<p>Datos del libro</p></h3> <p></p> <p></p> <p></p> <p>Autor: Garland, Curtis</p> <p>©1972, Bruguera</p> <p>Colección: La Conquista del Espacio, 81</p> <p>ISBN: 9780000000002</p> <p>Generado con: QualityEbook v0.60</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (I)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«C</style>REO que es el fin.</p> <p>Ya lo sospechaba antes de ahora. Las cosas iban mal. Muy mal. Había problemas. Y problemas insolubles. Intenté resolverlos. Fracasé, lo admito.</p> <p>Ahora queda poco por hacer. Muy poco. Si es que aún queda algo que pueda hacerse.</p> <p>Tengo motivos para ser pesimista. Estoy en una zona difícil. Desesperada, diría yo. Hay regiones del Universo habitadas por seres inteligentes. Como yo... Como los míos.</p> <p>Esto es diferente. No he detectado el menor indicio de vida inteligente en los mundos que me rodean. Puede que haya vida vegetal. Incluso vida orgánica, animales de alguna especie. Eso será todo. Criaturas inteligentes, no. Rotundamente, no.</p> <p>Eso quiere decir que estoy perdido. Tendrían que ayudarme los demás, para salir con vida de este apuro. Y no hay nadie que pueda hacerlo. Los demás no existen. No aquí.</p> <p>Debo resignarme... Sólo puedo contar conmigo mismo. Y con mi nave.</p> <p>Cuando grabo estos pensamientos en el diario magnético de a bordo, lo hago con resignación. Acepté esta tarea, y debo cumplirla. Hasta el final, sea cual sea.</p> <p>He llegado lejos. Muy lejos de mi mundo y de mi gente. Estoy en remotos confines del Cosmos. Lugares que nunca visité antes de ahora. Todo esto, para mí, es un completo enigma sideral. La galaxia es amplia; hay numerosos sistemas planetarios. Pero no creo que en ninguno de ellos encuentre lo que busco. Lo que necesito. No, no lo creo.</p> <p>Debo aceptar las cosas como son. Es difícil, cuando uno ha puesto su fe en lograr algo importante, acaso trascendental. Para uno mismo, y para su gente, para sus semejantes, para su mundo y su época. Pero eso formaba parte del riesgo, cuando inicié el viaje. Mi gran viaje...</p> <p>Miro la cabina en que viajo por el espacio. Pienso en muchas cosas que no quiero recordar, que ni siquiera merecen la pena, en realidad. No ahora, estando tan lejos de cuanto me es conocido...</p> <p>Y allá, como fondo inmutable, el negro espacio cósmico. Estrellas, nebulosas, planetas, satélites, lunas, soles, asteroides, meteoritos... Lo eterno. Lo constante. Lo que no varía nunca, vaya uno adonde vaya...</p> <p>Es posible que nadie pueda ya hacer funcionar en el futuro este diario magnético de a bordo, con mis pensamientos grabados en él. Seguramente, ni siquiera hallen mi nave o me encuentren a mí. El espacio es una fosa inmensa y mi nave un ataúd tan diminuto, tan insignificante...</p> <p>Pero aun así, debo seguir informando, relatando mis sensaciones, mis ideas y cuanto me acontece. Es la misión de todo navegante. Si alguna vez, en un remoto futuro, algo o alguien da con mi nave y conmigo, o con que quede de mí, es posible que logren traducir inteligiblemente cuanto aquí grabo yo ahora. Y conozcan, cuando menos, la odisea y muerte de una insignificante criatura del espacio. De un ser inteligente que pretendió conquistar más de lo que nos está permitido por las leyes naturales que rigen nuestro Universo... y se sintió tremendamente pequeño, terriblemente débil..., frente a las fuerzas desatadas de la Creación.</p> <p>Parpadean mis indicadores de situación, velocidad y ruta. Los compruebo ahora. Nada nuevo. Sigo moviéndome al azar. No domino la nave. No logro evitar la atracción de algo, posiblemente de algún cuerpo celeste, sea el que sea...</p> <p>La velocidad crece. Es un peligro. Según la clase de atmósfera con la que friccione, puedo arder, junto con mi nave, convertido en una pavesa, en una luz fugaz, que nadie verá posiblemente. Y aunque la vean..., ¿quién podrá pensar que soy yo quien muere allí, víctima del afán de conquista y de soberbia de una generación empeñada en llegar a los confines mismos del Universo?</p> <p>Seré solamente eso: un chispazo entre estrellas. Una estrella más; fugaz, huidiza, perdiéndose en la eterna negrura.</p> <p>Y luego... nada. Absolutamente nada.</p> <p>Los instrumentos, a bordo, parecen haberse vuelto locos. Algo les ocurre. No sé lo que ello sea. Mis conocimientos técnicos son amplios, pero no entiendo el fenómeno. Es posible que todo haya ido demasiado lejos. Y que aquí, las normas establecidas sean diferentes a las de allí. Y después de todo, ¿qué sé yo de estos mundos, de esos soles y astros, en una galaxia diferente, que nunca vi antes de ahora, ni siquiera desde los poderosos instrumentos escudriñadores del espacio que poseemos en nuestro planeta?</p> <p>Por otro lado, no me siento asustado. Mi estado físico y mental es excelente. Puedo razonar y pensar sin dificultad. Mis funciones fisiológicas son correctas, mi lucidez es absoluta. Y mi organismo responde perfectamente a cuanto le exija.</p> <p>Es la nave... Es lo que me rodea... Es este silencio oscuro y desconocido, son esas luces cósmica», suspendidas de la insondable bóveda celeste.</p> <p>¿Qué ocurre ahí fuera? ¿Qué normas rigen en esta ignota galaxia? ¿Cómo se desenvuelven los mundos? ¿Hay vida en ellos? ¿Qué extraño equilibrio controla aquí la materia y su orden cósmico?</p> <p>¿Por qué hay algo que me atrae, que me absorbe, que me succiona hacia sí, y aún no he logrado verlo ni intuirlo siquiera? Las pantallas detectoras de mi cabina espacial nada revelan. Me muevo en el vacío absoluto. Hay mundos en torno mío, pero están alejados, y su fuerza gravitatoria no me afecta.</p> <p>Es esa otra fuerza la que me preocupa, la que no puedo vencer, la que mi nave pugna por combatir por sus medios automáticos, sin lograrlo.</p> <p>así, indefectiblemente, me muevo hacia alguna parte. Seguramente, hacia el final. Hacia la aniquilación definitiva. De mi nave... y de mí mismo.</p> <p>Por eso yo, Cosmonauta Zay, termino aquí mi informe de esta fecha, esperando que no me sea posible continuar el diario, y darlo así por terminado ahora, cuando avanzo hacia el desastre. Sea éste cuál sea...</p> <p>Cuando estoy convencido de que, inexorablemente, debo morir.</p> <p>Sabré morir como he vivido. Con dignidad. Con entereza. Sin miedo.</p> <p>Sin miedo a nada. Ni a nadie. Con fe, eso sí. Fe en que este sacrificio de hoy servirá para otros. Y para que otros no corran mi misma suerte alguna vez...»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (II)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«E</style>S extraño.</p> <p>Acabo de despertar. Todo sigue igual. La muerte no ha llegado. Nada ha sucedido aún a bordo. Ni a la máquina ni a mí.</p> <p>Trato de comprobar la velocidad, ruta y situación. Todo invariable. La fuerza del campo gravitatorio es la misma. La ruta, idéntica. La situación de la nave, aproximadamente igual.</p> <p>¿Qué está sucediendo?</p> <p>Por el tiempo transcurrido, imaginé que ya estaría pulverizado sobre la superficie de algún mundo extraño. Es más, tengo la rara impresión de haber captado, antes de dormirme, un leve reflejo plateado en los visores de mi nave. Como si un planeta pálido, un mundo luminiscente, pálido, pasara ante mí.</p> <p>Pero ya no lo veo. Ante mí veo luz. Mucha luz. Intensa luz. Y el negro cielo sin atmósfera alguna, el vacío absoluto, me envuelve por completo, como una red invisible de tinieblas.</p> <p>La luz viene de lejos. Algún sol, posiblemente. Un astro radiante, que dé calor a estos ámbitos estelares. Una estrella de fuerte luminosidad.</p> <p>Pero no es esa estrella la que me atrae, sino algo diferente. Un mundo. Un planeta que no logro distinguir aún. ¿Dónde se hallará? ¿Qué clase de mundo será?</p> <p>Voy a intentar reparar el fallo del vigía espacial de mi nave. No gira los suficientes grados como para captar la totalidad del Cosmos a mi alrededor, en todas direcciones.</p> <p>Tal vez lo repare. Tal vez...»</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«Lo logré. Está reparado.</p> <p>Empiezo a escudriñar el cielo alrededor mío. Muevo ya a mi antojo, nuevamente, el vigía automático de a bordo. En la pantalla visora, dentro de mi cabina, descubro imágenes desconocidas, sensaciones y formas nuevas...</p> <p>Allí está el planeta pálido. Plateado, redondo y triste, perdido en la noche cósmica. Es un mundo singularmente abrupto y desolado. No debe tener habitantes de ningún género, Se va quedando atrás. Se aleja. No me atrae.</p> <p>No. Es otro mundo el que me absorbe con su gravedad. Debe ser grande. Muy grande. Ya lo es ese otro mundo plateado. Pero no me sorprendo. Sé que, virtualmente, me hallo en un lugar de titanes.</p> <p>Cuerpos celestes, gigantescas estrellas... Esa que brilla allá lejos debe ser ingente, colosal. Al menos, al lado de mi concepto del volumen de las cosas y los cuerpos. Sé que hay mayores y más gigantescos cuerpos celestes, pero no me dirigí jamás a ellos.</p> <p>Unos pocos grados más el vigía... ¡y ya está!</p> <p>Lo encontré.</p> <p>Ese mundo... Ese planeta... Es el que me atrae.</p> <p>Está allí. Frente a mí. Puedo tardar dos o tres jornadas en caer sobre él. No más. No mucho más. Me estrellaré. Me haré pedazos.</p> <p>Es un raro, hermoso planeta. Muy hermoso, sí. Me fascina su contemplación.</p> <p>Incluso en la pantalla visora, su color es fascinante, luminoso, tranquilizador... Es acaso un mundo amigo, no lo sé. Pero no tendrá ocasión de demostrarme su amistad. Me voy derecho a su atmósfera. Penetraré en ella, me quemaré en súbita combustión... y ahí se terminará todo.</p> <p>La imagen se agranda por momentos. Hago funcionar la computadora, para que recoja todos los datos posibles de este mundo... Me acerco. Me acerco. La velocidad crece...</p> <p>Trabaja la computadora. Me da datos. Sobre ese planeta, sobre su hermoso y extraño color. Un color que yo nunca había visto antes de ahora...</p> <p>Ya tengo los primeros datos. No dejo de observar, fascinado, ese mundo al que voy a precipitarme en breve. Yo, Cosmonauta Zay, acepto con entereza mi des tino. Sólo deseo ya saber... qué planeta es, y cuál es su fantástico, maravilloso color...</p> <p>La computadora trabaja Ese remoto mundo al que por primera vez vislumbro, tiene ya una grandiosidad pasmosa.</p> <p>Y su color. Su bellísimo e ignorado color...</p> <p>La computadora me dice ya cuál es ese color.</p> <p>Ese color, según mi máquina, es... es azul.</p> <p>Y el mundo..., el mundo dice que se llama... se llama... Planeta Tierra.</p> <p>. No. Nunca oí hablar de nada de eso. Nunca.</p> <p>Yo, Cosmonauta Zay, soy un extraño en este lugar.»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>UNO</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">—I</style>NGRID, tengo miedo. —¿Miedo? ¿Tú, miedo? —se asombró Ingrid, sin dar crédito a lo que oía.</p> <p>—Sí, yo. ¿Te sorprende acaso? —Mucho, Christian. Tú nunca tuviste miedo a nada. NI a nadie.</p> <p>—Sigo sin temer a nadie. Es a algo, a lo que temo. —¿A qué, Chris?</p> <p>—A eso —señaló hacia la pequeña cuna—. ¿Te parece</p> <p>poco?</p> <p>—Chris, forma parte de tu trabajo —se acercó, acarició la cabeza sudorosa y febril del pequeño durmiente—. No puedes asustarte por una simple infección...</p> <p>—No sé siquiera si es una infección —cortó él, incisivo.</p> <p>—Pero, Chris, los boletines médicos, los informes de la Organización Mundial de la Salud...</p> <p>Ingrid, tú lo has dicho antes —atajó Chris, abrupto—, Es mi trabajo. Yo entiendo de mi trabajo. Y esto no lo entiendo. Por eso tengo miedo.</p> <p>—¿Pretendes... darme a entender que Nils, nuestro hijo..., está grave?</p> <p>—Muy grave, sí —confirmó él, con voz tajante.</p> <p>—¡Christian! —Ingrid dilató sus grandes ojos claros, con terror repentino—. No puedes estar hablando en serio...</p> <p>—No hagas caso de la televisión. Ni de los boletines médicos. De nadie, Ingrid. Lo cierto es que el doctor Larsen no sabe lo que tiene el niño. Ni lo sé yo. Ni lo sabe la Organización Mundial de la Salud.</p> <p>—Pero eso es ridículo, Chris. En una época en que el cáncer ya no existe, las epidemias desaparecieron, los órganos vitales enfermos se suplen por otros... No hay peligro. Ningún peligro clínico, Christian, y eso tienes que saberlo tú mejor que nadie, siendo un experto en Epidemiología y Detección de Nuevas Dolencias, de la OMS.</p> <p>—Quizá sea cierto que lo sé mejor que nadie, Ingrid —tomó su mano, todavía húmeda por el ardiente sudor del pequeño Nils. La secó cuidadosamente con un pañuelo de celulosa que luego arrojó al fuego tradicional, de leños, que ardía en la modernísima, estilizada chimenea de su hogar ultramoderno. Contempló cómo ardía, mientras musitaba entre dientes—: Procura no tocar al niño, Ingrid. No con las manos. Usa guantes esterilizados. Y mascarilla. Envuélvelo en algo, en una tienda de plástico, por ejemplo...</p> <p>—Pero, ¿por qué todo eso, Chris? —se exasperó ella, muy pálida—. ¡Es mi hijo, es nuestro pequeño..., y tiene solamente dos años de edad! ¿Qué mal hay en que yo le toque? No puedo contagiarle nada. Es él quien está enfermo, no yo.</p> <p>—Lo sé, Ingrid. Por eso, precisamente es él quien puede contagiarte a ti.».</p> <p>—¿El pequeño? —aturdida, boquiabierta, Ingrid fue hacia él, sin dar crédito a lo que oía—. Christian, ¿estás en tus cabales? ¿No has trabajado demasiado últimamente y te fallan los nervios, para decir una tontería así? ¡Un niño contagiando a su madre, a personas mayores... hoy en día, en que la multivacuna previene todas las dolencias posibles en el mundo! ¡Christian, estamos en el 2084, no el siglo xix!</p> <p>—Nos creímos demasiado ese mito de la superioridad humana de nuestra generación, Ingrid —suspiró lenta, cansadamente, Christian Erikson. Paseó por la estancia, sujetando su rubia cabeza entre ambas manos, respirando con fuerza—. Ha sido tal vez un castigo a nuestra soberbia. No, Ingrid. Ni nuestra Medicina es infalible, ni nuestra Cirugía es omnipotente, ni nuestras investigaciones bacteriológicas son perfectas.</p> <p>Algo se nos escapó. No sé lo que ello sea, pero contra los boletines tranquilizadores y rutinarios de los Centros de Medicina y de la OMS, existe una inquietud latente que nos afecta a todos. Ingrid, querida, incluso en este siglo xxi puede existir una nueva epidemia, un virus desconocido por todos. Y de hecho, existe.</p> <p>—Chris... —musitó su esposa, trémula.</p> <p>—Existe, Ingrid. Y es terriblemente contagioso. No respeta edades. Ni sexo, ni condición, ni vacunas previas. Nada de nada.</p> <p>—Pero... Pero no será... —¿Grave?</p> <p>—Eso es —miró, angustiada, hacia el pequeño Nils, dormido en su febril sopor, en la pequeña camita—. ¿Es..., es grave, Chris? —Sí. Muy grave, Ingrid. —Chris... —le temblaron a ella las piernas. —Es... mortal.</p> <p>—¡No! —le escapó el grito negativo, desgarrador—. ¡No, no puede ser...!</p> <p>Se precipitó hacia el niño, desesperadamente, con sus brazos abiertos, para envolverle en ellos, con pasión de madre angustiada.</p> <p>—¡Ingrid, quieta! —rugió él, cruzándose rápido—. ¡Calma! ¡No le toques, por lo que más quieras!</p> <p>La sujetó férreamente. Ella forcejeó, luchó, trató de desasirse de sus brazos nervudos. Pero era inútil... Christian era más fuerte que ella. Y una tremenda resolución hacía brillar sus ojos como carbones.</p> <p>—Christian, por fuerza has tenido que trastornarte, para obrar así... Es Nils, nuestro pequeño Nils, nuestro hijo...</p> <p>—Sé muy bien quién es Nils, y soy el primero en sufrir todo esto en mi propio ser, Ingrid —habló Christian, roncamente—. Por el momento no se puede hacer otra cosa. Hay que hacer de tripas corazón, tener entereza, energía... Ya avisé al más cercano Centro Médico de Control de Urgencia. En menos de diez minutos estará aquí la tienda aislante, todo el equipo aséptico Luego, veremos si tiene cabida en algún hospital.</p> <p>—Pero, Christian, tiene que haber vacantes en cualquier hospital... ¡Hay docenas de ellos vacíos en la ciudad!</p> <p>—Los había, Ingrid, cariño —rectificó él con ternura, acariciando suavemente sus cabellos dorados—. En menos de treinta horas todo se ha ocupado. Hay casos por millares. Todos de igual sintomatología: alta temperatura, sudor copioso, dilatación de pupilas, hinchazón de meninges, pequeñas hemorragias nasales, jadeos y dificultad respiratoria...</p> <p>—Pero morir..., ¿ha muerto alguno, Christian?</p> <p>—Según el último control médico, fallecían a ritmo de doscientos a la hora, Ingrid.</p> <p>—¡Dios mío, no! —sollozó ella, desgarradora.</p> <p>—De todas edades: niños, personas jóvenes de amibos sexos, ancianos... Todos, Ingrid. Se está estudiando cada detalle. Se mantiene oculto todo para evitar el pánico. Pero es ya inminente una declaración oficial por televisión, radio y periódicos. A todo el país. Y luego al resto de la Unión Europea, a los demás países... Yo vine hacia acá para prepararte. Perdona si fui algo rudo. Todos andamos nerviosos, excitados...</p> <p>—Sí, Chris, cariño, perdóname... —miró, patética, al niño en su cuna—. Pero Nils, nuestro pequeño Nils..., no morirá, ¿verdad? El... no morirá...</p> <p>—No lo sé, Ingrid. Vamos a hacer todo cuanto esté en nuestra mano, que no es mucho, ya que ignoramos de qué clase de súbita epidemia se trata. Pero lucharemos. Y si Dios nos ayuda... él se salvará. Eso espero, querida.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>Estaba lloviendo, débilmente, pero con insistencia. Y hacía frío.</p> <p>Eso, en Estocolmo no era demasiado sorprendente en aquella época del año. Pero el clima otoñal, nuboso y triste, no hacía sino aumentar el dramatismo hondo y amargo de aquella situación.</p> <p>El pequeño ataúd fue depositado dentro del incinerador eléctrico. Se ajustó la tapa de entrada. El funcionario se volvió a los presentes, con aire de circunstancias.</p> <p>—Ahora debe esperar su turno —dijo—. Hay muchos cadáveres esperando tumo. Los incineradores no dan abasto para tanto. Pueden volver mañana, a esta hora. Entonces se les entregará la arqueta Con las cenizas, para su depósito en la Necrópolis Moderna.</p> <p>.. Buenos días, señores.</p> <p>—Buenos días —dijo gravemente Christian, rodeando con brazo firme los hombros de su llorosa, estremecida acompañante, cuyos ojos enrojecidos no se separaban, patéticos, del lugar donde fuera introducido el féretro—. Vamos, Ingrid...</p> <p>—Chris... ¡Chris, yo confiaba en que le salvarías! Y ahora reposa ahí. Para siempre, Chris... ¡Perdimos a nuestro hijo, nuestro pequeño Nils...!</p> <p>—Ingrid, se hizo cuanto era humanamente posible. Con todos se intentó igual. Y ya son decenas de millares los muertos, sólo en Suecia. Dicen que también hay ya abundantes casos en Noruega, en Dinamarca, en Finlandia... Hemos perdido a nuestro hijo, y otros perdieron a hijos, padres, hermanos, esposos... No hay excepciones en estas cosas, Ingrid. Nunca las hay...</p> <p>Salieron del patio encristalado, desde donde se veía caer la lluvia y se advertía el frío exterior. La Central Funeraria aparecía rodeada de vehículos, a la espera de ir dando acceso a las víctimas de la epidemia mortífera. Las calles lluviosas eran interminables procesiones de familiares y de féretros...</p> <p>Era una pesadilla atroz. Christian Erikson lo contempló todo, sombrío, mientras introdució a su esposa en el vehículo que esperaba. Se alejaron, silenciosa, tristemente, camino de su hogar nuevamente. De su hogar, ahora vacío...</p> <p>El aerocar flotó, deslizándose sobre las vías urbanas lluviosas, a su altura mínima, situada aproximadamente en el Primer Nivel Urbano. Erikson conducía profundamente pensativo. Con un rictus amargo torciendo su boca, con una luz opaca apenas brillando en el fondo de sus pupilas claras, de hombre nórdico. No; no era el jovial, enérgico y risueño Christian Erikson de siempre. Ni mucho menos. La pérdida de Nils había sido decisiva en su vida. Y en la de Ingrid. La pobre Ingrid...</p> <p>La tomó con una mano, sin dejar con la otra las teclas de control de conducción. El aerocar iba ahora en línea recta, sobre la Avenida Internacional del nuevo! y rectilíneo Estocolmo. Apoyó en su hombro la cabeza rubia de su esposa.</p> <p>—Descansa un poco —musitó—. Y olvida...</p> <p>—No puedo. Nunca olvidaré...</p> <p>—Inténtalo, cuando menos.</p> <p>—Ni siquiera eso, Chris...</p> <p>Permanecieron callados. Christian acarició los cabellos, la frente de su mujer. Transpiraba. Un sudor leve, satinado. Frío. La piel ardía. Repentinamente, se puso rígido. Alzó su cabeza. Ella se quejó al verse violentada</p> <p>—Me haces daño —susurró—. Mi cuello, Chris... De jame reposar así, te lo ruego...</p> <p>Ahora fue él quien sintió un sudor helado en su piel. Pero sin fiebre. Sin otros síntomas.</p> <p>El mal. La enfermedad. La epidemia. La desconocida epidemia mortal...</p> <p>—No, no —jadeó, con voz inaudible incluso para ella—. Ingrid, no...</p> <p>Tomó sus pulsos, disimuladamente. Estudió de soslayo sus ojos, palpó la leve hinchazón en su nuca, tras las orejas. Observó su respiración. Profunda, entrecortada, irregular.</p> <p>Eran los síntomas. Tosió Ingrid. Le dio un pañuelo Volvió a toser. Se sonó. Rápido, Chris se apoderó del pañuelo, lo arrojó a la rendija donde los desperdicios iban a morir en el desintegrador portátil del aerocar. Pero antes, ya había visto suficiente. La cabeza le dio vueltas. Sintió una punzada dolorosa en su pecho. Y le latieron las sienes, con ritmo de remoto tam-tam ancestral.</p> <p>Ingrid. Estaba contaminada.</p> <p>Rápidamente, desvió el aerocar. Enfiló la recta del bulevar Boreal. Hacia el Gran Hospital de las Naciones Unidas, en Estocolmo Norte.</p> <p>Era lo único que podía hacer por ella. Si es que había algo que hacer...</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>Elka levantó los ojos. Miró a su esposo. Tenía una especial congoja que convertía en mirada azul, de pura belleza nórdica, de vikinga rubia y atlética, dentro de su armonía de mujer exuberante y magnífica, en unos ojos tristes y patéticos.</p> <p>—Era mi hermano —dijo, señalando hacia el fonovisor de sobremesa—. Desde Suecia.</p> <p>—Sí, entiendo. ¿Todo bien por allá? —indagó, distraído, Sidney Bantam, con la mirada fija en la pantalla cromática y tridimensional de la televisión, atendiendo a un programa-entretenimiento de la New 21 Century BBC TV.</p> <p>—Todo horrible —musitó Elka—. Mi sobrino Nils ha muerto.</p> <p>—¿Qué? —se volvió él, sorprendido. Y olvidó en el acto la televisión. Fue hacia ella—. ¿Cómo pudo suceder?</p> <p>—No lo saben.</p> <p>—¿No lo saben? —la extrañeza de Sidney iba en aumento.</p> <p>—Una dolencia nueva. Mortal.</p> <p>—Creí que ya no había dolencias nuevas —dijo con cierta amarga ironía su marido, frotándose el mentón.</p> <p>—Son palabras de tu hermano.</p> <p>—Sí, sí, ya sé. Chris lo dijo así. Porque es la opinión oficial de la Organización Mundial de la Salud, desde hace años. Pero hubo un error. Ha surgido otra enfermedad. Y es... epidémica.</p> <p>—¡Epidémica! —silbó entre dientes Sidney—. ¿Y en Suecia? ¿En un clima frío, en un país de alto nivel sanitario?</p> <p>—Es lo extraño, Sid. Temen que se extienda por otros lugares. Ya hay casos en otros países vecinos, en el norte de Europa. Casos aislados aún. Pero va a peor</p> <p>—No tiene sentido. Hoy en día, Elka...»</p> <p>—Hay algo peor; Ingrid, la mujer de Chris... ¡ha caído enferma también. '</p> <p>—¡Cielos, no! —palideció Sidney Bantam, horrorizado.</p> <p>—Está grave. Hospitalizada. La dolencia tiene un período muy agudo de incubación y crisis. Dos días. Es todo lo que dura uno.</p> <p>—Pero habrá casos menos graves, habrá gente que sane, habrá medios sanitarios para aislar ese foco infeccioso...</p> <p>—No hay nada. Todo el que adquiere el mal, fallece. No hay antídotos. Ni drogas eficaces. Ni terapéutica alguna. Se estrellan contra lo que desconocen. Los laboratorios no saben qué decir. Se ignora aún si es un virus, una bacteria, un bacilo... Los hospitales empiezan a llenarse, a sobrepasar su capacidad...</p> <p>—¡Dios mío...! —Sidney Bantam se cubrió el rostro con una mano. Fue hasta el ventanal del gabinete. Miró al exterior. Londres era un ascua de luz en la niebla tenue, como bruma difusa que todo lo emborronase— ¡Dios mío...!</p> <p>Hubo un silencio profundo. Elka empezaba a llorar ahogadamente. Sidney tomó una copa y se sirvió brandy, en sin hielo. Lo apuró de un solo trago. No se sintió mejor, el pero pudo respirar con más fuerza, sin sentir aquella dolorosa sensación de angustia en su pecho, aquellos latidos precipitados de su corazón,</p> <p>—Saldré un momento al jardín —dijo—. Tengo que pensar un poco... Aunque no sé a qué pueda conducir.</p> <p>Echó a andar hacia la salida del gabinete. En ese momento, el programa habitual de distracción de la TV-Co1or-3D, sufrió un brusco cambio.</p> <p>Se interrumpió su curso normal y apareció un presentador. Como fondo, el emblema de las Naciones Unidas... y el de la OMS. La Organización Mundial de la Salud. Habló con tono grave.</p> <p>«—Disculpen la interrupción en el programa. Noticias urgentes, de suma gravedad, nos obligan a ello. Proceden de los países nórdicos de Europa. La Federación de Estados Europeos nos confirman las noticias. Sorprendentemente, en países tan poco dados a sufrir epidemias, y en una época en que creíamos superada toda posible dolencia epidémica, ha surgido una enfermedad nueva, desconocida, de virulencia estremecedora. Oficiosamente, el número de muertos en Suecia se eleva a veintisiete mil, a cinco mil en Dinamarca y mil ochocientos o mil novecientos en Noruega. Se dice que las cifras aumentan sin cesar, la propagación del mal es vertiginosa, su crisis rápida, y no existen medicamentos, vacunas o métodos sanitarios para aislar y detener su extensión masiva. Vamos a darles brevemente sus síntomas, que repetiremos en sucesivos boletines! y luego les notificaremos de las últimas noticias y cifras! llegadas de las agencias informativas de la Gran Unión Europea...»</p> <p>Elka escuchaba, conteniendo difícilmente sus sollozos. Sidney, brusco, salió de la estancia, dando un seco golpe a la puerta corrediza. Se perdió en el jardín, entre neblina, bajo la noche nublada de Londres.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (III)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«E</style>XTRAÑO. Muy extraño todo.</p> <p>Ya estoy aquí. En el Planeta Tierra. Sano y salvo. Sin problemas.</p> <p>Nunca, hasta hoy, tuve un descenso más suave y tranquilo. No sé lo que pudo suceder. Tal vez el peso mío y de mi nave es demasiado insignificante para este gigantesco mundo llamado Tierra. Debe ser eso.</p> <p>Yo, Astronauta Zay, estoy vivo. Vivo, y en un planeta extraño. Colosal, inmenso. Al menos, para mí. Es posible que haya gente en este lugar, infinitamente más alta que yo. Como hay soles ingentes, y como hay mundos pequeños, que son como partículas de polvo estelar, al lado de este lugar que piso hoy.</p> <p>Debo salir de la nave, sin embargo. Y explorar. Ver lo que sucede. Saber dónde estoy, cómo es lo que me rodea, y si esto está realmente habitado por algún ser inteligente. O al menos por animales. O plantas.</p> <p>Sí. Plantas debe haber aquí. Ese color nuevo, el..., el azul dijo mi computadora, significa un nuevo elemento que yo desconocía: agua. Y según la Memoria Cientí fica de mi computadora, donde hay el elemento IIamado «agua» hay vida orgánica. Plantas, y cosas así. Criaturas que flotan en el líquido azul. No recuerdo que nombre les dio la computadora. «Picis» o algo así. Puede que fueran «peces». No sé. No me acuerdo. Ni me importa. No he venido en busca de criaturas metidas en líquido. Yo no puedo sobrevivir, hundido en un líquido. Ni en ese «agua azul» de la Tierra, ni en los dorado pantanos de mi mundo lejano; lejano, y ridículamente pequeño al lado de este planeta grandioso, llamado Tierra. Pero es mi mundo. Y yo lo amo.</p> <p>Aquí, no sé aún lo que encontraré. Acaso esté poblado por terribles monstruos. Por seres de pesadilla! feroces y crueles. O por criaturas apacibles y cordiales por inteligencias superiores O por seres torpes y necios. No sé nada todavía.</p> <p>De cualquier modo, debo adoptar precauciones. No puedo fiarme e ir a la ventura. Si surgen enemigos, me encontrarán dispuesto. Claro que ignoro sus armas, des conozco sus intenciones, no sé cuáles sean sus particularidades físicas y mentales, cuáles sus medios propios de lucha, su ferocidad, su naturaleza en suma Pero en eso estaremos igualados. Ellos tampoco conocerán la mía. No creo que hayan oído hablar de mi remoto planeta pequeño, allá en un Sistema Solar en los confines opuestos del Universo, en esa nebulosa espiral que desde aquí apenas si puede distinguirse, apelando a la graduación visual de superdistancia...</p> <p>¿Tendrán los habitantes de la Tierra, si los hay, ojos como los míos, capaces de adaptarse a toda distancia, capaces de ver a través de las materias opacas, sean cuales fueran, y capaces de destruir aquello que sea dañino?</p> <p>¿Tendrán hipersensibilidad para captar pensamientos, ideas, para transmitir entre sí sin sonido? ¿Tendrán capacidad física para metamorfosearse, para variar de forma, volumen y aspecto para ser, en suma, mutantes?</p> <p>¿Podrán sanar de sus heridas por autocuración? ¿Estarán capacitados para cerrar sus cicatrices en el acto, sólo con desearlo y poner en acción las glándulas médicas?</p> <p>Sé tan poco de «ellos», si es que existen... Espero, cuando menos, que podamos entendernos mutuamente. Que haya amistad, que haya relación mutua... y sobre todo paz. Que no me vean como un invasor, sino como un visitante. Un amigo que les visita. Un ser que viene de otros remotos lugares para conocer cómo es el Universo, cuáles sus mundos habitados, sus sistemas solares...</p> <p>Tengo que salir ya. Está oscuro ahí fuera. Muy oscuro, para la luz que yo estoy habituado a ver. Parece el propio vacío. Sólo veo lejanos reflejos de algo, como chispas perdidas de luz, en una gran extensión. Tampoco sé lo que ello pueda ser.</p> <p>Sí. Voy a salir ya. Espero tener suerte. Es lo único que deseo.</p> <p>Vamos allá...</p> <p>Yo, Zay, Cosmonauta del Planeta Xak, voy a pisar la Tierra. Por vez primera.</p> <p>Se desliza la escotilla de mi astronave. Asoma e| aire terrestre. Su oscuridad. Y yo me muevo. Hacia el exterior...»</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«Yo, Cosmonauta Zay, estoy ya pisando la Tierra...</p> <p>Extraño mundo éste. Todo es nuevo aquí. Diferente a lo que conozco.</p> <p>Piso un suelo verde. Hay poca luz. Debo utilizar la luminosidad de mis propios ojos para ver algo claramente. El suelo está formado de hebras húmedas y verdes. Es suave al pisarlo. Muy suave. Esponjoso y blando. Diablo, y muy húmedo. He pisado algo. Eso que dicen es «agua». No era azul, sino turbia. Mis células autodidactas me traducen mentalmente el fenómeno. Es fangosa. Sucia de tierra. Pero es agua.<i> Barro</i> dicen mis células educativas. Bueno, ya veremos es. Son tantas las novedades...</p> <p>Ah, esto que piso es... hierba. Sí; mis células autodidactas me dan ese nombre. Así las llaman los..., los HOMBRES.</p> <p>¡Hombres!</p> <p>¿Qué son eso? «Hombres»... Nunca oí antes ese nombre. Ya entiendo. Mis células han captado alguna idea, un pensamiento. Hombres. H-o-m-b-r-e. Así, en singuiar. Es... uno de «ellos». Un habitante de la Tierra. Se llama también... humano.</p> <p>Hay gente aquí. Seres vivos. Inteligentes. Hombres. Humanos. Eso es. Fácil. Deben de ser muy simples. Muy diferentes a mí. Capto débilmente pensamientos de alguien, cerca de mí. Pero son difusos. Y confusos también. No emiten fuertes radiaciones mentales los «hombres» o «humanos». Su capacidad mental debe ser corta. Al menos, para lo que yo entiendo.</p> <p>Si es así, para ellos, pese a mi tamaño... seré un..., un superhombre. Sí, ésa sería la palabra adecuada; superhombre.</p> <p>j Yo, superior! Tiene gracia. Poseo un volumen original que será cien veces inferior al de ellos. Eso es evidente. Y sin embargo... soy superior. En mentalidad, en facultades físicas. En todo. O casi todo. Eso nunca se puede decir.</p> <p>Pobre gente... Si los hombres recibieran una invasión de cualquiera de nuestros planetas vecinos, de los monstruosos yakijs o de los astutos waldaks..., ¿qué sería de ellos? Perecería toda la especie terrestre en menos de una fecha...</p> <p>Pero dejemos eso ahora. Pensemos en mí. Y en este lugar que estoy pisando...</p> <p>Eh, allí veo algo... Es un muro. Hay más luz en un hueco. Parece... una vivienda. Sí, debe serlo. Esta gente vive en moradas semejantes a las nuestras. Claro, no tienen esa forma. Ni esos huecos, ni esa luz... No hay luz interior. Allí, todo es luz. El aire mismo...</p> <p>Cielos, ¿no estaré en una ciudad? Sería ridículo. Una ciudad con luces salpicadas... y en la oscuridad. Aquí debe haber noche también. No sé si durará diez lunas como en nuestro mundo. Pero hay noche. Y los muy necios... ¡viven a oscuras en la noche, sin tener sus ciudades, sus caminos, absolutamente todo, siempre iluminado por espejos solares! Es ridículo, infantil... ¿Podrán ser tan rudimentarios los hombres?</p> <p>Empiezo a preocuparme. Voy a sentirme muy desplazado aquí...</p> <p>¡Eh, cuidado...!</p> <p>¡Moriré aplastado!</p> <p>Uf...</p> <p>Casi, casi. Estuve a punto.</p> <p>Esa cosa pasó sobre mí. Me pisó. Su calzado, si se llama c-a-l-z-a-d-o..., se posó encima de mi cuerpo» gigantesco. Increíble. Claro; cien veces mayor que yo. Más alto, más ancho... Un gigante. Y todos son así. Un «hombre»... Ya vi a uno Y casi no veo más...</p> <p>Menos mal que mi cuerpo es elástico y se adapta... Pude quedar entre su tacón y su suela, encogido. Ahora me estiro ya un poco...</p> <p>Cielos, no me sintió. No me vio, no me captó. ¡que débil cerebro poseen, o qué poco desarrollado está! No han hecho evolucionar sus poderes. Tienen mente, no hay duda. Capté ahora sus pensamientos, sí. Traduciré... Mi traductor mental, mis células adaptadoras, me dirán lo que piensa, en mi propia lengua... El no nota nada. Ni me ve, ni me presiente ni me capta. Nada. Estoy seguro... Bueno, mientras no vuelva y me aplaste, cogiéndome por sorpresa...</p> <p>Sí. Ya empiezo a captar sus pensamientos. ¡Qué extraños y complejos pensamientos, cielos...!</p> <p>«Primero Nils... Luego Ingrid... Suecia, Noruega, Dinamarca... ¿Qué otro lugar después? ¿Acaso Inglaterra...? ¿Toda Europa? ¿El mundo entero por fin? Una epidemia mortal, vertiginosa, desconocida... No hay vacunas, no hay medicinas... ¡Dios mío! ¿Qué va a ocurrir? Nosotros mismos... Elka... Yo... ¡Y todos los demás! Hay que pensar en todos, no ser egoístas. Pero Elka .. ¡Amo a Elka, no deseo perderla! Y el pobre Christian perdió ya a Nils. Perderá a Ingrid... ¡Dios mío, y él es experto en salud...! ¿Qué puedo hacer yo, que solamente soy un humilde escritor, un periodista, un reportero en vacaciones? ¿Qué puedo hacer, Señor, para evitar tanta muerte...?»</p> <p>Eso es todo lo que capto. No entiendo mucho. Esta gente es rara. Enferman... y mueren de enfermedades que no conocen... Sufren, se atormentan... ¿Qué será «reportero», «periodista»? Veré si mis células autodidactas me informan...</p> <p>Ya. Entiendo. Hace crónicas. De su tiempo, de su gente. Como yo hago este diario de mi viaje cósmico. Pero él lo escribe o lo graba con sonidos, no con simples pensamientos. Decididamente, me decepcionan. No están muy desarrollados. Son criaturas indefensas ante cualquier cosa...</p> <p>Parece que hay peligro aquí. He llegado en mal momento. La Tierra peligra. Hay una enfermedad que se transmite. De unos a otros. Parece ridículo, pero ellos son así, y así está constituida su forma de vida.</p> <p>Yo podría ayudarles, claro. Yo podría serles de mucha ayuda, para ser sinceros. Pero, ¿cómo se lo digo? ¿Cómo les convenzo de eso? En principio, y fundamentalmente, ¿cómo me comunico con ellos?</p> <p>Yo no tengo voz. No la necesité nunca. No uso sonidos. Lo que ellos llaman palabras. Eso lo hacen los wayjush del Planeta Hówaq. Y son considerados inferiores, casi bestias...</p> <p>Bueno, aquí parece diferente. Pero no mucho. No sé de qué modo hablarles, hacerles entender...</p> <p>Penetraré en la mente de ese «hombre»... Sí, así... Entraré en sus pensamientos más profundos, examinaré lo registrado en su memoria. Porque supongo que tienen memoria, como mínimo.</p> <p>Sí. Tienen memoria. Ya la capto. Ya<i> leo</i>...»</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«¡Qué sorpresas!</p> <p>Es un ser bastante inteligente. Listo, dirían ellos. Ágil de mente. Y de cuerpo.</p> <p>Se llama Sidney Bantam. Tiene veintiocho años. Periodista. Trabaja en la televisión. Y en periódicos. Y libros y revistas... Voy adaptando eso a mi concepto de las cosas con alguna dificultad. Pero lo logro.</p> <p>Es inglés. Esto es Inglaterra. Londres. Una ciudad. Su capital. Tiene una esposa rubia. La ama. La considera la más hermosa de todas... Amor... Hermosa...</p> <p>Sentimientos primitivos. Deliciosamente primitivos. Me causan hilaridad. Pero él los siente muy profundamente. Allá él. Así deben ser las criaturas terrestres. Se aman. O se odian. Se ven hermosas. O feas.</p> <p>El odia algo. Sí; Sidney Bantam odia a las enfermedades. A la muerte de los seres queridos. Odia a las personas crueles. A la guerra, a la sangre derramada...</p> <p>Guerra. Como los salvajes del planeta Woukk. Se destrozan entre sí. Los hombres lo hicieron ya alguna vez. ¡Pobre gente! No hubiera esperado eso de ellos. No parecían tan estúpidos. O tan perversos. Sangre derramada... Sangre. Yo no tengo de eso. Pero imagino lo que es. Un fluido, un humor vital en su ser. Como mis cristales vitales extendidos por mi ser...</p> <p>Sí. Sidney Bantam odia esas cosas. Y ama la paz, la buena fe. Y a su esposa, por encima de todo. Tiene miedo.</p> <p>Miedo.</p> <p>Extraño sentimiento. Casi como lo que pude sentir yo cuando él me pisó... Pero es más, mucho más... Es... miedo. Una sensación de horror a algo. No tiene miedo por sí mismo. Por ella. Por... Por Elka. Elka es su nombre. Muy rubia. Ojos azules. Eso es; azules. Como el planeta Tierra. Como el agua...</p> <p>Vaya, he descubierto recónditos pensamientos en su cerebro. Ellos exploran el espacio. Visitan algunos mundos. Pero pocos. Todo rudimentario. Sin mucho resultado práctico. Y también les preocupan los alienígenos. Los extraños. Yo, por ejemplo...</p> <p>No contaba con eso. Nos imaginan horribles. Y peligrosos.</p> <p>Si me viese... se asustaría. Me vería atroz. Tienen un especial concepto de lo estético. De lo bello. Yo soy horriblemente feo para ellos. Inconcebible, en mi forma real.</p> <p>Bien... ¿Qué puedo hacer?</p> <p>¿Me voy a ver condenado a permanecer oculto, a no dejarme ver? Este jardín es un sitio amplio, frondoso. Mi nave está oculta entre esos altos ramajes... Les llaman setos. No es fácil que la descubran. Ni a mí tampoco.</p> <p>Pero no vine para eso a otro planeta. Quiero dejarme ver, establecer relación con ellos...</p> <p>Así, es imposible. Totalmente imposible. Nunca lo conseguiría. Si no huía despavorido, él u otro cualquiera... le atacarían. Le destruirían, pensando que era algo raro. Algo peligroso.</p> <p>¿Cómo entablar contacto? ¿Cómo ganar su confianza? ¿Cómo intercambiar ideas, pensamientos, si sólo usan la palabra, si no son telépatas ni ultra sensoriales, ni nada de nada?</p> <p>i Vaya problema!</p> <p>Sólo se fían de sí mismos. De sus semejantes. Del que es como ellos...</p> <p>¡Eh, un momento!</p> <p>Di con ello. Es la solución. O al menos, la única solución que le veo...</p> <p>Sí. Para algo soy mutante. Por algo puedo alterar mi físico, mi volumen, mi aspecto. Entiendo su lengua y la traduzco, gracias a mis células didactas y traductoras. Puedo hablar con su propio sonido y su lengua, gracias a mi sistema autodidacta mental. Crearé una voz, unos sonidos emitidos por mí. En suma, hablaré. Como un humano más.</p> <p>Y para todos... Zay el Cosmonauta del lejano planeta Xak, será... otro humano más. Un hombre, como otro cualquiera.</p> <p>¿Cuándo? Cuanto antes.</p> <p>Ahora.»</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«—Hola. Buenas noches —saludé a Sidney Bantam. El se volvió, con sobresalto. Me miró en la penumbra. Desconfiado, sorprendido</p> <p>—¿Quién es usted? —preguntó con acritud.»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DOS</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">L</style>LAMARON a la puerta. Con insistencia. Con mucha insistencia. Christian Erikson despertó sobresaltado. Se incorporó. Su sueño era ligero. Muy ligero. Sobre todo ahora. Esperando noticias del hospital, en cualquier momento...</p> <p>Acaso ahora... Con el corazón golpeándole furiosamente, Christian fue hacia la entrada de la casa. Indagó, mientras se cubría con un corto batín: —¿Quién llama? ¿Quién es?</p> <p>No respondió ninguna voz. Insistieron en la llamada. Una, otra vez.</p> <p>Intrigado, llegó al vestíbulo de su casa. Iba a abrir. Dudó un momento. Era raro que no respondieran.</p> <p>—¿Quién está ahí? —exigió con voz rotunda—. ¿Quién llama a estas horas?</p> <p>Nadie contestó tampoco ahora. Pero la llamada se repitió. Christian, ceñudo, miró al reloj del muro. Las cuatro y diez de la madrugada. Sacudió la cabeza. Afuera, llovía con intensidad ahora. Se escuchaban lejanos aullidos de aeroambulancias .Mas contaminados. Más enfermos. Más muertos inmediatos.</p> <p>Tomó una brusca decisión. Fue a la puerta. No abrió. Accionó el botón de comunicación sonora con el exterior. Por la rejilla del micrófono exigió brusco:</p> <p>—¡Quienquiera que sea, responda! ¿Quién está ahí? ¿Quién llama? Si no responde, no abriré en modo alguno, téngalo en cuenta...</p> <p>Un sonido ininteligible e inidentificable le respondió. Como un ronquido, como un susurro animal... Un jadeo extraño, inquietante...</p> <p>Christian se sintió preocupado. Aquello era raro. Muy raro. Regresó a un mueble. Tomó un arma. Volvió a la puerta. Insistió, duro:</p> <p>—Vamos, responda. ¿Quién llama? Qué quiere a estas horas?</p> <p>De nuevo el jadeo, el susurro. Y roces en la puerta.</p> <p>Como uñas. Rascando la hoja cerrada...</p> <p>Se estremeció Christian. ¿Qué podría producir aquello? No parecía un ser humano... Pero la llamada se repitió. Y ningún animal podía oprimir botón pulsador...</p> <p>A su espalda hubo otra llamada. Era el visófono.</p> <p>Dudó. Esperaba una llamada en cualquier momento. La peor de todas. Ahora, no sabía si abrir la puerta, enfrentándose a quienquiera que estuviese allá, en el exterior, o atender el visófono.</p> <p>Este insistía. Apareció en la pantalla una temida banda luminiscente, roja. Con unas letras: URGENTE.</p> <p>Llamada urgente. Se decidió. Fue al visófono. Descolgó. Conectó.</p> <p>—Christian Erikson —dijo, escueto—. ¿Quién habla?</p> <p>En la puerta, una y otra vez, insistían las llamadas, se percibía el ronco jadeo inhumano y los roces inquietantes en la hoja metálica.</p> <p>En la pantallita del visófono, una enfermera. El Gran Hospital de la ONU. Templó Erikson. Temió lo peor.</p> <p>Y lo peor llegó.</p> <p>—Lo siento, señor Erikson —dijo la enfermera, con fría voz profesional y rostro inexpresivo—. Su esposa, Ingrid Erikson... ha fallecido. Esperamos sus instrucciones respecto al cadáver. De veras lo sentimos mucho...</p> <p>Lívido, descompuesto, con un gemido ronco, exasperado, cerró de golpe el visófono, sin responder, sin agradecer la impersonal condolencia de la enfermera de turno.</p> <p>Ingrid... Muerta.</p> <p>Y aquella maldita puerta. Aquellos roces, aquellas llamadas obsesivas, aquel jadeo casi animal en el exterior. Era para volverse loco.</p> <p>Furioso, exaltado, ansioso de enfrentarse a quien fuese, ávido por desahogar su ira y desesperación tras la noticia, no por temida menos trágica, Christian Erikson se precipitó a la puerta, la abrió, de un seco golpe en la tecla de funcionamiento magnético, y...</p> <p>Y se enfrentó a lo increíble. A lo espantoso.</p> <p>—¡No! —aulló, demudado, estremecido, extendiendo un brazo, con pavor—. ¡No puede ser! ¡Nils, hijo mío! ¡No puedes ser tú...! ¡Estás..., estás muerto!</p> <p>Y Nils, su hijo, lívido y medio descompuesto, con profundos surcos en torno a sus ojos dilatados, caminó, se movió hacia él, impávido, emitiendo aquel jadeo inhumano, caminando sobre sus piernecitas lívidas, de simple criatura de dos años.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>—Hola. Buenas noches.</p> <p>Sidney Bantam se volvió, con sobresal o Miró en la penumbra. Desconfiado, sorprendido.</p> <p>—¿Quién es usted? —preguntó con acritud.</p> <p>El desconocido le respondió:</p> <p>—Soy Zay.</p> <p>—¿Zay? No conozco a nadie de ese nombre. ¿Qué hace en mi jardín?</p> <p>—Pasaba por aquí —sonrió el desconocido—. Creo que equivoqué el camino. Debió de ser eso, seguro.</p> <p>—¿La puerta del jardín estaba abierta tal vez? —se extraño Sidney.</p> <p>—Eso me temo —sonrió débilmente Zay</p> <p>—Bien. ¿Qué quiere?</p> <p>—Nada. Sólo pedirle disculpas. Yo... Yo me equivoqué.</p> <p>—Eso ya lo dijo antes.</p> <p>—Es la pura verdad. No hay otra explicación. Lamento haberle molestado, señor...</p> <p>—Bantam. Sidney Bantam —agitó una mano, nervioso—. Perdone usted. No me molesta. Es que estaba abstraído, preocupado con mis cosas. Me sorprendió usted. Eso es todo.</p> <p>—No se preocupe —el otro miró en torno, interesado—. Ya me marcho, señor Bantam.</p> <p>—Espere —le atajó de súbito Sidney. Y le tomó por un brazo, decidido.</p> <p>—¿Qué? —los ojos oscuros le contemplaron, pensativos, en tensión. Bajo la ropa el brazo del extraño se puso rígido.</p> <p>—Usted... Usted se parece mucho a mí.</p> <p>—¿De veras? —el visitante sonrió, irónica la expresión—. Bueno, no conozco otra cara... Quiero decir, no conozco sino la mía propia. Nunca tuve otra. Pero mirándolo bien, sí..., es posible. Tiene razón. Nos parecemos usted y yo.</p> <p>—Creo que nos parecemos demasiado —refunfuñó Sidney—. Incluso el color de ojos, el cabello... Si al menos tuviera usted ojos azules o verdes, el pelo más rubio... o negro... y la boca más grande... entonces puede que el parecido fuera menor.</p> <p>—No se ha fijado bien —rió entre dientes el desconocido—. Yo, en realidad, tengo los ojos verdes. Y el pelo negro. Y la boca más grande que la suya. Y la nariz más ancha...</p> <p>—No, no... —se acercó. El reflejo de la luz sobre el rostro ajeno pareció hacer un cambio, un tornasol. Soltando una imprecación, Sidney Bantam se echó atrás y soltó a su visitante—. ¡Cielos, es verdad! Es... Es como si hubiera cambiado ahora mismo. Estaba seguro de haberle visto como a mí mismo, como cuando uno se ve en un espejo...</p> <p>—¿Usted puede cambiar a placer su rostro ahora? —indagó, curioso, el llamado Zay.</p> <p>—Diablo, claro que no.</p> <p>—Entonces, es obvio que yo tampoco —puso un plácido gesto su interlocutor—. No, señor Bantam. Soy como me ve ahora. La luz me da mejor en el rostro. ¿Nos parecemos?</p> <p>—Algo. La estatura, el color del traje... No, no. Su traje parece más oscuro ahora. Y usted... algo más alto.</p> <p>—Me gusta ser alto —rió de buena gana Zay—. No sabe lo que me gusta... Pero usted también puede crecer o disminuir a voluntad.</p> <p>—No, claro.</p> <p>—Y yo... tampoco. Dejemos el asunto —hizo un gesto evasivo con la mano—. Uno puede equivocarse a veces. Se ven cosas que no son. Cuestión de imaginación, señor Bantam.</p> <p>—Perdone —se pasó una mano trémula por la frente—. Creo que estoy demasiado preocupado últimamente. Veo algo, y luego resulta diferente. Son nervios. Y eso que estoy de vacaciones...</p> <p>—¿Vacaciones? —hizo un gesto de comprensión súbito—. Oh, sí, entiendo. Descansa usted.</p> <p>—Exacto —frunció el ceño Sidney—. ¿Es usted vecino? ¿Reside aquí cerca?</p> <p>—Puede decirse que sí —rió—. Muy cerca. Desde mi alojamiento puedo ver sus setos perfectamente.</p> <p>—Nunca le vi antes de ahora, señor... Zay.</p> <p>—Llevo poco tiempo en Londres. Muy poco.</p> <p>—¿Es extranjero?</p> <p>—Sí —sonrió enigmáticamente. Los ojos que antes le parecieron castaños a Sidney, y ahora eran profundamente verdes, brillaron irónicos—. Soy extranjero.</p> <p>—¿De muy lejos, señor... Zay? —le costaba trabajo pronunciar el corto y raro nombre.</p> <p>—Bastante —admitió, evasivo, Zay. A continuación afrontó otro tema—. ¿Le preocupa la epidemia?</p> <p>—La... ¿qué? —brincó sorpresivamente Sidney, dilatando con asombro sus ojos.</p> <p>—Bueno, tal vez hablé de más —y Zay, ciertamente, pensó que se había pasado Su interlocutor no era tan corto de reflejos como imaginara en principio. Añadió, paciente—: Es el tema del día. Por eso pensé...</p> <p>—¿El tema del día? Apenas hace unos minutos que la televisión, un visófono en comunicación con Suecia... dieron la horrible noticia. Y usted ya aparece aquí, sabiendo de qué va. Señor Zay, es usted una persona muy rara...</p> <p>—Creo que eso diría mucha gente de mí... incluso en mi familia y en mi lugar de origen, si me vieran ahora —soltó una leve carcajada, mirando como al azar hacia los astros lejanos, diluidos entre nubes puramente londinenses—. Pero dejemos eso, señor Bantam. He oído comentarios, rumores de personas interesadas en el asunto. La enfermedad del norte de Europa empieza a provocar pánico.</p> <p>—Lo imagino. Pero, ¿cómo lo sabe usted?</p> <p>—Tengo amigos en Salubridad —Zay se encogió de hombros—. Me han contado lo que sucede. Con cierto detalle que, tal vez, no exponga la televisión.</p> <p>—Mi cuñado está en Suecia. Su hijo ha muerto. Su esposa agoniza —le miró, patético—. ¿Puede contarme algo que yo no sepa? ¿El estado actual de la dolencia?</p> <p>Los verdes, misteriosos ojos del desconocido, se fijaron en la distancia, hacia el norte. Corno si pudiera llegar lejos, muy lejos. A los propios países nórdicos, en busca de noticias. Como si el espacio no significara nada para ellos.</p> <p>—Desesperado —dijo roncamente. Era como si en sus verdes pupilas se reflejara un horror remoto, con escalofriante fidelidad—. Miles de muertos Va en aumento la plaga. Mueren por centenares a cada hora. Se extiende. Con rapidez. Sin que nadie pueda evitarlo...</p> <p>—¡Dios mío...! —Sidney se cubrió los ojos con angustia—. ¡No es posible...!</p> <p>—Los hospitales son ya insuficientes. La gente empieza a morir en sus casas, en ambulancias, en la propia calle, abandonados de todos...</p> <p>—¡No, no puede ser tanto! —rechazó, desesperado, el periodista inglés.</p> <p>—Lo lamento —volvió despacio sus ojos hacia él, como si saliera de un trance o de un estado de profunda abstracción—. Sólo le conté la verdad. La televisión la confirmará en breve, señor Bantam. Y aún me hablaron de algo más.</p> <p>—¿Más que una epidemia mortal con cientos de miles de muertos?</p> <p>—Tal vez sea más, no sé... —suspiró Zay. Sacudió la cabeza—. No lo veo claro... Quiero decir que ellos, los de Salubridad, no me contaron todo..., pero lo dieron a entender...</p> <p>—Mi cuñado pertenece a las Naciones Unidas. Organización Mundial de la Salud. El debe saber lo que ocurre, sea lo que sea... Y no parecía saber nada aún.</p> <p>—Posiblemente allí no hayan decidido revelarlo todavía a nadie. Pero aquí, en Inglaterra, se conoce ya la verdad. Hay algo fuera de lo normal en esa epidemia. Sólo que...' no se sabe lo que ello sea. Pero el mal viaja rápido. Se extiende por el mundo. No sé cómo, pero en Inglaterra ya hay casos.</p> <p>—¿Qué? —aulló Sidney, palideciendo. Le miró, perplejo—. No, eso no puedo creerlo. Todavía no...</p> <p>—El aire va de prisa en la Tierra, señor Bantam —suspiró Zay—. Con mucha mayor velocidad, hay algo contra lo que no se puede luchar... y que viaja alrededor del mundo, dispersándose por todas partes. Sí. Inglaterra tiene ya casos...</p> <p>—¡No es cierto! Las medidas sanitarias son rigurosas, el control epidemiológico es severo, casi infalible.</p> <p>—Aun así —la verde mirada vagó por la distancia, como escudriñando lejanos puntos que nadie podía ver—. Creo que los casos sobrepasan ya el centenar... sólo en Gran Bretaña, señor Bantam. Y algunos de ellos, mortales ya. Con víctimas que fallecieron...</p> <p>Inesperadamente, Zay se vio encañonado por un arma de fuego. Fría, aceradamente, la voz de Sidney Bantam sonó severa, autoritaria:</p> <p>—Ni una palabra más, señor Zay. Quienquiera que usted sea, va a tener que acompañarme ahora mismo.</p> <p>—¿Yo? —se sorprendió su visitante—. ¿Adonde?</p> <p>—A la policía, a las autoridades militares...</p> <p>—¿Por qué, señor Bantam?</p> <p>—Porque no sólo es un extranjero, sino que es un enemigo. Un peligro. Acabo de descubrirlo. Y no intente nada. 0 haré fuego. Y esta arma térmica le desintegrará en menos de un segundo. ¡Vamos, en marcha! Al más cercano cuartel de Seguridad Nacional...</p> <p>Zay presintió que no tendría otro remedio que obedecer al periodista inglés, en su inesperada demanda, hecha con toda energía y combatividad.</p> <p>Lo peor de todo es que aquella arma térmica podía convertirle en pavesas. Y terminar, definitivamente, con el Cosmonauta Zay, del planeta Xak.</p> <p>—Está bien —aceptó—. Vamos adonde usted diga... Pero no soy su enemigo.</p> <p>—Acaba de probarme que lo es. Y, tal vez, la epidemia no sea sino el efecto de un arma bacteriológica del enemigo común...</p> <p>—Escuche, señor Bantam, no haga tonterías —objetó Zay, dando un paso adelante, conciliador.</p> <p>—¡No! —aulló Sidney.</p> <p>E irreflexivamente disparó.</p> <p>Su arma era letal. Proyectó sobre Zay un proyectil flamígero, que estalló con llamarada cárdena sobre su cuerpo.</p> <p>Zay reventó, destrozado por la carga. Y lleno de horror, Sidney supo que había matado a un hombre, quizá por simple precipitación. Por puro nerviosismo.</p> <p>—¡Dios mío...! —jadeó, lívido, retrocediendo—. ¿Qué hice? Le he matado... ¡He destruido a ese individuo, quienquiera que fuese!</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (IV)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«D</style>ESTRUIDO...</p> <p>Casi lo logra, el muy estúpido...</p> <p>Si yo hubiera sido realmente el ciudadano Zay, del planeta Tierra, un vulgar extranjero en Inglaterra, a estas horas estaría muerto y bien muerto.</p> <p>Creo que Sidney Bantam está demasiado nervioso. Además, yo he cometido errores. Graves errores. No volverá a suceder. Pero ahora mi estrategia debe ser otra. He fracasado como el ciudadano Zay, vecino de Sidney Bantam. Enfoqué mal las cosas desde un principio.</p> <p>Yo no podía saber que «ellos» tuvieran rostros diferentes. Imaginé que todos eran iguales. Y copié exactamente a Bantam en mi mutación. Fue una torpeza. Tuve que cambiar con rapidez mi color de ojos, mi estatura, mi cabello, incluso mi boca y nariz. Aun así, debo admitir que seguía pareciéndome a él. Pero menos. No era mala cosa, porque el tipo parece atractivo, en proporción a lo que aquí se entiende por eso.</p> <p>No sirvió. Ellos son... diferentes entre sí. Eso es, diferentes. Debí elegir otro rostro, al azar. Además, hablé de cosas que sólo yo sabía. Cosas que mis ojos telescópicos veían.</p> <p>que nadie más ha visto hasta ahora.</p> <p>Cosas que nadie podía saber... a no ser que fuese un espía, al servicio de alguien que dominara aquella epidemia.</p> <p>Entendí eso cuando «leí» los pensamientos de él. Antes, me hubiera sido imposible. No sé siquiera lo que significa «espía». O «epidemia provocada». O «guerra bacteriológica». Ahora lo sé. Empiezo a saberlo, cuando menos...</p> <p>comprendo a Sidney Bantam. Incluso le disculpo. Aunque la víctima de sus iras pude ser yo.</p> <p>Yo, Astronauta Zay, del planeta Xak...</p> <p>Por fortuna, no soy como ellos. Mi materia no es la suya. Ni mis propiedades las conocen los humanos.</p> <p>Cree que me ha destruido. En realidad, me he limitado a desaparecer. A reducirme y eclipsarme entre la hierba y los setos. No puede verme. Le sería imposible. Oculto a sus ojos, tengo tiempo de meditar. Sobre ellos. Y sobre mí. Y sobre este raro mundo donde he caído...</p> <p>Desde luego, sus armas son irritantes. Proyectiles térmicos... Dan mucho calor. Demasiado. Imagino que a uno de ellos debe convertirle poco menos que en una pavesa. Es una barbarie. En mi mundo nunca se destruye a nadie. Si eso nos gustara, sería horrible. Con todo nuestro poder destructivo, potencial, efectivo, autónomo, sin necesidad de armas de ningún género...</p> <p>Me he librado de eso y estoy recuperándome del sobresalto. El se dirige de nuevo a la casa. Parece excitado, asustado por algo... Quizá haya sufrido porque me cree muerto ahora. Estos humanos son muy especiales. Primero hacen algo irreparable. Luego, lo lamentan.</p> <p>No sé qué hacer. Puedo tomar mi nave y salir de aquí cuanto antes. Habrá dificultades, por el volumen de este mundo. Aquí peso infinitamente más que en otro cuerpo celeste. La energía precisa para el despegue será infinitamente mayor también. Pero creo que me es posible conseguirlo. No se merecen nada. Me iré. Lejos. A cualquier otro rincón del Universo. Y que se arreglen con sus enfermedades, sus problemas...</p> <p>Claro que...</p> <p>Soy curioso, lo admito. ¿Qué estará haciendo él dentro de la casa? ¿Qué le dirá a ella, a esa bella mujer llamada Elka, a quien tanto ama y por quien tanto teme?</p> <p>No me será difícil extender mi mirada, escuchar sus palabras... En suma, presenciar lo que ahí dentro sucede ahora. Aunque sea lo último que haga antes de irme de este planeta de locos...</p> <p>Sí. Siento curiosidad. ¿Por qué no saber lo que Sidney Bantam le está diciendo a su esposa Elka? ¿Por qué no?</p> <p>Aunque sospecho que, posiblemente, lo primero que haga sea hablarle de mí. Del crimen que cree haber cometido. De la muerte de un hombre... Un hombre llamado Zay.»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>TRES</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">—¿M</style>UERTO? ¿Un hombre?</p> <p>—Sí, Elka. Un hombre llamado Zay. Muerto. Yo le maté.</p> <p>—Pero..., ¿por qué? —ella se incorporó, agitada, incluso olvidándose de sus sollozos, de sus preocupaciones y temores.</p> <p>—No lo sé... —se pasó una mano por la frente—. Estoy nervioso, creo. Muy nervioso. Fue una estupidez. Acaso era un espía, no lo sé. Yo lo pensé. Pero, ¿y si no lo era?</p> <p>—¿Un... espía? —dudó ella, asombrada.</p> <p>—Eso dije. El avanzó hacia mí. Perdí el control de mí mismo. Disparé... Fue horrible. Verdaderamente horrible, Elka. Se volatilizó. Desapareció. Sin dejar rastro.</p> <p>—Posiblemente la carga térmica era demasiado potente... —se estremeció su mujer, con los ojos muy dilatados, temblando su boca.</p> <p>—Posiblemente, sí. No sé cómo pude hacerlo. Es... Es espantoso. Ese pobre diablo...</p> <p>—¿Qué te dijo para pensar tú que era un espía? No hay guerras ni enemigos. No tememos nada de ningún país. Fue una idea ridícula</p> <p>—Habló de esa epidemia. Dijo que ya había casos en Inglaterra. Aquí, en Londres. Casos mortales. Que había habido defunciones. Más de un centenar...</p> <p>—Eso es imposible. En Inglaterra no hay epidemia. No han dicho nada. La situación sanitaria del país es perfecta.</p> <p>—Es lo que yo pensé. Pero él dijo eso. Y parecía muy seguro. Últimamente ha habido rumores de conspiraciones internacionales, de posibles experimentos bacteriológicos...</p> <p>—¿Por qué no confirmas eso, Sidney? Tú puedes hacerlo.</p> <p>—Cierto —se frotó la boca, nervioso. Tenía los labios secos, los ojos brillantes—. Creo que los nervios no me dejan razonar hoy... Llamaré a la redacción del London Daily Magazine. Ellos tienen que saberlo, si realmente ocurre algo así...</p> <p>Rápidamente, fue al visófono. Descolgó, y marcó en las teclas las cifras y letras del periódico animado más famoso del país. Su periódico. Donde él grababa sus artículos, para su distribución sonora y escrita, sobre los fotogramas del periódico filmado de mayor difusión, aplicable a los Proyectores de Prensa Animada de cada hogar londinense.</p> <p>Apareció en la pantalla policromada el rostro familiar de Shannon, su compañero de redacción. Se vieron mutuamente ambos periodistas en sus respectivas pantallitas.</p> <p>—Hola, Sid —le saludó, cordial, aunque tenía cierto aire preocupado en su rostro jovial y pecoso—. ¿Qué es de tu vida? Te imaginaba de vacaciones en las Bahamas...</p> <p>—Elegí Londres. Y mi casa y mi jardín —sonrió pálidamente Bantam—. Escucha, Shannon. ¿Has presenciado el último boletín de noticias de la BBC-3D TV?</p> <p>—Claro —dijo, con gesto más sombrío—. Todos lo hemos atendido. El país entero, Sid.</p> <p>—Estoy preocupado. Mi familia en Suecia ha perdido a su hijo, mi cuñada está grave...</p> <p>—Lo siento de veras, Sid. La epidemia es grave, ya lo oíste.</p> <p>—Sí, ya lo oí. Pero escucha esto, Shannon. ¿Hay casos en Inglaterra?</p> <p>—¿Qué? —su compañero se inclinó ávido hacia la pantalla—. Cielos, no. Oficialmente, Salubridad Nacional afirma que no hay un solo caso... ¿Cómo se te ocurrió semejante cosa?</p> <p>—No sé. Alguien me dijo que había casos. Bastantes, además. Y un centenar aproximado de muertes... Shannon, tú tienes que saberlo, si es cierto eso.</p> <p>—Sid... —su compañero, algo pálido, tragó saliva. Miró a un lado y otro de la diminuta pantalla personal donde se reflejaba—. Sid, ¿quién te dijo semejante cosa?</p> <p>—Un desconocido. Lo encontré en el jardín de mi casa...</p> <p>—¡Sid, tienes que detener a ese hombre como sea! ¿Me entiendes? ¡Captúralo, sin pérdida de tiempo! Y si se resiste... ¡mátalo, Sid!</p> <p>Tenso, Bantam cambió una mirada angustiada con su mujer. Elka, pálida, se acercó a él, le tomó un brazo, con dedos crispados, el temor en el rostro...</p> <p>—Temo que llegues tarde, Shannon —dijo roncamente—. Ya le maté...</p> <p>—¿Cómo? —aulló Shannon.</p> <p>—Le amenacé, al sospechar de él. Se movió, temí que me atacara y disparé.</p> <p>—Hiciste bien —suspiró Shannon, inclinando la cabeza—. Lástima, sin embargo...</p> <p>—Lástima, ¿de qué?</p> <p>—Ocurre algo, Sid. Algo extraño en el mundo. Nunca hubo epidemias en el norte de Europa, ésta es la verdad. Nunca, hasta ahora... No se cree que sea un mal vulgar, ni un virus corriente. Además, ese hombre que te habló en el jardín de tu casa tenía razón.</p> <p>—¿Qué? —jadeó Sidney, asustado.</p> <p>—Hay casos abundantes ya en las islas Británicas. Y ha habido, en efecto, más de cien muertos, solamente en el área metropolitana de Londres, Sid... Pero es una noticia confidencial, oficiosa, estrictamente privada...</p> <p>—Estrictamente privada... Entiendo. Top secret, ¿no?</p> <p>—Al menos de momento, sí. No sólo sanitariamente, sino de modo político.</p> <p>—¿Qué es lo que se teme, Shannon?</p> <p>—Guerra bacteriológica tal vez. Un arma nueva. Un virus cultivado artificialmente o cosa parecida. Hablo por lo que un funcionario del Ministerio de Defensa me dijo. La ONU está ya reunida en sesión urgente y secreta. Los Estados Europeos van a reunirse en las próximas veinticuatro horas. No se sabe lo que sucede. Pero sucede algo, de eso estamos todos seguros.</p> <p>—Y ese hombre, espía o lo que fuese, ¿qué hacía en mi jardín, Shannon?</p> <p>—No sé. Pero debes comunicar con el Departamento de Seguridad Nacional. Puede ser una pista, un indicio para las autoridades policiales, militares o sanitarias. De Suecia y otros países nórdicos nos llegan noticias terribles, Sid. Son cientos de miles las víctimas...</p> <p>—Lo sé —habló roncamente Sidney—. Dios nos ayude, Shannon. Gracias por todo. Y suerte.</p> <p>—Vamos a necesitarla, Sid —suspiró el periodista. Agitó su mano en la pantalla de color—. Hasta siempre, amigo.</p> <p>Cortó la comunicación con el periódico animado. Sus ojos sombríos se encontraron con los amedrentados de Elka. Ella, instintivamente, se acurrucó contra él, estremecida.</p> <p>—Tengo miedo... —musitó—. Mucho miedo, Sid...</p> <p>—Serénate —rogó él, acariciando sus cabellos, con dulzura—. Voy a comunicar con Seguridad Nacional. Es imprescindible, cariño...</p> <p>Elka se limitó a asentir en silencio. Tras una pausa, indagó:</p> <p>—¿Y luego, Sid?</p> <p>—Luego... nos iremos de Londres —afirmó Sidney, rotundo.</p> <p>—¿Irnos? ¿Adónde?</p> <p>—A cualquier parte. A un lugar donde no haya epidemia. Prepara todo. El aerovía, los equipajes... Todo. Nos vamos, Elka.</p> <p>—Como quieras, Sid. Adonde tú vayas, allá iré yo contigo... hasta el mismo fin del mundo.</p> <p>Sonrió Sidney. La besó. Pero sus ojos no sonreían. Eran los de un hombre preocupado, en tensión.</p> <p>—Espero que no sea preciso ir tan lejos —dijo—. Pero si así fuera, no dudaría en ir, con tal de alejarte de todo riesgo, Elka, cariño...</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>Amanecía otro día brumoso. El sol no lograba disipar la bruma sobre Londres.</p> <p>Sidney Bantam se incorporó. Caminó hasta la cocina automática. Elka le sonrió desde ella, todavía con alguna tristeza e inquietud.</p> <p>—El desayuno está listo, cariño —dijo—. ¿Se te pegaron las sábanas hoy?</p> <p>—Sabes lo que me costó dormir esta madrugada —jadeó él—. Luego, el cansancio me venció y...</p> <p>—Lo sé muy bien, no tienes que explicármelo. Vamos, siéntate. Te serviré en seguida.</p> <p>—Sí, ya voy... —se acomodó ante la mesa flotante de la cocina. Tras una pausa, hizo su pregunta llena de preocupación—: Elka, ¿los boletines de noticias no...?</p> <p>—No. Nada nuevo, Sid —se estremeció la joven esposa—. Eso me asusta más aún. No sé. Ocultan algo, Sid. Pero, ¿por qué?</p> <p>—En Seguridad no dijeron nada anoche —se encogió de hombros Bantam—. Están alarmados y preocupados, pero no quieren que cunda el pánico. Eso sí, han recomendado el mayor aislamiento a todos. Y las máximas medidas antisépticas, pero...</p> <p>—Pero eso no arreglará nada.</p> <p>—No —confesó Sidney con un suspiro—. Nada.</p> <p>Desayunó en compañía de Elka. Miró las valijas a punto. Afuera, a la luz tibia del nublado sol, el aerovía privado brillaba, bruñido, con su color metálico, aluminizado y rojo, esperando el inicio del viaje.</p> <p>—Dentro de una hora partiremos, Elka —dijo—. Con dirección al Sur. Si ese mal empezó en los países fríos, no buscaremos climas duros. Elegiremos entre Sudáfrica, Australia y sitios así, si no tienes inconveniente.</p> <p>—Ninguno, Sid. Te lo dije anoche. Adonde vayas tú, iré yo. Sin discusiones.</p> <p>—Gracias, cariño... —oprimió su mano calurosa, tiernamente. La miró, muy fijo—. Supongo que de Suecia, de Christian..., no hay nada nuevo.</p> <p>—Nada. El boletín de noticias de la mañana aseguró que se ha impuesto censura total a las noticias suecas, noruegas y danesas. La situación debe ser crítica. Christian no ha comunicado nada. Me temo lo peor...</p> <p>—¿Intentaste llamar tú?</p> <p>—Sí. Inútil todo. Las líneas de visófono internacional están bloqueadas en Suecia. No admiten líneas.</p> <p>—Era de suponer —jadeó Bantam, nervioso—. ¡Dios mío, qué extraña situación...!</p> <p>Se frotó las manos, inquieto. Se puso en pie, sin terminar siquiera su frugal desayuno. Caminó hasta la ventana. Miró al jardín, verde esmeralda, levemente húmedo, hogareño y tranquilo.</p> <p>—¿En qué piensas, Sid? —musitó ella.</p> <p>—En aquel hombre... Zay... ¿Por Qué tuve Que matarle? Si era inocente, fue un crimen... Si era un enemigo... hubiera sido una fuente de información. ¡Oh, Dios, no me gusta saber que maté a un hombre, Elka!</p> <p>—Sid, cálmate y...</p> <p>Zumbó el llamador del visófono. Ambos giraron la cabeza. Sufrieron el mismo sobresalto. Parpadeaba la luz verde de la línea internacional de comunicación.</p> <p>—¡Christian! —masculló Sidney Bantam, esperanzado.</p> <p>—Sí, debe ser él —afirmó Elka—. Pero Suecia no admite mensajes al exterior...</p> <p>Sidney se inclinó sobre el aparato. Pulsó el botón de comunicación. Alzó el auricular. Se pegó a la rejilla del micrófono. Se iluminó algo borrosamente la pantallita. La imagen no era muy clara. Pero era la de él. La de Christian Erikson, el hermano de Elka.</p> <p>—¡Oh, Dios sea loado! —susurró fervorosamente ella—. Vive, vive aún.</p> <p>—Christian... —habló roncamente Sidney—. Christian, gracias al cielo... Temíamos lo peor... ¿Estás bien?</p> <p>—Sí, sí —sonrió Erikson—. Estoy bien, Sid.</p> <p>—¿Y... Y tu mujer?</p> <p>Se hizo a un lado. Allí estaba ella. Ingrid. Serio el semblante. Sin sonreír. Pero serena, llena de vida. Les miró a través de la pantallita. Les saludó, con voz ahogada:</p> <p>—Hola, hermanos. Todo fue bien. Estoy fuera de peligro...</p> <p>—Ingrid, es como un milagro... —musitó Elka, fervorosa, inclinándose junto a Sidney.</p> <p>—Sí. Un milagro —los claros ojos de Ingrid se clavaron en ellos, pensativos—. Un verdadero milagro. En Suecia todos mueren...</p> <p>—Se dice que también aquí, en Inglaterra, aunque se guarde secreto todavía —Sidney meneó la cabeza—. Lástima que Nils, vuestro pequeño... no tuviera igual suerte.</p> <p>—Es una lástima —convino Ingrid con tono grave, inexpresivo su rostro—. El pobre y pequeño Nils...</p> <p>—Pero nosotros estamos a salvo —se apresuró a afirmar vivamente Christian—. Y estamos camino de Inglaterra.</p> <p>—¿Qué? —se asombró Bantam—. ¿Camino de Inglaterra dices?</p> <p>—Eso es. Desde Suecia no podríamos comunicar con vosotros. Lo hacemos desde un lugar fuera del país. Nuestro aerovía está repostando. Seguimos viaje a Londres. A toda velocidad. En pocas horas estaremos ahí, Sid, con vosotros. Unidos todos. Juntos ante cualquier posible peligro... He conseguido una vacuna experimental. Nada seguro, claro. Pero al menos, se puede intentar...</p> <p>—Chris, nosotros nos marchábamos ahora de Londres, de Inglaterra...</p> <p>—Buena idea. Esperadnos. Ya digo que será poco tiempo. Antes del mediodía habremos llegado. Nos podemos ir todos juntos. Los cuatro. Adonde sea, Sid...</p> <p>—Está bien —asintió Bantam, tras una leve duda—. Apresuraos. No tardéis. Os esperamos.</p> <p>—¡Excelente! —agitó su mano Christian—. ¡Hasta luego, hermanos!</p> <p>Se diluyó la imagen borrosa. Sidney colgó el auricular.</p> <p>Ambos se miraron en silencio. Elka suspiró. Bantam sacudió la cabeza.</p> <p>—Dios quiera que no sea demasiado tarde para los cuatro —murmuró.</p> <p>—¿Por qué había de serlo? —Elka señaló al apagado visófono—. Ya viste, Sid... Ingrid está sana, llena de vida... ¿No es maravilloso, habiendo estado en trance de muerte como tantos otros?</p> <p>—Sí. Es maravilloso... —Sidney hizo un gesto de asombro—. Lo cierto es que ignoraba que una persona afectada de esa epidemia pudiera sobrevivir, tras una crisis extrema. Pero ya que así ha sido, esperemos que la providencia siga ayudándonos en todo.</p> <p>—Nos ayudará, estoy segura —afirmó Elka, esperanzada.</p> <p>—Ojala, cariño. Y lo digo por ti —meneó la cabeza, sombrío—. Debe ser atroz vivir esa espantosa epidemia, ver morir alrededor por millares... ¿Te fijaste en algo, Elka?</p> <p>—¿En qué, Sid?</p> <p>—Tu hermano, tu cuñada... Su rostro, su gesto... No parecen igual que antes. Algo ha cambiado profundamente en ellos...</p> <p>—Sí —afirmó Elka—. Lo he notado, Sid. Es como si hubieran perdido la alegría, como si vivieran bajo el peso de un horror indescriptible. Como si no fueran siquiera ellos mismos...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (V)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«C</style>OMO si no fueran ni siquiera ellos mismos...</p> <p>Es chocante. Esa frase, en labios de ella. Y de él. Yo había pensado algo así.</p> <p>No sé por qué, puesto que no conozco a esa pareja de suecos, pero lo pensé. Había algo raro en ellos. Algo que no tienen, por ejemplo, Elka o Sidney. Quisiera poder explicarme mejor, pero no me es posible. No conozco lo suficiente a los humanos.</p> <p>El matrimonio Bantam no se imagina que sigo aquí, que escucho sus conversaciones desde el jardín, que asisto a cuanto están haciendo ahora, desde la noche anterior. Me imaginan muerto. Tienen remordimientos.</p> <p>Remordimientos... Una nueva emoción humana que he descubierto. Significa lamentar algo que se hizo, y que posiblemente no estuvo bien hecho. Tienen algo inmaterial, algo llamado «conciencia». Y ésta les acusa. Curioso. Curioso el ser humano, ciertamente.</p> <p>No he necesitado entrar en la casa. Mis ojos penetran en ella. Son... como rayos X, que dirían ellos. Perforan muros, cuerpos sólidos, opacos. Llegan adonde yo deseo. También puedo escuchar perfectamente. A cualquier distancia. Son ventajas bastante notables, dentro del sistema terrestre.</p> <p>Los hombres sospechan algo. Algo que procede de ellos mismos. Suena a absurdo, sobre todo para un ser del planeta Xak. No concibo las guerras ni los odios. No comprendo cómo pueden los seres destruirse entre sí. No tiene sentido. Pero las criaturas humanas son tan especiales...</p> <p>Creo que sospechan de un ataque solapado. El ataque de alguien. Personas, países, no sé. Un arma química. Un virus artificial, dicen ellos. Por eso guardan un relativo silencio oficial. Por eso han convertido esa epidemia en algo altamente confidencial.</p> <p>Tienen miedo. Y recelos. Y dudas.</p> <p>Quisiera poderles ayudar en algo, aunque no han demostrado ser demasiado hospitalarios conmigo, el Astronauta Zay, del planeta Xak. Pero el rencor no es sentimiento que yo alimente. Me dan lástima. Me preocupan.</p> <p>Por ejemplo, estos dos jóvenes terrestres... Sidney y Elka Bantam. Un matrimonio feliz. Están decididos a evadirse de Londres, a ir lejos, donde acaso la epidemia tarde más en llegar. O donde nunca llegue.</p> <p>Pero sus familiares de Suecia han alterado sus planes. Ellos vienen hacia acá, a reunirse con los Bantam. Ingrid y Christian Erikson.</p> <p>No sé. Hay algo raro en todo eso...</p> <p>Mientras estoy meditando en ello, me pregunto también cómo Ingrid, que al parecer estaba tan grave, se ha recuperado en el espacio de breves horas, e incluso está perfecta de salud. Eso no tiene sentido, ahora que sé cuál es la naturaleza de los humanos.</p> <p>No, no tiene ningún sentido.</p> <p>En especial... En especial lo referente a ese fragmento de escena que la pantalla de su fonovisor no reveló. Mis ojos ven más allá que los de cualquier humano. Sí. Yo he visto lo que ellos no pudieron ver. Lo que ese matrimonio sueco, Ingrid y Christian, se cuidaron mucho de dejar ver.</p> <p>Porque allí, con ellos, había alguien más. Fuera de cuadro, donde el objetivo de la cámara de televisión no pudiera captarle. Había una tercera persona.</p> <p>Y, según ellos, esa tercera persona ha muerto.</p> <p>Era un niño. Un niño de dos años. Nils. Nils Erikson. Y tenía un extraño aspecto, para ser solamente una criatura tan pequeña...»</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«Nils Erikson.</p> <p>Un muerto que vive. En cuanto he buceado en las mentes humanas, no descubrí nada al respecto. Los que mueren, están muertos. Definitivamente. No resucitan.</p> <p>¿Entonces...?</p> <p>Decididamente, algo raro sucede en Suecia. Y puede suceder también aquí, en las próximas horas, cuando esa pareja con el niño fantasma lleguen a Inglaterra, a casa de sus familiares...</p> <p>Creo que debo ayudarles de algún modo. Pero, ¿cómo?</p> <p>Tengo una idea. Adoptare otra personalidad. Pero esta vez, previamente, trasladaré mi materia a otro lugar de la Tierra. Es algo que sólo puedo hacer durante un breve espacio de tiempo. La materia transportada regresa a su punto de destino... aproximadamente en el periodo de tiempo que los hombres llaman «una hora».</p> <p>Yo estaré de vuelta en una hora, sea cual sea mi apariencia física, tras la mutación correspondiente.</p> <p>Pero esa hora puede bastar. Iré allá. A Suecia.</p> <p>Debo investigar algo, antes del regreso junto a los Bantam...»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>CUATRO</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">E</style>L funcionario levantó la cabeza.</p> <p>Pensativo, miró a su interlocutor, erguido ante el frío despacho. Luego, hizo un vago gesto de indiferencia.</p> <p>—Sí —admitió—. Son muchos los muertos, señor. Demasiados. Ya no sabemos ni qué hacer con los cuerpos. Están alineados en los Depósitos. Esperando a ser incinerados juntos, en el menor tiempo posible. No hay otro remedio.</p> <p>—Pero llevarán un control de los que han fallecido, de sus nombres...</p> <p>—Naturalmente. Al menos, se llevaba —sacudió la cabeza—. Creo que ahora empieza a fallar todo. Ni siquiera anotamos ya nombres ni datos... Esto es una locura.</p> <p>—Yo busco determinados nombres —dijo el visitante.</p> <p>—Supongo que tendrá un motivo para ello, señor..., señor...</p> <p>—Bantam —dijo apaciblemente el joven de cabello castaño, con facciones enérgicas y aire puramente británico, asintiendo con la cabeza—. Soy Sidney Bantam, y tengo familia aquí, en Suecia. Acabo de llegar de Londres, y no sé nada de ellos... Estoy preocupado, sabiendo lo que ocurre con esa maldita epidemia...</p> <p>—Sí, señor Bantam, eso es muy natural —convino el funcionario sueco. Tomó un pulsador de escritura automática—. ¿Cuáles son los nombres de sus familiares?</p> <p>—Christian Erikson, Ingrid Erikson y Nils Erikson, su hijo de dos años —dijo el hombre llamado Bantam y que, ciertamente, tenía el rostro, el físico y la figura de Sidney Bantam, aunque éste, sólo cinco minutos antes, estaba en Londres y no en Estocolmo.</p> <p>—Un momento —el empleado de la Morgue sueca tomó un fichero y consultó con rapidez, oprimiendo teclas del selector automático—. Erikson... Christian, Ingrid y Nils... Ya está. Sabrá noticias de ellos en un momento. Los computadores electrónicos recogieron los datos de todos los primeros miles de casos, defunciones y todo lo demás. Espero que haya suerte... y no estén entre las víctimas de la epidemia.</p> <p>—Sí, eso espero yo también —suspiró el hombre que parecía ser Sidney Bantam.</p> <p>Aguardó unos momentos. Por una ranura, bajo las teclas del fichero, brotaron tres tarjetas plásticas, pausadamente, y con una breve intermitencia entre sí.</p> <p>Al final, el funcionario las contempló, frunciendo el ceño. Sacudió la cabeza. Se las tendió a su interlocutor.</p> <p>—Lo siento —dijo—. Aquí tiene los datos que buscaba.</p> <p>El presunto inglés tomó las fichas. Las pasó, una por una. En cada una de ellas estaban los datos personales de las personas respectivas: Christian Erikson, Ingrid Erikson, Nils Erikson...</p> <p>Las tres fichas aparecían cruzadas en diagonal con unas pocas letras rojas, claras y tremendamente expresivas.</p> <p>La misma palabra en los tres casos:</p> <p>Muerto.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>—Muertos... los tres.</p> <p>Era lo previsible. Pero ocurría algo que no encajaba. Los tres muertos... viajaban ahora hacia Londres. A reunirse con su familia.</p> <p>—Algo marcha mal... —comentó para sí Sidney Bantam, o quien decía serlo, moviéndose por las desoladas calles de Estocolmo, repletas de ambulancias, puestos sanitarios de urgencia... y también vehículos fúnebres colectivos, puertas precintadas, con la expresión en rojo de «Epidemia», «Cuarentena», y otras así.</p> <p>Estocolmo era como un inmenso campo de batalla. De una batalla que, a todas luces, se veía perdida.</p> <p>El edificio de la Morgue quedaba atrás. En sus depósitos subterráneos, miles de cadáveres esperaban su incineración. Pero allí no estaban los cuerpos de ninguno de los Erikson.</p> <p>Los datos automáticos de la computadora eran concretos en esto: el pequeño Nils había sido enviado a incineración, y a estas horas, conforme a lo legal, sería ya simple ceniza. Ingrid yacía en el Departamento Fúnebre del Alto Estocolmo, esperando su turno de incineración.</p> <p>En cuanto a Christian...</p> <p>Christian Erikson había sido hallado muerto en su casa, por un equipo sanitario especial. Como miembro de la Organización Mundial de la Salud, su cadáver, víctima de la epidemia, que debió atacarle súbita y violentamente, había sido conducido al depósito del edificio de la Delegación Sueca de las Naciones Unidas. Y allí permanecería ahora.</p> <p>El supuesto Sidney Bantam visitó, en primer lugar, la Sección de Incineración.</p> <p>Y allí recibió el primer informe desconcertante.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>—Lo sentimos, señor. No podemos darle informe alguno.</p> <p>—¿Cómo? —se extrañó Sidney—. Sólo quiero saber si mi sobrino Nils fue ya incinerado...</p> <p>—Son órdenes superiores —cortó el empleado, fríamente—. No podemos informar a nadie. Pero si su sobrino murió en el momento que usted cita, la Ley prescribe que haya sido ya incinerado.</p> <p>—Eso no basta. Quiero saber si lo fue, y hacerme cargo de sus cenizas.</p> <p>—Imposible, señor. Dado el estado de emergencia nacional provocado por la epidemia, no se cumplen las normas habituales ni la rutina de siempre. Tenemos orden de incinerar con rapidez a cuantos fallezcan. Y no proporcionar datos de ello a nadie.</p> <p>—Muy bien —el supuesto Sidney Bantam se encogió de hombros. Su mirada pareció ir muy lejos, a través de los recios muros, a las cámaras donde se conservaban los cadáveres para su posterior incineración—. De todos modos, gracias.</p> <p>Se alejó. Salió del recinto. Pero se detuvo, giró la cabeza, clavó sus ojos en la puerta cerrada. Actuaron extraños órganos ultrasensibles. Una mirada telescópica y taladrante llegó al interior, como si los muros fuesen de transparente vidrio. Su percepción sonora alcanzó niveles insospechados para el hombre...</p> <p>Imágenes y sonidos tomaron cuerpo en su cerebro. Vio al funcionario hermético, hablando con otro funcionario de blanco uniforme. Ambos serios, graves, sombríos...</p> <p>—¿Dijiste algo? —preguntaba el de albo uniforme.</p> <p>—¿Cómo voy a decirlo? Nos tomarían por locos. No, no voy a revelar a nadie que esos cadáveres desaparecieron. ¿Cómo explicar que más de mil muertos han desaparecido sin dejar rastro? Los residuos que estamos incinerando cubrirán su ausencia. No sé por qué hay ladrones de cuerpos, pero no voy a contar a nadie lo que sucede.</p> <p>—De todos modos, sería preciso informar a la policía, a Sanidad...</p> <p>—Nos expulsarían a todos de aquí, por ineptos —sacudió la cabeza el funcionario—. No, no. No pienso revelar nada aún. Deja que piense una solución mejor.</p> <p>—Tal vez tengas razón... o tal vez nos hundamos todos, muchacho. Ahora, ¿qué hacemos con los muertos de abajo? Cuanto antes los quememos, más tranquilo me quedaré. Cada vez que pienso que pudieran desaparecer también... me da escalofríos.</p> <p>—Tonterías. Hemos tomado todas las precauciones posibles —replicó su compañero—. Ve y pon en funcionamiento los hornos crematorios. Iré en seguida a re— unirme contigo.</p> <p>—Como quieras —suspiró su compañero, dirigiéndose a la puerta de acceso a los hornos incineradores.</p> <p>Desapareció, cerrándose herméticamente la hoja de acero tras él.</p> <p>El funcionario de la oficina se puso en pie, cerró unos archivadores y ajustó con llaves magnéticas todos los accesos a la oficina. Luego se dispuso a seguir a su compañero.</p> <p>Afuera, Sidney Bantam —el extraño Sidney Bantam de mirada perforadora y sentidos sobrehumanos—, consideró que había presenciado lo suficiente y se alejó, anulando su visión y oído ultrasensibles.</p> <p>Fue un error. Pero también aquel ser podía cometer, evidentemente, algún error. No iba a ser capaz de presagiar el futuro o anticiparse a los acontecimientos, pese a sus muchas facultades sobrehumanas.</p> <p>Porque cuando se alejó de allí, sin saber lo que sucedía dentro del edificio, ignoró por tanto lo que siguió a la escena presenciada.</p> <p>Fue al abrir el empleado la puerta de acero, para seguir a su compañero.</p> <p>Allá, en el oscuro interior de acceso a los crematorios, hubo un largo, espeluznante alarido de profundo horror.</p> <p>Al empleado se le erizaron los cabellos. Quiso hacer algo, llamó a su compañero:</p> <p>—¡Olaf, Olaf...! ¿Qué ocurre? ¡Olaf!</p> <p>No respondió nadie. Tras el horrible chillido, se hizo un silencio tremendo en e! oscuro interior.</p> <p>El funcionario vaciló. Luego, decidido, regresó a su mesa de trabajo y extrajo un arma, que empuñó resueltamente. Se movió hacia la puerta metálica. Respiró con alivio, al escuchar pasos que se acercaban.</p> <p>—Dios sea loado, Olaf —musitó—. ¿Qué diablos ocurrió para que gritaras así?</p> <p>Luego vio a quien entraba en el despacho. Y se repitió el largo, escalofriante, terrorífico alarido, esta vez emitido por él mismo.</p> <p>Retrocedió derribando muebles. Quiso utilizar el arma, y no pudo. Nuevos chillidos de pavor salieron de su boca...</p> <p>Momentos después había enmudecido.</p> <p>Momentos después estaba muerto.</p> <p>A los pies de una figura erguida, silenciosa, inmóvil...</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>Departamento Fúnebre del Alto Estocolmo. Segundo Nivel Urbano. Un edificio blanco, cubicular, frío y aséptico.</p> <p>No había funcionarios en él. Todo estaba automatizado.</p> <p>El visitante puso ante un ojo electrónico una tarjeta obtenida en el exterior. Allí había anotado su nombre y apellido, y la razón de su visita, contemplar el cadáver de un ser querido: Ingrid Erikson.</p> <p>Esperó. Invisibles engranajes y sistemas cibernéticos actuaron. Poco después, un rótulo rojo se iluminó en la puerta, ante él:</p> <p>«Cadáver ausente. No autorizado el acceso a este recinto.»</p> <p>El supuesto Sidney Bantam resopló. Una contingencia. Ingrid Erikson no estaba allí, cosa que no le sorprendía mucho. Y el sistema electrónico dispuesto le negaba la entrada, puesto que el objeto de su visita no existía en el Departamento Fúnebre.</p> <p>—Espero que los mecanismos cibernéticos de la Tierra no sean demasiado complicados ni perfectos —comentó para sí, mentalmente—. De otro modo, no podría hacer nada...</p> <p>Concentró su mente en los circuitos cibernéticos del edificio. Luego, emitió una poderosa orden mental.</p> <p>Hubo un chispazo en alguna parte, dentro de la amplia gama de sistemas electrónicos que servían de control de aquel centro. Y las cosas empezaron a marchar alocadamente.</p> <p>Diversos rótulos desfilaron por el rectángulo luminoso de la puerta. Y rápido, el misterioso Sidney Bantam de Estocolmo, aprovechó el momento en que surgía la mención de: «Todo en orden. Cadáver depositado. Pase», para pasar con decisión, oprimiendo lo que su mente poderosa le advertía que era el sistema de acceso por aquella puerta electromagnética.</p> <p>Penetró en una cabina rectangular, de muros de vidrio. No era sino un ascensor que, apenas puso él los pies en su suelo esponjoso, funcionó al instante, descendiendo vertiginosamente hacia las plantas inferiores del recinto.</p> <p>Velozmente, se encontró en una red de corredores blancos, de fría luz. Ante él, un indicador le señaló: «Crematorios». Otro: «Depósitos frigoríficos». Y un tercero: «Cámaras de hibernación».</p> <p>Eligió la segunda. Imaginaba lo que era la tercera cámara. Cryonización. Conservación de muertos en frío, a la espera de ulteriores hallazgos médicos para curar enfermedades incurables en su momento, en un futuro más o menos lejano (1). En cierto modo, eran como muertos vivos. Aunque su «resurrección» estuviera condicionada a muy improbables avances científicos.</p> <p></p> <p>(<strong>1) Método que ya existe actualmente en Estados Unidos. La conservación cryónica de los muertos, en cápsulas con hielo seco y papel metálico, y con la sangre congelada de modo especial, tiende a esa posible resurrección futura. Walt Disney, uno de ellos...</strong></p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Por eso, con lucidez aguda, Sidney Bantam —o quienquiera que fuese aquel ser excepcional— se movió en la dirección elegida: los depósitos frigoríficos de conservación de cuerpos, antes de la cremación legal.</p> <p>Llegó ante una puerta de material plástico, transparente. Parecía un bloque de límpido hielo de acerado cristal irrompible y diáfano.</p> <p>Cedió ante su presencia. Sin duda, los ojos electromagnéticos hacían actuar todos los resortes a su paso.</p> <p>Contempló aquella larga, blanca, frígida cámara de luz espectral, de frío de muerte. Supo lo que era ver un vasto cementerio humano. Cuerpos envarados, rígidos, con el gélido color marmóreo de la muerte, con las sombras tétricas en tomo a los cerrados ojos, con el aire de estatuas pavorosas, alineadas en aquel blanco mundo silencioso, donde nada vivía.</p> <p>Al menos había allí, en tres largas hileras, sobre frías mesas blancas, envueltos en blancas telas por sudario, un centenar de cuerpos desnudos. Un centenar de cadáveres de todo sexo y edad...</p> <p>Víctimas de la extraña epidemia mundial, iniciada en los países nórdicos. Víctimas del mal desencadenado en el orbe...</p> <p>Las contempló, pensativo. Empezó a recorrerlas, ordenada, calmosamente. Había fichas con nombres, al pie de cada cuerpo. No sentía frío, porque su persona era diferente a la de otros seres. Pero la temperatura allí era glacial.</p> <p>Se detuvo ante una de las mesas fúnebres. Leyó la ficha: «Ingrid Erikson. 26 años». Miró el cadáver.</p> <p>Era el de un anciano de cabellos blancos y largos, rostro enjuto, nariz de halcón. Un rostro afilado, céreo, inmóvil. Pero ni en sueños podía ser Ingrid Erikson. Leyó otras fichas. Tampoco coincidían. Un tal Hans Larsen, de cincuenta años de edad, correspondía al cadáver de una hermosa jovencita rubia, de cuerpo escultural...</p> <p>—¿Qué ocurre aquí? —musitó él, pensativo.</p> <p>Se volvió. Iba a salir ya de la cámara funeraria. No había más que ver en aquel mundo alucinante de los muertos. Ingrid Erikson no estaba. Como Nils tampoco en su lugar. Como sin duda no estaría Christian en el suyo, allá en la delegación de la ONU...</p> <p>Lo que estuviera ocurriendo, no le era dado saberlo. Los muertos no pensaban. No le transmitían nada. Eran cuerpos inanimados, quietos para siempre...</p> <p>¿Inanimados? ¿Quietos para siempre?</p> <p>No. Algo sucedía. Algo que no era posible.</p> <p>Sidney Bantam bis se detuvo en seco. No sintió miedo. Ni horror. No sintió nada... porque ni siquiera era Sidney Bantam. Ni era humano. De haberlo sido, la muerte hubiera aferrado su corazón y cerebro con una zarpa tan helada como el ámbito mismo de pesadilla de aquel recinto.</p> <p>Porque los muertos sí se movían.</p> <p>Había empezado aquél. El último de la hilera... Era el más próximo a la cristalina puerta del recinto helado. Y de repente, se había levantado de su losa fúnebre, para cerrar de golpe la puerta, dejando encerrado dentro, con todos ellos, a un ser vivo; al que decía ser Sidney Bantam...</p> <p>Este se volvió, retrocediendo despacio, sin revelar emoción alguna, con una fría luz inteligente en sus ojos...</p> <p>vio todo. Vio el aquelarre. Vio el extraño prodigio bíblico. Como si las trompetas del Juicio Final ya hubieran sonado, allá en los cielos...</p> <p>Vio levantarse a los muertos.<i> A todos los muertos</i>. Uno a uno. En legión. Fría, silenciosamente. Como autómatas. Helados, lívidos, inexpresivos, con sus ojos extrañamente dilatados fijos en él. Emitiendo raros jadeos, sibilantes sonidos de fiera agonizante, entre sus labios yertos, amoratados...</p> <p>Y todos, absolutamente todos, le miraron.</p> <p>Después, se movieron hacia él. Envolviéndole. Rodeándole.</p> <p>El supo que estaba en el centro mismo de una pesadilla. Y que aquellos seres sin vida, ahora en movimiento por algún misterioso prodigio, llevaban hacia él las más siniestras y escalofriantes intenciones...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (VI)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«M</style>E rodean.</p> <p>Todos ellos. Los<i> muertos</i> que viven. Cadáveres ambulantes. Rígidos cuerpos que un momento antes no tenían vida.</p> <p>Hay algo maligno en ellos. Algo aterrador. Y eso que yo no tengo miedo. Nunca lo tuve, ni sé lo que es ese sentimiento, tan propio de los humanos.</p> <p>Pero presiento que vienen a aniquilarme. A destruirme...</p> <p>¿Cómo? No lo sé. Parecen inofensivos. Como muñecos. Como maniquíes o robots. Pero su intención es destruir. Es hacer algo horrible.</p> <p>Ahora entiendo. Entiendo algo, sí...</p> <p>Nils, Ingrid, Christian... Todos ellos<i> muertos</i>. Pero<i> viven</i>. De algún modo resucitaron, se convirtieron en algo horripilante... Algo que odia, que aniquila, que ataca...</p> <p>Como estos seres patéticos y atroces que me rodean, en un aquelarre dantesco, flotando virtualmente sobre sus piernas vacilantes, alzando sus brazos indecisos, sin expresión en sus facciones demacradas, sin luz en sus ojos vidriosos y yertos...</p> <p>Evidentemente, esto forma parte de la epidemia... ¡Qué extraña epidemia, o lo que ella sea! ¿Puede eso ser, para los humanos, parte de una guerra bacteriológica? Lo dudo mucho...</p> <p>Algo no funciona. O lo está haciendo mal. El mundo sufre un brusco cambio. Las cosas no son como eran. El equilibrio se ha roto. ¿Será eso?</p> <p>Tengo que hacer algo. Estos malditos cuerpos fríos me rodean. Ya me han rozado algunos dedos viscosos. Me han rozado pieles heladas y rígidas... Es desagradable. Es... Es sin duda terrorífico, para alguien que no sea yo.</p> <p>Encerrado en una cámara helada, cercado por un centenar de cadáveres que andan... A merced de ellos.</p> <p>Bueno, a merced de ellos... si yo fuera humano. Por fortuna, no lo soy. De Sidney Bantam, el joven periodista inglés, no tengo sino la envoltura, el rostro, la apariencia toda.— Fue obra de mi mutación.</p> <p>Estoy en Suecia. He descubierto suficientes cosas. Algo que Bantam nunca hubiera podido hacer.</p> <p>Ahora debo regresar. Voy a salir de aquí, de este desagradable recinto. Voy a aniquilar a estos desdichados que me rodean. Pero definitivamente. Esta vez no resucitarán de nuevo. Lo siento por ellos, aunque tal vez sea mejor así. Si murieron, muertos deben de continuar. Son las leyes humanas, son las normas de la existencia en la Tierra.</p> <p>Ya me harté del juego. Y de esos espantajos horribles. Les miraré. Empezaré a aniquilarles. Bastará con destruir a un puñado de ellos, abrirme paso, salir de aquí, regresar a Londres...</p> <p>Luego avisaré de algún modo a la gente. Les diré lo que sucede. Deben terminar con esto de algún modo. Esos muertos que andan son un peligro. No sé en qué forma, pero lo son. Una amenaza para los que viven. Una espantosa amenaza que ellos no sospechan tan siquiera...</p> <p>Bien. Ya voy a atacar. Mi poder mental les aniquilará uno a uno.</p> <p>¡Ya!</p> <p>Cielos... No ocurre nada. Algo me falló. Evidentemente, no me concentré lo suficiente. Creí que eran más fáciles de destruir. No les ha ocurrido nada. Me rozan, me rodean, me envuelven en sus malditos brazos y manos, fríos como el hielo... Pegajosos como si fueran babosas...</p> <p>Ahora me esforzaré. Todo mi poder mental aniquilador y...</p> <p>¡Y nada!</p> <p>Oh, no. Esto no puede sucederme. No ahora...</p> <p>¿Y mi poder? ¿Dónde está mi capacidad de destruir, de luchar contra cualquier clase de fuerza adversaria?</p> <p>No, no... Algo sucede. Esta gente, esta horrible gente sin vida, estos cadáveres..., ¡me están venciendo!</p> <p>Me rodean, me derriban lentamente, me asfixian con su masa helada, encima mío, me envuelven como los insectos a su presa indefensa... ¿Qué van a hacer conmigo? ¿Qué pretenden?</p> <p>Y yo... yo, Astronauta Zay, del planeta Xak, ¿qué puedo hacer por evitarlo?</p> <p>Me siento débil, vencido, agotado... Sin fuerzas, sin facultades extrasensibles, sin nada...</p> <p>No, no... Debo hacerlo. \Debo hacerlo!</p> <p>Pero... no puedo. ¡No puedo!</p> <p>Esto es el fin. El fin del poderoso Zay... entre cadáveres humanos...»</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«Ha sido el peor momento de mi vida.</p> <p>Yo, el orgulloso Zay, Cosmonauta de Xak, que se cree todopoderoso en este planeta de seres humanos, con su limitada capacidad... Yo, he aprendido ahora mismo la humano, una sensación que me era por completo ignorada.</p> <p>Yo, Zay, he sentido miedo.</p> <p>Miedo a ser aniquilado, destruido, vencido. Por unos simples muertos vivientes. Por unas criaturas humanas que ni siquiera existen ya...</p> <p>Pero he tenido suerte, lo repito. No he sabido hacer las cosas por mí mismo. Y mi propia naturaleza ha impedido que sucediera lo peor.</p> <p>Se ha cumplido en este momento una hora. Una hora exacta... Mi tiempo... Y mi materia ha sido automáticamente devuelta a su punto de origen en mi proyección material. Eso sucede siempre. Forma parte de nuestro modo de ser. Uno no puede quedarse más tiempo en su sitio del que sus células y sus átomos le permiten. Luego, inmediatamente, se inicia el proceso inverso... y se retorna, en proyección a distancia, desintegrándose nuestras moléculas, y viajando de regreso al punto de origen.</p> <p>Así me he salvado de... de no sé el qué. De algo horrible, sin duda. Algo que, todavía, cuando me recupero lentamente, en este verde prado londinense, me provoca ese curioso y nuevo sentimiento del miedo, que ha hecho presa en mí, allá en el depósito de cadáveres de Estocolmo.</p> <p>Ya estoy en Inglaterra otra vez. A salvo. De momento, al menos...</p> <p>Pero sé lo que pudo suceder. Sé lo que hubiera sucedido, de no evadirme de entre las garras de aquellos horripilantes seres: mis moléculas dispersas, mi gran lección.</p> <p>Lección que, por fortuna, me podrá ser útil en lo sucesivo..., puesto que sigo con vida. Y dispuesto a no repetir mi error. Decidido a no considerarme superior a nadie. No hasta el límite de confiarme... y casi perecer.</p> <p>Ha sucedido en el último momento. En el decisivo, en el postrero. Y ni siquiera puedo vanagloriarme de haberlo hecho por mí mismo. He fracasado. Torpe, miserablemente, perdí mi primera batalla contra una simple legión de espectros vivientes, de cadáveres ambulantes...</p> <p>Y he podido conocer un sentimiento profundamente materia desintegrada, dejándoles el puro vacío entre los dedos engarfiados, fríos y viscosos...</p> <p>No entiendo cómo pudieron vencerme. No entiendo nada de nada. Pero perdí. Y eso me preocupa. Eso me inquieta. ¿Qué está sucediendo aquí, en la Tierra?</p> <p>Pienso que lo mejor sería volver a mi nave, e irme de este planeta tan complicado. Sería lo mejor y más sensato. Pero yo, el Astronauta Zay, del planeta Xak, no soy nada sensato. Y me quedo.</p> <p>Me quedo, cuando menos, para avisar a los demás de lo que se avecina, de lo que está ocurriendo, silenciosa y gradualmente...</p> <p>¡Los vivos de todo el mundo, corren peligro de ser atacados por los muertosl</p> <p>Inaudito... Pero es así.</p> <p>Debo advertirles. Y debo llegar a casa de los Bantam. Antes de que lleguen sus familiares de Suecia. Antes de que tengan consigo a unos cadáveres vivientes... ,</p> <p>Antes de que sea demasiado tarde.»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>CINCO</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">E</style>RA demasiado tarde.</p> <p>Pero eso Sidney y Elka Bantam no lo sabían. No podían saberlo, cuando miraron a lo alto, en el quieto y apacible mediodía nuboso, y él exclamó:</p> <p>—¡Mira, Elka, son ellos! Su aerovía... Ya vienen.</p> <p>—Sí —asintió con entusiasmo Elka, viendo descender el ovoide vehículo espacial sobre los prados verdeantes de la zona residencial londinense—. Son ellos. Mi hermana Ingrid, Christian... Gracias a Dios, ya los tenemos aquí.</p> <p>Y corrieron, felices, a su encuentro.</p> <p>El aerovía se detuvo suave, mansamente, en el amplio prado de jugoso césped. Se abrió la puerta, deslizándose sin ruido. La inconfundible, enérgica figura del rubio muchacho que era Christian Erikson apareció en el hueco. Puso una de sus largas piernas en el césped, con cierta lentitud. Miró, calmoso, hacia ellos.</p> <p>—¡Chris! —llamó con espontaneidad Elka—. ¡Chris, bien venidos a Inglaterra!</p> <p>El sonrió. No era muy expresivo. Pero eso ellos nopodían notarlo. Seguían acercándose a la carrera al aerovía detenido en el prado. Ingrid asomó su rostro de walkiria detrás de Christian. Agitó su brazo, cordial y efusivamente, aunque el rostro no mostrara gran diferencia de gesto. Ni sus ojos brillo vital alguno.</p> <p>—¡Hermana! —gritó Elka, jubilosa—. ¡Ingrid, querida...!</p> <p>Llegaron ante ellos. Se abrazaron. Las manos de Ingrid y de Christian estaban frías. Heladas casi. Sus rostros, también. Pero en la emoción del momento ni lo advirtieron. Y luego, ellos se excusaron muy astutamente:</p> <p>—Ciclos, el sistema de aire acondicionado de a bordo se estropeó —tembló Ingrid, risueña—. He pasado frío durante el viaje...</p> <p>—Vuestra piel es todavía puro hielo —rió burlón Sidney—. Ingrid, estás ojerosa...</p> <p>—La enfermedad —se apresuró a explicar Christian con énfasis—. Deja una fea huella tras de sí. Y eso que Ingrid es fuerte y se recuperó pronto. Hay quien parece un muerto, Sid...</p> <p>—También tú tienes sombras en torno a tus ojos —señaló Sid, sorprendido, mirando a su cuñado. Hizo un gesto de comprensión—. Imagino que fue una terrible experiencia, ¿verdad?</p> <p>—Espantosa, Sid —se estremeció, con aparente horror Christian Erikson—. Nuestro pequeño Nils sin vida... Ingrid gravísima, agonizando..., y yo entre esas dos tragedias, durante unas horas terribles. Por fortuna, todo pasó. Perdimos al pobre Nils, eso sí. Pero Dios querrá darnos otro hijo; Ingrid vive, y eso es una esperanza, querido cuñado...</p> <p>—Sí, es toda una esperanza —convino Sidney Bantam, viendo cómo Elka y su hermana Ingrid permanecían unidas en un estrecho, cálido abrazo de amor fraterno—. Y se vive de esperanzas, Chris, aun cuando la vida presente su lado peor y más feo... Venid, vamos dentro de casa. ¿Traéis equipaje?</p> <p>—Oh, sí. Pero déjalo ahora en el aerovía —cortó Chris, despreocupado. Luego, sonrió con amplitud—. Hay tiempo para eso. En cambio, ansío sentirme bajo el techo de un hogar, en vuestra compañía... Ingrid necesita tanto cariño, tanta comprensión...</p> <p>Entraron los cuatro en el edificio. Se cerró la puerta tras de ellos.</p> <p>Allá, en el aerovía, hubo un leve movimiento, un indicio de vida. Entre los bultos del equipaje se alzó una figurilla extraña, patética, incluso siniestra. La figura de un niño, de un pequeño tambaleante...</p> <p>Acercó su rostro al vidrio de la cabina, miró a la casa. Sus labios violáceos dibujaron una sonrisa diabólica. Sus ojos, cercados de sombras amoratadas, eran los malévolos ojos de un niño que nada tenía de humano, lívido y como tumefacto ya...</p> <p>El policía de tráfico se quedó sorprendido. Giró la cabeza, con sobresalto.</p> <p>—Eh, usted —exclamó—. ¿Qué significa...? ¿De dónde acaba de salir...?</p> <p>El hombre idéntico a Sidney Bantam se quedó contemplando al agente. Este reveló su extrañeza, buscó el posible origen de la llegada del hombre erguido frente a él.</p> <p>—Oh, perdone... —dijo, sumiso—. No le reconocí, señor Bantam, pero..., diablo, fue como si se materializara del vacío. Juraría que hace un momento no estaba usted ahí...</p> <p>El exacto doble de Sidney Bantam sonrió. Sacudió la cabeza. Su voz sonó idéntica.</p> <p>—Lamento haberle asustado, agente. Todos estamos un poco nerviosos con lo que sucede...</p> <p>—¿Sucede? —enarcó las cejas el policía uniformado—. ¿Y qué es lo que sucede, señor Bantam?</p> <p>—Bueno, creí que..., que las autoridades habían hecho ya público el caso —suspiró Sidney Bantam bis.</p> <p>—¿Qué caso?</p> <p>—La epidemia. Supongo que conocerá las noticias de Suecia.</p> <p>—Oh, claro. Todos las hemos oído. Pero eso es en Suecia. Aquí, en Inglaterra...</p> <p>—Aquí, en Inglaterra, agente, hay ya miles de casos. Y cientos de muertos.</p> <p>—¡No es posible!</p> <p>—Vaya si lo es... Y no sólo eso, agente. Hay noticias inquietantes en las redacciones de los diarios y publicaciones...</p> <p>—¿Qué noticias? —la sorpresa del policía iba en aumento.</p> <p>—Dicen... Dicen que los que mueren de la epidemia... resucitan a las pocas horas.</p> <p>—¡Oh, señor Bantam! —el policía soltó la carcajada—. ¡Eso es imposible!</p> <p>—No, no —confirmó, rotundo, el falso Sidney—. Es cierto. Se ha confirmado. En Suecia, los cadáveres cobran vida, atacan a los humanos que sobreviven... Se trata de algo nuevo. Fingen ser seres normales. Algunos fingen haberse salvado de morir... y luego atacan, bajo su aspecto inofensivo.</p> <p>—Pero... ¡Pero eso no tiene sentido! —jadeó el agente de tráfico—. ¡Los muertos no resucitan! Y si lo hicieran... nunca harían daño a nadie... Señor Bantam, suena tan..., tan fantástico... Todo eso será broma, ¿no?</p> <p>—¿Broma? Voy ahora a avisar a mi periódico, a la televisión. No quiero que nadie me pise la noticia, agente. Vale millones. Si un competidor mío la conociese... Además de provocar un caos nacional, ganaría miles de libras esterlinas. No debo perder tiempo, agente. Pero sepa esto: ¡los muertos nos atacan! Y la Humanidad toda está en peligro.</p> <p>Se alejó, con un gesto expresivo. Volvió el recodo de altos setos. Y allí se detuvo. Sabía lo que iba a suceder. Por si el factor humano, siempre codicioso, fallaba por alguna razón, le había emitido ondas mentales hipnóticas, para convencerle de lo que debía hacer.</p> <p>Y el agente de policía lo hizo.</p> <p>Un minuto después entraba en una cabina de visófono. Y pedía comunicación con el periódico animado British Report. Una vez establecida la comunicación, preguntó por Dan Davenport. Era famoso por sus reportajes de última hora, obtenidos siempre gracias a su famoso slogan de: «Pago mil libras al informador veraz. Y él me da la noticia».</p> <p>El agente de tráfico esperaba ganarse esas mil libras. Sobre todo, cuando mencionara a Sidney Bantam...</p> <p>Allá, en el recodo, a la vuelta del frondoso seto, el falso Sidney Bantam sonrió enigmáticamente. Empezaba a conocer muy bien la humana condición. Ya sabía algo fundamental, todo hombre tenía su precio.</p> <p>Luego se concentró. Su figura se difuminó. Sufrió una transmutación súbita. Se cambió en otro físico, otras ropas, otro ser.</p> <p>Ahora ya no era Sidney Bantam, sino el duplicado exacto del agente de tráfico.</p> <p>con ese aspecto, se encaminó con paso rápido a la vivienda de los Bantam.</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>Elka dispuso las vajillas sobre la tersa mesa lacada, flotante. Miró risueña a los presentes.</p> <p>—Nunca creí vivir un momento tan feliz —dijo—. Sobre todo, después de las noticias recibidas...</p> <p>—Olvida eso, Elka —suspiró Ingrid, tímida—. Ya pasó todo.</p> <p>—Todo... menos la muerte de Nils —musitó Sidney, pensativo—. Pobre crío...</p> <p>—Hemos de hacernos a esa idea, Sid —terció Christian Erikson—. Yo procuro olvidarlo. Y creo que Ingrid debe hacer otro tanto No se gana nada con atormentarse.</p> <p>—No, claro que no —convino Elka. Fue por los alimentos, a la máquina cocinadora, en pleno funcionamiento. De pasada, conectó la pantalla de televisión incrustada en el muro de vitrofib.</p> <p>—Eh, ¿qué haces, hermana? —protestó Ingrid, algo agitada—. ¿Por qué abres la televisión?</p> <p>—Me gustaría saber qué sucede en el mundo ahora. Las noticias de última hora. Sid está de vacaciones y...</p> <p>—Vale más no oír nada —rechazó con mal humor Erikson, incorporándose pausado, algo torpe de movimientos—. Nos iremos en seguida de aquí, y ya sabremos lo que...</p> <p>No llegó a tiempo. La pantalla se iluminó con la imagen en color y tres dimensiones. Titilaba sobre ella el indicador rojo, parpadeante de «Noticias de máxima urgencia».</p> <p>—¡Quieto! —avisó con energía Sidney—. ¡No desconectes, Chris! Quiero oír eso.</p> <p>El informador de TV hablaba ya. Con tono seco, grave, decidido:</p> <p>—...Y siguiendo el hilo de la asombrosa información recibida directamente del gran reportero Dan Davenport, de British Report, nuestros servicios informativos de emergencia se han puesto en contacto con Suecia, Dinamarca y Noruega y... ¡efectivamente, señores! Contra lo que podamos imaginar, la noticia insólita parece cierta. Son numerosos los cadáveres de personas que sufrieron esa epidemia fantástica y desaparecieron luego de la Morgue y los diferentes depósitos del norte de Europa. Según la exclusiva de Dan Davenport, señoras y señores, la Humanidad está en peligro. La voz de alerta debe darse a todo el mundo. Inglaterra misma peligra ya. Hay numerosos casos registrados, que Salubridad Pública oculta para evitar el pánico. Algo está ocurriendo. Algo que ha hecho resucitar a los muertos por la epidemia, para atacarnos despiadada y fríamente a los que aún vivimos. ¡Usted, ciudadano, que nos escucha! ¡Esté alerta, porque puede tener un cadáver viviente a su lado sin saberlo!</p> <p>—¡Eso es estúpido! —rugió Christian. Y cerró el receptor de televisión violentamente.</p> <p>Hubo un profundo silencio en casa de los Bantam. Se miraron entre sí los esposos. Sidney respiró hondo. Elka había palidecido. Sin darse cuenta, ambos miraI ron hacia Ingrid. Ella se puso en pie. Derribó su vajilla. No había probado bocado. No había bebido un sorbo.</p> <p>—¿Qué..., qué os ocurre? —jadeó—. ¿Por qué me miráis así, Elka?</p> <p>—Ingrid... —musitó su hermana—. Ingrid, ¿oíste esas noticias?</p> <p>—Claro que las oí —rió, forzada—. Son tonterías, imaginación de periodistas...</p> <p>—Supongo que no puede ser otra cosa —admitió Sidney lenta, trabajosamente. Miró con frialdad a Christian—. Chris, vosotros venís de Suecia, no dijisteis nada de todo eso...</p> <p>—Bueno, nada oímos decir de ello... Ni creo que pueda ser cierto.</p> <p>—Supongo... Supongo que incinerasteis a Nils...</p> <p>—Por supuesto. ¿Qué estás pensando?</p> <p>—Nada —pasó junto a él, y puso en marcha nuevamente la televisión. Esperó. Apareció otro locutor en ella. Era el encargado de la información internacional, en conexión con todo el mundo. Suecia era el país en contacto ahora.</p> <p>—...Por lo que el Gobierno sueco, en noticia urgentísima de última hora, avisa a todo el país, y pone en | marcha la ley marcial, ordenando que todo cadáver viviente debe ser inmediatamente destruido con armas letales corrosivas o térmicas, sin la menor compasión. Incluso padres o hijos que hayan perdido a sus seres queridos, deberán cumplir la orden<i> sin excusa ni pretexto</i>. Esto, señores, quiere decir que, conforme a las noticias de este momento, Suecia admite que existe una siniestra resurrección de difuntos, todos ellos fallecidos por causa de la desconocida epidemia... y que esos difuntos nos atacan sin cuartel, y...</p> <p>Por segunda vez en poco espacio de tiempo, un Christian Erikson furioso cerró el televisor y se enfrentó, torvo, con su cuñado.</p> <p>—¿Vais a seguir escuchando tonterías? —masculló—. ¡Son cosas de atrasados mentales, Sid! Tú no puedes creer esas fantasías...</p> <p>—¿Por qué no, Chris? —fue la suave, fría respuesta de su cuñado—. Vamos, demuéstrame que Ingrid es un ser vivo... y tú lo eres también.</p> <p>—¿Oué quieres decir? —jadeó Christian, con sus ojos muy abiertos, entre las sombras violáceas de sus ojeras.</p> <p>—Ya me has oído. ¿Vivís realmente? ¿O estáis muertos?</p> <p>—Sid... —era la ronca voz de Ingrid la que hablaba ahora—. Sid, ¿te has vuelto loco?</p> <p>—Yo, no. ¡El mundo, sin duda! —señaló al apagado televisor, enfático—. ¡Todo está mal, todo ha cambiado, si eso es cierto! Y no hay duda de que lo es, o no se daría informe oficial de ello. Ni siquiera me importa que un colega, Davenport, me haya pisado la noticia. Yo la tengo posiblemente aquí, en mi propia casa... y no supe verla a tiempo. Pero eso no cuenta demasiado... Lo que cuenta ahora es ¡la verdad! ¿Cuál es la verdad, hermanos?</p> <p>—Sid, estamos aquí Christian y yo, hemos perdido a Nils... —se quejó Ingrid.</p> <p>—Sidney, tal vez estés pasándote... —se lamentó también Elka, corriendo a abrazar a su hermana—. Yo creo a Ingrid, sé que dice la verdad. Es una historia de dementes. ¿Cómo admitir que simples cadáveres vivan...?</p> <p>—Sí, Sidney, hermano —murmuró, patético, Christian—. ¿Cómo admites esa locura?</p> <p>Sidney dudó. Y entonces vio a la figura erguida en el porche, delante de la vidriera de la casa. Lanzó una imprecación. Sobresaltados, todos miraron hacia allá.</p> <p>Conocía bien al recién llegado. No le asustó, sino que simplemente le sorprendió su presencia allí.</p> <p>—¡Agente Dekker! —exclamó, yendo a su encuentro y pulsando el resorte que abría la puerta de vitrofib hermética— ¿A qué se debe su presencia aquí? ¿Aparqué mal mi aerovía?</p> <p>Ryan Dekker. agente de tráfico de aquel sector residencial de Londres-W.27, sonrió, fría su expresión, negando con la cabeza.</p> <p>—No, señor Bantam —rechazó—. No se trata de su aerovía. Ni del aerovía de matrícula sueca que está aparcado en el prado inmediato...</p> <p>—Es el de mis cuñados —se apresuró a explicar Sidney, conciliador—. Yo le explicaré, agente...</p> <p>—No tiene nada que explicar, señor Bantam —rechazó el agente uniformado—. Ya le dije que no se trata de eso.</p> <p>—Entonces, ¿qué le trae a mi casa, agente Dekker? —se intrigó Sidney.</p> <p>—Ellos —dijo bruscamente. Y señaló a Christian y a Ingrid Erikson—. Ellos y el niño que llevan en el aerovía.</p> <p>—¿Niño? —se estremeció, repentinamente lívido, Sidney Bantam—. ¿Qué niño, agente?</p> <p>—No sé quién sea —se encogió de hombros el agente Dekker—. Pero es un niño como de dos años... Anda, se mueve, trata de esconderse para no ser visto..., pero tiene todo el aspecto de un cadáver... y lo peor es que huele a descompuesto, pese a que camina como si estuviera vivo...</p> <p>En ese momento, la crisis estalló.</p> <p>Christian e Ingrid Erikson habían soportado más de lo previsible. Supieron que acababan de ser descubiertos. Y atacaron.</p> <p>Atacaron, con la feroz e inexorable fuerza con que sólo podían atacar aquellos cadáveres que vivían...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (VII)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«N</style>O pude hacer otra cosa.</p> <p>Sabía que el tiempo era escaso ya. Sabía que los Erikson estaban allí dentro.</p> <p>Bueno los Erikson o lo que restaba de ellos. Sus cadáveres. Sus cuerpos de personas oficialmente muertas, movidas solo por Dios sabía qué...</p> <p>Había escuchado las últimas palabras de la escena gracias a ir supersensibilidad. Intervine en el momento adecuado. Con mi envoltura del agente de tráfico Ryan Dekker que poco antes informara a Dan Daven— port, del Brittish Report, haciendo estallar la primera espoleta de la primera bomba.</p> <p>Los cadáveres ambulantes habían sufrido su primer rudo golpe. Ahora, no sólo Inglaterra, sino toda Europa, posiblemente todo el mundo, sabía ya que ocurría algo. Lo importante siempre es saber, no ignorar. Muchas veces, la gente no puede combatir ciertos peligros porque los desconoce. Creo que, examinado el ser humano fríamente, él en sí no es culpable de eso. Los responsables son sus gobiernos. Alto secreto, secreto oficial y cosas así.</p> <p>Yo pensé que gobernar era otra cosa. Conociendo a los hombres, creo que ellos mismos tergiversan sus propios conceptos. Siempre en beneficio de no sé qué principios de autoridad y cosas así. A veces, sinceramente, compadezco a los humanos. Deben ser muy desgraciados, sometidos a cosas así. También esas cosas les envían a guerras y matanzas. Allá ellos, claro. No es problema mío. Yo, Zay, Astronauta del planeta Xak, soy tan ajeno a sus propios dilemas...</p> <p>Pero algo había conseguido yo ahora, rompiendo su estrategia, basada en las propias y estúpidas leyes de silencio de los terrestres. Ahora nadie ignoraba lo que sucedía. Era un camino.</p> <p>Por otro lado... estaban los Erikson. Nunca olvidaré su gesto cuando hablé de Nils.</p> <p>Yo acababa de verle, pero no directamente, a corta distancia, sino desde lejos, a través de los vidrios de la cabina. Y con mi mirada telescópica. Ni siquiera el cadáver de Nils podía imaginar que fue observado.</p> <p>Sus padres sí entendieron que todo se había ido al traste. Su secreto estaba desvelado. Ellos eran tan difuntos como su desdichado hijo. Creo que incluso apestaban ya a cadáver, a materia descompuesta. Un hedor insufrible, al menos para mi ultrasensible sentido de los aromas. No para los humanos, claro...</p> <p>Además de morir... se<i> descomponían</i>. Pero seguían aparentando vida. Y atacaban. Y eran enemigos en potencia. ¿Por qué? ¿Cómo?</p> <p>Creo que la primera respuesta nos llegó entonces.</p> <p>Cuando Christian e Ingrid Erikson atacaron...»</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">«De no estar yo allí, ellos hubieran sido vencidos.</p> <p>Y absorbidos por los muertos.</p> <p>Absorbidos.</p> <p>Ahora entendía yo. Ahora sabía lo que estaba sucediendo. Lo que pudo haberme sucedido a mí en Estocolmo de no ser Zay, del planeta Xak, y ser realmente Sidney Bantam de Londres, Inglaterra.</p> <p>Ellos buscaban absorber al enemigo común; el ser viviente.</p> <p>Cuantos más muertos hubiera en el mundo, tantos más cadáveres ambulantes deambularían por el orbe, formando e más nutrido y terrorífico ejército de todos los tiempos. Quizá por poco tiempo, porque el proceso de descomposición no se detenía por ello. Pero eso era algo que por el momento, quedaba aún al margen de mis conocimientos del asunto...</p> <p>Ingrid se abalanzó sobre Elka, su propia hermana. Christian, sobre Sidney.</p> <p>Un momento después supe que yo también tenía mi enemigo personal. Me volví. Eran ventajas de mi superior sensibilidad. De otro modo, él me hubiera vencido.</p> <p>Y él era... Nils. El niño de dos años.</p> <p>Un monstruo pequeño, diminuto, para mi actual estructura humana. Dos años de edad. Cuerpo pequeño y débil. Piernas vacilantes, rostro de querubín lívido, con ojeras violáceas y horribles ojos dilatados. Un niño monstruoso, moviéndose hacia mí con horripilante seguridad, sus brazos extendidos, su carne medio corrompida ya, entre lívida y blanquecina, mostrando bajo la epidermis agujereada o desgarrada, su carne descompuesta e incluso indicios de gusanos, de corrupción física incipiente... Un hedor insoportable escapaba de él, de su vientre horriblemente hinchado...</p> <p>Cayó sobre mí. Había surgido a mi espalda. Me atacó como una alimaña feroz y ávida...</p> <p>Yo me defendí.»</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«Son espantosos.</p> <p>Son puro horror viviente. Ni siquiera<i> viven</i>. Pero eso expresa lo que siento por esas<i> cosas</i>.</p> <p>Sí. Dije<i> cosas</i>.</p> <p>No son gente. No son personas. No son ya hombres, mujeres o niños. No queda mucho de ellos. Sólo la envoltura humana mínima. Murieron ya. Físicamente. Mentalmente. Espiritualmente, incluso, si aceptamos esa imagen terrestre del «algo» intangible que el Creador nos legó a todas las criaturas de Su Universo.</p> <p>Lo supe en aquel espantoso depósito de cadáveres de Estocolmo. Lo sé en este momento. Ahora. Cuando ese espantoso, alucinante niño de dos años, Nils Erikson, me está atacando. Para destruirme. Con<i> mis propias armas</i>, además.</p> <p>Ya me di cuenta de eso en el depósito de la Morgue sueca. No pudo ser de otro modo. No hubiera podido perder yo la batalla, si «ellos», los<i> no-muertos</i>, no hubieran puesto en práctica extraños, diabólicos, increíbles recursos...</p> <p>En suma, acabo de comprobarlo ahora. Luchando con un pequeño de dos años, cuya putrefacta carne se descompone maloliente, bajo mis dedos de ficticio ser humano. Luchando con alguien o algo que no me duraría un instante, que yo podría aniquilar con mi simple mirada letal con mi poder mental aniquilador... Pero mis células destructoras están como adormecidas, mis poderes paralizados, mi naturaleza extrañamente débil e indefensa frente a la rara y enigmática fuerza de..., de esos muertos que resucitan.</p> <p>Ellos me han identificado. No sé cómo, pero saben que no soy un humano. Y me atacan. Bloquean mis poderes.</p> <p>Yo sabía esto. Lo había sospechado en Estocolmo, cuando luché contra los muertos allí depositados. Ahora, ¿qué puedo hacer?</p> <p>Sé lo que tengo que hacer. Por eso volví a Inglaterra. Por eso acudí a casa de los Bantam. Por eso denuncié la presencia del horrible niño Nils. Por eso lucho ahora. Por mi propia existencia en peligro. Por la de los demás...</p> <p>Y sé cómo destruirles a todos. A Nils, a Ingrid, a Christian...</p> <p>Por eso ahora, súbitamente, centro mi esfuerzo en ello. Descargo mi poder letal con toda su formidable potencia y...»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>SEIS</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">Y</style> quedaron destruidos.</p> <p>Los tres: Ingrid, Christian, Nils.</p> <p>Destruidos. No era agradable verlos. Pero no hubo otro remedio. Y quien los destruyó, bien lo sabía.</p> <p>—¡Dos mío .! —sollozó Elka, muy pálida—. Muertos...</p> <p>—No llore señora Bantam —jadeó el aparente policía Dekker incorporándose. Con gesto de repugnancia se quitó de encima jirones del cuerpo tumefacto de Nils—. No eran ya sus familiares. Dejaron de serlo hace tiempo. Cuando murieron, allá en Suecia.</p> <p>—De modo que murieron —susurró Sidney Bantam, apoyándose en el muro, abatido, falto de aliento—. Eran sólo tres cadáveres...</p> <p>—Sí, señor Bantam. Sólo eso.</p> <p>—Pero usted, Dekker..., ¿cómo lo sabía?</p> <p>—Sería largo de contar —sacudió la cabeza el falso policía—. Y difícil. Bástele saber que tengo la confirmación oficial. Los tres murieron en Suecia. Solamente tres cadáveres aparentemente vivos vinieron a Inglaterra.</p> <p>—¿A qué vinieron, si no eran ellos? —gimió Ingrid—. Hablaban como ellos, se comportaban como tales...</p> <p>—Algo les movía. No sé el qué, señora. Conservaban la memoria, recuerdos, sensaciones... Todo al servicio de una misma idea: destruir. Destruir a todos. A sus seres queridos los primeros.</p> <p>—¿Por qué, por qué? —casi chilló Ingrid, en un acceso de nervios.</p> <p>Sidney la tomó en sus nervudos brazos, la atrajo contra sí, acariciándola frenético, besando sus cabellos, confortándola cálidamente.</p> <p>—Calma, calma, querida —musitó—. Tal vez Dekker tenga la explicación... Sin duda lo que dijeron en televisión era cierto. Hay más, ¿verdad? Más muertos, quiero decir.</p> <p>—Todos... —dijo con fría sencillez Dekker—. Todos los que murieron por la epidemia resucitan antes de ser incinerados. Y atacan. Y destruyen. —Se posesionan de los vivos. Los convierten en contaminados directos. Los hacen de ellos, simplemente, no sé de qué modo, pero por contacto directo. Son astutos, poderosos, fuertes... Muy fuertes, señor Bantam.</p> <p>—Cielos. Entonces, ¿es la propia dolencia, el mal que sufren, el que...?</p> <p>—No lo sé. —Dekker miró los tres cuerpos inertes—. No sé mucho. Apenas sé nada de todo esto, señor Bantam.</p> <p>—Entonces, si son tan fuertes, ¿cómo murieron? Quiero decir, ¿cómo fueron definitivamente destruidos?</p> <p>—y señaló sus rostros y cráneos abrasados, convertidos en algo negruzco y horrible.</p> <p>El supuesto Ryan Dekker, de la policía de tráfico, sonrió, encogiéndose de hombros. Caminó por la casa, pensativo. Fue hablando, como con desgana:</p> <p>—Si yo le dijera que un ser de..., de otro planeta pudo vencerles, pese a ser casi vencido inicialmente, ¿usted lo creería, Bantam?</p> <p>—No. Claro que no. ¿Bromea?</p> <p>—Pues no bromeo, señor Bantam. Es la verdad. La pura verdad.</p> <p>—No puedo admitirlo. Además, ¿quién sería ese ser extraterrestre?</p> <p>—Yo, señor Bantam.</p> <p>—¡Usted —Sidney soltó una seca carcajada—. Nos conocemos hace años, Dekker. Es usted patrullero de este sector durante una década... ¿Cree que un extraterrestre haría tal labor rutinaria, sólo por gusto?</p> <p>—No, no lo creo —rió el supuesto Dekker—. Yo sólo suplanté a verdadero Dekker. Yo...<i> Yo soy Zay</i>, ¿recuerda? El hombre a quien creyó matar anoche. El que tenía casi su mismo rostro, Bantam...</p> <p>Sidney retrocedió, horrorizado. Miró con estupor a Elka. Y ella a él.</p> <p>—No, no —musitó—. No puede ser. Todo esto es una broma. Una pesada broma, Dekker...</p> <p>—Si busca al verdadero Dekker, le hallará por ahí, patrullando —rió Zay—. Créame; soy yo. Intenté ayudarles anoche ., y volví a ayudarles ahora. Provoqué un shock eléctrico de alta frecuencia, que quemó sus cráneos. En un ser humano normal, no podía causar efecto alguno. En alguien o en algo... sintonizado artificialmente para anular mis impulsos mentales y mi poder psíquico, tenía que causar una hecatombe. Y así ha sido. Incendié sus propios circuitos. Les destruí, en una palabra. Y probé que esos muertos que viven... ya no son seres humanos cuando atacan al hombre.</p> <p>—Pero entonces, ¿Qué son? —gimió Elka.</p> <p>—Sí, Dekker, Zay o quienquiera que usted sea —habló Sidney Bantam, apremiante—. ¿Qué son esas cosas, seres o difuntos con vida?</p> <p>—Usted acaba de decirlo —se inclinó junto a Ingrid y Christian—. Difuntos con vida. Mueren bajo los efectos de la supuesta epidemia. No resucitan, en realidad. Siguen siendo cadáveres. Pero algo les hace revivir bajo apariencia humana, conservando su voz, su memoria, su inteligencia..., sólo movidos por otra cosa que no es su cerebro anterior. Acabo de descubrirlo luchando con ellos, atacándoles con sus mismas armas. Ahora sé lo que llevan en su cráneo, Bantam. Bajo esa cabeza que es la suya original, la del ser humano que fue antes de morir...</p> <p>—Bien —se impacientó Sidney—. ¿Y qué llevan dentro del cráneo?</p> <p>—Nada —susurró Zay, con un suspiro—. Eso es lo terrible. No llevan nada. Tienen su cerebro vacío.</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>—Vacío... —el horror de la palabra misma se expresó en su repetición alucinada, terrible en su propia sencillez y contundencia—. Vacío... ¿Eso es posible?</p> <p>—Prácticamente vacío, si. Aunque no del todo. Carente de cerebro, de masa encefálica, eso por supuesto.</p> <p>—Pero entonces..., ¿qué sucede? ¿Por qué actúan así? ¿Quién puede vivir sin tener cerebro, cuando menos? Sus impulsos, sus actos, sus ideas...</p> <p>—Impulsos, actos e ideas... ajenos.</p> <p>—¿Ajenos? —tembló Sidney Bantam—. ¿Qué..., qué quiere decir con eso?</p> <p>—Justamente lo que he dicho —continuó Zay, afablemente— Es otro ser quien les da esas ideas, esos impulsen esas decisiones.</p> <p>—¿Como robots?</p> <p>—Casi. Robots humanos. Seres que no viven ya. Envolturas humanas, sin cerebro. Y dentro de éste,<i> algo</i> que recibe impulsos de otro punto. Algo que se limita a manipular esos cuerpos yertos. Algo que incluso les conserva su memoria, que les hace hablar como ellos hablaban aunque sin duda tras cierto espacio de tiempo de adaptación tras el momento de «resucitar», puesto que fui atacado en Estocolmo por un centenar de esos desdichados... y no hacían más que balbucear algo, como jadeos o estertores... Sólo eso, Bantam. ¿Va entendiendo?</p> <p>—Es como si no entendiera. Comprendo lo que usted dice, pero no comprendo qué clase de diabólico poder, de siniestra fuerza maligna se mueve entre nosotros. Porque su muerte está comprobado que es una enfermedad...</p> <p>—¿Y qué sabe usted de una enfermedad, señor Bantam?</p> <p>—¡Soy experto en Medicina Internacional, miembro de la OMS! —protestó Sidney, con orgullo herido.</p> <p>—No se precipite —le calmó Zay, con una sonrisa—. Yo, en mi mundo, soy Astronauta de Primera Clase. Soy un experto en muchas ciencias. Y poseo facultades que ustedes no sueñan ni remotamente. Pero aun así hay algo que no entiendo. Y es una enfermedad. En mi mundo no hay enfermos. Ni epidemias. Entiendo lo que es una epidemia; un mal. Lo que no logro entender es por qué ese mal que ustedes padecen, les convierte en lo que son ahora esos cadáveres, víctimas de la epidemia... A menos que...</p> <p>—¿Qué? —indagó Sid, tenso.</p> <p>—A menos que todo ello, en cierto modo, sea como yo.</p> <p>—¿Como usted? —se sorprendió Elka—. ¿A qué se refiere?</p> <p>—Quiero decir que el mal, la dolencia, puede no ser tal dolencia... y venir de otros mundos...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (VIII)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«D</style>E otros mundos...</p> <p>¡Pobres humanos de la Tierra! Se creen amos del Universo Conquistan suelos de más allá de su planeta... y sin embargo, no acaban de concebir, ni siquiera hoy que<i> algo llegue de más allá del espacio</i>.</p> <p>La angustia y el asombro de los Bantam me pareció ridículo. Luego comprendí, y les disculpé. Me sentí incluso algo avergonzado de haberme burlado de sus sentimientos y reacciones.</p> <p>Son humanos a fin de cuentas. No todo es malo en esa condición, cierto. Empiezo a admirarles. Dentro de sus limitaciones físicas y mentales, son vivos, inteligentes, valerosos y sagaces. Sí. Me caen bien esos humanos después de todo. Creo que he empezado a tomarles afecto, diablo</p> <p>Sidney Bantam, un experto en Medicina de la OMS, estaba atónito. No podía concebir que aquella epidemia no fuese una enfermedad. Quizá yo me equivocaba, pero no creía que fuese así.</p> <p>Estoy ahora muy seguro de que no me equivoqué.</p> <p>Ahí, ante mí, en mi propio laboratorio de mi nave espacial, infinitamente más perfecto y completo que el mejor laboratorio de la Tierra, he analizado tejidos de los vacíos cráneos de esos infelices a quienes tuvimos que aniquilar.</p> <p>Y también he estudiado otros puntos de sus cuerpos, para comparar. '</p> <p>El resultado es obvio. Clarísimo para mí. No tanto para Sidney Bantam, claro. Tendrá que adaptar su mentalidad a la nueva situación. El, y muchos como él.</p> <p>¿Epidemia?</p> <p>Sí, lo es. Una epidemia terrible. Un azote. Se extiende rápida por el mundo. Muy rápida. Mucho más de lo que todas las medidas sanitarias y profilácticas de la Tierra puedan prever.</p> <p>¿Enfermedad?</p> <p>Bueno, pues... sí y no.</p> <p>Es una enfermedad porque, realmente, hay un virus.</p> <p>Un virus que tiene vida<i> propia</i>. Y es<i> inteligente</i>.</p> <p>Virus como láminas o escamas vidriosas. Invisibles. Adherentes. Cubren toda la capa del cerebro, en torno al vacío que la ausencia de masa encefálica ha dejado... Y son esas escamas las que reciben y emiten vibraciones.</p> <p>Reciben impulsos de otro lugar. Ordenes. Y las emiten a través del cuerpo. Cada corpúsculo o escama vidriosa es como un centro nervioso. Absorben memoria, recuerdos del ser humano, conocimientos, y los utilizan para una acción común: la de destruir al hombre, tras ir apoderándose de él paulatinamente.</p> <p>Eso es lo que sucede.</p> <p>Eso es lo que va a terminar con la vida en la Tierra. Cada ser humano será una víctima, un contaminado... Luego... un muerto. Y después, un cadáver viviente, movido por ajenos impulsos. Y después... Después, ¿qué?</p> <p>Sí. Cuando en la Tierra no haya más que cadáveres descompuestos, fétidos, de cráneo vaciado..., ¿qué vendrá?</p> <p>Quisiera contestar a eso. Pero ni siquiera yo, Zay, Astronauta del planeta Xak, puedo hacer milagros de ese género. No sé nada. No entiendo gran cosa. E ignoro los móviles, si es que los hay, tras esa extraña invasión del planeta Tierra,</p> <p>Una invasión de virus inteligentes, poderosos, invisibles casi, que llegan aquí..., ¿de dónde?, ¿por qué?, ¿para qué ..?</p> <p>Esas son las respuestas que yo debo buscar. Y voy a hacerlo...»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>SIETE</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">—¿D</style>E dónde? ¿Por qué? ¿Para qué?</p> <p>Sidney Bantam se encogió de hombros. Respondió roncamente:</p> <p>—No lo sé, señor.</p> <p>—¡Eso es ridículo! —protestó su interlocutor—. ¡Trae usted una teoría semejante... y no sabe explicarse por qué se le ha ocurrido ni a qué conduce todo eso!</p> <p>—La teoría no es mía, señor.</p> <p>—¿De quién, entonces?</p> <p>—De un amigo...</p> <p>—¿Qué clase de amigo? —frunció el ceño el otro.</p> <p>—Prometí no hablar de ello con nadie, señor.</p> <p>—¡Yo soy el ministro del Interior, Bantam, y tengo derecho a saberlo todo!—aulló el personaje, dando un puñetazo en su mesa de trabajo.</p> <p>—Aun usted, señor, hay cosas que vale más que ignore. Después de todo, no iba a admitirlas. Pero ya sabe lo que sucede con los cadáveres en Suecia, Dinamarca, Noruega e incluso aquí mismo, en Inglaterra.</p> <p>—Porque lo sé, le estoy escuchando sin subirme por las paredes, Bantam —jadeó el importante miembro del Gobierno de Su Majestad—. Pero de eso a admitir que unos virus pueden ser... como enemigos inteligentes, como seres que nos invaden...</p> <p>—Señor, sólo pido que actúen. Preparen algo para avisar al mundo de lo que sucede. Ordenen la inmediata destrucción de los cadáveres... Sin esperar ni una hora. Está probado que esos corpúsculos actúan en el cerebro del ser que fallece, en un período mínimo de siete a ocho horas. Eso es lo que debe evitarse.</p> <p>—Las familias pondrán el grito en el cielo.</p> <p>—Aun así, debe hacerse. La vida de la Tierra está en peligro. Todos corremos el riesgo espantoso de morir bajo esa plaga invisible que llega no sé de dónde. Señor ministro, mi plan es éste: hacer quemar y destruir todos los cadáveres. Combatir la epidemia sin medicamentos ni medidas sanitarias, que son inútiles...</p> <p>—Eso me suena a cuento de hadas, Bantam. Si no se combate la epidemia con médicos, enfermeras y medicamentos, ¿quiere decir cómo vamos a atacarla?</p> <p>—Eso, señor, lo sabremos en breve —sonrió Sidney Bantam—. En cuestión de horas. O de minutos.</p> <p>—¿Cómo?</p> <p>—Cuando mi «amigo» regrese de cierta expedición secreta...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>DIARIO (IX)</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">«M</style>I expedición secreta...</p> <p>Si. Mi amigo Bantam tiene razón. El ministro del Interior es caro de convencer. Creo que, según captan mis células telépatas, está apelando a hablar con el primer ministro. E incluso con la Corona...</p> <p>Espero que acepte las condiciones de Sidney. Sólo ese muchacho ingles, joven, combativo y tremendamente eficaz y astuto, capaz incluso de hacerse amigo de un ser como yo, sin demasiadas explicaciones, puede ayudarme y ayudarse.</p> <p>Yo, entretanto... en mi secretísima expedición.</p> <p>En busca de...,<i> del virus</i>.</p> <p>El virus.</p> <p>Lo he localizado. Y él a<i> mí</i>.</p> <p>Diablo, me duele bastante mi cuerpo... Bueno, lo que yo considero mi cuerpo, que difiere bastante de lo que entienden en la Tierra por «cuerpo». Yo soy de una manera y ellos de otra, eso es todo. Sólo que como su mentalidad es inferior, no soportarían verme tal como soy. Y yo a ellos, sí.</p> <p>El virus está aquí.<i> Aquí</i>. Conmigo.</p> <p>El virus ha sido localizado. Para eso inicié la expedición. Si era, como imaginé, algo de otros mundos... había que buscarlo fuera de la Tierra.</p> <p>Así lo he encontrado. Así estamos ahora los dos. Frente a frente.</p> <p>El duelo es a muerte. No creo que ninguno piense en perder su batalla. Yo no, desde luego. El virus tampoco. Piensa por sí mismo Eso ya lo sabía. Sólo que no piensa nada bueno.</p> <p>Es cruel. Maligno. Como un tumor<i> inteligente</i>. Así definirían en la Tierra a esta cosa a la que he llegado.</p> <p>Sí. Me duele mi «cuerpo», o como quieran llamarlo los terrestres.</p> <p>Me duele, porque tengo adheridas encima millares de escamas vidriosas. Millones diría yo. Me atacan, me succionan, me quieren dominar. Golpean mi mente de forma brutal. Quieren reducirme dominarme. Como cuando estaban en los vacíos cerebros de aquellos muertos en Estocolmo, rodeándome para aniquilarme...</p> <p>Entonces casi me vencen. Ahora es diferente. Ahora vengo preparado. Ahora no me dejo vencer con facilidad. Aunque tampoco será fácil que yo venza.</p> <p>He venido en mi nave. He rebasado la atmósfera terrestre. Y millones de escamas vidriosas, como nubes invisibles, en la estratosfera. De allí caen, paulatinamente, a la superficie terrestre.</p> <p>Y allí, esas esporas o láminas vivas se adhieren al hombre, sin acusar presencia alguna de cuerpos extraños. Penetran en su ser. Les absorben, dominan, destruyen... Ese es el mal. Esa es la extraña epidemia...</p> <p>Yo, ahora, he llegado lejos. Más lejos...</p> <p>Al origen mismo de la dolencia.</p> <p>A este cuerpo espantoso, terrible, que flota en el vacío sideral, no lejos de la Tierra. Un cuerpo que cualquier astrónomo terrestre confundiría con un meteoro o un aerolito.</p> <p>Una esfera oscura, del volumen de un asteroide auténtico. Color café. Rugosa, aparentemente muerta, como un aerolito falto de vida orgánica...</p> <p>¡Qué gran mentira!</p> <p>Sí, una mentira total. Insospechada.</p> <p>Yo, Zay, sin embargo, la he descubierto sin dificultad. Mi mente domina esas ondas poderosas que brotan de aquí, de mis pies, de este meteoro falso que yo piso ahora... y que, en realidad,<i> es un cuerpo vivo</i>. Una especie de cerebro gigantesco, palpitante.</p> <p>Una criatura de remotos mundos... en forma de asteroide. Una mente colosal, que envía sus millones de esporas a la Tierra, para ir absorbiendo vida y<i> transmitiendo impulsos vitales</i>, en suma,<i> alimentando</i> a este colosal cerebro flotante en el espacio, oscuro y feo, repugnante y cruel como pocos...</p> <p>Yo, Zay, controlando mi mente, dominando mis impulsos, fortaleciendo mis poderes aniquiladores mentales, moviendo mis células destructoras en el sentido preciso, —eludiendo la desesperada, sorda defensa de ese monstruo flotante y horrible, trato de vencer...</p> <p>Desfallezco a veces. Voy a perder. Voy a ser aniquilado a mi vez, vencido en esta silenciosa, sorda pugna entre dos criaturas tan diversas del Universo, entre dos seres de tan insólita y opuesta concepción...</p> <p>De repente, se debilita la masa viva e inteligente. Yo me concentro. Descargo mis ondas mentales destructoras y...</p> <p>¡He vencido!</p> <p>La masa estalla, repugnante, viscosa. Se dispersan millones de escamas vidriosas de un apestoso y negro interior como alquitrán... y todo se hace polvo. Minúsculo, puro polvo estelar, ya inofensivo, alejándose en nubes cada vez más dispersas</p> <p>Y yo, Zay, del planeta Xak salgo disparado al vacío, de regreso a mi astronave, dentro de mi indumentaria cósmica, tan diferente a la imaginada</p> <p>por los terrestres...</p> <p>Yo, regreso vencedor a la Tierra.</p> <p>La epidemia se ha vencido. El mal ha sido aniquilado. El foco reproductor de células vivas e inteligentes, de escamas mortíferas, ha desaparecido Y con él, la mente rectora, el gran cerebro estelar que necesitaba impulsos de vida ajena para alimentarse. Una espantosa amenaza para todos los mundos habitados... de no haber sido por un gran tipo cósmico.</p> <p>Yo, Zay, Astronauta del planeta Xak ...</p> <p>Por una vez, creo que me estoy mostrando demasiado presuntuoso... ¿Me lo habrán contagiado esos endiablados terrestres?</p> <p>Seguro que sí.»</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>FINAL</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">—C</style>REO que nunca olvidaremos a Zay —suspiró Sidney Bantam abrazando contra sí a Elka y clavando sus ojos en el lejano cielo estrellado.</p> <p>—No, nunca... —musitó ella—. ¿Dónde estará ahora?</p> <p>—Posiblemente lejos. Muy lejos ya de nosotros. En otras galaxias. De regreso a su mundo...</p> <p>—Sid. a veces me parecía todo mentira, como un sueño... si no fuera por Chris, por Ingrid, por Nils... —se estremeció Elka.</p> <p>—También a mí. Sucedió así realmente, sin embargo. Ahora la paz ha vuelto. Ni una dolencia ni una muerte. Nada. Todo está bien ahora. Gracias a Zay, desde luego.</p> <p>—Siempre me quedará una incógnita, Sid.</p> <p>—¿Cuál?</p> <p>—Realmente, ¿cómo sería Zay?</p> <p>—¿Quién puede saberlo? —Sidney se encogió de hombros, la atrajo hacia sí, la besó, en la soledad apacible del jardín de su vivienda, en la noche—. Y tal vez sea mejor así. Que cada cual imagine al buen Zay como quiera...</p> <p>—Sí, Sid. Creo que es lo mejor...</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>«Es lo mejor...</p> <p>Sí, es mejor que los humanos me imaginen a su antojo. Tal vez así no se sientan defraudados. Lo desconocido siempre resulta más sugestivo, más hermoso...</p> <p>Opino como ellos opinan ahora allá en la Tierra. Estoy muy lejos de ellos. Pero también les recuerdo. También pienso en ellos.</p> <p>Ha sido un hermoso viaje por el Cosmos. Y ha sido bonito conocer a los humanos. Curiosos, pintorescos tipos. No son tan malos como parecen. Sí. Me caen simpáticos ahora.</p> <p>Espero que yo también a ellos. Aquí, el Astronauta Zay, del planeta Xak, cierra su diario de a bordo.»</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>FIN</strong></p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;">EDITORIAL BRUGUERA, S. A.</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>se complace en recomendar</strong></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>a sus lectores, las colecciones</strong>:</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;">HEROES DE LA PRADERA</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>dedicada a las mejores novelas</strong></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>de dos colosos del</strong></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;">"<strong>WESTERN</strong>"</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>dos autores cuya fama crece día a día</strong>:</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>SILVER KANE y KEITH LUBER</strong></p> <p><strong>—————</strong>— y<strong> ——————</strong></p> <p></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;">LA CONQUISTA DEL ESPACIO</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>en la que sólo tienen cabida las más</strong></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>extraordinarias aventuras de</strong></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;">"<strong>CIENCIA FICCION</strong>"</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>debidas a la pluma de los autores que</strong></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>mayor éxito han obtenido entre los</strong></p> <p><strong>aficionados a este género</strong></p> <p><img src="/storefb2/G/C-Garland/Diario-De-Un-Cosmonauta/i1"/></p> <!-- bodyarray --> </div> </div> </section> </main> <footer> <div class="container"> <div class="footer-block"> <div>© <a href="">www.you-books.com</a>. 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