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El Caballero Futaine

La fiesta era aburrida. Yo había llegado demasiado pronto. Hubo antes un pase privado en el Grauman’s Chinese, y varios de los invitados más importantes del party llegaron cuando ya casi se acababa. Para colmo, Jack Hardy, director de cine de la productora Summit Pictures, con quien yo había trabajado como ayudante, aún no había aparecido por allí, y eso que era el anfitrión. Pero Hardy nunca se hacía notar por su puntualidad.

Salí al porche y me apoyé en una columna, sorbiendo lentamente mi cocktail y contemplando desde allí las tintineantes luces de Hollywood. La mansión de Hardy se alzaba en la cumbre de una baja colina que dominaba la capital del cine, cerca de Falcon Lair, la famosa villa, por no decir castillo, de Valentino.

Sentí un escalofrío. Desde Santa Mónica ascendía la neblina, velando las luces por el oeste.

Jean Hubbard, una muchacha algo ingenua que trabajaba en la Summit, se acercó hasta mí y me quitó la copa de la mano.

—Hola, Mart —me dijo y tomó un sorbo de mi copa—, ¿dónde te has metido últimamente?

—Ando por ahí, con el equipo de Murder Desert, haciendo localizaciones en Mojave —le respondí—. ¿Me echabas de menos, cariño?

La apreté contra mí. Me sonrió alzando sus finas cejas, que ponían un delicioso toque de diablesa en su carita adorable. Alguna vez había pensado en casarme con ella, pero nunca supe cuándo hacerlo.

—Te he echado de menos un montón —dijo aproximando sus labios a los míos y se los besé.

—¿Y qué hay de ese vampiro? —le pregunté después.

—¡Ah, el Caballero Futaine! —dijo sonriendo burlona—. ¿No has leído el guión de Lolly Parsons para Script? Jack Hardy contrató a ese tipo el mes pasado en Europa y se lo trajo enseguida… Dicen que será una buena publicidad.

—¡Pues tres hurras por la publicidad! —dije—. Recuerda lo que hicieron con El nacimiento de una nación… Aunque ahí, la verdad, no había sitio para un vampiro, desde ningún punto de vista.

—El Caballero Futaine es un hombre realmente misterioso. Nadie ha podido fotografiarle; la verdad es que nadie le ha visto…

Sólo Weird Tales ha hablado de su vida en París. Por eso se han inventado lo de que es un vampiro de verdad, para dar publicidad a la película… Trabajará también en Sed roja, dirigida y producida por Jack… Quieren hacer con él lo que la Universal hizo con Karloff gracias a Frankenstein. El Caballero Futaine —añadió Jean con tono zumbón— para mí que es el camarero de cualquier café cantante de París; yo tampoco le conozco, pero estoy segura de no equivocarme… Mart, la verdad es que quiero pedirte que hagas algo por mí… Bueno, y por Deming…

—¿Hess Deming? —levanté las cejas extrañado.

Hess Deming era el actor más importante de la Summit, su gran estrella, y su esposa, Sandra Colter, acababa de morir dos días antes. También era actriz, aunque no tan famosa como su marido. Hess la adoraba, todos lo sabíamos. No me imaginaba qué podía hacer yo por él.

—He oído decir que está muy afectado, que anda por ahí dando tumbos como una peonza —apostillé.

—Creo que quiere matarse —dijo Jean muy triste—. Yo… me siento responsable de lo que le pueda pasar, me preocupa mucho, Mart. Después de todo, fue él quien me llevó a la Summit. Ahora está realmente afectado.

—Bueno, veré qué puedo hacer —le dije—. Pero no creo que el trato sea justo; llevarte a la Summit fue lo mejor que pudo hacer Hess, desde luego, pero no sé si ahí empecé a perderte, Jean…

Me callé. No quería hablar más de eso.

Jean asintió.

—Intenta ayudarle, de todas formas —me dijo—. La muerte de Sandra ha sido un golpe muy duro para él.

—¿Cómo ocurrió? Estaba fuera, leí algo, pero…

—Murió, sin más —respondió Jean—. De anemia perniciosa, dicen. Pero, según Hess, en realidad los médicos no saben qué le ocurrió a Sandra… Comenzó a adelgazar y a debilitarse, hasta que murió en poco tiempo.

Asentí, besé a Jean y entré de nuevo en la casa. Antes de salir había visto deambulando por allí a Hess Deming con una copa en la mano.

Se volvió al sentir mi palmadita en la espalda.

—¡Hola, Mart! —me dijo con voz de borracho.

Aunque podía sostener en su mano una copa, me pareció, por sus ojos enrojecidos, que pendía de una cuerda. Era un capullo bien guapo, de acuerdo, grande y fuerte, vale, con unos ojos grises más que azules y una boca perfecta y siempre sonriente, muy bien… Pero la verdad es que ahora no sonreía. Estaba hecho una pena, tenía una cara horrible, bañado en sudor.

—¿Sabes lo de Sandra? —me preguntó.

—Sí —respondí—. Lo siento muchísimo, Hess.

Vació de un trago lo que le quedaba en la copa e hizo un gesto de desagrado, mientras repasaba sus labios con la lengua.

—Estoy borracho, Mart —me confió—. Tengo que estarlo, y cuanto más lo esté, mejor… He pasado unos días terribles. Y ahora, incinerar a Sandra, eso me resulta espantoso…

No dije una palabra.

—Sí, Mart, tengo que incinerarla, ¡Dios mío! —siguió lamentándose—. Un cuerpo tan hermoso como el suyo, reducido a cenizas… Antes de morir me hizo prometerle que la haría incinerar.

—La cremación es el mejor final, Hess, lo más limpio —le dije—. Sandra fue una chica preciosa y limpia, además de una gran actriz.

Acercó mucho su cara sudorosa a la mía.

—Sí —dijo—, pero es que no quiero incinerarla… Antes, me mato, Mart… ¡Dios mío! —y dejó su copa en una mesa, y comenzó a mirar a su alrededor, dando vueltas como una peonza que empieza a perder fuerza.

Me pregunté por qué razón habría dispuesto Sandra que la incinerasen… Había leído una entrevista que le hicieron tiempo atrás, en la que manifestaba su horror al fuego y decía que por nada del mundo querría ser incinerada cuando muriese… Las estrellas dicen muchas tonterías en las entrevistas, pero aquello no lo parecía. Debía de saber por qué tenía Sandra tanto miedo al fuego. Una vez la vi en el plato sufrir un ataque de histeria, porque en un descanso del rodaje su compañero de escena encendió una pipa cerca de ella.

—Disculpa, Mart —me dijo Hess, deteniéndose—. Voy a buscar otra copa.

—Espera —dije tomándole por el brazo—. Mira cómo estás, Hess, creo que has bebido demasiado.

—Sí, estoy un poco tocado —respondió—, pero aún debo estarlo mucho más —y siguió, aunque se detuvo tras dar unos pasos vacilantes, para volverse hacia mí con sus ojos de borracho y decirme—: Limpio. Eso es lo que Sandra dijo. La incineración es algo limpio… Sí, eso fue lo que Sandra me dijo, Mart. Dijo que la cremación es una muerte definitiva y limpia… Pero ¡Dios mío! Ese cuerpo tan blanco y tan hermoso… ¡No puedo hacerlo, Mart, no puedo, me voy a volver loco! Dame un trago, por favor te lo pido, sé buen amigo.

—Espera, Hess, te traeré una copa —le dije, pero no que me disponía a llevársela llena de agua. Se dejó caer en una silla, dándome las gracias en un susurro. Mientras me alejaba de él me sentí mal. Había visto a muchos actores despeñarse como lo estaba haciendo Hess. Tuve la sensación de que su carrera comenzaba a irse al garete. Empezaría a sufrir largos tiempos de espera entre una película y otra; su desastrosa apariencia personal lo iría apartando del cine, y al final, para combatir la pobreza, no tendría más remedio que aceptar papeles de poca monta y mal pagados en seriales. El final más probable para Hess quizá fuera el de tantos: hallado muerto en el dormitorio de un modesto apartamento de Main Street, con la espita del gas abierta.

Había un montón de gente en el bar.

—¡Hombre, aquí está Mart! —oí decir a alguien—. Ven a conocer al vampiro.

Me quedé mudo. Vi a Jack Hardy, el anfitrión, mi jefe, el director con el que había trabajado, apoyado en la barra del bar con toda la pinta de ser un cadáver que aún se sostuviera en pie. Recordaba haberle visto mucho peor cara alguna vez, si bien nunca me había causado tan mala impresión, ni en la peor de sus borracheras… Un tipo bien borracho, o bien colocado de marihuana, no podía tener un aspecto tan desastroso como el suyo. Nunca le había visto con aquella pinta de cadáver. Parecía haber perdido toda tensión nerviosa, como si no le circulara la sangre.

La última vez que lo vi parecía incluso saludable, con sus buenos bíceps, con su mata de cabello amarillo, por no decir muy rubio, con su cara fea pero natural. Ahora, la verdad, parecía un esqueleto al que aún le colgaran algunos pellejos, sobre todo en la cara, con aquellas bolsas negras alrededor de los ojos, tan negras como el pañuelo de seda que llevaba al cuello, tan negras como la pequeña cicatriz que asomaba por el pañuelo.

—¡Por Dios, Jack! —exclamé—. ¿Qué demonios te pasa?

Levantó los ojos y me miró.

—Tranquilo, hombre, estoy bien —dijo—. Quiero que conozcas al Caballero Futaine… Le presento a Mart Prescott.

—Hola, soy Pierre, nada más —me dijo una vocecilla—. Creo que no es Hollywood un lugar en el que valgan los títulos, así que llámeme Pierre, sólo Pierre… Señor Mart Prescott, el placer es mío —concluyó alargándome su mano.

Miré de arriba abajo al Caballero Futaine.

Estrechamos nuestras manos. Mi primera impresión fue la de hallarme ante un tipo seco, frío como el hielo; quizá solté su mano rápidamente, sin estrechársela el tiempo necesario como para ser correcto y educado. El Caballero Futaine seguía sonriéndome, sin embargo.

Un tipo encantador, el Caballero. O eso me pareció, a pesar de todo. Blando, más bien bajo y de poco peso, su cara se me antojó extrañamente juvenil, incongruentemente juvenil, más bien…

Llevaba el cabello rubio muy repeinado, aplastado. Me fijé especialmente en sus mejillas sonrosadas, acaso excesivamente sonrosadas, lo que me hizo suponer que iba maquillado. Pero bajo aquel tono sonrosado acerté a ver, gracias a que lo examinaba con mucha atención, una palidez propia de quien está enfermo, algo así…

O puede que fuese que no tenía un buen cutis. No llevaba pintados los labios, sin embargo. Los tenía tan rojos como la sangre.

Iba perfectamente afeitado, eso sí, y vestía un smoking impecable. Tenía los ojos negros como una piscina llena de tinta.

—Encantado de conocerle —le dije—. Usted es el vampiro, ¿no?

Sonrió.

—Bueno, de alguna manera hemos de rendir tributo al gran dios de la publicidad, ya sabe, señor Prescott… Su nombre es Mart, ¿no?

—Sí —respondí sin dejar de mirarle con atención.

Vi entonces que también él me miraba con atención, que pasaban sus ojos sobre mí mientras se le iluminaba la cara extraordinariamente, con expresión a la vez amable y descreída, distante; como si me examinara con gran agudeza.

Me volví al observar que se acercaba hasta nosotros Jean.

—¿Es el Caballero? —preguntó.

Pierre Futaine estaba ante ella, con una sonrisa en los labios.

—Hola, Sonya —dijo el Caballero.

—¿Sonya? —se extrañó Jean.

Los presenté como era debido.

—Ya ve usted, no me llamo Sonya —dijo Jean.

El Caballero movió la cabeza contrariado, con una extraña expresión en sus ojos negros.

—Perdone —se disculpó con la vocecilla aún más blanda—. Es que conozco a una chica exactamente igual a usted… Exactamente igual a usted… ¡Qué extraño!

—¿Me disculpa? —dije al darme cuenta de que Jack Hardy se alejaba del bar.

Salí tras él. Antes de que alcanzara el porche le di un golpecito en el hombro y se volvió con su cara tan pálida que parecía una máscara.

—¡No me toques, Mart, maldito seas! ¡Me has asustado! —me soltó malhumorado.

No le hice caso y lo abracé.

—¿Qué demonios te pasa? —le pregunté—. Mira, Jack, a mí no me engañas, no puedes mentirme, lo sabes bien… Ya te he ayudado alguna vez y estoy dispuesto a hacerlo de nuevo, si es necesario…

Permite que lo haga.

Su rostro pareció aún más arruinado, pero ahora por la tristeza. Se le fue la cólera y me tomó las manos. Las suyas estaban tan frías como las del Caballero Futaine.

—No puedes hacer nada, Mart —me dijo—. Además, ¿por qué? Estoy bien, de veras. Lo pasé estupendamente en París.

Estábamos contra una pared muy blanca. De repente, y de manera involuntaria, me vino a la mente algo que me salió de inmediato por la boca sin pararme a meditar.

—¿Qué tienes en el cuello? —le pregunté abruptamente.

No respondió. Se limitó a negar con la cabeza.

—He tenido una pequeña infección de garganta —me dijo tras la pausa—. Por eso llevo puesto el pañuelo, hay mucha neblina…

Se tocó la garganta. Se tocó la pequeña cicatriz negra.

Sentí entonces a mi espalda un rumor, algo así como lo que harían los sapos en una charca respirando al unísono, un ruido no precisamente humano… Me volví y era Hess Deming. Sollozaba un poco más allá, junto a la puerta. Le caía la saliva por la barbilla y tenía los ojos aún más rojos que antes.

—Sandra también murió de una infección en la garganta, Hardy, estoy seguro —dijo con una voz que, de tan inexpresiva, me pareció venir de ultratumba.

Jack siguió en silencio. Dio un paso atrás, hasta apoyarse en la pared.

—Empezó a ponerse blanca y se murió —siguió lamentándose Hess—. El médico dijo que no tenía ni idea de lo que le pasaba, pero luego puso en el certificado de defunción que había muerto de anemia perniciosa… ¿Tú tienes alguna enfermedad que hubieras podido contagiarle a Sandra, Jack? Porque, si es así, te mataré…

—¿Cómo? —dije—. ¿Una infección de garganta? No comprendo nada…

—Sandra tenía también dos pequeñas marcas en el cuello, a la altura de la garganta —siguió diciendo Hess—. Dos marcas pequeñitas, muy juntas… Pero eso no pudo matarla, sólo una enfermedad contagiosa… podría…

—Estás loco, Hess —le dije—. Estás muy borracho… Escucha: Jack no tuvo nada que ver con… eso…

Hess no me miraba. Miraba a Jack Hardy con los ojos ahora inyectados en sangre. Volvió a dirigirse a él en su monótono y amenazante tono de ultratumba:

—¿Crees que Mart tiene razón, Jack? Dime si lo crees…

Los labios de Jack permanecieron agónicamente sellados.

—¡Vamos, Jack, dile que no tiene razón, díselo! —lo animé a que hablara.

Hardy hizo un gran esfuerzo para que le saliese la voz.

—No veía a tu mujer desde hace mucho tiempo, Hess —dijo apesadumbrado.

—Ésa no es la respuesta que quiero oír —murmuró Hess y se abalanzó sobre el otro.

Hess estaba muy borracho y Jack muy débil, por lo que era difícil que pudieran pelearse como es debido. Se enzarzaron, en cualquier caso, lo que me obligó a intervenir.

Hess, sin embargo, alcanzó a Jack con un manotazo cuando estaba a punto de separarlos. Le dio de lleno en la pequeña cicatriz del cuello, haciendo que le sangrara un poco.

Vi entonces las marcas que tenía Jack Hardy en el cuello. La leve línea negra se había transformado en dos pequeños puntos rojos a la altura de la yugular.