<p>Datos del libro</p></h3> <p></p> <p></p> <p></p> <p>Autor: Garland, Curtis</p> <p>©1979, Editorial Astri, S.A.</p> <p>Colección: Astri ciencia ficción, 14</p> <p>ISBN: 9788475904245</p> <p>Generado con: QualityEbook v0.61</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>EL MUNDO DEL VIENTO COSMICO</p></h3> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">C</style>URTIS GARLAND</p> <p></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><img src="/storefb2/G/C-Garland/El-Mundo-Del-Viento-Cosmico/i1"/></p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">©<strong> CURTIS GARLAND</strong></p> <p>Texto</p> <p></p> <p>©<strong> ALMAZAN</strong></p> <p>Cubierta</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">1ª edición: agosto de 1987</p> <p>1ª edición en América: febrero de 1988</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Esta publicación es propiedad de</p> <p>EDITORIAL ASTRI, S.A.</p> <p>Apto. Correos 96008 — Barcelona</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">ISBN: 84-7.590-424-6</p> <p>Depósito legal: M-28.232-1987</p> <p>Imprime FUTURA-GIESA</p> <p>Tel. 28 12 00</p> <p>08006 Barcelona</p> <p></p> <p>Printed in Spain — Impreso en España</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>1</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">B</style>ENEDICT Forsythe, comandante de vuelo de la nave<i> Home III</i>, meneó la cabeza con desaliento.</p> <p>—Está comprobado —manifestó—. Sufrimos una avería irreparable.</p> <p>Lentamente, los rostros de los demás viajeros se volvieron hacia él. Todos reflejaron una misma expresión de incertidumbre, casi de zozobra y temor.</p> <p>—¿Grave? —se atrevió a indagar Rick McDarren.</p> <p>—Muy grave, sí —admitió seriamente el comandante, sin mover un músculo de su moreno rostro curtido.</p> <p>—Dios mío... —se oyó susurrar a Brenda Collier con tono angustiado—. Eso significa que... ¿que no tiene reparación posible!</p> <p>La mirada gris y severa del comandante Forsythe reveló cierta desesperación cuando se encogió de hombros para manifestar</p> <p>—Eso es lo que dice el computador, sí. Le di los datos de la avería y su respuesta ha sido muy concreta: no tiene arreglo.</p> <p>—Pero... pero eso es absurdo —protestó Alan Strodell vivamente—. El<i> Home III</i> está construido para que su computador central autorrepare cualquier posible daño sufrido en el transcurso de nuestro viaje, comandante.</p> <p>—En teoría, así es. Pero la vida me ha enseñado que uno no debe fiarse demasiado de la teoría en todo momento, porque es la práctica lo que cuenta. He llegado a pensar si también estaría averiado el computador, y he cambiado el orden de los datos para comprobarlo. Dio la misma respuesta.</p> <p>—Eso significa que nuestro viaje va a terminar, comandante... —habló con voz alterada Rick McDarren.</p> <p>—Pues sí, algo así.</p> <p>—Pero ¿dónde, Dios mío? Si no existe ningún planeta cercano a nosotros en estos momentos... y estamos a millones y millones de millas de nuestro mundo de origen...</p> <p>—Lo importante es que seguimos moviéndonos en el espacio aunque sin un control firme de su rumbo y velocidad. El ritmo de ésta ha ido creciendo paulatinamente en las últimas horas, y me temo que podríamos hasta llegar a superar la velocidad de la luz, con lo que se produciría una distorsión tiempo-espacio que podría lanzarnos incluso fuera del propio Universo, tal vez a otra Dimensión, tal vez a través de un agujero negro, hacia la Nada... o la muerte. El computador sólo puede controlar en parte la marcha de la nave y las condiciones de vida interior en el<i> Home III</i>. De modo, señores, que les sugiero admitir la situación lo más serena y filosóficamente posible, y aceptarla con todas sus consecuencias.</p> <p>—Aceptar esto es aceptar el fin, comandante —argumentó con sequedad Alan Strodell.</p> <p>—¿Y qué? —miró cansadamente al joven astronauta que acababa de hablar e incluso se permitió una fría sonrisa—. ¿Es que no existió siempre ese riesgo, desde que salimos de la Tierra, amigos míos? ¿No admitimos siempre que esta misión podía terminar en cualquier momento trágicamente?</p> <p>—Siempre se admite un riesgo semejante en esta clase de experiencias, comandante, pero no significa necesariamente que tenga que ocurrir así y que, de presentarse la ocasión, tengamos que cruzarnos de brazos y decir que está bien.</p> <p>—Les comprendo a todos perfectamente. Yo también soy un ser humano y sé lo que siento en estos momentos.</p> <p>—¿Usted, un ser humano? —Brenda Collier soltó una suave y burlona carcajada que tenía ahora mucho de amarga también—. Es la primera vez que me lo hace notar, comandante Forsythe.</p> <p>Algunos de los presentes todavía tuvieron el buen humor suficiente para sonreír la ironía. El comandante entorné sus grises ojos, con una mezcla de disgusto y de sarcasmo,</p> <p>—Muy divertido su comentario, señorita Collier —manifestó con sequedad—. Pero le aseguro que si me examinan a fondo, verán que no soy un robot ni un androide.</p> <p>—Usted sabe bien a qué me refiero —insistió Brenda—. En todo este viaje, ha estado por encima de emociones, sobresaltos, alegrías, esperanzas o preocupaciones de todo tipo, comandante. Habíamos llegado a creer que no sentía como los demás,</p> <p>—Pues se equivocaron, ya lo ve. Uno puede tener cierta capacidad de resistencia a las emociones de cualquier clase, pero llega un momento en que esa resistencia se derrumba. Este puede ser ese momento.</p> <p>—Vaya... Nos está dando ánimos, ¿eh? —comentó sarcástico Murray Brown.</p> <p>—Lo siento. Ustedes lo han querido así. Personalmente les diré que no todo está perdido aún. Estamos en vuelo, existe una reserva abundante de energía, el aire no sufre daños y es perfectamente respirable, y disponemos de alimentos y de hidratos de carbono suficientes para sobrevivir un largo periodo.</p> <p>~¿De qué servirá todo ello cuando nos disparemos hacia los limites de velocidad y los saltemos? Sólo Dios sabe lo que hay más allá de la velocidad déla luz, comandante.</p> <p>—Estamos de acuerdo, pero eso se está produciendo de un modo lento y progresivo, que intentaremos frenar lo más posible. Aunque teóricamente la avería es irreparable, trataremos entre todos de localizarla y de reducir sus consecuencias, si ello es posible. Mientras tanto, buscaremos un mundo donde sea posible la supervivencia. Un mundo donde haya aire respirable y, a ser posible, vegetación y agua. Si encontramos ese oasis en el gran desierto del espacio, quizás estemos salvados.</p> <p>—Es una posibilidad tan remota como dar con ese supuesto oasis en una extensión de arena sin fin —apuntó Rick McDarren, sombrío—. Y aun cuando lo encontráramos, ¿qué seria de nosotros, comandante Forsythe? ¿Vivir condenados en un mundo ignorado, hasta que todo termine para nosotros?</p> <p>—Cualquier cosa es mejor que morir. Si la vida fuese en un planeta con luz, aire respirable, agua y vegetación, significaría que habríamos hallado una nueva Tierra donde morar. De todos los males posibles, sería el más tolerable</p> <p>—Robinsones en el espacio buscando una isla desierta —rió burlonamente Alan Strodell ¡Cielos, qué porvenir nos espera, si es que existe ese porvenir!</p> <p>—Usted lo ha dicho, señor Strodell —cortó fríamente el jefe de la expedición cósmica. Si es que existe... Ahora que están enterados de todo cuanto acontece a bordo, dejemos la charla y tratemos de cooperar entre todos a la posible solución del problema. Indaguemos la causa de la avería y tratemos de localizarla y repararla, si es humanamente posible,</p> <p>—Creo que es lo mejor que podemos hacer —asintió Brenda Collier vivamente—. Eso nos mantendrá ocupados, impidiéndonos pensar en cosas más desagradables. Vamos allá, amigos. Todo es preferible a permanecer cruzados de brazos, mientras nos dirigimos al límite de velocidad tolerable...</p> <p>Hubo un general asentimiento por parte de los presentes en la cabina de mando del<i> Home III</i> McDarren preguntó, mirando al comandante:</p> <p>—¿Los demás ya saben esto, señor?</p> <p>Forsythe asintió gravemente.</p> <p>—Sí —dijo—. Les he informado en sus respectivos puestos de servicio. Están conformes en que se intente lo imposible, antes de darnos por vencidos.</p> <p>—Entonces, no se hable más —suspiró Strodell animoso—. A fin de cuentas, éste es un hogar, ¿no es cierto?. Un curioso y extraño hogar para un puñado de futuras familias espaciales... (1). Actuemos como tales familias, tratando de salvar</p> <p></p> <p>(<strong>1)<i> Home III</i>, significa en ingles Hogar<i> III</i>, nombre que lleva la nave en que viajan los personajes de este relato. El motivo de ello se explica claramente en la historia, suponiéndose que hubo ya otros intentos similares anteriormente.</strong></p> <p></p> <p>nuestro hogar y nuestra común existencia, llegado el momento. Aceptamos este viaje y sus consecuencias, ¿no es cierto? Hemos sido designados para constituir las primeras familias del espacio, lejos del planeta Tierra, y eso es lo que cuenta ahora. El comandante procedió a unirnos en matrimonio a todos los componentes de este viaje, como él mismo se unió posteriormente a su pareja, y ahora formamos un grupo de familias bajo un techo común, Debemos defender este hogar y esta familia en embrión, a la que sólo le falta ya tener descendencia, y no importa adonde vayamos en el futuro, si conservamos la vida y el lazo establecido, amigos míos. El Universo todo es nuestro mundo, las estrellas son nuestro destino, y cualquier lugar de este inmenso vacío puede ser nuestro auténtico hogar futuro, si perdemos el que constituye esta nave. De modo que ánimo y adelante. Vamos a luchar con todas nuestras fuerzas por defender lo nuestro.</p> <p>Sus palabras parecieron inyectar cierta dosis de optimismo y de valor en todos sus compañeros. Hubo un común gesto de decisión, aprobando lo que decía el joven Strodell, y el comandante Forsythe sonrió con cierto cansancio al manifestar:</p> <p>—Su compañero ha dicho la verdad. Creo que mientras todos pensemos igual, la moral y la energía se mantendrán a bordo, y será posible luchar por la supervivencia, no sólo de nosotros, sino de la descendencia que hemos de tener en el espacio, y para lo que ha sido creada esta misión especial. Vamos a poner manos a la obra, y que Dios nos ayude.</p> <p>Se dispersaron todos, el comandante Forsythe conectó el mando automático de vuelo al<i> Home III</i>, cuyo índice de velocidad aumentaba paulatinamente, si bien con un ritmo lento pero inexorable, y se dispuso él mismo a trabajar, como todos los demás, en la búsqueda y reparación de la misteriosa avería.</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Lester Hendrix cambió una triste mirada con Lena Dibbs, Ella estaba más pálida que de costumbre, si es que eso era posible en la rubia y blanca muchacha de frágil aspecto físico.</p> <p>—Estoy asestado, Lesa confesó roncamente.</p> <p>—¿Asustado? ¿Por qué, Lester? —le preguntó ella.</p> <p>—Por... por ti, sobre todo.</p> <p>—¿Por mi? se asombró ella—.. No tienes motivo, Lester. Me encuentro bien...</p> <p>—No digas eso. Todos nos encontramos mal Esta maldita avería... Nunca daremos con ella. Algo pasó en la nave y nos hemos desviado de la ruta. Nos lanza insensiblemente hacia los límites mismos del Universo, hacia más allá quizá. Terminaremos desintegrados... o convertidos en algo sin principio ni fin, distorsionado hasta el infinito, por superar la velocidad lumínica...</p> <p>—¿Y qué importa cómo terminaremos? —sonrió ella dulce mente—. Sabíamos que esto no era precisamente una luna de miel en Miami o en Hawai... o un viaje a París para después de la boda, Lester. Lo aceptamos como era. Y ahora tenemos que admitir sus riesgos.</p> <p>—Morir, dejar de existir, es el peor de los riesgos, Lena... cuando un hombre quiere a una chica como yo a ti... —se lamentó en tono amargo.</p> <p>—Oh, Lester, querido mío... —suspiró ella, aproximándose a él tiernamente y rodeándolo con un abrazo emocionado—. Pienso igual que —tú, pero al menos la suerte que corramos será la misma para los dos... Iremos juntos a ese final, sea cual sea...</p> <p>Y sus bocas se encontraron en un largo beso apasionado, mientras sus jóvenes cuerpos temblaban, bajo el tejido de la indumentaria espacial, con la emoción del momento de debilidad que a ambos les habla afectado.</p> <p>—Ya basta, ¿no creen? —cortó la fría voz del comandante Forsythe, cuando éste entró en la cámara—. No es momento de debilidades amorosas, sino de trabajo común y esforzado.</p> <p>Comprendo lo que sienten, pero es preciso dar con esa avería, si es que existe un modo humano de hacerlo.</p> <p>—Sí, señor... —turbado, el joven Hendrix se apartó de su joven esposa y trató de justificarse—: Habíamos puesto tanta ilusión en esta unión, señor, en nuestro futuro, adondequiera que fuéramos...</p> <p>—Lo sé, Lester —sonrió el comandante—. De todos los componentes de esta misión, ustedes son los dos únicos que se casaron profundamente enamorados el uno del otro. Me di cuenta de ello desde un principio. Pero no deben desesperar. Todavía vivimos. Y aún existe una posibilidad de seguir adelante, sea en esta nave o sea en otro mundo habitable... Vamos, vamos, sigan la tarea. Y olviden sus temores.</p> <p>—A sus órdenes, comandante —asintió Hendrix—. Sí, Lena, vamos. Hay que intentarlo todo. Tal vez demos con esa avería y podamos evitar lo peor. ¿Por qué no habría de ocurrir así, no es cierto, comandante Forsythe?</p> <p>—Claro. ¿Por qué no habría de ocurrir así? —repitió con voz pausada y profunda el jefe de la expedición espacial, con la mirada perdida en el vacío, coma si él mismo buscase una respuesta, la que fuese, a su propia pregunta.</p> <p>Abandonó la cámara de la nave donde estaba indagando la joven pareja formada por Lester Hendrix y su rubia compañera, Lena Dibbs.</p> <p>Eran unos extraños matrimonios los de a bordo, pensó en esos momentos el comandante Benedict Forsythe, mientras se alejaba por los cilíndricos corredores de la astronave en busca de otros posibles orígenes de las alteraciones sufridas por el sistema de propulsión de la misma últimamente. Matrimonios unidos sólo por su mano, como capitán de a bordo, pero que en el fondo no eran sino simples parejas experimentales. Ni siquiera llevaban el mismo apellido. Sus tarjetas de identificación de plástico de vivo color, prendidas a sus ropas espaciales, seguían reflejando los mismos nombres y apellidos que el matrimonio a bordo en nada había alterado. La pareja Hendrix todavía eran Lester Hendrix y Lena Dibbs, no Lester y Lena Dibbs, como marcaban las leyes de su país, allá en la Tierra.</p> <p>La Tierra...</p> <p>El comandante meneó la cabeza, desorientado. Era insensato pensar cosas así. La Tierra estaba muy lejos. Demasiado, para pensar en ella. Y en todo lo demás. Esto era ya otro mundo, otra vida. Ni siquiera sabía si alguna vez volvería allá, a aquel remoto mundo perdido del que ellos procedían.</p> <p>La avería continuaba sin ser localizada. Y menos aún resuelta. La velocidad se incrementaba por momentos, produciendo alteraciones a bordo. Habían dejado atrás las rutas previstas en el proyecto. Ahora, ni siquiera podía controlar la marcha de la nave. El computador tampoco era eficaz. Ni frenaba la aceleración constante, ni mantenía la ruta programada. En la pantalla se leían constantemente las mismas inquietantes frases, eran como un martilleo que les avisaba de la anomalía a bordo:</p> <p></p> <i><p>NAVE FUERA DE CONTROL. VELOCIDAD CRECIENTE</p> <p>ACELERACION HACIA VELOCIDAD DE LA LUZ, NIVEL 7 SOBRE 10</p> <p>SITUACION A BORDO, CASI NORMAL. POSIBLES</p> <p>TRASTORNOS PSIQUICOS Y FISICOS.</p> <p>SE MANTIENE ALERTA TOTAL.</p> </i> <p></p> <p>Alerta total. Se temían trastornos. Pero la situación, en apariencia, era normal. No obstante, estaban a «nivel siete», hacia la velocidad lumínica. Poco antes, ése nivel había sido solamente de nueve, de ocho... Pronto pasarían a «nivel seis». Luego, cinco, cuatro, tres, dos, uno... y CERO.</p> <p>Cuando alcanzasen el punto cero de aceleración en relación con la velocidad lumínica, significaría el paso de la gran barrera. Saltarían el límite físico de velocidad. ¿Qué sucedería entonces?</p> <p>Eso estaba por ver. Sin duda alguna, serla el final. Pero ¿qué clase de final?</p> <p>En la pantalla, saltó la cifra ahora mismo. El comandante sufrió un sobresalto. Era lo que había temido. Ahora, las frases computadas, alteraban el significado:</p> <p></p> <i><p>ACELERACION HACIA VELOCIDAD DE LA LUZ, NIVEL 6</p> </i> <p></p> <p>Era un salto más. Se aproximaba el momento de la gran distorsión, la barrera suprema del hombre. Cuando el<i> Home III</i> rebasara ese límite...</p> <p>Dejó de pensar en todo ello. Se había detenido ante la compuerta metálica que conducía a los sistemas de propulsión, energía y mantenimiento de la nave. Esa compuerta estaba abriéndose. Dos personas surgieron por el hueco, con sus indumentarias espaciales para prevenir las radiaciones del núcleo energético central que propulsaba los sistemas de funcionamiento de la astronave.</p> <p>Eran Murray Brown y Gary Joe Kebee quienes asomaban por allí, portando herramientas de trabajo. Se les veía sudorosos y cansados a través de la esférica deformidad de sus escafandras plásticas.</p> <p>Se quedaron parados frente al comandante, mirándole con gesto pensativo. Forsythe trató de saber algo:</p> <p>—¿Examinaron los circuitos de mantenimiento? —indagó.</p> <p>—Sí. Minuciosamente, señor —asintió el hombre joven, moreno y atlético, que lucía el nombre de Murray Brown sobre su tarjeta de identificación.</p> <p>—¿Y bien...?</p> <p>Fue el gordo y calvo Gary Joe Kebee quien habló con voz grave ahora, depositando su instrumental sobre una estantería inmediata.</p> <p>—La avería no tiene remedio, señor —manifestó roncamente—. Ninguno.</p> <p>Los ojos grises de Ben Forsythe parpadearon rápidos. Se endurecieron.</p> <p>—¿Está seguro de eso? —dudó, tenso. —Del todo comandante —corroboró Murray—, Lo hemos confirmado ambos.</p> <p>—¿Qué clase de avería es?</p> <p>—Fueron alterados —y destruidos varios circuitos. Se provocó m daño irreparable ahí dentro, señor.</p> <p>—¿Se... provocó? —repitió Forsythe, palideciendo—. ¿.Qué quiere decir con eso?</p> <p>—Lo que usted supone, señor —resopló Murray amargamente, inclinando la cabeza— No es tal avería, comandante. En realidad, se trata de un sabotaje. Uno de nosotros, forzosamente... ha querido que empezáramos este viaje al infierno, sin posible retorno.</p> <p>—Así es, señor —corroboró Kebee con voz sorda—. Una mano criminal causó este daño irreparable. Y no hay duda de que ha sido uno de nosotros doce, ¿no es cierto? No hay nadie más a bordo de la nave, después de todo...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>2</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">-U</style>NO de los doce, ¿han comprendido bien? Fue uno de nosotros doce...</p> <p>Repitió el comandante la frase con voz fría, acusadora y llena de aspereza. Todos le escucharon en silencio cambiando entre sí miradas de desconcierto y recelo mutuo.</p> <p>Esta era una de las raras veces en que los doce ocupantes de la<i> Home III</i> estaban reunidos sin excepción, y para ello había usado Forsythe la amplia cámara de mandó desde donde capitaneaba la ruta de su nave en aquel viaje cósmico de ignorado destino.</p> <p>Seis parejas humanas. Las seis parejas de aquel gigantesco hogar flotante, navegando hacia los confines del Universo, alejándose de la Tierra, del Sistema Solar, de la propia. Galaxia donde su mundo se hallaba, en busca de otros mundos, de otros cúmulos de estrellas y planetas, lejos de todo lo conocido, en la más ambiciosa misión emprendida jamás por el hombre: crear la familia, tener hijos del Espacio, allá donde antes nunca hubo vida humana. Y adaptar esas vidas a nuevos hogares alejados del planeta Tierra...</p> <p>Nunca había parecido posible llegar a reunirse todos por aquel alucinante motivo que ahora conmocionaba la vida a bordo. La presencia de una avería de proporciones incalculables, dada la precisión de los sistemas de a bordo, se había hecho tangible en la nave. Una avería era cosa seria, posiblemente gravísima. Pero esto era aún peor. Mucho peor.</p> <p>Era un sabotaje. Alguien a bordo había causado ese daño irreparable. Les había sentenciado sin remedio.</p> <p>Y ese alguien tenía que ser uno de ellos. Uno de los doce. Uno de los propios perjudicados por el criminal hecho.</p> <p>El profundo silenció se prolongó varios minutos. Nadie parecía capaz de romperlo para exponer alguna idea, algún comentario. El dramatismo del anuncio hecho por su comandante resultaba obvio para todos.</p> <p>—¿No hay posibilidad de error, comandante? —preguntó tras el silencio la voz — preocupada del rubio Alan Strodell —Ninguna. Se ha confirmado ese punto. Tal y como descubrieron Murray y Kebee, no hubo tal avería. Se provocó, alterando un circuito y rompiendo unos sensores del sistema de control de velocidad. Eso provocó la alteración total de la marcha de la nave, sin corrección posible. Ahora, ya no existe remedio en nuestras manos. El núcleo energético se ha disparado en su potencia, y los circuitos no responden al control de seguridad preciso. Dada la fuerza energética de la nave, es obvio que alcanzaremos la velocidad de la luz en breve. Vean: el computador señala ya el nivel cinco.</p> <p>Era cierto. Los ojos de todos se clavaron en la nueva cifra que, tras un salto en las pantallas del computador, asomaba ya, marcando la proximidad cada vez más alarmante de la máxima velocidad física conocida.</p> <p>—Pero... ¿por qué, por qué? —jadeó con voz exasperada Lester Hendrix—. ¿Qué gana nadie, maldito sea, provocando un desastre así a bordo?</p> <p>—Eso, nadie lo sabe manifestó Forsythe encogiéndose de hombros. Les miró duramente con expresión hosca—. Pero el culpable, evidentemente, ha de tener una respuesta a esa pregunta suya, profesor. Sea cual sea, ha de tenerla sólo él.</p> <p>—¿El? —dudó Lester Hendrix, que además de astronauta era profesor de Física—. ¿Y por qué no ella, comandante? Somos seis hombres y seis mujeres. Supongo que las sospechas son idénticas para todos...</p> <p>Tras un momento de sorpresa, Forsythe asintió despacio con la cabeza.</p> <p>—Evidentemente admitió. Si, usted tiene razón. Pero me refería a él en sentido general. Ya habla llegado a hacerme a esa idea. Somos doce personas. El sexo no cuenta en esto. Pudo ser una mujer en efecto.</p> <p>—Cuando menos, es evidente que en cuestión de sospecha, existe a bordo una perfecta igualdad de sexos, sin prejuicios ni diferencias comentó irónicamente la mujer de hermosa melena negra que permanecía sentada junto al comandante</p> <p>Forsythe.</p> <p>—Joyce, querida, no puede ser de otro modo —replicó él vivamente, clavando en ella sus huraños ojos grises—. Sabes que no he dudado nunca en admitir vuestra igualdad de derechos en todo. Pero también vuestras obligaciones. Es lógico, por tanto, que en este caso exista una misma posibilidad de culpa en un hombre que en una mujer.</p> <p>—Perdona —sonrió ella—. Estaba bromeando, querido Ben.</p> <p>—La situación no es para bromear precisamente —la censuró su compañero, algo seco.</p> <p>—¿Crees que por ello empeorará más?</p> <p>—Joyce, tú eres también una mujer investigadora, una científica. No quiero decir que tu condición de profesora de Biología tenga nada que ver con todo esto, pero sí que debería hacerte comprender que hay cosas que no se prestan a verlas con sentido del humor. La locura o la maldad de uno de nosotros ha puesto en peligro a la totalidad y eso es lo que cuenta. Estoy dispuesto a saber quién causó el daño.</p> <p>—Estoy de acuerdo con usted, comandante —le apoyó Stella Masón, la bonita mujer de pelo ceniza, gafas de montura metálica y figura esbelta, que permanecía junto a su compañero Rick McDarren, al fondo de la sala—. Yo también, aunque sea el médico de a bordo, al margen de mi condición de mujer, comparto su criterio. Sea hombre o mujer el que ha hecho esa monstruosidad, merece ser desenmascarado. Y si todos estamos de acuerdo en ello, castigado además con todo rigor.</p> <p>—¿Castigado? ¿En qué forma, doctora Masón? —quiso saber Ben Forsythe.</p> <p>—Eso será decisión suya, como comandante de la nave.</p> <p>—El castigo resulta problemático ahora. Todos estamos condenados a un destino irreversible y atroz. Sé que no podremos superar la tremenda prueba de salvar la barrera de la luz. Todos saben que nuestro cuerpo físico no puede soportar semejante distorsión al convertirnos en algo así como una simple centella, un destello vagando por el espacio a más de trescientos mil kilómetros por segundo, Posiblemente ni siquiera el<i> Home III</i> pueda resistirlo sin estallar y convertirse en una simple pavesa, ¿Quieren peor castigo para el culpable? Lo que yo me pregunto es por qué... Qué maldita locura hizo a ese estúpido manipular de forma suicida los controles energéticos... Si al menos pudiera explicarnos eso antes de perecer todos...</p> <p>—Ni siquiera sabemos aún si realmente vamos a perecer o si saldremos proyectados hacia una nueva dimensión hacia un plano vital diferente, cuando los últimos frenos de la materia humana sean desprendidos... —aventuró con gesto ambiguo Strodell.</p> <p>—Me sorprende que hable usted así, le reprochó acremente el comandante—. No existen muchas posibilidades de que eso sea cierto, Strodell. Somos simples seres humanos, limitados por nuestras propias condiciones físicas y psíquicas.</p> <p>—Lo sé, comandante, pero vale la pena tener cierta fe, confiar en que eso no será el fin...</p> <p>—¿Acaso fue usted el responsable de esto, alimentando semejante idea? —le espetó con acritud el gordinflón Gary Joe Kebee, con el sudor brillando en su calva cabeza.</p> <p>—No, no —protestó el rubio Alan Strodell, con una risita—. No sería capaz de un riesgo tan grande. Y menos, habiendo otras personas conmigo, que deberían sufrir sus consecuencias. Sólo me limitaba a pintar más de color de rosa la situación de lo que todos ustedes parecen dispuestos a hacerlo.</p> <p>—Esa pincelada optimista no mejorará las cosas cuando lleguen, Strodell, le advirtió Forsythe.</p> <p>—Quizás. Pero aliviará bastante la espera, señor. Además, ¿sabemos ya lo que le sucede al hombre cuando salva la barrera de la luz?</p> <p>Todos se miraran entre sí. Hubieran querido conocer teorías favorables al respecto. Pero no sabían nada. Ninguna nave, aún, era capaz de semejante prodigio. Ellos, dentro de poco, iban a alcanzarlo. La lógica pronosticaba una distorsión infinita, un caos inevitable. Lo físico, lo corpóreo, lo material, ¿cómo podía sobrepasar la velocidad de un destello, de una luminaria, del fulgor remoto de una estrella, sin que sus moléculas, sus átomos, su estructura toda, saltara en pedazos de un modo definitivo?</p> <p>—No, no lo sabemos —admitió secamente la voz de otra mujer presente en la reunión de los astronautas—. Pero la incógnita se nos va a despejar muy pronto, eso es lo que todos sabemos... Por otro lado, estaba pensando en la persona que ha provocado el desastre.</p> <p>—¿Pensando? ¿En quién, exactamente? —objetó vivamente Rick McDarren, volviéndose hacia la platinada y hermosísima mujer de ojos verdes que acababa de hablar—. ¿Acaso sabe usted quién pueda ser esa persona, señorita Schneider?</p> <p>Ilse Schneider, como su nombre figuraba en la tarjeta plástica de identificación, asintió lentamente con su cabeza de larga y plateada melena. Con voz lenta, ante el asombro e inquietud de todos, manifestó, haciendo guiñar sus ojos con sobresalto a su compañero y esposo espacia, el gordo Gary Joe Kebee:</p> <p>—Sí. Creo que sé quién lo hizo...</p> <p>Una pausa. Un silencio tenso, profundo, cargado de dramatismo. El comandante la interpeló rápido, con voz contundente:</p> <p>—¿Quién es esa persona, señorita Schneider? Responda, si sabe usted su identidad. Es una orden.</p> <p>Ella sonrió tristemente. Sus verdes ojos revelaban amargura y odio.</p> <p>—Me gustaría pronunciar un nombre —dijo—. No llegará a tanto, porque no puedo ni sé. Pero les diré quién es ese loco asesino que tenemos a bordo ahora mismo, aquí, entre nosotros. Es el mismo que asesinó a mi esposo, Gordon Schneider, antes de iniciarse este viaje. El mismo que me obligó a mí a tomar su puesto, cuando él perdió la vida a manos de un maldito criminal... que estoy segura de que me acompaña en esta misión especial. ¿Responde esto a su pregunta, comandante?</p> <p>Antes de que Forsythe pudiera replicar, la nave sufrió una violenta convulsión y las luces parpadearon, extinguiéndose luego bruscamente, en medio de un repentino griterío de terror.</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">La confusión a bordo duró un espacio de tiempo relativamente corto, mientras la oscuridad seguía siendo total, y sólo se percibía el palpitar de los corazones mecánicos de la gran computadora, cuyo cerebro cibernético permanecía activo, pese al fallo súbito de las luces de la astronave.</p> <p>—Calma, calma sonó la voz tensa y preocupada del comandante Forsythe, en la oscuridad—. No se alarmen. No cometan ningún error por precipitación o temor. Creo que sólo hemos sufrido algún contratiempo que nos ha privado de la iluminación por el momento. Lo importante es que el sistema energético continúa funcionando sin problemas.</p> <p>¿Y la sacudida, señor? —sonó la voz alarmada de Strodell en las tinieblas.</p> <p>—No sé a qué puede deberse. Tal vez algo hizo impacto en el exterior de la nave. A la tremenda velocidad que desarrollarnos en este momento, el más pequeño meteoro puede provocar un desastre, ésa es la verdad. Pero como notarán, el aire sigue siendo perfectamente respirable, la presión interior es la correcta y seguimos moviéndonos en el espacio. Trataré de que funcione la iluminación de emergencia... Kebee, venga aquí para ayudarme.</p> <p>—Sí, señor —fue la dócil respuesta del esposo de Ilse Schneider, la mujer que había señalado la posibilidad de que el asesino de su primer marido, allá en la Tierra, fuese el responsable de lo sucedido a bordo.</p> <p>Kebee avanzó a tientas, reuniéndose con Forsythe ante los mandos. Solamente el parpadeo multicolor de los paneles de la computadora les guiaba en la profunda oscuridad reinante en el<i> Home III</i>.</p> <p>La manipulación apenas si duró un minuto. Luego, una claridad difusa pero suficiente invadió la sala. Las luces de emergencia funcionaban.</p> <p>Todos respiraron con cierto alivio. Sin embargo, faltaba saber qué había sucedido exactamente, y cuáles eran los posibles daños a bordo.</p> <p>—Ahora que funciona la iluminación de emergencia, Strodell , hágame el favor de ir con Kebee a revisar la nave. Necesitamos saber si ocurre algo realmente peligroso para nuestra supervivencia.</p> <p>—Sí, señor —afirmó Strodell, mientras sus ojos se clavaban en la pantalla del computador. Ahora, la numeración de alerta había saltado. El nivel de velocidad era solamente de cuatro.</p> <p>Cuatro puntos solamente para llegar al Cero. El cero de la velocidad superlumínica. La gran barrera de los humanos, de todo lo físicamente corpóreo.</p> <p>—Dios mío, ¿ha visto eso? —jadeó Brenda Collier, la pelirroja pareja de Murray Brown, señalando hacia la pantalla—. Hemos aumentado la velocidad. Punto cuatro...</p> <p>—Lo he notado, señorita Collier —asintió secamente Forsythe. Humedeció sus labios y se aproximó a la computadora—. Vayan a su misión, señores Strodell y Kebee. Yo me ocupo de averiguar nuestra exacta situación en la computadora. Los demás, pueden volver todos a sus puestos.</p> <p>—¿Y respecto a lo hablado antes aquí? —interpeló Rick McDarren, el hombre fuerte, duro y agresivo que formaba pareja con la doctora Stella Masón, la dama de las gafas y los grises ojos—. Me refiero al traidor, al saboteador, al posible asesino además... Tal vez un peligroso psicópata, comandante...</p> <p>—No adelantamos nada continuando esa charla ahora cortó Forsythe, seco—. Ya hizo su labor a bordo, y veo difícil poder acusar a nadie concretamente en el poco tiempo de que disponemos. Es más importante salvar la nave y salvarnos nosotros, si ello entra dentro de lo posible, ¿no piensa como yo, McDarren?</p> <p>—Sí, por supuesto. Pero, pienso también en ese monstruo, en ese canalla. —Yo también, McDarren. Pero preocuparnos por él y por su identidad no nos sirve de gran cosa.</p> <p>Ya hablan abandonado la cámara de mando Strodell y Kebee. Forsythe estaba ante la computadora, haciendo funcionar sus mecanismos. Fue entonces cuando McDarren se volvió bruscamente a Use Schneider y la interpeló:</p> <p>—Usted habló de que su esposo iba a formar parte de esta tripulación, señora.</p> <p>—Cierto —afirmó la platinada viuda, mirando fija a McDarren.</p> <p>—Muy bien. Pero usted le suplió en la lista de embarque.</p> <p>—Así fue.</p> <p>—Por tanto, al suplir una mujer a un hombre, la pareja correspondiente debió de ser cambiada.</p> <p>—Por supuesto —sonrió ella—. Conforme al proyecto establecido, teníamos que ser macho y hembra por parejas. Era lo establecido. Una jovencita astronauta, Lynn Walker, era la encargada de formar pareja con mi esposo. Nosotros vivíamos separados últimamente, y ésta iba a ser la separación definitiva de ambos. Al morir él asesinado, pedí su plaza y la obtuve. Tengo título de astronauta, como puede suponer, señor McDarren.</p> <p>—No lo supongo, señora. Estoy seguro de ello —el rostro curtido y cuadrangular de Rick McDarren reveló astucia cuando insinuó su nueva pregunta—: Pero yo no quería saber ahora qué dama era la que iba a formar pareja con su esposo, sino quién de entre todos nosotros sustituyó a Lynn Walker, para formar así las seis parejas de a bordo.</p> <p>—Una curiosa pregunta —suspiró ella—. No fue Gary Joe Kebee, la pareja que me ha tocado en suerte. Creo que hubo otros ajustes en la tripulación elegida. Pero sé qué persona no tenía que venir en la nave y fue incluida con ese reajuste, supliendo la vacante de mi esposo.</p> <p>—Muy bien. ¿Quién fue, señora Schneider?</p> <p>—Alan Strodell —fue la respuesta de ella.</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">-Strodell... Ese apuesto joven, tan eficaz y decidido...</p> <p>«El que forma pareja con Dyan Burke, esa morenita tan estupenda y llamativa... —comentó Lester Hendrix, profesor de Física, Mirando a Forsythe en silencio durante unos momentos. Luego sacudió su cabeza canosa, con aire reflexivo—. No sé. Puede ser él quien mató a Schneider en la Tierra y alteró el sistema energético a bordo, pero n© creo que sea necesariamente el sospechoso definitivo.</p> <p>—Tengo un historial completo con los antecedentes de todos cuantos viajamos aquí, profesor Hendrix —habló Forsythe ceñudo—. Ateniéndonos a ello, nadie pudo hacer cosa parecida. Somos personas escogidas por la NASA, gente libre ele toda sombra de sospecha. Y sin embargo... ese historial falla en algún punto. Todos sabemos que uno de nosotros no es lo que aparenta.</p> <p>Reinó otra vez el silencio en la cámara. Hendrix cumplía su turno de guardia, junto al comandante. Los demás trabajaban en otras tareas o intentaban descansar. El nivel de velocidad de la nave era ya solamente de tres puntos sobre el cero definitivo de la velocidad de la luz.</p> <p>—¿Habrán encontrado algo que explique la avería de la luz? —cambió de pronto el tema Hendrix.</p> <p>—Quizás —Forsythe se encogió de hombros—. La computadora carece de datos para llegar a ninguna conclusión, ya lo ha visto. Pero no se ha producido impacto en la superficie de la nave. No corremos peligro inminente,, salvo el de esa maldita velocidad que estamos desarrollando. En estos momentos, debemos navegar a más de cien mil kilómetros por segundo.</p> <p>—Una velocidad delirante, señor.</p> <p>—Peor que eso: funesta. Si chocamos con algo, nos pulverizaremos. Por fortuna, el sistema de ultra-radar funciona, y la nave va eludiendo obstáculos espaciales aun a esa velocidad. Pero cuando lleguemos al punto uno, ya no habrá solución. No hay sensores que actúen a semejante velocidad.</p> <p>—Es toda una esperanza, señor.</p> <p>—Usted sabe tan bien como yo lo que nos espera. Estamos, llegando a los límites mismos de nuestra capacidad física.</p> <p>—Y sin embargo, no noto nada en absoluto. Nuestro organismo funciona normalmente. No hay alteraciones psíquicas u orgánicas. Eso resulta muy raro, soportando la velocidad que soportamos.</p> <p>—Tampoco se recalienta ni resiente el fuselaje de la nave. Pero todo eso puede ser causado por una paulatina adaptación de nuestros medios físicos a la situación actual. El estallido se producirá al saltar la barrera de la luz, sin duda alguna.</p> <p>—Sí, eso es inevitable —admitió sombríamente Hendrix.</p> <p>La puerta de la cámara se abrió. Ambos hombres alzaron la cabeza, mirando a los que aparecían enmarcados en el umbral de entrada.</p> <p>Eran Kebee y Strodell</p> <p>—Vaya, ya regresaron... —suspiró Forsythe, acercándose a ellos—. ¿Descubrieron algo?</p> <p>—Sí, señor —asintió sordamente Kebee, tragando saliva.</p> <p>—Bien... —el comandante buscó los ojos azules y fríos de Strodell. Observó su rara palidez bajo los dorados cabellos revueltos—. ¿Y qué ha sido? Estoy preparado para lo que sea, por malo que resulte.</p> <p>—Nada puede ser peor que lo que ya nos ocurre —manifestó gravemente Strodell, clavando su mirada en la pantalla indicadora de nivel de velocidad—. Verá, señor, no hubo impacto alguno. Ni tampoco acción de cuerpo celeste ninguno sobre nuestra nave. No existen daños exteriores de ningún tipo.</p> <p>—¿Entonces...?</p> <p>—Le parecerá increíble, señor, pero... pero hemos entrado en una especie de agujero negro.</p> <p>—¿Qué? —tartajeó Forsythe, perplejo.</p> <p>—Como lo oye —corroboró Kebee—. No hay astro alguno visible. Estamos navegando por una especie de pasillo o túnel entre galaxias remotas. Ignoro si vamos a salir a algo que está más allá del Universo... o si entraremos en una zona cósmica totalmente ignorada por el hombre, y en la que todo sea posible. La súper-velocidad actual ha roto todos los límites de lo conocido y nos ha hecho saltar a lo desconocido, sea ello lo que sea, Lo que encontraremos más allá... sólo Dios lo sabe.</p> <p>Reinó un silencio profundo. Forsythe replicó, perplejo:</p> <p>—Un túnel entre dos Universos,.. O el regreso al origen mismo de la vida cósmica... o la pérdida definitiva... más allá del Universo conocido. Dios mío, es alucinante...</p> <p>—El impacto de entrada en ese túnel cósmico es lo que acusó la nave. Las luces debieron averiarse con el tránsito brusco a lo desconocido —apuntó Kebee —¿No hay otra explicación, señor...</p> <p>En la pantalla de alerta, el índice de velocidad se elevó. Ahora era el punto tres.</p> <p>Dos saltos más de aquel, indicador, y estarían por encima de toda ley física Conocida. Más allá de la luz...</p> <p>—Que Dios nos ayude —musitó Forsythe—. Es lo único que nos queda por decir...</p> <p>Y todos callaron, porque sabían que eso era desgraciadamente cierto.</p> <p>Ya las cosas habían escapado definitiva y totalmente a su control o al del computador ordenado para navegar por el cosmos.</p> <p>Estaban más allá de todo lo conocido por el Hombre. Más allá del propio Universo, tal vez. Al final... o al principio de otro Universo que desconocían.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>3</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">Y</style> llegó el punto cero.</p> <p>Cuando el indicador saltó desde el nivel uno de velocidad, hasta el límite mismo de lo tolerable, fue como si la nave toda, con sus doce ocupantes, estallara de forma irremisible, en un raudal de luz infinita, de distorsión física absoluta.</p> <p>Habían roto la gran barrera.</p> <p>Estaban sobrevolando la velocidad de la luz. Físicamente, eso era imposible, pero estaba ocurriendo. La realidad vencía una vez más a la teoría. Habían saltado los límites de lo teóricamente tolerable. Ya eran algo más que luz. Eran un centelleo perforando los espacios, devorando millones de kilómetros del Universo, saltando acaso Hacia otro Universo que nadie jamás había visitado.</p> <p>Fue una sensación dolorosa, casi desgarradora. Y con esa impresión fugaz y terrible, se hundieron en la inconsciencia total. La computadora estalló en chispazos y llamaradas, reventaron los paneles, se volvieron locos los indicadores, agujas y esferas graduadas. La pantalla de alerta total se hizo añicos en una implosión atronadora.</p> <p>Y la nave<i> Home III</i>, transformada en un simple fogonazo imposible de ver a través del Cosmos, se hundió en la negra vorágine del infinito, más allá del Tiempo y del Espacio...</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Por contraste con el final anterior, el principio siguiente pareció bucólico, apacible y lleno de calma.</p> <p>¿Tenia alguna relación ese principio con el otro final? ¿Cuál era, realmente, un inicio o un desenlace? ¿Dónde comenzaban unas cosas para terminar otras?</p> <p>Todo era tan confuso ahora...</p> <p>Los ojos se abrieron a lo desconocido, a lo ignorado. Se abrieron, cuando lo lógico hubiera sido que no se abriesen jamás. O que lo hicieran a las negras e informes honduras de la misma muerte.</p> <p>Sin embargo, él supo que vivía.</p> <p>Vivía, y aquélla era la mejor de todas las evidencias.</p> <p>Estaba viendo algo. Estaba sintiendo algo. Existía. Era él. O volvió a ser él mismo, después del insondable vacío del salto a lo ignoto.</p> <p>—Soy yo —se dijo, mentalmente—. Soy Ben Forsythe, comandante de la nave<i> Home III</i>, destinada a la supervivencia y procreación de la especie humana en el espacio exterior... Soy yo... y estoy vivo.</p> <p>Se incorporó lentamente, mirando en torno.</p> <p>Era increíble. Estaba a bordo de la nave. Como si nada hubiese sucedido. Como si todo lo demás no hubiera sido más que un juego delirante de su imaginación.</p> <p>Sin embargo, todo aparecía roto, chamuscado, desgarrado. Eran virtualmente los restos de su nave, y poca cosa más. Ni mandos, ni controles, ni paneles electrónicos, ni computadora. Nada de nada. Sólo metales retorcidos, ennegrecidos, plásticos abrasados, ruinas calcinadas.</p> <p>Pero respiraba. Aire limpio. No sentía ingravidez ni opresión. Nada. Como si todo funcionase a bordo. Como si las cosas fueran igual que fueron antes de llegar al límite del Punto Cero, la velocidad de la luz, la gran barrera del ser humano en la conquista del espacio, la frontera infranqueable de todos los tiempos, incluida la novísima Era Espacial de la Humanidad.</p> <p>¿Qué habla ocurrido, exactamente?</p> <p>Tuvo la sensación de que no se movían, de que la nave no se desplazaba ya en el espacio. De que estaban quietos, parados en alguna parte. ¿Parados? ¿Dónde? ¿Era aquélla la sensación que producía viajar más deprisa que ningún otro elemento de la Creación? ¿O realmente estaban inmovilizados en algún punto del Universo.., o de más allá del Universo?</p> <p>Fuese lo que fuese, él lo ignoraba. No podía comprobar cosa alguna. Estaba allí, incapacitado de saber lo que ocurría fuera de la cabina de mandos, ahora tan inútil y pulverizada como si nunca hubiese existido. Y a su alrededor no había nadie.</p> <p>Nadie.</p> <p>¿Dónde estaban los demás? ¿Habían sobrevivido, como él, al momento supremo del gran tránsito al otro lado de la divisoria físicamente imposible?</p> <p>Se incorporó, tambaleante. Retiró su mano de un punto de la cabeza que le dolía agudamente. Se miró los dedos. Estaban manchados de rojo. Sangraba por alguna herida junto a la sien. Tenía cabellos mojados y adheridos en ese punto. Pero podía soportar eso y mucho más. Podía intentar salir de allí, buscar la verdad al otro lado del muro calcinado de su sala de mando. Dentro... o fuera de la nave.</p> <p>Intentó en vano manipular algún control, intentar que las cámaras de TV exteriores captasen alguna visual del espacio que le rodeaba. No funcionaba nada a bordo. No obtuvo imagen, ni siquiera en la única pantalla fluorescente que había soportado intacta el momento del gran impacto espacial con los límites de la velocidad lumínica. No había imagen. Por tanto, no había respuesta. La nave carecía de ventanas o visores al exterior. Hubiera sido demasiado arriesgado en un viaje así.</p> <p>Fuera de su cabina de mando, sí sería posible vislumbrar el exterior a través de alguna de Las ventanas de seguridad situadas cerca de la zona energética. Intentaría llegar hasta allí y saber qué era de sus compañeros de viaje cósmico.</p> <p>Los principios no fueron nada alentadores. Un frío glacial se apoderó de él cuando franqueó la puerta metálica, medio atascada, y alcanzó el corredor de acceso a los compartimentos de la tripulación.</p> <p>Era espantoso.</p> <p>Allí estaban algunos de los viajeros del espacio. Algunos de sus camaradas en la experiencia espacial.</p> <p>Muertos.</p> <p>Muertos todos.</p> <p>Eran tres. Tres nombres menos en la lista de a bordo. Y tal vez no fuesen los únicos. Desgraciadamente, tal vez no.</p> <p>Los contempló largamente, apoyándose en el muro de metal, sintiéndose repentinamente enfermo, abatido, desmoralizado. Pronunció sus nombres como si estuviera sonámbulo o en trance:</p> <p>—Murray Brown... Brenda Collier... Lena Dibbs... Dios mío. Pobres...</p> <p>Eran ellos. La pareja espacial formada por Murray Brown, joven, moreno, agresivo y lleno de vida, y la pelirroja y pizpireta Brenda Collier. Algo más allá, el cadáver de Lena Dibbs, rubia, pálida, delgada, casi espiritual. La pareja femenina del profesor de Física Lester Hendrix...</p> <p>Algo les había matado. No sabía el qué, pero lo cierto es que los tres estaban muertos. Súbitamente, de ese modo, la tripulación de la nave se reducía a nueve. Dos mujeres y un hombre eran las primeras bajas tras el cruce de la frontera lumínica. ¿Habría más? ¿Quizás... todos?</p> <p>¿Todos... menos él?</p> <p>Sintió que las piernas le temblaban. La idea era demasiado horrible, demasiado espantosa. No quería ni siquiera pensar en ella. No quería admitirla.</p> <p>Siguió adelante por el corredor de la nave. Antes, se había inclinado a ver lo sucedido a sus compañeros de viaje. No descubrió la causa exacta de su muerte. Era como si estuvieran dormidos. Pero su gesto era distorsionado y trémulo, sus ojos se dilataban por la angustia y el horror, y su piel estaba helada.. ¿Qué pudo matarles de aquella forma súbita y misteriosa, sin dejar la más leve huella de sangre o de violencia en sus cuerpos?</p> <p>Forsythe hubiera querido tener respuesta a esas y a otras muchas preguntas, pero sabía que era inútil buscarlas ahora. Nadie iba a responderle. Llamó con voz potente: —¡Joyce! ¡Joyce! ¡Señor Strodell! ¡Doctora Masón! Nadie le respondió. Joyce Newman era su pareja. Su esposa espacial, conforme a lo acordado por las autoridades astronáuticas de la NASA en aquel experimento genético espacial. Era bióloga, de raza negra. Su esposa ahora. Nunca fue racista. Pero lo cierto es que tampoco amaba a Joyce. Nadie amaba allí a nadie, aunque estuvieran fría y biológicamente emparejados. Eran como simples cobayas en manos de los científicos y técnicos de la NASA. Algo deshumanizado, simples machos y hembras unidos al azar,</p> <p>Sólo Lester Hendrix y Lena Dibbs se amaban. Se hablan enamorado al subir a bordo y conocerse, antes del enlace matrimonial efectuado por Ben Forsythe, en su condición de comandante de la nave,</p> <p>Y ahora, ella estaba muerta. Así eran las cosas a veces. Forsythe sintió asco de muchas cosas. Incluso del destino de los seres humanos. Y de las personas que los manejaban como a simples marionetas sin corazón ni sentimientos.</p> <p>Pasó a una de las cámaras de residencia. Allí estaban Rick McDarren y su esposa Stella Masón, la doctora. Ambos yacían sobre sus literas. Parecían tan muertos como los otros tres. El corazón de Forsythe dio un vuelco.</p> <p>Luego se serenó. No, no estaban muertos. Su piel ni siquiera estaba fría. Respiraban lenta y pausadamente. Pero estaban inconscientes. Algo, tan misterioso como la propia muerte de los otros, los habla sumido en esa inconsciencia inexplicable.</p> <p>Se sintió algo aliviado. Al menos, no estaba solo en la nave. No era el único ser vivo. No sabía cómo devolver la consciencia a los dos jóvenes, pero tampoco su aspecto ofrecía motivos de alarma Su pulso era normal y su respiración regular.</p> <p>En sucesivas estancias, fue hallando a Strodell, a la opulenta Dyan Burke, a Lester Hendrix, a Gary Joe Kebee e Ilse Schneider... Y finalmente a Joyce Newman, su joven pareja.</p> <p>La bella muchacha de color estaba viva también. Pero, como todos los demás, sumida en una total y enigmática inconsciencia. El alivio de Ben Forsythe era ya muy amplio. Se sentía mejor, infinitamente mejor. Ahora sabía que otros muchos vivían, aunque eso no borrase la tremenda realidad de la muerte de Murray, Brenda y Lena.</p> <p>Tras comprobar que la vida de todos ellos no peligraba lo más mínimo, se asomó al exterior, a través de una angosta ventana abierta en el fuselaje de la nave cósmica.</p> <p>Era una abertura dotada de cuádruple sistema de vidrios plastificados, irrompibles y resistentes a cualquier temperatura, presión o impacto, con cámaras de vacío entre sí, formando capas de seguridad absoluta.</p> <p>Se quedó petrificado. Una convulsión sacudió su cuerpo.</p> <p>Ahora ya sabía en qué lugar estaba. Podía verlo claramente a través de aquel visor directo. La luz en el exterior era lívida y fría, de una extraña y cegadora tonalidad cárdena. Un cielo totalmente cubierto de nubes lívidas servía de bóveda a aquel mundo de pesadilla donde habían caído.</p> <p>Porque estaban en un lugar concreto. Era un terreno firme. En un planeta, asteroide o lo que fuese. Bajo la luz de un sol que la densa capa de nubes imposibilitaba de vislumbrar siquiera, salvo en su tonalidad y luz cegadoras.</p> <p>¿Qué mundo podía ser aquél?</p> <p>Ben Forsythe hubiera querido tener esa respuesta. Notó que sus manos temblaban, que tenía la boca seca, los labios agrietados y el corazón palpitándole con fuerza dentro del pecho.</p> <p>EL panorama visible desde allí era cualquier cosa menos esperanzador. No es que hubiese esperado nada realmente bueno. Pero aquello...</p> <p>El viento lo agitaba todo.</p> <p>Era un viento poderoso, huracanado. Levantaba oleadas de arena rojiza. Porque todo lo que le rodeaba era eso: arena, tierra de color rojo, un suelo dantesco, árido y reseco, sin señal alguna de vegetación. Y esa superficie inhóspita, tal vez ardiente y cruel, era barrida por aquellas ráfagas violentas, tempestuosas, que parecían teñirlo todo con el mismo color del desierto, incluso el aire mismo, en especial cuando esas ráfagas se hadan más intensas, y los torbellinos rojos se convertían en auténticas vorágines devastadoras.</p> <p>Esa era la clase de mundo donde se hallaban. La nave, empotrada en ese suelo arenoso, con su morro hundido en ella, era como un extraño juguete metálico en la inmensidad impresionante de aquella tiente desolada, agitada por elementos propios de una prehistoria,</p> <p>—Dios mío... —jadeó Forsythe. ¿Dónde estamos? ¿Qué va a ser de nosotros en este terrible lugar, sí no podemos ya despegar nunca de él?</p> <p>Por desgracia, era sólo una pregunta angustiosa que se estaba formulando inútilmente a sí mismo. No tenía ni la más pequeña respuesta para ella.</p> <p>A bordo, evidentemente, nada funcionaba ya. Y, lo que era peor, no creía que pudiese volver a funcionar. El impacto había sido demasiado violento, el destrozo posiblemente irreversible. En lo poco que sus ojos pudieron captar al recobrar el conocimiento, se dio exacta cuenta de que las cosas eran así. Restos de la computadora, de los cuadros de controles, habían aparecido ante él, como simples ruinas mecánicas. De ellas, ya nadie podría obtener nada, a menos que tuvieran a su alcance poderosos medios de reconstrucción, y de momento aquel desértico lugar no parecía ofrecer excesivas esperanzas de tal circunstancia.</p> <p>Forsythe sé sentía profundamente deprimido tras esas comprobaciones. Vivía, era cierto. Pero eso tal vez no bastara. Si la vida iba ser una lenta y breve agonía, aprisionados entre los muros desgajados de su nave, incrustados en la tierra áspera de aquel mundo desconocido, tal vez hubiera sido mejor seguir la triste suerte de los astronautas Brown, Collier y Dibbs. Ellos, al menos, ya no tenían que preocuparse por nada. La misteriosa muerte que les hizo sus víctimas, había quitado de su persona toda sombra de preocupación por un futuro que, para ellos, ya no existiría jamás.</p> <p>Por fortuna, algo funcionaba todavía a bordo. Era el indicador de presión, oxígeno y otros indicios de habitabilidad dentro de la nave. Examinó críticamente los datos en la esfera del mecanismo.</p> <p>Había aire suficiente en su interior. Podían respirar. También la temperatura y presión eran adecuadas. Momentáneamente, los supervivientes de la catástrofe espacial no corrían peligro.</p> <p>Al menos, no lo corrían mientras estuvieran allí dentro, pero ¿y en el exterior?</p> <p>La idea asaltó a Forsythe inmediatamente. Él exterior era la clave. Tal vez la propia clave de sus vidas. La diferencia entre vivir o morir.</p> <p>Se precipitó hacia otro indicador, el de temperatura, atmósfera y presión exteriores. Si funcionaba, tendría una idea exacta, o bastante aproximada, cuando menos, sobre las posibilidades de vida en aquel planeta, una vez abandonada la protección del<i> Home III</i>:</p> <p>Una simple ojeada le bastó. Respiró con alivio.</p> <p>El mecanismo también funcionaba. Señalaba unas Condiciones de vida concretas en el exterior. La presión atmosférica, aunque algo densa, era tolerable para el organismo humano. La temperatura, excesivamente calurosa, pero también tolerable, sobre todo si los trajes espaciales estaban intactos y podían ser utilizados: cincuenta grados centígrados y algunas décimas. Caluroso, muy caluroso, pero admisible.</p> <p>Luego, estaba el aire. Respirable, aunque revelando un índice de contaminación elevado. A largo plazo, podía dañar gravemente la naturaleza humana, e incluso provocar mutaciones genéticas inconcebibles. —No es precisamente un paraíso masculló amargamente Forsythe, mirando de nuevo el inhóspito mundo exterior que se les ofrecía a la vista—. Pero servirá, al menos para sobrevivir de momento... Creo que, dadas las circunstancias, eso ya es algo. Sólo hace falta que Dios nos asista. Sí, va a hacernos mucha, muchísima falta...</p> <p>Y meneó la cabeza con desaliento, dejando de contemplar aquel paraje dantesco y desolador, para regresar al interior de la maltrecha nave, en busca de sus camaradas, compañeros de viaje.</p> <p>Sorprendentemente, la recuperación parecía ser rápida en todos ellos. En todos, naturalmente, menos en los infortunados que habían muerto en el momento de salvar la barrera de la luz.</p> <p>Se inclinó sobre Joyce Newman, quizás por un sentido natural de egoísmo. Ella era su pareja y se veía obligado a ser quien velara por su seguridad, por su persona, por encima incluso de sus obligaciones de comandante que le exigían velar también por los demás.</p> <p>—Joyce... —susurró—. Joyce, ¿estás bien?</p> <p>La joven doctora en biología empezó a agitarse, ya en brazos de Ben, inclinado junto a ella, pestañeó y trató de mirar en derredor, aturdida su expresión.</p> <p>—Sí —susurró—. Creo que sí, Ben...</p> <p>—Cielos, menos mal —acarició los morenos cabellos de Joyce y contempló su rostro, habitualmente bronceado, ahora pálido aunque sereno—. Llegué a pensar lo peor...</p> <p>—Yo también, cuando atravesamos los límites de la velocidad de la luz. Luego... ya no recuerdo nada. ¿Qué ha ocurrido exactamente, Ben?</p> <p>—No lo sé. Yo también perdí el conocimiento. Como todos, evidentemente. Pero la mayoría hemos superado la terrible prueba. Y continuamos vivos, Joyce...</p> <p>—¿La...<i> mayoría</i>? —los ojos de ella, oscuros y profundos, se clavaron en él intensamente, al repetir la palabra —. ¿Qué significa eso?</p> <p>—Ya... ya puedes imaginarlo.</p> <p>—¿Alguien... alguien está...?</p> <p>—Muerto, sí —asintió Ben Forsythe con amargura.</p> <p>—Dios mío... —Joyce cerró los ojos de nuevo y respiró hondo—. ¿Quién?</p> <p>—Pregunta mejor quiénes —rectificó sombríamente Forsythe.</p> <p>—¿Son varios?</p> <p>—Sí, Joyce. Son tres. Tres de los nuestros, ya no volverán jamás del lugar adonde les empujó ese tremendo salto en la velocidad...</p> <p>—¿Quiénes, Ben?</p> <p>—Una pareja, Murray Brown y Brenda Collier. Y la esposa de Lester Hendrix...</p> <p>—¡Lena Dibbs!</p> <p>—Sí, ella.</p> <p>—Oh, pobres... ¿Cómo pudo suceder, Ben?</p> <p>—No lo sé. No sé nada de lo sucedido. Del mismo modo que tú, yo y los demás perdimos el conocimiento en el trance, ellos... perdieron la vida. Ahí estuvo la diferencia, Joyce.</p> <p>—Qué horror... Pobres amigos nuestros...</p> <p>Forsythe asintió lentamente, moviendo la cabeza. De pronto se quedó mirando a la joven y bella pareja, como sorprendido por algo que había esperado oír en ella y no había llegado a ser dicho.</p> <p>—No me has preguntado todavía dónde estamos, Joyce —murmuró.</p> <p>—Pero, ¿es que estamos en alguna parte? —se sorprendió ella.</p> <p>—Sí, en alguna parte.</p> <p>—¿Dónde, Ben?</p> <p>—Si lo supiera yo... —suspiró él con pesimismo.</p> <p>—Pero... ¿pero es que estamos inmóviles en alguna parte?</p> <p>—Inmóviles, sí.</p> <p>—¿En... algún lugar sólido? ¿Un asteroide, un planeta... algo así?-</p> <p>—Algo así. Ven le señaló uno de los visores del exterior No vas a ver precisamente un paraíso, Joyce. Pero es mejor que nada...</p> <p>Tambaleante, ayudada por el fuerte, vigoroso brazo de Ben Forsythe, ella avanzó hasta una de las ventanas de a bordo, y contempló el exterior. Sus pupilas se dilataron, su boca moduló una expresión de asombro, sin que brotara de sus carnosos labios sensuales sonido alguno. Finalmente, se apoyó con fuerza en su pareja.</p> <p>—Un lugar horrible... —gimió.</p> <p>—Horrible, sí. Pero es eso: un lugar. Un sitio donde intentar sobrevivir.</p> <p>—¿Crees que será posible? Parece desértico, ardiente, barrido por vientos fortísimos...</p> <p>—Pero tiene atmósfera respirable, oxígeno, presión tolerable. Los seres humanos pueden sobrevivir ahí, sobre todo si los trajes presurizados y herméticos siguen sin sufrir daños. Tal vez no todo este mundo sea igual, y haya zonas más fértiles. Ocurre en la Tierra, ¿no? ¿Por qué no habría de ocurrir aquí?</p> <p>—Porque esto no es la Tierra, Ben —le recordó ella a suavemente—. Tal vez ni siquiera sea el Universo que conocemos. Una vez rota la barrera de la luz, ¿quién sabe adonde pudo enviarnos esa velocidad inconcebible? ¿Tiene sentido el tiempo y el espacio cuando uno puede superar velocidad de la propia luz?</p> <p>—No, supongo que no. Pero eso es un mundo sólido, y todo es posible. De cualquier modo, será preciso explorarlo, intentar hallar un sitio mejor para sobrevivir. Permaneciendo aquí dentro, con los sistemas de a bordo averiados irremisiblemente, llegará un momento en que las reservas de oxígeno, de presión, de gravedad artificial e incluso de temperatura, se vayan deteriorando. Y cuando se agoten, éste será un gran ataúd metálico que sólo contendrá cadáveres, Joyce.</p> <p>—Por tanto, sólo existe una posibilidad: salir de aquí.</p> <p>—Eso es.</p> <p>—¿A ese infierno de arena y viento?</p> <p>—A ese infierno. Es mejor que nada, Joyce...,</p> <p>En ese momento, sonó una voz a sus espaldas. Era una voz cansada, ronca, casi irreconocible:</p> <p>—¿Qué horror es éste, señor? Lena Dibbs, Murray Brown y Brenda... están muertos. ¡Muertos todos ellos!</p> <p>Se volvió Forsythe fría, serenamente. Miró con expresión pensativa al rubio Alan Strodell, que le contemplaba con un aire entre agresivo y demudado.</p> <p>—Sí, Strodell, ésa es por desgracia la situación. Y aún debemos dar gracias al cielo de que hayan sido solamente tres las víctimas, y sobrevivamos todavía nueve personas a bordo. Pudimos haber seguido todos la suerte de esos tres infortunados amigos nuestros.</p> <p>—Tres personas jóvenes, muertas así, estúpidamente... —gimió el rubio joven—. Todo porque la nave perdió el control de su velocidad, porque se precipitó irremisiblemente en la vorágine de la velocidad superlumínica... ¡Todo porque algún maldito bastardo loco saboteó los sistemas de a bordo!</p> <p>—Sí, Strodell, eso es. Pero recuerdo que usted es, por el momento, el primer sospechoso, si nos atenemos a las declaraciones de Ilse Schneider...</p> <p>—¡Yo no causaría jamás daño a nadie! —protestó Strodell— . Ni maté a Gordon Schneider en la Tierra, ni causé avería alguna en la nave. No puede creer eso de mí, comandante. Tendré muchos defectos, incluso seré áspero a veces, y violento en ocasiones, pero no soy un asesino.</p> <p>—No dije que lo fuera. Sólo que era el primer sospechoso. Pero no lo acuso de nada, no tema. Tenemos que unirnos ahora más que nunca, y no dividirnos por recelos, sospechas o antagonismos personales. Solamente somos nueve personas, perdidas en el espacio, en una zona del Universo que ignoramos y que posiblemente nunca lleguemos a conocer realmente... si es que seguimos en nuestro propio Universo, cosa que tampoco es segura, ni mucho menos.</p> <p>Otras personas estaban incorporándose ya, cansadamente, y reuniéndose con Strodell en grupo silencioso, revelando aturdimiento y preocupación en sus rostros. La doctora Masón estaba examinando a los muertos. Cuando se volvió hacia ellos, sus ojos brillaban tras las gafas.</p> <p>—No muestran señales de violencia —dijo—. Ni Una herida, ni una gota de sangre,</p> <p>—Ya lo advertí —asintió Forsythe roncamente—. Tal vez estén reventados por dentro, doctora, a causa de la supervelocidad alcanzada.</p> <p>—No —negó ella rotunda—. He tanteado sus cuerpos cuidadosamente. No hay fracturas internas, ni señal alguna de daños interiores irreversibles, comandante.</p> <p>—Pero el hecho es que están muertos, ¿no, doctora? —replicó algo irritado Forsythe, frunciendo el ceño.</p> <p>—Muertos, sí. Pero sin motivo aparente. Tal vez sus corazones no lo soportaron, o su cerebro se paralizó en la supervelocidad, no lo sé. Eso sólo una autopsia podría descubrirlo. Y dudo que aquí se pudiera realizar ahora una autopsia en las debidas condiciones.</p> <p>—No tenemos tiempo de indagar riada. Por lamentable que resulte, lo máximo que podemos hacer es sepultar sus cuerpos en este mundo desconocido al que nos ha conducido el azar. La permanencia prolongada en la nave no significará sino el agotamiento paulatino e irremediable del aire respirable, mientras la temperatura irá descendiendo progresivamente hasta ser irresistible. Los mecanismos de a bordo se estropearon todos en el impacto, y sería inútil pretender reparar uno solo de ellos.</p> <p>—Pero tal vez éste sea nuestro único refugio seguro, señor... —objetó Gary Joe Kebee, sudorosa su calva cabeza, mientras aferraba con fuerza las manos trémulas de Use Schneider.</p> <p>—¿La nave? —Forsythe meneó la cabeza negativamente—. No, Kebee. Me gustaría compartir esa idea de usted, pero no es posible. La nave no es ya más que un futuro féretro para quien se quede en ella. Hay que salir, si pretendemos la supervivencia.</p> <p>—¿Sobrevivir... en un mundo que desconocemos? —tembló la voz de Rick McDarren.</p> <p>—¿Por qué no? —se volvió hacia él Forsythe. Puede ser hostil hasta la muerte... o acogedor como un mundo nuevo Tenemos que intentarlo. Sólo los trajes presurizados, unas raciones de alimento, hidratos de carbono y tabletas de agua y sal, así como algunos medicamentos, será todo nuestro equipaje en esta odisea. No podemos ir demasiado cargados. Ese suelo es arenoso, el viento es muy fuerte, y la temperatura muy elevada. Bastará con tener lo justo para sobrevivir, amigos míos. Luego... qué Dios nos proteja.</p> <p>—Suponiendo que Dios exista también en este lugar —suspiró amargamente Strodell.</p> <p>—Dios existe en todas partes —replicó con acritud Forsythe—. Incluso en otro Universo, si es que lo hay. Porque todo forma parte de una misma Creación... y El fue su Creador.</p> <p>—Es usted un hombre de mucha fe, señor —aventuró con escepticismo Lester Hendrix, apareciendo en el grupo lívido y con ojos ensombrecidos, de los que se desprendían dos gruesas lágrimas que, muy lentas, resbalaban por sus mejillas levemente arrugadas—. ¿Tendría esa misma fe si, en vez de mi esposa Lena, hubiera sido la suya la que hubiera perdido la vida en este maldito viaje?</p> <p>—La misma, Hendrix —asintió con amargura Forsythe, mirando compasivo al profesor de Física, que venía ahora de comprobar el fin de su esposa—. O más aún,' porque al faltarme todo en el mundo, tendría que apoyarme más en Dios para sentirme lo bastante fuerte y seguir adelante.</p> <p>—Es fácil decir eso cuando sólo se es cobaya de un experimentó, y no se siente por la propia pareja más allá de un simple sentimiento de obediencia a un programa científico, fríamente elaborado, o todo lo más una lógica atracción física hacia una hembra con la que, forzosamente, compartimos nuestra existencia solitaria, lejos de toda otra presencia femenina.</p> <p>—Esta ofendiendo, los sentimientos de todos nosotros, Hendrix, pero comprendemos lo que debe sentir —habló Forsythe con voz suave—. No va a causarnos más daño del que usted mismo sufre ahora, pero ensañarse con nosotros tampoco le ayudará a mitigar su dolor. Es cierto que la mayoría de los aquí presentes estamos en esas condiciones que usted dijo. La NASA no pensó en hombres y mujeres con sentimientos al preparar este viaje, ni nosotros aceptamos formar parte de la tripulación del<i> Home III</i> para ser enamorados Romeos, sino simplemente para averiguar datos sobre la procreación espacial. Todo fríamente científico, programado. Es cierto, Hendrix. Usted mismo es otro de los cobayas del experimento. Pero tuvo la fortuna de enamorarse de su pareja, y que ella correspondiera ese sentimiento. Fue un hermoso incidente, sin duda, y la fatalidad ha querido que, precisamente la única pareja realmente enamorada aquí, se truncase por culpa de una tragedia. Lo sentimos ¿todos, mucho más de lo que imagina, Hendrix. Y compartimos su dolor aunque no lo crea. Porque todavía queda en nosotros algún sentimiento de humanidad, quieran o no los técnicos de la NASA...</p> <p>Hendrix no dijo nada. Sollozó roncamente, ocultando el rostro entre las manos. Forsythe apoyó una mano enérgica en su hombro, confortándole en silencio.</p> <p>Alguien comentó, en el silencio profundo que se había hecho a bordo:</p> <p>—No todos compartimos ese dolor, comandante.</p> <p>—¿Cómo? —indagó Forsythe, volviéndose hacia el que hablara, y que no era otro que Rick McDarren.</p> <p>—Sabe a lo que me refiero, señor —el duro, enérgico rostro de Rick reveló energía y tal vez también un poco de fría ira—. Estoy hablando del causante de todo esto, del canalla que causó la avería. Ese asesino se cobró ya otras tres víctimas, todos lo sabemos. Ese maldito cobarde, esa rata inmunda, no sentirá la menor piedad por nadie, ni siquiera por Lena Dibbs o por el profesor Hendrix y su justo dolor... ¡Me gustaría saber quién es, para aplastarle el cráneo ahora mismo!</p> <p>Nadie, respondió, aunque todos se miraron entre si, en tremenda tensión.</p> <p>Justo entonces tobo un poderoso crujido en la nave y ésta se derrumbó, estrepitosamente, arrastrando en su caída sobre el suelo áspero y desértico del planeta del viento huracanado a todos los ocupantes del<i> Home III</i>, en confuso tropel, golpeándose contra las paredes metálicas de la nave.</p> <p>—Eh ¿qué es eso? —aulló Forsythe—. ¡Algo ocurre allá afuera!</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>4</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">Y</style> ocurría, realmente.</p> <p>Algo espantoso e increíble. Algo que pudieron comprobar los primeros que asomaron a las ventanas del vehículo espacial, para averiguar qué era lo que podía abatir tan violentamente al<i> Home III</i> contra el suelo arenoso, azotado por el furioso viento de aquel mundo áspero e incómodo.</p> <p>Una enorme masa de un color verde lívido, con tonalidades amarillentas, de matiz bilioso, estaba enroscada en torno a la nave, como si juguetease con ella. Esa masa era algo vivo, palpitante, de superficie escamosa como la de un vulgar reptil terrestre. Sólo que su tamaño era colosal, mucho mayor que el de la propia nave, hasta el punto de poder derribar a ésta de un coletazo, y situarse luego sobre ella, tal vez con una siniestra curiosidad por su naturaleza real.</p> <p>—Dios mío... —gimió con voz angustiada Joyce Newman—. Esa horrible cosa del exterior... Debe ser un monstruo de este mundo...</p> <p>—Un monstruo peligroso —jadeó Forsythe, muy pálido, sujetándose dificultosamente a los curvos muros metálicos de la nave, mientras los demás también intentaban con serios problemas mantenerse en equilibrio dentro del volcado vehículo—. Si sigue presionando de ese modo el fuselaje de la nave, es probable que lo desgarre, y seamos sorprendidos por el aire exterior sin protección alguna.</p> <p>—¿Qué podemos hacer, entonces? —aventuró Kebee, trémulo, abrazando contra sí a Use Schneider.</p> <p>—Ponernos cuanto antes los trajes espaciales —dijo Forsythe con energía.</p> <p>—Creí que este planeta era un lugar habitable, comandante —hizo notar Strodell.</p> <p>—Quizá lo sea. Pero también existe contaminación allá fuera, sin duda alguna. Ignoro qué clase de contaminación pueda ser, pero los microbios o bacterias de este lugar podrían exterminarnos en cuestión de momentos, si no adoptamos las debidas precauciones. Nuestros trajes presurizados e impermeables, poseen su propio laboratorio incorporado, que nos permitirá analizar las muestras de aire de este planeta, sin correr riesgos demasiado grandes. Vamos, no perdamos tiempo. Ese horrendo animal está presionando con sus garras el fuselaje, ¿no oyen los crujidos?</p> <p>Era cierto. Se miraron despavoridos. El metal del exterior chirriaba, bajo la presión formidable de la criatura desconocida de piel verdosa y escamosa. Sin duda, el monstruo llevaba su curiosidad por el ignorado objeto hasta límites realmente alarmantes para los astronautas.</p> <p>Corrieron todos a la cámara donde reposaban los trajes espaciales. Había más de una docena allí, para prever posibles averías en el largo viaje cósmico. Pero ahora, sólo necesitaban nueve.</p> <p>—El que primero se vista, que vaya a por una carga de alimentos concentrados y cápsulas de agua y de sal —dijo el comandante—. Sólo podremos llevar eso con nosotros al salir de aquí. Cuanto menos carga, mejor.</p> <p>—¿Y armas? —indagó McDarren, frotándose su mentón de recia contextura.</p> <p>—Por supuesto, armas también —Ben meneó la cabeza, dubitativo—. Aunque me temo que si abundan aquí las especies como «eso, que tenemos ahí fuera, de poco pueden servirnos nuestras armas convencionales. Creo que, puestos a elegir, es mejor llevar cada uno un arma blanca y una pistola de cargas explosivas. Espero que con tales recursos podamos defendernos de cualquier ataque.</p> <p>Un tremendo crujido, en alguna parte de la nave, aceleró la labor de ajustarse trajes y escafandras, así como aumentó su temor por su inmediato destino. El monstruo estaba aplastando parte del<i> Home III</i> bajo sus tremendas garras.</p> <p>—¡Pronto, hay que ir más deprisa de lo que imaginamos! —gritó el comandante con viveza—. Esto se precipita y temo lo peor...</p> <p>—Cielos, si ahí fuera las cosas se ponen feas, ¿adonde iremos a parar, comandante? —preguntó alarmado Strodell.</p> <p>—Eso no puedo saberlo. Ninguno lo sabemos. Pero hay que correr el riesgo. Hay que salir de aquí e intentar adaptarse al lugar donde estamos ahora.</p> <p>—¿Sin posible regreso ya a la Tierra? —fue la trémula pregunta de Stella Masón.</p> <p>—Posiblemente tengamos que hacernos a esa idea, doctora —admitió Forsythe, con voz glacial, ajustándose la escafandra y tomando las armas escogidas, justo cuando ya otro astronauta, Rick McDarren, terminaba igualmente de vestirse con el traje espacial. El comandante le hizo un gesto—. Vamos usted y yo, Rick. Tomaremos esa provisión de alimentos, mientras los demás terminan de ajustarse las ropas. No pierdan un solo instante. Hemos de salir lo antes posible.</p> <p>—¿Y el monstruo? —dudó Kebee—. Nos atacará apenas asomemos, sin duda alguna...</p> <p>—Si no, ve u olfatea, por supuesto —asintió el comandante—. Eso es algo irremediable. Intentaremos ahuyentarle o matarle. Que Dios nos asista, si no tenemos otra salida.</p> <p>Se ausentaron, mientras nuevos crujidos sobre las paredes metálicas revelaban la presencia ominosa del exterior, cada vez más violenta y agresiva.</p> <p>De súbito, cuando regresaban y? con dos envases plásticos, ligeros pero prácticos, ya que estaban repletos de alimentos deshidratados, cápsulas hidratantes y comprimidos de sal, una parte del muro se rasgó como si fuera simple cartulina y por el hueco apareció una enorme zarpa de membranas escamosas y uñas engarfiadas, que planeó sobre ellos como uña amenaza surgida del infierno.</p> <p>Gritos de terror y angustia resonaron bajo la destrozada bóveda de metal, y los ojos dilatados de los astronautas se fijaron en aquellas terribles garras que podían despedazarlos en un momento, si llegaban a agredirles.</p> <p>Por fortuna, tras unos instantes de tremendo suspense, la pata del monstruo se retiró entre jirones de metal, y a través de los indicadores de las escafandras de los viajeros del espacio, por fortuna ya ajustadas, advirtieron que el índice contaminante de aquel planeta era muy elevado.</p> <p>Se miraron con inquietud. Cierto que los depósitos de oxígeno situados a su espalda, sobre el traje presurizado e impermeable, podían autorenovarse de aire respirable, gracias a un complejo sistema químico de transformación del anhídrido carbónico en oxígeno. Pero aun así, imaginarse durante toda una vida —si es que se podía gozar de ella realmente en aquel ámbito de pesadilla—, obligadamente encerrados en aquella indumentaria propia para viajar por el vacío espacial, pero nada más, resultaba una idea demasiado dura de admitir.</p> <p>Y, sin embargo, parecía que ése era su inmediato destino, si llegaban a sobrevivir en el exterior. La contaminación que registraba su pequeño laboratorio automático autónomo, adosado a cada traje espacial, era muy alta. Su naturaleza resultaba aún un perfecto enigma, porque no habían puesto a trabajar el laboratorio portátil a toda presión, ni disponían de tiempo para ello en las actuales circunstancias.</p> <p>—Bien —suspiró Forsythe, mirándoles uno por uno, con expresión serena tras el visor curvo, transparente y, capaz de resistir los más duros impactos sin agrietarse ni arañarse siquiera —. Ha llegado el momento, amigos. Adelante. Digamos adiós al<i> Home III</i> y vayamos a intentarlo todo por sobrevivir. No hay otra salida, bien lo saben.</p> <p>Hubo un casi general asentimiento. Algunas miradas temerosas se fijaron en los ventanales de la nave, tratando de vislumbrar el exterior. Allí seguía el enemigo. El reptil monstruoso no se separaba del que, sin duda, era ahora su juguete favorito: la nave espacial que tenía junto a sus garras. Era repulsiva y amenazadora la visión de aquella piel rugosa, cubierta de escamas, donde los tonos verdes y amarillentos se mezclaban en lívida conjunción tornasolada. El tamaño del reptil— debía de ser muy superior al de un gran elefante, juzgó mentalmente Forsythe, midiendo al animal por el tamaño que permitía vislumbrar la reducida visión desde el interior.</p> <p>Las mujeres cargaron con las cajas de provisiones concentradas, mientras los hombres esgrimían sus armas, abriendo paso hacia la puerta, todavía herméticamente cerrada, de la<i> Home III</i></p> <p>—Abra la puerta, Hendrix —pidió el profesor de Física—. Vamos allá.</p> <p>—¿Y... y ellos? —preguntó roncamente el aludido, ya junto a la puerta, mirando hacia los cadáveres de los astronautas que se quedaban en la nave, uno de ellos el de su propia esposas Lena Dibbs.</p> <p>—Se quedarán de momento ahí —dijo Forsythe—, Primero hay que deshacerse de ese monstruo. Luego, intentaremos sepultarles dignamente, aunque ésta no sea la tierra en la que ellos pensaron reposar cuando muriesen.</p> <p>Asintió Hendrix sin preguntar más . Su mano enguantada hizo girar las llaves de seguridad y los pestillos de emergencia. La plancha metálica, de gran grosor, cedió lentamente, porque el sistema automático de a bordo tampoco funcionaba ya.</p> <p>Por fin, aquella abertura oval se abrió al mundo desconocido del exterior. En parte, la visión externa quedaba cubierta por el corpachón formidable, rugoso y verde.</p> <p>—Cielos... —jadeó Joyce, la esposa de Forsythe—. Es un reptil como cualquiera de la Tierra, Ben. Mira su cola, sus patas—. Un lagarto de forma vulgar... pero terriblemente grande, un coloso amenazador. Podría triturarnos a todos en un momento..</p> <p>Asintió sin una sola palabra su esposo. El comandante Forsythe estaba de acuerdo con su mujer. La descripción era exacta. Daba la impresión de uno de aquellos inofensivos lagartos que los especialistas en trucos cinematográficos usaban en la Tierra para, tomándolos con la cámara próxima y una lente adecuada, convertirlos en monstruos de película.</p> <p>Sólo que en esta ocasión no era ningún truco, por desgracia para ellos. Aquella bestia colosal era de verdad, su tamaño no era fingido por un simple juego de lentes de una cámara de filmación, ni mucho menos.</p> <p>—Parece que no nos ha visto —musitó la voz de Dyan Burke, llegando la voz de la opulenta morena de grandes pechos a través de las rejillas de filtro del intercomunicador adaptado a su indumento espacial.</p> <p>—De momento no —asintió McDarren—. Parece muy interesado con la nave, y nos da la espalda hacia este punto. Pero si nos descarga un simple coletazo, nos hará trizas...</p> <p>La cola, peligrosamente próxima, se agitaba con una peculiar excitación, producida acaso por el afán del monstruo en examinar su juguete metálico. Un golpetazo de una de sus achatadas patas, desgarró otra parte del<i> Home III</i> con suma facilidad. Ben se estremeció, imaginando lo que sería de ellos si les hiciera víctimas de una caricia parecida.</p> <p>—Atención todos —silabeó—. Tengan a punto las armas de fuego. Si nos ve, si se aproxima, disparen las cargas explosivas, a ser posible a puntos vitales, como los ojos, la cabeza o el vientre. Si sólo logramos herirle, es posible que se enfurezca y ataque a los qué él considerará como simples insectos molestos. Hay que tirar a matar, si no queda otro remedio, amigos.</p> <p>Nadie objetó nada, porque lo cierto es que todos pensaban lo mismo que su jefe.</p> <p>Y las armas apuntaron hacia arriba, en dirección a la figura del animal que les daba la espalda, enroscado su cuerpo escamoso sobre la nave.</p> <p>Un viento huracanado, que silbaba aguda y siniestramente en torno, parecía sacudir con violencia todo el planeta, o cuando menos, la zona del mismo donde ellos se hallaban ahora.</p> <p>La arena roja, fina y densa, se precipitaba sobre sus escafandras en vorágine, borrando su visión en ocasiones. Los pies de los astronautas, con el calzado espacial, dotado de imanes y de ventosas para sostenerse en cualquier lugar, así como de unas suelas metálicas que podían volverse muy pesadas a voluntad, si la gravedad del mundo a pisar era escasa, se hundieron en la polvareda roja, revelando que aquel desierto rojizo estaba compuesto en su totalidad de esa arenisca fina y volátil</p> <p>—Es un lugar espantoso —se quejó Strodell—, Si tuviera en mis manos al cerdo que provocó todo esto...</p> <p>No dijo más, ni hacia falta..Su voz rezumaba odio, furia, exasperación. Pero también impotencia. Tal vez uno de ellos era el culpable de haber saltado la barrera de la velocidad de la luz, pero seguían ignorando exactamente quién.</p> <p>—Ese seria un placer que no cedería a nadie, por nada del mundo, Strodell —silabeó Lester Hendrix, encajando sus mandíbulas con rabia, allá detrás de la curva ventanilla de su escafandra.</p> <p>—¡Silencio! —ordenó abruptamente Forsythe—, Miren. El animal está girando hacia acá...</p> <p>Un escalofrío recorrió a todos. Nueve pares de ojos amedrentados se fijaron en aquella mole verde y amarillenta, que iba girando sobre sí misma pesadamente, hasta enfilar sus ojillos malignos, de un matiz tan rojo como el de la arena del desierto paraje, en los nueve astronautas.</p> <p>Por un momento, d animal quedó inmóvil, como sorprendido por la presencia de una especie de insectos que él desconocía. Luego, su boca se abrió. Fue como si estuviesen todos ante un dinosaurio de los viejos tiempos de la Tierra. De entre las fauces dentadas emergió un vaho fétido, junto con una lengua restallante como un gran látigo, que parecía denotar apetito en el animal.</p> <p>—Creo que ya se imagina un sabroso festín —gruñó ásperamente McDarren, con cierto sentido del humor, pese a lo serio de la situación.</p> <p>—Procuraremos que se le indigeste —silabeó Forsythe—. Tengan cuidado. Esa lengua que posee es cómo la de los camaleones posiblemente. Le bastará lanzarla sobre nosotros para aferrar a alguno y engullirlo. Dispararé sobre su boca en cuanto la abra de nuevo. Ustedes tomen como blanco sus ojos y su cabeza. Y que el cielo nos ayude, amigos... ¡Ya!</p> <p>En ese momento, el monstruo abría de nuevo su boca. La larga lengua culebreó de nuevo, en busca de uno de los astronautas. Forsythe apretó el pulsador de su pistola de balas explosivas.</p> <p>El arma llameó. Había procurado que su pulso no temblara lo más mínimo, ni las nubes de arena movidas por el viento cegaran su visión en tan crucial instante. La lengua del reptil rozó peligrosamente a la doctora Masón. Evidentemente, le atraían más las mujeres, o quizás era simple casualidad...</p> <p>La carga explosiva le reventó las fauces, justo cuando iba a enroscar la lengua en torno al cuerpo esbelto de la doctora. Esta retrocedió, angustiada, con ojos dilatados tras su escafandra.</p> <p>El reptil emitió un berrido ensordecedor y se agitó furiosamente, comenzando a sangrar copiosamente por un boquete abierto en su paladar. La lengua había perdido su fuerza y rapidez iniciales. Otra bala explosiva logró colocarla McDarren en un ojo del monstruo. Este se agitó, vaciándose su órbita y chorreando por ella jirones del globo ocular, entre sangre y humor córneo. Una tercera bala se incrustó en su barbilla, estallando entre las escamas de su piel con grandes desgarros.</p> <p>Pero eso no acabó con la vida del animal, que entre sonidos desgarrados, agitándose de dolor y de cólera, se precipitó ciegamente sobre los que tal daño le causaban.</p> <p>—¡Cuidado! —gritó Forsythe—. ¡Atrás todos, eludan al monstruo!</p> <p>Corrieron velozmente todos hacia atrás, pero no pudieron evitar que el feroz animal herido apresara bajo su cuerpo a uno de los astronautas. Un grito ronco fue captado por todos los demás. Una pata del monstruo se aplastó sobre la figura abatida, y luego se inclinó, mirándole con su solo ojo sano, antes de recibir dos nuevos impactos en cabeza y cuerpo, que le sacudieron en una convulsión.</p> <p>Pero la cola logró descargarse sobre su presa, con furia brutal, y ante el horror de los otros ocho astronautas, la escafandra saltó del cuello del infortunado... pero llevándose consigo la cabeza del viajero, arrancada de cuajo en bestial mutilación.</p> <p>Las mujeres chillaron de horror, mientras los hombres disparaban sus armas de nuevo, acribillando al animal. También algunas de ellas unieron su fuego al de los varones, en un desesperado esfuerzo por abatir al enemigo que ya habla aniquilado a uno de ellos con suma facilidad,</p> <p>Por fin, lograron su objetivo. Tras un nuevo berrido largo y estridente, el reptil se irguió sobre sus patas traseras, osciló y terminó por derrumbarse pesadamente junto a la nave, donde se quedó agitado por leves espasmos que iban reduciéndose, hasta la inmovilidad total</p> <p>Habían matado al monstruo del planeta desconocido. Pero eso no alegró a nadie. Era una amarga victoria, pagada a alto precio. Ya sólo quedaban ocho en el grupo de supervivientes. Una nueva víctima se unía a la lista de los que iban quedándose en el camino.</p> <p>—Pobre hombre... —susurró Strodell roncamente, mirando el cuerpo decapitado que yacía en la roja arena.</p> <p>Forsythe no dijo nada de momento. Miró largamente la cabeza arrancada de cuajo, que tal vez no habla sido la causa de la muerte del astronauta, ya que su cuerpo aparecía aplastado por la presión brutal de la pata del monstruo. Sólo que esa decapitación había puesto una nota tétrica y sangrienta en el trágico fin del infeliz.</p> <p>—Lo siento, Use —murmuró lentamente el jefe de la expedición cósmica, mirando a la platinada dama con ojos sombríos—. Es la segunda vez que pierde a su compañero, a su esposo... Pobre Gary Joe Kebee...</p> <p>Ella no dijo nada. Temblaba violentamente, con el rostro muy pálido. Parecía no comprender aún lo que había sucedido. La mujer que ya perdiera en la Tierra, antes de aquel viaje cósmico, a su marido, Gordon Schneider, ahora había perdido al marido espacial elegido para ella por la NASA en aquella deshumanizada experiencia en otros lugares del Cosmos. El gordo, afable y calvo Gary Joe Kebee habla sido la víctima del monstruo.</p> <p>—¿Habrá más bestias semejantes por estos alrededores? jadeó McDarren, mirando ceñudo en torno, al mundo hostil, sacudido por aquel viento que parecía nacer en el propio fondo del Universo, para llegar allí y barrer la superficie de un planeta tal vez habitado por monstruos ciclópeos.</p> <p>—Quizás —admitió Forsythe—. Es lo más probable, puesto que éste es un desierto, y sin duda abundarán los reptiles en él. O bien estamos en un mundo fabulosamente grande... o es que está poblado por bestias descomunales. De cualquier modo, somos como enanos en un lugar de titanes peligrosos y crueles. La supervivencia va a ser aquí muy difícil.</p> <p>—Sí, nos damos cuenta —asintió amargamente Strodell, mirando al cadáver del animal gigantesco y luego el cuerpo de Kebee—. ¿Vamos a dejarle ahí, señor?</p> <p>—No —negó Forsythe—. Tal vez tengamos tiempo suficiente, sin que vuelva a molestarnos de momento otra de esas bestias. Enterraremos a los cuatro, Strodell. Preparemos todo para ello. Hay herramientas dentro de la nave. Vayan a por ellas ustedes dos, por favor. Los hombres cavaremos la fosa.</p> <p>Se había dirigido a Dyan Burke y a su propia esposa, Joyce. Ellas no objetaron nada, apresurándose a entrar en la, nave, Ilse había empezado a llorar, pero silenciosamente, sin sollozos. Había lágrimas en sus mejillas, y aunque tal vez ni siquiera llegó a sentir nada por un esposo espacial, no dejaba de ser mujer y humana. Gary Joe Kebee iba a ser enterrado ante el dolor de una mujer en cuya ternura quizás no llegó a creer en vida.</p> <p>Con las herramientas automáticas en la mano, las hicieron actuar, cavando en el suelo. Nunca habían imaginado usar esas excavadoras individuales en tal tarea, puesto que estaban destinadas a extraer muestras del suelo de los planetas que pudieran visitar en su periplo. Sin embargo, servían ahora para cavar una tumba donde reposarían cuatro de los componentes de la expedición. Ni la NASA ni ellos habían previsto tal utilidad.</p> <p>En poco tiempo, estuvo hecha la fosa común, y fueron depositados en ella cuidadosamente los cuatro cuerpos. Luego, con igual rapidez, las excavadoras cubrieron los cuerpos con la roja arena. En silencio, Forsythe fue en busca ele dos piezas de metal y las cruzó, sujetándolas con alambre, y la improvisada cruz se hincó, acaso por vez primera, en aquel mundo donde el nombre de Dios no debía significar nada aunque hubiese seres inteligentes o humanoides.</p> <p>Forsythe recitó un pasaje de los Evangelios, escuchado en profundo silencio por todos. Use Schneider y Lester Hendrix sollozaron ante la sencilla y emotiva ceremonia. Luego, Ben Forsythe se irguió, mirando a todos gravemente.</p> <p>—Ya está —dijo—. Por desgracia, nada más podemos hacer por ellos. Reposan en tierra extraña, pero tienen una cruz con ellos, y hemos pedido al Señor por sus almas. No importa dónde nos hallemos, Dios es siempre el mismo, y a El debemos dirigir nuestras plegarias, tanto por los vivos como por los muertos. Ahora, en marcha. Tenemos que intentar sobrevivir ocurra lo que ocurra. Para estos infortunados que se queden en el camino, nuestro recuerdo y nada más. No podemos sentirnos intimidados por su trágico final, sino intentar que no se repita más.</p> <p>—Ya son cuatro los crímenes que pesan sobre la conciencia de ese canalla que averió la nave —fue el frío comentario de Hendrix, hecho con voz sorda.</p> <p>—Cinco —rectificó amargamente Use Schneider—. Recuerde que él también mató a mi esposo en la Tierra, profesor Hendrix</p> <p>—Pero ahora no podemos estar seguros de que el culpable sea uno de nosotros —apuntó Strodell, pensativo.</p> <p>—¿Por qué no? —le miró vivamente Hendrix, con gesto sombrío y receloso.</p> <p>—Porque el culpable pudo ser Murray Brown o el propio Kebee. Tengan en cuenta que el que averió la nave, lo haría con un motivo, por criminal que fuese. Pero muchas veces un criminal ha pagado su delito con su propia vida. Tras saltar la barrera de la luz, él ya no podía controlar los acontecimientos.</p> <p>—Eso es cierto —admitió Joyce Newman.</p> <p>—¿Y por qué hablar siempre de él —objetó secamente McDarren—. ¿No puede ser ella?</p> <p>—¿Quiere decir que pudo ser culpable una mujer? —dudó Hendrix con sobresalto.</p> <p>—¿Por qué no? Tal vez su propia esposa, Lena Dibbs, profesor —admitió McDarren—. O la esposa de Brown, Brenda Collier. Una mujer puede ser tan criminal como un hombre, llegado el caso, si tiene un motivo para ello... o si está mentalmente enferma.</p> <p>—Eso es cierto —aceptó la doctora Masón, mirando a su esposo cuando éste dejó de hablar—. ¿Por qué obstinarnos en que sea un hombre el culpable de todo esto que ahora nos ocurre?</p> <p>—Porque yo sigo sospechando de Alan Strodell, doctora —cortó Use Schneider con voz helada.</p> <p>—¿Otra vez eso? —el rubio joven hizo un fastidio. Sus ojos azules brillaron con disgusto—. Señora, ¿por qué habría de querer matar yo a su esposo, y luego averiar los mecanismos de velocidad del<i> Home III</i>.</p> <p>—Usted debe saberlo, Strodell. Trabajaba con él en el Centro de Estudios Espaciales. Recuerdo haberle visto allí cuando visité a mi esposo tras nuestra separación legal. Muchos coincidimos en el Centro de Estudios Espaciales. Ni siquiera recuerdo a Gordon Schneider, señora.</p> <p>—Es lo que usted dice. Pero estoy segura de que...</p> <p>—Por favor, señora —cortó Forsythe, enérgico—. No quiero más discusiones sobre ese tema. No se puede acusar a nadie sólo porque a uno le parezca sospechoso cualquiera de nosotros. Mientras no existan pruebas, no se acusará aquí a nadie más. Eso sólo serviría para minar nuestra camaradería y, en consecuencia, la necesaria unión para enfrentarnos a los riesgos que nos acechan, ¿está eso bien claro? Por otro lado, no es tan disparatado imaginar que pudo haber sido uno de los que murieron... o bien pudo ser una mujer. Ninguno estamos libres de sospecha, ni siquiera yo mismo. Tengan eso en cuenta.</p> <p>—Quiera o no, comandante, la desunión, el recelo y la sospecha persistirán entre nosotros mientras no exista una evidencia, una seguridad absoluta —avisó McDarren.</p> <p>—Lo sé. Yo, personalmente, no considero inocente a nadie. Pero tampoco culpable. Debemos apartar de nuestra mente esa idea lo más posible, y pensar que ahora todos hemos de colaborar, de unirnos y de apretar filas para no perecer estúpidamente, por causa de una desunión.</p> <p>—Es una decisión sensata —corroboró Strodell—. Me uno a ella.</p> <p>—Yo también —dijo McDarren,</p> <p>—Sí, y yo —suspiró Hendrix bajando la cabeza mientras una nueva oleada de arena polvorienta les envolvía en fuerte ráfaga, batiendo sus escafandras y sus ropas espaciales—. Creo que no es momento de disgregarnos, aunque yo sea uno de los mayormente perjudicados, en este drama, al igual que Use Schneider... Voto por la unión de todos, sin nuevos recelos ni distanciamientos, a menos que algo surja que nos lo exija de modo imperativo.</p> <p>Se movieron las cabezas femeninas, corroborando la decisión mayoritaria. Ben Forsythe respiró hondo, con alivio, miró en torno, tratando de escudriñar más allá del velo que formaba ante sus ojos la bruma roja de la arena sacudida por el viento poderoso. Pero no era fácil vislumbrar cosa alguna tras esa vorágine arenosa.</p> <p>—¿Hacia dónde, comandante? —preguntó Strodell, tras una pausa—. ¿Cuál va a ser la ruta que sigamos ahora?</p> <p>—La brújula funciona, aunque me temo que la fuerza magnética de este planeta sea diferente de la de nuestro mundo. Guiándonos por ella, tal como funciona aquí ahora, sigamos la ruta hacia el norte. Creo que es lógico prever que, cuando más septentrional sea nuestro destino, si podemos seguir viaje, llegaremos a zonas de clima menos árido y posiblemente con vegetación y agua. En suma, un lugar habitable y acogedor, no un simple desierto ardiente e inhóspito. La existencia de ese lagarto gigantesco revela que aquí existe vida, agua y posiblemente hasta inteligencia en alguna especie viviente. Claro que si son del mismo volumen que sus reptiles, o proporcionales a ellos, seremos como hormigas entre seres terrestres. Pero hay que intentar salir de este desierto lo antes posible. De modo que adelante: hacia el norte. ¿Todos de acuerdo?</p> <p>—Todos de acuerdo —confirmó McDarren, tras consultar con la mirada a los demás, que se limitaron a asentir—. Confiamos ciegamente en usted, comandante.</p> <p>—Gracias —suspiró Forsythe, echando a andar resueltamente sobre la arena, con evidentes dificultades, dada la blandura y movilidad del suelo arenoso que pisaban.</p> <p>Se iniciaba un éxodo tal vez largo, tal vez sin fin, o quizás con la muerte en su término. Ocho supervivientes avanzaban hacia el norte de un planeta desconocido, sombrío y hosco.</p> <p>Lo que pudiera esperarles más allá de aquel paraje donde yacían ahora cuatro camaradas muertos, un reptil acribillado y una nave cósmica hecha trizas, era un completo enigma que sólo se descubriría cuando ninguno de ellos pudiese evitar su propio destino.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>5</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">S</style>E detuvieron en las lomas rojas, cansados de caminar. El calor era intensísimo poco antes. Pero ahora, sus sistemas de indicación climática exterior, revelaban un gradual y fuerte descenso de temperatura, a medida que la luz neblinosa, rojiza y triste de aquel cielo encapotado que se extendía sobre sus cabezas, se iba oscureciendo hasta tornarse de un raro matiz violáceo y fantasmal.</p> <p>—Creo que es la noche de este planeta —dijo Ben, mirando hacia el ahora oscuro celaje—. Anochece como en la Tierra, sólo que esas nubes, posiblemente radiactivas, dan una coloración peculiar a la noche. El repentino frío del desierto parece coincidir con eso.</p> <p>—Sí, creo que tienes razón —asintió Joyce, apoyándose en su brazo—. ¿Vamos a descansar tal vez?</p> <p>—No hay otro remedio. Nos quedaremos al abrigo de esas lomas, que nos protegen del viento en parte. Tomaremos alimentos, sal y cápsulas hidratantes. Luego, dormiremos turnándonos en la vigilancia.</p> <p>Se formó un corro, al abrigo de las lomas, y todos se acomodaron en el suelo.</p> <p>Las manos enguantadas depositaron las cápsulas hidratantes y de sal en el receptáculo de su traje espacial, allá en el exterior, cerrando luego el compartimiento. Mediante un sistema de absorción interior, las cápsulas eran despojadas de su envoltura plástica y elevadas hasta la boca del astronauta, por medio de un impulsor interno, sin necesidad de despojarse de la escafandra para alimentarse. Del mismo modo, unas tabletas de alimentos superconcentrados pasaban luego por el mismo conducto, para ser ingeridos a dosis, pausadas, igual que las cápsulas de agua1 y sal concentrada.</p> <p>Una vez reparadas así las fuerzas, Forsytfie dispuso los sistemas de guardia en el improvisado campamento. De ellas excluyó a las mujeres, nombrando a Strodell para el primer turno, él mismo eligió el segundo y McDarren haría el tercero, para terminar Hendrix con las ultimas dos horas, antes de reanudar todos la marcha, siempre por la ruta hacia el norte.</p> <p>—Creo que eso no es justo —rechazó Dyan Burke—. Todos somos camaradas, y tenemos las mismas obligaciones. Debemos trabajar hombres y mujeres, sin distinción.</p> <p>—Esta noche, de momento, prefiero que descansen todas ustedes —rechazó Ben—. Es preferible que repongan fuerzas, por si mañana resulta un día de dura prueba. En realidad, tampoco sabemos si la noche de este planeta dura igual o parecido a la de la Tierra, ya que va a ser la primera que pasemos aquí. Si la noche se alargase demasiado, ustedes seguirían en los turnos al profesor Hendrix. ¿Está mejor así?</p> <p>—Sí, comandante —admitió la esposa de Strodell—. Pero si amanece más o menos como usted ha previsto, ¿cuál será nuestra tarea mañana?</p> <p>—No teman. Habrá algo que hacer —sonrió Forsythe—. Vamos a tener muchas cosas que llevar a cabo, si esto sigue así, no lo duden. Y ustedes, las mujeres, quizás sean entonces más necesarias...</p> <p>Se dispuso todo para pasar la noche allí. Por fortuna, no hacía falta ir provistos de ropas de abrigo. Sus trajes espaciales eran suficientes para aislarse térmicamente del exterior, ya fuese éste cálido o gélido. Se tumbaron en la arena, al pie de las lomas sobre las cuales rugía el viento lúgubre del mundo desconocido, y trataron de conciliar el sueño, mientras Strodell comenzaba su guardia, pistola en mano.</p> <p>Era ya tal la oscuridad que les rodeaba que una lámpara de pila nuclear, virtualmente inagotable, brilló enmedio del grupo. Forsythe había recurrido a esa luz, aunque no deseaba abusar de ella, no por miedo a su extinción, que era improbable, sino por temor a que alguna otra espantosa criatura de aquel mundo pudiera acudir atraída por su fulgor.</p> <p>Sus temores,, por desgracia, fueron fundados Se habían dormido, vencidos por la fatiga y por el agotamiento físico y nervioso producido, por sus últimas andanzas en aquel ignoto rincón del Cosmos, cuando dé repente les despertó la aguda voz de Alan Strodell, avisándoles dramáticamente de la novedad:</p> <p>—¡Cielos, despierten! ¡Despierten todos! —aulló la voz descompuesta del rubio joven—. ¡Miren lo que se nos viene encima! ¡Es enloquecedor...!</p> <p>Saltaron todos de su sitio, bruscamente despertados por aquel aviso. Todavía somnolientos, clavaron sus ojos eh el punto donde señalaba Strodell, como alucinado. La claridad de la lámpara nuclear reveló en toda su espantosa significación aquello que se aproximaba hacia ellos.</p> <p>Algo todavía más terrible, más estremecedor que la propia presencia de aquel gigantesco lagarto voraz.</p> <p>—Oh, Dios, no es posible... Eso no... —susurró Forsythe, lívido.</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Pero sí era posible.</p> <p>Estaban allí, frente a ellos, como el más devastador poder imaginable. Avanzaban en formación hacia su grupo, igual que un ejército cruel, implacable y sanguinario. Eran ellas. Eran inconfundibles en su aspecto, su color rojizo, su estructura de perfectos soldados, ciegos pero dotados de su formidable poder de orientación y de su habitual ferocidad como combatientes que no conocían la piedad y luchaban hasta la trituración del enemigo.</p> <p>Hormigas.</p> <p>Pero hormigas gigantescas. ¡Hormigas rojas, del tamaño de seres humanos, tan voluminosas como ellos mismos!</p> <p>Y aquellas hormigas monstruosas, de volumen proporcionado al del lagarto con ú que lucharan aquel mismo día, estaban ya cerca. Muy cerca. Moviéndose en ancho frente,</p> <p>Con Intención .cíe rodearles previamente, para caer luego sobre ellos. La idea dé perecer como festín de hormigas gigantescas, aterrorizo a Forsythe. Y estuvo seguro de que todos los demás pensaban lo mismo en ese terrible momento.</p> <p>—¿Qué podemos hacer ahora, comandante? —jadeó McDarren,, demudado.</p> <p>—No lo sé —empuñó Forsythe su pistola de cargas explosivas, preguntándose cómo iniciar la lucha contra los voraces insectos. Si ya eran de por si peligrosos en su tamaño habitual, cuando eran muy numerosos, ¿qué pensar de semejantes monstruos? Tras una ojeada a la línea frontal de himenópteros que sé aproximaba por momentos, silabeó con voz ronca—: Es posible que vengan en gran número, en cuyo caso no hay solución alguna. Nos arrasarán sin remedio. Pero si es solamente un grupo aislado que ha captado nuestra presencia aquí, tal vez exista un medio de luchar.</p> <p>—Pero las hormigas son muy feroces —le recordó Strodell—. Siendo de nuestro mismo tamaño, me temo que no podamos defendernos durante mucho tiempo...</p> <p>—Quizás. Pero no vamos a entregarnos sin lucha. Es preciso intentarlo todo. Subamos a esas lomas y aumentemos la luz nuclear sobre ellas. Lo suficiente para que podamos hacer blanco fácilmente. Desde la altura, dominaremos mejor el campo de batalla. Disparan las balas explosivas afinando lo más posible la puntería. Vienen agrupadas. De modo que cada impactó puede significar la muerte de varias hormigas. Eso tal vez las desoriente y disperse.</p> <p>—Formaremos dos líneas —apuntó Hendrix—. Los hombres estaremos arrodillados en primera fila. Detrás, en pie, las mujeres. Como si fuésemos soldados esperando una carga enemiga. Creo que eso facilitará más el blanco de nuestros impactos.</p> <p>—Conforme, profesor —admitió el comandante—. Ya lo oyeron. Las cuatro mujeres, detrás, en pie, apuntando sobre nuestras cabezas. Nosotros en primera línea, arrodillados. Recuerden: todos apuntando a grupos nutridos, para alcanzar el mayor número posible de individuos de esa maldita horda. ¡Vamos ya!</p> <p>Se situaron con rapidez. Las pistolas formaron también dos líneas, apuntando a los insectos que se aproximaban arrolladoramente. Desde lo alto de las lomas arenosas, su número se veía con nitidez, gracias a la luz de la lámpara nuclear.</p> <p>No eran muchas, pero sí debían superar el centenar. Cien hormigas gigantescas, contra sólo ocho seres humanos, ligeramente más pequeños que aquellos temibles himenópteros.</p> <p>Esperaron a la voz de su jefe* que aguardó a su vez hasta que el blanco resultaría más denso y fácil, y entonces gritó con fuerza:</p> <p>—¡Fuego!</p> <p>Y él mismo dio ejemplo, empezando a apretar el resorte de disparo de su arma. Todos le siguieron, empezando a escucharse estampidos y brotar llamaradas de lo alto de las lomas arenosas.</p> <p>Abajo, fue como si de repente empezaran a estallar cuerpos de rojas hormigas gigantes, en repulsivas mutilaciones. Cada vez que una bala hacía impacto y estallaba sobre un grupo de hormigas, éstas se dispersaban, rotas y desgajadas, dejando en torno un claro ostensible que prestamente ocupaban otras feroces guerreras.</p> <p>No obstante, cuando llegó la segunda descarga, volviendo a causar destrozos tremendos en la formación, las hormigas se desorientaron, comenzando a moverse como lo hacían en la Tierra al sentirse pisoteadas por un pie humano. Alocadas, confusas, iban y venían, pretendiendo reagruparse muchas de ellas, en tanto otras se conformaban con saltar sobre sus semejantes abatidos, comenzando a devorarlos o cargando con sus restos ávidamente.</p> <p>Cada bala, bien aprovechada, llegaba a destruir hasta cinco o seis enemigos. En sólo tres descargas totales de los ocho astronautas, el centenar largo de hormigas agresivas se había reducido a una simple decena o poco más. Implacablemente, Ben avisó a sus compañeros:</p> <p>—¡No les dejéis huir con vida! ¡Acabemos hasta con la última maldita hormiga o sus exploradores irán a avisar al grueso del hormiguero, y seremos aplastados! ¡Vamos, ni una sola debe escapar viva!</p> <p>Las armas rugieron una, dos, tres veces más. Ahora, con menor número de adversarios, resultaba más difícil centrar el impacto, y éste era menos eficaz también. Pero al fin lograron lo que Ben Forsythe quería: ni una sola hormiga sobrevivió. Un centenar largo de gigantescos himenópteros reposaba en derredor de las lomas, y Ben contempló ceñudo el espectáculo, feo y desagradable, dado su tamaño.</p> <p>—Me temo que sería una locura quedarse aquí el resto de la noche —silabeó—. Otras hormigas acudirán pronto al olor de sus congéneres muertas. Si estuviéramos aún en este lugar, nos atacarían sin remedio. De modo que alejémonos cuanto sea posible, y esperemos que se conformen con este festín para sus despensas. Eso las entretendrá largo tiempo, sin duda alguna, puesto que veo que sus costumbres en este planeta son similares a las de las hormigas terrestres, con la sola diferencia de su tamaño.</p> <p>—Empieza a confirmarse lo que temíamos, Ben —susurró Joyce junto a él, todavía impresionada por la batalla contra el terrible enemigo—. Aquí, todos los seres que habitan este mundo son gigantescos... Un planeta de colosos, Ben. Y nosotros, apenas unos insignificantes insectos entre tanto monstruo.</p> <p>—Me lo temía, Joyce. Alejarnos tal vez nos lleve a otro peligro cierto, pero ninguno puede ser peor que la posibilidad de morir devorado por hormigas de ese tamaño...</p> <p>Todos parecían de acuerdo con él, una vez más. Se pusieron en marcha sin objetar cosa alguna. Y tratando de poner cuanto mayor terreno fuese posible entre ellos y los cuerpos destrozados de las grandes hormigas de aquel mundo de pesadilla.</p> <p>A través de la noche oscura, violácea, ocho seres iban hacia un lugar desconocido donde ignoraban qué era lo que podía esperarles. Pero sus aventuras ante el reptil y las hormigas no presagiaban nada bueno para ellos.</p> <p>Pronto iban a poder confirmar esos temores.</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Fue una marcha agotadora, implacable, a través de aquel desierto que parecía no tener fin ni principio, donde la temperatura nocturna era bajísima, gélida, en contraste con la elevadísima durante el día. A pesar dé la espesa capa de nubes que cubría el firmamento situado sobre aquel mundo caótico, o tal vez a causa de ellas, las alteraciones climáticas eran 'muy fuertes en la zona desértica que estaban recorriendo.</p> <p>Mientras avanzaban infatigables aunque extenuados, siempre alejándose del campo de batalla con las hormigas gigantes, Forsythe se preguntaba si aquel planeta tendría un sol o más, si tendría una luna, o dos, o tres Y si tras las espesas nubes radiactivas que contaminaban peligrosamente aquel mundo, serian visibles alguna vez lejanas y desconocidas estrellas o galaxias nunca imaginadas.</p> <p>—¿Dónde, dónde estaremos realmente? —era la pregunta que obsesionaba la mente del joven comandante de la astronave.</p> <p>Pero no habla respuesta. El no la tenía. Tampoco ellos, sus compañeros de odisea. La respuesta estaba allí, en un cuerpo celeste ignoto, hostil y, áspero, situado tal vez en los confines del universo, o allí donde el hombre ya jamás volverla a llegar, por los siglos de los siglos. Teniendo en cuenta lo relativo del Tiempo, Una vez perdidos en los abismos espaciales, ¿qué momento, qué época, qué siglo serla ahora el' que conocería la Tierra? Tal vez uno: situado en un remoto futuro... o en un oscuro pasado. Todo era posible, más allá de la luz.</p> <p>Y ellos, mientras tanto, perdidos en el infinito, perdidos para siempre, sin posibilidad de regreso a su lugar de origen...</p> <p>Su mano enguantada apretó la de Joyce, su nueva compañera, programada por la NASA como si la relación hombre-mujer fuese un simple mecanismo más, dentro de una nave espacial, algo que los demás podían manejar a su antojo.</p> <p>Joyce le miró, sorprendida. Tal vez no esperaba aquel rasgo de ternura en su esposo cósmico. Le sonrió desde detrás de la escafandra espacial. El le devolvió esa sonrisa, y al notar qué ella apretaba también su mano, sintió un leve estremecimiento. Hubiera deseado no verse ahora obligado a vivir dentro de un traje espacial, sin posible contacto físico con su pareja, sin serle permitido rozar a aquella bella muchacha de negra melena, tocar su piel, acariciar sus bien formados y duros pechos, sentir sus dedos recorriendo la redondez de sus tibias nalgas... Y sin que pudiesen dar salida a su apetito sexual, que quizá era mutuo, a juzgar por la mirada ligeramente turbia y significativa de la bella bióloga.</p> <p>—Ben... —la oyó susurrar con voz ronca—, ¿Quieres algo?</p> <p>—Sí —musitó él—. Creo que... a ti.</p> <p>—Entiendo —ella se estremeció, allá dentro de su traje hermético, y Ben notó ese estremecimiento con nitidez—. Me deseas...</p> <p>—No es sólo eso, Joyce. Creo que siento algo más por ti.</p> <p>—Dijiste que sólo sería deseo. Simple relación sexual, como todos los demás miembros de nuestra expedición. El hecho de que Lester Hendrix y Lena Dibbs llegaran a amarse casi inmediatamente, no cambia nada. Eso fue algo insólito, una excepción. Sé que desearás contacto carnal. Yo también lo necesito. Me entregaría ahora mismo a ti, si fuera ello posible.</p> <p>—Pero no es posible. ¿Sólo sientes deseo físico por mí?</p> <p>—No lo sé, Ben —le miró largamente—. No me he preguntado eso aún. No he tenido tiempo de pensar en mí misma ni en ti. Han ocurrido tantas cosas en tan poco tiempo...</p> <p>—¿Por qué te inscribiste en este viaje? Sabías que estarías obligada a vivir sexualmente con un tipo desconocido, a quien no amarías...</p> <p>—Elegí mi carrera, y ésa fue la de astronauta, Ben. Este viaje me fascinaba. Era una experiencia fabulosa. Y no tenía a nadie que me atara a la Tierra. Tuve un novio, y le dejé. Aún no me he arrepentido de elegir esto.</p> <p>—¿Pese a todo?</p> <p>—Pese a todo, Ben.</p> <p>—Sabes que nunca volveremos a nuestro mundo...</p> <p>—No me asusta esa idea. SI hay que vivir aquí o en otro lugar, viviré. Si hay que morir,-lo aceptaré, Estoy preparada para todo.</p> <p>—Eres admirable, Joyce. Si, creo que no sólo deseo tu cuerpo. Es más, algo más. O mucho más, no sé. Me atraes. Sólo desearía... besarte.</p> <p>—Y yo, Ben —ella entornó los ojos, sus labios hicieron un mohín, como si sintiera ya el contacto de la boca varonil—. Tal vez sea amor, después de todo. Seria maravilloso...</p> <p>—¿En estas circunstancias?</p> <p>—Más que nunca. Porque habría algo por que luchar aún con mayor energía y voluntad. Ese algo sería nuestro mutuo sentimiento. Seriamos tú y yo, Ben...</p> <p>—Joyce...</p> <p>Sus manos se apretaban con fuerza. Se miraban intensamente. Era como poseerse, tal era la concentración total que cada uno ponía en contemplar al otro. Ben sufrió un leve espasmo y respiró hondo.</p> <p>—Sigamos —susurró roncamente—. La lucha continúa, Joyce. Y creo que, como tú misma has dicho, ahora vale la pena, más que nunca...</p> <p>Avanzaron a través de la noche. Al menos debían llevar seis horas de camino en aquella oscuridad color violeta profundo. El eterno viento que parecía rondar sobre la superficie de aquel planeta, continuaba zumbando en la noche, y levantando torbellinos rojos de arena en torno suyo.</p> <p>De súbito, a espaldas de ellos, sonó un alarido largo y terrible. Se volvieron vivamente, sorprendidos y alarmados. Todos los demás habían girado sus cabezas para adivinar la causa de semejante grito de angustia, tal vez de muerte...</p> <p>Lo que descubrieron era espantoso, un horror más de aquel siniestro mundo de monstruos tan parecidos a los de su remota Tierra de origen, pero de enorme tamaño que ampliaba hasta el infinito su peligrosidad.</p> <p>—¡Oh, no, no! —aulló Forsythe, descompuesto, empuñando con rapidez su arma y precipitándose hacia el lugar donde otro astronauta del grupo era victima del nuevo enemigo surgido de la noche y de la arena roja de aquel dantesco desierto...</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Pero era tarde cuando Forsythe disparó su pistola contra aquel nuevo ser de pesadilla.</p> <p>Porque para entonces, éste ya había engullido vorazmente a su víctima. Esa víctima acababa de desaparecer en las babeantes fauces de la horrible forma viviente que, emergiendo de un súbito agujero en la arena, había hecho presa en quien viajaba en último lugar de la fila de astronautas, y ya sólo se veían sus pies, desapareciendo entre aquella repugnante baba, deglutido por el monstruo.</p> <p>—¡Una oruga gigantesca y carnívora! —rugió Strodell, también esgrimiendo su arma—. ¡Maldita sea, ha surgido de repente... y se ha tragado a Stella Masón!</p> <p>Rick McDarren, como alucinado, al ver desaparecer de su lado a su compañera, la doctora Masón, engullida por aquella criatura infernal, nauseabunda, gritaba como un poseso, tratando de luchar para que la oruga gigantesca, mayor que el más voluminoso ofidio terrestre, tal vez del tamaño de una anaconda, devolviera a la mujer engullida. Pero corría el peligro de ser a su vez tragado por aquella boca insaciable, y Forsythe se vio obligado a disparar contra la cabeza del monstruo.</p> <p>Reventó ésta, al recibir la bala explosiva, dispersándose fragmentos blancuzcos y fofos de su fea cabezota, y el cuerpo culebreante de la oruga osciló y serpenteó sobre la arena, intentando ocultarse bajo el desierto, de regreso a su orificio. No pudo hacerlo y quedó inmóvil justamente a la entrada del agujero abierto en el rojo suelo arenoso.</p> <p>Rápidamente, Strodell se precipitó sobre el gusano muerto, y utilizó su cuchillo con indudable valor, decisión y dominio de sus escrúpulos. Realmente, era algo repugnante, casi intolerable a la vista, observar la forma en que la afilada hoja del arma blanca rasgaba y profundizaba en los tejidos blandos y viscosos de la oruga, derramando en tomo un charco de nauseabundo liquido.,</p> <p>Rápidamente extrajo el cuerpo de la doctora Masón,, apresurándose todos a rodear aquella figura, cuyos ropajes espaciales y escafandra aparecían bañados en el pegajoso humor que despedía la oruga voraz.</p> <p>Horrorizado, Strodell notó que todo era inútil ya. Stella Masón, la esposa espacial de Rick McDarren, estaba muerta.</p> <p>La asfixia, dentro del cuerpo del gusano, había sido causa de su final. Pese a cuanto intentaron, atravesando, el tejido de su ropa con una aguja hipodérmica para inyectarle medicamentos que la hicieran reaccionar; todo resultó estéril. Ella ya no vivía.</p> <p>McDarren cayó de rodillas junto, a la victima y no sollozó ni se vio humedad en sus ojos. Pero su rostro crispado, reveló una furia infinita, una rabia contenida e implacable.</p> <p>—Maldito mundo este... —jadeó—. Mi pobre Stella... Stella querida...</p> <p>Todos permanecieron agrupados, con rostro demudado, mirándose entre sí con angustia. De nuevo la muerte azotaba al pequeño grupo, cobrándose su quinta víctima. Ya sólo quedaban siete viajeros en medio del desierto rojo.</p> <p>—Una muerte tan rápida... —susurró Hendrix, incrédulo—. No es posible qué la asfixia llegue tan pronto. Apenas si estuvo, dentro de esa repugnante cosa unos cuarenta segundos, máximo un minuto.., y su aire almacenado... ¿Cómo no respiró?</p> <p>Forsythe no respondió. Estaba examinando el cuerpo de la infortunada doctora Masón. Luego, estudió, pese a su repugnancia hada él, el cuerpo desgarrado y sin cabeza, de la siniestra oruga gigante.</p> <p>—Creo tener la explicación? profesor —murmuró con voz apagada.</p> <p>—¿Sí? ¿Cuál es? —se interesó Lester Hendrix, acercándose a él pensativo.-Este líquido es un veneno poderoso, sin duda. Un humor tóxico apenas roza al ser humano —señaló el repulsivo y viscoso charco que envolvía al gusano muerto—. Sin duda su boca, dotada de púas afiladas, desgarró el tejido del traje espacial de Síella Masón. Y por ahí entró el líquido del gusano, contactando con la piel de ella. Su efecto debió causar una asfixia fulminante en su víctima. Sólo cabe esa explicación. Vea su cuello bajo la escafandra. Tiene ese líquido adherido a la piel, y ésta aparece hinchada, enrojecida... Debió inflamar todas sus vías respiratorias en el acto, causándole la muerte en cuestión de breves segundos. Evidentemente, los seres a los que aquí nos enfrentamos, son letales para nosotros en muchos sentidos. .</p> <p>En medio de un impresionante silencio, el cuerpo de Stella Masón fue sepultado en la arena. Todos colaboraron, con sus propias manos, a abrir una fosa de poca hondura, donde tender el cadáver. Esta vez no hubo cruz sobre la tumba, aunque sí un breve rezo por parte de Forsythe.</p> <p>Luego, les miró a todos, sombrío. Su voz sonaba amarga:</p> <p>—Bien. Ahora, una vez más, se impone la cruda realidad. No valen sentimentalismos, por desgracia. Estamos en un mundo terriblemente hostil y violento. Sólo quedamos siete con vida. Confiemos en que ésta sea la última baja que suframos. Hay que continuar adelante.</p> <p>—¿Hasta cuándo, señor? —preguntó McDarren, furioso—. Esto sólo conduce al exterminio paulatino del grupo. No quedará nadie con vida al final de este absurdo viaje.</p> <p>—Tampoco quedará nadie si nos quedamos aquí, esperando orugas voraces o crueles hormigas gigantescas —cortó Ben con disgusto—. ¿Qué elige usted, que le abandonemos junto á su difunta esposa, o seguir adelante, en busca de una remota posibilidad de supervivencia en un lugar más acogedor y seguro que este desierto?</p> <p>—¿Existe realmente ese lugar?</p> <p>—No lo sé, McDarren. Yo no tengo respuestas, como nadie las tiene. Lo cierto es que resignarse es morir.</p> <p>—Y luchar, andar, intentar algo, también. Ya ha visto: Kebee, Stella, ambos han muerto en este loco empeño sin sentido.</p> <p>—Si llegamos a alguna parte y sobrevivimos, se habrá demostrado que valió la pena el empeño, y que tenía sentido. Pero si hemos de perecer en el intento, también habrá valido la pena apurar las posibilidades de que disponemos, ¿está claro?. En marcha, y no discutamos más. Ya*hemos perdido demasiado tiempo, por desgracia, con lo sucedido ahora.</p> <p>Siguieron adelante, en medio de un silencio desolador, que sólo rompía el viento al azotar aquel suelo cruel, y el crujido de su calzado sobre la arena peligrosa, erizada de riesgos monstruosos.</p> <p>Así llegó el nuevo día. Tras los nubarrones densos, insondables, una luz cárdena, lívida y espectral, suplió a la oscuridad violácea. Un sol invisible para ellos, apenas una mancha de claridad tras la bóveda de nubes, emergía en el cielo que ellos no podían alcanzar ni siquiera con su mirada.</p> <p>Inesperadamente, aquel viento de connotaciones cósmicas cesó de modo súbito. La arena rojiza se posó suavemente en el suelo. Un silencio profundo reinó en el paraje desértico, mientras la temperatura aumentaba de forma gradual e intensa.</p> <p>Forsythe lanzó una sorda imprecación y su brazo se elevó, señalando hacia un punto en el horizonte, cuando la visibilidad fue mayor, al no existir viento ni polvo arenoso, si bien la iluminación del paisaje era difusa, como una tenue bruma que envolviera todas las formas visibles.</p> <p>—Mirad... —dijo con voz. ronca—. ¿Veis lo mismo que yo?</p> <p>Todos siguieron la dirección de su brazo. Hubo un murmullo colectivo de asombro y estupefacción.</p> <p>Luego, la respuesta llegó en la voz apagada, de Alan Strodell:</p> <p>—Cielos, claro que lo vemos, señor. Es... es un nombre. Un ser humano...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>6</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">S</style>Í. Era un ser humano. Un hombre.</p> <p>El primero que veían desde que dejaran la Tierra, allá en otro confín del Universo. El primer humanoide del espacio.</p> <p>Y no era gigantesco. Tenía su propio tamaño. Era como ellos. Un ser humano normal en un mundo de colosos, de animales de monstruosas dimensiones...</p> <p>¿Tenía aquello algún sentido?</p> <p>Por desgracia, el hombre no iba a poderles responder. No les diría nada que aclarase sus dudas, sus interrogantes, sus incógnitas.</p> <p>Porque el hombre estaba muerto.</p> <p>Y debía de llevar así mucho tiempo. Años. Acaso siglos.</p> <p>—Una momia, comandante —dijo con amargura y desaliento Rick McDarren—. ¡Es sólo una momia! Alguien embalsamó a este ser por alguna razón... y lo dejó aquí.</p> <p>Ben no contestó. Estaba contemplando ceñudo al ser humano que hallaran en medio del desierto. Erguido, clavado en un poste que pasaba bajo sus ropas, a su espalda. Un poste que entraba por el calzón largo de una de sus piernas, para salir por el cuello de una especie de blusón o chaqueta oscura, sucia de arena, reseca y agrietada por la acción de la intemperie</p> <p>Sí, estaba momificado, pero Forsythe no compartía la opinión de McDarren. No era obra de otros hombres. Sencillamente, la sequedad del desierto, o algún fenómeno natural, había momificado su figura, su cuerpo, todo su ser. Pero ¿quién le dejó allí empalado, sin la menor señal de violencia, sin herida alguna en todo su cuerpo? ¿Es que éste ero el castigo reservado en aquel planeta misterioso y terrible, para los humanos que quebrantasen alguna ley? Colgados como un simple espantapájaros, en medio de la llanura desértica, hasta resecarse, convertido en momia...</p> <p>Mechonea de cabellos grises, adheridos al rostro de calavera cubierto por la reseca piel grisácea, flotaban al aire del desierto, rematando aquella cabeza espantosa. Las manos eran huesudas, sólo esqueleto y piel rugosa y oscura. Igual que todo su cuerpo.</p> <p>—Estas ropas... —las tocó Forsythe, pensativo—. No conozco el tejido. No es corno los nuestros, allá en la Tierra,. Parece una materia fibrosa, plástica o algo parecido. Eso explica su larga duración, su resistencia durante tanto tiempo... Era un hombre de edad madura, tal vez unos sesenta años en nuestro concepto del tiempo terrestre. ¿Qué sucedería exactamente? Parece tener poco sentido, a menos que sea una venganza, una ejecución o un acto brutal de represión...</p> <p>—Pero no se ve nada en torno. Ni pueblos, ni una miserable gruta —apuntó Strodell—. ¿Por qué dejarlo aquí, lejos de todo lugar habitado, señor?</p> <p>—Ya ve que sé tanto como usted. El no va a decirnos nada... —meneó la cabeza, mirando el cuerpo humano allí colgado del poste hincado en la arena—. Pero eso prueba que hay vida inteligente aquí. Humanos, quizás ciudades, países... Es un gran descubrimiento. Y muy esperanzador para nosotros... a menos que sean una raza salvaje y cruel, que no quiera ni sepa escucharnos...</p> <p>—Esperen —habló de repente McDarren—. Capto una extraña radiación... ¿Ustedes no?</p> <p>Ben Forsythe enarcó las cejas. Miró al joven Rick . McDarren y luego a los demás. Todos consultaron sus indicadores de radiaciones en su muñeca. El indicador, semejante a un complicado reloj digital de otra época, estaba mostrando cifras en rojo, moviéndose a considerable velocidad.</p> <p>—Sí —corroboró Forsythe—, Hay radiación, McDarren, tiene razón usted. Y viene de ese hombre muerto, no hay duda,..</p> <p>—Es uña radiactividad extraña —apuntó Joyce pensativa—.</p> <p>No corresponde a índices de energía nuclear o algo parecido. Es menos intensa, pero más fácil de captar.</p> <p>—Cieno. Ya noté antes esa radiación, aunque nada dije.</p> <p>—¿Dónde? —se extrañó Strodell.</p> <p>—En la astronave. Fue cuando íbamos a abandonarla. Era más intensa en el punto donde yacían sin vida, Brown, Collier y Lena Dibbs.</p> <p>—¿Crees que esa radiación pudo causarles la muerte a ellos?</p> <p>—Es muy probable. Lo que me preguntó es cuál sería su procedencia, cómo llegó al interior de la nave, y cuál será su naturaleza exacta, para provocar una muerte instantánea en unas determinadas personas afectadas por ella y no causar daño a las demás.</p> <p>—La naturaleza y posible fuente de salida de esa energía, no se señala en los indicadores —manifestó gravemente McDarren—. ¿Probamos el análisis?</p> <p>—Sí, estaba pensando en ello. Pero dudo que resuelva nada.</p> <p>Y pulsó un resorte de su cinturón, que ponía en funcionamiento el laboratorio portátil, de carácter automático, que todos llevaban consigo en sus indumentarias espaciales.</p> <p>Un leve zumbido, bajo su tejido hermético, reveló la actividad del ingenioso sistema de análisis de muestras, elementos y toda clase de sustancias orgánicas e inorgánicas que pudiera haber en el exterior.</p> <p>Tras unos instantes de funcionamiento, bajo la activación de determinados circuitos accionados desde el exterior por los enguantados dedos de los astronautas, cesó la actividad y el laboratorio emitió su informe, que apareció en caracteres fluorescentes sobre la pequeña pantalla electrónica de su mecanismo ceñido a la muñeca:</p> <p></p> <i><p>RADIACION DESCONOCIDA. SIN DATOS PARA ANALIZARLA.</p> <p>SU EMISION CERCANA ES LETAL. A CIERTA DISTANCIA, NO</p> <p>CAUSA SINO UN DESVANECIMIENTO PASAJERO.</p> </i> <p></p> <p>Eso fue todo. El micro-laboratorio automático había emitido su informe. Todos pudieron leerlo en sus respectivos receptores electrónicos. Se miraron, pensativos. Si todos los laboratorios individuales daban un mismo informe, no cabía error posible.</p> <p>—Eso explica algunas cosas —dijo sordamente Forsythe—. La radiación mató a los que alcanzó de lleno en la nave, y a nosotros nos causó una pérdida, de conocimiento momentánea. Tuvimos mucha fortuna, aunque ignoro cómo y por qué. Ahora, ese poste metálico que sostiene el cadáver parece ser el emisor de radiación. Por alguna causa, tales radiaciones van unidas a ese ser humano momificado. De modo que es mejor marcharnos de aquí, por si una prolongada exposición a su fuerza radiactiva nos causa daños irreparables.</p> <p>—¿Puede ser esa misma radiación misteriosa la que ha contaminado el planeta?</p> <p>—Es posible, sí —asintió Ben—. Pero observad algo en vuestros indicadores al respecto.</p> <p>—¿Qué?</p> <p>—El índice de contaminación atmosférica se ha reducido en una escala de diez, desde el punto de ocho que marcaba al abandonar nosotros el<i> Home III</i>, hasta el punto tres y dos décimas con tendencia a seguir descendiendo. Cuanto más al norte vamos, la contaminación es menor. Y también menos dañina. Creo que podríamos ya respirar el aire de este planeta sin miedo a sufrir daño alguno, una vez lejos de esta zona radiactiva. Pero será mejor seguir teniendo cautela y esperar un poco más... En marcha, amigos. Dejemos ese cuerpo donde estaba y trátenlos de encontrar el lugar de donde llegó él, sus verdugos... o todos a la vez.</p> <p>La marcha prosiguió, infatigable, aunque los siete astronautas se sentían ya muy agotados tras el esfuerzo prolongado durante toda aquella noche.</p> <p>La odisea de los astronautas no había llegado ü su fin, ni mucho menos. Pronto iban a encontrarse en su camino con una nueva evidencia de que se hallaban en un mundo habitado ahora por seres inteligentes o que alguna vez lo estuvo, en un pasado más o menos remoto.</p> <p>Este hallazgo fue, ni más ni menos, que la primera vivienda humana que hallaban en el planeta enigmático de las arenas rojas y el viento de misterioso origen cósmico... Una vivienda humana en el desierto.</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">-¡Una vivienda!</p> <p>Los siete supervivientes se detuvieron, mirando con estupor hacia el árido llano, donde de nuevo comenzaba a soplar, aunque más apagado, el viento de ninguna parte, arrastrando consigo remolinos de arena roja que enturbiaban de nuevo el aire brumoso de lívida claridad que reinaba sobre el planeta misterioso.</p> <p>Era una vivienda, en efecto. O lo poco que quedaba de ella.</p> <p>Simples ruinas de unos toscos muros de adobe, derruidos no se sabía si , por el tiempo, por la acción erosiva del viento o por alguna otra causa. Para gente llegada de una Era tecnológicamente avanzada, allá en el planeta Tierra, resultaba todo muy sorprendente y hasta arcaico. Era la vivienda propia de un viejo indio del Sudoeste norteamericano, o de un ermitaño perdido en la soledad de lugares alejados del mundanal ruido. Sólo eso.</p> <p>Se alzaban esos muros derruidos en medio de la arenisca, en aquel mundo caótico, sin vegetación ni agua hasta el momento, aunque sí con vida animal llevada a escala terrorífica. No parecía quedar mucho más de lo que sin duda fue una simple cabaña en el desierto. Los muros eran también rojizos, y carecían del más mínimo vestigio de techo.</p> <p>—Tal vez estemos en una Era remota, en el inicio de la vida humana y animal en este planeta, comandante —señaló Strodell, pensativo.</p> <p>—Tal vez —aceptó Ben, escéptico—. Pero dudo mucho que en una época arcaica puedan conocerse tejidos como el que llevaba el hombre momificado. Era una fibra, artificial muy extraña, que revelaba un alto grado técnico en la industria...</p> <p>—Pues esa choza no parece coincidir con tal cosa.</p> <p>—Aparentemente, no. Pero en todas las épocas hubo en la Tierra viviendas humildes y primitivas junto a toda la moderna Ciencia arquitectónica, recuérdelo; Strodell.</p> <p>—¿Vamos a ver lo que hay allí? —sugirió el joven de rubios cabellos.</p> <p>—Evidentemente, tenemos que hacerlo —asintió Ben—. Todo lo que sea descubrir algo que pueda aclararnos la naturaleza del mundo en que nos hallamos, puede ser de gran utilidad. Pero adopte precauciones. No sabemos lo qué podemos encontrar. Un planeta que posee reptiles, hormigas y orugas gigantes, radiaciones desconocidas que pueden matar o aturdir e incluso misteriosos cadáveres momificados y abandonados en el desierto, puede ofrecer las cosas más inverosímiles y peligrosas. Es mejor tenerlo en cuenta mientras investiguemos.</p> <p>Avanzaron cautelosamente, con Ben Forsythe arma en mano, capitaneando el grupo de viajeros del espacio que se desplazaban con lentitud hacia las ruinas del viejo edificio de adobe.</p> <p>Ben escudriñaba cada pulgada de terreno y de edificación, totalmente en guardia, sin confiarse lo más mínimo. Tras de Forsythe iba Joyce, sin separarse de él, luego la pareja formada por Strodell y su esposa, la morena y exuberante Dyan Burke, para cerrar el grupo Lester Hendrix, Use Schneider y Rick McDarren.</p> <p>Todos empuñaban su arma de fuego, porque de las ruinas podía surgir cualquier cosa, tras las amargas y terribles experiencias vividas hasta entonces en el planeta desconocido.</p> <p>Llegaron ante lo que alguna vez había sido una puerta, y ahora era un simple boquete abierto entre trozos dé muro de adobe, asomando a un interior que no era tal, ya qué al carecer de tejado, todo el antiguo recinto permanecía a la intemperie, y la arena roja, arrastrada por el misterioso viento que parecía llegar de todas partes y de ninguna a la vez, habla invadido ya de forma copiosa el suelo y paredes de aquella vieja choza. No había allí muebles ni recuerdo alguno de una vivienda que pudiese servir de pista a los astronautas para imaginarse una determinada forma de vida, o de civilización en el planeta enigmático donde se hallaban.</p> <p>—Nada... —susurró Ben Forsythe con desencanto, encogiéndose de hombros, Absolutamente nada... Lo que pudo contener esta casa, o, fue expoliado o se destruyó bajo la acción del viento y de la arena, a lo largo de años enteros. No queda cosa alguna que nos sirva de ayuda para imaginar la ciase dé civilización que existe o existió aquí.</p> <p>Cruzaron el umbral sin puerta, pausadamente, perdiendo paulatinamente el temor, al ver que allí dentro no sé ocultaba nada extraño ni amenazador. Se dispersaron por la que fuese única estancia de la vivienda, en busca de algo que pudiera estar sepultado por la densa capa de arena rojiza. No esperaban tener éxito en tal empeño, pero tampoco querían darse por vencidos sin apurar todos los procedimientos.</p> <p>~¡Eh, mirad! —exclamó la voz joven y firme de Alan Strodell, desde un rincón de la casa—, Al fin hemos encontrado algo Dyan y yo...</p> <p>—¿Qué? —Forsythe se volvió vivamente con gesto de sorpresa en su rostro, tras la esférica escafandra espacial—. ¿Qué dice, Strodell?</p> <p>—Mire aquí, señor —habló el joven con entusiasmo, inclinándose simultáneamente él y su seductora esposa, cuyas recias curvas eran apreciables incluso bajo el traje espacial que le ceñía—. Brilla mucho, es algo esférico, de metal... como un huevo de gran tamaño... Vea qué raro...</p> <p>Sus manos se hundían en la arena, y algo centelleó, con tono plateado, entre sus dedos, emergiendo lentamente del lugar donde estaba sepultado, al alzarlo Strodell con entusiasmo. También su mujer le ayudaba en la tarea, pues el objeto parecía pesar mucho, pese a que no era mucho mayor que un huevo de pascua de los que se regalaban en América, allá en su planeta, llegadas esas fechas.</p> <p>—Cuidado! —aulló Forsythe, repentinamente pálido y alarmado—. ¡No haga locuras, Strodell! ¡No toquen eso ninguno de los dos! ¡Suéltenlo, pronto, y apártense! ¿Es que no ven sus detectores de radiación?</p> <p>Con horror, Joyce y los demás advirtieron lo que quería decir el comandante. En el indicador electrónico de Strodell, los números rojos corrían vertiginosamente, hasta alcanzar un límite máximo de radiación. En el traje espacial sonó algo, un sonido vibrante y agudo, como una llamada de alarma.</p> <p>Era la alarma. El aviso de que la saturación radiactiva había logrado sobrepasar incluso las defensas de una indumentaria hermética como aquélla. Strodell, angustiado, soltó el extraño huevo metálico, color aluminio brillante, que se hundió de nuevo en la arena, puesto que Dyan, su mujer, también lo había soltado con igual expresión de horror en su bonito rostro.</p> <p>—¿Qué... qué significa...? —jadeó el rubio joven, mirándose asombrado sus manos, al tiempo que su mujer exhalaba un gemido de dolor y de aprensión, mirándose igualmente ambas manos, muy abiertas.</p> <p>—Alan... —sollozó Dyan Burke—. ¿Por qué... por qué lo hicimos? Mis manos... me duelen... arden... y el fuego me sube por todo el cuerpo... me ahoga...</p> <p>—Cielos... —Strodell, lívido, desorbitaba sus ojos, al advertir en sus manos un brillo metálico, como si algo hubiese impregnado su piel con una sustancia luminosa, fosforescente y extraña. Crispó los dedos, al sentir el mismo fuego que mencionaba ella—. Dyan... Dyan... ¿qué nos ocurre?</p> <p>Forsythe frenó con energía a McDarren, que trataba de correr en ayuda de la joven pareja. Una rara, endurecida expresión tensaba la faz del comandante.</p> <p>—No vaya —ordenó, tajante—. Que nadie se acerque a ellos.</p> <p>—Pero ¿por qué? —tronó McDarren—. ¡Están en apuros, son dos camaradas nuestros, señor! ¡Iré a ayudarles aunque usted me lo prohíba!</p> <p>—Vaya y morirá con ellos —sentenció abruptamente Ben—. ¿No se da cuenta? Ese huevo metálico... es contaminante. Altamente radiactivo. Ese contacto... les ha matado. A los dos. El que se aproxime a ellos o al huevo de metal; es persona muerta en el acto. ¿Lo ven? Bastante doloroso es tener que presenciarlo así, sin poder mover un solo dedo por ellos.</p> <p>Y ante el horror general, la joven pareja se aterró con desesperación, abrazáronse el uno al otro, con un gemido desgarrador, y se miraron patéticos a los ojos. Su rostro tenía ya el mismo brillo metalizado de sus manos.</p> <p>Un segundo después, ambos rodaban sobre la arena roja.</p> <p>Strodell y su esposa habían muerto.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>7</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">-M</style>UERTOS:.. ¡Los dos, Ben!</p> <p>—Si, Joyce, los dos Muertos. No hemos podido evitarlo. Nadie lo hubiese podido hacer ya, una vez se aproximaron al huevo de metal Ni aunque no lo hubiesen tocado tenían ya salvación. El nivel radiactivo es mortal. Muy superior al que mató a los tres compañeros nuestros en el<i> Home III</i>. A ellos, cuando: menos, pudimos tocarlos enterrarles. Á estos no.</p> <p>—¿Ni tocarlos siquiera ¿señor? —se irritó McDarren.</p> <p>—Ni aproximarnos a ellos... Vea cómo brillan. La radiación les invade. Están saturados de ella, y matarían a cualquiera que estuviese cerca. Retírense, por favor. ¿No notan un leve aturdimiento, algo así como somnolencia?</p> <p>—Sí —afirmó Hendrix—. Pero lo atribuí a nuestra fatiga, al esfuerzo de tantas horas de marcha ininterrumpida...</p> <p>—No, no es eso —rechazó Forsythe, retrocediendo lentamente y llevando de una mano a Joyce consigo—. Vamos de aquí. Salgamos de esta choza y de esta zona, o terminaremos sufriendo los efectos de esa extraña radiación. Si sigue progresando, si soportamos un largo tiempo su acción, incluso podemos morir estando así, distantes de los infortunados Strodell y Dyan...</p> <p>—Pobres muchachos —suspiró amargamente Use Schneider—. Y yo que le acusé a él de ser el culpable de todo lo que nos ocurre...</p> <p>—Tal vez lo fuese, señora, pero eso nunca lo sabremos quizás —replicó Ben con tono seco—. A menos que terminemos por saber quién fue el autor del sabotaje a bordo, y por qué lo hizo.</p> <p>—¿Llegaremos a saberlo alguna vez? —dudó Hendrix con voz amarga y triste—. Creo que todos moriremos estúpidamente antes de llegar a conclusión alguna, señor. Este es un viaje sin regreso. Un viaje que termina en la Muerte, queramos o no. Ya lo ha visto. De doce personas... sólo quedamos ya cinco. Y éste no será el final, estoy bien seguro.</p> <p>—No sea agorero, profesor —se irritó Forsythe—. Ocurra lo que ocurra, mientras uno solo de nosotros quede vivo, tiene que intentar salir de este lugar horrible, llegar a alguna parte realmente digna de seguir viviendo, aunque sea a millones de millas de la Tierra, del Sistema Solar, de nuestra Galaxia o incluso del Universo que conocemos. Ahora sabemos que hay unos objetos metálicos, ovoides, que emiten radiación letal. Recuérdenlo todos, por si encontramos algún otro en el camino.</p> <p>Siguió adelante, sin volver la vista atrás, sin querer mirar los cuerpos inmóviles, unidos en un abrazo final, de Strodell y de aquella hermosa muchacha de grandes senos y prominentes caderas. Era el abrazo final, el desesperado afán por morir, cuando menos, unidos. Allí, a gran distancia dé su propio mundo, un hombre y una mujer enlazados por simple mecanismo biológico, utilizados como conejillos de Indias programados por expertos de la NASA, habían deseado, cuando menos, morir muy juntos, ya que sólo se tenían mutuamente el uno al otro en tan decisivo y trágico momento.</p> <p>En silencio, le siguieron los demás, tras largas y penosas miradas a los jóvenes cuerpos vencidos por la muerte radiactiva. Sabían que no se podía hacer otra cosa por ellos. Era preciso abandonarles así, sin siquiera un entierro, sin una palada de tierra sobre sus cadáveres. Aproximarse, tocarles ligeramente, significaría la muerte irremisible, Forsythe había tenido razón. Y aunque dolidos, todos comprendían que su jefe había obrado bien al proteger sus vidas, ya que no llegó a tiempo de evitar el trágico error de los dos jóvenes.</p> <p>—Creo que esta radiación se potencia en cuerpos metálicos —señaló Forsythe, sombrío, sin cesar de andar—. Y cuando es muy elevada, ni siquiera nuestros trajes espaciales pueden impedir su penetración... Algo ha ocurrido en este mundo. Algo que ha liberado una energía, capaz de aniquilar a todo ser humano... y quizás también capaz de mutar a los animales, hasta convertirlos en monstruos gigantescos que hemos visto.</p> <p>—¿Una mutación? —dudó Hendrix—, ¿Cree que es eso lo ocurrido con los insectos, reptiles y gusanos?</p> <p>—Sólo es una suposición, pero si, creo que así es... —fue el comentario hosco y preocupado de Ben Forsythe.</p> <p>El reducido grupo formado ya por sólo cinco supervivientes, estaba otra vez en marcha.</p> <p>¿Hacia dónde?</p> <p>Tai vez, como dijera poco antes el profesor Hendrix, hacia la muerte...</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">El calor debía de resultar intolerable, más allá de la superficie hermética de sus trajes espaciales. Se advertía en el indicador térmico de detección de la atmósfera en que se movían, y evidentemente éste era el mediodía en el mundo donde se hallaban. La temperatura alcanzaba ahora los setenta y dos grados centígrados sobre cero. De no ser por sus indumentarias capaces de aislarles totalmente de cualquier inclemencia climatológica, hubiesen perecido asfixiados por la elevadísima temperatura.</p> <p>Los alimentos y cápsulas hidratantes tampoco sufrían trastornos por-ese elevado calor, ya que sus recipientes metálicos poseían una triple capa de fibras sintéticas inalterables al frío, al calor o la humedad, que preservaban los alimentos de toda acción exterior.</p> <p>Sin embargo, les esperaba una mala nueva cuando se dispusieron a comer algo, acampados los cinco supervivientes en un punto del desierto, junto a una elevación suave del terreno que, en cierto modo, les protegía del viento, cada vez más intenso.</p> <p>—Cuidado —avisó Hendrix, al tomar uno de los planos envases de alimentos superconcentrados —, Ese metal...</p> <p>Forsythe, con sobresalto, advirtió lo que el profesor quería dar a entender. Su indicador electrónico de radiación estaba funcionando deprisa. El metal que envolvía los alimentos estaba dando un índice superior de radiactividad.</p> <p>—Maldita sea... —jadeó—. Esta caja debía de estar cerca de Strodell y Dyan, cuando ellos murieron. Ha recibido radiaciones...</p> <p>—¿Habrán afectado a los alimentos, Ben? —interrogó Joyce, alarmada.</p> <p>—Es muy posible, sí. De cualquier modo, no debemos correr el riesgo. Renunciaremos a tomar cosa alguna de este recipiente.</p> <p>—Pero... ¡pero son muchas raciones de reserva, tanto de comidas concentradas como de cápsulas de agua y sal! —protestó vivamente McDarren—. Puede significarnos la diferencia entre la vida y la muerte. Una sola caja de alimentos no nos durará ni una semana. Y ni siquiera sabemos si encontraremos aquí algo comestible, señor...</p> <p>—¿Qué quiere, McDarren? —se volvió Forsythe hacia él, colérico—. ¿Que la muerte nos llegue ahora, al ingerir alimentos contaminados? Esto se enterrará en la arena ahora mismo, y nos alejaremos de la zona donde hemos ocultado la caja metálica. No se discuta más.</p> <p>Y personalmente empezó a abrir una zanja en la arena, con ambas manos, hasta tener hueco suficiente para ocultar en él la caja. Luego, la cubrió por completo alisando la superficie. El viento se encargaría del resto, sepultando paulatinamente en arena roja aquella caja radiactiva.</p> <p>Asistieron todos en silencio a su acción. Ilse y Joyce, las dos mujeres supervivientes, no hicieron gesto alguno, limitándose a contemplar lo que él hacía. Hendrix y McDarren, por su parte, cambiaron una mirada de desesperanza. La situación empezaba a hacerse insostenible. Si perdían por cualquier circunstancia la segunda caja de alimentos, todo habría terminado para ellos. Sería una muerte lenta, por inanición y deshidratación, perdidos en un mundo que parecía totalmente desértico. Por fortuna, el contenido de la segunda caja no sufría deterioro alguno, y pudieron comer en silencio los alimentos superconcentrados, uniéndolos a la necesaria dosis diaria de cápsulas de agua y de sal, imprescindibles para la supervivencia física.</p> <p>Algo de radiactividad quedaba aún en sus propias ropas, pero Forsythe descubrió con alivio que sólo afectaba a la parte externa de sus prendas espaciales, así como a los objetos metálicos de su equipo técnico incorporado a la indumentaria.</p> <p>—Descansemos un par de horas cuando menos —recomendó a sus compañeros—. No podemos arriesgarnos a caer agotados. Esta noche espero que podamos descansar, si no volvemos a tropezamos con un hormiguero o con une de esos malditos monstruos.</p> <p>—Duerman ustedes —rogó Hendrix—. Yo velaré estas dos horas. Les llamaré puntualmente, amigos.</p> <p>—En ese caso, podemos descansar cuatro horas aquí —resolvió Forsythe tras una breve meditación—. Las dos restantes las velaré yo, profesor.</p> <p>—De acuerdo, comandante.</p> <p>Se tendió en la arena, junto a Joyce, al abrigo de la loma arenosa. No lejos de su compañera lo hizo Use Schneider. Lester Hendrix se puso a pasear en torno a ellos, pistola en mano, montando su guardia.</p> <p>Sobre ellos, al otro lado del denso palio de nubarrones que impedía la llegada directa de aquel sol de fuego, y envolvía al planeta en esa luminosidad difusa, brumosa y fantasmal, el disco solar de aquel mundo seguía dando un resplandor que producía aquella temperatura elevadísima, agotadora para quien no hubiese tenido protegido su cuerpo con una indumentaria hermética. Pero aun así, Forsythe notaba que el calor, la fatiga y la falta de sueño, iban haciendo mella en su resistencia física.</p> <p>Por ello, en tiempo mucho más breve del que pudo imaginar, se quedó dormido. Profundamente dormido, Joyce le siguió sin pérdida de tiempo. McDarren ya dormía. Y por fin, Ilse Schneider, cerró sus ojos, vencida por la fatiga. Hendrix quedó en pie, paseando en torno suyo incansable al parecer, pese a su edad y a su sufrimiento tras la muerte de Lena Dibbs, su compañera.</p> <p>Cuando Forsythe abrió los ojos, parecía haber pasado mucho tiempo. Mucho más de las dos horas previstas para el descanso. Miró a Joyce y a Ilse. Ambas seguían profundamente dormidas, igual que McDarren. Una ojeada al cielo le reveló que, sorprendentemente, la noche violácea, extraña y hostil, se les había echado encima con mucha rapidez.</p> <p>Buscó con la mirada a Hendrix. No le vio por parte alguna.</p> <p>Sobresaltado, se incorporó. Miró en torno, buscando algún rastro del profesor de Física. Nada. El desierto, azotado por el poderoso viento, se mostraba carente de todo signo de vida. Hendrix había desaparecido sin dejar rastro.</p> <p>Pensó inmediatamente en otro desastre. Tal vez ni tiempo tuvo de gritar, de pedir ayuda. Algún monstruoso ser, surgido de las entrañas del planeta, le atacó y engulló, llevándosele consigo para siempre. Tenía que haber sido algo así.</p> <p>De repente, Forsythe se dio cuenta de algo más. Algo realmente escalofriante y aterrador. .</p> <p>La única caja de alimentos también había desaparecido.</p> <p>La idea se abrió paso en su mente con centelleante rapidez. Fue como una llamarada de súbito entendimiento, venciendo a su propia incredulidad.</p> <p>¡Hendrix había huido con los alimentos de todos ellos!</p> <p>Estaban solos, sin víveres, condenados a una muerte cierta. Y era Lester Hendrix quien les había condenado a ello irremisiblemente...</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">La angustia, el terror, asomaba al rostro de ambas mujeres.</p> <p>Se miraron sin poder creer lo que oían. La expresión demudada de Forsythe les daba a entender claramente que aquello no era una broma, ni mucho menos.</p> <p>—Dios mío... —Joyce se estremeció, entornando los ojos—. Perdidos, solos... y sin provisiones.</p> <p>—Moriremos, comandante... —gimió Ilse Schneider.</p> <p>—Aún estamos vivos. Pero la situación es desesperada, sí.</p> <p>—¡Hendrix! —el nombre escapó de labios de McDarren, con colérica entonación—. El apacible profesor, el hombre que sufrió tanto al morir su esposa... ¡Hendrix tuvo que ser el que nos condenara a esto, maldito sea!</p> <p>—Ya no hay duda, Ben —musitó Joyce—. Tuvo que ser él quien... quien causara a bordo la avería que nos lanzó a este horror.</p> <p>—Sí, seguramente —admitió Forsythe ceñudo—. Pero ¿por qué?</p> <p>—Sólo caben dos explicaciones a su pregunta, señor —McDarren paseaba furioso por el paraje desolado—. O está loco... o le pagaba alguien para el fracaso de la misión espacial. Y las cosas se fueron de sus manos, provocando el desastre. Y ahora, de nuevo, nos condena a un final espantoso, para disponer él de alimentos para más tiempo...</p> <p>Siguió un profundo silencio. Todos parecían hundidos, anonadados por la magnitud del nuevo desastre. Pero Forsythe era un hombre tan duro como práctico. Apenas un par de minutos más tarde, había tomado su decisión.</p> <p>—Bien, amigos. Lamentándonos aquí no adelantamos nada en absoluto, salvo precisamente nuestra agonía. Hendrix se ha ido, y no podemos saber hacia dónde, puesto que el viento borrará sus huellas fácilmente, como ya hemos podido advertir. Pero es posible que él intente seguir hacia el norte, puesto que sabe bien que lo que dejamos atrás no significa más que amenaza y peligros. De modo que sigamos hacia el norte, sin desviarnos de la ruta.</p> <p>—Tal vez ni así lo encontremos —se quejó McDarren— . Este desierto es inmenso, señor.</p> <p>—Aun así, debemos seguir. Es nuestra única posibilidad. Si no damos con él, tal vez encontremos alimentos.</p> <p>—¿Dónde?</p> <p>—No lo sé. Pero aquí, ciertamente, no. Yo sigo dando las órdenes. Pero si lo prefieren, procedamos por votación.</p> <p>—No hace falta —cortó McDarren—. Yo acepto sus órdenes, señor, hasta el fin. Supongo que su esposa estará de su lado, de modo que sólo queda la opinión de la señora Schneider. Ni siquiera por votación se puede discutir lo que usted ordena.</p> <p>—Yo, ciertamente, no pienso objetar nada tampoco, ni lo hubiera hecho aun en una votación —suspiró Use Schneider—. Estamos con usted siempre, comandante.</p> <p>—Gracias a todos —les miró serenamente—. En marcha. No se puede desfallecer. Es lo último que podemos permitirnos en estas circunstancias. Que Dios nos ayude y demos pronto con algo, aunque sólo sea una esperanza...</p> <p>Echaron a andar resueltamente, rumbo al norte en todo momento.</p> <p>No parecía que la ayuda divina les fuese propicia. Ni que hubiera esperanzas en lugar alguno de aquel mundo desolado.</p> <p>Empezaron a comprenderlo así cuando amaneció, tras otra noche interminable de andar, andar y andar.</p> <p>Seguían rodeados de desierto. Sin rastro de Hendrix ni de la caja de víveres. Y, lo que era peor, sin rastro de lugar habitado alguno, de vegetación o de alimento alguno que saciara el hambre, la sed y el Cansancio .que empezaban a apoderarse de ellos y que, forzosamente, aumentaría con la fuerte influencia del calor sobre su organismo.</p> <p>—No puedo más... —sollozó Joyce, cayendo de rodillas en la arena, extenuada.</p> <p>—Vamos, vamos, querida, eso no. Es lo último que podemos hacer. Si nos dejamos caer aquí, habremos perdido todo. Absolutamente todo...</p> <p>—Es que no puedo —se quejó ella—. Seguid sin mí. Sois más fuertes...</p> <p>—No —negó Forsythe rotundo—. Vendrás conmigo hasta el fin, sea éste el que sea, querida.</p> <p>Y la alzó en sus brazos, poderosamente, a pesar de su propio desfallecimiento. Con la joven sostenida en ellos, siguió la marcha. McDarren reflejó admiración en sus ojos fatigados. Use Schneider, tras un momento de desfallecimiento, siguió también la marcha.</p> <p>Varias horas más transcurrieron. Joyce suplicó a Forsythe que la dejará en tierra. Podía andar, tras el tiempo que él la tomara en brazos. Pero empezaba a notar la sed y la falta de alimentos. Algo que les ocurría a todos, inexorablemente.</p> <p>Arriba, el sol Implacable era un destello lejano pero deslumbrante, perdido tras, los nubarrones. La temperatura era mayor que el día anterior, rozando los ochenta grados. Cualquier avería en sus trajes hubiese condenado a quien la sufriera a una muerte rápida por deshidratación y por la acción directa de la propia temperatura ambiente.</p> <p>—¿No descansamos, comandante? —preguntó de pronto McDarren.</p> <p>—Imposible. Detenernos significa no proseguir. No seriamos capaces de reanudar la marcha, una vez en reposo, compréndanlo.</p> <p>—Es que yo tampoco soy capaz de seguir. Y supongo que ellas tampoco...</p> <p>—Ninguno parecemos capaces de dar un paso más. Pero podemos darlo —replicó Ben con energía—. Adelante, McDarren, no puede fallarnos ahora. Nadie debe fallar.</p> <p>Pero falló.</p> <p>Fue Ilse Schneider. Su resistencia había sobrepasado el limite. El calor, la sed, la fatiga, el hambre y la desesperanza, la visión constante de aquel desierto infinito, horizontes desesperantemente iguales, debió de influir poderosamente sobre su cerebro y su organismo.</p> <p>Por ello falló. Primero fue una larga carcajada. Aguda, hiriente, desgarradora.</p> <p>Se volvieron todos hacia ella, impresionados. Con ojos desorbitados, Ilse reía y reía, dando traspiés en la arena. Forsythe fue hacia ella, dispuesto a reducirla y dominar aquella crisis histérica.</p> <p>—Ilse, por favor —pidió—. Serénese y...</p> <p>—¡No! —rugió ella, tomando rápida su pistota y apuntando al comandante—. ¡No se acerque a mí, Ben Forsythe... o disparo!</p> <p>Ben se paró en seco, midiendo con ojos fríos y sorprendidos a la mujer de platinado cabello, la que perdiera un esposo en la Tierra y otro en el espacio. Si su demencia momentánea la llevaba a disparar, estaba perdido.. El simple desgarro del tejido significaba la muerte. Pero aquellas balas explosivas podían destrozarle en un momento. Trató de contemporizar, ante la mirada atónita y alarmada de McDarren y Joyce.</p> <p>—Señora Schneider, sea razonable pidió, sin moverse—. No ganará nada así. Todos estamos tan desesperados como usted, pero esto no conduce a nada. Hágame caso y...</p> <p>—¡Hacerle caso! —ella soltó otra carcajada, despectiva y ronca—. ¡Todos le hicimos caso, y mire a lo que nos condujo su autoridad, Ben Forsythe! ¡Han ido muriendo todos! ¡Todos! ¡Y moriremos los demás! No, no pueden culparme a mí de esto. Yo sólo hice lo que tenia que hacer. Yo no maté a nadie...</p> <p>—¿Eh? ¿Qué dice usted? —la voz de Ben sonó tensa.</p> <p>—Averiar un mecanismo para obligar a la nave a volver a la Tierra, no significa matar a los demás, señor Forsythe, Cierto que maté a mi marido en la Tierra, pero ése es otro asunto. Me había abandonado, le odiaba... Lo de la nave era diferente. Muy diferente. Ese tipo, Joe Kebee, gordo, fofo, calvo, sudoroso... ¡me daba asco! No, no iba a convivir con él, a procrear porque la NASA lo ordenase. Por eso averié los controles, esperando regresar pronto. La NASA fue culpable hace años de la muerte de mi hijo. Apenas un muchacho, se hizo astronauta, le enviaron a una misión demasiado peligrosa para él, a Venus... y nunca volvió. ¡Juré que me tomarla cumplida venganza en cualquiera de sus más ambiciosos proyectos!</p> <p>—Usted... —silabeó McDarren, furioso—. Fue usted, Use Schneider... ¡Usted, que acusó a Strodell, que acusó a todos, era la culpable, la saboteadora, la que nos condujo á esto y provocó tantas muertes, tanto desastre! Maldita sea, cien veces maldita... Usted túvo la culpa de que Stella muriera tan horriblemente, al conducirnos a este horror...</p> <p>—¡No se acerque! —rugió Ilse, al ver que McDarren daba unos pasos resueltos hacia ella, sin importarle la expresión desvariada de sus alucinados ojos—. ¡Le mataré sin vacilar, McDarren!</p> <p>—Obedezca, Rick —avisó Forsythe, sereno—. Ella no es sólo una mujer vengativa y cruel, sino que tiene espíritu de asesina... y además está enloquecida por la sed, el hambre y la desesperanza. Es peligrosa, muy peligrosa. No se aproxime más a ella... ¡No, no lo haga!</p> <p>Pero McDarren no le hizo caso. Se precipitó, furioso, crispado, sobre Ilse Schneider. Sus manos poderosas aferraron el cuello de la mujer sobre su indumentaria y la escafandra rugiendo de ira. Ilsé no vaciló. Disparó a quemarropa.</p> <p>La bala explosiva, a aquella distancia, era mortal de necesidad. No sólo eso, sino que reventó dentro del traje espacial, provocando desgarros atroces en el estómago y abdomen de McDarren, pulverizando toda la parte delantera del atavío hermético, en medio de un raudal de sangre.</p> <p>Joyce chilló, acurrucándose contra Ben llena de horror. Ilse Schneider acababa de asesinar a Rick McDarren. Pero éste, aun en la muerte, arrastró consigo a la saboteadora del<i> Home III</i>.</p> <p>Sus manos habían desgarrado brutalmente el traje espacial y reventado la escafandra, tal fue su fuerza en el momento supremo, llevado de su desesperación y afán de revancha. Más de ochenta grados de calor haciendo impacto en la mujer que se debatía entre las manos férreas de McDarren., la asfixiaban. Tal vez hubiese sobrevivido, sufriendo una larga agonía, pero la presión de los dedos frenéticos de él? crispados en un último esfuerzo sobre sus ropas y garganta, unido a la acción del aplastante calor de aquel planeta de días ardientes y noches gélidas, fueron suficientes para que la asfixia se presentara súbitamente. Cayó de rodillas, junto con su víctima, exhalando jadeos de agonía. Soltó el arma, que Ben recuperó con rapidez, pero ya no hacia falta enfrentarse a la culpable de todo aquello.</p> <p>Estaba muerta junto a su víctima.</p> <p>Ya sólo quedaban ellos dos. Sólo ellos...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>8</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">-D</style>IOS mío, Ben... Es el fin.</p> <p>—El fin ha llegado para ellos. Nosotros aún Vivimos, Joyce.</p> <p>—Sólo nosotros, Ben...</p> <p>—Tal vez Hendrix, en algún lugar de este maldito desierto. Ya ves: doce personas comenzamos esta aventura. Sólo dos, tres a lo sumo, continuamos con vida. No se puede decir que haya sido un éxito, Joyce.</p> <p>—Ben, ¿aún tienes ánimos para bromear?</p> <p>—Es preciso tener ánimos para todo. Sigo pensando que hay una esperanza mientras las fuerzas le duren a uno. Todavía podemos andar...</p> <p>—Andar... —estremecida, miró a los dos cadáveres, unidos en el abrazo de la muerte—. ¿Ahora, después de... de esto?</p> <p>—Justamente ahora... o nunca. Si nos quedamos, estaremos tan muertos como ellos. Adelante, Joyce. Hay que hacerlo. Hasta caer agotados totalmente. Hasta el último momento se tiene que luchar. Sólo quedamos nosotros. Tenemos que intentarlo.</p> <p>—¿Para qué, Ben? ¿No es mejor ceder, tenderse aquí, mirarnos a los ojos, despojarnos de nuestras ropas, unir nuestros cuerpos en un contacto final... y morir luego?</p> <p>—Tal vez fuese más dulce. Pero no más valeroso. Hay que luchar, no darse por vencido.</p> <p>—¿Tú jamás te sentiste vencido por nada?</p> <p>—Nunca —sostuvo Ben, férreo en su energía incansable—. Adelante, joyce.</p> <p>La tomó de una mano con decisión. Echó a andar. Y ella tras él, tambaleante.</p> <p>Los cadáveres quedaron atrás. La joven pareja superviviente proseguía su marcha infatigablemente, sin ceder un ápice en su lucha contra la muerte.</p> <p>Siguieron algunas horas de fatigosa marcha. No muchas. Joyce estaba alcanzando ya su límite. Cayó de rodillas dos, tres veces. Logró incorporarse de nuevo, seguir caminando para volver a caer. Y en una de esas ocasiones, ya no se levantó.</p> <p>Forsythe la miró, con expresión patética. Pero sus grises ojos brillaban firmes, lúcidos todavía.</p> <p>—Ya... no —sollozó la joven—. Sigue tú... y que Dios te ayude, Ben. Deseo... dormir... morir...</p> <p>—Todavía no —sostuvo Forsythe, inclinándose. La tomó en sus brazos. Cargó con ella, pese a que se resistía débilmente a ello—. Sigamos, Joyce...</p> <p>—Ben, no —suplicó la muchacha—. Sólo lograrás agotarte tú, caer pronto para no levantarte...</p> <p>—Entonces, caeremos los dos. Pero no uno solo. Vamos a vivir o a morir juntos, Joyce. Está decidido. Mi vida no seria nada sin la tuya, ¿entiendes?</p> <p>—Ben, mi vida...</p> <p>Apoyó su cabeza envuelta en la escafandra contra el pecho de Ben Forsythe. La joven pareja siguió adelante. Los pasos de él eran vacilantes, como los de un ebrio. Sus botas se hundían en la arena. Todo empezaba a darle vueltas. Las fuerzas le flaqueaban. La sed, el cansancio, el hambre y la fe cada vez más escasa, iban minando su fortaleza increíble.</p> <p>Aun así siguió la marcha. Estaba empezando a declinar el día. Uno más. Ben se preguntó, si llegarían a sobrevivir esa noche. Si era así, morirían al día siguiente y la aventura habría terminado de modo definitivo.</p> <p>—Allí... —de pronto, los ojos turbios de Ben se clavaron en la distancia, en algo que emergía del paisaje—. Allí hay... algo.</p> <p>Joyce medio desvanecida, tendida sobre los brazos poderosos de Ben, miró en esa dirección. Advirtió algo, tal vez un poste o cosa parecida. Unaa forma vertical que emergía de la arena.</p> <p>—Tal vez sea... otro hombre momificado —señaló.</p> <p>—Tal vez —Forsythe— se movió pesadamente en ésa dirección—. Sea lo que sea, veremos si llegamos a ello... No creo que pasemos ya de... de allí..</p> <p>Está vez, fue Ben quien tropezó y cayó, arrastrando a la joven en su caída, a no más de ciento cincuenta yardas del objeto vertical que emergía de te arena, con algo prendido en su cúspide.</p> <p>—Oh, no, no... —jadeó, revolcándose en la arena—. Ahora no... Todavía no, Señor...</p> <p>Logró ponerse en pie, con un esfuerzo sobrehumano, titánico. E incluso cargó con Joyce de nuevo, pese a las protestas de ella. Echó a andar. Tuvo fuerzas para llegar al poste, para detenerse ante él.</p> <p>No. Esta vez no había un cadáver momificado prendido al mismo. El poste era metálico. Sostenía una tabla cruzada, con una flecha indicadora formando la punta de uno de sus extremos. Ben descubrió al pie del poste un cadáver. Y una caja plana, metálica y brillante.</p> <p>Ya habían encontrado a Hendrix. Y la caja de las provisiones. Una mueca sardónica, extraña e indefinible, crispaba el rostro del profesor, muerto al pie del nos te con sus ropas espaciales todavía envolviéndole.</p> <p>Los víveres estaban en perfectas condiciones. Forsythe se preguntó qué podría ser lo que le había matado.</p> <p>Lo descubrió al dar vuelta al poste para ver lo que había en aquella tabla horizontal. Sus ojos se dilataron, estupefactos, incrédulos, en el paroxismo del horror.</p> <p>—Oh, no... —jadeó—. No... ESO, no...</p> <p>Retrocedió aterrado, tambaleante. Ahora comprendía lo que mató a Hendrix. Su corazón no había estado preparado para resistir un impacto así. Y la impresión le provocó el colapso, al que contribuiría sin duda la soledad, el clima que le rodeaba, todo en suma...</p> <p>Los ojos alucinados de Ben Forsythe se clavaban en aquella tabla increíble, clavada al poste de hierro, en medio del desierto rojo, batido por el viento cósmico que no venía de ninguna parte...</p> <p>Era un simple indicador de caminos. Con letras que él comprendía muy bien. Con un texto claro, concreto...</p> <p></p> <i><p>A LAS VEGAS, DOS MILLAS</p> <p>(ESTADO DE NEVADA, USA)</p> </i> <p></p> <p>Sólo eso...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>EPILOGO</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">A</style>QUELLO era.</p> <p>Aquello<i> había sido</i> Las Vegas.</p> <p>Los ojos de Ben y de Joyce siguieron los viejos rótulos medio abatidos por el abandono, la acción del viento y de la arena...</p> <p>El Sands, el Desert Inn, el Caesar's, el Golden Nugget... Todos los casinos, hoteles, restaurantes y lugares de recreo. Todos los sitios popularizados por el turismo... intactos. Pero sin vida.</p> <p>Sin nadie en las calles polvorientas, batidas por el viento, llenas de arena. Los muros se iban derruyendo, las letras gigantescas de los antiguos luminosos se iban desprendiendo. No había luces, ni sonidos. Las máquinas tragaperras eran chatarra oxidada, cubierta de arena.</p> <p>Ben y Joyce, cogidos de la mano, recorrían la calle principal, entre tiendas, locales y anuncios seductores. Pero eso ya nada significaba. Absolutamente nada...</p> <p>El viento azotó una de las aceras. Algo escapó de entre los cubos de desperdicios medio sepultados en la arena. Un trozo de viejo papel amarillento flotó, hasta pegarse a una pierna de Ben Forsythe.</p> <p>El se inclinó. Tomó aquel fragmento impreso. Era un trozo de viejo periódico. Muy viejo.</p> <p>Leyó unos titulares, mientras Joyce se acurrucaba a su lado, para leerlos también medio interesada, medio llena de horror.</p> <p>Leyeron:</p> <p></p> <p>LA URSS ADVIERTE. SI USA UTILIZA EN ESTA GUERRA-LA BOMBA DÉ NEUTRONES, ELLOS LANZARAN UN ARMA SIMILAR SOBRE LOS ESTADOS UNIDOS. UN CIENTIFICO SOVIETICO ADVIERTE SOBRE EL PELIGRO DE QUE SU ARMA SECRETA, CASO DE SER UTILIZADA, PROVOQUE UNA ALTERACION GENETICA IRREPARABLE Y TRAGICA, QUE VUELVA A LOS ESCASOS SUPERVIVIENTES DE ESA GUERRA NUCLEAR A LA CONDICION DE SERES PRIMITIVOS, HASTA SU TOTAL EXTINCION. RUMORES NO CONFIRMADOS HABLAN DE MISTERIOSOS HUEVOS METALICOS QUE, LANZADOS EN GRAN CANTIDAD SOBRE CUALQUIER PAIS, CAUSARIAN UNA IRREPARABLE DESTRUCCION DEL MEDIO AMBIENTE, CONVIRTÍENDO ESTE EN LETAL PARA EL SER HUMANO.</p> <p>TODO DEPENDERA DE LAS PROXIMAS HORAS, PERO CONFIAMOS EN QUE...</p> <p></p> <p>El desgarro terminaba allí. No había más texto. Los ojos alucinados de Ben, contemplaron la fecha del diario que tenía entre sus manos:</p> <p>Agosto de 1999...</p> <p>—Dios mío...-susurró Joyce, apretándose a él.</p> <p>Y ambos se miraron con silencioso horror.</p> <p>Ahora, todo tenía sentido. El huevo metálico de la muerte, la desolación total, las mutaciones... E incluso una raza primaria, superviviente de la brillante sociedad tecnológica del Siglo XX, una raza arcaica, lanzada de nuevo a la desolación de los desiertos y campos contaminados. Gentes que clavaban a un hombre en una estaca hasta morir. Luego, el sol y la sequedad ambiente hacían el resto, momificándolo...</p> <p>Habían vuelto. Estaban en su mundo, en la Tierra.</p> <p>Sólo que ya nada era igual. El salto en el Tiempo y en el Espacio, les había devuelto al punto de origen, pero acaso cien o doscientos años más tarde de la fecha en que la abandonaron. O tal vez mil años después, ¿qué importaba ya eso?</p> <p>¿Qué importaba ya nada, si cuando terminasen aquella caja de provisiones, todo se habría terminado también para ellos?</p> <p>Se miraron, se contemplaron largamente el uno al otro. Súbitamente, Ben arranco de su cabeza la escafandra. Ella también. Se miraron ya sin pantallas plásticas por medio. Se aproximaron. Al fin, sus labios se unieron, en un largo beso, sus lenguas se entrelazaron, apasionada,...</p> <p>Si habían de morir, morirían amándose, siendo uno del otro, conviviendo felices aquellos días o semanas que quedaban por delante,</p> <p>Era lo único que tenían ahora, y no querían perderlo.</p> <h2>* * *</h2> <p></p> <p style="text-indent:0em;">El Superior Cinco se volvió al Superior Once.</p> <p>—El experimento ha terminado —dijo.</p> <p>—Sí, ya lo veo —suspiró el Superior Once, apartando su mirada de la pantalla flotante donde se veía aquel paraje terrícola, con una pareja abrazada en una vieja calle vacía y ruinosa.</p> <p>—¿Qué hacemos ahora?</p> <p>—No sé. Supongo que merecen una oportunidad, aunque no debemos nunca intervenir en asuntos humanos.</p> <p>—Pienso lo mismo. No es justó que agonicen lentamente ahí, esperando morir. Son jóvenes y fuertes. Han demostrado tener fe, voluntad, energía. Y se aman.</p> <p>—Los humanos son extraños.</p> <p>—Muy extraños —asintió Superior Cinco, sin apartar su mirada de la imagen proyectada a distancia—. Pero algunos son mejores de lo que imaginaba.</p> <p>—No todos son buenos o malos. Ocurre en todas las especies del Universo.</p> <p>—Creo que si ahora se quedan dormidos, será el momento adecuado.</p> <p>—¿Qué harás? —se interesó curiosamente el Superior Once.-Trasladarlos a otro planeta donde la vida les resulte agradable. Conozco uno en la Galaxia M500. El planeta Mil Cuatrocientos Cuatro de los que tienen oxigeno, agua, vegetación... y vida animal. Allí pueden empezar los cimientos de otra sociedad que no sea tan loca como la que ellos representan.</p> <p>—Tal vez eso les trastorne. Verse ahí ahora, y luego en otro lugar...</p> <p>—Por eso lo haré mientras duermen —rió Superior Cinco maliciosamente— Creerán que todo fue soñado. O parte de ello. Les dejaré al borde de una selva, donde termina un desierto de arena roja. Pensarán que cayeron extenuados e imaginaron lo de su planeta. Nunca sabrán a ciencia cierta que volvieron a su mundo...</p> <p>Y Superior Cinco dio a un conmutador. De la imagen, donde ahora dormitaban, agotados los jóvenes terrestres, desaparecieron éstos como por arte de magia.</p> <p>Pero hasta los Superiores cometen errores a veces. Trasladó a Ben, a Joyce y a su caja metálica de alimentos. Sólo que no advirtió que, entre los dedos del deprimido Ben, estaba aún el fragmento dé periódico terrestre de 1999...</p> <p>Cuando, despertaran, estarían en un hermoso planeta, habitable y acogedor, sí.</p> <p>Pero ellos no ignorarían que, realmente, su visita a la Tierra no había sido soñada. Y que la Tierra ya no existía ni existiría jamás, ni para ellos ni para nadie.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>F I N</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><img src="/storefb2/G/C-Garland/El-Mundo-Del-Viento-Cosmico/i2"/></p> <!-- bodyarray --> </div> </div> </section> </main> <footer> <div class="container"> <div class="footer-block"> <div>© <a href="">www.you-books.com</a>. 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