<p>Datos del libro</p></h3> <p></p> <p></p> <p></p> <p>Autor: Garland, Curtis</p> <p>©1976, Bruguera, S.A.</p> <p>Colección: Colección La Conquista del Espacio, 285</p> <p>ISBN: 9788402025258</p> <p>Generado con: QualityEbook v0.61</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Alucinante planeta</p></h3> <p style="text-align:center; text-indent:0em;"><img src="/storefb2/G/C-Garland/Alucinante-Planeta/i1"/></p> <p></p> <p>ULTIMAS OBRAS PUBLICADAS</p> <p>EN ESTA COLECCIÓN</p> <p></p> <p>280 — Los cien días de la Gorgona — Curtis Garland</p> <p>281 — El asteroide asesino — Glenn Parrish</p> <p>282 — La guerra de los sexos — Ralph Barby</p> <p>283 — Crónicas galácticas — Curtis Garland</p> <p>284 — Los perturbadores — Glenn Parrish</p> <p></p> <i><p style="text-align:center; text-indent:0em;"><strong>Curtis Garland</strong></p> <p>Alucinante Planeta</p> </i> <p></p> <p>Colección</p> <p></p> <i><p><strong>LA CONQUISTA DEL ESPACIO n.° 285</strong></p> <p></p> <p>Publicación semanal</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><table style="text-align:left; text-indent:0em;"><tr> <td></td> </tr> <tr> <td></td> <td><img src="/storefb2/G/C-Garland/Alucinante-Planeta/i2"/></td> </tr> </table> </p> </i> <p></p> <p style="text-align:left; text-indent:0em;">EDITORIAL BRUGUERA, S. A.</p> <p style="text-align:right; text-indent:0em;">BARCELONA — BOGOTA — BUENOS AIRES — CARACAS — MEXICO</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">ISBN 978-84-02-02525-8</p> <p></p> <p style="text-align:left; text-indent:0em;">Depósito legal: B... — 1976</p> <p></p> <p>Impreso en España — Printed in Spain</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">1.ª edición: enero, 1976</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>© Curtis Garland — 1976</strong></p> <p>texto</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>© Antonio Bernal — 1976</strong></p> <p>cubierta</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;">Concedidos derechos exclusivos a favor</p> <p>de<strong> EDITORIAL BRUGUERA, S. A.</strong></p> <p>Mora la Nueva, 2. Barcelona (España)</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;">Impreso en los Talleres Gráficos de<strong> Editorial Bruguera S</strong>. A.</p> <p style="text-align:center; text-indent:0em;">Mora la Nueva, 2 — Barcelona — 1976</p> <p></p> <i><p><strong>Todos los personajes y entidades privadas que aparecen en esta novela, así como las situaciones de la misma, son fruto exclusivamente de la imaginación del autor, por lo que cualquier semejanza con personajes, entidades o hechos pasados o actuales, será simple coincidencia.</strong></p> </i> <p></p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo I</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">N</style>UNCA olvidaré el día que pisé aquel suelo.</p> <p>Incluso hice una fotografía con mi pie hollando la superficie casi virgen. Y digo «casi», porque aunque no fuese exactamente en aquel punto donde otros hombres antes que yo, pusieron su bota espacial, dejando impresa una simbólica huella, antes de llegar yo tan lejos, había otros camaradas que me precedieron en la gesta. Si realmente era una gesta.</p> <p>Hasta entonces, mi labor había sido puramente rutinaria. Creo que como la de todos los componentes de aquella expedición de rescate.</p> <p>Pisar la Luna se había vuelto demasiado vulgar. Tripular una nave a Marte o a Júpiter o a Venus, algo casi de simple rutina, dentro de los programas espaciales. Permanecer en el espacio, en una estación orbital, por más o menos tiempo, también era cosa que todos hacíamos con una cierta frecuencia. Pero pisar un nuevo mundo, un planeta apenas descubierto unos pocos años antes..., eso, no se hacía todos los días. Ni siquiera en la Organización Mundial de Astronáutica.</p> <p>Y ése era el hecho que yo viví en esos momentos imborrables para mí. Y para mis compañeros de vuelo cósmico. Para todos nosotros, fue un instante histórico. En especial para mí.</p> <p>Porque yo, en mi calidad de comandante de la nave, me reservé el privilegio de ser el primero en descender de la misma y pisar el nuevo terreno desconocido.</p> <p>Un privilegio harto peligroso. Un privilegio que podía convertirse en un riesgo ignorado. Porque, a fin de cuentas, lo que estaba haciendo yo en esos momentos, era pisar un mundo desconocido, un enigma flotante en el Universo. Un planeta al que ya otros hombres habían llegado antes que nosotros.</p> <p>Unos hombres de los que nada sabía nadie. Unos hombres cuya suerte era un enigma en estos momentos. Por eso estábamos allí ahora. Por eso acudíamos al mundo ignoto.</p> <p>Misión: rescate de una tripulación perdida, con la que no se había podido establecer contacto alguno.</p> <p>Nave encargada de esa misión: Futura, del Proyecto Galaxia.</p> <p>Jefe de la expedición de rescate: comandante Lone Harían, de la Brigada de Misiones Especiales de Astronáutica. Es decir, yo mismo.</p> <p>Componentes de la expedición de rescate: diez tripulantes, mínimo imprescindible para el mantenimiento y tripulación de la nave Fortuna, en largos viajes cósmicos.</p> <p>Punto de destino: Nubes Magallánicas, Vía Láctea. Es decir: nuestra propia Galaxia. Y en las Nubes Magallánicas, un punto concreto, a setenta y cinco mil años-luz del planeta Tierra.</p> <p>Ese punto: planeta Zeen.</p> <p>Un mundo desconocido, descubierto sólo tres años antes. Un mundo al que ya había sido enviada otra nave, la llamada Dragan. Nave posada en el planeta Zeen. Dato confirmado. Pero de la tripulación, tras su llegada allí, ni el menor rastro, ni la más levé noticia...</p> <p>Y ahora...</p> <p>Ahora, yo había puesto mi pie en el suelo semivirgen. Tras de mí, lo hicieron dos hombres más. Y luego, un robot.</p> <p>El instante histórico había pasado. Olvidé toda emoción similar. Esto era ya otra cosa. Qué podía ser... eso, ninguno de nosotros hubiera sido capaz de anticiparlo.</p> <p>El resto de la tripulación permanecía a bordo. Era lo convenido. Y lo prudente. Bastábamos nosotros tres. Y el robot, claro.</p> <p>Los hombres habían sido elegidos de antemano. Sabían quiénes eran los que tenían que bajar a tierra. Siempre me ha gustado hacer las cosas de forma previsora. La improvisación sólo quedaba para los imponderables, para las circunstancias imposibles de prever.</p> <p>Se trataba de Von Klein y de Kelly. Dos de los mejores. Habían pisado ya otros planetas y otros satélites planetarios. Eran veteranos en la cuestión. Pero aun así, creo que estaban tan emocionados como yo.</p> <p>Después de todo, ¿qué se sabía de Zeen? ¿Que era un mundo con atmósfera respirable y liviana, con una gravedad inferior a la Tierra en una quinta parte, y cuyo volumen era casi la séptima parte del planeta nuestro?</p> <p>Eso, y muy poco más. No estaba habitado. Al menos, todas las pruebas y experiencias habían dado resultado negativo. Ningún cohete-sonda, ningún examen minucioso de su superficie, reveló la menor existencia de vida humana.</p> <p>Pero Zeen tenía algo muy importante para nosotros. Quizá por eso se había acelerado el Proyecto Galaxia en los últimos tiempos. Todos los estudios de sus materias orgánicas e inorgánicas habían coincidido, así como los análisis efectuados a distancia por nuestros ingenios espaciales.</p> <p>Zeen era riquísimo en combustibles y carburantes.</p> <p>Virtualmente, a juicio de los expertos, era una auténtica bolsa flotante de energía. Materias mine, les muy superiores al petróleo y a cualquier otra forma de combustión y de energía conocida, incluido el uranio, formaban el subsuelo del planeta. De eso, no había ninguna duda.</p> <p>Y el Hombre, la Tierra, necesitaban imperiosamente esa energía. Incluso la energía nuclear podía ser mejor administrada, gracias a aquella riqueza fabulosa, a aquel depósito espacial de reservas energéticas increíbles.</p> <p>Esa era la razón de nuestro viaje. Por eso estábamos allí ahora.</p> <p>Lo demás, lo que realmente pudiéramos encontrar en aquel mundo, nadie lo sabía. Nuestro principal objetivo era localizar y auxiliar a la tripulación inicial, a los pioneros de la investigación de Zeen. Pero también, lo mismo que ellos, deberíamos llevar a la Tierra muestras abundantes de esos minerales energéticos.</p> <p>Pero había que saber lo que les sucedió a nuestros camaradas. Si algo sucedía en aquel planeta, que fuese peligroso para el ser humano, la Tierra debía conocerlo.</p> <p>Von Klein, Kelly y yo estábamos encargados ahora de esa tarea. Y el robot, por supuesto...</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>El robot iba delante.</p> <p>Era la estrategia previa. Tenía que ser así. Nosotros seguíamos al ser metálico, movido por electrónica. Desde la nave, a través de las pantallas de televisión, seguían nuestros pasos. Los objetivos de las cámaras exteriores de la nave Futura iban moviéndose automáticamente, en pos nuestro. Cuando alcanzáramos el límite de la visibilidad, recibiríamos un aviso desde la nave, a través de nuestros receptores.</p> <p>No seguiríamos adelante en ese instante. No de momento. Había que ser prudente, muy prudente, en la primera toma de contacto con Zeen.</p> <p>No me hubiera gustado recorrer setenta y cinco mil años-luz en seis meses terrestres, gracias a la energía iónica y las aceleraciones ultralumínicas de la energía Gamma, para ir a morir estúpidamente en la visita a un mundo desconocido.</p> <p>Pero esas mismas prevenciones y prudencia hubieron de tener los tripulantes de la nave Dragón. Yo conocía a su comandante. Heynkel era un buen astronauta, un hombre inteligente y sensato. No comprendía un error en él. Y eso me obligaba a ser más prudente.</p> <p>—El robot marcha normalmente —me señaló Von Klein—. Todo parece en orden, señor.</p> <p>—No se fíen de las apariencias —avisé secamente—. Lo mejor es desconfiar de todo.</p> <p>—Sí, señor —Von Klein estudió la frondosidad que nos rodeaba, el sol azul y resplandeciente en el cielo, pavonado como una fría lámina de acero pulimentado.</p> <p>Yo también examinaba aquel sorprendente mundo que nos rodeaba. Un mundo realmente exuberante, de una singular vegetación, cuyo verdor difería del conocido en la campiña terrestre, y que a veces llegaba a diluirse en un juego asombroso de tonos dorados y hasta purpúreos. Flores azuladas y plateadas crecían en aquellas frondas naturales, como en un vergel mítico.</p> <p>La temperatura media del planeta, en aquella zona, según nuestros detectores climatológicos, era de unos setenta y cinco grados Fahrenheit, lo cual daba una idea aproximada de la benignidad de su clima. Existían casquetes polares, según los científicos, pero su masa de hielo era reducidísima, y las temperaturas en esas zonas no descendían, probablemente, de los cero grados Fahrenheit, unos diecisiete bajo cero centígrados, lo cual para una región polar era realmente poco crudo.</p> <p>La atmósfera era respirable, aunque no nos habíamos despojado de nuestros cascos plásticos herméticos, por una precaución elemental. Nuestros instrumentos aplicados a las ropas espaciales acusaban una capacidad de oxígeno casi ideal para unos pulmones terrestres. Desde luego, era un aire puro, límpido, sin contaminaciones ni elementos irrespirables o molestos.</p> <p>En suma: estábamos pisando un mundo aparentemente bello y acogedor, hospitalario y radiante, sin peligro alguno en sus condiciones de vida... al menos por el momento.</p> <p>Pero yo no me fiaba. No podía fiarme. En otro lugar, en otra zona de aquel mundo misterioso e ignorado todavía, una segunda tripulación humana, con su nave, había dejado de comunicar con la Tierra incluso por la línea de emergencia. Nuestros satélites de observación situados en la Vía Láctea no habían detectado presencia alguna sobre la superficie del planeta Zeen. Ni siquiera la existencia de la nave Dragón. ¿Qué había podido suceder con todos ellos?</p> <p>Es lo que habíamos venido a descubrir, i no nos marcharíamos sin saberlo. Si es que podíamos marcharnos de allí.</p> <p>—El robot... —dijo de pronto Kelly—. Mire, señor. Ocurre algo...</p> <p>Miré al robot. Era cierto. Me puse en guardia. Ellos también.</p> <p>La normalidad había sufrido una alteración. Muy leve. Pero esa alteración existía.</p> <p>—Quietos —avisé. Y detuve al robot por medio del control manual, aunque él pretendía seguir adelante, guiado por sus circuitos.</p> <p>Nos detuvimos. Permanecimos silenciosos. Alrededor nuestro, también la hermosa jungla era silenciosa. Demasiado silenciosa, pensé de repente.</p> <p>—¿Es que no hay aves aquí? —murmuré—. ¿No hay vida en la selva?</p> <p>—No se oyen sonidos, es cierto —admitió Von Klein, ceñudo—. Pero sabíamos que aquí no había vida, ¿no es cierto?</p> <p>—Se referían sólo a vida inteligente, amigo mío —suspiré.</p> <p>Callamos de nuevo. Contemplé al robot, la figura metálica, insensible pero eficiente, inmóvil ante nosotros!. Nuestro cibernético explorador parecía esperar también algo. Pero él no sufría emociones ni temores.</p> <p>La espera se prolongó unos minutos. No sucedía nada. Sin embargo, el robot había hecho una señal inconfundible poco antes. Esta señal consistió en un leve movimiento de su brazo mecánico. Y un parpadeo rojo de la luz de su cabeza de acero plastificado.</p> <p>Eso significaba la presencia de un peligro. Fuese cual fuese, estaba allí, muy cerca de nosotros. De otro modo nuestro robot no hubiera acusado anomalía alguna.</p> <p>Comuniqué con la nave, utilizando mi micrófono adherido a la escafandra de materia plástica.</p> <p>—Aquí el comandante —dije escuetamente—. Ocurre algo. No sabemos aún lo que ello pueda ser, pero Rob ha detectado alguna anomalía que puede ser peligrosa para nosotros. Estamos a la expectativa. Preparen todo a bordo, por si acaso ocurre algo grave.</p> <p>—Entendido, señor —afirmó la voz de nuestro segundo piloto, Polnosky—. Todo a punto. Procederemos a ampliar imagen de su posición actual, y haremos funcionar los detectores a distancia. Si captamos algo, se lo diremos inmediatamente. La cámara móvil captará imágenes de toda esta zona, con la mayor rapidez posible. No se preocupen por nada. Caso de ataque, les envolveremos en un cerco magnético de protección.</p> <p>—Muy bien, Polnosky —suspiré—. Pero si no hay vida en este mundo, ¿de qué o de quién puede proceder ese hipotético ataque?</p> <p>Mi piloto no contestó a esto. Evidentemente estaba tan desorientado como todos nosotros.</p> <p>Miré a Rob, nuestro robot. Todos lo conocíamos con ese nombre familiar. Era para todos como uno más de la expedición. Incluso olvidábamos a veces que era sólo producto de una técnica, de una serie de circuitos y de una «memoria» y una programación puramente electrónica. Sí, Rob era para todos algo más que eso; un amigo creo yo. Y en estos momentos, confiábamos mucho en ese amigo, ya que él era quien debía guiarnos en territorio desconocido, y quien estaba programado para advertirnos de cualquier clase de posible peligro, aunque fuese de una naturaleza desconocida para nosotros.</p> <p>Rob seguía alerta. De repente, su luz roja parpadeó de nuevo. Vivamente. Por tres veces. Eso significaba algo. Von Klein, Kelly y yo cambiamos una mirada rápida, preocupada.</p> <p>—Y ahora..., ¿qué sucederá, señor? —quiso saber el alemán.</p> <p>Yo hubiera querido responderle. Pero sabía tanto como él mismo. En suma: nada de nada. Pero temía algo. Y cuando tengo miedo a alguna cosa, prefiero saber qué clase de riesgo existe.</p> <p>—Se nota algo... —murmuró Kelly, pensativo. Pareció estremecerse—. Es..., es como si de repente se levantara frío aquí...</p> <p>Frío.</p> <p>Era cierto. Yo mismo empezaba a notarlo. Como un soplo de brisa o de helado viento suave. Pulsé una tecla de mi pequeño computador climático del misterioso planeta Zeen. Era una pregunta sobre existencia de brisas o vientos y su posible origen.</p> <p>El computador dio su respuesta inmediata en la diminuta pantalla fluorescente, con pequeñas letras verdes.</p> <p>«NEGATIVO. EN ZEEN NO HAY BRISA NI VIENTO.»</p> <p>Parpadeé, mostrando la respuesta a mis compañeros. Ellos dirigieron de modo instintivo su mano al arma reglamentaria que todos llevábamos. Les detuve con un vivo gesto.</p> <p>—¡No, esperad! —avisé vivamente—. No sabemos aún lo que puede ser... Nuestra misión no es mostramos agresivos con nadie, si es que existe alguien aquí.</p> <p>—Rob ha avisado sobre la existencia de un posible peligro... —me recordó Kelly.</p> <p>—Rob es solamente una máquina, aunque bastante perfecta —sonreí—. Puede equivocarse en ciertas cosas. Algo que él desconoce y se aproxima subrepticiamente puede ser confundido con una amenaza o un peligro. Vale más esperar a saber qué es lo que sucede realmente. Estamos en un mundo extraño y debemos evitar agresiones inútiles que podrían ser no sólo funestas para nosotros, sino perjudiciales para las futuras misiones terrestres, aquí y en otros lugares.</p> <p>—Sí, entiendo —afirmó Kelly—. Creo que hace falta serenidad, sobre todo.</p> <p>—Exacto —convine—. Serenidad sobre todas las cosas.</p> <p>El frío había aumentado súbitamente. Miré mi indicador climático. La temperatura ambiente estaba ahora en ocho grados. Era un notable descenso. No podía entender la causa. En aquel cielo no existían nubes. No ahora, cuando menos.</p> <p>Tuve repentina noción de algo raro. Inquietante. Giré la cabeza hacia la espesura púrpura. No vi nada. Pero la hojarasca se movía levemente. Y estuve seguro de que no eran la brisa ni el frío extraño reinante los que provocaban ese fenómeno.</p> <p>—Es más, tuve la inquietante certeza de que unos ojos me habían contemplado desde allá detrás. Alguien dotado de vida, aunque no sabía qué clase o forma de vida nos vigilaba.</p> <p>Pero de algo estuve repentinamente seguro: había vida allí.</p> <p>¿Qué clase de vida?</p> <p>Eso no podía saberlo. Ninguno podíamos saberlo. Y tal vez nunca lo supiéramos, para nuestro bien.</p> <p>¿O... sí?</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo II</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">N</style>O había nadie.</p> <p>Ni huella de persona o ser viviente alguno. Acabábamos de comprobarlo con toda certeza. Tras los matorrales purpúreos, la búsqueda había dado resultado totalmente negativo. Nuestros detectores se mantuvieron sin reacción alguna. Ni radiaciones ni señales de existencia viviente. Y eso que estaban hechos para captarlas. Por tanto, debíamos fiarnos de sus respuestas.</p> <p>—Nada... —susurré, sorprendido. Miré a Kelly y a Von Klein—. Es raro, pero estaba bien seguro de que aquí hubo algo vivo, ya fuese inteligente o simplemente irracional. Sentí realmente esos ojos clavados en mí..., si es que eran ojos, claro.</p> <p>—Pudo ser sólo una impresión, señor —aventuró Von Klein.</p> <p>—Claro que pudo serlo —admití—. Pero estoy convencido de que no.</p> <p>Hubo un silencio entre nosotros. Y allí, en Zeen, los silencios eran más silencio, evidentemente. Creo que, durante un minuto, no supimos qué decir ninguno de nosotros tres.</p> <p>Luego fue Kelly quien comentó algo, con tono preocupado:</p> <p>—Sin embargo, el robot no puede equivocarse. El nunca se equivoca. Un ser humano comete errores. Una máquina...</p> <p>Dejó la frase en el aire. Pero todos sabíamos lo que quería decir, y en el fondo, estábamos de acuerdo con él. A fin de cuentas, Rob era un robot creado especialmente para detectar peligros, para captar algo indefinible que supone una amenaza para el nombre. No actuaba por instinto. Sus circuitos estaban programados para hacer lo que hacía. Y se debía suponer que lo hacía bien.</p> <p>—Es posible que, durante un momento, hubiese ahí alguna forma de vida, acechándonos —admití, pensativo—. Pero ahora, fuese lo que fuese, ya no está aquí... A menos que sea invisible.</p> <p>—Invisible... —se estremeció Von Klein. Me miró aprensivo. ¿Y por qué</p> <p>no? Después de todo, éste es otro mundo, puede haber otras formas de vida, otras dimensiones, no perceptibles para el ojo humano, señor.</p> <p>—Perdemos el tiempo divagando y tratando de hacer deducciones a ciegas —corté con aspereza—. Sigamos, si Rob lo considera prudente.</p> <p>Le envié un impulso electrónico de actividad. Entendió la orden. Su mente cibernética reaccionaba con rara agudeza a todas las cuestiones. Para nosotros, Rob era algo más que un robot, tras llevarlo en nuestra compañía durante tanto tiempo. Era un amigo. Un verdadero amigo... de metal y de circuitos electrónicos. Pero un amigo, pese a todo.</p> <p>Sin embargo, reaccionó negativamente. La luz roja de alarma brilló de nuevo, parpadeando con rapidez. Era un indicio claro de peligro. Luego emitió un sonido metálico, un leve zumbido, que formaba palabras cortas, pero inteligibles:</p> <p>—No. Peligro. Seguir es un riesgo. No conviene. Hay peligro.</p> <p>—¿Cerca? —quiso saber Kelly, ceñudo.</p> <p>Pero Rob, el robot, no contestaba a preguntas formuladas de viva voz, si no iban acompañadas por sus correspondientes impulsos electrónicos, desde nuestro control individual. Así lo hizo Kelly, repitiendo la pregunta. Rob contestó esta vez:</p> <p>—Cerca. Lejos. En todas partes.</p> <p>Me estremecí ahora. Cambié una mirada rápida y preocupada con mis compañeros. Aquello era alarmante. Rob no cometía errores así. Estaba seguro de lo que decía. Captaba esa presencia invisible...</p> <p>—Vamos —ordené abruptamente—. Regresemos a la nave. Es una orden.</p> <p>Kelly y Von Klein me siguieron con rapidez. Rob giró sobre sus rodantes pies de metal, con celeridad sorprendente, abriendo camino ahora hacia la nave. Fue un retroceso ordenado pero veloz. Una auténtica retirada.</p> <p>Llegamos a la nave sin problemas. Desde el interior se accionó la entrada a Futura, y en breve nos encontramos con los demás compañeros de viaje espacial. Todos nos contemplaban entre sorprendidos y desorientados. Especialmente Iván Polnosky, el oficial al cargo de la nave cuando Von Klein y yo nos encontrábamos ausentes. La doctora Velda Lañe, diplomada en Medicina Espacial, se limitó a estudiarnos desde su mesa de trabajo, con gesto levemente preocupado.</p> <p>—¿Ocurre algo, señor? —quiso saber Polnosky, con cierto nerviosismo en su tono.</p> <p>—Eso quisiera yo saber —resoplé—. Lo cierto es que no hemos visto nada ni a nadie. Pero...</p> <p>—Captamos las emisiones de Rob —afirmó Doc Ein-kers, nuestro cirujano—. Parece que detectaba peligro.</p> <p>—Sí, pero, ¿qué clase de peligro? —me encogí de hombros—. No vimos a nadie. Absolutamente a nadie, amigo mío. Pero todos tuvimos la impresión de que éramos observados, vigilados.</p> <p>—Tal vez un simple estado nervioso —señaló fríamente la doctora Lañe—. Puede producirse, al pisar un mundo desconocido. Lo extraño es que una simple máquina lo acuse. No creo que Rob posea nervios...</p> <p>—Yo tampoco —dijo Kelly—. Creo que sería preferible utilizar nuestra pequeña nave exploradora. Cuando menos, lleva armas, podemos defendernos...</p> <p>—Es un procedimiento de doble filo —avisé—. Recordad que estamos aquí para tratar de localizar a nuestros camaradas de la anterior expedición, y rescatarlos si ello es posible, regresando todos a la Tierra. No podemos mostrar violencia u hostilidad contra ningún mundo habitado. Esto iría contra todas las leyes interplanetarias establecidas.</p> <p>—¿Y si son ellos los que nos atacan a nosotros?</p> <p>—¿Ellos? —Doc Einkens puso un gesto de escepticismo—. Ni siquiera han visto a nadie, ¿no es cierto?</p> <p>—Así es —se vio obligado a admitir Kelly—. Pero eso no significa que no existan. Por alguna razón reaccionaron los circuitos de Rob, supongo.</p> <p>—Existen otra clase de peligros que no han de ser, necesariamente, seres inteligentes o posibles comunidades similares a las nuestras —anunció la doctora Lañe con frialdad—. ¿No se les ha ocurrido pensar en..., en una atmósfera nociva, una nube de radiación, un vegetal venenoso o un virus cualquiera? Rob tiene tan sensibilizados sus sistemas detectores, que acusaría inmediatamente una de esas posibilidades.</p> <p>—Notamos frío de repente —tercié en la conversación.</p> <p>—¿Frío? —se extrañó Doc Einkers—. ¿Hay brisas en Zeen?</p> <p>—Respuesta negativa, Doc —suspiré—. Por tanto, algo provocó ese descenso brusco de temperatura. Era... era un frío raro. Hubiera jurado que no venía de ninguna parte, en concreto. Pero lograba incluso atravesar las capas térmicas de nuestro traje espacial.</p> <p>—Quizá ahí esté el peligro —señaló la doctora Lañe pensativa—. Una forma de radiación climática, pongamos por ejemplo. Puede ser nociva para el ser humano, y Rob la captó.</p> <p>—Además..., estuvimos seguros de que alguien nos contemplaba —avisó Von Klein, ceñudo—. ¿Eso es también una radiación, doctora?</p> <p>—Algo más simple —rió ella suavemente—. Psicosis colectiva. Miedo instintivo a lo desconocido.</p> <p>—Miedo... —refunfuñó Kelly, irritado—. Eso es insultante, doctora.</p> <p>—¿Por qué motivo? Todo ser humano puede sentir miedo. No es; nada insólito, y menos en un planeta desconocido, amigo mío. Supongo que yo también lo sentiría, fuera de esta nave.</p> <p>—Ya basta de discusiones —corté secamente—. Vamos a utilizar el Mosquito.</p> <p>En realidad, no tenía nombre. Ni ése, ni ningún otro. Solamente unas siglas y cifras en su pequeño fuselaje: FKH-115. Para todos nosotros, el FKH-115, era Mosquito. Hasta ahora, no había sido preciso utilizarlo. Quizá nos fuera útil en Zeen.</p> <p>Acudimos a la cámara donde se hallaba acoplado, como si la nave Futura fuese su nodriza. Y, de hecho, así era. Mosquito tenía un escaso radio de acción. No podía alejarse mucho de la nave espacial, pero su tamaño, su facilidad de maniobra y el hecho de ir equipado con instrumentos especiales para detectar y examinar cuantos lugares recorriese, así como poseer un liviano y eficaz armamento defensivo, convertían en una ayuda inapreciable para explorar fuera de la nave con un riesgo mínimo.</p> <p>—Sólo caben tres viajeros en la nave satélite —avisé—. A ti, Kelly, te</p> <p>necesito a bordo del Futura, por cualquier emergencia en que nos fuera precisa ayuda. Iremos Luther, yo y otra persona menos necesaria a bordo por el momento.</p> <p>—Quisiera ir yo, señor.</p> <p>La miré, pensativo. No esperaba su ofrecimiento. Kelly enarcó las cejas, sorprendido. Velda Lañe, doctora en Medicina Espacial, se incorporó, majestuosamente casi, y me contempló con decisión.</p> <p>Estudié su figura arrogante, alta y esbelta, bien formada, ligeramente atlética pero armoniosa y femenina, aun dentro del antiestético atavío espacial. En nuestra tripulación no había lugar para discriminaciones de sexo. Hombres y mujeres arrostraban la conquista del espacio con igualdad de derechos y obligaciones desde hacía muchos años. Nuestra propia tripulación poseía dos mujeres entre los diez tripulantes de la nave Futura: la doctora Lañe, e Ingrid Hoffman, especialista en Cibernética.</p> <p>—Muy bien —dije—. ¿Algún motivo especial para ofrecerse?</p> <p>—Ninguno en particular. Me seduce lo desconocido, señor. Y quisiera saber, realmente, qué se siente cuando se enfrenta una a un peligro ignorado hasta entonces. No quiero que nadie piense que acuso de cobardía o de miedo a los demás, sólo porque yo no corra sus mismos riesgos.</p> <p>—No es una razón válida, doctora. Pero vendrá con nosotros.</p> <p>—Gracias, comandante.</p> <p>Partimos hacia el compartimiento superior del Futura. Allí estaba situado Mosquito, con su forma ovoide. Poseía una plaza para su conductor y dos atrás. Una para un tripulante que manejara las armas de a bordo, y otra para los dispositivos electrónicos de contacto con la nave nodriza, así como las comunicaciones.</p> <p>Velda Lañe se ocupó de esto, en tanto Von Klein tomaba los mandos de los ligeros cañones de proyectiles energéticos. Yo me senté a los mandos de la pequeña nave.</p> <p>Puse en marcha su pequeño sistema propulsor independiente. Arrancamos, despegándonos de la nave Futura. Poco después, sobrevolábamos la propia nave, en elipse, para planear silenciosamente sobre la extraña jungla de Zeen.</p> <p>Una de nuestras pantallas de televisión mostraba el interior de la nave nodriza, en permanente contacto con nuestros compañeros. La otra, el espacio de terreno que recorríamos en estos momentos, sobre un vidrio fluorescente, cuadriculado y graduado, para situar en cualquier momento, con precisión absoluta, la más leve anomalía observada desde nuestro lugar de observación.</p> <p>Pronto alcanzaremos el punto exacto donde habíamos dado marcha atrás. Nuestra propia visual y la de la cámara exterior de TV coincidieron en lo que captaban: no se veía nada, absolutamente nada. Y, por supuesto, tampoco se veía a nadie.</p> <p>Echábamos de menos ahora la presencia de Rob, por si él podía detectar el peligro aun desde las alturas, pero el robot amigo no tenía sitio material en el Mosquito. Tendríamos que conformarnos con los elementos que esta pequeña nave poseía por sí misma, para detectar un posible peligro.</p> <p>Sobrevolamos una amplia extensión de floresta. La arboleda era rara, de lacios ramajes, que en cierto modo recordaban a los sauces llorones de nuestro mundo, y el suelo, a medida que avanzábamos, alejándonos del Futura, se hacía más y más pantanoso, hasta que apareció ante nuestros ojos una charca amarillenta, fangosa, rodeada de arbustos plateados, entre los que destacaban las salpicaduras brillantes de una flora policromada y singular.</p> <p>La charca quedó atrás y seguimos sobrevolando aquel suelo virginal, misterioso y bellísimo, desde donde se recibiera el último mensaje de nuestros compañeros de la nave Dragón antes de hacerse el silencio total, el que nos había llevado precisamente a aquel lugar.</p> <p>De repente, lo vi.</p> <p>Creo que Von Klein lo descubrió al mismo tiempo que yo, porque oí su exclamación. Y sólo un momento después, la voz de la doctora Lañe confirmó lo que ambos habíamos advertido en la espesura:</p> <p>—¡Miren! —exclamó—. ¡El Dragón!</p> <p>Era cierto. Aquélla era la nave. La primera nave terrestre llegada a Zeen. El hallazgo era importante. Emotivo. Sentí un raro hormigueo en mis venas. Informé escuetamente, a través del contacto radial con la Futura.</p> <p>—Hemos localizado la nave Dragón. Parece intacta, en posición normal, como si pudiese despegar en cualquier momento. Situación exacta sobre los cuadrantes de pantalla: once, punto siete, por cinco, punto tres. Traten de comunicar utilizando su frecuencia de onda. Yo lo intentaré también desde aquí, antes de aproximarme definitivamente a la nave. Si no tienen averiado el sistema de comunicaciones, responderán en alguna forma. En caso contrario, el Mosquito se acercará para investigar. Mantengan contacto permanente con nosotros. Es todo.</p> <p>—Enterado, comandante —dijo la voz de Kelly, serenamente, a través de los auriculares—. Seguiremos instrucciones. Esperen informe de la cabina de comunicación. Tosho Hakawa se encarga ahora de las transmisiones. Ingrid Hoffman trata de establecer contacto visual por medio de nuestro circuito especial de televisión de nave a nave, pero en vano hasta ahora.</p> <p>Asentí, sin cerrar la conexión. Mis ojos estudiaban la nave Dragón, rígida como un obelisco de acero y plástico antitérmico, erguida, vertical en medio de un claro circular, entre la espesura. Todo parecía tranquilo en derredor. Dentro, era imposible saberlo, sin el contacto visual que nuestra cibernética experta, Ingrid Hoffman, intentaba desde la nave Futura. Por el momento, nada acusaba que los intentos tuvieran éxito.</p> <p>Amplié la imagen visual exterior en la pantalla fluorescente. Aproximé así la imagen de la nave Dragón, hasta poder estudiarla minuciosamente. Los detectores de radiaciones trabajaban ya a toda presión. Sobre una banda electrónica luminosa, se deslizó un mensaje en letras fluorescentes:</p> <p>«RADIACIONES: NEGATIVO. CONTACTO POR RADIO O TV: NULO.»</p> <p>De modo que no había peligro de radiaciones. Pero tampoco nada positivo en los contactos de comunicación. A mi espalda, Velda Lañe hizo un comentario, con su mirada fija en la ampliada imagen de la televisión:</p> <p>—No parece suceder nada. La nave está intacta, la puerta cerrada herméticamente, pero..., ¿y ellos? ¿Qué ocurre con sus ocupantes, señor?</p> <p>Me encogí de hombros, sin desviar mi mirada del exterior. Ya sobrevolábamos los límites del clavo. Todo continuaba igual allá abajo.</p> <p>—Me gustaría saberlo, doctora Lañe —manifesté—. Esperemos resolver pronto el misterio...</p> <p>Decididamente, la exactitud presidía toda acción espacial. Habían logrado situarnos en un punto de Zeen muy próximo a aquel otro donde nuestros compañeros se posaran, tiempo atrás, tal y como nos habían advertido sucedería. Pero ahí terminaba toda exactitud. Lo demás dependía de nosotros. El factor humano entraba en juego.</p> <p>—Nadie asoma a las ventanas del Dragón —señaló Von Klein, ceñudo—. Eso significa que, o no hay nadie ahí dentro..., o no están en situación de asomar. Lo cual podría ser síntoma de que algo grave sucede, señor.</p> <p>—Lo sé —asentí gravemente—. Puesto que no hay contacto con los tripulantes..., vamos a acercarnos a la nave. Luego descenderemos, e intentaré entrar, a ver qué sucede.</p> <p>—Eso puede ser muy peligroso —me avisó Velda Lañe.</p> <p>—No importa —rechacé—. Es preciso hacerlo, doctora. Hay que salir de dudas cuanto antes. Hemos venido a rescatar a nuestros camaradas. Y, si existe una sola posibilidad de lograrlo, la buscaremos.</p> <p>—Lo entiendo, comandante —habló Von Klein—. Es preciso olvidarse del peligro en determinados momentos. Y éste es uno de ellos. Si hace falta, iré con usted.</p> <p>—No —terció la doctora Lañe—. Iré yo, señor..., siempre que usted acepte mi compañía. Luther von Klein puede ser mucho más necesario aquí, si nos ocurriese algo a nosotros. El puede ocuparse del Mosquito... y regresar sano y salvo a la nave Futura,</p> <p>—Es usted muy valerosa, doctora Lañe —ponderé—. Conforme. Si hemos de descender, lo haremos ambos</p> <p>y—</p> <p>No terminé la frase. Súbitamente, vi el fogonazo en uno de los orificios del fuselaje del Dragón, correspondiente a uno de sus cañones. No sé cómo fui capaz de hacerlo, de reaccionar sobre la marcha con tal rapidez, pero afortunadamente para todos, lo logré.</p> <p>Desvié la pequeña nave, justamente cuando el impacto iba a darnos alcance. Creo que, de no haberlo hecho así, hubiéramos resultado destrozados, porque el proyectil de energía térmica pasó silbante, como un centelleo de muerte, junto al fuselaje del Mosquito.</p> <p>Aun impidiendo el terrible impacto, sentí el zarandeo brutal a que éramos sometidos, por el simple roce cercano del proyectil térmico, capaz de derretir el metal y destruir por medio de una oleada de calor violentísimo todos los mecanismos de a bordo. Y a nosotros con ellos.</p> <p>—¿Qué significa...? —comenzó, angustiada, la doctora Lañe.</p> <p>—¡Por todos los diablos! —rugió enfurecido Von Klein—. ¿Cómo se les ocurre semejante cosa? ¡Ellos conocen esta clase de pequeñas naves, saben que somos humanos, terrestres...!</p> <p>No le respondí. Estaba ocupado en eludir otra llamarada mortífera dirigida contra nosotros desde el interior del Dragón. Esta vez, la maniobra de nuestro vehículo fue tan amplia y violenta, que ni siquiera nos rozó su descarga.</p> <p>Sin embargo, alguien muy astuto manejaba las armas agresivas de la otra nave terrestre. Porque de súbito, sentí que éramos alcanzados. Otro de los cañones había hecho fuego sobre nosotros, presintiendo la clase de maniobra que haríamos. Y había acertado de lleno esta vez.</p> <p>Maldije furiosamente entre dientes cuando bailoteó nuestro Mosquito, al tiempo que un fuerte hedor a metal chamuscado se extendía por doquier.</p> <p>Nuestros rostros se cubrieron de transpiración, mientras yo luchaba desesperadamente con los mandos, procurando mantener el precario equilibrio, sin desplomarnos fatalmente al suelo fangoso de allá abajo.</p> <p>—¡Nos han dado! —exclamé, enfurecido—. ¿Qué es lo que está sucediendo allá abajo, maldita sea?</p> <p>Von Klein rezongó algo en su alemán nativo, y empezó a disparar como un poseso. Su blanco era, naturalmente, la nave Dragón. Y yo no podía objetar nada ni censurarle cosa alguna. A fin de cuentas, éramos nosotros los atacados, estábamos dañados seriamente, y si no se hacía algo por evitarlo, quizá terminaran acribillándonos despiadadamente.</p> <p>Al tiempo que Luther apretaba los resortes de disparo y balas trazadoras, de carga explosiva, penetraban por las ventanas de la nave o estallaban en su fuselaje, abriéndole boquetes, yo descendí con el Mosquito. Los mandos respondían. Sufríamos averías serias, pero era mejor posarse en el claro y averiguar lo sucedido, con todos sus riesgos, a mantenernos en el aire.</p> <p>Cosa extraña: tras los disparos furiosos de Von Klein, se hizo abajo el silencio. Ya no disparó nadie contra nosotros. De nuevo el Dragón permanecía silencioso, como abandonado y sin vida a bordo. Y, sin embargo, sólo unos minutos antes nos había atacado con las peores intenciones...</p> <p>Me posé suavemente a muy escasa distancia de la nave Dragón. La miré, pensativo. La doctora Lañe estaba pálida, pero serena. Von Klein era la viva imagen de la ira. Estaba tomando armas manuales para repartirlas entre nosotros antes de explorar el exterior.</p> <p>—Tenemos averías serias... —señalé—. Pero quizá podamos regresar deslizándonos por el suelo y flotando sobre la charca que vimos, hasta alcanzar de nuevo la nave Futura. No me atrevo a remontar el vuelo; podrían volver a dispararnos.</p> <p>—Conforme, señor —asintió Luther. Me tendió una pistola eléctrica—. Tome, será mejor ir prevenidos, por si ocurre algo peor.</p> <p>Asentí. Miré a la doctora Lañe.</p> <p>—No creo que ahora deba usted arriesgarse —dije—. Es mejor que vaya solo o que Luther me acompañe...</p> <p>—Nada ha cambiado, señor —mantuvo ella con serenidad—. Quiero ir. Por favor...</p> <p>—Está bien, vamos allá —resoplé—. Y recuerde esto: no dispare, en tanto no advierta algo realmente agresivo en quien encontremos ahí. Pero cuando use su arma, hágalo también sin vacilar...</p> <p>—Lo tendré en cuenta, señor —aseveró ella con firmeza—. No le fallaré, esté seguro.</p> <p>—Lo estoy —afirmé—. De otro modo, no vendría usted ahora conmigo,</p> <p>doctora Lañe. Vamos ya. Usted, Von Klein, ya sabe lo que ha de hacer si ocurre algo en nuestra ausencia.</p> <p>—Sí, señor —aseguró el alemán—. Lo sé muy bien...</p> <p>Salimos del Mosquito. Echamos a andar hacia la nave Dragón. De un momento a otro podía surgir el rayo mortífero que nos aniquilara. Después de la experiencia previa, todo era posible.</p> <p>—Procuremos caminar separados uno de otro —avisé a Velda Lañe por el intercomunicador—. Seremos más difíciles de alcanzar a la vez. En cuanto note que nos atacan, arrójese al suelo, lo más lejos posible de mí.</p> <p>—Atacarnos, ¿por qué? Ya han debido advertir que somos humanos, terrestres como ellos...</p> <p>—Suponiendo que sean terrestres los que estén ahí dentro —objeté.</p> <p>Ella me miró, sobresaltada.</p> <p>—¿Qué quiere decir, comandante? —preguntó, inquieta.</p> <p>—Aún no lo sé. Pero me temo algo feo... El comandante Lou Heynkel, jefe de esa expedición, es un veterano del espacio. Somos buenos amigos. Lo fuimos siempre. Si él vive, no puede cometer un error así, doctora..., a menos que esté rematadamente loco.</p> <p>Ella no comentó nada. Seguimos caminando. Al llegar ante la nave, cambiamos una mirada expectante. Señalé la puerta herméticamente ajustada de la nave.</p> <p>—Hay que entrar —dije.</p> <p>—Sí, pero, ¿cómo?</p> <p>—Tengo el medio. Los de la Organización Mundial de Astronáutica, pensaron en una posibilidad así. Ellos al parecer, siempre piensan en todo... Llevo un ingenio que desconecta toda clase de sistemas de cierre magnético. Vamos a ver si eso es cierto, doctora Lañe.</p> <p>Extraje una especie de cilindro metálico, que apuntó hacía la puerta de la astronave, sujeto firmemente por mis dedos. Accioné un resorte. Una luz invisible se proyectó sobre las cerraduras de seguridad de la nave Dragón.</p> <p>Hubo un chasquido en alguna parte. La hoja metálica cedió suave, silenciosamente, deslizándose sin ruido tras el panel del fuselaje metálico.</p> <p>No ocurrió nada a bordo. Como si sus hipnóticos tripulantes no escucharan nada de nada.</p> <p>Descendió automáticamente una escala, que se accionaba al abrirse la puerta. Comencé a subir, con la doctora Lañe detrás de mí, sin una vacilación.</p> <p>Asomamos al hueco interior, oscuro y silencioso. Contemplamos el interior de la astronave que habíamos ido a rescatar.</p> <p>No había nadie a bordo.</p> <p>Por lo menos, nadie que estuviese vivo...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo III</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">N</style>ADIE. Nadie vivo.</p> <p>La doctora y yo contemplamos la escena con auténtico asombro. Nuestros ojos recorrieron cada detalle interior de la amplia cámara de controles de a bordo.</p> <p>Era como si nada anormal hubiera sucedido en la nave Dragan. Nada violento. Nada fuera de lo rutinario.</p> <p>Y, sin embargo...</p> <p>Sin embargo, hacía frío allí. Un extraño frío glacial, que calaba hasta los huesos, traspasando incluso la protección térmica de nuestras indumentarias espaciales.</p> <p>El mismo frío de antes. El frío que yo sintiera ya una vez... Sólo que ahora parecía más intenso. Y, además, la acompañaba un raro hedor, un fuerte olor a algo repugnante, como putrefacto.</p> <p>La doctora notaba las mismas sensaciones que yo. La vi mirar en torno, como buscando la razón de todo aquello. Quizá la presencia de cadáveres humanos, en estado de descomposición, explicara aquella hediondez.</p> <p>Pero no había cadáveres. No había nada ni nadie. Sólo una especie de mancha amplia, o charco viscoso, sobre el suelo de la cámara, de un color cristalino levemente azulado.</p> <p>Di unos pasos por la nave desierta. Súbitamente, vi el cuerpo. O lo que quedaba de él.</p> <p>Estaba sentado. Reclinado en un asiento de la cabina electrónica. Pero ya era solamente un esqueleto. Sin carne, sin piel..., sin ropas. Sólo el esqueleto de un ser humano, de alguien a quien, sin duda, la muerte sorprendió en ese lugar y en esa posición.</p> <p>Pero, ¿qué clase de muerte? ¿Cuándo...?</p> <p>Me incliné sobre la figura macabra. Sus manos se apoyaban en uno de los tableros, como queriendo presionar alguno de los botones de los teclados allí existentes. Los más cercanos a sus dedos huesudos eran los de «alarma» y «llamada de emergencia». Ninguno de ellos debió funcionar. Y si lo hizo, no sirvió de nada.</p> <p>La muerte, la muerte de aquel extraño planeta silencioso, se había abatido sobre él, implacablemente. La llamada de alerta, la emergencia transmitida por vía espacial, jamás llegó a la Tierra. La suerte de aquel hombre era un misterio, fuese quien fuese. Y también la de los demás ocupantes de la nave. Porque no había ninguno más a bordo.</p> <p>Mientras la doctora Lañe comprobaba ese punto, yo me dediqué a examinar la esquelética figura. Descubrí la pulsera de metal, con la placa de plata. Leí un nombre y unas cifras inscritos en el metal.</p> <p>RALPH STACEY — 1.043</p> <p>Lancé una imprecación. Contemplé, demudado, aquel rostro huesudo, descarnado, de negras cuencas y risa eterna, petrificada, sin labios.</p> <p>—¡Ralph Stacey...! —susurré—. Dios mío, el buen Ralph... Astronauta con el número de Código 1.043... Es él, no hay duda. Es decir..., fue él...</p> <p>Y le contemplé larga, pensativamente, con auténtico estupor. Con dolor también. Y, ¿por qué no decirlo?..., con miedo.</p> <p>Miedo a algo que no entendía. Pero que estaba allí, cerca de nosotros, en un mundo aparentemente vacío y silencioso. Algo que significaba la muerte, el fin délo humano...</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p>La doctora Lañe se mostró tan impresionada como yo cuando regresó a la cabina de controles. Sus primeras palabras, antes de fijarse en ¡a presencia del esqueleto, fueron desalentadoras:</p> <p>—Nadie, señor. No hay nadie a bordo... Tampoco han dejado mensaje alguno.</p> <p>La miré. Luego mostré el cuerpo huesudo. Se quedó rígida, sobresaltando el gesto. Pero ni un grito, ni un detalle de histerismo alteró su natural sereno y frío. Era una mujer admirable. Especialmente, en circunstancias difíciles. Y</p> <p>ésta no había duda de que lo era. Quizá más de lo que parecía.</p> <p>—¿Qué..., qué ha podido ocurrir, señor? —fue su única interrogante, tras examinar la placa de identificación, exacta a las que todos llevábamos en nuestras muñecas, para caso de necesidad.</p> <p>—No tengo la menor idea. Pudo ser un virus de este planeta el que penetró, matando a Stacey, pero ignoro el proceso hasta convertirse en un puro y simple esqueleto, sin señal alguna de sus ropas ni de sus tejidos y cabellos. Hace falta mucho tiempo para que un cuerpo humano se quede convertido en algo así, a menos que haya sido sometido a la acción de un corrosivo muy potente.</p> <p>—Pero..., ¿qué fue de todos los demás? Eran diez de tripulación, como nosotros..., y sólo hemos encontrado unos restos humanos, señor...</p> <p>—Tal vez algo se abatió sobre esta nave y todos lograron huir, excepto Stacey —me encogí de hombros, pensativo—. Es sólo una teoría, doctora Lañe, nada concreto ni basado en evidencias. Sé tanto como usted, la verdad.</p> <p>—Sí, entiendo —su mirada recorrió toda la cabina, para terminar fijándose en las huellas de aquella materia viscosa, adherida al suelo. Se acercó, mirándola más de cerca. Yo vigilaba en torno, desconfiado, sin soltar mi arma, que apretaba con fuerza, por si cualquier amenaza imprevisible se nos venía encima. Le oí murmurar algo entre dientes—: Me pregunto qué será esto...</p> <p>—Yo también —coincidí.</p> <p>—Parece algo similar a la goma o a la baba de cualquier caracol o babosa terrestre —señaló ella lentamente—. Tiene una tonalidad azulada y brilla, como cristalizada. Puede ser un ácido... Y juraría que de ahí brota un fuerte olor, muy parecido al que sentimos antes aquí dentro.</p> <p>Me erguí con cierto sobresalto ante sus palabras.</p> <p>Era curioso, pero ella tenía razón. El olor nauseabundo de antes había cesado. También la extraña sensación de frío. Tan misteriosamente como apareciera, se había desvanecido el fenómeno dentro de la nave Dragón.</p> <p>—¿Estaban cerrados todos los accesos a la nave, doctora? —pregunté con voz tensa.</p> <p>Ella me contempló, sorprendida. Pareció recordar, haciendo un esfuerzo.</p> <p>—Lo cierto es que no me fijé demasiado, pero..., espere, comandante. Ahora que lo dice usted, creo recordar que...</p> <p>—¿Sí, doctora? —la apremié.</p> <p>—Creo recordar que... el conducto de paso hacia los turborreactores de la base inferior de la nave... estaba con la compuerta entreabierta, pero eso era todo. Los tripulantes no acostumbran a pasar a esa parte de la nave, ¿no es cierto, señor?</p> <p>—No, en circunstancias normales. Pero no me refería ahora a los tripulantes de la nave, doctora Lañe. Estaba pensando en otros seres, que hubieran podido penetrar aquí, que estuvieran aquí cuando nosotros llegamos... y que se hayan ausentado, por la razón que sea, cuando nos vieron entrar en el Dragón.</p> <p>—¿Cree que es eso lo que sucedió, comandante?</p> <p>—Pudo suceder. Doctora, si quiere quedarse aquí, será mejor. Esta cabina, en el momento actual, parece segura. Yo iré a las turbinas posteriores de la nave, en previsión de cualquier hecho que pueda explicar lo ocurrido aquí.</p> <p>—No, comandante. Preferiría ir con usted —miró en torno, preocupada—. Esta soledad me inquieta, creo que, de existir peligro, ése es el mismo en todas partes...</p> <p>—Está bien —resolví, tras un corto instante de duda—. Sígame, en tal caso. Pero no olvide utilizar el arma ante la menor anormalidad, si lo que vemos delante de nosotros no es humano y se muestra agresivo o peligroso.</p> <p>—No tiene que repetírmelo. Después de lo que he visto aquí —señaló el esqueleto encogido en su asiento—. voy decidida a lo que sea.</p> <p>—Perfecto. Adelante, pues —invité con energía, echando a andar el primero.</p> <p>Nos encaminamos a los turborreactores de base de la nave. Un conductor circular, como un amplio tubo metálico, conducía a ese punto que era el sistema motriz fotónico, capaz de desarrollar la ultravelocidad, suficiente para rebasar los límites de velocidad lumínica.</p> <p>Al llegar ante la compuerta, también circular, descubrí que estaba entreabierta, como dijera Velda Lañe. Al fondo, era visible la profunda oscuridad de los reactores y turbinas, en cuyo centro se hallaba la energía capaz de desarrollar aquel poderío motriz, a través de los espacios siderales. Una especie de pila conteniendo la sustancia termonuclear, infinitamente superior a la atómica o de hidrógeno, que movía grandes masas a supervelocidades, pocos años antes inconcebibles para el hombre.</p> <p>Aquello nos había dado la suficiente capacidad para desplazarnos en el Universo, la hegemonía de los cielos, la posibilidad de saltar a los grandes espacios estelares, de visitar mundos, de conquistar el Cosmos. El hombre había dejado un día de ser el prisionero de su propio planeta, de su propio Sistema Solar, carente de vida inteligente que no fuese la suya propia. Y todo eso, se lo debíamos a los nuevos sistemas de propulsión energética. Sin ellos, los límites de la velocidad de la luz seguirían siendo la frontera inexorable que nos retuviera sujetos a los estrechos ámbitos de nuestra anterior capacidad de maniobra.</p> <p>Lo que, habitualmente, era una rutinaria visita a los reactores, ahora se convertía en una exploración de lo desconocido.</p> <p>Y nunca pude estar más seguro de eso que cuando Velda Lañe y yo cruzamos aquel umbral, enfrentándonos con la oscuridad del pasillo cilíndrico de a bordo.</p> <p>Porque no fue sólo oscuridad lo que afrontamos de súbito.</p> <p>De aquella zona de densas sombras, nos llegó, de nuevo, como un azote estremecedor, una profunda, inquietante vaharada de frío, de olor repugnante, como si la hediondez misma de la muerte nos soltara su fétido aliento desde las tinieblas.</p> <p>Lo confieso: en ese momento, supe lo que era el miedo. Y también la doctora Lañe, porque noté a mis espaldas cómo musitaba algo entre dientes, con voz alterada.</p> <p>El frío aumentó de súbito. El hedor también.</p> <p>Tuve un instante de duda. Luego seguí avanzando. Apreté con fuerza el arma en mi mano diestra. Con la zurda, empuñé una potente lámpara eléctrica, que proyecté hacia el fondo oscuro de los reactores.</p> <p>Un chorro de luz centelleante lo inundó todo.'Blancos fulgores ahuyentaron las sombras hasta la propia salida de los tubos reactores al exterior.</p> <p>Y entonces lo vi.</p> <p>Entonces vi aquellos ojos diabólicos, clavados en mí desde alguna parte...</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p>Velda Lañe los vio también.</p> <p>Sólo así podía explicarse su leve grito de terror. Giré la cabeza a medias, contemplándola de soslayo, sorprendido por su reacción. En una mujer de su serenidad, de su dominio de sí misma, me sorprendía ese rasgo de humana sensibilidad, de femeninos sentimientos ante lo desconocido.</p> <p>Estaba pálida. Atemorizada. Clavaba sus ojos en...,</p> <p>en aquello. Traté de serenarla, con un gesto brusco y una orden tajante:</p> <p>—Calma, doctora. No puede fallar ahora. Es una orden.</p> <p>—Sí, sí, señor —afirmó, tensa.</p> <p>Yo apreté los labios. Sentí pasar la saliva por mi garganta con un raro sonido. Miré de nuevo hacia el bailoteo centelleante de luz y sombras, entre la maraña metálica, fría y cilíndrica de los numerosos tubos reactores de cola de la nave posada en vertical.</p> <p>Los ojos estaban allí. Pero sólo estuvieron una décima de segundo. Súbitamente, tan rápidos como aparecieran a la luz, dejaron de verse sus destellos rojizos, inhumanos, entre coléricos y crueles.</p> <p>La forma viviente agazapada en los turborreactores ya no estaba allí.</p> <p>Respiré con fuerza. Notaba la transpiración, fría y pegajosa, adherida a mi rostro, corriendo por mi frente y empapando mis cabellos, bajo la esfera plástica de mi escafandra espacial.</p> <p>—Dios mío... —susurré—. ¿Qué era eso?</p> <p>La doctora no respondió. Ni yo lo esperaba tampoco. Había visto tanto como yo. Una masa informe, probablemente gigantesca, a juzgar por la sombra que proyectó al recibir la luz, y también por el volumen de sus ojos</p> <p>rojizos, esféricos y desorbitados, como globos de fosforescencia sangrienta. Al menos eran tres veces los ojos de un ser humano.</p> <p>Por tanto, muy posiblemente, aquello... no era humano.</p> <p>Avancé por el tubo metálico, sin importarme el posible peligro. En el aire, se desvanecía lentamente, como una brisa cuando surge el sol del verano, aquella sensación de terrible frío. Y también el olor...</p> <p>Pese a ello, a medida que me movía hacia adelante, pegado a las curvas paredes aluminizadas de los reactores, el frío y el hedor volvían a crecer de grado, como si la causa de todo ello estuviese allí, en el fondo de la oscura zona de energía motriz de a bordo.</p> <p>Llegué al final sin ver a nadie. Pero la luz de mi linterna reflejó un reguero cristalino, babeante, de color azulado, que algo había ido dejando a su paso por delante mío.</p> <p>La idea me asaltó, con un escalofrío.</p> <p>Aquella... «cosa» era la que había dejado la huella babosa de su paso por los reactores.</p> <p>Me detuve en el fondo mismo de la tubería. Giré la cabeza hacia Velda. Cambiamos una mirada de desconcierto e inquietud.</p> <p>—Vamos de aquí —dije secamente—. Salgamos. Después de todo, me temo que no encontraremos ya nada en la nave.</p> <p>—Pero..., ¿y la..., la criatura viva que había aquí hace un momento? —me preguntó ella con voz sorda.</p> <p>—Se fue. No sé cómo, porque la salida de esos tubos, sobre el suelo, es muy angosta, pero salió. No hay duda de que está fuera de nuevo...</p> <p>—¿Pudo ver su forma real, comandante? —quiso saber Velda, con ojos ensombrecidos.</p> <p>—No —negué con un suspiro—. Parecía muy grande, eso si. Dos o tres veces uno de nosotros, diría yo.</p> <p>Ella asintió. Noté de nuevo una especie de horror desconocido, asomando a sus ojos dilatados. Nunca había visto de ese modo a una mujer como la doctora Lañe.</p> <p>—Yo..., yo SI vi a ese ser... —me dijo estremecida—. Vi su forma... Y era...,</p> <p>era espantoso, comandante... Era..., era velludo. Con un extraño vello, como seda peluda... Se arrastraba. Era grande, muy largo... En realidad, comandante Harían, era sólo..., era sólo UN ENORME GUSANO, una larva gigantesca y horrible...</p> <p>Apenas si había empezado a estremecerse, cuando afuera retumbó el estampido repetido de las cargas térmicas de los cañones del Mosquito.</p> <p>La pequeña nave, con Von Klein a bordo, se estaba defendiendo de algo o de alguien.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo IV</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">—¡P</style>RONTO, vamos afuera! —rugí, sin tiempo para pensar siquiera sobre la espantosa posibilidad que apuntaban las palabras de Velda Lañe.</p> <p>Regresamos tan rápidamente como nos fue posible, alcanzando el exterior cuando la pequeña nave hacía sus últimos disparos, barriendo una masa de hojarasca y arbustos plateados que se derritieron en forma de oscuras pavesas, sobre el suelo pantanoso.</p> <p>Miré por doquier, tratando de ver algo. No descubrí cosa o forma alguna que pudiera ser el blanco elegido por Von Klein desde su posición en la pequeña nave. Le hice señas, agitando mis brazos, para que viniese a recogernos, dejando su vuelo circular de observación. El alemán captó mis ademanes, sin necesidad de establecer contacto por radio. Se posó mansamente ante nosotros.</p> <p>Velda y yo corrimos hacia la puerta del Mosquito. Subimos rápidamente a bordo. Von Klein nos miró, con una expresión que revelaba inquietud, sorpresa... y tal vez algo de miedo.</p> <p>—¿Se encuentran bien, señor? —quiso saber, en primer lugar.</p> <p>—Perfectamente, Luther —asentí sin quitar mis ojos de él—. ¿Por qué disparaste?</p> <p>—Tuve que hacerlo, señor —respiró con fuerza—. La..., la maldita cosa estaba ahí, junto a la nave Dragón... Aprovechando mi vuelo rasante, intentó por tres veces adherirse a nuestra nave. Saltaba de un modo especial. Era como si tomara impulso con todo su cuerpo, luego lo disparaba igual que una ballesta... y hasta llegó a rozar el tren de aterrizaje, al que no pudo adherirse como una ventosa, de puro milagro.</p> <p>—Entiendo, Luther, pero..., ¿cómo era esa criatura, realmente? ¿Cuál era su..., su aspecto físico?</p> <p>—Horrible, señor. Yo diría que era una larva, una oruga... Un enorme, gigantesco gusano de color azulado, sedoso..., pero de fauces babeantes y horribles... y de grandes ojos desorbitados, inyectados en sangre...</p> <p>Permanecimos en silencio, mientras el piloto automático de la nave nos conducía de nuevo a la nave Futura, tras el primer y desolador examen de la Dragón, un momento antes.</p> <p>No hacían falta comentarios. Después de todo, ambos coincidían. La doctora había visto un monstruo. Luther von Klein, también. Ninguno de ellos era persona impresionable, dada a imaginarse cosas ni a sufrir alucinaciones. Además, existía una total, absoluta coincidencia en las descripciones. Y yo no creo en coincidencias casuales. Por tanto, ambos habían visto una misma cosa, una misma forma de vida, agresiva y misteriosa. Y repugnante, desde luego.</p> <p>Una cosa que se movía dentro de la nave Dragón, que salía al exterior, que pretendía alcanzar al Mosquito...</p> <p>Las formas de vida de aquel silencioso planeta, aparentemente muerto, empezaban a preocuparnos. Ahora, el vuelo del Mosquito fue inútil. Ya no vimos ni el menor rastro de la criatura, en el examen final de la zona, trazando un círculo.</p> <p>Y es que, ciertamente, en aquel suelo pantanoso, con tan espesa vegetación, no era nada difícil evadirse, desaparecer bajo la capa de tierra fangosa... sobre todo si la forma de vida correspondía a una oruga o gusano.</p> <p>El silencio duró varios minutos a bordo. Estaba repasando los sucesos de aquella última hora, y aún me parecía imposible lo que había presenciado. Como si todo ello formase parte de una simple pesadilla y nada más.</p> <p>Pero no era una pesadilla. El planeta Zeen existía. Estábamos en él, buscando rescatar a unos compañeros, de los que el único rastro, hasta el momento, era un simple esqueleto con una placa de identificación.</p> <p>Hubiera querido sentirme optimista, a pesar de todo, pero no podía. No tenía confianza alguna en conseguir algo práctico y positivo en aquella expedición a un mundo tan desconocido como extraño e inquietante.</p> <p>Un mundo que empezaba a preocuparme. Y mucho.</p> <p>De pronto, la doctora Lañe me hizo notar algo:</p> <p>—Mire, comandante. ¿Se ha fijado en algo especial? ¡El sol de este mundo NO se mueve!</p> <p>Sorprendido, alcé la cabeza, tras mirar a Velda Lañe. Clavé mis ojos en la esfera azul, centelleante, que daba su fulgor casi violento al día sin nubes de Zeen. Recordé su posición cuando nos posamos sobre la superficie de aquel mundo.</p> <p>Era cierto. Seguía en el mismo lugar. Como clavado en el cielo de Zeen.</p> <p>—Eso significa que sigue el mismo movimiento de rotación que este planeta —señalé—. Sólo alumbra un hemisferio de Zeen. En el otro, de no existir algún otro satélite, debe de ser siempre de noche. Y en éste... siempre de día.</p> <p>Era un curioso descubrimiento. Una zona del planeta sin sombras. Sin noche. Eternamente de día. Me pregunté cómo sería el hemisferio opuesto, siempre en la oscuridad, a menos que otro astro diese fulgor a sus fechas. Cosa improbable, puesto que difícilmente hay dos soles gemelos en un mismo sistema solar, o la regularidad de la evolución de los planetas lo acusaría inmediatamente.</p> <p>Estudié las notas que tenía sobre Zeen. En ningún punto se advertían irregularidades o descompensaciones de tipo gravitatorio o de movimientos de traslación. Por tanto, existía un único sol, la estrella azul suspendida sobre nuestras cabezas ahora.</p> <p>—Sin embargo, el suelo es pantanoso, existe una vegetación húmeda, sin agostarse... y el clima general es benigno, especialmente teniendo en cuenta que el sol no se pone jamás, y su calor es considerable, dada su magnitud y proximidad al planeta...</p> <p>Me quedé callado. La doctora y Luther cambiaron una mirada, al comprender el curso de mis pensamientos.</p> <p>—Eso no encaja mucho, la verdad —tuvo que admitir gravemente Luther—. La temperatura ha aumentado considerablemente en la última hora, lo he comprobado. En buena lógica, si ese sol sigue ahí, iluminando de la misma forma, dentro de poco la temperatura sería casi irrespirable. No, no lo entiendo, señor. Usted tiene razón. Algo no encaja en ese cuadro.</p> <p>—De todos modos, no debemos preocuparnos por ello. Nuestras naves e indumentarias están hechas para resistir enormes temperaturas extremas, ya lo saben. Simplemente, observaba que eso constituye un misterio. Uno más, aplicable a este extraño mundo...</p> <p>Estábamos llegando ya a la zona donde se posó nuestra nave Futura. Luther dispuso mecánicamente las cosas, para perder altura y regresar al interior de la nave nodriza del pequeño y manejable Mosquito.</p> <p>De repente, clavé mis ojos en el suelo de Zeen, en la densa espesura del planeta, en el claro, perfectamente silueteado, donde nos posáramos, al poner por vez primera el pie en Zeen.</p> <p>—¡Dios mío! —aullé, palideciendo—. ¡Miren ahí! ¡No es posible!</p> <p>Miraron. Oí sus exclamaciones de pasmo, capté sus gestos de estupor, de incredulidad absoluta.</p> <p>No era posible, ciertamente. Pero ocurría.</p> <p>De la nave Futura, de nuestra nave..., no había ni el menor rastro.</p> <p>Había desaparecido.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p>El claro no admitía error con otro. Era aquél.</p> <p>En forma hexagonal, de tierra dura, aunque algo embarrada, con una arboleda lánguida a la derecha nuestra, que era según mis cálculos el punto Oeste de aquella misteriosa geografía.</p> <p>Y las señales.</p> <p>Las señales de donde estuvo situada la nave, muy claramente marcadas sobre el terreno. Sólo eso. Sin huellas de haber partido. Sin quemaduras que marcasen la fusión de la energía propulsora de sus turbinas.</p> <p>Según eso... no pudo despegar gracias a su fuerza motriz En suma: no había forma material de hacer salir de allí la nave Futura.</p> <p>Pero no estaba. Era como si el siniestro, quieto aire de Zeen, la hubiese evaporado, trasladándola a la Nada. O a otra dimensión. Cualquier teoría que se me pudiese ocurrir era enloquecedora.</p> <p>Nos miramos todos en silencio. Era un silencio sobrecogedor. Supe que ellos hacían funcionar su cerebro a toda presión, buscándole una causa, una razón, una explicación coherente y lógica a lo ocurrido. También ellos.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo IV</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">—¡P</style>RONTO, vamos afuera! —rugí, sin tiempo para pensar siquiera sobre la espantosa posibilidad que apuntaban las palabras de Velda Lañe.</p> <p>Regresamos tan rápidamente como nos fue posible, alcanzando el exterior cuando la pequeña nave hacía sus últimos disparos, barriendo una masa de hojarasca y arbustos plateados que se derritieron en forma de oscuras pavesas, sobre el suelo pantanoso.</p> <p>Miré por doquier, tratando de ver algo. No descubrí cosa o forma alguna que pudiera ser el blanco elegido por Von Klein desde su posición en la pequeña nave. Le hice señas, agitando mis brazos, para que viniese a recogernos, dejando su vuelo circular de observación. El alemán captó mis ademanes, sin necesidad de establecer contacto por radio. Se posó mansamente ante nosotros.</p> <p>Velda y yo corrimos hacia la puerta del Mosquito. Subimos rápidamente a bordo. Von Klein nos miró, con una expresión que revelaba inquietud, sorpresa... y tal vez algo de miedo.</p> <p>—¿Se encuentran bien, señor? —quiso saber, en primer lugar.</p> <p>—Perfectamente, Luther —asentí sin quitar mis ojos de él—. ¿Por qué disparaste?</p> <p>—Tuve que hacerlo, señor —respiró con fuerza—. La..., la maldita cosa estaba ahí, junto a la nave Dragón... Aprovechando mi vuelo rasante, intentó por tres veces adherirse a nuestra nave. Saltaba de un modo especial. Era como si tomara impulso con todo su cuerpo, luego lo disparaba igual que una ballesta... y hasta llegó a rozar el tren de aterrizaje, al que no pudo adherirse como una ventosa, de puro milagro.</p> <p>—Entiendo, Luther, pero..., ¿cómo era esa criatura, realmente? ¿Cuál era su..., su aspecto físico?</p> <p>—Horrible, señor. Yo diría que era una larva, una oruga... Un enorme, gigantesco gusano de color azulado, sedoso..., pero de fauces babeantes y horribles... y de grandes ojos desorbitados, inyectados en sangre...</p> <p>Permanecimos en silencio, mientras el piloto automático de la nave nos conducía de nuevo a la nave Futura, tras el primer y desolador examen de la Dragón, un momento antes.</p> <p>No hacían falta comentarios. Después de todo, ambos coincidían. La doctora había visto un monstruo. Luther von Klein, también. Ninguno de ellos era persona impresionable, dada a imaginarse cosas ni a sufrir alucinaciones. Además, existía una total, absoluta coincidencia en las descripciones. Y yo no creo en coincidencias casuales. Por tanto, ambos habían visto una misma cosa, una misma forma de vida, agresiva y misteriosa. Y repugnante, desde luego.</p> <p>Una cosa que se movía dentro de la nave Dragón, que salía al exterior, que pretendía alcanzar al Mosquito...</p> <p>Las formas de vida de aquel silencioso planeta, aparentemente muerto, empezaban a preocuparnos. Ahora, el vuelo del Mosquito fue inútil. Ya no vimos ni el menor rastro de la criatura, en el examen final de la zona, trazando un círculo.</p> <p>Y es que, ciertamente, en aquel suelo pantanoso, con tan espesa vegetación, no era nada difícil evadirse, desaparecer bajo la capa de tierra fangosa... sobre todo si la forma de vida correspondía a una oruga o gusano.</p> <p>El silencio duró varios minutos a bordo. Estaba repasando los sucesos de aquella última hora, y aún me parecía imposible lo que había presenciado. Como si todo ello formase parte de una simple pesadilla y nada más.</p> <p>Pero no era una pesadilla. El planeta Zeen existía. Estábamos en él, buscando rescatar a unos compañeros, de los que el único rastro, hasta el momento, era un simple esqueleto con una placa de identificación.</p> <p>Hubiera querido sentirme optimista, a pesar de todo, pero no podía. No tenía confianza alguna en conseguir algo práctico y positivo en aquella expedición a un mundo tan desconocido como extraño e inquietante.</p> <p>Un mundo que empezaba a preocuparme. Y mucho.</p> <p>De pronto, la doctora Lañe me hizo notar algo:</p> <p>—Mire, comandante. ¿Se ha fijado en algo especial? ¡El sol de este mundo NO se mueve!</p> <p>Sorprendido, alcé la cabeza, tras mirar a Velda Lañe. Clavé mis ojos en la esfera azul, centelleante, que daba su fulgor casi violento al día sin nubes de Zeen. Recordé su posición cuando nos posamos sobre la superficie de aquel mundo.</p> <p>Era cierto. Seguía en el mismo lugar. Como clavado en el cielo de Zeen.</p> <p>—Eso significa que sigue el mismo movimiento de rotación que este planeta —señalé—. Sólo alumbra un hemisferio de Zeen. En el otro, de no existir algún otro satélite, debe de ser siempre de noche. Y en éste... siempre de día.</p> <p>Era un curioso descubrimiento. Una zona del planeta sin sombras. Sin noche. Eternamente de día. Me pregunté cómo sería el hemisferio opuesto, siempre en la oscuridad, a menos que otro astro diese fulgor a sus fechas. Cosa improbable, puesto que difícilmente hay dos soles gemelos en un mismo sistema solar, o la regularidad de la evolución de los planetas lo acusaría inmediatamente.</p> <p>Estudié las notas que tenía sobre Zeen. En ningún punto se advertían irregularidades o descompensaciones de tipo gravitatorio o de movimientos de traslación. Por tanto, existía un único sol, la estrella azul suspendida sobre nuestras cabezas ahora.</p> <p>—Sin embargo, el suelo es pantanoso, existe una vegetación húmeda, sin agostarse... y el clima general es benigno, especialmente teniendo en cuenta que el sol no se pone jamás, y su calor es considerable, dada su magnitud y proximidad al planeta...</p> <p>Me quedé callado. La doctora y Luther cambiaron una mirada, al comprender el curso de mis pensamientos.</p> <p>—Eso no encaja mucho, la verdad —tuvo que admitir gravemente Luther—. La temperatura ha aumentado considerablemente en la última hora, lo he comprobado. En buena lógica, si ese sol sigue ahí, iluminando de la misma forma, dentro de poco la temperatura sería casi irrespirable. No, no lo entiendo, señor. Usted tiene razón. Algo no encaja en ese cuadro.</p> <p>—De todos modos, no debemos preocuparnos por ello. Nuestras naves e indumentarias están hechas para resistir enormes temperaturas extremas, ya lo saben. Simplemente, observaba que eso constituye un misterio. Uno más, aplicable a este extraño mundo...</p> <p>Estábamos llegando ya a la zona donde se posó nuestra nave Futura. Luther dispuso mecánicamente las cosas, para perder altura y regresar al interior de la nave nodriza del pequeño y manejable Mosquito.</p> <p>De repente, clavé mis ojos en el suelo de Zeen, en la densa espesura del planeta, en el claro, perfectamente silueteado, donde nos posáramos, al poner por vez primera el pie en Zeen.</p> <p>—¡Dios mío! —aullé, palideciendo—. ¡Miren ahí! ¡No es posible!</p> <p>Miraron. Oí sus exclamaciones de pasmo, capté sus gestos de estupor, de incredulidad absoluta.</p> <p>No era posible, ciertamente. Pero ocurría.</p> <p>De la nave Futura, de nuestra nave..., no había ni el menor rastro.</p> <p>Había desaparecido.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>El claro no admitía error con otro. Era aquél.</p> <p>En forma hexagonal, de tierra dura, aunque algo embarrada, con una arboleda lánguida a la derecha nuestra, que era según mis cálculos el punto Oeste de aquella misteriosa geografía.</p> <p>Y las señales.</p> <p>Las señales de donde estuvo situada la nave, muy claramente marcadas sobre el terreno. Sólo eso. Sin huellas de haber partido. Sin quemaduras que marcasen la fusión de la energía propulsora de sus turbinas.</p> <p>Según eso... no pudo despegar gracias a su fuerza motriz En suma: no había forma material de hacer salir de allí la nave Futura.</p> <p>Pero no estaba. Era como si el siniestro, quieto aire de Zeen, la hubiese evaporado, trasladándola a la Nada. O a otra dimensión. Cualquier teoría que se me pudiese ocurrir era enloquecedora.</p> <p>Nos miramos todos en silencio. Era un silencio sobrecogedor. Supe que ellos hacían funcionar su cerebro a toda presión, buscándole una causa, una razón, una explicación coherente y lógica a lo ocurrido. También ellos miraban a tierra, en busca de las inevitables huellas oscuras, del abrasador efecto de los reactores al despegar. No los encontraron.</p> <p>Tampoco encontraron respuesta lógica, era obvio. Ni yo.</p> <p>—Cielos, ¿qué está ocurriendo aquí, comandante? —susurró Luther, muy pálido.</p> <p>—Eso es algo que todos quisiéramos saber, amigo mío —murmuré con voz ronca—. Algo que, desgraciadamente, no está a nuestro alcance... por el momento.</p> <p>—Pero la nave tiene que continuar ahí —musitó Velda Lañe—. No puede remolcarla nadie, con su peso, su tripulación... No han pedido ayuda, no han comunicado con nosotros ni ha habido la menor interferencia que marcase anormalidad, en la línea establecida entre la nave y nosotros...</p> <p>—Tal vez no tuvieron tiempo de nada —murmuré—. Tal vez algo mágico haya sucedido. 0 esté desintegrada. 0 invisible... No sé, doctora. Temo volverme loco si le doy más vueltas al asunto. Y no ganamos nada con ello.</p> <p>—¿Qué sugiere entonces, señor? —jadeó el alemán.</p> <p>—Seguir como si todo esto no sucediera. Tratar de hallar la nave, de encontrar a los demás. Ya no se trata solamente de rescatar a otras personas perdidas en Zeen. Se trata, sobre todo, de rescatarnos, de salvarnos nosotros mismos.</p> <p>Asintieron. Me alegró que se rehiciesen en tan difícil situación. Era preciso conservar la serenidad, o todo estaría perdido.</p> <p>—¿Qué hacemos? ¿Seguir volando? —preguntó Von Klein.</p> <p>—Me temo que sea un error —murmuré—. Eso agotaría nuestras reservas de energía, que bien sabe son limitadas. La autonomía de acción de Mosquito es reducida. No podemos permitirnos el lujo de quedarnos con las baterías agotadas, a merced de lo que pueda ocurrir en este maldito lugar.</p> <p>—Cierto —asintió Von Klein—. Pero ¿será prudente tomar tierra ahí, señor?</p> <p>—Elegiremos otro lugar de diferentes características en previsión de lo que pueda suceder —mis ojos se dirigieron paulatinamente a cada punto cardinal, en torno nuestro, buscando el sitio adecuado.</p> <p>Por fin creí hallarlo. Señalé a la distancia.</p> <p>—Aquella especie de loma, entre boscaje —indiqué a Luther—. Vamos allá.</p> <p>Asintió el alemán. Por fortuna, el Mosquito necesitaba tanto terreno para posarse como un viejo y ya caduco helicóptero. Le bastaba el espacio justo para situarse, descendiendo en vertical. Bendije interiormente su facilidad de maniobra. Era lo mejor que podía sucedemos en la actual situación.</p> <p>Poco después, estábamos ya en el lugar escogido. El reactor del Mosquito se detuvo con un suave zumbido, hasta que reinó el silencio total.</p> <p>Silencio.</p> <p>Esto sí que era silencio. Absoluto. Como en un lugar muerto. Acaso era así. Quizá estábamos en los límites de la propia vida, de lo que significaba existencia, forma de palpitar, de ser, de sentir.</p> <p>El silencio era impresionante a nuestro alrededor. Por los sistemas de audífonos exteriores no llegaba ni un sonido. Era un mundo sin brisas, sin agitar de hojarasca, sin gritos de animales, sin vuelos de aves...</p> <p>—Y bien... —murmuró la doctora Lañe, tras aquella pausa en los límites de lo real—. ¿Qué va a ocurrir ahora?</p> <p>Ni Luther ni yo respondimos. No hubiéramos sabido hacerlo. Una especie de aturdimiento, de bochorno agobiante, nos estaba dominando, aferrándose a nuestros sentidos, a nuestros esfuerzos por pensar, por imaginar...</p> <p>—Mire, señor —dijo de repente Luther von Klein, señalando al cielo—. Parece que, después de todo, sí va a haber noche en Zeen.</p> <p>Sorprendido, miré. Ni una nube. Ni rastro de que se pusiera el astro azul de aquel remoto Sistema Solar en las Magallánicas.</p> <p>Y, sin embargo..., estaba oscureciendo.</p> <p>Apreté los labios. El fenómeno era conocido por nosotros, los terrestres. Pero en el planeta Tierra no era frecuente. No quise creer que, casualmente, hubiéramos llegado justo a tiempo de presenciar un hecho así. Por tanto, si no era casual, sucedía con cierta frecuencia. Quizá marcaba espacios de tiempo. Días y noches. O algo parecido.</p> <p>Era un eclipse.</p> <p>El sol azul estaba siendo borrado, tapado paulatinamente por otro cuerpo redondo, oscuro, mucho más cercano. Un astro o satélite del planeta Zeen que, en su movimiento rotatorio en torno al mismo, cubría durante un tiempo ese sol, cegador e implacable.</p> <p>—La temperatura desciende —señaló la doctora Lañe, pensativa.</p> <p>Asentí. Medio sol estaba cubierto ya. La marcha del satélite obstructor era muy lenta. Pero aquella imitación de la noche no duraría ni veinte minutos terrestres. Aunque la oscuridad paulatina sí iba haciéndose intensa, y así lo sería durante más de una hora, a juzgar por la lentitud del proceso.</p> <p>—Me asusta eso.</p> <p>Intrigado, miré a quien hablaba. Era la doctora Lañe. Que ella pudiera asustarse por un fenómeno celeste completamente natural, me sorprendía. Ella no era supersticiosa, como los viejos pueblos de la tierra, capaces de amedrentarse ante un eclipse solar y presentir el fin del mundo, o cosa parecida.</p> <p>—¿Asustarle? —repetí—. Supongo que bromea, doctora...</p> <p>—No —negó—. No bromeo. Es... es un presentimiento. Creo que algo va a ocurrir.</p> <p>—¿A causa del eclipse? —dudó Von Klein, algo sarcástico.</p> <p>—Claro que no —se irritó, mirándonos alternativamente con disgusto—. No soy una estúpida que crea en esas tonterías y usted lo sabe, Luther.</p> <p>—Perdóneme —se disculpó él, humildemente, bajando la cabeza—. Era sólo una broma, doctora.</p> <p>—No tiene importancia, Luther —suspiró Velda Lañe—. Lo que quise decirles es que... temo algo, sin motivo concreto para ello. Es una corazonada. Siento algo dentro de mí. La seguridad terrible de que algo malo se aproxima. Y que lo que ello sea, sucederá en la sombra, cuando se haga totalmente oscuro, al ser tapado el sol azul.</p> <p>Sonreí, queriendo tomar a broma su comentario preocupado. Vi mi rostro en un espejo del muro del Mosquito y comprendí que mi sonrisa era todo un fracaso. Quizá en el fondo, yo también presentía algo. Algo que distaba mucho de ser bueno.</p> <p>—Luther, en cuanto oscurezca un poco más, encienda las luces exteriores. Pero mantenga el interior de la nave en la oscuridad. Veremos bien con el resplandor de los faros de la nave. Proyéctelos sobre los accesos a esta loma.</p> <p>—Si, señor —asintió, con evidente complacencia el alemán—. Así lo haré, no lo dude.</p> <p>Conté cuatro minutos más. La oscuridad era ya muy profunda, aunque faltaba un tercio del sol azul por cubrirse. Hice un gesto a Luther. El pulsó dos teclas.</p> <p>Dos chorros de luz radiante se expandieron en abanico allá afuera, barriendo las pendientes de la loma, con su vegetación y sus arboledas tristonas, de bellos colores.</p> <p>Dentro, la claridad de los propios focos, nos permitía vernos perfectamente a nosotros mismos, sin que desde el exterior fuese fácil captar nuestras siluetas, aunque no estaba muy seguro de que eso resultara eficaz realmente.</p> <p>Los tres esgrimíamos nuestras armas esperando algo. No sabíamos qué. Pero cada vez estaba más seguro de que la imaginación de Velda no le estaba jugando una mala pasada a nuestra serena y fría doctora en Medicina Espacial. Ella intuía algo. Y yo también.</p> <p>Luther von Klein clavaba sus ojos en la pequeña pantalla de televisión que nos mostraba, con gran luminosidad, la imagen del pie de la loma. No veíamos signo alguno de vida, ésa era la verdad.</p> <p>De súbito, noté aquello.</p> <p>Miré a la doctora. Y a Luther. Era una muda pregunta, un cambio de impresiones sin palabras, como queriendo confirmar que no era una sugestión mía y que, realmente, había sucedido.</p> <p>En seguida noté en sus gestos, en su mirada, que no estaba imaginando cosas. Ellos también lo habían notado.</p> <p>Velda pestañeó alarmada. Señaló al suelo de la angosta cabina de nuestra nave de bolsillo. Su voz sonó tensa, nerviosa:</p> <p>—Sí, comandante. Se ha movido. La nave se ha movido claramente. Ha oscilado.</p> <p>—La nave... o el suelo —sugerí roncamente.</p> <p>El suelo.</p> <p>Luther asintió, corroborando mis palabras:</p> <p>—Sí, señor. Ha sido el suelo, podría jurarlo.</p> <p>No necesitaba juramentos. El hecho se estaba repitiendo. Con mayor violencia. El Mosquito se agitó, como movido por una mano gigantesca.</p> <p>Rápidamente, dirigí el objetivo de televisión exterior hacia el suelo, bajo la pequeña nave. Busqué la imagen en la pantalla, y gradué su nitidez y proximidad. Lancé una imprecación violenta, ante la mirada de sobresalto de mis dos compañeros:</p> <p>—¡Nos hundimos! ¡El suelo cede paulatinamente bajo la nave!</p> <p>—¡Cielos! —susurró con tono angustiado Luther von Klein—. ¡Eso es lo que debió sucederle a la nave Futura!</p> <p>Intenté evitarlo. Forcejeé con los mandos, puse en acción los reactores para despegar y alejarnos de aquel peligroso lugar. Ya era tarde para ello.</p> <p>Una especie de succión, de absorbente energía, nos atraía hacia el interior de las blandas tierras de Zeen. Era como verse engullido por arenas movedizas. Dentro de poco, aquel terreno pantanoso cubriría nuestra nave. Y a nosotros con ella.</p> <p>—Es igual que si una gigantesca ventosa nos fuese atrayendo hacia dentro —expliqué, crispado, presionando inútilmente las teclas de control, sintiendo el zumbido del sistema de propulsión, que, sin embargo, no lograba despegar al Mosquito de aquel hoyo implacable en que nos íbamos sumergiendo.</p> <p>Disparé las armas de a bordo, en un esfuerzo más por contrarrestar cualquier fuerza externa, cualquier poder enemigo, por invisible que fuese. Todo perfectamente inútil.</p> <p>De súbito, la oscuridad se hizo total allá afuera. La luz de los focos se estrellaba inútilmente contra un muro de fango que nos envolvía, que presionaba los vidrios y el fuselaje de la nave de bolsillo.</p> <p>Una congoja, una opresión insoportable, se apoderó de todos nosotros. De un momento a otro parecía fatalmente que se produciría el desgarro, el aplastamiento de todos nosotros, oprimidos por la masa de barro...</p> <p>—Creo que es el final, comandante... —susurró Velda Lañe.</p> <p>No dije nada. Contemplaba aquellos surcos de agua fangosa que corrían por los ventanales de plástico de la nave, borrando toda posible imagen externa. Consulté el cuadro externo de temperaturas. Descendía el termómetro vertiginosamente. Debía de hacer frío allá, dentro de la tierra que nos engullía hacia sus entrañas mortíferas, en el subsuelo de Zeen.</p> <p>—Sólo un milagro podría salvarnos —dije al fin, perplejo.</p> <p>—Yo no creo en milagros, señor —objetó secamente Luther von Klein—. La presión se hará insoportable en breve tiempo. Eso, nadie puede evitarlo. A menos... —y dejó la frase en el aire.</p> <p>Le miré pensativo. Von Klein parecía sugerir algo, una esperanza vaga, remota, que a mí no se me ocurría. Traté de averiguar cuál era su idea.</p> <p>—A menos..., ¿qué, Luther? —le apremié.</p> <p>—A menos que todo esto forme parte de algo distinto, señor —tragó saliva—. De... la acción de alguien o de algo que no conocemos... y estemos viajando hacia alguna parte.</p> <p>—¿En el subsuelo de Zeen? —dudó la doctora.</p> <p>—Donde sea. Puede que exista una vida subterránea en este lugar, Velda —el alemán la estudió, pensativo—. Las orugas, por ejemplo...</p> <p>—¿Qué tienen que ver las orugas con todo esto? —me estremecí.</p> <p>—Pueden ser los habitantes de este planeta. Y acostumbran a vivir en el fondo de las tierras fangosas... Al menos, así sucede en la Tierra.</p> <p>—Orugas gigantescas... e inteligentes —le miré preocupado—. ¿Es eso, Luther? ¿Está sugiriendo una posibilidad así?</p> <p>—¿Por qué no? También la Futura pudo ser absorbida. Eso explicaría de modo coherente su desaparición repentina...</p> <p>—Pero no la ausencia de tripulación en la nave Dragón. Ni la presencia de un esqueleto, el de Ralph Stacey...</p> <p>—A menos que existan dos clases de habitantes en Zeen —apuntó la doctora Lañe—. Las orugas... y alguien más.</p> <p>No supe qué responder. Tampoco tuve ocasión. Las cosas tocaron a su fin, de momento.</p> <p>El Mosquito se detuvo bruscamente, casi con brutalidad. Cesó aquella especie de tromba absorbente, de ventosa invisible y poderosa. La succión terminó sobre algo sólido y firme, un suelo en el que nuestro pequeño vehículo se posó con un impacto seco. Crujió el fuselaje, vibraron las ventanas de vidrio plastificado. Y luego, quietud. Calma. Silencio. Los faros no iluminaban, virtualmente sepultados en fango, y por las vidrieras chorreaba aún el barro pastoso, sin dejarnos ver nada del exterior.</p> <p>—Estamos en el subsuelo —confirmó Von Klein—. El indicador de presión señala una profundidad de más de mil yardas...</p> <p>—Mil yardas... —resoplé, asombrado—. Es muy profundo, Luther. Deberíamos de estar destrozados... a menos que ese fango sean paredes de una especie de profundo pozo. Un pozo que ha conducido a alguna parte, en los subterráneos de Zeen... En realidad, hemos actuado como un ascensor, movido por alguna fuerza que desconozco...</p> <p>La pantalla de televisión no ofrecía imagen alguna. También el fango había obstruido el objetivo exterior, sin duda. No capté ruidos a través del sistema de audición externo.</p> <p>—Creo que no voy a esperar aquí dentro lo que pueda suceder —dijo con tono brusco—. Estoy harto de dudas, de indecisiones...</p> <p>—¡Señor! —se alarmó Luther, tratando de detenerme—. ¡No puede hacer eso!</p> <p>—Lo haré —repliqué secamente—. Es una simple exploración, Von Klein.</p> <p>—No irá solo, comandante. Yo le acompañaré.</p> <p>—Nada de eso. Usted se queda aquí, con la doctora Lañe.</p> <p>—Pero, señor...</p> <p>—Es una orden, entiéndalo bien.</p> <p>—Sí, señor... —respiró hondo, apartándose—. Tenga cuidado...</p> <p>—Lo tendré —llegué ante la portezuela de la pequeña nave. Presioné su cierre de seguridad, que cedió. Deslizóse la hoja a un lado, entre salpicaduras de barro. Miré a la profunda oscuridad exterior, más allá de la nave. Una vaharada gélida me alcanzó. La temperatura en el subsuelo era inferior al cero Farenheit. Lo marcaba mi indicador térmico. Era un frío glacial. Pero no capté el inquietante hedor de otras veces.</p> <p>Pulsé el interruptor de mi lámpara. El chorro de luz partió raudo hacia el subsuelo sombrío, justo cuando ponía el pie en un suelo duro, pétreo y húmedo en el que sentí resbalar levemente las suelas adhesivas de mi calzado espacial.</p> <p>La luz llegó al fondo de una especie de enorme caverna de altísimo techo. Elevé el rayo de claridad a lo alto. Estalactitas y estalagmitas de rara petrificación calcárea, de colores verdosos, rodeaban una especie de ancho agujero abierto en la bóveda. Estuve seguro de que era el camino que seguimos hasta llegar abajo.</p> <p>Luego di unos pasos más, cauteloso y en guardia. Bajé la luz. Describí con ella un círculo en torno mío, para descubrir el lugar en que me hallaba, hasta sus mismos confines.</p> <p>La luz reveló algo inesperado y terrible. No pude evitar un grito de horror. La lámpara cayó de mis manos y golpeó el pétreo suelo duro, dejando su claridad bailotear fantasmagórica por los ámbitos de la caverna.</p> <p>A su reflejo vi aquello ponerse en movimiento. Horrorizado, comprendí que venía a por mí.</p> <p>Y era la muerte.</p> <p>Una muerte cierta. Espantosa. Inconcebible.</p> <p>Y, lo que era peor: inevitable..</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo V</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">M</style>I grito debió ser escuchado dentro de la nave Mosquito. Pese a mis órdenes en sentido contrario, Luther von Klein salió del vehículo, arma en mano. Su luz se proyectó sobre ellos.</p> <p>«Ellos...»</p> <p>—¡Cuidado, Luther! —rugí—. ¡Cuide de la doctora Lañe! ¡No cometa imprudencias...!</p> <p>No me hizo gran caso. Porque también ella, la doctora Lañe, salía del Mosquito con su propia arma entre los dedos, resuelta a utilizarla contra los enemigos que aún desconocía.</p> <p>Y que, un momento después, pudo ver cara a cara, lo mismo que Luther, descubriendo el horror de su naturaleza y apariencia.</p> <p>—Dios mío... —oí susurrar a Velda Lañe, que difícilmente dominó su terror y angustia ante la visión delirante que le mostró la luz de su lámpara—. No es posible... Eso... eso no es humano... ni animal siquiera...</p> <p>Se nos venían encima. Una especie de claqueo o palmoteo siniestro llenó el ámbito de la caverna, repitiéndose en mil ecos sordos y prolongados.</p> <p>Eran sus alas. Porque «ellos» tenían alas. Negras alas membranosas, elásticas y flexibles. Alas de murciélago. Cuerpo negro, velludo, entre humanoide y ratonil, con pies deformes y membranosos igualmente.</p> <p>Y las cabezas... Las cabezas, de puntiagudas orejas negras y peludas, mostraban una faz entre animal y humana, una mezcla de murciélago o rata voladora y hombre-lobo, velludo y azulado.</p> <p>Los ojos no existían. No tenían sino párpados cerrados, peludos. Sin pupilas.</p> <p>Eran ciegos. Sus bocas exhibían una dentadura afilada, puntiaguda. Incisivos, largos, punzantes...</p> <p>Emprendían un vuelo ciego, pero en modo alguno torpe, hacia nosotros. Se movían por instinto. o por radar natural. Eso les hacía parecerse más a gigantescos murciélagos.</p> <p>Murciélagos humanos. Con las bocas abiertas, ávidas... Olfateando, acaso, un nuevo manjar para sus apetitos alucinantes.</p> <p>Lo temía. Y Von Klein concretó mi temor instintivo en la misma frase que yo estaba pensando:</p> <p>—¡Son vampiros...! ¡Hombres-vampiro, comandante! ¡Tal vez buscan nuestra sangre y, por tanto... nuestras vidas!</p> <p>Asentí, con la mirada fija en aquella escalofriante horda alada que venía sobre nosotros, agitando sus alas negras, guiándose por su estremecedor sentido de la orientación.</p> <p>Verdugos ciegos, hombres-murciélago que iban a devorarnos, a destruirnos, sin duda alguna...</p> <p>Alcé mi arma. Disparé. También Luther. Y la doctora Lañe. Cayeron algunos de ellos, con berridos estridentes, como maullidos de agonía. Tal vez cinco o seis de ellos.</p> <p>Pero había cuando menos un centenar. Era imposible vencerles. Imposible de todo punto abatir a la totalidad. De modo que nuestro destino era cierto. Y estaba señalado de antemano, como sin duda lo estuvo, por desgracia, el de los demás compañeros de ambas expediciones cósmicas: la nuestra y la de la nave Dragón...</p> <p>Los vampiros humanoides eran la horda mortal contra la que no cabía luchar. Eran la muerte. Y todos nosotros lo sabíamos.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>El aleteo de la muerte batió sobre nuestras cabezas. Una nube negra veló las estalactitas y estalagmitas de la caverna. Los vampiros ciegos descendieron sobre nosotros.</p> <p>Uno se posó sobre Velda Lañe. Ella gritó. Los colmillos del monstruo alado fueron directamente a su yugular, confirmando todos nuestros temores previos.</p> <p>Disparé rápidamente. Pese a ello, con buen tino. La cabeza del alado ser se hizo pedazos, bajo un proyectil térmico que reventó dentro de su peludo cráneo. La cosa con alas cayó a los pies de la horrorizada compañera. Ella me dirigió una patética, expresiva mirada de gratitud, aunque sabía lo inútil que resultaba todo esto, ante el alud adversario, contra el que era incapaz la sola fuerza de nuestras tres armas.</p> <p>Pese a ello, había que luchar hasta el fin. Hasta morir, aplastados por la masa de bebedores de sangre del subsuelo de Zeen. Y eso es lo que íbamos a hacer los tres, aun a sabiendas de que ello no conducía absolutamente a nada.</p> <p>—No me gusta morir en este asqueroso lugar, bajo los colmillos de esas bestias repugnantes, señor —me dijo Von Klein sin dejar de disparar su arma sobre la nube alada—. Pero si así ha dispuesto el destino nuestro final, así será.</p> <p>No le contesté. Estaba demasiado ocupado abatiendo a los vampiros humanos más próximos. El claro a nuestro alrededor era cada vez menor, pese a que ya más de una docena de ellos yacían a nuestros pies, aumentando quizá la furia homicida de sus demás congéneres, ávidos de sangre humana...</p> <p>De repente, sentí un escalofrío. Había presionado el resorte de tiro de mi arma. No brotó proyectil alguno. ¡Estaba descargada!</p> <p>Era el fin. Maldije entre dientes, tirando el arma contra un alado ser que me rozó con sus viscosas alas. Los demás, conscientes de que íbamos cediendo en nuestra resistencia, agotado todo recurso, se dispusieron a iniciar el acoso final. El irremediable...</p> <p>También Von Klein tiró su arma inútil, tras una serie final de disparos corrosivos a los vampiros humanoides. Y Velda Lañe perdió su pistola a causa del fuerte golpeteo de un ala de los monstruos contra su brazo y rostro. Gritó, cayendo de rodillas, y acudí a cubrirla con mi propio cuerpo, en tanto me quedase un átomo de vida.</p> <p>Ella podía ser una eficiente doctora y una astronauta disciplinada, serena y decidida. Pero, sobre todo, era una mujer. Ahora, cuando menos. Y como a mujer, había que intentar protegerla.</p> <p>Además, creo que, por vez primera desde que emprendimos el viaje a las estrellas, me fijé, incluso, en que era una hermosa muchacha. Demasiado bella y atractiva para morir así, estúpida y torpemente, en un olvidado rincón subterráneo del remoto planeta Zeen.</p> <p>Pero eso, ni yo ni nadie podía evitarlo ya. Lo único que estaba en mi mano hacer, y por eso lo hacía, era prolongar su agonía, su terror, su vida sentenciada irremisiblemente, con el sacrificio anticipado de la mía propia.</p> <p>—Comandante... —la oí murmurar con voz ronca—. Gracias..., pero no merece la pena. De todos modos... gracias.</p> <p>Los vampiros se abatieron sobre nosotros como una negra nube maldita, viscosa y repugnante, cruel y mortífera.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p>Caí de rodillas, protegiendo todavía a Velda Lañe. Dos de los monstruos alados me alcanzaron. Sentí el roce de los afilados colmillos de uno de ellos en mi brazo, Luego el mordisco hizo brotar sangre, y me provocó un ronco grito de dolor vivísimo.</p> <p>El segundo de ellos, ciegamente, buscó con su ávida boca mi cuello, en pos de la yugular. Forcejeé con él, pero su piel velluda, viscosa, resbalaba bajo mi presión, y eludía la garra desesperada de mis dedos.</p> <p>Al forcejear con más rabia, caí de espaldas, con los monstruos sobre mí. Noté un duro bulto bajo mi brazo zurdo, que me causó daño en el codo. Era, sin duda, una piedra. Pero una piedra de afiladas aristas. Me debatí, en la rabiosa lucha, y descubrí la piedra junto a mi.</p> <p>Era un cubo perfecto, como tallado por manos humanas. Totalmente regular en sus caras cuadrangulares y en sus aristas rectas. Lo esgrimí, en un afán enloquecido por hacer algo contra aquellas bestias sedientas de sangre, y pegué un seco golpe con la piedra al más agresivo, cuando ya sus incisivos rozaban mi cuello...</p> <p>Ocurrió algo sorprendente. Apenas le pegué con la piedra, emitió un aullido bestial, agudo, como de un dolor sin límites, y capté un chisporroteo en su piel velluda, llegando a mí un fuerte hedor a carne quemada.</p> <p>Además... la piedra cubicular se tornó resplandeciente, de un luminoso, fantástico color púrpura, que luego pasó a ser dorado intenso, como un bloque de oro luminoso.</p> <p>Sus resultados me dejaron pasmado.</p> <p>Apenas aquella luz tocó a los vampiros, invadiéndoles en su luminosidad amarilla, que brotaba por cada faceta del cubo rocoso, éstos comenzaron a revolotear locamente, golpeando las paredes, sin tino ni orientación como si, de súbito, además de ciegos, se hubiesen vuelto incapaces de guiarse ni localizar nada. El choque sordo de sus cuerpos en las paredes iba a veces acompañado de chasquido de membranosas alas rotas.</p> <p>La piedra aumentó de resplandor gradualmente, hasta invadir de luz dorada, como en un mítico amanecer, la enorme bóveda subterránea. Perplejos, inmovilizados por la magia, aparentemente inexplicable, de aquel suceso increíble, vimos cómo huían en desbandada muchos de ellos. Y otros, igual que mariposas con las alas quemadas en la llama, iban desplomándose, abatidos, inmóviles, acaso alcanzados por una pasmosa fuerza que nosotros desconocíamos y que no nos causaba daño alguno.</p> <p>Finalmente, nos quedamos solos en la caverna. Junto al Mosquito. Esgrimiendo yo en mis dedos aquel bloque mágico, centelleante, capaz de matar a distancia, con su sola luz. Pero matar solamente a los vampiros humanoides del planeta Zeen, al parecer.</p> <p>—Cielos... —murmuré, contemplando el cubo mineral, fosforescente—. No puedo comprenderlo... ¿Qué prodigio es éste?</p> <p>—Tal vez una piedra mágica, señor —habló Von Klein, estupefacto, acercándose a mí, sin dejar de contemplar, fascinado, aquel bloque cuya luz dorada nos envolvía a todos en su resplandor fascinante—. Un portento de este planeta...</p> <p>—No creo en magias —rechacé—. Ha de tener una explicación natural, lógica en el fondo. Algo con fundamento científico.</p> <p>—La posible Ciencia de Zeen nos resulta un enigma —me recordó Velda Lañe, pálida, demudada, pero recuperando poco a poco su serenidad habitual. Sus bellos ojos reflejaron la luz espléndida y misteriosa del cubo mágico. Se aproximó, contemplándolo pensativa—. Ciertamente, para mí constituye un misterio insoluble. Parece sólo una piedra vulgar, aunque rara por su forma. Pero a juzgar por sus efectos, ha debido ser obra de alguien. Quizá resto de alguna civilización desaparecida ya en este planeta...</p> <p>—Y su luminosidad, tal vez sea una forma energética que nosotros desconocemos, aunque similar al radium o el uranio, en el fondo —señalé, moviendo mi cabeza afirmativamente.</p> <p>El resplandor disminuía de nuevo, como si la piedra misma pudiera entender que ya no era necesaria su fuerza aniquiladora. Eso, por supuesto, era imposible. Pero algo en su radiación se graduaba por sí mismo, o, al menos, esa impresión daba. En buena lógica, un mineral no podía graduarse automáticamente... a menos que fuese algo más complejo y extraño que un simple producto de la mineralogía de Zeen.</p> <p>Pero ¿qué podía ser un simple cubo hermético, de superficie pétrea, olvidado en el fondo de una caverna a gran profundidad bajo el suelo del planeta?</p> <p>—De cualquier forma, nos ha salvado la vida —toqué la piedra cuadrangular con afecto casi—. Sea lo que sea, resultó providencial su presencia aquí.</p> <p>—Y ahora, señor, ¿qué podemos hacer? —me preguntó Luther von Klein—. Meternos de nuevo en el Mosquito, creo que no conduce a nada...</p> <p>—Claro que no —suspiré—. Vamos a caminar. Vamos a explorar esto, a buscar el camino hacia alguna parte, no sé adonde... con todos sus riesgos.</p> <p>—Un camino... —Velda miró hacia una de las numerosas bocas sombrías, profundas y enigmáticas, de una negrura aterradora, que se abrían al fondo de la gruta. Por alguna de ellas habían desaparecido los temibles vampiros. Velda puso inmediatamente el dedo en la llaga—: ¿Qué camino, comandante?</p> <p>Me quedé callado. Hubiera sido agradable poder contestar. Pero no sabía cómo hacerlo. No conocía ningún camino. Ni siquiera podía intuirlo.</p> <p>—No sé —dije—. Intentaremos lo que sea. Al azar. Y que Dios nos ayude... si es que Dios se acuerda de que existe un lugar llamado Zeen.</p> <p>Echamos a andar. Yo a la cabeza. Como responsable de todo. Y de todos. Mentalmente, deseaba no cometer errores. Era demasiada responsabilidad. Aquellas siniestras, negras bocas enigmáticas que nos aguardaban, podían ocultarlo todo. Todo lo malo. Lo peor. Quizá alguna conducía a un lugar esperanzador. 0 a ninguna parte. Pero lo ignoraba todo. Prácticamente todo. Cada paso nos aproximaba al desastre. O a un resquicio de esperanza.</p> <p>Seguía sosteniendo, de un modo casi mecánico, la piedra salvadora. De súbito, se extinguió su luz. Se quedo convertida en un simple cubo opaco, grisáceo y sin esplendor.</p> <p>Me detuve. Lo contemplé, desorientado. Alcé mi mano y estudié cada faceta pétrea, llana, inmutable. No me dijeron nada. Era como pedir respuesta a una esfinge. O palabras a un muro de granito.</p> <p>—Es extraño... —comenté—. ¿Qué ha ocurrido ahora?</p> <p>—El fulgor se ha extinguido —Von Klein me miró, dubitativo—. Tal vez se agotó su energía.</p> <p>—No lo creo —rechacé—. Sería demasiado casual. También cuando lo encontré estaba opaco, como cualquier piedra...</p> <p>—Eso podría significar que, realmente, emite luz cuando es necesario —opinó Velda Lañe—. De todos modos, no podemos confiar sólo en la luz protectora de un trozo de roca.</p> <p>No dije nada. Seguimos adelante. Me detuve un momento frente a una serie de grutas en sombras que parecían entre sí absolutamente iguales.</p> <p>Tuve un instante de duda. Luego miré hacia una de ellas. Me dispuse a dar el primer paso. Llevaba la piedra en mi mano. Ni siquiera la recordaba ahora.</p> <p>La recordé inmediatamente. Ella tuvo la culpa.</p> <p>Una de sus caras se iluminó súbitamente. Una faceta del cubo pétreo brilló inicialmente en púrpura. Se volvió luego dorada intensa. Y proyectó su chorro de claridad hacia una de las bocas negras, concretamente.</p> <p>Hacia una. Traté de virar la piedra. Inútil. Se resistía. No permitía que se la hiciera evolucionar. Continuaba lanzando su rayo de luz hacia un mismo lugar: la tercera boca oscura a mi derecha.</p> <p>Dudé. Traté aún de variar el rumbo de ese proyector misterioso. Inútil. Su rumbo era el mismo. Apreté los labios, dominando mi estupor, mi total desorientación.</p> <p>¿Era, realmente, una piedra capaz de pensar?</p> <p>Empezaba a dudarlo. A preguntarme si existía alguna forma de vida mineral en otros mundos diferentes al nuestro... La piedra era la guía. Estaba señalando una ruta. No sabía adonde pero debía seguirla. Y la seguí.</p> <p>—Vamos —dije—. En esa dirección.</p> <p>Y nos adentramos por las sombras. Hacia alguna parte. Hacia un fondo de tinieblas, en cuyo final nadie podía saber lo que nos esperaba. Yo, menos que ningún otro.</p> <p>Pero la piedra parecía saberlo. Yo la seguía.</p> <p>La Piedra...</p> <p>Su luz era como un reguero indicándome el camino. Un chorro de claridad de oro hacia alguna parte.</p> <p>Hacia un punto que seguimos los tres, con paso firme, pero receloso. Hacia alguna parte que nos era totalmente desconocida.</p> <p>No sé cuánto tiempo caminamos en una oscuridad rota tan sólo por el chorro de claridad dorada que emergía de la fantástica piedra del planeta Zeen. No sé cuánta distancia real. No sabía mucho. Apenas nada de cuanto estábamos haciendo y de cuanto pensábamos encontrar en nuestro camino hacia la esperanza.</p> <p>Pero de repente, estuve seguro de que sí habíamos alcanzado alguna parte. Algún destino. Un punto clave en nuestra ruta por lo desconocido.</p> <p>Porque bruscamente, la luz volvió a extinguirse. Nos encontramos en las más profundas tinieblas.</p> <p>Y antes de que nos fuera posible tomar decisión alguna, reaccionar de cualquier forma... oímos la voz.</p> <p>Era una voz humana. Como cualquiera de las nuestras. Una voz perfectamente coherente y comprensible.</p> <p>Pero todavía resultó más asombroso captar sus palabras. En nuestra lengua, y correctamente pronunciadas, con una tonalidad fría y monocorde, casi mecánica: —Sed bien venidos, amigos. Bienvenidos al planeta en que os halláis... y confiad en que seguiremos intentando ayudaros en todo. Incluso contra nuestro propio pueblo...</p> <p>Casi inmediatamente, a nuestras espaldas, sentí frío. Y un hedor irrespirable, un fuerte olor a podredumbre...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo VI</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">D</style>OS emociones simultáneas. Dos sorpresas coincidentes.</p> <p>Casi emotiva y esperanzadora la una. Inquietante y ominosa la otra...</p> <p>Aquella voz misteriosa me dio alientos, me hizo pensar momentáneamente en una posibilidad inmediata de ayuda, de amistad, de contacto con alguien amistoso, fuese quien fuese. De colaboración, tal vez, en la búsqueda y rescate de nuestros compañeros y de los perdidos astronautas de la nave Dragón.</p> <p>Pero casi simultáneamente, aparecían dos signos de terror, de incertidumbre y de angustia: frío y hedor, brisa gélida y olor irrespirable, de putrefacción evidente y cercana.</p> <p>La voz era un factor desconocido. Que usara nuestra lengua, resultaba delirante casi, a menos que fuese un astronauta de nuestras propias expediciones, enloquecido o incoherente por alguna oculta razón. Pero no reconocí su timbre, ni me pareció que usara incoherencias o torpezas en el tono.</p> <p>Pero el frío repentino y el fétido olor a corrupción me recordaban la presencia de criaturas amenazadoras, quizá tan mortíferas como los propios vampiros humanoides de las profundidades de aquel ciego subsuelo de Zeen.</p> <p>Las orugas...</p> <p>La luz brilló de nuevo, fantasmagórica, brotando de las facetas cuadrangulares de la piedra mágica. Su claridad, difusa ahora, permitió descubrir el brillo enrojecido y maligno de unos globos oculares, como bailoteantes en la oscuridad.</p> <p>Detrás, sedoso, reptante, baboso y amenazador, emergió la forma terrible de uno de los gigantescos gusanos, gemelo en apariencia del que viéramos a bordo del Dragón.</p> <p>Traté de vislumbrar al dueño de la voz en las tinieblas, pero no descubrí cosa alguna, salvo otra enorme piedra, al fondo de una caverna. Una piedra tan perfecta, tan cubicular y geométrica como la que llevaba yo en mis dedos en ese momento. Sólo que sus facetas eran totalmente opacas, sin luz ni transparencia.</p> <p>El resto de la cámara rocosa, aparecía desierto y sin la menor huella de una presencia humana o, simplemente, viviente. De modo que, tanto la doctora Lañe como Voñ Klein y yo, dirigimos nuestra mirada a aquella forma horrible, deslizante y sinuosa, de cuerpo velludo, sedoso y lívido, que venía hacia nosotros, despidiendo aquel extraño frío, aquel olor irrespirable y nauseabundo, mientras una baba viscosa, repulsiva, goteaba de sus fauces de pelo lacio.</p> <p>—Cuidado —avisé—. No sé quién ha hablado, ni me importa ahora. Lo realmente temible es la oruga. Ese monstruo que se nos viene encima...</p> <p>—¿Cómo podemos combatirlo? —musitó Luther—. Ni siquiera llevamos ya armas, señor.</p> <p>—Lo sé, amigo mío —suspiré—. Pero no podemos confiar siempre en milagros. Ese ser viene hacia nosotros... y su actitud no me parece demasiado amistosa, si he de serle sincero.</p> <p>—Estamos de acuerdo —admitió la doctora Lañe—. No es amistoso. Parece hambriento, agresivo... Pero todos oímos esa voz, comandante Harían. Si hay en este planeta alguien capaz de ayudarnos, que hable nuestra lengua, que se exprese como nosotros... sólo en él podemos confiar.</p> <p>La oruga emitía un raro susurro, a medida que se movía en dirección a nosotros. Estuve de acuerdo con Velda. Iba a atacarnos. Estaba irritada, enferma o, quizá, simplemente hambrienta, como sugiriera nuestra joven y bella doctora. Nada podía resultar peor que eso, a la vista de los hechos anteriores. Un monstruo así, era capaz de devorarnos a los tres en un momento.</p> <p>La piedra cúbica, en mi mano, proyectaba su luz sobre la oruga, pero ésta no parecía afectar en absoluto al enorme animal babeante. A medida que se aproximaba a nosotros, la sensación de terrible frío y de irrespirable olor se acentuaba hasta límites delirantes.</p> <p>—Es un ser horrible... —gimió Velda, estremecida—. ¿Es que no se puede hacer nada contra él?</p> <p>Hubo como una duda en el inmenso gusano al oír a Velda. Casi hubiera jurado, aunque era una idea enloquecedora, que la entendía y la estudiaba, indeciso aún en su voracidad.</p> <p>Aparté de mí esa idea absurda. Entre otras cosas, porque de repente, la gigantesca larva reptante tomó su decisión. Se precipitó sobre nosotros. Y, cosa extraña: eligió a Velda como primera víctima, con un siseo escalofriante, que hizo chorrear baba azulada y pegajosa desde sus fauces velludas.</p> <p>Velda gritó, trató de correr, cayó de bruces, no sé si al tropezar o vencida por su propio pánico.</p> <p>Yo, decidido, me puse ante ella una vez más.</p> <p>Como en el momento en que fuimos atacados por los vampiros ciegos de las profundidades, arriesgué mi vida, sacrificándola en aras de un intento desesperado por salvar a mi joven compañera de viaje espacial.</p> <p>Por su parte, Von Klein aferró entre sus manos un trozo de roca, y la arrojó sobre el monstruo, con un alarido rabioso, tratando de luchar a brazo partido con aquella especie de visión infernal.</p> <p>—¡No, Luther! —grité—. ¡No haga eso! ¡Le despedazará en un momento...!</p> <p>Mis temores parecían muy ciertos. El animal, tras una duda, clavó en él sus ojos demoníacos.</p> <p>Luego se precipitó sobre Luther, para engullirlo. Le vi en el momento de ser aferrado por sus fauces, pese a cuanto forcejeo intentaba. Un momento después, moriría triturado en la boca babosa del monstruo.</p> <p>Y lo peor era que no podía hacer nada por impedirlo.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>Yo no. No podía. Y no lo hice. Estaba protegiendo aún a Velda Lañe, cuando las fauces del monstruo engullían a Luther von Klein despiadadamente.</p> <p>Alguien lo hizo por mí. Alguien en quien yo no podía confiar. Alguien con el que, en modo alguno, me era posible contar.</p> <p>Ese alguien —o algo— era la enorme piedra cubicular que viera antes al término de la galería subterránea. Opaca e inmutable unos momentos previos al ataque de la oruga gigante, ahora, de súbito, había cambiado todo en ella.</p> <p>Volvía a suceder todo como ocurriera antes con la pequeña piedra que estaba en mis manos. La pieza gris se iluminó. Era el suyo un raro tono fluorescente, entre verdoso y azulado. Proyectó sobre el gigantesco gusano voraz un ramalazo de claridad fantasmagórica.</p> <p>Clavé mis ojos atónitos en lo que sucedía ante mí. Y tuve que preguntarme si no soñaba, para que algo semejante pudiera ofrecerse ante un ser humano en un mundo extraño y misterioso.</p> <p>Porque apenas esa luz tocó la piel sedosa y velluda del monstruo, éste empezó a retorcerse, emitiendo unos sonidos sibilantes, pareciendo mostrar un terrible dolor, que acabó por lanzarlo contra un muro, en el que boqueó, como agonizante, soltando de su repulsiva boca a mi compañero Von Klein.</p> <p>El alemán, extenuado, cayó sobre el suelo rocoso, en tanto su enemigo, el que pudo haber sido su implacable devorador, se agitaba en convulsiones espasmódicas, reveladoras de un daño interno evidente, que yo no podía entender.</p> <p>El fenómeno duró unos momentos, acaso no más de cuatro o cinco segundos. Luego, la claridad se extinguió. Volvió la oscuridad a la gruta. Pero ya el enemigo mortal estaba sin vida o, como mínimo, en una lenta agonía que le hacía inofensivo.</p> <p>—Dios mío... —murmuré, enjugándome el sudor de un manotazo—. ¿Qué está sucediendo aquí...?</p> <p>A mis espaldas, por primera vez, oí llorar a Velda Lañe. Sus sollozos de mujer eran algo nuevo para mí. Su resistencia ante la adversidad, su enorme dominio de sí misma y de sus emociones, se había roto bruscamente, haciendo pedazos su entereza de siempre.</p> <p>—Teníamos que salvar sus vidas, amigos —oí a la voz fantástica, retumbando en la caverna, procedente de alguna parte—. Pero no se sientan demasiado felices antes de tiempo. Toda victoria, en la vida, sea en el mundo que sea, tiene un duro y amargo tributo...</p> <p>Eran palabras enigmáticas, pero su sentido oculto me resultaba a mí menos inquietante que la propia circunstancia de que una vida humana pareciera mostrarse en la existencia de aquella voz. Porque si alguien hablaba en mi propia lengua y utilizaba palabras que me eran familiares, medios de expresión que correspondían a mi mundo... ¿no implicaba eso la presencia de algo próximo a mi concepto de la vida, a nuestra propia forma de ser, de sentir y de pensar?</p> <p>O, cuando menos, eso pensaba yo en estos momentos de tremenda indecisión ante lo inexplicable e inexplicado. La inmensa oruga, el gigantesco gusano que despedía frío y hedor, había pasado ya a un segundo plano. Pero no podía olvidar que ello se debía, precisamente, a aquel ser, forma o espíritu que me hablaba de victorias y también de tributos. Amargos y duros tributos, para ser exactos...</p> <p>—No lo entiendo —repliqué acremente, hablando al vacío, a la nada, como si no existiera en realidad interlocutor en parte alguna—. No puedo entenderlo, por todos los diablos... ¿Qué está sucediendo aquí? ¿Quién habla, quién nos salva de todo cuanto nos acecha y amenaza?</p> <p>Siguió un profundo silencio. Luego, repentinamente, algo se iluminó en la caverna. Fue la piedra que yo conservaba en mi mano, el cubo pétreo que salvara ya nuestras vidas una vez, frente a los vampiros humanos...</p> <p>Y la voz retumbó, al tiempo que un rostro increíble se dibujaba paulatinamente en una de las facetas del cubo, como si un fantasma trazase un retrato con pinceles invisibles:</p> <p>—Soy yo, extranjero... Yo, el Gran Padre Aarx, como me llamaríais en vuestro lenguaje... Desgraciadamente, nada significo ya en este mundo, ni tampoco mis sucesores. Nuestro ámbito de vida es terriblemente reducido y limitado. Pero nuestros poderes siguen intactos... al menos cuando se trata de emplearlos para ayudar a otros seres vivos e inteligentes que se hallen en apuros cerca de nosotros...</p> <p>Contemplé el rostro abocetado de modo casi mágico en la piedra cubicular. Repliqué, enfático:</p> <p>—El que habla mi lengua, el que piensa como yo, el que me ayuda en un problema grave, es un amigo. Pero también un misterio, cuando pertenece a otro mundo, muy lejano. Y a otras formas de vida diametralmente opuestas a la que yo concibo. Por eso pregunto ahora: ¿qué significa todo esto? ¿Cuál es el misterio de tu existencia, Gran Padre Aarx, y cuál la razón de tu ayuda, de tu modo de hablar mi lenguaje... y por qué hablas de victorias pagadas a alto precio, a costa de un tributo muy amargo y muy duro?</p> <p>La voz emergía del pequeño cubo de piedra. O quizá de todas partes, de todos los muros sombríos que nos rodeaban. Luther y Velda se agrupaban junto a mí, pendientes de aquella sorprendente comunicación con un ser de otro mundo... que, sin embargo, según el dibujo fantasmagórico, trazado misteriosamente en una de sus facetas luminosas, era HUMANO, como lo podíamos ser cualquiera de nosotros.</p> <p>Porque estaba contemplando una faz arrogante, varonil, majestuosa, con autoridad y con serena grandeza, enmarcada por largos cabellos blancos, mostrando un rostro totalmente humano, un rostro que recordaba a cualquier gran patriarca terrestre, investido de autoridad y de poder por algún simple don natural.</p> <p>Y esa figura, esa faz, ese rostro humano, a miles de años-luz de mi mundo, se movía, al tiempo que la boca modulaba palabras que me eran familiares, frases correctas y comprensibles, aunque llenas de misterio y de factores sorprendentes:</p> <p>—Extranjero... Nosotros, alguna vez, fuimos como tú. O muy semejantes a ti... y a tus compañeros, naturalmente. Sólo que Zeen no es la Tierra. Este es un planeta maldito, condenado a la destrucción final. Nosotros... Nosotros formamos parte de ese destino irremediable. Pero aún existe algo en nosotros. Aún queremos evitar que el desastre sea mayor y afecte a seres que no tendrían por qué verse mezclados en el apocalipsis de Zeen, pese a estar ahora en su suelo...</p> <p>—Zeen... —susurré—. Eso es absurdo. Nosotros llamamos Zeen al planeta. Lo bautizamos así en la Tierra. ¿Cómo puedes tú saber que Zeen es el nombre terrestre de este mundo?</p> <p>El rostro del cubículo luminoso reflejó amargura. Era como hablar con una bola de cristal mágica, en el hogar de un adivino. Sólo que yo presentía que aquello no era magia, ni lo que veía y oía podía ser en modo alguno producto de trucos o de fantasías. Su respuesta, empezó a aclararme muchas cosas, muchos enigmas insondables hasta entonces:</p> <p>—Conozco a gente tuya. Amigos, camaradas vuestros. Gente del planeta llamado Tierra, en otro Sistema Solar muy remoto... Ellos nos llaman así: Zeen. Es fácil captar pensamientos e ideas, nombres e idiomas. Por eso hablo tu lengua. La capté de sus mentes.</p> <p>—¿Telepatía?</p> <p>—Algo así. Pero más completo. Captación de pensamiento, grabación mental de memoria... No, no es fácil de explicarlo. Pero así llegamos a poder comunicar inicialmente con ellos. Y con vosotros ahora.</p> <p>—Ellos... —repetí, angustiado—. ¿Quiénes? ¿Los tripulantes de la nave Futuras ¿De la nave Dragón?</p> <p>—De ambas... en diferente forma. Por eso te dije antes que hay victorias dolorosas. No celebréis haber vencido a ese pobre monstruo, a esa oruga gigante, capaz de devorar seres humanos a mansalva... No, extranjero, porque esa oruga..., ese gusano repugnante, ese monstruo que fue vuestro enemigo...</p> <p>Dejé la frase en el aire. Yo, temiendo algo horrible, presintiendo una verdad demencial, traté de saber, de averiguar. Apremié con voz ronca:</p> <p>—Ese monstruo... ¿qué, Gran Padre Aarx?</p> <p>Y él me respondió. Me dio la más estremecedora y horripilante respuesta jamás imaginada por ninguno de nosotros:</p> <p>—Ese desdichado ser que agoniza, esa larva monstruosa... fue antes humana. Su nombre... su nombre era... LOU HEYNKEL, comandante de la nave Dragón...</p> <p>El gusano moribundo emitió un bramido extraño, casi penoso, como corroborando esa espantosa noticia.</p> <p>En ese momento, a nuestras espaldas, una voz familiar terminó de sobrecogerme, con un alarido estremecedor:</p> <p>—¡Comandante! —gritó—. ¡Comandante Harían...! ¡Soy yo... Ward Kelly!</p> <p>¡Mire, he encontrado a un ca-marada perdido en Zeen! ¡Mire, comandante! ¡Ralph Stacey viene conmigo!</p> <p>Con mis cabellos erizados, convulso, sumido en un mar de aterradoras confusiones, giré la cabeza.</p> <p>Era cierto. Increíblemente cierto. Kelly, nuestro piloto de la nave Futura, aparecía, procedente de una galería subterránea, arrastrando consigo a un hombre con jirones de ropas de astronauta sobre su cuerpo. Un hombre a quien yo había creído ver en la cabina de la nave Dragón convertido en un simple esqueleto.</p> <p>Ralph Stacey, astronauta con el número de orden 1.043.</p> <p>Era él. Y estaba vivo. Y bien vivo...</p> <p>Simultáneamente, el gran cubículo opaco, la enorme piedra en forma de cubo, que ocupaba el fondo de la caverna, se iluminó totalmente. Vi en su interior algo increíble.</p> <p>Algo que, definitivamente, me hundió en un auténtico clima de pesadilla, en un horror muy superior a todo lo imaginable hasta entonces.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo VII</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">V</style>ELDA Lañe se había desplomado con un grito. Estaba desvanecida. Inconsciente.</p> <p>Demasiadas emociones para tan poco tiempo. Yo mismo me sentía cerca de la locura. Luther miraba a los recién llegados con estupor, a las facetas del gran cubo rocoso con incredulidad. Y al monstruo agonizante con una emoción rayana en el delirio.</p> <p>En medio de aquel caos, solamente yo trataba de conservar la serenidad, el sentido común. Al menos, lo suficiente para darme cuenta exacta de lo que sucedía a mi alrededor.</p> <p>El gusano monstruoso, el animal horrible y amenazador... habían dicho que era mi buen amigo Lou Heyn-kel, comandante de la nave Dragón. Era inadmisible. No podía creerlo. Aún no lo creía.</p> <p>Y, mientras tanto, Kelly, mi segundo piloto a bordo de la nave Futura, reaparecía, sano y salvo... ¡trayendo consigo a Ralph Stacey, a quien yo había creído encontrar sin vida, convertido en un esqueleto descarnado a bordo del Dragón!</p> <p>Para remate de todo eso, los seres misteriosos de Zeen se dejaban ver... con el Gran Padre Aarx a la cabeza.</p> <p>Todos aparecían dentro del gran cubículo hallado al fondo del corredor subterráneo. En la luminosidad interior, sus muros eran como vidrios transparentes, límpidos. Y dentro de aquel mundo cuadrangular e increíble, vi flotar, simplemente, lo que quedaba de los que, alguna vez, debieron ser seres humanos en el planeta Zeen, una remota civilización inteligente, humanoide, convertida ahora en... en eso.</p> <p>Porque el Gran Padre Aarx y los demás eran solamente... CABEZAS.</p> <p>Cabezas vivas, expresivas, tremendamente humanas. Cabezas que emergían de una especie de forma central, ovoide, oscura, palpitante... Una visión terrorífica, sin duda alguna... si cada una de aquellas cabezas no hubiera tenido un rostro tan apacible, sereno y amistoso como el del propio Gran Padre...</p> <p>La visión individual había desaparecido de mi piedra personal, que se tornó opaca de repente. Desde el enorme cubo me llegó la misma voz de Aarx, pausada, solemne... y triste. Terriblemente triste, creo yo:</p> <p>—Sí, extranjero. Así somos ahora. Todos nosotros. Les que quedamos. Nos llaman, nos llamamos... Los Últimos...</p> <p>—Los Últimos... —repetí, angustiado.</p> <p>—Sí, eso, eso... No hay ya más en Zeen. No tuvimos suerte. Nos hicimos mutantes. Una horrible mutación que hizo de nosotros lo que ahora somos... Un solo cuerpo, un elemento orgánico general... para VARIOS seres vivos, inteligentes, sensibles..., condenados a vivir, a protegerse, dentro de este mineral portentoso que, en vuestra lengua, se llamaría galactium... Aquí dentro vivimos, vegetamos..., pero pensamos, somos, existimos. Y tratamos de ser útiles a los demás, sólo a base de poder mental. El único poder que nos queda, el que da luz y energía al galactium, reactivando su poder natural... Hay otras piedras así por el planeta. Dispersadas por nosotros mismos, antes de hundirnos en este micromundo rocoso que nos protege. Emitimos sobre ellas nuestro poder, si alguien las toma y las necesita... Extranjero, nunca debisteis venir a este planeta. No merecía la pena. Es un lugar espantoso. Un infierno. Podéis salvaros de los vampiros humanoides, pero no de otros peligros... Las larvas, esos enormes gusanos..., son más peligrosos y terribles.</p> <p>—Acabas de decir... que ese gusano horrible era un amigo, un camarada mío... —repliqué.</p> <p>—Y es cierto —hubo un silencio, en tanto miraba yo el cuerpo, inmóvil ya, del gusano gigante que nos atacara, estando a punto de engullir a Von Klein—. Hubo errores. Graves errores cometidos por todos vosotros. No por ti, ni por los dos que te acompañan, no por vuestros amigos de las dos expediciones... Ellos te lo explicarán mejor que yo. ¿No es cierto que vosotros... sabéis mejor la respuesta?</p> <p>Y al volverse hacia Kelly y Stacey, vi agitar a ambos la cabeza con energía, afirmativamente... Fue mi segundo piloto, Ward Kelly, quien me confesó:</p> <p>—Sí, mi comandante... Todo fue espantoso... Como dicen esos..., esas cabezas parlantes... Hallé a Stacey, no quise creerle... Luego..., luego comprobé por mí mismo...</p> <p>—¿El qué, Kelly? —le apremié con energía—. ¿Qué comprobó? ¿De qué está hablando? ¡Termine de una vez, por Dios! ¡Y es una orden!</p> <p>—Claro, señor... Yo..., yo creí que Stacey estaba loco cuando hablaba de las orugas..., hasta que..., hasta que volví a la nave Futura... y comprendí..., comprendí que había sido un error, un espantoso error...</p> <p>—¿Qué? —aullé—. ¿Qué ha sido ese error, Kelly?</p> <p>—Llevarse... llevarse a bordo... larvas pequeñas, crías de orugas para su examen científico... El profesor Woods..., Doc Einkens, la señorita Hoffman..., todos..., ¡TODOS, señor...!, se convirtieron luego en..., en larvas, en gusanos... Se hicieron gigantescos y terribles...</p> <p>—Pero, ¿qué dice, Kelly? —rugí—. ¿Es que se ha vuelto loco? ¡No es posible!</p> <p>—Lo fue, señor, lo fue... Ellos fueron absorbidos... Las larvas penetran en los organismos vivientes... y allí engendran una nueva forma de vida... Es una..., una mutación espantosa, comandante Harían —sollozó amargamente Stacey—. Yo..., yo he visto desaparecer así a todos los tripulantes del Dragón... A todos, comandante...</p> <p>—Ralph Stacey, no sé qué sucede aquí, pero algo no encaja en tu relato —repliqué con tono acre, mirándole acusador—. He visto tu cuerpo, tu esqueleto... a bordo del Dragón. Me quedé con tu placa de identificación. La tengo aún. ¡Y estaba en tu esqueleto!</p> <p>Stacey me contempló horrorizado. Lo oí susurrar, con voz sorda, casi a punto de estallar en llanto:</p> <p>—No era yo, señor... ¡No era yo! Perdí mi pulsera cuando escapé, horrorizado, de la nave donde estábamos... Alguno de ellos la recogió. No sé quién, pero... no era yo... Las larvas malditas, cuando devoran a un ser humano, sólo engullen su carne, sus tejidos..., dejan los huesos, el esqueleto... Otros muchos..., otros mucho esqueletos andan por ahí. De toda la tripulación del Dragón, solamente yo... estoy vivo, señor...</p> <p>Le miré dominando mi horror. Giré el rostro hacia Kelly. Le pregunté, con tono crispado, lleno de angustia:</p> <p>—Y nuestra nave, Kelly... Nuestra nave... ¿Dónde está ahora? ¿Están también muertos... todos los demás tripulantes?</p> <p>—No, señor... Stacey tiene razón. Los gusanos devoran a los seres humanos..., si es que antes no logran injertar sus larvas, sus huevos, en la epidermis de cualquier ser viviente. Entonces todo cambia. El inoculado se convierte en larva, devorado interiormente por las huevas del monstruo... Si evita eso, es devorado... y su esqueleto queda como resto del festín.</p> <p>—Supongo que también..., también los humanos convertidos en orugas... devoran a los demás —temblé, horrorizado.</p> <p>—Sí, señor... —confesó amargamente Kelly, bajando la cabeza—. Ahora, varios de nosotros andan por ahí, convertidos por la horrible mutación en gusanos voraces... Otros están ya muertos... y algunos escaparon, como yo mismo.</p> <p>—Y la nave, Kelly... ¿Dónde está la nave? —quise saber, cuando ya la doctora Lañe estaba recuperándose bajo los cuidados de Luther.</p> <p>—Yo puedo llevarle hasta allí, señor —dijo Stacey amargamente—. Conozco mejor el camino...</p> <p>—Aún podemos salvar a Ivan Polnosky, a Tosho Hakawa... —musitó Kelly—. Que yo sepa, son los únicos, junto conmigo, que pudieron huir del ataque de las larvas...</p> <p>—Está bien —acepté, resuelto—. Vamos allá.</p> <p>Miré al gran cubículo, a las cabezas de los imitantes. El venerable Aarx mostraba un gesto de preocupación.</p> <p>—Tened cuidado —avisó—. No sabemos todo sobre esa extraña facilidad de mutación de las orugas... A veces, su proceso se mantiene oculto... Sólo cuando están muy desarrolladas, podemos captar si su mente es humana o, simplemente, la de una larva vulgar. Cuidado, extranjero. Intentaremos ayudarte, en tanto sigas llevando contigo esa pequeña piedra. Pero nuestro poder es limitado, sobre todo a distancia...</p> <p>—Correremos ese riesgo, Gran Padre —suspiré. Miré a Stacey, a Kelly, extenuado y jadeante, y a Luther y a la doctora Lañe, todavía impresionados con la terrible experiencia vivida—. En marcha, amigos. Y ahora sí que necesitaremos la ayuda de Dios. Stacey, guíe usted. Y recuerde algo: si sospecho que me engaña, que dentro de su ser se está produciendo un proceso de mutación..., no dudaré en matarle. Cualquier cosa es preferible a permitir que un ser humano se transforme en esa cosa horrorosa que un día fuera mi pobre amigo, el comandante Lou Heynkel...</p> <p>—Claro, señor —dijo dócilmente Stacey, señalando hacia una caverna lateral—. Es por ese camino. Y no dude sobre mí. Sigo siendo el mismo Ralph Stacey que conoció...</p> <p>—Así sea —pedí duramente. Y sólo Dios sabía que era el que más deseaba que las cosas fueran como él decía.</p> <p>Echamos a andar. No sabía si nuestro destino era el propio infierno, una muerte estremecedora, alucinante, como jamás soñó ser humano alguno. Sólo sabía que había llegado el momento de jugárselo todo a una carta.</p> <p>Y eso era lo que estábamos haciendo ahora.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>La nave Futura.</p> <p>Estaba allí. Frente a nosotros. Sentí alivio. Y esperanza. Ralph Stacey había sido sincero, cuando menos en ese sentido. Su palabra, de momento, era ley. Y eso ya era algo, para un ser desconfiado y huraño como yo.</p> <p>—Cielos, al fin... Ahí la tenemos —musité, como quien ve ante sí el propio hogar, tras haber sido Robinsón en una isla desierta durante muchos años.</p> <p>—Se lo dije, señor —habló Stacey, con voz ronca—. No mentía...</p> <p>—Claro, amigo mío —suspiré—. Debe perdonarme. En este planeta infernal, he tenido que aprender muchas cosas. Entre otras, a no confiar en nada ni en nadie... Ahora, veamos; ¿habrá alguien a bordo, Kelly?</p> <p>—No lo sé, señor. Escapé como si me persiguiera el diablo. Entonces no había sino orugas monstruosas, que antes fueron compañeros, amigos, seres humanos como usted y como y... Lo que luego haya sucedido..., no puedo saberlo.</p> <p>—Está bien... Luego me contará lo ocurrido a bordo, Kelly. Antes, veamos el terreno. Sepamos lo que pudo suceder... y tratemos de ver si es posible salir de aquí...</p> <p>El lugar no ofrecía demasiadas posibilidades para un despegue. Como la nave Mosquito, la Futura se hallaba en un subterráneo, atraída sin duda por la misma misteriosa fuerza magnética que nos absorbió a nosotros.</p> <p>Alrededor nuestro, una enorme caverna circular, con altísima bóveda, era el refugio del subsuelo donde se encontraba nuestro vehículo espacial, tan misteriosamente desaparecido de la superficie. Nos fuimos aproximando, con todas las precauciones posibles.</p> <p>No sucedió absolutamente nada. La calma no se alteró en el lugar. Parecía que no hubiese nadie a bordo. Me estremecí, pensando lo que podía haberles ocurrido a todos, por su error ante el enemigo terrorífico que eran las orugas de Zeen.</p> <p>Accioné el resorte de apertura de los accesos, desde el exterior. La orden magnética actuó, sobre la puerta. Se abrió, con un deslizamiento suave. Traté de ver algo en el interior. No soltaba la piedra cubicular por nada ni por nadie. Tal vez, llegado el momento, fuese mi salvación.</p> <p>Los escalones descendieron automáticamente. Comencé a subir, paso a paso. Tras de mí, todos esperaban en tensión. Mis órdenes eran de que nadie se moviese. No quería arriesgar más vidas de las absolutamente necesarias.</p> <p>La mía era suficiente. Confiaba en que fuera así.</p> <p>Alcancé la abertura de entrada. La pisé, vacilante. Miré el interior. Un temblor sacudió mi ser violentamente.</p> <p>Esqueletos...</p> <p>Había varios esqueletos dispersos por la cabina. Cuerpos descarnados, simples huesos, sin cabellos, carne ni ropas. Como el falso esqueleto de Stacey que viera yo en la otra nave...</p> <p>Conté hasta tres cuerpos hechos simple calavera escalofriante. Me pregunté quiénes serían, de entre mis compañeros de expedición espacial. Maldije interiormente, con todas mis fuerzas, al planeta endemoniado al que habíamos sido enviados. Y a todo cuanto en él nos sucedía.</p> <p>Avancé, decidido a todo. Miré en torno. Un sollozo atrajo mi atención.</p> <p>Miré al fondo. Despavorido, con ojos dilatados por el terror, me contemplaba un rostro familiar, un amigo y camarada.</p> <p>Con terror. Con angustia. Como si yo fuera un monstruo, uno más en aquel mundo alucinante que pisábamos. No me reconocía, era evidente. Quizá era incapaz de reconocer a nadie en este mundo.</p> <p>—Polonsky... —susurré—. Mi buen amigo Iván... Eres tú... Uno de mis hombres... ¿No me reconoces acaso? ¿No sabes quién soy? Mírame bien. Soy yo, Harían. Tu jefe. Tu comandante, tu amigo y camarada, Lone Harían...</p> <p>—No no... —le oí balbucear—. Nadie es... Nadie es lo que parece... Yo lo sé. Mientes... Tú mientes, como mienten todos los demás... Como mentía Ingrid, la bella Ingrid, cuando fingió caer en mis brazos, pedirme caricias, besos... ¡Fue horrible! ¡Horrible! —aulló con exasperación, convulso el rostro, ceniciento y deforme por el horror.</p> <p>—Iván, ¿qué fue lo horrible? —dominé mi propia angustia, mi latente pánico, del mejor modo posible, aun a sabiendas de que iba a enfrentarme, quizá, a un nuevo hecho pavoroso—. Dime, amigo mío. Yo no te engaño. Soy Harían, Lone Harían, comandante en jefe de la nave Futura, en vuelo a Zeen.</p> <p>—Todos engañan... Ella me engañó... Tan dulce, tan sugerente, tan llena de pasión... —emitió un chillido terrible y se cubrió los ojos con una mano que temblaba con violencia—. ¡Y era mentira! ¡No era ella! ¡Ya no! ¡Era sólo un monstruo, un espantoso ser babeante, que se transmutó en mis brazos, pretendiendo devorarme...!</p> <p>—Ivan... Ivan Polnosky, esas cosas pueden haber sucedido, pero yo... yo soy Harían. Afuera están los demás. Y son ellos también. ¿Lo entiendes? Son ellos, nuestros amigos y camaradas... Kelly, Stacey..., la doctora Lañe, Von Klein...</p> <p>—No, no... —me miró despavorido—. ¿Ves como me engañas, maldito? ¿Ves, embustero endemoniado, como todo cuanto dices es falso?</p> <p>—¡Polnosky! —traté de dominarlo con autoridad—. ¡Calla ya y escucha! ¡Es una orden!</p> <p>—No, no te creo... No eres mi amigo... No eres humano, Harían... Eres como todos ellos... Tú mismo te delataste al decir..., al decir que Stacey es..., es un amigo, uno de nosotros... ¡No lo es, tú lo sabes! ¡Stacey SE CONVIERTE EN ORUGA cuando tiene hambre...!</p> <p>Iba a replicarle airadamente, cuando oí algo afuera, un grito agudo, unos jadeos... Luego, un frío glacial, una peste repulsiva hirió mi olfato.</p> <p>Y se me erizaron los cabellos al comprender que Polnosky tenía razón.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p></p> <p>Sí. Tenía razón.</p> <p>Era espantoso. Terrorífico. Pero tenía razón.</p> <p>Corrí a la puerta, temiendo ver justamente lo que vi. Algo indescriptible, delirante, capaz de helar la sangre al más valeroso...</p> <p>Era cierto. Stacey nos había engañado. Y, lo que resultaba peor: no sólo Stacey, sino también..., ¡también Kelly!</p> <p>Los dos eran ya otra clase de seres. Eran imitantes.</p> <p>Se habían convertido súbitamente en orugas gigantescas. Y se precipitaban sobre Velda y Von Klein que, horrorizados, no podían defenderse de aquellos cuerpos viscosos y peludos que, un momento antes, eran tan humanos en apariencia como ellos mismos.</p> <p>Grité con voz potente:</p> <p>—¡Velda, Luther! ¡Atrás, huyan de su contacto! ¡Si les devoran, lo que harán luego, evidentemente, es reproducirse con el aspecto físico de ustedes! Se convertirán en lo que ellos son ahora...! Atrás..., atrás... ¡No luchen!</p> <p>Me precipité hacia el suelo, enarbolando el cubo mineral, esperando otro milagro de tan prodigioso elemento. Mentalmente, rogué que el Gran Padre Aarx no dejara de auxiliarnos en tan terrible trance...</p> <p>La luz reapareció. Se materializó en las facetas del cubo, y proyectó su claridad sobre las orugas gigantes que anteriormente habían sido hombres, como nosotros. El fenómeno reproductor y mutante de aquellos monstruos me resultaba difícil de comprender. Pero lo importante era que cuando se convertían en aquellas criaturas dejaban de ser humanas, aunque en apariencia lo fuesen.</p> <p>Y era preciso destruirlos. Acabar con ellos. Porque en realidad, ya habían dejado de existir antes de que nosotros pudiéramos abatirles.</p> <p>Las orugas retrocedieron, emitiendo sonidos horribles con sus bocas babeantes. La luz las hería, las dañaba, pero parecía que no fatalmente, porque no las veía agonizar, como sucediera con los vampiros.</p> <p>La doctora Lañe sollozaba, virtualmente rotos sus nervios ante tantos horrores sufridos en aquellas horas. Von Klein, valerosamente, trataba de protegerla. Yo avancé un poco más, pese al frío, al hedor, al peligro mismo de los monstruos, esperando que la proximidad de la luz dorada fuese más eficaz sobre las criaturas reptantes.</p> <p>Se retorcieron, golpeando con sus cuerpos de vello sedoso, anillados, las paredes de la caverna. Pero eso fue todo. Sus ojos, sus globos rojizos y horribles se fijaban malignamente en mí y en mi fragmento mineral.</p> <p>De repente, tuve una idea. Alcé el cubo. Lancé la luz sobre sus ojos. Los globos rojizos emitieron un fulgor vivo, como si ardieran. Esta vez resultó.</p> <p>Con unos escalofriantes chillidos, entre sus fauces babosas, se agitaron, convulsas, cayendo atrás, golpeando los muros, derrumbándose finalmente rígidas e inmóviles...</p> <p>Respiré hondo. Lo habíamos logrado. Otros cuerpos se iban con ellos a la eternidad. E incluso otras mentes, otras vidas... Stacey, que quizá ya no era Stacey, desde hacía mucho tiempo, y logró engañar a Kelly, para que luego Kelly se transformase y nos engañara del mismo modo.</p> <p>Me volví. Polnosky asistía a la escena trémulo, desde la puerta de la nave. Traté de convencerle ahora.</p> <p>—¿Lo ves, Iván? Ellos sí eran lo que tú decías, amigo mío..., y han perecido. Ahora, confía en nosotros tres. Somos aún los mismos...</p> <p>—Sí, sí... —sollozó el desdichado—. Debo confiar... en vosotros...</p> <p>—Un momento —me avisó Von Klein, ceñudo—. ¿Y cómo podemos confiar nosotros en..., en él?</p> <p>Miré a Polnosky, pensativo. Afirmé:</p> <p>—Es cierto —dije—. Podría ser un..., un mutante. Parece que son habilísimos en sus engaños para convencer a los demás...</p> <p>—Existe un medio de saberlo, señor —lloriqueó Polnosky, ahora convencido, al parecer, de nuestra real identidad.</p> <p>—¿Cuál, Iván?</p> <p>—Rayos X... Una radioscopia... Es suficiente para salir de dudas...</p> <p>—¿Por qué los rayos X? —quiso saber Velda Lañe.</p> <p>—El esqueleto, doctora —musitó Polnosky—. Ellos..., ellos engullen sólo ciertas partes de cada ser humano....Su cerebro, algunos tejidos... Pero no pueden digerir el esqueleto. Ni almacenarlo, como almacenan los cuerpos absorbidos, en su interior, convertidos en células mutantes, que vuelven a recuperar su forma original, a voluntad...</p> <p>—Almacenar cuerpos... DENTRO DE OTRO CUERPO —me estremecí—. Dios mío, resulta demasiado espantoso, Polnosky...</p> <p>—Es la realidad —nos informó tristemente—. Son como enormes despensas... El cuerpo absorbido reaparece, en apariencia... Pero para entonces, vomitaron ya el esqueleto, limpio, descarnado... y cuando reproduce un cuerpo engullido, fingiendo ser esa persona, la materialización de sus células mutantes es perfecta..., salvo que no tienen esqueleto. Ni sangre. Ni corazón... La radiografía lo revela inmediatamente..., si es que resulta posible hacérsela...</p> <p>Permanecimos mudos, silenciosos, sobrecogidos por la nueva información que, sobre los entes del subsuelo de Zeen, nos refería el infortunado Iván Polnosky.</p> <p>De todos modos, no estuve seguro de que era él hasta que la radiografía me reveló que su organismo era absolutamente normal...</p> <p></p> <p></p> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><strong>Capítulo VIII</strong></p> <p>—Sí, extranjero. Así son las cosas. Ese amigo vuestro dijo la verdad. Los mutantes no tienen esqueleto, sangre ni corazón. Pero en lo demás son capaces de engañar a cualquiera. Retienen su memoria, su personalidad... Las células se reproducen fielmente en todo lo que la mente de la oruga devoradora les dicta.</p> <p>—Y esas criaturas..., ¿existieron siempre en Zeen?</p> <p>—Siempre —la cabeza canosa de patriarca de aquella increíble, alucinante formación humana de cabezas unidas a un solo cuerpo común, afirmó despacio—. Pero ahora, cada expedición vuestra que llegue a este mundo, sufrirá la misma peligrosa experiencia, si no son advertidos todos previamente. Lo que uno imagina que son monstruos vulgares, se convierten en un peligro terrible, si llegan a absorber a vuestra gente.</p> <p>—Dios mío —susurré—. Eso quiere decir que, cada expedición que llegue a Zeen, vería a esas criaturas sin imaginarse que antes de ser lo que son..., fueron ellos mismos, astronautas humanos, como los que llegan...</p> <p>—Exacto. Y, llegado el momento, su mutación constituiría un peligro para difundir la enfermedad entre los presentes. Afortunadamente, vosotros habéis logrado reuniros todos. Y ahora os marcháis a vuestro planeta de nuevo. Sólo los que quedáis con vida, naturalmente —nos miró, bondadoso, a la doctora Lañe, a Von Klein, a Polnosky, a Tosho Hawaka, a mí... Y a nadie más. La primera expedición estaba ya perdida. Totalmente perdida. Totalmente convertida en..., en lo que eran ahora, orugas gigantescas, arrastrándose por la superficie del planeta.</p> <p>—Gracias por todo, Gran Padre —murmuré, pensando en qué extraña y remota historia pudo convertir a aquel pueblo en su amasijo de cabezas humanas, dentro de un ámbito mineral prodigioso—. Y ahora, espero salvar esas irradiaciones magnéticas del subsuelo, para remontarnos libremente al espacio... y regresar a nuestro mundo.</p> <p>—Confiad en nuestra ayuda —sonrió el anciano—. Nuestra energía actuará unida a vuestros reactores. Saldréis de aquí, estoy seguro...</p> <p>Era una despedida. Dejé el cubo fulgurante en el suelo, junto al más grande que era su morada actual. Luego, me alejé hacia la nave Futura, donde todos esperaban.</p> <p>Ya no necesitaría más aquella arma. Y, sin embargo, alguien que llegase a aquel planeta sí podría necesitarla...</p> <p>—Adiós, amigos —dije con cierta amargura.</p> <p>—Adiós. Y suerte para todos...</p> <p>Era la despedida. El final en el planeta alucinante llamado Zeen.</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo IX</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">—E</style>L final... ¿Lo será, realmente?</p> <p>Giré la cabeza y miré a quien hablaba. La nave avanzaba majestuosamente a través de miríadas de estrellas, de regreso a nuestro mundo.</p> <p>—¿Por qué preguntas eso, Polhosky?</p> <p>—No sé... —se encogió él de hombros, sin cesar de atender los controles de la Futura—. A veces pienso que todo fue una pesadilla. En otras ocasiones, me asalta el temor de que aún no hemos despertado de ella. Ni lo haremos jamás.</p> <p>—Eso es un disparate, Iván —replicó con una sonrisa Luther Klein—. El planeta Zeen quedó atrá3. No vamos a volver a él jamás, ni ya nada de cuanto sucede en su maldita superficie o en su profundidad puede afectarnos. Nos hemos librado. Y muy a tiempo. Lo lamentable, realmente, es que tantos camaradas hayan quedado allí para siempre. Que esas horribles criaturas hayan logrado apoderarse de ellos y aniquilarlos.</p> <p>—Ha sido un mal inevitable —suspiró—. Intentamos rescatar a nuestros camaradas, y nosotros mismos caímos en el desastre... Hemos perdido a entrañables personas, a amigos y compañeros de viaje como Ward Kelly, Ingrid, Marston, Woods, o Einkers. Sé que esto no ha hecho sino provocarnos una sensación de frustración, de fracaso absoluto. Y es posible que en cierto modo haya sido así, y el fracaso nos haya acompañado de un modo demoledor. Pero hicimos lo humanamente posible por evitarlo. Y, dentro de todo, podemos darnos por satisfechos, dadas las circunstancias, de que todo haya pasado y, cuando menos, nosotros cinco estemos definitivamente a salvo de peligros, en pleno espacio... y camino de la Tierra.</p> <p>—Definitivamente a salvo... Eso es lo que me preocupa, señor —manifestó apagadamente Polnosky, sacudiendo la cabeza—. A veces..., a veces tengo miedo.</p> <p>—¿Miedo? —se burló Tosho Hawaka—. ¿De qué o de quién? Ahora estamos solamente nosotros a bordo. Y Zeen está lejos. ¿Qué podemos temer, Iván?</p> <p>—Si al menos lo supiera... —apretó los labios, con gesto de desaliento—. Es..., es una rara sensación de..., de temor, de angustia. Sólo un presentimiento, lo admito. Pero...</p> <p>No dijo más. Permaneció callado, inclinado sobre los tableros de control. Yo no respondí. No podía culpar a Polnosky de que sintiera miedo. Yo había sabido en Zeen lo que era el terror. Enfrentarse a lo desconocido, nunca es agradable. No hay nadie realmente valeroso hasta la temeridad, cuando ni siquiera sabe con qué está luchando...</p> <p>—Está bien —dije al fin—. Acabemos las conversaciones inútiles. Cada uno a su tarea. Recuerden que, entre cinco, hemos de hacer el trabajo de diez personas. Va a ser una labor muy dura, hasta que lleguemos a nuestro mundo.</p> <p>Nadie replicó. Les vi dedicarse a las tareas de a bordo. La única que dejó su labor de ayuda en los sistemas de mando de la nave, junto a Von Klein, fue la doctora. Velda vino a mí, mirándome con fijeza. Traté de son-reírle.</p> <p>—No sé qué decirle, comandante —habló al fin.</p> <p>—¿Decirme? ¿De qué? —la estudié sorprendido.</p> <p>—Le estoy tan agradecida...</p> <p>—Bah, tonterías. Teníamos que luchar por nosotros mismos y por los demás. La mayor responsabilidad era la mía. De cualquier modo, creo que sin esos seres encerrados en su pequeño mundo mineral, nunca hubiéramos logrado abandonar Zeen. Así que no me agradezca nada a mí.</p> <p>—Aun así, lo haré, comandante —sus ojos parpadearon al mirarme—. Sin usted, sin su entereza y energía, sin su decisión y su valor personal..., nunca hubiéramos salido de allí, ni ahora estaría yo posiblemente disfrutando de la vida, de regreso a casa.</p> <p>—Eso sí me complace, doctora. Si en algo cree que contribuí a ello, me sentiré muy orgulloso de mí mismo, pero...</p> <p>Ella no respondió. En vez de eso, se inclinó hacia mí. Fue la mayor de las sorpresas. Sentí sus labios rozando mi mejilla, con un cálido y húmedo contacto que me hizo estremecer. Después, ella se irguió, como si hubiera cometido una falta imperdonable, se cuadró casi militarmente y me dijo con voz firme:</p> <p>—Perdone, señor. No volverá a suceder. De todos modos..., gracias.</p> <p>Volvió a su tarea. A su asiento. Ni siquiera me miró de nuevo en las siguientes horas.</p> <p>Yo rocé con los dedos aquel punto del rostro donde aún creía sentir el contacto de la boca carnosa de Velda Lañe. Era curioso, pero mi sangre circulaba más de prisa, y mis sienes palpitaban con fuerza.</p> <p>Traté de olvidar aquel momento de humana debilidad en el frío caparazón de la bella y nada amable doctora Lañe. Me resultó difícil olvidarla a ella. Y olvidar su beso.</p> <p>Pero poco después, existían motivos sobrados a bordo para que lo olvidase todo, y para que, en vez de recorrer tumultuosamente mis venas, la sangre llegara casi a helarse en ellas.</p> <p>Fue precisamente Tosho Hawaka, el más escéptico ante las corazonadas y presentimientos, de Polnosky, quien lanzó súbitamente la voz de alarma.</p> <p>Una voz de alarma que nos aterrorizó a todos súbitamente:</p> <p>—¡Señor! —me llamó—. Comandante..., creo..., creo que..., QUE HAY «ALGUIEN» O «ALGO» MAS A BORDO, además de nosotros cinco...</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p>«Alguien» o «algo»...</p> <p>¡A bordo de la nave Futural Era increíble.</p> <p>—No puede ser... —me incorporé de un salto. Imaginé que debía de estar tan pálido como vi los rostros de todos mis compañeros, especialmente el de Iván Polnosky, que parecía invadido por el horror, al empezar a confirmarse sus temores de antes—. ¡Hawaka, eso no es posible!</p> <p>—Vea, señor... —jadeó con voz ronca—. Acabo de comprobarlo... a través de la computadora. Vea, se lo ruego.</p> <p>Miré. En la pantalla del cerebro electrónico que Tos-no manejaba, haciendo cálculos sobre el peso, volumen de la nave, fuerzas gravitatorias universales, atracciones magnéticas y efectos de radiaciones cósmicas en nuestro vehículo, lanzado a supervelocidad a través del Cosmos, aparecían ahora una serie de líneas, en letras electrónicas, de lívido color verde.</p> <p>Era el resultado de una serie de datos sobre nuestro peso, volumen, oxígeno disponible y demás datos, matemáticamente computados para que el ordenador nos confirmara circunstancias y necesidades para nuestra vida a bordo.</p> <p>Sentí un escalofrío al leer aquellas frías líneas escritas por un cerebro electrónico, carente de emociones y que desconocía lo que era el miedo de la sugestión.</p> <p>PRESENCIAS VIVIENTES A BORDO: SEIS AIRE RESPIRABLE DISPONIBLE: NORMAL NECESIDADES DE OXIGENO: SUPERIORES A LO NORMAL</p> <p>PORCENTAJE DE LA ANTERIOR SUPERIORIDAD: 16.666...</p> <p>PESO A BORDO: EXCEDE EN CIENTO VEINTE LIBRAS EL REGISTRADO</p> <p>Me erguí, angustiado. Cambié una mirada con todos mis compañeros.</p> <p>—¿Saben lo que eso significa? —pregunté, tenso.</p> <p>Todos asintieron. Claro que lo sabían. La computadora era precisa. El porcentaje de oxígeno respirable, en vez de ser un veinte por ciento para cada ser viviente a bordo, como correspondía al dividirlo por CINCO seres vivos, era de sólo 16,66666..., que matemáticamente correspondía a SEIS seres que respirasen aire. El peso también marcaba ciento veinte libras más. Alguien con ese peso estaba a bordo ahora, aparte de nosotros mismos...</p> <p>Sin decir palabra, fui al armario de armamento. Extraje hasta cinco armas que repartí entre todos. Retuve la mía propia. Eran pistolas de cargas explosivas. Podían poner en peligro el propio fuselaje de la nave, pero no había otro remedio que utilizarlas, si aquella «cosa» o ser viviente era un enemigo, como era de temer, procediendo de Zeen.</p> <p>—Debemos llevar un polizón con nosotros desde que despegamos —sugirió en voz baja Iván Polnosky—. Estaba seguro de que algo...</p> <p>Le hice callar con un gesto. El tenía razón, sin duda alguna. Pero hablando, nada íbamos a resolver. Además, cabía la posibilidad de que el intruso fuese «inteligente» y pudiese captar nuestras palabras e interpretarlas.</p> <p>—Doctora, quédese aquí —ordené—. Al mando de la nave. Cierre las puertas de comunicación con esta cabina. No abra por nada del mundo, a menos que cada uno de nosotros dé la contraseña elegida. Sólo entonces, ¿comprende? Y aun así, siempre prevenida. Tenga su arma a mano.</p> <p>—Sí, señor. ¿Y ustedes...?</p> <p>—Vamos a buscar a ese intruso por todas partes —dije fríamente. Pulsé el teclado de la máquina electrónica, y tracé en la pantalla una serie de cifras y letras—. Reténganlas en la memoria lo antes posible. No las olviden. Será nuestra contraseña para entrar aquí. ¿Están aprendidas?</p> <p>Asintieron, a medida que las memorizaban. Luego, salimos de la cabina de control, que la doctora cerró herméticamente al salir nosotros. Se quedó sola. Al frente de la nave, en la seguridad de aquella cabina.</p> <p>—Tenemos que dividirnos y buscar cada uno por un lado —sugerí—. Es un riesgo, lo sé. Pero esta nave tiene cuatro conductos diferentes hacia los motores a turbina. Vale más recorrer cada uno de esos conductos. Ya sabemos la clase de criaturas que había en ese maldito planeta.</p> <p>Afirmaron, uno a uno. Nos despedimos con una mirada muda, sin una sola palabra. Yo tomé mi propia ruta. Y cada uno hizo lo propio. No sabíamos lo que íbamos a encontrar. Pero no podía ser nada bueno.</p> <p>Me pregunté, mientras me movía entre las instalaciones mecánicas de la nave, hacia el lugar donde se hallaba la pila energética, y los propulsores de supervelocidad, quién de nosotros hallaría a la «cosa» escondida a bordo... y qué clase de criatura sería, después de todo.</p> <p>Tuve pronto la respuesta.</p> <p>Porque fui yo quien la encontró. Yo fui quien pudo ver lo que era aquello...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>Capítulo X</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">U</style>N feto. Una larva...</p> <p>Tenía que ser eso. Pese a su enorme peso, en proporción a su volumen, pronto comprendí la clase de horror que llevábamos encima. Algo se había descascarillado, y vi fragmentos fosforescentes en el suelo, como el caparazón quebradizo de un enorme huevo.</p> <p>De allí había salido «aquello». Lo que se movía, reptante, camino de la pila energética. Si llegaba a ella, podía provocar un caos a bordo. O tal vez buscaba alimentarse de energía, para agigantarse, para alterar su monstruosa naturaleza.</p> <p>Era una larva, una oruga luminosa..., no mayor que un reptil. Pese a ello, pesaba ciento veinte libras, según la computadora. Reptaba, arrastrando su baboso cuerpo velludo, blancuzco, sobre el túnel metálico donde se había roto el huevo que la contenía, dándole suelta.</p> <p>Hasta entonces no había sido sino un simple embrión, dejado en la nave por una de las monstruosas orugas. Eso quería decir que su proyecto era llegar a la Tierra a bordo de la nave, y quizá allí reproducirse hasta desencadenar un nuevo horror, desconocido para los terrestres, pero no para nosotros.</p> <p>—Dios mío... —murmuré, sintiendo un sudor helado en mi rostro, en mis manos crispadas—. Una larva... Un feto vivo, que puede crecer, crecer, crecer... Por eso la computadora no acusaba presencia viviente alguna. Estaba reducida a un simple embrión dentro del huevo correspondiente... Pero ahora, sí. Ahora VIVE... y puede atacar, incluso... DESTRUIR...</p> <p>Tomé una resolución drástica. Debía evitar, a toda costa, que llegase a la pila energética en acción. Por ello, alcé mi arma. Apunté al monstruo en estado de larva. Y disparé, sin vacilación alguna.</p> <p>Disparé un chorro de fuego que estalló sobre su piel pegajosa y fosforescente, abriendo un boquete súbito, por el que chorreó un repugnante humor babeante...</p> <p>Un berrido horripilante ensordeció mis tímpanos. La criatura se agitó, tumultuosa, enfurecida. Giró la cabeza, y su rostro infernal se encaró al mío. Hice un segundo disparo, sin perder momento, cuando comenzaba a reptar hacia mí.</p> <p>Esta vez reventé parte de su rostro y de su abdomen, con otro estallido de la carga explosiva correspondiente. Pero aunque mugió como una bestia herida, y se agitó en convulsiones atroces, no logré rematarla de momento con eso.</p> <p>Súbitamente, tomó por uno de los tubos transversales de refrigeración de las turbinas. Y desapareció de mi vista.</p> <p>—¡Cuidado! —aullé, disparando al aire simples cargas sonoras, sin explosivos—. ¡Cuidado, todos! ¡Es un monstruo, una oruga recién nacida, y va herida! ¡Puede ser MUY peligrosa...!</p> <p>Mi voz debía éxpanderse ahora por los sistemas de amplificación de a bordo, ya que había abierto el interruptor de radiofonía en mi indumentaria espacial. Era de suponer que Polnosky, Hawaka y Von Klein tomaran nota de mi aviso.</p> <p>—¡Ha tomado por los tubos de refrigeración! —añadí—. ¡Vigiladlos todos y, tirad a matar, sin la menor vacilación!</p> <p>Retrocedí rápidamente, para ir en busca de la zona central de la nave. Yo sabía que, a través de esos tubos de refrigeración, podía llegarse, si se sabía hacer, incluso hasta la cabina de controles. La sola idea de que la doctora Lañe corriera peligro, me hacía sentir una tremenda excitación, una inquietud agobiante.</p> <p>A la desesperada, alcancé el centro de la nave Futura. Allí, poco a poco, fueron llegando todos. El último en hacerlo fue Von Klein. Venía herido, con un desgarro en su muñeca y mano derecha, que goteaba sangre. Despeinado, jadeante, señaló el interior del tubo por el que él había regresado.</p> <p>—Allí abajo la tenéis —murmuró—. Está muerta... Me atacó. Quise dispararle..., pero ya no hizo falta. Cayó en redondo. Está destrozada esa maldita oruga...</p> <p>Le llevamos a la cabina de controles. La doctora Lañe se encargó de curarle. Yo hallé los restos repugnantes de la oruga babosa, allá en el fondo del túnel de metal. Arrojé su cuerpo maltrecho e inmóvil al triturador de desperdicios de a bordo. De allí saldría volatizado, convertido en nada, en simples átomos, al espacio infinito.</p> <p></p> <p><strong>* * *</strong></p> <p>Cada vez estábamos más lejos de Zeen, aunque todavía era perceptible su atracción magnética sobre la nave. Estábamos, sin embargo, a punto de liberarnos de su fuerza de gravedad, para lanzarnos abiertamente al Cosmos, en dirección a nuestro mundo.</p> <p>Todo iba bien a bordo. Tan bien, que pudimos retirarnos a descansar. Velda Lañe, que había dormido unas horas, tras la. accidentada cacería de la criatura infiltrada a bordo, se quedó de guardia, hasta que yo la relevase en el puesto, horas después.</p> <p>Von Klein dormía apaciblemente, dado de baja de todo servicio, a causa de su herida en el brazo, y sólo Polnosky y Hawaka podrían reemplazarnos a lo largo de la jornada a la doctora Lañe y a mí.</p> <p>Me quedé dormido en seguida. No sé si por el cansancio o porque en realidad necesitaba el sueño y era el momento de conciliarlo, sin problemas.</p> <p>Recuerdo que desperté bruscamente, sin saber la razón. Miré el reloj. Faltaba más de una hora para reemplazar a Velda ante los mandos. Me dispuse a dormir de nuevo, con cierta sensación de placer.</p> <p>Luego, de repente, capté el roce. Me erguí, preocupado. ¿Era algún sonido fuera de lo normal lo que me había sacado de mi sopor anteriormente? Esperé, tenso.</p> <p>El roce se repitió. Más claro, más arrastrado y prolongado también. Muy cerca de allí, pero no en mi cabina de reposo. Me erguí, tratando de no causar el menor ruido. Mis sienes palpitaban con fuerza. Mi corazón empezaba a galopar en el pecho.</p> <p>¿Qué nuevo peligro estaba acechándonos ahora, a bordo de la nave? ,¿Es que la oruga monstruosa no había sido la única herencia que el alucinante mundo de Zeen quiso dejarnos en nuestro viaje de retorno?</p> <p>Avancé despacio, sin producir el menor ruido. Asomé c la rendija de mi entreabierta puerta metálica, en contacto directo con la cabina de controles de la Futura.</p> <p>Vi a la doctora, a Velda Lañe, inclinada sobre los mandos, su vista fija en la amplia panorámica celeste, ante sus ojos. Parecía absorta en su tarea, como única responsable de nuestro rumbo y seguridad. Me daba la espalda.</p> <p>También daba la espalda a..., al otro visitante. A alguien que acababa de entrar, sigilosamente, subrepticiamente, en la cámara de mandos. Y que avanzaba, paso a paso, sin producir el más leve ruido, en dirección a la bella doctora Lañe...</p> <p>Me estremecí. Mis ojos contemplaron con horror a aquella persona. No podía dar crédito a mis ojos.</p> <p>Era Luther. Mi amigo, mi camarada: Luther von Klein.</p> <p>Ya no dormía. No reposaba, tras la herida que le produjera un estado febril. En vez de eso, iba a atacar a Velda. Iba a atacarla... precisamente con su mano derecha, la que estaba herida...</p> <p>La alzó hacia ella, envuelta en vendajes mano y muñeca... Algo siniestro, diabólico y horrible, emanaba de aquella acción, del propio Luther, a quien tanto estimaba yo.</p> <p>Entonces grité, saltando dentro de la cabina:</p> <p>—¡Luther! ¿Qué significa esto?</p> <p>Se volvió hacia mí, con un alarido. Velda soltó los mandos y nos contempló, atemorizada, con ojos muy abiertos.</p> <p>Yo me había quedado petrificado ante la cara de Von Klein.</p> <p>Ya no era SU cara. Era un rostro macilento, rugoso, lívido, que despedía cierta rara fosforescencia. De sus labios, todavía humanos, escapaba una repugnante baba... Se abalanzó sobre mí, rabiosamente.</p> <p>Restalló una detonación brusca, horrible. Creo que sentí rodar mi cabeza, a causa de las tremendas náuseas que me asaltaron. Vi a Polnosky, empuñando su arma humeante... Vi la triturada cabeza de Von Klein, mientras su cuerpo se debatía en tierra... Se arrancó con su zurda engarfiada las vendas de su mano derecha...</p> <p>¡TODOS VIMOS SU GARRA VELLUDA, VISCOSA, QUE ADOPTABA YA LA FORMA DE UNA ORUGA INCIPIENTE!</p> <p>Agonizó a mis pies, descabezado por la carga explosiva que reventó su cráneo. Miré, con mudo horror, a Polnosky, a Velda, a Hawaka, que acudía ya...</p> <p>—Me lo temía... —jadeó Iván—. Por eso vigilaba, señor... Von Klein... pudo ser ABSORBIDO por ese monstruo, antes de morir en el tubo de refrigeración....Y así ocurrió...</p> <p>No supe qué decir. Nadie dijo nada. Velda Lañe estaba aferrándose a mi brazo, angustiada, trémula. Sólo recuerdo haber dicho:</p> <p>—Esta vez, sí. Esta vez... creo que la pesadilla acabó para siempre...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>FINAL</p></h3> <p></p> <p style="text-indent:0em;"><style name="b">E</style>RA el retorno al planeta Tierra.</p> <p>Habíamos salvado la atracción magnética del subsuelo de Zeen. Y ya partíamos hacia el espacio infinito. Hacia nuestro Sistema Solar. Hacia la vida...</p> <p>El rescate había sido un fracaso. Pero algunas vidas nuestras se salvaron. Era más de lo que podía esperarse. Mucho más...</p> <p>La doctora Lañe estaba sentada a mi lado. Me miraba. Y yo a ella.</p> <p>Recordábamos nuestro pasado en aquel mundo de pesadilla. Había cosas que no podíamos olvidar ninguno de los dos. Quizá esas cosas que nos habían unido mucho. Más que nunca.</p> <p>Porque ella era mujer. Era hermosa. Era atractiva.</p> <p>Y yo...., yo soy un hombre.</p> <p>Sí. Eso era lo que nos uniría más profundamente en el futuro. Estaba seguro de ello...</p> <title style="margin-bottom:2em; margin-top:20%"><p>FIN</p></h3> <p></p> <!-- bodyarray --> </div> </div> </section> </main> <footer> <div class="container"> <div class="footer-block"> <div>© <a href="">www.you-books.com</a>. 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