Capítulo 29.
Miércoles, 6 de abril - Jueves, 7 de abril
Lisbeth Salander tembló de rabia. Por la mañana había ido a la casa de campo de Bjurman. No había encendido su ordenador desde la noche anterior y durante el día había estado demasiado ocupada para escuchar las noticias. Estaba preparada para que el incidente de Stailarholmen originara unos cuantos titulares, pero el aluvión informativo que le estaba cayendo desde la televisión la cogió completamente desprevenida.
Miriam Wu se hallaba ingresada en el Södersjukhuset, apalizada por un gigante rubio que la había secuestrado ante el portal de su casa de Lundagatan. Su estado era crítico.
La había salvado Paolo Roberto. Las razones por las que él había acabado en un almacén de Nykvarn resultaban incomprensibles. Le entrevistaron en cuanto salió por la puerta del hospital, pero declinó hacer comentarios. Tenía la cara como si hubiera combatido diez asaltos con las manos esposadas a la espalda.
Habían encontrado los restos de dos personas en una zona forestal situada justo en el lugar al que habían llevado a Miriam Wu. Por la noche, se informó de que la policía había marcado un tercer lugar que iba a ser excavado. Tal vez existieran más tumbas en ese terreno.
Luego la caza de Lisbeth Salander.
Habían estrechado el cerco. Durante el día, la policía la había tenido rodeada en una zona de casas de campo cercana a Stailarholmen. Iba armada y era peligrosa. Había disparado a un integrante de los Ángeles del Infierno, posiblemente a dos. El tiroteo tuvo lugar en la casa de campo de Nils Bjurman. Por la noche, la policía valoró la posibilidad de que hubiese conseguido traspasar el cerco y abandonar la zona.
El instructor del sumario, Richard Ekström, convocó una rueda de prensa. Contestó con evasivas. No, no podía responder a la pregunta de si Lisbeth Salander estaba relacionada con los Ángeles del Infierno. No, tampoco podía confirmar que Lisbeth Salander hubiera sido vista en las proximidades del almacén de Nykvarn. No, no había nada que indicara que se trataba de un ajuste de cuentas entre integrantes del mundo del hampa. No, no habían podido determinar si Lisbeth Salander era la única autora de los asesinatos de Enskede. La policía —sostuvo Ekström— nunca había afirmado que ella fuera la culpable; tan sólo habían emitido una orden de busca y captura para interrogarla.
Lisbeth Salander frunció el ceño. Evidentemente, algo había pasado en el seno de la investigación policial.
Se conectó a la red. Leyó primero la prensa y luego entró, por este orden, en los discos duros del fiscal Ekström, de Dragan Armanskij y de Mikael Blomkvist.
El correo electrónico de Ekström contenía mucha información de interés, en especial un memorando enviado por el inspector Jan Bublanski a las 17.22h. Era sucinto, pero hacía una crítica devastadora a la manera del fiscal de llevar la instrucción del caso. Terminaba con algo que podía considerarse un ultimátum. El correo de Bublanski estaba estructurado por puntos. Le exigía que la inspectora Sonja Modig se reincorporara inmediatamente al equipo de investigación; que la línea de investigación de los asesinatos de Enskede se modificara y se orientara hacia posibles autores alternativos, y que a ese misterioso individuo conocido como Zala se le abriera una investigación seria.
Las acusaciones contra Lisbeth Salander se basan en un solo indicio importante: sus huellas dactilares en el arma homicida. Eso, como bien sabes, constituye una prueba de que ha tocado el arma, pero no demuestra que la dirigiera contra las víctimas y, mucho menos todavía, que la haya disparado.
En la actualidad, desconocemos qué otros actores están implicados en este drama. Sabemos que la policía de Södertälje ha encontrado dos cadáveres enterrados y que ha sido marcado y va a ser excavado un lugar más. El propietario del almacén es un primo de Carl-Magnus Lundin. Debería resultar obvio —a pesar de su carácter violento y, sea cual sea, su perfil psicológico— que Lisbeth Salander no puede tener nada que ver con todo esto.
Bublanski terminaba advirtiendo que si sus exigencias no se satisfacían, se vería obligado a dimitir de la investigación; algo que no pensaba hacer con discreción. Ekstrom le había contestado que lo dejaba en sus manos y que actuara según su criterio.
Lisbeth obtuvo más información —esta vez desconcertante— del disco duro de Dragan Armanskij. Un breve intercambio de correos con el departamento de nóminas de Milton dejaba claro que Niklas Eriksson abandonaba la empresa a efectos inmediatos. Había que abonarle el sueldo de los días de vacaciones acumulados, así como tres meses de indemnización por despido. Un correo destinado al vigilante ordenaba que, en cuanto Eriksson llegara al edificio, se le acompañara hasta su mesa para recoger sus pertenencias personales y que luego se le invitara a abandonar el lugar. Otro dirigido al departamento técnico comunicaba que se le invalidara la tarjeta de acceso al edificio.
Pero lo más interesante estaba en la breve correspondencia entre Dragan Armanskij y el abogado de Milton Security, Frank Alenius. Dragan le preguntaba qué representación legal sería la mejor en el caso de que Lisbeth Salander fuese detenida. En un principio, Alenius contestó que no había razón alguna para que Milton se entrometiera en el caso de unos crímenes cometidos por una antigua empleada y que la implicación de Milton Security en ese tema debería considerarse, más bien, como algo directamente negativo. Indignado, Armanskij respondió que todavía estaba por ver si Lisbeth Salander era culpable de asesinato y que sólo se trataba de prestar ayuda a una anterior empleada que Dragan Armanskij consideraba inocente a título personal.
Lisbeth abrió el disco duro de Mikael Blomkvist y constató que no había escrito nada ni había entrado en su ordenador desde la mañana del día anterior. Allí no había noticias.
Sonny Bohman puso la carpeta en la mesa de reuniones del despacho de Armanskij y se dejó caer en la silla. Fräklund cogió la carpeta, la abrió y empezó a leerla. Dragan Armanskij estaba de pie ante la ventana contemplando Gamia Stan.
—Supongo que es lo último que entrego. Desde hoy mismo, estoy fuera de la investigación —dijo Bohman.
—No es culpa tuya —contestó Fräklund.
—No, no es culpa tuya —repitió Armanskij, sentándose.
Había puesto sobre la mesa todo el material que, durante casi dos semanas, le había ido proporcionando Bohman.
—Has hecho un buen trabajo, Sonny. He hablado con Bublanski. De hecho, lamenta haber tenido que deshacerse de ti, pero no le quedaba otra elección. Por lo de Eriksson.
—No pasa nada. He descubierto que estoy mucho mejor aquí, en Milton, que en la jefatura de Kungsholmen.
—¿Puedes hacerme un resumen?
—Bueno, pues… si la intención era encontrar a Lisbeth Salander, entonces hemos fracasado estrepitosamente. Hasta donde he participado, ha sido una investigación muy enmarañada y con intereses encontrados, y puede que, en algunas ocasiones, Bublanski no haya tenido todo el control de las pesquisas.
—Hans Faste…
—Hans Faste es un cabrón. Aunque el problema no se limita a Faste ni a que la investigación haya sido tan enrevesada. Bublanski ha velado por que todas las pistas se siguieran a fondo. Lo que ha sucedido es que Lisbeth Salander ha sido muy buena borrando sus propias huellas.
—Pero tu trabajo no consistía sólo en detener a Salander —intervino Armanskij.
—No, y menos mal que, cuando empezamos, no informamos a Niklas Eriksson de mi segunda misión, ser tu topo y asegurarme de que no colgaran a Salander siendo inocente.
—¿Y qué crees hoy en día?
—Al principio, estaba bastante seguro de su culpabilidad. Hoy, no lo sé. Han aparecido tantas pruebas tan contradictorias…
—¿Sí?
—Que ya no la consideraría la principal sospechosa. Cada vez me inclino más por la posibilidad de que haya algo en el razonamiento de Mikael Blomkvist.
—Lo cual quiere decir que tenemos que centrarnos en intentar encontrar a otros posibles culpables. ¿Retomamos la investigación desde el principio? —preguntó Armanskij y sirvió café a los participantes en la reunión.
Lisbeth Salander pasó una de las peores noches de su vida. Recordó el momento en el que arrojó la bomba incendiaria por la ventana del coche de Zalachenko. En ese preciso instante, las pesadillas cesaron y sintió una gran paz interior. A lo largo de los años, había tenido otros problemas, pero siempre habían versado sobre ella y los había podido controlar. Ahora se trataba de Mimmi.
Mimmi estaba destrozada en Södersjukhuset. Mimmi era inocente. No tenía nada que ver con esa historia. Su único delito había sido conocer a Lisbeth Salander.
Lisbeth se maldijo a sí misma. La culpa era suya. De pronto, le asaltó un sentimiento de culpa desolador. Había mantenido en secreto su propia dirección y se había asegurado de protegerse de todas las maneras posibles. Y, luego, había convencido a Mimmi para que se instalara en esa casa cuya dirección conocía todo el mundo.
¿Cómo podía haber sido tan imprudente?
Ya puestos, la podría haber molido a palos ella misma. Total…
Se sentía tan desgraciada que unas lágrimas se asomaron a sus ojos. Lisbeth Salander nunca llora. Se enjugó las lágrimas.
A las diez y media, estaba tan inquieta que fue incapaz de quedarse en casa. Se abrigó y salió sigilosamente a la calle. Trazó una ruta poco concurrida hasta que llegó a Ringvägen y se detuvo en la puerta de Södersjukhuset. Quería ir a la habitación de Mimmi, despertarla y decirle que todo iba a salir bien. Luego vio las luces de un coche patrulla que venía desde Zinkensdamm y entró en una bocacalle para no ser descubierta.
Poco después de la medianoche, ya estaba de regreso en Mosebacke. Había cogido frío, de modo que se desvistió y se metió bajo el edredón de su cama de Ikea. No podía dormir. A la una se levantó y, desnuda, recorrió el piso a oscuras. Entró en el cuarto de invitados, donde había colocado una cama y una cómoda, aunque luego no había vuelto a pisarlo. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared y se quedó mirando la oscuridad.
«Lisbeth Salander con un cuarto de invitados. ¡Qué gracia!».
Se quedó allí hasta las dos de la madrugada, hasta que tuvo tanto frío que empezó a temblar. Luego se echó a llorar. No recordaba haberlo hecho jamás.
Media hora después, entrada la madrugada, Lisbeth Salander se duchó y se vistió. Encendió la cafetera, preparó unos sándwiches y conectó el ordenador. Entró en el disco duro de Mikael Blomkvist. Le desconcertó que él no hubiera puesto al día su cuaderno de bitácora, pero no tenía fuerzas para pensar en eso durante la noche.
Dado que el cuaderno de bitácora seguía intacto, abrió la carpeta «Lisbeth Salander». Al instante encontró un documento nuevo titulado «Lisbeth — Importante». Consultó la opción «propiedades». Había sido creado a las 00.52 h. Luego, hizo doble clic y leyó el mensaje.
Lisbeth, contacta conmigo inmediatamente. Esta historia es peor de lo que me podía imaginar. Sé quién es Zalachenko y creo que ya sé lo que pasó. He hablado con Holger Palmgren. He entendido el papel que desempeñó Teleborian y por qué era tan importante encerrarte en la clínica de psiquiatría infantil. Creo que ya sé quién mató a Dag y Mia. Me parece que he hallado el móvil, pero me faltan algunas de las piezas decisivas del rompecabezas. No entiendo el papel de Bjurman. LLÁMAME. PONTE EN CONTACTO CONMIGO YA. PODEMOS RESOLVER ESTO.
Mikael.
Lisbeth leyó el documento dos veces. Kalle Blomkvist había hecho los deberes. «Don Perfecto. Don Perfecto de los Cojones». Él todavía creía que las cosas se podían arreglar.
Sus intenciones eran buenas. Quería ayudar.
No entendía que, pasara lo que pasase, su vida ya se había terminado.
Había terminado incluso antes de cumplir los trece años. Sólo quedaba una solución.
Abrió un documento e intentó redactar una respuesta. La cabeza le daba vueltas. Había tantas cosas que quería decirle…
Lisbeth Salander, enamorada. ¡Para partirse de risa!
Nunca jamás se lo diría. Nunca jamás le daría la satisfacción de que se burlara de sus sentimientos.
Envió el documento a la papelera y se quedó mirando el monitor, ahora vacío. Pero él se merecía algo más que su silencio. Había permanecido fiel en su rincón del cuadrilátero como un tenaz soldadito de plomo. Creó un nuevo documento y escribió una sola línea.
Gracias por haber sido mi amigo.
En primer lugar, debía tomar unas cuantas decisiones de carácter logístico. Necesitaba un medio de transporte. Usar el Honda burdeos de Lundagatan resultaba tentador; sin embargo, esa opción estaba descartada. Nada en el portátil del fiscal Ekström indicaba que el equipo investigador hubiera descubierto que ella se había comprado un coche, aunque tal vez se debiera a que lo había comprado hacía tan poco que ni siquiera le había dado tiempo a enviar ni los papeles de matriculación ni los del seguro. No obstante, no podía correr el riesgo de que Mimmi hubiese dicho algo sobre el coche cuando fue interrogada por la policía. Además, sabía que Lundagatan se hallaba bajo vigilancia.
La policía estaba al tanto de que poseía una moto, de modo que sería aún más complicado sacarla del garaje de Lundagatan. Por otra parte, y a pesar de los recientes días de temperaturas casi veraniegas, habían pronosticado un tiempo inestable y no tenía muchas ganas de conducir bajo la lluvia por carreteras resbaladizas.
Naturalmente, otra alternativa era alquilar un coche a nombre de Irene Nesser, pero eso comportaba ciertos riesgos. Siempre existía la posibilidad de que alguien la reconociera y, en consecuencia, el nombre de Irene Nesser quedara inutilizable para siempre. Aquello representaría una verdadera catástrofe, ya que constituía su único modo de salir del país.
Luego, se dibujó una sonrisa torcida en su rostro. Por supuesto, había otra opción. Abrió su ordenador, entró en la red interna de Milton Security y se conectó a la página del parque de automóviles que gestionaba una secretaria de recepción. Milton Security disponía de noventa y cinco coches, la mayoría de vigilancia, pintados con el logotipo de la empresa. De ésos, gran parte se encontraba en distintos aparcamientos repartidos por toda la ciudad. También había otros, normales y corrientes, que se podían usar, según las necesidades, para viajes de trabajo. Se hallaban en Slussen, en el garaje de las oficinas centrales de Milton. Como quien dice a la vuelta de la esquina.
Examinó las fichas del personal y eligió al colaborador Marcus Collander, quien acababa de coger dos semanas de vacaciones. Había dejado el número de teléfono de un hotel de las islas Canarias. Lisbeth cambió el nombre del hotel y mezcló las cifras del teléfono de contacto donde se le podía localizar. Luego, escribió una nota en la que hacía constar que, antes de irse de vacaciones, Collander había mandado llevar uno de los coches al taller con motivo de un problema en el embrague. Eligió un Toyota Corolla automático que había conducido otras veces y notificó que estaría de vuelta una semana más tarde.
Por último, accedió al sistema y reprogramó una de las cámaras de vigilancia por las que tendría que pasar. Entre las 04.30 y las 05.00 h., mostrarían una repetición de lo que había ocurrido durante la media hora anterior, pero con el código horario cambiado.
Poco antes de las cuatro de la mañana, ya había preparado la mochila. Llevaba ropa para cambiarse dos veces, dos botes de gas lacrimógeno y la pistola eléctrica con la batería cargada. Miró las dos armas con las que se había hecho últimamente. Descartó la Colt 1911 Government de Sandström y se decantó por la P-83 Wanad polaca —a la que le faltaba un cartucho en el cargador— de Sonny Nieminen. Era más fina y más fácil de manejar. Se la metió en el bolsillo de la chaqueta.
Lisbeth bajó la tapa de su PowerBook, pero lo dejó sobre la mesa de trabajo. Había transferido el contenido del disco duro a una copia de seguridad encriptada en la red. Acto seguido, eliminó todo su disco duro con un programa que ella misma había creado y que garantizaba que ni siquiera ella sería capaz de reconstruir la información destruida. No necesitaba su PowerBook, sólo sería una carga. En su lugar, se llevó su Palm Tungsten.
Repasó el despacho con la mirada. Presintió que no volvería al piso de Mosebacke. Sabía que estaba dejando secretos tras de sí que tal vez debiera destruir, pero consultó la hora y se dio cuenta de que le faltaba tiempo. Miró a su alrededor una vez más y, luego, apagó la lámpara de la mesa.
Fue a pie hasta Milton Security, entró por el garaje y cogió el ascensor hasta el departamento administrativo. No se cruzó con nadie en los pasillos desiertos y, ya en la recepción, no tuvo ningún problema en coger la llave del coche de un armario que no estaba cerrado.
Treinta segundos más tarde ya se hallaba de nuevo en el garaje y abrió el Corolla con un bip. Tiró la mochila al asiento del copiloto, ajustó el suyo y también el retrovisor. Usó su antigua tarjeta para abrir la puerta del garaje.
Poco antes de las cuatro y media de la mañana abandonaba Söder Mälarstrand a la altura de Västerbron. Empezaba a amanecer.
Mikael Blomkvist se despertó a las seis y media de la mañana. No había puesto el despertador y sólo había dormido tres horas. Se levantó, encendió su iBook y abrió la carpeta «Lisbeth Salander». Encontró inmediatamente su lacónica respuesta.
Gracias por haber sido mi amigo.
Mikael sintió cómo un escalofrío le recorrió la espalda. No era la respuesta que esperaba. Le dio la sensación de que se trataba de una frase de despedida. «Lisbeth Salander sola contra el mundo». Pasó por la cocina, encendió la cafetera y continuó hasta el cuarto de baño. Se embutió un par de vaqueros desgastados y se dio cuenta de que, durante las últimas semanas, no había tenido tiempo de lavar y ya no le quedaba ni una sola camisa limpia. Se puso una sudadera de color burdeos y una americana gris.
Mientras se hallaba en la cocina preparando unos sándwiches, percibió, de repente, el destello de un metal en la encimera que estaba entre el microondas y la pared. Frunció el ceño, cogió un tenedor del cajón de los cubiertos y pescó un llavero.
Las llaves de Lisbeth Salander. Las había encontrado tras la agresión de Lundagatan y las había dejado encima del microondas, junto a su bolso. Debían de haberse caído. Se le había olvidado entregárselas a Sonja Modig.
Se quedó mirando fijamente el llavero. Tres llaves grandes y tres pequeñas. Las grandes eran de un portal, de la puerta de un piso y de una cerradura de seguridad. «Su casa». Pero no se correspondían con las de Lundagatan. ¿Dónde diablos vivía?
Estudió las tres llaves pequeñas con más detenimiento. Una pertenecía a su moto Kawasaki. Otra era la típica llave de un armario de seguridad o de un mueble de almacenaje. Cogió la tercera. Tenía grabado el número 24914. El descubrimiento le impactó notablemente.
«Un apartado de correos. Lisbeth Salander tiene un apartado de correos».
Buscó en la guía telefónica las oficinas postales que había en el barrio de Södermalm. Ella había vivido en Lundagatan. La de Ringen le quedaba demasiado lejos. Tal vez la de Hornsgatan… o la de Rosenlundsgatan.
Apagó la cafetera, pasó de desayunar, cogió el BMW de Erika Berger y condujo hasta Rosenlundsgatan. La llave no encajó. Acto seguido, se dirigió a la oficina de Hornsgatan. La llave encajó perfectamente en el apartado 24914. Lo abrió y encontró veintidós envíos que metió en el compartimento exterior del maletín de su ordenador.
Continuó por Hornsgatan, aparcó delante del cine Kvartersbion y desayunó en Copacabana, en Bergsunds strand. Mientras esperaba su caffè latte examinó las cartas una a una. Todas iban dirigidas a Wasp Enterprises. Nueve de ellas habían sido enviadas desde Suiza, ocho desde las islas Caimán, una desde las islas Anglonormandas y cuatro desde Gibraltar. Las abrió sin el más mínimo remordimiento de conciencia. Veintiuna contenían extractos bancarios y rendimientos de distintas cuentas y fondos de inversión. Mikael Blomkvist constató que Lisbeth Salander era más rica que un marajá.
La que hacía el número veintidós era más gorda. La dirección había sido escrita a mano. El sobre tenía un membrete que indicaba que había sido enviada desde Buchanan House, en Queensway Quay, Gibraltar. El documento adjunto llevaba otro membrete, el del supuesto remitente, un tal Jeremy S. MacMillan, Solicitor. Tenía una letra pulcra.
Jeremy S. MacMillan
Solicitor
Dear Ms Salander:
This is to confirm that the final payment of your property has been concluded as of January 20. As agreed, I’m enclosing copies of all documentation but will keep the original set. I trust this will be to your satisfaction.
Let me add that I hope everything is well with you, my dear. I very much enjoyed the surprise visit you made last summer and, must say, I found your presence refreshing. I’m looking forward to, if needed, be of additional service.
Yours faithfully,
J. S. M.[2]
La carta estaba fechada el 24 de enero. Al parecer, Lisbeth Salander no recogía su correspondencia muy a menudo. Mikael echó un vistazo a la documentación adjunta. Se trataba de la adquisición de un piso en un inmueble de Fiskargatan 9, en Mosebacke.
Luego, se le atragantó el café. El precio de venta eran veinticinco millones de coronas y la compra se había efectuado en dos pagos en un intervalo de doce meses.
Lisbeth Salander vio a un hombre moreno y corpulento abrir con llave la puerta lateral de Auto-Expert, en Eskilstuna. Era un garaje, taller de reparaciones y empresa de alquiler de coches. Una más del montón. Eran las siete menos diez y, según rezaba el cartel escrito a mano de la puerta, no abrían hasta las siete y media. Lisbeth cruzó la calle, abrió la puerta lateral y siguió al hombre. Él la oyó y se dio la vuelta.
—¿Refik Alba? —preguntó.
—Sí. ¿Quién eres tú? Aún no está abierto.
Empuñando la P-83 Wanad de Sonny Nieminen con las dos manos, la levantó y le apuntó a la cara.
—No tengo ni ganas ni tiempo de discutir contigo. Quiero ver el registro de coches alquilados. Ahora mismo. Te doy diez segundos.
Refik Alba tenía cuarenta y dos años de edad. Era kurdo, de Diyarbakir, y había visto bastantes armas en su vida. Se quedó paralizado. Después, comprendió que si una loca entraba en su oficina con una pistola en la mano, no había nada que hacer.
—En el ordenador —dijo él.
—Enciéndelo —contestó ella.
Refik Alba obedeció.
—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó Lisbeth mientras el ordenador arrancaba con el típico runrún y la pantalla centelleaba.
—Es sólo un armario.
—Abre la puerta.
Contenía unos monos.
—Vale. Métete ahí sin hacer ningún movimiento raro y no te haré daño.
Hizo lo que le dijo sin rechistar.
—Saca tu móvil, ponlo en el suelo y acércamelo con el pie.
Él siguió sus instrucciones.
—Muy bien. Y ahora cierra la puerta.
Se trataba de un anticuado PC con Windows 95 y un disco duro de doscientos ochenta megabytes. El documento Excel con los datos de los coches alquilados tardó una eternidad en abrirse. Comprobó que el Volvo blanco que conducía el gigante rubio había sido alquilado en dos ocasiones; la primera en enero, durante dos semanas, y la segunda, el 1 de marzo. Aún no lo había devuelto. Pagaba un importe semanal en concepto de alquiler a largo plazo.
Su nombre era Ronald Niedermann.
Examinó las carpetas que se hallaban en los estantes situados encima del ordenador. Una de ellas tenía escrita en el dorso, con pulcras letras de imprenta, la palabra «identificación». Cogió el archivador y buscó a Ronald Niedermann. Cuando alquiló el coche en enero, se había identificado con su pasaporte y Refik Alba se quedó con una fotocopia. Lisbeth reconoció en seguida al gigante rubio. Según el pasaporte, era alemán, de Hamburgo, y tenía treinta y cinco años. El hecho de que Refik Alba hubiera hecho una copia del pasaporte significaba que Ronald Niedermann era un cliente normal y no un amigo que había cogido prestado el coche temporalmente. A pie de página, en un margen, Refik Alba había apuntado un número de móvil y la dirección de un apartado de correos de Gotemburgo.
Lisbeth devolvió la carpeta a su sitio y apagó el ordenador. Recorrió la estancia con la mirada y descubrió en el suelo, junto a la puerta principal, una cuña de goma. La cogió, se acercó al armario y llamó a la puerta con el cañón de la pistola.
—¿Me oyes?
—Sí.
—¿Sabes quién soy?
Silencio.
«Hay que estar muy ciego para no reconocerme».
—Vale. Sabes quién soy. ¿Me tienes miedo?
—Sí.
—No me tenga usted miedo, señor Alba. No voy a hacerle daño. Dentro de poco, habré acabado aquí dentro. Le pido disculpas por las molestias.
—Eh… Vale.
—¿Tiene suficiente aire para respirar ahí dentro?
—Sí… ¿qué quieres realmente?
—Quería ver si cierta mujer te alquiló un coche hace dos años —mintió—. No he encontrado lo que buscaba. Pero no es culpa tuya. Me iré dentro de unos minutos.
—De acuerdo.
—Voy a poner una cuña de goma por debajo de la puerta. Es lo bastante endeble para que puedas forzarla, aunque te llevará un rato. No hace falta que llames a la policía. Nunca más me volverás a ver y hoy podrás abrir como cualquier otro día y hacer como si esto no hubiese ocurrido.
La probabilidad de que no llamara a la policía era bastante inexistente, pero ¿por qué no ofrecerle esa posibilidad? Lisbeth abandonó el establecimiento y se fue andando hasta su Toyota Corolla, aparcado a la vuelta de la esquina, donde, en un instante, se disfrazó de Irene Nesser.
Estaba irritada. Le habría gustado conseguir la dirección física del gigante rubio, por ejemplo, la de Estocolmo, en vez de la de un apartado de correos en la otra punta de Suecia. Sin embargo, era la única pista que tenía. «De acuerdo. Hacia Gotemburgo».
Sorteó el tráfico hasta la E20, y luego, se dirigió al oeste en dirección a Arboga. Puso la radio. Como el informativo ya había terminado, sintonizó una emisora comercial. Escuchó a David Bowie cantando putting out fire with gasoline. Lisbeth no tenía ni idea de quién cantaba ni de qué canción se trataba, pero las palabras le parecieron proféticas.