Morir, dormir.
Dormir, tal vez soñar.
Sí, ahí está el obstáculo.

Hamlet

Bóreas, ese temible viento del nordeste que en la primavera y en el otoño arrasa las bajas y espesas tierras del Adriático, y que tan peligroso resulta para los bajeles, aullaba a través de los bosques y agitaba las ramas de los viejos y nudosos robles de los Cárpatos, cuando la partida de cinco personas, tres de las cuales iban a caballo y otras dos en un carruaje tirado por dos mulas, se adentraron en el sendero de un bosque que les ofrecía protección en el ventoso abril y que permitió a los viajeros recobrar un tanto el resuello.

Acababa de anochecer y hacía frío; caía la nieve sin tregua en grandes copos. Un caballero de edad, alto y distinguido, de inequívoco aspecto aristocrático, cabalgaba al frente de la partida, tirando de las mulas.

Era austriaco, el Conde de Fahnenberg. Había heredado de su hermano una importante propiedad en los Cárpatos, y se dirigía a tomar posesión de la misma acompañado por su hija Franziska, una amiga de ésta y un sobrino de unos veinte años que se había criado junto a ella. Al lado del Conde cabalgaba este joven bien parecido, el barón Franz von Kronstein; lucía, como el Conde, un elegante sombrero con penacho de plumas, casaca de piel y finas botas de montar, la impedimenta clásica a comienzos del siglo XVII para hacer un largo viaje a caballo.

Las maneras del joven barón decían mucho acerca de su excelente carácter, amistoso y cálido, así como de su probada inteligencia; su expresión, empero, no era la propia de un joven, pues parecía mucho más maduro de lo que por su edad podría suponerse. Eso no mermaba, por lo demás, su juvenil apostura.

Cuando la caravana se adentró en el bosque de robles, el joven sobrino del Conde se acercó al carruaje tirado por las mulas para hablar con las damas que allí viajaban. Una de ellas —a quien se dirigía principalmente el barón— era extraordinariamente bella. Le caía por los hombros el cabello largo y ondulado, resaltando el óvalo perfecto de su rostro en el que destacaban los ojos, que eran brillantes como estrellas, y llenos de ingenio, de simpatía y hasta de cierto grado de picardía. Franziska von Fahnenberg atendía con amabilidad pero también con algo de distancia a su admirador, que no cesaba de preguntarle si hacía buen viaje y si precisaba de esto o de lo otro.

Ella, a pesar de las dificultades propias del viaje, del viento y de las nieves, aseguraba sentirse bien y no necesitar nada más que los otros; dijo a su primo con gesto burlón, por el contrario, que él sí parecía necesitar ayuda; y que de no ser por su padre, le ofrecería asiento a su lado en el carruaje, pues parecía aterido por la nieve y temeroso del fuerte viento. Añadió que hubiese preferido hacer el viaje a lomos de un caballo, como ellos, pues le encantaba cabalgar sintiendo el viento de cara, incluso bajo las tormentas, lo que hacía frecuentemente colinas arriba.

Las palabras de la joven dama y, sobre todo, el tono a medias cálido y a medias sarcástico en que las dijo, parecieron extrañar al joven barón. Nada replicó en ese momento, pero fue clara su turbación merced al aire ausente con que se interesó por cómo hacía el viaje la otra dama que acompañaba a la hija del Conde, a la que apenas prestó la atención debida en un caballero como él, siempre cortés y respetuoso.

—Me parece, querida Franziska —dijo un poco después, recobrándose, pero en tono extraordinariamente amable—, que las dificultades del viaje te afectan más de lo que supones… He observado que a veces pierdes la paciencia, y tu buen humor de siempre, sobre todo conmigo, tu primo, al que tomas por un lacayo.

Franziska pareció sorprendida a su vez por lo que le decía el barón, y se aprestaba ya a darle réplica mordaz cuando se dejó sentir la voz del Conde llamando a su sobrino, que de inmediato picó espuelas para ponerse a su altura.

—Yo también creo que deberías tratarle mejor, Franziska —dijo entonces la otra dama—. No debes ser tan áspera con tu buen primo, pues parece evidente que te ama, y algún día, por ello, será tu esposo.

—¿Mi esposo? —replicó Franziska sonriendo burlona, incluso con insolencia—. Tendría que perder por completo la cabeza para considerar siquiera la idea de que pudiera ser mi esposo… ¡Por nada del mundo, Bertha! Sé bien que eso es lo que quiere mi padre, y no niego que Franz tenga algunas cualidades… Pero casarme con un afeminado… ¡Jamás!

—¡Eres injusta, no es un afeminado! —replicó su amiga—. No fue a la guerra contra los turcos, donde poca gloria hubiera conseguido, sólo porque tu padre lo llamó a su servicio, que le presta, y que te presta a ti también, con prudencia y entrega… Dices que es un afeminado porque no es presuntuoso ni vocifera como este maldito viento…

—Dirás lo que te venga en gana —atajó Franziska, molesta y obstinada—, pero el hombre que gane mi corazón no ha de ser modesto sino aguerrido; no ha de ser servicial sino déspota… Nada me molesta más que un hombre paciente, de buenas maneras, tranquilo… ¿Crees que la vida con Franz sería apasionante, crees que es capaz de sentir emociones? Siempre es el mismo, inalterable, apacible…

—Es un hombre cálido y de buen corazón, y no carece de ingenio —dijo Bertha.

—¡Un hombre cálido! ¡Bah! Y aunque así fuera… ¿crees que podría imponerse a mi genio? Yo necesito un hombre que, en cierto modo, me tiranice; mi esposo habrá de ser un hombre capaz de dominarme, un hombre capaz de hacerme sentir emociones distintas… Dices que Franz tiene ingenio… No es que quiera llevarte la contraria, pero no sé cómo puedes decir eso… No resulta tan sencillo descubrir el ingenio en alguien. De acuerdo, digamos que tienes razón. Pero si un hombre tiene ingenio, y no es capaz de demostrarlo mediante la acción, lo que es decir poniendo ese ingenio al servicio de la acción, no vale de nada, es un afeminado, un hombre indigno de serlo… Una criatura despreciable. Un hombre de verdad puede cometer locuras, hacer muchas tonterías; puede ser incluso malvado, llegado el caso. Se le puede perdonar todo eso, pues lo hace guiado por alguna idea que le apasiona… Ahí está, por ejemplo, tu prometido, el Conde de Woislaw, del castillo de Glogau. Te ama, estaría dispuesto a desposarte de inmediato… Perdió la mano derecha en combate y, no obstante, ha ido de nuevo a hacer la guerra contra los turcos; no se escondió tras los vestidos de su Bertha; fue a combatir por sus ideales.

—Sí, perdió la mano y regresó con una cicatriz que le cruza la cara —dijo Bertha.

—Deberías considerar, sin embargo, que se apartó de la dama a la que adora para combatir valientemente, y que regresó herido pero lleno de gloria y admirado por todos —dijo Franziska—. Lo propio en un hombre de honor, en un valiente que todo lo cifra en su espada y en su escudo de armas… Franz es rico y noble, pero no me gusta, le falta todo lo demás… Y no quiero seguir hablando de esto, pues me resulta una conversación detestable… Tenlo en cuenta si de veras me aprecias, Bertha.

Franziska se recostó en el asiento del carruaje con aire incómodo y cerró los ojos fatigada, como si deseara dormir y no ser molestada.

—Este maldito viento sopla tan fuerte que nos impide avanzar más aprisa —dijo el Conde a un hombre de edad, embozado en una capa, que servía de guía a la partida.

—Quien no haya sentido soplar a Bóreas entre Sessano y Trieste no sabrá realmente cómo es este viento —dijo el guía—. Apenas se inicia el viento cae la nieve hasta formar montañas. Es un milagro que podamos seguir adelante, pues cada vez hay más nieve… Suerte que no queda mucho de viaje; de lo contrario, incluso temería por nuestras vidas.

—Una vez más, viejo Kumpan, agradezco la ayuda que nos prestas —dijo el Conde alzando la voz para dejarse oír a pesar del rugido del viento—. Nos sentimos muy seguros contigo, sabemos que harás todo cuanto puedas para evitarnos los peligros del camino.

—Puede estar seguro de ello, señor —dijo el viejo guía—. Llegaremos a medianoche, y sanos y salvos además, si no es que… —se interrumpió, detuvo su caballo y quedó como a la escucha, muy atento.

—Creo que estamos cerca de algún pueblo —intervino entonces Franz von Kronstein—, porque por encima de los alaridos del viento he oído aullar a un perro.

—No, no es un perro —dijo el viejo guía, intranquilo, mirando a uno y otro lado del sendero, espoleando de nuevo a su caballo—; no hay pueblos ni aldeas en varias millas a la redonda, salvo el castillo de Klatka, que está muy cerca de donde nos encontramos, pero permanece vacío desde hace más de un siglo. Aunque para mí que nadie lo habitó desde los días de la Creación… Ahí sigue en pie, sin embargo… Sigamos nuestro camino.

—Ese aullido parece asustarte, viejo Kumpan —dijo el Conde riéndose mientras se dejaba sentir de nuevo más largo que antes, más próximo que antes.

—No es el aullido de un perro —repitió el guía, con gesto de disgusto—. Es un lobo de cañada, de los muchos que hay por aquí… Seguro que nos acechan… Haríamos bien, caballeros, en tener prestas nuestras armas de fuego.

—¿Lobos de cañada? —pareció sorprenderse Franz.

—Al final del bosque —dijo el guía— hay un gran lago cuyas orillas están cubiertas de cañas. Allí tienen los lobos, por así decirlo, sus cuarteles; y se alimentan de grandes pájaros, de peces y de otros animales… En verano están dormidos, como atontados, y hasta un niño de doce años podría acabar con ellos; pero en cuanto vuelven los pájaros y saltan los peces en el lago, se hacen muy peligrosos, sobre todo en la noche. Y lo son mucho más aún cuando sopla Bóreas, es como si este maldito viento los poseyera hasta hacerlos enloquecer. Son tan fieros que devorarían a los hombres y a las bestias que pudieran aliarse contra ellos. Atacan y se comen incluso a los grandes osos de estas montañas, siempre salen victoriosos del combate.

Ahora aullaban varios lobos a la vez; su aullido provenía de distintos puntos. Alarmados, los tres jinetes echaron mano a sus pistolones.

—Mantengámonos cerca del carruaje —recomendó el viejo guía—, los lobos están muy cerca de nosotros.

Volvieron grupas los jinetes para situarse junto al carruaje donde viajaban Franziska y Bertha. El Conde previno a las damas, aunque tranquilizándolas, hablándoles con voz suave.

—Bien, al fin puede que vivamos una aventura interesante, ya me estaba aburriendo de este viaje tan plácido —dijo Franziska sonriendo con sus ojos chispeantes.

—¿Cómo puedes ser tan insensata? —la recriminó Bertha, que se mostraba alarmada.

—Bueno, estamos muy bien protegidas… por todo un hombre, ¿no? —replicó burlona—. ¿Acaso no va en nuestra partida el muy valiente barón y primo mío Franz?

—¡Mira! —gritó Bertha—. He visto dos pequeñas luces ahí… Y hay más… Debemos estar rodeados de gente…

—No, no, señoritas —recomendó el viejo guía—. No abran la puerta. —Y dirigiéndose al Conde y al barón—: Mantengámonos aún más cerca del carruaje, caballeros… No son luces, señorita —se dirigió de nuevo a Bertha—. Son los ojos de los lobos.

Los hombres miraron al bosque que se extendía a ambos lados del sendero nevado, para comprobar que, en efecto, cada vez se llenaba más de pequeñas luces, de pequeñas chispas que parecían flotar en el aire; eran como llamaradas amarillentas muy próximas las unas a las otras. Los caballos comenzaron a rehusar seguir, espantados; las mulas, sin embargo, permanecían tranquilas.

—Haré un disparo para que se alejen —dijo Franz, apuntando hacia donde se veían más ojos de lobo.

—¡Quieto, señor, no lo haga! —gritó el viejo Kumpan sujetando el brazo del barón—. Si dispara, se enrabietarán aún más y nos atacarán en grupo… Tengamos las armas prestas, eso sí, por si una loba decide atacarnos, suelen ser ellas las que inician los ataques. La mataremos entonces, pues eso hará que la jauría se asuste.

Cada vez les resultaba más difícil hacer que obedecieran los caballos, y hasta las mulas comenzaron a impacientarse. Justo cuando Franz se disponía a decir algo a su prima por la ventanilla del carruaje, para tranquilizarla, una loba saltó sobre una de las mulas.

—¡Dispare, barón, rápido! —gritó el guía.

El joven caballero abrió fuego y la loba cayó muerta. Un aullido colosal y generalizado llenó el bosque.

—¡Huyamos ahora! —gritó de nuevo el viejo Kumpan—. Vayamos cuanto más aprisa podamos, pues disponemos de apenas cinco minutos antes de que se reagrupen y envalentonen de nuevo…

Ahora lloran a la loba muerta, y si están hambrientos se la comerán para recobrar fuerzas, y hasta puede que peleen disputándose los pedazos de carne… Tratemos de avanzar todo lo que nos sea posible mientras eso ocurre, estamos apenas a una hora del final del bosque… Allí, obsérvenlas, se alzan las torres del castillo de Klatka entre los árboles; el bosque es ya menos denso en esa zona.

Aunque los jinetes consiguieron dominar a sus monturas y avanzar a mayor velocidad, el carruaje, de cuyas mulas tiraba el Conde, hacía más lento su avance. Bertha lloraba asustada y hasta Franziska parecía ahora menos envalentonada, aunque hacía esfuerzos por mantenerse sonriente. Franz se mantenía muy cerca del carruaje para tranquilizarlas y presto a defenderlas de cualquier nuevo ataque de los lobos. No habían avanzado mucho, así las cosas, cuando volvieron a dejarse sentir los estremecedores aullidos de los lobos, que de nuevo se acercaban más y más a los viajeros.

—Ahí los tenemos, más fieros y numerosos que antes —dijo el guía, alarmado.

Otra vez veían sus brillantes ojos amarillos como flotando en la oscuridad del bosque, a ambos lados del sendero nevado. Amainaba la nevisca, sin embargo, y el camino se ensanchaba algo más, con lo cual percibieron entre los troncos de los árboles nevados las formas inequívocas de los lobos, que se agrupaban aquí y allá para avanzar cuanto más mejor a la altura del carruaje, a una distancia amenazante. De vez en vez se oía un aullido mucho más violento, al que respondían otros igualmente fieros. Incluso desde una mayor distancia se escuchaban aullidos dispersos, de lobos que se disponían a engrosar la jauría que acechaba a los viajeros.

La partida se hallaba entonces a unos pocos cientos de yardas del viejo castillo al que había aludido Kumpan. Parecía, al menos a la luz de la luna, magno. Cerca del castillo, que se hallaba en un relativo buen estado de conservación, estaban las ruinas de una antigua iglesia que quizá en tiempos fuera hermosa, en un llano rodeado de robles y zarzas. Tanto el castillo como la iglesia conservaban en gran parte su techumbre; el sendero que iba desde las puertas del castillo a la iglesia, rodeado de viejos robles imponentes, sugería la esperanza de un buen refugio.

El viejo guía parecía cada vez más alarmado, incluso perplejo ante la amenaza de los lobos, a pesar de que ya sabía bien de ellos y de su imperio en aquella región.

—Estamos en peligro, señor —dijo al Conde—. Temo que los lobos nos ataquen en manada de un momento a otro, y entonces nos será imposible defendernos, son muchísimos… No tenemos más remedio que abandonar a las mulas para que se las coman y llevar a las damas a la grupa de nuestros caballos.

—Es una buena idea, a falta de otro plan mejor —dijo el Conde—. Ahí tenemos ese castillo del que nos hablaste… Entremos, cerremos bien las puertas y aguardemos la llegada del amanecer para seguir el viaje.

—¿Ahí? ¿En las ruinas de Klatka? ¡Ni amenazado por todos los lobos del mundo me metería yo en ese castillo, señor! —protestó el viejo guía—. Ni siquiera de día entraría yo, ni lo haría nadie de los que viven aquí. Ese castillo, señor, está maldito…

—¿Acaso se refugian ahí los ladrones? —preguntó Franz.

—No, es mucho peor que eso —respondió el guía.

—¡Bah, tonterías! —dijo el joven barón—. Vayamos a ese castillo, no hay tiempo que perder.

Y hacia el castillo se dirigieron. Las feroces bestias cada vez estaban más cerca de ellos, cada vez sentían más próximos sus aullidos. Llegaron al viejo y gran roble que señalaba la entrada al sendero por el cual se accedía al castillo; los lobos, como si temieran perder la presa, aullaron aún más violentamente y procedieron a aproximarse más a los viajeros; algunos iban apenas a un palmo de las patas de los caballos, que de tan asustados rebrincaban poniendo en peligro a sus jinetes; el Conde casi no podía tirar bien de las mulas, que rehusaban seguir el camino, de tanto como se veía obligado a porfiar con su caballo. Ya lo veían todo perdido, ya se sentían a merced de las fieras, ya gritaba el viejo guía que allí acabarían sus días, cuando de repente, tras del gran roble, salió un hombre alto que arrojaba al suelo una gran sombra, y que se interpuso entre la partida y sus perseguidores, abriéndose de brazos. Fue cuanto pudieron observar bajo la dudosa luz de la luna, además de que el hombre llevaba una espada al cinto y se tocaba con un sombrero de copa con plumas. Pero si aquello asombró extraordinariamente a los viajeros, mucho más asombroso les resultó lo que siguió: apenas se abrió de brazos el extraño, los lobos cesaron de inmediato su persecución y volvieron sobre las huellas que habían dejado en la nieve, mientras se dejaban sentir leves aullidos lastimeros, aullidos que habían perdido su furia.

No se dignó el extraño a echar siquiera una mirada a los viajeros, ni a decirles una palabra. Tan pronto como había aparecido se fue, después de hacer que se retirasen los lobos, en dirección al castillo. De inmediato lo perdieron de vista.

—¡El cielo ha tenido piedad de nosotros! —exclamó el viejo Kumpan mientras se santiguaba.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó el Conde con la sorpresa dibujada en su rostro, tratando de ver por dónde se había ido.

La partida, tan atónita como en paz, siguió su camino.

El viejo guía se mostraba igual de sorprendido que los otros, y aún nervioso se acercó a las mulas para arreglar sus arreos, en desorden tras la apresurada huida.

—¿Conoces a ese hombre que tan milagrosamente nos ha librado de los lobos? —le preguntó Franz.

—¿Que si lo conozco? No, señor, jamás lo había visto por aquí —dijo el guía, muy nervioso.

—Parecía un soldado, iba armado —observó el barón—. ¿Es que habita alguien el castillo?

—No, desde hace al menos cien años —respondió el guía—. Además es un castillo maldito desde entonces, por culpa del que fue su último dueño, un hombre que cometió tropelías indecibles en estas tierras con sus hordas turcoeslavas…

—¿Y quién es ahora el dueño de ese castillo y de su bosque? —preguntó el Conde.

—Usted, mi señor —dijo Kumpan—. Hará ya unas dos horas que estamos en tierras de las que es usted el único dueño y señor… Pronto llegaremos a las lindes del bosque.

—Pues hasta ahora no hemos visto más que lobos —dijo el barón tras un silencio—. Y ya han dejado de aullar… El encuentro con ese extraño me resulta inexplicable… Quizá se trate de un cazador, y no de un soldado.

—Sí, sí, eso es —dijo el guía, asustado, mirando con aprensión a su alrededor—. Seguro que es un cazador, un hombre valiente y bueno que al vernos en peligro acudió a salvarnos… Sólo puede ser un cazador, los lobos temen a los cazadores… Los cazadores tienen un gran poder sobre los lobos, ¡que el cielo los bendiga! —y siguió después de tomar aliento—: Bien, allí acaba el bosque, muy pronto estaremos a cubierto.

Así fue. Apenas una hora después llegaba la partida a una villa excelente, sólida, la mansión que dominaba la nueva propiedad del Conde, a cuyas puertas formó la servidumbre con el mayordomo a la cabeza, para dar una muy respetuosa bienvenida a su nuevo señor y conducir a los recién llegados a unas habitaciones magníficamente amuebladas y cálidas.

Cuatro semanas después de su llegada, sucedieron unos hechos que alterarían la tranquilidad en que había transcurrido ese tiempo.

El Conde y Franz dedicaban la mayor parte del día a recorrer sus dominios y a introducir allí algunas mejoras típicamente alemanas, por lo que apenas estaban en la villa. Franziska, al principio, se dedicó a conocer a quienes vivían en los alrededores de su mansión, lo que le parecía muy romántico, algo realmente distinto a lo que era común en los dominios alemanes de su padre, en los que hasta entonces había vivido. Mostraba gran interés por todo y hacía comparaciones muy precisas entre las costumbres de un país y otro, las cuales acababan resultando indefectiblemente críticas para con los usos alemanes. Bertha, sin embargo, sostenía siempre opiniones contrarias; se reía de su amiga y aseguraba que su gusto por las novedades y las situaciones más extrañas era lo que la llevaba a apreciar tontamente como romántico la suciedad en las paredes de las casas de los lugareños, el humo que las llenaba por tener siempre averiado el tiro de la chimenea, y hasta el poco aseo de aquellas gentes, en contra de lo que es común en Alemania. Franziska sostenía siempre sus puntos de vista, y aseguraba que cualquier pobre y sucio campesino de aquellos lares era mucho más digno y varonil que el más pintiparado príncipe austriaco.

Una vez concluyó el Conde los arreglos y mejoras que introdujo en sus posesiones con la ayuda del barón, habitó más tiempo en su espléndida villa. Franz seguía mostrando gran atención a su prima, cosa que ésta, sin embargo, recibía con poca gratitud, y no sólo eso sino que continuaba haciéndole víctima de sus burlas y estallidos de mal humor. Además, poco a poco fue esfumándose su entusiasmo primero con el lugar, que no mucho tiempo después le pareció tan aburrido como los dominios alemanes de su padre, lo que incrementó el descontento y la abulia irremediable que sentía.

Se hallaban todos reunidos un día, almorzando en el salón de la casa, que el Conde y el barón habían remozado extraordinariamente, cuando Franziska, mirando hacia el castillo, dijo:

—Me pregunto por qué desde nuestra llegada no hemos ido a ese lugar donde aquel hombre nos salvó de los lobos… Me gustaría ver de nuevo a ese extraño misterioso.

—¿Acaso quieres visitar ese castillo en ruinas, y la aún más ruinosa iglesia? —se extrañó el Conde, su padre.

—El castillo de Klatka, eso es —respondió Franziska con entusiasmo—. Deberíamos cabalgar hasta allí, seguro que a la luz del día es un lugar precioso… Ya no nieva ni hay lobos, no tenemos nada que temer.

—¡Ensillad los caballos! —ordenó de inmediato el Conde a uno de los mozos de cuadra—. Y dile al mayordomo que venga a verme.

El mayordomo, un hombre de edad, se presentó de inmediato ante su señor.

—Queremos ir a caballo hasta el castillo de Klatka —dijo el Conde—. Muy cerca de allí vivimos una curiosa aventura, la noche de nuestra llegada…

—Me lo contó el viejo Kumpan —dijo el mayordomo.

—¿Y qué nos dice usted de aquello? —inquirió el Conde.

—No sé qué decir, señor —dijo el mayordomo, negando con la cabeza—. Tenía yo veinte años cuando fui a ese castillo, y mire usted que ya tengo blancos los cabellos… Ha pasado medio siglo desde aquel día… Cientos de veces me han pedido distintas personas que los acompañe, pero nunca he querido ir a ver si está allí el demonio de Klatka.

—¿Cómo dice? ¿Un demonio? ¿A quién se refiere usted? —preguntó rápidamente Franziska, a quien se le despertó de golpe su amor por la novedad y la aventura, dormido en los últimos tiempos.

—Bueno, la gente llama así al espíritu o al fantasma que, según es tradición, habita esas ruinas —respondió el mayordomo—. Dicen que sólo se deja ver de noche, a la luz de la luna.

—Bueno, eso es natural —apostilló Franz, sonriente—. Los fantasmas nunca salen a la luz del día; y si la luna no brilla, ¿para qué va a salir por ahí un fantasma? Seguro que no le gustará que vayan a verlo a la luz de las antorchas…

—Hay gente, sin duda muy crédula, que dice haberlo visto —continuó el mayordomo—. Incluso hay cazadores y leñadores que aseguran habérselo encontrado junto al gran roble que señala el camino hacia el castillo… Eso, noble señor, dicen que pasa porque ese roble fue plantado en tiempos, en el lugar donde cayó muerto cierto hombre…

—¿Y quién era ese hombre? —preguntó Franziska con mayor curiosidad.

—El último dueño y señor del castillo, un lugar que en aquellos tiempos era algo así como una cueva de ladrones y el cuartel en el que se refugiaban los asesinos que aterrorizaban a los moradores de estas tierras —respondió el anciano—. Se cuenta que ese hombre tenía poderes sobrenaturales y era muy violento, tanto como las hordas turcas sobre las que mandaba. También se dice que cuando veía una mujer joven que le gustaba, pronto la raptaban sus hombres para llevarla al castillo y entregársela… Y ya no se la volvía a ver entre los vivos… Hartos, los naturales de la región se unieron un día, se armaron, y formaron un ejército con el que atacar el castillo. Derrotaron a las hordas del señor y a él lo colgaron en el lugar donde hoy se alza el viejo roble, plantado allí para conmemorar la rebelión contra el inicuo señor del castillo.

—Pues me alegro mucho de que los rebeldes no incendiaran el castillo, la verdad es que son unas bonitas ruinas —dijo el Conde— y prestigian mis propiedades.

—Respetaron también la iglesia, aunque algunos propusieron arrasarla —siguió diciendo el viejo mayordomo—. Años después, señor, su abuelo tomó posesión de estas tierras, que bajo su dominio fueron más prósperas que nunca… En las ruinas de la iglesia hay un monumento erigido por ello en su recuerdo, como el buen Conde de Klatka que fue… Pero dicen que ese monumento está igualmente en ruinas.

—Oh, ya tenemos otra buena razón para visitar el castillo cuanto antes, nada me impediría ir allí —dijo Franziska, enardecida—. Esas pobres damiselas raptadas, secuestradas por el señor del castillo en sus torres en una noche de tormenta… Y la muerte del Conde a manos de los campesinos que se alzaron en rebelión… Y su alma en pena vagando por los senderos, agazapada tras el viejo roble que conmemora su ahorcamiento… Por no hablar de nuestra propia aventura… Debo admitir que experimento una gran curiosidad por ver todo eso.

Cuando el mozo anunció que los caballos estaban ensillados, las jóvenes corrieron gozosas y riéndose a montar los suyos. Franz y el Conde, y un criado que conocía bien todos los vericuetos de aquellos dominios, hicieron lo mismo. Pocos minutos después se dirigían al castillo.

Brillaba el sol en el cielo cuando avistaron próximas las torres del castillo tras los árboles. Todo en el bosque presagiaba ya la primavera, aunque echaron de menos el canto de los pájaros.

Pronto estuvieron junto al roble que señalaba la entrada al sendero que llevaba al castillo, tras subir una loma. Junto a los muros no crecían más que la hierba y los matojos de espino. La brisa era allí más fresca que abajo.

Sugirió el Conde que echaran pie a tierra, lo que hicieron todos quedando los caballos al cuidado del criado. Subieron así la leve cuesta que conducía hasta las puertas del castillo. Una vez allí, recorrieron las ruinas sin dejarse un solo rincón, y sin hallar el menor rastro del extraño misterioso que los libró de los lobos aquella noche de nieve en la que llegaron. No obstante, Franziska clamaba en voz alta que no cejaría en su empeño de descubrirlo y, si era preciso, desembozarlo. Luego se dirigieron a las ruinas de la iglesia…

Comprobaron que, no obstante, se hallaba en mejor estado de conservación que el castillo; la nave central estaba derruida, pero el altar aún tenía techumbre, así como una capilla adyacente que parecía ser donde en tiempos se emplazaban las familias de respeto para seguir los oficios. Aún había en las ventanas fragmentos luminosos de los vitrales entre los cuales se colaba el viento, más frío entonces que cuando subían.

Ocuparon una buena parte del tiempo en descifrar los nombres ya apenas legibles en las tumbas y en los nichos de otra capilla sobre la cual aún se conservaba también parte de la techumbre. Eran nombres que aludían a los antiguos señores de la región, aunque había enterrados allí, igualmente, mujeres y niños. Observaron que varios cuervos se habían posado en las vigas al descubierto y parecían observarles.

Una gran lápida, a la entrada de esa capilla, difería de las otras: no había en ella restos de ningún monumento funerario, sino inscripciones harto laudatorias entre las que destacaban las siguientes palabras: Ezzelin von Klatka cayó como un auténtico Conde en la defensa de su castillo.

Después, el día y el año.

—Esto debe de ser un monumento en memoria del fantasma que dicen habita estas ruinas —dijo Franziska, la más encantada de todos—. Fijaos en que su monumento no es como el de los demás condes… ¡Me gustaría tanto saber cómo fue en realidad ese hombre!

—¡Mirad! —llamó entonces Franz la atención de los otros—. Aquí hay unos peldaños que conducen a lo que debe de ser una cripta familiar.

Bajaron por aquellos altos peldaños, no más de ocho o nueve, y accedieron en efecto a una cripta que conservaba en buena medida su techo abovedado. Había allí ataúdes de todos los tamaños, varios de ellos cubiertos de tierra, polvo y telarañas. Vieron uno que destacaba entre los demás por su simplicidad y el buen estado que mostraba la madera común con que había sido hecho. Y por la llamativa inscripción que tenía: Ezzelinus de Klatka, Eques.

Allí estuvieron un rato, mirándolo todo con gran atención, y cuando el viento era más frío subieron de nuevo a la iglesia, hablando acerca de los antiguos amos de aquella tierra, de los viejos señores del castillo sobre los que el Conde había oído hablar a sus antepasados. Ya se había ocultado el sol y comenzaba a dejarse ver la luna en el cielo, tenue, apenas dibujada. Se disponían a salir para regresar a la villa, cuando Bertha exhaló un grito de miedo y sorpresa. Sus ojos se clavaron en un hombre que lucía alto sombrero de copa con plumas, espada al cinto y capa de piel sobre los hombros. El extraño se apoyaba tranquilamente en una de las columnas de la iglesia y parecía no reparar en la presencia de quienes allí se encontraban. La luna, aun leve, iluminaba perfectamente su pálido rostro.

Todos se dirigieron hacia el extraño.

—Si no me equivoco —dijo el Conde muy educadamente—, nos hemos visto antes, caballero.

La presencia nada dijo.

—Usted nos salvó de los lobos cierta noche, fue un milagro —dijo Franziska—. ¿O estaré en un error si considero que no es usted a quien debemos agradecimiento por ello?

—Las bestias me temen, nada más —respondió entonces el extraño misterioso con voz profunda y grave, incluso un poco hostil, mientras clavaba sus ojos en los de la joven dama, sin prestar atención a los demás.

—Entonces debe de ser usted un cazador —intervino Franz—, acostumbrado a causar muchas bajas entre esas fieras…

—¿Quién es el perseguido y quién el perseguidor? ¿Quién no ha sufrido persecución alguna vez? —replicó el extraño sin mirarle—. El mal hado nos persigue a todos, incluso a quienes alguna vez hemos perseguido a otros.

—¿Habita usted estas ruinas? —preguntó el Conde, inquieto pero procurando mantener la dignidad.

—Sí, pero no para destruir sus posesiones, como quizá lo tema usted, señor Conde de Fahnenberg —dijo el extraño, adoptando ahora un tono de respeto—. Puede estar tranquilo, sus propiedades serán respetadas.

—Mi padre no se refería a eso —intervino Franziska, que por momentos parecía más y más interesada en el extraño—. Supongo que, por desgracia, los acontecimientos y distintas circunstancias vividos por usted le hacen buscar refugio en estas ruinas, cosa que, téngalo por seguro, mi padre nada hará por impedírselo.

—Su padre es un buen hombre, si eso es lo que ha querido decir, como usted asegura —dijo el extraño con su voz profunda y una educación a la antigua; incluso pareció que sonreía—. Pero la gente como yo tiene muchos problemas cuando se deja ver, créame.

—Lo que sí me parece es que no debe usted vivir muy confortablemente aquí —dijo Franziska un tanto decepcionada, pues había supuesto que sus palabras merecerían, por parte del extraño, un agradecimiento superlativo.

—No vivo incómodo; digamos que mi alojamiento es sólo un poco estrecho, lo necesario para alguien tan tranquilo como yo —dijo el extraño con cierta ironía—. No se puede decir, y aquí debo corregir lo antes señalado, que sea un hombre del todo tranquilo, o inactivo…

A veces salgo de mi estrecho alojamiento y voy por ahí, por el campo, a pasear por el bosque, subo una colina… Siempre regreso pronto, eso sí.

—Pues lo invito a visitarnos cualquier día que guste abandonar su estrecho alojamiento, si le place —ofreció el Conde.

—Estaría encantado de aceptar —dijo el extraño misterioso—, pero lamento no poder hacerlo… a causa de unas ciertas dificultades contra las que nada puedo. Tenga por seguro, sin embargo, que agradezco como es de recibo su invitación, pues yo también soy un Conde, y pertenezco a una antigua y noble familia, como usted mismo.

—Pues razón de más para que no rechace la invitación que le hace mi padre —intervino de nuevo Franziska, cautivada por las corteses maneras, aunque extrañas, del desconocido—. Acuda usted a visitarnos, estaremos todos encantados de recibirle.

—No creo ser un buen invitado, de verdad, pero se lo agradezco mucho… Son muy pocos los que me han cursado invitación a sus casas —dijo el otro con su muy particular sonrisa—. Por lo general, permanezco en mi estrecho habitáculo durante todo el día; así descanso, pues pertenezco a esa clase de gente, permita que se lo diga, Milady, para las cuales la noche es el día y el día la noche… Gente, por expresarlo de otra manera, que ama lo peculiar, lo que es poco común.

—¿De veras? ¡Pues entonces tenemos mucho en común! —exclamó Franziska sonriendo—. Supongo, por lo que dice, que acaba usted de levantarse, como si tuviera toda la mañana por delante. Bien, pues como la luna es su sol, visítenos de noche, si así lo prefiere; vaya a vernos bajo la luz de la luna… Creo que, a pesar de tratarse de una hora algo intempestiva para las visitas, será bien recibido igualmente.

—¿Así lo desea? ¿Me invita en esos términos? —preguntó el extraño ciertamente sorprendido.

—Tenga por seguro que será bien recibido cuando guste ir a visitarnos —respondió la joven dama.

—De acuerdo; entonces, iré a verles —dijo el otro sin dejar de mirarla a los ojos—. Temo, en cualquier caso, que no les resulte agradable mi compañía, y temo también que usted, Milady, lamente haberme cursado tan cálida invitación.

Una vez dijo estas palabras, el extraño salió en dirección al castillo para desaparecer entre sus ruinas. La partida montó en sus caballos para regresar a la villa.

A la tarde del día siguiente estaban sentados en el salón de la mansión. Bertha acababa de recibir buenas noticias. El Conde Woislaw había escrito desde Hungría diciéndole que la guerra con los turcos concluiría en breve, con lo cual pronto regresaría a Silesia; decía también que, por haber oído que el Conde de Fahnenberg acababa de tomar posesión de las nuevas tierras recibidas en herencia, iría a verla allí, junto a su buena amiga Franziska. Añadía el Conde Woislaw que su Duque, en premio por sus muy altos servicios en el campo de batalla, le había aumentado la dote y la graduación, por lo que pronto podría desposarla como lo merecía. Era cierto que, además de haber visto aumentada su dote por el Duque, se había enriquecido grandemente con el botín tomado a los turcos. Habiendo perdido la mano derecha, y por ser no obstante un guerrero temible, un gran combatiente con su mano izquierda, el Duque le había regalado una espléndida mano de oro, hecha por un mecánico italiano, una auténtica obra de arte, que sustituía a su mano derecha. En su carta, el Conde describía a su amada la mano de oro como una maravilla, pues poseía además una fuerza y una contundencia sobrehumanas y lo habilitaba para utilizar con ella tanto la espada como la lanza.

Franziska, naturalmente, se regocijó ante aquellas nuevas, felicitando a su amiga, que llevaba mucho tiempo sin recibir carta de su prometido. Franziska aprovechó la ocasión para elogiar vivamente al Conde Woislaw y burlarse del barón Franz, aunque sin dirigirse a él, expresando de nuevo sus sentimientos de admiración por la valentía y arrojo de los hombres capaces de ir a la guerra y de salir victoriosos de ella, aun a pesar de todas las desgracias y padecimientos. Hasta la cicatriz que le cruzaba la cara, y su brazo derecho manco, le parecían virtudes, algo que hacía aún más apuesto al Conde Woislaw. Incluso llegó a decir que el hombre más feo que pudiera conocer sería incomparablemente más hermoso que cualquier noble afeminado e incapaz de fajarse duramente en el combate. Y añadió que el extraño misterioso del castillo era un hombre apuesto e interesante.

Franz y Bertha se mostraron en abierto desacuerdo con ella. Para Bertha, su voz, su corpulencia, su sola presencia, eran cosas despreciables. Franz denostó el tono arrogante y la sonrisa burlona que el extraño había mostrado durante el breve encuentro que tuvieron en la iglesia. El Conde, por su parte, trató de mediar. Dijo que en aquel hombre había algo, sobre todo por su forma de expresarse, en lo que se demostraba que pertenecía a una familia excelente; también le parecía, sin embargo, que aquel extraño se enorgullecía de ser un misántropo.

Así estaban, debatiendo cada uno de ellos en defensa de sus opiniones, cuando de repente se abrió la puerta y entró quien era objeto de su conversación.

—Perdón, señor Conde —dijo fríamente—, sé que no es propio presentarme en su salón sin haber anunciado mi llegada, pero no había nadie en la antecámara…

La magnífica iluminación de la casa pareció herir la mirada del extraño, pero también hizo que pudiera ser observado por los moradores de la misma mucho mejor. Aparentaba unos cuarenta años, era muy alto y muy delgado; sus facciones le daban un aspecto interesante, pues demostraban una cierta finura, pero su expresión tenía cualquier cosa menos benevolencia. Sus ojos eran de un color gris muy frío; y su mirada tan penetrante, que resultaba difícil sostenerla más de unos pocos segundos. El color de su tez era aún más peculiar que sus facciones. En aquel salón bien iluminado era difícil decir si estaba más pálido que simplemente amarillo; en realidad parecía su tez grisácea, o por decirlo popularmente, de un blanco sucio… Como un indio que hubiera padecido fiebres… Un rostro, en fin, más impresionante a la vista de su cabello, muy negro, corto y en punta. Vestía bien, aunque de manera anticuada y no muy limpia. Su espada estaba bastante enmohecida.

Como los anfitriones se disponían a cenar, nada más propio que invitaran al extraño; aceptó acompañarles, pero sólo eso; dijo que no tenía apetito. El Conde, sorprendido, le preguntó cómo era posible tal circunstancia a esas horas.

—Hace ya mucho tiempo que tengo la costumbre de no ingerir alimentos por la noche —respondió el extraño con su habitual sonrisa—. Además, digiero muy mal los alimentos sólidos; en realidad me repugnan… Vivo de líquidos.

—Bien, entonces compartiremos una botella de buen vino del Rhin —dijo el anfitrión.

—Gracias, pero no bebo vino, ni espirituosos —replicó el extraño, ahora con tono de burla.

—Bueno, pues entonces haré que le sirvan una copa de hipocrás. Es una bebida excelente y muy sabrosa —terció Franziska.

—Muchas gracias, Milady, pero no me apetece —dijo el extraño—. Pero no lo considere una descortesía por mi parte… Le aseguro que en cualquier momento beberé algo que usted pueda ofrecerme…

Bertha y Franz pensaban al unísono que aquel hombre era repulsivo, por lo que comenzaron a cenar sin dirigirle la palabra en ningún momento. Algo más tarde, sin embargo, el barón, por creer que la buena educación no estaba en consonancia con el silencio que observaba, se dirigió al invitado diciéndole en tono cordial:

—Hace ya varias semanas que nos vimos por primera vez en aquella noche terrible… Quiero darle de nuevo las gracias por lo que hizo por nosotros.

—Creo que no me he presentado a usted, por lo que no es correcto que se dirija a mí —respondió el extraño secamente—. Pero, bien, sea, me presentaré… Me llamo Azzo y vivo, con el permiso del señor Conde de Fahnenberg, en el castillo de Klatka… Llámeme de ahora en adelante Azzo von Klatka —apostilló con una sonrisa aún más irónica.

—Espero que no esté usted incómodo en aquellas ruinas —dijo entonces Bertha—; no puedo entender cómo…

—¿Cómo puedo vivir allí? ¿Qué se me ha perdido allí? —la interrumpió el extraño—. Bien, pregunte y le daré toda la información que usted y este joven caballero quieren de mí, ya que los veo tan interesados en mi persona.

Franz y Bertha se estremecieron, pues el extraño parecía leerles el pensamiento, desnudar su alma.

—Verá usted, Milady —siguió diciendo con los ojos clavados en Bertha—. Ocurre que el mundo también lo habitamos seres extraños; somos tantos como cosas realmente extrañas hay en el mundo. Como creo haber dicho ya, amo lo diferente, lo raro, lo que no es común… Seguramente, todo lo que usted desprecia… Pero le aseguro que no es propio de personas inteligentes extrañarse de lo que no comprenden, o de lo que les parece raro. Las cosas, Milady, vistas bajo una misma luz, son todas iguales. Hasta la vida y la muerte pueden serlo también, como esta parte de la tierra u otra más lejana. Sí, créame… Cosas tan aparentemente opuestas son en el fondo idénticas. Quizá considere usted que estoy un poco loco, o que mi mente no es mucho más privilegiada que la de un murciélago o la de un búho… Bien, ¿diría usted que el ermitaño que vive en su ermita está loco? No, dirá usted que los ermitaños son santos… Yo le aseguro que no tengo la menor aspiración a la santidad; pero igual que ellos encuentran placer en la oración y cantando salmos, yo disfruto cazando… Nada encuentro tan placentero como salir bajo la luz de la luna y caminar, o incluso ir a lomos de un caballo que nunca se cansa, subir las colinas, galopar por sus laderas y adentrarme en el bosque para ir al encuentro de los lobos y ver cómo huyen ante mi presencia…

—Me parece que usted se encuentra solo, muy solo —observó Bertha.

—No, estoy realmente solo durante el día, pero entonces aprovecho para dormir —dijo el extraño ensoberbecido—. De noche soy muy feliz, se lo aseguro.

—Caza usted de una manera francamente insólita —dijo Franz.

—Sí, pero no crea que tengo relación alguna con los ladrones, si es lo que está pensando a propósito de mis paseos nocturnos —replicó Azzo fríamente.

—Oh, no, perdóneme si le he dado la impresión de que pensaba en eso, nada más lejos de mis intenciones —se disculpó nerviosamente el joven barón, pues era en eso en lo que había pensado—. La verdad es que no sé…

—No sabe usted quién soy ni qué hago —lo interrumpió el extraño—. Haría bien en creer lo que le digo, sin más; sus conjeturas no le llevarán a ninguna conclusión.

—Le comprendo —dijo Franziska, lisonjera—. Valoro sus ideas mucho más de lo que usted supone; más de lo que cualquiera podría valorarlas… A usted le repugna el comportamiento de los hombres comunes, su falta de miras; usted ha disfrutado de los placeres de la vida como pocos hombres podrían hacerlo, pero al final ha comprendido que no son nada, ha terminado cansándose de lo que generalmente se entiende por placentero. La vida en plenitud supone un cambio constante, usted lo sabe bien. Sólo cuando se conoce algo diferente, realmente nuevo, brotan las flores del espíritu con toda su belleza. Entonces, hasta el dolor es un placer verdadero, si ese dolor nos libera de la monotonía de la vida común… Odiaré la vida vulgar hasta el día en que me muera, estoy segura.

—Así es, Milady, tiene usted razón; habla usted con palabras que podría decir yo mismo, palabras que reflejan una gran experiencia debida a la capacidad de observación más profunda —dijo Azzo y sus ojos fieros se encendieron aún más—. Me alegra encontrar a una persona como usted, alguien con quien puedo compartir mis ideas y sentimientos… Si fuese usted un hombre sería mi mejor compañero; pero incluso tratándose de una dama parece usted dispuesta a la acción.

Ésas fueron las únicas palabras en las que Azzo, a pesar de su tono fríamente correcto, demostró algún entusiasmo. Después se limitó a responder con monosílabos a las preguntas que le hacía el Conde, levantándose de la mesa para irse apenas terminó de cenar su anfitrión. Franziska le dijo que esperaba recibir su visita en otras ocasiones, a lo que el extraño respondió afirmativamente, dando las gracias a la joven dama por su amabilidad.

Una vez se hubo ido el extraño, los moradores de la casa no pudieron por menos que hablar de su visita, de su aspecto, de sus palabras. Franz dijo que aquel hombre le repugnaba profundamente. Sea porque en verdad se sentía atraída por él, o sólo por vejar más a su primo, Franziska defendió ardorosamente al extraño. Franz, sin embargo, no guardó silencio esta vez y le dio réplica apasionadamente, expresándose en términos cada vez más duros a propósito del extraño misterioso. Enfadada por ello, la joven dama abandonó el salón, profiriendo insultos hacia su primo que también oyeron los criados que había fuera del comedor.

A la mañana siguiente, Franziska despertó mucho más tarde de lo que solía hacerlo. Cuando Bertha acudió a su habitación, extrañada por su tardanza y creyéndola enferma, la encontró muy pálida, exhausta. Franziska le dijo que había pasado muy mala noche, que quizá la discusión con Franz le había causado un gran disgusto, lo que impidió que descansara bien, pues además, cuando logró conciliar el sueño, había padecido extrañas pesadillas que la dejaron muy abatida. Bertha, como siempre, tomó partido a favor del joven barón, recriminando a su amiga las duras palabras que le había dirigido.

—Bueno, cuéntame ese extraño sueño que has tenido —le pidió luego Bertha.

Para su sorpresa, Franziska se negó a referírselo.

—Vamos, cuéntamelo —insistió Bertha—. Sólo es un sueño, ¿por qué no me lo cuentas? Me parece que, como dice Franz, ese extraño, con sus trazas, con esa voz cavernosa, con esa actitud displicente que tiene, te ha impresionado hasta casi hacer que enfermes.

—¿Franz ha dicho eso? —preguntó Franziska—. Bueno, pues dile que tiene razón… Sí, ese hombre, con sus anticuadas ropas, con su aspecto casi cadavérico, con su educación antigua, me ha impresionado mucho más de lo que podría hacerlo cualquier joven noble bien vestido y con las mejillas sonrosadas… Más que él mismo, mi cursi primo… Vamos, díselo.

—La verdad es que no puedo entender esa mágica influencia que ejerce sobre ti —dijo Bertha—. Ese hombre es repulsivo.

—Puede que la razón de que me ponga de su parte esté en los prejuicios que muestras hacia él —dijo Franziska con gesto rabioso—. Puede ser… Me molesta que lo critiques, pues nunca habían hallado tanto placer mis ojos al mirar a un hombre. —y siguió diciendo mientras, con una sonrisa ahora cálida, tomaba la mano de Bertha—: ¿No te parece raro que con lo amigas que hemos sido siempre, con las muchas cosas que tenemos en común, a mí me fascine un hombre que a ti te da asco? Siento, Bertha, un gran rechazo hacia Franz, y más ahora que me ha arruinado la noche.

—¿Te refieres al sueño? —replicó Bertha abrazando y besando a su amiga—. Cuéntamelo, de lo contrario no sabré qué quieres decir ni por qué desprecias aún más a Franz… Además, sabes cuánto me gusta oír tus sueños…

—Bueno, trataré de complacerte, Bertha —dijo la otra tomando de nuevo las manos de la amiga entre las suyas—. Anoche, cuando vine a mi habitación, no me acosté de inmediato; estuve dando vueltas y vueltas, excitada, nerviosa, muy desasosegada, mientras recordaba mi discusión con Franz… Era ya muy tarde cuando me acosté, pero no lograba dormir. Más tarde aún, vencida por el agotamiento, me quedé dormida y comencé a soñar algo muy raro. Me veía niña, rodeada de retratos de gente a la que no conocía. En realidad no sé si dormía o si estaba medio dormida. Creo que al final dormí profundamente, aunque soñaba algo muy vívido, como si estuviese absolutamente despierta. Una neblina espesa invadía mi habitación y de ella salía el Conde Azzo, que se me quedaba mirando largo rato sin que yo acertara a decirle una palabra. Luego se acercaba lentamente a mi cama, se ponía de rodillas y me besaba en el cuello. Mucho tiempo estuvieron allí sus labios, dejándome una sensación dulce y a la vez dolorosa, de la que al cabo me quejé, pidiéndole que no me besara más… Creo que grité, pues desperté de golpe, asustada. Entonces experimenté un miedo que ahora se me antoja supersticioso; abría mucho los ojos, como si esperase ver al Conde Azzo realmente junto a mi cama, y sentí que se iba lentamente, envuelto en la neblina con la que había llegado.

—Sí, veo que ha sido una pesadilla horrible, querida —se lamentó Bertha acariciándola, y entonces, al mirar el cuello de Franziska, se alarmó extraordinariamente—. ¿Qué es eso, por el amor de Dios? ¡Pero si tienes una herida en el cuello!

Franziska se levantó apresurada y ansiosa, tomó un pequeño espejo y se acercó a la ventana para mirarse. Vio una leve línea sanguinolenta en su cuello, de la que sangró un poco al repasársela con los dedos.

—Me he debido herir con algo, de tan agitada como estaba durante el sueño —dijo tras una pausa—. Bien, aquí tienes una prueba de que en verdad mi pesadilla fue horrible.

Siguieron hablando las amigas a propósito de la marca sanguinolenta que presentaba Franziska en el cuello, y de lo terribles que son algunas pesadillas que impiden descansar bien, pero al final acabaron riéndose a propósito de las bromas que hizo Bertha sobre el aspecto del extraño misterioso cuya visita habían recibido la noche anterior.

Varias semanas después, tras recorrer un día sus dominios, volvió el Conde preocupado por cómo había encontrado algunas zonas, en total desorden; como además de reparar los desperfectos tenía que solucionar otros asuntos, decidió ausentarse por tres o cuatro semanas, pero hubo de posponer sus planes por tiempo indefinido debido a las continuas indisposiciones de Franziska, cuya juvenil y fragante y hermosa rosa parecía marchitarse sin remedio. Estaba muy pálida, abatida… En apenas un mes se le secaron las mejillas, que fueron amarillentas en vez de rosadas, como si se hubieran abatido sobre ella un montón de años. La preocupación del Conde por su hija era grande, pues nada a favor de la joven dama lograban los remedios y exquisitos cuidados que se le procuraban. Franziska, además, padecía de continuo la misma pesadilla que originó su enfermedad, y con cada nuevo día se la apreciaba más débil. Bertha decía que todo era debido a los efectos de la fiebre, pero en el fondo de su corazón albergaba otros temores a propósito del estado lamentable que presentaba su querida amiga.

El Conde Azzo visitaba la mansión cada vez con mayor frecuencia, siempre de noche, siempre cuando ya la luna imperaba en el cielo y sobre las tierras del padre de su víctima. Respondía cortés pero con monosílabos a las preguntas que le hacía el Conde, y se mostraba igual de distante con Bertha y con Franz; sólo con Franziska parecía amistoso y le decía palabras de ánimo asegurándole una pronta recuperación de la salud. Naturalmente, apenas abandonaba la mansión del Conde, sus peculiaridades pasaban a ser motivo de conversación. Pero nada más decían, al margen de las observaciones de Bertha a propósito de que, tras su forma de hablar, se ocultaba un odio inmenso hacia la humanidad en su conjunto, a excepción, acaso, de Franziska.

Un día, sin embargo, observaron otras dos características en él: seguía sin comer ni beber, a pesar de que era invitado con prodigalidad a hacerlo, y no acertaba a dar una respuesta convincente sobre ello, aun cuando el Conde le preguntara con gran interés acerca de los motivos de su abstinencia. Y mostraba un aspecto muy distinto. Su piel, antes grisácea y estragada, ahora era rozagante y luminosa, con un tono rosado en las mejillas, lo propio de un hombre joven y vigoroso.

Bertha, a quien costaba disimular la incomodidad que la presencia del extraño le provocaba, decía, sin embargo, que su aspecto le resultaba aún más repulsivo que antes. Se le helaba la sangre en las venas cuando el Conde Azzo la miraba. Bertha observó además que si Franz se lamentaba por la pérdida de la salud de su amada prima, en los ojos del extraño brillaba una luz de alegría enfermiza. Bertha comentó a Franz esta circunstancia, y el joven barón le confesó que, de no ser por consideración hacia Franziska, que además estaba enferma, no permitiría que aquel hombre volviera a poner los pies en la villa, y que incluso le forzaría a abandonar las ruinas del castillo.

Por aquellos días llegó a la mansión un huésped, el prometido de Bertha, largamente esperado. Se hizo presente una noche, cuando cenaban, y grande fue la alegría de todos al verlo.

El Conde Woislaw era el modelo perfecto de soldado, un hombre endurecido por la guerra, fuerte y altivo a pesar de las heridas sufridas. Seguía siendo un joven bien parecido, a pesar de la cicatriz que le quedó en la cara tras herirlo un turco con su espada, que le cruzaba desde el ojo derecho hasta la mejilla izquierda. El aspecto del Conde del castillo de Glogau era imponente. Sólo muy pocos eran capaces de llevar la armadura que se ponía para el combate, que había entregado como un tesoro extraordinario, una vez concluida la guerra, a su Duque de Hungría. Lucía en el cuello una cinta de honor y un medallón para honrar sus muchos méritos en el campo de batalla, que ofreció, junto a su mano de oro, regalo del Duque, a Bertha, su paciente prometida.

Preguntó mucho el Conde a Woislaw acerca de la guerra, lo que también hizo el barón Franz. El recién llegado les dio satisfacción, refiriéndoles batallas triunfales pormenorizadamente, contadas con gran entusiasmo y a la vez con la necesaria modestia, pues no le gustaba vanagloriarse, aunque por su aspecto podía ser tomado por un ser sobrehumano. Naturalmente, se sorprendió al ver a Franziska demacrada y exhausta, pues siempre la había conocido espléndida de salud y bellísima. Preguntó la causa de su enfermedad y Bertha le contó los pormenores que sabía, todo lo cual escuchó Woislaw con gran atención. Se extrañó mucho cuando Bertha le dijo que el mal sueño de su amiga se repetía frecuentemente. Woislaw pidió detalles a Franziska, que se los ofreció con voz débil. El guerrero victorioso dijo haber oído hablar de casos parecidos, y que incluso había conocido directamente alguno… Y cuando Franziska le contó que desde la primera noche en que tuvo la horrible pesadilla no se le había curado la leve herida del cuello, Woislaw miró con aprensión a Bertha, y luego, en un aparte, le dijo que creía haber descubierto ya el origen del terrible mal que afectaba a su querida amiga.

Como era natural, las siguientes conversaciones giraron en torno al Conde Azzo, acerca del cual cada uno dio su opinión. Woislaw preguntó cuántas veces había visitado el extraño a Franziska, y aunque le dieron cumplida respuesta nada dijo.

Hablaban ya de otras cosas cuando el Conde Azzo se presentó en la mansión, como solía hacerlo. Woislaw lo miró fijamente, y Azzo, sin prestarle atención, se dirigió a la mesa en la que estaban y tomó asiento tranquilamente, entablando conversación con Franziska y con su padre, haciendo alguna observación sarcástica ante los comentarios que de vez en cuando se permitía el barón Franz. Claro está, se habló de la guerra recién ganada contra los turcos, algo sobre lo que Woislaw tenía mucho que decir. Avanzaba la noche cuando Franz dijo a Woislaw:

—Tienes tanto que contar, que no me extrañaría que nos sorprendiese el día sin habernos acostado.

—Me resultan admirables las aventuras que cuenta nuestro joven amigo —dijo entonces el Conde Azzo, sarcásticamente, refiriéndose a Woislaw—. En terra firma es donde se oyen las mejores historias acerca de las tormentas y los naufragios en alta mar; y alrededor de una mesa es como se cuentan bonitas batallas, igualmente. El fuego de una chimenea hace el resto cuando uno puede hablar de una batalla sin que su pellejo corra peligro.

Y tras decir eso, se levantó, dio la espalda a los allí presentes y salió del salón. El Conde, que siempre le acompañaba hasta la puerta para despedirlo, no tuvo tiempo de hacerlo en esta ocasión, limitándose a darle las buenas noches desde su asiento.

—Ese maldito Conde Azzo es un impertinente —dijo Bertha—. Cada día se muestra más fanfarrón y maleducado. Lo detesto con toda mi alma, y no sólo porque haya sido el causante de los malos sueños de Franziska.

—No voy a negar que tienes razón, Bertha —observó entonces Franziska con voz muy queda—, pero debemos tener en cuenta que se trata de un misántropo, un hombre que difícilmente acepta lo que para el resto del mundo es común… Pero… ¿dónde está Franz? —preguntó Franziska mirando a su alrededor con los ojos abatidos.

El barón había salido de allí mientras Bertha lamentaba la visita del extraño.

—¿No se le habrá ocurrido salir tras el Conde Azzo para retarlo a duelo? —preguntó asustada Bertha.

—¡Eso sería más peligroso que meter la mano en la boca de un león! —dijo alarmado el Conde Woislaw—. Espero que no se le haya ocurrido hacer tal cosa —y salió raudo del salón, en busca de Franz.

Los vio en el puente de piedra que había sobre el arroyo que atravesaba aquellas tierras, en la dirección del castillo en ruinas. Ni Azzo ni Franz se percataron de su presencia, pero Woislaw oyó bien lo que se decían.

—¡Déjame en paz, jovenzuelo presuntuoso! —gritaba el Conde Azzo—, o te aseguro que no volverás a ver brillar esa luna del cielo, que es mi sol. ¡Quítate de mi vista y deja que siga mi camino!

—O me das la satisfacción de batirme en duelo contigo, maldito despojo humano, o te mataré como a un perro cuando menos lo esperes —respondía Franz mostrándole su espada.

Azzo llevó su mano a la empuñadura de su espada, pero sin desenvainarla, y le dijo con voz de trueno:

—Te lo advierto por última vez… ¡Lárgate, muchacho, vete de una vez y déjame en paz, o estarás perdido!

—¡O tú, o yo! —gritó Franz rabioso—. ¡Uno de los dos debe morir en justo duelo!

Azzo se limitó a darle la espalda siguiendo su camino, mientras reía burlándose del joven barón. Franz lo retó de nuevo, y el Conde Azzo, volviéndose lentamente, se dirigió hacia él. Franz le tiró un espadazo que no le alcanzó, y el extraño, tomándole por el cuello con una sola mano, lo alzó en vilo como si fuese un muñeco de trapo. Iba ya a lanzarlo por el puente cuando el Conde Woislaw llegó hasta allí. Con su fantástica mano de oro sujetó al Conde Azzo por el brazo con el que mantenía en vilo a Franz, obligándole a soltar al barón. Azzo parecía atónito; tanto, que comenzó a hablar en tono amable y cordial con Woislaw.

—¿De dónde obtienes esa fuerza con la que has detenido mi brazo? —preguntó extrañado—. ¿Acaso eres…?

—¡Da igual lo que sea, no hagas más preguntas! —lo interrumpió el guerrero con gesto y voz muy firmes—. Desaparece de mi vista, maldito seas, que ya te llegará la hora…

—¡Ja, ya veo! —se rió Azzo—. ¡Bienvenido seas, mi hermano de sangre! De acuerdo, me voy… Pero puedes estar seguro de que nuestros caminos volverán a cruzarse.

—Sí, pronto, muy pronto… Ahora, ¡lárgate! —le gritó Woislaw, impidiendo a Franz que se abalanzara sobre él.

El Conde Azzo desapareció de su vista casi al instante.

Franz, tras unos instantes en los que permaneció estupefacto, como si acabara de despertar de un sueño largo y profundo, comenzó a lamentarse con voz muy triste.

—¡Me ha deshonrado, me ha deshonrado para siempre! —repetía quejumbroso llevándose las manos a la cabeza.

—Tranquilízate, amigo mío… No hubieras podido vencerle —le dijo Woislaw.

—Pues he de hacerlo… ¡O moriré en el empeño! —gritó el joven barón—. He de atacarlo allá donde se encuentre, y uno de los dos habrá de morir. Sólo así lavaré la afrenta sufrida.

—No podrás herirlo siquiera —dijo Woislaw—. Serás su víctima infalible si vuelves a enfrentarte a él.

—Tú puedes mostrarme cómo derrotarlo, estoy seguro. —suplicó Franz a Woislaw, tomándole las manos mientras las lágrimas corrían por su rostro—. ¡Ayúdame, o no seré capaz de vivir con tanta deshonra!

—Créeme, amigo mío; obtendrás la venganza que deseas de aquí a veinticuatro horas, esa esperanza tengo —respondió Woislaw a su ruego—. Pero sólo bajo dos condiciones.

—¡Acepto, aun sin conocerlas! —dijo el joven barón, recobrando el entusiasmo—. Haré lo que sea preciso con tal de acabar con ese maldito.

—La primera condición es que no hagas nada, que lo dejes todo en mis manos —dijo Woislaw—. La segunda es que hagas cuanto puedas para persuadir a Franziska de que lo que yo proponga será absolutamente necesario… Esa dama corre más peligro, por parte de Azzo, que tú mismo.

—¿Cómo? ¿Dices que la vida de mi amada Franziska está en peligro? ¿A manos de ese despojo humano? Dime por favor, Woislaw, quién es ese demonio…

—Nada os diré, ni a ti ni a tu dama, hasta que haya concluido todo —respondió el Conde Woislaw con mucha firmeza—. La menor indiscreción podría arruinar mis planes… En realidad, nadie puede hacer nada, salvo la propia Franziska… Y si no quiere, estará perdida…

—Dime qué hacer, prometo ayudarte en lo que me pidas… Pero creo que debo saber…

—Nada, absolutamente nada —lo atajó Woislaw—. Necesito que Franziska y tú os mostréis de acuerdo conmigo, incondicionalmente. Ahora, volvamos a su lado. Deberás permanecer mudo y no decir una palabra sobre lo que ha ocurrido en este puente. Y recuerda que harás todos los esfuerzos que sean precisos para que Franziska acepte todo lo que yo proponga.

Nada pudo objetar Franz ante la firmeza con que se expresaba el Conde Woislaw. Cuando entraron de nuevo en el salón las dos jóvenes damas parecían ansiosas por la espera.

—¡Qué miedo he pasado! —dijo Franziska, aún más pálida y demacrada, alargando sus manos hacia Franz—. Espero que todo haya quedado en paz.

—Así ha sido, un par de palabras bastaron para superar el malentendido —dijo Woislaw con una sonrisa—. No obstante, Milady, este asunto te concierne más directamente que al propio Franz.

—¿A mí? ¿A qué te refieres? —se extrañó Franziska.

—Hablo de tu enfermedad —respondió el guerrero.

—¿Acaso sugieres que Azzo tiene algo que ver con todo esto? ¿Quizá conoce un remedio para mis males, que no me ha dicho? —preguntó sonriendo dolorosa y cándidamente.

—En efecto, el Conde Azzo puede sernos de gran ayuda para obtener tu curación completa, Milady; si no te ha dicho nada al respecto, quizá sea porque entonces el remedio perdería toda su eficacia —respondió Woislaw con gran calma, sin dejar de sonreír a la joven dama.

—Así que se trata de un elixir secreto, desconocido incluso por los mejores médicos que me han atendido, y sin el cual empeoraré, ¿es eso? —preguntó Franziska con la voz cada vez más apagada.

—Así es, se trata de una fórmula secreta, pero infalible —añadió Woislaw.

—Una fórmula que jamás ha sido ensayada con nadie, ¿no es así? —volvió a preguntar inocentemente la enferma.

—Una fórmula que tú debes probar —intervino Bertha.

—Ya veo —dijo Franziska esbozando una sonrisa amarga—. Lo dices, Bertha, sólo porque tu prometido asegura que con esa fórmula obtendré la curación… Estoy segura de que tú, mi querida amiga, serías capaz de tomar cualquier droga que él te ofreciera, si estuvieses enferma y te asegurase que con ello recobrarías la salud…

Pero a mí me parece que los elixires sólo son una cuestión de fe.

—No hablo de medicinas —terció Woislaw.

—¡Ya, te refieres a cualquier ritual mágico! Algo que actúa por simpatía… Bueno, me parece que esto también es una cuestión de fe —dijo Franziska con una sonrisa amarga.

—No me importa que lo llames así, si te place —respondió Woislaw sin dejar de sonreír—. Quiero que sepas, en cualquier caso, que lo que yo proponga deberá ser interpretado literalmente, si quieres curarte, Milady.

—¿Me pides que confíe totalmente en ti? —preguntó Franziska.

—Eso es —dijo Woislaw—, pero…

—Pues adelante, actúa sin más —lo interrumpió la enferma—. ¿Acaso crees que carezco de valor, sea lo que sea?

—Te aseguro que precisarás de mucho valor para que nuestro plan resulte exitoso —dijo Woislaw, muy grave ahora—. Por mi parte, responderé con mi vida, si no obtenemos tu curación, tenlo por seguro.

—Bien, pues dime cuál es el plan y así podré decidir —dijo la joven dama.

—Sólo podré revelártelo cuando iniciemos las operaciones —respondió el Conde Woislaw.

—¿Acaso me tomas por una niña a la que se pueda llevar de un lado a otro sin darle una razón para hacerlo? —protestó Franziska con mucho de su sarcasmo de antes.

—No serás justa conmigo, Milady, si piensas que haré cualquier cosa que te resulte no ya desagradable sino en vano —dijo Woislaw con gran sentimiento—. Sólo te pido confianza. No tengo más que decirte, me remito a mis palabras de antes, a mi promesa de obtener tu curación.

—Pues si eso es todo cuanto puedes decirme, me niego —replicó Franziska, muy enojada ahora—. Ya he intentado muchas cosas para recuperar la salud, y todas han sido en vano.

—Te juro por mi honor de Conde y soldado que puedo lograr que te cures, siempre y cuando atiendas a lo que te digo incondicionalmente —repitió Woislaw.

—Te ruego que aceptes sus condiciones, Franziska; no se propone hacer nada que no sea necesario, estoy segura —dijo Bertha, tomando la mano de su amiga entre las suyas.

—Yo te pido lo mismo que Bertha —dijo Franz.

—¡Qué comportamiento más extraño mostráis! —exclamó Franziska moviendo la cabeza hacia ambos lados—. Me parece que me ocultáis algo, que guardáis algún secreto; quiero saber de qué se trata, antes de hacer lo que me pedís… Oigo decir que puedo así recobrar mi salud, pero la verdad es que ya he perdido toda esperanza.

—Te repito que estoy seguro de los resultados —replicó Woislaw—. No tienes más que dar tu consentimiento y volverás a estar igual de sana que antes. —¡Ja! Ahora me parece que lo entiendo… De manera que se trata sólo de que consienta. Pues bien, para que veas que no soy tan terca como se dice que lo somos las mujeres, y aunque sinceramente no creo que vaya a servirme de nada, te doy mi consentimiento, acepto tus condiciones.

Y tras decir estas palabras ofreció a Woislaw su mano.

—Sellemos nuestro acuerdo con un apretón —siguió diciendo la joven dama a la vez que esbozaba una triste sonrisa—. Y ahora, señor Conde Woislaw, espero que me digas qué he de hacer para recobrar mi salud. Vamos, adelante con tu cura milagrosa…

—Ya ha comenzado a hacer efecto mediante tu aceptación de mis condiciones —dijo Woislaw muy serio—. Ahora te ruego que no me hagas más preguntas; mañana, deberás estar dispuesta a cabalgar conmigo poco antes de la puesta del sol… Y te suplico que no digas a tu padre una sola palabra de todo esto.

—¡Qué extraño es todo esto! —exclamó Franziska suspirando resignadamente.

—Has aceptado un trato; no debes preocuparte de más, el resto corre de mi cuenta —dijo Woislaw con gran determinación.

—Bien, pues así será… Haré todo lo que me pidas —dijo la joven dama enferma, aunque su expresión seguía siendo de absoluta incredulidad.

—Cuando regresemos lo sabrás todo; es preferible que antes lo ignores —apostilló Woislaw—. Ahora, ve a descansar, mi querida amiga… Mañana será preciso que estés más fuerte.

A la mañana siguiente, cuando aún perlaba el rocío la hierba y las flores, con la brisa más fresca, el Conde Woislaw tomó el camino que llevaba hasta el castillo de Klatka. Cuando estuvo ante el viejo roble observó detenidamente si había huellas humanas, sin hallar ninguna. Satisfecho por ello, siguió su camino con mucha cautela, yendo por donde era más difícil que se le viese y presto a responder a cualquier posible ataque.

Lentamente subió la leve pendiente; llevaba algo bajo su capa. Una vez tuvo la entrada del castillo a la vista, se dirigió sin embargo a la izquierda y entró en la iglesia en ruinas. Una vez allí miró a un lado y a otro para cerciorarse de que no era seguido. Todo estaba en silencio en aquel ruinoso santuario; no se dejaba sentir más que el silbido del viento entre los muros. Rápidamente, si bien cuidando de que no se oyeran sus pasos, bajó a la cripta. Todavía el sol, por su situación en el cielo, no arrojaba allí sus rayos, pero la cripta permanecía en una penumbra relativa que no impedía ver las inscripciones de los ataúdes. El Conde dejó en el suelo lo que llevaba bajo la capa y fue de ataúd en ataúd, para dar con el que buscaba. Leyó las inscripciones cuidadosamente y aun con dudas procedió a levantar la tapa de un ataúd, cosa que no le supuso mayor esfuerzo porque los clavos eran como raíces podridas. Sólo vio un montón de polvo, restos de mortaja y una calavera. Cerró de inmediato el ataúd y se dirigió a otro, olvidándose de uno que contenía los restos de una mujer y de otros que albergaban los de unos niños. Encontró lo mismo. Y así en los otros tres ataúdes que abrió. Los restos, sin embargo, estaban en mejor estado de conservación en la media docena siguiente de ataúdes que inspeccionó. Sólo le quedaba un ataúd por abrir. Woislaw se acercó y leyó la inscripción: era idéntico al que contenía los restos del último Conde de Fahnenberg allí enterrado, el abuelo de su amigo, el padre de Franziska, pero la inscripción no dejaba lugar a la duda: Ezzelin von Klatka, el último dueño y señor del castillo. Le costó más abrir este ataúd, lo que consiguió hacer al cabo de grandes esfuerzos y con el mismo cuidado que el observado por quien entra en una habitación sin querer que se despierte quien allí duerme. Cuando observó el cuerpo que allí estaba no pudo evitar que se le escapase un «¡ja!». En aquel ataúd yacía el Conde Azzo, el mismo al que había conocido en la mansión de la villa. Estaba idéntico, con las mismas ropas, sin rastro alguno de descomposición. Era imposible diferenciarlo de alguien que durmiese, pues respiraba plácidamente. Por unos instantes, Woislaw no hizo nada, ni un movimiento; sólo miraba a quien allí dormía. Conteniendo la respiración, volvió a poner la tapa y clavó lenta y silenciosamente los clavos. Una vez hubo concluido su tarea, puso sobre el ataúd lo que había llevado bajo su capa y subió los peldaños que conducían a la iglesia para alejarse de inmediato de las ruinas.

Pasó el día. Cuando comenzaba a caer la tarde, Franziska dijo a su padre que salía a montar a caballo junto al Conde Woislaw para mostrarle los alrededores. El Conde se regocijó del aviso de su hija, pues lo tuvo por una señal de recuperación, y urgió a un sirviente para que preparase las monturas. Muy pronto salieron en dirección al castillo, acompañados por el sirviente. Woislaw iba muy serio y callado. Cuando Franziska le preguntó el motivo y le dijo una vez más que prefería saber en qué consistía su cura, ahora con un claro tono de chanza, el joven Conde respondió que no había nada de qué hablar al respecto y que no era cosa para tomarse a risa. Añadió que era preciso que confiase en él, pues juraba por su honor devolverle la salud perdida. No volvieron a decirse una palabra, y así, en silencio, llegaron hasta el viejo roble, donde, por indicación de Woislaw, quedó el criado al cuidado de los caballos. Woislaw ofreció su brazo a Franziska y así subieron silenciosamente la leve colina. Al llegar muy cerca de las puertas del castillo, Woislaw dijo, más para sí que para su acompañante, estas palabras:

—En un cuarto de hora se habrá puesto el sol y una hora después brillará intensamente la luna… Habrá llegado el momento de entrar en acción.

—Pues entonces —dijo Franziska— creo que deberías contarme al menos algo acerca de lo que hacemos aquí.

—Bien, Milady —dijo el Conde mirándola de frente—, te pido por tu bien, y por el amor que te tiene tu buen padre, que no me interrumpas preguntándome cosas a las que sólo podré dar respuesta cuando todo haya acabado y estés de nuevo en posesión de la buena salud que siempre has tenido. Debes saber, sin embargo, que tu vida corre grave riesgo como consecuencia de la enfermedad que padeces. Es más, te digo que perderás la vida si no sigues estrictamente las instrucciones que te dé en adelante… Prométeme, pues, que harás lo que te pida; ya hemos sellado un trato y yo te he dado mi palabra de honor de que responderé con mi vida si no salvo la tuya y con ello el honor de tu casa.

Y tras decir estas palabras alargó su mano derecha a la joven, que se la estrechó diciendo lo que sigue en tono de absoluto compromiso, conmovida por lo que había oído de labios del buen Conde:

—Lo prometo.

—Bien, pues adelante, ha llegado la hora —dijo Woislaw conduciéndola a la iglesia.

Aún penetraban en las ruinas los últimos rayos del sol. Cuando pasaban ante el altar, Woislaw recomendó a su amiga:

—Reza un Ave María, lo necesitarás —y él mismo se hincó de rodillas. Franziska se arrodilló a su lado y musitó la oración que le había sugerido el Conde. Poco después se levantaban.

—Antes de que salga la luna habrá acabado todo —prometió Woislaw.

—¿Qué debo hacer? —preguntó acongojada Franziska.

—Baja a la cripta, debes ir sola, no puedo acompañarte. Una vez allí, verás un ataúd en el que he depositado un paquete. Ábrelo. Encontrarás tres grandes clavos. Espera a que yo empiece a rezar el Credo, que oirás pues lo diré en voz alta. Entonces, clava con fuerza los tres clavos, con el martillo que hay en el paquete, en la parte superior del ataúd.

Franziska pareció asustada por primera vez en su vida. Temblaba de pies a cabeza y era incapaz de decir una palabra.

—¡Sé valiente, Milady! —la animó Woislaw, que se percató de su pavor—. Piensa que una vez hayas acabado de hacer lo que te pido recuperarás la salud. Piensa que el Creador te asiste y el cielo vela por ti. Y ve tranquila, pues si sigues mis instrucciones no correrás peligro.

—De acuerdo, haré lo que me pides —dijo Franziska con resolución, tratando de insuflarse el valor necesario.

—Cualquier cosa que oigas, procedente del ataúd, no deberá detener tu mano —siguió diciéndole Woislaw—. Nada puede afectarte; mete esos clavos con toda tu fuerza. Deberás acabar antes de que yo termine de rezar el Credo.

Franziska pareció dudar de nuevo, pero recuperó el coraje de inmediato.

—Lo haré, descuida… El cielo me da la fuerza —musitó dulcemente.

—Una cosa más —dijo Woislaw—. Quizá esto sea para ti lo más duro y desagradable, pero sin ello no lograrás curarte… Cuando hayas hecho lo que hemos convenido, quizá veas que sale de la caja… un líquido, un fluido… Bien, pues tienes que mojar tus dedos ahí y pasarlos luego por la herida de tu cuello.

—¡Eso es horrible! —protestó entonces Franziska—. ¡Hay un ser humano en ese ataúd, el líquido del que me hablas ha de ser, por ello, sangre!

—Ahí no yace un ser humano, yace un muerto viviente… Y esa sangre es la tuya; una sangre que te ha robado y que circula injustamente por sus venas para mantenerse vivo —dijo Woislaw apremiándola—. No preguntes más.

Franziska se armó de todo el valor y fuerza de que era capaz, bajó a la cripta y Woislaw comenzó a rezar el Credo de rodillas, ante el altar de la iglesia en ruinas.

La joven dama encontró muy pronto el ataúd con el paquete del que le había hablado el Conde. Una gran paz reinaba en la cripta, lo que ayudó a Franziska a calmar sus nervios. Abrió el paquete. Vio que, en efecto, había un gran martillo y tres largos clavos. Oía la voz de Woislaw rezando con mucha fe el Credo. Tomó uno de aquellos clavos y lo hundió media pulgada en el ataúd, sin que se escuchara nada más que el eco del golpe. Levantó de nuevo el martillo con las dos manos, dispuesta a hundir el clavo, y lo hizo. Entonces sí oyó algo, un ruido extraño, en el interior de la caja, lo propio de un movimiento… Aterrada, retrocedió dispuesta a soltar el martillo y subir los peldaños, pero sintió entonces más fuerte la voz de Woislaw rezando, lo que le dio el valor suficiente como para acercarse de nuevo al ataúd. Tomó un segundo clavo y lo hundió aún con mayor violencia. De nuevo se dejó sentir en el interior de la caja un ruido extraño, como de un movimiento propio de una criatura que tratara de salir de allí. Aterrada, pero sin distraerse, tomó Franziska el tercer clavo: no pensó en nada más salvo que se encontraba en peligro, y asiendo fuertemente el martillo descargó un golpe muy violento que hundió en la caja el tercer clavo, justo cuando comenzaba a perder el sentido. Tambaleándose, retrocedió unos pasos y dejando caer el martillo al suelo se desvaneció.

Había pasado un cuarto de hora cuando abrió de nuevo los ojos y miró a su alrededor. En el cielo se veían ya algunas estrellas y la luna comenzaba a derramar su luz por los campos y sobre las ruinas de la iglesia. Franziska estaba fuera de la cripta, junto a un muro. Woislaw permanecía de rodillas a su lado, reanimándola.

—¡Demos gracias al cielo, has vuelto a la vida! —exclamó el Conde con alegría desbordante—. Por un momento creí que el remedio no surtiría el efecto deseado, aunque fuese la única manera de salvarte.

Franziska fue recobrando la consciencia poco a poco. Todo lo que había vivido le pareció un mal sueño. Poco antes se había visto en una escena trágica, y ahora todo era paz a su alrededor. Comenzó a incorporarse mientras oía las palabras tranquilizadoras que le dirigía el Conde y también las del criado que los había acompañado, que se acercaba a ellos con los caballos.

—Vayámonos —pidió Franziska—. ¿Pero qué es esto? Mi cuello, mis hombros y mis brazos están húmedos…

—Habrá sido la hierba, Milady —dijo el Conde, gentilmente, para no asustarla.

—¡No, es sangre! ¡Mira, tengo las manos llenas de sangre! —gritaba la joven dama.

—¡Oh, no, puede que… te equivoques! —le dijo Woislaw, tratando de engañarla para que se tranquilizase—. Quizá te heriste con uno de los clavos, o al caer desvanecida.

—No me mientas, que no siento el dolor propio de las heridas… Ahora lo recuerdo todo —dijo Franziska estremeciéndose—. ¡Vayámonos de aquí! No quiero ni acordarme de este lugar espantoso.

Woislaw la ayudó a montar y se dirigieron rápidamente a la mansión de la villa.

A medida que se alejaban del castillo, Franziska comenzó a hacer preguntas al Conde a propósito de los sucesos que había vivido; Woislaw, sin embargo, le confesó que su propio estado de excitación nerviosa le impedía entonces contarle cualquier cosa y prefería aguardar a la mañana siguiente, para hacerlo cuando ambos hubieran descansado.

Nada más llegar a casa, él mismo condujo a Franziska a su habitación y dijo luego al Conde que la joven se había cansado mucho en el paseo a caballo, por lo que era preferible que durmiese en vez de sentarse a cenar con ellos en la gran mesa del comedor.

A la mañana siguiente, Franziska, como lo había previsto su salvador, despertó radiante y sana como no lo había hecho en los últimos tiempos. Ella misma confesó que se sentía perfectamente, feliz y fuerte, y que por fin había dormido muy bien, sin padecer la pesadilla de tantas noches anteriores. Bertha, Franz y el Conde se admiraban de su pronta recuperación. Woislaw animó entonces a Franziska a que les contara la aventura que había vivido. Como es natural, apenas hubo concluido la joven dama de referirles lo sucedido la noche anterior, todos asaetearon al joven Conde con sus preguntas.

—¿Alguna vez ha oído usted hablar de los vampiros? —preguntó el joven Conde.

—A menudo —respondió el padre de Franziska—, pero nunca he creído en su existencia.

—Yo tampoco creía —admitió Woislaw— hasta que pude comprobar por mí mismo que existen.

—Cuéntanos tus experiencias —le rogó entonces Bertha, a la vez con entusiasmo y miedo.

—Fue durante mi primera campaña en Hungría —comenzó a decir el joven Conde Woislaw—. Fue cuando me recuperaba de esta herida en el rostro, que me hizo uno de aquellos jenízaros… Me había acogido en su casa una respetable familia de una villa próxima al campo de batalla; una familia compuesta por el padre, la madre y una hija de apenas veinte años… Vivían gracias al excelente vino que hacían y vendían muy bien en la taberna que tenían junto a la casa, por lo que siempre había gente que iba a beberlo. A pesar de tratarse de una familia feliz, había en ellos una cierta melancolía, algo que les noté muy pronto… Supe no menos pronto que era debida a que la hija, una muchacha muy bella y delicada, siempre estaba enferma.

»Hablando con sus padres supe que hasta no hacía mucho tiempo había sido feliz, pues mostraba una salud extraordinaria, la propia de las mejores rosas. En muy pocos meses, sin embargo, comenzó a adelgazar y a palidecer, sin razón aparente. Todos los esfuerzos que hicieron los médicos consultados por devolverle la salud fueron en vano. Había ocurrido que, como la tropa se hallaba acampada a muy corta distancia de la casa, eran muchos los hombres que visitaban la taberna de la familia para saborear su excelente vino. Y entre esos hombres había uno que se dejaba caer por allí todas las noches, cuando ya casi no había clientes, cuando comenzaba a brillar la luna en el cielo.

»Era un hombre de aspecto distinguido aunque enfermizo, muy delgado, que apenas trataba con los demás, pues se mostraba sarcástico e hiriente con todos. Los padres de la muchacha se sorprendieron mucho al comprobar una noche que, cuando ya se hubo ido, su copa de vino seguía llena, aunque le habían visto beber de ella.

—La verdad es que parece que hablas del Conde Azzo —dijo Bertha, cada vez más interesada en el relato de su prometido.

—La hija —prosiguió Woislaw— empeoraba día a día, sin hallar remedio en los que le aplicaban varios médicos cristianos, por lo que sus padres acudieron a los presos jenízaros y eslovacos, por si sabían éstos de alguna solución mágica que pusiera fin a la enfermedad de la muchacha. Ella, además, contaba tener un sueño que se repetía noche tras noche, en el cual, aquel extraño que dejaba llena su copa de vino, la asaltaba en el lecho.

—Un sueño como el tuyo, Franziska —dijo Bertha.

—Una noche —siguió diciendo Woislaw—, un viejo prisionero eslovaco que había viajado por Grecia y Turquía, y que también había recorrido el Nuevo Mundo, bebía vino en la taberna de los padres de la enferma cuando entró el extraño. Yo bebía con aquel viejo eslovaco mientras hablábamos de muchas cosas, todas terribles pues tenían que ver con la guerra que nos enfrentaba, aunque allí conversábamos amistosamente.

»Llevábamos más de una hora bebiendo vino y charlando. Aquel extraño nos miraba riéndose burlonamente de nosotros. Un rato después, pagó y se dispuso a salir. Yo, molesto por su risa burlona, y acaso por haber bebido más de la cuenta, me dirigí a él entonces, diciéndole: “Espera, imbécil; no has hecho más que escuchar y reírte de lo que hablábamos, pero no has vaciado tu copa… Bien, te ha llegado el turno, cuéntanos algo y bebe como un hombre, quizá eso te dé el valor suficiente como para pelearte conmigo”. El eslovaco, por su parte, le dijo: “Sí, vamos, bebe y charla con nosotros, a ver si tienes algo interesante que contar”. Y levantándose de su banqueta, como a pesar de su edad era un hombre alto y fuerte, puso sus manos en los hombros de aquel extraño para atraerlo hasta nuestra mesa y sentarlo en una banqueta junto a las nuestras.

»El extraño, sin embargo, y aunque era tan flaco como un esqueleto, se quitó las manos del eslovaco de encima apenas sin esfuerzo, derribándole. Yo me acerqué a él por la espalda y lo tomé por un brazo con mi mano de oro, pues pretendía golpear al viejo eslovaco caído. Juro que aquel hombre era el más fuerte que jamás he conocido; pero se volvió, me miró fijamente y me dijo en voz baja: “Déjame ir, te lo pido por tu mano de oro. Sé que eres mi hermano; comprenderás por ello que tenga hambre y deba ir a satisfacerla cuanto antes, necesito sangre”.

»Sorprendido por sus palabras, le solté y salió. Apenas me hube recuperado de la impresión producida en mí por sus palabras conté al eslovaco lo que me había dicho aquel hombre. Me miró aterrorizado. Le pregunté por qué se asustaba tanto y, mientras le ayudaba a levantarse del suelo, me dijo:

»—Ese extraño es un vampiro.

—¿Cómo? —dijeron entonces al unísono Franziska y Bertha con ojos de espanto—. Así que Azzo era…

—Exacto. Un vampiro —dijo Woislaw—. Pero ya no necesitará saciar su sed de sangre, ha desaparecido para siempre, se ha esfumado… No volverá… Pero permitidme que acabe mi relato…

Como en mi tierra no se conoce la existencia de los vampiros, pregunté al eslovaco y me dijo que sí los hay, tanto en Hungría como en Croacia, Dalmacia y Bosnia. Son, me dijo, gentes que murieron en pecado o tras ser excomulgados, y deben penar eternamente por ello, y que apenas brilla la luna en el cielo salen de su tumba para alimentarse con la sangre de los vivos, pues sólo así se cumple su castigo de penar eternamente.

—¡Es horrible! —gritó Franziska—. Te aseguro que si llegas a contarme antes todo eso, no me hubiese atrevido a ir a la iglesia del castillo…

—Por eso no lo hice… Los vampiros sólo pueden ser ejecutados por sus propias víctimas, para que se rompa el sortilegio maldito que los reanima —dijo Woislaw—. El eslovaco me contó varios casos de vampirismo que había conocido, y así supe de su existencia y maldad, por lo que nada más ver a Azzo lo reconocí como vampiro.

—Ahora comprendo por qué cambió su actitud cuando vio tu mano de oro —dijo Franz.

—Así es —dijo Woislaw—. Azzo, como el vampiro de la taberna, me tomó por uno de su estirpe, al creer que la fuerza de mi mano se debía a un poder sobrenatural. No puedes imaginarte, Milady —dijo mirando a Franziska—, cuánto me alarmó verte enferma cuando llegué a esta casa; me preocupé mucho por ti, y también por Bertha, pues hubiera sido a buen seguro la segunda víctima de Azzo. Era necesario, mi querida Franziska, que tú misma acabases con él.

—Actuaste sabiamente al no querer contarme nada de lo que te proponías, para no causarme alarma —admitió la joven dama—. Nunca podré agradecerte suficientemente lo que has hecho por mí.

—Supuse que, de contártelo, te hubieras negado a hacer lo que era necesario, por miedo.

—¿Pero qué pasó con aquella pobre muchacha de Hungría? —preguntó Bertha.

—No lo sé —respondió Woislaw—. Aquella misma noche se produjo un gran ataque de los turcoeslovacos y yo mismo hube de reincorporarme, aunque aún no estaba del todo repuesto de mis heridas… Nunca más supe de ella.

Siguieron hablando de vampiros y de la guerra durante un buen rato. El Conde decidió sellar definitivamente la cripta de la iglesia aneja al castillo de Klatka, so pretexto de que así nadie podría alterar la paz de los muertos, cosa que hicieron sus criados al día siguiente, apenas amaneció.

En muy poco tiempo Franziska lució tan espléndida como siempre lo había sido, plena de salud y de belleza, fuera ya de todo peligro.

Se obró en ella, además, un cambio notable de carácter, pues ya no fue altiva y sarcástica como antes, sino tierna y bondadosa con todos. Franz, su primo y admirador, seguía prodigándole atenciones, a las que ahora no resultaba ajena, y esforzándose en el trabajo al servicio del Conde y de sus propiedades, de las que cuidaba extraordinariamente bien.

Woislaw pidió en matrimonio a Bertha, diciendo que deberían casarse antes de que tuviese él que regresar a Silesia, y comenzaron los preparativos de la boda. Pero qué grande y gozosa fue la sorpresa del Conde de Fahnenberg cuando su hija y Franz le comunicaron que también ellos se casarían el mismo día en que lo hicieran Woislaw y Bertha. El Conde les dio su bendición y llegado el día de la ceremonia se celebraron las dos bodas, para felicidad de las parejas y para alegría de quienes moraban en la villa y sus alrededores.