheim durante el viaje desde Nuln y había previsto que la embajada tendría un aspecto algo decadente, pero jamás hubiera creído que la encontraría en el estado de dejadez y abandono con el que ahora aparecía a su vista. Las ventanas de los edificios estaban tapiadas con tablas de madera; la obra de sillería presentaba grietas y roturas, y en las puertas habían pintado una ilegible inscripción kislevita. De no ser por los dos guardias apoyados en alabardas, Kaspar hubiera pensado que el edificio estaba abandonado.
—¡Por el martillo de Sigmar! —maldijo Bremen, consternado ante el aspecto de la embajada. Kaspar notó cómo aumentaba su ira hacia Andreas Teugenheim, el hombre a quien tenía que sustituir. Era imperdonable haber permitido que un puesto avanzado del emperador cayera en tal estado de desmoronamiento. Cabalgó hasta la verja, combada y abierta, y, mientras se acercaba al edificio, vio que por fin los guardias advertían su presencia. Cuando vieron a los Caballeros Pantera y el estandarte del Imperio ondeando tras Kaspar, la alarma se pintó en los rostros de los dos guardias, lo cual agradó al nuevo embajador.
Si no hubiera estado tan enojado, se habría reído de sus patéticos intentos para alisar sus cochambrosos uniformes y ponerse firmes. Con toda probabilidad todavía no se habían percatado de quién era realmente, pero sin duda sabían que alguien lo bastante importante como para merecer un estandarte imperial y una comitiva de dieciséis Caballeros Pantera era un hombre con el que no se podía jugar.
Se detuvo ante la puerta e inclinó la cabeza hacia Kurt Bremen, que desmontó y se acercó a los asustados guardias. La expresión del rostro del caballero se endureció como el granito cuando lanzó una crítica mirada a los dos hombres.
—Deberíais avergonzaros de vosotros mismos —empezó diciendo—. Mirad el estado de las armas y de las armaduras que lleváis. ¡Debería arrestaros ahora mismo!
Bremen golpeó una de las alabardas y comprobó la mellada y deslustrada punta con el pulgar. Desafilada.
Puso el arma frente al guardia y sacudió la cabeza.
—Si quisiera entrar en este edificio, ¿cómo me detendrías? —rugió—. ¿Con esto? ¡Con esta punta no podrías ni abrirte paso entre la niebla de Altdorf! ¡Y tú, mírate la herrumbre del peto!
Bremen volteó la alabarda y golpeó con fuerza el pecho del guardia con el extremo más grueso del arma. El peto estaba tan oxidado que se resquebrajó como la cáscara de un huevo.
—¡Tipos como vosotros son una desgracia para el Imperio! Hablaré con el oficial al mando de la guardia. Desde ahora mismo os relevo de vuestro deber.
Los guardias se quedaron mudos y cabizbajos ante aquel ataque verbal. Bremen se volvió hacia sus caballeros y dijo:
—Werner Ostwald, monta guardia en la puerta. Que no entre nadie hasta que yo lo diga.
Kaspar desmontó y se reunió con Bremen. Apuntó con un dedo hacia uno de los guardias y exclamó:
—¡Llévame ante su eminencia el embajador Teugenheim inmediatamente!
El hombre asintió con la cabeza y se apresuró a abrir la puerta de la embajada. Mientras el guardia corría a toda prisa, Kaspar se volvió hacia Kurt Bremen y dijo:
—Tú y Valdhaas venid conmigo. Dejad al resto de los hombres junto a los carros. Tenemos trabajo.
Bremen transmitió las órdenes a sus caballeros y siguió a Kaspar y al guardia.
III
El interior hedía inequívocamente a lugar abandonado; el aspecto negligente y desocupado de la embajada era aun más patente dentro del edificio. Absolutamente nada colgaba de las paredes recubiertas de paneles de madera, y las tablas del suelo estaban descoloridas en los lugares de donde, sin duda, se habían llevado las alfombras. El guardia subía de mala gana por una ancha escalera que conducía a la siguiente planta, seguido por Kaspar, Bremen y Valdhaas. El hombre sudaba profusamente. Kaspar se dio cuenta de ello y también advirtió que sus movimientos eran furtivos y nerviosos. Al igual que la planta baja, el segundo nivel de la embajada había sido desposeído de muebles y decoración. Caminaron por un largo pasillo en el que sus pasos sobre las tablas del suelo resonaban sonoramente, y al fin llegaron a una puerta artísticamente esculpida.
El guardia señaló hacia la puerta y tartamudeó:
—Este es el estudio del embajador. Pero… bueno, tiene visita. Estoy seguro de que preferiría que no lo molestaran.
—Entonces está claro que hoy no es precisamente su día —exclamó Kaspar, mientras giraba el pomo de la puerta y la abría de un empujón. La habitación estaba tan atiborrada de muebles como vacías las otras salas del edificio. A un lado había un enorme escritorio de roble y una vitrina con bebidas, mientras que al otro lado ardían unos leños en una chimenea de mármol frente a la que se hallaban dos caras butacas de piel. Sentados en los sillones se encontraban dos hombres, uno de los cuales era obviamente un kislevita, con bigotes caídos y tez oscura. Se estaba regalando con una copa de brandy y un cigarro, y miró a Kaspar y a los caballeros sólo con un moderado interés. El segundo hombre, delgado como un palillo y vestido con un jubón rojo y azul, se alzó de un salto del sillón con una expresión de falsa jactancia en el rostro.
—¿Quiénes sois, por el nombre de Sigmar? —preguntó con voz fina como un junco—. ¿Qué demonios estáis haciendo en mis aposentos privados? ¡Malditos sean vuestros ojos! ¡Marchaos o llamaré a mis guardias!
—Adelante, Teugenheim —dijo Kaspar con calma—, si esto te va hacer feliz, pero dudo que uno de cada diez tenga un arma que pueda hacer mella en las armaduras de los caballeros que tienes ante ti.
Bremen dio un paso al frente con la mano en la empuñadura de la espada. El embajador Teugenheim palideció al ver a los dos caballeros bien pertrechados de armaduras y con pieles sobre los hombros. Echó un vistazo al hombre sentado y se pasó la lengua por los labios.
—¿Quiénes sois?
—Me alegro de que lo preguntes —dijo Kaspar, sacando el mismo pergamino sellado que antes había mostrado al vigilante—. Me llamo Kaspar von Velten y esto te lo explicará todo.
Teugenheim cogió el pergamino, rompió el sello y echó un vistazo rápido al contenido del documento. Mientras leía sacudía la cabeza y movía los labios sin emitir sonido alguno.
—¿Puedo irme a casa? —jadeó lentamente dejándose caer en el sillón de piel.
—Sí. Te han vuelto a llamar a Altdorf y debes irte tan pronto como tus pertenencias hayan sido empaquetadas. Se acercan tiempos tenebrosos, Andreas, y no creo que estés en condiciones de afrontarlos.
—No —asintió Teugenheim con aire triste—. Pero lo intenté, realmente traté de hacerlo…
Kaspar se dio cuenta de que Teugenheim no dejaba de lanzar rápidas y melancólicas miradas a la figura sentada en el butacón y dirigió su atención hacia aquel hombre cuadrado.
—¿Señor, serías tan amable de concederme el placer de saber tu nombre? —le preguntó.
El hombre se levantó del sillón y Kaspar de repente se dio cuenta de lo enorme que era. Aquel hombre era un oso, ancho de espaldas y de poderosos músculos. Su barriga empezaba a crecer, pero su aspecto físico era imponente. Bremen se acercó a Kaspar y miró amenazadoramente al hombretón, que le sonrió con burlona indulgencia.
—Desde luego. Soy Vassily Chekatilo, amigo personal del embajador.
—Ahora el embajador soy yo y jamás había oído hablar de ti, Chekatilo. Por consiguiente, a menos que tengas algún asunto que resolver conmigo, sintiéndolo mucho, tendré que decirte que te vayas.
—Hablas alto para ser un hombre bajo —fanfarroneó Chekatilo—; en especial cuando tienes lustrosos soldados a tu lado.
—Y tú eres un gordinflón que no entiende las cosas sencillas que le piden.
—Ahora me has insultado —dijo Chekatilo con una carcajada.
—Sí —dijo Kaspar—, lo he hecho. ¿Acaso eso te plantea algún problema?
Chekatilo hizo una mueca burlona y se inclinó para acercársele más.
—No soy un hombre que olvida los insultos, Von Velten. Puedo ser un buen amigo de los que son capaces de recordarlo. Realmente sería una locura que me quisieras tener como enemigo.
—¿Me estás amenazando en mi propia embajada?
—En absoluto…, embajador —sonrió Chekatilo, apurando la copa de brandy y pegando una prolongada chupada al cigarro. Luego echó el humo a la cara de Bremen y soltó una carcajada mientras el caballero farfullaba en medio de una nube azulada. Después tiró el cigarro sobre la alfombra y lo aplastó con la bota.
Kaspar dio un paso hacia Chekatilo y le espetó en tono amenazante:
—¡Sal inmediatamente de la embajada!
—Como quieras —dijo Chekatilo—, pero te advierto que soy un hombre poderoso en Kislev. Te conviene no olvidarlo.
Chekatilo apartó a Kurt Bremen para encaminarse hacia la puerta y le dirigió una rápida salutación burlona antes de dejar la sala soltando una carcajada despreciativa. Kaspar contuvo la cólera y se volvió hacia Valdhaas mientras señalaba a Teugenheim.
—Escolta al embajador Teugenheim hasta sus aposentos y dispon que sus escuderos se ocupen de empaquetar sus pertenencias. Se quedará aquí hasta que podamos organizar su viaje de vuelta a Altdorf.
El caballero saludó e indicó a Teugenheim que debía seguirlo.
Éste se levantó del sillón y dijo:
—No te envidio el puesto, Von Velten. Este lugar es un paraíso de pordioseros y ladrones, y hay tantos excesos y desórdenes que después de la puesta de sol nadie se atreve a aventurarse por las calles si no va bien acompañado.
Kaspar asintió y afirmó:
—Ya es hora de que te vayas, Andreas.
Teugenheim esbozó una sonrisa.
—Como Sigmar lo quiera —dijo, y siguiendo al Caballero Pantera abandonó la sala.
Kaspar se dejó caer en uno de los butacones y se frotó la frente con ambas manos. Bremen, que se hallaba junto a la chimenea, se quitó el yelmo y lo acomodó en el pliegue del codo.
—¿Qué hacemos ahora, embajador?
—Vamos a poner patas arriba este lugar y a convertirlo en un puesto digno del Imperio. Pronto estaremos en guerra y tenemos que estar preparados.
—No es un trabajo fácil.
—No —asintió Kaspar—, pero por esta razón me han enviado aquí.
IV
Mientras Kaspar guardaba su pluma de ganso y releía atentamente las palabras que acababa de escribir, la noche iba cayendo sobre la ciudad. Consideró que el tono era el que menor riesgo de errores graves podía conllevar y luego esparció arena sobre la tinta, dobló la carta cuidadosamente y la selló con una gota de lacre rojo. Marcó el lacre blando con el troquel de un cometa de cola bífida y dejó la carta a un lado.
Empujó el sillón hacia atrás y, entumecido, se levantó del escritorio y se dirigió hasta la ventana para mirar a la calle. Al día siguiente, uno de los Caballeros Pantera libraría su misiva en el Palacio de Invierno; en la carta solicitaba una audiencia con la Reina del Hielo para tener la oportunidad de presentarse oficialmente. Tan sólo esperaba que cualesquiera que fuesen los perjuicios ocasionados por Teugenheim durante su tiempo como embajador no predispondrían a la zarina en su contra.
Los datos objetivos de que disponía acerca de lo que había acontecido en Kislev eran limitados, aunque, dado el estado de la embajada y sus arcas vacías, parecía claro que Chekatilo había extorsionado o tal vez chantajeado a Teugenheim. Andreas Teugenheim jamás tenía que haber sido destinado a Kislev, pues era un puesto de guerra y él no tenía ni temperamento ni energía para semejante cargo.
Dado que numerosos ejércitos rondaban por el Viejo Mundo, se necesitaban hombres valientes y de hierro para combatir en las batallas que se avecinaban, y los que ostentaban el poder en la corte de Altdorf habían decidido que Teugenheim no era ni una cosa ni otra. La primera incursión de una verdadera invasión del Imperio llegaría sin duda por Kislev, y miles de sus campesinos no tardarían en marchar hacia el norte, hacia aquella región desolada y azotada por el viento. Se necesitarían hombres versados en la guerra para garantizar que estarían dispuestos a pelear junto a los kislevitas, y Kaspar sabía que sus años de servicio en los ejércitos de Karl Franz lo convertían en el candidato ideal para el cargo. O eso esperaba, por lo menos. Conocía perfectamente la técnica de la guerra, pero las sutilezas y la etiqueta de la vida de la corte eran un misterio para él.
Años atrás, la esposa de Kaspar, Madeline, había procurado que fuera un visitante habitual en la corte real de Nuln. Ella conocía mejor que él el valor del patrocinio de la Condesa Electora Emmanuelle von Liebewitz's, y, a pesar de las protestas de Kaspar, lo arrastró a todos sus legendarios bailes de máscaras y fiestas. Los relatos sobre la guerra y sobre la vida de campaña siempre interesaban a los decadentes cortesanos y hacían de él un popular invitado de palacio, a pesar suyo.
Después de la muerte de Madeline, Kaspar había abandonado la sociedad cortesana y había dedicado más y más tiempo a estar solo en una casa que de repente le parecía mucho mayor y mucho más vacía que antes. A su puerta continuaban llegando invitaciones de palacio, pero él sólo asistía a las funciones que resultaban absolutamente imprescindibles.
Sin embargo, su reputación se había extendido más allá de lo que él creía, y cuando requirieron su presencia en el palacio de la condesa para ofrecerle aquel cargo, se dio cuenta de que no podía rechazarlo.
Kaspar había salido hacia Kislev aquella misma semana.
Suspiró, descorrió las cortinas de la ventana y se acercó al fuego que crepitaba en la chimenea.
La puerta se abrió con gran estrépito y el sobresalto le hizo olvidar sus melancólicas ensoñaciones; se dio la vuelta y se llevó la mano a la espada. Una voluminosa figura con una enorme barba gris llenaba el hueco de la puerta y en la mano llevaba una botella de un líquido de color claro. Penetró en la sala y puso la botella sobre la mesa situada junto a los sillones de piel.
—¡Por Tor! —exclamó con voz de trueno—. ¡Me dijeron que teníamos nuevo embajador, pero nadie me dijo que fuera tan feo!
—¡Pavel! —dijo Kaspar riendo, mientras el recién llegado se le acercaba a grandes zancadas. El gigante soltó una cordial carcajada y lo abrazó estrechamente con su cuerpo de oso.
Kaspar dio unas palmadas en la espalda de su viejo amigo y sintió que le invadía una inmensa alegría. Pavel Korovic, un compañero de campañas de sus días en el ejército, lo liberó del abrazo y lo miró con fijeza. Aquel salvaje guerrero había sido un gran amigo de Kaspar durante las guerras del norte y le había salvado la vida más veces de las que podía recordar.
—Quizá me parezcas menos feo cuando esté borracho, ¿no?
—Ya estás borracho, Pavel.
—No es verdad —protestó el gigante—. ¡Hoy sólo he bebido dos botellas!
—Pero beberás más, ¿no es cierto? —puntualizó Kaspar.
—¿Esas tenemos? ¡Cuando cabalgaba en el campo de batalla ya me había bebido muchas botellas antes de empezar a pelear!
—Lo recuerdo —dijo Kaspar tomando la botella—. ¿Tus lanceros han peleado sobrios alguna vez?
—¡Pelear sobrios! ¡Hombre, no digas tonterías! —rugió Pavel arrebatándole la botella a Kaspar—. ¡Ningún dolgan ha combatido jamás estando sobrio! ¡Y ahora bebamos kvas juntos, como en los viejos tiempos!
Sacó el tapón con los dientes, lo escupió al fuego y bebió un largo trago. Luego, le pasó la botella a Kaspar.
—¡Estoy contento de volver a verte, viejo amigo!
Kaspar tomó un trago más moderado y, tosiendo, le tendió de nuevo la botella.
—¡Ja, ja! —rió Pavel—. ¡Ahora le das poco, ya no eres un soldado! Ya no puedes beber como el viejo Pavel, ¿eh?
Kaspar asintió con la cabeza mientras tosía.
—Tal vez, pero por lo menos nunca estaré tan gordo como el viejo Pavel. Ningún caballo se atrevería a llevarte.
Pavel se palmeó la redonda barriga y asintió con la cabeza sensatamente.
—Lo admito. Pero a Pavel no le importa. Por el contrario, ahora es Pavel quien lleva al caballo. ¡Pero ya basta! Ahora vamos a beber. Tu y yo tenemos muchos asuntos pendientes.
—Muy bien —dijo Kaspar, consciente de que le esperaba una noche de borrachera—. No se puede decir que tenga mucho que hacer esta noche. Y, en cualquier caso, en nombre de Sigmar, ¿qué estás haciendo aquí? Creía que estabas de vuelta a casa, para criar caballos en la stanista de Yemovia.
—¡Bah! ¡Mi gente dice que soy un lichnostyob, un patán, y no quieren que vuelva! Pavel vuelve a la ciudad y su tío Drostya le consigue un trabajo en la embajada para recompensarlo por sus años de leal servicio en el ejército. Me llaman el enlace kislevita con el embajador imperial. Suena bien, ¿verdad?
—¡Oh, sí!, muy bien. ¿Qué significa realmente?
Pavel hizo una mueca burlona y despreciativa.
—Con ese bobo descastado de Teugenheim, significa que puedo pasarme casi todo el día bebiendo y caerme dormido en el despacho en vez de en una maloliente tienda en la estepa. ¡Ven! Vamos a beber a mi casa. ¡Estarás invitado hasta que te liberes de Teugenheim!
Kaspar era consciente de que su viejo compañero de armas no iba a aceptar un no por respuesta. Sonrió; quizá le iría bien ponerse al día con Pavel y revivir los viejos tiempos. Además, hasta que Teugenheim se marchara, no tenía ganas de estar en la embajada y no le atraía la perspectiva de hospedarse en una posada. Puso un brazo en un hombro de Pavel.
—Pues vámonos, viejo amigo; espero que en casa tengas algo mejor que este kvas.
—No te preocupes por eso —le tranquilizó Pavel.
V
Kaspar sorbía el levas mientras Pavel lanzaba hacia atrás otro vaso de fuerte alcohol. La afición del lancero al kvas era legendaria, y parece ser que los años no habían disminuido su capacidad de beber. Kaspar ya notaba los efectos de la bebida y desde hacía media hora iba meciendo el vaso en la mano. Habían vaciado dos botellas y su compañero estaba borracho como una cuba. Estaban sentados ante el hogar de la cocina de Pavel, a menos de quinientos metros de la embajada; los carros y el carruaje estaban a salvo, amarrados en el patio del ayuntamiento. Stefan no había aceptado el alojamiento ofrecido por Pavel, pues prefirió permanecer en la embajada, en donde podía empezar a determinar los trabajos necesarios para adecentarla. Con la excepción de Valdhaas, que hacía guardia afuera, los Caballeros Pantera habían ocupado aposentos de la embajada. Kaspar no envidiaba la bronca que Kurt Bremen pegaría a los desaliñados soldados que vivían allí.
Pavel sonreía burlonamente mientras apuraba otra copa y eructaba. A pesar de todas las apariencias, Kaspar sabía que Pavel era desde luego un hombre perspicaz. La limitada correspondencia que habían intercambiado en los últimos años le había indicado que un buen número de contratos altamente lucrativos para suministrar monturas al ejército kislevita, habían hecho de Pavel Korovic un hombre muy rico.
—Por cierto, ¿quién es Chekatilo? —preguntó Kaspar.
Pavel hipó y lo miró ceñudo.
—Un hombre muy malo —dijo al fin—. Es un nekulturny, sin honor. Es un asesino y un ladrón, trafica con todo lo ilegal de Kislev. Tiene las manos metidas en muchos asuntos. Todos tienen que pagarle «impuestos» si no quieren pasarlo mal. Balazos, palizas. Dicen que mató a su propio hermano.
—Entonces, ¿qué hacía con Teugenheim? ¿Acaso estaban aliados?
—Tratándose de Chekatilo no puedo sorprenderme de nada. Probablemente, Teugenheim le estaba vendiendo la embajada para pagar sus deudas. Tal vez al embajador le gustan las putas de lujo —sugirió Pavel—. Quién sabe, quizá Kislev tenga suerte y el Carnicero se encargue de Chekatilo.
El interés de Kaspar se avivó de repente. Ya había oído antes aquel nombre.
—¿El Carnicero? ¿Quién es? Hace un rato he oído hablar de él a un sacerdote enloquecido en términos entusiastas.
—Otro hombre malo. Un loco —dijo Pavel en tono grave. Encendió una pipa con una vela y se la pasó a Kaspar—. Nadie sabe quién es el Carnicero, ni siquiera si se trata de un hombre. Mata hombres, mujeres y niños, y luego se desvanece en las sombras. Extirpa el corazón de las víctimas y se come su carne. Algunos dicen que es un perturbado, que los cuerpos tienen la carne desprendida de los huesos. Mata a muchos y los chekist no pueden atraparlo. Es un mal bicho, desde luego. La gente tiene miedo.
Kaspar asintió y recordó una serie de asesinatos similares que se había producido en Altdorf hacía unos años, los llamados «asesinatos de la Bestia». Pero al fin, el vigilante Kleindeinst había pillado y dado muerte al criminal.
—¿A cuánta gente ha matado?
Pavel se encogió de hombros.
—Es difícil de precisar. A docenas, seguramente, tal vez más. Pero la gente no para de morirse en Kislev. ¿Quién es capaz de decir que todas esas muertes no son cosa del Carnicero? Tienes que olvidarte de él. Está loco y no tardaremos en atraparlo y colgarlo.
Kaspar vació el vaso y lo deslizó por encima de la mesa hacia Pavel; se puso en pie, se desentumeció y dijo:
—No dudo de que tienes razón. En cualquier caso, estoy exhausto y me esperan días de mucho trabajo. Mañana tengo que reunirme con el resto del personal de la embajada y preferiría hacerlo sin resaca. Ya es suficiente por hoy.
—¡No quieres aguantar hasta que amanezca para cantar canciones de guerra! ¡Te has vuelto blando, Kaspar von Velten! —dijo riendo Pavel, y echó otro trago de kvas.
—Es posible, Pavel, pero ya no somos los jóvenes que fuimos —dijo Kaspar.
—Habla por ti, hombre del Imperio. Pavel se tomará el resto de la botella y dormirá junto al fuego.
—Buenas noches, Pavel —dijo Kaspar.
Capítulo 2
I
Kaspar sacudió la cabeza, exasperado por lo que apareció ante su vista. Treinta soldados, vestidos con las libreas azules y rojas de Altdorf, tropezaban, se tambaleaban y avanzaban titubeantes hacia él, con la respiración fatigada y desigual.
A pesar del aire frío tenían la cara empapada de sudor, colorada y congestionada, mientras completaban la quinta vuelta a las murallas de Kislev. Los Caballeros Pantera, que habían terminado casi una hora antes y apenas habían sudado, se pusieron firmes ante los caballos de Kaspar y Pavel.
—Desde luego no es una imagen que impresione —fue la obviedad que dijo Pavel.
—Sin duda —asintió Kaspar con voz grave y amenazadora—. Estos soldados no resistirían medio día en la formación. Bastaría una escaramuza para que fueran pasto de los cuervos.
Pavel asintió con la cabeza, pegó una fuerte chupada a un apestoso cigarro y lanzó una sucia nube de humo azulado que ascendió hacia el cielo.
—No es como antes, ¿eh?
Kaspar se permitió una crispada sonrisa.
—No, Pavel, no es como antes. ¡Los hombres junto a los que peleábamos medían más de tres metros y podían fustigar a un ejército con un golpe de alabarda! En cambio, estos lamentables individuos tendrían serias dificultades para levantar una alabarda, y no digamos para blandiría.
—Claro —dijo Pavel; soltó una carcajada y echó un trago de una petaca—. A menudo me pregunto qué fue de aquellos hombres. ¿Sabes algo de algún compañero de los viejos tiempos?
—Durante un tiempo, Tannhaus y yo nos escribimos unas cuantas cartas, pero después me enteré de que había muerto tras unirse a una compañía de mercenarios que partió hacia Arabia.
Pavel dio otro trago.
—Es una lástima. Me gustaba Tannhaus, podía luchar como un demonio y sabía beber.
—Aquel maldito tonto tenía más de cincuenta años —exclamó Kaspar—. Debería de haberlo tenido condenadamente en cuenta en vez de partir, a su edad, en pos de la gloria. La guerra es un juego para hombres jóvenes, Pavel. No está hecha para gente de nuestra edad.
—¡Por Ulric, hoy estás de un humor de perros, hombre del Imperio! —murmuró Pavel, y le ofreció la petaca—. Vamos, echa un trago.
Sin dejar de mirar a los exhaustos soldados, Kaspar la cogió, se llenó la boca y tragó de golpe; entonces advirtió que la bota contenía kvas, y poco menos que se dobló por efecto de la fuerte bebida. Le ardía la garganta con aquel fuego líquido; tosió y los ojos le lagrimearon.
—¡Maldición, Pavel! —exclamó Kaspar—. ¿Qué diablos estás haciendo? ¡Aún no es mediodía!
—¿Y qué? En Kislev es bueno beber pronto. Hace que el resto del día no parezca tan malo.
Kaspar frunció el entrecejo, se pasó el dorso de la mano por la boca para secársela y dijo:
—Te lo pido como favor personal: trata de mantenerte sobrio, ¿vale?
Pavel se encogió de hombros y agarró de nuevo la petaca, pero no dijo nada. Entretanto, los soldados llegaban al fin junto a ellos, extenuados, al borde del colapso. Kaspar se dio cuenta de que su humor sombrío todavía se ennegrecía más. Que su predecesor hubiera permitido que los soldados cayeran en semejante estado de flojedad era algo increíble y, de poder elegir, Kaspar los habría enviado a todos de vuelta al Imperio.
No obstante, en las presentes circunstancias aquello no era posible. Kurt Bremen le había asegurado que los podía poner en forma, y precisamente había dedicado a tal empeño la semana transcurrida desde su llegada a Kislev. Resplandeciente, con su brillante armadura y una piel de pantera que de forma impresionante le envolvía los hombros, Bremen caminaba a grandes zancadas entre los jadeantes guardias; su rostro parecía capaz de fulminar con la mirada.
—¡Y vosotros os consideráis soldados! —bramó—. ¡He visto mozuelas de servicio con más vigor que todos vosotros! ¡Después de una hora de estar en el frente ya estaríais pidiendo al enemigo que os destripara!
Por lo menos los soldados tenían la decencia de sentirse avergonzados, observó Kaspar. Quizá todavía había entre ellos algunos dignos de llevar el uniforme del emperador.
—Mis caballeros terminaron su excursión con las armaduras completas, y ninguno tiene la cara tan roja como el culo de un tileano.
—No hemos hecho ningún entrenamiento nocturno en un año —se quejó una voz aguda salida de entre los soldados.
—Es fácil deducirlo —espetó Bremen—. Pues bien, esta holgazanería se ha acabado. Estoy al mando de vuestra unidad y os juro que vais a sentir más odio por mí del que jamás habéis sentido por nadie.
—Ya hemos empezado a sentirlo —dijo otra voz.
Bremen sonrió, pero no había nada tranquilizante en su expresión.
—Bueno —gruñó—. Pues ya hemos empezado. Os haré añicos, os haré sufrir hasta que me roguéis que os mate para liberaros de tanto dolor. Pero no lo haré. Os destrozaré y luego os reconstruiré para hacer de vosotros los condenadamente mejores soldados a las órdenes del emperador.
Cuando Kaspar oyó una carcajada en los terraplenes, dirigió su atención hacia las murallas de la ciudad y observó la ladera de la colina. Grupos de soldados kislevitas reposaban en la parte frontal de la muralla, agolpados en torno a unos braseros humeantes, y se reían burlándose de los esfuerzos de los soldados del Imperio.
Kaspar habría reventado si hubiera dejado pasar aquella mofa sin la respuesta adecuada. Hundió las espuelas y el caballo castrado se sobresaltó y emprendió un medio galope; pasó por delante de Bremen y se dirigió hacia la ciudad amurallada de Kislev.
Se quitó la bufanda que le envolvía el cuello y, al hablar, su aliento quedó suspendido en el aire.
—¿Veis aquellos hombres junto a la muralla? —empezó diciendo Kaspar. No alzó la voz, pero todo el mundo comprendió los años de autoridad que su tono implicaba. Con un gesto del brazo barrió la muralla y añadió—: ¡Son guerreros kislevitas! Viven en un país amenazado constantemente por criaturas salidas de la peor de vuestras pesadillas. Tienen que estar preparados para luchar y ganar en cuanto lo exija la ocasión. ¡Y en este preciso momento se están riendo de vosotros!
Kaspar hizo dar la vuelta al caballo y lo hizo avanzar entre el grupo de soldados.
—Y no Ies faltan motivos para reírse, pues todos vosotros sois realmente patéticos, pedazos de mierda sin ningún valor sobre los que no mearía aunque estuvierais ardiendo. Sois los peores soldados que jamás he tenido bajo mis órdenes, y pongo a Sigmar por testigo de que vuestra torpeza no me pondrá en evidencia.
Encolerizados ceños fueron la respuesta a las palabras de Kaspar, pero el nuevo embajador aún no había terminado.
—Sois todo esto y cosas peores aún —continuó Kaspar—, pero sólo por el momento. Sin embargo, llegaréis a ser algo muy diferente. Sois soldados del emperador Karl Franz y sois mis hombres, y juntos nos convertiremos en algo de lo que nos sentiremos orgullosos. El embajador Teugenheim permitió que os olvidarais de que sois soldados del emperador. Pero ahora él ya no está y yo ocupo ese puesto. ¡Y no pienso dejar que lo olvidéis!
Mientras Kaspar hacía dar la vuelta de nuevo al caballo, una voz áspera, con marcado acento y tono burlón y despreciativo, exclamó:
—Las cosas iban bien hasta que apareció tu cara.
Kaspar miró hacia abajo y vio a un hombre cuyos músculos hacía mucho tiempo que habían sido reemplazados por carne fofa y grasa, y cuyos rasgos delataban una vida de borracheras continuas. Su cara barbuda era una repugnante máscara despectiva y se había llevado las manos a las caderas en actitud provocadora. Kaspar conocía aquella clase de hombres; había encontrado incontables variantes durante su vida militar.
Saltó con agilidad de la silla y aterrizó suavemente sobre el suelo fangoso. Confió las riendas a Kurt Bremen y con toda frialdad se dirigió hacia aquel hombre. La mayoría de los soldados se pusieron en pie, algunos se situaron cerca del hombre barbudo, otros procuraron mantener cierta distancia. Kaspar era consciente de que se trataba de un momento crucial; en pocos instantes podía ganarse a aquellos hombres o los podía perder definitivamente. También Kurt Bremen se había dado cuenta de ello y avanzó hasta situarse detrás de Kaspar, pero el embajador lo hizo retroceder con un gesto. Tenía que hacerlo solo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Kaspar, calibrando al hombre que tenía delante.
Era corpulento y, aunque no estaba en forma, Kaspar sabía que sus carnosas manazas podían golpear como yunques.
—Marius Loeb —repuso el hombre con el aliento amargo del rotgut, el licor alcohólico, barato y dañino con el que se había emborrachado la noche anterior.
Loeb cruzó los brazos sobre el pecho. Kaspar constató que el hombretón confiaba en el soporte de los soldados que estaban tras él. Hasta entonces habían vivido muy bien en la embajada, y estaría perdido si aquel viejo se salía con la suya.
—Loeb… —musitó Kaspar lanzando una mirada al resto de los soldados—. Sí, herr Korovic me ha hablado de ti.
Al oír su nombre, Pavel sonrió y alzó la bota en un gesto amistoso. Kaspar continuó:
—Eres un borracho, un ladrón, un matón y un vago. No vales para una mierda. Mañana estarás fuera de aquí.
La cara de Loeb se congestionó y sus ojos echaron llamaradas de indignación. Kaspar vio el puñetazo antes de que hubiera recorrido medio trayecto y dio un paso al frente proyectando su puño hacia el rostro de Loeb: un golpe de boxeador, corto, duro y eficaz. El impacto hizo crujir de forma audible la nariz de Loeb. El hombretón se tambaleó y la sangre brotó de la parte central de la cara, pero, con gran sorpresa de Kaspar, se mantuvo en pie. Gruñendo, se precipitó hacia adelante moviendo amenazadoramente sus enormes puños como rocas. Kaspar se apartó hacia un lado y lanzó un golpe rápido, sin extender el brazo, a la barriga de Loeb y luego le propinó un tremendo puñetazo cruzado en la mandíbula.
El corpulento hombretón tropezó, pero siguió insistiendo, tratando de dar un violento golpe en la cabeza de Kaspar. El puñetazo estaba mal dirigido, pero alcanzó en la sien a Kaspar y le hizo ver las estrellas. Se tambaleó y se acercó a su adversario para propinarle una brutal serie de golpes cortos en la machacada cara. Los soldados se apretujaron en torno a los combatientes y gritaron para animar por igual a ambos luchadores; con la sangre que manaba de la boca del borracho cayeron algunos dientes.
Kaspar estaba cansado y se dio cuenta de que la situación se le estaba escapando de las manos. Había creído que un buen puñetazo habría bastado para derribar a Loeb, pero aquel hombre no parecía dispuesto a abandonar. En otras circunstancias hubiera sido una admirable actitud en un soldado, pero entonces…
Los ojos de Loeb estaban hinchados y la sangre le corría por la cara. Estaba prácticamente ciego, pero eso no parecía afectarlo demasiado. Rugió y trató de pegar una patada entre las piernas de Kaspar. El embajador se hizo a un lado y descargó un martillazo con el codo sobre una mejilla de Loeb y notó cómo se rompía el hueso por el impacto. Los ojos de Loeb devinieron vidriosos, cayó de rodillas y se desplomó de bruces sobre el barro.
Kaspar retrocedió y se frotó los nudillos despellejados.
Miró con fijeza a los pocos hombres que habían permanecido detrás de Loeb y dijo:
—Llevaos este pedazo de grasa inmunda a la embajada y suturadle las heridas. Mañana regresa al Imperio.
Mientras sus camaradas se inclinaban para recoger al inconsciente Loeb, un joven soldado dio un paso al frente y dijo:
—¿Señor?
Kaspar se puso las manos a la espalda y avanzó hasta situarse ante el joven que acababa de hablar. Debía de tener veinte años, era delgado, de rasgos bien dibujados y llevaba una despeinada melena oscura.
—¿Quién eres? ¿Otro alborotador? —preguntó Kaspar.
—Me llamo Leopold Dietz, señor, de Talabecland —respondió el joven soldado, mirando a algún lugar por encima del hombro de Kaspar—. Y no soy un alborotador; sólo quería que supiese que no todos somos como Loeb. Aquí también hay buenos muchachos, y podemos ser mejores de lo que hemos demostrado antes. Mucho mejores.
—Bien, Leopold Dietz, espero que tengas razón. Sería una pena que hoy tuviera que aplastar más cráneos.
—Sin duda, señor —asintió Leopold con una sonrisa irónica—. Ninguno de nosotros tiene mandíbulas de cristal como el grandullón de Loeb.
Kaspar soltó una carcajada y exclamó:
—Me alegra oírlo, hijo, porque necesito soldados duros que den lo mejor de sí mismos.
Se apartó de Dietz y señaló en dirección a los soldados que transportaban trabajosamente hacia las puertas al gigantesco Loeb.
—Ese hombre… —empezó a decir Kaspar— era un cáncer. Os infectó a todos para que hicierais menos de lo que sois capaces de hacer, menos de lo que vuestro deber os exige. Ese cáncer ha sido extirpado, y a partir de ahora las cosas se harán de manera adecuada, como corresponde a una guarnición de soldados del emperador. Soy un hombre duro pero también leal, y sabré corresponderos si me demostráis que sois dignos de vuestros puestos.
Kaspar se volvió hacia el ceñudo Kurt Bremen. Constató que el Caballero Pantera no aprobaba sus métodos, pero él, que había salido de la clase de tropa, sabía que sólo había una manera de ganarse el respeto de los soldados rasos. Tomó de manos de Bremen las riendas del caballo castrado y, metiendo el pie en el estribo, montó de un salto.
Pavel se acercó y le susurró:
—Tu primer puñetazo fue bueno, pero creo que no fuiste al grano. ¿Olvidaste lo que Pavel te enseñó sobre peleas callejeras? Ojos e ingles. Hay que cubrirse bien y atacar ahí.
Kaspar esbozó una sonrisa mientras apretaba y extendía los puños. Sentía ya el entumecimiento de los dedos y sabía que la piel no tardaría en ponérsele morada.
—Ese hombretón casi te tumba con el puñetazo en la cabeza —comentó Pavel—. Quizá tengas razón, quizá eres demasiado viejo para la milicia.
—Sí, desde luego era un tipo duro —reconoció Kaspar. Luego se puso los guantes de montar de piel negra mientras Pavel le daba una palmada en el hombro y señalaba con la cabeza hacia las puertas de la ciudad, donde tres jinetes los observaban en silencio.
Kaspar se protegió los ojos de la luz del sol y contempló al pequeño grupo que bajaba por la serpenteante carretera hacia ellos. Dos caballeros provistos de armaduras de bronce y con capas de piel de oso flanqueaban a un hombre delgado de rasgos ascéticos envuelto en una capa azul y con un gorro de piel firmemente encajado en la cabeza.
—¿Quién es ése?
—Problemas —gruñó Pavel.
Kaspar echó un vistazo a las normalmente lacónicas facciones de Pavel, receloso ante el aspecto hostil que durante unos instantes se reflejó en su rostro. Indicó a Bremen que continuara con la instrucción de los soldados y espoleó al caballo.
—Vamos entonces, Pavel. Salgamos al encuentro de los problemas.
—Amigo mío, los gospodars siempre dicen: «No salgas en busca de problemas; ya te encontrarán los problemas a ti» —murmuró el gigante kislevita, mientras hacía que su sobrecargado caballo siguiera al de Kaspar.
El hombre delgado detuvo su montura, un caballo bayo castrado del Imperio, no la típica montura más pequeña propia de las llanuras kislevitas, lo cual indicaba claramente que se trataba de un hombre con recursos. De forma inusual para un kislevita, iba bien rasurado, y sus labios dibujaron una mueca de disgusto cuando posó la vista en el cuerpo inconsciente de Loeb, dando a entender a Kaspar que se había percatado de la reyerta.
El hombre saludó a Kaspar con una leve inclinación y, sin hacer el menor caso de Pavel, preguntó:
—¿Tengo el placer de dirigirme al embajador Von Velten?
Kaspar asintió con la cabeza.
—Por supuesto, aunque me llevas ventaja. ¿Eres…?
Aquel hombre pareció hincharse bajo su voluminosa capa y luego se irguió y respondió:
—Soy Piotr Ivanovitch Losov, consejero jefe de la zarina Katarina la Grande, y te doy la bienvenida a su país.
—Gracias, herr Losov. ¿En qué puedo servirte?
Losov sacó del interior de la capa un sobre de vitela con un sello de cera troquelado con el blasón de la mismísima Reina del Hielo y se lo entregó a Kaspar.
—Te traigo esto —dijo—, y espero que le prestes la debida atención.
Kaspar tomó el sobre, rompió el sello y sacó una invitación, suntuosamente impresa en un papel de extraordinaria calidad en el que aparecía una marca de agua con las iniciales de la realeza. El texto estampado en relieve dorado que Kaspar leyó era una cordial invitación para ser presentado aquella misma noche a la zarina en el Palacio de Invierno.
Kaspar volvió a meter la invitación en el sobre y dijo:
—Por favor, transmite mi agradecimiento a la zarina y comunícale que su invitación nos honra y que la aceptamos encantados.
Piotr Losov frunció el entrecejo lleno de confusión.
—¿Nos? —empezó a decir, pero antes de que pudiera añadir algo más, Kaspar prosiguió:
—Será estupendo. Mi enlace kislevita y el capitán de los guardias sin duda también disfrutarán de la velada. He oído contar historias fabulosas sobre el esplendor del Palacio de Invierno.
Losov seguía con expresión ceñuda, pero no dijo nada, pues se daba cuenta de que rechazar a los convidados por Kaspar implicaría romper el protocolo.
—Por supuesto —repuso Losov, lanzando una mirada de asco a Pavel—. Estoy seguro de que la zarina también se sentirá muy complacida de recibirlos.
Kaspar sonrió ante el apenas disimulado sarcasmo y dijo:
—Muchas gracias, por traerme esta invitación, herr Losov. Espero verte de nuevo esta noche.
—Yo también —respondió Losov, quitándose el gorro ante Kaspar y tirando de las riendas del caballo. Acompañado por su escolta, cabalgó ladera arriba en dirección a la ciudad y se unió a una caravana de carros y campesinos envueltos en pieles.
Kaspar contempló la retirada de Losov y luego se volvió hacia Pavel.
—Vosotros dos ya os conocíais, ¿no?
—Sí, nos tratamos hace tiempo —confirmó Pavel en tono neutro, pero no añadió nada más. Kaspar dejó el asunto para más adelante y levantó la vista hacia el bajo sol otoñal. Todavía brillaba, pero ya habían transcurrido varias horas desde el mediodía.
—¡Una recepción esta noche! Maldita sea, podría habernos hecho un poco más de caso antes: ¡he estado esperando toda la semana para conseguir una audiencia con ella!
Pavel se encogió de hombros. En cuanto Losov se perdió de vista, recuperó su habitual entusiasmo.
—Amigo mío, son las maneras de la zarina. Ven, tenemos que regresar a la embajada y prepararnos. Pavel tiene que asegurarse de que estarás presentable para visitar a la Reina del Hielo.
Kaspar dio un tirón a la sencilla camisa gris y a la capa y las botas manchadas de barro, y se dio cuenta de hasta qué punto había parecido un rudo campesino a los ojos del enviado de la zarina.
—Supongo que no hubiera sido correcto declinar la invitación —insinuó Kaspar, agitando el sobre.
Semejante idea pareció horrorizar a Pavel, que con la cabeza corroboró vigorosamente tal suposición.
—Muy mal, sí, muy mal. No puedes rechazarla. La etiqueta exige que las invitaciones de la Reina del Hielo tengan prioridad frente a cualquier otro compromiso previo. Incluso las obligaciones para con los muertos deben ser aplazadas, pues el duelo no exime a un invitado de asistir a las ceremonias de la corte.
—Y la perspectiva de comida y bebida gratis no tienen nada que ver con tus deseos tenaces de asistir a esa maldita fiesta…
—¡En absoluto! —exclamó Pavel, y soltó una carcajada—. Pavel sólo quiere estar seguro de que no vas a ofender en ningún caso a la Reina del Hielo. Si no tuvieras ya el pelo plateado, Pavel te lo volvería blanco si te contara la historia del último hombre que ofendió a la zarina. ¡Sólo te diré que menos mal que él y su mujer ya tenían hijos!
—Entonces vámonos, amigo mío —exclamó Kaspar con una risita, y dirigió el caballo hacia las puertas de la ciudad—. No tengo ganas de correr la misma suerte.
Kaspar lanzó un vistazo a los soldados, que habían empezado a correr una vez más en torno a las murallas de la ciudad. Advirtió que Leopold Dietz abría la marcha, mantenía el ritmo de Kurt Bremen y exhortaba a los demás a esforzarse al máximo. Confiaba en que las palabras optimistas del joven soldado fueran algo más que aire caliente. Durante los próximos meses necesitaría soldados de los que pudiera sentirse orgulloso si quería que su embajada fuera tomada en serio.
II
Kaspar se puso el largo abrigo y se contempló en un espejo de cuerpo entero. Llevaba unos calzones negros introducidos en botas de cuero gris, una camisa blanca de algodón adornada con bordados y una levita negra austeramente confeccionada. Consideró que tenía todo el aspecto de un servidor del Imperio incluso en el menor de los detalles. A pesar de sus cincuenta y cuatro años, había tratado de mantenerse en forma y su cuerpo era delgado pero fuerte.
Desde la salida de Teugenheim a principios de semana, Kaspar había considerado como suyos los aposentos del antiguo embajador y los había vuelto a amueblar con su propio dinero. No vivía como estaba acostumbrado, pero por el momento se apañaría así.
Dos horas antes, al volver del frío reinante fuera de las murallas de la ciudad, se había bañado y usado un jabón de hierbas kislevita que tenía un aroma extraño pero no desagradable, y luego se había afeitado, pasando la navaja dos veces por la barbilla. Kaspar pensó que era habitual afeitarse la mayoría de las mañanas medio dormido y no cortarse; en cambio, el día en que había algún acontecimiento importante siempre parecía que se había castigado la piel con la hoja oxidada de un hacha.
Se oyó un golpe en la puerta y, antes de que pudiera responder, Stefan entró en la habitación; en su brazo bueno sostenía un montón de telas de colores. El brazo izquierdo terminaba en la muñeca, pues un hachazo brutal le había cortado la mano hacía una década.
—¿Qué te parece? —preguntó Kaspar.
—¡Oh, no, no, no! —repuso Stefan con aspereza, mientras lanzaba una mirada desdeñosa al atavío de Kaspar y ponía los ojos en blanco—. No vas a un funeral, maldito imbécil, vas a ser presentado a una reina.
—¿Qué es lo que no te gusta de mi indumentaria? —preguntó Kaspar levantando los brazos y poniéndose de nuevo ante el espejo.
—Tienes pinta de profesor de instituto —comentó Stefan, dejando caer el montón de telas en una silla junto a la ventana.
«Estamos en Kislev —continuó Stefan—. Son una gente austera, lo cual no implica que vayan siempre vestidos de negro. Las fiestas de la realeza son una excusa para que los kislevitas se vistan como pavos reales y presuman con sus mejores galas.
Como para subrayar las palabras de Stefan, la puerta se abrió bruscamente y Pavel irrumpió en la habitación de Kaspar, riendo burlonamente como un loco y vestido con una chillona mezcla de sedas y terciopelos. Llevaba un jubón azul cobalto y unas calzas, ceñidas a su oscilante barriga, bordadas con hilo de plata y lentejuelas brillantes. Una elegante capa de armiño le llegaba hasta las rodillas, y las botas, ridiculas y poco prácticas, eran de terciopelo blanco. Para completar el conjunto, Pavel se había engominado el largo bigote gris a fin de que describiera unas espirales que descendían hasta debajo de la barbilla.
Kaspar se quedó boquiabierto al contemplar a su compañero mientras Stefan mostraba su aprobación moviendo la cabeza.
—Éste es el estilo —aseveró—. Así es como hay que vestirse en la corte de Kislev.
—Por favor, dime que estás bromeando —gruñó Kaspar—. ¡Parece un maldito bufón de la corte!
Pavel puso cara de consternación y cruzó los brazos.
—¡Mejor es parecer un bufón que un sacerdote de Morr, hombre del Imperio! Esta noche seré el hombre más guapo. ¡Las mujeres llorarán cuando vean a Pavel!
—De eso no tengo la menor duda —opinó Kaspar secamente.
Pavel sonrió, sin captar el tono irónico de Kaspar, y los siguientes veinte minutos fueron dedicados a un acalorado debate en el que Stefan y Pavel trataron de convencer al embajador para que llevara un atuendo más abigarrado. Finalmente, se llegó a una solución de compromiso y Kaspar aceptó llevar unos calzones verde esmeralda y, como una concesión a sus anfitriones kislevitas, una corta capa escarlata con rayas doradas y adornada con bordes de cebellina. La capa le colgaba holgadamente de los hombros y Kaspar la consideraba completamente inútil: demasiado corta para abrigar y lo bastante difícil de mantener en su sitio cuando se andaba; era la típica prenda de la aristocracia kislevita diseñada sin la menor utilidad práctica.
Al fin, Kaspar y Pavel bajaron hasta las puertas principales de la embajada para reunirse con Bremen, que los estaba esperando cubierto con una armadura reluciente como plata pulida. El caballero no llevaba ni cinto ni espada, y Kaspar se dio cuenta de hasta qué punto le incomodaba ir desarmado. Bremen miró hacia arriba cuando los oyó acercarse y Kaspar advirtió claramente cómo trataba de reprimir una sonrisa al ver sus estrafalarios atuendos.
—Ni una palabra —le advirtió Kaspar cuando Bremen abrió la gruesa puerta de madera.
El cielo estaba oscuro cuando salieron a la fría noche de Kislev. Tan sólo acababa de anochecer, pero la noche había caído con la habitual rapidez norteña y Kaspar sintió el frío en los huesos.
—Por Sigmar, esta vestimenta no abriga nada —gruñó. Pateó los guijarros del empedrado para entrar un poco en calor y bajó por las escaleras que conducían a la verja de la embajada, en donde les esperaba un carruaje descubierto cuidadosamente barnizado. En el diminuto puesto del cochero estaba sentado un enorme conductor de larga barba envuelto en un vasto sobretodo y cubierto con una gorra cuadrada de terciopelo rojo. El hombre saltó, abrió la puerta y saludó mientras Kaspar, Pavel y Bremen subían al coche. Volvió a su puesto de cochero, hizo sonar el látigo, y con mano experta condujo el carruaje hacia la plaza Geroyev.
III
El cochero llevaba los caballos al trote con suma facilidad; sujetaba con firmeza entre sus manos las delgadas riendas, y Kaspar tuvo que admitir que el carruaje era un excelente medio de transporte. Los arneses, hechos con unas pocas tiras de cuero, apenas eran visibles y proporcionaban al corcel un aspecto maravilloso y elegante, pues parecía correr sin ninguna restricción bajo la gran pieza de madera arqueada situada sobre el collar del carruaje. Si todavía viviera, a Madeline le hubiera encantado viajar de aquella manera, y durante un melancólico momento se la imaginó sentada a su lado cruzando la noche.
El carruaje atravesó como un rayo el centro de la plaza y aminoró la marcha cuando la pendiente se hizo más empinada. Siguió suavemente por Urskoy Prospekt, la gran avenida triunfal que tomaba su nombre del monasterio del Relicario de San Alexei Urskoy, situado al principio de la misma. El macizo edificio de piedra era un santuario consagrado a los héroes de Kislev y la tumba del padre de la Reina del Hielo, el gran zar, el mismísimo Radii Bokha.
La avenida presentaba un aspecto de lo más animado durante todo el trayecto. A ambos lados de la misma, unos vehículos más humildes se ofrecían para ser alquilados; disponían de recios caballos de tiro y los conducían campesinos de toscos abrigos que se habían juntado allí, provinentes de la estepa circundante, para escapar del avance de los ejércitos de los norteños.
El terreno se hizo menos inclinado y ante ellos, junto a la cima de la Gora Geroyev, apareció el palacio de la Reina del Hielo. Kaspar lo había visto en varias ocasiones durante la pasada semana y su majestuosidad lo había sobrecogido, pero, de noche, iluminado desde abajo por grandes linternas de Catai, su belleza era fascinante.
—Es impresionante —susurró Kaspar, mientras el diestro conductor cruzaba las verjas de hierro forjado de los jardines palaciegos y pasaba entre filas de caballeros armados y provistos de yelmos en forma de osos gruñentes. La majestuosa escalera del palacio real resultaba aún más ostentosa a medida que uno se acercaba; sus fortificaciones eran tan formidables como las de las murallas de la ciudad.
Los numerosos trineos y carruajes que los precedían iban depositando a sus ocupantes envueltos en pieles ante las puertas de madera negra del palacio y en seguida se apartaban para dejar sitio a los que los seguían. En la entrada, inmóviles caballeros montados en caballos blancos permanecían vigilantes, mientras los carruajes vacíos cruzaban de nuevo la puerta y se alineaban en la plaza; los cocheros se reunían en torno a enormes fogatas que ardían en braseros preparados para la ocasión.
El conductor saltó de nuevo de su puesto y en silencio les abrió la portezuela del carruaje. Kaspar y Bremen bajaron, absolutamente admirados ante el talento del arquitecto del palacio. Pavel deslizó algunos copecs de latón en la palma extendida del cochero y permaneció al lado de los dos hombres del Imperio, siguiendo sus miradas en torno al intrincado conjunto de columnas y frontones esculpidos que formaban la entrada del Palacio de Invierno.
—Tenéis pinta de no haber visto nunca un palacio. Vayamos al interior antes de que nos tomen por ignorantes campesinos —dijo Pavel, dirigiéndose a grandes zancadas hacia el palacio.
Kaspar y Bremen se apresuraron a seguirlo. Las puertas de madera se fueron abriendo a medida que se acercaban hasta que entraron en el palacio de la zarina de Kislev. Apenas habían llegado al vestíbulo, de suelo enlosado de mármol, las puertas se cerraron.
La vasta antesala estaba repleta de gente: mujeres jóvenes que charlaban animadamente y hombres que reían de alguna obscenidad.
La inmensa mayoría de los hombres eran militares, jóvenes oficiales bigotudos de todos los cuerpos, con rostros ojerosos que daban fe de duras batallas entabladas en el oblast del norte contra las hordas de guerreros kurgan. Vestían brillantes capas de ricas telas y chaquetas ribeteadas de piel con holgadas mangas; era evidente que las armaduras habían sido reparadas con prisas, y todos llevaban yelmos con plumas coronados por un oso de plata de garras extendidas. Distribuidos aquí y allá se encontraban los jefes de los regimientos de lanceros y los arqueros a caballo provistos de petos rojos y túnicas verdes, así como arcabuceros envueltos en largas túnicas y con abultadas cartucheras plateadas.
Deslizándose discretamente entre la multitud, los pajes de la zarina, con librea, y las damas de honor, con túnicas largas de color azul hielo, liberaban a los invitados de sus pesadas pieles y portaban bandejas de plata repletas de aflautadas copas de espumoso vino bretoniano. Pavel alargó la mano y detuvo a uno de los sirvientes para procurarse tres bebidas.
Kaspar aceptó una de las copas, sorbió un poco y saboreó con placer el refrescante y burbujeante vino.
—Parece salido de un cuento de hadas —dijo Kaspar, maravillado.
—¿Esto? —se burló Pavel haciendo una mueca—. Esto no es nada. Espera a ver la Galería de los Héroes, amigo mío.
Kaspar sonrió y, a pesar de sus reservas, se sintió atrapado en el humor bullicioso que parecía haber contagiado a los invitados mientras todos avanzaban lentamente hacia una grácil y curvada escalera de mármol.
El cortejo subió por la larga escalera engalanada con flores;
colas de encaje se deslizaban entre columnas de pórfido, y las gemas y los diamantes relucían a la luz de hermosos fanales giratorios adornados con sedas. Uniformes multicolores atravesaban el vestíbulo, en el que resonaban los ruidos metálicos de sables y espuelas al chocar con el suelo. Pausadamente, los invitados iban ascendiendo entre filas de caballeros kislevitas elegidos entre los hombres más guapos de la guardia de palacio: gigantes de magnífico aspecto, que permanecían impasibles con sus armaduras de bronce bruñido.
Una gigantesca pintura del padre de la zarina a lomos de un oso blanco de aspecto monstruoso dominaba la pared de la cabecera de la escalera, y, debajo de ella, Kaspar advirtió la figura elegantemente vestida de Piotr Losov. Llevaba una larga túnica carmesí, adornada con volantes de piel amarilla y borlas plateadas.
El consejero de la zarina lo divisó y levantó la mano en señal de bienvenida.
—Sé prudente con ése —le advirtió Pavel cuando llegaron a lo alto de la escalera—. Es una serpiente de la que nunca te debes fiar.
Antes de que Kaspar pudiera preguntar algo a Pavel, Losov se plantó ante ellos y estrechó la mano de Kaspar. Sonriendo dijo:
—Bienvenido al Palacio de Invierno, embajador Von Velten. Me alegro de volver a verte.
—Me siento honrado por la invitación, herr Losov. El palacio es majestuoso, jamás había visto nada parecido. Realmente es una maravilla.
Losov asintió con la cabeza, aceptando amablemente el cumplido, mientras Kaspar añadía:
—Permíteme que te presente a mis compañeros. Éste es el capitán de mi guardia, Kurt Bremen, de los Caballeros Pantera.
—Me siento honrado, señor —respondió Losov, mientras Bremen hacía una ligera reverencia y juntaba sus talones.
—Y aquí está —dijo Kaspar señalando a Pavel— el enlace kislevita del embajador imperial, Pavel Korovic. Pavel y yo servimos juntos en el ejército del emperador hace muchos años. Es un viejo y leal amigo.
Sin apenas molestarse en disimular su desprecio, Losov inclinó levemente la cabeza en dirección a Pavel y luego dijo:
—Si me lo permites, me gustaría acompañaros a la Galería de los Héroes. Esta noche hay aquí mucha gente que en mi opinión, herr embajador, sería interesante que conocieras si quieres que el desempeño de tu cargo sea provechoso.
—En tanto en cuanto los puntos de vista del emperador se dejen oír en la corte, consideraré haber empleado el tiempo de forma provechosa —repuso Kaspar.
—Te comprendo perfectamente, herr embajador.
Sirvientes con libreas azules mantenían abiertas las puertas blancas situadas bajo el inmenso retrato mientras Losov los hacía pasar a la Galería de los Héroes; y, una vez más, Kaspar no encontró palabras para describir la opulencia de lo que apareció ante su vista.
IV
La Galería de los Héroes era una de las secciones de un gran conjunto arquitectónico de tres partes, construida con un material que Kaspar al principio creyó que era cristal y luego advirtió que, de hecho, era hielo macizo. Esta primera parte de la galería constituía el ala sur del palacio, y la luz de centenares de candelabros de plata se reflejaba en miríadas de puntitos que deslumhraban de forma rutilante. A un lado, a través de una única gran bóveda y de una serie de arcos con columnas de hielo, se abría una imponente sala semicircular llena de mesas dispuestas para la cena.
En el otro lado, un conjunto de pequeños arcos conducía desde la galería a otro espacio igualmente impresionante en el que entusiastas espectadores contemplaban a un grupo de guerreros desnudos de cintura para arriba que se entrenaban con largas espadas curvadas.
Kaspar se detuvo para mirar, con paralizante repulsión, a los guerreros que llevaban hojas envainadas en pliegues de piel cauterizada a lo largo de los musculosos pechos y estómagos. Largas colas de caballo pendían de los cráneos rasurados y llevaban fajas azul celeste atadas a las estrechas cinturas. Un guapo guerrero con un largo bigote engominado y un moño untado de aceite saltaba ágilmente sobre las puntas de los pies en el centro de un círculo de guerreros. Tenía el cuerpo grácil de un bailarín y, a la vez, las caderas estrechas y los hombros potentes de un espadachín. Portaba dos magníficas hojas y llevaba los holgados pantalones de lucha de color escarlata propios de la caballería. Llevaba el cuerpo untado de aceite y los bien esculpidos músculos brillaban a la luz de las antorchas.
Cuatro guerreros con atuendos similares lo rodearon, se inclinaron ante él y alzaron las espadas. Kaspar observaba con mirada experta mientras el guerrero solitario se agachaba en actitud de pelea, dirigiendo una hoja hacia su oponente más próximo y haciendo girar la otra sobre su cabeza.
—¿Quién es ese guerrero? —preguntó Kaspar, cuando Piotr Losov se detuvo a su lado.
—Es Sasha Fiodorovich Kajetan —dijo con orgullo Losov—. Está al mando de uno de los escuadrones más gloriosos de la Legión del Grifo de la zarina. Su familia tiene haciendas en una región extraordinariamente pintoresca del Tobol, y muchos dicen que mandará la Legión antes de que acabe el año.
Kaspar asintió con la cabeza, lógicamente impresionado, mientras los cuatro espadachines se acercaban a Kajetan.
—No parece una pelea muy equilibrada.
—Lo sé —asintió Losov—, pero Kajetan es Droyaska, un maestro de esgrima. Si aceptara más rivales parecería que lo hacía para lucirse.
Kaspar echó una rápida y sorprendida ojeada a Losov y de nuevo centró su atención en el combate. Los fríos rasgos de Kajetan no transmitían temor ante la perspectiva de enfrentarse a cuatro oponentes armados, y Kaspar no era capaz de decidir si lo que estaba viendo era una muestra de coraje o de arrogancia.
Empezó la pelea, pero terminó tan rápidamente que a Kaspar le costó creer lo que acababa de ver. Mientras el primer adversario de Kajetan trataba de darle una estocada, él saltó y giró en el aire para aterrizar entre dos de los espadachines, y con los pomos de las dos espadas que empuñaba les golpeó la frente. Mientras ellos caían, él siguió en acción: se hizo a un lado para esquivar el tajo de la espada de otro oponente y se echó a rodar por debajo de una estocada alta que a juicio de Kaspar lo hubiera decapitado sin la menor duda. Se puso de rodillas y, con una pierna, pegó un profundo y violento barrido que golpeó las piernas de otro espadachín, derribándolo. Con el codo martilleó el cuello del caído e inmediatamente arqueó la espalda y cruzó las dos espadas por encima de la cabeza para bloquear un tajo vertical. Luego dio un salto mortal hacia atrás y propinó una tremebunda patada en la mandíbula de su último contrincante mientras daba un giro en el aire y a continuación aterrizaba elegantemente con las espadas cruzadas ante él.
Enardecidos aplausos resonaron en la sala, y Kaspar se encontró aplaudiendo también, asombrado por la sublime destreza de aquel guerrero. Los cuatro contrincantes se levantaron aturdidos, mientras los aplausos arreciaban.
—Por todos los dioses, ¿en qué lugar ha aprendido a pelear este hombre? —preguntó.
—Tengo entendido que recibió las enseñanzas de una orden de guerreros del lejano este —explicó Losov vagamente—. En una de las islas de Catai, según creo.
Kaspar asintió con la cabeza, sintiendo aún temor y respeto ante la asombrosa exhibición de Kajetan, y se dirigió desde el lugar del combate a la galería principal. El imponente techo abovedado estaba recubierto de un vasto mosaico que representaba la coronación de Igor el Terrible, y de su centro colgaba un gran candelabro de los tiempos del zar Alexis. Grandes columnas, construidas con hielo teñido de color sepia, con sutiles vetas de hilo de oro y coronadas por estriados capiteles esculpidos a mano, sustentaban el techo. Las paredes eran lisas y translúcidas, y numerosas alfombras de Bretonia, Estalia y Tilea cubrían el frío suelo de un extremo a otro.
Kaspar estaba asombrado. Muchos años atrás había visitado el palacio imperial de Altdorf, cuando recibió el bastón de mando de general, pero su esplendor palidecía ante aquella opulencia.
Vio que también Bremen estaba sorprendido ante lo que le rodeaba, mientras que Pavel se acercaba a otro sirviente para rellenar las copas vacías. Losov condujo a Kaspar al interior de la sala y le mostró las particularmente impresionantes pinturas y las características de la estancia.
—La Galería de los Héroes toma su nombre de la colección de pinturas de los zares kislevitas aquí expuestas. Constituye una historia viva de los antiguos gobernantes de Kislev: incluye retratos de los zares Alexis, Radii Bokha y Alexander, de los hijos de éste y, por supuesto, de las reinas Khan, Miska y Anastasia.
Kaspar, maravillado de todo lo que le rodeaba, asentía con la cabeza mientras Losov hablaba.
Éste proseguía con su relato.
—Los muebles son bretonianos en su mayor parte e incluyen un conjunto de piezas de Eugene Fosse, el cual fue llevado al Palacio de Invierno desde Bordeleaux en 2071.
Cuando Losov empezó a hablar de los retratos de las reinas Khan, Kaspar se distrajo fijando su atención en una mujer de cabello negro como ala de cuervo y vestida con un traje marfil que avanzaba a la cola de la multitud de invitados. Mientras aparentaba atender a Losov, trató de verle la cara, pero para su frustración, ella permanecía parcialmente fuera de su vista. Cuando captó un destello de la maliciosa sonrisa de la dama, un tenue recuerdo le revoloteó en la memoria, pero no lo pudo atrapar.
Kaspar se dio cuenta de que Losov había seguido avanzando y se apresuró a alcanzarlo, pero chocó con otro invitado y le derramó el vino sobre la chaqueta de piel.
Horrorizado, Kaspar dijo:
—Lo siento mucho, señor. Ha sido culpa mía…
Una ristra de ininteligibles palabras kislevitas se le vino encima y, aunque su conocimiento de la lengua era rudimentario, comprendió que el invitado lo estaba insultando de un modo horrible. Era un hombre fuerte y ancho de espaldas ataviado con pieles y armadura ostensiblemente caras. Llevaba un yelmo con visera ribeteado de oro, lo cual indicaba que se trataba de un boyardo, un miembro de la nobleza kislevita, y sus facciones enmarcadas por una barba rojiza hablaban de una dura vida al aire libre. El choque poco menos que le hizo perder el equilibrio, y Kaspar comprobó que el boyardo estaba borracho como una cuba; sus ojos legañosos eran feos y hostiles.
—Eh, tú, ¿eres un hombre del Imperio? —preguntó el boyardo con un marcado acento Reikspiel.
—Lo soy, sí —contestó Kaspar—. Soy…
—Imperio bastardo —pronunció con impertinencia el otro—. Se mantiene a salvo con la sangre de Kislev. Tú y tu país estaríais muertos si no fuera por nosotros. Los hijos de Kislev mueren para que tu país esté a salvo, y tan sólo cuando el Imperio arde venís a combatir.
Kaspar tuvo que esforzarse mucho para conservar la calma cuando el boyardo borracho le hurgoneó el pecho con un grueso dedo.
—¿A qué has venido, eh? ¿Quieres que los guerreros de Kislev peleen por ti? ¡Ja! ¿Nos tratas como a perros y luego esperas que muramos por ti?
—Eso no es…
—Mierda para ti, hombre del Imperio. Espero que tu país arda en el infierno —gruñó el boyardo.
Kaspar apretó los puños sintiendo que cada vez le resultaba más difícil conservar la calma. Agarró la túnica del boyardo y bajó la cara del borracho hasta ponerla al nivel de la suya.
—Ahora escúchame, pedazo de…
—Venga ya, Alexei Kovovich —dijo Piotr Losov con suavidad, apareciendo junto a Kaspar y separando a los dos hombres—. No hay para tanto. Esta noche, el embajador Von Velten será presentado a la zarina y estoy seguro de que no querrás lastimarlo antes del evento, ¿verdad?
Alexei Kovovich dirigió su atención hacia Losov y luego escupió en el suelo frente a Kaspar; se dio la vuelta y, tambaleándose, se fue a ver las exhibiciones marciales de la otra sala. En el salón, numerosas cabezas se habían vuelto para contemplar el altercado y Kaspar notó que se ruborizaba.
—Te pido disculpas, embajador —dijo Losov—. El boyardo Kovovich puede ser un tanto grosero cuando ha bebido demasiado, aunque es un gran guerrero si consigue mantenerse sobrio. Lamento decirte que es un rasgo común en una parte de nuestra aristocracia.
—Está bien —dijo Kaspar, avergonzado por su pérdida de control. ¿Qué impresión les habría causado aquello a los kislevitas? Mientras Losov lo acompañaba hacia una fila de invitados que se extendía desde unas puertas dobles de oro batido en el extremo opuesto de la sala, se fue tranquilizando poco a poco. Al parecer no era la única persona que aquella noche iba a ser presentada a la zarina y, a juzgar por su posición en la fila, tampoco era la más relevante.
Un decorativo reloj colocado sobre las puertas empezó a sonar, y a la décima campanada se abrieron las puertas dobles de un aposento interior. Al instante, un silencio mortal reinó en la galería. Una voz anunció:
—¡La zarina Katarina la Grande, reina de todo Kislev!
Kaspar entonces contempló por vez primera a la infame Reina del Hielo.
Alta y majestuosa, de una belleza que recordaba una artística escultura, la zarina llevaba un vestido largo azul pálido con una cola de encaje que brillaba como si estuviera hecha de cristales de hielo. El cabello, del color del cielo de un claro día invernal, lo llevaba recogido bajo una media luna de terciopelo azul celeste, decorada con perlas, de la que pendía un largo velo blanco.
Numerosos sirvientes y familiares próximos seguían a la Reina del Hielo. Mientras la soberana saludaba a los que estaban más cerca de las puertas de sus estancias, Kaspar observó el efecto que la entrada de la zarina había causado en los rostros de los que se encontraban en la sala. Todos los semblantes habían adquirido la misma expresión, alternativamente seria y sonriente, como si tuvieran miedo de cruzar su mirada con la de la reina y al mismo tiempo temieran no hacerlo.
La zarina casi había llegado donde él se encontraba, y Kaspar recordó, mientras el aire en torno se hacía más frío, que la Reina del Hielo tenía fama de poderosa hechicera; se decía que sus poderes provenían de las heladas tierras del mismísimo Kislev. Sintió escalofríos cuando dirigió la vista a la cintura de la zarina y advirtió, allí ceñida, una espada de larga hoja. El arma irradiaba ondas de frío helado, y Kaspar descubrió que estaba ante Hielo del Miedo, la temible espada de guerra. La espada mágica había sido forjada en tiempos remotos por Miska, una de las reinas Khan, y empuñada por ella cuando había conquistado regiones enteras del Imperio.
No sólo era muy poco habitual que la zarina apareciera armada en una ocasión como aquélla, sino que Kaspar también advirtió que era un insulto premeditado, pues el arma que portaba la reina había matado, en épocas anteriores, a muchos nobles del Imperio.
Al fin la zarina llegó ante Kaspar, y éste percibió el frío de su proximidad en lo más profundo de sus huesos mientras le brindaba una respetuosa reverencia. La Reina del Hielo le dio la mano con la palma hacia abajo, y Kaspar la alzó hasta su boca para besarla sutilmente. Se le quemaron los labios del frío, como si hubiera dado un beso a un bloque de hielo. El embajador se enderezó y, cuando la Reina del Hielo se echó hacia atrás el velo de encaje que le cubría el rostro, sus miradas se cruzaron. La zarina tenía la piel pálida y translúcida, y sus labios dibujaban una sonrisa burlona; los ojos eran como piececitas de frío zafiro.
—Embajador Von Velten, nos alegramos de que hayas podido asistir. Espero que la asistencia a nuestra velada no te haya apartado de ningún asunto urgente.
—En absoluto, majestad. No me hubiera perdido esto por todo el oro de las Montañas Grises.
—Bien —asintió la zarina, mientras sus ojos lechosos se dirigían hacia otros invitados de la fila.
—Te felicito por el palacio, es realmente magnífico.
—Gracias por tus amables palabras, embajador Von Velten. Por supuesto, siempre es un placer dar la bienvenida a un soberano de un país hermano en la figura del representante del Imperio en Kislev; espero que tengas más éxito que tu predecesor.
—Sólo deseo servir, majestad.
—¡Qué maravillosa filosofía tienes, embajador! —dijo la zarina con cierta guasa, y luego avanzó hasta el invitado siguiente mientras Kaspar sentía que el aire frío se había ido con ella.
V
Mientras los primeros acordes de una marcha militar se mezclaban con corteses aplausos, la zarina, acompañada de su actual favorito, se dirigió hacia el centro de la larga sala. Habían quitado las valiosas alfombras de países extranjeros para dejar al descubierto el suelo pulido, más adecuado para el baile. Otras parejas siguieron a la Reina del Hielo, y Kaspar se percató de que Pavel ofrecía la mano a una dama de cabellos grises, lo bastante mayor como para ser su abuela, y sonreía con expresión indulgente mientras se pavoneaba como si fuera un auténtico zar. Cuando vio que una chica joven, de no más de dieciséis veranos, tomaba de la mano a Kurt Bremen y que por poco éste rodaba por el suelo, el embajador soltó una carcajada. La multitud aplaudía al paso de la zarina y Kaspar se unió a los aplausos; al poco se le heló la sonrisa cuando una delicada mano se deslizó en la suya y lo apartó de la pista de baile.
Abrió la boca para protestar, pero la cerró al instante al reconocer a la dama de cabellos oscuros que antes había estado buscando. La mujer le sonrió y Kaspar supuso que tal vez tendría unos treinta y cinco años; su belleza salvaje le impresionó profundamente. La cabellera negro azabache, que le caía desde una media luna de seda adornada con joyas, le cubría los hombros como un óleo iridiscente y enmarcaba a la perfección sus labios carnosos y sus ojos verde jade. El traje marfil coqueteaba púdicamente con el colgante de oro que pendía en su amplio escote.
El dije era una corona en torno a un corazón, y Kaspar reconoció que se trataba del blasón del carruaje con el que se había cruzado poco después de entrar en Kislev. La frágil imagen que había retenido emergió a la superficie de su mente, y entonces recordó el rostro de la dama pasando junto a él en Goromadny Prospekt. Advirtió que la mujer lo estaba mirando y se sonrojó, pues se dio cuenta de que ella debía de pensar que la estaba observando.
La dama se rió silenciosa y festivamente y, mientras pasaban por una serie de arcos del muro este de la galería, señaló con la cabeza en dirección a una galería adyacente.
Kaspar, tras comprobar que Bremen y Pavel seguían estando ocupados, asintió en silencio y acompañó a la mujer hasta aquella galería.
Era más pequeña que la Galería de los Héroes, pero no menos impresionante. A la izquierda de Kaspar, una amplia escalera descendía hasta un conjunto de puertas dobles que daban a un resplandeciente jardín de árboles blancos y esculturas de hielo. Una gran pintura, que describía la batalla final de la Gran Guerra contra el Caos, que tuvo lugar a las puertas de Kislev, presidía la sala; cogidos de la mano, Kaspar y la mujer se acercaron a contemplarla.
La dama miró el cuadro fijamente, como si estuviera en trance; mantenía en la suya la mano de Kaspar, que siguió su mirada. El cuadro era una obra de gran tamaño, y el embajador quedó impresionado por la pasión que reflejaba pese a su tendenciosidad.
En el cuadro, la ciudad de Kislev aparecía envuelta en llamas, y sus nobles guerreros estaban pintados con recias pinceladas y actitud arrogante. Los enanos y guerreros del Imperio, que también habían peleado para derrotar a las fuerzas del Caos, estaban representados con trazos más débiles, menos seguros, con rostros oscuros. Kaspar tuvo que buscar cuidadosamente para encontrar al mismísimo Magnus el Piadoso, el héroe del Imperio que había llevado a los ejércitos aliados a la victoria final. En el ámbito de las obras de arte revisionistas, aquel cuadro era un clásico.
Cuando el baile adquirió más solemnidad, Kaspar echó una rápida ojeada por encima del hombro hacia la Galería de los Héroes. Reconoció los primeros compases de una mazurca, una apasionada danza militar de Kislev, y sonrió al ver a un joven guerrero de la Legión del Grifo seguir el ritmo de la música con la suela de su bota provista de espuela. El hombre tomó entre sus brazos a una mujer de cabellos color castaño rojizo, se lanzó hacia adelante y, con grandes zancadas, recorrió la sala a saltos. Luego hizo dar un giro a la risueña chica y se dejó caer de rodillas ante ella. El corazón de Kaspar dio un brinco al recordar la mazurca que había bailado con Madeline en Nuln. Era un baile de los viejos tiempos galantes, cargado de sugerencias de amor apasionado y romántico.
Sintió sobre él los ojos de la mujer y apartó la vista de la animada danza; alzó la mano de la dama y, al notar la tibieza de su piel, se la besó.
—Sin duda, eres una persona galante, Kaspar von Velten.
—Señora, todos deben ser galantes en presencia de la belleza —respondió Kaspar, sin soltarla de la mano.
—Si todos los hombres pensaran como tú… —dijo la dama sonriendo—. Pero desgraciadamente no siempre es así.
—Triste verdad, señora —asintió Kaspar. Quería preguntarle cómo se llamaba o cómo se había enterado de su nombre, pero temió que tales preguntas rompieran el encanto especial que los retenía allí en aquel momento.
—Soy Anastasia Vilkova—dijo ella, resolviendo el dilema.
—La reina Khan —susurró Kaspar, maldiciendo su torpeza para sus adentros. Se suponía que era un diplomático y allí estaba, con la lengua trabada, soltando precipitadamente lo primero que le pasaba por la cabeza.
Anastasia rió y dijo:
—Sí, me pusieron el mismo nombre que ella, pero para tu tranquilidad, te diré que no tengo ninguna intención de clavar tu cabeza en lo alto del palo de un carro.
—Bueno, siempre es un consuelo —repuso Kaspar recobrando en parte la serenidad.
—Aunque me han contado que tengo una muy mala racha, creo que eso sería un poco exagerado.
—En el mejor de los casos no sería político dada mi posición en Kislev —asintió Kaspar.
Los ojos de Anastasia miraron por encima del hombro de Kaspar y éste se volvió y vio al hombre que había ofrecido la sorprendente exhibición de alguien capaz de dominar la técnica de la esgrima y de tener la zancada segura y natural de un guerrero. Llevaba una túnica bordada de color verde, un fajín escarlata que le cruzaba el pecho y dos espadas gemelas enfundadas en vainas de piel cruzadas a la espalda. La cola de caballo, recién untada de aceite, le colgaba en torno al cuello como una escurridiza serpiente. Sus ojos color violeta tenían la frialdad del acero propia de un guerrero listo para entrar en combate, y Kaspar tuvo que reprimirse para no dar un paso atrás.
El hombre se inclinó cortésmente ante Anastasia sin hacer caso de Kaspar y dijo algo en la oscura lengua de Kislev. El rostro de Anastasia expresó una evidente contrariedad; sacudió la cabeza con visible impaciencia y lanzó una cautelosa y fugaz mirada hacia Kaspar.
—Kaspar, ¿te han presentado a Sasha Kajetan? —preguntó Anastasia.
—Aún no —repuso Kaspar, y se volvió hacia Kajetan para ofrecerle la mano—. Es un placer, señor.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió Kajetan, sin hacer caso de la mano que le tendía Kaspar—. ¿Por qué estás hablando con Anastasia de este modo?
—Lo siento —dijo Kaspar, confundido y sin saber cómo reaccionar—. No pretendo…
—¡Pues yo sí! —le espetó el espadachín—. No creas que no he comprendido lo que estabas tratando de hacer aquí. Anastasia es mía, no tuya.
—Oh, vamos —protestó Anastasia—. No es ésta en absoluto la clase de conversación que ahora deberíamos mantener.
—¿Tratas de decirme que hace un segundo este hombre no te estaba besando la mano?
—Tal como debe hacerlo un caballero —afirmó Anastasia con altivez, aunque Kaspar advirtió una punta de emoción en el tono de su voz y se dio cuenta de que la mujer se mostraba complacida por el hecho de que dos hombres discutieran por ella.
El embajador se percató del color que ascendía por el cuello de Kajetan y, sabedor de que para él era impensable enfrentarse a aquel hombre, dijo:
—Te aseguro, herr Kajetan, que mis intenciones eran estrictamente honorables. Si hubiera sabido que tú y madame Vilkova formabais una pareja, jamás habría actuado de manera inadecuada.
—Sasha y yo no somos una pareja, somos viejos amigos —dijo Anastasia con una risilla.
Kaspar vio que un destello de emoción cruzaba los fríos rasgos de Kajetan, y se preguntó si el guerrero ya conocía los sentimientos que la mujer acababa de expresar. El embajador oyó que la música de la sala principal iba llegando a su final, y su cólera hacia Kajetan aumentó cuando el espadachín agarró de forma impulsiva el brazo de Anastasia.
—Hace poco he tenido el privilegio de ser testigo de tu destreza para el combate, herr Kajetan. Jamás había visto nada igual.
Kajetan asintió con la cabeza, momentáneamente distraído, y dijo:
—Gracias.
—Verdaderamente emocionante —dijo Kaspar, mientras jugueteaba con el cuello de la camisa—; aunque nunca es lo mismo cuando no hay riesgo y los rivales son camaradas.
Kajetan se ruborizó y exclamó, burlón:
—Nada me haría más feliz que medir mi espada con la tuya y demostrarte lo que ocurre cuando los rivales no son camaradas.
—Eso no va a ser necesario —se apresuró a decir Anastasia, interponiéndose entre los dos hombres. A escondidas de Kajetan se sacó del escote una hoja de papel doblada y la puso en la mano de Kaspar. Al tiempo que un unánime suspiro de consternación llegaba desde la sala principal, la dama se inclinó hacia adelante y susurró:
—Son instrucciones para llegar a mi casa. Ponte en contacto conmigo.
Luego enlazó su brazo con el de Kajetan y se alejó con el espadachín.
Mientras advertía que Kurt Bremen se le acercaba con rostro severo, Kaspar asintió con la cabeza y deslizó el papel en el bolsillo del pecho de su camisa.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó Kaspar, mirando más allá del caballero y viendo los rostros ansiosos de la sala principal.
—Wolfenburgo ha caído —afirmó Bremen.
Capítulo 3
I
Contempló al boyardo apoyado en el muro del callejón para permitir que el kvas de la noche fluyera de su cuerpo en forma de chorro de caliente orina. Contempló cómo el borracho se balanceaba y cómo, una vez hubo acabado, tenía cierta dificultad en abrocharse los botones de los calzones. Contempló cómo el boyardo bajaba tambaleándose por la calleja; sus pensamientos se volvieron amargos al ver mentalmente de nuevo el rostro de la mujer. Bajó como un espectro por el callejón, desnudo como las bestias del bosque oscuro, siguiendo al zigzagueante boyardo mientras, entre la brumosa oscuridad de la ciudad, se encaminaba a sus aposentos.
Al mirar la oscilante espalda del boyardo sintió que le crecía en el pecho una amargura familiar. No contento con pegar a su madre con un atizador y dejarla medio muerta, su padre había dirigido el largo instrumento de hierro negro contra el muchacho, golpeándolo varias veces para inculcarle por igual obediencia y respeto.
Gimoteó al recordar aquel dolor y aquella humillación. La impotencia que lo había atenazado hasta el momento en que había alcanzado su yo auténtico. En su ignorancia, la gente de aquella ciudad lo llamaba el Carnicero, y él soltó una carcajada ante lo inapropiado del nombre.
Al oír la carcajada a sus espaldas, el boyardo se dio la vuelta y chocó con un muro. Suspendió la persecución y trató de camuflarse pegándose a la pared de ladrillo y reteniendo la respiración para evitar que aquel imbécil borracho pudiera, de alguna manera, percatarse de su presencia.
Sabía que era muy poco probable. La débil luz proyectada por la luna confería a la niebla un resplandor de espectral blancura y las antorchas del palacio no eran más que un distante recuerdo. Los pasos descontrolados del boyardo se habían hecho más ruidosos y distinguía con facilidad su voluminosa figura vestida con pieles avanzando deforma vacilante entre la espesa y húmeda bruma. Una palabra familiar le vino a la cabeza.
Perseguido.
De nuevo imaginó el rostro maltrecho de la mujer, ensangrentado y con un ojo cerrado por la hinchazón de contusiones supurantes. Apretó los dientes con una rabia y un amor que no habían menguado con el tiempo, y cerró los puños con fuerza mientras planeaba acabar con la vida de aquel patético ejemplar de la especie humana que se tambaleaba y eructaba delante de él. Se había prometido a sí mismo que en aquella ocasión disfrutaría con lo que tenía que hacer. Su otro yo gimotearía y lloraría, pero ¿acaso no era él la cara secreta de su otro yo? Había arrinconado la debilidad en una esquina de su mente y no la liberaría hasta después de haber cumplido su misión.
Imaginó lo que ocurriría a continuación; y una vez más vio el campo verde en donde había dado los primeros y vacilantes pasos del camino que le había llevado hasta allí, donde había emergido por primera vez suyo auténtico. La sangre, el hacha y el sabor de la carne caliente arrancada de los huesos de un cuerpo viviente.
El boyardo incluso llevaba el mismo yelmo en forma de pico, la chaqueta del mismo color que…
Dio una profunda inspiración para calmarse, sintiendo que le nacía en el pecho la familiar excitación de la caza, ante la perspectiva de volver a complacerla. Extrajo de su cuerpo la larga y fina hoja del cuchillo que su madre le había dado y avanzó sigilosamente.
Allí. Vio que el boyardo se detenía en la esquina de un edificio de ladrillo rojo en mal estado; la luz de la luna iluminaba sus odiosasfacciones. La cara de Alexei Kovovich estaba congestionada por el alcohol y por una santurrona indignación. Imaginaba perfectamente cuánto le había gustado al boyardo poder insultar al nuevo embajador del Imperio. Se mordió el labio con fuerza para ahogar el grito provocado por una cólera que le quemabapor dentro hasta la incandescencia. Saltó hacia adelante y agarró al boyardo por el brazo, le hizo dar la vuelta y le hundió el cuchillo en la repugnante cara.
El hombre rugió de dolor y cayó de rodillas, con la cabeza colgando hacia atrás, apenas sostenida por la debilitada musculatura. La luz de la luna centelleó en la hoja que le asestaba puñaladas una y otra vez. La garganta del boyardo parecía un géiser; se abalanza sobre él, soltó el cuchillo y le arrancó la carne con sus propias manos. Flujo de babas y ríos de sangre en la fría noche.
Mientras le mordía la cara, tragaba pedazos de carnefibrosa.
Mientras le hincaba los pulgares en la masa gelatinosa de los ojos, vomitaba sobre elpecho del boyardo.
Mientras recuperaba su otra vida, sangraba y su otro yo gimoteaba.
No podía disfrutarla.
La odiaba casi tanto como se odiaba a sí mismo.
II
Kaspar firmó un pagaré y se lo entregó a Stefan con un gruñido de disgusto. Le parecía idiota estar gastando dinero, su propio dinero, en volver a amueblar la embajada y devolverle la grandeza original que tenía cuando las hordas de norteños la redujeron a ruinas. Pero había que mantener los estándares y pasaría tiempo antes de que llegase más dinero de Altdorf.
Fuera se oían los empleados que borraban las inscripciones kislevitas de las paredes de la embajada, mientras los vidrieros arrancaban las tablas de madera que cubrían las ventanas y las sustituían por cristales recién fabricados.
—Vamos progresando de forma lenta pero segura —afirmó Stefan—. La embajada no tardará en convertirse en un puesto avanzado del que el emperador se sentirá orgulloso.
—Pero llevará tiempo, Stefan, un tiempo del que no estoy seguro de disponer.
—Tal vez —dijo Stefan, y lanzó una mirada crítica a Pavel, que estaba cómodamente instalado al fondo de la sala fumando una larga y maloliente pipa—. Pero no podemos permitir que estos kislevitas se crean mejores que nosotros, ¿no?
—Ya se sabe —comentó Pavel, después de guiñar un ojo y antes de emitir un anillo de humo.
—No se trata de eso —afirmó Kaspar—. Me sentiría mejor si tan sólo supiera que no estoy tirando el dinero.
—¿Han llegado más noticias del Imperio? —preguntó Stefan. La cuestión fue formulada a la ligera, pero Kaspar percibió la ansiedad que ocultaba.
La noticia de la caída de Wolfenburgo había sido un golpe moral muy duro, agravado aún más por la ausencia de una información fiable posterior.
Jinetes y mensajeros llegaban de forma esporádica; todos con confusos y contradictorios rumores provenientes del Imperio.
—Nada fiable, no —dijo Kaspar sacudiendo la cabeza.
—Ayer hablé con algunos arcabuceros de Wissenland —explicó Stefan—. Su regimiento fue destruido en Zhedevka y desde entonces han subsistido de forma muy precaria. Dicen que han oído que los kurgans han hostigado las tierras del sur y están acampados en las afueras de Talabheim.
—Sí —asintió Kaspar arqueando las cejas—. Y también he oído que los kurgans están en el oeste del Imperio, en algún lugar cercano a Middenheim.
—¿No te lo crees?
Kaspar sacudió la cabeza.
—Claro que no. Ningún ejército puede cubrir distancias tan considerables en tan poco tiempo. Deberías saberlo de sobra. Lo realmente importante es que, con la llegada del invierno, creo que los kurgans se volverán hacia el norte y marcharán de nuevo hacia Kislev.
—Un rumor habla de nutridos grupos de rezagados en el oblast. Muchos soldados —dijo Pavel.
—¿Es cierto? —preguntó Kaspar.
—Que me aspen si lo sé. La zarina no comparte precisamente sus informes conmigo.
—Vaya, gracias por la aclaración —dijo Stefan.
Kaspar no hizo caso de la banal disputa y se puso a hojear un montón de papeles en su escritorio. Estaba fatigado, y el estrés de los últimos días estaba empezando a pasarle factura. Las peticiones de audiencia elevadas a la zarina para hablar de la cooperación militar se veían invariablemente bloqueadas, aunque Piotr Losov le había asegurado que la Reina del Hielo le concedería una audiencia tan pronto como pudiera.
—Estos arcabuceros de Wissenland de los que hablabas —dijo—, ¿dónde están acuartelados?
—No lo están. Precisamente acampan extramuros: ellos y unos cuantos cientos de almas más que bajaron después de combatir en el norte.
—¿Dijiste que viven en precario? —Sí.
—Averigua quién los manda y pídele que venga a verme. Y averigua qué ocurrió con la comida que fue enviada a Kislev para alimentar a esos hombres. Quiero saber por qué no han recibido las provisiones previstas.
Stefan asintió con la cabeza y se fue mientras Pavel se dirigía a la ventana.
—Se acercan malos tiempos —dijo sensatamente.
—Desde luego —asintió Kaspar, frotándose los ojos.
—Pavel jamás había visto la ciudad así.
—¿Cómo?
—¿Crees que Kislev está siempre tan llena de gente? —preguntó Pavel—. No, la mayoría vive en la estepa, en stanistas. Pequeños pueblos, ¿sabes? La mayor parte sólo vienen a la ciudad al principio del invierno para vender pieles, carne y cosas así.
—¿Y ahora bajan al sur a causa de los hombres de las tribus?—En efecto; ya ha ocurrido otras veces, pero no de esta manera. Aunque los bandidos kyazak, sobre todo Kul y Tahmak, cabalgan por la estepa para matar y robar, la gente se siente segura detrás de sus muros de madera. Pero tiene que haber otra cosa además de los jinetes kyazak para que esas gentes vengan a la ciudad. La gente de Kislev es gente de campo, no de piedra: no abandonan la estepa a menos que los obliguen a ello.
Kaspar asintió con la cabeza tras escuchar a Pavel. La ciudad estaba repleta de gente, pero no más que la mayoría de ciudades que había visitado; no se le había ocurrido que aquello podía deberse a una situación anormal.
—Si hay otro ejército organizándose en el norte, esto va a ir de mal en peor, Pavel.
—No importa. Kislev ya ha superado antes tiempos más duros. Sobrevivió entonces y sobrevivirá ahora.
—Pareces muy seguro.
—¿Cuánto tiempo hace que me conoces? —preguntó de repente Pavel.
—No lo sé con exactitud. ¿Quizá veinticinco años?
—Y en todos estos años, ¿me has visto alguna vez abandonar la lucha?
—Nunca —respondió Kaspar al instante.
—Así somos los de Kislev. El país es lo único que importa. Nosotros podemos morir, pero Kislev pervivirá. En tanto en cuanto la tierra continúe, nosotros también lo haremos. Los norteños nos pueden matar a todos, pero al fin ellos también morirán o alguien los matará. Para la tierra eso no importa. Kislev es el país y el país es Kislev.
El hilo de los pensamientos de Pavel era demasiado abstracto para que Kaspar lo siguiera, y se limitó a asentir con la cabeza sin estar seguro de lo que su amigo quería decir exactamente. Se ahorró tener que pensar una respuesta gracias a la pregunta de Pavel:
—¿Esperas visita?
—No —respondió Kaspar y, al oír un ruido de voces irritadas que llegaba de la calle, se levantó de la silla.
III
Se despertó y no pudo abrir la boca.
Se agarró los labios y despegó la máscara de piel muerta de su cara. Lleno de repulsión, la arrojó al suelo con violencia. Estaba sentado, muy rígido, con los ojos desorbitados a causa del terror. El sol, a poca altura sobre el horizonte, se filtraba por la claraboya sucia y apenas iluminaba la buhardilla de madera; motas de polvo flotaban entre los extraviados rayos de luz. En torno a él se oía el zumbido de las moscas que se le posaban en los labios y en los brazos, en las partes cubiertas por manchas de sangre seca fuertemente adherida.
Algo pendía de un gancho detrás de él, pero todavía no quiso mirarlo.
Se esforzó para ponerse en pie. Al asaltarle el hedor de la buhardilla —putrefacción y pestilencia de fluidos para embalsamar robados en el edificio Chekist—, le subió del estómago una terrible sensación de mareo.
Al despertarse allí, supo que el ser que había en su interior y que él llamaba su yo auténtico había vuelto a matar, aunque no recordaba a quién se había comido aquel ser. Lo único cierto era que otra vida había sido arrancada de este mundo entre gemidos, y que aquel ser, es decir, él, era responsable del crimen. Se puso de rodillas y sintió náuseas; notó en la boca sabor a carne cruda. La culpa lo sobrepasaba y sollozó como un recién nacido durante más de una hora, balanceándose en posición fetal hasta que se acordó del medallón; lo abrió y miró el retrato con fijeza. El medallón también guardaba una mecha de cabellos rizados de color castaño rojizo, y el hombre la presionó contra la cara e inhaló el agradable aroma del perfume de la mujer.
Aspiró profundamente, y la conmoción llegó a tal nivel que fue capaz de ponerse de rodillas. Los persistentes ecos del yo auténtico desaparecieron de su mente mientras cogía un fajín rojo, como el del boyardo kislevita, y se frotaba la cara con él. A medida que iba limpiándosela, sentía que recuperaba la identidad y la energía.
Silenciosamente, con pasos ligeros, se acercó a la trampilla de la buhardilla y se dispuso a escuchar cualquier ruido que viniera de abajo. Siempre ponía especial cuidado en ocultar a los demás las actividades de su yo auténtico; no podrían entender el dolor que le producía el desgarro entre sus dos personalidades en lucha abierta entre sí.
Satisfecho porque la guarnicionería de la planta baja estaba vacía, abrió la trampilla y se deslizó hasta el frío suelo de madera. Comprobó que, salvo por los caballos que permanecían en sus cubículos de la planta baja, el edificio estaba vacío, y rápidamente se dirigió a su acuartelamiento en el edificio contiguo. Allí encontró ropa limpia, una toalla de lino y una pastilla de jabón perfumado; luego se encaminó al patio de ejercicios.
Accionó la bomba manual, llenó con agua helada el abrevadero de los caballos situado ante el establo y procedió a lavarse el cuerpo con jabón. Mientras lavaba las manchas de sangre pegadas a la piel, repetía el mantra de la tranquilidad y se iba sintiendo más calmado, más fuerte y más decidido con la letanía. El yo auténtico todavía estaba allí, por supuesto, pero él podía sentir cómo retrocedía hacia la parte posterior de su mente a cada inspiración. Él no sabía a quién había matado su yo auténtico, pero sí sabía que quienquiera que hubiera sido había sufrido una muerte horriblemente dolorosa. Pero él no podía considerarse responsable, ¿verdad? Cuando llegaban los sueños y su yo auténtico tomaba el control, él no tenía ningún poder sobre ese yo. Pero, mientras pensaba en el yo auténtico, un último fragmento de la identidad de ese yo emergió a la superficie de su mente.
El yo auténtico pensó en el medallón, sintiendo que el otro yo estaba imponiéndose físicamente por el hecho de pensar en ella: en el contacto con la mujer, en su piel, en su aroma, en sus persistentes besos.
Sólo por ella su yo auténtico podía hacer aquellas cosas.
Su yo auténtico pensó en la cabeza sin ojos que colgaba del garfio de la buhardilla y sonrió.
Su yo auténtico estaba seguro de que ella lo hubiera aprobado.
IV
—¿Qué está pasando ahí abajo, en nombre de Sigmar? —exclamó Kaspar mientras miraba los grupos de gente chillona que llenaban el patio situado ante la embajada. Cerca de un centenar de personas empujaban la valla de hierro profiriendo insultos guturales hacia el edificio y hacia los Caballeros Pantera que se habían retirado prudentemente tras las verjas y se habían apresurado a cerrarlas.
La muchedumbre se agolpaba en torno a una sollozante mujer cubierta de pies a cabeza con una pashmina negra. Sus quejidos eran lastimeros y expresivos.
Kaspar apartó la cabeza de la ventana y cogió la capa negra, se envolvió con ella y luego se ató a la cadera derecha sus dos pistolas gemelas de pedernal.
—¿Estás seguro de que es sensato? —le preguntó Pavel.
—Bueno, si me enfrentara a una chusma sin armas estaría completamente perdido, ¿no?
Pavel se encogió de hombros y siguió al embajador, que se dirigió hacia la antesala desde la que Kurt Bremen y Valdhaas estaban bajando las escalones que conducían al vestíbulo. Bremen se detuvo y se volvió hacia el embajador cuando lo vio salir de sus aposentos.
—Embajador, no debes salir; nosotros nos ocuparemos de esto.
—No, Kurt. No quiero que otros libren batallas en mi lugar.
—Herr Von Velten —le explicó Bremen con paciencia—, es nuestro trabajo.
Kaspar se disponía a replicar con aspereza, pero advirtió que Bremen tenía razón.
—De acuerdo, ven conmigo; pero quédate detrás de mí.
Bremen asintió con la cabeza y se dio cuenta de las pistolas enfundadas bajo la capa de Kaspar.
—Pavel —dijo Kaspar mientras bajaba los escalones de dos en dos—, ¿qué le ha ocurrido a la mujer de negro?
—No lo sé. Viste de luto, pero no la conozco.
—Estupendo; de modo que sabemos que alguien ha muerto y que por alguna razón esa gente está enojada conmigo.
Que yo sepa no ha muerto nadie o por lo menos no me lo han comunicado, ¿verdad?
—No, embajador —dijeron Pavel y Bremen a coro.
—Muy bien, entonces vamos a ver qué pasa —dijo Kaspar empujando la puerta para abrirla.
Gritos y chillidos insultantes llenaban el aire, y la mujer sollozante se dejaba caer aferrada a los barrotes de la verja de hierro con los brazos extendidos mostrando una pena extrema. Gemía y lloraba de forma descontrolada. Tres hombres jóvenes, con los rostros encendidos por una furia justiciera, sacudieron las verjas y rugieron cuando Kaspar hizo su aparición.
—¿Qué están diciendo? —preguntó Kaspar advirtiendo de repente la intensidad de la cólera de la multitud.
Pavel señaló a la plañidera.
—Dicen que su marido ha muerto.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Dicen que tú lo has matado.
—¿Qué? ¿Porqué?
—No estoy seguro. No es fácil sacar algo en claro de lo que gritan —dijo Pavel aproximándose cautelosamente a la verja. Seis Caballeros Pantera la empujaban para contrarrestar la presión de la gente, mientras Pavel gritaba hacia el gentío, agitaba los brazos y señalaba a la plañidera y a Kaspar. Al cabo de unos minutos de confuso griterío, regresó junto a Kaspar con rostro preocupado.
—Malo —dijo.
—Sí —espetó Kaspar—. Eso ya lo he captado, pero ¿qué ha pasado?
—La mujer es Natalja Kovovich, y su marido ha muerto. Asesinado, según dicen.
—Ni siquiera he oído hablar de su marido —explicó Kaspar, aunque el nombre le resultaba vagamente familiar—; es absurdo pensar que lo haya asesinado.
—El borracho —dijo Bremen de repente—; en la recepción, el boyardo sobre el que derramaste tu bebida. Ése era su marido.
—Maldición —juró Kaspar cuando se dio cuenta de quién era el muerto. Evocó la cara del boyardo borracho y recordó que le había dicho que el Imperio debería arder en el infierno. Recordó su indignación y que le habría propinado un puñetazo en la cara de no haber sido por la intervención de Losov.
¿Acaso aquella gente pensaba que él había matado a Kovovich?
Era una locura. Sintió que la situación se le iba escapando de las manos a cada grito lanzado contra él. Empuñó una de las pistolas y tiró del pedernal hacia atrás.
—Embajador, no creo que sea muy buena idea —le avisó Bremen.
Pero ya era demasiado tarde.
Kaspar se acercó a la verja a grandes zancadas, alzó la pistola por encima de la cabeza y, antes de que Bremen o cualquier otro pudieran impedírselo, disparó al aire.
La muchedumbre chilló al oír el estruendo del arma, y una nubecita de pólvora emergió del cañón.
—¡Pavel! —gritó Kaspar—. Traduce lo que voy a decir.
—¡Que Ursun nos salve! —murmuró Pavel, pero permaneció al lado del embajador.
—Diles que lamento profundamente la pérdida sufrida por madame Kovovich, pero que no tuve nada que ver con la muerte de su marido.
Pavel vociferó ante la multitud, pero las gentes no estaban para reconciliaciones y ahogaron sus palabras con gritos de venganza. Los restantes Caballeros Pantera salieron corriendo de la embajada con las espadas desenvainadas y seguidos de cerca por intimidantes guardias provistos de alabardas que blandían delante de ellos.
Kaspar enfundó la pistola usada y desenfundó la segunda, pero antes de que pudiera dispararla, Kurt Bremen le agarró el brazo y dijo:
—Por favor, no lo hagas. No conseguirás más que agravar la situación.
—No me dejaré coaccionar por la turba, Kurt —afirmó Kaspar.
—Lo sé, pero ¿realmente quieres enojar aún más a esta gente? La situación no tardará en volverse extremadamente violenta.
Kaspar se daba cuenta de la gravedad de la situación y recuperó su fría lógica. Estaba reaccionando como un hombre, no como un jefe. Cien o más personas estaban pidiendo a gritos su cabeza, y sólo se mantenían a raya gracias a una valla necesitada de importantes reparaciones.
Bremen tenía razón: era hora de desactivar la situación en lugar de inflamarla.
Asintió con la cabeza.
—Muy bien, Kurt, veamos qué se puede hacer para calmar a esa gente.
Bremen suspiró aliviado, pero su expresión cambió bruscamente cuando oyó más disparos y chillidos resonando en los muros. Una veintena de jinetes vestidos de negro, con petos de cuero barnizado y provistos de porras largas con punta de bronce, aparecieron de repente en la calle. Dispararon pistolas de pedernal por encima de las cabezas de la muchedumbre y cabalgaron entre la turba repartiendo porrazos que machacaban cráneos y rompían huesos por doquier.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó Kaspar justo antes de que Pavel lo empujara hacia la embajada—. ¿Quiénes son?
Sin detenerse, Pavel dijo:
—¡Chekist! Una especie de guardias de la ciudad, pero peores, mucho peores.
Resonaban chillidos y gritos mientras los jinetes rodeaban el patio, aporreaban a los que tenían más cerca y dispersaban a la multitud sin piedad. En pocos segundos la turba había huido, dejando docenas de personas sangrando sobre el empedrado ante la embajada. Llenos de asombro, Kaspar y los Caballeros Pantera contemplaron cómo los jinetes rodearon la fuente situada en el centro del patio para asegurarse de que ya no había resistencia alguna.
Varios jinetes se destacaron del grupo en dirección al grueso de la turba que había huido mientras los demás se dirigían hacia las verjas de la embajada. El jefe, un hombre que llevaba un yelmo de hierro negro completamente cerrado y adornado con plumas en la parte superior, desmontó y se aproximó a la verja.
Los Caballeros Pantera lanzaron una mirada hacia Kaspar y Bremen.
Kaspar asintió con la cabeza y los caballeros desbloquearon la puerta para franquear la entrada al jefe de los chekist, que avanzó hacia el edificio mientras se colgaba la porra al cinto y se quitaba el yelmo.
Llevaba el cabello largo, peinado hacia atrás y recogido en una larga cola, y el bigote corto y pulcramente recortado. Tenía los ojos inexpresivos y negros como el carbón, y el porte de un guerrero.
—¿Embajador Von Velten? —preguntó en un Reikspiel totalmente desprovisto de acento.
—Sí.
—Me llamo Pashenko. Vladimir Pashenko, de los chekist, y lamento tener que formularte algunas preguntas.
V
Un silencio de asombro saludó la pregunta de Pashenko.
—¿No has comprendido la pregunta, embajador?
—La he comprendido muy bien, herr Pashenko, pero no estoy seguro de que esperes que me la tome en serio.
—Pues el asesinato es un asunto muy serio, embajador.
—No puedo estar más de acuerdo, pero se me hace muy difícil creer que puedas pensar que he tenido algo que ver con la muerte del boyardo Kovovich.
—¿Por qué? —preguntó Pashenko.
—Porque sólo lo vi una vez durante menos de un minuto.
—¿Hasta qué punto conocías al boyardo? —preguntó Pashenko.
—Te lo acabo de decir —dijo Kaspar.
—¿Habías oído hablar de él antes de atacarlo en el Palacio de Invierno?
—Yo no lo ataqué, él…
—Esto no coincide con la información que tengo, embajador. Dispongo de testigos que me han informado de que agarraste al boyardo y lo amenazaste; luego, el consejero de la zarina os separó.
—Me insultó —espetó Kaspar.
—Y eso te enfureció.
—No. Bueno, me enojé, sí, pero no como para matarlo.
—Es decir, admites que estabas enojado.
—Nunca he afirmado lo contrario. El boyardo me dijo que deseaba que mi país ardiera en el infierno.
—Ya veo —dijo Pashenko, escribiendo en su cuaderno—. ¿Y cuando te marchaste del Palacio de Invierno?
—No estoy seguro del momento exacto; poco después de que nos enteráramos de que Wolfenburgo había caído.
—También tengo testigos que atestiguan que el boyardo Kovovich rondaba por allí a la misma hora, circunstancia que te daba muchas oportunidades de seguirlo y de encarnizarte con él.
—¿Encarnizarme con él? ¿De qué estás hablando?
—El cadáver del boyardo fue encontrado a la mañana siguiente de la recepción en palacio, aunque poderlo identificar costó varios días debido al hecho de que no apareció la cabeza y de que buena parte de sus ropas y de su cuerpo había sido quemada, como atacada por algún ácido.
—¿Se supone que esto me tiene que impresionar?
—¿Te impresiona?
—Sí, pero no me impresiona más que el hecho de que pienses que yo lo hice. Por el martillo de Sigmar, ¿acaso no tenéis hace tiempo un asesino en Kislev que hace esta clase de cosas? ¿El Carnicero?
—Desde luego —asintió Pashenko—; aunque su existencia no es desconocida por otros malhechores, que la aprovechan para cometer crímenes de forma similar al Carnicero con objeto de que le echen la culpa a él. Y no olvidemos a los lunáticos y a los locos que tratan de emular a alguien a quien creen digno de imitar.
Kaspar se quedó sin palabras. Sin duda, aquel idiota no podía creer seriamente que él tuviera algo que ver con la muerte del boyardo.
Pero a pesar de lo ridículo de la acusación, Pashenko irradiaba una tranquila confianza que incomodaba a Kaspar.
—¿Cuándo identificaste el cuerpo del boyardo? —preguntó Kurt Bremen.
—¿Acaso tiene algo que ver con lo que nos ocupa? —dijo Pashenko.
—Quizá no, pero ¿cuándo fue? —insistió el caballero.
—Esta misma mañana; la cabeza fue dejada fuera de nuestro edificio de Urskoy Prospekt.
—¿Y poco después se formó una turba enfurecida y se dirigió hacia aquí? Al parecer la gente de Kislev son realmente excelentes detectives, pues hablaron con todos los testigos que dices tener, dedujeron la implicación del embajador y llegaron aquí antes que tú y tus hombres.
—¿Qué pretendes sugerir? —dijo Pashenko.
—Vamos, herr Pashenko —dijo Kaspar—, déjate de jueguecitos con nosotros. Alguien te dio la información que tienes y le dijo a la apenada viuda adónde tenía que ir, ¿no es cierto?
—Te equivocas —replicó Pashenko.
—No, eres tú el que te equivocas si crees que soy un campesino ignorante al que puedes doblegar con tus patéticos intentos intimidatorios —afirmó Kaspar. Se levantó de la silla y le indicó la puerta—. Ahora, si me perdonas, tengo urgentes obligaciones propias de mi cargo de embajador que requieren mi atención. Estoy seguro de que sabrás encontrar la salida.
Pashenko se levantó de la silla y se inclinó breve y bruscamente hacia el embajador.
—He tomado nota de tu actitud, herr embajador. Que pases un buen día —dijo Pashenko.
El chekist giró sobre sus talones y abandonó la sala sin más palabras; cuando la puerta se cerraba tras él, se oyó un suspiro de alivio colectivo.
Kaspar se frotó el cuero cabelludo con una mano y dijo:
—¡Es increíble! Si no fuera tan absurdo, sería divertido.
—Nada es divertido con los chekist —dijo Pavel de forma sombría.
—Oh, vamos, Pavel —dijo Kaspar riendo—, no tienen la menor prueba.
—No lo entiendes; los chekist no necesitan pruebas —le espetó Pavel poniéndose en pie y empujándolo con un dedo—. Ya no estás en el Imperio, Kaspar. En Kislev, la ley es lo que dicen los chekist que es ley. Hacen que la gente desaparezca. ¿Lo entiendes? Arrojan a la gente en las cárceles y jamás se vuelve a ver a los prisioneros, jamás se vuelve a oír hablar de ellos. Han desaparecido…
—¿Incluso el embajador de una potencia extranjera? —se burló Kaspar.
—Incluso tú —asintió Pavel.
Kaspar vio la expresión seria del rostro de Pavel, y al fin comprendió la tranquila confianza de Pashenko y se dio cuenta de que tal vez la amenaza del chekist no era tan vana como él había creído.
Capítulo 4
I
Cada vez que las dos espadas de hoja ancha entrechocaban, levantaban chispas y el ruido resonaba en todo el patio. Kaspar hizo un giro de muñeca y atacó con la punta de la espada, pero su oponente esquivó la embestida con facilidad echándose a un lado. Una espada tan pesada no era adecuada para dar estocadas, estaba pensada para cortar armaduras en virtud de su afilado filo y de su gran peso. Dio un paso atrás mientras su hoja era barrida hacia un lado y la cortante respuesta le pasaba a pocos centímetros del pecho.
Sudaba profusamente y el brazo que manejaba la espada le ardía de fatiga. El pomo de la espada, hecho de alambre enrollado, estaba resbaladizo a causa del sudor y decidió agarrarlo con las dos manos y situar la hoja recta frente a él.
—¿Ya has tenido bastante? —le preguntó su oponente.
—No. ¿Estás cansado? —replicó.
Bader Valdhaas sonrió, sujetando su espada de hoja ancha como si no pesara en absoluto. A Kaspar no le sorprendía: Valdhaas era un caballero que estaba en su mejor momento y era treinta y tres años más joven que él. El embajador había observado con admiración el entrenamiento diario de los Caballeros Pantera con pesadas espadas y lanzas, lo que les permitía mantener la fuerza y la energía necesarias para manejar esas armas tan farragosas con soltura.
Kaspar no recordaba que fueran tan pesadas las espadas que había manejado en su época de soldado; pero ya no era un hombre joven, y la fuerza y la gloria de la juventud tan sólo eran para él un lejano recuerdo. Valdhaas llevaba coraza; Kaspar, un peto de hierro y protecciones para los hombros ribeteadas con mechas de oro y con un águila de bronce en el centro. Para evitar cualquier herida accidental durante la sesión de entrenamiento, también le habían proporcionado una cota de malla, que normalmente se llevaba bajo la armadura.
Los filos de las espadas habían sido embotados, pero Kaspar sabía que el impacto de un arma tan pesada sería capaz de causar un daño endiablado. Los caballeros y los guardianes se habían reunido para contemplar a su nuevo jefe en las galerías y balcones que dominaban el patio, y Kaspar empezó a cuestionarse si era prudente su decisión de empezar otro combate de entrenamiento. No tenía el menor deseo de ser retirado en camilla a la vista de su personal, si era posible evitarlo.
—¡Atácalo tranquilamente, Valdhaas —gritó Pavel desde un balcón alto—. ¡El embajador es un hombre mayor, y no ve muy bien!
—No, Pavel —gritó Kaspar—, soy yo quien debe atacarlo tranquilamente; soy un perro viejo que todavía conoce algunos trucos.
Valdhaas sonrió con expresión burlona y se lanzó al ataque. La hoja barrió en dirección a las piernas de Kaspar. Impulsivamente, el embajador avanzó al encuentro del golpe con la espada hacia abajo para bloquearlo intentando acercarse lo suficiente para pillar a Valdhaas desprotegido y poder asestarle un buen espadazo en el costado.
Pero el esperado impacto nunca llegó y, en su lugar, Kaspar vislumbró en un instante horrible cómo la espada del caballero se disponía a tajarle la cara. Su precipitado contraataque lo había llevado mucho más cerca de lo que Valdhaas esperaba, y la espada del caballero estaba a punto de partir el cráneo de Kaspar en pequeños trozos.
Como si manejara un ligero sable de los usados en duelos, Valdhaas retuvo el golpe a tiempo y evitó decapitar a Kaspar, pero no pudo impedir que la hoja lo alcanzara en el hombro. El impacto desprendió la protección del hombro de la armadura, lo hizo girar sobre sí mismo y lo derribó contra las losas de piedra del patio. Kaspar oyó un suspiro de los espectadores y sintió una pegajosa humedad en el cuello.
—¡Embajador! —gritó Valdhaas, soltando la espada y precipitándose a su lado.
—Estoy bien —dijo Kaspar, y de forma vacilante alargó la mano para tocarse el cuello.
Miró hacia abajo y vio la protección de los hombros hecha trizas y los enganches de la armadura partidos. La sangre manaba de un oscuro corte situado justo sobre la clavícula.
—Embajador, acepta mis disculpas —dijo bruscamente el caballero—. No pensé que te arriesgarías acercándote tanto para atacar.
—Lo sé. No te preocupes. Ha sido culpa mía, necesito recordar que ya no soy el joven que era.
—Traté de decírtelo antes de empezar, pero no me escuchaste —rió Pavel.
—Pero al fin y al cabo es un hombre típico y tópico, y ha hecho falta que estuviera a punto de perder la cabeza para que se diera cuenta —añadió con acento similar una voz femenina desde la galería situada debajo de Pavel.
Kaspar sonrió y se esforzó por ponerse en pie mientras Valdhaas lo ayudaba a quitarse la armadura. Se volvió para encararse con la persona que acababa de hablar: una mujer alta, de pelo castaño rojizo recogido con unas agujas en un austero moño en la parte posterior de la cabeza. Tenía arrugas, pero sus facciones eran hermosas, y llevaba un largo vestido verde, un delantal blanco y una pashmina de lino decorada en toda su longitud con bordados de colores hechos a mano.
—Lo sé, Sofía, lo sé —dijo Kaspar, mientras se quitaba la camisa por encima de la cabeza para permitir que ella le examinase el corte. La mujer le apartó la cabeza y utilizó el borde de la camisa del hombre para limpiar la sangre.
—Necesitarás puntos de sutura—afirmó—. Siéntate junto al abrevadero.
Los caballeros y los guardias se marcharon y volvieron a sus obligaciones. Kaspar dio una palmada sobre la armadura del caballero y exclamó:
—Buen trabajo, muchacho; tienes el brazo adecuado para manejar la espada: fuerte y, afortunadamente, rápido.
—Gracias, embajador —dijo Valdhaas con una inclinación, tras la cual se retiró.
Kaspar se sentó en un banco de piedra adosado al borde del abrevadero y apoyó la espalda sobre la bomba manual mientras Sofía empapaba su estropeada camisa y le limpiaba la sangre del corte.
—Eres un maldito imbécil. Lo sabías, ¿no es cierto? —le espetó.
—Sí, ya te lo he dicho antes.
—Y no dudo que no tardarás en volver a decirlo —exclamó Sofía.
Kaspar había sido presentado a Sofía Valencik cuando Stefan la contrató en calidad de doctora personal del embajador. Ella misma se había presentado ante las puertas de la embajada hacía tres días con unas credenciales impresionantes y había empezado a desarrollar sus funciones insistiendo en que tenían que autorizarla a examinar a Kaspar de forma exhaustiva con objeto de que pudiera conocerlo todo sobre su nueva responsabilidad.
Entre maldiciones a Stefan por su canallada y repetidos esfuerzos dirigidos a impedir que ella le quitara la ropa para examinarlo por completo, Kaspar había insistido en que no necesitaba ningún médico que le hurgara el cuerpo, pero Stefan y Sofía insistieron mucho y al fin se vio obligado a ceder.
Sofía Valencik a menudo podía ser brusca, frecuentemente era poco respetuosa con el cargo de embajador y solía mostrarse altiva, pero Kaspar había descubierto que tenía un irreverente sentido del humor. Era una persona honrada, y si sus maneras no le gustaban a alguien, por ella se podía ir al infierno.
A Kaspar le gustaba muchísimo, y ambos simpatizaron poco después del primer encuentro.
—Un hombre de tu edad jugando con espadas… No lo entiendo —dijo ella mientras sacudía la cabeza y sacaba un trozo de hilo y una aguja curvada de su delantal.
—No estaba jugando —puntualizó Kaspar, maldiciendo el hecho de que sus palabras sonaran como la voz de un escolar pillado en falta. Entretanto, Sofía había enhebrado la aguja y le daba unos puntos en la herida. El embajador apretó los dientes mientras ella, con gran destreza, le cosía la piel uniendo con fuerza las dos partes separadas y finalmente cortaba el extremo del hilo con una navajita de bolsillo.
—Mira —exclamó con una sonrisa—; has quedado como nuevo.
—Gracias, Sofía, casi no me has hecho daño.
—Menos mal que hoy me acordé de coger mi aguja más fina —bromeó la mujer.
II
Kislev hervía de vida, aunque habiendo oído lo que Pavel había dicho al respecto, Kaspar se percató en seguida de que buena parte de la gente que poblaba las calles y llenaba los parques no eran nativos de la ciudad. Mostraban la expresión confusa y la mezcla de miedo y respeto típica de los campesinos cuando visitan una gran ciudad. Las pocas semanas que Kaspar llevaba en Kislev fueron suficientes para que pudiera apreciar cómo, día a día, la presencia de aldeanos en la ciudad se iba haciendo más y más patente.
En las ocasiones en que salía extramuros para observar cómo los Caballeros Pantera se ocupaban de la instrucción de los soldados de la embajada, las carreteras estaban siempre atiborradas de columnas de gente que con carros y carretas se dirigían hacia el sur. El único tráfico en dirección norte era alguna embarcación proveniente del Imperio que muy de vez en cuando transportaba hacia Kislev provisiones de primera necesidad surcando las oscuras aguas del río Urskoy. Los almacenes de grano de la ciudad ya estaban bajo mínimos, y la situación no haría más que empeorar si continuaba el flujo de refugiados desde el norte.
Kaspar había preparado numerosas cartas dirigidas a diversos mercaderes del Imperio que comerciaban con Kislev en un intento de asegurar el abastecimiento de los dispersos restos de los regimientos del Imperio atrapados en aquellas regiones, pero hasta entonces no había tenido suerte en sus gestiones.
Cada vez que una embarcación fluvial zarpaba de Kislev a toda prisa, Kaspar se aseguraba de que el capitán llevara las cartas selladas a Altdorf, y en ellas pedía noticias de su casa y requería provisiones adicionales e información concerniente al desarrollo de la guerra.
Las tensiones fueron en aumento, y los guardias de la ciudad y los chekist habían tenido que abortar varias violentas escaramuzas entre gente hambrienta que peleaba para conseguir comida. Kislev se estaba llenando, y eso no era bueno para una ciudad que, sin duda, sería puesta bajo sitio cuando empezara la época de los combates, en primavera. Kaspar sabía que la zarina no tardaría en tener que bloquear las puertas de la ciudad dejando a muchísimos de sus subditos fuera de aquel refugio. Kaspar ya había tomado antes aquella decisión y no envidiaba la que tendría que tomar la zarina relativa al momento de cerrar las puertas. Aún recordaba las caras implorantes en el exterior de las murallas de Hauptburg cuando se había visto obligado a cerrar las puertas para salvar la ciudad del saqueo de las tribus de pieles verdes.
Rostros desesperados lo miraban desde las calles y desde los arbolados bulevares, todas ellos en busca del menor signo de esperanza; pero él no podía proporcionarles ninguna. Muy de vez en cuando vislumbraba la armadura negra de un chekist entre la muchedumbre y se preguntaba si Pashenko había ordenado que lo siguieran. No le habría sorprendido, pero poco podía hacer para impedirlo mientras él y dos de sus Caballeros Pantera bajaban a caballo lentamente por Urskoy Prospekt para ir a casa de Anastasia Vilkova.
Aquella mujer intrigaba a Kaspar y, aunque no tenía el menor deseo de volver a tener que enfrentarse a los celos y a la ira de Sahsa Kajetan, advirtió que sus pensamientos volvían a Anastasia sin cesar: a su cabello oscuro, a sus ojos esmeralda y a sus labios carnosos. No había la menor duda de que se sentía atraído por ella, y el embajador creía que a pesar de la brevedad de su encuentro se había generado una química natural entre ambos.
No sabía si era algo poco verosímil, pero había decidido averiguarlo, y por esa razón él y sus caballeros cabalgaban hacia el más distinguido barrio del sur de Kislev. Con toda probabilidad se trataba de una solemne tontería, pero hacía mucho tiempo que Kaspar había decidido no dejar escapar ninguna oportunidad que pasara ante él, por efímera que pudiera ser.
Una vez Sofía hubo acabado de suturar la herida y aplicado una gasa agradablemente aromatizada, ambos habían bebido con sumo gusto una tisana dulce y él le había rogado que le hablara de Anastasia Vilkova.
—Es una mujer de la nobleza —había sido la breve respuesta de Sofía—. ¿De qué la conoces?
—De hecho, apenas la conozco —había explicado Kaspar—. La encontré en el Palacio de Invierno la pasada semana y me pidió que le hiciera una breve visita.
—Ya veo —dijo Sofía con el entrecejo fruncido—. Bueno, ten cuidado; he oído decir que el espadachín Sasha Kajetan está loco por ella.
—Sí, ya me he dado cuenta.
—No sé gran cosa de ella; bueno, no más de lo que sabe cualquiera, realmente. Sé que es originaria de Praag y que su marido fue asesinado hace seis o siete años, supuestamente en un ataque casual de delincuentes callejeros, y que luego ella pasó a ocuparse de sus negocios.
—¿Por qué has dicho «supuestamente»? —preguntó Kaspar.
—Bueno, corría el rumor de que su marido estaba implicado en, podríamos decir, algunas empresas de negocios de alto riesgo que entraban en competencia con las de Tos delincuentes de los bajos fondos.
—Continúa —pidió Kaspar.
—Bueno, dicen que uno de los jefes de la banda se hartó, al fin, de la competencia e hizo que sus hombres lo siguieran y lo asesinaran mientras se dirigía a su hogar de regreso de una casa de mala reputación.
—Hijo de puta.
—¿Quién? —dijo Sofía con una risita—. ¿El marido por visitar una casa de putas o el jefe de la banda por mandar que lo mataran?
—Ya sabes qué quiero decir; no te hagas la tonta, no te sienta bien.
Sofía sacó la lengua y continuó:
—Como iba diciendo, madame Vilkova se hizo cargo de los negocios de su marido y prescindió de los asuntos que entraban en competencia con aquellos hombres. Ahora es una mujer muy rica y dicen que dona mucho dinero a diversos hospicios y casas de caridad de la ciudad.
—Una auténtica filántropa.
—Sí, una de nuestras personas nobles realmente merecedoras de tal nombre —asintió Sofía—. ¿Y por qué quiere que vayas a visitarla?
—Realmente no tuvo tiempo de decírmelo.
—Tal vez está encaprichada de ti —dijo riendo Sofía.
—Tal vez. ¿Tan difícil resulta imaginarlo? —preguntó Kaspar con mayor brusquedad de la que hubiera querido.
—En absoluto, Kaspar, eres una presa muy deseable.
—Ahora me estás tomando el pelo —dijo el embajador mientras se levantaba del banco.
—Un poco —asintió Sofía con una sonrisa.
Kaspar dejó a Sofía y se retiró a sus aposentos para bañarse y cambiarse; luego, se marchó a casa de Anastasia. Hubiera preferido ir solo, pero Kurt Bremen no estaba dispuesto a dejar que el embajador cabalgara sin compañía después de los violentos incidentes que siguieron al ataque de los chekist contra la doliente multitud.
Kaspar, cuando pensaba en el asesinato del boyardo, aún no sabía cómo interpretar las circunstancias que rodearon su muerte. Un punto de vista práctico le inducía a no creer en una simple coincidencia, y no podía desechar la persistente sospecha de que aquella muerte demostraría tener alguna relación más profunda con él. Por el momento no podía saber en qué consistía esa relación, pero Kaspar no era de la clase de hombres que dejan esas cosas sin resolver. Pavel ya estaba tratando de averiguar las conexiones que había, si realmente existían, entre el boyardo Kovovich y cualquier sujeto de mala reputación y, si tirando del hilo se podía llegar hasta Chekatilo, tal como Kaspar sospechaba.
Dirigió el caballo hacia una avenida comercial empedrada con guijarros en la que una señal fijada a un edificio de piedra negra le indicaba que se trataba de la Magnustrasse, y se quedó momentáneamente atónito al ver que una calle llevaba un nombre del Imperio.
—Después de todo, a lo mejor no nos odian, ¿eh? —dijo.
—No, embajador —dijo Valdhaas, que todavía se sentía culpable por el corte que había infligido a su jefe.
En aquella zona las calles estaban menos repletas de gente que en las más próximas al centro de la ciudad, y Kaspar percibía de forma tangible la riqueza que lo rodeaba. Muros pulcramente encalados y cubiertos en el borde superior con trozos de cristales incrustados en mortero rodeaban las casas de la adinerada élite de Kislev, y todos ellos eran lo bastante altos para cualquiera salvo para los intrusos más osados.
Kaspar siguió la calle hasta alcanzar un grupo de álamos de hoja perenne. Según las indicaciones garabateadas en la nota, aquel lugar estaba justo enfrente de la casa de Anastasia.
La casa de la dama se encontraba detrás de un alto muro de sillares; una verja abierta conducía al recinto. Al otro lado del muro, Kaspar vio un edificio construido con buen gusto situado al final de una avenida enlosada y, delante de la casa, un lozano y bien dispuesto jardín de plantas medicinales o de interés culinario, arbustos y flores de colores vivos.
Kaspar vio a Anastasia arrodillada ante un pequeño parterre de plantas; la mujer removía con un pequeño azadón la tierra ahora más oscura. El embajador experimentó una sobrecogedora sensación de déja vu. Cuando ella lo vio, Kaspar se esforzó en sonreír y agitó la mano mientras la mujer se le acercaba.
—Estoy muy contenta de que hayas venido —dijo la dama.
III
Kaspar no tardó en darse cuenta de que Sofía había sido precisa al describir a Anastasia como a una persona muy rica.
Unos sirvientes con librea verde habían cogido los caballos después de que cruzaran la verja y se los habían llevado a un largo establo adosado al muro, mientras respetuosas doncellas llevaban refrescos a los jinetes.
A él y a sus caballeros les habían ofrecido vasos fríos de zumo de manzana con hielo picado, lo cual hizo pensar a Kaspar que Anastasia era lo bastante rica como para tener una sala refrigerada debajo de la casa, en donde los encantamientos realizados por los hechiceros del hielo de Kislev mantenían el aire helado.
Los caballeros del embajador permanecieron discretamente junto a la entrada de la casa. El y Anastasia se instalaron en una sala de visita de paredes recubiertas con madera de roble y cuyo alto techo era de alabastro; sobre el reluciente y sólido suelo de madera se extendía una lujosa alfombra decorada con dragones entrelazados.
Aunque el interior de la casa traslucía una gran riqueza, ésta jamás se manifestaba de forma ostentosa y siempre reflejaba buen gusto. Todas las habitaciones estaban elegantemente decoradas y ninguna abrumaba al huésped con lujo excesivo, a diferencia de lo que ocurría en las salas de los castillos de muchos nobles del Imperio, empeñadas en exhibir la fortuna de sus dueños.
Él y Anastasia se sentaron en un suntuoso diván y charlaron como viejos amigos de temas intrascendentes hasta que, inevitablemente, surgió la muerte del boyardo Kovovich en la conversación.
—He oído hablar de ese espantoso asunto con el insensato de Pashenko —dijo Anastasia—; es sencillamente terrible que un hombre como tú pueda ser acusado de algo tan horrible.
—Sí, fue ridículo —asintió Kaspar.
—¿Qué podía hacer creer a Pashenko que tenías algo que ver con el crimen?
Kaspar se encogió de hombros.
—En palacio, hubo gente que vio cómo el boyardo y yo intercambiamos algunas palabras fuertes, y él sacó de forma precipitada una conclusión falsa.
—¡Bah! Pashenko es nekulturny, y si tuviera que arrestar a todos los hombres que habían discutido con Kovovich, medio Kislev debería estar en la cárcel de los chekist.
—No era un personaje muy querido, ¿verdad? —preguntó Kaspar.
—No especialmente —dijo Anastasia—. Era un hombre rudo y maleducado. Creo que su esposa merecería actuar en un escenario después del numerito que montó frente a tu embajada; dicen que el marido la pegaba despiadadamente y, por consiguiente, no puedo comprender el porqué de su dolor ante la muerte de su hombre.
Kaspar sacudió la cabeza, sintiendo menos pena por Alexei Kovovich a medida que iba descubriendo más cosas sobre él. Aquel hombre había sido un borracho y, según decían todos, madame Kovovich estaría mucho mejor sin él. Apuró la bebida y dejó el vaso en una mesita de nogal esculpida a mano situada junto al diván.
—Pero dejemos esos asuntos, Kaspar —dijo Anastasia animadamente—. Los tiempos que corren ya son bastante turbios sin necesidad de nuestra colaboración. Háblame de ti, estoy intrigada por saber cómo un hombre como tú ha venido a Kislev en unos tiempos como éstos.
—Me envió el emperador —dijo Kaspar.
—Oh, vamos, debe de haber alguna otra razón. ¿Incomodaste a alguien muy poderoso para merecer un destino tan… poco atractivo?
—¿Poco atractivo? ¿Por qué lo dices?
—Porque, sin duda, un puesto aquí no te puede traer grandes recompensas materiales ni prestigio, mientras que un puesto en el corazón de la actividad diplomática, pongamos por caso en Marienburg o en Bordeleaux, podría ser un práctico trampolín para una carrera ministerial. O en Tilea. Me han contado que esa ciudad por lo menos goza de un clima muy agradable. Pero no hay duda de que Kislev reúne pocos encantos. De modo que dime, con toda sinceridad, ¿por qué viniste a Kislev?
—Ya te lo he dicho, el emperador me pidió que aceptara el cargo y yo lo acepté.
—¿Así de sencillo?
Kaspar asintió con una inclinación de cabeza.
—Serví en los ejércitos del emperador casi durante cuatro décadas; cuando tenía dieciséis años tomé el shilling del emperador Luitpold. Me uní a un regimiento de lanceros y pasé los seis años siguientes luchando sucesivamente en Averland contra varios señores de la guerra orcos. Recorrimos y luchamos por todo el Imperio, y podría añadir que nos ganamos una buena reputación. Abatimos a las bestias que cazan en los bosques oscuros, a las tribus de norteños que realizan incursiones en nuestro país y en Ostermark, y a cualquier enemigo que se acercara con la muerte en el corazón. Ascendí a la jefatura de mi regimiento y luché al lado del mismísimo emperador Karl Franz en la batalla de Norduin. Con los años seguí ascendiendo en la línea de mando hasta tener el honor de estar al frente de ejércitos enteros a las órdenes de mi emperador.
—¡Oh!, resulta muy heroico —dijo Anastasia de forma exagerada.
Kaspar sonrió.
—Quizá, pero mi nación está en peligro y necesita gente que comprenda la guerra de resistencia frente al enemigo si el país quiere realmente sobrevivir. La diplomacia y la negociación pueden ser válidas hasta un determinado punto; después llega un momento en el que un hombre debe estar dispuesto a luchar por lo que considera justo. Kislev puede no ser el destino de más prestigio, pero si puedo conseguir que aquí mi actividad sea relevante y sirva de ayuda a los ejércitos de nuestras naciones ante la invasión que se nos echa encima, en tal caso podré afirmar que éste es el lugar en donde debo estar.
Anastasia sonrió.
—Eso quiere decir que eres un verdadero patriota y un altruista. Hay pocos hombres como tú.
—No tan pocos como crees —corrigió Kaspar con una sonrisa.
Anastasia soltó una carcajada y le preguntó:
—Entonces, ¿por qué razón abandonaste el servicio del emperador?
La sonrisa desapareció del rostro de Kaspar.
—Mi esposa, Madeline, tenía el corazón débil, y su preocupación por causa de mis ausencias la mantenía bajo una enorme tensión —explicó el embajador en tono melancólico—. Cuando regresé del campamento de los Reinos Fronterizos, conseguí licenciarme del ejército de un modo honorable y nos retiramos a Nuln.
—Entiendo. Y tu esposa… ¿espera tu regreso a casa?
—No —dijo Kaspar sacudiendo la cabeza—. Madeline murió hace tres años. Le dio un ataque en nuestro jardín mientras arreglaba los rosales. El sacerdote de Morr dijo que su corazón dejó simplemente de latir, que no tenía más vida que ofrecer. Dijo que ella no había sentido nada, lo cual supongo que es una suerte dentro de la desgracia.
—Oh, lo siento, Kaspar —dijo Anastasia acercándosele en el diván y tomándole las manos entre las suyas—. Ha sido una falta de consideración por mi parte; perdóname, por favor. No quería en absoluto despertarte recuerdos tan dolorosos.
—No te preocupes, Anastasia; no tenías por qué saberlo —dijo Kaspar.
—Tal vez no, pero debería haber sido más prudente. También yo sé lo que representa perder a un ser querido. Andrej, mi marido, fue asesinado hace seis años.
Kaspar alargó la mano y secó una lágrima que asomaba en la comisura de un ojo de la dama.
—Lo siento. ¿Consiguieron pillar al criminal?
—¡Qué va! ¡Los guardias de la ciudad y los chekist no hicieron nada! Andrej, cuya alma descanse en brazos de Ursun, era para algunas cosas un hombre muy tierno, pero para otras era muy ingenuo. Sin que yo lo supiera, había invertido parte de su dinero en negocios más bien pintorescos con un lichnostyob llamado Chekatilo.
Kaspar ya tenía un motivo para despreciar a Chekatilo y mentalmente anotó otro más.
—Conozco a herr Chekatilo —afirmó.
—Bueno, de hecho nadie lo conoce del todo. Me dijeron que Andrej volvía a casa después de una reunión del Gremio de Mercaderes cuando, de forma inopinada, lo atacaron unos salteadores de caminos que iban sin monturas. Le robaron la bolsa y lo golpearon hasta matarlo con una barra de hierro.
Kaspar reflexionó sobre la versión de los hechos que Sofía le había contado y dio gracias a quienquiera que fuese el que había ahorrado a Anastasia la verdad sobre el lugar de donde realmente volvía su marido.
—Desde luego, nada se hizo al respecto, pero yo sé la verdad de lo ocurrido. No lo puedo probar, claro, pero en lo más profundo de mi corazón estoy convencida de que ese hijo de puta estuvo implicado en la muerte de Andrej.
Los ojos de Anastasia se llenaron de lágrimas y la mujer se llevó las manos a la cara.
—Lo siento, te pido disculpas por la palabrota; pero cuando pienso que esa repugnante piltrafa humana anda todavía paseando por las calles, me pongo enferma.
Kaspar se inclinó hacia ella y le pasó una mano por la espalda, sin saber muy bien qué decir para consolarla. En vez de eso, la atrajo hacia sí y dejó que la mujer reposara la cabeza en su hombro, lo cual le dejó en el chaleco unas manchitas de kohl de los párpados mezclado con lágrimas.
—No te inquietes —le prometió Kaspar—. No dejaré que nunca más te vuelva a hacer daño.
IV
Kaspar puso una moneda en la mano del mozo de cuadra que le sujetaba la montura, satisfecho porque aquel hombre se había tomado la molestia de cepillar la crin plateada y la cola del caballo, así como de limpiarle los cascos de piedrecitas. Agarró el pomo de la silla y saltó a lomos del animal, mientras lanzaba una mirada protectora hacia la casa de Anastasia.
Habían encontrado consuelo uno en brazos del otro durante unos minutos; luego, Anastasia se había excusado y Kaspar había decidido que tenía que marcharse y dejarla a solas con su pena. El perfume de los cabellos y de la piel de la dama aún permanecía en su recuerdo mientras él y los Caballeros Pantera conducían los caballos de vuelta por Magnustrasse.
El crepúsculo avanzaba y el sol se hundía lentamente tras la línea de edificios del oeste. Kaspar vio seis jinetes al final de la calle. Su silueta se recortaba contra los agonizantes rayos del sol, y el corazón le dio un vuelco al reconocer al pendenciero fanfarrón llamado Sasha Kajetan. Éste y cinco de sus musculosos guerreros de hojas perforadas se le acercaban a medio galope; el rostro del jefe era frío y los ojos de color violeta le ardían de furia.
—¡Por la sangre de Sigmar, otra vez éste! —musitó Kaspar en voz muy baja. Los dos Caballeros Pantera situaron sus caballos delante del embajador, enrollaron las riendas de sus monturas en la mano izquierda y empuñaron las espadas amenazadoramente.
—No les hagáis caso —dijo Kaspar—. Trataremos de pasar a su lado como si tal cosa.
Valdhaas asintió con la cabeza mientras los tres dirigían sus monturas hacia el extremo de la calle, manteniendo los caballos entre los hombres de Kajetan y el embajador.
Pero el espadachín no estaba dispuesto a dejarlos pasar, y sus guerreros se desplegaron para bloquear la calle. Kaspar deslizó la mano debajo de la capa y movió el pedernal de la pistola hacia atrás con sumo cuidado.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —espetó Kajetan.
Kaspar no le hizo caso alguno, mantuvo la vista fija en el extremo de la calle y deslizó el dedo por el curvo gatillo plateado. Vio unos oscuros jinetes agrupados allí, pero deslumhrado por el sol poniente no pudo distinguir quiénes eran. Kaspar y los caballeros siguieron avanzando, pero Kajetan y sus guerreros, con destreza, hicieron retroceder a los caballos. El espadachín clavó la vista en Kaspar.
—Te he preguntado algo, hombre del Imperio.
—Y yo no te he hecho caso.
El sable de Kajetan apareció tan repentinamente en su mano, que Kaspar apenas lo vio salir de la vaina.
—Cuando pregunto algo, quiero una respuesta.
Valdhaas y su compañero desenvainaron las espadas a toda prisa, y Kaspar, al advertir que la situación podía escapársele de las manos al menor chispazo, dijo:
—Si quieres saberlo, te diré que estaba visitando a una amiga. Madame Vilkova me pidió que le hiciera una breve visita y acepté su amable invitación.
—Te dije que te mantuvieras alejado de ella —dijo Kajetan.
—Hago lo que me apetece, herr Kajetan, y no tengo por qué ciarte explicaciones de las personas a las que visito —repuso Kaspar. Vio cómo los ojos de Kajetan se clavaban en su túnica y en seguida se dio cuenta de lo que miraba el espadachín.
Las manchitas de kohl de los párpados de Anastasia.
Kajetan abrió los ojos desmesuradamente y tensó la mandíbula.
Kaspar, consciente de lo que se le venía encima, sacó la pistola, lista para ser disparada, y apuntó a Kajetan entre los ojos. El espadachín se quedó helado, con una forzada sonrisa en la comisura de los labios.
—¿Vas a dispararme, hombre del Imperio?
—Si no tengo otro remedio —contestó Kaspar.
—Mis hombres os matarán a todos si lo haces —le aseguró Kajetan.
—Sí, probablemente lo harían, pero tú ya estarías muerto.
—Eso carece de importancia —afirmó Kajetan, encogiéndose de hombros, y Kaspar se quedó asombrado al comprender que realmente decía lo que pensaba.
La álgida tensión se prolongó por espacio de largos segundos, hasta que una voz cortante sonó detrás de Kajetan y de sus hombres:
—¡Embajador Von Velten! ¡Sasha Kajetan! Os agradecería que depusierais las armas. Mis hombres os tienen a tiro a todos y os puedo asegurar que son tiradores excelentes.
De mala gana, Kaspar apartó la vista de los ojos del espadachín y vio a Vladimir Pashenko y a diez chekist montados, que les estaban apuntando con carabinas de cañones cortos.
—En seguida, por favor —dijo Pashenko. Sonaron de forma perceptible los clics emitidos por el movimiento de diez pedernales de mosquetón.
Kaspar desactivó el pedernal de su pistola y lentamente se la enfundó en el cinto, mientras Kajetan, bien a su pesar, envainaba su curvado sable de caballería.
El jefe de los chekist avanzó a pie con las riendas del caballo en la mano y se interpuso entre Kaspar y el espadachín.
—Parece que atraes los conflictos, herr embajador —dijo Pashenko.
—¿Has dispuesto que tus hombres me sigan? —preguntó Kaspar.
—Claro —repuso el chekist, como si aquello fuera la cosa más natural del mundo y Kaspar no debiera tener ningún motivo para sorprenderse—. Eres uno de los sospechosos de un caso de asesinato que estamos investigando, ¿por qué no te iba a tener bajo vigilancia? Incluso me atrevería a decir que deberías alegrarte de que te vigilara. Estoy seguro de que este pequeño incidente habría acabado mal para ti sin nuestra intervención.
Kajetan sonrió de forma despectiva y Pashenko se volvió hacia él.
—No creas que tu fama te protege de mis atenciones, Sasha. Si hubiera permitido que mataras a ese hombre, antes de que terminara la semana habrías estado bailando la jiga en el extremo de la soga del verdugo en la plaza Geroyev.
—Me habría gustado ver cómo lo intentabas —dijo Kajetan. Escupió en el suelo ante Kaspar, y luego hizo dar la vuelta a su caballo y se marchó al galope hacia el este seguido de cerca por sus hombres.
Mientras contemplaba la retirada de Kajetan, Kaspar sintió cómo menguaba su tensión; se pasó la mano por la cabeza y exhaló el profundo suspiro que inadvertidamente había estado reteniendo.
—Yo que tú —le advirtió Pashenko—, me mantendría apartado de ese hombre. Está enamorado de madame Vilkova y el amor hace cometer tonterías.
Aunque despreciaba al chekist, Kaspar se obligó a ser ama—Gracias, herr Pashenko, por acudir en nuestra ayuda. La situación se hubiera podido descontrolar en seguida.
—No me des las gracias tan pronto, herr embajador. Una parte de mí quería dejar que Sasha te matara, pero es un héroe para nuestro pueblo y la gente no habría aprobado que hubiera tenido que colgarlo.
Pashenko hizo virar al caballo y afirmó:
—Pero tú no disfrutas de esa privilegiada condición, herr embajador, y por lo tanto estaré muy pendiente de saber a quién apuntas con tu pistola.
Capítulo 5
I
En Mittherbst, un día consagrado a Ulric, el dios de la batalla y del invierno, a la hora del crepúsculo, cayeron las primeras nieves sobre Kislev. Los sacerdotes de Ulric se regocijaron al ver los primeros copos que se desprendían de un cielo plomizo y proclamaron que el favor del dios lobo estaba con ellos. Otros no estaban tan seguros. Era indudable que las nieves y las temperaturas extremas causarían grandes miserias y sufrimientos entre los miles de refugiados que llenaban la ciudad y habitaban en los extensos campamentos de tiendas fuera de las murallas.
Diariamente, el flujo de refugiados del norte crecía de tal forma que la zarina se vio obligada a ordenar que cerraran las puertas de la ciudad. Sencillamente, Kislev no podía albergar a nadie más. Con el sentido práctico común entre los campesinos kislevitas, muchos de los refugiados simplemente decidieron continuar hacia el sur, hacia el Imperio, tratando desesperadamente de poner tanta distancia como fuera posible entre ellos y lo que amenazaba con aniquilarlos. Otros construyeron refugios de todo tipo según les permitían sus pobres pertenencias y acamparon en torno a las murallas, al lado de los enclaves del Imperio y los soldados de Kislev.
Mientras aumentaba el número de refugiados, se oía cada vez más el nombre del monstruo que los había sacado de sus hogares. Empezó como un flojo murmullo de las conversaciones en torno a las fogatas y fue creciendo en sucesivos relatos hasta alcanzar proporciones terroríficas: el nombre de la bestia pasó a tener poder por sí mismo. Abundaban historias sobre stanistas quemadas y reducidas a cenizas, sobre mujeres y niños pasados por las armas. Se atribuían al monstruo toda clase de atrocidades, y cada día más y más relatos relativos a aquel bárbaro ser se extendían de una a otra fogata por los campamentos.
Se decía que sus guerreros habían abierto las tripas de todos los habitantes de la stanista de Ramaejk y que los habían empalado en las afiladas estacas de pino de su muro de defensa. Pájaros carroñeros habían celebrado un festín con los cuerpos, vivos aún durante varios días, y la macabra escena había sido dejada tal cual para que sirviera de monumento ilustrativo del triunfo del monstruo.
Saber quién había sido el primero en divulgar el nombre del monstruo constituía un enigma. Quizá no era ningún nombre, sino un grito de batalla mal oído, o un maldito talismán que tenía que pasar de un superviviente a otro para que el terror de su nombre y de sus hazañas se pudiera trasladar hacia el sur.
Fuera como fuera, el nombre de Aelfric Cyenwulf, el alto jefe de las tribus norteñas y lugarteniente favorito del terrible Archaon, había llegado a Kislev. Los jefes guerreros de los kurgans no eran desconocidos, y los hombres y las mujeres más viejos de la estepa conocían asaltos y retiradas de muchos jefes bárbaros sedientos de sangre. Sabían que las tribus del norte habían realizado incursiones en su país en otras ocasiones, pero incluso ellos se daban cuenta de que aquella vez era distinto.
Aquella vez las tribus no habían ido para robar; aquella vez habían ido para destruir.
II
Kaspar contemplaba con una mezcla de aprensión y alivio cómo la nieve se desprendía de un cielo oscuro y se iba depositando sobre la silueta dentada de las murallas de la ciudad. La nieve retardaría a cualquier ejército y, con toda probabilidad, forzaría la retirada a sus cuarteles de invierno si no quería enfrentarse a la hambruna y al frío helado que ocasionarían la muerte de sus guerreros.
Aunque la nevada era débil, Kaspar sabía que el crudo invierno kislevita estaba a poco menos de un par de semanas en el mejor de los casos. Atenazaría a la nación con su abrazo helado y cubriría el paisaje con un interminable manto de nieve. Los kislevitas llamaban a este tiempo Raspotitsa, que quería decir «sin caminos»; viajar se convertía en algo virtualmente imposible, pues todas las pistas y carreteras quedaban ocultas bajo la nieve.
Desvió los ojos de las murallas y observó las torcidas columnas de humo atrapadas por los desapacibles vientos que soplaban del norteño oblast. Centenares de pequeñas fogatas ardían en los campamentos situados ante las murallas, y la gente se acurrucaba en torno a los fuegos para calentarse. Las personas más vulnerables estaban muriéndose: los más viejos y los recién nacidos no podían sobrevivir al intenso frío y a la falta de comida. Los soldados acampados cerca de allí no estaban mucho mejor, debido a la carencia de provisiones y de noticias de sus casas: realmente tenían la moral por los suelos.
Kaspar sabía que lo que mantenía la buena motivación y el ánimo de los soldados eran las cosas sencillas de la vida. Un ardiente discurso de un jefe podía encender fuego en sus corazones, pero una comida caliente y un trago de alcohol serían mucho mejor recibidos. Por el momento, los soldados del Imperio no tenían ni una cosa ni otra, pero Kaspar estaba a punto de poner remedio a aquella situación.
Observó cómo una flota de quince embarcaciones fluviales navegaba tranquila y majestuosamente por el Urskoy y se deslizaba por las oscuras aguas hacia el rastrillo de la puerta oeste del río. La tripulación arrió las velas de la embarcación de cabeza y ésta fue engullida por la sombras de las altas murallas.
Kaspar vio el nombre del bajel pintado en el casco, justo encima de la línea de flotación, y siguió su avance mientras emergía de la puerta acuática y se abría paso río arriba en dirección a los muelles.
Pavel Korovic y Kurt Bremen subían a saltos los escalones para reunirse con él en los terraplenes.
—¿Son ellos? —preguntó Bremen.
Kaspar asintió con la cabeza.
—Sí, la embarcación de cabeza es La Chica de Scheerlagen, son ellos. ¿Estáis preparados, amigos?
—Lo estamos —aseguró Bremen.
—Entonces, vamos —dijo Kaspar.
III
Siguieron a las embarcaciones fluviales mientras avanzaban hacia los muelles principales de la ciudad. Kaspar no era marino y había aprendido a detestar cualquier forma de viaje por mar cuando era joven, pero incluso él podía ver que todas las embarcaciones iban peligrosamente sobrecargadas: las aguas del río estaban a punto de rebasar las bordas. En varias ocasiones perdieron de vista el convoy, pues se vieron obligados a dar frustrantes rodeos con objeto de evitar calles atiborradas de gente, pero siempre les fue fácil encontrarlo de nuevo, ya que no había ningún tráfico por el río debido a que la mayoría de los capitanes ya habían llevado sus embarcaciones hacia el sur para alcanzar el Talabec que los conduciría a Altdorf o a Nuln.
Los transeúntes les dirigían miradas llenas de curiosidad: un hombre de una distinción evidente cabalgaba junto a un kislevita barbudo a lomos de un esforzado y corpulento caballo de espinazo hundido, acompañado por un grupo de dieciséis caballeros provistos de armaduras brillantes. La tripulación de las embarcaciones fluviales tampoco tardó mucho en darse cuenta de su presencia y empezó a llamarles la atención con estridentes gritos marineros.
Kaspar y los caballeros no les hicieron caso, pero Pavel gritó:
—¿Qué noticias hay del sur?
—Wolfenburgo ya no existe —bramó un marinero.
—Una gran tormenta la destruyó —explicó otro a gritos—. ¡Magias tenebrosas, dicen!
Kaspar dejó que Pavel hablara con los hombres de las embarcaciones; él estaba demasiado concentrado en la tarea que tenía entre manos para molestarse en bromear con hombres a los que era posible que pronto tuviera que enfrentarse. Había estado esperando el convoy encabezado por La Chica de Scheerlagen desde que había recibido cartas de Altdorf hacía cuatro días.
Blasonadas con el distintivo de la Segunda Casa de Wilhelm y con el del Comisariado del Imperio, las cartas pedían saber qué acciones habían sido tomadas para impedir futuros saqueos de sus mercancías.
Kaspar no tenía ni idea de a qué se referían las cartas hasta que se pasó un fatigoso día examinando las cuentas del anterior embajador. Atando cabos, ahora sabía por qué los regimientos del Imperio pasaban hambre en Kislev y por qué los almacenes de grano de la ciudad estaban sometidos a tan gran tensión. Y aquello también explicaba, en cierto modo, por qué la primera autoridad de Kislev había puesto una fecha tan lejana para la audiencia que él había solicitado, utilizando paredes de ladrillos burocráticos y educadas excusas.
Al parecer, las provisiones que llegaban a Kislev eran enseguida desviadas de su almacenamiento previsto. Durante los doce últimos meses, un mercader de Hochland llamado Matthias Gerhard había sido encargado por el Comisariado del Imperio de realizar la distribución de alimentos y armas así como de los muchos y variados suministros que necesitan una nación y sus aliados en tiempos de guerra. El emperador había enviado una fortuna en provisiones a Kislev, pero muy pocas habían llegado a manos de quienes las necesitaban desesperadamente.
Las cartas hablaban de frecuentes robos en los almacenes de Matthias Gerhard y, aunque él respondía que se aumentarían las medidas de seguridad, parecía que nada era capaz de contener la hemorragia de provisiones que salía de sus almacenes. Gerhard culpaba a los perezosos kislevitas, y a los de Altdorf les debía parecer que las bárbaras gentes de su vecino del norte estaban condenadas a la hambruna y al desastre a causa de su propia holgazanería y estupidez. Pero en la ciudad de Kislev, donde era evidente que nadie tenía lo necesario para sobrevivir, resultaba obvio que alguien robaba las provisiones y que ese alguien no era precisamente un salteador de caminos.
La furia de Kaspar hacia Teugenheim iba en aumento a medida que iba leyendo su dietario. El anterior embajador tenía que saber que los desesperadamente necesitados suministros enviados por el Imperio estaban siendo robados por los propios encargados de su distribución y, sin embargo, no había hecho nada para impedirlo.
Pues bien, el actual embajador tendría algo que decir al respecto.
IV
Cuando llegaron al muelle, estaban descargando La Chica de Scheerlagen. También habían amarrado algunas otras embarcaciones y los tripulantes estaban asegurando los gruesos cabos en los norays de hierro mientras otros esperaban su turno en el muelle. Era obvia la sensación de alivio experimentada por la tripulación de La Chica de Scheerlagen, ahora que por fin ya habían llegado a su destino, y al capitán ni siquiera parecía importarle la exorbitante carga del barco ilegalmente obtenida.
Estibadores kislevitas, abrigados con gruesas capas, subían desde la bodega de la embarcación, utilizando recios mecanismos de poleas, docenas de cajas, barriles y pesados sacos, y los descargaban en el muelle empedrado en donde aguardaban unos cuantos carros de gran capacidad. Un hombre fornido de larga y espesa barba bromeaba con el capitán del barco, a quien tan sólo parecía importarle que descargaran los bajeles cuanto antes para poder largarse.
—Desplegaos —ordenó Kaspar—. No permitáis que se vaya ningún carro.
Bremen asintió con la cabeza y dirigió con energía su puño protegido con una malla hacia los tres caminos que salían del muelle. Los caballeros dirigieron los caballos hacia las distintas salidas y formaron una hilera de hierro con sus pesadas monturas para bloquear el paso. Con las viseras bajadas, ofrecían un aspecto intimidante y, aunque ninguno de ellos empuñaba arma alguna, era obvia la amenaza que representaban.
Las tripulaciones y los esforzados estibadores terminaron por advertir su presencia y lanzaban miradas de asombro hacia los muelles, mientras Kaspar, Bremen y Pavel cabalgaban hacia ellos. Algunos estibadores alargaron el brazo de forma subrepticia para coger cuchillos o porras, pero el peculiar ruido producido al ser desenvainadas dieciséis espadas de caballería terriblemente afiladas les hizo desistir del intento. El número de caballeros era muy inferior al de sus oponentes, pero incluso aquellos delincuentes sabían que no podían derrotar a unos caballeros provistos de buenas armaduras y bien adiestrados.
El jefe de los Caballeros Pantera y Pavel desmontaron mientras Kaspar conservaba la ventaja de la altura.
—Aquellas provisiones —dijo al capitán—, ¿qué son?
—¿Y a ti que te importa, tío? —inquirió el marino.
—Soy el embajador del emperador Karl Franz y quiero preguntarte algunas cosas.
La presencia de los caballeros y el acento del sur de Kaspar hicieron que el capitán asintiera con una inclinación de cabeza.
—Muy bien. Transportamos grano, sal, hojas de espada, cabezas de hacha y trigo. Todo firmado, sellado y debidamente suministrado. ¿Cuál es el problema?
Kaspar no hizo caso de la pregunta y se dirigió al kislevita encargado del muelle.
—¿Adónde os lleváis estas mercancías una vez descargadas?
El hombre no respondió hasta que Pavel vociferó la pregunta de Kaspar en su lengua nativa. La mirada del encargado del muelle fluctuó entre los dos hombres mientras respondía de forma brusca y despreciativa. Kaspar no comprendió lo que dijo, pero captó el nombre de Gerhard en la andanada de palabras kislevitas.
—Dice que aprovisiona el almacén de Gerhard —tradujo Pavel.
—Bien —dijo Kaspar—; diles que acaben de vaciar las embarcaciones y que carguen los carros.
—¿Y después? —preguntó Pavel.
—Después esperaremos a Herr Gerhard —contestó Kaspar.
V
Valery Shewchuk atrajo hacia sí a su esposa y a sus dos hijas, y sintió sus costillas a través de la delgada manta que era lo único que los protegía de la noche extremadamente fría. La nieve caía a rachas, pero donde estaban, en uno de los múltiples callejones empedrados con guijarros de la ciudad, habían encontrado un buen lugar: el resguardado hueco de una escalera que conducía a una puerta que llevaba tapiada con ladrillos mucho tiempo. Aquel lugar, protegido de vientos y nieves, los peores ladrones del calor corporal, era lo más parecido a un refugio que pudo encontrar para su familia. Apartó un cabello de la cara de Nicolje mientras lamentaba que ella no le hubiera podido dar hijos.
Con la carga de unos padres de edad muy avanzada y sin hijos para enviar a la guerra, se había esforzado para encontrar suficiente comida para alimentar a su extensa familia y, aunque la gente de su stanista había tratado de ayudarlo, no podían descuidar a sus propias familias para beneficiar a otra.
Tres semanas antes, sus padres habían abandonado la stanista durante la noche y con pasos pesados se alejaron sin mantas ni alimentos por el oblast barrido por el viento. Nadie los vio marchar. Encontraron sus cuerpos congelados a media legua de las puertas de la stanista, tumbados en el suelo, abrazados en medio del camino.
Valery los lloró mucho y valoró su supremo sacrificio, pero secretamente se sintió aliviado por no tener ya que preocuparse de su sustento. Cuando llegaron a la stanista noticias del atamán de más y más stanistas y asentamientos atacados, Valery tomó la decisión de abandonar su isba y llevarse la familia a la capital.
Había cargado sus escasas pertenencias en el carro y, después de abrazar con los ojos inundados de lágrimas a sus amigos y vecinos, había emprendido la marcha. Había sido un duro viaje hacia el sur. Por el camino habían perdido a su hija menor: ía criatura había perecido a causa de unas fiebres que las infusiones de hierbas de Nicolje no pudieron remediar. La habían enterrado en la estepa y habían continuado su camino.
Una vez llegados a la capital, malvendió el carro y el caballo y trató desesperadamente de encontrar un trabajo de cualquier tipo y alojamiento para su familia. Pero no había ninguno disponible y tuvieron que refugiarse en el mugriento callejón, sobreviviendo con lo que él podía robar o con lo que podían comprar con las pocas monedas de cobre que les quedaban.
En tres ocasiones tuvo que pelear para deshacerse de ladrones y malhechores que pretendían echarlos de su refugio, y, aunque tenía un hambre canina y estaba completamente exhausto, Valery Shewchuk era un hombre corpulento y difícil de doblegar.
Oyó un ruido suave de pasos en la nieve por la parte alta del callejón y retuvo el aliento. Eran demasiado suaves para ser producidos por las pisadas de un par de botas: podía tratarse de un animal, un perro o un gato o una rata, y pensar en carne fresca lo hizo salivar.
Valery sacó el cuchillo de mango de hueso de la vaina de piel, lo único que no había vendido, y se desembarazó de la manta. Estaba tan delgado que tuvo la impresión de que el frío lo partía en dos de arriba abajo. La mujer despertó de una pesadilla, se movió lentamente y abrió los ojos aún medio dormida.
—¿Valery?
—Silencio, Nicolje —susurró él—. Comida, tal vez.
Se puso en pie y, agarrando el cuchillo con fuerza, se deslizó junto al muro y bajó las escaleras. Confiaba en que el ruido que había oído fuera un perro. Se podía sacar mucha comida de un perro.
Como no volvió a oír el ruido, decidió correr el riesgo de asomarse fuera de su escondrijo para observar a la presa.
Valery atisbo en torno a la pared de piedra y se quedó boquiabierto al ver a un hombre desnudo agachado entre las sombras del nevado callejón. Era obvio que se trataba de un loco, en la calle con aquel tiempo y sin pieles ni capa; y, por Ursun, Valery no estaba dispuesto a dejar que aquel lunático los desalojara de su refugio.
El hombre se balanceaba suavemente y murmuraba algo en voz baja; se protegía una mano entre las piernas y se rascaba la piel de los brazos con uñas descuidadas. Gotas de sangre fundían la nieve en el lugar donde caían.
—Eh, tú —dijo Valery, alzando el cuchillo—, búscate algún otro sitio para pasar la noche.
El hombre no le hizo el menor caso y murmuró:
—No, no, no. Sólo son sueños…, tú no eres yo…
Valery salió, nervioso, al callejón, con la punta del cuchillo siempre en dirección a la figura agachada.
La cabeza del hombre se alzó bruscamente y Valery vio que llevaba una máscara que parecía de cuero gris y que le encajaba muy mal; estaba cosida burdamente y se curvaba en los bordes. A través de la máscara, unos ojos que brillaban con un fulgor lunático lo miraban fijamente.
El loco sonrió burlonamente y dijo:
—Falso. Soy el yo auténtico. —Y saltó hacia adelante. En su mano brillaba un cuchillo. La hoja cortó hacia abajo y Valery cayó; de la arteria seccionada del muslo manaba mucha sangre. Dio un traspié al caer y se golpeó la cabeza contra el suelo.
—¡Por Tor, deja en paz a mi familia! —gritó—. Los quiero mucho, no me importa no tener hijos varones. Los quiero demasiado para dejarlos. Por favor…
Oyó chillidos y ruido de siseos, como de carne friéndose en una sartén, provenientes de las escaleras del escondrijo, pero no pudo ver lo que estaba sucediendo. Lloró amargamente y se arrastró a duras penas por la nieve manchada para reunirse con su familia.
Los chillidos cesaron.
Una cascada de sangre se derramaba por los escalones y se mezclaba con la nieve.
El hombre que había asesinado a su familia salió al callejón con la cara, el pecho y el vientre empapados en sangre. A la luz de la luna, las manchas pegajosas tenían un brillo negruzco. Los ojos le llameaban, el pecho le oscilaba a causa de la excitación y la tensión del crimen le palpitaba en las venas.
Valery trató de alcanzarlo pero sintió que se le nublaba la vista.
—No —dijo el hombre, lo empujó un poco para que cayera de espaldas y se inclinó sobre él.
Sus mandíbulas ensangrentadas se abrieron desmesuradamente.
El loco vomitó un espumarajo de sangre espesa sobre el pecho de Valery, y éste chilló de dolor mientras el líquido viscoso manaba susurrante y el asesino le arrancaba la carne de los huesos.
Sintió que una mano penetraba profundamente en el interior de su pecho destrozado y expiró.
VI
Sorka oyó chillidos por alguna parte, pero no les hizo caso. En aquellos tiempos era raro no oír a alguien que gritara de dolor. Siguió su camino a paso ligero por la repleta calle, aún llena de gente a pesar de la oscuridad y el frío. Supuso que había gente que no tenía adónde ir y que temían tumbarse en la nieve y no volverse a levantar jamás.
Apretaba fuertemente la cajita de metal en el interior del chaleco, temeroso de dejarla fuera de su vista, pero aterrorizado por sujetarla tan pegada a él. De poco más de quince centímetros de lado, la cuadrada caja era muchísimo más pesada de lo que nadie podía esperar en un objeto de ese tamaño y, aunque tenía la llave del ennegrecido candado, el simple hecho de pensar en abrirla le provocaba náuseas y lo horrorizaba. Desde que Chekatilo le había dado la caja para que la entregara, se había sentido visiblemente enfermo.
Llevaba trabajando para el jefe del imperio criminal de Kislev desde hacía unos seis meses, y había pasado la mayor parte de ese tiempo reforzando el poder del amo mediante palizas, incendios de casas o carruajes e intimidaciones. Era un hombre corpulento y fuerte, de poca imaginación, y le emocionaba mucho que su jefe le hubiera encargado un asunto de tan obvia importancia.
—Sorka —le había dicho Chekatilo—, esto tiene mucho valor para mí. Debes entregarlo exactamente a medianoche al final del callejón Lime; ¿sabes dónde está?
Sorka había asentido con la cabeza, pues en aquel lugar se había desembarazado de por lo menos tres cadáveres.
—No te fallaré —le había prometido.
Le habían indicado que fuera al sótano y recogiera la caja metálica que ahora llevaba; así lo había hecho, y luego se había ido inmediatamente. Sentía un hormigueo en la piel y tenía el estómago revuelto y ganas de vomitar; tal vez el pescado que había comido estaba pasado.
Dobló la esquina de Goromadny Prospekt y se dirigió a su destino a través de retorcidas calles, echando de vez en cuando miradas hacia atrás para asegurarse de que no lo seguían. La nieve fresca hacía difícil estar totalmente seguro, y las repletas calles tampoco ayudaban mucho, pero no pudo ver a nadie tras su pista.
Por fin llegó a la entrada del callejón Lime y rápidamente lanzó hacia atrás una última mirada de comprobación. Satisfecho de que no hubiera nadie por allí cerca, se deslizó en el callejón caminando con suma cautela. Sorka vio que aquella noche alguien ya se había desembarazado de un cuerpo. El frío había evitado la descomposición y los perros todavía no lo habían olido, pero no tardarían en hacerlo.
Desde una zona de sombras situada más adelante salió una voz:
—¿La tienes?
Sorka se sobresaltó, asustado. Se esforzó por recordar lo que le habían mandado que dijera:
—Sí, si tienes el dinero.
—Lo tengo —dijo el otro hombre—. Pon la caja en el suelo y retrocede unos pasos.
Aquello no era lo que estaba previsto y Sorka se esforzó de nuevo en recordar lo que tenía que decir:
—Enséñame el dinero y entonces te la daré.
—No.
Como no estaba acostumbrado a que alguien se negara de forma tan directa a colaborar, Sorka no estaba seguro de lo que debía hacer a continuación. Trabajaba para Chekatilo, por lo tanto, cuando daba órdenes se cumplían al instante. Decidió jugar un rato con aquel imbécil y posó una mano en la empuñadura de su daga, seguro de que podría arreglárselas si el otro intentaba hacer algo inconveniente. Después de todo, había una sola manera de salir del callejón, y eso quería decir pasar por donde se encontraba él.
Sabía que no era una tarea fácil para ninguno de los dos.
—Muy bien —dijo sacando la caja de debajo del chaleco y poniéndola en el suelo delante de él. Pescó la llave que llevaba colgada del cuello y la tiró junto a la caja.
El hombre surgió de entre las sombras. Tenía el rostro oculto por la capucha de la capa; se arrodilló junto a la cajita y se apresuró a abrirla. Se llevó la mano a un amuleto oscuro que le colgaba del cuello y levantó la tapa de forma casi imperceptible.
Un claro resplandor verde emanó de la caja, lanzó una luz espectral sobre el hombre y proyectó su sombra sobre la pared del fondo del callejón.
A Sorka le pareció que la sombra se agitaba y retorcía con vida propia, que ya no se limitaba a seguir los movimientos del hombre al que pertenecía.
Frunció el entrecejo y parpadeó para quitarse de la cabeza la extraña visión, pero la engañosa sombra continuaba su danza mientras su oscura cabeza se alargaba con dos cuernos gemelos que le crecían en la frente.
Sorka abrió la boca para decir algo en el instante en que el hombre arrodillado le levantó la tapa de los sesos con una pistola de pedernal.
VII
El disparo de la pistola resonó en la entrada del callejón y, minutos después, el hombre de la capa oscura, con suma cautela, asomó la cabeza por la esquina; la luna se deslizó por detrás de unas nubes y arrojó su luz monocroma sobre la calle cubierta de nieve iluminándole la cara.
Miró a uno y otro lado antes de echar a andar tranquilamente por la calle y emprender el camino de regreso al centro de la ciudad.
Desde el otro lado de la calle, dos hombres completamente envueltos en pieles observaban su marcha.
—Disparó a Sorka —dijo el menos corpulento de los dos hombres.
Vassily Chekatilo asintió con la cabeza; se frotó la barbilla con una mano y se estiró las puntas del bigote.
—Sí, Rejak, yo habría hecho lo mismo.
—¡Tenemos que detenerlo! —protestó Rejak—. Está tratando de engañarte.
Chekatilo sacudió la cabeza.
—No, déjalo. Me alegro de haberme librado de esa maldita caja; ojalá nunca hubiera dado mi conformidad para obtenerla. Y, en cualquier caso, creo que puede sernos más provechosa a largo plazo sabiendo realmente a qué manos ha ido a parar.
—Pero ¿y Sorka?
—No pienso derramar ni una sola lágrima por él —dijo Chekatilo—. Cumplía bien las órdenes, pero hay muchos como él y su muerte no constituye ninguna gran pérdida para mi organización.
—¿No deberíamos comprobar si está muerto?
—No, Rejak, déjalo. Los perros también tienen derecho a comer.
Rejak se encogió de hombros. Con un gesto de la cabeza señaló al hombre que huía con la cajita metálica y dijo:
—¿Qué pensará hacer alguien como él con algo tan peligroso?
—Vete a saber —comentó Chekatilo, mientras se preguntaba para qué Piotr Losov, consejero jefe de la zarina de Kislev, podía querer una caja que contenía un puñado de piedras de disformidad.
VIII
Kaspar se quedó impresionado al ver el poco tiempo que tardó Matthias Gerhard en ir a buscar las provisiones de las embarcaciones fluviales que no habían llegado a sus almacenes a la hora prevista. Una vez los estibadores hubieron terminado de descargar las embarcaciones, Kaspar les había dicho que se largasen, y uno tras otro fueron desvaneciéndose rápidamente en la noche. Luego ordenó a las tripulaciones que regresaran al Imperio, y una vez se hubieron ido, los muelles se convirtieron en un lugar silencioso y misterioso. El ruido del agua al chocar con la piedra era el único sonido, salvo algún esporádico chillido y un solitario disparo de pistola.
Llevaban esperando en el muelle poco más de dos horas cuando oyeron cada vez más cerca el traqueteo de las ruedas de un carruaje y el repicar de cascos de caballos.
Cuando una troica roja y dorada cruzó rápida y estruendosamente el empedrado de guijarros en dirección a los muelles, los Caballeros Pantera se apartaron. La troica, de origen kislevita, iba tirada por tres caballos enjaezados uno al lado del otro, e incluso a la débil luz de la luna Kaspar observó que era un carruaje de diseño caro y bien construido. No era difícil suponer adónde había ido a parar el dinero ganado por Matthias Gerhard. Seis hombres protegidos con cotas de malla de gruesos nudos y que portaban largas lanzas iban sentados en el techo del carruaje. Mientras se disponía a detenerse, los Caballeros Pantera se juntaron formando un anillo de acero en torno a la troica y cerraron cualquier posibilidad de escape.
Los seis guardias se lanzaron apresuradas miradas furtivas antes de bajar a regañadientes del techo de la troica ayudándose de brazos y pies.
Kaspar disfrutaba de la evidente incomodidad de los hombres. En aquel momento, Matthias Gerhard se iba a enterar de que, si le faltaban provisiones, no se debía a la incompetencia de sus esbirros. Cuando la puerta del carruaje se abrió y un hombre de elevada estatura y evidente riqueza bajó al muelle, Kaspar sonrió sin alegría. El recién llegado llevaba una cinta dorada que le recogía una larga cabellera rubia que le llegaba hasta los hombros, y vestía un costoso jubón de color carmesí entretejido con seda amarilla y una chaqueta de cuero adornada con tiras plateadas. Los majestuosos anillos que lucía en los dedos y las gruesas cadenas de oro que llevaba colgadas en torno al cuello quizá no daban fe de su buen gusto pero sí de su riqueza.
Su inquietud era patente, y Kaspar decidió atacar y desconcertarlo mucho antes de que tuviera tiempo de planear cualquier defensa. Desmontó del caballo y, a grandes zancadas, se dirigió hacia el mercader.
—Matthias Gerhard, eres un bastardo ladrón y debería entregarte ahora mismo a los chekist por lo que has hecho.
A pesar del tono envenenado de Kaspar, Gerhard se recuperó pronto. Era un hombre influyente en la ciudad, no estaba para tonterías y no habría llegado a ser tan rico sin una gran capacidad para estar alerta y dispuesto a la acción.
—¿Tengo que suponer que eres el embajador Von Velten y que éstos son tus caballeros? —preguntó.
—Tu suposición es acertada.
—En tal caso, ¿puedo saber por qué has retenido aquí los suministros del emperador? —inquirió Gerhard—. Deberían estar de camino hacia mis almacenes. Hay mucha gente en esta ciudad deseosa de encontrar el modo de apoderarse de estos bienes en beneficio propio, como no dudo debes saber.
—Desde luego, lo sé de sobra —le espetó Kaspar—. El diario de Teugenheim y las cartas que recibí de Altdorf me han informado de todo lo que necesitaba saber sobre esa clase de gente.
—Entonces no tendrás ninguna objeción a que los hombres por mí convocados transporten los suministros a un almacén seguro —continuó Gerhard en tono suave.
—¿No lo entiendes, Gerhard? —dijo Kaspar blandiendo la carta del Comisariado Imperial—. Se acabó. Sé a qué te has estado dedicando, y te veré colgando del extremo de una cuerda por todo lo que has hecho.
—¿Estás seguro? —replicó Gerhard—. ¿Qué crees saber?
—Que has informado de que estos suministros habían sido robados y después los has vendido. Dime de qué otra manera podría explicarse la ingente cantidad de provisiones que se han considerado «perdidas».
—Herr embajador —dijo Gerhard en tono pausado—, te aseguro que los bienes que el emperador ha enviado al norte han sido robados por bandas con las que no tengo nada que ver. Dispongo de todos los comprobantes de la ciudad para demostrarlo.
—A mí no me hace falta probarlo. Sé lo que has estado haciendo. He visto lo mismo un centenar de veces en el ejército. Furrieles deshonestos acaparaban suministros y los vendían al mejor postor. ¡No eres más que un vulgar ladrón!
—¿Estás tratando de que me enfade, embajador?
—Pues sí —admitió Kaspar, sintiendo que empezaba a estar harto.
—Esto quiere decir que has sido militar demasiado tiempo, herr embajador. Soy una persona civilizada y, a diferencia de ti, he aprendido a controlar mi cólera y a resolver mis diferencias sin apelar a la violencia. Tal vez tú también deberías hacerlo.
Kaspar se dio cuenta de que por aquel camino no llegaría a ninguna parte con Gerhard; agarró la túnica del mercader y lo arrastró hacia el borde del agua. Los guardias de Gerhard avanzaron unos pasos, pero los Caballeros Pantera estrecharon el cerco y les impidieron cualquier acción.
—¡Realmente, embajador, esto es ofensivo! —farfulló Gerhard.
—Me siento inclinado a estar de acuerdo contigo, Matthias —dijo Kaspar, alcanzando al fin los peldaños que bajaban hacia las aguas oscuras y heladas del Urskoy.
—Herr embajador! —imploró Gerhard al darse cuenta de las intenciones de Kaspar—. No hay ninguna necesidad de llegar hasta este punto.
—Vaya, pues es precisamente en este punto donde difieren nuestras opiniones —dijo Kaspar, y empujó al mercader desde el muelle.
Matthias Gerhard se hundió en el agua y, segundos después, pálido de pánico, chapoteaba en la superficie moviendo desenfrenadamente brazos y piernas. Tosía y chillaba, y sus gritos pidiendo ayuda gorgoteaban a causa del agua que tragaba. El mercader trataba desesperadamente de mantenerse a flote, pero sus pesados ropajes y gruesas cadenas contribuían a arrastrarlo hacia abajo y, de nuevo, su cabeza desapareció bajo la superficie del agua. Un torrente de burbujas agitó el agua cuando la cabeza del mercader emergió una vez más.
—¡Por favor! —chilló, y al fin consiguió asirse a un peldaño de piedra. Jadeó emitiendo ligeros silbidos y, con avidez, inyectó aire en sus maltrechos pulmones hasta que Kaspar le pisó los dedos con el tacón de madera de sus botas de montar. El mercader dio un agudo chillido y se hundió de nuevo en el agua.
—Traedme una de las lanzas de sus guardias —gritó en dirección al muelle. Vio la silueta de Kurt Bremen recortada contra el resplandor de la luna y advirtió el descontento del caballero, pero en aquel momento no le importó. Lo único que entonces le interesaba era realizar su trabajo, y si tenía que hacer uso de la violencia, pues tanto peor.
Si Gerhard creía que él era un militar violento, se comportaría como tal.
—Aquí tienes —dijo Bremen con frialdad.
—Gracias, Kurt —dijo el embajador, mientras Gerhard, una vez más, emergía trabajosamente a la superficie. Kaspar vio que el mercader estaba casi agotado y dirigió la lanza hacia él pero manteniéndola fuera de su alcance.
El hombre se esforzaba por atrapar el mango de madera de la lanza, pero cada vez que sus dedos la rozaban, Kaspar la apartaba un poco.
—Matthias, ¿estás dispuesto ahora a hablar sin tratar de engatusarme? —le preguntó Kaspar.
—¡Sí! —chilló el mercader, y Kaspar dejó que se asiera al mango de la lanza.
Lo ayudó a acercarse a los peldaños e hizo un gesto a sus caballeros para que acudieran y sacaran del agua al empapado hombre.
Gerhard rodó sobre sí mismo y escupió agua sucia; tenía la cara azulada debido a la gélida temperatura del Urskoy. Lloraba, y cuando Kaspar se arrodilló junto al jadeante mercader, olió que Gerhard se había ensuciado a causa del terror.
Apartó los cabellos mojados de la cara del mercader y le dijo:
—Ahora que gozo de tu completa atención, creo que estamos en condiciones de hablar. Has estado vendiendo las provisiones del emperador, ¿no es cierto?
Gerhard tosió, pero lentamente asintió con la cabeza.
—Bien —continuó Kaspar—. Por fin hemos llegado a algún sitio. Ahora esto se ha acabado. Todo lo que todavía tienes y todo lo que llegue del Imperio a partir de ahora va a ir a manos de aquellos que lo necesitan desesperadamente. ¿Me comprendes?
—Sí, sí, obedeceré.
—Por ahora, aunque por todo lo que has hecho mereces que te arrojen en la más profunda y oscura de las mazmorras, todavía te necesito para coordinar la distribución de los suministros a los soldados y a la gente de la ciudad. Trabajarás con mi ayudante, Stefan, y puedes creerme: si vuelves a las andadas, él se dará cuenta en seguida.
Kaspar se levantó, se frotó la rodilla entumecida y subió los peldaños que conducían al muelle.
Kurt Bremen lo esperaba y le dijo en voz baja:
—Embajador, ¿puedo hablarte con libertad?
—Por supuesto, Kurt.
—Embajador, me siento incómodo con estos… métodos brutales que parecen gozar de tu preferencia. ¿Es realmente adecuado que un emisario del Imperio sea visto comportándose de tal modo?
Kaspar asintió con la cabeza.
—Comprendo tus objeciones, Kurt, puedes creerme. No me gusta en absoluto tener que recurrir a semejantes métodos, pero algunas veces es necesaria una demostración de fuerza para obtener resultados con gentuza que se cree por encima de ideales como la honestidad y el deber.
El caballero, nada convencido, lo miró y dijo:
—Mis caballeros y yo somos el instrumento mediante el cual se realiza tu voluntad, embajador Von Velten, pero debemos cumplirla de acuerdo con los votos del código de honor de nuestra orden. Ésta es nuestra misión aquí y, aunque estamos vinculados a tu causa, no podemos llevar a cabo nuestra tarea de forma adecuada si insistes en este tipo de conductas. Debes permitir que realicemos nuestro trabajo sin violar nuestro código de honor.
—Desde luego, Kurt. Tal vez Gerhard tenía razón —dijo Kaspar—. Tal vez he sido militar demasiado tiempo para poder ocupar un puesto de embajador, pero éste es mi bagaje y ésta es la única manera que conozco de cumplir mi deber con el emperador.
Bremen asintió con un breve gesto de la cabeza, aunque Kaspar adivinó que no compartía lo que acababa de decir.
—¿Qué quieres que hagamos con Gerhard? —preguntó Bremen, cambiando de tema.
—Lleváoslo a su casa y que se lave. Quiero que algunos de tus hombres lo vigilen y se aseguren de que no trata de abandonar la ciudad. Por la mañana enviaré a Stefan para que se ocupe de lo que quede de los suministros robados por Gerhard para que podamos empezar a entregarlos a nuestros hombres.
Bremen se dio la vuelta y empezó a dar órdenes a su gente mientras Kaspar se dirigía hacia su caballo sintiendo de pronto el peso de todos y cada uno de sus cincuenta y cuatro años.
Capítulo 6
I
El olor de carne asada se extendía por el campamento de los arcabuceros de Wissenland. Los soldados masticaban pan recién cocido y queso regándolo con jarras de cerveza del País del Norte. Animadas risas y el bullicio de las conversaciones rodeaban las fogatas que servían de cocina. El recuperado ánimo que se evidenciaba en los soldados del Imperio era un placer para la vista, pensó Kaspar.
La misma escena se había repetido en varias ocasiones durante los últimos cinco días, cuando Kaspar y Anastasia habían acompañado a los carros guiados por guardias de la embajada, cargados de indispensables provisiones para su distribución entre los extenuados y hambrientos soldados de la ciudad. Después de hacer el inventario de los almacenes de Gerhard, Stefan había descubierto una gran cantidad de productos de primera necesidad y, con la colaboración del desenmascarado mercader, había empezado la tarea de hacerlos llegar a quienes tan desesperadamente los necesitaban. Kaspar había pedido a Sofía que estuviera pendiente del mercader, pues no deseaba que aquel hombre enfermara después de la prolongada inmersión en las heladas aguas del Urskoy. No, Gerhard no escaparía al castigo tan fácilmente.
Kaspar y Anastasia iban sentados en la sencilla plataforma de un carro vacío, que serpenteaba entre millares de personas acampadas extramuros, de regreso a la ciudad tras completar un recorrido iniciado en los almacenes de Matthias Gerhard. La luz de la tarde se iba transformando en un crepúsculo púrpura, y Kaspar no tenía el menor deseo de permanecer en el exterior ni un segundo más de lo necesario, pues la temperatura empezaba a bajar muy de prisa. Cuatro Caballeros Pantera cabalgaban junto a ellos. En las puntas de las largas lanzas plateadas se agitaban estandartes movidos por la fuerte brisa de la tarde, y las sonrisas y las bendiciones de la muchedumbre de refugiados eran un estimulante cambio en relación con la reservada hostilidad que había encontrado Kaspar en Kislev hasta entonces.
—¡Es increíble, Kaspar, cómo ha cambiado su actitud! —exclamó Anastasia, estrechamente envuelta en una capa blanca ribeteada con piel de leopardo de las nieves. Las mejillas de la mujer estaban coloradas a causa del frío, pero mientras hablaba los ojos le centelleaban.
—Desde luego —asintió Kaspar con una sonrisa, complacido ante el sustancial cambio en la conducta de los soldados acampados en torno a Kislev.
—¿De dónde procedía todo eso? —preguntó Anastasia.
—De un desaprensivo ladrón de Hochland llamado Matthias Gerhard —explicó Kaspar—, que había estado acumulándolo todo para su provecho personal. Sus almacenes estaban repletos hasta el techo con toda clase de bienes robados: armas, telas impermeables, botas, uniformes, grano, carne salada, pólvora negra, cartuchos, podaderas, utensilios para zapadores e incluso tres cañones de la Escuela Imperial de Tiro.
—¿Y no pensaba repartir nada?
—No, Anastasia, nada en absoluto. Sin previo pago, claro.
—Ya te lo dije antes, llámame Ana; así me llaman mis amigos.
—Muy bien —aceptó Kaspar con una risita—. No puedo negarme a la petición de una dama.
—Bueno —dijo Anastasia con burlona severidad—. Procura recordarlo, Kaspar von Velten. Por lo que respecta a herr Gerhard, espero que te asegurarás de que reciba un buen castigo.
—Por supuesto —le prometió Kaspar—; no soy furriel, y si no lo hubiera necesitado para que nos ayudara en la coordinación logística de la operación, lo habría hundido en el río con el resto de la chusma.
Anastasia se apoyaba en él mientras el carro subía por la Gora Geroyev, y Kaspar disfrutaba al sentir el cuerpo de la mujer junto al suyo. Cuando recibió la carta de Anastasia en la que le ofrecía su ayuda en cualquier cosa que pudiera hacer para facilitar la entrega de suministros a los soldados y a los refugiados, se había quedado sorprendido, hasta que recordó que Sofía le había contado que patrocinaba varias casas de caridad y de asilo. Su generosidad para con los menos afortunados que ella era bien conocida en todo Kislev, y, a decir verdad, Kaspar no lamentó en absoluto la oportunidad de volver a verla. A pesar de la disputa con Sasha Kajetan, estaba decidido a verla de nuevo, y aquella circunstancia le proporcionó la excusa perfecta. Los dos últimos días que habían pasado juntos ayudando a distribuir comida habían sido para Kaspar el bálsamo que necesitaba para recuperarse de sus crecientes frustraciones.
—Pero una vez terminada la guerra, lo veré balancearse en el palo de la horca en la Kónigplatz, no tengas la menor duda.
—¿Cómo es posible que un hombre vuelva la espalda a su país y a su gente para hacer algo semejante? —se preguntó Anastasia.
Kaspar sacudió la cabeza.
—No lo sé, Ana; realmente, no lo sé. Y para serte sincero, prefiero no saberlo.
—llene bien merecido el peor de los castigos establecidos para sus delitos. Sé que se supone que hemos de ser indulgentes y Shallya nos enseña a tener compasión, pero Gerhard hubiera podido ser la perdición de todos nosotros.
Kaspar no respondió en seguida pues vigilaba atentamente a un grupo de jinetes que hacían instrucción sobre el terreno nevado de la estepa situada al pie de la colina. Unos sesenta hombres, montados en ágiles caballos de largas patas, rodeaban una serie de estacas plantadas en el interior de un cuadrado que toscamente simulaba una nutrida unidad de soldados en formación. Habían atado a las estacas saquillos de arena del tamaño de una cabeza y, mientras Kaspar los observaba, los jinetes iban dando vueltas; de repente estrecharon el cerco disparando a los blancos una lluvia mortal de flechas rojas.
Todas las descargas eran disparadas con precisión letal: perforaban los saquillos de arena o se clavaban en las estacas justo debajo de los sacos. Cualquier hombre atacado por aquellos guerreros sufriría lo indecible ante semejante castigo continuado, y con cada lluvia mortal la tropa perdería docenas de soldados. Todos los guerreros, mientras guiaban a los caballos con las rodillas, disparaban un corto arco en forma de cuerno hecho con láminas de madera endurecida pegadas entre sí cuya potencia desmentía su tamaño. Kaspar se quedó asombrado ante el grado de control que los guerreros ejercían sobre sus respectivas monturas: todo el grupo se movía como si estuviera gobernado por una única voluntad.
A la cabeza de los arqueros montados, un guerrero, que llevaba una holgada camisa blanca y unos calzones escarlata de caballería, disparaba con increíble velocidad y precisión; su caballo obedecía sus órdenes como si fuera una extensión de su propio cuerpo, como esas bestias del bosque misterioso que según los rumores son mitad hombre y mitad caballo. Una larga cola de caballo le colgaba a la espalda y profería fuertes y salvajes gritos de alegría mientras disparaba una flecha tras otra contra las «cabezas» de arena. Envainadas al costado llevaba dos espadas gemelas curvadas; Kaspar no tardó en darse cuenta de que aquel guerrero era Sasha Kajetan.
—Verdaderamente es un magnífico guerrero —afirmó Kaspar.
—¿Sasha? Sí, es formidable, ¿no? También es dulce, a su manera.
—¿Dulce? —dijo Kaspar, enarcando una ceja—. No es una palabra que asociaría con su persona.
—Oh, sí… —dijo Anastasia—. He oído hablar del infortunado altercado que ocurrió fuera de mi casa, pero realmente no debes preocuparte por ello. Mientras esté tan desesperanzadamente encaprichado de mí, no se atreverá a atacarte.
—¿No? ¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó Kaspar.
—Porque sabe que eso me disgustaría y, desgraciadamente, todo lo que Sasha hace, lo hace para complacerme.
—Yo no estaría tan seguro, Ana. Cuando lo miré a los ojos, sólo vi que quería hacerme daño…, o quizá que le hicieran daño. Créeme, es algo más que encaprichamiento lo que siente por ti.
—Bueno, es asunto suyo. Le he dicho en varias ocasiones que mis sentimientos hacia él no van por ese camino. Además, creo que hay otros más merecedores de mis preferencias amorosas.
Sin tensarlas, Kaspar sostenía las riendas en la mano izquierda, y sintió que Anastasia deslizaba el brazo por debajo del suyo y le cogía la muñeca. Sonrió para sí mismo mientras conducía el carro a lo largo de la carretera surcada de profundas roderas que llevaba a las puertas de Kislev, disfrutando del agradable silencio, mientras Anastasia se le arrimaba más en la ancha plataforma del carro.
Al ver la blanca figura de Anastasia junto a él, la gente dejaba el paso libre ante el carro, pues su bien conocida fama de amiga de los pobres le permitía circular con facilidad por la repleta prospekt. Kaspar constató que todavía había tensión en las calles, lo cual era comprensible. Se decía que el Carnicero había atacado de nuevo y asesinado a una familia entera mientras dormía en un resguardado callejón no lejos de los muelles.
El carro tardó muy poco en recorrer la distancia entre las puertas de la ciudad y la embajada, y apenas había transcurrido un cuarto de hora cuando Kaspar tiró de las riendas y condujo el carro callejón abajo, a lo largo del templo de Ulric.
Mientras pasaba por la valla de hierro y rodeaba la fuente del centro del patio, comprobó que los artesanos que había contratado para restaurar la embajada habían hecho un buen trabajo. Habían sido borradas las pintadas, y expertos carpinteros habían acoplado nuevas ventanas y una sólida puerta nueva.
—Bueno, no hay duda de que esto ha mejorado sensiblemente —observó Anastasia.
—Por supuesto —asintió Kaspar, en tono amargo—. Así debe ser, pues me cuesta mucho dinero y no me ha llegado ni una pieza de cobre de Altdorf.
Incluso habían limpiado la fuente, y el desaparecido lustre del bronce volvía a brillar en la cara del angélico querubín mientras el agua gorgoteaba desde su copa. Bajó de la plataforma del carro y se apresuró a ir al otro lado para ofrecerle la mano a Anastasia.
Ella se dejó caer por el costado del carro sin hacer caso de la mano que Kaspar le tendía pero alargando los brazos para apoyarse en los hombros del embajador; ágilmente se posó sobre el empedrado y le sonrió.
—¿Vamos? —preguntó ella, enlazando su brazo en el del hombre otra vez.
Al advertir la llegada del embajador, un par de guardias salieron de la embajada hacia la verja.
Kaspar vio un fardo cubierto con una tela roja depositado ante la verja, que no era visible desde el interior a causa de una decorativa placa situada al pie de la misma. Cuando los guardias acudieron a la verja, Kaspar ya se había arrodillado junto al fardo y lo empujaba con su mano enguantada.
Un terrible hedor emanó del fardo cuando empezó a desenvolverlo.
Mientras la tela se desenrollaba como una larga bufanda, advirtió que se trataba de un fajín carmesí de los que habitualmente llevan los boyardos kislevitas. La pestilencia aumentaba a medida que iba desenvolviendo el fardo, pero ya no podía dejar de hacerlo.
Una perversa fascinación le impelía a completar la tarea.
Al fin, el contenido del fajín quedó al descubierto sobre el empedrado.
Oyó un chillido de Anastasia.
Y en el suelo vio cuatro corazones humanos.
II
El hospital Lubjanko, adosado a la muralla este de la ciudad, había sido construido hacía unos doscientos años por el zar Alexis, después de la Gran Guerra contra el Caos. Muchísimos hombres habían muerto después de las batallas por falta de atención a sus heridas, y Alexis había tomado la decisión de que Kislev podría enorgullecerse de contar con los mejores recursos para el tratamiento de heridas de todo el Viejo Mundo.
Una vez terminado, las sacerdotisas de Shallya habían bendecido sus muros y, durante un tiempo, el Lubjanko había realmente servido para acoger a los heridos y traumatizados por los horrores de la guerra. Pero hacía mucho tiempo que se había convertido en un lugar decadente para enfermos, físicos y mentales, y minusválidos. Plantas enteras eran simples antesalas de la muerte, y, en ellas, los enfermos terminales, tanto si habían sido abatidos por hachazos como por la edad, eran abandonados para que consumieran miserablemente las últimas horas de sus vidas.
Con razón se dice que a la miseria le gusta la compañía, y el Lubjanko se había convertido en una especie de imán que atraía toda suerte de desposeídos. Huérfanos, sin techo, desequilibrados y locos iban a dormir entre sus paredes; su fachada de piedra negra y los muros altos y rematados con puntas metálicas eran una amarga evocación del destino de cuantos habían caído entre sus grietas. Las madres apaciguaban a sus hijos rebeldes amenazándolos con encerrarlos entre aquellos angustiosos muros de pesadilla, y los soldados heridos rezaban a los dioses para que no los llevaran a Lubjanko.
Durante la noche, los gritos agudos de los condenados resonaban a través de las estrechas ventanas de barrotes, y la muerte asediaba las salas como un depredador y reclamaba su cuota nocturna de presas, que luego serían llevadas a las piras.
Dos hombres avanzaban por un frío pasillo de piedra, apenas iluminado por la goteante antorcha que portaba uno de ellos, un cojo tan enorme que casi no pasaba por el corredor. El hombre tosió y escupió sobre el suelo una viscosa flema; el ruido se lo tragaron los llantos y aullidos que llegaban de las celdas situadas a cada lado.
Siguiéndolo a una prudente distancia, Piotr Losov caminaba cautelosamente por el centro del pasadizo; su capa con capucha se arrastraba por las sucias losas. Tres ratas se escabulleron a su paso y él se rió para sus adentros al observar cómo los roedores olisqueaban la flema escupida por el hombre que iba en cabeza.
Manos mugrientas y deformadas sobresalían entre los barrotes de las puertas de las celdas; gemidos desgarradores, maldiciones y fluidos corporales acompañaban aquellos gestos desesperados. El cojo golpeaba con una porra terminada en una punta de bronce las puertas de las celdas de los que estaban más alterados o gritaban más fuerte.
—¡Callad, desgraciados! —gritó.
—Esta noche están agitados, Dimitrji —observó Losov.
—Lo están —gruñó el otro, mientras golpeaba con su porra los barrotes de otra celda—. Siempre pasa igual cuando llega el invierno. Creo que perciben la oscuridad y lo que esconde.
—Eso resulta excepcionalmente poético para ti, Dimitrji —dijo Losov.
Dimitrji se encogió de hombros.
—Vivimos tiempos excepcionales, amigo mío, pero no te preocupes, tengo un grupito de preciosidades que, en mi opinión, te van a gustar. Jóvenes. No maleadas —explicó. Mientras hablaba se pasó la lengua por los labios.
A Losov le asqueaba aquel repugnante espécimen de ser humano. No sentía afecto por muchos individuos de su especie, pero Dimitrji era un ejemplo particularmente aborrecible de todo lo que había de perverso en la humanidad. Deseaba ardientemente quitar el seguro de su pistola de pedernal, fabricada por el gran armero Chazate, de los reinos del este, y volarle a Dimitrji la tapa de los sesos. Aquellas paredes habían visto muchos horrores a lo largo del tiempo, ¿qué importancia tendría uno más?
Jamás le había dicho a Dimitrji su verdadero nombre; el carcelero de Lubjanko creía que era un depravado traficante que prefería que sus conquistas sexuales fueran más jóvenes y más fácilmente dominables que las de la mayoría de los hombres. Pensar que Dimitrji creía que él era así —que alguien tan instruido como él pudiera pertenecer a semejante colectivo de perversos— le provocaba náuseas.
Pero era conveniente mantener aquella ficción, pues la verdad era mucho peor.
Tuvo que reprimirse físicamente para no empuñar la pistola cuando Dimitrji llegó a una puerta cerrada al final del corredor y del interior de su voluminosa túnica extrajo un ruidoso manojo de llaves. El cerrojo cedió y Dimitrji empujó la puerta para abrirla, se apartó a un lado a fin de que Losov pudiera entrar y le entregó la antorcha.
A diferencia de todas las demás celdas de Lubjanko, ésta estaba limpia y no olía a mierda, muerte y desesperación. Cuatro pequeños camastros estaban dispuestos junto a las paredes, y sentados en cada uno de ellos había cuatro menores, dos niños y dos niñas. Ninguno mayor de cinco o seis años.
Levantaron nerviosamente la vista cuando vieron entrar a Losov y trataron de sonreírle, tal como les habían mandado. Estaban asustados, pero lo miraron con esperanza, tal vez viendo en él la oportunidad de escapar de aquel lóbrego y siniestro lugar.
Losov sintió que le hervía la sangre en las venas al mirar a aquellas criaturas.
Dimitrji tenía razón. Todas eran perfectas, ninguna había sido maleada.
Tenían que ser inocentes. Ella se daría cuenta si no lo eran.
La sangre de los inocentes era imprescindible.
III
Después de haber encontrado el macabro regalo que habían dejado ante la verja de la embajada, Kaspar había llegado a la conclusión de que su ánimo ya no podía empeorar.
Pero no podía estar más equivocado; aquello era sólo el principio de una de las peores noches de su vida. Tranquilizó a Anastasia y después ambos se dirigieron al interior de la embajada y se reunieron con Pavel, que los esperaba en las escaleras del vestíbulo.
El voluminoso kislevita dijo con aspecto pensativo:
—Arriba hay jinetes llegados de Altdorf; traen cartas para ti. Creo que son importantes.
—¿Qué te lo hace pensar?
—Van armados hasta los dientes. Son hombres duros. Han tenido que cabalgar mucho para llegar hasta aquí.
—Ya veo —dijo Kaspar, entregando con cuidado el macabro hallazgo a Pavel—. Toma, guárdalo.
Pavel asintió con la cabeza y rasgó un trozo de tela.
—¡Por los dientes de Ursun, son corazones!
—Lo sé —dijo Kaspar, disgustado, mientras subía por los peldaños recién alfombrados.
En su estudio lo esperaban los cuatro jinetes de Altdorf; sus ropas en mal estado y sus caras demacradas confirmaban que habían tenido que cabalgar muy duro durante muchas semanas para llegar a Kislev. Dos caballeros estaban con ellos y se pusieron firmes cuando Kaspar entró.
—Señores —empezó diciendo Kaspar, mientras se situaba detrás del escritorio—, ya veo que habéis realizado un arduo viaje para llegar hasta aquí. ¿Puedo ofreceros algunos refrescos?
—No, gracias, herr embajador —dijo un hombre cuadrado, ancho como una ladera de montaña, que tenía un pergamino plegado y sellado con cera verde en la mano—. Me llamo Pallanz y te traigo cartas de la máxima urgencia. Quisiera que las leyeras antes de irme.
—Como desees, herr Pallanz —dijo Kaspar cogiendo la carta. Vio que el sello de cera llevaba el blasón de la Segunda Casa de Wilhelm y su inquietud aumentó. Rompió el sello, desplegó el grueso pergamino y leyó con calma lo que decía la misiva. La escritura era uniforme y angulosa, y, antes de ver la sencilla firma al final de la misiva, ya sabía que había sido escrita por la mano del mismísimo emperador Karl Franz.
Kaspar la leyó dos veces antes de soltarla. Se dejó caer pesadamente en la silla y permitió que las palabras flotaran sobre él, no queriendo creer que podían ser ciertas ni lo que aquello podría, mejor dicho, podía implicar para su situación en Kislev.
No advirtió que los jinetes le pedían permiso para retirarse, y cuando ellos repitieron su demanda, agitó la mano vagamente en dirección a la puerta.
Mientras los jinetes abandonaban su estudio, entró Pavel secándose las manos con una toalla de lino.
Pavel señaló la carta.
—¿Malas noticias? —dijo.
—Muy malas —asin tió Kaspar con una inclinación de cabeza.
IV
—Bébetelo todo —dijo Sofía—; no te hará ningún efecto si no lo haces.
—¡Maldita seas, mujer! —le espetó Matthias Gerhard—. ¡Es una vileza! Estás tratando de envenenarme, lo sé.
Sofía Valencik sostenía el vaso ante el mercader.
—Te aseguro —dijo—, herr Gerhard, que si hubiese querido envenenarte ya no estarías en condiciones de quejarte.
La luz de la lámpara brillaba a través de la pócima oscura que Sofía había obtenido mezclando distintos ingredientes tomados de su cabás de tela. La medicina tenía un aspecto muy poco saludable: un líquido lleno de hojas que olía a leche agria. Gerhard estornudó violentamente e hizo una mueca, pero cogió el vaso y se lo bebió de un trago. Mientras engullía la infusión medicinal sintió que se le revolvía el estómago y farfulló algunas palabras; dejó el vaso sobre un montón de papeles y luego cruzó los brazos sobre el pecho en actitud petulante.
—Es humillante que un hombre de mi posición tenga que ser tratado de esta manera —dijo.
—Tienes que considerarte afortunado, herr Gerhard —repuso Sofía—. Mucha gente querría verte arrojado a la mazmorra más profunda de los chekist por los delitos que has cometido. Da gracias a que el embajador Von Velten todavía te necesita y ha permitido que te quedes en tu propia casa.
—¡Recluido en mi estudio todo el día bajo la constante vigilancia de caballeros armados y de esa vieja víbora! —dijo el mercader señalando a Stefan, que estaba sentado ante el fabuloso escritorio de roble de Gerhard, detrás de un muro de libros de contabilidad encuadernados en piel. Llevaba unos quevedos en la punta de la nariz y una afilada pluma de ganso se movía rápidamente de un lado a otro por un largo pergamino.
—Me preguntaste, Sofía —dijo Stefan, sin levantar la vista ni una sola vez del montón de libros de Gerhard—, si tenías que limitarte a dejarlo morir de fiebre. Realmente se lo merece.
—Tranquilízate, viejo bobo —dijo Sofía, mientras apretujaba varios tarros de hierbas y cataplasmas en su cabás—. El embajador me pidió que me asegurara de que este tipo no muriera y no voy a permitir que le pase nada.
—Apuesto a que no —dijo Stefan, mientras la pluma recorría el pergamino de un lado a pequeños saltitos.
—¿Y qué se supone que significa esto, exactamente? —preguntó Sofía volviéndose hacia Stefan.
—Nada —dijo Stefan en tono festivo—, nada en absoluto.
—Bueno; pero te agradeceré que esas insinuaciones en el futuro te las guardes para ti.
—Sólo te digo que…
—Bien, no lo digas —pidió ella, mientras se oían los golpes que alguien daba abajo, en la puerta de la fachada principal.
La mujer se volvió hacia Gerhard y preguntó:
—¿Esperas visita?
V
Cuando Kaspar y Pavel acabaron de vestirse con una ropa más apropiada para el palacio, ya era de noche. En vez de ir a caballo, tal como habría hecho normalmente, Kaspar consintió que lo transportaran en su carruaje al Palacio de Invierno. Cuatro guardias de la embajada, guiados por Leopold Dietz, iban montados en el carruaje sujetos a las barandillas y seis caballeros los escoltaban a medio galope.El carruaje se abría paso como podía por las concurridas calles de la ciudad y avanzaba lentamente por las prospekts de Kislev en dirección a la colina donde se hallaba el palacio.
Sentado en el interior del vehículo, inclinado hacia adelante, Kaspar intentaba definir exactamente lo que le diría a la zarina, suponiendo que ella consintiera en verlo, aunque, de alguna manera, él no creía que esta vez hubiera ningún problema. Tenía la morbosa sensación de que el muro de ladrillos con el que hasta entonces habían topado sus intentos de conseguir una audiencia con la zarina había sido derribado desde el otro lado.
—Quizá las cosas no estén tan mal —auguró Pavel desde el asiento situado frente a Kaspar—. La zarina no es estúpida; conoce a Alexander inmensamente bien y además no le cae simpático.
—Hay una notable diferencia entre que tu primo no te caiga bien y que no te importe que lo maten en una ciudad extranjera —puntualizó Kaspar.
—Es posible, pero fue más o menos accidental.
—¿Puedes imaginarte a Karl Franz poniendo la otra mejilla si alguien de su familia fuera asesinado «accidentalmente» en Kislev?
—Supongo que no —admitió Pavel cruzando los brazos y mirando hacia fuera por la ventanilla del carruaje—. Está la cosa mal.
—Sí —asintió Kaspar—; muy mal.
La opinión de Pavel sobre la situación no podía ser más acertada, pensó Kaspar con amargura. La carta del emperador hablaba de «un infortunado y muy lamentable incidente» que había ocurrido en una de las zonas más marginales de Altdorf hacía algunas semanas.
«Infortunado y muy lamentable» ni siquiera servían para camuflar la realidad lo más mínimo.
En una noche brumosa en Brauzeit, un carruaje que transportaba a Alexander, primo de la zarina, recorría la Luitpoldstrasse en dirección a la calle de las Cien Tabernas cuando lo detuvieron frente a la famosa taberna de la Media Luna unos policías judiciales armados que se ocupaban de una de las mayores casas de registros contables de Altdorf.
Inveterado jugador e infame libertino, Alexander debía considerables sumas a esos establecimientos, y sus agentes no estaban en disposición de escuchar sus peticiones de clemencia y lo encerraron en la prisión de deudores más cercana.
A la mañana siguiente, cuando las autoridades se enteraron de los sucesos de la noche anterior, se armó un considerable revuelo ante semejante ruptura del protocolo. No obstante, el revuelo se transformó en horror cuando los carceleros de Alexander abrieron la celda y comprobaron que los otros prisioneros lo habían violado y asesinado.
Kaspar apenas era capaz de imaginar la furia de la zarina ante la ignominia perpetrada contra su familia, y la sola idea de presentarse ante ella sabiendo la actitud que tendría le causaba un terror que le oprimía las entrañas. Hubiera preferido enfrentarse a un ejército de vandálicos pieles verdes antes que tener que encararse con la terrible ira de la furiosa hechicera.
Apoyó el codo en el borde de la ventanilla del carruaje, descansó la barbilla en la palma de la mano y clavó los ojos en la oscuridad mientras llegaban a la plaza Geroyev. Miles de personas que habían sido lo bastante afortunadas como para conseguir entrar en la ciudad antes de que las puertas se hubieran cerrado habían acampado allí; las fogatas ardían a lo largo y a lo ancho, y una harapienta ciudad de lona llenaba lo que antes había sido una plaza espaciosa.
—Por el martillo de Sigmar —maldijo Kaspar en voz baja—. Será un trabajo de mil demonios alimentar a toda esta gente cuando lleguen los ejércitos del norte.
—Sí —asintió Pavel—. ¿Cuánto crees que tardarán?
—Vendrán tan pronto como empiecen a caer las primeras nieves —dijo Kaspar—; a finales de Machexen o a principios de Jahrdrung, como muy tarde.
—No falta mucho.
—No.
El primer indicio de que tendrían problemas surgió cuando uno de los Caballeros Pantera ordenó a un grupo de gente que se apartara para dejar pasar al embajador del Imperio. Entonces se lanzaron gritos insultantes y encolerizados hacia el carruaje, y Pavel se asomó por la ventanilla del coche.
—Debe ir más aprisa… —dijo Pavel.
—¿Qué? —preguntó Kaspar, apartado de golpe de sus tristes ensoñaciones.
—Debe ir más aprisa —repitió Pavel, mientras señalaba por la ventanilla.
Kaspar miró al exterior y vio centenares de rostros airados que rodeaban el carruaje; la gente se apretujaba en torno a los caballeros de la escolta y no cesaba de insultarlos a gritos. Nadie se atrevía a acercárseles demasiado, pero Kaspar se percató de la hostilidad que flotaba en el ambiente.
—¿Qué están haciendo? —dijo Kaspar—. ¿Y qué están gritando?
—Saben lo de Alexander —explicó Pavel, alarmado—. Y no están precisamente contentos.
Los gritos de la muchedumbre arreciaron y el avance del carruaje se hizo aún más lento a medida que más y más gente enojada se apretujaba en torno. Kaspar se cuestionó entonces la conveniencia de cruzar la ciudad en un coche que ostentaba su blasón personal y el del Imperio. Sus caballeros gritaban a los kislevitas que se apartaran y, aunque la chusma no podía entender sus palabras, su significado resultaba muy claro por el modo en que los caballeros propinaban golpes con los extremos de las astas de las lanzas en la cara de los que se habían aproximado al carruaje.
Kaspar vio que se encontraban a menos de cien metros de las puertas del palacio y que había una veintena de caballeros con armaduras de bronce montados en caballos de guerra que, inmóviles, no dejaban de resoplar ante el imponente edificio.
¿Por qué no acudían en su ayuda?, se preguntó Kaspar. Era evidente que la necesitaban.
Entonces, cayó en la cuenta de que los caballeros probablemente habían recibido órdenes de no intervenir.
Una piedra lanzada desde la calle impactó contra el carruaje y astilló la madera.
Kaspar se encogió ante la lluvia de proyectiles que caía sobre el carruaje con un ruido sordo e iba reduciendo los cristales a peligrosas astillas. Los guardias apostados en los estribos proferían gritos de dolor.
Y de repente la multitud encolerizada se lanzó hacia adelante.
VI
La puerta se astilló a causa de la embestida, se desprendió de los goznes y resquebrajó la pared enyesada. Cruzó el umbral de un salto. Percibía el olor de sus presas proveniente de las plantas altas de la casa. El interior de la vivienda estaba bien acondicionado, pertenecía obviamente a un hombre rico, aunque él no tenía ni idea de cómo se llamaba.
Se había despertado con un rostro ardiéndole en la mente; las primeras penumbras del atardecer se dispersaron en la marea de cólera y odio que surgió en sus venas ante este último festín dispuesto frente a él. No sabía, ni le importaba lo más mínimo, cómo llegaban hasta él aquellas visiones que hacían emerger su yo auténtico, que lo liberaban de la infernal servidumbre que sufría detrás de la máscara del otro yo golpeado e insultado.
Suyo auténtico no habría sufrido las vejaciones ejercidas contra su otro yo. De hecho, ¿no había acabado con él?
Ella había mirado más allá del lloriqueante muchacho en el que él lo había convertido, había despertado suyo auténtico y lo había llevado a su máximo poder. ¡ Cuánto había reído y llorado el día en que él había acabado con los sufrimientos del otro yo y a él lo había golpeado y reducido a trocitos ensangrentados con el hacha, y luego se había sentado y se había puesto a devorar los pedazos de carne pegados a los huesos!
Sólo por ella podía haber hecho y continuaría haciendo aquellas cosas.
El vestíbulo estaba oscuro y vislumbró dos figuras provistas de armaduras que bajaban las escaleras en dirección a él con las espadas en alto. Caballeros con pieles de pantera sobre las protecciones de los hombros se interponían entre él y sus presas, y él no podía permitir que eso ocurriera.
Lncluso a través de los yelmos cerrados percibía la repugnancia que sentían ante su figura desnuda y la máscara de piel muerta que llevaba. ¡Quépoco lo comprendían! Uno de los caballeros le gritó algo y él vio tres figuras corriendo por el rellano de la planta superior. El olor de sus presas le impregnó los sentidos y rugió de furia.
Elprimer caballero avanzó hacia él con decisión blandiendo la espada a media altura, pero él lo esquivó echándose a rodar, sacó el cuchillo de su carne y lo hundió por la rendija que había entre la protección del muslo y la parte inferior de la armadura. El caballero chilló de dolor cuando la estrecha hoja le partió los nudos de lafalda de malla y se le clavó en el muslo. Con un giro de la muñeca le seccionó la arteria principal y luego se puso en pie mientras el guerrero caía en medio del charco de sangre que le manaba de la herida.
El otro caballero avanzó hacia él y dio un tajo bajo, pero él ya se había escabullido: con un brinco hacia atrás había saltado por encima de la espada. Aterrizó suavemente, pivotó sobre una pierna y lanzó su pie desnudo contra la parte lateral del muslo del caballero. El metal se dobló bajo la tremenda fuerza del golpe y oyó el crujido del fémur de su enemigo al astillarse.
El caballero rugió de dolor y se derrumbó. Incluso antes de que el guerrero se estrellara contra el suelo, él ya estaba subiendo los peldaños de la escalera de tres en tres. Alcanzó de un salto el rellano de la planta de arriba y se dirigió hacia donde sus presas habían huido, derribando a su paso cuantas puertas se interpusieron entre él y su objetivo.
Estaba cerca; cargó con el hombro contra la siguiente puerta y penetró en un dormitorio suntuosamente decorado. Una cama con dosel de recias columnas de madera y cortinajes de seda de color rojo y oro presidía la habitación, pero el perseguidor no le prestó atención, pues vio a sus tres víctimas ante él.
Plantado ante ellas, ostentando toda su desnuda gloria, vio sus rostros retorcidos por el terror.
El terror que sentían por él impregnaba el aire de una suculenta fragancia, y él soltó una carcajada.
Entonces la vio.
Y el mundo se le vino abajo.
VII
—¡Adelante! —gritó Kaspar por la destrozada ventana del carruaje.
Oyó el restallar del látigo, pero el coche apenas pudo avanzar atrapado por la espesa muchedumbre que lo rodeaba. Gritos y chillidos de ira llenaban el aire. Mezclados con el griterío, Kaspar pudo distinguir los gemidos de dolor que proferían los golpeados por los guardianes y caballeros que luchaban para protegerlo.
Observó que los caballeros habían prescindido de las lanzas, pues eran poco manejables en las peleas a tan corta distancia, y que habían desenvainado las espadas.
—¡No! —rugió Kaspar—. ¡No quiero muertos!
No tuvo manera alguna de saber si los caballeros lo habían oído, hasta que vio que por propia iniciativa golpeaban con las partes planas y con las empuñaduras.
Los guardias de la embajada, todavía agarrados a las barandillas del carruaje, propinaban patadas con las botas claveteadas rompiendo brazos y protegiéndose de los ataques de los que se habían destacado de entre la multitud y se habían acercado a las puertas del carruaje. Sobre el coche seguían lloviendo piedras y otros proyectiles; Kaspar se daba cuenta de que no tardarían mucho en ser totalmente derrotados.
—¡Maldita sea! —rugió Kaspar, y pegó un puñetazo en la cara de alguien que trataba de subirse al carruaje—. ¿Por qué no se mueven esos condenados caballeros kislevitas?
—Creo que la Reina del Hielo nos está dando una lección —aventuró Pavel, golpeando una muñeca que se introducía por la ventana rota. Se oyó un chillido y el brazo se esfumó al instante.
Los Caballeros Pantera rodeaban el carruaje y propinaban golpes a la muchedumbre con las partes planas de las espadas; los caballos, nerviosos, pateaban el suelo empedrado y hacían saltar chispas de los guijarros. Los poderosos lomos de los gigantescos caballos de guerra eran más altos que la mayoría de la gente, y su gran tamaño era tan intimidante como los impactos de sus cascos.
Pero eso era lo único que los caballeros podían hacer sin usar sus mortíferas armas, y no tardaron en verse rodeados por una chusma colérica que los golpeaba con palos, piedras o cualquier cosa que tuvieran a mano. Ninguna de esas armas improvisadas tenía la menor probabilidad de perforar las armaduras, pero a medida que los golpes arreciaban los caballeros se vieron sobrepasados por la impresionante multitud.
Uno de los guerreros fue derribado del caballo y la turba se abalanzó sobre él, y le propinó tal lluvia de golpes sobre el yelmo que de la protección de la garganta le empezó a salir sangre que cayó sobre el empedrado. El caballo de otro guerrero relinchó de dolor cuando un intrépido atacante se las apañó para situarse debajo del animal y cortarle los tendones de las rodillas. El caballo se desplomó junto con su jinete, pero de forma milagrosa éste consiguió ponerse en pie. Al caer había perdido la espada, pero siguió pegando puñetazos por doquier con los guantes de malla.
Kaspar pegaba patadas y puñetazos a la multitud que trataba de forzar las puertas del carruaje. Pavel los mantenía a raya en la puerta del otro lado; pero sólo era cuestión de tiempo que acabaran siendo arrastrados al exterior. Kaspar se exasperaba ante la reacción de aquella gente convertida en chusma, y maldecía el amargo final que con toda probabilidad iba tener su etapa diplomática: el embajador acabaría hecho puré por la gente a la que pretendía socorrer.
Saltaban astillas por los puñetazos de la muchedumbre sobre los delgados tabiques del carruaje, y la gente empezó a abrir boquetes en la carrocería.
—¡Pavel! —gritó Kaspar.
—¡Ya lo veo!
Un hombre vociferante se precipitó en el interior y, mientras trataba de pegar a Kaspar, le escupió. Su puñetazo se vio obstaculizado por el reducido espacio del carruaje, y Kaspar fue capaz de encajar el golpe. Sintió un desgarrón en la piel de la mejilla; entonces, agarró al hombre por la parte delantera de la andrajosa túnica de campesino obligándole a bajar la cabeza y, con la frente, le propinó un fuerte golpe en la cara.
El hombre chilló y, mientras caía hacia atrás, comenzó a manarle abundante sangre de la nariz rota.
Una mano penetró en el coche y empujó hacia atrás al embajador, mientras otras lo obligaban a pegar los brazos a los costados.
—¡Malditos! —aulló mientras recibía un golpe en un lado de la cabeza. Puños y botas le martillearon el costado e inmediatamente sintió que lo sacaban a rastras del carruaje. Se estrelló contra el empedrado de la plaza, y al caer vislumbró a Pavel al otro lado del coche. Se cubrió la cabeza con los brazos y levantó las piernas mientras seguían lloviendo le golpes sin cesar.
Gritos y ruidos lo invadían todo, pero en medio de la confusión, Kaspar percibió un cambio de tono significativo. La gente que lo atacaba se dispersaba, corría como si los mismísimos demonios del Caos estuvieran pisándoles los talones. Rodó de costado, con el rostro transido de dolor pues sentía un agudo dolor en las costillas, y se arrastró por el suelo cubierto de nieve sucia para refugiarse bajo los destrozados restos del carruaje.
Pavel se reunió con él. Parecía que llevara una máscara de sangre, pues le habían dado una patada que le había abierto una brecha encima del ojo izquierdo.
—Bastardos, habéis esperado hasta ahora… —comentó el corpulento kislevita.
—¿Qué? —preguntó Kaspar, todavía sin aliento y aturdido.
—Allí —dijo Pavel, señalando hacia una veintena de caballeros provistos de armaduras de bronce que cabalgaban entre la muchedumbre tajando con las espadas para abrirse paso hacia ellos. Sus petos llevaban un blasón con un oso plateado y sus yelmos estaban rematados con cráneos de largos dientes.
Ahuyentaron a la multitud que rodeaba el coche y no dieron cuartel a nadie hasta ponerlos en fuga. El empedrado se cubrió de sangre mientras con las espadas se iban abriendo camino hacia ellos. Los seis Caballeros Pantera, uno sin yelmo y sostenido por dos de sus camaradas, formaron una línea de batalla entre aquellos gigantes con armaduras y el embajador. Los guardias de la embajada avanzaron dando traspiés para reunirse con ellos, y el corazón de Kaspar se hinchó de orgullo al deducir por los destrozos de los uniformes y por su aspecto maltrecho que también ellos habían combatido con uñas y dientes contra la chusma enfurecida.
Los caballeros kislevitas tiraron de las riendas y detuvieron sus corceles ante los Caballeros Pantera, que alzaron las espadas, listos para utilizarlas.
El caballero que iba en cabeza envainó su ensangrentada espada y dijo:
—Embajador Von Velten, la Reina del Hielo quiere verte ahora mismo.
Kaspar salió a rastras de debajo del carruaje, y apoyándose en una rueda rota del coche consiguió ponerse en pie. Sintió un doloroso crujido en la rodilla, se limpió lo mejor que pudo, alisó su túnica desgarrada y sus calzones y luego se dirigió al caballero. Tuvo que esforzarse para mantener la voz serena.
—Muy bien, si éstas son sus reglas del juego, que así sea.
Rodeado por su maltrecha comitiva, Kaspar siguió a los caballeros a través de las puertas del Palacio de Invierno.
VIII
Los edificios del palacio de la Reina de Hielo no habían cambiado desde la última vez que había estado allí. Las paredes de hielo aún seguían brillando esplendorosamente, el alto mosaico del techo todavía impresionaba del mismo modo, y el aire era aún tan helado como recordaba. Pero en vez de entrar allí como un huésped obligado, en esta ocasión iba a dar explicaciones. La garganta se le llenó de bilis al pensar que tenía que postrarse ante aquella mujer altiva que, en su opinión, por poco había acabado con todos ellos. En efecto, uno de sus caballeros tenía una brecha en el cráneo y probablemente estaría de baja en el servicio durante muchas semanas. Los guardias de la embajada tenían miembros rotos y graves cortes y magulladuras y, asimismo, tanto Pavel como Kaspar habían recibido lesiones que tardarían en curar bastante tiempo.
Pavel se pasó un trapo frío por la frente y se limpió la sangre de la cara lo mejor que pudo mientras Kaspar trataba en vano de conseguir un aspecto más presentable y menos parecido al de un campesino sucio.
Había confiado en que les habrían dado tiempo para adecentarse adecuadamente, pero al parecer la Reina del Hielo no estaba dispuesta a concederles aquel lujo. Tan pronto como entraron en palacio, un aparentemente preocupado Piotr Losov salió a su encuentro de forma inmediata; su rostro reflejaba una profunda consternación.
—¡Embajador Von Velten! —exclamó afectadamente—. ¡Qué tiempos vivimos, si un hombre de tu posición puede ser atacado por la turba! Esto no quedará sin castigo, te lo aseguro.
—No habría ocurrido nada en absoluto si tus condenados caballeros hubieran venido antes a ayudarnos —le espetó Kaspar a punto de perder la paciencia.
—Lo sé, lo sé; nunca podré disculparme lo bastante, herr embajador —dijo Losov asintiendo con la cabeza—, pero los caballeros de palacio tienen órdenes específicas de no abandonar su puesto sin autorización expresa de su jefe. Desgraciadamente, me llevó algún tiempo localizarlo.
—Qué poco oportuno… —replicó Pavel.
—En efecto —sonrió Losov, sin darse cuenta del sarcasmo de Pavel o, más probablemente, haciendo caso omiso de él.
—Algunos de mis hombres tienen heridas graves —dijo Kaspar—. Necesitarán agua y vendas.
—Me ocuparé de ello inmediatamente —aseguró Losov; chasqueó los dedos y dio varias órdenes a un criado vestido con una librea azul.
»Tus hombres serán atendidos ahora mismo, herr embajador, pero sintiéndolo mucho, debo insistir en que me acompañes de inmediato al pabellón del sur. La zarina espera complacerte, pero no le gustará aguardar ni un minuto más de lo que ya ha aguardado.
El consejero jefe de la zarina los condujo a través del vestíbulo principal y por la escalera engalanada con flores y hojas por la que habían subido en su última visita al palacio, aunque ahora parecía menos imponente que entonces.
Durante todo el trayecto, Kaspar tuvo que hacer grandes esfuerzos para controlarse. ¡La Reina del Hielo, por medio de Losov, los reñía por haberla hecho esperar! La condenada estaba poniendo a prueba su paciencia.
Entraron en el edificio principal, en el que se había celebrado el baile durante su anterior visita, y sin querer se encontró estirando el cuello hacia arriba, maravillado ante la majestuosidad del Palacio de Invierno.
Dominó su asombro y, volviendo la vista hacia las puertas dobles del final del salón, comprendió la sutileza de la Reina del Hielo al haber elegido aquel lugar para celebrar sus audiencias, en donde la increíble exhibición de sus poderes de hechicera era tan patente.
El reloj situado sobre las puertas dio varias campanadas y en aquel momento las puertas se abrieron de par en par y la Reina del Hielo entró en la sala junto con su aparatosa comitiva de lacayos, favoritos, asistentas, escribas y aduladores. Su aspecto era tan majestuoso como Kaspar recordaba, y el embajador pudo percibir que la temperatura de la sala bajaba de golpe mientras la zarina se aproximaba. Vestida con una larga túnica de color marfil con incrustaciones de perlas y trocitos de hielo, parecía flotar sobre el suelo. Llevaba el cabello suelto sobre los hombros, de un tono más gélido y frío de lo que Kaspar recordaba, y lo fijaba sobre la frente con pasadores de hielo coloreado. Kaspar vio que en esta ocasión también iba armada con la ancestral espada de las reinas Kahn, Hielo del Miedo.
Tenía los ojos como diamantes, duros y agudos, y una lágrima de hielo pintada le brillaba en la mejilla.
—No parece contenta —comentó Pavel.
—No —asintió Kaspar, mientras tres corpulentos guerreros con el pecho descubierto, largas colas de caballo y bigotes engominados portaban una silla de oro y lapislázuli, de alto respaldo, y la depositaban junto a la reina; luego se apostaron detrás de ella con los musculosos brazos cruzados sobre el pecho.
La reina se sentó en el trono y, sin dignarse todavía mirar hacia ellos, se las arregló para que la espada envainada descansara en su regazo.
Kaspar se estremeció por las oleadas de frío helado que la reina y su arma irradiaban. Antes de que pudiera abrir la boca, la Reina del Hielo cruzó los brazos sobre la vaina translúcida y dijo:
—Estamos profundamente apesadumbrados, embajador Von Velten. Nos han arrebatado a uno de nuestros queridos hijos de Kislev.
Kaspar sabía que tenía que elegir las palabras con sumo cuidado y dijo:
—Majestad, en nombre del emperador Karl Franz, te ofrezco las más sinceras disculpas de mi nación y el más sentido pésame por tan terrible pérdida. Tengo entendido que Alexander era una persona muy apreciada para tu familia.
Las comisuras de los labios de la Reina de Hielo se torcieron al responder:
—Sí, era una relevante figura y su pérdida será muy sentida. Dime, ¿cómo murió?
Kaspar vaciló un breve instante, dándose cuenta de que mentir no tenía sentido, pero consciente de que aquél no era el momento oportuno de pormenorizar los sórdidos detalles de la muerte de Alexander. Advirtió una velada amenaza en la pregunta formulada como al azar por la zarina, y cautelosamente elaboró su respuesta en la cabeza antes de hablar.
—Bueno…, me dijeron que lo mataron unos rufianes por una deuda de cierta cantidad de dinero.
—¿Dinero? ¿Cómo es posible que un noble de Kislev pudiera encontrarse en semejante situación? Mi primo, de sangre real, era un hombre con recursos; es más probable que tus funcionarios usureros de Altdorf lo persiguieran hasta la muerte por una cuestión de unas pocas monedas.
—Majestad, hay todavía muchas cosas que ignoro sobre las circunstancias que rodearon la muerte de Alexander. Simplemente estoy aquí para ofrecer las condolencias del emperador y presentarte una oferta para reparar tan sensible pérdida.
—¿Reparar? —le espetó la Reina del Hielo—. ¿Cómo se puede «reparar» la pérdida de alguien tan querido para mí como Alexander? Era un santo entre los hombres, y tu maldita y entrometida nación sin duda se alegró al verlo humillado.
—Te aseguro, majestad, que ése no es el caso —dijo Kaspar en tono uniforme.
—No juegues conmigo, embajador Von Velten. No es para mí ningún secreto de qué manera tu querido emperador considera a mi nación: un estado vasallo, una conveniente tierra intermedia entre el Imperio y las bárbaras tribus del norte. Los muertos de nuestros hijos e hijas mantienen a salvo a vuestro país. No somos más que unos aliados de conveniencia para ti y para tu pueblo.
—Majestad… —empezó a decir Kaspar, pero la Reina de Hielo aún no había terminado.
—Cada año, tribus del norte invaden y saquean nuestras tierras y matan centenares de personas. Damos nuestra sangre por este país y cada vez obligamos al invasor a volver a su árida patria. ¿Y quién nos agradece tan inmenso sacrificio?
Kaspar apretaba los puños mientras la Reina del Hielo lo increpaba. No podía creer que la soberana tuviera la desfachatez de sugerir tales cosas. ¿Acaso no habían muerto y seguían muriendo hombres del Imperio en defensa de aquel desdichado país? Mientras la Reina del Hielo continuaba riñéndolo, Kaspar notó que su estado de ánimo, ya alterado por la violencia desatada en la plaza Geroyev, amenazaba con sacar lo mejor de sí mismo.
—Pedimos ayuda a tu emperador, pero no nos enviasteis guerreros hasta que creísteis que vuestras propias tierras estaban amenazadas.
—¡Condenada mujer! —aulló Kaspar, que al fin había perdido ía paciencia; dio unos pasos hacia adelante y los guardias de la zarina salieron de detrás del trono para cerrar el paso al enfurecido general del Imperio.
—Kaspar, no… —empezó a decir Pavel, pero era demasiado tarde.
—¿Cómo te atreves a decir semejantes cosas? —gritó Kaspar—. Mis compatriotas están dando su vida, aquí y ahora, en el miserable agujero de mierda de tu país para manteneros a salvo. Sabes tan bien como yo que nuestras naciones han peleado una al lado de la otra en su lucha contra las tribus del Caos. Miles de soldados del emperador están acampados ahora mismo al otro lado de estas murallas, pasando frío y hambre, pero listos para hacer frente al enemigo pase lo que pase. No pienso seguir aquí oyendo cómo estos insultos caen sobre las cabezas de hombres de tanto coraje. Y si esto no te gusta, te puedes ir al infierno…, majestad.
Un asombrado silencio saludó el exabrupto de Kaspar.
El rostro de Piotr Losov se había vuelto más pálido que el de la Reina del Hielo, y su ejército de lacayos no habría parecido más sorprendido si a él le hubieran brotado alas y se hubiese elevado por los aires.
A su espalda, Kaspar oyó que Pavel murmuraba:
—Ursun, sálvanos, Ursun sálvanos…
El silencio se prolongó, y Kaspar sintió que su cólera iba desapareciendo a medida que comprendía el alcance real de lo que había dicho y de a quién se lo había dicho, y tal comprensión disipó al fin la niebla de su furia.
Miró los fríos e implacables ojos de la Reina del Hielo de Kislev temiendo que ella lo convirtiera en estatua de hielo. Lentamente y con gran circunspección, la reina se puso en pie y se le acercó.
Se detuvo ante el embajador y se inclinó hacia adelante hasta que el frío de su proximidad resultó casi insoportable.
Luego sonrió y susurró:
—Muy bien, Herr von Velten.
—¿Qué? —exclamó Kaspar, asombrándose de estar todavía vivo.
—Caminemos juntos —dijo ella. Enlazó con su brazo ardientemente frío el de Kaspar y acompañó al embajador a través de las escaleras principales, dejando a todos a su paso confusos y atónitos. Piotr Losov trató de seguirlos, pero la Reina del Hielo lo detuvo con un simple gesto de la mano.
Cuando Kaspar pasó ante Pavel, éste se limitó a encogerse de hombros y a poner los ojos en blanco.
El embajador y la Reina del Hielo avanzaron en silencio y se alejaron hasta que ya no se oía a los que habían dejado atrás en la sala. La Reina del Hielo se detuvo ante el gigantesco retrato de su padre, Radii Bokha, montado a horcajadas sobre Urskin, el oso monstruoso. La reina clavó la vista en el cuadro y a Kaspar le pareció que su expresión se suavizaba.
—¿Por qué no me has helado la sangre en las venas? —preguntó al fin Kaspar.
La Reina del Hielo soltó una risita.
—Estoy segura de que sabes perfectamente que Alexander era un despilfarrador y que hay pocos que hayan llorado su muerte, a excepción, tal vez, de sus acreedores y de una retahila de mujeres estúpidas que se ocupan de sus bastardos. ¿Por qué crees que fue enviado al Imperio sino para apartarlo de mi vista?
—Entonces, ¿a qué viene toda la comedia que acabas de montar?
—Vamos, embajador, no juegues a hacerte el inocente conmigo —dijo la zarina—. Yo puedo haber detestado a mi primo, pero tengo que dar la impresión de estar absolutamente consternada por su muerte.
—Bueno, te felicito; representaste tu papel de forma espléndida y me hiciste quedar como un rufián cascarrabias y grosero —protestó Kaspar.
La Reina del Hielo soltó una carcajada ante su evidente incomodidad.
—A mi padre le encantaba decir que no se fiaría nunca de un hombre que tuviera miedo de perder la calma —dijo—. A consecuencia de esto, sus boyardos eran una banda insufrible de brutos que siempre andaban peleando de forma violenta, discutiendo y combatiendo. Pero eran leales, honestos y sinceros, y jamás los guerreros de una banda han luchado arrimando tanto el hombro como ellos. A mi padre, creer en aquella frase le fue bien, de modo que no veo por qué razón no tendría yo que confiar en ella, embajador.
—¿Tratabas de conseguir que me enojara?
—Naturalmente.
—¿Por qué?
—Conocí a tu predecesor: Teugenheim —explicó la Reina del Hielo—. Era una comadreja y un cobarde, y sólo vino a Kislev para medrar en su carrera. Sé que éste no es un puesto atractivo comparado con otros, pero es un cargo importante, un cargo que requiere un hombre de cierto carácter. Andreas Teugenheim no era de esa clase de hombres, pero creo que precisamente tú podrías serlo.
—¿Un hombre que pierde la calma?
—No —dijo la Reina del Hielo—; un hombre con fuego en el corazón y con el alma de un kislevita.
Kaspar soltó una carcajada.
—¿El alma de un kislevita? Me temo que soy demasiado hijo del Imperio para eso.
—Estás equivocado, Kaspar von Velten. Antes ya habías luchado por Kislev y estás aquí cuando más se te necesita. El país te ha vuelto a pedir que luches por él y creo que no vas a defraudarlo.
Aquello era más de lo que Kaspar podía aceptar.
—¿El país me ha llamado? No, es el Emperador quien me ha enviado aquí.
La Reina del Hielo sacudió la cabeza.
—No. Que lo creas o no, no tiene relevancia alguna; tú respondiste a la llamada del país. De eso estoy segura. Llega el momento, llega el hombre. Estaba previsto que estuvieras aquí y todavía te queda mucho por hacer.
—¿Qué, por ejemplo?
—No tengo ni idea —confesó la Reina del Hielo con una fría sonrisa—; averiguarlo es cosa tuya.
IX
—Pavel todavía no se cree que no estemos muertos.
—Yo tampoco estoy muy seguro —afirmó Kaspar mientras bajaban por el callejón de regreso a la embajada. Los caballeros provistos de armaduras de bronce les habían permitido cruzar Kislev con seguridad; la muchedumbre que antes los había atacado se había disipado como niebla matinal ante aquellos magníficos guerreros. Los miembros de la comitiva de Kaspar que habían resultado heridos los seguían en un carro con colchonetas, mientras que él cabalgaba sobre un caballo de los establos de la Reina del Hielo, un animal castrado de color pardo que probablemente era igual al que habían perdido en la plaza Geroyev.
No había ni rastro del destrozado carruaje. Las aplastadas maderas sin duda estarían ardiendo en alguna fogata, y las finas telas enterradas bajo capas de ropas andrajosas para conseguir más calor. Kaspar no lamentó la pérdida; en cualquier caso, nunca le había gustado viajar en aquel carruaje.
El camino de vuelta transcurrió sin novedad, pero mientras caminaba con cierta dificultad hacia la embajada, después de entregar las riendas de su montura a un mozo de cuadra que estaba esperándolos, dedujo que algo iba mal al observar las tensas expresiones de los guardias de la entrada.
Le abrieron la puerta, subió la escaleras y se dirigió a su despacho.
Allí le esperaban Kurt Bremen y Vladimir Pashenko, el chekist.
Antes de que Pashenko pudiera decir nada, Kaspar se dirigió a Bremen.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
—Algo malo —le previno Bremen.
—Dejémonos de juegos, hombre; sea lo que sea, desembúchalo ya.
—Atacaron la casa de Matthias Gerhard esta mañana a primera hora. Uno de mis caballeros ha muerto y otro está mal herido —explicó Bremen.
El caballero respiró profundamente y añadió:
—Stefan ha muerto.
Kaspar sintió que se le revolvía el estómago y se le congestionaba el rostro, al tiempo que sentía cómo un creciente dolor interno le partía el corazón. Stefan, su más viejo camarada de la milicia, el hombre que le había enseñado todo lo necesario para sobrevivir como soldado, muerto. Tenía que tratarse de un error. Stefan era demasiado terco para morirse.
Pero al observar la cara solemne de Bremen comprendió que no se trataba de un error. Era verdad.
—¿Y Sofía? —preguntó, terriblemente preocupado por ella, pero aún más asustado por la respuesta—. ¿Qué le ha pasado a Sofía?, maldita sea.
—No lo sé —dijo Bremen, lentamente.
—¿Qué demonios quieres decir con «no lo sé»?
—Quiero decir que no hay ni rastro de ella ni de Matthias Gerhard. Ambos han desaparecido.
Capítulo 7
I
Kaspar se arrodilló junto al lecho manchado de sangre retorciendo las sábanas de seda rojas y doradas en un gesto de frustración y dolor. El suelo del dormitorio de Matthias Gerhard estaba sembrado de cristales rotos y habían volcado y destrozado varios muebles hasta hacerlos mil pedazos. Un gran espejo con marco de caoba tallado estaba hecho añicos en el suelo; los dentados fragmentos reflectantes del espejo devolvían las caras de los hombres que se habían reunido en aquel matadero y ofrecían múltiples imágenes de las palabras escritas con sangre en las paredes. La sangre lo cubría casi todo: el suelo, las paredes e incluso el techo.
Kaspar miró hacia arriba, a los textos pintarrajeados en la pared situada frente a la cama. Las palabras escritas con sangre en Reikspiel tenían caligrafía infantil y muchas incorrecciones gramaticales. Kaspar sabía que las macabras inscripciones habían sido escritas mientras Stefan agonizaba.
Uno de los textos decía: «Todo fue por ella».
Stefan había muerto en aquella habitación y Sofía había sido… ¿qué?: ¿abducida?, ¿asesinada?
El temor a que Sofía pudiera estar sufriendo en aquellos precisos momentos le producía a Kaspar una auténtica opresión en el pecho, pues, aunque sólo se conocían desde hacía unos meses, con suma facilidad habían adquirido la familiaridad de los viejos amigos; pensar en sus posibles padecimientos le laceraba más de lo que hubiera podido imaginar.
Vladimir Pashenko señaló hacia una enorme mancha de color ciruela en la lujosa alfombra cercana a Kurt Bremen, que estaba llena de sangre pegajosa y maloliente.
—Aquí encontramos a tu sirviente. Al parecer murió a causa de una sola herida en la garganta que le seccionó la arteria principal del cuello.
—Se llamaba Stefan —gruñó Kaspar.
—De hecho —prosiguió Pashenko—, quienquiera que lo matase utilizó una hoja excepcionalmente afilada y además sabía dónde golpear con total precisión.
—O tal vez los pilló por sorpresa; pero parece poco probable pues la puerta de la casa había sido derribada y dos de mis caballeros habían bajado por las escaleras para enfrentarse al bastardo —dijo Kurt Bremen, furioso porque dos de sus guerreros habían sido derrotados con tanta facilidad. Uno de los caballeros yacía cubierto con un sudario en el templo de Morr, mientras que el otro probablemente perdería una pierna por debajo de la rodilla.
—La herida del cuello es la única que infligieron a la víctima —prosiguió Pashenko, leyendo las notas de un cuaderno con cubiertas de piel—. No hubo heridas defensivas.
—¿Heridas defensivas? —preguntó Kaspar, poniéndose en pie.
—Sí. Cuando alguien es atacado por una persona armada con un cuchillo, es frecuente que alce las manos ante él para protegerse de los golpes, y a menudo los encontramos sin algún dedo o con los antebrazos hechos trizas.
—¿Stefan no tiene ninguna de estas lesiones? —preguntó Kaspar.
Pashenko revisó sus notas.
—No, en absoluto.
—¿Tienes alguna idea de quién puede haber sido?
Pashenko se encogió de hombros.
—No lo sé. Quizás el asesino atacó con tanta rapidez que la víctima no tuvo tiempo de defenderse.
Kaspar asintió con la cabeza.
—¿Has encontrado alguna otra cosa que pueda ayudarnos a atrapar a ese bastardo?
—No gran cosa —admitió Pashenko.
—Pero seguro que alguien habrá visto algo —dijo Bremen.
Pashenko agitó la cabeza.
—El ataque tuvo lugar en plena oscuridad, y las pocas almas que estarían en la calle a aquella hora no son de la clase de gente que viene a contarme cosas. Aunque tan pronto como tu caballero se restablezca voy a hablar con él. Puede ser la única persona de Kislev que haya visto al Carnicero y haya sobrevivido.
»Sin embargo —añadió—, encontramos algunas huellas que iban y venían de los establos de Gerhard. Dos de los caballos de su troica han desaparecido, de modo que sólo cabe suponer que el asesino escapó montado en uno y se llevó a sus prisioneros en el otro.
Kaspar iba y venía por la habitación y se detenía con frecuencia ante las goteantes palabras pintadas en la pared.
—Y, en nombre de Sigmar, ¿qué significa esto? «Todo fue por ella». ¿Quién es «ella»? ¿Has visto algo parecido en otros crímenes del Carnicero?
—No —dijo Pashenko, con énfasis—. El asesino sólo ha dejado mensajes o trofeos desde que tú llegaste.
—¿Y eso qué quiere decir?
—No estoy seguro, pero creo que el criminal está tratando de decirte algo.
—¿Decirme algo? ¿Qué?
—Una vez más tengo que decirte que lo ignoro —replicó Pashenko—, pero si asociamos esto con los corazones que dejó ante la embajada, creo que este mensaje iba dirigido a ti. Por la razón que sea, el Carnicero se ha fijado en ti, embajador Yon Velten.
II
Su primera sensación fue de dolor. Después de pena. Luego de terror.
Sofía tenía los ojos cerrados y respiraba de manera regular. Se daba cuenta de que estaba sentada en una sólida silla de madera; tenía las manos a la espalda y tan firmemente atadas al respaldo vertical que la basta cuerda le laceraba las muñecas hasta hacérselas sangrar. No sabía si había alguien más en la habitación, de modo que continuó aparentando que estaba inconsciente mientras trataba de poner en orden sus aterrorizados pensamientos. Tenía frío, pero notaba que no se encontraba al aire libre. Dondequiera que estuviese, el lugar olía mal; ella había trabajado en hospitales de campaña lo suficiente para reconocer el hedor de carne podrida y sangre. Reprimió una náusea de asco mientras el dolor se mezclaba en su cabeza con la sed de venganza.
Al acordarse del deslumbrante destello del cuchillo que había acabado con la vida de Stefan, del surtidor de sangre arterial que había brotado y de la mirada de disculpa reflejada en los ojos del caballero cuando caía, se deslizaron abundantes lágrimas por debajo de los párpados de la mujer.
En la cabeza tenía una única palabra: Carnicero.
Los chillidos de Gerhard todavía le resonaban en los oídos; se dio cuenta de que no podía recordar lo que había sucedido después, salvo un grito de angustia que había precedido a un golpe que recibió en la sien.
—Ya puedes abrir los ojos —dijo una voz de hombre—. Sé que estás despierta.
Sofía sollozó y perdió todo el autocontrol cuando sintió que la mano de su secuestrador bajo la barbilla le hacía levantar la cabeza.
—Te golpeé, lo siento —dijo—; simplemente no esperaba encontrarte allí. Creía que habías muerto.
Sofía torció la cabeza para librase de aquella mano.
—Por favor no me hagas daño, por favor, por favor…
—Shhhh… no voy a hacerte daño, matka —dijo la voz—. ¿Cómo puedes pensar tal cosa? Después de todo lo que hiciste por mí. Tú me pusiste a salvo, me consolaste, me quisiste y me preparaste para el día en el que por fin pudiéramos liberarnos de Él. ¿Cómo podría hacerte daño? Te quiero, siempre te he querido.
Sofía lloraba silenciosamente mientras el hombre le pasaba las manos por los mechones de la cabellera castaño rojiza y ella sentía su proximidad. Oyó cómo el hombre jadeaba y advirtió que le estaba olisqueando el cabello.
—Por favor —imploró—, sea lo que sea lo que quieras, sólo te pido que no me mates.
—¿Matarte? —exclamó riendo la voz—. ¿No te acuerdas? Ya estás muerta, pero yo guardo un trocito de ti.
La mujer apartó la cabeza cuando sintió que la cara del Carnicero, de piel correosa y dura, se frotaba con la suya y que una lengua ligeramente húmeda le lamía la mejilla.
—¿Por qué te apartas de mí? —preguntó.
—Porque me das miedo —dijo Sofía.
—Pero si soy yo —dijo, ofendido—, tu pequeño muchacho y querido guerrero. Mírame.
—Por favor, no —exclamó Sofía, llorosa y con los ojos estrechamente cerrados.
—¡Te digo que me mires! —rugió el secuestrador, y le dio una fuerte palmada en la mandíbula.
Sofía notó que la boca se le llenaba de sangre y que un peso le oprimía los muslos: el hombre había caído sobre ella gritando de angustia.
—¡Lo siento! —sollozó—. ¡Lo siento, no quería… Nunca hubiera querido! Por favor no me obligues a hacerte daño de nuevo. Tú no quieres eso.
La mujer percibió que el hombre se ponía en pie, que se situaba ante ella, y de forma instintiva le dio una patada. Pero él fue muy rápido y el puntapié no dio en el blanco.
—Te he dicho que abras los ojos —dijo. Se había olvidado de su compasión anterior—. Si no lo haces, te cortaré los párpados.
Con los ojos llenos de lágrimas de tristeza, Sofía obedeció la orden.
Ante ella apareció el Carnicero, desnudo, con la piel cubierta por una capa de sangre; sus ojos de maníaco se clavaban en ella desde detrás de una máscara de piel burdamente cosida, una máscara de un cuerpo humano muerto. Era evidente que alguna vez había pertenecido a una persona, pero aquella piel de aspecto lamentable llevaba muerta hacía décadas y había sido conservada y suturada para ofrecer una esperpéntica imagen. Un cuchillo, largo y afilado, estaba envainado en un corte de la carne del musculoso abdomen del Carnicero.
Detrás de él, girando lentamente en un gancho de carnicero suspendido de la viga central del techo, pendía el despellejado cuerpo de Matthias Gerhard. Su cara, la única parte del cuerpo que conservaba la piel, tenía una expresión inmóvil, de dolor eterno.
Sofía chilló.
Chilló una y otra vez hasta que él apretó su rostro mortal contra la cara de la mujer y la besó con furia, mientras la abrazaba estrechamente contra su cuerpo desnudo.
III
—No debes preocuparte, Kaspar. Volveremos a tenerla entre nosotros —dijo Anastasia, mientras con una mano sostenía una de las del hombre y con la otra le daba un masaje en la parte posterior del cuello. Estaban sentados en el patio de la embajada, en el lugar en el que Kaspar se había entrenado con Valdhaas y donde Sofía le había suturado la herida del hombro. Anastasia llevaba una larga túnica carmesí ribeteada de piel plateada, y había acudido inmediatamente a la embajada en cuanto se enteró de que habían atacado a Matthias Gerhard. Desde aquella noche horrible habían transcurrido dos días, y la mujer había ido cada día a la embajada para aportar los sentimientos de esperanza y consuelo de una persona amiga. La brillante y fría luz de la mañana titilaba en la piel de la mujer, y Kaspar le agradecía sus palabras de aliento, aunque había pasado suficiente tiempo como para que no se sintieran al borde del abismo.
—Pashenko cree que ya debe de estar muerta —dijo al fin Kaspar, expresando con palabras el temor que los había atenazado durante aquellos dos días y no los había dejado dormir. Los chekist y los Caballeros Pantera habían estado buscando a Sofía y a Gerhard, pero en una ciudad tan atestada de gente las probabilidades de pasar cerca de ellos y no verlos eran astronómicas. El caballero que había resultado herido en el asalto a la casa de Gerhard no pudo suministrar ninguna información útil sobre el asesino; se limitó a decir que el criminal los venció con mucha facilidad y que peleaba desnudo.
Los únicos datos que aportaron a Kaspar una lucecita de esperanza fueron, por una parte, que no se habían encontrado los cuerpos y, por otra, el hecho de que no había recibido ningún otro mensaje siniestro.
—No, no debes creerlo —afirmó Anastasia—. Si ese loco hubiera querido matarlos lo habría hecho cuando mató a… Stefan.
—Es posible —dijo Kaspar poco convencido.
—¿Tienen los chekist alguna idea de lo que ha ocurrido realmente?
—No. Ese tonto de Pashenko —dijo en tono despectivo Kaspar— no tardará en expresar su alegría por haber encontrado un oportuno cabeza de turco, pero en realidad no sabe nada.
Anastasia exhaló un profundo suspiro.
—¿Y no tiene ni idea de por qué ni adónde se ha llevado a Gerhard y a Sofía?
—Si lo sabe, no lo dice.
Anastasia asintió con la cabeza y se mordió el labio inferior como si se enfrentara a un espinoso dilema ético. Kaspar advirtió la inquietud de su mirada y dijo:
—¿Qué te pasa?
—Bueno, me pasa que… sé que Sofía te gusta mucho —respondió Anastasia con vacilación.
—¿Qué quieres decir?
—¿Qué sabes realmente de ella?
—Lo bastante como para estar seguro de que es una buena persona y que puedo confiar en ella.
—Eso es lo que quiero decir; confías en ella, pero realmente no la conoces, ¿no es cierto? Sé que había trabajado para Vassily Chekatilo antes de que lo hiciera para ti.
—Estás bromeando —dijo Kaspar, incrédulo.
—Me gustaría que así fuera, Kaspar, pero tengo que decirte que trabajó para él durante varios años.
—¿Qué estás tratando de sugerir?
—Cbekatilo no es un hombre del que te puedas librar fácilmente —dijo Anastasia—. Lo sé. Lo que quiero decir es que tal vez el Carnicero no haya secuestrado a Sofía en absoluto y que quizá Chekatilo la haya obligado a la fuerza a volver con él.
IV
El paso del tiempo se volvió confuso; la única conexión de la mujer con el mundo exterior era una claraboya sucia que permitía la entrada de luz sólo de forma intermitente. Sofía no sabía cuántos días habían transcurrido desde que fue secuestrada, tan sólo sabía que su dolor aumentaba a cada instante y que también crecía su convicción de que muy probablemente moriría en aquella putrefacta buhardilla.
Derramaba lágrimas de amargura y frustración; sus sollozos quedaban ahogados por el trapo impregnado de sangre seca que le llenaba la boca y que estaba atado con anchas tiras de cuero. En las muñecas sentía latir con dolor un pulso debilitado; ya no notaba las puntas de los dedos y el menor movimiento la hacía sufrir muchísimo pues las costras se le abrían y la áspera cuerda se le hundía todavía más en la carne de los brazos.
Los días pasaban. Algunos con una sensación de aburrimiento henchido de dolor, otros como un horror incesante, pues él subía a la buhardilla con su máscara de piel de muerto estrechamente apretada sobre la cara. En muchas de esas ocasiones la tocaba, le susurraba que la quería o que había seguido sus instrucciones y había vuelto a matar en su honor, que había comido carne humana para conmemorar el día en que se liberaron de «su» tiranía.
La mujer tenía los ojos legañosos por la dificultad de dormir y por las lágrimas vertidas, la visión nublada por la malnutrición y los labios agrietados por la deshidratación. Cuando oía el odioso crujido que producían al girar las bisagras herrumbrosas de la trampilla que conducía a la buhardilla, se le secaba la boca y la cabeza le daba vueltas como si la tuviera mal afianzada sobre los hombros.
—¿Estás ahí, matka? —decía. Luego soltaba una carcajada—. Claro que estás ahí. ¿Adonde podrías ir?
Cuando oía pasos que se aproximaban y notaba que la mano callosa del hombre se le posaba sobre el hombro, Sofía apretaba firmemente los párpados sobre los ojos. Olía la proximidad del secuestrador y, aunque trataba de ser fuerte, no podía evitar un estremecimiento de puro miedo. El hombre recorría el cuerpo de la mujer con sus manos y la estrechaba entre sus brazos.
—Casi he terminado, ¿no? —dijo él, después de emitir un gemido.
Sofía no podía responder: el trapo le impedía articular palabra alguna. Pero entonces comprendió que aquellas palabras no iban dirigidas a ella en absoluto. No había oído entrar a nadie en la buhardilla, y sin embargo otra voz respondió, una voz distante y melódica, como salida del fondo de un pozo muy profundo.
—Te falta muy poco, guapo príncipe mío, muy poco. Sólo me queda una cosa más para ti. Una última cosita y habremos terminado.
—Lo que quieras, matka, lo que quieras —dijo él.
—Quiero que me mates —dijo la voz—. Antes ya estuve muerta y no pertenezco a este mundo. Morr me reclama para él y no tengo que volver a tu mundo.
—¡No! —gritó él.
Sofía sintió que el hombre la estrechaba con más fuerza y, cuando él bruscamente dio la vuelta a la silla para mirarla de frente, emitió un ahogado grito de dolor.
—¿Por qué me pides que haga esto? Precisamente acabo de encontrarte y no voy a dejarte ir. Nunca más —añadió.
—Confía en mí, príncipe mío, debes hacerlo —dijo la voz en tono suave y seductor.
Sofía entornó los ojos y vio la horrible máscara ante ella. Una luz oscilante lanzaba un resplandor suave sobre las facciones cubiertas con la cadavérica máscara y, por debajo de ella, muy abiertos y mostrando adoración, asomaban los ojos violeta de su secuestrador. Éste miraba fijamente algo por encima del hombro de la mujer, y una luz fosforescente brillaba en la oscuridad de sus pupilas. A Sofía le picaban los ojos, pero durante el más breve de los instantes le pareció como si el reflejo de un rostro reluciente, pálido y angelical, vagara como un fantasma por la superficie del ojo del hombre.
—No puedo —chilló él pasando los brazos en torno a ella y enterrando su cabeza en el regazo de la mujer.
—¡Escúchame! —rugió la voz, despojada por completo de su afabilidad inicial—. Hazlo. Te lo pido yo. Mátame, mátame ahora mismo. Deshazte de las trabas de tu injuriado otro yo y saca el cuchillo, el cuchillo que yo te di, y córtame el cuello, pequeño hijo de puta, lloriqueante y patético. Mátala, córtala a trocitos y arrójalos a los pies de Von Velten.
—¡No… no quiero! Te amo… —exclamó lloroso, con una voz que se iba convirtiendo en jadeantes sollozos.
Sofía sintió que la furia de quienquiera que fuese que estaba hablando con su secuestrador la aterrorizaba lo indecible y volvió a cerrar los ojos. Incluso a través de los párpados bajados percibió una ardiente luz que llenaba la funesta buhardilla, pero tan pronto como apareció se desvaneció, y entonces advirtió que quienquiera que fuese que había estado hablando con el hombre se había marchado. La rabia de aquel ente había dejado una fuerte presencia de crepitante magia actínica en el aire, pero la mujer sintió una pequeña brizna de esperanza al constatar la resistencia del hombre ante los deseos asesinos de la voz. Aquel ente quería que el secuestrador la matara, pero por alguna razón el hombre creía que ella era su matka, su madre, y no quería hacerlo.
—No puedo matarte… —dijo el secuestrador, como si escuchara los pensamientos de Sofía—. Todavía no, pero tengo que cortarte. ¡Oh, matka, tengo que cortarte!
Sofía sintió la hoja del cuchillo contra la piel y trató de gritar mientras el Carnicero le seccionaba el pulgar de la mano izquierda.
V
El burdel estaba instalado en un edificio vulgar de madera negra en mal estado y de bloques de piedra toscamente tallada que en tiempos habían formado parte de la muralla primitiva de la ciudad. Cristales de colores en las ventanas de la parte superior y un fajín carmesí que pendía de un adorno que remataba el techo eran las únicas pistas que delataban la naturaleza del edificio, y Kaspar prácticamente podía oler el desagradable olor de desesperación que impregnaba la tela.
—¿Es aquí? —preguntó.
—Sí —dijo Pavel inclinando la cabeza—. Aquí encontrarás a Cheleadlo, aunque para qué lo quieres Pavel no lo sabe. No es un hombre al que se pueda ver si se tiene prisa. No deberíamos estar aquí, deberíamos irnos.
—Es muy posible que sepa algo sobre el secuestro de Sofía —dijo Kaspar; tenía la voz tan helada como la nieve que se le arremolinaba en torno. Pavel y Kurt Bremen intercambiaron cautelosas miradas, pero ninguno de los dos advirtió el deje letal de la voz del embajador.
—Embajador Von Velten —dijo Bremen—, si Chekatilo realmente sabe algo acerca del paradero de Sofía, tenemos que ser muy cuidadosos cuando hablemos con él. No puedes permitirte el lujo de enfrentarte a él.
—No te preocupes, Kurt. Puedo ser diplomático si es necesario —le aseguró Kaspar abriendo la puerta del burdel y penetrando en la penumbra del interior. El hedor a cuerpos sin lavar y a perfume barato impregnaba el ambiente, y el segundo olor fracasaba estrepitosamente en el intento de camuflar el primero.
Incluso a la luz que se filtraba a través de las apantalladas lámparas y del débil fuego de la chimenea, Kaspar vio que el lugar estaba lleno de gente. Parecía que la inminencia de la guerra y de la muerte exacerbaba la lascivia de los hombres kislevitas, y el largo vestíbulo estaba atiborrado de gente que quería gastarse sus últimos copecs abrazando a alguna mujer que vendiese su carne por unas monedas.
Cuando entraron, algunas cabezas se volvieron hacia ellos, pero la mayoría estaban demasiado concentrados en sus asuntos o perdidos en la felicidad de sus sueños provocados por la raíz de bruja como para prestarles la menor atención. Una atmósfera cargada de humo acre se pegaba al techo con un olor dulzón y empalagoso, como de almizcle de Arabia; Kaspar tuvo un vivido recuerdo de sus campañas guerreras en aquellos parajes desérticos y deprimentes.
Pasó ante cuerpos que se contorsionaban sin hacer caso de los exagerados y teatrales gemidos y gritos de placer y siguió avanzando hacia la puerta del fondo de la sala, guardada por dos hombres de mirada fría que no hacían el menor esfuerzo por disimular sus hachas bajo las capas que los cubrían.
Kaspar se detuvo ante aquellos hombres que de forma ostensible habían fingido no verlo hasta que trató de pasar por donde ellos estaban; entonces, uno le soltó una retahila de murmuraciones kislevitas mientras sacaba el hacha de debajo de la capa.
—Pavel —dijo Kaspar—, traduce.
—Muy bien —gruñó Pavel, y apartando la vista de las copulaciones que tenían lugar a su alrededor se reunió con el embajador.
—Me llamo Kaspar von Velten y he venido para hablar con vuestro amo, Vassily Chekatilo. Os agradecería que le transmitieseis mis saludos.
Pavel repitió las palabras de Kaspar y observó cómo los dos hombres se miraban con aire divertido; luego, el hombre al que Pavel se había dirigido sacudió la cabeza.
—Nya—respondió, y lo que quería decir estaba muy claro.
—Pavel, dile que dispongo de un destacamento de Caballeros Pantera, y que si Chekatilo no está dispuesto a verme les ordenaré que peguen fuego a esta inmunda casa de putas. Con él dentro, si es preciso.
De nuevo Pavel repitió las palabras de Kaspar, y en esta ocasión la reacción de los dos hombres fue sustancialmente distinta. Se produjo una discusión en voz baja pero enconada con rápidos intercambios de palabras en kislevita; luego una mano con la palma abierta se alzó y el hombre que les había impedido el paso desapareció tras la puerta. El otro guardia les sonrió con expresión más bien abatida, mostrándoles lo poco que le quedaba de sus dientes amarillentos.
Los tres hombres aguardaron durante varios minutos; Pavel dirigió de nuevo su atención a las libidinosas actividades que proseguían en torno y tomó varios tragos largos de su petaca.
Al fin la puerta se abrió; el mensajero reapareció y con sus sucios dedos les hizo señas para que lo siguieran. Kaspar fue tras él. Bajaron por un largo corredor con suelo de madera y arcadas a ambos lados con cortinas de terciopelo. Gruñidos y quejidos de placer fingido les llegaban desde detrás, y Kaspar hizo oídos sordos mientras se aproximaban a una pesada puerta de madera reforzada con flejes de hierro mate. El hombre que iba en cabeza sacó una larga llave y con gran estrépito la hizo girar y empujó para abrir la puerta de par en par; entonces les indicó que la cruzaran.
—¡YhalYA ir, yhtü.
—Yha —asintió Kaspar, y penetró en una habitación de amplias dimensiones, bien acondicionada y provista de muebles de estilo Imperial y de objetos que Kaspar sabía que habían salido de su embajada. Cuatro mujeres vestidas con túnicas de sedas diáfanas yacían bajo los efectos de la raíz de bruja en distintos estadios de conciencia, con los labios manchados con el jugo narcotizante. Una mujer desnuda bailaba de forma poco elegante ante el enorme Chekatilo, que estaba sentado en un crujiente banco de madera de espaldas a Kaspar.
De pie junto a él había un hombre delgado como un látigo, con cara de luchador, que los miró con fijeza y hostilidad no disimulada.
Chekatilo daba palmadas siguiendo el ritmo de los giros de la mujer y Kaspar dedujo, a partir de su constitución robusta y sus facciones prosaicas y asustadas que la muchacha era una campesina y que, sin duda, estaba allí para ganar unos copecs para pasar el invierno.
—Herr Chekatilo —dijo Kaspar.
El voluminoso kislevita no respondió y alzó la mano para indicar a Kaspar que debía esperar a que la danza finalizase. Kaspar se mordió el labio y cruzó los brazos sobre el pecho. Bremen apartó la vista de la bailarina y también Pavel tuvo la decencia de hacerlo al observar la vergüenza de la chica.
Al fin, Chekatilo dio una palmada y se puso en pie mientras ordenaba a la chica que recogiera sus ropas.
—Rejak —dijo, mientras se volvía hacia el asesino de ojos grises como el pedernal que estaba junto a él—, ponía a trabajar en el salón principal, no en las cabinas.
Rejak asintió con la cabeza y condujo a la chica hacia la puerta por la que Kaspar y los demás habían entrado y la empujó hacia el corredor al tiempo que, a gritos, daba instrucciones a los guardias que estaban en el otro extremo. Luego volvió junto a su amo con la mano firmemente apretada sobre la empuñadura de la espada. Al instante, Kaspar constató lo que aquel hombre era realmente: un criminal, un asesino.
Por fin Chekatilo se dignó a encararse con Kaspar y sus acompañantes; sus anchas e intimidantes facciones se disfrazaron con una sonrisa de depredador. Su barba era tan enorme como Kaspar la recordaba, y su vestido de cuero y piel estaba bien confeccionado y parecía caro. Se sentó de nuevo en el banco y preguntó:
—¿Querías verme?
—Sí. Me gustaría hacerte algunas preguntas.
—Tengo por norma no contestar aquellas preguntas que no debo contestar —explicó Chekatilo.
—Éstas vas a contestarlas —afirmó Kaspar.
—¿De veras? ¿Por qué estás tan seguro?
—Porque te mataré si no lo haces —le prometió Kaspar.
Kurt Bremen se estremeció al oír la amenaza de Kaspar, y Chekatilo soltó un retumbante estallido de carcajadas que sobresaltó a algunas de las estupefactas mujeres.
—Creo que desconoces las intenciones de tu jefe, caballero —le dijo Chekatilo.
Bremen no respondió y Chekatilo prosiguió.
—¡Pavel Korovic! Hace mucho tiempo que no te veía por aquí. ¿Me traes otro embajador del Imperio para que lo corrompa?
Pavel agitó la cabeza precipitadamente y, cuando Kaspar lo miró con expresión enojada, clavó la vista en el suelo. Chekatilo se rió de nuevo y el rostro de Kaspar se congestionó.
—Vienes con preguntas y no sabes nada del hombre a quien interrogas. ¿Y encima te atreves a amenazarme en mis propios aposentos? Una sola palabra mía bastaría para acabar con vosotros. Hay docenas de hombres que pueden oírnos y a los que puedo llamar para que os dejen secos en donde estáis.
—Tal vez están ahí, o tal vez no —dijo Kaspar—, pero, ¿llegarían a tiempo de impedir que te hundiera una espada en la barriga?
—Quizá no, pero hay peores armaduras que muchas capas de grasa, hombre del Imperio. Creo que morirías en el intento, y todavía no estás preparado para morir.
—¿No?
—No —dijo Chekatilo—. Tienes que hacer cosas antes de convertirte en pasto de los cuervos. Lo veo.
Kaspar sabía que había perdido el control de la conversación, si es que realmente alguna vez lo había tenido, pero quería desesperadamente saber algo, cualquier cosa que le proporcionara una pista acerca del lugar donde Sofía estaba secuestrada. Y si Anastasia estaba en lo cierto respecto al pasado de Sofía, era probable que aquel bastardo supiera algún dato interesante.
Kaspar era consciente de que había llegado a aquella confrontación mucho menos preparado de lo debido; entonces comprendió que las amenazas no eran el modo adecuado de conseguir la información que necesitaba y por esta razón cambió de táctica.
—Herr Chekatilo, todos somos habitantes de este mundo, ¿no es cierto? Nos estamos comportando como animales salvajes, nos damos cornadas como los ciervos machos que intentan convertirse en jefes de la manada. Pero ésta es tu guarida, y ahora me doy cuenta de que no tiene sentido tratar de imponer mi autoridad aquí —dijo Kaspar, abriendo los brazos en un gesto que esperaba fervientemente que fuera interpretado como señal de graciosa magnanimidad—. Necesito tu ayuda. La necesito desesperadamente y a ti acudo. Una persona, buena amiga mía, ha desaparecido, y creo que tal vez tú te encuentres en condiciones de ayudarme a encontrarla.
Chekatilo sonrió, pues había comprendido en seguida el cambio de táctica.
—Hombre del Imperio, eres listo, mucho más listo que aquel tonto de Teugenheim. Él también creyó que en este lugar podría ser un hombre poderoso. Desgraciadamente, se equivocó desde todos los puntos de vista.
—Entonces, ¿me vas a ayudar?
—Quizá. ¿Quién ha desaparecido?
—Mi doctora. Se llama Sofía Valencik, y me han dicho que había trabajado para ti.
—¡Sofía! —ladró Chekatilo—. Ah, sí, me acuerdo de Sofía, pero no, nunca trabajó para mí, por mucho dinero que le ofreciera. Creo que yo no le gustaba.
—Me resulta difícil imaginar por qué —comentó en tono burlón Bremen.
Kaspar lanzó al caballero una mirada envenenada al ver que Rejak se ponía tenso y dijo:
—¿De veras? ¿Nunca trabajó para ti? ¿Estás seguro?
Kaspar veía cómo la pequeña esperanza que había albergado de que aquella línea de investigación pudiera conducir a alguna parte empezaba a desvanecerse. Anastasia lo había convencido de que Sofía había trabajado para Chekatilo, y siempre confiaría más en la palabra de la dama que en la del gordo kislevita, pero su intuición le decía que en aquella ocasión Chekatilo no estaba mintiendo.
—¿Estás seguro? —repitió Kaspar.
En el rostro de Chekatilo apareció una expresión hostil.
—Puedo tener más de cuarenta años, pero la memoria no me falla. No, jamás trabajó para mí. Aunque venía por aquí varias veces al año.
—¿Qué? —exclamó Kaspar horrorizado—. ¿Sofía venía aquí por propia voluntad?
—Sí —le confirmó Chekatilo—. Por propia voluntad. Cuidaba de las chicas que trabajaban en las habitaciones, les daba cataplasmas para la sífilis y cosas semejantes. Algunas veces también las ayudaba a parir o a abortar. Trataba de conseguir que las chicas estuvieran sanas.
El obeso delincuente sonrió de forma lasciva.
—No es una tarea fácil en Kislev. Pero, no, nunca trabajó para mí, aunque yo estaba satisfecho de sus servicios. Era una buena mujer.
—Lo es —lo corrigió Kaspar—. Es una buena mujer. Y ahora ha desaparecido, la ha secuestrado el Carnicero.
—En tal caso, está muerta; la ha cortado en trozos y se la ha comido.
—No lo creo —afirmó Kaspar.
—¿No? ¿Por qué estás tan seguro de que está viva?
—Sólo sé que lo estoy —dijo Kaspar, con la voz cansada y rota por la emoción—. Hasta que vea algo que demuestre que ha muerto, seguiré buscándola.
—¿Estás enamorado de ella? —dijo Chekatilo con una carcajada—. No te culpo si lo estás. Sofía Valencik es una mujer muy guapa.
—No —dijo Kaspar, y Chekatilo sonrió ante la rapidez de la respuesta.
—Ya veo, pero ¿por qué crees que te puedo ayudar a encontrarla?
—No lo sé —admitió Kaspar—. He venido aquí pensando que tal vez tú te la habías llevado, pero ahora ya no lo pienso. Ignoro si puedes hacer algo para ayudarme, pero si es así, lo que sea, te ruego que lo hagas.
Chekatilo observó a Kaspar durante unos largos segundos y luego respondió:
—Te ayudaré, hombre del Imperio, aunque sólo Ursun sabe por qué. Ahora mismo me doy cuenta de que tú y yo seríamos enemigos, aunque no a causa de Sofía. ¿Qué me ofreces si te ayudo?
—Lo único que te puedo ofrecer es mi gratitud —dijo Kaspar.
El gigante kislevita soltó una carcajada, pero luego vio que Kaspar no bromeaba.
—¿Eres hombre de palabra, Kaspar von Velten?
—Lo soy —asintió Kaspar con una inclinación de cabeza—. Mi palabra es de hierro y cuando la doy jamás la traiciono.
—Kaspar… —le avisó Bremen, pero el embajador agitó la mano para acallarlo.
Los dos hombres se miraron fijamente y luego Chekatilo, al fin, cerró el acuerdo con una inclinación de cabeza y se levantó del banco.
—Creo que lo eres, hombre del Imperio; tienes que serlo si no quieres acabar mal. Bueno, tengo muchos ojos y muchos oídos en Kislev, y si hay algo interesante lo encontraré y te lo diré.
Chekatilo se inclinó hacia adelante.
—Pero si te hago este favor… —dijo, y dejó la frase significativamente inacabada.
—Comprendo —dijo Kaspar, mientras se preguntaba si realmente lo había entendido.
Capítulo 8
I
Durante los días que siguieron a la reunión de Kaspar con Chekatilo, el tiempo continuó empeorando; la sabiduría y experiencia de los más ancianos proclamaba que aquél podía ser el invierno más duro desde los tiempos de Radii Bokha, el gran zar. Si eso era cierto o no, Kaspar lo ignoraba y tampoco le importaba mucho, pues estaba muy ocupado con las reiteradas peticiones relativas a mantener un ejército listo para entrar en combate durante el interminable período en el que no había ninguna batalla que librar.
A medida que pasaban los días, Sofía se le hacía más y más presente en sus sueños, y también cuando dejaba vagar libremente los pensamientos. En una rara muestra de compasión, Pashenko le había comunicado personalmente que sus chekist se veían obligados a abandonar la búsqueda de la desaparecida. Respecto a los cuatro corazones que alguien había dejado en el exterior de la embajada, habían descubierto unos cuerpos mutilados y las investigaciones en curso tal vez podrían arrojar alguna luz sobre la identidad del asesino.
A pesar de admitir el fracaso de Pashenko, Kaspar se negaba a perder la esperanza de que Sofía, de alguna manera, pudiera seguir con vida. Después de visitar a Chekatilo, le había contado a Anastasia lo poco que había descubierto; ella lo había abrazado estrechamente y le había advertido que no confiara en la palabra de un criminal de baja estofa como aquél. Kaspar deseaba dejarse convencer, pero su intuición de que Chekatilo decía la verdad volvió a imponérsele.
Anastasia había tomado la responsabilidad de organizar la distribución de suministros a los soldados y refugiados y se había dedicado personalmente a esta tarea con gran entusiasmo, demostrando una auténtica aptitud para el trabajo, aunque Kaspar le había insistido en que lo hiciera desde la embajada. No quería que por falta de precaución alguien más cayera en manos del Carnicero.
La dama había ocupado las habitaciones adyacentes a las de Kaspar, y la segunda noche había entrado en su dormitorio y se había deslizado suavemente entre sus brazos y ambos se habían confortado mutuamente como dos personas solitarias que durante un tiempo necesitan olvidar las crueldades del mundo exterior. Hicieron el amor con ternura, con cierta timidez; cada contacto, cada caricia, era como un pequeño sobresalto. Mientras Kaspar, satisfecho, yacía cada noche en los brazos de la mujer, se oía a sí mismo pronunciando la más grandiosa mentira del amor:
—Nunca te abandonaré.
Anastasia iba a visitarlo todas las noches, y el embajador cada vez le estaba más agradecido por sus atenciones. Acostados, a oscuras, Kaspar le hablaba de Nuln y de su vida en el Imperio, y ella a su vez le contaba relatos fantásticos de las antiguas reinas Khan y de los poderes mágicos que, según se decía, poseían. Las noches hacían que Kaspar se sintiese más cerca de Anastasia: se abrazaban estrechamente y se sentían más seguros por el simple hecho de estar junto a otra persona.
—Será terrible cuando lleguen, ¿verdad? —susurró Anastasia.
Kaspar quería engañarla, pero no pudo conseguir que le salieran las palabras necesarias. Se limitó a asentir con la cabeza y a decir:
—Sí, las tribus del norte son un enemigo terrible. Son hombres duros, brutales, en pie de guerra y sanguinarios. No serán fáciles de derrotar.
—¿Pero crees que podremos vencerlos?
—Sinceramente, no lo sé. En gran medida depende de lo que ahora mismo esté ocurriendo en el Imperio. He oído decir que la gran horda que destruyó Wolfenburgo se ha retirado al norte para pasar el invierno, y que el boyardo Kurkosk ha reunido un ejército en las estribaciones del oblast de Kislev.
—¿De veras?
—Es difícil saberlo con total seguridad, pues estos días hay muy pocos mensajeros; pero parece probable. Si todavía quedan fuerzas kurgans en el Imperio, entonces Kurkosk les podría cortar la retirada y exterminarlos por inanición.
—¿Qué ocurrirá si los kurgans ya se han ido hacia el norte?
—En ese caso, se enfrentarán con el ejército boyardo en una lucha cuerpo a cuerpo y, por lo que he oído de Kurkosk, los suyos se llevarán la peor parte en ese encuentro.
Anastasia se le acercó aún más y pasó los dedos por el pelo plateado del pecho de Kaspar.
—¿Hay más tropas agrupándose en el oblasñ Sin duda, algunos de los otros boyardos deben de estar intentando reunir a sus soldados.
—Es posible —concedió Kaspar—, pero la mayor parte de las tropas kislevitas están dispersas por el oblast y por la estepa, refugiadas en stanistas para pasar el invierno. Sería una tarea diabólica reunidos antes de que empiecen las nevadas.
—Ya veo —dijo Anastasia; la voz se le iba desvaneciendo mientras el sueño la vencía.
Kaspar sonrió con expresión benévola y le besó la frente; luego cerró los ojos y al fin se sumergió en un sueño intranquilo.
Una fría luz invernal lo despertó al cabo de unas horas y lo hizo parpadear con su implacable resplandor. Se desperezó y sonrió para sus adentros al sentir el confortable calor del suave cuerpo femenino de Anastasia.
Con mucho cuidado para no despertarla, se deslizó fuera de la cama y se vistió. Sin hacer ruido, abrió la puerta de su despacho y la cerró tras él. Una vez más, echó de menos el familiar olor de la concentrada infusión de té que Stefan le preparaba todas las mañanas.
De pie junto a la ventana, miró con fijeza los tejados cubiertos de nieve de Kislev. En cualquier otra circunstancia, la escena le hubiera resultado pintoresca, incluso hermosa; pero en aquellos momentos en lo único que podía pensar era en el brutal asesino que había secuestrado a Sofía.
Anastasia había tratado de prepararlo para lo peor, induciéndolo delicadamente a asumir que Sofía había desaparecido para siempre, pero Kaspar con gran tozudez se negaba a aceptarlo.
Sofía estaba en algún lugar de aquella dura ciudad norteña. Estaba seguro.
II
El agua estaba terriblemente fría y Sofía se forzó a sí misma a no tragar grandes cantidades de líquido. Sabía perfectamente que su cuerpo deshidratado se rebelaría ante una ingesta demasiado rápida y abundante de agua. Desde hacía mucho tiempo los ojos se le habían acostumbrado a la penumbra de la buhardilla y ya no percibía el hedor de carne podrida.
El cuerpo mutilado de Gerhard ya no estaba allí, pero su asesino no se había molestado en limpiar los pegajosos charcos que se habían formado debajo de su cuerpo colgado, y bichos y animales carroñeros se habían regalado con los restos del mercader.
El cuerpo de la mujer era una masa doliente; el agudo dolor que sintió en el lugar por donde su secuestrador le había cortado el pulgar se agravó sensiblemente cuando la herida empezó a cicatrizar, y el padecimiento físico se mezclaba con los tremendos pinchazos de hambre que sentía en el estómago y con la quemazón de las cuerdas en brazos y tobillos. Las ratas le habían mordido las piernas y a la doctora le preocupaba el riesgo de infección. Cada vez que caía en un estado de inconsciencia, un cruel mordisco en la carne del pie la devolvía violentamente de nuevo a la pesadilla de su vida real.
Su secuestrador estaba ante ella, con la máscara cubriéndole la cara como siempre, pero sus modales eran muy distintos a los de antes. A pesar de su sufrimiento, la mujer se había dado cuenta de que durante los últimos días él había estado mucho menos agresivo que de costumbre, como si algún ángel bueno de su naturaleza se abriera paso poco a poco para aflorar en la superficie de su locura.
La jarrita de arcilla llena de agua que él le llevó a la boca era una señal del cambio que se había operado en el secuestrador. Y antes de haberle ofrecido el agua, sorprendentemente le cepilló toscamente el cabello con un antiguo cepillo de plata con perlas incrustadas. Era un objeto muy caro —obviamente había pertenecido a una mujer adinerada—, y tal vez se lo había robado a una de sus víctimas.
—Por favor, un poco más —imploró con voz áspera, cuando él le dio de beber.
—No, creo que por ahora ya tienes bastante.
—Sólo un poquito más…
Él sacudió la cabeza y dejó a un lado la jarrita.
—No lo entiendo, matka —dijo con un timbre de voz igual al de un muchachito—. ¿Por qué quieres que te mate? No está bien.
—¿Matarme? No, no, no, no quiero que me mates —le rogó Sofía.
—Pero te he oído —chilló el hombre, apenado—; lo dijiste.
—No, no era yo, era alguna otra cosa.
—¿Otra cosa? ¿Qué?
—Yo… yo no lo sé, pero no era tu matka—dijo Sofía, dispuesta a representar su papel—; yo soy tu madre. Yo. Y quiero que me desates.
—No lo comprendo —dijo él, mientras se frotaba con fuerza la frente con las palmas de las manos. Luego soltó un quejumbroso gemido y sacó el cuchillo de la vaina de carne de su estómago, se arrastró la punta por los antebrazos dejando en ellos goteantes rastros de sangre. Mientras se infligía los cortes, el hombre lloraba.
—Él me lo hacía, ¿te acuerdas?
Dándose cuenta de que su vida pendía del más delgado de los hilos, Sofía comprendió que tenía que seguir representando su papel cualesquiera que fuesen las fantasías que emergieran de la cabeza de aquel hombre.
—Me acuerdo —dijo ella.
—Me quemaba con brasas encendidas de la chimenea —prosiguió, mientras por debajo de la piel rígida de su máscara se deslizaban gruesos lagrimones—. Además, se reía mientras lo hacía; decía que yo era un pequeño mocoso, molesto y llorón, y que era la causa de su desgracia.
—Tú no tenías la culpa; él era un hombre malvado —dijo Sofía, manteniendo un tono neutro en las respuestas y confiando que no rebasarían los límites de la historia que el secuestrador estaba reviviendo.
—Sí, sí lo era; pero ¿por qué estabas con él? Una vez vi cómo te golpeaba hasta dejarte inconsciente con la parte plana de la hoja de su espada. Me obligó a violarte una y otra vez y tú no hiciste nada. ¿Por qué? ¿Por qué tardaste tanto tiempo en ayudarme?
Sofía se debatió en busca de una respuesta y al fin dijo de forma brusca:
—Porque tenía miedo de lo que nos podía hacer si me resistía.
Él dejó caer el cuchillo, se arrodilló ante ella y recostó la cabeza en su regazo.
—Ya lo entiendo —dijo suavemente—. Tenías que esperar hasta que yo fuera lo bastante fuerte para enfrentarme a él. Para matarlo.
—Sí, para matarlo.
—Y, desde entonces lo he estado matando. Todo lo he hecho por ti —dijo con orgullo.
—¿A quién has matado? —preguntó Sofía, reprimiendo un jadeo al darse cuenta del peligro que implicaba lo que acababa de preguntar.
Pero él pareció no advertir que ella se había salido del papel y aclaró:
—A mi padre, el boyardo.
Alzó las manos y pasó los dedos por la máscara de piel; sus palabras sonaron con rabia apenas reprimida:
—Por esta razón llevo puesta su cara; así que, cada vez que la veo reflejada, veo al hombre que tengo que matar. Una vez lo maté por ti, y lo seguiré matando hasta que estemos a salvo, matka. Los dos.
Sofía se percató de que el pecho del hombre subía y bajaba por el esfuerzo de la confesión, pero siguió insistiendo, consciente de que tal vez no volvería a tener jamás una ocasión mejor para reconducir el delirio del secuestrador.
—Pero ahora estamos a salvo, valiente hijo mío. Sé que has sufrido terriblemente, pero podemos estar tranquilos; sólo tienes que ayudarme a hacer una cosa.
El hombre levantó la cabeza y la miró con fijeza y expresión implorante.
—¿Qué? Dime lo que tengo que hacer.
—Desátame y déjame ir a visitar al embajador Von Velten; él puede ayudarnos —dijo Sofía.
Él se estremeció y ella sintió que se ponía muy tenso, como si le fuera a dar un doloroso ataque. De repente, alzó la cabeza, recogió precipitadamente el cuchillo del suelo y se puso en pie.
—¡No! —rugió blandiendo el cuchillo contra el vientre de la mujer—. No trates de engañarme.
Sofía lloraba mientras la punta de la hoja la hacía sangrar.
—No trato de engañarte; sólo quiero que estemos a salvo, sólo quiero que podamos vivir.
—Yo…, eso es…, quiero decir que también… —farfulló soltando el cuchillo.
Lleno de frustración, se puso a recorrer la buhardilla con grandes zancadas y a dar puñetazos contra los soportes de madera del techo ensangrentarse los nudillos.
Finalmente dejó de ir y venir y se plantó ante ella, jadeante.
—Te quiero —gruñó—, pero ahora tendría que matarte.
—No, por favor…
El secuestrador se inclinó para recoger el cuchillo, pero la mano, en lugar de coger el arma, cogió el mango del antiguo cepillo para el pelo. Con visible dificultad lo levantó ante los ojos, como si una parte de su interior se opusiera a ello, y se lo acercó a la cara. Mientras aspiraba el olor de los cabellos de la mujer atrapados en las púas del cepillo, su risa ahogada sonó como una liberación.
—¿El embajador Von Velten puede ayudarnos? —inquirió con su voz de chiquillo.
—Sí —asintió Sofía con la cabeza, en medio de una bruma de lágrimas—. El embajador nos puede ayudar.
III
Kaspar cepillaba la crin plateada de su caballo con un cepillo de púas metálicas, y la alisaba de tal modo que las guedejas que caían sobre el poderoso cuello del animal reflejaban la luz. El caballo pateaba el suelo; su aliento se convertía en vapor en el aire frío de la mañana y agitaba la cola como un látigo para calentarse la grupa.
—Quieto —susurró Kaspar, y con la mano frotaba los flancos del caballo; bajo la piel notaba los fuertes músculos del animal. Era un bayo castrado proveniente de Averland, de inequívoco pedigrí y porte noble. El cepillado ritual de cada mañana era relajante e higiénico, y a Kaspar le gustaba el sencillo trabajo manual que implicaba el cuidado de un magnífico caballo de guerra como aquél, a pesar de que Kurt Bremen afirmaba que era una tarea propia de los mozos de cuadra.
Kaspar era consciente de que el caballo ya no era joven, pero era fuerte y tenía temperamento. Sabía que su carácter obstinado y su crin plateada le habían valido el sobrenombre de Embajador entre los guardias de la embajada, hombres de los que ya podía sentirse orgulloso gracias a la severa disciplina de Kurt Bremen.
El nombre no le preocupaba; de hecho, se sentía halagado. Dado que era un hombre de infantería por naturaleza, Kaspar no tenía la compenetración con su montura que se supone tienen los de caballería —a menudo eso constituye el tema de chistes con alusiones sexuales que cuentan los soldados, recordó Kaspar—, y jamás se había molestado en saber el nombre del caballo antes de marcharse de Nuln.
Pero un animal tan bueno como aquél merecía un nombre elegido por su jinete.
Lo había pensado muchísimo, pues era consciente de que un nombre puede conllevar un gran poder y, al fin, consideró adecuado decidirse por uno que tuviera un gran peso en la historia.
A su caballo lo llamaría Magnus.
Una vez hubo terminado de cepillarlo, Kaspar sacó un puñado de grano de una bolsa que colgaba en el exterior de la casilla del caballo y se lo ofreció. El animal, agradecido, la emprendió con el grano, una espléndida comida del Imperio que aumentaba su energía y permitía su desarrollo de tal modo que, a excepción de los majestuosos corceles de guerra que montaban los orgullosos caballeros de Bretonia, los caballos de guerra del Imperio eran los mejores del mundo.
Kaspar se volvió al oír un tímido golpe en la puerta del establo y vio a Pavel con aspecto embarazado de pie en el umbral de la puerta, apoyado en la entrada de la casilla del caballo. Desde la visita a Chekatilo, Pavel se había mantenido en un segundo plano, y aquélla era la primera vez que Kaspar lo veía desde entonces.
—Es un magnífico animal —dijo Pavel al fin.
—Sí —repuso Kaspar, ordenando la parafernalia necesaria para cuidar a un caballo—, desde luego. ¿Qué se te ofrece, Pavel?
—Quiero explicarte algunas cosas respecto a la otra noche.
—¿Qué cosas? Dejaste que Chekatilo clavara sus garras en Teugenheim y lo condujera al desastre. Me parece que está perfectamente claro.
—No, no es que…, bueno, es más o menos lo que pasó, sí, pero Pavel se limitó a hacer lo que Teugenheim quería. Yo no lo llevé allí.
—Vamos, Pavel. Tú no eres un estúpido, sin duda imaginaste lo que iba a suceder.
—Sí. Pavel creyó que podría vigilarlo, pero Pavel se equivocó. Lo siento Kaspar, no pensé que las cosas irían tan mal.
Kaspar apartó a Pavel. Ocuparse de Magnus lo había hecho sudar, y al salir al aire libre notó cómo se le enfriaba mucho la piel. Recogió la pistolera de cuero y se la ajustó a la cintura.
Desde el descubrimiento de los corazones ante la embajada había decidido no ir nunca desarmado. Pavel se dio la vuelta y se precipitó tras el embajador:
—Kaspar, lo siento, no sé qué más puedo decir.
—Entonces, no digas nada —le espetó Kaspar—. Creía que habías cambiado, que habías comprendido lo que implica el sentido del honor. Pero supongo que estaba en un error; eres el mismo hombre egoísta, preocupado de sí mismo, que conocí hace muchos años.
Pavel retrocedió, avergonzado.
—Quizá tengas razón, Kaspar, pero entonces tú eres el mismo prepotente hombre del Imperio con un palo en el culo.
Kaspar cerró los puños y clavó la vista en su viejo amigo durante largos segundos; luego suspiró profundamente y agitó la cabeza.
—Tal vez —concedió—, pero si estás relacionado con algo más desde antes de mi llegada a Kislev, ahora todo eso va a terminar. ¿Lo entiendes? Hemos luchado juntos durante demasiados años para dejar que nuestra amistad se rompa, pero se acerca la guerra y no puedo estar mirando a dos sitios a la vez.
En el rostro de Pavel se dibujó una ancha sonrisa, hinchó el pecho y sacó una bota de cuero del cinto. Bebió un trago muy largo y se la pasó a Kaspar.
—Pavel conseguirá que las sacerdotisas de Shallya parezcan pobres putas al lado de su santidad —exclamó.
—Bueno, no hace falta llegar tan lejos, pero aprecio tus buenos propósitos —dijo Kaspar; cogió la bota y dio un trago de kvas más moderado que el de su amigo. Luego le devolvió el pellejo y preguntó:
—¿Crees que deberíamos ponernos en contacto otra vez con Chekatilo para ver si ha conseguido averiguar algo?
—No —dijo Pavel sacudiendo la cabeza—; él se pondrá en contacto contigo si es preciso, pero, que Ursun me perdone, en parte prefiero que no encuentre nada. Chekatilo no es un hombre al que convenga deberle favores.
—Sé lo que quieres decir, pero no puedo abandonar a Sofía. Anastasia trata de prepararme para el caso de que haya muerto, pero…
—Sí—dijo Pavel, comprendiéndole—; Sofía es una mujer buena. Pavel la quiere.
Kaspar no respondió pues advirtió ruidos confusos que parecían provenir de la parte frontal de la embajada. Oyó gritos y el sonido de cascos de caballo sobre el empedrado.
Pavel también se dio cuenta y los dos hombres se miraron preguntándose qué nuevo percance tendrían que afrontar. Kaspar comprobó que las pistolas estaban preparadas y ambos dieron la vuelta al edificio en dirección a los jardines situados ante la embajada.
Dos Caballeros Pantera estaban detrás de las verjas con las espadas desenvainadas y, al otro lado, dos de sus guardias vestidos con libreas yacían en el suelo sin sentido.
Dando vueltas en torno a la fuente del ángel del pequeño patio ante la embajada, había un jinete vestido con los sencillos pantalones de la caballería y con una holgada camisa blanca. La plena compenetración con el animal y el peinado en la cola de caballo del jinete permitían afirmar al instante que el jinete era Sasha Kajetan. Kaspar inmediatamente empuñó las pistolas y se situó entre los dos Caballeros Panteras, mientras otros hombres armados salían precipitadamente de la embajada.
Kajetan dirigió el caballo hacia la puerta del edificio y Kaspar levantó las pistolas apuntando al pecho de Kajetan.
—No te acerques más o te juro que voy a meterte un par de balas en el pecho —le avisó.
Kajetan asintió con la cabeza y Kaspar se apercibió de que estaba llorando y tenía el rostro transido de dolor.
—Lo siento —dijo lanzando una triste mirada hacia la embajada.
—¿Qué estás haciendo aquí, Sasha? —gritó Kaspar—. Anastasia no es tu mujer, nunca lo ha sido. Tienes que aceptarlo.
—Necesito ayuda —respondió Kajetan, y Kaspar vio que salía sangre por las mangas de su camisa de lino—; necesito hablar, ahora mismo, antes… antes de que ya no pueda hacerlo nunca más.
Kaspar no tenía ni idea de lo que el espadachín estaba diciendo y dio un paso hacia adelante manteniendo las pistolas apuntadas hacia el pecho de Kajetan.
—Dime lo que tengas que decir y lárgate —le ordenó.
—¡Ella dijo que tú nos ayudarías!
—¿Quién?
—Matka —gritó con voz aguda, y arrojó algo brillante a Kaspar.
La intuición militar de Kaspar funcionó; se agachó y apretó los gatillos de las pistolas. Se oyó el estruendo de ambas armas, aparecieron sendas llamitas en los orificios de salida de las balas y dos pequeñas nubes de humo lo cegaron por unos instantes. Los hombres gritaron y el embajador oyó el relincho asustado de un caballo. Los Caballeros Pantera acudieron rápidamente en defensa de Kaspar y lo apartaron de las rejas rodeándolo con sus cuerpos protegidos con armaduras.
—¡Alto! —gritó Kaspar, luchando por desembarazarse de los caballeros—. Estoy bien. Fuese lo que fuese, no me ha alcanzado.
Miró hacia la fuente, pero Kajetan había desaparecido: la nube de humo provocada por el estallido de la pólvora era la única señal de que había estado allí.
No, no era la única. Sobre la nieve, en el mismo lugar en el que había caído, se encontraba el objeto que Kajetan le había lanzado, y Kaspar se percató de que, a diferencia de lo que había creído en un primer momento, no se trataba de un cuchillo.
Era un cepillo para el cabello, de plata y con incrustaciones de perlas. Kaspar se sobresaltó y la esperanza fluyó de nuevo por sus venas. Era una pieza antigua y cara, y, prendidos en las púas del cepillo, había algunos cabellos castaño rojizos.
Cabellos de Sofía.
IV
De momento él se había ido, pero ¿hasta cuándo? Sofía disponía de algún tiempo; mas quizá sería un tiempo inútil. El agua fresca y las lucecitas de esperanza de que aún podría salir con vida de aquella pesadilla le habían renovado las fuerzas y la determinación, y no estaba dispuesta a desperdiciarlas.
Las ataduras todavía estaban firmes, pero cuando él salió del ático a toda prisa con el cepillo en la mano, olvidó coger el cuchillo, que seguía en el suelo manchado de sangre, junto a ella. No sabía de qué manera conseguiría asirlo, pero centímetro a centímetro logró ir deslizando en dirección al arma la silla a la que estaba atada. Al fin alcanzó una posición en la que la mano izquierda estaba a poco más de un palmo por encima del cuchillo; pero, puesto que no podía alargar la mano, daba igual un centímetro que un kilómetro.
Sofía apretó los dientes y trató en vano de forzar las ataduras gimiendo de dolor porque las cuerdas le desgarraban la carne. Por los dedos le chorreaba sangre, y lloraba de frustración al pensar que él no tardaría en llegar. Sentía mucho odio por el hombre que le estaba causando tanto dolor, pero también le daba lástima. No siempre había sido un monstruo, se había transformado en un ser horrible porque otros habían abusado de él. Abusos físicos y manipulaciones emocionales disfrazadas de amor habían convertido a quienquiera que hubiera sido antes en el maníaco desequilibrado que era el Carnicero.
Pensar que había sido secuestrada por tan famoso asesino la aterrorizaba, pero Sofía Valencik era una mujer de carácter firme y su determinación a no acabar sus días en aquella mortal buhardilla nauseabunda haría que no se rindiera jamás.
Entonces descubrió de qué manera podía atrapar el cuchillo. La silla era muy pesada para que, encontrándose tan débil, pudiera volcarla, pero había un modo de coger el cuchillo…
Mordió con energía la mordaza y empezó a mover la parte cubierta de lo que le quedaba del pulgar hacia arriba y hacia abajo de la cuerda. Sentía en el brazo unas tremendas punzadas de dolor, como descargas eléctricas, mientras la ennegrecida costra se rompía y la cuerda rozaba la carne viva y desgarrada de la base del pulgar. De la herida empezó a manar abundante sangre, y gruesos lagrimones le rodaron por las mejillas mientras atroces sollozos de dolor le hacían subir y bajar el pecho.
La mano entera no tardó en estar resbalosa a causa de la sangre: supo entonces que había llegado el momento.
Sofía comprimió los dedos de la mano izquierda con todas sus fuerzas y tiró tanto como pudo para librarla de las ataduras; sus gritos de dolor fueron amortiguados por la mordaza.
Aunque sufría lo indecible, siguió tirando. Su mano ensangrentada luchaba para liberarse. Como le faltaba el pulgar, la cuerda estaba un poco menos tensa. La mano humedecida se deslizó un poquito hacia arriba y la mujer, con los párpados apretados, redobló sus esfuerzos, aunque el intenso dolor amenazaba con vencerla.
Se le desgarró un trozo de piel y de músculo de la base del pulgar y, mientras tiraba con más fuerza, sintió que la herida se le abría. La sangre le empapó más y más las manos y goteó como una lluvia roja sobre el suelo de madera. Pero la mano se deslizó un poquito y, aunque sentía que la herida se le iba abriendo más cuanto más fuerte tiraba, siguió insistiendo.
Dio un último y amortiguado chillido de dolor y por fin lo consiguió.
Salvajemente destrozada, su mano parecía haber estado sumergida en lava ardiente.
Pero la tenía libre y colgaba a su lado. Ya no estaba amarrada a la silla.
Realizó un gran esfuerzo para conservar la conciencia: inspiró y espiró tan profundamente como pudo a través de la mordaza. Se daba cuenta de que estaba perdiendo mucha sangre y de que podía sufrir un colapso en cualquier momento, de modo que, lo antes que pudo, se inclinó y agarró el mango del cuchillo con las entumecidas puntas de los dedos. Pesaba mucho y estuvo a punto de caérsele en varias ocasiones, pero al fin logró ponérselo en el regazo.
Liberar el tobillo izquierdo le resultó difícil porque le faltaba el dedo pulgar para agarrar adecuadamente el mango del cuchillo, pero la hoja del Carnicero estaba muy bien afilada y cortó la cuerda con facilidad. Una vez liberado el tobillo, pudo darse la vuelta, aunque de forma muy lenta y dolorosa. Advirtió que tenía la parte posterior de los muslos lacerada y se sentía mareada por no haber comido ni bebido en mucho tiempo. Cortó la cuerda del otro tobillo y de la otra muñeca y luego, aunque le dolía todo el cuerpo, consiguió ponerse en pie con el imprescindible apoyo de la silla.
Se liberó de la mordaza y de repente sintió unas histéricas ganas de reír.
¡Era libre!
Aunque no estaba fuera de peligro, la emoción de la inminente fuga le hacía sentir vértigo. Consciente de que las piernas no la sostendrían adecuadamente, se arrastró por el suelo hasta la trampilla que permitía salir de aquel horrible lugar.
Sofía desplazó el cerrojo y la levantó.
V
Kaspar gritaba hacia el gentío que tenía delante para que dejaran libre el paso mientras cabalgaba a lomos de Magnus por la Goromadny Prospekt. Él y todos los Caballeros Pantera que podían montar habían saltado a las sillas en el instante en que Kaspar se había dado cuenta de lo que Kajetan le había arrojado. El embajador no sabía de qué manera el espadachín se había hecho con el cepillo de Sofía, pero era consciente de que aquel bastardo tenía que dar respuesta a algunas cuestiones muy graves.
Pavel le había proporcionado la ubicación del lugar donde estaba acuartelada la Legión del Grifo y, si bien no había ninguna garantía de que Kajetan estuviera allí, era un lugar tan bueno como otro cualquiera para comenzar la búsqueda.
Su precipitada y desorganizada cabalgada por Kislev había transcurrido como en una nebulosa, pues demasiadas emociones pugnaban a la vez por imponerse en la cabeza de Kaspar como para permitirle pensar con claridad: cólera, venganza, miedo y, sobre todo, esperanza. La posibilidad de recuperar a Sofía le retumbaba en la cabeza reforzando su cólera hacia Kajetan. ¿Había sido todo aquello un complot nacido de los celos? Pensar que un hombre podía caer tan bajo por culpa de su retorcida visión del amor enojaba y a la vez horrorizaba a Kaspar.
En el preciso instante en el que había saltado sobre la silla de Magnus, Anastasia había salido corriendo a su encuentro con una expresión de furia contenida igual a la suya. La dama le había cogido la mano y lo había mirado profundamente a los ojos.
—Si ha hecho daño a Sofía, quiero que lo mates —dijo ella.
—No te preocupes —le prometió Kaspar—; si le ha hecho daño, ni los mismísimos dioses lo salvarán de mi cólera.
Capítulo 9
I
Sentía un dolor ardiente en el costado, como la quemadura de un terrible sol, y perdía sangre por el agujero abierto por la bala de la pistola de Yon Velten. Sasha Kajetan mantenía la mano apretada sobre la herida y la taponaba con la parte inferior de la camisa. Se dio cuenta de que la bala lo había atravesado limpiamente al ver al agujero de salida de la espalda, pero sabía que el verdadero peligro lo constituían la suciedad y las fibras que habían penetrado en la herida con la bala. No quería acabar sus días convulsionado por la fiebre en el Lubjanko, aunque era consciente de que era eso lo que se merecía.
Los gritos furiosos del yo auténtico ante lo que él había hecho le estallaban en la cabeza. El yo auténtico golpeaba violentamente las barreras que él había levantado, echándole en cara su debilidad, chillándole que era un estúpido, un desgraciado llorón que sólo merecía la cuerda del verdugo.
Kajetan se daba cuenta de que el yo auténtico estaba en lo cierto y de que él estaba condenado, pero también de que podía intentar hacer algo para enmendar las cosas terribles que había hecho. Sabía que era una misión imposible, pero no había ninguna razón para no intentarlo. Había traspasado el punto en el que las leyes humanas todavía tenían algún sentido para él, y derramaba amargas lágrimas mientras cruzaba a caballo la verja de la zona donde estaba acuartelada la Legión del Grifo.
Tres de sus guerreros de cabezas rapadas lo miraron asombrados mientras traspasaba la verja, saltaba del caballo y le daba una palmada en la grupa. Kajetan desenvainó una de sus espadas curvadas y mantuvo la otra mano apretando la herida del costado. Los guerreros le avisaron a gritos cuando vieron la sangre que le había empapado la camisa, pero él no les hizo caso y cruzó cojeando el patio hacia la guarnicionería, que estaba en desuso, sin dejar de mirar hacia la sucia claraboya donde ella lo esperaba.
Uno de los guerreros de la Legión del Grifo lo cogió del brazo, pero él se lo quitó de encima: dio un rápido giro y le propinó un corte con un barrido de la espada. Se oyó un grito de dolor. Los demás retrocedieron horrorizados, pues conocían muy bien su increíble destreza con la espada.
Lo único que podía hacer ahora era acabar todo lo que había dejado por hacer.
Mataría a su madre y después se mataría él. Sus sangres se mezclarían en el suelo y así gozarían juntos de la eternidad.
Morirían uno en brazos del otro. El hecho de pensar que pronto todo habría acabado lo hacía sentirse más feliz que nunca.
II
Sofía bajaba la escalera con exagerada cautela. Se movía con sumo cuidado y precisión, pues los pies mordidos por las ratas le dolían muchísimo. Debajo de la buhardilla se hallaba una dependencia que olía como un almacén abandonado. El olor a animal era intenso, y vislumbró mantas para caballos, sillas de montar y riendas apiladas en torno a un vestíbulo largo y polvoriento: nadie había puesto un pie allí desde hacía mucho tiempo. La guarnicionería se extendía a lo largo de todo el edificio y consistía en un prolongado altillo por encima del establo cuyo suelo estaba cubierto de paja y en el que había varios caballos instalados en estrechas casillas.
Una luz mortecina se filtraba por unas cuantas ventanas cubiertas de nieve, y la mujer vio otra escalera que bajaba a la planta baja del edificio. No tenía ni idea de dónde se encontraba, pero el resplandor de la luz del sol que se filtraba por las mal encajadas puertas era para ella como un maravilloso faro de salvación, como una divina esperanza.
Sofía se posó con mucha lentitud y sumo cuidado en el polvoriento suelo del altillo y se arrastró hacia la segunda escalera. Entonces oyó gritos cerca, y a continuación un gemido de dolor; se sintió dominada por el terror.
En la planta baja se abrió bruscamente la puerta del establo y la luz inundó el interior.
Sofía se tapó los ojos, deshabituada a tanto resplandor. Oyó que alguien daba pasos inseguros sobre la paja, gimió atemorizada y vaciló antes de abrir los ojos: se había dado cuenta de que alguien estaba subiendo por la escalera y de que no tardaría en llegar al altillo.
¿Sentía esperanza o miedo? ¿Era su liberación o su muerte?
Se arrastró hasta el borde del altillo con los ojos todavía llorosos a causa de la intensa luz del sol. Al ver que un hombre subía por la escalera, Sofía agarró el cuchillo con la mano buena.
Cuando el hombre hubo subido un poco más, Sofía distinguió la figura familiar de Sasha Kajetan y exhaló un estremecido suspiro de alivio. No era Kaspar, pero por lo menos se trataba de una cara conocida. Entonces le vio los brazos cubiertos de sangre.
Él miró hacia arriba y ella descubrió el brillo de la locura en sus penetrantes ojos violeta, una mirada que la llenó de un terror que le resultaba familiar.
—Todo lo hice por ti… —dijo él.
En aquel instante, la mujer se dio cuenta de quién era realmente el Carnicero y se puso a chillar.
III
Los Caballeros Pantera cabalgaron hacia las verjas abiertas del acuartelamiento de la Legión del Grifo y, al ver los movimientos confusos de los hombres armados en el patio de instrucción, desenvainaron las espadas y cruzaron las puertas a la carga. Kaspar llevaba las riendas de su caballo y empuñaba su propia espada.
—¿Dónde está? —tronó el embajador, mientras dirigía el arma hacia el más próximo de aquellos guerreros vestidos de piel—. ¿Dónde está Kajetan?
Los Caballeros Pantera se desplegaron para rodear a los guerreros de la Legión del Grifo. Mantenían las espadas en actitud intimidatoria, e incluso el menos listo de los guerreros kislevitas podía darse cuenta de que estaban impacientes por utilizarlas. Y aunque no eran hombres faltos de coraje, eran conscientes de que jamás podrían batir a aquellos caballeros provistos de armaduras.
Kaspar estaba a punto de repetir la pregunta a gritos cuando vio al guerrero muerto que yacía en el empedrado y un rastro escarlata que conducía al vetusto edificio, largo y alto, que albergaba los establos y que, con las puertas abiertas, se levantaba al otro extremo del patio.
Hizo avanzar al caballo, dirigió la espada hacia el pecho del guerrero kislevita más cercano y señaló en dirección al establo.
—¿Kajetan? —gritó.
El guerrero asintió con la cabeza precipitadamente, señalando también hacia el establo.
—Jfha, yha, Kajetan! —exclamó.
Kaspar tiró de las riendas de Magnus y lo hizo galopar hacia el edificio; entonces se oyó el eco de un penetrante chillido proveniente del interior del establo. A lomos del caballo, Kaspar atravesó la puerta a la carga y escrutó el interior en busca de alguna señal del espadachín. Entonces oyó el chillido de una mujer y levantó la cabeza bruscamente hacia lo alto de una larga escalera.
Kajetan estaba subiendo por la escalera con su curvado sable de caballería goteando sangre. Kaspar oyó otro chillido y esta vez supo que era inequívocamente de Sofía.
—¡Kajetan! ¡No! —rugió. Kaspar se dio cuenta de que no podía alcanzar a Kajetan antes de que el espadachín hubiera dado muerte a Sofía. Sólo había una manera de detenerlo. Espoleó al caballo y, rugiendo gritos de batalla, cargó contra la escalera.
En el último segundo tiró de las riendas hacia un lado y el pesado animal chocó de costado con la escalera y redujo a astillas su parte inferior. Desde arriba le llegó a Kaspar un gemido de frustración, y después oyó el ruido sordo de un cuerpo estrellándose violentamente contra el suelo de tierra del establo. Los caballos relincharon de miedo ante aquel estruendo y patearon con sus cascos de herraduras metálicas las puertas de sus casillas.
Kaspar hizo que el caballo se diera la vuelta y precipitadamente trató de coger la pistola, mientras Kajetan, medio aturdido, conseguía ponerse en pie. Su rostro era una máscara de furia y dolor.
—¡Ella me dijo que tú me ayudarías! —bramó.
—¡Te ayudaré a morir, bastardo asesino! —aulló Kaspar. Desmontó y, con la pistola apuntándole a la cabeza, avanzó hacia él. Los Caballeros Pantera bloquearon la salida del establo y sus negras sombras se extendieron por el suelo.
Kajetan dirigió una mirada lastimera hacia la planta superior del establo mientras las lágrimas que sus ojos vertían trazaban surcos de suciedad en su rostro. Su respiración no tardó en convertirse en rápidos y exhaustos jadeos. Aunque estaba herido, Kaspar sabía que era un oponente muy peligroso y, por tanto, avanzaba con mucha cautela.
El espadachín seguía empuñando la espada sin dejar de mirar a Kaspar, mientras Kurt Bremen gritaba:
—¡Embajador, apártate de él, déjanoslo a nosotros!
—No, Kurt, esto es algo que tengo que resolver yo. Mató a Stefan.
—¡Lo sé, pero es droyaska, un maestro de esgrima, no puedes batirlo en un duelo!
Kaspar sonrió con expresión implacable.
—No es ésa mi intención, Kurt —dijo, y apretó el gatillo.
El tiempo se detuvo. Kajetan se apartó hacia un lado y Kaspar se quedó perplejo al ver que la bala que acababa de disparar hacía saltar un trocito de la pared del establo detrás de donde estaba el espadachín. La espada de Kajetan pegó un barrido hacia arriba y golpeó la pistola de Kaspar, que no pudo retenerla.
Kaspar se apartó de un salto, esperando un golpe de revés letal, pero fue demasiado lento.
Kajetan, con la punta de la espada a un par centímetros de la garganta de Kaspar, sollozaba.
—¡Lo siento mucho! —exclamó.
El espadachín levantó el arma, se dio la vuelta y, apartándose del embajador, saltó de un brinco al interior de la casilla de un caballo que piafaba. Se agarró a la crin y se encaramó ágilmente sobre el lomo. Las patadas del animal derribaron la puerta de la casilla y Kajetan, emitiendo el bestial grito de la estepa, salió a galope tendido.
Los Caballeros Pantera cargaron, pero Kajetan dominaba tanto la equitación como la esgrima y controló diestramente la montura con las rodillas mientras peleaba con las dos espadas. A pesar de su rabia, Kaspar tuvo que reconocer la destreza de aquel hombre: ni una sola espada consiguió rozarlo mientras luchaba para superar la barrera de caballeros. Sus dos armas acuchillaban y tajaban en medio de los gruñidos de dolor y del estruendo metálico del entrechocar de las espadas.
Kajetan consiguió abrirse paso entre sus oponentes y su caballo salió al patio resbalando, los cascos arrancando chispas de los guijarros del empedrado. Kaspar corrió tras él gritando:
—¡Por la gracia de Sigmar, cerrad las puertas!
Pero ya era demasiado tarde.
Completamente echado sobre el cuello de su montura, Kajetan gritó:
¡Matka!
Cruzó las puertas al galope y desapareció.
IV
Kaspar aplicó un paño húmedo a la frente de Sofía, aunque la sangre y la porquería que se le había acumulado allí durante sus muchos días de cautiverio ya hacía tiempo que se las habían limpiado. Cuando el cirujano dijo que estaba fuera de peligro inmediato, Kaspar había rezado a Sigmar, Ulric, Shallya y a cualquier dios que quisiera escucharlo para agradecerles que hubieran liberado a Sofía de las garras de Kajetan el Carnicero.
Durante las horas que siguieron a su feliz rescate, los chekist y Pashenko habían precintado el edificio de los establos y después siguieron escudriñando la ciudad en busca de alguna pista de Kajetan; pero, antes, una mórbida fascinación por hacerse una idea de lo que Sofía había padecido había impulsado a Kaspar a subir hasta la buhardilla donde la mujer había permanecido secuestrada. Él no tenía ni idea de lo que iba a encontrar, pero las horrendas imágenes de las que fue testigo lo perseguirían el resto de sus días.
Todos los rincones estaban prácticamente cubiertos de sangre, y trofeos de carne colgaban de garfios atornillados a las paredes junto con bisutería barata y prendas de vestir de hombres, mujeres y niños. Parecía como si Kajetan no seleccionara de ningún modo a las víctimas de sus excesos asesinos. Apareció un variado muestrario de herramientas, cuchillos y tenazas con sangre seca y pelos sucios pegados. Cuánta gente había perecido en aquel lugar oscuro y horrendo era un misterio que quizá ni siquiera Kajetan sabría resolver, pero Kaspar hizo votos para que el criminal pagara por lo que había hecho.
Sofía, en cierto modo, había superado el cautiverio en aquel tenebroso lugar y Kaspar sentía gran admiración por su coraje y energía.
Estaba acostada en su dormitorio de la embajada donde le cuidaba las heridas el mejor médico que Kaspar pudo encontrar. De momento no podían hacer nada más, y Kaspar era consciente de que el resto dependía de ella.
El embajador había visto que muchos hombres, a quienes los cirujanos habían asegurado que vivirían, habían perecido cuando simplemente los habían abandonado sus ganas de vivir; pero por fortuna no creía que a Sofía Valencik le faltasen ganas de vivir, y se inclinó para besarle la frente.
—Te prometo que lo encontraré —susurró Kaspar cuando oyó que alguien entraba en el dormitorio.
Anastasia estaba en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Creo que se pondrá bien —dijo con una sonrisa—, aunque sólo Sigmar sabe hasta qué punto un horror como el que ha sufrido la afectará en el futuro.
—¿Ha dicho algo desde que la trajiste?
—No gran cosa, no —respondió Kaspar mientras se ponía en pie y dejaba el paño sobre la boca de una vasija con agua.
—Pero algo diría, ¿no? —insistió Anastasia.
—En cierto modo —repuso Kaspar, asombrado ante la insistencia de Anastasia—. Dijo algo de que Kajetan no era un monstruo desde el momento en que nació, sino que lo convirtieron en tal. Que alguien quiso que no fuera mejor que una bestia.
—Eso es ridículo —afirmó Anastasia en tono burlón—. Sasha simplemente tenía celos de ti, aunque de un modo mucho más intenso de lo que yo hubiera podido imaginar.
Kaspar sacudió la cabeza.
—Creo que hay mucho más que eso, Ana, realmente lo creo. Después de todo, si en efecto es el Carnicero, ya estaba matando antes de que yo llegara a Kislev.
—Ésa es la cuestión. Ni siquiera sabemos seguro que Sasha sea realmente el Carnicero. Tú mismo has dicho que Pashenko piensa que hay maníacos que asesinan a la manera del Carnicero para camuflar sus propios crímenes. Me parece que Sasha quería hacernos creer que era el Carnicero.
—Pero ¿qué me dices de todo lo de la buhardilla? ¿Para qué lo habría hecho?
—No pretendo tener respuesta a todo —dijo Anastasia, mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla—, pero es más probable que lo que ha dicho Sofía, ¿no crees?
Kaspar no respondió; no le convencía el hilo argumental de Anastasia.
—Pero volviendo a centrarme en el tema —continuó Anastasia—, ¿qué se está haciendo para atrapar a Sasha? Pensar que todavía anda suelto por ahí me hiela la sangre, no me importa confesártelo. No me siento segura, Kaspar. Dime que me mantendrás a salvo.
—No te preocupes, Ana —afirmó Kaspar, tomándola en sus brazos—. Dije que no permitiría que nadie volviera a hacerte daño y lo decía muy en serio. Ahora mismo están buscando a Kajetan por toda la ciudad.
—Sí, seguro —dijo Kaspar, mientras un irritante recuerdo trataba de salir a la superficie en un rincón de su mente. Algo relacionado con propiedades familiares…, pero se desvaneció cuando Anastasia dijo:
—Tendréis que matar a Sasha, lo sabes, ¿verdad? No se dejará capturar vivo.
—Así se hará, si es preciso —contestó Kaspar.
—Así se hará, si es preciso… —repitió Anastasia, librándose del abrazo y con una repentina cólera en la voz—. Mató a tu más antiguo camarada y, a juzgar por su aspecto, torturó a tu amiga. ¿Qué clase de hombre puede tolerar que tales agravios a su honor queden sin respuesta?
Kaspar no había advertido hasta entonces aquella faceta del carácter de Anastasia; se sintió muy confuso, pero supuso que su reacción era debida a que la mujer acababa de descubrir que un hombre al que creía amigo y admirador suyo había resultado ser un perverso asesino.
—No te preocupes, Ana —dijo Kaspar—. Kajetan pagará por sus crímenes. En cualquier caso, puede que ya esté muerto. Cuando lo vi en los establos estaba herido. Creo que lo alcanzó una bala de mi pistola ante la embajada.
—No estés tan seguro —lo avisó Anastasia—; Sasha Kajetan no es un hombre de los que se dejan matar fácilmente.
—Tal vez no, pero yo tampoco soy un hombre que abandone con facilidad —dijo Kaspar, mientras aquel anterior y esquivo recuerdo emergía a la superficie con la violencia del rayo que hiende un cielo sin nubes.
»¡Por supuesto! —gritó, chasqueando los dedos.
—Kaspar, ¿qué ocurre? —exclamó Anastasia.
—¡Tengo que irme! —dijo Kaspar; le dio un apresurado beso en la mejilla y luego salió corriendo de la habitación y llamó a Pavel.
—Cuida de Sofía —le gritó—. Creo que sé dónde se encuentra Kajetan.
V
Raspotitsa. Sin caminos.
Era un término adecuado, ideado con el prosaico sentido práctico de los campesinos kislevitas, pensó Sasha Kajetan mientras se balanceaba, ensimismado, a lomos de su caballo; un término nunca tan adecuado como en aquel momento. La blanca y monótona estepa de impresionantes dimensiones que se desplegaba ante él ofrecía un inacabable panorama que hubiera apabullado a un hombre de menos coraje y lo habría inducido a buscar refugio en alguna de las muchas stanistas que punteaban el oblast.
Pero Kajetan no podía permitirse tales ayudas. Ya no podía mostrar su cara, pues su yo auténtico había sido desenmascarado. Sentía la rabia del yo auténtico dentro de su cráneo, pero lo mantenía bloqueado, y esa tarea le resultaba más fácil a medida que se alejaba de Kislev.
Sobre su cabeza se extendía un interminable cielo gris, vasto e implacable.
En semejantes condiciones un hombre se podía perder en cuestión de minutos, pero él no. Cabalgaba hacia su destino con tanta seguridad como si lo guiara un trocito de piedra imán. Sin ningún punto de referencia en aquella desolación desierta y helada, cualquier otro hombre ya se habría perdido sin remisión.
Cualquier otro, menos él.
Le dolía el costado que se había lastimado al caer de la escalera y sospechaba que por lo menos se había roto una costilla. Había taponado con nieve la herida de bala que tenía un poco más abajo y la había apretado firmemente con el cinto de la espada. Mientras avanzaba lenta y pesadamente hacia el norte por la nieve, se balanceaba a lomos del caballo sujetándose con fuerza a la crin. Tenía confianza en que podría soportar el viaje, pero ¿resistiría su montura? No tenía grano, ni cabía esperar que en la estepa encontraran forraje que no se hubiera congelado debajo de la nieve.
No obstante nada de todo aquello importaba; tenía su arco para cazar y, si su caballo perecía, tendría carne fresca. Había nieve de sobra para fundir y obtener agua, y también sabía que sus heridas, aunque dolorosas, no eran mortales.
No, lo único que importaba era que volvía al punto en el que todo había empezado. Por fin podrían estar juntos.
VI
—Me da igual si está muy ocupado —espetó Kaspar—. Necesito ver al ministro Losov ahora mismo.
—Lo siento, embajador Von Velten, pero el ministro ha dejado instrucciones expresas de que no se le moleste —dijo el caballero de la armadura de bronce, mientras le cerraba el paso hacia los aposentos de Losov en el Palacio de Invierno.
Después de separarse de Anastasia y de Sofía, él y Pavel se habían dirigido al severo edificio de piedra gris de los chekist como si los mismísimos sabuesos del Caos estuvieran pisándoles los talones; Kaspar había explicado a Pashenko su teoría acerca del lugar en el que podrían encontrar al fugitivo Kajetan. Al recordar una observación casual de Losov durante la recepción en la que había sido presentado a la zarina y relacionarla con la última palabra que Kajetan había gritado mientras huía, Kaspar había tenido una profunda intuición acerca del sitio al que Kajetan trataría de ir.
El jefe de los chekist se había mostrado escéptico y había argüido que, si Kajetan había abandonado Kislev para dirigirse adonde Kaspar pretendía, ya debía de haber pasado a mejor vida. Pero Kaspar había mostrado una insistencia obstinada y había convencido a Pashenko para que lo acompañara al palacio al comprender que su intimidante reputación podría abrirle puertas que a él se le resistirían.
Una de tales puertas firmemente cerradas ante ellos era la que conducía a las habitaciones del consejero jefe de la zarina, Piotr Ivanovich Losov, y estaba vigilada por un caballero provisto de armadura que empuñaba una alabarda de hoja plateada.
—No lo entiendes —le explicó Kaspar a punto de perder la paciencia—. Que hable con él es una cuestión de la más imperiosa urgencia.
—No puedo permitirlo —dijo el caballero.
—¡Por la sangre de Signar! —estalló Kaspar, y se dio la vuelta exasperado hacia Pavel y Pashenko. Hizo un gesto imperceptible con la cabeza en dirección al jefe de los chekist y, con las manos entrelazadas a la espalda, Pashenko dio un rápido y enérgico paso hacia adelante para situarse ante el caballero.
—¿Sabes quién soy, caballero? —preguntó Pashenko.
—Lo sé, señor.
—En tal caso sabrás que no soy un hombre al que convenga irritar. El embajador Von Velten necesita ver al consejero de la zarina para comunicarle información sobre un asunto que puede tener graves consecuencias para nuestra gran ciudad. Estoy seguro de que tú, que eres uno de los guardianes de nuestra ciudad, comprenderás que yo, un guardián como tú, debo procurar que esa información sea comunicada, ¿no?
—Te comprendo, pero…
—Llevar la armadura de bronce implica una posición de no poco prestigio, ¿no es así? —afirmó Pashenko, cambiando súbitamente de táctica y dando rápidos golpecitos en el peto del caballero.
—Es una posición de gran honor, señor —contestó con orgullo el caballero.
—Hum… sí. Me imagino que la vergüenza de ser despedido de la Guardia del Palacio por tu indigna conducta sería igualmente grande, ¿no es cierto?
Kaspar juzgaba desagradables los métodos de Pashenko, pero se dijo que no tenía tiempo para permitirse el lujo de conseguir su objetivo por medios honorables. Si tenían que amenazar a aquel caballero, sin duda no falto de coraje, que así fuera. Todos los segundos que se malgastaran en Kislev alejaban aún más a Kajetan de la justicia.
—Señor… —empezó a decir el caballero, comenzando a comprender el discurso.
—Y me imagino que la probabilidad de conseguir trabajo en otra orden de caballería sería poco menos que imposible con esa mancha en el honor, ¿verdad?
Pashenko se quitó unas motas de las solapas de su largo abrigo mientras concedía un cierto tiempo al caballero para sudar dentro de la armadura y ponderar las alternativas.
Al fin, el caballero se apartó y exclamó:
—La puerta negra al fondo de la antesala es la sala privada del ministro Losov, señor.
Pashenko sonrió y dijo:
—Tanto Kislev como yo os lo agradecemos. ¿Embajador?
Kaspar pasó ante el caballero de aspecto consternado, empujó la puerta y avanzó por un ancho pasillo de paredes de piedra cubierto con alfombrillas verde esmeralda ribeteadas con hilos de oro y plata que trazaban un intrincado dibujo de espirales enlazadas. Retratos con marcos dorados de los anteriores ocupantes de los aposentos de Losov colgaban de las paredes; eran hombres de rostro severo y con un aire de pomposo convencimiento de su propia importancia.
Kaspar les prestó poca atención mientras asía el pomo dorado de la puerta negra del fondo de la antesala. Se volvió hacia sus compañeros y dijo:
—Necesito que utilicéis cualquier cosa para influir o coaccionar a Losov; me da igual lo que sea. Nos hace falta saber lo que él sabe.
Pavel asintió con la cabeza, pero no dijo nada; gruesas gotas de sudor le bajaban por la frente.
—Si crees que eso nos ayudará a capturar a Kajetan, haré todo lo que pueda —dijo Pashenko.
Kaspar asintió con la cabeza para agradecérselo y empujó la puerta de la sala de Piotr Losov para abrirla sin llamar ni siquiera una sola vez.
El consejero de la zarina estaba sentado detrás de su escritorio y raspaba un largo pergamino con una pluma de ganso gris. Cuando entraron Kaspar, Pavel y Pashenko, la sorpresa lo sobresaltó. Como iba vestido con la ropa de ceremonia propia del consejero jefe de la zarina, presentaba un imponente aspecto: túnica escarlata bordada con hilo de oro, adornada con piel de oso negro y provista de borlas con incrustaciones de plata. Pero ni Kaspar ni Pashenko se sintieron intimidados lo más mínimo por su rango o por su elegancia.
—¿En nombre de Ursun, qué estáis haciendo en mis aposentos privados? —les espetó Losov, mientras abría un cajón precipitadamente y metía el pergamino en su interior.
—Necesito que me digas algo —dijo Kaspar, mientras Pashenko y Pavel se situaban uno a cada lado de Losov.
—¿Qué? Esto es intolerable, embajador Von Velten —protestó Losov—, constituye una ruptura absolutamente intolerable del protocolo diplomático. Sabes tan bien como cualquiera que las peticiones de audiencia con la zarina se me deben cursar por escrito.
—No queremos ver a la zarina —dijo Pavel con voz ronca.
—No —añadió Pashenko desde el otro lado del escritorio—; es contigo con quien queremos hablar.
Pero Losov era un gato viejo de los juegos diplomáticos y no estaba dispuesto a que lo desconcertaran tácticas desorientadoras tan evidentes. Se recostó en la mullida butaca acolchada y dijo:
—Muy bien, os lo permitiré, pero después haré que os escolten hasta la salida del palacio y promulgaré un edicto formal de rotura de protocolo. ¿Qué queréis?
—Kajetan —se limitó a decir Kaspar.
—¿Qué pasa con él? —repuso Losov.
—Es el Carnicero —afirmó Kaspar—. Y necesito saber dónde se encuentran las propiedades de su familia. Estoy seguro de que Kajetan se refugiará allí. En la recepción en la que fui presentado a la zarina dijiste que su familia poseía «impresionantes y pintorescas propiedades en Tobol». Sabes dónde se encuentran y me lo vas a decir ahora mismo.
Losov no dijo nada durante unos largos instantes mientras meditaba lo que acababa de oír. Finalmente dijo:
—¿Pretendes decirme que Sasha Fiodorovich Kajetan, uno de los más grandes y más populares héroes, es el Carnicero?
—Sí —dijo Pavel—; es el Carnicero, estamos seguros.
Losov soltó una carcajada y exclamó:
—Con toda probabilidad esto es lo más ridículo que he oído en mi vida. Viniendo de ti, Korovic, más que eso aún.
—Eres una serpiente, Losov —dijo Pavel—. Tú y yo sabemos…
—¿Qué sabemos? —se burló Losov—. Ya no puedes decir nada que me importe lo más mínimo, Korovic. Mi pasado es lo que yo ahora decido que sea. ¿Y el tuyo?
Pavel se mordió el labio y exclamó:
—¡Qué Ursun te maldiga, Losov…!
—Tranquilo —dijo Losov, y haciendo caso omiso de Pavel se inclinó hacia adelante y se puso a repiquetear con los dedos en el costoso escritorio, una obra de ebanistería importada del Imperio—. Embajador, que te atrevas a acusar a uno de los más nobles guerreros de Kislev de crímenes tan brutales es una afrenta a mi gran nación y te agradeceré que no lo repitas.
Kaspar se inclinó sobre el escritorio apoyando las palmas de las manos ante Losov:
—Herr Losov, ha sido probado sin ningún género de dudas que Sasha Kajetan es el Carnicero. Hemos descubierto su guarida y hemos sido testigos oculares de su brutalidad, ¿qué más quieres?
—¿Y tú has visto todo eso, Pashenko? —inquirió Losov.
—Por supuesto, ministro —asintió con un gesto de la cabeza el chekist—. La buhardilla en el que madame Valencik estaba secuestrada era uno de los lugares más… desagradables. Soy perfectamente consciente de la fama de Kajetan entre la gente del pueblo, pero tengo que confesar que todas las pruebas señalan su culpabilidad. Deberías decirle al embajador Von Velten lo que necesita saber para que nos pongamos en marcha.
—Esto es ridículo —repitió Losov, desdeñosamente—. No quiero oír ni una palabra más de esas difamatorias acusaciones.
—¿Difamatorias? —rugió Kaspar—. Kajetan mató a uno de mis más viejos amigos y torturó a una amiga mía. La violó, la dejó sin comer y la golpeó hasta casi matarla. ¡Por Sigmar, incluso le cortó el pulgar! No me voy a quedar sin hacer nada mientras funcionarios bastardos como tú lo dejáis escapar. ¡Y ahora dime dónde están esas malditas propiedades!
Losov suspiró profundamente, tranquilo ante el estallido de Kaspar.
—No voy a hacer lo que me pides, embajador Von Velten, y te ruego tengas la bondad de irte ahora mismo, soy un hombre ocupado y tengo muchas cosas que hacer.
Kaspar tomó aliento para otro estallido, pero Pashenko lo cogió del brazo y sacudió la cabeza. Kaspar se volvió y detrás de ellos vio a siete miembros de la Guardia de Palacio provistos de armaduras de bronce, con las viseras bajadas y las espadas desenvainadas. Estaba tan enfurecido que no se había dado cuenta de que se les habían acercado.
Losov sonrió con una repugnante mueca de reptil y dijo: —Estos caballeros os escoltarán hasta que salgáis del palacio, embajador Von Velten. Buenos días.
VII
Pavel dio otro trago largo de kvas y, a la luz de la luna, miró con fijeza la silueta del burdel de Chekatilo. La angustia era su único abrigo mientras el frío se le iba metiendo en los huesos más y más a cada segundo que pasaba. La culpa que cargaba sobre sus espaldas, la culpa que había ido creciendo día a día durante los últimos seis años, finalmente había resultado demasiado pesada de soportar; y por eso había vuelto allí, al lugar en el que había empezado su caída en la degradación y en la villanía.
Cuando se enfrentó a Losov aquel mismo día, las palmas de las manos se le habían empapado de sudor y el corazón se le había acelerado en el pecho. Sabía perfectamente lo que le quería decir a Losov, sabía perfectamente cómo forzar a aquel corrupto saco de mierda a revelar la información que Kaspar tan desesperadamente necesitaba; pero, en el momento crucial en el que la firmeza de sus convicciones había sido puesta a prueba, se había derrumbado y no había dicho nada. La vergüenza le ardía en el pecho, pero no podía permitirse una nueva afrenta a Kaspar, no después de todo lo que el embajador había hecho por él, entonces y en el pasado.
Se llevó a la boca el pellejo de kvas y, al oler el amargo y lechoso alcohol, lo apartó de sí, enojado. La bebida lo había llevado a la desgracia, y en aquel momento sintió que lo invadía una inmensa ola de desprecio por sí mismo.
Pavel era consciente de que no tenía ningún sentido demorar aquello ni un minuto más y empujó la puerta del burdel, respiró profundamente y percibió el aroma almizclado de los quemadores de incienso y el olor a sudor.
Con un gesto de cabeza saludó a algunas caras conocidas y se dirigió, a través del libidinoso gentío, hacia el sencillo mostrador de caballetes del bar y se sentó allí. Dejó un puñado de copecs de cobre en la manchada barra de madera y aceptó un pichel de madera lleno de cerveza. Estaba desbravada, pero de todos modos se la bebió y se dispuso a esperar. Cada vez que una de las putas intentaba sacarle el dinero con toscas y poco elegantes artimañas de seducción, la rechazaba sacudiendo la cabeza. Vio a la chica que habían visto danzar para Chekatilo; estaba ofreciendo sus gracias mecánicamente a un gordinflón que según Pavel estaba tan borracho que era incapaz de sentir nada. Pavel sabía que aquel estúpido se despertaría en la calle sin recordar lo que le había pasado y con la bolsa vacía. Había trabajado de vigilante en la planta baja de aquel lugar durante muchos años para no saberlo.
No tuvo que esperar mucho antes de que una mano callosa de espadachín le diera unos golpecitos en el hombro:
—Hola, Rejak—dijo Pavel sin volverse.
—Pavel —saludó el asesino de ojos de pedernal que trabajaba para Chekatilo—. Quiere verte.
Rejak no tenía necesidad de decir quién quería verlo. Pavel inclinó la cabeza y se levantó del taburete para encarase con el asesino.
—Perfecto, porque yo también quiero verlo.
—¿Por qué has venido, Pavel? —gruñó Rejak.
—Es algo entre Chekatilo y yo.
—No si eres tú quien quiere verlo, ¿no es cierto?
—Quiero pedirle un favor —explicó Pavel.
Rejak se rió con una especie de rebuzno nasal y dijo:
—Siempre has tenido un excelente sentido del humor, Pavel. Creo que es la única razón por la cual te ha dejado con vida.
—¿Me vas a llevar hasta él o me vas a estar tocando las pelotas toda la puta noche?
El rostro lleno de cicatrices de Rejak se torció y Pavel vio cómo se pintaba en él una hostilidad asesina. Luego Rejak esbozó una sonrisa.
—Tal como te he dicho, tienes mucho sentido del humor —replicó con una risita, y a grandes zancadas se dirigió a la misma puerta por la que habían pasado unos días antes Pavel, Kaspar y Bremen.
Pavel lo siguió, muy preocupado por las graves consecuencias de lo que estaba a punto de hacer. Aquel día ya había fallado en una prueba de valor y no quería fracasar en otra.
Encontró a Chekatilo comiendo una bandeja de humeante estofado de carne con patatas. Mientras Kislev pasaba hambre, Chekatilo cenaba espléndidamente. Bebía vino de un cubilete de madera y no levantó la vista cuando Rejak introdujo a Pavel en la sala.
Rejak se quedó detrás de su jefe, con los brazos cruzados sobre el pecho, y disfrutando con la evidente incomodidad de Pavel. Chekatilo, con un gesto de la mano y sin levantar la vista en ningún momento, indicó a Pavel que se sentara frente a él y dijo:
—¿Vino?
—No, gracias —respondió Pavel, a quien se le hacía la boca agua al oler aquella carne guisada.
—¿Pavel Korovic rehusando una copa? ¿Acaso se han helado los Desiertos del Caos?
—No —dijo Pavel—; simplemente no quiero beber. Ya me he emborrachado demasiadas veces.
—Es cierto —asintió Chekatilo con una inclinación de cabeza, rematando su cena con un trozo de pan negro y terminándose el vino. Se sirvió más y se recostó en la silla mientras una chica aparecía por detrás de Pavel para llevarse la bandeja.
—Y ahora veamos qué trae a Pavel Korovic por aquí a tan tardías horas —expuso Chekatilo.
—Dice que quiere pedirte un favor —dijo Rejak.
—¿Precisamente ahora? —dijo Chekatilo con una carcajada—. ¿Y por qué tiene la falsa impresión de que yo otorgo favores, Rejak?
Rejak se encogió de hombros.
—No lo sé. Quizá se le ha reblandecido el cerebro.
—¿Es eso, Pavel? —preguntó Chekatilo—. ¿Se te ha reblandecido el cerebro?
—No —dijo Pavel, que se estaba cansando de la comedia de Chekatilo.
—Muy bien, Pavel, dime lo que quieres antes de que te diga que no.
—Hemos rescatado a Sofía Valencik, la hemos encontrado hoy mismo. La había secuestrado Sasha Kajetan. Él es el Carnicero.
—Ya lo sabía. Desde entonces, los chekist están poniendo la ciudad patas arriba para encontrarlo. Dime, ¿qué tiene que ver eso conmigo?
—Ahora que hemos recuperado a Sofía, el embajador ya no te debe nada —dijo Pavel, odiándose a sí mismo por pronunciar aquellas palabras, pero incapaz de detenerse—. Pero yo puedo hacer que esté de nuevo en deuda contigo.
Aunque Chekatilo trató de disimularlo, Pavel vio un destello de interés en sus ojos.
—Continúa.
—El embajador está desesperado por encontrar a Kajetan y hacerle pagar por lo que hizo, pero no puede localizarlo. Cree que Kajetan regresará a las propiedades de su familia. Kaspar sabe que Piotr Losov conoce dónde se encuentran esas propiedades, pero no nos quiere decir nada. Pero tú sabes cosas. Tú puedes presionar a Losov de un modo que nosotros no podemos.
—Vaya con Losov…, sin duda un pedazo de despojo humano lleno de perfidia. Me sorprende que no emplearas los conocimientos íntimos que posees para obligarle a decir todo lo que el embajador quería saber.
—Yo… quise hacerlo, pero…
Chekatilo soltó una carcajada.
—Pero no pudiste decir nada porque sabías que Losov tenía información comprometedora sobre ti.
Pavel asintió con la cabeza y permaneció callado; Chekatilo continuó:
—Dime, Pavel, ¿crees que a tu amigo el embajador le gustaría saber que el ministro Losov fue el hombre que me pagó para que asesinara al marido de Anastasia Vilkova, o que se dice que al ministro Losov le gusta la compañía de niños?
—Si eso le ayudara a encontrar a Kajetan, sí le gustaría —contestó Pavel en tono neutro.
—Sí, seguro que sí —dijo Chekatilo con una sonrisa burlona—, pero ¿también le gustaría al embajador oír que su viejo amigo Pavel Korovic fue el hombre que, seis años atrás, machacó la cabeza del marido de madame Vilkova hasta que los sesos se le desparramaron por el empedrado, precisamente a menos de cien metros de este edificio?
Pavel no dijo nada. La culpa de lo que había hecho mientras estuvo a las órdenes de Chekatilo emergía para perseguirlo una vez más. Chekatilo soltó una carcajada ante el silencio de Pavel y se inclinó hacia adelante.
—Sabes que te dejo seguir vivo porque estoy en deuda con tu tío Drostya, ¿verdad? Eres un borracho, un ladrón, un asesino y un mentiroso, Pavel Korovic; y el hecho de que presumas paseándote con un embajador del Imperio no cambia absolutamente nada de esto.
Pavel asintió con la cabeza; lágrimas de vergüenza le bajaban por las mejillas.
—Lo sé.
Chekatilo se recostó en su asiento y cogió un largo cigarro de debajo de su capa de piel. Rejak se lo encendió con una ramita de la chimenea y el corpulento kislevita exhaló una maloliente nube de humo azulado.
—Si hago esto por ti, ¿el embajador estará en deuda conmigo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Tú mismo lo dijiste, es un hombre de honor y, si tú averiguas lo que él necesita saber, no permitirá que la deuda quede sin pagar —dijo Pavel retorciéndose los dedos mientras hablaba.
Chekatilo reflexionó unos instantes y dio otra chupada a su cigarro.
—Muy bien; veré qué puedo hacer —afirmó Chekatilo al fin—. Pero entérate de que ahora no es sólo el embajador quien está en deuda conmigo.
—Sí —dijo Pavel con expresión lastimera—, lo sé perfectamente.
Capítulo 10
I
De noche, los alrededores del Lubjanko daban mucho miedo. Los aullidos de los maníacos y de los que agonizaban intramuros de la fortaleza llenaban el aire con cacofónicos alaridos y, además, flotaba en el ambiente el temor a que sus locuras o sus enfermedades pudieran contagiarse a los que anduvieran cerca de allí. Por consiguiente, era un lugar que la gente evitaba. En torno a los muros rematados con pinchos, los edificios medio en ruinas estaban deshabitados y las calles desiertas, incluso en aquellos tiempos en los que había mucha gente desesperada buscando refugio y calor.
Ni siquiera los delincuentes que se ocultaban de la mirada de los demás solían frecuentar los vacíos callejones de los alrededores de la casa de la muerte de Lubjanko. Únicamente los que se habían metido en algún asunto particularmente turbio se atrevían a desafiar las fantasmagóricas sombras del lugar, e incluso en esos casos se apresuraban para terminar pronto sus manejos y poder largarse de allí cuanto antes.
Pero uno de esos individuos osó aventurarse allí y se afanaba silenciosamente en un estrecho callejón que se extendía a lo largo de la parte posterior del Lubjanko, junto a una verja abierta que conducía a su interior. El hombre, encapuchado, cargaba fardos envueltos en tela en la parte trasera de un carro de altos costados y, a pesar del frío, sudaba al manipularlos. Cargó seis fardos en el carro y luego lo rodeó para situarse en la parte delantera, se agarró al banco del conductor y se dispuso a montar.
—¿Aún en busca de hermosas criaturas, Piotr? —dijo la voluminosa figura de un hombre emergiendo de entre las sombras. Vasily Chekatilo se acercó lentamente hacia el carro, y cualquiera hubiera dicho que en vez de andar entre las sombras de uno de los edificios más siniestros de todo Kislev había salido tranquilamente a pasear por su parque aprovechando un rato de ocio. Su asesino a sueldo y guardaespaldas, Rejak, lo seguía con la mano en el puño de la espada.
El hombre interpelado se volvió y se echó la capucha hacia atrás.
—¿Qué quieres, Chekatilo? —dijo Piotr Losov.
Chekatilo dio la vuelta al carro y levantó un trozo de tela de uno de los fardos que Losov había cargado. Una chiquilla de unos cinco años estaba atada con una cuerda con la mirada perdida: era obvio que la habían drogado.
—Es bonita —observó Chekatilo, y Rejak ahogó una risita obscena.
Losov frunció el entrecejo y apartó a Chekatilo para colocar un lienzo encerado sobre la carga del carro. Aunque parecía mucho menos corpulento al lado del voluminoso delincuente, Losov no mostró miedo alguno y repitió la misma cuestión:
—Te he preguntado qué querías.
—Bueno, dado que parece ser que no hay manera de compartir un momento de amistosa y festiva charla…
—Chekatilo, nosotros dos no somos amigos, creía que lo habías comprendido.
—Me estás ofendiendo, Piotr, después de todo lo que he hecho por ti.
—Y por todo lo cual has sido adecuadamente pagado —puntualizó Losov.
—Es cierto —dijo Chekatilo—, pero queda en pie la cuestión del hombre que trabajaba para mí al que disparaste en la cabeza. ¿Cómo se llamaba, Rejak?
—Sorka—dijo Rejak.
—Sí, Sorka. No era un engranaje particularmente vital en mi organización, pero no dejaba de ser un engranaje.
—Nunca he oído hablar de él —le espetó Losov.
—Bueno, no era precisamente un hombre especialmente notable, pero te había entregado un material bastante caro y peligroso, una buena cantidad de piedra de disformidad.
Losov retrocedió como si lo hubieran abofeteado.
—Maldita sea, Chekatilo, te pagué para que no miraras el contenido de la caja.
—Sí, pero no podía permitir que alguien lo comprobara por mí. Hubiera sido un descuido imperdonable por mi parte no averiguar lo que, de forma clandestina, transportaba en tu nombre a la ciudad, ¿no crees?
—Muy bien, entonces. ¿Qué es lo que quieres?
—Supongo que sabes que Sasha Kajetan ha abandonado la ciudad y que es el Carnicero.
—Claro que sí —dijo Losov—. No soy idiota.
—Tú sabes donde se encuentran las propiedades de su familia, y yo también quiero saberlo.
—¿Qué? —exclamó Losov riendo—. ¿Ahora eres el perro faldero de Von Velten? ¿Te ha enviado él? Ha de estar realmente desesperado si te envía a ti para que le hagas el trabajo sucio.
—No, no me envía Von Velten, aunque eso es irrelevante. Me vas a contar lo que quiero saber o voy a divulgar entre tus colegas que eres un traficante de magias prohibidas, un pervertidor de menores y, encima, un asesino.
—No me das miedo, Chekatilo —se burló Losov, aunque había una punta de aprensión en su voz—. ¿Quién en su sano juicio creería a un gordo bastardo de baja estofa como tú?
—Sabes tan bien como yo que no se trata de creer o no creer, Losov. El problema es estar pringado. ¿Acaso puede un hombre de tu posición permitirse que la simple sospecha de tales fechorías empañe su nombre?
Losov se mordió el labio inferior y luego dijo:
—Muy bien; en cualquier caso importa muy poco, y cuanto antes muera él, mejor. Con las primeras luces tendrás noticias mías; te enviaré lo que quieres saber.
—Una sensata decisión, ministro Losov —dijo Chekatilo dando unas palmadas sobre el costado del carro—. Que tengas una noche agradable.
II
El amanecer trajo nuevas nevadas, pero Kaspar no prestaba atención al empeoramiento del tiempo mientras, sentado al borde de la cama de Sofía, le ofrecía una tisana caliente. La mujer se incorporó en la cama con una mueca de dolor y aceptó la agradable bebida. Sopló sobre el humeante líquido y después bebió un sorbo; pero, cuando notó la quemazón de la infusión en los labios resecos, frunció el entrecejo.
—Tal vez deberías dejarla reposar un poco —sugirió Kaspar.
—No, una tisana es más eficaz si se toma caliente —afirmó Sofía con una sonrisa—. Es lo primero que aprendí de mi padre.
—¿También era médico?
—No, era profesor de instituto en Erengrado, muy bueno por cierto. Era mi madre la médico de la familia. Hice prácticas con ella cuando terminé los estudios y luego me enviaron a Altdorf para completar mi formación en la Facultad de Medicina del Emperador.
Kaspar asintió con la cabeza, contento de tener a Sofía de nuevo en casa y más o menos entera. En el mismo momento en que lo estaba pensando, los ojos se posaron en la mano vendada de la mujer. Sofía advirtió esa mirada y dijo:
—Sé lo que estás pensando, Kaspar, pero quiero que me prometas que no vas a matar a Sasha sin estudiar el caso.
—No sé si podré, Sofía, después de lo que te ha hecho —replicó con sinceridad Kaspar.
—Ésa es precisamente la cuestión: me lo hizo a mí, no a ti. Matarlo no puede borrar lo que hizo, nada puede borrarlo.
—¿Entonces deberíamos dejarlo escapar sin más? —preguntó Kaspar con incredulidad.
—No, claro que no —dijo Sofía—, pero no quiero que pese ningún asesinato sobre mi conciencia, Kaspar. Soy una doctora, una buena doctora, y mi misión es salvar vidas. No quiero tener nada que ver en segar vidas de esa manera. Si Sasha aún no está muerto y eres capaz de atraparlo, debe ser puesto en manos de las autoridades pertinentes para que se haga justicia. Y si eso implica que cuelgue del palo de la horca no me opondré. Pero por lo menos será ajusticiado en vez de ser asesinado.
Kaspar sintió que su admiración por Sofía aumentaba sensiblemente al ver cómo era capaz de superar el odio hacia un hombre que tan horriblemente se había ensañado con ella. Él no podría mostrar tal capacidad de control si alguien lo trataba de forma tan cruel.
—¿Sabes que eres una mujer excepcional, Sofía? —afirmó más que preguntó Kaspar, alargando la mano para acariciarle un lado de la cabeza. Cuando los dedos del hombre le tocaron el cabello, la mujer se echó hacia atrás y todo su cuerpo se estremeció. La copa de tisana que tenía en la mano se derramó y los ojos se le llenaron de lágrimas.
»Lo siento —continuó Kaspar apresuradamente mientras ella levantaba las rodillas con los ojos muy abiertos y asustados.
Sofía sacudió la cabeza y exclamó entre sollozos:
—No, sólo es…
Kaspar se inclinó hacia adelante y Sofía se arrojó en sus brazos sollozando desconsoladamente, mientras el horror de su cautiverio, contenido durante mucho tiempo por el dique de su firme afán de supervivencia, se abría paso de forma impetuosa.
—Está bien —susurró Kaspar, aunque era consciente de que un comentario como aquél era totalmente inadecuado; deseaba hallar las palabras convenientes para sacarla de aquella pesadilla que bullía en su cabeza, pero no era más que un hombre normal y no supo qué hacer salvo estrecharla en sus brazos.
Lo único que se le ocurrió fue decir:
—Está bien, todo irá bien, te lo prometo.
Permanecieron sentados de aquel modo durante una hora; Kaspar balanceaba delicadamente a Sofía y la abrazaba estrechamente mientras los sollozos se iban volviendo menos desconsolados. La mujer se asía a él con fuerza, hasta que al fin se soltó y se tumbó en la cama con la cabeza vuelta hacia un lado para no mirarlo.
—Nunca te he dado las gracias —dijo por fin.
—No necesitabas hacerlo, Sofía. No podía abandonarte. Sabía que estabas en algún lugar.
La mujer volvió la cabeza hacia él con la cara surcada de lágrimas, esbozó una sonrisa y le cogió la mano.
—Lo sé —dijo—; sabía que no podrías abandonarme. No sé por qué, pero simplemente lo sabía.
—Estoy contento de que te tengamos de nuevo entre nosotros.
—Es estupendo estar de vuelta. Creía que jamás iba a conseguir escapar de aquel sitio.
Kaspar percibió el acelerado pulso de Sofía a través de su mano y, aunque lamentaba presionarla para que le contara lo que había ocurrido en la buhardilla, era consciente de que cualquier pequeño detalle que ella pudiera proporcionarle resultaría decisivo para capturar a Kajetan.
—No tienes ninguna obligación de decírmelo —empezó diciendo—, pero por qué… por qué crees que Kajetan te encerró en aquel lugar y no te…, bueno, ya sabes…
—¿No me mató? —dijo Sofía—. No lo sé, pero, por alguna razón que no comprendo, él creía que yo era su madre. Estoy convencida de que ésa es la clave de lo que le impulsa a actuar. Y allí vi, o mejor dicho, sentí… algo más.
—¿Qué sentiste? ¿La presencia de otra persona?
—No, era algo más bien… más bien mágico, creo —dijo Sofía, empezando a mostrarse más animada a medida que sus pensamientos cristalizaban—. Tenía la impresión de que algo o alguien utilizaba magia para hablar con él, para manipularlo. ¡Me di cuenta entonces de que había otra razón para no matarlo sin antes juzgarlo, Kaspar! Alguien hizo que Sasha siguiera aquel camino, y jamás averiguarás quién fue si lo atraviesas con una espada.
—Muy bien —dijo Kaspar poniéndose la mano en el corazón—. Te juro que intentaré que nadie mate a Kajetan, pero es posible que él no quiera ser capturado vivo.
—Lo sé, Kaspar, pero haz lo que puedas, por favor.
—Lo haré —prometió él mientras aparecía un caballero en la puerta reclamando su atención. Se inclinó hacia Sofía, la besó en la mejilla y le dijo:
—Trata de descansar un poco; no tardaré en regresar y en visitarte de nuevo.
Sofía sonrió y asintió con la cabeza; los párpados ya se le cerraban.
—Me gustaría mucho —dijo.
Kaspar se alisó la túnica y siguió al caballero por el vestíbulo de la embajada.
—Afuera hay un hombre que pretende tener información para ti, embajador —dijo el caballero mientras bajaban la escalera.
—¿Quién es?
—No lo sé, señor, no nos ha dicho cómo se llama y por eso no le hemos dejado cruzar la verja. En cualquier caso, el tipo tiene una pinta innoble.
—¿Acaso no la tienen todos? —murmuró Kaspar abriendo la puerta principal. La nieve se arremolinó hacia el interior y, mientras se ponía una capa que le acababa de dar el caballero, Kaspar recibió la embestida del lacerante frío. A paso lento, a causa de la nieve sucia y húmeda, avanzó por el camino que aquella misma mañana habían abierto entre la nieve y en el que habían echado sal.
Un hombre vestido con pieles gruesas daba vueltas en torno a la fuente recubierta de carámbanos de hielo situada ante la embajada; se cubría la cara con una gruesa bufanda de lana y la escondía bajo las sombras la capucha de una capa.
Incluso antes de que se echara la capucha hacia atrás, Kaspar reconoció la hostil figura de Rejak, el asesino a sueldo de Chekatilo. El visitante sonrió de forma irónica y se acercó a la verja; los caballeros y guardias allí apostados levantaron las armas.
—No pasa nada —dijo Kaspar—; conozco a este hombre.
—Embajador —dijo Rejak con una inclinación de cabeza y una burlona reverencia.
—¿Qué quieres? Hemos recuperado a Sofía, y sin necesidad de la ayuda de tu jefe —gruñó Kaspar—. Si has venido para pedirme algún favor, has hecho el viaje en vano.
—Sabemos que has recuperado a la mujer, pero Chekatilo aún puede servirte de ayuda —dijo Rejak, mientras sacaba una caja de piel decorada de debajo de la capa y la introducía entre los barrotes de la reja. Kaspar cogió la caja y le quitó la tapa.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Lo que necesitas —contestó Rejak mientras se alejaba por la nieve—. Pero no olvides quién te lo ha conseguido.
Kaspar puso la caja boca abajo y sacó una hoja de pergamino ajado. Dio la caja a un guardia y lo desenrolló.
Era un mapa, un mapa de Kislev, y Kaspar se preguntó por qué razón a Chekatilo se le había ocurrido enviárselo. Allí estaba la mismísima ciudad de Kislev, grabada con letras realizadas con plancha de cobre; al norte se encontraba Praag, la ciudad de las almas perdidas, y en el oeste el puerto de Erengrado.
El significado del mapa se le escapó a Kaspar hasta que vio que muchos lugares estaban marcados como propiedades de varios boyardos kislevitas y observó que una señal especial, a algunos centenares de kilómetros de Kislev, indicaba el lugar en el que se unían dos afluentes del Tobol. Escritas en una letra pequeña y precisa se leían tres palabras que le aceleraron el pulso: BOYARDO FIODOR KAJETAN.
Giró sobre sus talones y gritó:
—¡Ensillad los caballos!
III
—Chekatilo sabe demasiadas cosas —dijo Piotr Losov, recorriendo inquieto de un lado a otro el interior del ruinoso edificio—. Cuando estaba en nuestra mano hubiéramos tenido que hacer que Kajetan se lo cargase.
—¿Qué sabe realmente? —preguntó con voz velada y seductora una figura vestida con una larga túnica de iridiscentes tonalidades oscuras que parecían tragarse la escasa luz que penetraba por las uniones de las tablas que tapiaban las ventanas—. ¿Que está implicado en la distribución de la disformidad en Kislev? De todos modos, no creo que desee que esa información aparezca a la luz del día. Y, en cualquier caso, una vez que el representante de los clanes perversos haya llegado a Kislev, ya no tendrá importancia. No hace falta preocuparse.
—No —asintió Losov—, pero, mientras tanto, Chekatilo es un peligro. Puede hablar con el embajador.
—El embajador no es problema, querido Piotr; ya se está convirtiendo en un peón de Tchar. Y deja que me ocupe yo de Chekatilo. Cuando el ejército del gran zar haya tomado los edificios de Urszebya y venga dispuesto a arrasar Kislev, procuraré que inflija la más dolorosa de las muertes a Chekatilo.
—Tuve que proporcionarle la situación de las propiedades de la familia de Sasha —admitió Losov—, y se lo va a contar al embajador.
—Lo sé. El embajador y sus guerreros han salido a primera hora de hoy en busca de Sasha —dijo la figura.
—Maldita sea —juró Losov—. No deben atraparlo.
—No te preocupes, Piotr —dijo en tono tranquilizador la figura, mientras desenvainaba un cuchillo de hoja larga y fina—. Sasha ya ha cumplido su papel y ahora ha dejado de serme útil. Se había convertido en un ser demasiado inmerso en sus locuras para poder ser controlado eficazmente, y la zorra de la Valencik fue mucho más astuta de lo que yo había creído.
—Entonces, si Sasha no ha muerto, debo suponer que Von Velten lo matará.
—No lo dudes, Piotr, el embajador es un hombre de indómitas pasiones y, aunque Sasha está lejos de mí, todavía puedo influir de forma apreciable en mi guapo príncipe. De manera que, o bien Kaspar matará a Sasha, o Sasha lo matará a él. Tanto da.
Losov observó cómo la figura se inclinaba para deshacer los fardos que le había traído.
Las carnes sonrosadas de las criaturas se reflejaron en el bruñido acero del cuchillo.
—Son perfectas, Piotr —dijo la figura—; puras e inocentes. Irán de maravilla.
IV
El caballo se tambaleaba; sus movimientos eran lentos y descoordinados. Sasha Kajetan se daba cuenta de que el animal no viviría mucho más: el frío y la falta de comida se habían confabulado para matarlo antes de que pudiera llevarlo a su destino. Pero lo había conducido mucho más allá de lo que había imaginado, y el jinete admiraba el coraje de su montura por haberlo llevado hasta allí.
Una nieve cegadora se arremolinaba alrededor de ellos, pero el jinete guiaba al agonizante caballo a través de la tormenta sin cometer el menor error y con los dedos entumecidos entrelazados en la crin del animal. Kajetan había cabalgado tal vez durante tres o cuatro días, y se había refugiado junto con su montura en lugares resguardados por rocas; ambos se habían abrigado con las pieles que había conseguido robar antes de partir de Kislev. Comía de lo que cazaba con el arco y la nieve que se llevaba a la boca le proporcionaba el agua necesaria.
Cuanto más se alejaba de Kislev, sus pensamientos se hacían más claros, y el doloroso martilleo de su yo auténtico en el interior de la cabeza fue menguando hasta tal punto que pudo olvidarse por completo de él y de sus chillidos. El movimiento del caballo y la interminable blancura de la meseta que se extendía ante él lo llevaron a un estado parecido al éxtasis, y la mente se le vació de cualquier pensamiento consciente.
Perdió la noción del tiempo y de la distancia, hipnotizado por la obnubilación del frío y del desolador panorama que lo rodeaba, y sintió que su mente retrocedía en el tiempo hasta llegar al día en que había matado a su padre.
Lo que le había hecho a su padre en el sombrío bosque se había perdido en medio de la barahúnda de los boyardos locales que habían peleado para apoderarse de sus tierras. Aquellos hombres, que habían bebido kvas, habían arrojado los vasos al suelo y habían llenado la casa solariega con sus canciones de guerra y juramentos de eterna fraternidad hacia su padre, no tardaron en ponerse a pelear, y uno tras otro penetraron con sus hombres en todas las propiedades del boyardo Kajetan y tomaron posesión de ellas.
Él y su madre fueron moneda de cambio entre los boyardos mientras éstos se peleaban por la propiedad de las tierras. Nadie quería al hijo y a la esposa de otro hombre, pero eran conscientes de que, si uno de los boyardos les hacía daño, provocaría una represalia unitaria de los demás. Esta situación se había prolongado por espacio de tres años, hasta que su madre contrajo unas fiebres y, a pesar de las eficaces medicinas de las comadronas locales, murió una resplandeciente mañana de primavera.
A Sasha, el mundo entero se le había hundido alrededor; su adorada matka, el centro y motivo de su existencia, había desaparecido. Y, mientras la casa solariega de su padre se convertía en ruinas, había ido hacia el norte, hacia Praag, y había cruzado el elevado puerto de las montañas del Fin del Mundo. Había viajado a lo largo de lo que después sabría que se llamaba la carretera de los cráneos e incluso se había internado en las legendarias tierras del este, atraído por la necesidad de contemplar cosas que ni un solo hombre de Kislev podía pretender haber visto.
Allí, con los señores de las remotas islas, había aprendido las artes marciales y había encauzado todos los aspectos de su personalidad para llegar a convertirse en un maestro con la espada. En Kislev la palabra era droyaska, maestro de esgrima, pero en las islas Sasha había superado ese nivel y había logrado un grado de virtuosismo tan extraordinario que iba mucho más allá de aquel pobre apelativo.
No obstante, la llamada de su tierra era más fuerte de lo que jamás habría creído posible, y había vuelto a Kislev contratado como vigilante por una caravana de mercaderes que se dirigía, siguiendo la carretera de Plata, al país de su juventud.
Su caballo tropezó de nuevo y lo sacó de sus ensoñaciones; sintió que se deslizaba por el lomo y se le desprendieron los dedos de la crin del animal; cayó de espaldas sobre la nieve y gritó de dolor al tiempo que crujían los extremos astillados de sus doloridas costillas. Sintió que las pieles empapadas le oprimían dolorosamente el costado. El caballo, arrodillado, con la cabeza enterrada en la nieve, movía precipitadamente pero sin fuerza alguna las patas traseras.
Sasha sabía que el animal estaba acabado; desenvainó la espada y le cortó la garganta con un golpe rápido para evitar que sufriera al irse congelando hasta morir. Bañó sus manos en la sangre del caballo y sintió que la pena le subía por los dedos mientras el líquido caliente se derramaba por ellos. De la garganta abierta del pobre animal salía vapor, y Kajetan le deseó a su alma equina un buen viaje.
El calor de la sangre y su olor cálido y metálico le trajeron recuerdos desagradables y sacudió la cabeza para rechazarlos; entonces vio un nimbo de luz, pálido y resplandeciente, flotando en el aire ante él. Profirió un gemido de miedo mientras aquella forma se concretaba en una dulce cara femenina, sonriente, enmarcada con rizos de cabello castaño rojizo.
Oyó risas dentro de su cabeza; el olor de la sangre del caballo, de repente, se intensificó de tal modo que no podía oler otra cosa que no fuera aquel flujo vital y el hechizante aroma de la carne caliente de la pobre bestia. Sasha se puso de rodillas, acercó la boca al cuello del animal y arrancó un trozo de carne; era dura y fibrosa, pues durante los últimos días había perdido mucha grasa, pero al masticarla y notar cómo la sangre le caía por la barbilla, Sasha sintió una energía que no había tenido en mucho tiempo, como si la esencia de la fuerza de la bestia se hubiera introducido en su interior.
De nuevo su madre lo estaba observando, y Sasha rugió al sentirse lleno de una nueva energía que sentía latir por todo el cuerpo con un vigor sobrenatural. Una vez más ella lo había salvado, y él supo que tenía que estar cerca de su destino.
Se apartó del cadáver del animal y reemprendió la marcha; sólo se detuvo para recoger el arco y las espadas. Avanzaba a buen ritmo por la espesa capa de nieve con pasos largos y seguros.
Cuando la luz del día se desvaneció, no se detuvo sino que continuó la marcha durante la noche; la increíble vitalidad que había adquirido al comer la carne de su montura le seguía llenando los miembros de energía.
Rompió el alba, brillante y clara, y Sasha suspiró profundamente cuando vio el familiar saliente rocoso que, cuando era niño, conocía con el nombre de Diente del Dragón. La roca de la parte superior del saliente se curvaba como el diente de una legendaria bestia gigantesca, y él recordó que su madre una vez le había contado que había pertenecido a un fiero dragón que había tratado de comerse el mundo, pero que otro dragón se lo había impedido pues lo perseguía sin cesar por todas partes.
Sasha recordó que el Diente del Dragón se veía desde la habitación más alta de la casa de su padre y, de nuevo, se puso en movimiento: le iban ardiendo más y más los pulmones a medida que aumentaba la pendiente que subía a una cresta a lo largo de la cual se extendía una hilera de árboles de hoja perenne. Caminó dificultosamente por la nieve durante una hora, la impaciencia lo hacía tropezar. Por fin alcanzó la cresta y miró fijamente hacia la hondonada que ocupaban las tierras de su padre. Durante un instante todas sus preocupaciones se desvanecieron como la niebla matutina y sintió una abrumadora sensación de bienvenida y de vuelta al hogar que parecía emerger de la mismísima tierra.
Un par de burbujeantes afluentes bajaban trazando meandros desde las tierras altas y serpenteaban por el valle antes de unirse para formar el río Tobol, en la ladera más próxima de una colina de suaves pendientes. En lo alto de la misma se alzaba una torre de defensa de piedra negra en ruinas: sus muros derribados yacían esparcidos por la nieve. La casa solariega de su padre estaba desocupada y abandonada. Melladas vigas de madera que habían sostenido el techo se habían desprendido de los muros, y donde antes había habido una empalizada de madera ahora había tan sólo una fosa llena de nieve y un par de columnas astilladas.
El hogar.
Más allá, donde el terreno se elevaba en suave pendiente, había un extenso bosque de oscuros y apretujados árboles de hoja perenne, y aún más lejos se veían las distantes formas de los picos cubiertos de nieve de las montañas del Fin del Mundo. El cielo estaba gloriosamente claro y los pájaros revoloteaban alrededor, y desde su aéreo reino saludaban su vuelta a casa con sonoros graznidos.
Para bajar a la hondonada, Sasha tuvo que abrirse paso por una espesa capa de nieve. Cerca del lugar donde todo había empezado, sintió de forma súbita una sensación de angustia: su vergüenza, su terror y finalmente su liberación o su condena. No estaba seguro.
La sensación de bienestar y poder que le había provocado su locura se había desvanecido a causa del esfuerzo tremendo de toda una noche de marcha por el helado yermo. Sasha cayó de rodillas con el rostro bañado en lágrimas mientras miraba fijamente la desierta ladera y la arruinada torre de defensa en la cima.
—¿Por qué me odiabas tanto? —le gritó a la oscura silueta—. ¿Por qué?
Los pájaros posados en los árboles echaron a volar, asustados por aquel alarido y por el eco que produjeron las laderas de la hondonada. No llegó ninguna respuesta ni él tampoco la esperaba; su padre llevaba años en la tumba y su madre había dado todos los pasos para asegurarse de que ni nigromantes ni espíritus malignos pudiesen sacarlo de allí, pues lo había enterrado cabeza abajo y había claveteado su hábito funerario al ataúd con clavos de plata.
Sintió que las lágrimas se le helaban en las mejillas, se puso en pie, vadeó el afluente en su parte más baja y empezó a subir hacia la cima de la montaña. Caminaba de forma lenta y tambaleante: la fuerza y el coraje iban abandonándolo a cada paso que daba.
Cuando llegó a los ennegrecidos muros de las ruinas y se apoyó en la sólida mole familiar, el sudor le cubría el cuerpo como una capa de escarcha. La sillería era negra y vidriosa, y se había vuelto suave con el transcurso de centenares de años y con el azote de los vientos; Sasha se dirigió a la parte de atrás del edificio apoyándose en el muro todo el tiempo.
Allí el suelo era irregular; había dos montones de nieve que destacaban ligeramente de la uniforme planicie de la cima. En lo alto de cada montón había una lápida esculpida con sencillez; los elementos habían convertido las inscripciones en ilegibles o las habían borrado.
No necesitaba leer las inscripciones para saber lo que decían; se las había aprendido de memoria hacía muchos años y comprobó que todavía las podía recordar perfectamente.
Se separó del muro y, tambaleándose, se dirigió hacia la tumba situada a la derecha, donde se dejó caer al suelo para abrazarse estrechamente al frío granito de la lápida. Lloró sobre la piedra y lentamente fue resbalando hasta quedar tumbado en posición fetal ante la tumba de su madre.
—Estoy aquí —dijo en voz baja—; tu guapo príncipe ha vuelto a casa, matka…
Sasha sintió que el frío le helaba los huesos y se dio cuenta de que iba a morir en aquel lugar.
Tal convicción no lo alteró especialmente, pero pensar en una agonía solitaria lo apartó de su melancolía suicida. Lenta y dolorosamente consiguió levantarse y empezó a quitar la nieve de la tumba de su madre; cuando apareció la fría y dura tierra, en su rostro se dibujó una sonrisa.
Las manos de Sasha se habían convertido en auténticos bloques de hielo y no sentía dolor al escarbar la helada tierra con los dedos. Al cabo de pocos segundos se le rompieron las uñas y los dedos se le llenaron de sangre, pero no se detuvo.
Nada impediría que volvieran a estar juntos. Si era preciso, seguiría escarbando hasta que los dedos no fueran más que huesos ensangrentados.
V
Kaspar se encontraba en lo alto de un precipicio rocoso que dominaba el lento fluir del Tobol sorbiendo las últimas gotas de su té mientras miraba fijamente hacia el norte. En la oscuridad estrellada de la estepa el frío aire de la noche lo hacía estremecer. Tras él, los Caballeros Pantera encendieron fogatas para que sus monturas pudieran calentarse durante la noche y prepararon el lugar para dormir. Kurt Bremen afilaba su espada con una desgastada piedra de amolar, aunque Kaspar estaba seguro de que ya estaba afilada al máximo.
En el lejano norte la estepa era muy peligrosa, pero Kaspar sabía que, si tenían la precaución de encender fogatas por la noche aprovechando las depresiones del terreno, el mayor peligro no eran las bandas errantes de bandoleros o las tribus que se dirigían hacia el sur, sino la fría vacuidad de la mismísima estepa.
A diferencia de Kajetan, no habían optado por cabalgar hacia el norte entre las profundas y solitarias nieves. En vez de eso, se habían visto obligados a ir hacia el oeste a lo largo de la ribera norte del Urskoy; habían dado descanso a los caballos en todas las stanistas que habían encontrado, hasta que alcanzaron el punto en el que la mansa corriente del Tobol desemboca en el Urskoy. El río les serviría de referencia para dirigirse directamente al lugar en el que, según la intuición de Kaspar, estaría el espadachín asesino.
Les había costado bastantes días recorrer aquel camino, pero, sencillamente, no tenían otra opción. Cabalgar por el interior de la estepa significaba morir, habían insistido tanto Pavel como Pashenko cuando se enteraron de que el embajador se había propuesto dar caza a Kajetan. Pero habían avanzado a buen ritmo y, según calculaba Bremen, llegarían a la bifurcación del Tobol a media mañana del día siguiente. Kaspar había olvidado lo mucho que le gustaba viajar por parajes salvajes, sentir la emoción de explorar paisajes desconocidos y de estar en contacto con la naturaleza en su estadio más primitivo y bello.
Aunque se repetía a sí mismo que era un pragmático, Kaspar era consciente de que en él había un fondo salvaje y quijotesco que le llevaba a considerar esas experiencias como lo más importante de la vida, incluso aquella, tan inhóspita y peligrosa, que estaban viviendo. ¿Por qué otra razón habría querido ser militar? Sin embargo, la última semana había sido muy dura para él y le había recordado dolorosamente que ya no era joven. Le dolía terriblemente la rodilla y a pesar de los guantes que Pavel le había dado, apenas podía sentir los dedos.
Cuando Kaspar y sus caballeros salieron en pos de Kajetan, Pavel se había emborrachado, algo que causó no poca preocupación en el embajador. Lejos de la profunda emoción que había invadido a Kaspar y a los Caballeros Panteras, Pavel se había vuelto taciturno y retraído desde que Rejak les había entregado el mapa, y Kaspar se había disgustado porque su viejo camarada ni siquiera se había molestado en despedirse o desearles buena suerte en la persecución.
Era un misterio cómo Chekatilo había sabido que Kaspar necesitaba aquella información, pero el embajador era de los que piensan que a caballo regalado, no hay que mirarle el dentado. Sofía les había deseado éxito y Anastasia lo había besado con pasión haciéndole prometer que volvería sano y salvo. Después de reunir las provisiones necesarias para el viaje, Kaspar y los Caballeros Pantera se habían internado en la estepa helada y el embajador había ido encontrando un creciente sentido al viaje, una sensación de que estaban protagonizando las últimas etapas de un acontecimiento memorable cuyas consecuencias ni siquiera podía empezar a imaginar.
Lentamente se apartó del precipicio rocoso y bajó hasta el lugar rodeado y resguardado por altas rocas erosionadas que aquella noche Kurt Bremen había escogido para acampar. Lavó con nieve su jarra metálica, la guardó en las alforjas de Magnusy luego se reunió con Bremen junto a la fogata. Valdhaas había conducido al animal hasta allí, le había cepillado los flancos y le había echado gruesas mantas y pieles encima. Kaspar apreciaba tanto el esplendor del mundo salvaje como que el caballero le evitase las largas y fatigosas tareas encaminadas a que el caballo estuviera en forma para viajar al día siguiente. Era muy sencillo cuidar de un caballo en un establo bien acondicionado, pero era algo muy distinto hacerlo en la desolada estepa.
La fogata crujía de forma reconfortante y Kaspar abrió la capa para que el calor le llegara al cuerpo. Al otro lado de la fogata, Bremen continuaba afilando la espada y mantenía siempre la vista apartada del fuego para conservar su agudeza visual en la oscuridad de la noche.
—¿No está ya bien afilada? —preguntó Kaspar, señalando la espada con un gesto de la cabeza.
—Una buena hoja nunca está demasiado afilada —respondió Bremen.
—Supongo que no. ¿Crees que será preciso usarla?
—Sí —asintió con un gesto de la cabeza el caballero—. Si no encontramos a Kajetan ni a jinetes kyazak, en estas tierras encontraremos seres más ancestrales y repulsivos que los humanos.
—Desde luego —asintió Kaspar—, desde luego.
—Crees que es probable que Kajetan haya muerto, ¿no?
—preguntó Bremen al fin, tocando el tema que ninguno de ellos había abordado desde que habían salido de Kislev.
La severa vastedad helada de la estepa convertía virtualmente todos los temas de conversación en poco significativos y banales, y cada uno de los miembros de la expedición se había pasado el viaje a solas con sus pensamientos. Tan sólo cuando la noche se hacía más oscura y lo que les rodeaba devenía más comprensible, parecía que las palabras recobraban su significado y los caballeros conversaban como si tal vez no fueran a tener otra oportunidad.
—¿Embajador? —insistió Bremen al ver que Kaspar no le contestaba.
—Es posible —concedió Kaspar finalmente, poco partidario de incidir en aquel tema.
—¿Posible? Si me permites ser muy directo, embajador Von Velten, te diré que no eres ningún estúpido y que a estas alturas ya sabes que Kajetan yace sin vida en la estepa, atrapado por una tormenta de nieve. En mi opinión, ha perdido la vida de forma demasiado poco dolorosa para lo perverso que ha sido.
—¿Perverso, Kurt? ¿Crees que Kajetan es perverso?
Bremen dejó de afilar la espada y miró a Kaspar lleno de perplejidad.
—Claro que sí; después de lo que le hizo a madame Valencik y a mis hombres, ¿acaso no piensas lo mismo?
—Sí, en efecto, pero también he escuchado lo que Sofía ha dicho sobre Kajetan y ya no estoy seguro. Ella me contó que limitarse a condenar lo que hizo diciendo que es un ser perverso realmente no soluciona nada.
—¿Qué crees que quería decir?
—Creo que quería decir que es muy fácil describir a Kajetan tachándolo de perverso —afirmó Kaspar—, porque nos sentimos inclinados a hacerlo y además no exige ninguna reflexión ni ninguna consideración acerca del contexto en el que se enmarca su conducta. Sofía me explicó que Sasha Kajetan no era un monstruo de nacimiento, sino que lo convirtieron en tal, y creo que tiene razón. Añadió que, si nos limitamos a ponerle la etiqueta de perverso y la utilizamos como adecuada explicación de sus crímenes, obviamos el deber de preguntarnos el porqué de sus actos, qué lo condujo a una conducta tan vil e increíble.
—Muy bien, entonces, ¿por qué motivo crees que cometió sus crímenes si no fue por perversión?
—No creo que nunca lo sepamos seguro, Kurt. Tal vez si lo detenemos vivo podamos averiguarlo.
—¿Tan seguro estás de querer saberlo, Kaspar? No resultará fácil hacer prisionero a un hombre como Kajetan. No voy a permitir que ninguno de mis hombres muera innecesariamente, y si veo que no podemos capturarlo vivo…
—Te comprendo, Kurt, y, llegados a este punto, lo mataría yo mismo. No temas.
—Bien. Me parece que estamos de acuerdo —dijo el caballero.
Kaspar asintió con la cabeza y dijo:
—Deberíamos tratar de dormir un poco. Tengo la impresión de que mañana necesitaremos todas nuestras energías.
Kaspar no sabía cuánta razón tenía.
Capítulo 11
I
Al día siguiente el sol apareció muy pronto, y Kaspar tuvo la impresión de que acababa de recostar la cabeza para dormir cuando su resplandor lo despertó de sus sueños. Se sentó, y al apartar las mantas de piel notó que el frío le calaba los huesos. Los Caballeros Pantera ya estaban levantados, masajeaban a los caballos y procuraban que comieran y bebieran antes de atender a sus propias necesidades.
Las fogatas habían quedado reducidas a relucientes brasas y un caballero echó puñados de nieve en todas y cada una de ellas para apagarlas sin provocar humo. Kaspar se puso en pie, se frotó la rodilla e hizo una mueca de dolor cuando su cuerpo maduro protestó por haber pasado otra noche sobre el duro suelo en lugar de hacerlo en una mullida cama.
—Buenos días, Kurt —saludó mientras Bremen bajaba de la peña de más arriba.
—Embajador —respondió el caballero al reconocerlo, mientras se echaba sobre la protección del hombro la capa de piel de pantera.
Bremen masticaba un gran trozo de pan y queso y partió un trozo para ofrecérselo a Kaspar.
El embajador lo tomó, agradecido, y devoró tan escaso desayuno mientras temblaba a causa del aire helado. A toda prisa se puso sus muchas capas de ropa y, encima, el grueso abrigo de piel de oso que lo protegía de las inclemencias del tiempo kislevita.
—Creo que hoy llegaremos a nuestro destino —afirmó.
—Sí —asintió Bremen—; si el mapa es lo bastante preciso me parece que podremos estar allí antes de mediodía.
Kaspar asintió con la cabeza y subió a lo alto de los precipicios, desde donde la noche anterior había estado oteando la estepa. Con los miembros entumecidos se apartó un poco del campamento para buscar una cierta intimidad y vaciar la vejiga; luego regresó y vio que Valdhaas le había ensillado el caballo y le daba masajes en las patas delanteras para hacerlo entrar en calor. Le sonrió para darle las gracias y descolgó del pomo de la silla el cinto con las pistolas. Ambas eran de primera calidad y estaban cargadas, aunque los percutores estaban por precaución puestos hacia adelante. La espada estaba sujeta detrás de la silla, la desenvainó y comprobó con satisfacción que estaba perfectamente equilibrada sopesándola en la palma de la mano.
Magníficamente construida por Holberecht de Nuln, el acero azulado de la hoja era suave y de doble filo; se estrechaba en una punta tan fina que podía penetrar a través de la cota de malla más tupida. La empuñadura era de hierro negro forrado de cuero y terminaba en un redondeado pomo de bronce. De diseño sencillo pero elegante, era un arma funcional, forjada por un artesano que sabía exactamente para qué servía una espada: para matar.
—¿Puedo? —preguntó Kurt Bremen, que después de preparar su caballo se había quedado admirando la hoja.
—Claro —dijo Kaspar; dio la vuelta a la espada y se la ofreció al Caballero Pantera.
Kaspar era un espadachín competente, pero contempló con sorpresa y respeto cómo Kurt Bremen blandía la espada y realizaba una serie de intrincados manejos. La hoja resplandecía bajo la luz de la mañana: cortes, estocadas y bloqueos impecablemente ejecutados dirigidos a matar al rival con rapidez y eficiencia.
Bremen invirtió la posición de la espada y se la devolvió a Kaspar.
—Es un arma muy buena, puede confiar en ella —dijo Bremen—; bien equilibrada y con el peso adecuado, aunque, para mi gusto, con el centro de gravedad demasiado alejado de la punta.
—Fue encargada especialmente para mí —le explicó Kaspar.
—Ah, en tal caso el peso está distribuido de acuerdo con tus preferencias.
—Sí. Holberecht y yo pasamos muchas semanas practicando juntos con distintas armas de modo que pudo calibrar con precisión mi fuerza y mi alcance antes de empezar a trabajar con el martillo y el hierro.
—Un artesano digno de su nombre —afirmó Bremen.
—Sí, es un hombre de destreza poco frecuente —asintió Kaspar mientras envainaba la espada.
Luego puso el pie en el estribo de cuero del caballo y se impulsó para encaramarse a la silla. Los caballeros de inmediato siguieron su ejemplo. Bremen saltó sobre su montura, desclavó su lanza de la nieve y reposó sus posaderas en la blanda piel en forma de copa sujeta a la silla con hebillas.
Los demás caballeros lo imitaron de buen grado y, mientras el estandarte de los Caballeros Pantera se alzaba por encima de los guerreros montados, todos inclinaron las cabezas para rezar a Sigmar. Recitaron unos versos especiales de su orden, mientras Kaspar silenciosamente susurraba sus propias oraciones al dios de los guerreros del emperador pidiéndole energía y valor para enfrentarse a cualquier prueba que el nuevo día pudiera depararles.
Finalizados los rezos, Kurt Bremen gritó:
—¡Caballeros Pantera, adelante!
Espoleó el caballo y encabezó la marcha hacia el norte.
II
Una vez más, el interminable vacío de la estepa los abrumó y cabalgaron en silencio durante varias horas, mientras el sol ascendía más y más por un cielo sin nubes. El Tobol fluía melancólicamente a su lado y el blanco y suave murmullo de sus aguas los reconfortaba y tranquilizaba mientras los fríos vientos azotaban la corriente.
Llegó el mediodía sin que apareciera el menor signo de la bifurcación del río y Kaspar confió en que en el mapa no hubiera un error de escala demasiado grande. Como mucho disponían de comida y forraje para algunos días más, pero después se verían obligados a regresar, y tal posibilidad, estando tan cerca del objetivo, los llenaría de frustración.
Poco después de que Bremen les hiciera interrumpir la marcha para descansar un rato, Valdhaas, que se había adelantado al grueso de los caballeros, volvió sobre sus pasos con una expresión de gran excitación en el rostro. Llevaba la lanza en alto y sus pendones se agitaban ruidosamente con la velocidad del galope.
Detuvo el caballo levantando una ráfaga de nieve.
—A un kilómetro y medio, quizá un poco más, hay un pequeño valle en el que el río se bifurca al pie de una colina. En la cima se alza una torre en ruinas y hay algunas dependencias más pequeñas esparcidas por el vallecito. Creo que es nuestro destino.
Kaspar se puso en pie de un salto.
—¿Viste a Kajetan?
—No, pero no me acerqué a la torre, regresé tan pronto como hube avistado el lugar.
—¿Cuál es la mejor manera de llegar hasta allí? —preguntó Kurt Bremen.
—Por donde vamos —dijo Valdhaas—. Esta ruta nos llevará a través de un bosquecillo de abetos y nos conducirá a las laderas del sur del valle. La colina en la que se encuentra la torre domina el vallecito, y si allí hay alguien nos verá bajando al valle sea cual sea la dirección que tomemos. Hay un vado al pie de la colina y también espesos bosque hacia el norte, pero no vi a nadie por allí.
—En ese caso hagamos lo previsto —dijo Bremen—. Caballeros Pantera, en columna de a dos.
Los caballeros montaron, se dispusieron en la formación de marcha rápida y emprendieron el camino a medio galope. Kaspar cabalgaba junto a Bremen. Pensaba en las promesas que había hecho en Kislev: una, matar a Sasha; otra, capturarlo vivo; y se preguntaba cuál de las dos podría cumplir. Aunque su corazón de guerrero y su sentido del honor le pedían abatir a Sasha Kajetan como a una bestia, su intelecto y su espíritu civilizado eran conscientes de que obrar de ese modo sería perpetuar el mal que había envuelto a Sasha durante un tiempo que sólo Sigmar sabía.
Tal como le había contado a Bremen la noche anterior, el mal era un concepto que él había utilizado hasta hacía muy poco para describir a los enemigos de su nación sin mayores reflexiones. Las tribus de piel verde contra las que había luchado como lancero siempre le habían sido descritas como la encarnación del mal, al igual que las bestias de los bosques que atacaban los asentamientos aislados del Imperio. Pero ¿alguna de esas amenazas era el auténtico mal? ¿O simplemente estaban actuando como había previsto quien los había creado, fuera quien fuera?
Recordó una conversación similar que había sostenido hacía muchos años con Stefan, cuando el ejército de la gran condesa Lumidla había acampado en las colinas la noche anterior a una tremenda masacre en el vado de Owsen.
—Esta batalla hiede a ambición; de ella no puede esperarse nada bueno —había dicho Stefan, sorbiendo un trago de una taza de té caliente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kaspar. En aquel tiempo era un joven soldado de infantería y miraba a los sargentos y oficiales del regimiento como si fueran la fuente de todos los conocimientos.
—Quiero decir que la condesa puede pensar que está haciendo lo que debe —repuso Stefan—, a menudo el mal crece en el campo de las buenas acciones.
—No lo entiendo, ¿cómo puede el mal provenir de una buena acción?
Stefan sonrió con amargura y dijo:
—Supongamos que un hombre se abalanza sobre un niño con una lanza dispuesto a matarlo. ¿Qué harías?
—Se lo impediría —respondió Kaspar de inmediato.
—¿Cómo?
—Lo mataría.
—Muy bien; supongamos que matas a ese hombre y salvas al niño. El niño crece, se convierte en un tirano y por su culpa mueren millares de personas. ¿Acaso no habrás causado un gran mal por haber obrado bien?
—No; quiero decir que no lo veo de esta manera. ¿Me estás diciendo que debería haber dejado morir al niño? No puedo aceptarlo.
—Claro que no, porque la mayoría de los hombres tienen un código de honor que no les permite dejar que el mal se imponga sin oponerse a él. Si hubieras dejado morir al niño también habría muerto una parte de ti mismo. Tu honor jamás te dejaría olvidar el hecho de haber permitido que el mal se impusiera.
—¿Pero esto no significaría que matar al niño sería un acto malo que tendría un resultado bueno? —preguntó Kaspar.
Stefan le había guiñado un ojo.
—Sí; es un dilema, ¿no es cierto?
Aquel dilema lo había dejado confuso en aquel entonces y todavía seguía confundiéndolo. ¿Cómo podía el hombre conocer las consecuencias de sus acciones? Lo que podía ser contemplado como la única verdad y la noble ejecución de un acto, visto de forma retrospectiva podía ser considerado como el catalizador de un gran mal. El futuro era desconocido y, a menos que un hombre creyera en la predestinación, no había manera de juzgar el resultado de sus actos.
Lo único que un hombre podía hacer era respetar su propio código de honor y oponerse al mal donde lo viere, y, después de la vergonzosa victoria en el vado de Owsen, estas ideas habían constituido la piedra angular de los principios de Kaspar.
Mientras cabalgaban entre las sombras del bosquecillo del que Valdhaas les había hablado, Kaspar dejó atrás esas reflexiones. Allí, los caballeros se vieron obligados a reducir la marcha; condujeron los caballos al paso a través de la misteriosa penumbra del bosque por temor a que las monturas pudieran romperse una pata al meterla en algún agujero escondido del terreno.
Durante otra hora, aproximadamente, siguieron avanzando por el bosque; luego, una débil luz al frente les anunció el final de la opresiva espesura. La luz del día les resultó excesivamente brillante después de la penumbra del bosque, pero Kaspar constató que todos estaban contentos de haberse liberado de aquella oscuridad arbórea.
Mientras trotaba en dirección a la parte superior de una cresta cubierta de nieve, vio lo que quedaba de las propiedades del boyardo Fiodor Kajetan en aquel valle. Aunque Valdhaas le había contado que la casa solariega estaba en ruinas, no esperaba una sensación tan poderosa de abandono.
La piedra ennegrecida de las ruinas de la casa lo llenó de melancolía. A partir de lo poco que Sofía había sido capaz de contarle, sabía que, de joven, Kajetan había sufrido terriblemente en aquel lugar, que allí se había gestado un gran mal a través de repetidos y sistemáticos abusos.
Los afluentes del Tobol burbujeaban por una hendidura de los pliegues nevados del valle; en su descenso coronaban de espuma esquistos y granitos y después serpenteaban por el fondo del valle hasta unirse en el perezoso fluir de la corriente principal del río. Tal como Valdhaas había dicho, vieron un vado al pie de la colina y cabalgaron raudos hacia el fondo del valle a través del ondulado paisaje.
Los caballos penetraron en las aguas heladas del vado y relincharon en señal de protesta cuando el agua les llegó a la altura de las rodillas.
Kaspar contempló la arruinada casa solariega y por un instante creyó haber visto una sombra que se movía. ¿Kajetan? No lo sabía.
Pero para bien o para mal, el viaje estaba a punto de llegar a su fin.
III
Kajetan observaba con una mirada borrosa por la falta de sueño cómo los caballeros vadeaban el río. A la cabeza cabalgaba el embajador; Sasha ahogó un sollozo. Sentía mucho dolor y tuvo que esforzarse mucho para no desmayarse. Su resistencia, prodigiosa en otro tiempo, estaba en su punto más bajo; realmente lo que le quedaba era… nada.
Nada salvo el ferviente deseo de expiar lo que él sabía que había hecho. El recuerdo de lo que había ocurrido mientras el yo auténtico había tenido una posición dominante en su espíritu todavía era confuso, como hecho de fragmentos incompletos de una pesadilla evocada a medias, pero recordaba lo suficiente para saber que debía ser castigado.
Retrocedió tambaleándose hacia la tumba abierta y se arrodilló ante los huesos que había exhumado. Alzó el cráneo de su madre, que aún conservaba desteñidos mechones de cabello castaño rojizo, y le dio un beso de despedida; después, se colgó el arco al hombro y recogió las dos espadas gemelas.
Sasha Kajetan excavó un hoyo profundo hasta agotar las últimas reservas de energía mientras susurraba el mantra del Poder Interior.
Tal vez la muerte se cernía sobre su cabeza, lista para reclamarlo, pero quería escupirle en el ojo por última vez antes de hundirse en las tinieblas.
Sasha había visto una fría determinación en la expresión del embajador mientras cabalgaba para cruzar el río. Desenvainó las espadas: sabía que matka tenía razón.
El embajador «podía ayudarlo».
IV
Los Caballeros Pantera se desplegaron formando una larga línea mientras se acercaban a la casa en ruinas; el viento aullaba tristemente en torno de los derruidos muros y las ventanas vacías. Kaspar desenvainó la espada y exploró los altos muros y los cascotes en busca de algún rastro de Kajetan.
Él y Bremen doblaron la esquina más alejada de las ruinas y lo encontraron allí.
El espadachín estaba ante un hoyo oscuro excavado en el suelo al lado del cual había huesos de color terroso dispuestos de modo que formaban un esqueleto humano. Un vestido azul muy estropeado estaba desplegado sobre los huesos y un siniestro cráneo coronaba el macabro conjunto.
Kajetan tenía un aspecto horrible: las manos le sangraban y el viscoso líquido le bajaba a lo largo de las espadas hasta caer en la nieve; la mitad inferior de su holgada camisa blanca estaba acartonada a causa de la sangre seca. Tenía el rostro triste y demacrado, el cabello alborotado y sucio. El guerrero arrogante y seguro de sí mismo que Kaspar había conocido ya no existía, y en su lugar había un hombre acosado, de aspecto miserable y con el brillo de la locura en los ojos.
Pero tenía las espadas desenvainadas, y Kaspar había podido comprobar de sobra su sublime dominio para saber que incluso en tan lamentable estado Kajetan no era un hombre al que se pudiera subestimar.
El espadachín miró hacia arriba y Bremen gritó:
—¡Caballeros Pantera, a mí!
Kajetan observaba con calma mientras los caballeros acudían a la llamada del jefe y lo rodeaban formando un impenetrable anillo de acero.
—Sasha, se acabó —dijo Kaspar, y guió a su caballo hacia adelante—. No tienes que morir aquí, ¿sabes?
—No —dijo Kajetan apesadumbrado—. Sí, tengo que morir; realmente, sí.
—Sé lo que te trajo hasta aquí, Sasha —dijo Kaspar en un tono uniforme y sereno; oyó que se acercaba Bremen a caballo y con un gesto de la mano le hizo signos para que se retirara.
—No creas que lo sabes, embajador. No puedes saberlo. Hice… cosas, cosas terribles, y ahora tengo que pagar por ello. Estoy contaminado. Contaminado por el mal, por el Caos.
Kaspar vio el intenso dolor que se reflejaba en los ojos de Kajetan, y, despacio, bajó del caballo. Recordó que le había prometido a Sofía que trataría de apresarlo con vida y, por consiguiente, deshizo la hebilla de la pistolera y la colgó del pomo de la silla de Magnus.
—Embajador Von Velten —dijo Kurt Bremen en tono apremiante—. ¿Qué estás haciendo? Retrocede.
—No, Kurt —dijo Kaspar—, ¿Te acuerdas de lo que hablamos anoche? Así es como tiene que ser.
—Matka dice que tú puedes ayudar —dijo Kajetan.
—Quiero ayudar —respondió Kaspar bajando la espada.
—Lo sé —asintió Kajetan, y dio una última mirada al esqueleto que estaba junto a la tumba. Luego se volvió hacia Kaspar—. Lo siento… —añadió.
Antes de que el embajador tuviera ocasión de contestar, Kajetan dio un brinco hacia adelante con las espadas silbando en el aire hacia él. Kaspar apenas pudo levantar su espada a tiempo para bloquear la estocada y desviar el pinchazo de la segunda espada de Kajetan dirigido a su estómago. Su instinto le aconsejó pasar al ataque. Las hojas de Kajetan desviaron sus golpes y retrocedió un paso mientras los Caballeros Pantera se le acercaban.
Durante varios segundos, los dos hombres intercambiaron golpes, avanzaron y retrocedieron; luego, Kaspar se dio cuenta de que Kajetan no tenía ninguna intención de matarlo: un guerrero de su categoría podía haber acabado con él en la primera embestida de cualquier enfrentamiento entre ellos dos; y, cuando Kaspar dirigió la espada hacia el corazón del espadachín, cayó en la cuenta de que eso era lo que Kajetan realmente quería.
Entonces, para Kaspar el mundo se redujo al corto recorrido de la punta de su espada hacia el pecho desprotegido de Kajetan. El tiempo pareció detenerse, y el embajador vio cómo la tristeza reflejada en los ojos del espadachín era sustituida por una expresión de agradecimiento.
Incapaz de detener el golpe, Kaspar torció la muñeca y se las apañó para cambiar el ángulo de la estocada. La hoja bajó y se hundió en el muslo de Kajetan; atravesó músculo, grasa y hueso, y emergió fácilmente por detrás de la pierna.
Kajetan gruñó de dolor, su pierna cedió y lo hizo caer al suelo, y en su caída arrastró la espada que empuñaba Kaspar. El embajador retrocedió tropezando, mientras los Caballeros Pantera se acercaban y apartaban a patadas las espadas de Kajetan. Kurt Bremen puso el pie en el pecho del espadachín y alzó la espada para asestarle el golpe definitivo.
—¡Kurt, no! —gritó Kaspar.
La espada del caballero se cernía sobre el cuello del espadachín.
—¡Hazlo! ¡Merezco la muerte! ¡Mátame! —chilló Kajetan.
Kaspar agarró el brazo de Bremen y exclamó:
—No lo hagas, Kurt. Si lo matamos de esta manera sólo perpetuaremos el mal que ha provocado todo esto y no habremos aprendido absolutamente nada.
El caballero, de mala gana, asintió con la cabeza y bajó la espada mientras algunos compañeros suyos tiraban de Kajetan para ponerlo de rodillas y le ataban las muñecas con una cuerda. Valdhaas apoyó su bota blindada en el costado de Kajetan y desclavó la espada del embajador provocando que manara más sangre de la herida.
—No, no, no… —sollozó Kajetan—. Por favor… ¿por qué no me matáis?
Kaspar se arrodilló junto al lloriqueante espadachín y le dijo:
—No te voy a engañar, Kajetan, vas a morir, pero no así sino ahorcado por la cuerda del verdugo. Pero te juro que procuraré que los que te hicieron ser de esta manera también sean castigados.
Kajetan no respondió pues estaba demasiado hundido en su propia desesperación; Kaspar se levantó y de repente se sintió sin fuerzas. Mientras los caballeros vendaban la herida de la pierna de Kajetan, cogió su espada de manos de Valdhaas, recogió las armas del espadachín y las colgó de su silla de montar.
Kurt Bremen se reunió con él y ambos compartieron un rato de serena reflexión.
—Creo que ahora entiendo lo que me dijiste junto a la fogata —dijo al fin Bremen.
—¿De veras?
Bremen asintió con la cabeza.
—Kajetan morirá por sus crímenes, de eso no tengo la menor duda; pero por lo menos de esa manera la gente que se entere de lo que lo convirtió en semejante monstruo podrá aprender la lección.
—Tal vez —dijo Kaspar—. Sólo nos queda confiar en que así sea, ¿verdad?
Antes de que Bremen tuviera tiempo de contestar, se oyó un grito que venía de la colina.
—¡Caballería de guerra! —rugió uno de los caballeros, señalando el lado más alejado del valle. Bremen soltó una maldición y se apresuró a reunir a sus guerreros mientras Kaspar corría hacia el límite de la ladera.
Al otro lado del valle, docenas de oscuros jinetes montados en corceles que no cesaban de resoplar emergían entre la sombría hilera de árboles de las laderas septentrionales del valle.
¡Kurgan! Las tribus del norte. Guerreros de los dioses oscuros.
Llevaban armaduras de cota de malla, blindajes de cuero barnizado, el cuerpo pintado y el cabello arrogantemente revuelto, todo lo cual les daba un aspecto bestial y feroz. Contaban con una gran cantidad de hachas de guerra de hoja ancha y de enormes y anchas espadas de las que se manejan a dos manos.
Jaurías de perros de guerra de largos colmillos, con la piel acartonada y manchada de sangre, correteaban y ladraban entre las patas de los caballos.
Kaspar corrió hacia su caballo y saltó a la silla, mientras un jinete kurgan emitía una larga y ronca nota con un cuerno curvado al tiempo que soltaban los perros de guerra.
—¡Caballeros Pantera! —bramó Bremen—. ¡En marcha!
V
Kaspar espoleó al caballo y Magnus bajó la ladera al galope hacia el río. Los Caballeros Pantera desenfundaron las lanzas de las protecciones de cuero y, mientras abandonaban apresuradamente las ruinas de la casa, a Kaspar le impresionó su magnífico aspecto. Con las destellantes armaduras plateadas bajo el sol, el estandarte enarbolado y las relucientes puntas de hierro de las lanzas, eran la viva estampa de la nobleza y el valor.
Los ladradores perros de guerra, seguidos por los jinetes kurgan, bajaban por la ladera con la intención de interceptar a los caballeros antes de que pudieran escapar, dando grandes brincos por la nieve y recortando rápidamente la distancia que los separaba. Kaspar observó que los oscuros jinetes provistos de armaduras se separaban en dos grupos: uno seguía a los perros de guerra y el otro formaba un amplio círculo con objeto de impedir la huida en el caso de que los caballeros consiguieran eludir al primer grupo.
Kaspar desenvainó la espada y enrolló las riendas alrededor de su muñeca izquierda mientras la enloquecida carrera los acercaba al río. El viento lo azotaba. Manteniéndose en la silla, se inclinó hacia adelante, apoyó el peso en los estribos y puso la espada al frente tal como Bremen le había enseñado. Valdhaas, que llevaba a Kajetan atado de través sobre su silla de montar, cabalgaba por el flanco más alejado de los jinetes kurgan, y Kaspar advirtió lo mucho que le fastidiaba no poder tener la lanza lista para atacar.
Los caballos penetraron raudos en el vado levantando relucientes salpicaduras que se convertían en vapor de agua a causa del veloz galope. Pero era demasiado tarde para escapar. Con ladridos sedientos de sangre, los perros de guerra les pisaban los talones, brincando en el agua y mostrando los colmillos en las fauces abiertas ante la proximidad de sus presas.
Los caballeros aullaron y bajaron las lanzas: las primeras bestias fueron traspasadas por sus puntas de hierro. Se rompieron lanzas, la madera de los mangos se astilló, la sangre de los sabuesos llenó el agua de espuma roja y los agonizantes animales se convulsionaron con los últimos estertores de la muerte. Se vieron destellos de espadas y se oyeron más gañidos de dolor mientras los perros morían. Muchos caballos relincharon y se pusieron de manos cuando se vieron rodeados por más sabuesos, que saltaban hacia ellos para atacarles los flancos.
Un caballero fue derribado del caballo a causa de los mordiscos que recibió su montura en las patas; cayó al río e inmediatamente lo atacaron tres bestias que gruñían salvajemente. En medio de una confusión de ruidos, chillidos y aullidos, los caballeros se dispusieron en círculo en el centro del río con objeto de ahuyentar a los sabuesos sedientos de sangre.
Kaspar hizo dar la vuelta a su montura para ayudar al caballero caído y apuñaló a los perros con la espada, arrancándoles gañidos de dolor. Tajó con su hoja el lomo de un sabueso y se echó atrás en la silla cuando otro se le vino encima de un salto.
Los colmillos del animal se cerraron a pocos centímetros del muslo del embajador y sus garras abrieron ensangrentados surcos en el costado de Magnus. El caballo se puso de manos y pateó con fuerza con sus cascos de hierro, alcanzó al perro y le abrió la cabeza. Kaspar se esforzó por mantenerse en la silla. Entretanto, el jinete derribado se levantó del agua con el brazo izquierdo pendiéndole al costado, totalmente inútil, y perdiendo abundante sangre por una profunda herida en el hombro.
El caballero dio las gracias con una inclinación de cabeza, pero entonces cayó de nuevo al agua alcanzado por una flecha negra, de astil grueso como el pulgar de Kaspar, que le atravesó el peto. Kaspar hizo girar al caballo cuando más flechas se les vinieron encima. Los jinetes que habían seguido a los perros de guerra hacia el vado galopaban hacia ellos disparando desde las sillas de montar sus potentes y curvados arcos. Vio cómo un sabueso era alcanzado en el aire a medio salto por una flecha dirigida a un caballero y se inclinó sobre el cuello de su montura. Una lluvia de flechas silbó en el aire, y la mayoría se estrellaron sonoramente contra las sólidas armaduras forjadas por enanos y contra los escudos de los caballeros. Gruñidos de dolor indicaban a Kaspar que no todas las flechas habían sido esquivadas y que algunas habían conseguido penetrar en las carnes de los caballeros.
Kurt Bremen cortó el cuello del último perro y dio la vuelta a su montura para encararse con los jinetes que se les acercaban. Con perfecta disciplina marcial, el resto de los caballeros se reagrupó en torno a su jefe, con el estandarte de los templarios de Sigmar en alto.
Kaspar cabalgaba junto a Bremen, jadeando intensamente y manchado de sangre.
—¡A la carga! —rugió el jefe de los Caballeros Pantera—. ¡Por Sigmar y el emperador!
Con el grito de batalla del jefe resonando en sus espíritus guerreros, los caballeros se lanzaron al encuentro de los jinetes kurgan. Kaspar se vio corriendo junto a los caballeros, atrapado por el mismo desesperado heroísmo de los guerreros de Bremen. Se oyó el ruido del chocar de más flechas contra armaduras y escudos, pero Kaspar constató que la lluvia de flechas era menos intensa que antes; entretanto, los jinetes estaban sustituyendo los arcos por manguales: largos palos que en sus extremos llevaban sujetas cadenas de las que colgaban bolas de hierro provistas de pinchos. Mientras apartaba a su caballo del río, Kaspar se dio cuenta de que aquellos jinetes habían cometido un peligroso error.
Convencidos de que los sabuesos y las flechas habrían castigado duramente a sus adversarios, los jinetes kurgan se habían acercado demasiado al enemigo y no habían tenido tiempo de prepararse ante la rapidez de la carga de los caballeros.
Apresuradamente, trataron de organizarse ante el ataque, pero en un enfrentamiento armado entre caballeros provistos de armaduras y arqueros a caballo poco protegidos, sólo podía darse un resultado. La carga de los Caballeros Pantera golpeó a los kurgan como un martillazo: lanzas y espadas derribaron de las sillas a los feroces norteños en una brutal lucha cuerpo a cuerpo que duró lo que tarda el corazón en latir unas pocas veces.
Se oyeron los gritos de dolor de los hombres y el repicar del acero sobre el hierro. Kaspar vio a un kurgan que chillaba al ser derribado de la silla atravesado por la lanza de un caballero; el mango del arma se tiñó con la sangre que brotaba de la herida. Los caballos caídos y los hombres derribados de sus monturas eran aplastados por los cascos en el arremolinado tumulto.
Kaspar disparó la pistola a la cara de un norteño que aullaba: la bala le abrió un agujero a un lado del yelmo y rebotó en el interior del cráneo. De forma precipitada, guardó el arma humeante en la pistolera y desenfundó la segunda pistola mientras otro guerrero tatuado se disponía a atacarlo volteando el mangual por encima de la cabeza. Kaspar le destrozó el hombro de un disparo, pero el kurgan siguió avanzando, rugiendo en su fiera lengua norteña.
Kaspar salió a su encuentro, le asestó un espadazo en el pecho y retiró la hoja antes de que quedara atrapada en la armadura del muerto. Luego trató de recuperar el aliento, exhausto a pesar de la desesperada energía que palpitaba en sus venas.
Pero antes de que los caballeros pudieran aprovechar su ventaja, los kurgan volvieron grupas y, dando muestras de experiencia, abandonaron la lucha y se alejaron al galope. Kaspar sintió una gran alegría al contemplar su retirada y proclamó a gritos la victoria.
Espoleó al caballo para intentar darles caza, pero oyó el potente estruendo de una trompeta y advirtió que se trataba de un aviso para que la caballería del Imperio abandonara la persecución. Cuando tiró de las riendas y obligó a que el caballo dejara huir a los kurgan, sintió que el corazón le latía intensamente.
En aquel momento advirtió que aquella pequeña victoria tan sólo había sido parte de la estrategia de los kurgan.
Más al sur, cerrándoles el paso por el río, había más de treinta hombres a caballo, el segundo grupo de jinetes kurgan. Mientras los sabuesos y el primer grupo de jinetes habían entretenido a los caballeros imperiales, aquellos otros les habían cortado la retirada y en aquel momento avanzaban hacia ellos. No iban poco protegidos, sino que aquellos enormes guerreros iban provistos de armaduras de hierro oscuro, yelmos rematados con cuernos y escudos de madera con refuerzos de bronce. Llevaban largas y anchas espadas y hachas de doble hoja, y Kaspar se dio cuenta de que aquellos hombres constituirían el más temible de los enemigos.
Los guerreros kurgan, protegidos con sus pesadas armaduras, avanzaban lentamente con sus caballos en dirección a los caballeros con porte arrogante y desdeñoso, aunque Kaspar sabía que treinta guerreros del Caos podían permitírselo.
Los Caballeros Pantera se reagruparon en torno a Kurt Bremen, tensos, pero sin miedo. El caballo del compañero caído iba a medio galope junto a ellos, pero descontando aquella baja aún eran doce. Y doce de los mejores y más bravos Caballeros Pantera eran todavía una fuerza a tener en cuenta. Su seguridad en sí mismos y su valor eran algo físico, y Kaspar sintió el profundo orgullo de que, si tenía que morir en aquel valle inclemente, por lo menos lo haría en la mejor de las compañías.
—Sólo hay un modo de conseguirlo, Kurt —dijo Kaspar, recargando las pistolas apresuradamente.
—Sí —asintió Bremen; alzó la visera y alargó la mano hacia Kaspar—. Atravesando sus filas en línea recta, con valor y acero.
—Valor y acero —asintió Kaspar, mientras estrechaba la mano que le ofrecía el caballero.
—¡Embajador! —dijo una voz por detrás de Kaspar. Éste se volvió y vio a Kajetan que le mostraba las manos atadas.
—Desatadme —dijo Kajetan—. Os puedo ayudar.
—¿Qué? —dijo en tono burlón Bremen—. Estás realmente loco si crees que vamos a desatarte, Kajetan.
—¿Qué puedes perder con ello? —imploró Kajetan—. Me matarán tan tranquilamente como vosotros pensáis hacer. Tanto vosotros como yo sabemos que no podéis ganar. Mataréis a muchos hombres, pero fracasaréis. Que yo muera no tiene importancia, pero os puedo ayudar a salvar la vida. Dejad que mi último acto sea por vosotros.
Kaspar se dio cuenta de que Kajetan tenía razón y se fue hacia Valdhaas y dijo:
—Déjalo bajar.
El caballero lo ayudó a bajar del caballo y el espadachín se tambaleó al apoyar su pierna herida. Levantó las manos hacia Kaspar y éste tendió su espada y permitió a Kajetan que él mismo cortara las ataduras con la hoja.
—¡Kaspar! —exclamó Bremen.
—Está en lo cierto, Kurt. Nos van a matar a todos y creo que quiere ayudarnos.
—Aprisa, mis armas —dijo Kajetan—. El enemigo está a punto de alcanzarnos.
Kaspar desenganchó las espadas de Kajetan y se las arrojó al espadachín, el cual las colgó del pomo y colocó una flecha en la cuerda del arco.
—¡Condenado Kaspar, espero que sepas lo que estás haciendo! —maldijo Bremen levantando la espada mientras Kajetan saltaba a la silla vacía del caballero derribado. Ya no había tiempo para preocuparse de Kajetan, e hizo dar la vuelta al caballo para hacer frente a los kurgan que se les venían encima.
Mientras hacía girar su montura para encararse con el enemigo, Kaspar esperaba fervientemente lo mismo que Bremen. Menos de un centenar de metros separaban las dos fuerzas; los kurgan proferían rugidos bestiales y espoleaban los caballos para mantenerlos al galope.
Los Caballeros Pantera, Kaspar y Kajetan contestaron con sus propios gritos de desafío y cargaron contra los bien protegidos kurgan. Los dos grupos de jinetes, corriendo velozmente el uno contra el otro, batían la nieve con los cascos de sus monturas.
Una flecha silbó en el aire y el jinete kurgan que encabezaba el grupo cayó derribado de la silla: de su yelmo emergía un astil gris. En seguida lo siguió otro, y luego otro más, y otro. Cada flecha abatía a un kurgan, y Kaspar vio asombrado cómo Kajetan, al galope, conseguía disparar a un guerrero tras otro con gran celeridad y metódica precisión.
El espadachín ya había tumbado a ocho guerreros cuando arrojó el arco y rugió el grito de guerra kislevita. Dado que no llevaba la pesada armadura de los caballeros, Kajetan logró que su caballo corriera más aprisa y sacó bastante ventaja.
Empuñando ambas espadas, atacó la línea de los kurgan con un torbellino de hojas. Sus armas se convirtieron en un par de líneas borrosas de acero plateado que se arremolinaban y tajaban carne y armaduras a cada espadazo. Tres guerreros cayeron del caballo en otros tantos golpes, y la carga de los kurgan perdió impulso ya que los guerreros tuvieron que luchar contra el enloquecido espadachín que se había metido entre sus filas.
Por todas partes en torno a Kajetan tajaron hachas y anchas espadas, pero ningún golpe logró alcanzarlo. Con gran destreza, el espadachín guiaba su montura con las rodillas y esquivaba o desviaba todos los ataques; y todos sus contraataques cortaban una garganta o apuñalaban a través de un resquicio de una armadura pinchando una arteria.
Los Caballeros Pantera cargaron contra la confusa masa de kurgan y se unieron a la batalla oportuna y lealmente, aunque Kaspar era consciente de que se podrían considerar muy afortunados si conseguían salir con vida.
Vio a un guerrero kurgan que se disponía a atacar a Kajetan por la espalda y le disparó a la nuca. El valle resonaba con los chillidos de los hombres heridos y con el ruido metálico producido por el acero forjado en el Imperio al chocar contra el pesado hierro de los petos. Pesadas hachas perforaban las armaduras; un Caballero Pantera cayó derribado por un golpe que le cortó desde la clavícula hasta la pelvis.
La batalla degeneró en un amasijo confuso de hombres aullando, caballos, hojas, sangre y gemidos. Al verse frenado el empuje de su carga inicial, los kurgan perdieron la iniciativa de la pelea. Los chillidos y gritos de los combatientes llenaban el valle, y Kaspar se dio cuenta de que la suerte de la batalla estaba en el filo de la navaja. Recuperó las viejas intuiciones de general y advirtió que el combate se encontraba en el momento decisivo.
Los kurgan se habían visto sorprendidos por la salvaje carga de Kajetan y por la furia del ataque de los caballeros, pero no tardarían en recuperarse y utilizar su superioridad numérica para destruirlos.
Aquel día, ganar o perder dependería de la más pequeña brizna de coraje o de pánico.
Pegó un cortante espadazo en el brazo de un aullante guerrero kurgan y se inclinó hacia atrás para derribarlo de la silla de una patada, y entonces vio que un gigante barbudo con la cara llena de cicatrices forzaba la caída de un caballero con un terrible hachazo propinado con su enorme hacha de guerra. El guerrero kurgan llevaba la armadura teñida de carmesí con el peto ribeteado de espirales entrelazadas y, a modo de trofeos, argollas de hierro batido le adornaban los brazos desnudos; Kaspar dedujo que estaba ante uno de los más temibles paladines del Caos, un feroz matador del que se decía que contaba con el favor de los dioses oscuros.
Varios guerreros lo rodeaban: cada uno lucía en el peto una señal que lo identificaba como un paladín concreto. Kaspar disparó la última pistola contra el gigante, pero el tiro no dio en el blanco aunque sí abrió la garganta de un jinete que estaba a su lado. El brutal paladín hizo girar su montura y levantando su enorme hacha de guerra se lanzó contra Kaspar.
Kaspar se movió en la silla de un lado para otro y el hacha pasó silbando junto a su cabeza, chocó con el hombro y le arrancó la hombrera. El embajador gritó de dolor cuando la hoja del hacha le mordió la carne y la fuerza del golpe casi lo derribó de la silla. Recuperó el equilibrio y propinó un espadazo al guerrero cuando pasaba junto a él, pero la espada se estrelló contra la gruesa armadura del enemigo.
Ambos contendientes dieron la vuelta para volver a quedar cara a cara, y Kaspar se dio cuenta de que era una pelea que no podía ganar. El kurgan también lo advirtió y gritó algo en su áspera lengua mientras cargaba contra el embajador.
Kaspar vio un súbito destello plateado y un surtidor de sangre. El barbudo gigante cayó del caballo mientras la cabeza le daba vueltas en el aire. Y Kajetan pasó como un rayo, sangrando por una veintena de cortes, con las espadas centelleando mientras seguía matando y matando.
Kaspar miró al espadachín sin dar crédito a sus ojos: Kajetan luchaba con una gracia y una destreza que iban más allá de toda lógica. El embajador había oído decir que la auténtica genialidad de un guerrero consistía en encontrar espacio para maniobrar, en descubrir la oportunidad para el golpe fatal, y, al mismo tiempo, impedir que el adversario hiciera otro tanto. Admiró el fluir casi líquido de Kajetan en el corazón de la batalla: hachas y espadas parecían pasar flotando junto a él como si no quisieran alcanzarlo, mientras él giraba y se desplazaba para esquivarlas con sobrenatural habilidad. Sus hojas resonaban sin cesar y dondequiera que golpeasen caía muerto un enemigo.
Kaspar hizo girar su montura, dispuesto a reanudar el combate, aunque el brazo que blandía la espada le ardía a causa de la fatiga y cada jadeo le quemaba los pulmones.
Pero los jinetes kurgan ya se batían en retirada. La repentina muerte de su líder había roto su moral y galopaban en dirección norte, hacia la hilera de árboles de la cual habían salido.
Kaspar bajó la espada y se abandonó a la extenuante fatiga de la batalla. Dio unas palmadas en los palpitantes flancos de Magnus y le acarició la piel empapada de sudor gruñendo de dolor al sentir un ardiente dolor en el hombro, donde el hacha del jefe guerrero de los kurgan lo había herido. Tenía el brazo entumecido y, para comprobar hasta qué punto, flexionó los dedos.
Se obligó a sí mismo a permanecer en la silla y se dio la vuelta al oír que alguien lo llamaba por su nombre. Sasha Kajetan cabalgó hasta situarse junto a él, empuñando todavía las espadas manchadas de sangre.
Kaspar echó un vistazo a las armas y se preguntó si tal vez habría sobrevivido a la batalla tan sólo para morir ahora a manos del espadachín.
Pero Kajetan no se había propuesto asesinar a nadie, dio la vuelta a las espadas y se las ofreció a Kaspar por el lado de la empuñadura. Kaspar las cogió y entonces advirtió las múltiples heridas que sufría Kajetan, de las que manaba un flujo de sangre uniforme y abundante.
Kurt Bremen se acercó al embajador; tenía la plateada armadura abollada, mellada y manchada de sangre. Vio que Kajetan, herido, se tumbaba sobre el cuello del caballo y sacudió la cabeza.
—Jamás había visto nada parecido —dijo el caballero.
—Ni yo —corroboró Kaspar, jadeante y sorprendido por el hecho de que aún les quedara aliento. Era asombroso haberse enfrentado a una fuerza tan nutrida y haber sobrevivido—. Es un hombre increíble.
Bremen dio la vuelta al caballo para observar a los supervivientes kurgan que se reagrupaban en el vado.
—Deberíamos irnos ahora mismo —dijo el caballero—; lo más probable es que sea un grupo de exploradores buscando una ruta hacia el sur para el ejército del gran zar. Vendrán más detrás.
Kajetan gruñía de dolor mientras Bremen reagrupaba a sus guerreros. Kaspar no sabía qué decirle. El espadachín había matado a su amigo más antiguo, había torturado a otra persona amiga y ahora les había salvado la vida.
Recordó la expresión de los ojos de Kajetan cuando habían peleado en la cumbre de la colina y sonrió al comprender finalmente el dilema que Stefan le había planteado antes de la batalla del vado de Owsen.
—Embajador —dijo Bremen—. Ahora tenemos que irnos.
—Sí —dijo Kaspar, mientras ayudaba a Kajetan a montar en la silla—. Vayámonos de aquí.
EPÍLOGO
I
Kaspar tuvo la impresión de que nunca había visto un panorama más acogedor que el de las torres y los edificios de Kislev, rodeados por la alta muralla y por los desperdigados campos de refugiados y soldados. Recordó la primera vez que había contemplado las murallas, hacía casi cuatro meses, y la sensación de impaciencia que había experimentado.
El viaje en dirección sur, hacia Kislev, había sido agotador, pues Kurt Bremen no quería permanecer en el norte ni un segundo más de lo imprescindible. Había muchas posibilidades de que otros jinetes kurgan los persiguieran, pero no habían visto ninguna señal que delatara persecución alguna y el regreso había transcurrido sin incidentes. A pesar de la increíble hazaña de haber derrotado a tantos enemigos, los caballeros estaban muy callados, debido por una parte a la soledad de la estepa y por otra a la pérdida de tres compañeros a manos de los kurgan. Llevaban el estandarte de los Caballeros Pantera a media asta, y Kaspar sabía que Kurt Bremen sentía mucha pena por haber tenido que abandonar los cadáveres, pero sencillamente no habían tenido tiempo de recogerlos.
Los caballos sin jinete, atados a las sillas de los caballeros sobrevivientes, formaban un triste cortejo a retaguardia, como si supieran que sus amos no los volverían a montar jamás en ninguna otra batalla. Kajetan no había dicho nada en todo el viaje, salvo para dar las gracias al caballero que le había cosido las heridas. Desde la batalla en el vado se había sumido en una especie de estado catatónico, sin responder pregunta alguna y manteniendo siempre la cabeza baja cuando le dirigían la palabra. Aunque no intentó fugarse en ninguna ocasión, Bremen no había querido correr ningún riesgo y había ordenado que le ataran las muñecas y que Valdhaas condujera su caballo.
Kaspar, que comprendía en buena medida la locura de Kajetan, no creía que aquellas precauciones fueran necesarias, pero no quiso discutir con el caballero.
—Nunca pensé que me alegraría de volver a ver este lugar —dijo Bremen, cabalgando junto a Kaspar.
Kaspar asintió con la cabeza, demasiado débil para contestar. Su hombro herido todavía le dolía una barbaridad, pero sonrió para sus adentros ante la perspectiva de volver a ver a Sofía, Anastasia y Pavel. Se dio la vuelta en la silla y vio a Kajetan mirando hacia la ciudad con expresión de temor y aversión. Supuso que era comprensible, dado que los chekist querrían ahorcarlo con toda seguridad tan pronto como cruzaran las murallas.
Kaspar estaba decidido a impedirlo. Detrás del caso Kajetan había poderes ocultos, y el embajador no estaba dispuesto a permitir que el espadachín fuera llevado a la horca sin antes tratar de descubrir cuáles eran. Ya preveía el enfrentamiento con Pashenko.
Kaspar suspiró. Había confiado en que la captura del Carnicero haría que los días que se avecinaban fueran, en cierto modo, menos caóticos que los pasados.
Pero tenía el presentimiento de que las cosas no iban por ese camino.
II
La nieve se arremolinaba a lo largo del valle envuelto en la oscuridad de la noche mientras los nueve jinetes subían hacia la parte superior de las rocosas laderas. Completamente cubiertos por gruesas pieles parecían más bien bestias salvajes que personas.
Allí no había ninguna forma de vida; ninguna podía darse: el suelo rocoso y los aulladores vientos garantizaban que nada pudiera sobrevivir y mantenían deshabitada aquella parte de Kislev.
Los viajeros obligaron a las exhaustas monturas a subir hasta la parte superior del valle, una profunda hondonada que hacía pensar a todo el mundo que la tierra se había partido y se había separado formando una serpenteante herida. Los jinetes, que se enfrentaban a un tiempo cada vez más inclemente, seguían subiendo aunque parecía como si la fuerza de los elementos se hubiera confabulado para impedirles el paso.
En plena tormenta de nieve, emergió de entre las sombras de la noche un enorme y vertical pináculo rocoso. La parte superior de un gran menhir de piedra dura y lisa de unos quince metros de altura se perdía en la nieve y en la oscuridad. Profundamente hincado en la tierra y elevándose hacia el cielo bajo la luz de la luna, la enorme piedra estaba grabada con trazos angulares que seguramente habían sido rudos pictogramas antes de que el viento los hubiera dejado ilegibles.
Los jinetes se detuvieron al pie de la imponente roca, desmontaron y caminaron en torno a ella como si la estuvieran inspeccionando. Uno de ellos, un gigante de anchos hombros, con un yelmo adornado con un par de cuernos y una visera esculpida con la figura de un lobo gruñendo, avanzó unos pasos y posó la mano enguantada sobre la roca.
—Ten cuidado, señor —dijo un jinete con colgantes de hueso y encantamientos—. Las rocas vibran de poder.
—Bien —dijo el guerrero del yelmo, volviéndose para encararse con el chamán—. Eleva la ofrenda a Tchar.
El gran zar Aelfric Cyenwulf colocó su otra palma sobre la roca y sonrió. Los dolgan designaban aquel lugar con el nombre de Urszebya —Dientes de Ursun—, pues creían que allí habían quedado fragmentos de los colmillos del dios oso cuando éste había dado un mordisco al mundo. El jinete sonrió ante la ridiculez de aquella idea.
Aunque sabía que era una imprudencia haberse internado tan al sur sin su ejército, había sentido la necesidad de ver la roca por sí mismo y, mientras se quitaba un guante de malla y ponía su callosa mano sobre la piedra fría, era consciente de que aquel peligroso viaje no había sido en vano. Aunque no era un hechicero, percibió el poder que impregnaba la piedra y ofreció una plegaria a Tchar por haberle permitido llegar hasta allí.
—Señor mío —dijo el chamán, empujando a un hombre atado para que se arrodillara ante el gran zar.
Aelfric Cyenwulf se apartó unos pasos de la roca, abrió la capa de pieles y dejó que cayera al suelo. Debajo de las pieles llevaba una armadura de placas iridiscentes de duro acero que reflejaba la luz de la luna formando pequeñas ondulaciones en su superficie, como si la hubieran abrillantado con algún aceite. Ribeteada con espirales de oro y plata, el peto estaba moldeado para parecer un cuerpo de musculosos pectorales y abdominales. La piel de los brazos estaba casi totalmente cubierta por brazaletes de hierro batido, a modo de trofeos, y por tatuajes coloreados que se distorsionaban cuando se tensaban los poderosos músculos. Cyenwulf llevaba envainado al hombro un enorme espadón que medía dos metros de largo y cuya empuñadura tenía forma de un repulsivo demonio.
Se quitó el yelmo y se lo dio a uno de sus guerreros. Una desordenada cabellera de pelo plateado con mechas negras en las sienes se esparció en torno a sus hombros enmarcando un rostro lleno de cicatrices rituales —seis cortes en la mejilla izquierda y cuatro en la derecha— que irradiaba una inteligencia inmisericorde.
El gran zar sobresalía por encima de sus guerreros; era un poderoso paladín al servicio de los temibles dioses del norte, los dioses verdaderos del hombre, los Dueños del Fin de los Tiempos, que no tardarían en convertirse en herederos de este mundo.
Ante él el prisionero se estremecía y lloraba, desnudo salvo por un taparrabo sucio.
El gran zar sonrió, mostrando dos hileras de dientes de puntas afiladas, y se inclinó para levantar al cautivo cogiéndolo por el cuello con una mano grande y fuerte.
El hombre se debatía en vano: no podía escapar. El imponente paladín del Caos atrajo al prisionero hacia él y, con un rugido en honor de Tchar, le dio un mordisco en la garganta y acercó el tembloroso cuerpo hacia la roca para que el chorro de sangre salpicara el gigantesco menhir.
El chamán se inclinó hacia adelante para examinar los dibujos que la sangre había formado al derramarse sobre la piedra y, cuando el viscoso líquido llegó a los pictogramas erosionados, trazó otras figuras. El gran zar arrojó a un lado el cuerpo del muerto, escupió un bocado de carne al pie de la roca y dijo:
—¿Y bien? ¿Qué anuncian los presagios?
El chamán se dio la vuelta y dijo:
—Puedo percibir el pulso del mundo debajo de nosotros.
—¿Y?
—El mundo tiene miedo.
El gran zar soltó una carcajada.
—No le faltan motivos.