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El olor del sufrimiento
La puerta de hierro de la sala de tortura estaba entreabierta y por aquella apertura tremolaba la luz amarilla de un hachón. Habían cesado los gritos de horror, pero entonces oí una voz que reconocí al instante, la de Dorottya.
—Te dejo descansar —oí que decía—; volveré y en esa hora estarás ya dispuesta a cumplir mis deseos, sin negarte a ninguno, y caerás entonces de rodillas ante mí para agradecerme el privilegio de servirme.
La puerta se abrió más y di un paso atrás para agazaparme en las sombras. Vi salir a Dorottya con el cabello revuelto, sudorosa, con los ojos desorbitados y fieros. Se volvió para cerrar la puerta, y entonces me adelanté y la llamé por su nombre, tratando de insuflar a mi voz un tono de autoridad que no dejara entrever el miedo que sentía. Se volvió sorprendida, y acercándose a mí murmuró lentamente:
—Mi señora, ¿qué haces aquí, despierta a esta hora de la noche?
—Eso es cosa mía —respondí.
—Me has sorprendido empeñada en algo que sólo tiene que ver con la necesaria disciplina —dijo y sonrió—. Nada tan importante como para que turbe tu descanso —y cerró la puerta de hierro con llave.
—Cualquier cosa que ocurra en este castillo me concierne —dije—. ¿Qué hacías ahí, Dorottya?
Sonrió de nuevo.
—Soy la causante de tu desvelo, y lo siento, mi señora… Ya te he dicho que se trata de un asunto relacionado con la necesaria disciplina —dijo—. Cuando me pediste que escondiera a la muchacha de la villa, para que no la viese el Conde, la conduje a estas mazmorras creyendo que sería el lugar más apropiado. Rogué a esta muchacha que permaneciera en silencio, diciéndole que muy pronto la sacaría de aquí. Pero ya cuando estaba en mi lecho, oí sus gritos pidiendo que la liberase, y me asusté pues con sus voces podría despertar al Conde. Bajé a toda prisa y hablándole con mucho cariño le dije que se tranquilizara y siguiera en silencio hasta que amaneciera, cuando yo misma la llevaría a la villa. No lo hizo. Se mostró como una maldita relapsa y volvió a gritar, urgiéndome a que la liberase. No tuve más remedio que castigarla hasta ahora, cuando ya se ha quedado en silencio… Eso es todo, mi señora.
—¿Y cómo la has castigado? —inquirí.
—No creo que eso importe, mi señora…
—¿Cómo la has castigado, Dorottya? —insistí enojada.
Calló por unos instantes, y luego, mirándome con ojos llenos de fuego, dijo:
—La he castigado según es tradición antigua hacerlo, mi señora… No sólo aquí sino en todas las tierras del mundo, y muy especialmente en los lugares que se rigen por el bendito canon de la Cristiandad —y abrió la puerta de nuevo, rápidamente—. ¿Quieres verla, mi señora? Seguro que apruebas el castigo a que ha sido sometida la relapsa.
Sentía una gran aprensión, me resistía a entrar en aquella sala de horrores en la que tantos inocentes habían perecido en tiempos, pero me decidí a hacerlo, para demostrar a Dorottya mi valor y determinación de que nada ocurriera a mis espaldas en el castillo. Bajo la incierta luz amarilla del hachón fui entre hierros, argollas y cadenas, entre instrumentos de tortura cuya simple visión me quitaba el aire… Así llegamos hasta el fondo de la sala, donde estaba el peine forte et dure. Y allí, para mi espanto, vi encadenada a la muchacha de la villa.
Completamente desnuda, permanecía en silencio y sin sentido. De toda ella se desprendía el olor del sufrimiento, el olor de las laceraciones.
Colgaban sus pies a muy poca distancia del suelo de piedra. Tenía las manos encadenadas por encima de la cabeza, pendiendo del instrumento de tortura, y mostraba en el vientre y en los pechos pequeños, en la espalda, en las nalgas y en los muslos, las heridas provocadas por el látigo con que la había azotado Dorottya. Aún manaba sangre de ellas, que caía serpenteante hasta el suelo después de bañarle el vientre, los muslos, los dedos de sus pies… Tan grande era el silencio, que oía caer al suelo de piedra las gotas de sangre. Me repugnó el fétido hedor de la muerte cercana.
—¡Por el amor de Dios, Dorottya! —clamé sacando fuerzas de mi flaqueza para que la repulsión no hiciera que me desmayase—. ¿Cómo has podido hacerle esto a una criatura inofensiva?
—No —replicó Dorottya—, no es una criatura inofensiva, mi señora… Además no está herida de muerte; sus heridas sanarán fácilmente, se recobrará con un poco de alimento, y en paz… Pero habrá aprendido la lección… ¿Quieres que te lo demuestre?
—¿Qué más quieres demostrarme? ¿Alguna otra cosa abominable, Dorottya?
—No, mi señora… Quiero demostrarte que la muchacha está bien y recuperará pronto la salud.
—Esto es una monstruosidad, Dorottya… ¿Cómo has podido hacer algo semejante, abusando además de la confianza que te he dado?
—¿De veras no te place ver esto, mi señora?
—¡Bien sabes que no, Dorottya!
—¿Seguro que no, mi señora? ¿Acaso tu fiel Dorottya ha hecho algo mal? —dijo con una sonrisa enigmática—. ¿Querría mi señora mejorar mi trabajo? —y puso en mis manos un látigo negro empapado en sangre, y como mis dedos no querían tocar aquella suerte de reptil venenoso, lo dejaron caer al suelo mientras me sentía temblar.
Dorottya se agachó lentamente, recogió el látigo y volvió a ponerlo en mi mano.
—Creo que mi señora debería mejorar lo que ha empezado su fiel Dorottya —dijo sonriéndome.
—¿Pero es que te has vuelto loca? —respondí apretando el látigo con fuerza.
Dorottya hizo chascar su lengua, reprobando mis palabras.
—¿Cómo puedes ser tan simple, mi Condesa? —y como nada repliqué, siguió diciendo—: ¿Será posible que sea tan simple una Bathory?
—Lo que dices carece por completo de sentido —respondí entonces—. ¿Qué tiene que ver mi nombre con toda esta locura?
—¡Oh, señora! Tu nombre viene de una tradición antigua y noble, es un nombre reconocido a lo largo y ancho de esta tierra…
—Creo que te has vuelto loca, Dorottya, creo que hablas por hablar, y la burla que pretendes hacerme no es más que la expresión de tu locura —dije y me dirigí a la muchacha para liberarla de la tortura.
—¿De veras crees lo que dices? —me interrumpió tomándome por los hombros y haciendo que me volviese hacia ella—. ¿Acaso lo desconoces todo acerca de la maravilla que encierra tu nombre? ¿Acaso en tu inocencia desconoces que tus antepasados fueron feroces? ¿Cómo es posible que tú, una Bathory, hagas dejación de las tradiciones de tu familia? Bueno, quizá sea, nada más, que eres muy modesta, Condesa. Y pura e inocente. O ignorante, sin más.
—¡Suelta mi brazo! —grité—. Y ayúdame a liberar a esta pobre criatura, o te aseguro que en breve serás tú quien ocupe su lugar.
—¡Ah! —exclamó Dorottya evidentemente complacida—. ¡Ahora habla de verdad una Bathory!
—¿Pero qué pretendes con esa evocación que haces de mi nombre?
Dorottya volvió a mover la cabeza, para demostrar su extrañeza.
—¿Pero de veras lo desconoces todo acerca de tu nombre y de tu estirpe?
No pude darle otra réplica que la de mi atónita mirada. Dorottya pasó ante mí respirando bestialmente, y ya en la puerta me ordenó:
—¡Repréndela de una vez!
Al volverme hacia la puerta de hierro no pude evitar un grito de sorpresa. En la entrada de aquella vil cámara de los horrores, sin contrariedad ni disgusto en su mirada, más bien con una sonrisa benevolente en los labios, estaba mi esposo.