5
-
Pecados sin rostro
¡Ferencz! Fue oír ese nombre tan amado y volví a mi estar de antes.
—¡Dorottya! —dije muy asustada—. Hay que ocultar a esta muchacha, no debe ser vista aquí, llévala a un lugar donde no pueda verla mi esposo.
—Así lo haré —dijo Dorottya ordenando a la muchacha que saliera aprisa de la bañera.
—Querida Ilona —la llamé tras salir corriendo hasta la puerta de mis aposentos—, tráeme mi vestido de gala y tira el agua de la bañera.
Obedeció rápidamente, al tiempo que Dorottya, que había salido con la muchacha, regresó junto a mí ya vestida para decirme que estaba en lugar seguro, donde no podría verla el Conde.
—¿Quiere mi señora igualmente que también yo desaparezca de la vista del Conde? —me preguntó entonces.
—¡No, mi querida Dorottya! —dije—. Tú eres mi dama de mayor confianza. Quédate a mi lado, pues al Conde le encantará conocerte, estoy segura… Después te retirarás a tu habitación, pues seguro que el Conde desea que estemos a solas.
—¡Claro que sí, mi señora! —exclamó Dorottya de tal manera que sentí cómo el rubor me llenaba las mejillas.
Y así estaba, aún con las mejillas encendidas, cuando entró mi amado Ferencz, del que había estado separada mucho tiempo. Parecía cansado y dolorido; caminaba de una forma que demostraba que venía herido. Me arrojé a sus brazos y sentí con cuánta pasión me abrazaba. Lloré de alegría. Ninguno de los dos fuimos capaces de hablar en un largo rato.
Y después salió de nuestras voces, al unísono, un torrente de palabras de amor. ¡De qué manera tan fuerte reverdeció la pasión que sentíamos! Al fin vio Ferencz a Dorottya, que permanecía en silencio.
—¿Y quién es esta dama? —preguntó.
—Una gran amiga que se llama Dorottya —dije—. Me ha ayudado mucho a superar la tristeza que me embargó tras tu ausencia.
—Entonces debo darte las gracias —dijo el Conde a Dorottya.
—Cuidar de tu esposa ha sido un placer, mi señor —dijo Dorottya—. Ahora, debo retirarme, veo que estás muy cansado.
Ferencz asintió, evidentemente complacido por las maneras de Dorottya, que salió hacia su habitación, lo que sorprendió a mi esposo.
—¿Vive aquí? —preguntó alzando las cejas.
—Sí, mi dulce Ferencz, no te extrañes —le respondí—. Es una dama fiel y digna; sin su compañía, me temo que habría enloquecido de tristeza y angustia. Te ruego que la aceptes en tu castillo.
—¡Claro que sí! —dijo sonriéndome ampliamente—. Que se quede aquí todo el tiempo que desee.
Entonces me dediqué a quitar de mi esposo el cansancio de la batalla, lavé sus heridas, le dije las palabras más tiernas cuando ya estábamos en el lecho… Y nos amamos como antes, como en los días felices y sin guerra.
¡Cuán feliz fui entonces! ¡Cuán radiante volvía a sentirme! ¡Cuán viva!
Pero luego, Ferencz me miró y dijo:
—Elisabeth, veo en tus ojos algo oscuro, creo que ocultas un secreto… Dímelo.
—No tengo secretos para ti, Ferencz —le respondí—. Y si ves en mis ojos algo oscuro, será por lo mucho que he penado en tu ausencia, por las muchas lágrimas que he derramado.
—¿Y cómo es que esa sombra de tristeza no ha desaparecido con mi regreso?
—¡Ya no estoy triste, esposo amado!
Ferencz, no obstante, insistía:
—Esa Dorottya… ¿qué ha hecho contigo?
—Darme su amistad, nada más, querido Ferencz, sólo eso. Darme solaz en mis horas de tristeza. ¿Cómo hubiera podido resistir a la soledad sin compañía? ¿Es que no oías palpitar de gozo mi corazón cuando nos abrazábamos?
Me acarició el cabello, y lentamente, con voz profunda, comenzó a decirme:
—Elisabeth, hay cosas que no sabes de este mundo, cosas ante las que es preferible que sigas ciega y sorda.
—¿A qué cosas te refieres, querido Ferencz? —le pregunté con temor, pues había en su voz algo que me inquietaba.
—Cosas que tienen que ver con la noche más negra —dijo.
—Tus palabras me asustan, prefiero no saber de esas cosas —le dije.
—Mi pequeña, mi perla… En otro tiempo, antes de que Cristo derramara su sangre por nosotros, la gente se entregaba a impíos juegos…
—¿Por qué me hablas de eso, amado Ferencz, y con un tono de voz que me atemoriza como si fuese una niña?
—No te hablo de esas cosas, no te hablo de lo que no deben oír tus dulces oídos, amada mía… Sólo pido a Dios que te conserve como te he conocido, y que te iluminen las Sagradas Escrituras.
—Sabes que rezo. Y que el Libro Sagrado siempre me acompaña.
—Pues que el Libro Sagrado nos cuide y preserve en la noche, Elisabeth —dijo—, pues hay pecados sin rostro; pecados que, en su maldad, nublan la honestidad incluso a la luz del día y ciegan el alma. Reza y guía siempre tus pasos por la senda de las Sagradas Escrituras. Piensa siempre en aquel bendito Pablo de Tarso y en aquellos sobre los que escribió.
—¿Qué escribió, Ferencz?
—Acerca de aquellos que «cambian la gloria incorruptible de Dios por la imagen corrupta del hombre y adoran a las criaturas humanas más que a Dios».
—Ferencz, esas palabras no tienen nada que ver con nosotros, son como humo, me entristecen… Desiste, amado esposo, pues te he sido fiel… Y no hablemos de cosas tristes y oscuras.
Poco después Ferencz se quedaba profundamente dormido, a causa de la fatiga. Yo, aún temblando de felicidad por tenerlo otra vez a mi lado, aún ardiente gracias a sus besos, yací a su lado un largo rato sin poder conciliar el sueño, con los ojos abiertos. Y como seguía sin poder dormir, al cabo me levanté sigilosamente y fui hasta la habitación de Dorottya, para hablar con ella si aún seguía despierta.
Su cama estaba vacía. Eso me sorprendió mucho y salí a buscarla. Pasé a través de salones y antecámaras, miré en alcobas, y nada, no la vi. Entonces sentí un grito que venía de lejos.
Creí que sería un ave nocturna. Y cuando iba por un largo corredor, volví a oír aquel grito, más claramente, más cercano. Supe que era humano. Y más que un grito, me pareció un lamento.
Volví a oírlo, aún más próximo, más lacerante; era el grito de terror de alguien que ha sido despojado de su edad y condición, da igual si es hombre, mujer, niño.
Llevada por aquel grito me dirigí como sonámbula a las mazmorras del castillo, descendiendo a esos dominios de la oscuridad y el musgo por unos peldaños de piedra en los que estaba a punto de resbalar a cada paso que daba. Aquel grito de terror se dejaba sentir cada vez con mayor frecuencia, y ahora muy cerca de donde me encontraba. Comprendí al fin que provenía de una de las salas de tortura donde en tiempos habían sido horrorosamente despojados de la vida, tras largo sufrimiento, los infelices que allí fueron a parar.
Se me encogía el corazón y se me erizaba el vello a medida que seguía bajando por los resbaladizos peldaños de piedra, pero me armé de valor para dirigirme a la diabólica sala de tortura.