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Ésta es la historia de una pitillera china de plata, algo de brillantina para el cabello, una lámpara de mesa y dos chicas, una relativamente guapa y la otra muy guapa. La historia también concierne, en cierto modo, a una criatura llamada Arrara[24], debido tal nombre a su peculiar mal carácter.
La chica relativamente guapa había sido bautizada con el nombre de Organtina[25], pero cuando comprobó en el Greenwich Village que los melenudos se reían y bromeaban con su nombre, decidió eliminar las dos primeras sílabas del mismo. Tina era atractiva, de forma un tanto milagrosa; su cabello tenía una tonalidad perfectamente equilibrada entre el rubio y el castaño, de tal manera que podría describirse su pelo como delicado en la sombra y luminoso como para quitar el aliento bajo el sol.
Tina vendía conchas marinas en Chelsea, una ocupación que le resultaba difícil de describir cuando estaba emocionalmente alterada.
En su pequeña y colorista tienda del Village despachaba conchas marinas y tortugas, y máscaras teatrales y muñecas hechas también con trozos de conchas marinas.
También vendía objetos de arte y otras curiosidades, tales como artículos puramente decorativos, sin otra función que la del adorno, todo lo cual hacía que su negocio fuera muy provechoso. Adoraba esas cosas inútiles pero muy decorativas, que además vendía estupendamente, como pasteles recién horneados. Como los pasteles calientes de Eddy Southworth.
La verdad es que resulta muy fácil convertir una tontería en algo que se vende bien. Basta con que cojas una cosa cualquiera, sea de cemento, sea una concha, sea una caracola, le pones encima una valva de mejillón, por ejemplo, y lo espolvoreas todo con pintura verde de París en spray. El más enterado del lugar te preguntará: «¿Es un anillo para la servilleta?», o «¿es un pisapapeles?», o «¿es para sostener el tenedor de la ensaladera?». La respuesta correcta deberá ser: «Me encanta tratar con clientes de buen gusto, y claro que es lo que usted dice; esta mañana, una dama muy distinguida…».
Después te ríes mientras la clientela busca en sus jeans el dinero para satisfacer el precio desorbitado de esa nadería, pues en Chelsea abundan las damiselas en jeans que pululan por el Village tratando de ser de rigeur.
Tina vendía tan bien aquellas cosas, que se permitía el lujo de cambiar el escaparate de su tienda todas las semanas. Ahora tenía allí una pieza que consistía en un trozo de coral con pinzas de cangrejo pegadas. El título de la pieza era: Esqueleto artístico (no comestible). Y a la semana siguiente podía tener en el escaparate otra cosa, algo más abstracto, una perla de bisutería, sin más, bajo el título Arte sin concha. Y no había una concha por ninguna parte, por supuesto.
En la tercera semana de un cálido marzo, Tina se empleaba concienzudamente con sus tenacillas, su cemento, su lima suiza y unas cuantas herramientas más. Trabajaba en la trastienda bajo la luz de una espléndida lámpara de mesa, de alto voltaje.
La puerta en arco que separaba la tienda de la trastienda era pequeña, aunque Tina también lo era, más bien menuda. Sabía cuándo entraba algún cliente de dos formas: una, por la célula fotoeléctrica que activaba un timbre apenas empujaba alguien la puerta; la otra, por el agujero que había en la pared que separaba la tienda de la trastienda. Un agujero que le quedaba a la altura de la vista mientras trabajaba sentada, aunque no era lo suficientemente grande como para que pudiera dominar en su totalidad el espacio de la tienda.
Imaginemos su sorpresa cuando al mirar por aquel agujero vio a un hombre en su tienda.
Eddy Southworth, que tenía por hobby la electrónica, le había asegurado la total imposibilidad de que alguien entrara por la puerta sin hacer que saltase la célula fotoeléctrica. El timbre no había sonado y quien estaba allí, en su tienda, era un hombre de cabello negro aplastado con brillantina y cejas muy finas.
Tina salió rápidamente de la trastienda mientras se arreglaba el pelo con los dedos.
—¿Sí? —inquirió tan abruptamente que aquel hombre dio un paso atrás.
—Sí, hola —dijo el hombre.
Era joven y tenía una voz de medio registro, como un oboe. La miró rápidamente y de inmediato bajó la vista para clavarla en el mostrador, como si meditase.
—¿Desea… algo? —le preguntó imperativa pero amable.
Esperó tras el mostrador, pero no hubo respuesta. El hombre se dio la vuelta, miró a su alrededor y calibró todo lo que había en la tienda.
—Ese viejo juego de conchas —dijo al fin, aparentemente satisfecho consigo mismo.
—Sólo he visto un juego como ése, y hace mucho tiempo; lo tenía mi abuelo, que fundó este negocio… ¿Hay algo… inanimado en esta tienda que le llame la atención como si fuese un ser vivo?
—¡Oh, sí! —dijo el hombre, decidiéndose al fin a mirarla de frente. Había algo irónico en sus cejas—. Pero en realidad quiero hacerle una pregunta… ¿Dónde estaba usted la noche del veinticinco de marzo de hace dos años?
—¿Lo dice en serio? —peguntó Tina mirándole asombrada.
—Sí, por supuesto —respondió el otro, muy serio—. Realmente me gustaría saberlo… Me resulta difícil explicarle por qué, pero tenga por seguro que es muy importante para mí.
—Pues no sé si podré… Espere un momento —Tina echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Hace dos años… Claro… Había estado en Rochester—. ¡Ya lo recuerdo! —dijo—. Es muy extraño que me haya preguntado eso… Pasé aquella primavera en Rochester con una tía mía, con la que tuve una discusión bastante tonta que ahora me da vergüenza recordar. Yo era entonces como una girlscout y me dediqué a ir por ahí, por las colinas, completamente sola… No vi un alma en dos semanas.
—¿Seguro? —aquel hombre la miraba intensamente—. Haga memoria… ¿Nadie supo por dónde andaba?
—Nadie. Y repito que no vi un alma en dos semanas —afirmó Tina rotundamente—. ¿Y dónde estuvo usted aquella noche, si me permite preguntárselo? Sí, precisamente aquella noche por la que me pregunta.
El hombre sonrió con una sonrisa realmente blanca. Sus dientes parecían dominarlo todo.
—Lo siento —se disculpó—. Es un poco embarazoso para mí decirlo… ¿Le gustaría ganar algún dinero?
Tina asintió enérgicamente.
—Sí, vendiendo conchas marinas, precisamente —dijo.
—Hablo de dinero de verdad.
—¿Cómo? ¿Vendiendo conchas marinas y caracolas?
El hombre hizo un gesto de resignación.
—De una cosa sí estoy seguro —dijo—. Es usted una estúpida sin paliativos.
—Lo tomaré como un cumplido. —dijo Tina y añadió—: Lo que dice es mucho más de lo que podría esperar…
El hombre se echó a reír
—Tiene usted un gran sentido del humor, incluso ante las provocaciones —dijo—. He supuesto que tenía un excelente sentido del humor, observando su escaparate. Se ríe usted en la mismísima cara de la recesión económica… Seguro que eso la deja a salvo de cualquier amenaza.
—Póngame a prueba —dijo sin inflexiones notables en la voz—. Creo que se llevaría usted una buena sorpresa.
Las cejas del hombre se tensaron como las alas de un cuervo.
—Puede que sí —aceptó.
—Bien, ¿y qué tiene que ver mi sentido del humor con todo esto? —preguntó Tina mirándole desafiante.
—Más de lo que usted supone —respondió el otro—. Tengo un trabajo que concluir y necesito una chica como usted, que me ayude —hizo una pausa mostrando una forzada paciencia, con la cara muy larga—. ¿Un cigarrillo?
Sacó una pitillera de plata y se la ofreció a Tina, sin abrirla.
Ella dejó de mover la cabeza en sentido negativo y tomó la pitillera.
—¡Qué cosa tan bonita! —exclamó.
—¿Verdad que sí? —dijo el hombre.
—Sin la menor duda… ¡Qué dragón tan precioso!
—Hay siete dragones —apuntó el hombre.
—¿Siete? ¡Oh, es verdad! Dos aquí, en el borde… Los otros estarán alrededor… Quizá junto a la pagoda…
—Hay más pagodas, véalo…
—¡Sí! —y se echó a reír Tina—. Y hay más dragones… A ver… Sí, espere que los cuente… Hay dos dragones más aquí…
—Hay otros dos en el reverso —dijo el hombre en voz baja.
Tina dio la vuelta a la pitillera.
—Éstos no me gustan —dijo—. Parecen realmente feroces.
—Es que han estado luchando entre sí… Pero los dragones deben aparentar ferocidad —dijo el hombre.
Ella lo miró amoscada. La lentitud de las maneras de aquel hombre, y el hecho de que fuera tan bien parecido, daban un curioso tono sardónico a todo lo que decía.
Convencida de que era imposible ir más allá en cualquier conversación con él, clavó los ojos en la pitillera, como si la repasara atentamente.
—¿Dónde está el séptimo dragón? —preguntó.
«Arrara, Arrara», dijo entonces la pitillera con una voz blanda, tartamudeando como un niño que tuviera los labios untados, rojos de caramelo.
Tina parpadeó primero y cerró los ojos después. La pitillera se movía suavemente en sus manos, como si intentase escapar de ellas. Temblorosa, abrió los ojos de nuevo. Aquel joven trataba de quitársela y ella la soltó con bastante repulsión.
«Arrara», dijo la pitillera, indignada.
—¡Cállate! —le ordenó el hombre.
—No he dicho una palabra —se disculpó Tina.
—No era a usted —dijo el hombre—. Lo decía porque estaba absorto en cualquier cosa sin importancia… ¿Un cigarrillo?
—No, gracias —respondió Tina molesta, mirando con un profundo desagrado aquella pitillera que antes le había causado admiración, mientras el hombre la guardaba en un bolsillo—. El séptimo dragón está en el interior, ¿no es así?
—Así es —reconoció el hombre—. Pero hablemos ahora de ese trabajo que le decía… Le ofrezco compartirlo conmigo; ya le he dicho que busco una chica como usted. Sé que lo hará estupendamente.
—No lo dudo —dijo Tina humedeciéndose los labios—. Pero me gustaría saber antes de qué se trata, para así poder considerar la respuesta, no quisiera precipitarme antes de darle el no…
—Bien, he aquí de qué se trata… Un amigo mío quiere… casarse, es una manera de decirlo, y usted es la persona ideal… Oh, por favor, deje de mover la cabeza de esa forma…
—Creo que no puedo ayudarle… es una manera de decirlo… Adiós.
—Adiós… Me llamo Lee Brokaw y soy bailarín.
La miró de la cabeza a los pies y sonrió.
—Por supuesto —prosiguió—, no he dicho adiós porque no quiera volver a verla… Me gustaría pedirle perdón por mi torpe insistencia… ¿Qué tal si cenamos juntos esta noche?
Por toda respuesta, Tina se dirigió a la puerta y al abrirla la célula fotoeléctrica hizo que sonara el timbre. Funcionaba, como siempre.
—Adelante, caballero… Creo que ya ha pasado el tiempo en que debo atender a mi clientela… Adiós —dijo mostrándole la salida.
El hombre asintió resignado y salió por la puerta que Tina mantenía abierta.
—Hasta mañana —dijo a modo de despedida.
Tina agitó la cabeza, entró y cerró la puerta. Realmente se había cansado atendiendo a un tipo muy distinto de su clientela habitual, y encima para nada de provecho. Es verdad que a veces se cansaba también de soportar a aquellas damas que buscaban objetos inútiles con que decorar a cada poco las habitaciones de sus casas, pero aquel Lee Brokaw era tan raro como batir huevos en la cerveza… ¿Qué habría en el interior de aquella maldita pitillera?