Por algún motivo desconocido, la vida humana ha desaparecido del planeta. Sólo dos personas han quedado con vida: un hombre y una mujer, hasta entonces desconocidos, que deberán aprender juntos a afrontar la soledad y, a la vez, a comprenderse y convivir el uno con el otro.
Escrita con un estilo deliberadamente sencillo y directo y con un sutil sentido del humor, esta novela corta no es un relato de ciencia-ficción. Es el retrato intimista de dos personas enfrentadas a una situación extrema que les obligará a plantearse las cuestiones más esenciales de la existencia.
La extravagante peripecia de sus dos personajes acaba convirtiéndose en una reflexión sobre la soledad y en una metáfora sobre las diferentes formas que tenemos las personas de luchar contra ella.
FERNANDO BENZO SAINZ
Los naufragos de la Plaza Mayor
Amazón
Autor: Benzo Sainz, Fernando
©2012, Amazón
ISBN: 5705547533428
Generado con: QualityEbook v0.63
1
Fue un enorme estallido de luz. Sin ruido ni nada. Sólo un fogonazo de luz cegadora, como el flash de una cámara de fotos pero a lo bestia. Me desmayé. No sé cuánto tiempo, pero no mucho. Cuando me desperté, había ocurrido. No quedaba nadie. Ni rastro de vida en la Tierra. Todos los seres humanos y los animales habían desaparecido. Se habían volatilizado, esfumado, desintegrado... no lo sé, no estoy seguro de qué palabra usar. Sólo quedaba la vida vegetal. Los árboles, las plantas, las flores... y yo.
Lo había leído en el periódico. Una de esas noticias que lees de pasada, poco más que el titular. El miércoles, 10 de Septiembre de 2008, se pondría en marcha en Suiza o en Suecia o a lo mejor en Dinamarca, no estoy seguro, un gigantesco acelerador de partículas. Bueno, creo que se llamaba así. Una especie de aparato enorme que aceleraría la fisión o la fusión de la materia o removería los protones o pondría a punto de nieve los neutrones. Algo de eso. Terminología científica. Era una de esas noticias que no te acaban de interesar si no eres un especialista en la materia. Según decía el periódico, el único peligro era que, si funcionaba mal, podría llegar a destruir la vida en el planeta. El artículo resaltaba esa frase en titulares porque, sin ella, nadie lo habría leído. Parecía una de esas noticias exageradas que sólo se basan en una hipótesis imposible para despertar algún interés. Como esas noticias que dicen que en diez años todo el planeta será un enorme desierto si seguimos usando desodorantes de spray. Cosas que nunca suceden. Pero esta vez debió ocurrir. El fogonazo fue el miércoles 10 de Septiembre de 2008. Y debió originarse en Suiza o en Suecia o tal vez en Dinamarca. Pero yo estaba en la Plaza Mayor y me dio de lleno. A mí y a todos los demás. Pero yo sobreviví. Solo yo.
Los puñeteros suecos o suizos o lo que fueran la habían cagado y, ahora, me habían jodido bien jodido. Me había quedado solo en la Tierra.
No tengo ni idea de porqué sobreviví igual que si fuera una lechuga o un geranio. Algo genético, supongo. Desde hace años, cuando los hombres no sabemos explicar una enfermedad rara o porqué un tío que ha tenido una vida normal de pronto se zumba y se cree Napoleón y quiere invadir Egipto o porqué otro decide que va a labrarse un prestigio como asesino en serie, decimos que es algo genético. Así que supongo que dentro de mí hay algún tipo de mutación genética o de ADN raro. Ni idea. Nunca lo sabré porque nunca habrá nadie que pueda explicármelo, así que dejé pronto de preguntármelo.
La cuestión era que estaba vivo. Y solo. Y eso da miedo. Te despiertas en medio de la Plaza Mayor de Madrid creyéndote que acaba de darte una lipotimia o algo así y, de pronto, no hay nadie. Ni turistas, ni chavales que han hecho peyas, ni pintores de caricaturas, ni chorizos, ni drogotas, ni camareros, ni nigerianos vendiendo dvds. Nadie. No me sentía enfermo ni dolorido ni nada. Quizás un poco mareado. No más que si hubiese tomado una cerveza en ayunas. Pero lo cierto es que estás solo. Y caminas, das una vuelta, bajas por Cuchilleros, das marcha atrás y regresas, te asomas a una tienda de sombreros y a un bar de los de bocatas de calamares a un pastón y bajas luego por Arenal y sigues solo. Dices tímidamente ‘eh!’. Y nadie contesta. Un poco más fuerte: ‘Eh!’ Nada. Por fin gritas: ‘¡EH!’. Y nada otra vez. Solo. Ni un solo ruido. Apenas un eco que no sabías que existiera en la ciudad te devuelve debilitado el sonido de tu propia voz. Y el miedo se hace mayor.
En aquel momento aún no lo sabía. Aquello sólo parecía uno de esos sueños raros y sin sentido que no conducen a nada. Pero esto era real. Allí estaba yo, una mañana como cualquier otra, solo en Madrid. O, quizás, quién sabe, solo en todo el jodido Planeta Tierra.
Lo más sencillo fue resolver las cuestiones básicas. Al fin y al cabo, tenía una ciudad entera para mí solo. La luz, el agua, la calefacción, todo seguía funcionando. Por las noches, las farolas se encendían. Hasta los semáforos seguían cambiando regularmente de rojo a verde. Y, al principio, sin darme cuenta, cuando iba a cruzar una calle iba siempre al paso de cebra y si veía frente a mí al hombrecito rojo encendido, me paraba a esperar que cambiase. Hasta que caía en la cuenta de que no iba a pasar ningún coche y la razón se imponía al instinto para recordarme que podía cruzar por donde me viniera en gana sin necesidad de mirar a uno u otro lado. Aquellos primeros días descubrí la increíble cantidad de hábitos adquiridos que tenemos los humanos, las miles de cosas que repetimos una y otra vez inconscientemente como animalillos perfectamente amaestrados.
El fogonazo había ocurrido de mañana, así que todos los comercios quedaron abiertos. De todas formas, aprendí a entrar en todas partes. Si uno le dedica el tiempo suficiente, no hay nada inaccesible. Me proveía de todas mis necesidades esenciales en el supermercado del barrio. Así de simple. Era consciente de que algún día la luz y todo lo demás se acabaría. Pero, por ahora, los sistemas automáticos de lo que fuera - nunca me había preguntado antes cosas como de dónde venía la luz o quien vigilaba que no dejase de llegar agua a los grifos - seguían funcionando. Lógicamente, era de esperar que algún día todo lo que formaba parte del mundo civilizado se iría al garete. La comida elaborada se terminaría. Y ni siquiera podría dedicarme a la caza - la sola idea de imaginarme convertido en cazador me resultaba ridícula - porque no parecía que ningún animal hubiese sobrevivido al fogonazo. Las plantas sí habían resistido, así que llegaría el día en que estaría obligado a hacerme vegetariano. Sin problema por esa parte. La calefacción se apagaría, pero para combatir el frío siempre habría mantas y abrigos en las tiendas. Y cuando se terminase la electricidad tendría que ir haciendo acopio de velas. Más o menos, me imaginaba yo, mi futuro sería algo parecido a vivir como hacía unos cuantos siglos. Nada demasiado preocupante.
Eso sería más adelante. Por ahora, tenía comida, tenía medicinas si enfermaba, tenía luz y tenía una ciudad entera para buscar lo que necesitase donde me diese la gana. Por el lado de lo básico, ningún problema.
Así que me adapté. Podría contar lo duro que fue sobrevivir, las mil argucias que tuve que idear para salir adelante, lo astuto que fui para hacer frente a la adversidad... Pero mentiría. Era facilísimo. No pasé apuros materiales en ningún sentido. Lo siento. Aquello no era emocionante. Sobrevivir era algo extremadamente simple.
Mi única rebelión fue la lucha contra los malditos hábitos adquiridos. Cuando salía de casa, cerraba la puerta con llave. Hasta que un día me obligué a tirar las llaves de mi casa por una alcantarilla para superar ese hábito. Cuando salía de la ducha e iba desnudo hasta mi dormitorio para vestirme, siempre corría la cortina, hasta que un día me obligué a salir desnudo de casa, bajar la escalera, salir a la calle y dar un paseo desnudo por la Plaza Mayor. Me costó, me sentí estúpido, como si mil ojos invisibles me observaran. Pero lo hice. Así fui enfrentándome a todos y cada uno de los ritos de la vida diaria que ahora se habían convertido en inútiles y estúpidos.
No sé porqué sentía esa necesidad de romper con las normas cívicas de una sociedad que ya no existía. No me sentía enfadado ni enloquecido ni desesperado por lo que había ocurrido. No había en ello ninguna finalidad concreta. Quizás resulte difícil de entender, pero había asumido todo aquello con una extraña tranquilidad, con una naturalidad en la que ni siquiera me cuestionaba la situación. Era como si mi cerebro o mi subconsciente o lo que sea hubiese decidido por su cuenta: ‘vale, tío, esto es lo que hay: estás solo en el mundo. El único gilipoyas que ha sobrevivido a una especie de holocausto nuclear o alguna otra putada por el estilo, ¿entendido? Pues ala, ahora a seguir viviendo’. Mi única preocupación, por extraño que pueda parecer, no era la supervivencia ni pensar en lo ocurrido o en cómo sería el futuro para mí. Mi única preocupación en aquellos primeros días era algo tan absurdo como lograr romper con los hábitos, como si cada vez que me liberaba de una costumbre hubiese ganado una batalla a un enemigo que ni siquiera sabía quién era.
Pero hasta esa obsesión por liberarme de todo resto de civilización - o como quiera llamarse a esa readaptación en que me empeñé en tratar de convertirme en una especie de moderno hombre de las cavernas - acabó resultando absurda en sí misma. Una tarde, caminaba por la Gran Vía abajo y, como había hecho tantas otras veces, iba mirando la parte superior de los edificios. La Gran Vía es una calle extraña. Hasta la cuarta o quinta altura, las fachadas están degradadas por el descuido y por todos esos horribles cartelones anunciando escuelas de informática e idiomas, agencias de viajes baratos y hostales para turistas sin recursos. Pero, más arriba, la belleza de sus edificios seguía a salvo, inaccesible al daño humano, mostrando aún elaboradas balaustradas y pretenciosas estatuas de diosas griegas o fieros leones que siempre me habían resultado simpáticas.
Iba buscando una tienda de electrónica. Toda mi vida había vivido de espaldas a esos supuestos adelantos que pronto se convierten en imprescindibles para todos. Yo debía ser uno de los pocos hombres vivos sobre la faz de la Tierra que no tenía teléfono móvil. Tampoco tenía televisión y rara vez encendía la radio. Y, aunque usaba un potente ordenador para mi trabajo, ni siquiera tenía conexión a internet. Pero aquella tarde quería hacer una prueba.
Encontré la tienda que buscaba. Recorrí los estantes en que exponían las televisiones y fui encendiéndolas una a una. Ninguna daba señal. Fui a las radios y recorrí varias veces el dial de diferentes modelos sin oír nada que no fuera el chisporroteo habitual entre emisora y emisora. Luego, acudí tras el mostrador, donde había un ordenador encendido. Recorrí varias páginas de Internet, sobre todo de prensa, española y de otros países, y todas seguían mostrando las noticias correspondientes al 10 de Septiembre. No encontré ninguna señal de vida posterior a esa fecha. Me entró una risa estúpida.
Al salir de la tienda, hice aquella chorrada. Observé su escaparate, lleno de cámaras de fotos y vídeo y de televisores de plasma o de lo que fuera y sus cartelitos de oferta, no deje pasar esta oportunidad, precios increíbles y bla bla bla. Todo muy atractivo. Esperando compradores que ya nunca acudirían convencidos de que todo aquello era un chollo que no se podía dejar escapar.
Fui hasta una farola cercana y arranqué la papelera que colgaba de ella. Y luego lancé la papelera contra el escaparate. Qué demonios, podía hacerlo, pensé. Nada de hábitos preestablecidos. El escaparate se astilló con un sonido sordo, sin llegar a hacerse pedazos. Frustrante. No me pareció suficiente, así que encontré un par de piedras en la acera, esquinas desgajadas de adoquines, y las tiré contra las ventanas del primer piso de aquel mismo edificio. Los cristales sí saltaron en pedazos.
Y en aquel momento fue cuando comprendí que estaba haciendo el imbécil. Mi obsesión por dejar de respetar los hábitos civilizados era algo estéril y sin sentido. En aquel momento, destrozando ventanas a pedradas, superé esa obsesión. Era mejor seguir cayendo en la rutina de respetar las costumbres adquiridas que convertirme en un tipo absurdo que rompía ventanas a pedradas.
Volví a entrar en la tienda. Cogí una cámara de fotos del escaparate y me hice una foto a mí mismo. Me ví en la pantallita de la cámara. Cara de tonto. Y al verme comprendí que yo no era el tipo adecuado para aquella situación. Cosas como aquélla sólo podían ocurrirle a tipos como Charlton Heston. Y, al menos, hasta él tenía simios o mutantes, según la peli que fuera, para hacerle compañía.
Cuatro meses. Y una vida extraña. Levantarme, comer, caminar, dormir. No trabajaba. No leía. No pensaba demasiado. No tengo mucho más que contar de aquella etapa.
Una noche tuve un sueño. Soñé con una multitud. Era como una de esas escenas a cámara rápida. Miles de personas que iban y venían como hormigas enloquecidas. Vistas a distancia. Sin poder apenas identificar siquiera si eran hombres o mujeres. Sin saber a dónde se dirigían o de de dónde venían. Sólo gente. Caminando a una velocidad imposible pero logrando no chocarse entre sí. No intenté comunicarme con nadie. Ni siquiera formaba parte de sus idas y venidas. Les observaba desde arriba. Y, con esa lógica absurda de los sueños, tan sólo era consciente de que yo era mucho más grande que ellos. Mil veces su tamaño. Y les contemplaba con la misma superioridad con que se contempla a un hormiguero descubierto al levantar un pedrusco. Aunque yo estaba quieto, me agotaba el sólo hecho de ver a todos moviéndose a tanta velocidad. Pero seguía mirándoles, deslumbrado por la perfecta sincronización de todos aquellos seres diminutos capaces de ir de un lado a otro esquivándose unos a otros sin siquiera hablarse o mirarse.
Tengo entendido que los sueños apenas duran unos segundos. Pero, cuando desperté, tenía la sensación de que había estado soñando con esa historia de una única escena durante horas. Abrí los ojos y, durante un tiempo, en mi cerebro siguieron apareciendo todos aquellos minúsculos seres humanos a la carrera.
Algunas veces, al despertarme, durante una milésima de segundo, antes de que la consciencia plena llegara, me creía que todo había sido un sueño, que toda esa locura del fogonazo y mi supervivencia sólo había sido un sueño y me levantaría y me asomaría a la ventana y vería a la gente por las calles y, como siempre, me pondría a trabajar hasta la hora que hubiese quedado con alguien para terminar el día con una cerveza, una charla o echando un polvo. Luego, unos segundos después, recordaba que de eso nada. Charlton Heston sin simios ni mutantes un día más.
Pero la noche en que soñé con la multitud corriendo ni siquiera pasé por ese instante de fantasía al despertarme. Abrí los ojos y en ese mismo momento supe que estaba solo. Gracias a mi prodigioso ADN o a un capricho de un dios con ganas de divertirse un rato a mi costa, qué sé yo.
Aún era de noche. Me levanté y recorrí el pasillo hasta la habitación del fondo de mi apartamento, a mi pequeño estudio. Entré y contemplé en la penumbra que creaba la cercana luz de las farolas de Cuchilleros las obras apoyadas contra las paredes y un par de bastidores aún sin montar y la mesa grande con el ordenador y las hojas de cálculos y la imponente impresora en el suelo a su lado. No había vuelto a tocar nada desde el 10 de Septiembre. Y, por alguna razón, me sentí incapaz de tocar ahora nada de aquella habitación, a la que siempre había considerado mi refugio más privado, mi lugar favorito, mi escondite del mundo.
Fui hasta la ventana y la abrí. Hacía frío. Y noté algo extraño. Algo nuevo. Algo que no existía antes del fogonazo. Aquella noche, por vez primera tras cuatro meses, descubrí el silencio.
No, el silencio no es lo que cualquier persona hubiera creído que es. El silencio no existía antes del 10 de Septiembre. El silencio total, absoluto, un silencio que aprieta. Lo que convencionalmente hemos entendido siempre los humanos por silencio no es en realidad tal. Siempre hay algún sonido que se integra en el silencio sin romperlo, que lo hace presente y a la vez lo decora: el motor de un coche que pasa a lo lejos, el eco de una sirena, los ronquidos de un vecino, cualquier cosa imaginable, pero siempre hay algo, que forma parte de ese silencio pero lo trastorna, quitándole su poder absoluto. Podemos subir a la cima de una montaña o sumergirnos en el bosque más inaccesible y siempre habrá algo, un ruidito, un soplo de viento, un animal por pequeño que sea, cualquier cosa, que pervertirá el silencio.
Ahora ya no. Aquella noche, al abrir la ventana, entró en el estudio un silencio que sólo yo conocería. Espeso como niebla. Frío como un tañido de campana. Antipático como un grito a destiempo.
Igual que en mi sueño. Hasta ese momento no me había dado cuenta. Aquella multitud que corría sin cesar de un lado a otro no hacía ningún ruido. No se oían ni sus pasos ni sus voces. Se movían en aquel mismo silencio perfecto.
Me quedé helado en aquella ventana. Pero, a la vez, ni siquiera sentía el frío de la noche.
Me miró con sus ojos grandes. No fue sólo por la sorpresa. Sus ojos eran así. Grandes. En su mirada siempre había una mezcla de miedo, asombro y curiosidad. Me miró y abrió un poco los labios, muy despacio, y su boca quedó entreabierta a la espera de un suspiro o unas palabras que nunca llegó a pronunciar. Supongo que me miró como me habría mirado si a la vuelta de aquella esquina no hubiese aparecido yo sino un hombrecito verde con antenas.
Nos encontramos a la entrada de El Corte Inglés de Goya. Giré la esquina y ella estaba allí. Parada. Con sus vaqueros y su chaqueta blanca y un bolso grandote colgado del hombro. Giró la cabeza, me vió y sus labios comenzaron lentamente a abrirse.
-Hola. Vengo a buscar una cafetera. La mía se ha estropeado. Podría haber cogido una de alguna otra tienda pero supongo que aquí habrá más variedad para elegir - le dije.
Ella siguió mirándome con sus ojos grandes.
-Creo que están en la tercera planta. Las escaleras mecánicas no funcionan. Funcionaban hasta hace unos días. Pero se han parado - me dijo.
Tenía una voz agradable, fuerte y un poco infantil a la vez. Habló muy despacio, separando mucho las palabras, como si estuviera haciendo un ejercicio de pronunciación en un idioma no dominado.
Estuve a punto de darle las gracias por la información y seguir mi camino en busca de la cafetera. Aunque resulte increíble. Llegué a dar un par de pasos antes de volver a detenerme.
-¿Vives por aquí? - le pregunté y puse en mi voz una enorme cautela, como si temiese que fuera a mandarme a la mierda por mi impertinente curiosidad.
-Vivo en El Corte Inglés.
-¿En El Corte Inglés? Nadie vive en El Corte Inglés...
-Yo sí... - Calló por un momento. Me pareció que dudaba si debía darme más información -. Bueno, claro, antes no vivía aquí. Pero ahora... ahora es lo más cómodo.
Asentí, como si me pareciera lo más lógico del mundo que alguien viviera en unos grandes almacenes. Puede que sí, que ahora lo fuera. Eso sí que era romper de un plumazo con todos los hábitos preestablecidos y no mis niñerías de andar rompiendo ventanas a pedradas.
No hablamos más. Entré en El Corte Inglés y ella me siguió. Caminó unos pasos detrás de mí. Tuve la sensación de que me observaba a una cierta distancia como quien mide el riesgo que pueda entrañar un animal desconocido que ha aparecido de pronto. No se me ocurría nada que decir, así que simplemente dejé que me siguiera hasta la planta de electrodomésticos. Elegí la primera cafetera que ví, la más parecida a la que ya tenía, porque con ella mirándome me resultaba incómodo ponerme a buscar y seleccionar. Una vez tuve la cafetera en la mano, me volví y la miré de nuevo. Sus ojos conservaban la expresión de asombro cauto y su boca seguía un poco abierta.
-¿Tú sabes algo? - le pregunté.
Negó lentamente con la cabeza.
-¿Sabes qué pasó?
Volvió a negar con un movimiento de cabeza exacto al anterior.
-¿Has visto a alguien más?
-Sólo a ti - dijo al fin - ¿Y tú?
-Sólo a ti.
Y esas mismas palabras dichas por los dos parecieron resquebrajar un poco el hielo. Como si ambos hubiésemos dicho un ‘sí, quiero’ y a partir de ese momento supiésemos que había surgido entre nosotros un vínculo que ya no sería fácil de romper. Su boca entreabierta se quebró un poco, en lo que decidí interpretar como un intento de sonrisa de saludo, y eso me bastó para lanzarme a esbozar una sonrisa completa.
Así fue cómo conocí a Alicia. Y, a partir de entonces, fuímos dos.
2
Al principio, apenas hablaba. La primera vez que entró en mi apartamento, su mirada recorrió cada rincón como si buscase algo en el techo, en los muebles, en alguna esquina. En sus ojos había siempre una mezcla de recelo, cautela y sorpresa. Parecía frágil. Vulnerable. A pesar de su apariencia de mujer, aquélla mirada era suficiente para transformarla ante mí en una niña. Una pobre niña desvalida. Lo que me faltaba. He de confesar que, los primeros días, llegué incluso a temer que su presencia se acabase convirtiendo más en una carga que en una compañía.
Le ofrecí que viniese conmigo y ella no dijo ni sí ni no. Tan sólo me siguió. Fuímos a mi casa y ella inspeccionó con su mirada de alerta cada habitación. Recorrió el angosto pasillo y sus pasos eran tan cuidadosos que, bajo sus pies, la vieja madera del suelo ni siquiera crujió como siempre. Fue a mi dormitorio, al saloncito, al estudio, se asomó a mi pequeña cocina y al baño y regresó al pasillo, donde yo me había quedado esperándola.
-Es tu casa - dijo, más que preguntar.
-Podemos irnos a otra. Tenemos toda la ciudad para elegir.
Desde el principio, dí por hecho que permaneceríamos juntos. Fue algo parecido a cuando viajas a algún lugar remoto y te encuentras a un español. Te saludas como si te conocieras de toda la vida, como si entre ambos surgiese de manera espontánea una especie de intimidad fraternal tan intensa como repentina, cuando en otras circunstancias jamás le habrías dirigido la palabra. No pensé en otra opción. Estábamos solos en el mundo así que, mientras así fuera, me pareció evidente que no nos separaríamos.
-Esta casa está bien - dijo ella y supuse que con ello estaba aceptando el futuro compartido que yo ya había dado por hecho.
No trajo nada consigo. Lo puesto. Un pantalón y una camisa blancos, zapatillas de deporte y un jersey de lana azul. No pidió nada. No dijo nada.
Me encargué de instalarla. Me marché y regresé con ropa que calculé que sería de su talla y con toallas y útiles de aseo y una almohada. Se lo entregué todo y le expliqué los principios más elementales de aquella nueva convivencia: podía dormir en el sofá del salón, del que se sacaba una cama; el agua de la ducha tardaba en calentarse pero, una vez que salía caliente, había que volver a apagarla varios minutos si se quería que volviera a salir fría; sólo funcionaba uno de los fuegos de la cocina de gas y, por favor, le agradecería que no tocase nada de mi estudio y, a ser posible, ni siquiera entrase en él. En cuanto a las cucarachas, ironicé, no había de qué preocuparse puesto que se habían extinguido. Ella escuchó las instrucciones asintiendo levemente a cada una de ellas y, cuando hube terminado, tan sólo dijo:
-Gracias.
Traté de sonreir, de mostrarme familiar, de no asustarla más aún.
-Estamos juntos en esto - le dije y ella volvió a asentir.
Le dejé con todas las cosas que le había traído, le indiqué unos cajones donde podría guardarlas y fui a dejarla sola en el salón, convertido ahora en su habitación. Antes de marcharme, me detuvo su voz.
-¿Tienes miedo? - me preguntó.
Volví a sonreír y me sentí un poco idiota porque comprendí que estaba actuando como el padre que desea tranquilizar a una hija atemorizada. Ni siquiera me preocupé de la sinceridad de mi respuesta. Tan sólo busqué que el susto de su mirada no fuera a peor.
-No ¿Y tú?
Se encogió de hombros.
-No. Creo que no. Es sólo... - se detuvo, tratando de buscar las palabras adecuadas -... que no sé qué se supone que hay que hacer.
-No hay nada que hacer. Nadie espera nada de nosotros.
-¿Qué crees que somos? ¿Libres o prisioneros?
Aún tardaría en acostumbrarme. Siempre hacía eso. Preguntas repentinas. Preguntas inesperadas que te obligaban a definir sentimientos, a acotar situaciones, a enunciar conclusiones. Justo lo contrario a lo que yo había estado haciendo aquellos cuatro meses. Aquel primer día, aún no estaba preparado para su forma de ser, su hambre de respuestas o, al menos, su necesidad de traducir en preguntas todo aquello que no lograba comprender.
No estaba preparado para entrar en ese tipo de disquisiciones. Era mediodía. Tenía hambre y necesitaba hacerme aún a la idea de que aquella mañana me había traído conmigo a casa a una jovencita de ojos grandes y preguntas incómodas. Así que me fui a la cocina a preparar algo de comer sin darle una respuesta.
Alicia tenía veintitrés años. Acababa de terminar sus estudios de enfermería. Estaba a punto de concluir un período de prácticas en un hospital de la Seguridad Social de Alcorcón. Y tenía miedo. Tenía miedo hasta de hablar del pasado. Como si por mencionar cualquier dato de su vida anterior estuviese exponiéndose al riesgo de un nuevo cataclismo. Al comienzo, nuestra convivencia se forjó sobre un permanente silencio apenas roto por conversaciones intrascendentes de las que poco a poco logré extraer algunos datos.
Mencionó a unos padres y un hermano mayor. También había un novio. Y una casa familiar en Villaverde Alto. El fogonazo la sorprendió en un autobús. Como yo, sufrió un desmayo. Y, al despertar, el autobús se había detenido y ya no había nadie alrededor.
-¿Dónde están? - me preguntó en una ocasión como hacía siempre, de sopetón, sin que sus preguntas surgieran de una conversación anterior sino sólo de otro de sus eternos silencios.
-No lo sé.
-Tienen que estar en algún sitio. Todos.
Estábamos en la calle, en la Plaza de España, regresando de una de nuestras caminatas. Así pasábamos los días. Caminábamos. Sin ir a ninguna parte. Sin decirnos el uno al otro cuál era el destino que perseguíamos. Caminábamos y regresábamos al apartamento. A veces había recados que hacer: reponer comida o ropa o almacenar botellas de agua por si un día dejaba de salir del grifo, lo que fuera. Otros días, sólo caminábamos y apenas cruzábamos algunas palabras mientras recorríamos las calles desiertas. A mí me gustaba caminar por enmedio de las calles, por entre los coches detenidos en el lugar en que el fogonazo les había dejado sin conductor. A ella le gustaba caminar por las aceras.
-Tal vez no sean ellos las víctimas sino nosotros. Tal vez lo que ocurrió nos trasladó a otra dimensión o algo así y todos siguen con sus vidas mientras nosotros estamos atrapados en una especie de realidad paralela.
-¿Te gusta la ciencia ficción? - le dije, burlándome un poco - Quizás aparezca alguna nave de Star Trek para rescatarnos.
Me dirigió una mirada de reproche. Y luego se calló.
-Vale, perdona. No quería burlarme.
-¿Es que nunca te lo preguntas? - me dijo, con un cierto enfado en su tono.
-No me molesto en hacerme preguntas para las que no tengo respuesta.
Le gustaba la Plaza Mayor. Creo que, por alguna razón, la Plaza le daba paz. Le gustaba bajarse allí por las tardes. Se sentaba en el suelo, la espalda apoyada contra la verja que rodea el monumento central a Felipe III. Nunca me pidió que la acompañara. Tan sólo se iba y yo sabía que si la buscaba la encontraría allí, sentada en el suelo, esperando que el sol se ocultase tras las fachadas de la Plaza. Nunca esperaba al anochecer. Regresaba con el ocaso, se acurrucaba en una esquina del sofá del salón, sentada sobre sus piernas, y leía hasta que le entraba el sueño. Le gustaba leer. Novela, ensayo, de todo. Y, aunque nunca se lo pregunté, yo tenía la sensación de que no devoraba todos aquellos libros por entretenimiento. Tenía la sospecha de que los leía para buscar en ellos respuestas a todo ese listado infinito de preguntas que parecían atormentarla como moscas zumbonas que se hubiesen colado en el interior de su cerebro. Pero sólo leía por la noche, en el apartamento. Cuando se iba sola a la Plaza, se limitaba a sentarse en el suelo y perder la mirada.
Una tarde, de regreso de hacer algún recado al que había ido solo, la ví sentada en la Plaza y me acerqué. Ni siquiera esperó a que le dijese nada para lanzarme una más de esas preguntas suyas que sonaban siempre como un disparo inesperado:
-¿Echas de menos a alguien?
Como tantas otras veces, le contesté con un encogimiento de hombros. Me costaba formular respuestas directas a sus preguntas directas.
-Nunca me has mencionado a nadie. Siempre hablas de las personas como algo abstracto, como una masa sin identidad que, simplemente, antes estaba y ahora no está ¿No tenías amigos, familia, novia? ¿No tenías a nadie a quien ahora eches de menos?
-Intento no mirar atrás.
-¿Para protegerte? ¿Para no sufrir? ¿O porque si miras atrás no ves nada que merezca ser echado de menos?
-¿Porqué tengo la sensación de que en tus preguntas hay más una crítica que una curiosidad?
Sonrió. Gran novedad. Alicia no solía sonreír. Sonrió y su sonrisa alejó el velo asustado que cubría siempre su expresión y, en aquel momento, después de un par de semanas viéndola a diario, me dí cuenta por primera vez de que era guapa. El color de su pelo cambiaba de un pálido rubio a un dorado castaño según la luz que le diese. El suave marrón de sus pupilas a veces se encendía con un brillo verdoso. Y su boca, de labios gruesos y sonrosados, le permitía expresar con un leve gesto todo tipo de sentimientos. Era guapa y lo descubrí en ese momento, justo a la vez que me cabreaba con ella.
Le dí algunos datos con la misma precisión que si estuviese rellenando algún tipo de formulario. Padres fallecidos. Ningún hermano. Relaciones amorosas pasajeras. Un par de buenos amigos: el galerista que solía exponer mi obra y un escritor convencido de ser un genio incomprendido pero incapaz en realidad de escribir una buena novela. No especialmente sociable. Ex fumador y moderadamente bebedor. Partidario del sexo ocasional como mera terapia para combatir la ansiedad y razonablemente tolerante con las gilipolleces que obsesionan a la inmensa mayoría de los (ahora desaparecidos) seres humanos ¿Contenta?
-Bueno, al menos no te tienes que preocupar de conseguir tabaco... - me respondió, por una vez burlándose ella de mí y no al revés.
Se levantó, se sacudió el polvo del trasero y me dedicó otra sonrisa, ahora retadora.
-Eres engreído, autosuficiente, no te gusta que la gente sepa cómo eres y, en el fondo de tu alma, desprecias a las personas - me soltó, dejando ver claramente que, por alguna razón que se me escapaba, aquella conversación la estaba divirtiendo.
-¿Seguro que eras enfermera? ¿No serías una de esas caraduras que echan las cartas en televisión?
Se dirigió a casa caminando con la cabeza muy alta. De alguna manera, se sentía como si hubiese ganado un round de una pelea que yo ni siquiera sabía que estuviésemos teniendo. Y mientras la seguía unos pasos por detrás, me pregunté qué era mejor, si tener como única compañía para los restos a una pobre niña desvalida o a una especie de terapeuta postadolescente sabelotodo.
Alicia nunca regresó a su domicilio familiar tras el fogonazo. Durante los meses previos a nuestro encuentro, deambuló por las calles de Madrid con la esperanza de encontrar a alguien más que hubiera sobrevivido. Pero no se sintió con fuerzas de regresar a su casa para comprobar que su familia ya no estaba allí. Se instaló pronto en El Corte Inglés, donde podía encontrar con comodidad todo lo que necesitaba. Poco a poco, a medida que los días empezaron a pasar, sus caminatas en busca de personas se hicieron más cortas, hasta que llegó una mañana en que al despertar se limitó a abrir los ojos y quedarse en la cama. Pasó mucho tiempo hasta que se volvió a levantar de la cama de la sección de muebles de El Corte Inglés en la que dormía. Quizás dos o tres días. Me dijo que no era capaz de calcularlo. Pero estaba segura de que había permanecido allí, tumbada en la cama, sin comer ni beber ni ir al baño, más de cuarenta y ocho horas. Estaba segura, por muy increíble que pudiese sonar. Fue cuando menos miedo tuve, me dijo.
Pero acabó levantándose. Tras juguetear con la idea de dejarse morir, acabó por desecharla y ponerse de nuevo en pié. Y fue a la sección de telefonía móvil y entró en otra etapa, esta vez de actividad frenética. Compulsiva. Llamaba por teléfono móvil. A todo tipo de números. Aleatoriamente. Durante diez o doce horas al día. Números móviles y fijos. Números de Madrid y de todas las demás ciudades españolas. Números internacionales. Incluso números con prefijos inventados. A ratos siguiendo un orden y a ratos improvisando combinaciones. Dejaba mensajes en los contestadores. Soy Alicia, de Madrid, estoy viva, era todo lo que decía. A veces paraba para comer, otras veces ni eso. Y también, de pronto, llegó un día en que dejó de hacerlo. Nadie contestó nunca a sus llamadas. Nadie contestaría jamás. Lo comprendió. Estaba sola. Y, cuando al fin lo aceptó, salió una mañana de El Corte Inglés y se topó conmigo.
Ése es el relato que logré construir, a base de frases sueltas suyas y deducciones mías, de cómo había pasado los meses posteriores al fogonazo. Ahora, su visión de la situación era diferente. Ahora ya no buscaba personas, me dijo en una ocasión. Sólo buscaba respuestas.
Una noche, en que la hacía leyendo en el sofá, salí de mi dormitorio para ir al baño y la ví al otro lado del pasillo, en mi estudio. No me gustaba que nadie entrara en aquella habitación. Una manía de artista, supongo. Creo que ella no había vuelto a entrar allí desde que le hice el recorrido por el apartamento el día en que llegó. Sin necesidad de decírselo, creía que había intuído que no me gustaba que nadie entrara en mi estudio. Pero aquella noche estaba allí. En medio de la habitación. Me acerqué. Observaba los tapices apoyados contra las paredes. Obras inacabadas. Proyectos que quedaron detenidos con el fogonazo.
-¿Te gustan?
Dio un brinco al oir mi voz. Se sonrojó, sabiéndose descubierta haciendo algo que no debía.
-Nunca me habías enseñado tu trabajo - dijo, con un ligero balbuceo de culpabilidad.
-Ya lo estás viendo ¿Te gusta?
Reconocí la expresión de su cara. La había visto muchas veces antes. En los visitantes de las galerías, en marchantes de arte, en potenciales compradores. Era la expresión idiota previa a ese instante sin retorno en que debes decidir si algo que ni siquiera comprendes te gusta o te espanta.
-Son formas... - fue todo lo que acertó a decir.
Eché un vistazo yo también a las obras que estaban a la vista. Formas y colores. Sí, eso era. Había dedicado quince años de mi vida a crear formas y colores.
-Son fractales.
Su expresión idiota se idiotizó más aún.
Hacía años que me aburría más que nada en el mundo explicar a lo que me dedicaba. Pero, caramba, al fin y al cabo, ella era ya la última persona a la que tendría que explicárselo jamás, así que podía hacerlo una vez más.
-Son formas geométricas generadas a partir de algoritmos matemáticos y desarrolladas en la dimensión fractal.
-Estoy segura de que te encanta decirle eso a la gente para que tengamos que reconocerte que no hemos entendido ni una palabra.
Tenía razón. Ése era otro de sus defectos. No sólo se empeñaba en pensar y en formular preguntas, sino que, además, la putada era que a menudo me veía obligado a reconocer que tenía razón. Sí, llevaba años haciendo aquello, soltando esas frases para hacerse sentir ignorante al que la escuchaba. Una diversión malvada como otra cualquiera. Luego, siempre añadía la versión para profanos:
-¿Ves ese ordenador? Meto en él fórmulas matemáticas complejas y el ordenador las procesa convirtiéndolas en formas geométricas. Paso esas formas a un tapiz y, si hay suerte, las vendo como una obra de arte y gano lo suficiente para ir tirando.
Alicia sonrió, consciente de que estaba intentando reírme un poco de ella.
-¿Y eso es arte?
-Hay quien dice que sí. Y hasta paga por ello. En realidad, probablemente es la forma de expresión artística más compleja que existe. Yo no pinto con pinceles. Pinto con fórmulas numéricas. Requiere un profundo conocimiento de Matemáticas, algo poco frecuente en la mayoría de los artistas.
-Y tú lo tienes...
-Estudiaba Ciencias Exactas en la Universidad. Un día me harté. Lo dejé. Comprendí que no quería acabar mis días dando clases de Matemáticas en un instituto. Y me dediqué a esto.
Alicia volvió a pasear la mirada por los tapices, observándolos de nuevo ahora que ya sabía lo que eran. Pero su expresión no pasó a la siguiente fase, cuando el espectador ya ha decidido si lo que ve le gusta o le espanta.
-Son como tú - fue todo lo que dijo.
Y sí, lo confieso, me intrigó, así que le pregunté qué quería decir con eso aunque sabía de antemano que su respuesta no me agradaría.
-Raro, indefinible... Moderadamente agradable... Y a la vez distante y frío.
Calló, como si la visión de los tapices apoyados contra la pared la hubiera sumido en un trance. Tras un silencio, sólo añadió:
-Es bonito.
Miré mis propias obras tratando de verlas a través de sus ojos. Estuve tentado de soltarle la conferencia oficial, de hablarle de Benoit Mandelbrot, el creador del concepto fractal, o de las diferencias entre la dimensión fractal y la dimensión topológica o del copo de nieve de Koch o de la autosimilitud y los algoritmos recursivos o de cómo la geometría fractal podría aplicarse a todas las formas de la naturaleza... El viejo rollo. Lo había soltado miles de veces. Pero esta vez no lo hice. Me gustaba más que sólo pensara eso de mis obras: que eran bonitas.
-Todo se basa en la teoría del caos - fue lo único que le dije -. También nosotros. Tú y yo. Aquí. Es sólo la teoría del caos.
Aquello atrajo su atención. Me miró con la fijeza del perro de presa que ha olfateado su presa favorita: posibles respuestas a la vista.
Me encogí de hombros con resignación. Me había metido solito en el lío, así que ahora ya no había marcha atrás.
-Por decirlo de una manera sencilla... - dije, con el tono petulante que tantas veces le había oído a tantos profesores y críticos de arte y científicos y colegas artistas y que tanto me repugnaba -. El mundo, el universo o como cojones quieras llamarlo se rige por unas reglas muy básicas y simples, que en realidad ya fueron enunciadas por Isaac Newton hace un huevo de años. Pero, a la vez que hay unas reglas, el mundo es también una dimensión o un sistema inestable, incluso probablemente caótico, y eso significa que cualquier mínima alteración de esas reglas que lo rigen puede conducirlo al caos y transformarlo por completo. La teoría del caos es esencial en el arte fractal. Y, probablemente, también esté detrás de lo que ha ocurrido en todo el puto planeta.
-¿Y?
-Y nada. Que ésa es la respuesta a una de tus preguntas ¿Qué coño pasó? Que algo, un acelerador de partículas atómicas o una mierda de mariposa que aleteó a destiempo en la China, alteró las reglas y desencadenó el maldito fogonazo que se cargó a todo bicho viviente menos a ti y a mí. Punto y final.
Alicia no apartó los ojos de mí mientras su expresión de ignorancia se transformaba en una despectiva expresión de incredulidad.
-¿Y ya está? ¿Con esa explicación de manual de libro de Ciencias das por explicado todo lo ocurrido y ya está?
-En realidad, es una explicación que acabo de improvisar...
Al menos, le hice sonreir.
-Ahora sí que ya no sé lo que eres: si un artista excéntrico o un científico loco...
Se acercó a uno de los tapices, una obra de casi dos por dos metros que estaba prácticamente concluída, una triple espiral entrecruzada sobre un fondo negro en la que se mezclaban y fundían con fuerza trazos verdosos y anaranjados. Me sentía muy satisfecho de aquella obra. Probablemente, habría acabado decorando la entrada de una discoteca o el salón privado de un restaurante con pretensiones de modernidad. Esos solían ser los destinos habituales de aquel arte único, infinito y mágico al que había dedicado hasta entonces mi vida.
Alicia extendió la mano y la punta de sus dedos recorrió sin apenas rozarla las pendientes de aquella espiral de geometría imposible como si pudiera acariciarla.
-¿Porqué has dejado de crear? ¿Porqué no has creado nada desde que todo ocurrió?
Malditas preguntas. No se cansaba nunca de hacerlas. Y a veces te pillaba con la guardia baja y le contestabas la verdad.
-Porque ya no existe nadie que pueda disfrutar viendo lo que creo.
Y aquella noche aprendí un poco más sobre aquella extraña relación forzosa que iba surgiendo entre Alicia y yo. Comprendí que no sólo me irritaban sus constantes preguntas trascendentales, que me obligaban a hacer algo que me había pasado años negándome a mí mismo a hacer: buscarle el sentido a las cosas. Ese maldito afán de tanta gente que no quiere asumir que no todo tiene que tener necesariamente un sentido. Como mis cuadros fractales. A la gente le encantaba preguntarme el sentido de mis obras. No entendían que lo que más me gustaba de ellas era que no tenían un sentido. Podían gustarte o no gustarte. Nada más. Algo primario, irracional, puramente sensitivo. Gustar o no gustar. Sin sentido. Así era todo en la vida: el arte y las personas y los sentimientos. Todo.
Alicia era de esos otros, de los que buscan un sentido. Y ya sabía que eso me irritaba. Pero aquella noche comprendí que había algo más que me irritaba de ella: lo buena que era formulando precisas conclusiones.
-Ahora sí lo sé - me dijo, mientras sus dedos se alejaban lentamente del tapiz y una sonrisa dulce y satisfecha aparecía en sus labios.
-¿El qué?
Me miró. Con su mirada de niña sabia, de vieja inocente, de joven madura y de mujer insegura.
-Que, aunque no lo digas, te sientes tan solo como yo.
3
-Tenía planes - me dijo Alicia -. Tenía proyectos, ilusiones, sueños... Y aún no entiendo cómo se puede vivir sin nada de eso.
-Lo peor de los sueños es que siempre ocurren en el futuro.
-Pero sin sueños no hay vida, sólo supervivencia.
Alicia se mostraba a retazos. A golpe de frases sueltas, de confesiones inesperadas, a veces de silencios. A veces creías que necesitaba abrir su intimidad y, un segundo después, podías percibir como se cerraba en sí misma con la misma evidencia que si la vieses arroparse con una gruesa manta. Miraba atrás, a esa vida anterior que ya no existía, buscando en el pasado perdido las armas con las que luchar contra el futuro. Y no sé si eso era acertado o no. Ésa no era mi forma de ser. Yo prefería pensar que el fogonazo no sólo había borrado el presente sino también un pasado que automáticamente se había convertido en inútil porque ya nada era como entonces y, por tanto, ni el presente ni el futuro tenían ninguna conexión con ese pasado volatilizado. Nada de lo que pudiese ocurrir a partir de entonces sería ya una consecuencia derivada de un pasado que, por tanto, había perdido cualquier valor o significado. No sé cuál de los dos seguía el mejor camino para afrontar ese hecho. No me gusta juzgar. Cada uno tenía sus propios recursos para seguir adelante y, si algo estaba claro, era que Alicia y yo nos parecíamos en muy pocas cosas.
Construí su vida a partir de retazos, de pinceladas en un cuadro que siempre parecía seguir inacabado por muchos trazos que lograras completar. La niña buena, la familia modesta pero feliz, la jovencita responsable, el hermano deportista, el novio adorado, la abnegada enfermera, el afán por saber y entender, la mujer asustada que ahora compartía mi apartamento... Nada fuera de lugar en el retrato pero, a la vez, Alicia siempre me dejaba con la sensación de que había algo más allá de una biografía previsible, otra mujer tras la mujer de historia convencional que escondía pequeños secretos íntimos, quizás intrascendentes, más cercanos a ese mundo de los sueños y las ilusiones que al de la realidad, pero sin los cuales no era posible conocerla por completo.
De pequeña quise ser monja, me contó en una ocasión, riéndose de sí misma. Sus padres decidieron que no era del todo bueno que sólo recibiese la formación del Instituto y la apuntaron a la catequesis de la parroquia. Descubrió a las monjas y le fascinaron. Aquéllas mujeres parecían tenerlo todo muy claro. Desde entonces, siempre había admirado a las personas que eran capaces de centrar toda su vida en un único e indiscutible objetivo, ya fuera un matrimonio místico con la divinidad o convertirse en jugador de baloncesto, como su hermano. Ella nunca fue capaz de definir con tanta precisión una meta. Lo de ser monja se le pasó rapidito. De aquella etapa sólo le quedaron unas bochornosas fotos de Primera Comunión vestida con un horripilante traje lleno de encajes heredado de una prima mayor. Pero, a lo largo de los años, decidió con la misma firmeza ser arqueóloga, escritora de cuentos para niños, dependienta de una tienda de moda, fundar una ONG y estudiar Filología Griega. Lo de enfermera surgió después de entregarse con la misma intensidad que brevedad a un sinfín de vocaciones. Ser enfermera parecía una opción capaz de ofrecerle un poco de todo lo que deseaba en la vida: un correcto equilibrio entre rutina e incertidumbre, una sensación de utilidad suficiente y la posibilidad de conocer a personas diferentes entre sí. Había en ello un balance entre inquietudes cumplidas y renuncia a sueños que le parecía razonablemente satisfactorio.
¿Nunca te has rebelado?, le pregunté. Y ella me miró como si de pronto le hubiese hablado en coreano ¿Rebelado contra qué?, me preguntó ella. Y no estuve seguro de si su pregunta me sonó deliciosamente cándida o descorazonadoramente simple. Contra lo previsible, contra lo establecido, contra lo inevitable, contra lo que todos esperan de ti, contra el camino que parece estar ya trazado ante ti y todos esperan que recorras sin hacerte ninguna pregunta... ¿Lo has hecho tú?, me preguntó ella cuando desistí de intentar explicarle a lo que me refería. ¿Vivir aquí encerrado casi todo el día, diseñando geometrías de colores en un ordenador, te convierte en un rebelde?, insistió ella. Yo nunca necesité rebelarme, me dijo, prefería luchar por construir mi vida a limitarme a destruir lo que no me gustaba de ella. Respuesta perfecta, le repliqué y supe que ella sabía que me había conseguido ofender con ese tono que a menudo le gustaba usar conmigo, entre maternal y autodefensivo. A veces, cuando ella quería, Alicia se dejaba ver. Pero uno siempre salía escaldado si le hacía preguntas directas. Entonces, ella era como esas flores que se cierran de pronto cuando uno acerca la mano para intentar tocarlas.
Nunca hablaba demasiado de las personas que más le importaban. Siempre se refería a ellas de pasada, esquivando acercarse demasiado a su memoria. Necesitaba tenerlas cerca y, a la vez, las situaba siempre a una distancia prudencial para mitigar el dolor por su pérdida. Daba algún pequeño detalle sobre sus padres o su hermano, contaba una breve anécdota o simplemente les incluía en alguna frase y, rápidamente, cambiaba de tema, corría a elevar la conversación a conceptos más abstractos o temas más indefinidos o reducía los recuerdos a ella misma, como si siempre hubiese estado sola, como si nada hubiese ocurrido con gente a su alrededor.
En una ocasión en que mencionó a su novio, cuyo nombre nunca le oí pronunciar, interrumpí lo que contaba y se me ocurrió preguntarle, más por ponerla en un brete que por auténtica curiosidad, si consideraba que ese novio era una historia más o si habría sido el amor de su vida. Alicia clavó en mí sus grandes ojos marrones, dolida como si le hubiera hecho la peor afrenta, y mientras sus ojos enfadados se velaban con lágrimas contenidas sólo me contestó: no lo sé, no tuve tiempo de poder saberlo. Nunca más volvió a mencionarme al novio.
A veces me intrigaba, a veces me irritaba. A veces me inspiraba ternura y otras habría preferido que nunca apareciera para llenar mi vida de preguntas sin respuesta y de pensamientos peregrinos. Creo que, bajo aquella aparentemente plácida rutina cotidiana consistente en vagar sin rumbo y esperar sin esperar nada, ninguno de los dos conseguíamos una cierta paz a partir de la cual procesar lo pasado y lo futuro. Nos aferrábamos a vivir en un presente que resultaba más seguro que mirar hacia delante o hacia atrás, sabedores de que vivir tan sólo en el momento no era sino una mentira, quizás también una cobardía. Y ese afán por reducir todo aquello al día a día, por empequeñecer las perspectivas de aquella mierda que nos había ocurrido, nos llevaba a ambos a constantes y bruscos cambios de ánimo. Y lo más complicado era que su estado de ánimo y el mío pocas veces coincidían e incluso se condicionaban entre sí, como si jugasen por su cuenta un perverso juego conforme al cual, cuando ella pasaba por un bajón, yo me sentía más fuerte que nunca y, a la inversa, cuando yo necesitaba que se alejase, ella se empeñaba en escarbar en mi interior sin importarle hacer sangre. O quizás todo esto sólo fueran elucubraciones mías, un intento estúpido de entender una relación que se iba construyendo sobre los extraños pilares de aquel enorme mundo para dos. Qué sé yo.
-Tengo una sorpresa - me anunció una mañana Alicia nada más llegar de la calle con tonillo de excitación infantil - ¿Has visto hoy el sol?
Me había levantado tarde y no me había ni duchado aún. Había pasado una mala noche. No conseguía dormirme, así que me había dedicado a beber vino de madrugada para que me amodorrara y, cuando al fin me dormí, había caído en ese sueño espeso de la medio borrachera que acaba pareciendo más una pelea que un descanso.
-¿Qué coño le pasa al sol? ¿También ha desaparecido?
-No. Al revés. Ha salido.
-Yupi.
Alicia abrió las contraventanas del salón y, efectivamente, un sol radiante me deslumbró con impertinencia.
-Hoy comemos fuera - me anunció, con una voz de ama de casa feliz de anuncio de la tele que me puso al momento de mal humor. Me enseñó llena de orgullo una cesta de mimbre y se limitó a decir: - Picnic.
Fuímos al Retiro. Era una de esas mañanas invernales madrileñas en que el sol llena todo de una luz tan intensa como plana pero no calienta, creando una ficticia sensación de calidez. Nos sentamos cerca del estatuario de Alfonso XII, frente al estanque. Alicia había traído hasta el obligado mantelito a cuadros y desplegó todo su cargamento de jamón y chorizo y botes y latas y pan y cubiertos y bebida que había recopilado esa mañana en una tienda de delicatesen. Estaba de muy buen humor. Mientras ella preparaba todo, yo contemplaba el estanque. Era una imagen extraña. Las barcas vagaban a la deriva sobre el agua sucia, en la que ya no había peces. Algunos remos, abandonados repentinamente al desaparecer con el fogonazo los tripulantes, aún colgaban de las agarraderas de las barcas y otros, ya caídos, flotaban apenas unos centímetros por debajo de la superficie. El profundo silencio del parque aumentaba la inquietante sensación que daba ver aquel estanque abandonado. Era distinto el silencio del parque. Ya me había acostumbrado al silencio de las calles pero aquél, rodeado de naturaleza, parecía ser aún más agresivo, más infinito.
Contemplé al otro lado del estanque el Paseo... vacío. Allí solían ponerse a diario los guiñoles para niños y los conjuntos de música andina y los malabaristas y las echadoras de cartas y los cantautores de armónica y guitarra. Los paseantes bordeaban por aquel paseo el estanque y decidían a quién atender durante un rato a cambio de una moneda. Ahora, claro está, no había nadie.
Aspiré con fuerza el aire frío de aquella mañana de falsa primavera. Traté de despejar las nubes que habían desaparecido del cielo para instalarse en mi interior.
Lo pasamos bien. Por alguna razón que no le pregunté, Alicia había decidido que aquélla mañana estaría de buen humor. Nos pegamos una comilona y no charlamos de nada en concreto pero hablamos todo el rato para evitar caer también nosotros en el incómodo silencio que nos rodeaba. Ví a Alicia reír. Con una risa tan clara como aquél sol deslumbrante. Quería reír y cualquier pretexto le valía para hacerlo.
Con el comienzo de la tarde llegó un viento impertinente. Alicia, apañada ella, había traído hasta un termo con café para la sobremesa. Nos pusimos abrigo y tomamos café en dos coquetas tacitas de plástico. Y Alicia miró a su alrededor como si buscara algo o a alguien y le dio un sorbo a su taza y al volver a mirarme supe que su buen humor del día empezaba a volar arrastrado por el primer frío de la tarde.
-A veces, me siento culpable... - me dijo de pronto.
-¿Culpable de qué?
Miró de nuevo a su alrededor como si esperase toparse de pronto con la imposible visión de una ardilla subiéndose a un árbol o de un pájaro saltando en sus ramas o de una pareja besándose en la hierba, una visión del pasado.
-No lo sé. De estar aquí, de ser la única, de que todos los demás no estén ya y yo, en cambio, sí... A veces, la culpa se me agarra dentro y me muerde con una rabia insoportable.
Terminé mi café y me serví otro.
-Sólo es un síndrome habitual. Dicen que si eres el único superviviente de una catástrofe, siempre acabas desarrollando un sentimiento de culpa por haber sobrevivido.
Alicia se echó a reir al oir aquello, pero ya no era la risa alegre de aquella mañana.
-Me encanta cómo liquidas cualquier conflicto emocional de un plumazo...
Opté por concentrarme en mojar una galletita con chocolate en el café en lugar de contestarla, pero ella insistió:
-¿De verdad tienes todo siempre tan claro? Es como si tuvieses una colección de respuestas rápidas para todo. Se te dice cualquier cosa y, ¡zas!, ahí estás tú, con tu respuesta lista ¿Nunca tienes dudas?
Mordí mi galletita. Allá vamos, pensé. Preguntas, preguntas, preguntas ¿Porqué siempre me bombardeaba a preguntas si nunca le gustaban mis contestaciones?
-Prefiero elegir una mala respuesta que quedarme con una duda permanente.
Ella asintió, como si mis palabras le confirmasen una vez más que yo era algún tipo de ser indeseable.
-Así te sientes más protegido, ¿no? En cuanto aparece una sombra, la disparas sin pestañear. No permites que se acerque. No esperas a saber qué es. No dejas que te toque. La matas antes y asunto liquidado.
Intenté capturar con la lengua unas migas de galleta que se me habían quedado en la barbilla.
-Sinceramente, Alicia, no tengo ni idea de lo que me estás diciendo.
Volvió a reir con su risa de enfado.
-Hay momentos en que me gustaría ser como tú y momentos en que me desesperas.
Sonreí triunfal. Había conseguido atrapar con la lengua todas las migas de la galleta.
Dimos un paseo. Caminamos hasta la rosaleda y recorrimos sus veredas contemplando los parterres con los tallos desnudos esperando la primavera para florecer. Probablemente, en otras circunstancias, aquello me habría parecido un triste escenario de invierno, tan desnudo. Pero no ahora. La rosaleda me pareció un lugar lleno de esperanza. La flora y las plantas habían sobrevivido al fogonazo. Y ver aquellos tallos ahora escuálidos y saber que en unos meses se plagarían de coloridas flores era algo reconfortante, una especie de promesa de que aún existía la vida.
Probablemente, no fue eso lo que la rosaleda le inspiró a Alicia porque, al poco de estar allí, lejos ya cualquier resto del buen humor matinal, tuvo uno de esos momentos en que abría sin resquicios las puertas del pasado.
-Cuando tenía siete años, una compañera de clase murió. Nunca nos contaron exactamente de qué. Faltó durante un tiempo a clase y, un día, el profesor nos dijo que había muerto. No era especialmente mi amiga ni nada. Pero nunca la olvidé. Cada año, cada vez que sentía que me hacía mayor, cada vez que vivía algo nuevo y diferente, aunque sólo fuera una excursión con el colegio o la primera vez que fui a una discoteca o cosas así, me acordaba de aquella niña. Pensaba que ella nunca había llegado a vivir aquello y me preguntaba qué le habría parecido. Era extraño. Yo iba creciendo y ella seguía siendo en mi recuerdo una niña de siete años. Cada vez nos distanciábamos más pero yo procuraba imaginármela creciendo también. Hasta trataba de dibujar mentalmente cómo serían sus rasgos ahora que las demás teníamos ya doce, trece, catorce años o los que fuera. La primera vez que salí con un chico, me pregunté si ella habría tenido ya novio también a esa edad. Y cuando dejé el Instituto intenté imaginarla eligiendo también su futuro profesional. No sé porqué lo hacía. Me parecía injusto. Yo iba creciendo, viviendo nuevas experiencias, conociendo gente y lugares, y ella seguía siendo una niña de siete años. No era justo que se perdiese todo aquello y, de alguna manera, creo que yo intentaba compensárselo manteniéndola presente en mi pensamiento, como si así pudiese ofrecerle un poquito de todo lo que se había perdido.
Salimos de los caminitos de la rosaleda y enfilamos el Paseo, bordeando el estanque. Nos mantuvimos unos minutos en silencio. Hasta que Alicia volvió a hablar como si esos minutos nunca hubieran existido.
-Es extraño... Ahora, cuando pienso en aquella niña, ya no siento pena por ella. Incluso, a veces, pienso que fue afortunada. Todo lo que ocurrió después de que muriera, la vida entera, la de todos, ha sido algo tan inútil... Ahora creo que si esa niña pudiese verme, sería ella la que sentiría pena por mí. Mira, me diría, aquí estoy, sigo siendo una niña de siete años, me marché y todos se quedaron, sólo fue eso... ¿Y yo? Yo me he quedado y todos se han marchado. Seguiré creciendo, envejeciendo, pero ya no podré pensar en ella, ya no podré llevarla a mi lado, inventarle una vida, como hice durante tantos años, porque ella también se habría ido con los demás. Lo extraño es que la echo de menos, la echo tanto de menos como a todos los demás...
Regresamos al lugar de nuestro picnic. El frío iba aumentando pero Alicia me pidió que nos quedásemos aún un rato más allí. Combatimos el relente dando buena cuenta de los restos que aún quedaban en botes y latas y volver a comer pareció devolverle un poco del buen humor perdido. Pero no del todo. Ya me la conocía yo. Tenía cara de seguir preguntando y no tardó demasiado en hacerlo.
-¿Echas de menos a alguien?
-¿Otra vez con los mismo? - protesté - ¡Claro! A todos.
-¿A quién? - insistió.
-No lo sé... A todos.
-Dime a quién. Dime un solo nombre.
Me miró con mirada retadora. Sonreía ligeramente, como si estuviésemos comenzando un juego de ingenio. Pero yo empezaba a no soportar ni el frío ni sus preguntas porque sabía que, una vez desatados ambos, ya no había quien los parara.
-¿Qué vamos, a hacer un campeonato de la nostalgia? ¿A ver quién se lleva el primer puesto?
-Ya estás a la defensiva. Siempre estás a la defensiva.
-Intento no mirar atrás. Eso es todo.
Me hizo una de esas muecas de ‘¿ves?, tengo razón’ que tanto nos irritan a los hombres de las mujeres. Suficiente para que su provocación funcionara y yo me lanzara:
-Nunca me ha gustado mirar atrás. No me gusta la nostalgia ni creo que todo tiempo pasado fuera mejor. La mayoría de las personas entran en tu vida durante un tiempo y luego se van. Las parejas, los amigos, hasta la familia... De una u otra manera, se acaban yendo. Los amigos se distancian, los padres mueren, los hijos se largan a hacer su vida... Incluso aunque tengas una pareja a tu lado toda la vida, también se acaba yendo porque llega un día en que esa persona ya no es aquélla de la que te enamoraste. La vida funciona así. Las personas nos necesitamos unas a otras durante un tiempo, pero luego algo cambia y lo que antes te aportaba una persona ahora pasa a aportártelo otra y puedes seguir manteniendo un cierto vínculo con la anterior pero ya no ocupa más el sitio que una vez ocupó.
-Así que la vida consiste en ir dejando personas atrás en el camino...
-No es algo voluntario. Tan sólo ocurre y hay que aceptarlo sin excesivo sufrimiento. Todos esos sentimientos que nos han querido vender como eternos - el amor, la amistad y bla, bla, bla - son sólo hogueras que enciendes, que arden con fuerza y que luego se van apagando más o menos lentamente. Y si te crees que estarán ahí siempre, dándote calorcito, ten cuidado, amigo, porque igual acabas muriéndote de frío.
Me observó. Se mantuvo inexpresiva durante unos instantes, hasta que al final acabó meneando suavemente la cabeza con desaprobación.
-No sé si eres el tío más pesimista o el más cínico que he conocido jamás.
-Tú preguntas, yo contesto y tú te cabreas conmigo. En eso consiste nuestro juego, ¿no?
-Creo que estás lleno de mecanismos de defensa para protegerte.
¿He dicho ya que odiaba sus concisas conclusiones? Sí, sé que sí. Pero es que era algo que me sacaba de quicio. Según ella, yo tenía respuestas. Vale. Pero ella siempre tenía conclusiones.
-Sólo intento ser una persona práctica - volví a protestar, aun a sabiendas que ella me estaba llevando por donde quería para confirmar sus malditas conclusiones - Creo que la mayoría de la gente pasa toda su vida engañándose a sí misma. Me encanta mi trabajo, tengo buenos amigos, amo a mi pareja y mi pareja me ama... Todo eso. Pero, ¿conoces a alguien, a una sola persona, que cuando está a solas en la oscuridad de la noche no piensa alguna vez que le gustaría que algo en su vida fuese diferente a como es?
-¿Y tú? ¿No te engañas? ¿No es también mentira que vivas feliz en tu pequeño y protegido mundo, encerrado en una habitación con tu ordenador y tus extraños fractales, convencido de que las relaciones humanas sólo son algo temporal y que las personas son siempre algo pasajero?
Por un instante, sólo por un instante, confieso que no encontré ninguna réplica satisfactoria.
-¿Qué más da? - exclamé al fin - Esta conversación ya no sirve para nada. Mira a tu alrededor. Ya no hay personas.
-¿Y no las echas de menos?
-¡Claro que las echo de menos, joder!
-¡Pues dilo!
Volvió a fijar en mí sus ojos. Pero, para mi sorpresa, por una vez no había reproche sino algo parecido a camaradería en su mirada.
-No deberías tener tanto miedo a expresar tus sentimientos - añadió, ahora con voz más suave que impaciente.
Le sonreí.
-Mira, Alicia, me estoy haciendo mayor y soy como soy y digamos que me gusto a mí mismo en un porcentaje bastante elevado y no pretendas aparecer de pronto y cambiarme porque así es como soy y así es como voy a seguir siendo.
-El problema es que creo que no eres realmente como te gusta aparentar que eres.
-Me estoy cansando de frases epigramáticas que requieren una profunda introspección para ser desarrolladas. No voy a permitirte que me jodas obligándome a pensar más de lo que quiero. Yo elijo no pensar ¿Y tú qué eliges? - Abrí una lata al azar y se la ofrecí - ¿Te apetece un pepinillo?
Ella también sonrió.
-Dime una. Una sola persona a la que echas de menos.
-Te echaría de menos a ti si no estuvieses.
-No intentes coquetear conmigo. No me gustas nada.
-Por suerte para ti, tienes donde elegir...
Regresamos cuando el sol comenzaba a esconderse tras los árboles. Por una vez, no habíamos terminado una de nuestras conversaciones enfadándonos ni dándonos por imposible y creo que, aquella tarde, eso resultaba más reconfortante que todo lo bueno de aquel día diferente.
Caminamos despacio, como uno camina cuando llega a su fin inevitable una jornada que desearía haber prolongado. Me cabreaba entrar en el juego de Alicia, tratar de explicarme y acabar siempre fulminado por una de esas máximas suyas con las que pretendía definirme. Pero, a la vez, me sentía agradecido de que Alicia hubiese tenido aquella idea de organizar un picnic con cesta de mimbre y mantelito de cuadros y hasta termo de café.
De vuelta a casa, pasamos por al Fuente del Ángel Caído, ese extraño y perturbador monumento al diablo recién expulsado del cielo. Los dos lo contemplamos al contraluz.
-¿Y si hubiese sido él? - me preguntó Alicia.
-¿El qué?
-El que hubiese hecho todo esto. Cargarse al resto... Dejarnos a nosotros...
Contemplé la estatua. Al contrapunto de los últimos rayos de sol, tuve la sensación de que su boca abierta sonreía con una mueca burlona.
-Hijo de puta.
4
¿Qué harías si el mundo entero te perteneciera?
Es una pregunta de niños, lo sé. Una de esas preguntas sobre las que uno puede debatir largo y tendido cuando se tienen once o doce años ¿Qué es lo primero que harías si de pronto te volvieses invisible? Y uno dice rápidamente que colarse en el vestuario de las chicas y otro que darle una patada en el culo al profesor y eso da para discutirlo un buen rato. Es algo parecido. Uno sabe que nunca va a ocurrir. Tan sólo es divertido imaginarlo. Pero a Alicia y a mí nos ocurrió. Podíamos plantearnos una pregunta así y hacer realidad la respuesta. El mundo nos pertenecía. Cada lugar, cada objeto, todo a nuestra disposición ¿Y qué hicimos durante semanas? Deambular por las calles. Dejar pasar los días. Convertirnos en una pareja de zombis melancólicos.
Hay que hacer algo, le dije un día. Algo inesperado. Algo estúpido. Algo que nos haga sentir el poder de tener el mundo entero a nuestra disposición. Algo que sólo en esta situación pudiésemos hacer y que habría sido imposible si todo esto no hubiera ocurrido. Y Alicia me miró como si me hubiese vuelto loco. Pero a veces eso ocurre. A veces te despiertas una mañana y, de pronto, necesitas que ése día, ese preciso día, sin ninguna razón en especial, sea diferente a todos los anteriores y a todos los que vengan después. No hace falta que sea una fecha significativa. Simplemente, a veces ocurre. Y, de alguna manera, sabes que si ese día haces algo diferente, tendrás fuerzas para seguir al día siguiente con la rutina. Normalmente, es un impulso pasajero y, una vez superado, sigues adelante con otro día más sin recordar que al abrir los ojos esa mañana ansiaste algo diferente por una vez. Yo sentí ese impulso una mañana y decidí no dejarlo pasar y esa estupidez estuvo a punto de costarnos la vida a Alicia y a mí.
¿Quieres que saltemos en paracaídas o algo así?, fue su respuesta, llena de escepticismo. Quiero hacer algo que nunca hubiera imaginado que querría hacer, fue la mía, decidido a no dejarme contagiar por su falta de interés.
Acabamos en el Metro. Y, una vez más, no puedo dar un motivo. Fue la primera estupidez que se me ocurrió: tengo demasiado vértigo para saltar en paracaídas, así que conduzcamos un Metro, le dije a Alicia. Por supuesto, ella se negó. Pero cuando le dije que, de todas formas, lo haría yo sólo, acabó siguiéndome. Me preguntó por el camino si me había vuelto loco. Le contesté como a ella le gustaba: enrevesadamente. Le dije que ya no existía la locura. Al no existir ya gente cuerda, no había referencias con las que compararse, así que ya no cabía tacharme de loco. Como suponía, le gustó la respuesta, aunque no la convenció, porque mientras caminaba detrás de mí en dirección a la boca de Metro más cercana, le oí murmurar que sí, que todo esto me había hecho perder al fin la cabeza.
Aquel día, conduje un Metro. Y sí, creo que fue una especie de crisis o algo parecido, creo que aquel día se me fue la cabeza.
Había un tren en la estación de Sol. Las luces de los túneles y andenes estaban encendidas y las puertas de los vagones estaban abiertas esperando a pasajeros que ya nunca subirían. Fuimos directamente a la cabina.
-¿De verdad lo vas a hacer? - me preguntó Alicia.
Contemplé el tablero de mandos. Manómetros, pantallas digitales, un auricular, un micrófono, una especie de cambio de marchas y otro mando que debía ser el acelerador, varias filas de botones de colores con leyendas grabadas debajo, un interruptor que podía ser de contacto... Nunca me ha interesado la velocidad. Ni siquiera tengo el carnet de conducir. Y siempre había preferido el autobús al metro. Aquello no tenía sentido. No estaba cumpliendo un viejo sueño ni reproduciendo un juego infantil ni haciendo realidad una fantasía.
-¿Quieres que nos matemos? ¿Esto es una especie de suicidio sofisticado?
Seguí contemplando el panel de mandos como si, con sólo mirarlo, fuese a desentrañar sus misterios. No tenía ni idea de para qué servía nada de todo aquello y, a la vez, me atenazaba la extraña certeza de que sabría manejarlo. Giré el interruptor, apreté un par de botones, empujé ligeramente hacia delante uno de los cambios... En realidad, no recuerdo bien lo que hice. Fue como si alguien me dictase lo que debía hacer o como si tuviese la seguridad de que el azar se pondría de mi lado para ofrecerme lo que deseaba por pura casualidad. Oí el característico chasquido de las puertas de los vagones cerrándose y el tren arrancó. Y ni siquiera me sorprendió que hubiese acertado a arrancarlo.
-Puede haber otros trenes parados en la vía. Nos estrellaremos.
No la escuchaba. El tren se estaba poniendo en marcha.
-Está claro - dijo Alicia, con la voz cargada de resignación -. Quieres que muramos.
Nos sumergimos en el túnel. Y me sentí bien. Empujé ligeramente el otro mando del panel. La velocidad aumentó. Apreté un botón. Las luces frontales se encendieron iluminando las sucias paredes del túnel.
Alicia se sentó en uno de los dos asientos de la cabina. Ya no volvió a hablar. Llegamos a otra estación: Sevilla. Ibamos tan despacio que me daba tiempo a leer los anuncios cóncavos que cubrían las paredes del andén. Clínica de depilación láser, zarzuela en el María Guerrero, cursos a distancia de formación profesional... Aceleré. Sentí bajo los piés cómo el tren cogía velocidad. Próxima estación: Banco de España. Vía despejada. Acerqué el acelerador al límite. Oí crujido de hierros bajo nosotros.
-¿Qué intentas demostrar?
La voz de Alicia sonó tranquila, sin la menor alteración.
Ya he dicho que no soy de los que necesitan definir ni el motivo ni el sentido de las cosas. Y, desde luego, no trataré de justificar aquel estúpido acto. Sobre todo, porque no tengo razón alguna que lo justifique. Aquella escena se me antojaba más un sueño que una realidad, como si yo no estuviese realmente allí, precipitando un tren de metro a la oscuridad de manera temeraria. A medida que la velocidad iba en aumento, la cabina se iba llenando de ruídos, crujidos, chirridos, cuya procedencia desconocía y mi cabeza se iba vaciando de pensamientos. Nada importaba. Tan sólo aquélla boca oscura traspasada por los haces de luz de los faros del tren que nos devoraba con voracidad. No podía apartar la mirada del punto más lejano de oscuridad, donde los focos aún no alcanzaban a iluminar. Y, quizás, en algún recóndito rincón de mi cerebro, aún pensaba que Alicia podía tener razón, que en cualquier momento podría aparecer otro tren detenido en la vía contra el que nos estrellaríamos sin remedio acabando de una vez por todas con todo aquello. Pero la velocidad siguió aumentando y hasta ese pequeño reducto de racionalidad desapareció de mi mente para concentrarme tan sólo en la plácida sensación de vértigo que generaba la visión del túnel traspasado por la luz de los faros.
-Es divertido - le contesté.
-Sabes que no lo es.
Entrábamos en la estación de Retiro. Ya no podía leer los carteles. La cabina temblaba. Las agujas de los manómetros brincaban de un lado a otro. Las luces de los andenes penetraron deslumbrantes en la cabina.
Me pregunté, con desapasionada curiosidad, si sabría frenar el tren. Pero no busqué una respuesta. Preferí centrarme en otra opción: en creer que podría seguir así para siempre, circulando a través de las sombras sin destino.
-Esto no va a cambiar las cosas...
Por vez primera, volví mis ojos a Alicia, que me contemplaba sentada en el sillón. Y no me gustó lo que ví en sus ojos. Ví pena, compasión, una profunda tristeza. Pero supe que no estaba triste por ella. Estaba triste por mí.
Y fueron sus ojos los que me hicieron cambiar. Aferré el mando del acelerador y comencé a disminuir la velocidad. Las ruedas chirriaron sobre los raíles. Por delante de nosotros cayeron desde algún punto invisible los restos aún ardientes de un chispazo.
Miré mis manos y advertí que estaban temblando.
Fui frenando poco a poco y el tren fue perdiendo velocidad entre estertores metálicos.
Nos detuvimos en la estación de Príncipe de Vergara. Sin decir nada, Alicia salió de la cabina. Yo me quedé allí, apoyando las manos sobre el panel de mandos para intentar que me dejaran de temblar. Cerré los ojos. Y me sentí como un completo idiota.
La volví a ver sentada a los pies de la estatua de Felipe III, en la Plaza Mayor. Atardecía ya cuando regresé, tras pasar el día vagando a solas por la ciudad. Hacía frío y una brisa impertinente se calaba hasta los huesos. Alicia estaba un poco pálida y tenía la punta de la nariz sonrosada. Estaba claro que llevaba allí bastante tiempo. Me miró con sus ojos de niña buena y se encogió de hombros.
-No ha sido un buen día, ¿verdad?
-No, no lo ha sido.
-¿Sigues estando loco?
-Creo que ya no.
-Eso está bien.
Ella siempre parecía ganar. Tenía esa mirada que te taladraba, como si por mucho que quisieras nunca pudieses ocultarle nada. Y su voz pausada. Y una pizca de ironía en la sonrisa que aparecía siempre en los momentos justos. Y hacía esas preguntas directas cuando menos te lo esperabas. Y sabía lapidarte con sus malditas e irrebatibles conclusiones en frases de apenas cinco palabras. Cuando querías matarla, te parecía una pobre chica indefensa. Cuando querías ser su amigo, resultaba distante. Cuando tenías el impulso de ser afectuoso y protector con ella, se te antojaba demasiado autosuficiente. Y si pretendías demostrarle que no eras un idiota, siempre acababa haciéndote sentir como un imbécil. Y, a la vez, nada de todo ello parecía premeditado en ella. Sabías que no planeaba ni actitudes ni conversaciones. Simplemente era así. Siempre parecía ganar. Incluso aunque no se tratara de ganar o de perder, ella también parecía ganar. Y además sin esfuerzo. Como si ella jugase en una liga diferente, a la que uno no pudiese siquiera soñar con ascender. Nunca pude imaginar que alguien de aire tan frágil, tan vulnerable e indefenso, pudiese a la vez convertirse para mí en una roca que nunca parecía posible ni abarcar ni franquear.
Tras aquella estupidez del metro, pasamos unos días extraños. Yo estaba enfadado, enfurruñado como un niño pequeño que sabe que ha hecho el ridículo. Ella estaba aún más meditabunda de lo habitual si cabe. Apenas hablábamos. No salíamos juntos a pasear. Ibamos y veníamos por separado y cuando estábamos en el piso, ella se sumergía en sus libros y yo me inventaba cualquier tarea para no permanecer a su lado. Era como si, tras aquel viaje suicida en el metro, hubiesen quedado entre nosotros deudas pendientes que ninguno de los dos nos decidíamos a plantear.
Tras varios días así, una noche en que yo cenaba de pié en la cocina una ensalada, ella apareció bajo la puerta y me lanzó a bocajarro la pregunta:
-¿Tienes miedo a la muerte?
Y al instante supe que ésa era su cuestión pendiente, que estaba soltándome lo que se había guardado dentro desde el día del metro y que le impedía volver a la normalidad. Y comprender que una vez más era ella quien tomaba la iniciativa me enfurruñó más aún.
-La muerte me cabrea.
-¿Que te cabrea? ¿Qué quieres decir con que te cabrea?
-Pues eso, que me jode. Lo que me cabrea de la muerte es que sea inevitable, que no exista una oportunidad, una manera de evitarla. Ya sabes: todo es posible menos evitar la muerte. Eso es lo que me cabrea.
-O sea, que te asusta.
Sí, Alicia y sus conclusiones podían llegar a ser francamente enervantes. Pero yo siempre picaba. Siempre me acababa enredando en la madeja que ella tejía.
-No, no me asusta. Sólo me pone de mala leche. Cuando llegue, lo aceptaré. Lo aceptaré cabreado. Me cabrean las cosas impuestas, las cosas sobre las que no tengo capacidad de elección. Debería haber una alternativa. Quiero decir, la muerte me parecería bien si no fuese obligatoria, si sólo muriesen los que son malos o los que fuman o los calvos, yo qué sé. Que no fuese algo igual para todos, que pudieses evitarla de alguna manera. Incluso aunque sólo fuera por azar. Pero que existiese una oportunidad, una opción de librarte de ella.
-Lo que te molesta, entonces, es que alguien haya decidido por ti que un día debes morir.
Dejé mi plato de ensalada en el fregadero a medio terminar. Ni siquiera supe porqué, pero mi mal humor iba en aumento.
-Nadie lo ha decidido. Somos así. Es nuestra naturaleza. Vivimos y un día morimos. Y no podemos hacer nada por evitarlo. Si quieres seguir viviendo o si te asusta morir o si la muerte llega demasiado pronto e interrumpe tus planes o si se lleva a alguien que necesitas da igual, porque va a ser así y no vas a poder hacer nada por evitarlo. Da igual que seas bueno o que te cuides la salud o que te encomiendes a cualquier dios o lo que sea porque, hagas lo que hagas, un buen día la vas a palmar y ni siquiera vas a poder elegir el momento y eso es una putada porque eso convierte la vida en un juego en el que, hagas lo que hagas, al final pierdes.
-Salvo que haya otra vida después...
-Aún así, aunque la hubiera, el trámite no te lo quita nadie. Dios no podía privarse de ese perverso placer. ‘Te voy a dar una vida eterna pero, antes, se siente: tienes que morir’. Hay que tener mala leche...
-Está claro que no crees en Dios.
-No mucho ¿Crees tú?
Salí de la cocina y fui al salón y ella me siguió mientras adoptaba una expresión pensativa, como si nunca antes se hubiese hecho esa pregunta.
-No lo sé... A lo mejor antes sí. Un poco. En Dios o en algo. Pero después de todo esto, no sé... Lo que nos ha pasado no tiene mucho sentido. No encaja demasiado en ningún plan divino, ¿no crees?
-A lo mejor estaba harto de todos nosotros y ha decidido volver a empezar.
-¿Por ti y por mí? ¿Porqué iba a elegirnos a nosotros?
-A lo mejor sólo está jugando con nosotros. Haciendo un experimento. Riéndose un poco de nosotros. No sé... Nunca he podido creerme eso de que hay un tío muy sabio, muy grande, con una larga barba blanca, como una especie de Papá Noel refinado, que contempla nuestras vidas como quien ve un culebrón en la tele y que, cuando se cansa de un personaje, decide que debe morir y luego se deshace de él mandándole al cielo o al infierno, según el humor del que le pille.
Se rió. Disfrutaba con aquello. De alguna manera, siempre tenía la sensación de que jugaba conmigo. Como una madre sabia que jugase con su ignorante bebé para irle introduciendo de paso en las realidades de la vida. Era irritante sentirse como un bebé.
-Así visto, la verdad es que pones difícil creer.
-Nos hemos inventado a Dios. Eso es todo. Nos jode tanto esa puta inexorabilidad de la muerte que, al menos, si pensamos que hay un ser mucho más listo que nosotros en algún sitio que ha decidido que debemos morir para luego vivir otra vida diferente, como si la muerte fuese una graduación o algo así, nos sentimos más reconfortados y hasta nos portamos bien y no matamos al vecino que nos incordia para que el tío ése más listo que nosotros no se vaya a cabrear y no nos putee en esa otra vida. Es el invento perfecto. La idea de que existe Dios nos domestica y encima nos quita el cabreo por tener que morir. Es un invento utilísimo.
-Ala, ya has liquidado a Dios... - Se rió aún más -. Así de fácil. Siglos de teología mandados a la mierda con una explicación de medio minuto ¿Sabes lo que creo? Creo que te lo quitas de en medio rápido porque Dios te incordia.
-¿Me incordia?
-Claro. No encaja en tu infinita autosuficiencia. Eres tan egocéntrico que no puedes aceptar la idea de que haya un ser que pueda decidir sobre tu vida o juzgarla o imponerte normas o inspirarte una determinada moral. No eres capaz de aceptar la autoridad de nadie, ni siquiera la autoridad moral o divina o como quieres llamarla, de un Dios. Tú necesitas guisarte y comerte todo solito. Por eso te cabrea la muerte. Porque es algo que no puedes controlar. Y por eso mismo te cabrea que pueda haber un Dios. Porque lo ves como un rival, como una amenaza, simplemente porque si existiese no podrías ni ignorarle ni someterle a tu voluntad.
-Vaya... No sé cómo lo he conseguido pero, al final, esta conversación se ha vuelto contra mí.
-¿Sabes lo que creo? Creo que sientes rechazo por todo aquello que no puedes controlar. Por eso te has adaptado tan bien a todo esto. Porque, ahora, todo, el mundo entero, está bajo tu control. Sin injerencias de nadie. Tú y solo tú lo controlas todo. Es una situación perfecta para ti.
-No sé muy bien porqué, pero me estás regañando...
-¿Quieres saberlo?
-No estoy seguro, la verdad.
Su mirada se endureció. Y he de confesar que sentí un pinchazo de satisfacción al ver que, aunque sólo fuera un poquito, yo también era capaz de enervarla.
-Me cabreas. Me cabrea que nunca muestres debilidad. Me cabrea que, cuando te sientes mal, hagas estupideces como conducir un metro en lugar de afrontar tus sentimientos. Me cabrea que te libres siempre así de todo aquello que te asusta tan sólo porque te hace sentir débil. Te libras de Dios con la misma facilidad con que te has librado de las personas, de los recuerdos, de la nostalgia, incluso del miedo ante todo esto. Te sientes protegido en esa autosuficiencia que te ha llevado a convencerte de que no necesitas a nadie, de que tú sólo te bastas para vivir. El egoísmo te resulta cómodo, ¿verdad?
-¿Podrías dejar de ponerme a parir? Me conoces sólo desde hace unas semanas y ya te sientes capaz de hacerme un psicoanálisis completo ¿Seguro que sólo eras enfermera? Porque toda esa palabrería empieza a sonarme a terapeuta argentino, la verdad. Además, ¿qué más te da a ti cómo sea yo?
Sí, pensé, está enfadada. Está rabiosa. Quizás esta vez incluso puede que consiga un empate.
-Porque me afecta - me dijo, en tono acusador -. Porque no sé si te has dado cuenta pero esto tiene toda la pinta de que eres la única persona con la que voy a poder relacionarme el resto de mi vida. Y, la verdad, hubiese preferido que esa única persona no fuese un egomaníaco lleno de cinismo.
-Si quieres, también puedes darme una hostia... Si eso te desahoga...
Fue a decir algo más. Pero, en lugar de eso, me dio la espalda con brío y se largó a la cocina.
Y sentí una satisfacción infantil. Una estúpida sensación de victoria.
No sé a qué hora ocurrió. Me giré en la cama y entreabrí los ojos en medio del sueño y ví allí su silueta, recortada bajo el marco de la puerta por la luz que venía del salón. Recuperé la consciencia sobresaltado por su inesperada aparición.
-¿Qué ocurre? - balbuceé, adormilado aún.
No podía ver su cara al contraluz.
-No quiero morir - le oí decir a media voz.
Me incorporé en la cama apoyándome sobre un brazo y respeté su silencio hasta que volvió a hablar.
-Quizás no tenga sentido. Probablemente daría igual. Pero sé que no quiero morir.
-Yo tampoco, Alicia.
Permanecimos inmóviles en un nuevo silencio, más largo aún que el anterior.
-Me da miedo esta extraña vida que nos ha tocado vivir - dijo ella después -. Pero no quiero morir.
-No vas a morir, Alicia. Todavía no.
Quise levantarme, ir junto a ella y abrazarla. Entre Alicia y yo nunca había habido muestras físicas de afecto. Nunca había surgido. En aquel momento deseé hacerlo. Pero, antes de que me diera tiempo, ella se volvió y regresó al salón y yo me quedé en la cama, a medio camino de levantarme e ir hacia ella.
De nuevo solo, volví a tumbarme y contemplé en silencio la oscuridad del techo de mi habitación.
5
Algunas cosas empezaron a joderse. Periódicamente, cuando llegaba la hora en que debían encenderse las farolas, descubríamos alguna calle en la que ya no lo hacían. Y si mirabas a las ventanas de las casas, en algunas de las cuales habían quedado bombillas encendidas, se veían cada vez menos luces a medida que iban fundiéndose. Durante una semana, de los grifos de mi apartamento sólo salió un agua marronácea y terrosa a borbotones que sonaban como tosidos. Llegamos a considerar el mudarnos. Pero luego, repentinamente, regresó el agua limpia. Sólo fue un aviso. Tras unos días de lluvia intensa, nos topamos en la Castellana con numerosas ramas de árboles que habían caído sobre los coches abandonados en medio de la calzada y algunas alcantarillas se desbordaron dejando un rastro perenne de porquería reseca una vez se evaporó el agua. En otra ocasión, se nos estropeó la nevera, así que tuvimos que ir a buscar una nueva y nos deslomamos cargándola en una furgoneta y subiéndola a casa y librándonos luego de la rota.
Eran pequeños incidentes que no alteraban realmente nuestra vida diaria pero que, en cambio, nos afectaban con una trascendencia mucho mayor de la que en realidad tenían. Cada avería, cada acera sin luz, cada bombilla fundida, cada estropicio era como una pequeña derrota, como un trocito de civilización que se nos escapaba, una pérdida irrecuperable, un pasito hacia un mundo nuevo que tendría otras reglas, otro aspecto, otras formas de supervivencia. Por ahora, no había aún de qué preocuparse. Seguíamos siendo dos urbanitas del Siglo XXI con una vida confortable y con todas las necesidades cubiertas. Pero esas calles a oscuras, esos grifos con agua sucia, la comida que iba caducando, las calles ensuciándose, los metales que se oxidaban y las pinturas que se descascarillaban eran indicios, avisos, pequeñas luces de alarma que una tras otra se iban encendiendo para recordarnos quiénes éramos y dónde estábamos, para advertirnos de que el futuro sería aún más diferente de lo que ya era.
Y, como digo, todo aquello acababa por castigar el ánimo, como si cada nuevo cambio del entorno, por insignificante que pueda parecer, fuese un nuevo fogonazo que nos dejara aún un poco más solos.
No hablábamos de ello. De hecho, Alicia y yo cada vez hablábamos menos del pasado anterior al fogonazo del mismo modo que evitábamos compartir especulaciones sobre el futuro. Podíamos discutir -lo cierto es que, a estas alturas de nuestra convivencia, discutir era ya algo rutinario entre nosotros - sobre ideas, sobre mis habituales premisas y sus habituales conclusiones. Pero elevábamos siempre las conversaciones a disputas abstractas mientras eludíamos debates y reflexiones sobre lo cotidiano, sobre cómo era antes y sobre cómo sería mañana.
Ante cada nueva avería, establecimos unas pautas de comportamiento que nunca fijamos de palabra, que adoptamos en un acuerdo tácito pero que respetábamos escrupulosamente. Nunca volvíamos a pasar por calles o aceras en las que se hubiera ido la luz. Daba igual que estuviesen en nuestro recorrido lógico. Si la noche nos pillaba fuera y ante nosotros aparecía una calle a oscuras cambiábamos de dirección sin siquiera comentarlo. Y cuando se estropeó la nevera, cargamos con la rota y, en lugar de dejarla en cualquier sitio cercano al piso, nos molestamos en llevarla a un contenedor situado en un lugar por el que no solíamos pasar, tan sólo para asegurarnos de que no la volveríamos a ver. Si entrábamos a por alimentos en un supermercado y veíamos apagadas las cámaras frigoríficas o empezaba a oler mal en su interior porque había comida que empezaba a pudrirse, simplemente cambiábamos de establecimiento. Sin comentarios. Poco a poco, el mundo al que habíamos pertenecido se iba haciendo más pequeño, se iba encogiendo, y nosotros éramos testigos inertes de aquel lento proceso de pérdidas ante el cual sólo nos quedaba resistir.
Una mañana de áspero frío en que regresábamos de habernos hecho con un abrigo nuevo cada uno, Alicia se detuvo de pronto a la altura de Recoletos, enfrente del Museo del Prado. Se puso en cuclillas y observé lo que ella contemplaba. Una planta escuchimizada crecía por entre dos de las losas que conformaban el pavimento de la calle. Un endeble tallo y dos pálidas hojitas se habían abierto camino por entre la piedra levantando apenas un palmo del suelo. Si mirabas al frente, en nuestra misma acera, podías ver otros pequeños matojos de césped a medio secar y plantitas sin gracia brotando entre las rendijas del cemento. Pero Alicia se quedó mirando un tiempo la que había elegido como si no hubiera más, como si necesitase cerciorarse de lo que era. Luego, se enderezó de nuevo y miró al otro lado de la calle, al paseo central que separa las dos calzadas donde seguían aburridos los coches vacíos en un atasco eterno. Intuí lo que miraba. Las flores de temporada que solían decorar los parterres se habían ido secando y el césped había crecido dando un aspecto descuidado a lo que solían ser coquetos jardines mientras las ramas de los árboles se poblaban en un desorden sin poda.
Fue la única vez que mencionó en voz alta lo que ambos habíamos acordado tácitamente no mencionar.
-Todo se irá - fue lo único que dijo.
El césped seguiría creciendo, las plantas se abrirían camino, los pavimentos se resquebrajarían, las cañerías se atascarían, los servicios más elementales dejarían de funcionar por completo y hasta los edificios, algún día, se empezarían a caer. De acuerdo. Una mierda. Intenté hacer un cálculo mental rápido ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que nos convirtiésemos en personajes de la Edad Media? ¿Y cuánto pasaría hasta que volviésemos a los tiempos de las cavernas? Seguro que muchas cosas se mantendrían hasta nuestra vejez y nuestra muerte. Abandoné el cálculo. A Alicia no le preocupaba eso. No se trataba sólo de la progresiva pérdida de comodidades. No la habría reconfortado que le hubiera hecho un meditado análisis de con qué podríamos o no podríamos contar dentro de diez, veinte o cincuenta años. No era eso lo que entristecía sus ojos cada vez que constatábamos una nueva pérdida. La conocía lo suficiente para saber que lo que apagaba su mirada, lo que la arrastraba a esos silencios suyos cada vez más largos, no era tanto el temor al futuro como la distancia respecto al pasado, la lejanía que paso a paso se iba estableciendo entre nosotros y el mundo que una vez existió.
Y ante eso no podía ofrecerle consuelo.
Primero sonó una explosión. Poco después, una estrecha y oscura columna de humo asomó por encima de los edificios. Fue Alicia quien la vió. Se había asomado a la ventana al oír el estallido. El humo surgía de algún punto alejado de nuestra casa. Al momento, decidimos echarnos a la calle y seguir la dirección de aquella columna de humo en busca de su origen.
Un almacén cercano a las vías de tren a apenas un par de cientos de metros de la estación de Atocha estaba en llamas. Alicia y yo llegamos hasta allí caminando por las vías y nos quedamos a una prudencial distancia observando las bocanadas de fuego que asomaban por sus ventanas y el humo cada vez más oscuro que surgía por todas partes para reunirse por encima de la techumbre y subir al cielo. Un desagradable olor a goma y madera quemada llegaba hasta nosotros. Afortunadamente, el almacén no estaba pegado a ningún otro edificio, por lo que el incendio acabaría consumiéndose por sí solo.
-Habrá habido un escape de gas y alguna chispa lo ha incendiado - le dije a Alicia. Y ella respondió que el motivo era lo de menos con tono malhumorado.
Por alguna razón, aquel incidente afectó de manera especial a Alicia. No voy a decir, ni mucho menos, que fuera la causa de lo que ocurriría después. Pero sí creo que fue el detonante, la puñetera gota que colma un vaso o algo así. Aquella mañana, la regla del silencio ante las pequeñas debacles del entorno se fue al carajo.
Nos quedamos allí plantados, en las vías del tren, viendo el almacén arder, absorbidos por ese atractivo hipnótico que tiene siempre el fuego. Hubo al poco una segunda explosión en el interior del edificio, mucho más pequeña que la primera, y ni siquiera eso nos hizo movernos más allá de dar un brinco de sorpresa. Es una mierda, repetía de cuando en cuando Alicia, como un mantra rabioso. Hasta que me cansé de oírselo y le dije que no era para tanto, que sólo era un pequeño incendio. Y eso la indignó.
-No, claro - me espetó, tan enfadada como no recordaba haberla visto antes -. Para ti no tiene importancia. Nada la tiene. El mundo se va a la mierda a nuestro alrededor pero, qué coño, al señor yo me lo guiso yo me lo como no le importa nada.
Aquella ira me cogió por sorpresa, así que intenté calmarla con un poco de sentido del humor. Como siempre con ella, me equivoqué de actitud.
-Puedo superar la pérdida de un almacén de estación - le dije, reforzando el tono irónico - Pero, si lo prefieres, me tiro al suelo y me rasgo las vestiduras y maldigo a los dioses del Averno...
Mal camino. Acabamos discutiendo. Alicia me reprochó lo de siempre. Volvió a recordarme la composición que se había hecho de mí, el tipo cínico y autosuficiente y todo ese rollo. Y la cercanía del fuego nos envolvía en un calor pringoso y en aire pestilente que no ayudaba a tener mucha paciencia, así que me entregué a gusto a la pelea.
-¿Qué vas a hacer? - terminó gritándome, los ojos llenos de lágrimas en las que se mezclaban la rabia y la desesperación - Dime tu plan. Venga, dímelo ¿Qué vas a hacer mañana y el otro y el otro? ¿Seguir dejando pasar los días como hasta ahora? ¿Cruzarte de brazos? ¿Ver cómo arden los edificios y cómo se apagan las luces y cómo todo va derrumbándose a tu alrededor sin alterarte lo más mínimo? ¿O tienes algún plan?
Miré a Alicia sin responderle. A veces sentía ternura por ella, a veces me sacaba de quicio y a veces conseguía inspirarme las dos cosas a la vez.
Se me quitaron de pronto las ganas de seguir peleando.
-No - contesté al fin, con la calma recuperada -, no tengo ningún plan.
Al principio, me miró dubitativa como si no hubiese entendido bien mis palabras. Luego, por unos segundos, pareció como si mi repentina tranquilidad se le contagiase y lograra aplacar su enfado. Pero, al instante, la ira regresó con la misma fuerza a su voz y su mirada.
-¡Pues yo tampoco, joder! - me gritó, a la vez que daba una patada en el suelo y las lágrimas se desbordaban al fin de sus ojos.
Se marchó. La observé mientras se alejaba con pasos marciales por las vías del tren. Una vez la perdí de vista, volví a contemplar el almacén que ardía. Me quedé allí hasta que las llamas terminaron y de las ventanas ya sólo salía un humo aún más negro, denso y apestoso. Cuando el techo del almacén se derrumbó al fin con un estruendo y la columna uniforme de humo se fragmentó en varias piras menores, me decidí a marcharme.
Me lo dijo aquella misma tarde. La encontré en mi estudio. Alicia sabía que una de mis manías era que nadie entrase en mi estudio y desde que se lo enseñara nunca la había vuelto a ver entrar. Pero ahora estaba allí, sentada en el suelo, frente a las obras que permanecían apoyadas contra la pared y que no había vuelto a tocar desde el fogonazo, en la medio penumbra que creaba en la habitación las luces provenientes del exterior. No se levantó al verme. Sólo me miró y ví en sus ojos la más triste de sus miradas tristes.
Me lo dijo sin preámbulos.
-Me voy.
Y supe al instante a lo que se refería, a pesar de que me comporté como si no lo hiciera, como si aquello sólo fuera una conversación cotidiana.
-¿Vas a salir?
-No. Me voy. Me marcho. Del todo.
Lo dijo con una mezcla de determinación y temor, como si le asustase mi reacción y a la vez se hubiese armado de fuerzas para no retroceder dijera yo lo que dijese. Y yo ni siquiera supe qué decir.
-No te entiendo.
-No hay nada que entender - Se puso en pié a la vez que su voz se cargaba con rapidez de impaciencia, ansiosa por liquidar aquello -. Simplemente, no puedo seguir aquí. Quieta. Tengo que hacer algo.
-¿Hacer algo? ¿Algo como qué?
Alicia miró a su alrededor. A la mesa y el ordenador. A las obras apiladas contra la pared. Al techo. A la ventana. Como si en algún lugar fuese a encontrar escrita la respuesta. Miró a todas partes menos a mí y luego se encogió de hombros y cerró los ojos y suspiró y los volvió a abrir y un ligero temblor en su barbilla me hizo recordar lo mucho que le asustaba vivir sin respuestas.
-No lo sé. Pero necesito irme.
-¿Es por mí? ¿Lo que necesitas es perderme de vista o algo así?
Al fin me miró. Y sonrió con una sonrisa tan cómplice como rendida.
-Tú no me gustas. Pero no es sólo eso.
-¿Yo no te gusto? - Me reí con sarcasmo - Me sorprende. Al fin y al cabo, sólo llevo escuchándote criticar mi forma de ser prácticamente desde el día que nos conocimos...
Supe que con aquello intentaba llevarla a un terreno conocido, al terreno ya familiar del reproche y la ironía, a una más de nuestras rutinarias discusiones cotidianas. Supe que intentaba despistarla, hacerle olvidar su idea de marcharse, hacerle regresar a nuestra rutina de puyas y reproches. Y supe, al ver que no lograba despertar en su mirada la ira habitual ni alejar el miedo de su sonrisa, que no lo iba a conseguir. Alicia se iba. Y yo tenía que aceptarlo.
-No quiero discutir - fue su respuesta sin rabia, sin protesta, sin tono -. Sólo quiero irme.
-¿A dónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer?
-No lo sé.
-¿Vas a volver?
-No lo sé.
Su barbilla volvió a temblar. Sus párpados bajaron tratando de ocultar su mirada. Y decidí ayudarla. No ponérselo difícil. No protestar. No ofrecerle argumentos en contra. No aumentar su incomodidad. Liquidar la escena.
-Sólo puedo desearte buena suerte. Encuentra lo que sea que quieras encontrar...
Salió del estudio y al pasar a mi lado bajó su mirada para evitar la mía. Ahora fui yo quien recorrió con los ojos la habitación para comprobar de nuevo que tampoco había en ella respuestas para mí.
A la mañana siguiente se había ido. Aquella noche me acosté sin volver a hablar con ella. La dejé sentada en el sofá, en la esquina donde solía ponerse a leer, con las piernas dobladas bajo el cuerpo, como siempre le gustaba sentarse, el pelo recogido en un descuidado medio moño, la mirada perdida, los labios un poco apretados, como si les estuviese forzando a mantenerse así, a no abrirse para decir ninguna palabra más.
Pasé un par de veces por delante de ella, de ida y vuelta de la cocina, y el único cambio que hubo fue que se había deshecho el moño y se entretenía deslizando los dedos de manera inconsciente por un mechón de pelo.
Me metí en mi dormitorio sin decirle buenas noches. Creo que estaba enfadado. O quizás sólo estaba aturdido. O simplemente aún era demasiado pronto para asumir y procesar y comprender la repentina noticia de su marcha y aún no sentía nada especial. O un poco de todo. Alicia había aparecido de pronto y desde el principio me había parecido lógico que estuviésemos juntos y ahora, unas semanas después, ella decidía que no y me lo soltaba así, de repente, quizás sólo porque aquel día había ardido un almacén de mierda en alguna parte, quién sabe.
Que se joda, pensé. A la mierda. Que se vaya. Como todo ¿Qué más daba?
Me repetí frases así hasta quedarme dormido. A la mañana siguiente, me desperté antes de lo habitual. Aún no había siquiera amanecido. Y, cuando salí del dormitorio, Alicia ya no estaba. Cojonudo. Volvía a ser único dueño y señor de mis dominios. Ya no tendría que soportar ni psicoanálisis ni sentencias recriminatorias. Todo sería más fácil.
Desde que dejara la casa de mis padres, nunca había vivido con nadie. Tampoco había surgido nunca la posibilidad. No había mantenido relaciones que duraran lo suficiente como para que la cuestión llegara siquiera a plantearse. Me gustaba estar solo. Al repetirme mentalmente esa frase que había sido siempre una máxima invariable de mi forma de ser, ahora me sonó absurda. Demasiado irónico. Casi un chiste ¿Me gusta estar solo? Pues toma dos tazas.
Alicia se había llevado todas sus cosas. La ropa y demás. No quedaba rastro de ella en el piso, como si nunca hubiese existido. Me molesté en comprobarlo, aunque sabía que lo habría hecho. Ya era capaz de predecir al menos un poco su forma de pensar y de actuar. No se las había llevado por mí, por no dejarme cosas innecesarias ni nada de eso. Lo había hecho por ella. Estaba seguro. Una manera de reafirmarse en su decisión, de hacerla irrevocable, de coger fuerzas. Seguro. Alguna estupidez psicológica de ésas que tanto le gustaban.
Que se joda.
Amanecía ya cuando entré en mi estudio. Me detuve en el mismo punto desde el que había tenido mi última conversación con Alicia. Volví a mirar a mi alrededor y esta vez detuve la mirada en los fractales ya impresos que estaban en el suelo.
Hubo una época en que estaba convencido de que creaba algo único. Una magistral combinación de Matemáticas y Arte. Así, con mayúsculas. Casi una misión divina. Era joven e ingenuo. Luego, comprendí que al menos creaba algo que me generaba los suficientes ingresos como para vivir como deseaba vivir. Sin un empleo fijo, sin jefes, sin la obligación de cumplir horarios ni compromisos ni de relacionarme con nadie con quien no quisiera relacionarme. Pero a veces, sólo algunas veces, me preguntaba si más allá de eso aún quedaba en algún rincón de mi interior la ingenuidad del principiante: el afán por buscar nuevas formas, por desarrollar nuevos conceptos geométricos, por descubrir hasta dónde podía llegar en esa extraña mezcla de imaginación y ciencia a la que había decidido dedicar mi vida. El sueño de crear. La esencia del Arte: transformar la nada en algo bello. Y a la vez pagar el alquiler y los demás gastos. Ambos aspectos tenían un sentido aunque yo ya no estaba seguro de si aún encontraba ambos.
Pero aquella mañana, lo único que sentí al ver mis obras tan minuciosamente elaboradas arrumbradas contra una pared fue que se me estaban quedando helados los pies descalzos.
Al otro lado del pasillo de mi piso, junto a la entrada, hay un armario de bastante tamaño que siempre había estado medio vacío. Aquella mañana, sin prisas, una a una, llevé todas mis obras y las guardé dentro de aquel armario que nunca abría.
A eso dediqué mi primera mañana sin Alicia. A esconder la única prueba visible de que hubo una vez un pasado en el que dedicaba mi tiempo a algo útil.
Llevé al armario hasta el ordenador y la impresora industrial que utilizaba para plasmar en esos grandes tapices lo que surgía de mis disquisiciones algebraicas en la pantalla del ordenador. Cuando hube terminado, en el estudio sólo quedaban la mesa y la silla.
Y, cuando hube terminado de hacer desaparecer todo aquello de mi vista, me senté en el suelo del estudio, en el mismo lugar en que la noche anterior había encontrado sentada a Alicia. Me hice un ovillo abrazándome las rodillas. Y me obligué a no pensar.
6
Decidí divertirme.
Habían pasado ya meses desde el fogonazo y, por vez primera, tomé conciencia de dos cosas. Primero, de que llevaba todos esos meses viviendo sin vivir, repitiendo días que en nada se diferenciaban entre sí, esperando sin esperar nada. Y segundo, de que el mundo, ese mundo vacío en el que ahora vivía, seguía siendo un lugar lleno de posibilidades que hasta ahora me había limitado a ignorar. Así que decidí divertirme.
Intenté convencerme de que, en cierto modo, con la marcha de Alicia había recuperado una libertad perdida. Nadie cuestionaba mis decisiones. Nadie juzgaba mis actos. Yo volvía a ser yo y nada más. Y decidí celebrarlo. Alicia se había ido y me obligué a ver en su marcha la liberación de un lastre, una segunda oportunidad para redefinir mi extraña situación desde una nueva perspectiva. Durante un tiempo, me comporté como el niño gamberro cuyos padres dejan sin vigilancia donde no deben. Nada de reacciones desquiciadas, como conducir un tren del Metro. Durante meses, había tenido la ciudad entera a mi disposición y tan sólo lo había aprovechado para aprovisionarme en los supermercados y saquear modestamente las tiendas para cubrir necesidades básicas. Pero ahora, tras aquel período de letargo, era un buen momento para empezar a encontrarle sus ventajas a aquella locura. Divertirme con aquella situación era algo que ni por un solo segundo hasta entonces se me había pasado siquiera por la cabeza.
Hice cosas que nunca antes del fogonazo se me habría ocurrido hacer ni aunque hubiera podido. Me colé en el Palacio Real y deambulé a mis anchas durante todo un día por sus salones. En la armería, desmonté una de las pocas armaduras que parecían de mi talla y logré embutirme en ella y, por un rato, jugué a ser un guerrero medieval, hasta que dí un traspiés y me caí de boca y peto, yelmo y espaldar se desparramaron por el suelo. Me instalé en las barrocas sillas del salón del trono para intentar sentirme rey y la verdad es que ser un rey sin súbditos pronto me aburrió. Comí un bocadillo de queso en la sala Gasparini e intenté echar una siesta en una historiada cama con dosel pero no logré coger sueño. Valoré la opción de instalarme allí de manera definitiva pero, al final, opté por volverme a casa. No me veía viviendo entre espesos cortinones, artesonados rococó y mobiliario recargado, la verdad.
Visité lugares de lo más variopinto. Estuve en un Parque de Bomberos y acabé dejándolo todo perdido vaciando extintores de espuma. Entré en una tienda de caras piezas de porcelana e hice trizas las existencias afinando la puntería con jarrones y vasijas de sabe Dios qué dinastía china. Paseé por el interior de las viviendas más elegantes de la ciudad y recorrí los más pobres barrios de chabolas. Recorrí en bicicleta la M-40 y metí goles en las porterías del Calderón. Hice todo tipo de cosas y ninguna me pareció demasiado especial.
Lo que más me entretuvo fue el Museo del Prado. A pesar de considerarme un artista de vanguardia con mis fractales, siempre había sido mi museo favorito de Madrid. Tal vez mi vanidad de artista, sin duda menguada con los años pero quizás latente aún, me llevaba a menospreciar el arte contemporáneo y modernista de otros museos, convencido de que había más creación en uno de mis fractales que en cualquier otra obra de los últimos cien años. O tal vez era al revés, tal vez tener ante mí las maravillosas obras que otros eran capaces de crear me hacía comprender más aún las limitaciones de mi propia obra, siempre acotada por la finita infinitud de las fórmulas matemáticas que le daban vida. Fuera por lo que fuese, para disfrutar del arte necesitaba saltar varios siglos atrás, a algo completamente ajeno a mi propio trabajo que no me condujese ni a comparaciones derrotistas ni a sobredosis de autoestima. Por eso había sido siempre el Prado el museo en el que me sentía más a gusto.
Me dí un capricho. Creé mi propia sala. Durante varios días trabajé sin descanso desmontando y trasladando cuadros, cargándolos a pulso o usando cuerdas, poleas y carritos, para reunir en una única estancia algunas de mis obras favoritas. Logré reunir a la Maja Vestida con el Descendimiento de Van Der Veyden, el Triunfo de la Muerte de Brueghel con los Chicos en la Playa de Sorolla, el Sueño de Jacobo de Ribera con Venus y Adonis de Veronés y junté sin más criterio histórico ni artístico que mi gusto obras de Patinar, Antonello de Messina, Zurbarán y Tiziano.
Cuando hube terminado, me senté en un banquito en el centro de la sala y pasé mucho tiempo contemplando aquellos cuadros. Y al contemplar reunidas aquellas maravillas separadas entre sí por siglos de creación, de talento y de evolución artística, sentí una incómoda desazón. Al principio, fue una indefinida mezcla de nostalgia y ansiedad. Luego, se concretó en una triste conclusión.
Observando aquellos cuadros, confirmé la certeza de un pensamiento que hasta entonces sólo había sido intuición. Los conceptos abstractos también habían desaparecido con el fogonazo. O, al menos, habían perdido todo su valor. La belleza, el lujo, la humildad o la ostentación, la creatividad o el esfuerzo... Ya nada significaba nada. Las Meninas sólo era un cuadro colgado de una pared en una estancia vacía. Ni mejor ni peor que una lámina de flores de colorines a la venta en una tienda de chinos. El Palacio Real era un lugar tan muerto e inútil como la más destartalada chabola. Del mismo modo que había sentimientos que hubiera sido inútil sentir - el odio, la envidia, la ira, el amor - porque ya no había nadie hacia quien sentirlos, los conceptos abstractos carecían de sentido en la medida en que ya no había una sociedad que pudiera medirlos ni compararlos ni apreciarlos ni otorgarles un valor.
Quizás el valor de las cosas, de cualquier cosa, sólo existiera anteriormente a partir de la comparación. Más bonito que, más caro que, más elaborado que. Del mismo modo, quizás los sentimientos de cada individuo sólo pudiesen medirse en términos comparativos. Amo más que soy amado, odio más que los demás, me duele más de lo soportable, me gusta más que a tí. Al final, tal vez, la vida sólo era como mis fractales: el producto de meras fórmulas matemáticas. Y mucho más sencillas. En definitiva, simples sumas y restas. Más que y menos que. Pinto mejor que tú, te quiero más que tú a mí, soy más feliz que tú, tengo menos cosas que tú. Pero si el elemento comparativo desaparecía, la premisa en sí misma desaparecía. La belleza, la pobreza, la cordura, el éxito, la inteligencia o el talento no eran ya mesurables, ni siquiera existían, en cuanto que ya no había quien le otorgase el valor comparativo que antes tuvieran. Ni siquiera yo solo, como único ser vivo, podía darle contenido a los conceptos abstractos en cuanto que no había otro yo con quien comparar mi criterio. Me gusta más que a ti, lo valoro más que tú, lo entiendo mejor que tú o lo desprecio más que tú. Ya no era posible. Las cosas ya no tenían valor porque ni siquiera yo podía otorgárselo dado que mi valor no podía ser contrapuesto ni contradicho por nadie.
Una reflexión jodida. De las que quitan las ganas. Y a mí me las quitó. Tras varios días metido en el museo montando mi sala de favoritos, lo dejé con la certeza de que habría de pasar mucho tiempo antes de que me decidiese a volver.
Recibí la primavera en la azotea de la Torre Picasso. Era otro de esos lugares antes inaccesibles que decidí visitar. Subí a primera hora de la mañana y contemplé desde allí aquella ciudad vacía que me pertenecía, con la mezcla de orgullo y nostalgia con que un terrateniente fracasado contemplaría sus propiedades un segundo después de saber que se había arruinado e iba a perderlo todo. Miré más allá, a las montañas aún coronadas por los últimos restos de nieve y recordar por vez primera que había un mundo más allá de las calles vacías de Madrid me hizo ver la ciudad como algo más pequeño de lo que era, una especie de oasis estéril en medio de la nada.
Un aire fresco me llenó los pulmones y sentí por vez primera aquel año el agradable aroma de la primavera. Las estaciones seguían cambiando. El invierno había quedado atrás. Aquel aire traería consigo un sol más cálido que a nadie salvo a mí y a Alicia, dondequiera que estuviese, calentaría. Las estaciones seguirían cambiando sin que eso cambiase nada.
Aquella primera mañana de primavera, de pié al borde del precipicio de un rascacielos, comprendí que no me estaba divirtiendo, que ya nunca me divertiría. Decidí dejar de engañarme recorriendo las atracciones de la ciudad como si Madrid se hubiese convertido en un parque temático sólo para mí. Y al volver a mirar a los tejados de las casas y a los campos y montañas lejanas, de pronto, sólo ví el rostro de Alicia.
El mundo se había reducido a una tenue sonrisa y una incierta mirada. Allí arriba, con todo a mis piés, lo comprendí. Y descubrirlo me asustó porque no estaba seguro de qué significaba eso.
Aquellos días regresaron a mi memoria las mujeres que había amado y al tratar de evocar nombres y rostros su recuerdo fue llegando como a veces te llega a los oídos la melodía de una canción que durante un tiempo te entusiasmó hasta que te cansaste de escucharla y encontraste otra canción que de pronto pasó a ser tu favorita. ‘Las mujeres que había amado’. Hasta la frase me sonó de pronto extraña ¿Las había amado? Me habían divertido, me habían excitado, me habían supuesto un reto, me habían hecho pasar momentos felices, me habían hecho comportarme como un idiota y me habían llegado a odiar. Pero, ¿las había amado?
No amé nunca a Ana. Estuvimos tres años juntos. Cuando yo aún no había dejado la Facultad. Mi relación más larga con una mujer. Era perfecta. No le entusiasmaba demasiado el sexo pero, a los ojos de la Humanidad, era perfecta. Guapa, inteligente, amable, discreta, con sentido del humor... En fin, tenía todo eso que define a la mujer perfecta. Y me quería. Y habría sido una esposa cojonuda y una madre abnegada y probablemente habría seguido siendo guapa a los cuarenta y a los cincuenta y quizás a los sesenta. Una delicia. Pero dejé la carrera y la dejé a ella y cuando me preguntaba porqué no tenía respuesta ni para lo uno ni para lo otro. Le partí el corazón y no me siento orgulloso de ello. Un día, en medio de una conversación, sin venir a cuento, le dije la verdad. Le dije que no la quería. Y lo cierto es que quizás la quería. Lo que no quería era lo que ella representaba, lo que ella personificaba a la perfección: una vida llena de compromisos - hipoteca, hijos, vida social, quizás hasta club de golf y seguro que visita a los suegros los domingos - y completamente carente de sorpresas. Me miró con sus preciosos ojos grisáceos y me dijo que no me entendía ‘¿No me quieres? Ayer hicimos el amor y la semana que viene nos vamos a pasar una semana en la nieve. Y ahora, de pronto, sin venir a cuento, ¿me dices que no me quieres?’. Me sentí como un gilipoyas. Ni siquiera lo tenía planeado. Incluso creo que nunca antes del instante mismo en que se lo dije me había parado a reflexionar sobre si la quería o no. Estábamos hablando de algo sin importancia y de pronto se lo solté y le partí el corazón y lo más curioso de todo fue que ni siquiera sentí pena por ella porque era tan perfecta que estaba seguro de que pronto encontraría a alguien que la querría eternamente y me habría olvidado. Si hubiese sido más inteligente, aquel mismo día debería haber comprendido que nunca sería capaz de mantener una relación demasiado larga con ninguna mujer.
Ana no fue mi primer amor. Antes estuvo Mari Mar. La chica más fea de párvulos. Creo que a Mari Mar sí que la amé. Ni siquiera había sexo entre nosotros y aún así le era fiel y estaba dispuesto a entregarle todas mis posesiones. Claro que sólo teníamos cinco años, así que no puedo asegurar que fuera amor verdadero. Pero creo que sí porque nunca he olvidado a Mari Mar, que era espantosamente fea, más alta y corpulenta que yo y bastante malhumorada pero que, por alguna razón, me encandiló durante todo un año de guardería. Después vino la tradicional ristra de chicas con las que uno buscaba dar carnaza a sus hormonas enloquecidas durante la adolescencia y de ahí llegamos a Ana y después de ella creo que ya viene Nerea.
Seis meses con Nerea y uno queda listo para pasar el resto de su vida en un monasterio trapense. Todo lo contrario de Ana. No especialmente guapa, razonable inteligencia, un ego desbocado y una patente carencia de simpatía. Un amigo me dijo una vez que en realidad éramos almas gemelas y sólo pensarlo me preocupa. Otra diferencia con Ana: el sexo le entusiasmaba. Así que nos dedicábamos fundamentalmente a ello y, en las pausas, nos dedicábamos también y con igual pasión a mantener pretenciosas conversaciones sobre arte - Nerea era actriz de teatro alternativo, o sea, muy aburrido, y yo aún creía que crear fractales en un ordenador era auténtico arte: éramos muy jóvenes y bastante idiotas - o a pelearnos como perros rabiosos por la menor estupidez. Pero cuando una mujer está siempre dispuesta para el sexo y además lo practica sin mojigaterías es difícil no engancharse a ella. En el caso de Nerea, su afición era tal que yo no era suficiente. Pronto descubrí - para ser exactos, me lo gritó durante una de nuestras peleas - que no sólo se entregaba a su gran afición conmigo sino con buena parte de mis amigos, que en aquella época eran, como yo, aspirantes a artistas tan sobrados de esnobismo y autoestima como faltos de dinero y futuro. No es que me importase mucho su infidelidad. No rompimos por eso. Fue sólo que a medida que el tiempo que dedicábamos a pelear empezó a ser mucho mayor que el que dedicábamos al sexo la relación fue perdiendo su gracia y un buen día ella me dijo que yo era en realidad un homosexual reprimido y se largó en busca de nuevos amantes. No sufrí: estoy prácticamente seguro de que no soy un homosexual reprimido.
A partir de ahí, comencé una racha de numerosos y fugaces éxitos. Los fractales no me convirtieron en una estrella millonaria del arte pero, además de empezar a darme suficiente dinero para ir tirando, pronto descubrí que eran enormemente útiles para seducir a las mujeres. Una especie de afrodisíaco casi infalible. Llevaba a una mujer a mi piso, le enseñaba mis obras, le soltaba el consabido rollo indescifrable sobre la dimensión fractal y el algoritmo neperiano, y ellas quedaban tan deslumbradas - o confusas - que rápidamente decidían que merecía la pena acostarse con un tipo tan exótico aunque sólo fuera por curiosidad. Así que, he de confesarlo, perfeccioné mi personaje de artista excéntrico y enigmático y obtuve con ello excelentes dividendos sexuales.
No puedo dar nombres. La mayoría no los recuerdo. Ni siquiera aquéllas con las que la relación había durado más allá de un combate sexual me habían dejado una huella imperecedera. Y no creo que fuese que nunca había amado. En ocasiones, no muchas, había llegado a estar convencido de que me había enamorado locamente o de que había encontrado a la mujer ideal y tras algunas rupturas, no todas, había conocido la desazón del desamor y la melancolía romántica por la mujer perdida. Pero tanto el entusiasmo inicial como la tristeza final habían pasado con rapidez. De una u otra manera, todas las relaciones me habían conducido siempre a un mismo instante de cansancio, de pérdida de fe y de energía y, al terminar, se habían desvanecido sin dejar rastro en el recuerdo como se disuelve un terrón de azúcar en un inmenso lago.
En realidad, hacía mucho que no me había siquiera planteado transformar alguna de mis efímeras relaciones sentimentales en nada que no fuera una satisfactoria sucesión de encuentros sexuales. Nada de hacer planes de convivencia ni promesas de futuro ni pactos de duración eterna. Y ahora, al hacer repaso, no estaba seguro de si la falta de compromisos se había debido a que nunca había durado ninguna mujer en mi vida lo suficiente como para llegar al punto de estar obligado a comprometerme o de que, en realidad, era incapaz de hacerlo y prefería terminar una relación antes de que la posibilidad de compromisos apareciera.
Nunca antes había pensado en ello. Nunca antes me había planteado si había en mí algún tipo de tara emocional o alguna estupidez psicológica de ésas. Y la verdad es que me daba igual. No echaba nada en falta en mi vida y me resultaba imposible imaginarme a mí mismo compartiendo con alguien techo, hipoteca y bebés. Y si antes, cuando había mujeres, eso era algo que no me preocupaba, ahora que no había nadie carecía de sentido decidir si yo era un tarado sentimental o no.
Pero la pregunta apareció en aquellos días ¿Y si en realidad no era capaz? ¿Y si no sabía amar? Volviendo la mirada al pasado, no fui capaz de alcanzar una respuesta. Mirando al futuro, supe que nunca la encontraría. Pero la pregunta siguió allí. Y decidí atribuirlo a las tonterías que trae consigo la primavera.
A veces puede doler más echar de menos a una sola persona que a la Humanidad entera. A veces una sola ausencia puede hacer sentir con más fuerza la soledad que la ausencia absoluta de cualquier signo de vida alrededor. La soledad no se siente por aquello que no tenemos sino tan sólo por aquello que necesitamos y no podemos tener.
Creía haber conocido lo que era la soledad tras el fogonazo. Pero no era cierto. Sólo supe lo que era la verdadera soledad cuando Alicia se marchó. Al igual que me ocurriera antes con el silencio, comprendí lo relativo que era en el mundo anterior, en el mundo con vida alrededor, el sentimiento de soledad. Antes, si te sentías solo, podías encontrar mil formas de combatir el sentimiento. Quizás ninguna funcionase, porque al fin y al cabo se haga lo que se haga cuando se echa de menos a alguien, todo es un inútil sustitutivo de su ausencia. Pero, al menos, podías intentarlo. Negarte a ti mismo el sentimiento, rodearte de otras personas, poner en marcha nuevos planes, cambiar las rutinas... Lo que fuera. Todo fracasaría, porque la soledad por una ausencia no tiene ni remedio ni paliativo, pero al menos había una posibilidad de lucha, una posibilidad de autoengañarte, de despistar al dolor, de esquivarlo con subterfugios. Ahora, eso no era posible. La soledad absoluta en la que estaba atrapado perdió su propia esencia al irse Alicia para convertirse en un mero refuerzo de esa soledad concreta, con mirada y sonrisa, que me dejó su marcha. Y contra eso no había manera de luchar.
No soy un experto en soledad. En realidad, creo que nunca antes la había sentido de verdad. Quizás cuando murieron mis padres. Pero, para entonces, yo ya era un adulto y no sentía ninguna dependencia de ellos más allá del lógico amor filial. Fue más tristeza y vértigo por la pérdida que sensación de soledad. Y no puedo decir que la soledad hubiese aparecido nunca como una consecuencia de rupturas sentimentales. Hasta ahora, si alguien me hablaba de la soledad, yo siempre la había entendido como algo confortable e incluso deseado. Nada que ver con sufrimiento.
Ahora, descubrí lo que la soledad podía llegar a ser. Descubrí su capacidad para agarrarte por dentro y retorcerte el alma sin compasión. Conocí su rostro y su maldad. La soledad es insistente e insaciable. Siempre está ahí, siempre hambrienta de ti. Nunca suelta la presa. Te muerde con saña y no atiende a tu dolor. Te congela si necesitas calor y te abrasa si buscas frío. Nunca se cansa, nunca da tregua. Nunca la puedes vencer. Y si crees que, por un momento, le has dado esquinazo, pronto aparecerá en cualquier rincón para abalanzarse de nuevo sobre ti.
Todo cambia cuando miras la vida a través de la soledad. Tras meses convertido en el único hombre vivo en todo este maldito planeta muerto, por vez primera empecé a ver todo diferente ahora que lo miraba a través de los ojos de la soledad. El silencio aplastante, las calles vacías, los días clónicos y las noches en vela adquirieron otro significado, tal vez su significado real, su auténtica dimensión, ahora que se habían convertido en el escenario de la ausencia de Alicia. Por vez primera, no veía el mundo tan sólo como un lugar devastado sino como un gran territorio hostil, como un enemigo que me retaba en una pelea desigual. Y era un enemigo demasiado grande. No merecía la pena luchar contra él. Lo mejor era aceptar cuanto antes que no podría vencerle. Y una vez aceptado... Una vez aceptado, nada. Entregarte a la autocompasión, maldecir el destino, lamerte las heridas para sólo conseguir que sangraran más aún. Ni siquiera asumir la derrota, rendirte a la evidencia y someterte como un sumiso esclavo a los mandados de la soledad, servía de alivio.
Pasé muchas horas mirando cara a cara a la soledad. Sentado frente a ella en silencio a lo largo de infinitas noches en vela. Compartiendo jornadas vacías en que ni siquiera salía a la calle, como antes solía hacer, para caminar sin ir a ningún sitio. La soledad y yo nos convertimos en compañeros inseparables. Dos enemigos en tregua. El uno frente al otro. No nos hablábamos, no buscábamos el entendimiento. Tan sólo nos vigilábamos el uno al otro, siempre preparados ambos para repeler un ataque.
No sé si me explico. Lo que quiero decir con todo esto es que, aunque me jodiese reconocerlo, echaba terriblemente de menos a Alicia.
7
Cuando regresó, no le hice preguntas. Estaba donde siempre, sentada en el suelo, en el centro de la Plaza Mayor. En cierto modo, siempre había sabido que si alguna vez la volvía a ver sería ahí donde la encontraría. Así que no me sorprendió. Estaba donde tenía que estar. Sentada sobre sus piernas cruzadas como un vigilante indio, con un bolsón a su lado y vestida con un pantalón y una camiseta que bien podrían haber sido los mismos que llevaba la primera vez que la encontré a la entrada de El Corte Inglés. Y, por extraño que pueda parecer, al verla no sentí nada. Tan sólo me pareció algo lógico. Inevitable. Hasta ese preciso instante, nunca había querido preguntarme si alguna vez la volvería a ver. Pero, en el mismo momento en que la ví, fue como si en realidad siempre hubiese sabido que volvería y que aquel reencuentro sería sólo cuestión de tiempo.
Me acerqué y Alicia me miró cuando ya estaba prácticamente a su lado y en sus labios asomó esa media sonrisa tan suya entre espontánea y contenida.
-¿Estás bien? - me preguntó.
Asentí. Y ella asintió también.
Nos quedamos quietos, sin decir nada. Ella sentada y yo de pié y, al lado, Felipe III subido en su caballo. Tres estatuas tornándose naranjas bajo la luz de un atardecer de primavera.
Me siguió a casa como la primera vez. Sin que yo se lo propusiera. Sin que ella me preguntara nada. Cuando entró en el salón, abrió su bolso y sacó un par de libros y los dejó en la mesita de al lado del sofá, donde siempre dejaba sus libros.
Le pregunté si tenía hambre, si quería que le preparase algo de cenar. Negó con la cabeza. Miró a su alrededor como si necesitase volver a definir el espacio, como si con aquella mirada volviera a hacer suyo lo que le rodeaba.
-Me acostaré temprano - fue todo lo que dijo.
Y a partir de ese momento fue como si aquél sólo fuese el día siguiente al anterior. Como si sus dos meses de ausencia no hubieran existido.
Aquella noche nos acostamos temprano. Ella en el sofá cama, yo en mi dormitorio. Y con el siguiente amanecer la vida volvió a empezar y el tiempo volvió a pasar de nuevo.
-Necesito que me acompañes - fue todo lo que me dijo -. Hay algo que tengo que hacer. Pero no sé si soy capaz de hacerlo sola.
Tan sólo hacía dos días que había regresado y apenas habíamos hablado. Yo andaba ocupado esos días. La luz había empezado a fallar. Desde hacía una semana, había apagones. No duraban demasiado pero era otro indicio de que las cosas no iban a seguir como estaban durante mucho tiempo. Cuando se lo comenté a Alicia, ella me contestó lacónicamente: ‘Cincuenta años’, fue todo lo que me dijo y solo tras pedirle que se explicara se mostró más explícita:
-En cincuenta años, apenas quedará rastro del paso del hombre por el planeta. Los edificios caerán, la vegetación lo cubrirá todo y sólo permanecerán algunas ruinas. El plástico durará más tiempo. Pero el resto desaparecerá. El aspecto de las grandes ciudades será algo parecido al que ahora tienen los restos de las ciudades mayas. No mucho más. Y eso ocurrirá en sólo cincuenta años. Lo he estudiado.
Ese fue el único dato que tuve de a qué se había dedicado durante su ausencia. Pero era fácil de suponer. Buscar respuestas. Alicia nunca sería capaz de vivir renunciando a las respuestas.
Yo seguí concentrado en el corto plazo. Intentaba comprender la instalación eléctrica del edificio. Traje generadores eléctricos que trataba en esos días de conectar al sistema, de tal manera que cuando fallase la red eléctrica general pudiesen proveernos de luz. Por ahora, sólo había logrado estar a punto de morir electrocutado un par de veces. Para alguien que apenas sabía clavar un clavo con un martillo, todo aquello suponía un reto prácticamente insuperable.
Mientras yo fracasaba en mi intento de convertirme en un manitas, Alicia parecía haberse tomado esos días como un descanso. Permanecía en el apartamento, casi siempre leyendo, y no mostraba demasiadas ganas de hablar, así que yo respetaba su silencio.
Me pidió que le acompañase y lo hice sin preguntar a dónde ni a qué. Nos hicimos con dos bicicletas y atravesamos la ciudad circulando por las aceras, lo cual era más cómodo que tener que esquivar los coches varados en las calles. Tardé en darme cuenta de a dónde íbamos. Estábamos ya en la M-30 cuando comprendí que nos dirigíamos a Villaverde Alto. El barrio donde vivía Alicia antes del fogonazo. Íbamos a su casa.
Un edificio de viviendas de siete plantas. Uno de esos edificios de los 60 tan frecuentes en Madrid. Prácticos. Sin ornamentos. Pequeñas colmenas para la clase media que, con los años, habían ido quedándose anticuados sin que el paso del tiempo les hubiera aportado encanto. Dejamos las bicis frente al portal. Alicia se detuvo en la acera, levantó la mirada para recorrer la fachada y respiró hondo.
-No he vuelto desde que ocurrió - me dijo, con el aire retenido en los pulmones y un ligero temblor en la voz que delataba su nerviosismo y su emoción.
-¿Y tienes que hacerlo?
Se volvió a mirarme y advertí que sus labios habían empalidecido y que en sus ojos se agolpaban lágrimas incómodas.
-Necesito hacerlo - contestó, obligándose a sonar decidida -. No puedo seguir dándoles la espalda más tiempo.
-Entonces, adelante.
Para eso me había pedido que le acompañara, ¿no? Para que le ayudase a hacer algo que estaba claro que quería pero que le costaba el mayor de los esfuerzos hacer. Entré al portal y ella siguió detenida fuera, así que le apremié con un gesto a que me siguiera.
-Tercero C - me dijo, y su voz apenas sonó, ahogada por los sentimientos.
Subí las escaleras delante de ella. Cuando llegamos ante la puerta, esperé. Alicia se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave. Su último vínculo con el pasado previo al fogonazo. Una llave pequeña, sin llavero ni nada. Supuse que la había llevado en el bolsillo desde entonces. Como un talismán. Como un recordatorio. Como una pesada carga.
La introdujo en la cerradura con mano temblorosa y a la vez que la puerta se abría por sus mejillas cayeron al fin las lágrimas que había tratado de contener.
-Adelante... - le repetí.
Ella asintió. Volvió a aspirar con fuerza. Se mordió los labios. Y entró.
Esperé fuera, en el descansillo. Sentí que debía dejarla a solas, respetar su intimidad en aquel momento.
Entré al rato. Recorrí el pasillo hasta un saloncito que había al fondo. No era una casa grande. En el salón, había muebles sencillos, sin conjuntar, acumulados a través del tiempo y más destinados a la comodidad que a la decoración. Una mesa camilla, dos sillones de orejeras, un sofá, una tele de las antiguas, y una librería donde se mezclaban libros y objetos de dudoso gusto, desde un par de gallitos de colorines portugueses a unas figuritas de niños bucólicos de porcelana o un jarroncito de fantasía con flores secas. Aquél era el salón de una familia modesta, sin pretensiones, acomodada a sus posibilidades. Podías imaginarte a papá y mamá en sus sillones viendo la tele. Y a los dos hijos adaptados a aquella casa pasada de moda preparándose para abandonarla y vivir su propia vida en su propio tiempo, distinto ya del de sus padres.
En la librería había también marcos con fotos. Me acerqué a verlas. Los padres sonreían a la cámara con un mar al fondo, felices en unas vacaciones especiales, probablemente más jóvenes que cuando todo terminó. Un marco doble mostraba retratos de estudio de los hijos: Alicia con unos nueve años, con cara de niña buena y en los ojos ya su mirada curiosa y, al lado, su hermano, de edad parecida, con un flequillo recto y luciendo una sonrisa de dientes desbaratados. Al lado, otro pequeño marco mostraba una pequeña foto de tono sepia de una anciana de traje negro y, en otro, el padre aún más joven y con una sonrisa orgullosa sujetaba en brazos a un bebé de sexo indefinido con faldones de bautizo.
Busqué a Alicia y la encontré en la última habitación, en donde concluía el pasillo en forma de L que vertebraba la casa. Su dormitorio. Con una cama pegada a la pared sobre la que había tres cojines de colores vivos. Y las paredes cubiertas de estanterías funcionales repletas de libros. Un póster del beso de Klimt cubría el único trozo de pared sin estantes. Pegada a los piés de la cama había una mesa, cubierta también de libros y folios en desorden y varios bolígrafos y lápices desperdigados, como si acabase de concluir allí una ardua sesión de estudio. Justo encima de la mesa, había otra estantería con varios objetos, entre ellos una foto de Alicia reciente, muy sonriente y suavemente bronceada, apoyando la cabeza en el hombro de un chico guapetón igualmente sonriente. Frente a la mesa había una silla. Y Alicia estaba sentada en ella, de espaldas a mí.
Estaba muy quieta. Con la cabeza apenas inclinada a un lado y las manos apoyadas en el borde de la mesa. No lloraba. No se movía. Incluso parecía que ni siquiera respiraba.
La contemplé desde la puerta. Y, en aquel momento, sentí una impertinente alegría. Un sentimiento absurdo para un momento como aquél. Pero lo cierto es que me sentí alegre porque Alicia también existiera aún.
Y, sin pensarlo, me acerqué a ella y apoyé mis manos en sus hombros. Y, al poco, Alicia levantó sus manos y cogió las mías.
Y nos quedamos así durante un tiempo y no dijimos nada porque los dos sabíamos que aquél no era un momento en el que hubiera nada que decir.
Alicia pareció revivir tras la visita a su antiguo hogar. Fue como si se hubiese deshecho de un pesado fardo, como si hubiera saldado una deuda que se le había hecho ya demasiado difícil de soportar. Llegué a pensar que sus dos meses de ausencia los había dedicado, en exclusiva, a coger fuerzas para ser capaz de visitar su casa. Pero me equivocaba. Los había dedicado también a su afición favorita: sacar conclusiones.
Me asaltó con ellas apenas unos días después de la visita a la casa. Desde entonces, había dejado de estar taciturna. Se mostraba más habladora, incluso diría que contenta. Era como si se hubiese liberado de algo que la atenazase hasta entonces, como si hubiese encontrado una cierta paz consigo misma que le hubiese devuelto una energía perdida.
Me asaltó tras compartir una cena a base de ensaladas de diferentes tipos que se había empeñado en preparar ella sola con el mismo esmero que si se tratase de algún tipo de celebración. Tras la cena, compartiendo aún una última copa de vino, se lanzó al asunto sin rodeos y nada más comenzó a hablar comprendí que todos los preparativos de aquella cena e incluso su actitud especialmente animada no habían sido sino un preámbulo para aquello.
-Siempre que he tenido dudas, en los momentos en que no he sabido qué camino tomar o qué opción escoger, ha habido algo que no he dejado nunca de tener claro: yo debía decidir mi propio destino - me dijo, sin que esas palabras tuvieran ninguna relación con nada de lo que hubiésemos hablado antes aquella noche.
-¿Y eso qué significa?
-Que no me dejaría llevar, que no esperaría a que el destino decidiese por mí. Hay mucha gente que no lo sabe pero que, en realidad, no dirige su propia vida. Tan sólo espera. Espera que sean otros o que sea el azar o que sea el mero paso del tiempo el que decida lo que habrá de ocurrirle. Yo nunca he querido ser de esa clase de personas. Y tampoco lo voy a ser ahora.
Hablaba mirándome fijamente. Con una gran determinación. Y supe lo que pretendía con ello: no me iba a dejar escapar. Quería decir algo y no iba a consentir que me escabullese hasta haberme obligado a escuchar.
-Líbreme Dios de sonar repetitivo, pero me veo obligado a preguntarte otra vez: ¿y eso qué significa?
Alicia se llevó la copa a los labios sin dejar de mirarme. Apenas dio un ligero sorbo pero se entretuvo en saborearlo con una evidente teatralidad. Allá vamos, pensé.
-El futuro nos ofrece tres posibilidades... - dijo al fin -. Y debemos hacer una elección.
Sonreí, satisfecho con mi capacidad adivinatoria. La conocía bien. Efectivamente, aquél era uno de esos momentos de ‘conversación seria’ que a ella tanto le gustaban.
-Soy todo oídos - le dije.
De nuevo, hizo una pausa teatral. Como si tuviese que recordar lo que iba a decir, aunque estaba claro que iba a largarme un discurso cuidadosamente preparado de antemano. Alicia no era de las que dejan las cosas a la improvisación.
-La primera opción es la que tú has elegido hasta ahora. No hacer nada. Sin lamentos pero sin reacción. La Humanidad se ha ido a la mierda. Estamos solos. Así que no puedo hacer nada más que levantarme cada mañana, dejar el día pasar y acostarme cada noche a esperar el día siguiente... Esa ha sido hasta ahora tu actitud. Pero ni siquiera creo que la hayas elegido conscientemente. Sólo te dejas llevar. Si al menos fuese algo decidido, algo por lo que has optado tras una reflexión, te lo respetaría. Pero no creo que sea ni siquiera eso. Y la verdad es que me sorprende tu desinterés por plantearte cualquier otra posibilidad.
-¿Porqué te sorprende?
-Porque, por lo que sé de ti, creo que hasta ahora también habías sido siempre de los que deciden llevar las riendas de su destino. Hubo un momento en que lo dejaste todo, en el que abandonaste el camino establecido, para apostar por algo en lo que creías. Lo dejaste todo porque creías en tu arte, porque decidiste dedicar la vida a él. Y eso fue una decisión valiente. Por eso no entiendo que alguien que fue capaz de dejar territorios más seguros para apostar por la incertidumbre se muestre ahora tan conformista, tan resignado...
-Entonces era más joven...
-Entonces eras valiente ¿Qué te ha pasado desde entonces? ¿Dónde quedó tu valentía?
No pude evitar soltar una risa. Pero ella se quedó muy seria, esperando una respuesta, así que me encogí de hombros y se la dí:
-Tal vez, simplemente, me hice mayor. O tal vez llegó un momento en el que dejé de creer. Perdí la fe...
-¿La fe?
-La fe en mí mismo, en las personas, en la vida... No lo sé... Tal vez llegó un momento en que comprendí que la vida sólo consiste en sobrevivir. Sin esperar mucho más.
-Y la mejor forma de sobrevivir es no tomar decisiones, no asumir compromisos. Con nada ni con nadie. Si no apuestas por nada, no pierdes nunca. Y si no pierdes, no sufres.
Aquello era como retomar un viejo vicio, pensé. Es agradable recaer y a la vez lamentas ser tan débil como para verte una vez más atrapado en sus redes. De vuelta a la rutina: Alicia reprochándome mi forma de ser y yo intentando no entrar al trapo. Territorio conocido.
-Algo así - le admití.
-Suena triste.
-Suena realista.
Para mi sorpresa, se detuvo ahí. Su objetivo hoy no era afearme mi conducta.
-Hay una segunda opción - dijo, recuperando una cierta solemnidad en el tono-: Buscar.
-¿Buscar?
-Sí. Buscar. Quizás tú y yo no seamos los únicos. Pueden estar aquí al lado o pueden estar a millones de kilómetros de aquí. Busquemos. Quizás haya personas aisladas. Quizás encontremos poblaciones enteras ¿Porqué aceptar que sólo hemos sobrevivido tú y yo? Larguémonos de aquí. Recorramos el mundo en busca de otras personas.
-Y, cuando las encontremos, ¿qué ocurre si no nos gustan? A mí no me interesaría pasar el resto de mis días conviviendo con un poblado esquimal...
-Te estás burlando... - protestó.
-Sólo vuelvo a ser realista - me defendí - ¿Y si al final no encontramos a nadie? Perderíamos el resto de nuestra vida en una búsqueda inútil.
-¿No consiste en eso la vida? Una búsqueda continua en la que no sabes si al final encontrarás algo.
-Eso suena muy bien. Poético y filosófico. Pero poco práctico ¿La tercera opción?
Sus ojos volvieron a clavarse en los míos. Como siempre, volví a tener la sensación de estar hablando con alguien mucho más adulto que yo. No me importaba. Bueno, sí. A veces me picaba un poco que fuese ella quien siempre adoptase la posición más madura en nuestras conversaciones.
Su voz sonó más solemne aún:
-Un nuevo comienzo.
-¿Es decir?
-Tú y yo. En términos bíblicos. Ya sabes: creced y reproducíos.
No pude evitar la sonrisa irónica. Creo que hasta le guiñé un ojo.
-Suena interesante...
Ella captó e ignoró la burla de mi comentario.
-No te burles - me dijo, sin perder la compostura y añadió con rapidez, dispuesta a que nada la distrajese:- Hijos. El comienzo de una nueva civilización.
-No sé si damos el perfil de Adán y Eva.
-Tomemos la decisión de si queremos perpetuar o no la raza humana.
Ahora fui yo quien fijó mi mirada en la suya. Y abandoné la pose indiferente. La miré con admiración. Aquella chica era capaz de concretar todo nuestro futuro en tres posibilidades claramente definidas. Y me observaba, esperando mi respuesta, firmemente decidida a que, entre sorbo y sorbo de vino, decidiésemos qué rumbo dar al resto de nuestras vidas y con ello, quizás, de toda nuestra especie. Admirable. Alicia era aún capaz de comportarse como si el futuro, su futuro y el mío, aún tuvieran alguna importancia. Admirable e ingenuo. No pude evitar que una cierta ternura paternal enturbiara mi admiración por ella.
-No estoy seguro de querer asumir esa responsabilidad. La anterior raza humana acabó siendo tan estúpida como para terminar destruyéndose a sí misma ¿Realmente los humanos merecemos tanto la pena?
-Es una buena pregunta...
-¿Cuál es tu opción? - le pregunté, sinceramente intrigado.
La pregunta le hizo bajar la mirada y perder por vez primera la determinación. Se lo pensó un poco antes de responder y pareció sentirse avergonzada y molesta al tener que confesar una debilidad.
-No lo sé - me respondió, con apenas un susurro -. Llevo todas estas semanas tratando de elegir. Y aún no lo he conseguido.
-¿Y pretendes que yo, en un momento, decida si quiero seguir viviendo lo más cómodo que puedo en mi solitaria ciudad, convertirme en un nómada errante o erigirme en pionero de una nueva civilización?
Cuando volvió a levantar sus ojos hacia mí, su mirada decidida se había llenado de tristeza.
-¿Porqué no me tomas en serio?
Había en su pregunta un reproche. Pero también un ruego, una súplica, casi una petición de socorro.
Y hubiese querido atenderla. Hubiese querido poder salvarla. Pero no pude.
-Quizás porque sólo estoy asustado...
Creí que iba a protestar, que iba a regañarme una vez más. Y tal vez estuvo a punto de hacerlo. Pero, al final, tan sólo me sonrió. Con la misma condescendiente ternura con la que yo le había sonreído un poco antes.
-Necesito una decisión - me dijo -. Para eso he vuelto. Para que tomemos una decisión juntos. Y si no quieres tomarla, dímelo. Porque yo no voy a vivir el tiempo que me quede viendo pasar un día tras otro como si fueran hojas secas cayéndose de un árbol. Yo no sé vivir así. Necesito elegir mi propio destino y, si tú no lo eliges conmigo, lo haré yo sola. Y, cuando lo haya elegido, lo seguiré. Contigo o sin ti.
No había en sus palabras un trasfondo ni de advertencia ni de amenaza. Lo dijo sin perder la suave sonrisa. Luego, dio un último sorbo a su copa de vino y se levantó para recoger la mesa. Y yo me quedé aún quieto unos segundos, preguntándome por qué demonios era necesario elegir nada, por qué la vida no podía ser para siempre como aquel preciso instante, como una tranquila y agradable cena para dos.
8
Si tuviera que ponerle un color al tacto de su piel, elegiría el blanco. Poner la mano sobre su piel era como hundirla en un gran mundo blanco. Cálido, sin matices, sin que ni siquiera el contacto con otra piel alterase su superficie sin mácula. Tocar su piel alteraba los sentidos. Convertía el tacto en vista y la vista en olfato y el olfato en gusto y, al tocarla, descubrías el sabor del color blanco. Un sabor desconocido y familiar a la vez. Un sabor a infinito capaz a la vez de saciar el más voraz apetito y de despertarte el hambre más feroz. Y al recorrer aquella piel con las manos y los labios, el sabor volvía a ser olor y olía a blanco y al llenarte de ese olor que reconocías sin haberlo conocido antes, el olfato se transformaba en tacto y sentías en las manos, en la boca, en el cuerpo el calor de ese cuerpo blanco en el que sólo deseabas sumergirte para formar parte de él.
Alicia vino a mí en un amanecer. Abrí los ojos y la encontré junto a mi cama. De pié. Mirándome. Y en la penumbra perfilé su cuerpo desnudo. El pelo suelto rodeando su rostro de nariz pequeña y labios gruesos, el cuello abriéndose hacia los hombros, los pechos reposando libres sobre un vientre recto, la estrechez de su cintura resaltada por unas caderas que caían hacia unos muslos redondos. Me siguió mirando, con una mirada plácida, cuando extendí el brazo y le acaricié la pierna y subí la mano desde la rodilla, rodeando la sombra del vello, hasta acomodarla en su cintura.
Respondió al instante a la presión casi imperceptible con que quise atraerla hacia mí. Apoyó una rodilla en la cama y subió a ella, pasando una pierna al otro lado de mi cuerpo. Se sentó sobre mi vientre sin apartar sus ojos de los míos. Mis manos subieron por su cuerpo hasta detenerse en sus pechos para sujetarlos, para levantarlos apenas y dejar luego que cayeran de nuevo por entre mis dedos. Y siguieron luego subiendo, recorriendo el contorno de sus hombros, acariciándole el rostro, repasando el perfil de sus labios, sintiendo la blanca humedad de su lengua.
No nos dijimos nada. Ella permaneció sobre mí mientras yo me incorporaba y recorría con los labios el mismo camino que antes trazaran mis manos. El silencio sólo se quebró por su breve y suave gemido cuando abrí la boca para lamer dentro sus pezones y su quietud sólo se alteró cuando llevó su mano a mi nuca y me atrajo hacia ella al tiempo que mi lengua también se tornaba blanca al fundirse con la suya.
Apenas se incorporó para retirar la sábana que me cubría y yo aproveché el espacio para librarme de mi pantalón y Alicia volvió a estar sobre mí, pero esta vez conmigo dentro de ella. Al principio, no nos movimos. Nos quedamos quietos, sintiendo ambos como cada uno se adaptaba al otro hasta que ya no hubo diferencias entre lo que era ella y lo que era yo. Fue luego ella quien comenzó a moverse. Muy despacio, apenas un regular quiebro de cadera, como si siguiera con timidez el ritmo de una pausada melodía. Me limité a agarrarla por la cintura, para ayudarla en su lento baile, para mantenerla pegada a mí, para tratar de seguir la cadencia de su cuerpo, mientras me dejaba ahogar en el mundo blanco de su piel.
Luego, ella pareció crecer. Su espalda se enderezó, su cabeza se alzó sobre la mía y hundió su barbilla en mi mejilla y noté cómo su boca se abría cerca de mi oído y sentí el aliento blanco que brotaba de su interior en silenciosos suspiros. Y aquel aire que brotaba de su interior me hizo desear más, como si lo necesitara para poder respirar yo mismo, así que bajé mis manos para buscarlo y las aplasté en sus nalgas y le pedí sin palabras que bailara más, que no cesara su danza hasta que un estallido blanco me hizo gritar de ansia y de placer.
Y cuando desperté en aquel mismo amanecer y ví que ella no estaba a mi lado sentí una soledad que también era blanca porque era la soledad de su ausencia. La soledad que deja el final de un sueño que has creído real. Y un deseo feroz me reventó el cuerpo de ganas y de rabia.
Hubo una serie de pequeños momentos. Supongo que fue eso. O fue la reacción retardada a su marcha y a su posterior regreso. O fue solo que no existía alternativa. Creo que está ya claro: no soy bueno ni para encontrar motivos ni para enumerar causas. Toda la lógica que he aprendido a aplicar a mis fractales, la cómoda certeza de las fórmulas matemáticas en que dos y dos son siempre cuatro, se queda atrapada en las tripas de mi ordenador y desaparece en cuanto me asomo a la vida. La teoría del caos, una vez más. Las cosas ocurren en un completo desorden tras el que se esconden razones, causas, consecuencias y efectos colaterales cuya lógica nunca he sido capaz de desentrañar. A diferencia de Alicia, yo no sirvo para acotar ni sucesos ni ideas en un orden racional. Como persona, soy fruto de esas mismas reglas por las cuales un algoritmo se transforma en una figura geométrica y el cruce de varias figuras geométricas se transforma en algo que se considera arte. Reglas indescifrables, arcanos inexplicables. Teoría del caos en estado puro.
Un día Alicia decidió cortarme el pelo. Me miró y se echó a reir y me dijo que yo sólo sabía hacerme trasquilones y que ella, que también había pasado en su vida por una fase en la que quiso ser peluquera, siempre se lo cortaba a su hermano y a su padre. Me resistí pero regresó de la cocina tijeras en mano e ignoró mis protestas y me obligó a sentarme en una silla, cubrirme el cuerpo con un mantel a modo de mandil y quedarme muy quieto.
Mientras cortaba, su mano libre me atusaba el pelo para preparar el siguiente tijeretazo o se apoyaba en mi hombro o me empujaba suavemente la cabeza en una u otra dirección para facilitar el corte. Y sentí un pinchazo que conocía bien. El espasmo, el escalofrío, la pequeña descarga eléctrica que produce el contacto con una piel desconocida y deseada. Y me sentí culpable. Como si sentir ese pellizco en el ánimo tan reconocible me convirtiese en un traidor, en un abusador o en una especie de incestuoso pervertido.
Alicia y yo habíamos convivido ya el tiempo suficiente para que entre ambos hubiesen surgido casuales instantes de intimidad. Nos habíamos cruzado más de una vez saliendo el uno o el otro del baño cubiertos con una toalla. O la había podido contemplar leyendo, sentada en su esquina del sofá con descuido, vestida con poco más que una camiseta de tirantes y un pantalón corto que apenas dificultaban imaginar un desnudo. Me había mostrado sus formas al trasluz y había pasado por el salón a su lado alguna noche de insomnio cuando dormía destapada ofreciendo la visión de un cuerpo entregado. Pero el instinto natural que me habría llevado a calibrar opciones con cualquier otra mujer en las mismas circunstancias parecía no actuar de manera refleja con ella.
En cambio, aquel día, mientras me cortaba el pelo, fue diferente. Y no me gustó. El deseo sexual era algo que también había desaparecido con el fogonazo. Durante meses, no me había parado a reflexionar sobre lo que significaría la carencia de algo tan fundamental como la posibilidad de tener sexo con otra persona. Y si darme cuenta de que no había pensado en ello antes ya me resultó extraño, más extraño me resultó aún sentirme culpable por pensar por vez primera en ello justo cuando me estaba tocando la mano del único otro ser de mi misma especie - y, afortunadamente, del sexo contrario - y por tanto el único ser con el que tendría la posibilidad en el futuro de retomar prácticas tan altamente reconfortantes para cuerpo y espíritu.
Siempre había tenido una visión práctica del sexo. Lo consideraba algo necesario y natural. Y me sorprendía que algunas mujeres se sorprendieran y hasta se ofendieran cuando se les planteaba en esos términos, como algo tan recomendable como apetecible una vez que se había establecido una buena relación entre un hombre y una mujer. Me descorazonaban esas mujeres que, ante una propuesta tan directa como franca, te soltaban el consabido discurso sobre la necesaria conexión entre sexo y amor. ‘Dime que no te atraigo, pero no me digas que necesitas amarme para follar conmigo’, solía ser mi respuesta impaciente cuando me veía atrapado en tan ancestral debate. Si había amor por medio, todo iba bien. Pero si se trataba solo de un deseo repentino o de culminar de manera satisfactoria una agradable velada, siempre aparecía esa absurda negociación en la que, a cambio de lo que pedías, se te exigía un cierto compromiso, una cierta promesa de futuro, el adorno de confesar un sentimiento más profundo o el pago de una fianza en forma de futura relación o al menos de explorar su posibilidad.
Cuando me relacionaba con una mujer, el sexo formaba siempre parte, latente o presente, de esa relación. Nunca había creído en la amistad entre hombre y mujer. Si invitaba a cenar a una mujer o pasaba una noche de copas y charla o le largaba mi consabido discurso sobre los fractales o lo que fuera, siempre estaba en algún sitio, más o menos agazapado, el deseo de redondear el momento con una sesión de cama. Podía o no surgir la ocasión, podía permanecer aletargado o incluso podía acabar renunciando a ello, pero el deseo o, simplemente, la curiosidad siempre había estado ahí de una u otra manera. Y no sé si eso me convierte en un hombre diferente al resto - apostaría a que no - pero lo que sí había aprendido con la experiencia era que me convertía en alguien muy diferente a un considerable número de mujeres, que eran capaces de invertir tiempo en todo lo anterior sin que ello significase necesariamente que el sexo formara parte del programa.
Pero con Alicia no había sido así. Era consciente de que era una chica atractiva. Me gustaba su mirada de ojos muy abiertos y la pronunciada forma de sus labios y su cuerpo de curvas sin remilgos, alejado por igual de la delgadez y de la gordura, y hasta sus pies, pequeños y muy arqueados. Era capaz de apreciar objetivamente ese atractivo. Pero nunca lo había medido como algo accesible ni tan siquiera deseable.
Y cuando lo hice fue para sentirme mal por hacerlo.
Pocos días después de aquel corte de pelo, Alicia enfermó. Probablemente, comió algo en mal estado. Una mañana, al levantarme, la encontré arrebujada en su cama, cubierta por una manta a pesar del calor, con los ojos enrojecidos y los labios pálidos, tiritando sin control. Con voz muy queda, me dijo que se había pasado la noche vomitando, que tenía retortijones, que se sentía morir. Le toqué la frente y ardía de fiebre.
Aquello duró tres días. Y durante todo ese tiempo, sólo me separé de su lado para ir en busca de medicamentos que le calmaran el dolor o al menos le bajaran la fiebre. Llegué a asustarme. Alicia no paraba de vomitar, incluso cuando ya no quedaba en su estómago nada que expulsar. La piel se le tornó amarillenta y el blanco de sus ojos y el rosa de sus labios se tiñeron de un incierto color ceniza. La mirada se le apagó y apenas era capaz de hablar sin que una nueva arcada interrumpiera sus palabras. Conciliaba el sueño a ratos cortos, cuando el cansancio o la fiebre acababan derrotándola, y el resto del tiempo lo pasaba en un estado intermedio entre la consciencia y el desmayo sin una frontera clara entre una y otro.
Tuve miedo de perderla. Tuve miedo de que no volviera a ser ella, de que nunca volviera a plantarse ante mí para reprocharme cualquier comportamiento o para despreciar mis opiniones o para rebatir mis ideas. Tuve miedo de que volviera a irse, esta vez para siempre. Durante tres días esperé a su lado, confiando en que ese azar cabrón que nos había dejado solos en el mundo no se cebara más aún llevándosela también a ella.
Dejé pasar las horas mirándola. Esperando. A veces, cuando le ardía la frente, le aplicaba paños húmedos hasta que lograba que la temperatura bajase un poco. Un par de veces intenté que llenara el estómago con algún caldo, pero siempre acababa en vómito. La obligaba a beber suero para no deshidratarse y me sentía impotente cuando se encogía de dolor por los retortijones. Y la miraba. La mayor parte del tiempo la miraba, esperando una señal de mejoría, no esperando nada, haciéndole compañía aunque no supiese siquiera si ella era consciente de mi presencia.
En mitad de la tercera noche, abrí los ojos y ví que ella me estaba mirando. Yo dormitaba en el mismo sillón en el que había permanecido esos tres días, junto a su cama. Ella estaba tumbada de lado, medio rostro hundido en la almohada. Pero podía ver sus ojos abiertos. Y de inmediato advertí que su mirada era otra, que había recuperado la vida.
-Ya ha pasado - me dijo.
Le sonreí.
-La fiebre se ha ido.
Sacó el brazo de debajo de la sábana y lo tendió hacia mí y me ofreció su mano y se la cogí con cuidado, como si temiese romperla.
-Has estado todo el tiempo ahí - dijo, más que preguntarme.
-No tenía nada mejor que hacer.
Cerró los ojos y se pasó la punta de la lengua para humedecerse los labios, que habían recuperado el color. Luego, volvió a mirarme y sonrió.
-Gracias por haberme cuidado.
-Gracias a ti por no haberte ido.
Retiró la mano y volvió a cubrirse el brazo con la sábana y, mientras ella se quedaba dormida, yo me quedé mirándola un ratito más.
Y escuchamos música. Ese fue otro de los pequeños momentos. Tras todos los meses transcurridos desde el fogonazo, resultaba sorprendente descubrir cosas que habíamos abandonado sin necesidad, cosas que aún existían, como la música o las películas. En todos aquellos meses, no había vuelto a escuchar una voz o a ver a ningún ser humano en movimiento que no fuésemos Alicia o yo. Otro de esos detalles en los que uno repara de pronto y que pueden o no tener un significado. Tal vez, mi subconsciente había desechado esa posibilidad para evitar que escuchar voces o ver imágenes grabadas de quien fuera me hiciera comprender más aún la dimensión de la soledad en que nos había dejado el fogonazo. Puede ser. Suena a teoría más propia de Alicia que mía. Tal vez sólo era que la rutina de sobrevivir ocupaba tanto tiempo en mi vida que me había hecho olvidar que existía un ocio más allá de entretenerte pensando en la nada.
Alicia me llevó a una tienda de discos. Me planteó un juego inevitable: si tuvieras que pasar el resto de tu vida a solas en una isla y sólo pudieras llevarte un disco, ¿cuál eligirías? Otra de esas disquisiciones irreales que para nosotros se habían convertido en una realidad. Ella eligió a Elvis, yo elegí a Miles Davis. Nos llevamos un equipo de música a casa y pusimos los discos.
Y fue algo extraño. Cuando la música comenzó a sonar, los dos caímos en un extraño trance. Nos quedamos muy quietos, muy callados. Como dos marcianos que tras años estudiando a los humanos de pronto descubriesen que existía otro lenguaje a parte del habla de cuya existencia no hubieran tenido noticia hasta ese preciso momento. La trompeta de Davis nos envolvió y creo que, en cierto sentido, hasta nos asustó. La música sonó como un extraño sortilegio, como un mantra hipnótico, como un hechizo pronunciado en un idioma indescifrable.
Permanecimos un tiempo escuchándola, ella sentada en el suelo, yo en el sofá. Sin decir nada. Sin movernos. En mi interior, sentí bullir sentimientos que se apelotonaron, ansiosos por resucitar después de meses adormecidos: placidez, nostalgia, melancolía, euforia... Todo eso que sólo la música es capaz de provocar con tanta rapidez, con una intensidad torpe y sin freno, con una fuerza evocadora como probablemente no tenga ningún otro arte. Y no estuve seguro de si aquello me gustaba. Nunca he confiado en los sentimientos repentinos. Son siempre engañosos y te empujan a decisiones precipitadas. Pero es que, además, en nuestras especiales circunstancias, me parecían inoportunos e innecesarios. Un incordio ¿Para qué sentir? ¿Para caer en una trampa? ¿Para engañarte creyendo que aún existían opciones como vida, esperanza, mañana, cambio? Los sentimientos llevan siempre a desear algo diferente, sea lo que sea. Una persona, un lugar, una nueva forma de vida, el resurgir de un recuerdo, la reparación de los errores, el ansia de acierto en futuras decisiones. Todo ello cosas inútiles en aquel mundo sin vida en que ya no había ni opciones ni alternativas, ni pasado ni futuro, ni equivocaciones ni aciertos.
Intenté no pensar, no sentir, no extraer nada de la música más allá del placer de su propia belleza. Pero, igual que me ocurriera en el Prado cuando contemplaba la reunión de mis cuadros favoritos, hasta la propia belleza de aquellas notas me resultaba inaccesible, peregrina, condenada como yo mismo a la nada del silencio y la soledad en que se había convertido aquella vida sin existencia.
Cuando abrí los ojos, Alicia me estaba mirando. No me dijo nada. Sólo me sonrió. Y su sonrisa, siempre inconclusa, siempre un poco escondida, siempre indecisa, fue lo único que le dio sentido a aquella música que nos envolvía. Su sonrisa breve, un instante antes de apartar su mirada, hizo saltar por los aires mis lúgubres reflexiones. Y dejó tras de sí la estela de aquella música que seguía sonando pero que ahora sonaba diferente. Sonaba a sonrisa y a compañía.
Aquellos fueron los momentos. Un corte de pelo, una enfermedad, una trompeta sonando al atardecer. La mano de Alicia apoyada en mi cabeza, sus ojos recobrando la vida, su sonrisa espantando fantasmas. Momentos insignificantes, efímeros, inconexos. Una vez más, el caos. Lanzas al aire una sonrisa, un gesto, una breve mirada y al caer se transforman en piezas que encajan formando un todo. No lo has buscado ni lo has pretendido ni tan siquiera lo has imaginado. Pero, de pronto, esos momentos pasajeros y erráticos adquieren una fuerza inusitada, la extraordinaria capacidad de transformar la realidad hasta el punto de que lo que un segundo antes era de una manera, en el segundo siguiente pasa a ser completamente diferente.
O quizás es al revés. Esos momentos dispersos son sólo indicios, pistas, advertencias que tratan de hacerte comprender que has cambiado, que la realidad es diferente, que ha ocurrido algo que está más allá de la percepción de los sentidos, de las reglas de la lógica o de las construcciones de la razón. Y es ese cambio del que aún no eres consciente lo que altera el significado de una sonrisa, de un roce, de una mirada para ayudarte a descubrir lo que ya existe y aún no sabes.
En realidad, da igual. Intentar establecer la cadena de causas y consecuencias es inútil cuando se trata de algo tan desconcertante como es descubrir que has comenzado a amar a una persona.
No fue como en el sueño. Nunca lo es. Ella no vino a mí. Fui yo a ella. En un momento absurdo, cuando menos podía esperarlo yo mismo. No fue algo planeado. Ni siquiera puedo decir por qué ocurrió entonces y no antes ni después. Solo pensé en ello, sólo adquirí consciencia de lo que hacía, cuando ya estaba ocurriendo.
Estaba de espaldas a mí, enjuagando un vaso en el grifo de la cocina. Y me acerqué y rodeé su cintura con los brazos y busqué su cuello por entre el pelo para besarlo. Y ella echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi pecho, mientras yo recorría hambriento la caída de su hombro. Aplasté mi cuerpo contra el suyo y busqué su piel bajo la camiseta y ella protestó con un seco gemido cuando mis manos se agarrotaron con brusquedad en torno a sus pechos.
Se zafó de mí para volverse y nos comimos a besos con ansiosa torpeza. No hubo en aquel encuentro improvisado ni palabras ni ternura. Las ganas se apelotonaron en una pelea de bruscas caricias y besos que sabían a mordiscos. Nos hicimos daños golpeándonos contra los muebles de la cocina en el afán por unir los cuerpos y al dejarnos caer al suelo sin querer separar las bocas de la piel.
Estaba ya encima de ella cuando la oí susurrar cerca de mi oído un débil ‘no’ que no se correspondía con los movimientos de su cuerpo, con su cadera chocando contra la mía como dos ciegos que buscaran a trompicones el camino a seguir. Volvió a suspirar un ‘no’ a la vez que se bajaba a trompicones hasta las rodillas el pantalón corto que llevaba, tratando de buscar espacio entre su cuerpo y el mío. Pero sus negativas se ahogaban entre los jadeos de ambos, se transformaban en besos desperdigados por mi cara y en manos crispadas en mi espalda empujándome hacia ella.
Y fue entonces y no antes cuando adquirí consciencia de lo que estaba haciendo. Fue solo entonces cuando la razón despertó para advertirme de que había asaltado a Alicia de pronto y por la espalda, mientras ella lavaba con tranquilidad un vaso, sin sospechar siquiera que me acercaba. Y la razón protestó para decirme que aquello no era justo, que no tenía derecho, que ni siquiera era la forma ni el momento ni el lugar para cambiar para siempre nuestra relación y hasta me advirtió de que quizás, a pesar de todo, a pesar de que sus actos parecían decir lo contrario, ella no quería algo así, de que quizá se sentiría ultrajada u ofendida, de que podía incluso provocar con ello una nueva huída, esta vez definitiva.
Pero, a la vez que recobraba la razón, sentí como sus piernas se abrían debajo de las mías y cómo sus manos me apartaban para buscar el botón y la cremallera de mi pantalón y se libraban de ambos para agarrarme y guiarme hasta dentro de ella. Y un instante antes de entrar en su cuerpo separé mi rostro del suyo y la miré en aquel último instante y la ví que sonreía, con una sonrisa en la que esta vez no había medianías, con los ojos muy abiertos por la sorpresa ante lo que iba a ocurrir y los humedecidos labios muy separados, esperando también recibirme.
Esperé sólo un segundo y creo que si en aquel segundo hubiese dicho otro ‘no’ me habría retirado. Pero no lo hizo. Siguió sonriendo mientras entraba en ella. Y sólo entonces regresamos a la pelea, a buscarnos como dos viejos enemigos al fin enzarzados en su batalla final, ansiosos por compartir una misma victoria o una misma derrota.
9
Podría mentir. Podría decir que, desde aquella primera vez, nuestra rutinaria y aburrida existencia cambió por completo. Que descubrimos un nuevo mundo en el que los colores brillaban con más fuerza y el aire traía consigo música en lugar de frío. Podría decir que descubrimos placeres sexuales que ningún otro humano había conocido antes. O que un nuevo sentimiento vino a acallar todos los demás y que la soledad y la incertidumbre desaparecieron ocultas bajo un manto de prístino romanticismo.
Pero mentiría.
Nuestra vida no cambió en absoluto. Los días se siguieron sucediendo uno tras otro sin distinción. Las horas siguieron llenándose con las pequeñas actividades habituales a las que dábamos una desproporcionada trascendencia para otorgar algún sentido al paso del tiempo. Ir a por comida lo convertíamos en toda una especie de misión trascendental, cuando en realidad sólo suponía recorrer supermercados en busca de alimentos que aún estuvieran en buen estado. El día que hacíamos la colada era eso, el día que hacíamos la colada, y así ese día tenía un fin y un sentido en sí mismo que le daba a la jornada un aura especial. Si decidíamos ir a caminar por una zona diferente de Madrid, le dábamos al acontecimiento el carácter de extraordinario y nos preparábamos para ello como si se tratase de un viaje a otra galaxia. Hacíamos todo despacio, recreándonos en los detalles, estirando las nimiedades de manera inconsciente simplemente porque no teníamos nada que hacer y demasiado tiempo para hacerlo.
La rutina se convirtió en nuestro asidero a la vida. Respetar costumbres, horarios, ritos domésticos, como si alguien nos obligase a ello, nos hacía sentir que teníamos una misión en la vida, que había algún sentido en lo que hacíamos, una falsa apariencia de normalidad que nos anestesiaba frente al miedo y la angustia.
El regreso del invierno nos hizo reducir más aún nuestro pequeño universo. El planeta seguía funcionando. Quiero decir que seguía existiendo el frío y las nubes y la lluvia y el viento. Con el mal tiempo, cada vez salíamos menos. El paisaje de la ciudad resultaba aún más desolador. Bajo el tamiz gris del invierno, los coches abandonados en las calles, las ventanas abiertas de las casas, los brotes de vegetación que asomaban por entre el asfalto y las fachadas se tornaron hostiles, amenazadores. Todo Madrid se había convertido en el fiel retrato de la realidad que el sol del verano había conseguido disimular. Una ciudad muerta que se hundía paso a paso, muy despacito, en el abandono.
Alicia y yo empezamos a pisar la calle sólo lo imprescindible. Apenas nos alejábamos de casa. De alguna manera, reducir nuestro espacio vital nos hacía sentirnos más protegidos. O, al menos, nos evitaba ver en toda su dimensión aquel escenario fantasmagórico en que se había convertido la ciudad con la llegada del mal tiempo.
Ella decidió organizarse. No me anunció su decisión ni me pidió mi opinión al respecto. Trajo a casa varios ordenadores y varios teléfonos y hasta un aparatoso radiotransmisor y lo instaló todo en lo que antes había sido mi estudio de trabajo. Y empezó a pasar cada vez más tiempo allí metida. Yo sabía lo que hacía, aunque nunca hablábamos de ello. Buscaba. Rastreaba el planeta entero en busca de otros supervivientes. Era capaz de pasarse todo el día metida en el estudio y yo respetaba su dedicación sin interferir. Ni siquiera entraba en el estudio para curiosear. Me entretenía con cualquier otra cosa y nunca le preguntaba sobre la marcha o los resultados de su búsqueda.
Desde que comenzara con aquello, nuestro diminuto universo se partió en dos, el suyo y el mío, separados por la puerta del estudio, que ella mantenía siempre cerrada, como si su afán por buscar signos de vida fuese una actividad secreta o vergonzante.
Pero, al llegar la noche, como dos vampiros que mutasen al ocultarse el sol, dejábamos atrás a esos dos seres anodinos en que nos habíamos convertido para transformarnos en algo diferente, en seres realmente vivos capaces aún de sentir y provocar pasión.
También ese nuevo aspecto de nuestra relación tenía sus propias e inescrutables reglas. La primera era que ella nunca me buscaba a mí. Siempre era yo quien se acercaba a Alicia, a veces como un gato zalamero, a veces como un mendigo hambriento, en busca de su ración diaria. Ella no se negaba. Por el contrario, Alicia era una amante accesible, a veces sumisa, otras exigente, siempre solícita. Pero nunca daba el primer paso. Era siempre como si mi asalto le cogiera por sorpresa, como si cada noche fuese algo inesperado, algo que la pillara desprevenida. A menudo iba en su busca cuando ella ya se había acomodado con su libro en el sofá o cuando se iba al baño para ducharse o cuando estaba ordenando su ropa en el armario y mi primer beso o mi primera caricia le hacían dar un respingo de sorpresa o soltar una risita incrédula o mirarme como si no me reconociera. Pero no hacía falta insistir demasiado para que dejara lo que estuviese haciendo y respondiera a mi demanda con las mismas ganas que si fuera ella quien hubiese tomado la iniciativa. Aquello no era una forma de establecer entre nosotros las reglas tácitas de algún tipo de juego excitante. Simplemente, Alicia era así. Nada más. A veces me hacía pensar que, si yo nunca más me acercase a buscarla, el sexo se terminaría entre nosotros tan bruscamente como había comenzado.
Pero eso no ocurriría. Yo habría sido incapaz de renunciar a aquello. El sexo con Alicia no era sólo un alivio, un signo de que aún éramos humanos, de que estábamos vivos. Era una necesidad. La deseaba. Cada día, cada vez que la miraba, cada vez que llegaba hasta mí el olor dulce de su piel. Y no mentiré aquí tampoco diciendo que había descubierto con Alicia placeres que no conociera antes. Ni siquiera presumiré de experiencias inauditas. No nos dedicábamos a hacer el amor en medio de la calle o en lugares exóticos ni nada parecido. Hasta se podría decir que éramos demasiado convencionales para las posibilidades que teníamos ante nosotros. El placer no estaba ni en la novedad ni en lo inaudito de nuestra situación. El placer estaba en algo tan simple, tan primario y tan sencillo como poder tocar, besar, oler, impregnarme de ella, de una mujer a la que quería y deseaba por igual. Algo nuevo para mí.
Así se creó una enorme distancia, un abismo entre el día y la noche en nuestras vidas. Aquellos encuentros nocturnos apenas cambiaron nuestra actitud diaria. Esa era otra regla no escrita que también pareció imponer ella y yo acepté sin discusión. No hablábamos de nuestra relación. Ni siquiera, a lo largo del día, había signos externos que a un supuesto testigo le hubieran permitido adivinar lo que había entre nosotros. No caminábamos de la mano ni interrumpíamos lo que estuviésemos haciendo con un beso o un gesto de cariño ni intercambiábamos miradas ñoñas ni sonrisitas cómplices. En cierto modo, se podría decir que nuestra relación pasaba de la distancia a la pasión sin el camino intermedio de la ternura.
Y había otra regla que siempre me intrigó. Alicia nunca se quedaba en mi cama. Aunque acabásemos de hacerlo en ella, me acostumbré a sentir cómo, cuando empezaba a quedarme adormilado, ella se levantaba y se marchaba a su sofá-cama del salón. Nunca amanecíamos juntos. No sabía porqué y no se lo pregunté. Porque esa era otra más de las reglas. Nada de preguntas, nada de hablar de ello. Sorprendente. Alicia, siempre dispuesta a las sesudas reflexiones, a los interrogatorios, a los análisis y la formulación de máximas y conclusiones, jamás hablaba de lo que había entre nosotros. Nunca me hacía preguntas. Nunca indagaba ni compartía conmigo reflexión alguna. Y aquello era tan extraño en ella que confieso que la espesura de aquel silencio me acabó intrigando más aún de lo que habría estado dispuesto a reconocer.
Pero, durante un tiempo, también respeté aquella norma de silencio como todas las demás reglas. Porque no quería que, por incumplirlas, fuese a poner en peligro lo único que me importaba ya en aquella extraña vida de dos: la cercanía de Alicia, la deliciosa certeza, el infinito consuelo, de que estaba siempre a mi lado, un día tras otro.
No estoy seguro de porqué me negué a participar en su búsqueda de vida. Por alguna razón, yo estaba convencido de que ya no existía nadie más que ella y yo. Sé que era un convencimiento caprichoso e infundado. Por la misma desconocida razón por la que Alicia y yo habíamos sobrevivido al fogonazo, podía haber más supervivientes en cualquier otro lugar. Lo más lógico era pensar eso. Pero siempre estuve convencido, sin argumento alguno que lo sostuviese, que no era así.
Pero creo que ese convencimiento no era la única razón por la que no le ayudaba en sus rastreos. Había algo más. Algo subconsciente. Alicia no era capaz de asumir nuestra soledad. Yo sí. No necesitaba encontrar a nadie. De alguna manera, en medio de aquel tenebroso invierno sin humanidad, creo que había encontrado una plácida y satisfactoria felicidad. Me sentía bien. Ya no quería conducir un Metro ni sentirme el amo del Museo del Prado. Había reducido al mínimo mis necesidades, había acallado mis temores, había encontrado en mi relación con Alicia un motivo y un fin suficiente para vivir. Me bastaba con tener a Alicia a mi lado, con verla al despertarme y tocarla al anochecer. Y cualquier otra cosa estaba de más.
Quizás por eso, aunque nunca se lo hice saber, me irritaba verla pasar las horas encerrada en el estudio, buscando a otros seres humanos. Creo que estaba celoso. Lo sé. Es estúpido. Pero creo que estaba celoso de toda esa gente a la que ella buscaba tan desesperadamente. Como si buscarles significase que yo no era suficiente para ella. Un pensamiento ridículo. Yo nunca había sido celoso. Había tenido parejas que me habían engañado y jamás había montado ninguna escena por ello. Formaba parte del juego, del riesgo, de las opciones de cualquier relación. Y ahora en cambio sufría un ataque de celos porque Alicia se interesaba en encontrar seres que probablemente ni siquiera existían. Me sentía amenazado en aquel pequeño y confortable mundo que me había creado por fantasmas que nunca contestarían a las llamadas de Alicia. Una locura. Quizás estaba perdiendo la razón y ni siquiera me daba cuenta de ello. O sufría algún tipo de síndrome. Sociopatía aguda. Irónico. Al fin y al cabo, vivía en un mundo vacío, el paraíso de cualquier sociópata.
Fuera lo que fuese, aquella nueva ocupación de Alicia fue lo que me llevó a cometer el error. A incumplir esas reglas sobre las que habíamos construido nuestra extraña relación.
Una noche cualquiera, justo después de hacer el amor, tumbados aún juntos en mi cama, cuando normalmente nos habríamos dejado llevar por el plácido silencio que siempre seguía al sexo, hasta que yo me hubiera quedado dormido y ella se hubiera marchado, me incorporé apoyándome en un codo y se lo pregunté:
-¿Porqué lo haces?
Alicia abandonó sus propios pensamientos y me miró sorprendida porque ya eso, esa sola pregunta, era una ruptura de las reglas.
-¿Cómo dices?
-Que porqué lo haces ¿Porqué te acuestas conmigo?
Su expresión de sorpresa aumentó más aún. Pero, en lugar de hacerme recular, eso me hizo decidirme más aún a hablar. De pronto, aquel silencio de semanas sobre nosotros mismos no me parecía ya una regla aceptable sino un misterio irritante.
-Esa es una pregunta extraña, ¿no crees? - me dijo ella, sin alterar el tono. Pero ni siquiera la suave sonrisa con la que la acompañó me hizo darme cuenta de mi error.
-¿Me quieres?
Alicia se incorporó en la cama. Se tapó el pecho con la sábana, algo que no solía hacer, como si necesitase protegerse.
-¿Necesitas saberlo? - me preguntó, ya sin la sonrisa.
-Creo que sí.
Me miró. Detuvo los ojos en mí escrutadoramente, como si de pronto estuviese tratando de identificar a la persona con la que llevaba acostándose semanas. Y luego me contestó con una mezcla de rabia y tristeza:
-No lo sé.
Y yo fui tan estúpido como para enfadarme.
-¿Que no lo sabes? - Cuando me quise dar cuenta, había saltado de la cama de un brinco. No seguí hasta que me hube puesto los calzoncillos con bruscos movimientos - ¿Llevas todo este tiempo acostándote conmigo y aún no sabes si me quieres o no?
Alicia intentó volver a sonreír. Estaba claro que no quería pelea. La conocía lo suficiente para saber que se sentía incómoda. Pero no logró perfilar la sonrisa. En su lugar, cerró los ojos y tomó aire y dijo con más resignación que convencimiento:
-Supongo que sí.
-¿Supones? - dije, alzando la voz más de lo que debía. Ni siquiera yo sabía porqué me estaba metiendo en ese pantanoso terreno pero, a la vez, no estaba ya dispuesto a dar marcha atrás - ¿Qué quiere decir que lo supones?
Alicia salió también de la cama. Se puso pausadamente su pantalón y su blusa. Llegó a dar un par de pasos hacia la puerta. Pero antes de que yo le demandase una respuesta, se giró y la rabia se impuso sobre la tristeza en su expresión.
-¿Cómo puedo saberlo? - me espetó - ¡No hay nadie más! No hay nadie más a quien pueda amar. Me gustaría saberlo. Me gustaría estar segura de que te quiero. Pero no puedo estarlo, joder. Y nunca podré. Nunca podré saber si te elegiría a ti entre millones de hombres. Nunca sabré cómo habrían sido las cosas si te hubiera conocido existiendo otros seres humanos...
Lágrimas furiosas hicieron brillar sus ojos. Comprendí que Alicia ya había pensado en todo aquello, que su rabia al contestar respondía, precisamente, a que no era capaz de responder a mis preguntas, que probablemente había impuesto esa regla de silencio que yo ahora había roto porque no quería afrontar su ausencia de respuestas. Supe que me había equivocado rompiendo esa regla y también que ya era demasiado tarde para arreglarlo.
-Míranos... - siguió ella, con la voz repentinamente enronquecida por una ira apenas contenida - Tú y yo somos completamente diferentes. Ni siquiera nos gusta a cada uno cómo es el otro. Y ya sé que eso no significa nada. A veces uno se enamora de una persona totalmente diferente y otras veces esa diferencia te repele. Pero, en nosotros, eso no es posible de saber porque no hay alternativa, no hay opción, no hay elección...
-Me has conocido en estas circunstancias. Nada puede cambiar eso. Y tus sentimientos hacia mí deberían ser algo independiente a las circunstancias en las que los sientas.
De pronto, ella volvió a sonreír, como si toda su rabia se hubiera diluído en un instante. Me miró y rió y después una lágrima cayó por su mejilla y dio una patada en el suelo y se encogió de hombros y levantó la mirada al techo y volvió a reír y me miró de nuevo.
-Joder, ¿no era yo la psicóloga? ¿No era yo la pelmaza que, según tú, siempre buscaba respuestas y conclusiones? ¿Porqué me vienes con éstas? Me acuesto contigo. Desde la primera vez que viniste. Follamos y lo disfrutamos y está bien. Está bien y ya está ¿Porqué de pronto necesitas analizarlo? ¿Porqué ahora eres tú el que busca razones y motivos? Vivimos en un extraño mundo en el que no existen ni las razones ni los motivos. Teoría del caos, ¿recuerdas? Tú me lo enseñaste...
Luchó por contenerse. Cogió aire, apretó los puños y, de pronto, se echó a reír otra vez.
-Mi novio se habría reído si viera todo esto. Solía ser bastante reacia para el sexo, ¿sabes? No era que no me gustase. Era sólo que no lo sentía como una especie de necesidad continua, como os pasa a los hombres.
-¿Y ahora? Conmigo... ¿Lo necesitas?
Se encogió de hombros.
-No lo sé... Sí, lo necesito. Pero no sé si lo necesito por ser tú, porque te quiero o, simplemente, porque necesito sentir algo.
-Nunca me has rechazado. Ni la primera vez que me acerqué a ti.
-¿Qué sentido habría tenido hacerlo? Era algo inevitable, algo que tenía que llegar. Antes o después. Era algo que había aceptado incluso antes de que ocurriera.
-Pero, ¿y ahora? ¿Sigue siendo sólo algo inevitable?
Al rostro de Alicia regresó la misma expresión de sorpresa que al comienzo de aquella conversación.
-Nunca haces tantas preguntas... - me dijo, un poco burlona - ¿A qué conclusión intentas conducirme?
-Quiero saber qué sientes por mí.
-Ya te lo he dicho. No lo sé. Te necesito. Pero no puedo saber si eso significa que siento amor por ti.
Se volvió para marcharse de mi dormitorio. Pero de nuevo, antes de salir, se giró otra vez hacia mí.
-Te aseguro que me gustaría saberlo - me dijo, con la voz cubierta de ternura.- Te juro que me gustaría. Me gustaría estar segura.
-¿Y si nunca lo llegas a estar?
-Entonces, también seguiré a tu lado.
A veces la realidad se altera para siempre por detalles insignificantes. Un instante, un acto diminuto, una palabra y todo cambia para siempre. La maldita mariposa aletea en China y, ya se sabe, un edificio se cae al otro lado del mundo o lo que sea. La vida siempre ha consistido en un equilibrio precario. Y las relaciones humanas también. Un fogonazo causado por sabe Dios qué y toda la Humanidad, menos un par de pobres diablos, se va a la mierda. Una conversación inoportuna y un modo de vida llega a su fin.
Eso fue lo que pasó. Por una vez, yo pregunté. Y ella no quiso contestar. Cambiamos nuestros papeles por una sola vez y ello fue suficiente para que el equilibrio entre Alicia y yo se quebrara.
Sólo dos días después de aquella conversación, dos días que ella pasó más taciturna y meditabunda que nunca, encerrada como siempre en el estudio, me vino con ello. Sabía que iba a ocurrir, que aquella conversación que ella había esquivado y yo había forzado innecesariamente iba a traer consecuencias. No estaba seguro de cuáles. Pero sí lo estaba de que asaltándola con aquellas preguntas que ella no quería oír había abierto una puerta o derribado un muro o hecho una herida o lo que fuera que nos impediría volver a atrás, a los días tranquilos y las noches de sexo sin preguntas.
-¿Recuerdas lo que te dije cuando volví? - me dijo, mientras estábamos cenando - Lo de que yo necesitaba hacer algo, que teníamos tres opciones, que necesitaba saber qué querías tú.
Me limité a asentir, a la espera.
-Han pasado meses y no he vuelto a hablarte de ello. Pero ahora querría saberlo. Necesito saber qué quieres hacer con el resto de tu vida.
Volví a asentir, más despacio esta vez.
-Nada.
-¿Nada?
-No tengo nada decidido. No hay nada que quiera hacer.
La mirada de Alicia se tornó recriminadora.
-Ni siquiera piensas en ello, ¿verdad?
-¿En qué? ¿En hacer planes? - le dije, sin poder reprimir una sonrisa sarcástica.
Pero Alicia no pareció advertirla. Se mantuvo calmada. Y supe que ella ya había tomado una decisión.
-Voy a marcharme otra vez. Y me gustaría que vinieses conmigo.
-¿A dónde?
-No lo sé... - la voz le tembló ligeramente pero consiguió dominarla antes de que llegara a aparecer un llanto repentino - No puedo seguir llevando una vida en que todo son preguntas sin respuesta.
-¿Y las respuestas están ahí fuera, en algún sitio?
Alicia se encogió de hombros. Al mirarla, recordé lo joven que era, como si durante mucho tiempo no hubiese sido consciente de su edad y de pronto me sorprendiese descubrir la diferencia que nos separaba. El fogonazo había sorprendido a Alicia dando los primeros pasos de su vida adulta. Le había dejado a la vez sin pasado y sin futuro, en una estéril tierra de nadie. No éramos iguales. Yo ya había vivido lo suficiente como para tener mi propio cargamento de aciertos y errores, de desencantos y logros, de cansancio y de templanza. Podía agarrarme a lo aprendido en aquellos casi veinte años que le sacaba de diferencia para construir el consuelo necesario ante aquella vida sin mañana. En cierto modo, le llevaba alguna ventaja, por pequeña que fuera, para aceptar y adaptarme a todo aquello.
-Iré contigo - le dije.
Y ella me dedicó una sonrisa de agradecimiento.
10
Habló de ello el primer día en que el aire volvió a oler a primavera. Estábamos sentados en el porche de la casa en la que habíamos dormido la noche anterior. Un sencillo y agradable chalet en las afueras de otra ciudad vacía más. Dese allí, podíamos ver el jardín de césped ya seco que se extendía hasta la verja que rodeaba la parcela y, tras ella, el coche que habíamos utilizado durante la última semana. A veces cambiábamos de coche cuando el que habíamos cogido se quedaba sin gasolina. Otras veces repostábamos y seguíamos con el mismo. No cumplíamos ninguna pauta en ello. Dependía de que los surtidores de la gasolinera más cercana funcionaran o no. A veces era más sencillo abandonar el coche y, simplemente, subirse a otro de los cientos de automóviles que habían quedado por todas las carreteras, detenidos en el lugar en que su conductor se había volatilizado.
Acabábamos de tomar un café y, antes de seguir nuestro camino, Alicia quiso sentarse un rato en las cómodas sillas de aquel porche, a disfrutar de un sol matinal que hacía tiempo que no teníamos. No había sido un invierno especialmente duro. Pero aquella mañana se respiraba un aire diferente, ese aire que huele ya a la inminente llegada del buen tiempo aunque aún haya nubes grises en el cielo.
Alicia saboreaba aún el último sorbo de su taza cuando comenzó a hablar. Llevábamos semanas recorriendo carreteras, visitando pueblos y ciudades, durmiendo en la primera casa que veíamos al anochecer. Como siempre, no hablábamos de lo que estábamos haciendo. Tan sólo viajábamos un día tras otro sin ningún destino preestablecido. No nos desanimábamos por cada kilómetro recorrido comprobando que no había nadie más que nosotros en él. No hacíamos planes.
Hasta aquel día, no habíamos hablado ni de la duración ni de los fines de aquel viaje sin destino. Pero aquel día, una mañana cualquiera, la siempre callada y meditabunda Alicia, me sorprendió.
-Sé que te lo preguntas - me dijo aquella mañana -. Sé que cada mañana te despiertas y te preguntas porqué sigo buscando. Sé que te preguntas si esto tiene algún sentido, si no sería mejor aceptar el hecho de que estamos solos y volver a casa y tratar de vivir allí lo mejor posible. Sé que no lo dices para no enfadarme, para tenerme contenta, mientras esperas pacientemente a que me canse de todo esto y decida regresar. Sé que tú nunca habrías iniciado este viaje.
Sonrió. Se recogió el pelo en una coleta y se acomodó en su sillón y su sonrisa se hizo aún mayor.
-Cuando era niña, siempre me preguntaba si yo era diferente a los demás. Miraba a mis padres, a mis profesores, a mi hermano, a mis amigas y me preguntaba si ellos veían lo que nos rodeaba de la misma manera que yo, si veían un color del mismo modo que lo veía yo o si sentían los mismos sabores o percibían igual los olores. Es algo imposible de saber. Todos tenemos un mismo concepto de lo que es una comida salada o un color chillón o un ruido molesto. Pero no podemos saber si el sabor, el ruido o el olor lo percibimos igual. Y, por alguna razón, esa duda me preocupaba mucho. Por una parte, me gustaba pensar que quizás yo fuera diferente, que quizás yo no veía ni olía ni oía ni sentía en general las cosas igual que el resto de las personas. Pero, por otro lado, deseaba que sí, deseaba que todos fuéramos iguales, que todos nuestros sentidos funcionaran igual, porque si no fuese así nunca podría compartir con los demás mis sensaciones porque nunca podrían entenderlas. Cuando eres niño, ese tipo de preocupaciones tienen mucha importancia. Luego, creces y las olvidas. La vida se va volviendo compleja y ya no tienes tiempo de plantearte las cuestiones más esenciales. Las das por hecho. Te convences de que el mundo es como hemos decidido que sea y no te cuestionas si a lo mejor estamos equivocados en lo más básico. Vas aceptando poco a poco, sin darte cuenta, todo aquello que ponías en entredicho cuando eras niño. Aceptas que exista gente que tenga que pasar hambre, que no estás dotada para ser campeona del mundo de gimnasia rítmica, que hay amigos que con el tiempo dejan de serlo, que tus padres no saben tanto como tú creías, que el color rojo es igual para todo el mundo, que todos escuchamos el mismo sonido cuando un pájaro canta o que un día tendrás que morir. Dejas de preguntar ante todo porqué, como hacen los niños. Aceptas el mundo tal y como es porque sabes que, si no lo haces, el resto de la gente pensará que eres raro o loco o simplemente diferente. Dejas de hacerte preguntas porque quieres ser como todos, quieres formar parte del grupo, y sabes que aquéllos que se preguntan demasiadas cosas, que no aceptan lo que todos hemos dado por bueno, al final se acaban quedando solos porque la gente les acaba considerando demasiado excéntricos o rebeldes o incómodos. De alguna manera, todos acabamos intuyendo que cuantas menos preguntas hagamos y nos hagamos, más cómoda será nuestra vida. Así que empezamos por abandonar las preguntas elementales de la infancia y luego, poco a poco, intentamos también acallar todas esas otras preguntas que nos sigue planteando la vida: ¿he acertado o me he equivocado?, ¿estoy haciendo lo que de verdad quiero o lo que otros me imponen o esperan de mí?, ¿voy a ser feliz si sigo este camino o no?, ¿tengo aún tiempo de cambiar? Cuantas menos preguntas nos hagamos, menos dudas nos surgirán. Y cuanto menos dudemos, más felices seremos. Y cuanto más felizmente inconscientes seamos, menos perturbaremos a los que nos rodean y más nos aceptarán. Así que, sin darnos casi cuenta, nos vamos volviendo más y más sumisos con lo establecido, nos vamos dejando llevar, renunciamos a enfrentarnos a lo previsible, porque subconscientemente pensamos que eso nos evitará problemas y, además, hará que estemos más integrados en el grupo, en la familia, en el círculo de amigos, que nos arropa. Queremos ser queridos. Y para conseguirlo estamos dispuestos a renunciar a casi todo. A veces, incluso estamos dispuestos a renunciar a ser nosotros mismos y preferimos convertirnos en alguien que creemos que será más querido que nuestro verdadero yo. Así somos la mayoría de los humanos y los que no son así se convierten en genios, en seres pintorescos, en tarados o simplemente en solitarios. Al menos, cuando miro hacia atrás, eso creo que fue lo que me ocurrió a mí. Fui una niña inquieta, siempre preguntando, siempre queriendo saber, enrabietándome porque nadie era capaz de darme respuestas a mis miles de preguntas. Y, poco a poco, me fui domando a mí misma. Dejé de preguntarme si yo era diferente al resto para preocuparme de parecerme a ellos. Pero siempre me quedaba una duda. Siempre se quedaba ahí dentro, muy escondida, la duda de si tal o cual cosa la había hecho porque deseaba hacerla o porque con ello esperaba agradar a mis padres o gustarle a mis amigas o ser felicitada en el colegio o hacerle sentir bien al chico con el que estuviese. Nunca estaba segura. Ni siquiera ahora, al recordar, estoy segura de cuándo era yo o cuándo era esa otra persona en la que me convertía para ganarme el afecto de los demás. Pero sí estoy segura de una cosa: les necesitaba. Necesitaba tener cerca a las personas a las que quería. A mis padres, a mis amigas, a quien fuera. Me daba miedo la soledad. Me daba miedo que pudiera llegar un día en que no tuviese a nadie que me mostrara cariño. Supongo que nos ocurre a todos. O a casi todos. Necesitamos sentirnos queridos. Hasta las personas más egoístas o más hurañas o más crueles o más desalmadas buscan siempre a alguien a quien ofrecer afecto y de quien recibir cariño, ya sea un padre o una madre, una pareja, un discípulo, una mascota, lo que sea. Necesitamos que alguien, de una u otra manera, nos necesite porque quizás, a su vez, pensamos que si alguien nos necesita, también nos protegerá. Así, sobre esa base, es como construimos las relaciones humanas. Nos intercambiamos cariño con otras personas y, de ese modo, vencemos el miedo a la soledad. Es nuestra naturaleza. No fuimos creados ni surgimos de la nada, sea como sea que aparecimos en esta vida, para estar solos. Y pasamos nuestra vida intentando evitar la soledad, cada uno a nuestra manera. Hasta los más incapaces de dar y recibir cariño, los que sólo buscan de los demás su admiración, su veneración, su sumisión o incluso su miedo, en realidad lo hacen porque sin nada de eso también estarían solos. No sabemos, no somos capaces de vivir en soledad. Y, frente a esa certeza, aquí estamos tú y yo. Solos. Los únicos. Los últimos. Los elegidos para vivir el destino más aterrador que puede tener un ser humano. La soledad absoluta. Se nos ha dado el envenenado privilegio de conocer algo que ningún otro ser humano ha conocido ni volverá a conocer. Una soledad que no es ni relativa ni temporal. Una soledad sin límites ni solución. Y durante todos estos meses he sentido miedo. Miedo y nostalgia. Al principio fue una nostalgia concreta. Había perdido a mis padres, a mi novio, a todos. A todo ese círculo que me hacía sentirme segura y querida. Pero a medida que fue pasando el tiempo esa nostalgia fue creciendo, fue perdiendo sus límites, se deshizo de rostros y de nombres. Y fue entonces cuando dejó de ser sólo dolor por la pérdida de los seres queridos. Y el dolor se convirtió en miedo. Porque ya no echaba de menos a personas concretas. Echaba de menos a los seres humanos. Y esa es una nostalgia que resulta insoportable. Es demasiado grande. Nadie está preparado para soportar algo así. Echaba de menos el mundo del que formaba parte, al que había querido siempre pertenecer, como una más, un mundo de personas que te ofrecen todo aquello que buscamos en la vida: el afecto, la compañía, el consuelo, la risa... Y la ausencia de todo ello se hace tan grande, tan enorme, que apenas te deja sitio para añorar a personas determinadas. Te ahoga tanto que sólo consigues asustarte, encogerte, sentirte tan desprotegido como si te hubieran arrancado la piel. La ausencia es tan profunda que ni siquiera tu compañía puede cubrirla. Porque, contigo, vuelvo a ser una niña llena de preguntas tontas: ¿ves las cosas como yo?, ¿percibimos lo mismo cuando miramos juntos a todas esas calles y casas y carreteras vacías? A lo largo de estos meses, he conocido tu miedo y he sentido tu soledad. Pero, otras veces, me has parecido tan acomodado a lo ocurrido, tan adaptado, tan suficiente, que me he preguntado si es que eras más fuerte que yo o más idiota o más valiente o si, simplemente, nuestra percepción de lo ocurrido es completamente diferente. Y por eso a veces me desesperas y otras te odio y otras te quiero y otras necesito tu cariño y otras necesito dártelo yo. Y aún hoy ni siquiera sé si tú y yo estamos haciendo el mismo viaje. Y, cuando pienso eso, me siento aún más sola. Siento aún más miedo. Y sólo sé una forma de luchar contra ese miedo. Con la esperanza. La esperanza de encontrar algo, a alguien, lo que sea, que me permita pensar que habrá un futuro diferente a este inmenso vacío. Y a veces creo que lo que busco ni siquiera es un futuro para mí. Es un futuro para los que ya no están, para lo que fuimos, para lo que una vez existió. Es como si mi deber fuera buscar lo que ellos ya no pueden buscar. Y esa búsqueda es mi esperanza y esa esperanza es mi único antídoto frente al miedo. Y ni siquiera sé si todo eso tiene lógica. Lo único que sé es que mantener esa esperanza indefinida me ayuda a combatir el miedo y a plantarle cara a la soledad. Es como volver a ser un niño, como regresar otra vez a las preguntas más elementales. Igual que el niño más pequeño le pregunta a sus padres si los hombres podemos volar o si a Dios le gusta tomar helados. Las reglas han desaparecido. Tú y yo vivimos en una nueva realidad y tenemos que hacerle frente a partir de las preguntas más básicas. Lo que no sé es dónde encontrar las respuestas. Todos los días me pregunto si esas respuestas estarán esperándonos después de la próxima curva o en la siguiente población a la que lleguemos. Y sé que no. Pero seguir preguntándomelo me ayuda a mantener viva la esperanza. Porque lo único que sé es que sin esa esperanza no puedo seguir adelante, no sé vivir, no me merecerá la pena volver a abrir los ojos y a respirar mañana.
Viajamos durante meses. Sin planes, sin rumbo, sin mapas. A veces, cuando encontrábamos un lugar que nos gustaba por su paisaje o por su temperatura o por la casa que hubiésemos ocupado, nos quedábamos algunos días. Pero siempre nos volvíamos a marchar. A veces dejábamos el coche e íbamos a pié e incluso hubo un tiempo, al comienzo del verano, en que durante un par de semanas utilizamos un par de bicicletas. Me acostumbré a aquella vida nómada. Llegó un momento en que olvidé que aquel viaje sin final era una búsqueda y lo convertí en un fin en sí mismo, como si el cambiar continuamente de escenario, el dejar continuamente atrás casas y ciudades le otorgara en sí mismo un sentido a nuestra vida. Pero, a la vez, siempre supe que aquel viaje tendría un final. Y que ese final sería regresar al punto de partida, a mi pequeño apartamento junto a la Plaza Mayor. Siempre supe que volveríamos, aunque nunca le confesé a Alicia esa certeza.
Durante todo aquel tiempo, ella no dudó en su deseo de seguir avanzando hacia ninguna parte. Siempre era ella la que, cuando llevábamos dos o tres días en el mismo sitio, decidía que había llegado el momento de continuar. Nunca volvió a hablarme de sus sentimientos como en el porche de aquella casa. Yo nunca volví a preguntarle por ellos.
Los días pasaban entre conversaciones banales y largos silencios en los que ambos contemplábamos un mismo paisaje sin compartir pensamientos. Y las noches seguían siendo ese otro mundo en el que nos reencontrábamos convertidos en algo parecido a amantes furtivos, como si esas dos personas que compartían la cama no deseasen que supieran de su deseo esas otras dos, las que durante el día viajaban de un lado a otro en busca de nada.
En realidad, viajar se había convertido en una rutina, en nada diferente a la anterior, cuando sólo vagábamos por las calles de Madrid. Pero probablemente Alicia nunca lo habría admitido si se lo hubiese dicho. Aunque no hubiera vuelto a hablar de ello, sabía que aquel nuevo modo de vida le daba una cierta paz, la reconfortaba de alguna manera. Y yo no quería ser el aguafiestas de su esperanza.
Me limité a instalarme en una cómoda indiferencia. Quizás ella tenía razón. Quizás yo no me hacía demasiadas preguntas. Y eso no me hacía sentirme ni mejor ni peor que ella. A aquellas alturas, estaba claro que a ninguno de los dos nos quedaba más remedio que aceptar al otro tal y como era. Alicia necesitaba aferrarse a una vacua esperanza. Yo prefería aferrarme al presente, eliminar el paso del tiempo como si el fogonazo se hubiese llevado también consigo algo tan inútil como el mañana y el ayer.
Me bastaba con vivir cada uno de aquellos días repetidos. Sin tratar siquiera de establecer una ligazón entre ellos. Desde aquella mañana en que Alicia me habló de sus sentimientos, sí había habido un cambio en nuestras vidas. Por las noches, empezó a compartir la cama conmigo hasta el siguiente amanecer. Y eso era suficiente. Mis días terminaban observándola dormida y comenzaban cuando ella me despertaba para decirme que debíamos continuar. Y no necesitaba nada más.
No diré que era feliz porque nunca he creído en los estados de ánimo absolutos. Nadie puede ser permanentemente feliz ni permanentemente desgraciado. Nuestro ánimo depende de cuantos pequeños momentos buenos o malos podemos reunir a lo largo de cada día. Y yo había logrado reunir suficientes momentos buenos para sentirme a gusto con aquella extraña vida que me había tocado vivir. La visión de Alicia antes de dormirme y nada más despertarme eran dos de esos momentos. Y había muchos otros. Me gustaba mirarla después de estar un rato absorto y verla a mi lado en el coche conduciendo o con la mirada perdida al otro lado de la ventanilla. Me gustaba su expresión de curiosidad, como si la soledad aún pudiese sorprenderla, cuando entrábamos en alguna población y recorríamos sus primeras calles vacías. Me gustaba verla en todas aquellas casas que ya no eran hogares buscando un rincón cómodo donde poder leer un rato. Me gustaba cuando era capaz de hacerla reir y cuando conseguía sacarla de quicio. Y no, no necesitaba mucho más.
Y tal vez me equivocaba. Tal vez yo sólo era, como ella misma me dijera, un pobre idiota que ni siquiera era capaz de plantearse interrogantes. Tal vez sólo era demasiado cínico o demasiado cobarde para plantearme nada. Pero me daba igual. Siempre había sido indulgente conmigo mismo y ahora, si al final resultaba que sólo era un pobre idiota, también estaba dispuesto a perdonarme a mí mismo por ello.
Sólo estaba seguro de que seguiría viajando todo el tiempo que ella quisiese. Y que, cuando al fin volviésemos a casa, sería capaz de regresar sin pena ni dolor a aquella otra rutina doméstica que ahora habíamos abandonado. Esa era mi única certeza. La única que necesitaba. La certeza de que seguiría junto a Alicia sin perder el tiempo en recordar que cada uno de aquellos momentos irrenunciables formaba parte de un día, una semana, un mes, un año o toda una vida.
Nuestro viaje tuvo un final. Como con tantas otras cosas, no tomamos la decisión de una manera expresa. Tan sólo, llegó el día en que los dos supimos a la vez que habíamos llegado al final.
Recorrimos en coche un camino polvoriento que moría en la cima de una duna que, a su vez, descendía hasta una estrecha playa de arena oscura. Había sido un camino más tomado al azar. Pero el mar apareció ante nosotros y su visión nos hizo detenernos y bajar del coche. Era extraño. Después de meses viajando, era la primera vez que llegábamos a una costa y veíamos el mar. Ni siquiera habíamos reparado en ello hasta entonces.
Nos quedamos durante unos instantes detenidos en la cima de la duna, sintiendo el agradable tacto de una brisa tibia. Era un día luminoso, pero no caluroso. El sonido de las olas, bajas y coronadas por una gruesa cinta de espuma blanca, resultaba especialmente acogedor en aquella apacible mañana de verano.
Alicia bajó primero. Cogió carrerilla al descender por la duna y la mantuvo hasta llegar a la orilla. Se quitó el calzado y se arremangó los pantalones hasta las rodillas y entró en el agua y las olas le mojaron la ropa al romper contra sus piernas. Yo me quedé arriba, contemplándola desde allí, disfrutando de la visión de Alicia extendiendo los brazos y llenándose los pulmones de olor a mar.
Ella se agachó hasta hundir las manos en el agua y se mojó con ellas la cara y me pareció que la brisa traía consigo el eco de su risa. Repitió el movimiento varias veces. Hasta que se detuvo repentinamente. Se quedó observando el agua, muy quieta, durante unos instantes. Luego, se volvió y me gritó con impaciencia que fuera junto a ella.
Corrí duna abajo, trastabillé y me apresuré a recuperar el equilibrio. A medida que me acercaba, pude ver la extraña expresión de su rostro y eso me hizo acabar corriendo hasta estar a su lado, metiéndome en el agua sin siquiera descalzarme.
-¿Qué pasa?
Me miró. Sonreía y a la vez parecía cercana al llanto. Había alegría en su mirada pero también un pequeño e inquietante temblor en su barbilla.
No dijo nada.
Hizo un cuenco con las manos, las hundió en el mar y, al volver a sacarlas del agua, las tendió hacia mí.
En la escasa cantidad de agua que había podido retener, podía verse un pequeño animalito, una especie de renacuajo translúcido.
Los dos lo contemplamos mientras su diminuta cola se retorcía frenética entre las manos de Alicia.
Ella levantó los ojos y me miró y fue entonces, al ver como la sonrisa antes incierta se asentaba ahora con placidez en sus labios y en sus ojos humedecidos se reflejaba el brillo de aquel sol de verano lleno de vida, cuando supe que aquel día había terminado nuestro viaje.
-¿Y ahora qué? - me preguntó.
Volví a contemplar a aquel bichito casi transparente que se meneaba en las manos de Alicia con espasmos irregulares. Después, miré a Alicia y le contesté:
-Ahora, ya no depende de nosotros.
Alicia se inclinó y volvió a hundir las manos en el mar y las separó para que el renacuajo pudiese marcharse.
Una ola llegó en ese momento y le perdimos de vista. Alicia le dedicó una sonrisa de despedida, cerró los ojos y alzó la barbilla para que el sol bañase su rostro.