Datos del libro
Autor: Garland, Curtis
©1983, Bruguera, S.A.
Colección: La Conquista del espacio extra, 29
ISBN: 9788402087973
Generado con: QualityEbook v0.61
PROLOGO UNO
N PRIMERA PERSONA)
Ya apenas si queda tiempo.
Ni para ellos, ni para mí. Es tarde. Demasiado tarde, Dios mío...
Si las cosas no hubieran llegado tan lejos, si se hubiera podido evitar antes todo esto... Pero ahora no sirve de nada lamentarse, pensar en lo que pudo ser y no fue. Lo cierto es que las cosas ocurrieron de un modo, y eso ya no tiene remedio.
Estoy intentando hacer algo, sí. Pero ¿qué? Ni yo mismo lo sé. Además, sé que no podré hacerlo. No me dejará. Él no me dejará. Lo noto por momentos, cada vez más intensamente. Él es más fuerte que yo. Mucho más.
Si hubiera una oportunidad, una sola, un resquicio de esperanza... Pero no es posible. Sabe lo que pienso, se anticipa a lo que voy a hacer. Es quien lo controla todo. No puedo nada contra él.
Lo he intentado ya repetidamente, vez tras vez. Y siempre ocurre lo mismo. Siempre hay algo que se interpone, que detiene mis acciones, qué frena mi voluntad; incluso que detiene mis pensamientos.
No se puede luchar contra algo así. Nadie puede luchar contra algo que forma parte de si mismo, que está dentro de él. Ahora sé lo que debió sentir un personaje literario que nunca he olvidado, alguien que creó hace mucho tiempo un tal Robert Louis Stevenson, un médico llamado Jekyll... Sí, ahora lo sé, maldito sea para siempre. Pero ¿de qué puede servirme eso a estas alturas, de qué puede servirle a nadie?
Todo ha ido ya demasiado lejos, hasta un punto sin retorno posible, hasta una situación desesperada y amarga, terrible y estremecedora, que yo no puedo ya controlar ni dominar. Y si se tratara cuando menos de mi sola persona...
Pero de esto depende todo. Absolutamente todo. El mundo pende de un débil, quebradizo hilo que puede romperse en cualquier momento. Yo sé que es así, yo estoy intentando con todas mis fuerzas, con mis escasas fuerzas por cierto, que ello no ocurra, que las cosas vuelvan a ser como antes fueron. Dios sabe cómo lo estoy intentando. Pero mi lucha es inútil, desesperada, absurda. Siempre, siempre ganará él la partida. Lo sé, lo presiento. Estoy seguro de ello desde que comprendí que yo era el más débil el vencido.
¡Oh, cielos, tiene que haber un medio, el que sea! Me desespero buscándolo, intentando dar con ese resquicio de esperanza, pero no lo encuentro: Y si llegase a encontrarlo... él impediría que lo utilizase. Lo usaría en su propio beneficio, de eso no hay duda. Es tan listo, tan astuto, tan poderoso...
Acabo de intentar algo. Lo más desesperado imaginable. Pero no he podido conseguirlo. Él se dio cuenta de ello a tiempo. Y eso que fui rápido como una centella. Lo evitó, y ahora será imposible repetir el intento. Totalmente imposible.
Porque él vigila. Él acecha. No puedo verle, claro está. Nadie puede verlo hasta que ya es demasiado tarde. Pero está ahí. Controlando mis movimientos, mis actos, mis gestos, mis miradas, mis intenciones. Dirigiendo mi propia mente.
Después de todo, puede hacerlo. Para eso está dentro de mí. En mi propia sangre.
Sí, esa maldita, esa horrenda criatura... está en mis venas, ¡en mi sangre! Desde allí, lo rige todo, es dueño y señor de mi persona. Y de tantas y tantas cosas como ninguno imaginó jamás.
Creo que debo renunciar, darme por vencido, resignarme y ceder. Y esperar el fin. El inevitable fin. El mío, el de todos. ¡Todos!
¡Oh, Dios, no! El de todos, no. Está ella. ¡Ella! Por ella, cuando menos, debo intentarlo otra vez. Es preciso. Vital. Imprescindible. Ocurra lo que ocurra, aún puedo tratar de conseguir algo, al menos por una sola vez. La última Después, ¿qué puede importarme lo que ocurra? Ya nada importa cuando uno ha llegado a este trance horrible.
Debo sacar fuerzas de flaqueza de alguna parte. Sí, eso es lo que estoy intentando al incorporarme, al avanzar tambaleante hacia esa puerta. Me muevo muy sigilosamente, con toda cautela. Pero sé qué eso importa poco. El lo notará. Lo nota siempre todo. Si al menos no pudiera leer mis pensamientos, si pensara que algo rutinario, sin importancia...
Lo cierto es que ni siquiera sé lo que voy a intentar. Pero sea como sea, sí lucharé por conseguir algo. Parece que ahora mi voluntad me responde con cierta fuerza. Tal vez su vigilancia haya cedido un poco. Ha sido tan violento el enfrentamiento en estas últimas horas... Quizás esté fatigado, en relajamiento. Aunque dudo que él pueda cansarse nunca.
De todos modos, puedo moverme sin que ocurra nada, sin que «algo» se interponga, como siempre, entre mi voluntad y mis actos, entre mis deseos y mis actividades; Lo seguiré intentando. Sí. Un poco más... Estoy cerca de la puerta de salida. Tan cerca ya... Alargo mi braza Mis dedos tiemblan ligeramente. No, no debo excitarme. No debo sufrir emociones intensas. Eso altera la circulación, el riego sanguíneo. Y entonces... entonces él reacciona, actúa.
Me domino lo mejor posible. Me controlo. Mis dedos rozan el pomo de la puerta, bastará sólo que apoye mis yemas en la cerradura electrónica y su sensible circuito, al contacto de mis huellas dactilares, se activará, abriendo el mecanismo. Sólo mi propia mano es la llave que puede abrir esa puerta.
Ya está. He tocado el pomo. Ahora rozaré la cerradura, y la puerta se abrirá. Podré salir tal vez. E intentar algo. No puedo huir de él, lo sé. Va conmigo allí adonde yo vaya, sin remedio. Pero puede que consiga algo. Si aviso a los demás, si puedo dar la alarma, si me escuchan, si me es posible demostrarles lo que sucede...
¡Oh, no, maldición!
Esa fuerza otra vez. ¡Esa espantosa fuerza! He saltado atrás. Mi boca emite un alarido de dolor supremo, de rabia, incluso de terror. Mi cuerpo se agita en espasmos violentos, mi boca se llena de espumarajos y los ojos casi se salen de mis órbitas. Mi cuerpo convulso retrocede, mi faz se congestiona, algo hace palpitar mi corazón con tal violencia que parece que va a saltar en pedazos. Noto que hierve la sangre en mis venas. Pero es un hervor extraño, frío, glacial...
Por un momento pienso, lleno de pavor, que el hecho va a tener lugar, que la transformación va a producirse dentro de mí, y que mi cuerpo va a estallar en fragmentos horripilantes, para dar salida a la cosa que llevo dentro de mí...
Me revuelco por el suelo, siento unas palpitaciones frenéticas en mis sienes, una rara hinchazón en mis meninges y un martilleo en mi cerebro, mientras lo veo todo rojo, y ese hervor helado, que agita mis venas se transmite a mis miembros, pareciendo que me congelo rápidamente, mientras mis pensamientos se bloquean, mi mente se acorcha... y acabo cayendo en una especie de sopor incierto, de sueño que no es tal, de consciencia que tiene mucho de inconsciencia. Como si estuviera, a la vez, vivo y muerto, dormido y despierto consciente e inconsciente.
Algo, un poder terrorífico y devastador domina mis nervios, mis músculos, mis huesos, mi cerebro. Estoy prisionero de él. Puede destruirme cuando quiera, lo sé. Pero creo que, por el momento, ni siquiera lo intenta. Se conforma con esto. Si él pudiera reír, estoy seguro de que captaría su risa, una risa horrenda y satánica, brotando de mis arterias como palpitaciones sardónicas.
Pero no. No ríe. No necesita hacerlo. Se sabe el más fuerte. El triunfador. Es mi amo y lo sabe. Yo, derrotado, maltrecho, vencido definitivamente, me desplomo de bruces, casi sollozando.
No hay escapatoria. No hay salida. No hay salvación.
Ni para mí, ni para nadie. Esto es el fin. Hay que aceptarlo así. Hay que resignarse!..
—Oh, Dios mío, Dios mío... —no sé si estoy musitando palabras o sólo resuenan en mi cerebro los pensamientos—. ¿Cómo pudo llegar a suceder esto, cómo empezó realmente todo?
Pero yo sé cómo empezó todo. Y en qué momento. Lo sé. Aún puedo recordarlo, todavía esa maldita y espantosa criatura no ha logrado borrar mi memoria, destruir mis recuerdos. Aún soy capaz de evocar aquellos instantes, que ahora se me antojan tan remotos, tan lejanos en el tiempo y en el espacio...
PROLOGO DOS
N TERCERA PERSONA)
—No me gusta este lugar —confesó Iván Bloy, sacudiendo la cabeza con gesto de disgusto.
—A mí tampoco —le respondió su compañero.
—Entonces, ¿qué mil diablos hacemos aquí tú y yo?
Sonrió, mirándole con simpatía. Iván era así. Sabía tan bien como él el motivo de su estancia allí. Pero pretendía ignorarlo, haciendo preguntas como aquélla, que él bien conocía que carecían de respuesta.
—¿Tú qué crees que ocurriría si nos marcháramos ahora de aquí sin consultar con nadie? —le preguntó, divertido.
Soltó Iván un bufido. Su rostro eslavo reflejó ironía bajo la escafandra plástica, de brillante color rojo, cuyo visor trasparente mostraba su gesto sarcástico y su mechón rebelde, de pelo rubio. Los azules ojos estudiaron al otro jovialmente cuando comentó:
—Seguro que nos fusilaban.
—Bueno, no digo yo tanto —rió su compañero—. Pero que nos meterían un buen expediente de indisciplina grave, eso sí. Y significaría, como mínimo, un largo destierro y la separación del Cuerpo de la Confederación Mundial de Astronautas.
—A veces estoy tentado de correr el riesgo, no creas —murmuró, sentándose en unas piedras cubiertas de un musgo esponjoso y amarillento. Hurgó con la puntera de su calzado especial de astronauta en el suelo blando y húmedo del lugar, removiendo la tierra pastosa, verdosa de tonalidad en la superficie y parduzca en su interior—. ¡Peste de lugar! Debe oler mal. A podrido.
—Podríamos averiguarlo abriendo los conductos olfativos.
—No, gracias. Prefiero mantenerlos cerrados. Me basta con tener abiertos los conductos auditivos. Y maldita sea, no sé para qué. Sólo puedo oír tu voz y el crujido de las plantas al pisarlas. No se oye nada aquí. Ni animales, ni personas, ni tan siquiera viento o brisa. Nada. Es como si fuera un mundo muerto.
—¿Muerto? —repitió el otro dubitativo, mirando en torno suyo—. Es lo último que podría parecerle esto a cualquiera, Iván. Hay demasiada humedad, demasiada vegetación para que esté muerto. El suelo rezuma agua, las plantas son frondosas y húmedas, todo esto es un vergel.
—Pero no hay animales. Al menos, no se les oye ni se les ve. Y eso no me gusta —confesó abiertamente el soviético, tras una vacilación.
—Tengo que admitir que tampoco a mí —dijo su compañero escudriñando por encima de sus cabezas las copas de los altos, espesos y lánguidos árboles, cuyas hojas y lianas descendían hasta rozarles, con perezosa indolencia. Algunas de sus larguísimas ramas llegaban incluso a tocar el suelo. Pero debían seguir explorando todo esto. Seguro que no tardarían en encontrar agua, pensaron.
—¿Agua? Rezuma de todas partes, amigo mío. Del suelo, de las plantas, de los árboles. Creo que si nos quedáramos mucho tiempo en un sitio como éste, acabaríamos reumáticos perdidos.
Le hizo reír con su ocurrencia. Iván tenía siempre una idea oportuna para hacer de cada comentario una burla. Pero no le faltaba razón. Aquel mundo era particularmente pegajoso. El nivel de humedad, en el pequeño detector del traje espacial, señalaba un grado externo superior al noventa y nueve por ciento. La tierra, al ser hollada por las botas plásticas, rezumaba acuosidad amarillenta, biliosa. La sensación de bochorno, fuera de los herméticos atavíos espaciales, debía de ser insoportable.
—Yo me refería a otra clase de agua —señaló su compañero—. Es posible que si hallamos un arroyo, un río o un lago, encontremos igualmente peces, alguna forma de vida animal, sea primaria o no. Eso nos ayudaría mucho a conocer las características de este lugar y de su composición química, y demás datos importantes para nuestra labor.
—A mí este asteroide me tiene perfectamente sin cuidado —declaró abruptamente el ruso—. Nos han enviado a él para investigar, de acuerdo. Y debemos transmitir desde aquí todos los datos técnicos y científicos precisos, sólo porque el mando unificado desea contar con el mayor número posible de asteroides habitables, para la futura guerra mundial que se está preparando.
—Nadie ha dicho que se prepare una guerra —dijo con cautela el americano.
—No hace falta que lo digan —Iván se encogió de hombros—. Siempre hay una guerra después de otra. Echa una ojeada a la Historia. Allá a principios del siglo pasado, pensaron que con la gran guerra se terminaban todas las demás. Pero fue un aviso de lo que vendría sólo treinta años después. La Segunda Guerra Mundial nuevamente parecía que iba a ser la última de todas. Pero siguieron Corea, Vietnam, Oriente Medio, Camboya, África y, finalmente, La Tercera Guerra Mundial entre tu país y el mío. Cuando ya estábamos medio aniquilados todos, se llegó a una nueva paz. ¿Duradera? Eso pensaron entonces. Pero hoy en da, en el año de gracia del 2035, todos sabemos que la gran alianza oriental de China y Japón con sus satélites asiáticos es la nueva amenaza contra URSS, Estados Unidos y Europa. ¿Solución? La Cuarta Guerra Mundial, naturalmente. Que se llevará a cabo en la Tierra y en los planetas, en suelo firme y en el espacio. Por eso todos debemos ir de prisa, ser más poderosos y rápidos que los adversarios, llegar más lejos, controlar más planetas, satélites o asteroides del Sistema Planetario Solar. Es el cuento de nunca acabar. Cuando los asiáticos o nosotros estemos destrozados por esa guerra, llegará otra efímera paz... y vuelta a empezar. El ser humano no conoce escarmientos.
—No te veo optimista, Iván —confesó, perplejo, su camarada.
—No tengo motivos para estarlo. No veo sino maniqueísmo a mi alrededor, conducente siempre a asignar el papel de «malos» a unos y de «buenos» a otros. ¿No ves nuestros uniformes? Hablan por sí solos. Mi indumentaria es roja. La tuya, blanca y azul. Somos un ruso y un americano viajando juntos, pero diferenciados por un color que nos señala y distingue, política y socialmente. ¿Por qué diablos no podemos ser solamente dos hombres, dos astronautas, dos amigos en un mismo empeño común, sin banderas ni identificaciones ideológicas?
—No se me ha ocurrido preguntarlo al Kremlin ni a la Casa Blanca —rió de buen humor el americano.
—Hiciste bien —resopló el ruso, levantándose de nuevo—. Tampoco te hubieran contestado. Bien, sigamos la marcha, a ver si como dices encontramos un río y podemos comer unas truchas asalmonadas de este asteroide, en vez de esa maldita pasta de alimento concentrado que forma nuestro menú cotidiano.
—Primero haría falta saber si los alimentos en este lugar, sean animales o vegetales, son comestibles para el ser humano, no lo olvides —le hizo notar el yanqui mientras reanudaban la marcha a través de aquella jungla espesa, cálida y pegajosa, que convertía el misterioso asteroide en un auténtico vergel silencioso y lujuriante, cuya ausencia de sonidos empezaba a resultar casi inquietante.
El astronauta del rojo atavío espacial continuó abriéndose camino a duras penas, apartado las ramas y hojarasca sin necesidad de utilizar su machete, ya que la vegetación no llegaba a enredarse formando una red insalvable, y se limitaba a caer con languidez, perezosamente, desde los altísimos árboles que se elevaban hacia la capa de brumas grisáceas que envolvían aquel asteroide como en una capa, algodonosa y sucia, harto peculiar en un cuerpo cósmico de esa naturaleza. Tal vez esa misma brumosa atmósfera que envolvía al asteroide era lo que más había intrigado a los expertos de la Confederación Mundial de Astronautas y a los estrategas ruso-americanos, que dirigían la operación de exploraciones espaciales con vistas a situar en un futuro más o menos cercano —ellos temían que demasiado cercano incluso—, sus potentes ingenios espaciales y sus bases de proyectiles asesinos cósmicos, para el caso de una muy probable guerra con la Alianza Oriental, la nueva superpotencia que amenazaba la siempre frágil paz mundial.
Le siguió el americano a través de la espesura, comprobando lo mismo que él la constante ausencia de pájaros, reptiles o cualquier otra forma de vida animal, pese a lo exuberante y húmedo de su ambiente. Una comprobación de los datos técnicos del exterior les había demostrado, sin embargo, que seria un grave error despojarse de la escafandra o del traje espacial en aquel mundo pequeño, dotado de atmósfera propia. La razón era muy simple: el aire no era respirable. Poseía un alto grado de nitrógeno y gases nocivos, pese a que la abundancia de oxígeno permitiera la existencia vegetal en tales proporciones. En cuanto a la temperatura, tampoco les hubiera sido nada agradable afrontarla sin defensas. El termómetro exterior marcaba, en cifras digitales, dentro de la escafandra, nada menos que unos sesenta y tres grados centígrados. Un calor insoportable que, unido al elevadísimo índice de humedad, harían aquella atmósfera irrespirable y asfixiante.
Los dos astronautas avanzaban progresivamente, sin demasiadas dificultades, pese a lo frondoso de la vegetación, gracias al potente filo de sus machetes, que cuando tropezaban con alguna fibra o raíz demasiado dura para su acero emitían un chirriante destello eléctrico, y actuaban como una sierra mecánica, desgarrando cualquier tejido resistente. Así, de forma insensible casi, fueron introduciéndose en la maraña densa y sombría de aquella jungla misteriosa, mágicamente alumbrada por el reflejo solar en la superficie de Venus, allá encima de sus cabezas. El asteroide, casi un diminuto satélite del planeta, nunca percibido anteriormente por los científicos terrestres hasta que se pudo pisar Venus y, desde su lado opuesto a la Tierra, ver aquel núcleo de asteroides de extraño movimiento en espiral, siempre por un mismo lado del planeta, impidiendo ser vistos desde el planeta Tierra, recibía así la claridad resplandeciente, entre amarilla y verdosa, de una gigantesca luna natural como era para aquel pequeño mundo la presencia de su gigantesco compañero de destinos cósmicos, llamado Venus.
Y ciertamente, mucho de la propia naturaleza pantanosa y húmeda, de Venus, especialmente la de su zona ecuatorial, se encontraba también presente en el asteroide, qué los servicios de cartografía cósmica de la Confederación habían bautizado con el enigmático e inconcreto nombre de Cyros.
—Empiezo a cansarme de pisar este fango pegajoso —se quejó Iván, volviéndose a su camarada americano, con un gesto que se reveló incómodo e irritado a través de la convexa superficie de su visor de plástico de la escafandra roja. Es como ir andando sobre gelatina, maldita sea.
—Ahora que hablas de gelatina, he observado algo curioso. Mira esos árboles que crecen a trechos, los de coloración púrpura y tronco amarillento. Destilan algo muy parecido a una gelatina, algo viscoso y blando, que se desliza por su corteza. Debe ser sin duda su jugo, su humedad interior, algo así como la resina o el caucho de los árboles de nuestro mundo. Pero resulta repugnante.
—Sí —afirmó Iván, contemplando los árboles que citaba su compañero—. Ciertamente, parece como algo que escapa de grietas de un cuerpo. Con un poco de imaginación, uno diría que es sangre, brotando de un ser herido...
—Sangre —se estremeció el americano, con un gesto de desagrado—. Cielos, qué extraña idea, Iván...
Y siguieron adelante, tras dirigir una ojeada de profundo desagrado a los árboles rezumantes que iban que dando atrás. Inesperadamente, la voz del ruso se hizo aguda. Se paró en seco y señaló algo, con brazo rígido, excitada entonación:
—¡Eh, mira eso, amigo! —clamó—. ¡Lo hemos encontrado!
—¿Encontrado qué? —se interesó el americano, procurando alcanzar a su camarada lo antes posible a través de una tupida red de lánguidas lianas húmedas.
—¡Agua, naturalmente! —fue la respuesta del soviético.
—¡Agua! ¡Cielos, qué sorpresa! —exclamó a su vez el otro astronauta, corriendo a confirmar lo que su compañero decía.
Ciertamente, era agua O lo parecía. Aunque no se pudiera decir, en realidad, que su apariencia fuese alentadora o capaz de despertar esperanzas en nadie. Su superficie parecía fétida, y debía de serlo. Los sensores olfativos de la escafandra emitieron un bip-bip de aviso, acompañado de los guiños de una lucecilla roja.
El agua era contaminada a no dudar, para emitir un olor capaz de dañar así la sensibilidad de los sensores olfativos. Su superficie así lo confirmaba, con una capa de verdoso musgo, fimo hediondo y florecillas oscuras, sin duda tan repugnantes como el agua estancada. El lugar teñía un silencio y una soledad casi escalofriante.
—Cielos, vaya lugar-se quejó el ruso—. Como para tomar un baño...
—Esas aguas son puro veneno, sin duda —comentó su compañero, pensativo—. Pero ¿has notado una cosa, Iván?
—¿Qué?
—En circunstancias normales, un agua así atrae a infinidad de insectos, e incluso crea formas de vida parasitaria o unicelular.
—Sí, claro. Mosquitos, larvas, bacterias...
—Ahí no hay nada de eso; Según mis sensores, índice de vida, cero, cero, cero. Ni el más leve vestigio vital. Ni un coleóptero, ni un gusano. Nada.
—Eso no tiene mucho sentido. Incluso la putrefacción crea vida.
—Así es. Pero no aquí, Iván. Es como pisar un sepulcro. Peor aún, porque ni siquiera crecen flores silvestres o brotan gusanos. Esta vegetación parece hecha de detritus de plantas, de cadáveres vegetales en descomposición.
—Tienes un modo de decir las cosas... —el ruso le miró, ceñudo—. Diablo, amigo, casi le haces sentir miedo a uno.
—Miedo, tal vez no. Pero preocupación, sí. Este mundo me intriga, Iván. No tiene sentido, tal vez por eso no logro entenderlo.
—Lo mejor será volver a la nave e informar al mando, consultando si podemos iniciar el regreso a Base Lunar Delta, como estaba previsto.
—Sí, tal vez tengas razón. Será lo mejor. Pero antes recogeremos unas muestras de esa apestosa agua, para su posterior análisis.
—Deja. Yo lo haré —se ofreció vivamente el ruso, extrayendo de su equipo de investigación una de las bolsitas de plástico hermético, dispuestas para recoger muestras de su exploración espacial.
Se agachó al borde de la misteriosa y maloliente laguna, tocando con sus dedos enguantados el fango pastoso de la orilla y los helechos blanduzcos y lívidos que en él crecían. Introdujo unos tallos en el recipiente, así como barro, musgo y un poco de agua turbia y espesa. Luego vislumbró otro tallo, emergiendo de las empantanadas aguas, en forma de púa espinosa, recubierta de un musgo verde oscuro, también gelatinoso.
Lanzó un grito ronco. Se echó atrás sobresaltado, mirándose con sorpresa la mano y soltando el recipiente con las muestras. Rápido, el americano fue hacia él para atenderle.
—¿Qué sucede, Iván? —quiso saber.
—Maldita sea, no sé cómo sucedió. Mira —mostró su mano extendida, en especial el dedo pulgar de la misma—. Algo me perforo el material protector del traje.
Era cierto. El guante aparecía agujereado sobre el dedo, justo encima de su yema, si bien rápidamente la sustancia que emitía el tejido, para taponar posibles desgarros que tendrían fatales consecuencias en un ámbito nocivo, se apresuraba a cubrir con rapidez el desperfecto, aislando de nuevo al ruso totalmente del ámbito exterior. Pero no sin que antes, por el diminuto orificio, hubiesen brotado dos gotas de sangre del soviético, que tiñeron con su tono rojo oscuro el material también rojo del astronauta.
—¿Te duele? —preguntó solícito el americano.
—No, no. Sólo fue la sorpresa, el sentir el pinchazo. Era como un aguijón profundo. Pero la crema protectora ya actúa. Se está cicatrizando, no ocurre nada.
—Es raro. ¿Qué te produjo ese pinchazo?
—Algo en el agua, una especie de espino verdoso. Deja, no trates de tocarlo. Es endiabladamente afilado y está lleno de púas.
—Y muy fuertes han de ser para perforar un material tan resistente con esa facilidad —el americano tomó la bolsa plástica de muestras—. Es mejor que no busquemos más, para evitar nuevos problemas. Este no tuvo importancia, pero otro puede tenerla. Volvamos a la nave, será lo mejor.
—Sí, pienso como tú —asintió Belov contrariado, mirándose ceñudo el dedo. Luego esbozó una sonrisa y se expresó más animoso—: Esto ya no duele nada, En marcha, camarada.
Y dio media vuelta, disponiéndose a iniciar la retirada de tan incómodo e inquietante lugar. Fue entonces cuando, involuntariamente, su compañero fijó la mirada en un punto y lanzó una exclamación de sorpresa.
—¡Eh, mira eso!,—murmuró, perplejo.
Ahora fue el ruso quien se volvió, buscando lo que señalaba su compañero de expedición. Los ojos de Belov se fijaron, sorprendidos también, en lo que le mostraba el americano.
—Diablo, ¿y qué es eso? —indagó, profundamente intrigado.
—Es lo que quisiera yo saber. Creo que vale la pena rodear la charca e ir a verlo. ¿Qué opinas?
—Ya que estamos aquí, adelante. No nos vamos a quedar con las ganas. Regresar aquí no es como volver al bar de la esquina a tomarse otra copa, muchacho. ¿A qué esperamos para ver lo que es?
Y, animosamente, los dos emprendieron la marcha en dirección al punto señalado por el americano, había motivos sobrados para su interés, eso pronto pudieron comprobarlo, apenas llegados al lugar en cuestión.
La estructura que viera a distancia el astronauta yanqui era una especie de túmulo hecho de piedras planas. Recordaba viejos y prehistóricos monumentos, de gran sencillez. Tres piedras planas en pie, sosteniendo como muros otra piedra plana, también, a guisa de techumbre. La más simple y primaria forma de morada imaginada por el hombre en el principio de los tiempos, cuando salió de las cavernas.
Era el primer edificio o estructura de tal que les era dado ver en Cyros. Las piedras mostraban la misma vejez y abandono que las aguas y k jungla. Estaban recubiertas en su totalidad de musgo y humedad. Pero ni rastro de un insecto corriendo por su superficie. Ni la más diminuta criatura viviente era visible en aquel mundo extraño y viscoso.
—Miremos adentro —sugirió el ruso—. Puede que contenga algo.
—Cuidado —avisó el americano, empuñando su arma de rayos láser, en previsión de cualquier contingencia—. Esto ya no es obra de la Naturaleza, pura y simplemente, Iván. Aquí han colaborado unas manos o cosa parecida, una inteligencia, por primaria que sea. En resumen: un ser vivo.
—Parece evidente. Pero de eso hace ya mucho. Mira las junturas de las losas. Están virtualmente soldadas por el tiempo. Es una estructura sólida. Entraré yo.
—No. Deja que lo haga yo. Tú ya te arriesgaste con esas plantas espinosas de la charca. Quédate afuera con el arma a punto, por si acaso, y dame luz. Yo me ocuparé del resto.
Asintió Belov, aceptando la sugerencia de su compañero. Empuñó el arma con su diestra y la linterna electrónica con la zurda. A su vez, también el americano esgrimió ambos objetos al inclinarse para penetrar en la estructura de piedra, cuyo interior aparecía profundamente oscuro, en comparación con la lívida claridad exterior.
Contuvo una exclamación de asombro con dificultad, apenas pisó el interior de la edificación, no mucho mayor que un igloo esquimal o una tienda india de pieles, aunque de forma rectangular. Era honda, de ahí su oscuridad. Y la tierra blanda formaba un declive natural, dejando ver al fondo del mismo el objeto que causó la sorpresa del americano.
Su luz y la de Iván Belov, juntas, revelaron la forma de algo, allá en el fondo de la edificación misteriosa. Ese algo tenía todas las trazas de ser una piedra.
Pero una piedra con forma Con una forma extrañamente humana.
—Que me dejen colgado del vacío para siempre si eso no parece un maniquí tallado en piedra, o una estatua rudimentaria..
Así era en apariencia. La estructura de cuerpo, extremidades y cabeza, respondían exactamente a un ser humano, aunque de dimensiones un poco exageradas. Calculó el americano que, como mínimo, sobrepasaba ligeramente los dos metros de estatura. La idea de una estatua anidó en su mente con más fuerza que nunca.
—Tal vez un antiguo ídolo, la deidad de algún rito pagano de una civilización humanoide que tuvo su residencia aquí en tiempos remotos —musitó, sacudiendo la cabeza y avanzando unos pasos, mientras hacía voltear la luz en derredor suyo, en busca inútilmente de alguna posible inscripción en los muros pétreos de lo que, repentinamente, parecía ser un templo rústico... o quizás un panteón milenario.
—¡Eh, amigo, di algo! —voceó el ruso desde fuera, uniendo el chorro de luz de su lámpara al de él—. ¿Qué pasa ahí dentro?
—No sé aún exactamente, Iván, pero acabo de encontrar el primer indicio de una existencia viva e inteligente en Cyros... y tal vez incluso humana. Espera un poco, voy a investigar.
Estaba ya junto a la forma petrificada. Era como contemplar una parduzca estatua recubierta de musgo, orín y humedad, una figura humana olvidada en el tiempo. Pero cuando la luz se proyectó sobre la forma, el americano sintió un escalofrío y ya no estuvo tan seguro de nada.
Aquello no era humano. Por mucho que tuviera cabeza, hombros, brazos, tronco, piernas y pies... no parecía humanoide salvo en eso. Ni rostro, ni orejas, ni dedos, ni sexo, ni estructura muscular tallada en lo que parecía piedra gris verdosa. Sólo la envoltura, la forma corporal, sin detalles. Claro que podía deberse solamente al arte primario de unos seres muy atrasados, incapaces de reproducir la forma humana fielmente, salvo en su contorno. Pero es que había algo más.
El rostro, mas que tal, era una especie de hojas superpuestas, talladas en piedra; los miembros parecían ramajes; el cuerpo, un tronco arbóreo. La cabeza recordaba la forma de un fruto extraño. Manos y pies, desprovistos de dedos, eran como membranas vegetales, como cuatro grandes hojas estriadas, de respetable grosor.
—Dios —susurró él, asombrado—. Es... es una forma vegetal de aspecto humano... Tal vez un dios mitad hombre, mitad planta... Sí, debe ser eso, no hay duda.
Se inclinó, tocando aquella sorprendente estructura, seguro de su dureza y pesadez. Dureza si encontró. Era como tocar una superficie pétrea. Pero pesadez, no. Para pasmo suyo, la forma tendida en tierra se movió. Osciló, al solo roce de su mano, como si fuese ligera. Perplejo, la empujó con un poco más de fuerza.
El cuerpo rodó hasta golpear el muro del fondo. El americano lanzó una interjección. Eso provocó el interés y curiosidad de su compañero ruso, allá fuera.
—¿Puedes decirme de una maldita vez por todas qué es lo que estás viendo ahí? —le apremió Belov.
—Claro —asintió el americano, casi divertido—. Vas a saberlo en seguida. Salgo con ello, Iván.
Y ni corto ni perezoso guardó su arma, se inclinó, tomó la figura yacente con un solo brazo y la alzó como si realmente fuese un vegetal o un cuerpo hueco, tallado en cartón. No pesaba nada, era liviano como una pluma
Cargado con él, para pasmo de Belov, salió al exterior.
—¡Que el diablo me lleve! —tronó el ruso—. ¿Qué diablos es esa cosa?
—No lo sé. Todo parece indicar que un ídolo mitad humano, mitad vegetal, tallado en una materia desconocida para nosotros, una especie de piedra que no pesa nada. Sea como sea, un gran hallazgo para nuestros laboratorios y científicos, ¿no es cierto?
Y sonriendo reanudó la marcha, de regreso a la nave espacial qué les llevara hasta el asteroide Cyros, seguido por un atónito y desconcertado Iván Belov.
PRIMERA PARTE DESPUÉS DEL PROLOGO DOS
CAPÍTULO PRIMERO
L profesor Román Mankiewicz, del Cuerpo de Investigación Biocósmica de la Confederación, se despojó de sus ropas de trabajo y meneó la cabeza, pensativo, cerrando cuidadosamente tras de sí la cámara acorazada del laboratorio, donde se acostumbraban llevar a cabo los trabajos de alta especialización y los que comportaban riesgos de radiaciones.
Tras la puerta de hermético acero revestido de materiales antirradiactivos, y con sólo el visor rectangular de materia plástica, especialmente adaptada también a los rigurosos sistemas de control y protección de cuanto se hallaba allí dentro, quedaba el más completo laboratorio imaginable, tanto en procedimientos químicos como cibernéticos.
La enfermera Judy Spencer dejó de mezclar unos líquidos en el tubo de ensayo, en el laboratorio general exterior, y dirigió una mirada de curiosidad al hombrecillo flaco, encorvado, de cabellos blancos y ojillos vivaces e inteligentes, que acababa de salir del llamado laboratorio ultrasecreto.
—¿Alguna novedad, profesor? —indagó casi rutinariamente la rubia y joven enfermera, dirigiéndole una ojeada rápida, sin dejar de trabajar.
—Nada de eso —rechazó él vivamente—. Todo sigue igual, por desgracia.
—No me diga que se siente usted ya vencido, profesor —sonrió ella.
—No, eso nunca, hija —sonrió a su vez afablemente el hombre de ciencia—. Pero la verdad es que nunca me sentí tan desconcertado ante un trabajo como el de ahora. Lo estoy intentando todo, pero en vano.
—Al menos, sabrá de qué se trata exactamente.
—Oh, eso sí. Y por cierto que muchos van a sentirse sorprendidos cuando lo sepan, pero he llegado a un punto en el que no logro avanzar un solo paso, y eso es lo que me desorienta, señorita Spencer. No tiene lógica que las pruebas electrónicas y de todo tipo se estrellen en un enigma sin solución aparente. En fin, dejemos descansar un poco la mente y los nervios, olvidemos la tarea entre manos, y más tarde tal vez llegue la esperada solución.
—Estoy segura de que llegará, profesor —dijo la joven enfermera—. Usted nunca puede fracasar.
—Hija mía, tu confianza me devuelve la moral perdida —rió afablemente el profesor—. Trataré de recordar tus palabras cuando reanude el trabajo, te lo aseguro.
Y abandonó los laboratorios con sus andares pausados, menudos y apacibles. Detrás quedó la actividad habitual en las instalaciones científicas de la Base Lunar Delta. Una puerta se abrió al fondo, y otra mujer, con bata verde clara y el emblema de la Confederación Mundial de Astronautas, penetró en la amplia nave, avanzando entre los numerosos químicos que en ella trabajaban, hasta llegar cerca de la rubia Judy Spencer, a quien interpeló suavemente:
—Enfermera Spencer, ¿está todavía el profesor en el laboratorio especial?
—No, doctora Dankkova —rechazó la enfermera—. No hace mucho que se fue. Y no demasiado contento consigo mismo a lo que parecía, pese a que da la impresión de haber averiguado algo sobre el objeto de sus investigaciones.
—Bueno, eso ya es algo —suspiró la joven y atractiva doctora rusa especializada en Medicina Espacial y Bioquímica Cósmica—. Pero conociendo al profesor Mankiewicz, todo lo que no sea llegar al fondo de la cuestión, es fracasar.
—Así opina él —sonrió la enfermera Spencer. Miró con curiosidad a su colega y compañera de tareas de investigación—. Doctora, ¿es cierto que ese hallazgo puede revolucionarlo todo en lo relativo a nuestro concepto de la vida inteligente en el Cosmos?
—Es demasiado pronto para comprometerse en teorías —objetó la doctora con cautela—. Dependerá en mucho de lo que el profesor descubra en torno a esa forma Nosotros, en el laboratorio electrónico, hemos hallado algunos leves indicios que, tal vez, coincidan con las conclusiones del profesor, por eso quería verle. Pero repito que todavía no se pueden adelantar acontecimientos, enfermera Spencer. ¿Todo bien con ese suero nuevo?
—Sin problemas. Podremos acometer con él la terapia de dolencias como el síndrome de soledad o el de aislamiento, tan frecuente en nuestros compañeros... y en nosotras mismas, para qué vamos a engañarnos.
—Mi querida amiga, cuando elegí esta especialidad, decidí olvidarme de Tos demás seres humanos y de la vida en común, para pensar que en lo sucesivo podría encontrarme terriblemente sola y aislada en cualquier lugar del Universo. Estoy mentalizada para sobreponerme a esos síndromes tan incómodos sin necesidad de suero alguno. Pero harán bien en avanzar cuanto puedan en su definitiva composición, porque hay casos aquí que reclaman ya urgente necesidad de resolverlos satisfactoriamente cuanto antes, o enviar a los afectados nuevamente a la Tierra.
—¿Ha habido algún nuevo caso de complejo de soledad y de aislamiento?
—No. Sólo el astronauta Iván Belov parece sufrir una cierta depresión y una alteración febril bastante elevada. Pero él tiene aquí a su esposa e hijo, de modo que no creo que sea debido a tal hecho, sino más bien a un poco de psicosis del espacio. Ha hecho últimamente demasiados vuelos espaciales y está un poco saturado. Le he sometido a observación regular en su domicilio, y creo que eso bastará.
—¿No fue precisamente el astronauta Belov quien encontró a esa «cosa» que investiga el profesor Mankiewicz? —preguntó la enfermera con curiosidad.
—Sí, él mismo —afirmó la doctora con cierta sequedad—. Pero al parecer no fue mérito suyo, sino de su compañero de vuelo en esa ocasión. En fin, poco importa quién trajese a Delta esa «cosa», como usted dice tan ambigua y gráficamente, enfermera —sonrió en ese punto—. Lo que cuenta es que" está aquí y no sabemos aún lo que es.
La doctora se alejó, taconeando graciosamente a través de las largas mesas de trabajo del laboratorio, alineadas bajo la radiante luz blanca de las instalaciones de la Base Lunar Delta, establecidas en el subsuelo del importante centro experimental e investigador, o plataforma a la vez para partida y llegada de astronaves al espacio exterior, lejos del planeta Tierra.
La reunión de militares y científicos en la amplia sala del hemiciclo de conferencias de Delta llegó a su tope cuando el general Arthur Wingate, en su condición de jefe supremo del alto mando en Base Lunar Delta, penetró en la misma, cerrando tras de sí la puerta electrónica, que sólo se podía abrir cuando los dedos de cada miembro del Consejo se apoyaran en la cerradura, especialmente sensibilizada a las vibraciones sensoriales de determinadas huellas dactiloscópicas.
Nadie, por muy sofisticados medios de apertura que pudiese utilizar, podría ya abrir aquellas puertas en modo alguno, si sus huellas no estaban codificadas y registradas en el microprocesador correspondiente.
—Bien, señores —dijo el general con voz clara y firme, tomando asiento en su sillón de la presidencia y haciendo un gesto a cuantos permanecían en pie, respetuosamente ante él—. Siéntense todos, por favor.
Obedecieron sin excepción, ocupando sus asientos en torno a la mesa semicircular, situada frente a la gran pantalla mural que alcanzaba hasta la alta bóveda de la sala, y sobre la cual se podían proyectar indistintamente, a gusto de los asistentes y con sólo pulsar un botón de mando de sus cuadros de controles en los tableros situados ante ellos, diversos mapas celestes, terrestres, planos lunares o diapositivas e imágenes de todo tipo, previamente seleccionadas por computadora.
Ante ellos, dando su espalda a esa gran pantalla, ahora en blanco, un hombrecillo pequeño, encorvado, de aspecto insignificante, bata blanca, desigualmente colgante a ambos lados de su desaseada figura, de cabellos muy blancos y ojos pequeños y astutos, parecía dispuesto a exponer algo importante a su selecta concurrencia.
—Profesor Mankiewicz, usted ha convocado esta reunión, si no me equivoco —dijo el general, con tono respetuoso hacia uno de los más notables científicos de su época.
—Así es, señor —afirmó humildemente el sabio—. Tal vez les he molestado en sus respectivas ocupaciones, pero me pareció importante hacerles partícipes de cuanto yo he descubierto en estos momentos, relacionado con el más trascendental hallazgo que hasta la fecha conseguimos de nuestras exploraciones interplanetarias.
—¿Se refiere a la figura misteriosa de Cyros? —preguntó el coronel Sergei Malinov, del Cuerpo Conjunto Ruso-Americano de Exploración Cósmica.
—Así es, señor —confirmó Mankiewicz suavemente, humedeciendo sus labios.
—Se tenía la idea de que era sólo un ídolo o figurilla representativa, moldeada sobre un material liviano, posiblemente hueco —sugirió ahora el mayor Duncan Scott, atusándose el bigote, frondoso y salpicado de canas.
—Eso no es cierto, señores. No es en absoluto lo que nos imaginamos todos al verlo por primera vez.
—¿Ha conseguido, por tanto, un éxito total en sus investigaciones y análisis? —indagó el general Wingate, esperanzado.
—Total, no, señor. Ni mucho menos —resopló el profesor, entristecido—. Sólo he logrado llegar a una conclusión primaria y definitiva, que acabo de confirmar mediante una serie de pruebas realizadas por computadora. Sobre lo que voy a decirles ahora, por extraño que les parezca, no hay la menor duda, caballeros.
—Bien, profesor, cualquiera diría que nos reserva una gran sorpresa o un golpe de teatro —comentó sonriendo el capitán médico-cirujano Neil Forrester, adscrito al Cuerpo Expedicionario de Biomedicina Espacial de la Confederación.
—Usted sabe bien, capitán, como saben todos, que no soy amigo de los golpes de efecto ni de las truculencias —replicó suavemente el profesor—. Por el contrario, me gusta siempre comprobar minuciosamente cada hecho, y no adelantar acontecimientos ni pecar nunca de sensacionalista. Le aseguro que, en esta ocasión y muy especialmente, he sopesado y medido con sumo tiento las circunstancias, antes de decidirme a exponerles las mismas con toda sinceridad. Y, dada su naturaleza, creo del máximo interés que todos sepan cuanto antes lo mismo que ahora sé yo.
—Ha logrado ponernos sobre ascuas, profesor —confesó el general—. Usted no acostumbra obrar a la ligera ni a provocar innecesariamente la atención ajena. Díganos, por favor ¿qué es lo que sucede?
—Nada que deba alarmarles, caballeros —sonrió Mankiewicz—. Pero sí exigirles a considerar desde ahora muchas cosas de modo diferente a como hasta hoy lo hirieron. Me voy a referir a ese hallazgo del asteroide Cyros, que dos astronautas de la Base Delta trajeron hasta aquí.
—Oh, sí, el ídolo misterioso —comentó el mayor Scott, algo displicente—. ¿Qué ha descubierto a través de él? ¿Alguna misteriosa religión de una civilización desconocida, la huella de unas criaturas inteligentes que adoran a dioses desconocidos para nosotros?
—Nada de eso, mayor —dijo el sabio, sacudiendo la cabeza—. No es un ídolo.
—¿Ah, no? —el coronel Malinov enarcó las cejas—. ¿Qué es, entonces? ¿Una estatua?
—Tampoco es una estatua
—Entonces, ¿qué es? —se impacientó el general Wingate.
—Un fósil —dijo tranquilamente el profesor Román Mankiewicz.
—¡Un fósil!
El grito, repitiendo aquel nombre, se coreó por varias bocas a la vez, con el mismo asombro en todas ellas. El sabio, mientras tanto, permaneció tranquilamente erguido tras su atril, cruzado de brazos, esperando que la expectación cediese tras su inesperado anuncio.
Fue el general Wingate el primero en reaccionar, enarcando las cejas e inclinándose hacia adelante, con gesto preocupado.
—¿Quiere decir que esa... esa «cosa» fue alguna vez un ser vivo, real? ¿Que no es la reproducción de ninguna forma de vida más o menos humana?
—En absoluto, general. Ese ser tuvo vida propia una vez. Ahora es sólo un fósil, una forma inerte, petrificada por la acción del tiempo.
—Pero... pero no tiene rostro. Ni ojos, ni boca, ni nariz, ni oídos, ni siquiera manos.
—No lo que nosotros entendemos por esos órganos tan necesarios al hombre, general —admitió Mankiewicz suavemente—. Pero estoy seguro de que en vida podía ingerir alimentos, ver y oír a su modo, e incluso tocar o palpar los objetos.
—¿Está queriendo decir que esa... esa criatura o lo que sea... tuvo vida propia... e incluso inteligencia? —dudó el mayor Scott con tono escéptico.
—Exacto. Estoy seguro de que fue un ser inteligente, á. De otro modo, no hubiese caminado sobre dos extremidades, sus piernas. Es una especie de homo erectus; por tanto, biológicamente sobrepasó la época primitiva de una hipotética evolución.
—Un momento —ahora era el capitán médico Forrester quien hablaba con tono excitado—. ¿Está intentando decirnos, profesor, que ese posible fósil es... es humano?
—No exactamente —sonrió distraído el científico—. Yo diría que es un vegetal, humanoide, caballeros. Una extraña mezcla de humano y de planta viviente. Algo totalmente nuevo en las especies vivientes e inteligentes que los terrestres llegamos a imaginar.
—Dios mío, eso es imposible. Suena tan absurdo... —jadeó el mayor Scott.
—¿Por qué motivo? —objetó Mankiewicz—. No podemos saber lo que hallaremos un día en otros mundos por explorar. Pero sí sabemos ya lo que hemos encontrado en uno de ellos. Un fósil de una criatura, mitad humana, mitad vegetal, convertida en una materia que, aun siendo parecida a la piedra, es ligera como el plástico o el cartón. Y, decididamente, ese cuerpo no está hueco. Todo él es sólido, corpóreo. Pero convertido en la materia pétrea y liviana que les he citado. Todos esos extremos han sido confirmados, repito, por la computadora de análisis.
Reinó un profundo silencio en la vasta sala de conferencias. El profesor pulsó un botón. En la gran pantalla apareció la imagen del supuesto fósil, tal como fuera filmado a su llegada a la Base Delta, en diversos planos generales y parciales, seguidos con mirada de mudo pasmo por militares y científicos.
—Ciertamente, en esas fotografías se aprecian rugosidades parecidas a las de las fibras vegetales —corroboró el doctor Norman Kane, asistente a la reunión, con su mirada fija en las imágenes de la pantalla—. El rostro se asemeja extraordinariamente a las hojas superpuestas de una alcachofa, pero con forma circular cada hoja y esférica la cabeza. Pero de eso a suponer que tuviese algo de vegetal vivo e inteligente, e incluso algo de humano, profesor... Pudo ser un vegetal de forma semejante a la de un homínido, y nada más.
—Pero no es así. Doctor Kane, su observación es muy interesante, pero los electrogramas y los análisis espectrográficos de la materia fosilizada revelan la existencia de un organismo petrificado, de una estructura perfectamente equilibrada y armónica. Y también de la existencia de una savia vital, desecada en lo que pudiéramos llamar su «sistema venoso», así como indicios claros de que en esa cabeza, parecida singularmente a una vulgar alcachofa, como dijo bien el doctor Kane, existió alguna vez una materia muy parecida a la de un cerebro humano.
—Dios mío, si eso es cierto puede existir aún en alguna parte una civilización inteligente, mitad humana, mitad vegetal —señaló con perplejidad el coronel Malinov.
—Así es, señor. Pero los datos que ese fósil nos da sobre su posible edad nos hace sentir pesimistas respecto a la remota posibilidad de hallar a sus congéneres con vida.
—¿Por qué dice eso?
—Porque según los cálculos más optimistas, tanto míos como de la computadora, hará al menos tres mil años que esa criatura se fosilizó en Cyros.
—Y alguien la depositó en esa especie de mausoleo que hallaron los astronautas —objeto el general Wingate—. Eso quiere decir que otros sobrevivieron a su muerte, sin duda alguna.
—Es muy posible. Pero tres mil años son bastantes años, incluso en mediciones de tiempo cósmico, para tener esperanzas de hallar a los supervivientes, si es que los hubo. Cabe la posibilidad de que llegaran de otro planeta a Cyros, o que éste se hiciese letal para ellos por alguna mutación en su equilibrio ecológico, y provocó el fin de la especie o su emigración a otro lugar. De momento, caballeros, debemos conformarnos con ese fósil de valor incalculable. Pero mucho me temo que debamos renunciar a dar con sus semejantes, aunque a partir de ahora ya no pueda descartarse la existencia de una forma de vida inteligente en el propio Sistema Solar al que pertenecemos, pese a los negativos y pesimistas resultados conseguidos hasta ahora en la exploración espacial. De ahí el interés que imagino tendrá para ustedes el hallazgo de ese singular fósil en el asteroide Cyros. Es cuanto tenía que decirles.
—¿Cree posible lograr más datos relativos a ese fósil, como determinar su edad, su posible sexo, su forma de vivir en el pasado, sus costumbres o hábitos? —indagó el doctor Kane, profundamente interesado.
—Mi querido doctor, sigo mis investigaciones sin demasiadas ilusiones, pero siempre es posible que surjan a la luz nuevos descubrimientos relacionados con ese cuerpo petrificado, Si es así, gustosamente volveré a informarles de todo ello.
—Bien, creo que la conferencia ha terminado, y por cierto que no ha tenido nada de rutinaria —comentó en voz alta el coronel Malinov, disponiéndose a incorporarse, cuando ya el profesor Mankiewicz abandonaba el salón, saludando a todos con una sencilla inclinación de su canosa cabeza.
—No, coronel, espere un momento, por favor —pidió con repentina seriedad la voz del general Wingate—. Este ruego lo hago extensivo a todos ustedes, caballeros. Hay otro tema importante del que hablar hoy aquí, que nada tiene que ver por cierto con las sorprendentes novedades que el profesor nos ha relatado.
Los militares miraron con cierta extrañeza al jefe supremo de Base Lunar Delta, y luego cambiaron entre sí miradas de perplejidad. Nadie se movió de sus asientos. El general norteamericano, a quien correspondía la jefatura de la base en aquel bienio, para luego ser sustituido por otro soviético —y así sucesivamente en la actual entente amistosa de las que fueran en un tiempo atrás potencias enemigas enfrentadas durante la ya afortunadamente olvidada Tercera Guerra Mundial—, permaneció sentado en su sillón central. Pulsó un botón del cuadro de mandos. A la imagen del fósil vegetal-humanoide proyectado en la gran pantalla sucedió ahora una vista general de Delta, con sus tres plantas superpuestas, la exterior cubierta por la cúpula plástica protectora que impedía la entrada del vacío lunar en su atmósfera artificialmente creada; la media, o primera planta subterránea, y la última, en el subsuelo, o reducto de máxima seguridad, sólo aplicable para estacionamiento de misiles interplanetarios, armas estratégicas, provisiones de emergencia y refugios anticontaminantes o antinucleares de todo tipo, con las instalaciones de mando y control para un caso de máxima alerta.
—Están viendo, como todos saben, nuestra propia base, caballeros —explicó lentamente el general Wingate—. No hay en todo eso nada que desconozcan. Pero tengo un motivo para mostrárselo de nuevo. Y es un motivo bastante ingrato para todos nosotros, desgraciadamente.
—Temo no entenderle, general —argumentó el coronel de estado mayor Stuart Bascomb, segundo mando de la base junto con el coronel soviético Sergei Malinov, en el actual cuadro de jerarquías castrenses de la misma
—Es muy sencillo, caballeros. Tengo un mensaje urgente de la Tierra, enviado por línea de comunicación cifrada de Altísimo Secreto y Prioridad Total.
Hubo un movimiento de desasosiego en los presentes. Quien más quien menos sabía lo que significaba utilizar la banda de frecuencia de transmisiones Tierra-Luna mediante Altísimo Secreto y Prioridad Total. Eso no auguraba nada bueno.
—¿Cuándo ha sucedido eso, señor? —quiso saber el mayor Scott.
—Pocos minutos antes de citarnos aquí el profesor Mankiewicz para su singular revelación. Decidí aprovechar la misma asamblea para darles cuenta de lo que sucede. Y procurar que, en cierto modo, las cosas no trasciendan demasiado por el momento, fuera de este reducto. No, doctor Kane, puede usted quedarse. Aunque no pertenece al cuerpo militar propiamente dicho, sus servicios como experto en toda clase de enfermedades, incluidas las mentales, puede sernos muy útil en las actuales circunstancias.
—¿De veras, general? —se extrañó Kane—. Yo no tengo relación con los problemas castrenses de la base.
—Lo sé. Tampoco la tienen, más o menos directamente, los astronautas como los aquí presentes, Lee Parker, Lester Kelly, Vania Slinoya, Mike Oswald, Boris Kirov y nuestros recién llegados Mark Doyle y Harry Roberts. Ellos siete, como pertenecientes a la élite de nuestros astronautas, están aquí sólo para escuchar las palabras científicas del profesor Mankiewicz, pero no estará de más que escuchen también ahora otras palabras bastante más graves y preocupantes para la seguridad de todos nosotros que las qué puedan referirse a ese fósil humanoide o vegetal hallado en Cyros por nuestros astronautas recientemente.
—En resumen: es algo que nos afecta a todos, ¿no es eso, general? —concluyó con gesto grave el coronel Malinov.
—Así es, coronel —confirmó el general serenamente.
Pulsó el botón de nuevo. Apareció en pantalla una imagen distinta. El rostro de un hombre, con una serie de datos antropométricos, físicos y biológicos alineados bajo su fotografía estereoscópica.
—Tienen ustedes ahí a un hombre peligroso —dijo lentamente—. Tan peligroso que todos le buscan en la Tierra, tanto nosotros como los soviéticos, para impedirle que lleve a cabo su obra.
—¿Quién es? —se interesó el capitán médico Forrester.
—Su nombre nos importa poco. Ha utilizado al menos cincuenta distintos en pocos años. Su nombre clave, para el código de Alta Seguridad, es «Andro». El motivo es claro: se trata de un androide.
—¡Un androide! —repitieron varias voces, asombradas. Y alguien añadió—: No es posible. Parece un ser humano...
—Es un ser humano —rectificó seriamente el general Wingate—. Peor aún: más perfecto, infinitamente más perfecto que cualquier ser humano. Puede alterar a voluntad su rostro. Le basta con una serie de moldeados sobre su carne artificial para lograrlo. Igual sucede con sus ojos, sus huellas dactilares y cualquier otra señal que pueda servirle de identificación, incluidos su cabello, su estatura o su complexión.
—Pero pese a todo, si es un androide no es un humano, por mucho que lo parezca —objetó vivamente el doctor Kane—. No puede engañar a todos. Una revisión médica exhaustiva, una simple radiografía o gammagrafía, un vulgar análisis de sangre podría revelar su naturaleza artificial, caso de ser sometido a ello.
—Ahí entra usted, doctor Kane —sonrió gravemente el general, mirándole—. Por eso quería que se quedase. Discutiremos la cuestión brevemente usted y yo. Lamento llevarle la contraria, pero no es posible identificar a «Andro» mediante ninguno de esos procedimientos, doctor. Porque nuestro androide es tan perfecto que lleva en sus venas y arterias sangre auténtica de un determinado tipo que él mismo puede alterar a placer; sus órganos, tejidos y vísceras son perfectas copias de las humanas, hechas en material de idénticas propiedades y características que la carne humana y los humanos tejidos, con la salvedad inquietante de que son difícilmente destructibles mediante procedimientos tradicionales.
—Cielos, eso no es un androide, entonces —gimió el capitán Forrester—. Es una máquina humana de perfección absoluta. ¿Posee también cerebro y corazón?
—Exacto, capitán. Un cerebro que ignoramos si es real o no, fabricado o extraído a otro ser viviente, pero un cerebro astuto, cruel y despiadado como pocos, así como un corazón, y toda clase de vísceras y tejidos habituales en un humano. La carne y la piel son copias tan perfectas de las verdaderas que resisten cualquier análisis y prueba.
—En resumen: no hay medio de detectarlo ni identificarlo.
—Exacto. Andro es, aparentemente, humano ciento por ciento. Pero mental, física y potencialmente es una máquina. Una perfecta máquina de destruir y matar.
—¿Y a quién sirve ese monstruo, o a qué se dedica exactamente? —se interesó el coronel Malinov.
—A sabotear. A destruir. A aniquilar implacablemente. Se supone que está al servicio de la Gran Alianza Oriental. O que ellos le fabricaron, vaya uno a saber.
—¿Y dónde está ahora?
—Aquí —dijo rotundamente el general—. En Delta.
CAPÍTULO II
N Delta! Eso resulta estremecedor, Harry...
—Lo se, Mark —asintió el astronauta Harry Roberts, caminando por el largo corredor de las instalaciones de la segunda planta de Delta, en dirección a los servicios de restauración de la zona, dejando ya muy atrás la sala de conferencias del alto mando.
Mark Doyle, miembro también del equipo de astronautas de Delta, meneó la cabeza, contemplando pensativo el aséptico suelo blanco y reluciente que sus botas, también blancas y pulcras, pisaban sin apenas ruido, bajo las crudas luces blancas de aquellos dédalos interminables de corredores que entrelazaban las diversas zonas y secciones de la pequeña ciudad subterránea que era Delta bajo la superficie lunar y sus urbanizaciones exteriores, recubiertas por la cúpula de plástico.
—Ese androide es aparentemente un humano como tú o como yo. Puede alterar su físico a voluntad. Podríamos ser tú o yo mismo, sin que nadie lo sospechara. Habrá bastado con que asesine a la persona a quien suplanta en estos momentos, sin que ninguno sospeche ni remotamente que tiene a su lado a un enemigo mortal, capaz de hacernos volar por los aires en cualquier momento, y reducir la Luna misma, a un montón de pedruscos dispersos por el vacío.
—Sí, le bastaría simplemente con llegar a la tercera planta y llegar al área superrestringida, donde se almacenan los misiles multinucleares —admitió sombríamente Harry Roberts—. Diablo, no me gusta nada lo que nos ha anunciado el general, amigo mío.
—A mí tampoco, Harry. Y al parecer no hay la menor duda sobre ello. Pudieron interceptar un mensaje en clave los escuchas americanos. Según ese mensaje de la Gran Alianza Oriental, Andro está ya introducido, con éxito total, dentro de esta Base Lunar Delta.
—Dios mío, y pensar que puede ser cualquiera de nosotros... Incluso la persona más de fiar, el mejor amigo... —suspiró Roberts, sacudiendo la cabeza—. ¿Cómo es posible que nadie, con tanto avance científico, sea capaz de diferenciar un androide de un auténtico ser de carne y hueso, por todos los diablos?
—Ahí estuvo el mal de origen, Harry. La ciencia progresó demasiado. Y creó robots casi perfectos. Luego pasaron a ser androides, imitaciones de los humanos casi perfectas también. Hasta que a alguien, lo bastante listo y capacitado, se le ocurrió crear el androide perfecto. Es decir, el que no se diferencia en nada del auténtico humano. Si circula sangre por sus venas, si sus tejidos, vísceras, piel, carne, huesos, músculos y nervios son imitación perfecta y minuciosa de cada elemento del ser humano, ¿cómo detectar la diferencia? Si soporta radiografías, análisis, rayos gamma, computadoras y todo eso... pues no hay solución. Además, tiene una facultad sobre todos los espías, saboteadores y terroristas conocidos: que es mutante. Le basta con moldear su rostro a voluntad, y se convierte en otra persona. Es increíble. Pero también es atroz, Harry.
Confieso que estoy asustado.
—Yo también. Ahora ya no voy a fiarme de nadie. Ni de mi esposa...
—Bueno, ésa es otra cuestión que el general no ha dejado muy clara —se sorprendió Doyle, mirando a su compañero—. Ese androide ¿es asexuado o no? ¿Puede fingir ser una mujer o solamente está limitado a parecer un hombre? Tendríamos que consultarle eso lo antes posible.
—No cambiará mucho las cosas lo que responda, salvo que podamos fiarnos más o menos de las chicas de la base —rió el teniente de astronautas Roberts con tono sarcástico—. Recuerda que somos aquí casi cien hombres de guarnición.
—Ochenta y nueve, para ser exactos, con dieciséis mujeres. Ciento cinco habitantes adultos, en total, más unos pocos niños, como el hijo de Iván Belov.
—Oh, ahora que hablas de Belov. Tenemos que ir a verle. Después de todo, ha sido un buen camarada en vuelos que efectuamos nosotros dos, Mark.
—Así es. Belov es un gran chico y un magnífico astronauta. Lo prueban sus últimos once viajes interplanetarios en sólo dos años. Es todo un récord.
—¿Qué diablos tendrá? Siempre ha sido fuerte como un toro...
—Tal vez sólo sea algo así como el síndrome de alejamiento de la Tierra —sonrió Doyle—. Aunque tenga aquí a su mujer, a su hijo e incluso a su perra Laika, no puede dejar de añorar la Tierra, como todos nosotros. Cada día se acuerda más de su Ucrania natal.
—Y yo de mi Chicago —se quejó Roberts—. A pesar de tener a Hilde conmigo, que por cierto también añora las salchichas de Baviera lo mismo que el primer día. Dice que las de aquí saben a plástico.
—Y no le falta razón —Mark Doyle se echó a reír, sacudiendo la cabeza con gesto divertido—. Comemos cosas tan asépticas, que ya nadie sabe lo que son ni a qué saben. Yo creo que todo es, poco más o menos, un compuesto de sal, hidratos de carbono, colorantes, glutamato monosódico y saborizante artificial, para hacernos creer que comemos cosas distintas. Pero de todos modos yo añoro Nueva York. No me gusta mi ciudad ni me gusta su forma de vida. No soportaría vivir sumergido entre sus rascacielos, rodeado por los veinticinco millones de habitantes que tiene en la actualidad. Y eso que los misiles soviéticos de la última guerra dejaron bastante limpia la zona Si no, andaríamos por los cuarenta millones de habitantes, solo en el Gran Nueva York.
—Tú tienes un motivo que te liga a la base lunar, quieras o no. Ese motivo se llama Susan...
—Oh, Susan, sí —suspiró Doyle con un gesto algo ensombrecido de repente—. Mi adorada y hermosa Susan Halsey, la soltera más bonita de toda la base, al menos para mí. ¿Sabes que hemos roto relaciones?
—¡No es posible! —se asombró Roberts—. Si sois una pareja perfecta, si os amabais el uno al otro y teníais incluso prevista la fecha de la boda aquí mismo...
—Pues todo eso se fue al garete hace sólo dos días, Harry. Discutimos. Ella deseaba volver a la Tierra en el próximo reemplazo. Yo no. Supo que me había inscrito para el siguiente ciclo de cinco años en Delta, y rompió conmigo airadamente. Es más, tiene un nuevo enamorado. Y hasta dice que se va a casar en seguida, para evitar luego arrepentirse y dejarse convencer por mí en un momento de debilidad. Confiesa estar harta del espacio, de la Luna, de los viajes cósmicos y de todo esto.
—No le falta razón. Pero ha sido muy dura su decisión, de todos modos. ¿Quién es el nuevo afortunado?
—Lee Parker.
—¡Cielos! No te llevas muy bien con él...
—No me llevo nada bien. Es fanfarrón, presuntuoso, antipático y lleno de superioridad. Ahora, creo que siento por él un odio irracional.
—Si al menos fuese él Androx... —suspiró Roberts, riendo.
—No tiene gracia —gruñó Doyle, malhumorado—. Ninguna gracia, Harry.
—Perdona. ¿No piensas hacer nada por impedir esa tontería de Susan?
—No: No voy a humillarme. Además, tendría que renunciar a mi carrera si ahora solicitase la baja en Delta. Sabes que una vez firmado y aceptada la plaza por el mando, sólo la renuncia a la carrera puede anular la decisión adoptada. No haré eso por Susan ni por nadie. Si quiere ser la esposa de Parker, que lo sea.
—Pero es un disparate. Se arrepentirá al poco tiempo. Es un tipo insufrible.
—Lo sé. Y ella lo sabe también. Conoce mi resentimiento hacia él, y así es consciente de que me causa más dañó. Por una simple cuestión de orgullo va a echar por la borda su felicidad y la mía, ¿qué puedo hacer yo en tal caso?
—Luchar por ella, supongo. —Llegaron ante las vidrieras bien iluminadas del restaurante de oficiales astronautas, y se dispusieron a entrar para el almuerzo.
Roberts tomó del brazo a su amigo y camarada—. En fin, vamos a comer nuestro plastificado menú de cada día, y discutiremos más serenamente la cuestión para ver si...
De repente todo tembló, como si un formidable seísmo sacudiera la Luna entera. El suelo osciló violentamente bajo las botas de los dos astronautas, las grandes vidrieras del restaurante se resquebrajaron con estrépito, entre los gritos de terror y sobresalto de sus ocupantes; las luces oscilaron con intermitencias bruscas, y en alguna parte resonaron explosiones sordas y profundas que hacían retemblar los muros de las instalaciones subterráneas.
De inmediato, todas las luces se extinguieron. Una profunda oscuridad rodeó a los astronautas, haciendo aún más dramático el griterío de sorpresa y pavor de los comensales que huían atropelladamente de los comedores.
Después se encendieron rojas luces parpadeantes en los techos, y comenzó a sonar una aguda sirena constantemente.
—¡Alerta roja! —gritó roncamente Roberts.
—Sí —afirmó con voz sorda Doyle—. Algo muy grave está ocurriendo en Delta.
Era realmente grave.
El humo y las llamas emergían con fuerza de la zona rodeada por los servicios de extinción de incendios y fuerzas de seguridad de la Base Lunar Delta. Los servicios médicos trabajaban a tope, extrayendo de entre el fuego numerosas víctimas en camillas que, de inmediato, pasaban a las bandas rodantes de emergencia, para su traslado urgente al centro médico de la base.
Cuando Mark Doyle y Harry Roberts llegaron allí en un microcar, vehículo de transporte veloz y de reducidas dimensiones, capaz de desplazarse igualmente dentro del ámbito de la base que en el exterior, sobre la áspera y polvorienta superficie lunar el siniestro estaba" en todo su apogeo, y un cordón de fuerzas de seguridad cercaba la zona, por orden directa del mayor Duncan Scott, jefe de los servicios de control y protección de las zonas estratégicas de Delta.
Mostraron ambos sus credenciales para pasar y ser útiles en algo, pero se encontraron con la sorpresa de que no se les permitía el acceso en modo alguno.
—Lo siento, teniente —dijo un soldado al astronauta Roberts—. No se permite el paso absolutamente a nadie ajeno a seguridad o sanidad. Son órdenes personales del mayor Scott.
—Creo entenderlo —afirmó Doyle, sombrío—. Ninguno estamos libres de sospecha de haber provocado este desastre. Sin duda ha sido cosa de Androx.
—Aunque sea así, no tiene sentido —rechazó Roberts, irritado—. Tú y yo estábamos juntos cuando tuvo lugar el suceso, lejos de aquí. Estamos, por tanto, fuera de toda sospecha al respecto. Ambos somos nuestra propia coartada, Mark.
—Se equivocan los dos —dijo ásperamente una voz a su espalda.
Giraron la cabeza, para encontrarse con el mayor Scott en persona. Este, siguiendo su hábito, se atusaba sus frondosos bigotes, mientras les contemplaba con mirada taciturna, ensombrecido el rostro por la preocupación.
—¿Qué quiere decir con eso, mayor? —indagó Doyle, sorprendido.
—Hemos comprobado que el explosivo adosado a ese depósito de combustible energético fue activado mediante control remoto, y depositado ahí hace algún tiempo, antes incluso de nuestra reunión en la sala de asambleas, caballeros. Es posible que la actividad del sistema de explosión fuese realizada incluso mentalmente, mediante ondas cerebrales de una determinada intensidad. Por tanto, usted o el teniente Roberts pudieron estar lejos de aquí, aparentemente charlando o en actitud por completo inofensiva, mientras controlaban a distancia la explosión del artefacto, sumamente sofisticado, que han detectado nuestros expertos. ¿Comprenden ahora por qué todo el mundo, incluido yo mismo, somos sospechosos de haber causado este destrozo?
—Cielos, no podía imaginarlo —resopló Roberts, desconcertado—. Nos encontramos ante un verdadero genio del sabotaje, mayor.
—Más que eso. Estamos ante una perfecta máquina de aniquilar, puesta en funcionamiento para acabar con todos nosotros y no tenemos medio alguno de detectarla y destruirla antes de que sea demasiado tarde, ésa es la situación real. De momento, tememos que el cuarenta por ciento del combustible más necesario se haya perdido, así como la totalidad de estas instalaciones, aparte las víctimas habidas, que sobrepasan la docena entre muertos y heridos. Desgraciadamente, Androx ha dado ya señales de vida en Delta. Y eso, con ser mucho... es sólo el principio.
El mayor dio media vuelta, alejándose de ellos con gesto contraído. Los dos astronautas se miraron en silencio, mientras crepitaban los materiales plásticos de la estructura pasto de las llamas.
—Se me ha ido de repente el apetito —murmuró Doyle de mala gana
—A mí también —jadeó Roberts—. Creo que necesito una copa. ¿Vamos a tomarla, Mark?
—Sí, vamos. Luego iré a ver a Iván Belov un momento.
—Yo tengo servicio esta tarde. Iré antes de la cena a verle. Dale mis recuerdos, Mark.
—Así lo haré —prometió Doyle, cuando ya los dos astronautas iniciaban la retirada del escenario del sabotaje, sin que la sirena de máxima alerta dejase de sonar y el parpadeo de las luces rojas de emergencia cesara, aunque ya las luces habían vuelto a lucir en las galerías de la segunda planta de Delta, gracias a los equipos generadores de emergencia.
Los últimos heridos, y algún fallecido cubierto piadosamente por blancas ropas en las camillas, eran evacuados apresuradamente por los raíles rodantes, rumbo al centro médico. Pero ellos dos nada podían hacer para resolver o facilitar el problema actual. Para ello existían en Delta los adecuados servicios sanitarios más sofisticados y eficaces. La donación de plasma sanguíneo o de cualquier otro recurso médico de urgencia de todo tipo y grupo, así como prótesis artificiales para injertos, trasplantes o reparaciones quirúrgicas y ortopédicas.
Por ello, los dos astronautas, afectados por la situación creada por el primer y eficaz trabajo de sabotaje y destrucción del misterioso Androx, el androide asesino enviado por la Gran Alianza Oriental, fueron a ahogar un poco sus penas y preocupaciones en unas copas de licor, método que aún parecía seguir siendo el más válido en las primeras décadas del siglo XXI, como lo fueran a lo largo de toda la historia del ser humano.
CAPÍTULO III
O sé, Mark. No sé lo que le ocurre. Pero no me gusta.
Mark Doyle alejó de su mente los ligeros y turbios vapores que el alcohol había depositado en ella. Aunque existía un tope obligado para consumir bebidas espirituosas no estando de servicio —en servicio nadie absolutamente nadie podía probar una sola gota de alcohol bajo inexorable amenaza de corte marcial—, Doyle no era un bebedor nato, y las tres o cuatro copas autorizadas por los reglamentos internos de Delta podían ser suficientes para darle a su cerebro una nebulosa torpeza, bastante agradable por cierto cuando las preocupaciones y contrariedades se acumulaban en exceso.
Lo logró con bastante éxito, miró a la serena belleza eslava de Anushka, la esposa de Iván Belov, sonrió con seriedad y trató de animarla, apoyando un brazo en su hombro.
—Vamos, vamos, Anush —la dijo, con su costumbre habitual de reducir los nombres de todo el mundo con algún diminutivo que revelase su afecto por esa persona—. No puede ser tan mala la cosa. Una simple fiebre, acaso el «mal de las colonias del espacio», como se le da en llamar a la nostalgia de la Tierra. Tú sabes cómo recuerda él su amada Ucrania...
—No más que yo mi entrañable Georgia, Mark —suspiró la rusa moviendo su rubia cabeza de tirante peinado y moño a la nuca, tan tradicional de siempre en su pueblo, un poco anacrónico al compaginarse con los plásticos livianos de sus ropas modernas y estilizadas—. Pero esta vez no es eso, estoy segura.
—¿Qué, entonces? Supongo que los médicos le habrán examinado con atención.
—Oh, claro, claro. No sólo la enfermera Spencer viene a darle cada día una inyección antihistamínica, sino que el doctor Kane y el propio capitán Forrester, de Sanidad Militar, le han visitado y examinado minuciosamente. Las pruebas no detectan ninguna enfermedad grave en él. Sin embargo...
Anushka permaneció silenciosa, la cabeza baja, la mirada de sus ojos pardos en el suelo, como distante de todo aquello que ahora la rodeaba. Mark Doyle la contempló pensativo.
—Sin embargo... ¿qué? —trató de saber el astronauta.
Ella alzó la cabeza. Miró noblemente al joven americano de alta figura, ojos claros y cabello rubio oscuro, erguido ante ella. Anushka tenía una rara expresión en sus pupilas. Mark se dijo que parecía miedo. Pero miedo, ¿a qué?
—No sé, Mark —confesó al fin ella, encogiéndose de hombros—. No sé nada de nada. Pero el niño no quiere acercarse a su padre.
—¿Ah, no? —Doyle enarcó las cejas, sorprendido.
—Tú sabes cómo le quiere, ¿no? Pues bien, el pequeño Andrei no quiso dejarse besar y abrazar por Iván anoche ni esta mañana. Se echó a llorar y se abrazó a mí, como asustado de algo. No logré convencerle.
Asustado. Era una palabra rara. Doyle arrugó el ceño, mirando a su amiga rusa. Meneó la cabeza, tratando de restar importancia al hecho.
—Los niños son raros. Esta vida aquí, encerrados, tampoco les hace ningún bien, por muchos juegos y recreos que tengan. Además, ve enfermo a su padre. Es casi natural.
—No, no lo es. Hay algo más, Mark.
Se sentó, cruzando sus manos sobre las rodillas. Doyle observó que le temblaban. Se sintió incómodo y también se sentó, fijando la mirada en la puerta oval que, al fondo de la aséptica habitación del alojamiento personal de los Belov, les separaba del dormitorio del enfermo.
—Dime qué más hay, Anushka —rogó.
—¿Quieres un vodka? —ofreció ella de repente.
—No, no. Ya he bebido bastante, gracias. Dime qué más hay.
—Bueno... está lo de Laika.
—¿Laika? Es tu perra, ¿no?
—Sí.
—Bien, ¿qué pasa con Laika?
—Le ladra. Le gruñe. Le enseña los dientes, como... cómo si Iván fuese un extraño. No quiere acercarse a él. Se le pone el pelo erizado, empieza a gruñir... y huye luego, con el rabo entre sus patas, aullando amedrentada.
—No estará habituada a ver enfermo a su amo. Iván siempre tuvo una salud de hierro.
—No es eso, Mark. No sé lo que es... pero no es eso. ¿Por qué el niño y el perro huyen a Iván? No tiene sentido.
—Si haces caso de niños y de animales domésticos estás perdida —trató de sonreír Doyle frívolamente—. ¿Por qué no te preocupas solamente de Iván y de su dolencia, y olvidas todas esas tonterías?
Anushka mantuvo un raro, prolongado silencio. De repente, dejó escapar unas pocas palabras por entre sus labios entreabiertos. Muy pocas y muy inseguras:
—Es que... es que yo también rehuyo a Iván.
—¿Qué? —Mark Doyle alzó la cabeza, clavando sus ojos en la mujer, sorprendido.
—Lo que has oído. No me acuesto a su lado. Lo hago en la otra cama Y no puedo dormir. Le miro durante la noche. Me da miedo. No me acerco casi a él. Rehuyo sus besos. Me asusta su sola mirada.
—Pero eso es ridículo, Anush.
—Lo sé. Y, sin embargo, no puedo evitarlo.
—Pero ¿por qué?
La mirada parda y profunda de ella se fijó en el astronauta. Luego, lentamente, desgranó unas pocas palabras que causaron un escalofrío en Doyle:
—Es... es cómo si no fuera él No sé lo que pasa, pero juraría que Iván... no es el mismo Iván de siempre, no es mi marido.
Doyle resopló. Y dijo roncamente:
—Creo que ahora á, Anush. Ahora acepto tu vodka...
Contempló largamente al hombre tendido en la litera.
Dormía. Dormía profundamente. Tenía las mejillas enrojecidas, el sudor perlaba su rostro, sus cabellos estaban empapados. La respiración era rítmica pero algo agitada. Doyle puso su mano sobre la frente húmeda. La transpiración era fría, pero la piel ardía.
—Tiene mucha fiebre —comentó, sin que Iván Belov despertara de su sopor.
—Sí —afirmó Anushka—. Roza los cuarenta. Cuanto menos alcanza, no baja de treinta y ocho y décimas. La fiebre le está consumiendo, Mark.
—¿No pueden reducírsela?
—Muy levemente. Hace dos horas que la enfermera Spencer le inyectó. Ahora está algo mejor. Al menos duerme.
—Y cuando no duerme, ¿qué hace? —indagó Mark, volviéndose a ella.
—Nada.
—¿Nada?
—Eso es. Se limita a permanecer ahí, respirando fuerte. Mira con fijeza. Sólo de vez en cuando dice algo. Pide agua. O murmura cosas repentinamente tiernas. Algo así coma «Cariño, no me abandones...» O bien «Anushka, te quiero... Perdóname todo esto.» E incluso hoy llegó a decirme, de un modo que casi me horrorizó: «No quiero irme, no quiero dejarte... No dejes que me lleven.» Luego volvió a su mutismo, a su mirada fija en el vacío, a su aire ausente.
Había lágrimas cuajadas en los ojos de Anushka Belovna. Doyle se sentía incómodo. Apoyó una mano en su hombro.
—Cálmate —pidió—. Ten fe. Iván es fuerte. Se pondrá bien. Todas esas cosas las hace la fiebre. Tendrá delirios, pesadillas. Es normal.
—No, no es normal. Todos callan cuando pregunto. Nadie sabe lo que tiene. ¿Para qué queremos tanta computadora clínica, tanta máquina para diagnosticar, tanta medicina ultramoderna, tanta sofisticación clínica? Es como si estuviéramos en la Edad Media, Mark. A veces pienso que es la peste. El regreso al oscuro pasado.
—No, no. Qué tontería. Eso no. Sólo que existen más dolencias extrañas en el espacio exterior de las que hemos estado dispuestos a admitir hasta ahora. Alguna de ellas afectó a Iván en alguno de sus viajes, sin duda alguna Sólo hay que esperar a que los médicos den con el procedimiento de curación. Estoy seguro de que pronto...
Se detuvo. Miró a Anushka con repentino sobresalto. Vio sus pupilas, extrañamente dilatadas y fijas en un punto a su espalda. El gesto de ella se había hecho tenso, casi medroso.
Doyle giró la cabeza. Y él mismo se estremeció, presa de una rara sensación inexplicable.
Iván Belov había abierto sus ojos. Le miraba. A él, no a Anushka. Los ojos algo turbios, enrojecidos por la fiebre, tenían una expresión casi patética. El sudor corría abundante por su rostro. No hablaba. No movía un músculo de su rostro, limitándose a mirarle con una rara fijeza.
—Iván, buen amigo... —logró articular Doyle, saliendo de su mutismo y acercándose al lecho del camarada ruso con quien compartiera algunos vuelos espaciales recientemente. Se sentó al borde de la cama y con su propio pañuelo enjugó la epidermis empapada. Los ojos no dejaban de mirarle. Pero seguía sin hablar. Doyle lo hizo, para romper aquel mutismo algo violento—: ¿Cómo va eso? ¿Te sientes mejor?
Belov no respondió directamente a eso, se limitó a pestañear. Parecía agradecido por sentir seco el rostro.
Luego dijo algo. Algo que no tenía mucho sentido al parecer
—Mark, buen amigo... Yo no tengo la culpa...
—¿Culpa? ¿De qué? ¿De estar enfermo? —sonrió Mark—. Vamos, vamos, eso no es nada. Unos das más de descanso, y vuelta a la tarea. ¿Adonde iremos la próxima vez?
—No habrá próxima vez... —susurró Iván, con tono apagado.
Doyle arrugó el ceño. Su gesto reveló inquietud. Trató de animar a su colega:
—Lo mismo te dan vacaciones y te envían a Ucrania... Debe estarse bien allí en esta época del año.
—No lo quiera Dios... —le oyó jadear, casi fervorosamente.
Se sorprendió. Iván soñaba con volver a su tierra natal. ¿Por qué ese brusco y extraño cambio en su comportamiento? Tal vez, pensó, era producto todo de la misma fiebre.
—Bueno, sea como sea, te darán un descanso prolongado para que te recuperes. Eso sí que lo envidiaremos muchos, Iván.
—Mark, yo no quiero... —musitó Belov.
—No quieres ¿qué?
—No quiero... Estoy intentándolo todo... pero no puedo...
No entendía nada de aquella jerigonza usada por el ruso. Sin duda deliraba aún despierto. Le calmó, apretando su mano con fuerza y tratando de confortarle:
—Vamos, vamos, claro que lo estás intentando. Te pondrás bien en breve. Ahora debes ser buen chico y poner de tu parte, ¿está claro?
Otra vez aquellos ojos patéticos, extrañamente fijos, casi implorantes. Y las palabras incoherentes, inexplicables:
—Andrei... y Laika... lo saben. Lo notan. Dios mío, ¡no se puede hacer nada! Anushka, mi Anushka misma ...Yo... yo...
De repente se agitó. Comenzó a resoplar extrañamente, con una voz ronca, profunda, agitándose en la cama cada vez con más fuerza. Su rostro se congestionó, los ojos se dilataron, enrojeciéndose más aún. Crispó las manos en el embozo y lanzó, de súbito, un alarido largo, profundo, sorprendente. Fue como el berrido de una fiera, un sonido inhumano, brotado de entre sus labios. En alguna parte de la vivienda, la perra Laika ladró con violencia. Luego comenzó a aullar lastimosamente. El animal parecía asustado por algo.
Rápido, Doyle se lanzó sobre el ruso, tratando de auxiliarle de alguna forma El rostro de Anushka revelaba terror. El enfermo forcejeaba con rabia, dotado de una extraña fuerza, sus labios espumeaban, mientras emitían gemidos y estertores sorprendentes.
De súbito, los ojos desorbitados de Iván se fijaron en Doyle, y de sus labios escapó una imprecación sorda, violenta, casi agresiva:
—¡Cerdo, no me toques! ¡Maldita bestia inmunda, ser despreciable y mísero, apártate de mí!
Emitió después otro alarido, pareció forcejear consigo mismo, abarcándose con sus propios brazos en torno al cuerpo, como si llevase una invisible camisa de fuerza. Luego cayó exhausto, boca arriba, con mirada vidriosa, emitiendo un ronco gorgoteo continuado. Su piel era casi púrpura, las sienes palpitaban con fuerza, sus venas estaban hinchadas.
Doyle no vaciló. Fue al visófono y conectó con el número de emergencia médica. En pantalla apareció la enfermera Spencer, siempre rubia y estereotipada, como una antigua «estrella» cinematográfica del mítico y viejo Hollywood de otro siglo.
—Sanidad —dijo—. Urgencias. ¿Qué ocurre?
—Aquí Mark Doyle, astronauta 0009-112 —informó el joven—. Residencia del astronauta Iván Belov, credencial 0009-117. Ha empeorado de repente. Tiene mal aspecto. Algo le ocurre. Acudan de inmediato.
—Ahora memo parte una unidad de emergencia hacia allá —respondió la enfermera con presteza.
Se apagó la pantalla. Doyle contempló a Belov, ahora en reposo, aunque agitado por una respiración espasmódica. Anushka lloraba con el rostro cubierto por ambas manos. Laika seguía aullando.
—¿Lo has visto? —se quejó ella—. No sé lo que le ocurre. No parece ser él. Esto nunca había pasado. Me dio verdadero pánico...
—A mí también —confesó gravemente Doyle, mirando pensativo a su camarada—. Espero que los médicos resuelvan el asunto lo antes posible. Ahora debo irme. Parece que la crisis pasó. Es posible que todo eso lo produzca la fiebre, serénate...
La rodeó con su brazo, afectuoso, confortándola. Ella sollozó, apoyada en su hombro. Luego, más serena, se rehizo, enjugándose el llanto. Volvía a ser la mujer valerosa y tranquila de siempre.
—Avísame si hay alguna novedad; sea la hora que sea —dijo Doyle, antes de abandonar la vivienda de los Belov—. Esta noche estoy libre de servicio. Acudiré en seguida si hace falta.
—Gracias, Mark. No olvidaré tu ofrecimiento —sonrió ella, forzada—. Eres un buen amigo.
—Claro. Siempre lo he sido —sonrió él, animoso, emprendiendo la marcha.
Se cruzó con una unidad de emergencia médica en el corredor. Vio detenerse al vehículo blanco ante la puerta de la vivienda de los Belov, en el área residencial de la planta dos de Delta. Del mismo descendió la propia enfermera Spencer, seguida de dos enfermeros de servicio. Doyle no pudo por menos de admirar, gracias a la cortísima falda blanca de la enfermera, lo bien formados que tenía sus blancos y suaves muslos.
Eso le hizo pensar en Susan, y su gesto se agrió de repente. Pero al alejarse por el largo, aséptico corredor, volvía a recordar a Iván Belov y sus extrañas palabras y reacciones. También las cosas que le dijera Anushka flotaban en su mente: Andrei, el niño, no quería acercarse a su padre. Laika le gruñía y ladraba. Anushka se distanciaba de él, asustada por algo...
Y él mismo, aquella tarde, había visto ante sí un Iván Belov a quien no conocía de nada, a un hombre distinto y absurdo, que en determinado momento había parecido una fiera, un endemoniado.
Durante esos momentos tampoco a él le había parecido que aquel hombre consumido por la fiebre, y por algo que no lograba entender, fuese el mismo Iván de siempre. Era como si por un momento hubiese visto ante sí a otra persona. A alguien que no le había gustado. Que incluso le había causado miedo...
—Es una tontería —se dijo, encogiéndose de hombros—. Son cosas que pasarán en cuanto la fiebre haya bajado y los médicos atajen lo que le sucede.
Y trató de olvidar mientras se dirigía a su propio alojamiento en Delta. Eso no le resultó difícil. Porque al entrar en él, se encontró con que alguien se había anticipado a su llegada, y le esperaba en la antesala.
Era Susan, su ex prometida. Susan Halsey, tan hermosa y seductora como siempre.
—Hola, Mark.
—Hola, Susan —saludó él con cierta sequedad, mirándola sorprendido.
—Te extrañarás de verme aquí.
—Un poco, la verdad.
—¿No vas a preguntarme por qué he venido?
—Bueno. ¿Por qué has venido?
—Quería hablar contigo antes de nada. Lo considero necesario.
—¿Antes de qué?
—De casarme.
Mark enarcó las cejas. Aparentó no encajar golpe alguno. No supo si lo lograba.
—¿Casarte? ¿Con Parker?
—Claro.
—¿Cuándo es eso?
—Hoy. Ahora.
—Vaya, vas de prisa. ¿Has pensado ofrecerme el puesto de padrino?
—No seas sarcástico, Mark. Detesto tu sentido del humor en cosas así.
—Pues anda que el tuyo... Debiste venir con Lee Parker del brazo a verme. Hubiera quedado más bonito y hasta emotivo.
—Eres un cínico insoportable, Mark.
—Y tú una mujer incomprensible. ¿A qué diablos tenías que venir aquí poco antes de tu boda? ¿Para ver si rompo a llorar y me pongo de rodillas ante ti, rompiendo mi credencial de astronauta?
—Sé que no harías eso ni por salvarme la vida —declaró ella, airada—. No, no vine a eso. Lamento que mi visita haya sido mal interpretada.
—Si es que existe alguna forma de interpretarla mejor, dímela tú. Yo, de momento, no veo nada claro, querida.
—¡No me llames «querida»! —se enfureció ella, dando un taconazo—. Eso acabó. Pero quería que fueras el primero en saberlo. No me caso con Lee por despecho ni rencor. Creo que siento algo por él.
—Enternecedor. Ponle música de Chopin o de Mozart y sonará hermoso, Susan.
—¡Eres incorregible, Mark! —protestó ella—. ¿Es que piensas tomarlo a broma todo?
—Si lo tomase en serio sufriría demasiado y no deseo sufrir. Si has venido a por mi bendición, la tienes ya. Que seas muy feliz junto a ese cretino de Lee Parker.
—Ese cretino, como tú dices, está dispuesto a renunciar a todo por mí, ¿no lo sabías?
—Ni remotamente. Ese, cuando sea tu marido, te obligará a pasar por el aro de todo lo que él decida, y no tendrás otro remedio que divorciarte o apechugar con sus decisiones. Conozco a Lee Parker mejor que tú. Además de ser un presuntuoso inaguantable, aunque buen astronauta, eso lo reconozco, es un tipo que sabe adonde va, y no se apartará de su camino por nada ni por nadie. Ni siquiera por ti, bonita muñequita pelirroja.
—Eres odioso cuando quieres serlo, Mark. Lee va a pedir la baja del cuerpo en cuanto seamos maridó y mujer, tengo su palabra formal.
—Palabra que él no cumplirá ni remotamente —rió de buen humor Doyle—. Ya me lo dirás en su momento, si te dignas visitarme otra vez cuando seas la señora Parker, para confesarme tu fracaso, cosa que dudo mucho.
Susan Halsey miró a Doyle con verdadero instinto homicida. La ira aún lograba dar un encanto mayor y diferente a su bello rostro, enmarcado por aquella roja, suave melena, y en el que los verdes ojos jaspeados y los gordezuelos labios eran los dos detalles más pronunciados de su atractiva fisonomía. En cuanto a su tipo, era esbelto y bien formado. Quizá sus muslos fuesen los únicos capaces de ganar la batalla a los algo más recios de la enfermera Spencer, pensó Doyle.
—Espero que eso no suceda nunca, Mark —silabeó, furiosa—. Pero vine a decirte algo más, Mark.
—Dime qué, cariño —habló irónico el astronauta.
—Sabrás que Lee ha estado con Iván Belov en dos viajes espaciales recientemente.
Mark arrugó el ceño. Asintió. De repente, volvía el incómodo recuerdo de la extraña dolencia y el comportamiento inexplicable del enfermo.
—Sí — admitió—. Lo sé.
—Bueno, Lee me ha hablado algo respecto a vuestro colega ruso. Estuvo a visitarle anoche, tras su guardia en servicios especiales.
—¿Y...? —ahora sí tenía interés Mark al fijar su mirada en su ex novia.
—Me ha dicho algo muy raro. Asegura que desde la llegada a Delta de ese objeto, cuerpo o lo que fuese, traído del asteroide Cyros, la dolencia de Belov ha empezado a desarrollarse paulatinamente con gran rapidez.
—Eso no tiene sentido. Sabemos ya lo que es ese cuerpo. Se trata de un fósil de algún ser que posiblemente era un cruce entre humanoide y vegetal, con más de tres mil años de antigüedad. Y al parecer, es un fósil como cualquier otro, completamente inofensivo y desprovisto de toda radiación nociva.
—Pero Lee insistió en eso. Cree que una cosa tiene relación con otra. Asegura que ha advertido algo raro en Iván Belov cuando estuvo examinándole durante su visita.
—Algo, ¿como qué? —demandó Mark, algo aprensivo.
—Bueno, Lee dice que estando Anushka, su mujer, ausente del dormitorio, al paciente, que dormía profundamente bajo el efecto de un sedante, le entró una especie de agitación repentina. Tratando de ayudarle, le desabrochó el pijama y...
—¿Y qué?
—Es desagradable lo que dijo Lee, la verdad —Susan eludió la mirada del joven astronauta—. Según él, en el torso de Iván había unas floraciones puramente vegetales. Donde antes era piel, ahora la epidermis era rugosa, de color parduzco y con todo el aspecto de un vegetal, muy parecido en tonalidad a ese ser de quien tú dices que se ha comprobado es un fósil.
Hubo un breve silencio. Mark permaneció silencioso, escuchando las palabras de su ex novia. Luego, sorprendido, demandó:
—¿Por qué me cuentas a mí todo eso? ¿Por qué te lo contó Lee a ti, en vez de ir a informar a los servicios médicos de Delta?
—Eso es lo raro, según Lee. Que fue a informar a la enfermera Spencer y ella le prometió que de inmediato investigaría eso el cuadro médico. Pero, que él sepa, esta misma tarde habló con el doctor Kane, sin citarle el hecho, y éste no demostró saber nada de nada. Estuvo a punto de mencionárselo, pero optó por callar momentáneamente y tratar de investigarlo él por su cuenta, sorprendido por el silencio de la enfermera Spencer.
—¿Y...?
—Ahora, Lee está intentando averiguar si ello está registrado en la ficha clínica de Belov, como la enfermera le aseguró, o si hay alguna irregularidad poco clara en ese sentido. Yo me siento algo preocupada. Y como tú eres colega de Lee y de Iván, y has sido compañero del ruso en varios viajes espaciales, pensé pedirte consejo. Eso es todo.
—Entiendo —asintió Doyle, pensativo—. Ahora hablamos en serio, Susan. Has hecho muy bien en venir a verme por ese motivo. No tengo ninguna simpatía por Lee Parker, pero si vio algo así dio cuenta de ello y nadie ha reaccionado oficialmente, la cosa parece no tener sentido. He visto a Iván pero no se me ocurrió desabrochar su pijama, aunque asistí a una extraña crisis. Y por cierto, dejé a la enfermera Spencer con él. Eso me preocupa. Espera un momento.
Se encaminó a su intervisor personal. Pulsó el teclado con el número de receptor de los Belov. Sorprendido, no recibió respuesta. Sólo interferencias desfilaron por la pantallita, mientras por el micrófono llegaba un zumbido persistente.
—Desconectado —dijo—. Alguien lo dejó inutilizado para comunicar. Eso no me gusta, Susan.
—Avisa al centro médico —murmuró ella, preocupada.
—No. Si Lee está allí, no conviene que le sorprendan merodeando y examinando fichas estrictamente confidenciales, para uso clínico. Voy a hacer algo mejor: voy a casa de Iván Belov. Avisa tú a control y que traten de saber por qué el intervisor de los Belov no funciona. Hay algo en todo esto que no me gusta, pero no sé por qué.
—Sí, ve tú. Yo llamaré desde aquí —prometió Susan, con gesto preocupado—. Pero también sería bueno pasarse por el centro medico. ¿No le pasara algo a Lee?
—Me tiene sin cuidado lo que le pase a ese mequetrefe, De todos modos, te prometo que iré por el centro apenas visite a Iván y compruebe que todo está en orden.
—Gracias, Mark —murmuró ella, apretándole el brazo afectuosamente. El se volvió y encontró los verdes ojos de la joven fijos en él—. Nunca olvidaré ese detalle...
—Al menos, no lo olvides hasta que estés casada con ese cretino —rió huecamente Doyle, más para ocultar su preocupación con esa burla que por afán de zaherir una vez más a su bella exprometida.
Luego se alejó con larga y rápida zancada, de regreso a la vivienda de Belov, en la zona residencial D de la Base Lunar Delta.
Antes de llegar allí, algo le decía que las cosas se estaban poniendo feas de un modo raro, oscuro e inexplicable, y no sólo por la presencia ominosa de un androide asesino entre los habitantes de Delta. Su arribada a casa de Belov se lo demostró del más trágico y terrible modo imaginable.
Ya a la entrada misma de la vivienda Doyle se detuvo, petrificado de horror, con los ojos dilatados, sin dar crédito a lo que veía. La sangre lo salpicaba todo, en torno al cuerpo desgarrado, virtualmente reventado, de la pobre perra Laika y algo más allá era el pequeño Andrei, el hijo de los Belov, quien había caído al pie de un muro, tras ser estrellado de cráneo en él, con hundimiento total del encéfalo. La sangre corría a regueros en el escenario de la espantosa tragedia. Los cables del intervisor estaban rotos, el aparato destrozado...
—¡Anush! —rugió Doyle, en el paroxismo del horror—. ¡Iván! ¿Dónde estáis?
No respondió nadie. El astronauta, dominando sus emociones ante la sangrienta escena, avanzó decidido hacia el dormitorio. Lanzó un grito ronco al ver a la esposa de Iván abatida sobre el suelo, inerte, tal vez tan muerta como su hijo y su perra... En la cama, algo espantoso, inenarrable, convulsionó de espanto la faz de Mark Doyle, que tuvo que asirse a la puerta para no desplomarse, vencido por la emoción profunda del hallazgo.
—¡Dios mío, no! —jadeó, demudado, sintiendo náuseas por vez primera en su vida.
Lo que podían contemplar sus despavoridos ojos no era para menos.
CAPÍTULO IV
NUSHKA permanecía inconsciente aún, con los cables conectados a su cuerpo y a su cerebro, dentro de la cámara de Asistencia Permanente e Intensiva, o Unidad API del centro médico, bajo control directo del capitán médico Neil Forrester y la doctora Natasha Dankova, del Cuerpo Médico Espacial de la URSS, que combinaba sus tareas de investigación bioquímica con la asistencia sanitaria especial, dada la escasa cantidad de personas especializadas que formaban la comunidad de Delta.
En una pantalla electrónica las constantes vitales se mantenían regulares y rítmicas, sin peligro alguno momentáneo, a menos que se produjese una complicación calificada de «imprevisible» por la propia doctora Dankova. Pero la recuperación de la consciencia era algo todavía problemático por el momento.
—Ha sido un shock muy intenso que ha sufrido la paciente —explicaba el capitán Neil Forrester, biocirujano y licenciado en medicina cósmica, al todavía sobrecogido Doyle que, muy pálido, tomaba un café sentado en una de las blancas sillas del aséptico recinto clínico—. Ello ha debido afectar a su mente de modo más serio del normal. Es posible que pase así cuarenta y ocho horas. Personalmente, creo que será preferible mantenerla de esa forma, sin forzar la recuperación, bajo efecto de sedantes e hipnóticos especiales.
—Sí, entiendo. ¿Algún peligro de muerte o de desequilibrio mental?
—No, Doyle. Las cifras de registró de su estado no hacen temer nada así de momento. Pero claro, ignoramos cómo reaccionará al volver en sí. Debemos esperar, créame.
—Esperar... —musitó el astronauta—. Y mientras tanto, ¿qué? Algo espantoso ha sucedido en casa de los Belov. Y ni siquiera sabemos qué pudo ser.
—Quizás otra obra de ese maldito saboteador y asesino, Androx —suspiró el oficial médico con disgusto—. Es capaz de todo. Como tener al demonio en casa.
—El demonio... Yo diría que hay más de un demonio ahora entre estos muros, capitán.
—¿Qué quiere decir, Doyle? —se extrañó el capitán, mirándole sorprendido.
—No creo que el androide hiciera eso, la verdad.
—Eso es absurdo. ¿Quién podría hacerlo, si no?
—No lo sé. Y eso es lo que me preocupa, doctor Forrester. Yo he visto a ese pobre perro destrozado, triturado virtualmente. Y era un esquimal fuerte, sano y hasta fiero si era atacado. A un niño aplastado contra la pared, como si fuese una rata. Y después... después... ¡Oh, cielos, aún me estremezco de espanto cada vez que recuerdo lo que he visto en la cama de Iván Belov, uno de los mejores astronautas que tuvo la Confederación desde que existe!
—Sé cómo debe sentirse —musitó el oficial, conciliador, sirviéndose también café del aparato suministrador de alimentos—. Ya he echado una ojeada al cadáver, amigo Doyle. No es un espectáculo agradable, ni mucho menos.
—¿Dónde está ahora? —inquirió roncamente Doyle.
—No lo sé. Supongo que en su sitio natural: el depósito. La enfermera Spencer se ocupa del traslado y almacenamiento de cadáveres en casos así. Con el sabotaje de esta tarde y esto de ahora, los cuerpos se están amontonando.
—Y la dotación de Delta se está reduciendo sensiblemente por minutos —recordó fríamente Doyle—. Cinco muertos en la explosión del centro de combustible, ahora el pequeño Belov, su padre... Siete cadáveres en un solo día. Demasiados para una comunidad tan reducida como la nuestra. Seis de ellos adultos. Por tanto, la actual cifra de habitantes de Delta se reduce a sólo noventa y nueve.
—Así es. ¿Qué le pasa, Doyle? Parece usted asustado...
—Tengo motivos para estarlo. ¿Vio la cabeza de Belov?
—Claro que la vi —ahora fue el capitán Forrester quien se estremeció levemente, pese a su experiencia clínica en trances parecidos.
—Había estallado como un fruto maduro golpeado por una piedra. Sencillamente, reventó del todo, se abrió en pedazos. No sé qué clase de objeto o proyectil pudo causar algo así. Sus ojos colgaban de las órbitas como dos globos de vidrio, la masa encefálica, ni siquiera la vi. Todo era sangre, huesos astillados, una cara hinchada, violácea, reventada... Y sangre, mucha sangre, eso sí.
Reinó un silencio. Forrester insinuó, tomando un trago de café.
—Un androide puede tener una fuerza descomunal en su mano. Algo así como si ésta fuese una plancha o un mazo de acero. Recuerde que no es humano...
—Ciertamente, lo que mató a Iván Belov no era humano —sentenció el astronauta con un resoplido, dejando su taza vacía a un lado—. Pero tampoco creo que fuese un androide saboteador. No tendría sentido molestarse tanto para matar a un solo hombre, a un perro y un niño. El tiene otros objetivos: destruir, causar explosiones, aniquilar violentamente medios y recursos, personas e instalaciones.
—También es una buena arma psicológica el terror. Si nos crea un clima de pánico, su misión en Delta será mucho más sencilla. ¿Ha pensado en eso?
—Sí. Y no me Vale. Capitán Forrester, ¿qué hay de esa denuncia de Lee Parker al centro médico?
—¿Denuncia de qué? —se sorprendió el oficial médico, mirándole con asombro.
—Veo que no sabe nada. El astronauta Lee Parker denunció a la enfermera Spencer la existencia de unas floraciones extrañas en el torso de Belov. Anoche, la piel de éste, en su pecho, tomaba forma y aspecto de planta, de vegetal. Es algo que le impresionó mucho. Pero nadie parece haber hecho nada en ese sentido, ni siquiera hecho un informe.
—Es raro —meditó lentamente el doctor militar, arrugando su ceño con mirada ausente—. Nadie me ha dicho nada de eso. Y, ciertamente, la enfermera ni siquiera lo ha mencionado en su informe.
—Me lo temía. ¿Por qué no examinamos el cadáver de Belov para comprobar si estaba en lo cierto Parker, y luego averiguamos por qué la enfermera Spencer no dio cuenta de tan importante detalle?
—Vamos allá, á. Es posible que lo consignara en su ficha médica, sin consultarme a mí...
Se puso en pie, echando a andar hacia otra ala de la instalación sanitaria de Delta. Mark Doyle te siguió resueltamente.
La enfermera Spencer estaba tranquilamente redactando una serie de fichas clínicas sobre los recientes muertos y heridos de la base. El capitán Forrester se acercó, echó una ojeada a las fichas y tomó una, introduciéndola en la computadora. Ella se incorporó, sobresaltada. Doyle se dijo que sus ojos parecían extrañamente dilatados, y las venas de sus sienes muy hinchadas. Miró a su superior con cierto disgusto.
—¿Ocurre algo, señor? —demandó.
—No, nada —negó calmoso. Forrester—. Sencillamente, quería echar una ojeada a la ficha clínica de Iván Belov...
La misma apareció proyectada en la pantalla de la computadora. Ambos pudieron seguir sus datos minuciosamente. No se mencionaba en absoluto el hecho de la floración extraña en el torso del paciente.
—Es raro, enfermera —dijo con frialdad Forrester, volviéndose a ella sin quitar la ficha de la pantalla.
—¿El qué, señor? —indagó ella ingenuamente.
—¿Dónde está el informe sobre la aparición de floraciones de aspecto vegetal en el pecho del paciente, la noche de ayer? Aquí no se especifica nada.
—¿Floraciones? No sé a qué se refiere, capitán.
—Está muy claro —terció Doyle agriamente—. El informe de Lee Parker. Lo recibió usted con carácter urgente, enfermera.
Doyle no perdía de vista el gesto de la enfermera Spencer. Incluso supo combatir la tentación de mirar sus bellas piernas, cruzadas ostentosamente en su actual postura, con tal de mantener fija la atención en la faz agraciada de la rubia.
Ella vaciló. Sus ojos tuvieron un brillo frío, raro. Sacudió luego la cabeza.
—No recuerdo eso —manifestó—. Tal vez el señor Parker pensó informar de ello y no lo hizo. Es algo descuidado en sus cosas.
—Posiblemente, pero no creo que fuera ése el caso. Seguía preocupado hoy con ese asunto. ¿No es cierto que ha venido por aquí esta misma tarde?
—Yo no le he visto —manifestó glacialmente ella, mirando a Doyle casi con agresividad.
Y las venas de sus sienes parecieron hincharse un poco más. El rostro de la rubia estaba enrojecido. Tal vez demasiado.
—Abra el depósito ahora mismo, señorita Spencer —ordenó con aspereza el doctor Forrester—. Queremos ver el cadáver de Iván Belov.
—Sí, capitán, lo que usted ordene —aceptó ella, echando a andar hacia la puerta de acceso al depósito de cadáveres, con lo que Doyle perdió la panorámica magnífica de sus bellos muslos, aunque en esta ocasión no pareció molestarle en exceso.
Ella abrió la puerta. Entraron los tres. El frío vaho de aquel recinto de muerte, donde la congelación mantenía los cuerpos en perfecto estado de conservación hasta que se decidía su sepultura en la Luna o su traslado a la Tierra, según los casos, les acometió como si fuese una vaharada del propio reino de los difuntos. La bella enfermera cerró tras de sí, con la eficiencia de la profesional indiferente a todo. El frío se hizo más perceptible. Ella pulsó un botón y otro numerado. Se desplazó del muro cristalino un soporte plástico con un cuerpo también numerado, envuelto en una sábana. Ambos hombres se acercaron a él.
Alzó el capitán Forrester la sábana. Doyle evitó mirar su cabeza reventada, abierta en cuatro trozos casi iguales, como un fruto abierto de un simple golpe. Bajaron la sábana un poco más. Ambos fijaron su mirada en el pecho del cadáver.
—Ahí está —dijo sordamente Doyle—. La floración, capitán. Es... es horrible. Repugnante, diría yo...
El militar asintió, palideciendo. Sobre la epidermis torsal del muerto surgían vetas, granulos de un verde parduzco, recordando algo vegetal, como hojas o tallos incrustados en la piel. Doyle evocó algo donde viera también anteriormente rugosidades así: las fotografías estereoscópicas de la criatura fósil del asteroide Cyros.
—Es cierto —corroboró el médico militar con voz tensa—. Enfermera Spencer, es imperdonable su neglicencia. ¿Por qué no nos informó inmediatamente de este extraño fenómeno en el cuerpo del paciente? Me temo que tendrá que responder de tal fallo ante el consejo médico, e incluso ante la junta de mando de la base, por su grave responsabilidad, y...
El oficial médico calló. Doyle se puso rígido. Algo qué le era vaga, familiarmente conocido, llegó a oídos suyos, lo mismo que a los del capitán Forrester.
Fue una especie de berrido inhumano, bestial, un rugido profundo, que parecía llegar de las mismas entrañas del infierno y que, sin duda, surgía sin embargo de un cuerpo viviente...
Doyle recordó ese sonido salvaje, extraño, alucinante. Era el que oyó a Belov cuando le visitara aquella tarde, durante su misteriosa crisis.
Y ahora...
Ahora, ese sonido estaba allí, dentro mismo del depósito de cadáveres, sonando en el helado ámbito del recinto mortuorio...
Ambos giraron la cabeza, miraron a la persona que lo emitía.
¡La enfermera Spencer!
Después, la rubia y llamativa joven, sufrió una metamorfosis horripilante, indescriptible...
Primero fue como si su piel sufriese una repentina tensión, enrojeciéndose hasta cobrar en su rostro un vivo color púrpura. Los ojos también se inyectaron de sangre, desorbitándose, clavados en ellos con una rara, maligna expresión, que sobrepasaba todo lo imaginable en tan bella criatura, y de todo su cuerpo pareció escapar un estertor ronco, crispado, monstruoso, que crecía en intensidad a medida que su faz se tornaba amoratada, sus cabellos se erizaban y las venas de sus sienes, frente y cuello cobraban una hinchazón desorbitada.
—Dios mío, enfermera Spencer, ¿qué le ocurre a usted? —atinó a murmurar torpemente el capitán Forrester, palideciendo mortalmente, con expresión de vivo horror ante la transmutación inexplicable que la joven sufría delante de ellos, sin que aquel sonido ronco, estruendoso, dejara de brotar de su boca, ahora crispada en una convulsa mueca horrible, que causaba espanto. Era como si algo interior estuviera rugiendo, agitándose con vida propia, dentro del hermoso cuerpo de la muchacha Contracciones violentas, inexplicables, agitaban su garganta, su estómago, pero especialmente su cabeza, donde sienes, rostro y cuanto configuraba su estructura estaba sufriendo una inflamación atroz, monstruosa, como si la epidermis ya ni siquiera pudiese contener tal deformidad, como si sus huesos y músculos estuvieran a punto de reventar.
¡Y reventaron!
Judy Spencer lanzó un bramido inhumano, escalofriante. Y después, ante el supremo horror de ambos hombres, petrificados testigos de aquella monstruosidad, la cabeza de la rubia enfermera reventó.
Fue un estallido terrorífico, que agrietó su cara como si fuera de puro vidrio, desgarró su piel, segó huesos, músculos y nervios en un destrozo inconcebible, todo ello en medio de una espantosa nube de sangre.
Pero ahí, con ser tanto, no terminó el horror. Era sólo el principio. El principio de una metamorfosis alucinante.
Porque de entre los amasijos sanguinolentos de aquel cráneo, estallante como un fruto o una simple bolsa de papel golpeada, brotó algo.
Escapó una forma que hasta entonces había parecido retenida por la envoltura normal y humana de la enfermera, encerrada, constreñida en su cabeza, y que liberada de tal prisión huía al exterior, emitiendo un bramido ronco, estremecedor, horripilante.
Demudados, incrédulos, Forrester y Doyle asistían sin saber qué hacer a tan increíble espectáculo. Sus ojos alucinados contemplaban aquella «cosa» inaudita que surgía de las entrañas mismas del cráneo de la enfermera. Una masa incongruente, gelatinosa, palpitante e informe, de color parduzco, goteante, repulsiva hasta la náusea, mezcla de vegetal, pasta viscosa y forma reptante, no se sabía si reptil, bestia, espíritu o demonio. Un hedor insufrible se extendió por el recinto funerario, mientras aquella masa se retorcía, emergía, se agitaba en el aire, despidiendo el fétido vaho, chorreante y pegajosa, vomitando una pulpa verdosa, entremezclada con la sangre de la mujer que fuese su recipiente hasta entonces.
Y lo peor, lo más terrible y desconcertante de todo, es que aquella forma tenía vida propia, palpitaba, emitía aquel atroz ronquido que oyeran ellos brotar inicialmente de la boca de la desdichada joven.
Más que eso, Doyle comprobó angustiado, encogido por el horror, que aquella «cosa» demoníaca tenía rostro, ojos, expresión. Si es que se podía llamar rostro a aquellas facciones apenas siluetadas en una especie de gelatinosa superficie palpitante, parduzca, goteante, envuelta en espinos y extremidades adherentes, como los tentáculos del más repugnante octópodo imaginable.
El ser —o lo que fuese— saltó fuera del cuerpo reventado, culebreó en torno de ellos, despidiendo constantemente salpicaduras sanguinolentas y viscosas, que se adherían a todo, para convertirse luego en flácidos goterones humeantes, y por fin, con un chirriante y prolongado berrido, se precipitó sobre la maciza vidriera de la puerta del frío recinto.
Restalló ésta como si la golpease un ariete y se resquebrajó y astilló metal y vidrio como si hubieran sido simplemente de escayola. Por la abertura producida allí escapó, reptante y coleteando con rabia, la informe masa del horror, el espanto viviente que naciera del cuerpo de Judy Spencer en el más delirante génesis jamás imaginable.
Quedó en el aire aquel fétido y pestilente olor, que hubiera hecho agradable y dulce el olor a sulfuro que dicen acompaña la aparición del diablo. Todavía sobrecogidos, incrédulos, sin atinar a reacción normal alguna, el capitán Forrester y el astronauta Doyle cambiaron una mirada larga, despavorida, mientras sus manos temblaban y sus rostros tenían la blancura del yeso.
—Cielos, no es posible —gimió el oficial médico, sin pretender ocultar su espanto y su torpeza—. No hemos podido ver algo así, Doyle...
—Lo malo, señor, es que la hemos visto —jadeó roncamente Doyle, sujetándose a un frío panel del depósito de cadáveres y pasándose una mano espasmódica por el rostro bañado en sudor gélido—. Y la prueba de ello está ahí...
Señalaba el cuerpo de Judy Spencer, reposando en medio de regueros de sangre y residuos de su cráneo pulverizado por la espeluznante mutación.
Forrester asintió, apresurándose a correr al muro y pulsar un resorte. De inmediato, un sonido prolongado, ululante, restalló en toda la Base Lunar Delta, mientras las luces rojas de la alerta máxima parpadeaban por doquier, causando la consiguiente conmoción en todas sus instalaciones.
—Ahora, Doyle, Dios quiera que podamos encontrar a esa... esa maldita «cosa», lo que sea, ¡y destruirla, por encima de todo! —susurró con voz quebrada el militar, dejándose caer extenuado en un asiento.
Doyle le miró sombrío, meneó su cabeza con aire pesimista y murmuró:
—No sé. Creo que no va a ser tarea sencilla, capitán. No es la primera vez que ese monstruo se aloja dentro de uno de nosotros, estoy seguro...
—¿Qué quiere decir? —le miró Forrester, perplejo.
—Que o mucho me equivoco, capitán, o ya esa horrenda babosa estuvo antes dentro de otra persona, el pobre Iván Belov...
CAPÍTULO V
VÁN Belov... Judy Spencer... Un astronauta, una enfermera. S, Doyle, creo que su teoría es factible, tiene lógica, si es que en este increíble asunto hay alguna lógica. Son casos semejantes. Yo diría que iguales.
Se miraron todos entre sí, tras las sombrías palabras de la doctora Natasha Dankova, especialista de primera fila en medicina espacial y bioquímica cósmica. La reunión de emergencia tenía lugar bajo la presidencia personal del general Arthur Wingate, jefe supremo de la base, y sus segundos de turno, el coronel Sergei Malinov y el coronel Bascomb. Todos los hombres y mujeres importantes de la instalación lunar estaban presentes, requeridos con la máxima urgencia, dadas las circunstancias.
—De modo que según usted, doctora, esa misma forma de vida monstruosa mató a Belov y a la enfermera —apuntó gravemente el general, frotándose el mentón con aire tan pensativo como contrariado.
—Así es, general —admitió la científica soviética volviéndose a él—. El estallido craneal ofrece las mismas características en ambos casos. Es como si hubiesen contenido un tumor que, finalmente, se hizo demasiado grande para continuar alojado allí dentro, y tuvo que buscar su salida, aunque ello pudiese suceder a causa de las palabras de Doyle y del capitán Forrester, que acosaron en cierto modo a la enfermera.
—Doctora, yo sólo le pedí que me explicara por qué no informó en su momento, a todos o a alguno de nosotros, de las floraciones extrañas surgidas en el pecho de Belov —se defendió el capitán Forrester.
—Claro, capitán, no le estoy culpando de nada —sonrió la morena y bella doctora rusa, mirándole fijamente—. Ni usted ni Doyle hicieron otra cosa que precipitar los acontecimientos, ignorando lo que sucedía dentro de la enfermera Spencer. Si ella no informó sobre esas floraciones, advertidas por el astronauta Parker en el difunto Belov, es porque esa «cosa» que poseía dentro, que sin duda dominaba ya sus reacciones y pensamientos, se lo impidió con su propia voluntad.
—¡Cielos, doctora! —se horrorizó su compatriota, el coronel Malinov—... ¿Va a decirnos que esa forma monstruosa tiene capacidad de pensar y de actuar por sí misma?
—Coronel, desgraciadamente ésa parece ser la primera impresión que dan los hechos —asintió ella, muy despacio, con expresión preocupada—. Piense que la enfermera actuó de un modo irregular en ella. Su hoja de servicios era excelente, era una profesional eficiente y seria, o nunca hubiera llegado a ocupar una plaza en un lugar de élite como es Delta.
—Eso es cierto —corroboró sombríamente el doctor Kane, interviniendo en la conversación—. La enfermera Spencer jamás olvidó emitir un informe, por mínimo que éste fuese.
—Además, se mostró muy interesada cuando yo le hablé de la floración en el cuerpo de Belov —era ahora el propio astronauta Lee Parker quien hablaba con firmeza, poniéndose en pie—. Dijo que iba a examinarla de inmediato para informar con urgencia a sus superiores.
—Muy bien, ahí tenemos la evidencia más clara de todas —interrumpió el astronauta Doy le, mirando con escasa simpatía la arrogante figura y el rostro varonil y atractivo de su compañero Parker, futuro esposo ahora de su ex prometida Susan—. El colega Parker asegura que ella mostró interés en comprobar el hecho para informar. O bien mentía en ese momento... o es que todavía era capaz de pensar por sí misma, de actuar sin mediatización de nada ni de nadie. Y que, posteriormente, la «cosa» alojada en ella ya intervino decisivamente en sus actos.
—Estoy de acuerdo con mi colega —manifestó con desgana Parker, que sin duda tampoco tenía gran simpatía personal hacia Mark Doyle—. Además, estuve revisando la ficha medica de Belov y, como ustedes mismos habrán comprobado luego en ella, esa floración jamás existió antes en su cuerpo... ni la enfermera Spencer la inscribió cuando hizo el examen.
—De modo que nos enfrentamos a una forma de vida desconocida, capaz de pensar, de dominar a los seres a quienes, digamos, que «invade», y que, por añadidura, negado el momento abandona la envoltura que le facilita ese cuerpo humano destrozando sin piedad a quien le alojó hasta entonces.
—Esos términos, general, expresan muy bien la dura realidad a que estamos enfrentándonos, a juicio mío —confirmó la doctora Dankova con energía.
—Pero eso es horrible —terció con tono angustiado el coronel Bascomb, el subjefe de la base—. Nos enfrentamos a algo que nos es totalmente desconocido.
—Y que siempre hubo la posibilidad de encontrarse en nuestras exploraciones cósmicas, coronel —le hizo notar con cierta frialdad la doctora—. Recuerde que todos los informes científicos coinciden en que pueden existir formas de vida en el espacio exterior completamente desconocidas en el planeta Tierra. Es obvio que acabamos de encontrarnos con una de ellas, y no precisamente amistosa ni inofensiva.
—¿Y qué se está haciendo para localizar a ese monstruo y destruirlo? —preguntó destempladamente Lee Parker.
—Caballeros, se está haciendo todo lo posible —explicó apaciblemente el mayor Duncan Scott, jefe de Seguridad de Delta, con un leve carraspeo—. Se han establecido toda clase de severos controles electrónicos, campos de infrarrojos y ultravioletas, detectores hipersensibles a cualquier presencia sólida viviente, y redes de células sensoras están conectadas, mientras varios escuadrones de hombres, provistos de trajes especiales antirradiactivos y armados con fusiles ultraláser, recorren la base de lado a lado, sin dejar rincón alguno por explorar. Estén seguros de que dar con esa forma viva y exterminarla es cuestión de horas, tal vez sólo de minutos.
—Mayor, me gustaría tener su optimismo —confesó amargamente Mark Doyle—. He visto en acción a esa criatura y me aterra imaginarla aquí, cerca de nosotros, acechando. Parecía demasiado poderosa para poder ser cazada y exterminada tan fácilmente. Además, ¿quién nos dice que ahora mismo no esté dentro de uno de nosotros?
Fue una sugerencia estremecedora. Doyle se dio cuenta de inmediato de lo que había dicho, pero cuando ocurrió así era ya tarde para rectificar. Todos le habían oído y comprendido. Un ramalazo de horror mudo recorrió la asamblea de urgencia. Los presentes empezaron a mirarse unos a otros como si de repente les asaltaran las más siniestras y horribles sospechas.
—Dios mío, es una posibilidad espantosa en la que no había caído —gimió sordamente Lee Parker, dejándose caer en su asiento, sin ánimos para seguir alardeando.
—Y sin embargo totalmente razonable, después de los hechos que conocemos —apoyó con seriedad la doctora Dankova, dirigiendo una mirada a Doy le—. El hecho de que haya estado alojado ya en dos ocasiones dentro de un cuerpo humano, que luego destrozó al evadirse, revela que puede repetir esa misma maniobra cuantas veces quiera. Estoy convencida de que cuando la enfermera Spencer habló con el astronauta Parker, prometiéndole rápido informe a sus superiores médicos, ella actuaba de buena fe, era dueña de sus actos. Cuando fue a comprobar en el paciente lo que le informara Parker, la «cosa» debió salir del cuerpo del enfermo y atacarla, introduciéndose en ella. Esa puede ser la razón de que Anushka Belova sufriera tan terrible shock, si llegó a ser testigo de algo así. Creo, personalmente, que tuvieron mucha suerte los señores Doyle y Forrester por estar ambos juntos cuando el monstruo abandonó el cuerpo de la enfermera Spencer, porque de haber estado presente uno solo de ellos, es obvio que el ser hubiera repetido su maniobra, alojándose en el testigo de su aparición.
—Eso quiere decir que en lo sucesivo, y si la criatura no aparece, lo más seguro será que todos nosotros en la base nos movamos constantemente en grupos de dos o tres, como mínimo —aventuró el coronel Malinov.
—Sí, es una posibilidad de autodefensa —aceptó escépticamente la doctora Dankova—. Pero me temo que, de llegar a esa circunstancia por no haber sabido o podido localizar y destruir a la criatura, siempre existirá un momento en que alguno de nosotros se quede solo, bien en un cuarto de aseo, bien cuando el otro se duerma., y ése será el momento que nuestro singular enemigo elegiría, sin duda alguna, para tratar de alojarse en uno de nosotros.
Reinó un silencio profundo y preocupado. El general Wingate lanzó un suspiro de contrariedad, sacudiendo la cabeza pesaroso.
—¡Sólo esto nos faltaba ahora! Tenemos que localizar entre nosotros, no sólo a un androide asesino que no sabemos qué identidad puede adoptar, sino a un extraterrestre perverso, dotado de vida e inteligencia, y capaz de introducirse en un ser humano, formando parte de él hasta su aniquilamiento. ¡Es como para volverse locos!
—Dispondremos algo al respecto —sugirió el mayor Scott—. Mi Departamento de Seguridad puede establecer turnos para que las personas miembros de la base sean revisadas mediante análisis y radiografías. Es posible que la presencia de ese monstruo dentro de un ser humano sea como la de un tumor, fácilmente detectable mediante métodos clínicos. ¿Qué opina usted, doctora?
—Puede intentarse. Al menos es una posibilidad —aceptó la doctora Dankova, pensativa—. Por otro lado, haremos de inmediato la autopsia de los cuerpos de Belov y de la enfermera Spencer, para ver si esa materia viviente dejó en ellos vestigios de su naturaleza, radiaciones o cualquier otra cosa que lo haga fácilmente detectable o que nos permita averiguar su naturaleza real, con vistas a un más fácil medio de combatirlo.
—Yo me pregunto algo desde que empezamos a discutir esta cuestión, caballeros —terció la voz calmosa del coronel Malinov.
—¿Qué? —trató de saber su colega y compañero, el coronel Bascomb.
—¿Cómo llegó a esta base la criatura? Estas instalaciones están totalmente aisladas del exterior, los astronautas y viajeros que salen o entran de ella pasan por un período de cuarentena en que son sometidos a los más rigurosos análisis... ¿De qué modo pudo penetrar aquí semejante forma de vida, por tanto?
De momento nadie supo qué responder, limitándose a mirarse entre sí, muchos de ellos dudando incluso si su vecino de asiento sería el actual anfitrión de tan molesto y terrorífico huésped dentro de su cuerpo... o como mal menor, estaría charlando amistosamente con Androx, el humanoide asesino.
—Es una pregunta inteligente, coronel —aceptó la doctora Dankova—. Y para la que, de momento, no tenemos respuesta alguna mientras no sepamos algo más de su posible origen y naturaleza, pero algo es evidente: estamos en contacto constante con el espacio exterior, nuestros camaradas van y vienen a planetas, asteroides y otros lugares de ese cosmos del que desgraciadamente tan poco sabemos aún. En cualquier momento, un simple corpúsculo, una bacteria o una célula de esos mundos debió alojarse a bordo de una nave tripulada por nuestra gente. Sin saberlo, trajeron a Base Lunar Delta esa incipiente forma de vida que, por la razón que sea, se desarrolló una vez aquí dentro. Y de esa forma, insensiblemente, creció y creció, hasta llegar a su actual desarrollo.
—¿Sin ser detectada en ningún momento? —dudó ahora el mayor Scott, como responsable de la seguridad local.
—Evidentemente, así fue, mayor —sonrió irónicamente la bella doctora rusa—. La forma de vida pasó nuestras barreras protectoras limpiamente. Tal vez es inmune a todos los procedimientos de esterilización, o quizá se integró perfectamente con la materia humana desde un principio. Como sea, lo cierto es que está aquí, que Llegó del espacio y que ahora constituye un grave peligro para todos nosotros, posiblemente una amenaza infinitamente peor que la de ese androide a quien tanto tememos, señores.
Fue como si las palabras de la doctora supusieran un desafío para alguien. Porque en ese momento comenzaron a zumbar las sirenas de alarma, y las luces de alerta roja se encendieron súbitamente. Una oleada de comentarios y de tensión invadió la sala.
Rápido, el general Wingate conectó con la sala de mandos de la base, y pasó la transmisión de imagen y sonido a la pantalla gigante del muro.
—¿Qué ocurre ahora? —demandó con aspereza—. ¿A qué se debe la alerta roja?
En pantalla apareció el agitado y trémulo rostro de un empleado de la sala de mandos, un joven oficial de rostro demudado.
—Señor, aquí el sargento Igor Wayesky, de controles —relató con voz tensa—. Acaba de detectarse una fuga de radiaciones letales en la planta de aprovisionamiento de las defensas de la base. Al parecer hay varios muertos, y las radiaciones crecen con rapidez. Se sospecha que ha sido un sabotaje...
—¡Androx! —rugió Wingate, incorporándose muy pálido—. Nosotros discutiendo sobre esa maldita cosa que nos ataca... y ese androide criminal ha vuelto a golpear, y en un punto vital para todos nosotros. ¡Sabemos perfectamente que si ese escape continúa, todos podemos morir en pocas horas sin remedio! Las radiaciones Omega son mortales de necesidad apenas escapen de su núcleo central... y eso puede estar sucediendo ya en estos momentos, si la avería de la planta es lo bastante seria.
Mark Doy le se ajustó la escafandra de materia incombustible y hermética, especial para soportar radiaciones letales, y tomó uno de los termosoldadores, dirigiéndose a la salida de la cámara. Se cruzó con Lee Parker, que corría a enfundarse también uno de los atavíos herméticos para luchar contra la dramática avería. Ambos colegas se miraron un momento.
—Suerte, Mark —le deseó Parker—. No te deseo ningún mal.
—Yo tampoco a ti —dijo Doyle a través del emisor de sonido de su escafandra—. No te arriesgues demasiado. Dejar viuda a Susan antes de la boda no sería correcto.
Parker sonrió, apoyando una mano amistosa en el hombro de Mark.
—Gracias —dijo—. Eres un buen perdedor. Tal vez Susan se equivoque al elegir el hombre.
—Tal vez —sonrió a su vez Mark—. Si la haces sufrir, te las verás conmigo, Lee.
Y abandonó la cámara corriendo, como todo el mundo, hacia la planta de aprovisionamiento energético de los sistemas de defensa militar de la base. El vapor lo invadía todo, resultado del estallido de las calderas en el acceso al núcleo central de materias radiactivas. El escape de radiaciones gamma hubiera sido mucho menos serio que el de la energía Omega, la más potente radiación, procedente de las pilas de síntesis que convertían las radiaciones almacenadas en proyectiles de luz mortífera para las modernas baterías espaciales que servían de defensa a la base contra cualquier agresión, terrestre o extraterrestre.
Se confundió pronto con otros muchos que frenéticamente, protegidos por sus ropas antirradiactivas, luchaban contra el escape letal. Seguían desfilando camillas con personas afectadas de radiaciones, muchas de ellas ya sin esperanza de supervivencia, dada la mortalidad de los rayos emitidos.
—Ese maldito siempre sabe golpear el sitio exacto —murmuró para sí Doyle, en medio de la confusión reinante, tratando de iniciar la soldadura de una de las innumerables grietas que desgarraban la pared metálica y solidísima que hasta entonces sirviera de protección contra toda clase de radiaciones letales.
—¡Tened cuidado, los refrigeradores no funcionan! —avisó un oficial de servicio—. ¡El aire se está recalentando en exceso y puede provocar una explosión radiactiva en cualquier momento, a menos que podamos evitar un escape masivo de energía!
Era cierto. La temperatura aumentaba por momentos en la vecindad de las calderas rotas, y ese calor hacía infinitamente más peligrosas las radiaciones. Si llegaba a producirse la explosión, media base saltaría por los aires sin remedio, desintegrando a la mitad de su guarnición y dejando mortalmente dañada a la otra mitad.
Doyle notaba en su atavío metálico el recalentamiento paulatino de sus capas exteriores. Si llegaba a calentarse demasiado y llegaba al interior, moriría cocido dentro del traje que se suponía debía protegerle de todo riesgo. Por fortuna, la capa refrigeradora de su indumentaria si funcionaba aún, pero el calor reinante podía averiarla si seguía en aumento como hasta ahora.
Logró soldar una grieta, pero de inmediato notó cómo se abría mas profundamente otra situada encima, presionada por la densidad de los gases liberados y también por el propio efecto corrosivo y desintegrador de las radiaciones que escapaban del núcleo.
—Maldita sea, tengo que lograrlo —jadeó—. He de cerrar esas condenadas grietas. Aquí empieza a hacer demasiado calor... y el nivel de radiación crece sin cesar.
Eso era cierto. Los indicadores del muro parpadeaban, con unas intermitencias luminosas de color azul intenso. Eso significaba que en poco tiempo podían pasar al naranja. Y eso era sólo la antesala del color rojo en los indicadores. Para entonces ya todo sería igual. La aparición del tono rojo en esos guiños significaba el fin, un escape masivo de radiación Omega.
Cerró con el hirviente líquido de soldar dos grietas mas. Cuando comenzaba a desgarrarse una tercera, para su desesperación, unas manos enguantadas aparecieron, empuñando otro soldador magnético, que selló con rapidez aquel nuevo brote peligroso dándole tiempo a él de soldar una nueva grieta. Después, su inesperado colaborador remachó la obra cerrando otras dos grietas. La temperatura descendió levemente en el vaporoso corredor. La intermitencia azul se tornó naranja por un momento, para su terror. Pero de inmediato volvió al azul, tras aquel fugaz y alarmante aviso.
—¡Uf, parece que estamos controlando las fugas radiactivas! —jadeó, volviéndose para mirar a su compañero.
Se asombró y asustó. Era la última persona a quien hubiera esperado ver allí.
—¡Susan! —musitó—. ¿Qué diablos haces tú aquí? Es muy peligroso. Este no es sitio para una chica...
—Tampoco lo era la Luna en un principio —sonrió ella animosa—. Y aquí estoy, ¿no? Tenía que echar una mano, como todo el mundo. Ese loco asesino es capaz de destruirnos a todos sin la menor vacilación.
—Ni siquiera es un loco —suspiró Doyle—. Es sólo una máquina. Por perfecto que sea, por mucho que se asemeje a un humano, no lo es. Androx no dudará en destruirse a sí mismo, si con ello destruye a los demás. Resulta lógico, después de todo. Está programado para eso. No tiene sentimientos, aunque posea un cerebro, un corazón y un riego sanguíneo, Susan.
Hablaban a través de los micrófonos de sus escafandras, mientras trabajaban incesantemente. En los indicadores, el parpadeo azul iba tornándose verdoso. Descendía la temperatura. El corredor ofrecía menos escape de vapores en torno, y la situación se iba estabilizando en tan peligrosa zona.
—Creo que estamos salvando la situación —sonrió Doyle, más calmado. Respiró hondo, descansando un momento en su agotadora tarea—. ¿Has visto a Parker? También anda por aquí, batallando como todos nosotros.
—No, no le vi. Bueno, no ahora. Antes me contó algo... ¿Es verdad lo que está pasando en Delta, Mark? Me relató un hecho espantoso, relacionado con la enfermera Spencer.
—Fue verdad. El capitán Forrester y yo fuimos testigos de ello.
—Dios mío, eso es peor que el androide, ¿no?
—No sé qué será peor. Ese condenado Androx casi nos envía al infierno ahora, sólo con un sencillo acto de sabotaje en el lugar adecuado. Mi criterio es que estamos enfrentados a dos peligros distintos e igualmente terribles. Dios quiera que podamos sobreponernos a ambos.
—Mark, creo que empiezo a tener miedo —confesó Susan, reanudando su trabajo.
—Yo también —dijo Mark, imitándola—. La verdad es que eres más valiente que yo. Estoy aterrorizado desde mucho antes, cuando vi ante mí a aquella forma repugnante que salía de la cabeza de la enfermera Spencer.
Se estremeció Susan, cerrando un momento los ojos tras el visor plástico de su escafandra de seguridad. Era evidente que no le costaba mucho imaginarse aquel horror viviente de que le hablara antes Parker y ahora él.
Súbitamente, las cosas se complicaron en la galería, cuando todo parecía más fácil. Con un sonido seco, sibilante, se desgarró un gran trozo de muro metálico, no lejos de donde, ellos soldaban las grietas. Una bocanada de vapores violentos; mezclados con una fosforescencia amarillenta, que denotaba la ominosa presencia de radiaciones letales en elevada cantidad, invadió con fuerza el corredor. Susan chilló, soltó su soldador y se desplomó a los pies de Mark, que sufrió también un rudo embate, siendo lanzado contra el otro muro. Varios esforzados soldadores que luchaban por salvar la situación fueron envueltos por el nuevo escape, y sus alaridos de dolor sonaron en medio del vapor y la confusión, mientras alguno de aquellos trajes herméticos ardía como yesca, con su dueño dentro...
Dominando su horror y su angustia, Doyle se precipitó de inmediato hacia Susan, olvidándose de todo lo que no fuese la seguridad de la joven que hasta poco antes fuera su novia. Se inclinó, la tomó en sus brazos, sin importarle que el metal de la indumentaria de seguridad de la joven estuviera burbujeando, y cargó con ella, notando cómo el hervor del tejido metálico se filtraba a través del propio recalentamiento de sus guantes refractarios, quemándole las manos.
Soportó estoicamente el dolor, y corrió pasillo adelante con su carga, recomendando a dos compañeros con quienes se cruzaba:
—¡Pronto, a ese punto del pasillo! ¡Evitad las radiaciones, procurad sellar las grietas que acaban de abrirse, o todos saltaremos por los aires en menos de veinte minutos!
Ellos asistieron, precipitándose hacia el lugar requerido. Los indicadores volvían a parpadear en un azul vivo, que pronto se tornó anaranjado. La situación estaba en su punto álgido, en un clímax de máxima tensión y peligro.
Si no se bloqueaban a tiempo los escapes radiactivos, si los indicadores saltaban del naranja al rojo, sería el final para todos.
CAPÍTULO VI
ENOS mal. Creí que sería peor...
—Sí, yo también — admitió Doyle cansadamente, contemplando sus manos vendadas cuidadosamente.
—Estuvo a punto de perder sus manos o de tenerlas abrasadas para siempre —le informó la doctora Dankova con un suspiro, recogiendo el material sanitario que usara para curarle. Luego se volvió a la mesa de operaciones inmediata, donde yacía Susan Halsey, inconsciente. Sonrió y dijo—: No tiene que temer nada respecto a su amiga. Sólo sufrió leves quemaduras y un gran golpe. Se recuperará, pero es mejor que esté ahora bajo los efectos de un sedante.
—Comprendo. Gracias por todo, doctora.
—Vamos, vamos, no diga eso —rió la soviética de buen humor—. Tengo que hacer el trabajo del doctor Kane. El se ha ido a ayudar a los demás en ese mismo lugar donde usted y la chica lo pasaron tan mal. Yo me arreglo mejor aquí, curando gente, que intentando soldar grietas.
—Imagino que á. Una eminencia médica como usted no está para estas tonterías de curar quemaduras y vendar heridas, pero precisamente por ello lo ha hecho mejor que cualquier otro médico vulgar.
En el muro ya no parpadeaba la luz de alerta máxima, sino un resplandor azul, el indicador de emergencia simple. Ello era señal evidente de que el gravísimo siniestro de la zona de radiaciones estaba abortado con éxito.
—Menos mal —suspiró la doctora, mirando los guiños de luz—. Pasó el peligro...
—Me pregunto qué sucederá la próxima vez que Androx haga alguna de las suyas —dijo sordamente Doyle.
—Androx... —ella asintió, pensativa—. Tanto preocuparnos hoy por ese monstruo que anda suelto, y casi volamos con él en millones de átomos por el vacío, a causa de la jugarreta de ese androide. No puede negarse que nos llueven últimamente los problemas; Doyle.
—Eso es cierto —afirmó él. Tras una pausa, recordó algo e indagó—: ¿Cómo está Anushka?
—¿Anushka Belova, mi compatriota? —La doctora esbozó una sonrisa, moviendo la cabeza en sentido afirmativo—. Bien. Duerme. Conviene prolongar lo más posible su retorno a la consciencia. Después del shock sufrido, toda precaución es poca. Pero su estado general es bueno, y sus constantes vitales perfectas, si eso le tranquiliza.
—Sí, gracias, claro que me tranquiliza. Pobre Anush. Debió ser terrible para ella ver estallar la cabeza de su marido y ver salir aquello...
—Sí, lo imagino —la doctora frunció el ceño, paseando por el recinto—. A propósito, Doyle, ¿qué opina usted sobre la muerte del niño y del perro? ¿Los mató el monstruo?
—No sé. Imagino que sí, aunque al capitán Forrester y a mí no nos hizo nada.
—Yo pienso que, fuera del cuerpo humano, esa criatura no posee capacidad de ataque, al menos en la forma que nosotros entendemos. Es más probable que Belov, enloquecido por lo que anidaba en él, momentos antes de sufrir la mutación atacase a su hijo y a su perro, destrozándoles, para de inmediato dar salida al monstruo alojado en su cuerpo. Claro que actuaría movido por la voluntad de su invasor, no por la suya propia. Pero en su caso era diferente. Ocupaba el cuerpo de una mujer, y ustedes eran dos hombres. La violencia física le resultaba difícil. Y por ello reaccionó emergiendo de la envoltura humana que tomara prestada, para escapar de allí lo antes posible.
—Escapar, ¿adonde? —se lamentó Doyle—. Ni siquiera sabemos en qué lugar buscó refugio...
—El sabotaje de Androx ha venido a favorecerle. Los equipos de seguridad están ahora desplazados a la zona del sabotaje. Y la criatura puede moverse por ahí, con cierta libertad, o cuando menos vivir oculta con mayor facilidad.
—Siempre que no se haya introducido ya en otro de nosotros —sentenció sombríamente Mark Doyle.
—Sí, muy cierto —ella le miró ahora con expresión preocupada—. Muy cierto. Podría estar dentro de cualquiera de esta base. Incluso dentro de usted, Doyle.
Se estremeció el joven astronauta. Asintió con la cabeza, y clavó sus ojos en la doctora Dankova, estudiando sus bellas facciones eslavas, suaves y dulces, bajo los cabellos oscuros y brillantes como sus ojos.
—O dentro de usted, doctora —silabeó Doyle fríamente.
El profesor Román Mankiewicz puso gesto de sorpresa.
Contempló la forma yacente, en su laboratorio de investigación biológica de Base Lunar Delta. Parecía tan ajeno a la situación de emergencia, ya atenuada, como si viviese a un millón de años-luz de la Luna y de la grave amenaza de destrucción total que significara hasta poco antes el atentado de Androx contra los núcleos radiactivos. Ni siquiera durante la alerta roja había dejado de trabajar el sabio, ensimismado en su tarea, bajo el potente chorro de luz de su laboratorio personal.
Allí, ante él y sobre una mesa, yacía el cuerpo misterioso que se resistía a sus investigaciones. Un cuerpo inmóvil, inanimado, frío, duro, pétreo. Y, sin embargo, singular, milagrosamente ligero, casi como elaborado en una simple pieza de cartón vado.
Parduzco, con tonalidades ligeramente verdosas en algún punto de su estructura humanoide de apariencia vegetal, reposaba como un enigma insondable bajo aquella luz. Como una nueva y cósmica versión de la enigmática Esfinge.
Sin embargo, los ojos del profesor reflejaban curiosidad, interés e incluso pasmo, al contemplar ahora aquella forma inerte sobre la cual estaba trabajando desde que Iván Belov y su compañero de vuelo al asteroide Cyros regresara con aquel raro ejemplar de una raza desconocida y remota.
—Notable —susurró el científico, con ojos brillantes de excitación, dando vueltas a la mesa donde yacía el fósil, y frotándose las manos con rara fruición—. Francamente notable. Nunca me hubiera imaginado algo así...
Examinó un gráfico que llevaba en la mano, se frotó el mentón y volvió a mirar la forma inerte, a cuya forma de cabeza había acoplado poco antes unos electrodos, que ahora desconectó, pero sin quitarlos de las sienes de aquel raro vegetal humanoide. Otros cables estaban acoplados a sus extremidades y tronco, y todos ellos iban a confluir en una terminal cibernética donde una serie de luces multicolores y datos computados iban apareciendo en dos pantallas electrónicas. Mankiewicz fue hasta la máquina, consultó los datos, arrugó el ceño, revelando una clara perplejidad, y finalmente desconectó el control, extinguiéndose luces y datos, y oscureciéndose las pantallas. El leve zumbido de su mecanismo dejó de percibirse en el laboratorio.
Mankievicz hizo una serie de anotaciones en un bloc, que guardó mientras se rascaba nerviosamente los rebeldes e hirsutos cabellos, blancos como la nieve, que coronaban su ovalada cabeza.
—Yo diría que todo es bien expresivo —murmuró para sí—. Pero no me atrevo a dar todavía un informe oficial de todo esto. Será preferible esperar un poco. Esta mema noche lo comprobaré de nuevo. Y mañana, con calma, presentaré mi informe definitivo a la Asamblea. Creo que todos van a llevarse una buena sorpresa, sí, señor. Una gran sorpresa, diría yo.
Y rió entre dientes, como regocijándose de antemano con su idea; nuevamente frotó sus huesudas manos inquietas y se encaminó a la salida, apagando las luces del laboratorio, con la sola excepción de una lámpara de rayos violáceos, fantasmales, que se desparramaron débilmente sobre la mesa de operaciones donde yacía el fósil de Cyros.
A su resplandor, aquella forma quieta, petrificada durante milenios, pareció cobrar una extraña dimensión, una apariencia irreal y fantástica, pero ahora no había nadie en el laboratorio para contemplar el efecto de ese resplandor sobre la epidermis pétrea del vegetal humanoide llegado de otros mundos a través del tiempo y del espacio, como huella de una desconcertante, remota e ignorada forma de vida.
Transcurrieron algunas horas antes de que un cansado doctor Norman Kane, con señales de quemaduras en su rostro y manos, agotado, maltrecho por horas enteras de denodada lucha contra los escapes radiactivos provocados por el sabotaje de Androx, llegó al laboratorio y comprobó que estaba completamente solo en el área de investigaciones biológicas y bioquímicas, contra lo que había esperado.
Otras veces, la doctora Dankova se quedaba trabajando hasta bien tarde, y al doctor Kane le gustaba sobremanera la compañía de la investigadora rusa. Pero esta noche tendría que renunciar a su compañía. Imaginó que estaría demasiado fatigada, atendiendo a los heridos por el criminal suceso, y eso la habría hecho abandonar las instalaciones antes de lo habitual. Kane se lavó y aseó un poco, sentándose en uno de los bancos del amplio y desierto laboratorio general. Se sirvió allí una copa y la apuró. Luego se sirvió una segunda. Tenía ganas de beber, de olvidar la reciente tragedia. No podía apartar de su mente el hecho de que al menos diez o quince personas habrían muerto abrasadas o aniquiladas por las radiaciones cuando se produjo el acto de sabotaje y a lo largo de las tareas de extinción del siniestro. La guarnición de Delta estaba mermando notablemente en los últimos días. Belov, la enfermera Spencer, los muertos en la primera explosión, ahora las víctimas del segundo atentado...
Se tomó un tercer trago. Miró en derredor. La blanca luz aséptica del laboratorio general, con sus diversas mesas de trabajo, le molestaba. Clavó sus ojos en la violácea claridad que llegaba desde el laboratorio del profesor Mankiewicz.
—Tal vez el viejo sabelotodo ande aún por ahí trabajando —murmuró, llevándose la botella consigo—. Después de todo, él vive siempre de espaldas a la realidad...
Caminó hacia el laboratorio personal del notable sabio, dispuesto a charlar con alguien de cosas que no tuvieran que ver con el maldito Androx o con la asquerosa criatura que Forrester y Doyle vieran salir de la cabeza de la enfermera Spencer, y empujó la puerta, asomando.
—¡Eh, profesor! —siseó—. Profesor, ¿anda usted por ahí?
No le respondió nadie. Bajo el resplandor violáceo, sólo la figura parduzca del misterioso fósil parecía sugerir una presencia humana remota e incierta en el vacío lugar. Kane se tomó otro largo trago, directamente de la botella, y caminó decidido hacia el yacente cuerpo sin vida.
—Hola, amigo —saludó—. No es que espere una amable conversación por tu parte, pero tú al menos me escucharás sin rechistar, qué diablos, y eso ya es algo.
Se sentó junto a la mesa de operaciones ocupada por el cuerpo fósil. Tocó éste, encontrándolo duro, frío y rígido. Soltó una risita.
—Serás todo lo ligero que quieras, pero pareces tallado en roca viva —ponderó—. Me pregunto qué pensarías tú de esta chiflada época en que me ha tocado vivir, si pudieras opinar al respecto, amigo. Pero claro, no puedes decir nada. Ni ver ni oír nada. Eres el interlocutor ideal para cuando uno empieza a estar harto de muchas cosas. Y yo lo estoy, ¿sabes? Vaya si lo estoy...
Se volvió a poner en pie, tomó un par de tragos y se inclinó sobré la computadora donde terminaban los cables adheridos al fósil. Conectó la máquina, con un leve hipo que acusaba ya el exceso de alcohol en las venas del doctor Kane.
Contempló el parpadeo de luces, los datos y cifras en vertiginoso desfile, las líneas codificadas que corrían sobre la pantalla. Para él, todo aquello era como intentar leer un papiro egipcio o una inscripción persa. No entendía nada de nada. No le había gustado nunca la electrónica. Pegó un palmetazo despectivo a la máquina.
—Eres odiosa —farfulló—. Todo lo de este tiempo es odioso. Computadoras, naves espaciales, medicina cósmica, guerras interplanetarias, radiaciones mortales, bases en la Luna... ¡Miserables! ¿Qué habéis hecho con todo lo hermoso y sencillo que había en el mundo? Ya nadie piensa en una romántica noche a la luz de la Luna. ¿Cómo diablos va a pensarse eso, si se sabe que la Luna está llena de misiles, de hombres y mujeres preparados para h guerra, de subterráneos repletos de ingeniería nuclear y de todo tipo? Hatajo de cerdos insensibles y torpes, lo matasteis todo, todo, incluso la poesía. ¿Quién va a componer un poema a un micro-procesador, una oda a un cohete o un romance a la colonización de Venus?
Volvió a reír, se echó al coleto un buen trago y se dejó caer en el asiento vecino al fósil nuevamente. En su torpeza, golpeó sin darse cuenta el interruptor de los electrodos aplicados a las sienes del ser milenario dormido allí, en su eterno sueño de piedra. Lo conectó, mientras bebía sin advertir nada.
Y siguió su interminable perorata sentimental y nostálgica, con un solo oyente que no podía responderle: el fósil del asteroide Cyros.
Luego se empezó a quedar dormido, amodorrado. Dejó caer la botella vacía, que rebotó sordamente en el suelo. Apoyó su cabeza torpemente en un brazo del vegetal humanoide. Se dispuso a dormir su borrachera sin más.
Y entonces... el fósil vegetal de forma humana se movió.
Era noche de «Tierra llena». Allá, en el negro cielo tachonado de estrellas, luda una enorme esfera azulada, rodeada de brumas, proyectando sobre el suelo lunar un resplandor mágico, fantasmal. Del mismo modo que en el planeta Tierra eran luminosas las noches de luna llena, allí, en la propia Luna, era el planeta quien prestaba su luz al satélite, reflejando con belleza cromática insuperable la luz solar recibida, sin sombra alguna sobre su superficie.
—Es una hermosa y tranquila noche —comentó Mark Doyle lentamente.
—Sí —suspiró ella, contemplando la Tierra con éxtasis en su mirada—. Lástima que no se pueda respirar el aire puro a pleno pulmón...
—¿Aire puro? —rió irónicamente Doyle—. Tendremos que conformarnos con respirar el que generan nuestras máquinas, bajo esa cúpula plástica que nos separa del vacío estelar. Es todo lo que tenemos, Susan.
Ella asintió, contemplando la noche a través de la cúpula cristalina que protegía la base lunar, encerrándola en su atmósfera artificial respirable. Luego meneó la cabeza.
—¿Comprendes ahora por qué deseo tanto el regreso, Mark? No me hago a este mundo, a esta forma de vida, artificiosa y limitada. Me siento como una flor en un invernadero. Prisionera, encerrada. Siento claustrofobia. Tanto espacio, para no poderlo disfrutar. Tanto vacío, para verlo siempre desde una escafandra o a través de una cúpula protectora. Esto no es vida, Mark.
—Es mi vida, Susan. Admito que no será la mejor. En otros tiempos, yo hubiera sido navegante o piloto de pruebas, marino con Marco Polo o colono en el Oeste, cruzado en la Edad Media o cosaco en la Rusia de los zares. He nacido para algo que no sea vegetar y permanecer quieto en un sitio, compréndelo. Por eso acepto que te cases con Lee Parker. El posiblemente termine por aceptar tus condiciones y volver a la Tierra, abandonando su carrera. Yo, no. Nunca haría eso.
Susan le miró. Contempló sus manos vendadas.
—Hoy has estado a punto de morir por gozar de esta clase de vida —le recordó.
—Por supuesto. También murieron los tripulantes del Titanic, o los argonautas del Graff Zeppelin, o los españoles de la Armada Invencible. Son cosas que ocurren. Pero aún en el riesgo hay algo hermoso cuando se sabe vivir el placer de la aventura.
—No sé qué decirte... No puedo reprocharte nada esta noche: me salvaste la vida.
—Sólo llevé a que te curasen —sonrió él.
—Sabes que no fue sólo eso. Si me dejas allí unos momentos, las radiaciones y el calor me hubiesen herido de muerte. Sabías que podías perder tus manos al tomarme en brazos en esas circunstancias. Y lo hiciste sin vacilar, Mark.
—Bueno, aunque ya no vayas a ser mi esposa, fuiste mi novia. Te quise... y todavía te quiero, Susan —dijo él, mirándola fijamente ahora.
—Oh, Mark... —las estrellas se reflejaron en los claros ojos de ella. Inesperadamente, se abrazó a él. Le besó. El contacto se prolongó unos momentos. Luego ella se separó, entre arrepentida y contrariada.
—Susan... —susurró Doyle, gratamente sorprendido.
—No debí hacerlo. No es justo. No debiste traerme a pasear contigo esta noche. Me siento culpable de muchas cosas...
—¿De traicionar a Parker, por ejemplo?
—Entre otras cosas, sí. Hubiera sido mejor no coincidir en aquella galería, no tenerte que deber ahora mi vida...
—No me debes nada. Nunca permitiría que una mujer volviera a mí por gratitud o por un deber moral. Eres la futura esposa de Parker. Ve con él. Pero no me pidas que por eso deje de quererte. No será posible.
—Oh, Mark, estás haciéndome las cosas muy difíciles.
—La vida nunca es fácil, Susan. Ni siquiera para quienes no quieren correr riesgos y gustan de la vida cómoda, como tú. Pero yo no te he pedido nada. Sólo dar un paseo a la luz de la Tierra... para hablar de algo que no sean androides, criaturas monstruosas ni nada parecido.
—Pero todo eso también existe, Mark. Está aquí. Con nosotros. En Delta. Si tienes todo ese sentido práctico de que alardeas, tienes que admitirlo así.
—Claro que lo admito. Pero no me gusta hacerlo. Me impide confiar en la gente. Ahora mismo, puede haber por ahí dos personas que no son lo que parecen. Una, está ya muerta y su lugar lo ocupa un robot más o menos perfecto. La otra, lleva acaso dentro de sí, agazapado en su cuerpo, bajo su misma piel, una criatura de otro mundo, dispuesta a brotar en cualquier momento, en medio de un caos de sangre y destrucción.
—Por el amor de Dios, Mark, me asustas —los ojos de Susan reflejaron pavor—. ¿Tan terrible es esa... esa «cosa» que visteis el capitán Forrester y tú?
—Peor aún. No hay palabras para describirla. Es un engendro infernal, un auténtico monstruo del Averno, algo así como la creación de una mente absurda y enloquecida, pero es algo real, tangible, con forma, con... con rostro, o algo que se le parece.
—¿Rostro? —se estremeció ella al repetir la palabra.
—Así es, Susan. Rostro. Una faz repulsiva, viscosa, blanduzca, que se deforma como si fuese gelatina, de un verde oscuro y repugnante... Posee algo parecido a ojos, estoy seguro. Algo que mira malignamente, con un destello cruel, inhumano. Luego, el cuerpo es como un reptil, con extremidades como... como ramas de arbustos blancos... Y despide un olor... Nauseabundo, insoportable. Es pura basura, Susan. Putrefacción masiva. Pero palpita, vive... y piensa, que es lo peor de todo.
—¿Por qué crees que tiene facultad de pensar?
—Porque actuó cuando acosamos a preguntas a la enfermera. Reaccionó a ese ataque, cosa que demuestra que captó nuestros recelos, nuestras sospechas sobre el comportamiento de ella. Entonces se produjo la crisis, muy parecida a la que ya vi en Iván, pero mucho más violenta... y ocurrió la mutación. Dios quiera que nunca veas algo parecido en tu vida, Susan.
—Ojalá, Mark —se estremeció ella. Volvió a mirarle las manos vendadas, luego alzó sus ojos, se contempló en los de él. Turbada, rehuyó la mirada finalmente—. Vamos, creo que es hora de volver abajo. Ya he disfrutado suficiente de la Tierra llena, en esta noche lunar...
Y alargó su mano apretando una de las vendadas de Doyle, al tiempo que susurraba, iniciando el regreso a la segunda planta de Delta:
—Creo... creo que hablaré con Lee. Es posible que demoremos un poco la boda. Sí, es muy posible, Mark...
Doyle, discreto, no dijo nada. No hizo comentario alguno. Pero sintió un leve, vago estremecimiento de placer, allá en el fondo de su alma.
Duró poco esa grata sensación.
Estaban en el largo corredor descendente, bajo las crudas luces azules, camino de la planta dos, cuando de repente comenzaron a parpadear las luces de un azul más violento e intenso, mientras un zumbido persistente lo invadía todo y algunos soldados de servicio corrían de sitio en sitio, a la llamada de la alerta de emergencia que no era en su grado máximo.
—Atención, atención —se expandió una voz metálica por doquier, mientras ellos dos apresuraban el paso, cogidos de una mano y cambiando una rápida y preocupada mirada—. Atención a todo el personal de servicio. Incidente grave en los laboratorios de investigación biológica. El doctor Norman Kane ha sido hallado muerto. Y el fósil de Cyros ha desaparecido sin dejar rastro. Atención, atención...
SEGUNDA PARTE ANTES DEL PROLOGO UNO
CAPÍTULO PRIMERO
UERTO...
—Sí. Muerto. Sin señal de violencia, pero muerto —dijo enfáticamente el capitán Forrester, cubriendo el cadáver del doctor Norman Kane, su colega civil, con una sábana
Siguió un mutismo profundo, una inevitable y perceptible tensión en los presentes. Las miradas que se intercambiaban eran elocuentes en su patética significación. Había angustia, miedo, desconcierto. Desazón, inquietud, la sensación clara y definida de que algo espantoso e inexplicable estaba sucediendo en Delta, la base lunar terrestre.
—Sólo esto nos faltaba —dijo alguien.
Y expresaba con tremenda sinceridad el clima que se respiraba allí, lo que todos pensaban en su fuero interno, ante la sucesión pavorosa de acontecimientos dramáticos que configuraban las últimas horas en las instalaciones selenitas.
Mark Doyle se frotó las sienes, aturdido. Eran demasiadas cosas, y demasiado precipitadas todas, para lograr asimilarlas con mediana serenidad. Tras un silencio, aventuró una cuestión que le intrigaba:
—¿De qué ha muerto, capitán?
—¿El doctor Kane? —Forrester sacudió la cabeza—. No sé: Yo juraría que de miedo, Doyle.
A aquellas alturas, no resultaba precisamente una respuesta confortante, ni mucho menos. Que un médico experimentado como el doctor Kane pudiese morir de un susto, producía verdadera inquietud en cualquiera. Las posibilidades que se abrían ante ellos eran demasiadas, y demasiado espantosas todas, como para pensar en ellas.
Doyle no dijo nada. Miró los cables rotos, la computadora averiada, los electrodos quemados que yacían al pie de la misma mesa donde reposara hasta poco antes el fósil hallado en Cyros, y donde ahora yacía el cuerpo sin vida del médico. Algo más allá, una botella de licor vacía revelaba la causa de que Kane se refugiara esa noche en el laboratorio. Todos habían oído hablar alguna vez de su desmedida afición al alcohol, especialmente cuando estaba deprimido o nervioso.
—¿Quién pudo llevarse el fósil? —preguntó Susan Halsey, insegura.
—No lo sé —confesó el capitán Forrester—. He avisado ya al profesor Mankiewicz y a la doctora Dankova. Esto es asunto suyo más que de nadie. Pero también he dado la alarma general. Están buscando a los ladrones. Y al objeto robado, por supuesto.
—Se buscan demasiadas cosas en Delta —comentó Doyle con sarcasmo—. Un androide asesino, una criatura monstruosa y parasitaria... y ahora, por si fuera poco, un fósil y unos presuntos ladrones. Y, lo que es peor, nadie encuentra nada.
—¿Está poniendo en duda la eficacia de mi gente, joven? —preguntó con cierta aspereza una voz, desde la puerta de acceso al laboratorio.
Y el mayor Duncan Scott, jefe de Seguridad de Delta, hizo su entrada en el mismo, seguido del teniente Harry Roberts, del Cuerpo de Astronautas Militares.
—Sólo comento algo que es desgraciadamente cierto, mayor —replicó Doyle, no menos seco—. ¿O acaso ha habido ya algún éxito en cualquiera de esos empeños?
—Lamento decir que no. Pero no podemos tardar en dar con alguno de esos objetivos. Delta es una instalación compleja y amplia, pero también limitada. Los escondrijos existen, evidentemente. No pueden ocultar fácilmente, un objeto del tamaño de un hombre.
—Estamos hablando aquí como si realmente estuviéramos totalmente seguros de que el fósil fue robado —advirtió Doyle, tras meditar unos momentos, con la mirada fija en los electrodos y cables sueltos.
—¿Qué quiere decir con eso? —se volvió vivamente hacia él Scott, atusándose el bigote con gesto de mal humor.
—Que aquí la única señal de violencia es la de estos cables rotos. Y la presencia de unos ladrones no explicaría la muerte del doctor Kane, si es que realmente murió de miedo... a menos que fuese la propia criatura quien vino a robar el fósil y se introdujo en él.
—¡Dios! ¿Qué tontería es esa que está diciendo? —tronó el mayor Scott airadamente—. ¡Meterse en un simple fósil! ¿Qué haría con él un ser como el que usted y el capitán describieron? Al parecer, lo que él necesita son seres vivos, no cadáveres milenarios.
—Mayor, nada sabemos de ese monstruo —replicó el capitán Forrester pacientemente—. Es posible que Doyle no ande tan desencaminado. Después de todo, si posee vida propia y es además inteligente, ¿qué más le dará un cuerpo vivo que uno muerto, a menos que necesitara del aliento vital de uno de nosotros para sobrevivir? El ente pudo introducirse en el fósil y de este modo darle una vida ficticia. Pero manipulando a su antojo a un ser de piedra, por ligera de peso que ésta resulte, puede ser doblemente peligroso y no necesitar de nuevas metamorfosis.
—Están simplemente ofreciendo teorías más o menos descabelladas, capitán —objetó Scott—. Yo me inclino más por la teoría del robo del cuerpo.
—¿Y por qué no por la posibilidad de que el propio fósil haya salido de aquí por su propio pie, caballeros?
Todos volvieron la cabeza con sobresalto al oír esas palabras. En la puerta del laboratorio asomaba ahora la blanca cabeza venerable y a la vez anárquica del buen profesor Mankiewicz, cuyo gesto era de extrema gravedad en estos momentos.
—¡Profesor! — protestó vivamente el mayor Scott—. ¿A estas alturas con bromas de mal gusto?
Los ojillos astutos y vivaces del genio se volvieron hacia el militar, le estudió largamente, con aire crítico, y luego rechazó con un encogimiento de hombros:
—Yo nunca bromeo con cosas tan serias, mayor. Acabo de decir algo muy serio, aunque no lo crea.
Entró con su paso menudo, su figura, su figura encorvada, en dirección a la mesa donde reposaba el cuerpo tapado por la sábana. Su mirada astuta no dejó de ver la botella caída, así como los cables rotos y los electrodos quemados, luego fijó sus ojos en la averiada computadora, cuyas pantallas aparecían bloqueadas en verde brillante, con el indicativo: Fuera de servicio.
—Profesor —Doyle dio unos pasos adelante, repentinamente serio—. ¿Quiere decir que un fósil de tres mil años... podría resucitar.
El científico se volvió a él, mirándole con cierta simpatía. Sonrió, pero en sus pupilas no había el menor vestigio de humor.
—Mi querido joven, de hecho ya dio esta mema noche muestras claras de sufrir un proceso de revitalización que podríamos llamar resurrección, —afirmó con lentitud, tomando los electrodos y contemplándolos con fijeza, como si en ellos estuviese de algo inasequible para los demás.
Doyle le vio arrugar el ceño y frotarse nerviosamente su hebrea nariz.
—Resucitar... —musitó Doyle, acercándose instintivamente a Susan, sobre cuyo hombro puso su mano, apretándola suave pero firmemente—. No... Sería demasiado terrible. Un androide, un monstruo... y un fósil viviente. Esto sería una auténtica parada de criaturas monstruosas, de entes del Averno, Susan...
Ella se limitó a mirarle, amedrentada, y apretar la vendada mano de su ex novio con mano tímida y algo temblorosa. Luego, con un leve temblor en sus labios, musitó algo que hizo estremecer a Mark:
—Voy a hablar hoy mismo con Lee —susurró ella—. Pase lo que pase aquí, decidas lo que decidas sobre tu futuro y el mío, Mark... he recapacitado. Lo siento por él. Pero sí aún sientes algo por mí... deseo que todo sea de nuevo como antes.
—Susan —la miró, conmovido—. ¿Seguro que no te hace pensar así el hecho de que te sacara de esa galería cuando el escapé de gases y radiaciones?
—¡Qué tontería! —rió la joven—. Ya ni me acordaba de eso, querido...
Mark sonrió. Su presión se hizo más fuerte sobre el hombro de ella. Prometió con voz ronca:
—Haré lo posible por cuidar de ti, te lo aseguro. Y si salimos con bien de todo este infierno que nos rodea, Susan, te prometo renunciar a mi carrera y solicitar el regreso a la Tierra.
—No, Mark, ese sacrificio no —suplicó la muchacha con voz apagada.
—A tu lado nada puede ser un sacrificio —sonrió él—. Te lo he dicho, y lo cumpliré. Es una promesa, Susan. Confía en mí, cariño.
—Creo que siempre confié, Mark. Por eso ahora, cuando el miedo me atenaza, cuando presiento el peligro y sé lo que es sentir miedo, siento necesidad de ti. Más que nunca.
—Estáte tranquila. Conmigo aquí no tienes nada que temer —prometió Doyle con energía, sintiéndose capaz de morir antes de permitir que a ella le sucediera nada malo.
Se interrumpieron los dos jóvenes en su susurrada e íntima conversación, cuando el profesor Mankiewicz declaraba en voz alta, tras examinar los daños en la computadora y en los cables y conexiones:
—Anoche, cuando dejé al fósil aquí, era sólo una vaga sospecha, caballeros. Quería hacer una serie de comprobaciones a fondo antes de aventurarme a una declaración tan espectacular y revolucionaria. Nunca he sido amigo de sensacionalismos, opino que la ciencia está reñida con ellos. Ahora lamento no haberlo hecho.
—¿Qué quiere decir con eso, profesor? —se inquietó el mayor Scott, acercándose a él.
—Muy sencillo, mayor —mostró los electrodos y cables—. Ayer estuve haciendo una serie de experimentos con ese fósil. Hoy también. Y descubrí algo: paulatinamente, había algo de vida en ese cuerpo, por absurdo que parezca. Reaccionaba a determinados impulsos electromagnéticos provocados por mí. Una vez, incluso, hubiera jurado que movía uno de sus brazos vegetales.
—¿Es... es posible? —jadeó el capitán Forrester, muy pálido.
—Sí, capitán. Eran débiles señales, lo admito. Pero significaban algo. Yo dejé todo eso desconectado. Sin duda alguna, el doctor Kane, enturbiado por el alcohol, accionó la computadora y conectó los electrodos. Hubo una sobrecarga de energía, aún no sé por qué, y los electrodos de sus sienes saltaron. Tal vez eso le reactivó lo suficiente. Y nuestro supuesto fósil, revivió.
—Dios mío... —el murmullo partía de labios de Harry Roberts, el joven teniente del Cuerpo de Milicia Astronaval.
—¿Está seguro de eso, profesor? —dudó todavía el mayor Scott.
—Por completo, mayor. Yo siempre estoy seguro de lo que digo —declaró Mankiewicz con sequedad, permitiéndose mirarle de soslayo un momento, con evidente desgana—. Supongo que esa resurrección fue motivo suficiente para que un hombre medio ebrio, como el doctor Kane, sufriera tal sobresalto que su corazón le fallase, muriendo por paro cardíaco a causa del susto. Eso explicaría congruentemente lo ocurrido aquí.
—¡Pero entonces ese fósil tiene vida ahora y anda por la base! —clamó Forrester, lívido.
—Eso me temo, capitán —aceptó Mankiewicz con un bostezo.
—Oh, no —Scott se llevó las manos a la cabeza—. Más trabajo para mi departamento, para mi gente. Buscar un androide, un ente monstruoso... y ahora un fósil vivo. ¡Es para volverse loco!
—Locos terminaremos todos en Delta, si esto sigue así-sentenció el capitán Forrester. Y decidido se puso en pie, con una enérgica decisión en su semblante—. Voy a hablar con el general Wingate. Exigiré una acción decisiva, de máxima emergencia.
—¿A qué se refiere? —demandó el teniente Roberts.
—Creo que todos aquí estamos ya convencidos de que esta situación escapa por completo a nuestro control —sentenció el militar sanitario—. Delta está en peligro. En gravísimo peligro. Nuestra guarnición se reduce ya a menos de ochenta personas en total, tras las bajas sufridas por uno u otro motivo y los heridos graves que se acumulan en las dependencias médicas. Es el momento de las acciones decisivas.
—Creo entenderle —aseguró Doyle con gesto grave—. Va a solicitar del general la declaración del estado de máxima emergencia.
—Exacto Doyle.
—Eso significa la intervención inmediata de fuerzas de refresco de la Tierra, un envío urgente de tropas y medios de combate desde nuestro planeta y la declaración de «zona de conflicto» a la Base Lunar Delta.
—Sí. Creo que es inevitable. Ya no podemos confiar en nuestras fuerzas solamente. Se acumulan los problemas de todo tipo y nadie encuentra solución alguna para afrontarlos. Espero, mayor Scott, que usted no opondrá objeción alguna a mi petición formal.
—Personalmente, no tengo nada que objetar —se encogió, de hombros el jefe de Seguridad—. La decisión a adoptar corresponde al triunvirato formado por el general Wingate y los coroneles Bascomb y Malinov, como alto mando de la base.
—Exacto —suspiró Forrester, caminando con aire cansado hacia la salida—. ¿Alguna objeción por su parte, profesor Mankiewicz?
—Mi querido capitán, yo no soy un militar, sino un hombre de ciencia —replicó mansamente el aludido—. En todo caso, siento un profundo interés por hallar de nuevo a ese fósil, a esa maravilla viviente que, tras varios miles de años de reposo, regresa inexplicablemente a la vida mediante impulsos electromagnéticos... pero no con la intención de destruirle, como imagino que anida en su mente castrense, sino con la de poder intercambiar palabras con él, pensamientos, ideas, lo que sea... y conocer, tal vez, el gran misterio de otras formas de vida en lejanas épocas y lejanos mundos.
—Eso es soñar, profesor —sentenció Forrester con frío sentido práctico—. Y dada la situación en Delta, no nos está permitido alimentar sueños. Sencillamente porque nuestro despertar podría ser... la muerte, el sueño eterno.
Y abandonó el laboratorio, dejando a todos en silencio, meditabundos en torno a aquel cuerpo sin vida y aquellos cables rotos, que hablaban del prodigio increíble de la resurrección de un fósil —mitad hombre, mitad vegetal—, tres mil años después de morir...
El triunvirato militar Wingate-Bascomb-Malinov estuvo reunido apenas veinte minutos, en sesión a puerta cerrada de la mayor urgencia, tras oír el informe de los últimos acontecimientos de labios del capitán Forrester.
La decisión adoptada lo fue por unanimidad: solicitar ayuda urgente de la Tierra, anunciar a ésta la situación de «zona de conflicto» de Delta y declarar en la base el estado de máxima emergencia, previsto por los reglamentos internos de la instalación lunar.
Inmediatamente, el general Wingate comunicó con la sala de mandos, solicitando al sargento Wayesky, de Comunicaciones, conexión directa con la Tierra, en el canal de prioridad absoluta. La persona con quien tenia que hablar el general era ni más ni menos que el propio presidente de la Confederación Terrestre.
—Un momento, general —pidió Wayesky respetuosamente—. En cuanto obtenga la conexión le avisaré.
Wingate asintió, ceñudo. Luego, miró a sus dos colegas, miembros del alto mando. Los rostros del americano y del ruso mostraban igual expresión seria y reflexiva bajo su mirada.
—Espero que estemos tomando una sabia decisión —aventuró—. La solicitud de ayuda nunca gusta en la Tierra, donde, esperan que resolvamos nuestras dificultades por nuestros propios medios; pero, dado el cúmulo de adversidades totalmente fuera de control que padecemos, creo preferible irritar a los altos cargos y conseguir la ayuda precisa en el menor margen posible de tiempo.
El coronel ruso consultó su reloj de tiempo espacial, haciendo un rápido cálculo.
—Si todo va bien, mañana mismo tendremos aquí las primeras naves de refuerzo, con personal técnico y militar especializado que pueda hacerse cargo de la emergencia —comentó Malinov—. Personalmente, creo que el capitán Forrester tiene razón. Esto escapa ya a nuestras posibilidades.
—No me importará que me trasladen a la Tierra por ineptitud, si los peces gordos piensan que no supimos arreglar las cosas aquí —tercio Bascomb con tono decidido—. Eso será siempre mejor a morir desintegrado por culpa de los sabotajes de ese androide, o devorado por ese ladrón de cuerpos llegado de Dios sabe dónde. Todo ello, sin perjuicio de que a lo mejor el fósil viviente nos amargue la existencia dedicándose a provocar el terror y la muerte en Delta...
La pantalla parpadeó. Wingate se volvió rápido, dispuesto a comunicar con la Tierra solicitando la ayuda decidida. El rostro del operador Wayesky, en pantalla, reveló confusión y sobresalto. Sus palabras resonaron en los oídos de los tres militares como latigazos:
—Lo siento, señor —dijo el encargado de comunicaciones—. Imposible conectar con la Tierra.
—¿Qué quiere decir? —se extrañó Wingate—. ¿Por el canal de máxima prioridad?
—Así es, señor.
—¡Qué raro...! Bien, pruebe por cualquier otro canal regular, en tal caso. Quizá sufra alguna interferencia o avería pasajera.
—Eso es lo que quería decirle, general —el rostro de Wayesky aumentaba su gesto de estupor—. Los he probado todos. Todos los canales, señor. Incluso por radio, sin utilizar la televisión. Es inútil. Todas las líneas de contacto con la Tierra están bloqueadas.
—¡Pero eso es imposible! —objetó Wingate, incorporándose de un salto—. ¡Significaría estar incomunicados aquí! Disponemos de más de treinta líneas de contacto en todo momento, abiertas para comunicaciones normales, y más de diez para emergencias y casos especiales. ¡No pueden estar bloqueadas todas ellas, es ridículo!
—Lo están, señor. La Tierra no responde. Y, lo que es peor, he detectado que llega hasta ellos un mensaje repetido, a través de todos nuestros canales de comunicación, visuales o auditivos.
—¿Qué quiere decir?
—Que, por lo que he captado, estamos transmitiendo desde aquí incesantemente un mensaje por todos los canales, mensaje tranquilizador para los escuchas de la Tierra, que así ignorarán por completo lo que aquí pueda suceder. Ese mensaje dice repetidamente: «Avería en los ordenadores de comunicación. Interrumpimos temporalmente todas las transmisiones. Las reanudaremos en su momento. Todo normal aquí.»
—¡Dios mío! —Wingate palideció, volviéndose a sus dos colegas del alto mando—. ¿Han oído eso? ¡Ellos pensarán que aquí no ocurre nada, que es una avería vulgar! ¡Cuando quieran darse cuenta de lo que pasa será demasiado tarde!
—Wayesky, ¿ha logrado identificar la forma en que ese mensaje se transmite desde aquí, bloqueando todos los canales de comunicación? —indagó el coronel Malinov, dirigiéndose al hombre asomado a la pantalla del televisor.
—No, señor. Debe tratarse de un módulo especial, acoplado a la frecuencia de todos los canales mediante algún procedimiento que desconozco. Hemos intentado la desconexión, pero en vano.
—¡Sabotaje! —bramó el coronel Bascomb—. ¡Eso es obra de Androx, general!
—Sí, eso me temo —Wingate se dejó caer, anonadado, en su asiento. De repente, parecía diez años más viejo—. Señores, estamos aislados, bloqueados, sin posible contacto con la Tierra... y sin duda alguna a merced de ese maldito androide que nos enviaron aquí para ser aniquilados.
CAPÍTULO II
TENCIÓN, atención... Atención a todo el personal de Base Lunar Delta. Atención: les habla el general Wingate... Es un mensaje de máxima emergencia, atención... Atención, escuchen... Dentro de dos minutos estará con ustedes el general Wingate en una alocución de urgencia... Todos los miembros de la base que estén de servicio deberán conectar sus canales de comunicación con el centro operativo. Todos los que estén libres de servicio procuren en la medida de lo posible situarse ante los visores de zona para escuchar el mensaje difundido dentro de sesenta segundos...»
Mark Doy le miró su reloj. Respiró con fuerza, mirando luego a la doctora Dankova y a la mujer inmóvil, tendida en la litera del centro médico.
—Tengo tiempo —dijo brevemente—. ¿Seguro que puedo hablar con ella?
—Sólo un minuto —sonrió grave la doctora—. Después de todo, tampoco dispone de mucho más oficialmente. Debe escuchar a su jefe.
—Sé lo que va a decir —murmuró Doyle, sombrío—. Todos lo sabemos.
—Sí, claro —admitió la doctora Dankova, tras separar el inyectable magnético del torso de la paciente—. En sólo diez segundos abrirá los ojos. Procure no excitarla demasiado. Es la primera prueba seria. Es posible que aún esté bajo los efectos del terrible shock, recuérdelo.
—Claro —asintió Doy le.
Se acercó a Anushka Belova, rubia y frágil, inerte en su lecho desde que ocurriera lo de su marido. Esperó allí, mientras los altavoces repetían continuamente el mensaje de alerta para escuchar al general Wingate en su alocución de emergencia.
Esperó. Cinco, seis, siete, ocho segundos más, y de repente los azules ojos de Anushka se abrieron; fijándose en el techo aséptico del centro. Su pecho se agitó, pausado, con leve respiración regular. Bandas de plástico resistentes y acolchadas sujetaban su cuerpo a la litera, en previsión de cualquier despertar violento.
Ella no habló. Pestañeó simplemente. Doyle miró a la doctora rusa. Este afirmó con la cabeza. Y Doyle se decidió:
—Anush... —murmuró suave, casi meloso.
Se estremeció la paciente. Sus ojos se dilataron un momento, tembló el cuerpo bajo los correajes de seguridad.
—Iván... —la oyó susurrar.
—No. No soy Iván —dijo con mansedumbre el joven astronauta—. ÉL, él no está. Soy yo, Mark. Tu amigo, Anush...
—Lo sé... ÉL, no está... —repitió ella lentamente, con voz cansada, rota, tan frágil como su belleza eslava, tibia y fresca—. Mark... fue horrible...
—No hables de ello —rogó él—. Sabemos lo que pasó.
—No, no puedes saberlo. Si lo hubieras visto... Primero atacó al niño... Andrei, hijo mío... —un sollozo quebró su voz—. Laika quiso defenderle, le asaltó gruñendo. ÉL., él mató a los dos. Los destrozó con sus manos, como si fuesen muñecos de trapo. Y después... ¡oh, qué horror, después qué horror, Mark!... Nono era él... ¡No era Iván!
—No, claro que no. Tuviste suerte. Pudiste haber sido tú quien fuera invadida por ese ser. Ahora debes estar tranquila. Estás a salvo...
—Iván... muerto, devorado por ese monstruo... que estaba dentro de él... —gimió la joven viuda—. Y Andrei... Lo despedazó, pobre hijo mío... Estoy sola, sola... Ahora ya no tengo a nadie... ¿Por qué, Mark? ¿Por qué esto tuvo que pasarme a mí?
—Pudo ocurrirle a cualquiera, Anush —la calmó él, mientras la doctora recogía toda la grabación de esas palabras—. A cualquiera. Trataremos de impedir que le pase a nadie más. No desesperes. Tienes amigos. Estoy yo...
—Mark, sí... —alargó sus dedos, como buscándole desesperada—.Tú, mi amigo...
El la rodeó la mano con su mano vendada, apretándola con fuerza. Anushka suspiró, aliviada, y luego empezó a llorar. La doctora Dankova se acercó rápida con su inyectable magnético. Lo aplicó rápida al cuello de la paciente.
—Es suficiente, Doyle —avisó—. Terminó su tiempo. Váyase. Va a hablar el general. Y esta mujer debe seguir descansando. Todo ocurrió como suponíamos, es lo que hacía falta saber.
Anushka, con rapidez asombrosa, volvía a su letargo, bajo la acción del fulminante fármaco que sedaba sus nervios. Doyle soltó su mano y se puso en pie, dirigiéndose a la salida.
—Sí, doctora. Gracias por permitirme hablar con ella. Necesitaba saber que no está sola. Eso espero que la haga algún bien. Nos veremos luego...
Se alejó a toda prisa, deteniéndose ante un visor de zona rodeado ya por numerosos miembros de la guarnición, libres de servicio. En pantalla asomaba ya el rostro serio y preocupado del general Wingate, para informar a la gente de la situación de extrema gravedad por la que pasaba Delta en estos momentos, totalmente aislada de la Tierra y, por tanto, a merced del agente enemigo, el androide terrorista infiltrado entre los miembros de Delta. Era un llamamiento a la cooperación colectiva, a la máxima actividad, al mínimo descanso, no sólo para localizar al androide y evitar lo peor, sino también para prevenir el posible ataque de una criatura del espacio exterior, capaz de apoderarse de los cuerpos de las personas, posiblemente mientras dormían o cuando estaban indefensas, y finalmente planteó la posibilidad de que otra criatura extraña, un alienígena mitad hombre mitad vegetal, un presunto fósil revivido mediante impulsos electromagnéticos, estuviera oculto en alguna parte de la base y pudiera significar un peligro cierto para sus habitantes.
El mensaje no ocultaba nada, era pesimista y duro, y reclamaba la máxima solidaridad de todos, en una lucha desesperada contra tales enemigos, sin importar si el pánico podía hacer mella en alguno. La crudeza y sinceridad del alegato impresionó a todos. Ahora, todo el mundo conocía los tres peligros existentes. Ignoraban cómo combatirlos, pero cada uno estaba dispuesto a poner de su parte cuanto fuera posible con tal de sobrevivir en tan difícil situación, sin posibilidad momentánea de recibir ayuda alguna del planeta Tierra, ajeno por completo a sus problemas y sin medios materiales de informarles con la debida urgencia.
«Hemos intentado también enviar un astronauta a la Tierra con un mensaje de emergencia desde aquí —concluyó el general Wingate—. La idea ha tenido que ser desechada de inmediato. El saboteador ha logrado bloquear también las comunicaciones en las aeronaves de que disponemos. Sus circuitos están inmovilizados y carecen de suficiente autonomía de vuelo para salir de la Luna y llegar a la Tierra con posibilidades mínimas de supervivencia para su tripulante. Además, es muy posible que toda nave que se envíe sea destruida en pleno vuelo por el androide. Si ha logrado bloquear las comunicaciones, es seguro que dispone de medios para abatir en vuelo a la nave que despegue, bloqueando asimismo sus sistemas de propulsión.»
El mensaje terminó con una arenga para que todos, valerosa y decididamente, lucharan unidos contra el enemigo común, al que era imprescindible desenmascarar sin lugar a dudas, antes de que fuese demasiado tarde para todos ellos.
Mark Doyle terminó de escuchar el mensaje emitido. Pasó por entre cuantos comentaban sobrecogidos la actualidad azarosa de la base y de sus habitantes, y se encaminó a la sección de vuelos espaciales, dispuesto a averiguar si existía la más mínima posibilidad de intentar un vuelo a la Tierra, aunque fuese a la desesperada, para llevar allí la demanda apremiante de socorro.
Le atendió el coronel Bascomb, que discutía un asunto parecido en esos momentos con el teniente de astronautas militares Roberts y con la astronauta soviética Vania Slinova. La respuesta del jefe de astronáutica militar fue rotunda:
—No, Doyle. No existe la menor posibilidad. Todos los circuitos de a bordo sufren igual bloqueo que los canales de comunicación. Desde alguna parte, una serie de módulos interfieren las señales electrónicas y convierten a todas nuestras naves en simples objetos sin valor, en cuerpos inmóviles que no pueden alzar el vuelo. Es como pretender una cacería con halcones, cuando a éstos les han cortado las alas, muchacho.
—Pero entonces estamos totalmente a merced de ese asesino mecánico...
—Por completo, á. Tiene medios suficientes para bloquear los impulsos electrónicos de esta base, y así ha logrado no sólo aislarnos, sino reducirnos a la total incapacidad. Esto no puede durar mucho, porque los técnicos están intentando desbloquear los circuitos mediante nuevas frecuencias y aparatos neutralizadores, pero eso llevará al menos una jornada entera.
—Una jornada... Puede ser tiempo suficiente para que el androide proceda a la destrucción de la base. Incluso es posible que necesite ese período de tiempo para llevar a cabo sus planes y haya recurrido a ese procedimiento para reducirnos a la total impotencia durante el plazo preciso.
—Ya lo he pensado, Doyle —afirmó Bascomb ceñudo—. Y opino igual que usted. Esperemos que no sea así, o que nos anticipemos a sus planes. Dios nos ayude.
—Sí, va a hacernos falta —gruñó Doyle, saludando militarmente antes de alejarse del grupo de astronautas, con gesto ensombrecido.
Se cruzó repentinamente con Lee Parker, que salía de los hangares de astronaves. No hubiera querido tener aquel encuentro, pero ya era inevitable. El astronauta se paró en seco al verle. Le miró fija, fríamente.
—Quería verte cuanto antes, Doyle —dijo con aspereza.
—Bien, ya me has visto —aceptó Mark—. ¿Quieres decirme algo?
—Sí. Esto —y le disparó raudo un directo al mentón.
Fue un golpe seco, contundente y, sobre todo, veloz. Sorprendió a Mark, que saltó atrás, rodando por el suelo a causa del impacto.
Sacudió la cabeza Doyle, aturdido; se tocó la barbilla y enjugó la sangre que corría en leve hilillo por la comisura de su labio. Luego sonrió, mirando al otro, erguido frente a él, con las piernas abiertas y la mirada colérica. Los ojos de Parker brillaban amenazadores, y su rostro había enrojecido por la ira.
—Creo que lo merecía —admitió Mark, resignado, intentando ponerse, en pie—. Supongo que Susan habló contigo...
—Sí, maldito hijo de perra —silabeó su colega con fuerte rabia en su voz—. ¡Esa sucia ramera cambió de idea y te eligió a ti a última hora, bastardo miserable! ¡Tú y esa zorra formaréis una pareja ideal, estoy seguro!
—Eh, espera. Puedes llamarme a mí lo que quieras, si te sientes dolido conmigo, pero a ella no te consiento que la insultes o... —comenzó Mark, empezando a sentirse tan airado como molesto, y acercándose al otro.
Parker no le dejó seguir. Haciendo gala de una rabia y una virulencia desacostumbradas en él, le disparó de nuevo el puño, pero esta vez por partida doble, ya que amagó con la derecha para soltarle luego un zurdazo seco y brutal, que Doyle, confiado todavía, no supo ni pudo neutralizar.
Otra vez el joven astronauta saltó contra la pared, impulsado por el mazazo, y rebotó en ella sordamente, sintiendo un fuerte dolor en su cabeza y en el punto golpeado. Rabioso ya por tanto golpe, replicó a su vez, lanzándose en tromba sobre Parker, a quien logró cazar con dos secos y fulminantes golpes de sus puños, en rápido uno-dos, con lo que también dio en tierra con él. La sangre corrió de la nariz de Parker, que le miró con ojos llameantes de cólera.
—Te ayudaré a levantarte y daré por zanjado el incidente, si pides en voz alta disculpas por tus insultos a Susan —le avisó Mark severamente, acercándose a él.
No debió hacerlo. Con un salto felino, el otro astronauta se incorporó, cayendo sobre él y aferrándole con manos crispadas. El forcejeo entre ambos hombres, ahora en lucha cuerpo a cuerpo, se hizo violento, rodando los dos entre los inmovilizados aparatos, en el hangar amplio y en penumbras.
—¡Te mataré, te haré pedazos, rata maldita, asqueroso y sucio rufián! —aullaba frenético Parker, realmente fuera de sí—. ¡Eres un traidor y un intrigante, y esa fulana no merece un novio, sino cien amantes que la hagan gozar como a ella le gusta!
Era demasiado. La rabia que le provocaron a Doyle aquellos repetidos y obscenos insultos dirigidos a Susan le centuplicaron las fuerzas, aunque debía reconocer que en el duelo contra Parker descubría en éste unas fuerzas físicas y una furia que jamás imaginó en hombre tan frío y tranquilo de apariencia.
Tal vez por ello, encorajinado, Doyle aferró a Parker por su uniforme, le zarandeó brutalmente y le golpeó repetidas veces. Cuando el otro trató de golpearle, él saltó atrás, sin poder evitar recibir un fuerte impacto en el hígado. Irritado, martilleó el pómulo y la sien de su rival con su zurda. Fue un izquierdazo seco y duro, que hizo mella.
Parker emitió un gruñido de rabia, y trató de zafarse de él, con la faz congestionada y los ojos inyectados en sangre. En ese momento, se rasgó su uniforme, quedándose jirones de la tela entre los dedos de Doyle.
El torso de Parker quedó semidesnudo bajo el desgarro. Mark Doyle, atónito, sin poder creer lo que veía, clavó sus ojos en aquella piel, sobre el pecho de su rival.
—¡Dios mío, Parker! —gritó—. ¡Mírate eso! ¡Tienes manchas verdosas en el pecho, lo mismo que Iván Belov! ¡Son esas floraciones vegetales, las mismas que vimos en su cadáver! ¡Parker! ¡Tú... tú padeces el mismo mal! ¡Estás dominado por... por esa Cosa!
No supo si fue un error decirlo, o si ya de todos modos estaban decididas las cosas de antemano. Lo cierto es que, de repente, la combatividad inexplicable de Parker, su fuerza centuplicada, su expresión extraña y agresiva, empezaban a tener sentido. El golpe de Doyle en su sien le había afectado seriamente ahora. Porque empezaba a emitir el mismo extraño berrido que oyera ya una vez en boca de la enfermera Spencer... y el rostro de Parker se tornaba amoratado, convulso, los ojos parecían saltar de las órbitas, las venas eran hinchadas en sus sienes, frente y cuello. Intuyó que el horror iba a producirse ante sus ojos, una vez más. Rápido, llevó mano a su arma, puesto que ahora vestía su uniforme de servicio. Ante él, la figura de Lee Parker, el que fuera novio de su prometida, se encogió, vibró, pareció tensarse luego, hincharse su piel como un globo a punto de estallar.
Y en ese momento estalló.
Una vez más, igual horrenda mutación. El mismo estallido de cráneo, un reventón sangriento y alucinante, dando salida al monstruoso ser, a la criatura abominable y maloliente, que emitía aquel sordo bufido, exhibía su rostro lívido e infernal, reptaba sobre su gelatinosa extremidad, goteaba en tierra obscenamente...
Doyle gritó, llamando a los demás con apremio. Al mismo tiempo, sin vacilaciones, dirigió la pistola láser contra la forma de la criatura. Apretó el resorte de disparo.
Bramó el arma, proyectando un chorro fosforescente, de un azul cegador, que alcanzó de lleno a la bestia babosa y reptante, cuando abandonaba, en aquella especie de parto demoníaco, lo que poco antes había sido el cuerpo de un hombre, de un camarada, quizás de un rival, pero nunca de un enemigo.
A sus espaldas se oyeron pisadas rápidas. Oyó penetrar en los hangares al coronel Bascomb, a los astronautas Roberts y Slinova... Sus gritos de pasmo y de horror le demostraron que también asistían a la presencia de la maligna criatura, ahora agitada en convulsiones por el llameante impacto del rayo láser. Para alivio de Doyle, la forma gelatinosa se volatilizó en varios pedazos, que cayeron al suelo, dispersos. Había roto a la criatura en cinco o seis fragmentos informes.
—¡Lo logré! —rugió Doyle—. ¡Logré herirle, creo que es la forma de acabar con él!
Y se dispuso a rematarle con otros impactos de láser.
Pero muy a tiempo se detuvo, estremecido de horror, sacudido por un nuevo e indescriptible espanto.
¡Porque cada fragmento, cada trozo de aquel monstruoso ser, estaba convirtiéndose ante sus propios ojos, en otro ser idéntico al primero! Y así, se multiplicaba ahora la criatura por cuatro, por cinco... Por pequeña que fuese la porción que había dejado de aquella «cosa», apenas independizada del resto del cuerpo central, se iba agrandando y transformando en una copia idéntica del ser herido por el láser.
—¡No dispare más, Doyle! —le advirtió roncamente Bascomb—. ¡Es una criatura que se autorreproduce cuantos más fragmentos se hace de ella! ¡Eso significa que cada nueva mutilación no hará sino aumentar progresivamente el número de entes!
—Dios mío, sí, lo veo —jadeó Doyle, aterrado, contemplando aquellas formas horripilantes que se agitaban en las sombrías del hangar, como babeantes reptiles hechos de materia blanda, fofa, gelatinosa y repulsiva.
Por fortuna, no parecían dispuestos a atacar así, a cara descubierta. Por el contrario, comenzaron a agruparse y retroceder, formando una dantesca agrupación de criaturas abominables. Luego desaparecieron en las sombras, tras las estructuras de las naves espaciales ligeras.
—¡Hay que dar con ellos y destruirlos como sea! —clamó el teniente Roberts—. ¡Ha de existir un medio de aniquilarles!
—Sí, pero ¿cuál? —preguntó Doyle, demudado—. Antes teníamos un monstruo en Delta. Y ahora tenemos cinco. ¡Cinco criaturas iguales, cinco pesadillas que pueden apoderarse de otros tantos cuerpos humanos y hacer de ellos su alimento y su refugio!
CAPÍTULO III
TRO cuerpo penetró en la Morgue, ya superpoblada, de la Base Lunar Delta. Los rostros ensombrecidos que escoltaban el cadáver de Lee Parker eran una patética y expresiva prueba del creciente horror que iba invadiendo paulatinamente la colonia terrestre en la Luna
Susan Halsey sollozaba, apoyada en Doyle, mientras la doctora Dankova y el capitán medico Forrester, único personal facultativo en la actualidad, se ocupaban de depositar el cadáver en una mesa de operaciones, para iniciar su examen.
Un profesor Mankiewicz, preocupado y sombrío, se unía al grupo esta vez, como queriendo colaborar con los demás en la búsqueda de una solución al problema alucinante de la invasión de los cuerpos humanos por parte de la criatura capaz de multiplicarse al ser despedazada.
—Eso ocurre como con las semillas vegetales —señaló sordamente el profesor, al escuchar en silencio la explicación de lo ocurrido—. Basta echar a la tierra fértil trozos o semillas de frutos, para que éstos crezcan fuertes y numerosos... Yo diría que estamos ante un ente de naturaleza vegetal.
—¿Como el fósil encontrado en Cyros? —sugirió el general Wingate, asistente también a la fúnebre ceremonia.
—¿Por qué no? Tal vez todo llegó del mismo lugar...
—Imposible —rechazó el capitán Forrester—. Se esterilizó totalmente el cuerpo del fósil antes de introducirlo en la base. No traía germen ni bacteria alguna sobre sí, nada que pudiera sobrevivir y desarrollarse aquí dentro.
—Pues aun así, tuvo que ocurrir algo para que esa forma de vida penetrase tan fácilmente en esta base —objetó obstinadamente el profesor Mankiewicz, apartándose con el ceño fruncido y comenzando a repasar en silencio, en un rincón apartado, su bloc de notas.
Nadie más habló en el centro médico. Solamente la doctora Dankova, al examinar las floraciones que revelaran a Doyle la horrible verdad acerca de Parker y su «invasor» oculto, se permitió un comentario en voz alta:
—Este desgraciado suceso ha interrumpido la autopsia que realizaba de los cadáveres de la enfermera Spencer y el astronauta Belov. Pero algo puedo anticiparles a todos, respecto a esos cuerpos. En ambos casos, sus venas y arterias aparecen reventadas, así como pulverizado y aniquilado el cerebro. Yo diría que la salida del monstruo se produce por dilatación arterial violenta, en especial en la zona del cerebro. Lo cual puede llevarnos a una audaz teoría.
—¿Cuál, doctora? —se interesó el general Wingate.
—La criatura está en la sangre humana. De allí fluye al cerebro, donde crece y toma forma, apoderándose primero de la mente humana, controlándola poco a poco, hasta absorberla o destruirla, y producirse entonces su propio génesis como criatura o ente independiente.
—Dios mío... en la sangre —Wingate se miró sus propias venas de la mano con gesto de horror—. Es una posibilidad estremecedora. ¿Dejan algún rastro en el cuerpo que han... digamos «habitado»?
—No. Sólo una babosidad leve, un rastro de hedor y descomposición en algunas vísceras como el hígado y el corazón, cosa que permite suponer que la misma criatura posee fuerza vital suficiente para suplantar la actividad deteriorada de las vísceras que destruye o daña. No emite radiaciones, no es detectable en modo alguno, si se refiere a eso, general, y la forma en que pueda inocularse en la sangre humana es algo que no entiendo bien, la verdad.
Siguió un silencio profundo en la cámara. De repente, el profesor Mankiewicz lanzó un grito tal, que sobresaltó a todos con su brusquedad y agudeza. Todos le miraron, tras un respingo, recordando que el sabio no era hombre dado a fáciles expansiones emocionales ni mucho menos.
—Profesor, por todos los diablos —le reprochó el general Wingate severamente—. ¿Qué le ocurre? Nos ha dado un buen susto a todos...
—¡Ya lo tengo! —afirmó el sabio—. Creo que ya lo tengo, caballeros.
—¿Qué es lo que tiene? —se interesó la doctora Dankova, dirigiéndole una rápida mirada de interés.
—La clave. La clave de todo esto —aseguró enfático el científico.
—¿A qué clave se refiere?
—A la del fósil, naturalmente.
—Oh, el fósil... —el general hizo un gesto de impaciencia—. Nosotros hablábamos de la criatura que devora cuerpos humanos, profesor.
—Bueno, no importa. Tal vez no sean sino piezas del mismo puzzle, general —sonrió beatíficamente Mankiewicz—. Lo cierto es que el astronauta Iván Belov fue quien trajo a la base el cuerpo del fósil desaparecido.
—Así es —admitió Wingate arrugando el ceño, sin saber adonde quería ir a parar el científico.
—Pues bien. Más tarde, el propio Iván Belov fue la primera víctima de la criatura misteriosa, ¿no es así?
—En efecto. ¿Y qué?
—Supongamos que él fue quien trajo ambas cosas a Delta. Es decir, al fósil... y al monstruo parásito.
—Sólo traía consigo el fósil, profesor. Nada más.
—Hum... Eso es lo que todos suponemos o creemos saber, general. Veamos, supongo que el astronauta Belov no hizo solo ese viaje al asteroide Cyros, de Venus.
—Pues no, nunca se hacen en solitario esos viajes, profesor —declaró el general, algo perplejo—. ¿Adonde quiere ir a parar?
—A esto: necesito hablar con el compañero de vuelo de Belov, saber qué ocurrió exactamente en el asteroide, paso por paso, en aquella expedición, hasta su regreso.
—Bueno, no recuerdo exactamente quién acompañaba a Belov en ese viaje preciso, pero, supongo que no será nada difícil saberlo. ¿Por qué lo dice, profesor?
—Porque puede ocurrir que ese hombre pueda decirnos de qué modo trajo Belov el monstruo a Delta. Pero también podría suceder que ese compañero del infortunado astronauta llevara también consigo, dentro de su cuerpo en estos momentos, a un monstruo semejante...
—Dios no lo quiera, profesor —dijo una voz bronca y agitada, en el profundo silencio que siguió a las palabras de Mankiewik.
—¿Por qué, amigo mío? —demandó éste, volviéndose al que había hablado. _
—Porque yo, profesor, fui el hombre que acompañaba a Belov en ese viaje al asteroide Cyros —confesó roncamente el joven astronauta Mark Doyle, ante la mirada de repentino terror de su prometida.
La historia de Mark Doyle concluyó en medio del profundo silencio de todos los presentes.
No había sido extensa, pero en cambio el anciano profesor parecía profundamente interesado en ella, como si en aquellas peripecias acaecidas en el húmedo y bochornoso asteroide venusiano fuesen la clave que él había estado esperando recibir para resolver la incógnita de aquella sucesión de horrores en Delta.
—Comprendo, comprendo —sonó con calma, pero con evidente excitación, la voz del científico, tras la exposición sucinta y dramática de Doyle respecto a aquella expedición conjunta a Cyros—. Sí, comprendo muy bien, amigo mío. Y eso no hace sino confirmar mis temores.
—¿De veras, profesor? —indagó Doyle, pensativo—. Yo no advierto nada especial.
—El pinchazo, muchacho, el pinchazo...
—¿Qué?
—Ese pinchazo que sufrió Belov en su dedo. Fue el inicio de todo, ¿no se da cuenta? Al regreso a Delta, la fiebre creciente, el malestar, la enfermedad paulatina, agravándose por momentos... hasta culminar en el terrible proceso que todos conocemos.
—Dios mío... ¡El pinchazo con la planta de la charca! —jadeó Doyle, palideciendo levemente—. Pero si apenas... apenas le dolió. Y se cicatrizó de inmediato...
—Eso importa poco. El pinchazo se produjo. A través del hermético tejido se produjo el contacto que «algo» o «alguien» esperaba pacientemente, sumergido en las cenagosas aguas de aquella charca, Doyle. Bastó ese pequeño incidente para que una materia, acaso un simple corpúsculo, una criatura unicelular, poco más que una simple bacteria, penetrase en la sangre de Iván Belov. Y allí, paulatinamente, se fue gestando, larvando desde su origen embrionario; hasta su desarrollo posterior total. Entonces fue cuando ya tuvo que abandonar el cuerpo invadido, porque era demasiado grande para alojarse en las venas y arterias, en la sangre de nuestro amigo. Está claro: esa criatura necesita sangre humana para crecer y desarrollarse. Se nutre de ella, como un parásito, hasta adoptar su propia forma y naturaleza. Es como el vampiro de la leyenda. Sólo que a él no le basta con succionar esa sangre y dejar exangüe a su víctima, sino que necesita alojarse, vivir dentro de cada uno de los que elige, como forma de crecer primero y de sobrevivir después.
—De modo que seguirá alojándose en cuantos pueda, para sobrevivir —apuntó con voz trémula el general Wingate.
—Exacto, general. Eso... o morirá por falta de alimento. Ahora necesita desesperadamente de todos nosotros, tendrá que buscarnos y absorbernos como sea, para no perecer. Ese es su terrible dilema... y el nuestro, naturalmente.
—Aquí veo la señal del pinchazo —dijo la doctora Dankova, mostrando el dedo pulgar de la mano derecha del cadáver de Belov, que había extraído de su recipiente frigorífico durante el relato de Doyle—. No ofrece señal alguna de infección o de irritación, pero sí una leve floración verdosa en torno, como la que le apareció en el torso.
—Esa es la huella del paso de la criatura hacia el interior del cuerpo humano. Ahora ya sabemos cómo llegó ese monstruo hasta Delta.
—Pensar que cuando regresábamos aquí los dos Iván ya traía consigo, en su propia sangre, a esa horrenda forma de vida... —musitó Doyle, aterrado.
—Así es, muchacho —afirmó Mankiewicz con fatalismo—. Y en lo sucesivo, habrá que hacer algo para impedir que vuelva a penetrar en nuestros cuerpos, nutriéndose de nuestro flujo sanguíneo como de su más preciado y vital alimento.
—¿Cómo evitar eso, profesor? No sabemos de qué forma penetra luego otra vez en las personas a quienes elige —sugirió el general Wingate, preocupado.
—Muy cierto. Sabemos tan poco de esa forma de vida... Imaginemos que se desliza sigilosamente hacia uno cualquiera de nosotros y que puede infiltrarse a través de los poros de nuestro cuerpo. Es una simple teoría, claro. Pero creo que tiene bastantes visos de lógica. De ese modo, la «cosa» saltó de Belov a la enfermera Spencer, que la absorbió sin apenas darse cuenta. Posteriormente, de la enfermera huyó a refugiarse en alguien que quizá tampoco notó su llegada, el astronauta Lee Parker. Y así seguirá siendo, si no tratamos entre todos de impedirlo.
—Denos una sola sugerencia, profesor —rogó Doyle, apretando con fuerza los hombros de la atemorizada Susan.
—Yo les aconsejaría a todos que no durmiesen.
—¿Cómo?
—Sé que eso es imposible de mantener durante cierto tiempo, pero al menos traten de no dormir mientras se busca una solución. Intentaré dar con algo, una forma de combatir a esa bestia inmunda, pero necesitaré cuando menos veinticuatro horas de plazo para intentar algo. ¿Creen que es posible soportar veinticuatro horas sin dejarse vencer por el sueño?
—Si eso garantiza nuestra inmunidad, seguro que sí —afirmó Wingate.
—Eso, general, por el momento no garantiza desgraciadamente nada. Pero es una posibilidad, la única que tenemos.
—En veinticuatro horas es posible, también, que logremos neutralizar los módulos con los que de alguna forma el androide ha anulado nuestras comunicaciones y medios de transporte —habló Wingate, pensativo—. Los expertos en electrónica están ya trabajando activamente en eso. Y podríamos pedir ayuda a la Tierra...
—Tanto mejor. Pero no creo que nuestra solución esté en la Tierra, general. Piense que uno solo de nosotros que fuese al planeta podría contaminar virtualmente a toda la humanidad, llevar allí esa espora, bacteria o lo que sea, y conseguir su desarrollo posterior... así como su multiplicación, como muy bien han comprobado ustedes recientemente al intentar destruirla. De todos modos, podrían enviarnos medios para combatirla. En suma, esas veinticuatro horas pueden ser vitales. Mi teoría es que, durante el sueño de cualquiera de nosotros, la criatura aprovecha para acercarse y penetrar en los cuerpos elegidos. Si su necesidad de sangre se hace imperiosa, tratará de atacar a la desesperada, incluso estando despiertas sus víctimas en potencia.
—¿Y qué haremos si ataca? —se quejó Doyle—. Yo dispare sobre ella una carga de láser capaz de pulverizar a un toro. Y lo único que logré fue crear nuevos monstruos iguales, uno de cada fragmento.
—Lo sé, lo sé. Es obvio que se autorreproduce y multiplica cuantas veces sea dividida. Por eso necesito tiempo para buscar algo, para encontrar un medio de combate, un antídoto eficaz.
—No se preocupe, profesor. Daré de inmediato la orden de que nadie en absoluto duerma durante veinticuatro horas por mucho que sea el sueño que sienta. Doctora Dantova, prepare dosis de cápsulas para combatir el sueño.
—Sí, general —afirmó la doctora con rapidez.
Wingate abrió el emisor de su uniforme y comunicó con el centro de comunicaciones de Delta. En su pequeño receptor de televisión de la muñeca apareció el rostro del sargento Wayesky. El general le habló de inmediato con energía:
—Sargento, mensaje de emergencia a todo Delta. Transmisión inmediata y prioritaria, con carácter de edicto militar de obligado cumplimiento.
—Sí, señor. Escucho y abro el canal de información local, que funciona sin problemas.
—Escuchen todos. Habla el general Wingate. Esto es una orden. Una orden urgente y apremiante, de obligado cumplimiento. Nadie deberá dormir durante las siguientes veinticuatro horas inmediatas, bajo severas penas. Es de vital importancia que todos permanezcamos despiertos para impedir que la criatura parasitaria nos ataque y domine. Quedan anulados todos los permisos y períodos de descanso. Que nadie se deje vencer por el sueño bajo pretexto alguno. Quien tenga dificultades para permanecer despierto, acuda a la enfermería a recibir dosis de cápsulas adecuadas. Repito nuevamente...
Y siguió desgranando la orden incansablemente, con su firme, severa voz de militar habituado al mando. La doctora Dankova se permitió un comentario irónico:
—¡Y yo que no había dormido esta noche, esperando descansar, durante parte del día...! —y sonrió, ingiriendo dos de sus propias cápsulas.
CAPÍTULO IV
EBES irte a hacer tus tareas en la base, Mark. Yo me quedo tranquila, en compañía de Hilde —sonrió Susan Halsey.
Y cambió una mirada de simpatía con la platinada Hilde Roberts, esposa del teniente astronauta. Harry Roberts, que iba a compartir con ella este día el alojamiento que Susan disfrutaba en la base, en la sección de mujeres.
Hilde sonrió, disponiendo unas cintas de vídeo tridimensional para distraer la larga velada obligatoria que se presentaba. Doyle asintió.
—Ha sido una buena idea impedir que nadie permanezca solo en su alojamiento —admitió—. Es la mejor manera de que unos nos vigilemos a otros para evitar caer en un repentino sopor por fatiga física o psíquica. A mí me ha tocado de compañero el mayor Scott, el jefe de Seguridad.
—Un tipo bastante aburrido, por cierto —rió Hilde de buen humor.
—Es cierto. Pero al menos sé que no podré dormir, teniendo su mirada de halcón fija en mí durante todo el tiempo —sonrió Doyle, tratando de mostrarse también frívolo en aquellos momentos de tensa espera—. Si necesitáis algo cualquiera de las dos, avisad a mi alojamiento. Mantendré abierto el canal de llamadas directamente conectado con esta cámara, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, Mark —suspiró Susan, apretando sus brazos con calor—. Gracias por todo, cariño. Me sentiré más segura si sé que estás en todo momento al alcance de mi voz, de mi llamada.
—Así será, no lo dudes. Procurad no quedaros solas en ningún momento. Esa «cosa» puede empezar a sentirse desesperadamente hambrienta en breve... y atacará como sea. Mientras estemos juntos dos como mínimo no creo que se atreva. Al parecer no es demasiado agresiva cuando se trata de apoderarse de uno de nosotros.
—Descuida, Mark —aseguró Hilde—. No vamos a separarnos ni para ir a la toilette, te lo aseguro. Creo que las dos tenemos miedo suficiente como para no descuidarnos. Yo no estaría tranquila si me encontrase sola un solo minuto.
—Yo tampoco —corroboró Susan—. Sin embargo...
—Sin embargo, ¿qué? —indagó Mark, mirándola con interés.
—Se me ha ocurrido pensar que uno de nosotros, forzosamente, convivirá con el androide asesino, sin saberlo.
Doyle arrugó el ceño. Asintió lentamente, frotándose el mentón.
—Sí, ya lo he pensado. Creo que todos lo pensamos... menos el propio androide, naturalmente. Pero es un riesgo más a correr. Personalmente, casi me preocupa más la criatura que el mismísimo androide.
—Desde luego —resopló Hilde Roberts—. Al menos, el autómata saboteador no pretenderá meterse en mis venas y nutrirse de mi sangre, ¡qué horror! Pensar que puede una sentir ese hervor en la sangre, esa sensación entre fría y palpitante de una forma viva dentro de las venas...
Mark sonrió, sacudiendo la cabeza y encaminándose a la salida de la cámara de ambas mujeres, más calmado al saberlas juntas a ambas. Desde allí dirigió una mirada tierna a Susan, un beso con la punta de sus dedos y salió, cerrando suavemente tras de á. Caminó _ corredor adelante, tomó un minitransporte y se deslizó hasta cerca de su alojamiento con el comandante Scott, que ya estaba allí acomodado, transmitiendo órdenes a sus secciones de Seguridad en Delta. Se atusó los bigotes al verle entrar.
—Hola, amigo Doyle —saludó—. Ni siquiera aquí puedo dejar de estar en contacto con mis hombres. No podemos abandonar la búsqueda del androide, de esa criatura e incluso del maldito fósil resucitado. Es una triple labor que, por desgracia, no está dando el menor resultado hasta ahora. Nunca pensé que Delta ofreciese tantos escondrijos a la gente.
—Bueno, en realidad sólo el fósil necesitará un escondrijo lo bastante amplio —comentó Mark, distraído—. El androide sabemos que es uno de nosotros... y en cuanto a la criatura, puede encogerse y desplegarse con facilidad, yo la he visto. Quizá le baste una rendija para ocultarse. Recuerde que es blanda, gelatinosa, informe. Se contrae y dilata como si fuese algo hinchable.
—¡Qué asco! —rezongó Scott, torciendo el gesto de su severo rostro marcial—. ¿De veras cree que necesitamos estar despiertos a toda costa?
—No sólo lo creo. Estoy seguro de ello, mayor. Además, usted es soldado. Recuerde que es una orden.
—Cierto —gruñó el jefe de Seguridad—. Gracias por recordármelo, Doyle. De todos modos, no creo que a nadie le guste cerrar los ojos, con semejante cosa rondando por ahí. Pensar que pudiera sentirla dentro de mi... ¡Uf, me da náuseas imaginarlo siquiera!
—Sí, imagino que no debe ser una sensación agradable sentir un parásito así dentro de uno, aunque ninguno sepamos qué efecto produce, ya que quienes lo supieron están ahora sin vida y...
Doyle se paró en seco. Sus cabellos se erizaron. El mayor Scott mostró su sorpresa al verle palidecer hasta convertirse en una máscara de yeso.
—¡Infiernos, Doyle! —rezongó—. ¿Qué le ocurre a usted ahora? Parece que haya visto un fantasma...
Y miró en torno, con aprensión evidente.
—Dios mío, mayor —jadeó Doyle, estremecido—. Alguien... alguien ha dicho hace poco que esa criatura... esa criatura da una sensación de hervor en la sangre, que es como algo frío y palpitante en las venas. ¿Cómo... cómo sabe esa persona que es así, a menos... a menos que... ella misma esté ahora invadida por el monstruo? ¡Oh, cielos, no, no! ¡Susan querida! ¡Está en peligro, en peligro terrible! ¡Hilde Roberts ES AHORA la criatura!
Y salió disparado de la estancia, precipitándose de nuevo a las galerías de Delta, con una expresión de frenética ansiedad en su rostro. El corazón le palpitaba con terrible fuerza, el horror te dominaba por completo.
Ahora lo veía claro. Hilde, la rubia y dulce Hilde, la esposa de Harry Roberts, la compañera de alojamiento de Susan... ¡Había explicado lo que se sentía al tener dentro a la criatura! Sólo podía saberlo si realmente, la tenía.
¡Y ahora el monstruo estaba a solas con Susan!
Tomó un minitransporte del que arrojó con cajas destempladas a dos soldados, y voló materialmente sobre el corredor, en dirección al alojamiento de ambas mujeres, empuñando con rabia su pistola de rayos láser, dispuesto aunque fuese a convertir a la bestia en cien bestias más, pero decidido a salvar como fuese a Susan del terrible peligro que la amenazaba en estos momentos...
Cuando saltó ante el alojamiento de las mujeres, tal vez era ya tarde, pensó. Porque del interior surgió un grito ronco, terrible. Era el grito de Susan, una voz cuajada de terror y angustia.
—¡Susan! —aulló, precipitándose hacia el interior como una exhalación.
Ya era tiempo.
Apenas abrió la puerta de un violento empellón, el escalofriante espectáculo se repitió ante él, mientras Susan, despavorida, encogida en un rincón de la cámara, contemplaba aquella espantosa metamorfosis sin dar crédito a sus ojos dilatados por el pánico.
¡Hilde, la rubia y bella Hilde ya no era más que un estallido atroz de huesos, sangre y carne, reventando su cabeza por completo, para emerger de ella el fatídico monstruo gelatinoso, culebreando maligno en el aire, despidiendo su frío y apestoso hedor por doquier! La perversa, diabólica expresión de aquella especie de fríos ojos amarillentos perdida en la masa informe de su cara parduzca y goteante, pareció fijarse en Doyle con rabia, como identificándole como a su peor y más encarnizado enemigo.
Mark alzó su arma, cubriendo a Susan del posible acoso del monstruo, y se dispuso a apretar el resorte de disparo, aunque sabía lo inútil y contraproducente de tal acción, que no haría sino generar nuevos monstruos de cada fragmento del herido.
En ese mismo momento fue como si toda la Luna estallara en pedazos. Al menos, ésa fue la impresión que produjo en Mark la tremenda sacudida de suelo, techos y muros, el estruendo devastador en alguna parte, el parpadeó violento de las luces, que comenzaron a extinguirse, mientras todo seguía temblando bajo sus pies.
La amorfa masa de la Criatura retrocedió también, como sorprendida por aquella conmoción. Luego las luces se extinguieron. Una oscuridad terrorífica envolvió a Mark y a Susan. Una oscuridad mil veces peor que ninguna otra, porque allí, en las tinieblas, se hallaba el enemigo mortífero al acecho, flotando ante ellos, despidiendo su fétido vaho maligno.
—¡Susan, cuidado, siempre tras de mí! —jadeó Doyle, frenético. Y disparó su arma, a ciegas, logrando cuando menos que el potente rayo láser, que alcanzó un muro y lo desintegro, abriendo un enorme boquete en el metal, diese una claridad lívida a la escena.
Por fortuna, ya no vio a la forma monstruosa. El hedor se diluía en el aire paulatinamente. Hizo otro disparo, manteniendo contra sí a la aterrorizada Susan, a la que abrazaba con fuerza, y el resplandor esta vez reveló que estaban solos en la cámara.
—Se fue de nuevo —jadeó Doyle—. La oscuridad o esa explosión ha debido asustarle. Dios quiera que esté lejos de nosotros, maldita cosa horrible...
—Oh, Mark, Mark, era horrenda... —sollozó Susan—. Hilde parecía normal. Y de repente se congestionó, me miró de un modo atroz, y... y...
—Calma, calma, sé cómo sucede —la confortó él, apretando la cabecita pelirroja contra su torso—. Ya pasó todo, por fortuna... Salvo lo que haya sucedido en Delta, que no sé lo que pueda ser. Vamos, salgamos de aquí. Te llevaré conmigo a mi albergue, si es que ello es aún posible.
No era posible. Al salir al exterior, la escena de confusión aterró a ambos. Sólo las débiles luces de emergencia brillaban en la sombra. Soldados y civiles de la base corrían de un lado para otro, frenéticos, desorientados. Se veían muros abatidos, se percibían lejanas explosiones, y las luces rojas parpadeaban con rapidez, señalando de nuevo la alerta máxima
—¿Qué ocurre ahora? —demandó Mark, aferrando a uno de los que pasaban.
—¡Se ha dado orden de evacuación inmediata! —jadeó el interpelado, con rostro trémulo—. Debemos ir a la tercera planta mientras sea posible. Hay muchos atrapados, muchas víctimas... Han volado los depósitos de combustible y energía. Todo saltó por los aires. Nubes tóxicas se dispersan por doquier. Si no se cierran las compuertas de seguridad de la planta tres, todo resultará invadido por el gas letal. Ha sido el peor de los sabotajes...
—¡Androx! —masculló Mark, rabioso—. ¿Cuándo van a cerrar las compuertas?
—Dentro de dos minutos-informó el otro, soltándose presuroso—. Es la orden. Ya está en marcha el control de tiempo.
—Dios mío, eso es una locura —jadeó Mark, mirando alarmado a Susan—. Si han puesto en marcha el control de tiempo, significa que esas compuertas se cerrarán automáticamente dentro de esos dos minutos... ¡y todo el que no llegue a ellas quedará fuera, sometido a una muerte atroz!
—Tenemos que alcanzar el nivel tres, entonces...
—Por supuesto, vamos allá antes de que sea demasiado tarde.
Echaron a correr en dirección opuesta. Se encontraron por el camino con los astronautas Oswald y Kelly, así como con el capitán médico Forrester y el mayor Scott, que corrían presurosos hacia la planta inferior de Delta, la de máxima emergencia.
—Hay que desalojar esto de inmediato, o perecer aquí, Doyle —informó el capitán médico angustiosamente—. No sólo los gases letales, sino los corrosivos y las radiaciones se mueven por doquier, sembrando la muerte y el pánico. Han saltado los resortes de máxima seguridad, toda la zona puede saltar en pedazos en cualquier momento. La única esperanza de salvación está abajo, en la planta tres... si es que las compuertas mecánicas resisten el embate de una explosión total en Delta.
—Luego, a esperar que llegue ayuda de la Tierra —jadeó Scott—. Este sabotaje será perceptible allí, especialmente si se destruyen las plantas una y dos. Tendremos que permanecer encerrados hasta que eso ocurra... si es que ocurre.
—Maldito Androx. Lo consiguió —dijo el astronauta Kelly con rabia—. Ha logrado destruir Delta...
—Todavía no del todo — aseveró Mark, sombrío—. Si sobrevivimos abajo, seguiremos aquí, les guste a esos malditos orientales o no.
—Mientras no llevemos con nosotros al androide y a ese monstruo parásito... —sentenció amargamente el mayor Scott.
Alcanzaron la planta inferior, en las entrañas de la Luna. Por encima de ellos temblaban muros y techos, convulsionados por una serie de explosiones en cadena en las pilas termonucleares, mientras los gases, líquidos corrosivos y radiaciones letales se expandían por doquier. Las compuertas de metal comenzaban a cerrarse ya, inexorablemente, accionadas por el mecanismo de tiempo. Estaban diseñadas para soportar un auténtico cataclismo como aquél, pero faltaba que la realidad confirmase su eficacia.
Cuando todos los supervivientes hubieron salvado la abertura, sonó un áspero chasquido, y las grandes compuertas se ajustaron herméticamente. Muchos otros quedaban fuera, se oyeron sus gritos, carreras y lamentos, en un desesperado esfuerzo, final por llegar. Pero no llegaron.
Doyle, frenético, golpeó con los puños en el metal, impotente para ayudar a aquellos desdichados que quedaban fuera, condenados a una muerte segura y atroz, mientras ellos estaban allí abajo, ya a salvo aparentemente.
Se encendieron las luces de emergencia de la tercera planta, apenas cerradas las compuertas. Una luz roja que parpadeaba cesó sus guiños paulatinamente. El capitán Forrester soltó un resoplido.
—Estamos a salvo —musitó—. Las compuertas resisten, es obvio. O de otro modo la señal de alarma seguiría sonando.
—¿Y cuántos han quedado fuera para siempre, capitán? —jadeó Doyle, desgarrador.
—Muchos, amigo mío. La mayoría —musitó el capitán amargamente—. Lo sé. Me temo que no más de Veinte hemos llegado aquí. Yo mismo vi al general Wingate quedarse arriba, tratando de ayudar a los demás, el último en salvarse, como buen comandante de la nave que se va a pique... ¡Maldita sea, con él se quedaron Bascomb y Malinov! Todos los mejores... desaparecidos para siempre en ese horrible caos desencadenado por el maldito androide.
—Al parecer, nos ganó la partida ese muñeco artificial del diablo —jadeó Scott malhumorado. Miró en torno—. ¿Estamos solos aquí, capitán?
—Sí, mayor. Solos los seis. Esta planta está formada por compartimentos estancos de seguridad máxima Estamos en el último de ellos, el que contacta con las compuertas. Unos segundos más de demora y jamás habríamos llegado. No creo que podamos comunicar con los demás hasta que puedan liberarnos. El sistema fue ideado para mayor seguridad de quienes ocupan los compartimentos más lejanos, por si fallasen los restantes.
—¿Ni siquiera podemos hablar con ellos, saber cuántos sobreviven? —dudó Doyle.
—Ni siquiera eso. Los muros son tan sólidos que no permiten el paso de imagen o de sonido alguno. Y se evitaron transmisiones para impedir posibles fallos en la seguridad del recinto.
—Al menos espero que tengamos aquí alimentos —comentó el astronauta Mike Oswald, mirando en torno preocupado—.Hay literas, armarios...
—No tema, hay alimentos sobrados. Todo se calculó de antemano —dijo Forrester—. Cada uno de esos armarios contiene un recipiente refrigerado, con cien raciones individuales. Se calcula que el aire respirable aquí dure también cien días. Es lo máximo que soportaríamos con vida. Pero ése es mucho tiempo. Antes llegará ayuda de la Tierra y podremos salir de este refugio.
—Me siento como prisionero en un cepo —comentó el astronauta Kelly.
—Vale más eso que agonizar allá fuera —sentenció Scott, sombrío el gesto—. Bien, supongo que aquí sobran ya las jerarquías...
—Por el contrario, hacen falta más que nunca si queremos mantener el orden —dijo Forrester—. Usted, mayor Scott, es el militar de mayor graduación del grupo. Por tanto, el mando de todos nosotros depende de usted. Yo seré su ayudante.
—Bueno, no me siento con ánimos de dar órdenes a nadie —confesó Scott, dejándose caer en una litera del compartimento estanco final—. Hagan lo que quieran, con tal de no resquebrajar la morar de los demás. Sólo impondré disciplina si llegase a dominarnos el pánico o la angustia de este encierro, amigos.
Cada cual se aposentó como pudo en su litera elegida. Mark y Susan tomaron dos superpuestas. El tomó las manos de la joven, descubriendo entonces el corte prolongado de su muñeca, por donde había sangrado ligeramente.
—¿Qué te ocurrió, querida? —musitó—. ¿Quién te hizo eso?
—Yo misma, al huir de Hilde —explicó la muchacha, sacudiendo la cabeza—. No me duele, Mark, no te preocupes. Y aquí, cuando menos, estamos lejos del alcance de esa criatura, ¿no es cierto?
—Hum, supongo que sí —Mark miró los sólidos muros de metal, las herméticas compuertas ajustadas que les separaban del caos, de la muerte y la destrucción del resto de la Base Lunar Delta, cuyas explosiones en cadena ni siquiera lograban ya traspasar aquel muro interpuesto entre ellos y el desastre colectivo. Luego, miró en torno, a los otros compañeros de alojamiento—. Sí, supongo que por ahora ese peligro ha desaparecido, aunque no el del androide. Cualquiera de ésos podría ser Androx. Dudo que esa máquina asesina se haya quedado fuera...
—Dios mío, Mark, ¿cuántas personas amigas habrán perecido ya en ese infierno?
—No sé. Wingate, Bascomb, Malinov... Acaso la doctora Dankova, el profesor, la pobre Anushka Belova... Sólo Dios sabe qué nombres habrá que poner en la lista. Estamos aquí unos pocos, una veintena de supervivientes quizá, separados por esos muros impenetrables, en cuatro o cinco compartimentos estancos, esperando a saber si saldremos con vida, si seremos muchos o pocos los supervivientes... y quiénes serán los demás. Todo es horrible, Susan. Pero hubiera sido peor quedarse allá fuera...
—Mark, tengo miedo —gimió ella, abrazándose a él, frenética.
—Querida, yo también —confesó el joven, apretando con fuerza aquel cuerpecito tembloroso—. Yo también... y supongo que todos tenemos el mismo miedo. Ahora, trata de descansar en tu litera. Yo velaré tu sueño.
—Mark, no dejes de vigilarme... por si llegase esa atroz criatura —tembló la joven, mirándole con patético horror—. Me da escalofríos recordarla, casi siento hormiguear mi propia sangre, como si hubiera llegado a poseerme también a mí...
—Por fortuna, me di cuenta a tiempo del error de Hilde al hablar de aquello. O tal vez ni siquiera era un error, sino un desesperado intento de lo que quedase del cerebro, de la mente de la pobre Hilde, tratando de burlar a su dominador, de avisarme de alguna forma. Sabemos tan poco de los efectos de ese monstruo cuando penetra en nuestras venas...
Susan asintió, tendiéndose en su litera. Mark lo hizo en la suya, encima, dispuesto a no quitar sus ojos de ella en ningún momento. El silencio que les rodeaba ahora, entre aquellos muros de máxima seguridad y de hermetismo total, era sobrecogedor. Cada uno de los presentes, paulatinamente, pareció ir cediendo en su excitada inquietud, para relajarse y buscar en el reposo una especie de sedante a su nerviosismo y tensión. Sólo el comandante Scott se quedó sentado junto a su propia litera, haciendo anotaciones en una agenda. Pero ahora, su cargo de jefe de Seguridad de la base ya no tenía la menor importancia. Todas las normas de seguridad habían saltado por los aires cuando Androx logró aquel último y devastador sabotaje a las instalaciones vitales de Delta.
Las horas comenzaron a transcurrir lentas, agotadoras, en aquel reducido ámbito donde sólo media docena de supervivientes compartían una existencia tensa y crispada, a la espera de la solución definitiva, que podía tardar horas o meses en llegar.
O no llegar nunca.
CAPÍTULO V
ARK despertó con sobresalto.
Había cometido el peor de los errores. Se había dormido, precisamente cuando más necesitaba y deseaba estar despierto. Alarmado, se incorporó, miró en torno suyo.
Por fortuna, todo seguía igual, sin novedad alguna. La débil luz del compartimento estanco le reveló a sus cinco compañeros de alojamiento descansando apaciblemente. Sólo Scott permanecía con los ojos abiertos, meditativo. Forrester dormía profundamente, los dos astronautas parecían aletargados y Susan respiraba pausadamente, sus párpados cerrados, el rostro serenamente en reposo.
Doyle se sentó en su litera, preguntándose por qué había sentido ese sobresalto al salir de su sueño. Era como si algo le hubiera despertado instintivamente. Algo inconcreto pero que sentía en su persona. Una especie de corazonada, de presentimiento. Intuía algo.
Sin embargo, todo parecía estar en orden. Ni el más leve indicio preocupante alteraba la calma del compartimento..
«Empiezo a imaginar cosas —se dijo—. No tiene sentido que me preocupe. No aquí. Nadie puede llegar hasta nosotros, ni siquiera ese monstruo. En cuanto al androide, ¿por qué habría de estar precisamente aquí, ser uno de ellos? Será mejor que controle mi imaginación y no fantasee ni me alarme injustificadamente. Bastantes malos ratos he pasado ya. Y los que me esperan...»
Doyle sonrió, viendo cómo descansaba Susan, tan tranquila como si estuviera en su propia casa, allá en la Tierra, tejos de Delta, de la Luna, de la furia asesina de un maldito androide terrorista. Lejos también de la sombra ominosa de un monstruo capaz de infiltrarse en la sangre y destruir a los seres humanos...
De repente se fijó en los astronautas Oswald y Kelly. Sí, parecían tan profundamente dormidos, pensó... Demasiado profundamente. No se les notaba siquiera la respiración, sus pechos no se agitaban...
—¡Oh, Dios, no! —jadeó, repentinamente aterrado.
Saltó del lecho, corrió a ellos, les zarandeó...
Era inútil. Ambos estaban muertos. Rígidos, sin señal alguna de vida.
Forrester y Scott saltaron de sus literas, con expresión de sobresalto, precipitándose hacia él, con gesto que parecía dar a entender que le creían víctima de una crisis de histeria.
—Doyle, ¿qué diablos hace? —refunfuñó el mayor Scott.
—Sí, ¿por qué está haciendo eso a Kelly y a Oswald? —se extrañó el capitán.
—Vean —susurró Mark, dominando su horror—. Los dos... ¡están muertos!
—Cielos... —Lívido, Forrester cambió una mirada con el estupefacto Scott. Se acercó a los astronautas, los examinó, terminando por asentir—. Sí, es cierto. Muertos... sin señal de violencia.
—Eso no parece cosa de la criatura —apuntó Scott con aire perplejo.
—Claro que no. Pero es cosa del androide —señaló Mark, sibilante—. No hay duda. El los mató. Sus recursos son numerosos. Ha debido inyectarles algo, seguro. Rápido y efectivo.
—Pero entonces... entonces uno de nosotros es Androx — sentenció Forrester.
—En efecto —afirmó Mark. Sus ojos fueron a Susan, que dormía ajena a cuanto estaba sucediendo, al parecer. Luego, contempló a Forrester, a Scott. Y corroboró—: A menos que el androide haya podido matarles a distancia, uno de nosotros cuatro es Androx, sin lugar a dudas.
—El androide posee controles remotos para sus sabotajes —apuntó Scott—. ¿Por qué no puede tenerlos para matar personas?
—Es una posibilidad. Pero ¿por qué a dos miembros de este compartimento, mayor? —objetó Mark—. No. Estoy seguro de que Androx está aquí. Lo presiento. Primero imaginé que intuía la presencia de la Criatura, pero ahora sé que era el androide, y por eso me desperté sobresaltado.
—Dios mío, ¿qué podemos hacer entonces? —se quejó Forrester—. No tenemos medios para desenmascarar a ese farsante. Podría ser usted, Doyle. O el mayor. O esa chica, Susan...
—O usted, capitán —le recordó secamente Mark.
—Sí, claro, claro. Lo sé —admitió con apurado gesto el capitán médico—. Y lo malo es que aunque examinemos agotadoramente a cada uno de nosotros, no hay nada en un androide tan perfecto que pueda revelar su diferencia con las demás personas.
—Sabemos eso, capitán —dijo de mala gana Scott—. Pero ¿qué vamos a hacer? ¿Permanecer aquí, esperando a que ese robot nos aniquilé uno a uno, sea de cerca o a distancia?
—Al parecer, no nos queda otro remedio, mayor —sentenció amargamente Doyle, acercándose a Susan, que se agitaba débilmente en sueños, tal vez víctima de pesadillas perfectamente comprensibles en la actual situación.
Llegó junto a ella. Tomó su mano suavemente, sin desear despertarla. Notó que ardía. Estaba febril. Inquieto, puso la otra mano en su frente. Allí la fiebre era más intensa. Palpitaban sus sienes con cierta fuerza. La tomó el pulso. Su incertidumbre creció.
—Doctor —dijo al capitán Forrester—. Venga. Creo que Susan está enferma.
Forrester fue a atenderla, ceñudo. La examinó en silencio. Asintió.
—Es muy alta la fiebre —admitió—. Casi cuarenta grados. Voy a darle un antihistamínico.
Fue a por su chaqueta del uniforme, dejada sobre la litera. Mark apretó suave, tiernamente, la muñeca de su amada Susan.
Y de repente lo vio.
Se le erizó el cabello. Fue como sentir un mazazo helado en lo más íntimo de su ser. El horror le provocó un tremendo escalofrío.
La herida de Susan, el corte producido en el antebrazo cuando Hilde Roberts se transformó... ¡ofrecía floraciones verdosas en torno!
—¡Dios mío, no! —aulló, con un desgarrador alarido, tan fuerte y violento, que provocó el susto en Scott y en Forrester, que se volvieron con viveza hacia él.
Pero también despertó a Susan.
Los ojos de la joven se clavaron en Mark, al alzarse los párpados de golpe. Y aquellos ojos distaban mucho de ser la mirada dulce y profunda de la Susan Halsey que él conocía.
Lo que siguió fue demasiado espantoso, pese a que no era nuevo para Mark.
Pero esta vez, dolorosamente, fue la peor y más terrible de las experiencias. El instante de la suprema desesperación para un hombre enamorado. Porqué supo que aquella Susan tendida en la litera ya no era ella misma, sino un cuerpo cautivo, cobijando a una bestia inmunda y obscena, repugnante y odiosa. Todo siguió su rápido proceso ya conocido.
De labios de Susan brotó aquel bramido que tan bien conocía, sus venas se dilataron con violenta hinchazón, el rostro se congestionó hasta amoratarse... y, ante el alarido de horror y exasperación de Mark Doyle, la bella joven reventó, saltando su cráneo en pedazos, dando a luz, en un parto monstruoso, en medio de un baño sangriento, a la Criatura repugnante, hedionda, babeando gelatina su cuerpo amorfo, agitándose su estructura, entre vegetal y fangosa, como una sierpe demoníaca, digna de la más pavorosa de las leyendas, con mil veces la fealdad de la Gorgona.
—¡Noooo! —sollozó Mark, convulso, ante la penosa mutación que convertía a Susan en simple amasijo de carne y huesos, en sangre y muerte, para gestar una vez más a aquella babeante inmundicia viviente.
Scott y Forrester contemplaban la escena demudados. Allí no había salida. Los muros eran el encierro donde el monstruo recién surgido tendría necesariamente que moverse, atacando a los demás...
Forrester, furioso, aferró su arma y se precipitó contra aquella masa flotante, intentando abatirla, luchar contra él. Mark trató de apartarle.
—¡No, doctor, no lo haga! —rugió, dominando su tremendo dolor, su exasperada ira de impotencia y de angustia—. ¡No sabemos qué puede hacer al defenderse de sus atacantes!
Ahora lo supieron. La Criatura, alojada sin duda en Susan en el momento de saltar fuera de la envoltura de Hilde Roberts, y aprovechando el corte que sufriera ella en el brazo, durante los momentos de confusión y oscuridad en que Mark creyó que había huido, trató en vano de escapar por aquellos recios, sólidos muros, que soportaron el furibundo embate de sus flácidos miembros gelatinosos, colgantes como lianas perezosas. Su cola de babeante forma vegetal azotó en vano aquellas sólidas paredes capaces de soportarlo todo. Entonces, al verse acosada por Forrester, que no utilizaba la pistola láser por miedo a multiplicar a la criatura por varias más, sino un afilado cuchillo electrónico, se revolvió furiosa contra él. La malignidad de aquella especie de pupilas amarillas se reveló ahora con toda nitidez.
Forrester logró clavar su cuchillo en la materia fofa. La hoja, al simple contacto, despidió destellos cegadores, proyectando su energía al cuerpo demoníaco, que se retorció evidentemente dañado. De forma repugnante, aquella materia viva, palpitante, chorreó sangre. Tal vez sangre humana de la que se nutría en las venas de sus víctimas. Con la sangre, oscura y espesa, goteaba una especie de humor verdoso, como el jugo de las plantas. El hedor que despedía todo aquello era insufrible en el reducido ámbito de la cámara estanco.
El contraataque de la Criatura fue terrorífico. El capitán Forrester, confiado por su éxito inicial en el ataque, nunca esperó que ocurriera algo así. La Criatura cayó sobre él, le envolvió en su apestosa y blanda materia, como una babosa que se adhiere a otro cuerpo. Los resultados no pudieron ser más escalofriantes.
El militar lanzó un alarido de agonía, de dolor infinito... y todo su cuerpo se cubrió de una pestilente costra purulenta, humeante, que deformaba sus miembros y rostro repentinamente. Aquel contacto abrasador parecía, sin embargo, gélido a la vez, porque la figura del medico tembló, en espasmos, antes de caer, atrozmente desfigurada, al suelo. De sus manos, convertidas en costras goteantes de carne abrasada y corrompida, escapó el cuchillo electrónico que, tras un rebote desgraciado contra un barrote de las literas, fue a clavarse en el hombro del mayor Scott.
Este lanzó un áspero bramido de rabia al sentirse herido. Se arrancó el cuchillo, que centelleaba al contacto con la carne, quemando ésta con su carga eléctrica, y la sangre corrió copiosa por su brazo. Lívido, se volvió a Mark, que era testigo mudo y despavorido de tanto horror.
—¡Doyle, por favor, haga algo! —jadeó—. ¡Ese monstruo acabará con nosotros si no lo impedimos!
—Es inútil, mayor —sentenció tristemente Doyle—. No podemos hacer nada. Ahora él es el más fuerte...
Pero aun con ese fatalismo, en un arranque de rebeldía suprema desenfundó su pistola de rayos láser, dirigiéndola contra la Criatura. Disparó una, dos, tres veces, rabiosamente. Los rayos azules, centelleantes, perforaban la materia blanda, para incrustrarse en el acero macizo de los muros, causando en ellos leves orificios de escasa profundidad.
A medida que el monstruo recibía el chisporroteante alud de rayos, se disgregaba en dos, cuatro, seis, diez fragmentos, cada uno de los cuales, a su vez, se tornaba una réplica exacta de la Criatura original, para enloquecimiento de los dos hombres.
Sin embargo algo sucedía, porque de súbito, aquella múltiple repetición de entes malignos se concretó de nuevo en uno solo, agrupándose sus partes... y saltó como una elástica figura de pesadilla sobre el mayor Scott.
Alucinado, Doyle vio penetrar virtualmente a la masa informe y parduzca en el interior de Scott, a través de la herida de su hombro. La Criatura se estrechó, se fundió, infiltrándose por aquella sangrante abertura con un sonido sibilante, un gorgoteo como de complaciente gula, de siniestra y abominable voracidad...
Scott exhaló un gruñido sordo, soltó el cuchillo que arrancara de su herida y miró aterrado a Mark.
—Doyle, haga algo —jadeó—. Ese monstruo... está ahora dentro de mí.
—Lo sé, Scott. Y de usted pasará a mí inexorablemente. Estamos perdidos, mayor. Los dos estamos perdidos. Todo el mundo está perdido. Ese monstruo es más fuerte que ninguno. Se divide en fragmentos iguales, pero luego se reagrupa en uno solo. Sólo hay una Criatura que puede multiplicarse, pero sólo para volver a reunirse en una sola, la original, la que ahora ya es dueña de usted. Sólo puedo hacer algo por usted, para ver si eso resuelve algo... o si hago menos penosa su agonía, mayor. Y lo que puedo hacer es... matarle.
Alzó, fatalista, la pistola de rayos láser para disparar sobre el infortunado mayor a sangre fría.
Nunca llegó a disparar.
Lo que ocurrió de inmediato, por sorprendente e inesperado, impidió que apretase el resorte de disparo para adelantar piadosamente la muerte del afectado.
El cuerpo de Scott reventó de súbito en mil pedazos, como una bolsa que se hincha demasiado, y la horrenda Criatura volvió a emerger, emitiendo su extraño berrido ronco, que parecía tener ahora una nota de rabia profunda.
Doyle supo de inmediato por qué. Y También por qué había sucedido aquello tan rápidamente, sin que la Criatura llegase siquiera a absorber la sangre del mayor ni tan siquiera a infiltrarse en sus venas y llegar a devorar su cerebro.
La sangre de Scott corría por el suelo, torrencial, tras estallar su cuerpo.
Las vísceras del mayor, sus huesos y tejidos, se veían ahora extrañamente artificiosos, como moldeados en plástico o goma Incluso la sangre adquiría una coloración pálida. Del cerebro del mayor Scott, a través de sus fosas nasales y sus orejas, brotaba humo. Olía a quemado. Sus ojos chisporrotearon, quemándose...
Mark entendía muy bien.
¡El mayor Scott, jefe de Seguridad de Delta, era el androide asesino! Androx, el terrorista artificial enviado por los enemigos de la Confederación, había exterminado al verdadero Scott, ocupando su lugar en Delta. Ahora era comprensible el fracaso de las fuerzas de Seguridad, dirigidas precisamente por el propio androide...
Y la Criatura, al penetrar en aquel cuerpo, había percibido con mucha más claridad que cualquier exploración clínica de los humanos, lo artificioso de su composición, lo falso de su sangre y vísceras...
Pero aunque ahora nada tenía que temer de Androx, Mark Doyle supo que tenía que enfrentarse, decisivamente, a un enemigo mil veces peor, a un asesino frío y despiadado, al que era imposible vencer, a un ser monstruoso llegado de otro mundo y que ahora estaba allí, encerrado con él, a solas los dos, en un destino final irreversible y trágico, cuyo final conocía él de antemano.
Dejó caer su pistola láser, tan inútil ante la Criatura como un juguete infantil. Esperó la inevitable posesión, el momento en que aquella maligna y fea babosa que flotaba delante de él, mirándole aviesa y glotona, se apoderase de su persona, de su sangre, de su vida, de su cerebro y tal vez incluso de su propia alma.
—Tú has vencido, maldita seas, criatura infernal —jadeó—. Tú has vencido por fin... Debí suponerlo desde un principio... Termina ya. Termina tu infame labor en mi persona. Y quiera Dios que yo sea el último, que no haya más víctimas de tu perfidia glotona e inmunda... Si mi sacrificio no es en vano, si soy el último en servirte de alimento dentro de este recinto hermético del que no habrá salida en cien días... tanto mejor para todos. Espero que no vivas tanto cuando yo haya dejado de existir, odiosa criatura del demonio...
Y pasivo, roto, vencido, con una última y lastimosa mirada hacia el cuerpo sin vida de Susan, se dejó caer sentado en una litera, a merced de su pavoroso enemigo, que parecía contemplarle, reptando por muro y suelo, despidiendo su frío y nauseabundo hedor, con aquella maligna mirada amarilla fija en él. Expectante, seguro de su triunfo ante los humanos.
Mark Doyle ya había renunciado a todo. Incluso a luchar. A sobrevivir. A todo.
Pero la Criatura no le atacó. Pasó el tiempo. Siguió allí, expectante, inmóvil, horrendo en su pasividad inhumana. Lentamente, Mark sintió cansancio, agotamiento, flacidez. Se dejó caer en la litera. Permitió que el sueño le venciera.
Y se durmió.
Se durmió sabiendo que ya nunca despertaría siendo Mark Doyle, sino solamente un cuerpo humano invadido por un monstruo de naturaleza desconocida. Con una criatura alucinante y mortífera en sus venas, llegando implacable a su cerebro, hasta aniquilarle...
EPÍLOGO UNO DESPUÉS DEL PROLOGO UNO
N PRIMERA PERSONA)
Así ha ocurrido todo.
Es fácil recordarlo, ahora que todavía soy dueño de mi mente, o al menos de una parte de ella. La suficiente para pensar, para evocar cosas...
Pero él está aquí, dentro de mí. En mis venas. En mi sangre. El monstruo vive en mis arterias, en mi riego sanguíneo. Tuvo razón la infortunada Hilde Roberts. Es una sensación rara. Inquietante. Frío y calor a la vez. Un extraño hervor helado en la sangre. La presencia de un ser que se amolda a la delgadez venosa y arterial, para apoderarse de la sangre y, a través de ella, llegar al cerebro y destruirlo.
¿Cuánto tiempo tardará aún en hacerlo estallar, en sacrificarme como a todos los otros? No lo sé. Ni me importa demasiado. Cuando dejé de luchar, lo hice de modo decidido, tácito. Era la única forma de aceptar la realidad.
Ahora falta poco, estoy seguro. Mis venas queman. Y están heladas a la vez. Como mi piel, que arde por fuera y es hielo por dentro. Esa fría criatura de Cyros, esa materia viva e inteligente, hecha de vegetales que desconocemos, de células que ignoramos, palpita dentro de mí, satisfecha y victoriosa.
Y ya ni siquiera existe la esperanza, la remota y hermosa esperanza de que con mi final se termine todo. No, maldita sea. Es lista, muy lista. Y fuerte, muy fuerte, cuando está dentro de uno.
Se ha dado cuenta de que acabará pereciendo aquí, encerrada en este compartimento estanco. Y por eso prolonga mi vida. No me destruye, porque me necesita. Aún me necesita, sí. Es la diferencia entre las demás víctimas y yo. Entonces tenía dónde elegir, le sobraban opciones, podía ir de una a otra sin problemas serios...
Ahora, no. Ahora está sola conmigo. La Criatura sabe que soy el último aquí. Y necesita más. Muchos más. Su glotonería de sangre es insaciable. Moriría de inanición si se quedase cien días aquí.
Y la muy maldita me ha obligado a hacerlo. Me ha forzado a buscar una salida. ¡Una salida, Dios mío, con lo que eso significa para todos los demás! Y lo peor es que yo no puedo negarme. No del todo, aunque a veces lo intente. Porque sólo una pequeña parte de mi cerebro sigue perteneciendo a mi voluntad. El resto lo domina ella.
Así, me ha exigido que buscara una salida. Lo peor de todo es que la he encontrado.
Porque la salida existe. Vaya si existe. Esto fue diseñado para que, en caso de otra nueva emergencia, los encerrados pudieran salir, comunicarse entre sí. Pero es sólo mediante un sistema de tiempo, computado a cien días de plazo. La Criatura es muy inteligente, maldita sea. Lo ha sabido. Y le ha bastado ordenarme que buscase la forma de neutralizar el computador de tiempo. Lo ha podido localizar a través de mí, tras un panel de estos sólidos muros. La fuerza física que me ha proporcionado es incalculable. He podido levantar parte de una plancha de acero sólido. Me sentía como un titán. Y era él, ese monstruo, quien me inyectaba esa fuerza sobrehumana.
Así he llegado a la puerta del pomo. A la cerradura que actúa por simple contacto digital. Yo moveré ahora esa puerta. La abriré. Y daré paso a mi persona, que ya no me pertenece, como portadora de la más horrible forma de muerte jamás imaginada, para reunirme con los demás en los restantes compartimentos. Les contaré una mentira que ella me dictará. Luego, ya dispondrá de nueva carnada. Y así hasta el final...
¡Dios mío, y no puedo rebelarme! ¡No sé qué hacer para negarme a continuar esta locura que la criatura alojada en mis venas me obliga a llevar a cabo!
Ahora que Susan no existe ya, he tenido que pensar en ella... En la otra mujer, víctima como yo mismo de este monstruo, en un ser indefenso, que perdió todo en esta vida, como lo he perdido yo. En la dulce Anushka, la viuda de Iván, que vio morir a su esposo e hijo... Y no quiero que ella sufra esta misma suerte mía y de Susan. No quiero que Anushka sea otra de las víctimas de este horror viviente...
Pero la Criatura sabe lo que siento. Se burla de mí, se complace en torturar mis más íntimas emociones y pensamientos, en dañar mi cerebro y mi alma, con esa fría e implacable ausencia de piedad que posee ese cuerpo dañino y monstruoso.
Por eso está incitándome, forzándome cada vez con más fuerza a que gire el pomo, a que mueva la cerradura con mi dedo, a que se abra el acceso secreto a las demás dependencias de la tercera planta. El camino para la destrucción total en Delta. Y quizá para el futuro salto al planeta Tierra, la llegada de este abominable ser a mi mundo, para destruir a la humanidad...
Trato de resistir, y no puedo. Quiero luchar, y no me es posible.
La Criatura me vence. Me vence...
Ya he girado el pomo. Ya apoyo mi dedo en la cerradura magnética. El sensor cede. La puerta de grueso metal se abre lentamente...
Tengo paso franco a otros compartimentos. A Anushka, a la doctora Dankova, a los demás supervivientes que esperan confiados, que no sospecharán nada de mí hasta que sea ya demasiado tarde...
Les llevo la muerte y el horror en mis venas. Y ellos no lo saben. No lo sabrán hasta que yo reviente y libre a la Criatura, para desgracia de todos ellos...
Entre un compartimento estanco y otro hay un breve corredor de seguridad. En él, unos sensores para advertir a los demás encerrados que alguien se aproxima Pero los he neutralizado, del mismo modo que neutralicé el computador de tiempo que accionaba la puerta de salida. La Criatura me lo ordenó. Ella lo sabe todo, lo intuye todo. Es pura inteligencia. Una fría, sutil, maligna inteligencia encerrada en una materia viscosa, en un vegetal inteligente de algún remoto lugar del Universo. Ni sé cómo llegó a Cyros, pero sé que no es de allí, que llegó de otros lugares. La Criatura no transmite información. Es muy lista. Muy astuta.
Avanzo por el corredor. En el próximo compartimento es posible que esté la infortunada Anushka, evacuada por la doctora Dankova cuando el desastre de Delta. Y yo voy hacia allá. Yo, que tanto la aprecio, que no me importaría sustituir en su vida a su desaparecido Iván, no sé si para olvidar mejor a Susan o porque en realidad siempre sentí algo especial por la dulce Anushka...
¡Y no poder evitarlo! ¡No poder volverme atrás, luchar, impedir que esa bestia maligna se salga con la suya!
Voy a destruir a lo único que podría devolverme parte de las ilusiones y esperanzas perdidas. Pero ¿qué ilusiones, qué esperanzas puede tener ya un hombre como yo, que ni siquiera es humano en estos momentos, que sólo es la envoltura física de un monstruo aborrecible y feroz?
La puerta está ya cerca. Cuando pulse el resorte de entrada accionaré unos paneles automáticos... y pasaré a otro compartimento estanco, donde alguien con vida espera, confía...
Y conmigo, había llegado la muerte. La forma de muerte más terrible y estremecedora que jamás afrontó el ser humano.
La puerta estaba abierta ya.
Me miraron. Les miré. No sospechaban nada. No podían sospecharlo. Oí una exclamación de sorpresa. Era de la doctora Dankova.
—¡Doyle, usted! ¿Cómo ha podido pasar de un compartimento estanco a otro? Creí que eran herméticos entre sí, hasta pasados cien días...
—Lo son —asentí lentamente—. Pero debieron desconectar de alguna forma el computador de tiempo.
Acaso fue obra de Androx. El androide está muerto.
—¡Muerto! —era ahora el profesor Mankiewicz, también presente en aquel compartimento de la tercera planta quien hablaba, mirándome con cierta extrañeza—. ¿Cómo lo sabe, Doyle?
—Murió ante mí. Entonces se descubrió su artificialidad. Era el mayor Scott.
—Dios mío, el encargado de nuestra seguridad, precisamente —suspiró la doctora rusa—. Ahora comprendo por qué el androide siempre hacía lo que le venía en gana, sin que Seguridad descubriese nada acerca de él... Pase, Doyle. ¿Hay alguien más con vida con usted?
—Nadie —dije—. Murieron todos. Scott, el androide, el capitán Forrester, Oswald y Kelly, asesinados por Androx. Y Susan. También Susan...
Oh, Dios, ¿por qué no les decía que Susan había sido víctima de la Criatura del ser maldito que llevaba en mi propio cuerpo? No pude, no fui capaz de decírselo, el monstruo no me dejó.
—Lo siento —la doctora me miró con dolor—. Lo siento de veras, Doyle. Ha debido ser muy duro para usted.
—Lo fue —asentí, reuniéndome con ellos.
Y vi a Anushka, consciente pero tendida en una camilla rodante, junto a otra figura también en camilla, tapada por una sábana totalmente. Los azules ojos de la viuda de Iván me miraron dulcemente. Me sentí conmovido.
—Hola, Mark —me saludó tiernamente, con un hilo de voz.
—Hola, Anush —respondí, sin poder decir más porque ella, la Criatura, me impedía hacerlo, frenaba mi cerebro, mis impulsos—. Me alegra que estés bien.
—La doctora me trajo aquí cuando comenzó el caos
—habló—. Siento lo ocurrido, Mark. Pobre Susan. Debes sentirte muy desgraciado.
—Sí, así es —miré fijamente el bulto tapado—. ¿Quién es? ¿Está muerto?
—Sí —terció con rapidez el profesor Mankiewicz—. Es uno de los heridos. Murió en el traslado hasta aquí. No hubo suerte.
—Lo lamento. ¿Sólo están ustedes tres aquí, entonces?
—Sí. Creo que hay casi una veintena de refugiados en los demás compartimentos, si mis cálculos no fallan —suspiró la doctora Natasha Dankova con expresión pensativa—. Los demás se quedaron todos arriba. Creo que sabe lo que eso significa, ¿no?
—Sí, por supuesto —asentí—. No sobrevivirán...
—Imposible. El nivel de toxicidad ambiental era el máximo tolerable. E iba en aumento. Además, estaban las radiaciones, explosiones de otros núcleos atómicos... Quedará muy poco de Delta cuando esto haya terminado. Ya deben saberlo en la Tierra. Enviarán de inmediato expediciones de socorro con material adecuado. Eso espero, al menos.
Me estremecí, asintiendo, ya junto a todos ellos. Vendrían de la Tierra... y yo no sería el instrumento asesino que se infiltraría entre los terrestres, para conducir a mi mundo a aquella inmunda basura que vivía dentro de mí.
Quise gritar, confesarles la verdad, hacer algo. Pero un fuerte dolor cerebral me asaltó. Noté que mis sienes volvían a palpitar con fuerza, que mi piel se tensaba, que el calor de mi epidermis se hacía ardiente, y sin embargo mi sangre parecía hielo puro corriendo por mis venas.
La Criatura me impidió hablar, decir lo que ocurría.
Dominaba ya mi cerebro casi totalmente. Era su esclavo, su marioneta. Sólo necesita tirar de las cuerdas para manejarme. Sabía yo que, de un momento a otro, reventaría mi cuerpo, para repetir el génesis alucinante del monstruo, que se ocuparía de atacar impunemente a la doctora Dankova, al anciano profesor Mankiewicz... y a Anushka. A la pobre, hermosa e indefensa Anushka.
«No, no —pensé—. A ella, no... Ya cayó Susan. Ahora Anush, la dulce Anush... ¡no!» Tenía que evitarlo de alguna manera, impedirlo como fuese. Una rabia sorda, interior me dominó con ferocidad casi sobrehumana. Me rebelé contra mí mismo, contra mi debilidad física y mental, contra mi destino y el de los demás. Contra el monstruo que llevaba dentro.
—¡No! —aullé—. ¡No, escuchen! ¡Soy el Mal, llevo el monstruo dentro...!
Me miraron con horror, como si no me creyeran. Algo hirvió en mi sangre y sentí el hielo subir a mi corazón. Las sienes martilleaban a punto de estallar, mi cerebro se nublaba en una oleada sanguinolenta, mis ojos se cegaban, enturbiados también por una nube roja. Supe lo que era llegar al clímax atroz, al límite de la resistencia humana, antes de estallar, de que mi cráneo se hiciera pedazos, para enviar de nuevo a aquel aborto entre los demás humanos...
Era el fin. Mi fin. Y el de todos, pese a mi esfuerzo supremo, desesperado. Y lo sabía.
El profesor Mankiewicz hizo en ese punto algo totalmente inesperado para mí.
Tiró de la sábana que cubría el cuerpo vecino a Anushka, el que dijeran que pertenecía a alguien sin vida. Vi levantarse de aquella camilla a un ser vivo, rígido, extraño...
¡El fósil!
El humanoide vegetal de Cyros era lo que ocultaba la sábana. El ser misterioso, desaparecido del laboratorio, y que provocara la muerte del doctor Kane por medio del terror, estaba allí ahora. Delante de mí. Dotado de vida. Se puso en pie, extrañamente rígido, estirado. Unos destellos luminosos, de color amarillento, eran visibles en su faz hecha de hojas vegetales fosilizadas. Se encaró conmigo, me miró de una forma fija, inquietante, rara.
Algo sucedió dentro de mí. Algo indescriptible, difícil de expresar con palabras. Pero mi cráneo no reventó. No fui otra víctima más de la Criatura. Por el contrario, el ronco bramido inhumano que había comenzado a brotar ya de mi cuerpo, semejante al que oyera anteriormente a Belov, a la enfermera Spencer, a Parker, a mi entrañable Susan, se quebró dentro de mi pecho en una especie de gemido sibilante de gorgoteo apagado y débil
Mis venas parecieron arder ahora tumultuosas. Una sensación de súbita lucidez alcanzó mi aturdido cerebro y desveló mi nublada visión. Las sienes dejaron de golpearme. Algo así como espasmos o calambres, que transmitían un raro dolor a mi sistema nervioso, se produjeron en mis arterias y venas.
Y de repente la Criatura escapó de mí.
Fue como si por todos mis poros vomitase de repente una exudación viscosa y maloliente. Un vaho, un vapor verdoso brotó de mi piel, materializándose en el aire en una forma que recordaba mucho la espantable apariencia gelatinosa de la Criatura.
Aquel ser de pesadilla se hizo sólido poco a poco, culebreando entre las literas y todos nosotros, como un animal acosado. Sin embargo, el fósil viviente no hacía nada. Se limitaba a permanecer allí enfrente, rígido, inmutable, con aquella rara fosforescencia emanando de su extraño rostro sin facciones.
Luego, cuando la Criatura se golpeaba en los muros de acero, intentando evadirse en vano, el fósil se movió pesadamente, se volvió hacia ella... Todos vimos cómo su brazo se alzaba con lentitud, como si en vez de ser liviano como cartón fuese pura piedra sólida.
El brazo se estiró, se alargó desmesuradamente, ante el pasmo general. Sus membranas en forma de remedo de mano alcanzaron a la Criatura. Ocurrió algo rápido y horrible.
El ser monstruoso reventó.
Reventó como habían reventado antes los seres humanos invadidos por él. Pero en su estallido todo él se tornó menudas partículas, simple polvillo viscoso, que lo salpicó todo, y que luego se evaporó rápidamente, en forma de nubecillas de un vaho bilioso y translúcido, hasta no quedar nada, absolutamente nada, de su escalofriante presencia entre nosotros.
Reinó un silencio de muerte en el compartimento estanco número dos. El profesor Mankiewicz respiró hondo. La doctora Dankova abrazó a Anushka, que sollozaba en su camilla. Yo, roto, vencido por tantas emociones, caí en una litera, con la mirada vidriosa y los brazos nacidos, sin entender nada de todo aquello.
—Gracias, amigo —oí decir cansadamente al profesor—. Gracias por salvarnos cuando aún era tiempo... Un sonido profundo, grave, brotó del fósil humanoide y vegetal que Iván Belov y yo trajéramos de Cyros aquel día que parecía tan lejano ya...
Para asombro mío, ese sonido tuvo coherencia. Era una voz. Una voz humana, expresándose en mi propia lengua, con lentitud y nitidez:
—Ahora todo está bien —dijo—. Era preciso acabar con él una vez más. Para eso estaba yo en Cyros, y para eso tenía que actuar en este lugar, si me era posible. La misión del Guardián está cumplida. Respiren tranquilos. Él nunca volverá ya. Nunca. Esta vez, lo he destruido total, absolutamente. Para siempre, profesor. Ya no me necesitan. Puedo volver a mi sueño de siglos, para ya no despertar jamás...
Y lenta, solemnemente, aquella majestuosa, inquietante figura de piedra liviana, regresó a su camilla, se tendió en ella y quedó inmóvil. La luz amarillenta de sus pupilas se extinguió.
—Dios mío —musité ahogadamente—. Dios mío...
—Serénese, querido amigo —sonrió el profesor—. Estábamos sobre aviso. Él nos lo avisó. Sabía que se acercaba el enemigo. Y estaba a punto para el duelo final.
—¿Él? —miré el cuerpo inerte en la camilla—. ¿Pero usted sabía...?
—No, Doyle. No sabíamos nada —negó la doctora Dankova—. Fue el propio Guardián quien nos lo relató hace poco.
—¿El Guardián?
—Sí. Ese fósil que trajeron Belov y usted de Cyros —sonrió el profesor—. Fue una gran idea hacerlo. De otro modo nadie hubiese podido vencer a la Criatura. Y ella nos hubiera exterminado a todos. Era poderosa y astuta como nadie.
—Lo sé, profesor. Recuerde que la sentí dentro de mí, la tuve en mi propia sangre, después de verla destruir a tantas otras personas. No podía luchar contra ella.
—Ese fósil estaba en Cyros para guardar al monstruo. Era su misión por los siglos de los siglos. Sólo resucitaría cuando el monstruo cobrara vida, porque también esa horrenda criatura viviente era un fósil cuando penetró en la sangré de Iván a través de un inoportuno pinchazo. Había sido condenada a ser un fósil eternamente, por sus horribles crímenes en una remota sociedad de otra galaxia. Confinada a un eterno destierro en Cyros, la casualidad hizo que volviera a la vida con toda su virulencia, escapando al control del Guardián, fosilizado por el transcurso de los siglos. Por fortuna, las ondas electromagnéticas devolvieron parte de su vida y de su fuerza al Guardián, que así pudo evadirse del laboratorio y tratar de vencer al enemigo de siempre.
—¿Cómo saben todo eso?
—El mismo nos lo contó —señaló al fosilizado humanoide—. El Guardián se reunió inesperadamente con nosotros en plena evacuación de la planta dos. Primero nos dio un buen susto, la, verdad. Pero por fortuna ni la doctora Dankova ni yo, y tampoco la joven señora Belova, pese a su debilidad, tenemos el corazón tan frágil como lo tenía el pobre alcohólico del doctor Kane, que murió de un colapso al ver con vida al fósil. El nos avisó de que el monstruo estaba cerca, ya que él podía intuirlo, captar su vecindad. Cuando usted se aproximaba a nosotros, sabíamos lo que iba a ocurrir. Y el Guardián también. Por fortuna, pudo actuar a tiempo y salvar su vida, Doyle. Por un momento, temí que no fuera así.
—Y ahora, ¿qué será de él? —murmuré, señalando al Guardián fosilizado.
—Nos pidió que lo lanzáramos al vacío. El mismo espacio remoto de donde llego tal vez lo reclame un día, puesto que su misión de vigilar al ser rebelde, convertido en asesino, en un mundo lejano donde vegetales y humanoides se confunden en una extraña sociedad difícil de entender por nosotros, ha concluido y con éxito. Su tarea era la de evitar que Hahn, la Criatura, volviera a cobrar vida propia y siguiera causando víctimas en otras razas, como hizo al parecer en un remoto pasado en otros planetas. Unos jueces y unas leyes de las que nada sabemos, por desgracia, así lo decidieron hace milenios. Y, aunque tarde y con algunas víctimas inevitables, así se ha conseguido finalmente que se cumpla esa sentencia.
—Nunca olvidaré a ese ser, fuese quien fuese y perteneciera al mundo que perteneciera —dije, señalando al inmóvil Guardián—. Le debo la vida... y quizá todos le debamos el futuro de la propia humanidad.
—Eso, sin duda.
—Pero tampoco olvidaré a., a ese maldito monstruo, a Hahn o como se llamase... El se llevó consigo a buenos amigos, a camaradas leales... y a una mujer a quien amé.
—Pobre Susan —musitó la doctora Dankova—. Ella no llegó a salvarse, desgraciadamente...
—Mark, sabes cómo lo siento..., —era Anushka quien hablaba, mirándole dulcemente.
—Claro —se acercó a ella. Le tomó una mano, pálida, y fría, apretándola con afecto—. Lo sé porque yo también sentí la pérdida de tus seres queridos, Anush. Ambos lo hemos perdido todo en la vida por culpa de un mismo horror.
—Y ahora, nos queda apenas nada. Tú, al menos tienes tu carrera, tu futuro. Pero yo, ¿qué tengo, Mark?
Doyle la miró larga, pensativamente. Apretó con más calor esa mano trémula y débil que oprimía entre las suyas. La joven rusa tenía lágrimas cuajadas en sus ojos, azules como un lejano cielo de Georgia.
—Hablaremos de esto en otro momento, Anush —dijo roncamente—. Cuando todo esto haya pasado, cuando estemos fuera de aquí, a salvo definitivamente. Lejos del maldito infierno en que se convirtió Delta para todos nosotros...
Y espontáneamente, me incliné, besando las mejillas de la joven. Las lágrimas de ella rodaron momentos más tarde por el mismo lugar de su tersa piel donde yo depositara dos besos de profundo afecto y ternura.
EPILOGO DOS DESPUÉS DE TODO
N TERCERA PERSONA)
La nave despegó de las maltrechas plataformas del cosmodromo de Base Lunar Delta, en fase de reconstrucción.
Se alejó del satélite natural de la Tierra, rumbo al planeta de origen. Atrás quedaban muchas cosas, muchos recuerdos, muchas ilusiones rotas, muchos trágicos momentos de angustia y tensión vividos en los últimos tiempos.
Mark Doyle conducía la nave biplaza, de regreso a la Tierra. A su lado, Anushka Belova dirigía una última mirada a la Luna. Era la mirada de quien deja en un sitio, sepultados para siempre, a sus seres queridos. Había humedad emotiva en sus ojos, pero esta vez no lloró. Se limitó a respirar hondo. Luego desvió la mirada y clavó sus azules pupilas adelante, en la ruta hacia la Tierra.
—¿Triste? —preguntó Doyle.
—Un poco —musitó ella—. Se quedan allí tantas cosas...
—Sí. Los dos dejamos una parte de nosotros mismos en ese peñasco frío y triste, al que los enamorados miran aún con melancolía desde los jardines de la Tierra. Será difícil olvidar alguna vez lo que ambos hemos vivido en Delta en estos últimos tiempos, antes de que las naves terrestres de refuerzo llegaran a nosotros para liberarnos de nuestro refugio subterráneo y limpiar de contaminación nociva el interior de la destrozada base.
—Creo que no lo olvidaré jamás.
—Yo tampoco. Pero tú perdiste mucho más que yo: esposo, hijo...
—Por favor, no lo menciones ya. Forma parte del pasado. No sirve de nada remover la herida, Mark. Es algo que quedó atrás para siempre.
—Lo sé. Pero ¿podrás seguir pensando así todo el tiempo?
—No sé. Lo intentaré, cuando menos. ¿Tú qué piensas hacer? ¿Renunciar a tu carrera de astronauta o seguir en ella?
—No lo sé. Susan quería que lo dejara.
—Pero Susan ya no existe.
—No, no existe.
—Yo, en cambio, quería que Iván siguiera siempre siendo astronauta. Me gustaba que lo fuese. Era su ilusión. Y le hacía feliz.
—¿Vas a casarte con otro astronauta, entonces?
—¿Casarme? No, cielos. No he pensado siquiera en eso, Mark —confesó Anush, enrojeciendo levemente sus mejillas.
—De eso quería hablarte —Doyle puso el mando automático, soltó el timón y miró fijamente a su compañera de vuelo—. Anush, tal vez no sientas nada por mí. No lo sé. Yo, hacia ti, siempre sentí un profundo afecto, pero aunque te admiraba, mi amistad con Iván me hubiera impedido fijarme en ti como mujer. Ahora que él no está, ¿quieres casarte con un astronauta y tratar de vivir una nueva vida?
—¡Mark! —le miró asombrada, enrojeciendo todavía más—. ¿Qué quieres decir?
—Sencillamente lo que te he dicho, Anush. Estamos solos ambos en la vida. Tratemos de rehacerla juntos. Yo seguiré mi carrera de astronauta. Y tú seguirás teniendo un marido que viaja por el espacio, como antes... aunque no sea Iván, naturalmente.
—Pero... pero Mark, ¿realmente sientes algo por mí? ¿Me amas como mujer?
—Sí, Anush —afirmo él—. Creo que sí. En el fondo, tal vez te amaba antes, de un modo que yo mismo ignoraba. Sólo sé que cuando aquel horrible ser me poseía y dominaba yo sólo deseaba luchar por ti, salvarte, morir si era preciso, pero evitando que tú corrieras la misma suerte que Susan o que yo. Eso, Anush, creo que puede ser amor...
—Oh, Mark, Mark, qué feliz me haces —susurró ella, inclinando la cabeza. De sus ojos resbalaron lágrimas nuevamente. Estaba temblando—. Iván fue un gran hombre y un buen marido. Pero estoy segura... estoy segura de que tú también lo serás, cariño...
—¿Eso significa...?
—Mark, ¿necesito decirte algo más? —musitó ella, dulcemente, mirándole a los ojos con un nuevo resplandor que ya parecía imposible ver de nuevo en aquellas pupilas.
—Oh, Anush —apretó sus manos con las propias, efusiva, tiernamente. Se inclinó hacia ella. Esta vez fueron sus labios los que se unieron de modo inevitable, cálido profundo.
La astronave Luna-Tierra proseguía su majestuoso vuelo a través del negro espacio, y la estela de luz que iban dejando sus potentes turbinas en el vacío era como un nuevo sendero de esperanza y de ilusiones para dos seres que, tras perderlo todo, parecían ahora mirar a un futuro mejor, con renovada fe en su felicidad mutua...
El Guardián flotaba en el vacío, fósil viviente, hombre y vegetal, con su misión cumplida:
Mientras, en Cyros, asteroide de Venus, un astronauta extraviado de la Gran Alianza Oriental, se posaba con su nave para una reparación rutinaria.
Durante sus pocas horas en Cyros, hundió sus manos sucias de grasa en una maloliente charca. Sintió un pinchazo. Una gota de sangre, mojó la palma de su mano. La secó, descuidado, en su traje espacial.
Subió a su nave. Y reanudó el viaje, ya reparada la avería.
Su destino, la Tierra.
Y esta vez, el Guardián estaba ya demasiado lejos, flotando en el vacío cósmico...
FIN