II
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La cremación de Sandra
Al día siguiente Jean me llamó por teléfono.
—Mart —me dijo—, a la caída de la tarde vamos a rodar en el estudio una escena de Sed roja, en el plato 6… Han decidido que seas el nuevo asistente de dirección, no sé por qué no te lo anunció el propio Jack anoche… Últimamente anda bastante despistado…
—Gracias, encanto —respondí—. No sabía que estuvieses en el equipo de rodaje.
—Es que no lo estaba —me dijo—; alguien ha decidido que trabaje en esto hoy mismo, creo que ha sido el Caballero Futaine. El jefe me llamó hace un rato para decírmelo y para pedirme que te llamara, ya ves… La verdad es que estoy hecha polvo, he pasado una noche horrible y hubiera preferido descansar…
—Lo siento —le dije—. Estabas muy bien cuando me largué de la fiesta…
—He tenido una pesadilla horrible —comenzó a contarme lentamente, con voz pastosa—. Una cosa muy rara, y a la vez divertida, o al menos eso me parece ahora, aunque no puedo recordar muy bien de qué se trataba, sólo guardo imágenes confusas… En fin… ¿Vas a estar en casa? Si quieres paso luego a recogerte.
Dije que sí, pero no pude mantener mi promesa porque Hess Deming me telefoneó para pedirme que le fuera a recoger a su casa de Malibú para llevarlo al crematorio. Dijo que no tendría fuerzas para sostener entre sus manos el volante del coche y conducirlo hasta donde se haría la incineración de Sandra.
En veinte minutos estuve en la casa de playa de Deming.
Me abrió el criado, que me hizo una respetuosa reverencia para darme la bienvenida.
—El señor Deming está muy mal —me dijo—. Se ha pasado la mañana bebiendo ginebra.
Oí la voz de Hess desde la segunda planta.
—¿Eres tú, Mart? Vale, enseguida estaré listo. ¡Sube, Jim!
El criado japonés me miró como si me pidiera permiso y se fue escaleras arriba.
Me acerqué a una mesa llena de revistas para echarles un vistazo. Por la ventana entornada entraba una brisa suave y agradable. De entre el montón de revistas cayó un papel, al que eché también un vistazo. Lo que leí, sin embargo, llamó poderosamente mi atención. Era una nota dirigida a Hess y decía:
Querido Hess, estoy segura de que voy a morir muy pronto y quiero que hagas algo muy importante por mí. Sé que puede parecer que he perdido la cabeza por lo que voy a pedirte, pero no me incineres, Hess. Creo que, aun muerta, sentiría el fuego y eso me aterroriza. Entiérrame en el cementerio de Forest Lawn, sin embalsamarme. Ya habré muerto cuando leas esta nota; estoy segura de que harás cumplir mi última voluntad, cariño. Viva o muerta, siempre te amaré.
Firmaba la nota Sandra Colter, la esposa de Hess. Era extraño. Muy extraño. Me preguntaba si Hess había leído aquello.
Sentí unos leves pasos a mis espaldas. Era Jim, el criado japonés de Hess.
—Señor Prescott —me dijo—, vi esa nota anoche. El señor Hess aún no la ha leído. Está escrita por la señora Colter.
Estaba nervioso, leí el miedo en sus ojos, un miedo incontrolable. Señaló con un dedo la nota.
—Vea eso, señor Prescott.
Apuntaba a un pequeño borrón que oscurecía un tanto la firma.
—¿Y bien? —dije.
—Fui yo, señor Prescott, lo hice sin querer cuando encontré la nota… Aún no se había secado la tinta.
Lo miré, supongo que inquisitivamente. Noté que se ponía extremadamente nervioso al oír los pasos de Hess Deming en los peldaños, que bajaba un tanto convulso.
Cada vez me impresionaba más el descubrimiento de la horrible verdad que acababa de hacer. No podía creer apenas lo que había leído. Parecía demasiado fantasioso, increíble, aunque aquella verdad se iba imponiendo poco a poco en mi mente, no había más explicación posible que eso que se colegía de la lectura de la nota y del momento en que la había encontrado Jim.
—¿Qué tienes ahí, Mart? —me preguntó Hess.
—Nada —respondí tranquilamente, doblando la nota y guardándomela en un bolsillo—. ¿Nos vamos?
Asintió y salimos. Observé que Jim nos miraba… No sé cómo definir aquella extraña mirada que tenía.
La cremación se haría en Pasadena, y allí llevé a Hess. Hubiera querido quedarme a su lado, pero sabía que él no lo deseaba, que no permitiría a nadie asistir a la ceremonia de cremación de Sandra. Me pareció normal que deseara estar solo. Salí, tomé un atajo para llegar cuanto antes a Hollywood, y allí empezaron los problemas.
Sufrí una avería. Las últimas lluvias habían dejado en muy mal estado las carreteras y no fui capaz de esquivar un socavón. Tuve que andar varias millas hasta encontrar el teléfono más próximo, y hube de esperar después un buen rato hasta que llegara el taxi que iba a buscarme. Eran casi las ocho de la tarde cuando llegué al estudio.
El vigilante me abrió y me dirigí raudo al plato 6. Todo estaba a oscuras. Sin resuello volví sobre mis pasos y de tan aprisa como iba a punto estuve de chocar con un hombre bajito. Era Forrest, un cámara. Soltó un par de palabrotas y me tomó por el brazo.
—¡Vaya, Mart, por poco me arrollas! Oye, ¿me harías un favor? Quiero que veas un plano que he tomado…
—Ahora no puedo —me disculpé—. ¿Has visto a Jean? Tengo que…
—De eso quería hablarte —me dijo Forrest, un tipo con cara de mono pero un magnífico cámara—. Se han largado… Jean, Hardy y el Caballero ese… Es un tipo que me da mucha risa…
—¿Te parece gracioso? Bien, telefonearé a Jean… Veré mañana ese plano que quieres mostrarme.
—No creo que encuentres a Jean en su casa —me dijo Forrest—. Se fue con el Caballero al Grove, eso oí decir… Escucha, Mart, tienes que ver ese plano… O yo no he sabido enfocar con una cámara en mi vida, y tendré que ponerme a trabajar como molinero, o ese francés es el tipo más raro al que jamás he tenido que filmar… Ven a la sala de proyección, Mart, ya tengo la cinta puesta… Quiero que veas lo que he filmado.
—De acuerdo —dije, y le seguí a la sala de proyección.
Me senté en una butaca de la pequeña sala de proyección mientras oía a Forrest preparar el proyector en la cabina.
—A Hardy no le gustaron las tomas que hicimos —me dijo a través del interfono—, pero tengo otras que el jefe me ordenó que hiciera con la cámara automática, que dejé conectada aunque sin sonido… Quería ver cómo daba ese francés en cámara sin que supiese que lo filmábamos, mientras ensayaba la escena… Aquí lo tienes, Mart.
Oí el clic que cerraba la comunicación por el interfono. La luz blanca se estrelló contra la pantalla. Desapareció la luz y empezó la película. El plato 6. El decorado me pareció un tanto incongruente, a medias un salón Victoriano con sillas barrocas y cuadros modernos. Jack Hardy entraba en cámara dando órdenes. Su cara, en la pantalla, me pareció realmente la de un muerto que mantuviese los ojos abiertos. Tenía la piel macilenta. Entró en cámara también, siguiéndole, Jean. Vestía un elegante traje sastre. Tras ella…
Pestañeé repetidamente, creyendo que mis ojos me engañaban. Algo parecido a una espesa neblina —oval y con el volumen de un hombre— se movía por allí… ¿Han visto ese nimbo de luz en la pantalla, que se produce cuando un foco da directamente en el objetivo de la cámara? Bien, pues era algo así, es lo único con lo que puedo comparar lo que vi. Pero se movía como lo haría un hombre.
Oí de nuevo el clic del interfono.
—Cuando vi el negativo —me dijo Forrest— pensé que había metido la pata, Mart, pero al revelar la película comprobé que todo estaba en orden, que no había ningún foco mal puesto en el plato.
Aquella especie de neblina oval y con la talla y movimientos de un hombre iba detrás de Jean. Ella se volvía y le dirigía una amplia sonrisa.
—Cuando se filmó eso, te juro, Mart, que Jean hablaba tranquilamente con ese francés —añadió Forrest.
—Para la imagen, ¡ahí! —pedí a Forrest.
Cesó el movimiento en la pantalla. Jean ofrecía su flanco izquierdo a la cámara. Miré atentamente. Había observado antes algo en su cuello… Ahora lo veía con mayor claridad. Una leve marca sobre la yugular. La misma marca que había visto en el cuello de Hardy la noche anterior. No había duda.
Oí de nuevo el clic del interfono, cerrando la comunicación. Después se hizo un fundido en negro y la sala quedó a oscuras.
Esperé unos instantes, pero no oí nada más en la cabina.
—¡Forrest! —lo llamé—. ¿Ocurre algo?
No recibí respuesta. No oí absolutamente nada. Era como si al proyector se le hubiese muerto el motor. Me levanté raudo y fui hasta la salida. Había dos puertas en la sala; una daba a los peldaños que subían hasta la cabina de proyección y la otra era la de salida y entrada. Subí a la cabina, con una opresión ominosa en el pecho.
Forrest estaba allí. Muerto. Yacía en el suelo boca arriba, con los ojos abiertos en su cara de mono que ahora tenía un rictus trágico, con el cuello doblado de manera imposible. Parecía haber muerto de inmediato, apenas le troncharon el pescuezo.
Miré al proyector y vi que se habían llevado la película. La puerta que comunicaba la cabina con el exterior estaba entreabierta. Me precipité hacia ella, aun sabiendo que no vería a nadie. El pasillo que comunicaba los platos 6 y 4 estaba vacío, alumbrado por su leve luz blanca. Todo en silencio.
Oí unos pasos al fondo y vi después a un hombre. Era uno de los publicitarios y lo llamé.
—Perdone, señor Prescott, no puedo atenderle ahora —me dijo, aunque deteniéndose.
—¿Has visto a alguien por aquí, ahora mismo? ¿Quizá al Caballero Futaine? —le pregunté casi en un grito.
Negó con la cabeza.
—No, pero… —me di cuenta de que estaba pálido y nervioso— Hess Deming se ha vuelto loco… Tengo que ponerme ahora mismo en contacto con la prensa…
Se me heló el corazón. Corrí hacia él y lo tomé de los brazos casi con violencia.
—¿Qué quieres decir, qué ha pasado? —inquirí con el corazón en un puño—. Hess estaba bien cuando lo dejé en Pasadena, un poco bebido, nada más…
Aquel hombre sudaba profusamente.
—Esto es una locura —me dijo—. Aún no sé bien qué ha ocurrido… Dicen que su mujer, Sandra Colter, revivió cuando la estaban incinerando… Al parecer la vieron a través de la ventana del crematorio, ya sabe… Dicen que gritaba y golpeaba el cristal mientras la quemaban viva… Hess no pudo hacer nada, aunque lo intentó, según me han contado… Se volvió loco, como un perro rabioso. Y por lo que acaban de contarme, está como muerto, sin reaccionar… Perdone, señor Prescott, tengo que telefonear de inmediato a los periódicos…
Se fue en dirección a los despachos de la administración del estudio.
Metí la mano en el bolsillo y saqué la maldita nota. Las palabras allí escritas parecían estremecerse ante mis ojos.
«No puede ser verdad, esto no está ocurriendo, esas cosas no pasan», decía una y otra vez para mis adentros.
No pensaba, desde luego, en que Sandra Colter hubiera vuelto a la vida. Puede que sufriera un episodio de catalepsia, nada más; era la única explicación plausible que se me ocurría. Pero, a la vez, chocaba aquello, o se conjugaba, más bien, con unas cuantas cosas más, todas realmente extrañas, que habían ido pasando en apenas unas horas. Mis conjeturas no me ofrecían una conclusión, sin embargo, pero ahí estaban. No podía volverles la espalda.
¿Qué me había dicho el pobre Forrest? ¿Que el Caballero Futaine se había ido con Jean al Coconut Grove? Bien…
Había un taxi en la parada.
—Al Ambassador —dije al taxista—. Veinte pavos si me llevas en un minuto…