Un frío atardecer de octubre —era el último día del mes, inusualmente frío para esa época del año— pensé en ir a pasar una o dos horas con mi amigo Keningale. Keningale era artista (tanto como músico amateur y poeta), y se había hecho en su casa un delicioso estudio en el que le gustaba pasar las noches. El estudio tenía una de esas chimeneas propias de las casas solariegas isabelinas, que encendía con buenos leños cuando la temperatura en el exterior era muy cruda. Allí me sentía especialmente bien, fumando apaciblemente mi pipa y charlando con mi amigo al amor del fuego.

Llevaba algún tiempo sin hablar con él; no lo había hecho desde que Keningale, o Ken, como lo llamábamos sus amigos, regresara de su viaje a Europa un año atrás, viaje de estudios, como lo llamaba él riéndose, y de lo que nos reímos todos, pues a Ken le gustaba hacer cualquier otra cosa antes que estudiar.

Era un tipo joven y de muy buen humor, educado en sus maneras y a la vez vividor, versátil e inteligente, y con una renta de unos doce mil o quince mil dólares al año. Cantaba, actuaba, escribía (aunque con un cierto descuido) y pintaba maravillosamente, además de hacer bustos y otras piezas escultóricas magníficas, sobre todo si se tiene en cuenta que jamás había estudiado cualquier disciplina artística… Pero tampoco puede decirse que fuera un esforzado autodidacta… Era muy bien parecido, con una figura excelente y justa de peso, además de vivaz, saludable, de cejas finas y una mirada franca y sagaz. A nadie le sorprendió que se decidiera a viajar por Europa, y mucho menos a él mismo, porque en realidad sólo quería divertirse por allí, pero adelantemos que se le vio de nuevo por Nueva York antes de lo previsto. Era uno de esos tipos que se sienten a gusto en Europa, siempre y cuando puedan ir a su aire, en cualquier caso. Poco después de su regreso nos llegó el rumor de que se había casado en Nueva York con una preciosa joven a la que había conocido en Londres. No mucho después lo vimos por la Quinta Avenida, pero no respondió nada cuando le preguntamos por la razón de que hubiera abandonado tan pronto el viejo continente. Y cuando lo inquirimos acerca de su matrimonio, cortó tajantemente la conversación sin permitir en adelante la menor alusión a eso… Se decía que ella lo había engañado… Pero también se decía que en realidad no habían llegado a casarse, y que ella había vuelto a casa no mucho después de que se les viera juntos.

Fuese aquello lo que fuera, los hechos ciertos son que en adelante Ken no se mostró como el tipo alegre y divertido que era, sino que se le vio triste, abatido, sumido constantemente en una profunda meditación, contrariado y esquivo en la vida social, taciturno y replegado sobre sí mismo, incluso cuando estaba en compañía de sus mejores amigos. Era evidente que le había pasado algo, o que él mismo había hecho algo inconfesable… Pero ¿qué? ¿Quizá había cometido un crimen? ¿Se había hecho adepto de los nihilistas? ¿Tan hondamente le habría afectado aquel affair amoroso truncado? Algunos suponían que se trataba de una nube pasajera…

En cualquier caso, hoy, cuando escribo esta historia, la nube no ha terminado de pasar y, lo que es peor, parece más negra y más grande, como si amenazara con devenir en permanente.

En ese ínterin me encontré con él un par de veces, acaso tres, en la ópera y en la calle, pero sin que me diese la oportunidad de retomar nuestra amistad. Habíamos sido amigos íntimos y confiados en otro tiempo y me costaba aceptar que no quisiera que continuáramos siéndolo. Sin embargo, cuanto había oído decir, y cuanto había visto por mí mismo, aquel evidente cambio que se había dado en él, o acaso un cierto halo de suspense, o la simple curiosidad, me animaron al fin a verlo aquella fría noche de octubre. Su casa estaba a no más de tres millas de distancia de lo que entonces era el centro de Nueva York, así que eché a andar aguijoneado por el viento frío y la transparencia del aire, rememorando los días de nuestros buenos tiempos y todo cuanto sabía y admiraba de Ken. Pero tampoco podía dejar de hacerme algunas preguntas sobre su carácter. ¿Habría algo en su naturaleza —algo muy profundo, incluso animal, algo latente—, extraño y al margen de lo que sabía de él, algo capaz de brotar bajo unas determinadas circunstancias y llevarlo a…? ¿A qué? Pero cuando aún pensaba en estas cosas me vi ante su puerta. Y tuve un sentimiento indecible de felicidad cuando un segundo después me tendió su mano con la mayor cordialidad y me dio la bienvenida con una voz totalmente desprovista de afectación, agradeciéndome la visita. Una vez más, me condujo a su estudio, se encargó de mi abrigo y de mi sombrero y me puso una mano en el hombro.

—Me alegro mucho de verte, —repitió con particular sinceridad—: me alegro muchísimo de verte y de sentirte, especialmente esta noche.

—¿Qué tiene de especial esta noche? —pregunté.

—¡Bah, nada, olvídalo! Está bien así, no necesitas anunciarme tu visita; no hay que leerlo todo para comprenderlo todo, parafraseando al poeta… Venga, bebamos un poco de whisky con agua y fumemos una pipa… Esta noche puede ser muy feliz para mí, si consigo permitírmelo.

—¡Cómo no permitírtelo en este maravilloso lugar! —exclamé contemplando la chimenea y los sillones espléndidos, así como los suntuosos adornos de la estancia—. Me parecería un crimen no sentirse a gusto en este lugar.

—Quizá —dijo Ken—, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo… ¿Has olvidado en qué noche estamos? La noche del primero de noviembre, ésa en la que, según la tradición, salen los muertos de sus tumbas y andan, y las hadas, los duendes y los espíritus adquieren una libertad y un poder mayor que en cualquier otra noche del año… Cualquiera diría que nunca has estado en Irlanda…

—Ahora me entero de que tú sí has estado allí.

—Así es, he estado en Irlanda, sí… —hizo una pausa, entornó los ojos y se sumió en un estado meditabundo, del que sin embargo salió pronto, haciendo un esfuerzo evidente, para dirigirse a un mueble que había en un extremo de la habitación, del que sacó tabaco y bebida.

Mientras él se ocupaba en lo dicho, di unos pasos por el estudio, admirándome de las bellezas que allí había, así como de otros objetos un tanto grotescos pero insólitos, y del sinfín de curiosidades que atraían increíblemente mi atención. Desde luego, todo aquello aumentaba la belleza del estudio admirablemente; Ken era un buen coleccionista y un hombre de buen gusto, como ya se ha apuntado. Pero, por encima de todo lo que allí vi, me interesaron unos estudios de la cabeza femenina hechos al óleo, que desde luego no estaban allí expuestos para llamar la atención de nadie, ni para que recibiera el artista un juicio crítico. Eran en total tres o cuatro, dichos estudios, todos del mismo rostro, pero en ángulos y poses diferentes. En uno, el rostro quedaba difuminado por un velo oscuro como una sombra que sólo sugería las facciones; en otro, parecía asomarse oscuramente a través de una celosía fantásticamente iluminada por la luz de la luna; el tercero mostraba su espléndida belleza con un vestido de noche y una diadema en el cabello, y pendientes, y más joyas, una de las cuales brillaba sobremanera sobre su níveo pecho. Las expresiones del rostro eran tan diferentes como las poses; uno de los estudios invitaba a escrutarlo para acceder a su misterio; otro, sugerente de ardor y pasión, capturaba la mirada de manera indecible; el tercero sorprendía por cuanto de élfico y burlón había en aquel hermoso rostro. Cualquiera de ellos, en definitiva, ejercía una fascinación muy especial, no tanto por la evidente belleza de la mujer retratada como por su rareza exquisita, por el carácter único que se le adivinaba.

—¿Conociste a esa mujer en otro país? —le pregunté al fin—. Es evidente que te ha inspirado de manera especial, cosa que comprendo…

Ken servía ya el licor que había preparado y no estaba al tanto de mis movimientos por su estudio; me miró sorprendido y dijo:

—No quiero exponer esos cuadros, no me satisfacen y voy a destruirlos… Pero no descansaré hasta que haya logrado pintarlos como ella lo merece… ¿En otro país? ¿A qué te refieres? Sí… O no…

Los pinté aquí en las últimas seis semanas.

—Pues te satisfagan o no, debo decir que son los mejores cuadros tuyos que he visto.

—Bueno, dejémoslos en paz, dime qué te parece este bebedizo que te ofrezco… Para mí que es de lo mejor; quizá aguardaba tu llegada para que lo probases en toda su excelsitud… La verdad es que no me gusta beber solo, y créeme que esos retratos no son una buena compañía; tengo la impresión de que podrían salir del lienzo en cualquier momento y sentarse en una de esas butacas. —y observando mi mirada inquisitiva añadió con una risa nerviosa—: Estamos en la noche del primero de noviembre, ya lo sabes; una noche en la que puede pasar cualquier cosa, incluso la más extraña…

Bebamos a nuestra salud…

Nos llevamos a los labios aquel licor de sabor fuerte, aromático y profundo, y dejamos los vasos sobre la mesa. La bebida era excelente. Ken abrió una caja de cigarros y tras escoger uno nos sentamos al amor del fuego.

—Todo lo que necesitamos ahora —dije lentamente— es un poco de música… ¿Tienes por ahí aquel banjo que te regalé antes de que te fueras de viaje?

Hizo una larga pausa antes de responderme, de tal manera que llegué a pensar que no me había oído.

—Puedo ir a buscarlo —dijo—, pero ya no se le puede extraer música.

—Vaya, se te ha roto… ¿No puedes hacer que te lo reparen? Es un instrumento magnífico.

—No, no está roto, pero no suena como antes… Verás…

Se levantó mientras hablaba y fue al final del estudio, donde abrió un arcón negro y extrajo el instrumento, envuelto en una pieza de seda amarilla. Me lo ofreció; cuando le quité la pieza de seda amarilla que lo preservaba del polvo, pareció en efecto algo que quizá en tiempos fuese un banjo… Sólo eso. Simplemente era como un viejo trozo de madera que apenas sugería su calidad de poco tiempo atrás. El mástil aparecía combado y carcomido como si lo habitaran gusanos y larvas; al tacto se mostraba seco como las raíces muertas. La caja, en vez del color natural de la madera, lucía con un verdor apagado y mohoso; las clavijas, que en otro tiempo parecían de plata, ahora eran sólo como hierro oxidado. Carecía ya de cuerdas y le habían desaparecido al mástil casi todos los trastes. La verdad es que semejaba haber sido hecho antes del Diluvio, como si hubiese quedado olvidado de todos en un rincón del arca de Noé desde entonces.

—Una curiosa reliquia, ciertamente —bromeé—. ¿De dónde la has sacado? No tenía la menor idea de que el banjo fuera un instrumento tan antiguo… A primera vista diría que tiene por lo menos doscientos años, pero puede que me quede corto…

Ken sonrió tristemente.

—Tienes razón —me dijo—; tiene unos doscientos años, en efecto, pero te aseguro que es el mismo banjo que me regalaste el año pasado.

—Pues resulta difícil reconocerlo —dije sonriendo a mi vez—; no lo encargué, para ofrecértelo como un presente, hace tanto…

—Ya lo sé… Te aseguro que, en tan poco tiempo, le han pasado por encima doscientos años… Sí, parece absurdo e imposible, pero te digo la verdad, no creas que miento… Este instrumento existe en realidad desde el siglo XVI. Verás… Recuerda que estaban grabados ahí nuestros nombres y la fecha en que me lo regalaste.

—Sí; y había también cierta marca que hice —apostillé.

—Eso es —dijo Ken buscando nuestros nombres y la marca a la que me refería—. Mira…

Tomé en mis manos el decrépito instrumento y lo examiné con detenimiento. Era increíble, desde luego. Allí estaban nuestros nombres y la fecha que hice grabar; allí estaba igualmente la marca a la que me había referido, grabado a punzón todo ello apenas dieciocho meses atrás. Me convencí de que sus palabras no eran una broma y de que no había error posible. Me senté, poniendo el banjo sobre mis rodillas, y me quedé mirando a mi amigo con gesto de asombro, o acaso de incredulidad, a despecho de la evidencia. Él seguía fumando inalterable, sin perder la compostura, con los ojos fijos en los leños chisporroteantes de la chimenea.

—Estoy confuso —admití—. Vamos, dime de qué se trata, tiene que ser una broma… ¿Cómo has conseguido que esto parezca un instrumento arruinado por el tiempo, por el paso de dos siglos, por lo menos, cuando lo compré hace sólo unos meses? ¿Y por qué lo hiciste? He oído hablar de elixires que anulan los efectos del paso del tiempo, pero da la impresión de que te has dedicado a buscar algo que hace todo lo contrario… Revélame tu misterio, mago… En serio, Ken, ¿qué demonios le ha pasado a esta cosa?

—Te aseguro que no sé más que tú —respondió—; o tú y yo, al igual que el resto de los habitantes de este mundo, nos hemos vuelto locos, o esto es consecuencia de un milagro que no registran los anales de la tradición. ¿Cómo explicar algo así? Por lo general se dice, lo que supone aludir a una experiencia común, si así lo prefieres, por lo general se dice que hemos tenido otra vida, que vivimos en otro tiempo; y también, que a veces podemos vivir una vida entera en unos pocos instantes… Pero todo eso, me parece, es más una experiencia mental que física; por lo tanto, algo que se corresponde con los humanos y su mente, pero no con un simple objeto de madera y metal… Tú crees que en ese instrumento se ha producido una broma, o que es el objeto de una broma… Si así fuera, te aseguro que desconozco por completo los secretos de una ilusión semejante… Jamás he oído hablar, por otra parte, de cualquier compuesto químico que reduzca a ese estado en unos pocos meses lo que antes fue una sólida pieza de madera… Y puedo dar fe de que nadie ha intentado algo parecido en el curso del último año. Hace un año, en efecto, podían extraerse de este banjo exquisitas notas… Al menos, cuando me lo regalaste… Sólo veinticuatro horas después, y juro que te digo la verdad, apareció tal y como lo ves ahora.

La seriedad, la sinceridad con que me decía todo aquello, eran evidentes. Creía cada una de sus palabras, precisamente porque eran ciertas. Yo no sabía qué pensar. Por supuesto, mi amigo podía haberse vuelto loco, aunque la verdad es que no mostraba el menor síntoma de insania. Pero allí estaba el banjo, silencioso testimonio de la verdad. Cuanto más pensaba en todo eso más increíble me parecía el momento. Doscientos años transcurridos en apenas veinticuatro horas; tales eran los términos de la ecuación que la evidencia ofrecía.

Tanto Ken como el propio banjo la habían establecido, en contra de toda experiencia y de todo conocimiento, pero no podía sino tomar dicha ecuación por un imposible, sin embargo… ¿Qué explicación dar a todo aquello? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es la vida?

Me vi por un instante dudando de la realidad inherente a las cosas. Pero ahí estaba el misterio al que me obligaba a enfrentarme mi amigo, un misterio añadido a todos los que lo envolvían desde que regresara de su viaje al extranjero. Había cambiado, estaba claro. Pero lo más terrible era que quizá ya no pudiese cambiar.

—¿Por qué no me lo cuentas todo? —acabé por preguntarle.

Ken sorbió un poco más de su copa de whisky con agua y se pasó una mano por sus finas cejas francamente apesadumbrado.

—Nunca he hablado con nadie de esto —comenzó a decir—, y nunca hubiera querido hacerlo… Pero intentaré ofrecerte al menos una idea… Al fin y al cabo me conoces mejor que cualquier otro, por lo que podrás entenderme y quizá comprender el alcance del asunto que voy a referirte; así, de paso, puede que me libere de algo que me oprime y desasosiega… Sí, puede que sea mejor contártelo y no seguir guardándomelo.

Sin mayores preámbulos, Ken pasó a relatarme la historia que aquí ofrezco. Era, cosa que ya había observado tiempo antes, un excelente narrador de historias. Tenía además una voz profunda, grave y bien timbrada en sus matices, y sabía reforzar perfectamente con ella los aspectos dramáticos o patéticos a veces mediante la entonación de una sola sílaba. Sus expresiones, igualmente, eran susceptibles de mostrar humor, solemnidad o pánico, dependiendo de lo que la historia que contaba requiriese, y sus ojos podían demostrar una variedad increíble de emociones, siempre, también, en tanto que fuera necesario para hacer más vivido su relato.

Ahora, sin embargo, su aspecto melancólico ofrecía la sensación de que sólo una cosa le enternecía y afectaba casi por igual; adelanto que cuando Ken pasó a contarme su historia, que era en parte la de aquel gran enigma del banjo, todo en él era melancolía y dolor; no había intención alguna por su parte de adornar el relato ni de hacerlo aún más fantástico, lo que seguramente me impresionó aún más, al punto de que aún hoy sigue ejerciendo sobre mí un influjo indudable.

—Salí de Nueva York —comenzó a decir— en un barco de la Inman Line, como recordarás… Atracamos en Le Havre, hice después los viajes habituales de los turistas por el continente y en julio partí hacia Londres, en pleno verano… Llevaba conmigo excelentes referencias y direcciones de gente muy conocida y agradable. Entre esas gentes se contaba una joven dama bellísima, una chica de mi estilo, ya sabes a qué me refiero, que naturalmente, además de ser de aquí, no pudo por menos que interesarme mucho desde el primer momento que la vi; antes de que su familia abandonara Londres ya nos habíamos comprometido. Nos marchamos de Londres al tiempo, ella para viajar por el continente y yo para visitar el norte de Inglaterra y después Irlanda… Llegué a Dublín el primero de octubre y, tras un periplo por el país de dos semanas, me vi en el condado de Cork.

»Es una región hermosa, un lugar en el que los ojos pueden solazarse en la contemplación de los paisajes más adorables, además mucho menos conocida por los turistas que otros muchos lugares menos hermosos y pintorescos como hay por esos mundos… Una región muy poco habitada, además; puedo asegurarte que mientras la recorría no vi a ningún otro extranjero y sólo me crucé con un puñado de lugareños. Parece increíble que un lugar así esté tan escasamente habitado. Allí, tras caminar docenas de millas acabas encontrándote con no más que un pequeño número de casas de labranza, a muchas de las cuales, por lo demás, prácticamente se les ha volado el tejado y muestran inequívocos síntomas de ruina. Los pocos lugareños con los que te encuentras, sin embargo, son muy cálidos y amables, muy hospitalarios, sobre todo cuando comprueban que vienes de este país, que para muchos de sus amigos y parientes es algo así como la tierra prometida. Son muy sencillos, incluso algo primitivos, al menos a primera vista, pero en realidad lo que son es extraños e incomprensibles, como no podía ser menos en una raza única y apartada del mundo. Son muy supersticiosos y creen en los milagros y en toda clase de maravillas, así como en las hadas, los magos, los augurios… Son muy fieles a San Patricio, pero a la vez se muestran escépticos y sensibles a partes iguales y, si lo creen necesario, mentirosos y despiadados… Puedo asegurarte que nunca, a lo largo de mi viaje, disfruté con los naturales de otra nación tanto como con los naturales de Irlanda, que me inspiraban a partes iguales amistad, curiosidad y a veces repugnancia…

»Llegué a un pequeño pueblo costero, que no está muy lejos de Ballymacheen, en la costa sur. Ya había estado en Venecia y en Nápoles, ya había recorrido Cornice Road[7] y nuestro Mount Desert[8], y puedo asegurarte que todas esas maravillas juntas no son tan hermosas y encantadoras como las calas, pequeños puertos, montañas y colinas de este condado de Cork en cuyas costas las aguas del mar son las más transparentes. Es una región realmente antigua y llena de historia desde el comienzo de las edades. En todo el condado no hay más de doscientos mil habitantes, trescientos mil a lo sumo; la mitad de sus casas están en ruinas o han desaparecido, sin más; ves por allí un sinfín de antiguas granjas hoy abandonadas. Todo el mundo es muy pobre; muchos no tienen calzado ni algo con lo que cubrirse la cabeza; las mujeres suelen vestir de negro o de azul oscuro, los hombres van casi en harapos y los niños andan por ahí medio desnudos… Sólo viven confortablemente los curas y los monjes, y los soldados del cuartel que domina la región, un cuartel levantado sobre las ruinas del castillo de Eduardo, el Príncipe Negro[9], dominando la costa sobre los acantilados. La guarnición no tiene más de doce hombres, mandados por dos o tres oficiales, ninguno de los cuales tiene el título de Comisionado. Supongo que de vez en cuando se relevará dicha guarnición, pero cuando los ves hacer sus rondas siempre parecen los mismos.

»Me alojé en un pequeño hostal, muy agradable, por cierto, el único que hay en aquella parte de la costa, con un comedor muy acogedor aunque extremadamente pequeño, presidido por un retrato de Jorge I[10]. La segunda noche de mi estancia allí, poco después de cenar yo, entró un joven caballero que pidió algo de pan, queso y una botella de cerveza de Dublín. Pronto entablamos conversación; se me presentó como el teniente O’Connor, del cuartel, y era todo un magnífico espécimen de soldado irlandés. Tras dar respuesta a todas mis preguntas sobre aquel pueblo, la costa, y sobre el condado entero, así como tras hablar él de sus amigos, sus parientes, y de sí mismo, y tras contarle yo igualmente cosas de mí mismo y de mis viajes, nos hicimos muy amigos. Bebimos juntos whisky de Kinahan y el teniente se expresó en términos muy elogiosos acerca de mi país, de mí mismo, y de los excelentes cigarros que llevaba y con los que le convidé… Cuando llegó la hora de que partiera, lo acompañé dando un paseo bajo la luz de la luna, espléndida, blanca, hasta la misma entrada del cuartel, prometiéndole que acudiría allí otro día, como me había sugerido, para que me presentara al resto de los oficiales y a los soldados.

«—Vuelva ahora con cuidado, mire bien por dónde pisa, amigo —me recomendó cuando nos despedíamos—. Está en una tierra de fe, una tierra que es como un cementerio de cuyas tumbas puede salir en cualquier momento la dama negra…

»El cementerio estaba en realidad al pie de una colina por la que había que descender para bajar del cuartel, en un lugar absolutamente desamparado. Sólo unas treinta o cuarenta lápidas mostraban cierto buen estado de conservación en el terreno irregular sobre el que se alineaban; las demás se caían a pedazos. No tenía la menor idea de quién podía ser aquella dama negra a la que había aludido con una sonrisa de burla el teniente, y la verdad es que no se me había ocurrido preguntarle, ni tenía entonces a quién preguntárselo. Nunca he sentido la menor aprensión ni temor por los fantasmas, y lo cierto es que llegué sin novedades dignas de contar al hostal, salvo que fui por un camino pedregoso y difícil, y que crucé un puente prácticamente en ruinas sobre un arroyo relativamente caudaloso.

»Al día siguiente me dirigí al cuartel, donde hallé recompensa más que cumplida a los amistosos sentimientos con que me dirigí allí, gracias, sobre todo, precisamente al banjo, que llevé conmigo y con el que animé la reunión, lo que me hizo muy popular entre los soldados. El personaje más interesante de aquel pequeño círculo social en el que me introdujo mi amigo el teniente era el Mayor Molloy, comandante del cuartel y hombre juicioso además de buen soldado veterano. También el doctor Dudeen, un hombre alto, de humor inteligente y un tanto seco, que refería, igual que su comandante, un montón de anécdotas increíbles, cosas que nunca se me hubieran pasado por la cabeza. Fue, como digo, una reunión excelente, que se repetiría con bastante frecuencia y siempre en los mismos términos… Octubre se fue al cabo y tuve que decirme que era un viajero por Europa y no un residente en Irlanda. El Mayor, el doctor y el teniente protestaron cordialmente por mi decisión de seguir el viaje, pero no obstante me ofrecieron una cena de despedida la noche de Halloween.

»Me gustaría que hubieras asistido conmigo a aquella cena. Fue la mejor demostración de la hospitalidad y el sentido de la amistad de los irlandeses. El doctor Dudeen mostró lo mejor de su ingenio; el Mayor Molloy fue como un auténtico personaje de novela, mucho mejor que los personajes de las novelas de Lever[11]. El teniente, por su parte, siempre con un magnífico humor, muy ingenioso además, habló como si interpretase una rapsodia sentimental de unas cuantas muchachas hermosas del condado. Yo, la verdad sea dicha, pulsé las cuerdas de mi banjo mucho mejor que en cualquier ocasión anterior, y todos cantaron a coro conmigo mientras dábamos cuenta de unas viandas excelentes que sólo podrás degustar en Irlanda.

»Entre las historias y anécdotas que contó el doctor Dudeen me llamó especialmente la atención la del Conde de Querin[12] y su esposa, Ethelind Fionguala, apellido que en la lengua de los irlandeses significa la de los hombros blancos… La dama, por lo que parece, se había comprometido en matrimonio con un tal O’Connor (aquí el teniente silbó y sonrió pícaro), pero fue raptada la noche anterior a la boda por una banda de vampiros, algo que, según se dice, pasaba en tiempos con bastante frecuencia en Irlanda. Ocurrió, sin embargo, que cuando se la llevaban —ella estaba inconsciente— a esas cenas que hacen los vampiros, en las que comen más que dar de comer, el joven Conde de Querin, que era diestro en el manejo de las armas, se percató de lo que ocurría y alcanzó a la partida de vampiros y disparó contra ellos. Huyeron los raptores y el joven Conde tomó en sus brazos a la novia desvanecida y así la llevó a su propia casa.

»—Sepa usted, señor Kaningale —me dijo el doctor Dudeen golpeando su pipa para vaciarla de ceniza—, que para venir hasta aquí ha tenido que pasar por aquella casa… Es una que tiene arcos ennegrecidos por el tiempo y una gran ventana con celosía, se habrá fijado usted, como si…

«—Vamos, olvídese de la casa, querido doctor Dudeen —dijo entonces el teniente O’Connor— y cuéntenos qué pasó con la dulce señorita Fionguala, Dios haya sido clemente con ella, cuyos aposentos visitaba yo, o el que se llamaba como yo…

»—Tenga calma, señor O’Connor —dijo el Mayor mientras servía otra ronda de whisky a los que allí estábamos—, que nos hallamos ante una situación digna de ser considerada bajo el prisma de los principios generales, como dijo el coronel O’Halloran cuando se le preguntó qué haría si fuese el Duque de Wellington… Sea paciente, pues le diré que…

«—Vamos, Mayor, no interrumpa al doctor —dijo el teniente—, que el señor Keningale también quiere oír el final de esa historia y no soporta esperar con el vaso vacío… ¡Que el Señor nos asista! ¡Se nos ha acabado el whisky!

»La conmoción que aquello produjo fue tal que todo el mundo se olvidó de lo que contaba el doctor Dudeen, y cuando quiso volver a su historia ya se cernía la noche, por lo que tuve que levantarme para regresar a mi hospedaje. Me llevó bastante tiempo, sin embargo, convencerles de que ya era hora de que regresara, pero al cabo me vi caminando al aire frío de la noche mientras aún resonaban en mis oídos las muy sentidas palabras de despedida que me habían dedicado mis buenos amigos.

»A pesar de lo mucho que habíamos bebido, digamos que mi estado era bastante bueno; por eso debo achacar lo que me pasó a lo abrupto del camino, pues lo cierto es que apenas me había distanciado del cuartel cuanto di un traspiés y caí. Mientras me levantaba oí una risa y supuse que era el teniente, que me había acompañado hasta el portón, quien se reía, pero me volví y comprobé que estaba cerrado y que no había nadie allí. La risa siguió, acercándose, oyéndola cada vez más próxima, y me pareció que era más de mujer que de hombre. Por supuesto que estaba extrañado; no veía a nadie por allí, mucho menos a una mujer, y aquella risa no cesaba; temí incluso que fuera una broma que me jugara la imaginación a causa del alcohol, y hasta supuse que alguien que celebraba Halloween se burlaba de mí. No se me ocurrió pensar entonces más que en eso, en una suerte de celebración poética de la festividad, y no en que para los irlandeses es una superstición repleta de augurios diabólicos… Total, sólo escuchaba una risa… En resumen, que como no había sufrido daño alguno al caer, pude seguir pronto mi camino.

»Sin embargo, me resultó imposible encontrar el sendero por el que había ido antes al cuartel; hallé otro, pero desde luego no era el que buscaba. No lo reconocí, me había perdido, parecía evidente…

Podría haber jurado que nunca antes pisé por allí. Brillaba la luna, aun oscurecida por las nubes, y cuanto veía a medida que proseguía mi camino no me recordaba nada de lo que ya me era familiar. Todo estaba en silencio, la oscuridad era creciente, caminaba entre las faldas de las colinas, y el camino era en pendiente, como si me condujese hacia el centro de la tierra. Entre el silencio, sin embargo, percibía de cuando en cuando algún eco; y no hubo de transcurrir mucho tiempo para que me sintiese rodeado de voces y de suspiros misteriosos; y menos hubo de transcurrir aún antes de que escuchase de nuevo aquella risa, que se hacía más audible aún en aquel paso entre las colinas. El frío también era más crudo y lo sentía en mi rostro como si me lo tocaran dedos de aire. Claro está, no logré sustraerme a un cierto sentimiento de inseguridad, de ansiedad, sin que supiera bien a qué achacarlo, salvo a mi deseo de llegar cuanto antes a mi hospedaje. Con ese sentimiento acuciado de los que se han perdido, apreté el paso, pero a cada poco me veía impelido a mirar atrás pues tenía la sensación terrible de que me perseguían, aunque no viera a criatura alguna de cualquier especie. La luna, empero, brillaba ahora más intensamente, despejadas las nubes por el viento, que las llevaba como sombras que adquiriesen en ocasiones las formas de una figura humana gigantesca.

»Había perdido la noción del tiempo que llevaba caminando cuando, no sin bastante aprensión, y asustado por lo imprevisto de aquello, pues tuve la sensación de caminar mucho rato para no avanzar apenas, me vi de nuevo frente al cementerio. No había muro ni vallado que lo protegiese, lo que ahora no me hizo tanta gracia como la primera vez que lo había visto, cuando me dije que alguien podría llevarse un buen susto al verse caminando de repente entre las tumbas. Era, desde luego, el mismo cementerio que había visto la primera vez que me dirigí al cuartel, y que sólo estaba de allí a unos pocos cientos de yardas… Yo, estaba seguro, había caminado ya alguna milla. A medida que me acercaba, sin embargo, observé que las lápidas no parecían tan antiguas y decrépitas como las había visto antes… pero lo que más atrajo mi atención fue la figura que descubrí en una de las tumbas. Era una figura femenina completamente vestida de negro; una observación detenida de ella —para lo que hube de acercarme bastante— me hizo comprobar que se cubría con el calla, esa larga capa con capucha, tradicional de las mujeres irlandesas y de indudable origen español.

«Naturalmente, me sorprendió, e incluso paralizó, aquella aparición inesperada y extraña; no podía creer que una criatura humana estuviese allí a aquella hora, en un lugar tan siniestro como desolador. Casi sin quererlo, paralizado aún, la miré intensamente; tenía la luna a sus espaldas, sin embargo, y el leve resplandor blanco hacía imposible que le viera la cara, sólo pude fijarme en sus ojos brillantes, que parecían devolverme la mirada con idéntica intensidad a la mía.

»—Parece que se encuentra usted aquí como en su casa —dije al fin—. ¿Podría decirme dónde estoy?

»Tan misterioso personaje me respondió con una risa leve, la cual no tenía nada de siniestro, sino todo lo contrario, era grata y musical, con un timbre y un tono tan exquisitos que noté cómo me latía el corazón, mucho más que a lo largo de mi pedestre y vano periplo de antes. Supe enseguida, además, que era la misma risa que había oído (salvo que me traicionara mi imaginación) hacía una o dos horas. Por lo demás, era la risa de una mujer joven; y la risa propia de una mujer hermosa, aunque hubiera en ella algo salvaje, burlón… pero definitivamente humano, una risa libre de afectación… Puede, sin embargo, que esas impresiones mías no se debieran más que al lugar en el que se producía aquel encuentro.

»—Claro que sé dónde está, señor —me dijo al fin—. Está usted ante la tumba de Ethelind Fionguala.

»Se levantó mientras hablaba, lentamente, se volvió hacia la tumba y señaló con un dedo la inscripción de la lápida. Sin mayor dificultad, y aun hallándome a unos pasos, pude leer el nombre y la fecha que indicaba, ciertamente, que la ocupante de la tumba yacía allí desde hacía casi tres siglos.

»—¿Y quién es usted? —fue mi siguiente pregunta.

»—Me llamo Elsie —respondió—. ¿Qué hace usted por aquí en la noche de Halloween?

»Le dije que me dirigía al hospedaje y le pedí que me indicara por dónde podría seguir mi camino.

»—¡Qué casualidad! —dijo Elsie—. Yo también voy en esa dirección; si quiere, le acompaño; y si gusta, toque algo con su bonito instrumento mientras caminamos, así se nos hará más corto el camino.

«Señalaba a mi banjo, que llevaba a la espalda. No sé cómo supo que aquello era un instrumento musical; quizá me hubiera visto tocarlo cuando me dirigía al cuartel desde el pueblo, o acaso en el mismo pueblo, en uno de mis paseos… Aunque estaba sorprendido, no me opuse a su petición; comencé a tocar el banjo mientras andábamos; ella reía de nuevo y hacía un gesto muy gracioso con las manos sobre su cabeza. Tocaba yo una música muy alegre, de baile, deslizando mis dedos sobre las cuerdas con una agilidad que me sorprendía, yendo Elsie siempre unos pasos delante de mí y haciendo de vez en vez los gestos propios de la danza. Era increíblemente ligera y grácil, elástica, ondulante; era la suya, me lo sugerían sus movimientos, la ligereza de los espíritus. Me llamaba poderosamente la atención la extrema blancura de sus pies y me maravillaba que —pues iba descalza— tuvieran una calidad propia de la seda, un brillo como el del oro. En realidad llevaba unas medias inconcebibles.

»—Elsie —le dije acelerando un poco el paso para ponerme a su altura—, ¿dónde vives y a qué te dedicas?

»—Si quieres saber a qué me dedico, sígueme y lo verás por ti mismo —me respondió.

«—¿Sueles andar de noche entre las colinas y descalza, pisando sólo con esas medias?

»—¿Y qué tiene eso de particular? —me preguntó a su vez—. ¿De dónde sacaste ese precioso anillo de oro que llevas?

»Mi anillo, que no era precisamente valioso, me lo había comprado en una tienda de Cork porque me gustó, sin más. Era antiguo, nada a la moda, y según el que me lo vendió había pertenecido a un rey, o quizá a una reina, de Irlanda.

»—¿Te gusta? —pregunté.

»—¿Le harías a Elsie el honor de regalárselo? —dijo con un tono increíblemente insinuante, volviéndose para mirarme de frente.

«—Quizá te lo regale, Elsie —respondí—, pero con una condición… Soy artista, hago retratos… Si me prometes venir a mi estudio para que te haga un retrato, te daré el anillo… y algo de dinero…

»—Lo haré si me das el anillo ahora —dijo.

»—De acuerdo, prométemelo…

»—¿Y harás música para mí? —siguió preguntando.

»—Tantas veces como me pidas.

«—Bueno, puede que no sea tan bella como para que me hagas un retrato —dijo mirándome con sus ojos profundamente negros.

«—Estoy dispuesto a correr ese riesgo —respondí riéndome—; en cualquier caso, me gustaría verte; así, en caso de que no haya trato, podré recordarte —y diciendo esto traté de quitarle la capucha, pero Elsie me eludió, no sé bien cómo, pues no hizo ningún gesto de violencia.

»—Primero dame el anillo —dijo riéndose burlona de nuevo—; después podrás verme —añadió engatusándome.

»—Bien, extiende tus manos —dije olvidándome de las cuerdas del banjo y quitándome el anillo—. Será fácil hacer el trato, Elsie, no desconfíes de mí.

»Me alargó una mano fina y delicada, y le puse en el dedo anular aquel anillo. Tras hacerlo, se quitó la capa negra con capucha que la cubría, descubriendo unos hombros maravillosamente blancos. Vestía un traje riquísimo y escotado, hecho con un primor y calidades indescriptibles, destacando las piedras preciosas que llevaba engastadas.

«—¡Cuidado, mira bien dónde pisas! —me dijo Elsie de repente.

»Miré en derredor mío y me di cuenta entonces de que estábamos cruzando un puente de piedra medio derruido, sobre el curso de un arroyo de profundidad considerable. Uno de los muros del puente se había derrumbado por completo y, en efecto, me había quedado a menos de un paso de caer. Di entonces unos pasos hacia atrás y me volví hacia Elsie… Pero ya no estaba. ¿Dónde se habría metido aquella criatura? La llamé, pero no me respondió. Miré a un lado y a otro, y no la vi… No podía haber caído al agua, pero tampoco podía haberse desvanecido en el aire… Sin embargo, ésa fue la sensación que tuve, que se había desvanecido, que había desaparecido en el aire. Y tuve la completa certeza de que lo había hecho voluntariamente, acaso para burlarme. Eso fue lo que me hizo pensar que por mucho que lo intentase jamás la encontraría, salvo que ella quisiera que nos viésemos de nuevo… Bien, al fin y al cabo, ya había visto su cara. El resto dependía de mí. Quizá había merecido la pena perder el anillo.

»En resumen, que al cabo de un rato comprendí que el puente en el que estaba no era sino el que ya conocía, y del que he hablado antes, así que me hallaba a poco menos de una milla del pueblo. Ahora se había despejado el cielo de nubes y lucía la luna con un brillo esplendoroso. A pesar de todo, Elsie había sido una guía excelente; me había sacado de aquel sendero propio de una tierra de duendes por el que me adentré inadvertidamente para llevarme de nuevo al mundo real. Había sido la mía, ciertamente, una aventura singular; y mientras seguía caminando en dirección al pueblo pensaba en ello con sentimientos mezclados, con una sensación placentera y a la vez misteriosa. Tanto es así, que tomé aire, abracé de nuevo mi banjo y tañí de nuevo sus cuerdas… ¡Oh! ¿Y esa luz blanca, ese resplandor fugaz que de repente noté a mis espaldas? ¿Y esos pasos leves que oí? Parecían los de Elsie, pero no; me volví y Elsie no estaba… Había sido una alucinación que de manera más o menos parecida me asaltó varias veces más mientras seguía mi camino hasta el hostal… Sí, tantas veces creí sentir sus pasos a mis espaldas o a mi lado… Pero aquellas impresiones no alteraron mis nervios ni me hicieron sentir temor; por el contrario, estaba encantado con esa especie de persecución por parte de Elsie que sentía mi imaginación; me sentía devoto de mi propio romanticismo.

»Después de pasar frente a un par de casas sin tejados y cubiertas de musgo seguí por un camino empedrado, estrecho y largo, que llevaba directamente al pueblo. Un poco más abajo se ensanchaba el camino y donde más amplio se hacía avisté una antigua casa solariega orientada al norte. Era una casa de piedra construida según los más nobles cánones de la arquitectura. Me recordaba alguno de esos palacetes de la vieja Italia nobiliaria que había admirado en mi viaje por el continente; seguro que había sido levantada por uno de aquellos antiguos inmigrantes italianos o españoles que llegaron a Irlanda en los siglos XVI y XVII. Las molduras de los arcos y de las ventanas habían sido exquisitamente labradas en la piedra, y en el frontispicio tenía la casa solariega un escudo de armas imponente ante el que no pude por menos que detenerme para admirarlo. Su relieve era impresionante y la luna parecía agrandarlo aún más, realzando su belleza; sugería, sin embargo, una visión que se desvanecería en cuanto la luz de la luna dejara de bañarlo. Supuse que tenía que haber visto antes aquella casa, pues no era un camino que me resultara extraño, pero lo cierto es que no había reparado antes en ella. Apoyado en el muro de piedras que cerraba el camino por el lado contrario al que se levantaba aquella casona, me deleité largo rato en su contemplación. Había en un extremo de la casa una ventana ciertamente admirable, que proyectaba una larga sombra sobre el empedrado del camino. La celosía era realmente fantástica, con su tono diamantino… No podía uno sino preguntarse cuántas veces habría sido abierta en otro tiempo por una mano gentil y delicada para recibir al amante que aguardaba a su enamorada a la luz de la luna… Seguro que ocurrió en tiempos heroicos. En tiempos ya largamente idos… La casa solariega, desde luego, tenía todo el aspecto de estar deshabitada desde hacía muchos años, a saber cuántos; sólo habría en su interior murciélagos y termitas. ¿En dónde yacerían los restos mortales de aquellos que la construyeron? ¿Quiénes fueron? Seguro que nadie recordaba ya sus nombres.

»Seguía apoyado en el muro de piedra cuando me asaltó una conjetura que apenas en nada se convirtió en certeza… ¿No sería aquélla la casa de la que había hablado el doctor Dudeen aquella misma noche, la casa del Conde de Kern, el de la misteriosa novia raptada? Allí estaba la ventana con su celosía, allí estaban los arcos insólitos en Irlanda. No había duda, era la casa… No pude evitar que se me fuera una exclamación de renovada admiración y de placer, ni pude evitar que creciera en mí el interés por la casa… Mis especulaciones eran quizá puramente imaginativas, pero no por ello podía dejarlas pasar sin más.

»¿Qué suerte habría corrido aquella dama encantadora después de que el Conde de Kern la condujese hasta aquí en sus brazos, desmayada? ¿Se recobró y contrajeron matrimonio y fueron felices? ¿Hubo alguna trágica secuela del rapto?

«Recordé entonces haber leído que las víctimas de los vampiros devienen en vampiros sin remisión posible… Mis pensamientos, pues, no pudieron sino volar hasta la tumba de aquel siniestro cementerio entre las colinas… Seguro que era una tumba sin consagrar… Pero ¿por qué la habrían enterrado allí, si es que así lo hicieron? ¡La bella Ethelind, la de los blancos hombros! ¡Ah! ¡Lástima no haber vivido en aquel tiempo! ¿O por qué no revivían aquellos tiempos, merced a una suerte mágica, para mí? Entonces podría apostarme bajo la celosía de la ventana y rasgar para ella las cuerdas de mi instrumento, y esperar así a que me abriese la celosía para entrar a sus aposentos…

¿Qué impedía que así fuera? Estaba claro, era cosa de un par de siglos… ¿Por qué vivimos en un tiempo en el que los filósofos y los poetas se burlan de la imaginación y la fe, y se muestran tan rígidos en su exigencia de la demostración real de las cosas? Daba igual. A pesar de todo, abracé de nuevo mi banjo y comencé a tocar en memoria de la amorosa Fionguala.

«Comencé a tocar y a cantar, así las cosas, una antigua canción española de amor que había encontrado en una vieja biblioteca durante mi viaje y a la que yo mismo puse música… Canté despacio, en tono emocionado; el camino empedrado parecía devolverme el eco de mi canción y yo sólo quería que me oyese la dama de la que me sentía enamorado. Brotaban de mis labios aquellos versos con una pasión propia de la antigua caballería andante española para expresar bien la pasión de los amantes a los que aludía aquel romance, que era también la mía. Seguro que Fionguala, la de los blancos hombros, me oiría; seguro que despertaría así de un sueño de siglos, saldría a la ventana, miraría al camino empedrado… y abriría para mí la celosía. ¡Oh! ¡Mira! ¿Y esa luz en la ventana? ¿Y esa sombra que flota por la habitación y parece acercarse a la ventana? ¿Acaso engaña a mis ojos la luz de la luna? No, no es una ilusión, no es que yerren mis sentidos… Es una mujer… Una hermosa mujer joven, ricamente vestida… Se asoma a la ventana y en silencio me hace una seña para que me acerque…

»Demasiado encantado como para ser consciente de mi encantamiento, di unos pasos en dirección a la ventana, hasta que estuve justo bajo la celosía. Era tan bella como ningún hombre habrá visto jamás a una mujer bella, era tan bella que nunca podría ver a otra que se le pareciese… Sonreía besándose la punta de los dedos; algo brillaba en su mano derecha; algo que voló lentamente de la ventana a mis pies… Después cerró la celosía y se metió en la habitación.

»Tomé del suelo lo que ella había dejado caer; era un pañuelo delicado que ataba una llave de bronce. Evidentemente, se trataba de la llave de la casa, así que me invitaba a entrar… El pañuelo que la ataba estaba deliciosamente perfumado, como las más delicadas flores de los jardines de antaño… No me sentía un intruso, ni un extranjero. Estaba pasando justo lo que yo había querido que pasara; la Edad Media revivía y yo mismo me veía con una capa de terciopelo sobre los hombros y una daga en la cintura. Ya ante la puerta, introduje la llave, la hice girar y tuve franco el paso. Aparentemente no había nadie. Estaba en el gran vestíbulo, después de cerrar la puerta a mis espaldas. Estaba solo y en una oscuridad absoluta.

»Pero no, no estaba solo… Alargué mi mano para no tropezar y encontré otra mano, fina, suave, delicada y fría, que pareció guiarme. Me dejé llevar a través de aquella oscuridad impenetrable, pero oía a mi lado el suave murmullo de un vestido de seda y olí el mismo perfume maravilloso del pañuelo, y sentía su mano que tomaba cada vez con más fuerza la mía, y que me la acariciaba con aquellos finísimos dedos fríos… Me llevó a través de lo que supuse era un largo pasillo y al final comenzamos a subir una escalera. Después, otro largo pasillo; y nos detuvimos ante una puerta abierta en la que había una luz muy tenue. Entramos sin soltarnos la mano. Ya no había oscuridad, ya no había dudas.

»La habitación era de dimensiones increíbles y estaba decorada en el estilo propio de los antiguos esplendores. De las paredes pendían delicados tapices y en los candelabros de plata lucían algunas velas que se reflejaban en los espejos que había sobre trípodes en las cuatro esquinas de la habitación. El artesonado del techo en escayola demostraba haber sido laboriosamente trabajado; las cortinas y el tapizado de las sillas y de las butacas eran damasquinados.

»En un extremo de la habitación había una magnífica otomana ante una mesa sobre la que había bellísimos platillos de plata con deliciosas viandas y hermosísimas frascas de cristal repletas de vino. A un lado, una chimenea inmensa; tanto como para que ardiesen en ella troncos de árboles. El fuego estaba apagado, sin embargo, sólo había cenizas. Pero la habitación, aunque era magnífica, estaba fría como una tumba, fría como la mano de mi amada. No importaba, pues me crepitaba el corazón.

»¡Cuán fantástica y deliciosa era mi amada! Miré a mi alrededor tratando de que se quedara en mi mente cuanto allí había, pero no tenía ojos ni pensamientos más que para ella. Vestía de blanco como una novia; su adorable carita y sus labios eran pálidos; sus ojos, sin embargo, profundamente negros, brillaban como diamantes iluminando sus blancos hombros sobre los que caía su cabello, también muy negro. Me miraba con una sonrisa extraña, elusiva, pero a mí me parecía familiar como una canción tantas veces oída y siempre amada. Algo me decía que la conocía de antes; en realidad, que la había conocido siempre. Era la mujer con la que había soñado, la mujer que se me aparecía tantas veces en los pensamientos, la mujer cuyo rostro y cuya voz me cautivaron desde que dejé de ser niño. No podía decir, sin embargo, cuándo nos habíamos conocido, porque seguramente no nos habíamos conocido hasta entonces…

Quizá llevara esperándome en su espléndida habitación tantos años mientras yo la buscaba por todo el mundo… Y al fin estábamos en su habitación, helada su sangre en las venas de tanto esperarme, aguardando paciente a que mi amor la entibiase.

»—Creo que no te acuerdas de mí —me dijo mientras asentía como si adivinara mis pensamientos—. La noche es larga, nuestra única noche del año… ¡Cuánto se alegró mi corazón al oírte cantar esa canción que tan bien conozco! Bésame, tengo los labios fríos…

»Aun fríos, fríos como los labios de la muerte, besé sus labios y los sentí calientes, como si se los hubiera revivido mi pasión. Sus labios y sus mejillas se tiñeron de un delicado rosa y suspiró profundamente, como quien se recupera de un largo letargo. ¿Era mi vida lo que le devolvía la suya? Pues si era así, dispuesto estaba a entregársela. Ante la mesa, me sirvió vino y viandas.

»—Come y bebe —me dijo—, has hecho un viaje muy largo y necesitas reponerte.

»—¿Comerás y beberás conmigo? —dije sirviendo el vino.

»—Eres el único alimento que necesito —fue su respuesta—. Este vino es suave y frío… Dame el rojo vino de tu sangre, que es tibio, y lo apuraré hasta las heces, hasta vaciarte.

»No sé por qué, pero con esas palabras, en mitad de mi encantamiento, sentí un temblor… Ella parecía aumentar su vitalidad por momentos, pero yo me sobrecogía cada vez más en aquella habitación, el frío me calaba hasta los huesos.

»Después bailó y dio palmadas frente a mí, como una niña…

¿Quién era? ¿Y quién era yo? ¿Por qué se reía de mí diciendo que ya éramos igual de viejos? Dejó de bailar, se plantó ante mí, se cruzó de brazos y vi en su mano derecha un antiquísimo anillo.

»—¿De dónde has sacado ese anillo? —pregunté.

»Agitó la cabeza y se echó a reír.

»—¿Es que no lo recuerdas? —dijo—. Es el anillo que me diste al enamorarte de mí, el anillo que nos ha unido para siempre. Es el anillo de Kern, el anillo fantástico… Y yo soy tu Ethelind, tu Ethelind Fionguala.

»—Que así sea —dije apartando de mí dudas y temores, hundiéndome en sus inescrutables ojos y en sus labios—. Eres mía y soy tuyo; seamos felices por el resto de las horas.

»—Eres mío y soy tuya —repitió ella sonriendo como un elfo—. Acércate y canta para mí esa canción tan hermosa y antigua… ¡Ah, podré vivir al fin cien años más!

»En la otomana los dos, recostada lujuriosa ella, pulsé las cuerdas de mi banjo y comencé a cantar… Mi voz y la música resonaban en la habitación haciendo eco. Ante mí, mientras cantaba, tenía para mi deleite a Ethelind Fionguala con su traje de novia, mirándome con ojos ardientes… Ya no estaba pálida, sino luminosa, con las mejillas encendidas, tibia y llena de vida. Era yo quien sentía frío, quien me sentía exangüe, pero estaba dispuesto a seguir cantando para ella hasta que me llegara la muerte. No mucho después se me nubló la vista y caí en la más absoluta oscuridad. Indistintamente, Ethelind brillaba y se oscurecía ante mí como las últimas llamas de un fuego que se apaga. Intenté acercarme a ella y sentí que perdía la consciencia mientras mi cabeza buscaba sus blancos hombros.

Aquí, Keningale hizo una pausa, echó un leño al fuego y prosiguió:

—Desperté… No sé cuánto tiempo después… Estaba en una habitación enorme y vacía, una habitación de una casa en ruinas. De las paredes colgaban deshilachados tapices que acaso un día fueron preciosos, confundiéndose con innumerables telarañas y un polvo gris que también cubría las ventanas cuyos postigos estaban carcomidos hasta la mayor podredumbre. Por allí penetraban leves rayos de luz y un poco de aire. Un murciélago, molesto por esos leves rayos de luz, y seguramente por mi presencia y por mis movimientos, revoloteaba sobre mi cabeza hasta que encontró un rincón lo suficientemente oscuro en el que buscar amparo. Mientras me levantaba dificultosamente del raído y desvencijado sillón en el que estaba, vi que había algo muy viejo en mis rodillas, algo que cayó al suelo estrepitosamente. Lo tomé y era mi banjo… tal como lo ves ahora.

»No tengo más que contarte. Mi salud se vio seriamente dañada; parecía como si me hubiera desaparecido la sangre de las venas; empalidecí y me volví hosco y malhumorado… ¡Ah, mi desaliento! —murmuró Keningale acercándose al fuego y alargando las manos para calentarse—. Nunca podré quitármelo de encima, me acompañará hasta la tumba.